Читать книгу: «La pequeña huérfana»
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ISBN: 978-84-1114-264-9
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A mis hijos, siempre. Ellos son el motor de mi vida, los que se sientan a mi lado mientras escribo, los que me guían por la vida, mi razón de ser.
A mi «pequeña huérfana» Carina, este libro va por ti, por mí.
Prólogo
Por alguna razón me otorgaron el nombre de Carina, que significa amada o querida. Supongo que con ello pretendían dar un hilo de esperanza sobre mi futuro, quizás, prediciendo que alguna vez sería amada por unos padres. No guardo resentimiento sobre mi pasado. No quiero decirte que, en el fondo, haya perdonado a Ana María por abandonarme, la aborrecí muchos años durante mi infancia y adolescencia, pero he aprendido a desprenderme de cualquier sentimiento hostil de mi corazón, he aprendido a pasar página y creo con firmeza que si ella se hubiera quedado conmigo yo no sería la persona que soy hoy en día. Ya no soy «la pequeña huérfana», he crecido, he pasado por muchas cosas que cualquiera podría pasar, y mi historia no es tan distante de las que cualquier persona podría contar. Sin embargo, forma parte de mi pasado, de mi futuro, de mí… He sacado un aprendizaje a pesar de todo, he crecido como persona y ser humano, me he forjado a mí misma. Ahora yo también soy madre de una niña y al mirarla entiendo el amor tan intenso que pueden sentir unos padres.
Estamos en 1996, tengo 25 años y mi hija duerme bajo el sosiego de la despreocupación propia de una niña de menos de tres años. Es una niña especial, desprende una dulzura angelical que hipnotiza a quienes la conocen. Desconozco las razones por las cuales Ana María decidió marcharse sin mirar atrás, entiendo que no es fácil desprenderse de un ser que has llevado en tu vientre por nueve meses, debió tener razones poderosas para ello, y no, no la justifico, solo trato de entenderla; prefiero creer que fue así y vivir en la dicha de la ignorancia. ¿Qué importa su pasado? ¿A quién le importan sus motivos? El daño ya está hecho, vivido y superado, tuve personas que lucharon por mí incansablemente, tuve personas que me hirieron y otras a las que simplemente nunca les importé.
Mañana temprano viajaré con mi marido y mi hija para recordar mi pasado, para reencontrarme con mi historia cara a cara y asegurarme, una vez más, que por muy lejana que me parezca, sigue siendo real. Para conocerme y entender el motivo que me empuja a realizar este viaje a un destino vencido, deberás conocer la historia desde el principio, desde mi abandono; pues antes de eso, la historia es insignificante.
Capítulo 1
Clarice, Córdoba – abril, 1971
A medida que pasaban los segundos, la intensidad de los gritos se avivaban desde el fondo del pasillo, dejando a las personas de la sala de espera con los rostros desencajados. La claridad de las luces no tardó en alumbrar a Ana, que desfallecía en una silla de ruedas empujada por un auxiliar, aquel momento devastador la empujaba a una realidad que, hasta ese momento, prefirió ignorar. Mientras se preguntaba a sí misma cómo podía haber llegado tan lejos, se retorcía y sujetaba su abultado vientre dejando que el dolor se apoderase de ella.
—¡Rápido! Avisa a Clarice. ¡La necesito aquí, ya! —ordenó el médico que apareció tras una puerta oscilante a la enfermera de la sala.
—¡Está sangrando mucho! —gritó el auxiliar.
Después, ambos desaparecieron al traspasar la puerta del paritorio, dejando atrás un hilo rojo a lo largo del pasillo. No tardaron en aparecer varias enfermeras con sus fonendos al cuello mientras corrían dando zancadas, atravesaron aquella misma puerta tras un empujón seco. Clarice —la matrona de guardia aquella noche— las seguía un par de pasos por detrás. La tranquilidad que se había apoderado de las nocturnas guardias en los últimos días de abril se vio interrumpida en la última media hora. Primero un accidente de tráfico y, después, una parturienta con hemorragia.
—¡Ven aquí y ayúdame, Clarice! —le dijo el médico sin alzar la vista—. El bebé está en posición cefálica. Tiene el cordón enrollado, hay sufrimiento fetal.
—Necesita una cesárea urgente. Lo prepararé todo enseguida.
El médico miraba la pantalla del ecógrafo, su rostro permanecía inmóvil, absorto en las imágenes que proyectaba el aparato. Rascó con suavidad la canosa barba de su mentón y apagó la pantalla. Limpió el vientre de la mujer que aún gritaba apretando los dientes y los párpados mientras ocultaba su rostro como podía en la almohada.
—¡La subimos ya! No hay tiempo que perder.
—¡Rápido! Moveos y llamad al anestesista de guardia —ordenó Clarice a las enfermeras que estaban ahí paradas.
La ineptitud que desprendían la enfermaba. Estas, al oírla, se apresuraron, saliendo tras la puerta oscilante a toda velocidad. Después, ella se acercó a la mujer que se retorcía en la camilla, y con un gesto afable le apartó el pelo de la frente.
—¡Tranquila, cielo! —le dijo Clarice en un intento de tranquilizarla—. Pronto acabará todo. ¡Te pondré algo para relajarte y te sentirás mejor!
Todo se tornó confuso para ella, sintió cómo se adormecía mientras veía a los sanitarios con sábanas verdes de aquí para allá, murmurando cosas que no alcanzaba a entender. Tenía sueño y los dolores se habían disipado. Lo último que recordó antes de caer en el letargo fue el llanto ahogado de su bebé y las luces blancas encima de su cabeza.
Cuando despertó estaba en una sala, con algunos cables por el cuerpo y un fino tubo en su nariz que le proporcionaba oxígeno. Los sonidos de las máquinas a su alrededor la mantenían en un estado de aturdimiento. Sus párpados pesaban, pero lograba distinguir los cuerpos de médicos y enfermeras vestidos de blanco y azul, caminado de un lado al otro murmurando. Una mujer de blanco se acercó a ella. Le mascullaba algunas frases que no podía distinguir.
—¿Me oyes? ¿Cómo te sientes?
—¡Déjala! —susurró Clarice—. Aún está bajo los efectos de la anestesia.
Cuando por fin abrió los ojos, los primeros rayos del sol traspasaban las rendijas de la persiana. Giró la cabeza y miró a su alrededor. Se encontraba en una habitación con paredes blancas, menos la pared que se encontraba al cabecero de la cama, aquella pared estaba cubierta por azulejos grisáceos con una cenefa azul oscuro floreada. En ella había unas luces abombadas con tulipas metálicas que colgaban justo encima de su cabeza. A los lados algunas máquinas apagadas y una mesita alta con una botella de agua de cristal. El silencio absoluto de aquella habitación era desconcertante. Minutos después una puerta se abrió, dando paso a una enfermera con cofia blanca y unas siglas bordadas en la solapa del bolsillo de su camisa.
—¡Vaya! —exclamó—. ¡Por fin te despiertas!
Ella la miró sin decir nada.
—¿Cómo estás?
—Un poco mejor. No puedo moverme, me duele el vientre.
—Es normal, son los puntos de la cesárea. No te esfuerces; podrían romperse.
La enfermera tomó su temperatura y después escudriñó las sábanas por debajo del colchón, le dio unos toquecitos para alisar las arrugas y salió por la puerta diciendo: «Te traeré algo de comer».
La mujer no respondió.
—Vamos, esfuérzate un poco por caminar. Tienes que moverte —le decía la auxiliar que la acompañaba mientras sostenía su brazo.
—¿Cómo vas hoy, Ana?
Clarice se había topado con ellas en mitad del pasillo.
—¡Mejor! —se limitó a decir.
—Aún está débil. No quiere caminar ni comer —negó la auxiliar.
—¡Esto no puede ser! Tienes que coger fuerzas. Todavía no has visto a tu bebé. Es una niña preciosa, ha pesado dos…
—¡No quiero saberlo! ¡Déjame en paz! —interrumpió a Clarice haciendo que borrara su sonrisa de sopetón.
Ana agachó la cabeza enfurruñada y se dio la vuelta regresando a su habitación mientras se sostenía en las paredes del pasillo. Clarice y la auxiliar se quedaron perplejas. ¿Qué clase de mujer no quiere ver a su hija?
—¿Has visto eso? —Señaló con el dedo la auxiliar—. ¿Qué le pasa a esta mujer? —refunfuñó.
—No lo sé. La verdad es que no lo entiendo. Lleva dos días aquí y ni ha preguntado por ella. Ni siquiera sabe que su hija estuvo a punto de morirse.
Clarice dejó caer un largo suspiro. Anotó algo en la carpeta que llevaba consigo y dijo:
—Me voy a Neonatos, si cambia de opinión, avísame.
«¡Lo dudo!», pensó ella mientras retorcía los labios. Clarice se alejó por el pasillo, desapareciendo tras las puertas de cristales que separaban el área de maternidad con el pasillo principal del hospital. Llegó hasta Pediatría y se detuvo un instante a mirar por el pequeño cristal de una puerta. Al otro lado se encontraba Ricardo con una madre y un niño de pocos años. Siguió su camino y llegó a Neonatos. Se enfundó una fina bata de algodón, cubrió su pelo por un gorro elástico y unas fundas en sus zuecos del mismo material. Abrió la puerta con sigilo y la cerró tras de sí. Observó varias incubadoras a su alrededor, algunas contenían bebés que ya abrían los ojos y se movían con mayor soltura. La mayoría tenían madres y padres a su alrededor. La niña de Ana aún no tenía nombre, y salvo el personal de Pediatría, nadie había preguntado por ella.
Clarice se acercó con cuidado, procurando no hacer mayor ruido. La niña permanecía dormida, vestía tan solo con un pañal que le quedaba grande, llena de cables y tubos que le proporcionaban oxígeno y mantenían sus constantes vitales vigiladas en todo momento. Sintió una pesadumbre sobre sí misma. Acarició la incubadora imaginando rozar su delicada piel, parecía tan frágil desde su posición. Recordó algunos años atrás, cuando perdió a su bebé con tan solo dieciocho años. Recordó la sangre en el baño mientras se retorcía de dolor tirada en el suelo. Fue casi un milagro que sobreviviera a aquella paliza. Pero nunca se perdonó perder a su bebé. Nunca se perdonó no haber sido más inteligente para dejar a aquel hombre cuando aún tuvo tiempo. Su bebé murió, no solo por la paliza que le propinó aquel tipo, sino por no abrir los ojos a tiempo. Por permitir que las lágrimas y súplicas de su pareja la convencieran una vez más de perdonarlo. Pasó días ingresada por su culpa. Y aún arrastra consigo el dolor de la pérdida de su hija. Sí. Era una niña, y su embarazo estaba en el quinto mes de gestación. Perdió una hija por la brutalidad de un borracho incapaz de controlarse. Incapaz de amar algo más que no fuera una buena copa de coñac, incapaz de amarla a ella. Recuerda los golpes, los jalones de pelo mientras la arrastraba por el suelo, la ropa hecha jirones, la patada en su vientre mientras deseaba que perdiera, según él, el bastardo de otro hombre.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras observaba a la niña dormida. Una enfermera se acercó a ella sacándola de su letargo.
—Clarice. ¿Te sientes bien? —masculló apoyando la mano en su espalda.
—Sí. ¡Estoy bien, no pasa nada, Isabel! —Se apresuró a secarse las lágrimas y escudriñar su vestuario.
Después, se marchó de allí agachando la mirada, apresurada. No quería que nadie la viera llorando y tener que dar explicaciones del porqué. Su pasado era cosa suya, no le incumbía a nadie. Tardó más de dos años de terapia para superar la depresión que le causó la pérdida de su bebé por los golpes de aquel maldito bastardo. De ninguna de las maneras quería remover aquellos turbios recuerdos. Se encerró a oscuras en su cubículo al que llamaba despacho. Bajó las persianas, y se permitió unos momentos de silenciosa soledad a oscuras.
—No. No quiero verla. ¡Llévatela de aquí! —gritó Ana con la cabeza ladeada.
—¡Pero es tu bebé! ¡Mírala, es preciosa!
—¡No! ¡No! ¡Llévatela ya, por favor! —sollozaba—. No la quiero ver más.
Ana empezó a agitarse, le faltaba el aire. Se agarraba del cuello del pijama mientras intentaba contener la respiración. Clarice corrió hacia ella, poniéndole una máscara de oxígeno y ordenando a la otra que se marchara de allí y devolviera la niña a Neonatos. Aquel día Ana sufrió una fuerte crisis de ansiedad que la mantuvo bajo los efectos de los sedantes hasta el día siguiente.
—Llama a Psiquiatría —ordenó Clarice a una auxiliar al salir de la habitación y cerró con cuidado.
—Enseguida.
Al terminar el turno salió del hospital abstraída en sus pensamientos. El día había sido largo y duro, nunca se le había presentado un caso similar. Era cierto que algunas madres se sentían exhaustas o con miedo de coger a su bebé en brazos. Incluso había oído hablar de la depresión posparto. Pero algo en su interior le decía que ese no era el caso de Ana. Se notaba que aquella mujer en realidad aborrecía mirar a su hija. Quiso creer que después de algunos días cedería, que sería algo pasajero.
Llegó al aparcamiento, se subió a su vehículo y lo puso en marcha. Quince minutos después aparcaba frente a su casa, en un barrio residencial de lo más tranquilo. Rodeado de edificios donde vivían en su mayoría, ancianos y familias con hijos.
Clarice era una mujer que rondaba ya los veintiséis, tenía dos hermanos que vivían lejos de su ciudad —Córdoba—, con los cuales hablaba por teléfono varias veces en semana, quizás más con su hermana pequeña Helen, pues Raúl —su hermano mayor— casi siempre tenía alguna excusa con la que salir airoso de las llamadas; el trabajo, los niños, su mujer…
Sus padres vivían en una pequeña casa en la otra punta de la ciudad. Los visitaba algunos días entre semana y los días que libraba. Nunca estuvo casada, ni siquiera tenía pareja en la actualidad. Hace algún tiempo rompió su relación con un hombre con el que convivió los últimos años, él le sacaba poco más de diez años. Él la quería con locura y la respetaba, pero se negaba a tener hijos. Su vida social se limitaba a atender al cartero las pocas veces que este tocaba la puerta. La vida de Clarice a su lado era monótona, se había acostumbrado a trabajar largos turnos. Prefería hacer guardias extras, centraba su vida en su trabajo; cualquier cosa para evitar regresar a casa.
Cuando ella regresaba siempre se encontraba la misma imagen; él frente al televisor, con las persianas oscureciendo la sala, tomando notas en su cuaderno y bosquejando algunos diseños. No hacía otra cosa en el día más que ver programas de construcción moderna. Fue un buen arquitecto durante muchos años, cuando el trabajo de la construcción era la principal fuente de ingresos del ochenta por ciento de los españoles. Aquellos años dorados lo hicieron uno de los arquitectos más cotizados de la ciudad, hasta que el derrumbamiento de un muro cayó sobre él. Pasó más de un año para que su pierna se recuperase del todo después de la operación. Cuando quiso regresar al trabajo se vio sustituido por un chaval mucho más joven, recién graduado y con ideas frescas sobre arquitectura moderna. Desde entonces, volver a encontrar un trabajo se transformó en una tarea tediosa. Aquello lo sumergió en una depresión. Su obsesión por modernizarse lo volvía loco, tanto que no había otro tema de conversación en casa. No se interesaba por Clarice; si estaba cansada, si había tenido un buen o mal día. ¿Qué necesitaba ella de él? Solía decir que estaba viejo para volver a los estudios, que aprendería por sus propios medios. Juraba que cuando regresara al trabajo volvería a ser tan o más cotizado que antes. Llegar a casa resultaba abrumador, la vida a su lado le parecía nula y sin sentido. Él la hacía sentir fracasada.
Hacía menos de un año que Clarice decidió que ya era hora de acabar con esto, no estaba dispuesta a seguir así. Se desprendió de lo que la ataba a él, recogió sus pertenencias y sin más abandonó aquella casa. No hubo súplicas ni llantos por su parte, no le importó su partida. Se limitó a permanecer en silencio, observó cómo salía tras la puerta y miró hacia otro lado. En el fondo ambos sabían que sería cuestión de tiempo. Quizás se había demorado demasiado en marcharse. Tanto que a él no le sorprendió en absoluto.
Le tomó unos días recomponerse del cambio, su relación hacía tanto tiempo que se había acabado que no derramó ni una gota de lágrima por sus mejillas. Desde entonces su humor empezó a mejorar y eso se reflejaba en su rostro, sus ojos no se ocultaban tras las marcadas ojeras que la habían acompañado los últimos meses. Su piel tomó un color más vivo, devolviéndole al cuerpo una energía que creía perdida. Solía tomar café con las compañeras en las tardes, y algún fin de semana una copa en el local de moda. Hacía tiempo que no se reía a carcajadas, aquello le sentaba bien, sus amigos solían decir que era una persona nueva. En realidad, lo era, se permitió recuperar su vida, su imagen y su personalidad. Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de sí misma; de algo tan sencillo como un baño relajante, o del silencio de su hogar aromatizado con las velas perfumadas de lavanda.
A las ocho de la mañana comenzaban las rondas en las habitaciones de Maternidad, aunque ella solía ir desde muy temprano al hospital. Estuvo muy pendiente del bebé de Ana durante toda la semana. Había empezado a coger algo de peso y permanecer despierta por más tiempo. Algunos días pasaba parte de la mañana sentada con ella en su regazo. Aquella mañana, antes de comenzar el turno, pasó por Neonatos, la observó dormida plácidamente con las manitas sobre la mejilla sonrojada. «¿Cómo la llamará?», se preguntó.
Regresó a la sala de enfermeras, se sirvió una humeante taza de café y se sentó a revisar su carpeta. La puerta se abrió, y tras ella aparecieron algunas enfermeras posando sus bolsos en un mueble. Clarice dio un sorbo, recogió algunos informes y lavó su taza. Se apresuró a salir de la sala, colocó el fonendo en su cuello y los bolígrafos en el bolsillo, ajustó su bata y se dirigió a una habitación. Tocó la puerta, abrió despacio, observando su interior. No quería interrumpir el sueño de la paciente, en el informe decía que pasó la noche con algo de fiebre.
—¡Buenos días! Señora Fernández, ¿cómo amaneciste hoy? ¿Y el pequeño Matías?
—Regular. Aunque hemos podido dormido varias horas. Me duelen los puntos al moverme —masculló mientras intentaba sentarse al borde de la cama—. Matías se ha portado muy bien, apenas ha llorado por la noche.
—¡Déjame revisarte los puntos! —le indicó que se tumbara y descubrió la venda de su vientre—. ¡Están bien! Aunque veo que has tenido fiebre.
—Sí. Me dolía la cabeza. Pero Isabel me dio un analgésico y después pude descansar un poco.
—En un rato se llevarán a Matías para bañarlo, así podrás descansar un poco. —Sonrió Clarice mientras acariciaba al pequeño—. Más tarde pasará la ginecóloga a verte. Nos vemos en unas horas.
—De acuerdo. Gracias, Clari.
La ayudó a reincorporarse para que tomara su desayuno, indicó a la enfermera que después del baño del bebé lo llevaran a Pediatría unas horas para que la madre pudiera descansar. Anotó algunos datos en su ficha y se marchó de la habitación. Después de varias habitaciones decidió pasar por la de Ana, no había nada apuntado en su ficha sobre cómo pasó la noche, salvo la temperatura. Tocó con suavidad la puerta y la abrió.
—¡Buenos días! ¿Qué tal has amanecido?
Miró a la cama y la encontró vacía. Se acercó a la puerta del baño intentando pegar la oreja para escuchar algún ruido en su interior. Tras el silencio, tocó con los nudillos.
—¿Estás en el baño, Ana? —Tocó una vez más—. ¿Hola? ¿Ana?
Abrió con sigilo, pero no había nadie en su interior. «¿Estará por las zonas comunes, o en Pediatría?» se preguntó. Desconcertada, regresó a la sala de enfermeras, preguntó a varias de ellas, pero estas negaron haberla visto. A Clarice aquello le resultó de lo más extraño, Ana no solía salir de su habitación y hasta ahora no quiso ver a la niña en ningún momento. El psiquiatra la estaba tratando desde hace varios días. Según él, Ana estaba perfectamente bien, ignoraba sus razones para comportarse así, y argumentó que en cuestión de días su ánimo mejoraría. Se dirigió por los pasillos y la terraza, sin encontrarla. Quiso creer que el psiquiatra estaba en lo cierto, quizás hoy se levantó con ánimos de verla. Estaba segura de que la encontraría en Neonatos con su hija en brazos.
Traspasó la puerta. Agarró del brazo a una de las enfermeras obligándola a detenerse y le preguntó.
—¿Has visto a la señora de la 115? ¿Ha venido por aquí a ver a su bebé?
—No, lo siento. La señora dejó muy claro que no quería ver al bebé —respondió—. Las compañeras me comentaron que las echó de la habitación varias veces anoche. No dejó que nadie la atendiera. Así que decidieron no molestarla.
—Pensé que quizás estaría aquí.
—Pensábamos hacer de nuevo un intento ahora en unos minutos y llevarle a su pequeña. —La enfermera miró hacia la cuna de la niña y sonrió—. ¡Mírala, Clarice! ¡Esta niña es un ángel! Se ha tomado el biberón a sus horas y no ha llorado en toda la noche.
Clarice la miró ensimismada, con los ojos brillantes y una sonrisa enternecedora. La pequeña yacía dormida, se podía notar su respiración en el suave balanceo de su pecho. Sus mejillas rosadas destacaban en aquella aterciopelada piel blanquecina.
—¿Sabías que tiene una manchita de nacimiento? —interrumpió la enfermera volviendo la mirada—, es muy mona, con forma de flor en la muñeca. ¡Qué curioso! —Rio.
—¡No me había dado cuenta! —masculló.
Cuando salió de su letargo, frunció el ceño. Miró de nuevo a la enfermera que aún se encontraba con la mirada absorta a través del cristal.
—¿Dónde estará la madre? —preguntó elevando el tono mientras ponía los brazos en jarra sobre su cintura.
La enfermera se encogió de hombros.
Avisó a los vigilantes. Después ordenó a celadores y enfermeras que si la veían la avisaran de inmediato. Siguió buscando por las plantas del hospital sin encontrarla. Concluyó que se había escapado; era la única opción que le quedaba por pensar. No quiso creer que aquella mujer se había atrevido a marcharse del hospital sin el alta, dejando allí a su hija. No le pareció del todo tan extraño, al fin y al cabo, su comportamiento había sido decepcionante desde el principio. Después de dar parte de la desaparición a la policía, no le quedó más remedio que avisar a Asuntos Sociales para que se ocuparan de la niña. Cuando acabó el turno, su humor respecto a la huida de Ana no había mejorado en absoluto. De hecho, estaba al borde de la cólera. Pidió explicaciones a quienes estuvieron en el turno anterior. A los vigilantes, enfermeras, auxiliares y celadores; a todo el que veía pasar.
—¿Cómo se os puede escapar un paciente sin que nadie la vea? —gritó enfurecida.
Se había marchado a hurtadillas, seguramente mientras las enfermeras estaban en la sala hablando. Eso quería decir que ninguna vigilaba las habitaciones, cosa que irritó a Clarice, quien se sentía responsable de la ineptidud de las enfermeras. Al fin y al cabo, cuando se pidieran explicaciones al personal su cabeza estaría por encima de las de sus compañeros. Ana se fue y dejó a su pequeña abandonada en el hospital, no quiso conocerla, aprovechó las horas nocturnas para desaparecer sin dejar rastro.
La matrona se quedó enfrascada en sus pensamientos. Nunca hubiera imaginado semejante situación cuando se levantó aquella mañana.
Pasaron varias horas antes de que un celador la interrumpiera para decirle que una señora de Asuntos Sociales preguntaba por ella. El día con sus largas horas la dejaron abatida.
—¿Clarice Molina? ¿Es usted la matrona? —preguntó una mujer de fina figura y trajeada que sostenía una carpeta negra entre sus brazos—. Soy Susana, de Asuntos Sociales. Me informaron de un caso de abandono de una menor.
—Sí, soy yo. —Clarice tendió su mano para saludarla—. Acompáñeme a Pediatría, es una niña recién nacida. Su madre ingresó de urgencias hace más de una semana y se le practicó una cesárea de urgencias. No quiso ver a la niña en ningún momento —explicó mientras caminaban por el pasillo—. Nunca he tenido un caso así.
—¡Clarice! —interrumpió la asistente social—. Esto es más frecuente de lo que usted cree, es su primer caso, pero en mi profesión por desgracia es algo muy común. A veces las madres nos entregan los niños directamente a nosotras. Otras veces los abandonan en hospitales, centros, parques o cualquier sitio; hemos visto de todo. —Dejó caer sus hombros con frialdad—. Abandonan bebés, e incluso niños de varios años. Es muy triste, pero por lo menos esta pequeña tiene suerte de no enterarse de nada. Tenemos niños de todas las edades, los mayores entran en depresión por el abandono o muerte de sus padres y es más difícil colocarlos en un hogar.
—¿Que pasará ahora? —preguntó Clarice con el rostro desencajado.
—Se hará un estudio detallado y daremos parte a la policía, con los datos que podáis aportar. Haremos un seguimiento del bebé hasta que le den el alta y será trasladado a una casa cuna de nuestra colaboración.
—Estará bien, ¿verdad?
—Por supuesto, cuidaremos de ella y cuando esté todo en orden le buscaremos una familia. Los bebés son más fáciles de dar en adopción. ¡No se preocupe!
Clarice la miró cabizbaja. ¿Cómo no iba a estar preocupada con todo lo sucedido? Aquella niña había despertado en ella unos sentimientos que creía muertos. Observó a Susana coger a la pequeña huérfana en brazos y arrullarla con ternura. Minutos antes, mientras conversaban hubiera jurado que esa mujer no tenía sentimientos, pero al verla con ella en brazos no puedo evitar derramar una lágrima.
Al acabar el turno se marchó a casa, disgregada por lo que ocurrió ese día. Le costó conciliar el sueño, su cabeza estaba en cualquier lugar menos sobre su almohada. Los días siguientes pasaron lentos. El personal murmuraba por los rincones, para después dispersarse cuando Clarice se acercaba por los pasillos. Ella visitaba a la niña varias veces a lo largo del turno. Le daba el biberón, la bañaba y le tatareaba hasta quedarse dormida. Revisaba minuciosamente todo lo que apuntaban las enfermeras y lo comprobaba después. La pequeña mejoraba poco a poco, y el pediatra decía que en cuanto cogiera algo más de peso podrían darle el alta. Eso significaba que Susana se la llevaría de allí y que ya no podría verla todos los días. Incluso puede que ya hubiera alguna familia interesada en su adopción. La sola idea de separarse de ella le oprimía el pecho, dejándola embaucada en el desasosiego durante todo el día.
—¡Hola, preciosa! —le decía mientras acariciaba su amelocotonada piel—. ¡Qué bonita estás hoy! Eres tan pequeñita.
La pequeña la miró desde el interior de la cuna. Sus grandes ojos empezaban a oscurecerse. Estaba tranquila, mirando todo a su alrededor mientras movía los pies por debajo de la sábana. A Clarice se le cambiaba la expresión cuando la tenía cerca, su rostro se volvía más iluminado, su piel se erizaba al sostenerla. Podía pasar horas y días admirándola. En alguna ocasión se quedaba dormida con ella en una de las mecedoras de la sala de lactancia. Su suave respiración y el calor de su piel eran como un bálsamo, un remanso de paz que no hallaba en ningún otro lugar.
La noche anterior al día del alta, Clarice la pasó contemplando el angelical rostro de la niña, mientras esta dormía plácida en su cuna. Sabía que por la mañana Susana vendría a buscarla, a pesar de que ella consideraba que aún estaba débil. No pudo hacer nada por evitarlo, ni siquiera el director del hospital le dio la razón en esta ocasión. Según Pediatría, la niña estaba lo suficientemente recuperada, su peso era bajo, pero no requería más hospitalización. Por la mañana todo el personal del hospital estuvo muy atento cuando Susana recorrió los pasillos, para tiempo después volver a hacer el mismo trayecto con el bebé en brazos. Clarice no era la única que la echaría de menos ni la única que derramaría algunas lágrimas. Después de casi tres meses allí, todo el personal se había encariñado con ella. Quizás por ser la única desamparada, algunas madres la visitaban, cogiéndola en brazos para mecerla y darle algo de cariño. Resultaba muy duro ver cómo pasaban las horas, los días y los meses sin que nadie la reclamara, sin que la mujer que le había dado la vida regresara a buscarla arrepentida.
Susana se presentó desde primera hora de la mañana, había papeleo que gestionar antes de llevársela. Después salió del despacho del director con él caminando a su lado, Clarice los vio acercarse a través del cristal de Pediatría. Ella estaba sentada en el sillón de la sala, con la pequeña dormida en sus brazos. Aprovechando hasta el último segundo para embriagarse del olor de su piel. Presintió que después de aquel día nadie ocuparía el vacío que la pequeña dejaría en ella. No se sentía con fuerzas de soportar de nuevo la pérdida. El dolor de separarse de su bebé. Y aunque no era suyo, deseaba que lo fuera, deseaba más que nada en el mundo que le permitieran quedársela. Estaba segura de que nadie la querría ni la cuidaría como ella. Nadie le daría tanto amor y dedicación. Ella era muy capaz de cuidarla y quererla. ¿Por qué separarlas entonces?
No. No era tan sencillo como parecía, aunque pudo serlo si la burocracia no fuera tan estricta en el tema de las adopciones. Por desgracia, la sociedad prefería amontonar niños en un orfanato, a la espera de ir de casa en casa de acogida. Algunos quizás nunca serían adoptados, y posiblemente acabarían con una personalidad conflictiva que los llevaría a tener una vida desgraciada.
—¡Buenos días! —exclamó aquella mujer trajeada con falda de media pierna y chaqueta oscura—. ¡Es hora de llevármela! —extendió los brazos.
Clarice la observó sin musitar ni una palabra. Se balanceaba con la pequeña en brazos mientras requisaba las fracciones de quien había venido a llevársela. Observó en ella un rostro adusto e impaciente. No mostraba ni pizca de compasión. Quizás para aquella mujer fuera muy fácil desprenderse de niños como quien se desprende de ropa vieja y usada con facilidad. Ella estaba acostumbrada a los vaivenes de niños abandonados por sus padres, huérfanos tratados como despojos de la sociedad. Las sobras de deshechos humanos que ni sus propias familias quieren. Clarice sabía que detrás de esa «apariencia social» el trato a los huérfanos no era ni remotamente aceptable. Muchos matrimonios solo adoptaban o acogían por las ayudas que el Gobierno les ofrecía. Aparentando un profundo amor de padres cuando las asistentes visitaban sus hogares. Lo cierto es que la mayoría de los huérfanos estaban predestinados a sufrir toda su vida.
Clarice miró los grisáceos ojos de la pequeña y no pudo evitar derramar una lágrima. ¿Por qué debía permitir que a ella le sucediera lo mismo? Se juró que haría lo que estuviera a su alcance por impedirlo.
—¿Podré visitarla? —preguntó mientras se levantaba del sillón, sosteniéndola en brazos.
—Me temo que no será posible.
Susana la cogió mientras Clarice la miró boquiabierta. ¿Tampoco podría visitarla?
—El procedimiento es muy claro en estos casos.
—¿El procedimiento? —Frunció el ceño—. Explíquese.
—Se rompen los lazos con todo su pasado para procurarle los menos traumas posibles. De este modo podrán adaptarse con mayor facilidad a un nuevo hogar.
—¿Qué pasado? ¡Aún no tiene ni tres meses! — refunfuñó—. ¿Qué puedo hacer para adoptarla?
—¿Usted? ¿Quiere adoptarla? —Rio.
Clarice la miró enfurecida, deseaba arrancarle a la pequeña de sus brazos. ¿Cómo podía ser tan frívola? Pero sabía que si hacía eso podría perjudicarla.
—Ya me advirtieron de esto —masculló la mujer mientras cruzaba sus brazos—. Se ha encariñado demasiado con la niña.
—¿Hay algo de malo en ello?
—Verá, señorita Molina. Desconozco cuál ha sido el motivo por el que se ha encariñado tanto con ella. Pero tengo entendido que usted no está casada. Como ya sabrá solo se dan niños en adopciones a matrimonios que tengan un hogar apropiado y puedan sustentarla económicamente sin problemas.
—Eso es una tontería. Yo la cuidaré mucho mejor. Estoy segura de ello —añadió ofuscada—. ¡Por supuesto que puedo mantenerla!
—No lo dudo. Pero es la ley y hay que cumplirla.
Susana se dio media vuelta con la pequeña en brazos, dejando a Clarice al borde del colapso. Finalizando la conversación sin dejarle la oportunidad de pronunciar una sola palabra más.
Clarice se despidió de la niña a lo lejos, mientras sus ojos se inundaban de lágrimas, con la voz entrecortada y temblorosa. La angustia le sacudió el cuerpo dejándola paralizada, mirando cómo la pequeña se alejaba en otros brazos para no volver a verla nunca más. Se encogió de hombros cruzando sus brazos delante de su pecho, intentando ser fuerte, sabía que tenía que ser así y que no podría hacer nada para cambiar la situación. Maldijo las palabras de Susana, la maldijo a ella y a todo el sistema.
Las siguientes semanas fueron tan duras para ella que no logró centrarse en su trabajo, y fuera de este su único pensamiento era el bebé. La dirección del hospital decidió darle vacaciones, sabían que necesitaba recomponerse y aclarar su vida. En un primer intento, ella las rechazó, ella quería seguir trabajando. El director se recostó en el respaldo de su sillón: «No es una opción. Cógelas y soluciona tus asuntos, cuando regreses espero que tus ánimos hayan mejorado y trabajes como siempre», dijo. Lo miró con detenimiento y se dio cuenta de que era eso o perder el trabajo, así que asintió y firmó el parte.
Córdoba – julio, 1971
En el orfanato todo transcurría con aparente normalidad, las familias de acogida visitaban el centro una vez por quincena para familiarizarse con los niños y adaptarse al proceso, mientras que otros matrimonios los visitaban buscando enamorarse de alguno de ellos. Una de las cuidadoras llamó Carina a la pequeña huérfana, porque significaba amada, y eso es lo que esperaba de la vida para ella, que fuera una niña querida y amada por quienes decidieran adoptarla. Carina crecía bajo el cuidado de las asistentas del centro, siendo ella la más pequeña en ese momento. La pequeña convivía con siete bebés más con los que compartía habitación y ropa.
Un bebé de cinco meses a cuya madre toxicómana le fue retirada la custodia. Otro niño de ocho meses que llegó al centro por maltratos después de que una vecina avisara a la policía; aquella noche el niño lloraba más de la cuenta y se escuchaban gritos, ruidos fuertes y cristales rotos, la policía encontró al pequeño con golpes en la cara, en el brazo y en el costado, su padre estaba borracho y la madre inconsciente en el suelo tras ser brutalmente golpeada por su marido. Ella quedó ingresada en un coma del que aún no salía. El bebé estuvo casi 15 días ingresado por las lesiones y con el brazo escayolado por una fractura que le ocasionó su padre. Según las declaraciones: le pegó para callarlo. Porque no dejaba de llorar mientras este golpeaba a su madre.
Había otro caso en el que una niña de 15 años quedó embarazada y sus padres la obligaron a dar al bebé en adopción. La hija era una niña de 7 meses que compartía cuna al lado de la de Carina.
El centro en realidad era una vieja casa del siglo xix reformada por el Estado y adaptada para ser habilitada como orfanato neonatal. La Casa-Cuna, llamada así popularmente, aún conservaba unas losetas hidráulicas que conformaban un azulado mosaico que revestían todo el suelo, parecía una gigantesca alfombra que alguien había dibujado en el suelo a propósito. Las paredes estaban cubiertas de un gotelé avainillado del que colgaban cuadros de colores pintorescos. Las ventanas de cristales cuadriculados lucían un marco de madera que había sido lijado a conciencia, para después envejecerlo con un tinte ébano que combinaba con las grotescas puertas oscuras a la perfección.
*****
Clarice se dirigió a su taquilla, recogió algunas prendas y enseres de higiene que guardaba allí. Se cambió de ropa recogiéndose el pelo en un despeinado moño, y cerró la puerta tras de sí atravesando el pasillo que cruzaba por pediatría. Se detuvo unos instantes delante de las puertas que separaban aquella zona y su cuerpo se estremeció. Continuó su paso mientras el pasillo parecía hacerse más largo cada vez que intentaba avanzar, las paredes, puertas y ventanas se distorsionaban, el aire se sentía opresivo dentro de sus pulmones haciéndola desvanecerse. Una voz gentil y conocida se le acercó mientras la agarraba del brazo.
—¡Clarice! ¿Estás bien? He oído que coges unas semanas de vacaciones —dijo Ricardo.
—Sí. Necesito arreglar unos asuntos.
—¿Esos asuntos tienen algo que ver con lo ocurrido hace unas semanas? —Levantó la ceja—. Sabes que si puedo ayudar en algo…
—Tranquilo. Estaré bien —aseguró ella con una sonrisa forzada—. Te veré a la vuelta, Riki.
La relación entre el Dr. Tejera —otorrino infantil— y Clarice sobrepasaba de cierta manera lo profesional. A pesar de que su «amistad» nunca había traspasado las puertas del hospital, ellos tenían una conexión innata desde el momento en el que él llegó al centro. Él era correcto, educado y muy trabajador. Rara vez se veía involucrado en asuntos que no fueran meramente profesionales. De hecho, el personal desconocía su vida fuera de aquellas paredes, no dejaba que nadie tomase confianzas que él no le hubiera atribuido. Salvo a Clarice, a ella le podía consentir cualquier cosa. Pero sabía que ella jamás tomaría confianzas que no se le hubieran dado. Era una mujer de valores anticuados, su educación muy bien conservada había sido inculcada a conciencia para que fuera una mujer decente y trabajadora. Toda una mujer de los pies a la cabeza, al menos así la veía él. Aquello causaba en Ricardo algo más que admiración. Ella lo intuía, pero después de sus últimas relaciones no tenía intención de complicarse más la vida.
—¡No me convence en absoluto! —afirmó Ricardo mientras la miraba dubitativo.
—¡Está bien! No puedo mentirte. —Agachó la cabeza dejando caer los hombros—. Estoy mal por lo de la niña y me siento agobiada, no puedo centrarme y Dirección a decidido que necesito vacaciones y terapia. Accedí a las vacaciones, pero desde luego no pienso ir a terapia. No estoy depresiva, es solo…
—¡No me digas más! —interrumpió poniendo su mano en su brazo—. Esta noche cenamos y los hablamos. Para eso estamos los amigos.
—De acuerdo, te acepto la cena. Pero déjate de terapias conmigo y solo sé mi amigo.
—Nada de dramas. ¡Lo prometo!
Clarice frotaba la mano contra su hombro mientras sus labios dibujan una tímida sonrisa. Él le guiñó un ojo, después besó su mejilla.
A las diez y cuarto de la noche sonó el timbre de la puerta. Riki la esperaba ansioso, se vistió con aire informal, aunque algo más elegante que de costumbre. Llevaba unos ajustados vaqueros, unas botas de piel marrón oscuro que se compró el año pasado y solo se había puesto en dos ocasiones, tres con esta; una camisa negra ceñida que marcaba su musculoso torso a la perfección, para después cubrir sus hombros con esa chaqueta de cuero negra que le daba un toque gamberro. Peinó su pelo con un tupé muy natural que combinaba con las finas monturas de sus gafas.
—¡Hola, Riki! Entra, no tardo nada —dijo ella al abrir la puerta. Después se marchó a la habitación para terminar de retocarse, dejándolo solo en el salón.
—¿Vamos al bar de tapas de la plaza? Me muero de hambre —dijo él mientras se sentaba en el sillón, admirando aquella casa por primera vez—. Podemos tomar unas copas y picar algo; hacen unas tapas buenísimas.
—Sí, ¡perfecto! —afirmó alzando un poco la voz desde el baño.
Salió pocos minutos después, embriagando toda la sala con su perfume. Se apresuró a buscar su bolso, sin percatarse de que Ricardo se quedó hipnotizado mirando sus curvas, sus largas y esbeltas piernas estaban cubiertas con medias negras transparentes para terminar en unos elegantes zapatos de tacón. No eran nada escandalosos, pero resaltaban aún más sus piernas. Sus caderas se escondían en una ajustada falda negra. Ricardo subió la mirada por su contoneada figura, observando una camisa blanca de mangas largas y puños fruncidos. La holgura del tejido quedaba fajada por dentro de la falda, como si de una ejecutiva se tratase. Llevaba el cuello de la camisa desabrochado hasta la altura del canalillo. Riki se levantó para ayudarla a buscar el bolso, esperando que ella no se hubiera percatado de nada.
—¡Aquí está! —Resopló mientras guardaba las llaves dentro del bolso—. Ya podemos irnos, Riki.
—Bien, vámonos. ¡Estás muy guapa!
Ella le sonrió y salió sin decir nada.
La noche estaba despejada y la temperatura rondaba los diecisiete grados. El local estaba atestado de gente, pero se respiraba un ambiente acogedor a pesar de la muchedumbre. Se sentaron en una mesa y pidieron algo de beber.
—¿Ya has pensado qué vas a hacer en tus vacaciones? —preguntó Ricardo mientras se apartaba un poco para que la camarera sirviera las bebidas.
—¡Aún no! Pero me gustaría visitar algún lugar que aún no conozca.
—¿Has estado alguna vez en Mallorca? —Tomó un trago de la copa—. Tiene unas playas espectaculares. Estuve hace algunos años y me enamoré del lugar.
—He visto algunas fotos —dijo ella mientras lo miraba a los ojos—. Es un lugar precioso, sin duda.
—Si te decides a visitarlo, no dejes de ir a la cala Millor, ¡te encantará!
—¡Es una posibilidad! —Rio.
Pasaron la noche entre charlas y risas. Ricardo insistió en que le contase qué le había pasado con la niña, ¿por qué le había afectado tanto? Ella se sinceró con él, le contó de su embarazo hacía algunos años y de la pérdida. Él la tomó de las manos acariciándolas, le aseguró que en él podía confiar, que estaría ahí siempre que lo necesitara. Ella suspiró aliviada, él la hacía sentir segura y reconfortada, de una manera que hasta ahora no conocía. Después cambiaron de tema, hacía largas semanas que Clarice no se reía de aquella manera. Pasearon durante largo tiempo entre la oscuridad de las calles, alejados del ruido de la gente, mientras contemplaban las luminosas estrellas que resplandecían el oscuro cielo. Contándose cosas de su infancia y sus vivencias.
Cuando él la dejó en la puerta de su casa, se despidió con un dulce beso en la mejilla, ansioso de atreverse a más. Ella se despidió acariciando con los dedos la barba rasurada de su mentón. Se contemplaron unos instantes, con una mirada profunda, sin atreverse a decir ni una sola palabra de las que pasaban por sus mentes. Él regresó al coche, sintiendo las palpitaciones con fuerza debajo de su chaqueta. Encendió el motor y se alejó por el asfalto.
Clarice no lo pensó mucho a la hora de decidir el lugar de sus vacaciones, se dejó llevar por las recomendaciones de Ricardo. En realidad, le daba igual el sitio, lo único que necesitaba era despejar la cabeza y olvidarse de todo. A menudo pensaba en la niña y se preguntaba si ya la habían adoptado, en cómo se llamaría, o si estaría bien. Intentaba no pensar en ello y distraerse ocupando su tiempo en visitar la zona. Pero en los momentos de soledad no podía evitar recordarla.
En las tardes solía pasear por la playa, admirando en silencio la arena y el mar, sumergida en sus pensamientos. En las tardes solía sentarse a pocos metros de la orilla con un libro en las manos, pasando las páginas mientras se mantenía sumergida en la lectura hasta que el sol se pusiera y la claridad del lugar se desvaneciera dando paso al tenue resplandor de la luna. Aquella tarde ella llevaba un vestido largo de color crema con flores azules y blancas, caminaba descalza con las chanclas en una mano y el libro en la otra. Observaba la puesta de sol, pensó en Ricardo, aquel viaje la hizo pensar mucho en él, se planteó si quizás no estaba siendo demasiado cobarde para dejar que entrase en su corazón. Hasta ahora no se había detenido a pensar en lo mucho que le atraía, él era el hombre perfecto para ella. No solo por su físico, que a primera vista era el deseo de cualquier mujer, al margen de eso, la personalidad de Ricardo la atrapaba por completo, era un hombre intelectual, misterioso, cordial. ¿Qué más podía pedir?
No se atrevía a lanzarse a sus brazos, le resultaba más fácil pensar que era una situación complicada y que era mejor ignorar esos pensamientos. Cada vez que su imaginación la dejaba ensimismarse en una relación con Ricardo, el recuerdo de su ex se interponía en su cabeza como un flashback. Eso la aturdía, no quería que se repitiera la misma historia, todas sus parejas anteriores aparentaban ser los hombres perfectos pero resultaban no serlo en absoluto.
Carina, Córdoba – octubre, 1971
Carina cumplía seis meses. Su estancia en el centro hizo que se ganara el corazón de las cuidadoras, era muy risueña. Pronto recibiría la visita de un matrimonio que se había interesado en ella, eran gente sencilla. Después de tres años de matrimonio en los cuales no habían podido concebir por razones que aún desconocían, se habían decidido a adoptar. En cuanto la vieron, supieron de inmediato que ella era el bebé que tanto habían deseado. Años atrás perdieron un bebé de seis semanas tras una fecundación in vitro. No quisieron volver a intentarlo, aquello les causó un gran dolor durante mucho tiempo. Hasta que de casualidad una conocida les habló del orfanato y, tras dudarlo en varias ocasiones, lo visitaron. Él trabajaba en una tienda de náutica y ella llevaba varios años trabajando en un colegio de primaria. Aquello los hacía candidatos perfectos para la adopción.
—¡Buenos días! Soy la directora del centro infantil, me avisaron que hoy llegaban para visitar a la pequeña Carina. —La directora los recibió alargando la mano mientras los invitaba a pasar al despacho.
—¡Buenos días! Sí, hoy teníamos cita con usted y la señorita Susana. Habíamos quedado en visitar a la niña —respondió la mujer—. Llevamos un tiempo en la lista, y hace unos días nos avisaron de que podríamos ser candidatos a la adopción. Hoy por fin podremos conocerla.
—Bien, os veo entusiasmados. Pasen al despacho, en breve llegará la asistente y comenzaremos la visita. Mientras, necesito algunos datos.
Los invitó a sentarse, cerrando la puerta tras ellos, y les dio unos formularios mientras esperaban a Susana.
En la habitación contigua una cuidadora daba de comer a la pequeña mientras la sostenía en su regazo. Susana no tardó en hacer acto de presencia, tocó ligeramente la puerta, después entró con su carpeta en las manos. Saludó con cordialidad al matrimonio mientras la directora indicaba a los futuros padres que era el momento de conocer a la niña. Ambos se miraron con los rostros sobrecogidos, recogieron los papeles que la directora les había puesto sobre la mesa y salieron hacia el pasillo. Susana iba por delante de ellos, se detuvo en una puerta a escasos metros de la del despacho, la abrió y les indicó pasar.
Al entrar se acercaron a la cuidadora que la sostenía en brazos, esta levantó a la niña ofreciéndosela. La mujer no dudó en cogerla entre sus brazos, colmándola de besos mientras que su marido acariciaba la espalda del bebé. Sus ojos se aguaron.
Ese mismo día se la llevaron a casa, a una habitación decorada desde hacía meses a la espera de un bebé en adopción. Aquella casa era ahora su hogar, donde crecer como cualquier otra niña normal en los cálidos brazos de unos padres amorosos. Tendría una familia y con suerte nunca se enteraría de que era adoptada. Aquel matrimonio siempre tuvo claro que nunca se lo diría.
Carina crecía feliz, querida por su nueva familia, su madre hacía pocos días que se había enterado de que estaba embarazada de unas pocas semanas. Ella estaba feliz, no sabían cómo había pasado ni por qué, después de años nunca pensó que quedaría embarazada de forma natural, y mucho menos sin planearlo. El matrimonio estaba feliz pero un poco asustado, Carina solo tenía once meses y aún estaban adaptándose a ser padres, en unos meses tendrían otro bebé en casa y ya serían dos.
—No lo puedo creer, ¡otro bebé! —decía la mujer incrédula.
—Esto es increíble, ¡voy a ser padre! —Se acercó y la abrazó mientras sollozaba.
Algunas semanas después ella empezó a sentir los estragos del embarazo, le sentaba fatal, estaba muy irritada, vomitaba a todas horas, le costaba dormir y en las noches se levantaba a vomitar. Carina empezó a tener crisis nocturnas de cólicos, la madre empezó a sentirse estresada, agotada por la falta de sueño y el malestar. El padre intentaba ayudar en lo que podía levantándose por las noches a atender a Carina. Los médicos le mandaron guardar reposo por ser un embarazo de riesgo, debido a su historial clínico y los síntomas que tenía, que sobrepasaban a los de cualquier embarazada en su primer trimestre. Dos meses después aquella mujer seguía en estricto reposo, tuvo que dejar el trabajo y el padre tuvo que hacer horas extras los días libres en un comercio de ventas de coche de segunda mano, para solventar las deudas que se les estaba creando. Allí conoció a una mujer más joven que él, una compañera de trabajo. Esta le coqueteaba, pero él no le seguía el juego.
La vida familiar se tornó complicada, su mujer estaba siempre irritada, había descuidado su cuerpo luciendo una imagen desaliñada, dejó de cuidar a Carina, siempre decía que no se sentía bien y eso era un motivo de disputa constante entre ella y su marido. Él empezó a arrepentirse del embarazo y de la adopción, aquello le superaba, se sentía cansado con los dos trabajos, atender a Carina y aguantar las discusiones de su mujer por no estar más tiempo en casa para ayudarla. Solo quería salir corriendo de aquella casa, huir y no regresar más, pero su conciencia no le permitía hacerlo, sabía que era su responsabilidad cuidar de su hija y de su mujer.
En una ocasión, en una acalorada discusión donde ella le reclamaba que tenía que ocuparse más a menudo por las noches de su hija, él estalló en furia.
—¡No es mi hija! —a medida que pronunciaba esas palabras se arrepentía. Las dejó salir sin poder evitarlo.
—¡Como puedes decir eso! Carina es nuestra hija, la hemos adoptado y es nuestra —gritó ella apretando los puños.
Lo había dicho, y si lo dijo era porque así lo sentía, no valían excusas ahora. Eso empeoró la situación hasta el punto de que ella lo echó de la habitación y desde ese día empezaron a dormir en habitaciones separadas. La vida en esa casa se volvió hostil y fría, apenas se dirigían la palabra, él iba y venía del trabajo, y cuando quería coger a Carina en brazos, ella se la arrebataba de un tirón.
Una noche después de un estresante día, tras el cierre del comercio, decidió quedarse un poco más a terminar con unos documentos, cualquier cosa era la excusa perfecta para regresar a casa tarde. Su compañera volvió a la oficina, no se había olvidado de nada, se percató de que él se había quedado dentro y tocó la puerta de su despacho. Cuando él abrió, se lanzó a sus brazos y lo besó, este dudó en apartarla por unas décimas de segundo, pero no lo hizo, se dejó llevar por la excitación que aquella mujer le causó en ese momento. Aunque no lo buscó, no se arrepintió; eso empezó a ser costumbre varias veces en semana, él lo tomaba como un desahogo sin darle mayor importancia. Le decía a su mujer que tenía que hacer más horas para poner los archivos al día.
La aventura duró varios meses más hasta que alguien los vio salir de la oficina despidiéndose muy cariñosamente, aquello llegó a oídos de su mujer y esa noche lo esperó despierta. Cuando él llegó, empezó a lanzarle cosas mientras le gritaba fuera de sí, todo había sido mentira, la había engañado, a ella y a su hija, había traicionado a su familia, se sorprendió al pensar en lo mucho que había cambiado su vida ese último año. Estaba hecha una furia, él trató de disculparse con lágrimas en los ojos, le pedía perdón y le aseguraba que ella no significaba nada para él. Ella se negó a perdonarlo, a pesar de los gritos Carina dormía como un tronco, llevaba varios días durmiendo mal y aquella noche tenía un sueño pesado de puro agotamiento. Poco después, él decidió marcharse de casa, no podía más con aquella situación. Desde hace años la relación con su mujer estaba abocada al fracaso, los intentos de tener un hijo habían desgastado su vida en pareja, en el pasado ella sufrió una pequeña depresión y eso empeoró su matrimonio, él tuvo que asumir todos los papeles del hogar durante mucho tiempo e intentó apoyar a su mujer a superar su depresión, pero ella era una mujer difícil y no colaboraba. La adopción no era la mejor de las opciones para él, pero accedió por ella, sabía cuánto deseaba ser madre y eso los ayudaría a normalizar su vida. Estaba tan abrumado por todo lo acontecido que ni siquiera pensó en el bebé que venía en camino, simplemente decidió huir de aquella situación tan opresiva.
La noche que él se marchó ella se derrumbó, estaba aturdida y fuera de control, no podía creer que su vida hubiera dado un giro de esa manera en tan poco tiempo, no podía creer que su marido la hubiera engañado así para después abandonarlas. Necesitaba tranquilizarse, así que, sin pensarlo, se dirigió a la cocina, abrió un pequeño armario y tomó las pastillas que en algún momento le había recetado su doctora. Aún guardaba una caja en el armario de las medicinas, por si en algún momento volvía a darle una crisis y necesitara recuperar el ánimo. Hacía bastante tiempo que no necesitaba de los ansiolíticos, incluso había olvidado que aún los tenía, pero no dudó en tomarse unos pocos, sabía que eran dosis bajas y pensó que no le harían mal, que la ayudarían a pasar mejor la noche, en ese momento no razonaba mucho, estaba hundida. Se sirvió un poco de agua y se los tomó, después se acostó a dormir.
A las nueve de la mañana se oyeron los llantos de Carina retumbando por toda la casa. La vecina del segundo piso salió a las escaleras comunes del edificio donde vivían desde hace algunos años, en un barrio residencial de la ciudad. Escuchó durante unos segundos cautelosa, y decidió bajar al primer piso, tocó varias veces la puerta del 1ºB, pero nadie le abría. Dentro se escuchaba el llanto agonizado de un bebé, no pasó mucho tiempo hasta que decidió llamar a la policía, creyendo que algo malo había sucedido o que quizás la pequeña estaba sola en casa. La mujer era una señora mayor que vivía sola, a la cual sus hijos apenas la visitaban, tenía el pelo canoso y solía andar vestida con su camisón de flores, su bata azul y sus zapatillas de estar por casa que parecían ser como dos tallas más del número que usaba. Le gustaba cotillear la vida de sus vecinos y tendía a dramatizar todo lo que sucedía a su alrededor. Quizás esta vez tuviera algo de razón.
Veinte minutos después llegó un coche de policía, dos agentes se adentraron al edificio y tras varios intentos para que alguien respondiera al timbre decidieron abrir la puerta a la fuerza. Segundos después encontraron a la madre en la cama acostada, inconsciente y sangrando, parecía sufrir un aborto por la intoxicación de los tranquilizantes. Carina se había despertado a su hora como siempre, lloraba de hambre, su pañal estaba sucio y nadie la atendía, la ambulancia llegó minutos después. Se la llevaron al hospital aún semiinconsciente y Carina pasó de nuevo a manos de Servicios Sociales. La mujer perdió a su bebé, estuvo ingresada durante varios días, los médicos creyeron que fue un intento de suicidio, ella lo negó, no le creyeron. Le retiraron la custodia de la niña prohibiéndole cualquier intento de acercamiento con la pequeña. Del padre no se supo más, aquella noche se fue sin remordimiento, ya con anterioridad dejó claro que Carina no era su hija.
Clarice, Córdoba – enero, 1972
Era su segunda cita formal con Ricardo, la noche estaba calurosa con el cielo despejado, la cena había sido muy saciante a pesar de la delicadez de lo que contenían aquellos platos. La luz tenue de las velas alumbraba la refinada elegancia del restaurante, sobre la mesa se encontraba un pequeño jarrón de cristal labrado con flores frescas que aromatizaban con su dulce aroma. Clarice tomó su copa de vino tinto, la alzó y bebió un sorbo, miró a Ricardo con el rostro iluminado y una tímida sonrisa. Él le contaba algunas anécdotas de sus pequeños pacientes en las horas de consulta, ella divagó observando las fracciones de su cara y creyó que se estaba enamorando de él, había tardado en darse cuenta, no quiso reconocerlo, pero estaba enamorada de él hacía tiempo. El camarero se acercó con la botella de vino en la mano y se ofreció a llenarles la copa, ellos accedieron y ordenaron el postre; una porción de tarta de queso con frambuesa, receta especial de la casa. Clarice se sentía como una colegiala de quince años cuando un chico la invita a un helado y pasean de la mano por un parque, con esa inocencia juvenil e inexperta que te hace delirar entre las nubes. Ricardo posó su mano sobre la de ella y con un gesto sutil la acarició con suavidad, eso la estremeció.
Él procuraba comportarse con toda la caballerosidad que podía, la noche le pareció especial, perfecta para que ella correspondiera a su amor, intuía que al fin ella le abría su corazón.
Después de la cena, pasearon por la avenida, la noche los acompañaba con su esplendoroso cielo estrellado. Se sentaron en un banco observando las estrellas, mientras seguían disfrutando de la compañía
—Hace una noche fantástica, podría coger una manta y dormir toda la noche mirando este cielo —dijo Clarice sin apartar la vista de las estrellas.
—¿Tienes frío, Clari? —pregunto él a la vez que se quitaba la chaqueta y se la ponía alrededor de los hombros.
—¡Gracias! Empieza a refrescar un poco. —Aceptó la chaqueta y se la ajustó, se inclinó hacia un lado apoyando su cabeza en su hombro, resguardándose del frío.
Ricardo la rodeó con su brazo, le sonrió sin apartarle la mirada, ella alzó la vista y se encontró con sus ojos clavados en su rostro. Pasaron unos segundos mirándose el uno al otro, sin decir nada. Él acercó su mano y le apartó el pelo de la cara recorriendo su contorno con la yema de sus dedos, detuvo su mano en su cuello y la deslizó hacia la nuca por debajo de su pelo, se acercó a sus labios y la besó con sus cálidos labios esperando no ser rechazado. Clarice se dejó llevar, rodeó su cuello con sus manos y le devolvió el beso con más intensidad. Estaba como en una nube, pensó cómo podía haber sido tan tonta de no haberse dado cuenta de lo importante que era él para ella. Su mundo pareció parársele, debería haber estado con él mucho antes. Todo lo que se había perdido por esa absurda idea de no querer abrir su corazón. En ese momento, él le parecía lo mejor que le había pasado hasta ahora, sus brazos le parecieron el lugar más seguro en el que había estado desde hacía mucho tiempo.
—Te acompaño a casa, hace bastante frío y no quiero que te enfermes.
—Está bien. Mañana tengo guardia y Maternidad está saturada —respondió desanimada mientras le miraba a los ojos. No quería apartarse de su lado, deseaba que ese momento fuera eterno.
—Clari, sabes que llevo mucho tiempo enamorado de ti. Nunca te lo he dicho, pero siempre supe que en el fondo tú ya lo sabías —dijo él sincerándose—. Hoy ha sido una noche fabulosa, espero que mañana no te arrepientas.
—Es cierto que siempre intuí que sentías algo. —Ella lo miró a los ojos y puso sus manos en sus mejillas—. La verdad es que me daba miedo volver a sentir esto por alguien.
—¿Acaso sientes algo tú también?
—Hasta esta noche no estaba muy segura, no sabía si era cariño, amistad o algo más, solo sé que estoy segura de que mañana no me arrepentiré de esto.
Ella lo miró a los ojos, y a él le pareció sincera.
—Espero que no. Pero si necesitas tiempo para pensarlo… —Suspiró—. No tengo prisa, puedo esperar un tiempo. No hay que apresurarse.
—No me apresuro. Estoy muy a gusto contigo. Siento algo por ti y no quiero ignorarlo. Vamos con calma a ver qué sucede. ¿Te parece bien? —dijo Clarice decidida a intentarlo.
—Me parece perfecto.
Él la tomó entre sus brazos y volvió a besarla con más pasión que antes.
De camino a casa apenas hablaron, solo se miraban con los ojos brillantes y con cierta timidez, como dos chavales adolescentes y enamorados. Ella caminaba aún con su chaqueta puesta por encima de los hombros apoyada sobre él, mientras que él con un paso más firme la rodeaba con su brazo.
—¡Hemos llegado! Espero que te haya gustado la cena. ¿Quieres que mañana desayunemos juntos? —preguntó él mientras la cogía de las manos.
Ella asintió con la cabeza.
—¡Claro! Quedamos a las siete en la cafetería de Paul, la que está cerca del hospital. Así no se me hace tarde para la guardia.
—¡Perfecto! Entonces a las siete. —Tiró de ella para volver a besarla—. Hasta mañana. ¡Que descanses!
—Buenas noches, Riki. —Le sonrió.
Subió las escaleras cerrando tras de sí la puerta acristalada, él la observó a través de los cristales iluminados, observando cómo sus caderas se contoneaban al subir las escaleras.
La noche había sido fantástica, a Clarice le costaba conciliar el sueño, estaba ilusionada, emocionada, sentía un millón de mariposas revoloteando en su estómago. Abrazó su almohada con fuerza y pensó en él, hacía tiempo que no se sentía así; de hecho, no recordaba sentir mariposas en ningún momento de la relación con su anterior pareja. No conocía esa sensación de estar tontamente enamorada volando por las nubes. Siempre le había parecido algo surrealista e infantil cuando alguna de sus amigas le describía lo enamoradas que se sentían, ella retorcía el rostro.
Después de desayunar se dirigieron al hospital, entraron por separado pero no muy distantes el uno del otro, no querían dar de qué hablar, preferían aparentar normalidad. Su amor tan reciente y juvenil solo les concernía a ellos, de momento.
Clarice entró a la sala de enfermeras, se puso su bata apresurada, cogió los informes y se dirigió a maternidad. Como de costumbre, siempre iba acelerada por los pasillos, aunque esta vez con un brillo especial en la piel y una sonrisa disimulada en el rostro, sus ojos tenían ese brillo que solo se aprecia cuando tienes las endorfinas por las nubes.
—¡Buenos días, Clarice! Hoy me toca hacer visitas a las habitaciones contigo —dijo Paula, una residente de Pediatría.
—¡Hola, Paula! No te había visto. ¿Qué tal la mañana?
—Bien, hubo un ingreso anoche. Una mujer con embarazo gemelar —explicó mirando una carpeta mientras llegaban a Maternidad—. Esta mañana la han bajado a dilatación y motorización. Creo que ya van a nacer, pero… —Levantó la vista observando a Clarice distraída—. ¿Y a ti qué te pasa? Hoy estás muy contenta. —Se acercó a ella observando de cerca su rostro y sus ojos y frunciendo el ceño esperando una respuesta.
A ella le latió con fuerza el corazón, ¿cómo podía ser que lo notase? ¿acaso lo tenía escrito en la frente? Intentó disuadirse de su interrogatorio.
—¡A mí qué me va a pasar! Pues, nada nuevo, Paula. —Retiró la mirada y dejó caer sus hombros—. ¡Venga, déjate de preguntas tontas y pongámonos a trabajar!
—¡Ya! ¡Seguro! —Aquella respuesta parecía no convencerla del todo—. Está bien. Si no quieres contármelo, ya te lo sacaré con cucharilla si hace falta. —Se burló.
Justo antes de entrar a Maternidad, se cruzaron con el Dr. Tejera que se dirigía a Pediatría, iba a visitar a un niño de 8 años que operó hace 2 días de amígdalas. Cuando Clarice lo vio se le aceleró el corazón, las manos le temblaban.
Paula frunció el ceño.
—Buenos días, compañeras —esbozó él con una sonrisa, miró a Clarice unos segundos y después a Paula.
—¡Buenos días, Dr. Tejera! —contestó la residente—. Después le busco para ponerme al día con los postoperatorios de Pediatría. Cuando terminemos de visitar a las madres y Clarice ya no me necesite.
—¡Buenos días! —tardó en decir Clarice.
Le costaba disimular, al verlo las mariposas volvieron a invadir su estómago, y sus ojos se posaron en los suyos. Sintió que durante unos instantes se paró el tiempo, solo existían él y ella mirándose.
—¿Vamos, Clarice? —interrumpió Paula intentando descifrar qué pasaba entre ellos.
—¡Claro, vamos! ¡Adiós, Ricardo! —dijo Clarice alzando la mano para despedirse.
El esbozó una sonrisa y le guiñó un ojo aprovechando que Paula ojeaba la carpeta. Después, siguieron caminando por el pasillo.
—¿Qué ha sido? —preguntó dando un pequeño codazo a Clarice para que respondiera.
—¿Qué ha sido el qué, Paula? ¿De qué me hablas?
—¿Crees que no me he dado cuenta? Te has puesto hecha un manojo de nervios al ver al Dr. Tejera. —Paula se frenó en seco y la miró a los ojos—. ¡Os habéis quedado mirando como dos tontos! He tenido que interrumpiros. Ya me estaba asfixiando con tanto amor que había en el ambiente. —Se rio.
—¡Dices puras tonterías! —Clarice la apartó de su camino y siguió caminado por el pasillo de Maternidad.
—Sí, sí. ¡Tonterías! —masculló—. Eso es lo que no has querido contarme, ¿verdad? Te dije que te lo sacaría con cucharilla. ¡Y mira por dónde! No me ha hecho falta. ¡No sabes disimular, Clarice! —Rio de nuevo.
—Deja de decir estupideces y vamos. ¡Ya llegamos tarde!
—¡Está bien! —masculló—. Me parece muy bien que salgas con Ricardo, siempre sospeché que estaba enamorado de ti, pero eres tan reservada que…
—¡Paula, déjalo ya! ¡Céntrate! Recuerda que hoy soy tu superior. —Clarice se paró en seco frente a ella, mirándola con autoridad y poniendo punto final al interrogatorio.
—¡Está bien, ya me callo! —Levantó ligeramente los brazos e hizo un aspaviento hacia atrás mientras hacía un gesto con el rostro para darse por vencida.
Carina, Córdoba – marzo, 1973
Carina regresó a la Casa-Cuna después de los días que pasó en el hospital. Las cuidadoras están hasta arriba de trabajo, los tiempos son difíciles y parece que las adopciones no progresan. La escasez de recursos junto con la llegada de nuevos bebés hacía que el centro estuviera más lleno de niños que nunca, al borde del colapso. Aquella situación se desbordaba sin remedio. A las asistentes no le quedó más remedio que trasladar a los mayores a otros centros o internados.
Susana la llevó hasta un internado en las fuera de la ciudad —Montilla, un pequeño pueblo de la capital—, las monjas ya estaban avisadas, aunque no les hace gracia recibir una niña tan pequeña, no les quedó más remedio. De hecho, no aceptaban niñas menores de 6 años. Para ellas era la edad propicia para que las internas se valgan por sí mismas y comiencen su educación escolar. Durante el trayecto, Susana paró en otro centro de la capital, un hogar exclusivo para niños varones. No tardó mucho en bajar del coche a dos niños que apenas cumplían el año, un señor salió del centro, cogió a uno de ellos en brazos, mientras el otro lloraba en los brazos de Susana. Le entregó unas bolsas con las pertenencias de los niños y los dejó allí sin voltearse a mirarlos. Regresó rápidamente al coche, donde Carina permanecía dormida. Lo puso en marcha y condujo hasta Montilla.
Al llegar, aparcó frente a la puerta del colegio. Despertó a la niña, la sacó del coche y le dio la mano para que caminase con ella. Tocó el timbre, este sonó estruendoso.
—¿Quién es? —Se escuchó por el megafonillo que había al lado del portón.
—Buenos días, soy Susana de Servicios Sociales —anunció—. Traigo a la niña.
El portón se abrió y una monja le indicó que pasara.
—¡Buenos días! La estábamos esperando. Pase por aquí, la madre superiora la atenderá en un momento —la voz de la monja sonó fría.
La condujo por un pequeño pasillo hasta una sala de estar, el ambiente era frío y silencioso, se podía notar un olor peculiar; difícil de describir. Una mezcla de incienso y lejía, que le recordaba un poco al olor de las residencias de ancianos. El lugar resultaba estremecedor, sus paredes estaban llenas de cuadros oratorios en marcos anticuados.
—¡Buenos días! Soy la madre superiora; sor Vicenta.
Una monja rellenita y bajita, con aire autoritario, entró en la sala. Se mantenía cruzada de brazos, ocultando sus manos bajo las anchas mangas de su hábito, le cubría desde el cuello hasta los pies, ni siquiera se podían distinguir los zapatos. Una toga blanca le cubría la cabeza y parte de la cara hasta por encima de los hombros, sobre esta había un velo azul marino tan largo que se confundía con el hábito del mismo color, costaba diferenciar dónde acababa uno y empezaba el otro. De su cuello colgaba un rosario con una cruz.
—¡Buenos días, madre! Mi superior habló con usted hace unos días para informarle del ingreso de una niña.
—¿Esta es la niña? —preguntó mirando a Carina—. Debe ser un error. No recibimos niñas tan pequeñas, solo a partir de los 6 años que empieza la colegiatura.
—Pero, madre, mi superior ya la avisó de que la niña tenía menos de dos años. —Susana se molestó, sabía que la madre superiora estaba al tanto de la edad de la pequeña—. Es muy mayor para estar en nuestro centro. Tenemos muchos bebés y a los mayores tenemos que reubicarlos.
—¿Cómo es posible que no la hayan adoptado todavía? —Frunció el ceño.
—Ella fue adoptada una vez, pero regresó al centro por motivos que ahora no vienen al caso —respondió Susana indignada.
—Señorita Rodríguez, aquí somos muy estrictas con nuestras normas. Recibimos niñas que ya sean capaces de entender una orden o las normas del centro —esbozó—. Niñas que sean independientes para sus propios cuidados, no podemos hacernos cargo de un bebé.
—Entiendo sus normas, madre —masculló Susana—. Pero no podemos dejar a la niña en la calle, en el centro no hay sitio para ella ya. Llamaré a mi superior para que hable con usted.
Una monja que pasaba por el pasillo escuchó parte de la conversación, abrió la puerta que estaba entreabierta y las interrumpió.
—Madre, si usted lo permite yo me hago cargo de la niña. Prometo que no será una molestia para usted, yo seré responsable de ella —dijo la monja mientras miraba a Carina con ternura.
Sor Vicenta la miró sin mediar palabra, dudó unos segundos, suspiró mientras sacaba unos papeles de su escritorio y se los daba a Susana.
—Está bien, sor Ángela, llévatela. Espero que cumplas tu palabra, o de lo contrario esta niña tendrá que irse.
A Susana se le iluminó la cara y respiró con alivio mientras sonreía, tomó los documentos y firmó. Por un momento se había puesto en lo peor. ¿Qué iba a hacer con Carina si allí no la recibían?
Sor Ángela la tomó en brazos y cogió la mano de la niña para que se despidiera de Susana. Esta se despidió de ellas, dejando sobre el asiento un bolso de tela floreado con las pertenencias de la pequeña.
—Vendré a verla la próxima semana —dijo mientras cruzaba la puerta del despacho—. Haremos un seguimiento hasta que esté integrada en su colegio. Los Servicios Sociales pasaran una mensualidad acorde a lo establecido para cubrir los gastos.
—Sí. Su superior ya me lo comentó.
—No se preocupe, el Estado financiará su manutención. Espero que todo vaya bien, ojalá la adopten pronto. —Suspiró Susana.
Después le dio un beso a la pequeña.
Sor Ángela llevó a la niña al patio, la puso en el suelo y le dio la mano para que caminara. La llevó donde estaban los columpios para distraerla mientras Susana se marchaba. Caminaba despacio, era una niña muy tranquila, miraba todo a su alrededor mientras sor Ángela la ayudaba a subir al columpio. Todo le resultaba diferente a lo que había visto hasta ahora, no sabía dónde estaba, miró atónita a sor Ángela, hasta que un estruendoso ruido llamó su atención.
A su corta edad entendió que aquel portazo indicaba que se había quedado sola en ese lugar. Susana la había dejado allí y se había marchado. Escuchó la voz de sor Ángela mientras la tomaba de la mano.
—Vamos a merendar. ¡Ven conmigo! —masculló mientras ella la miraba sin entender lo que ocurría.
No lloró, agarró su mano en silencio y la siguió hasta una puerta metálica con cristales que había en un lateral del patio. Se adentraron en un comedor enorme con dos filas largas de mesas y muchas sillas a su alrededor. Eso le pareció enorme desde su pequeña estatura. Sor Ángela la cogió en brazos llevándola a la zona interior tras unas puertas. Allí había unas grandes neveras, abrió la puerta de una de ellas con una llave que sacó de su bolsillo y sacó un yogur de fresa, se lo ofreció a Carina preguntándole si lo quería y ella movió su cabeza.
—¡Qué niña más buena eres! —Se sorprendió la monja—. Vamos a ir a conocer a las demás niñas, a las profesoras y a visitar el colegio —le decía mientras terminaba de darle el yogur, a sabiendas de que Carina no entendería nada de lo que le estaba diciendo.
Rara vez lloraba. Pronto se corrió la voz entre las monjas de la integración de un bebé al colegio, eso era algo fuera de lo común, una novedad. Algunas monjas protestaron alegando que aquello les traería consecuencias, además de que interrumpiría el silencio del lugar y alteraría la disciplina del resto de internas. Otras, las más jóvenes, estaban entusiasmadas con su llegada, estas fueron apresuradas a conocer a la niña, intentando no correr por los pasillos. Acelerando el paso hasta llegar al patio central, donde se encontraba sor Ángela con las internas y la niña. Las internas estaban entusiasmadas de tener un bebé con ellas. Julia era la mayor, se ofreció a ayudar a sor Ángela con los cuidados de la pequeña.
—¿Podemos llamarla Lulú? —preguntó Anita de seis años, que hasta entonces era la más pequeña del centro.
—No, Ana. Ella ya tiene nombre, se llama Carina.
—Pero da igual, si no tiene padres podemos llamarla como queramos. A mí me gusta Evelin —dijo Carla, de ocho.
—No tiene padres como vosotras, pero ella ya tiene un nombre y no se lo vamos a cambiar. No es uno de vuestros muñecos, niñas —dijo la monja dejándolo claro para que no insistieran.
—¿No pretenderás que duerma con nosotras? Es un bebé y llorará —protestó Gema—. Además, habrá que cambiarle pañales. ¡No contéis conmigo!
—Tranquila, Gema, que no va a dormir contigo. Va a dormir conmigo, yo ayudaré a cuidar de ella —interrumpió Julia.
A Julia le conmovió que aquella niña tan pequeña no tuviera padres, no entendía cómo podían haberla abandonado. La miró con dulzura mientras la cogía en brazos.
Sor Ángela estuvo de acuerdo con Julia, le agradeció que quisiera ayudar con la niña.
No tardaron en aparecer algunas monjas en el patio que se acercaron a Carina con gestos muy cariñosos, echándoles los brazos para cogerla y mimarla.
Por la noche, se encargaron de bañarla y prepararle una papilla. La vistieron con un pijama color amarillo con pequeños dibujos de flores y animalitos, que traía en su bolsa. Julia dormía en una habitación separada del resto de las internas, era la única que tenía una habitación para ella sola. La habitación principal donde dormía el resto de las internas era tan grande que parecía una de esas barracas militares donde los soldados dormían apelotonados. Se encontraba en el segundo piso, había seis literas de hierro forjado vestidas con unas colchas color crema, flores azules y flecos en sus orillas. Las mayores dormían en las camas de arriba, mientras que las pequeñas descansaban en las de abajo. Sor Ángela les solía poner a la hora de dormir un casete de cuentos infantiles. Sacaba una cinta de su maletín rojo, la introducía en el radiocasete y lo ponía en marcha apagando las luces después.
Las habitaciones tenían taquillas independientes de hierro forjado pintadas de un azul viejo, donde apenas cabían algunas prendas de ropa colgadas de una pequeña barra, en la parte de abajo tenían un hueco donde meter, si acaso, dos pares de zapatos. La ropa interior la guardaban en un cajón de la mesita de noche que compartía con su compañera de litera. Sor Ángela dormía en una habitación al lado del baño común que compartían las internas. Su puerta siempre estaba cerrada con llave. Y no permitía que ninguna de las niñas curioseara lo que había dentro.
Ella era la encargada del cuidado de las internas, no era como el resto de las monjas, ella era cariñosa y buena, pero debía ser autoritaria para seguir la disciplina del centro. Su vestimenta impedía saber de qué color tenía el pelo ni cuán largo era, pero su rostro era delgado. Algunas internas aseguraban saber el color de su pelo, unas decían que tenía lo castaño igual que sus ojos y otras aseguraban que lo tenía negro. En alguna ocasión se pudo divisar un poco de la raíz del cabello cuando se le movía la toga, aunque con rapidez se la colocaba de nuevo. Lo único que sabían a ciencia cierta es que su pelo era oscuro. En aquel lugar, sor Ángela era la madre de todas las niñas.
A pocos metros del pasillo se encontraba otra habitación un poco más pequeña; allí dormía Julia, también dormiría Carina. Por las noches duerme de un tirón, rara vez se despierta, y si lo hace apenas hace ruido.
El patio era enorme, desde el centro se podía ver todo el colegio, algunas ventanas pertenecían a las aulas, otras a la zona donde vivían las internas y otras a las habitaciones de las monjas. Ellas tenían la obligación de barrer el patio varias veces en semana. La zona donde habitan las monjas estaba restringida. Sus puertas estaban cerradas con llave, a través del comedor, donde estaban las neveras había una puerta que daba al comedor de las monjas, y este a sus estancias. Esa zona era todo un misterio, ninguna niña había visitado aquella zona del centro. Solo sabían que cada monja tenía su propia habitación con baño incluido, se murmuraba que tenían señoras que limpiaban sus habitaciones, las zonas comunes y les hacían la colada. También oyeron que una cocinera particular les preparaba los platos más deliciosos.
Las niñas tenían tareas diarias que ninguna podía eludir. Ni siquiera la más pequeña, Anita. A su corta edad se bañaba y se vestía sola, hacía su cama y ayudaba en el comedor a poner y quitar la mesa. Dependiendo de la edad las tareas eran más duras, nadie se libraba ni se ayudaban.
Rezar era otra cosa que estaba a la orden del día, rezaban más veces de las que respiraban o comían. Por la mañana, sobre las seis, sor Ángela encendía la luz de la habitación sin pensarlo, con brusquedad levantaba todas las persianas de los ventanales sin preocuparse de no hacer ruido; por el contrario, lo hacía con el mayor ruido posible para despertarlas.
—¡Arriba! ¡A levantarse! —gritaba—. En quince minutos os quiero en el comedor para desayunar.
Después se marchaba sin darles oportunidad de protestar. Cualquier similitud con una dictadura militar era pura coincidencia.
Efectivamente, tenían solo quince minutos para levantarse, asearse, vestirse, hacer su cama y dejar todas sus cosas recogidas. Si las monjas llegaban al comedor a servir el desayuno y no estaban sentadas en la mesa, como castigo disciplinario las dejaban sin desayunar. Rezar antes y después de comer era obligatorio. Antes de tocar los cubiertos debían hacer sus oraciones.
Sor Ángela disponía en la mesa vasos de leche tibia frente a cada niña, una rebanada de pan al lado y el cacao en polvo en el centro de la mesa a disposición de todas. Algunos días solían cambiar la rebanada de pan por un pequeño montón de galletas. Estos eran los días preferidos de las internas.
Antes de marcharse a las clases recogían la mesa limpiándola después con un paño humedecido, lavaban y secaban los platos, vasos y cubiertos. Las mayores barrían el suelo y subían las sillas a la mesa. Las monjas solían decir que mantener el lugar limpio era tarea de ellas, que eran quienes lo ensuciaban. Hacían mucho hincapié en la limpieza y el orden, si algo quedaba fuera de lugar era motivo de castigo.
Susana visitó a Carina en varias ocasiones. En su última visita informó al colegio que había una acogida temporal para la pequeña en los meses de verano. Había pasado bastante tiempo desde que la dejó allí, el próximo mes cumpliría tres años. La primavera hacía sus primeras apariciones en el mes de abril, dejando paso al verano en pocos meses. Las niñas regresarían con sus familias en vacaciones, igual que lo hacían los fines de semana o los días festivos. El año pasado Carina permaneció en el colegio, al cuidado de sor Ángela.
—El Sr. Martínez y la Sra. Ruiz se han ofrecido a acoger a la pequeña durante el verano —explicaba Susana a la madre superiora—. Ellos son colaboradores en la asociación NICEM, Niños Contra el Mundo. En otras ocasiones han visitado hogares infantiles, han recolectado ropa y alimentos para los centros. Son personas de mi total confianza.
—Confío en sus palabras, señorita Rodríguez —mascullaba sor Vicenta.
—¿Estará bien, verdad? ¿Volverá con nosotras en septiembre? —interrumpía sor Ángela.
Estaba un tanto aterrada por la idea de que decidieran adoptarla, sabía que era lo mejor que podía sucederle, pero le había cogido tanto cariño que no pudo evitar sentir cierto egoísmo. La idea de pasar varios meses sin ella la estremeció. Su corazón se vaciaba con la misma rapidez que se llenó el día que la vio por primera vez. Nunca pensó tener un bebé en los brazos, mucho menos quererla como a una hija. Sin embargo, la llegada de Carina rompió sus esquemas, haciendo florecer en ella su lado más maternal, aquel que creyó no poseer nunca.
—Hermana, le doy mi palabra de que Carina estará en muy buenas manos —dijo Susana mirando a sor Ángela, mientras se alongaba un poco hacia adelante. Posó su mano encima de la suya, con la esperanza de que aquel gesto y aquellas palabras mitigaran su preocupación.
—Bien. ¡Todo arreglado! ¿Cuándo vienen a por ella? —Se impacientó la madre superiora. A pesar de que había visto a Carina en contadas ocasiones, seguía en desacuerdo con tenerla bajo su techo—. Recuerde que el colegio cierra al público el día 22 de junio. Ese es el día en que las niñas deben marcharse con sus familiares.
—Me pondré en contacto una semana antes. No se preocupe.
Sor Vicenta asintió, y Susana se marchó del despacho, dejando a sor Ángela bajo la atenta mirada de su superiora. Ella se marchó también, antes de que esta pudiera recordarle las normas del centro y los votos que había jurado cuando le entregaron los hábitos.
El verano pasó sin mayor complicación. Carina pudo disfrutar del calor de un hogar, de la comodidad de una habitación exclusivamente para ella y de los días de sol en la piscina del club al que pertenecía la familia de acogida. En septiembre regresó al internado, bajo el calor de los brazos de Julia y sor Ángela. Empezó sus primeras clases en las aulas de infantil, donde por primera vez los niños que la rodeaban no eran las internas con las que convivía, sino niños de su misma edad.
Clarice, Córdoba – verano de 1974
Los años parecen desvanecerse tan rápido como las hojarascas llevadas por el viento del otoño. Clarice y Ricardo mantenían una relación tan natural y perfecta que parecía sacada de una película de los años cincuenta, de esas que ponen en CANAL7 los viernes por la noche. Cuando el sofocante calor del verano incitaba a abrir todas las puertas y ventanas de la casa. Los viernes solían acurrucarse en el sofá a ver una película mientras comían palomitas de mantequilla y preparaban esas bebidas en polvo que venían en sobres con grandes letras, «Tang de naranja», «Tang de limón». Las mezclaban con agua fría y azúcar en verano eran la bebida de moda, aquella que podías encontrar en cualquier hogar. La vida hogareña es un pequeño refugio donde Clarice se evade de la rutina del trabajo. El único lugar donde puede distraerse y olvidarse de aquello que la atormenta.
Sus días en el hospital no han vuelto a ser lo mismo desde aquellas vacaciones. A decir verdad, desde que por segunda vez volvió a perderla. No habla de ella por el temor a que la llamen loca, desquiciada o, peor aún, la manden a Psiquiatría alegando que tiene un problema mental.
—Hola, Clari, ¿terminas el turno? —dijo Ricardo entrando a la sala de enfermeras.
—¡Sí! Le cambio la vía a una paciente de Paritorio, firmo unos papeles y ya podré irme.
—¿Tardarás?
—Dame 20 minutos.
—¡Te espero! Voy a guardar unos informes, a cerrar la consulta y regreso a buscarte.
—¡Mejor te espero fuera! —respondió dejando los informes sobre la mesa y dando un sorbo a su taza de café.
Él asintió acercándose a ella, le dio un beso y después se marchó dejándola sola sentada frente a un montón de historiales.
Clarice lo esperaba en los aparcamientos acomodada en el capó del coche. Se ajustó su chaqueta al notar cierta humedad en la noche. Ricardo no tardó ni cinco minutos en salir. Se montaron en el coche, puso el motor en marcha y encendió la radio. Clarice subió un poco el volumen al escuchar las baladas, él la miró sonriendo, tenía los ojos cerrados y murmuraba la letra. No pudo evitar sentir que aquella imagen de ella lo llenaba de amor y ternura. Después abrió los ojos y se percató de que la miraba; se rio.
—¿Te apetece cenar comida china? —preguntó él.
—No mucho —se regañó—. ¿Qué tal un italiano?
—No sé. Podemos comprar esos rollitos grandes que tanto te gustan de camino a casa. ¿Cómo se llamaban?
—¿Kebab?
—¿Qué? —Ricardo frunció el ceño, no había entendido ni una sola sílaba.
—KE - BAB —se burló ella.
—¡Pues, eso! —Guiñó un ojo—. Están ricos.
—Perfecto, ¡kebab entonces!
Ricardo dobló la esquina en la calle Portillo y estacionó el coche frente a un conjunto de cafeterías. Ordenaron unos kebabs con extra de salsa, unas patatas especiadas con queso gratinado y un par de Coca-Cola.
Por la mañana tardaron en despertarse, no había prisa. Ambos tenían el día libre, se las apañaban para coincidir y pasar más tiempo juntos. Remolonearon entre las sábanas, hicieron el amor y se observaron acaramelados sin decir nada. Después salieron a desayunar fuera y pasearon por el parque de los Jardines de la Merced. Observaron su fuente escultural rodeada de rosales y arbustos, sus jardines estaban rodeados de árboles que daban sombra a los rincones del lugar. Después se tumbaron en el césped observando la naturaleza, escuchando el canto de los pájaros y las risas de los niños. El aire de paz que se respiraba en el lugar invitaba a cerrar los ojos y disfrutar de los relajantes sonidos de la naturaleza. Era el lugar perfecto para relajarse y quizás leer un buen libro. Incluso estudiar.
Los días pasaban y, con ellos, la vida. Clarice sentía un vacío que la abrumaba en su interior. Sonreía ante la gente, mientras se preguntaba a sí misma qué le hacía falta para llenar ese vacío inexplicable. Ni ella misma lo entendía, buscaba respuestas sin resultado, meditaba sobre lo que acontecía en su vida, observando que lo tenía todo: un buen trabajo donde era respetada y querida, una familia que la adoraba, buenos amigos, una vida tranquila, y Ricardo. Ricardo era para ella un remanso de paz para su atormentada cabeza. Algo más que una simple pareja o un simple amor. Él era todo lo que nunca se atrevió a pedir de la vida pero que tanta falta le hacía. Llegó sin buscarlo, y fue lo mejor que la había pasado.
Capítulo 2
Carina, Montilla – 1975.
—Abre la boca, ¡ahí va el avión! —Sor Ángela sujetaba un tenedor con un trozo de tarta de galleta y chocolate que ella misma había preparado.
Carina cumplía los 4 años, era fin de semana y el colegio estaba solitario, las niñas se habían ido a pasar los días con sus familias, mientras que Carina permanecía en el internado a solas con sor Ángela. A un lado del patio junto a las columnas y frente a la puerta del cuarto de juegos, se encontraba sor Ángela sentada en una silla de hierro forjado, de una de las aulas de primaria. En una mano sujetaba un plato con una porción de la tarta y el tenedor en la otra, frente a ella, se encontraba Carina sentada en una silla de paseo con el cinturón puesto. Julia las acompañaba, por nada del mundo quería faltar al cumpleaños, más aun sabiendo que nadie más estaría presente, aunque eso a ella no le importaba, le bastaba con estar presente.
—¡Muy bien! —Aplaudía Julia—. ¡Está rico, eh!
—¡Ahora, vamos a abrir tu regalo! —dijo sor Ángela sacando un colorido paquete de detrás de la silla.
—Venga, te ayudo a abrirlo. —Julia se agachó frente a ella—. ¡Vamos a ver qué hay dentro!
Carina asintió con la cabeza sonriendo. No hablaba mucho, solía ser una niña muy callada. Cuando Julia rasgó el papel del regalo, Carina vio una muñeca de trapo con largas trenzas. La cogió en brazos y la apretó contra ella.
—¡Mira qué bonita es! Con sus trenzas rojizas y el vestidito de cuadros. —Sor Ángela la miraba sonriendo—. ¿Te gusta la muñeca, Carina?
—¡Sí! —masculló ella—. ¡Es mía!
—Sí, es tuya. Es para ti y dormirá contigo.
—Rosi dormirá conmigo. —Asintió abrazándola con fuerza.
Desde aquel verano en el que se fue de acogida unos meses, no volvió a salir del colegio. Es la única interna que permanecía toda la temporada en el colegio, incluidos los fines de semana y vacaciones. En una ocasión Julia se la llevó al pueblo con sus padres el fin de semana, pero sor Vicenta no le permitió llevársela más veces, era una responsabilidad y no quería tener consecuencias. Se había convertido en una niña muy especial y no solo por el hecho de no tener padres y vivir permanentemente en el colegio. Sino por la dulzura que desprendía, era una niña tranquila, obediente y siempre hacía lo que se le pedía sin protestar.
Susana ya no trabajaba en la ciudad, pidió el traslado a Valladolid cuando su padre enfermó, lo cuidó sus últimos días y después se hizo cargo de su madre enferma. La tutela de Carina pasó a disposición de congregación religiosa a la que pertenecían las monjas que la cuidaban.
Ellas la bautizaron en la capilla cuando apenas llevaba un mes conviviendo allí. Le respetaron el nombre y le dieron apellidos: Carina de Santa María de Jesús. En esa época era lo normal, a los niños huérfanos se les ponían apellidos según los santos del día o según la congregación religiosa a la que pertenecieran. En algunas ocasiones se les ponía el apellido Expósito a aquellos niños sin padres, pero solo en ocasiones burocráticas, cuando estos no estaban bautizados. Llevar de por vida el apellido Expósito te delataba como huérfano, todo el mundo sabía lo que significaba esa palabra. Hasta que decidieras casarte y llevar el apellido de tu marido. Tan solo las mujeres podían ponerse el apellido de su marido.
—¿Entonces? —dijo la madre superiora sentada al otro lado de la mesa de su despacho—. ¿Pretenden adoptarla o acogerla?
—Queríamos acogerla, madre.
—¿Por qué? —Se cogió las manos y se apoyó inclinada sobre su mesa, su rostro permanecía inerte.
—Siempre quisimos ser padres. Pero no lo hemos logrado —dijo la mujer que se sentaba al otro lado de la mesa; la acompañaba su marido, un hombre de apariencia sosegada.
—¿Y no se plantean adoptar?
—De momento podríamos acogerla un tiempo —habló el marido—, después ya veremos qué posibilidades hay.
—¡De acuerdo! —masculló sor Vicenta mientras miraba a otro punto de la habitación, pensativa.
—Pueden acogerla en verano, si les parece bien. Lleva mucho tiempo sin salir del colegio —dijo sor Ángela.
—Díganos que tenemos que hacer, madre.
—Traigan su documentación y esta solicitud firmada —aclaró la madre superiora mientras sacaba unos documentos de un cajón.
—Bien, haremos los que haga falta.
El matrimonio se levantó de sus sillas, el marido levantó la mano para darle un apretón cordial a la madre superiora, esta se levantó de su silla haciendo caso omiso al saludo, rodeó su mesa y se dirigió a la puerta. La abrió y antes de salir añadió: «Estaremos en contacto, buenos días».
Sor Ángela acompañó al matrimonio a la puerta de salida, disimulando no dar importancia a lo ocurrido. Podía notar los rostros perplejos y el aire molesto por la soberbia que caracterizaba a la madre superiora. Los despidió siendo lo más cordial que se pudiera ser en aquel momento y cerró la puerta dejando caer un largo suspiro.
En el mes de junio, al terminar las clases, Carina debía irse a casa con aquel matrimonio que había venido meses antes a conocerla. Solo la vieron en persona una vez, y ella no les dio importancia. Estaba jugando con su muñeca y no le interesaba en absoluto lo que hablaban los mayores
—Carina, este viernes te vas a casa de los Duarte —explicaba sor Ángela mientras le acariciaba el pelo—. Vas a pasar el verano con ellos.
—¿Por qué? —Se enfurruñó.
—El cole cierra en verano, tienes que ir.
—¡Pero puedo quedarme contigo!
—No te preocupes —añadió—. Estarás bien.
—¡No quiero ir! —Carina se cruzó de brazos y agachó la cabeza.
—¡No seas cabezota! —jaló por su mentón levantándole el rostro—. Vendrás en septiembre, y seguirás jugando con las niñas. —Le sonrió.
—Quiero quedarme con Julia. Dile que me lleve a su casa —replicó Carina.
—Julia vive lejos y no hay sitio. Su casa es pequeña. —Sor Ángela intentaba eludir las explicaciones—. Pórtate bien, ¿quieres? —Sor Ángela la tomó de la mano y le sonrió.
Carina agachó la cabeza resignándose. Sabía que si le decían que tenía que irse con unos desconocidos ella se iría. Le gustase o no, no habría otra opción.
Soltó su mano y corrió al patio a jugar con las demás niñas, pronto se hizo la hora de la merienda. Minutos después, sor Ángela las llamó desde el patio superior, las niñas subieron las escaleras que comunicaban ambos patios deteniendo su paso cuando se acercaban al comedor. A las monjas no les gustaba que entrasen a las estancias armando alboroto o corriendo por los pasillos, eso era motivo de castigo. Aunque ella ya las había visto subir corriendo.
—¡Yo llegué primero!
—¡Mentira! —dijo Ana—. Eres una tramposa.
—Corres muy despacio —se burló Marta—, yo no tengo la culpa de que corras tan despacio. Así que yo cojo el bocadillo primero.
—Niñas, dejad de correr y discutir, las señoritas siempre son educadas —dijo la monja—. ¿Dónde está Carina?
Sor Ángela miró a ambos lados del patio y se percató de que la pequeña estaba sentada en un columpio, cabizbaja y agitando los pies de adelante hacia atrás. Sabía que ya era lo suficientemente mayor como para comprender lo que significaba irse con unos padres de acogida.
—Déjala, no le des el bocadillo. No ha venido cuando nos llamaste —dijo Marta mientras aguardaba su turno para merendar.
—Si no te callas, la que se quedará sin bocadillo serás tú —añadió Gema.
Sor Ángela la llamó una vez más, mientras observaba cómo arrastraba los pies con fastidio. Cuando llegó, la monja le dio su merienda, ella la tomó desganada y regresó al columpio. Sor Ángela la observaba mientras terminaba de repartir los bocadillos. Sintió una congoja al verla así, pero ¿qué podía hacer? Ella no tomaba las decisiones en cuanto a temas burocráticos se tratase. Y sabía que, si no se iba con el matrimonio Duarte ese verano, le tocaría volver a pasarlo dentro del colegio, sola. Aquello resultaba molesto para sor Vicenta, esperaba que los meses de verano no se escuchara ni el zumbido de una mosca, mucho menos los ruidos de algún niño correteando por el patio.
Después desapareció de nuevo tras la puerta que daba al comedor, mientras las niñas se sentaban en los columpios a merendar. Gema, que estaba algo apartada del resto de las niñas, se escondió detrás de unas enormes macetas con arbustos. Observó que nadie la miraba, sacó su bocadillo del papel que lo envolvía y le dio un beso al pan, murmuró algo con los ojos cerrados y después lo lanzó al tejado.
—¿Por qué lo has tirado? —Carina, que se percató de lo que hacía, se apresuró a acercarse a Gema.
—¡Vete de aquí, canija!
—Pero ¿por qué has tirado el bocadillo? ¿No sabes que eso es pecado?
—No me gusta la manteca colorada —murmuró Gema mientras ponía un dedo sobre sus labios—. Como le digas a alguien algo, te vas a enterar.
—¿Y por qué le has dado un beso? —Carina frunció el ceño.
—Cuando tiras algo, sobre todo, comida que no te gusta, tienes que darle un beso y pedir perdón, así Dios no se enfadará contigo.
—¿Puedo tirar al tejado las salchichas blancas que nos dan en el comedor? —curioseó.
—¡No! De ninguna manera.
—¿Por qué? Si tú lo tiras, ¿por qué yo no? No me gustan —dijo Carina retorciendo el rostro.
—¡Porque no! Y vete ya de aquí, mocosa. —Gema le propinó un pequeño empujón y la echó de allí. Ya estaba cansada de tantas preguntas.
Carina tropezó con un bordillo y cayó al suelo, el bocadillo se abrió en dos dejando el interior pegado al suelo. Se incorporó limpiando sus rodillas ennegrecidas por la suciedad del patio, sacudió sus manos y recogió el pan del suelo. Pensó que como no había sido culpa suya no tendría que besar el sucio pan, y aprovechando que las demás internas ya habían bajado al otro patio lo lanzó también al tejado. Corrió hacia las escaleras con el corazón saliéndosele del pecho, temía que alguna interna la hubiera pillado, o lo que era peor, alguna monja. A pesar de los rasguños agradeció la caída, a ella tampoco le gustaba la manteca colorada.
Por la noche durmió temiendo ser castigada por tirar el pan, ¿quizás hubiera sido mejor confesarlo? De ninguna manera, tendría que haber dicho que Gema la empujó porque la pilló tirando su pan, la castigarían también y Gema se vengaría propinándole una buena cachetada, como mínimo.
El viernes llegó más rápido de lo que Carina pensaba, se encontraba sentada en una silla del pasillo de la entrada, justo a mitad de camino entre la puerta de la calle y el despacho de sor Vicenta, o, como las niñas la llamaba en secreto, sor Sargenta. Al otro lado se encontraba la salita de espera donde las monjas solían recibir a las personas que entraban al colegio, las hacían esperar allí algunos minutos antes de dejarlas pasar al despacho. Sor Sargenta solía decir que las visitas debían comprender desde el primer momento que allí había reglas que cumplir y que las exigencias por parte de visitas y familiares no serán bien recibidas. Ella era la autoridad del centro y procuraba que siempre se notase, para que no hubiera dudas.
El pasillo solía ser solitario y frío, era la parte del colegio más odiada por las niñas, debían permanecer en absoluto silencio y sin moverse de sus sillas, momificadas cual escultura de cera en un museo. Alguna monja se encargaba de vigilar que esa orden se cumpliera, permaneciendo sentada frente a ellas y vigilando cada gesto con desaprobación.
Carina había sido la última en quedarse en el pasillo, pero no le importaba. De hecho, cuanto más tarde llegasen aquellos desconocidos, mejor. Vestía con una falda azul marino de tablillas que caía justo por encima de las rodillas, una camisa blanca abotonada con el cuello bien ajustado y mangas largas. Por encima de la camisa sobresalían unos tirantes oscuros que terminaban en su cintura sujetando la falda. El uniforme del colegio era la prenda con la que debían entrar y salir del centro.
El timbre sonó retumbando los oídos de la pequeña con un agudo sonido. La monja que la vigilaba se incorporó y se acercó a abrir, mientras Carina se inclinaba desde su silla, escuchó algunas voces y su nombre, y comprendió que ya habían venido a por ella. Su cuerpo se removió al sentir un escalofrío que la sacudió. Al pasar se detuvieron frente a ella.
—Hola, tú debes de ser Carina, me llamo Caty. —Una mujer de rostro gentil y piel tersa se agachó frente a ella y le tendió la mano para saludarla.
Carina observó que era alta, bien vestida, con el pelo largo, de color castaño con ondas muy rizadas.
—¡Hola! —atinó a decir.
—¡Qué niña más educada! Yo me llamo Manuel —dijo el hombre que permanecía de pie.
Ambos sonreían, con un brillo en sus ojos. Se miraban el uno al otro constantemente mientras que Carina los miraba de arriba abajo. Le parecieron simpáticos, quizás mucho más de lo que ella esperaba y eso la tranquilizó.
—¿Me das la mano, pequeña? —masculló Caty—. ¿Quieres venir a casa con nosotros?
Carina alzó sus hombros para dejarlos caer después, hizo una mueca con los labios y se bajó de la silla dándole la mano a Caty. Con la otra abrazó a su muñeca Rosi contra su pecho y caminó con ellos hasta la puerta del despacho.
—Pasen, por favor —dijo la madre superiora—. Tú quédate aquí, con tu muñeca. —Se volvió hacia la pequeña y le ordenó sentarse de nuevo en la silla. Caty le sonrió y le dijo que volverían enseguida.
—Buenos días, madre —dijo Manuel tendiendo la mano en el aire.
—Buenos días, siéntense. —Sor Vicenta los miró con seriedad y se acomodó en su sillón sin devolverles el apretón de manos—. ¿Han comprendido la importancia de que Carina mantenga en su hogar las mismas normas que en el centro?
—Por supuesto, madre —respondió Caty.
—Esta niña no sabe lo que es tener padres ni familia. Es importante que el ambiente sea muy familiar y tranquilo. Pero, sobre todo, que no sea un despilfarro, hay que poner límites y normas.
—Lo entendemos —dijo el marido en un afán de darle la razón para acortar la conversación.
—Nos ha costado mucho hacer de ella toda una señorita —recalcó la monja entrelazando sus manos encima de la mesa—. No me gustaría que, al volver, la niña tenga un comportamiento ordinario, esté descontrolada o sea maleducada.
—No será así, madre. —Manuel empezó a sentirse un poco molesto por la soberbia con la que siempre los recibía.
Después de algunas instrucciones más y un par de números de teléfono apuntados en una hoja de papel, la madre superiora les indicó que ya podían llevársela, no sin antes recalcarle la fecha en la que debía volver al colegio. Caty y Manuel salieron del despacho dejando caer largos suspiros. Pero, al ver de nuevo el rostro de la pequeña que esta vez les devolvió la sonrisa, se conmocionaron. La tomó de nuevo de la mano y salieron del centro.
Manuel se agachó y recogió una pequeña maleta que estaba apoyada en la parte trasera de la silla, era una especie de bolso de tela estampado y con asas grandes, le pareció muy pequeño como para llevar ahí ropa y zapatos suficientes para todo el verano.
—Sube al coche, ¿sabes ponerte el cinturón? —le preguntó la mujer mientras la ayudaba a subir.
—¡No!
—No pasa nada, yo te lo pongo. —Le ajustó el cinturón—. ¿Estás bien?
Carina asintió.
—No debes tener miedo, lo pasaremos bien. —Caty le acarició el pelo, le guiñó el ojo y cerró la puerta trasera del coche.
—¡En marcha! —la voz de Manuel sonó divertida.
Carina dejó escapar una pequeña risa y abrazó fuerte a Rosi. La observaron por el retrovisor, sonriendo con ella. Manuel puso el motor en marcha de su viejo Mercedes gris, y tomó rumbo por la carretera principal de la ciudad.
—¿Cómo se llama tu muñeca? —Caty le preguntó girándose hacia atrás.
—Rosi —respondió levantando la cabeza y ajustando el vestido de la muñeca.
—Es muy bonita, ¿me dejas verla?
A Carina se le cambió el rostro, agarró fuerte a su muñeca apretándola contra sí, como si la quisiera proteger. No respondió la pregunta de Caty.
—Tranquila, te la devolveré enseguida, lo prometo.
Carina, no muy convencida, se desprendió de la muñeca, ofreciéndosela sin quitarle el ojo de encima.
—Tiene la falda del vestido rota —observó ella mientras revisaba las costuras de la muñeca—. Si quieres se la puedo coser, si tú me dejas.
—Sí —respondió alzando los brazos para que se la devolviera.
Manuel aminoró la marcha, dobló por la esquina de una calle residencial y paró frente a la puerta de garaje de un edificio alto. Introdujo una llave en una ranura de la pared que tenía al lado y la puerta comenzó a elevarse, chirriaba un poco y Carina se tapó los oídos encogiéndose de hombros.
—Tranquila, no te asustes —le dijo Caty.
El coche se adentró en un oscuro cubículo, dio la vuelta a una columna al final de este y aparcó el coche al lado de otro un poco más grande que el suyo. Era el coche de su vecino Francisco, con quien hacía muy buenas migas y al que solía visitar con frecuencia. Francis y Marga tenían un hijo, Héctor, de seis años. Ambos coincidían en que debían presentárselo a Carina para que tuviera con quien jugar y quizás así pudiera sentirse algo más cómoda con ellos.
Al bajar del coche caminaron hasta una puerta que daba a un acceso para subir al edificio. Caty pulsó el botón del ascensor y este abrió sus puertas momentos después. Carina se sorprendió al observar un gran espejo que cubría desde el techo hasta la mitad del panel del ascensor, el resto de sus paredes estaban lacadas de un vivaz rojo. Carina apretó fuerte la mano de Caty y se arrimó a su falda.
—¿Dónde vamos?
—Tranquila, es solo un ascensor. Te subes, pulsas el botón del número de planta al que quieres ir, y te lleva allí —le explicaba mientras la cogía por las dos manos y se ponía a su altura—. No tengas miedo, no te pasará nada.
Caty proyectaba en ella un aire alentador que la colmaba de tranquilizad y bienestar. Salir del colegio e ir a un lugar extraño rodeada de personas desconocidas resultaba en cierta manera algo nuevo, desconocido. No era la primera vez, eso lo sabía bien, aunque no lo recordaba. Cuando era un bebé tuvo unos padres adoptivos y, en otra ocasión, un verano otra familia la tuvo en acogida, pero ella era tan pequeña que no recordaba. Lo sabía porque Susana se lo contó antes de marcharse, y las internas del colegio también se hicieron cargo de restregarle sus fracasados intentos de tener una familia. A Carina aquello no solía afectarle, Julia siempre le decía que no hiciera caso, que solo querían meterse con ella por ser la más pequeña e indefensa.
Cuando el ascensor se detuvo, sonó un timbre muy agudo y las puertas comenzaron a abrirse, tras ellas se encontraba un pasillo largo con un suelo de mármol arabesco bien pulido. Lo atravesaron hasta llegar a la puerta del apartamento donde vivían Manuel y Caty.
Carina se sorprendió al entrar y ver la magnitud de aquella casa, frente al recibidor se encontraban unas puertas correderas barnizadas en tono roble, que daban a un salón decorado con dos sofás en color crudo llenos de cojines anaranjados, encima de estos había un gran cuadro de un paisaje de árboles frondosos, su marco era ancho, de un dorado labrado. Caty le indicó que se sentara y le quitó los zapatos para no ensuciar el parqué.
—¿Quieres merendar? —le preguntó.
Carina levantó la vista y asintió sin decir ni una sola palabra. Estaba atónita observando todo lo que había a su alrededor, en su colegio no había decoraciones, ni alfombras ni muebles tan grandes y bonitos como esos.
—¿Qué te apetece? —volvió a decir Caty abriendo la nevera mientras cogía a Carina por debajo de los hombros para alzarla.
—No sé. —Se encogió de hombros
—¿Quieres una natilla?
—¿Hay pan con aceite y azúcar? —preguntó Carina.
Caty se sorprendió.
—¿Qué son todas esas cosas? —Señaló al interior de la nevera.
Ella no estaba acostumbrada a nada de lo que Caty le ofrecía, en el colegio nunca les dieron algo diferente a bocadillos, fruta y algún yogur ocasional. Caty se percató de que aquello debía ser también nuevo para ella, se compadeció.
—¿Prefieres un yogur? —Sacó uno de la nevera, lo acomodó en la mesa de la cocina e indicó a Carina que se sentara en una de las sillas.
—Pero… hoy no me he ganado ningún premio. —Carina, confundida, miró el yogur frente a ella.
—¿Un premio? —dijo Caty perpleja—. ¡No hace falta! Si lo quieres, te lo puedes comer. Te haré un sándwich.
Carina la miró confundida mientras se metía cucharadas del yogur en la boca. Manuel entró a la cocina después de acomodar algunas cosas en la habitación del fondo. Miró a la pequeña y le sonrió, después se acercó a Caty, quien preparaba el sándwich en silencio.
—¿Ocurre algo, cariño? —Se acercó a ella y le preguntó en voz baja.
—Es increíble. La niña pensó que le daba el yogur porque se merecía un premio. —Suspiró conteniendo el rencor—. ¿Qué clase de alimentación le dan? Estoy segura de que tampoco sabe lo que es un sándwich.
—Bueno, ahora está con nosotros y la alimentaremos bien. Está algo delgada, pero no parece desnutrida.
Caty dejó caer otro largo suspiro y le llevó el sándwich a la niña. Ella lo miró, lo cogió con timidez y probó un bocado.
Aquel acto confirmó las sospechas de Caty, quien conmocionada y llena de resentimiento con las monjas miró a su marido, él le frotó los hombros y le dio un beso en la mejilla.
—Será mejor que te cambiemos de ropa, vamos a salir —le dijo Caty retirando el plato vacío y limpiándole la boca con una servilleta de papel.
—¿A dónde vamos?
—A la ciudad, a pasear —dijo Manuel guiñándole un ojo—. Nos comeremos un helado grande.
Carina se rio.
—Vamos a ver qué hay en tu maleta, ¿vale?
Caty la tomó de la mano y la llevó a la habitación donde dormiría. Era pequeña, pero suficiente para ella sola; Manuel había pintado las paredes de un blanco roto, y había colocado una cenefa de flores lilas y rosas. Caty vistió la cama con una colcha de princesas y un cojín mullido.
Al llegar miró la habitación de arriba abajo y preguntó:
—¿Quién duerme aquí? ¿Tienes una hija?
—No, Carina, esta habitación la hemos preparado para ti. —Esbozó una sonrisa.
—¿Es para mí sola? —Levantó la cabeza y miró a Caty retorciendo el rostro.
—Sí. ¿Te da miedo dormir sola? —Se agachó a su altura y la tomó por la cintura.
—¡No lo sé! —Encogió los hombros dudosa a la vez que miraba al suelo.
—Nuestra habitación está justo enfrente, dejaremos las puertas abiertas y si me necesitas me llamas. ¿Te parece bien?
Carina asintió y entraron a la habitación. Ella abrió puertas y cajones, curioseó lo que había en su interior, cogió a Rosi en brazos y miró debajo de la cama. Caty abrió la maleta y empezó a sacar las cosas que había en ella, un pijama algo viejo que aparentemente parecía que ya le quedaba pequeño, algo de ropa interior, un par de vestidos desvaídos y unas zapatillas. Se deducía que podían ser blancas, pero estaban tan sucias que su color resultaba dudoso.
—¿Esto es todo? —preguntó Caty atónita mirando a Manuel, quien se asomaba a la puerta de la habitación.
—Me parece que hoy es día de compras —contestó él.
—Me parece increíble que las monjas no le tengan ni un poco de ropa decente. —Empezó a enfurecerse—. Después nos exigen a nosotros un montón de chorradas: rezar, misas, normas.
—No te irrites, cariño, iremos a comprarle algo de ropa, y a comer un helado. —Miró a la pequeña, quien los escuchaba sentada al borde de la cama.
—¿Y qué le pongo yo ahora para salir, Manuel? —protestó Caty volviendo a meter todo dentro del bolso.
—¡Déjala como está! Ahora le compramos ropa y la cambias en el vestidor de la tienda.
—Vamos, cariño, vámonos de paseo —le dijo a Carina cogiéndola en brazos y sentándose en la cama con ella para peinarla un poco.
Le recogió el pelo en una coleta alta con cuidado de no darle tirones. Y le puso un poco de perfume de un frasco decorado con dibujos de princesas.
Caty se sentía afligida, esperaba que la niña necesitara ropa y algunas cosas personales, pero desde luego no esperaba que lo poco que hubiera en aquella bolsa fuera inservible. Manuel las observaba con una sonrisa en su rostro y los ojos brillantes. Caty se había convertido en madre en el mismo momento que tomó de la mano a la pequeña unas horas antes.
—¡Estás lista y preciosa! —le dijo sonriendo y dándole un beso.
Ella le devolvió la sonrisa y no dijo nada, olió su perfume cerrando los ojos y le pidió a Caty un poco para su muñeca.
Después se dirigieron de nuevo al garaje, subieron al coche y atravesaron las carreteras de la ciudad, llegaron a un conjunto de edificios altos y Manuel aparcó el coche en un cubículo cercano a la acera.
Entraron en un gran almacén de ropa de varias plantas, estaba repleto de estanterías y percheros donde colgaban infinidad de prendas, la espesura de la gente dificultaba el paso entre los pasillos que separaban las diferentes secciones y Carina se agarró con firmeza a la mano de Caty.
—Mira, Caty, ¡hay un ascensor! —decía soltándole la mano y señalando; en su otra mano llevaba a Rosi, su muñeca.
—Sí, hay un ascensor porque hay varias plantas y un garaje, también hay escaleras. ¿Por dónde quieres subir?
—Por el ascensor —dijo dando pequeños saltitos.
Subieron a la segunda planta. Le llamó la atención el colorido de las prendas que tenían aquellos percheros, llenos de dibujos y adornos brillantes. Tardaron un buen rato en elegir varias prendas y zapatos mientras probaban las tallas. Manuel le compró un juguete que ella misma escogió y después tomaron un helado en una de las terrazas que colindaban con el almacén.
De regreso a casa se quedó dormida en el coche, había sido un día muy ajetreado y lleno de emociones para ella. Al subir decidieron no despertarla. Así que la acostaron en la cama, despojándola únicamente de los zapatos, no quiso ponerle el pijama para no despertarla. Estaba tan agotada que durmió la noche de un tirón y no se despertó hasta el día siguiente.
Clarice, Córdoba – verano, 1975
Los días en el hospital de Córdoba transcurren acalorados e intensos, la elevada temperatura trae consigo pacientes con golpes de calor, sobre todo, niños. En Maternidad parece que hay más parturientas que nunca, y el trabajo se desborda en casi todas las áreas, sobre todo, en Urgencias. Clarice y Ricardo tienen más trabajo que de costumbre, dejándolos desbordados.
Clarice se levantó a rastras, no eran ni las ocho de la mañana y ya el sol resplandecía con una intensidad fuera de lo común. Se dirigió al baño, donde vislumbró una piel más ennegrecida alrededor de sus ojos, se despojó del camisón y se metió en la ducha. Dejó que el agua tibia recorriera su piel mientras permanecía con los ojos cerrados aferrándose a sus hombros, disfrutando de la reconfortante vitalidad que aquella ducha le proporcionaba, despojándola de su desgastado estado.
Se vistió con ropa ligera, secó su cabello con el aire caliente del secador y se dirigió a la cocina. Allí se encontraba Ricardo con una taza de café en una mano y una tostada en la otra. Sobre la mesa estaba dispuesta la cafetera y la jarra de leche, algunas pastas de té y tostadas calientes. Se sirvió una taza y se sentó junto a él después de darle los buenos días.
—Esta noche cocino yo —dijo él mientras se levantaba de la mesa. Dejó su taza en el fregadero y la besó.
Clarice lo miró aturdida.
—Pero ¡si a ti no te gusta cocinar! —atinó a decir con su café aún en la mano.
—Bueno, hoy me apetece. —Se encogió de hombros.
—¡Por mí, perfecto! —dijo haciendo un aspaviento con la mano y cruzándose de piernas.
Terminó el café, se dirigió a la habitación y se cambió de ropa. Ricardo la esperaba con la puerta abierta e impaciente.
—Vamos, Clari, que siempre llegamos con el tiempo justo.
—Ya voy, ya voy. ¿Dónde están las llaves? —Clarice suspiraba mientras rebuscaba en su bolso.
Riki levantó las llaves en el aire.
—¿Buscas esto? —Se rio.
—¡Qué gracioso estás hoy! —Le arrebató las llaves de la mano y se burló. Después cerraron la puerta tras de sí, marchándose a toda prisa.
Al llegar al hospital, dejó sus cosas en su taquilla y se dirigió a la sala de enfermeras. Por el pasillo se cruzó con Lucía, quien caminaba de un lado al otro con desesperación.
—¡Menos mal que has llegado ya! ¡Te necesito!
—¿Qué ocurre? ¡Tranquilízate!
—Ven conmigo al paritorio, ¡rápido! —exclamó nerviosa mientras le tiraba del brazo para que la acompañara.
La llevó a rastras mientras le explicaba lo sucedido.
—Es urgente, tenemos un parto muy complicado, la mamá no deja que el ginecólogo la toque porque es hombre, el bebé viene de nalgas y está a punto de nacer. ¡Está fuera de sí!
—Pero ¿a qué esperabais? Tenías que haberme llamado inmediatamente —exclamó Clarice muy enfadada—. ¿Quién está de guardia hoy?
—El Dr. Fuentes —se apresuró a decir—. No he tenido tiempo de llamarte, acaba de ocurrir ahora mismo. Pensé que ya habías llegado y fui directa a buscarte.
—Ya hablaremos cuando solucione esto. Ahora, déjame trabajar.
Clarice atravesó la puerta del paritorio mientras terminaba de ponerse unos guantes estériles. El Dr. Fuentes se hizo a un lado en un largo suspiro de alivio, ella lo miró por un instante. No hizo falta decir nada, sabía lo que pensaba y tampoco era el momento adecuado para discusiones.
—Buenos días, mamá. —Sonrió a la parturienta en una tranquilidad absoluta—. Soy Clarice, vengo a ayudarte. ¿De acuerdo?
La mujer asintió mientras murmuraba y se retorcía del dolor. Clarice colocó sus manos sobre su abdomen y palpó con cuidado.
—Lo primero que haré será mirar cómo va ese bebé y te administraré un calmante para reducir el dolor —indicó a la enfermera que le administrara el calmante—. Vamos a traer al mundo a este pequeño, ¿preparada?
—Sí —dejó escapar en un agónico grito.
La mujer empezó a empujar cuando la matrona le indicaba, sus gritos se escuchaban a través de las paredes, tras varios empujones y gritos sacaron al bebé, lo limpiaron y lo envolvieron en una fina sábana. Clarice lo puso sobre el pecho de la madre, que permanecía exhausta y casi desfallecida.
—Lo has hecho muy bien, mamá, ahora descansa. Vendré a verte en media hora —dijo Clarice despidiéndose de la mamá.
—Gracias, Clarice —dijo Lucía con cierto alivio mientras le temblaban las manos.
Clarice puso su mano en su hombro y suspiró.
—¿Dr. Fuentes, podemos hablar un momento? —dijo mientras apresuraba el paso y se ponía a su lado.
—Lo sé, Clarice, ¡discúlpame! —masculló mientras se cruzaba de brazos, sabía que no había sido profesional—. He intentado ayudarla, pero no se dejaba tocar.
—Deberías haber sido más hábil, y buscar ayuda de inmediato —le gritó enfurecida—. No puedes esperar a que yo aparezca y lo solucione. Podría haber sido tarde para ella y su bebé.
Necesitó un momento a solas. Se encerró en su despacho y se sentó a oscuras en su silla anclando los codos en la mesa y apoyando la cabeza en sus manos. Sus dedos se entremezclaban con su pelo en un intento desesperado de sacar todo lo que llevaba dentro. Sentía impotencia, rabia, sus ojos estaban aguados y sus labios temblorosos. En ese momento entró Ricardo, cerró la puerta y sin decir nada la abrazó besándola en el pelo. Con dulzura se lo apartó de la cara y le levantó su barbilla para verle el rostro.
—No llores, lo has solucionado —mascullo—. Todo ha ido bien, Lucía me lo ha contado.
—¡Ja! Mejor ni me la menciones. —Clarice suspiró de nuevo con rabia y apartó la mirada.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?
—Estoy mejor, no te preocupes.
—No, Clarice, a mí no me engañas. Sé que hay algo más. —Él la conocía bien, sabía perfectamente cuándo ocultaba algo.
—Nada, Riki, ¡de verdad! No es nada. —Le miraba a los ojos, intentando parecer convincente.
—¡Ya lo sé! —Levantó la cabeza y suspiró un momento antes de volver a hablar—. Tiene que ver con esa niña que atendiste hace unos años. ¿Es eso otra vez, Clari?
Ella se sorprendió, lo miró algunos segundos y agachó la cabeza.
—¡Tú no lo entiendes! —Apartó la mirada.
—No. No lo entiendo ¡Explícamelo! Creía que eso ya quedó atrás.
—No sé qué pasó con esa niña, Riki. Sentí que era mía, que ella me necesitaba y yo a ella, es difícil de explicar. En el parto de hoy casi se muere el bebé, fue como volver a perderla.
—Tranquila, Clari, sé que perdiste un bebé hace muchos años y que esa niña te recordó a tu bebé.
—¿Cómo sabes eso? —se sorprendió.
—Lo siento. En tu historial pone que tuviste un aborto a los dieciocho.
Clarice rompió a llorar desolada. Su cuerpo temblaba entre los brazos de Ricardo, quien le susurraba entre caricias en un intento de calmar su agonía.
—Si tú quieres podemos buscarla, probablemente ya esté adoptada. Pero quizás podemos saber dónde está, volver a verla, y saber que estará feliz te hará feliz a ti también —masculló sonriendo.
—¿Tú crees? —Su rostro se llenó con una luz de esperanza que la recompuso pedazo a pedazo—. Me haría muchísima ilusión verla. Debe tener unos 4 años, será una niña bonita, de piel blanca, su pelo debe ser lacio y oscuro como la noche… —fantaseaba deliberadamente, sus ojos se iluminaron perdidos en un punto de inflexión que la hacía salir de la realidad.
Él la estrechó con más fuerza entre sus brazos y la besó con sus labios tibios. Ella no dijo nada, suspiró ensimismada en sus pensamientos, reposada en sus cálidos brazos. Deseosa de inspirar su aroma, se sintió reconfortada y aliviada. Él tenía ese poder sobre ella, podía calmar sus ansias, así como sus angustias; casi sin esfuerzo, tan solo con su dulce amor.
Tal como había prometido, esa noche cocinó él. Parecía que había acertado con la decisión de preparar la cena aquel día, Clarice necesitaba un descanso. Cuando se levantó por la mañana y vio el brillo del sol en los ojos de Ricardo supo que sería un día perfecto, nada ni nadie podría estropearlo, o al menos eso creyó ella.
Él preparó unos entremeses delicados, de esos que se comen de un solo bocado y su suave textura inunda el paladar, los llevó al salón donde Clarice colocaba algo de música suave en el radiocasete y encendía unas velas aromáticas que proyectaban una luz tenue y relajante. Se sirvió una copa de Minut-45 blanco afrutado que le encantaba, el sabor dulce y suave del vino entraba con facilidad haciendo que cada sorbo estallara como una bomba de fruta exótica en el paladar. Ricardo había horneado un cuadril de ternera con una vieja receta que su abuela pasó a su madre y posteriormente a él. A pesar de que no tenía mucha mano con la cocina, su madre siempre insistió en que los hombres también debían saber cocinar y no dudaba que en algún momento debía aprender.
Esa noche cenaron a la luz de las velas y con la música como compañía, bebieron vino plácidos y relajados mientras conversaban de las trivialidades del día a día. También plantearon cómo buscar a la niña, ella buscaría en el hospital los informes del parto, eso iba a resultarle un poco difícil, ya que el informe en estos aparecería como «Paciente desconocida». Recordaba que el nombre de la madre era Ana, pero la política en estos casos omitía el nombre en los informes, así se aseguraban que la renuncia fuera irrevocable. Ricardo por su parte haría averiguaciones a través de un policía amigo suyo, y quizás con suerte le ayudaría a filtrar información de Asuntos Sociales.
A Clarice le costó conciliar el sueño aquella noche, estaba ansiosa por empezar la búsqueda, sabía que no era coser y cantar, que buscar una niña después de cuatro años y encontrarla sin tener parentesco familiar era, cuando menos, imposible. Pero eso no la detendría, él prometió estar con ella pasara lo que pasara, la encontraran o no, y sobre todo prometió que no se rendiría a la primera, que lucharía hasta el último recurso por encontrarla. ¿Y si la encontrasen? ¿Qué pasaría después? No habían hablado de ello, no se habían planteado nada al respecto, ella tenía claro que si la encontraba ya no se separaría de ella, de una forma u otra, e independiente de la situación en la que se encontrara, sabía que no volvería a dejarla escapar.
A medianoche, cuando Ricardo dormía profundo, se levantó, se dirigió a la cocina y se preparó un té con miel, regresó a la habitación con la taza en mano, miró el rostro dormido que ocupaba el otro lado de la cama y pensó que era imposible no amarlo, él hacía cualquier cosa por ella, por verla feliz, por complacerla. Suspiró sentada al borde de la cama observando cómo dormía, y pensó que era el hombre más extraordinario que se había cruzado en su camino, el futuro padre de sus hijos si la suerte la seguía acompañando. Terminó su té y dejó la taza en la mesita de noche, apagó la luz de la lamparita y se acostó a su lado, apoyando la cabeza en el torso desnudo de aquel maravilloso hombre.
Carina, Montilla
—¡Buenos días, pequeña! —susurraba Caty sentada al borde de la cama mientras la mecía con suavidad—. Es hora de levantarse.
—Aún tengo sueño.
—Te dejo dormir un poco más, pero ya ha amanecido y hay que aprovechar el día.
—No, ahora me levanto —dijo restregándose los ojos con los puños mientras bostezaba y se retorcía.
—Voy a preparar el desayuno, te espero en la cocina.
Caty le acarició el pelo, se levantó y salió de la habitación mientras la pequeña hacía un esfuerzo por mantener los ojos abiertos. En menos de quince minutos Carina estaba en la puerta de la cocina ya vestida, con su cara aseada y su pelo ligeramente peinado con algún peine que había encontrado en el baño, había hecho su cama y recogido sus cosas tal y como las monjas le habían enseñado.
—¿Puedo entrar ya? —dijo desde la puerta mirándolos.
—¿Cómo? ¡Pues, claro! Pero ¡Si te has vestido y todo! —exclamó Caty sorprendida mientras se servía una humeante taza de café.
—Gracias —dijo Carina sentándose en su silla con la espalda recta y los codos fuera del borde de la mesa.
En el colegio estaba acostumbrada a otra forma de despertarse, mucho más brusca. Allí, sor Ángela entraba sin avisar, encendía la luz y rápidamente subía las persianas mientras gritaba que ya era hora de levantarse. Les daba quince minutos para asearse, vestirse y dejar todo en perfecto orden. Y estar sentada en tu sitio frente a la mesa antes de que se sirviera el desayuno; si por algún motivo alguna llegaba tarde al comedor, se quedaba sin desayunar. Si no te aseabas o vestías adecuadamente también te quedabas sin desayunar, si no hacías la cama o dejabas tus cosas por el medio era motivo de un castigo asegurado. Cada una de las niñas se ocupaba de hacer sus tareas con cuidado y esmero, no ayudaban a nadie, ni siquiera a las pequeñas. Carina no conocía otro modo de hacer las cosas, aquello era lo normal en su día a día.
—¿Qué quieres desayunar? —preguntó Caty invitándola a servirse lo que quisiera de la mesa.
—¿Eso qué es? —preguntó Carina señalando un bote de color rojizo.
—Es mermelada de fresa. ¿Nunca la has probado? —Caty empezaba a no sorprenderse ya por esas cosas, imaginaba que habría muchas preguntas de ese estilo mientras durase su convivencia con la niña.
—No. ¿Y esto qué es? —Señaló esta vez a un plato que había en el centro de la mesa.
—Son cruasanes, toma un pedazo. ¡Pruébalo! –Manuel arrancó un trozo y se lo puso en la mano.
—¡Es dulce!
—¿Quieres cereales?
Caty la observaba perpleja mientras le servía un tazón de cereales y leche caliente. Carina tomó una cuchara y no tardó en colmarla de cereales reblandecidos.
—Esto es intolerable, Manuel. ¿Qué hacen las monjas con las niñas? —le susurró a su marido con cuidado de que ella no la oyese.
—No lo sé, cariño. ¡Pobre niña! —Manuel movía la cabeza de un lado al otro.
Carina apuró su desayuno cuando Manuel y Caty le dijeron que la llevarían a conocer a Héctor, el hijo de la vecina. Mientras se contoneaba en su silla, terminó su tazón de cereales y se bebió la leche de un tirón. Caty la miró perpleja y a Manuel le causó gracia.
Después de desayunar fueron al mercadillo a comprar frutas y verduras frescas. Se encontraba un poco lejos, ya que estaba al otro lado de la ciudad, encontrar aparcamiento allí resultaba un poco abrumador, ya que durante toda la jornada que duraba había cola en la carretera y aparcar era una odisea, dabas vueltas a las manzanas suplicando encontrar un aparcamiento no muy lejos del mercado.
Manuel no tardó en encontrar un hueco y aparcar el coche enseguida, caminaron algunos metros hasta la entrada principal del mercado. Pronto el bullicio de la gente se hizo notar; a pesar de que aquel lugar estaba cuajado de personas el día lucía esplendido mientras el sol brillaba con fuerza desde primera hora de la mañana, todo apuntaba a que sería un día de verano muy caluroso, quizás demasiado.
Se adentraron entre la multitud, pasando frente a unos puestos de ventas de mascotas. Carina se detuvo a observar unos pollitos de colores que piaban como locos dentro de una caja de cartón, unos encima de otros. Había tantos que a duras penas se veía el fondo de la caja. De las barras de hierro que sujetaban la lona del puesto, colgaban algunas jaulas con pequeños pájaros, y sobre la mesa lucían peceras minúsculas con peces de colores y algunas tortugas.
La pequeña se agachó frente a la caja, tapando su boca con una mano, miró nerviosa a sus padres de acogida esperando su aprobación para poder acariciarlos. Desde que los conoció un poco mejor, deseó en lo más profundo de su corazón que quisieran adoptarla. La idea le causaba tanta emoción como ansiedad. No entendía por qué ella no tenía familia, ¿dónde estaban?, ¿sería verdad lo que decían las niñas sobre que sus padres no la querían y por eso la abandonaron?
Ella era la única que siempre se quedaba esperando en la sala junto a las niñas, por si su madre venía a buscarla. Solía pensar que su madre tenía el mismo rostro que ella, pero algo más vieja; creía firmemente que ella se parecía a su madre muchísimo. «Yo tengo el mismo pelo y los ojos de mi madre», decía cada vez que hablaba de ella. Aquello era motivo de continuas burlas entre las niñas del internado que no dudaban en ponerle fin a sus fantasías: «No la conoces, así que no te inventes tonterías», «Qué vas a saber tú, si no tienes padres», «No te querían, por eso te tiraron a la basura», solían decir entre burlas y risas.
A Carina eso la enfurecía, apretaba los puños tan fuerte que podía sentir cómo se le clavaban las uñas en las palmas de las manos y apretaba los dientes hasta que le doliese la mandíbula. Después, las lágrimas corrían por sus mejillas. Ella sabía que nada de lo que decían era cierto, Susan le contó antes de marcharse que su madre no podía cuidarla y por ello ahora estaba con las monjas. En ningún momento le dijo que la habían abandonado y mucho menos que sus padres no la querían, eso le daba esperanzas de que regresaran a buscarla. Por ello, permanecía en la sala cada viernes, tenía la certeza de que alguna vez el sonido del timbre del portón sería para ella.
Se acercó a la caja de los pollitos e introdujo su mano para acariciarlos. Caty la miraba, con esa mirada tierna y amorosa que suelen tener las madres. Tenía una extraña sensación que no había experimentado antes, pero era tan reconfortante que podía sentir cómo su corazón se inundaba de amor por aquella pequeña niña. Fue amor a primera vista, y no un amor cualquiera: un amor incondicional, puro y mágico. Algo tan inexplicable que se le salía de las manos. Sabía que Manuel también la empezaba a querer como una hija y que su amor de padre sería el más verdadero que pudiera existir. Habían deseado durante tanto tiempo ser padres que sentían que ella era especial, que estaba destinada a ellos de una manera u otra y que harían todo lo posible por formar una familia. No hizo falta más tiempo para tenerlo claro, lo supieron en el preciso momento que vieron su dulce rostro en el pasillo.
—¡Ay!, ¡me ha mordido! —gritó mientras le enseñaba el dedo a Caty.
—¡Déjame verlo! —Se rio—. No es nada grave, los pollitos no muerden; pican con su pico porque piensan que eres comida.
Carina frunció el ceño y asomó la cabeza por encima de la caja, en un intento de averiguar quién la había picado. Caty la tomó de la mano mientras le decía que debían continuar. Caminaron un par de puestos hasta llegar a uno de verduras y frutas ecológicas donde solían comprar cada semana. La dependienta era una mujer entrada en años, de pelo canoso y voluminoso cuerpo. Carina la observó sin soltar la mano de Caty, mientras ella y Manuel decidían qué comprar esa semana. La mujer al verlos se sorprendió, hasta ahora no creyó que tuvieran hijos, pues siempre los veía solos.
—¡Hola! ¿Quién es esta preciosa niña? —dijo la señora acercándose un poco a Carina. Su sonrisa era diminuta, y al sonreír se le achicaban tanto los ojos que no se distinguía si los tenía abiertos o cerrados.
—Ella es Carina. Va a pasar todo el verano con nosotros —dijo Caty.
—Bonito nombre —dijo la señora acariciándole el rostro con sus ásperas manos—. ¡Qué muñeca más bonita llevas! ¿Cómo se llama?
—Es Rosi, mi muñeca.
—Es muy bonita y tú también. —Sonrió.
—Es la princesa de la casa —dijo Manuel haciendo una reverencia con la mano.
Carina lo miró y se rio, le gustaba mucho que Manuel hiciera muecas o pusiera voces con tal de divertirla.
Manuel sacó algo de dinero de su cartera y pagó el pedido que había hecho Caty mientras la señora hablaba con la pequeña. Caminaron hasta casi el final del mercado cuando Caty se percató de que la niña caminaba lento y cabizbaja.
—Vamos a casa ya, Manu, la niña está cansada.
—¡Sí, vámonos! —Manuel la cogió en brazos, y ella apoyó la cabeza en su hombro sin decir nada.
No tardaron en llegar al coche y regresar a casa. Al llegar, Caty preparó la comida. Carina apenas comió, pues estaba tan cansada del mercado que se quedaba dormida. Manuel la volvió a coger en brazos y la llevaron al dormitorio. Caty le quitó la ropa y la metió entre las sábanas. Carina arropó a Rosi mientras cerraba los ojos, y sin darse cuenta se quedó dormida.
El teléfono en casa sonó con fuerza un par de horas después. Julia llamaba para saber de la pequeña. Apenas había pasado el primer mes de verano, pero a Caty le resultaba tan normal tenerla allí que le parecía llevar toda la vida con ella.
—Carina, ven al teléfono —gritó desde el recibidor—. ¡Es Julia!
Hacía pocos minutos que se había despertado de su siesta y aún estaba adormitada, pero al escuchar su nombre corrió al teléfono.
—¡Julia! —gritó eufórica mientras corría por el pasillo y le arrebataba el teléfono de las manos.
—Hola, caracolita, ¿cómo estás?, ¿te estás portando bien? —la dulce voz de Julia se escuchó al otro lado del aparato.
—Sí, me estoy portando muy bien —contestaba mientras deambulaba de un lado al otro del recibidor.
—Lo sé, tú eres mi pedacito de luna, igual de tranquila y bonita —le decía con voz tenue—. ¿Qué tal te lo estás pasando?
—Muy bien, he comido nube de azúcar.
—Querrás decir algodón de azúcar; no se lo digas a sor Vicenta o te hará rezar para que no se te piquen los dientes —se burlaba Julia mientras se reían.
—No se lo diré. ¿Cuándo vienes a verme? —masculló Carina.
—No puedo, caracolita, el pueblo de mis abuelos está muy lejos. Pero prometo que te llamaré todas las semanas, y en septiembre estaremos juntas otra vez.
—Está bien —dijo a baja voz mientras observaba las líneas que conformaban las losetas del suelo.
—¡Te quiero mucho, enana!
—Y yo a ti muchísimo, Julia —Carina se despidió de ella con la voz temblorosa.
Después de colgar el teléfono, se dirigió a la cocina arrastrando los pies y mirando al suelo con el rostro pálido. Al llegar vio que Manuel y Caty estaban sentados en la mesa de la cocina. Caty le ayudó a acomodarse en su silla y le ofreció un bocadillo de jamón y un zumo de naranja y fresa. Carina le dio un minúsculo bocado y bebió un sorbo de su zumo mientras ella preparaba café para ambos.
—¿Qué te pasa, Cari? —preguntó Caty.
—Julia no puede venir a verme —pudo decir apenas con una vocecilla entrecortada y débil. Bajó la mirada y dejó caer el bocadillo en el plato.
—No te preocupes. El verano pasará pronto y en septiembre la verás de nuevo —le murmuró acercándose a su cabeza para darle un beso. Deslizó sus dedos por su pelo suavemente para terminar en su espalda con una suave caricia—. Hoy iremos a jugar con Héctor.
Carina se levantó de la silla de un brinco con una sonrisa iluminada. Ella y Héctor se habían caído muy bien cuando fueron de visita a casa de Francisco y Marga; mientras los mayores tomaban café, ellos hablaban como patos y reían a carcajadas. Héctor le preguntó aquella tarde si iba a quedarse también en invierno para jugar y pasar las Navidades con él, pues siempre era el único niño entre todos los que se juntaban en esas fiestas. Las reuniones navideñas le resultaban aburridas sin nadie con quien jugar. Le fascinó la idea de tener este año alguien con quien jugar y, por qué no, quizás hacer alguna trastada. Le había contado a Carina que el año pasado echó espray de espuma de colores sobre las piernas de mamá cuando ella cocinaba su pavo y salió corriendo a esconderse. También le echó espray en el pelo a su tía María cuando se quedó dormida en el sofá. Carina y él se rieron toda la tarde de las anécdotas y trastadas que él le contaba, ella le explicaba cómo vivía con las monjas y lo feliz que se sentía con Caty y Manuel.
Clarice, Córdoba
—¿Qué buscas tan desesperadamente, Clarice? —preguntó Ángel, el administrativo del hospital.
—Nada importante, quería mirar un informe de un parto que atendí hace unos años —dijo sacudiendo las manos y colocándose el pelo detrás de la oreja.
—¿Por algo en especial?
—Te he dicho que no es nada importante, es personal —replicó ella.
—¡Está bien! Si necesitas ayuda avísame —dijo él alejándose de los archivadores.
—Sí, te avisaré. ¡Chao! —masculló ella esperando que se largara de la sala y la dejase en paz.
—¡Aquí no hay nada, mierda! —se decía para sí misma en voz alta mientras husmeaba entre un montón de carpetas de cartón—. Ángel, ¿dónde están los archivos de 1971 y 1972? —alzó la voz.
—Deben estar abajo, en los archivos generales —respondió él.
—¿Abajo? ¿Y eso por qué?
—Porque la Dirección nos ordenó no acumular archivos cerrados en esta sala. Es por tema de organización.
—Bien, ¡pues, déjame la llave! —alzó la mano para que se la diera.
—¡Dime qué vas a buscar!, sabes que solo puede ir el personal autorizado al archivo general —decía mientras sostenía las llaves en una mano.
—Ya te dije que es personal, ¡dame la llave y punto! —Su pie se movía pegando pequeños puntapiés en el suelo, su paciencia empezaba a menguarse.
—Te he dicho que solo puede ir personal autorizado, Clarice.
—¡Trae aquí! —Clarice le quitó las llaves de las manos en menos tiempo del que él pudo darse cuenta.
—¡Devuélvemelas! —dijo irritado mientras intentaba arrebatárselas de nuevo.
—Cuando encuentre lo que quiero, te las traigo. —Asintió con la cabeza.
Ángel dejó caer un largo suspiro, sabía que, si a Clarice se le metía algo en la cabeza, difícilmente nadie podría llevarle la contraria. Desistió de su intento por recuperar las llaves y se resignó a esperar que ella se las trajera pronto, antes de que alguien se diera cuenta y se viera envuelto en un problema.
Ella salió de la sala a toda prisa, cruzó el pasillo de las consultas de Medicina General distraída, esperando no tardar mucho en encontrar esos informes. Deseosa de encontrar algo que pudiera ayudarla a averiguar el paradero de la niña; una dirección, un teléfono, algún dato por insignificante que pudiera parecer, quizás a ella le sería útil, al menos eso creyó. En el fondo esperaba que no la hubieran adoptado. En su fantasiosa cabeza anhelaba que el tiempo se hubiera detenido y que la pequeña aún la estuviera esperando, estaba segura de que la conexión que se había creado años atrás siguiera viva de algún modo. Ese vínculo maternal que la mantuvo unida a ella durante sus primeros meses seguía vivo en ella, a pesar de que nadie la entendía no le importaba, era suficiente para ella, y con eso bastaba. Esperó que Ricardo deseara tanto como ella tenerla, pero la realidad le azotaba duramente cuando recordaba algunas palabras incomprendidas que él solía decirle. Después, terminaba abrazándola, jurándole que respetaría las decisiones que ella tomase y que estaría a su lado incondicionalmente.
Un escalofrío recorría su cuerpo al pensarlo, ¿seguiría en la ciudad?, ¿o quizás ya estaba lejos? Un sinfín de incógnitas redundaban en su cabeza, aquellas dudas parecían oprimirle el corazón. Entre pensamientos, dudas, temores y la ansiedad que todo eso le causaba, no se percató de la presencia de Ana en el pasillo.
—¡Clarice! ¿Tú que haces aquí hoy? ¿No es tu día de libre?
—Hola, Ana, necesitaba unas cosillas.
—¿Necesitas ayuda? ¿Qué tal está el Dr. Tejera?
—No, tranquila, ya casi lo tengo todo. Ricardo está de guardia hoy, ¿no lo has visto?
—No, hace más de una semana que no me lo cruzo —afirmó Ana extrañada.
—Está muy ocupado. ¡Ya sabes! En verano los críos siempre vienen con problemas de oídos —comentó Clarice—. Bueno, tengo que dejarte, hoy tengo muchas cosas que hacer.
—Me alegro de verte, disfruta el día.
Se despidieron y Clarice se apuró a seguir con lo suyo.
«¡Qué maldita llave será!», pensó mientras probaba una y otra. Cuando consiguió abrir encendió la luz cerrando la puerta tras de sí, esperando no tener más interrupciones. Se dispuso de inmediato a rebuscar entre los archivadores del año setenta y uno. No recordaba exactamente en qué mes nació, pero sabía que fue antes de verano porque recuerda que después se tomó unas «obligadas vacaciones» que, a decir verdad, le sentaron fenomenal. Aún recuerda esa sensación de paz y bienestar en la playa de Mallorca y esos paseos al atardecer. Las tardes noches de lectura sentada a la orilla del mar, con el sonido armonioso de las olas rompiendo con suavidad en la orilla. El recuerdo del sonido del mar la hacía sumergirse en un mundo propio, donde no había reglas ni tiempos; allí no necesitaba protegerse del mundo. Podía respirar el aire fresco que la rejuvenecía por dentro, su cuerpo entero absorbía una pureza que la hacía estremecer.
Más o menos recordaba que rondaría los meses entre febrero y mayo, así que, a tiro hecho, buscó entre esos archivos. Primero buscó el acta de nacimiento que ella misma certificó y firmó, debía de haber un centenar o más de informes que mirar; así que intentó tomarlo con calma y mirar uno a uno.
Ricardo estaba pasando consultas esa mañana. Después, pasaría por planta a ver dos postoperatorios antes de operar el oído de un niño. Esperó poder salir temprano, para pasar por comisaría a ver a un viejo amigo; no quiso avisarlo. Tenía una extraña sensación, quería ayudar a Clarice porque sabía que era muy importante para ella, y de cierta manera también para él. Pero la idea de lo que pudiera suceder lo inquietaba, sabía que adentrarse en esto supondría muchos conflictos y algunas lágrimas. Él sabía que Clarice lo convencería para adoptarla si aún nadie lo había hecho, y sabía que no habría forma humana de hacerla cambiar de opinión, él tampoco podría negarse. Intentaba asimilarlo y estar preparado para afrontar lo que surgiera. La noche anterior no pudo pensar en profundidad en ello, cayó como un tronco sobre la almohada, el cansancio hizo del él una persona incapaz de mantener los ojos abiertos por más de unos segundos, no notó a Clarice despierta y deambulando en ningún momento, simplemente cerró los ojos y acto seguido sonó la alarma que le avisaba que ya era de día.
Mientras pensaba en ello sonó el teléfono en la consulta de Ricardo.
—¿Cómo vas, has encontrado algo? —preguntó él tras contestar la llamada. Era Clarice.
—No, ¡aún no! ¿Ya terminaste con las consultas? —respondió ella.
—Sí, tengo media hora libre antes de ir a Pediatría, ¿te veo en la cafetería?
—Vale, cierro aquí y ya salgo, te veo en unos minutos.
Clarice dejó todo como estaba, se levantó de la silla y miró la mesa llena de papeleo, se llevó las manos a la cintura y suspiró. Apagó la luz y cerró la puerta con llave.
Cuando llegó a la cafetería de la planta baja, Ricardo la esperaba en la mesa del fondo, lejos del bullicio y la gente. Pidió dos cafés; uno solo para él y un capuchino con canela para ella. Cogió un sándwich vegetal para compartir y una botella de agua. Ella se sentó frente a él sin decir nada más que un hola y darle un beso. Dio un sorbo del espumoso café y notó que Ricardo apoyó su mano sobre su antebrazo acariciándola con suavidad; le sonrió y le ofreció la mitad del sándwich.
—Come un poco, esta mañana solo has tomado un té.
—Bueno, es que no me entraba nada esta mañana —se excusaba ella.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco. —Bebió otro sorbo de café y bajó la mirada.
—Es normal, cariño, pero debes calmarte, no quiero que te obsesiones —la regañó cariñosamente.
—Sí, tranquilo. —Sonrió y le apartó un mechón del flequillo.
Él tomó su mano y se la besó con suavidad. Terminaron el café mientras hablaban de los planes de futuro. No habían tenido mucha oportunidad de meditar sobre lo que harían cuando tuvieran hijos. Eso lo tenían claro, querían tener una gran familia, una casa llena de hijos y envejecer viendo cómo su casa se llenaba de vida y alegría. El apartamento donde vivían no era muy grande, apenas había un solo dormitorio porque el pequeño era tan minúsculo que no servía sino para usarlo como vestidor. Ni siquiera tenían un hueco donde poner una mesa de escritorio y usarlo como despacho.
El descanso no dio para más, quedó inconclusa cualquier decisión respecto a su futuro. Terminaron el café y después regresaron a sus quehaceres. Él subió a planta a ver a sus niños, y se preparó para la operación. Clarice volvió a sus archivos y encontró varias actas de nacimiento de «Pacientes Desconocidas» que habían parido entre los meses de marzo y junio, solo dos de esos informes estaban firmados por ella: uno en marzo y otro en abril. Intentó hacer memoria de ambos partos, apoyada en el respaldo de la silla con un informe en cada mano. Los repasaba palabra por palabra, observando con minuciosa atención todo lo que en ellos había escrito y los comparó el uno con el otro. Casualmente los dos informes eran de niñas, se fijó en cada detalle; el peso y la talla, el día del alumbramiento, el médico y las enfermeras que atendieron esos días; todo lo que pudiera ayudarla a esclarecer su memoria. Pasó más de una hora observando dos trozos de papel que contenían la información que tanto necesitaba.
Esa mañana no logró recordar nada que pudiera aclararle cual de esas partidas de nacimiento era la correcta. Así que decidió fotocopiar ambos documentos y llevárselos a casa, quizás con un poco más de tiempo pudiera sacar algo en claro. De cualquier manera, los datos eran poco relevantes para darle cualquier pista sobre su paradero.
Después de fotocopiar los documentos siguió su búsqueda por los archivos de Pediatría, revisó los informes de ingresos en Pediatría, los de alta y cualquier papel que diera algún dato de la asistente que se hizo cargo del bebé.
Cuando menos lo esperó se había hecho la hora de regresar a casa, sabía que Ricardo ya había terminado de operar porque le mandó un mensaje con Ana para avisarla.
Colocó todo donde estaba, arrimó la silla a la mesa, apagó las luces y se marchó de la sala echando un último vistazo entre suspiros. Regresó al área de administración donde se encontraba Ángel y le devolvió las llaves, advirtiéndolo de que mañana volvería a los archivos y no dejaría de buscar hasta que encontrase lo que necesitaba. Así fuera a regañadientes de este.
—¡Me vas a meter en un problema, Clarice! —protestó Ángel guardando las llaves en su bolsillo. Ella lo miró fijamente sin mediar palabra y después se marchó a buscar a Ricardo. Él la esperaba en el aparcamiento con el coche en marcha y la ventanilla bajada. El calor de mediodía se colaba por las rendijas del automóvil inundándolo de un aire asfixiante y los rayos del sol calentaban el interior a través de los traslúcidos cristales. Ricardo la miró con aire impaciente cuando ella se sentó en el asiento del copiloto, esperaba tener buenas noticias. Ella enseguida interpretó aquella mirada y negó con la cabeza a modo de respuesta.
—No te preocupes. Seguiremos buscando —masculló él.
Sobre media tarde se presentaron en comisaría a visitar a Eduardo. Él, al verlos, temió que algo malo hubiera sucedido, pues Ricardo no solía presentarse allí para cualquier banalidad. Si estaba allí, debía ser sin duda por algo de mayor importancia. Eduardo se acercó a ellos enseguida.
—Hola, Ricardo. ¿Tú que haces por aquí?, ¿ha pasado algo?
—No, Edu. Tranquilo, solo queríamos hablar contigo de un asunto.
—Pasemos a la oficina. —Los guio hasta el final de un pasillo, entre el despacho del comisario y la sala de descanso—. Bien, sentaos y contadme —dijo mientras se sentaba en su silla frente al escritorio.
—Necesito tu ayuda para buscar a una niña —se apresuró a decir Clarice.
—¿Ha desaparecido? ¿Qué edad tiene? —Sacó un cuaderno de notas dispuesto a tomar apuntes.
—No ha desaparecido. Bueno, sí. No es exactamente eso —sus palabras se enredaban en sus labios temblorosos y su mirada se tornaba inquieta, explicar aquello le resultaba difícil.
—Vamos a ver, explicádmelo desde el principio. Porque hasta dónde yo sé vosotros no tenéis hijos. ¿De quién es la niña? —Se cruzó de brazos y echó para atrás su silla acomodando su espalda. Advirtió que iba a ser algo largo de explicar.
—Verás, Edu… —continuó Ricardo—. Clarice atendió un parto complicado hará unos 4 años, cree recordar que entre febrero y mayo. La niña pasó a un tutelar de menores, Clarice la cuidó durante meses y desde que se la llevaron no supimos más de ella.
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