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LO QUE APRENDÍ
DEL MAR

Mario Miret Lucio



LO QUE APRENDÍ DEL MAR

© Mario Miret Lucio

© Portada: Ana Sentieri

© de esta edición: Olé Libros, 2021

ISBN: 978-84-18759-42-0

Producción del ePub: booqlab

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).


KALOSINI, S. L.

Grupo editorial

equipo@olelibros.com

www.olelibros.com

A la Chica de los tirabuzones, por enseñarme a amar.

PRÓLOGO

Hola, Chica de los tirabuzones.

No sé si algún día leerás estas líneas (ojalá que sí, porque son tan tuyas como mías), pero, en caso de hacerlo, quiero que sepas que este prólogo, escrito una vez acabada la redacción del libro, es un simple aviso de que ya he llegado.

Durante los tres años tan maravillosos de relación en que compartimos momentos buenos y otros que no lo fueron tanto, mantuvimos siempre el acuerdo de que, una vez llegáramos a casa después de un largo trayecto, teníamos que enviarnos un mensaje para alertar al otro de que habíamos entrado en casa sanos y salvos.

De eso mismo va este prólogo, de avisarte de que, tras diez meses escribiendo sobre nosotros, he regresado vivo de uno de los viajes más largos y duros a los que me he enfrentado nunca: escribir sobre nuestra ruptura. Diez meses desde que lo dejamos, exacto, porque al día siguiente de aquella fatídica tarde de diciembre en que me dijiste que lo nuestro había acabado, emprendí el camino que hoy me lleva a publicar mi primer libro o, mejor dicho, nuestro primer libro. La historia que, entre risas, siempre te comenté que un día escribiría se ha convertido en realidad. Así que, por suerte o por desgracia, este libro no es ningún sueño; es, simplemente, una necesidad.

Te aviso de que ya he llegado. Y de que sigo sin dormir bien por las noches, pero a eso ya me he acostumbrado (el insomnio tiene su encanto si me despierto con tu nombre escrito en el subconsciente). Ya he llegado. Y sigo pensando en ti, en qué estarás haciendo, si yo también apareceré en tus sueños; y, mientras tanto, te sigo escribiendo, releyendo este libro que marca el inicio de un camino cuyo destino es acostumbrarme a vivir sin ti, como cuando uno se despide de un ser querido, porque tú, Chica de los tirabuzones, también eres un ser querido para mí.

Así que aquí estoy, retomando la costumbre de enviar un mensaje avisándote de que he llegado. Ahora enciendo la televisión y, para mi sorpresa, están echando una película en La 2 que me resulta conocida: La gran familia, de Fernando Palacios; por lo que he vuelto a recordar aquella noche del 1 de diciembre en la que nos quedamos dormidos en el sofá y, al despertar de madrugada, estaban poniendo esa misma película y tú, con los ojos llenos de legañas y la voz carrasposa, me dijiste: «Tienes que verla entera, esa es mi película favorita». Y yo me quedé despierto mirándola mientras te masajeaba la nariz y tú caías rendida a mi lado.

Pero, pese a esta jauría de nostálgicos recuerdos, he de decirte que este no es un libro triste, sino todo lo contrario. Esta historia emana felicidad incluso cuando de desamor se trata, porque no se me ocurre mejor manera de celebrar todo lo que he vivido contigo que con alegría y sentido del amor. Así que ojalá leas este libro en el que vas a llorar, vas a reír, vas a verte a ti misma como la gran protagonista de mi vida y vas, por fin, a dejar de tenerles tanto miedo a los animales.

Eres la Chica de los tirabuzones porque así titulé el último poema que te escribí el 24 de diciembre de 2020. Yo, que nunca me consideré poeta. A ti, que siempre te consideré poesía. Te sigo queriendo como el primer día en que, al coincidir en las pistas, te miré y deseé con todas mis fuerzas que tú también me miraras. Te quiero, Chica de los tirabuzones, con todo mi corazón.

Te aviso de que ya he llegado. Avísame tú también cuando regreses de nuevo a casa, porque aquí acaba mi viaje y empieza el tuyo. Mi descanso empieza ahora y me voy directo a la playa, donde guardo todo lo que vivimos, donde más veces deseamos que el tiempo no pasara.

Esto es todo lo que aprendí de ti.

Esto es todo lo que aprendí del mar.

0

«Desenamorarme de ti ha sido lo más difícil que he hecho nunca». Las últimas palabras de la Chica de los tirabuzones siguen resonando todavía en mi cabeza. Luego me dio un abrazo y se marchó. Yo cogí el dolor, lo cargué en mi espalda y, poco a poco, lo he ido convirtiendo en poesía. Me siento cómodo en el lodo de la tristeza, siento que me regocijo y descanso en paz sobre la pena, pero no puedo dormir y bebo más de la cuenta; aunque esto último no es ninguna novedad.

«Si me quisieras de verdad, me dejarías ir». Es como si alguien estuviera haciendo acupuntura fallida en mi corazón. La Chica de los tirabuzones tiene razón y no tiene razón. La tiene porque he de aceptar que lo divertido fue vivirlo, y que, si se ha acabado, simplemente se ha acabado. Y no la tiene porque sé que ambos somos conscientes de que tenemos más química que un laboratorio de instituto. Joder, no sé en qué lado de la balanza colocarme.

«Será mejor que no volvamos a vernos». Y yo le lloro un poco en el hombro y de la espalda le nace una flor. «Piénsalo de esta manera —me dice—, cada vez que escribas sobre mí es como si me vieras de nuevo». Y lo que hago es llamar a mi amigo Carlos y enseñarle el lodo en el que ahora vivo. «¡Esto es una pasada!», me dice. Y es porque en mi tristeza hay belleza en sus paredes, arte en sus palabras, vida en su derrota. «Y lo más importante —le digo—, ¡aquí hay mucha cerveza fría!».

«Hasta siempre, primer amor, nunca te olvidaré». Y con nuestra historia estoy construyendo un reino mágico al galope de los recuerdos más bonitos de mi vida. Poneos cómodos, echad un vistazo a vuestros sentimientos y dejad que os cuente cómo enamorarme de la Chica de los tirabuzones fue lo más fácil que hice nunca.

Coged una cerveza del frigorífico.

Estáis todos invitados.

1

No pude despedirme de mi madre. Cuando me sacan del colegio a los ocho años, es para llevarme a un edificio muy grande llamado tanatorio y decirme que ella se ha ido muy, muy lejos, y que si quiero volver a verla tendré que mirar al cielo. Recuerdo alzar la vista y encontrar una nube con forma de perro, pero a mi madre le gustaban más los gatos y eso me confundió todavía más.

Me viene a la memoria ahora, justo cuando se celebra el funeral del padre de Carlos y son pocos los que pueden despedirle debido al coronavirus. Sé que no tiene importancia la manera en que se diga adiós, o sí, no lo sé, creo que cada despedida debería ser importante y que a veces hay que soltarlo, gritar en voz alta, abrazar a un amigo. Pero ahora nada de eso es posible y, mientras se iba girando un fuerte viento de poniente, le he lanzado un beso al aire al coche fúnebre y he dejado caer un par de lágrimas que han quedado ocultas dentro de mi mascarilla.

No sé si el mundo es un lugar mejor, solo sé que, pese a todo, la vida es tan bella como para merecer ser vivida siempre. En el ambiente se respira la incertidumbre de una nueva semana que en nada comienza. Tampoco sé si esas personas que caminan con la cabeza gacha son conscientes de la pena o si nos hemos convertido en fantasmas de nuestro propio entorno.

He vuelto hace un rato a casa y me he abierto una cerveza en la terraza. A lo lejos, el mar me ha acompañado en mi tristeza. Allí arriba, una nube en forma de perro se ha ido transformando, poco a poco, en un gato.

2

No soy de donde vivo, soy de mucho más abajo. Me vine hace años a la capital del Turia para estudiar, trabajar y vivir una juventud que ahora me despide. Aquí me siento muy solo, la gente que vive en la gran ciudad nunca mira a los ojos de los demás. Todos tienen prisa y nunca dan las gracias. Mi único vínculo con estas calles se ha desvanecido y me he quedado con un corazón roto y un hígado caprichoso. Al final, acabaré pagando caro la cerveza barata de los ultramarinos de debajo de mi casa.

«Nunca te enamores de una chica de la capital, porque le resultará más fácil pasar página». No sé qué borracho me dijo eso una vez. Lo pienso mientras dejo caer un par de lágrimas sobre el volante, ahora que me dirijo de nuevo a mi pueblo. Cuando estoy triste, recuerdo la frase favorita de mi madre: «Toda la vida te querré», así empiezo a verlo todo de otra manera. La recuerdo a ella y a la Chica de los tirabuzones porque las he perdido. Sé que no es lo mismo, pero a las dos les diría que las quiero.

He bajado las ventanillas del coche. La música resonará hasta en los latidos de mi chica de ciudad. Yo he hecho el amor a los cuatro vientos. Yo he saltado sin miedo por el precipicio de la valentía. Yo he construido puentes en cada abrazo que he dado. ¿Qué digo yo? ¡Nosotros! Nosotros hicimos todo eso, pero ahora solo soy yo quien está pagando las consecuencias de la alegría del amor pasado.

No soy de donde vivo ni tampoco de más abajo. Yo soy de más adentro. Yo soy de mi corazón.

3

Nací el día de la muerte de mi abuelo en el diciembre del año capicúa del siglo pasado. Acto seguido, improvisaron mi nombre en honor al padre de mi madre, y en cada cumpleaños reímos y lloramos a partes iguales. Ya desde mi primer momento de vida, en mi familia descubrieron que había belleza en la tristeza y pensaron que de mayor sería un niño especial; pero llevo renegando de ese calificativo desde que supe que la gente así sufre más de la cuenta.

Al pasar por el lago del parque de Cabecera, vi una especie de cisnes a los que llamé «gatos», y esa fue mi primera palabra. Mis padres sonrieron y dieron por hecho que a mí siempre me gustarían los mininos; pero la verdad es que yo quería decir «patos» y no se dieron cuenta de la torpeza de mi confusión.

En el recreo del colegio, me dieron un zumito para merendar, sin embargo, no había manera de sorberlo: «Necesito una pajita, pero no sé cómo». Y mi amigo Carlos se bajó los pantalones y se la cascó delante de mí. El muy inútil había confundido mis palabras y yo me puse pálido. Tenía siete años y acababa de descubrir el sexo. Renegué de esos actos durante mucho tiempo y, aunque sigo siendo amigo de Carlos, nunca más he vuelto a tomarme un zumito.

Fui a la playa cierta tarde y allí me dejé olvidada la cartera. Al regresar, una chica estaba tomando el sol donde yo antes tenía mis cosas. Me ayudó a buscarla y tardamos cinco minutos en encontrarla y uno en enamorarnos. Pasé los tres mejores años de mi vida con mi primer amor. Luego me he dejado más cosas olvidadas en la arena, pero las he acabado perdiendo.

Hacía mucho que no escribía, pero el desamor llevó al insomnio y este a las largas noches de lápiz y libreta. Ahora me apetece hablaros de mi madre, de los gatos, de Carlos y de la chica de la cartera, que es a su vez la Chica de los tirabuzones. Si la vida es una sucesión de casualidades, mi mayor suerte fue conocerla y, ahora que la he perdido, necesito olvidarla convirtiéndola en libro. No sé si es motivo de celebración:

¡Qué feliz y qué triste me pone haber vuelto a escribir de nuevo!

4

«Y supe en seguida que no era magnífico.

Desde lo alto de la autopista

(con un asfalto resbaladizo lleno de hielo)

podía ver millas y millas».

BON IVER

No es mi verdadero nombre, pero Carlos está empeñado en llamarme así una y otra vez. Me ha cogido por banda y me ha dicho que necesito un alter ego para verter toda mi bilis en un papel en blanco. «Hazme caso, tío, no te pasaste toda tu adolescencia leyendo a Bukowski para no querer darle vida ahora a tu propio Hank Chinaski». Yo me he encogido de hombros y he suspirado:

—Así que desde este momento me llamo Martín, ¿no es así? —le he preguntado.

—Martín Herrainz, para ser más exactos. Un placer, yo soy Carlos. —Y los dos nos hemos puesto a reír mientras subíamos al tranvía camino a la Malvarrosa.

Tengo debilidad por los paseos marítimos. Me parece la perfecta línea divisoria entre un mundo que no quiere escapar de la rutina y otro que se cobija bajo el manto de un mar en calma que transmite la verdadera paz que necesito. Al llegar a la arena, he puesto Holocene de Bon Iver en el móvil, he sacado la libreta y me he sentado en la orilla a escribir versos míseros dedicados a los tirabuzones de las olas. Carlos, mientras, se ha dedicado a coquetear con dos chicas y, al acercarse con ellas, me ha presentado como Martín.

—Vaya, qué nombre más bonito —ha dicho una de ellas.

—No es real, pero escribo y necesito un sobrenombre, supongo.

—¿Escritor? Entonces seguro que estás enamorado.

Pero cualquiera que conociera a la Chica de los tirabuzones podría ser escritor o escritora. Ella es la línea divisoria de la que es imposible no enamorarse. Yo no he contestado a la pregunta y, al volver de nuevo hacia mi casa, he vuelto a escuchar Holocene, he cerrado los ojos y he recorrido con mis recuerdos el paseo marítimo del amor que guardo.

Es cierto que Martín no es mi verdadero nombre, pero no conozco sentimiento más real que el de mi línea divisoria.

5

«Como un simple beso tuyo en mi nariz.

Como el sol revoloteando en mi jardín.

Como aquella mariposa, con sus néctares, hermosa,

que se posa sobre el beso en mi nariz».

ADRIÁN BERRA

Si vienes y me preguntas te contestaré que no, que no sé lo que es el amor. Pensaba que tenía todo claro y sabía perfectamente cómo iba a hacer las cosas, que sentiría algo y lo vería venir, que actuaría de una forma determinada. Pero llegaste tú de la más absoluta casualidad y aún hoy me pregunto por qué fuiste diferente y desde que empezamos a quedar me preguntaba si era posible que me gustaras de la manera tan caótica y fabulosa en que me estabas gustando.

Comenzamos a salir y no solo te conocí a ti, también descubrí partes de mí que no sabía que existían; sin embargo, me ayudaste a averiguarlas y dominarlas para crecer como persona. En nuestras primeras quedadas exhibimos el encanto de convertir cada día en un sinfín de magia especial. Y, aunque suene raro, me complacía que nos preguntaran sobre nuestros planes y tener un gran abanico de respuestas: «Cuando nos juntamos, no existen dos citas iguales».

Martín, has roto todos mis esquemas. Has hecho que me plantee muchas cosas y mentiría si te dijera que eso no me dio miedo al principio (hasta me echó un poco para atrás); pero ahora veo que eso es lo que hay que pedirle a la vida, porque en algún momento hemos de cuestionárnoslo todo. No hace mucho me dijeron que nos pueden gustar o atraer involuntariamente muchas personas, pero somos nosotros los que elegimos a quién querer y a quién estamos dispuestos a conocer e intentar llegar hasta el final. Por eso, esta carta es para decirte que yo quiero elegirte a ti, en esta vida y en todas las que hiciera falta. Y, si me permites el juego de palabras, crecí con la idea de ser mayor y tener un Mar-ido a mi lado; ahora simplemente quiero crecer y seguir teniendo un Mar-tín.

Lo único que me falta por decirte es que hay una canción que nos define, bien lo sabes tú, así que, como un cantautor argentino escribió una vez, quiero que sepas que no caminas solo, que yo quiero caminar contigo. Porque en esta vida todo es más bonito y se hace más fácil si se hace entre dos. Porque no hay mayor felicidad ni mejor sensación que un simple beso tuyo en mi nariz.

Tuya siempre,

la Chica de los tirabuzones

Leo la primera carta que me escribió una y otra vez, contemplo las imágenes que produce mi mente y vuelvo a guardarla en su sobre correspondiente. He borrado todas nuestras fotos, pero cada una de las palabras que me dedicó en un papel en blanco, las guardo bajo llave en un cajón secreto. No puedo romperlas, ni quemarlas, porque sé que no arderían en el fuego.

El amor que nos hemos tenido tiene demasiado valor para arder tan fácilmente.

6

A ti también te ha pasado, estoy seguro de ello. Te has enamorado a pecho descubierto derrocando los cimientos sociópatas de tu corazón. Has entregado hasta las tripas como si vivieras en un permanente control de seguridad de aeropuerto. Has querido tanto que nunca imaginaste que un día te harías la pregunta que tanto miedo nos da responder: ¿Qué hay después del amor? Sé que no soy especial, que tú también has sufrido como un pingüino en el deshielo. Y ahora que todo está convirtiéndose en agua, te inquieta saber si podrás flotar en la nada.

Me gusta la gente que está loca, que baila sin música y que ríe muy fuerte. Gente con la que es imposible aburrirse. Y cuando esa gente se marcha, sabes que el vacío que dejan es cubierto por la nostalgia. Lo sé, tú también lo has vivido. Por eso, cuando voy caminando por la calle, sé distinguir quiénes, como yo, también se han convertido en pingüino. Son quienes te sonríen pese a que por dentro las lágrimas están destrozando sus glaciares. Ellos son ahora mi casa. No sé qué hay después del amor, pero estoy nadando para averiguarlo, porque a los pingüinos nos han robado las alas. A ti también te ha pasado, tú también lo podrías haber escrito, sientes que es desconcertante este calentamiento global que te ha convertido en pingüino.

Ojalá no fueras como yo. Ojalá nunca hubieras visto la profundidad a causa del deshielo. No tengo nada más que decirte, porque a ti este calor también te está matando de frío.

Estoy preocupado por el cambio climático. Mi corazón no deja de hacer charcos.

Hoy soy un pingüino llorando de pena en el océano Antártico.

7

«Fracasé una vez, fracasé diez mil.

Y aun así alzo mi copa hacia el cielo».

NACHO VEGAS

Antes odiaba a las gaviotas, ahora me hacen compañía. Las veo posarse en la arena y se miran las unas a las otras. No sé si queda bien que me abra otra cerveza, pero así siento que la pena se evapora con el aire de la noche. El amor es una planta y se me ha marchitado el tallo, las hojas ya no florecen con la vitalidad de antes. A mí se me ha formado un nudo en el estómago y llevo dentro una bailarina que lucha por deshacerlo.

Suena Wonderful Tonight de Eric Clapton y recuerdo cuando borrachos bailábamos en la cocina y preparábamos macarrones a las tantas. La felicidad era eso. Nuestra planta crecía como los juncos de la Albufera y nos considerábamos grandes jardineros del amor. Ahora tengo a las gaviotas, no es lo mismo, pero en ellas encuentro la paz. Las veo y pienso que nosotros también volábamos como ellas, que no nos importaba girar en círculos y que, incluso en contradirección, hacíamos lo imposible por avanzar. Y lo conseguíamos.

Ahora entiendo que odiaba a las gaviotas porque me recordaban mucho a la Chica de los tirabuzones. No sé si es bueno o malo, pero me voy acostumbrando a verlas y no tenerlas. Es la sensación más desconcertante a la que me enfrentaré nunca: tan cerca y tan lejos a la vez. Escribiría un rato alguna tontería, porque, pese a ser malo escribiendo, soy bueno sufriendo. Tengo medalla de oro en echar de menos. Ella me aupó a lo más alto del pódium y se arrimó a mi cuello. Las gaviotas felices graznan, los humanos nostálgicos abrimos otra cerveza.

8

Hoy he tenido un orgasmo, uno de esos muy intensos. No sabría muy bien cómo explicarlo. Me he puesto a recordar una tarde tonta en que el sol de mayo nos hastiaba la soledad y decidimos juntarnos en mi casa, los dos solos, tras una larga jornada laboral y en busca de los besos que últimamente no nos habíamos dado.

Han sido tan penetrantes las imágenes en mi cabeza que he tenido un orgasmo sentimental. Por mis ojos se ha disparado el vértigo de unos días que ya no existen ni existirán jamás, pero que fueron tan hermosos que incluso el suicida más experimentado tendría miedo a las alturas. La memoria me juega estas malas pasadas, a veces.

Dicen que cuando sueñas algo que duele es porque estás empezando a superarlo. Yo quiero seguir teniendo estos orgasmos de eyaculación lacrimal y sentirme vivo y contento por las experiencias que voy sumando. No quiero superar el amor porque no conozco sensación más grande. Solo quiero sentarme en silencio, cerrar los ojos y sonreír.

¿Por qué lo que duele siempre es lo más bonito?

9

«Y que San Juan no nos queme en su hoguera

cuando descubra quién la saltó».

VETUSTA MORLA

Nuestra primera risa fue un 23 de junio. La recuerdo perfectamente. Era la primera vez que quedaba con la Chica de los tirabuzones y, tomando una cerveza en la Alameda, los dos pasamos un rato tan agradable que, al acabar la cita, teníamos agujetas en las mejillas. Sería muy pretencioso decir que se trató de amor a primera risa, pero ambos supimos que algo estaba empezando a fraguarse.

Los detalles más simples son los que nos hacen más felices. Habrá parejas que recuerden su primer beso, la primera vez que se acostaron, la fecha en que empezaron a salir. Sin embargo, nunca hubiera existido todo eso sin lo más importante: esa primera risa. No sé la cantidad de tonterías que dije, cuántos sinsentidos inventé solo para que se le quedara grabado en la memoria aquel 23 de junio. Dicen que esa noche suele ser la más mágica del año, la gente salta las olas del mar cuando las campanas dan las doce y piden un deseo al hacerlo. Lo que no dicen es que puedes ahorrarte toda esa superstición con una simple risa delante de la persona adecuada.

Si me hacen reír, me hacen vivir. La risa me hace ser un niño con zapatos que brillan en la oscuridad. No conozco amores sin risa ni risas sin sueños. Y en aquel instante mi sueño era contarle las piezas dentales en cada carcajada, porque, lejos de la belleza visual que transmitía, la Chica de los tirabuzones era guapa por la naturaleza de su risa, por cómo sorbía la cerveza a largos tragos y por cómo quiso estirar la quedada hasta las tantas, sintiéndose libre y feliz de hacerlo. No tardamos muchos más días en besarnos ni tampoco otros tantos en hacer el amor, pero la fecha de su primera risa es lo que más recuerdo. Se podría decir que yo también me encontré con un mar y salté las siete olas en la noche mágica de San Juan.

También es irónico que esté llorando recordando su primera risa. Pero de esa historia ya hablaremos otro día.

10

A mi amigo Carlos también le ha dejado la novia. Nos sentamos en un banco y le inunda la tristeza por las fosas nasales. Dice que quiere desahogarse conmigo porque yo sé lo que se siente, el muy cabrón, y lo peor de todo es que no podría estar más en lo cierto. Él habla y habla sobre su ex y a mí me vienen recuerdos que me hacen cosquillas en la garganta. No me imaginaba que pasaría el domingo sintiéndome el espejo de un amigo porque a los dos nos han pinchado las ruedas de la vida.

Hoy me he despertado con una buena resaca y en la ducha he llorado cerveza.

—Lo siento, Carlos —le digo—, hoy no estoy ni para aguantarme a mí mismo.

—Da igual, son todas iguales.

Pero a lo mejor el problema es que somos nosotros los que somos todos iguales. Sea como fuere, hoy no quería que me hablaran de exnovias porque en mi cabeza siento la culpa de quien bebe y aun así no olvida.

Hace poco he visto a una señora dar de comer a los gatos callejeros cerca de un edificio abandonado con forma de esqueleto y de repente el mundo me ha parecido un lugar mejor. Me he acercado a ella y le he dicho si la podía ayudar.

—No lo sé, chico, hay covid y no será bueno que nos aproximemos tanto.

—Entonces, al menos, déjeme que me siente y me quede mirándola.

—Será un placer —vuelve a decirme—, eso es exactamente lo que hacía mi difunto marido, ¡qué recuerdos más bonitos!

Y ahora vengo de estar sentado en un banco valorando los pequeños momentos que hacen de la vida un lugar maravilloso. A mí me ha dejado la Chica de los tirabuzones, a Carlos le han partido el corazón, los gatos ya no tienen hambre y, aunque me entren ganas de mandarlo todo a la mierda, hoy una señora ha vuelto a recordar lo feliz que le hacía su marido.

11

Debo aprender a vivir sin ella. Como se aprende a vivir sin padres. Como se aprende a madurar a la fuerza. Crecer es aprender a despedirse y nosotros ya llevábamos demasiadas despedidas. Nos dijimos adiós tantas veces que duele pensar que ahora es para siempre. Yo, que nunca creí en los para siempre hasta que la conocí. Yo, que nunca creí en el amor hasta que lo viví.

Me ha dicho que debemos asimilar que ya no estamos juntos. Como si fuera tan fácil acostumbrarse a no verla. Como si no nos estuvieran obligando a hacer algo que realmente no queremos. Siento que estoy en una jaula y que grito y muevo los barrotes y nadie hace nada por escucharme. El desamor es un salto al vacío en el que al final no sabes si prefieres quedarte flotando en el limbo o estamparte por fin contra tus recuerdos.

No dudo de que la vida pueda seguir siendo igual de bonita sin ella, sobre todo, porque ahora soy mejor persona y cada momento ha valido la pena. Debo aprender a vivir así, lo sé, me lo repito una y otra vez mientras riego con lágrimas las fotografías de aquellas tardes radiantes en la playa. Los días siguen pasando y su voz me sigue despertando a medianoche. Un relámpago me ablanda el corazón allí donde la soledad no se acostumbra a olvidar al amor de la vida.

Pero he de aprender a caminar de nuevo como el recién nacido que ya no quiere gatear más. No hay mucho tiempo que perder, y menos ahora, que tengo una jaula que romper y un paracaídas que comprarme.

12

Cuando era pequeño jugaba con una pelota que, al caer al suelo, hacía sonar su goma en una especie de boing boing tan divertido que me pasaba horas y horas botándola. Años después la perdí y estuve todo un verano jugando con otra que no emitía ningún tipo de ruido y no me producía tanta satisfacción. Cuento esto porque gracias a esas pelotas comprendí, hace años, la diferencia entre follar y hacer el amor, y creo que la gente que conoce sus distinciones ha corrido una suerte formidable.

Cuando la madre de Carlos murió fuimos a emborracharnos. Al día siguiente lo pasamos muy mal en el entierro y, al volver a casa, le dije a la Chica de los tirabuzones que la quería más que a nadie:

—No quiero que te pase nunca nada, ¿me oyes? No me separaré de ti en la vida.

Vestía con camisa de luto y ella me la quitó. Mi cuerpo estaba pálido como un tallo marchito y ella me dijo que me seguía viendo el hombre más atractivo del mundo. Hicimos el amor y no nos acostamos. Yo solo quería que me curara las heridas de la muerte cercana y besó mi cuerpo como si fuera el mejor de los antídotos.

Cuanta más paz hay después de follar, más grande ha sido el polvo. Pero no siempre follar implica tal empoderamiento sexual, sino que en aquel instante hacíamos el amor como la gente enamorada: con el corazón en la garganta. Me fui quedando dormido entre su pecho y al sentir el sonido de sus latidos volví a escuchar la pelota de goma que hacía boing boing cuando tenía cinco años. Puse mi mano en mi corazón y noté la misma melodía al encontrarme el pulso. Me reí y le contagié la risa, aunque ella no entendía nada.

Ahora que he vuelto a perder mi pelota de juguete, voy arrimando mi oreja al pecho de la gente. Ya no estoy triste como cuando era un niño, sé que el boing boing volverá. Solo que lo echo tanto de menos...

13

Dice Carlos que no puede dormir, que ahora empieza a entender mi insomnio y que se asfixia y entonces abre los ojos. Se ha despertado a las cinco de la mañana y, paseando por el barrio, ha conocido a la mujer que da de comer a los gatos callejeros. Hay unas obras a medio acabar en un edificio del barrio y allí se han concentrado unos cuantos. Los conozco muy bien, yo también he sido Carlos durante mucho tiempo y bajaba a observarlos continuamente, pero ahora el insomnio lo combato escribiendo.

Ayer quedé con la Chica de los tirabuzones. Nos tomamos unas cervezas en la playa y mantuvimos una larga conversación. No nos habíamos visto desde que los cristales del amor se rompieron y nos los clavamos en el estómago. Ella ya se ha deshecho de todos, sin embargo, a mí me siguen doliendo por dentro. «Joder —pensé—, hay que ver lo bien que le han cicatrizado las heridas».

A ella todo le va bien, sigue quitándose el pelo de la frente con gracia y contando letras al quitarle la anilla a la lata de cerveza. Se quejó de una o dos canas nuevas que le habían salido pero a mí me parece que así le brilla mucho más la melena. Le gustaría estudiar psicología y yo le animé a ello y luego seguíamos charlando y de vez en cuando se me escapaba algún «te quiero», pero ella lo pasaba por alto y me decía que tenemos que aprender a vivir sin vernos.

—Antes preferiría arrancarme los ojos —le dije—. Porque cuando me preguntan por el amor, les digo que es la música que suena cuando alguien me pronuncia tu nombre.

He bajado con Carlos a sentarnos en un banco y ver comer a los gatos. Todavía no ha salido el sol, pero hoy me apetecía compartir el insomnio con él y con la mujer que les lleva comida. Esa señora nos da paz, y a veces creo que solo nosotros podemos verla, pero eso ya deben ser chorradas mías.

Me he abierto una cerveza y, contando el abecedario con la anilla, se ha roto en la letra uve.

—¿Ahora qué se supone que tengo que hacer con esto? —le he preguntado a Carlos.

—No lo sé, colega, supongo que si es la uve te tocará vivir.

Y nos hemos empezado a reír mientras la gente salía ya de sus portales y la mujer que da de comer a los gatos se perdía entre la inmensidad de la vida.

14

La Chica de los tirabuzones tiene un lunar sexi justo encima de la entrepierna. Me puedo quedar mirándolo durante horas. Acabamos de hacer el amor y ella quiere que suba para abrazarnos. «Déjame un poquito más —le digo—, lo puedo mirar mil veces y siempre adquiere la forma que le da la gana. Es impresionante —continúo—, da igual su aspecto porque me sigue teniendo fascinado». Luego nos entrelazamos con los brazos y nos vamos quedando dormidos, pero yo no dejo de darle vueltas a ese lunar que tiene vida propia.

En Madrid vamos directos al Museo del Prado. Fíjate, ahí está, llevaba años queriendo verlo en persona. Me quedo embelesado admirando El jardín de las delicias. A cada rato que miro el tríptico de el Bosco lo veo diferente, más inigualable, más único en el mundo. Al llegar a Valencia le digo que mi tríptico favorito es follar de buena mañana, hacer el amor por la noche y querernos todo el día. ¿Sabes?, le digo, creo que tú eres El jardín de las delicias. Ella piensa que soy muy básico y que solo digo tonterías, pero, al verla otra vez desnuda, voy directo a su entrepierna y vuelvo a estar en el Museo del Prado contemplando su lunar. ¿Qué?, me acaba diciendo, ¿se parece tanto a ese Jardín de El Bosco?

Me encanta todo lo que se transforma y aun así mantiene intacto mi sentimiento. Aquello que da igual con qué ojos lo mires porque realmente hay que mirar con el corazón. Por eso cuando lo nuestro acabó, me emborraché y me fui a un estudio de tatuajes a que me tatuaran un lunar, pero no uno cualquiera, sino el lunar que hubiera dibujado el Bosco. Mis amigos me dijeron que estaba loco y el tatuador no sabía muy bien a qué me refería.

—Oye, tío —me dijo un amigo—, será mejor que te vayas al Museo del Prado y le eches un vistazo a El jardín de las delicias. —Y todos empezaron a reír.

Los miré desafiante, sorbí una lágrima a modo de chupito y les dije:

—Me he pasado tres años viviendo en ese cuadro.

Y todos empezaron a pensar.

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268,08 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
82 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9788418759420
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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