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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca y Deseo, n.º 275 - octubre 2021

I.S.B.N.: 978-84-1105-236-8

Índice

Créditos

Índice

Regreso a la isla del amor

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Enamorada del hombre equivocado

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Capítulo Quince

Capítulo Dieciséis

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

HELENA Armstrong comprobó su aspecto por última vez.

¿El rímel y el delineador de ojos estaban intactos? Comprobado.

¿No se había manchado los dientes con lápiz de labios? Comprobado.

¿Llevaba el cabello castaño recogido en un moño y no tenía ningún mechón suelto? Comprobado.

¿La falda plateada y azul acampanada estaba limpia y sin arrugas? Comprobado.

¿La blusa negra estaba limpia, sin arrugas y bien abrochada en la zona del pecho? Comprobado.

¿Llevaba limpios los zapatos de tacón, aunque le fuera difícil caminar con ellos? Comprobado

¿Tenía el portaplanos preparado? Comprobado.

¿Tenía bajo control el latido de su corazón? Bueno, una chica no podía tenerlo todo.

Helena estaba todo lo preparada como podía. Había llegado el momento de lanzar su primer envite a un cliente. El proyecto en el que tanto se había esforzado durante un mes estaba listo para ser desvelado al cliente misterioso que había conseguido asombrar a todos.

El cliente misterioso, que incluso había utilizado abogados para permanecer en el anonimato, y que había provocado que en la empresa se especulara acerca de quién podía ser, había invitado al estudio, y a otros cuatro más, a pujar por la oportunidad de diseñar una casa para él. O para ella. No sería una casa corriente, ni siquiera una mansión corriente. El arquitecto elegido tendría que volar hasta una isla griega, cuyo nombre todavía no se había revelado, y diseñar una casa de mil metros cuadrados al estilo de las Cícladas. Cada estudio debía presentar a un arquitecto que hablara griego y tuviera inclinación por la arquitectura clásica europea. Helena, cuya madre era de origen griego y adoraba la arquitectura clásica, era la persona ideal de su estudio. La manera cruel en que su padre le forzó a aprender griego por fin compensaba.

Helena había tratado de calmar la inquietud que sentía al pensar en que tendría que irse a trabajar a una isla del país que llevaba evitando durante tres años y se había presentado al concurso. No se había engañado pensando que tenía posibilidades de ganar puesto que sería la candidata más joven e inexperta, pero era una buena manera de practicar y el ganador se vería recompensado con un premio único. El estudio ganador obtendría una buena cantidad de dinero y, además, el arquitecto recibiría un bonus a la firma del contrato y otro al término, algo que permitiría que Helena saldara sus deudas y tuviera un remanente. Lo único que le habían pedido era mostrar cómo convertiría una vieja escuela griega en tres apartamentos vacacionales de lujo.

Helena se dirigió hacia la sala de juntas, acompañada de los murmullos con los que le deseaban buena suerte. La mayoría de los empleados había visto cómo con el tiempo había dejado de ser una licenciada de veintiún años y se había convertido en una arquitecta de veintiséis.

Al entrar en la sala de juntas, Helena vio que Stanley la miraba y le guiñaba un ojo para darle ánimos. Ella deseaba que el arquitecto que la había acogido cinco años antes se sintiera orgulloso. Helena había trabajado para él durante un año nada más graduarse y, después, él había estado siempre disponible cuando ella lo había necesitado durante sus estudios y también le había ofrecido un hueco en su estudio para que pudiera tener experiencia laboral antes de realizar el examen final. Stanley había sido quien había creado un puesto permanente para ella cuando, después de siete años de esfuerzo, se había convertido en una verdadera arquitecta.

Junto con Stanley estaban otros dos socios principales, una asistente personal y el cliente misterioso, quien estaba de espaldas a la puerta y no hizo ningún esfuerzo por volverse para saludarla.

Helena se apresuró para sentarse frente a él con una cálida sonrisa y, finalmente, vio su cara.

Y ese fue el instante en que se le congeló el pensamiento.

El hombre que estaba sentado frente a ella era Theo Nikolaidis. El mismo Theo Nikolaidis que ella había dejado plantado tres años atrás, veinticuatro horas antes de que fueran a contraer matrimonio.

Theo no se molestó en ocultar la gran sonrisa que se había formado en sus labios.

Ese momento, en el que a Helena Armstrong se le había borrado la sonrisa, era un momento para saborear, un momento que merecía una copa de vino bueno y, si hubiese sido un hombre al que le gustasen los canapés exquisitos, un plato lleno. Sin embargo, a pesar de que Theo era un hombre que prefería la comida sustanciosa, en aquel momento tampoco encajaba un gran cuenco del kokkinisto que preparaba su abuela.

Theo se puso en pie y le tendió la mano.

–Buenos días, Helena –dijo con una amplia sonrisa, antes de apreciar cómo ella se ponía colorada como un tomate–. Es un placer volver a verte.

Él estaba seguro de haber oído que las otras personas que estaban en la sala habían contenido la respiración.

Al cabo de unos instantes, ella extendió su mano pequeña y de piel pálida hacia la de Theo. Se la estrechó durante una décima de segundo y la retiró.

–Señor Nikolaidis –murmuró ella sin mirarlo, mientras tomaba asiento y dejaba su bolso en el suelo y el tubo portaplanos sobre la mesa.

–¿Se conocen? –preguntó uno de los socios, un hombre lo bastante mayor como para ser el padre de Helena, pero que la miraba de una manera que provocó que Theo deseara hacerle daño.

No obstante, Theo había aprendido a controlarse y en lugar de dejarse llevar, sonrió de nuevo y dijo:

–Helena y yo somos viejos amigos. ¿No es cierto, agapi mou?

Su comentario hizo que ella lo mirara. Sus ojos marrones brillaban con furia y sus labios carnosos mostraban tensión. ¿Pensaba que estaba enfadada? Aquello solo era el comienzo.

Helena asintió con la cabeza, abrió el tubo portaplanos y dijo:

–¿Nos ponemos con esto?

Theo extendió las manos.

–Sí. Muéstrame tu diseño. Déjame ver si tienes tanto talento como me han hecho creer.

Ella entornó los ojos y puso una falsa sonrisa antes de decir:

–Tendrás que ser tu propio juez.

–Créeme, agapi mou, aprendí a la fuerza que la reputación es igual de engañosa que las apariencias –Helena era la base de ese aprendizaje forzado. Era la mujer más bella que había visto nunca y la había conocido en Agon, su isla natal. Él había ido a visitar a su buen amigo Theseus Kalliakis, el príncipe de Agon, que en aquellos momentos vivía en el palacio. Como hacía muy buen día y Theo era un hombre que disfrutaba al sentir el sol en la cara, decidió dar un paseo por los jardines del palacio y dirigirse a la residencia privada de Theseus. En el jardín vio a una mujer joven sentada en un banco, junto a la estatua de la diosa Artemisa. La mujer tenía un cuaderno abierto sobre el regazo y un lápiz en la mano. Estaba inclinada hacia delante y su melena de color castaño caía como un velo sobre su rostro y sus hombros. Ella se retiró el cabello y se lo sujetó detrás de la oreja, dejando al descubierto un rostro que, incluso a pesar de las enormes gafas que llevaba, podía decirse que era el de una diosa.

Él respiró hondo y la miró durante largo rato.

Preguntándose qué era lo que ella estaba haciendo, se colocó detrás para mirar por encima de su hombro. En una hoja de papel había dibujado el palacio. Era un dibujo muy bonito y para hacerlo solo había utilizado lápices. Incluso había conseguido que pareciera que salía luz de algunas de las ventanas.

No era extraño que él se hubiera quedado embelesado. ¿Una mujer bella, talentosa e inteligente? Al instante, él la colocó sobre un pedestal y la veneró como sus paisanos habían venerado a Artemisa miles de años atrás.

Era una lástima que hubiera olvidado que los escrúpulos y el honor también eran cosas deseables a la hora de elegir a una mujer para convertirla en tu esposa. Debería haber tomado como señal de advertencia a la estatua que presenció su primer encuentro, Artemisa, una de las diosas más veneradas de la antigüedad y que, según la leyenda, había prometido que no se casaría nunca.

Al contrario que Artemisa, Helena no mencionó que sentía aversión hacia el matrimonio hasta el día anterior al que se suponía iban a pronunciar sus votos en la catedral de Agon. Como tonto que era, Theo no la creyó, a pesar de que ella se lo había gritado con rabia. ¡Por supuesto que ella aparecería en la catedral!

Tiempo después, cuando Theo recordaba el momento en que Helena le había destrozado el ego, terminaba pensando en que debía agradecérselo. Él podría haber pasado los últimos tres años viviendo una vida aburrida y estable en lugar de retomar el estilo de vida juerguista que había decidido abandonar por estar con ella. Lo cierto era que el hecho de que Helena lo dejara plantado lo había liberado y él había aprovechado cada minuto de su libertad, pero solo hasta cierto punto.

Tres años después de su humillación pública, todavía no se había acostado con otra mujer. A pesar de que lo había intentado su libido voraz había entrado en hibernación. Él, el hombre que podía elegir a cualquier mujer que deseara, había perdido todo interés en el sexo opuesto. Seguía saliendo con mujeres, cualquier excusa para demostrarle a Helena lo que se estaba perdiendo, pero acostarse con ellas le resultaba imposible.

Lo que había comenzado con una molestia menor se había convertido en un serio problema. Theo no quería mantener otra relación. Las relaciones eran para tontos ingenuos. En ellas estaban involucradas las emociones y la confianza, algo que no se permitiría experimentar nunca más, pero solo tenía treinta y tres años y era demasiado joven como para pensar en la vida célibe de un monje.

No obstante, seis meses atrás, Theo había visto un artículo en una revista de arquitectura en el que se anunciaba que el estudio Staffords le había ofrecido un contrato permanente a la arquitecta recién habilitada Helena Armstrong. Junto al artículo aparecía una fotografía de ella. A la mañana siguiente él se había despertado con la primera erección que había tenido desde que ella lo había dejado. El sentimiento de alivio que experimentó por haber recuperado su virilidad le duró muy poco. Esa misma noche, durante la fiesta que celebró un amigo suyo en un yate donde había varias mujeres casaderas, su virilidad no hizo ningún acto de presencia. Al menos no hasta que se quedó a solas en su cama y cerró los ojos para recordar a Helena desnuda. Entonces, su miembro se disparó como el muñeco de una caja sorpresa.

Y así, sin más, le quedó claro cuál era el motivo de su impotencia y qué debía hacer para solucionarla. Por mucho que él hubiera intentado olvidarse de ella, Helena estaba tan arraigada en su cabeza que había afectado a las funciones de su virilidad. Necesitaba olvidarla, y para ello debía conseguir que formara parte de su vida. En esa ocasión, se acostaría con ella tal y como debía haber hecho tres años antes. Haría que se enamorara de él otra vez. Y después, sería él quien la abandonara y la humillara.

Entonces, por fin, podría olvidarse de ella y continuar con su vida.

Helena nunca averiguaría cómo pudo sobrevivir a la siguiente hora. Más tarde, esa noche, de camino a casa en metro, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos.

¿Lo había soñado?

¿De veras Theodoros Nikolaidis era el cliente misterioso que los había mantenido en vilo durante los dos últimos meses?

De algún modo, ella había conseguido mantener la compostura y defender su proyecto. Sabía que cada palabra pronunciada era en vano, pero el orgullo no le permitiría hacer nada que no fuera dar lo mejor de sí. Cuando Theo eligiera otro arquitecto de un estudio distinto, al menos sus colegas no podrían decirle que su falta de profesionalidad los había decepcionado.

Y Theo nunca se enteraría de que bajo su apariencia profesional latía en realidad un corazón herido.

Cuando ella terminó la presentación, él la miró muy serio. No hizo una sola pregunta. Simplemente, miró el reloj, se puso en pie, agradeció a todos sus esfuerzos, le guiñó un ojo a Helena y salió de la sala sin mirar atrás, dejando a cinco personas boquiabiertas a su paso.

No fue necesario que Helena, los asociados, o el resto de los empleados dijera nada, ya que el ambiente de la sala hablaba por sí mismo. Todo el esfuerzo que Helena había puesto en el proyecto, toda la ayuda y apoyo que le habían ofrecido sus colegas, no había servido para nada.

Helena respiró hondo, sin importarle el ambiente cargado del salón.

Ver a Theo después de todo ese tiempo…

«No pienses en él».

No pudo evitar que su memoria empezara a evocar recuerdos y, de pronto, se encontró pensando en aquella época en la que su corazón permanecía intacto y su cuerpo era como una flor preparada para abrirse bajo el sol.

El sol había aparecido en la forma del hombre más sexy que ella había visto nunca.

Aquel día había ido al palacio por capricho. Había decidido ir a visitar a la familia de su madre en Agon, para tomarse un descanso después del primer año de estudiar el máster. El sol siempre brillaba en Agon y la vida allí siempre parecía ofrecer más libertad. Sencillo. Incluso su padre se relajaba lo suficiente como para no hacer una crítica cada cinco minutos cuando estaba allí.

El tercer día, ella se levantó temprano y decidió visitar el palacio que le había encantado de niña.

Llevando tan solo su cuaderno de dibujo, sus lápices, una botella de agua y un picnic, se sentó en un banco y dibujó su edificio favorito en el mundo.

Tras cinco horas de concentración y de tratar de ignorar a los turistas que pasaban junto a ella, de pronto se dio cuenta de que alguien la observaba. Helena levantó la vista al mismo tiempo que una voz le dijo desde atrás.

–Tiene mucho talento, señorita. Ponga un precio.

Ella se volvió y se encontró cara a cara con un hombre que provocó que se le agrandara el corazón. Era alto y musculoso, con el cabello corto alborotado, castaño y con las puntas aclaradas por el sol. Tenía la piel bronceada, lo que sugería que disfrutaba de mucho tiempo al aire libre.

Y cuando ella vio sus alegres ojos azules, su corazón comenzó a latir muy deprisa.

Tres años después, ella había experimentado exactamente lo mismo al verlo.

Tres años después, Helena seguía pagando el precio de aquella espontánea visita al palacio.

Había llegado a su estación. Agarró su bolso y salió del metro por las escaleras mecánicas. Había anochecido y estaba lloviendo. Por supuesto, lo primero que hizo fue pisar un charco y empaparse los zapatos de lona que se había puesto después de la desastrosa presentación.

Maravilloso. Lo único que le faltaba para completar el día era que la atropellara un autobús.

Cuando llegó a su apartamento, estaba calada hasta los huesos.

La casa estaba helada y, tiritando, ella se amonestó en silencio por pensar que mayo empezaría con un sol radiante.

Encendió la calefacción, se quitó la ropa empapada y se puso un albornoz. Estaba llenando la bañera cuando llamaron al timbre.

Helena suspiró, se quitó las gafas y se cubrió el rostro con las manos. Había consumido toda su energía.

Cuando volvió a sonar el timbre, cerró el agua y se puso las gafas otra vez. En los tres años que llevaba alquilando aquel apartamento en Londres, solo había tenido una visita inesperada: un repartidor que le pidió que aceptara un paquete para la pareja que vivía en el piso de arriba.

Helena se dirigió a la puerta y miró por la mirilla Inmediatamente, se echó atrás asustada.

¿Cómo diablos la había encontrado?

El timbre sonó de nuevo.

A menos que Theo tuviera visión rayos-X, él no podía saber que ella estaba en casa. Decidió que volvería a meterse en el baño

El timbre comenzó a sonar de manera continua, como si un hombre impaciente hubiera decidido presionarlo hasta molestar a todos los residentes del edificio.

El egoísta, exasperante, inoportuno… Helena no podía pensar en ningún adjetivo positivo.

El asombro que la había invadido desde que se había encontrado con Theo en la sala de juntas dejó paso a una energía furiosa que provocó que se dirigiera a la puerta, quitara las tres cadenitas de seguridad y corriera el cerrojo para abrir la puerta.

Allí estaba él, vestido con una camisa y unos pantalones de color negro, bajo la lluvia y con el abrigo abriéndose por el viento. En el rostro, una amplia sonrisa que ella podría haber confundido con una sonrisa de éxtasis, de no ser porque había visto el destello del peligro en sus ojos azules.

Levantando las palmas de las manos, Theo inclinó la cabeza y exclamó:

–¡Sorpresa!

Capítulo 2

THEO saboreó durante un instante la expresión de enfado que mostraba Helena y después pasó junto a ella y entró en su casa. Que aquella nunca debía haber sido su casa era algo en lo que no podía pararse a pensar.

Se secó las gotas de lluvia del rostro y comentó:

–Bonita casa.

Helena cerró la puerta y se apoyó en ella.

–¿Qué haces aquí?

Él la miró y se llevó la mano al pecho.

–Parece que no te alegra volverme a ver, agapi mou.

–La disentería habría sido mejor bienvenida. Por favor, Theo, han pasado tres años. Apareces en mi lugar de trabajo de forma misteriosa y después en mi casa. ¿Qué pretendes?

–Pensé que te gustaría saber que has ganado de primera mano.

–¿Que he ganado el qué? –preguntó frunciendo el ceño.

–El trabajo –Theo puso una amplia sonrisa. Estaba disfrutando de aquello–. Enhorabuena. Eres la arquitecta que he elegido para mi nueva casa.

Helena se puso pálida.

–¿Por qué no abres una botella de vino mientras hablamos de los detalles? –miró a través de una puerta y vio una cocina muy pequeña.

–¿De qué estás hablando?

Él se volvió y chasqueó los dedos.

–Los detalles son importantes. ¿No estás de acuerdo?

–Bueno, sí

–Y el alcohol siempre hace que los detalles tediosos sean más llevaderos –se dirigió a la nevera y la abrió. Al momento, suspiró de forma dramática–. No hay vino blanco. ¿Dónde guardas el vino tinto?

–No tengo.

–¿Nada? ¿No tienes nada de alcohol?

–No…

Él sacó el teléfono del bolsillo y guiñó el ojo a Helena.

–Tiene fácil solución.

–Espera –comentó ella.

–¿Nai, agapi mou?

–¿Me estás diciendo que he ganado el concurso?

–Nai. Has ganado. Enhorabuena.

Ella frunció el ceño con suspicacia.

–Tienes permiso para sonreír, ya sabes.

Ella se cruzó de brazos y, sin dejar de mirarlo a los ojos, dijo:

–Sonreiré cuando me digas por qué has venido a mi casa para darme la noticia en lugar de emplear el canal adecuado. Ahora que lo pienso, ¿quién te ha dado mi dirección? ¿Y quieres dejar de revisar mis armarios y mis cajones?

–El contenido de una cocina es un buen indicador del carácter de una persona –bromeó él, mientras abría un cajón que contenía un rollo de papel de horno, otro de papel film y dos paños de cocina.

–Y no dejar de cotillear en esa cocina después de que el dueño lo haya pedido es un indicador igual de bueno.

Suspirando con dramatismo, él cerró el cajón. A juzgar por lo que había visto hasta el momento, Helena cocinaba tan poco como tres años antes.

–¿Has comido? –le preguntó Theo.

–No… Sí.

Riéndose al descubrir su mentira, Theo sacó el teléfono otra vez.

–¿Qué te apetece?

–Que dejes de comportarte como un niño hiperactivo y maleducado y te largues de mi casa.

Theo frunció el ceño y movió el dedo a modo de regañina antes de activar la pantalla.

–¿Esa es la manera de hablar con el hombre que te va a hacer rica?

–Si me importaran los ricos, me habría casado contigo.

Él se llevó la mano al pecho.

–¡Ayyy! Veo que te has afilado la lengua en los últimos años.

–Y tú has perdido oído. Por última vez, ¿puedes responder a mi pregunta?

–¿A cuál? Has hecho muchas.

Ella rezongó y Theo se rio al ver que por fin reaccionaba. Durante la reunión, ella había se había mostrado sorprendida, pero se había recuperado rápidamente. Había mostrado que seguía siendo capaz de controlarse, sin embargo, Helena seguía siendo apasionada. La rabia y el deseo se ocultaban bajo su vestimenta, pero cuando se desataban ¡Guau! Él no podía esperar para verla arder.

–Puedes empezar por decirme cómo has conseguido mi dirección –soltó ella.

–Me la dio tu madre –una fotografía que había en la pared de la cocina llamó su atención. Era una foto de Helena abrazando a un bebé. Él acarició el marco de cristal sobre el rostro del niño–. ¿Quién es?

–¿Has visto a mi madre? –preguntó ella, ignorando su respuesta.

–Quería encontrarte, agapi mou. ¿Quién iba a ayudarme mejor que tu madre?

Él percibió que ella lo miraba, pero decidió mirar hacia otro lado.

Era una escena que Theo se había imaginado muchas veces desde que formuló su plan. Hasta ese momento, solo había dos cosas que habían estropeado su plan: empaparse durante los tres metros que recorrió desde el coche hasta casa de Helena, y que Helena llevara un albornoz de toalla gris. Si su aspecto se hubiese correspondido con el de sus fantasías, ella habría llevado un kimono de seda ajustado a su cuerpo, y no ese albornoz ancho que le cubría de pies a cabeza. A pesar de todo, él deseaba quitárselo y prometió que se lo quemaría en cuanto tuviera la oportunidad.

–¿Cuándo la has visto? –inquirió ella.

–Hace tres meses. ¿Quién es el bebé?

–Deja de cambiar de tema –repuso ella desde la puerta de la cocina. La habitación era tan pequeña que, de haber entrado, habría tocado a Theo. Y Helena prefería tocar una tarántula que tocarlo a él–. Mi madre no me ha dicho que te ha visto.

Theo sonrió. Estaba disfrutando de aquello.

–Le pedí que no lo hiciera.

El bonito rostro que brillaba cual diamante cuando recibía los rayos del sol, se tensó:

–¿Por qué?

–Te lo contaré cuando me digas quién es el niño de la foto –no podía ser de ella. Su madre lo habría mencionado. Además, el apartamento no era lo bastante grande para Helena, y mucho menos para Helena, su hijo y posiblemente el padre, es decir, el amante de Helena.

A él no le importaba cuántos amantes hubiera tenido. Bueno, sí le importaba. Un poquito. Aunque solo fuera por el hecho de que él no la había poseído. Helena había querido que hicieran el amor. Había intentado todos los trucos para convencerlo. Una tortura. Él pensaba que estaba enamorado de ella y que estarían juntos para siempre. La amaba y quería demostrarle su amor respetando su virginidad y esperando a que fueran marido y mujer antes de hacerle el amor. Después de todo, tendrían toda la vida para hacer el amor. Sin embargo, ella lo dejó plantado en el último momento, dejando su ego magullado y su deseo insatisfecho. ¿Y tenía dudas de por qué no había sido capaz de estar a la altura de la ocasión desde entonces?

Compartir el mismo aire que ella le demostró que su plan iba a tener éxito. Una ola de calor lo invadió por dentro, su piel se erizó y su erección… Por una vez tenía que tratar de ocultarla en lugar de tratar de forzarla.

Helena frunció el ceño y miró a Theo mientras él contemplaba las fotos de la pared.

–Es la nieta de mi jefe. Ahora, deja de mirar mis fotos y dime por qué has molestado a mi madre.

Su pobre madre, educada para obedecer al hombre, le habría contado a Theo todo lo que él hubiese querido saber.

Helena comprendía por qué se había mostrado más nerviosa de lo normal la última vez que estuvieron juntas. Su madre quería advertirle de que Theo había vuelto, pero había sido incapaz. Su madre conocía muy bien las consecuencias de ir contra un hombre poderoso.

–Ya te lo he dicho –él le guiñó un ojo–. Quería encontrarte.

–Será mejor que no la hayas disgustado.

–¿Por qué haría tal cosa? Tu madre me cae bien.

–¿Y mi padre estaba allí? ¿También está implicado en esto?

–No estaba allí cuando yo fui. No sé si tu madre se lo contó.

–Bueno, ya me has encontrado. Enhorabuena. Ya puedes marcharte.

Theo le dedicó una mirada que provocó que le hirviera la sangre y ella deseó que se debiera al sentimiento de rabia que la invadía. Theo siempre había sido un hombre atractivo que tenía un magnetismo que provocaba que todo el mundo de los alrededores lo mirara. Además, su encanto hacía que un completo desconocido sintiera que acababa de conocer a su mejor amigo.

Durante tres meses Helena había sido el centro de su fuerza vital. Él la había tratado como a una princesa. No había nada que no hubiera hecho por ella. Si le hubiera pedido la luna, él se la habría bajado del cielo. Si se hubiera casado con él, ella no habría deseado nada, excepto su propia autonomía. Porque para Theo, el mundo giraba a su alrededor. Todo giraba alrededor de él.

El temor que había surgido en Helena a medida que se aproximaba la fecha de la boda se había cristalizado durante la fatídica comida con sus padres el día anterior al que debían intercambiarse los votos. De pronto se le había iluminado el futuro, un futuro que la convertiría en un clon de su madre, una mujer llena de vitalidad que se convirtió en un ratón asustado bajo el peso de su marido, intimidada por abandonar sus sueños y convertirse en alguien dependiente como un niño. Retirarse del mundo de Theo y alejarse de él había sido lo más difícil que había hecho Helena en su vida, pero nunca se arrepintió de ello. Si se le encogía el corazón cuando veía una foto suya con otra mujer del brazo, pensaba que solo era un pequeño resto del viejo amor.

Encontrarse a poca distancia de él, mientras la miraba con sus penetrantes ojos azules, provocó que una ola de calor la invadiera por dentro Ciertas partes de su cuerpo, dormidas desde hacía años, empezaban a recobrar vida y, con total claridad, ella se percató de que necesitaba acallarlas de nuevo.

Helena se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta:

–Sal.

Aquella era su casa. Su santuario. Su piso pequeño, pero suficiente para ella. Sin embargo, con la presencia de Theo, parecía como si hubiera encogido. Helena quería que se fuera inmediatamente, antes de que no pudiera resistir las ganas de darle un puñetazo en su rostro arrogante, o peor aún, romper a llorar o abrazarlo.

Él salió de la cocina y negó con la cabeza:

–Todavía no hemos hablado de los detalles del proyecto ni contestado a las preguntas que nos surjan a ambos.

–No me importa –soltó ella–. Te dije hace tres años que no quería volver a verte. Si hubiese sabido que eras el cliente misterioso jamás me habría presentado al concurso.

–Lo sé –guiñó el ojo de nuevo–. Por eso oculté mi identidad y le pedí a tu madre que no dijera nada.

Ella se estremeció.

–¿Ocultaste tu identidad a propósito?

Él guiñó un ojo y chasqueó los dedos.

–Los detalles, agapi mou. Uno siempre ha de cuidar los detalles. Necesitaba llegar a este punto, justo donde estamos en este preciso momento. Todos los detalles surgieron de ese juego.

Ella cerró la puerta despacio.

–¿Ha sido una emboscada?

Él la miró con cara de lástima.

–El concurso se creó para ti.

–No –ella negó con la cabeza–. No puede ser. No me pidieron que participara personalmente…

–Los detalles –le recordó él, con otro guiño–. Necesitaba que mordieras el anzuelo sin levantar tus sospechas.

–¿Iba a ganar siempre?

–A menos que tu proyecto fuese desastroso. En ese caso le habría dado el proyecto a un estudio griego, pero sabía que no sería así. Sabía que tu proyecto sería fantástico. Sabía que eras la mujer adecuada para el proyecto.

–Entonces, ¿todos los arquitectos que han perdido su tiempo?

–Los otros estudios que fueron invitados al concurso no tienen personas que hablen griego. Si fueron lo bastante idiotas como para hacer un diseño cuando no cumplían el requisito de tener una persona que hablara griego, es problema suyo –se encogió de hombros igual que los alumnos traviesos de primaria cuando tratan de convencer a la profesora que no son culpables cuando es evidente–. Hace mucho tiempo que puse en marcha este plan.

Helena tardó unos instantes en darse cuenta de que era una venganza. No sabía cómo podía ser una venganza el hecho de que ella diseñara una casa para él, pero sabía que así era.

Ella lo había humillado sin saberlo. Se había dado cuenta después de que él estuviera una hora esperando en el altar antes de informar a sus invitados que se cancelaba la boda. No podía creer que ella no quisiera casarse con él, hasta que ya no consiguió negar la evidencia.

–No voy a hacerlo.

–Sí, vas a hacerlo.

–No. No lo haré. Ninguna cantidad de dinero compensa los inconvenientes que me encontraré al trabajar contigo.

Theo se llevó la mano al pecho y pestañeó en modo lastimero.

–Has vuelto a herirme, agapi mou. Te estoy ofreciendo una rama de olivo, pero no paras de devolvérmela.

–Por favor, nunca he querido recibir una rama de olivo y, desde luego, no esta. Esto es un plan maquiavélico que has preparado. No soy estúpida. Te has tomado muchas molestias para…

–¿Recuerdas los planes que hicimos en Sidiro? Cuando yo heredara la península, tú diseñarías la casa en la que criaríamos a nuestros hijos.

Sidiro era la pequeña isla griega en la que ella había pasado el mes más mágico de su vida. Helena había pasado tres años tratando de olvidarse de su existencia. Y cuando la recordaba siempre sentía que se le rompía el corazón.

–Bueno, mi querida seductora, la península es mía.

Helena sintió una punzada en el corazón al darse cuenta de que eso significaba que su abuela había fallecido. Otra pérdida para un hombre que había perdido a sus padres en un periodo de tres meses cuando tan solo tenía dieciocho años.

Helena respiró profundamente para tratar de parar la sensación que tenía de que la habitación estaba dando vueltas. De pronto, se le ocurrió otra idea.

Si él quería construir una casa en la península, significaba que pensaba casarse. La península significaba mucho para él como para hacer uso de ella con otro propósito.

Así que así era como pretendía conseguir su venganza, consiguiendo que su exprometida diseñara la casa que él compartiría con su futura esposa.

Capítulo 3

LA RELACIÓN de Theo debió de ser un romance relámpago igual que había sido la relación que ellos habían tenido. Un mes antes, Helena había visto una foto de Theo con su nueva novia en una de esas fiestas de la alta sociedad que a él tanto le gustaban. Su amante, una modelo de ropa interior de lujo, no llevaba mucha ropa como tal y eso garantizó que salieran en las portadas de la mayoría de los tabloides.

Ella suponía que era inevitable que él se hubiera enamorado de una de las muchas mujeres con las que había tonteado durante los tres últimos años. Confiaba en que la pobre mujer supiera dónde se estaba metiendo.

Y en cuanto a Helena…

Sabía exactamente en qué se metería si aceptaba el trabajo.

–Siento lo de tu abuela –le dijo.

–¿Qué es lo que sientes?

Eso la sorprendió. Theo debía de haberle leído la mente.

–No te preocupes, agapi mou. Mi abuela está vivita y coleando.

–Bien –contestó aliviada. Solo había conocido a la abuela de Theo en un par de ocasiones, pero le había caído muy bien.

–Ella me ha donado la península.

–Me alegro por ti, pero no voy a aceptar el trabajo.

–¿He de recordarte que no solo eres tú la que se beneficiará económicamente?

Helena se apoyó en la puerta de entrada. El cambio en su tono de voz había provocado que le temblaran las piernas.

–Staffords –añadió él, refiriéndose al estudio para el que ella trabajaba–. He visto la contabilidad. Tu estudio tiene dificultades para conseguir proyectos.

–Eso no es cierto.

–Para conseguir proyectos que merezcan la pena. Las oficinas son caras. Hay rumores sobre posibles despidos –ladeó la cabeza–. Creo que tu trabajo está a salvo por ahora. Sin embargo, el otro arquitecto más joven y el personal de administración –Theo chasqueó la lengua–. Estarán fuera para finales de verano. Si las cosas continúan como están, el estudio cerrará para Navidad y tú te quedarás sin trabajo.

Sintiendo que podía desmayarse, se apoyó en la puerta con más fuerza.

–¿Cómo sabes todo esto?

Todo lo que Theo había dicho era cierto. Staffords tenía problemas serios. Si se hundían, ella se hundiría con ellos. Helena tenía muchas deudas y vivía completamente al día.

Él le guiñó el ojo.

–Detalles…

–Si vuelves a guiñarme el ojo, te daré una bofetada.

–Promesas, promesas. Acepta el trabajo y podrás darme bofetadas siempre que quieras.

–Se te hincharía la cara el primer día.

–Así haría juego con otra parte de mi anatomía.

¿Cómo podía lanzarle esas indirectas cuando estaba a punto de casarse con otra persona?

Bueno, ella recordaba que a Theo siempre le había gustado tontear. Siempre le había molestado cómo las mujeres se lanzaban a sus brazos y cómo él les prestaba atención. No tenía motivos para pensar que él le había sido infiel durante los tres meses que estuvieron juntos, ya que él nunca la perdió de vista, pero en el fondo temía que sucediera en el momento en que se separaran un día. Sus temores se reforzaron cuando, semanas después de que ella lo dejara plantado, él apareció en público con su primera modelo. La primera de muchas. Todas iguales. Altas, muy delgadas, rubias, guapas y con la capacidad para no despegarse de él. Justo lo contrario a ella: de baja estatura, rellenita, con cabello oscuro, no especialmente guapa y contraria a las muestras de afecto en público.

Ajeno a sus pensamientos y sin darle oportunidad de contestar, él continuó:

–Acepta el trabajo y tanto tú como el estudio que te ha apoyado durante tus prácticas, os veréis gratamente recompensados. El prestigio de diseñar una casa para mí, y no cualquier casa, puesto que quiero algo espectacular, os dará una cobertura que normalmente se reserva para Pellegrinis.

Pellegrinis era un estudio de arquitectura que había ganado muchos premios y que ganaba los proyectos con gran facilidad.

Sonó el timbre y Helena se sobresaltó.

–Será la comida –dijo Theo, dirigiéndose hacia la puerta. Hacia donde estaba ella

Helena se echó a un lado y se apoyó en la pared, pero el recibidor era tan pequeño que Theo se rozó con ella.

Una ola de aire frío entró en el apartamento. Theo agarró la caja de comida, le entregó un billete al repartidor y le dio las gracias.

Después, cerró la puerta y se dirigió al salón.

–Si sacas platos y cubiertos, yo llevo esto a la mesa.

Al instante, Theo regresó del salón y abrió la puerta del baño. Entonces miró a Helena arqueando una ceja.

–¿Dónde está el comedor?

–No tengo.

Él la miró sorprendido.

–¿Y dónde comes?

–Con una bandeja sobre mi regazo ¿Por qué sigues aquí? Te he dicho que te fueras. Sal. No tengo interés en comer contigo.

–Recuerdo que una vez tuviste mucho interés en devorarme, pero supongo que es un recuerdo de otra época –comentó, y se atrevió a guiñarle el ojo una vez más–. Está bien, me conformo con una bandeja.

–Solo tengo una –entonces, se percató del comentario que él había hecho y se sonrojó.

Theo entró en la cocina y empezó a abrir los armarios y cajones.

–¿Quieres vino tinto o blanco?

Helena apretó los dientes para no temblar y entró en la cocina.

–¿Dónde tienes las copas? –preguntó él, antes de que ella pudiera decir algo.

–Ya te he dicho que no tomo vino y, si lo hiciera, no lo compartiría contigo. Por última vez, sal de mi apartamento o…

–¿Sabes cuál es tu problema? –dijo él, abriendo el lavavajillas y sacando dos vasos de tubo sucios–. Estás demasiado tensa. Durante los próximos meses pasaremos mucho tiempo juntos. Será más agradable si consigues relajarte un poco.

–¿Relajarme? ¿Estás de broma?

Theo lavó los vasos bajo el grifo.

–No temas, agapi mou, en cuanto hayamos cenado y hecho planes, te dejaré en paz.

–Das muchas cosas por hecho. No he aceptado nada.

–Lo harás. O sufrirás las consecuencias y tendrás que esperar a que ocurra un milagro para que tu estudio salga adelante y no pierdas tu casa y tu independencia.

Theo había descubierto que Helena había acumulado una deuda de miles de libras durante sus estudios. La mitad de su sueldo lo destinaba al alquiler de aquel piso minúsculo. El resto iba destinado a pagar la deuda, los gastos de la casa, la comida y el transporte. Tendría suerte si pudiera sobrevivir un mes sin trabajar antes de dejar el piso y regresar a vivir con sus padres. No le sorprendía que no les hubiera pedido ayuda para pagar la deuda ya que era una mujer muy independiente, pero sí le sorprendía la deuda en sí. Sus padres siempre habían sido muy generosos con su única hija y Theo suponía que ella no les había pedido ayuda para sentirse completamente independiente.

Después de lavar los vasos, Theo abrió la bolsa y sacó dos botellas de vino y las cajitas de comida.

–He pedido comida tailandesa.

Era la comida favorita de Helena.

–No tengo hambre.

Él se encogió de hombros.

–Tú verás. Yo estoy hambriento.

–Viendo que estás sordo como una tapia como siempre y que no vas a ceder, me iré a cambiar.

–¿Sordo? ¿Es un cumplido?

–No, cabezota, era un insulto –dijo ella, y salió de la habitación antes de que él pudiera contestar.

Se oyó un fuerte portazo que hizo temblar los vasos que estaban junto al fregadero.

Theo abrió la botella de vino blanco y rellenó los vasos. Después de dar un trago, se frotó la nuca y cerró los ojos.

Recordaba cada centímetro del cuerpo de Helena, desde el pequeño lunar que tenía en el pecho izquierdo hasta la cicatriz que tenía en la cadera y que se hizo de pequeña con un alambre de espino, al caerse de la bicicleta. No había nada acerca de Helena Armstrong que no hubiera grabado en su memoria. Había pasado seis meses planificando ese día y tenía planes de contingencia para cualquier eventualidad. Siempre a su favor, por supuesto.

El tiempo no había borrado sus recuerdos de la mujer que en su día había venerado. Recordaba cómo se había sonrojado cuando él la provocaba y coqueteaba con ella, o cómo ardía de pasión cuando él le provocaba el orgasmo con la lengua, o con las manos.

Theo respiró hondo para tratar de calmar el dolor que sentía en la entrepierna y librarse del aroma que recordaba del cuerpo de Helena y que había invadido sus sentidos. Pronto podría saborearla otra vez, pero hasta entonces era mejor que no caminara por el apartamento con una erección. Con el humor que ella tenía, igual le hacía una llave de kárate para cortársela.

Theo llevó los vasos y la botella de vino al salón, donde había un sofá de dos plazas y una butaca alrededor de una mesa de café. Después, regresó a la cocina y sirvió los platos de comida y regresó al salón. Hizo un último viaje a la cocina y encontró la bandeja detrás del microondas, la llevó al salón y se sentó en el sofá de dos plazas. El sofá era tan viejo que tenía los muelles cedidos y Theo acabó con el trasero muy cerca del suelo. Helena apareció vestida con una camiseta roja muy fea y unas mallas de cuadros negros y blancos. Theo sabía que ella había elegido la ropa más fea que tenía especialmente para él. No obstante, a pesar de lo mal que iba vestida, resaltaba su silueta de forma inimaginable.

–Veo que has encontrado un sitio a tu nivel –dijo ella con una sonrisa malvada.

Theo respondió con otra sonrisa sugerente.

–Ya me conoces, me gusta llegar bien abajo.

Ella lo fulminó con la mirada, pero él se fijó en que se había sonrojado.

Pensando que en el suelo estaría más cómodo que en ese sofá, Theo se cambió de sitio y movió la mesa para colocar las piernas por debajo.

Una vez acomodado, comió el primer bocado de phat kaphrao, una comida que había descubierto durante su primera visita de mochilero en Bangkok.

Helena esperó a que Theo tuviera la boca llena de comida para decir:

–Dejemos una cosa clara. Si… Y digo Si… Si aceptase el trabajo, no habrá ningún coqueteo. Se que lo ves de otra manera, pero es inapropiado.

Theo tragó y contestó negando con la cabeza.

–Me encantaría poder asegurártelo, pero mi madre me enseñó a no hacer promesas que no pudiera cumplir.

–Esa es mi condición.

–Es una condición que no puedo aceptar. Deberías comer antes de que se enfríe la comida.

–Ya te he dicho que no tengo hambre –no quería ni mirar el plato, ya que temía que le rugiera el estómago.

Maldita sea, desde que había llegado la comida ella había tenido que esforzarse por no respirar el aroma de su terrible colonia y el de su comida favorita. No podía creer que él recordara que le gustaba la comida tailandesa. Pensaba que después de todas las mujeres que había conocido desde entonces, ella se había convertido en una más. Hasta le sorprendía que recordara su nombre.

Helena deseaba haber podido olvidar su rostro. Deseaba haber olvidado todo lo que había sentido por él.

Decidió que no comería, pero sí bebería el vino. Theo solo compraba lo mejor, así que sabía que el vino sería delicioso. Inclinándose, agarró el vaso de la mesa y se lo llevó a los labios. Theo observó cada uno de sus movimientos.

El vino se deslizó por su garganta como si fuera néctar y ella tuvo que resistirse para no cerrar los ojos y saborearlo.

–Respecto a mi condición –dijo ella.

–Una condición que no aceptaré –comentó él, comiendo otro bocado de pollo, chile y albahaca.

Ella entornó los ojos.

–Coquetear con una empleada no solo es inapropiado, muestra falta de profesionalidad y puede considerarse acoso sexual.

Él bebió un trago de vino y sonrió.

–Serás una trabajadora independiente, no una empleada.

–No creo que a tu prometida le importe la diferencia si te pilla coqueteando conmigo.

Él frunció el ceño y se rio.

–¿Qué prometida?

–La prometida para la que estás construyendo la casa.

–Debes confundirme con otra persona. No voy a casarme.

Helena tuvo que contenerse para no levantarse de la silla.

–Lo siento –le dijo–. Cuando dijiste que ibas a construir en la península, saqué mi propia conclusión.

–Primera norma de los negocios: nunca saques conclusiones. No tengo intención de casarme nunca, agapi mou, así que tranquila. Puedo coquetear contigo día y noche.

–¿Y qué pasa con los sentimientos de tu novia?

Theo soltó una carcajada.

–¿Qué novia?

Sin querer admitir que había leído un artículo sobre él, puso cara de sorpresa y dijo:

–¿Me estás diciendo que no tienes novia?

–¿Te importaría si la tuviera?

–No seas ridículo. Simplemente pienso que es cruel comprometerse con una persona y coquetear con otra.

–Solo me he comprometido con una persona una vez, y me dejó –levantó la copa y le guiñó un ojo–. Nunca volvería a cometer el mismo error.

Ella apretó los labios.

–Aunque, viendo lo que piensas acerca de mi vida amorosa, te diré que soy de la misma opinión que tú –sonrió él–. Es cruel ir encadenando amantes. La sinceridad siempre es lo mejor, ¿no crees?

Él observó su reacción con satisfacción. Si Helena hubiese sido sincera con él desde el principio y no lo hubiera engañado, él jamás le habría propuesto matrimonio y no habría perdido tiempo y dinero preparando una boda tan elaborada. No habría sufrido la humillación de estar de pie en un altar esperando a una novia que nunca se presentó.

Theo se acabó el último bocado de comida, se bebió el vino y se puso en pie.

–Tengo que ir al baño.

Sin esperar una respuesta, salió del salón y se dirigió al baño.

Theo se fijó en que la puerta no tenía cerrojo. Después en que la bañera estaba llena y que la espuma empezaba a deshacerse.

Se sentó en el borde de la bañera, se cubrió el rostro con las manos y respiró hondo diez veces para recuperar el equilibro. Era un truco que le había enseñado su madre cuando decidió que su carácter lo metería en problemas si no conseguía controlarlo, y él sabía que lo había ayudado a superar la peor de sus pesadillas, después de la muerte de sus padres. También había empleado el truco cuando Helena lo dejó plantado.

Cuando llegó a la respiración número diez, la angustia que sentía en el estómago se había disipado y Theo consiguió mirar el baño sin desear tirar todos los objetos al suelo y pisotearlos. Aunque tampoco había tantas cosas que pudiera tirar. En un pequeño armario había un puñado de cosméticos, cremas y un tubo de pasta de dientes.

No había motivo para que las pocas pertenencias que había en el piso lo hicieran sentir tan angustiado.

Tampoco para que el pequeño piso de Helena lo hiciera sentir tan intranquilo. Como ella eligiera vivir no era asunto suyo. Y tampoco el hecho de que ella hubiera sufrido problemas económicos durante los últimos años.

Theo salió del baño y regresó al salón. Helena seguía acurrucada en la butaca, abrazada a un cojín. Ella no lo miró.

–Me marcho –le informó él.

Ella levantó la vista. Su mirada mostraba vulnerabilidad, pero él se esforzó para que no lo afectara.

Recogió el abrigo del respaldo del sofá y se lo puso.

–Mañana se pondrá en contacto contigo mi asistente personal para hablar del contrato.

Ella se subió las gafas y miró hacia otro lado.

–Entonces, adiós.

–Kalinikta, agapi mou.

Theo avanzó por el pasillo, abrochándose el abrigo. Al llegar a la puerta, oyó los pasos de Helena por detrás.

–¿Por qué haces esto?

Él se acercó a ella y miró el bello rostro del que se había enamorado hacia tantos años Increíblemente, el tiempo solo lo había vuelto más exquisito. Él le acarició el pómulo y disfrutó al ver que no pudo evitar estremecerse.

–Prometiste diseñarme una casa en la península –murmuró él. Después, se inclinó para susurrarle al oído–. Y todavía me debes la noche de bodas.

Capítulo 4

CUANDO el jet aterrizó en Agon, Helena cerró los ojos con fuerza. Si no miraba por la ventana podría fingir que seguía en Londres y que aquella pesadilla no era real.

El último viaje a la isla fue tan tranquilo como el primero que hizo. La llevaron en un avión privado, luego en un coche carísimo y, finalmente, en un yate de lujo por el Mediterráneo.

Después de una hora navegando, la tierra apareció en el horizonte.

Sidiro. La isla más mágica del mundo.

Helena notó que se le aceleraba el corazón y que los recuerdos la invadían. Respiró hondo y se alegró de que su teléfono móvil comenzara a vibrar. Tenía dos mensajes. El primero era de su madre, deseándole suerte. Desde que Theo había aparecido en casa de Helena, ella solo había podido reunirse un rato con su madre en una cafetería. Helena le había contado todo a su madre y la había tranquilizado diciéndole que, si ella no le hubiera dado la dirección a Theo, él la habría encontrado de otro modo. Helena sospechaba que Theo había ido a pedirle la dirección a su madre para indagar sobre ella. Su madre, con mirada triste, le había pedido que tuviera mucho cuidado. A cambio, Helena le había hecho prometer que se replanteara separarse de su padre. No tenía muchas esperanzas, pero debía intentarlo. Nada más irse a vivir a su casa, Helena le dio una llave a su madre con la esperanza de que algún día la utilizara.

Una esperanza perdida hasta el momento.

El otro mensaje era de Stanley, preguntándole cómo le había ido el viaje. Su amabilidad provocó que a Helena se le encogiera el corazón, como siempre. ¿Qué diferente habría sido su vida, y ella, si se hubiera criado con un hombre como Stanley como padre? Un padre cuyo único objetivo era el bienestar y la felicidad de sus hijos, y no un padre que quería moldear a sus hijos según su versión de la perfección, igual que había hecho con su esposa.

Aunque desear haber tenido un padre distinto era como desear borrar otros aspectos de su pasado.

Durante las tres semanas que había estado planificando el traslado, cada vez que Sidiro aparecía en su mente, ella había respirado hondo para contrarrestar el dolor y borrar el recuerdo.

Sidiro era un pequeño punto en el mapa que tenía forma de herradura. Una isla que apenas se acercaba a los dos mil habitantes y que solo era conocida por su queso. La mayoría de su población era ganadera y criaba cabras para elaborar y exportar el queso.

Sin embargo, Sidiro tenía un secreto. El hecho de que estuviera casi aislada, sus playas de arena blanca y agua cristalina, las rocas que adquirían un color naranja bajo las impresionantes puestas de sol, la habían convertido en la meca para parejas ricas que cada verano viajaban allí desde todas partes para disfrutar del ocio de aquel paraíso. Uno de los fundadores de las noches de ocio era Theo Nikolaidis, y su madre había nacido en la isla.

Pocas semanas después de conocerse, Theo había llevado a Helena a Sidiro para pasar un fin de semana largo, que terminó convirtiéndose en un mes.

Había sido en aquel paraíso cuando él mencionó por primera vez que soñaba con convertir aquella isla de tres kilómetros cuadrados, que se encontraba a cinco minutos en barco de la punta este de Sidiro, en una casa familiar. El lugar había sido abandonado hacía muchos años por la familia de su madre, cuando se mudaron a Agon en busca de mejores oportunidades, pero las tierras abandonadas seguían perteneciendo a la familia.

Ella recordaba haber explorado la península con él. Theo la había llevado a una cabaña abandonada situada en el lugar perfecto, con unas espectaculares vistas del Mediterráneo y al resguardo de los peores de los elementos. Ese era el lugar donde ellos construirían su casa y formarían una familia.

Al recordar todo aquello, Helena no pudo contener las lágrimas.

¿Cómo era posible que el sol brillara tanto en aquel cielo azul? Debería estar oculto tras grandes nubes grises como las que ella había visto durante las tres últimas semanas.

Se sentía como si estuviera en un sueño que hacía tiempo había olvidado. Se suponía que eso era lo que estaba haciendo. Hubo un tiempo en la que ella compartía el mismo sueño, pero ya sabía que los sueños no eran reales. No tenían fundamento.

La península tenía un pequeño puerto y allí fue donde terminó la primera aventura en barco que Helena había tenido en tres años. Cargaron sus maletas y equipo de trabajo en un carro de golf, el único transporte permitido en la isla aparte de los taxis y los servicios de reparto del ferry que llegaba dos veces por semana. Mientras Helena observaba cómo se llevaban sus posesiones, una imagen en la distancia provocó que se le erizara el vello de la nuca.

Sin apartar la vista de la moto que se acercaba, notó que se le aceleraba el corazón.

Theo detuvo la moto y sonrió. Había observado la llegada de Helena desde lo alto de la colina y experimentado una mezcla de emociones. La más potente de todas había sido la satisfacción, seguida por una inmensa amargura. Nunca le había contado que su abuela, entusiasmada por la idea de que su único nieto viviera en la isla donde ella había nacido, había firmado que traspasaría las escrituras de la península a su nieto como regalo de boda. La intención de Theo había sido darle la sorpresa a Helena el día de la boda.

Su abuela estaba encantada de que por fin fuera a construir en la isla. Ella adoraba a Helena y se quedó destrozada cuando lo dejó plantado, algo por lo que él nunca la perdonaría.

Theo no quería aprender sobre el perdón. Quería pasar página.

No había anticipado lo mucho que le afectaría ver a Helena otra vez. No a nivel emocional, sino a nivel físico, como si inhalar su aroma hubiera hecho que se sintiera como el hombre que había sido antes de que lo dejaran plantado. Sentía energía en sus venas, tenía más hambre y se pavoneaba al andar. Además, tenía que esforzarse para no perder la concentración. Theo tenía un gran equipo, perfectamente capaz de hacer funcionar los negocios cuando no estaba él, pero cuando estaba, necesitaba su liderazgo. Él necesitaba tomar mucha cafeína para mantenerse despierto y evitar pensar en otras cosas. En realidad, le resultaba delicioso imaginar a Helena volviéndose loca para hacer los preparativos del viaje que la llevaría de vuelta a su lado.

Él sabía que ella deseaba rechazar el proyecto y cerrarle la puerta en las narices.

La imagen de la última discusión apareció en su cabeza. Había sucedido justo antes de ir a comer con los padres de Helena, se suponía que iba a ser la última comida antes de separarse de cara a la noche, para evitar la mala suerte que afectaba a los prometidos si se veían antes de intercambiar los votos. Era una tradición que él había decidido respetar porque Helena así lo deseaba.

Ella había regresado a la casa con él para recoger sus cosas para pasar la noche y, según pensaba él, para pasar unos momentos de intimidad antes de separarse. El vestido de novia se había enviado directamente al hotel donde Helena y su familia iban a pasar la noche. Theo había reservado toda la planta superior para ellos.

En lugar de escuchar promesas y palabras de amor, ella le habló de un comentario sin importancia que él le había hecho al padre de ella sobre los bebés. Theo le había enseñado a Helena a discutir durante el tiempo que habían pasado juntos y le encantaba ver a su prometida haciéndolo.

–¡Quieres que deje de trabajar! Quieres verme descalza, en la cocina y embarazada…

La idea provocó que él soltara una carcajada. ¿Helena en la cocina?

–¿Te parece divertido? –preguntó ella–. ¡Nada de esto es divertido! Pensé que apoyarías mi carrera

–¡Y lo hago! –gritó él, sin darse cuenta de que era su relación lo que se venía abajo. ¿No había enmarcado el dibujo del palacio que tanto admiraba? ¿No le había dicho que quería que fuera ella la que diseñara la casa cuando la península fuera suya? ¿No había buscado información para que pudiera terminar su máster en Grecia? ¿No le había buscado el estudio perfecto para que pudiera hacer las prácticas finales en Agon? ¿Qué más apoyo podía darle?

–¿Entonces por qué le dijiste a mi padre que en cuanto obtenga mi titulación, me dejarás embarazada y no me perderás de vista? ¡Te oí!

–Por supuesto que me oíste. Te guiñé el ojo nada más decirlo. Estaba bromeando –repitió él por cuarta vez–. Fue un mal intento de acercarme a tu padre. Ojalá no me hubiera molestado.

–Yo también lo pienso. Bromeando se dicen muchas verdades. No estoy preparada para tener hijos.

–¡Dijiste que querías tenerlos!

–Y puede que los tenga en un futuro, pero todavía no. Soy muy joven, hay muchas cosas que quiero hacer

–Así que solo se trata de ti, ¿no? ¿Qué hay de los planes que ya habíamos hecho?

–¡Querrás decir de los planes que tú hiciste! No paras de pisotearme…

–Consulto todo contigo…

–¡Después de hacerlo! Oyes solo lo que quieres oír. Cuando dije que quería tener hijos no quería decir que los quisiera ya mismo.

–No ahora mismo, matia mou –dijo tratando de tranquilizarla–, sino cuando tengas tu titulación. Podemos disfrutar el uno del otro durante un par de años más y después…

–Después yo estaré bajo tu control.

El resto de la discusión era una nebulosa, pero Theo recordaba con claridad el momento en que ella se quitó el anillo y se lo lanzó.

–Pensaba que eras diferente –le había gritado Helena. Él recordaba el color de su rostro, la furia en su mirada –. Pero no lo eres. Eres igual que mi padre y no pienso casarme con un hombre que desea controlarme y tomar las decisiones por mí. Puedes tirar el anillo allí donde no brille el sol. ¡Yo me voy! Y no me sigas. ¡No quiero volver a verte!

Theo se había reído de ella. Incluso había cerrado la puerta del coche que la alejaría de allí y se había despedido de ella con la mano. No había pensado que hablara en serio. Había creído que entraría en razón al cabo de unas horas. Él había llevado el anillo a la catedral en el bolsillo del pantalón, preparado para colocarlo en su dedo cuando ella se reuniera con él en el altar.

Theo nunca imaginó que el momento en el que ella le lanzó el anillo al pecho sería el último contacto que tendrían en tres años.

La parte que más había disfrutado durante las últimas semanas era tumbarse en la cama de noche, consciente de que Helena estaría en la suya pensando en él. Le gustara o no, él había vuelto a irrumpir en su pensamiento y sumido en el caos la vida que llevaba.

Ella no podría marcharse hasta que él lo dijera. Theo era el que tenía el poder, y pensaba divertirse todo lo posible.

La miró de arriba abajo y se fijó en la ropa que llevaba. Una falda hasta la rodilla y una blusa negra con la que debía pasar mucho calor. Él sonrió. Pobre Helena. Era evidente que se había vestido así para no resultarle atractiva, pero daba igual lo que se pusiera, siempre sería lo bastante apetecible como para saborearla. Solo con recordar su sabor, empezó a hervirle la sangre. Daría cualquier cosa por quitarle la ropa y redescubrir su piel cremosa y todas sus sorpresas ocultas.

–¿Has tenido un buen viaje? –preguntó él al cabo de un momento.

Ella entornó los ojos y se encogió de hombros.

–Podría haber sido peor.

Él se rio y se acercó a ella.

–Ya sabes lo que hay que hacer.

–No pienso montar en ese trasto.

–Antes no te importaba.

–Entonces era joven y estúpida –contestó ella.

–La madurez es una cualidad sobrevalorada.

–Si tú lo dices. No pienso montar sin casco.

Él contuvo una carcajada y comentó:

–Hay uno en el maletín.

–Y tienes un traje de cuero para mí.

–No hay tráfico y la moto se queja si la pongo a más de veinte kilómetros por hora.

–Entiendo que eso es un no –se cruzó de brazos–. Esperaré a que regrese el carrito de golf.

Él negó con la cabeza.

–No va a regresar.

–Muy bien. Iré andando.

–¿Con esos zapatos? –Helena llevaba un par de zapatos negros de tazón que no servían para caminar.

–Sí.

Él señaló hacia un tejado azul que había en una colina lejana.

–Allí es donde has de llegar.

Ella sonrió para evitar poner cara de sorpresa.

–Muy bien. Te veré allí.

–¿Estás segura de que no quieres que te lleve?

–Completamente segura.

–Muy bien. Disfruta del paseo –tras esas palabras, hizo un cambio de sentido y se marchó.

–Deberías ponerte un casco –gritó Helena–. No vaya a ser que te caigas y te vuelvas más sensato.

Se oyó la risa de Theo antes de que pegara un acelerón.

Blasfemando en voz baja, Helena comenzó a caminar siguiendo la huella de la moto de Theo.

Si hubiese sabido que iba a tener que caminar habría sacado las deportivas de la maleta antes de que se la llevaran. También habría sacado una gorra y se hubiera puesto crema solar.

Era tarde, pero el sol todavía brillaba con fuerza. Ella sentía sus rayos penetrando bajo el cuero cabelludo y pensó que tener una insolación sería un maravilloso comienzo.

Minutos más tarde se enrolló la falda en la cintura, se desabrochó los tres botones de arriba de la blusa y se anudó la parte de abajo a la altura del ombligo antes de enrollarse las mangas.

Seguía amonestándose por ser tan cabezota cuando oyó el ruido de la moto en la distancia.

Theo se detuvo frente a ella otra vez. Ella estaba segura de que su aspecto mostraba exactamente cómo se sentía, como si se estuviera derritiendo por dentro, mientras que Theo parecía recién duchado y vestido. Sus pantalones cortos de color negro y el polo de color caqui no tenían una mota de polvo.

Al cabo de un largo silencio, él ladeó la cabeza y la miró fijamente, como diciéndole que se estaba comportando como una niña pequeña.

–¿Vas a aceptar que te lleve? ¿O primero tengo que dar otra vuelta a la península?

A Helena le dolían los pies y había estado a punto de quitarse los zapatos y caminar descalza. Tenía la garganta seca. Toda la humedad de su cuerpo se estaba evaporando a través de la piel.

Sin embargo, en realidad no quería subirse a esa moto.

Tres años antes había pasado un mes en esa isla viajando en moto a todos sitios, con el rostro apoyado en la espalda de Theo y rodeándolo por la cintura con los brazos. Había disfrutado de cada minuto.

–Última oportunidad –le advirtió él arqueando una ceja.

Ella puso una mueca al sentir que tenía una ampolla en el talón del pie derecho.

Theo la vio hacer la mueca y negó con la cabeza:

–Es increíble cómo las personas más inteligentes son siempre las más cabezotas.

–Tu cociente intelectual debe ser altísimo –murmuró ella.

Él sonrió.

–Te agradezco el cumplido.

–No era un… –ella suspiró y al sentir el aire caliente se calló.

Helena lo miró un instante, se quitó los zapatos y los sustituyó por el casco que había en el transportín. Solo cuando se colocó bien el casco, intentó subirse a la moto.

¿Por qué había elegido esa falda tan estrecha? Para poder separar las piernas debía subírsela hasta las caderas.

–¿Puedes mirar a otro lado, por favor? –preguntó ella.

Theo la miró divertido, pero obedeció.

Helena se levantó la falda y se subió a la moto. Eso era el primer reto. El segundo era agarrarse sin tocar a Theo.

–Has de agarrarte a mí, agapi mou, como hacías antes –comentó él, como si le hubiera leído la mente.

Apretando los dientes, ella colocó las manos levemente en su cintura.

–No muerdo –dijo él–. No, a menos que me lo pidas.

Helena no tuvo tiempo de contestar, puesto que Theo aceleró y se pusieron en movimiento. Asustada por la posibilidad de caerse, Helena se pegó a la espalda de Theo y se agarró con fuerza.

Él recorrió los caminos evitando los baches y cada vez que giraba ella apretaba los muslos contra su cuerpo. ¿Cuándo había entrelazado los dedos sobre el vientre musculoso de Theo? No podía agarrarse con más fuerza, y el aroma a colonia que desprendía la piel de Theo inundaba sus sentidos.

Helena cerró los ojos y trató de ignorar las sensaciones, pero le resultó imposible. Las vibraciones de la moto y el calor del cuerpo de Theo la habían transportado al verano en que ella…

–Ya puedes soltarme.

Helena abrió un ojo despacio. Habían llegado a la vivienda que él le había señalado antes. Y ella seguía agarrada a él. El pánico se apoderó de ella. Retiró las manos de su cintura y bajó de la moto. Si Theo no la hubiera agarrado, se habría caído de bruces contra el suelo.

Y habría sido preferible.

El impacto del contacto con Theo fue inmediato. Una fuerte corriente eléctrica recorrió su cuerpo, provocó que se le acelerara el corazón y que se le entrecortara la respiración.

Y después, Helena quedó atrapada por la mirada intensa de sus ojos azules. Era como si el tiempo se hubiese detenido.

Ella no podía apartar la mirada, y tampoco deseaba hacerlo. Sus ojos estaban sedientos por absorber el rostro del hombre al que había amado con todo su corazón. Allí seguía la marca de su frente, provocada por el accidente de bicicleta que Theo había tenido durante su infancia, y que había sido muy parecido al que tuvo Helena, solo que las heridas resultantes fueron diferentes. También, su boca sonriente y sus pupilas dilatadas…

Capítulo 5

FUE EL cosquilleo que sintió en la entrepierna lo que provocó que Helena volviera a la realidad, un dolor húmedo que no había experimentado desde hacía tanto tiempo que se había olvidado de cómo era. Sí había sentido algo parecido cuando él le susurró al oído que le debía una noche de bodas, pero había decidió ignorarlo.

Debía mantenerse centrada. Theo era peligroso. Dio un paso atrás y se aclaró la garganta.

–¿Esta será mi casa? –la asistente de Theo le había confirmado que se alojaría en una casita recién construida en la península. Durante los siguientes meses se construirían otras casas para acomodar al equipo que construiría la mansión que se elevaría como un monolito en aquel lugar.

Theo quería que Helena viviera y trabajara en la zona de obras. Y lo que Theo quería, Theo lo conseguía.

–Así es –se bajó de la moto y añadió–. Te la enseñaré.

Helena encontró que el interior era mucho más lujoso de lo que esperaba. El aroma a pintura fresca invadía el ambiente.

–Deja que te presente a Elli y Natassa, las amas de llaves –Theo atravesó el recibidor y la guio hasta la cocina.

Helena no se sorprendió al ver que las amas de llaves eran don mujeres despampanantes de edad parecida a la de ella. «A Theo le gusta la variedad, le encanta que lo quieran», pensó. Su ego lo exigía. ¿Qué mejor manera de darle una puñalada a su ex que no fuera contratando a dos mujeres glamurosas para atenderla? ¿Cuál de las dos era la que se acostaba con él? ¿La rubia? ¿La pelirroja? ¿Las dos?

Forzando una sonrisa, al mismo tiempo que trataba de contener una náusea, saludó a ambas estrechándoles la mano.

Al instante, le sirvieron un gran vaso de agua con hielo y limón y un plato de dulces griegos.

–Tienen muy buena pinta –dijo ella, con educación–, pero ¿os importaría si antes de comer algo voy primero a mi habitación? Necesito refrescarme –y también necesitaba alejarse de Theo. Con suerte, él se marcharía pronto a su casa en Atenas, o a su casa de Agon.

–Te mostraré cuál es –dijo Theo antes de que las mujeres pudieran contestar. Salió de la cocina y atravesó el salón hasta la parte trasera de la casa. Abrió una puerta y dijo–: este es tu despacho. Mañana puedes recolocarlo a tu gusto –Helena apenas tuvo tiempo de verlo antes de que él atravesara una arcada.

–Nuestros aposentos –dijo él.

Había dos puertas enfrentadas.

–¿Nuestros? –preguntó ella.

Él la miró con una sonrisa.

–Nai, agapi mou. Nuestros aposentos –asintió y señaló la puerta de la derecha–. Tu dormitorio –después la de la izquierda–. Mi dormitorio.

–¿Vas a quedarte aquí?

–Por supuesto –repuso Theo–. Así estaré disponible siempre que me necesites De día o de noche.

Helena se mantuvo en silencio tratando de contener la furia. Al cabo de unos instantes dijo:

–Me daba la impresión de que iba a quedarme aquí sola, con tus empleadas.

–Lo sabía –guiñó un ojo y abrió la puerta–. Estaba siendo considerado.

Ella lo miró con incredulidad.

Theo entró en el dormitorio que había diseñado pensando en Helena.

–Pensé que ya tenías bastantes cosas de las que ocuparte. Si te decía que iba a quedarme aquí también, te habría creado presión añadida.

–O me habrías visto marchar –lo miró desde la puerta.

Él negó con la cabeza.

–Tenías mucho que perder –y más si se marchaba en ese instante. Él había pagado lo prometido a Staffords y a Helena. A cambio ellos habían firmado un contrato mediante el que Helena se comprometía a estar allí hasta que terminara los planos. Si trataba de marcharse antes de tiempo, Staffords y Helena tendrían que devolver el dinero con intereses.

La había puesto en un brete, justo donde la quería. Y, a juzgar por el brillo de su mirada, ella lo sabía.

–Si hemos de vivir bajo el mismo techo, de acuerdo, pero te diré una cosa, no compartiré la cama contigo.

–¿He dicho algo acerca de compartir la cama? –preguntó él con inocencia–. No obstante, ya que eres tú la que lo has pensado, te diré que serás bienvenida en mi cama cuando quieras.

–Ni en un millón de años –contestó ella.

Él se rio.

–¿Eso es un reto?

–Es un hecho. He venido a trabajar, no ha darte entretenimiento barato.

–Nadie podría describirte como algo barato, agapi mou.

Ella entró en la habitación y se colocó frente a él con los brazos cruzados sobre el pecho.

–Esta es mi habitación, ¿no?

–Toda tuya.

–Entonces, tendrás que respetar que es mi espacio personal. No puedes entrar a menos que estés invitado, ¿entendido?

–¿Así que ya estás pensando en invitarme?

–¡No! –cerró los puños con fuerza y suspiró–. Eres imposible.

–Otro cumplido –dijo él, guiñando el ojo.

–¿Hay farmacia en la isla?

–Por supuesto.

–Bien.

–¿Qué necesitas?

–Analgésicos. Me estás dando dolor de cabeza.

Echando la cabeza hacia atrás, Theo soltó una carcajada. Desde que murieron sus padres, Helena era la única persona aparte de sus abuelos que nunca se lo tomaba en serio. Su indiferencia le encantaba.

Él se fijó en que ella hacía una mueca y volvía la cara. Se llenó de júbilo. Helena estaba tratando de disimular su diversión, la muy descarada.

–Dejaré que te acomodes. Deberías encontrar todo lo que puedas necesitar, pero si echas algo en falta díselo a Natassa o a Elli y ellas te ayudarán.

Helena se enrolló la toalla sobre el pecho y, por tercera vez, rebuscó en el armario confiando en que hubiera aparecido una ropa distinta como por arte de magia. Al final se puso una falda de color verde y un top color crema, la ropa que tenía que menos parecía de trabajo. Por desgracia, solo había empaquetado ropa de oficina y algunas prendas para los momentos de relax de la tarde. Había elegido la ropa sin pensar que tendría que compartir techo con don ego. Algo que él tenía planeado, y que reforzó su intención de trabajar siete días a la semana en el proyecto.

Podría matar a Theo. La mayor parte de las tres horas que Helena había estado ocultándose en su habitación las había pasado imaginando distintas maneras de librarse de él. Decidió que escribiría una lista y le dejaría elegir.

Los planes de asesinato tendrían que esperar mientras ella se preparaba. Natassa había ido a preguntarle si estaba lista para la cena, ya que pronto la servirían.

Fue entonces cuando Helena decidió que se quitaría el maquillaje para que Theo no pensara que se había arreglado para él. Y para dejarle más claro que no era así, agachó la cabeza y agitó su cabello para que se alborotara.

«¡Ya está!», pensó. Se miró en el espejo y se aseguró de que tenía un aspecto terrible.

Si eso no lo ahuyentaba y le dejaba claro que preferiría intimar con un cadáver antes que intimar con él, nada lo haría.

Natassa la recibió en la cocina con una gran sonrisa.

–Llegas en buen momento. Tu aperitivo está listo. Hemos preparado la mesa en la terraza. ¿Te parece bien, o prefieres comer dentro?

–Fuera será estupendo, gracias Suponiendo que a Theo le parezca bien.

–¿Por qué no iba a parecerle bien?

–Porque a lo mejor prefiere comer dentro.

–No está aquí. Ha tomado el barco de regreso a Agon –frunció el ceño–. Creo que iba a una fiesta. Esté donde esté, volverá mañana. A la hora de comer, creo.

–¿Crees?

Natassa se encogió de hombros.

–No dio muchos datos. Y a mí no me pagan para preguntarle.

A Helena tampoco le pagaban para cuestionarle, ni para que le importara que él la hubiera dejado sola la primera noche para irse a una fiesta, algo que tuvo que recordarse varias veces mientras cenaba en la terraza, con los grillos como única compañía.

A Helena no le importaba cenar sola. Estaba acostumbrada. Y no podía quejarse de aquel menú de tres platos digno de una estrella Michelin. Aquella mañana había salido de su casa esperando comer sola en el futuro. La comida y el alojamiento eran cien veces mejor de lo que esperaba, pero en lo de estar a solas había acertado.

Theo debía de haberse burlado de ella al decirle que iba a alojarse allí también. Sería otro de sus juegos.

Pues que jugara. A ella no le importaba.

Sobre todo, no le importaba que en aquellos momentos estuviera en una fiesta con alguna mujer agarrada a su cuello y que seguramente no se encontrara solo cuando se despertara al día siguiente.

Al abrir los puños, Helena se esforzó para no mirar las marcas que habían dejado sus uñas en la palma de la mano.

–¿Ventanas de cristal triple para el dormitorio principal? –aclaró Helena, sintiéndose aliviada al poder pronunciar habitación principal sin que le temblara la voz.

El primer encuentro para hablar sobre los requisitos que Theo quería que cumpliera su casa había sido mucho más duro de lo que ella había imaginado. Hacía tres años, antes de que prepararan la colina para construir la casa que estaban diseñando, tenían el sueño de que aquel lugar se convirtiera en su hogar.

Con las cabezas pegadas, habían susurrado durante horas, noche tras noche, sobre la casa que construirían. Habían diseñado los planos, bromeando acerca de quién tendría la oficina más grande y el mejor vestidor. Helena había pedido una sauna, mientras que él quería un gimnasio completo, dos piscinas, una pista de tenis, una sala de cine y un cuarto de juegos con bar.

¿Sería que la memoria le estaba jugando una mala pasada o todo lo que Theo describía era tal y como habían planeado durante aquellas noches?

El dormitorio principal, con un baño y un vestidor para cada uno, y las ventanas con vistas al Mediterráneo, era exactamente como ambos habían planeado.

–Nai, ventanales hasta el techo que abran hasta mi balcón privado –él se volvió para mirarla–. Me aseguraré de que no haya barcos en el horizonte antes de salir desnudo, no quiero ser responsable de una subida de tensión arterial.

Helena se estremeció al imaginarse a Theo desnudo.

Él la miró unos instantes antes de desviar la mirada hacia la zona de tierra donde se situaría su dormitorio.

–¿Todavía te resulta erótica la idea de apoyarte desnuda contra la ventana mientras te poseo por detrás? –murmuró él.

Su pregunta fue tan inesperada que ella tardó unos instantes en asimilarla, pero cuando lo hizo se sintió invadida por una ola de calor que provocó que le costara respirar.

–Eso es completamente inapropiado –murmuró ella.

Y cruel. Eso era otro de los comentarios que habían susurrado durante las largas noches: conversaciones seductoras acerca de cómo les gustaría hacer el amor en su futura casa. La mujer recatada que él había conocido en los jardines del palacio de Agon, había descubierto en compañía de Theo su lado sensual, uno que nunca había imaginado que pudiera existir. Él le había abierto la mente y liberado su imaginación, y había sido maravilloso. En realidad, se habían torturado con aquellas conversaciones. Helena porque estaba desesperada porque Theo renunciara a su ridícula súplica de que esperaran a estar casados para hacer el amor, y Theo por su incapacidad para permitir que nadie fuera mejor que él en nada, ni siquiera su prometida a la hora de tener fantasías eróticas.

El hombre que veía a cualquier mujer como candidata para acompañarlo en la cama, había sido implacable a la hora de evitar el contacto sexual, mientras que la mujer virgen y recatada había estado desesperada por experimentar lo que era hacer el amor con él. La fuerza de voluntad de Theo había sido más fuerte que la desesperación de Helena.

Helena tragó saliva y se esforzó para que la conversación volviera al tema laboral.

–¿Qué hay de las habitaciones para invitados? ¿Todas van a tener baño?

–Por supuesto. Todas han de tener su propio baño con ducha.

Ella asintió y escribió en su cuaderno. No era necesario que tomara ninguna nota, pero prefería meterse en el mar que admitir que recordaba todo lo que habían pensado.

Helena trató de mantener una expresión neutral, tal y como había hecho unas horas antes cuando él regresó de la península a la hora de comer, y con el aspecto de un hombre a punto de embarcarse en un yate de vacaciones. Helena, vestida con una falda y una blusa, había tenido que reprimir el impulso de lanzarle su ensalada. Y en esos momentos, se estaba conteniendo para no lanzarle el cuaderno.

–Si no te importa, me gustaría regresar a casa –dijo ella con educación. Pensaba mantener su profesionalidad hasta el final.

–¿Ya tienes suficiente información para ponerte con el diseño?

–Tengo suficiente para empezar, pero ese no es el motivo por el que quiero regresar –lo miró fijamente para tratar de leer su mirada sin conseguirlo–. No estoy acostumbrada a tanto calor.

–Eres medio griega.

–Nacida y criada en Inglaterra, de donde no he salido en tres años. Sería mejor si hiciéramos las visitas al terreno temprano, en lugar de a mediodía cuando el sol está más alto.

–¿Eso es un reproche? –preguntó él con una sonrisa.

–Tú eres el cliente. No es mi papel reprocharte. Solo he comentado que me resulta más fácil concentrarme cuando no tengo el cerebro quemado por el sol.

–Entendido.

–Gracias. ¿Podemos volver después de desayunar?

–Si he regresado.

–¿Regresado? –no era su intención hacer esa pregunta, pero una vez más, Theo la había pillado desprevenida.

–Tengo que acudir a un acto en Atenas esta noche. Una exposición en una galería de arte.

–Entonces querrás que nos marchemos de aquí –dijo ella, y se separó de él. Por desgracia para Helena, él la alcanzó en tres pasos.

–¿Vienes conmigo?

Ella lo miró fijamente.

–¿Eso es un no?

–No estoy aquí para hacer vida social, he venido a trabajar.

–Llevas todo el día trabajando.

–No. Esta mañana no pude empezar a trabajar porque no viniste hasta la hora de comer.

–Debió suponerte una tortura. ¿Cómo has pasado el rato?

–Familiarizándome con los ordenadores del despacho.

–¿Has tenido una mañana libre en la isla más maravillosa del mundo y la has pasado jugando con el ordenador?

–No estaba jugando.

–¿Cómo ha sido tu vida social? –preguntó él. Era consciente de que ella se aferraba a su profesionalidad para ocultar la realidad. Quería recuperar a la Helena que él conocía y estaba dispuesto a utilizar las armas que fueran necesarias.

–No es asunto tuyo.

–Solo trato de dar conversación. ¿Has hecho amigos? –Helena era la única persona que conocía que podía contar los amigos con los dedos de una mano. Su soledad resultaba extraña para él, un hombre que disfrutaba de la vida social con una amplia red de amistades.

–Sí, Theo, tengo amigos.

–¿Algún amigo menor de cincuenta años? ¿Un novio? –le dio un codazo a modo de broma–. ¿Un amante?

Ella se separó de él y aceleró el paso.

–Definitivamente un amante –dijo él–. ¿Y te excita tanto como yo?

Helena se detuvo en seco. Despacio, se volvió para mirarlo con desdén. Entonces, se rio.

–¿De veras quieres que te responda? ¿Crees que tu ego lo soportará? –llegaron a la casa, ella sonrió con calma y dijo–: Disfruta de la noche, Theo. Te veré por la mañana en modo profesional. Confío que para entonces tú también seas capaz de comportarte con profesionalidad.

Theo la dejó entrar. El corazón comenzó a latirle con fuerza cuando comprendió que Helena había tenido un amante durante los años anteriores. Siempre había sabido que ella no tenía motivo para mantener su virginidad, pero hasta ese momento nunca imaginó que podría suceder. Theo había sido incapaz de continuar con su vida, pero Helena…

Se las había arreglado sin él.

Había tenido amantes.

Theo no podía creer que pensar en ello le provocara un nudo tan fuerte en el estómago.

Capítulo 6

LA OFICINA que Theo le había preparado a Helena era perfecta. Él le había proporcionado todo lo que ella había pedido y como resultado podía trabajar en una mesa enrome donde extender los planos y colocar maquetas de sus diseños en 3D. También tenía tres ordenadores de sobremesa y dos portátiles, una impresora 3D, otra impresora corriente y material para trabajar durante todo el año.

Ella no tenía intención de permanecer allí más de tres meses. En cuanto se aprobase el diseño, se marcharía. Un gerente griego se ocuparía del día a día de la obra y de las gestiones con los constructores. Sin embargo, para llegar a ese punto necesitaba mucho trabajo duro. La legislación griega era completamente novedosa para Helena y estaba segura de que podía equivocarse en varias ocasiones si no prestaba la debida diligencia.

Los cinco días que había pasado allí habían ido mucho mejor de lo que había anticipado, sobre todo, porque Theo había dejado de coquetear con ella. Al parecer, el hecho de que ella quisiera marcharse al final de la primera visita a la obra debía haber funcionado, ya que él se había convertido en la personificación del profesionalismo. ¿O había sido su insinuación acerca de que había tenido amantes? Fuera cual fuera el motivo, se alegraba de que hubiera dejado de atormentarla.

De no ser por las chispas que sentía bajo la piel, trabajar junto a él habría resultado fácil. Theo tenía un enfoque relajado de los negocios y eso hacía que ella no se pusiera nerviosa ni dudara acerca de si conseguiría su aprobación. Si ella sugería algo con lo que él no estaba de acuerdo, se lo decía, pero de una manera que no provocaba que se sintiera idiota por haberlo propuesto. Y cuando aceptaba alguna de sus sugerencias, lo hacía de una manera que la hacía sentir como si le hubieran salido alas.

Las noches era lo que más temía. Las cinco noches que había pasado allí las había pasado sola. Theo desaparecía en cuanto terminaba la jornada, marchándose en su yate allí donde tuviera plan. Él la había invitado en cada ocasión, y ella siempre había rechazado la invitación. Después de cada negativa, Theo simplemente se encogía de hombros y se marchaba.

Y eso que iba a estar disponible para ella día y noche, pero Helena no podía quejarse, y menos cuando él había satisfecho todas sus peticiones. Desde el primer día, él había regresado para empezar a trabajar cuando ella terminaba de desayunar. Todas las visitas a la obra las habían hecho antes de que hiciera demasiado calor.

La noche anterior, por primera vez, él había regresado antes del amanecer. Helena no estaba esperándolo, pero como tenía el sueño ligero oyó pasos y la puerta de la habitación de Theo al cerrarse. ¿En qué cama habría estado antes de regresar?

Después de ese momento, cada vez que ella cerraba los ojos veía imágenes de Theo abrazado a una mujer sin rostro.

No debería importarle con quién pasaba Theo el tiempo, ni lo que hacían juntos. Theo nunca viviría como un monje y no tenía sentido que ella esperara que controlara su deseo solo porque estaba trabajando para él. No tenía sentido que ella se enfadara por el hecho de que Theo fuera Theo.

Y la definición de sentirse enojada no debería cambiar para describir la intensa presión que Helena sentía en el pecho y el fuerte nudo que se le formaba en el estómago cada vez que le invadían las imágenes. Había pasado tres años viendo imágenes reales de Theo y sus diferentes mujeres sin sentir nada aparte de una ola de furia ocasional, que terminaba en el momento en que arrugaba la foto o la rompía en pedacitos.

A primera hora de la mañana, con miedo a cerrar los ojos y esperando a que saliera el sol para anunciar el nuevo día, ella sintió una fuerza en el vientre que la hizo sentirse capaz de arrancarle a alguien la cabeza.

Era la fuerza de una emoción que la asustaba y que no consiguió quitarse ni con una ducha extra larga.

Para empeorar las cosas, la falta de sueño acumulada le había provocado que tuviera un aspecto terrible. Una cosa era hacerlo a propósito y otra tenerlo de forma natural. La guinda del pastel ocurrió cuando Theo entró en el comedor a desayunar, con un aspecto estupendo, como si hubiese dormido ocho horas. Una vez más, iba vestido con pantalón corto y polo, preparado para un día de sol, mientras que Helena se había puesto su uniforme de falda y blusa. Él no se había afeitado, pero olía y parecía fresco como el sol de la mañana.

No era justo. Theo lo tenía todo. Siempre lo había tenido todo, una vida de lujo, mujeres para elegir, dinero ilimitado…

Aunque había sufrido las consecuencias de una tragedia. Su madre había muerto de cáncer y, tres meses después, su padre sufrió un ataque al corazón, poco después de que él cumpliera los dieciocho años. Puesto que era hijo único, heredó todo y se convirtió en un joven multimillonario. En un principio, con tanto dinero, se convirtió en un incansable juerguista. Después, en un hombre de negocios inconformista. Y en cinco años había multiplicado su dinero.

El sonido de unos pasos hizo que Helena volviera a la realidad. Se colocó las gafas y continuó trabajando.

Theo apareció en el despacho con una taza de café en la mano.

–¿Cómo vas? –preguntó él, cerrando la puerta.

Helena se sonrojó y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

–Bien. Tengo algunas cosas que comentarte, si tienes cinco minutos.

–Por supuesto –él se sentó en el escritorio cerca de ella.

Helena se inclinó hacia delante para recoger el cuaderno y, al moverse, su blusa se ahuecó en la zona del escote. Desde arriba, Theo pudo ver durante unos segundos un pedazo de piel desnuda, pero le resultó tan seductor como si ella tuviera toda la blusa desabrochada.

Hablando de forma enérgica, ella comentó:

–Lo primero que quiero comentar es la ubicación de la piscina exterior. Yo te aconsejaría cambiarla de sitio.

Theo se obligó a apartar la mirada de su escote. Helena había señalado algunos aspectos relativos a la privacidad y a los barcos que pasaban que a él no se le habían ocurrido y, como resultado, terminaron colocando la piscina en otro sitio. También comentaron la ubicación de la cabaña del jardín, que también diseñaría Helena. A Theo le encantaba organizar fiestas y la piscina y la cabaña serían el lugar perfecto para realizarlas. El terreno de alrededor de la casa se extendería alrededor de la piscina y él admiraba el hecho de que ella hubiera comprendido perfectamente qué era lo que él deseaba crear. Theo tuvo que esforzarse para no hablar de tomar el sol desnudo, solo por verla ruborizarse al oír sus palabras, pero después de la primera visita a la obra él había decidido cambiar de táctica. Si Helena quería que él mantuviera distancia profesional durante las horas de trabajo, eso era lo que él haría.

Theo se divertía al ver que ella se asombraba cuando él no soltaba ninguna indirecta, ni siquiera cuando el tema lo favorecía, o cuando se contenía para no hacer ningún comentario salaz. Cada noche, él le preguntaba si le apetecía salir con él a divertirse. Nunca había especificado en qué consistiría la diversión, pero Helena era capaz de imaginarlo. Así que él tenía el placer de observar cómo se sonrojaba mientras se contenía para no aceptar.

¿Se daba cuenta de que cada vez que hablaba con él, se inclinaba hacia él? ¿O de que se movía con nerviosismo durante cualquier conversación? ¿Se percataba de que contenía la respiración cuando él pasaba a su lado? ¿O de que le temblaban las manos a menudo?

–Lo siguiente que quiero comentar es la cocina –dijo ella, avanzando en la conversación.

–¿Qué ocurre con la cocina? –preguntó él.

Helena tiró de los papeles sobre los que él se había sentado.

–Estás sentado sobre mis papeles.

–Disculpa –se levantó del escritorio y se sentó en una silla que estaba al otro lado de la mesa–. ¿Así mejor? –ella no contestó. Lo miraba fijamente, y tenía el cuerpo paralizado–. ¿Helena?

Ella pestañeó al oír su nombre y miró las anotaciones rápidamente.

–Sí. La cocina –a pesar de sus esfuerzos, su voz estaba alterada.

Le había resultado difícil respirar mientras Theo estaba sentado en su escritorio junto a ella, pero cuando se levantó, ella tuvo que cerrar los puños para evitar agarrarlo. Estaba sentado frente a ella y por el cuello de su polo se veía su torso bronceado. Helena notó que se le aceleraba la respiración.

«No debería ser así», pensó con desesperación. Había pasado tres meses bajo el hechizo de Theo, y dejando que guiara el viaje en la montaña rusa de la vida. Él había tenido la habilidad de hacerle olvidar todo lo que importaba. Bajo su hechizo, ella había llegado a creer que lo único que necesitaba para ser feliz era a Theo. Estaba segura de que su madre había creído lo mismo antes de vender su alma a un monstruo. Theo no era un monstruo como el padre de Helena, pero el poder que tenía sobre ella era igual de fuerte.

¿Cómo podía tener una reacción tan potente hacia él? Había pensado que la repentina finalización de su relación había aniquilado lo que sentía por él, pero empezaba a darse cuenta de que únicamente lo había ocultado de forma tan profunda que se había olvidado de lo poderoso que era. De pronto, los viejos sentimientos resurgían de nuevo, provocándola, y cada vez le resultaba más difícil enfrentarse a ellos.

Se centró en los papeles que tenía sobre el escritorio, se frotó la nuca y se aclaró la garganta.

–Tenemos que hablar del diseño de la cocina. ¿Todavía quieres hablar con un cocinero profesional al respecto?

Nada más decir aquello supo que había cometido un error.

Theo la miró con un brillo en los ojos y sonrió:

–Lo recuerdas.

–Solo porque ninguno de los dos sabe cocinar –se sonrojó ella.

–No obstante, lo que has preguntado es si todavía quiero consultar a un cocinero profesional. ¿Qué más recuerdas?

Ella anotó algo sin sentido en un papel.

–¿Tienes en mente a algún cocinero a quien consultar?

–Responde a mi pregunta.

La mano le temblaba tanto que apenas podía escribir.

–Helena.

–¿Qué?

–Mírame.

Con el corazón acelerado, ella respiró hondo antes de levantar la vista.

–¿Qué?

–¿Qué es lo que recuerdas? –murmuró él.

Atrapada por su mirada, no fue capaz de mentir.

–Todo. Ahora, ¿podemos continuar?

Pasar el fin de semana en Agon le dio a Theo la oportunidad de disfrutar de la idea de que no era el único que recordaba todo lo que Helena y él habían compartido. La idea de ser él el único que recordaba cada detalle, le había molestado más de lo que quería admitir.

Dejarla sola durante su primer fin de semana era algo tan planificado como dejarla sola cada noche. Él sabía que sus ausencias nocturnas la volverían loca. Theo quería hacerle pensar que respetaba su petición de profesionalidad durante el día, pero provocar que por las noches se desatara su imaginación. Helena tenía una imaginación increíble. Se lo había demostrado de diversas maneras. Sus innovadoras maneras de imaginarlos haciendo el amor. Los poemas que había escrito para él. Su capacidad para imaginar que él se había acostado con cada mujer que se había cruzado en su camino

Tenía intención de torturarla despacio y, poco a poco, conseguir que cayera de nuevo en su trampa. ¡Y estaba funcionando! Cada vez que la invitaba a salir a divertirse de noche con él recibía una negativa que sonaba menos enfática que la anterior.

Y por fin había comprobado que el tiempo que habían estado juntos también había dejado su huella en Helena.

Durante tres años, cada vez que escuchaba un mensaje de voz, Theo había pensado que podía ser Helena, para suplicarle que la aceptara de nuevo a su lado. Él tenía la respuesta preparada para la ocasión: una fuerte carcajada seguida de un no tajante, antes de colgar.

En el fondo él sabía que sus fantasías no merecían el esfuerzo que le costaba crearlas. Helena no estaba llorando por él, arrepentida por haber echado a perder su futuro juntos. Trabajaba sin parar y vivía su vida, centrada. El lado oculto que había sacado a la luz al conocer a Theo, había desaparecido junto al amor que había sentido hacia él.

¡Pero lo recordaba!

El poco control que ella conseguía mantener estaba a punto de desaparecer. Lo único que faltaba era un pequeño empujón y perdería el control. Entonces, Helena quedaría a su disposición.

Helena oyó que llamaban a la puerta de su despacho con suavidad y supo que sería una de las empleadas. Para empezar, Theo nunca llamaba, y si lo hiciera en alguna ocasión, sería con fuerza.

–Adelante –contestó ella.

Elli asomó la cabeza por la puerta.

–¿Estás lista para comer?

Helena forzó una sonrisa.

–Gracias, pero no tengo hambre –el nudo que tenía en el estómago no le permitiría ingerir bocado.

«¿Dónde estará Theo?», pensó.

–¿Estás segura?

–He desayunado mucho –era cierto, se había levantado hambrienta y de muy buen humor, como si los rayos del sol hubieran penetrado en su corazón.

No obstante, a lo largo de la mañana, los rayos del sol habían comenzado a disiparse en su interior.

–De acuerdo. Si tienes hambre, llámanos.

–Gracias –y como no podía contenerse, preguntó–: ¿Sabes algo de Theo?

–No, pero es lo esperado. Él solo me avisa cuando no quiere que prepare cena para él.

Algo que había ocurrido todas las noches desde que Helena llegó allí.

Al marcharse para el fin de semana, se había despedido de ella con un:

–Hasta el lunes por la mañana –y todavía no había regresado.

Cuando se quedó sola, Helena se quitó las gafas y se frotó los ojos. Suponía que debía avisar a Elli para que mirara los planos que había diseñado para la cocina. Después de aquel instante en que ella admitió que lo recordaba todo, le había vuelto a preguntar si tenía en mente a algún cocinero experto para consultarle sobre la cocina. Helena no se atrevió a mirarlo, ya que el recuerdo de ambos riéndose acerca de lo ineptos que eran en la cocina, le resultaba muy doloroso.

La respuesta de Theo había sido que consultara con Elli y Natassa, algo que Helena había hecho mientras comía con ellas el fin de semana.

Las guapas empleadas, que cocinaban como si les hubiera caído polvo de ángel, se quedarían en la casa trabajando. Y cuando ya estuviera terminada se mudarían al estudio que estaba en la parte de atrás.

Helena confiaba en que su inquietud al respecto no se viera reflejada en su rostro, sobre todo, porque ellas estaban entusiasmadas. Había descubierto que ambas eran artistas. Trabajar como empleadas de hogar les proporcionaba un lugar donde vivir, unos ingresos y el tiempo y espacio para producir sus obras. Suponía que existía la posibilidad de que Theo no se hubiera fijado en su físico al contratarlas. Y también era posible que los cerdos volaran.

«¿Dónde estará Theo?»

¿Habría tenido un accidente? Debería haber regresado.

Ella cerró los ojos y respiró hondo cinco veces, pero no consiguió deshacer el nudo que tenía en el estómago ni la presión que sentía en el pecho. Al ponerse las gafas de nuevo tuvo que pestañear para aclarar su visión.

La imagen de su barco volcado invadió su cabeza.

Se quitó las gafas de nuevo, colocó la mano sobre su corazón y respiró de nuevo cinco veces, repitiéndose que él estaría bien.

En ese momento, se abrió la puerta y entró Theo con una sonrisa.

–Buenas tardes, agapi mou. ¿Qué tal el fin de semana?

Ella se levantó de la silla, medio mareada. Sin gafas no veía muy bien, pero lo bastante como para darse cuenta de que tenía barba incipiente y el pelo alborotado. Por primera vez iba vestido con un traje azul hecho a medida, una camisa blanca con el cuello desabrochado y sin corbata.

Cuando se acercó a ella, Helena percibió el aroma de un perfume de mujer mezclado con el de su colonia.

–¿Helena?

Ella lo miró apretando los dientes. El alivio que había sentido al ver que estaba vivo desaparecía a medida que el horrible perfume invadías sus fosas nasales.

–¿Por qué me miras como si quisieras matarme?

Ella no se había percatado de que su irascibilidad pendía de un hilo hasta que soltó:

–¿Dónde diablos has estado?

Capítulo 7

THEO abrió la boca, pero Helena no estaba de humor para dejarlo contestar. Estaba tratando de evitar las náuseas.

–No te molestes. Puedo oler dónde has estado. Dijiste que regresarías antes de desayunar. ¡Ya es la hora de comer! Tengo montones de cosas que consultarte, pero mientras yo estaba aquí sentada esperándote, tú estabas por ahí retozando.

–¿Retozando?

–Ya sabes, eso en lo que eres experto. En serio, no puede importarme menos con quién compartieras la cama anoche, a juzgar por el aspecto y el olor que tienes, me sorprendería si me dijeras que os molestasteis en llegar a la cama, pero no permitiré que tu hedonismo afecte a mi tiempo. Has llegado cuatro horas más tarde de que empezara la jornada de trabajo, y encima ¿tienes el descaro de preguntarme por qué te miro como si quisiera matarte? No quiero matarte, quiero darte un puñetazo.

Él la miró con un brillo en los ojos.

–Pareces celosa.

–Ya te gustaría. O tienes la decencia de mantener tu hedonismo fueras del horario laboral o me iré a casa.

Theo se acercó al escritorio y murmuró:

–¿Tú crees?

Ella lo miró con desdén.

–No creas que porque haya firmado un contrato signifique que vas a hacer todo a tu manera. Hay una legislación laboral, por mucho que no te importe.

–Si quieres probar suerte con la ley, adelante. No intentaré detenerte. No obstante, si quieres demostrar que ya no eres la niña que sale huyendo y que has madurado, tendrás que dejar de actuar como una mojigata indignada.

Furiosa, Helena echó la silla hacia atrás y se dirigió hacia él.

–Eres sexista y condescendiente…

–¡Basta ya! Es aburrido –pero él no parecía aburrido, sino todo lo contrario.

–Lo único que es aburrido es tu interminable procesión de mujeres. ¿No tienes…?

Las palabras se evaporaron de su mente cuando él la rodeó por la cintura, atrayéndola hacia sí.

Con las piernas temblorosas y el corazón acelerado, ella miró al único hombre de la tierra que tenía la capacidad de hacerla reír sin parar y llorar como un bebé. El único hombre de la tierra que la había hecho sentir algo.

Theo le acarició la mejilla con un dedo y ella se estremeció. Él esbozó una sonrisa y la miró con los ojos brillantes.

–Hola, Helena. Me alegro de tenerte de vuelta –comentó, antes de besarla en los labios.

El efecto de sus labios sobre la boca fue inmediato. Helena suspiró al sentir que las sensaciones que hacía tiempo que había olvidado recobraban intensidad. Resistirse no era una opción. Separó los labios y, rodeándolo por el cuello, se puso de puntillas, cerró los ojos y se entregó a su boca con aroma a café y a su cuerpo musculoso. Sus pechos quedaron presionados contra su torso mientras él la abrazaba con tanta fuerza que no importaba que a ella le temblaran las piernas, debilitadas por el húmedo calor que le provocó sentir su miembro erecto presionado contra su abdomen.

En pocos segundos, el beso se convirtió en algo salvaje. Él la sujetó por la espalda y ella llevó las manos a su nuca para acariciarle el cabello.

Separando la boca de la de Theo y deseosa de saborear su piel, le acarició con la lengua el mentón cubierto de barba incipiente y la deslizó por su cuello

E inmediatamente percibió el empalagoso aroma del perfume de otra mujer.

Helena recuperó la cordura con la misma rapidez con la que la había perdido.

–¡No! –asustada por la rapidez con la que había caído de nuevo en la dolencia que había llegado a controlarla en una ocasión, lo empujó apoyando la mano en su pecho.

Sin atreverse a mirarlo, se retiró, pero pudo sentir su respiración agitada.

–No soy un juguete que hayas contratado para divertirte –comentó con voz temblorosa. Asustada de pensar que podía ponerse a llorar, se volvió hacia la cafetera y se sirvió una taza, pero las manos le temblaban con tanta fuerza que derramó parte de café en el suelo.

El efecto de la mirada de Theo era casi tan potente como sus caricias y Helena agarró con fuerza la taza para resistir.

–Al contrario –dijo él–. Tus servicios no son baratos. He llamado a la directora de la empresa constructora que voy a contratar para la casa para que os conozcáis. Está esperando en el comedor. A lo mejor quieres recolocarte la ropa antes de verla –se dirigió a la puerta y añadió–: Helena, la próxima vez que quieras detalles sobre mi vida sexual, pregunta sin más.

Theo se contuvo para no sonreír al ver a la directora. Savina Mercouri era mayor de lo que sería la madre de Theo si estuviese vida. Iba vestida con ropa colorida y llevaba un perfume que podía confundirse fácilmente con un limpiador de baño. También era la directora de una de las empresas de construcción más respetadas y tenía fama de terminar los edificios a tiempo y sin exceder el presupuesto, y por ser capaz de encontrar materiales de todo el mundo con facilidad. Además, era una mujer demasiado afectuosa.

Si Theo hubiese sabido que lo único que hacía falta para que Helena perdiera su compostura era entrar en el despacho con el aroma del perfume de otra mujer impregnado en el traje, habría comprado un frasco y se lo habría vaciado por encima.

Por fin, su bella diosa se había resquebrajado.

Durante su relación, él había aprendido que los celos de Helena le asustaban a ella más de lo que a él le molestaban. En realidad, a él le gustaban. Era diferente al gesto que solían poner sus antiguas amantes cuando él hablaba con otra mujer durante más de dos minutos. Ellas no se daban cuenta de que su comportamiento era el beso de muerte para un hombre al que no le gustaba sentirse atrapado. A Theo le gustaba la libertad. La necesitaba. Helena era la única mujer con la que había querido permanecer atrapado. Y la única que le había hecho descubrir sus propios celos. Ver que ella se mostraba tan posesiva había alimentado su necesidad de demostrar que el amor que ella sentía era tan fuerte como el de él.

Él había visto la expresión de alivio en su rostro cuando entró en su despacho. Ella estaba preocupada por él. El miedo se había convertido en rabia, y la rabia había provocado que lo atacara verbalmente, algo que a él le había encantado. Esa era la Helena que él recordaba. La mujer con pasión en su alma. La mujer que había permitido soltar las emociones que corrían por sus venas.

No le costaría mucho tentarla para que se metiera en su cama. La pasión con la que ella lo había besado indicaba bien claro que ella todavía lo deseaba. La química que en su día los había llevado al borde de la locura todavía permanecía en sus venas, igual que en las de él. Y él todavía provocaba que se pusiera celosa…

Ella seguía sintiendo algo por él.

Mirándola, Theo se preguntó cómo de profundo sería lo que ella sentía por él. Por supuesto, él dejó de quererla cuando después de llevar una hora esperándola en la catedral, asimiló la verdad. Ella no iba a acudir. Helena se había marchado de su lado.

Permaneció allí, frente a los familiares de él y de ella, a los amigos y a los colegas de negocios. Todo el mundo que él conocía, incluida la realeza, había ido para presenciar cómo Theo pronunciaba sus votos al amor de su vida. Sin embargo, terminaron siendo testigos de su humillación. Por supuesto, él se volvió con una sonrisa ante las doscientas personas que había reunidas en la catedral de Agon y anunció que la boda se cancelaba. No era lo bastante estúpido para pensar que los había engañado, a pesar de que los invitó a acompañarlo para celebrar su afortunado escape en lo que debería haber sido el banquete de bodas.

La fiesta había terminado al amanecer, pero por mucho que hubiera durado o por mucho alcohol que hubiera bebido, el sentimiento de humillación seguía siendo muy intenso. Cuando su abuelo, varios días más tarde, le dijo que su corazón se sanaría algún día, Theo se había reído. Su corazón estaba bien. ¿No había sido capaz de sobrevivir la muerte de sus padres con solo tres meses de separación entre ellas? Eso sí que había sido dolor. Un dolor insoportable. El único dolor que Helena le había infligido era para su ego. Theo no estaba preparado para admitir que sentía un dolor tan insoportable como él que sintió tras la muerte de sus padres

Helena había aniquilado el amor que él sentía por ella. En el fondo, él debería estarle agradecido por haberlo hecho de manera tan limpia, sin someterlo al paulatino deterioro de la relación que muchas parejas se veían obligadas a sufrir.

No obstante, él había confiado en ella. Había imaginado que envejecerían juntos. Ella le había prometido que lo amaba, que confiaba en él y que quería envejecer a su lado. Había sido una lección humillante, pero Theo había sacado un aprendizaje de ella. No debía confiar en nadie. No debía amar a nadie. Debía mantener el control de su corazón y no ser vulnerable para que jamás volvieran a herirlo.

–¿Sigues trabajando? –le preguntó Theo aquella noche cuando vio que Helena seguía sentada en su escritorio.

–¿Todavía estás aquí? –repuso ella, sin mirarlo.

–Vas a tenerme para ti sola toda la semana.

–Qué afortunada –murmuró ella.

–No, agapi mou, afortunado yo. Es hora de que dejes lo que estás haciendo, la cena está lista.

–Le he dicho a Natassa que comeré aquí.

–Son las ocho.

Ella continuó tecleando.

–Tengo una cosa a medias.

–¿Tratas de evitarme?

–No te halagues a ti mismo.

–Entonces, mírame.

Él se fijó en que ella cerraba los ojos un instante antes de mirarlo. La expresión de su rostro era indescifrable, pero tenía los dientes apretados. Helena no estaba tan calmada como trataba de aparentar. Desde el último beso, ella había tratado de evitar mirarlo a los ojos. Y solo había hablado con él cuando no le quedaba más remedio.

Había llegado el momento de atacar.

–Mañana por la mañana nos iremos a Agon.

–¿Los dos? ¿Para qué?

–Para conocer al escultor que hará las esculturas para el jardín. Embarcaremos después del desayuno.

–No necesito conocer al escultor.

–No opino lo mismo, y puesto que te pago por tu tiempo y esfuerzo, no aceptaré un no por respuesta. Disfruta de tu cena en el despacho. Si decides salir para respirar aire fresco y compartir una copa conmigo, me encontrarás en la terraza.

–Lo tendré en cuenta.

–Hazlo –contestó Theo, y como era incapaz de marcharse sin provocar, añadió–. Si no estoy en la terraza, estaré en la cama. Serás bienvenida si decides reunirte allí conmigo.

Ella no contestó, pero él se percató de que le temblaba la mano mientras trataba de fingir que lo estaba ignorando y se colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja.

Silbando alegremente, Theo se marchó y la dejó sola.

Helena se secó después de la ducha y se puso el camisón. Estaba agotada. Le dolían los ojos y la cabeza, de concentrarse en el trabajo y de intentar olvidar el beso que se habían dado.

Quizá había conseguido no pensar en ello, pero su cuerpo no lo había olvidado. El corazón le latía deprisa y sentía cosquilleos en los labios. Además, como ya no podía distraerse mirando el ordenador, no paraba de recordar cada segundo.

«¿Por qué he reaccionado de esa manera?», se preguntó con desesperación mientras apagaba el aire acondicionado y abría la ventana del dormitorio. Sentada en la repisa de la ventana, inhaló un poco de aire fresco y confió en que le despejara la mente.

«Siempre ha sido así», pensó. Theo había sido como una droga para ella. Una caricia había bastado para hacerle perder la cabeza. Le destrozaba saber que nada había cambiado. Que seguía siendo esclava de sus caricias.

Oyó una risa distante a través de la ventana abierta. Pensó que parecía la de Elli. Natassa se tomaba la vida muy en serio, pero Elli tenía el carácter animado que Helena envidiaba. De niña había anhelado ser una persona divertida, una niña que atrajera a otras niñas, pero nunca lo consiguió. No sabía cómo ser divertida o hacer bromas que hicieran reír a las demás. La risa no era algo que surgiera a menudo en la familia Armstrong. Su padre era un hombre británico, severo y mayor que gobernaba la casa con puño de acero y la madre, una mujer que tenía prohibido trabajar o hacer nada que supusiera tener independencia.

Durante los últimos años, Helena le había preguntado varias veces a su madre por qué permanecía casada. La respuesta siempre había sido:

–Pronuncié mis votos.

Ella intentaba comprenderlo. Su madre tenía diecinueve años y estaba terminando su primer año en la universidad cuando se enamoró de un apuesto profesor treinta años mayor. Seis meses más tarde estaban casados, la vida universitaria de su madre había terminado y ella fue remodelada en la perfecta esposa. Su padre recibía con frecuencia a sus colegas y estudiantes destacados y esperaba que la casa siempre estuviera inmaculada y la comida fuera perfecta.

Helena recordaba que una vez le había preguntado a su madre que, de pequeña, qué había deseado cuando fuera mayor. Su madre había mirado a otro lado y había contestado que tenía la vida que siempre había deseado tener.

Su madre, estaba mintiendo y ella lo sabía. No solo Helena, sino a sí misma. Era una realidad que había cristalizado durante los años a medida que se daba cuenta de que la manera que tenía su padre de gobernar el hogar no era normal, y que no había sido normal al menos durante cien años. Durante las pocas ocasiones en que habían viajado a Agon sin él, su madre se convertía en una mujer diferente, y Helena estaba segura de que era la mujer de la que su padre se había enamorado en primer lugar. ¿Por qué casarse con alguien solo para apagar la vida que llevan en su interior?

El día anterior al que debía casarse con Theo, comieron con los padres de Helena. Ella había observado cómo su madre permanecía en silencio mientras que su padre y Theo se bebían una botella de vino. Los dos hombres se habían reído acerca del papel que tenían las mujeres en el matrimonio mientras que su madre bajaba la mirada. Esta había sido la conversación que los había separado. Helena había estado a punto de caer en la misma trampa. Ella había permitido que Theo tomara todas las decisiones y se saliera con la suya en todo, incluyendo su insistencia para que se casaran lo antes posible. Ella había sido como un corderito siguiendo a su dueño.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
272 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9788411052368
Переводчики:
ALBA RULL USANO,
Ester Mendía Picazo
Правообладатель:
Bookwire
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