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LEER ANTES

CRÍTICA LITERARIA

EN SUPLEMENTOS CULTURALES

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

http://www.uv.es/bibjcoy

Directora

Carme Manuel

LEER ANTES

CRÍTICA LITERARIA EN SUPLEMENTOS CULTURALES

Márgara Averbach

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

Leer antes: crítica literaria en suplementos culturales © Márgara Averbach

1ª edición 2015

Reservada todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-172-7

Imágenes de cubierta: Tam Painé Ciai

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicación de la Universitat de València

http//puv.uv.es publicacions@uv.es

Edición digital

A mis padres, que me regalaron la lectura,

esa habitación infinita en la que esperan mundos,

ideas, personas y palabras.

A Odino, Selva, Tamara, Dante,

que me escucharon leer en el auto en los viajes.

Índice

INTRODUCCIÓN

NOTAS PRINCIPALES

ENTREVISTAS A ESCRITORES

Prólogo

NOTAS

Amos Oz: el hebreo como instrumento musical

E. Annie Proulx: casi nadie escribe sobre el campo

Michael Cunningham: la novela es política

Joyce Carol Oates: la literatura significativa es política

José Saramago: “Atención, este libro lleva una persona dentro”

Reinventar el idioma del enemigo: escritores amerindios estadounidenses contemporáneos

Petros Markaris: “La globalización de la economía creó la globalización del crimen” y “Un escritor suelto en un país en crisis”

CULTURA, LITERATURA, CINE, TELEVISIÓN

Prólogo

NOTAS

Dos modelos de país para los Estados Unidos: crisol de razas y multiculturalismo

Arte y política versus arte o política

El jardín de los senderos que se bifurcan: la novela estadounidense del siglo XX

Los géneros populares: las ideas van y vienen

Literatura estadounidense: lo que hay detrás de una lista de nombres

Voces diferentes: escritores amerindios de los Estados Unidos

Mundos femeninos: las escritoras de la ciencia ficción y la fantasía

Libros de Historia y libros de ficción: dos formas de contar la Historia a los chicos

La visión y la ceguera: literaturas sobre Europa

La tentativa de Robbe-Grillet

José Saramago: hacia el No

Talima Nasrim: hay que pelear

Patricia Highsmith: palabras pegajosas como telas de araña

Juego de tronos: dos lenguajes para una serie política de fantasía

Django sin cadenas: el western burlado, trasladado y revisado

CRÍTICA LITERARIA

Prólogo

GÉNEROS POPULARES

Prólogo general

POLICIAL

Prólogo

NOTAS

El hombre inquieto, Henning Mankell

Aurora boreal, Asa Larson

La canción de los misioneros, John Le Carré

Una verdad delicada, John Le Carré

Liquidación final, Petros Markaris

Pan, educación, libertad, Petros Markaris

El secreto de Christine, Benjamin Black

Destino: la morgue, James Ellroy

Noches de Hollywood, James Ellroy

Perdida, Gillian Flynn

Heridas abiertas, Gillian Flynn

La escena final, Ed McBain

Un cadáver para la boda, Ruth Rendell

El caso Brown, Walter Mosley

El secreto de Mary Swann, Carol Shields

Mientras nieva sobre los cerros, Michael Guterson

WESTERN

Prólogo

NOTAS

Donde los ríos cambian su curso, Mark Spragg

Brokeback Mountain, E. Annie Proulx

La mujer de nieve, Kathryn Harrison

CIENCIA FICCIÓN/FANTASÍA

Prólogo

NOTAS

Ciencia ficción

De la ceniza volverás, Ray Bradbury

Cuerpo divino, Theodore Sturgeon

Planos paralelos, Ursula K. Le Guin

El relato, Ursula K. Le Guin

Un pescador del mar interior, Ursula K. Le Guin Fantasía

La maldición de Chalión, Lois McMasters Bujold

Saga: Anales de la Costa Occidental, Ursula K. Le Guin

Saga de los Confines, Liliana Bodoc

Memorias impuras, Liliana Bodoc

Oficio de búhos, Liliana Bodoc

NO FICCIÓN

Prólogo

NOTAS

Fotocopias, John Berger

Escribir y ser, Nadine Gordimer

Ojos imperiales, Mary Louise Pratt

¿Qué han hecho con mi país?, Michael Moore

Sobre el estilo tardío, Edward Said

Cuestión de énfasis y Al mismo tiempo, Susan Sontag

Ante el dolor de los demás, Susan Sontag

Esclavos en la familia, Edward Ball

Mi querida Cassandra, Jane Austen

EL MUNDO TAMBIÉN ESCRIBE

Prólogo

NOTAS

Europa

Caín, José Saramago

El cuento de la isla desconocida, José Saramago

El viaje del elefante, José Saramago

Memorial del convento, José Saramago

Levantado del suelo, José Saramago

Todos los nombres, José Saramago

Comedia infantil, Henning Mankell

Tea-bag, Henning Mankell

El lector, Bernard Schlink

Mondo y otras historias, J.M.G. Le Clézio

De A para X, John Berger

Un hombre afortunado, John Berger

G., John Berger

Asia

Lo que el cuerpo recuerda, Shauna Singh Baldwin

El suelo bajo sus pies, Salman Rushdie

El viaje de Mina, Michael Ondaajte

Divisadero, Michael Ondaajte

Bollywood, Sashi Taroor

África

Atrapa la vida, Nadine Gordimer

El conservador, Nadine Gordimer

Americanah, Chimamanda Ngozi Adichie

América del Sur/Argentina

Letargo, Perla Suez

Noticias secretas de América, Eduardo Belgrano Rawson

Vamos fusilando mientras llega la orden, Eduardo Belgrano Rawson

Las bocas del tiempo, Eduardo Galeano

Espejos, Eduardo Galeano

Estados Unidos

Prólogo

Autores WASP

Musgos de una casa parroquial, Nathaniel Hawthorne

La institución smithsoniana, Gore Vidal

Pájaros de América, Mary McCarthy

Venecia observada y Piedras de Florencia, Mary McCarthy

Un hombre en la oscuridad, Paul Auster

Sunset Park, Paul Auster

Un as en la manga, E. Annie Proulx

Postales, E. Annie Proulx

Los crímenes del acordeón, E. Annie Proulx

El matrimonio amateur, Anne Tyler

Un mundo roto, Anne Tyler

La ternura de los lobos, Stef Penney

Las maravillosas aventuras de Lidie Newton, Jane Smiley

El mundo de Larry, Carol Shields

Dejarlo todo, Carol Shields

Cruzando el paraíso, Sam Shepard

Rompenubes, Russell Banks

Noches azules, Joan Didion

La última noche en Twisted River, John Irving

Personas como yo, John Irving

Pequeños reinos, Steven Millhauser

Edwin Mullhouse, Steven Millhauser

La revolución tecnológica, William Burroughs

La interpretación del asesinato, Jeb Rubenfeld

La saskiada, Brian Hill

Madreperla, Melinda Hayes

El amante de los caballos, Tess Gallagher

Cuentos reunidos, William Faulkner

Secretos de hermanas, Cammie McGovern

El afinador de pianos, Daniel Mason

Minorías

Amor, Toni Morrison

Una bendición, Toni Morrison

Paraíso, Toni Morrison

Por la luz de la sonrisa de mi padre, Alice Walker

Encontraos en mi nombre, Maya Angelou

Plaga de palomas, Louise Erdrich

Sombras sobre el Hudson, Isaac Bashevis Singer

Elegía, Philip Roth

¡Yo!, Julia Álvarez

Middlesex, Jeffrey Eugenides

La hija del curandero, Amy Tan

Un lugar llamado Nada, Amy Tan

El valle del asombro, Amy Tan

El incidente del perro a medianoche, Mark Haddon

LOS RAROS, LOS SORPRENDENTES

Prólogo

NOTAS

Matilda, peón de circo, Michelle Chalfoun

Vida de Pi, Yann Martel

El niño perro, Eva Hornung

El gran pez, Daniel Wallace

Mr. Sebastian y el mago negro, David Wallace

Kalimantaan, C. S. Godshalk

La Biblia envenenada, Barbara Kingsolver

La cripta de invierno, Anne Michaels

Las obras escogidas de T. S. Spivet, Reif Larsen

La migración de los espíritus, Pauline Melville

Rant, la vida de un asesino, Chuck Palahniuk

El dios de las pequeñas cosas, Arundhati Roy

Tierra de caimanes, Karen Russell

Vampiros y limones, Karen Russell

Los viajeros de la noche, Helene Wecker


Márgara Averbach Foto de Odino Ciai

Introducción

Poco después de terminar la carrera de Letras, antes incluso de empezar mi trabajo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, una compañera de estudios y yo fuimos hasta uno de los diarios de Buenos Aires y dijimos que queríamos escribir crítica literaria. Creo que la cosa era clara para las dos: no era nuestra intención convertirnos en periodistas de investigación ni en redactores de noticias diarias. Nuestra meta era el suplemento literario de ese diario, un diario que acababa de crearse.

El periodismo abierto y amplio, el de las noticias políticas, económicas, sociales, es el que lleva a muchos a estudiar lo que hoy son las carreras de comunicación (en ese momento no existían, apenas si había una carrera de Periodismo). Lo que nosotras buscábamos era otra cosa, mucho más relacionada con la carrera de Letras en su rama más literaria. Queríamos redactar un tipo especial de nota, queríamos transmitir nuestra propia lectura de los libros. Y es esa lectura lo que debe pensarse para entender la naturaleza de una reseña o una crítica de libro en un suplemento cultural.

Lecturas (reseñas)

Leer es el centro de la crítica literaria. Parece obvio pero hay que decirlo: leer el libro que se va a comentar es un requisito sine qua non del trabajo de los críticos (aunque se diga que algunos no lo hacen).

Esa lectura tiene características propias porque no se lee de la misma forma según el destino que cada uno vaya a darle a esa lectura. Yo, que tengo varios oficios —traductora, crítica, escritora, profesora universitaria de literatura, investigadora de la literatura de los Estados Unidos—, no hago la misma lectura cuando voy a traducir un libro que cuando voy a hablar de él en una clase o cuando estoy leyéndolo por placer. La lectura para la confección de una crítica es diferente de todas las demás y está en cada crítico definirla. Por otra parte, el interés “teórico” me parece esencial: creo que es imposible hacer una buena crítica sin pensar qué es la crítica, para qué sirve, cuál es su función. Lo que sigue es mi visión de lo que quiero hacer cuando escribo una crítica o reseña. Esa concepción da forma a mi lectura.

Es verdad que tal vez mi definición no estaba completa cuando empecé. El concepto se va armando con la experiencia. Y cuando mi amiga y yo conseguimos entrar a ese diario nuevo (que no duró mucho), yo acababa de salir de la universidad y las cosas no me paercían tan claras.. Se me hicieron particularmente evidentes cuando me ofrecieron una cátedra de crítica literaria para una escuela de periodismo. La cátedra nunca llegó a funcionar (la carrera no pasó del estadio de proyecto) pero el esfuerzo por diseñar un programa coherente para dar a otros una formación específica que yo no había tenido, me obligó a armar mi opinión dentro de un discurso transmitible. Como se dice siempre de la docencia: en la relación enseñanza aprendizaje, quien enseña aprende junto al que estudia.

No se trata de una idea universal. Como ya dije, cada uno tiene la suya. Cuando yo leo reseñas de otros críticos, veo que no todos estamos de acuerdo en la definición de crítica. Para algunos, la esencia de una reseña literaria parece ser contar el argumento del libro de ficción de que se trate o explicar los temas de un libro de poesía o de ensayos. Yo estoy profundamente en desacuerdo con eso: en mis reseñas, las que sumo a este libro y las que no, el argumento casi no aparece excepto algún detalle imprescindible.

Desde mi punto de vista, la función del crítico no es contar parte del argumento sino leer antes que otros posibles lectores del libro y hacel el comentario pero no para ofrecer a quienes se acerquen a la reseña nada que ellos pueden sacar de una lectura rápida o, peor todavía, de la contratapa si se acercan a una librería (es decir, no el argumento). Lo que creo que la crítica debe ofrecer dos cosas: una guía de lectura y una opinión sobre el valor del libro (es decir, una recomendación o consejo sobre hasta qué punto vale la pena leerlo).

1-Guía de lectura: Sea cual fuera la formación del crítico (yo tenía una carrera universitaria, otros se forman fuera de la Academia), es esa formación la que busca en el libro las pistas para una buena comprensión, las claves de construcción de la obra, en algunos casos, ciertos detalles que ayudan a un buen lector a pensar lo que el autor está diciéndole.

2-Valoración: Además de ayudar a leer bien el libro, hay que recomendar (o no) la lectura. Pero no se trata de una opinión impresionista, un “me gustó” o “no me gustó”, sino de ofrecer una opinión amplia, bien fundada y, sobre todo, atenta a la variedad de lectores que se acercan a la crítica. Quien redacta el comentario tiene su “gusto” personal, sus preferencias literarias, no sólo en lo que respecta a los autores sino también a ciertas poéticas, estilos, temáticas, tonos, enfoques y recursos literarios. Esas preferencias pesan en la valoración, sin duda pero la idea es que los lectores de la crítica sepan de dónde viene la opinión que están leyendo para ubicarse frente a ella.

Por ejemplo: en una enumeración desordenada e incompleta, yo prefiero los libros serios a los cómicos (por personalidad, por educación, me cuesta mucho disfrutar el humor); prefiero la literatura interesada en lo social y no la que se interesa en la psicología individual; prefiero los autores con sintaxis barroca y mucha adjetivación a los autores ascéticos, de sintaxis simple; me gustan los libros de trama compleja pero no los que se basan en citas de otros libros y exigen lecturas anteriores; prefiero la literatura de los siglos XX y XXI a todas las literaturas anteriores.

¿Por qué es importante tener esto en claro? Supongamos que recibo para comentar un libro cómico, o uno de prosa muy breve, seca y concentrada. Mi formación me permite valorarlo como buena o mala literatura más allá de mi gusto personal y, como crítica, debería considerar a los muchos lectores que aprecian la literatura que tiende a lo cómico o la literatura de prosa seca, recortada. Por lo tanto, en una reseña sobre ese libro, es importante aclarar (yo suelo hacerlo) que, para quienes aman el humor o el clasicismo (en el sentido de lo opuesto al barroquismo), el libro que comento vale la pena aunque mi comentario no sea demasiado entusiasta. Por eso afirmo que, en una crítica, la opinión debe ser variada, flexible, compleja.

Por otra parte, la publicación o no de reseñas negativas tiene que ver con políticas editoriales de los suplementos. En este libro, hay pocas notas negativas porque la política editorial del diario en el que más he trabajado es no dar prensa a libros que van a comentarse muy negativamente. Hay algunas, claro, pero son pocas. Desde mi punto de vista, el punto de vista de una traductora, la valoración de los libros traducidos debería incluir un comentario sobre la traducción. Lo que leen los lectores de la novela que se comenta es la traducción, no el original. En general, se acostumbra invisibilizar a los traductores y a su trabajo. Por eso, cuando el espacio me lo permite, yo suelo hacer una valoración de la traducción y también de ciertas políticas editoriales con respecto a los dialectos. Aunque a nosotros, los traductores latinoamericanos, se nos suele exigir una lengua “neutra”, en mi país se venden traducciones escritas en un castellano de España casi incomprensible para los argentinos. Eso es algo que suelo aclarar en mis comentarios: las editoriales deberían hacer una corrección argentina de las traducciones para nuestro mercado y yo creo que un buen crítico debe advertir a los lectores que tal o cual libro es muy difícil de leer por problemas de ese tipo.

Mis reseñas tratan de cumplir con los dos objetivos (guía de lectura y valoración). En general, yo dedico la mayor parte del escaso número de palabras que pueden publicarse en un suplemento cultural a la primera, la guía de lectura, pero la valoración está ahí en ciertas palabras (adjetivos como “excelente, emocionante, aburrido, lento, etc”). La presencia o no de entusiasmo y el tono general de la crítica forman parte de la valoración.

Todo lo que se escribe en una nota está directamente relacionado con la firma. En los suplementos culturales que conozco, los comentarios y reseñas críticos se firman: hay un autor o autora que se declara responsable de lo que ahí se dice y por lo tanto, está claro que se trata de una visión personal sobre un libro determinado.

No hay duda de que la valoración es el más personal de los dos elementos de la reseña; la guía de lectura está más ligada a la formación y a un marco crítico específico, una postura teórica, aunque hay que aclarar que esos elementos también son elecciones personales. Por esa razón, desde mi punto de vista, una crítica debería escribirse en primera persona. Muchas veces (es mi caso) el suplemento no permite ese uso pero hay momentos en que me parece imprescindible. Un ejemplo es la crítica a Un hombre afortunado de John Berger donde mi historia personal pesaba demasiado en mi relación con ese libro como para no hablar de mí misma.

***

Hay algo que decir sobre el tipo de lenguaje que se utiliza en el trabajo periodístico. Vuelvo a aclarar que lo que sigue es una opinión personal que no todos comparten.

Cuando mi amiga y yo llegamos por primera vez al diario en el que empezamos a trabajar, el intelectual reconocido que dirigía la sección cultural, un hombre que en ese momento debía tener más de cincuenta años (nosotras teníamos poco más de veinticinco), nos dijo que desconfiaba de los egresados de Letras. Que para él haber pasado por las aulas era más un problema que una ventaja: según él, los universitarios tendíamos a hablar solo para otros universitarios y eso dejaba afuera la mayor parte de los lectores del suplemento.

Con el tiempo, entendí que el “lector promedio” no es el mismo en todos los suplementos. En algunos, se trabaja sobre la suposición de que los únicos que leen las críticas son universitarios o intelectuales con mucha lectura previa y posturas teóricas elaboradas. En esos suplementos, no hay límite para el nivel técnico que puede tener el lenguaje en las críticas.

A mí, esa posición me parece elitista. Hay muchos lectores de libros que leen ficción o libros sobre historia y política sin una base teórica anterior, sin carreras universitarias de ningún tipo o con carreras de otro tipo. Es cierto que cualquiera que lee una reseña tiene cierto interés por la lectura pero es importante escribir para quienes aman los libros (en mi caso, los libros de literatura), no solo para quienes conocen la jerga de los que pasamos alguna vez por las aulas universitarias de las carreras directamente relacionadas con lo literario. En el caso de la escritura para diarios, es indiscutible que el público está supuesto desde la primera obra, como decía Cesare Pavese (aunque él hablaba de la ficción)1.

El lector promedio que yo doy por supuesto, es decir, la persona para quien escribo, no es un intelectual. Por eso, trato de escribir sin jergas específicas. Doy por sentado que la mayoría de quienes me leen desconocen la teoría literaria y no manejan sus términos. Tal vez una de las anécdotas más dolorosas de mi historia como crítica literaria en diarios fue una tarde en que uno de mis tíos, un agrónomo sin demasiado acercamiento a los libros, me dijo que no entendía mis comentarios.

Notas principales

En algunos casos, además de las críticas, los periodistas culturales (para darle algún nombre al oficio que trata de ilustrar este libro) hacen notas más largas para la sección abierta de los suplementos en los que trabajan. Esas notas suelen ser introducciones generales a temas de interés para el suplemento, por ejemplo obras de un autor o movimientos literarios.

El pedido de la nota puede venir desde el diario (ese es el caso más común) o, al contrario, ser un ofrecimiento del periodista. A veces, el suplemento necesita una nota por una efeméride, una visita de un autor conocido al país, un premio importante, cualquier noticia cultural del momento: recuerdo todavía el momento en que Toni Morrison recibió el Premio Nóbel. Yo escribí la nota central del sábado siguiente porque conocía a esa autora estadounidense desde hacía mucho. Cada vez que se otorga el Nóbel de Literatura, los suplementos necesitan especialistas que escriban sobre el elegido y si tienen un crítico que sabe sobre el tema, lo utilizan.

Al contrario, cuando el crítico ofrece las notas, suele tratarse de temas que le interesan especialmente y que supone que el suplemento puede aceptar.. Cuando yo lo hago, suele tratarse de notas sobre algo que está en el candelero del momento: una película, una serie, un libro sobre los cuales quiero decir algo que me parece importante o un debate que se está dando en el mismo suplemento.

Hay similaridades y diferencias entre las metodologías de redacción de estas notas y las que se utilizan en las reseñas. En cuanto a las similaridades, tal vez la esencial es una idea rectora sobre el lector promedio y el lenguaje que debe usarse para establecer una buena comunicación con él. Como mis reseñas, mis notas centrales no están pensadas para especialistas. Están ahí para que quienes nunca han leído, digamos, a los autores amerindios estadounidenses o las obras canónicas de William Faulkner (ver las notas al respecto) decidan si esos libros merecen su atención y por lo tanto, las escribo en un lenguaje diferente al que utilizo para un artículo especializado o una ponencia en un congreso sobre literatura.

En cuanto a las diferencias entre los dos tipos de notas, la primera es casi obvia aunque, para quienes no están familiarizados con el trabajo periodístico, tal vez sus consecuencias no lo sean tanto: en las notas centrales, el periodista cultural tiene un espacio mucho más amplio para expresarse y el espacio es siempre importante en los medios. Contar con más cantidad de palabras para decir algo cambia el enfoque de quien redacta: hay más posibilidades para explorar temas adyacentes y para las explicaciones secundarias; las oraciones pueden ser más largas y, sobre todo, es posible desarrollar las ideas y conceptos con mayor profundidad. No creo que yo lo haga conscientemente pero lo cierto es que, en las notas principales, mi estilo es más complejo, más adjetivado, más semejante a mi literatura de ficción.

La segunda diferencia se relaciona específicamente con la falta de formato previo. Como ya expliqué, para mí las reseñas tienen componentes básicos que cambian solo en casos excepcionales. En cambio, cuando escribo una nota larga, el formato está definido por el tema de que se trate. Por ejemplo, si se va a decir algo sobre un tema muy tratado en otros medios o en mi propio medio, tal vez el tono esencial sea el del debate (así ocurre aquí con algunas notas sobre el canon de la literatura estadounidense). En cambio, si se trata de un autor al que se recuerda por una fecha especial, la idea es más bien la de hacer una introducción a su obra. Así, cuando la idea es el debate, yo hago referencia a las notas anteriores y planteo mi opinión no siempre como parte de una discusión sino como una ampliación de las anteriores (por ejemplo, en mi discusión de la película de Quentin Tarantino, Django Unchained, escribí porque sentía que había cuestiones centrales de esa película que no se habían tocado en las notas anteriores, no para refutar a los autores de esas notas).

Sin embargo, hay tipos de notas centrales que sí tienen formatos definidos: el ejemplo más evidente es el de la entrevista, un género especial que en realidad, es fruto de una colaboración entre un periodista que pregunta y la persona que le contesta. La calidad de una entrevista depende de ese trabajo conjunto: las preguntas deben ser buenas y estar bien preparadas; las respuestas, reflexivas e interesadas. La colaboración existe aunque haya tensión entre los dos autores, como puede suceder sobre todo en las entrevistas con políticos o sobre política. En cultura, la tensión también es posible pero muchísimo menos frecuente.

Desde mi punto de vista, en una entrevista seria, quien pregunta tiene obligaciones ineludibles: 1-preparar preguntas que lleven al autor o autora a explorar sus ideas principales sobre la escritura; 2-tener la capacidad para repreguntar, modificar preguntas y adaptarse al ritmo y sentido de la conversación más allá de la preparación; 3-ser fiel a lo que se dijo en la transcripción y redacción de la nota, es decir no modificar las respuestas.

Una vez realizada la entrevista, parece haber diferentes maneras de prepararla para la publicación. Como lectora de medios, he visto muchas entrevistas redactadas en discurso indirecto: “Me dijo que…”, “Confesó que…” Yo estoy completamente en desacuerdo con eso: suelo organizarlas como un diálogo en el que transcribo tanto la pregunta como la respuesta porque, ese formato deja en claro la calidad de “colaboración” de la entrevista, la identidad de los dos autores y qué dijo cada uno. Sin embargo, en algunos casos, ese formato no es posible, sobre todo por problemas de espacio. La redacción del discurso indirecto implica intervención de quien pregunta en las respuestas y, en mi opinión personal, quien pregunta debe estar lo menos presente posible, excepto a través de una breve introducción (que explique la razón por la que vale la pena entrevistar a esa persona en particular) y de las preguntas mismas. El objetivo de una entrevista es el entrevistado.

Organización general de este volumen

En este volumen, se presentan en secciones separadas las notas principales y las reseñas o comentarios de libros. Las notas principales tienen título, las reseñas no. Quiero explicar las razones. Hay medios en los que las reseñas se publican de ese modo. En el diario en que yo trabajo, las reseñas tienen título pero quienes los redactan son periodistas de planta, nunca el mismo crítico. Como no puedo hacerme responsable de los títulos (y en algunos casos no estoy de acuerdo con ellos), decidí no agregarlos y publicar la nota tal cual la envío al suplemento.

Las reseñas son muchas y era importante clasificarlas. Había que encontrar una manera de presentarlas, un índice. Eso fue muy difícil. Cualquier clasificación, incluso la que divide geográficamente a los libros por cultura de procedencia o nacionalidad del autor o autora, conduce a superposiciones: ¿qué se haría con autores como Henry James o T. S. Eliot, a quienes algunos consideran estadounidenses y otros ingleses? En el caso de la clasificación elegida aquí, la cuestión es todavía más problemática porque, después de mucho pensar, decidí seguir más de un criterio y los criterios se superponen.

El problema de toda clasificación es que nunca es satisfactoria en su totalidad. Siempre hay zonas grises entre categorías y zonas que las categorías invisibilizan en lugar de destacar. En el caso de la escritura, las variables que la definen son demasiadas como para organizarlas en una cuadrícula de compartimentos estancos. Hay muchas maneras de agrupar los textos. En una enumeración incompleta: por género (en ese caso, el criterio se relacionaría directamente con el texto); por cultura de procedencia del autor (nacionalidad, grupo social, raza, etnia, tribu); por supuesto, por calidad literaria (pero esa clasificación en libros que para mí fueron “malos” o “buenos” no tiene sentido aquí porque por política editorial los “malos” son mucho menos); por período histórico de creación (nuevamente, una clasificación poco productiva en este caso: la mayor parte de los comentarios se hacen sobre libros nuevos, contemporáneos, no sobre reimpresiones). Ninguna de esas clasificaciones describe el texto en su totalmente porque todo texto es un cruce de todos esos criterios y muchos otros. Por ejemplo: una novela policial quedaría dentro de los géneros populares pero también podría ser un libro excelso en cuanto a calidad literaria, estar muy relacionado con la identidad de género, etnia o raza del autor o autora, etc. La conclusión es que cualquier clasificación es arbitraria y conduce siempre a incoherencias y contradicciones. Por eso, ninguno de los criterios que tomé para hacer el índice es excluyente y ninguno podría abarcar a todos los textos. Así, opté por esta clasificación ecléctica, que no es ni coherente ni unitaria pero cuyas grietas permiten cruces entre categorías.

Al respecto, vale una aclaración de otro tipo. La manía clasificatoria de las culturas europeas produce siempre terrenos pantanosos y deja fuera regiones enteras. Yo, que siempre investigué literaturas basadas en visiones no europeas del mundo (esencialmente las de los negros y amerindios de los Estados Unidos), que no tienen tendencias clasificatorias sino holísticas, sé perfectamente que hay libros que podrían ubicarse en otras secciones pero esa es justamente la intención del índice: se trata de una clasificación de límites permeables y debatibles, una clasificación con espíritu bastante anticlasificatorio.

La primera división —entre notas principales y reseñas o comentarios— está basada en la diferencia entre notas centrales y notas tipo reseña. Dentro de esas dos grandes secciones, los criterios van cambiando y por lo tanto, es más práctico explicarlos en cada uno de los prólogos.

Todos los criterios menos el último están basadps en datos más o menos objetivos. La última sección —la de los libros raros y extraordinarios— es diferente porque ahí el criterio está relacionado con la “evaluación/recomendación” y no con el origen del libro, su género o cualquier otra característica. El criterio “extraordinario” es impresionista y absolutamente personal. En esa sección, presento reseñas de libros que fueron para mí, inolvidables y sobre todo, sorprendentes. Como lectora, esos libros y no otros me produjeron una impresión irrepetible. Son libros diferentes, sí, pero tal vez haya lectores a quienes dejen absolutamente indiferentes. Lo que cuenta en esa última sección del libro es mi recepción personal de esos libros, mi “gusto”.

Así, toda la clasificación que se ve en el índice es intencionalmente fallida. Creo que eso permite ver relaciones entre autores y culturas nacionales que se perderían en una clasificación demasiado cerrada. Veremos qué puede sacar cada uno de ella.

Hace muchos años, apenas salida de la Facultad de Filosofía y Letras, fui con una amiga a pedir trabajo. Y el director del suplemento del primer diario en que trabajé (estas reseñas pertenecen en su gran mayoría a mi largo período en el segundo) terminó aceptándonos. Mi amiga lo dejó enseguida. Yo no. Para mí, amante feroz de la lectura, ese trabajo era uno de los mejores del mundo: un trabajo en el que me pagaban por leer.

NOTAS PRINCIPALES

ENTREVISTAS A ESCRITORES

Prólogo

Para quienes hacemos crítica literaria, la entrevista es una práctica poco frecuente. Nuestro trabajo se relaciona con la obra más que con la persona que la produjo. Por otra parte, los periodistas del cuerpo principal del diario hacen todo tipo de entrevistas: a políticos, a jueces, a médicos, etc. En cambio, nosotros, los “críticos literarios” entrevistamos casi únicamente a escritores.

Tal vez por eso, hay ciertas preguntas generales que se repiten en casi todas las entrevistas que hacemos, preguntas que tienen que ver con la escritura misma. Con esas preguntas sobre el trabajo del escritor es posible, aunque para nada conveniente, llevar a cabo una entrevista a un escritor sin haber leído su obra. Como escritora, me molesta bastante ese tipo de entrevistas, que giran siempre alrededor de preguntas del estilo de: ¿Cuál es su método de escritura?, ¿Qué siente cuando ve un libro publicado?, ¿Se arrepintió de haber publicado alguno de sus libros?, ¿Cuál de sus libros prefiere?

Al contrario, cuando hay lectura previa (en lo posible de más de una obra del autor o autora, idealmente de toda la obra), las preguntas son específicas y los resultados, mucho más satisfactorios para los dos colaboradores/autores de la nota y para quienes lean la entrevista más adelante. Y sin embargo, eso no significa que no se hagan las preguntas generales: de hecho yo hago algunas con bastante frecuencia, como puede verse en los ejemplos de esta sección.

Las entrevistas no se llevan a cabo siempre de la misma forma. La más común y tal vez la más satisfactoria para el entrevistador es la que se realiza cara a cara, es decir, una en la que entrevistador y entrevistado se reúnen en un mismo lugar, ya sea neutral (un café, un hotel) o no (las instalaciones de la publicación en que trabaja el periodista o la casa del escritor). Pero en ciertos casos, eso es imposible por lejanía geográfica y las entrevistas se realizan por otros medios: yo llevé a cabo entrevistas por teléfono y también por correo electrónico.

La comunicación telefónica disminuye la comunicación en el sentido de que quien pregunta no tiene contacto directo con el entrevistado, no ve ni sus expresiones físicas ni sus gestos, que podría describir en la nota. Lo que se preserva es el tono de voz, que por supuesto es uno de los centros de la comunicación oral.

En las entrevistas por correo electrónico, lo oral desaparece. En mi caso, entré a ese tipo de comunicación al revés: como entrevistada. Por correo electrónico, el género “entrevista” cambia enormemente porque deja de ser esencialmente la transcripción de un texto oral, a dos voces, y se convierte en un diálogo por escrito (de esos que históricamente se daban en la correspondencia, con largos monólogos de los dos lados y mucho tiempo entre pregunta y respuesta; y que ahora, con el correo electrónico o el chat se han convertido en verdaderos diálogos instantáneos que, sin embargo, no son orales sino escritos). La entrevista al escritor griego Markaris que aparece en esta sección se hizo de esa forma y es evidente que se trata de otro tipo de texto porque ambos interlocutores pueden revisar y redactar cuidadosamente el discurso: es un diálogo pero sin ninguna espontaneidad.

Las entrevistas que hice a Michael Cunningham y a Joyce Carol Oates fueron las que armé con mayor facilidad: los dos eran autores que yo había leído mucho y la comunicación con ellos (aunque fuera a la distancia) me dio la oportunidad de despejar dudas que siempre había tenido. El caso de Amos Oz fue diferente: tuve el tiempo suficiente para leer tres novelas antes de sentarme a hablar con él pero Oz era un autor que yo conocía solo de nombre y que no volví a leer. En la comunicación con él, me pareció importante tocar también temas políticos (sobre todo, el problema Israel/Palestina). Mi conclusión es que las entrevistas que se preparan sin tener una familiaridad completa con el autor son menos satisfactorias pero entiendo que a veces un suplemento no cuenta con el entrevistador adecuado.

La entrevista a Petros Markaris y la que le hice a Joyce Carol Oates se hicieron por correo electrónico. Yo había leído a Markaris casi completo y me entusiasmó la idea de entrevistarlo por dos razones diferentes: me gusta su literatura policial y hay enormes similaridades entre la crisis económica en Grecia, retratada en sus últimos libros y lo que sucedió en mi país, Argentina, en 2001-2002. Markaris escribió sus respuestas con cuidado y yo las traduje. Hubo repreguntas y varias etapas de “charla”. Por supuesto, imposible decir nada sobre la forma en que habla, su tono, sus gestos.

Como siempre me he dedicado a la literatura extranjera, tuve pocas posibilidades de hacer entrevistas cara a cara, con grabador en mano. En esta selección, fueron de ese tipo las que les hice a E. Annie Proulx, a José Saramago (unos años antes de que fuera Premio Nobel) y tres que realicé a autores amerindios estadounidenses. La de Proulx y Saramago se hicieron cuando ambos vinieron a la Feria del Libro de Buenos Aires. Las últimas tres (resumidas y acortadas en la nota que se publica aquí) en Albuquerque, Nuevo México, cuando yo fui al congreso de la NALS (Asociación: Native American Literatures Studies) en 2010, con ayuda de una beca de la Universidad de Buenos Aires.

Cuando se hace cara a cara, la comunicación es muy diferente y eso se nota en las notas. Además del tono de voz, el ritmo de la charla y las pausas, que también pueden notarse en el teléfono, hay gestos, miradas, movimientos que serían imperceptibles sin la presencia del entrevistado en la habitación. Eso pesa en la redacción de la nota porque, por lo menos en mi caso, yo creo importante transmitir ese tipo de detalles para completar una imagen del “personaje”.

Destaco en particular dos de las entrevistas: la de José Saramago y la que le hice a Simon Ortiz, el poeta acoma pueblo. Entrevisté a Saramago como lectora apasionada de sus novelas. Él todavía no había recibido el Nóbel pero se oía su nombre cada vez que lo entregaban. La verdad es que me dio miedo entrevistarlo porque aunque había leído su obra de principio a fin (en ese momento estaba escribiendo Ensayo sobre la ceguera), no sabía (ni sé) casi nada de Portugal y por lo tanto sentía que me faltaban tanto el idioma del original como el contexto. Nunca voy a olvidar su amabilidad, su humildad, su sonrisa, y la forma en que hablaba, tan parecida a su manera de escribir. En cuanto a Simon Ortiz, a quien después traduje y con quien sigo en contacto por mail, publiqué la entrevista casi entera como prólogo a la traducción de su libro “Un buen viaje”. Tampoco en ese caso voy a olvidar su deseo de llegar al otro, su preocupación por explicar en profundidad, sus pausas largas (que yo no toleraba y siempre interrumpía, cosa que ahora lamento), la hondura enorme de pensamiento.

Para terminar de describir el trabajo que se hace en una entrevista, habría que agregar que la entrevista en sí misma no es más que el principio. Después de hacerla, el redactor o redactora tiene que transcribirla, traducirla (en algunos casos) y adaptarla al espacio disponible en la publicación. En ese sentido, la nota que se refiere a los autores amerindios estadounidenses es diferente a todas las demás. En ese caso, como no me dieron el espacio suficiente para publicar las tres entrevistas por separado (no hay demasiado interés en estos autores, desconocidos en Argentina), no tuve más remedio que hacer un resumen y combinar las tres. En sí mismo, eso dice mucho sobre quiénes consiguen espacio en los diarios y quiénes no y sobre el rol de los diarios en la formación del canon.

NOTAS

Amos Oz: el hebreo como instrumento musical

Cuando afirma que todos los habitantes de Israel viven la historia como experiencia personal, sabe lo que dice. Nació en Jerusalén en 1939, cuando su país estaba todavía bajo mandato británico, y dice que las primeras palabras que aprendió en inglés fueron “British, go home”. Sus padres eran refugiados de Lituania y Ucrania. Su madre se suicidó cuando él tenía doce años. Tres años después, Amos Oz se cambió de nombre y se fue a vivir a un kibutz. Estuvo en las guerras de 1967 y 1973 y vive desde hace años en Arad, un pueblo en el que, según dice, se escucha el español de los argentinos.

P: La historia y el momento histórico aparecen siempre en sus novelas. ¿Cuál es para usted la relación entre historia y literatura?

R: No creo que pueda definirla, pero diría que, en mi país, no hay línea divisoria entre lo público y lo privado. En Israel, la historia se vive como experiencia personal. Todos son refugiados y sobrevivientes o hijos de sobrevivientes y refugiados. Pero si tuviera que definir sobre qué escribo, diría que no es sobre historia sino sobre la familia. Para mí, la familia es la institución más misteriosa, emocionante y paradójica del mundo. Pero las familias tienen mucho que ver con la historia...

P: ¿Definiría su literatura como “realista”?

R: No es mi trabajo definir mi literatura, pero no la llamaría “realista”. Habría que buscar otro nombre: para mí no hay línea divisoria entre realidad y fantasía. Ambas son parte de la misma experiencia cotidiana.

P: Ya que hablamos de experiencias, ¿la suya en el kibutz marcó su trabajo?

R: Sí, pero no escribo sobre los kibutz. No soy sociólogo. En Un descanso verdadero, el kibutz es sólo un telón de fondo. Repito: yo escribo pequeñas historias de familia. Aunque es cierto que ante el esfuerzo del kibutz por cambiar la naturaleza y el ser humano, mi reacción es una mezcla de ironía y admiración.

P: El kibutz y los pueblos del desierto son parte de una nación. ¿Sus libros pertenecen a una literatura nacional?

R: No. Yo escribo dentro de la tradición de un idioma. El hebreo es mi instrumento musical. No creo que mis novelas sean afirmaciones sobre el estado de la nación. Son música de cámara. Pero están escritas en hebreo y el hebreo evoca cierto conglomerado de sensibilidades: recuerdos colectivos, una cultura, una herencia, una mentalidad.

P: ¿Una cultura? En todo caso, una cultura muy heterogénea.

R: Cierto. En Israel, hay un común denominador pero también enormes diferencias. Los judíos vinieron desde ciento treinta y seis países y tienen una relación amor-odio con su país de origen. Y con el nuevo país. Para mí, Israel es una gran polifonía. Mire, yo diría con una sonrisa que Israel no es una nación. Es una ruidosa colección de discusiones a gritos. Somos seis millones de Primeros Ministros, seis millones de profetas, seis millones de Mesías. Todo el mundo está gritando. Nadie escucha. Excepto yo, que me gano la vida escuchando.

P: ¿Qué piensa usted sobre la situación de Israel?

R: Ah, con respecto a eso, quiero compartir con ustedes las buenas noticias. Hoy en día, los judíos israelíes y los árabes palestinos saben exactamente cómo va a terminar este conflicto: con una partición en dos estados. Todos lo saben, incluso los que odian y rechazan esa idea. Por primera vez en cien años, los pueblos están delante de los líderes. El paciente está listo para la cirugía pero los médicos son cobardes.

P: ¿Usted cree que los líderes van a aceptar esa solución?

R: Personalmente, me gustaría ver al señor Sharon y al señor Arafat juntos en el infierno. Creo que son un desastre para su gente. Y si ellos no aceptan, aceptarán los próximos líderes. No tengo la fecha exacta pero puedo afirmar que cuando esto termine, va a haber dos estados soberanos viviendo uno al lado del otro, sin amor pero en paz. Mire, no hay otra alternativa. Hay cinco millones de judíos en este país y no se van a ir a ninguna parte; hay tres o cuatro millones de palestinos que tampoco piensan irse. No pueden convertirse en una sola familia así que van a tener que vivir como vecinos. Es muy simple.

P: ¿Y hay ya una generación de líderes preparados para eso?

R: No tengo dudas de que los líderes están ya entre nosotros. No le puedo dar los nombres. No los conozco. Nadie sabe quién va a ser el héroe. Ni siquiera el héroe lo sabe pero cuando llega el momento, la persona indicada está ahí. Mejor dicho, las dos personas. Hacen falta dos. Hay un proverbio árabe que hay que recordar cuando se habla de paz: “si quieres aplaudir, necesitas dos manos”.

P: ¿Usted cree que sus novelas sirven al proceso de paz, que ayudan?

R: No. En las novelas, quiero contar una historia. Cuando quiero ayudar, escribo un ensayo político y le digo a mi gobierno que se vaya al diablo. Por desgracia, no me hacen caso. Así que ni siquiera los ensayos ayudan mucho. Yo no escribo literatura para cambiar nada. No creo que la literatura sea un arma. Escribir una historia es una ocupación completamente distinta de la de decirle al gobierno que se vaya al diablo. Una misma persona puede ser un excelente ginecólogo y un estupendo amante. Pero no al mismo tiempo.

P: En este momento, hay judíos argentinos se están mudando a Israel por la crisis económica (Esta entrevista se hizo en 2002).

R: Lo sé. Incluso llegaron a mi pueblo, en Arad. Y ahí los recibió un grupo de argentinos que vino en la década de 1970, huyendo de la dictadura. Así que en Arad, tenemos una sociedad argentina de dos capas. El idioma argentino se oye bastante en nuestras calles.

P: ¿Cree usted que sus libros están relacionados con los de otros escritores judíos de la diáspora, Malamud, Bellow, Singer?

R: No. Mis libros están dentro de la tradición hebrea. Los escritores judíos que escriben en otros idiomas son sólo primos segundos. Tal vez podría decir que tal vez comparto con ellos una fascinación por la comedia de familia. Pero no me veo como parte de un grupo internacional de escritores judíos.

P: En sus obras hay un gran interés por las relaciones entre los individuos y la comunidad. A veces, aparece incluso un narrador en primera persona plural, un “nosotros”.

R: En mis novelas, el “nosotros” es siempre humorístico, cómico. En cuanto a las relaciones entre individuo y comunidad, John Donne, el poeta inglés dijo: “ningún hombre es una isla”. Mi humilde contribución a esa frase sería “pero todo ser humano es una península”. Usted, yo, todos estamos relacionados en parte con la familia, la sociedad, la religión, el país, y en parte, miramos hacia el océano, hacia el silencio. Así que: “ningún hombre es una isla y todos los seres humanos son una península”. Yo escribo sobre los seres humanos como penínsulas.

P: En sus novelas, hay momentos en los que se hace una enumeración de escenas de la comunidad, como una especie de panorámicas del grupo.

R: Sí, claro. A veces, mis personajes y yo estamos pensando en lo que nos hace a todos parte de algo y otras veces nos concentramos en lo que nos hace únicos y solitarios. Las enumeraciones pertenecen al primer momento pero hay una relación dialéctica entre los dos. Después de todo, cuando pasamos mucho tiempo en soledad, deseamos estar con otros y cuando pasamos mucho tiempo con otros, queremos que nos dejen solos. Ésa es la comedia humana como yo la entiendo.

P: Entonces, respecto de las relaciones humanas, sus obras están emparentadas con las ideas de Martin Buber.

R: Sí. Se puede decir que los tipos de relaciones humanas de los que habla Buber —las relaciones tipo yo-eso y las tipo yo-tú—tienen mucha importancia en algunos de mis trabajos. La posibilidad de que dos seres humanos se miren directamente a los ojos y se escuchen —de que tengan una relación yo-tú— es un milagro. En general, cuando dos personas hablan, aunque estén enamoradas, no se están escuchando. Por eso un diálogo real, un momento de verdadero encuentro, es un milagro.

P: Me da la impresión de que, en sus libros, los personajes capaces de escuchar nunca son jóvenes.

R: No creo que tenga que ver con la edad sino con el dolor y el sufrimiento. El sufrimiento es el común denominador de toda la literatura mundial. Es el lenguaje que comprende todo ser humano. Alguna gente que ha sufrido mucho se vuelve más capaz de escuchar. Otra gente, menos. A veces, no siempre, el dolor y el sufrimiento nos enseñan a escuchar.

P: Otra característica de sus novelas es la aparición de pequeños cuentos muy intensos, un poco al margen del argumento principal. Por ejemplo, me acuerdo de uno sobre un mono en No digas noche.

R: Para mí, esas historias están profundamente relacionadas con la principal pero no en el sentido del argumento. No quiero describir la relación pero es importante. El mono de Nigeria y el chico muerto en la pequeña ciudad israelí están relacionados, muy relacionados. Yo creo que existe una red de relaciones entre la gente, y no pasa necesariamente por el argumento.

P: ¿Y el espacio? ¿No tiene un papel semejante en sus novelas?

R: Ah, sí. Para mí, las montañas, los desiertos, el mar, la noche y el día son personajes. Yo veo cierta analogía entre un hombre y un mono y una noche en el desierto; o entre una mujer, una mañana de invierno y el viento. Hay analogías en todas partes, no sólo entre los seres humanos sino también entre nosotros y el resto del universo. Incluso en términos del universo, somos penínsulas. Tenemos cierta parte que está inclinada hacia el desierto o hacia el océano o hacia las montañas. O hacia los cielos nocturnos.

P: Sus historias están contadas por muchas voces y narradores. ¿Esto tiene que ver con una idea sobre la verdad?

R: ¿Recuerda cuando dije que mis obras son música de cámara? Yo escribo tríos o cuartetos o quintetos. Polifonías. En general, no hay un único protagonista en mis novelas. Tal vez también tiene que ver con mi idea de la democracia. Nadie debe ser el dueño absoluto de la historia. Los cambios en el punto de vista están relacionados con cierta forma de relativismo, con una coexistencia de diferentes versiones. Por ejemplo, si escribo acerca de un matrimonio como en No digas noche, habrá más que dos puntos de vista en esa historia. El marido va a traer al juego a sus padres, muertos o vivos, y a sus abuelos. Lo mismo hará su mujer. Cada vez que una mujer y un hombre hacen el amor, es una orgía. Yo escribo sobre orgías en las que toman parte innumerables fantasmas.

P: En su última novela, El mismo mar, aparece un nuevo tipo de narrador. ¿Cree usted que en realidad estuvo ahí siempre?

R: No estoy seguro: en El mismo mar, aparezco yo muy explícitamente, con mi nombre. Soy un personaje menor, sin demasiada importancia en la polifonía de la novela pero soy una presencia concreta.

P: ¿Le parece que ese narrador va a reaparecer en sus próximos libros?

R: Sospecho que la respuesta es sí. En mi último libro, Una historia de amor y oscuridad, una novela autobiográfica que salió aquí hace tres semanas, ese narrador está vivito y coleando.

E. Annie Proulx: casi nadie escribe sobre el campo

Como autora, empezó a escribir tarde, a los cincuenta años pero fue la primera mujer en ganar el PEN/ Faulkner Award en 1992. Leerla es explorar regiones completas desde los rincones menos afortunados y menos conocidos, tal vez los rincones que más necesitan que alguien los cuente. Sus historias dicen vidas pequeñas, rurales, sufridas y las dicen desde la luminosidad intensa de algunos momentos cotidianos: el descubrimiento del amor o del espanto, el renacimiento de la esperanza.

En la entrevista, habló en un inglés pensado, cuidadoso, que analizaba la respuesta palabra por palabra. Como en sus libros, sus ideas llegaban una tras otra en un ritmo tranquilo y emocionante; como en sus libros, bajo la superficie del lenguaje, ella contaba el mundo, lo interrogaba.

En sus libros, usted explora Texas, Wyoming, Terranova… ¿Qué función tiene la geografía en ellos?

La geografía es muy importante para mí. Es el principio de la historia. Sobre todo si estoy trabajando en una novela, lo primero que hago es estudiar el paisaje, estar en él, viajar por él, averiguar sobre el clima, la geología, el agua. Las vidas de los personajes tienen que ver con la geografía. Es de la mayor importancia saber qué come la gente ahí, qué hace para vivir, cómo se comporta, sus horarios…

Entonces, ¿usted viaja a los lugares sobre los que va a escribir?

Sí. Cuando quiero escribir sobre un lugar, voy y me quedo un tiempo. En general, es un lugar que visité antes. Por ejemplo, en Un as en la manga, yo había estado viajando por el país y había cruzado esa zona de Texas muchas veces. Me interesó que hubiera muchas casas viejas medio derruidas, muchos árboles rotos, maquinaria agrícola abandonada…, y también molinos rotos. Decidí que quería escribir una historia sobre ese lugar, alquilé una casa a un ranchero y me quedé unos seis meses.

Y también estudia el dialecto local, que se pierde un poco en la traducción.

Sí, sí.

A mí me parece que sus libros están trazando un mapa de su país…

Tal vez. Muchas veces, hasta hago un mapita del área...

En Atando cabos y Un as en la manga, los protagonistas son personas que llegan a un lugar y se adaptan lentamente… ¿Es ésa una historia en la que usted está especialmente interesada?

Creo que tal vez está relacionada con mi familia. La familia de mi padre bajó desde el Canadá francés a los Estados Unidos. Conseguir que la aceptaran aquí fue un proceso de generaciones así que soy sensible a los problemas y dificultades de los inmigrantes.

¿Cree usted que la migración es un tema importante? A nivel mundial…

Es muy, muy importante. En Los crímenes del acordeón, hay siete, ocho, nueve personajes que vienen desde diferentes países a los Estados Unidos.

Otro de los problemas mundiales es la ecología. En Un as en la manga, se manipula a los cerdos para que aumenten de peso hasta que se les quiebran las patas. ¿Le interesa la ecología?

(Tarda en contestar). Sí, claro, pero usted apunta a algo interesante… Yo soy muy consciente de la variedad tremenda que hay entre los lectores… Dependo de que ellos traigan sus propias experiencias, observaciones e intereses a la historia, de que la completen con cosas que no se dicen tan abiertamente. Así que sí, ahí se sugiere que ya destruimos grandes espacios de Norte América y el mundo…, pero yo dejo que los lectores sigan por sí mismos ese tema. Así que si usted ve, en mis libros, un interés en la ecología, eso me dice que usted está interesada en eso.

Sí, claro, pero las escenas están ahí… Creo que algo parecido pasa con otra característica de su ficción: esas pequeñas historias que nunca se completan, que no terminan… ¿Las escribe concientemente? ¿Por qué?

(Piensa). Sí, es un proceso conciente porque creo que es un reflejo de nuestras vidas… Todos tenemos encuentros y hacemos amigos y conocemos gente cuyas historias no terminan, desaparecen frente a nosotros, especialmente si uno se está moviendo. Y sí, eso también queda en manos de los lectores. Además, para mí es realmente divertido no terminar las historias…

Sus libros tienen detalles muy exactos de tecnología y se preocupan por problemas prácticos y soluciones prácticas…

Personalmente, a mí me gusta leer libros que explican cómo se arreglan las cosas o cómo funcionan. Estoy muy interesada en el trabajo físico así que le doy un buen lugar en mis libros.

Cuando usted va a escribir sobre algo…, digamos, sobre barcos en Atando cabos, ¿investiga al respecto o elige el tema porque ya lo conoce?

No, yo investigo… Nunca me gustó el consejo que le dio esa profesora de la secundaria a Hemingway, cuando le dijo que hay que escribir siempre sobre lo que se conoce. Para mí tiene que ser al revés: hay que conocer lo que se escribe.

Por eso, sus novelas tocan un abanico de temas: agricultura, carpintería, navegación…

Para mí, ésa es una de las alegrías de la vida: averiguar cómo funcionan las cosas.

¿Hay alguna razón por la que sus personajes viven en el campo o en pueblos chicos?

Hasta hace muy poco, yo viví casi siempre en lugares rurales. Solamente viví dos veces en ciudades grandes a los veintitantos, más o menos, durante un año en cada caso… Y siempre sentí que los centros de poder, donde está la gente que toma las decisiones, son muy crueles con los lugares rurales. Yo trato de explicar cómo son las cosas en el campo a un noventa por ciento de los lectores, porque los lectores son urbanos en un noventa por ciento. No hay mucha gente que escriba sobre lo rural.

Cierto… La ciudad es el sitio de los siglos XX y XXI.

Sí, el campo es exótico para nosotros…

Exótico es la palabra perfecta, pero hay algo que une lo rural y lo urbano en sus libros: el dinero.

Bueno, yo escribo sobre los Estados Unidos, ¿no? Donde el dinero es muy, muy importante.

¿Y la violencia? Es fundamental en muchos de sus libros. En el Wyoming de Brokeback Mountain, por ejemplo…

De nuevo, este país tiene una historia muy, muy larga de violencia, sobre todo en el Oeste. El Oeste no está totalmente civilizado… La gente de Wyoming sigue orgullosa de su pasado violento, cuando gobernaban los fuera de la ley, los violentos, los que hacían justicia por mano propia… Habría sido muy raro que no hubiera violencia… Está ahí en la vida así que está ahí en el libro.

Sí, pero también hay violencia en Atando cabos, y en Los crímenes del acordeón, que no transcurren en el Oeste.

Ésa es la violencia de la gente que llegó primero contra los que vinieron después… Son los crímenes contra los recién llegados…

Y es la historia de los inmigrantes en todas partes… Ya que hablamos de discriminación… ¿Qué piensa de Obama en la presidencia? ¿Esperaba algo así en los Estados Unidos?

No. Lo deseaba pero no lo esperaba. Para nada. Creo que hubo una cantidad de personas que empezó a creer que podía pasar y pasó… No parecía posible… De todos modos, no sabemos si es solamente una anomalía o algo permanente…

Para volver a la literatura, Los crímenes del acordeón es una novela distinta en su literatura. Lo que está en el centro es el tiempo y no el espacio. Es casi una historia de los Estados Unidos en el siglo XX… ¿La pensó de esa forma?

(Piensa un momento). En cierta forma, una forma chiquita, lo que usted dice es absolutamente exacto… Me parece una observación muy perceptiva de su parte. No creo que lo haya notado nadie, además de mí misma.

Si es una historia del último siglo en los Estados Unidos, tiene sentido que muchos relatos queden sin terminar…, todo está inacabado todavía.

Totalmente cierto.

Hay otra razón por la que esa novela es distinta de las demás y es la reflexión sobre el arte. ¿Escribió usted sobre arte en otros libros?

Sí, publiqué una serie de ensayos sobre fotografía y pintores estadounidenses en The Guardian. Mi madre era pintora y siempre me pareció que la vida es más deliciosa si se sabe algo sobre su lado creativo.

Pero en su ficción no es común encontrar personajes con tendencias artísticas, excepto los músicos del Acordeón.

Tiene razón. En esa novela, yo tenía una buena oportunidad para mencionar a los músicos y asociarlos con el instrumento. Era muy natural hacerlo.

¿Cree que el arte es una forma de explorar la historia, la geografía, la identidad, la violencia…?

Creo que sí, si se cuenta a la literatura como una de las artes…

Contémosla.

(Se ríe). Gracias. Estoy pensando que se puede hacer mucho, y sin demasiado ruido, cuando se usa la narración de historias para hablar de cosas que son incómodas para la gente. Muchos temas de Los crímenes del acordeón son desagradables para los estadounidenses, no quieren hablar de ellos, pero si los leen en una historia, para ellos es más fácil cambiar de punto de vista.

¿Lo que me está diciendo es que usted trata de hablar oblicuamente sobre temas que otros se niegan a discutir para que, así, se vuelvan más aceptables?

Mmm, sí, en cierto modo. Pero quiero aclarar que ése no es mi principal objetivo… Es algo secundario… y muy difícil de describir para mí porque nunca me puse a pensarlo…

Claro, pero está ahí. Por ejemplo en Brokeback Mountain, cuando se habla de la discriminación contra los vaqueros… A propósito, ¿qué siente usted con respecto a la forma en que el cine trata sus historias?

Al principio, me intrigaba lo que podía pasar con una historia que había salido de mi cabeza en otro medio, con el trabajo de otra gente. Me interesaba pero tampoco me hice ilusiones… Con Atando cabos, lo que pasa es que convertir una novela en una película es un proceso destructivo…, se corta y se aprieta y se reduce y lo que queda al final no siempre es hermoso. Pero la cosa es al revés cuando se trabaja con un cuento como Brokeback Mountain. Ahí se pudieron poner escenas nuevas y los guionistas no estuvieron restringidos a la corta extensión del cuento, pudieron ser muy creativos… Y creo que lo hicieron.

Mi última pregunta también es sobre la traducción. Pregunto porque soy traductora de novelas. Aquí, en Argentina, mucha gente lee sus libros en versiones traducidas. ¿Qué siente usted al respecto?

(Piensa). Bueno… Hay un viejo dicho que dice que siempre se pierde algo en la traducción… Yo hago esto: a veces leo un libro primero en la traducción al inglés, después lo consigo en el original, abro los dos libros y los leo uno junto al otro… Lleva mucho tiempo…

Sí, y es un proceso cruel para los traductores. Porque se ve el esfuerzo pero también todo lo que no se pudo resolver…

(Se ríe). Yo creo que mi escritura es complicada para los traductores: hay muchas expresiones populares que son difíciles de entender hasta para la gente de este país. Los que viven en las ciudades no saben lo que significan… Por eso siempre me gusta que los traductores me hagan preguntas.

Michael Cunningham: la novela es política

Michael Cunningham contestó mis preguntas en una corta charla telefónica. El ganador del Pulitzer dijo tanto que sería una lástima no darle la palabra inmediatamente. Baste con decir que habla en un inglés de oraciones muy largas y cuidadas, piensa mucho antes de contestar y no pierde jamás el hilo. Cuando habla, es un gran escritor: dice exactamente lo que quiere decir y sabe lo que está diciendo.

P: En la recién estrenada Pasión al atardecer, usted escribió el guión sobre la novela de Susan Minot. ¿Fue difícil adaptarla? ¿Le gustó la adaptación que se hizo de la suya, Las Horas?

Ver la historia de uno en cine es una sensación muy rara pero estoy muy satisfecho con la película sobre Las Horas: era muy buena pero además, cuando vendí el libro, pensé que harían algo muy diferente. Hubo gente realmente talentosa en el proyecto, entre otros, el guionista David Hare. En cuanto a Pasión al atardecer, hablé con Susan antes de hacerlo. Ya había leído el libro y sabía que tendría que hacer grandes cambios así que le dije: Si te molesta, lo dejo. Pero Susan estaba de acuerdo. Claro que vas a cambiar la historia, me dijo, es lo que pasa cuando se adapta un libro.

P: En esa película y en sus libros, hay una oposición entre personajes tradicionales y personajes rebeldes… ¿Le interesa especialmente ese tema?

Me interesa casi todo pero sí, me interesan mucho las mujeres. Y también la tradición y la ausencia de tradición. Nunca hubo cambios tan vastos como los de nuestro tiempo. A veces, siento que el mundo cambia con demasiada rapidez como para captarlo en una novela. Para cuando la termino, el libro parece ambientado en el mundo de tres años antes, un mundo muerto, antiguo.

P: En el guión y en sus libros, es evidente que usted aplaude el camino de la rebeldía…

En los Estados Unidos hay vastos bastiones de privilegio. Como los ricos de cualquier país, aunque se trata de una parte muy chica de la población, la clase alta tiene un poder enorme aquí… Son las familias que, en su peor faceta, engendraron a G. W. Bush. Dado que los ricos hicieron a este país como es y dado que este país es como es, naturalmente estoy a favor de los jóvenes y los pobres.

P: Umberto Eco dijo que un libro elige a sus lectores en las primeras cien páginas. ¿Es así con los suyos?

No conocía la cita. Me parece muy buena. Los libros encuentran su camino hacia ciertos lectores, sí. Cuando le mostré el manuscrito de Las horas, mi editor fue pesimista. Las editoriales de mi país, incluso las buenas, son cada vez más sensibles al mercado. Un grupo de mujeres muy deprimidas, una que lleva una piedra en el bolsillo…: no parecía que eso pudiera atraer a muchos lectores. Después, salió la novela y yo hice viajes de promoción. Son agotadores y humillantes pero dan al escritor la posibilidad de conocer a los que lo leen, de ver que no son abstracciones ni números de ventas. Y yo descubrí que mis lectores son muy variados y casi siempre inteligentes. Por eso es mejor ser novelista que estrella de cine… Hay muchos idiotas que quieren conocer a una estrella de cine; solamente lectores quieren conocer a un novelista.

P: ¿Pero qué tipo de lectores piden sus libros? ¿La persona que lee Las Horas necesita conocer La señora Dalloway de Woolf?

Decididamente no. Me esforcé para que el libro no exigiera lecturas previas, para que se defendiera solo. Una de las grandes satisfacciones que me dio el éxito de Las Horas fue que la gente empezó a leer La señora Dalloway. Después de mi novela, Dalloway se vendió como best seller en mi país.

P: ¿Cómo es su rutina de escritura?

Tengo una vida regular y muy poco glamorosa. Me levanto, voy caminando hasta mi estudio y escribo ahí seis o siete horas. La tecnología no me atrae pero amo la computadora. Amo esa sensación de que las palabras que escribo tienen una especie de vida intermedia en la pantalla: letras hechas con luz que existen pero no existen, fantasmas de palabras que todavía no están vivas del todo.

P: ¿Le parece que el inglés cambió con la globalización? Me refiero a las influencias de otros idiomas.

Es un inglés diferente, sí. Espero que la lectura de escritores que tienen un inglés de otro ritmo cambie la escritura de Inglaterra y Estados Unidos. Hay una cadencia en el inglés de la India que no es ni británica ni estadounidense. A mí eso me influenció mucho. Una de las cosas más maravillosas del florecimiento de escritores en la India es que ahora es posible leer en el original a alguien de un país profundamente ajeno… Yo quiero abrirme a la influencia de todo. La música…

P: Justamente iba a preguntarle sobre la influencia de otras artes en su obra. La musicalidad es evidente en Las Horas.

Gracias. La música me importa tanto como la literatura. Cuando tenía quince años, yo era más Hendrix que Stendhal. No planifiqué mis libros como musicales pero cuando trabajo en uno, me atrae cierta música y la escucho casi todos los días. Y espero que, de alguna forma, los ritmos de esa música entren en mi prosa. Es casi como si hubiera una música especial para cada una de mis novelas.

P: Usted dijo una vez que escribir es un acto optimista. ¿Escribiría un libro totalmente negativo?

No, nunca. Pero me refería a algo más básico: la escritura de una novela, con el tremendo esfuerzo que implica, es por definición un acto de optimismo. No importa si el contenido es oscuro. Escribir una novela implica siempre creer que hay lectores ahí afuera y que el mundo va a sobrevivir lo suficiente como para recibirla. Es evidente que no es el acto de una persona desesperada. Sé que hay escritores amargos que odiarían que se los acusara de optimismo pero…, que lo enfrenten: es verdad.

P: ¿Cree usted que la literatura puede cambiar el mundo? Por ejemplo, abrir a la sociedad a la idea de nuevos tipos de familias, como las que aparecen en su obra.

Creo que una de las razones por las que seguimos necesitando la literatura es que es el único medio capaz de hacernos entender lo que es ser alguien diferente de nosotros. Hay mucho que decir a favor de las películas pero no hay nada como una novela para hacer que uno se meta en la mente y el corazón de otra persona. Por eso, sean o no abiertamente políticas, las novelas son armas políticas muy poderosas. Informar a alguien qué es ser otra persona es un acto político poderoso: después de eso, es mucho más difícil meter a otro en un tren y despacharlo a un campo de concentración…

P: En muchos casos, usted trabaja con más de una historia. ¿Es una decisión política, ideológica, estética?

Nuestro mundo es enorme. Yo ya no creo en esa idea del siglo XIX según la cual una única familia o aldea eran metáfora suficiente… Hoy, no bastarían cien historias en una novela. Trato de meter tantas como puedo sin que el libro se derrumbe bajo el peso de ese equipaje y sí, me atraen las narraciones con más de una historia: en el guión de Pasión iba a haber cinco pero decidí que no. Un bote tiene la capacidad de llevar cierta cantidad de pasajeros.

P: Usted dijo una vez que era el primer escritor gay ganador del Pulitzer… ¿Hay una relación directa entre su identidad sexual y su escritura?

Soy la primera persona abiertamente gay que gana el Pulitzer en literatura. Eso me honra pero, cuando el diario español lo puso como título de la nota, estaban sacando de contexto mis palabras. Yo creo que todo en un escritor importa hasta cierto punto y que, hasta cierto punto, nada importa. Yo soy hombre y blanco y estadounidense. Cada una de esas identidades me da acceso a cierta información que solamente aparece así frente a una persona como yo; otros la verían de otra forma. Así que sí, esas identidades me sirven para escribir pero espero ser más que eso.

P: ¿Siempre le interesaron los escritores como Woolf y Walt Whitman?

Me interesan los grandes artistas pero Woolf y Whitman son especiales para mí. Es casi como… como sentir que necesitaba escribir una o dos novelas sobre mi madre y mi padre antes de seguir adelante. Woolf y Whitman son mis padres extraños. Yo soy su hijo adoptivo.

Joyce Carol Oates: la literatura significativa es política

La entrevista se hizo por correo electrónico: sin gestos ni tonos ni silencios. Solo palabras. Y las palabras son el oficio de Joyce Carol Oates: se nota en las respuestas concisas, “pensadas”. En la literatura de Oates, cada historia tiene su propio método narrativo. Nada más distinto que Agua negra y Blonde; en ambas, las voces hacen lo que las dos historias requieren. Estas respuestas son así también: dicen lo que quieren decir de la mejor manera posible.

Usted utiliza técnicas narrativas diferentes para cada uno de sus libros. Esas diferencias en el tratamiento del tiempo, el suspenso, las voces, ¿son evidentes para usted desde el comienzo de la escritura? ¿Cuáles son sus puntos de partida?

Mi escritura es un desafío para mí desde dos perspectivas: el “contenido” de la historia —lo que trata la historia (literalmente)— y la “forma” de la historia —cómo se la presenta a los lectores, párrafo por párrafo—. Aunque a mí me acosan las imágenes y los sueños diurnos, soy una “formalista”, siempre fascinada por las formas de la literatura, las posibilidades del discurso narrativo. Me gusta mucho contar historias de distintas formas, formas relevantes para los temas que exploro. Mis puntos de partida son por lo menos dos: los personajes y la “forma” (incluyendo el habla que corresponde a cada personaje).

¿Usted sabe dónde va la historia desde que empieza a escribir o la va descubriendo más tarde?

Los novelistas tienen que tener una idea general —tan específica como sea posible—antes de sentarse a escribir. Es igual que un explorador que necesita una idea de sus metas y el (probable) sentido de su aventura. Yo no empezaría a escribir una novela larga sin saber la escena final y las últimas palabras. Para mí, lanzarse de esa forma sería una locura fatal. Mis novelas están muy cuidadosamente planeadas, hago esquemas de escenas y borradores de capítulos antes de empezar. Es equivalente a la “preproducción” de una película: el tiempo de filmación es muy corto comparado con el de la preproducción, que lleva meses, hasta años. Pero el argumento siempre evoluciona, sufre cambios significativos cuando escribo. En general, me pasa que no necesito algún capítulo final que pensé que iba a necesitar. En el caso de La hija de sepulturero, me di cuenta de que la historia de Rebecca había terminado y de que solo me quedaba el intercambio de cartas entre ella y su prima “perdida”. Aunque soy autora de esas cartas, nunca dejan de hacerme llorar… Es muy raro: tal vez porque Rebecca está basada en mi abuela paterna, me conmueve enormemente ese intercambio tan tardío entre las dos primas.

En todas sus novelas, la Historia es una fuerza esencial. ¿Le parece que el siglo XXI trajo cambios en su manera de pensar esa fuerza?

En sus sentidos más amplios y más específicos, quizá la Historia es el tema subyacente de todas mis novelas. Me refiero a la intersección entre el individuo y la “Historia”; como en Blonde, donde la icónica Marilyn Monroe se ve arrastrada por la paranoia política de la década de 1950, un tiempo horrible en la historia de los EEUU, con persecuciones a los ciudadanos por parte de los “anticomunistas” como el Senador McCarthy en el poder. Y no creo que haya un cambio evidente entre el siglo XX y el XXI. Mis estudiantes de Princeton no soy muy diferentes de los que tenía en la misma universidad hace una o dos generaciones. Desde la maravillosa, mágica elección de Obama a nuestra peligrosa presidencia, hay una nueva sensación de apertura y esperanza, de optimismo y posibilidades en muchos estudiantes de distintos orígenes étnicos… Otros, en cambio, no han cambiado mucho, tal vez nada.

Cierta crítica tiende a considerar que la literatura política tiene menos valor que la “no política”. Yo leo sus libros como muy políticos. ¿Cree que hay relación entre los libros y lo que está fuera de ellos?

A mí me parece que las novelas políticas —las de Stendhal, Flaubert, George Eliot, Joseph Conrad, Tolstoi— son las obras de ficción más grandes. La mayoría de mis novelas tiene un significado político —la intersección del individuo con la sociedad a gran escala, como dije— y ése es el único tipo de literatura política que creo significativa. Las obras políticas de Shakespeare son tragedias primero y en segundo lugar, son políticas, pero lo “político” es esencial para su profundidad, su significación permanente. En cuanto a la relación entre los libros y el “mundo exterior”, es íntima. Como dijo Stendhal en una famosa cita: una novela es una especie de “espejo” que se mueve por un camino; yo agregaría, como hubiera dicho Virginia Woolf, que también tiene que aparecer el “mundo interior”.

¿Hay alguna diferencia entre sus novelas con personajes “históricos” y las que tienen como protagonistas “personas comunes”, como La hija del sepulturero?

La distinción entre esos dos tipos de novela me parece temática: en uno, está la imagen pública (muchas veces abusada, malentendida, vilipendiada), la de Marilyn, que fue la persona pública de Norma Jeane Baker, y en el otro, lo que parece solo privado e individual. Pero en realidad Norma Jeane Baker era una “persona común” y también Kelly Kelleher (la secretaria de Robert Kennedy) en Agua Negra, víctima de su idealismo naive y su encaprichamiento con el poder.

El dinero es factor esencial en sus libros, una “institución” a partir de la cual su ficción estudia las clases, el género, la edad, la raza, la cultura. ¿Eso es algo consciente de su parte? ¿O aparece porque el dinero es un factor fundamental en la vida estadounidense?

Como crecí en una granja muy chica y mi padre fue de la “clase obrera” toda su vida, soy totalmente consciente de los límites económicos de nuestras vidas. Nuestra crisis económica actual en los EEUU, bueno, si hay una segunda Depresión, nos va a partir la vida en dos. El “dinero” es un intercambio de mucho más que un valor monetario práctico. Lleva consigo una definición espiritual muy poderosa. Una persona “es” lo que puede pagar con su dinero.

En muchas de sus novelas, las mujeres están sentenciadas al silencio. Encuentro paradójico y bello que libros como La hija expresen el poder de ese silencio a través de las palabras.

En realidad, los personajes femeninos de mis novelas —Rebecca en La hija, por ejemplo— no están en silencio: eligen con infinita precaución su lenguaje para poder sobrevivir y prosperar.

A veces, la voz narradora de sus libros mira a través de ojos masculinos. ¿Cómo construye esas voces? ¿Pregunta a los hombres, lee libros escritos por hombres?

No, no, yo me siento totalmente cómoda con las voces de los hombres. Crecí muy cerca de mi padre y mi abuelo, tuve un hermano menor maravilloso, hace 48 años que estoy casada con mi “mejor amigo”; los hombres nunca me parecieron extraños o distantes, mucho menos “otros”. Es difícil crear una voz masculina singular y conmovedora pero es igualmente difícil crear una femenina.

El éxito parece el centro de la cultura masculina blanca en los EEUU y usted es muy irónica con respecto a él. En La hija, el éxito es un concepto muy complejo…

El éxito suele ser una quimera. La persona que “tiene éxito” generalmente lo consigue cuando ya pasó su mejor época, cuando está agotada y sola, aislada. Son, sobre todo, las vidas anteriores al éxito las que están llenas de promesa, significado, empuje y fervor. Y cuando se logran las metas ostensibles, a veces hay un vacío, un agotamiento espiritual. Lo único que importa realmente en las vidas individuales —a diferencia de lo que pasa en la “vida” literaria— son las relaciones humanas, tan trágicamente vulnerables.

La primera parte de La hija es un estudio sobre la alienación. Después de la globalización, se ven imágenes casi nostálgicas de las fábricas. Su novela parece poner las cosas en su lugar: describe a las fábricas de los años 50 como un infierno.

¡Por favor! Las fábricas no son objetos de “nostalgia” para quienes trabajaron en ellas. Mi padre, Frederic, trabajó en una fábrica durante 40 años. Le pagaban bien porque estaba en un sindicato y había hecho buenos amigos en el trabajo pero lo único que sintió cuando se jubiló fue alivio. Entró en la Universidad de Búfalo y estudió unos 20 años, los más felices de su vida. Nadie describió la alienación del trabajador en una sociedad capitalista con mayor claridad que Marx. Y las observaciones de Marx sobre religión (“la religión es el opio de los pueblos”) también son dolorosamente relevantes para los EEUU del presente.

El hecho de que Jacob, en La hija, se convierta en un asesino parece un comentario sobre la capacidad de crueldad que tienen las personas (o pueblos) heridos por la Historia. ¿Por eso, el Holocausto como tema secundario?

El tema me toca de cerca porque es sobre mi abuela Blanche Morgenstern y sus desdichados padres… Ella fue la “hija del sepulturero” y su padre murió como muere Jacob en la novela, o casi: se suicidó con una pistola. Mi novela evoca al Holocausto a la distancia, sí… Pero hubo “holocaustos” más chicos en las vidas personales de ese tiempo de nuestra historia, especialmente para los judíos inmigrantes que no tenían comunidad en la que insertarse, y vivían dentro de una cultura antisemita.

Jacob juega con su hija a no verla. De pronto, el juego se convierte en pesadilla para ella. La historia de Rebecca, ¿es como la de las mujeres del siglo XX, que consiguieron obligar a los hombres a verlas?

Sí, claro, esa es una preocupación feminista… Pero el juego de “no ver” en el cementerio es un emblema de todos los juegos de los niños —el padre lo sabe todo; el hijo está inerme, no sabe defenderse—, y sin embargo, hay cierto amor poderoso ahí… Rebecca siempre se acuerda de ese tipo de ternura torpe que tenía su padre antes de que su personalidad quedara envuelta en las presiones de su “nueva” vida.

Hay una contradicción entre la inocencia de Rebecca y su clara conciencia de los hombres. ¿Eso es un comentario sobre los mandatos de la sociedad y sobre la forma en que las mujeres consiguen sobrevivir con ellos?

Rebecca es inocente cuando es una nena pero astuta y manipuladora como mujer joven y madre/esposa. Necesita controlarse a sí misma y a los demás. Cuando se presenta como la encantadora Hazel, está controlando completamente las interpretaciones que los otros hacen de ella y por lo tanto, también el comportamiento de esas personas hacia ella.

¿Qué puede usted agregar sobre el diccionario que gana Rebecca en la escuela? Es un símbolo tan profundo y ambiguo…

¡El diccionario es el que yo me gané en mi escuela de campo a los diez años! Fue un regalo maravilloso para mí… en ese momento, no me di cuenta de lo importante que era… A diferencia de los padres de Rebecca, mis padres estaban muy orgullosos de mí por ese premio en el concurso de ortografía. A diferencia de Rebecca, yo tuve padres que me alentaron, me amaron y me apoyaron infinitamente.

El libro usa la “anagnorisis”, el “reconocimiento” de las tragedias griegas. ¿Planificó usted La hija como una moderna tragedia griega? ¿O se trata de un comentario sobre la herencia, el peso del pasado?

Yo había imaginado la novela como un trabajo formal, no una tragedia, tal vez porque no hay un desarrollo trágico per se. Pero me fascina el “ritual” en nuestras vidas, la súbita iluminación de un sentido a partir de una experiencia aparentemente común. Finalmente, Rebecca obliga a su elusiva prima Freyda a reconocerla… Ése es su triunfo: el libro nos lleva a creer que las primas, separadas durante tanto tiempo, van a conocerse por fin.

En la novela, la música y las palabras son armas contra el silencio. ¿Usted cree que se logra comunicación en la novela?

La música es muy importante en esta novela, claro. Pero no es lo central. Rebecca/Hazel quiere a su segundo esposo pero no puede confiar en él. En cambio, sí confía en su prima Freyda. Así, estuvo sola durante gran parte de su vida pero ya no lo está al final. Eso es comunicación. Yo creo en el poder de la transformación…, es una posibilidad viva en nuestras vidas. No me atrae describir vidas de individuos que son víctimas incapaces de defenderse… Mis personajes “víctimas” se perciben como al principio de un viaje que, aunque arduo, los va a llevar a la transformación. Y eso es así tanto entre los hombres como entre las mujeres. Yo me siento tan cerca de Skyler Rampike (el protagonista de Mi hermana, mi amor, publicada en 2007 en los EEUU), un chico que deja la escuela a los diecinueve, como de Rebecca, de Kelly Kelleher o de Norma Jeane Baker.

José Saramago: “Atención, este libro lleva una persona adentro”

Para el que lo leyó, oírlo hablar es un descubrimiento porque habla como escribe: las mismas oraciones enrevesadas, digresivas, y sin embargo, completamente coherentes, la misma inteligencia lúcida y atenta, la misma atención obsesiva hacia todo lo que dice, el mismo ritmo pausado que después de un rato se vuelve agotador. El mismo entusiasmo de un chico, el mismo escepticismo de un sabio que conmueven en Memorial del convento y El Evangelio según Jesucristo.

1- Historia y literatura

Me gustaría que me hablara un poco de las relaciones entre la historia y la literatura.

La historia es una de mis preocupaciones, tal vez la principal. A veces me pregunto si no soy un historiador que no llegó a ser. La historia se me presenta como algo inacabado, algo que dice apenas una parte de lo que ocurrió, y esa sensación de cosa incompleta — pero no conscientemente, el trabajo es por dentro, las cosas se nos plantean como consecuencia de una reflexión muy atenta pero no lo son, son un punto de llegada de muchas reflexiones que se van dando y en un momento, tenemos algo que decir que no se dicho antes— me ha llevado a decir una vez que quiero “corregir la historia”, tal vez eso no sea exacto pero sí quiero rescatar algo de lo que quedó afuera. A mí me preocupa mucho el punto de vista, dónde está uno cuando mira algo, y la historia oficial que nos enseñan no es más que una selección de hechos organizados coherentemente aunque nos la presentan como una fatalidad, como algo que ocurrió porque no podría haber ocurrido otra cosa. Esa historia deja mucho afuera: la historia escrita por las mujeres, los vencidos, los indios, los pobres, todos los que no tienen lugar en la historia oficial o cuando lo tienen, son un decorado. A la hora de escribir una novela, yo tengo esa necesidad, a veces obsesiva, de buscar lo que no ha sido dicho y a veces lo que no ha sido dicho va en contra o ilumina de otro modo lo que sí se dijo.

¿Hay diferencias entre literatura e historia?

No muchas, en el fondo. El historiador se comporta como un novelista: elige lo que le parece bien para contar una historia, la organiza todo para que tenga una coherencia, para que parezca que tenía que ocurrir así. El novelista sabe que hay más historias que pudo introducir y que se reserva para otro momento. El historiador no lo acepta, aunque a veces cambia porque descubre un documento nuevo o porque cambia el poder (y eso es suficiente para que la historia cambie) pero fuera de eso, la manera de hacer las cosas no es muy distinta. Después de la nouvelle histoire, afortunadamente, el aire fresco y nuevo de la historia tuvo mucha influencia en algunos escritores, sobre todo en circunstancias como las nuestras, después de una dictadura de cincuenta años, en que tuvimos la necesidad de mirar atrás para buscar nuestras raíces.

2. La frase y el ritmo

Su manera de frasear, como una ameba que deriva hacia todos lados, que se abre siempre, ¿de dónde sale?

Yo necesito escribir como si tocara música, con algo que se expande... Mire, a la hora de escribirla la música parece lineal, una nota detrás de la otra, pero a la hora de hacerla sonar, se expande, no nos llega en línea recta. Eso es lo que pasa con mi discurso narrativo: es expansivo, envolvente.

Hablar es como hacer música en el sentido más obvio: hablamos con sonidos y con pausas y la música se hace con sonidos y con pausas. En la Novena de Beethoven, en el último movimiento, cuando los violoncellos y los contrabajos anuncian el tema que se va a cantar, la música se vuelve palabra. En esa parte, la música está hablando. Y cuando escribo, a veces, me doy cuenta de que ya dije todo lo que tenía que decir en la frase y que sin embargo, tengo que agregar dos o tres palabras más porque el tiempo musical quedó inconcluso. Y las agrego.

¿Entonces usted cree que sus textos se leen mejor en voz alta?

Ah, eso es interesante por algo que me pasó. Voy a decirle en qué condiciones nació eso que se llama “mi estilo”. Nació en una novela llamada Alzado del suelo. Cuando yo me quedé en paro en el año 75 por razones políticas —yo dirigía un periódico que estaba con la revolución y suspendieron a toda la dirección—, tuve que tomar la decisión más importante de mi vida: decidí no trabajar y escribir solamente y eso fue lo que hice. En el 76, me fui a una región del sur de Portugal, una región de latifundios y me quedé ahí dos meses porque quería escribir una novela sobre los campesinos —yo nací en una familia de campesinos sin tierra que después fueron a Lisboa y tenía necesidad de resolver esa especie de asignatura pendiente—. Hablé con la gente, comí con ellos, viví con ellos, casi dormí con ellos y tenía la historia muy clara en la cabeza. Pero cuando volví a Lisboa a escribir, me di cuenta de que tenía el qué de la historia pero no encontraba el cómo. El modo propio del tema hubiera sido el neorrealismo pero yo sentía que no quería contar esa historia así; no sabía por qué pero algo en mí rechazaba la idea de escribir ese tipo de libro. Después de tres años de pensarlo, me senté a escribir. Iba más o menos por la página veinte y sin saber por qué empecé a escribir como escribo ahora. Fue una especie de milagro porque no lo preparé, nunca me lo planteé.

Creo que si hubiera estado escribiendo una novela urbana, con gente de ciudad, no habría pasado. Le explico por qué: yo tengo muy claro que el discurso oral es mucho más creativo que el escrito. A la hora de decir algo, todos lo decimos. La verdad es que hablando, todos somos creadores, y en cambio no todos pueden serlo escribiendo. Lo que pasó esa vez fue que yo escribí con los personajes en el oído porque los había escuchado; tenía no sólo la palabra, sino la música que la acompañaba. Y era como si estuviera devolviéndoles lo que me habían dicho, tamizado por mi propia sensibilidad, por lo que yo me imagino que sé —conciencia política, conocimiento cultural y demás—. Yo me veía a mí mismo narrando sus propias vidas a esa asamblea de campesinos, narrándolas oralmente, y eso me impuso ese discurso que no acaba más.

Y ahora viene la anédota: le di la novela a un amigo mío. A los pocos días, me llama y me dice “no entiendo, leo una página y a la tercera me pierdo, ¿qué pasa?”, y yo le dije: “te sugiero que leas en voz alta”. Al día siguiente, me dijo “ahora sí entiendo todo”. Mi lector, aunque no ande por el pasillo leyendo en voz alta y molestando a la familia, tiene que oír la voz de la narración en su cabeza.

Es decir que usted quiere hacer algo así como lenguaje “hablado escrito”.

Sí, exactamente. No estoy hablando de transcripción de la palabra oral porque eso es un desastre. Hablo de lenguaje “hablado, pero escrito”: si uno quiere reproducir la palabra dicha, lo que tiene que hacer es pasar al lenguaje escrito los mecanismos del lenguaje oral. Las digresiones, por ejemplo. Por eso, cuando escribo, yo sé que tengo que ir de Buenos Aires a Córdoba pero no sé por dónde voy a ir. Tal vez vaya hasta Montevideo o Lago Argentino y después vuelva pero sé que voy a llegar.

3-El narrador y el autor

Sus libros plantean un problema con respecto a la voz que cuenta, al narrador. ¿Podría definir a ese narrador?

Sé que es un problema, una dificultad. Si yo pudiera eliminarlo totalmente, lo haría, pero a veces me lo señalan y no tengo más remedio que reconocerlo. Siempre digo que el narrador es un personaje más en una historia que no es la suya y aunque les moleste a los universitarios y me lo discutan, para mí la voz más importante en mis novelas es la del autor. El autor no tiene más remedio que poner de vez en cuando algo reconocible, detectable, llamado narrador, pero yo quisiera que no estuviera ahí. Es más, si pudiera, pondría en mis novelas una faja que dijera: Atención, este libro lleva una persona adentro. Y esa persona es el autor. Insisto, yo defiendo al autor, creo que existe una entidad llamada autor. No estoy hablando de confesiones, por supuesto: el autor no debe aprovechar el hecho de que escribe para confesarse, pero sé que toda novela, todo gesto, todo lo que hacemos es autobiográfico en el fondo.

¿Y los comentarios que hace la voz narradora, por ejemplo, en El Evangelio?

No se trata de un narrador: es el autor. El autor cuando escribe, reflexiona sobre lo que hace. No se sirve de una entidad interpuesta llamada narrador para hacer sus comentarios. Por lo menos en mi caso no. Soy yo, que me interrumpo para comentar desde mi propio punto de vista. Yo jamás diré que estoy fuera de la historia, ah, no, yo lo digo todo. Pensàndolo bien, quizás no escriba novelas: quizás lo que yo hago sean ensayos con personajes.

4-Portugal

¿Qué lugar tiene Portugal en sus textos?

Todo lo que escribo está empapado de Portugal. Como escritor y como hombre, soy un hombre que conoce muy bien sus propios límites. Mis temas, mis intereses están limitados a un espacio dado. Dentro de esos límites, el trabajo es ahondar, trabajar en profundidad, no ampliarse. Y ese espacio es Portugal porque ahí nací y eso es lo mío. Existe el riesgo — obviamente hoy me doy cuenta de que no es tan grande como yo creía— de quedar un poco local como autor, de no interesar fuera del país, pero me doy cuenta que cuanto más local es uno, más universal es. Voy a dar el ejemplo de alguien que es muy pero muy local y que también es universal: Dostoievsky. Temas totalmente rusos, totalmente de Dostoievsky incluso, se han vuelto temas de importancia universal. No quiero compararme con Dostoievsky, pero sí decir que esa cualidad de local me da una cierta seguridad en mí mismo que no es pedantería y que depende directamente de la conciencia que tengo de mis límites.

¿Y usted opone esa actitud suya de trabajar para abajo, en profundidad, a la de los políticos de su país, que alguna vez definió de superficiales?

Sí, pero no hay que criticar mucho porque no estamos haciendo nada más que ir por donde va el mundo: hacia la superficialidad, la falta de solidaridad, el egoísmo personal, esa especie de histeria consumista (la entrevisa se hizo en la década de 1990). Lo peor de todo y lo que más me preocupa es que Portugal no tiene una idea de su propio futuro. No se puede separar lo que se es de lo que se hace. Y no sabemos qué vamos a hacer en el marco de la Comunidad Europea, cuál es nuestro rol en la división del trabajo. Estamos convirtiendo a los ciudadanos en consumidores, en clientes, y eso es algo trágico. En un país fuerte, como Alemania o Francia, se pueden encontrar modos de conciliar ese espíritu o falta de espíritu que lleva de un ciudadano a un consumidor pero no en países débiles como el mío. Y hay regiones que en Portugal son de gente pobre, triste, vieja, melancólica, gente que perdió la ilusión que les había dado la reforma agraria de la revolución. Yo he dicho a un reportaje a El País que para mí Portugal es un país muerto. Hubo escándalo por eso pero hay que poner la frase en contexto. Supongamos que no está muerto: ¿para qué sirve un país que depende de todos y de todo, que no tiene una idea propia de futuro, esto dicho sin nacionalismo? Vivir así es una especie de muerte en vida. Con 20 millones de parados, los hombres están al servicio de la economía y no al revés, como debería ser. Yo lo siento un poco menos porque vivo en las Canarias pero sigo sintiéndolo, claro está, uno nunca está afuera del todo.

5-Planes y proyectos

En este momento, está saliendo en Portugal un libro que se llama Cuadernos de Lanzarote I. Es un diario, género que no pensaba escribir jamás. En realidad, son reflexiones sobre lo que ocurre, sin confesionalismos porque yo no soy de ese tipo, aunque por otra parte, lo confieso todo y un lector atento, me encuentra enseguida en mis libros. Además, estoy escribiendo una novela (más bien la estoy interrumpiendo) que se llama Ensayo sobre la ceguera. Es curioso porque justo estoy leyendo algo de Sábato. Tengo que aclarar que no es un ensayo sino una novela. Eso pasa mucho con mis títulos, confunden: no parecen títulos de novelas. Se trata de un libro muy pesimista. Lo que quiero mostrar en él —espero terminarlo para fines de verano— es algo que para mí se hace cada vez más claro con el tiempo: que estamos ciegos, que todos estamos ciegos...

Reinventar el idioma del enemigo: escritores amerindios contemporáneos en los Estados Unidos

Albuquerque tiene la magia de esos lugares que fueron y siguen siendo remolinos de la Historia. Lugares en los que se mezclan, chocan y crecen idiomas diferentes y diferentes maneras de ver el mundo y de moverse en él. Si uno camina por las calles de esa ciudad de casas bajas (está prohibido construir hacia arriba para no tapar la vista de las montañas hacia el este), ahí están todos: amerindios, chicanos, mexicanos y estadounidenses. Tiene sentido: Nuevo México empezó siendo territorio indio y todavía lo es; después fue conquista española; después fue México y después, llegó la invasión de los Estados Unidos.

A un costado de ese remolino, en la Reservación de los isleta pueblo, en uno de los hoteles-casinos de la zona (las tribus pueblo usan el dinero que obtienen para comprar tierras para la comunidad), se llevó a cabo, en marzo de este año, el Simposio de Literatura Amerindia Estadounidense.

No era (no es nunca) un congreso literario típico, seguramente porque las diversas visiones del mundo de estos autores no dividen las disciplinas ni las emociones en compartimentos estancos ni piensan en pares (mal versus bien, ciencia versus arte, etc) como se hace en Occidente. En la reunión de cuatro días, hubo lectura de trabajos, como en cualquier congreso, y también teatro leído, artesanías, cine, una tesis presentada como un programa cómico de televisión, ceremonias, comidas, cantos tradicionales y más…

En ese contexto, hice tres entrevistas para el Archivo de Historia Oral de la Facultad de Filosofía y Letras con tres grandes escritores amerindios estadounidenses: Gordon Henry, LeAnne Howe y Simon Ortiz.

No tienen la misma edad (Henry, que es ojibwe y Howe, choctaw, tienen alrededor de cincuenta; Simon, el gran poeta acoma pueblo, más de sesenta), ni las mismas ideas sobre la literatura aunque sí ciertas actitudes semejantes frente al mundo en general. Gordon y LeAnne hablan el inglés como primera lengua, Simon pasa al acoma cuando toca temas particularmente importantes.

Cuando el tema lo entusiasmaba, Gordon se inclinaba sobre el sillón en el que estábamos charlando, cuarto piso del hotel y hablaba más rápido. LeAnne tiene una compostura firme y apasionada y dice que siempre fue un poco mandona porque en su tribu, la cabeza de la familia es la mujer y hace tiempo que ese papel le toca a ella. Simon habla horas sin cansarse. Busca con cuidado las palabras en inglés, haciendo pausas que yo no consigo respetar. Cuando cuenta ideas de los acomas, se pasa a ese idioma y la voz se le vuelve caricia. Después traduce al inglés.

Les pregunto si el contacto con la vida comunitaria de la Reservación tuvo importancia para ellos; si sintieron mucho la diferencia entre esa forma de vida y la estadounidense.

Gordon usa una anécdota para explicarse: “Una de las experiencias más interesantes que tuve fue cuando aprendí a leer y escribir. Yo entré y salí varias veces de la Reservación pero lo que voy a contar fue fuera. Me dijeron que tenía que leer en voz bien alta para que todos pudieran escucharme. Después volví a la Reservación y leíamos en voz alta en clase y los estudiantes leían en voz muy baja y yo casi no conseguía oírlos. Era muy diferente…”.

LeAnne dice que siempre vivió rodeada de lo que nosotros llamaríamos familia extendida y que eso es esencial para su escritura: “Sin eso, no tendría historias…, sin una familia bien grande, muchas tías, muchos tíos y una abuela que era contadora de cuentos en casa, sin esa familia inquieta, no tendría un baúl grande de historias…, no tendría la memoria larga de los choctaws. No puedo imaginarme sin ese tipo de familia en la que todo el mundo cuenta historias. No es que yo cuente necesariamente las historias de ellos pero fue un entrenamiento y ahora mis nietas y mis nietos…, los oigo repetir los esquemas que yo les instilé cuando contaba nuestras historias”.

Simon Ortiz habla largo rato (casi una hora) sobre su vida de infancia en la Reservación. Cuenta cómo fue ir a las escuelas pupilas a las que obligaron a ir a los chicos amerindios. Dice que si les debe algo a esas escuelas es el panindianismo, la relación que crearon entre miembros de tribus diferentes. Dice que para los amerindios siempre hubo dos educaciones: la de la escuela, impuesta por los blancos, y la tradicional de la tribu. “Los padres se veían frente a un dilema. Podían decir ‘No, no vayas, no tiene sentido, no queremos que tengas contacto con esas malas maneras de vivir (la idea era que la forma de vivir estadounidense era mala). No quiero que vayas porque va a romper la unidad, la integridad, la solidez de la comunidad’. Y es que eso va siempre antes (y aquí me lo dice en acoma primero): la tierra, la cultura y la comunidad. A veces, cuando uno se iba a la escuela, sentía que traicionaba todo eso. Uno estaba aprendiendo individualismo. Si uno tenía buenas notas en la escuela…, yo tenía buenas notas y era bueno para estudiar, pero después sentía ¿por qué tengo buenas notas?”.

Esa experiencia de mestizaje se da también a nivel del lenguaje. Como dicen dos poetas amerindias, Joy Harjo y Gloria Bird, los escritores amerindios “reinventan el idioma del enemigo”, en el caso de estos autores, el inglés. Ortiz me dijo algo realmente interesante al respecto: “tenemos que tener mucha conciencia de lo que hacemos cuando usamos el inglés. Porque el inglés es una… una forma de expresión muy centrada en sí misma. Y cuando lo usamos, tenemos que estar alerta y pensar en nosotros mismos, recordar que venimos de otros lenguajes y otras filosofías. Porque las dos filosofías, las dos culturas se pueden fusionar pero esa colaboración puede ir hacia un lado o hacia el otro... Nosotros, los que tenemos un inglés muy fluido, a veces lo usamos con demasiada facilidad, con demasiada velocidad… Y tenemos que tener cuidado con esa… esa falta de conciencia. Cuando yo uso el inglés, me recuerdo siempre ‘Estás diciendo esto en ingles’”.

Cuando le pregunté a Gordon Henry si estaba de acuerdo con Ortiz, pensó un poco antes de contestar: “Hablábamos de eso con una mujer que habla ojibwe y lo enseña y ella dijo que nuestro idioma está basado en los verbos. Que uno tiene que conectar a la persona con lo que hace mientras que, en inglés, hay un énfasis en la importancia del sujeto, el individuo… Así que sí, en cierto sentido, usar inglés es peligroso pero hay que…, esto lo dijo un estudiante en un panel, hay que ser seguro, olvidarse, dejar de tener miedo del inglés porque si no, uno termina retrocediendo…”

LeAnne aclara que su madre quería que hablaran inglés solamente, como todos en su generación, pero dice que cuando escribe (en inglés), está segura de expresar el mundo choctaw. “Me paso mucho tiempo pensando en eso, espero lograrlo, espero que mi pueblo lea ahí una sensibilidad especial. Y confío en que en ese proceso me guíen mis parientes, mi familia. Yo escribo en la casa que siempre tuvimos y siento en ella la ayuda de mi abuela y mi bisabuela. Creo en los ritmos internos que tienen que estar ahí para mi trabajo”.

Para estos tres autores y para otros grandes autores amerindios (Leslie Silko, por ejemplo, o Louise Erdrich), el lugar y el clan son esenciales. Culturalmente, la escritura y la narración de historias no es una actividad individual: el lugar y la comunidad se expresan en ellas. Los tres lo dicen de distinta manera.

LeAnne cuenta que fue la tierra choctaw la que de alguna forma le exigió que escribiera Miko Kings, su libro sobre el origen del béisbol como juego choctaw. Fue así: le dieron una beca que no había pedido para ir a escribir a Mississippi, el lugar en el que transcurre la novela. “Ese lugar, que es nuestra tierra, me llamó y yo volví a casa y terminé el libro en ese lugar. Cuando la tierra me llamó, estuve ahí. Así es como trabaja la tierra”.

Gordon Henry está de acuerdo. “A veces lo único que tengo que hacer es pensar en un lugar. El lugar donde mi abuela crió a mi padre, por ejemplo. Si pienso en ese lugar, me llegan imágenes y veo cómo se desarrollan las cosas que oí decir a otros de mi pueblo… Lo que nos conecta con la tierra es el recuerdo y esa tierra, una vez que uno empieza a desenrollarla, empieza a trabajar y uno entiende lo que pasó en ella”.

Y Ortiz: “mis abuelos y abuelas que no eran escritores, yo los respeto, los admiro y los reverencio porque yo soy su voz, me reconozco parte de esa continuidad humana…, hay que reconocer el lugar de uno en el círculo de la vida. Así que cuando hablo o cuando escribo, también mis abuelos y abuelas hablan en mí y mi tierra”.

La literatura de Henry, Ortiz y Howe, como la de otros autores amerindios, es absolutamente original y mestiza. Reniega de la división entre el artista como individuo excepcional por un lado y su pueblo o su tierra por otro. En palabras de Simon (las dijo primero en acoma, después en inglés): “Los amerindios son artísticos, eso se dice, y sí, pero yo creo que son artísticos pero solamente como seres naturales. Creo que todo el mundo es artístico como ser natural. Y sin embargo, por esa idea jerárquica occidental, algunos creen que hay quienes son artistas y otros no… Un ejemplo. Mi madre era alfarera. Todas las mujeres hacían alfarería en mi casa y no lo hacían por premios… Recibieron premios, sí, pero mi madre era una persona muy simple. Hacía alfarería porque era algo natural, porque era algo práctico. Como cocinar. Hacía las piezas, las vendía porque podía y era…, era hermoso. Eso solamente, era hermoso el trabajo que ella hacía. Así que el arte es en realidad una parte natural y orgánica de uno. Y así es como debería ser el lenguaje, escrito u oral”.

Así escribe Gordon Henry (ojibwe)

La anciana sueña que está arriba, en el norte, en la reservación. Es otoño. Humo de pinos que cuelga sobre los techos de las casas, hojas que caminan dormidas en el viento gris, árboles esqueléticos que arañan el cielo gris y fantasmal. Está en la vieja choza negra. En casa. Revuelve el guiso en la cocina. El hogar cruje en la otra habitación. Del otro lado de la ventana, él levanta el hacha. Es joven. Ella mira cómo el hacha parte un leño sobre el tocón de un árbol. El se da vuelta y camina hacia la casa. Es viejo. Toma su pipa y aprieta el tabaco. Ella sale a la puerta a encontrarlo. Abre la puerta. Trata de tocarlo. El pasa a través de ella como un escalofrío y entra en una fotografía en la pared.

(De “Durmiendo en lluvia”, cuento. Antología: Earth Power Coming, selección: Simon Ortiz. Navajo University Press, 1984. Traducción: Márgara Averbach)

Así escribe Simon Ortiz (Acoma pueblo)

SOBREVIVIR ASÍ

Sobrevivir, sé cómo hacerlo así.

Así, sé.

Llueve.

Las montañas y los desfiladeros y las plantas

crecen.

Hemos viajado así,

medimos nuestra distancia en historias

y amamos a nuestros hijos.

Les enseñamos

a amar sus nacimientos.

Nos dijimos una y otra vez

y otra, “sobreviviremos

así”

(De Songs from this Earth on Turtle’s Back, selección: Joseph Bruchac, Nueva York: Greenfield Review Press, 1983). Traducción: Márgara Averbach

Así escribe LeAnne Howe (choctaw)

Me vuelvo hacia los cipreses. Miro cómo la luz les pone un sombrero de rojos y amarillos deslumbrantes. El bosque respira con fuerza a mi alrededor. A la hora de la puesta de sol, los azulejos parlotean sobre las copas de los árboles. Personas y cosas que he olvidado corren de vuelta hacia mí. Abuelas que plantan maíz, hacen cuencos de arcilla, cortan caña para tejer canastas, curan cueros, recitan plegarias matinales, cantan canciones de cuna para dormir a los chicos. Ojalá hubiera vivido yo lo suficiente para ver a mis propios nietos pero no está escrito que sea así.

(De Shell Shaker. San Francisco: Aunt Lute Books, 2001). Traducción: Márgara Averbach

Petros Markaris: “La globalización de la economía creó la globalización del crimen”// “Un detective suelto en un país en crisis”2

Petros Markaris es dramaturgo, guionista, traductor y escritor. Conocido sobre todo por la serie de novelas sobre el comisario Kostas Jaritos, nació en 1937, en Turquía, de padre armenio y madre griega. Estos son algunos de sus libros traducidos al castellano: Defensa cerrada, Noticias de la noche, Muerte en Estambul, Suicidio perfecto, El accionista mayoritario y las novelas de la crisis: Pan, educación, libertad, Liquidación final, Con el agua al cuello.

Las novelas policiales de Markaris sobre el comisario Jaritos se han traducido a muchísimos idiomas y esa difusión global forma parte de un renacimiento del género policial a nivel internacional, con autores de distintas nacionalidades, por ejemplo Henning Mankell y Asa Larson. Actualmente, los géneros populares occidentales, sobre todo el policial, se leen y escriben en todo el mundo. Muchas novelas comparten esquemas, reglas y características de género que cruzan nacionalidades, costumbres, tradiciones literarias. Por formación, yo vi mucho de la novela negra estadounidense en los libros de Markaris. En la entrevista, descubrí que eso era un error: cuando le hablé del tema en la entrevista, él me dijo que sus referentes no son los estadounidenses sino los europeos mediterráneos. Eso prueba que lo que reconocemos no son influencias específicas, nombres, sino el género mismo. Es el género el que construye puentes entre culturas.

Y el género y sus puentes se apoyan a su vez en relaciones históricas importantes. La historia de las crisis económicas en Grecia y Argentina explica en gran parte la cercanía inquietante entre Markaris y sus lectores en nuestro país. Leídas desde la experiencia argentina, Con el agua al cuello, Pan, educación, libertad y Liquidación final, las tres últimas novelas traducidas de Markaris, son una lección sobre los efectos de la deuda externa en países de la periferia. En esos libros, el inspector Jaritos se enfrenta a las consecuencias cotidianas de la crisis: desde el tránsito detenido por las marchas de protesta hasta las quitas en los salarios policiales y el deseo de abandonar el país que manifiestan los jóvenes. Esos detalles, constantes en Markaris, suenan absolutamente familiares para los argentinos que sufrieron el período 2001-2002. En esas novelas, los criminales cuestionan la validez de la ley a la que representa el policía porque en esos momentos ni la ley ni el Estado ayudan a los ciudadanos. Esos cuestionamientos tienen razón en parte y por eso, las novelas ya no describen una lucha entre el bien y el mal sino una situación mucho más profunda, mucho más ambigua.

En toda la serie de Jaritos, Markaris relaciona las vidas individuales de sus personajes con la Historia de su país. Sus novelas pueden leerse como una combinación interesantísima de novela enigma y novela histórica. Tal vez por eso, los casos de Jaritos se leen no solo como argumentos policiales clásicos sino sobre todo como metáforas extendidas de la contemporaneidad en la periferia del mundo.

¿Por qué escribir “policiales”? ¿Cómo empezó su “relación” con el inspector Jaritos?

Jaritos vino a mí con su familia completa en un día del verano de 1992. En ese momento, yo escribía guiones para una serie de televisión. Su presencia tuvo tanto impacto en mí que no pude seguir con mi trabajo. Era como si el personaje insistiera en torturarme mentalmente. Un día me dije: si me tortura, tiene que ser un policía o un dentista. Así supe que Jaritos era policía.

¿Cuáles eran las características del personaje cuando apareció? ¿Tenía que ver con lo que usted estaba escribiendo en TV?

Al principio, tuve un problema serio: yo tengo una formación de izquierda. En países como Grecia, que pasaron por muchas dictaduras y una guerra civil, los izquierdistas no tenemos simpatía por la policía. Mi problema era crear un policía que los lectores pudieran apreciar. Lo resolví separando a Jaritos del uniforme. De civil, se parecía mucho a un pequeño burgués, como mi padre. Así conseguí sentirme cerca de él. Y no, no tenía ninguna característica en común con los personajes de la serie de TV.

¿Corrige mucho cuando escribe? ¿Cuál es su proceso de creación?

Es así: escribo los primeros dos capítulos. Cuando termino el segundo, corrijo el primero. Cuando termino el tercero, corrijo el segundo y así hasta el final. Una vez que termino la novela, se la paso a mi editor griego y a mi hija, para que ellos la lean. Reúno todas las observaciones que me hacen y hago una corrección general. Después de eso, no vuelvo a leerla hasta que tengo una sesión con el editor suizo germano para la versión en alemán.

Yo veo mucho de Dashiell Hammett y Raymond Chandler en sus novelas. ¿Quiénes son sus mayores influencias en la serie?

Siempre fui un gran fanático de Hammett y Chandler. Pero la verdad es que los autores de policiales que tuvieron mayor influencia en mí fueron el italiano Leonardo Sciascia y el español Manuel Vásquez Montalbán.

Cuando releí hace poco algunos libros del comienzo de la serie, tuve la sensación de que había un cambio en la personalidad de Kostas Jaritos. ¿Usted está de acuerdo con esa idea? Si es así, ¿por qué el cambio?

Uno conoce a una persona; empieza a tener una amistad con ella. Cuanto más dura esa amistad, tanto más conoce uno al otro. Es la regla principal de las relaciones humanas. Eso es lo que pasó en mi relación con Jaritos. No es que Jaritos haya cambiado. Es que ahora yo lo conozco mejor que al principio.

En sus libros sobre Jaritos, la situación económica, política y social del país pesan enormemente. ¿Por qué? ¿Cree usted que esa es una de las características del género policial o es algo que usted quiso explorar o las dos cosas al mismo tiempo?

No es nada que yo haya inventado. Sciascia y Montalbán hicieron lo mismo. La novela policial nórdica sigue el mismo camino.

Entonces, hablamos de una característica del género.

Yo creo que la novela policial está volviendo a la novela burguesa del siglo XIX. Muchos novelistas de ese siglo —desde Víctor Hugo a Charles Dickens; desde Fedor Dostoievski hasta Emile Zola— toman una historia criminal como punto de partida. Usan la historia del crimen como vehículo para hablar sobre la realidad social. Actualmente, muchos novelistas que escriben policiales hacen lo mismo. Usan la historia del crimen como pretexto para hablar sobre la realidad social, y a veces también sobre la política de sus países.

¿Por qué es tan importante el dinero en sus novelas, sobre todo en las últimas? La globalización de la economía creó la globalización del crimen. El crimen ya no es local; tiene raíces y conexiones en todo el mundo. Hay un gran flujo de dinero que proviene del crimen y pasa a la economía establecida. Eso crea lazos cercanos entre la política y el crimen organizado. Por otra parte, en países como Grecia, que fueron pobres en casi toda su historia, el flujo de dinero de fuentes como los Estados Unidos ha creado un sistema de clientelismo, organizado y dirigido por las clases políticas. Mis novelas se ocupan de los dos aspectos de ese problema.

En las novelas de Jaritos, hay una relación cercana entre vidas individuales e Historia nacional. En ese sentido, ¿no cree que sus libros, sobre todo los últimos tres, son una cruza entre el policial o la literatura detectivesca y la novela histórica?

Es verdad que el pasado está jugando una parte esencial en mis novelas. En la última, que todavía no está traducida al castellano, el pasado es la clave para entender todo. En parte, eso tiene que ver con el hecho de que, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, Grecia pasó por una guerra civil. El trauma de esa guerra está muy presente en Grecia, sobre todo para las generaciones de mayor edad. Mi punto de vista es el siguiente: lo que le está pasando hoy a Grecia tiene raíces en el período posterior a la guerra civil, es decir, en la década de 1950.

En ese mismo sentido, ¿usted cree, como alguna vez dijo Sartre, que los crímenes reflejan el estado de una sociedad? Los crímenes de la serie, ¿están relacionados con crímenes que se dieron en su país? ¿Usted los relaciona con Grecia en particular?

Bueno, piense en los asesinatos que se dan en las novelas escandinavas del género; después piense en los de las novelas mediterráneas y compare. La diferencia se nota inmediatamente y esa diferencia existe porque los hechos suceden en sociedades completamente distintas.

¿Usted escribe con la intención de producir algún tipo de efecto fuera de la literatura? ¿Aceptaría la idea de que sus libros son “literatura política”?

Bueno, como dije antes, uso el género policial para hablar sobre la realidad social y política de mi país. No estoy interesado en escribir novelas de esas que se dedican solamente a responder a la pregunta “¿quién lo hizo?”

Leer sus últimos libros desde Argentina es una experiencia especial porque hay parecidos impresionantes entre la Grecia de los últimos años y la Argentina de 2001-2002. ¿Sabía usted eso? Lo que pasó en mi país, ¿lo influenció en alguna forma?

Conozco el colapso de la economía argentina en 2001 y 2002, sí. Lo conocía cuando escribí las novelas. Pero no los detalles. Y lo cierto es que una crisis económica produce los mismos efectos en todas partes. Tiene sentido que haya semejanzas entre la crisis argentina y la griega. También los hay entre la de España y la de Grecia.

Hábleme un poco de la elección de la primera persona singular como narradora en las novelas de Jaritos.

El narrador de las novelas es Jaritos, nunca el autor. Jaritos cuenta la historia en primera persona y en tiempo presente. El lector tiene la sensación de que pasa por los hechos al mismo tiempo que él, con él. Cada vez que empiezo un nuevo capítulo, me pregunto: ¿Qué va a hacer Jaritos ahora? En ningún momento durante el proceso de escritura, sé más que Jaritos sobre la historia. El resultado de esa manera de plantear las cosas es que, en mis novelas, la narración tiene un carácter más oral que escrito. Eso siempre es un problema para la traducción pero yo tuve la buena suerte de tener buenos traductores. Y la calidad esencial de esa oralidad es el presente. Jaritos habla sobre las personas y las cosas que ve y conoce mientras las ve, mientras las conoce. Lo que da es su primera impresión. Siempre. Y la lengua no es escrita sino oral.

Sus libros hablan de lo injusto del sistema de “Justicia”. En las primeras novelas de Jaritos, por ejemplo Noticias de la noche, hay una visión muy negativa de la Justicia. En las últimas, al contrario, hay alguna esperanza, por lo menos cuando se piensa en ciertas reacciones individuales (por ejemplo, los actos y decisiones de la hija de Jaritos). ¿Hay alguna razón para este cambio?

Sí, especialmente en las novelas sobre la crisis. El cambio tiene que ver con la reacción de los jóvenes. Cuando llegó la crisis, los jóvenes griegos estaban totalmente perdidos. Había por lo menos dos generaciones de griegos jóvenes que crecieron en la creencia absoluta de que “la madre Europa” solucionaría todos sus problemas. Cuando se dieron cuenta de que eso era una ilusión, la situación los devastó. La reacción más común fue abandonar el país y buscar trabajo en otros lugares del mundo. Pero después de los primeros dos años, hubo algún tipo de reacción. Actualmente hay una parte de las generaciones jóvenes que decidió quedarse y pelear. Katerina, la hija de Jaritos y su amiga, Mania, son buenos ejemplos.

¿Cuál es su opinión sobre la capacidad de un individuo para hacer alguna diferencia en una situación crítica como la que sufre Grecia hoy o la que sufrió Argentina en 2001-2?

Luchar es la única opción, pero no es una opción fácil. Depende mucho de la generación. Mi generación creció en la lucha. Perdimos muchas batallas pero seguimos peleando. Por otro lado, éramos muy políticos. Al contrario, muchos hoy en día, sobre todo los jóvenes, desprecian la política. Y ese es su punto débil porque, no importa lo que pensemos de los políticos, la política está íntimamente conectada con nuestra vida cotidiana y nuestra lucha por la supervivencia. No hay resistencia sin una opción política.

CULTURA, LITERATURA, CINE, TELEVISIÓN

Prólogo

Como se dijo en el prólogo general, las notas principales que se piden a los críticos u otros periodistas suelen tener que ver con efemérides, autores que se ponen de moda por alguna razón, escritores que visitan el país o llegan en versiones audiovisuales a la televisión o al cine (las notas sobre Patricia Highsmith, Talima Nasrim, José Saramago y Robbe Grillet que se leen en esta sección son de ese tipo). En otros momentos, es el o la crítica quien ofrece una nota sin ese tipo de anclaje en el día a día: porque le interesa el tema o porque lee una nota de otra persona en el suplemento y quiere iniciar un debate.

Esta sección del libro ofrece algunas notas principales que publiqué en los últimos años. Estas notas centrales suelen ser panorámicas, pensadas como introducción o resumen de ciertos temas u obras, excepto en el caso de los debates. Por ejemplo: la primera nota de este segmento es una introducción a mi visión de la novela estadounidense del siglo XX. La nota es una toma de posición respecto de ideas definitorias sobre la literatura y el canon literario, que en el caso de los Estados Unidos se dedica a autores blancos, anglosajones y protestantes “WASP”, generalmente hombres (no mujeres). La segunda nota, “Literatura estadounidense: lo que hay detrás de una lista de nombres”, es sobre el mismo tema pero forma parte de un debate a raíz de una nota escrita en los Estados Unidos y traducida para el suplemento. La calidad de “debate” se nota en el tono. En el artículo que leí y al que respondo, se describía la literatura contemporánea de ese país sin hacer alusión a ningún nombre no WASP y a ninguna mujer y se afirmaba que se estaba describiendo “la literatura estadounidense”. La tercera nota también discute la idea de “canon”. Soy consciente de que estoy incluyendo en esta selección no una sino tres notas sobre canon pero eso tiene sentido si se toma en cuenta que los suplementos literarios de los diarios principales no dan importancia a ese concepto, lo invisibilizan, cuando en realidad son formadores del canon. Lo cierto es que, aunque no se discuta, el canon siempre está presente en un suplemento literario: la Academia, el mercado de las editoriales y los suplementos construyen el canon, deciden de quién se habla y de quién no; a quién se vende y a quién no. Mis notas, mi insistencia, son un intento de hacer visible lo invisible, y al mismo tiempo, de mostrar lo que el poder deja fuera.

Eso fue lo que me llevó a acercar al suplemento varias notas sobre los autores amerindios de los Estados Unidos que son mi tema de investigación a nivel académico: “Todos nuestros parientes” y “Voces diferentes” son dos artículos sobre el tema. No es fácil publicar esas notas. Justamente porque tratan temas no canónicos, carecen del atractivo de lo conocido que se busca en una publicación de divulgación literaria. Lo mismo sucede con las autoras femeninas de ciencia ficción y fantasía, sobre las que escribí varias veces. En cambio, las notas sobre géneros populares o cine encuentran espacio más fácilmente porque el cine y la literatura popular resuenan en el público (las notas sobre la película de Tarantino Django y sobre la serie de televisión y de novelas Juego de tronos son de este último tipo) y se publican en momentos en que la película o la serie están en el candelero.

Las primeras dos notas de esta sección, una sobre los dos modelos de país en los Estados Unidos y la otra sobre el arte político, son introducciones generales. Las ubico al principio de la sección porque creo que, en cierto modo, son las raíces de todo lo que sigue.

NOTAS

Dos modelos de país para Estados Unidos: crisol de razas y multiculturalismo

En Middlesex, la novela con la que Jeffrey Eugenides ganó el Pulitzer a principios del siglo XXI, se describe la metáfora central del que fue el único modelo reconocido de país en los Estados Unidos hasta la década de 1960. El capítulo, de un humor desopilante y amargo, transcurre en la famosa fábrica de autos de Detroit, que, a principios de siglo XX, era un remolino de culturas. Henry Ford tomaba obreros de casi todas las procedencias y llevaba a cabo una política agresiva de asimilación: por ejemplo, su personal de seguridad revisaba si tenían cepillos de dientes en las casas y los obligaba a comprarse una casa y un auto en cuotas.

La novela describe el acto organizado por la fábrica para celebrar el día de las comunidades. En el escenario, se representa el modelo político que postulaban los poderosos del país en medio de la gran ola inmigratoria. El modelo lleva como nombre una metáfora: “crisol de razas”. Eugenides lo cuenta desde la visión de un inmigrante griego que todavía siente nostalgia por su país y no está integrado del todo aunque ya empieza a ser un mestizo cultural con un pie en sus tradiciones de origen y otro, en la vida que le propone el nuevo país.

Sobre el escenario, hay una olla enorme (el “crisol”) con una escalerita por la que suben, uno tras otro, representantes de distintas culturas en trajes tradicionales estereotipados (más relacionados con la forma en que la cultura blanca interpreta a esos pueblos que con la verdad; basta con leer Orientalismo de Edward Said para entenderlo). Cuando todos están dentro, alguien revuelve la olla y, ¿qué sale de ese guiso de costumbres, artes, lenguajes, valores? Algo increíblemente simple: un hombre (no una mujer) trajeado y moderno, claramente blanco, anglosajón y protestante (WASP), la minoría más poderosa del país.

El tono de Eugenides es irónico. El resultado del “crisol” es lógico dentro de los valores de “pureza” del modelo estadounidense, valores que incluyen un tabú absoluto: el de la mezcla de las razas. Fuera de ese universo etnocéntrico, ¿hay algo más imposible que ese guiso metafórico? ¿En qué clase de guiso se cuecen todos los ingredientes y la cocción elimina el gusto de todos salvo uno? El “crisol” es un recipiente para fundir metales y convertirlos en algo nuevo…, pero incluso en esa imagen, en la que el resultado es homogéneo, la homogeneidad no repite la de ninguno de los elementos originales. El metal que se crea es distinto de todos los originales. En cambio, en la metáfora del crisol de razas, los pueblos no blancos que aportan a la civilización estadounidense pierden sus “diferencias”, todas, y se convierten en WASPs desde un punto de vista cultural, ¡y hasta desde un punto de vista físico!

Esa idea sigue teniendo mucha fuerza, sobre todo entre los conservadores republicanos. No por nada las tribus amerindias tuvieron que esperar hasta mucho más allá de mediados del siglo XX para tener libertad religiosa, un valor esencial para los pioneros que llegaron a América del Norte. Cuando Schwarzenegger, gobernador de California, defiende la idea del “English only” (solamente inglés) en las escuelas (idea absurda para un estado donde una gran cantidad de habitantes habla castellano), está diciendo exactamente eso: solamente se es estadounidense si se habla inglés, si se cree en estos valores, si se abandona todo rasgo cultural diferente, todo pasado cultural distinto.

Desde la década de 1960, sin embargo, el modelo del “crisol” tiene un rival. Ese segundo modelo se describe a sí mismo en el nombre: “multiculturalismo” y es fruto de la resistencia constante que siempre llevaron a cabo las “minorías étnicas” estadounidenses contra la colonización cultural del “crisol de razas”, expresada en instituciones como la escuela (que trataba y trata todavía de imponer una historia, una manera de entender el mundo, una única serie de valores), el ejército o la justicia.

Un ejemplo entre muchísimos otros: hasta la mitad de siglo XX, la sociología blanca afirmaba que la cultura de los negros, arrastrados a América desde África en barcos esclavistas, era muy semejante a la blanca porque el cruce del Atlántico había convertido a los africanos en “tabulas rasas” sobre las que los amos habían impreso un idioma (el inglés), costumbres, valores y religiones occidentales. Esa descripción es fruto de la idea del “crisol de razas” y es profundamente falsa. La cultura negra no fue nunca igual a la blanca. No hubo “tabulas rasas”. África llegó a América: basta con estudiar los gustos, las costumbres, el lenguaje de los negros (un dialecto particular, muy distinto del inglés blanco estándar, al que suele llamarse “vernacular”), y por supuesto, la música. El jazz, única música original estadounidense, es una prueba evidente de que África cruzó el Atlántico: ritmo africano; instrumentos europeos (salvo la percusión). Un crisol de resultado bien diferente al que se representa en la fábrica de Eugenides.

La música fue parte de la resistencia cultural negra. También hubo resistencia lingüística, por ejemplo en el caso de los inmigrantes latinoamericanos (ilegales, en general), que se convirtieron en un grupo bilingüe con una literatura bilingüe que rechaza a cualquier grupo que desconozca el castellano. En el caso de las tribus amerindias, la defensa de la cultura de origen incluyó una resistencia contra la escuela, que impedía a los chicos hablar en su propia lengua y conservar las tradiciones, los valores, las costumbres y las creencias tradicionales.

El debate entre esos dos modelos de país sigue vigente desde la década de 1960 y es central porque es una discusión sobre identidad nacional, sobre quién es estadounidense. En esa década, los líderes de los negros, Martin Luther King, Malcolm X, las Panteras Negras y otros grupos hicieron notar en libros, acciones y discursos que, si “ser estadounidense” era ser el resultado del “crisol de razas”, había demasiados grupos que se quedaban fuera. Y por otra parte, los no WASPs que aceptan el crisol como modelo pagan un precio altísimo por esa opción porque el borramiento de lo que tienen de Otro causa daños profundos a nivel psicológico.

De eso trata, por ejemplo, la primera novela de la Premio Nóbel Toni Morrison: Ojos azules. La historia se abre con una cita de manual escolar, repetida tres veces (otra vez, la escuela como institución que impone cultura). El manual describe a una familia que se presenta como universal y que en realidad, es un matrimonio WASP de clase media con casa, auto y chicos de ojos azules. Primero, Morrison cita el párrafo tal cual aparecería en el texto. Lo repite por segunda vez sin puntuación y sin mayúsculas, lo cual lo vuelve inquietante. La tercera repetición elimina la separación entre palabras y entonces, el texto se convierte en un único bloque perturbador. Después, empieza la historia de una nena negra frente a un guión de vida imposible: según la escuela, para ser, hay que tener pelo rubio, ojos celestes y una casa de clase media. Nada de eso está disponible en el futuro de la nena negra. La alternativa es la locura. Por eso, apareció el multiculturalismo, un modelo que busca la convivencia igualitaria de muchas culturas. Basta con mirar cualquiera de las series estadounidenses actuales (incluso las fantásticas como True Blood) para saber que Estados Unidos no ha llegado a eso, que los dos modelos siguen luchando uno contra el otro en todos los ámbitos.

La academia literaria es uno de ellos y es lógico: se trata de un campo netamente “cultural” y, por lo tanto, muy ligado a la definición de una identidad nacional. ¿Qué autores forman el “canon” (la lista oficial de libros reconocidos)? ¿Qué autores representan al país? Los que apoyan la lista “oficial” anterior a 1960 (Harold Bloom, autor de El canon occidental, entre otros) sostienen que el único criterio era y es la “calidad”. ¿Pero existe la “calidad literaria” universal? ¿De qué dependería tal cosa cuando los parámetros de calidad se construyen sobre una base cultural específica, jamás universal?

Ese es el problema. Las feministas fueron las primeras en notarlo. Jane Tompkins, por ejemplo, ataca la idea del canon como universal y eterno en un artículo en el que compara antologías dedicadas a la literatura decimonónica estadounidense antes y después de 1960. Descubre que, en las anteriores, los autores eran casi todos hombres WASPs y que, después, la lista aceptó a negros, indios, mujeres, latinos, asiáticos. En ese proceso, la “calidad” se entendió como más compleja y menos unívoca. En el otro extremo de las cosas, ya a principios del siglo XXI, apareció una antología de “literatura estadounidense no escrita en inglés”… Y mal que le pese a Schwarzenegger, eso tiene sentido: ¿no es literatura estadounidense la de Isaac B. Singer, Premio Nóbel, que escribe en idish sobre Nueva York? ¿O la de Gloria Anzaldúa, cuyo Borderlands/La frontera está mitad en castellano, mitad en inglés?

En la isla Ellis, puerta de entrada al país, se divide a las culturas estadounidenses en tres: las que llegaron mucho antes y ya estaban en el continente en 1492; las que vinieron como mercancías, en el fondo de barcos esclavistas que los traían de África; y las de los que llegaron y siguen llegando como inmigrantes. La idea de convertirlas en una única cultura homogénea, esencialmente europea, es no sólo imposible sino horrorosa.

Pero no todos están de acuerdo con eso. Y así, el multiculturalismo despierta tanto defensas apasionadas como ataques furibundos (basta leer el prólogo al libro de Bloom para comprobarlo: un prólogo de barricada en el que se habla de “envidia” y “resentimiento”). Este modelo distinto, mucho más complicado y difícil de lograr en la realidad, defiende la diversidad cultural, tan contraria al binarismo implícito en fórmulas como “civilización o barbarie”. Y la verdad es que la diversidad cultural es tan indispensable para la cultura como la biológica para la vida. A diferencia de lo que pasaba en el acto de la fábrica Ford reconstruido por Eugenides, en un buen guiso, los gustos se combinan unos con otros. Y es la combinación lo que vale.

Arte y política versus arte o política

Tal vez no con ese título rimbombante, pero ese debate atraviesa casi todo lo que hago con respecto a la literatura. Eso sí: creo que, como debate, está mucho más en mi trabajo como profesora que en el momento mágico del verano en que me siento a escribir en un cuaderno, a mano, la primera versión de un cuento o una novela.

Es lógico. Escribir es un momento dulce y difícil y entero que, para mí, tiene que ver con palabras, historias, lectores, cuadernos, biromes. Todo eso y nada más. Los que deciden si lo que escribí un verano se publica o no un tiempo después —editores, jueces de concursos, directores de colecciones— empiezan a existir más tarde. Solamente más tarde, me resigno a ciertas quejas (“demasiado difícil”; “no sé si lo aceptarán en las escuelas”) y a sus consecuencias. Y es en esas quejas que aparece el debate. Pero cuando escribo, yo no pienso en nada de eso. Ese tiempo (el del verano), ese lugar (el cuaderno y la birome) respiran a un costado de todo lo demás. No hay debate ahí, ahí yo sé lo que quiero. Cuando enseño, en cambio, el debate está siempre presente.

Enseñar

Empecemos por eso, entonces. Yo no soy muy amante de los debates (y considero que eso es un defecto, no una cualidad) y mi viejo decía siempre que era mejor terminar primero con lo que es más duro y dejarse el postre (lo mejor de la comida, desde mi punto de vista porque soy amante de lo dulce) para el final.

En la academia, ese debate es constante. Yo hablo de él el primer día de clases porque sé que estoy en minoría y siento que los que eligieron mi materia (Literatura de los Estados Unidos) tienen que saber dónde están parados antes de decidir si siguen cursando la materia o no. El debate no se da exclusivamente en la Argentina: es central en el Occidente de los siglos XX y XXI. En el núcleo está la pregunta “¿hay relación entre el mundo artificial de la ficción y el mundo que respira fuera de las palabras?”. Es una pregunta nueva: hasta la mitad del siglo XX, esa relación se daba por sentada; ahora, ya no. Hay dos bandos en pugna. Por un lado, hay quienes (desde el estructuralismo y el postestructuralismo) afirman que la barrera que divide la ficción de lo que hay fuera de ella es imposible de atravesar y que, por lo tanto, el “texto” (nunca dicen “obra”, como si la escritura no fuera un trabajo) debe estudiarse en sí mismo, sin relación con el mundo “real”, incluyendo el “autor” (por eso se habla de “la muerte del autor” y por eso, autores como José Saramago protestan y dicen algo parecido a “este libro lleva una persona adentro les guste o no a los críticos”). Por el otro, algunos creemos que no se puede dudar del mundo al que se refieren las palabras y que toda literatura tiene una relación necesaria con ese mundo y por eso, es indefectiblemente política aunque no lo quiera. Y creemos que esa cualidad importa para entenderla. Para nosotros, toda literatura está íntimamente relacionada con el mundo que la produjo, ese en el que vive el autor o la autora. Entre los primeros, hay muchos (no todos) que dicen “si el arte es político, no es arte”. Un buen ejemplo es de Harold Bloom. Nosotros decimos “arte y política” siempre, hasta cuando no parece.

Escribir

Como dije al principio, para mí ahí no hay debate porque cuando escribo, yo estoy sola con mi manera de ver el mundo. Y yo quiero ser política en la escritura. Es por una posición política que mis historias suelen rechazar la idea del protagonista, del héroe. Es por una posición política que escribo novelas comunitarias, de grupo, en voces múltiples, no siempre humanas.

La política va más allá de las relaciones entre los seres humanos, creo yo. Y lo que quiero, siempre, es escribir sobre el planeta. Este planeta, el nuestro, no es humano solamente: lo compartimos con las montañas y los ríos y los mares y los animales y las plantas y el aire y las nubes. Sin ellos, no seríamos. En Occidente, fingimos que somos en la punta de una pirámide y que nada más importa. O que todo lo demás está ahí para nosotros, como recurso, como fuente de ganancia.

Hay sociedades (las de los pueblos originarios, por ejemplo) que no creen eso, sociedades que saben que las montañas y los animales y las plantas y el agua son nuestros parientes. Yo lo repito. Escribo sobre lo que creo verdadero: sobre esta, nuestra emergencia. Sobre un hecho cierto: sin este planeta, no somos. Y sin embargo, lo estamos destruyendo.

Escribir sobre eso es mi manera de hacer arte (porque sin arte, sin trabajo de lenguaje, la literatura tampoco sirve, eso también lo creo) y política.

El jardín de los senderos que se bifurcan: la novela estadounidense en el siglo XX

La variedad de la ficción novelística estadounidense en el siglo XX es tan inmensa que se hace totalmente imposible trazar una descripción razonable en una o dos páginas. En lugar de intentarlo, tal vez sea más productivo señalar ciertas direcciones o caminos evidentes, como si el panorama de la novela fuera la foto aérea de un jardín inmenso en la que se quisieran descubrir las líneas generales de una red abigarrada y compleja de comunicaciones y relaciones.

La novela es un género extraño: abierto, flexible, cambiante, marcado siempre por las ideas, concepciones y heridas de la sociedad que la produce. Tal vez por eso, se entiende que los académicos del Norte estén trabados en un debate feroz alrededor de la definición de una “lista”, un “canon” de novelistas estadounidenses. Es lógico que haya una discusión apasionada al respecto: definir qué entra en una literatura nacional y qué no, define en parte qué se entiende por esa nación. En otras palabras: según qué nombres se incluyan en la lista, el país que esa lista dice “representar” cambia por completo. Por ejemplo: si se eligen los nombres tradicionales, los más conocidos, los que se enseñaban en las universidades estadounidenses hasta la década de 1960 (Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Salinger, Updike...), la imagen que resulta de esa selección será la del país de los grupos más poderosos, un país centrado cuidadosamente en un grupo social: el de los hombres blancos (hombres, no mujeres), de ascendencia anglosajona y religión protestante (WASP, White, Anglo Saxon Protestant).

La novela WASP en el siglo XX

Esa definición tradicional de lo “estadounidense” gira alrededor de un mito nacional que se re escribe constantemente: el mito del “western”, con su héroe solitario y antisocial, que se aleja al galope de los pueblos para refugiarse en la naturaleza y que, muy frecuentemente, es experto en violencia y uso de armas de fuego. Hasta la década de 1960, la novela estadounidense se estudió sobre la base de esa lista tradicional. Para tomar los dos extremos de un siglo muy corto —y hablar solamente de lo más famoso, y tal vez lo que fue más importante en Latinoamérica por el peso de la influencia que tuvo—, en el principio (1920 es el año que culturalmente inauguró el XX) habría que nombrar a los dos escritores sagrados, William Faulkner en el Sur, Ernest Hemingway en el Medio Oeste (y después, en África, España, Cuba, el mundo). Esos dos novelistas —que competían por el Nóbel y lo consiguieron— crearon un universo literario dividido: por un lado, la prosa escueta, casi vacía de Hemingway; por otro, el Sur retorcido, adjetivado y turbio de Faulkner. En los dos, las mujeres eran poca cosa, y eran peligrosas; en los dos la violencia era extrema y había culpa, muerte, incomunicación y finales infelices. Los temas del siglo que acababa de nacer cuando ellos empezaron a publicar.

Ese universo partido en dos se extendió en olas de seguidores, plagiarios y rebeldes que cubrieron todo el continente americano y llegaron a Europa y a Latinoamérica. Hoy, cuando ya se terminó el siglo XX, Faulkner y Hemingway siguen caminando por el mundo: aparecen constantemente en la ficción latinoamericana y europea. Han crecido y se han multiplicado por miles. Los lectores del siglo XXI siguen visitando los cuartuchos aterrorizados y las guerras feroces de Hemingway, y también los personajes silenciosos, las familias decadentes y las largas oraciones milagrosas de Faulkner tanto en sus propias páginas como en las de otros escritores que los homenajearon y los siguieron.

En el otro extremo del período y dentro de la misma lista, después de 1989 (el año que, con la caída del Muro de Berlín, marca el final del siglo según muchos historiadores), está el abanico variadísimo y espectacular de lo que se llama, generalmente “posmodernismo” por un lado y de los autores que lo rechazan por otro. En ese mar de propuestas y creatividad, subsisten la reformulación del western —en autores como McCormack—; la experimentación —en Thomas Pynchon o Steven Millhauser—; la fascinación con la narración en sí misma —en John Irving—; el Sur resucitado —Coraghessan Boyle—. Frente a ese panorama, hay también una visión anti-western, claramente diferenciada y rebelde, en el trabajo novelístico de las mujeres WASP como Joyce Carol Oates, Jane Smiley, Anne Tyler, E. Annie Proulx y muchas otras, cada una a su manera. En muchas de ellas aparecen también las sombras ineludibles de Faulkner y Hemingway.

Generalizar es imposible pero hay ciertos rasgos más frecuentes que otros. Uno de ellos, tal vez el más común, es la “fragmentación” en todos los niveles. Para muchos de estos autores, el universo extra literario es, de por sí, fragmentario y por lo tanto, la mejor forma de escribir sobre él es a través de la glorificación y defensa del fragmento. Se trata de libros esencialmente heterogéneos en todo sentido: desde la textura misma, que puede llegar a ser una mezcla de poesía, prosa, informes, cronologías, cuadros, dibujos y fotografías, hasta el punto de vista, pasando por la perspectiva, la narración y el manejo del tiempo. Detrás de estos recursos y enfoques, hay distintas ideologías, intenciones e ideas sobre la literatura. En ese sentido, el panorama es amplio: están aquellos que creen que la literatura no se relaciona con el mundo extraliterario, que la narración es solamente ella misma, sola en un universo propio (Pynchon, por lo menos en algunos de sus libros) hasta la de aquellos que consideran a la literatura una herramienta capaz de conseguir ciertos cambios en el mundo o de decir cosas sobre la realidad más allá de la literatura misma (por ejemplo, Norman Rush).

Este resumen cortísimo lo deja bien claro: el sector (tradicional) de la novela estadounidense, el canónico, es interminable. Y sin embargo, representa apenas uno de los muchos caminos de este jardín infinitamente bifurcado, a pesar de que algunos críticos muy famosos (Harold Bloom, por dar un nombre conocido) siguen insistiendo en que es el único sendero valioso, el único digno de estudiarse.

En el margen: la novela de “minorías”

Para muchos otros, en cambio, desde la década de 1960 en adelante, la definición “canónica” de lo nacional (representada por la lista de los mejores novelistas WASPs) no es ni la única posible ni la mejor. Las otras —que compiten con ella por espacio en las editoriales, congresos y universidades— tienen por lo menos la misma fuerza, el mismo afán experimentalista (aunque con otras intenciones) y la misma inventiva (aunque no el mismo apoyo, o por lo menos no todavía, no en todos los campos).

Según estas otras definiciones —reunidas, muchas veces, bajo la etiqueta de “multiculturalismo”—, los Estados Unidos son un país plural, tan heterogéneo como el mundo globalizado que se empeñan en convertir en “uno” con la exportación de la Coca-Cola y los McDonald’s. Ese país no produce “una” cultura porque no la tiene: se trata de un país con historias contrapuestas que, en su mayoría, el mito principal ni siquiera considera porque cree que las ha destruido o porque las considera intrascendentes.

Por ejemplo: ¿cómo pueden sentirse representados por el mito del western y sus muchas derivaciones los novelistas de antepasados aborígenes? ¿Y los negros, que fueron cowboys y pistoleros, y están totalmente ausentes de esa narración? ¿Y las mujeres, que viajaron en caravanas, empuñaron armas y se hicieron cargo de familias en medio de la nada y que, en el relato del western tradicional, son sólo premios, brujas poco comprensivas o damas en peligro? ¿Y los hombres y mujeres venidos de Asia, que trabajaron como esclavos en la construcción del ferrocarril que cruzó el continente en tiempos del presidente Grant? ¿Y los mejicanos que, como ellos dicen, no cruzaron la frontera hacia el Norte sino que la frontera los cruzó a ellos hacia el Sur cuando los Estados Unidos se quedaron con medio México?

Así, un escritor de ascendencia aborigen, negra, asiática, latinoamericana, mejicana no escribe de la misma forma que John Updike, John Irving o William Faulkner. Al contrario, las ideas (variadísimas y amplias) de gran parte de estos autores podrían resumirse con la cita del comienzo de Malcolm X, la película de Spike Lee: nosotros no somos estadounidenses, dice allí el líder negro, no si se define “estadounidense” como se lo ha definido hasta el día de hoy. Como todas las historias, la de los Estados Unidos es otra si se la mira desde otra perspectiva: las novelas de estos autores (novelas de “minorías”, “étnicas”, de “género”, como se las llama a nivel académico) cuentan otra historia y la cuentan en otro idioma.

¿Otro idioma? Para empezar por ciertas definiciones extremas, que son las que más asustan a los ortodoxos como Bloom, algunas de estas obras ni siquiera están en inglés. Un ejemplo fascinante, que obliga a replantear no sólo la idea de nación sino también la de traducción, es el de Borderlands/ La frontera, de Gloria Anzaldúa, escritora chicana. Es una obra (¿novela? ¿ensayo? ¿autobiografía?) escrita en dos idiomas, —cincuenta por ciento en inglés y cincuenta por ciento en castellano—, sin traducción. El libro exige un público bilingüe, es decir, dentro del mapa cultural estadounidense, un público casi específicamente chicano o “latino”. Desde el título, se trata de una novela mestiza en la que todo es doble o más que doble: el género literario, el/la narradora, el idioma, la definición de país, la identidad.

Lo mestizo asusta a los que defienden la definición tradicional de lo estadounidense, una definición cuyo único centro es la identidad WASP, concebida como única y homogénea (fuera del campo literario, pero no del cultural, esto se relaciona con el deseo de impedir el bilingüismo en las escuelas que siempre surge en estados fronterizos, como California). Pero lo mestizo es el rasgo esencial de los autores de “minorías”, que aún cuando escriben en inglés, lo modifican profundamente porque lo están usando para expresar puntos de vista, espacios, conceptos e ideas que no son WASPs, que en gran parte, no son siquiera descendientes de la cosmovisión europea. “Reinventan el idioma del enemigo”, como dicen en el título de una antología las autoras amerindias Joy Harjo y Gloria Bird, y al hacerlo también reinventan géneros como la novela.

De vez en cuando, el “canon” reconoce a estos novelistas y los premia. Ahí está, para probarlo, Toni Morrison, la escritora negra que ganó el Premio Nóbel en la década de 1990. Morrison crea un mundo de una intensidad bella, dolorosa, intolerable con un idioma capaz de transformarse en música negra, en baile y en dolor, un idioma que en libros como Jazz, hace pensar en otros escritores (latinoamericanos estos) que hicieron música con su literatura, Alejo Carpentier, por ejemplo. Morrison es una de las continuadoras de Faulkner pero su homenaje se hace desde la otra orilla del mundo del Sur con una literatura que usa los mismos recursos fragmentarios que los escritores WASPs pero desde una concepción de la vida que reniega de la visión fragmentaria de la realidad, plantea problemáticas sociales y se tiñe constantemente de protesta.

El Premio Nóbel llevó a Toni Morrison al gran público y lo mismo hicieron el Premio Pulitzer, el cine y la televisión por otros autores de grupos no WASP, por ejemplo, Louise Erdrich y Nathaniel Scott Momaday, autores aborígenes que recibieron el Premio Pulitzer por sus novelas Filtro de amor y House Made of Dawn, respectivamente; la asiática Amy Tan que llegó a la pantalla con El club de la buena estrella, como hicieron los autores amerindios David Seals con Powwow Highway, Sherman Alexie con Smoke Signals y Greg Sarris con Grand Avenue. En todos esos autores, como la visión del mundo es no occidental, la forma de la novela y el inglés sufren enormes transformaciones. Hay fragmentarismo sí, pero de un tipo completamente distinto al que ronda los libros del “posmodernismo WASP”: aquí, la visión dividida del mundo es una enfermedad de la sociedad blanca que no consigue detectar la relación profunda entre todos los seres humanos y el planeta, entre las distintas fuerzas naturales y la sociedad, entre los desastres que causamos a los demás y los que sufrimos nosotros mismos o es un fragmentarismo que habla de diversidad dentro de una unidad mayor. En ambos casos, un fragmentarismo provisorio que termina por instaurar una visión unitaria (pero heterogénea) de la novela misma, una visión que respeta diferencias individuales y culturales pero que es, en el fondo, netamente colectiva. Tal vez eso explique que, en gran parte, estas novelas no tengan protagonista a menos que se defina como tal al lugar en que transcurre la acción o a la comunidad toda.

Fin de siglo: festival de las diferencias

A principios del siglo XXI, en el jardín de la novela estadounidense, los senderos se abren en todas direcciones y hay espacio para las concepciones más disímiles y opuestas. Con sólo revisar lo publicado en la década de 1980 y 1990, basta para tener un buen muestrario de esta variedad. La novela “histórica” abarca en ese tiempo desde el feminismo apasionante de la Blonde de Joyce Carol Oates hasta el experimentalismo de Mason Dixon de Thomas Pynchon pasando por la revisión de la Guerra Civil en la última novela traducida de Jane Smiley, Las maravillosas aventuras de Lidie Newton. El posmodernismo más puro sigue adelante, no sólo con los intentos del mismo Pynchon sino también con los ensayos de autores como Steven Millhauser, que intentan un cruce de la literatura con artes visuales como la historieta o la pintura. El western todavía resiste: basta con leer En la frontera de McCormack o Donde los ríos cambian su curso de Spragg. Y, más allá de la increíble versatilidad de las mujeres novelistas más conocidas como la misma Smiley y Oates, hay nombres como Barbara Kingsolver con La Biblia envenenada o Melissa Banks con Manual de caza y pesca para chicas, tan sorprendentes como las dos primeras. Eso, sin hablar de los géneros populares (ciencia ficción, fantasía, policial, terror) que retienen dentro de sus filas a escritores de increíble valor a pesar del desprecio de cierta crítica tradicional que se niega a leerlos en profundidad.

Como se ve, en los Estados Unidos del último siglo, la novela ha sido un género de posibilidades infinitas, un género capaz de reproducirse y crecer como ningún otro. Por su vitalidad, se diría que, a pesar de los malos pronósticos que anuncian su muerte desde la década de 1960, la novela goza de una salud impecable y de un afán de aventuras digno de la adolescencia, un afán que la lleva simultáneamente hacia cientos de direcciones por su jardín mil veces bifurcado.

Los géneros populares: las ideas van y vienen

Como las jergas orales del pueblo, los géneros populares son semilleros de ideas, innovaciones, conceptos y recursos para la literatura “general”. Tienen sus lectores fanáticos, que aman el género y lo leen por lo que tiene de “genérico”, no por el autor ni por la calidad de cada libro. Pero eso no significa que algunos libros y algunos autores “de género” no sean directamente extraordinarios.

En la ciencia ficción, por ejemplo, hay una fuerte creación de recursos literarios que en otros tiempos se hubieran llamado “de vanguardia”, desde lenguajes nuevos hasta estructuras circulares, fragmentarias, y pictóricas, como las que proponen Kurt Vonnegut o William Gibson, entre otros. Las mujeres de la ciencia ficción (Lois McMasters Bujold, Ursula K. Le Guin, Suzy McKee Charnas, Cherryh) también han hecho aportes significativos tanto en los planteamientos socio-políticos como en las reconstrucciones de mundos que suelen caracterizar al género.

La novela policial, por su parte, ha tenido una relación de ida y vuelta con la novela de “literatura general”, para darle algún nombre. Autores de mucho renombre han escrito novelas y cuentos policiales (William Faulkner, entre muchísimos otros) y copiado esquemas, ideas y figuras típicas de ese género. Por otra parte, algunos escritores policiales han tomado recursos de la literatura “general” y enriquecido así el género.

Lo mismo ha sucedido con el terror (en el que Stephen King se está convirtiendo cada vez más en un autor que se estudia en la academia; ya era hora: su manejo del lenguaje suele ser capaz de dejar a sus lectores sin aliento), la “novela histórica” y hasta la novela romántica (que inspiró más de una vez versiones revulsivas de autoras feministas).

Hay autores posmodernos como John Irving cuya literatura no existiría sin las cadencias, recursos, estereotipos, problemáticas de los géneros populares, en quienes se apoya una y otra vez. Para dar sólo un ejemplo: la mal comprendida Un hijo del circo está sin duda relacionada con la novela policial ya que hay un crimen, un misterio, una investigación y una carga de miedo alrededor de un asesinato; Una mujer difícil narra otro crimen y otra investigación; Oración por Owen gira alrededor de varios misterios y de ciertas alusiones a la novela sentimental y religiosa.

Lo cierto es que las relaciones entre los géneros populares y la literatura “general” son profundas y fascinantes aunque no se las haya estudiado mucho. Si abrimos todavía más la mirada hacia géneros mixtos como la historieta y el cine, la novela estadounidense demuestra que su capacidad de asimilar, aprender y entregarse a otros géneros y espacios artísticos es sorprendente y está tan despierta como en el siglo XIX.

Literatura estadounidense: lo que hay detrás de una lista de nombres

El artículo de Gordon Burn sobre la novela estadounidense, publicado en Ñ el sábado 20 de marzo (de 2004), está basado en una falacia muy grande que me parece importante discutir. El problema va mucho más allá de una diferencia de opiniones sobre la descripción que se hace de esa ficción “nacional” o sobre su supuesta “decadencia”, mucho más allá de una “defensa” de esa literatura en sí misma.

Antes de pasar al análisis de ese punto en particular, quiero aclarar que la parte de “opinión” del artículo de Burn puede discutirse en un nivel mucho más personal, enfrentando lo que dice con una visión distinta pero igualmente discutible. En cuanto a las opiniones, Burn hace dos afirmaciones: por un lado, dice que la literatura estadounidense es desmesurada; por otro, se dedica a hablar de la frialdad y el cientificismo de los autores que nombra.

Si de opiniones se trata, yo creo que Burn tiene razón en cuanto a lo “exagerado” de la literatura estadounidense pero opino que eso es justamente lo que la hace maravillosa, como sucede con todas las literaturas del continente americano, cada una a su manera y en su propia dimensión, todas tan distintas de los mesurados autores europeos. Por otra parte, si de minimalismo se trata (es lo que Burn parece pedir al final de la nota), ¿por qué no hay mención alguna de Raymond Carver?

Juan Ramón Jiménez decía que había odiado la poesía de Pablo Neruda porque le parecía exagerada y monstruosa, hasta que viajó a América y comprendió que aquí, de este lado del Atlántico, la monstruosidad, la exageración era no sólo posible sino coherente. El deseo de minimalismo de Burn es muy europeo y además, muy personal porque no todos los lectores desean eso en los libros que leen. Yo soy un ejemplo en contrario: la desmesura de novelas como la de Jeffrey Eugenides, que él mismo nombra, es fabulosa y deseable para mí.

Por otro lado, su queja sobre la frialdad de la prosa en autores como Thomas Pynchon o, antes, Vladimir Nabokov, es otro punto opinable, y lo digo aunque, en esto en particular, me apunto con Burn. A mí tampoco me interesa la literatura que algunos llaman “autorreferencial”. Yo, como Burn, la llamo “fría” y “cerebral”. Pero nuevamente: hay lectores que la aprecian, escritores que se han nutrido de ella —ciertos escritores argentinos muy reconocidos, por ejemplo—, y por más que a algunos de nosotros nos parezca cansadora y aburrida, no es ni más fría ni más cerebral que ciertos autores ingleses irónicos como Tibor Fischer, por ejemplo.

¿Literatura nacional?

Sin embargo, el problema de la nota de Burn no está en esas opiniones, ni siquiera en el hecho de que él las presente —por lo menos en un principio—como algo menos personal que una “opinión”. Tampoco en el hecho de que, desde mi punto de vista, confunda la frialdad de lo científico con la maravilla de la desproporción bien utilizada, cosa que hace con Middlesex de Eugenides, una novela dedicada al mundo (no a la literatura), un libro claramente político, que no debería ponerse en la misma bolsa que las obras de Pynchon o Nabokov. Lo que realmente se puede criticar del artículo tiene que ver con algo más básico y más importante: la etiqueta de “literatura estadounidense”, la definición misma.

La lista de nombres que aparecen en la nota (muchos, por cierto), es el centro de este problema: Don DeLillo, Ring Lardner, Saul Bellow, Jonathan Frazer, Richard Powers, William Gibson, Norman Mailer, entre otros. Si se miran las fotos publicadas en Ñ, el punto queda todavía más evidente: son todos (todos) hombres, todos blancos (menos Saul Bellow y Eugenides, que no son “anglosajones” ni del todo blancos en la definición muy estrecha que se hace en los Estados Unidos de la palabra, ya que uno tiene antepasados judíos y otro antepasados griegos).

La cita de Harold Bloom, el hombre que más ha hecho para defender este tipo de lista con su inefable El canon occidental, no hace más que confirmar la posición de Burn. Y lo criticable no es que Burn lo cite sino que, en la textura de su nota (para usar una palabra que amarían Thomas Pynchon y Vladimir Nabokov), no haya ninguna marca que deje testimonio de que la visión de Bloom no es la única posible en una definición de “literatura nacional estadounidense”. Burn ni siquiera nombra una vez las posiciones de muchísimos críticos y estudiosos que se oponen al pensamiento representado por Bloom; y tampoco toca el tema de las razones por las cuales el prólogo de El canon occidental parece un discurso de barricada, escrito por alguien que se siente acorralado: la definición de Bloom no es la que más se utiliza en las universidades estadounidenses. Al contrario, Burn da por sentado que, si hablamos de “literatura”, estamos hablando de los “grandes nombres”, pero la lista de nombres que propone la nota simplifica y empobrece terriblemente la cultura que está examinando y la reduce al arte de los miembros de cierta clase social, cierto género, cierta raza.

El canon y sus bemoles

Por definición, el canon es una lista de nombres. En el caso del análisis de literaturas nacionales, son los nombres que, según se supone, representan al arte literario de una nación. Pero si se lo piensa sólo un momento, se verá que el canon es mucho más: esa lista de nombres es un espacio de lucha, un lugar en el que se producen debates y enfrentamientos por espacios en la lista. Una lucha para determinar qué se incluye en ella y qué no.

La definición canónica que da Burn de la literatura estadounidense tiene rivales muy serios ya desde la década de 1960, a partir de la lucha por los llamados Derechos Civiles que inauguraron tanto las mujeres como la minoría negra. Desde ese momento, hubo críticos y críticas que revisaron la lista “oficial” del “canon” literario y vieron vacíos enormes, enormes cegueras. Tanto ha cambiado la consideración de ese “canon” que, actualmente, críticos muy importantes como Eric Sundquist reivindican para la minoría negra (y esclava) la creación de géneros literarios totalmente originales —no copiados de Europa como la novela, el teatro, la poesía occidental— como las llamadas “Slave Narratives”, las narraciones autobiográficas de los esclavos escapados del Sur antes de la Guerra Civil, de las cuales la de Frederick Douglas es la más famosa.

Si se incluyen las Slaves Narratives en la literatura, el canon del siglo XIX cambia por completo y se puede decir, con todos los críticos negros —por ejemplo, Henry L. Gates—, que no era cierto que no hubiera escritores negros anteriores al movimiento del Renacimiento de Harlem en la década de 1920. Había y muchos: el problema era que no estaban incluidos en el canon. El canon era ciego a esas producciones. Los que lo manejaban habían decidido que nada que no fuera novela, teatro o poesía era literatura y eso dejaba fuera de la lista a autores como Douglas.

El “canon” es un instrumento ideológico y tiene sentido que hombres como Bloom se dediquen apasionadamente a defender la lista que proponen: esa defensa tiene que ver con una idea de nación, específicamente con quiénes están dentro de la nación y quiénes no. No es mi intención hablar de lo que significa “nación” ni de las pasiones que se relacionan con ese concepto —ese tema excede los límites de esta nota— pero sí quiero relacionar la lista de nombres literarios del canon, fría y aparentemente académica, con ese concepto y las pasiones que despierta. “¿Quiénes son nuestros escritores?” es una pregunta sumamente ligada a “¿quiénes somos?”

Janet Tompkins, crítica feminista, escribió un artículo al respecto, publicado hace años en castellano en la revista Feminaria. El artículo discute la idea de Bloom (y otros) según la cual la inclusión en el canon depende solamente de la “calidad” de cada texto y los autores incluidos serán valiosos tanto hoy como dentro de muchos años. Tompkins ataca la supuesta “eternidad” de los valores según los cuales se juzga esa calidad y lo hace de una forma muy simple: revisando antologías. Hay que aclarar que las antologías son la corporización del canon y tienen un título que lo declara: se llaman, por ejemplo, Antología de la literatura estadounidense, es decir que tienen un afán de abarcarlo todo, afán interesante de por sí.

Tompkins revisa y compara antologías estadounidenses muy conocidas desde la década de 1930 hasta el momento en que escribe su artículo y llega a la conclusión de que no hay nada “eterno”. A principios del siglo XX, esas antologías no tomaban a Emily Dickinson y en cambio, entronizaban la poesía de Longfellow. Lo que se leía de Edgar A. Poe era la poesía y no los cuentos (que es lo que se estudia ahora). La lista sigue. Tompkins afirma que cada época busca temas, formas y recursos muy diferentes en la literatura y que la “calidad” de la literatura depende también de qué se esté buscando en ella. Incluso el idioma está en juego: una nueva antología de literatura estadounidense publicada a fines de la década de 1990 se llama Antología de literatura estadounidense no escrita en inglés, con lo cual la definición de lo “nacional” cambia por completo y considera estadounidense obras escritas en castellano, alemán, polaco, mandarín y en los idiomas indios originales. No hay duda de que los políticos de California que abolieron el bilingüismo en las escuelas se enfurecen cuando les hablan de eso. Pero, ¿acaso Isaac B. Singer no es estadounidense aunque escriba en idish? Y sobre todo, ¿no son “americanos” los indios, que estuvieron en el territorio siglos antes que los anglosajones? En el otro extremo, ¿acaso nosotros, los argentinos, no leemos a William Hudson, que escribió sobre Argentina en inglés?

Hay una anécdota personal que viene muy al caso: en un curso al que asistí en los Estados Unidos, un curso en el que la visión general de la literatura era multicultural e incluía a las mujeres, hubo un único profesor que defendió el canon al estilo Bloom. Hizo una lista de nombres semejante a la que aparece en la nota de Burn. Furiosos con los vacíos evidentes en la lista, un compañero de curso y yo pensamos en un nombre que fuera indiscutible y se nos ocurrió preguntarle qué pensaba de una Premio Nóbel estadounidense, Toni Morrison. Nada más canónico que el Nóbel aunque la persona que lo reciba sea negra y mujer.

Supuse que el profesor me diría que Morrison no le parecía buena, que no le gustaba, es decir, que me daría una opinión discutible pero aceptable como la que da Burn en la nota. Si lo hubiera hecho, yo habría tenido que callarme. Morrison me parece uno de los genios que prueban que la literatura estadounidense está bien viva, pero no hay duda de que no a todos les gusta su ficción. Sin embargo, el profesor me sorprendió: dijo que no la había leído. Era un estudioso de la literatura de su país y nunca había leído a esa mujer, ganadora del mayor de los premios literarios del mundo. La siguiente pregunta por supuesto es ¿por qué no la había leído? ¿Por qué no le había interesado Morrison? ¿Tal vez porque no se parecía a lo que el canon quiere que sea un escritor nacional? ¿Porque era negra y mujer?

Otra lista

Lo correcto después de leer la nota de Burn es preguntarse si no hay otros nombres para considerar en lugar de la larga lista de hombres blancos que aparecen en ella. Y si, al agregar esos nombres alternativos, las características que da Burn a la “literatura estadounidense” no son bien diferentes.

Y la verdad es que sí hay otros nombres, nombres grandes como el Joyce Carol Oates (capaz de variar la voz, la estructura, el tema en cada una de sus novelas), el de Leslie Marmon Silko (tal vez la escritora más original de los Estados Unidos), el de Louise Erdrich, el de Greg Sarris, el de Sherman Alexie, el de Alice Walker, el de Isaac B. Singer, otro Nóbel. La lista es interminable y lo notable, lo que cuesta entender, es que Burn no considere importantes a ninguno de estos autores, ni siquiera a una Premio Nóbel como Toni Morrison.

Todas esas voces escriben cada una a su modo una ficción espectacular, desde la infinita diversidad que es la verdadera esencia de la literatura de los Estados Unidos (y de todas las literaturas del continente). La mayoría tiene una visión desmesurada, sí, porque pertenecen a América, pero no se inclinan a la autorreferencia y ninguno de ellos, desde mi punto de vista, está en decadencia. El problema es que, al parecer, para Burn no son literatura estadounidense. Tal vez, si alguien se lo preguntara, los llamaría “resentidos”, como Harold Bloom en el prólogo de su libro.

Voces diferentes: escritores amerindios de los Estados Unidos

“Hay algunos que dicen que Colón era indio pero eso es un error. Colón no sabía adónde iba, no supo adónde había llegado, se quedó con el suelo que pisaba y lo hizo todo con el dinero de otros. Claramente, era blanco”. En su libro Custer murió por tus pecados, el ensayista Vine Deloria Jr, descendiente de sioux, cuenta muchos chistes como éste sobre Colon y sobre el general Custer en un intento por luchar contra los estereotipos del “indio”, que para la mayor parte de los estadounidenses es siempre impasible y serio y sobre todo, pertenece al pasado, ha desaparecido de la faz de la tierra hace ya bastante tiempo.

La idea de que los indios son historia desde el siglo XIX es tal vez la primera característica del estereotipo al que se enfrentan las culturas indias del siglo XX (y el XXI). A diferencia de lo que sucede con otras minorías étnicas estadounidenses, lo que necesitan decir es “aquí estamos, no nos ponemos plumas ni cazamos con flechas pero seguimos siendo indios”.

Tal vez sea justamente ese afán por conservar culturas que muchos creen muertas lo que hace de la literatura contemporánea de los aborígenes de los Estados Unidos una de las más interesantes y sorprendentes de ese país.

Puntos de contacto

Algunos de los temas de estos libros tienen puntos de contacto llamativos con la historia de un país latinoamericano del extremo sur del continente, llamado Argentina.

Por ejemplo: durante muchos años (y todavía hoy) hubo graves problemas relacionados con la adopción de los chicos indios de muchas de las tribus del Norte. La incidencia del alcoholismo en la generación intermedia de las reservaciones hizo muy común el abandono de niños y a su vez, eso facilitó la adopción fuera de la tribu. Los grupos indios resistieron: cuando se desea conservar una cultura, no se puede perder el futuro que representan los hijos. La cuestión llegó al Congreso y se pasó una ley por la cual, en el día de hoy, para adoptar un chico indio, hay que tener no sólo el permiso de la madre sino también el de toda la tribu.

Ese conflicto se describe en Puercos en el cielo, una novela de Barbara Kingsolver, traducida al castellano por Emecé. El libro muestra lo mucho que hay en común entre la lucha por la identidad de los chicos perdidos de las tribus y lo que hacen en nuestro país grupos como el de Abuelas de Plaza de Mayo o el de H.I.J.O.S. Las consecuencias de ese robo de identidad (así se califica en ambos lados del continente) aparecen también en una novela feroz, llamada Indian Killer de Sherman Alexie, autor del guión de la primera película india distribuida por las grandes compañías, la excelente Señales de humo, que a veces puede verse en los canales de cable.

Pero la adopción no es el único modo en el que puede perderse el sentido de identidad grupal. Hay por lo menos otras dos opciones que tienen que ver con instituciones importantes de la cultura occidental: la escuela y el ejército.

El momento en que la cultura blanca impone la educación obligatoria a los hijos de las comunidades aborígenes es casi un cliché en cuentos, novelas y poemas indios. La enseñanza de la historia y la de los valores estadounidenses (individualismo, trabajo, ganancia económica y triunfo) reciben un rechazo muy grande en los miembros de las tribus. La experiencia que se narra cuando se habla de las escuelas es casi siempre traumática y terrible para los niños indios. Como describe Jo Whitehorse Cochrane en un poema:

la asistente social quiere

que describas tu familia

pregunta

tu padre te golpea

tu madre

tu padre bebe

tu madre

odias a tus padres

lloras

dime dime te gusta

más la reservación

te avergüenzas en la clase

cuando te haces pis en los pantalones

por qué no hablas

por qué no haces que te den permiso

por qué no vas en el recreo

dime dime habla

miras por la ventana

das vuelta un bloque de madera con letras en las manos

habla en inglés en inglés

grazna la asistente social

afuera los gansos canadienses atraviesan tu cielo inmediato

seis en un arco se van al sur

si fueras Una que Cambia de Forma como Muchacho Estrella

podrías volar con esos cuellos largos

pero tienes que quedarte y mirar por esta ventana.

En ese fragmento de poema —un poema desgarrador como pocos—, Cochrane toca puntos clave de la experiencia india en los Estados Unidos: la promesa de pertenecer a una sociedad más rica (una promesa falsa, por otra parte, sobre todo si la persona no es físicamente semejante a un WASP) exige la renuncia a lo propio. De ahí la orden de la asistente social: tienes que hablar en inglés. El resultado es el trauma. La timidez que hace que ella se orine en clase, la vergüenza. Gerónima, una película argentina injustamente olvidada, relataba algo semejante en nuestro país: tal vez el hospital al que llevan a la protagonista es menos pobre que su casa, pero para ella, es el infierno.

De todos modos, conservar lo propio cuesta caro: implica una participación económica de grado casi cero en la sociedad central y ahí hay otro punto de contacto con el drama argentino. Los indios son la minoría más pobre de los Estados Unidos y las imágenes de la vida en las reservaciones se parecen mucho a las de la vida de los barrios pobres de ciudades como Lima, Santiago y sí, Buenos Aires. Para comprobarlo, basta ver el principio de películas como Powwow Highway, Medicine River, Señales de Humo e incluso la hollywoodense Corazón de Trueno.

La lucha por la cultura propia es el tercer punto de contacto: estos autores defienden una forma de vida completamente distinta de la que venden los productos culturales estadounidenses. Como el cine y la literatura latinoamericanos, oponen su idioma al de las novelas y grandes películas comerciales en lo técnico, lo temático, lo simbólico y lo ideológico.

Desde el año pasado, podría agregarse a esta lista la necesidad de defender formas comunitarias de lucha política y hasta de vida, que son constantes desde siempre en las culturas indias y que ahora, desde el 20 de diciembre del 2001, han empezado a surgir entre nosotros con las asambleas, las organizaciones de desocupados y los movimientos políticos de base.

Literaturas mestizas

Las novelas, poemas, obras de teatro y películas de las comunidades indias se caracterizan por la voluntad de apoyar culturas opuestas al “American way of life” y por hacerlo sobre la base lingüística del inglés, el idioma que probablemente expresa con mayor claridad esa forma de vida. Lo que se dice en libros como House Made of Dawn, de Scott Momaday, que ganó el Pulitzer en 1967; Filtro de amor de Louise Erdrich, que lo ganó unos años después; Ceremony, Storyteller, Almanac of the Dead de Leslie Marmon Silko, en mi opinión tres de los mejores libros de las últimas décadas del siglo XX, es tan antiestadounidense que el inglés cambia rotundamente en ellos, se “reinventa” como dicen en el título de la antología que publicaron en 1998 Gloria Bird y Joy Harjo, dos de las poetas amerindias más importantes del momento.

El centro de esa reinvención es lo híbrido, lo mestizo. No podría ser de otro modo: la experiencia de vida de estos autores es híbrida: universitarios en su mayoría, pasaron la infancia dentro de las reglas y la visión del mundo de sus abuelos. Esa visión, distinta en cada tribu, es una filosofía de vida completa, coherente y capaz de cambiar para adaptarse a la modernidad pero hundida con firmeza en las raíces del pasado. Leslie Silko hace una metáfora sobre ella cuando describe la casa del Medicine Man (hombre que cura) en Ceremony: una casa circular, con estantes en los que hay de todo, desde envases vacíos de Coca Cola y diarios viejos hasta raíces medicinales indias. Esa mezcla es esencial en la ceremonia del título pero la ceremonia está regida por principios laguna pueblo.

Por supuesto, no estamos hablando de una sola cultura. Los blancos estadounidenses suelen reducir las quinientas tribus de América del Norte a un solo gentilicio: el de “indio”, relacionado, en imagen, con las tribus de las Grandes Praderas (cheyenes, sioux, comanches), que el mundo entero creyó conocer a través del género western. Ese estereotipo es erróneo tanto porque la información sobre esas tribus es falsa como por el hecho de que, desde los mohicanos del Este a los navajos del Sudoeste, los indios de los EEUU tienen culturas muy variadas y complejas y muy diferentes unas de otras.

La novela es quizás el “género” en el que más se nota el uso extraño que se hace del inglés para expresar esa variedad. En general, se trata de libros tan extraños que los lectores no indios suelen sentirse confundidos cuando los leen. Uno de los puntos de diferencia más contundentes es el borramiento de la oposición entre foco (historia principal, héroe, antagonista) y fondo (ambientación en tiempo y espacio, personajes secundarios). Gran parte de la ficción amerindia, apoyada en visiones del mundo netamente comunitarias — muy alejadas del individualismo estadounidense—no tiene ni héroe ni foco. No hay ningún centro en ella. El lugar, por ejemplo, es esencia, no simple “telón de fondo”. A veces, por ejemplo en Storyteller, no puede encontrarse otro protagonista que la Tierra misma. Y eso desconcierta: nada más inesperado que descubrir que el personaje que uno creyó protagonista muere en el segundo capítulo y el libro continúa.

Por otra parte, el deseo de romper con oposiciones básicas para la cultura Occidental se repite a todo nivel. En estos relatos no hay límites marcados —ni linguísticos ni ideológicos— entre los vivos y los muertos, los animales y los seres humanos, los espíritus y los seres “naturales”. La “magia” no existe porque no se la puede separar de lo que nosotros llamaríamos “naturaleza” o tal vez, forzando las cosas “realidad”. Eso es notable, por ejemplo, en los libros “policiales” de Louis Owens: tejidos alrededor de un crimen, como pide el género, dejan completamente de lado al detective y al problema de la Ley y el castigo e introducen a los espíritus de los muertos en la trama. El enigma esencial nunca es el crimen mismo sino la cuestión de la vida en general y, dentro de ella, la supervivencia del planeta.

Otra de las oposiciones esenciales que se intenta romper es la que separa oralidad de escritura. La mayor parte de las culturas amerindias de los Estados Unidos se transmitía oralmente y por esa razón, el lenguaje hablado es mucho más importante que el escrito dentro de las historias. Para los autores, ese deseo de volver a la ceremonia de la “historia oral” en una obra escrita es un callejón sin salida pero, como dice Leslie Silko, todos ellos conciben la narración como algo sagrado y tratan de reproducir sus ritmos orales, su fragilidad y sobre todo la relación espontánea y presente entre un narrador oral y los que lo escuchan.

El sentido de la literatura

En la sacralidad de las “historias” y en su importancia para la vida que se desarrolla fuera de ellas, radica tal vez la mayor de las diferencias entre estas literaturas y la literatura blanca estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Para los occidentales, la relación entre las palabras y las cosas que las designan está quebrada, como bien dijo Foucault: la expresión de un deseo, por ejemplo, no modifica el mundo exterior al lenguaje, hay una grieta entre la palabra y la cosa. Para gran parte de las tribus a las que pertenecen estos autores, en cambio, la palabra tiene poder fuera de sí misma y puede cambiarlo todo. La palabra es la cosa y la modifica y no hay nada arbitrario en la relación entre el nombre y la cosa misma. Dentro de esa concepción de lo lingüístico, la “historia” no puede ser simplemente “diversión” ni referirse solamente a otras historias, como quería Borges. Las “historias” amerindias están completamente ligadas al mundo y son “una declaración política”, como dijo Leslie Marmon Silko en una entrevista, son, siempre, instrumentos de modificación de la realidad.

Por lo tanto, se trata de libros políticos —lo cual no significa que sean menos valiosos que otros, a menos que los lectores compartan las ideas de Harold Bloom al respecto—, y lo son consciente y cuidadosamente. Hablan de cambio y de triunfo, de resistencia. Unos años antes de la aparición del Subcomandante Marcos, Leslie Silko hablaba de Chiapas como el lugar de la rebelión en Almanac of the Dead. Mucho antes de la globalización, los valores de la sociedad estadounidense —centrados en el dinero y la ganancia económica—enfermaban físicamente a los personajes de Ceremony, a los de Scott Momaday en House Made of Dawn y a los de Louise Erdrich en Huellas.

En estas obras, contar es hacer y en ese sentido, la poesía, la ficción y el teatro de estos autores tienen la voluntad de ayudar a construir un mundo opuesto al que reciben, opuesto al que celebra el posmodernismo blanco. Para los autores blancos estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX, el mundo está decididamente fragmentado, dividido en millones de intereses, individuos, reinos, espacios de todo tipo que no pueden tocarse entre sí. No protestan por eso, lo aceptan, lo aplauden incluso. Para los autores amerindios, el mundo es un todo en el que, como creen las religiones orientales, una pluma que cae en un extremo del planeta causa un huracán en el otro. Ese mundo único, “holístico”, necesita un equilibrio general que incluya tanto al ser humano como a los otros seres y cosas. Ése es uno de los temas esenciales de estos libros fascinantes. De eso trata, por ejemplo, Crossings, un poema maravilloso de Linda Hogan, que describe las relaciones constantes de todas las cosas con todas las cosas dentro de la vida de nuestro planeta. Con la lectura de un fragmento basta:

Hay un lugar en el centro de la tierra

en el que un océano se disuelve dentro de otro

en un amor negro y sagrado;

por eso las ballenas de un mar

conocen canciones del otro,

por eso una cosa se transforma en otra

y la arena cae en el reloj

hacia otro tiempo.

Mundos femeninos: las escritoras de la ciencia ficción y la fantasía

Como el policial y la “novela histórica”, tal vez como cualquier género popular, entre los textos de la ciencia ficción y la fantasía (que las editoriales suelen unir en colecciones paralelas o únicas) pueden encontrarse desde novelas “de vacaciones”, sin otra pretensión que la venta masiva y también exploraciones sistemáticas y profundas de temas como las relaciones sociales, la política y la mente humana. Actualmente estos dos géneros cuentan con todo un grupo de escritoras, mujeres todas ellas, que supieron unir popularidad y profundidad en una serie de textos que por fin empiezan a aparecer en castellano.

Una de las precursoras de esa generación de fin de siglo XX empezó siendo hombre. Se la conocía sólo por su seudónimo, James Tiptree Jr., y antes de que se develara su identidad, un crítico muy reconocido afirmó en un artículo que no creía en los rumores según los cuales el famoso Tiptree era mujer ya que sus relatos jamás podrían ser fruto de la imaginación femenina. Seguramente Alice Sheldon, que así se llamaba en realidad, se rió mucho escondida detrás de su máscara. Mientras tanto, sus novelas y cuentos abrieron uno de los caminos más frecuentados por sus herederas: el uso del esquema básico de la ciencia ficción para explorar los roles de lo femenino y lo masculino en la especie. Un ejemplo cualquiera: ¿qué pensaríamos de los dos sexos si descubriéramos que toda la humanidad, todos los hombres y las mujeres, son sólo los espermatozoides de una especie superior y están destinados a crear cohetes, llegar al planeta donde los esperan los óvulos y morir engendrando algo desconocido?

Ese tipo de propuesta forma parte de un coro de voces femeninas que incluye la figura mayor de Ursula K. Le Guin y sigue resonando hoy en día en las novelas de autoras como Cherryh, Barbara Hambly o Lois McMaster Bujold. El mecanismo que utilizan todas ellas es el típico del género: como en la La mano izquierda de la oscuridad, de Le Guin —donde el protagonista humano se encuentra con una especie andrógina y se ve forzado a revisar todas sus ideas sobre los sexos y el amor—, se trata de trasladar la acción a un tiempo (el futuro) o un espacio (otros planetas) sumamente alejados del presente. Con ese movimiento básico —tal vez lo único común a la ciencia ficción y la fantasia—, se pone al lector en una perspectiva violentamente diferente de la propia, una perspectiva que subvierte la visión del problema que se está tratando y obliga a cuestionar valores y estereotipos que ese lector siempre había considerado “naturales”.

Lo interesante de estas autoras es la forma en que manejan esa base técnica. LeGuin, por ejemplo, crea mundos con leyes propias para expresar una idea sobre el ser humano (en la tetralogía de Terramar, claramente dentro de la “fantasía”), una consideración de neto corte político (en Los desposeídos, ya dentro de la ciencia ficción) o una protesta contra un hecho en particular (en El nombre del mundo es bosque, su novela sobre la guerra de Vietnam). En todos esos casos, además de un lenguaje perfecto y una prosa fascinante que parece simple y no lo es, Le Guin hace del diseño de sus mundos el vehículo perfecto para decir lo que quiere.

En el fondo, las suyas (y las de todas las autoras que nombramos, exceptuando tal vez a Cherryh) son novelas de tesis (en el sentido meramente descriptivo de una expresión que actualmente se tiende a usar como descalificatoria). Como en toda buena novela de tesis, en las de Le Guin, las ideas (el anarcosocialismo crítico de Los desposeídos, la indignación política de El nombre del mundo o el budismo indígena de libros como Always Coming Home o Terramar) no se expresan en discursos ensayísticos separados de la acción o unidos a ella por líneas endebles como declaraciones directas de los personajes sino en lo estrictamente novelístico: en los rasgos internos del mundo de ficción.

Otro tanto podría decirse de las novelas de fantasía de Barbara Hambly, en las que campean la magia, las intrigas, y hasta los dragones, esos animales que Borges calificaba de pecado literario y que esta autora, y Le Guin en Terramar, utilizan con originalidad y soltura. En Vencer al dragón de Hambly, el dragón funciona como un símbolo poderoso y fértil cuyo significado se expande como el círculo de una piedra en el agua. La lucha interior de la protagonista está inscripta en un mundo de pociones, hechizos y criaturas extrañas pero en realidad, es la compleja lucha de una mujer entre su amor por los suyos y su deseo de ser ella misma, el dilema entre la casa y la vocación —no por nada, se llama Waynest (camino-nido)—, estudiado desde una óptica claramente feminista. Desde esa óptica también, hay un intento calculado por destruir la imagen del heroismo tradicional: el Vencedor de Dragones, por ejemplo, usa anteojos, es tranquilo, absolutamente no violento y aparece por primera vez en un chiquero, con la ropa embarrada y maloliente, alimentando a los cerdos.

Lois McMasters Bujold, una de las últimas ganadoras de los premios Nébula y Hugo, los grandes galardones del género, también construye mundos en el futuro. Sus intereses principales parecen ser, por un lado, el problema social de la intolerancia, y por otro, algunos problemas ideológico-literarios como el replanteamiento de la figura heroica. En este último sentido, la estrategia de Bujold es semejante a la de Hambly: su héroe más conocido es Miles Vorkosigan, un inválido que se apoya en los demás para cumplir con su tarea (aquí no existen el “esto tengo que hacerlo yo solo”), se da por vencido cuando sabe que lo está, recurre lo menos que puede a la violencia y es capaz de llorar por sus amigos. La cultura estadounidense considera esos rasgos —sensibilidad, expresividad, afán de cooperación, responsabilidad social, no-violencia— “femeninos” y por lo tanto, también anti-heroicos. En sus novelas, Bujold da vuelta la trama y los convierte en la base de la heroicidad.

En otro punto de este espectro, Cherryh, una escritora prolífica y múltiple, capaz de hacer ciencia ficción casi dura (es decir, ceñida a las leyes y supuestos básicos de la ciencia) y también fantasía (con brujas, espíritus y fantasmas), utiliza el esquema como fin y no como medio. Sus novelas son desparejas desde el punto de vista literario pero cuando funcionan, sus recreaciones de un futuro posible para la humanidad, están cargadas de conocimiento científico, verosimilitud y un excelente manejo de la tensión, sobre todo en obras como Cyteen o Rimrunners, las dos traducidas en una editorial española, donde se dan por sentados el mundo futuro y todas sus complejidades, como si el lector los conociera perfectamente.

Este grupo de mujeres —la lista es incompleta— ha dado a los dos géneros de que hablamos una fuerza nueva y diferente, tal como pasó dentro del policial. A la luz de esos dos ejemplos, tal vez habría que preguntarse si los textos “de género” no son un buen campo para investigar el famoso enigma de la “escritura femenina”. ¿Hay una escritura definida por el género? ¿Cuáles son sus características? Quizás esas preguntas, repetidas en cientos de trabajos sobre escritoras, podrían plantearse mejor en espacios literarios como la ciencia ficción, donde los límites del esquema “de género” ayudan a definir la cuestión. No hay duda de que el crítico que afirmó con tanta seguridad que James Tiptree no era mujer se manejaba con estereotipos y falsedades. Ahora que sabe la verdad, probablemente opina que la escritura femenina no existe, pero eso, claro está, no prueba nada.

Lista (no exhaustiva) de obras en castellano:

HAMBLY, BARBARA: Vencer al dragón, Las señoras de Mandrigyn, Las brujas de Benshar, La mano negra de la magia (Editorial B).

CHERRYH: Paladín (en Argentina) Cyteen, Rimrunners, Rusalka, la tetralogía de Chanur, (en España). (Editorial B)

MACMASTERS BUJOLD, LOIS: Barrayar, En las fronteras del infinito (En España). (Editorial B)

TIPTREE, JAMES: Cantos esterales de un viejo primate, En la cima del mundo. (Edhasa)

LEGUIN, URSULA KROEBER: Minotauro reedita: La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos, El nombre del mundo es bosque, Un mago de Terramar, Las tumbas de Atuán, La costa más lejana, El lugar del comienzo. Tehanu. Las doce moradas del viento, I y II (cuentos). (Editorial Edhasa) Planeta de exilio (Hyspamérica, Biblioteca de ciencia ficción).

Libros de Historia y libros de ficción, dos formas de contar la Historia a los chicos

Hace muchos años que escribo para chicos. Según la definición que adoptemos para el género “novela histórica”, tan de moda en este momento (porque estamos en el año del Bicentenario de la Revolución de Mayo, 2010), mi novela El año de la vaca, que transcurre en tiempos de la dictadura que comenzó en 1976 podría o no ser parte de él. Lo planteo porque el género mismo es problemático. ¿Es “histórica” una novela como la mía, que no tiene ni un solo personaje “histórico”? ¿Es “histórica” una reconstrucción fantástica de un episodio histórico como La Saga de los confines de Liliana Bodoc? ¿Qué novela (para chicos o para adultos) no es “histórica” en ningún sentido? Como Norma Huidobro (una de las autoras a las que consulté para esta nota), yo también “creo que toda literatura es histórica del presente en el que se escribe”, y que el género que llamamos “histórico” en realidad es “literatura de recreación del pasado”.

Si se revisan con cuidado los catálogos de “novela histórica”, parece haber por lo menos dos definiciones del género. Podríamos separarlos con dos adjetivos que se han usado para la “ficción científica” (mal traducida como “ciencia ficción”): novela histórica “dura” y novela histórica “blanda”; “dura”, en el sentido de limitación, de rigidez de reglas; “blanda”, en el de más abierta, más flexible. En la definición “blanda”, una novela sería “histórica” si estuviera “ambientada en un tiempo histórico definido y reconocible”, como dijo Norma Huidobro. En el sentido “duro”, no lo sería si no tuviera algún personaje o hecho de esos que aparecen en los libros de Historia (pongo la palabra con mayúscula para diferenciarla de “historia” en el sentido de relato). Pero estas ideas complican las cosas porque, ¿cómo se define la Historia? ¿No es la Historia otra forma de ficción, como dicen algunos?

Entre los escritores que consulté, predomina la definición “dura”. Algunos definen el género solamente así. Mario Méndez dijo que, cuando le sugirieron la escritura de una novela sobre la Revolución de Mayo, se decidió por un “personaje histórico de segunda, en ascenso”, Hipólito Vieytes, para escribir El aprendiz. Vicente Muleiro (Don Perro de Mendoza, Los guerreros de French) afirmó que buscaba en nuestra Historia lo que quería contar: “Tenemos una historia breve pero dramática”, dijo y agregó que hay que contarla de nuevo y de otra forma, desacartonarla, hacerla menos inocente. Adela Basch, que escribe teatro histórico, cuenta la Historia para borrar la imagen “convenientemente acartonada, limada y neutralizada” que se da de ella en la escuela, esa imagen que deja a los hechos sin “lo que tienen de transformador y los presenta como sucesos “inofensivos”… Me interesa contar la historia esquivando las rigideces y los estereotipos con que se suelen encasillar las imágenes que nos hemos formado de los próceres. Mostrarlos como seres humanos vivos, apasionados”.

La escuela es una presencia constante en lo que dicen estos escritores, tal vez porque es el lugar que elige el mercado editorial para distribuir la literatura infantil-juvenil. Al respecto, Adela Basch, Vicente Muleiro y Mario Méndez hablan de una responsabilidad específica del género. Méndez la expresa contraponiendo lo que hace con una revista que fue modelo para la transmisión de la llamada “historia oficial”: “siempre tuve cuidado de no hacer un trabajete como para Billiken”, me dice. Lo mismo dicen Basch y Muleiro, cada uno a su manera. Muleiro, por ejemplo, dice que quiere escribir otra Historia, más humana, “más controvertida”. Todos quieren construir lo que parte de la crítica estadounidense llama una “contramemoria” del pasado, una imagen diferente y rival de la que Muleiro llama “Historia blanca” o “Historia oficial”.

Sandra Comino y Norma Huidobro creen en lo que podría definirse como género “blando”, y por eso, no están seguras de que lo que escriben sea realmente “novela histórica”. “Algunas de mis novelas tienen contexto histórico; no sé si son novelas históricas. La última que escribí, Nadar de pie, transcurre en Malvinas; es más bien una historia de amor en un contexto histórico. El límite es difuso”, dice Sandra. Por su parte, Norma pone a su propia familia en El pan de la serpiente, la novela que escribió sobre inmigración. Define al libro como “una novela de misterio ambientada en el pasado, en la que pueden verse desprendimientos o consecuencias de determinados hechos históricos”. Sus palabras sobre la “novela histórica” son casi una copia de las de Sandra: “No sé si puedo llamarla “histórica” pero tiene un “marco histórico”.

Con ese panorama, que se podría ampliar con muchos otros nombres, volvemos al gran problema del género: sus relaciones con la Historia de los “manuales”. Desde mi punto de vista, si se rechaza la idea “blanda” del género, se estarían rechazando también las nuevas definiciones de Historia, que hoy en día incluyen a la Historia que analiza fuerzas sociales más que “héroes” o “próceres”, a la “Historia de la vida cotidiana”, a la Historia de las mujeres, a la Historia oral (tal vez la más revolucionaria de todas porque entiende que mientras la Historia se base solamente en documentos escritos, estará dejando fuera del relato a las voces de gran parte de la población: no hay que olvidar que la alfabetización masiva es algo muy nuevo en el mundo). Si aceptamos esas nuevas maneras de pensar la Historia, no habría más remedio que aceptar como “novela histórica” lo que yo propongo llamar “género blando”.

La novela de Norma incluye a sus abuelas: “Desde el principio supe que mis abuelas iban a estar en la novela. Una de ellas era inmigrante, española; la otra, no. Mi abuela materna era hija de un vasco y una mestiza, y obviamente, en alguna rama superior estarían los indios”. ¿Por qué no sería “histórica” El pan de la serpiente cuando ahora es común hacer Historia de Familia a nivel académico, sobre todo cuando la familia del historiador toca un tema histórico importante (con un ejemplo basta: el maravilloso Esclavos en la familia de Ball sobre el Sur estadounidense, que mezcla narración y ensayo histórico)? Si se acepta que la Historia la hacen todos, no solamente los que después aparecen en los libros como héroes, ¿cuál sería la diferencia esencial entre un tipo de “novela histórica” y el otro?

En el caso de la literatura infantil y juvenil, la que llega a la escuela, lo que tratan de hacer los autores que escriben “novela histórica” de cualquier tipo es transmitir su propia visión de la Historia y transmitirla desde un lenguaje literario, cuidado, que diga exactamente lo que quiere y lo diga con belleza. La belleza es esencial y todos los autores de literatura infantil hablamos de eso, tal vez para compensar el hecho de que muchos consideran a los libros para chicos y adolescentes fuera de la categoría de “literatura”, como una ficción o poesía “poco seria”. En cualquier género literario, la “seriedad” tiene que ver con el lenguaje. Adela Basch lo dice cuando afirma que lo que quiere hacer es traducir “el discurso de la Historia a un discurso literario”; Huidobro, cuando habla de “alto valor literario”; Méndez, cuando aclara que lo literario debe emocionar y entretener.

Cierto. Pero habría que agregar que, en el género histórico, hay una “seriedad” extra que tiene que ver con la investigación. Cuando se hace novela “histórica” (“dura” o “blanda”), la imaginación es fundamental pero tiene que haber más. Si quien escribe vivió durante el período histórico en que transcurre lo que escribe, se requiere un ejercicio consciente y cuidadoso de la memoria para no caer en anacronismos o falsedades. Si el período es anterior a la vida de ese escritor o escritora, la investigación es esencial. Todos los que consulté sobre este tema hablaron de eso. Para escribir sobre cualquier momento histórico, hay que captar el clima, los detalles, como dice Vicente Muleiro. Liliana Bodoc también me lo dijo cuando habló de su última novela histórica, El rastro de la canela: había pensado en una escena en la que alguien comía una manzana pero, cuando se puso a averiguar, se enteró de que a la Buenos Aires de 1810, no llegaban frutas de ningún tipo. Sandra Comino plantea el problema desde lo genérico: “En literatura es más importante cómo se cuenta lo que se cuenta; en la novela histórica se debería priorizar qué se cuenta, pero sin olvidar cómo se cuenta. Con lo cual cada vez es más complicado”. Es complicado porque la relación de la “novela histórica” con hechos externos a la novela misma (no hablemos de “realidad”, otro concepto resbaladizo) es mayor que la que tienen otros géneros y la exigencia puede ser todavía más grande si se quiere vender el libro en la escuela, donde se da mucha importancia (¿tal vez demasiada?) a esas relaciones. Pero si la “investigación” es fundamental, ¿por qué no ampliar el género y considerar por lo menos “casi histórica”, por ejemplo, a la Saga de los Confines de Bodoc, tan unida a la Historia de la Conquista de América?

Hay un costado más que explorar: la Historia no es una sola. Se la puede leer de muchas maneras. Por ejemplo, ¿cómo se cuenta la “Campaña al Desierto”? ¿Como la cuenta la historia oficial, la “historia blanca” o, al contrario, como la cuentan los pueblos originarios? La existencia de miradas paralelas que compiten para imponer un relato nos pone frente a una cuestión crucial para entender la novela histórica, tanto para adultos como para chicos. A diferencia de la otra Historia y ya desde la firma del autor o autora, la novela se define claramente como una interpretación, una entre muchas otras. La novela proclama que es “ficción”, que su relación con lo que llamamos “verdad” es complicada. Y eso es bueno: cuantas más visiones sobre el pasado tenga un chico, cuantas más le proponga la escuela, mejor entenderá las complejidades de la Historia de su tierra y del mundo y las de su propia identidad como parte de él. Cuando se lee un libro como Un desierto lleno de gente de Esteban Valentino (para dar otro ejemplo), se sabe desde la tapa que lo que uno está leyendo es ficción. En cambio, la Historia (en su forma de libro académico o manual) suele venderse como única, como pintura de la “realidad”. En eso, y esto es paradójico, la ficción es más sincera y por lo tanto, está más cerca de la “verdad”.

La visión y la ceguera: literaturas sobre Europa

En uno de los cuentos de La migración de los espíritus, el impresionante libro de Pauline Melville, la escritora de Guyana, el hambre terminal de un nigeriano pasa mágicamente al cuerpo de la esposa del empresario inglés que extrae petróleo de esa tierra. Unos meses después, anoréxica, sin control de esfínteres, la esposa (que para él es solamente un objeto bello que mostrar, un trofeo) lo avergüenza en un banquete en Londres en el que introduce el olor, la suciedad y el cuerpo terminal, moribundo del negro africano —transportado al propio— y los hace innegables. Escandalosos. Simbólicamente: el hambre que esparció en el margen volverá al centro.

En ese contexto, habría que preguntarse cómo es posible que alguien se sorprenda por los estallidos en barrios periféricos franceses; cómo es posible que, si es verdad que todo empezó con una prueba de la vacuna de la viruela preparada con suero de mono y aplicada a la fuerza a un millón de africanos, se haya pensado alguna vez que el SIDA no llegaría a todo el mundo.

La globalización existe desde siempre si pensamos la palabra en el sentido ecológico. Existe porque éste siempre fue un solo planeta, aunque solamente lo reconozcan los pueblos menos poderosos. Esta globalización, en cambio, la que tenemos ahora, la de las empresas y los bombardeos, empezó con la tremenda expansión que llevó la cultura europea a todo el mundo en tiempos de las colonias. Hay momentos en que esa cultura (que hoy llamamos, sin demasiada exactitud, “occidental”) parece completamente ciega: se niega a ver las consecuencias de sus actos. En ese sentido, la película El día después de mañana, con todos sus defectos, intentaba en alguna parte sacudir los sentidos embotados de los poderosos. Pero la ceguera se ve mejor desde el margen. Tal vez por eso, las literaturas de los pueblos originarios a los que Europa trató de aplastar desde la Modernidad hablan tanto de ella.

Se trata de literaturas mestizas: escritas en las lenguas europeas de dominación, expresan visiones del mundo que son profunda, totalmente anti europeas. Así, el inglés, el español, el francés, el portugués se convierten en instrumentos para protestar contra lo que esos mismos idiomas llevaron al mundo, y también contra el robo de recursos que era el objetivo de esa excursión.

Si “visión del mundo” puede definirse (con mucha rapidez) como la forma en que un grupo (no un individuo) lee al planeta, no estamos hablando de una sola visión sino de muchas. Los pueblos australianos, los indoamericanos, los africanos, los asiáticos, son muy diferentes unos de otros. Sin embargo, tienen en común la forma en que se relacionaron históricamente con Europa (y su continuador, Estados Unidos), una cierta idea general de la red que une al planeta y lo hace uno, y también una manera parecida de pensar la literatura misma.

En ese contexto, la literatura está muy lejos del concepto de “entretenimiento” y “arte por el arte” que propugna el posmodernismo. Los libros de estos autores —algunos ejemplos al azar: Leslie Silko, Simon Ortiz, Greg Sarris, Louise Erdrich, amerindios del norte; los escritores del Caribe, incluyendo a Pauline Melville; autores africanos como Achebe, Blink o Nadine Gordimer; Toni Morrison y todos los afro estadounidenses; los escritores de culturas asiáticas, como Amy Tan, Salman Rushdie, Arundhati Roy (eso, para quedarnos en la tradición del idioma inglés, que es la yo manejo)— están pensados como armas de lucha, como un espacio en el que se pueden gritar verdades que la visión europea del mundo se niega a considerar o que descarta como “supersticiosa”. Las historias también son una forma de llegar a los banquetes de los grandes poderes económicos y desplegar en ellos el hambre que esos poderes están causando en la periferia.

La ceguera del centro frente al sufrimiento del margen está presente en varios de los cuentos de Melville: el dueño de la petrolera ni siquiera ve al negro que se comunica con su esposa, mientras se muere de hambre detrás de un surtidor de nafta; el gerente de la compañía minera canadiense hace las cuentas y decide que si saca oro de un país como Guyana y deja ahí los compuestos de cianuro en los ríos, el resultado será pura ganancia.

En las bases de esa manera de mirar las cosas, de ese razonamiento increíblemente absurdo (muy mal planteada desde cualquier criterio excepto el de la ganancia medida en dinero), está la tendencia a la fragmentación, en la que Europa se hundió cada vez más desde Descartes y la Ilustración. Desde entonces, el pensamiento europeo divide todo, desde las áreas de conocimiento (que, en la escuela, seguimos estudiando separadas en compartimentos estancos, por “horas”, como si creyéramos que un descanso de un recreo hace posible, por ejemplo, pensar la historia sin geografía o la geografía sin historia), los países y sus fronteras, las zonas económicas del planeta, la “división internacional” del trabajo. La idea de que todo está separado de todo lo demás, de que todo es independiente, se multiplicó y se reprodujo hasta llegar al individualismo de la cultura estadounidense, a esa cultura que alienta la competencia en todo (la escena en la que el segundo sospechoso de la masacre de Columbine protesta porque lo pusieron segundo en la película de Michael Moore es antológica al respecto).

Es ese fragmentarismo el que me permite creer que si un científico prueba una vacuna en África (para salvar a los europeos de sus efectos secundarios, sean cuales fueren), los efectos (se llamen SIDA o cualquier otra cosa) no llegarán a Europa en algún momento. O que si se hacen estallar bombas atómicas en una islita del Pacífico, no habrá reacciones en cualquier otra parte. O que se puede saquear África durante cientos de años sin generar consecuencias.

Del otro lado, en la infinidad de visiones del mundo que se sostienen en el margen, la idea del mundo es más holística, más unitaria. El mundo es uno. Y desde esas otras perspectivas, es más que evidente, obvio se diría, que la llamada “contaminación selectiva” (sí, tiene nombre el cálculo por el que una compañía a la que prohiben contaminar su propio país abre una papelera o una mina en Sudamérica o en África y contamina “en otra parte”) es ridícula y peligrosa. La contaminación no tiene fronteras. Somos uno aunque seamos muchos.

En los cuentos de Melville, como en los de todos estos autores, hay una salida para la humanidad y esa salida es alejarse de lo europeo, volver a una idea del planeta que sea capaz de ver las evidentes relaciones entre la extrema pobreza en África, por ejemplo, y la riqueza de un banquete en Londres; un pensamiento que explique lo que une a los jóvenes que queman autos en París con la deuda impagable que tienen por lo menos Europa, Estados Unidos y el Brasil blanco con África por los cuatrocientos años de secuestro, trabajo forzoso, sangre y muerte. En el cuento de Melville, el hambre que produce la visión fragmentaria del mundo se hace visible en el cuerpo de una mujer moribunda y sucia — que, simbólicamente, antes, fue “modelo”—cuando ella entra a un banquete pagado por el hambre de África, vistiendo el cuerpo de un negro nigeriano.

En otro cuento de la misma colección, las ideas de Descartes, que Europa exportaría al mundo a través de sus colonias (esas ideas que separarían “la mente de la materia, el cuerpo del alma, y la ciencia de la magia”, la emoción de la razón, lo oral de lo escrito) aparecen no sólo como ridículas sino como “peligrosas”. En la visión del mundo que defiende Melville, lastimar un río, matarlo con cianuro, es un asesinato múltiple: se está matando al río y también al agua, a los animales que lo habitan y a los seres humanos que morirán después.

Para esa visión del mundo, lo que está pasando en Francia tendría una explicación lógica y también un significado extra que tal vez la furia de los jóvenes franceses no haya captado todavía (ah, dado que son franceses, ¿no habría que volver a pensar el sentido de palabras como “francés” o “nacional”?). Los autos, la tecnología del petróleo y los combustibles fósiles están asesinando al mundo y enriqueciendo a unos pocos. La destrucción de ese medio de transporte individualísimo y muy contaminante parece una medida del planeta mismo para defenderse.

La tentativa de Robbe-Grillet

Entonces, yo tendría más o menos diez años pero lo recuerdo con claridad, tal vez porque no conseguí entenderlo. El chiste venía en una de las revistas que recibían entonces mis padres, una revista intelectual al estilo de Crisis que, junto con el cine club de medianoche y La Botica del Ángel, los marcaba como parte de la gente interesada en el arte a fines de la década de 1960. Era un dibujo en el que se veía a un hombre parado sobre las manos con las piernas enroscadas alrededor del cuello y un libro abierto en el suelo frente a sus ojos. Abajo, estaban escritas las siguientes palabras, totalmente incomprensibles para mí: “Así se lee a Robbe-Grillet”. Y es que, en esos días, Robbe-Grillet era parte de la “intelectualidad”. Había que leerlo aunque fuera sólo para tener derecho a decir “Lo lamento, no me gusta nada”, que, entre paréntesis, fue lo que dijo mamá después de intentar con Los celos, donde se describe objeto tras objeto con una minuciosidad tremenda que nunca llega a la acción, en ese recurso que el crítico Michel Contat definió como “hipertrofia de la mirada”.

No hay ninguna duda de que Robbe-Grillet, que acaba de morir a los 85 de un infarto en un hospital de Caen, marcó a fuego la literatura francesa del siglo XX, y a través de ella, a muchos escritores del mundo influenciados por la cultura europea. El “noveau roman”, movimiento que él encabezó y describió en su libro de ensayos Por una nueva novela (1963) fue uno de los últimos coletazos de ese impresionante deseo de experimentación literaria que había empezado en la década de 1920, en el verdadero comienzo cultural del siglo, con autores como James Joyce, William Faulkner, T.S. Eliot y Virginia Wolf. Robbe-Grillet no estuvo solo en su país. Escritores como Marguerite Duras, Michel Butor, Nathaniel Sarraute, Claude Simon, Samuel Beckett, entre otros acompañaron el “nouveau roman”.

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