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Cuentos sentimentales
MIJAÍL ZÓSHCHENKO
Cuentos sentimentales
Traducción de Rafael Guzmán Tirado
www.armaeniaeditorial.com
Título original: Сентиментальные Повести
Primera edición: Septiembre, 2020
Primeraq edición ebook: Agosto 2021
The publication was effected under the auspices of the Mikhail Prokhorov Foundation TRANSCRIPT Programme to Support Translations of Russian Literature

Copyright © Mijaíl Zóshchenko
Foto de cubierta: Ruso-Alemanes étnicos de la región del Volga en la década de 1920
Copyright de la traducción © Rafael Guzmán Tirado, 2020
Copyright del prólogo © Larisa Sokolova, 2020
Copyright de la presente edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2020, 2021
Armaenia Editorial, S.L.
www.armaeniaeditorial.com
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas por las leyes,
la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
ISBN: 978-84-18994-24-1


13 Prólogo
19 Apolo y Tamara
51 La gente
101 Una noche horrible
129 ¿Sobre qué cantó el ruiseñor?
159 Una aventura divertida
193 El lilo en flor
Prólogo
A Mijaíl Mijáilovich Zóshchenko (1894-1958), escritor, dramaturgo, guionista y traductor ruso-soviético, se le considera un clásico de la literatura rusa del siglo veinte. Nació en San Petersburgo en 1894, en el seno de una familia aristocrática rusa, en la que predominaba el culto por las bellas artes. Su padre, Mijaíl Ivánovich Zóshchenko (1857-1907), fue un artista de gran talento, y su madre, Elena Ósipovna Súrina (1875-1920), hasta su matrimonio, trabajó como actriz y escribió y publicó diversos cuentos en revistas literarias. En 1913, M. Zóshchenko, tras concluir sus estudios en el instituto, cursó un año en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Petersburgo. El 5 de febrero de 1915 se puso a disposición del Estado Mayor del distrito militar como comandante de compañía, participando en diversas acciones militares. Durante la Primera Guerra Mundial, M. Zóshchenko fue galardonado con cinco órdenes por su valentía y coraje.
El 9 de febrero de 1917 fue hospitalizado por una enfermedad coronaria, resultado de una intoxicación por gases. Tras abandonar el hospital, fue enviado a la reserva. Después de la Revolución de Febrero, en el verano de 1917, fue nombrado Jefe de Correos y Telégrafos y Director de la Oficina de Correos de Petrogrado. Pronto dejó este puesto para trasladarse a la región de Arjángelsk, donde trabajó como policía. Rechazó la propuesta de emigrar a Francia.
A principios de 1919, a pesar de haber quedado exento del servicio militar por razones de salud, se alistó como voluntario en el Ejército Rojo. En abril de 1919, tras sufrir un ataque cardíaco y recibir tratamiento en el hospital, fue declarado no apto para el servicio militar y fue desmovilizado, viéndose obligado a abandonar definitivamente el ejército. De 1920 a 1922, M. Zóshchenko cambió de profesión en numerosas ocasiones: fue agente de policía judicial, funcionario del puerto militar, carpintero, zapatero, etc.
En la literatura se estrenó en 1922 como miembro del grupo literario «Serapíonovy brátia» (Los hermanos Serapión), cuyos integrantes, partidarios del realismo, rechazaban la demagogia y hablaban de la necesidad de que el arte fuera independiente de la política. En las obras de la década de 1920, M. Zóshchenko crea una imagen cómica del protagonista: un hombre de la calle con moral humilde y una visión primitiva del mundo.
En la década de 1930, el escritor elige un género diferente, la narración larga, y publica La juventud devuelta y El libro azul, entre otras obras; en estos años comienza a trabajar en Antes de que salga el sol1. Entre 1920-1930, las obras de M. Zóshchenko se publican en varias ocasiones y con grandes tiradas, y lleva a cabo actuaciones por todo el país, cosechando un enorme éxito literario.
En abril de 1946, el escritor ruso-soviético fue galardonado por su valiente intervención en la Gran Guerra Patria de 1941-1945. Tres meses después, publicó su relato cómico para niños Las aventuras de una mona, que vio la luz en 1945, en la revista infantil Murzilka, siendo duramente criticado por la censura soviética. El 14 de agosto de 1946 se edita el Decreto del Comité Central del Partido Comunista sobre las revistas literarias Estrella y Leningrado, en las que se publicaban las obras de M. Zóshchenko. En dicho Decreto, se criticaba duramente su obra literaria, siendo expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos y privado de los mínimos medios de subsistencia. Desde este momento, no solo se dejaron de publicar sus obras literarias, sino que su nombre quedó completamente prohibido: se le dejó de mencionar en la prensa. De 1946 a 1953, M. Zóshchenko se vio obligado a dedicarse a la traducción de obras literarias extranjeras y los editores de las obras traducidas por él evitaban publicar su nombre en ellas. Tan solo tras la muerte de Stalin, en junio de 1953, M. Zóshchenko fue readmitido en la Unión de Escritores Soviéticos. Pasó los últimos años de su vida en su casa de campo de Sestroretsk, situada cerca de San Petersburgo. El 22 de julio de 1958, Mijaíl Zóshchenko falleció de un ataque cardíaco.
Hay que destacar que el fenómeno de la personalidad creativa de Mijaíl Zóshchenko refleja una época histórica revolucionaria turbulenta, con sus trágicas contradicciones y grandes búsquedas ético-estéticas. Se puede decir que en sus obras y en su propio destino se descubren no solo los grandes cambios que se produjeron en la historia rusa reciente (con el desmantelamiento de un sistema político-social), sino también los cambios en la visión del mundo: se trata de la transformación de los conceptos de la cultura rusa, de la ruptura con el pasado histórico y de la aspiración hacia el futuro (la creación de un «nuevo» estado soviético, de un «nuevo hombre soviético» y de «nuevos medios de cultura soviética»). Entre 1920 y 1930, M. Zóshchenko presentó un extraordinariamente rico panorama de su época, una compleja simbiosis de las costumbres de un tiempo pasado con los elementos del nuevo orden soviético. En sus obras coexisten elementos de dos épocas: antes y después de la Revolución de Octubre. Este escritor fue capaz de transmitir extraordinariamente la sensación de ambivalencia del ser humano que vive en la frontera de dos sistemas. A la vanguardia de la prosa soviética satírica, M. Zóshchenko creó una novela cómica original, basándose en la tradición de Gógol y Chéjov. Él mismo describió su misión en la nueva cultura soviética como «creación de una nueva literatura»; el objetivo del arte soviético era «servir al pueblo» (Zóshchenko 1984: 1082). Esta orientación determinó su código cultural: «el modelo romántico de conducta» no solo en el arte, sino también en la vida real, la creatividad como estilo de vida de M. Zóshchenko, que determina los rasgos específicos de su obra. Precisamente este radicalismo romántico del escritor determinó su concepción de la «nueva literatura». A M. Zóshchenko, la literatura rusa de antes de la Revolución de Octubre le parecía espiritualmente agotada, incapaz de responder a los desafíos del tiempo revolucionario. En los primeros años de la Revolución, Zóshchenko formuló la concepción de la negación de la «vieja Rusia», de los viejos hábitos y de las viejas representaciones, entre las que se encontraba la literatura clásica con sus «altos» conceptos. Este modelo romántico de conducta determinó su orientación espiritual hacia la tradición de Gógol. Al escritor le preocupaba la invariabilidad y el conservadurismo de la mentalidad humana en un período revolucionario, en una situación de cambios radicales en todas las esferas de la vida humana. Este tema aparece en muchas de sus obras de la década de 1920.
La proclamación del nuevo arte se refleja ante todo en Cuentos sentimentales (1923-1930), que se distinguen por la introducción de declaraciones del escritor sobre la ruptura con el arte clásico de estilo elevado. Es imprescindible destacar que M. Zóshchenko innova, al parodiar los motivos de los clásicos rusos y ridiculizar la imagen de la persona corriente. Ya en el propio título de esa colección de relatos se refleja un componente de parodia: la palabra «sentimental» debe ser percibida por los lectores e investigadores no solo como una parodia del estilo de sentimentalismo, sino también como una visión del mundo de los personajes de este libro, que no pueden adaptarse a la nueva realidad, se apartan de la vida real y prefieren vivir en el mundo de sus ilusiones. Los títulos de relatos como Apolo y Tamara, El lilo en flor, ¿Sobre que cantó el ruiseñor?, etc., basados en una serie de asociaciones poéticas literarias, también incluyen un componente de parodia: el lector espera un contenido romántico, pero en los relatos no hay nada de lo típicamente romántico, al contrario, los personajes parecen cómicos y ridículos. Por ejemplo, en el relato ¿Sobre qué cantó el ruiseñor? M. Zóshchenko, rompiendo las tradiciones de la literatura clásica, describe el primer encuentro de los amantes en la cocina (lugar poco apropiado para este fin), en el que el personaje principal aparece ante su amada vestido con un camisón y con pantalones de pijama y de este modo lo cómico sustituye a lo romántico. Además de eso, durante el paseo de los amantes, el protagonista principal, Bylinkin, le pregunta a su amada sobre qué canta el ruiseñor, y responde así: «Quiere zampar, por eso canta».
Los rasgos específicos de la «palabra cómica» de Cuentos sentimentales consisten en parodiar el género de la novela sentimentalista y romántica. Por un lado, en inventar la imagen del narrador, que se representa como una persona corriente, poco educada y que utiliza un lenguaje vulgar, y, por otro, en ridiculizar los motivos clave del amor y de la muerte de la literatura clásica de estilo elevado. La «palabra cómica» era necesaria para M. Zóshchenko con el fin de crear contraste: en un marco absurdo y cómico, la figura del protagonista, que sufre por los obstáculos dramáticos de la vida, no se vería como trágica sino como ridícula.
Sin duda, M. Zóshchenko pertenece a los clásicos soviéticos más interesantes, cuya obra, gracias a traducciones como esta, se abre ahora a los investigadores y lectores hispanohablantes en toda su complejidad y versatilidad.
Larisa Sokolova
Universidad de Granada
Apolo y Tamara
1
Érase una vez un artista independiente, un pianista-animador, de los que tocan en las fiestas y celebraciones, y en los cines de películas mudas, Apolo Semiónovich, apellidado Perepenchúk, que vivía en una ciudad, en la calle Bolsháya Prolómnaya.
Como este apellido no es muy corriente en Rusia, puede ser que los lectores piensen incluso que vamos a hablar de Fiódor Perepenchúk, el enfermero del Servicio de Recepción de Enfermos, lo que no es sorprendente si tenemos en cuenta, además, que ambos vivieron en un mismo tiempo y en una misma calle, y no es que tuvieran un carácter parecido, sino que su actitud escéptica hacia la vida, su forma de pensar y sus caracteres de alguna manera se parecían.
En realidad, el enfermero Fiódor Perepenchúk se murió un poco antes, aunque, a decir verdad, no se murió, sino que se ahorcó. Y esto sucedió un poco antes del IV Congreso3.
En su momento, los periódicos proclamaban que Fiódor Perepenchúk, al parecer, se había suicidado en el ejercicio de sus funciones en el Servicio de Recepción de Enfermos. Motivo —ponían—, frustrado por la vida…
Algo tan ridículo lo pueden escribir solo los periodistillas holgazanes. Frustrado por la vida… Fiódor Perepenchúk, frustrado por la vida… ¡Vaya tontería! ¡Vaya gilipollez!
Si analizamos el tema por encima, efectivamente el hombre vivió como pudo, reflexionando acerca de la existencia humana sin sentido, y, cuando quiso, se quitó de en medio. Puede que a primera vista parezca que estaba decepcionado. Los que lo conocían más de cerca nunca habrían dicho esa tontería.
A Apolo Perepenchúk, pianista-animador y músico, le venía bien la palabra frustración. Era un hombre que vivió disfrutando, sin pensar, de la belleza de su existencia, y después, por motivos exclusivamente materiales y físicos, y a causa de desastres y conflictos, se quedó sin fuerzas y, por así decir, perdió el gusto por la vida. Pero no vamos a adelantar acontecimientos, nuestra narración va a tratar de él, de Apolo Perepenchúk.
En cuanto a Fiódor Perepenchúk… Toda la fuerza de su personalidad residía en que no pensaba así por culpa de la pobreza, los desastres o los conflictos, sino como resultado de la reflexión madura y lógica de una persona eminente. Sobre él, no solo se podría escribir un cuento, sino tomos enteros. Eso sí, no cualquier escritor sería capaz de escribir esa obra maestra, ni de ser su biógrafo, o, por así decir, narrador de las proezas y de las ideas de este distinguido personaje. Sería necesario un cronista de la mayor inteligencia y erudición, profundo conocedor, además, de los detalles tanto del origen del ser humano como del universo, y de todo tipo de puntos de vista filosóficos, de la teoría de la relatividad y otras teorías diferentes acerca de dónde está situada cada estrella, e incluso, de la cronología de los acontecimientos históricos: todo esto sería necesario para estudiar la personalidad de Fiódor Perepenchúk.
En este sentido, hay que reconocer que Apolo Perepenchúk no se podía comparar con él.
Apolo Perepenchúk, a diferencia de él, era, por el contrario, un ser insignificante incluso, una basurilla… Sin ánimo de ofender a sus parientes, por supuesto. Por cierto, no le quedaba ya ningún pariente directo, salvo, quizá, Adeláida Perepenchúk, una tía por parte de padre. Y ella, de literatura de estilo elevado entendía más bien poco. Así que si se ofende, pues que se ofenda.
Tampoco le quedaban amigos. Y es que personas como Fiódor y Apolo Perepenchúk no podían tener amigos. Fiódor nunca los tuvo, y Apolo los perdió cuando se sumió en la más profunda de las pobrezas.
¿Y qué amigos podría tener Fiódor Perepenchúk si a él no le gustaba la gente, la despreciaba o, mejor dicho, llevaba una vida aislada e incluso estricta, y si hablaba con alguien era para expresar mecánicamente sus puntos de vista y no para oír aprobaciones o críticas?
¿Y quién, por muy inteligente que fuera, podría dar respuesta a sus arrogantes preguntas?:
—¿Para qué existe el ser humano? ¿Tiene sentido su vida? Y si no lo tiene, entonces, ¿es que la misma vida, en parte, carece de sentido?
Por supuesto, algún profesor titular o catedrático, con un buen sueldo del Estado, diría con desagradable facilidad que el hombre existe para dar sentido al desarrollo posterior de la cultura y a la felicidad del universo. Pero todo esto resulta confuso y poco claro e, incluso, abominable para el hombre común y corriente. Y si esto fuera así, surgen entonces varias preguntas sorprendentes: ¿Por qué, por ejemplo, existen los escarabajos o los cucos, que obviamente no aportan ningún beneficio a nadie, y mucho menos al desarrollo de la cultura? ¿Y en qué medida la vida del ser humano es más importante que la de un cuco, un pájaro que si no existiera, poco cambiaría el mundo?
Serían necesarios una pluma brillante y profundos conocimientos para reflejar, al menos parcialmente, las pomposas ideas de Fiódor Perepenchúk.
Y, posiblemente, no habríamos importunado la memoria de una persona tan extraordinaria, si en su momento no hubiera tenido esos mismos pensamientos Apolo Semiónovich Perepenchúk, su alumno espiritual y pariente lejano, pianista-animador, músico y artista libre, que vivía en la calle Bolsháya Prolómnaya.
Vivió en esta calle hasta unos años antes de la guerra y de la revolución.
2
Esta palabra —pianista-animador— no tiene nada de humillante para él. Es cierto que a algunas personas, incluido el propio Apolo Semiónovich Perepenchúk, les daba un poco de vergüenza pronunciarla en público, especialmente en presencia femenina, creyendo equivocadamente que las damas se sentirían incómodas al oírla. Y en las ocasiones en que Apolo Semiónovich se llamaba a sí mismo pianista-animador…, rápidamente le añadía: artista, artista independiente o cualquier otra cosa.
En realidad, eso es injusto.
Pianista-animador… se refiere a un músico, un pianista, pero un pianista en circunstancias materiales complicadas y, por eso, obligado a entretener con su arte a otros que se lo están pasando bien.
Esta profesión no es tan prestigiosa como, por ejemplo, el teatro o la pintura, pero también es arte auténtico.
Por supuesto que en esta profesión hay una gran cantidad de ancianos ciegos y ancianas sordomudas que reducen este arte a un oficio normal y corriente, golpeando sin sentido las teclas con los dedos y tocando diferentes polcas y composiciones alegres.
A Apolo Semiónovich Perepenchúk de ninguna manera se le podía incluir en esa categoría. Su verdadera vocación, su temperamento de artista, su lirismo y su inspiración, todo iba en contra de lo que se entiende comúnmente por el oficio de pianista-animador.
Aparte de esto, Apolo Semiónovich Perepenchúk era un hombre bastante guapo e incluso refinado. Su cara irradiaba inspiración y una extraordinaria nobleza. Su labio inferior, que él se mordía constantemente con orgullo, y su perfil arrogante de artista, hacían que su figura pareciera una escultura.
Incluso su nuez, común y corriente, o, como también se la llama, manzana de Adán, que en otras personas se vería desagradable y ridícula, en él, Apolo Perepenchúk, con la cabeza constantemente echada hacia atrás con orgullo, parecía algo noble y, quizá, tenía algo de griego.
¡Y qué pelo tan largo y bonito tenía! ¡Qué chaqueta de terciopelo! ¡Y qué corbata verde oscuro que le llegaba hasta la cintura! Hablando en plata, el hombre estaba dotado de una belleza fuera de lo normal.
Y cuando llegaba al baile con su paso rápido, se paraba, petrificado como una escultura en la puerta, como si lanzara a toda la sociedad una mirada altiva… Sí, la verdad es que era una persona irresistible. Más de una mujer había derramado abundantes lágrimas por él. ¡Y hay que ver cómo lo evitaban los hombres, enfadados! ¡Había que ver cómo escondían de él a sus mujeres con el pretexto de que no estaba bien, según ellos, que las esposas de funcionarios charlatanearan con un pianista de tres al cuarto!
¡Y luego, ese suceso inolvidable, cuando el secretario jefe de la Cámara del Tesoro recibió una carta anónima, informándole de que su esposa tenía una relación sentimental prohibida con Apolo Perepenchúk…! O esa escena desternillante, cuando ese mismo secretario estuvo vigilando dos horas en la calle a Apolo Semiónovich para darle estopa y por error se la dio al Secretario del Ayuntamiento, confundiéndolo por su pelo largo…
¡Para partirse de risa! Y lo más divertido es que todos esos escándalos, notitas y lágrimas femeninas no tenían ningún fundamento. A pesar de su feliz apariencia de mujeriego, romántico y «destrozafamilias» ajenas, Apolo Semiónovich Perepenchúk era, por el contrario, una persona inusualmente tímida y callada.
Incluso se mantenía alejado de las mujeres, las evitaba, creyendo que un artista de verdad no debía atar su vida a nada…
Es cierto que las mujeres le escribían notas y cartas, donde lo citaban a encuentros secretos y lo llamaban con nombres cariñosos y diminutivos, pero él se mantenía imperturbable.
Las notas y las cartas las guardaba cuidadosamente en un cofre pequeño, y en su tiempo libre las clasificaba, enumerándolas y atándolas en paquetitos. Pero él vivía solo y casi enclaustrado. Y a cualquier comentario de sus amigos, le gustaba añadir:
—Por encima de todo, está el arte.
Y, a decir verdad, en el arte, no era precisamente el último. Por supuesto, también existen virtuosos que solo con las teclas negras son capaces de interpretar varias melodías, y aunque Apolo Perepenchúk estaba muy lejos de hacerlo, tenía su vals favorito «Sueños que me asaltaron»…
Solía interpretar este vals con mucho éxito entre las paredes del Círculo Mercantil cuando había mucho público.
Todo esto pasó en el año del que vamos a hablar, el de su mayor gloria y fama. A este feliz periodo pertenece también otra composición, la inacabada «Fantaisie Real», escrita en tonos mayores, pero no desprovista de un lirismo encantador. Esta «Fantaisie Real» estaba dedicada a una tal Tamara Omélchenko, la misma chica que jugó un papel decisivo y fatal en la vida de Apolo Semiónovich Perepenchúk.
3
En este punto, el autor debe aclararles a sus queridos lectores su concepto de literatura. Y debe asegurarles que, en absoluto, va a distorsionar los acontecimientos. Al contrario, los reconstruirá exactamente tal y como sucedieron, respetando los detalles más pequeños, como, por ejemplo: el aspecto de los protagonistas, su forma de pensar o, incluso, sus motivos sentimentales, que, por cierto, tan poco le gustaban al propio autor.
El autor asegura a sus queridos lectores que, cuando recuerda algunas escenas sentimentales que debe contar (por ejemplo, cómo la protagonista llora sobre su retrato, o cuando le cose la camisola rota a Apolo Perepenchúk, o cuando, finalmente, la tía Adelaida Perepenchúk anuncia la venta del fondo de armario de Apolo Semiónovich), lo hace con extraordinario pesar e, incluso, con dolorosa ansiedad.
Aunque estas descripciones son, por así decir, contrarias al gusto del autor, las hará en aras de la verdad. Y también en aras de la verdad, el autor mantiene, incluso, los verdaderos nombres de los personajes. Pero que el lector no piense que el autor les ha dado a sus personajes nombres tan raros y excepcionales como Tamara y Apolo por razones estéticas. No, es que se llamaban así. Y esto no tiene nada de sorprendente. Él sabe a ciencia cierta que todas las chicas de diecisiete y dieciocho años que vivían en la calle Bolsháya Prolómnaya se llamaban precisamente Tamara o Irina.
Y este suceso tan excepcional tenía una explicación bastante justificada: hace diecisiete años se había desplegado aquí un regimiento de unos húsares. Era un regimiento maravilloso. Estos húsares eran tan guapos y habían influido tanto en la gente de la ciudad desde el punto de vista estético, que a todos los bebés de sexo femenino nacidos en aquel tiempo les llamaron Tamara o Irina, siguiendo el ejemplo de la esposa del Gobernador.
Así que, en ese año feliz, lleno de éxito vertiginoso, Apolo Semiónovich Perepenchúk conoció a la señorita Tamara Omélchenko y se enamoró tiernamente de ella.
No había cumplido todavía dieciocho años y no es que fuera una belleza, sino lo siguiente, tal era su noble redondez de formas y tales eran su paso majestuoso y su encanto de tierna juventud. Todos los hombres que pasaban a su lado, ya fuera en la calle o, incluso, en alguna reunión social, la llamaban albondiguita, rosquita o panecillo. Y al mismo tiempo la miraban con gran atención y agrado.
Aquel año, ella también se enamoró de Apolo Semiónovich Perepenchúk.
Se conocieron en un baile en el club del Círculo Mercantil. Fue al comienzo de la Primera Guerra Mundial en Europa. A ella le sorprendió su aspecto, inusualmente noble, con su labio inferior orgullosamente mordido, y él se quedó encantado de su prístina frescura.
Aquella tarde estaba especialmente inspirado. Golpeaba el piano con tanta fuerza, que uno de los guardas vino a pedirle que tocara un poco más bajo, porque los socios del club se estaban enfadando.
En ese momento, Apolo Perepenchúk se dio cuenta de la persona tan insignificante y minúscula que era. Pegado, por su profesión, a un instrumento musical, no podía siquiera acercarse a su chica. Y, con estas ideas en la cabeza, expresaba con música toda la congoja y desesperación de un hombre subordinado.
Entretanto, ella bailaba valses y mazurcas con numerosos hombres respetables, aunque sus ojos se detenían constantemente en el inspirado rostro de Apolo Perepenchúk.
Al final de la tarde, superando la vergüenza de muchacha ingenua, ella misma se le acercó, pidiéndole que tocara alguno de sus temas favoritos. Y tocó el vals «Sueños que me asaltaron»…
Este vals lo determinó todo. Ella, poseída por la inquietud de su primer amor, tomó su mano y la apretó contra sus labios.
Los rumores perversos sobre el nuevo affaire de Apolo Perepenchúk se extendieron inmediatamente por todo el edificio del club del Círculo Mercantil. Nadie trataba de ocultar su curiosidad. La gente pasaba a su lado, burlándose con risitas de ellos. Incluso los que se estaban vistiendo en el piso de abajo, dejaron sus abrigos de piel y subieron de nuevo para convencerse por sí mismos de la veracidad de los picantes rumores.
Así empezó este amor.
Apolo Perepenchúk y Tamara comenzaron a quedar los días festivos en la esquina de las calles Prolómnaya con Kirpíchnaya y, paseando hasta la noche, hablaban de su amor y de aquella maravillosa tarde inolvidable en la que se conocieron, recordando cada detalle, enalteciendo todo y extasiados.
Esto duró hasta el otoño.
Pero, un día, cuando Apolo Semiónovich Perepenchúk, con chaqueta, un ramo de oleandros y una caja de caramelos con sabor a frutas, vino a pedir la mano de Tamara, ella, con la racionalidad de una mujer madura que sabía lo que valía, lo rechazó, a pesar de los ruegos de su madre y de toda su parentela.
—Mamaíta —dijo—, sí, quiero a Apolo con toda la pasión de una joven, pero no me casaré ahora con él. Cuando sea un músico famoso y alcance la gloria, yo misma iré a buscarlo. Y confío en que esto sucederá. Confío en que pronto será una persona conocida, que sabrá cómo mantener a su esposa.
Mientras escuchaba su respuesta, Apolo Perepenchúk permanecía allí, bajando la cabeza por primera vez.
Toda la tarde estuvo llorando a sus pies, besándole las rodillas con indescriptible pasión y tristeza. Pero ella se mantenía en sus trece. No quería correr riesgos, tenía miedo a la pobreza y a una vida insegura, esa vida de miseria que llevan casi todas las personas.
Apolo Perepenchúk se fue corriendo a su casa. Estuvo varios días confundido, exasperado, tratando de encontrar la forma de convertirse en un músico famoso y de renombre. Pero lo que antes parecía fácil y simple, ahora se había convertido en una misión extraordinaria, incluso imposible.
Diferentes planes le daban vueltas en la cabeza: irse a otra ciudad, abandonar la música, renunciar al arte y buscar la felicidad y la gloria en otra profesión, en otro campo, y convertirse, por ejemplo, en un intrépido aviador de los que hacen loopings sobre su ciudad natal, sobre el tejado de su novia, o, en inventor, en un viajero, en un cirujano… Pero todo esto eran meros planes y Apolo Perepenchúk los desechaba de inmediato, riéndose de su imaginación.
Envió a San Petersburgo su vals «Sueños que me asaltaron»…, pero no se sabe qué sucedió con el manuscrito, si se perdió en correos o si alguien se apropió de él, haciéndolo pasar como suyo; en consecuencia, se ignora lo que ocurrió con su composición. Nunca vio la luz.
Hoy, incluso, se ha olvidado hasta de cómo sonaba. A menos que tía Adelaida Perepenchúk lo guardara en su memoria. ¡Cómo le encantaba tararear este vals!
A esa época pertenecía también otra de sus composiciones, la inacabada «Fantaisie Reale», que quedó sin terminar no por falta de capacidad creativa, sino por la nueva desgracia que golpeó a nuestro pobre héroe.
Apolo Semiónovich fue reclutado en el ejército como soldado de segundo grado, que eran los que servían en la retaguardia de las tropas en campaña.
Lo que hasta entonces había sido un sueño (marcharse y buscar la felicidad en otro sitio), ahora se había hecho realidad.
En diciembre de 1916, Apolo Perepenchúk fue a despedirse de su amada.
Incluso la más cínica de las personas, el corazón más endurecido, habrían llorado contemplando la tierna despedida de la pareja.
Al despedirse, Apolo Perepenchúk dijo solemnemente que o no volvería o volvería como una persona célebre y famosa. Dijo que ni la guerra ni ninguna otra cosa le impedirían alcanzar su objetivo.
Y la muchacha, sonriendo con gratitud, entre lágrimas, dijo que tenía plena fe en él y que se convertiría en su esposa cuando él volviera como ella quería, capaz de asegurar la felicidad de los dos.
4
Pasaron varios años, algo más de cuatro, desde que Apolo Semiónovich Perepenchúk se alistara en el ejército en campaña.
Durante este tiempo, se habían producido enormes cambios. Las nuevas ideas sociales habían alterado y acabado en gran medida con la forma de vida anterior. Muchas personas maravillosas se fueron a la eternidad con sus antepasados. Así, por ejemplo, Kuzmá Lvóvich Góryushkin, un inspector del distrito escolar, persona bondadosa y culta, falleció de tifus exantemático. También se murió Semión Semiónovich Petujóv, una excelente persona y que empinaba bien el codo. La muerte del enfermero Fiódor Perepenchúk se remonta también a la misma época.
La vida en la ciudad había cambiado extraordinariamente. La recién llegada revolución había empezado a crear una nueva forma de vida. Pero vivir no era fácil. Y la gente luchaba por sobrevivir.
Durante este tiempo nadie se acordó de Apolo Semiónovich Perepenchúk. Salvo Tamara Omélchenko y quizá su tía, Adelaida Perepenchúk. Por supuesto, tal vez también alguna otra chica había pensado en él, pero como en un héroe romántico y no como un pianista-animador y músico. Nadie lo recordaba ni lo echaba de menos como pianista-animador. En la ciudad no había pianistas-animadores, ni falta que hacían. Con la llegada de esa nueva vida, muchas profesiones dejaron de ser necesarias, entre ellas la de pianista-animador.
En todas las veladas, el magistral Solomón Bélenky tocaba con los dos primeros violines, el contrabajo y el violonchelo. En todas las veladas, bailes benéficos, bodas y bautizos trabajaba con un éxito, sin duda vertiginoso, este hombre que no se sabía de dónde había salido. Todos lo querían. Y es cierto que nadie como él sabía girar el violín en las manos, dándole la vuelta y golpeando la caja de resonancia con el arco en las pausas. Además, tocaba un popurrí de temas favoritos y podía interpretar los más variados bailes, incluidos los transatlánticos, como el «tremutar» o el «oso». Una sonrisa que nunca abandonaba su rostro e, incluso, un guiño afable a los que bailaban, lo convirtieron finalmente en el favorito de un público entregado. Era, por así decir, un artista de su tiempo. Y borró de la memoria de los ciudadanos a Apolo Semiónovich Perepenchúk, convirtiéndolo en cenizas.
Y aquel mismo año, cuando Tamara había comenzado a olvidar a Apolo Perepenchúk, e incluso la tía Adelaida Perepenchúk, creyendo que su sobrino había desaparecido en combate, había colgado una nota en su puerta anunciando a los ciudadanos la venta del fondo de armario de Apolo Perepenchúk (dos pares de pantalones algo desgastados, una chaqueta de terciopelo con una corbata verde oscuro, un chaleco de piqué y algunas otras cosas), aquel mismo año, regresó a su ciudad natal.
Llegó con otros soldados en un vagón de mercancías tras haberse colocado el petate debajo de la cabeza y haber estado tumbado en la litera todo el camino. Parecía enfermo. Había cambiado terriblemente. El capote de soldado, rasgado y quemado en la espalda, las botas militares, los pantalones anchos, el color caqui de su ropa y la voz ronca, lo hacían totalmente irreconocible. Parecía otra persona.
Incluso su labio, ese labio orgullosamente mordido, se había quedado reducido a una cinta, de tanto tocar el clarinete.
Nadie supo nunca qué desastre le había ocurrido. Y ni siquiera si le habido ocurrido alguno. Lo más probable es que no le hubiera ocurrido nada, salvo una vida común y corriente, en la cual solo dos de cada mil personas triunfan, mientras el resto sobrevive como puede.
Nunca le contó a nadie cómo había vivido esos cinco años ni qué había hecho para intentar regresar lleno de gloria y de honores.
Lo único es que el clarinete que trajo le dio a la gente razones para sospechar que él seguía buscando la fama dentro del mundo del arte. Al parecer, fue músico en alguna banda de regimiento. Pero nada se sabe con certeza. No le escribió cartas a nadie, probablemente porque no quería informar de los insignificantes hechos de su vida.
En otras palabras, no se sabía nada.
Solo se sabía que regresó no solo sin ser famoso, sino también enfermo y muerto de hambre, incluso una persona diferente, con arrugas en la frente, con la nariz más larga, con los ojos más apagados y con la cabeza baja.
Volvió a casa de su tía como un ladrón y como un ladrón corrió por las calles desde la estación para que nadie lo viera. Pero si alguien lo hubiera visto, no lo habría reconocido. Nada quedaba del Apolo Perepenchúk de antes, era otro diferente.
La vuelta en sí fue terrible. Apenas cruzó el umbral, recibió un nuevo golpe: su ropa, su maravillosa ropa (la chaqueta de terciopelo, los pantalones y el chaleco) habían desaparecido para siempre. Su tía Adelaida Perepenchúk había vendido todo, hasta la maquinilla de afeitar.
Con cierta indiferencia y aprensión, Apolo Semiónovich escuchó los sollozos de su tía y, sin reprocharle nada, solo preguntando nuevamente por su chaqueta de terciopelo, salió corriendo hacia la casa de Tamara.
Corría y corría por la calle Bolsháya Prolómnaya, jadeando y sin pensar en nada. Todos los perros se le tiraban y le ladraban, tratando de engancharlo por los andrajosos pantalones.
Finalmente, con mucho esfuerzo llegó a su casa, a la casa de Tamara… Y Apolo Perepenchúk llamó a la puerta con el puño.
Tamara lo recibió sobresaltada, intentando entender en ese momento qué le había sucedido. Y al mirar su harapienta chaqueta y su cara exhausta, lo entendió todo.
Él la miraba fijamente, penetrando en sus ojos y tratando de hacerlo también en sus pensamientos para comprender lo que estaba pasando. Pero no entendía nada.
Así permanecieron durante mucho tiempo uno frente al otro, sin pronunciar palabra. Luego se arrodilló ante ella y sin saber qué decir, empezó a lloriquear. Ella también lloraba sobre él, sollozando y sonándose la nariz de vez en cuando, como una niña.
Finalmente, se sentó en un sillón, mientras Apolo, desplomándose ante ella, balbuceaba cosas sin sentido. Tamara lo miraba, pero no entendía ni veía nada, salvo su cara sucia, su cabello enmarañado y su camisola rota. Su corazoncito, el corazoncito de una mujer sensata, se compungió. Trajo hilo y unas tijeras y, tras pedirle que enhebrara la aguja, si no le costaba trabajo, se puso a coserle la camisola, moviendo de vez en cuando la cabeza con reproche.
Pero aquí el autor debe reconocer que no es un niño para continuar describiendo esta escena sentimental. Y, aunque no queda mucho por contar, debe pasar a analizar la psicología del protagonista, omitiendo deliberadamente dos o tres detalles sentimentales e íntimos, como, por ejemplo, cómo Tamara con su peine le peinaba el enmarañado pelo o cómo le secaba la cara demacrada con una toalla y la rociaba con perfume La lila persa… El autor deja claro que no le importan estos detalles y que lo que le interesa es la psicología.
Así que, gracias a este tierno recibimiento de Tamara, Apolo Perepenchúk pensó que no había cambiado nada y que todavía lo quería como antes, y con un grito de entusiasmo, corrió hacia ella, tratando de estrecharla en sus brazos.
Pero ella le dijo, frunciendo el ceño:
—Mi querido Apolo Semiónovich, me parece que le dije en una ocasión muchas cosas de más… Espero que no haya tomado en serio mis inocentes palabras juveniles.
Él seguía de rodillas, sin apenas entender sus palabras. Ella se levantó, cruzó la habitación y dijo con irritación:
—Quizá yo sea la culpable ante usted, pero no me casaré con usted.
Apolo Perepenchúk regresó a casa y de repente comprendió que ya nada podía devolverle su vida anterior, ridícula e ingenua. Como ridículo e ingenuo fue también su deseo de convertirse en un gran músico y una persona eminente y famosa. Y también comprendió que durante toda su vida no había vivido ni actuado ni hablado como debería haberlo hecho… Pero ahora tampoco sabía cómo debería haberlo hecho.
Y, al ir a acostarse en la cama, sonrió sarcásticamente y con amargura, como otrora hiciera el enfermero Fiódor Perepenchúk, intentando finalmente comprender y penetrar en la esencia de las cosas.
5
En poco tiempo, Apolo Semiónovich Perepenchúk se empobreció completamente. Era más bien la pobreza, incluso la miseria, de un hombre que había perdido toda esperanza de mejorar su situación. Es cierto que también llegó sin nada, pero al principio no quería ni se atrevía a reconocer su terrible pobreza.
Ahora, con una sonrisa maliciosa le decía a su tía Adelaida Perepenchúk:
—Sí, tita, soy tan pobre como un mendigo español.
Su tía, sintiéndose culpable ante él, trataba de calmarlo, de consolarlo y de animarlo, diciéndole que no todo estaba perdido definitivamente, que aún tenía toda la vida por delante y que en lugar de su corbata verde oscuro, que ella había vendido, le haría otra preciosa, de color malva, del corpiño de su vestido de noche y que, además, Ripkin, un sastre de señoras, conocido de ella, le haría por poco dinero una chaqueta de terciopelo.
Pero Apolo Perepenchúk solo esbozó una sonrisa sarcástica.
No dio ni un solo paso ni hizo un solo intento por cambiar de alguna manera y por recuperar su anterior vida de ciudad, lo que, sin embargo, sucedió desde que supo que el maestro Solomón Bélenky tocaba en todas las veladas de la ciudad. Antes de enterarse de eso, algunos sueños y planes confusos se amontonaban en su excitado cerebro.
Lo del maestro Solomón Bélenky y la desaparición de la chaqueta de terciopelo convirtieron a Apolo Perepenchúk en un laxo contemplativo.
Se pasaba los días enteros tumbado en la cama, y solo salía a la calle para buscar alguna colilla de papirosa4 tirada en el suelo o para pedirle a algún transeúnte una pizca de majorka5. Solía comer en casa de tía Adelaida.
A veces se levantaba de la cama, sacaba el clarinete de su funda de tela y tocaba un rato. Pero en su música era imposible descubrir melodía alguna, ni siquiera notas musicales sueltas; parecían más bien el rugido terrorífico y demoníaco de una fiera.
Cada vez que se ponía a tocar, a su tía Adelaida Perepenchúk le cambiaba la cara, sacaba del armarillo varias latas y frascos con preparados diversos y sales aromáticas y se tumbaba en la cama, gimiendo vagamente.
Apolo Semiónovich arrojaba el clarinete y volvía a buscar consuelo en la cama.
Se quedaba tendido y pensativo, y le venían los mismos pensamientos que habían preocupado en otro tiempo a Fíodor Perepenchúk, y que, por su fuerza y profundidad, no eran de ninguna manera inferiores a los de su eminente tocayo. Estuvo pensando en la existencia humana y en cómo el ser humano existe de forma tan absurda e innecesaria como un escarabajo o un cuco, y que la humanidad, el mundo entero, deben cambiar su modo de vida para encontrar la tranquilidad y la felicidad, y para no estar sometidos a sufrimientos como los que él tuvo que soportar. En una ocasión, le pareció que, por fin, había entendido cómo debía vivir el ser humano. Un pensamiento le vino a la cabeza y desapareció sin tomar forma.
Todo esto comenzó por poca cosa. En una ocasión, Apolo Perepenchúk le preguntó a su tía Adelaida:
—¿Cree, tita, que una persona tiene alma?
—Sí —dijo su tía—, por supuesto que la tiene.
—Bueno, y el mono, digamos… Un mono es un ser antropomorfo… No tiene nada que envidiarle a un ser humano. Entonces, tita, ¿cree usted que el mono tiene alma? ¿Qué piensa usted?
—Creo —dijo la tía—, que el mono también tiene alma, ya que se parece a una persona.
Apolo Perepenchúk se inquietó de repente. En ese momento, un pensamiento audaz le sorprendió.
—Disculpe, tita —dijo—. Si el mono tiene alma, entonces, sin duda el perro también tiene. Un perro no tiene nada que envidiarle a un mono. Y si el perro tiene alma, entonces, el gato también tiene, y las ratas, y las moscas y los gusanos, incluso…
—¡Basta! —dijo la tía—. Estás blasfemando.
—No estoy blasfemando, tita —dijo Apolo Semiónovich—, en absoluto. Solo estoy constatando hechos… Eso quiere decir que, según su planteamiento, el gusano también tiene alma, ¿no? Y si yo cojo un gusano, tita, y lo corto en dos partes, exactamente por la mitad, y cada una, imagínese tita, vive por separado. Entonces, según usted ¿el alma también se ha dividido en dos? ¿Pero qué clase de alma será esa?
—¡Vale ya! —dijo su tía, mirando consternada a Apolo Semiónovich.
—Permítame terminar —gritó Perepenchúk—. No, no hay ningún alma. El ser humano tampoco tiene. El hombre es huesos y carne… Muere como el último de los bichos y nace como cualquier bicho. Lo único es que vive de ensueños. Y debería vivir de una manera diferente…
Apolo Semiónovich no podía explicarle a su tía cómo debería vivir el hombre porque no lo sabía. Sin embargo, se quedó estremecido por sus pensamientos. Le parecía que estaba empezando a entender algo. Pero poco después, en su cabeza de nuevo todo se mezclaba y se confundía. Se reconocía a sí mismo que no sabía cómo debería haber vivido para no experimentar lo que estaba sintiendo en ese momento. Y lo que sentía era que había perdido la jugada y que la vida continuaba tranquilamente sin él.
Durante varios días seguidos anduvo por la habitación con terrible preocupación. Y el día en que su preocupación alcanzó su punto álgido, su tía Adelaida trajo una carta dirigida a Apolo Semiónovich Perepenchúk. Era de Tamara.
Ella, con la cursilería de una mujer coqueta, escribió en un tono lírico triste que iba a casarse con Globa, un comerciante extranjero, y que, al dar este paso, no quería que Apolo Perepenchúk tuviera malos recuerdos de ella. Le pedía con toda humildad, al parecer, que le perdonara por todo lo que ella le había hecho, y le pedía disculpas porque sabía el golpe mortal que le había infligido.
Apolo Perepenchúk sonreía ligeramente mientras leía la carta. Sin embargo, su inquebrantable convicción de que él, Apolo Perepenchúk, iba a morir por culpa de ella, lo dejó aturdido. Y al pensar en esto, de repente tuvo total certeza de que no necesitaba nada, ni siquiera de aquella por culpa de la cual se estaba muriendo. Y se dio cuenta finalmente de que se estaba muriendo, en realidad, no por ella, sino porque no había vivido como debería haberlo hecho. Y otra vez en su cabeza todo se mezclaba y se confundía.
Y tenía ganas de ir a su casa inmediatamente y de decirle que ella no tenía la culpa, y que él único culpable era él mismo, que había cometido un error en su vida.
Pero no fue, porque no sabía exactamente cuál había sido su error.
6
Una semana después, Apolo Semiónovich Perepenchúk fue a visitar a Tamara. Eso ocurrió de forma inesperada. Un día, mientras se vestía en silencio, salió de casa después de decirle a su tía Adelaida que le dolía la cabeza y que, por eso, quería darse una vuelta por la ciudad. Estuvo un buen rato vagando sin rumbo por las calles, sin tener la intención de pasarse por casa de Tamara. No lo dejaban en paz insólitos pensamientos sobre la falta de sentido de la existencia. Tras quitarse la gorra, estuvo deambulando por las calles, deteniéndose junto a las oscuras casas de madera y mirando a través de las ventanas iluminadas, intentando finalmente comprender, penetrar y descubrir cómo vivía la gente y en qué residía la esencia de su existencia. Por las ventanas iluminadas, vio a hombres con tirantes sentados a la mesa, a mujeres detrás del samovar6, a niños… Otros hombres jugaban a las cartas o estaban sentados inmóviles con la mirada perdida en el fuego, otras mujeres lavaban las tazas o cosían, y casi todos estaban comiendo, abriendo con amplitud la boca sin hacer ruido. Y, a pesar del doble cristal, a Apolo Perepenchúk le pareció que escuchaba el ruido que hacían al masticar.
Apolo Semiónovich fue de casa en casa, y de repente se encontró en la de Tamara. Se aferró a la ventana de su habitación. Tamara estaba echada en el sofá y parecía dormida. De repente, Apolo Semiónovich, de forma inesperada para sí mismo, golpeó el cristal con los dedos.
Tamara se estremeció y dio un salto, escuchando con atención el ruido que había oído. Luego se acercó a la ventana, tratando de descubrir en la oscuridad quién estaba tocando. Pero no lo reconoció y gritó: «¿Quién es?».
Apolo Semiónovich permanecía en silencio.
Ella salió corriendo a la calle y, al reconocerlo, lo condujo al interior de su habitación. Comenzó a decir, enojada, que no había razón para que él hubiera venido a su casa, que todo había terminado entre ellos, que si es que no tenía suficiente con sus disculpas por escrito…
Apolo Perepenchúk observaba su hermoso rostro y pensaba que no había necesidad de decirle que la culpa no era suya y que el único culpable era él, que no había vivido como debía. Ella no lo entendería y no querría entenderlo porque esta situación parecía aportarle algo de alegría y tal vez de orgullo.
Él ya quería irse, cuando de repente algo lo detuvo. Permaneció largo rato en el medio de la habitación, reflexionando profundamente, y entonces una extraña calma se apoderó de él. Y, tras mirar la habitación de Tamara y sonriendo sin sentido, se fue.
Salió a la calle, caminó dos manzanas, se puso la gorra y se detuvo.
—¿Qué ha sido ese pensamiento?
Cuando estaba en la habitación de Tamara, un pensamiento feliz recorrió su mente. Pero ahora se le había olvidado… Fue un pensamiento, una conclusión que por un instante le había traído claridad y tranquilidad.
Apolo Perepenchúk comenzó a intentar recordar qué había sido ese pensamiento, repasando cada detalle, cada palabra. ¿Que era mejor marcharse? No, no era eso… ¿Que debía trabajar de secretario? No, tampoco… No podía recordarlo.
Entonces, volvió de nuevo corriendo a la casa de ella. Sí, por supuesto, tenía que entrar en su casa, ahora, en este mismo momento, en su habitación, y allí, al volver al lugar donde había estado, intentaría recordar ese maldito pensamiento que le había venido fugazmente a la cabeza.
Se acercó a la puerta. Quería llamar. Pero de repente se dio cuenta de que la puerta estaba abierta. Nadie la había cerrado con llave cuando él se fue. Caminó en silencio por el pasillo, sin que nadie lo viera, y se detuvo en el umbral de la habitación de Tamara.
Vio a Tamara llorando, con el rostro enterrado en su almohada. En la mano sostenía su fotografía, la de Apolo Perepenchúk.
Que el lector llore en este lugar o no, le importa muy poco al autor, le importa un pito, y seguirá narrando impasiblemente los otros acontecimientos.
Apolo Perepenchúk miró a Tamara, la fotografía que tenía en la mano y a la ventana. Miró la flor y el jarroncito con un manojo de hierba seca, y de repente se acordó.
—¡Sí!
Tamara gritó cuando lo vio. Se alejó corriendo, mientras se escuchaban los tacones de las botas. Alguien desde la cocina le persiguió.
Apolo Semiónovich salió corriendo de la casa. Pasó a toda velocidad por la calle Prolómnaya. Luego empezó a correr hasta que, hundiéndose en la nieve blanda, se cayó. En seguida se levantó. Y otra vez echó a correr.
—¡Por fin recordé ese pensamiento!
Siguió corriendo un buen rato, jadeando. Se le cayó la gorra y siguió corriendo, sin pararse a recogerla. La ciudad estaba en silencio. Era de noche. Perepenchúk seguía corriendo.
Y llegó a las afueras de la ciudad. A los suburbios. A las vallas. Al semáforo del ferrocarril. A las casetas del guardagujas. Al balasto de las vías.
Apolo Perepenchúk se cayó. Gateó un poco. Llegó a los raíles y se tumbó.
—Ya me acuerdo del pensamiento.
Estaba tumbado en la nieve suelta. Su corazón estaba dejando de latir. Le parecía que se estaba muriendo.
Alguien con una linterna pasó dos veces a su lado y, volviendo otra vez, le dio una patada en el costado.
—¿Pero qué estás haciendo aquí? —dijo el de la linterna—. ¿Qué narices haces aquí tumbado?
Perepenchúk no respondió.
—¿Qué narices haces aquí tumbado? —repitió el hombre asustado. La linterna se movía en su mano temblorosa.
Apolo Semiónovich levantó la cabeza y se incorporó.
—¡Buena gente…! ¡Buena gente…! —dijo.
—¿A qué gente te refieres? —dijo el tío en voz baja—. ¿Qué te traes entre manos? Vamos a la caseta. Soy el… guardagujas de aquí…
Lo cogió del brazo y lo llevó a la caseta.
—¡Ayúdenme, buena gente…! ¡Buena gente…! —siguió murmurando Perepenchúk.
Entraron en la caseta. No se podía respirar. Había una mesa, una lámpara de queroseno y un samovar, y al lado un tío sentado con la camisa desabrochada. Una mujer picaba azúcar con ayuda de unas pinzas. Perepenchúk se sentó en un banco. Le rechinaban los dientes.
—¿Qué hacías ahí tumbado? —preguntó de nuevo al hombre el guardagujas, guiñándole un ojo al de la camisa—. ¿Es que querías palmarla? ¿O es que querías desatornillar la vía? ¿Eh?
—¿Qué hacía ahí tumbado? —preguntó el tío de la camisa—. ¿Es que se había tumbado entre los raíles?
—Exactamente —dijo el guardagujas—, voy andando con la linterna y de repente me encuentro a este cabrón, tumbado como un bebé, con la jeta metida entre los raíles, vamos, pero en los mismísimos raíles.
—¡Jo! —dijo el de la camisa—, el muy canalla.
—Espera —dijo la mujer—, no le grites. ¿No ves que está temblando? Y no precisamente de alegría. ¡Anda! ¡Tómate un poco de té!
Apolo Perepenchúk bebió, rechinando con los dientes en el vaso.
—¡Buena gente…!
—Espera —dijo el guardagujas, guiñándole otra vez un ojo y dándole, por alguna razón, en el costado al de la camisa—. Déjame que le pregunte como Dios manda.
Apolo Semiónovich permanecía sentado, inmóvil.
—Respóndeme por orden a cada una de las preguntas, como si fuera un cuestionario —dijo el guardagujas con severidad.
—¿Apellido?
—Perepenchúk —dijo Apolo Semiónovich.
—La primera vez que lo oigo —dijo el tío.
—¿Años de edad?
—Treinta y dos.
—Una edad madura, —dijo el hombre, con extraña satisfacción—. Yo tengo cincuenta y uno, entonces… Ya es una edad respetable… ¿Parado?
—Parado…
El guardagujas sonrió sarcásticamente y volvió a guiñar un ojo.
—Eso no está bien —dijo—. Bueno, hombre, ¿y qué oficios conoces? ¿Sabes hacer algo?
—No…
—Eso no está bien —dijo el guardagujas, moviendo la cabeza—. ¿Pero, hombre, cómo puedes vivir sin un oficio? Eso está fatal. Una persona tiene que saber hacer algo. Yo, por ejemplo, soy vigilante, guardagujas. Pero, si, digamos, me largaran del trabajo, porque hubiera algún recorte, amigo mío, no me moriría. ¿Entiendes…? Porque sé arreglar botas y me dedicaría a eso. Y si me rompieran las manos, me importa un pito. Pues me pondría a trenzar cuerdas con los dientes. Sí, yo soy así. ¿Cómo se puede vivir sin un oficio? Es imposible… ¿De qué vas a vivir entonces?
—A lo mejor es un aristócrata —dijo sonriendo sarcásticamente el de la camisa—. Su sangre no es como la nuestra… No pueden vivir y se tiran entre los raíles.
Apolo Perepenchúk se levantó y quería irse de la caseta, pero el guarda se lo impidió, diciendo:
—Siéntate. Yo te voy a encontrar un buen trabajo.
Le guiñó un ojo al tío de la camisa y dijo:
—Vásya, encuéntrale algún sitio en tu trabajo. Tu trabajo es tranquilo, cualquiera lo puede aprender. ¿Es que vamos a dejarle que se muera?
—¡Vale! —dijo el hombre, abrochándose la camisa—, vas a ir al cementerio de la Anunciación y allí preguntas por el jefe ¿vale?, que soy yo.
—Mejor que se vaya contigo, Vásya —dijo la tía—. Nunca se sabe lo que puede pasar.
—¡Vale! —dijo el tío, levantándose y poniéndose el gorro de piel—. ¿Nos vamos, o qué? Adiós.
El tío salió de la caseta junto con Apolo Perepenchúk.
7
Apolo Semiónovich Perepenchúk entró en el tercer y último período de su vida: aceptó el cargo de sepulturero interino. Durante casi un año, Apolo Semiónovich trabajó en el cementerio de la Asunción. De nuevo experimentó profundos cambios.
Ahora llevaba unas polainas amarillas andrajosas y un abrigo corto con una placa de cobre en el pecho con el número tres. Su rostro tranquilo e irreflexivo estaba exultante de dicha. Todas las arrugas, las manchas, los puntos negros y las pecas habían desaparecido de él. La nariz había recuperado su forma anterior. Y solo los ojos, que a veces miraban fijamente y sin parpadear, se detenían por un momento en un objeto, en un punto de ese objeto, sin ver ni notar nada más.
En esos momentos, Apolo pensaba, o más bien recordaba su vida, el camino recorrido, y entonces, su rostro tranquilo se ensombrecía. Pero estos recuerdos venían en contra de su voluntad: él no quería pensar y alejaba de sí todos los pensamientos. Reconocía que no entendía cómo había que vivir ni qué error había cometido en su vida. Si es que había habido alguno. ¿Pero de verdad hubo algún error? Puede que no lo hubiera, y lo que sí hubo fue una vida dura, común y corriente, que solo permite sonreír y disfrutar a dos o tres personas de entre mil.
Sin embargo, todos los malos momentos quedaron atrás. Y una calma feliz ya no abandonó más a Apolo Semiónovich. Ahora, cada mañana, puntual, venía a trabajar con una pala en las manos, y mientras cavaba la tierra y nivelaba las paredes de las tumbas, se deleitaba del silencio y de los encantos de su nueva vida.
En los días de verano, después de trabajar durante dos horas seguidas o incluso más, se tumbaba en la hierba o encima de la tierra recién extraída, aún templada, y se quedaba quieto, mirando los cirros, el vuelo de algún pajarillo o simplemente escuchando el susurro de los pinos del cementerio. Al recordar su pasado, Apolo Perepenchúk pensaba que no había experimentado tanta paz en toda su vida, que nunca se había tumbado en la hierba, ni sabía ni pensaba que la tierra recién cavada estaba templada, ni que su olor era más dulce que los polvos franceses y que una sala de estar. Él sonreía con una sonrisa tranquila y amplia, regocijándose de estar vivo y de querer seguir estándolo.
Pero en una ocasión, Apolo Semiónovich Perepenchúk se encontró con Tamara, que iba del brazo de un extranjero de aspecto bastante importante. Iban por el sendero que llevaba el nombre de la Bienaventurada Xenia7 e iban charlando despreocupadamente sobre algo.
Apolo Perepenchúk les siguió con cautela, escondiéndose como una fiera detrás de las tumbas y de las cruces. La parejita caminó durante mucho tiempo por el cementerio, luego se sentaron en un banco medio roto, agarrándose las manos.
Apolo Perepenchúk echó a correr.
Pero eso le pasó solo una vez. Después, la vida volvió a ser tranquila y silenciosa. Los días iban pasando y nada estropeaba su silencio. Apolo Semiónovich trabajaba, comía, se tumbaba en la hierba, dormía… A veces paseaba por el cementerio, leía dedicatorias conmovedoras y otras sin gusto, se sentaba en esta o aquella tumba olvidada y se quedaba sentado sin moverse y sin pensar en nada.
El 19 de septiembre, según el nuevo calendario, a Apolo Semiónovich Perepenchúk le estalló el corazón y murió mientras trabajaba en una de las tumbas.
Y el 17 de septiembre, es decir, dos días antes de su muerte, Tamara Globa, de apellido de soltera Omélchenko, falleció durante el parto.
Apolo Semiónovich Perepenchúk nunca llegó a enterarse de esto.
La gente
1
¡Están pasando cosas muy extrañas en la literatura! En nuestros días, si un autor escribe un relato sobre acontecimientos actuales, entonces lo respetan en todas partes. Los críticos lo aplauden y los lectores simpatizan con él.
Un autor así merece la fama, la popularidad y todo el respeto. Sus retratos los publican en todos los periódicos semanales. Y los editores le pagan en oro, no menos de cien rublos por hoja.
No obstante, en nuestra humilde opinión, cien rublos por hoja es ya una flagrante y clara injusticia.
En realidad, para escribir un relato sobre acontecimientos actuales es imprescindible una geografía adecuada de la zona, es decir, que el autor resida en los principales centros o capitales de la república, donde tienen lugar la mayoría de los acontecimientos históricos.
Pero no todos los autores disponen de una geografía así, y no todos tienen la oportunidad material de residir con su familia en las principales ciudades y capitales.
Ahí es donde está el principal obstáculo y la causa de la injusticia.
Un autor reside en Moscú y, por así decir, es testigo de primera mano de todo el ciclo de acontecimientos con sus personajes y líderes, mientras que otro autor, por circunstancias familiares, arrastra una existencia miserable en alguna ciudad provinciana de segunda, donde nunca ha sucedido ni sucede nada particularmente heroico.
Así que, ¿dónde puede encontrar un autor así grandes eventos mundiales, ideas actuales y protagonistas relevantes?
¿O le ordenará usted que mienta o que se alimente de rumores absurdos que sus camaradas han traído de la capital?
¡No, no y mil veces no! El autor ama y respeta demasiado la literatura para basarla en toda clase de chismes de vecindario y rumores sin contrastar.
Por supuesto, algún crítico ilustrado, capaz de balbucear en seis lenguas extranjeras, tal vez afirmará que el autor no debe desdeñar en absoluto a los personajes insignificantes ni las pequeñas escenas provincianas que tienen lugar a su alrededor, y que, incluso, es mejor esbozar pequeños bocetos llenos de colorido con gentecilla provinciana insignificante.
¡Ay! ¡Estimado crítico! ¡Guárdese sus comentarios ridículos! El autor lo tenía todo pensado antes de que usted apareciera, ha recorrido todas las calles y ha gastado varios pares de botas. Incluso es posible que haya anotado todos los apellidos más o menos dignos de atención en un papelillo aparte con diferentes apuntes y notas bene. ¡Y no! No solo es que no haya ningún protagonista escasamente notable, sino que ni siquiera hay una persona mediocre de la que sea interesante e instructivo hablar. Todo se reduce a bagatelas, chiquillerías, pequeñeces para las que no hay sitio en la buena literatura ni en la obra heroica actual.
Pero, por supuesto, el autor seguirá prefiriendo más un marco completamente insignificante y a un héroe totalmente irrelevante e intrascendente, con sus pasiones y sentimientos absurdos, que meter trolas y empezar a contar rollos sobre una persona completamente inexistente. Para esto, al autor le falta descaro y una imaginación especial.
El autor, además, se considera a sí mismo parte de esa única escuela honesta realista del naturalismo de la que depende el futuro de la buena literatura rusa. Pero, incluso si el autor no se considerara miembro de esa escuela, le resultaría aun así difícil hablar de una persona desconocida. Exageraría y mentiría en su análisis psicológico, o, por el contrario, no terminaría de contar algunos detalles y el lector se quedaría perplejo, sorprendido por el juicio frívolo de los escritores modernos.
Entonces, en virtud de todo lo expuesto, y como consecuencia de algunas circunstancias materiales restrictivas, el autor procede a escribir un relato moderno, advirtiendo, sin embargo, que su protagonista es fútil e insignificante, quizá indigno de la atención del caprichoso público actual. Se trata, como el lector probablemente habrá adivinado, del protagonista Iván Ivánovich Belokopýtov.
El autor de ninguna manera se pondría a gastar en él su bonito talento, si no fuera por la necesidad de escribir un relato actual, que le obligue, de mala gana, a tomar un bolígrafo y comenzar la narración sobre Belokopýtov.
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