Читать книгу: «Lo maravilloso y el poder»
LO MARAVILLOSO Y EL PODER
Los presagios de imperio de los emperadores
Aureliano y Tácito en la Historia Augusta
LO MARAVILLOSO Y EL PODER
Los presagios de imperio de los emperadores
Aureliano y Tácito en la Historia Augusta
Miguel Requena

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L’edició d’aquest llibre ha comptat amb la col·laboració del Departament d’Història de l’Antiguitat i de la Cultura Escrita, i del Seminario de Estudios sobre la Mujer en la Antigüedad (Universitat de València)
© L’autor, 2003
© D’aquesta edició: Universitat de València, 2003
Producció editorial: Maite Simon
Fotocomposició i maquetació: Arantxa Pérez - Guada Impressors
Correcció: Isidre Martínez Marzo
Il·lustració de la coberta: Detall del vas de Canosa, colònia grega del sud d’Itàlia, s. IV aC
(Staatliche Antikensammlungen und Glyptothek, Munic)
Disseny de la coberta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-370-9369-7
Edició digital
ÍNDICE
Prólogo, de Francisco Javier Fernández Nieto
Introducción
Abreviaturas bibliográficas
EL EMPERADOR AURELIANO, SOL INVICTUS MITHRAS
Los presagios de Aureliano y el Sol
Su madre, sacerdotisa del Sol
El manto de púrpura del Sol y los crepundia de Aureliano
La imagen del Sol o de Mitra
La pátera de Persia
El bautizo mitraico
El spelaeum de Aureliano
El toro y la corona
El águila y el altar solar
El cambio de montura
Un elefante propio
El contexto histórico del reinado de Aureliano
¿SENADOR O SOLDADO? LOS PRESAGIOS DE PODER DEL EMPERADOR TÁCITO
El color púrpura
Los templos y cultos de Silvano y Hércules
CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
Este libro es continuación y complemento del que hace dos años publicó su autor, entre las monografías editadas por la Fundación Pastor, con el título de El emperador predestinado. Los presagios de poder en época imperial romana.
Habría sido lamentable que el trabajo dedicado a estudiar los presagios de los emperadores Aureliano y Tácito, que formó parte de la primitiva tesis doctoral, no hubiese visto la luz prontamente para cerrar, así, la visión del papel de estos relatos de poder en la Roma altoimperial.
Ahora, por fin, sumando a estos dos libros de Miguel Requena sus artículos aparecidos en las revistas Saitabi (acerca de los presagios de Pértinax) y Latomus (en torno a los de Máximo), está completa la serie de los omina imperii recogidos por Suetonio y por los escritores de la Historia Augusta que el autor se propuso examinar.
Considero innecesario reiterar cuanto de bueno e innovador encierra esta investigación sobre el ámbito de las mentalidades y de las representaciones sociales colectivas en la vieja Roma, pues ya tuve ocasión de exponer todo ello en el prólogo que escribí con motivo de El emperador predestinado. Fácilmente se deduce que la metodología y los resultados que entonces se obtuvieron siguen vigentes en el tratamiento de la figura de estos dos príncipes, cuyos programas ideológicos quedan a partir de ahora mucho mejor delimitados.
No cabe duda de que estas páginas han aportado importantes perspectivas a la historia de la sociedad y de la cultura romanas, a la vez que han abierto nuevos caminos al análisis de los relatos maravillosos relacionados con el poder político. Dado que el ciclo no se agota, por supuesto, con este grupo de presagios, me consta que nuestro autor nos deparará en breve una tercera monografía donde intentará desentrañar las claves sociorreligiosas y mágicas de los presagios de muerte atribuidos a la mayoría de los emperadores romanos.
F. J. FERNÁNDEZ NIETO
Catedrático de Historia Antigua
INTRODUCCIÓN
Mattiussi ha escrito que el lector moderno, cualesquiera que sean los méritos que reconoce en la historiografía antigua, no puede dejar de sentirse turbado, incluso irritado, por la continua presencia en sus páginas de lo maravilloso, pues constituye un hábito que choca frontalmente con su concepción del mundo, heredera en gran parte del positivismo triunfante durante el último siglo.1 Autores como Livio, Tácito, Suetonio, Dión Casio, los escritores de la Historia Augusta o Amiano Marcelino, por citar solamente algunos historiadores de época imperial romana, incluyen en sus obras infinidad de historias fabulosas, prodigios, sueños, profecías o presagios que se acercan más al ambiente maravilloso de los cuentos de Andersen, Grimm o Garskin que a la trama de verdaderos relatos históricos.
Historias como las que narran, por ejemplo, la aparición del ave Fénix en Egipto (Tac., Ann., VI, 28; D. C., LVIII, 27, 1),2 la curación de un ciego y un cojo por el emperador Vespasiano (Tac., Hist., IV, 81; Suet., Vesp., VII, 2), el coito de una mujer con una serpiente (Suet., Aug., XCIV, 4, para Augusto; Liv., XXVI, 19, 7, para Escipión), las palabras pronunciadas por una corneja (Suet., Dom., XXIII, 2), las lluvias de sangre, leche, piedras ardiendo u otros objetos (Liv., XXII, 1, 9; XXV, 7, 7; XXXIV, 45, 6-7; XXXIX, 46, 5; etc.), jalonan constantemente las biografías de los personajes históricos, la descripción táctica de una batalla, las maniobras políticas de un grupo o el análisis de las instituciones públicas romanas, hasta producir una simbiosis que nos obliga a preguntarnos cómo e incluso por qué los autores clásicos podían conciliar un espíritu crítico próximo a nuestra racionalidad con las creencias más extrañas e increíbles.
Las teorías que hasta el momento han intentado explicar la presencia de estos relatos maravillosos en la obra histórica se mueven entre aquéllas que los consideran un simple recurso de embellecimiento literario, capaz de mantener la atención del lector al introducir en la narración un elemento dramático,3 las que los califican como una técnica narrativa que la retórica suministra a los escritores para la perfecta caracterización del personaje,4 sin faltar las que los toman por un medio de mitificar la historia,5 las que los juzgan como simples reflejos lógicos de la mentalidad y creencias de la sociedad romana,6 o bien, por último, las que los creen un mero resultado del juego político-ideológico de los mismos a la hora de crear, confirmar y consagrar el carisma real de ciertos personajes entre las masas populares.7
Si bien cada una de estas hipótesis puede ser perfectamente válida para explicar el origen y el significado de alguno de estos relatos o de su presencia en autores concretos, su aplicación a otras narraciones maravillosas resulta imposible, ya que tal generalización se ve restringida por dos importantes principios metodológicos:
a) El concepto de relatos maravillosos es un gran cajón de sastre donde se incluyen narraciones de muy diversa naturaleza, procedentes de períodos históricos diferentes y transmitidos en la trama de géneros literarios distintos. No pueden ser valoradas con el mismo criterio y método historias tan dispares como, por ejemplo, las lluvias de piedras ardiendo de las que nos da cuenta Obsecuente en su colección de prodigios, las fecundaciones extraordinarias con las que Plutarco, Livio o Suetonio inician las biografías de Alejandro Magno, Escipión y Augusto, el relato de Dionisio de Halicarnaso en el que se narra cómo al fundar la ciudad de Lavinio, mientras un lobo y un águila avivaban un fuego, un zorro intentaba apagarlo, o la aparición de cometas que según Virgilio guiaron el viaje de Eneas a Italia.
b) Numerosos aspectos externos pueden alterar el primitivo sentido de un relato. Así, por ejemplo, el género literario en el que aparecen, la intencionalidad del autor que lo incluye en su obra, la versión que del mismo se presente, su inclusión en un contexto diferente o su atribución a un personaje distinto al original, o la alteración, intencionada o no, de aspectos fundamentales del relato tales como el tiempo, el espacio o los protagonistas, pueden provocar que una historia maravillosa tenga diversas lecturas o interpretaciones dependiendo del contexto, de los autores o de la época en la que aparezca.
De lo antes señalado se deduce que un tema de estudio como el de los relatos maravillosos no sólo es vasto y complejo por el gran número de casos que lo integran, sino que requiere, para que se lo comprenda en su dimensión real, recurrir a perspectivas múltiples y a ángulos de visión diversos.
Limitando la heterogeneidad e inmensidad de tal trabajo, mis últimas investigaciones se han centrado en el estudio del origen y del significado de un grupo de estos relatos maravillosos cuya unidad temática –ya percibida en la Antigüedad– viene fijada por la finalidad de los mismos: anunciar el poder soberano a una persona. Me refiero a los presagios conocidos como «de imperio» o, utilizando su denominación latina, omina imperii.
El silencio de unas ranas por orden del joven Octavio (Suet., Aug., XCIV, 7), el extraordinario crecimiento de una encina en casa de Vespasiano (Suet., Vesp., V, 2), el soñar parir serpientes de color púrpura la víspera del nacimiento de Alejandro Severo (S. H. A., Alex., XIV, 2) o el brotar de rosas de color púrpura, con olor de rosa pero con pétalos de oro tras el nacimiento de Aureliano (S. H. A., Aurelian., V, 1), forman parte de los más de doscientos omina imperii recopilados por los autores clásicos griegos y latinos relativos a la vida de treinta y ocho emperadores romanos desde Augusto a Diocleciano.8 Unos relatos que se concentran casi en su totalidad de dos obras históricas romanas, las Vidas de los doce Césares de Suetonio y los escritores de la Historia Augusta.
Los escasos estudios realizados sobre este tema son, en la mayoría de los casos, meras recopilaciones de presagios estructurados en grupos más o menos coherentes, exentos de un análisis minucioso de cada relato y circunscritos a una de las dos fuentes clásicas de donde proceden (las Vidas de los doce Césares de Suetonio o la Historia Augusta). Al mismo tiempo, la negativa valoración de ambas obras literarias, que reviste especial intensidad en el caso de la Historia Augusta, han convertido los relatos ominales allí recogidos en meros artificios vinculados a los objetivos últimos del autor del libro, por lo que nunca son valorados como aspectos independientes y con significado propio.
Ahora bien, como señalamos en un artículo de próxima aparición,9 cabe destacar una importante diferencia. Mientras que es unánime la teoría que valora los relatos procedentes de la Historia Augusta como falsificaciones carentes de valor histórico creadas por eruditos a partir de citas literarias anteriores, en el caso de la obra de Suetonio contamos con algunos trabajos en los que los omina imperii han sido valorados como elementos con valor histórico propio, lo que ha propiciado la existencia de teorías divergentes. De ahí que hayan sido interpretados como una consecuencia de la ignorancia de las leyes naturales por parte de la sociedad romana,10 como elementos de consagración del régimen del principado y legitimación del poder imperial y del príncipe reinante11 o bien como parte de un proceso deliberado de propaganda en torno al aspirante al poder imperial.12
Frente a estos planteamientos tan reduccionistas, especialmente dramático para el caso de los omina procedentes de la Historia Augusta, en El Emperador Predestinado13 ya intenté demostrar desde nuevos planteamientos metodológicos el carácter autónomo de los presagios de imperio respecto a los fines de la obra y del autor que nos los ha transmitido, defendiendo la tesis de que los omina imperii no son meras invenciones eruditas alejadas del contexto histórico en el que los sitúan sus recopiladores, sino «el reflejo popular del programa ideológico desarrollado por cada emperador romano durante su reinado». En mi opinión las manifestaciones oficiales del programa ideológico de cada emperador activarían la creación de relatos en los que recurriendo tanto a estructuras ideológicas relativas al poder,14 como a creencias populares de diversa naturaleza y a ritos cultuales y de investidura, se expresarían y difundirían unas ideas que, tal y como fueron emitidas por la propaganda oficial no podían ser bien comprendidas o no resultaban lo suficientemente atractivas para amplios grupos sociales. Pensemos en la dificultad que para un habitante medio de Siria, Egipto o Britania, con distinto sustrato cultural, étnico, político, religioso, etc., supondría entender el significado de ciertos motivos iconográficos diseñados en Roma, y tal vez debamos conjeturar que se hizo imprescindible postular, como paso intermedio, el comentario de alguien más versado que él en el simbolismo imperial o conocedor por otros medios del mensaje oficial. Tales comentarios serían el motor capaz de activar en nuestro protagonista toda una serie de estructuras ideológicas con las que rodearía o articularía las ideas centrales que no llegó a captar con claridad en la explicación que escuchó o en el motivo iconográfico que observó; aunque también es posible suponer que, habiendo entendido la idea central, pudo estructurarla a partir de otros elementos más cercanos o afines a su cultura, creencias o intereses. Una vez creada la nueva historia, su transmisión oral facilitaría no sólo su alteración, sino también la incorporación de nuevos aspectos que la irían enriqueciendo y convirtiéndola en más fascinante para ciertos grupos sociales.
Desde tales conclusiones iniciamos el presente trabajo centrado en las figuras de los emperadores romanos Aureliano (270-275) y Tácito (275-276). Evidentemente el cuerpo central del libro está dedicado a la decena de presagios que según Flavio Vopisco Siracusano anunciaron el poder a Aureliano, sin embargo la aparición en 1996 de los comentarios de F. Paschoud a las vidas de Aureliano y Tácito en la Historia Augusta, nos ha proporcionado una perfecta justificación para añadir el estudio de los tres omina imperii del efímero emperador Tácito.
En el primer capítulo comprobaremos que, frente a la impresión de heterogeneidad que proporciona la lectura de los omina imperii de Aureliano, un estudio en profundidad de la estructura interna de cada relato en relación al contexto ominal e histórico en el que aparece, ha permitido descubrir que todos ellos convergen temáticamente para presentar a Aureliano como un nuevo Mitra capaz de superar la intensa crisis que atravesaba la sociedad romana a finales del siglo III. En el caso de Tácito, el análisis de sus omina imperii nos ha permitido comprobar su relación con el estamento militar y, en consecuencia, cuestionar el tradicional carácter de restauración senatorial de su reinado.
Como podrá advertir el lector en las siguientes páginas, el estudio de los relatos maravillosos que según la Historia Augusta anunciaron el poder a los emperadores Aureliano y Tácito, no sólo nos permitirá definir con mayor precisión los presupuestos ideológicos del reinado de estos emperadores y la concepción que de su poder tuvo la sociedad romana, sino que también nos aproximará a la mentalidad colectiva del ciudadano romano y de los habitantes del imperio.
El proyecto de investigación que ha fructificado en el presente libro se ha beneficiado de una Ayuda para estancias en el extranjero concedida por la Subsecretaría de la Oficina de Ciencia y Tecnología del Gobierno Valenciano, que disfruté en el Seminar für Alte Geschichte der Rheinischen Friedrich-Wilhelms Universität de Bonn y el Historisches Institut de la Universidad de Potsdam.
Desde aquí expreso mi mayor agradecimiento a los profesores K. Rosen, H. Galsterer y P. Barceló por la cordialidad con la que me acogieron en sus seminarios y por las continuas atenciones y consejos recibidos, agradecimiento que hago extensivo al resto de docentes y doctorandos de ambas instituciones y, especialmente, a B. Goffin y M. Rathmann, que pasaron de ser colegas a buenos amigos.
No puedo olvidar tampoco en este apartado de agradecimientos a mis compañeros del Departamento de Historia de la Antigüedad y de la Cultura Escrita de la Universitat de València, por soportar estoicamente las innumerables reflexiones y dudas que me inquietaron en el transcurso de la realización de este trabajo. Un reconocimiento especial merecen los profesores Carmen Alfaro, Juan José Seguí, Antonio Ledo y Manel García, quienes repasaron el manuscrito y aportaron interesantes sugerencias. Y, sobre todo, el profesor F. J. Fernández Nieto, sin cuya erudición y tutela este trabajo no hubiera visto nunca la luz.
Por último, quedo en deuda con el profesor M. S. Ruipérez, presidente de la Fundación Pastor de Estudios Clásicos, con la profesora C. Alfaro, directora del Seminario de Estudios sobre la Mujer en la Antigüedad, y con el profesor A. Furió, director de Publicacions de la Universitat de València, por su inestimable colaboración en la publicación de este libro.
1. L. Mattiussi: «La fonction du merveilleux dans l’historiographie romaine de l’empire», Storia della Storiografía, XIII (1988), pp. 3-27 (esp. p. 3).
2. Para las abreviaturas de obras y autores clásicos hemos seguido el Thesaurus Linguae Latinae, Leipzig, 1950, y H. G. Liddle y R. Scott: A Greek-English Lexicon, Oxford, 1968.
3. P. Grimal: «Tacite et les présages», REL, LXVII (1989), pp. 170-178.
4. Fr. Wagner: De ominibus quae ab Augusti temporibus usque ad Diocletiani aetatis caesaribus facta tradunctur, Ienae, 1888; A. Sánchez Marín: «Prodigios, elementos eróticos y retrato físico en las biografías de poetas», Emerita, XLIII (1985), pp. 291-308 (esp. pp. 292-296).
5. L. Mattiussi: «La fonction du merveilleux...».
6. R. Lembert: Der Wunderglaube bei Römern und Griechen. Das Wunder bei den römischen Historikern, Augsburgo, 1905; J. Jiménez Delgado: «Importancia de los prodigios en Tito Livio», Helmantica, XII (1961), pp. 27-46 y 441-461; J. Bayet: Croyances et rites dans la Rome antique, París, 1971, p. 88; A.-M. Tupet: «La mentalité superstitieuse à l’époque des Julio-Claudiens», REL, LXII (1984), pp. 206-235.
7. R. Bloch: Los prodigios en la Antigüedad Clásica, Buenos Aires, 1968 [París, 1963]; R. S. Lorsch: Omina imperii: The Omens of Power Received by the Roman Emperors from Augustus to Domitian. Their Religious Interpretation and Political Influence, Carolina del Norte, 1993; S. Montero: Trajano y la adivinación. Prodigios, oráculos y apocalíptica en el Imperio Romano (98-117 d. C.), Madrid, 2000. La cuestión sobre el uso político de la religión en la sociedad romana ha sido ampliamente estudiada por L. R. Taylor en el capítulo cuarto de su obra Party Politics in the Age of Caesars, Berkeley y Los Ángeles, 1949, pp. 76-97 («Manipulating the State Religion»).
8. Fr. Wagner: De ominibus...
9. M. Requena: «La Historia Augusta y los omina imperii» (en prensa).
10. F. B. Krauss: An Interpretation of the Omens, Portents and Prodigies Recorded by Livy, Tacitus and Suetonius, Philadelphia, 1930.
11. J. Carabia: «Les présages dans les Vies des Douze Césars de Suétone», Trames, II (1977), pp. 9-31; R. S. Lorsch: Omina imperii...
12. E. Bertrand-Ecanvil: «Présages et propagande idéologique: à propos d’une liste concernant Octavien Auguste», MEFRA, CVI (1994), pp. 487-531.
13. M. Requena: El Emperador Predestinado. Los presagios de poder en época imperial romana, Madrid, 2001.
14. También podemos definirlas como «tendencias de la conciencia colectiva» o «verdades positivas admitidas por el común».
ABREVIATURAS BIBLIOGRÁFICAS
| AC | L’Antiquité Classique |
| AJA | American Journal of Archaeology |
| AJPh | American Journal of Philology |
| ANRW | Aufstieg und Niedergang der römischen Welt |
| ARW | Archiv für Religionswissenschaft |
| BCAR | Bullettino della Commissione Archeologica Comunale in Roma |
| BEFAR | Bibliothèque des écoles françaises d’Athènes et de Rome |
| BHAC | Bonner Historia-Augusta-Colloquien |
| BJ | Bonner Jahrbücher des Rheinischen Landesmuseums in Bonn |
| BLE | Bulletin de littérature ecclésiastique |
| BSAF | Bulletin de la Société nationale des Antiquaires de France |
| CAH | The Cambridge Ancient History |
| CIL | Corpus Inscriptionum Latinarum |
| CISA | Contributi dell’Istituto di Storia antica dell’Università del Sacro Cuore, Milano |
| CJ | The Classical Journal |
| CPh | Classical Philology |
| CRAI | Comptes rendus de l’Académie des Inscriptions et Belles-Letres |
| CRDAC | Atti del Centro ricerche e documentazione sull’antichità classica |
| DACL | Dictionnaire d’archéologie chrétienne et de Liturgie |
| DHA | Dialoges d’histoire ancienne |
| DS | Ch. Daremberg, E. Saglio, E. Pottier: Dictionnaire des Antiquités grecques et romaines |
| EPRO | Études préliminaires aux religions orientales dans l’empire romain |
| FGrHist | F. Jacoby: Die Fragmente der griechischen Historiker |
| JRS | Journal of Roman Studies |
| LGRM | W. H. Roscher: Ausführliches Lexikon der griechischen und römischen Mythologie |
| LIMC | Lexicon Iconographicum Mythologiae Classicae |
| MDAI(R) | Mitteilungen des Deutschen Archäologischen Instituts (Röm. Abt) |
| MEFRA | Mélanges d’Archéologie et d’Histoire de l’École Française de Rome. Antiquié |
| NSA | Notizie degli scavi di Antichità (Roma) |
| RA | Revue archéologique |
| RE | Paulys Realencyclopädie der classischen Altertumswissenschaft |
| REA | Revue des études anciennes |
| REG | Revue des études grecques |
| REL | Revue des études latines |
| RGVV | Religionsgeschichtliche Versuche und Vorarbeiten |
| RhM | Rheinisches Museum |
| RHR | Revue de l’histoire des religions |
| RIDA | Revue internationale des droits de l’Antiquité |
| RPh | Revue de philologie, de littérature et d’histoire anciennes |
| RSA | Rivista storica dell’Antichità |
| RuK | G. Wissowa: Religion und Kultus der Römer, Munich, 1912 |
| TAPhA | Transactions and Proceedings of the American Philological Association |
| ThLL | Thesaurus Linguae Latinae |
| ZPE | Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik |
EL EMPERADOR AURELIANO, SOL INVICTUS MITHRAS
Bajo la denominación de auspicia imperii, Flavio Vopisco Siracusano, autor de la vida del emperador Aureliano en la Historia Augusta, relata diez maravillosos fenómenos que copió,según dice, del escritor griego Calícrates de Tiro.
Calícrates de Tiro, un escritor que aventajaba en erudición al resto de los escritores griegos, dice que su madre fue sacerdotisa del templo del Sol invicto en la aldea donde habitaban su padres. Más aún, dice que poseyó un cierto olfato adivinatorio hasta tal punto que, una vez que reñía a su marido, al mismo tiempo que le censuraba su necedad y bajeza, decía: «Mirad al padre de un emperador». Con ello queda patente que aquella mujer tuvo conocimiento del destino. El mismo autor dice que los auspicios que auguraron el poder imperial a Aureliano fueron éstos: al principio, siendo aún niño, una serpiente se enroscó muchas veces a su palangana y jamás fue posible darla muerte, hasta que al fin su madre, que había contemplado este prodigio, no consintió que la mataran, como si fuera de la casa. Añade, además, que su madre la sacerdotisa, según dicen, confeccionó para su hijo unos juguetes del pequeño manto de púrpura que el emperador de su tiempo había ofrecido al Sol. Agrega también este otro prodigio: «Un águila levantó de la cuna a Aureliano fajado con sus pañales, sin hacerle ningún daño, y luego le colocó en un altar situado junto a un pequeño santuario que por azar se encontraba sin fuego. Este mismo escritor dice que a su madre le nació un novillo de dimensiones sorprendentes y de color blanco, pero con manchas de color púrpura dispuestas de tal manera que formaban en un costado el saludo «ave» y en el otro una corona.
Recuerdo que he leído en este mismo autor otros muchos prodigios infundados, como por ejemplo asegura que después de nacer Aureliano brotaron en el patio de la casa de esta misma mujer rosas de color púrpura, con olor de rosa pero con pétalos de oro. Después, cuando ya servía en el ejército, le acontecieron también múltiples augurios de que alcanzaría el poder, tal como luego confirmaron los hechos. Efectivamente, cuando entró en Antioquía en un carruaje, porque no podía hacerlo a caballo a causa de una herida, un manto de púrpura que habían extendido en su honor se vino abajo cubriéndole los hombros. Y, como deseaba trasladarse a un caballo, porque entonces estaba mal visto utilizar carruajes en la ciudad, le acercaron un caballo del emperador, y se montó en él pues tenía prisa. Pero, cuando se dio cuenta de dicha circunstancia, se cambió de nuevo al suyo propio. Además, cuando partió a Persia como legado, le regalaron una pátera, como la que el rey de los persas suele ofrecer al emperador, en la que estaba grabado un sol con la misma indumentaria con la que era adorado el Sol del templo en que su madre había sido sacerdotisa. También le regalaron un elefante extraordinario, pero él se lo ofreció al emperador, y así Aureliano fue el único ciudadano particular que poseyó un elefante propio. (S. H. A., Aurelian., IV, 2-7; V, 1-6)1
Como veremos en las siguientes páginas, el análisis pormenorizado de estos relatos, presentados por la Historia Augusta como presagios de imperio, permite plantear la hipótesis de que en la estructura interna de todos ellos existe un tema común que les da unidad: el intento por vincular desde su nacimiento al emperador Aureliano con el Sol Invicto. Fue Sol Invicto una divinidad de carácter supremo, imperial y total, resultado de su sincretismo con toda una serie de dioses solares como Mitra, Apolo o Júpiter, que a finales del siglo tercero y seguramente por influencia oriental alcanzó destacada importancia en la ideología imperial romana y, especialmente, en el programa político del emperador Aureliano.
Comprobaremos que partiendo de complejos ritos cultuales de los grupos mitraicos y de conocidas estructuras ideológicas relativas al poder, los omina imperii reflejan perfectamente el contexto histórico, y sobre todo ideológico, del reinado de Aureliano, convirtiéndose así en documentos fundamentales para el historiador de la Antigüedad. Evidentemente, este planteamiento contrasta con las teorias que, como señalamos en la introducción, definen los relatos ominales como una creación erudita tardía a partir de la copia o adaptación de citas literarias anteriores y, por tanto, carentes de significado histórico para el periodo en el que el biógrafo los sitúa.2
LOS PRESAGIOS DE AURELIANO Y EL SOL
Como ya comprobamos en los capítulos dedicados a Vespasiano, Antonino Pío, Alejandro Severo y Augusto de El emperador predestinado,3 la posible existencia de una unidad temática o ideológica en una parte o en la totalidad de las historias incluidas bajo la expresión omina imperii, no resulta fácil de captar sino tras un exhaustivo examen de la estructura interna de todos ellos y de cada una de sus particularidades. El caso de Aureliano confirma esta idea, ya que la primera impresión del lector al conocer sus presagios de poder es la de que nos encontramos ante historias con una clara diversidad e independencia en su naturaleza y contenido. Así, resulta difícil asociar relatos tan dispares como, por ejemplo, el que narra que una serpiente se enroscó repetidamente en torno a un barreño de su casa (S. H. A., Aurelian., IV, 4), aquél que cuenta cómo un águila levantó de la cuna a Aureliano y lo colocó sobre un altar (S. H. A., Aurelian., IV, 6) o la no menos increíble historia de que en casa de su madre brotaron rosas de color púrpura con pétalos de oro (S. H. A., Aurelian., V, 1).
En nuestro intento por establecer alguna vinculación entre todos ellos, sólo tres omina presentan, a primera vista, una clara relación. Nos referimos a aquéllos que narran que la madre de Aureliano era sacerdotisa del templo del Sol Invicto con cierto poder adivinatorio (S. H. A., Aurelian., IV, 2-3), el de que hizo para su hijo unos crepundia del pequeño manto de púrpura que el emperador de su tiempo había ofrecido al Sol (S. H. A., Aurelian., IV, 5) y el que señala cómo en el regalo que recibió cuando partió hacia Persia en calidad de legado (una pátera) aparecía grabado el astro rey con la misma indumentaria con la que era adorado el Sol en el templo en el que su madre había sido sacerdotisa (S. H. A., Aurelian.,V, 5). En los tres presagios la figura y el culto del Sol proporcionan un elemento de relación muy significativo, ya que, como veremos más tarde, el desarrollo del culto solar en época de Aureliano fue uno de los aspectos más característicos de su política religiosa.
SU MADRE, SACERDOTISA DEL SOL
A excepción de los problemas de crítica textual señalados por P. Soverini,4 que no afectan significativamente al sentido del relato, y de la polémica sobre la historicidad de Calícrates de Tiro,5 el primero de estos tres relatos no presenta, en mi opinión, ningún aspecto destacable. Por el contrario, forma parte de ese amplio grupo de omina que proceden de personas dotadas de ciertos poderes adivinatorios6 –en este caso de un familiar directo, su propia madre, que era sacerdotisa del Sol7 en la ciudad ilírica de Sirmio.8
Matrem quidem eius Callicrates Tyrius, Graecorum longe doctissimus scriptor, sacerdotem templi Solis, quod in uico eo, in quo habitabant parentes, fuisse dicit. Habuisse quin etiam non nihilum diuinationis, adeo ut aliquando marito suo iurgans ingesserit, cum eius et stultitiam increparet et uilitatem: «en imperatoris patrem». Ex quo constat illam mulierem scisse fatalia. (S. H. A., Aurelian., IV, 2-3)
A pesar de la evidente simplicidad del relato, y aun siendo un caso típico de la tradición ominal latina, este pasaje ha merecido cierta atención por parte de R. Syme, para quien el omen de Aureliano, así como el nombre del supuesto recopilador del resto de omina imperii de este emperador (Calícrates de Tiro), sería una erudita creación del verdadero escritor de la Historia Augusta, un africano, a partir de la primera oración de Dido en el libro primero de la Eneida, pues en este pasaje aparecen yuxtapuestos dos términos que también se hallan presentes en nuestro omen: el Sol y Tiro.9
nec tam aversus equos Tyria Sol iungit ab urbe. (Verg., Aen., I, 568)
Con esta valoración, Syme participa de la extendida teoría que supone que el origen de los omina imperii insertos en la Historia Augusta deriva de la erudición literaria de un falsario de época tardía que reutiliza y mezcla relatos literarios clásicos. Mas, como ya señalamos en anteriores trabajos,10 esta búsqueda de la cita literaria oportuna ha forzado el hallazgo de paralelos excesivamente débiles, que en muchos casos, como el que aquí presentamos, son verdaderos juegos de equilibrio, cuando no puros alardes de erudición.
EL MANTO DE PÚRPURA DEL SOL Y LOS CREPUNDIA DE AURELIANO
El segundo relato ominal presenta una mayor complejidad analítica. Allí se señala que su madre confeccionó para Aureliano unos crepundia aprovechando el pequeño manto de púrpura que el emperador de su tiempo había ofrecido al Sol.
His accedit quod ex palliolo purpureo, quod Soli sui temporis imperator optulerat, sacerdos mulier crepundia filio fecisse perhibetur. (S. H. A., Aurelian., IV, 5)
El valor del color púrpura como atributo del monarca o de la divinidad es un dato lo suficientemente conocido y estudiado para que no requiera mayores precisiones;11 junto a ello, el presente omen aporta otros elementos simbólicos muy significativos. Así, la expresión ex palliolo pupureo nos remite al termino pallium, prenda de vestir masculina de origen griego de forma rectangular y, en este caso, de pequeño tamaño (palliolum) y de color púrpura.12
Tanto por la forma de este manto, como por el hecho de que el Sol era el destinatario del mismo, me atrevo a plantear que no nos encontramos ante una ofrenda cualquiera realizada por el «emperador de su tiempo», sino ante un atributo fundamental en la iconografía de este dios e incluso en la de Mitra: se trata del pequeño manto desplegado por el viento que portan sobre sus hombros ambas divinidades y con el que aparecen representadas en numerosas manifestaciones artísticas.13 Esto significa que el emperador hizo entrega al templo del Sol en Sirmio de un rico manto destinado a vestir la imagen del astro divino, una tradición que todavía hoy pervive en numerosas comunidades católicas en las que los representantes o las personalidades más destacadas de la comunidad hacen entrega de mantos, de particular belleza o valor, para vestir en momentos de especial solemnidad las imágenes de sus patrones.
Pero tan importante como señalar el carácter de atributo divino del manto al que hace mención el relato, es establecer la finalidad con la que la madre de Aureliano lo reutiliza, lo cual nos obliga a introducirnos en el problema semántico de definir qué sentido posee en este párrafo el concepto de crepundia. El término crepundia, derivado del verbo crepare, «hacer ruido», designa los juguetes o abalorios que los niños romanos portaban suspendidos del cuello,14 aunque por extensión también define el concepto de niñez o lo relacionado con ésta.15 A partir de esta segunda acepción se entiende que, por ejemplo, en una edición italiana de la Historia Augusta se traduzca el término crepundia por gingilli,16 mientras que otra lo traslada con el valor de fasce o pannolini per neonato;17 que en la inglesa de Loeb se traduzca por swaddling-clothes;18 que Hohl lo vierta por Windeln en la edición alemana;19 Paschoud por langes en la francesa de Les Belles Lettres20 y que Picón y Cascón, en la edición española de la Historia Augusta, lo hagan por juguetes.21 La extendida traducción por pañales pesenta cierta similitud, ya indicada por la mayoría de autores, con uno de los omina imperii de Clodio Albino, en concreto aquél que narra cómo el futuro emperador fue envuelto, de recién nacido, con una venda ancha de color púrpura, siendo así que los particulares sólo usaban fasciolae blancas, pues las de color púrpura estaban reservadas a la casa imperial.22
Accessit omen, quod, cum pueri eius familiae russulis fasciolis inligarentur, quod forte lotae atque udae essent russulae fasciolae, quas mater praegnas parauerat, purpurea matris [fascea] inligatus est fascea: unde illi ioco nutricis etiam Porfyri nomen inditum est. (S. H. A., Alb., V, 9)
Junto a este ejemplo podríamos añadir como segundo paralelo uno de los omina imperii de Antonio Diadumeno, según el cual su padre ordenó que llevaran unas ropas de púrpura a la habitación donde dos horas después nació el futuro emperador.
Die, qua natus est, pater eius purpuras, tunc forte procurator aerarii maioris, inspexit et quas claras probauit, in id conclaue reduci praecepit, in quo post duas horas Diadumenus natus est. (S. H. A., Diad., IV, 1)
Pero la aparente semejanza entre estos tres relatos, que juegan con el valor simbólico del color púrpura, no puede hacernos olvidar una importante diferencia: frente al carácter profano de las telas de púrpura utilizadas en los casos de Albino y Diadumeno, el manto que tomó la madre de Aureliano es propiedad del Sol, está consagrado a éste; constituye, por tanto, una res sacra23 protegida por la divinidad, cuya transformación o sustracción puede motivar un castigo del dios por la impiedad de tal acto.24 De ahí que la idea de transfomar un atributo divino en pañales o juguetes para un recién nacido resulte anómala y extraña, más aún partiendo el sacrilegio de una sacerdotisa de su culto.
Frente a las traducciones antes apuntadas, que son en mi opinión muy problemáticas al no atender al carácter sagrado del objeto con el que se fabrican los crepundia, cabe señalar que este término también define –y éste es seguramente su significado original– los amuletos y talismanes que portaban los niños para protegerse contra, por ejemplo, el mal de ojo. Ésta es la razón por la que dentro de la categoría de crepundia puede incluirse la famosa bulla aurea o amuleto que los pueri romanos portaban hasta el momento que asumían la toga viril.25 Además, gracias a un pasaje de la Apología de Apuleyo, sabemos que el concepto de crepundia también define los símbolos materiales de reconocimiento que el fiel guardaba en recuerdo de su iniciación a ciertas religiones mistéricas.
Etiamne cuiquam mirum uideri potest, cui sit ulla memoria religionis, hominem tot mysteriis deum conscium quaedam sacrorum crepundia domi adseruare atque ea lineo texto inuoluere, quod purissimum est rebus diuinis uelamentum? (Apul., Apol., LVI, 1)26
Se trataba de objetos entregados por los sacerdotes que el iniciado mantenía ocultos a la vista de los profanos.
Sacrorum pleraque initia in Graecia participaui. Eorum quaedam signa et monumenta tradita mihi a sacerdotibus sedulo conseruo. Nihil insolitum, nihil incognitum dico. Vel unius Liberi patris mystae qui adestis scitis quid domi conditum celetis et absque omnibus profanis tacite ueneremini. (Apul., Apol., LV, 8)
Para Boyancé, estos fetiches que los devotos habían manipulado en el transcurso de las ceremonias iniciáticas poseían o mantenían parte de la fuerza divina de los ritos, por lo que su conservación no tenía sólo un valor meramente conmemorativo, sino que los crepundia eran objeto de un verdadero culto, de una continua veneración silenciosa por parte del iniciado.27 En efecto, esta práctica de entregar al iniciado los objetos que simbolizan su iniciación mistérica y la consiguiente conservación mágicorreligiosa de los mismos se encuentra bien documentada en numerosas religiones mistéricas. Por su similitud con nuestro relato, debemos señalar el hecho de que los iniciados a los misterios de Samotracia portaban una banda de púrpura, que se ligaban en torno al cuerpo, y con la que supuestamente encontraban defensa segura contra los naufragios.28 Los iniciados a los misterios de Orfeo solían ser enterrados junto a las llamadas tablillas órficas, que garantizaban su entrada en el más allá. Los miembros de esta secta portaban las tablillas suspendidas al cuello por una cadena de oro.29 Como afirmaba Apuleyo, esta creencia existía en los misterios de Liber Pater y, tal y como se desprende del estudio de Boyancé, también en los de Dionisio.30 En el cristianismo primitivo existía la costumbre de entregar al neófito durante el rito del bautismo una medalla o tesera que éste solía conservar durante toda su vida, costumbre que, más o menos desnaturalizada, pervive en las populares medallas de devoción.31 Gracias a ciertas expresiones de los discursos del emperador Juliano, podemos afirmar que la práctica de conservar los símbolos de la iniciación también se daba entre los miembros de las sectas mitraicas.32 Fue, en definitiva, un uso ampliamente difundido en la Antigüedad y, por tanto, bien conocido por la sociedad romana a pesar del silencio que sobre los misterios se exigía a los iniciados.
Esta nueva valoración del concepto de crepundia nos permite plantear la hipótesis de que este término no fue utilizado en nuestro relato con el sentido de juguetes o pañales para el recién nacido, como lo traducen las ediciones modernas del mismo, sino que con él se definió al objeto material que pasa a poder de Aureliano como símbolo de su iniciación cultual. Ello supone, a su vez, que no debemos tampoco comprender el verbo facio como sinónimo de transformación material del objeto, sino de transformación simbólica. El palliollum, que como ya he señalado es uno de los atributos clásicos del Sol o de Mitra, no fue destruido para fabricar unos juguetes o usado como pañales –lo que sería considerado un acto incomprensible para una sacerdotisa de su culto–, sino que después de alguna ceremonia de iniciación, en la que aquella prenda se habría utilizado para la realización de un rito,33 la capa es transformada o se convierte en el símbolo material de reconocimiento de la iniciación de Aureliano al culto solar o a los misterios mitraicos. Es decir, el omen imperii no es más que el reflejo reducido a su mínima expresión de dicho rito de iniciación a los misterios de Mitra.
Esto no significa necesariamente que Aureliano, definido por L. Homo como un pagano convencido y supersticioso, adepto ferviente a la religión solar,34 fuera miembro de los cultos mitraicos desde su más tierna niñez,35 aunque nada obsta,36 sino tan sólo que así lo percibía la población romana, ya que sin duda los omina imperii de Aureliano son un reflejo popular del programa ideológico de este emperador, articulado a partir de las estructuras mentales de los súbditos.
Junto a esta idea central, en el relato aparece una indefinición que resulta también muy significativa: el manto de púrpura ha sido ofrecido al Sol por un emperador coetáneo de la madre de Aureliano –sui temporis imperator–. Podríamos aquí especular respecto a qué emperador aludía el presagio,37 pero lo realmente importante es certificar el hecho de que en el origen del mismo, es decir, para aquellos que lo estructuraron, tal dato no era relevante, lo que explica que no se indicase o incluso que se perdiese. Resulta difícil pensar en el nacimiento de dicha omisión si nos encontrásemos ante una creación erudita, o si el relato procediese directamente de la propaganda oficial, pero no si su concepción fue plenamente popular, porque en este ámbito aspectos como el tiempo, el espacio e incluso la identificación de los personajes, siempre que no sean especialmente importantes para articular el sentido último del relato, suelen sufrir procesos de confusión, de transformación o de eliminación.
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