Читать книгу: «Discursos IV»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 195


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por JESÚS ASPA CEREZA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1994.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO298

ISBN 9788424932275.

EN AGRADECIMIENTO AL SENADO


INTRODUCCIÓN

1.

El marco histórico general de los discursos «post reditum»

Los siete discursos que conforman el presente volumen presentan una serie de características comunes tanto por el momento histórico en el que se sitúan como por las ideas, reiterativas en muchos casos, que en ellos se vierten 1 . Los seis primeros fueron pronunciados en los nueve meses inmediatamente posteriores (septiembre del 57 a mayo del 56) al regreso de Cicerón de su exilio: al día siguiente (5 de septiembre del 57) de su entrada triunfal en Roma manifestó su agradecimiento en el senado –Cum senatui gratias egit– a cuantos habían contribuido a facilitar su regreso y, dos días después, hará lo mismo ante el pueblo romano –Cum populo gratias egit–; a recuperar sus posesiones y, en especial, su casa del Palatino (de la que Clodio, el responsable directo del exilio del orador, se había adueñado para construir sobre sus cimientos una gran villa consagrada a la Libertad) están dirigidos el De domo sua ad pontifices (29 de septiembre del 57) y, en parte al menos, el De haruspicum responso (posiblemente mayo del 56); dos meses antes de este último discurso (marzo del 56), la defensa de uno de los personajes que más activamente contribuyó a su regreso (el Pro Sestio, discurso al que hay que añadir la interrogatio contra uno de los acusadores, In Vatinium) será aprovechada por Cicerón para abordar, una vez más, las razones de su exilio, la situación política de Roma en aquella época y la responsabilidad en todo ello de su más enconado enemigo: Publio Clodio. Entre estos seis primeros discursos y el Pro Milone (8 de abril del 52) transcurren casi cuatro años 2 y, sin embargo, es fácil entender la estrecha relación que se establece entre todos ellos: Milón había sido el asesino de Clodio.

El exilio de Cicerón y Publio Clodio: entre estos dos ejes fundamentales giran, pues, los siete discursos que vamos a analizar y traducir: la turbulenta situación política de Roma durante estos años, la actitud de Cicerón, las causas de su exilio, la responsabilidad directa de Clodio, la legalidad de su actuación, las razones y consecuencias de una enemistad personal prolongada, la implicación en todos estos sucesos de los personajes más importantes de la vida política romana (en especial de Pompeyo y César), son algunas de la ideas que, de forma constante –y, a veces, obsesiva–, aparecen en estos discursos.

Para evitar, por nuestra parte, la propia reiteración de Cicerón, vamos a desarrollar brevemente este marco histórico común; de este modo nos limitaremos, en cada discurso, a analizar aquellos aspectos puntuales que le son propios y característicos sin necesidad de volver, una y otra vez, sobre las mismas ideas.

2.

Causas del exilio de Cicerón: la «Conjura de Catilina». El enfrentamiento con Clodio

Varios son los factores que van a determinar el exilio de Cicerón. En primer lugar, este suceso capital en la vida del orador se explica en el marco general del enfrentamiento entre la oligarquía senatorial (los optimates, cuyos intereses Cicerón va a defender) y el denominado partido democrático, liderado por César. La causa inmediata – o mejor, la excusa– será la actuación de Cicerón durante su consulado en el 63 y, en concreto, su represión de la conjura de Catilina. El brazo ejecutor será el tribuno Publio Clodio que satisfacía así su venganza contra Cicerón. Vayamos por partes.

La carrera política de Cicerón había alcanzado su cénit al conseguir, pese a su condición de homo novus, el consulado en el año 63: es el momento de la famosa conjura de Catilina que Cicerón descubre y logra sofocar con una energía que, a la postre, contribuirá a su propia caída. En efecto, la legislación romana preveía en situaciones críticas – y aquella lo fue– la concesión de plenos poderes a los cónsules para defender el Estado. Es el conocido senatus consultum ultimum: videant consules ne quid detrimenti respublica capiat 3 . A su vez, y para prevenir los riesgos que todo poder absoluto conllevaba, el pueblo romano había conseguido, mediante la lex de capite civis Romani, impedir que se pronunciara una pena capital fuera de los comicios centuriados o que se diera muerte a un ciudadano romano que había apelado al pueblo 4 .

Cicerón conocía, sin duda, la legislación romana y también algunos precedentes famosos de magistrados que habían sido enjuiciados por actuar con demasiada energía contra enemigos públicos sin atenerse a la lex de capite civis Romani 5 . Consciente de ello, buscó la aprobación del senado antes de ejecutar a los conjurados, una medida que, si bien diluía su responsabilidad directa, no dejaba de ser, desde un punto de vista legal, insuficiente: los partidarios de Catilina fueron ajusticiados sin la consulta previa a los comicios centuriados.

Por ello no faltaron, desde el primer momento, quienes criticaran la actuación de Cicerón; así, cuando todavía no había concluido su consulado, en diciembre del 63, un tribuno de la plebe, Quinto Cecilio Metelo Nepote, lo acusó abiertamente de haber dado muerte de forma ilegal a ciudadanos romanos. La acusación fue de nuevo presentada, ante el senado y el pueblo, en enero del 62; aunque el senado reaccionó declarando enemigo público a quien intentara pedir responsabilidades por la ejecución de los cómplices de Catilina, lo cierto es que se habían sentado ya las bases para la posterior acción judicial de Clodio 6 .

Pero fue un año después de su consulado, en diciembre del 62, cuando se produjo el primer enfrentamiento entre Cicerón y Publio Clodio Pulcro, a la sazón cuestor y uno de los personajes con mayor apoyo popular: «Me imagino que te habrás enterado –escribe a Ático 7 – de que P. Clodio, hijo de Apio, fue sorprendido vestido de mujer en la casa de César cuando se realizaba un sacrificio oficial por el pueblo, que logró salvarse y escapar gracias a la ayuda de una esclava y que el asunto constituye un grave escándalo». Acusado de sacrilegio, el juicio se celebró, con no pocas irregularidades 8 en mayo del 61: pese al testimonio concluyente de Cicerón, Clodio fue absuelto gracias a la corrupción de parte de los jueces y al apoyo del propio César. A partir de este momento, Clodio se convertirá en el enemigo más acérrimo y mortal de Cicerón.

Por otra parte, la política intransigente del senado en esta época, siempre a la defensiva ante cualquier actitud que pudiera mermar su poder y la defensa de un sistema que se adivina ya caduco, va a provocar como reacción la alianza de tres personajes decisivos en la vida política romana: Pompeyo (que tras sus victoriosas campañas en Oriente había visto rechazadas sus demandas ante el senado), César (deseoso de un mayor protagonismo político) y Craso (defensor de los intereses económicos de los caballeros) 9 . Como consecuencia, en parte, de este cambio en la situación política interna, la figura del orador se fue eclipsando paulatinamente; en estas circunstancias, y al igual que en tantas otras situaciones críticas de su vida, Cicerón dudó entre mantenerse fiel a sus principios (la defensa de los intereses senatoriales) o adaptarse a unos cambios inevitables (el propio César le ofreció un papel importante en el triunvirato) 10 ; ante la duda, optó por mantenerse al margen de la vida política, dedicado al estudio y a la redacción de algunas de sus obras. De esta debilidad se aprovechará de inmediato Clodio.

Además de defender intereses políticos contrapuestos, la enemistad entre estos dos personajes se acentuó ante la reiterada oposición de Cicerón a que un patricio como Clodio accediera al tribunado de la plebe mediante el subterfugio legal –frecuente en aquella época– de hacerse adoptar por un plebeyo; de nuevo la protección de César (que veía en Clodio un instrumento destinado a frenar las acciones de Cicerón contra las medidas legislativas tomadas por César durante su consulado) e, incluso, el consentimiento de Pompeyo (consecuencia sin duda de los acuerdos del primer triunvirato) permitieron a Clodio ser adoptado por P. Fonteyo (marzo del 59) en una operación cuya nulidad destacará Cicerón en numerosas ocasiones 11 .

La elección de Clodio como tribuno de la plebe (octubre del 59) trajo consecuencias funestas para la vida y la carrera política de Cicerón. En medio de un clima de violencia, Clodio fue logrando progresivamente el aislamiento de su enemigo personal: presentándose como el defensor de los intereses de César en Roma, con Pompeyo maniatado por los compromisos del triunvirato y atemorizado posteriormente por las bandas callejeras 12 , Clodio limitó el poder de los magistrados al negarles el derecho a la obnuntiatio y se ganó el favor del pueblo con repartos gratuitos de alimentos y con el restablecimiento de la libertad de asociación 13 . Además, con la promesa de proconsulados lucrativos, compró el apoyo de los dos cónsules, L. Calpurnio Pisón y A. Gabinio, dos personajes contra los que Cicerón mostrará todo su odio y resentimiento por haberle negado su apoyo en la situación crítica que se avecinaba.

Con estos precedentes Clodio se dispuso a atacar directamente a Cicerón: sin nombrarlo expresamente, pero en clara alusión a su actuación contra los partidarios de Catilina, en febrero del 58 presentó un proyecto de ley de capite civis Romani en el que se prescribía «la prohibición de agua y fuego» 14 a quien diera o hubiera dado muerte a un ciudadano sin juicio previo. Cicerón se sintió directamente aludido: atemorizado, en vez de obligar a Clodio a que intentara un proceso legal contra él o bien conjurar el peligro aceptando la propuesta de César de acompañarle como legado en las Galias, se vistió de luto, suplicó de forma casi humillante la protección del cónsul Pisón y de Pompeyo, y buscó, en fin, el apoyo de los ciudadanos romanos, del orden ecuestre y de los senadores; pero las bandas callejeras de Clodio impidieron toda manifestación popular y los cónsules, Gabinio y Pisón, llegaron a prohibir vestirse de luto como muestra de apoyo a Cicerón 15 . Fue la de Cicerón una reacción precipitada que más tarde, ya en el exilio, no se cansará de lamentar: «Estuve ciego, sí, ciego, cuando me vestí de luto y apelé suplicante al pueblo, una actitud que me perjudicó gravemente puesto que no había sido citado nominalmente» 16 .

Ante la fuerza de sus adversarios (Clodio con la colaboración de los cónsules, el ejército de César a las puertas de Roma, el apoyo de Craso a los populares y la violencia de las bandas callejeras), el abandono de sus partidarios (con Pompeyo recluido en su casa para evitar comprometerse), el temor a la guerra civil y la esperanza de un pronto regreso, Cicerón sale de Roma posiblemente la noche del 19 de marzo 17 . Su partida facilitó, sin duda, las posteriores maniobras de Clodio: además de saquear su casa de Roma y sus restantes propiedades, mediante una nueva proposición de ley, ésta ya nominal, de exsilio Ciceronis, se le aplicaron las sanciones de la lex de capite civis romani, se prohibió al pueblo y al senado proponer el regreso del exiliado y que Cicerón residiera a menos de 500 millas de Italia. Aunque Cicerón no se cansará en sus discursos de criticar la validez legal de la lex de exsilio 18 , lo cierto es que Clodio actuó, en gran parte, dentro de la legalidad; prueba de ello es que, para lograr el regreso del exiliado, sus defensores, en vez de considerar dicha ley nula, juzgaron necesaria derogarla mediante una nueva ley.

3.

El exilio de Cicerón. Tentativas en favor de su regreso

Durante el mes que transcurre desde su salida de Roma (19 de marzo) y la aprobación definitiva de las distintas disposiciones relacionadas con la lex de exsilio (25 de abril), Cicerón recorre el sur de Italia sin rumbo fijo y desesperado: «Vivo de forma miserable y sufro profundamente» 19 . Acogido por alguno de sus amigos y abandonado por otros, al conocer la prohibición de permanecer a menos de 500 millas de Italia, partirá finalmente hacia Macedonia para, gracias a la hospitalidad del cuestor Gneo Plancio, permanecer en Tesalónica al menos seis meses.

Cicerón, desorientado y deprimido, no supo sobrellevar con dignidad un exilio que se prolongará durante quince meses:

...siempre estaba desconsolado y triste, teniendo, como los enamorados, puestos los ojos en Italia, y mostrándose demasiado abatido y con ánimo apocado en aquel infortunio, algo que nadie habría esperado de un hombre de su instrucción y doctrina... 20 .

El relato de Plutarco coincide con las propias palabras de Cicerón:

Nadie se ha visto privado de tantos bienes ni nadie ha caído en un abismo tan profundo de desgracia. El tiempo, en vez de aliviar mi sufrimiento, lo acrecienta. Pues los demás sufrimientos se mitigan con el paso del tiempo; el mío, en cambio, no deja de agravarse día a día con el sentimiento de la desgracia presente y con el recuerdo de la vida pasada 21 .

No puedo seguir viviendo por más tiempo. No hay sabiduría ni filosofía que tenga fuerza suficiente como para poder soportar tan gran sufrimiento 22 .

Al igual que más tarde Ovidio y Séneca, al carácter sensible e inseguro de Cicerón le resultó insufrible su alejamiento de Roma y no cesó de lanzar llamadas desesperadas a sus amigos. No es de extrañar, pues, que su amigo Ático le eche en cara frecuentemente su falta de entereza. A la humillación que supuso para su vanidad el sentirse proscrito y al dolor de verse abandonado y traicionado por muchos de sus amigos y partidarios, se añadieron toda una serie de circunstancias personales relacionadas con problemas familiares y preocupaciones financieras.

Mientras tanto, en Roma Clodio prosigue con su violencia política: distanciado cada vez más de César (llegó a proponer la anulación de algunas de sus leyes), desafía y amenaza a Pompeyo quien, temiendo por su vida, se recluye en su casa lamentando, sin duda, el escaso apoyo que había prestado a Cicerón. No tardan, sin embargo, en surgir propuestas en favor del regreso del exiliado 23 . Sin embargo, ante las presiones de Clodio, gran parte del senado esperó a la designación en julio de los nuevos cónsules, sobre todo de P. Cornelio Léntulo, ferviente partidario de Cicerón 24 . A lo largo de este año tienen lugar distintas tentativas en favor del orador (algunas de ellas consideradas insuficientes por el propio exiliado, ya que no hacían referencia a la devolución de sus bienes) pero que, en todo caso, contaron siempre con la oposición y el veto de Clodio y sus partidarios: la propuesta de ocho tribunos de la plebe en favor de que Cicerón recobrara el derecho de ciudadanía y su lugar en el senado 25 , así como las mociones presentadas, de forma personal, por distintos tribunos de la plebe 26 no lograron prosperar.

La situación no varía con el comienzo del nuevo año: la propuesta del cónsul Léntulo en favor del regreso del exiliado, apoyada personalmente por Pompeyo que arrastró con él a gran parte del senado, contó, sin embargo, con el veto del tribuno Sexto Atilio Serrano, partidario de Clodio, después de solicitar una noche para reflexionar 27 .

De la oposición en el senado se llegó a la violencia en las calles para intimidar a los partidarios de Cicerón e impedir las propuestas de los tribunos de la plebe 28 . No es de extrañar, pues, que, cuando Cicerón recibe la noticia de estos enfrentamientos (uno de los heridos en las refriegas fue su propio hermano Quinto), no pueda contener su pesimismo: «De tu carta –escribe a Ático– y de la propia situación veo que estoy totalmente perdido» 29 .

En medio de este clima de violencia, otro tribuno de la plebe, Milón, al ver fracasados todos sus intentos por llevar ante los tribunales a Clodio, llegó a la conclusión (instigado por Pompeyo) de que la única manera de hacerle frente era utilizar sus mismas armas y, para ello, reclutó bandas de mercenarios, con lo que las calles de Roma se convirtieron en una batalla campal y la actividad política y judicial quedaron suspendidas 30 .

La inestabilidad política y la inseguridad ciudadana fueron restando apoyo popular a Clodio; según Plutarco «el pueblo comenzó a cambiar de opinión» 31 . También los partidarios de Cicerón, al ver a Clodio distanciado de César y enfrentado abiertamente a Pompeyo, cobraron nuevas fuerzas en su empeño por lograr el regreso del exiliado; mientras el propio Pompeyo recorría Italia para promover el apoyo a Cicerón, en Roma se sucedieron las muestras de adhesión a su persona. Por fin, en julio tuvo lugar una sesión multitudinaria en el senado en la que, a propuesta del cónsul Léntulo y –de nuevo– con una intervención decisiva de Pompeyo, se votó una moción en favor de su regreso; el resultado de la votación es buena muestra del apoyo unánime con que contaba Cicerón: de los 417 senadores asistentes, sólo Clodio votó en contra 32 . Similar es la reacción de la asamblea popular que se celebra al día siguiente y en la que Léntulo y Pompeyo fueron aclamados por la multitud; por fin, el 4 de agosto los comicios centuriados dieron su aprobación entusiasta a la lex Cornelia, que prescribía el regreso de Cicerón y la restitución de sus bienes: «se dice que nunca el pueblo había votado con tal unanimidad» 33 .

Cicerón, que llevaba aguardando desde noviembre en Dirraquio, pendiente del curso de los acontecimientos en Roma, embarcó de inmediato rumbo a Italia; después de permanecer unos días en Brindis junto a su hija Tulia, realiza un viaje triunfal a través de Italia y hace su entrada solemne en Roma el 4 de septiembre:

Cuando llegué a Roma no hubo ninguna persona de cualquier clase social, conocida por mi nomenclátor, que no saliera a recibirme, excepto esos enemigos incapaces de disimular o negar precisamente su condición de tales. Cuando llegué a la puerta de Capena, las gradas de los templos estaban repletas de gente del pueblo bajo, manifestándome su bienvenida con los mayores aplausos; una afluencia y aplausos similares me acompañaron hasta el Capitolio; en el foro y en el mismo Capitolio había una multitud increíble de gente.

Al otro día en el senado –era el 5 de septiembre– di las gracias a los senadores 34 .

4.

El discurso de agradecimiento al senado: contenido y estructura

El tono y contenido de este discurso de agradecimiento están, pues, condicionados tanto por el auditorio al que va dirigido –los senadores– como por el momento concreto y el estado de ánimo con que Cicerón lo pronunció.

El propio orador señala en sus obras de retórica que «en el senado hay que tratar los temas con una ampulosidad formal menor: es un consejo de sabios...Hay que evitar, además, que parezca que se está haciendo ostentación de ingenio» 35 . Un discurso dirigido al senado debe buscar, por tanto, además de un estilo cuidado, la claridad en la exposición y el rigor de la argumentación. Cicerón, consciente de estas exigencias y del momento histórico que estaba viviendo, nos cuenta que lo que hizo fue «leer el discurso a partir de una redacción por escrito dada la importancia de la situación» 36 Así pues, frente a la Segunda Filípica, por ejemplo, que sabemos que nunca fue pronunciada, en este caso nos encontraríamos ante el texto de un discurso conservado en la misma forma (es decir, sin modificaciones posteriores) en que lo oyeron los senadores 37 .

Si respecto al estilo hay que reconocer la utilización, por ejemplo en el exordio (1-3), de todo tipo de recursos retóricos y la subordinación del léxico y la sintaxis (diminutivos, superlativos, insultos, imprecaciones, interrogaciones o exclamaciones) al propósito general de mostrar un agradecimiento emocionado a cuantos contribuyeron a su regreso y un ataque directo a sus adversarios más enconados, la estructuración del discurso no está, por el contrario, muy lograda: se echa en falta una mayor concatenación entre las ideas fundamentales que desarrolla, un plan más ordenado; las repiticiones son frecuentes y la estructura del discurso se salva sólo gracias a la habilidad con que Cicerón realiza las transiciones de una idea a otra 38 . A estas carencias no son ajenas las propias circunstancias en que Cicerón se dirige al senado: es de suponer que, entusiasmado y, a la vez, halagado en su orgullo personal por el recibimiento multitudinario que Roma le había tributado el día anterior, la emoción, el agradecimiento y la conciencia, una vez más, de sentirse protagonista fundamental de la historia de Roma influyeron, sin duda, en el ánimo del orador y condicionaron tanto el contenido de su alocución como su irregular desarrollo 39 .

Tres son, en este sentido, los ejes fundamentales en torno a los cuales gira la intervención del orador: el agradecimiento a todos aquellos (sobre todo a los magistrados) que contribuyeron a facilitar su retorno, el ataque a sus adversarios (en especial a los cónsules del 58, Gabinio y Pisón, e, indirectamente, a Clodio) y la justificación de su propia conducta personal.

Así, el agradecimiento al senado, expresado al comienzo en términos generales (1-2), se concreta en el recuerdo de la actitud comprometida a favor de su regreso de muchos de sus miembros, a pesar de lo difícil de la situación política (3-5), ya que, mientras que Cicerón se había exiliado para evitar un derramamiento de sangre, sus enemigos provocaron un clima de terror que hizo que algunos magistrados vacilaran en la defensa de su causa (6-7). Es a los cónsules del 57, y en especial a Publio Léntulo, a los que Cicerón expresa su admiración y gratitud (8-9); sentimientos totalmente opuestos le provoca el recuerdo de los cónsules del año anterior, Gabinio y Pisón: vendidos a Clodio y con una actitud personal vergonzante, facilitaron los planes de su enemigo y se opusieron a cualquier manifestación de apoyo a Cicerón (10-18). El orador vuelve, de nuevo, a recordar y agradecer el comportamiento en su favor de numerosos magistrados, comenzando por los tribunos de la plebe (19-22) –entre los que destaca a Milón y Sestio–, los pretores (22-23) y el resto de personajes influyentes del Estado (24-30) a los que, de una u otra forma, ya había mencionado con anterioridad (P. Léntulo, Q. Metelo, Gn. Pompeyo, etc.); su recorrido concluye con un nuevo agradecimiento, en términos generales, al senado (30-31). Mediante una rápida transición, Cicerón analiza retrospectivamente la situación política y los motivos que lo llevaron al exilio (32-35); para enfatizar la importancia de su regreso establece un paralelismo con el de otros tres exiliados famosos (37-38) y, retomando una idea anterior (36), concluye con una profesión de fe sobre su actitud comprometida en el futuro de la República (39).

5.

La tradición manuscrita

Tanto éste como los restantes discursos post reditum (Cum populo gratias egit, De domo sua, De haruspicum responso, Pro Sestio e In Vatinium), por su proximidad en el tiempo y su comunidad de contenido, han sido transmitidos prácticamente por los mismos códices; de ahí que abordemos en conjunto su tradición manuscrita.

Procedentes de un ancestro común perdido (A), los principales manuscritos conservados son el Parisinus 7794 (P), de la segunda mitad del s. IX y que, a juicio de Wuilleumier 40 , además de ser el más antiguo, es el mejor; se distinguen en él tres manos diferentes: el autor del manuscrito (P1 , el más directamente relacionado con el arquetipo), un revisor contemporáneo (P2 ) y un corrector reciente, tal vez del s. XV (P3 ). El Harleianus 4927 (H), de finales del s. XII o comienzos del XIII , que aparece a veces con correcciones (H2 ), es el más próximo a P, aunque con frecuentes omisiones, trasposiciones y lecturas arriesgadas. El Gemblacensis (G) o Bruxellensis 5345 del s. XII (cuyo texto original fue a menudo corregido por un revisor –G2 –) y el Erfurtensis (E) o Berolinensis 252, de los s. XII -XIII (del que falta gran parte del discurso al pueblo y la totalidad del De domo y que presenta, también, numerosas correcciones –E2 –), aunque con peculiaridades propias, presentan numerosos rasgos en común y también con H. Estos cuatro manuscritos (P, H, G y E) son los más importantes para el establecimiento del texto.

En el caso de E, la mayor parte de sus variantes se encuentran en otros dos códices menores, el Erlangensis 847 (€), de 1466 y un codex Pithoeanus (F), que contienen exclusivamente las dos acciones de gracias y que suplen, por tanto, la pérdida en E de la mayor parte del discurso dirigido al pueblo. Otros códices utilizados por los editores presentan un valor menor: el Palatinus o Vaticanus 1525 (V) (de la segunda mitad del s. xv) y el Mediceus, Laurentianus XLVIII , 8 (M) (también del s. xv y que contiene sólo el De domo) dependen, a su vez, de G.

6.

Ediciones y traducciones 41

J. BAUTISTA CALVO , Obras completas de Marco Tulio Cicerón. Vida y discursos, tomo V, Buenos Aires, 1946.

S. DESIDERI , et alii, Tutte le opere di Cicerone, VII, Milán, 1966.

J. GUILLÉN , M. T. Ciceronis oratio cum senatui gratias egit, Milán, 1967.

H. KASTEN , Staatsreden II, Berlín, 1969.

A. KLOTZ , M. Tulli Ciceronis Orationes , VII, Leipzig, 1919.

T. MASLOWSKI , M. Tulli Ciceronis scripta quae manserunt , fasc. 21, Leipzig, 1981.

C. F. MÜLLER , M. T. Ciceronis scripta quae manserunt, II 2, Leipzig, 1904 (reimpr., 1896).

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B.D. R. SHACKLETON , Cicero. Back from exile: six speeches upon his return , Chicago, 1991.

N.-H. WATTS , Cicero. The Speeches, IX, Londres-N. York, 1965 (reimpr., 1923).

P. WUILLEUMIER , Cicéron. Discours, Tome XIII, París, 1952.

Para la presente traducción hemos seguido la edición de Oxford de W. Peterson, pero teniendo también presentes las de A. Klotz, T. Maslowski y W. Wuilleumier 42 . Las variaciones respecto al texto de Peterson que pueden afectar al sentido de la traducción han sido mínimas 43 :


7.

Bibliografía 44

a)

Estudios sobre el marco histórico común de los discursos post reditum:

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b)

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T. MASLOWSKI -R. H. ROUSE , «The manuscript tradition of Cicero’s post-exile orations, I: The medieval history», Philologus 128 (1984), 60-104.

B. D. R. SHACKLETON , «On Cicero’s speeches», HSPh 83 (1979), 262-272.

—, «More on Cicero’s speeches (Post reditum)», HSPh 89 (1985), 141-151.

—, «On Cicero’s speeches (Post reditum)», TAPhA 117 (1987), 271-280.

C. E. THOMPSON , To the Senate and the people. Adaptation to the senatorial and popular audiences in the parallel speeches of Cicero , tesis, Ohio State Univ. Columbus, 1978.


1 Para los datos generales sobre la vida y obra literaria de Cicerón cf., en esta misma colección (n° 139), la excelente «Introducción general» de M. RODRÍGUEZ -PANTOJA , M. Tulio Cicerón. Discursos I, Gredos, Madrid 1990, págs. 7-156 (para el período que estamos comentando, cf., sobre todo, págs. 15-34). Se pueden consultar, además, las numerosas y excelentes biografías que, desde distintas perspectivas, ha originado la figura de Cicerón en los últimos años: M. GELZER (Wiesbaden, 1969), D. R. SHACKLETON (Londres, 1971), D. STOCKTON (Londres, 1971), E. RAWSON (Londres, 1975), P. GRIMAL (París, 1986), S. L. UTCHENKO (trad. esp. Madrid, 1987), etc.

2 Sobre la actividad oratoria de Cicerón en este período, cf. M. RODR Í GUEZ -PANTOJA , «Introducción General», en op. cit., págs. 130-132.

3 Cf. SAL . Cat. 29: CIC . Cat. 1, 4; CES . B. C. I 7, 5. Para las diferentes interpretaciones sobre la naturaleza de este decreto y el punto de vista de Cicerón (expresado en Rabir., Mil. y Phil. II), cf. T. N. MITCHELL , «Cicero and the senatus consultum ultimum», Historia 20 (1971), 47-61, y, en general, A. DU PLA , Videant consules: las medidas de excepción en la crisis de la República romana, Zaragoza, 1990.

4 Cf. C IC . De rep. II 36: Ne de capite civis Romani nisi comitiis centuriatis statueretur; ibid. II 54: Ne quis magistratus civem Romanum adversus provocationem necaret neve verberaret.

5 Fue el caso, por ejemplo, de L. Opimio (cónsul en el 121), acusado de la muerte de G. Graco y sus partidarios (cf. Quir. 11, Sest. 140 y notas). Pocos meses antes de la conjura de Catilina el propio Cicerón había defendido a G. Rabirio acusado de haber dado muerte a Saturnino y Glaucia durante su consulado en el año 100 (cf. har. 41; 51; Sest. 37; 39; 101 y notas).

6 Cf., S. L. UTCHENKO , Cicerón y su tiempo, Madrid, 1987, págs. 151-153. Es significativo a este respecto que Cicerón, cuando critica la legalidad de las medidas que provocaron su exilio, no aborde directamente la propia legalidad de su actuación como cónsul pese a ser consciente de que en ella se encontraba el origen de sus desgracias: «Ha sido mi elogiado consulado» –escribirá desde el exilio a su hermano Quinto (I 3, 1)– «el que me ha privado de ti, de mis hijos, de mi patria y de mi patrimonio». Aunque con un enfoque excesivamente favorable a Cicerón, para un análisis de las opiniones de los historiadores modernos sobre la legalidad o no de la actuación del cónsul en el 63, cf., J. GUILLÉN , Héroe de la libertad, I, Salamanca, 1981, págs. 267-273.

7 CIC . Att. I 12, 3; cf., también, I 13, 3. Clodio era, al parecer, amante de Pompeya (PLUT . Cic. 29), la esposa de César a la que éste repudió tras el escándalo. El «sacrificio oficial» al que se refiere Cicerón eran los misterios de la Buena Diosa, una ceremonia religiosa reservada exclusivamente a las mujeres. La referencia a este episodio, como arma arrojadiza contra Clodio, va a ser una constante a lo largo de los discursos post reditum (cf., p. ej., dom. 77; 105; har. 4; 8-9; 12; 37-39, etc.).

8 Para el relato del juicio y las circunstancias que lo precedieron, cf. Att. I 16, 1-6. El estudio más exhaustivo es obra de PH . MOREAU , Clodiana religio. Un procès politique en 61 av. J. C., París, 1982. Sobre las razones por las que testificó Cicerón, además del testimonio de Plutarco (Cic.. 29, 2-3), cf., W. J. TATUM , «Cicero and the Bona Dea scandal», CPh 85 (1990), 202-208, y D. F. EPSTEIN , «Cicero’s testimony at the Bona Dea trial», CPh 81 (1986), 229-235. Para las implicaciones de este proceso y las consecuencias que se habrían derivado de la condena de Clodio, cf., W. R. LACEY , «Clodius and Cicero. A question of dignitas», Antichton 8 (1974), 85-92.

9 Cf., G. R. STANTON -B. A. MARSHALL , «The coalition between Pompeius and Crassus 60-59 B.C.», Historia 24 (1975), 205-219, y F. MILLAR , «Triunvirate and Principate», JRS 63 (1973), 50-67.

10 Sobre la actitud de Cicerón, cf., entre otros, T. N. MITCHELL , «Cicero, Pompey and the rise of the first triunvirate», Traditio 29 (1973), 1-26, R. HAUSLIK , «Cicero and das erste Triumvirat», RhM 98 (1955), 324-354, y J. BOES , La philosophie et l’action dans la correspondance de Cicéron, Nancy, 1989, págs. 102 ss.

11 Cf., sobre todo, dom 34-42 y las notas correspondientes. Para una exposición detallada de este suceso, cf. J. VERNACCHIA , «L’adozione di Clodio», Ciceroniana (1959), 197-213.

12 Un personaje molesto como Catón fue alejado de Roma con la excusa de dos misiones oficiales, en Chipre y en Bizancio; cf. dom 20; 22; 52-53; 65; Sest, 56-57; 60-63, y C. NICOLET , «La Lex Gabinia-Calpurnia de insula Delo et la loi ‘annonaire’ de Clodius (58 av. J. C.)», CRAI (1980), 259-287.

13 Frente a la visión distorsionada e interesada de Cicerón, W. J. TATUM (P. Clodius Pulcher (tr. pl. 58 B.C.): the rise of power, tesis, Austin, 1986) pone de manifiesto que las leges Clodianae, más que un afán revolucionario, pretendían dar satisfacción no sólo a las clases populares sino también a caballeros y senadores (el tribuno siempre contó con el apoyo de miembros de estos estamentos) y combatir algunos de los privilegios ancestrales de la oligarquía senatorial.

14 Cf. VEL . PATER . II 45, 1: qui civem Romanum indemmnatum interemisset, ei aqua et igni interdiceretur. Se trataba de una sanción a la vez religiosa (excomunión), administrativa (proscripción) y económica (confiscación de los bienes)

15 sen. 12; 31; Quir. 8; dom. 54-55; Sest. 26-27; 32.

16 Att. III 15, 5. De ahí que el orador intente justificar a lo largo de estos discursos las razones de su partida (cf., p. ej., sen. 32-34; Quir. 13-14; dom. 56-58; 63-64; 91-92; 95-96; Sest. 42; 52; Mil. 36), frente al reconocimiento, en su correspondencia privada, de haber cometido un nuevo error: «cuando oigas que estoy afligido y consumido de dolor» -le confiesa a su amigo Á tico (Att. III 8, 4)- «piensa que lo que soporto, sobre todo, es el castigo de mi necedad». Cf., también, Att. III 15, 4 y Fam. XIV 1, 2.

17 Las fechas concretas de cada suceso son, en numerosas ocasiones, difíciles de determinar por lo que suelen ser frecuentes las variaciones y controversias entre los estudiosos. En este sentido, el intento más serio por establecer una cronología completa de este período es obra de P. Grimal, ( Études de chronologie cicéronienne (années 58 et 57 av. J. C.) , París, 1967), quien, por ejemplo, cree más probable la fecha del 11 de marzo (op. cit., pág. 69) para la partida definitiva de Cicerón.

18 Cf. P. WUILLEUMIER , Cicéron. Discours, Tome XIII, París, 1952, págs. 13-14 y J. GUILLÉN , Héroe.., op. cit., I, págs. 343-347. Para el estudio de las circunstancias políticas en las que la lex Clodia fue elaborada y la interpretación, interesada y parcial, que de ella hace Cicerón, cf., PH . MOREAU , «La lex Clodia sur le bannissement de Cicéron», Athenaeum 65 (1987), 465-492.

19 Att. III 5.

20 PLUT ., Cic. 32. J. CARCOPINO (Les secrets de la correspondance de Cicéron, I, París, 1947 4 , pág. 323) muestra serias dudas sobre la sinceridad y autenticidad de los lamentos de Cicerón. Para él, el orador «añora no Roma, sino los honores, las riquezas, la consideración social, el bienestar del que disfrutaba en Roma». El tono de sus cartas, sin embargo, era tan lamentable que se vio obligado a desmentir el rumor de que había perdido el juicio: «es cierto que sufro, pero no hasta el extremo de perder la razón» (Att. III 15, 2). Para P. BRIOT («Sur l’exil de Cicéron», Latomus 27 (1968), 406-414), Cicerón mostró durante su exilio los síntomas típicos de una crisis de melancolía .

21 Att. III 15, 2.

22 Q. fr. I 3, 5.

23 La primera de ellas, del tribuno L. Ninio Cuadrato (1 de junio del 58), fracasó ante el veto de su colega Elio Ligo (sen. 3; dom. 125; Sest. 26; 68 y notas). Una exposición de las diversas tentativas en favor del regreso de Cicerón se puede encontrar en M. GELZER , Cicero. Ein biografischer Versuch, Wiesbanden, 1969, págs. 142-150, y D. STOCKTON , Cicero. A political biography, Oxford, 1971, págs. 190-193.

24 Su colega, Q. Cecilio Metelo Nepote, pese a ser un antiguo adversario político de Cicerón y estar emparentado con Clodio, no se opuso a las propuestas de Léntulo (cf. sen. 5, nota 10).

25 Cf. sen. 4; 29; dom. 70; Sest. 70, y notas. Sobre esta propuesta, cf. PH . MOREAU , «La rogatio des huit tribuns de 58 av. J. C. et les clauses de sanctio réglementant l’abrogation des lois», Athenaeum 67 (1989), 151-178.

26 Entre otras, las de P. Sestio (a instancias de Pompeyo su propuesta contó con la aprobación de César; Sest. 71), T. Fadio (sen. 21; dom. 40) o Mesio (sen. 21).

27 Quir. 11-12 y Sest. 74.

28 Así, cuando dos tribunos favorables a Cicerón, Q. Fabricio y M. Cispio, llevaron la cuestión ante el pueblo (el 25 de enero), Clodio lanzó sus bandas de gladiadores a las calles originándose una masacre en la que estuvo a punto de perecer el hermano de Cicerón, Quinto (cf. sen. 7; 21; Sest. 75-78; 84-85; Mil. 38 y notas). La misma violencia sufrió, poco después, uno de los tribunos que más se destacó en la defensa de Cicerón, Publio Sestio (sen. 20; 30; Sest. 79; Mil. 38 y notas).

29 Att. III 27.

30 sen. 19; 30; Sest. 86; Mil. 38 y notas.

31 PLUT ., Cic. 33.

32 sen. 25-26; Quir. 15-17; dom. 14; 30; Sest. 129-130 y notas.

33 PLUT ., Cic. 33; cf. sen. 27-29; Quir. 16; dom. 30; 75; 90; 142; Sest. 107; 129-130.

34 An. IV 1, 5. Cf., también, dom. 75-76; Sest. 131.

35 CIC . De orat. II 333.

36 CIC . Plane. 74.

37 Cf. L. L AURAND , Études sur le style des discours de Cicéron, Amsterdam, 1965 4 , pág. 4.

38 Cf., por ejemplo, sen. 9-10, 18, 30 ó 32.

39 Estas características (comunes también al discurso de agradecimiento al pueblo) provocaron el juicio negativo de muchos estudiosos, llegando algunos, incluso, a considerar dichos discursos indignos de Cicerón y apócrifos. Sin embargo, como bien señala WUILLEUMIER (op. cit., págs. 22-23), se trata de una hipótesis sin fundamento: además del propio CICERÓN (Att. IV 1, 5; Fam. I 9, 4; Planc. 74), otros autores (DIÓN CASIO , PLUTARCO , MACROBIO , QUINTILIANO , etc.) atestiguan su existencia, si bien es cierto que su repercusión posterior fue muy escasa.

40 Cicéron. Discours..., op. cit., pág. 32. Para esta exposición de la tradición manuscrita estamos básicamente resumiendo el excelente estudio de WUILLEUMIER (op. cit. págs. 28-37). Además de la Praefatio a las ediciones de PETERSON (Oxford, 1911) y la más reciente de MASLOWSKI (Leipzig, 1981), una descripción más detallada de estos manuscritos se puede encontrar en la edición de J. COUSIN del Pro Sestio e In Vatinium (París, 1965, págs. 91-103). Cf., también, T. MASLOWSKI -R. H. ROUSE , «The manuscript tradition of Cicero’s post-exile orations, I: The medieval history», Philologus 128 (1984), 60-104.

41 Nos limitamos a recoger las ediciones y traducciones más importantes del siglo XX . Para la presencia manuscrita, ediciones y traducciones de estos discursos de Cicerón en España siguen siendo de utilidad los trabajos de MENÉNDEZ PELAYO : Bibliografía hispano-latina clásica, Vol. II, CSIC, Madrid, 1950, págs. 199 ss., y Biblioteca de traductores españoles, 4 vols., CSIC, Madrid, 1952-1953.

42 Esta última nos ha sido, además, de gran utilidad para la confección de las introducciones a cada discurso (sen., Quir., dom.) y las notas.

43 A los numerosos artículos citados por WUILLEUMIER (págs. 37-38), anteriores a 1950 y dedicados al establecimiento del texto de estos discursos, habría que añadir, entre otros, los de T. MASLOWSKI («Notes on Cicero’s four post reditum orationes», AJPh 101 (1980), 404-420); B. D. R. SHACKLETON , («On Cicero’s speeches», HSPh 83 (1979), 262-272; «More on Cicero’s speeches (Post reditum)», HSPh 89 (1985), 141-151; «On Cicero’s speeches (Post reditum)», TAPhA 117 (1987), 271-280) y E. Courtney («Notes on Cicero’s Post reditum speeches», RhM 132 (1989), 47-53).

44 No incluimos las biografías y estudios generales sobre la vida y obra de Cicerón; para ello remitimos, en estas misma colección, a M. RODRÍGUEZ PANTOJA , op. cit., págs. 155-156. Necesariamente selectiva (y centrada, sobre todo, en los trabajos de los últimos años) es la bibliografía sobre el marco histórico de los discursos post reditum, que se puede completar con la mencionada en las notas de las diversas introducciones y traducciones. En el caso de la figura histórica de Clodio, una bibliografía actualizada se puede encontrar en F. PINA , «Cicerón contra Clodio: el lenguaje de la invectiva», Gerion 9 (1991), 142-144.


EN AGRADECIMIENTO AL SENADO

Si no os doy, senadores, suficientes muestras de agradecimiento [1] [1 ] por vuestros inolvidables favores hacia mi persona, mi hermano y nuestros hijos, os ruego y suplico que no penséis que ello es debido a mi forma de ser sino más bien a la importancia de vuestra ayuda. En efecto, ¿puede existir una riqueza de ingenio tal, una facilidad de palabra tan grande, un tipo de discurso tan divino y extraordinario con el que alguien sea capaz, no diré de abarcar con su intervención, sino de pasar revista, enumerándolos, a la totalidad de vuestros méritos para con nosotros? 1 . Vosotros me habéis devuelto a mi hermano, tan añorado, así como mi persona a un hermano tan querido; habéis restituido los padres a nuestros hijos y, a nosotros, los hijos; me habéis hecho recuperar mi consideración social, mi rango, mis bienes, mi amplia influencia política y mi patria, que es el bien más querido; en suma, nos habéis devuelto nuestras propias personas. Porque, si debemos considerar como lo [2] más querido a nuestros padres (ya que de ellos hemos recibido la vida, el patrimonio, la libertad y el derecho de ciudadanía), a los dioses inmortales (gracias a ellos hemos conservado estos bienes y, además, aumentado los restantes), al pueblo romano (con cuyos honores hemos sido colocados en la asamblea más augusta, en el rango de dignidad más elevado y en esta ciudadela del universo) 2 y a este mismo orden senatorial (por el cual hemos sido a menudo honrados con los decretos más insignes), es algo inmenso e infinito lo que os debemos a vosotros pues, con vuestro singular empeño y unanimidad, nos habéis restituido a un mismo tiempo los beneficios de nuestros padres, los presentes de los dioses inmortales, los honores del pueblo romano y vuestros numerosos testimonios de estima hacia mi persona; de modo que, cuando nos sentimos obligados hacia vosotros por muchos motivos, hacia el pueblo romano por grandes razones, por innumerables causas hacia los padres y por todo ello hacia los dioses inmortales, cada una de estas cosas la hemos conseguido gracias a ellos, pero ahora todas ellas las hemos recuperado merced a vuestra ayuda.

[2 ] [3] En consecuencia, senadores, me parece que, gracias a vosotros, hemos alcanzado una cierta inmortalidad, algo que un hombre ni siquiera puede pretender alcanzar. En verdad, ¿llegará alguna vez el día en que desaparezca el recuerdo y la fama de los beneficios que nos habéis reportado? Vosotros, en el momento mismo en el que os encontrabais presos y asediados por la violencia de las armas, el miedo y las amenazas, me hicisteis llamar de forma unánime poco después de mi partida a propuesta de Lucio Ninio 3 , un hombre tan valeroso como íntegro; a él, una persona muy fiel y nada temerosa (si hubiese considerado oportuno luchar), le tocó en suerte aquel año funesto defender mi salvación. Después que os fue negado el derecho de adoptar una resolución por culpa de aquel tribuno de la plebe que, al no poder arruinar a la República por sí mismo, recurrió a un crimen ajeno, nunca dejasteis de hablar en mi defensa, nunca cejasteis en reclamar mi salvación ante aquellos cónsules vendidos.

Así pues, merced a vuestro empeño y autoridad se consiguió [4] que aquel año (que yo hubiera preferido fuera funesto para mí antes que para mi patria) dispusiera de ocho tribunos que presentaron una ley sobre mi regreso y la sometieron a vuestra consideración en numerosas ocasiones 4 . Sin duda, los cónsules, siendo como eran escrupulosos y temerosos de las leyes, se veían obstaculizados, no por la ley que había sido promulgada sobre mi persona, sino por la que se refería a ellos mismos 5 , desde el momento 6 en que mi adversario estableció que yo regresaría únicamente en el caso de que hubieran vuelto a la vida aquellos que estuvieron a punto de destruirlo todo. Con ello no hacía sino reconocer dos hechos: que sentía la pérdida de aquellas personas 7 y que la República se habría de encontrar en un gran peligro en el caso de que yo no hubiera regresado mientras volvían a la vida los enemigos y destructores del Estado. Así que, pese a todo, aquel mismo año en el que había partido hacia el exilio; en el que, además, el personaje más importante de la ciudad defendía su vida no con la protección de las leyes sino al abrigo de las paredes de su casa 8 ; en el que la República carecía de auténticos cónsules y se veía privada, no sólo de sus padres permanentes sino incluso de sus tutores anuales; en el que se os impedía expresar vuestra opinión y se leía en público la ley sobre mi proscripción, jamás dudasteis en asociar mi salvación a la del bien común.

[3 ] [5] Con todo, después que, gracias al singular y muy destacado valor del cónsul Publio Léntulo, en las calendas de enero comenzasteis a distinguir (en lo que a los asuntos del Estado se refiere) la luz de la oscuridad y de las tinieblas del año anterior 9 ; cuando el eminente prestigio de Quinto Metelo, un hombre tan noble como intachable ciudadano 10 ; cuando el coraje y lealtad de los pretores y de casi todos los tribunos de la plebe acudieron en ayuda de la República; cuando Gneo Pompeyo, sin discusión el personaje más importante de todos los pueblos, de todos los siglos y de toda la historia por su valor, fama y gestas creyó que podía acudir al senado sin peligro, fue tal vuestro acuerdo unánime sobre mi regreso que, aunque ausente mi cuerpo, mi dignidad había sido ya restituida a mi patria.

Sin duda, a lo largo de aquel mes pudisteis apreciar las diferencias [6] existentes entre mis adversarios y yo. Yo renuncié a mi salvación personal para que la República no se viera, por mi causa, ensangrentada con las heridas de los ciudadanos; ellos pensaron que debía evitarse mi regreso, no mediante los sufragios del pueblo sino con un río de sangre. En consecuencia, a partir de aquel momento no tomasteis ninguna resolución con relación a los ciudadanos, aliados o reyes; nada resolvieron los jueces con sus sentencias, el pueblo con sus sufragios o este orden senatorial con su autoridad. Contemplabais cómo el foro permanecía mudo, la curia sin voz y la ciudad silenciosa y abatida.

A decir verdad, desde el momento en que partió hacia el [7] exilio aquel que, siguiendo vuestros consejos, hizo frente a la muerte y al incendio, habéis contemplado a la gente recorriendo toda la ciudad con antorchas y espadas, las casas de los magistrados asaltadas, incendiados los templos de los dioses 11 , quebradas las fasces de un hombre distinguido a la vez que cónsul eminente 12 , y, además, golpeado, ultrajado e, incluso, herido y traspasado por la espada el cuerpo sacrosanto de un tribuno de la plebe valiente e intachable 13 . Conmocionados por este desastre, algunos magistrados se alejaron un poco de mi causa, en parte por miedo a la muerte, en parte por falta de fe en la República. Los restantes se mostraron tales que ni elterror o la violencia, ni la esperanza o el miedo, ni las promesas o las amenazas, ni los dardos o las antorchas pudieron apartarlos de vuestra autoridad, de la dignidad del pueblo romano y de mi propia salvación.

[4 ] [8] El más destacado, Publio Léntulo, padre y dios de nuestra vida, fortuna, fama y nombre, creyó que constituiría una prueba de su valor, un testimonio de su forma de sentir y un esplendor para su consulado restituir mi persona a mí mismo, a los míos, a vosotros y a la República. Desde el momento que fue designado, nunca dudó en expresar sobre mi situación una opinión digna de él y de la República: al verse vetado por un tribuno de la plebe, al citársele aquel famoso decreto de que nadie acudiera a vosotros con una proposición, de que nadie promulgara nada al respecto, ni discutiera, hablara, votara o lo suscribiera 14 , consideró todo esto –tal como he señalado con anterioridad 15 – no una ley sino una proscripción por la cual un ciudadano benemérito de la República, de forma nominal y sin juicio, había sido arrancado de la República y el senado con él. Y tan pronto como comenzó su magistratura, ¿qué es lo primero que hizo o, mejor, qué otra cosa hizo sino consagrar en el futuro a mi salvación vuestra dignidad y autoridad? ¡Oh dioses 9 inmortales, cuán gran beneficio creo que me habéis otorgado por el hecho de ser cónsul aquel año Publio Léntulo! ¡Cuánto más grande si lo hubiera sido el año anterior! Pues no habría necesitado del remedio de un cónsul si no hubiese sido abatido por la herida que me infligió otro cónsul. Yo había oído decir a Quinto Cátulo 16 , un hombre muy sabio y ciudadano intachable, que rara vez había habido un cónsul inmoral, pero que, salvo en la época de Cina, nunca lo habían sido los dos 17 . Por ello solía afirmar que mi causa sería siempre muy sólida con tal de que, al menos, hubiera un cónsul auténtico en el Estado. Habría hablado sin duda acertadamente si lo de los dos cónsules (circunstancia que no se había dado antes en la República) hubiese podido seguir siendo un principio estable y duradero. Pues, si Quinto Metelo hubiese sido cónsul en aquel momento, ¿tenéis alguna duda del ánimo con que se habría comportado para mantenerme a salvo, cuando estáis viendo que ha sido promotor y partidario de mi regreso?

[10] Sin embargo, hubo dos cónsules cuyas mentes estrechas, mezquinas, débiles y cubiertas de tinieblas y fango fueron incapaces de intuir, de defender y de comprender el nombre mismo del consulado, el esplendor de aquella magistratura y la magnitud de tan gran poder; más que cónsules, fueron traficantes de provincias y mercaderes de vuestra dignidad. Uno de ellos me exigía, ante un numeroso auditorio, la presencia de su amante Catilina; el otro, la de Cetego, su primo hermano 18 ; estos dos, los mayores criminales nunca conocidos, bandidos más que cónsules, no sólo me abandonaron en un proceso que concernía especialmente a la República y al consulado, sino que me traicionaron, me atacaron y quisieron verme privado de toda ayuda, no sólo de la suya sino también de la vuestra y de la del resto de estamentos.

[5 ] [11] De los dos, sin embargo, uno no consiguió engañarme, ni a mí ni a nadie 19 . En efecto, ¿quién podría abrigar la menor esperanza de algún bien en aquel cuyos primeros años estuvieron abiertamente entregados a todo tipo de pasiones; que ni siquiera fue capaz de apartar los impuros desenfrenos de los hombres de la parte más sagrada de su cuerpo 20 ; que, tras haber disipado su propio patrimonio con no menos diligencia que más tarde el patrimonio público, hizo frente a su indigencia y afán de lujo entregándose a una prostitución doméstica; que, si no hubiese encontrado el refugio del tribunado, no habría podido evitar la actuación del pretor contra él, la multitud de sus acreedores y la confiscación de sus bienes; que, durante su magistratura, si no hubiese presentado la ley sobre la guerra de los piratas 21 , a buen seguro que, obligado por su indigencia e inmoralidad, él mismo habría ejercido la piratería y, sin duda, con menor perjuicio para la República que el que supone haberse quedado dentro de nuestros muros un ladrón y malvado enemigo como él; a su consideración y bajo su presidencia, un tribuno de la plebe presentó una ley, según la cual no había que someterse a los auspicios ni se permitía declarar que los augurios eran desfavorables a la reunión de una asamblea o a la celebración de unos comicios, ni oponerse a una ley, de modo que dejaba sin valor las leyes Elia y Fufia 22 que nuestros mayores pretendieron fuera la más segura protección de la República contra los desmanes de los tribunos?

[12] Este mismo cónsul, más tarde, cuando una multitud ingente de ciudadanos de bien acudió desde el Capitolio ante él en actitud suplicante y vestida de luto, cuando los jóvenes más nobles y todos los caballeros romanos se arrojaron a los pies de tan vil rufián, ¡con qué expresión este libertino de pelo rizado rechazó las lágrimas de los ciudadanos, más aún, las súplicas de la patria! Y no contento con ello, subió además a la tribuna y dijo lo que no se habría atrevido a decir ni siquiera Catilina, «su hombre», si hubiese vuelto a la vida: que haría pagar a los caballeros romanos un castigo por los sucesos de las nonas de diciembre 23 (que tuvieron lugar bajo mi consulado) y por la subida al Capitolio. Y no sólo dijo esto, sino que además atacó a cuantos le pareció bien: a Lucio Lamia 24 , caballero romano, hombre de gran prestigio y ardiente defensor de mi salvación (por razones de amistad) y de la República (a causa de la situación de su fortuna), este cónsul tiránico le conminó a abandonar la ciudad. Y como vosotros hubieseis decidido vestiros de duelo y lo hubieseis llevado a cabo todos lo mismo que habían hecho con anterioridad todos los hombres de bien, él, embadurnado con ungüentos y con la toga pretexta que todos los pretores y ediles habían abandonado en aquella situación, se burló de vuestros hábitos y del luto de una ciudad tan agradecida, e hizo lo que ningún tirano antes: al no poder impedir que os lamentarais en secreto de vuestra desgracia, os prohibió llorar públicamente las desgracias de la patria.

Cuando en el circo Flaminio fue presentado en la asamblea, [13] [6 ] no como cónsul por un tribuno de la plebe sino como jefe de piratas por un bandido, ¡con qué autoridad avanzó en un primer momento! Borracho, somnoliento y adúltero 25 , con el cabello chorreante de perfumes, el peinado acicalado, los ojos cargados, las mejillas flácidas, la voz cascada y ebria, afirmó –como si fuera una autoridad digna– que le desagradaba en exceso lo que se había decidido contra ciudadanos que no habían sido juzgados. ¿Dónde estuvo oculta para nosotros durante tanto tiempo una autoridad tan grande? ¿Por qué razón se escondió durante tanto tiempo, en burdeles y orgías, la virtud tan eximia de este bailarín de cabellos ensortijados? 26 .

En cuanto al otro, Cesonino Calvencio 27 , desde su adolescencia frecuentó el foro sin que, excepto una disimulada y fingida tristeza, ninguna otra cosa le hiciera destacar: ni el conocimiento jurídico, ni el talento oratorio, ni la experiencia militar, ni el interés por conocer a los hombres, ni la cultura; al pasar por delante de él, viéndosele desaliñado, rudo y sombrío, aun considerándolo inculto y bárbaro, con todo no se le tacharía de [14] libidinoso y corrompido. Si te hubieras sentado en el foro con este hombre o con un tarugo 28 , en nada notarías la diferencia: lo considerarías carente de ideas, sin personalidad, mudo, lento de comprensión, un sujeto inculto, un capadacio hace poco liberado de una tropa de esclavos 29 . Pero este mismo, ¡qué libidonoso en su casa, qué vicioso y disoluto, recibiendo a los placeres no por la puerta sino introduciéndolos por una entrada secreta! E incluso, cuando comienza a interesarse por la literatura y a filosofar, como un bruto salvaje, con disputadores quisquillosos, se hace entonces epicúreo sin profundizar en aquella doctrina (sea cual sea) 30 sino seducido únicamente por la palabra «placer». Además toma sus maestros, no de entre esos necios que discuten días enteros sobre el deber y la virtud y que animan a afrontar el trabajo, la actividad, o el peligro por el bien de la patria, sino de los que llegan a la conclusión de que ni una sola hora debe quedar libre de placer, que en todas las [15] partes del cuerpo hay que desarrollar algún gozo y deleite 31 . Se sirve de ellos como guías para sus pasiones; son los que van a la búsqueda y siguen el rastro de todo tipo de placeres, los que organizan y ordenan su festín; ellos mismos sopesan y valoran sus placeres, expresan su opinión y juzgan lo que parece que hay que conceder a cada pasión. Instruido en sus artes, ha despreciado a una ciudad tan prudente como ésta hasta el punto de creer que podía ocultar todas sus pasiones, todas sus vilezas con tal de presentar un rostro adusto en el foro.

Éste, en realidad, no logró engañarme a mí (pues yo conocía, [7] por mi parentesco con los Pisones, cuánto le había alejado de esta familia el vínculo materno de sangre transalpina) 32 pero sí a vosotros y al pueblo romano, no con su sagacidad y elocuencia (como ocurrió a menudo en muchos otros casos) sino con su aspereza y aire sombrío.

¿Te atreviste, Lucio Pisón, con esa mirada tuya, no voy a [16] decir con ese espíritu, con esa frente, que no vida, con tan fruncido ceño, ya que no puedo decir con tan grandes gestas, a conspirar junto con Aulo Gabinio para mi perdición? ¿El olor de sus perfumes, su aliento a vino, su frente marcada por las señales de la tenacilla de los rizos no te hacían pensar que, al haber sido en la práctica semejante a él, no te sería posible utilizar durante más tiempo esa máscara para ocultar tan grandes infamias? ¿Tuviste el atrevimiento de asociarte con él para vender, mediante un reparto de las provincias, la dignidad de cónsul, el orden público, la autoridad del senado y los bienes de un ciudadano tan benemérito? ¿Bajo tu consulado, por culpa de tus edictos y de tus mandatos le ha sido prohibido al senado del pueblo romano prestar ayuda a la República, no ya con sus decisiones y su autoridad sino ni siquiera con el luto y la vestimenta?

[17] ¿Pensabas que ejercías de cónsul (lo era entonces) en Capua 33 , ciudad que en otro tiempo fue el asiento de la arrogancia, o en Roma, en la que todos los cónsules anteriores a ti obedecieron al senado? ¿Te atreviste, al ser presentado en el circo Flaminio con tu ilustre colega, a decir que siempre habías sido compasivo? Con estas palabras intentabas demostrar que el senado y todos los hombres de bien habían sido crueles por librar a la patria de su perdición. ¡Tú, tan misericordioso conmigo, pariente tuyo a quien habías puesto en los comicios al frente como guardián del voto de la centuria prerrogativa 34 , a quien habías concedido la palabra en tercer lugar 35 en las calendas de enero, me entregaste atado de pies y manos a los enemigos de la República! ¡Tú, rechazaste de tus rodillas con las palabras más altivas y crueles a mi yerno, allegado tuyo, y a mi hija, pariente tuya! ¡También fuiste de una clemencia y misericordia extraordinarias cuando fui abatido junto con la República por el ataque no de los tribunos sino de los cónsules! ¡Fuiste tan malvado y desmesurado que no consentiste que transcurriera siquiera una hora entre mi ruina y tu botín, al menos hasta que se apagara aquel lamento y gemido de la ciudad!

Todavía no se había hecho pública la ruina de la República [18] cuando ya se te estaba pagando el precio de su destrucción: a un mismo tiempo se saqueaba e incendiaba mi casa, mis bienes eran trasladados desde el Palatino a casa de uno de los cónsules, vecino mío, y desde Túsculo a la casa del otro cónsul, también vecino 36 , en el momento en que, votando ellos mismos la aprobación de este acto a propuesta de ese mismo gladiador, en medio de un foro vacío y desierto no sólo de hombres de bien sino incluso de hombres libres, sin que el pueblo romano supiera lo que pasaba y con el senado oprimido y abatido, se regalaba a estos dos cónsules impíos y sacrílegos el tesoro público, las provincias, las legiones y el mando.

Las ruinas ocasionadas por estos cónsules, vosotros, cónsules [8] también, habéis conseguido levantarlas con vuestra virtud, apoyados por la más elevada fidelidad y diligencia de los tribunos de la plebe y de los pretores.

¿Qué podría decir yo de un hombre tan distinguido como [19] Tito Anio 37 o quién sería capaz de hablar alguna vez con suficiente dignidad sobre un ciudadano semejante? Éste, al considerar que un ciudadano criminal o, más bien, un enemigo público, debía ser abatido por una acción judicial (en el caso de que se pudiera hacer uso de las leyes), pero que, si la violencia impedía o suprimía los tribunales, se debía vencer el atrevimiento con valor, la locura con serenidad, la temeridad con prudencia, las bandas callejeras con tropas de verdad y la violencia con la violencia, lo primero que hizo fue acusarlo de actuación violenta; después, al observar que el proceso quedaba anulado por obra de ese mismo individuo, se ocupó de que no pudiera lograr todos sus propósitos mediante la violencia; hizo ver que ni las casas, ni los templos, ni el foro, ni la curia podían ser defendidos contra una banda interna de ladrones si no era con un grandísimo valor y con el mayor número de recursos y fuerzas militares; fue el primero que, tras mi partida, hizo perder el miedo a las gentes de bien, la esperanza a los temerarios, el temor a este orden senatorial y la esclavitud a la ciudad.

[20] Publio Sestio, prosiguiendo esta forma de actuar con igual arrojo, decisión y lealtad, pensó que no debía evitar nunca enemistades, violencia, ataques o el peligro de su vida por la defensa de mi persona 38 , de vuestra autoridad y del orden ciudadano; hizo valer ante la multitud la causa del senado que había sido atacada violentamente por las arengas de los desalmados, con tanta diligencia que nunca nada resultó tan popular como vuestro nombre, nada tan querido de todos como vuestra autoridad; no sólo me defendió con todos los medios de que fue capaz como tribuno de la plebe sino que, además, me prestó otros apoyos como si fuera mi hermano: me prestó como ayuda sus clientes, libertos, familia, bienes y cartas hasta el punto de que parecía no sólo que aliviaba mi desgracia sino que la compartía.

[21] Ya habéis comprobado los servicios y esfuerzos de los demás: cuán partidario de mí se mostró Gayo Cestilio, qué lleno de celo hacia vosotros y qué constante en la defensa de la causa. ¿Qué puedo decir de Marco Cispio? 39 . Soy consciente de lo mucho que le debo a él personalmente, a su padre y a su hermano: a pesar de haber ofendido sus sentimientos en un proceso privado, dejaron en el olvido esta ofensa personal ante el recuerdo de mis servicios públicos. Tampoco Tito Fadio, a quien tuve como cuestor 40 , y Marco Curcio, de cuyo padre lo fui yo 41 , con su dedicación, afecto e interés faltaron a esta amistosa unión. Muchas cosas dijo en mi favor Gayo Mesio 42 por amistad y por patriotismo: desde el principio propuso una ley específica sobre mi regreso. Si Quinto Fabricio hubiera podido [22] llevar a cabo, enfrentándose a la violencia y a las armas, cuanto intentó en mi favor, habríamos recuperado nuestros derechos en el mes de enero; sus sentimientos le movieron a salvarme, la violencia se lo impidió, vuestra autoridad le ha restablecido por ello.

[9] A su vez vosotros habéis podido valorar con qué ánimo se mostraron hacia mi persona los pretores, ya que Lucio Cecilio se esforzó en apoyarme en privado con todos sus medios; públicamente promulgó una ley sobre mi regreso de acuerdo con casi todos sus colegas y no concedió a los saqueadores de mis bienes la posibilidad de acudir a juicio. Por su parte, Marco Calidio, desde el momento mismo de su designación, manifestó con su voto cuán grato le era mi regreso 43 .

[23] Han quedado de manifiesto todos los excelentes oficios de Gayo Septimio, Quinto Valerio, Publio Craso, Sexto Quintilio y Gayo Cornuto hacia mi persona y la República 44 .

De igual modo que recuerdo con agrado estos hechos, también omito de buen grado los actos abominables de algunos individuos 45 contra mi persona: no es el momento de recordar las injurias que yo, aunque pudiera vengarlas, desearía olvidar. A un propósito distinto he de dedicar mi vida entera: a mostrar mi agradecimiento a las personas que me prestaron su ayuda, conservar las amistades puestas a prueba por el fuego, hacer la guerra a mis enemigos declarados, perdonar a los amigos medrosos, denunciar a los traidores y mitigar el dolor de mi partida con la dignidad de mi regreso.

[24] Y, si en toda mi existencia no me quedara ninguna otra obligación que la de mostrarme suficientemente agradecido hacia los que han dirigido, encabezado y promovido mi salvación, con todo consideraría escaso el tiempo que me queda de vida no sólo para testimoniar mi agradecimiento sino aún para dar fe del mismo. En efecto, ¿cuándo podríamos, yo y todos los míos, mostrar nuestra gratitud a este hombre 46 y a sus hijos? ¿Qué memoria, qué fortaleza de espíritu, qué grandeza en la consideración hubiera podido responder a tantos y tan grandes beneficios? Él fue el primero que, estando yo afligido y abatido, me ofreció la garantía consular y me alargó su mano; él me llamó de la muerte a la vida, de la desesperación a la esperanza, de la ruina a la salvación; mostró tanto afecto hacia mí y dedicación a la República que ha buscado el modo no sólo de aligerar mi desgracia sino, incluso, de ennoblecerla. Porque, ¿pudo ocurrirme algo más extraordinario y maravilloso que el que, a propuesta suya, hayáis decretado que todos cuantos, de Italia entera, desearan una República a salvo, acudieran para restituirme y defenderme a mí solo, un hombre abatido y casi aniquilado? De modo que, con las mismas palabras que utilizó sólo tres veces desde la fundación de Roma un cónsul en favor de todo el Estado (y únicamente ante quienes podían entenderlas), con esas mismas palabras 47 el senado ha llamado a la salvación de una sola persona a Italia entera y a todos los ciudadanos de los campos y ciudades.

¿Pude acaso legar a mis descendientes algo más digno de [25] [10 ] gloria que este juicio del senado según el cual todos los que no me habían defendido, habían manifestado su deseo de no salvar a la República? Así que vuestra autoridad y la egregia dignidad del cónsul tuvieron una influencia tan grande que, si alguien no acudía, creía estar cometiendo una acción deshonrosa e infamante. Este mismo cónsul, una vez que hubo acudido a Roma aquella increíble multitud y casi Italia entera, os convocó en gran número en el Capitolio. En aquel momento pudisteis comprender cuánta fuerza tienen la bondad natural y la auténtica nobleza: Quinto Metelo, adversario él además de hermano de mi adversario 48 , depuso todos sus resentimientos personales al comprender vuestra intención. A éste, Publio Servido, hombre distinguido, virtuoso y gran amigo mío 49 , con la gravedad casi divina de su autoridad y de su elocuencia le trajo a la memoria las hazañas y virtudes de su linaje y sangre común, para que, a la hora de tomar una decisión, tuviera presentes – llamados por así decirlo del Aqueronte– a su hermano, aliado de mis empresas 50 , y a todos los Metelos, ciudadanos tan ilustres, y, entre ellos, a aquel Metelo Numídico cuya partida de la patria en otro tiempo – aunque luctuosa– fue considerada [26] honrosa por todos los hombres de bien 51 . De este modo quien antes de este inmenso beneficio había sido mi adversario, se mostró no sólo partidario de mi regreso sino, incluso, defensor de mi dignidad. Ciertamente en ese día en el que os reunisteis cuatrocientos diecisiete senadores y estuvieron presentes todos los magistrados, sólo uno 52 se opuso: aquel que, de acuerdo con su ley, había pensado llamar incluso de los infiernos a los conjurados. Y en ese día, cuando con las palabras más solemnes y numerosas habíais proclamado que la República se había salvado gracias a mis decisiones, este mismo cónsul se cuidó de que, al día siguiente, estas mismas palabras fueran pronunciadas por los principales de la ciudad en una asamblea; después de haber defendido él mismo –sin duda con gran brillantez– mi causa, consiguió, ante el auditorio y la presencia de Italia entera, que nadie pudiera oír una palabra áspera u ofensiva para las gentes de bien de parte de ningún orador vendido o corrupto.

A estas actuaciones favorables a mi regreso y honrosas para [27] [11 ] mi dignidad vosotros mismos habéis añadido lo restante: decretasteis que nadie debía oponerse por medio alguno a esta medida; que, si alguien la impedía, lo llevaríais muy a mal, pues –decíais– actuaría contra la República, contra el bienestar de la gente de bien y contra la concordia de los ciudadanos; y que, de inmediato, se llevara ante vosotros el caso para tratar sobre él; además ordenasteis mi regreso aunque persistieran en sus calumnias. ¿Por qué? ¿Para dar las gracias a quienes habían acudido desde los municipios? ¿Para solicitarles que mostraran su acuerdo con este propósito el día en que se volviera a tratar el tema? ¿Qué diré, en fin, de aquel día que Publio Léntulo estableció como un nuevo nacimiento para mí 53 , mi hermano y nuestros hijos, destinado no sólo al recuerdo de nuestra época sino al de todos los tiempos, aquel día en el que, por los comicios centuriados que nuestros antepasados quisieron sobre todo que fueran proclamados y considerados como unos comicios justos, se nos llamó para regresar a la patria a fin de que las mismas centurias que me habían nombrado cónsul aprobaran [28] mi actuación durante el consulado? Ese día, ¿qué ciudadano hubo, independientemente de su edad o del estado de su salud, que considerara lícito no manifestar su voto en favor de mi regreso? ¿Cuándo habéis visto una concurrencia tan numerosa en el Campo de Marte, una magnificencia tal de Italia entera y de todos los estamentos? ¿Cuándo habéis visto, con aquella dignidad, a los que recogían, contaban y supervisaban los sufragios? En consecuencia, gracias a la brillante y divina ayuda de Publio Léntulo, no hemos sido simplemente devueltos a la patria como algunos famosísimos ciudadanos, sino que lo hemos sido transportados por caballos engalanados y en un carro dorado 54 .

[29] ¿Podré yo alguna vez mostrarme suficientemente agradecido para con Gneo Pompeyo? Él afirmó, no sólo ante vosotros (todos erais de la misma opinión) sino también ante la asamblea popular, que el bienestar del pueblo romano había sido conservado gracias a mí y que estaba unido a mi propia salvación; hizo valer mi causa ante los ciudadanos juiciosos, informó de ella a los ignorantes y, a un mismo tiempo, reprimió con su autoridad a los inmorales y animó a los buenos ciudadanos; exhortó e, incluso, suplicó al pueblo romano en mi favor como si lo hiciera por su hermano o por uno de sus padres; a pesar de permanecer en su casa por temor a un enfrentamiento o derramamiento de sangre 55 , pidió a los tribunos precedentes que promulgaran una ley sobre mi regreso y la sometieran al senado 56 ; él mismo, cuando desempeñaba una magistratura en una colonia recientemente constituida 57 en la que no existía ningún vendido que interpusiera su veto, con la autoridad de los hombres más honorables y en los registros públicos denunció por escrito la violencia y crueldad de la ley contra mi persona 58 ; fue el primero que decidió implorar la ayuda de toda Italia en favor de mi regreso; siendo como había sido siempre un gran amigo mío, se esforzó también por convertir en amigos míos a sus allegados 59 .

Así mismo, ¿con qué buenos oficios podré recompensar la [30] [12 ] ayuda de Tito Anio? Todas sus disposiciones y pensamientos, en una palabra, todo su tribunado no fue sino una constante, perpetua, esforzada e invencible defensa de mi regreso. ¿Qué puedo decir de Publio Sestio? Dio testimonio de su benevolencia y fidelidad hacia mí no sólo con el dolor de su corazón sino, además, con las heridas sufridas en su cuerpo 60 .

A vosotros, senadores, os he dado ya y seguiré dándoos las gracias a cada uno en particular; os las di al principio a todos de forma general, en la medida de mis posibilidades: no soy capaz, en modo alguno, de hacerlo con suficiente brillantez; y, aunque son extraordinarios los méritos de muchos de vosotros para conmigo, méritos que en modo alguno puedo silenciar, sin embargo el momento presente y mi propio azoramiento me impiden recordar los favores de cada uno de vosotros hacia mi persona: es difícil no dejar de mencionar a alguien e impío hacerlo así. A todos vosotros, senadores, debo honraros entre el número de los dioses. Pero, de igual modo que entre los propios dioses inmortales solemos venerar y suplicar no siempre a los mismos sino unas veces a unos y otras veces a otros, así también entre los hombres que me han rendido servicios divinos, dedicaré toda mi vida a proclamar y recordar sus favores [31] hacia mi persona. En el día de hoy, sin embargo, he creído un deber manifestar nominalmente mi agradecimiento a los magistrados y, entre las personas privadas, únicamente a aquel que, en favor de mi regreso, recorrió municipios y colonias, presentó sus ruegos en actitud suplicante al pueblo romano y expresó una opinión que vosotros secundasteis y por la que me restituisteis mi dignidad 61 . Siempre me honrasteis cuando estaba en una posición próspera; al encontrarme en una situación angustiosa me habéis defendido hasta donde os ha sido posible, cambiando vuestro vestido y, en cierto modo, con vuestro luto. Remontándonos hasta donde alcanza nuestra memoria, vemos que los senadores, ni aun en medio de sus propios peligros, acostumbraban a mudar de vestimenta; ante mi desgracia, el senado la cambió en la medida en que se lo permitieron los decretos de aquellos que privaron mis desgracias no sólo de su propia protección sino, incluso, de vuestras súplicas.

[13 ] [32] Ante estos obstáculos, al ver que debía combatir, como ciudadano privado, contra el mismo ejército al que había vencido no con las armas sino con vuestra autoridad, medité conmigo mismo muchas cosas 62 .

Uno de los cónsules había dicho en una asamblea que pensaba castigar a los caballeros romanos por su subida al Capitolio 63 ; unos eran reprendidos nominalmente, otros citados ajuicio, algunos exiliados; se impedía el acceso a los templos con destacamentos y gente armada, cuando no, incluso, con demoliciones 64 . El otro cónsul, con el propósito de abandonarnos a mí y a la República y entregarnos, además, a los enemigos de la misma República, había pactado con ellos un reparto del botín. Otro personaje 65 se encontraba a las puertas de Roma investido de mando para muchos años y con un poderoso ejército: no digo que fuera mi enemigo; pero sé que guardaba silencio cuando se decía que lo era.

Había en la República –al parecer– dos partidos: el uno –se [33] pensaba– buscaba mi ruina movido por el odio; el otro, me defendía tímidamente por temor a una masacre. Por su parte, los que parecían buscar mi perdición, hicieron que aumentara el miedo a un enfrentamiento al no disminuir nunca las sospechas y la inquietud de la gente mediante un desmentido 66 . Por ello, al ver al senado privado de sus jefes; a mí mismo, en parte atacado por los magistrados, en parte traicionado y en parte abandonado; a los esclavos reclutados individualmente con la excusa de formar colegios 67 ; a todas las tropas de Catilina reunidas de nuevo casi bajo los mismos cabecillas con la esperanza de asesinatos e incendios 68 ; a los caballeros romanos conmocionados por el miedo de las proscripciones, a los municipios por el de ser devastados y a todos por el temor a sufrir alguna masacre; yo pude, sí, pude, senadores, siguiendo el consejo de muchos hombres valerosos, defenderme con la fuerza de las armas y no me abandonó aquel ánimo mío que vosotros muy bien conocéis. Pero comprendía que, si vencía a mi presente adversario, me vería obligado a vencer a muchísimos otros; que, si era vencido, habrían de perecer muchos hombres de bien en mi defensa y a mi lado, aun después de mi muerte; y que los vengadores de la sangre de un tribuno aparecerían rápidamente, mientras que el castigo por mi muerte quedaría reservado a los tribunales y a la posteridad.

[14 ] [34] Habiendo defendido durante mi consulado el bien común sin necesidad de la espada, no quise como ciudadano particular defender el mío propio con las armas en la mano y preferí que los hombres honestos se lamentaran de mis desgracias a que desesperaran de las suyas. Me parecía deshonroso perecer en solitario, pero funesto para la República que fuera acompañado de muchos. Si creyera que se me amenazaba con una desgracia eterna, yo mismo me habría castigado con la muerte antes que con un dolor sin fin. Pero, al comprender que no permanecería lejos de esta ciudad durante más tiempo que la propia República, no consideré una obligación quedarme aquí cuando ella estaba también exiliada; y la República, tan pronto como ha vuelto a ser llamada, me ha traido también a su lado. Junto conmigo estuvieron ausentes las leyes, los tribunales, los derechos de los magistrados, la autoridad del senado, la libertad, incluso la prosperidad económica 69 y todos los ritos sagrados y religiosos de los dioses y de los hombres. Si todo esto hubiera desaparecido para siempre, lloraría vuestras desgracias más que lamentar las mías; pero si se recuperaba algún día, era consciente de que yo habría de regresar a la vez.

El más fiel testigo de esta manera mía de pensar es el mismo [35] que fue guardián de mi vida, Gneo Plancio, quien, dejando todos sus privilegios y las ventajas de su provincia, consagró toda su cuestura a sostenerme y defenderme 70 . Si lo hubiera tenido como cuestor bajo mi mandato, habría sido para mí como un hijo; ahora sin duda será para mí como un padre puesto que fue cuestor no de mi autoridad sino de mi dolor.

[36] En conclusión, senadores, puesto que he sido restituido a la República juntamente con ella, por defenderla no disminuiré en nada mi antigua independencia sino que, incluso, la incrementaré. Pues, si la defendía cuando era ella la que me debía algo, ¿qué no voy a hacer ahora, cuando soy yo quien le debo tanto? En efecto, ¿qué podría abatir o debilitar un ánimo como el mío, cuyo sufrimiento estáis viendo constituye una prueba fehaciente, no ya de no haber cometido delito alguno sino, más bien, de haber prestado unos servicios excepcionales a la República? Una desgracia que, no sólo me ha sobrevenido por haber defendido a la ciudad, sino que, además, la he asumido por propia voluntad para que esa misma República que yo había defendido no se viera expuesta a un peligro extremo por mi culpa.

[37] No imploraron al pueblo romano en mi favor, como lo hicieron por un hombre tan distinguido como Publio Popilio 71 , unos hijos adolescentes o una multitud de allegados; ni suplicaron al pueblo romano por mí, con lágrimas y vestidos de luto, como por Quinto Metelo, hombre eminente e ilustre 72 , suplicó su hijo, cuya juventud llamaba ya la atención, ni los consulares Lucio y Gayo Metelo, ni los hijos de éstos, ni Quinto Metelo Nepote 73 (que entonces aspiraba al consulado), ni los Lúculos, Servilios o Escipiones, hijos de las esposas de los Metelos; únicamente mi hermano, en quien encontré un hijo por su piedad filial, un padre por sus consejos y un hermano –que lo era– por su afecto, consiguió con su luto, lágrimas y continuas súplicas reavivar la añoranza de mi persona y que se mencionara el recuerdo de mis gestas. Éste, aunque había decidido, si no me recobraba gracias a vosotros, sufrir el mismo destino que yo y reclamar para sí la misma residencia para la vida y la muerte, sin embargo, no se dejó nunca abatir por la dificultad de la empresa, por su propia soledad o por la violencia y los dardos de los enemigos.

Otro protector y defensor infatigable de mi causa fue mi [38] yerno Gayo Pisón 74 , hombre de extremado valor y afecto, quien, ante mi salvación, despreció las amenazas de mis adversarios, la enemistad de un cónsul aliado mío y pariente suyo, y su propia cuestura en el Ponto y Bitinia. Nunca el senado emitió un decreto sobre Publio Popilio, nunca se hizo mención, en esta asamblea, de Quinto Metelo: fueron restituidos finalmente merced a las propuestas de los tribunos y muertos ya sus adversarios, después de haber obedecido uno de ellos al senado y haber evitado el otro muertes y violencia. A su vez, Gayo Mario 75 que, según recuerda esta generación, fue el tercer consular expulsado con anterioridad a mí a causa de los avatares políticos, no fue restituido por el senado; es más, a su regreso eliminó prácticamente a todo el senado. Sobre estos personajes no existió acuerdo alguno de los magistrados, ninguna convocatoria del pueblo romano para defender a la República, ningún movimiento de Italia, ningún decreto de los municipios y colonias.

[39] En consecuencia, dado que ha sido vuestra autoridad la que me ha hecho regresar, el pueblo romano el que me ha llamado, la República la que ha implorado en mi favor e Italia entera la que me ha vuelto a traer casi a hombros 76 , no voy a consentir, senadores, al haber recuperado lo que no estaba en mi poder, en renunciar a cuantas obligaciones pueda cumplir, sobre todo porque he recobrado lo que había perdido y porque nunca perdí mi valor y mi lealtad.


1 Al igual que en otros discursos (Quir. 5; Marc. 4), Cicerón desarrolla el «tópico de lo indecible» al insistir en la incapacidad de hablar dignamente de un tema, tópico éste que, desde Homero, aparece con múltiples variantes en toda la literatura occidental (Cf. E. R. CURTIUS , La literatura europea y la Edad Media Latina I, Madrid, 1955, pág. 231 ss.).

2 Roma es, como ya había señalado el orador (Cat. IV 11), «la luz de todas las tierras y la ciudadela de todos los pueblos».

3 Lucio Ninio Cuadrato, tribuno de la plebe junto con Clodio pero amigo de Cicerón (sobre su personalidad, cf., T. P. WISEMAN , Roman Studies, Liverpool, 1987, págs. 12, 20 y 237), intervino al parecer ante su colega para conseguir una tregua con el orador: Cicerón no haría ninguna oposición a las cuatro primeras rogationes clodianas (la ley sobre los colegios, la que limitaba el derecho de la obnuntiatio, la relativa a las listas de los censores y, en fin, la ley frumentaria), a condición de que Clodio no sacara a relucir el asunto de Catilina (P. GRIMAL , Études..., op. cit., pág. 32). Clodio habría aceptado, pero lógicamente no cumplió su palabra. Más tarde Ninio será uno de los primeros en presentar una proposición (el 1 de junio del 58) en favor del regreso del exiliado; pero Clodio provocó el veto de su colega Elio Ligo (Sest. 26; 68; DIÓN CASIO , XXXVIII 30, 4).

4 Sobre esta rogatio que Cicerón, en su correspondencia del exilio (Att. III 23, 2-4), consideró insuficiente, cf. Sest. 70, nota 100.

5 Es decir, la ley relativa al reparto de las provincias. Posiblemente el 20 de marzo (sobre la fecha de esta ley, cf. Sest. 53, nota 74) Clodio hizo que se aprobara una lex de provinciis en la que se privaba al senado del derecho a fijar las provincias consulares; para comprar el apoyo de los cónsules de aquel año, se concedió a Pisón Macedonia y Acaya, y a Gabinio en un primer momento Cilicia y, posteriormente, Siria y Persia (sen. 18; dom. 23-24; 55; 60; 124; Sest. 55).

6 Frente a la edición de PETERSON (quam relativo, cuyo antecedente sería ea lege) creemos más lógica, para la comprensión del texto, la lectura de los códices (cum temporal). Para su justificación, cf. B. D. R. SHACKLETON , «On Cicero’s speeches post reditum», art. cit., págs. 271-272 y E. COURTNEY , «Notes...», art. cit., págs. 47-48.

7 Se refiere, lógicamente, a los cómplices de Catilina ejecutados durante el consulado de Cicerón.

8 Pompeyo, ante las amenazas de Clodio (dom. 67; 110), se vio obligado a recluirse en su casa (sen. 29; dom. 8; har. 49). Llegó, incluso, a descubrirse un complot contra su vida (Sest. 69; Mil. 18).

9 Sobre la propuesta del cónsul Léntulo y las intervenciones de L. Aurelio Cota y Pompeyo, cf. Quir. 11-12, dom. 68-71 y Sest. 72-74.

10 Quinto Cecilio Metelo Nepote era colega de Léntulo en el consulado del 57. Primo de Clodio, estaba enemistado con Cicerón: siendo tribuno de la plebe, en el 63-62, había impedido que el orador se glorificara en un discurso ante el pueblo y le había acusado de haber ejecutado a los cómplices de Catilina. De todos modos, en este momento dejó a un lado sus resentimientos personales (sen. 25) y no se opuso a las tentativas de Léntulo en favor del regreso de Cicerón.

11 Cf. Mil . 73, nota 102.

12 Frente a WUILLEUMIER (op. cit., pág. 18, n. 1) que ve en este clarissimus consul a Gabinio, G. ACHARD (Pratique rhétorique et idéologic politique dans les discours «optimates» de Cicéron, Leiden, 1981, pág. 304, n. 352) cree que se está refiriendo a uno de los cónsules del 57, posiblemente a Metelo Nepote (dom. 13).

13 Para evitar que los comicios populares ratificaran la propuesta unánime del senado –enero del 57– en favor de Cicerón, Clodio lanzó a las calles sus bandas de esclavos y gladiadores. En uno de los enfrentamientos «Quinto, el hermano de Cicerón, quedó tendido entre los cadáveres como si estuviera muerto» (PLUT ., Cic. 33, 4); días después fue el tribuno de la plebe P. Sestio el que también resultó herido y dejado por muerto (sen. 20; 30; Sest. 79; Mil. 38; Q. fr. II 3, 6).

14 Una de las cláusulas de la lex de exsilio Ciceronis prohibía todo intento por conseguir el regreso de Cicerón mediante un senadoconsulto o una ley que derogara la de Clodio; cf. PH . MOREAU , «La lex Clodia...», art. cit., pág. 481.

15 Cf. supra, sen. 4. Cicerón adelanta después una de las críti cas, que reiterará sobre todo en De domo (26; 33; 43; 45; 51; 62; 77; 83; 86-88; 110), contra la lex de exsilio: la ausencia de un proceso y de una condena judicial. La crítica está justificada pero es evidente que Cicerón no esperó en Roma para ser citado a juicio (ya había huido cuando se aprobó la ley) y, con toda seguridad, no habría vuelto para comparecer ante un tribunal.

16 Quinto Lutacio Cátulo, hijo, cónsul en el 78, princeps senatus, logró que se concediera a Cicerón el título de parens patriae (dom. 132; Sest. 121; Pis. 6).

17 Para esta misma idea, cf. Sest. 77, nota 111.

18 Gayo Cornelio Cetego, ejecutado en el 63 como cómplice de Catilina, era efectivamente primo hermano del cónsul del 58 Lucio Calpumio Pisón; Calpumia, la hija de Pisón, estaba casada con César. Por su parte, Gabinio era partidario de Pompeyo (había sido lugarteniente del triunviro). En consecuencia, las críticas a los cónsules eran, en cierto modo, extensibles a sus valedores (César y Pompeyo) que nada hicieron por impedir el exilio de Cicerón.

19 Se refiere a Aulo Gabinio (la misma idea aparece en Sest. 20), contra quien va a dirigir a partir de ahora sus ataques. Comienzan así tres de los capítulos (V-VII) donde se muestra con mayor intensidad la ironía y mordacidad de Cicerón (cf. A. HAURY , L’ironie et l’humour chez Cic é ron. Leiden, 1955, pág. 144).

20 Es decir, la boca. La acusación de homosexualidad, afeminamiento y, en general, de cualquier tipo de depravación sexual, es un lugar común de la invectiva ciceroniana, a la que el orador recurre para atacar por igual a Verres, Catilina, Gabinio, Clodio o Antonio; cf., sobre este tema, el interesante trabajo de F. G. GONFROY , «Homosexualité et idéologie esclavagiste chez Cicéron», DHA 4 (1978), 219-262.

21 En el 68, a propuesta de Aulo Gabinio, se le otorgaron a Pompeyo poderes excepcionales contra los piratas; a cambio, el entonces tribuno de la plebe obtuvo un cargo lucrativo.

22 Hubo, en efecto, una lex Aelia y otra lex Fufia (Pis. 10), asociadas bajo la denominación común de lex Aelia Fufia, que, desde el 153, establecían las reglas de la obnuntiatio: una asamblea pública no podía celebrarse si en la observación del cielo aparecían presagios desfavorables. Fue Clodio, en el 58, quien intentó limitar el uso abusivo y arbitrario que la oligarquía senatorial hacía de esta ley; así, por ejemplo, estableció que la obnuntiatio debía ser ejercida en persona para evitar obstrucciones como la de Bíbulo contra César en el 59. Por lo tanto, no es exacta la afirmación de Cicerón: Clodio no abolió la práctica de la obnuntiatio, entre otras razones, porque también era un arma útil en manos de los populares (cf. C. R. TAYLOR , Party politics in the age of Caesar, Univ. Calif. Press, 1968, pág. 213, n. 22).

23 Sobre este episodio, cf. Sest. 28 y nota 40.

24 Lucio Lamia, partidario de Cicerón y que presidía el orden ecuestre, fue relegado por el cónsul Gabinio (dom. 55; Sest. 29); según Cicerón (Fam. XI 16, 2) fue el primer ejemplo de relegatio (pena menor que la del exsilium ya que no entrañaba la capitis deminutio) de un ciudadano romano, pronunciada en estas condiciones.

25 La expresión (plenus vini, stupri, somni), más que una descripción real, parece un lugar común, ya que con ella el orador se había referido con anterioridad a Verres (Verr. V 94) y más tarde a Clodio ( har. 55 ).

26 Macrobio (Sat. III 14, 15) elogió el talento de Gabinio como bailarín, una virtud no muy decorosa en un cónsul: el baile está asociado al vicio (cf. Mur. 13)

27 Pasa ahora a referirse al colega de Gabinio en el consulado, Lucio Calpurnio Pisón; pero en vez de nombrarlo directamente, utiliza con ironía el nombre de su abuelo materno, Calvencio, originario de la Galia.

28 A lo largo de todo este pasaje (sen. 14-15), Cicerón se deja llevar por su vena satírica, acudiendo a expresiones vulgares, injuriosas e, incluso, procaces, que algunos críticos consideraron impropias del orador y utilizaron como un argumento más para poner en duda la autenticidad del discurso (cf. L. LAURAND , É tudes sur le style..., op. cit., págs. 310-311).

29 Sobre el valor despectivo del término (Mitrídates es también llamado «capadocio» en Flac. 61), cf. G. ACHARD , Pratique rhétorique..., op. cit., pág. 207 y notas 64-65.

30 Como en otras ocasiones (Mur. 63; Verr. IV 5) Cicerón, en cuanto político romano, intenta no mostrarse demasiado interesado por la cultura y filosofía griegas.

31 El compañero habitual de Pisón era el filósofo epicúreo Filodemo. En otra ocasión (Pis. 37) le apostrofará: «Tú [Pisón], epicúreo nuestro salido de una pocilga, que no de una escuela».

32 El primero de los tres maridos de Tulia, la hija de Cicerón, fue Gayo Calpumio Pisón Frugi; por lo tanto, había un parentesco entre Cicerón y L. Calpumio Pisón que el orador no se cansará de recordar (sen. 17; 38) para destacar más si cabe la falta de sentimientos del cónsul. De todos modos, para salvar el honor de la familia de los Pisones, prefiere pensar que los vicios y defectos de Pisón se deben al influjo de sus antepasados galos por línea materna (Sest. 21).

33 A la vez que cónsul en Roma, Pisón compartía con Pompeyo (sen. 29) las funciones de duunviro en la colonia de Capua (dom. 60; Sest. 19) que acababa de ser fundada por César en el 59. Capua, en otro tiempo independiente y rival de Roma, era la ciudad más importante de la región de Campania y no gozaba precisamente de buena reputación: «morada del orgullo y sede del placer» la denomina el propio Cicerón (lege agr. II 97).

34 Es decir, la que, por sorteo, votaba en primer lugar y que solía condicionar el resultado.

35 El orden a la hora de conceder la palabra en el senado era un reconocimiento de la importancia política del individuo. Pisón, en la sesión inagural de su consulado, concedió la palabra a Cicerón tras Pompeyo y, posiblemente, tras Craso (es decir, después de los dos triunviros; César se encontraba ausente, en la Galia).

36 Sobre el despojo de las propiedades de Cicerón (inmediatamente después del voto de la lex de capite), cf. infra, págs. 91-92.

37 T. Anio Milón, el futuro asesino de Clodio. Sobre su persona, cf. págs. 443 ss. Ante la violencia desatada por Clodio (finales de enero del 57) para oponerse a cualquier actuación en favor del exiliado, Milón, entonces tribuno de la plebe, intentó una acción judicial contra él acusándolo de actuación violenta; pero su colega Atilio Serrano y el pretor Apio Claudio se lo impidieron. Milón reclutó entonces mercenarios para enfrentarse a las bandas callejeras de Clodio (sen. 30; Sest. 86 y Mil. 38).

38 Sobre las distintas actuaciones de este tribuno en favor del regreso de Cicerón, cf. págs. 270-272.

39 Marco Cispio junto con Quinto Fabricio (citado al comienzo de sen. 22) fueron dos de los tribunos que, en la sesión del senado de enero del 57, propusieron el regreso de Cicerón; además del veto de Serrano, su rogatio no pudo ser votada porque Clodio «ocupó el foro, el comicio y el senado» (Sest. 75) y con la ayuda de los gladiadores prestados por el pretor Apio Claudio atacó a los asistentes; Quinto, el hermano de Cicerón, escapó de milagro (Sest. 77). Se desconoce la naturaleza del proceso al que hace referencia Cicerón; sí sabemos, en cambio, que posteriormente M. Cispio fue defendido por el orador (Planc. 75).

40 T. Fadio había sido cuestor durante el consulado de Cicerón en el 63. Sobre su propuesta en favor del regreso del exiliado, cf. dom. 40, nota 54 y Q. fr. I 4, 3; Att. III 23, 4.

41 Durante la cuestura de Cicerón, en el 75, el padre de M. Curcio, Sex. Peduceno, era gobernador de Sicilia.

42 Tribuno de la plebe que, en diciembre del 58, vio también fracasar su propuesta (Att. 26). Sobre este personaje y sus relaciones con Pompeyo y César, cf. B. D. R. SHACKLETON BAILEY , Letters to Atticus, II, Cambridge, 1965, pág. 168.

43 La casa del pretor L. Cecilio Rufo (hermano de P. Sila) fue asaltada por las bandas de Clodio (Mil. 38). A su vez, M. Calidio, notable orador (Brut. 274), pronunció un discurso (QUINTIL ., Inst. orat. X 1, 23) para apoyar a Cicerón en su intento por recuperar su casa del Palatino.

44 Como volverá a recordar más tarde (Sest. 87; Mil. 39), frente a los siete pretores que acaba de citar, sólo uno, Apio Claudio, hermano de Clodio, le fue contrario.

45 Sobre estos nonnulli indefinidos, cf. Sest. 14, nota 22.

46 Vuelve a referirse el orador (cf. sen. 5; 8) al cónsul P. Cornelio Léntulo.

47 Cicerón, tan amante de comparaciones gloriosas, equipara el decreto del senado en favor de su regreso con la fórmula solemne qui rempublicam salvam velit sequatur pronunciada en tres circunstancias históricas críticas: por P. Valerio Publícola en el 460 (Liv., III 17), por G. Mario en el 100 (Rabir. 7) y por G. Calpumio Pisón en el 67. Sobre esta misma idea, cf. Sest. 128.

48 En realidad, el cónsul Quinto Metelo (sen. 5, nota 10) no era hermano sino primo hermano (fratres amitini) de Clodio. El término latino frater se utiliza, pues, con una acepción amplia (dom. 7 y 13).

49 Publio Servilio, cónsul en el 79 y que descendía también de los Metelos por la línea de su abuela (dom. 123), intervino activamente en el regreso del orador (Quir. 17; dom. 43; Flac. 100; prov. cons. 1)

50 Durante el consulado de Cicerón, Quinto Cecilio Metelo Céler, en calidad de pretor, había reclutado tropas en el Piceno y la Galia (Cat. II 5) para hacer frente a Catilina.

51 Sobre Quinto Cecilio Metelo Numídico y su exilio, cf. sen. 37 y nota 72.

52 Lógicamente P. Clodio. Cf. supra, pág. 22.

53 La idea de que, con su regreso, Cicerón ha vuelto a nacer, había sido ya expresada en su correspondencia durante el exilio: «haz lo posible -le ruega a su amigo Ático— para que celebre el nacimiento de mi retomo en tu acogedora casa contigo y con mi familia» (Att. III 20, 1).

54 Es decir, de la misma forma que los generales victoriosos que celebran el triumphus.

55 Más bien, porque temía por su seguridad ante las amenazas lanzadas contra él por Clodio; cf. sen. 4, nota 8.

56 Sobre esta propuesta, cf. Sest. 70 y nota 100.

57 Se refiere a Capua, colonia de la que era duunviro junto a Pisón (cf. sen. 17, nota 33).

58 Otra de las críticas de Cicerón a la lex de exsilio radicaba en que, según él, la constitución romana prohibía dictar una ley de forma expresa contra un particular, lo que se denomina privilegium (cf. dom. 26; 50; 58; Sest. 65; Att. III 15, 5).

59 Como siempre, la ambigüedad calculada de las palabras de Cicerón permite mútiples interpretaciones. Es posible que se esté refiriendo, de forma velada, a César, a quien Pompeyo presionó para que apoyara los esfuerzos del senado en favor del regreso del exiliado (Sest. 71), pero también a la campaña de Pompeyo (abril del 57) por municipios y colonias (sen. 31; Quir. 10; dom. 30; 75; 81; har. 46) para recabar el mayor apoyo popular a la rogatio presentada en julio en el concilium plebis.

60 Para una descripción dramática del atentado contra Sestio, cf. Sest. 79.

61 Es decir, a Pompeyo.

62 Mediante una rápida transición, Cicerón pasa a abordar uno de los temas más reiterado en estos discursos: la justificación de su propia actitud y las razones que le movieron a abandonar Roma. Una justificación obligada ante las críticas que su huí da precipitada suscitó entre sus conciudadanos (no sólo entre sus enemigos) y ante el convencimiento (reflejado en su correspondencia personal) de haber cometido un error (cf. Introducción, pág. 17 y nota 16).

63 El cónsul Gabinio. Sobre este episodio cf. Sest. 28, nota 40.

64 Así. Clodio convirtió prácticamente en un arsenal el templo de Cástor y demolió la escalera de acceso (dom. 54 y Sest. 34).

65 Se refiere (sin nombrarlo de nuevo directamente) a César que, como consecuencia de los acuerdos del primer triunvirato, había conseguido cuatro legiones y el mando de la Galia e Iliria por cinco años. En realidad, el general demoró su partida hasta que, con la ayuda de Clodio, consiguió el aislamiento de Cicerón y su expulsión de Italia (PLUT ., Caes. XIV 9). Para la fecha concreta (posiblemente el 10 de marzo del 58) de la partida de César hacia la Galia, cf. P. GRIMAL , Études..., op. cit., págs. 48-53.

66 Posible alusión a los triunviros, en especial a César y Craso (Sest. 40, nota 57).

67 Una de las primeras disposiciones de Clodio al acceder al tribunado de la plebe en el 58 fue restablecer la libertad de asociación (dom. 54, nota 83).

68 Cicerón, en su invectiva contra Clodio, no se cansará de presentarlo como continuador de los planes de Catilina (Quir. 13; dom. 62; 63; 72; 75; har. 5; 42; Sest. 42; Mil. 34; 37); pero, si hemos de hacer caso a Plutarco (Cic. 29, 1), lo cierto es que Clodio colaboró con el propio Cicerón para abortar la conjura del 63 y hasta el escándalo de la Buena Diosa había estado en buenas relaciones con el orador (P. Grimal, Cicéron. Discours XVI 1, París, 1966, pág. 12).

69 La crisis política y la inseguridad ciudadana provocaron una grave recesión económica: escasez de alimentos y subida incontrolada de los precios (dom. 11; 14-5; Att. IV 1, 6). Como dirá en su discurso al pueblo (Quir. 18), los dioses inmortales «sancionaron mi regreso con la fertilidad, la abundancia y la baratura de los víveres».

70 Fue de los pocos amigos de Cicerón que, tras su partida de Roma, lo acogieron y ayudaron; cuestor en Macedonia, junto a él permanecerá Cicerón, durante seis meses, en Tesalónica. Posteriormente, el orador lo defenderá con éxito (en el 54) de una acusación de ambitu. Participó en la guerra civil en el bando de Pompeyo y, tras la derrota, se exilió en Corcira (Fam. IV 14-15).

71 Sobre P. Popilio, cónsul en el 132, cf. Quir. 6 y nota 8.

72 Quinto Cecilio Metelo Numídico (el sobrenombre recordaba su victoriosa campaña sobre Yugurta en África) abandonó Roma en el 100 para evitar ser condenado al exilio por los populares a causa de su oposición a las medidas demagógicas (reparto de tierras) de Saturnino y Glaucia (sen. 25; Quir. 6, 9 y 11; dom. 87; Sest. 37); regresó en el 99 gracias a la intervención del tribuno Calidio.

73 Es decir, el colega en el consulado de Publio Léntulo (cf. sen. 5, nota 10).

74 Gayo Calpurnio Pisón Frugi, yerno de Cicerón (sen. 15, nota 32), trabajó denodadamente en favor del orador (intercediendo por él ante su pariente, el cónsul L. Pisón, y ante Pompeyo), pero murió antes de poder ver el regreso del exiliado (Sest 54; 68).

75 La figura de Mario y los avatares de su destierro aparecen tratados con más extensión (no en vano era un personaje «popular») en Quir. 19-20.

76 Plutarco recoge esta misma frase (Cic. 33): «Volvió Cicerón a los dieciséis meses del destierro y fue tanto el gozo de las ciudades...que aún anduvo corto el propio Cicerón cuando dijo que, tomándolo en hombros Italia, lo había traído a Roma.»

EN AGRADECIMIENTO AL PUEBLO


INTRODUCCIÓN

1.

Circunstancias del discurso

Cuando Cicerón regresa del exilio constata las funestas consecuencias económicas que el clima de inestabilidad política había provocado en Roma: la falta de alimentos había conllevado una subida generalizada de los precios y las medidas de control resultaron baldías. En medio de un clima de enfrentamientos propiciado, entre otros, por Clodio, que aprovechó el descontento popular para explotar la situación 1 , el 7 de septiembre del 57 se reunió el senado en el templo de la Concordia para adoptar medidas urgentes.

Cicerón, fortalecido por el recibimiento entusiasta que tres días antes le había deparado la ciudad, deseoso de volver a desempeñar un papel importante en la vida política y recordando, sin duda, el papel decisivo que Pompeyo había jugado en favor de su regreso, propuso y consiguió, en medio de la aclamación popular 2 , que se le confiriera a Pompeyo la dictadura del trigo en el mundo entero durante cinco años.

Pero dejemos que sea el propio Cicerón el que nos cuente –en una carta dirigida a Ático 3 – el desarrollo de los acontecimientos:

Dos días después [del discurso de agradecimiento al senado], en medio de una enorme carestía de víveres, habiéndose congregado una gran multitud de personas 4 primero delante del teatro y luego ante el senado, gritaban por instigación de Clodio que yo era el culpable de la escasez de trigo. Al reunirse el senado por aquellas fechas para tratar del aprovisionamiento (...) y pedir el propio Pompeyo y la plebe, expresamente, que expusiera mi parecer sobre la situación, lo hice y manifesté mi opinión de forma estudiada (...) Se elaboró un decreto del senado de acuerdo con mi propuesta para que se pidiera a Pompeyo que se hiciera cargo del asunto y se propusiera una ley (...) Leído el decreto del senado, como quiera que la multitud, siguiendo esa nueva y estúpida moda, prorrumpió en aplausos al mencionarse mi nombre, pronuncié un discurso: todos los magistrados presentes, excepto un pretor y dos tribunos de la plebe, me concedieron la palabra.

Este discurso al que se refiere Cicerón sería el que se nos ha conservado como acción de gracias al pueblo (cum populo gratias egit) por el regreso del exilio y habría sido pronunciado, por tanto, dos días después del que dirigió con el mismo motivo al senado 5 .

2.

Contenido y estructura

Aunque bastante más breve, este discurso de agradecimiento al pueblo retoma los mismos temas expuestos en el discurso anterior 6 , pero con un tono distinto porque distinto era el auditorio al que iba dirigido.

Así, en un amplio exordio –menos equilibrado pero más emotivo que el del discurso al senado– 7 , expresa su gratitud al pueblo romano por haber recobrado, tras su vuelta del exilio, todo cuanto había perdido (1-5); para magnificar la acción del pueblo, vuelve a comparar su regreso con el de otros exiliados ilustres 8 (6-12) y justifica de nuevo las razones de su partida, unas razones que contrapone a la actitud de sus adversarios 9 (13-14). Muy breve, en cambio, es la mención (15-17) de los personajes que más contribuyeron a su regreso exagerando en todo momento la acción del pueblo en su favor; por último, en una amplia peroración paralela al exordio (18-25) manifiesta su voluntad decidida de servicio a la República para de este modo expresar su gratitud a los ciudadanos.

Como se puede ver, el contenido y la estructuración son en los dos discursos muy similares 10 ; lo único que varía es el auditorio y, con ello, el tono general, el estilo y los recursos retóricos.

Si en el discurso al senado Cicerón era consciente de las exigencias que un auditorio tan distinguido imponían a su intervención 11 , al dirigirse al pueblo el orador intenta ser consecuente con los principios que él mismo señala en sus tratados de retórica: ante un auditorio popular hay que intentar provocar por la pasión más que a instruir por la razón 12 . De ahí que, por encima de ideas y argumentos, Cicerón dé rienda suelta a sus sentimientos, destacando, sobre todo, el lado humano del exilio, el dolor al sentirse alejado de los suyos y de la vida cotidiana de Roma, etc. 13 . Es cierto que los recursos retóricos son menos frecuentes y están menos elaborados que en el discurso anterior y que, en ocasiones, la estructura de la frase se rompe mediante anacolutos, repeticiones, antítesis y oposiciones 14 ; pero, a cambio, –o, tal vez, por ello– la lectura del discurso resulta mucho más viva: lo que se pierde en elaboración se gana en naturalidad.

3.

Ediciones y traducciones 15

J. BAUTISTA CALVO , Obras completas de Marco Tulio Cicerón. Vida y discursos , tomo V, Buenos Aires, 1946.

S. DESIDERI , et alii, Tutte le opere di Cicerone , VII, Milán, 1966.

V. O. GORENSTJN , Discours adressé au peuple de retour d’exil (en ruso, con trad., introd., y coment.), VDl 180 (1987), 260-268.

H. KASTEN , Staatsreden II, Berlín, 1969.

A. KLOTZ , M. Tulli Ciceronis Orationes, VII, Leipzig, 1919.

T. MASLOWSKI , M. Tulli Ciceronis scripta quae manserunt, fasc. 21, Leipzig, 1981.

C. F. MÜLLER , M. T. Ciceronis scripta quae manserunt, II 2, Leipzig, 1904 (reimpr., 1896).

W. PETERSON , M. Tulli Ciceronis Orationes, Oxford, 1978 (reimpr., 1911).

B. D. R. SHACKLETON , Cicero. Back from exile: six speeches upon his return, Chicago, 1991.

N.-H. WATTS , Cicero. The Speeches, IX, Londres-N. York, 1965 (reimpr., 1923).

P. WUILLEUMIER , Cicéron. Discours, Tome XIII, París, 1952.

Las variaciones con respecto a la edición de Peterson que pueden afectar al sentido de la traducción han sido mínimas:



1 dom. 11; 14-15.

2 No parece tan claro que la aristocracia senatorial viera con buenos ojos la concesión de poderes extraordinarios a Pompeyo, aunque tampoco César. De ahí que se haya querido ver en esta medida de Cicerón un intento por debilitar el triunvirato. Pero además, al aceptar el senado la propuesta del orador, se paralizó la rogatio del tribuno G. Mesio que, además del control absoluto sobre el abastecimiento de víveres, pedía para Pompeyo una armada, una flota y un imperium proconsular. Sobre esta hábil maniobra de Cicerón, Cf. J. CARCOPINO - P. GRIMAL , Jules César, París 1968, págs. 262-263 y J. P. V. D. BALSDON , «Roman History 58-56 b.C.: three ciceronians problems», JRS 47 (1957), 15-20.

3 Att. IV 1, 6. Cf., también, dom. 7; DIÓN XXXIX 9.

4 Una multitud compuesta por cuantos habían tributado un recibimiento triunfal a Cicerón, pero también por los que habían acudido a Roma para celebrar los Ludi Romani (4-12 de septiembre).

5 Un amplio resumen del discurso se puede encontrar en J. GUILLÉN , Héroe..., op. cit., I, págs. 360-362.

6 WUILLEUMIER (Cicéron. Discours XIII, op. cit., pág. 20, n. 9) deja planteado el interrogante de si realmente el discurso al que se refiere Cicerón en Att. IV 1, 6, pronunciado el 7 de septiembre del 57, es el mismo al que se alude en dom. 7; de no ser así, es posible que el discurso de agradecimiento al pueblo (cum populo gratias egit) que se nos ha conservado no haya sido nunca pronunciado.

7 Mientras que en el discurso dirigido al senado el exordio presenta un tono más contenido, una estructuración más cuidada y un estilo más elevado, en la acción de gracias al pueblo Cicerón da rienda suelta a sus sentimientos, lo que se refleja a su vez en una organización del período mucho más compleja, con rupturas sintácticas, explicaciones incidentales, etc.

8 Así, por ejemplo, el tratamiento de la figura de Mario es distinta en los dos discuros; en el primero (sen. 38) había recordado que Mario, durante la guerra civil, eliminó prácticamente a todo el senado; en cambio, ahora, consciente de la popularidad de Mario ante el pueblo, traza un relato elogioso del personaje cuya trayectoria vital compara con la del propio Cicerón.

9 De nuevo la naturaleza del auditorio explica el que Cicerón, frente al reproche velado a César en sen. 32, evite mencionar ahora a un personaje tan «popular»; también las alusiones a Clodio son siempre indirectas, centrándose la animosidad del orador en los cónsules del 57, Gabinio y Pisón.

10 De ahí que hagamos referencia únicamente a los aspectos diferenciales estudiados, por ejemplo, por C. E. THOMPSON (T o the senate and to the people. Adaptation in the parallel speeches of Cicero, tesis, Ohio State Univ. Columbus, 1978) quien retoma, a su vez, argumentos de D. MACK (Der Stil der Ciceronischen Senatsreden und Volksreden, tesis, Kiel, 1937, reimpreso en B. KYTZLER (ed.), Ciceros literarische Leistung, Darmstadt, 1973, págs. 210-224) En lo demás remitimos a la Introducción del discurso de agradecimiento al senado (supra, págs. 23-25).

11 Cf., supra. pág. 23.

12 De orat. I 221; III 195.

13 Este tono más emotivo se observa, por ejemplo, en que, frente al concepto abstracto de la patria en el primer discurso (sen. I), Cicerón, al dirigirse al pueblo, habla de «la belleza de Italia, el gentío de sus villas, el paisaje de sus regiones, sus campos, sus frutos, la hermosura de Roma...» (Quir. 4).

14 P. WUILLEUMIER , op. cit., pág. 25, a quien estamos resumiendo en este punto.

15 Para la tradición manuscrita de este discurso, paralela a la de cum senatui gratias egit, cf., supra, págs. 25-27. También la bibliografía es común a los dos discursos, por lo que no hemos creído necesario repetirla (cf., supra, págs. 29-31).


EN AGRADECIMIENTO AL PUEBLO

Ciudadanos, en cuanto al hecho de haber implorado de Júpiter [1] [1 ] Óptimo Máximo y de los demás dioses inmortales (en aquella época en que sacrifiqué mi persona y fortuna en aras de vuestra seguridad, tranquilidad y concordia) 1 que, si había puesto alguna vez por delante de vuestra salvación mis propios intereses, sufriera un castigo eterno que aceptaría de buen grado; pero que, si realmente había realizado lo que hice para salvaguardar la ciudad y aceptado aquella triste partida en bien de vuestra salvación para que el odio que unos hombres criminales y audaces habían concebido hacía tiempo contra la República y contra todos los hombres de bien lo dirigieran únicamente contra mí y no contra todos los hombres honrados y contra la ciudad entera...; que, si había tenido unos sentimientos tales hacia vosotros y hacia vuestros hijos, el recuerdo, compasión y nostalgia de mi persona se apoderaran alguna vez de vosotros, de los senadores y de Italia entera: me alegro profundamente de ser culpable de este sacrificio 2 a juicio de los dioses inmortales, de acuerdo con el testimonio del senado, el consenso de Italia, el reconocimiento de mis enemigos y vuestra ayuda divina e inmortal.

[2] Pues, aunque nada hay, ciudadanos, más deseable para un hombre que una fortuna próspera, estable y duradera mientras su vida transcurre feliz y sin contratiempos, sin embargo, si todo hubiese resultado para mí tranquilo y apacible, no habría podido disfrutar del placer –en cierto modo increíble y casi divino– de la alegría de que gozo ahora gracias a vuestra ayuda. ¿Qué bien ha sido concedido por la naturaleza al género humano más dulce que sus propios hijos a cada hombre? A mí, por mi carácter afectivo y por sus excelentes cualidades, me son más queridos que la vida misma. Sin embargo, los recibí en su nacimiento con un gozo no tan grande como con el que me han sido ahora restituidos.

[3] Nadie tuvo nunca nada tan agradable como lo es para mí mi propio hermano; me daba cuenta de ello no tanto cuando disfrutaba como cuando carecía de él, y después de que nos restituisteis el uno al otro. Cada cual se complace con su propio patrimonio; los restos recobrados de mi fortuna me proporcionan ahora más placer del que me proporcionaban entonces, cuando estaban íntegros. Al carecer de ellos he comprendido, mejor que cuando los disfrutaba, qué es lo que tenían de placentero las amistades, las relaciones, los vecinos, los clientes, en fin, los juegos y días de fiesta 3 .

En verdad, los honores, la dignidad, el rango, el orden senatorial [4] y vuestros beneficios, aunque siempre me parecieron magníficos, sin embargo, ahora que me han sido renovados me parecen más distinguidos que si no hubiesen sido oscurecidos. Y la patria misma, ¡dioses inmortales!, difícilmente puede expresarse cuánto afecto y placer provoca: ¡la belleza de Italia, el gentío de sus villas, el paisaje de sus regiones, sus campos, sus frutos, la hermosura de Roma, la humanidad de sus ciudadanos, el prestigio de la República, vuestra majestad! De todos estos bienes gozaba yo antes más que ningún otro; pero, del mismo modo que la buena salud les resulta más grata a aquellos que se han recuperado de una grave enfermedad que a los que nunca tuvieron el cuerpo enfermo 4 , así también todas estas cosas causan más placer cuando se echan de menos que cuando se disfrutan de forma constante.

¿Con qué finalidad, pues, expongo todo esto? ¿Con qué finalidad? [5] [2 ] Para que podáis comprender que nunca hubo nadie de una elocuencia tan grande, de un talento oratorio tan divino y extraordinario, que fuera capaz, no ya de engrandecer y embellecer con su discurso sino ni siquiera de enumerar y abarcar la magnitud y el número de los beneficios que nos habéis dispensado a mí, a mi hermano y a nuestros hijos 5 . Como era natural nací –muy pequeño– de mis padres; gracias a vosotros he renacido consular. Ellos me dieron un hermano del que no sabía cómo iba a ser en el futuro; vosotros me lo habéis devuelto después de haber sido puesto a prueba y de haber dado muestras de un increíble afecto. Tomé a mi cargo en aquella época a una República tal que casi se la dio por perdida; de vosotros he recuperado una República que, en una ocasión, todos consideraron que se había salvado por obra de una sola persona 6 . Los dioses inmortales me concedieron los hijos; vosotros me los habéis devuelto. Hemos conseguido, además, muchas otras cosas que habíamos pedido a los dioses inmortales; si no hubiese sido voluntad vuestra, careceríamos de todos estos presentes divinos. En fin, vuestros honores, que nosotros habíamos alcanzado paso a paso cada uno, ahora los tenemos todos juntos gracias a vosotros, de suerte que, cuanto debíamos antes a nuestros padres, a los dioses inmortales y a vosotros mismos, lo debemos en este momento, todo ello, al pueblo romano entero 7 .

[6] En consecuencia, así como la magnitud de vuestra ayuda es tal que sería incapaz de abarcarla en mi discurso, así también en vuestro empeño se puso de manifiesto una voluntad de ánimo tan grande que parece que me habéis, no ya apartado de mi desgracia sino, incluso, acrecentado la dignidad.

En efecto, no intercedieron en favor de mi regreso unos hijos [3 ] jóvenes y, además, numerosos parientes y allegados como ocurrió con un hombre tan noble como Publio Popilio 8 ; ni intercedieron en mi favor, como por un varón tan distinguido como Quinto Metelo 9 , un hijo de edad ya respetable ni el consular Lucio Diademato (hombre de gran autoridad), ni el censor Gayo Metelo, ni los hijos de éstos, ni Quinto Metelo Nepote (que por entonces pretendía el consulado) 10 , ni los hijos de sus hermanas, los Lúculos, Servilios y Escipiones. Ciertamente gran número de Metelos e hijos de los Metelos os suplicaron en aquella ocasión a vosotros y a vuestros padres en favor del regreso de Quinto Metelo. Y aun en el caso de que su gran prestigio y sus grandes hazañas no valieran lo suficiente, pese a todo, la devoción filial de su hijo, el luto de los jóvenes, las súplicas de sus allegados y las lágrimas de los mayores fueron capaces de conmover al pueblo romano.

En cuanto a Gayo Mario, que, después de aquellos antiguos [7] e ilustres consulares fue, en vuestro tiempo y el de vuestros padres, el tercer consular anterior a mí que sufrió una suerte tan indigna de una gloria tan distinguida, su forma de actuar fue distinta: no regresó gracias a las súplicas sino que, en medio de la discordia civil, se hizo llamar mediante el ejército y las armas. En cambio en mi favor, a falta de allegados, sin la ayuda de parentesco alguno y sin el amparo de un temor a las armas o a una sublevación, intercedieron ante vosotros la autoridad y el valor casi divinos e increíbles de mi yerno Gayo Pisón 11 , las lágrimas diarias y los vestidos de luto de mi hermano tan desdichado como íntegro.

[8] Mi hermano fue, él solo, capaz de conmover con su luto vuestras miradas, de renovar con su llanto la añoranza y recuerdo de mi persona; si no me hubieseis devuelto a él, había decidido, ciudadanos, sufrir mi propia suerte; se mostró con tal afecto hacia mí que rechazaba como sacrílego el verse apartado de mi lado no sólo en el domicilio sino incluso en la tumba. En mi favor, y cuando todavía yo estaba presente, cambiaron su vestido el senado y veinte mil hombres más 12 ; igualmente en mi favor también, y en mi ausencia, habéis contemplado los vestidos de luto de una sola persona. Este hombre, sin duda el único capaz de presentarse en el foro, se me ha revelado como un hijo por su piedad, como un padre por su apoyo y también –así lo fue siempre– como un hermano por su afecto. Pues el luto lúgubre de mi desdichada esposa, la constante y profunda tristeza de la mejor de las hijas y la añoranza y lágrimas infantiles de mi hijo pequeño se mostraban sólo en los viajes obligados o bien se mantenían, por lo general, entre las tinieblas de la casa 13 .

Por lo tanto, vuestros merecimientos hacia nosotros son [4 ] mayores porque nos habéis devuelto, no a una multitud de parientes sino a nosotros mismos.

Pero, del mismo modo que no tuve parientes de los que poder [9] disponer para interceder ante mi desgracia, así también (algo que debió ser obra de mi virtud) fueron tan numerosos los colaboradores, responsables e instigadores de mi regreso que superé con mucho en dignidad y número a cuantos me precedieron. Nunca se presentó una proposición en el senado acerca de un hombre tan famoso y valiente como Publio Popilio, nunca sobre un ciudadano tan noble y consecuente como Quinto Metelo, nunca acerca de Gayo Mario, el guardián de la ciudad y de vuestro imperio 14 . Los dos primeros fueron restituidos [10] merced a proposiciones de tribunos, sin sanción alguna del senado; por su parte Mario fue restituido, no por voluntad del senado sino, incluso, con un senado sometido. Y en el regreso de Gayo Mario de nada valió el recuerdo de sus gestas, sino el ejército y las armas; en cambio, en lo que a mí respecta, el senado siempre reclamó que mis actuaciones tuvieran validez; con su concurso y autoridad consiguió, tan pronto como le fue posible, que finalmente me fueran beneficiosas. En el regreso de aquéllos no se produjo manifestación alguna de los municipios y colonias; en cambio a mí toda Italia me llamó por tres veces, con sus decretos, para que regresara a la patria 15 . Ellos fueron restituidos tras producirse la muerte de sus enemigos y una gran matanza de ciudadanos; yo he regresado cuando conservaban sus provincias aquellos por cuya culpa fui expulsado 16 , cuando uno de los cónsules –hombre por lo demás íntegro y muy moderado– era contrario a mí mientras el otro presentaba una proposición al respecto 17 , cuando aquel adversario personal que, para lograr mi perdición, había prestado su voz a los enemigos públicos, vivía todavía, aunque en realidad debería haber sido relegado a un lugar más profundo que el de todos los muertos.

[5 ] [11] Nunca intercedió ante el senado o el pueblo romano en favor de Publio Popilio un cónsul tan valiente como Lucio Opimio 18 , nunca lo hizo en favor de Quinto Metelo no ya Mario, su adversario, sino ni siquiera el cónsul siguiente, Marco Antonio, hombre muy elocuente, junto con su colega Aulo Albino 19 . En cambio, los cónsules del año anterior fueron constantemente solicitados en mi favor para que trataran la cuestión; pero tuvieron miedo de que diera la impresión de que actuaban por interés, puesto que el uno era allegado mío 20 y al otro lo había defendido en una causa capital 21 ; atados por un pacto relativo al reparto de las provincias, sufrieron durante todo aquel año las quejas del senado, el luto de las gentes de bien y el llanto de Italia. Pero en las calendas de enero, después que la República, huérfana, imploró la fidelidad de un cónsul como tutor legítimo, Publio Léntulo, padre, dios y salvador de mi vida, de mi fortuna, de mi memoria y de mi nombre, al mismo tiempo que presentó una proposición sobre el culto divino, consideró que no debía tratar ningún asunto humano antes que el mío. Y el asunto se habría resuelto ese mismo día si aquel [12] tribuno de la plebe 22 (a quien, durante su cuestura, le había colmado –siendo yo cónsul– de los mayores honores) no hubiera solicitado una noche para deliberar pese a los ruegos de todo el senado y de muchos hombres ilustres, y pese a que su suegro, Gneo Opio, un hombre tan virtuoso, se arrojó llorando a sus pies. Este tiempo de deliberación no lo consumió, tal como algunos pensaban, en devolver el salario recibido sino, como quedó de manifiesto, en aumentarlo. Después de esto no se trató asunto alguno en el senado; pese a obstáculos de todo tipo, por voluntad expresa del senado mi causa era presentada ante vosotros en el mes de enero.

Ésta ha sido la única diferencia entre mis enemigos y yo: [13] después de haber visto que se alistaban y enrolaban los hombres públicamente en el tribunal Aurelio 23 ; al darme cuenta de que habían sido llamadas de nuevo las antiguas tropas de Catilina con la esperanza de una masacre; al ver que hombres del partido del que yo era considerado incluso como uno de sus líderes, bien por envidia hacia mi persona, bien temerosos de sus intereses, se convertían en traidores o abandonaban mi salvación 24 ; al haberse ofrecido a los enemigos de la República, como instigadores, los dos cónsules, que habían sido comprados con el reparto de las provincias cuando comprendieron que no podrían saciar sus necesidades, su ambición y sus placeres si no me entregaban encadenado a los enemigos del interior; al prohibírseles, mediante edictos y ordenanzas, al senado y a los caballeros romanos llorar en mi favor y suplicaros vestidos de luto; al sancionarse con mi sangre los repartos de todas las provincias, los pactos de todo tipo y la restitución de favores; al aceptar, incluso, todos los hombres de bien perecer en mi defensa o junto conmigo, no quise luchar con las armas para salvarme; pensé que, tanto el vencer como el ser vencido, acabaría siendo funesto para la República.

[14] Mis enemigos, en cambio, cuando se trató mi causa en el mes de enero, pensaron que mi regreso debería ser evitado con una matanza de ciudadanos, con un río de sangre 25 .

[6 ] Así pues, en mi ausencia, tuvisteis una República en una situación tal que pensabais en la necesidad de que tanto ella como yo fuéramos restituidos por igual. Por mi parte, no creí que hubiera Estado alguno en una ciudad en la que el senado no tenía ningún poder, todo permanecía impune, no había tribunales, la violencia y las armas reinaban en el foro mientras que los ciudadanos particulares buscaban la protección de sus muros 26 y no la de las leyes, los tribunos de la plebe eran heridos ante vuestros ojos 27 , se acudía a las casas de los magistrados con armas y fuego, las fasces de los cónsules eran quebradas e incendiados los templos de los dioses inmortales. Por lo tanto, consideré que, desterrada la República, no había lugar para mí en esta ciudad y no dudé de que, en el caso de que fuera restituida, ella misma me haría regresar a su lado.

Teniendo como tenía muy claro que habría de ser cónsul al [15] año siguiente Publio Léntulo, quien, en aquella época tan peligrosa para la República, siendo él edil curul bajo mi consulado, había participado de todas mis decisiones y compartido mis peligros, ¿podría yo dudar de que, abatido como me encontraba por las heridas de un cónsul, me devolvería la salvación con el remedio de su consulado? Bajo su dirección, y junto con su colega, hombre muy indulgente e íntegro que al principio no se opuso y después incluso colaboró, casi todos los restantes magistrados fueron partidarios de mi regreso; de entre ellos Tito Anio y Publio Sestio, hombres de excelente carácter, valor, autoridad, apoyo y fuerzas, sobresalieron por su destacada benevolencia hacia mi persona y por su extraordinario interés 28 ; a instancias de este mismo Publio Léntulo y con una proposición en el mismo sentido de su colega, el senado en pleno honró mi dignidad con las palabras más elogiosas que pudo, discrepando una sola persona pero sin que nadie se opusiera 29 : recomendó mi salvación a vosotros y a todos los municipios y colonias.

[16] De este modo, pese a estar yo desprovisto de allegados y sin el apoyo de ningún parentesco, los cónsules, pretores, tribunos de la plebe, el senado e Italia entera os suplicaron en mi favor; en suma, todos cuantos fueron honrados con vuestras mayores distinciones y honores, presentados ante vosotros por este mismo Léntulo, no sólo os exhortaron a salvarme sino que, además, fueron garantes, testigos y panegiristas de mis éxitos.

[7] A la cabeza de ellos, para aconsejaros y solicitaros, estuvo Gneo Pompeyo, el primero de todos los hombres presentes, pasados y futuros por su valor, sabiduría y gloria 30 . Él solo, únicamente a mí, un amigo privado, me concedió todo cuanto había concedido a la República entera: la salvación, la paz y el honor. Su discurso, según he sabido, constó de tres partes: en primer lugar, os hizo ver que la República había sido salvada gracias a mis decisiones, asoció mi propia causa a la salvación pública y os exhortó a defender la autoridad del senado, el orden público y la fortuna de un ciudadano benemérito; después, en su peroración, hizo ver que os estaban rogando el senado, los caballeros e Italia entera; para finalizar, os rogó e, incluso, os suplicó en favor de mi salvación.

A este hombre, ciudadanos, yo le debo tanto cuanto difícilmente [17] le está permitido a un hombre deber a otro hombre. Vosotros, siguiendo sus consejos, la opinión de Publio Léntulo y la autoridad del senado, me repusisteis en el mismo rango en el que había estado gracias a vuestros beneficios y mediante los mismos comicios centuriados con los que me habíais colocado en él 31 . A un mismo tiempo y desde el mismo lugar oísteis a varones distinguidos, a hombres colmados de honores y dignidad, a los principales de la ciudad, a todos los consulares, a todos los expretores decir las mismas cosas: que, a juicio de todos, era evidente que la República había sido salvada por una sola persona, por mí. De modo que, cuando Publio Servilio 32 , hombre de gran autoridad y ciudadano muy distinguido, afirmó que gracias a mí la República había sido entregada sana y salva a los siguientes magistrados, los demás se expresaron en el mismo sentido. Pero en aquel día oísteis el parecer y, sobre todo, el testimonio de un hombre muy distinguido, el de Lucio Gelio 33 ; éste, puesto que casi experimentó cómo se había intentado corromper a su flota con gran peligro para su propia vida, afirmó en vuestra asamblea que, si yo no hubiera sido cónsul cuando lo fui, la República habría resultado totalmente destruida.

Y ahora que, ciudadanos, he sido devuelto a mí mismo, a [18] [8 ] los míos y a la República gracias a tantos testimonios, a esta autoridad del senado, a un acuerdo tan unánime de Italia, a tantos afanes de todos los hombres de bien, a la defensa de mi causa por Publio Léntulo, al acuerdo de los restantes magistrados, a las insistentes súplicas de Gneo Pompeyo, al favor de todos los hombres y, en suma, a los dioses inmortales que sancionaron mi regreso con la fertilidad, la abundancia y la baratura de los víveres 34 , os prometo, sí, hacer todo cuanto pueda: en primer lugar tener siempre hacia el pueblo romano la misma veneración que suelen tener los hombres más piadosos hacia los dioses inmortales y hacer que vuestra voluntad sea para mí durante toda mi vida tan digna de respeto y tan sagrada como la de los dioses inmortales; en segundo lugar, puesto que es la propia República la que me ha devuelto a la ciudad, no abandonarla en ninguna situación.

[19] Y si alguien cree que yo soy de voluntad vacilante, de escaso valor o de ánimo abatido, se equivoca totalmente. A mí, todo cuanto la violencia, la injusticia y la locura de los hombres pudieron arrancarme, me lo han arrebatado, quitado de las manos y destruido; pero permanece y permanecerá todo lo que no puede arrebatársele a un hombre valiente. He visto a un hombre lleno de valor y paisano mío, a Gayo Mario 35 –pues nos hemos visto obligados a luchar, en cierto modo, por culpa de un destino funesto, no sólo contra los que quisieron destruir esta patria nuestra sino, incluso, contra la propia fortuna–, lo he visto, a pesar de su avanzada edad, no con ánimo abatido ante la magnitud de su desgracia sino reafirmado y renovado en sus fuerzas. Yo mismo le oí decir que se sintió desgraciado [20] al verse privado de la patria a la que había salvado de una invasión, al enterarse de que sus bienes eran saqueados y poseídos por sus enemigos, al ver a su joven hijo compartiendo su misma desgracia, al poder conservar, sumergido en los pantanos, su cuerpo y su vida gracias a la ayuda y compasión de los Minturnenses cuando, transportado en una pequeña nave a África, había acudido pobre y suplicante ante aquellos a quienes él mismo había concedido sus reinos 36 ; pero que, una vez recuperada su dignidad, no consentiría, habiéndosele restituido las cosas que había perdido, en abandonar el valor de espíritu que nunca había perdido. Sin embargo entre él y yo hay una diferencia: él se vengó de sus enemigos con los mismos medios, es decir, con las armas con las que alcanzó tanto poder; yo me serviré, según mi costumbre, de las palabras, porque el lugar de sus artes está en la guerra y en la sedición, el de las mías en la paz y la concordia. Mientras que él, irritado en su [21] interior, no pretendía otra cosa que no fuera vengarse de sus enemigos, yo pensaré en ellos, en la medida en que la República me lo permita.

En definitiva, ciudadanos, puesto que en total actuaron con [9 ] violencia contra mí cuatro tipos de hombres: uno, el de los que fueron enconados enemigos míos por odio a la República, ya que, a su pesar, yo la había salvado 37 ; otro, el de los que me traicionaron de forma impía bajo la apariencia de amistad; el tercero, el de los que sintieron envidia de mi gloria y de mi prestigio, al no poder conseguir ellos esto mismo por su propia incapacidad 38 ; el cuarto, el de los que, a pesar de que debían ser guardianes de la República, pusieron a la venta mi propia vida, el orden público y el prestigio de la autoridad que tenían en sus manos 39 ; me vengaré de cada uno de estos crímenes del mismo modo en que he sido afectado por cada uno de ellos: de los malos ciudadanos, dirigiendo rectamente la República; de los pérfidos amigos, negándoles toda confianza y siendo precavido en todo; de los envidiosos, consagrándome al servicio de la virtud y de la gloria; de los traficantes de provincias, haciéndoles regresar a Roma y pidiéndoles cuentas de las provincias.

[22] Aunque, ciudadanos, me preocupa más el modo de mostraros mi agradecimiento a vosotros (que tan excelentes beneficios me habéis prestado) que el de castigar las afrentas y la crueldad de mis enemigos. En efecto, vengar una injusticia es más fácil que recompensar una ayuda, porque supone menor esfuerzo superar a los perversos que igualar a los buenos. Además, tampoco es tan obligado pagar lo debido a tus adversarios [23] como hacerlo a tus bienhechores. El resentimiento puede ser, bien mitigado con súplicas, bien abandonado por circunstancias políticas e interés público, bien refrenado ante la dificultad de la venganza, bien aplacado con el tiempo; no se te puede pedir, en cambio, que no muestres gratitud a tus bienhechores ni, en todo caso, es posible dejar de hacerlo en interés de la República; no hay excusa en la dificultad, ni es justo limitar el recuerdo de la ayuda a un período o un día. Por último, aquel que fue algo moderado en su venganza, disfruta abiertamente de una opinión favorable, mientras que es censurado duramente aquel que tarda demasiado en recompensar unos beneficios tan grandes como los que vosotros me habéis otorgado; y no sólo es tachado necesariamente de ingrato –lo que es en sí mismo grave– sino de impío. Además, cumplir con un deber es una situación distinta a pagar una deuda, porque quien retiene el dinero no paga y quien lo devolvió ya no lo tiene; en cuanto al agradecimiento, el que lo ha mostrado, lo tiene, y el que lo tiene, ya lo ha pagado 40 .

En conclusión, guardaré el recuerdo de vuestra ayuda con [24] [10 ] una eterna buena voluntad y, no sólo al expirar mi alma sino también cuando la vida me haya abandonado, permenecerán los testimonios de vuestros méritos para conmigo. Al mismo tiempo, al expresar mi gratitud, os vuelvo a prometer –y he de mantenerlo siempre– que no me faltarán ni diligencia a la hora de tomar decisiones sobre asuntos públicos ni decisión para apartar los peligros de la República ni lealtad al expresar de forma sincera mi parecer ni independencia a la hora de criticar en bien de la República las decisiones de los hombres ni una buena disposición al afrontar esfuerzos ni el vivo afecto de un ánimo agradecido a la hora de favorecer vuestros intereses.

Además, ciudadanos, permanecerá siempre fija en mi ánimo [25] esta preocupación: la de aparecer, tanto ante vosotros, que ante mí representáis la fuerza y la voluntad de los dioses inmortales, como ante vuestros descendientes y ante todos los pueblos, como el hombre más digno de una ciudad como ésta, que, con un voto unánime, ha decidido que no podía conservar su propia dignidad si antes no me recuperaba a mí.


1 Según nos cuenta PLUTARCO (Cic. XXXI 6; cf. también DIÓN CASIO , XXXVIII 17, 5), tras la presentación por parte de Clodio de la lex de capite civis Romani, Cicerón al verse abandonado por todos y antes de huir de Roma, subió por última vez al Capitolio (19 de marzo) donde consagró una estatua de Minerva que tenía en su casa, con la inscripción: «A Minerva, protectora de Roma». Cabe pensar que fue entonces cuando hizo esta súplica a los dioses que reiterará en dom. 144.

2 Tal como señalábamos en la Introducción (pág. 67, nota 7), frente al exordio del discurso dirigido al senado, nos encontramos aquí con una estructuración del período mucho más compleja; en realidad, todo el parágrafo 1 conforma una unidad sintáctica, en la que la oración inicial –quod precatus... – (de la que dependen todo un complejo de subordinadas completivas, condicionales, temporales y finales) aparece retomada quince líneas después en eius devotionis me esse convictum... laetor; esta disposición casi anacolútica del período latino hemos intentado reflejarla también en la traducción. Para la misma idea, pero con una construcción sintáctica más simple, cf. dom. 145.

3 Como se puede observar, aunque los argumentos sean los mismos que en el discurso precedente, Cicerón, ante un auditorio popular, enfatiza y desarrolla con más amplitud el lado humano y emotivo de su exilio: los lazos familiares, la vida cotidiana, las relaciones sociales, etc.

4 Una comparación muy efectiva ante un auditorio popular: el símil de la enfermedad es frecuentemente utilizado por los escritores latinos (cf., por ejemplo, dom. 12).

5 Al igual que en sen. 1, Cicerón desarrolla el tópico de lo indecible. El movimiento de esta frase aparece retomado en Marc . 4 e imitado por los panegiristas latinos (VIII 1, 3).

6 Es decir, por Cicerón, cuando durante su consulado en el 63 abortó la conjura de Catilina.

7 De nuevo la misma exposición argumental que en sen. 2, pero aquí es el pueblo (y no el senado) el responsable de que Cicerón haya recuperado con su regreso todo cuanto había perdido.

8 Como en el discurso al senado, el orador compara su vuelta con la de otros exiliados ilustres. Así, P. Popilio, cónsul en el 132, acusado por G. Graco de abuso de poder contra los partidarios de su hermano Tiberio, hubo de exiliarse en el 125 y regresó en el 121 gracias a una proposición del tribuno L. Calpurnio Bestia.

9 Sobre el exilio de Quinto Cecilio Metelo Numídico, cf. sen. 37, nota 72.

10 Quinto Metelo Nepote (cónsul en el 98) era sobrino de Lucio Metelo Diademato (cónsul en el 117) y de Gayo Metelo Caprario (cónsul en el 102); y éstos, a su vez, eran primos de Q. Cecilio Metelo Numídico.

11 Gayo Calpumio Pisón, casado con Tulia la hija de Cicerón (cf. sen. 15, nota 32).

12 Ante la presentación por Clodio, en febrero del 58, de la lex de capite (cf. supra, pág. 16) que Cicerón entendió dirigida contra él, el orador, vestido de luto, imploró la ayuda del pueblo romano. Pese a la violencia de Clodio, «casi todo el orden ecuestre mudó su vestimenta y hasta veinte mil jóvenes le seguían, dejándose crecer el cabello...» (PLUT ., Cic. 31; cf., también, DIÓN CASIO , XXXVIII 16, 4; Fam. I 16, 2; XII 29, 1).

13 Tras la partida de Cicerón y el incendio y saqueo de su casa del Palatino, su esposa e hijos se refugiaron en casa de algunos de sus parientes; aunque Terencia, que disponía de un patrimonio propio (Fam. XIV 15; Att. II 4, 5; II 15, 4), no padeció problemas materiales, sí en cambio hubo de soportar la violencia de las bandas clodianas (cf. dom. 59, nota 88, Sest. 54).

14 Los tres exiliados citados en sen. 37-38 y Quir. 6-7.

15 Sobre estas propuestas en favor del regreso de Cicerón, cf. supra, págs. 19-20.

16 Es decir, cuando los cónsules del 58, Pisón y Gabinio, tras acabar su mandato, ejercían su proconsulado, el uno en Macedonia y Acaya y el otro en Siria y Persia, las provincias con las que Clodio había comprado su apoyo (cf. sen. 4, nota 5).

17 Se refiere a los cónsules del 57, Q. Metelo Nepote, que dejó a un lado sus resentimientos personales contra Cicerón (sen. 5, nota 10) y Publio Léntulo, partidario encendido del orador.

18 Sobre L. Opimio, cónsul en el 121, y enemigo mortal de Gayo Graco, cf. Sest. 140, nota 202.

19 Cónsules en el 99. Sobre la brillantez oratoria de Marco Antonio, cf. De orat. II 3; III 32.

20 Por el parentesco de su yerno Gayo Calpurnio Pisón (sen. 15, nota 32) con el cónsul del 58 L. Calpurnio Pisón.

21 Se ignora la fecha de este proceso en el que Cicerón habría defendido a Aulo Gabinio. Sí sabemos, en cambio, que años después (en el 54) y a requerimiento de los triunviros, Cicerón defendió sin éxito a Gabinio a pesar de haber lanzado contra él, a lo largo de estos dicursos, todo su odio y resentimiento. Sobre esta «sorprendente» defensa, cf. J. CARCOPINO , Les secrets..., I, op. cit., págs. 336-342.

22 Sexto Atilio Serrano (Sest. 72, nota 105) junto con Quinto Numerio Rufo fueron los dos únicos tribunos del 57 contrarios a Cicerón. Para la narración de esta sesión inagural del senado en enero del 57, cf. Sest. 74.

23 Construido en el foro (en torno al 75 ó 74) por Aurelio Cota.

24 Como se puede ver, las críticas a los miembros del partido senatorial que traicionaron o abandonaron a Cicerón son siempre vagas. Unas críticas que aparecen reiteradas en la correspondencia durante el exilio: «de los amigos, unos me han abandonado, otros me han traicionado, y éstos tal vez temen que a mi vuelta les reproche su crimen» (Q. fr. I 3, 5); «sufrí como a los peores y más crueles enemigos a aquellos que pensaba defenderían mi vida y mi salvación» (Att. III 15, 2); cf. también Q. fr. I 4, 1; Att. III 8, 4; III 10, 2; IV 3, 5; Fam. XIV 1, 2, etc. Catón, Hortensio, Arrio o Lúculo serían algunos de los nombres propios que Cicerón evita pronunciar.

25 Esta misma idea (repetida en sen. 6) aparece desarrollada de forma más gráfica en Sest. 77: «Os acordáis, jueces, de que el Tíber estaba entonces lleno de cadáveres de ciudadanos, que las alcantarillas estaban a rebosar, que la sangre se quitaba del foro con esponjas...».

26 Nueva alusión a Pompeyo (sen. 4, nota 8).

27 P. Sestio, herido por las bandas de Clodio y dejado por muerto (cf. Sest. 79).

28 Publio Sestio, con el visto bueno de César (Sest. 71; Att . III 19, 2) había presentado también, como otros tribunos de la plebe, una propuesta en favor del regreso del exiliado que no satisfizo plenamente ni a Cicerón ni lógicamente a Clodio (Att. III 20, 3; III 23, 4).

29 Cicerón está recordando la sesión del senado de julio del 57 en la que la propuesta de los cónsules Léntulo y Metelo, apoyada por Pompeyo (cf. infra, Quir. 16), fue adoptada por 416 votos favorables y la única oposición de Clodio (cf. supra, pág. 22, nota 32).

30 El elogio que Cicerón hace de Pompeyo es mucho más extenso y caluroso que el que le dedicó en el discurso anterior (sen. 5 y 29), explicable sin duda por ser en este momento un personaje mucho más popular entre el pueblo que entre los senadores.

31 La misma idea que en sen. 37.

32 Publio Servilio había ya intervenido (sen. 25, nota 49) ante su pariente el cónsul Metelo para que apoyara las propuestas de su colega Léntulo en favor del exiliado. Posteriormente será uno de los miembros del colegio de los pontífices en el proceso de Cicerón por recuperar su casa del Palatino (dom. 43).

33 Legado de Pompeyo durante la guerra de los piratas y cónsul en el 72, Lucio Gelio Publícola llegó a proponer una corona cívica para Cicerón (Pis. 6; AULO GELIO , V 6, 15).

34 Para esta misma idea, cf. sen. 34, nota 69.

35 Mientras que en sen. 38 las referencias a Mario son breves y críticas («a su regreso eliminó prácticamente a todo el senado»), en el discurso al pueblo el orador establece un paralelismo entre esta figura tan popular y el propio Cicerón. El orador admira en Mario al homo novus, al paisano de Arpino, al defensor de la República y salvador de la patria (Quir. 7; har. 54; Sest. 37-38; 50).

36 Al ser expulsado de Roma en el 88 por su rival Sila, Mario se embarcó en el puerto de Ostia rumbo a África; pero una tempestad le arrastró hasta las costas de Minturna, cuyos habitantes le ayudaron a proseguir su viaje a África, cuyo reino había repartido, tras la guerra de Yugurta, entre Boco y Gauda (Sest. 50; Pis. 43; Planc. 26). Mario consiguió regresar a Roma un año después y, como venganza, hizo asesinar a la mayoría de los miembros del partido senatorial.

37 En referencia directa a Clodio y sus partidarios, a los que Cicerón considera continuadores de las fracasados planes de Catilina.

38 Sobre los destinatarios de estas críticas, cf. Quir. 13, nota 24.

39 Es decir, los cónsules del 58, Gabinio y Pisón (sen. 10-18; Quir. 11; 13; dom. 23-24; 55; 60; 70; 125-126; 129).

40 Este último aforismo (repetido en Planc. 68 y De off. II 69), muy del gusto de un auditorio popular, falta en muchos manuscritos por lo que es posible (cf. P. WUILLEUMIER , op. cit., pág. 85 n. 2) que se trate de una interpolación.

SOBRE LA CASA


INTRODUCCIÓN

1.

La casa de Cicerón

Tras la partida precipitada de Cicerón y el voto de la lex de capite, las propiedades del orador fueron saqueadas e incendiadas. Los cónsules, no contentos con la adjudicación por parte de Clodio de unos proconsulados lucrativos, participaron directamente en el pillaje: Gabinio despojó su villa de Túsculo y Pisón su casa de Roma 1 . Esta última, situada tal vez sobre el lado noroeste de la aristocrática colina del Palatino, «en el lugar más hermoso de la ciudad» 2 , había sido comprada por Cicerón en el 62 a M. Licinio Craso por un valor de 3.500.000 sestercios 3 . Como era de esperar, Clodio no tardó mucho en adueñarse de ella.

En efecto, una de las cláusulas de la lex de exsilio disponía de los bienes de Cicerón de dos maneras 4 : una primera parte, que comprendía los bienes mobiliarios (objeto ya de pillaje por los cónsules), los esclavos 5 y las propiedades de uso agrícola 6 , fue confiscada en beneficio del populus para ser vendida; la ley, además, encargaba directamente a Clodio la ejecución de esta confiscación y de la venta 7 que, como era habitual con los bienes de los condenados, se realizó mediante subasta pública.

La segunda parte de las propiedades de Cicerón la constituían los edificios (la domus del Palatino, las villae), considerados a parte por el derecho civil; la ley ordenaba su destrucción, que en el caso de la casa del Palatino y de la de Túsculo era un mero formulismo ya que, tal como hemos señalado, habían sido incendiadas la noche misma de la partida de Cicerón y, en consecuencia, antes de la votación de la lex de exsilio.

Clodio, al haberse adjudicado a sí mismo la administración de los bienes embargados a Cicerón 8 , intentó sacar provecho de la situación: asignó la parte baja de la casa del Palatino a la gens Claudia y el resto a un hombre de paja, el marso Escato, que acabaría cediéndosela al tribuno. No contento con ello, previamente había intentado comprar la casa de Q. Seyo Póstumo, que lindaba al oeste con la de Cicerón; Póstumo, que se negó a venderla, murió poco después –según insinúa Cicerón 9 – envenenado. Libre de obstáculos, Clodio compró su casa a los subastadores casi a la mitad del precio en que estaba tasada.

Después de unir las dos propiedades, hizo demoler los edificios y construir una gran villa con un largo pórtico y un vasto peristilo. Sustituyó el antiguo pórtico de Cátulo por un paseo (ambulatio) y aprovechó una parte de la antigua propiedad de Cicerón para colocar una estatua (procedente de Tanagra, de la tumba de una cortesana), consagrando el conjunto a la Libertad 10 ; sin autorización previa del pueblo o del senado, la consagración fue realizada por un solo pontífice, L. Pinario Nata, cuñado de Clodio y que, al parecer, se mostró incapaz de observar el ritual establecido 11 .

2.

El regreso del exilio: la restitución de sus bienes

Si durante su estancia en el exilio una de las preocupaciones constantes de Cicerón había sido que, en las propuestas que se hicieran en favor de su regreso, se incluyera siempre claramente la cuestión de la restitución de sus bienes 12 , no es de extrañar que, tras su regreso, fuera éste uno de sus objetivos inmediatos:

¿Qué pasa con mis bienes y mi casa? ¿Será posible que se me restituyan? Y si no lo es, ¿cómo podré yo mismo considerarme restituido? 13 .

Las propiedades de Cicerón eran, ciertamente, muy numerosas 14 . Pero su valor no era sólo económico; como bien señala J. Boes 15 , en una sociedad como la romana hay que tener en cuenta la indudable importancia política de la domus como reflejo exterior de la dignitas de su propietario: del mismo modo que, al incendiar y destruir la casa del Palatino, Clodio no actuó sólo por odio o ambición sino con una evidente intencionalidad política, así también para Cicerón recuperar su domus era un medio de defender y restablecer su propia dignitas, su consideración social y política.

Pues bien, el obstáculo más importante para poder recobrar su casa del Palatino era el hecho, alegado por Clodio, de que se trataba de un lugar consagrado; ante esta situación Bíbulo 16 y parte del senado sometieron la cuestión a los pontífices y fue entonces –30 de septiembre del 57– cuando Cicerón pronunció ante ellos su discurso De domo sua 17 .

La resolución de los pontífices, en principio favorable a Cicerón, establecía que «si aquel que decía haber consagrado el terreno (es decir, Clodio) no había sido encargado de ello nominalmente ni por un mandato del pueblo ni por un plebiscito, si no había recibido la orden de hacerlo de acuerdo con un mandato del pueblo o un plebiscito, parece que se podía comprar y restituir el terreno sin quebrantar ningún precepto religioso» 18 .

Pese a las felicitaciones que recibe Cicerón de sus amigos en el convencimiento de que, con la resolución de los pontífices, conseguiría la restitución de su casa del Palatino, Clodio intentó soliviantar a la plebe para que defendieran por la fuerza su «Libertad». En realidad, resuelto el aspecto religioso, quedaba por decidir si efectivamente Clodio había actuado por interés propio en contra de la ley Papiria que «prohibía que se consagraran edificios sin el mandato de la plebe» 19 . Con este propósito se convocó una sesión plenaria del senado el 1 de octubre; en ella se sucedieron diversas intervenciones apoyando un decreto del senado en favor de Cicerón; de nuevo, Clodio, con una táctica dilatoria (estuvo hablando durante casi tres horas), intentó oponerse a una resolución que, presentada por el cónsul designado Gn. Cornelio Léntulo Marcelino, fue votada por unanimidad salvo el veto inicial del tribuno de la plebe Serrano.

En ella se establecía «que el senado aprobaba la restitución de mi casa; que se contratara la reconstrucción del pórtico de Cátulo; que la decisión del senado debía ser defendida por todos los magistrados y que, si se producía algún acto de violencia, el senado consideraría responsable a quien había vetado el decreto» 20 .

A propuesta de una comisión, además de la reconstrucción del pórtico de Cátulo, se evaluaron los daños y perjuicios en dos millones de sestercios por la casa del Palatino, medio millón por la villa de Túsculo y doscientos cincuenta mil por la de Formias. Cicerón hizo reparar la última y reconstruir la primera. En cuanto a la villa de Túsculo, fue puesta a la venta.

A pesar de la resolución de los pontífices y del decreto del senado, Clodio no se dio por vencido. Así, un mes después, sus bandas callejeras invadieron y saquearon el taller de reconstrucción de la casa del Palatino: «El 3 de noviembre, un grupo de hombres armados expulsó de mi propiedad a los obreros y se demolió el pórtico de Cátulo que estaba siendo reconstruido de acuerdo con el decreto del senado y que ya casi había llegado hasta el techo» 21 .

3.

Contenido y estructura del discurso

En la carta en que Cicerón narra a su amigo Atico las circunstancias de su intervención ante los pontífices, el orador no puede ocultar su satisfacción por el discurso:

He abordado el tema con sumo cuidado y si alguna vez he valido algo como orador o aunque nunca haya valido nada, en esta ocasión el dolor y la importancia del asunto me proporcionaron energía a la hora de hablar. Por lo tanto, debo publicar este discurso como deuda a nuestros jóvenes; te lo enviaré muy pronto, lo desees o no 22 .

Las últimas palabras nos proporcionan un dato interesante: Cicerón, como en otros casos, no esperó mucho tiempo para redactar el discurso después de pronunciado 23 . Pero, además, cabe pensar que en esta redacción definitiva introdujera algunos cambios que modificaron la estructura original. De esta forma podría explicarse, al menos en parte, el hecho de que, frente a la apreciación subjetiva de Cicerón, la opinión generalizada de los críticos no sea tan positiva.

A parte de su interés como fuente de documentación para el conocimiento del derecho civil y religioso romanos, desde un punto de vista literario quizá lo más destacado sea observar cómo Cicerón «varía el tono una veces sentimiental, otras patético, grandilocuente, indignado, irónico o sarcástico» 24 de acuerdo con los contenidos tan diversos de un discurso excesivamente largo y con una estructura irregular o, cuando menos, sorprendente. Porque sorprendente es (y cabría preguntarse si no es un efecto buscado intencionadamente por el orador) que, en realidad, sólo en el tercio final del discurso (§ 100-141) aborde directamente la cuestión de la consagración de su casa que tanto le preocupaba.

Así, después de un exordio (1-2) en el que ensalza la labor de los pontífices y hace de su causa una cuestión de estado, Cicerón señala que va abandonar el plan inicial de su intervención (3) para, en respuesta a los ataques de Clodio (3-5), justificar por qué ha defendido en el senado la atribución de poderes extraordinarios a Pompeyo para solucionar el problema de la carestía de víveres 25 , una justificación que ocupa la primera parte del discurso (6-31) 26 .

Aunque Cicerón dice ser «consciente de que me he alejado de la causa que nos ocupa más de lo que creía o deseaba» y, como compensación, promete ser breve en «la parte del discurso que hace referencia a la propia causa» 27 , no cumple con su promesa; como quiera que el problema de su casa está en relación con las razones de su exilio (32-34), aprovecha la ocasión para tratar el tema con detenimiento (34-99) repitiendo y desarrollando ideas ya expuestas en los dos discursos precedentes: desde la irregular adopción de Clodio que invalidaría todas las medidas de su tribunado (incluida, por supuesto, la lex de exsilio Ciceronis) hasta las razones de su partida y las circunstancias de su regreso.

Por fin, en la última parte del discurso aborda directamente el problema de la consagración de su casa (100-141); combinando su profundo conocimiento del derecho civil y religioso con una gran dosis de ironía y sarcasmo, expone toda una serie de argumentos para demostrar el carácter nulo de dicha consagración: sólo fue dedicada una parte mínima de su casa; la estatua consagrada de la Libertad era, en realidad, la imagen de una cortesana; no medió autorización alguna del senado o del pueblo; el pontífice que presidió el acto religioso, además de pariente de Clodio, no respetó el ritual establecido, etc.

Para concluir el discurso, retoma en la peroración (142-147) la idea general expuesta en el exordio: con una apelación a los dioses y, como intérpretes de su voluntad, a los pontífices, hace ver que sólo con la restitución de sus bienes se podrá hacer realidad su regreso.

4.

Ediciones y traducciones 28

J. BAUTISTA CALVO , Obras completas de Marco Tulio Cicerón. Vida y discursos , Tomo V, Buenos Aires, 1946.

S. DESIDERI , et alii, Tutte le opere di Cicerone , VII, Milán, 1966.

I. DI GALLO , Orazioni clodiane (dom., har., Mil.) , Roma, 1969.

H. KASTEN , Staatsreden II, Berlín, 1969.

A. KLOTZ , M. Tulli Ciceronis Orationes , VII, Leipzig, 1919.

T. MASLOWSKI , M. Tulli Ciceronis scripta quae manserunt , fasc. 21, Leipzig, 1981.

C. F. MÜLLER , M. T. Ciceronis scripta quae manserunt, II.2, Leipzig, 1904 (reimpr., 1896).

R. G. NISBET , M. Tulli Ciceronis. De domo sua ad pontifices , Oxford, 1939.

W. PETERSON , M. Tulli Ciceronis Orationes, Oxford, 1978 (reimpr., 1911).

B. D. R. SHACKLETON , Cicero. Back from exile: six speeches upon his return , Chicago, 1991.

N.-H. WATTS , Cicero. The Speeches, IX, Londres-N. York, The Loeb Classical Library, 1965 (reimpr., 1923).

P. WUILLEUMIER , Cicéron. Discours, Tome XIII, París, Les Belles Lettres, 1952.

Para la presente traducción hemos seguido la edición de Oxford de W. Peterson, pero teniendo también presentes las de A. Klotz, T. Maslowski, W. Wuilleumier y R. G. Nisbet 29 . Las variaciones respecto al texto de Peterson que pueden afectar al sentido de la traducción han sido las siguientes:


5.

Bibliografía 30

W. ALLEN , «The location of Cicero’s house on the Palatine hill», CJ 34-35 (1939-1940), 134-143 y 291-295.

W. ALLEN (Jr.), «Cicero’s house and Libertas», TAPhA 75 (1944), 1-9.

G. BRANCA , «Cic. de domo 14, 38 e auctoritas patrum», Iura 20 (1969), 49-51.

T. E. KINSEY , «Cicero, de domo 87», Mnemosyne 18 (1965), 397-398.

J. O. LENAGHAN , A commentary on Cicero’s oration De haruspicum responso , París-La Haya, 1969.

W. B. MC DANIEL , «Cicero and his house on the Palatine», CJ 23 (1928), 651-661.

T. MASLOWSKI , «Notes on Cicero’s four post reditum orationes», AJPh 101 (1980), 404-420.

PH . MOREAU , «La lex Clodia sur le bannissement de Cicéron», Athenaeum 65 (1987), 466-492.

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W. M. F. RUNDELL , «Cicero and Clodius. The question of credibility», Historia 28 (1979), 301-328.

B. D. R. SHACKLETON , «On Cicero’s speeches», HSPh 83 (1979), 262-272.

—, «More on Cicero’s speeches (post reditum)», HSPh 89 (1985), 141-151.

—, «On Cicero’s speeches (post reditum)», TAPhA 117 (1987), 271-280.

B. TAMM , Auditorium and Palatium , Estocolmo 1963.

W. J. TATUM , P. Clodius Pulcher (tr. pl. 58 B.C.) : the rise of power , tesis, Austin, 1986.


1 sen. 18; dom. 62; 113; Sest. 54; 145.

2 dom. 103; sobre su situación privilegiada y sus vistas, cf. también dom. 146. Según M. W. ALLEN («The location on Cicero’s house on the Palatine hill», CJ 34-35 (1939-40), 134-143 y 291-295) debía dar al norte sobre la Nova via y al sur sobre el clivus Victoriae; al oeste limitaba con el pórtico que Q. Lutacio Cátulo, el vencedor de los cimbrios, había levantado en el 101 sobre el terreno confiscado de M. Fulvio Flaco, y al este con la casa de Q. Seyo Pó stumo y la de la gens Claudia. Frente a esta localización, seguida por WUILLEUMIER (op. cit., pág. 15), B. TAMM (Auditorium and Palatium, Estocolmo 1963, págs. 28-43) sitúa la casa de Cicerón en la esquina noroeste del Cermalo. A su vez, R. G. NISBET (M. Tulli Ciceronis De domo sua, Oxford, 1939, pág. 206) piensa que los distintos edificios mencionados en este discurso presentarían la siguiente disposición: casa de Cicerón - pórtico de Cátulo - casa de Seyo Póstumo - casa de Clodio.

3 Fam. V 6, 2.

4 Cf. P. MOREAU , «La lex Clodia sur le bannissement de Cicéron», art. cit., pág. 476, a quien estamos siguiendo en este punto.

5 Fam. XIV 4, 4.

6 dom. 146; har. 4.

7 dom. 48; 107; 116.

8 Y ello, a pesar de que las leyes Licinia y Ebucia impedían a Clodio administrar el embargo de los bienes de Cicerón (dom. 51): no se podía elegir para una función (en este caso el embargo) a aquel que la había establecido (Clodio).

9 dom. 115; 129; har. 30.

10 De los datos proporcionados por el orador en este discurso no resulta tarea fácil determinar el aspecto y naturaleza de este santuario. B. TAMM (Auditorium and Palatium..., op. cit.) piensa que se trataría en realidad de una de las piezas o conclavia del nuevo pórtico que Clodio hizo construir sobre el emplazamiento del pórtico de Cátulo, mientras que G. Ch. PICARD («L’aedes Libertatis de Clodius au Palatin», REL 43 (1965), 229-237) cree que el santuario de la Libertad constituía un monumentum distinto del pórtico: consistiría en un mausoleo con la forma de «tholos» (cf. dom. 100, 116 y notas).

11 Esta consagración tenía un indudable simbolismo ya que con ella Clodio se presentaba como defensor de la «libertad» del pueblo y, por contraposición, Cicerón aparecía como un tirano, un enemigo público. Cf. W. ALLEN (Jr.), «Cicero’s house and libertas», TAPhA 75 (1944), 1-9.

12 Así, por ejemplo, una propuesta de Sestio en favor del regreso del exiliado no satisface a Cicerón porque «debe estar cuidadosamente redactada en lo que a mis propiedades se refiere» (Att. III 20, 3)

13 Att. III 15, 6.

14 Un exhaustivo inventario de ellas se puede encontrar en J. CARCOPINO , Les secrets..., op. cit., págs. 73-92. No es de extrañar, pues, que suscitaran la envidia de algunos optimates (Att. IV 1, 8; IV 2, 5; IV 5, 2).

15 La philosophie et l'action dans la correspondance de Cicerón, Nancy, 1989, págs. 12-24. Cf., también, Fam. I 9, 5.

16 dom. 69; har. 11. M. Calpurnio Bíbulo fue colega de César durante su consulado del 59 (cf. dom. 39, Vat. 21 y notas).

17 Los detalles de este proceso aparecen narrados por Cicerón en una carta dirigida días después a Ático (Att. IV 2).

18 Att. IV 2, 3.

19 dom. 128. La cuestión no estaba clara: la existencia en la lex de exsilio de una cláusula autorizando a Clodio a practicar la dedicatio del santuario de la Libertad había sido objeto de controversia entre Cicerón que lo negaba (dom. 128; har. 11) y Clodio que lo afirmaba (dom. 106). Lo más probable (cf. R. G. NISBET , op. cit., págs. 206-207 y J. O. LENAGHAN , A commentary on Cicero’s Oratio de haruspicum responso, París-La Haya, 1969, págs. 80 y 147) es que Clodio en un principio no pensara más que en apropiarse de las posesiones de Cicerón y que, por tanto, no redactó ninguna cláusula relativa a la consagración, una idea que habría surgido con posterioridad para acallar la oposición a sus proyectos.

20 Att. IV 2, 4. Aunque en un primer momento Serrano interpuso su veto y solicitó una noche para reflexionar, al ser declarado responsable de las eventuales revueltas, acabó cediendo al día siguiente.

21 Att. IV 3, 2. El tema de la casa de Cicerón volvió a aparecer en la primavera del 56 y será abordado de nuevo en el discurso De haruspicum responso (infra, pág. 203 ss.): ante el anuncio de determinados prodigios, los arúspices entendieron que una de las causas había sido la profanación de los lugares sagrados, una profanación que Clodio entendió que se refería a la aedes Libertatis que él había erigido en la casa de Cicerón.

22 Att. IV 2, 2. Sobre el problema de la autenticidad de este discurso, cuestionada sobre todo en el s. XIX por las mismas razones que en los dos discursos precedentes, cf. R. G. Nisbet, op. cit., págs. xxix-xxxiv.

23 Cf., L. LAURAND , Études sur le style..., op. cit., pág. 16 y n. 6.

24 P. WUILLEUMIER , Cicerón. Discours XIII..., op. cit., pág. 26.

25 Sobre esta cuestión, cf. supra, pág. 65, nota 2.

26 Es posible que, frente al discurso original, en la redacción posterior Cicerón ampliase esta parte para magnificar la figura de Pompeyo. De todos modos, no hay que olvidar que los pontífices pertenecían a la clase senatorial y que ésta no vió con buenos ojos la concesión de poderes extraordinarios a Pompeyo. Por lo tanto, Cicerón se ve, en cierto modo, obligado a justificar su postura para eliminar suspicacias y ganarse a su auditorio.

27 dom. 32.

28 Para la tradición manuscrita de este discurso, común a la de los dos precedentes, cf. supra, págs. 25-27.

29 Estas dos últimas ediciones nos han sido de gran utilidad para la confección de la introducción y de las notas al discurso. Para el establecimiento del texto y problemas de crítica textual, cf. la bibliografía citada en pág. 28, nota 43.

30 Recogemos únicamente la bibliografía más específica relacionada con este discurso. Para los trabajos que abordan cuestiones generales (y comunes a todos los discursos post reditum) relativas al momento histórico (exilio, relaciones con Clodio, etc.) remitimos a la bibliografía de las págs. 29-31.


SOBRE LA CASA

Muchas son, pontífices, las innovaciones e instituciones de [1] [1 ] nuestros antepasados realizadas por inspiración divina, pero nada más admirable que su voluntad de que unos mismos hombres se encargaran del culto a los dioses inmortales y de los asuntos públicos más importantes, con el fin de que los ciudadanos más influyentes y distinguidos mantuvieran los cultos divinos con una buena administración del Estado y al Estado con una sabia interpretación de los cultos divinos. Y si alguna vez fue sometida una causa de importancia al juicio y autoridad de los sacerdotes del pueblo romano, sin duda la presente es tan importante que la dignidad toda de la República, la salvación, la vida, la libertad, los altares, los fuegos, los dioses penates 1 , los bienes, la fortuna y el domicilio de todos los ciudadanos parecen haber sido encomendados y confiados a vuestra sabiduría, rectitud y autoridad.

En el día de hoy debéis decidir si preferís en el futuro privar [2] a nuestros magistrados dementes y corruptos de la protección de ciudadanos infames y criminales o bien armarlos incluso con la autoridad sagrada de los dioses inmortales. Porque, si esa ruina y ese azote de la República 2 pueden servirse de la autoridad divina para defender lo que no puede ser protegido con la justicia humana, es decir, su funesto y calamitoso tribunado, nos veremos obligados a buscar otros ritos, otros sacerdotes de los dioses inmortales y otros intérpretes del culto sagrado. Por el contrario, pontífices, si con vuestra autoridad y sabiduría son abolidos los actos llevados a cabo por la locura de unos hombres perversos cuando la República se encontraba oprimida por unos, abandonada por otros y por otros traicionada, habrá un motivo por el que podamos en justicia y con razón elogiar la decisión de nuestros antepasados de elegir para el sacerdocio a los hombres más distinguidos 3 .

[3] Ahora bien, puesto que ese insensato ha creído que tendría posibilidad de hacerse oír ante vosotros si criticaba cuanto he venido expresando en el senado durante estos días acerca de la República, voy a abandonar el orden de mi intervención 4 : voy a responder, no al discurso (es incapaz de pronunciar uno) de este hombre demente, sino a sus injurias, una práctica de la que se ha servido con intolerable petulancia y, además, con una prolongada impunidad.

En primer lugar, a ti, loco furibundo, te pregunto lo siguiente: [2] ¿qué temor tan grande al castigo de tus crímenes e infamias te atormenta como para creer que unos hombres como éstos (que mantienen el prestigio de la República, no sólo con sus decisiones sino también con su propia presencia) estaban irritados conmigo porque, en el momento de manifestar mi opinión 5 , asocié la salvación de los ciudadanos al honor de Gneo Pompeyo, y que en ese momento iban a decidir sobre una cuestión religiosa algo diferente a lo que decidieron en mi ausencia?

«Estuviste entonces» –dice– «ante los pontífices en una posición [4] superior, pero ahora, que tu caso ha sido presentado ante el pueblo, necesariamente has de estar en una situación desventajosa». Pero ¿cómo? Lo que en una multitud ignorante resulta ser el mayor de los vicios, es decir, la ligereza, la inconstancia y el cambio continuo de pareceres como si del tiempo se tratara, ¿pretendes hacerlo extensible a unos hombres como éstos, a quienes su propia ponderación aleja de la inconstancia y, de un juicio arbitrario, el estricto y preciso derecho sagrado, la antiguedad de los ejemplos precedentes y la autoridad de documentos y testimonios? «¿Eres tú» –continúa– «aquel de quien el senado no pudo prescindir, a quien lloraron los hombres de bien y la República echó en falta, con cuya restitución pensábamos que se había restituido también la autoridad del senado, una autoridad que traicionaste desde el momento de tu llegada?». No voy a hablar todavía de mis propias opiniones: responderé primero a tu desvergüenza.

[3 ] [5] ¿Con que tú, peste funesta para la República, mediante el hierro y las armas, con el terror de un ejército, con la actitud criminal de unos cónsules y con las amenazas de los hombres más osados, con el reclutamiento de esclavos, con el asedio de los templos, la ocupación del foro y la opresión de la curia obligaste a abandonar su casa y su patria, para evitar el enfrentamiento armado de los hombres de bien con gente infame, a un ciudadano que reconoces ha sido echado en falta, llamado y vuelto a llamar por el senado, por todos los hombres de bien y por toda Italia a fin de salvaguardar a la República? «Con todo, no debiste acudir al senado, en el Capitolio, en aquel agitado día» 6 .

[6] Es verdad, no acudí, me mantuve en casa mientras duró aquella agitación al saberse que tus esclavos, preparados por ti desde hacía tiempo para asesinar a los ciudadanos de bien, armados con aquella tropa de criminales y miserables, habían acudido en tu compañía al Capitolio. Al informárseme de este hecho, has de saber que permanecí en mi casa y no te di ni a ti ni a tus gladiadores la posibilidad de provocar una matanza. Después de que se me anunció que el pueblo romano se había reunido en el Capitolio por temor y ante la escasez de alimentos, que, además, los ministros de tus crímenes habían huido aterrorizados tras abandonar unos sus espadas y haberles sido arrebatadas a otros, acudí con unos pocos amigos, sin tropa ni guardia alguna.

¿Es que no iba a acudir cuando quienes me convocaban al [7] senado eran Publio Léntulo (un cónsul benemérito para conmigo y para con la República) y Quinto Metelo 7 (quien, pese a ser mi enemigo y tu hermano, había puesto por delante de nuestro enfrentamiento y de tus súplicas mi propia salvación y dignidad), cuando una multitud tan numerosa de ciudadanos me llamaba por mi nombre para que les manifestara mi agradecimiento 8 por su reciente ayuda, sobre todo al saberse que tú ya te habías alejado de allí con tu ejército de fugitivos? ¿Fue entonces cuando te atreviste a llamarme «enemigo del Capitolio» 9 a mí, guardián y defensor del Capitolio y de todos los templos, por haber acudido a este lugar cuando los dos cónsules celebraban en él una reunión del senado? ¿Existe acaso circunstancia alguna en la que sea motivo de vergüenza acudir al senado, o es que el asunto que se discutía era de tal naturaleza que debía rechazarlo y condenar a los que lo trataban?

[4 ] [8] En primer lugar afirmo que es propio de un buen senador acudir siempre al senado y no estoy de acuerdo con aquellos que tomaron la decisión de no acudir al senado personalmente en circunstancias menos favorables sin darse cuenta de que esta excesiva persistencia suya resultó muy del agrado de aquellos cuyo ánimo pretendieron ofender 10 . Sin duda, algunos se alejaron por temor, porque creían que no estaban seguros en el senado: no los critico y no voy a preguntar si había realmente algo que temer. Soy de la opinión de que cada cual puede temer a su arbitrio. ¿Me preguntas por qué no sentí temor? Porque se sabía que tú te habías alejado de allí. ¿Por qué, cuando algunos hombres de bien pensaron que no podían estar seguros en el senado, no fui yo de su misma opinión? ¿Por qué permanecieron ellos después de haberme dado cuenta yo de que no podía, en absoluto, estar seguro en la ciudad? ¿Es que a otros les está permitido, y con razón, no sentir temor alguno por sus personas en medio de mi temor, y sólo yo habré de temer necesariamente por mi suerte y por la de los demás?

[9] ¿O he de ser censurado por no haber condenado con mi intervención a los dos cónsules? 11 ¿Debí, por tanto, condenar sobre todo a aquellos por cuya ley se consiguió que yo, sin haber sido condenado y después de haber rendido excelentes servicios a la República, no sufriera el castigo de los condenados? ¿Yo, que gracias a ellos había sido restituido a mi antigua dignidad, iba a repudiar con mi intervención de manera especial la acertada decisión de aquellos cuyos delitos incluso convendría que tanto yo como los hombres de bien soportáramos en pago a su distinguido celo por salvarme? Pero, ¿cuál fue la opinión que expresé? En primer lugar, aquella que el rumor público había fijado hacía ya tiempo en nuestros ánimos; luego, la que se había discutido días antes en el senado; finalmente aquella que un senado en pleno siguió cuando me otorgó su asentimiento. De modo que no propuse nada inesperado y novedoso, y, si hay algo que censurar en mi propuesta, la crítica contra quien la propuso no es mayor que contra todos aquellos que la aprobaron.

Pero, sin duda, la decisión del senado no fue libre a causa [10] del miedo 12 . Si lo que indicas es que tenían miedo los que se alejaron, admite que no lo tenían quienes se quedaron; si, por el contrario, no pudo decidirse nada libremente sin aquellos que estuvieron ausentes, cuando todos estaban presentes 13 se comenzó a discutir la anulación del decreto del senado: la totalidad del senado protestó enérgicamente.

Ahora bien, en esta proposición y puesto que soy yo su [5 ] principal promotor, me interesa saber qué es lo que se critica. ¿No hubo razón para tomar una decisión excepcional? ¿Mi responsabilidad en este asunto no fue destacada? ¿O bien debimos tomar una decisión en otro sentido? ¿Qué razón más poderosa pudo haber que el hambre, la sedición y los planes de tus partidarios y de alguien como tú que pensaste que, si se te ofrecía la posibilidad de soliviantar los ánimos de los ignorantes, podrías renovar tus funestos actos de bandidaje aprovechando como motivo el abastecimiento de víveres?

[11] Las provincias suministradoras de trigo, o bien carecían de él o lo habían enviado a otras regiones –creo que por capricho 14 de los vendedores– o, para que resultara más digno de agradecimiento al haber acudido en ayuda en medio del hambre misma, lo guardaban encerrado en sus almacenes con el propósito de enviarlo de repente como si de una nueva cosecha se tratara. La situación no planteaba dudas sino que representaba un peligro evidente ante nuestros propios ojos; no hacíamos simples conjeturas sobre ello sino que lo contemplábamos como si ya lo hubiésemos experimentado. En efecto, al agravarse el problema del abastecimiento de víveres hasta el punto de que ya se temía abiertamente por la escasez y el hambre, no por la carestía, se produjo la concurrencia del gentío ante el templo de la Concordia 15 , allí donde el cónsul Metelo había convocado al senado. Si esta afluencia tuvo lugar verdaderamente a causa del sufrimiento y del hambre de la gente, sin duda los cónsules debieron abordar la cuestión y el senado tomar alguna medida. Pero, si el aprovisionamiento de víveres fue sólo un pretexto y tú fuiste, sin duda, el instigador y responsable de la revuelta, ¿no debimos todos nosotros tratar de privarte de una ocasión para tus locuras?

Y ¿qué? Si se produjeron realmente ambas situaciones, es [12] decir, que el hambre incitaba a la gente y que tú apareciste como un tumor en medio de esta herida, ¿no debió, por ello, aplicarse una medicina más eficaz que fuera capaz de remediar aquel mal originario y éste otro provocado? Había, sin duda, carestía en aquel momento y hambre en perspectiva. Hubo algo más: se produjo un apedreamiento 16 . Si fue como resultado del sufrimiento de la plebe sin incitación de nadie, se trataba de un problema grave; si fue por instigación de Publio Clodio, resultaba ser un acto criminal más de este hombre facineroso. Si fueron ambas cosas, es decir, que la situación era tal que excitó espontáneamente los ánimos de la multitud y que existían unos cabecillas de la revuelta preparados y armados, ¿no parece oportuno que la propia República reclamara la ayuda de un cónsul y el apoyo fiel del senado? Pues bien, es evidente la existencia de ambos factores: nadie niega los problemas de aprovisionamiento y la extremada escasez de trigo hasta el punto de que la gente temía no sólo una carestía prolongada sino claramente el hambre; no es mi intención, pontífices, alentar vuestras sospechas de que ese enemigo de la concordia y de la paz habría aprovechado este motivo para sus incendios, sus asesinatos y sus robos, si no os parece que fue así.

¿Cuáles fueron los hombres nombrados públicamente en el [13] senado por tu hermano, el cónsul Quinto Metelo, por quienes él afirmó haber sido atacado y hasta herido a pedradas? Nombró a Lucio Sergio y a Marco Lolio 17 . ¿Quién es ese Lolio? El mismo que ni siquiera ahora te acompaña sin la espada, quien, siendo tú tribuno de la plebe –no voy a hablar de mí– exigió que se diera muerte a Gneo Pompeyo 18 . ¿Quién es Sergio? El escudero de Catilina, tu guardia personal, el portaestandarte de la revuelta, un amotinador de tenderos, condenado por injurias, sicario, apedreador, saqueador del foro y sitiador de la curia. Cuando tú, con unos cabecillas como éstos y de semejante calaña, en medio de la carestía del aprovisionamiento, enarbolando la causa de unos pobres e ignorantes, preparabas ataques por sorpresa contra los cónsules, el senado y los bienes y fortunas de los ricos, cuando no te era posible encontrar salvación alguna en medio de la concordia ciudadana, cuando disponías de un ejército regular de malhechores repartidos en decurias bajo el mando de unos jefes desalmados, ¿no debió mirar el senado para que esta tea funesta no prendiera en tan abundante madera de sedición? 19

[6 ] [14] Hubo, por tanto, razones para adoptar una medida excepcional. Reflexionad, ahora, sobre si mi intervención fue destacada. ¿Qué nombre gritaban entonces, en medio del lanzamiento de piedras, tu Sergio, tu Lolio y los demás bandidos? ¿Quién decían que debía encargarse del aprovisionamiento? ¿No era yo? 20 . Y ¿qué? ¿Aquellas bandas que iban y venían durante la noche, organizadas por ti en persona, era o no a mí a quien reclamaban el trigo? Como si verdaderamente hubiese sido yo el responsable del aprovisionamiento del trigo, o tuviera algo de él guardado, o hubiese ejercido la más mínima influencia con mi cargo o poder en esta cuestión. Y, sin embargo, este hombre, siempre dispuesto al asesinato, había dado mi nombre a sus bandas, se lo había sugerido a los ignorantes. Habiendo adoptado el senado en pleno, en el templo de Júpiter Óptimo Máximo, una proposición en favor de mi dignidad con la sola oposición de ese hombre 21 , de repente, en aquel mismo día, a la extrema carestía de los víveres le siguió una inesperada bajada de precios.

Había quienes afirmaban –yo también pienso así– que los [15] dioses inmortales, con su providencia, habían manifestado su aprobación por mi regreso; algunos, en cambio, referían este hecho a la siguiente razón e hipótesis: ya que en mi regreso parecía estar puesta la esperanza de paz y de concordia mientras que mi partida había provocado un continuo temor a la sedición, afirmaban que el cambio en el aprovisionamiento se había producido apenas se hubo alejado el temor a una guerra 22 . Dado que con mi regreso el aprovisionamiento se había hecho de nuevo más problemático, era a mí, ante cuya llegada la gente de bien andaba diciendo que se produciría una bajada de precios, a quien se le reclamaba el aprovisionamiento.

Al final mi nombre era pronunciado no sólo por tus bandas [7] y a instigación tuya, sino que, después de que tus tropas fueron rechazadas y dispersadas, también fue citado expresamente, para que acudiera al senado (a pesar de que aquel día no me encontraba bien), por la totalidad del pueblo romano que había acudido en aquella ocasión al Capitolio.

[16] Acudí ante esta expectación; expresadas ya muchas opiniones, se me pidió la mía. Expresé la que consideraba más saludable para la República y, a mi parecer, necesaria. Se me reclamaba trigo en abundancia y bajos precios en el abastecimiento; no se tenía en cuenta si yo podía o no algo en esta materia. Me sentía presionado por las insistentes peticiones de los hombres de bien; no podía hacer frente a las críticas de los desalmados. Delegué en un amigo más influyente, no para imponerle esta carga a quien de tal modo me había prestado su ayuda (antes habría sucumbido yo mismo) sino porque veía lo que todo el mundo: que, cuanto esperábamos de Gneo Pompeyo, él lo llevaría fácilmente a cabo con su fidelidad, su sensatez, su valor, su autoridad y, en fin, con su éxito 23 .

[17] Así pues, tanto si son los dioses inmortales los que conceden al pueblo romano, como fruto de mi regreso, que, del mismo modo que con mi partida se produjo escasez en las cosechas, hambre, devastación, asesinatos, incendios, pillajes, crímenes sin castigo, huida, miedo y discordia, así también, con mi regreso, parezca que vuelven conmigo la fertilidad de los campos, la abundancia de las cosechas, la esperanza de paz, el sosiego de los espíritus, los tribunales, las leyes, la concordia del pueblo y la autoridad del senado; como si yo mismo he debido prestar alguna ayuda con mi llegada, consejos, autoridad y diligencia, en pago a tantos beneficios del pueblo romano, garantizo, prometo y juro (no digo nada más sino lo suficiente en estas circunstancias) que la República no llegará a la situación crítica a la que se la arrastraba bajo el pretexto del aprovisionamiento.

Por lo tanto, ¿se critican mis opiniones cuando cumplo con [18] [8 ] un deber que me concierne a mí de forma especial? Que el asunto fue muy grave y de un peligro extremo, no sólo por el hambre sino también por la muerte, por los incendios y la devastación, nadie lo pone en duda puesto que a la situación de carestía se unía ese especulador de las miserias comunes que encendía siempre sus antorchas criminales en los males de la República. Afirma que no debió decidirse nada, de manera extraordinaria, en favor de una sola persona. No voy a responderte ya –como a los demás– que a Gneo Pompeyo le fueron encomendadas, de forma extraordinaria, las guerras más numerosas, más peligrosas e importantes por tierra y por mar 24 ; y que, si alguien se arrepiente de ello, es que se arrepiente de la victoria del pueblo romano.

No es así como voy a tratar contigo. Puedo sostener estas [19] ideas con aquellos que defienden que, si hubiera que encomendar a un solo hombre alguna misión, se la ofrecerían sin dudarlo a Gneo Pompeyo, pero que un poder extraordinario no se lo conceden a nadie; que, cuando se le concedió a Pompeyo, ellos solían honrar y apoyar esta decisión en atención a la dignidad de su persona. Los triunfos de Gneo Pompeyo me impiden elogiar una opinión como ésta; unos triunfos con los que él, cuando fue llamado de forma extraordinaria para defender la patria, acrecentó la gloria del pueblo romano y ennobleció sus dominios. Aprecio su firmeza, de la que hube de hacer también uso yo, pues bajo su responsabilidad llevó a cabo, con poderes extraordinarios, la guerra contra Mitrídates y Tigranes 25 .

[20] Pero con ellos puedo, con todo, discutir algo; en cambio, ¿qué desvergüenza tan grande es la tuya que te atreves a decir que no se debe dar a nadie poderes extraordinarios? Tú que, habiendo confiscado con una ley impía, sin instruir un proceso, a Ptolomeo, rey de Chipre 26 (hermano del rey de Alejandría y que reinaba con el mismo derecho), y habiendo comprometido en el crimen al pueblo romano cuando pusiste bajo la protección de su imperio el reino, los bienes y la fortuna de aquel con cuyo padre, abuelo y antepasados nosotros habíamos sido aliados y amigos, que confiaste a Marco Catón la misión de transportar sus riquezas y de hacerle la guerra si defendía sus derechos.

[21] «¡Qué hombre!», dirás, «¡el más integro, prudente, valeroso y amigo de la República, de una virtud, sabiduría y conducta dignas de alabanza y casi excepcionales!». Pero ¿qué te importa a ti, que niegas que sea justo que se le encomiende a nadie una misión pública de forma extraordinaria?

[9 ] En este tema critico únicamente tu inconsecuencia: a aquel a quien habías comprometido en este asunto no por su dignidad sino que te lo habías quitado de en medio de acuerdo con tus propósitos criminales, a aquel contra quien habías arrojado a tus Sergios, Lolios, Titios 27 y demás responsables de muertes e incendios, a quien habías llamado verdugo de ciudadanos, responsable de la muerte de hombres que no habían sido juzgados y maestro de crueldad 28 , de forma nominal y a petición tuya le conferiste este honor y este poder extraordinarios. Actuaste con una falta tal de moderación que fuiste incapaz de ocultar el motivo de tu actuación criminal.

En la asamblea leíste una carta que decías te había enviado [22] César –«César a Pulcro»–, argumentando además que era prueba de amistad el que utilizara únicamente los sobrenombres y que no añadiera «procónsul» o «tribuno de la plebe» 29 ; después, que te felicitaba porque habías apartado a Marco Catón de tu tribunado y porque lo habías privado en el futuro de la libertad de hablar sobre los poderes extraordinarios. Esta carta, o nunca te la envió o, si lo hizo, no fue su deseo que se leyera en la asamblea. Mas, tanto si te la envió como si te la inventaste, con la lectura de esa carta se puso claramente de manifiesto tu intención acerca de la misión honorífica de Catón 30 .

Pero dejo a un lado a Catón, cuya eximia virtud y dignidad, [23] cuya buena fe y moderación en esta misión que llevó a cabo, parecían ocultar la falta de honestidad de tu ley y de tu actuación. ¿Qué más? ¿Quién otorgó al hombre más abyecto de todos los nacidos, al más criminal, al más impuro 31 la rica y fértil Siria, quién el encargo de combatir con los pueblos más pacíficos, quién el dinero destinado a la compra de tierras y robado de las entrañas del tesoro público, quién un poder ilimitado? En realidad, después de haberle concedido Cilicia, modificaste el pacto y, de forma igualmente extraordinaria, transferiste Cilicia a un pretor 32 : de forma nominal entregaste Siria a Gabinio aumentándole su recompensa. ¿Qué más? ¿No fue al hombre más abominable, al más cruel, al más falaz, al más señalado con las manchas de todos los crímenes y desenfrenos 33 , a Lucio Pisón, a quien de forma nominal entregaste, como si estuvieran encadenados y sometidos, unos pueblos libres, liberados por muchos decretos del senado e, incluso, por una reciente ley de su yerno? 34 . ¿No es verdad que, a pesar de que te pagó con mi sangre la recompensa por tu favor y el precio de la provincia, te repartiste con él el tesoro público?

[24] ¿Fue así o no? Las provincias consulares, que Gayo Graco –con diferencia el más querido por el pueblo– no sólo no se las arrebató al senado sino que, incluso, estableció por ley que debía ser el senado el que las fijara anualmente, esas provincias, que habían sido distribuidas según la ley Sempronia 35 por el senado, tú las anulaste y las entregaste, de forma extraordinaria, sin sorteo y nominalmente, no a unos cónsules sino a quienes eran un azote para la República; ¿nosotros, por haber puesto al frente de una situación extrema y ya casi desesperada, de forma nominal, a un hombre egregio que a menudo ha sido ya elegido para otras situaciones críticas y extremas de la República, vamos a ser censurados por ti?

¿Qué queda por decir? Si lo que hiciste entonces en medio [10 ] de aquellas tinieblas, de aquellos negros nubarrones y tormentas de la República, cuando arrancaste el timón al senado, arrojaste al pueblo fuera de la nave 36 y tú mismo, jefe de piratas, navegabas a toda vela en compañía de la más infame tropa de ladrones..., si cuanto entonces promulgaste, decidiste, prometiste y vendiste hubieses podido llevarlo a término, ¿qué lugar de la tierra habría quedado libre de las fasces extraordinarias y de la tiranía clodiana?

Pero estalló finalmente la indignación de Gneo Pompeyo [25] (voy a expresar en su presencia lo que sentí y siento, sea cual sea el ánimo con que me vaya a escuchar), estalló –repito– finalmente la indignación de Gneo Pompeyo que había estado demasiado tiempo reprimida 37 y oculta en el fondo de su alma: acudió al momento en ayuda de la República y levantó con la esperanza de la libertad y de su antigua dignidad a una ciudad abatida, disminuida y debilitada por las desgracias, y sumida en el miedo. ¿No debió ponerse a este hombre, de forma extraordinaria, al frente del aprovisionamiento de trigo? Por supuesto, tú confiaste, mediante una ley tuya, todo el trigo privado y público, todas las provincias que lo proporcionan, todos los adjudicatarios, todas las llaves de los graneros al libertino más inmundo, degustador de tus placeres, al hombre más miserable y criminal, a Sexto Clodio 38 , alguien de tu propia sangre que, con su lengua, apartó de tu lado incluso a tu propia hermana; a partir de esta ley tuya se produjo primero la carestía y después la escasez. Era el hambre, los incendios, las muertes, el pillaje lo que se nos venía encima; tu furor se cernía sobre las fortunas y los bienes de todo el mundo.

[26] ¡Se queja además, este azote cruel, de que el trigo fuese arrancado de la boca más impura, la de Sexto Clodio, y de que, en medio de un peligro extremo, la República implorara la ayuda del hombre por quien –según recordaba– a menudo había sido salvada y colmada de gloria! A Clodio no le gusta nada que se actúe de forma extraordinaria. ¿Por qué razón? ¿La ley que dices presentaste sobre mi persona tú, asesino de tu padre, de tu hermano y de tu hermana, acaso no la presentaste de forma excepcional? ¿Así que por la perdición de un ciudadano que era el salvador de la República (tal como ya todos los dioses y hombres proclaman) y que no sólo no había sido condenado sino ni tan siquiera juzgado (como, por lo demás, tú mismo admites), te fue permitido presentar, no una ley sino un «privilegio» 39 infame a pesar del llanto del senado, de los lamentos de toda la gente de bien, rechazadas las súplicas de Italia entera y con la República presa y oprimida? ¿A mí, en cambio, ante las súplicas del pueblo romano, las exigencias del senado y la presión de la situación pública, no me estuvo permitido expresar mi propuesta acerca de la salvación del pueblo romano?

Si con mi propuesta se acrecentó realmente el prestigio de [27] Gneo Pompeyo al asociarlo al interés general, yo debería sin duda ser elogiado en el caso de que pareciera que he favorecido el prestigio de aquel que había aportado ayuda y socorro a mi persona.

¡Abandonen, abandonen esos hombres la esperanza de poder [11 ] quebrantarme, después de haber sido restablecido, con las mismas maquinaciones con las que antes provocaron mi caída! Pues, ¿qué dos amigos consulares hubo nunca en esta ciudad tan unidos como lo hemos estado Gneo Pompeyo y yo? 40 . ¿Quién ha hablado de manera más brillante de su prestigio ante el pueblo romano? ¿Quién más frecuentemente en el senado? ¿Qué esfuerzo tan grande hubo, qué rivalidad o qué conflicto que yo no afrontara en defensa de su prestigio? ¿Qué honor hacia mi persona, qué apología elogiosa, qué recompensa a mi afecto fue omitida por él?

Esta unión entre nosotros, esta alianza para una recta administración [28] del Estado, esta gratísima comunidad de vida y de obligaciones de todo tipo, algunos individuos la quebrantaron con palabras inventadas y falsas acusaciones aconsejándole a él que tuviera cuidado conmigo y desconfiara de mí 41 , y diciéndome al mismo tiempo a mí que él era mi peor enemigo, de suerte que ni yo era capaz de la osadía suficiente como para pedirle lo que era mi obligación, ni él, exacerbado por tantas sospechas y por la maldad de determinados individuos, podía prometerme con suficiente determinación cuanto mis circunstancias personales exigían.

[29] El precio que he pagado por mi error ha sido grande, pontífices, de modo que no sólo me lamento sino que, además, me avergüenzo de mi estupidez, yo, que, habiéndome unido a este hombre tan esforzado y famoso no ya una circunstancia personal imprevista sino unos proyectos antiguos, emprendidos y meditados mucho antes, consentí verme apartado de semejante amistad y no me di cuenta de quiénes eran aquellos a los que, o bien debía hacerles frente como declarados enemigos, o bien no darles crédito como a amigos insidiosos. Por consiguiente, que de una vez por todas dejen de soliviantarme con las mismas palabras: «¿Qué es lo que ése pretende? ¿No conoce el poder de su autoridad, las hazañas que realizó, la dignidad que se le ha restituido? ¿Por qué honra a aquél por quien fue abandonado?» 42 .

[30] En realidad, ni creo haber sido entonces abandonado (sino casi entregado a mi suerte) ni pienso que deba poner al descubierto qué es lo que se hizo contra mí en aquel incendio de la República, ni cómo, ni por quién. Si resultó provechoso para la República que yo solo apurara por todos aquella desgracia tan indigna, también es provechoso que oculte y calle los nombres de aquellos por cuya acción criminal esto se llevó a cabo. Mas sería propio de un hombre desagradecido callar (así es que lo proclamo con mucho gusto) que Gneo Pompeyo ha trabajado por mi regreso, tanto como cualquiera de vosotros, con su empeño, con su autoridad, con sus recursos, con sus súplicas y, en fin, como el que más, con su propio peligro 43 .

Éste, Publio Léntulo, fue partícipe de todas tus decisiones [12 ] cuando tú día y noche no pensabas en otra cosa que no fuera mi regreso. Él fue para ti el consejero más influyente para organizar la empresa, el aliado más fiel en su ejecución y el más esforzado colaborador para su conclusión: recorrió municipios y colonias; imploró la ayuda de Italia entera, que me era favorable; fue el primero en el senado en presentar la propuesta; también él, después de presentarla, hizo una viva solicitud al pueblo romano en favor de mi regreso.

Por lo tanto, ya puedes dejar de decir esa frase que acostumbras: [31] que los ánimos de los pontífices se modificaron después que expresé mi propuesta sobre el aprovisionamiento; como si, en realidad, tuvieran una opinión sobre Gneo Pompeyo distinta a la mía o como si ignoraran lo que debí hacer a la vista de la expectación del pueblo romano, de los merecimientos de Gneo Pompeyo hacia mi persona y de las exigencias de la situación; o, incluso, (en el caso de que mi proposición ofendiera realmente –lo que estoy seguro que no es así– el ánimo firme de algún pontífice) como si un pontífice en materia religiosa y un ciudadano en cuestiones políticas fueran a tomar una decisión de forma distinta a como les hubieran obligado bien el derecho religioso, bien el interés público.

[32] Soy consciente, pontífices, de que me he alejado de la causa que nos ocupa más de lo que creía o deseaba 44 . Pero, además de mi deseo de justificarme ante vosotros, vuestra benevolencia al escucharme con tanta atención ha hecho que prolongue mi discurso. A cambio os compensaré con la brevedad de la parte del discurso que hace referencia a la propia causa y a vuestra instrucción. Ya que la causa atañe a la vez al derecho religioso y al público, voy a dejar a un lado el aspecto religioso, que es mucho más prolijo: hablaré del derecho público.

[33] ¿Hay, en efecto, algo más pretencioso que intentar enseñar al colegio de los pontífices cuanto atañe a la religión, a las cuestiones sagradas, a las ceremonias y al culto? ¿O, en el caso de descubrir algo en vuestros libros sagrados, tan necio como contároslo a vosotros? ¿O tan indiscreto como pretender conocer cuanto nuestros antepasados desearon que sólo a vosotros se os consultara y sólo vosotros supierais?

[13 ] Afirmo que, de acuerdo con el derecho público y las leyes con las que se gobierna esta ciudad, ningún ciudadano podía sufrir una desgracia semejante sin un juicio previo. Sostengo que existía ya este derecho en esta ciudad incluso en la época de los reyes, que nos ha sido legado por nuestros antepasados, que, en fin, es propio de una ciudad libre que nada de la vida o de los bienes de un ciudadano pueda sufrir menoscabo sin el juicio del senado, del pueblo o de quienes hayan sido designados jueces para cada caso.

¿No te das cuenta de que no elimino de raíz todas tus disposiciones [34] ni sostengo –algo por lo demás evidente– que tú no hiciste nada de forma legal, que no fuiste tribuno de la plebe y que en la actualidad sigues siendo un patricio? Estoy hablando ante los pontífices; los augures están presentes; voy a tratar de lleno sobre el derecho público.

¿En qué consiste, pontífices, el derecho de adopción? 45 . Sin duda, en que ejerza la adopción quien ya no puede tener hijos, pero intentó tenerlos cuando podía. Además se acostumbra a consultar al colegio de pontífices sobre cuál es el motivo de adopción que tiene cada uno, cuál es su situación familiar, social y religiosa. De estas cuestiones, ¿qué es lo que se ha consultado en esta adopción? Un hombre de veinte años, e incluso menor, adopta a un senador. ¿Para tener hijos? Pero puede engendrar, tiene una mujer y de ella tendrá hijos. El padre, por tanto, desheredará al hijo.

¿Por qué, en lo que a ti respecta, van a desaparecer los cultos [35] de la familia Clodia? Todo esto debió ser del conocimiento de los pontífices en el momento en que eras adoptado. A no ser que, tal vez, se te preguntara si pretendías perturbar la República con sediciones y ser adoptado por este motivo: no para ser su hijo sino para convertirte en tribuno de la plebe y subvertir completamente la ciudad 46 . Respondiste, sin duda, que esa era tu intención. A los pontífices les pareció una buena causa: dieron su aprobación. No se investigó la edad del padre adoptivo como en el caso de Gneo Aufidio y Marco Pupio, los cuales en su extrema vejez adoptaron –según recordamos– el uno a Orestes, el otro a Pisón 47 , unas adopciones que, como otras muchas, han conllevado el derecho de sucesión sobre el nombre, la fortuna y el culto. Tú no eres –como debías serlo– un Fonteyo ni el heredero de tu padre, ni has participado en las ceremonias de tu familia adoptiva después de abandonar los ritos sagrados de tus padres 48 . De este modo, perturbados los cultos, contaminadas las familias (tanto la que has abandonado como la que has mancillado) y después de renunciar a un derecho legítimo en los ciudadanos romanos, el de la tutela y la herencia, te has convertido, en contra de las leyes humanas y divinas, en hijo de aquel de quien, por la edad, podrías ser padre.

Estoy hablando ante los pontífices: afirmo que esta adopción [36] [14 ] no se ha realizado de acuerdo con el derecho pontifical, primeramente porque vuestras edades son tales que quien te adoptó pudo, por su edad, ocupar bien el lugar de hijo tuyo bien el lugar que ocupó; además, porque suele exigirse como motivo de adopción que la realice aquel que pretende conforme al derecho legal y pontifical lo que ya no puede conseguir por naturaleza, y la realice de modo que no sufra menoscabo alguno el honor de la familia o el carácter sagrado de los cultos; y sobre todo, que no se emplee ninguna impostura, ningún fraude ni engaño, a fin de que esta adopción simulada de un hijo parezca haber imitado con la mayor exactitud el hecho real de engendrarlos.

¿Qué mayor impostura existe que el que un jovencito imberbe, [37] con buena salud y casado, venga y diga que desea adoptar como hijo a un senador del pueblo romano; que, además, todo el mundo sepa y vea que es adoptado, no para convertirse en hijo sino para abandonar la condición de patricio y poder convertirse en tribuno de la plebe? Y no se hace a escondidas; pues, una vez adoptado, de inmediato se le emancipa para que no sea hijo de quien lo adoptó. ¿Cuál es, por tanto, el motivo de la adopción? Aprobad este género de adopción y pronto habrán desaparecido todos los cultos sagrados de los que vosotros debéis ser guardianes: no quedará ya patricio alguno. Pues ¿quién no querría que se le permitiera convertirse en tribuno de la plebe, tener un acceso algo más fácil al consulado y alcanzar un sacerdocio cuando le fuera posible ya que este puesto no lo ocuparía un patricio? Cada vez que a alguien se le presente una ocasión por la que le resulte más beneficioso ser plebeyo, se dejará adoptar por estas mismas razones. De este [38] modo en poco tiempo el pueblo romano carecerá de un rey de los sacrificios, de flámines y de salios 49 , de la mitad de los restantes sacerdotes y de los que aprueban los comicios centuria dos y curiados; y los auspicios del pueblo romano, si no se eligen magistrados patricios, necesariamente desaparecerán a falta de un interrey ya que éste mismo debe ser obligatoriamente un patricio y ser designado por patricios. He sostenido ante los pontífices que esa adopción tuya no ha sido aprobada por decreto alguno de este colegio, que ha sido realizada en contra de todo derecho pontifical y que debe ser considerada nula; comprendes que, al ser invalidada, todo tu tribunado ha dejado de tener valor.

[15 ] [39] Paso ahora a los augures 50 , cuyos libros –algunos de ellos secretos– no voy a examinar: no tengo curiosidad por conocer en profundidad el derecho de los augures. Conozco lo que he aprendido junto con el pueblo, lo que a menudo se ha respondido en las asambleas. Afirman que es sacrílego celebrar comicios cuando se ha practicado la observación del cielo 51 . ¿Te atreves a negar que se observó el cielo el día en que se dice que fue presentada una ley curiata acerca de ti? Está presente aquí Marco Bíbulo, hombre de singular virtud, firmeza y autoridad. Sostengo firmemente que este cónsul llevó a cabo, precisamente en aquel día, la observación del cielo 52 . «¿Anulas, por tanto, las acciones de Gayo César, un hombre tan valeroso?» En absoluto; no tengo ya ningún interés, después de recibir aquellos dardos que, surgidos de sus medidas, se lanzaron contra mi cuerpo.

En cambio, las cuestiones relativas a los auspicios, que estoy [40] tratatando en este momento de forma muy breve, han sido responsabilidad tuya: fuiste tú quien, ante la ruina y debilidad de tu tribunado, te erigiste de repente en defensor de los auspicios. Hiciste que Marco Bíbulo y los augures se presentaran ante la asamblea. A tus preguntas los augures respondieron que, cuando se ha llevado a cabo la observación del cielo, no es posible celebrar unos comicios; a requerimiento tuyo Marco Bíbulo respondió que había observado el cielo y declaró lo mismo en la asamblea después de ser convocado por tu hermano Apio 53 : que en realidad tú no habías sido tribuno, ya que habías sido adoptado en contra de los auspicios. Finalmente toda tu actuación en los meses siguientes consistió en sostener que debía ser abolido por el senado todo cuanto César había realizado, ya que lo había sido en contra de los auspicios 54 . Si así se hacía, decías que tú, sobre tus hombros, me traerías a la ciudad como a su salvador. Contemplad la demencia de este hombre; ¡(como si el mismo) a lo largo de su tribunado no se encontrara estrechamente unido a las acciones de César!

[41] Si tanto los pontífices –de acuerdo con el derecho divino– como los augures –por la santidad de los augurios– están echando por tierra todo tu tribunado, ¿qué más quieres?, ¿alguna cuestión de derecho público y constitucional más clara todavía?

Aproximadamente a la hora sexta del día en que defendía a [16 ] mi colega Gayo Antonio me quejé, en el juicio, de algunas cuestiones públicas que me parecían pertinentes en relación con la causa de este desdichado 55 . Estas palabras unos hombres desalmados se las refirieron a ciertos personajes influyentes 56 de forma muy distinta a como habían sido pronunciadas por mí. En la hora nona de aquel mismo día tú fuiste adoptado. Si el plazo (que en las restantes leyes debe ser de tres días de mercado) 57 en la adopción basta que sea de tres horas, no tengo nada que criticar; pero si han de ser observados los mismos plazos, el senado decidió que el pueblo no estaba sometido a las leyes de Marco Druso 58 que habían sido presentadas contra la ley Cecilia y Didia.

Te das cuenta ahora de que no fuiste tribuno de la plebe de acuerdo con ningún tipo de derecho, sea el que se encuentra en [42] la religión, en los auspicios o en las leyes. Pero yo, no sin razón, dejo a un lado todo esto. En efecto, veo que algunos ciudadanos muy distinguidos, los primeros de la ciudad, han juzgado en varias ocasiones que podías legalmente haber convocado al pueblo; es más, éstos, aunque, tratándose de mí, admitían que por culpa de tu proposición la República había sido llevada a su destrucción, con todo reconocían que esta destrucción, aunque funesta y cruel, se había establecido de acuerdo con el derecho; afirmaban que habías provocado la destrucción de la República por haber presentado una proposición contra un ciudadano tan benemérito para con ella, pero que habías actuado legalmente ya que la habías presentado sin auspicios en contra 59 . Se nos permitirá, por tanto –según pienso– no refutar las actuaciones sobre las que –tal como sostuvieron aquéllos– se había constituido tu tribunado.

[43] De acuerdo en que fuiste tribuno de la plebe de forma tan jurídica y legal como lo fue este mismo Publio Servilio 60 , un hombre muy famoso e importante desde cualquier punto de vista: ¿con qué derecho, siguiendo qué costumbres, con qué precedentes presentaste una ley, de forma nominal, contra la vida de un ciudadano no condenado?

[17 ] Las leyes sagradas, las Doce Tablas prohíben que se legisle contra ciudadanos particulares: en eso consiste el «privilegio». Nunca nadie lo propuso; no hay nada más cruel, nada más pernicioso, nada más intolerable para esta ciudad. El nombre aquel, tan lamentable, de la proscripción y todo el horror de la época de Sila 61 ¿qué tienen que destaque de modo especial como recuerdo de crueldad? En mi opinión, el castigo que se decidió, sin juicio y de forma nominal, contra ciudadanos romanos.

[44] En consecuencia, pontífices, ¿concederéis a un tribuno de la plebe, con vuestra decisión y autoridad, la potestad de poder proscribir a cuantos se le antoje? Os pregunto, entonces, qué es, sino proscribir el «quered y ordenad que Marco Tulio quede fuera de la ciudad y que sus bienes pasen a mi propiedad». Pues eso es lo que propuso en realidad, aunque con otras palabras. ¿Es esto un plebiscito? ¿Es esto una ley, una proposición? ¿Podéis vosotros consentir, puede soportar la ciudad que cada uno de sus ciudadanos sea expulsado de ella de acuerdo con una simple frase? En verdad yo ya lo he sufrido cumplidamente; no tengo miedo a violencia o ataque alguno; he satisfecho los ánimos de los envidiosos, he aplacado los odios de los desalmados, he saciado la perfidia y los propósitos criminales de los traidores; en fin, respecto a mi causa, que parecía hecha a propósito para excitar la envidia de ciudadanos indignos, ya han emitido su juicio todas las ciudades, todos los estamentos, todos los dioses y hombres.

De acuerdo con vuestra autoridad y sabiduría debéis mirar, [45] pontífices, por vosotros mismos, por vuestros hijos y por el resto de los ciudadanos. Pues, si los juicios del pueblo han sido reglamentados por nuestros antepasados con gran moderación, estableciendo, en primer lugar, que no se mezcle una pena capital con cuestiones pecuniarias, en segundo lugar, que no se acuse a nadie sin haberse fijado un día, que por tres veces un magistrado formule la acusación con un día de intervalo antes de proponer la imposición de una multa o de un juicio, que una cuarta acusación se haga con un intervalo de tres mercados 62 después de haberse fijado el día en el que tendrá lugar el juicio; así también se concedieron muchos medios a los acusados para alcanzar compasión y misericordia; además el pueblo es indulgente y resulta fácil el voto de gracia; por último, si alguna razón justificada o debida a los auspicios hizo que quedara descartado aquel día, toda la causa y el proceso han quedado sin efecto. Siendo éstas las condiciones jurídicas cuando existe una inculpación, un acusador y unos testigos, ¿hay algo más indigno que el que unos desaprensivos, asesinos, indigentes y desalmados presenten a votación la vida, los hijos y los bienes de quien no ha sido obligado a comparecer ni citado ni acusado, y que este voto se considere una ley?

[18 ] [46] Si fue capaz de esto contra mí, a quien protegían mi carrera política, mi situación social, mi causa y la República, cuyos bienes, en fin, no eran reclamados y que no tenía en contra nada excepto un transtomo del orden establecido y un cambio en la situación general, ¿que ocurrirá finalmente a aquellos cuya vida transcurre lejos de los honores del pueblo y de esta influencia notoria, pero que tienen tanto dinero que provocan el deseo de demasiada gente pobre, de derrochadores y de nobles?

[47] Concededle esta licencia a un tribuno de la plebe y observad con atención durante algún tiempo a la juventud y, sobre todo, a aquellos que parecen aguardar ya con impaciencia y con ambición la potestad tribunicia: a fe que, una vez confirmado este derecho, se encontrarán todos los colegios de tribunos de la plebe dispuestos a organizar sociedades con los bienes de los hombres más adinerados, sobre todo porque, junto a la esperanza del reparto, se presentaría el botín como si fuera del pueblo.

Pero ¿qué ha propuesto este experto y hábil redactor de leyes? 63 . «¿Que aprobéis y ordenéis que a Marco Tulio se le prohíban el agua y el fuego?». ¡Qué crueldad, qué actuación más abominable y que ni siquiera en el caso del ciudadano más criminal debe ser sufrida sin un juicio previo! No propuso «que se le prohíba». ¿Qué, entonces? «Que se le ha prohibido» 64 . ¡Oh inmundicia, monstruo, criminal! ¿Ésta es la ley, más sucia que su propia lengua, que te redactó Clodio: que esté en entredicho aquel contra quien no se ha pronunciado un interdicto? Mi querido Sexto, con tu permiso, puesto que eres ya hábil en la dialéctica y gustas también de estas cuestiones 65 , ¿puede presentarse ante el pueblo una proposición o ser ratificada con alguna fórmula o confirmada por una votación, en el sentido de que se ha hecho lo que no se ha hecho?

Con este redactor, con este consejero, con este servidor, el [48] más impuro no sólo de todos los bípedos sino también de los cuadrúpedos 66 , has echado a perder a la República: no eras tan necio ni tan insensato como para ignorar que era Clodio el que actuaba en contra de las leyes y otros los que solían redactarlas. Pero no tuviste ninguna autoridad sobre ellos ni sobre los demás, en los que había alguna moderación; no has podido servirte de los mismos redactores de leyes que los demás, ni de los mismos arquitectos de la construcción, ni recurrir al pontífice que deseabas 67 ; por último, ni siquiera en el reparto del botín, pudiste encontrar un comprador o un fiador fuera del grupo de tus gladiadores o, en fin, ningún votante en tu proscripción que no fuera un ladrón y un asesino 68 .

[19 ] [49] Y así, mientras tú, cual cortesana del pueblo, andabas pavoneándote resplandeciente y poderoso en medio del foro, aquellos amigos tuyos que, a salvo y florecientes gracias únicamente a tu amistad, se habían presentado a la confianza del pueblo, eran rechazados hasta el punto de perder incluso tu tribu Palatina 69 ; los que habían acudido a juicio, bien como acusadores bien como acusados, pese a tus ruegos resultaban condenados. Por último, incluso aquel Ligo 70 que acababa de conseguir la ciudadanía, partidario venal y sostenedor tuyo, al ser desheredado por el testamento de su hermano Marco Papirio 71 y por una acción judicial, afirmó que quería investigar su muerte: denunció a Sexto Propercio. Pero, cómplice de un abuso de poder y de un crimen, no se atrevió a presentar la acusación por miedo a que se considerara una calumnia.

¿Así es que estamos hablando de esta ley como si, al parecer [50] hubiera sido discutida de acuerdo con el derecho, una ley tal que todo aquel que se ha visto relacionado con una parte de ella sirviéndose de su dedo, de su voz, de su botín o de su sufragio 72 , fuera a donde fuera, acabó alejándose repudiado y confundido?

¿Qué ocurrirá si esta proscripción ha sido redactada en términos tales que ella misma se invalida? Así es: «por haber emitido Marco Tulio un senadoconsulto falso» 73 . Por lo tanto, si presentó un senadoconsulto falso, la proposición entonces es válida; si no lo presentó, es nula. ¿No te parece suficiente que el senado haya juzgado que yo, no sólo no actué con engaños contra la autoridad de este estamento sino que, incluso, fui el único que le obedeció de la forma más fiel desde la fundación de la ciudad? ¿De cuántas formas estoy demostrando que esa que tú llamas ley no lo es? ¿Qué más? Aunque presentaste una proposición sobre temas diversos en una única votación, 74 con todo ¿piensas que lo que no obtuvo un hombre tan intachable como Marco Druso en la mayoría de sus leyes pese a los consejos de Marco Escauro y Lucio Craso 75 , tú, que has cometido todo tipo de crímenes y estupros, podrás conseguirlo con la ayuda de Décimos y Clodios? 76 .

[51] Presentaste una proposición acerca de mi persona en el sentido, no de que saliera de la ciudad, sino de que no fuera acogido por nadie, porque ni tú mismo podías prohibirme permanecer en Roma.

[20 ] ¿Por qué razón podrías prohibírmelo? ¿Acaso había sido condenado? En absoluto. ¿Expulsado, tal vez? ¿Cómo fue posible? Es más, ni tan siquiera se puso por escrito que saliera de la ciudad. Existe un castigo contra quien me dé acogida que todos han ignorado 77 ; en ninguna parte hay prueba de haber sido expulsado. Admitámoslo con todo; y ¿qué?, ¿la supervisión de las obras públicas o la inscripción de tu nombre te parecen actividades distintas a la expoliación de mis bienes? Además de que ni siquiera pudiste conseguir, apoyándote en la ley Licinia, hacerte cargo de esta empresa 78 . Eso mismo que tú ahora sostienes ante los pontífices, que has consagrado mi casa, que has construido un monumento público dentro de mis aposentos, que has dedicado una estatua y que lo has hecho de acuerdo con una proposición de ley de poca importancia 79 , ¿te parece que todo ello se reduce a una sola cuestión, a la misma que presentaste como proposición contra mí de forma nominal?

Por Hércules que se trata de una sola cuestión tanto como [52] lo que propusiste, tú también, en una sola ley: que el rey de Chipre, cuyos antepasados fueron siempre aliados y amigos de este pueblo, fuera entregado a subasta pública junto con todos sus bienes, y que los exiliados fueran conducidos de nuevo a Bizancio. «Es a una misma persona» –dices– «a quien he confiado ambos asuntos». ¿Cómo? Si hubieras encomendado a una misma persona la misión de recaudar el cistóforo en Asia 80 , de ir desde allí a Hispania, de poder, después de haber abandonado Roma, aspirar al consulado 81 y de obtener, después de haberlo alcanzado, la provincia de Siria, ¿por referirse a una sola persona, se trataría de un asunto único?

Y si hubiese sido consultado el pueblo romano sobre esta [53] cuestión en vez de hacerlo todo a través de esclavos y de ladrones, ¿no podría haber ocurrido que el pueblo mostrara su aprobación en lo relativo al rey de Chipre, pero desaprobara lo de los exiliados de Bizancio? ¿Cuál es la esencia, dime, cuál el sentido de la ley Cecilia y Didia, sino que, en un tema con muchas cuestiones relacionadas, el pueblo no se vea obligado a aceptar lo que no desea o a rechazar lo que le parece bien?

Si la has presentado amparándote en la violencia, ¿es, a pesar de todo, una ley? 82 , ¿o es que puede considerarse legal algo que a todas luces se ha llevado a cabo de forma violenta? Si en el momento de presentar tu proposición, en medio de una ciudad tomada, se produjo un apedreamiento aunque sin llegar a las manos, ¿has sido capaz, por esta razón, de llegar a la destrucción y ruina de la ciudad sin necesidad de una violencia extrema?

[21 ] [54] Cuando en el tribunal Aurelio reclutabas públicamente a hombres libres e, incluso, a esclavos procedentes de todos los arrabales 83 , está claro que entonces no preparabas una acción violenta; cuando con tus edictos ordenabas que se cerraran las tiendas 84 , evidentemente buscabas provocar no la violencia de una multitud ignorante sino la moderación y prudencia de la gente honrada; cuando llevabas armas al templo de Cástor, no maquinabas nada que no fuera impedir que se pudiese actuar de forma violenta; sin duda, cuando arrancaste y retiraste los escalones del templo de Cástor, alejaste a los hombres violentos de su entrada y acceso para que te fuera posible actuar con moderación 85 ; cuando ordenaste que comparecieran aquellos que en una reunión de hombres honrados habían hablado en favor de mi regreso e impediste sus argumentos en mi defensa con tropas, espadas y piedras, entonces, sin duda, pusiste de manifiesto que te desagradaba sobremanera el ejercicio de la violencia.

Pese a todo, esta furibunda violencia de un loco tribuno de [55] la plebe ha podido ser fácilmente vencida y quebrantada gracias al coraje y al número de los hombres de bien. ¿Qué más? Cuando se le concedía Siria a Gabinio, Macedonia a Pisón y a los dos un poder ilimitado, además de enormes sumas de dinero, para que te dejaran las manos libres, te ayudaran, te proporcionaran sus experimentados centuriones, su dinero y sus bandas de esclavos, para que te prestaran su apoyo con sus arengas criminales, se burlaran de la autoridad del senado y amenazaran con la muerte y la proscripción a los caballeros romanos 86 , para que me aterrorizaran con sus amenazas y me declararan un enfrentamiento a muerte, para que se sirvieran de sus amigos para, con el temor a una proscripción, ocupar mi propia casa que estaba llena de gente honrada, para que me privaran de la compañía de hombres de bien, me arrancaran la protección del senado y a este estamento tan distinguido le prohibieran, no sólo luchar en mi favor sino incluso llorar y suplicar vestido de luto, ¿ni siquiera entonces había violencia?

[22 ] [56] Entonces, ¿por qué abandoné Roma? 87 . ¿Cuál fue mi temor? No voy a hablar del que había en mí: admitamos que soy una persona temerosa por naturaleza. Y ¿qué? Aquellos millares de personas tan valerosas, nuestros caballeros romanos, el senado, y, en fin, todos los hombres de bien: si no existía violencia alguna, ¿por qué prefirieron acompañarme con sus llantos antes que retenerme con sus reproches o abandonarme llenos de ira? ¿Acaso tenía yo miedo –si estaba presente– de no ser capaz de resistir, en el caso de que se actuara conmigo siguiendo las costumbres y tradiciones de nuestros antepasados?

[57] ¿Acaso debí temer el jucio, de haberse fijado un día para ello, o más bien una medida excepcional sin juicio? ¿El juicio? Sin duda, en una causa tan vergonzosa habría sido incapaz de explicarla con palabras suponiendo que no hubiese sido conocida hasta entonces. ¿Acaso porque no podía defenderla? Una causa, la mía, de una bondad tal que no sólo se defiende a sí misma sino que me ha defendido también a mí a pesar de mi ausencia. ¿Es que el senado, todos los estamentos y aquellos que de Italia entera acudieron corriendo para hacerme volver, habrían sido en mi presencia más apáticos a la hora de retenerme y salvarme en una causa que hasta el propio parricida reconoce que ha sido de tal naturaleza que se lamenta de que todo el mundo haya aguardado y exigido el restablecimiento de mi antigua dignidad?

Realmente no había temor alguno ante un proceso. ¿Temí [58] acaso una medida de excepción, no fuera que nadie protestara en el caso de que se me impusiera una multa en presencia mía? ¿Tan carente estaba yo de amigos o la República tan privada de magistrados? Si las tribus hubiesen sido convocadas, ¿habrían aprobado la proscripción, no digo en mi caso (que tantos méritos había hecho en su defensa) sino en el de un ciudadano cualquiera? Si hubiera estado yo presente, ¿habrían respetado mi persona aquellas viejas tropas de conjurados, tus desalmados y miserables soldados, y esa nueva tropa constituida por unos cónsules tan criminales? Después de haber cedido ante la crueldad y los propósitos criminales de todos ellos, no he podido, ni siquiera en mi ausencia, dar satisfacción a sus deseos con mi sufrimiento.

Pues, ¿qué mal os había hecho mi desdichada esposa a la [59] [23 ] que maltratasteis, perseguisteis y atormentasteis con tanta crueldad? 88 , ¿qué mal mi hija, cuyos continuos lamentos y vestidos de luto os hacían disfrutar mientras conmovían la vista y los sentimientos de todos los demás?, ¿qué mal mi hijo pequeño a quien, mientras duró mi ausencia, nadie vio sino lloroso y abatido?, ¿qué había hecho para que quisierais darle muerte tantas veces a traición?, ¿qué había hecho mi hermano? Él, tras haber regresado de su provincia algún tiempo después de mi partida y considerando que no podría vivir si yo no era restituido, cuando su profunda tristeza, su luto increíble y desacostumbrado provocaban la compasión de todos los mortales, ¡cuántas veces tuvo que escapar de vuestras espadas y vuestras manos! 89 .

[60] Mas, ¿para qué os estoy reprochando la crueldad que dirigisteis contra mí y contra los míos, a vosotros, que habéis emprendido una guerra hostil y criminal, llena de odio, contra mis muros, mis techos, mis columnas y mis puertas?

En verdad no creo que tú, tras mi partida, cuando ya habías devorado con avidez y confiadamente las fortunas de todos los hombres adinerados, las riquezas de todas las provincias y los bienes de tetrarcas y reyes, estuvieras cegado por el deseo de mi plata y de mi mobiliario; no creo que aquel cónsul campano 90 , junto con su colega bailarín, después de que al uno le regalaste toda Acaya, Tesalia, Beocia, Grecia, Macedonia, todo el país bárbaro y los bienes de los ciudadanos romanos, y al otro le entregaste, para que las devastara, Siria, Babilonia y Persia, pueblos tan prósperos como pacíficos, estuvieran deseosos de mis umbrales, columnas y puertas.

[61] Además aquellas bandas y tropas de Catilina 91 no se creyeron que iban a saciar su propia voracidad con las piedras y tejas de mis casas; pero, del mismo modo que solemos destruir las ciudades de los enemigos, y no de todos los enemigos, sino de aquellos con los que hemos entablado una guerra atroz y devastadora, movidos no por el botín sino por odio, porque parece que persiste en cierto modo nuestra hostilidad incluso contra las casas y moradas de aquellos contra los que se exacerbaron nuestros ánimos debido a su crueldad... 92 .

No se había tomado ninguna resolución respecto a mi persona; [62] [24 ] no se me había ordenado comparecer y había partido sin haber sido citado; era, incluso, a tu juicio, un ciudadano con plenos derechos cuando mi casa del Palatino y mi villa de Túsculo eran entregadas cada una a un cónsul (¡cónsules los llamaban!), cuando, a la vista del pueblo romano, las columas de mármol de mis mansiones eran transportadas a casa de la suegra de un cónsul y trasladados a la finca del cónsul vecino mío, no sólo mi mobiliario y mis adornos, sino incluso mis árboles; mientras, mi propia villa era completamente demolida no por deseo de botín (¿qué botín había en realidad?) sino por odio y crueldad 93 . Mi casa ardía en el Palatino por un incendio no casual sino provocado; los cónsules celebraban banquetes y estaban ocupados en felicitar a los conjurados: el uno decía haber sido el amor de Catilina; el otro, primo de Cetego 94 .

Ésta es la violencia, pontífices, éste el crimen, ésta la locura [63] que, al oponer mi propio cuerpo, he alejado de las cabezas de todos los hombres de bien: he sufrido en mi persona toda la impetuosidad de las discordias, toda la violencia de los malvados largo tiempo concentrada y que, inveterada por culpa de un odio reprimido y oculto, comenzaba ya a estallar al contar con unos cabecillas tan audaces. En mí solo prendieron las llamas consulares lanzadas por las manos de un tribuno, en mi cuerpo se clavaron todos los dardos criminales de la conjuración que yo en otro tiempo había conseguido rechazar. Y si, tal como fue la opinión de muchos de los hombres más esforzados, yo hubiese pretendido combatir la violencia con la violencia de las armas, o bien habría vencido en medio de una gran matanza de hombres malvados (pero que, con todo, eran ciudadanos) o bien, muertos todos los hombres de bien (que es lo que ellos deseaban por encima de todo) habría sucumbido junto con la República.

[64] Era consciente de que con la supervivencia del senado y del pueblo romano tendría un rápido regreso con los más grandes honores y no pensaba que pudiera prolongarse durante mucho tiempo el que no se me permitiera permanecer en una República que yo mismo había salvado. En el caso de que no se me hubiera permitido, había oído decir y había leído que los hombres más distinguidos de nuestra ciudad se habían arrojado a una muerte segura en medio del enemigo para salvar a su ejército: ¿y yo, para salvar a toda la República, abrigaría dudas de que me encontraba en mejor situación que los Decios 95 , ya que ellos ni siquiera pudieron oír hablar de su gloria mientras que yo había podido, incluso, ser espectador de mis propios méritos?

[25 ] Así pues, tu quebrantado furor intentaba inútiles ataques: el rigor de mi infortunio había soportado ya toda la violencia posible de todos los criminales; en medio de una injusticia tan grande y de tan amargas desgracias ya no había lugar para un nuevo acto de crueldad.

Catón era quien se había mantenido más cerca de mí. ¿Qué [65] podías hacer? No era posible que la que había sido medida de nuestro afecto lo fuera también de nuestra desgracia. ¿De qué serías capaz? ¿De deshacerte de él enviándolo a Chipre para recaudar dinero? Habrá que dar por perdido el botín. Pero no faltará otro. Al menos hay que apartarlo de aquí. De modo que el odioso Marco Catón es relegado a Chipre con la excusa de un cargo honorífico 96 . Se expulsa a dos hombres a los que los desalmados no podían ni ver: el uno, mediante un cargo honorífico de lo más vergonzante; el otro sufriendo una honrosísima desgracia.

Y, para que os deis cuenta de que este individuo fue siempre [66] enemigo, no de las personas sino de sus virtudes, después de haber sido expulsado yo y alejado Catón, se volvió contra aquel mismo gracias a cuya autoridad y ayuda –según afirmaba en los discursos ante el pueblo– había realizado y realizaba sus empresas presentes y pasadas: pensaba que Gneo Pompeyo (veía que era, a juicio de todos, el personaje más importante de la ciudad) no le consentiría durante más tiempo su locura. Por haber sustraído a su custodia, de forma fraudulenta, a un enemigo cautivo, hijo de un rey amigo 97 , y por haber irritado con esta afrenta a un hombre tan valeroso, esperó poder enfrentarse a él con las mismas tropas contra las que yo no había querido combatir ante el peligro de las gentes de bien y con el apoyo, en un primer momento, de los cónsules. Posteriormente Gabinio rompió el pacto 98 , pero Pisón permaneció fiel.

[67] ¡Habéis visto qué matanzas, qué lapidaciones, qué destierros provocó entonces ese individuo; con qué facilidad, mediante las armas y continuas emboscadas, a pesar de habérsele privado de un apoyo tan firme como el de sus tropas, apartó a Gneo Pompeyo del foro y de la curia y lo confinó en su casa! A partir de este hecho podéis comprender cuán grande fue aquella violencia entonces naciente y agrupada pues, cuando ya se encontraba dividida y debilitada, logró provocar el terror en Gneo Pompeyo.

[26 ] [68] De todo esto se dio cuenta, en las deliberaciones de las calendas de enero, un hombre tan prudente y tan amigo no sólo de la República y de mi persona sino también de la verdad como Lucio Cota 99 , quien expresó su opinión en el sentido de que no debía proponerse una ley sobre mi regreso; afirmó que yo había mirado por el bien de la República, que había cedido ante unas circunstancias adversas, que había sido siempre más amigo de vosotros y de los demás ciudadanos que de mí mismo y que había sido expulsado por la violencia de las armas, en medio de la oposición de la gente, con la instauración del asesinato y de una nueva tiranía; que no se había podido promulgar nada sobre mi persona, que no había ningún documento legal o que pudiese tener validez; que todo se había hecho contra el espíritu de las leyes y el derecho consuetudinario de nuestros antepasados, a la ligera y de manera confusa, con violencia y desatino. Y que, si se trataba de una ley, no les sería posible a los cónsules presentarla ante el senado ni a él mismo emitir su parecer; que, puesto que se daban ambas situaciones, no debía aceptarse que se propusiera una ley sobre mi persona, para que, de este modo, no se considerara ley lo que no lo era en absoluto. Nunca pudo darse una opinión más veraz, más ponderada, mejor y más útil para la República: al poner de manifiesto los crímenes y la locura de este hombre, se alejaba de la República, para el futuro, un oprobio semejante.

Ni Gneo Pompeyo, que emitió una opinión sobre mi persona [69] expresada con brillantez, ni vosotros, pontífices, que me defendisteis con vuestro voto y autoridad, dejasteis de ver que aquella ley no tenia ningún valor y que era más bien el resultado del ardor de una época, la interdicción de un crimen, el grito de una locura. Pero habéis tenido cuidado de que no se provocara resentimiento alguno del pueblo contra mí en el caso de que diera la impresión de haber sido restituido sin la consulta popular. Con esta misma intención el senado ha secundado la opinión de un hombre tan valeroso como Marco Bíbulo 100 , en el sentido de que vosotros tomarais una resolución sobre mi casa, no porque tuviera dudas de que ese individuo no había hecho nada legal de acuerdo con el culto religioso o con el derecho público, sino para que, ante tan gran cantidad de desalmados, no apareciera nunca nadie que se atreviera a decir que dentro de mi casa había algún culto religioso. En efecto, siempre que el senado se pronunció sobre mi persona, consideró que esa ley no tenía valor alguno. Pero, puesto que por culpa [70] de aquel escrito estaba prohibido deliberar sobre el tema 101 y como, además, esta circunstancia no pasó desapercibida a aquella pareja tan avenida, a Pisón y a Gabinio, siendo como eran respetuosos de las leyes y temerosos de los juicios, al pedirles continuamente el senado en pleno que tomaran una resolución sobre mi persona, decían que ellos no se oponían, pero que se veían impedidos por la ley de Clodio. Era verdad: se veían impedidos, pero por la ley que ese mismo había presentado sobre Macedonia y Siria 102 .

[27 ] Tú, Publio Léntulo, ni como ciudadano privado ni cuando fuiste cónsul, has creído nunca que se tratara de una ley: a propuesta de los tribunos de la plebe 103 , como cónsul designado has expresado a menudo tu opinión sobre mi caso. Desde las calendas de enero, hasta que la situación se resolvió, sometiste a consulta, promulgaste y presentaste una ley sobre mi persona: nada de esto se te permitiría si la de Clodio fuera realmente una ley. Más aún, Quinto Metelo, colega tuyo y persona ilustre, a pesar de que hombres tan ajenos a Publio Clodio como Pisón y Gabinio la consideraban una ley, él, hermano de Publio Clodio 104 , la ha juzgado nula cuando, junto contigo, presentó una proposición ante el senado acerca de mi persona.

Pero, en realidad, esos individuos que respetaron las leyes [71] de Clodio, ¿de qué modo observaron las restantes? A decir verdad el senado, a quien corresponde el juicio definitivo en lo que respecta al valor jurídico de las leyes, la consideró nula cuantas veces fue consultado sobre mi caso. Lo mismo observaste tú, Léntulo, en aquella ley que presentaste sobre mi persona: no se propuso que se me permitiera acudir a Roma, sino que viniera; en efecto, no pretendiste presentar una proposición para que se me permitiera lo que era mi derecho, sino para que pareciera que me encontraba en la República por haber sido llamado por voluntad del pueblo romano más que restituido con el propósito de administrar la ciudad.

Tú, peste abominable 105 , ¿te atreviste, además, a llamarme [72] exiliado, siendo como eres conocido por tantos crímenes e infamias que convertirías cualquier lugar al que hubieras ido en algo muy semejante a un exilio? ¿Qué es, en efecto, un exiliado? Es, en sí mismo, nombre de desgracia, no de ignominia. ¿Cuándo, por tanto, es vergonzoso? A decir verdad, cuando constituye el castigo de un delito pero, además, a juicio de la gente, si constituye el castigo de alguien que ha sido condenado. En conclusión, ¿llevo el nombre de exiliado a causa de un delito que cometí o por un asunto que ha sido juzgado? ¿Por un delito? Eso ya no te atreves a decirlo, ni tú (a quien tus miserables satélites llaman «el afortunado Catilina») ni ninguno de los que acostumbraban a hacerlo. No sólo ya no hay nadie tan ignorante como para considerar delito cuanto realicé durante mi consulado, sino que nadie es tan enemigo de la patria como para no reconocer que la patria ha sido salvada gracias a mis decisiones.

[28 ] [73] ¿Hay en la tierra algún consejo público, grande o pequeño, que no haya expresado sobre mis gestas los juicios que me eran más deseables y más gloriosos? El senado, que es el consejo supremo del pueblo romano y de todos los pueblos, naciones y reyes, decretó que todos los que desearan ver la República a salvo acudieran a defenderme a mí solo y manifestó que no habría podido mantenerse la República si yo no hubiese existido ni permanecería en el futuro si yo no hubiese regresado.

[74] Muy cercano a este rango está el orden ecuestre: todas las sociedades de publicanos emitieron juicios muy honrosos y muy elogiosos sobre mi consulado y mis actuaciones. Los escribas, que se ocupan con nosotros de las cuentas y documentos públicos 106 , no han querido que permaneciera oculta su opinión y la consideración que les merecen mis buenos servicios a la República. No existe en esta ciudad ningún colegio, ningún grupo de barrio o de colina 107 (pues nuestros antepasados quisieron que también la plebe urbana tuviera sus pequeñas reuniones y, en cierto modo, sus asambleas) que no emitiera un decreto de la forma más honrosa en favor de mi persona y de mi dignidad.

[75] ¿Para qué, pues, voy a recordar aquellos divinos e inmortales decretos de los municipios, de las colonias y de Italia entera, gracias a los cuales me parece, no sólo que he regresado a mi patria sino que, como si de peldaños se tratara, he ascendido al cielo? 108 . En verdad, ¡qué día más señalado fue aquel en el que, al proponer tú, Publio Léntulo, la ley sobre mi persona, el propio pueblo romano vio y comprendió su propia grandeza y majestad! En efecto, es cosa sabida que nunca en comicio alguno el Campo de Marte brilló con tan gran afluencia y esplendor de hombres de todo tipo, edad y rango. No voy a hablar del juicio unánime y del consenso total de ciudades, naciones, provincias, reyes y, en fin, de toda la tierra acerca de mis méritos para con todos los mortales; ¿cómo fue mi llegada y mi entrada en la ciudad? 109 . ¿Me recibió mi patria como debió recibir la luz y la salvación que le habían sido devueltas y restituidas o como a un cruel tirano, que es lo que solíais decir de mi vosotros, los gregarios de Catilina?

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9788424932275
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Bookwire
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