Читать книгу: «El señor de la luz»

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Índice de contenido

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Portada

I. La aventura tierna y novelesca

II. Un ciclón en un corazón

III. En familia

IV. El fantasma de Silaz

V. La maravillosa realidad

VI. Un siglo

VII. La “piedra que recuerda”

VIII. Cinco minutos antes de la desdicha

IX. “El juramento de amor”

X. Respuesta telegráfica

XI. El viejo crimen

XII. Sorpresas en el presente y en el pasado

XIII. El hombre del bastón

XIV. El gran día del prodigioso espectáculo

XV. Auxiliares especiales

XVI. Se acerca un desenlace funesto

XVII. Elegía

XVIII. El desfile del 14 de julio de 1930

XIX. Cartoux

XX. Toda la luz

Maurice Renard

Copyright

I

LA AVENTURA TIERNA Y NOVELESCA

ESTA HISTORIA EXTRAORDINARIA comienza del modo más corriente.

A fines del mes de septiembre de 1929 el joven historiador Charles Christiani resolvió pasar unos días en La Rochelle. Especializado en el estudio de la Restauración y el reinado de Louis-Philippe, había publicado ya en esa época un libro muy celebrado sobre Los Cuatro Sargentos de La Rochelle; preparaba otro sobre el mismo tema y consideraba necesario volver al lugar para consultar ciertos documentos.

No nos pareció de especial interés investigar por qué la familia Christiani había vuelto ya a París, a su domicilio de la rue de Tournon, en una época del año en que los felices del mundo permanecen todavía en los baños de mar o en el campo o viajando. El clima de otoño se adelantaba, y tal fue, creemos, la única razón de ese regreso un tanto prematuro. Pues la señora Christiani, su hija y su hijo no carecían de medios para llevar la existencia más regalada, y disponían de propiedades rurales en las que se disfruta un descanso con alternativas sociales más o menos intensas, a gusto. En efecto, dos bellas residencias familiares se ofrecían a su elección: el viejo castillo de Silaz, en la Saboya, que descartaban por completo, y una agradable casa de campo situada cerca de Meaux; era en esta última donde habían pasado todo el verano.

En el momento en que estamos, el noble y espacioso departamento de la rue de Tournon albergaba a los tres miembros de la familia, estrechamente unidos: la señora Louise Christiani, nacida Bernardi, de cincuenta años, viuda de Adrien Christiani, muerto por Francia en 1915; su hijo Charles, de veintiséis años; y Colomba, su hija, de menos de veinte años, encantadora jovencita a la que debemos la suma de un cuarto personaje: Bertrand Valois, el benjamín de nuestros autores dramáticos, y el más feliz novio sobre el globo terrestre.

Es preciso notar que la señora Christiani trató —sin insistir, por lo demás— de que su hijo postergara su partida hacia La Rochelle. Había recibido, esa misma mañana, una carta que le parecía ordenar una estada de Charles en la Saboya, en ese castillo de Silaz al que ninguno de ellos iba nunca salvo para gestionar cuestiones de arrendamientos y reparaciones. La carta provenía de un antiguo y devoto administrador, el buen Claude (pronúnciese “Glaude” si se quiere respetar el uso local). Hablaba de diversos asuntos relativos a la gestión de la propiedad, diciendo que la presencia del señor Charles sería muy conveniente al respecto y que, además, deseaba tenerlo presente por otro motivo que no quería exponer, porque “la señora se burlaría de él, y sin embargo estaban pasando en Silaz cosas que lo perturbaban, a él y a la vieja Péronne; cosas extraordinarias de las que era absolutamente necesario ocuparse”.

—Suena preocupado —dijo la señora Christiani—. Quizás sería mejor que fueras antes a Silaz, Charles.

—No, mamá. Conoces a Claude y a Péronne. Son esa clase de viejos solterones, venerables pero primitivos y supersticiosos. Apuesto a que se trata una vez más de una historia de fantasmas, de servant, como dicen ellos. Créeme, eso puede esperar, te lo aseguro. Y como ya previne de mi llegada al bibliotecario de La Rochelle, no tengo intención de darle contraorden en honor de estos excelentes pero ignorantes ancianos. En cuanto a los asuntos, a los verdaderos asuntos, no hay prisa, eso es evidente.

—Como te parezca, hijo. Te dejo en libertad. ¿Cuánto tiempo estarás en La Rochelle?

—En La Rochelle misma, dos días. Pero tengo la intención de volver haciendo un pequeño rodeo por la isla de Oléron, que no conozco. Acabo de saber, por boca del portero, que Luc de Certeuil se encuentra allí. Disputa un torneo de tenis en Saint-Trojan; es una buena ocasión para mí…

—Luc de Certeuil… —pronunció la señora Christiani sin el menor entusiasmo, y hasta con una marcada reprobación.

—Oh, puedes estar tranquila, mamá. No siento una amistad excesiva por él. Pero en fin, no exageremos. Es como tantos otros, ni mejor ni peor; me gustará encontrar a un conocido en esa isla desconocida para mí; y sé que él estará muy contento de mi visita.

—¡Ya lo creo! —murmuró la señora Christiani con una chispa de irritación en sus ojos negros.

Y con un gesto que revelaba su descontento se alisó el cabello, de tan negro casi azul, que encuadraba su rostro oliváceo de mediterránea. Luc de Certeuil le era antipático. Ocupaba en el mismo edificio un departamento de tres piezas, sobre el patio; Charles, poco mundano, jamás lo habría conocido sin mediar esta vecindad, que el otro había aprovechado para entrar en relación. Era un hombre apuesto, sin escrúpulos, amante de los deportes y los bailes. Gustaba a las mujeres, a pesar de su mirada esquiva. La señora Christiani lo había mantenido a distancia hasta ver comprometida para casarse a su hija Colomba; era una dama desconfiada y resuelta.

—En fin —dijo—, ¿podrás estar en Silaz dentro de una semana?

—Con seguridad…

—Bien. Le escribiré a Claude.

Esta conversación tenía lugar un lunes.

El jueves siguiente, a las dos de la tarde, Charles Christiani, acompañado del bibliotecario que le había facilitado sus investigaciones, llegaba al puerto de La Rochelle y buscaba con la vista el vapor Boyardville, que partía con destino a la isla de Oléron.

Su acompañante, el señor Palanque, conservador de la biblioteca municipal, le indicó la embarcación: un steamer de dimensiones más imponentes de lo que Charles habría supuesto. Amarrado junto al muelle, lo animaba esa efervescencia humana que precede siempre a las partidas, por breve que sea el viaje. Las grúas de carga, con ruido de cadenas, bajaban mercaderías a las calas a través de paneles abiertos. Por la pasarela subían los viajeros.

Desde hacía muchos años el Boyardville realizaba cotidianamente el viaje de ida y vuelta de La Rochelle a Boyardville (esta última ciudad en la isla de Oléron), con escala en la isla de Aix cuando el estado del mar lo permitía, es decir casi siempre. El horario de partida variaba según las mareas. La duración del viaje era de alrededor de dos horas; a veces algo más.

El señor Palanque acompañó a cubierta al joven historiador, que depositó su maleta contra el tabique del salón de primera clase y se aseguró uno de esos sillones plegables llamados “transatlánticos”.

El tiempo, sin ser espléndido, no dejaba nada que desear. Si bien el cielo no estaba del todo despejado, el sol brillaba con fuerza suficiente para proyectar sombras y bañar en una luz cálida el incomparable cuadro del puerto de La Rochelle con sus viejas murallas y sus torres históricas.

—En Boyardville —le decía el señor Palanque— encontrará fácilmente un auto que lo lleve, en menos de media hora, a Saint-Trojan. Además, por ser verano, es probable que haya un ómnibus que haga el servicio.

—Debería haberle avisado de mi llegada al amigo al que voy a ver, que no se mueve si no es en auto (¡y a una velocidad de vértigo, por lo demás!), pero se habría sentido obligado a ir a buscarme a Boyardville, y no quiero molestar a nadie.

El señor Palanque, que miraba a Charles Christiani con aire plácido, sorprendió en el rostro del joven un brusco cambio: hubo un movimiento muy breve, inmediatamente reprimido, y, en la mirada, el relámpago que produce la atención al despertarse de súbito. Sin pensarlo, el señor Palanque siguió la dirección de la mirada del joven, que debía de haber sido atraída por alguna particularidad imprevista y, sin duda, interesante. Y descubrió el objeto de su intensa curiosidad.

Dos mujeres jóvenes, discretas en su perfecta elegancia, ponían un pie en cubierta saliendo de la pasarela.

¿Dos mujeres jóvenes? Un instante de atención modificaba ese primer juicio. La rubia, sí, era una mujer joven. Pero la morena no podía ser sino una adolescente; llevaba las señales exquisitas en el resplandor juvenil de su belleza.

—Vaya, qué adorables compañeras de viaje —dijo el buen señor Palanque con aire de felicitar al feliz pasajero.

—¡Por cierto! —murmuró Charles—. ¿Son rochelesas? ¿Las conoce?

—No tengo el honor, y lo lamento. Es la primera vez que tengo la fortuna de verlas.

—Es encantadora, ¿no le parece?

—¿Cuál? —preguntó el señor Palanque con una sonrisa.

—¡Oh! —dijo Charles en tono de reproche—, la morena, por supuesto.

Un portador, cargado con maletas livianas, seguía a las dos viajeras. Por indicación de ellas depositó el equipaje no lejos de la maleta de Charles Christiani.

La sirena del Boyardville sopló tres veces, en un chorro de vapor blanco. En instantes se soltarían las amarras.

—Lo dejo —exclamó con precipitación el señor Palanque—. Buena estada en Oléron y buen regreso a París.

Minutos después el Boyardville, saliendo del puerto de La Rochelle, dejaba tras de sí el célebre escenario de torreones y farolillos y ponía proa al sur.

Las dos mujeres se habían instalado en sus sillones de cubierta. Charles, para estar muy cerca de ellas, no tuvo más que sentarse en el que había reservado. No había un pasaje muy numeroso. En una especie de hueco que formaba la pared de la cabina, los tres pasajeros de primera se encontraban relativamente aislados.

Charles escuchaba la charla de sus vecinas. Hablaban libremente, por lo que no era necesario aguzar el oído para oírlas. La joven rubia, de un rubio muy pálido, era la que más hablaba. Su voz débil y lánguida era infatigable. A Charles lo ponían nervioso esas inflexiones blandas. En cuanto a la jovencita morena, se limitaba a responder con sobriedad, y solo cuando se lo hacía necesario una pregunta de tipo “¿no te parece?” o “¿Tú qué dices, Rita?”, que la obligaban a responder bajo pena de descortesía. Entonces lo hacía con calma, con una voz grave y profunda, musical.

De modo que se llamaba Rita. Y su amiga: Geneviève. Por el momento no había forma de saber sus apellidos; pero por como hablaban de La Rochelle, a Charles le fue fácil comprender que acababan de pasar allí cuarenta y ocho horas, con el solo propósito de conocer la ciudad. Después, algunas frases le revelaron que tras esta excursión instructiva volvían a Oléron donde veraneaban desde hacía algún tiempo ya. Se habló de partidos de tenis. La palabra “Saint-Trojan” se mencionó más de una vez: era ahí adonde volvían, ahí donde se alojaban. Se habló, del lado rubio, de “mi tío, mis primos, mi hermano”; del lado moreno, de “mi madre, mis padres”. Se oyeron nombres, conocidos, y entre otros este: Luc de Certeuil.

Especialmente satisfecho, como siempre que un hombre constata en su favor la connivencia del azar, Charles Christiani pensó en presentarse de inmediato. Le pareció decente, sin embargo, esperar un poco, a que se diera una ocasión cualquiera, que no faltaría, para darle un pretexto. Y en todo caso se las arreglaría para crear ese pretexto.

Pero el azar siguió favoreciéndolo, tanto que el joven concibió la maravillada certeza de una mano providencial que dirigía los hechos en bien de sus deseos y de su felicidad.

La conversación de la señorita Geneviève X y de la señorita Rita Z languidecía. Agotado el primer impulso, las frases se espaciaban, tanto más cuanto que Rita no había hecho nada por fomentar la charla. El gran barco mecía su masa sobre un mar tranquilo. Una linda brisa vivificante corría en el aire. La joven tomó un bolso, sacó un libro y lo abrió diciendo:

—Debo terminarlo.

Pues bien: ese libro no era otro que la última obra de Charles Christiani, Los Cuatro Sargentos de La Rochelle, ese relato corto y denso que había compuesto por pedido de un editor y que constituía, evidentemente, una excelente lectura breve para uso de turistas.

Vio, encantado, que la bella desconocida se absorbía en la lectura de su obra y devoraba las páginas que le faltaban para terminarlo. Para él era una alegría profunda y de una calidad infrecuente. Rita, esta misteriosa Rita, ignoraba que él estuviera ahí, muy cerca, y le daba el premio de una admiración indudablemente sincera, ella que lo había subyugado a primera vista y a quién él ya colocaba la primera entre todas las mujeres de la Tierra.

Pero Rita cerró el volumen y, llevándolo maquinalmente a la mejilla, quedó pensativa.

—¿Lo terminaste? —preguntó Geneviève—. ¿Siguió atrapándote?

La voz grave precisó:

—Está realmente muy, muy bien.

Charles comprendió que, si quería intervenir, había llegado el momento. Ya el elogio que Rita le había concedido le hacía la situación un tanto incómoda para él, para ella y para Geneviève, que había revelado el “atrapamiento” de la lectora. Dejar que las jóvenes siguieran adelante por el camino del elogio habría sido comprometer el resto de la aventura. Su delicadeza, por lo demás, protestaba. Se levantó y, sacándose el sombrero, dijo con una cortesía mezclada de torpeza:

—Perdóneme, señora, y usted también, señorita, pero acabo de sorprender, involuntariamente, coincidencias que me encantan: en primer lugar, que ustedes van donde voy yo, a Saint-Trojan; que tenemos un amigo común, Luc de Certeuil. Y para colmo, señorita, el libro del que acaba de terminar la lectura es de un autor al que me siento muy cercano.

”Así que permítanme presentarme: Charles Christiani.

Como había previsto y temido, su intrusión causó una grave confusión. Habían comenzado mirándolo con ojos sorprendidos; luego, a medida que se explicaba, sus mejillas se habían coloreado violentamente; y ahora podía verlas frente a él, rojas como dos rosas rojas y sus jóvenes pechos palpitando fuerte.

—Señor —dijo Rita—, estoy encantada…

Charles volvió a hablar de inmediato. Se hacía cargo del silencio incómodo en que, sin su palabra, habrían quedado las dos mujeres. Además, se le había ocurrido una idea, una idea que le conseguiría el nombre de su adorable adoradora…

—Sería para mí un verdadero placer dedicarle este pequeño volumen, ya que no le ha disgustado. ¿Me autoriza a hacerlo?

Rita, con una sonrisa, inclinó la cabeza:

—Me sentiría muy honrada, señor, pero este libro no me pertenece. Es de mi amiga aquí presente: la señora Le Tourneur, que se sentirá seguramente muy feliz de tener su dedicatoria.

El autor de Los Cuatro Sargentos se inclinó, obligando a su sonrisa a permanecer en su boca, si bien ya no sentía tanto deseo de sonreír. Pues la señora Le Tourneur, en lugar de obsequiarle de inmediato el volumen a Rita, guardaba un silencio exasperante.

—Entonces tendré el gusto de enviarle un ejemplar —dijo volviéndose a la joven.

Pero cuando ya estaba a punto de pedirle, con ese fin, su nombre y su dirección, se detuvo, pues el tono brusco del procedimiento le impedía emplearlo, en detrimento de todas las reglas del saber vivir, que se observaba aún, gracias a Dios, en su familia y en su medio.

Escribió, en la página del título, unas líneas de galantería clásica, encima del nombre de Geneviève Le Tourneur. Tras lo cual esta, encantada, leyó la dedicatoria, se la dio a leer a Rita, y al fin devolvió el libro a la bolsa de la que había salido y cuyo cuero rojizo tenía marcadas las iniciales G.L.T. Los otros bolsos y maletas no tenían marca alguna.

“No tengo perdón verdaderamente, por mostrarme tan poco en los salones —pensaba Charles—. Es absolutamente idiota. Si lo hiciera, haría tiempo que la conocería. ¡Pero qué importa! Es exquisita; me admira un poco; indudablemente es de excelente familia… ¡Y el clima es bueno! ¡Dios, qué hermoso día!”.

Era, como puede verse, el “amor a primera vista” en toda su magnificencia. Pero esta vez, al revés de los casos más comunes, todo parecía probar que el sentimiento había nacido en los dos seres al mismo tiempo, y sus fuegos se habían cruzado abrasándolos simultáneamente, en una conmoción violenta, inesperada y deliciosa. Algo que no pasa todos los días.

La pobre de Geneviève Le Tourneur, que había asumido la responsabilidad de acompañar a Rita, percibió de inmediato lo que sucedía. Y lo dejó ver con su agitación, con el movimiento de sus dedos que parecían tocar un piano imaginario, y con la expresión desconcertada de su rostro.

Pero Rita no notaba nada, o se reía de todo. Geneviève parecía haber dejado de existir para ella, que se abandonaba a los goces de un diálogo admirablemente banal, pero en el que se complacían, ella y Charles, en oírse. Charles no podía dudar de los sentimientos de Rita; a decir verdad, en el estado en que se encontraba su corazón, no habría dudado aun si esos sentimientos no hubieran sido los que él deseaba que fueran.

Geneviève, por ser mujer y espectadora desapasionada, no se equivocaba. Así era como daba, aunque vanamente, sus testimonios de inquietud y de reprobación. Cansada, terminó por levantarse y lanzándole a Rita una mirada cargada de advertencias, se alejó con paso lento.

Pero volvió casi de inmediato, para decir:

—Llegamos a la isla de Aix.

Parecía feliz de romper la intimidad de la dulce charla, a la que los griegos le habrían dado el nombre cantarín de “oaristys”.

Charles y Rita parecieron despertarse.

—¿Ya? —exclamaron al unísono.

El barco giraba. Apareció ante ellos la isla de Aix. Entonces circuló un marinero entre los grupos de pasajeros, anunciando que por excepción la escala sería de media hora y no de unos pocos minutos, a causa de un desembarco de mercaderías más importante de lo común. Los turistas que desearan bajar a tierra estaban autorizados a hacerlo.

—Conozco la isla de Aix —dijo Rita—. La visité el año pasado con mis padres. Pero volvería a verla con gusto.

—Yo no la conozco —dijo Geneviève—, ¿pero te parece que en media hora tengamos tiempo…?

—Es muy pequeña. Podemos muy bien apreciar el aspecto general. El señor Christiani tampoco vino nunca… ¿Quiere bajar con nosotras, señor?

—¡A sus órdenes! —aceptó alegremente el interpelado.

Admiraba la decisión de Rita, el ardor contenido que emanaba de su esbelta persona, el fuego oscuro de sus pupilas y, cuando lo miraba bien de frente, todo lo que revelaban sus ojos de franqueza, de voluntad y a veces, la sombra enigmática de un pensamiento profundo, consciente de los actos, de su importancia y de sus consecuencias. Esta niña era “alguien”. Una fuerza. Una inteligencia, una energía. Una verdadera mujer, sobre todo, hacia la cual él se sentía atraído por mil influencias, hasta en el espíritu aventurero, hasta en el misterio femenino que adivinaba en ella. Y todavía había algo más que actuaba para atraerlo hacia tanta gracia y belleza: la sorda convicción —¡quizás ilusoria!— de que los dos provenían, no se sabe cómo, del mismo país del sentimiento; que un mismo clima regulaba sus temperamentos y que, al hablar el mismo idioma, sus corazones tenían una patria común en la Europa del amor.

—¡Vamos! —dijo Rita.

El Boyardville se sacudía, hacia adelante, hacia atrás, silbatos, chirridos de cadenas. Echaban amarras. Se había reunido un nutrido grupo de pasajeros en el centro de la cubierta, dispuestos a desembarcar.

Podían contemplar los muros de las fortificaciones y más arriba, frente a la caseta del semáforo, dos torres gemelas, de un blanco crudo: una coronada por una cúpula, la otra con una pantalla de vidrio rojo.

La pasarela unió el vapor con el borde del malecón.

—¡Vamos, rápido! —dijo Rita—. Atravesaremos la aldea y echaremos un vistazo a los campos…

Apuraron el paso y no tardaron en dejar atrás al grueso de los turistas.

Puentes levadizos desiertos. Garitas sin soldados. Una plaza de armas sombreada por follajes verdes, en su cuadro de césped y canteros geométricos. Al extremo: una aldea pálida y silenciosa, donde se respira un aire que no es el de hoy.

Geneviève dijo, dirigiéndose a Charles:

—¿Fue de aquí, no es cierto, de donde partió Napoleón para Santa Elena?

El joven historiador precisó en pocas palabras ese capítulo trágico de la epopeya imperial. Lo hizo brevemente, preocupado por no hacer ninguna exhibición de su saber. El tema, sin embargo, le interesaba a título personal. No es que tuviera el menor deseo de escribir sobre Napoleón. Pero la historia del Emperador estaba ligada a la de su antepasado, el capitán corsario César Christiani, nacido en Ajaccio igual que Napoleón y el mismo día que este, de suerte que “el otro” lo había protegido siempre, en memoria de esa coincidencia que le parecía dictada por los astros.

No habría tiempo de visitar el museo napoleónico instalado en la casa llamada “del Emperador”. Se contentaron con caminar menos rápido al pasar ante la puerta vieja, con sus peldaños gastados y sus modestas columnas, por entre las cuales podría decirse que el hombre de Waterloo salió de Francia para no volver nunca, al menos con vida.

Más puentes levadizos, o mejor dicho puentes que antaño habían sido levadizos… Fosos de agua estancada. Y, frente a los tres visitantes, una pequeña pradera soleada, flanqueada a la derecha por una curva graciosa, al fondo por el bosque, a la izquierda por fortificaciones militares cubiertas de musgo.

Toda la isla, poco más o menos, estaba ahí.

—No vale la pena ir más lejos —declaró Rita—. Nos falta tiempo. Es lamentable, porque al otro lado del bosque se tiene la vista más bonita del paso de Antioche, la isla de Ré, La Rochelle y todo lo demás. Pero no podemos.

—Hay que volver al puerto —decidió Geneviève—. No nos quedan sino trece minutos.

—Sé de un atajo. Por allí, a la izquierda, bordeando la isla, estaremos de regreso en un momento. Y al pasar veremos la playa, que es preciosa. El año pasado nos quedamos tres días aquí, mis padres y yo. ¡Si por mí fuera, me habría quedado semanas! Pero papá se aburría…

—Y seguramente no lo ocultaba —rio la señora Le Tourneur—. ¡Qué oso!

Rita frunció el entrecejo de modo casi imperceptible, y su mirada se oscureció. Caminaba al lado de Charles, codo a codo, en el estrecho sendero amarillento. Pocas mujeres recorrían los caminos de la vida con una marcha tan armoniosa.

Charles, ya sensible a todo lo que sentía la joven, la envolvía en una mirada tan amante como atenta, pero sin osar interrogarla sobre ese padre que era “un oso”.

Ella levantó la cabeza y le sonrió alegremente.

—¡Mire! —dijo—. ¡Allí la tiene: la isla de Oléron!

Habían pasado bajo una bóveda que en ese punto abría el cerco vivo, y se encontraban frente al mar.

En el horizonte, una línea sólida, terminada por el trazo vertical de un faro, separaba del gran cielo luminoso la extensión verde de las olas.

—¿Está segura de que es un atajo? —preguntó Charles consultando su reloj.

—¡Apurémonos! —dijo la señora Le Tourneur.

Rita no había respondido nada. Marchaba adelante por el sendero sinuoso que serpenteaba, no lejos de la costa, entre bloques de piedra, a través de hierbas altas y duras. El camino parecía zigzaguear a placer.

De pronto, detrás de la masa de las colinas más allá de las cuales se percibían las puntas del semáforo y del doble faro, el mugido del Boyardville se hizo oír tres veces. Señal de partida inminente.

—¡Ahí tienes! —se quejó Geneviève—. ¡Yo estaba segura! Ahora estamos preparadas.

Charles suponía que el navío volvería a llamar antes de hacerse a la mar. “¿No era acaso esa la costumbre?”.

Rita proseguía su camino en silencio. Sus compañeros, caminando en fila india, no podían ver su rostro.

Cuando llegaban a la playa, donde varios bañistas se zambullían, el gran vapor apareció, mostrándoles la popa, pues se alejaba y parecía salir del bloque de árboles y rocas que lo habían ocultado hasta entonces.

—Y bien —dijo Charles sin alterarse—. Es el Boyardville.

—¡Oh, Rita! ¡Qué has hecho! —gimió la señora Le Tourneur.

—Estoy desolada, mi pequeña Geneviève…

—Ah —exclamó la mujer, preocupada—. ¿Qué haremos ahora? Tú te ríes, pero es serio…

—Pero si no me río, Geneviève. Solo que ¿qué puedo hacer? Perdimos el barco, es algo que le pasa a todo el mundo.

—Nos esperan en Saint-Trojan. Nos esperan incluso, seguramente, en Boyardville… —reprochó la quejosa damita.

Bajó los párpados ante la mirada de Rita, que seguía sonriendo, pero cuyos ojos acababan de tomar una cierta fijeza. Su dulzura, sin desmentirse, denunciaba una calma tan profunda, tan absoluta, que se volvía dominante.

—¡Y el equipaje! —recriminó Geneviève en tono fatalista.

Charles no decía nada. Lo llenaba una inmensa alegría. Tenía la certeza de que Rita acababa de ejecutar un plan preconcebido. No era de las que se equivocan de ese modo, y sabía con toda claridad lo que quería. ¿Qué había querido en esta ocasión? Pasar veinticuatro horas con él, en el retiro de esta isla de silencio y paz. Pues sabían bien, los tres, que el Boyardville volvería a pasar sólo al día siguiente por la tarde, yendo hacia Oléron. ¿Por qué motivo se había resuelto a ejecutar este subterfugio algo novelesco?

¿Novelesca, ella? Charles vacilaba en creerlo. No, no, si lo había hecho era porque había comprendido que una ocasión tan buena no se volvería a presentar en mucho tiempo y que, una vez de regreso en Saint-Trojan, no se pertenecería a sí misma tanto como hoy, recuperada por las obligaciones de la sociedad, una sociedad curiosa, malévola, chismosa, bajo la autoridad de un padre severo… ¿Querría estudiar a gusto a Charles, mejor de lo que podría haberlo hecho en cualquier otra circunstancia? ¿Había cedido simplemente al deseo de prolongar un encuentro romántico que la presencia de Geneviève autorizaba sin molestar demasiado? ¡Qué importaba! En esa acción, seguramente premeditada, había tanta independencia, puesta de modo tan firme al servicio de una tal inclinación, que Charles, deslumbrado, perdía la cabeza.

Esperó, para hablar, a que se le aflojara la garganta. Ya se habían puesto en marcha y la aldea estuvo de pronto muy cerca de ellos, al otro lado de un promontorio.

—Telegrafiaré a Boyardville y a Saint-Trojan —dijo Rita—. El hotelero de Boyardville guardará nuestro equipaje hasta mañana.

—¿No podría mandar a alguien a buscarnos en un bote a motor? —sugirió Geneviève.

Sin considerar siquiera la propuesta, Rita la tomó del brazo.

—Ven conmigo al correo. Mientras tanto el señor Christiani será tan amable de ocuparse de nuestros cuartos. Hay dos hoteles, uno junto al otro, señor, en la esquina de la Grand Rue y de la plaza de armas. ¿Nos hará el favor?

Charles creyó comprender que ella consideraba oportuno hablar a solas con su amiga. Sin duda quería terminar de convencerla, lo que en presencia de Charles no podía hacerse sino con gestos y miradas notoriamente insuficientes.

Y efectivamente, cuando volvieron a reunirse encontró a la señora Le Tourneur mucho más sonriente, y dispuesta, según parecía, a representar hasta el fin su papel de joven chaperona indulgente. Lo que sucedió después demostró, además, que era muy apta en su función.

Los dos hotelillos de la isla de Aix son mínimos. De los pocos cuartos de que se componen, uno solo estaba libre; pondrían en él una cama suplementaria y las jóvenes pasarían de ese modo una noche soportable. En cuanto a Charles, debería contentarse, en el establecimiento vecino, con un sofá al que se le pondrían sábanas. La estación balnearia no estaba cerrada aún y los habitués de la isla aprovechaban hasta el fin el reposo que encontraban en ella.

La señora Le Tourneur pareció satisfecha con un arreglo que separaba bajo techos distintos el sueño de Rita del de Charles. Tranquilizada en este sentido y conformándose quizás a las instrucciones que acababa de recibir, se declaró un tanto cansada, dispuesta a tenderse en la cama hasta la hora de cenar…

Sus compañeros de infortunio volvieron a partir, al fin solos, y no tardaron en encontrar, no lejos de la aldea, un banco que parecía esperarlos, bajo bellos árboles. Desde allí, entre los terraplenes herbosos de un dispositivo de artillería, se podía ver un trozo de mar en forma de trapecio. La tarde avanzaba. El sol bajaba en un cielo arrebatado, cada vez más rojo… Y más y más, a medida que hablaban, el corazón de Charles se encendía. Y más y más saboreaba el encanto de la maravillosa aventura salpimentada de un misterio que Rita se esforzaba en mantener.

¿Quién era? En el fondo, no tenía importancia, puesto que se gustaban mutuamente, puesto que ella mostraba una educación sin fallas y un espíritu elevado. Así fue como Charles aceptó dócilmente el juego picante del secreto y no hizo nada por violar el incógnito de su compañera.

La atmósfera que se desprendía de semejante acuerdo exhalaba un perfume especial, curioso, divertido: el de las intrigas y los cuentos. Haciendo a un lado otra vez la palabra “novelesco”, que sin embargo volvía a proponérsele con una insistencia significativa, Charles pensó que querían ponerlo a prueba, asegurarse de su conciencia y de sus sentimientos, adquirir la certidumbre de que el amor era desinteresado, por la persona misma, sin ninguna consideración extraña al ser, al alma y al corazón.

¿Sería, por ejemplo, muy pobre? Todo lo desmentía: la ropa que llevaba, las manos encantadoras y puras, la indefinible seguridad que moldea los rasgos a los que ninguna angustia sube nunca para crispar sus líneas serenas.

Entonces, ¿era muy rica? ¿Demasiado rica? ¿Temía que Charles, movido por escrúpulos omnipotentes, retrocediera ante sus millones? ¿Quería, antes, asegurárselo por lazos tan sólidos que nada en el mundo pudiera desatarlos?

En todo lo cual Charles no veía sino más razones para amarla, puesto que todo, fuera cual fuera la causa, le probaba que ella lo amaba.

¡Se amaban! Las pruebas se habían acumulado cuando, al caer la noche, volvían a uno de los hoteles para cenar. ¡Se amaban! Esa cosa prodigiosa, inimaginable, se había producido, brusca como un choque, violenta y aturdidora como una suerte de ataque divinamente mórbido, una especie de voluptuoso transporte al cerebro que, de una manera exquisita, hubiera modificado el régimen de su sangre.

La señora Le Tourneur, sentada junto a la puerta, en la terraza del hotel, los veía volver. Poco faltó para que se sobresaltara ante su aproximación, como si, en la sombra del crepúsculo, ellos trajeran la luz.

Todo el tiempo de la cena, que fue de mariscos y pescado principalmente, experimentó la misma impresión, y se esforzó por disimular la incomodidad de ser la tercera entre dos víctimas tan malheridas por el dios Amor. Pero no pudo ocultar ni esa incomodidad ni la turbación que la invadía a ella misma poco a poco, por estar bañada en esa irradiación trémula de la que los dos jóvenes eran, si así puede decirse, los bienaventurados emisores.

Lo peor, en lo que la concierne, fue que la velada se eternizó. Rita puso una infantil obstinación en prolongarla hasta muy entrada la noche. Charles, que la habría seguido hasta el fin del mundo, sufría con delicia esta fantasía noctámbula. Al fin hubo que ceder a las súplicas de la señora Le Tourneur y, hacia las dos de la mañana, se aceptó la separación.

El día no había terminado de nacer cuando Charles bajaba a la calle.

El silencio pesaba sobre la aldea muerta. No obstante, unos pasos livianos hicieron resonar los peldaños de madera, en las profundidades del otro hotel. Era Rita. Había jurado no perder un minuto de las horas que había conquistado.

Al verla, Charles sintió desvanecerse una duda que la soledad y la lucidez matutina mantenían en él. ¿Qué duda? La siguiente: después de todo, quizás él se había engañado; quizás tomaba sus deseos por realidades; ese barco, quizás Rita no había tenido ningún deseo de perderlo…

La joven no tuvo más que aparecer en el marco de la puerta y todo se volvió simple y favorable.

Se la veía fresca como al salir de un baño en el que no hubiera faltado ninguno de los refinamientos del lujo. Su tez de morena, sin polvos, se sonrosaba en los pómulos como el reflejo de la aurora. Su cabellera oscura y brillante tenía matices azulados. El aire a su alrededor olía a la mañana, en medio de la mañana.

Pero se oyó un ruido de postigos en el piso alto. Con el cabello sobre los ojos hinchados de sueño y los brazos blancos levantados, Geneviève, preocupada, llamaba:

—¡Rita!

—¿Qué pasa? —fue la respuesta que sonó con una tranquila y feliz ironía.

—¡Oh, Dios santo! ¡Estás ahí! Me desperté y no te vi en la cama, y entonces…

Se rieron.

—Vamos, baja, apúrate —le aconsejó Rita—. Tengo una idea. Organizaremos algo. ¡Ya verás!

Púdica, con una mano apartando los rizos rubios y la otra velándose el seno, Geneviève se lamentó, al tiempo que volvía a entrar:

—Sí, ya voy. ¿Se te ocurrió “algo”? ¿Qué será ahora?

No bien bajó tuvo su explicación. Se trataba de ir a almorzar al sitio del que Rita les había hablado la víspera, en el borde del bosque, cara al norte. El día se anunciaba especialmente bueno. El almacén, y la cocina de los albergues, les proveerían de los elementos de una comida conveniente.

Geneviève aceptó, aliviada. Había temido eventualidades más temibles que un picnic.

Los preparativos de la pequeña fiesta les ocuparon toda la mañana. Con lo cual se libraron de una desocupación que siempre debe evitarse. Por liviana que fuera, esta cooperación puso en valor la comunidad de gustos de Charles y Rita, o, al menos, el acuerdo al que llegaban para adoptar las opiniones y predilección del otro.

Consiguieron un asno para transportar las canastas de provisiones. Siguiéndolo bordearon la costa de la bahía con su bella curva. Luego, una breve ascensión los condujo a un bosquecillo, que atravesaron.

Y muy pronto —pues la isla era pequeña— alcanzaron la meta de su expedición. Era, en la salida del bosque y lo alto de una pared rocosa, lo que podría llamarse una terraza verde. El suelo era herboso y blando. Una sombra hospitalaria tamizaba la luz cristalina. El abrigo, aunque forestal, ofrecía un confortable interior y un carácter poético que no se podía definir sino evocando los “boscajes” de las viejas novelas.

Mientras tanto, al pie del farallón, el mar blanqueaba de espumas, y el golfo inmenso subía hasta la mitad del cielo, adornándose con delgadas bandas neblinosas, alcanzadas aquí y allá por los rayos solares, que eran la isla de Ré y la costa de Francia.

Es posible que sea uno de los paisajes más encantadores de la costa del Atlántico.

Rita, que lo recordaba muy bien, tuvo la alegría de saber que Charles también lo recordaría.

El almuerzo no dejó nada que desear, salvo que les pareció corto. La jornada avanzaba. Y Rita, de pronto, se puso melancólica; llegó el momento en que perdió la fuerza de controlar su tristeza creciente.

Charles se acercó a ella, sentada sobre una roca musgosa, los ojos perdidos en el vacío. ¡Ah, cuánto habría dado por devolverle su hermosa alegría! Pero una deferencia, una delicadeza imperiosa le impedían intervenir en esta melancolía, ya con palabras, ya con el gesto que intentaba su mano y le pedía avanzar tiernamente hacia la de Rita.

Él también veía sin alegría el fin de este prólogo lleno de fantasía. Los dos necesitaban algo más, y que fuera serio. La señora Le Tourneur cortaba flores. Charles y Rita, siguiendo la pendiente de sus pensamientos, hablaban gravemente.

Y siempre estaban de acuerdo. Siempre, en todo, sus opiniones coincidían. Instruido en los principios rígidos de una educación sin flaquezas, Charles ponía por encima de todo la religión de la familia, la fidelidad irreductible a las tradiciones ancestrales, el amor filial y el respeto de las instituciones, de las creencias y de las leyes domésticas sobre las cuales se fundamentaban los únicos hogares durables. Y Rita, lejos de espantarse de esa profesión de fe, lo escuchaba aprobando. Y ambos se conmovían profundamente al descubrir en sí mismos semejante armonía de juicios, ya se tratara de cosas pequeñas o de las más grandes.

Así corrió el tiempo, enriquecido por la reunión, empobrecido por una separación que Charles suponía pasajera pero que, aun así, se acercaba, y se materializó de pronto en una forma visible y móvil: la de un humo gris encima de un punto negro que, a lo lejos, del lado de La Rochelle, crecía sobre el mar y parecía bajar hacia ellos.

—¡Ahí está! —suspiró la joven.

—¡Bah! —dijo él en un tono intencionalmente despreocupado.

Y se miraron sin decir nada más y sin moverse, dándose la claridad de sus miradas y la sonrisa casi dolorosa de esos labios que no se habían tocado siquiera.

—¡En marcha! —dijo ella—. ¡Geneviève, el Boyardville!

Charles, pensando que dentro de tres días tendría que alejarse de ella por un tiempo, conoció el dolor de una angustia infantil.

Dos horas más tarde, el Boyardville entraba en el canal del puerto de Oléron. Con el corazón latiendo con fuerza, Charles y Rita vieron desfilar las arenas de la playa, las hileras de pinos, las casas, el muelle.

Vieron estacionados coches diferentes, campesinos y suntuosos. Al borde del canal, un caballero de cierta edad sacudía el sombrero. Cerca de él, las manos en los bolsillos de los pantalones anchos, un joven corpulento, sin sombrero, recorría con la vista a los pasajeros.

—¡Ah! —exclamó la señora Le Tourneur—, ¡Rita, mira, mi tío vino a buscarnos con el señor de Certeuil!

Agitó su echarpe. El pañuelo de Charles se desplegó. Rita levantó la mano izquierda; pero su mano derecha, oculta por la baranda de la cubierta, tomó la mano de su vecino; y se estrecharon así, en secreto, apasionadamente.

II

UN CICLÓN EN UN CORAZÓN

UN VIVO ASOMBRO SE HABÍA PINTADO EN EL ROSTRO de Luc de Certeuil al ver de pronto a Charles Christiani en la cubierta del Boyardville. De inmediato había tomado el cuidado de darle a su sorpresa una expresión de alegría superlativa, que quizás no mostraba en el primer momento. Charles lo vio muy bien, y no le dio ni frío ni calor. Conocía al personaje y lo tomaba por lo que era. De su actitud dedujo que Rita, al telegrafiar desde la isla de Aix, se había abstenido de anunciar la llegada de su inopinado compañero; abstención muy natural, puesto que Charles le había confiado su deseo de no molestar, y por lo tanto de no prevenir, a nadie.

Los tres viajeros, entre el resto del pasaje del barco, pusieron pie en el suelo de Oléron.

—¡Y bien! —exclamó el tío de la señora Le Tourneur riendo—. ¡Qué aventureras!

Geneviève respondió con su voz más aguda y sus entonaciones más sinuosas:

—Tío, le presento al señor Charles Christiani, el historiador, que ha compartido nuestras penas.

Luc de Certeuil todavía no había notado que, en medio de la muchedumbre, Charles y las dos mujeres formaban un grupo.

—¡Cómo! —exclamó con estupefacción—. ¡Se conocían! ¡Vaya, vaya!

Y mostraba un asombro prodigioso, mientras que ambas partes intercambiaban apretones de mano, inclinaciones y amabilidades.

Rita, silenciosa, sonreía sin alegría.

—¿Entraremos los cinco en su coche? —preguntó el tío a Luc de Certeuil—. De haberlo sabido, traía el mío…

—No se preocupe —respondió distraído el sportsman, que todavía no salía de su asombro—. Mi cacharro ha visto peores. Estaremos un poco apretados, atrás, y eso es todo. Usted suba adelante, señor, a mi lado.

Había tomado familiarmente el brazo de Charles y le dijo, mientras todos se dirigían a los coches:

—¡Pero qué buena sorpresa, Christiani! ¡Qué buena idea! ¡No podría haberme dado más placer! Entonces, si comprendo bien, usted también perdió el barco en la isla de Aix… ¡Es para morir de risa…!

A Charles no le gustó mucho la mueca que acompañó la observación de Luc. Rita marchaba a un costado; quiso interrogar el rostro de la joven, pero solo encontró una máscara con la sonrisa impenetrable. Por lo demás, en esta aventura, la opinión de Luc de Certeuil le era, en el fondo, por completo indiferente.

—Espero que haya traído su raqueta. ¿Dónde está su equipaje?

Sin este recordatorio lo habría olvidado. Fue mandado a buscar. Mientras tanto, Charles explicó que no haría más que un paso rápido por Saint-Trojan, cuatro o cinco días como máximo.

—¡Bah! ¡Ya veremos! —afirmó Luc de Certeuil, que había recuperado toda su desenvoltura—. ¡Nunca hay que jurar nada!

De hecho, el viajero ya estaba pensando en prolongar su estada. Después de todo, era libre. Nada lo reclamaba de modo imperativo en París. Estaba esta historia del castillo de Silaz y la promesa que le había hecho a su madre de ir a la Saboya en una semana… Al pensar en su madre, le vino una sonrisa. Cuando supiera por qué su hijo no mantenía su palabra, la señora Christiani sería la madre más feliz del mundo.

Pero había una pregunta que le quemaba los labios. Habría querido encontrarse un momento a solas con Luc para formularla. Pero comprendió que necesitaría todavía un poco de paciencia. Habían llegado junto al auto, y Luc procedía a hacer los arreglos destinados a permitir, en ese elegante vehículo, el ingreso de cinco criaturas humanas y varios sacos y maletas.

En primera instancia, el problema parecía insoluble. El auto, pintado de escarlata, era de los de tipo “sport” que tanto les agradan a nuestros jóvenes. Es decir que se alargaba a ras de tierra y que el espacio para sus ocupantes era el mínimo posible.

—Muy chic, su auto —dijo Charles.

—Cien billetes —dejó caer el otro con negligencia.

“Vamos —pensó Charles—, nunca se podrá hacer de este aristócrata un caballero. Y además, me gustaría saber de dónde sacó esos ‘cien billetes’”.

Mientras tanto se hacía delgado, pues Geneviève y Rita, apartándose, le dejaban entre ellas un espacio tan estrecho como deseable. Luc, al volante, se volvió y se aseguró, con ojo burlón, que estaban listos. Al mismo tiempo la ametralladora del escape libre, tan caro a los deportistas, empezó a petardear. Y la partida se ejecutó como un fogoso potro al que su cowboy le suelta la rienda y de un salto se arroja hacia adelante.

Dos curvas, a la entrada y a la salida de un puente. En pocos segundos, corrían a lo largo de un malecón, a más de cien kilómetros por hora. Y pronto hubo que ir más lento, pues la ruta describía muchas curvas a través de una llanura sin encanto, entrecortada de fosas de agua.

“Todo se arregla mejor de lo que esperaba —se decía Charles—. Suponía que nos separaríamos de inmediato y… es lo contrario”.

Sentía, apretada contra él por lo exiguo del asiento, esa forma infinitamente preciosa hacia la cual, ahora, como hacia un imán inconcebible, convergían todas sus “líneas de fuerza”. El corazón le latía al contacto de un ser que le parecía elegido entre todos los seres, así como entre las cosas hay cosas supremamente raras, delicadas, ricas y puras: cosas de oro, de encajes, de diamantes. Y por primera vez Charles comprendía las viejas palabras: “ídolo”, “diosa”, “divinidad”; perdían para él todo el ridículo, y debía reconocer que esas viejas palabras decían con una adorable exactitud lo que querían decir.

¿Tendría jamás, para esa pequeña hada, suficientes atenciones, prevenciones, cuidados? ¿Con qué brazos santificados la cargaría, en las horas de fatiga, a través de los pasos de la vida? ¿Con qué piadosas caricias deberían armarse sus manos para tocarla?…

El automóvil atravesó aldeas blancas con techos rosa viejo y postigos de colores vivos. Luc anunció sucesivamente: “Les Allards, Dolus”. Tomaron por una ruta recta, que corría entre una doble hilera de árboles. La calzada se embellecía. Los bosques se hacían más densos. Salían de uno para bordear otro, a través de una sucesión de casitas limpias como ropa blanca en un ropero. Al cabo de un cuarto de hora, el pequeño auto rojo roncando corría por un camino recto al borde de un bosque. Su velocidad superó los ciento veinticinco. Volvieron a ver el mar, a la izquierda, más allá de un prado. Al fin, Rita dijo:

—Saint-Trojan.

El hotel se alzaba frente a la playa. Para llegar a él habían atravesado de una parte a otra el pueblo y bajado por una larga avenida entre pinos. Luc detuvo el auto a la altura de un pasaje entre dos cercos vivos. Al fondo: un decorado de rosedales, con jugadores de tenis que corrían de un lado al otro, pegándole a pelotas invisibles.

—Más cerca —imploró Geneviève—, que tenemos que bajar el equipaje.

—Sus deseos son órdenes —dijo Luc.

Y avanzó hasta quedar frente a la puerta.

El vestíbulo y las salas estaban vacíos.

—Todo el mundo está afuera —dijo el tío.

Rita y la señora Le Tourneur se habían apurado a entrar. Luc de Certeuil llevó a Charles a la recepción y pidió para él un buen cuarto con vista al mar.

—Hágame el favor de acompañarme —dijo Charles—. Quiero hacerle una pregunta.

—¡Con mucho gusto! —dijo el otro, intrigado.

Subieron juntos.

El cuarto era amplio. Por la ventana abierta se divisaba el canal de Couraux, el comienzo del estrecho de Maumusson y, a la distancia, poniendo un marco al paisaje, la costa del continente, con el torreón del fuerte Chapus en el centro. Contra el cielo inmenso y ya ensombrecido, las gaviotas, a grandes aletazos, se entrecruzaban. Se oían los gritos de los niños en la playa.

Cuando la puerta se cerró tras la partida de la mucama:

—Mi querido Certeuil —dijo Charles Christiani—, mi modo de obrar puede parecerle un tanto extraño. Perdóneme… Está viendo frente a usted a un hombre muy conmovido. Sucede que esta joven, la señorita Rita… me ha causado una profunda impresión.

Luc, sin decir nada, lo contemplaba con un aire tan indescifrable que Charles se interrumpió un instante y, a su vez, miró con curiosidad los ojos que lo miraban.

—¿Qué sucede? —preguntó, un tanto desconcertado.

—Nada. Lo escucho con el mayor interés.

—¿Nada, de verdad? Habría creído…

—Es decir, en fin… Tendrá que acostumbrarse a la idea, mi querido amigo, de que yo no seré el único en experimentar cierta sorpresa…

—¡Vaya! —dijo Charles con alegría—. Porque no bailo, porque no voy a reuniones sociales, porque soy un explorador de archivos y de bibliotecas, ¿creerán que he hecho votos de celibato perpetuo y me tomarán por un monje?

Luc de Certeuil parpadeó precipitadamente, para manifestar su incomprensión.

—Tendrá que perdonarme —dijo—. No lo sigo. Algo se me escapa. Para no decir: varias cosas…

—¿Cuáles?

—En primer lugar… En fin, mi amigo, ¿realmente me corresponde a mí decirlo? ¡Vamos! Me pone en un aprieto.

—Perdón, perdón —dijo Charles, que se turbaba y ahora hablaba con otro tono de voz—. No creo haber soñado. ¿No es encantadora? ¿Deliciosa? ¿Irreprochable?

—¡Vaya si lo es! —confirmó Luc sin abandonar su mueca irónica.

—Supongo que no habrá nada que decir sobre sus padres. ¿Gente de bien, no?

—¡De acuerdo!

—De su lado, entonces, no hay una sombra. Entonces… ¿sería acaso de mi lado que…? Pero no veo nada, por ahí.

—Un segundo, mi amigo. Yo creía conocerlo, y aun en este momento, tengo la convicción, en efecto, de que lo conozco muy bien. Pero es evidente que nos debatimos en un enredo. No es posible que usted, justamente usted, hable como acaba de hacerlo. En esas condiciones… ¡Oh! No querría pensar que se hayan burlado de usted, que lo hayan engañado, para divertirse… Y sin embargo, por inverosímil que sea, no descubro otra explicación…

—¡Cómo! —se indignó Charles.

—¡No hay otra! Es preciso, muy querido amigo, que le hayan dado un nombre falso.

—¡No me dieron ningún nombre! Y es eso justamente lo que quería preguntarle: ¿quién es ella?

Un silencio.

—¿Quién es?

Charles crispaba las manos en los hombros de Luc, cuyos labios cerrados sonreían con una expresión de incomodidad.

—Marguerite Ortofieri —dijo al fin—. Rita, para sus amigos.

Espantosamente pálido, Charles se apartó de él.

Se había hecho el silencio. De pie frente a la ventana, abrumado por la revelación, el desdichado miraba, sin ver, las gaviotas que volaban. Repitió, escandiendo las sílabas:

—¡Marguerite Ortofieri!

Y se sentó lentamente, la frente en las manos.

Pasaron largos instantes sobre su postración.

Luc de Certeuil reflexionaba profundamente. Con el entrecejo fruncido y el ojo en movimiento, examinaba ya al hombre hundido en sus pensamientos, ya, él también, las aves, el cielo, el mar, la costa lejana, gran cuadro luminoso que atraía sus miradas.

Su actitud indicaba un trabajo interior muy intenso, hecho de vacilaciones, de incertidumbres y de ignorancia. Después sus rasgos se apaciguaron, se acercó a Charles y con dulzura fraternal le puso una mano en el hombro.

—¡Vamos! —dijo con benevolencia.

Charles parecía salir de un sueño profundo; mostró el rostro:

—Le pido perdón —dijo—. Soy un imbécil. O al menos un atolondrado sin excusas.

—Excusas es lo que nunca nos faltan. Es cierto que si la señorita Ortofieri se hubiera presentado, como debía haberlo hecho… En una palabra: lo engañó. Quizás no con maldad. Pero de todos modos fue un engaño. En esta situación, ocultarle su nombre era casi como darle un nombre falso. Es lamentable.

—Se equivoca —dijo Charles—. Me pongo en su lugar y pienso que yo habría actuado precisamente como ella. Al encontrarse de pronto frente a un hombre correcto que no ha cometido ninguna falta, ante ella, más que llamarse Christiani, cuando ella es Ortofieri, prefirió, por cortesía, por delicadeza, no rechazarlo brutalmente, arrojándole a la cara ese nombre de Ortofieri, que habría sido como cerrarme la puerta de un golpe.

—Sea —aceptó Luc—. Pero hace un momento, viéndolo tan entusiasmado, tuve la clara impresión de que ella no se había limitado a esa… cortesía.

—¿Qué quiere decir?

—Trato de hacerle entender que no es usted el único responsable de la situación. Sea justo con usted mismo. Una admiración, cuando no es alentada, no se desarrolla tan rápido y con tanta fuerza. Sabiendo quién es usted, sabiendo que esta intriga de baile de disfraz no tendría futuro, la señorita Ortofieri es culpable de haber llevado la cortesía hasta los umbrales de la amabilidad. Era llevar el juego a la temeridad.

—La señorita Ortofieri no hizo nada por alentar mi simpatía —declaró Charles en tono seco—. Se mostró tal cual es, nada más: bonita y natural, inteligente y buena.

—¡Está bien! ¡No se enoje! No tenía ninguna intención de atacar.

—Eso espero —dijo Charles.

Y hundía en las profundidades más inaccesibles de su memoria la verdad resplandeciente y dolorosa, el secreto inolvidable que Rita, Geneviève y él serían los únicos en conocer. Pues ahora sabía, ¡ay!, por qué ese nombre —ese nombre corso como el suyo— no le había sido revelado; por qué, sobre todo, la joven había aprovechado la ocasión de pasar con él todo un día —un día magníficamente robado al destino, valientemente arrancado al viejo odio de sus familias—, un día que sería el primero y el último de sus amores. Y de esas veinticuatro horas de ensueño, mecidas por las olas y acariciadas por las suaves brisas de una isla feliz, volvía a vivir desesperadamente cada minuto, desde el momento en que había visto en manos de Rita el pequeño libro que no podía leer sino a escondidas de sus padres y que no tenía el derecho de poseer —hasta el momento supremo del apretón de manos tan casto, cuando sus dedos se habían fundido, detrás de la baranda del Boyardville. Ahí se había terminado el idilio sin futuro posible. Un Christiani y una Ortofieri no podían amarse.

—¡Olvidemos! —dijo Charles con resolución.

—Viniendo de usted, me habría sorprendido lo contrario. Pero le confieso, me pregunté, por un instante, si el amor no transformaría algunas cosas…

—Le permití ver mis sentimientos, y no renegaré de ellos. Pero puede estar seguro de que mañana los habré olvidado, como le ruego que usted los olvide desde este mismo momento.

Luc de Certeuil se inclinó. Una sombra de incredulidad flotaba en su mirada.

—Cuente conmigo —dijo—. Está hecho. Y lo admiro, mi querido amigo. No carece de grandeza, ni de nobleza, esta altiva fidelidad a los rencores de la raza…

—Soy corso, y me someto a las leyes de mi familia.

—¿Personalmente, nunca tuvo motivo de quejas de un Ortofieri?

—Jamás. He oído hablar del jefe de familia actual, el banquero. Pero no lo he conocido… ¡Oh! Si estuviera solo en el mundo, quizás me olvidaría de un odio ancestral del que solo he aceptado la sucesión. Pero está mi familia; uno no se conduce del mismo modo por sí y por los otros. Y además, a la cabeza de mi familia, está mi madre… Ella es más corsa que todos mis compatriotas reunidos; solo piense que bautizó a mi hermana “Colomba”. ¡Está todo dicho! He tenido varios antepasados originales de provincias diversas; una fue champenoise, otra normanda, otra saboyana. Mi madre, nacida Bernardi, vio la luz en Bastia. Es irreductible en el capítulo de las aversiones. Al casarse con mi padre y volverse una Christiani, desposó todas las querellas hereditarias de la familia… Y sé que, así nosotros estuviéramos dispuestos a hacer la paz, el banquero Ortofieri, por su parte, se negaría.

—¿Se trata de algo muy grave entonces? Hay mucha gente que sabe de la hostilidad de los Christiani y los Ortofieri, pero son muy pocos los que pueden mencionar las razones. He oído hablar de un crimen que se remontaría al siglo pasado…

—Sí, es eso —dijo Charles deshaciendo el nudo de la corbata y desabotonando, con mano nerviosa, el cuello de la camisa—. El asesinato de mi tatarabuelo César Christiani, el marino, a manos de Fabius Ortofieri, un ancestro de la señorita Rita…

—Temo importunarlo; parece un tanto cansado. ¿Quiere que lo deje descansar?

—No. Al contrario. Prefiero hablar. Es algo que me ocupa, y me alivia. Y le estoy agradecido de proporcionarme la ocasión, Certeuil.

”Allá en la Córcega, desde el siglo XVI, las dos familias habían pasado por toda clase de disentimientos, por historias de bosques, de ganado, de límites. No obstante, hasta la muerte de César Christiani nunca se había llegado al crimen.

”Observe, al pasar, que Fabius Ortofieri siempre negó su culpabilidad y nunca hubo contra él más que presunciones. Nunca pruebas irrefutables.

—¿Sucedió en las guerrillas?

—Nada de eso. El asesinato fue cometido en París, el 28 de julio de 1835, pronto harán cien años. Fabius Ortofieri fue detenido al día siguiente, siempre en París, y murió en la cárcel, antes del juicio, de muerte natural. Se preveía su condena. Todos los indicios lo señalaban, y la convicción de los Christiani no ha variado. Era culpable.

—Permítame: entiendo que los Christiani hayan guardado rencor a los Ortofieri. Más difícil es comprender por qué los Ortofieri no quieren a los Christiani. Que los parientes de un asesino se pongan a detestar a los parientes de su víctima, me parece inverosímil, a primera vista.

—Ya entenderá. En primer lugar había entre los dos clanes, como se lo he dicho, una vieja historia de disputas, de procesos, de riñas y malos tratos; dos siglos de enemistad, sin contar las eras precedentes, de las que no quedaron documentos. A causa de eso, sin duda, la opinión de los Ortofieri sobre el crimen de 1835, si varió según los individuos, siempre siguió siendo desfavorable, odiosamente desfavorable, a los Christiani.

—¿Por qué?

—Porque algunos Ortofieri, convencidos de la inocencia de Fabius, no les perdonaron a los míos haberlo acusado de un crimen que, según ellos, no había cometido. Y porque otros Ortofieri, persuadidos al contrario de la culpabilidad de Fabius, sostenían que un hombre tan justo y tan calmo no había podido matar a un hombre sino para vengarse de un crimen mayor aún. ¿Qué crimen? Misterio. Fabius, decían, no había querido revelarlo, sea por magnanimidad, por elegancia moral, o bien porque, al revelarlo, habría presentado una prueba abrumadora contra sí mismo y se habría condenado por la muerte de César.

—Es un caso curioso, psicológicamente.

—¡Bah! Era un modo, para estos últimos, de conciliar dos sentimientos contradictorios: el deseo de seguir detestándonos y la necesidad más honorable de confesar que el Procurador del Rey tenía razón y que Fabius era el asesino de César. Sé que aun hoy día el banquero Ortofieri está convencido de que su ancestro se vengó del mío por un ultraje infame: cosa que no se sostiene cuando se ha estudiado en profundidad el carácter de César Christiani. La rectitud misma. Y una inteligencia notable. Pensaba en él ayer mismo, en la isla de Aix. Napoleón lo quería mucho…

Esta evocación de la isla de Aix volvió a traer nubes a la frente de Charles Christiani. Hizo un enérgico esfuerzo por superarlo.

“¡Olvidemos! ¡Olvidemos!”, se decía interiormente, en una suerte de frenesí.

Y volvió a hablar, para aturdirse, para que Luc de Certeuil quedara persuadido de su indiferencia y que nada revelara esta herida en el alma, que comprimía con todas sus fuerzas espirituales. Sin embargo, detrás de esta fachada de valor, en las bambalinas de su ser, se desarrollaban pensamientos sordos; entre otros este, muy prosaico, que crecía: partir lo antes posible, llegar rápido a esa costa francesa que se distinguía a lo lejos, y allí a una estación de ferrocarril; estar en París al día siguiente por la mañana. Pero sabía que no podía ejecutar ese deseo a voluntad; su huida estaba subordinada al horario del barco, horario que recordaba haber consultado cuando creía en un retorno tan feliz…

Otro pensamiento también, pero más vago, crecía en él mientras hablaba. Un pensamiento interrogativo. Luc de Certeuil, al tiempo que lo escuchaba con un innegable interés, parecía preocupado, en el secreto de sus propios pensamientos. ¿Por qué?

Luc adivinó sin duda, por alguna vacilación de Charles, el temor que tenía este de ser inoportuno; pues cada vez que el historiador amagaba detenerse, él lo volvía a poner en marcha mediante una pregunta. Y resultaba de todo eso que Luc de Certeuil se volvía para Charles Christiani algo más que una relación mundana: un confidente ocasional.

—O sea que —proseguía Charles— César es el gran hombre de mi familia.

”Había nacido el 15 de agosto de 1769, a la misma hora en que, muy cerca, la señora Bonaparte daba a luz a su segundo hijo. Así, el pequeño César, de nombre imperial, se volvió el camarada de juegos infantiles del pequeño Napoleón, cuyo nombre todavía no significaba nada. Pues bien, la amistad del futuro emperador nunca se desmintió. Hizo de mi antepasado un capitán corsario cuya reputación brilló cerca de la gloria de Surcouf. Lo enriqueció y lo recibió en las Tullerías cada vez que el viejo lobo de mar volvía a Francia. Napoleón se complacía en recordarle el tiempo de Ajaccio y burlarse de su acento colorido, tanto más cuanto él se jactaba de haberlo perdido, lo que no era del todo exacto.

”Por desgracia, sobrevino Waterloo. La Restauración no fue propicia a César Christiani. Fiel a su dios Napoleón, conoció la desgracia. Luis XVIII y Carlos X pretendieron ignorarlo en la masa de bonapartistas impenitentes.

”Se retiró en 1816. Córcega no lo tentaba. Creo que después de una vida de combates y abordajes, quería descansar, lejos de las querellas, de las vendettas y de los Ortofieri. Es por eso que lo vemos habitar una pequeña propiedad en la Saboya que le había aportado la esposa en dote y que era la cuna de su familia. Se había casado con Hélène de Silaz en 1791. Ella había muerto cuando él se instaló en esta propiedad, a la edad de cuarenta y siete años, con un hijo, Horace, mi bisabuelo, y una hija, Lucile, de la que queda una descendiente hoy muy anciana.

”¿Por qué, trece años más tarde, vino a vivir a París, al 53 del boulevard du Temple? ¿Por qué abandonó, sin esperanza de retorno, su retiro en Silaz? Sus papeles, sus Memorias, que yo he examinado, carecen de precisión sobre este punto. Puede suponerse simplemente que estaba cansado del campo y de la soledad, como les sucede a muchos hombres al pasar los sesenta años. Quizás también (pero es una hipótesis más gratuita aún) seguía detestando el régimen y se apuraba a volver a la capital, secretamente advertido de la caída inminente de los Borbones.

”Fue ahí, en el boulevard du Temple, donde fue asesinado, de una bala de pistola, por Ortofieri, que penetró en su casa mientras que, por la ventana, César miraba al rey Louis-Philippe pasar revista a las guardias nacionales, el 28 de julio de 1835. Tenía sesenta y seis años.

—¿La revista del 28 de julio de 1835? —dijo Luc de Certeuil—. No soy muy fuerte en historia, pero creo recordar algo a propósito de esa fecha. ¿Qué era? Espere un poco…

—El atentado de Fieschi contra el Rey —dijo Charles—, las bombas que causaron tantas víctimas entre la multitud. Fieschi tiró sobre Louis-Philippe y su comitiva, por medio de una máquina de su invención. La había colocado en la ventana de su pequeño departamento, en el 50 del boulevard du Temple, casi enfrente de la casa de César. Incluso se pensó que la explosión de las bombas, análoga a un fuego de pelotón, había ocultado el tiro de pistola que mató a César, ya que nadie recordaba una detonación en el interior del inmueble con el número 53.

—¡Una coincidencia extraordinaria!

—Sé de otras —observó Charles con triste ironía—. La vida, Certeuil, la vida más banal está sembrada de coincidencias extraordinarias. Solo que no siempre las distinguimos…

—Según lo que me dice del tiro de pistola, ¿César Christiani estaba solo en el momento del asesinato?

—Solo. Con sus animales.

—¿Qué animales? ¡Todo esto es apasionante!

—Había traído de sus viajes animales curiosos, sobre todo pájaros y monos. Sus retratos lo representan siempre con un loro en el hombro y a veces un mono tití en el otro, o un chimpancé prendido de su chaleco.

—Y… ¿hay seguridad de que fue “un hombre” el que lo mató? —arriesgó Luc de Certeuil riendo.

—No podría haber más seguridad.

—¡Tanto como se puede estar seguro de algo en este mundo!

Charles quedó pensativo un momento, y siguió:

—Los testimonios contra Ortofieri no dejan en realidad ninguna duda sobre su culpabilidad. El policía encargado del servicio en esa parte del boulevard lo vio rondar en los alrededores y penetrar en la casa de César unos minutos antes de la hora presunta del asesinato.

—¿Es decir?

—El momento en que, enfrente, explotaba la bomba de Fieschi, puesto que hubo presunción de simultaneidad, de sincronismo, como se dice hoy. Por lo demás, el cadáver de César, cuando se lo descubrió, unas horas más tarde, confirmó, en opinión de los expertos, esta presunción. La muerte debía de remontarse al mediodía.

—¡Veo que usted conoce maravillosamente todo el asunto!

—Es mi oficio de historiador y es mi deber de tataranieto. He estudiado largamente el atentado de Fieschi. Y en el Palacio de Justicia he seguido minuciosamente, foja por foja, todo el proceso Ortofieri, y me tomé el trabajo de completarlo, para mí mismo, con lo que nos queda en la familia de los papeles de César, su correspondencia, sus Memorias, etc.

—¿Menciona a Ortofieri ahí?

—De vez en cuando. Él había conservado, en Córcega, bienes, tierras, granjas. De lo que surgían disputas con los eternos vecinos y eternos enemigos, y controversias de las que encontré huellas un poco por todos lados, no solo en nuestros archivos familiares sino en los tribunales y notarios.

”Es evidente que César desconfiaba de Fabius, del mismo modo que Fabius, seguramente, desconfiaba de César. La guerrilla, para ellos, era una guerrilla judicial. Y era además, de manera más peligrosa, el París de hace cien años, con sus calles estrechas, sus pasadizos oscuros, el París de las barricadas y las emboscadas, el París de Los misterios de París, que aparecería siete años después.

—¿O sea que Fabius también se había domiciliado en la capital?

—En la calle Saint-Honoré. Se dedicaba a las finanzas. Fue el origen de la prosperidad de la familia. Se dice que el actual banquero tiene una situación muy sólida.

—Así dicen.

A partir de ahí, la ensoñación fue más fuerte que la conversación. Charles encendió maquinalmente un cigarrillo que Luc le ofrecía y se acodó en el marco de la ventana. Retrocedió un poco, casi de inmediato, para evitar la mirada de los bañistas que al pasar levantaban la vista hacia su aparición. Y trató de interesarse lo más posible en las cabriolas de nadadores y nadadoras que cabalgaban unas tontas monturas de goma inflada. Esos infantilismos le provocaban compasión, dado el duelo en su corazón; y, desviando la atención de estos juegos, distinguió, en el vidrio del batiente de la ventana abierto que daba al interior, la imagen de Luc de Certeuil hundido en sus reflexiones, tan arduas que parecían más bien perplejidades.

No dijo nada pero vigiló con curiosidad, de reojo, la actitud del joven. Lo veía de perfil, sentado, inclinado hacia adelante, los codos en los muslos, la cabeza baja, las manos juntas, dedo contra dedo, y estos dedos tamborileaban. Veía el perfil chato, el rostro sin cesar animado de una audacia ventajosa que se imponía. Y no quedó muy favorablemente impresionado.

¿En qué diablos podía estar pensando con tanto ahínco Certeuil?

—¿Perdón? —dijo Charles—. Ah, creí que quería decir algo.

—Es cierto, lo tenía en la punta de la lengua, pero… no sé si debo.

—Adelante, por favor.

—Sí, puede ser lo mejor. Los dos somos personas leales, ¿no? Usted se irá, supongo…

—Exactamente en media hora.

—Es posible que no volvamos a vernos en varias semanas. De aquí a entonces, alguien podría contarle… lo que prefiero decididamente decirle yo mismo.

—Suena muy solemne. Hable, mi querido Certeuil.

—Si le cuentan que, aquí en Saint-Trojan, y luego en otra parte, me he mostrado muy asiduo con la señorita Ortofieri, hágame el favor de recordar que yo fui el primero en decírselo.

Resistiendo al golpe brutal, Charles debió tomar el control de todos sus nervios para mantenerse impasible.

—Perdón —dijo—, ¿me está anunciando un noviazgo?

—Casi.

—Mis felicitaciones.

Tendió la mano. Luc de Certeuil se la apretó enérgicamente.

—Ahora lo dejo —declaró Luc con voz vacilante—. Lo veré en el barco, en el embarque.

—Sí… Es preferible…

Luc, por su franqueza —o por su cinismo—, acababa de crear una situación intolerablemente falsa. Abrumado, Charles, una vez solo, tuvo trabajo en recuperar la calma. Una luz distinta iluminaba las cosas.

En primer lugar, se felicitaba por haber moderado sus confidencias, ya demasiado indiscretas. ¿No habría dejado escapar nada de la ternura que Rita le había testimoniado? No, nada. ¡Qué suerte! Ah, pero no era culpa de Luc. ¡Dios! ¡El hombre había hecho lo imposible por saber más! Su impulso de sinceridad se había producido tarde… En fin, había cedido, y se le podía guardar rencor… hasta estar mejor informado.

De todos modos, ¡qué importaba Luc de Certeuil! Lo que dominaba todo, lo que borraba todo en un deslumbramiento, era la inefable revelación que acababa de hacerle a Charles suponiendo hacerle otra. Era la alegría que le había causado, creyendo causarle solo pena. Una triste alegría, es cierto, puesto que nada cambiaba en las necesidades ineluctables. Pero una inmensa alegría de todos modos; pues, en la vida de Rita, Charles no había sido solo el que gusta porque aparece, primero y único, aureolado de misterio y de aventura, fruto prohibido del amor, sino el que se ama, y más que eso, el que se prefiere, y verdaderamente: el elegido.

¡Ah! ¡Ese día hermoso! Más locamente hermoso de lo que había parecido. ¡Y la huella brillante que dejaba tras de sí!

Casi asustado de sentir vivir en él, con tanta fuerza vibrante, un recuerdo que no podía acompañar con ninguna esperanza, Charles se sorprendió haciendo un gesto cortante y pronunciando muy alto:

—¡Hay que olvidar! ¡Hay que olvidar!

Hubo un discreto golpe en la puerta.

Un tanto confundido al pensar que la mucama podía haber oído sus palabras, sabiendo que se encontraba solo, Charles se ruborizó por anticipado.

—¡Entre!… ¡Entre! —repitió, pues no se presentaba nadie.

Se dirigió a la puerta, con la intención de abrir.

Un sobre celeste asomaba por debajo de la puerta, con uno de los ángulos todavía debajo de esta.

Lo tomó y leyó su nombre, trazado en una escritura elegante, firme, femenina.

Afuera, en el pasillo, ni un alma.

En el reverso del sobre, unas iniciales: M.O.

He aquí la carta:

Usted lo sabe todo, ahora, ya que sabe quién soy. ¿Pero sabe qué soy?

Es eso lo que quiero decirle aquí. O más bien, quiero confirmárselo. Pues no lo insultaré dudando de su juicio, es decir de su estima. Estoy segura de que ni siquiera durante un minuto usted sospechó que Marguerite Ortofieri era lo que no era. Estoy segura de que en su espíritu no se me dirigió ninguna acusación, ni contra mí ni contra mis sentimientos o mi carácter. Al comenzar esta carta quería aportarle la confirmación de sus pensamientos, como un testimonio que le era debido —y también, quizás, con la esperanza inconfesada de afirmarlos y reforzarlos. Al escribir esta carta me doy cuenta de que no sería digna de usted ni de mí si contuviera nada que se pareciera a un descargo, o incluso a una declaración. No puede ser sino un agradecimiento.

No le diré entonces: Crea que en todo esto fui la más sincera de las mujeres.

Le agradezco, simplemente, que lo crea, y le ruego que me perdone si alguna de las frases precedentes ha podido engañarlo sobre mis intenciones.

Sucede que a mis intenciones no las percibo con total claridad. ¿Es necesario decírselo? Sucede que el estado de mi conciencia es totalmente nuevo para mí y que me cuesta algún trabajo reencontrarme. Sucede, en fin, que nunca antes me había sentado a escribir una carta como esta, una carta cuyo nombre no oso pronunciar. Una carta, señor, que tengo tanta pena y al mismo tiempo tanta alegría de enviarle.

Pero no es para hablarle de mi pena y de mi pobre alegría que he tomado la pluma. Y me reprocho dejarme arrastrar a llenar cuatro grandes páginas (pues las llenaré, estoy segura) en lugar de poner solamente la palabra “Gracias”.

Gracias por tener la certeza de que fui, durante un día, tan feliz como se puede serlo con una felicidad pasajera.

Gracias por ese día.

Gracias por conservar un recuerdo sin mancha y fiel.

Gracias por ser lo que usted es, y con eso quiero decir, junto a muchas otras cosas, quiero decir, señor: caballeresco, francés al viejo estilo, devoto, como lo soy yo misma, de toda clase de ideas que ya no están de moda, pero que, imagino, son eternas.

Gracias por poner en el escalón más alto del deber el de sacrificarlo todo, hasta el amor, a la religión de la raza, al culto de la familia. Pues, sin que nadie me lo haya dicho, juraría que usted partirá sin volver a verme. ¿Y cómo reprocharle los sentimientos que le dictan esa partida, puesto que son los que más aprecio en lo que usted es?

Gracias, entonces, por irse lejos de mí, que daría todo un mundo por vivir cerca de usted, pero que no se lo diría si no supiera que es imposible.

Gracias por su amor y por su odio.

Gracias por ser un Christiani, como yo soy una

Ortofieri

La firma era “Ortofieri”, sin más. “Ortofieri”, orgullosamente. Se habría dicho que todo el linaje de los Ortofieri firmaba esa carta tierna y cruel, en la sola pequeña mano de su única descendiente. Y, en efecto, se sentía que todo el alma de las generaciones había inspirado esa valiente confirmación, tan digna y tan conmovedora a la vez.

Charles sostenía la carta azul en la luz límpida del crepúsculo. No distinguía de ella más que una palabra, que la resumía toda y resumía no menos esta trágica situación, la palabra “imposible”.

Y Charles creía oír la abominable palabra repetida por todos los Christiani y todos los Ortofieri que se habían sucedido desde el 2 de julio de 1835, incluido el viejo César con su acento meridional, el viejo Fabius levantando la pistola… hasta su madre, a la que le parecía ver alzarse frente a él, amarillenta y autoritaria, alisando con un dedo colérico su cabello negro como el ala del cuervo, y gritándole, como los otros, como Horace Christiani, como Napoleón Christiani, Eugène y Achille, los dos hermanos, y Adrien, su padre, muerto en el campo del honor:

—¡Imposible! ¡Imposible! ¡Imposible!

Como si todos los corsos hubieran olvidado que, después de Luis XV, Córcega era francesa.

III

EN FAMILIA

EL TREN QUE TRANSPORTABA A CHARLES CHRISTIANI llegó a la estación de Montparnasse a las nueve de la mañana. Tenía mucho retraso y llevaba más pasajeros de pie que sentados. Todo el mundo volvía de las vacaciones.

Charles, pese a sus más sinceros esfuerzos, no podía alejar sus pensamientos de los hechos tan precipitados que acababan de sucederle. No se cansaba de volver a ellos, de analizarlos y de volver a sentir su sabor, delicioso aunque amargo. Había llegado a explicarse mejor ciertos detalles de la estada en la isla de Aix y del cruce marítimo que esa estada había interrumpido de modo tan memorable. La gran confusión en la que había puesto, al presentarse, a la señora Le Tourneur y a Rita, se le aparecía ahora bien motivada, y con motivos considerables. Y comprendía la inquietud perpleja de la pobre Geneviève, al ver a su amiga lanzarse a una aventura con un Christiani. Comprendía también el baño de mar rechazado por Rita, por todas las oscuras razones de la previsión, de la bondad y del pudor, a fin de no dejarle a Charles un recuerdo demasiado vivo de la mujer que no volvería a ver y de la que había percibido por instinto la raza y el ritmo, que eran su propia raza y el ritmo propio de su sangre corsa.

En estos recuerdos se atontaba, se hipnotizaba, incapaz de sacar de ellos otra cosa que una suerte de voluptuosidad confusa y desoladora. La llegada a París le produjo un efecto casi fúnebre. Todo le parecía cambiado, sin que pudiera decir cómo. No se habría sentido más extraño al regreso de un largo viaje a través de países lejanos y exóticos. Era como si su memoria, en cierto modo, se hubiera deformado, o que París hubiera sufrido misteriosamente modificaciones imposibles de precisar, en sus proporciones, en el color del tiempo, en sus tonalidades, en no sé qué otros aspectos que habría sido vano intentar definir. Lo veía todo más pequeño, más pobre, más oscuro. En el rumor de las calles había un elemento silencioso, un valor sordo que le imponía a su alma un peso de ansiedad cuya causa por lo demás ignoraba completamente. Estaba desconsolado y no reaccionaba a nada.

Tomó un taxi, le dio al chofer la dirección de la rue de Tournon, pero a medio camino lo pensó mejor y se hizo llevar al Quai Malaquais, a casa de su futuro cuñado, Bertrand Valois. Antes de verse frente a su madre le parecía conveniente charlar con un amigo a toda prueba, hombre de sentido común, de buen corazón, dueño de una perpetua alegría y que seguramente le “remontaría la moral”. No se confesaba a sí mismo que tenía necesidad de contar, necesidad de revivir los hechos hablándolos. Y no se daba cuenta de que al ir al Quai Malaquais cedía también al impulso que a todos nos lleva, cuando “las cosas no van bien”, hacia los seres afortunados, a los que todo les sale bien y en quienes la suerte toma el aspecto de un poder contagioso. Cerca de estos favoritos de la fortuna, tenemos la ilusión de estar inmunizados contra la desgracia y renovar, ahí, nuestra provisión de confianza, de fuerza y de capacidad.

Bertrand Valois, autor de comedias, no podía representar mejor la dicha. Sus piezas tenían enorme éxito; todo el mundo lo quería y se alegraba de su éxito. Por lo demás, estaba dotado de un físico abierto y sonriente que legitimaba muchas simpatías. No era que fuese apuesto, en sentido estricto; felizmente para él; pues la belleza de un hombre es una desventaja frente a muchos de sus congéneres. Pero su alegre bonhomía le ganaba los votos de los hombres, y su alegría espiritual le aseguraba todos los votos femeninos; pues Dios sabe cuánto les gusta reír a nuestras hermanas.

¿Por qué no decir que Bertrand Valois había necesitado todo el prestigio de su renombre, todas las promesas de un futuro radiante, para vencer a la rígida señora Christiani y obtener de ella la mano de Colomba? A él mismo no se le podía reprochar nada, salvo haber nacido de padres muy modestos; pero su padre no era más que un pupilo de la Asistencia Pública, un niño encontrado, y la señora Christiani, orgullosa de sus ancestros y su genealogía, había vacilado largos meses antes de dar su hija a este muchacho que solo había recibido, por toda herencia de los siglos pasados, un viejo anillo y un viejo bastón.

Eran los únicos objetos que se descubrieron, una mañana del año 1872, junto al recién nacido que lloraba en un rincón de la Galería de Valois, en el Palais-Royal. De ahí el nombre de “Valois” que llevaba Bertrand, como lo había llevado su padre, quien debía este nombre especialmente sonoro al azar del lugar de su abandono y al capricho de la Asistencia. Capricho imprudente, pues “Valois” es un nombre histórico, con el que era peligroso adornar a este bebé desconocido, que más tarde podía deshonrar, en la medida de su destino, el recuerdo de los Luis XII, Francisco I y Enrique III, de quienes era muy dudoso que descendiera.

El anillo, en efecto —este anillo de oro esmaltado de negro y provisto de un pobre pequeño brillante, este anillo que Colomba había deseado llevar el día de su boda—, no indicaba un origen real, sino apenas burgués. Y el bastón —un grueso bastón de junco coronado de un pomo de plata adornado con delgadas guirnaldas— señalaba en la misma dirección que el anillo. Estos dos testimonios, ambos en el estilo de época Luis XVI, constituían, a decir verdad, los únicos antecedentes familiares de Bertrand Valois, y debíamos anotar esta circunstancia para hacer comprender el modo en que Charles Christiani abordó al joven dramaturgo.

Lo encontró en su estudio, trabajando en una comedia. El sitio estaba arreglado para el placer de la vista y la comodidad del trabajo. Una gran ventana daba al Sena y al Louvre. En cuanto a Bertrand, ya cuidadosamente afeitado, los cabellos cobrizos bien peinados sobre el cráneo más redondo que se pueda encontrar, había ceñido a su fina talla el cinturón de una robe de chambre tan elegante que la habría envidiado un Don Juan del cine.

Al ver a Charles se dirigió hacia él con los brazos abiertos. Y el visitante se sintió mejor de solo ver ese rostro acogedor en el que asomaba la nariz del genio cómico, una nariz de malicia, con los agujeros visibles, las alas que merecían verdaderamente el nombre de alas, la nariz al viento, célebre, con la que el señor de Choiseul olía las brisas de Versalles, la nariz de los grandes actores, que no miente jamás sobre una vocación de teatro. Un poco grande, sin duda. Un poco demasiado respingona, de acuerdo. Pero, en definitiva, una gran nariz, agradable, generosa, artista y feliz, la nariz que uno adora ver entre dos ojos bien claros.

—¡Eh! ¡Ya has vuelto! —dijo Bertrand—. Yo creía… ¿Pero de dónde sales? ¿Dormiste en el asilo?

—En el tren.

—¿Qué pasa? —preguntó el otro arqueando las cejas.

—Pasa que tú no sabes qué suerte tienes.

—¿De qué suerte hablas? Sí, algo tengo.

—La suerte de no tener antepasados —pronunció Charles.

—¡Insólito!

—¡Ah, mi amigo, cuando pienso que tú, un hombre inteligente, un hombre de talento, echas de menos eso: ancestros!

—Es cierto —reconoció Bertrand—. Tengo ese defecto inexcusable.

—Sí, sí, lo sé. No te vi melancólico más que una sola vez: hablábamos del pasado, de los antepasados… Pues bien, hoy, mi viejo, yo daría mucho por no tener antepasados.

—Al menos conocidos —observó Bertrand—. Pues, desde Adán, no se ha encontrado el modo de no tenerlos, según el orden natural. Pero dime, ¿qué es lo que te han hecho, tus antepasados?

—Hablo de César y de todos los que lo siguieron.

—¿Es decir?

—Romeo y Julieta. Los Capuletos y los Montescos. ¿Te dice algo?

—Perfectamente. Encontraste a Julieta, y eres Romeo. Y Julieta lleva por apellido Ortofieri.

—Exacto. Julieta se llama Marguerite Ortofieri. Es la hija del banquero y la tataranieta del asesino de César Christiani.

—Los corsos vienen marchando —dijo Bertrand—. Perdona el chiste. ¿Y qué harás?

—Borrar. Olvidar.

—¿No le caíste simpático?

—¡Sí! Muy simpático, estoy seguro.

—Entonces, olvídate de las querellas de los muertos.

Charles lo miró con aire sorprendido.

—¿Eres tú el que dice eso, Bertrand? Reflexiona. Ponte en mi lugar. Te he oído decir, y con mucha frecuencia, que en el fondo de ti mismo estabas convencido de ser el vástago de una vieja gran familia…

—Oh —lo interrumpió Bertrand con una semisonrisa—. ¡Bromas! A veces, sabes, se sienten cosas, mil cosas que se agitan en la sombra del cerebro: nostalgias, inclinaciones, deseos, impulsos, especies de intuiciones, falsas certezas… Uno toma todo eso en serio, como mensajes del linaje, voces del atavismo. Pero…

—Sé sincero.

—Y bien, lo confieso. Tendría tanto placer en descender de gente importante, que he terminado por creer que es así, y que un día, como en los melodramas, se encontrarán los papeles, en un estuche, papeles que me darán un nombre y un título. ¡El Duque de no sé qué! ¡El Marqués de no sé cuánto!

Estalló en risas.

—Ríe, sí —dijo Charles sacudiendo la cabeza—, pero escucha: figúrate un instante, tú que eres leal, tú que no bromeas con el honor, a pesar de tu cara de chico bueno lleno de indulgencia, tú que te comportas como si te hubieras comprometido a no desmentir una aristocracia de muchos pergaminos, figúrate que tienes realmente detrás de ti decenas de generaciones obstinadas en el honor y la tradición, en prejuicios tan estúpidos como soberbios. ¡Figúrate que tienes en tus manos el estandarte de tu raza!

—Diablos —reconoció Bertrand—. Es verdad…

—Piensa que no puedo traicionar a los míos…

—¡Oh! Estoy seguro de que Colomba no te lo reprocharía.

—¿Y mi madre?

—¡Ah, bueno! Eso es otra cosa.

—Y además la señorita Ortofieri comparte rigurosamente mi opinión.

—Entonces, en efecto, no veo salida…

—No vine a que me ayudes a encontrar una salida, sino a que me ayudes a olvidar.

—Es una verdadera pena —dijo Bertrand— que ningún Christiani haya pensado en vengar al viejo César. Hace un siglo, una buena vendetta, una limpieza… Hoy serían amigos.

—Nuestras dos familias han evolucionado, desde entonces, en un mundo en que los rencores no se manifiestan a puñaladas o tiros. Y quizás más vale así; no se termina nunca con las vendettas; toda venganza pide otra.

—¡Y la sangre de César pide venganza! —declamó Bertrand.

—Pese a lo cual los Ortofieri nos guardan rencor, como si fuera su Fabius el asesinado por su víctima.

—Ah, realmente no es fácil entenderse con ustedes. Cuando pienso que mis hijos serán medio corsos… ¡Qué defensores tendré en ellos!

—¡Quién sabe! —observó Charles—. Quizás tú eres más corso que yo.

—¿Con una nariz como esta? ¿Una nariz… a la Choiseul?

—Nariz de aristócrata —dijo su amigo sonriendo con afecto.

—Me han dicho que mi bastón proviene sin lugar a dudas de una tienda parisina, lo que no prueba absolutamente nada en cuanto al lugar de origen de mi abuelo…

Descolgó el objeto, que pendía de una pared.

—Ah, si las cosas pudieran hablar —dijo Charles.

—Al ritmo que avanza la ciencia, todo es posible. Por lo demás, este bastón ya ha hablado, aunque poco. He aquí cómo. Es alto, a la moda de su tiempo; pero, guardando todas las proporciones, ha debido pertenecer a alguien de mi estatura. El cordón es antiguo, contemporáneo del resto; la empuñadura es de las dimensiones de una mano como la mía. Ha sido muy usado; mira la plata del pomo, que parece un pequeño gorro militar sin visera; está pulido por el roce de la palma, y las guirnaldas decorativas muy gastadas; sin embargo, la puntera de hierro en que termina la otra extremidad no está muy marcada por el contacto con el suelo. De lo que deduciríamos que el propietario de este bastón debía de llevarlo la mayor parte del tiempo bajo el brazo; y en efecto, en el tercio superior del junco, notamos que el barniz está opacado, a fuerza de sufrir el contacto del brazo y el torso, mientras la mano derecha acariciaba el pomo.

—¡Bravo, Sherlock Holmes! ¿Y has quitado ese pomo para ver si por casualidad no había algo escondido abajo?

—Ya mi padre había realizado esa operación. No había nada. Y por más que siga interrogando al bastón de mi abuelo, no me dirá nada más.

”Pero dime, ¿en qué puedo servirte? Volvamos a tu asunto.

—Ya me has servido mucho, dejándome confiarte mis tristezas. No le diré nada a mi madre. ¿De qué serviría?

—¿No podrías cambiar de aire? Sigue siendo el mejor tratamiento contra las depresiones.

—Justamente. Tengo la intención de partir, esta misma tarde, a Silaz. Claude me reclama allá. Unos días de calma y soledad me harán bien.

—Desconfía de la soledad.

—¡Bah! Llevaré mis papeles; y Los Cuatro Sargentos de La Rochelle me harán compañía. Escribiré un capítulo de mi nuevo libro.

—¡Brr! ¡Historias de conspiraciones y cadalso! Te convendría más escribir un vodevil.

—No tengo tema —respondió Charles en el mismo tono risueño, estrechándole la mano.

Cuando hubo partido, una sonrisa fina se dibujó en la boca carnosa y los ojos vivaces de Bertrand, y arrugó su nariz tan expresiva.

“¡No tengo tema! —se dijo—. ¡Vaya si lo tiene! Pero unos ven ‘tragedia’ donde otros vemos ‘comedia’. Y siempre será así, mientras haya hombres o algo que se les parezca”.

—Llegas justo a tiempo, Charles, estaba a punto de telegrafiarte que volvieras o tomaras el tren de La Rochelle a Ginebra.

La señora Christiani estaba sentada a su escritorio, frente a cartas abiertas y libros de contabilidad doméstica. Su duro perfil se recortaba sobre el fondo soleado de los grandes árboles que amarilleaban, y del presbiterio de la iglesia de Saint-Sulpice.

De modo que no sospechaba siquiera que su hijo hubiera estado en Oléron. Preguntó:

—¿Renunciaste a ese rodeo que querías hacer? Te apruebo. Tu Luc de Certeuil no me gusta, como ya sabes. Pero recibí esto de Claude.

Le tendió una carta, sosteniéndola con la punta de sus dedos morenos, muy cuidados.

Charles se apresuró a tomar la hoja de papel cuadriculado, sin responder, pero pensando que su madre acababa de dictarle involuntariamente el mejor camino a seguir, que era este: para todo el mundo, para él mismo, llegaba directamente de La Rochelle. La víspera aun estaba compulsando los más polvorientos documentos de la biblioteca, guiado en su investigación por el erudito señor Palanque. Nunca había pisado la cubierta del Boyardville. La isla de Aix, la isla de Oléron, seguían siéndole desconocidas. Y Rita, Rita…

Una emoción que le hacía muy mal detuvo la marcha de estos pensamientos. Leía, mientras tanto, la carta del viejo Claude, de la que respetaremos, si no la ortografía, al menos el estilo:

Señora:

La señora tendrá a bien perdonarnos, a la Péronne y a su servidor, por mandarle una carta tan seguida a la anterior que tuve el honor de enviarle a la señora, este domingo hará ocho días.

La presente es para hacerle conocer que la situación aquí ya no se soporta. Las cosas son para hacerle poner de punta los cabellos, y es solo por nuestra devoción a usted Señora, a la señorita y al joven señor Charles que hemos seguido en el castillo hasta ahora. Que la Señora me crea. Decirle lo que pasa, ¡oh, no!, yo no soy más que un pobre paisano, y le repito: se burlarían de mí. Pero esto no puede durar. El señor Charles seguramente tendrá la bondad de venir a hacernos de inmediato una breve visita. De otro modo, que la Señora me perdone, pero nos marcharemos, no bien pasada la cosecha, yo a Virieu, la Péronne a Aignoz, y nos quedaremos allí hasta que en el castillo se hayan terminado estas espantosas fantasmagorías.

Le ruego a la Señora que reciba mis saludos respetuosos, así como la señorita y el señor Charles. Y que Péronne envía también sus respetos.

Claude Cornarel

—Es preciso que vayas inmediatamente, Charles. Me pregunto qué puede estar pasando. Tú te ocuparás.

“Tú te ocuparás”, “ocúpate de eso”, eran las palabras que usaba la señora Christiani para todo lo que se relacionara con Silaz. Ella no había ido al lugar, desde su boda, más que tres o cuatro veces. No le gustaban las montañas que, decía, la abrumaban, la oprimían. La vieja morada le parecía odiosamente triste. Colomba apenas si la conocía; pero Charles iba de vez en cuando, para “ocuparse de eso”. Y no lo hacía a disgusto. En la infancia había pasado en Silaz, con su padre, breves períodos. Más tarde, cuando su vocación de historiador comenzaba a perfilarse, había vuelto para estudiar y clasificar la cantidad de papeles de la familia que había allí, en especial las Memorias y la correspondencia del corsario César Christiani. Enamorado del pasado en todas sus formas, respiraba con delicia los olores antiguos del edificio, que no se abría desde hacía mucho tiempo, salvo para ventilarlo o cuando se presentaba Charles, por pocos días, para decidir un arrendamiento, visitar las instalaciones, ver la viña y estrechar algunas manos callosas en el caserío de la vecindad.

En cuanto a la señora Christiani, no contenta con huir de Silaz, le había tomado aversión, como se la tomaba a ciertas personas que sin embargo no le habían causado ningún daño. No era una mujer mala, pero, como decían los criados, “se hacía ideas”. Es así como, por ejemplo, no quería volver a ver, desde hacía muchísimo tiempo, a la muy anciana prima Drouet, última representante de los Christiani de la otra rama. La había eliminado de sus relaciones. Charles y Colomba nunca habían visto a esta pariente, y cuando le preguntaban por ella a su madre, ella les respondía invariablemente que la prima Drouet se había “portado mal con Mélanie”, y no quería volver a oír hablar de ella. Mélanie —otra prima, pero de la rama Bernardi— no recordaba nada que le hubiera hecho de malo la señora Drouet. Pero la señora Christiani, por su parte, no lo olvidaba. Oh, no habría podido precisar; ya no sabía de qué se trataba; pero una cosa era segura: la primera Drouet se había portado mal con Mélanie, y eso no lo podía perdonar.

De ahí puede deducirse la enemistad que les dedicaba la señora Christiani a los Ortofieri. Cuando hablaba de Silaz, sus pupilas de azabache reflejaban la parte hostil y acrimoniosa de su alma, y todos los rencores que alimentaba encendían su mirada con breves fulgores. Charles suponía que a propósito de Silaz su madre maldecía, entre otros, a la prima Drouet y a los Ortofieri. Y los ojos negros de su madre lo llenaban de un desaliento que se sorprendió de experimentar, porque ya creía haber eliminado toda esperanza.

—Me gustaría ir en auto —dijo—. ¿Puedo llevar el cabriolet?

—Por cierto.

—Por el Bordeaux-Ginebra —agregó—, habría tenido un viaje muy largo en tren, y les confieso que no me tentaba.

—Además —decretó la señora Christiani—, en Silaz no habrías podido prescindir del auto. ¡En ese páramo!

—Pero las dejo a ustedes sin vehículo, y eso…

—No tiene ninguna importancia. Bertrand nos prestará el suyo; estará encantado de hacerlo, y además los coches de alquiler son tan buenos como los nuestros.

—Te lo agradezco —dijo Charles.

Besó a su madre en la frente, justo en el nacimiento de la raya que dividía su peinado en dos bandeaux aplastados y lustrosos. La señora Christiani, a su vez, resopló contra la mejilla de su hijo; era su modo personal de besar; sus labios delgados no participaban jamás de un beso, y era evidente a simple vista que no habían sido hechos para eso.

Colomba se unió a ellos en el almuerzo. Era la sonrisa de la casa. Y a su vez todo le sonreía: su juventud, su belleza, su compromiso matrimonial, su novio… Hasta la señora Christiani, que en su favor levantaba un ángulo de su boca y sonreía de un solo lado, sin poder hacer más.

En presencia de su hermana Charles se esforzó más aún que antes por disimular su melancolía. Bromeó no sin ingenio sobre los terrores de Claude, se manifestó persuadido como siempre de que las supersticiones, ayudadas por algún mistificador, eran culpables de todo el problema. Habló mucho, con alegría, sin tomarse nada en serio, tanto que al levantarse de la mesa, cuando vio a Colomba acercársele y llevarlo aparte, se preguntó qué pedido le haría, aprovechando las felices disposiciones que acababa de mostrar.

Pero lo que ella le dijo, en voz baja, fue otra cosa:

—¿Tienes algún problema?

Charles sintió una conmoción, perdió pie, se ruborizó y palideció para volver a ruborizarse. Pero ella seguía:

—¿Quieres que le pida permiso a mamá para ir contigo a Silaz?

—¿Y Bertrand? No, no, quédate con él. Quédate en París. ¡Cuando se ama, no debe haber separaciones…! Por otro lado, unos días de soledad…

—¿De quién se trata? —preguntó ella entre dientes, vigilando de reojo a la señora Christiani.

—¡Nadie! Era alguien, ahora no es nadie.

—¡Colomba! Ven a servir el café.

—¡Adiós! —dijo Charles con brusquedad—. Voy a hacer mis preparativos.

Cuando las dos mujeres quedaron solas:

—¿No te parece que le sucede algo? —dijo la señora Christiani.

—¡Por dios, mamá, cómo se te ocurre…!

—¡Como si no hubieras notado nada, pequeña embustera! Solo que yo no tengo necesidad de preguntarle para saberlo. Está enamorado, hija, está enamorado, y las cosas no van bien. ¡Una historia de amor! Ahí estamos. Era de esperar, al fin de cuentas. ¡Bah! Es un Christiani, todo se arreglará y tendremos otra boda… ¡Y me veré obligada a invitar dos veces, por falta de una, a esa prima Drouet! ¡Que se portó mal con Mélanie!

La joven, divertida, no quedó por ello menos pensativa, dando vueltas en el dedo al pequeño anillo de esmalte negro que le había dado Bertrand.

Al cabo de un momento:

—Es triste —dijo—, ser desdichado por amar.

—Cuando se ama a quien corresponde, querida, es imposible ser desdichado mucho tiempo. Y estoy segura de que mi Charles comparte ese punto de vista. Si ama, es porque ha elegido bien.

—¿Y qué es elegir bien?

—Elegir a una mujer digna de él. Y libre. Como ves, estoy tranquila. Todo se arreglará.

—Por supuesto —dijo Colomba.

IV

EL FANTASMA DE SILAZ

EL CASTILLO DE SILAZ está situado sobre la ribera izquierda del Ródano, a pocos kilómetros de Culoz. Se levanta en medio del bosque, entre el ancho río y la ruta que sigue su curso en largas líneas rectas. El caserío de Silaz agrupa algunos hogares en el dominio, al pie de una pequeña montaña rocosa, redonda, aislada, cubierta de arbustos bajos, a la que se llama el Molard de Silaz. Estos parajes se encuentran en los límites del departamento de la Saboya; y como en toda vieja provincia sarda, todavía hay viejos campesinos que dicen “en Francia” cuando hablan de la ribera derecha del Ródano, donde se extiende el departamento del Ain.

La ubicación del castillo es privilegiada, a causa de las montañas, que pueden verse desde todos los puntos, y de los bosques, entrecortados de prados, de viñas y de pantanos, que lo rodean. Pero la edificación no es alta y da la impresión, falsa, de haber sido construida en una depresión, ya que la domina la masa del Molard que impone una gran altura al horizonte.

Es un sitio aislado. El camino que ramifica desde la ruta cercana se termina ahí, o al menos no continúa más allá de Silaz si no es por medio de senderos rocosos, como todos los senderos de la región.

Bajaba la luz cuando el cabriolet de Charles Christiani, conducido por el chofer Julien, dejaba la ruta y se metía en el último tramo del itinerario París-Silaz.

Quinientos cincuenta kilómetros. Al partir, al mediodía del día anterior, Charles le había recomendado al chofer que no fuera rápido. De ese modo el viaje se hacía saludable. Iba sentado al lado de Julien. El aire libre entraba ampliamente en sus pulmones. El espectáculo del mundo hacía desfilar para él sus cien mil escenas. Y de ese modo podía intercambiar algunas frases con su vecino, que no era tonto ni charlatán.

Charles no se preocupaba de manera alguna por el motivo que lo llevaba a la Saboya. En Saulieu había cenado bien, y dormido bien. Habían retomado el camino sin apurarse. Se abandonaba suavemente al placer del pensamiento, al fantaseo bienhechor de reencontrar un país y una casa donde sabía que nada perturbaría su melancolía, ni presencia ni recuerdo intempestivo, ni fealdad ni mezquindad: silencio, en un bello desierto.

Lo había penetrado una dulzura profunda cuando, en Ambérieu, el automóvil había entrado, de pronto, en las gargantas, siguiendo las curvas incesantes en el fondo de un magnífico desfiladero. Amaba la montaña, se sentía físicamente feliz de respirar su atmósfera enérgica y liviana, de apreciar con la vista las cimas y las laderas, de ver recortarse las cumbres en lo alto, contra el cielo despejado, o verlas ocultarse en las nubes movedizas.

Luego, en la salida a los valles, en la grandiosa ampliación de tierra y cielo, en el deslumbramiento de la gran luz reencontrada, mientras la ruta en descenso le permitía dominar todavía un vasto panorama, había divisado, en medio de la llanura, el Molard de Silaz, y sintió una sacudida casi imperceptible en el corazón. Entonces había pensado que en ese corazón sobrevivía algo del pasado, algo de la bisabuela saboyana que se aceleraba al acercarse a Silaz, y esta idea seguía deleitándolo en secreto cuando vio los techos de tejas del castillo, y su torre cuadrada.

Todo eso se disipó en un segundo. El rostro de Claude le recordó instantáneamente que no había venido a Silaz a disfrutar de un reposo romántico.

El viejo había acudido al sonido de la bocina, tan rápido como se lo permitía la edad. Decentemente vestido con su traje de los domingos, levantó las manos trabajadoras en un gesto casi de adoración, primitivo y conmovedor:

—¡Oh! ¡Señor Charles!

La alegría y la preocupación se combinaban en su rostro: una alegría reciente, por encima de una preocupación anterior, que no lograba borrar. Tenía el sombrero en la mano, era calvo, y su abundante bigote gris acentuaba el matiz notablemente oscuro de su tez; los nervios salientes del cuello desaparecían en el cuello de una camisa de gruesa tela blanca, vestigio de tiempos antiguos.

—No puedo decirle, señor Charles, qué contento estoy de su llegada.

—¿Es a causa del fantasma? —dijo Charles riendo.

—¿Cómo lo sabe? No puse nada en mis cartas —se asombró el guardián de Silaz.

Pero Péronne, a su vez, se acercaba, bajo su bonete blanco, secándose las manos en su delantal azul. Una buena cara simple, moldeada por la honestidad y la devoción, y también por el sentido común; dos ojos fieles como ya no se ven, tanta respetuosa sumisión expresaban hacia Charles.

¡Pareja paradójica! Pareja extraña, que no era una pareja, aun siendo dos. Claude y Péronne vivían ahí desde su juventud, al servicio de la familia Christiani. No los unía ninguna otra relación, pero se entendían a maravilla, como camaradas, y nunca hubo nada entre ellos que turbara esta amistad. Solterón, solterona, con propiedades cada uno en su aldea, se quedaban en Silaz, contentos de servir a los mismos amos con una misma probidad.

—¿El señor Charles ya está al corriente? —dijo Péronne levantando hacia el viajero una mirada temerosa—. ¿Ya se lo explicó, Claude?

—No, pero el señor ya sabe que es el fantasma.

Estaban en el umbral del cobertizo donde se guardaban los vehículos. Charles, con los dos ancianos uno a cada lado, se dirigió hacia el castillo. Entraron por la puerta de las cocinas.

—Vengan conmigo —dijo Charles—. Así me contarán.

Las ventanas del salón estaban abiertas, así como la puerta vidriera que daba sobre el parque inglés. El aire estaba cálido y la luz era dorada. Reinaba, como una fascinación, el gran silencio del campo; Charles, después de un largo viaje acompañado del ruido del automóvil, sentía la magnitud de este silencio.

—¿Y bien? —preguntó.

—Es en el cuartito alto —dijo Claude—. Todas las noches se enciende una luz. Y se ve a alguien.

Charles sonrió.

—El señor Charles lo verá por sí mismo —dijo respetuosamente Péronne—. A la noche, cuando oscurece, el fantasma entra en el cuartito alto. La gente del pueblo lo vio tanto como nosotros.

—¡Sea! Lo admito. ¿Desde cuándo?

—Nosotros lo advertimos hace una quincena —dijo Claude—. Esa noche, íbamos a acostarnos después de cenar, yo acababa de soltar al perro Milord, que es, como usted sabe, muy bueno en la guardia. Y de pronto, oigo ladrar en el parque, cerca del castillo. Salgo, doy toda la vuelta…

—Hay que decirle —completó Péronne— que el perro ladraba muy fuerte, más fuerte que cuando hay algún animal que ronda o gente que pasa por la ruta.

—Sí —confirmó Claude—. Y entonces, llego en puntas de pie para no hacer ruido en la grava del sendero. Y, señor Charles, ahí estaba Milord —añadió señalando, por la ventana abierta, un punto en el exterior—. Si no le molesta salir al frente del castillo, le mostraré…

Salieron.

El piso del salón estaba al nivel del suelo de la explanada, cubierta de grava, rodeada de setos. Encima de la puerta una marquesina extendía su alero de vidrio. Charles, al pasar, le dedicó un pensamiento reprobador. Ese agregado databa de 1860; Napoleón Christiani la había mandado hacer en el momento de la anexión de la Saboya, hecho que celebró con fiestas y banquetes, en los que se combinaba el patriotismo con la ambición. La marquesina, de estilo Napoleón III, desentonaba en la fachada saboyana con su viejo revestimiento de argamasa, sus ventanas pequeñas y sus grandes techos pesados, de marcada pendiente, que la coronaban como un peinado sólidamente encasquetado.

Aparte de la marquesina, en efecto, el castillo de Silaz, un tanto descalabrado, presentaba un notable modelo de la arquitectura regional del siglo XVII, tosca pero encantadora. Charles lo notó una vez más alzando la vista hacia las ventanas del “cuartito alto” —que nos parece indispensable situar, para el lector, con mucha precisión.

Del lado del parque, la fachada del castillo —que existe todavía, por supuesto, en el momento en que escribimos— no mantiene un solo plano vertical, sino que está compuesta de dos cuerpos, de los cuales uno se adelanta respecto del otro. Para el observador colocado en el parque, es el cuerpo de la derecha el que retrocede, no más que la profundidad de un cuarto; y era de este cuerpo retirado hacia atrás de donde acababan de salir Charles, Claude y Péronne.

El otro cuerpo, el de la izquierda, ofrece, igual que el otro, una planta baja y un piso alto; pero tiene además un segundo piso en la parte derecha solamente, del lado que hace un ángulo recto con la fachada retraída. Este segundo piso, al no estar compuesto más que por una sola pieza, figura una suerte de torre cuadrada, coronada igualmente por un techo de tejas, y cuya base se confunde con la construcción adelantada.

Esta torre está provista de dos ventanas en cada piso, una que mira al sur (orientación de conjunto de la fachada), la otra al este, es decir dando en ángulo hacia la fachada retraída.

La planta baja de la torre es un cuarto de trabajo.

El piso alto es un cuarto de aseo adjunto al cuarto vecino.

El segundo y último piso es el “cuartito alto”, biblioteca y sala de trabajo.

—¡Es allí! —dijo Claude—. No sospechaba nada cuando acudí a los ladridos de Milord. La noche ya era oscura, sin luna. De pronto me llamó la atención aquella ventana.

Señalaba la ventana del este, la que da al hueco, abrigado del viento, que forman sobre la explanada de grava los dos cuerpos del edificio.

—El perro levantaba la cabeza, ladraba y daba vueltas en redondo. Y allá arriba, señor Charles, había luz, como en una pieza donde hay alguien.

”Mi primer movimiento fue ir a buscar el revólver y subir al cuartito. Porque mi primer pensamiento fue que teníamos visita de ladrones… Pero no sé por qué, me dije de pronto que debía de ser el fantasma…

Charles lo riñó en tono burlón:

—¡Vamos, Claude! Hablando en serio, ¿usted cree todavía en fantasmas?

Los dos viejos bajaban la cabeza, y Charles recordó todas las historias de espectros que les había hecho contarle cuando era chico. Sabía que tanto uno como la otra estaban persuadidos de haber entrevisto al fantasma bajo formas diversas, indecisas pero espantosas, en el crepúsculo, al claro de luna, en las tinieblas, en el fondo de sótanos bajos y oscuros, atravesando un pasillo desierto o eclipsándose en el hueco de una escalera en penumbras.

¿Qué era exactamente un fantasma, en la forma en que se lo concebía en la región? Una sombra, un espectro, un espíritu, un demonio, un alma en pena, todo lo que se quiera. Las leyendas saboyanas están llenas de ellos. Los espíritus simples, influidos por las rudas soledades de los valles sombríos, no han abjurado aún de la antigua superstición y crean estos nocturnos espantajos que los atemorizan tanto más por cuanto los han imaginado a la medida de sus miedos, como ninguna otra cosa podría asustarlos mejor.

—Entonces —prosiguió Charles—, ¿no subieron a ver de dónde provenía la luz, o qué la producía?

—¡Yo no subiría por todo el oro del mundo!

—Me vino a buscar —dijo Péronne—. Traía el perro…

—Sí; quería que fuéramos dos. Y quería encerrar a Milord, para escuchar sin que me molestaran sus gruñidos y ladridos.

—¿O sea que todo el ruido que hizo el perro —preguntó Charles— no molestó al personaje de la luz? Pues me hablaron de alguien, alguien que se introdujo en el cuartito alto… y que sigue introduciéndose ahí todas las noches. ¿Es así?

—Sí, señor Charles. Así es. Pero todo el ruido de Milord no había atraído a nadie a la ventana, ni provocado ninguna clase de movimiento en el interior. En el fondo, es quizás eso lo que me pareció extraño… Cuando volví, con Péronne, unos minutos después, sin el perro, la luz seguía ahí…

—¿Qué clase de luz? ¿Blanca? ¿Amarilla? ¿Fuerte?

—Una claridad de lámpara —dijo Péronne—. No fuerte. Amarillenta. Como de una lámpara pequeña. Nosotros dos habíamos avanzado sin hacer ruido, yo con mis zuecos, Claude en medias. Seguía sin oírse nada. Y nada se movía en la habitación. Nos quedamos ahí tres cuartos de hora, la nariz levantada, mirando atrás a cada momento. ¡No estábamos nada tranquilos, señor Charles!

Claude retomó la palabra para responder a Charles, que preguntaba si habían visto, al fin, a alguien:

—Vimos la sombra de alguien, primero, sobre la pared y sobre el techo, y después sobre la biblioteca. Y de pronto… ¡ah!, ¡qué susto!, ¡no me olvido más!… Un hombre, o la apariencia de un hombre, apareció, desde la izquierda, y se plantó frente al vidrio.

Charles, con toda tranquilidad, examinaba la ventana. Desde abajo percibía, apenas, a través de los vidrios, un rincón de techo y la punta de la biblioteca, que reconocía. Ese “cuartito alto” le era familiar. Había trabajado en él, antaño. La biblioteca con puertas de vidrio, en caoba barnizada, contenía la mayor parte de los documentos que se había tomado el trabajo de clasificar. Su memoria le recordaba los otros muebles: un escritorio con tapa en madera de frutal, una linda cómoda Directorio de factura ingenua; todo lo cual formaba un conjunto muy “buenos viejos tiempos”, al que probablemente no se le había agregado nada desde comienzos del siglo XIX.

La ventana que miraban no estaba provista de postigos. Caminó dando la vuelta al ángulo del edificio, para mirar la otra ventana del cuartito alto; esta estaba herméticamente cerrada con postigos. (No hay que asombrarse de estas discrepancias entre una ventana y otra; son frecuentes en las viejas mansiones del país). Para la llegada de Charles, Claude había abierto postigos y persianas de todas las ventanas del castillo. Mirando los postigos cerrados de aquella ventana Charles supo que el hombrecito decididamente no era un valiente y no se había atrevido, ni siquiera en pleno día, a entrar al cuartito alto.

Claude confesó que no había hecho más que abrir la puerta de ese cuartito y echar una mirada para asegurarse de que todo estaba en el orden habitual.

—Se habría dicho que no había entrado nadie desde la última inspección.

—¡Pero justamente, mi querido Claude, un fantasma es nadie!

El viejo, sorprendido y contrariado de ver a su amo tan manifiestamente incrédulo y burlón, le dijo, con aire consternado:

—El señor Charles ni siquiera me pregunta por el fin de mi historia.

—¡Y bien! Adelante. ¿Qué pasó después?

—Pasó, señor, que el hombre dio media vuelta. Y después se puso a caminar, rápido, como quien reflexiona. Y observe bien esto, señor Charles: sus pasos no hacían el menor ruido, y el silencio era tan profundo que deberíamos haberlo oído caminar en el cuarto, aun si hubiera tenido pantuflas. Allá arriba no hay alfombra, y los dos tenemos buen oído todavía, Péronne y yo, gracias a Dios.

”En fin, hacia la medianoche, lo vimos salir del cuarto. Por el ángulo de visión no veíamos más que su cabeza. Se llevó la luz, pero no pudimos ver si tenía una lámpara o una linterna o alguna otra cosa. Por ejemplo, ¿no es cierto, Péronne?, vimos muy bien que abría la puerta. Y la puerta se cerró tras él, silenciosamente, como una puerta fantasma. Y volvió la oscuridad al cuartito alto… Debió de apagar la lámpara no bien salió, porque no vimos el menor resplandor en los tragaluces del granero.

—Es cierto —dijo Charles—, la puerta del cuartito alto da al granero, por una escalera.

Recordaba esta disposición pintoresca que lo había encantado cuando era niño y jugaba en los altillos de Silaz. El cuartito alto no ocupaba enteramente, en el último piso, el perímetro de la torre cuadrada. Su puerta se abría sobre una escalera de madera que, abajo, comunicaba con el granero del cuerpo retraído, mediante una abertura sin puerta. No había otra salida del cuartito alto.

—¿Qué piensa el señor Charles de todo esto? —preguntó ansiosamente Péronne—. ¡Ningún ruido! ¡Ni un susurro! ¡Y todas las noches el fantasma vuelve a la misma hora! No sé si el señor se representa lo que es vivir bajo el mismo techo que semejante horror! Sin contar que no sabemos dónde va, el maldito, cuando sale de allí.

—En resumen —dijo Charles—, ¿qué hicieron? ¿Qué medidas tomaron?

Charles hizo un gesto de impotencia.

—Le escribí a la señora… Instalé nuestras camas en la planta baja, para poder dormir, porque nuestras buhardillas, arriba… ¡Ya se imagina! Por lo demás, seguí vigilando, hasta con hombres del villorrio. Ellos me acompañaron y le repetirán lo que yo acabo de decirle…

—¿Vigilando? ¿Dónde? ¿Cómo?

—Bueno… Desde aquí donde estamos… Desde la caída de la tarde hasta la desaparición de… la cosa…

—¿A qué se parece, este fantasma?

—No se lo ve bien, señor Charles. La luz es débil. No se distingue más que una forma oscura y no se ve más que el busto.

—¿Y entre la gente de la aldea nadie tuvo la idea de subir allá arriba mientras se encontraba el visitante?

—¡Oh! —exclamó Charles a coro con Péronne—. ¡Nadie querría hacerlo!

—Bien. Y dígame, Claude, ¿no ha sospechado que alguien les está jugando una broma pesada? Seguramente es una suposición que se hicieron, ¿no? ¿Ustedes tienen enemigos? ¿Los tenemos nosotros? Me parece evidente que un mal bromista los ha tomado de víctimas. Piénselo. ¿Quién puede ser? Busque del lado de quienes podrían tener algún interés, o bien en alguien que tenga algún rencor contra ustedes, si no es contra mi familia…

—Es que no se me ocurre nadie. Pero, señor Charles, créanos, no es por ese lado por donde hay que buscar la explicación. Pues lo que sucede no es natural, y yo apostaría cien francos a que usted opinará lo mismo dentro de un rato, cuando haya visto con sus propios ojos…

—¡Siempre que el presunto fantasma me haga el favor de aparecérseme!

El sol acababa de ocultarse tras las cadenas azuladas del poniente. La temperatura bajó de pronto. El parque se llenaba de sombras. Solo un macizo montañoso muy cercano se beneficiaba aún de los últimos rayos de luz, pero sobre él la sombra ascendía como una marea, y la montaña de oro se volvía poco a poco una montaña oscura. Pronto las cumbres mismas, sumergidas, se apagaron. Los murciélagos comenzaron su ronda en la penumbra crepuscular.

Péronne y Claude siguieron a Charles Christiani, que volvía al salón. Los dos sirvientes, a la expectativa, esperaban preguntas, órdenes…

—¿Dónde me harán dormir? —preguntó.

—Prepararé el cuarto que el señor quiera —dijo Péronne.

—Entonces, como siempre.

—Bien, señor —asintió la criada—. ¿El señor Charles se da cuenta?

—¿De qué, querida señora? —dijo él con cordialidad—. ¿De que el cuarto que acostumbro ocupar está cerca de la torre? ¿De que su cuarto de aseo está justo debajo del cuartito alto? Le aseguro que me tiene sin cuidado. ¡Ah, otra cosa! Cenaré temprano, para no perderme la llegada del fantasma —agregó con una risa.

—Espero que el señor Charles no cometa ninguna imprudencia —dijo Péronne asustada.

—Temo que las circunstancias no me permitirán ninguna temeridad —respondió él—. Estoy convencido, mis amigos, de que alguien ha querido asustarlos; trataré de saber por qué y entrar en los secretos de esta puesta en escena. En cuanto a esta noche, apostaría a que todo estará tranquilo y el mistificador no se presentará. Ahora lamento haber llegado sin tomar precauciones. Debería haber dejado el auto en los alrededores y llegar a pie o en bicicleta, sin hacerme ver.

”En todo caso, no hablen de mi llegada en el pueblo. Traten de no hacer más movimientos que los habituales. No entren, antes que yo se lo diga, en el cuarto que debo ocupar; yo no entraré sino a la hora de acostarme y, por supuesto, no subiré ahora al cuartito alto. En una palabra, hagamos todo lo posible por no alertar a este farsante.

—¿Pero y si viene, señor Charles? —dijo Claude.

—Si viene, señor Claude, estamos preparados, Julien y yo, para sacarle todas las ganas de volver a venir.

—¡Oh! ¡Dios santo! ¡Dios santo! —gimió Péronne dirigiéndose a la cocina.

—Tengo mi revólver —recordó Claude.

—Haría mejor en buscar la escopeta, y cargarla con sal gruesa. Llame a Julien, por favor, que le daré instrucciones.

A las nueve y media, Charles, el chofer Julien y Claude estaban apostados bajo un castaño. A través del follaje podían observar cómodamente la ventana sospechosa, provista de cuatro vidrios, dos a la izquierda y dos a la derecha. El perro Milord, un bello mastín, acompañaba a Péronne en la cocina cerrada.

Una luna creciente subía, al sudoeste, en un cielo despejado. Del Ródano provenía una frescura de otoño, con nieblas bajas. Con ellas venía un olor de hierba y de tierra húmeda. Se oía caer las castañas maduras, que a veces rebotaban con ruido seco en las ramas. A lo lejos un rumor de trenes, tras el cual el silencio de la naturaleza se restablecía como un agua estancada.

Fue durante uno de esos silencios casi absolutos cuando la ventana se iluminó suavemente. Allá arriba, alguien abría la puerta, alguien entraba. La claridad se afirmó. Una vez cerrada la puerta, un hombre pasó y desapareció hacia la izquierda. Las sombras se inmovilizaron; sin duda la lámpara se encontraba posada sobre un mueble. La ventana quedó iluminada en la pared sombría, pues la luz no daba sobre ese lado sino que bañaba la fachada de ángulo, a la derecha, y hacía brillar el vidrio de la marquesina. No se había percibido el menor ruido.

—¡Qué le decía! —triunfó Claude, que se sentía seguro en compañía.

—Hay algo cambiado en la ventana —murmuró Charles—. Han tapiado la mitad; han puesto algo, no sé qué, una cortina quizás, sobre toda la parte izquierda. En ningún momento vi luz de ese lado, lo que me haría creer que entraron sin luz al cuarto, para obturar esa mitad de la ventana, antes de entrar con una lámpara. Ya volveremos sobre ese detalle.

“Por el momento, hay que actuar. Desde aquí no se ve nada. Tengo un plan. Usted, Claude, se quedará aquí bajo el castaño. Y usted, Julien, vendrá conmigo. Subiremos al granero. El ojo de buey más cercano a la ventana iluminada no está a más de tres o cuatro metros y no está tan abajo de ella como para que no permita observar perfectamente lo que sucede en el cuartito… Todo esto es bastante curioso. Nos las vemos con un malandrín ingenioso, pero nada prueba que se sepa observado, esta noche, por fuerzas nuevas… Julien, le recomiendo silencio. Descalcémonos.

Mientras procedían a esta operación previa, Claude, fuertemente impresionado, murmuró:

—¡Tome todas las precauciones, señor Charles!

—Quédese tranquilo. Los puños nos bastarán, y además tenemos un revólver cada uno.

Claude sacudió la cabeza.

—A esta hora, algo me dice que un revólver no sirve para nada.

—¡Vamos! —le dijo Charles al chofer.

Julien era un joven fornido, que contenía a duras penas la excitación. Nada le habría complacido más que participar, como lo estaba haciendo, en una aventura.

Una vez en el salón, Charles encendió una linterna eléctrica de bolsillo. Precediendo al chofer, atravesó el ambiente rumbo a una escalera de caracol que ambos subieron en puntas de pie.

La puerta del granero no estaba cerrada. Entraron. Dos tragaluces, frente a la puerta, recortaban dos rectángulos de cielo iluminado por la luna. Los otros tragaluces visibles desde el exterior eran los de las buhardillas.

Una claridad lechosa y azulada llenaba este lugar letárgico, extraordinariamente silencioso. Entre las vigas y en los rincones, espesas tinieblas. A la derecha del tragaluz de la derecha, recortando en la penumbra del muro una oscuridad rectangular, había un hueco: la abertura que daba a la breve escalera de cinco o seis peldaños por la que se accedía al cuarto misterioso; de tal suerte que para salir de este cuarto inevitablemente había que pasar por el granero. Y para salir del granero había que pasar frente a los tragaluces.

Caminando en puntas de pie, después de apagar la minúscula linterna eléctrica, Charles, seguido de Julien, llegó sin tropiezos al tragaluz de la derecha. Ni un crujido escapó del antiguo piso de madera, grueso y sólido.

Como lo había previsto, este observatorio, sin ser perfecto, presentaba ventajas muy apreciables. No permitía ver todo el cuartito alto, pero sí mucho más de lo que Charles había esperado. Si la puerta ya no era visible, al menos la biblioteca aparecía en casi todo su ancho, y solo el tercio inferior quedaba oculto; pues, recordémoslo, el ojo de buey estaba en un nivel inferior.

Por último, a la izquierda de la biblioteca se veía un trozo de pared, revestido de viejo empapelado floral que Charles reconoció, y cuadros con grabados, que no eran menos caros a sus recuerdos.

Se alzó en puntas de pie. Alcanzó a ver la parte superior del vidrio de una lámpara. Supo que esta lámpara estaría colocada sobre el escritorio de tapa, que estaría abierto.

Pero maldecía esa cortina o pantalla que obstruía todo el costado izquierdo de la ventana iluminada, impidiendo al observador descubrir una porción importante del cuartito.

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Дата выхода на Литрес:
15 ноября 2024
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322 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9789871739264
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