Читать книгу: «El ansia de vagar»

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© Luis Racionero y Alexis Racionero, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO821

ISBN: 9788490565766

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

PREMIO EUROSTARS HOTELS 2013

CITAS

INTRODUCCIÓN. EL ANSIA DE VAGAR

PRIMERA PARTE

1. VIAJES MARINOS: AMÉRICA, MEDITERRÁNEO, YATE

2. VIAJES EN TREN: EUROPA, SUIZA, TÍBET

3. VIAJES EN COCHE Y A PIE

SEGUNDA PARTE

4. EL VIAJE DEL HÉROE

5. EN BUSCA DE LOS «HIPPIES»

6. LOS HIMALAYAS

7. EL VIAJE CULTURAL: EGIPTO, ATENAS, FLORENCIA

EPÍLOGO. EL FIN DEL VIAJE

El Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes, convocado por el Grupo Hotusa con la colaboración de la Universidad de Barcelona y RBA Libros S.A., tiene por objeto fomentar la creación y divulgación de obras literarias de viajes escritas en español. Luis Racionero y Alexis Racionero, autores de este libro, fueron los ganadores del Premio Eurostars Hotels 2013. El jurado del certamen estuvo compuesto por la escritora y académica de la lengua Carme Riera, el escritor Alfredo Conde, Ana Sanjurjo (Hotusa Hotels), Adolfo Sotelo (Universidad de Barcelona) y Joaquim Palau (RBA Libros). Toda la información sobre el premio, en www.premioeurostarsnarrativa.com.

The traveller has to knock at every alien door to come to his own, and one has to wander through all the outer worlds to reach the innermost shrine at the end.

(El viajero debe llamar a cada una de las puertas ajenas para encontrar la suya propia, uno debe vagar por todos los mundos exteriores para alcanzar el templo más profundo de su ser.)

RABINDRANATH TAGORE, Gitanjali

Iam mens praetrepidans avet vagar...

(Ya mi mente estremecida ansía vagar...)

CÁTULO

INTRODUCCIÓN
EL ANSIA DE VAGAR

Los meses y los días son viajeros de la eternidad y también lo somos nosotros durante unas decenas de años, para luego volver a fundirnos en el todo del que surgimos. Venimos de la energía cósmica, vamos hacia ella porque somos esa energía y estamos hechos de la materia de los sueños. Y por eso somos vagarosos, inestables, volubles: viajeros.

Hemos sido, somos y seremos unos empedernidos viajeros. Este ha sido el segundo oficio de Luis después del de escritor, y no ha parado de alternarlos durante toda su vida. El de Alexis, profesor a quien le parece que nació viajando, también.

Es un destino no pedido, otorgado, a veces impuesto, por las crueles parcas, a veces diosas amables. Sabemos lo que se logra viajando y lo que no cabe esperar de según qué viajes. Los hemos hecho de todas las maneras: en tren, en barco, en autocar, en avión, andando, en coche, naturalmente. Y más que contar nuestros viajes, que también, nos gustaría comunicar al lector por qué y para qué se viaja, según lo hemos experimentado en nuestras correrías de trotamundos.

Luis viaja desde el recuerdo evocado con ese aire aristocrático del viajero colonial que sabe ser austero si es preciso, en tanto que Alexis lo hace desde la observación precisa y escrita en cuadernos de viaje, como un vagabundo del dharma, nacido en la opulencia.

El movimiento del tao es el retorno, dice el sabio chino. Se viaja para volver, si no no es un viaje: es traslado, mudanza, cambio de país, de ciudad y de vida. La vuelta es el propósito último del viaje y lo condiciona todo. Pero una vez aceptado que vamos a volver, el siguiente consejo del sabio Chuang Tzu, para más señas, es este: «El mejor viajero es el que no sabe adónde va». El que no se fija metas, ni propósitos, ni récords, el que deja fluir los acontecimientos, se deja llevar por los imprevistos, pierde la maleta —con igual ecuanimidad que gana un amigo o descubre un paisaje maravilloso, come bien, mal o regular según toca, y no se marca objetivos—. «Hoy es martes, esto debe ser Bruselas», es la abominación de la desolación para el viajero, porque se viaja para sorprenderse, para aprender, para captar diferentes estilos de vida ajenos al habitual, para relativizar aquello que tenemos en casa y a lo que, inexorablemente, volveremos.

Se viaja por aburrimiento y por curiosidad, para huir de lo que hay y por ver lo que no tenemos. Se viaja por viajar, escribió Robert Louis Stevenson, que murió en Vailima, en las islas Samoa, en el Pacífico Sur. «De mí sé decir —escribió Stevenson— que no viajo para ir a ninguna parte, sino para ir. Viajo por viajar. La cuestión es moverse». Espíritus preclaros nos dan motivos sensatos: se viaja para aprender, según Francis Bacon. «El viaje, para los jóvenes, es educación; para los viejos, experiencia». Gustave Flaubert decía que el viaje nos hace modestos porque vemos el pequeño lugar que ocupamos en el mundo.

Se viaja para frotar y limar nuestro cerebro con el de los otros, dice otro sabio, Michel de Montaigne. Viajar es casi como conversar con gente de otros siglos, insinúa el filósofo René Descartes. Dice la leyenda que un hombre viajó por el mundo en busca de lo que necesitaba y lo encontró al regresar a casa. No corras —dice el poeta Juan Ramón Jiménez—, que a donde tienes que ir es a ti mismo. Lo mismo afirmaba el orientalista Alan Watts: «Si no puedes encontrarlo en ti mismo ¿dónde irás a buscarlo?».

Decía T. S. Eliot que abril es el más cruel de los meses. Sería porque no conoció el turismo de masas: hoy por hoy es agosto el mes más cruel porque casi nadie se queda quieto, los aeropuertos se abarrotan, la playa se cubre de carne rosada, las discotecas no paran y los ingleses comen french fries con kétchup, que, por cierto, es como los chinos llaman a la salsa de tomate.

Luis ha visto nacer el turismo de masas, y ha sido uno de los últimos viajeros. Alexis nació como turista y ha querido ser un viajero global.

Josep Pla apostrofaba a Terenci Moix por viajar a Egipto y sobre todo a Grecia en los años sesenta: «On va vostè ara!, ya no se puede viajar». ¿Qué diría ahora el maestro Pla? El turismo de masas se inició a finales de los años cincuenta, se consolidó en los sesenta y estalló en los setenta para no abandonarnos ni en las épocas de crisis.

Luis viajó a Atenas en 1963 en el viaje de fin de carrera de las chicas de Filosofía y Letras, al cual le dejaron agregarse porque iba la hermana de su amigo Juan I. Coll. Salían de Barcelona barcos de línea turcos, el Akdeniz y el Karadeniz, que realizaban las escalas en el mar Mediterráneo, entre la Ciudad Condal y Estambul: Marsella, Génova, Nápoles, Atenas. De noche navegaban, al amanecer atracaban en uno de esos puertos y, mientras cargaban y descargaban, los pasajeros tenían el día para visitar la ciudad. Al atardecer embarcaban y seguían navegando hasta la mañana siguiente. En ese barco se sentían viajeros o pasajeros, como en un autobús de línea. Los barcos de línea eran los autobuses o tranvías del Mediterráneo y llevaban pasajeros o viajeros, no turistas.

Alexis viajó a Amsterdam en 1988 en su viaje de fin de tercero de BUP, en un autocar que fue retenido en la frontera francesa porque una chica había olvidado su pasaporte. Por aquel entonces, Europa era un conglomerado de estados con férreas fronteras y divisas propias. Se cruzaban países y las distancias eran grandes pero no íbamos a lugares remotos sino a visitar una capital cultural como perfectos turistas que seguían el plan propuesto por una guía.

La distinción entre viajero y turista no es solo literaria sino factual. Alexandra David-Néel, la primera europea que entró en el territorio del Tíbet, en 1890, o Charles Doughty y lady Hester Stanhope, que recorrieron Arabia y Mesopotamia, eran viajeros y casi exploradores, como Richard F. Burton o David Livingstone, pero no se les puede llamar turistas en modo alguno, si los comparamos con los que vienen a España cada verano y parte del resto del año. Aunque en Barcelona tenemos un turismo urbano no estacional, que nos visita por motivos culturales, de ocio o de género durante todo el año, pocos de ellos encajan en la definición de viajero y muchos sí en la de turista.

El viaje es lo que realizaban los aristócratas ingleses en el Grand Tour, un recorrido que duraba meses y que llevaba a conocer las grandes capitales europeas de Francia, Italia, Países Bajos, Alemania, incluso España, a los más líricos y excéntricos personajes, como lord Byron o George Borrow. Era un viaje relajado y espacioso, que duraba meses, y que se realizaba llevando la cama y la vajilla a cuestas. Un conocido de Luis que vive en París, el duque d’Arcourt, aseguró que su bisabuelo viajaba no solo con sus muebles sino incluso con la vaca que, todas las mañanas, le proporcionaba su leche.

Eran otros tiempos, en los que se podían permitir esos lujos porque no viajaba casi nadie. Goethe se iba a Italia, y los aristócratas recorrían los países europeos como Stanley o Livingstone exploraban África, cambiando baratijas con los nativos y teniéndolos a raya.

El viajero reposa, el turista corre. Se levantan a las ocho para estar a las nueve en la cola del Museo Van Gogh o la Galería Uffizi. No vayan a los museos por la mañana, esperen a las cuatro de la tarde o a una hora antes de que cierren si quieren pasar sin hacer cola. A partir de las tres de la tarde los japoneses comienzan a estar exhaustos.

En el viaje de Luis a Atenas en mayo de 1963 visitó la Acrópolis vacía con una maravillosa guía griega parecida a Irene Papas que declamaba fragmentos de Eurípides ante el Partenón como una Medea rediviva. Cuando volvió diez años más tarde los viajeros habían sido sustituidos por turistas que subían por los Propileos cual hormigas reiteradas. Se negó a entrar y constató el advenimiento del turismo de masas. ¡Incluso había cola para visitar la Biblioteca Laurenciana en Florencia en 1978!

Ya que hemos caído en este esnobismo de ningunear al turista, debemos aclarar varias cosas. Primero, Luis es un turista siempre que no esté en La Seu d’Urgell. Tiene amigos que se van a Cuba y se empeñan en descubrir pueblos lejanos «auténticos», «donde no llega el turismo», sin percatarse de que en el preciso momento en que ellos llegan allí, dejarán de ser auténticos y comenzarán a ser turísticos. Ser turista y no querer encontrarse con otros turistas es la paradoja del viajero. Vale más reconocer la paradoja —esto es, que es imposible ir a lugares intactos, porque tu presencia ya los ha mancillado— y procurar que la presencia de otros extranjeros nos afecte lo mínimo, no nos enturbie la percepción de la cultura nativa.

Alexis es de los que ha viajado en busca de la autenticidad, pese a haber crecido en los tiempos del turismo de masas. Acepta lo que dice su padre pero se niega a claudicar de esa idea romántica de poder encontrar un lugar remoto en estado puro. En alguna ocasión halló la recompensa a sus tentativas como allá por 2004, cuando pudo visitar Birmania (la actual Myanmar) en estado virgen, debido a la permanente represión que vivía el país en aquellos años. Sin apenas saber cómo, apareció por el paraíso de Bagan, un valle sembrado de milenarias stupas budistas que visitaba en tartana con un anciano del pueblo que le iba mostrando su interior lleno de frescos y grandes estatuas.

Desde entonces, no ha querido volver porque sabe que encontrará todoterrenos y colas kilométricas para fotografiar compulsivamente aquellos milenarios y silenciosos budas.

Ahora los viajeros procuran desplazarse sigilosamente, «a oscuras y en celada», a contracorriente, a deshora y destiempo, fugaces e intempestivos, buscando escondrijos intransitados a trasmano de las rutas comerciales. Muchos, presas de la desesperación, han pasado de viajeros a dépaysés (desorientados, despistados) o, como dicen los ingleses, gone native: se han quedado a vivir en los lugares a los que antes se viajaba y ahora se turistea.

Volverse nativo de un país exótico es el otro extremo del espectro que tiene en el centro al viajero y en su extremo light al turista. Sin llegar a los excesos truculentos del coronel Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, o a la renuncia radical de Paul Gauguin que tan bien novelara W. Somerset Maugham, la tecnología posmoderna permite irse a vivir o prolongar indefinidamente los viajes a cualquier país en que el avezado trashumante se sienta a gusto.

En la Aldea Global todos somos nómadas, viajamos sin cesar, por lo que los destinos se van pareciendo cada vez más entre sí. Una manera de paliar el «efecto Hilton» —aquel en que todos los hoteles son iguales en todas partes— es instalarse sine die en el lugar que nos atrae, tratar con los locales y sorber lentamente, como un viejo colono arrepentido, el espíritu del lugar.

El tiempo es la posibilidad de que dos cosas ocupen el mismo lugar: por eso se viaja en el espacio y, en cambio, el tiempo lo vuelve todo a su sitio. Si viajáramos a la velocidad de la luz, la masa se haría infinita y estaríamos, como Dios, en todas partes, con lo cual ya no tendríamos que movernos. Lo único que no viaja es el espacio. Todo lo demás se mueve: átomos que vibran, virus que penetran, moléculas que reaccionan, líquidos que fluyen, gases que se evaporan, planetas que giran, galaxias que huyen hacia los confines del universo. Todo fluye y solo lo fugitivo permanece y dura.

Y, siendo todo esto así, ¿tenemos aún la desaforada manía de viajar? ¿Será la desazón cósmica, el sabernos río, lo que nos impulsa a viajar?

En el principio era el viaje. Durante el Paleolítico, las tribus que querían sobrevivir recorrían el territorio en una gira estacional que cambiaba de emplazamiento en función de las variaciones climáticas y cinegéticas. Las primeras urbes o asentamientos estables fueron los cementerios, a los cuales se volvía para venerar a los ancestros. Bajo tierra, la tumba y la cueva fueron los primeros asentamientos. El Valle de los Reyes, en Luxor, es el prototipo de todas las ciudades y por eso huimos de ella como de la muerte, y si partir es morir un poco, quedarse sería mucho peor. Llevamos el nomadismo en los genes y, a la que podemos, nos lanzamos al camino. Hace tan solo ocho milenios que somos sedentarios, y el hombre es un animal de costumbres; por eso la mística del viaje es un lejano atavismo imbuido en las entretelas de la pulsión subconsciente y, por lo mismo, irresistible.

La invitación al viaje: «iam mens praetrepidans avet vagari», «gia freme il cuore in ansia di vagare», traduce Quasimodo a Catulo. «Ya la tibieza que funde las nieves nos devuelve la primavera y ya, al dulce soplar del céfiro, se amansan los furores del cielo equinoccial. Deja, Catulo, la llanura frigia y vuela a las famosas ciudades de Asia», y resuena el eco moderno «mon enfant, ma soeur, songe à la douceur d’aller làbas, vivre ensemble». La fuerza de la vida, renacida en cada primavera, nos invita al viaje hacia el orden y la belleza, lujo, molicie y voluptuosidad. En el imprevisto invierno de Capua, todo el prodigioso viaje de Aníbal, sus elefantes y sus hombres, su genial campaña militar transalpina, pierde su sentido y se diluye en impotente inoperancia. Porque lo importante es precisamente el camino y no la posada, y aunque la mística del viaje nos promete premios desconocidos una vez que alcancemos la meta, el viaje es el camino. ¿Qué es el río: el agua que fluye o el cauce sobre el cual se desliza? ¿Quién conoce más mundo: el turista incesante o el portero de noche? La mística del viaje está llena de múltiples paradojas.

PRIMERA PARTE

1
VIAJES MARINOS: AMÉRICA,
MEDITERRÁNEO, YATE

Podría agrupar los viajes por medios de locomoción: coche, tren, barco, avión, balsa, caballo, a pie. De todos ellos, el más cómodo es el que se puede hacer sin cambiar de cama y eso solo pasa en el barco, de línea, crucero o yate, y en algunos trenes, como el Transiberiano o el Orient Express, con crimen y todo. Una habitación con la ropa colgada que nos sigue en nuestro viaje es lo más agradable. Ello sucedía en el siglo XVIII, cuando los burgueses que emprendían el Grand Tour se llevaban la cama y los criados les instalaban su estancia en cada posada, o con viajeros ingleses como Gertrude Bell, que vagaba en camello por el desierto y cada noche los criados le plantaban la tienda. Véase Mogambo para entender cómo eran esas expediciones con porteadores, tiendas de campaña y literas con mosquitera para que Grace Kelly y Ava Gardner no fueran picadas por mosquitos y arañas ni mordidas por serpientes o por Clark Gable.

Ya que no puedo viajar como ellos, mis favoritos son el barco y, en menor grado, el tren. El coche y el avión, lo peor, por incómodos; el carro y la balsa —que los probé con Ramón Canals— no son modos de viaje, sino de paseo. En 1971 descendí en balsa por el río Ebro con Canals —quien publicó un libro al respecto—, pero solo durante tres días, pues entonces yo era un yupi profesor de universidad y no me pude tomar más que un fin de semana largo. Él bajó desde Navarra hasta el mar. También alquiló un carro de los del Foment con los caballos que llevaban las basuras de Barcelona y vino desde Navarra: María José, José Fernández Montesinos y yo nos subimos en Esplugues e hicimos una entrada triunfal en la plaza de Sant Jaume, donde nos recibió el alcalde.

Como carro prefiero de largo el de La Seu d’Urgell, en el que los masovers de mi abuelo recogían la hierba recién cortada en Segalés, y nos subían a los niños encima para el trayecto hasta la era junto a mi casa. Eran dos kilómetros al atardecer arrastrado por caballos: el Moro y la Canela, tumbados en la hierba fresca, habitada por saltamontes y que olía a gloria:

Carros de fems

Passant odorants

escribía Josep Carner. El nuestro era de alfalfa y hierba verde y olía como césped recién cortado. Pero lo maravilloso allí encima era el declinar de la hora, la luz dorada, el aire diáfano, y el sol trasponiendo las carenas de Sant Joan de l’Erm. Eso era poco rato y corta distancia, un paseo, no un viaje.

El viaje en tren puede ser muy largo —¡hasta Vladivostok!—, pero tiene el inconveniente del ruido, antes el humo, ahora la velocidad, que impide disfrutarlo fuera, como en los tranvías de jardinera veraniegos. Pese a todo, prefiero el tren después del barco. El avión sería lo último, la suma de incomodidades acumuladas en muy poco tiempo. Eso también es su ventaja, que dura poco, y es otro inconveniente, que te plantas en una cultura exótica, diferente, incomprensible, sin grados de transición, sin tiempo para digerir el enorme cambio de cultura que se halla a diez mil kilómetros de distancia, pero solo a once horas de vuelo.

Aparte de La Seu-Barcelona en autobús de la Alsina Graells y tren de Puigcerdà, mi primer viaje serio fue en 1945, con cinco años, cuando destinaron a mi padre a las islas Canarias y embarcamos en el Villa de Madrid, en el puerto de Barcelona, con destino a Santa Cruz de Tenerife.

Nos pararon los ingleses en el Estrecho porque había una guerra mundial en su última fase; recalamos en Cádiz dos días hasta que levantaron la alarma de submarinos alemanes y seguimos hasta las Islas Afortunadas, que ciertamente lo eran, pues en Canarias, en 1945, se vivía como en el paraíso. Allí la Guerra Civil no había tenido lugar, porque se había iniciado desde Las Palmas con el despegue de Franco en el Dragon Rapide.

Lo dicho, un buen camarote, la ropa colgada y colocada, la misma almohada, una casa ambulante que te enseña mundo o piélago si no se divisa tierra, es el mejor viaje posible. Lo repetí doce años después cuando gané una beca AFS (American Field Service) para estudiar un año en High School en Estados Unidos y residí con una familia norteamericana. Me acogieron en Milwaukee (Wisconsin), una ciudad mediana vecina a Chicago, junto al lago Michigan, calurosa en verano, veinte grados bajo cero en invierno.

Para llegar a América en julio de 1959, los estudiantes de toda Europa nos reuníamos en Rotterdam, desde donde zarpaba el barco que nos llevaría al puerto de Nueva York.

Mi primera visión del Nuevo Mundo no pudo ser más épica. Una tormenta de rayos sesgaba las nubes sobre el estuario del río Hudson; nuestro barco, un antiguo y decrépito carguero holandés que años más tarde se hundiría frente a las costas de Portugal con el nombre espurio de Lakonia —el suyo verdadero era Johan Van Oldenvarnevelt—, avanzaba hacia los docks de Manhattan: el cielo era gris y oscuro, el río plomizo. Entre las nubes que se cerraban y abrían apareció la estatua de la Libertad, circundada de destellos y relámpagos como una portada de película de la RKO Pictures. Fue un recibimiento de cine.

Subimos al transatlántico mil cien jóvenes de toda Europa menos de los países comunistas, de edades comprendidas entre los dieciséis y los dieciocho años, de ambos sexos, y estuvimos once días sobre las calmadas aguas del piélago,

Mar sesgo, viento largo, estrella clara,

camino, aunque no usado, alegre y cierto,

al hermoso, al seguro, al capaz puerto

llevan la nave vuestra, única y rara.

En Scilas ni en Caribdis no repara,

ni en peligro que el mar tenga encubierto,

siguiendo su derrota al descubierto,

que limpia honestidad su curso para.

Con todo, si os faltare la esperanza

del llegar a este puerto, no por eso

giréis las velas, que será simpleza.

Que es enemigo amor de la mudanza,

y nunca tuvo próspero suceso

el que no se quilata en la firmeza.

Se comprenderá que el trasiego nocturno entre camarotes fuera frenético. No para mí, que andaba enamorado y solo escribía melancólicas misivas a mi novia en Barcelona. Pero un feliz madrileño que compartía camarote conmigo se metió en litera con una sueca y, ante mis ridículas reconvenciones de meapilas, le dijo a la chica:

—No le hagas caso, es sonámbulo.

Esa travesía del Atlántico en julio fue muy plácida, la mar calma, solo ocurrió que se cayó un motor y estuvimos dos días parados en medio del océano. El barco era un antiguo cascajo neerlandés que había traficado entre las islas Molucas y el archipiélago malayo; por su edad podía hasta haber llevado esclavos.

Mirar alrededor en círculo completo y ver horizonte lejano solo se consigue en la cima de una montaña muy alta o en alta mar. Mirar alrededor de un pico ofrece una panorámica variada, como cuando subí al Hua Shan o monte Hua, en China: se divisan valles, colinas, ríos, pueblos, árboles, caminos... Mirar alrededor del barco en alta mar es de una pureza grandiosa que solo conoce quien lo ha probado. Ricardo Bofill, uno de los hombres con mejor gusto que he conocido —lo ha demostrado en sus creaciones—, me dijo no hace mucho que ahora lo único que le interesa como experiencia estética es la línea del horizonte. A mí, es la línea del ecuador, pero por otros motivos de los que quizás hable luego.

Estar rodeado de agua por todas partes, cerca, lejos, delante y detrás, derecha o izquierda, en el centro de un círculo perfecto de agua, es para mí uno de los grandes atractivos del viaje marítimo.

El otro gran viaje por mar que recuerdo con agrado fue a bordo de un barco turco de línea que comunicaba Barcelona con Estambul. Fue en 1963. Yo acababa de ganar el concurso de televisión Concertino, presentado por Torrebruno y que consistía en adivinar los títulos de piezas de música que interpretaba la orquesta del maestro Solá. Gané ciento sesenta mil pesetas y fui rico y famoso durante seis meses, pues TV1 era el único canal en antena y me veía toda España después de Perry Mason.

Con una pequeña parte de ese dinero saqué un pasaje en el Karadeniz coincidiendo con el viaje de fin de carrera de las chicas de Filosofía y Letras, con destino a Grecia. El barco zarpó del puerto de Barcelona, se alejó de Montjuïc y navegó toda la noche. Al despertar atracamos en Marsella. Nos dejaron todo el día para conocer la ciudad y al atardecer zarpamos hacia Génova. Se repitió la parada allí y en Nápoles. Luego ya navegamos dos días seguidos por los estrechos hasta llegar al Pireo.

A Génova se entra mucho mejor por mar que en coche. Llaman la atención los colores de los mármoles de los palacios y que te recomienden visitar el cementerio como gran obra estética de la ciudad. En ella nadie se acuerda de Colón y sí de saint Tropez, aquí conocido como san Torpeto, un mártir cristiano sacrificado por aguafiestas —algo recurrente en los mártires— y por llevarle la contraria a Nerón. Este quiso honrar al dios de la tempestad, y para ello echó agua sobre una cúpula de metal mientras la recorría una cuadriga simulando el trueno, y Torpeto se lo recriminó con monsergas cristianas. Ahora este es patrón de Saint-Tropez porque unos genoveses le llevaron allí durante la Edad Media.

Nápoles ya no es lo que era. Es una ruina del siglo XVIII, cuando la nobleza prosperaba con suntuosos palacios y la inteligencia sobresalía con Giambattista Vico o el abate Ferdinando Galiani. Este genial y diminuto clérigo acompañó al embajador Domenico Caracciolo al palacio de Versalles y cuando Luis XV le vio, exclamó: «¿Este es el embajador de Nápoles?». «No, sire, una muestra [un échantillon]». O bien el macabro conte di Sangro, quien descubrió un modo de coagular la sangre que aún se muestra en su palacio: un cadáver incorrupto con sangre sólida en las venas. Uno no puede por menos que pensar en san Genaro y el milagro de la sangre que se licúa. ¿Tendría el conte di Sangro la fórmula?

El Dieciocho fue un siglo retrospectivo, en el que afloraron las ruinas de Pompeya y Herculano, donde se recogieron las colecciones ahora expuestas en el Museo de Capodimonte, la mejor y única muestra de frescos romanos en el mundo, además de albergar una notable colección de escultura clásica.

Será por eso que la artesanía de figuras de Belén está tan desarrollada y es tan selectiva en Nápoles: de los personajes no bíblicos únicamente se esculpen para el Belén el padre Pío, Lady Di y Maradona.

El golfo maravilloso está ahí, pero pocos días de verano tiene visibilidad; apenas se adivina el perfil del Vesubio entre las calimas bochornosas. Mejor es llevar el barco hacia la Costa Amalfitana, donde vivía Gore Vidal en el pueblo de Ravello, un nido de águilas sobre el paisaje bellísimo de costa y montañas. Allá arriba, desde la piscina del hotel Caruso, considerado el mejor de Italia, lo cual es mucho decir, se contempla uno de los panoramas marinos más sublimes del mundo.

Para mí un barco de línea es casi mejor que un crucero, casi que un yate; es la diferencia entre ir en un autobús o en un city-bus. En uno hay turistas y gente que va a sus asuntos, y en el city-bus solo hay turistas.

Que sin cambiar de hotel visite Marsella, Génova, Nápoles y Atenas es la delicia del barco. Lo mismo se consigue en un crucero, pero en los grandes barcos de crucero se mete uno en un avispero de dos mil turistas como él. En un yate es más recogido porque solo lleva a unos pocos amigos. En yate he recorrido desde las islas Eólicas hasta Capri, desde Corfú hasta Ítaca o por las islas griegas. Una de las grandes experiencias en el mar fue despertarme en Rodas bajo las murallas de los templarios coronadas por minaretes turcos y cúpulas bizantinas. La luz del amanecer tocaba todas esas edificaciones con sus famosos dedos de rosa, como en las cumbres inmaculadas del Pirineo. Por estos instantes, esas visiones, que revelan al mundo como jamás se ha visto antes, ya merece la pena viajar.

Llegar a Capri desde Stromboli, por la «marina piccola», con los farallones a babor, constituye otra experiencia única. Capri se ha convertido para mí en un lugar entrañable, familiar, porque cada año —a finales de julio— paso aquí una semana: a la belleza natural, telúrica, del lugar se añade un genius loci que atrajo a gente maravillosa: Axel Munthe, Norman Douglas, Máximo Gorki...; también a otra caprichosa: Hans Axel von Fersen, la marquesa Casati, etcétera. La narrativa de viajes capriotas es un subgénero literario en sí mismo. Desde que el emperador Tiberio fijara aquí su residencia, esta isla fue elegida por los dioses del mar y de la tierra, y por sus mitológicos o quiméricos bastardos. En Capri, las sirenas. Fue Tiberio, el denostado emperador, quien sorprendió a sus gramáticos con la pregunta: ¿qué canciones cantaban las sirenas? Los gramáticos, prudentes, le refirieron a Homero, quien reseñó algunos de sus cantos. Las sirenas empezaron siendo una especie de pájaros, arpías; la personificación de la canícula, esos días tórridos cuando Sirio (también conocido por el Can) arde con fiereza en el firmamento candente. Eran arpías, vampiras, demonios del calor, de la putrefacción, de la voluptuosidad, de la lujuria. Las sirenas, hijas de Sirio, aparecían durante la canícula, cuando esa estrella se hallaba en el cénit del firmamento. Y aparecían en Capri.

Luego se les añadió la cola de pez, y su hermosura femenina: nuestras sirenas mitológicas son probablemente de origen fenicio, así como nuestros ángeles de la guarda vienen de Caldea. Homero les dio el toque poético que les redimió de sus macabros orígenes. Todo esto lo cuenta Norman Douglas, el maestro de viajeros —y de la literatura de viajes—, en su deliciosa Siren Land, obra publicada en 1911 cuando él vivía en una villa marina sobre el golfo de Nápoles. Su prosa dice así:

Recuerdo un interminable esplendor del ocaso entre las Cícladas. Había caído un hechizo sobre todas las cosas; los movimientos de la naturaleza parecían detenidos momentáneamente; no había un solo sonido abajo, pero arriba, los rayos solares vibraban con entonadas melodías. Janko, el pescador, había dejado caer los remos y nuestra barca, el único objeto que se movía en aquella quietud preternatural, era atraída por una mano invisible hacia la poza en el oeste. En el camino flotaba un islote rocoso, oscuro y amenazador contra un fondo de conflagraciones purpúreas. Pronto se nos presentaron entre las fracturas de roca y repliegues recortados, unos pocos destellos de agua esmeralda arremansada en sus recogidos refugios. Aquí, si estuvieran en alguna parte, pensé, descansarían tranquilas las sirenas.

Transcribo este párrafo no solo por la riqueza de su estilo, sino también porque describe una belleza natural, una perla del paisaje marino que todo viajero atento puede encontrar en cualquier rincón bien elegido del Mediterráneo. Esa agua esmeralda entrevista, resplandeciendo, entre rocas recortadas y fractales, es el arquetipo de lo mejor que encontrará el viajero.

El príncipe de Lampedusa, además de su famoso Gatopardo, escribió el mejor cuento del mundo sobre «La sirena». La describe así:

En la costa de Augusta, el sol, la soledad, las noches bajo las estrellas, el silencio, la parsimoniosa comida y el estudio tejieron una especie de encantamiento a mi alrededor que predisponía mi ánimo al prodigio. Y se cumplió a las 6 de la mañana del cinco de agosto. Acababa de despertar y me fui directo al bote: unos pocos golpes de remo me alejaron de la playa y paré bajo una roca grande cuya sombra me protegía del sol ya en alto y volviendo en oro y azul el candor del mar auroral. Estaba recitando cuando, de pronto, sentí que el borde del bote se inclinaba a la derecha, detrás de mí, como si alguien se hubiera apoyado en él para subir al bote. Me volví y la vi: una cara quinceañera emergiendo del mar, las manos diminutas agarradas al borde. La chica sonrió, un leve pliegue abriendo sus labios y mostrando sus dientecillos agudos y blancos como de un perro. Pero no era ni remotamente una de esas sonrisas que dais vosotros, siempre manchada por otra expresión accesoria, de benevolencia o ironía, piedad, crueldad o similares; esta no expresaba nada más que ella misma, o sea, un gozo casi animal, un casi divino deleite en su existencia. Esa sonrisa fue el primero de los hechizos lanzados sobre mí, revelando un paraíso de olvidada serenidad. Desde el pelo color de sol, el agua marina fluía sobre sus ojos verdes muy abiertos hacia rasgos de pureza infantil.

Como contrapartida a esta visión intemporal, en la Marina Grande de Capri, atracado entre los yates blancos y metálicos, reglados y resplandecientes al sol, «Sun and Steel», como le gustaba a Yukio Mishima, vislumbro un trocito de mar prisionero entre los cascos blancos de las naves supermodernas. Alguna ya es parda y anodizada, cual rascacielos urbano o barco de guerra de última generación.

Mi paseo favorito por Capri es acceder andando a la Villa Lysis, construida sobre el acantilado, entre los pinos y encinas, por el conde Von Fersen, para vivir con sus amigos y fumar opio en tiempos de la Belle Époque. Una vez allí, subir a las ruinas de la Villa de Tiberio, en lo más alto, es un anticlímax, porque no queda nada, solo el lugar y lo que veía el emperador desde su residencia: mar, farallones, huertos, frutales, laderas verdes... y siempre el mar.

Cuando yo mismo navegaba mi mallorquina de cinco metros por las costas cercanas a L’Escala no lograba tales emociones estéticas, pero recuerdo cala Joncols y el cabo de Creus; por su armonía la cala y por su fuerza el cabo, maravilla telúrica sobre todo. Cuando

El vent se desferma

I tot el mar canta

Mar blava, mar verda, mar escumejanta.

Me he preguntado tantas veces de dónde nace esa fascinación que tiene sobre mí y sobre tantos otros el Mediterráneo, que he elaborado mi pequeña teoría.

¿Cuál es la entidad, esencia o personalidad del Mediterráneo? Su unidad está en el mar que reúne las tierras circundantes, en esas costas que se parecen y en sus gentes que aún se semejan más. Es un mar interior, entre tierras, en medio de Asia, África y Europa; está, además, en medio del mundo, en el paralelo 42, franja mediana templada del hemisferio norte. Antaño se creía que por estas latitudes se ubicaba el centro del orbe, pero la opinión periclitó al descubrirse América y China. Estamos en medio de la tierra por latitud y por continentes, tres continentes cuyo contenido es el Mediterráneo, en él se vuelcan sus ríos y sus culturas, y todo eso el Mediterráneo lo destila por el estrecho de Gibraltar, de donde recibe aguas puras del océano inmenso.

Las temperaturas son uniformes, como corresponde a la latitud de 42 grados norte, y no son extremas: ni glaciales ni tórridas, o sea cero grados, ni frío ni calor. Con ese clima, la vida no exige el excedente de trabajo que realizan los nórdicos para calentar sus países inhóspitos, ni el excedente de ocio que pagan los habitantes de los desiertos del sur por convivir con el sol y las arenas. Es un lugar donde con unas pasas, unas almendras, una hogaza y un celemín se vive, es decir, se habla, se pasea, se trabaja un rato, se contempla la puesta de sol debajo de una parra tomando el vino del año. Los vientos son tan importantes como el agua, pues sin ellos no se navega, a no ser en trirremes esclavistas. La rosa de los vientos es común en todo el mar, tanto que aquí se llama gregal al noreste que, lógicamente, no viene de Grecia, pero sí en Sicilia. El siroco se traduce por garbí porque, como aquel, viene del Algarve.

Hay una lengua franca entre marineros, una koiné que se habla en los puertos y que permite a cualquier pescador informarse sobre corrientes y vientos con unas cuantas palabras de paso entre sus colegas de cualquier puerto. ¿Será verdad o es otra exageración de pescadores en días de ocio, que son muchos?

Todo lo que vierte hacia el sur en Europa, al norte en África, y al oeste en Asia es terreno mediterráneo, pero no todo él lo es plenamente: el Ródano nace en Ginebra, que no es una ciudad mediterránea precisamente. En Francia, el Mediterráneo acaba a la altura de Orange y no pasa de Valence. ¿Cómo se delimita? Al sur es fácil, la franja costera fértil, el secano y luego el Sáhara, el desierto es la frontera sur; al este las montañas que angostan la costa. Al norte hay tres elementos para delimitar la zona de influencia del Mediterráneo: la comida, el cultivo y la construcción. Donde se bebe vino, se fríe con aceite y se condimenta con ajo, las tres cosas simultáneamente, es Mediterráneo. El cultivo del olivar, el viñedo, la presencia del ciprés es otro índice. La construcción con teja moruna curvada y la casa tipo masía provenzal, catalana o toscana, son síntomas inequívocos, junto con la inclinación de los tejados. Otro lo es la mesa de café en la acera y las sillas en la calle del pueblo.

2
VIAJES EN TREN: EUROPA, SUIZA, TÍBET

El tren es la forma de viajar que más me gusta. Supone una cadencia y un ritmo de vida. Un mantra sonoro que relaja mientras lees o escuchas tu música favorita, contemplando el paisaje. El ferrocarril evoca épocas pasadas, aquellas en las que héroes literarios de Julio Verne daban la vuelta al mundo o falsos culpables de una película de Alfred Hitchcock se convertían en extraños en un tren.

De niño mi padre me llevaba al Tren de la Bruja, en el Tibidabo, y con mis abuelos íbamos en tren hasta Puigcerdà o, en ocasiones, incluso hasta algún lugar de Europa central, envuelto en aquel paisaje nevado que me fascinaba. Para mí el tren siempre ha tenido un aura especial del que carecen medios de transporte como el avión o el coche. Es un lugar en el que he podido aprender muchas cosas.

De adolescente tomaba el tren hasta Figueres para visitar a mi padre en el Ampurdán y pronto pude hacerme una idea de Europa gracias a aquellos talgos que iban destino a París o Ginebra. Si era verano hasta los cercanías iban repletos de turistas, a los que observaba y cuya procedencia imaginaba mientras «ficcionaba» sus vidas para matar el tiempo. Por culpa de mi abuela siempre he sido muy observador y me ha gustado imaginar qué hay detrás de cada persona. En el tren he podido practicar este ejercicio constantemente, radiografiando miradas y escuchando su lenguaje.

Incluso en Barcelona, mi ciudad natal, he viajado siempre en tren, primero para ir a la escuela como alumno y después, como profesor de cine. El ferrocarril forma parte de mi vida, y cuando de adolescente empecé a soñar en el día que saldría a conocer Europa no dudaba de que lo haría en este medio de transporte. Debía esperar a tener dieciocho años para poder viajar con el bono InterRail, un pase para jóvenes que te da derecho a viajar por menos de la mitad de precio en cualquier tren europeo durante un mes. A finales de los años ochenta costaba unas veintiocho mil pesetas.

Pocos días antes del viaje, mi abuelo me acompañó al banco para hacerme mi primera tarjeta Visa. Con ella y unas cincuenta mil pesetas en traveler checks, marché a conocer Europa.

Para un adolescente como yo, el mundo anglosajón concentraba casi todos los iconos musicales, literarios o cinematográficos. Por ese motivo quise ir a Inglaterra y luego viajar al norte hasta las tierras de Escocia. En aquellos años mi mundo giraba en torno a la música de los Beatles, los Stones, los Smiths o los Cure, novelas como El señor de los anillos, El retrato de Dorian Gray o Las aventuras de Sherlock Holmes y películas como Los 39 escalones, El hombre que sabía demasiado, La naranja mecánica, Quadrophenia o Local Hero.

Tenía diecinueve años y me había buscado una compañera de viaje, Lucía, una antigua novia con la que podía tener una segunda oportunidad, pero se rompió la tibia y tuvo que quedarse. Maldije mi mala suerte y su mala pata pero lo tomé como una consecuencia evidente de lo que había sido mi vida. Si había crecido solo y sin hermanos, parecía lógico que mi primer gran viaje fuera en soledad. El que viaja solo aprende más, vive experiencias, se relaciona, escucha y está más atento a lo que le rodea.

En los días previos al viaje estaba bastante asustado y de no ser por la buena disposición de mis padres, tal vez hubiera cedido al confort del hogar. Las dudas me atenazaban pensando si todo saldría bien, si acabaría perdido en mala compañía, si me pondría enfermo o perdería todo lo que llevaba conmigo.

Aquel viaje en InterRail fue mi primer rito de paso. El camino me enseñó sensaciones que desconocía y que todavía hoy sigo necesitando para sentirme realizado. Adrenalina, aventura, personajes, pérdida de la rutina, reflexión, contemplación, aromas, paisajes y, sobre todo, las ansias de vagar.

Al regresar, además de Europa, me había conocido a mí mismo, en ese momento clave en el que acaba tu adolescencia y empiezas a ser adulto.

Salí el 1 de julio de 1990. La estación de Francia, con su gran cúpula de hierro, aportaba la mítica que le pedía a mi aventura. Yo no era Phileas Fogg dando la vuelta al mundo en ochenta días pero allá iba. El glamur de la bella estación ferroviaria se terminó al subir al tren de cercanías que me llevaba hasta Cerbère. Exterior en chapa azul resquebrajada, ventanales horizontales que apenas cerraban, sofás de escay granate en los que te quedabas pegado del sudor y un olor nauseabundo formaban la esencia de aquel vagón.

Dejé la mochila en las barras de hierro sobre la ventana para tenerla controlada. A partir de ese momento iba a ser mi casa, mi compañía y todo lo que tenía. Entonces por llevar mochila todavía no te llamaban backpacker como ocurre ahora, ni tampoco llevabas una Lonely Planet en la mano, pero sí recuerdo la Let’s Go Europe, una guía que habían hecho suya todos los americanos que visitaban Europa en apenas un mes, tiempo en el que acaban confundiendo los castillos del Loira con las ruinas de Pompeya.

La velocidad media del tren daba para repasar todos mis planes de viaje y casi acabar las cuatrocientas páginas de la guía. En aquella época, yo era de los que viajaba con un plan que trataba de cumplir a rajatabla pero pronto el viaje me mostró que esto no siempre es posible, ni siquiera deseable.

En la ventana se sucedían los huertos de hortalizas y los campos de trigo ya amarillo, con extensiones de tierra baldía y restos de escombros. Solo en el Montseny y llegando a Figueres había tramos de bosques de pino. Desde el tren intuí el golfo de Rosas y pensé en el mar con el que había crecido; temí sentir nostalgia de las olas y de la tramontana azotando mi rostro. Imaginé los campos de trigo quemados por el sol del verano y las rojas amapolas sobre el manto verde de la primera. Aquel era el meu petit païs de l’Empordà y la puerta hacia Francia.

Al llegar a Cerbère conocí a tres chicas de Zaragoza que hicieron tambalear mi idea de ir a París. Iban a Berlín y por poco me subo al tren con ellas. Las encontré en la cola de la taquilla donde debíamos canjear nuestro bono tren por el billete del itinerario correspondiente. Así es como funcionaba el InterRail; tú lo enseñabas y en ventanilla te extendían un billete de segunda para viajar en el tren que escogieras. Ajo tenía el pelo negro con tirabuzones, la tez muy morena y la voz grave, interrumpida por constantes carcajadas. Se parecía bastante a una novia mía de Santander. Le acompañaban Irene y Pilar, la primera más rechoncha y de pelo corto, y la segunda rubita, con pecas y de piel muy blanca. Ajo era la líder del grupo y me propuso que me uniera a ellas.

De haber sido un tipo decidido le hubiera dicho que sí, pero mi seny català, unido a una natural timidez, me recordaron mi compromiso con París donde Luz Elena, una amiga de mi madre de los tiempos del partido feminista, me esperaba para alojarme en su casa del Boulevard Voltaire.

Afortunadamente, antes de perderlas de vista para siempre se me ocurrió quedar con ellas en algún lugar de Europa donde pudiéramos coincidir. Así quedamos el 10 de julio a las diez de la mañana en la escalinata de la plaza Dam en Amsterdam. Tenía vanas esperanzas de que aparecieran, pero al menos había sembrado una semilla. Me sentí un pringado por haber podido ir con tres chicas y acabar solo. Sin embargo, mi primer tren francés me guardaba una sorpresa.

La noche caía sobre la destartalada estación de Cerbère que el centralismo galo tenía abandonada. Llegó un tren que nada tenía que ver con el borreguero español en el que había venido. Chapa reluciente en marrón tabaco, moqueta impoluta y compartimentos con puertas que cerraban, ventanas de doble cristal y litera de dos camas a cada lado. Mi compartimento estaba vacío. Todavía faltaba más de media hora para salir. Dejé las cosas y bajé al andén a echar un vistazo. La gente iba subiendo y yo estaba convencido de que me tocaría un obeso roncador en la litera superior. De pronto, aparecieron tres suecas despampanantes y comprendí que el principal motivo de mi viaje no era otro que ligar todo lo que pudiera, dando rienda suelta a mi flujo hormonal. Aquello era increíble, las tres eran rubias, y se metieron en mi compartimento. Pensé que era un error pero no. ¡Vive la France! Un país donde existían los trenes mixtos. Me sentí tan cobarde como Woody Allen en Sueños de un seductor, y al igual que él recurrí a la imagen de Humphrey Bogart para mantener la compostura. Todas eran como la reina Sigrid del Capitán Trueno. Rubias, esbeltas, angelicales y de ojos azules. Venían de Málaga y regresaban a Suecia, así que no hubo oportunidad de pasear con ellas por París pero mi primera noche en InterRail cumplió todas mis expectativas.

Nos despedimos al amanecer, en el andén de la Gare d’Orly, y deambulé por París como un alma en pena, desolado por los caprichos del amor. En los días que estuve en esta ciudad no llegué a recuperarme de mi desgracia. Me refugié en los típicos museos parisinos como el Musée d’Orsay, el Centre Pompidou, el Louvre o el Petit Palais, ya que había decidido estudiar historia del arte, a falta de una buena escuela de cine. Recuerdo que me metí en el cine Odéon a ver Easy Rider (Buscando mi destino) y me quedé impresionado. Años más tarde, hice mi viaje on the road por la costa Oeste de Estados Unidos emulando lo que había visto en aquella película y, paralelamente, decidí realizar un doctorado acerca del impacto de la contracultura sobre el cine americano de aquel tiempo.

Todo adolescente, en algún momento de su vida, ha deseado cabalgar a lomos de una moto, queriendo comerse el mundo en busca de aventura. Así es como yo quería imaginar mi InterRail pero de momento los días en el apartamento de Luz Elena, si bien fueron agradables, estuvieron faltos de experiencias. Recuerdo pasar bastantes horas mirando las luces de la ciudad, desde un gran ventanal que daba a la Torre Eiffel. Dormía en el sofá del salón y podía ver aquella vista durante toda la noche. Sentía el magnetismo de la primera gran ciudad que conocía.

Mis días en París no fueron excepcionales porque me faltó alguien con quien conversar. Aquello me sirvió para aprender que, en adelante, era mejor dormir donde lo hacían los demás jóvenes. Bastaba con seguir lo que decía la guía Let’s Go Europe para encontrarlos a todos. En los tiempos de mi padre, las cosas eran diferentes.

Mi primer recuerdo de París en tren se relaciona con aquel viaje a América en julio de 1959, del que he hablado en el capítulo anterior. Embarcábamos en el puerto de Rotterdam y para ello debí cruzar media Europa.

El viaje comenzó una tarde de julio en la estación de Francia. De Cataluña subimos siete jovencitos, cuatro chicas y tres chicos, acompañados por un exbecario que había viajado tres años antes. Yo nunca había salido de España sino para ir a Andorra, Escaldas o Encamp a la fiesta mayor. Al pasar de noche por Narbona pensé que se parecía a Barcelona, no solo por el nombre. Luego, unas horas más al norte, tuve mi verdadera iniciación al viaje: el tren se detuvo en Limoges y, de madrugada, bajé a curiosear. Subí unos escalones que me llevaron a un foyer de estación con periódicos, libros, cerámicas de Limoges, guías. Miré un poco y volví a bajar al andén. Al llegar abajo de nuevo descubrí que el tren ya no estaba. ¡Se había ido y yo estaba en el andén vacío sin saber francés, ni adónde ir, sin experiencia alguna de viaje! La sensación de vacío, desamparo, soledad, impotencia y rabia contra mí mismo crearon un hueco doloroso en el estómago, de esos que casi provocan el desmayo. Subí desesperado a preguntar a alguien qué podía hacer para llegar a París, y el empleado de la SNCF me indicó que el expreso con destino a la capital todavía se hallaba detenido en el andén 2. ¡Había bajado a otro andén! Me volvieron a entrar todos los espíritus que me habían dejado al anonadarme y salté al tren como vuelto a nacer. El susto había sido mayúsculo.

De aquellos trenes a carbón y vapor de los años cincuenta recuerdo el sonido inconfundible, chaf-chaf-chaf-chaf, y el humo denso de carbonilla que impedía mirar por la ventana abierta. Por dentro eran como los de ahora, excepto el AVE, claro.

En París tuvimos que cambiar de estación: de la Gare d’Austerlitz, que recogía el tráfico procedente del sur, a la Gare du Nord, para dirigirnos a Holanda. Nuestro acompañante tuvo la buena idea de alquilar un minibús que nos diese una vuelta por París para aprovechar las tres horas de espera.

Recuerdo un París gris, nada alegre, cubierto de pasquines sobre la Guerra de Argelia, pero en el puente de Saint-Michel dos jóvenes se estaban besando en la boca con delectación, cosa entonces nunca vista en una calle española. Otro detalle vitalista que me tocó vivir: en la Gare du Nord, cuando íbamos a subir al tren, otra pareja de jóvenes enamorados se estaba despidiendo. Como yo llevaba un clavel en el ojal que me había puesto, eufórico, al salir del restaurante, el joven francés, una especie de Gérard Philipe estudiante, me arrebató mi clavel y se lo dio a ella en el momento en que la muchacha iba a subir al tren. Aún recuerdo la estupefacción y la envidia que sentí. Lo primero porque a mí no se me hubiese pasado ni remotamente por la cabeza improvisar un regalo tan galante a costa de otro, y envidia por la elegancia, desenvoltura y savoir-faire con que aquel chico me quitó la flor y se la dio a su amada. Ahí aprendí el concepto clave de la cortesía europea, la noción básica del Cortesano de Baltasar Castiglione: la sprezzatura, que luego he intentado cultivar durante toda mi vida, con menos éxito que aquel joven francés. Esas son las cosas de regalo, inesperadas, que se aprenden en los viajes. Y por eso los practico, esperando que el destino me depare una súbita iluminación de vida que me elevará hacia la sabiduría o el charme.

Entre los viajes en tren quisiera reseñar también el que realicé con la madre de Alex cuando él aún no existía pero estaba a punto.

Ir a México desde California no es precisamente como ir a Perpiñán. América es un continente desmesurado para nuestros hábitos mediterráneos, mal acostumbrados a la intimidad del Mare Nostrum y los propincuos países ribereños. Tijuana no estaba a la vuelta de la esquina, vamos, y la cosa se complicaba más porque los mexicanos —que tienen un Partido Revolucionario Institucional, es decir, se hallan gobernados por una contradicción en términos— se negaban a darnos visado a los españoles, gobernados a la sazón por Franco, a pesar de que el Caudillo había logrado inmovilizar el movimiento, lo que debía haberle hecho ganar puntos a los ojos de los mexicanos. Pues no. Nada de visado para esos chingados de gachupines.

Yo había visitado años ha la frontera mexicana en El Paso, Texas. Pasamos la raya sin ser molestados, tomamos un almuerzo típico en Ciudad Juárez y volvimos a entrar en Estados Unidos como Pedro por su casa. Semejante lentitud, que yo atribuía a desbarajuste, me confió y decidí entrar sin visado y tomar un tren ya dentro de México. Elegí para ello, como más propicia, la ciudad de Mexicali, más al interior que Tijuana. María José y yo tomamos el Greyhound en San Francisco pocos días antes de Navidad y nos apeamos en la ciudad americana gemela, cuyo nombre no recuerdo.

Pasamos con maletas y todo la frontera hacia la estación de Mexicali; había un expreso que partía aquella misma mañana hacia Ciudad de México atravesando el estado de Sonora. Tomamos los billetes y subimos al tren. Era uno como los de la España de los años cincuenta, nos acomodamos lo mejor que pudimos y partimos hacia el sur. Cuando llevábamos unas cuantas horas de trayecto apareció un policía pidiendo la documentación. Yo había oído hablar, naturalmente, de la famosa «mordida» que funcionaba en México, y tenía pensado utilizar este procedimiento como último recurso en caso de que nos solicitaran los papeles. Cuando me preparé para hacerlo me di cuenta con estupor de que solo tenía un billete de cinco dólares suelto y que el próximo billete que llevaba encima era ya de cien. Puse el billete de cinco dentro del pasaporte y cuando llegó el policía, que era un tipo moreno con bigotito, bajito, le entregué el pasaporte. Lo miró, y dijo: «No tienen ustedes los visados»; y añadió, señalándome el billete de cinco dólares: «Se le va a caer esto». A mí lo que se me cayó fue el alma a los pies. Evidentemente, al cabo de unos minutos de explicaciones, el individuo, que iba vestido de soldado —no sé si era policía o del ejército— dijo: «Tengo que regresarlos», con aquel acento mexicano tan bonito. Total, que en la primera parada del tren nos hizo bajar.

Cuando el tren partió me di cuenta de que no había estación y nos encontramos con las maletas, de pie y como tontos, al lado de unas vías. Había un viejecillo mexicano, al cual el policía o soldado nos había confiado para que aquella misma noche, cuando pasara el expreso de medianoche, nos hiciera subir y nos regresara a Mexicali. Aquel lugar sin estación, pero con pueblo, se llamaba Puerto Peñasco. Me acordaré siempre de ello porque cuando leí más tarde los libros de Carlos Castaneda y sus entrevistas con Don Juan, a mí me venía a la imaginación aquella casucha donde vivía esta especie de don Jenaro que nos acogió, un hombre amabilísimo, muy viejo, que vivía solo, en una especie de barraca pequeña, con muy pocos muebles, una mesa, dos sillas, todo ello polvoriento; no se veía muy bien dónde dormía. Nos estuvo contando historias durante el día, naturalmente las revoluciones. Juárez, Zapata... Cuando llegó la hora de comer nos indicó una tasca junto al mar.

Puerto Peñasco, como su nombre indica, tenía un pequeño puertecito de pescadores y nosotros, para sacar lo mejor de aquella situación, decidimos comer bien: fuimos a aquella tasca y no se nos ocurrió otra cosa que pedir un cóctel de marisco. El resultado fue que un mes más tarde María José tenía una hepatitis galopante y yo, no sé muy bien por qué, me libré a pesar de haber comido lo mismo. Después de esta opípara pero peligrosa comida volvimos a casa de don Jenaro y estuvimos charlando con él hasta caer la noche, aguantamos como pudimos el cansancio, la depresión y la decepción y por fin llegó el expreso de medianoche. Nos embarcamos, unos soldados se hicieron cargo de nosotros, bastante malcarados y con malos modos, como si fuéramos una especie de prófugos; yo les calmé diciéndoles que no se pusieran nerviosos, que lo único que pasaba era que no teníamos visado, que si nos echaban estábamos encantados de marcharnos y que no queríamos nada más. No se me iba de la cabeza aquel chiste de mexicanos: «“Mi capitán, ya fusilamos a los prófugos”. “Animal, te dije que eran náufragos”».

Total, después de una serie de horas, al amanecer, llegamos otra vez a Mexicali, rehicimos el camino, los de la estación se negaban a devolvernos el importe de los billetes que habíamos sacado hasta Ciudad de México, lo cual era una cantidad nada despreciable. Estaba tan cabizbajo y cariacontecido que nada más entrar de nuevo en Estados Unidos pregunté cuál era el método más rápido de regresar a San Francisco. Era un avión-taxi y, dadas las circunstancias, decidí alquilar aquel taxi, que nos costó casi tanto como los dos billetes hasta la capital mexicana; pero al cabo de dos horas, sobrevolando el Valle de la Muerte y otros paisajes más o menos interesantes de California, estábamos en el aeropuerto de San Francisco y aparecíamos en Berkeley en casa de Frank y Francis, a quienes habíamos dejado nuestro coche porque el suyo todavía era más carraca, para ahora reclamárselo injustamente. Este fue nuestro viaje a México, país del que conocí un trozo del desierto de Sonora y un pueblo sin estación llamado Puerto Peñasco.

No tuve problemas para entrar en Holanda, aunque a principios de los años noventa todavía había fronteras. Lo más conflictivo era la salida debido a la tolerancia con las drogas, algo que preocupaba a países vecinos como Francia, Bélgica o Gran Bretaña.

Desde el tren contemplaba ese paisaje llano y brumoso neerlandés que poco tiene que ver con la aridez del desierto mexicano que recordaba mi padre. Posiblemente, este era un paisaje más aburrido pero la llegada a Amsterdam provocaba un despertar de los sentidos. Además, para mí la ciudad tenía un componente romántico, porque allá me esperaba una novia holandesa de mis veranos en Sant Martí d’Empúries, pero desgraciadamente ella me acabaría dejando plantado por un tulipán, seguramente alto y rubio. Ese fue, como dice mi padre, uno de esos regalos en forma de lección que suceden en un viaje. No me quedó más remedio que asumir que aquello de una novia en cada puerto no funciona y que las veraniegas promesas de amor eterno se las lleva el viento.

La ciudad estaba preciosa, con el cielo azul del verano reflejado en los canales, las esbeltas casas victorianas de ladrillo y volutas blancas sobre el agua y las bicicletas circulando en todas direcciones. El repicar de los campanarios y del agua sobre los muelles te envuelve. La ausencia de coches te transporta en el tiempo. Amsterdam, al igual que Venecia, parece anclada en un pasado idílico. Es un lugar al que llegas andando a todas partes y en el que la gente tiene un carácter amable y abierto. La armonía de la ciudad solo se veía perturbada por la legión de adolescentes sureuropeos que venían a fumarse todo lo que ofrecían los coffeshops. Marihuana de lugares remotos como la Acapulco Gold o la Queen Shativa y hachís a la carta como el afgano negro o el nepalí rojo hacían las delicias de quienes, siguiendo el mito hippie o los modelos de disidencia, queríamos revivir sus experiencias.

Mi coffeshop era el 36, situado en la Warmoesstraat, junto al hotel Kabul, donde había estado con mis compañeros de curso dos años antes. El local estaba tal cual como lo había dejado: lúgubre y decadente, con los bancos repartidos en torno al gran ventanal que ofrecía una imagen nebulosa del canal. No quería pasarme todo el día en un coffeshop, metido en un paraíso artificial, sino complementar mis paseos por la ciudad y sus museos con algo de droga. Aquel año se celebraba una antológica de Vincent Van Gogh con motivo del centenario de su muerte. Ver, bajo los efectos potenciadores y perceptivos de la marihuana, los campos de trigo y pinturas como La iglesia de Auvers con el cielo enroscado en círculos que escupen el aire de la noche, entre el crepitar de las estrellas, constituye una experiencia única. La vibración de la brocha de Van Gogh y la textura de sus cuadros parecían cobrar vida ante mis ojos extasiados ante tanta intensidad y belleza. Sus autorretratos me cautivaban mediante la profundidad de una mirada que solo había visto en Rembrandt, otra visita obligada en el Rijksmuseum, donde además de La ronda de noche se exponen cuadros como el retrato de Los síndicos de los pañeros o el maravilloso El profeta meditando. Si Van Gogh es el color y el dinamismo de una fuerza interna incontrolable, Rembrandt es la mística, los misterios del alma, la oscuridad más cálida que te abraza para sumergirte en un mundo de sombras y personajes reflexivos. Vermeer, del que por otra parte no hay excesiva obra expuesta en Amsterdam, es la luz dulce y naturalista; el carácter fotográfico de su pintura dibuja la más bella simplicidad de escenas cotidianas. Todavía hoy siguen siendo mis pintores favoritos, junto a J. M. W. Turner y William Blake, a quienes admiraría en Londres.

Mi viaje buscaba conocimiento, paisajes y nuevas amistades, además de museos y turismo. Por fortuna, esta vez las encontré. La primera noche me hice amigo de unos mexicanos y luego vinieron unos madrileños, unos americanos y un irlandés. La gente estaba de paso y cuando unos se iban, otros llegaban. Los que se quedaban sin dinero se iban a acampar a los parques del extrarradio o decidían regresar a casa. Yo iba algo apurado. Gastaba una media de unas dos mil trescientas pesetas al día (catorce euros), pero a veces me excedía comprando en un mercado de segunda mano como el Flea Market. Algún día pasé hambre y aprendí la lección, cuando por culpa de cuatro cachivaches de recuerdo no comí más que una sopa de cebolla. Afortunadamente, tenía pagadas mis noches en el Hotel d’Amsterdam, en la Helmersstradt, un lugar tranquilo y próximo al centro que me había recomendado mi amiga Manja, la novia holandesa de mis noches de verano en la Costa Brava. Dos años antes nos habíamos visto en Amsterdam y después de burlar a mis profesores con ayuda de mis amigos, cambié una salida a un mercado de tulipanes por estar con ella en la habitación. Sin embargo, esta vez me dio calabazas. Abatido y con pocas esperanzas, me presenté en la plaza Dam a mi cita con las chicas de Zaragoza. Pensaba marcharme a conocer Brujas pero aparecieron y cambié mis planes. Me quedé tres días más con ellas, en los que pude irme de fiesta por todos los rincones de la ciudad. Ellas ligaban con holandeses y estos nos llevaban a sitios increíbles.

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9788490565766
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