Читать книгу: «Karma al instante»

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Para papá, quien siempre llenó nuestra casa de música.


1

Quint Erickson está llegando tarde.

Otra vez.

No debería sorprenderme. No lo estoy. Estaría más asombrada si, de hecho, llegara a horario. Pero ¿en serio? ¿Hoy? ¿De todos los días?

Burbujeo en mi silla, mis dedos tamborilean sobre el soporte visual que preparé para la presentación de hoy; el cartón está plegado sobre nuestra mesa de laboratorio. Mi atención se divide entre mirar el reloj sobre la puerta de nuestro salón y repetir en silencio las palaras que he estado memorizando toda la semana. Nuestras playas y costas son el hogar de algunas especies destacables. Peces, mamíferos, tortugas de mar y…

–Los tiburones –dice Maya Livingstone parada delante del salón– han sido severamente maltratados por Hollywood durante décadas. ¡No son los monstruos que los humanos dicen que son!

–Además –añade su compañero de laboratorio, Ezra Kent–, ¿quién se come a quién? Quiero decir, ¿sabían que la gente come tiburones?

–Para esclarecer –Maya le echa un vistazo a Ezra frunciendo el ceño–. En general, solo sus aletas.

–¡Correcto! Hacen sopa con ellas –añade el chico–. La sopa de aleta de tiburón es un manjar exótico porque son como gomosas y crocantes a la vez. ¡Imaginen eso! Definitivamente la probaría.

Algunos de nuestros compañeros simulan arcadas, aunque es obvio que Ezra intenta obtener precisamente esa reacción. La mayoría de la gente lo llama EZ, como “fácil” en inglés. Solía pensar que era una alusión a su vida sexual, pero ahora creo que solo es por su personalidad básica. Los profesores aprendieron a no sentarlo cerca de Quint.

–Como decía –Maya intenta encaminar la presentación. Explica los métodos horribles para atrapar a los tiburones y cortar sus aletas para luego regresarlos al agua. Sin sus aletas, se hunden hasta el fondo del océano y se ahogan o son devorados por otros depredadores.

Toda la clase esboza una mueca.

–¡Y luego los hacen sopa! –grita Ezra, solo en caso de que alguien se hubiera perdido esa parte antes.

Pasa otro minuto.

Muerdo el interior de mi mejilla, intentando calmar los nervios que se retuercen dentro de mí. La misma queja se repite en mi mente por enésima vez.

Quint Erickson es el peor.

Hasta se lo mencioné ayer. “Recuerda, Quint, tenemos una presentación importante mañana. Tienes que traer el informe. Se supone que debes ayudarme con la introducción. Así que, por favor, por el amor de todo lo que es bueno y justo en este mundo, esta única vez, no llegues tarde”.

¿Su respuesta?

Encoger los hombros.

“Soy un hombre ocupado, Prudence. Pero haré mi mejor esfuerzo”.

Seguro. Tiene tantas cosas que hacer un martes antes de las 8:30 a. m.

Sé que puedo lidiar con la introducción por mi cuenta. Después de todo, he estado practicando sin él. Pero se supone que traerá las copias que preparamos. Hojas que el resto de la clase puede mirar mientras hablamos. Papeles que mantendrán sus aburridos y desinteresados ojos alejados de mí.

La clase empieza a aplaudir con poco entusiasmo y me concentro de golpe. Uno mis manos para uno, dos aplausos antes de dejarlas caer sobre mi escritorio. Maya y Ezra recogen su presentación. Le echo un vistazo a Jude en la primera fila y, aunque solo puedo ver su nuca, sé que sus ojos no abandonaron a Maya desde que se puso de pie y no lo harán hasta que la chica vuelva a sentarse y no tenga otra opción más que desviar la mirada o arriesgarse a llamar la atención. Siento gran cariño por mi hermano, pero su enamoramiento por Maya Livingstone ha estado bien documentado desde quinto año de primaria y, siendo honesta, parece ser un caso perdido.

Tiene mi apoyo, en serio. Después de todo, es Maya Livingstone. Casi toda nuestra clase está enamorada de ella. Pero también conozco a mi hermano. Nunca tendrá las agallas para finalmente invitarla a salir.

Por consiguiente, caso perdido.

Pobre Jude.

Pero regresemos a pobre Prudence. Maya y Ezra se acomodan en sus asientos y todavía no hay señales de Quint ni de las copias que se suponía debía traer con él.

En un acto de desesperación, busco mi labial rojo en mi bolsa y lo apoyo sobre mis labios, solo en caso de que se haya desvanecido la capa que apliqué antes de clase. No me gusta usar mucho maquillaje, pero un labial atrevido incrementa mi confianza instantáneamente. Es mi armadura. Mi arma.

Puedes hacer esto, me digo a mí misma. No necesitas a Quint.

Mi corazón comienza a bailar dentro de mi pecho. Mi respiración se acelera. Vuelvo a guardar el labial en mi bolsa y tomo mis tarjetas ayuda memoria. No creo que las necesite. He practicado tantas veces que puedo hablar sobre hábitats y ecología mientras duermo; pero tenerlas conmigo me ayudará a calmar mis nervios.

Por lo menos, eso creo. Espero que sí.

De repente, temo que mis palmas sudorosas puedan borronear la tinta y la tornen ilegible y mis nervios vuelven a recuperar fuerza.

–Y llegamos a la última presentación del año –dice el señor Chavez y me mira casi con compasión–. Lo lamento, Prudence. Hemos demorado todo lo posible, tal vez Quint se nos una antes de que termines.

–Está bien. –Fuerzo una sonrisa–. De todos modos, planeaba hablar la mayor parte del tiempo.

No está para nada bien. Pero nada puede hacerse ahora.

Me pongo de pie lentamente, guardo mis notas en mi bolsillo, tomo la presentación y la bolsa de tela que traje repleta de materiales extra. Mis manos están temblando. Pauso solo lo suficiente para exhalar completamente, cerrar los ojos con fuerza y repetir la frase que siempre me digo a mí misma cuando tengo que hablar o presentarme en público: Solo son diez minutos de tu vida, Prudence, y luego terminará y podrás seguir adelante. Solo diez minutos. Puedes hacerlo.

No soy terrible hablando en público, de hecho, una vez que empiezo, soy bastante buena. Sé cómo proyectar mi voz para que todos puedan oírme. Siempre practico ad nauseum, hasta el cansancio, para no trabarme y trabajo duro en ser vivaz y entretenida.

Los momentos previos son espantosos. Siempre estoy segura de que algo saldrá mal. Mi mente se pondrá en blanco y olvidaré todo. Empezaré a sudar. Me ruborizaré. Me desmayaré. Pero una vez que empiezo, suelo estar bien. Solo tengo que decir la primera oración… y luego, en un abrir y cerrar de ojos, todo terminará. Y escucharé lo mismo de siempre: “Guau, Prudence. Eres una oradora natural. Eres una presentadora excelente. Buen trabajo”.

Palabras que tranquilizan mi alma frenética.

Al menos mis profesores suelen decir cosas así. El resto de mis compañeros raramente se molestan en prestarme atención.

Lo que no me molesta en absoluto.

Tardo un par de segundos en acomodarme, acomodo la presentación sobre la pizarra blanca y apoyo mi bolsa con sorpresas en un costado. Luego, muevo la mesa con rueditas con la maqueta que traje antes de que iniciara la clase, todavía está cubierta por una tela azul.

Sujeto mis tarjetas en una mano y con la otra tomo la vara que el señor Chavez usa para señalar detalles en sus diapositivas de PowerPoint.

Le sonrío a mis compañeros.

Intento encontrar la mirada de Jude, pero está haciendo garabatos en su cuaderno y no recibe mensajes.

Genial, hermano. Gracias por el apoyo.

El resto de la clase clava en mí su mirada prácticamente comatosa por el aburrimiento.

Se me retuerce el estómago.

Solo empieza.

Solo son diez minutos.

Estarás bien.

Inhalo.

–Iba a tener material suplementario para que puedan mirar –mi voz suena aguda y hago una pausa para aclarar mi garganta antes de continuar– y seguir la presentación. Pero Quint debía traerlo y… no está aquí.

Aprieto los dientes. Quiero hacer notar la injusticia de esta situación. ¡Los compañeros de todos los demás vinieron! Pero el mío no se molestó en aparecer.

–Bueno –continúo y agito la vara en el aire con dramatismo–. Aquí vamos.

Camino delante de la presentación y exhalo entrecortadamente.

Solo empieza.

Sonriente, inicio mi introducción ya preparada.

–Algo que he aprendido sobre la biología marina, gracias al tutelaje excepcional del señor Chavez… –pauso para señalar con entusiasmo a nuestro profesor–, es que somos muy afortunados de tener acceso a una floreciente vida marina aquí en Fortuna Beach. Nuestras playas y aguas costeras son el hogar de especies maravillosas. Peces y mamíferos, tortugas marinas y tiburones…

–Los tiburones son peces –dice Maya.

Me tenso y le lanzo una mirada fulminante. Nada como una interrupción innecesaria para descarrillar una presentación bien ensayada.

Las interrupciones son el enemigo.

Vuelvo a invocar mi sonrisa. Estoy tentada a volver a empezar, pero me obligo a seguir adelante. Peces y mamíferos, tortugas marinas y tiburones…

–… hasta los ricos ecosistemas de plancton y vida vegetal que pueden encontrarse en la bahía de Orange Bay. Estos recursos son un tesoro y es nuestra responsabilidad disfrutarlos y protegerlos. Por eso, para nuestro proyecto, Quint y yo decidimos concentrar nuestros esfuerzos en… –Hago una pausa para un efecto dramático–. ¡Conservación marina a través de ecoturismo!

Con un movimiento elegante, levanto la tela azul y revelo mi modelo hecho a mano de la calle principal de Fortuna Beach, el centro turístico se despliega de manera paralela a la playa y a la rambla.

No puedo resistir y echo un vistazo a mi alrededor para ver las reacciones de mis compañeros. Algunos en las primeras filas estiran el cuello para ver la maqueta, pero la mayoría tiene la mirada clavada en las ventanas atravesadas por rayos de sol o intenta enviar mensajes con su teléfono debajo de su escritorio discretamente.

Por lo menos, el señor Chavez parece intrigado mientras estudia el modelo. Jude alzó la cabeza, sabe las largas horas de trabajo que le dediqué a esta presentación. Encuentra mi mirada y alza los pulgares de manera sutil, pero alentadora.

Me ubico detrás de la mesa para poder inclinarme sobre la maqueta y señalar las secciones más importantes. Siento la adrenalina en mi cuerpo, ya no tengo la sensación de que me desmoronaré en una pila de pánico. Ahora estoy energizada.

–Nuestro nuevo centro turístico será el Resort & Spa Orange Bay, pensado para una clientela de alto nivel. Visitantes que aprecien lujos y anhelen aventuras, pero… ¡cielos! –chasco mis dedos con picardía–, que también se preocupen por nuestro medio ambiente. –Señalo un rascacielos con la vara–. Una construcción con materiales reciclados y numerosos mecanismos para conservar agua y ahorrar energía, este resort será de lo único que hable la ciudad. Pero nuestros turistas no solo vendrán aquí a dormir. Vendrán a explorar. Por ese motivo, Fortuna Beach necesita nuevas estaciones para alquilar bicicletas eléctricas posicionadas en los dos extremos de la rambla. –Señalo las pequeñas estaciones con bicicletas con la vara–. También podrán alquilar botes eléctricos que partirán desde el muelle privado del resort. Pero lo que realmente atraerá turistas, lo que verdaderamente distinguirá a Fortuna Beach como destino imperdible para nuestros viajeros con conciencia ecológica…

La puerta del aula se abre de golpe y se golpea con fuerza contra la pared.

Me sobresalto.

–¡Lo lamento, señor C! –dice una voz que eriza los cabellos de mi nuca. Mi sorpresa desaparece y es reemplazada por ira apenas contenida.

Aprieto los dientes y le lanzo una mirada fulminante a su cabeza mientras llega a nuestra mesa compartida en la última fila y deja caer su mochila. El cierre es tan ruidoso como el motor de un avión. Comienza a silbar –silbar– mientras hurga entre el caos de papeles, libros, plumas y las porquerías que acumuló durante nueve meses en esa cosa.

Espero. Alguien tose. Por el rabillo del ojo, puedo ver a Jude moviéndose en su lugar, incómodo por mí. Salvo que, por algún motivo, no estoy incómoda. Normalmente, una interrupción tan gigante como esta me hubiera transformado en una masa de nervios, pero en este momento estoy demasiado ocupada estrujando la vara mientras pretendo que es el cuello de Quint. Podría quedarme aquí parada todo el día, a pesar del silencio incómodo, esperando a que Quint se percate de la irrupción que causó.

Pero, para sumar a mi frustración sin fin, Quint parece alegremente absorto. De mi molestia. De haberme interrumpido en el medio de nuestra presentación. Del silencio incómodo. No estoy segura de que sepa lo que significa “incómodo”.

–¡Ajá! –anuncia victoriosamente y toma una carpeta verde neón de su mochila. Incluso desde aquí puedo ver que la esquina está doblada. Abre la tapa y toma nuestros informes. No puedo notar cuántas páginas son. Tres o cuatro, probablemente en doble faz, porque ¿quién desperdicia papel en un informe sobre ecología?

Espero que lo haya hecho en doble faz.

Quint distribuye nuestros informes; páginas abrochadas para nuestros compañeros y una carpeta de tres anillos para el señor Chavez. No lo hace con el método eficiente de “toma una copia y pasa las demás” que yo hubiera utilizado, posiblemente porque es el ser humano más ineficiente del planeta. No, avanza por los pasillos y entrega una por una. Sonríe, recibe sonrisas. Podría ser un político cortejando a las masas con su paso informal y expresión relajada. Una de las chicas hasta agita sus pestañas cuando toma el informe y murmura de forma coqueta: “Gracias, Quint”.

Mis nudillos están blancos alrededor de la barra. Imagino que Quint se lastima el dedo gordo del pie con una de las mesas o que se resbala por químicos derramados y se dobla un tobillo. Incluso mejor, imagino que por su tardanza y apuro tomó la carpeta equivocada y está repartiendo treinta y dos copias de una apasionada carta de amor que escribió para nuestra directora, la señora Jenkins. Incluso él no puede ser inmune a ese tipo de humillación, ¿o sí?

Nada de esto importa, por supuesto. Mis sueños de justicia cósmica nunca se hacen realidad. Pero mis nervios se han calmado un poco para cuando Quint llega al frente del salón y finalmente se digna a mirarme.

El cambio es instantáneo, lo domina una actitud defensiva, alza el mentón, oscurece los ojos mientras nos alistamos para la batalla. Algo me dice que ha estado preparándose para este momento desde que entró al salón. Con razón se tomó su tiempo para repartir las copias.

Intento sonreír, pero el resultado se parece más a una mueca.

–Qué bueno que hayas podido acompañarnos.

–No me lo perdería, compañera.

Su mandíbula se retuerce. Sus ojos avanzan hasta la maqueta y, por un momento, hay un dejo de sorpresa en su rostro. Hasta podría estar impresionado.

Como debería ser. Impresionado y también avergonzado porque es la primera vez que la ve.

–Linda maqueta –murmura y se acomoda al otro costado de mi miniatura de la calle principal–. Veo que omitiste el centro de rehabilitación que sugerí, pero…

–Tal vez si hubiera tenido más ayuda, podría haber concedido pedidos innecesarios.

Suelta un gruñido por lo bajo.

–Cuidar de los animales que resultan heridos por el turismo y el consumismo no es…

El señor Chavez tose sonoramente sobre su puño e interrumpe la disputa. Nos mira cansado.

–Dos días más, chicos. Tienen que soportar la presencia del otro literalmente solo dos días más. ¿Podemos continuar con la presentación sin derramar sangre?

–Por supuesto, señor Chavez –afirmo.

–Lo lamento, señor C –dice Quint al mismo tiempo y echo un vistazo en su dirección.

–¿Prosigo o quieres contribuir algo?

Quint finge una reverencia y me hace un gesto con la mano.

–El escenario es tuyo –dice y añade por lo bajo–. De todas formas, no lo compartirías.

Algunos de nuestros compañeros en la primera fila lo escuchan y sueltan una risita. Ah, sí, es graciosísimo. La próxima vez, ustedes intenten trabajar con él y vean cuán divertido es.

Vuelvo a mostrar mis dientes.

Pero cuando miro nuestra presentación, mi mente se pone en blanco.

¿En dónde estaba?

Oh, no. Oh, no.

Esta es mi peor pesadilla. Sabía que esto sucedería. Sabía que mi mente quedaría en blanco.

Y sé que es culpa de Quint.

El pánico inunda mi cuerpo, tomo mis tarjetas y las paso torpemente con una sola mano. Resort y spa… bicicletas eléctricas… Algunas caen al suelo. De repente, mi rostro está tan caliente como una hornalla.

Quint se inclina y recoge las tarjetas. Se las arrebato de la mano y mi corazón se acelera. Puedo sentir los ojos aburridos de la clase sobre mí.

Odio a Quint. A su completo desinterés por todos menos él. A su negativa a llegar a tiempo. Su incapacidad de hacer algo útil.

–¿Podría decir algo también? –dice Quint.

–¡Lo tengo bajo control! –replico.

–Bueno, está bien. –Alza las manos de manera defensiva–. Quiero decir, también es mi presentación, sabes.

Cierto. Porque hiciste tanto para ayudarnos a prepararnos.

–Lo que verdaderamente distinguirá a Fortuna Beach –susurra Jude. Me quedo quieta y lo miro, estoy tan agradecida por él como irritada con Quint. Mi hermano sube otro pulgar y tal vez nuestra telepatía de mellizos sí está funcionando porque estoy segura de que puedo escuchar sus palabras alentadoras. Tú puedes, Pru. Solo relájate.

Mi ansiedad disminuye. Por enésima vez, me pregunto por qué el señor Chavez tuvo que torturarnos y elegir nuestros compañeros de laboratorio cuando Jude y yo hubiéramos sido un equipo excelente. Este año hubiera sido sencillo de no ser por Biología Marina con Quint Erickson.


2

“Gracias”, le agradezco sin sonido a Jude y apoyo mis notas. Lo único que necesitaba era un recordatorio para que las palabras volvieran a fluir. Sigo con mi discurso y hago mi mejor esfuerzo para ignorar la presencia de Quint. Por lo menos, algunos de nuestros compañeros están concentrados en las copias que repartió así que no todos me siguen mirando.

–Como decía, lo que atraerá a un nuevo tipo de viajeros eco-conscientes será nuestra fenomenal oferta de eventos y aventuras. Los visitantes podrán ir al fondo del océano a bordo de submarinos privados para fiestas. Tendremos paseos en kayak hasta la isla Adelai en donde podrán ayudar a identificar, rastrear y hasta nombrar a su propia foca. Y, mi evento preferido, fiestas increíbles en la playa todas las semanas.

Algunas miradas con ojos brillantes se despiertan ante mis últimas palabras. Ezra hasta suelta un silbido. Por supuesto.

Con más confianza, sigo con determinación.

–Correcto. Fortuna Beach pronto será famosa por sus habituales fiestas de playa en las que los turistas podrán disfrutar de mariscos y aperitivos obtenidos de manera sustentable en tanto se codean con individuos eco-conscientes como ustedes. ¿La mejor parte? Todos en la fiesta recibirán una bolsa para desechos cuando lleguen y al final de la noche, después de que hayan llenado esa bolsa con basura recogida de nuestras playas, podrán intercambiarla por regalos exclusivamente seleccionados. Cosas como… –Apoyo la vara y me estiro para tomar lo que apoyé en el suelo–. ¡Una botella de aluminio libre de BPA! –Tomo la botella y la lanzo entre mis compañeros. Joseph, aturdido, apenas la atrapa–. ¡Utensilios de bambú portátiles! ¡Un cuaderno hecho con materiales reciclados! ¡Barras de champú con envases libres de plástico!

Lanzo los regalos, definitivamente mis compañeros están prestando atención ahora. Una vez que se terminaron los presentes, hago una bola con la bolsa de tela y la lanzo hacia el señor Chavez, pero solo llega a mitad de camino porque Ezra la toma en el aire. La gente está empezando a notar que cada uno de los ítems tiene el logo y el eslogan que inventé.

Fortuna Beach: ¡ambiente amigable, amigable con el medioambiente!

–Estas ideas y muchas otras están desarrolladas con detalles en nuestro informe –digo haciendo un gesto hacia una de las copias de las mesas cercanas–. Por lo menos, asumo que allí están. De hecho, no lo vi y algo me dice que lo terminaron esta mañana, diez minutos antes de que empiece la clase.

Sonrío con dulzura hacia Quint.

Su expresión es tensa; molesta, pero un poco petulante.

–Supongo que nunca lo sabrás.

Su comentario causa un sobresalto de incertidumbre en mi columna y estoy segura de que esa era su intención. Después de todo, el informe también tiene mi nombre. Sabe que me vuelve loca no saber su contenido y si es bueno o no.

–Antes de terminar –digo mirando a mis compañeros–, queremos tomarnos un momento para agradecerle al señor Chavez por enseñarnos tanto sobre este maravilloso rincón del mundo en el que vivimos y sobre la increíble vida marina y ecosistemas ubicados a tan solo metros de nuestros hogares. No sé qué piensan ustedes, pero sé que yo quiero ser parte de la solución, garantizar la protección y conservación de nuestros océanos para nuestros hijos y nietos. Y, afortunadamente para nosotros, creo que hemos logrado probar hoy que ¡si Fortuna Beach se pinta de verde, podrá atraer otros verdes! –Froto mis dedos entre sí pretendiendo estar sosteniendo efectivo. Le dije a Quint como planeaba terminar mi discurso. Se suponía que lo diría conmigo, pero, por supuesto, no lo hizo. Ni siquiera pudo molestarse en sostener el dinero imaginario–. Gracias por escuchar.

La clase empieza a aplaudir, pero Quint da un paso adelante y alza una mano.

–Si pudiera añadir algo.

–¿Tienes que hacerlo? –Me derrumbo.

Me lanza una sonrisita con satisfacción antes de darme la espalda.

–La sostenibilidad y el turismo no suelen ir de la mano. Los aviones causan mucha contaminación y la gente suele producir más desechos cuando viaja en contraposición a cuando se queda en casa. Dicho eso, el turismo favorece a la economía local y, bueno, no desaparecerá. Queremos que Fortuna Beach sea conocida por agasajar a sus turistas, seguro, pero también por su vida silvestre.

Suspiro. ¿No dije esto ya?

–Si leen el informe delante de ustedes –sigue Quint–, cosa que estoy seguro de que ninguno hará, salvo por el señor Chavez, verán que una de nuestras mayores iniciativas es transformar el Centro de Rescate de Animales Marinos en una de las principales atracciones turísticas.

Necesito utilizar toda mi fuerza de voluntad para no poner los ojos en blanco. Habló durante todo el año de esa idea del centro de rehabilitación. Pero ¿quién quiere pasar sus vacaciones observando a delfines desnutridos en pequeñas tristes piletas cuando pueden nadar con delfines en la bahía?

–Para que las personas puedan entender el efecto que sus acciones tienen sobre el medioambiente necesitan ver en primera persona las consecuencias de dichas acciones, por eso, nosotros –hace una pausa–. Por eso yo creo que todos los planes de ecoturismo deberían centrarse en educación y voluntariados. El informe explicará todo con más detalle. Gracias.

Me echa un vistazo. Compartimos una mirada de desdén mutuo.

Pero… eso es todo. Terminó. Este horrible proyecto que succionó mi alma finalmente terminó.

Soy libre.

–Gracias, señor Erickson, señorita Barnett. –El señor Chavez está hojeando el informe de Quint y no puedo evitar preguntarme si incluyó alguna de mis ideas: el resort, las bicicletas, las fiestas en la playa–. Creo que es bastante obvio, pero solo para clarificar, ¿podrían decirme sus contribuciones a este proyecto?

–Hice la maqueta –digo– y el soporte visual de la presentación y diseñé y mandé a hacer los productos eco-friendly. Diría también que fui la directora del proyecto general.

Quint suelta un resoplido.

–¿Está en desacuerdo, señor Erickson? –El profesor alza una ceja.

–Oh, no –dice sacudiendo la cabeza con vehemencia–. Definitivamente fue la directora. Había tanto para dirigir.

Me quedo rígida. Puedo sentir la respuesta en mi lengua. ¡Alguien tenía que hacerlo! ¡Era obvio que no te ocuparías de nada! Pero antes de que pueda decir algo el profesor hace una pregunta.

–¿Y tú escribiste el informe?

–Sí, señor –dice Quint–. Y aporté las fotografías.

El señor Chavez hace un sonido como si esta fuera información interesante, pero mis labios se retuercen consternados. ¿Aportó las fotografías? Lo lamento, pero un niño de primaria puede cortar fotografías de la revista de National Geographic y pegarlas en una hoja.

–Genial. Gracias a ambos.

Empezamos a caminar hacia nuestra mesa de laboratorio, cada uno elige un pasillo distinto, pero el señor Chavez me detiene.

–¿Prudence? Dejemos la vara en la pizarra, odiaría que el señor Erickson sea empalado cuando falta tan poco para que termine el año.

Mis compañeros se ríen mientras camino hasta el frente, apoyo la vara e intento no sentirme avergonzada. Con las manos libres, tomo la maqueta y la llevo hasta la mesa conmigo.

Quint apoya su rostro sobre su mano y se cubre la boca en tanto me ve acercarme. O mira el modelo. Desearía poder descifrarlo. Desearía poder ver culpa por saber que no hizo nada para ayudarme con esta parte del proyecto. O, por lo menos, por haber llegado tarde el día más importante del año y haberme dejado sola. Hasta amaría ver algo de vergüenza cuando se dé cuenta de que mi parte del proyecto superó ampliamente la suya. O tal vez, que mostrara algo de aprecio por mi iniciativa para sostener nuestro “equipo” durante todo este año.

Apoyo la maqueta y me siento. Nuestras banquetas están en puntas opuestas de la mesa, un instinto para mantener tanto espacio entre nosotros como sea posible. Mi muslo derecho tiene moretones de tanto estrujarlo contra la pata de la mesa.

Quint despega su mirada de la maqueta.

–Pensé que habíamos decidido no incluir los paseos en bote hacia Adelai ya que pueden perturbar a la población de elefantes marinos.

Mantengo mi atención concentrada en el señor Chavez mientras toma su lugar en el frente del salón.

–Si quieres que la gente se preocupe por los elefantes marinos debes mostrarles los elefantes marinos y no los que están casi muertos y son alimentados con biberones en refugios.

Abre la boca y puedo sentir cómo elabora su respuesta. Me preparo para desestimar cualquier comentario inútil que pueda hacer. Mi furia vuelve a incrementar. Quiero gritar: “¿No podías estar aquí? ¿Solo esta vez?”.

Pero Quint se detiene y sacude la cabeza así que también contengo mi enojo.

Nos quedamos en silencio, la maqueta descansa entre nosotros, uno de los informes está a centímetros de mi mano, aunque me niego a tomarlo. Puedo ver la carátula. Por lo menos conservó el título que acordamos: “Conservación a través de ecoturismo en Fortuna Beach”. Informe de Prudence Barnett y Quint Erickson. Biología Marina, Sr. Chavez. Debajo de nuestros nombres hay una triste fotografía de un animal marino, tal vez una nutria o un lobo marino o hasta una foca quizás, nunca puedo distinguirlos. Está enredado en un sedal de pesca, envuelto como si fuera una momia y tiene laceraciones profundas en su garganta y aletas. Sus ojos negros miran a la cámara con la expresión más trágica que vi en mi vida.

Trago saliva. Es efectiva para evocar sentimientos, le concederé eso.

–Veo que pusiste mi nombre primero –digo. No estoy segura por qué lo hago. No estoy segura por qué digo la mitad de las cosas que digo cuando estoy cerca de Quint. Algo en él me impide físicamente mantener la boca cerrada. Es como si siempre hubiera una bala más en mis municiones y no pudiera evitar dar cada disparo.

–Lo creas o no, sé cómo ordenar alfabéticamente –masculla como respuesta–. Después de todo, egresé del jardín de infantes.

–Sorprendentemente –replico y Quint suspira.

El señor Chavez termina con sus anotaciones y le sonríe a la clase.

–Gracias a todos por las fantásticas presentaciones grupales. Estoy impresionado por todo el trabajo duro y la creatividad que vi este año. Mañana les informaré sus calificaciones. Por favor, entreguen sus informes de laboratorio finales.

Chillan sillas y hay ruido de papeles cuando mis compañeros buscan el informe en sus mochilas. Miro a Quint y espero.

Me devuelve la mirada, confundido.

Alzo una ceja.

–¡Oh! –sus ojos se ensanchan, acerca su mochila y comienza a revolver entre el caos–. Me olvidé del informe final.

¡Qué sorpresa?

–¿Olvidaste traerlo? –digo–. ¿U olvidaste hacerlo?

–¿Ambos? –responde después de una pausa y hace una mueca.

Pongo mis ojos en blanco mientras alza una mano, su vergüenza momentánea ya está evaporándose.

–No tienes que decirlo.

–¿Decir qué? –replico, pero una ráfaga de palabras como “incompetente”, “perezoso” y “sin remedio” merodean por mis pensamientos.

–Hablaré con el señor Chavez –dice–. Le diré que fue mi error y que puedo enviarle el informe por correo electrónico esta noche…

–No te molestes –abro mi carpeta de Biología, el informe de laboratorio final descansa arriba de todo, tipeado prolijamente y hasta incluí un gráfico de torta extra sobre toxicología. Me inclino sobre la mesa y apoyo el informe en la pila de hojas.

Cuando miro atrás, Quint luce… ¿enojado?

–¿Qué? –pregunto.

Señala el informe, que ahora desapareció entre los demás.

–¿No creías que lo iba a hacer?

–Y tenía razón.

Giro para enfrentarlo.

–¿Qué pasó con ser un equipo? Quizás, en vez de hacerlo por tu cuenta, podrías habérmelo recordado. Lo hubiera hecho.

–No es mi trabajo recordarte que hagas la tarea. Y si vamos al caso, que debes llegar a clase a tiempo.

–Estaba…

Lo interrumpo alzando mis manos con exasperación.

–Lo que sea. No importa. Solo agradezcamos que este “equipo” terminó al fin.

Hace un ruido con su garganta y, aunque creo que está concordando conmigo, me molesta de todas formas. Llevé adelante a este equipo todo el año e hice mucho más que mi parte. En cuanto a mi concierne, soy lo mejor que le pudo haber sucedido.

–Ahora bien. –El señor Chavez toma los últimos informes que llegan al frente–. Sé que mañana es su último día de tercer año de secundaria y que todos están ansiosos por disfrutar de sus vacaciones, pero deben venir al colegio igual, lo que significa que aquí está su tarea. –La clase emite un gruñido colectivo mientras el profesor destapa su marcador verde y comienza a garabatear en la pizarra–. Lo sé, lo sé. Pero piénsenlo así: está podría ser mi última oportunidad para impartirles mi sabiduría superior. Denme un momento, por favor.

Saco una pluma y comienzo a copiar la tarea en mi cuaderno.

Quint no lo hace.

Cuando suena la campana, es el primero en salir del salón.


3

–En general, no me opongo a hacer tarea –dice Jude mientras pasa las páginas de su libro de Biología Marina mecánicamente–. Pero ¿tarea en el anteúltimo día de clases? Eso es característico de un líder supremo tiránico.

–Ya deja de quejarte –dice Ari escondida detrás del menú. Cada vez que venimos, se toma su tiempo para estudiarlo, aunque siempre terminamos pidiendo lo mismo–. Por lo menos tienen vacaciones de verano. Nuestros profesores nos dieron una lista detallada de lecturas y deberes para “mantenernos ocupados” durante las vacaciones. Julio es el mes de la mitología griega. Por favor.

Jude y yo compartimos una expresión de consternación. Los tres estamos sentados en una cabina en Encanto, nuestro lugar preferido en la calle principal. El restaurante es una trampa para los turistas, ubicado justo en la salida de la carretera; hasta se pueden ver rastros de la playa desde las ventanas del frente. Solo se llena de gente los fines de semana, así que es el lugar ideal para pasar el tiempo después de la escuela. En parte porque la combinación de comida mexicana y puertorriqueña es increíblemente buena. Y en parte porque Carlos, el dueño, nos da toda la soda y los nachos con salsa que podamos comer gratis sin quejarse de que ocupamos una valiosa cabina. Si soy honesta, creo que le gusta tenernos cerca, incluso si solo ordenamos comida entre las tres y las seis de la tarde para recibir el descuento del 50 % en los aperitivos especiales.

–¿Qué? –pregunta Ari cuando nota nuestras expresiones.

–Estudiaría mitología griega en vez de plancton cualquier día de la semana –responde Jude gesticulando hacia una ilustración en el libro.

Ari resopla en señal de “ustedes no lo entienden”. Y tiene razón. Desde que nos conocimos hace casi cuatro años, hemos estado discutiendo qué es peor: atender a la prestigiosa secundaria de St. Agnes Prep o sobrevivir a Fortuna Beach High. Jude y yo siempre estamos celosos de los temas desconocidos y los planes de estudio de los que Ari se queja. Por ejemplo: cómo el comercio transcontinental de especias cambió la historia o la influencia del paganismo en las tradiciones religiosas modernas. Mientras que Ari anhela la normalidad de las películas de adolescentes acompañada por la comida de baja calidad del comedor escolar y no tener que vestir un uniforme todos los días.

Y, quiero decir, parece comprensible.

Algo que Ari no puede negar es que St. Agnes tiene un programa musical muy superior a cualquier secundaria pública. Si no fuera por sus clases de Teoría y composición musical, sospecho que Ari les hubiera rogado a sus padres que la transfirieran a otra escuela.

Jude y yo volvemos a concentrarnos en nuestra tarea mientras Ari se distrae con dos mujeres compartiendo un postre en la mesa del costado. Tiene su cuaderno delante de ella y tiene su rostro de estar pensando en una rima para que funcione la letra de su canción. Imagino una balada sobre budín de coco y amor incipiente. Casi todas las canciones de Ari son sobre las primeras etapas de un romance o sobre la angustia turbulenta de amores que terminan mal. Nunca sobre un punto intermedio. Aunque creo que eso podría decirse de casi todas las canciones.

Leo la consigna otra vez con la esperanza de que tal vez inspirará una idea.

–Doscientas cincuenta palabras sobre un tipo de adaptación submarina que sería útil en nuestra vida sobre el nivel del mar.

No es una tarea difícil. Debería haber terminado hace una hora. Pero pasé las últimas noches terminando el proyecto de ecoturismo y mi cerebro se siente como si hubiera pasado por una trituradora de carne.

–¡Eso es! ¡El tiburón peregrino! –dice Jude y marca su libro con un dedo. La imagen muestra a un tiburón definitivamente espeluznante con su enorme boca abierta, pero no tiene dientes gigantes y filosos, sino algo que parece ser su esqueleto o sus costillas o algo que se extiende hasta su cuerpo. Me recuerda a la escena de Pinocho siendo tragado por la ballena–. Mientras nada recoge la comida que se cruza en su camino.

–¿Y eso cómo sería útil? –pregunto.

–Eficiencia. Podría tragar toda la comida que vea. Nunca tendría que masticar o detenerme para comer. –Hace una pausa y sus ojos se tornan pensativos–. De hecho, sería un gran monstruo para Calabozos y Dragones.

–Sería un monstruo asqueroso –replico.

Mi hermano encoge los hombros y garabatea una nota en un cuaderno de dibujo que siempre tiene bajo el codo.

–Tú eres la que está obsesionada con administrar tu tiempo.

Tiene un punto. Gruño y hojeo mi libro por sexta vez mientras Jude toma la computadora portátil que compartimos y la acerca a él. En vez de abrir un nuevo documento, simplemente elimina mi nombre y lo reemplaza con el suyo antes de empezar a tipear.

–Aquí tienen, pequeñas abejas trabajadoras –dice Carlos y apoya una canasta con nachos, guacamole y dos tipos de salsa; una dulce a base de guayaba para Jude y para mí y una extra picante, pseudomasoquista del tipo “¿por qué alguien se haría esto?” para Ari–. ¿No terminó la escuela todavía?

–Mañana es nuestro último día –explica Jude–. Ari terminó la semana pasada.

–¿Eso significa que los veré más o menos?

–Más –responde Aire sonriéndole–. Básicamente viviremos aquí este verano, si no tienes problemas con eso –Ari tiene un enamoramiento de colegiala por Carlos desde que comenzamos a venir aquí. Lo que podría parecer un poco extraño considerando que el dueño de Encanto está cerca de los cuarenta, salvo que se parece bastante a un joven Antonio Banderas. Eso se suma a su acento puertorriqueño y al hecho de que el hombre sabe cocinar. ¿Quién puede culpar a una chica por estar un poco embelesada?

–Siempre son bienvenidos –dice–. Pero intenten no aprovecharse demasiado de mi política de recargar bebidas sin cargo, ¿sí?

Le agradecemos por los nachos y se marcha para atender otra mesa.

–Listo –Jude se reposa contra el asiento y limpia sus manos.

–¿Qué? –despego la mirada de una fotografía de un pez rape–. ¿Ya terminaste?

–Solo son doscientas cincuenta palabras. Y esta tarea no contará para nada. Confía en mí, Pru, es una manera del líder tiránico de poner a prueba nuestra lealtad. No lo pienses demasiado.

Frunzo el entrecejo. Ambos sabemos que es imposible que no lo piense demasiado.

–Ese es bueno –dice Ari y señala con su nacho hacia el libro. Una gota de salsa aterriza en la esquina de la página–. Ups, lo lamento.

–No quiero ser un pez rape. –Limpio la mancha con mi servilleta.

–La consigna no dice qué quieres ser –dice Jude–, solo pide una especie de adaptación que podría ser útil.

–Tendrías una linterna incorporada –añade Ari–. Eso podría ser útil.

Tarareo pensativa. No es terrible. Podría incluir algo sobre ser una luz brillante en momentos oscuros, lo que tal vez sea un poco poético para una tarea de ciencias, pero igual.

–Está bien –digo y posiciono la computadora en frente de mí. Guardo el documento de Jude antes de empezar uno nuevo.

Acabo de terminar mi primer párrafo cuando suena una conmoción en la puerta del restaurante. Echo un vistazo y veo a una mujer jalando de un carro con ruedas repleto de parlantes, equipo electrónico, una pequeña televisión, una pila de tres… carpetas y varios cables.

–¡Llegaste! –dice Carlos desde detrás de la barra tan fuerte que, de repente, todos están mirando a la mujer. La recién llegada se detiene y parpadea para que sus ojos se ajusten al cambio de la luz brillante del sol a la iluminación tenue del restaurante. Carlos se apresura hacia ella y toma el carro–. Llevaré eso. Pensé que podías instalarte por aquí.

–Oh, gracias –agradece y acomoda un largo flequillo teñido de color rojo cereza. Además de los mechones que casi cubren sus ojos, su cabello está peinado en un rodete alto desprolijo; pueden verse sus raíces rubias. Viste prendas que demandan atención: botas de vaquera desgastadas, jeans oscuros que tienen tantos agujeros como tela sana, un top de terciopelo color borgoña y suficientes bisuterías para hundir a un pequeño barco. Es muy diferente de las ojotas y short de surf que la gente viste en la calle principal a esta altura del año.

También es hermosa. De hecho, deslumbrante. Pero es un poco difícil darse cuenta por la capa de delineador negro y labial violeta corrido. Si fuera local, definitivamente la hubiera visto, pero estoy segura de que nunca la vi.

–¿Qué te parece aquí? –pregunta Carlos ignorando el hecho de que la mayoría de sus clientes los están mirando.

–Perfecto. Maravilloso –responde con un leve acento sureño. Carlos, que suele ofrecer música en vivo los fines de semana, se para en la pequeña plataforma en donde se presentan las bandas. Se toma un segundo para inspeccionar el área antes de señalar a la pared–. ¿Ese es el único toma corriente?

–Hay otro allí atrás –Carlos aleja un carro con vajilla sucia de la esquina.

–Excelente. –La mujer pasa un minuto girando en su lugar e inspeccionando los televisores instalados por todo el restaurante, casi siempre transmiten eventos deportivos–. Sí, genial. Funcionará. Tienes un lindo lugar.

–Gracias. ¿Necesitas ayuda para acomodarte o…?

–Nah, yo puedo. No es la primera vez que hago esto.

Lo ahuyenta con las manos.

–Bueno, está bien –Carlos da un paso hacia atrás–. ¿Puedo traerte algo de tomar?

–Oh. Eh… –piensa unos pocos segundos–. ¿Un Shirley Temple?

–Seguro –Carlos ríe.

Carlos regresa al bar y la mujer comienza a mover mesas e instalar los equipos que trajo. Después de unos minutos toma la pila de carpetas y se acerca a la mesa más cercana. Nuestra mesa.

–¿Acaso ustedes forman parte de la distinguida juventud de Fortuna Beach? –pregunta observando nuestros libros y computadoras.

–¿Qué está sucediendo? –indaga Ari, señalando con la cabeza hacia las cosas que trajo la desconocida.

–¡Tardes semanales de karaoke! –responde la mujer–. Bueno, de hecho, hoy es la primera, pero esperamos que sea algo semanal.

¿Karaoke? Inmediatamente me cubren imágenes de ancianos canturreando, señoras en sus cincuentas graznando y unos cuántos ebrios que no pueden seguir la melodía y… oh, no. Allí se van nuestras sesiones de estudio en silencio. Al menos el año escolar ya casi termina.

–Soy Trish Roxby y seré su anfitriona –sigue. Cuando nota nuestras expresiones poco entusiasmadas, señala el bar con su pulgar–. ¿No vieron los carteles? Carlos me dijo que lo ha estado publicitando hace algunas semanas.

Le hecho un vistazo al bar, tardo un minuto, pero luego lo noto. En la pizarra para tiza al lado de la puerta, sobre la lista de los especiales del día, con letra desprolija, alguien garabateó: únete a nuestro karaoke semanal, todos los jueves a las 18:00 a partir de junio.

–Entonces, ¿se nos unirán esta tarde? –pregunta Trish.

–No –respondemos Jude y yo al unísono.

–No es tan terrible como parece –ríe Trish–. Lo juro, puede ser muy divertido. Además, a las chicas les gusta les canten serenatas, ¿sabes?

Al darse cuenta de que le está hablando a él, Jude se avergüenza inmediatamente.

–Eh. No. Ella es mi hermana melliza. –Inclina la cabeza hacia mí y luego gesticula hacia Ari–. Y nosotros no somos… –no termina la oración.

–¿En serio? ¿Melliza? –Trish ignora lo que sea que Ari y Jude no sean. Sus ojos se posan en mi hermano y en mí por un momento y luego asiente lentamente–. Sí, es verdad. Ahora me doy cuenta.

Está mintiendo. Nadie cree que Jude y yo somos familia, mucho menos mellizos. No nos parecemos en nada. Él mide un metro ochenta y cinco y es delgado como papá. Yo mido uno sesenta y siete, y tengo curvas como mamá. (A nuestra abuela le encanta bromear y decir que robé los kilos extra de bebé de mi hermano en el útero y me los quedé para mí. Nunca me pareció una broma particularmente divertida cuando éramos niños y no cambié de opinión con el paso del tiempo. Inserte emoji con los ojos en blanco aquí).

Jude es rubio y superpálido, casi como un vampiro. Su piel se quema a los treinta segundos de entrar en contacto con el sol, lo que hace que vivir en el sur de California no sea ideal para él. Por otro lado, yo tengo cabello castaño y tendré un bronceado semidecente a fines de junio. Jude tiene pómulos, yo tengo hoyuelos. Jude tiene labios carnosos que lo hacen lucir como un modelo de catálogo, aunque odia que diga eso. ¿Y yo? Bueno, por lo menos tengo mi labial.

–Entonces –Trish se aclara la garganta luego de un instante de incomodidad–, ¿alguno hizo karaoke antes?

–No –responde Ari–, aunque pensé en hacerlo.

Jude y yo intercambiamos miradas porque, a decir verdad, sí hemos participado en karaokes antes. Muchas veces. Cuando éramos niños, nuestros padres solían llevarnos a un pub-restaurante que tenía un karaoke apto para familias el primer domingo del mes. Cantábamos a todo pulmón una canción de los Beatles tras otra y papá siempre terminaba “su set”, como él le decía con Dear Prudence y después nos llamaba para cantar todos juntos Hey Jude. Al final de nuestro turno, todo el restaurante cantaba Naaaa na na... nananana! Hasta Penny se sumaba, aunque solo tenía dos o tres años y probablemente no tenía idea de lo que estaba sucediendo. Era como mágico.

Una pequeña parte nostálgica de mí se ilumina al pensar en la versión ligeramente desafinada de papá de Penny Lane y en los intentos un poco exagerados de mamá de Hey Bulldog. Pero una vez, cuando tenía diez u once años, un borracho en la audiencia gritó: “¡Tal vez esa niña debería pasar menos tiempo cantando y más tiempo haciendo abdominales!”.

Todos sabíamos a quién se refería. Y, bueno, la magia se arruinó después de eso.

Ahora que lo pienso, puede que ese haya sido el inicio de mi ansiedad al hablar en público y de mi miedo general de que todos estén observándome, criticándome y esperando que me humille a mí misma.

–Bueno, chicos, solo piénsenlo –dice Trish y apoya la carpeta al lado de los nachos. Toma una pluma y una hoja de papel de un bolsillo y también los apoya–. Si encuentran una canción que quieran cantar, solo escríbanla y denme el papel, ¿sí? Y si la canción que quieren no está en la carpeta, díganmelo. A veces puedo encontrarla en internet –nos guiña un ojo y luego se marcha a la próxima mesa.

Nos quedamos mirando la carpeta como si fuera una serpiente venenosa por unos segundos.

–Seh –murmura Jude y comienza a guardar sus cosas en su mochila–, eso no sucederá.

Me siento exactamente igual. Ni, aunque me paguen cantaría delante de un grupo de desconocidos. Es más, tampoco de conocidos. Fortuna Beach no es un pueblo grande y es imposible ir a algún lugar sin encontrarse con un conocido en algún grado. Incluso ahora, echo un vistazo a mi alrededor y veo a la peluquera de mi mamá en el bar y a la gerente del supermercado en una de las mesas pequeñas.

Ari, sin embargo, está mirando fijo a las carpetas. Sus ojos brillan con anhelo. La he escuchado cantar, no es mala. Por lo menos sé que puede sostener una nota y no desafinar. Además, quiere ser compositora. Ha soñado con escribir canciones desde que era una niña. Y todos sabemos que, para tener algún tipo de éxito, habrá oportunidades en las que probablemente tenga que cantar.

–Deberías intentarlo –digo y deslizo la carpeta hacia ella.

–No lo sé –se encoge de miedo–, ¿qué cantaría?

–¿Cualquier canción grabada en los últimos cien años? –responde Jude. Ari lo mira de mala manera, aunque es claro que su comentario le complació.

Ari ama la música de todo tipo. Es una Wikipedia caminante de todo, desde jazz de 1930, punk de los ochenta hasta indie moderno. De hecho, es probable que nunca nos hubiéramos conocido de no ser por su obsesión. Mis padres son dueños de una disquería a una manzana de la calle principal; Ventures Vinyl, en honor a una popular banda de surf-rock de los sesenta. Ari comenzó a comprar en la tienda cuando estábamos terminando la escuela primaria. La mesada que sus padres le daban era mucho más dinero del que yo recibí jamás, y, cada mes, traía el dinero que ahorraba y compraba tantos discos como podía.

Mis padres adoran a Ari, bromean que es su sexta hija. Les gusta decir que Ari sola ha mantenido la tienda abierta estos últimos años, lo que sería encantador si no temiera que, de hecho, pudiera ser bastante cercano a la verdad.

–Podríamos hacer un dueto –dice Ari y me mira con esperanza.

Reprimo mi “no” instintivo y vehemente, en cambio, gesticulo con desgano hacia mi libro.

–Lo lamento, todavía estoy intentando terminar esta tarea.

–Jude tardó diez minutos –Ari frunce el ceño–. Vamos, una canción de los Beatles, ¿quizás?

No estoy segura de si su sugerencia se basa en mi amor por los Beatles o porque, probablemente, sea la única banda de la que sé casi todas las letras. Al crecer en una disquería, mis hermanos y yo hemos estados expuestos a una gran variedad de música, pero nada, a los ojos de mis padres, podrá competir con los Beatles. Hasta nombraron a sus cinco hijos inspirados en sus canciones: Hey Jude, Dear Prudence, Lucy in the Sky with Diamonds, Penny Lane y Eleanor Rigby.

Suspiro cuando noto que Ari sigue esperando una respuesta.

–Tal vez, no lo sé. Necesito terminar esto.

Mientras Ari sigue pasando las hojas con canciones, intento volver a concentrarme en la tarea.

–Un Shirley Temple suena bastante bien –dice Jude–. ¿Alguien más quiere uno?

–¿No es un poco femenino? –bromeo.

–Estoy lo suficientemente cómodo con mi masculinidad.

Encoge los hombros y se desliza en su asiento.

–¡Quiero tu cereza! –Ari grita detrás de él.

–Ey, estás coqueteando con mi hermano.

Jude hace una pausa, me mira a mí y después a Ari, luego su rostro se pone rojo. Nosotras estallamos en risa. Jude sacude la cabeza y camina hacia la barra.

–Sí, ¡también queremos uno! –grito formando un túnel alrededor de la boca con mis manos.

Jude hace un gesto sin mirarnos para hacerme saber que me escuchó.

No podemos cruzar la línea que divide la zona para mayores de veintiuno, así que Jude se detiene en la barrera invisible para darle nuestra orden al camarero.

Logré escribir otro párrafo más para cuando Jude regresa cargando tres vasos altos repletos de soda burbujeante rosa con cerezas extra. Sin preguntar, Ari usa una cuchara y toma las cerezas de mi vaso y las de Jude y las deja caer en su propia bebida.

–Hola a todos. ¡Bienvenidos a nuestra primera tarde semanal de karaoke! –dice Carlos a través del micrófono que Trish trajo con ella–. Mi nombre es Carlos y soy el dueño de este lugar. Realmente valoro que vengan aquí y espero que se diviertan. No sean tímidos. Aquí somos todos amigos, ¡así que anímense y hagan su mejor esfuerzo! Terminada la introducción, me complace presentarles a nuestra anfitriona, Trish Roxby.

Algunas personas aplauden cuando Trish toma el micrófono y Carlos empieza a caminar hacia la cocina.

–Alto, alto, ¿no cantarás? –pregunta Trish. Carlos gira en el lugar con los ojos bien abiertos y aterrorizados. Suelta una pequeña risita.

–¿Tal vez la semana que viene?

–Te lo recordaré la semana que viene –responde Trish.

–Dije “tal vez” –replica Carlos y retrocede unos pasos más.

–Hola, gente –Trish les sonríe a los comensales del restaurante–, estoy muy emocionada por estar aquí esta noche. Sé que a nadie le gusta ir primero, así que yo misma empezaré esta fiesta. Por favor, traigan los papeles y díganme qué quieren cantar ustedes esta noche, caso contrario, tendrán que escucharme durante las próximas tres horas.

Toca algo en su máquina y un riff de guitarra estalla en los parlantes: I Love Rock and Roll de Joan Jett.

Intento no gruñir, pero… por favor. ¿Cómo se supone que vaya a concentrarme y termine esta tarea con eso de fondo? Estamos en un restaurante, no en un concierto de rock.

–Esto es, eh, inesperado –dice Jude.

–Lo sé –replica Ari mientras asiente con la cabeza–. Canta muy bien.

–Eso no –Jude me da un pequeño codazo–. Mira, Pru, es Quint.


4

Alzo la cabeza rápidamente. Por un segundo, estoy segura de que Jude está bromeando. Pero no… allí está. Quint Erickson, deambulando al lado del cartel que dice siéntese usted mismo cerca de la puerta. Está con una chica que no reconozco, es asiática, de contextura pequeña, su cabello está peinado en dos rodetes relajados detrás de sus orejas. Tiene shorts de jean y una camiseta desteñida que tiene una imagen de Pie Grande con las palabras: Campeón mundial de las escondidas.

A diferencia de Quint, quien está observando a Trish cantar a todo volumen, la chica está concentrada en su teléfono.

–Guau –dice Ari, se inclina sobre la mesa y baja su tono de voz, a pesar de que no hay manera de que alguien pueda oírnos sobre las estrofas guturales de Trish Roxby–. ¿Ese es Quint? ¿El Quint?

–¿Qué quieres decir con el Quint? –Frunzo el ceño.

–¿Qué? Es de lo único que has hablado este año.

–¡No es verdad! –Se me escapa una risa dura y sin humor.

–Medio que sí –dice Jude–. No sé quién está más emocionado por las vacaciones. Tú para no tener que lidiar más con él o yo por no tener que seguir escuchándote quejarte de él.

–Es más lindo de lo que imaginé –dice Ari.

–Oh, sí, es un galán –replica Jude–. Todos aman a Quint.

–Solo porque su ridiculez le resulta atractiva al común denominador de la sociedad más bajo.

Jude resopla.

–Además –disminuyo la voz–, no es tan atractivo. Esas cejas.

–¿Qué tienes en contra de sus cejas? –pregunta Ari y me mira como si tal vez debería avergonzarme por haber sugerido algo semejante.

–Por favor, son gigantes. Además, su cabeza tiene forma rara. Es como… un cuadrado.

–Prejuiciosa –murmura Ari y me lanza una mirada en broma que se inyecta debajo de mi piel.

–Solo digo.

No cederé en este punto. Es verdad que Quint no es poco atractivo. Lo sé. Cualquiera con ojos lo sabe. Pero sus rasgos faciales no son elegantes. Tiene ojos marrones aburridos e insulsos y, si bien estoy segura de que debe tener pestañas, jamás llamaron mi atención. Todo esto sumado a su bronceado permanente, su cabello corto y ondulado y su sonrisa idiota. En otras palabras, luce igual que todos los chicos surfistas de la ciudad. Es decir, completamente olvidable.

Apoyo mis dedos en el teclado y me rehúso a permitir que Quint, la tarde de karaoke o cualquier otra cosa descarrile mi concentración. Esta es la última tarea del año escolar. Puedo hacerlo.

–¡Hola, Quint! –grita Jude, su mano sale disparada hacia arriba y lo saluda.

–¡Traidor!

Estoy boquiabierta.

–Lo lamento, hermana. –Jude me mira con una mueca–. Me vio y entré en pánico.

Inhalo lentamente a través de mis fosas nasales y me atrevo a echar un vistazo hacia la puerta del restaurante. Es verdad, Quint y su amiga están caminando hacia nosotros. Él sonríe como siempre; es como uno de esos cachorros un poco tontos que son incapaces de darse cuenta de que están rodeados por amantes de los gatos. Simplemente asumen que todos están felices por verlos, todo el tiempo.

–Jude, ¿todo bien? –pregunta Quint. Su atención cae sobre mí y observa mi libro y la computadora, su sonrisa es endurece un poquito–. Prudence, trabajando duro, como siempre.

–El trabajo de calidad no aparece de la nada –respondo.

–¿Sabes? –Chasquea los dedos–. Yo también solía creer eso, pero después de trabajar un año contigo, empiezo a tener mis dudas.

–Qué placer encontrarte aquí. –Entrecierro los ojos, mi sarcasmo es tan filoso que casi me corta. Vuelvo a mirar la pantalla. Necesito un segundo para recordar cuál era la consigna.

–Quint –dice Jude–, esta es nuestra amiga Araceli. Araceli, Quint.

–Hola –saluda Quint. Desvío solamente mis ojos y veo que chocan los puños. Cuando Quint inicia el movimiento, parece el saludo más sencillo y natural del mundo, a pesar de que no creo haber visto a Ari saludar a alguien de esa manera–. Un placer conocerte, Araceli. Lindo nombre. No vienes a nuestra escuela, ¿no?

–No. Voy a St. Agnes –responde–. Y puedes decirme Ari.

Pongo mala cara, pero mi cabeza está baja así que nadie puede verme.

–Ari, ah, ella es Morgan. Va a la universidad comunitaria en Turtle Cove. –Quint gesticula hacia la chica, quien se detuvo unos pasos atrás y está observando el escenario con algo parecido a consternación.

–Un placer conocerlos –dice, educada pero distante.

Hay una ronda incómoda de saludos, pero la atención de Morgan ya regresó al escenario, donde alguien canta una canción country sobre cervezas frías y pollo frito.

–Morgan dice que la comida de aquí es genial –explica Quint–. Quiere que pruebe… ¿Qué era? Ton… Toll…

Mira a su amiga para pedir ayuda.

–Tostones –responde y vuelve a mirar su teléfono. Luce enojada mientras toca la pantalla con sus pulgares; imagino un intercambio de mensajes bélicos entre ella y su novio.

–Son muy ricos –afirma Jude.

Quint señala hacia el karaoke.

–No esperaba que la comida estuviera acompañada de entretenimiento gratis.

–Nosotros tampoco –murmuro.

–Es algo nuevo que está intentando el restaurante –Ari empuja la carpeta con canciones hacia ellos–. ¿Cantarás?

Quint se ríe, suena casi autocrítico.

–Nah, les tendré piedad a las pobres personas de la rambla. Odiaría espantar a los turistas cuando la temporada recién empieza.

–Todos creen que cantan terrible –dice Ari–, pero muy pocas personas son tan malas como creen.

–Disculpa –Quint inclina la cabeza hacia un costado y sus ojos saltan de Ari a mí–, ¿eres a amiga de ella?

–¿Perdón? –replico–. ¿Qué significa eso?

–Estoy tan acostumbrado a tus críticas –encoje los hombros–; es extraño conocer a alguien que me da el beneficio de la duda.

–¡Ey, miren! –grita Jude–. ¡Es Carlos! Justo a tiempo para evitar un momento dolorosamente incómodo.

Carlos pasa por al lado de nuestra mesa cargando una bandeja con vasos vacíos.

–Solo vengo a ver cómo está mi mesa favorita. ¿Se les unirán? ¿Puedo ofrecerles algo de beber?

–Eh… –Quint le echa un vistazo a Morgan–. Seguro, una bebida suena bien. ¿Qué están tomando? –señala a nuestros vasos con líquido rojizo.

–Shirley Temple –dice Ari.

–Esa es una actriz, ¿no? –Quint luce confundido.

–¿Alguna vez probaste uno? –Ari se endereza–. Sí, era una actriz, se hizo famosa cuando era niña. Pero la bebida… deberías probarla. Piensa en felicidad en un vaso.

–Piensa diabetes y una falta severa de dignidad –masculla Morgan todavía concentrada en su teléfono.

Quint le lanza una mirada casi divertida con una pizca de algo que parece lástima. Me molesta reconocer esa expresión. Me ha mirado de esa manera casi todos los días desde el inicio del año escolar.

–Acabo de darme cuenta de que probablemente te llevarías bien con Prudence –dice.

Morgan alza la mirada, confundida y sé que se está preguntando quién es Prudence, pero en vez de indagar dice:

–¿Por qué eso sonó como un insulto?

–Larga historia –Quint sacude la cabeza y luego mira a Carlos y asiente–. Tomaremos dos Shirley Temple.

–No, paso –interviene Morgan–. Tomaré un café helado con leche de coco.

–Seguro –dice Carlos–. ¿Se unirán a mis clientes habituales?

Quint le echa un vistazo a nuestra cabina; es grande, podrían caber hasta ocho personas si quisiéramos sentarnos cerca. Definitivamente, entrarían dos más.

Pero su mirada cae sobre mí y mi mirada helada y, por milagro, recibe el mensaje.

–De hecho… –Gira en su lugar. El restaurante se está llenando rápido, pero hay una mesa cerca del escenario que acaba de ser liberada; dejaron atrás una bandeja a medio terminar de nachos y servilletas arrugadas–. ¿Esa mesa está libre?

–Sí, haré que la limpien para ustedes –Carlos señala el libro de canciones–. No sean tímidos, niños. Necesitamos más cantantes. Escriban sus canciones, ¿sí? Te estoy mirando a ti, Pru.

Quint hace un sonido con su garganta, algo entre desconcierto y diversión. Hace que sienta un escalofrío.

–Gracioso –dice cuando Carlos se dirige a la barra.

–¿Qué es gracioso? –pregunta.

–La idea de verte cantar karaoke.

–Puedo cantar –respondo a la defensiva, antes de sentirme obligada a añadir–. Me defiendo.

–Estoy seguro de que puedes –dice Quint sonriendo porque, ¿cuándo no está sonriendo?–. Es solo difícil imaginarte lo suficientemente relajada para hacerlo.

Relajada.

No lo sabe, o tal vez sí, pero Quint acaba de tocar un punto sensible. Tal vez sea porque soy perfeccionista. O porque sigo las reglas o me gusta destacarme, el tipo de persona que preferiría ser la anfitriona de una sesión de estudio en vez de una fiesta. Tal vez sea porque mis padres me dieron el desafortunado nombre de Prudence.

No me gusta que me digan que me relaje.

Puedo relajarme. Puedo divertirme. Quint Erickson no me conoce.

Jude, sin embargo, me conoce demasiado bien. Me está observando, su expresión está ensombrecida con preocupación. Luego, gira hacia Quint.

–En realidad, Pru y yo solíamos ir a un karaoke todo el tiempo cuando éramos niños –dice un poco demasiado fuerte–. Mi hermana solía entonar una versión brillante de Yellow Submarine.

–¿De verdad? –dice Quint, sorprendido. Está mirando a Jude, pero luego su mirada de desliza hacia mí y puedo ver que no tiene idea de que mi sangre hierve en este momento–. Pagaría dinero para verlo.

–¿Cuánto? –escupo.

Se detiene, no está seguro si estoy bromeando o no.

Una camarera aparece y les señala la mesa ahora libre de platos viejos y con dos vasos de agua.

–Su mesa está libre.

–Gracias –dice Quint. Parece aliviado de tener un escape de esta conversación. Estoy eufórica–. Fue bueno verte, Jude. Un placer conocerte… Ari, ¿no? –vuelve a mirarme a mí–. Supongo que te veré en clase.

–No lo olvides. –Golpeo el libro–. Doscientas cincuenta palabras sobre tu adaptación acuática preferida.

–Cierto. Gracias por el recordatorio. ¿Ves? ¿Fue tan difícil?

–De todas formas no tiene sentido –digo con dulzura–, ya que ambos sabemos que lo escribirás cinco minutos antes de que empiece la clase, si es que lo haces.

Su sonrisa se queda fija en su lugar, pero puedo ver que está cansado.

–Siempre un placer, Prudence –hace una especie de saludo militar con un dedo antes de marcharse con Morgan a su mesa.

–Uhh –gruño–. Sé que lo olvidará. ¿Y la peor parte? El señor Chavez lo dejará pasar, como siempre. Es…

–Exasperante –Ari y Jude repiten al unísono.

–Bueno, lo es –resoplo. Vuelvo a activar la computadora. Necesito un minuto para recordar sobre qué estaba escribiendo.

–No me mates por esto –empieza Ari–, pero no me pareció tan malo.

–No lo es –replica Jude–. Pésimo compañero de laboratorio, tal vez, pero sigue siendo un buen chico.

–“Pésimo” no es suficiente. Honestamente no sé qué hice para merecer este castigo kármico.

–¡Ah! –Los ojos de Ari se iluminan–. Eso me da una idea.

Toma el libro de canciones y empieza a pasar las páginas.

Jude y yo nos miramos, pero no preguntamos qué canción está buscando. Jude toma su bebida y la termina de un solo trago.

–Tengo que irme –dice–. Se supone que me reuniré con los chicos a las siete para empezar a planear la próxima campaña. –Frunce las cejas y mira a Ari–. ¿Realmente crees que cantarás? Porque podría quedarme, si necesitas apoyo moral.

–Estaré bien –Ari agita una mano–. Ve a explorar tu calabozo infestado de duendes o como se llamen.

–De hecho, infestado de kobolds –dice Jude mientras se desliza de la cabina–. Y tengo algunas ideas geniales para unas trampas para esta campaña. Además, ¿sabes?, probablemente haya un dragón.

–Nunca puede haber demasiados dragones –replica Ari, todavía escanea la lista de canciones.

Contemplo preguntar qué es un “kobold”, pero no estoy segura de tener el espacio mental para una de las explicaciones entusiasmadas de Jude, así que solo sonrío.

–No se llama Calabozos y Dragones por nada.

–¡La tienen! –dice Ari y gira la carpeta en mi dirección–. Sé que conoces esta canción.

Sospecho que eligió algo de los Beatles, pero en cambio está señalando una canción de la carrera solista de John Lennon: Instant Karma! (We All Shine On).

–Oh, sí, es una buena elección –dice Jude inclinado sobre la mesa para ver el título–. Podrías hacerlo, Pru.

–No cantaré.

Ari y Jude me miran con una ceja en alto.

–¿Qué?

Ari encoge los hombros y vuelve a tomar la carpeta.

–Solo pensé que tal vez querrías probarle a Quint que estaba equivocado.

Levanto un dedo enojada.

–No tengo que probarle nada.

–Por supuesto que no –replica Jude y acomoda su mochila sobre un hombro–. Pero no tiene nada de malo que le muestres a las personas que puedes hacer más que obtener buenas calificaciones. Que puedes, ya sabes… –da un paso hacia atrás, tal vez teme que lo golpee, y susurra–, divertirte.

–Sé que puedo divertirme.

Lo fulmino con la mirada.

–Yo lo sé –dice Jude–, pero hasta tú tienes que admitir que es un secreto bien guardado.


5

Jude se marcha e intento concentrarme en mi tarea. Solo me faltan algunas oraciones para terminar, pero avanzo lento. Las palabras de Jude resuenan en mi cabeza y, para sumar a mi molestia sin fin, también las de Quint. Relájate. Diviértete.

Puedo sentir que Ari me mira cada tanto insegura. Es la persona más empática que conozco y siempre puede darse cuenta cuando alguien está molesto. Pero también sabe que hablaré cuando esté lista y que insistir no la llevará a ningún lado. Así que trabajamos en silencio; yo termino mi tarea y ella garabatea palabras en su cuaderno. Bueno, “silencio” es un término relativo considerando los distintos niveles de habilidad vocal que continúan atacando a nuestros oídos. Algunos de los cantantes son bastante buenos. Un tipo canta el último sencillo de Bruno Mars y luego, una de las mujeres de la mesa de al lado hace una imitación increíble de Cher. Pero los demás artistas son menos que estelares. Muchos murmullos, movimientos incómodos y miradas clavadas en las pantallas que proyectan las letras.

Tengo una teoría sobre el karaoke que desarrollé hace tiempo durante nuestras presentaciones familiares. Nadie en la audiencia espera que la próxima Beyoncé aparezca en el escenario, pero si cantarás, por lo menos tienes que intentar ser entretenido. Si tienes una gran voz, genial. Canta con todo tu corazón. Pero si no es el caso, entonces tienes que compensarlo de alguna manera. Baila. Sonríe. Haz contacto visual con la audiencia. Luce como si estuvieras divirtiéndote, incluso si estás aterrorizado y eso hará que tu presentación sea mucho más memorable de lo que crees.

–Listo –digo y cierro la computadora–. La última tarea del año hecha –bebo un sorbo de mi Shirley Temple, que he estado descuidando. Ahora sabe un poco aguado, pero la sensación del jarabe de cereza se siente como una recompensa bien merecida.

Apenas le presté atención a Ari, pero puedo ver que tiene nuevas ideas. Estoy por preguntarle si está trabajando en algo nuevo o perfeccionando algo viejo cuando escucho que llaman su nombre:

–La próxima persona es: ¡Araceli Escalante!

Ambas levantamos la mirada, sorprendidas. Trish Roxby nos está observando con el micrófono en la mano.

–Con un nombre así, creo que una próxima superestrella subirá al escenario. ¡Vamos, Araceli!

–¿Cuándo te anotaste? –pregunto. Ari me mira nerviosa.

–Cuando estabas trabajando. Aquí voy.

Se desliza en su asiento y se acerca al pequeño escenario, sus movimientos son tiesos y robóticos. Ni siquiera tomó el micrófono y ya estoy sufriendo por ella. Desearía haberle contado mi teoría.

La mayoría de los cantantes eligieron cantar de pie, aunque hay una banqueta al lado del monitor para el que quiera. Ari toma el asiento y lo empuja hasta el pie del micrófono. Creo que no es una buena elección –tienes más energía cuando estás parado, más movimiento–, pero sé que es más cómodo para ella y ahora probablemente solo desea terminar con esto sin que sus rodillas se quiebren.

Su canción aparece en la pantalla de televisión sobre la pared trasera: Un beso para construir un sueño de Louis Armstrong. No la conozco, aunque eso no dice mucho.

Ari cierra los ojos cuando la melodía de jazz del piano comienza a sonar. Los mantiene cerrados cuando empieza a cantar. Su voz es dulce, casi frágil y la canción es tan ella. Romántica. Soñadora. Esperanzada. Puedo sentir los sentimientos de Ari emerger mientras canta y es claro que ama esta canción. La letra y la melodía la afectan y está conteniendo sus sentimientos en una precaria burbuja a punto de estallar.

Es encantador escucharla y estoy orgullosa de que haya tenido el coraje de subir al escenario y no cantar para recibir una reacción de la audiencia, sino con su corazón.

Por algún motivo, mis ojos salen disparados hacia Quint. Veo su espalda, está observando a Ari mientras su amiga sigue concentrada en su teléfono. Noto que el cabello de Quint está despeinado, es como si no se hubiera molestado en peinarse hoy.

Luego, Quint gira la cabeza su rostro muestra disgusto. Por un segundo, pienso que me está mirando a mí, tal vez pudo sentir que lo estaba observando, juzgando. Pero no, está mirando a la cabina de al lado. Estiro mi cuello y veo a dos universitarios, uno está terminando los últimos sorbos de una pinta de cerveza. El otro acomoda sus manos alrededor de su boca y grita:

–¡Basta de esta porquería aburrida de jazz!

Me quedo boquiabierta. ¿Perdón?

Sus amigos se ríen, y el que estaba bebiendo alza su vaso vacío al aire.

–Ven aquí, te daré un beso para soñar.

–¡Tal vez después podamos escuchar algo de música de verdad! –añade el otro.

No puede ser. Están interrumpiendo su presentación. ¿Qué le pasa a la gente?

Vuelvo a mirar a Ari. Sigue cantando, pero ahora sus ojos están abiertos y su voz suena un poco más indecisa. Sus mejillas se tiñeron de rojo.

Pienso en cuánto debe significar este momento para ella y cierro el puño debajo de la mesa porque estos idiotas lo acaban de manchar.

Vuelvo a mirar a los rostros engreídos de los chicos e imagino que uno se atraganta con un nacho y que el otro derrama la salsa sobre su camiseta de Tommy Bahama. Honestamente, universo, si alguna vez…

Algo pequeño vuela hacia la cabina y golpea al primer tipo en el ojo; suelta un aullido y se lleva la mano al rostro.

–¿Qué diablos? –ruge. Se estira para tomar una servilleta, pero no se da cuenta de que su propio vaso de cerveza está apoyado sobre la punta de la servilleta. Jala y derrama el vaso; la mesa y sus regazos se cubren de líquido. Sueltan una ola de insultos mientras intentan alejarse del charco creciente en sus asientos.

Ari suelta una carcajada. Las notas de su canción siguen sonando alrededor de ella, pero dejó de cantar. Su mortificación desapareció y fue reemplazada por gratitud y, por un segundo, pienso que fui yo. ¿Acabo de…?

Pero luego Ari mira a Quint y puedo ver que los hombros de mi compañero están temblando por la risa que está conteniendo. Está batiendo su bebida con una cuchara, hace chocar los hielos contra el vidrio.

Los chicos en la cabina de al lado siguen mirando a su alrededor, frotan en vano sus pantalones empapados con servilletas de papel de mala calidad. Uno de ellos encuentra el proyectil y lo levanta. Una cereza.

Carlos se acerca a ellos e intenta representar el papel del dueño preocupado, aunque hay cierta frialdad en su expresión que me hace pensar que seguramente los escuchó antes. Se disculpa sin sentimiento y apoya una pila de servilletas en la mesa.

No ofrece reemplazar la cerveza perdida.

Ari termina la canción y baja del escenario a toda velocidad como si estuviera incendiándose. Se deja caer en nuestra cabina con un suspiro de alivio.

–¿Fue muy terrible?

–¡Por supuesto que no! –lo digo en serio–. Estuviste genial. Ignora a esos bufones.

Se sienta más cerca de mí.

–¿Viste cómo Quint les lanzó la cereza?

Asiento. Por más que no quiera admitirlo.

–Eso fue bastante increíble.

–Supongo que tiene algunas características redimibles. –Pongo los ojos en blanco–. Pero, confía en mí, son escasas y poco habituales.

Nos quedamos en Encanto y escuchamos algunas presentaciones más. Muchos eligen canciones contemporáneas que sé que escuché, pero no podría decir quién es el artista. ¿Ariana Grande? ¿Taylor Swift? Luego alguien hace una canción de Queen, por lo menos sé quiénes son.

–Y ahora, para deleitar sus oídos –dice Trish mientras busca algo en la máquina de karaoke–, por favor, denle la bienvenida a… ¡Prudence!

Ari y yo giramos hacia ella, pero con la misma velocidad miro de vuelta a Ari.

–¿Me anotaste?

–¡No! –replica con vehemencia y alza las manos–. ¡No lo haría! No sin tu permiso, lo juro.

Gruño, pero no por Ari. Le creo, no es algo que ella haría. ¿Habrá otra Prudence en el bar? ¿Qué tan probable es eso? Nunca conocí a alguien con mi nombre y nadie más se acerca al escenario.

–Jude debe haberme anotado disimuladamente antes de irse –digo.

–No tienes que hacerlo –asegura Ari–. Dile que cambiaste de opinión o que alguien te anotó sin preguntarte.

Mis ojos encuentran a Quint. Está mirando sobre su hombro, sorprendido. Curioso.

Mi pulso comienza a acelerarse. Ari tiene razón. No tengo que subirme al escenario. No me anoté, no accedí a hacer esto.

Mis palmas se humedecen. Ni siquiera abandoné la cabina y ya siento los ojos de las personas sobre mí. Esperando. Juzgando. De seguro, solo es mi imaginación, pero eso no evita que se tense mi garganta.

–¿Prudence? –Trish me busca entre la audiencia–. ¿Estás aquí?

–¿Quieres que le diga que cambiaste de opinión? –ofrece mi amiga.

–No –sacudo la cabeza–. No, está bien. Solo es una canción. Lo haré.

Exhalo brevemente y salgo de la cabina.

–¡Espera!

Vuelvo a mirarla. Se inclina hacia adelante y estira su pulgar hacia mi boca y frota fuerte por un segundo.

–Tu labial estaba corrido –explica y vuelve a acomodarse en la cabina. Y asiente para alentarme–. Mucho mejor. Luces genial.

–Gracias, Ari.

Cuando llego al escenario me aclaro la garganta y evito con determinación hacer contacto visual con los imbéciles de la cabina. O con Quint. Me digo a mí misma que no estoy nerviosa. Que no estoy completamente aterrorizada.

Solo son cuatro minutos de tu vida. Puedes hacer esto.

Pero por favor que Jude haya elegido una canción decente…

Trish acomoda el micrófono en el pie delante de mí y miro el monitor que muestra la canción elegida. Uf. Ok, no está mal. Jude siguió la sugerencia de Ari y me anotó para cantar la canción de John Lennon, canción que amo y definitivamente me sé de memoria.

Me lamo los labios y sacudo los hombros intentando entrar en el estado mental para presentarme. No soy una gran cantante, eso lo sé. Pero lo que me falta en talento innato, lo compenso con presencia en el escenario. Soy Prudence Barnett. No creo en la mediocridad o en intentos desganados y eso incluye hacer mi mejor esfuerzo en cantar en un karaoke en una trampa para turistas tenuemente iluminada en la calle principal. Sonreiré. Jugaré con la multitud. Hasta tal vez baile. Supongo que, si bien mi voz no me hará ganar premios, eso no significa que no pueda divertirme.

Relájate. ¿No, Quint? Veamos cómo te subes al escenario y te relajas.

Los primeros acordes de Instant Karma! estallan en los parlantes. No necesito el monitor con la letra. Sacudo mi cabello y empiezo a cantar.

–¡El karma instantáneo te alcanzará!

Ari me vitorea para darme ánimos. Le guiño un ojo y puedo sentirme disfrutando la canción. Muevo las caderas. Mi corazón se acelera con tanta adrenalina como nervios. Mis dedos estallan como fuegos artificiales. Manos de jazz. La música suma tensión y planeo hacer mi mejor esfuerzo para canalizar a mi John Lennon interno y la pasión que le ponía a su música. Mi mano libre se estira al cielo y luego cae hacia la multitud, estoy señalándolos.

–¿Quién te crees que eres? ¿Una superestrella? ¡Tienes razón!

Estoy intentando saludar a Carlos, pero no lo encuentro, y pronto termino señalando a Quint en cambio. Me sorprende encontrarlo observándome con tanta atención. Está sonriendo, pero de manera asombrada, casi perplejo.

Mi pulso se me escapa, vuelvo a concentrarme en Ari, quien está bailando en la cabina y agita sus brazos en el aire.

Tomo el palillo imaginario en mi mano y golpeo el platillo imaginario al mismo tiempo que la batería introduce el estribillo. Me siento casi mareada cuando canto:

–Bueno, todos brillamos, como la luna… y las estrellas… ¡y el sol!

La canción se desdibuja en una melodía familiar y en estrofas queridas. Muevo los hombros y estiro mis dedos hacia el cielo. Canto el final a todo volumen. No me atrevo a volver a mirar a Quint, pero puedo sentir su mirada sobre mí y, a pesar de mi determinación para que su presencia no me ponga nerviosa, estoy nerviosa. Lo que me impulsa todavía más a aparentar estar tranquila. Hubiera sido distinto verlo ignorarme u observarme avergonzado. Pero no. En ese segundo que encontré su mirada, había algo inesperado allí. No creo que fuera solo diversión o sorpresa, aunque creo que definitivamente lo sorprendí. Había algo más que eso. Estaba casi… fascinado.

Estoy pensando de más. Tengo que dejar de pensar y concentrarme en la canción, pero estoy en piloto automático mientras repito la letra y la melodía empieza a desvanecerse…

–Como la luna y las estrellas y el sol...

Cuando termina la canción, improviso una reverencia pronunciada y hago un gesto con mi mano hacia Quint de la misma manera que él se inclinó hacia mí en clase esta mañana.

Y, sin embargo, el grito de aliento de Quint es el más fuerte del bar.

–¡Excelente, Pru!

Siento un calor subir por mi cuello e incendiar mis mejillas. No es vergüenza; se parece más a una ráfaga, a un brillo por su aprobación indeseada y totalmente innecesaria.

Mientras me alejo del micrófono, no puedo evitar echarle un vistazo. Sigo energizada por la canción y visto una sonrisa en mis labios. Me mira y por un momento, solo un momento, pienso: está bien, tal vez sea semi decente. Tal vez hasta podríamos ser amigos. Siempre y cuando no tengamos que volver a trabajar juntos.

Para mi sorpresa, Quint alza su vaso, como si estuviera brindando conmigo. Y eso hace que me dé cuenta de que lo estoy mirando.

El momento se desvanece. La extraña conexión se quiebra. Hago fuerza para despegar mi mirada de él y regreso a mi cabina, donde Ari me aplaude con entusiasmo.

–¡Estuviste genial! –dice y no puedo evitar sentir cierto desconcierto educado–. ¡Todo el lugar estaba fascinado!

Sus palabras me recuerdan a la mirada de Quint durante la canción y me sonrojo todavía más.

–De hecho, lo disfruté más de lo que pensaba.

Alza las manos para chocar los cinco. Todavía estoy a unos metros de distancia, paso por la cabina en la que estaban sentados los universitarios, aunque ya se marcharon.

Me estiro para chocar su mano.

Olvidé la bebida derramada. Mis talones se resbalan. Me quedo sin aliento, muevo mi cuerpo intentando recuperar el equilibrio. Es demasiado tarde. Agito los brazos, mis pies salen disparados del suelo.

Caigo con fuerza.


6

Prince suena en los parlantes, pero nadie está cantando. Mi cabeza se siente como si hubiera sido golpeada por una camioneta. Las palpitaciones dentro de mi cerebro están en perfecta coordinación con la batería de Raspberry Berret, una canción sobre una mujer que tiene una boina color frambuesa que consiguió en una casa de ropa usada.

Necesito tres intentos para abrir los ojos. Cuando lo logro, me acosan las publicidades neón de tequila y una pantalla reproduciendo uno de esos videos extraños de karaoke de los ochenta que no tiene nada que ver con la canción. Me encojo de dolor y vuelvo a cerrar los ojos. Ari quiere llamar una ambulancia. Carlos también está hablando, seguro y tranquilo, pero no puedo entender qué está diciendo.

–Está bien, Pru –dice otra voz, más grave. Una voz que suena muy parecido a… ¿Quint?

Pero Quint nunca me llamó “Pru”.

Una mano se desliza detrás de mi cabeza. Siento dedos en mi cabello. Mis ojos luchan para volver a abrirse y, esta vez, la luz es menos intensa.

Quint Erickson está arrodillado junto a mí, me observa con una expresión que es extrañamente intensa, en especial con esas cejas oscuras encorvadas sobre su mirada. Es tan diferente de su sonrisa tonta habitual que me genera una dolorosa risa.

–¿Prudence? –parpadea–. ¿Estás bien?

Las palpitaciones en mi cabeza empeoran, dejo de reírme.

–Bien. Estoy bien. Es solo que… esta canción…

Quint mira el monitor como si se hubiera olvidado por completo que había música sonando.

–No tiene sentido –continúo–. Nunca encontré una boina frambuesa en una casa de segunda mano. ¿Tú sí?

Aprieto los dientes por la segunda ola de palpitaciones en la cabeza. Probablemente debería dejar de hablar.

–Podrías tener una conmoción cerebral –Quint está todavía más serio.

–No –gruño–. Tal vez, ay.

Me ayuda a sentarme.

Ari está a mi otro lado. Trish Roxby también está cerca, se muerde una uña. Al lado de ella, hay una camarera con un vaso de agua que seguramente es para mí. Hasta la amiga de Quint, Morgan, abandonó su teléfono al fin y me mira casi como si le importara.

–Estoy bien –digo sin arrastrar las palabras. Por lo menos, creo que no lo hago. Me da confianza y las repito con más énfasis–. Estoy bien.

Ari levanta dos dedos delante de mi rostro.

–¿Cuántos dedos ves?

–Doce –respondo seca mientras la miro con el ceño fruncido. El dolor punzante de mi cabeza empieza a ceder y entonces me doy cuenta de que Quint sigue sosteniéndome, sus dedos están enredados en mi cabello.

Una sensación de alarma cubre mi cuerpo y empujo su brazo.

–Estoy bien –Quint luce sorprendido, pero no particularmente herido.

–Tu amigo tiene razón –dice Carlos–. Podrías tener una conmoción cerebral. Deberíamos…

–No es mi amigo –lo interrumpo. Es un reflejo. Ya empecé, así que continúo con un dedo en alto–. Además, he visto la manera en que maneja los resultados de laboratorio. Discúlpenme si no tengo mucha confianza en el diagnóstico del doctor Erickson.

–Bueno, suena como ella –dice Ari.

Me estiro para tomar el borde de la mesa y la uso para incorporarme. Apenas me pongo de pie, me siento mareada. Me estabilizo en la mesa y cierro los ojos con fuerza.

Llevo mi mano libre a mi cabeza. Hay un golpe, pero por lo menos no estoy sangrando.

–Prudence –dice Quint, sigue estando demasiado cerca–. Esto podría ser serio.

Giro para mirarlo tan rápido que algunas estrellas aparecen y desaparecen en mi visión e interrumpen mi respuesta apresurada.

–Ah, ¿ahora decides tomarte algo seriamente? –digo mientras las estrellas empiezan a disiparse.

–¿Por qué me molesto?

Retrocede un paso, desanimado y luego frota su nariz.

–¿Por qué te molestas? No necesito tu ayuda.

Su expresión se endurece y alza sus manos rindiéndose.

–Claramente.

Pero, en vez de marcharse, se estira para tomar algo detrás de mí. De repente está tan cerca que presiono mi cadera contra la mesa con una ráfaga de pánico. Quint toma la pila de servilletas que esos idiotas rechazaron y se voltea sin prestarme atención, sin siquiera notar mi reacción. Lanza las servilletas sobre la bebida derramada en el suelo y comienza a limpiar. Empuja las húmedas con la punta de sus tenis.

–¿Pru? –Ari toca mi codo–. En serio, ¿deberíamos llamar a una ambulancia? O podría llevarte al hospital.

–Por favor, no –suspiro–. No estoy desbarajustada o algo así. Me duele un poquito la cabeza, pero eso es todo. Solo necesito un paracetamol.

–Si puede utilizar palabras como “desbarajustada” correctamente, es probable que esté bien –dice Trish y puedo notar que está tratando de colaborar–. Tienes sed, ¿cariño?

Extiende el vaso de agua hacia mí, pero sacudo la cabeza.

–No, gracias, pero creo que iré a casa. –Giro hacia Ari–. Mi bicicleta está afuera, pero…

–Te llevaré en el auto –replica sin dejarme terminar. Se hunde en nuestra cabina y toma nuestras cosas.

–Gracias –murmuro. Siento que debería decir algo, hacer algo. Carlos y Trish, Quint y Morgan siguen todos allí, observándome. Bueno, Quint está lanzando las servilletas húmedas en un cesto de basura y evita mirarme a los ojos, pero los demás tienen la mirada clavada en mí, expectantes. ¿Se supone que debo abrazarlos o algo?

Carlos me salva, apoya una mano sobre mi hombro.

–¿Me llamarías mañana o pasarías por el restaurante después de la escuela o algo? Quiero saber que estás bien, ¿sí?

–Sí, por supuesto –digo–. Mmm… el karaoke… –miro a Trish detrás de él–, de hecho, es una buena idea. Espero que lo sigan haciendo.

–Todos los martes a las seis –replica Trish–. Por lo menos, ese es el plan.

Sigo a Ari hacia la puerta trasera. Hago un esfuerzo consciente para no mirar a Quint, pero siento su presencia allí de todos modos. El retorcijón en mi estómago se siente culpable. Solo estaba intentando ayudarme, probablemente no debería haberle respondido así.

Pero tuvo todo el año para ayudar; es demasiado tarde.

Ari empuja la puerta y estamos en el estacionamiento con suelo de grava detrás de Encanto. El sol acaba de ponerse y el océano trae una brisa refrescante, llena de sal y familiaridad. Me siento revivida instantáneamente, a pesar del dolor en mi cabeza.

Ari conduce un auto celeste turquesa de los sesenta; un auto bestial que sus padres le regalaron para su cumpleaños número dieciséis. Intenta no darle mucha importancia, pero su familia tiene dinero. Su mamá es una de las agentes inmobiliarias más exitosas del país y ha hecho una pequeña fortuna vendiéndoles casas de vacaciones elegantes a personas muy adineradas. Así que cuando Ari se enamora de algo completamente impráctico como un auto vintage, no es una gran sorpresa que uno aparezca en su garaje. Lo que podría ser suficiente para que algunos adolescentes se crean mejor que los demás, pero su abuela, que vive con ellos, parece tener bien controlado ese aspecto. Sería la primera persona en bajar a Ari del pedestal si alguna vez se comportara como una malcriada, aunque no creo que haya motivo de preocupación con Ari. Básicamente es la persona más amable y generosa que conozco.

Intento ayudar a Ari a cargar mi bicicleta en la parte trasera de su auto, pero me urge a que entre en el auto y me quede tranquila. El dolor de cabeza volvió a empeorar, así que no discuto. Me dejo caer en el asiento del copiloto y me reclino contra el respaldo.

A veces pienso que Ari intenta vivir su vida intencionalmente como si estuviera en un documental de época. Viste casi todas prendas vintage, como el jardinero amarillo-mostaza que tiene ahora, conduce un auto vintage y hasta toca una guitarra vintage. Aunque conoce mucha más música contemporánea que yo, su verdadera pasión son los cantautores en auge de los setenta.

Una vez que aseguró mi bicicleta, Ari ocupa el asiento del conductor. Abrocho mi cinturón de seguridad mientras mi amiga realiza con cuidado el procedimiento orquestado de revisar sus espejos, aunque no es posible que se hubieran movido desde que estacionó hace unas horas.

Todavía está acostumbrándose a conducir con cambios, y solo ahoga el motor una vez antes de entrar en la autopista principal. Es una gran mejora desde que recibió el auto por primera vez y apagaba el motor unas cincuenta veces seguidas antes de poder avanzar.

–¿Segura de que estás bien? ¿Podría llevarte al hospital? ¿Llamar a tus padres o a Jude?

–No, solo quiero ir a casa.

–Estaba tan preocupada, Pru. –Se muerde el labio–. Te desmayaste de verdad.

–Solo por un segundo, ¿no?

–Sí, pero…

Apoyo mi mano sobre la de ella y digo con seriedad:

–Estoy bien, lo prometo.

Su rostro cede antes que sus palabras. Después de un segundo, asiente. Suspiro y miro por la ventana. Pasamos por tiendas de helados y boutiques que son tan familiares como mi propia habitación. No me había dado cuenta de que era tan tarde. El sol acaba de caer detrás del horizonte y la calle principal es como el set de una película. Las palmeras están rodeadas de pequeñas luces blancas, los negocios pintados de colores pastel brillan bajo los anticuados faroles de la calle. En una semana, este pueblo estará repleto de turistas de vacaciones que traerán algo parecido a una vida nocturna con ellos. Pero, por ahora, la calle se siente casi abandonada.

Salimos del centro hacia los suburbios. Las primeras calles tienen mansiones; la mayoría son segundos hogares para las personas que casi pueden pagar propiedades con vistas a la playa. Pero pronto atravesamos un vecindario común. Una mezcolanza de estilo misión y colonial francés. Techos de tejas, paredes de estuco, ventanas pintadas vivazmente y canteros rebalsados de petunias y geranios.

–No te enojes –dice Ari e inmediatamente me molesta la predicción de que me enojaré–, pero creo que Quint parecía un buen chico.

Me relajo, me doy cuenta de que, por algún motivo, estaba esperando un insulto. Pero Ari es demasiado dulce para criticar a alguien. Incluso, evidentemente, a Quint Erickson.

–Todos –resoplo– creen que Quint es un buen chico hasta que tienen que trabajar con él. –Hago una pausa y pienso–. No es una mala persona. No es un idiota o un bravucón ni nada como eso. Pero es solo tan… tan…

Flexiono mis dedos, buscando la palabra correcta.

–¿Lindo?

Le lanzo una mirada fría.

–Puedes conseguir alguien mejor.

–Yo no estoy interesada –se ríe.

Algo en la manera en que lo dice parece insinuar que no estuviera diciendo algo. Ella no está interesada, pero…

Las palabras quedan suspendidas en el aire. ¿Está sugiriendo que yo lo estoy?

Asqueroso.

Cruzo mis brazos firmemente sobre mi pecho.

–Pensaba decir inepto. Y egoísta. Llega tarde a clase todo el tiempo, como si lo que estuviera haciendo fuera mucho más importante que lo que estudiamos. Como si su tiempo fuera más valioso y entonces está bien que llegue diez minutos tarde, interrumpa al señor Chavez y que todos tengamos que hacer una pausa mientras él se acomoda y hace una broma tonta al respecto como… –Utilizo una voz más grave para imitarlo–. “Ah, hombre, ese tráfico de Fortuna, ¿no?”. Cuando todos sabemos que no hay tráfico en Fortuna.

–Bueno, no es puntual. Hay cosas peores.

–No lo entiendes –suspiro–. Nadie lo entiende. Tenerlo como compañero de laboratorio ha sido doloroso de verdad.

Ari se queda sin aliento de repente. El auto cambia de dirección. Me aferro a mi cinturón de seguridad y giro mi cabeza mientras los focos delanteros encandilan el parabrisas trasero. No sé cuándo el auto deportivo apareció detrás de nosotras, pero están peligrosamente cerca del parachoques. Me inclino para mirar por el espejo lateral.

–¡Había una señal de alto allí atrás! –grita Ari.

El auto deportivo empieza a acercarse y retroceder, su motor suma revoluciones.

–¿Qué quiere? –grita Ari ya está en el límite de la histeria.

Aunque tiene su licencia, todavía le falta confianza detrás del volante. Pero algo me dice que tener un auto errático en tu cola alteraría hasta los conductores más experimentados.

–Creo que quiere superarnos.

–¡No estamos en una autopista!

Estamos en una calle residencial angosta, todavía más limitada por las filas de vehículos estacionados en ambos lados. El límite de velocidad es solo cuarenta kilómetros por hora, que estoy segura de que Ari respeta a la perfección. Sospecho que eso solo irrita más al conductor detrás de nosotras.

Es ruidoso y muy grosero.

–¿Cuál es su problema? –grito.

–Me detendré –dice Ari–. Tal vez… Tal vez una mujer esté dando a luz en el asiento trasero o algo así.

La miro sin poder creerlo. Ari puede excusar comportamiento inexcusable.

–El hospital está para ese lado –replico y señalo hacia la dirección opuesta con el pulgar.

Ari se acerca a la acera. Encuentra un lugar entre dos autos estacionados y hace su mejor esfuerzo para calcular el ángulo; no es una tarea fácil por el largo de su auto. De todos modos, deja suficiente espacio para que pase el otro vehículo.

El motor acelera otra vez y el auto deportivo pasa a toda velocidad. Logro ver a una mujer en el asiento del pasajero con un cigarrillo encendido. Le hace un gesto obsceno a Ari cuando pasa a toda velocidad.

Me cubre una ola de furia.

Aprieto los puños, las uñas se hunden en mi palma. Imagino que los golpea un rayo de justicia kármica. Que les estalla una llanta y los hace salir de la calle, chocar con un poste de teléfono y…

¡BANG!

Ari y yo gritamos. Por un segundo, pienso que fue un disparo. Pero luego, vemos el auto, casi una calle más adelante, dando vueltas fuera de control.

Estalló un neumático.

Llevo una mano a mi boca. Se siente como mirar un video en cámara lenta. El auto gira ciento ochenta grados y milagrosamente no golpea a los demás vehículos estacionados en los costados de la calle. Sube a la acera y solo se detiene cuando el parachoques se incrusta en –no un poste de teléfono– una palmera gigante. El capó se arruga como una lata de aluminio.

Por un momento, Ari y yo nos quedamos congeladas y miramos el accidente boquiabiertas. Luego Ari lucha por desabrochar su cinturón y abrir su puerta a toda velocidad. Corre hacia el accidente antes de que pueda pensar en moverme, y cuando lo hago, es para relajar mis puños.

Siento un cosquilleo en los dedos, están al borde de estar entumecidos. Los miro, mi piel se tiñe de naranja por la luz de la calle.

Coincidencia.

Solo una extraña coincidencia.

De alguna manera, encuentro la manera de buscar mi teléfono y llamar a la policía. Para cuando termino de darles la información, mi mano dejó de temblar y Ari está viniendo hacia mí.

–Todos están bien –dice sin aliento–. Las bolsas de aire se activaron.

–Llamé a la policía, estarán aquí pronto.

Asiente.

–¿Tú estás bien? –le pregunto a mi amiga.

–Eso creo –Ari se hunde en su asiento–. Solo me dio un susto terrible.

–A mí también.

Me estiro y tomo su mano.

Cuando me mira, su expresión es dolorosa.

–Es horrible, pero cuando sucedió… Ese primer segundo después de que chocaron, mi primer pensamiento fue que…

No termina la oración.

–Se lo merecían –finalizo por ella.

Su rostro luce culpable.

–Ari, estaban siendo groseros. Y conducían erráticamente. Odio decirlo, pero es verdad, se lo merecían.

–No lo dices en serio.

En vez de responder –porque estoy bastante segura de que sí lo digo en serio–, retiro mi mano de la de ella.

–Solo me alegra que nadie esté herido –digo–. Incluyéndonos.

Estiro mi mano hacia mi cabeza, el golpe parece estar disminuyendo.

–No creo que mi cabeza pueda soportar otra colisión esta noche.


7

Mi dolor de cabeza casi ha desaparecido a la mañana siguiente, pero todavía siento una leve sensación de mareo que nubla el interior de mi cerebro cuando imprimo la tarea sobre el pez rape y lo que escribió Jude sobre el tiburón peregrino mientras me visto.

–Último día –le susurro a mi reflejo en el espejo del baño. Las palabras son como un mantra, me motivan mientras me cepillo los dientes y desenredo los mismos nudos en mi cabello de todas las mañanas. Último día. Último día. Último día.

Me desperté casi una hora más tarde de mi horario habitual y ya puedo escuchar el caos de mi familia a todo ritmo en la planta baja. Papá puso un disco de Kinks y es una de sus canciones más vivaces y animadas, Come Dancing. Papá tiene la teoría de que empezar la mañana con música que te hace sentir bien, automáticamente hará que tengas un día maravilloso. Quiero decir, creo que tiene algo de razón y creo en empezar el día con el pie correcto con tanta frecuencia como sea posible, pero a veces sus canciones alegres a la mañana son más chillonas que inspiradoras. Todos en la familia han intentado decírselo en diferentes ocasiones, pero desestima las críticas. Creo que puede que ya tenga lista la lista de reproducción para este verano.

Ellie –con cuatro años y llena de Grandes Emociones– está gritando por encima de la música sobre quién sabe qué. Hay días en los que siento que la vida de Ellie es solo un gran berrinche. “No, no me daré un baño”. “No, no quiero usar calcetines”. “No, odio esas galletas”. “Ey, Lucy está comiendo mis galletas, no es justooooo”. Escucho un golpe y algo cae por las escaleras seguido por el grito de mamá.

–¡Lucy! ¡Dije que adentro de casa no!

–¡Lo lamento! –suena la disculpa no tan arrepentida de Lucy. Un segundo después, escucho el crujido de las bisagras de la puerta trasera.

Lucy tiene trece años y está amargada por tener que empezar la segundaria después del verano, donde oficialmente volverá a la base de la pirámide social, creemos fue intercambiada al nacer con nuestra verdadera hermana. Por lo menos, eso es lo que Jude y yo sospechamos. Para empezar, Lucy es popular. Extrañamente popular. Y no como en las películas de adolescentes. No usa tacones ni pasa todo su tiempo libre en el centro comercial, y no es ni despistada ni grosera. Simplemente le cae bien a la gente. A todo tipo de personas. Por lo que sé, con mi limitado conocimiento de los círculos sociales de la primaria de Fortuna Beach, Lucy tiene conexiones con la mayoría de ellos. Juega casi todos los deportes. Posee un conocimiento funcional de los espectáculos de porristas, fiestas de recaudaciones de fondos y otros eventos que Jude y yo evitamos regularmente. Puede ser un poco inquietante.

El único grupo con el que parece no tener mucha conexión es con nosotros. No tiene ningún interés en la música; raramente escucha la radio y suele usar sus auriculares para ponerse al día con el último podcast sobre crímenes en vez de oír la canción del día de papá. Es la única de la familia que nunca intentó aprender a tocar un instrumento. Yo probé el piano por dos años y Jude hizo un verdadero esfuerzo con la guitarra. Ninguno de los dos mejoró en realidad y ambos nos rendimos a mitad de primaria. El pobre teclado que mis papás eligieron para mí en la tienda de empeño local ha estado juntando polvo en una esquina de nuestra sala de estar desde entonces.

Y luego está Penny de nueve años, quien ama la música, pero no el tipo que mis padres han intentado hacernos amar lavándonos el cerebro. En cambio, le gusta el pop y el R&B y algo de música alternativa, algo como el top 40 de canciones que no suele aparecer en una tienda de discos. Ella es la única razón por la que conozco algunos artistas contemporáneos y, siendo honesta, mi conocimiento es bastante pobre. De hecho, si mis padres no nos hubieran arrastrado a ver Yesterday, una película inspirada en los Beatles, no sabría quién es Ed Sheeran.

Irónicamente, Penny también las única de los niños Barnett que toca un instrumento. O algo así. Aprende violín hace tres años. Uno creería que, aun siendo una niña, debería haber progresado algo en tres años, pero el sonido que extrae de esas cuerdas es tan punzante hoy como el día en que empezó. Puedo escucharla practicar en el cuarto que comparte con Lucy mientras me aplico el labial rojo más intenso que tengo. Hoy necesito la energía. No estoy segura de si está intentando seguir la melodía de los Kinks o si está practicando una lección rápidamente. De todos modos, está haciendo que mi dolor de cabeza regrese. Resoplo irritada e intento cerrar la puerta del baño.

Un pie aparece en el pasillo y detiene la puerta, que rebota hacia mí.

–Hola –dice Jude reposándose contra el marco de la puerta–. ¿Puedes saborear la libertad en el aire?

–Es gracioso. –Presiono mis labios pensativa–. Sabe igual que la pasta dental extrablanqueadora. –Tapo a mi labial y lo dejo caer en mi bolsa de maquillaje, paso junto a mi hermano y me meto en mi habitación–. ¿Hiciste planes para sitiar la Caverna de los Duendes o algo así?

–Si de verdad quieres saber, es la Isla de Gwendahayr. Estoy diseñando la incorporación de una serie de ruinas antiguas que contienen pistas de un hechizo verdaderamente poderoso, pero si intentas invocar el hechizo en el orden incorrecto o si no descubriste todo el procedimiento, sucederá algo horrible. Todavía no estoy seguro de qué. –Vacila antes de añadir–: Tal vez abrirá una cueva repleta de duendes.

Me sigue, pero se queda en la puerta. Es una regla tácita en nuestro hogar: nunca entrar en una habitación sin invitación verbal. En general, nuestra familia suele carecer de límites firmes, así que este es uno que Jude y yo protegemos a toda costa. La casa en que vivimos no está preparada para nosotros siete. Solo hay tres habitaciones oficiales; la principal de mis padres, Lucy y Penny comparten camas marineras y yo estoy en la tercera habitación; Jude duerme en el sótano reconvertido. Pero la “bebé” Ellie sigue durmiendo en una cama de niños en la habitación de mis padres y ya está creciendo; últimamente hubo charlas sobre reubicarnos. Me aterroriza pensar que perderé mi santuario privado. Por suerte, mis padres han estado demasiado ocupados en la tienda para molestarse en reacomodarnos y redecorar, así que el status quo continúa. Por ahora.

–¿Cómo estuvo el resto del karaoke?

–Muy amable de tu parte preguntar –le frunzo el ceño–, ya que alguien me anotó para cantar Instant Karma! Y no se molestó en contármelo.

–¿En serio? –Arquea su ceja.

–Por favor. –Arrugo los labios–. Está bien, no estoy enojada. De hecho, fue –muevo mi cabeza de un lado a otro– divertido. Pero, de todos modos, la próxima dame alguna advertencia, ¿sí?

–¿Qué? Yo no te anoté.

Dejo de trenzar mi cabello por un instante y lo miro. Realmente lo miro.

Parece estar sorprendido de verdad.

Al igual que Ari.

–¿No lo hiciste?

–No. No haría eso. No sin tu permiso.

Envuelvo la cinta elástica al final de la trenza y la aseguro en su lugar.

–Pero, si tú no fuiste y Ari tampoco…

Nos quedamos callados un momento.

–¿Quint? –pregunta Jude con vacilación.

–No. –Estaba pensando en lo mismo, pero tengo que desestimarlo. Quint no podría habernos escuchado hablar de esa canción. Y Carlos tampoco estaba cerca–. ¿Tal vez la mujer que estaba dirigiendo el karaoke? ¿Nos escuchó hablar y creyó que necesitaba un empujoncito extra?

–No sería muy profesional.

–No, no lo sería. –Tomo mi mochila de donde la dejé colgando en mi silla ayer a la noche–. De todos modos, supongo que no importa. Canté. Bailé. Estuve bastante decente, aunque lo diga yo.

–Lamento habérmelo perdido.

–Apuesto que sí. También imprimí tu tarea.

Le doy su informe de una página.

–Gracias. Entonces –golpea sus nudillos contra el marco de la puerta–, estaba pensando en ir a la fogata de fin de año esta noche.

–¿Qué? ¿Tú? –Jude sería un pez fuera del agua en la fiesta de la fogata anual de Fortuna Beach tanto como yo. No fuimos el año pasado, aunque muchos de nuestros compañeros fueron. Hasta recuerdo que algunos de nuestros pares iban cuando todavía estaban en la primaria–. ¿Por qué?

–Solo pensé que debería ver de qué se trata. No descartar hasta probar o algo así. ¿Crees que Ari quiera ir?

Mi reacción instintiva es de ninguna manera, estamos bien, gracias. Pero todavía estoy tratando de descifrar los motivos de Jude. Lo miro con ojos entrecerrados. Parece relajado, demasiado relajado.

–Ahhhh –digo y me siento en el borde de la cama mientras subo mis calcetines–. Maya estará allí, ¿no?

–Créase o no. –Me lanza una mirada poco impresionada–. No vivo mi vida según la agenda de Maya Livingstone.

Alzo una ceja. No estoy convencida.

–Como sea –refunfuña–. No tengo nada mejor que hacer esta noche y, sin tarea, sé que tú tampoco. Vamos. Veamos qué tal es.

Lo imagino. Jude, Ari y yo bebiendo sodas al lado de una fogata enorme, arena en nuestros zapatos, el sol en nuestros ojos, observando a los de último año emborracharse con cerveza barata y luchar entre ellos en el agua.

Mi completo desinterés debe trasladarse a mi rostro porque Jude empieza a reírse.

–Llevaré un libro –dice–, solo en caso de que sea horrible. En el peor de los casos, nos acomodamos en algún lugar cerca de la comida y leeremos toda la noche. Le diré a Ari que traiga su guitarra.

Mi interpretación de la noche cambia y puedo vernos descansando, con libros en una mano y malvaviscos en la otra, mientras Ari toca su última canción. De hecho, ahora suena como una velada encantadora.

–Está bien, iré –accedo y tomo mi mochila–. Pero no me meteré en el agua.

–Ni siquiera iba a preguntar –responde Jude. Sabe que el océano me aterra, sobre todo por los tiburones. Mentiría si negara que la idea de ponerme un traje de baño delante de la mitad de los estudiantes de nuestra escuela no me llena completamente de una sensación de horror absoluto.

Bajamos las escaleras. Papá acaba de poner un nuevo disco y las harmonías alegres de los Beach Boys empiezan a cubrir la sala de estar. Echo un vistazo por la puerta y veo a papá meciéndose alrededor de la mesa ratona. Intenta que Penny baile con él, pero mi hermana está acostada en el suelo, concentrada en un videojuego en la tableta de papá y hace un gran trabajo ignorándolo.

Generalmente intento evitar la sala de estar porque, con los años, se ha convertido en una especie de basurero. Limpiar y organizar no ha sido una prioridad en la vida de mis padres por un tiempo y todas las cosas con las que no sabemos qué hacer tienden a terminar apiladas en las esquinas de la habitación. No solo mi viejo teclado, también hay cajas de manualidades a medio terminar y pilas de revistas sin leer. Además, están los discos; demasiados discos de vinilo. Aparecen en cada superficie, se apilan sobre la alfombra antigua. Me estresa solo mirarlo.

Jude y yo giramos en la dirección opuesta, hacia la cocina. El berrinche de Ellie parece haber terminado, gracias al cielo, y está sentada en el rincón para desayunar. Tiene puesto su vestido favorito con un mono en lentejuelas en el pecho y lleva el cereal a su boca sin prestar atención. Tiene una revista abierta delante de ella. Todavía no puede leer, pero le gusta mirar las fotos de los animales de National Geographic Kids. Por la ventana, veo a Lucy en el patio trasero, patea un balón contra la casa.

Su escuela terminó ayer, por lo que hoy es el primer día oficial de las vacaciones de verano de Penny y Lucy. El kínder de Eleanor terminó la semana pasada. Le echo un vistazo rápido a mamá; está sentada en frente de Ellie con un vaso de jugo de tomate, su computadora y algunas pilas de recibos, la imagen sugiere que ya se siente exhausta por el cambio.

–Quería hacerles un desayuno especial por su último día –dice cuando Jude y yo entramos antes de encoger los hombros con poca energía–. Pero no creo que eso suceda. ¿Tal vez este fin de semana?

–No hay problema –dice Jude y toma un recipiente de la alacena. Felizmente viviría a base de cereal si mis padres lo permitieran.

Enchufo la licuadora para hacer mi licuado de siempre. Tomo la leche y la mantequilla de maní, luego giro hacia la frutera. Me congelo.

–¿En dónde están todas las bananas? –Nadie responde.

–¿Eh, mamá? Compraste dos racimos de bananas como hace dos días.

–No lo sé, cariño. –Apenas separa la vista de su pantalla–. Hay cinco niños en crecimiento en esta familia.

Mientras habla, veo un movimiento por el rabillo del ojo. Ellie levantó su revista y la sostiene delante de su rostro.

–¿Ellie? –digo con una advertencia, cruzo la habitación y le saco la revista de la mano, al mismo tiempo, mete los últimos mordiscones de banana en su boca. Sus mejillas se inflan y lucha para masticar. La cáscara todavía está en su mano. Una segunda cáscara descansa al lado de su recipiente de cereal–. ¡Eleanor! ¿En serio? ¡Qué grosera! ¡Mamá!

Mamá me fulmina con la mirada, por supuesto.

–Tiene cuatro años y es una banana.

Empiezo a morder mi lengua. No es solo porque es una banana. Es el por qué lo hizo. Me escuchó diciendo que la quería, por ese único motivo que se atragantó con ella. Si hubiera sido Jude, se la hubiera dado en una bandeja de plata.

Lanzo la revista sobre la mesa.

–Está bien –mascullo–. Buscaré otra cosa.

Sigo hirviendo mientras exploro el congelador esperando encontrar una bolsa con fresas congeladas. No tengo éxito, doy un paso hacia atrás y formo puños con las manos. Le lanzo una mirada fulminante a Ellie sobre mi hombro justo cuando traga la banana. Ugh. Esa pequeña egoísta…

Un balón de fútbol aparece volando, golpea el vaso de mamá y lo derrama sobre la mesa. Mamá chilla mientras el jugo de tomate inunda la superficie, toma la pila de recibos más cercana mientras Ellie se queda congelada con los ojos abiertos mientras un río de jugo rojo intenso avanza sobre el borde de la mesa y cae directamente en su regazo.

Miro boquiabierta, recuerdo a los borrachos en Encanto de ayer a la noche. La cereza. La cerveza derramada. El déjà vu es bizarro.

–¡Lucy! –chilla mamá. Mi hermana está parada en la puerta trasera, sus manos siguen extendidas como si hubiera un balón de fútbol invisible entre ellas. Luce asombrada.

–¡No lo hice!

–Oh, seguro. –Mamá emite un sonido de disgusto–. ¡Estoy segura de que el universo simplemente sacó el balón de tus manos y lo lanzó sobre la mesa!

–Pero…

–¡No te quedes allí parada! ¡Ve a buscar una toalla!

Le habla a Lucy, pero Jude está un paso delante de todos y trae una pila de servilletas de papel para ayudar a limpiar el desorden.

–¡Mamá! –la voz de Ellie tambalea–. ¡Es mi vestido preferido!

–Lo sé, cariño –responde mamá, aunque puedo notar que apenas la está escuchando mientras revisa debajo de su computadora para ver si hay algo de jugo allí–. Pru, ¿podrías ayudar a tu hermana a cambiarse?

Oír mi nombre me sacude de mi trance. Solo es un vaso derramado. Solo es un balón de fútbol. Es solo una coincidencia.

Pero también es tan extraño.

Mis dedos cosquillean cuando relajo mis puños y los estiro. Bordeo la mesa y Ellie obedientemente levanta los brazos para que le quite el vestido húmedo y pegajoso.

–Es mi preferido –dice con un mohín–. ¿Se podrá salvar?

La manera en que lo dice es más que melodramática, pero no puedo evitar sentir una pizca de culpa. Aunque yo no fui responsable. No estaba ni cerca de ese vaso de jugo o del balón. Lucy realmente tiene que aprender a ser más cuidadosa.

–Le pondré un producto especial y esperemos que salga –digo–. Ve a elegir otro atuendo para hoy.

Mira a Lucy con un entrecejo fruncido y feroz, que es ignorado mientras Lucy ayuda a Jude y a mamá a limpiar. Ellie expresa su indignación y sube las escaleras a toda velocidad.

–Jude, pondré esto en la lavadora y luego deberíamos irnos –digo–. Último día, no deberíamos llegar tarde.

Asiente y lanza las servilletas a la basura.

–¿Quieres un bagel para el camino?

–Seguro, gracias.

Camino hasta el lavadero, tomo el quitamanchas del cesto de plástico que está al lado de la lavadora, luego lo desparramo sobre la tela húmeda. La mancha atraviesa el largo del vestido, justo desde arriba de la oreja brillante del mono hasta el final de la falda.

Probablemente solo sea mi imaginación, pero juraría que la mancha tiene la forma exacta de una banana.


8

Apenas pongo un pie en el salón, el señor Chavez me ladra.

–La tarea en la mesa, por favor, luego recojan su calificación del trabajo final por allí.

Señala con el capuchón de un marcador para pizarra seco a una pila de hojas en la mesa de adelante.

Saco mi informe del pez rape y lo apoyo en la pila con los demás trabajos. Mientras avanzo entre las mesas, me sorprende ver que mi mesa de laboratorio no está vacía. Quint ya está aquí. Temprano. Más temprano que yo.

Me congelo. Honestamente, no esperaba que Quint estuviera aquí hoy, a pesar de que lo mencionó ayer a la noche. Como es el último día antes de las vacaciones de verano, asumí que se ausentaría junto con la mitad de los compañeros de mi año y los estudiantes de los últimos años.

Pero aquí está, hojeando una carpeta de tres aros repleta de folios transparentes. Es el informe que presentó ayer. Nuestro informe.

Lo miro cautelosamente mientras llego al escritorio del señor Chavez y tomo la maqueta de la calle principal. La estudio en búsqueda de alguna indicación de mi calificación, pero no encuentro nada.

Quint levanta la cabeza y me mira cuando llego a nuestra mesa compartida y apoyo la maqueta en una esquina.

–¿Cómo te sientes? –pregunta.

Mi cabeza comienza a latir, solo un poco, en respuesta a su pregunta. Apenas me molestó está mañana, pero recordar que me caí hace que lleve la mano instintivamente hacia mi cuero cabelludo en busca del golpe. Ya casi ha desaparecido.

–Depende. –Me dejo caer en mi asiento–. ¿Cómo nos fue?

Encoge los hombros, despega una nota adhesiva azul de la carátula y presiona el papel sobre la mesa entre nosotros.

Siento un vacío en el estómago cuando leo las palabras:

Prudence: B-

Quint: B+

Calificación general: C

–¿Qué? –prácticamente estoy gritando–. ¿Esto es una broma?

–Pensé que podrías no estar encantada –dice Quint–. Cuéntame, ¿te molesta más la C o que mi calificación individual sea superior a la tuya?

–¡Las dos cosas! –Me inclino hacia adelante y leo las palabras que el señor Chavez escribió debajo de las calificaciones.

Prudence: trabajo ejemplar, pero aplicó poca ciencia.

Quint: conceptos fuertes, pero ejecución desprolija y escritura sin dirección.

El proyecto presenta una falta general de cohesión y las ideas más importantes no son desarrolladas por completo. Ambas calificaciones se hubieran beneficiado enormemente con mejor comunicación y trabajo en equipo.

–¿Qué? –repito y luego suelto un gruñido consternado desde mi garganta. Sacudo la cabeza–. Sabía que simplemente debería haberlo escrito yo misma.

Quint se ríe. Es una risa bastante fuerte que atrae más de una mirada.

–Por supuesto que esa es tu interpretación de los comentarios del profesor. Claramente mi parte fue el problema, a pesar de que…

Se inclina hacia adelante y da un golpecito sobre su B+.

–Eso tiene que ser un error.

Lo miro fijo.

–Naturalmente.

Mi latido retumba en mi pecho. Mi respiración se acelera. ¿Cómo es posible? Nunca he recibido una C en nada. ¡Y mi maqueta! Mi hermosa maqueta en la que trabajé tanto, todas esas horas, los detalles… ¿eso solo valió una B-?

Algo está mal. El señor Chavez confundió quién hizo qué. Tomó una decisión fatigado después de corregir demasiados trabajos antes del nuestro.

Esto no puede estar bien.

–Okey, pero en serio, sin importar las calificaciones –dice Quint y toma la nota adhesiva y la vuelve a colocar en la carátula del informe–. ¿Cómo está tu cabeza?

Sé que es una pregunta legítima. Sé que probablemente no haya una intención cruel detrás de ella. Pero, de todos modos, casi suena acusatoria, como si estuviera sobre reaccionando por algo que él considera insignificante.

–Mi cabeza está bien –respondo con furia.

Empujo mi silla de la mesa y tomo la carpeta de tres anillos. Doy zancadas hacia el frente del salón. Los pocos estudiantes que no faltaron hoy siguen entrando al salón y Claudia casi pega un salto para salir de mi camino mientras avanzo a paso fuerte por el pasillo.

El señor Chavez me ve venir y puedo ver su cambio de postura, sus hombros, su expresión. Veo su expectativa, lo esperaba, no está sorprendido.

–Creo que hubo un error –digo sosteniendo la carpeta para que pueda ver su propia nota adhesiva inepta–. Esto no puede ser correcto.

–Tenía la sensación de que me haría algún comentario, señorita Barnett –suspira y entrelaza sus dedos–. Su trabajo es fuerte. Es una oradora excepcional, sus ideas son sólidas, la maqueta era hermosa. Si esta fuera una clase de negocios, la calificación hubiera sido A+ sin duda. –Hace una pausa, su expresión es compasiva–. Pero esta no es una clase de negocios, es Biología y su tarea era presentar un trabajo relacionado con los temas que trabajamos este año. –Encoge los hombros–. Ahora bien, ecoturismo y biología ciertamente se superponen en varios aspectos, pero no mencionó ninguno de ellos. En cambio, habló de potencial de ganancias y campañas de marketing. Ahora… si creyera que aportó algo de lo que hay en ese informe, eso hubiera incrementado significativamente tanto su calificación individual como la combinada. Pero Quint y usted dejaron bien en claro que este proyecto no fue abordado como un trabajo en equipo. –Alza las cejas–. ¿Correcto?

Lo miro seria. No puedo discutir y lo sabe. Por supuesto que no fue un trabajo en equipo. En mi opinión, es un milagro que Quint haya presentado el informe en primer lugar. Pero ¡no fue mi culpa que me emparejaran con él!

Siento el peso repentino de las lágrimas detrás de mis ojos; nacen tanto de la frustración como de todo lo demás.

–Pero trabajé tan duro en el proyecto –digo luchando, sin éxito, para mantener mi voz estable–. He estado investigando desde noviembre. Entrevisté líderes de la comunidad, comparé los esfuerzos de mercados similares. Yo…

–Lo sé –responde asintiendo. Luce cansado y triste y, de alguna manera, hace que todo esto sea peor–. Y lo lamento mucho, pero simplemente no cumplió con la consigna del trabajo. Era un proyecto de ciencia, Prudence, no una campaña de marketing.

–¡Sé que es un proyecto de ciencia! –Bajo la mirada hacia la carpeta en mis manos. La fotografía me devuelve el gesto, es una foca o un león marino o lo que sea, enredado en un hilo de pesca. Sus ojos abatidos hablan más fuerte que las palabras. Sacudo la cabeza y vuelvo a extender la carpeta para que el señor Chavez la vea–. ¿Y le dio a Quint una calificación más alta que a mí? Lo único que hizo fue tomar mis ideas y tipearlas y, según su nota de aquí, ¡ni siquiera hizo eso muy bien!

El señor Chavez frunce el ceño y mece su peso sobre sus talones. Me está mirando como si, de repente, hubiera empezado a hablar en otro lenguaje. En ese momento me doy cuenta de que la clase se quedó en silencio. Todos nos están escuchando.

Y ya no estoy parada aquí sola. Los ojos del señor Chavez saltan a un costado. Sigo su mirada y veo a Quint parado a mi lado con los brazos cruzados. No puedo leer su expresión, pero es casi como si le estuviera diciendo a nuestro profesor: “¿Ve? Esto es lo que tuve que soportar”.

Enderezo mi espalda y resoplo tan fuerte que me duele la nariz, pero por lo menos evito que caigan las lágrimas.

–Por favor –digo–. Nos dijo que este proyecto equivale al treinta por ciento de nuestra calificación y no puedo permitir que baje mi promedio. Debe haber alguna manera de arreglar esto. ¿Puedo hacerlo de nuevo?

–Señorita Barnett –dice el señor Chavez con cautela–. ¿Leyó su informe?

–¿Mi informe? –parpadeo.

–El nombre de Quint no es el único allí. –Señala con sus dedos la portada–. Ahora bien, claramente, tuvieron problemas para trabajar juntos. De seguro, más que cualquier otro equipo que he tenido en esta clase. Pero, sin duda, por lo menos leyó el informe, ¿no?

No me muevo. No hablo.

Los ojos del señor Chavez, llenos de incredulidad, se posan en Quint y luego en mí. Suelta una risita y frota el puente de su nariz.

–Bueno, eso explica algunas cosas.

Bajo la mirada hacia la carpeta entre mis manos, por primera vez siento curiosidad por su contenido.

–Si permito que lo haga de nuevo –dice nuestro profesor–, entonces tengo que ofrecerle la misma oportunidad a todos los demás.

–¿Y? –Agito mi mano hacia el salón que está casi vacío–. Nadie lo hará.

Frunce el ceño, aunque ambos sabemos que es verdad. Luego suelta otro suspiro, más largo esta vez y mira a Quint.

–¿Qué piensa señor Erickson? ¿Está interesado en volver a presentar su proyecto?

–¡No! –grito casi al mismo tiempo que Quint empieza a reírse como si esto fuera lo más gracioso que hubiera escuchado. Le echo un vistazo, horrorizada e intento darle la espalda mientras vuelvo a enfrentar al señor Chavez–. No quise decir… Me gustaría hacer el informe de nuevo. Solo yo esta vez.

Nuestro profesor empieza a sacudir la cabeza cuando Quint recupera el aliento y añade.

–Sí, nop, estoy bien. Perfectamente feliz con mi calificación, gracias.

–¿Ve? –Gesticulo hacia él.

–Entonces, no. –El señor Chavez encoge los hombros cansado–. Lo lamento.

Sus palabras me golpean y ahora siento que soy la única que tiene dificultades para comprender.

–¿No? Pero estaba a punto de…

–Ofrecerles a ambos la oportunidad de volver a presentarlo, si quisieran hacerlo. Y… –eleva la voz mirando a mis compañeros– a cualquiera que sienta que no hizo su mejor esfuerzo en el proyecto y quisiera otra chance. Pero… este es un trabajo en equipo. O todo el equipo trabaja para mejorar su calificación o no cuenta.

–¡Pero no es justo! –digo. La queja en mi voz me incomoda. Sueno como Ellie, pero no puedo evitarlo. Quint dice que no lo hará. ¡No debería tener que depender de él, una de las personas más perezosas que conozco, solo para mejorar mi calificación!

Detrás de mí, Quint se ríe disimuladamente y giro en llamas hacia él. Se calla en el acto y luego gira en sus talones y camina hasta nuestra mesa a paso relajado. El señor Chavez empieza a garabatear algo en la pizarra blanca. Bajo mi voz mientras doy un paso adelante.

–Entonces, quiero un compañero diferente. Lo haré con Jude.

–Lo lamento, Prudence. –Sacude la cabeza–. Le guste o no, Quint es su compañero.

–Pero no lo elegí. No debería ser castigada por su falta de motivación. Y ha visto que siempre llega tarde. ¡Ciertamente no le importa esta clase, la biología marina o este proyecto!

El señor Chavez deja de escribir y me mira. Quiero creer que está reconsiderando su postura, pero algo me dice que no es el caso. Cuando habla, mi irritación solo aumenta con cada palabra.

–En la vida –dice hablando lento–, raramente podemos elegir las personas con las que trabajamos. Nuestros jefes, nuestros colegas, nuestros estudiantes, nuestros compañeros. Rayos, ni siquiera podemos elegir nuestras familias, salvo nuestras parejas –encoge los hombros–. Pero tienes que arreglártelas. Este proyecto se trataba tanto de descifrar cómo trabajar juntos como de biología marina. Y lo lamento, pero no lo lograron –alza la voz y se vuelve a dirigir a la clase–. Si alguien quiere volver a presentar su proyecto, envíeme su trabajo corregido antes del quince de agosto y deben incluir un resumen de cómo se dividió el trabajo.

Aprieto los dientes. Me doy cuenta de que estoy aferrándome a la carpeta, estrujándola contra mi pecho. El señor Chavez vuelve a centrar su atención en mí y le echa un vistazo a la carpeta, sin duda nota mis nudillos empalidecidos.

–Un consejo, Prudence.

Trago fuerte, no quiero escuchar lo que quiera decir, pero ¿qué opción tengo?

–Esto es Biología. Tal vez debería pasar algo de tiempo aprendiendo sobre los animales y los hábitats que su plan intenta proteger con tanto ímpetu y podrá decirle a la gente por qué debería preocuparse. Por qué los turistas deberían preocuparse. Y… –Señala la carpeta con su marcador–. Tal vez debería tomarse el tiempo de leer lo que escribió su compañero. Estoy seguro de que esto le sorprenderá, pero, de hecho, tiene ideas muy buenas.

Me lanza una mirada que bordea una reprimenda y vuelve a mirar la pizarra. Es claro que esta conversación terminó. Regreso lentamente a la mesa en donde Quint está inclinado contra las patas traseras de su butaca con los dedos entrelazados detrás de su cabeza. Imagino darle una patada a su asiento para hacerlo caer, pero me contengo.

–¿Qué te parece? –dice Quint jovialmente mientras me dejo caer en el asiento al lado de él–. De hecho, tengo muy buenas ideas, ¿quién lo hubiera dicho?

No respondo. Mi corazón palpita en mis oídos.

Esto es tan injusto.

Tal vez puedo hablar con la directora. Seguramente esto no puede permitirse.

Fulmino con la mirada al señor Chavez mientras revisa las calificaciones finales con algunos otros estudiantes. Debajo de mi mesa, mis manos formaron dos puños tensos. Imagino que la lapicera del profesor tiene una pérdida y mancha toda su camisa con tinta azul oscura. O deja caer su café sobre el teclado de su computadora. O…

–¡Buen día, señor C! –brama Ezra y, en su camino al cesto de papeles, le da un golpe fuerte al señor Chavez en la espalda.

–¡Ay! –grita profesor y se lleva una mano a la boca–. Ezra, modérate, hiciste que mordiera mi lengua.

Baja su mano y estoy demasiado lejos para estar segura, pero creo que puedo ver un poquito de sangre. Mmm…

No esperaba daño físico necesariamente, pero ¿sabes qué? Lo tomo.

–Lo lamento. Olvidé que eras viejo y frágil –Ezra inclina la cabeza en su camino a su mesa en donde Maya está revisando su trabajo.

Me acomodo en mi asiento. Me siento un poquito más tranquila, pero sigo hirviendo por la calificación.

–¡B+! –Ezra festeja ruidosamente y le ofrece a Maya chocar los puños–. ¡Excelente!

–¿Hasta Ezra obtuvo una calificación más alta que nosotros? –Quedo boquiabierta–. ¡Lo único que hizo fue hablar del sabor de la sopa de aleta de tiburón!

No. Esto no puede ser.

Mientras tanto, Quint sacó su teléfono y está mirando sus fotos, tan relajando como le es posible.

Mi mente da vueltas y considero lo que el señor Chavez dijo sobre mi maqueta, mi presentación. No puedo comprender qué le cambiaría. ¿Más ciencia? ¿Más biología? ¿Más discurso sobre los hábitats locales? Hice todo eso.

¿No?

De todos modos, tenga razón o no, una C y una B- me miran desde la nota adhesiva. Exhalo con fuerza por mis fosas nasales.

–¿Quint? –digo. Con voz suave y despacio, con la mirada clavada en esa odiosa nota.

–¿Sí? –responde exasperantemente alegre.

Trago fuerte. Debajo de la mesa, hundo los dedos en mis muslos como precaución. Para evitar estrangularlo.

–¿Volverías…? –aclaro mi garganta–. Por favor, ¿volverías a hacer este proyecto conmigo?

Por un momento, los dos nos quedamos quietos. Como estatuas. Puedo verlo por el rabillo del ojo. Espera hasta que la pantalla de su teléfono se oscurece y seguimos en silencio.

Mi concentración cae por el borde de la mesa. A sus manos y al teléfono que está sosteniendo con fuerza. Estoy obligada a girar la cabeza. Solo lo suficiente. Solo hasta poder mirarlo a los ojos.

Me está mirando fijo. Sin ninguna expresión.

Contengo la respiración.

Finalmente, habla con un tono cargado de sarcasmo.

–Es una oferta tentadora. Pero… no.

–Oh, vamos –digo y giro para enfrentarlo por completo–. ¡Tienes que hacerlo!

–Ciertamente, no.

–¡Pero oíste lo que dijo el señor Chavez! Tiene que ser un trabajo de equipo.

–Ah –suelta una carcajada–, ¿y ahora se supone que debo creer que seremos un equipo? –Sacude la cabeza–. No soy masoquista. Paso.

–Muy bien, clase –dice el señor Chavez y aplaude para llamar nuestra atención–. Consideren el día de hoy como un período libre mientras califico estos trabajos.

La clase explota con felicidad al saber que no tomará un examen de último minuto.

La mano de Quint sale disparada al aire, pero no espera a que le den la palabra.

–¿Podemos cambiarnos de lugar?

La mirada del señor Chavez sale disparada hacia nuestra mesa y aterriza en mí brevemente.

–Está bien, solo no hagan ruido, ¿okey? Tengo que trabajar.

La butaca de Quint araña el suelo de linóleo. Ni siquiera me mira mientras junta sus cosas.

–Nos vemos el año que viene –dice antes de irse a sentar con Ezra.

Gruño mientras festejan con un choque los cinco sus calificaciones. ¡Quint no puede estar a cargo de mi calificación, mi éxito, mi futuro!

–¿Pru? ¿Estás bien? –pregunta Jude y se desliza en el asiento vacío de Quint.

Giro hacia él, siento una tormenta en mi interior.

–¿Qué calificación recibieron Caleb y tú?

Jude vacila antes de mostrarme un papel de su carpeta. Es otra nota adhesiva azul con calificación perfecta.

Gruño molesta. Luego, al notar cómo debe sonar eso, le lanzó una mirada de envidia.

–Quiero decir, bien por ti.

–Muy convincente, hermana. –Le echa un vistazo a la cabeza de Quint–. ¿Realmente quieres volver a hacerlo?

–Sí, Quint se niega. Pero pensaré en algo. No puede evitar que vuelva a presentar mi parte del proyecto, ¿no?

–¿Quint o el señor Chavez?

–Ambos. –Me cruzo de brazos con mala cara–. Aparentemente, no incluí suficiente ciencia. Así que ahora pienso incluir toda la ciencia del mundo en este informe. Diagramaré un sector turístico en Fortuna Beach tan embarrado en ciencia que sus residentes recibirán un título en ciencia por solo vivir aquí.

–Excelente. Eso me ahorrará mucho dinero en universidad.

Jude toma su cuaderno de dibujo y empieza a trabajar en un grupo sangriento de duendes devastados por la guerra. No tiene problema para relajarse, y tampoco debería con su calificación perfecta.

Al final de la clase, el señor Chavez reparte la tarea. Nuestro último trabajo intrascendente. Por haber elegido las adaptaciones del pez rape, recibo una A+. No calma mi ira para nada.

Tan pronto suena la campana, dejo a Jude detrás mientras empieza a guardar su cuaderno. Quint y Ezra ya están cruzando la puerta. Los persigo.

–¡Espera! –digo y tomo el brazo de Quint.

Su… ¿bíceps?

Guau.

Quint gira hacia mí. Por un momento está sorprendido, pero su expresión se relaja rápidamente.

–Ahora estás actuando como una desesperada.

Apenas lo miro. ¿Qué hay debajo de su camiseta?

–¿Prudence?

Regreso a la realidad y remuevo mi mano. Siento calor en las mejillas. Quint entrecierra los ojos con desconfianza.

–Por favor –escupo–. No puedo tener una C en mi registro académico.

Sus labios se inclinan hacia un costado como si mis pequeños problemas le resultaran hilarantes.

–Haces que suene como si fueras a la cárcel. Solo es Biología de secundaria, sobrevivirás.

–¡Escuché eso! –grita el señor Chavez; está acomodando su escritorio.

–¡Por favor, señor Chavez! Dígale que tiene que hacer esto conmigo o… ¡diga que lo puedo hacer por mi cuenta!

El señor Chavez levanta la mirada y encoge los hombros.

Ayyy.

–Escucha –digo y vuelvo a mirar a Quint–. Sé que no es el fin del mundo, pero nunca recibí una C. ¡Y trabajé muy duro en esa maqueta! No tienes idea cuánta dedicación le puse a este proyecto –mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas y me toma desprevenida. Los cierro con fuerza intentando controlar mis emociones antes de darle a Quint más municiones para atacar a Prudence: la adicta al trabajo.

–Tienes razón –dice y abro los ojos sorprendida–. No tengo idea de cuán duro trabajaste en ese proyecto –retrocede un paso y encoge los hombros–, porque no confiaste lo suficiente en mí para ayudar.

¿No confié en ti?, quiero gritar. ¡Ni siquiera lo intentaste!

–Además –añade–, tengo cosas más importantes que hacer con mi verano.

–¿Cómo qué? –bufo–. ¿Jugar videojuegos? ¿Surfear?

–Sí –responde con una risa enfadada–. Me conoces tan bien –gira y empieza a marcharse.

Siento que me quedé sin opciones. Me cubre una ola de impotencia y alimenta mi enojo todavía más. No me gusta sentirme así.

Mientras miro a Quint retirarse, cierro mis puños e imagino que la tierra se abre debajo de él y lo traga por completo.

–Ah, un minuto, ¿señor Erickson? –grita nuestro profesor.

Quint se detiene.

–Casi lo olvido. –El señor Chavez busca entre sus papeles y toma una carpeta–. Aquí está la tarea de créditos extra. Gran trabajo. Las fotos son verdaderamente impactantes.

El rostro de Quint se suaviza y toma la carpeta con una sonrisa.

–Gracias, señor C. Que tenga un buen verano.

Miro boquiabierta, estupefacta, mientras Quint sale del salón. ¿Qué fue eso?

–Un momento. –Giro hacia el profesor–. ¿Le permitió hacer créditos extra, pero yo no puedo hacer nada para subir mi calificación?

–Tenía circunstancias especiales, Prudence.

El señor Chavez suspira.

–¿Qué circunstancias especiales?

Abre la boca, pero vacila. Luego encoge los hombros.

–Tal vez debería intentar hablar con su compañero de laboratorio sobre eso.

Suelto un rugido de frustración y piso fuerte hasta la mesa para tomar mis cosas. Jude me está mirando, preocupado, sus pulgares están acomodados detrás de las tiras de su mochila. Somos los últimos dos estudiantes en el aula.

–Fue un esfuerzo valiente –dice.

–No me hables –respondo entre dientes.

Jude, siempre complaciente, no dice nada más, solo espera mientras guardo la carpeta en mi mochila y tomo la maqueta.

Siento que el universo me está haciendo una broma.


9

El resto del día escolar es tranquilo. Es claro que los profesores ansían tanto como nosotros que empiecen las vacaciones y la mayoría cumple sin ganas con estas últimas horas obligatorias. En la clase de Inglés, pasamos toda la hora mirando una telenovela cursi. En Historia, jugamos lo que el señor Gruener llama juegos de mesa “semieducacionales” como Risk, Batalla Naval y Catan. En Lengua, la señorita Whitefield nos lee algunas citas groseras shakesperianas. Hay muchos insultos y humor sexual, que tiene que traducir para nosotros del español antiguo. Para cuando termina la clase, mis compañeros están estallados de risa y se gritan entre ellos cosas como “¡forúnculo labrado!” y “¡pálido infeliz!”.

En realidad, es un día muy divertido. Hasta logro olvidarme del fiasco de Biología por un rato.

Cuando salimos de nuestra última clase, la señora Dunn nos despide con bolsitas repletas de gominolas de ositos y galletas con forma de pez como si fuéramos niños de seis años en camino a un picnic. Supongo que es nuestro premio por molestarnos en venir el último día.

–¡Sayonara! ¡Goodbye! ¡Adieu! –saluda mientras nos entrega el presente en la puerta–. ¡Tomen buenas decisiones!

Encuentro a Jude esperando en las escaleras del frente de la escuela. Los estudiantes se mueven sin rumbo por todos lados, electrificados por su repentina libertad. Semanas enteras delante de nosotros, llenas de potencial. Playas soleadas, días tranquilos y maratones de Netflix, fiestas en piscinas y paseos por la rambla.

Jude, quien tuvo a la señora Dunn más temprano, disfruta su bolsita con galletas. Me siento al lado de él y automáticamente le regalo mis golosinas, ninguna me resulta ni un poquito atractiva. Nos sentamos en un silencio agradable. Es una de las cosas que más me gusta de tener un mellizo. Jude y yo podemos estar sentados por horas, sin intercambiar ni una sola palabra y cuando me pongo de pie siento que acabamos de tener una conversación profunda. No compartimos charlas triviales, no necesitamos entretenernos. Podemos simplemente estar.

–¿Te sientes mejor? –pregunta. Y como es la primera vez que lo veo desde la clase de Biología, sé instantáneamente de qué está hablando.

–Ni siquiera un poco –respondo.

–Eso pensé –asiente. Termina sus snacks, hace un bollito con la bolsa de plástico y la lanza en el cesto de basura más cercano. Se queda corto por lo menos por un metro. Gruñendo, camina hasta su proyectil y lo levanta.

Escucho acercarse el auto de Ari antes de verlo. Unos segundos después la veo entrar en el estacionamiento, nunca supera el límite de 10 kilómetros por hora indicado en los carteles. Se detiene en el pie de las escaleras y baja la ventanilla, tiene un matasuegras en la boca, lo hace sonar una vez y el papel con cintas plateadas emite un trueno celebratorio y chillón.

–¡Son libres!

–¡Libres de los líderes supremos! –responde Jude–. ¡Ya no seremos sus esclavos!

Nos subimos al auto, Jude y sus largas piernas adelante y yo en el asiento trasero. Hemos planeado esta tarde por semanas determinados a empezar bien el verano. Mientras salimos del estacionamiento, juro olvidarme de Quint y de nuestra horrible presentación por el resto del día. Supongo que puedo tener una tarde de diversión antes de ocupar mi mente en resolver este problema. Pensaré en algo mañana.

Ari nos lleva directamente a la rambla, donde podemos atragantarnos con helados de Salty Cow, una tienda de helados lujosa conocida por mezclar sabores extraños como “menta de lavanda” y “semillas de amapola y cúrcuma”. Pero cuando llegamos, hay una fila hasta la puerta y la mirada impaciente en el rostro de varias personas me hace pensar que no ha avanzado en un rato.

Intercambio miradas con Ari y Jude.

–Iré a ver qué está sucediendo –les digo mientras ellos se ubican en la fila. Entro a presión por la puerta–. Lo lamento, no estoy colándome, solo quiero saber qué está sucediendo.

Un hombre parado con tres niños pequeños parece que está a punto de explotar.

–Eso está sucediendo –señala con enojo hacia la cajera.

Una mujer está discutiendo… no, gritándole a la pobre chica detrás del mostrador que luce apenas más grande que yo. La chica está al borde de las lágrimas, pero la mujer es incesante.

–¿Cuán incompetente puedes ser? ¡No es muy complicado! ¡Hice este pedido hace un mes!

–Lo lamento –suplica la chica con el rostro rojo–. No tomé el pedido. No sé qué sucedió. No hay ningún registro…

No es la única al borde de las lágrimas. Una niña pequeña con dos coletas está parada al lado de la vitrina con las manos sobre el vidrio, su mirada se posa en sus padres y luego en la mujer enojada.

–¿Por qué tarda tanto? –gimotea.

–¡Quiero hablar con tu supervisor! –grita la mujer.

–No está aquí –explica la chica detrás del mostrador–. No hay nada que pueda hacer, ¡lo lamento!

No sé por qué la mujer está tan furiosa y no estoy segura de que importe. Como bien dijo, solo es helado y claramente la pobre cajera está haciendo su mejor esfuerzo. La mujer podría ser educada, por lo menos. Sin mencionar que está evitando que estos pobres niños –y yo– podamos disfrutar de nuestro helado.

Inhalo profundo y me preparo para enfrentar a la mujer. Tal vez, podemos ser razonables, llamar al supervisor y que él venga a lidiar con esto.

Aprieto mis puños.

Doy dos pasos hacia adelante.

–¿Qué está sucediendo aquí? –brama una voz severa.

Me detengo. La gente en la fila se mueve para dejar pasar a un oficial de policía.

O… ¿podría dejar que él lidie con esto?

La mujer abre la boca, claramente está a punto de ponerse a gritar otra vez, pero es interrumpida por todos los clientes que están esperando. La presencia del oficial los alienta y, de repente, todos están dispuestos a hablar a favor de la cajera.

Esta mujer está siendo una molestia. Está siendo grosera y ridícula. ¡Tiene que marcharse!

Por su parte, la mujer parece genuinamente sorprendida cuando nadie la defiende, en especial aquellos en los primeros lugares de la fila, quienes han escuchado toda su historia.

–Lo lamento, señora, pero parece que debería escoltarla fuera del establecimiento –dice el oficial.

Luce mortificada. Y sorprendida. Y sigue enfadada. Gruñe mientras toma una tarjeta de negocios del mostrador y mira con desdén a la chica detrás de la caja que está limpiando las lágrimas de sus mejillas.

–Hablaré con tu supervisor de esto –dice antes de marcharse ofendida de la tienda al mismo tiempo que suena un rugido gigante de aprobación.

Vuelvo a mi lugar con Jude y Ari y sacudo mis manos. Siento una extraña sensación de aguijones en mis dedos otra vez por algún motivo. Les explico lo que sucedió y pronto la fila empieza a avanzar otra vez.

Después de terminar nuestro helado, pagamos de más para alquilar un carrito a pedales y pasamos una hora paseando por la rambla, bajo su toldo amarillo. Ari toma demasiadas fotos de nosotros haciendo caras y de Jude gritándole que deje de pavonear y empiece a mover las piernas.

Nos cruzamos con un grupo de turistas que está ocupando todo el ancho del camino y avanza a paso de tortuga. Bajamos la velocidad para no chocarnos con ellos. Ari hace sonar la pequeña campanilla de bicicleta.

Uno de los turistas mira hacia atrás, nos ve y luego regresa a su conversación y nos ignora completamente.

–¡Disculpen! –dice Jude–. ¿Podemos pasar?

No responden. Ari vuelve a sonar la campanilla otra vez. Y otra vez. Siguen sin salir del camino. ¿Qué les pasa? ¿Creen que son los dueños de la rambla o algo así? ¡Muévanse!

Mis nudillos empalidecen detrás del volante.

–¡Cuidado! ¡No puedo parar! ¡Salgan de mi camino! –Alguien grita avanzando a toda velocidad hacia nosotros desde la dirección opuesta.

Los turistas gritan sorprendidos y se separan mientras cinco adolescentes en patinetas casi los atropellan. Una de las mujeres pierde una sandalia que termina aplastada debajo de una de las patinetas. Un hombre se lanza hacia atrás tan rápido que pierde el equilibrio, cae por el borde de la rambla y aterriza en la arena. Comienzan a gritarles a los delincuentes adolescentes desconsiderados mientras Jude, Ari y yo nos miramos y encogemos los hombros.

Pedaleamos más rápido y superamos a los turistas antes de que puedan reagruparse.

Después de devolver el carrito, pedimos una canasta gigante de patatas fritas con ajo del puesto de patatas y pescado y nos sentamos en la acera, espantamos a las gaviotas ambiciosas pateando un poco de arena en su dirección. Cuando una de ellas se acerca tanto que hace que Ari empiece a chillar y se esconda debajo de una mesa de picnic, Jude lanza algunas de las patatas quemadas del fondo de la canasta hacia un costado para que las aves se peleen por ellas.

Un segundo después, uno de los empleados del puesto que lo vio, empieza a gritarle porque “¡hasta un idiota sabe que no hay que alimentar a la vida silvestre!”.

El rostro de Jude se llena de culpa, no lidia bien con reprimendas.

Tan pronto el empleado se voltea, sacudo mi puño hacia su espalda. Estoy bajando la mano cuando una gaviota desciende y toma el sombrero de papel de la cabeza del empleado. El hombre grita y se inclina sorprendido mientras el ave se marcha.

Observo a la gaviota y al gorro desaparecer en el atardecer.

Okey.

¿Me parece a mí o…?

Bajo la mirada hacia mi mano.

No. Eso es ridículo.

Cuando el sol empieza a hundirse en el horizonte, finalmente llegamos a la bahía donde celebran la fiesta de la fogata todos los años; una extensión de costa a un kilómetro y medio al norte del centro. No sé hace cuánto tiempo se realiza esta tradición, cuántos alumnos de último año se han empapado completamente vestidos en las olas, cuántas sesiones de besos hubo en los rincones rocosos a los que la gente va a, bueno, besarse. Supuestamente. No lo sé de primera mano, pero he oído las historias.

No somos los primeros en llegar, pero llegamos temprano. Un par de estudiantes del último año están descargando conservadoras de la parte trasera de una camioneta. Un chico que reconozco de la clase de Matemáticas está preparando la fogata. Los primeros en llegar ya están eligiendo sus lugares, desparraman mantas y toallas sobre la playa, sacan pelotas de vóley y latas de cerveza de grandes bolsas tejidas.

Elegimos un lugar no muy lejos de la fogata, extendemos la manta que trajo Ari y acomodamos unas sillas playeras bajas. En minutos, algunos de nuestros compañeros llaman a Jude para conversar.

–Ya sé la respuesta –dice Ari mirándome–, pero solo para asegurarme. ¿Quieres meterte al agua?

Arrugo la nariz ante la idea.

–Eso pensé.

Se pone de pie y me sorprende cuando se quita su vestido de verano estampado y revela un traje de baño rosado. Claramente lo tuvo puesto todo el día y me sorprende un poco no haberlo notado.

–Espera, ¿irás a nadar? –pregunto.

–A nadar no –dice–, pero es una fiesta en la playa. Pensé que por lo menos debería mojarme los pies. ¿Segura de que no quieres venir conmigo?

–Segura. Gracias.

–Okey. ¿Cuidas mi guitarra?

No espera a que responda porque por supuesto que lo haré. Ari avanza hacia la costa. No saluda a nadie y noto que algunas personas la miran con curiosidad, se preguntan si deberían reconocerla. Jude dijo que Ari no dudó cuando la invitó a venir, aunque no conoce a nadie. Me pregunto si está esperando conocer a miembros de la juventud de Fortuna Beach mientras está aquí, hacer algunos nuevos amigos. Probablemente, debería presentarle algunas personas cuando regrese, pero…

Miro alrededor con el ceño fruncido. Siendo honesta, tampoco conozco a muchas personas. Son casi todos estudiantes mayores. Y los pocos compañeros de mi año que reconozco, como Maya y esa gente, no son precisamente mis amigos. Sin embargo, Jude conoce a muchas personas. Aunque es un poco nerd y mira temporadas viejas de Star Trek y tiene una estantería repleta de muñecos funco de El Señor de los Anillos a la gente le cae bien Jude. Tiene su propio tipo de encanto. Tiene una presencia tranquilizante y agradable.

Es una razón más por la que nadie cree que somos familia. Entonces, si Ari está interesada en hacer amigos, él está más preparado para ayudarla. Me estiro, tomo la funda de la guitarra de Ari y la acerco más a mi lado.

–¿No te meterás en el agua, Prudente? –Levanto la mirada y veo a Jackson Stult mirándome con una sonrisita socarrona. Ahora que tiene mi atención, se ríe y se golpea la cabeza de manera exagerada–. Olvídalo, fue una pregunta estúpida. Quiero decir, básicamente eres alérgica a la diversión, ¿no?

–Nop, solo soy alérgica a los idiotas –digo antes de añadir en tono inexpresivo–: Achu.

El chico se ríe por lo bajo y me saluda con la mano como si esta hubiera sido una interacción agradable antes de seguir su camino y unirse a sus amigos igualmente detestables.

Sus palabras arden, aunque sé que no deberían. Después de todo, esto es todo lo que sé sobre Jackson Stult: uno, le importan más sus jeans de diseñador y sus camisas de marca que cualquier otra persona que conozco y dos, hará cualquier cosa por una carcajada, incluso si es a costa de otra persona. Y suele ser a costa de alguien.

Me ofendería más si le cayera bien.

Pero de todas formas.

De todas formas.

El ardor está allí.

Pero si el plan de Jackson era arruinar mi noche, me rehúso a permitirlo. Me acuesto sobre la manta y miro hacia las nubes anaranjadas que sobrevuelan sobre mi cabeza. Intento sumergirme en las buenas cosas de este momento. Risas en la playa. El movimiento estable de las olas. El sabor a sal y el aroma a humo mientras preparan el fuego. Estoy demasiado lejos para sentir el calor de las llamas, pero la manta y la arena están cálidas tras haber recibido los rayos del sol toda la tarde.

Estoy relajada.

Estoy satisfecha.

No pensaré en proyectos escolares.

No pensaré en bravucones sin carácter.

Ni siquiera pensaré en Quint Erickson.

Suelto una exhalación larga y lenta. Leí en algún lugar que meditar regularmente puede ayudar a perfeccionar tu concentración y, con el tiempo, mejorar tu eficiencia y productividad. He estado intentando practicar meditación desde entonces. Parece sencillo. Inhala. Exhala. Concéntrate en tu respiración.

Pero siempre hay pensamientos que invaden la serenidad. Siempre hay distracciones.

Como en este momento y el chillido aterrorizado que atraviesa la playa repentinamente.

Me apoyo sobre mis codos. Jackson está cargando a Serena McGinney hacia el agua riéndose, su cabeza está inclinada hacia atrás casi como un maniático mientras Serena lo golpea y lucha contra él.

Con el ceño fruncido, me siento erguida por completo. Todos saben que Serena le teme al agua. Fue de público conocimiento cuando se negó a participar en las clases de natación obligatorias hace unos años, hasta trajo una nota de sus padres excusándola de todas las actividades en la piscina. No tiene una simple aversión, como yo; te tiene fobia.

Sus gritos se intensifican cuando Jackson se acerca al borde del agua. La carga como si fuera una damisela, y hasta ahora, Serena había luchado con sus brazos y piernas intentando liberarse. Pero su actitud ha cambiado y se aferra al cuello de Jackson y grita:

–No te atrevas, ¡no te atrevas!

Entrecierro los ojos. Escucho a uno de sus amigos alentarlo.

–¡Déjala caer! ¡Hazlo!

Trago. No creo que lo haga, pero no lo sé con seguridad.

–Por favor, ¡apenas me mojo los talones! –dice Jackson. Apela a su audiencia, es claro que a Serena no le resulta divertido. Está completamente pálida y, aunque debe estar odiando a Jackson en este momento, sus brazos siguen aferrados al cuello del chico como una enredadera.

–Jackson Stult, ¡idiota! ¡Bájame!

–¿Qué te baje? –dice–. ¿Estás segura?

Sus amigos ahora lo alientan. Un cántico enfermo; hazlo, hazlo, hazlo.

Me pongo de pie y acomodo mis manos alrededor de mi boca.

–¡Déjala tranquila, Jackson!

Sus ojos encuentran los míos y sé que fue un error. Ahora es un desafío. ¿Lo hará o no?

Planto mis manos en mis caderas e intento informarle por ósmosis que, si tiene algo de dignidad en su cuerpo, la dejará en paz.

Vuelve a reírse, es un sonido casi cruel. Luego, con un movimiento fluido, libera las piernas de Serena y usa sus manos para desprender las manos de la chica de su cuello. Ella sigue intentando envolver sus rodillas alrededor de él, Jackson la lanza tan lejos como puede hacia las olas.

El grito perfora mis oídos. Los amigos de Jackson festejan.

No es muy profundo, pero cuando aterriza de espaldas, el agua casi llega a su cuello. Se pone de pie como puede y sale disparada hacia la playa; su vestido está cubierto de arena y se pega a sus muslos.

–¡Infeliz! –chilla y empuja a Jackson en el estómago cuando pasa por al lado de él a toda velocidad.

Jackson apenas se mueve, solo se estira y limpia la mancha de arena que Serena dejó en su camisa.

–Ey, esto solo se lava en seco –su voz está cargada de diversión.

Serena se marcha enfadada, intenta separar la falda mojada de sus caderas. Cuando pasa junto a mí, veo lágrimas de cólera en sus ojos.

Aprieto los dientes cuando vuelvo a mirar a Jackson. Sus brazos están alzados victoriosamente. No muy lejos, con el agua a las rodillas, Ari lo observa con clara confusión.

–Ey –dice Sonia Calizo indignada, pero lo suficientemente fuerte para que casi toda la playa pueda oírla–, casi se ahogó cuando era niña.

–No se ahogaría, Dios –Jackson la mira con desdén–. Apenas hay medio metro de profundidad.

–¿No viste lo asustada que estaba? –interviene Ari. Me sorprende. No es típico de Ari confrontar a la gente, mucho menos a un total desconocido. Pero también tiene un fuerte sentido de justicia, así que tal vez, no debería sorprenderme en absoluto.

Como sea, Jackson la ignora, su rostro sigue alardeando, hay una ausencia total de arrepentimiento.

Exhalo y, mientras Jackson da un paso hacia la orilla, imagino que se tropieza y cae de frente a la arena. Imagino que sus prendas lindas y costosas se cubren de agua salada y porquerías.

Aprieto mis puños.

Jackson da otro paso y contengo la respiración, esperando.

No pasa nada. No se tropieza. No cae.

Mis hombros se desploman. Me siento tonta por creer, incluso por un segundo, que las coincidencias de las últimas veinticuatro horas podrían haber sido causadas por mí. ¿Cómo? ¿Una especie de castigo cósmico investido en mí por el universo?

Sí, seguro.

De todos modos, la decepción me cubre como una ola.

Como… como esa ola.

La risa de los amigos de Jackson también se detiene cuando la divisan. Una ola, una de las más grandes que haya visto, se erige detrás de Jackson y lo encuadra debajo de su corona espumosa.

Al ver la expresión de sus amigos, Jackson se da vuelta. Es demasiado tarde. La ola lo golpea y lo voltea. No se detiene allí. El agua avanza sobre la playa y moja las piernas de sus amigos y cubre sus toallas y sillas; se lleva sus latas de cerveza cuando retrocede.

La ola sigue avanzando derecho a mí.

Me quedo boquiabierta. Ni siquiera se me ocurrió moverme cuando observé la ola impactar contra Jackson. La espuma retrocede. Los últimos vestigios del poder de la ola comienzan a desacelerar; agua a toda velocidad se transforma en un paso lento.

Al final de la ola, espuma blanca se detiene a unos centímetros de mis pies y de la guitarra de Ari. Hace una pausa, parece vacilar por un breve momento antes de regresar al mar.

Sigo su curso con la mirada, estupefacta. Cuando levanto la cabeza, encuentro los ojos de Ari. Luce tan impactada como yo; tal vez todavía más. Porque lo más extraño no fue que el agua se me acercó tanto y, sin embargo, no me tocó. Lo más extraño fue que Ari estaba parada muy cerca de Jackson, pero la ola pasó por al lado de ella.

De hecho, a pesar de su enorme tamaño, la ola solo impactó contra Jackson y sus amigos.


10

Mi cerebro necesita un minuto para procesar lo que acaba de suceder. Mi incredulidad se desmorona lentamente, desaparece y se reconstruye como algo casi verosímil.

Relajo mis manos y flexiono mis dedos, siento cada articulación. Mi palma está caliente. Mis nudillos se sienten agotados, como si hubieran estado tiesos por horas, en vez de unos pocos segundos.

A mi alrededor, la gente estalla en risas. Es hilarante observar a Jackson levantarse del agua. Está empapado de pies a cabeza. Sus prendas se pegan a él como una segunda piel cubierta de arena mojada. Un alga marina cuelga de su hombro. Su cabello está unido a sus cejas.

Su rostro es divertidísimo.

–¡Ah! –grita una chica–. ¡El karma duele!

Parpadeo y giro la cabeza. Es Serena. Sus prendas siguen húmedas, pero todo rastro de lágrimas desapareció. Está radiante. El color regresó a sus mejillas.

Karma.

Karma instantáneo.

–Oh, por Dios –susurro mientras algo empieza a tener sentido. O algo así. ¿Tiene sentido? ¿Puede ser real?

Analizo la evidencia.

El accidente de auto.

El jugo de tomate derramado.

El señor Chavez mordiéndose el labio.

La tienda de helado. Los turistas en la rambla. El empleado grosero en el puesto de patatas…

Y ahora esto. Una ola se materializó de la nada y solo derribó a Jackson y a los infelices de sus amigos, incluso en esta playa llena de gente.

Seguramente no puede ser una coincidencia. Todo no.

Pero si no fue una coincidencia, ¿qué fue?

La letra de John Lennon rebota en mi cabeza. La murmuro por lo bajo. El karma instantáneo te atrapará, te golpeará justo en la cabeza. Toco mi cabeza, donde todavía puedo sentir un pequeño bulto adolorido por mi caída. Repaso los eventos de la tarde de ayer. Vi a Quint con su amiga. Esos tipos molestaron a Ari mientras cantaba. Nuestra conversación sobre karma. Mi nombre en la lista del karaoke, aunque nadie admite haberme anotado. Canté la canción. Bailé. Quint me lanzó una mirada de asombro. Resbalé sobre la cerveza derramada. Me golpeé la cabeza…

Si no es una coincidencia, eso significa que, de alguna manera, por algún motivo… yo fui la responsable. He estado causando estas cosas. He… invocado karma instantáneo sobre la gente.

–¿Pru? ¿Estás bien?

Levanto la cabeza rápidamente y veo a Ari caminar hacia mí en la arena. Toma una toalla del respaldo de una de las sillas y la envuelve en su cintura. Sigue casi seca, aunque la arena se aferra a sus talones.

–Sí –respondo, mi estómago se revuelve–. Eso fue raro, ¿no?

–Muy raro –se ríe–. Pero demasiado perfecto. ¿Siempre es así?

–Casi siempre. Jackson siempre ha sido un bravucón. Es lindo verlo recibir lo que merece para variar. –Me inclino hacia ella y bajo el tono de voz–. Apuesto lo que quieras a que esa camisa le costó unos cientos de dólares. Intentará actuar relajado, pero créeme, esto lo está matando.

Ari se deja caer en la toalla y toma una soda de la pequeña nevera que trajimos. Abre la lata y alza el brazo hacia el agua como si estuviera brindando.

–Buen trabajo, océano. –Echa un vistazo alrededor–. Solo espero que esa chica esté bien.

No respondo. Estoy distraída, miro las toallas de playa, las mantas y las sillas que llevaron a la costa. Me distraigo viendo a Jackson usar la punta de una toalla para quitarse el agua de sus orejas.

–Regresaré pronto.

Giro y subo por la arena, busco algo de soledad cerca del acantilado rocoso. Es demasiado temprano para que hayan empezado las infames sesiones de besos y es fácil que encuentre un rincón vacío entre las rocas. Me inclino contra una piedra y me llevo una mano al pecho. Mi corazón se acelera debajo de mi piel.

–Esto es solo un deseo –susurro–. Un cuento de hadas. Causado por el estrés de fin de año y todas esas fantasías de castigar a la gente cuando se lo merecen y… tal vez por una ligera conmoción cerebral.

A pesar de mis palabras racionales, mi cerebro lanza varios contraargumentos. La canción. El accidente de auto. La ola.

Pero cada vez que empiezo a pensar “tal vez fui yo” me reprimo. Realmente estoy considerando la posibilidad de que después de cantar una canción en un karaoke, ahora tengo… ¿qué? ¿Poderes mágicos? ¿Una especie de don cósmico? ¿La habilidad completamente absurda de ejercer los deseos de justicia del universo?

–Coincidencias –repito y empiezo a caminar en el lugar. Algo de arena entra en mis sandalias y sacudo los pies para limpiarla. Voy y vuelvo entre las rocas–. Todo esto es una sumatoria de coincidencias estrambóticas.

Pero…

Me detengo.

Demasiadas coincidencias tienen que significar algo.

Me quito el cabello de mi rostro con ambas manos. Necesito estar segura. Necesito pruebas.

Necesito ver si puedo hacerlo otra vez, a propósito.

Muerdo mi labio inferior y espío sobre sobre las rocas, evalúo la multitud en la playa. No estoy segura de qué estoy buscando. Inspiración, supongo. Alguien debe merecer ser castigado por algo.

Mi mirada aterriza en el mismísimo Quint. Está ayudando a algunos de nuestros compañeros a instalar una red de vóley.

Ja. Perfecto. Si alguien merece justicia cósmica por su comportamiento este año, definitivamente es Quint Erickson.

Pienso en todas las veces que llegó tarde. Todas las veces que su trabajo no fue suficiente. Cómo me dejó a mi suerte el día de la presentación. Cómo se negó rotundamente a rehacer el proyecto.

Aprieto mi puño con fuerza.

Y espero.

–Hola, Quint –lo saluda una chica de nuestra clase, caminando hacia él. Me enderezó. ¿Qué hará? ¿Lo abofeteará por algún melodrama misterioso que no conozco?

–¿Cómo estás? –dice Quint devolviéndole la sonrisa.

–Bien. Traje galletas caseras. ¿Quieres una? –Extiende una caja de lata.

–Rayos, sí, quiero una. –Acepta una–. Gracias.

–Por supuesto –le sonríe radiante antes de marcharse.

Estoy perpleja.

Quiero decir, supongo que la galleta podría estar envenenada, pero lo dudo. Quint se la devora y luego termina de instalar la red.

Lo sigo observando por otro minuto, completamente confundida. Pronto se hace claro que no le sucederá nada horrible. De hecho, una vez que el juego comienza, anota el primer punto para su equipo y recibe una ronda de festejos y choque los cinco.

Haciendo un mohín, finalmente relajo mi puño.

–Bueno. No funcionó –murmuro. La decepción es difícil de aceptar, pero no sé si estoy más decepcionada con el universo o conmigo por creer algo tan absurdo.

Hago círculos con mis hombros. Basta. Pasaré el resto de mi velada leyendo el libro que traje, comiendo malvaviscos y escuchando a Ari mientras intenta encontrar la correcta progresión de acordes para su última canción. Me relajaré.

Tomo mis zapatos y empiezo a ponérmelos.

–Por favor. Es tan nerd. ¿Saben que juega a Calabozos y Dragones?

Me congelo, no tengo que mirar para saber que es Janine Ewing, su voz se escucha sin dificultad en mi pequeño rincón. No puedo verla o con quién está hablando, pero solo podría estar hablando de algunos chicos. Jude y sus amigos, Matt y César, de nuestro año o Russell, un chico de segundo año que se unió a su grupo hace unos meses.

–¿En serio? –dice otra voz femenina. ¿Katie?–. ¿Ese extraño juego de rol de los ochenta? ¿El que juegan esos niños en Stranger Things?

–Ese mismo –responde Janine–. Es como… ¿En serio? ¿No tienes nada mejor que hacer con tu tiempo?

Espío por una apertura entre las rocas y veo a Janine y a Katie a tan solo unos metros, descansan entre una mezcla de toallas playeras estridentes en bikinis y gafas de sol. Y… oh. Maya también está con ellas. Juntas lucen como una publicidad de protector solar y no de mala manera. Maya en particular luce como una estrella de Hollywood en ascenso. Es el tipo de chica que podría estar en un comercial de maquillaje. De tez oscura cálida por el sol poniente, grueso cabello oscuro al natural y rizado encuadra su rostro y con pecas tan encantadoras que podrían inspirar sonetos enteros.

Como es de esperar, Jude no es el único chico en la escuela con un enamoramiento por ella.

–¿Calabozos y Demonios no es una especie de juego de adoración del diablo? –pregunta Katie.

Pongo los ojos en blanco. Maya, baja sus gafas hasta su nariz y le lanza una mirada a Katie que sugiere que concuerda conmigo sobre cuán innecesario fue ese comentario.

–Calabozos y Dragones –replica–. Y estoy bastante segura de que ese rumor lo inició la misma gente que decía que Harry Potter era demoníaco.

Tengo que admitir que, si bien cuestiono frecuentemente la devoción ciega de Jude hacia ella, Maya tiene sus momentos.

–Aún así. –Acomoda sus gafas en su lugar–. No fastidies, Jude me cae bien.

Mis ojos se ensanchan. Pausa. Rebobina. Le cae bien Jude. ¿Eso significa que le gusta?

Me emociono. Estiro las orejas para captar cada palabra de lo que están diciendo. Si puedo regresar con Jude con evidencia empírica de que sus sentimientos son correspondidos después de todo, estaría cerca de ganar el premio a la Mejor Hermana del Año.

–Por supuesto que te cae bien –dice Janine–. ¿A quién no? Es tan bueno.

–Tan bueno –concuerda Katie tan enfáticamente que suena casi a un insulto.

–Pero también está tan… –Janine no termina. Necesita un largo momento para encontrar las palabras para explicarse–. Como, tan interesado en ti. Es un poco extraño.

Suelto un gruñido de incredulidad. ¡Jude no es raro!

Hundo la cabeza detrás de la roca antes de que miren hacia atrás y me vean, pero su conversación no se detiene.

–A veces se queda mirando –concede Maya–. Solía creer que era halagador, pero… no lo sé. No quiero ser mala, pero uno creería que recibió la indirecta de que no estoy interesada, ¿no?

Hago una mueca.

Allí terminó mi plan.

–Parece un poco obsesivo –añade Katie–, pero ¿de manera dulce?

Vuelvo a espiar entre las rocas con el ceño fruncido. ¡Jude no está obsesionado! Por lo menos, no tan obsesionado.

Le gusta Maya. ¡No es un crimen! ¡Debería estar complacida de haber llamado la atención de alguien tan amable e increíble como Jude!

–De vuelta, me cae bien Jude –dice Maya–, pero me hace sentir un poco culpable, saber cómo se siente cuando… bueno, nunca sucederá.

–¡No tienes por qué sentirte culpable! –asegura Janine–. No has hecho nada.

–Sí, lo sé. Supongo que no es mi culpa no estar interesada en él.

Katie hace un gesto de silencio repentino, pero está acompañado de una risita casi cruel.

–Shhh, Maya, Dios. Está justo allí, te oirá.

–¡Oh! –dice Maya y se cubre la boca con una mano–. No lo sabía.

–Bueno –Janine la golpea suavemente con el codo–, tal vez ahora captará la indirecta.

Echo un vistazo y veo a Jude caminando cerca. Apenas puedo ver su expresión cuando gira para dirigirse a nuestro lugar en la playa y no logro notar si las escuchó o no. No puedo distinguir si la oscuridad en su rostro es vergüenza, dolor… o solo la sombra del sol hundiéndose en el horizonte.

En realidad, no importa. Lo dijo con maldad. Toda esa conversación parece tener un origen cruel; un diálogo innecesario destinado a burlarse de Jude por ningún otro motivo que incrementar el ego ya inflado de Maya Livingstone.

Y que sea desagradable con Jude, de todas las personas. Jude paciente y considerado, querido por todos. Quien no tiene enemigos. Quien puede intervenir en cualquier conversación, sentarse en cualquier mesa e ir a cualquier fiesta.

Y sí, tal vez juega a Calabozos y Dragones los fines de semana y lee libros con dragones en las portadas y estaba legítimamente emocionado por ir a su primera feria renacentista el verano pasado. Hasta vistió una túnica y, en mi opinión, también lucía como un caballero en ella. Pero odio pensar lo que Maya o sus amigos dirían si alguna vez vieran las fotos.

Fulmino con la mirada la cabeza de Maya. ¿Cómo se atreve a herirlo de esa manera? Mi puño se tensa.

Esta vez, lo siento. Una descarga eléctrica en la base de mi estómago apenas perceptible. Como la sensación que sientes cuando das una vuelta mortal debajo del agua, pero más sutil.

Salvo que, otra vez, nada sucede.

Espero. Y espero.

El sol desaparece y pinta el cielo de tonos violeta. Aparecen las primeras estrellas y empiezan a parpadear y brillar. Los acantilados se encienden con los destellos naranjas de la fogata.

Maya se sienta derecha y se estira para tomar el suéter largo que está al lado de su toalla. Observo cómo pasa los brazos por las mangas. Siento amargura y algo más que un poco de molestia. Hacia ella. Hacia mí. Hacia el universo.

Suspiro y abandono al fin la seguridad de mi refugio. Fue suficiente. No heredé un poder mágico para restaurar el equilibrio del universo. Para castigar a los malvados y los indignos.

Es hora se seguir adelante.

Jude y Ari están en nuestras mantas compartidas. Ari toca su guitarra y un puñado de personas se han detenido para escucharla, algunos se dejaron caer en la arena y formaron un pequeño semicírculo a su alrededor. Jude está mirando a las olas, su postura es taciturna. No necesito ver su rostro para saber que está desanimado. Después de todo, debe haber escuchado a Maya.

Me enfado otra vez.

Empiezo a caminar hacia ellos cuando escucho un sonido de sorpresa y horror.

–¡No! No, no, no. No puede ser.

Giro despacio. Maya está en sus manos y rodillas, cavando frenéticamente en la arena.

–¿Qué? –pregunta Katie y retrocede mientras Maya da vuelta la esquina de su toalla–. ¿Qué sucede?

–Mi arete –dice Maya–. ¡Perdí un arete! ¡Deja de mirar y ayúdame a buscar!

Sus amigas todavía lucen un poco asombradas, pero no discuten. Las tres examinan la arena. Cada tanto Maya se detiene y toca su oreja, luego toca su suéter y revisa su cabello. Rápidamente es obvio que su búsqueda es en vano.

Una sonrisa aparece en mis labios y creo que entendí algo. Karma al instante.

Tal vez tenga que ser en el momento. Un castigo inmediato por un mal causado. No le sucedió nada a Quint porque nuestra pelea fue hace horas.

Pero Maya estaba siendo cruel ahora.

Luce dolorida, está casi al borde las lágrimas cuando termina su búsqueda, pero no siento ni un poquito de pena. De seguro su arete era elegante y costoso. Puedo ver el par colgando de su otra oreja. Es una joya con forma de gota con una piedra en el centro que creo que podría ser un diamante. Tal vez le pertenecen a su mamá y estará furiosa por la pérdida. O tal vez es un recuerdo para celebrar uno de los tantos logros de Maya como “Estudiante de la semana”, “¡Doné sangre!” o algo así. No me importa. Hirió a mi hermano y merece pagar el precio.

Giro en mis talones y camino hacia mis amigos. Hay un nuevo rebote en mis pasos. Mis dedos están cosquilleando como si este inesperado poder cósmico estuviera arremolinándose en mis venas.

Estoy tan distraída que casi no noto el balón de vóley avanzando hacia mí. Mi instinto se activa y me inclino hacia abajo con un grito.

Una figura emerge en mi periferia, golpea el balón y lo lanza hacia la red.

Levanto la mirada, parpadeo, mis brazos siguen cubriendo mi cabeza para protegerla. Quint aprieta los labios y sus ojos dan vueltas. Es claro que está haciendo todo lo que puede para no reírse de mí.

–¿Qué pensaste que era? ¿Un tiburón?

Dejo caer mis brazos. Intento recuperar mi dignidad de la mejor manera que conozco, es decir, con desdén evidente.

–Estaba distraía –digo fulminándolo con la mirada–. Me sorprendió.

Quint suelta una risita.

–Nos falta un jugador. Supongo que no estarás interesada.

Me río a carcajadas. Si tengo un don natural para algún deporte, todavía no lo he descubierto. Definitivamente nada de lo que nos hacen jugar en la clase de Gimnasia.

–Ni siquiera un poquito. Pero, gracias por… eso.

–¿Rescatarte? –dice lo suficientemente fuerte para que alguien cerca pueda oír. Luce casi en júbilo–. ¿Podrías decir eso otra vez? Más fuerte esta vez –Se inclina hacia mí y envuelve su oreja con su mano.

Mi mirada asesina se intensifica.

–Vamos –me alienta–, creo que las palabras exactas que buscas son: “Gracias por salvar mi vida, Quint. ¡Eres el mejor!”.

Resoplo. Luego, se me ocurre una idea y sonrío dando un paso hacia él. Debe notar algo preocupante en mi rostro porque retrocede un paso en el acto. Su expresión de diversión cambia a desconfianza.

–Te agradeceré después de que accedas a rehacer el proyecto de Biología conmigo.

Gruñe.

–¡Vamos, Quint! –grita una chica detrás de él–. Sigues jugando, ¿no?

–Sí, sí –dice y agita una mano para desestimarla. Le echo un vistazo a la chica. Me está observando con los labios arrugados hacia un costado.

No te preocupes, quiero decirle, es todo tuyo.

Quint empieza a caminar hacia la red, alza un dedo y me señala directamente.

–La respuesta sigue siendo no –dice–. Pero aprecio tu persistencia.

Se voltea y trota de vuelta hacia el juego.

–Ey, Prudence –grita una voz.

Necesito un minuto para darme cuenta de que es Ezra Kent; está del otro lado de la red esperando a que siga el juego. Una vez que captó mi atención, señala con su mentón a algo detrás de mí.

–¿Quién es la chica sexi con la guitarra?

Parpadeo y miro a mi alrededor. Por un momento, me olvido de qué estoy haciendo o a dónde estaba yendo. Luego veo a Ari sentada con las piernas cruzadas y la guitarra acomodada en su regazo, pero no está tocando. Está hablando con algunas personas de la escuela; una chica que sé que está en la banda de jazz y un par de estudiantes de último año con los que nunca hablé. Jude también está allí, pero está sentado ligeramente apartado del grupo, sigue cabizbajo. Sus pies descalzos están enterrados en la arena.

Giro en mi lugar y le lanzo una mirada de advertencia a Ezra.

–Alguien fuera de tu liga.

–Me gusta un desafío.

Frota sus manos de manera exagerada.

–Y le gusta la gente con integridad, así que no pierdas tiempo. –Esbozo una sonrisa empalagosa.

–Ay, Dios. –Se ríe a carcajadas–. Te extrañaré este verano.

–Serás el único –murmuro y pongo los ojos en blanco. Estoy por marcharme cuando se me ocurre algo. Vacilo, giro justo cuando Quint está a punto de sacar.

–Ey, ¿Quint?

Se detiene y me mira. Camino hacia él para poder hablar en voz baja y una de sus enormes cejas se arquea, como con sospecha.

–¿Sabes? Jude puede defenderse en un juego de vóley, si sigues interesado en otro jugador.

Puede que sea una mentira. Puede que no. Mi hermano y yo no hemos hecho deporte juntos desde sexto de primaria así que honestamente no tengo idea de cuán bueno sea en vóley.

–Sí, genial –Quint mira a mi hermano–. ¡Jude! ¿Quieres jugar?

Sigo caminando, hago mi mejor esfuerzo para lucir normal y que Jude no note que instigué esta invitación. Pero funciona, un par de segundos después, Jude trota por la playa. Me asiente, tal vez se da cuenta que esta es la primera vez que nos vemos desde que llegamos.

–¿Todo bien, hermana? –pregunta cuando pasa. Comprendo el trasfondo de la pregunta. Su verdadero significado. No quería venir a esta fiesta en primer lugar. Básicamente nos arrastró a Ari y a mí.

Pero pienso en la ola que impactó contra Jackson y la voz en pánico de Maya mientras buscaba su arete perdido y la pequeña multitud que se detuvo para escuchar a Ari y a su guitarra y, de repente, estoy sonriendo. Una sonrisa real. Una expresión absurda y encantada de total felicidad.

–Siendo honesta, estoy pasándola muy bien. –Inclino mi cabeza hacia la red de vóley–. ¿Jugarás?

–Sí, le daré una oportunidad. Intentaré no hacer el ridículo.

–Tú puedes.

Le doy un golpecito en el hombro de aliento y seguimos caminando.

La arena debajo de mis pies se torna más liviana mientras regreso hacia Ari; siento que todo el poder del universo está en la punta de mis dedos.

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9789877477603
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