Читать книгу: «Obras IV»

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JESÚS UREÑA BRACERO .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1992.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO276
ISBN 9788424932053.
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PODAGRA
El último volumen de las obras de Luciano se abre con una increíble parodia. Bajo el título Podagra el autor esconde un ingenio y una animosidad crítica no por constatadas en obras previas menos sorprendente.
Un tipo, el adulto que sufre los ataques y achaques de la enfermedad que conocemos vulgarmente con el nombre de «gota», se ve aquí ridiculizado, caricaturizado, presentado en una situación límite. No falta un variado muestrario de personajes secundarios que introducen o rubrican los parlamentos que Luciano pone en boca de la propia enfermedad, la Gota, con mayúscula, que es la verdadera protagonista. Si desde el punto de vista del contenido se parodia una realidad del entorno cotidiano —lo típico de la comedia— desde el punto de vista formal se parodia justamente lo contrario, esto es, lo típico de la tragedia. Coro, corifeo, mensajeros, como personajes, esquemas métricos, partes cantadas que alternan con otras recitadas presentados todos ellos a través de un lenguaje altisonante con resonancias de tragedia, hacen que el lector no pueda por menos de mantener las carcajadas desde el primero al último verso. Pocas veces se juntan en tan reducido espacio tantos recursos cómicos que afectan tanto a la forma como al contenido. Hemos querido reflejar en la traducción toda la fuerza de la parodia manteniendo deliberadamente en verso las partes recitadas y hemos señalado en cursiva los pasajes cantados.
PODAGRO (DON GOTOSO )-CORO -GOTA -MENSAJERO MÉDICO -DOLORES
PODAGRO (DON GOTOSO ) 1
¡Oh nombre abominable, aborrecido de los dioses,
Gota, plagada de gemidos, hija del Cocito,
a quien en los profundos antros del Tártaro
de su vientre parió la Erinis Megera
[5] y amamantó a sus pechos, y a ti amargo retoño
a tus labios leche destiló Alecto!
¿Quién de los dioses te trajo a ti, demonio de nombre,
hasta la luz? Llegaste, azote para los hombres.
[10] Pues si a mortales acompaña cuando mueren
pago por los errores que cometieron en la luz,
no debería haberse castigado en la mansión de Hades
a Tántalo con manjares, ni a Ixión con una rueda giratoria
ni a Sísifo con su roca 2 ;
bastaba pura y simplemente con acoplar a todos los que [15] males cometieron
a tus dolores articulados
como esta piltrafa pobre y miserable: mi cuerpo;
desde las puntas de las manos hastas las plantas de los pies
con un hilo de linfa y agrio flujo de bilis está inmovilizado,
después que un soplo violento obstruyera sus conductos,
y luego de obstruirlos, extiende los dolores. [20]
Por las entrañas mismas corre dañina fiebre
abrasando mis carnes con hogueras de llamas
como cráter del Etna lleno de fuego
o estrecho siciliano con su paso de corriente marina
donde da vueltas torvo remolino de olas en las cavernas de [25] las rocas.
Oh final difícil de prever para los hombres todos
¡qué en vano todos te vamos halagando
alimentándonos de vaciedades con vanas esperanzas!
CORO 3
Sobre el Díndimo monte de Cibeles 4 [30]
y por su tierno Atis
los frigios lanzan frenético lamento
y por las laderas del Tmolo
al son del corno frigio
los lidios gritan su canto festivo; [35]
y golpeando con furia al ritmo cretense
sus panderos, a gritos entonan
un canto ritual los Coribantes.
Resuena la trompeta en grave son
haciendo vibrar el canto de guerra
[40] en honor al violento Ares.
Nosotros, Gota, a ti
de primavera en las primeras horas
cual «mistas» iniciamos los lamentos
[45] cuando todo prado está ya en flor
con hierbas y céspedes nacientes,
y cuando con las suaves del Céfiro brisas
se pueblan de pétalos las copas de los tallos;
presumen de sus hojas los árboles
[50] y la golondrina de infausto matrimonio
se deja oír en los hogares de los hombres de voz articulada
y nochero por el bosque
llorando a Isis gime entre sollozos
Atis el ruiseñor.
PODRAGO (DON GOTOSO )
Ay de mí; de dolores ayuda, ay tercer pie,
bastón por el destino deparado, apoya
[55] mi paso tembloroso y endereza mi senda,
para que plasme sólida huella sobre el suelo;
levanta, desdichado, los miembros de la cama
y abandona el techo cobijante del hogar.
[60] Disipa de los ojos la inmensidad nocturna del cielo
viniendo hasta la puerta y ya a la luz del sol
aspira un aura despejada con brisa luminosa.
Han pasado diez soles y cinco además
desde que encerrado en tinieblas al margen del sol
[65] consumo mi cuerpo en mi cama desecha;
mi ánimo y mi impulso es dar pasos lentos
tendiendo hacia la puerta,
mas mi cuerpo indolente no se somete a mis deseos.
Sin embargo, ¡arriba, corazón! aún a sabiendas de
que un pobre enfermo de gota, si quiere pasear [70]
y no puede, se cuenta ya entre el cupo de los muertos.
Pero, ¡vamos!
¿Quiénes son éstos que con sus manos manejan bastones
con las cabezas coronadas de hojas de saúco? 5
¿A quién de las deidades llevan en procesión festiva? [75]
¿Honran tu culto acaso, Febo Peán?
No, pues no son sus coronas hechas de hojas de laurel de Delfos
Mas ¿no será un himno a Baco el que se entona?
No, pues sobre sus melenas no se asienta el sello de la yedra.
¿Quiénes sois extrajeros, y de dónde habéis venido? [80]
Hablad y explicaros con palabra franca;
decid, ¿quién es, amigos, aquel a quien con himnos celebráis?
CORO
¿ Quién eres tú y de qué familia, que te diriges a nosotros?
Tu bastón y tu paso, no hay duda, te delatan,
y vemos en ti a un «mista» de la invencible diosa. [85]
PODAGRO (DON GOTOSO )
¿Que soy yo uno de los «dignos» de la diosa?
CORO
A la cipria Afrodita
que de gotas del cielo cayó,
una belleza airosa entre marinas olas
[90] le procuró Nereo.
Junto a las fuentes del Océano,
a la esposa de Zeus Olímpico,
a Hera de blancos brazos en su amplio regazo
amamantóla Tetis.
[95] Y en la coronilla de su inmortal cabeza
el Cronida, el más excelso de los Olímpicos,
alumbró a una doncella de casta indomeñable,
a la alborotadora Atenea.
[100] Y a nuestra diosa dichosa
entre sus brazos fornidos
la dio primero a luz el anciano Ofión 6 ;
cuando cesó el caos tenebroso
y se levantó la luminosa aurora
y el deslumbrante resplandor del sol,
[105] entonces se dio a ver la fuerza de la Gota.
Cuando de sus entrañas te engendró Cloto
y te lavó la Moira,
se puso radiante con deslumbrante resplandor el cielo
y retumbó con trueno el firmamento despejado.
[110] y la próspera Pluto la crió
entre sus pechos de rica leche.
PODAGRO (DON GOTOSO )
¿Y con qué ritos excita a sus devotos?
CORO
No derramamos sangre impetuosa por cortes de hierro;
no contonean nuestro cuello vaivenes de la melena suelta,
ni nuestra espalda es golpeada por huesos ruidosos, [115]
ni nos alimentamos de carnes crudas de toros despiezados.
Cuando brota la tierna flor del olmo en primavera
y canta sobre las ramas el canoro mirlo,
entonces a los «mistas» nos traspasa aguda flecha por los miembros,
oculta, escondida, sumergida bajo lo más hondo de los [120] miembros;
pie, rodilla, articulación, huesos, caderas, muslos,
manos, homoplatos, brazos, codos, frutos suyos... los
come, devora, abrasa, domina, enciende, debilita
hasta que la diosa ordena retirarse al dolor 7 .
PODAGRO (DON GOTOSO )
¿Resulta, pues, que yo sin darme cuenta soy también uno [125]
de los iniciados? Muéstrate entonces, diosa,
propicia a un suplicante, que yo junto a tus fieles
voy a entonar tus himnos cantando la canción de los gotosos.
CORO
Calle el firmamento y cese el viento,
guarde todo gotoso silencio religioso 8 . [130]
¡ Vamos! Hacia su altar avanza paso a paso la diosa
que se complace en las camillas, en bastón apoyada.
¡Salve, la más afable de los dioses;
ojalá que con rostro radiante
[135] te muestres propicia a tus fieles
y des rápido alivio a sus dolores
en estas épocas primaverales.
GOTA
¿Quién de los mortales sobre la faz de la tierra,
no me conoce a mí, la Gota, señora de dolores, invencible?
[140] A mí, a quien no aplaca ni el humo del incienso,
ni la sangre derramada junto a altares con víctimas quemadas
ni templo de riqueza con estatuas en derredor colgadas;
a mí, a quien ni con fármacos es capaz de vencer Peán,
médico de todos los dioses que habitan en el cielo,
[145] ni el hijo de Febo, el docto Asclepio.
Desde que por primera vez apareció la raza de los hombres
se atreven todos a echar fuera mi fuerza,
sin dejar de hacer experimentos con fármacos,
cada uno intenta un procedimiento contra mí 9 :
contra mí frotan lengua de carnero y apio [150]
y hojas de lechugas y verdolaga del prado;
otros musgos, y otros algas de charca;
otros muelen ortigas, otros consuelda;
otros traen lentejas que sacan de los morteros,
zanahoria cocida, otros hojas de melocotón, [155]
beleño, adormidera, bulbos de azafrán, granadas,
zaragotona, incienso, raíz de eléboro, sodio,
alholva con vino, masa de croquetas, puré de lentejas,
resina de ciprés, granos de cebada,
hojas de repollo cocido, yeso de Paros, [160]
cagarrutas de cabra montesa, excremento humano,
puré de habichuelas, flor de piedra de Aso;
cuecen sapos, ratones de campo, lagartos, comadrejas,
ranas, hienas, antílopes, zorros.
¿Y qué metal no han probado los mortales? [165]
¿Y qué jugo no han probado? ¿Qué lágrimas de árbol?
De todos los animales, huesos, nervios, pieles,
grasa, sangre, médula, orina, excremento, leche.
Remedios beben unos de cuatro ingredientes,
otros de ocho, pero los más, de siete. [170]
Se purifican otros al beber la sagrada (medicina)
y a otros los engatusan hechizos de impostores;
a otros tontos los cautiva «El Judío»
y otros buscan la curación en Cirrane 10 .
Mas yo prefiero que todos se lamenten [175]
y suelo plantar cara con más irritación
a quienes así actúan y me ponen a prueba.
Pero con los sensatos que no me plantan cara
tengo una mente suave y soy tranquila.
Pues el que toma parte en mis rituales [180]
lo primero que aprende es a moderar su boca
a todos deleitando, diciendo palabras ingeniosas.
Y por todos es visto con sonrisas y aplauso
cuando agarrado lo llevan al baño.
[185] Porque la Ate que Homero cantó, esa soy yo,
que camino sobre las cabezas de los hombres
y tengo blandas las plantas de los pies;
entre la mayoría de los hombres soy conocida con el nombre de Gota,
porque resulto ser cazadora que atenaza sus pies.
[190] ¡Pero vamos devotos todos de mi ritual, a la invencible diosa
honrad con himnos!
CORO
Muchacha que tiene temple de acero,
bienfornida, imponente de ánimo, diosa,
escucha el griterío de tus sacerdotes de voz articulada;
grande es tu poder, próspera Gota,
[195] ante quien se eriza la rápida flecha de Zeus;
y te temen las olas del abismo marino
y te teme el rey de los de bajo tierra, Hades;
«amiga-de-vendajes», «andariega-en-camilla» 11
«impide-la-carrera», «quebranta-los-huesos»,
[200] «abrasa-tobillos», «anda-de-puntillas»,
«mete-miedo-a-los-pisones», «quema-rodillas-en-vela»,
«ama-piedras-en-nudillos»,
«dobla-rodillas», «¡Gota!».
MENSAJERO
¡Señora! Saliste al encuentro con pie oportuno.
Escucha, que traigo un mensaje no vanal [205]
pues se trata de un hecho compañero de viaje de mis palabras 12 .
Pues yo, como ordenaste, con sosegado pie
rastreando todas las ciudades, investigando las casas todas
ansioso de saber si hay alguien que no estima tu poderío,
vi el porte resignado de los demás, señora, [210]
de ambas manos por tu fuerza vencidos,
pero estos dos mortales, con atrevida audacia
a las gentes decían e incluso les juraban
que tu poder no es venerable ya
y que por el contrario te expulsarán de la vida de los [215] hombres,
por lo que yo precisamente apretando su pie con poderosa argolla
al quinto día llego tras recorrer un par de estadios.
GOTA
¡Qué rápido volaste, mi veloz mensajero!
¿De qué tierra inaccesible, cuyos límites dejaste, vienes?
Indícalo con claridad para que lo sepa enseguida. [220]
MENSAJERO
Primero dejé una escalera de cinco peldaños
que temblaba por las junturas sueltas de las maderas
de donde me recibe un suelo machacado a golpes de pisón,
resistente a las ásperas plantas de mis pies.
[225] Luego de atravesarlo con dolorosas huellas yo
anduve camino cubierto de gravillas
difícil de cruzar por las agudas aristas de las piedras,
después del cual cayendo en lo resbaladizo de un camino liso
seguí rápido hacia adelante, pero el barro pringoso
[230] tiraba hacia atrás de mis tobillos sin fuerza;
al cruzar por él, un sudor húmedo de mis miembros
empapaba mi paso agotando mis fuerzas ya menguadas;
de donde me recibe, todo el cuerpo agotado,
un sendero liso pero no seguro.
[235] A toda prisa carruajes por aquí y por allá
me obligaban, me impulsaban a correr,
pero yo, aligerando airosamente mi pie perezoso,
andaba de lado hacia la franja estrecha del camino
hasta que pasara a la carrera un vehículo de ruedas,
[240] pues como soy un «mista» tuyo no tenía fuerza para correr deprisa.
GOTA
No en balde, hombre; esta acción está muy bien ejecutada;
por tu interés te concederé el privilegio de honores iguales a los míos
y que este don sea una satisfacción moral para ti:
[245] durante tres años seguidos tendrás dolores leves.
Y vosotros, miserables y los más odiosos a los dioses,
¿quiénes sois?, ¿por quiénes habéis sido engendrados,
que os atrevéis a plantar cara al poder de la Gota,
cuya fuerza ni el Cronida ha podido vencer?
[250] Hablad, miserables. Que yo domeñé a la mayoría
de los héroes, según saben los sabios:
Príamo se llamaba Podarces porque era gotoso 13 ;
y murió Aquiles que era gotoso, el hijo de Peleo;
Belerofonte, que era gotoso, intentaba resistir;
y el señor de Tebas, Edipo, era gotoso. [255]
De los Pelópidas era gotoso Plístenes
y el hijo de Peante que mandaba la expedición era gotoso.
Otro Podarces era caudillo de los Tesalios,
el cual, cuando cayó Protesilao en la batalla,
gotoso sin embargo y en medio de dolores, dirigía la expedición. [260]
Y al rey de Ítaca, al hijo de Laertes, a Odiseo,
lo maté yo y no una espina de lenguado.
Así que por muy felices que os las prometáis, desgraciados,
sufriréis un castigo acorde con vuestro comportamiento.
MÉDICO
Somos sirios, linaje de Damasco; [265]
forzados por un hambre espantosa y por pobreza
vamos errantes dando tumbos por mar y tierra.
Tenemos este ungüento, regalo de los padres,
con el cual aliviamos los dolores de los pacientes.
GOTA
[270] ¿Qué ungüento es ese y cuál es su fórmula?
MÉDICO
Juramento de «mista» me obliga a callar; no puedo hablar;
y el último encargo de mi padre al morir,
que me ordenó ocultar el gran poder del fármaco,
que incluso puede curarte a ti cuando estés irritada.
GOTA
[275] Entonces, malditos que vais a perecer de mala muerte,
¿hay en la tierra alguna acción de fármaco tan potente
que aplicada como ungüento sea capaz de detener mi fuerza?
Pero vamos; concedamos que sea así
y probemos a ver si es más poderosa la fuerza del fármaco [280] o mis llamas.
Venga, vosotros que tenéis aspecto taciturno, volando por doquier;
tormentos, compañeros de mis rituales frenéticos,
[285] ¡acercaos! ¡Y tú inflámales los pies desde la planta
hasta la punta de los dedos; tú métete en los tobillos; tú
desde los muslos hasta las rodillas derrama amarga inmensidad de linfa,
y vosotros, quebradles los dedos de las manos!
DOLORES
¡Mira! Acabamos de hacer lo que nos ordenaste.
Yacen, los desdichados, dando gritos enormes
[290] con todos los miembros asaeteados por nuestro ataque.
GOTA
Vamos, extranjeros; aprendamos con toda exactitud
si este medicinal ungüento os sirve de algo.
Pues si de forma clara es capaz de contrarrestarme,
dejando la tierra me iré hasta lo más hondo de sus profundidades,
aniquilada, sin que me vean, a los confines abismales del [295] Tártaro.
Venga; aplicaos el ungüento. ¡Que remita el dolor de las llamas!
MÉDICO
¡Ay de mí, ay, ay, ay! Me atormento, me muero.
Todo miembro atravesado por un mal invisible;
ni Zeus agita flecha tal de rayo,
ningún remolino del mar causa tales furias [300]
ni es tan grande la violencia arremolinada del huracán;
¿acaso me devasta el mordisco lacerante del Cerbero?;
¿acaso me está devorando el veneno de Equidna
o el peplo de Centauro empapado en linfa? 14 .
Ten compasión, señora, ni mi fármaco [305]
ni ningún otro puede detener tu carrera;
por unanimidad vences a toda raza de hombres.
GOTA
Parad, tormentos, aminorad los dolores de quienes
ahora se arrepienten de competir conmigo.
Que sepan todos que soy la única de las diosas [310]
que siendo inflexible no me dejo vencer por los fármacos.
Ni la fuerza de Salmoneo compitió con los truenos de Zeus,
sino que murió, domeñada por flecha humeante su mente impía;
ni se alegró de haber competido con Apolo el sátiro Marsias,
[315] sino que un pino susurra un canto triste por su piel.
Sufrimiento de perpetuo recuerdo tuvo Níobe, fecunda ella, por enfrentarse a Leto,
que aún bañada en lágrimas vierte copioso llanto en Sípilo.
Y Aracne, la doncella Meonia, entró a disputar con la Tritónida,
pero perdió su forma y aún hoy teje sus redes 15 .
[320] Osadía de mortales no es igual a las cóleras de los bienaventurados;
como Zeus, como Leto, como Palas, como Apolo.
Ojalá que tú, oh diosa universal, oh Gota, nos concedas también un dolor
suave, ligero, ágil, no punzante, de corto daño, anodino,
llevadero, cómodo, desmayado, bien pasable.
[325] Muchas son las formas del infortunio.
Y a quienes tienen gota sírvanles de consuelo
ejercitarse y acostumbrarse a los dolores;
de esa forma, con buen ánimo, compañeros de fatigas,
olvidaréis dolores;
así lo que se esperaba no se llevó a cabo [330]
y un dios halló solución para lo inesperado 16 .
Que todos los que sufren aguanten ser objeto de burlas y de insultos.
Éste ha sido el desenlace de esta obra.

1 Lo ideal será traducir los nombres, pues producirían un efecto cómico mucho mayor. Podagra sería la GOTA y Podagro , DON GOTOSO —añado el «Don» por los años y el prototipo del personaje—.
2 Alusión a los tres castigos más ejemplares; Tántalo, que había robado néctar y ambrosía de los dioses para entregarlos a los hombres, estaba condenado a pasar hambre y sed de por vida, pese a tener ante su boca líquidos y manjares exquisitos en abundancia; cuando se disponía a alcanzarlos se apartaban de él y jamás podía conseguirlos. Sísifo, por su parte, debía empujar cuesta arriba una enorme roca que al llegar a la cima volvía a caer, teniendo él que repetir la misma operación una y otra vez. A Ixión lo ató Zeus a una rueda encendida que giraba sin cesar por haber intentado seducir a su esposa, la diosa Hera.
3 Comienza aquí el canto del coro con versos anacreónticos cuyo esquema métrico produce impacto especial, pues descansa sobre el metro jónico de poco uso entre los trágicos.
4 El coro alude a los rituales orgiásticos de Cibeles, la diosa frigia, a quien amaba el joven Atis. El final del canto hace mención de la historia de Procne y Filomela, dos hermanas metamorfoseadas en ruiseñor y golondrina, respectivamente.
5 El coro de gotosos lleva la cabeza coronada de saúco, con cuyas flores hacían los antiguos infusiones para combatir procesos febriles. También se aprovechaban sus frutos para obtener miel y realizar cocimientos en cuyas aguas, si hemos de hacer caso a TEOFRASTO , Historia de las plantas III 13, 4, lavaban sus manos y cabezas los iniciados en los misterios.
6 Ofión reinaba sobre los Titanes en compañía de Eurínome, hija de Océano, en época anterior a Crono y Rea, quienes precisamente los precipitaron en el Tártaro. Nótese el contraste con los nacimientos de las restantes divinidades aludidas en el canto anapéstico del coro (versos paremíacos para más exactitud: 
7 Se ha preferido mantener tal cual la secuencia de nombres en acusativo y la de verbos que los rigen, aun a riesgo de perder algún matiz difícil de expresar traduciendo una palabra griega por una castellana.
8 Imposible no traer a colación numerosos pasajes tanto de tragedia como de comedia en los que se pide a los miembros del coro euphemeîn esto es, guardar el silencio religioso propio de los fieles iniciados en los misterios. A modo de ejemplo véase ARISTÓFANES , Tesm . 298, o EURÍPIDES , Ifigenia Taur . 123.
9 No podemos entrar a comentar uno por uno todos los remedios que aplicaban los antiguos para remediar las dolencias de gota. Obviamente están aquí parodiadas hasta la exageración. Pero no está de más ver los diferentes remedios citados por CELSO , 4, 32, o PLINIO , Hist. Nat . XXXVI 131-133, y los aludidos por el propio LUCIANO , Afic. Ment . 7 (quien desee consultar este último puede acudir al volumen 113 de esta misma colección, págs. 201 y 202; allí se habla nada menos que de dientes de musaraña envueltos en piel de león o en piel de cierva virgen).
10 Cirrane es el nombre de una divinidad femenina de la que tenemos noticias a través de Hesiquio que pone este nombre en boca de Menandro.
11 Imposible dar una traducción a unos compuestos tan inteligibles y gráficos como intraducibles con un mínimo de corrección. Nos ha parecido que lo fundamental es dar a entender que el texto griego presenta ahí unos términos novedosos compuestos de dos o tres elementos.
12 Las primeras palabras del mensajero son parodia descarada de las entradas típicas en escena de estos personajes tan secundarios como importantes de las diversas tragedias griegas.
13 La Gota hace gala de su poderío aludiendo a una serie de personajes de la leyenda cuyos nombres o cuyas sagas tienen que ver con algún tipo de anomalía o de peculiaridad referida a los pies. Comienza la relación con Príamo, llamado «Podarces», esto es, de «pie decidido»; la historia de Aquiles y el vulnerable talón de su pie es de todos conocida, al igual que la de Edipo, «pie hinchado». Belerofonte sólo puede incluirse en esta referencia si pensamos que al caer del caballo alado Pegaso se lesionó o sufrió un duro golpe en alguna de sus extremidades inferiores. Por su parte, Plístenes —«plenitud de fuerza»— era según la saga y en notable paradoja con su nombre de naturaleza enfermiza, si bien no se tiene constancia de ninguna dolencia de sus pies. Sí se conoce en cambio la tragedia del hijo de Peante, Filoctetes, abandonado a su suerte en la isla de Lemnos, donde quedó cojo de resultas de la mordedura de una serpiente en el pie. Las hazañas del Podarces, «de pies ágiles», auténtico se mencionan en Ilíada II 704 y XIII 693, y con respecto a la muerte de Ulises no hay razón que explique las pretensiones de la Gota como no sea —y no tendría tampoco mucho sentido— que la lanza que le disparó Telégono con espinas de lenguado fuera a clavarse en las extremidades inferiores provocando su caída y su posterior muerte. Si en la mayoría de los personajes la alusión de Gota tiene una cierta justificación en el caso de Ulises se ha traído la alusión con alfileres.
14 Alusión a la historia del centauro Neso que entregó alevosamente a Deyanira, esposa de Heracles, una túnica impregnada de sangre y veneno con la que sin saberlo causó ésta la muerte del héroe.
15 Nadie puede luchar contra la Gota; esa partida está perdida de antemano. Para demostrarlo se traen a colación leyendas de mortales que intentaron rivalizar con divinidades. Perdieron en la lid y fueron inexorable y duramente castigados. Salmoneo intentaba provocar el trueno y el rayo, por procedimientos un tanto artesanales, hasta que Zeus, irritado, le fulminó con su rayo. El sátiro Marsias, que desafió a Apolo a un certamen musical, fue colgado de un pino y desollado vivo. Níobe se jactó de su prole ante Leto y declaró que era superior a ella que sólo tenía dos hijos, los gemelos Apolo y Ártemis; quedó convertida en roca de la que fluía un manantial. Aracne desafió a Atenea a tejer y bordar y se ahorcó antes de ser convertida en araña condenada a tejer su tela perpetuamente.
16 El final es un verso colocado prácticamente al término de al menos cinco tragedias de Eurípides: Helena, Bacantes, Alcestis, Medea y Andrómaca .
70
HERMÓTIMO O SOBRE LAS SECTAS
Imponente varapalo el que propina Luciano en este diálogo a todas las escuelas filosóficas sin excepción. Fustigadas ya en Subasta de vidas y El pescador, aquí ninguna se libra de los dardos de nuestro autor.
Bajo la máscara de Licino y con Hermótimo por único interlocutor, Luciano articula perfectamente sus argumentos. El personaje de Licino está aquí en plena forma, con la agilidad mental, la rapidez de reflejos, la agudeza y la perspicacia de sus mejores momentos. Hermótimo apuesta por los estoicos. Licino va rebatiendo uno por uno todos sus argumentos; habría que probar todas las escuelas y optar después por la mejor; no se puede decidir a priori que en el estoicismo se hallan todas las excelencias y virtudes. Y para hacer la prueba en condiciones se necesitarían más años de los que pueda contar una vida humana por muy dilatada que sea. Hermótimo aduce que basta con un botón de muestra para hacerse una idea de cada escuela y trae a colación el ejemplo de quien cata vino de un tonel y se hace una idea de cómo es sin necesidad de tener que apurar el tonel entero. Pero obviamente una escuela filosófica no es un tonel de vino; Licino desmonta los argumentos de Hermótimo y va más lejos todavía. ¿Quién puede garantizar que la filosofía —sea la de cualquier escuela— es el pasaporte para la felicidad y la vida virtuosa? Ahí pone Licino el dedo en la llaga desautorizando actitudes, pensamientos y comportamientos de diversos filósofos y poniendo en solfa su mentalidad especulativa y teórica carente de todo contacto con los problemas de la realidad cotidiana. Es la filosofía y los filósofos quienes quedan puestos en tela de juicio con una gran finura, en uno de los escritos más conseguidos no sólo desde el punto de vista del contenido, cuanto desde el punto de vista formal. Largos párrafos bien construidos, citas y alusiones oportunamente traídas a cuento, figuras estilísticas sencillas pero de gran efecto, hacen de este diálogo una pieza capital dentro de la obra de Luciano.
LICINO . — A juzgar, Hermótimo, por el libro que llevas [1] y por el ritmo rápido de tu paso, parece que vas a toda prisa a casa de tu maestro. Al menos ibas pensando algo mientras caminabas, pues movías los labios suavemente susurrando y agitabas la mano a un lado y otro como si estuvieras componiendo un discurso para ti mismo, planteando alguno de esos problemas enrevesados o abordando sesudamente alguna cuestión típica de los sofistas; así que ni aun cuando vas andando descansas, sino que estás en permanente actividad, haciendo algo práctico que de paso pueda servirte para tus estudios.
HERMÓTIMO . — Sí, por Zeus, algo de eso hay, Licino. Estaba repasando en la memoria cada punto que nos explicó en la sesión de ayer. Creo que no debemos desperdiciar ninguna oportunidad, sabedores de que es cierto lo que decía el (famoso) médico de Cos: «breve es la vida, pero duradera la ciencia» 1 . Desde luego hacía esa afirmación referida a la medicina, que es materia más fácil de aprender. La filosofía, en cambio, es inasequible aunque se le dedique un tiempo superior, a no ser que uno esté bien despierto y mantenga una atenta y viva mirada sobre ella. Y lo que está en juego no es precisamente algo de poca monta: o ser un pobre hombre y perderse entre el anonimato de la chusma o ser feliz cultivando la filosofía.
[2] LICINO . — Excepcional es la recompensa que acabas de mencionar, Hermótimo. Y yo creo que no andas muy lejos de ella, al menos a juzgar por la cantidad de tiempo que dedicas a la filosofía y por el esfuerzo no insignificante que pareces dedicarle desde hace mucho tiempo. Y si mal no recuerdo, hace casi veinte años que no te he visto hacer más que acudir a casa de los maestros e inclinarte sobre el libro al tiempo que escribes apuntes sobre las sesiones, siempre pálido y con el cuerpo enjuto fruto de las preocupaciones. Y me parece que ni el sueño te relaja, de tan metido como estás en el tema. Así que a la vista de cuanto vengo observando, no das en absoluto la impresión de que vayas a alcanzar pronto la felicidad, a no ser que te acompañe desde hace bien de años, sin habernos dado nosotros cuenta.
HERMÓTIMO . —¿De dónde sacas esas conclusiones, Licino, si ahora estoy empezando a atisbar el camino? La Virtud, como dice Hesíodo 2 , habita lejos y la senda que lleva hasta ella es larga, empinada y abrupta y ofrece no pocos sudores a los caminantes.
LICINO . —¿Y no has sudado y andado por esa senda ya lo suficiente?
HERMÓTIMO . — Rotundamente no; lo único que me impediría ser plenamente feliz sería el no llegar a la cima, y en la actualidad, Licino, todavía estoy empezando.
LICINO . — Pero el propio Hesíodo dijo que el principio [3] era la mitad de todo 3 , de modo que si afirmamos que estás ya a media subida no nos equivocaríamos.
HERMÓTIMO . — No, en absoluto; tendría ya mucho adelantado.
LICINO . — Bueno; entonces ¿en qué punto del camino diremos que te encuentras?
HERMÓTIMO . — Abajo, a las faldas, Licino, sin otro remedio que seguir adelante; la senda es resbaladiza y escarpada y uno necesita que le echen una mano.
LICINO . — Entonces tu maestro puede ser capaz desde lo alto, como el Zeus de Homero, de echarte la cuerda de oro de sus doctrinas, por medio de las cuales tira de ti hacia arriba y te lleva en volandas hacia él y hacia la Virtud, dado que él ha realizado ya la ascensión hace mucho tiempo.
HERMÓTIMO . — Eso es, Licino, lo que yo te decía que estaba ocurriendo. Al menos en cuanto de él depende hace ya tiempo que me habría subido arriba y que estaría ya compartiendo sus doctrinas; pero en lo que de mí depende, aún me falta.
LICINO . — Pues hay que animarse y tener la moral bien [4] alta con la vista puesta en la meta y en la felicidad que aguarda arriba, máxime cuando él, tu maestro, contribuye con su esfuerzo a apoyar el tuyo. Pero, cambiando de tema, ¿te desvela algún dato que te permita intuir cuándo podrías subir? ¿Opina que para el año que viene, tal vez después de los Grandes Misterios o de las Panateneas? 4 .
HERMÓTIMO . — Poco tiempo, dices, Licino.
LICINO . — Entonces, ¿para la Olimpíada siguiente?
HERMÓTIMO . — Poco tiempo también para el ejercicio de la Virtud y la adquisición de la felicidad.
LICINO . —¿Entonces, con seguridad al cabo de dos Olimpíadas? Pues cualquiera de nosotros podría acusarte de gran vagancia caso de no poder conseguirlo en ese tiempo; el tiempo que se emplea en ir y volver tres veces desde las Columnas de Heracles hasta el Indo, y eso sin hacer el camino derecho y sin descanso, sino parándose a dar una vuelta por los países que pillan de camino 5 . Bien; ¿en qué cantidad quieres que cifremos la mayor altura y lo liso de la cima en la que reside la Virtud en comparación con la del monte Aorno, aquel que tomó Alejandro en muy pocos días? 6 .
[5] HERMÓTIMO . —No hay comparación posible; el tema no es como tú lo imaginas, pues ni podría ser abordado o tomado en poco tiempo por más que miles de Alejandros lo atacaran; de ser así muchos habrían subido ya. Ahora son no pocos los que empiezan muy animosamente y avanzan un trecho, unos muy pequeño, otros algo mayor. Mas cuando llegan a la mitad de camino y se topan con muchos problemas y dificultades, se desaniman y se dan la vuelta jadeantes y empapados de sudor sin poder aguantar el cansancio. Solamente quienes son lo suficientemente fuertes como para resistir hasta el final, llegan a la cima y desde ella viven una existencia envidiablemente feliz el resto de sus días, observando desde su atalaya al resto de los hombres como si fueran hormigas.
LICINO . — ¡Vaya, vaya, Hermótimo; vaya tamaño del que nos presentas, que ni siquiera llegamos a pigmeos, tirados por el suelo con la piel pegada a la tierra! Es lógico; tu pensamiento es elevado y discurre por las alturas; nosotros en cambio, la vulgar chusma y cuantos andamos por el suelo, os dirigiremos las súplicas junto con los dioses, cuando estéis por encima de las nubes y alcancéis las alturas que desde siempre anhelasteis.
HERMÓTIMO . — ¡Ay si pudiera subir allí yo también, Licino, pero aún me falta mucho!
LICINO . — Pero no dijiste cuánto, por ceñirnos a un [6] tiempo concreto.
HERMÓTIMO . —Ni yo mismo lo sé con exactitud, Licino. Calculo que será no más de veinte años. Al cabo de ellos, con seguridad, estaremos en la cima.
LICINO . — Por Heracles, mucho tiempo dices.
HERMÓTIMO . — Es que son grandes fatigas por grandes recompensas.
LICINO . —Quizás sea verdad lo que dices. Y que vivirás veinte años más, ¿acaso te ha prometido tanto tu maestro, que debe ser no sólo sabio sino adivino o intérprete de oráculos o uno de esos que conocen las técnicas de los caldeos 7 . Dicen que saben cosas de esa índole. Porque sobre la base de la incertidumbre de si vivirás hasta llegar a la virtud no es lógico que afrontes semejantes fatigas y que andes pasando semejantes angustias de noche y de día sin saber si el Destino, cuando estés a punto de llegar a la cima, se plante y te tire abajo cogiéndote de un pie sin ver cumplidas tus esperanzas.
HERMÓTIMO . — ¡Quita, Licino!; es un disparate lo que dices. Ojalá pudiera yo vivir para experimentar la felicidad de haber llegado a ser sabio un solo día.
LICINO . —¿Y un solo día te compensaría de tantas fatigas?
HERMÓTIMO . — Con un solo instante me conformaría.
[7] LICINO . — ¿Y cómo puedes saber que la felicidad de las alturas es tal que justifique tantos pesares? Porque tú no has subido nunca.
HERMÓTIMO . — Pues me fío de lo que dice mi maestro; él lo sabe perfectamente porque está ya en la cúspide.
LICINO . —¿Y qué tipo de cosas, por los dioses, decía, son las que hay allí, o en qué consiste la felicidad? ¿Tal vez en algún tipo de riqueza, fama y placeres insuperables?
HERMÓTIMO . — Calla, amigo; nada de eso tiene que ver con la existencia virtuosa.
LICINO . —¿Entonces, si no son ésos, cuáles son los bienes que obtendrán quienes lleguen hasta el final de su empeño?
HERMÓTIMO . — Sabiduría y valor y la propia bondad y la justicia y el conocimiento cierto y cabal de todas las cosas tal y como cada una de ellas es. Riquezas, honores y placeres y demás cosas corporales se sueltan abajo, pues se hace sin ellas la ascensión, como cuentan que hizo Heracles en el Eta al ser incinerado para convertirse en una divinidad 8 . En efecto él, arrojando a un lado cuanto de humano había recibido de su madre, levantó su vuelo hacia los dioses con su parte divina intacta e inmaculada previamente separada por el fuego. De igual modo estos hombres despojados por la filosofía, cual si de un cierto fuego se tratara, de todas las cosas que parecen constituir objeto de admiración para el resto de los hombres que no tienen un punto de vista correcto, son felices en la cima, y no se acuerdan para nada de riqueza, fama o placeres y hasta se ríen de los que creen que todo eso existe.
LICINO . — Bien, por el Heracles del Eta, Hermótimo; [8] formidable y estupendo lo que dices al respecto. Pero, cambiando de tema, dime: ¿bajan en alguna ocasión de la cumbre —voluntariamente se entiende— para hacer uso de cuanto dejaron abajo? ¿O una vez que están arriba es forzoso que permanezcan allí en compañía de la Virtud burlándose de la riqueza, la fama y los placeres?
HERMÓTIMO . — No sólo eso, Licino, sino que quien llegue a alcanzar la perfección en la Virtud jamás podría ser esclavo de la ira ni del miedo, ni de las pasiones ni se apenará jamás ni experimentaría jamás sentimientos de esta índole.
LICINO . — Bien, pues si no he de tener reparos en decir la verdad…, pero creo que es oportuno guardar silencio y que no es lícito el indagar lo que van llevando a cabo los sabios.
HERMÓTIMO . — ¡Qué va! Pregunta lo que quieras decir.
LICINO . — ¡Fíjate, amigo, cómo le voy dando largas!
HERMÓTIMO . — Pues no le des, buen hombre, que me hablas a mí solo.
LICINO . — Estaba siguiendo los diversos puntos de tu [9] exposición, Hermótimo, e iba creyendo que eran tal como los contabas, a saber que esos hombres llegan a ser sabios, valientes, justos y demás. De algún modo estaba hechizado por tu relato. Pero cuando dijiste que desprecian la riqueza, la gloria y los placeres y que ni se irritan ni se afligen, entonces —¿estamos solos, verdad?— me detuve recordando algo que vi hacer a un individuo el otro día, ¿quieres que diga quién o no hace falta que diga su nombre?
HERMÓTIMO . — No, no; di quién era.
LICINO . — Pues… tu mismísimo maestro, en otras facetas, por cierto, digno de respeto y que ahora está ya en la recta final de la tercera edad.
HERMÓTIMO . — ¿Pues qué hacía?
LICINO . — ¿Conoces al extranjero de Heraclea que desde hace tiempo compartía con él en calidad de alumno las clases de filosofía, al rubio, tan aficionado a las discusiones?
HERMÓTIMO . — Ya sé a quien te refieres; Dión se llama.
LICINO . — Ése, exactamente. Puesto que, al parecer, no le pagaba a tiempo sus honorarios, tu maestro lo llevó inmediatamente a presencia del arconte rodeándole el cuello con el manto al tiempo que soltaba gritos e imprecaciones. Y si algunos de sus compañeros no hubieran mediado y le hubieran arrebatado de las manos al muchacho, ten por seguro que el viejo, de lo enfadado que estaba, le hubiera arrancado a mordiscos la nariz.
[10] HERMÓTIMO . —Cuando se trata de pagar, Licino, el tipo ese, Dión, es rácano y desconsiderado, pues el maestro nunca jamás ha actuado así con otros muchos a quienes suele prestar dinero, que le pagan los intereses a su debido tiempo.
LICINO . — ¿Y qué pasaría si no se los pagaran, querido? ¿O le importa algo a él que ha sido ya purificado por la filosofía y que ya no está necesitado de lo que ha abandonado en el Eta?
HERMÓTIMO . — ¿Crees que mi maestro se ha tomado este asunto tan a pecho por sí mismo? Pues resulta que tiene niños pequeños y le preocupa que tengan que vivir en la indigencia.
LICINO . — Pues sería conveniente, Hermótimo, que llevara a las criaturas por la senda de la Virtud a fin de que compartieran con él la felicidad despreciando la riqueza.
HERMÓTIMO . — No tengo tiempo, Licino, de seguir [11] hablando contigo de estos temas. Tengo prisa ya por escucharlo, no sea que pierda el hilo de las lecciones.
LICINO . — Ánimo, amigo, pues hoy acaba de proclamarse una tregua. Así que voy a ahorrarte lo que te queda del trayecto.
HERMÓTIMO . — ¿Cómo dices?
LICINO . — Pues digo que en este momento no le podrías ver, al menos si hay que dar crédito al anuncio; colgó un letrero sobre la puerta con letras de gran tamaño que dice que hoy no hay clase de filosofía. En fin; contaban que había ido ayer a cenar a casa de Éucrates que daba una fiesta con motivo del cumpleaños de su hija, y que en el transcurso del banquete habló mucho de filosofía y se enfadó con Eutidemo el del Perípato y que mantuvo con él las discusiones de rigor argumentando en contra de los de la «Estoa». La reunión, según cuentan, se prolongó hasta bien entrada la noche y de resultas del griterío se le puso un gran dolor de cabeza que le produjo abundante sudor. Además, según creo, había bebido más de la cuenta, pues los presentes, como es natural, habían hecho diversos brindis, y él había cenado más de lo que conviene a un anciano. Así que al volver a casa vomitó un montón según contaban. Y tras pararse tan solo a contar los trozos de carne que le había dado al sirviente que tenía detrás de sí y de haber calculado cuidadosamente los que había recibido de él, duerme tras dar órdenes de no dejar entrar a nadie. Eso oí yo de boca de Midas, su criado, que se lo estaba contando a algunos de los alumnos, un buen grupo, que ya se iban.
HERMÓTIMO . — Y ¿quién ganó en la discusión, Licino, [12] mi maestro o Eutidemo? ¿Decía Midas algo al respecto?
LICINO . — Al principio, según cuentan, estaban muy igualados, pero finalmente la victoria se decantó de vuestro lado, y el anciano fue muy superior. Pero cuentan también que Eutidemo no se marchó sin sangre, sino con una herida enorme en la cabeza. Como estaba chulo y peleón y no se dejaba convencer, ni estaba por la labor de admitir las críticas, tu formidable maestro, va y le estampa una copa como la de Néstor 9 que tenía a mano; así es como venció.
HERMÓTIMO . — Muy bien; no de otro modo hay que actuar con quienes no quieren ceder ante quienes son superiores.
LICINO . — Sí, claro, muy lógico. ¿Qué le pasó a Eutidemo para irritar a su hombre ya mayor, impasible y capaz [13] de controlarse, que tenía en su mano una copa tan pesada? Pero en fin; tenemos tiempo de sobra. ¿Por qué no me cuentas a mí, que soy tu compañero, de qué forma te viste empujado por primera vez al estudio de la filosofía? Porque yo también, si aún es posible, podría hacer junto contigo el camino comenzando a partir de ese punto; siendo amigos como somos, no me iréis a dar con la puerta en las narices.
HERMÓTIMO . — Si quisieras, Licino, encantado. Ya verás en breve cómo te diferencias de los demás; estate seguro de que los considerarás a todos niños en comparación contigo; hasta tal punto llegará tu superioridad.
LICINO . — Me basta si al cabo de veinte años fuera capaz de ser como eres tú ahora.
HERMÓTIMO . — Descuida. Yo también tenía tu edad cuando empecé a estudiar filosofía, cuarenta años casi —la edad que tú tienes, creo—.
LICINO . — Esos mismos, Hermótimo; así que toma y llévame por el mismo camino que es lo justo, creo. Y en primer lugar, dime ¿dais a los que aprenden la posibilidad de replicar si les parece que no es correcto algo de lo que se dice o no les dais opción a los más jóvenes?
HERMÓTIMO . — En modo alguno. Ahora tú, si quieres, pregunta y objeta a lo largo de la disertación; así aprenderás con más facilidad.
LICINO . — Bien, Hermótimo, por Hermes, de quien por [14] cierto te viene el nombre. Pero dime: ¿hay sólo un único camino que conduce a la filosofía, a saber el de vosotros, los estoicos? ¿O he oído bien que hay otros muchos más?
HERMÓTIMO . — Hay muchos: peripatéticos y epicúreos y seguidores de Platón y algunos otros partidarios de Diógenes y Antístenes y los pitagóreos y más aún.
LICINO . — Eso es cierto; en efecto hay muchos. Y dime, Hermótimo, ¿tienen las mismas teorías o sostienen teorías diferentes?
HERMÓTIMO . — Completamente diferentes.
LICINO . — Pues entiendo yo que sólo uno de esos sistemas será verdadero, pero no todos, ya que son diferentes.
HERMÓTIMO . — Por supuesto.
LICINO . — Vamos allá, amigo; contéstame, ¿a quién [15] diste tu confianza al principio cuando acudiste a estudiar filosofía a las muchas puertas que se te abrían de par en par? ¿Y pasando de largo ante los demás, llegaste a la de los estoicos y a través de ella consideraste oportuno acceder a la Virtud como si fuera la única verdadera, la que enseña el camino recto, en tanto que los demás llevaran a un callejón sin salida? ¿En qué te basaste entonces para actuar así? Pero no me respondas lo que piensas ahora que eres bien medio sabio bien ya sabio el todo, capaz de emitir juicios superiores a la mayoría de nosotros; antes bien respóndeme con la mentalidad que tenías entonces, un hombre corriente y moliente como soy yo ahora.
HERMÓTIMO . — No comprendo lo que pretendes con ello, Licino.
LICINO . — Pues no te estaba preguntando nada retorcido. Hay muchos filósofos como por ejemplo Platón, Aristóteles, Antístenes, y vuestros predecesores, Crisipo y Zenón, y otros tantos más; ¿en quién has confiado para, dejando de lado a los demás, hacer la elección que has hecho, considerando lógico seguir esa línea de pensamiento filosófico? ¿O es que como a Querefonte 10 te ha enviado a ti también Apolo a los estoicos diciéndote en su profecía que son los mejores de todos? Porque la costumbre que tiene es la de mandar a cada uno a una escuela diferente, pues creo que sabe cuál es la que mejor se adapta a cada cual.
HERMÓTIMO . — Nada de eso, Licino. Yo no le pregunté jamás al dios al respecto.
LICINO . —¿Piensas entonces que no merece la pena una consulta al dios o crees que eres capaz de elegir por ti mismo, por ti solo, sin ayuda?
HERMÓTIMO . — Eso creo yo.
[16] LICINO . — Pues bien, entonces podrías enseñarme lo primero de todo cómo podemos discernir correctamente desde un principio cuál es la mejor y la verdadera filosofía, la que uno debería elegir dejando de lado los demás.
HERMÓTIMO . — Te lo voy a explicar. Veía yo que la mayoría de la gente se sentía atraída por ésta así que deduje que sería la mejor.
LICINO . —¿En qué cantidad crees que son más numerosos los estoicos que los epicúreos o los platónicos o los peripatéticos? Porque me parece que los has contado como en las votaciones a mano alzada.
HERMÓTIMO . — Es que no los he contado sino que me dio esa impresión.
LICINO . — ¡Como que no quieres enseñarme sino que me estás engañando; tú, que acerca de temas tan importantes dices que juzgas basándote en la conjetura y a ojo de buen cubero, e intentas ocultarme la verdad!
HERMÓTIMO . — No es eso, Licino. Pero es que oía a todo el mundo decir que los epicúreos eran dulces de espíritu 11 y amantes de los placeres; los peripatéticos, amantes de la riqueza y aficionados a las dicusiones; y los platónicos, llenos de soberbia y amantes de los honores. En cambio, de los estoicos mucha gente decía que eran hombres de verdad, que lo saben todo y que quien va por ese camino es el único rey, el único rico, el único sabio; en una palabra, lo es todo.
LICINO . — Evidentemente era lo que opinaba otra gente [17] sobre ellos; pues no habrías hecho caso de quienes elogian a sus propias escuelas filosóficas.
HERMÓTIMO . — En absoluto, sino que el resto de la gente opinaba así.
LICINO . — Como es natural los partidarios de las escuelas rivales no opinarían así.
HERMÓTIMO . — Claro que no.
LICINO . — Los ciudadanos de a pie son los que opinaban así.
HERMÓTIMO . — Desde luego.
LICINO . — Pues ya ves cómo otra vez estás intentando engañarme y no me dices la verdad. Crees que estás dialogando con un Margites 12 cualquiera que estaría dispuesto a creer que Hermótimo, un hombre inteligente, de cuarenta años cumplidos, se fía en lo que a filosofía y filósofos se refiere de los hombres de la calle y que según lo que ellos decían hizo la elección considerándolos dignos de la mayor estima. Desde luego yo no podría darte crédito si dices cosas semejantes.
[18] HERMÓTIMO . — Pues sabes, Licino, que no sólo me fiaba de los demás, sino sobre todo de mí mismo. Pues yo los veía (a los estoicos) andar con porte, decorosamente vestidos, siempre en actitud pensativa, con mirada varonil, la mayoría de ellos con el pelo cortado al rape, sin ninguna blandenguería, sin la exagerada indiferencia que impone respeto distante y que es circunstancial al cínico, sino en una actitud de equilibrio, lo que al decir de todos, es lo mejor.
LICINO . —¿Y los has visto actuando de la forma que un poco antes te contaba yo que había visto actuar, Hermótimo, a tu maestro? Es decir prestando dinero, reclamando urgentemente los pagos, buscando pelea por el placer de discutir en las reuniones y demás actitudes por el estilo que ponen constantemente de relieve? ¿O todo esto te importa poco siempre que el vestido sea decoroso, la barba poblada y el pelo cortado al rape? Así que para el futuro, tomemos como norma y regla exacta (de conducta) en temas semejantes lo que dice Hermótimo, y así habrá que identificar a los mejores por sus apariencias, sus andares y sus afeitados. Y quien no presente esos síntomas y no muestre un rostro sombrío y que denote preocupación ¿habrá de ser marginado [19] y rechazado? Mira a ver, Hermótimo, no me estés tomando el pelo intentando probarme a ver si me doy cuenta de que me estás engañando.
HERMÓTIMO . —¿Por qué has dicho esto?
LICINO . — Pues, querido amigo, porque esta forma de examinar a partir de las apariencias externas es propia de estatuas. Al menos ellas tienen un aspecto mucho más airoso y unos vestidos más decorosos ya que un Fidias, un Alcámenes o un Mirón las han modelado para que resulten los más hermosas posibles. Pero si hubiera que juzgar por elementos de esa índole, ¿qué pasaría si un ciego sintiera deseos de dedicarse a la filosofía? ¿Cómo podría distinguir al que ha hecho la mejor elección si no puede ver ni su atuendo ni su porte?
HERMÓTIMO . — Pero mis argumentos no van dirigidos a los ciegos, ni me preocupo de ellos.
LICINO . — Pues entonces, caballero, debería existir algún criterio común de conocimiento de temas tan importantes y de tanta utilidad para todos. A no ser que te parezca bien que lo ciegos queden al margen de la filosofía —ya que no pueden ver—; por cierto que deberían ser ellos quienes más se dedicaran a la filosofía para así paliar mejor su desgracia. Y los que pueden ver, por muy fina que tengan la mirada ¿cuál de las cualidades del alma podrían captar a partir de ese recubrimiento externo? Lo que quiero decir es [20] algo así: ¿No fue por amor a su forma de pensar por lo que te echaste en manos de estos hombres? ¿Y no confiabas en mejorar en los aspectos ideológicos?
HERMÓTIMO . — Naturalmente.
LICINO . — Entonces, ¿cómo serás capaz de distinguir por los síntomas que mencionaste al filósofo verdadero del que no lo es? Cosas así no gustan de manifestarse de esta manera, sino que son secretas, permanecen en la oscuridad, y se manifiestan en conversaciones, reuniones y actuaciones subsiguientes, y ello al cabo de un tiempo y con dificultad. Ya has oído, creo, la acusación que Momo le hizo a Hefesto. Y si no, escucha. Cuenta la fábula que Atenea, Poseidón y Hefesto discutían respecto de su habilidad manual; Poseidón modeló un toro, Atenea inventó una casa y Hefesto plantó a su lado a un hombre 13 . Y se presentaron ante Momo, a quien habían elegido como árbitro; examinó éste el trabajo de cada uno de ellos. Y sería superfluo decir los defectos que encontró en las obras de los otros dos, pero respecto del hombre hizo la siguiente crítica, y regañó al artista, a Hefesto, porque no le había abierto unas ventanas a lo largo del pecho, capaces de abrirse para que todos pudieran fácilmente conocer lo que quiere o lo que está pensando y si miente o si dice la verdad. Aquél (Momo), como era corto de vista, tenía esas ideas sobre los hombres, pero tú has fijado tus ojos en nosotros con mejor vista que Linceo 14 y ves lo de dentro, según parece, a través del pecho; y todo se te revela, hasta el punto de saber no sólo lo que cada uno quiere y sabe sino incluso quién es mejor o peor.
HERMÓTIMO . — Bromeas, Licino; yo escogí conforme a [21] designio divino y no me arrepiento de la elección; al menos a mí me basta con eso.
LICINO . — Sin embargo, ¿no me lo podrías decir, amigo, a mí también o me despreciarás dejándome que me pudra en la vulgaridad de la chusma?
HERMÓTIMO . — No te gusta nada de lo que te digo.
LICINO . — No, amigo mío; lo que pasa es que no tienes intención de decir nada que pudiera gustarme. Y puesto que deliberadamente andas disimulando y ves con malos ojos que podamos llegar a dominar la filosofía al mismo nivel que tú, voy a intentar, en la medida en que sea capaz, descubrir por mí mismo el criterio más exacto para abordar estos temas, y en consecuencia la opción más sólida. Y ahora, si quieres, escúchame tú también.
HERMÓTIMO . — Ya lo creo que quiero, pues igual vas a decir algo importante.
LICINO . — Pues fijate bien y no te burles si ves que abordo el tema de un modo ramplón cual ciudadano de a pie cualquiera; me veo obligado a hacerlo así ya que tú no quieres hablar con mayor claridad, pese a tener mayores conocimientos que yo. Supongamos que la virtud es una [22] especie de ciudad que tiene unos habitantes felices —como diría tu maestro, llegado de allí, de un sitio cualquiera—, sabios en grado sumo, valientes todos sin excepción, justos, sensatos, a un paso casi de ser dioses. Y nada de cuanto acaece entre nosotros, robos, violencia, codicia, podría uno ver en esa ciudad, según dicen, sino que por el contrario sus habitantes, como es de toda evidencia, viven en perfecta paz y concordia. Y lo que despierta en las demás ciudades, a mi entender, disputas y revueltas y es motivo de permanente conspiración de unos contra otros, está totalmente excluido de ellos. Efectivamente, no ponen sus ojos ni en oro, ni en placeres, ni en honores que sean objeto de discusiones entre ellos, sino que desde antaño los han expulsado de la ciudad, por no considerarlos necesarios para la vida de todos los ciudadanos. Así que viven la vida en una especie de bonanza y dicha total, en perfecta legalidad, igualdad, libertad y demás factores positivos.
HERMÓTIMO . — Y entonces, Licino, ¿no es lógico que [23] todos deseen efectivamente llegar, a ser ciudadanos de una ciudad así, sin pararse a pensar en las fatigas del camino y sin reblar ante la tardanza en llegar, dado que una vez allí se disponen a contarse entre la nómina de sus ciudadanos y a participar en la vida de la ciudad?
LICINO . — Sí, por Zeus, Hermótimo; para lograr esto debemos afanarnos al máximo desentendiéndonos de todo lo demás. Y ni a nuestra patria actual, aunque nos reclame, debe uno hacerle mucho caso, ni debe uno ablandarse ante los hijos o parientes que tengamos, por más que nos agarren deshaciéndose en llanto; antes bien, ante todo exhortarlos a ellos también a seguir por el mismo camino. Y caso que no quisieran o no pudieran, debe uno deshacerse de ellos bruscamente y encaminarse derecho a la ciudad dichosa aquella, quitándose uno incluso hasta el manto (por más que ellos lo agarran y se afanan en tirar de quien va a toda prisa hacia allí), pues no hay miedo de que alguien le impida a uno la entrada aunque llegue allí desnudo.
[24] Ya en otra ocasión y en otro lugar escuché a un hombre mayor explicar cómo son las cosas de allí, al tiempo que me apremiaba a seguirle a la ciudad; que él me guiaría, me inscribiría en el censo, me haría miembro de su tribu y copartícipe de su patria, de modo que pudiera compartir la felicidad con todos. «Pero yo no le hice caso», por mi inconsciencia y mi juventud de entonces —un poco menos de quince años, tenía—; quizás ahora estaría ya por los arrabales, a las puertas. No paraba de hablar de la ciudad, y si mal no recuerdo, entre otras muchas cosas destacaba este punto: que absolutamente todos los habitantes eran forasteros y extranjeros, y que no había si un solo nativo, sino que incluso entre los ciudadanos se encontraban muchos bárbaros y esclavos y deformes y enanos y pobres; en una palabra, quien quería participar de la ciudad. Pues el requisito legal para inscribirse no venía dado por las apariencias externas, ni la talla, ni la belleza, ni el linaje, ni el brillo de los antepasados, sino que todo eso no se consideraba entre ellos y era suficiente para alcanzar el rango de ciudadano la inteligencia, el ansiar lo bello, el trabajo, la constancia, el no rendirse ni dejarse ablandar por las dificultades que pudieran aparecer en el camino; de manera que quien hiciera gala de esas cualidades y avanzara paso a paso hasta las inmediaciones de la ciudad sería al punto un ciudadano con todas las de la ley, igual en su consideración a todos. En una palabra, el ser inferior o superior, noble o villano, esclavo o libre, no tiene razón de ser en la ciudad.
HERMÓTIMO . —¿Ves, Licino, cómo mis quebraderos de [25] cabeza no son baladíes ni por asuntos de poca monta, pues anhelo fervientemente llegar a ser yo también un ciudadano de esa ciudad tan bonita y feliz?
LICINO . — Yo también, Hermótimo, tengo los mismos deseos que tú y no hay nada que pida yo en mis plegarias antes que eso. Y si la ciudad estuviera cercana y a la vista de todos, ya hace mucho tiempo, tenlo por seguro, que hubiera entrado en ella sin dudarlo y hubiera vivido en ella como ciudadano desde hace mucho tiempo. Pero puesto que, como decís vosotros, tú y Hesíodo el poeta, está fundada muy lejos de aquí, no hay más remedio que buscar el camino que lleva hasta ella y al mejor guía. O ¿no crees tú que es eso lo que se debe hacer?
HERMÓTIMO . —¿Y cómo podría llegarse a ella de otro modo?
LICINO . — Al menos sobre la base de hacer promesas y de decir que saben, hay una gran abundancia de personas dispuestas a hacer de guías; muchos están ya apostados preparados, diciendo cada uno que son autóctonos de esa ciudad, pero no se ve ni uno solo ni un mismo camino, sino muchos y diferentes y que nada se parecen entre sí. Uno parece llevar al Oeste, el otro al Este, uno al Norte, el otro al Sur; el uno a través de prados y jardines y sombras refrescantes, agradable, sin obstáculos ni dificultades; el otro pedregoso y abrupto, y predice a las claras mucho sol y sed y fatiga. Y sin embargo, se dice que todos esos caminos llevan a la ciudad que es una, aunque finalizan en puntos diametralmente opuestos. Y ahí es donde radica todo mi [26] problema; pues por cualquiera de ellos que acceda, un hombre al comienzo de cada sendero, apostado a la entrada, un hombre digno de toda confianza, me tiende la mano y me invita a marchar por su senda. Y cada uno de ellos dice que él sólo conoce la dirección exacta y que los demás son erráticos, y que ni ellos han ido allí ni han acompañado a otros que podían guiarles. Y si me acerco al vecino me hace las mismas promesas sobre su camino y echa pestes de los demás. E igual dice el que está junto a él y así todos sucesivamente. Así, la cantidad de caminos y la disparidad entre ellos me desconcierta no poco y me sume en confusión y de un modo muy especial los guías que se extralimitan en sus funciones y que ponderan cada uno lo suyo. No sé a cuál volver mis pasos o por dónde seguir para poder llegar a la ciudad.
[27] HERMÓTIMO . — Pero yo te voy a librar de tu confusión. Si hicieras caso a quienes han realizado el trayecto previamente, Licino, no te equivocarías.
LICINO . —¿A quiénes te refieres? ¿A los que fueron por qué camino? ¿O a quién de los guías siguieron? El mismo problema se nos plantea aunque de forma distinta, trasladado de las cosas a los hombres.
HERMÓTIMO . — ¿Cómo dices?
LICINO . — Digo que el que volvió sus pasos por la senda de Platón y realizó el camino en su compañía, lo pondrá por la nubes, está clarísimo, y el que siguió la senda de Epicuro, elogiará ese camino, y así cada uno el suyo, y tú el vuestro. Dime, Hermótimo, ¿no es así?
HERMÓTIMO . — Por supuesto.
LICINO . — Pues en modo alguno me has librado de mis dudas, pues por la misma razón no se a quién de los caminantes debo hacer más caso. Efectivamente, veo que cada uno de ellos, tanto el caminante como su guía, no ha experimentado más que un solo camino, y lo elogia y dice que es el único que lleva a la ciudad. Y en verdad no puedo saber si dicen la verdad. Que ha llegado a un cierto término y que ha visto una ciudad, bueno, puedo concedérselo; pero si ha visto la que debería haber visto, en la que tú y yo desearíamos vivir como ciudadanos, o si teniendo que ir a Corinto ha llegado a Babilonia y cree que ha visto Corinto, eso al menos de momento no lo tengo claro (pues obviamente no todo el que ha visto una ciudad ha visto Corinto, a no ser que Corinto sea la única ciudad). Y lo que me plantea un gran problema es precisamente eso, el saber que inexorablemente uno sólo pueda ser el único camino verdadero. Pues Corinto sólo hay uno y todos los demás caminos llevan a todas partes menos a Corinto a no ser que alguien esté tan chiflado como para creer que el camino que lleva al país de los Hiperbóreos 15 y el que lleva a la India conducen a Corinto.
HERMÓTIMO . —¿Cómo podría ser eso? Cada camino lleva a un sitio diferente.
LICINO . — Así pues, lindo Hermótimo, se precisa no [28] pequeña deliberación para la elección de caminos y guías, y no haremos lo que dice el refrán, «ir a donde nos lleven los pies», porque sin darnos cuenta saldremos por el camino que lleva a Babilonia o a Bactra en vez de por el que lleva a Corinto. Y ni tan siquiera es de recibo echarse en manos del Azar, a ver si por casualidad elegimos el mejor camino, máxime si nos inclinamos por uno cualquiera de los caminos sin previo análisis. Y es posible incluso que suceda eso, y quizás sucedió en algún momento de los tiempos. Pero creo que nosotros en temas de tanta envergadura no debemos arriesgarnos de un modo audaz ni encasillar por completo nuestra esperanza, como dice el refrán, pretendiendo surcar el Egeo o el Jónico sobre un canasto de mimbre; entonces no podríamos acusar con razón al Azar si con sus flechas y sus dardos no fuera a dar en la diana de la Verdad, que es lo único cierto entre miles de cosas que son falsas; cosa ésta que ni siquiera estuvo en las manos del arquero homérico, Teucro 16 , creo, quien cuando debía haber matado con sus flechas a la paloma, cortó el hilo. Pues es mucho más lógico esperar que sea otra de entre tantas cosas la que resulte herida y caiga fulminada por la flecha que no precisamente ésa, la Verdad. Y el peligro no es insignificante si por desconocimiento vamos a caer en uno de los caminos sin rumbo en vez del que lleva la dirección correcta con la esperanza de que el Azar realice por nosotros una elección mejor; creo que lo captas. Y no es tan fácil darse la vuelta y volver sano y salvo si uno se echa de golpe a merced del viento luego de soltar las amarras; antes bien inexorablemente se deja llevar navegando por el mar, lleno de temores y con la cabeza pesada por el ir y venir de las olas, cuando lo que tenía que haber hecho en un principio era, antes de soltar amarras, subiendo a una atalaya, fijarse a ver si el viento era propicio, favorable para quienes quieren navegar rumbo a Corinto, y, por Zeus, elegir al mejor timonel y una embarcación sólida capaz de resistir semejante oleaje.
[29] HERMÓTIMO . — Lo mejor sin lugar a dudas, Licino. Y sé muy bien que si dieras una vuelta en derredor de todos no encontrarías guías mejores ni timoneles más expertos que los estoicos; y si alguna vez quieres llegar a Corinto, los seguirás avanzando por las huellas de Crisipo y de Zenón; de otra forma, imposible.
LICINO . —¿Ves qué vago es lo que acabas de decir, Hermótimo? Lo mismo podría decir el compañero de camino de Platón o el que ha seguido a Epicuro y los demás, cada uno a su vez, a saber, que no llegaría hasta Corinto si no es en su compañía; así que, o hay que dar crédito a todos ellos, lo cual sería ridículo, o por la misma razón no hay que dárselo a ninguno; y esto es con mucho lo más seguro hasta que no encontremos a quien garantice la Verdad.
Venga; si, como me sucede a mí ahora que ignoro aún [30] quién de todos es el que dice la Verdad, escogiera yo vuestro camino, fiándome de ti que eres mi amigo, pero que no conoces más doctrina que la de los estoicos y que no has andado más que ese único camino; si a continuación alguno de los dioses hicieran recobrar la vida a Platón y a Pitágoras y a Aristóteles y a los demás y colocándose en derredor mío me hicieran preguntas o, por Zeus, incluso me llevaran a juicio acusándome cada uno de arrogancia en estos términos, Licino, fenómeno, ¿en qué experiencia o en qué palabra te basas para tratar mejor que a nosotros a Crisipo o a Zenón, cuando nosotros somos con mucho mayores en edad que ellos, que han nacido ayer y anteayer como quien dice, y no nos has dado ni el turno de palabra ni has puesto a prueba nuestros argumentos? ¿Si ellos se expresaran en esos términos, qué les podría yo contestar? ¿Tal vez me baste con decirles que me convenció Hermótimo, un amigo mío? Pero tal vez podrían replicar —sé que lo harían— en estos términos: Licino, nosotros no conocemos al Hermótimo ese quienquiera que sea, ni él tampoco a nosotros. Conque no deberías subestimarnos ni emitir un juicio de valor desfavorable contra nosotros 17 , tú que prestas crédito únicamente a un hombre que sólo ha seguido un camino en el ejercicio de la filosofía, y que posiblemente ni siquiera lo conoce a fondo. Los legisladores, Licino, no han establecido que los jueces actúen de esta manera, ni que a una parte la escuchen en tanto que a la otra no la dejen decir lo que estima conveniente en su propia defensa, sino el prestar oído de modo semejante a ambas, de forma que cotejando con más facilidad los diversos argumentos puedan discernir lo verdadero y lo falso; y caso de no actuar de este modo la ley da opción a apelar a otro tribunal.
[31] Es lógico que se expresen ellos en términos semejantes. O incluso algunos podrían tal vez dirigirse a mí con estas palabras: Licino, supón que un etíope que no ha visto jamás a otros hombres como nosotros, por ejemplo, porque no ha salido nunca de su país, en una reunión de etíopes se reafirmara en sus teorías de que en ningún lugar de la tierra hay hombres blancos o rubios, sino tan sólo exclusivamente negros, ¿le darían crédito los demás? O acaso alguno de los etíopes de más edad podía replicarle: ¿y tú cómo lo sabes? Pues jamás has salido de nuestra tierra y, por Zeus, no sabes cómo son las cosas en otros países. Y desde luego yo diría que el anciano le pregunta con toda la razón del mundo. O ¿qué piensas tú al respecto, Hermótimo?
HERMÓTIMO . — Eso mismo, pues me parece que le increparía con toda la razón del mundo.
LICINO . — Igual yo, Hermótimo. Pero en lo que viene a continuación ya no sé si vas a estar tan de acuerdo. A mí desde luego me parece de cajón.
HERMÓTIMO . — ¿El qué?
[32] LICINO . — Pues evidentemente el tipo en cuestión proseguirá y se dirigirá a mí en estos términos: establezcamos, Licino, una comparación: alguien que no conoce más que las teorías de los estoicos, como tu amigo ese, Hermótimo, que nunca ha viajado al mundo de Platón, ni al de Epicuro, ni al de ningún otro filósofo, si dijera que en esas muchas tierras no hay nada tan hermoso y tan verdadero como las doctrinas de los estoicos, no te parecería que es un osado al manifestar públicamente su opinión sobre todos los temas, cuando no ha conocido más que un solo campo, puesto que no ha puesto jamás el otro pie fuera de Etiopía. ¿Qué respuesta quieres que le dé?
HERMÓTIMO . — La que más se ajusta a la Verdad, por supuesto; que nosotros aprendemos a fondo las doctrinas de los estoicos, porque estimamos lógico concebir la filosofía con arreglo a ellas, pero que no por ello desconocemos las doctrinas de las demás escuelas, pues el maestro también nos las va explicando al tiempo que las echa por tierra con sus teorías.
LICINO . — Y piensas que en ese punto van a estarse [33] calladitos los seguidores de Platón, Pitágoras, Epicuro y los demás y que no van a decirme muertos de risa: ¿qué está haciendo, Licino, tu amigo Hermótimo? ¿Le parece lógico dar crédito a quienes sostienen respecto de nosotros puntos de vista contrarios y cree que nuestras teorías son como quieran decir ellos aunque sean ignorantes u oculten la verdad? Pues si viera a un atleta entrenándose antes de la competición dando patadas al aire, o dando puñetazos en vacío como si golpeara a su rival, ¿por ello iba a proclamarlo, contituyéndose en árbitro, vencedor del certamen? O por el contrario, ¿creerá que esos fogosos ejercicios son fáciles y seguros pues no hay rival alguno, y esperará para proclamarlo vencedor a que se enfrente con un rival y a que lo venza hasta que ese oponente se vea derrotado por completo y no antes? Así que… no vaya a creer Hermótimo que nos va a derrotar a partir de las batallas vanales que sus maestros libran contra nosotros sin estar presentes o que nuestras teorías son tales como para echarse por tierra así como así. Y es que sería algo así como las casitas que hacen los niños y que, inconsistentes, enseguida las echan abajo o como, por Zeus, quienes se ejercitan en el tiro con arco que atan un manojo de astillas y a continuación las clavan en un palo colocado a no mucha distancia, apuntan y disparan; y si dieran en la diana y atravesaran las astillas, se pondrían a dar gritos al punto como si hubieran hecho algo grande, si es que la flecha lograra traspasar el haz de astillas y salir limpia. Pero no es así como actúan los persas ni los arqueros escitas, sino que, en primer lugar, cuando disparan, en la mayoría de los casos lo hacen moviéndose a lomos del caballo y después piensan que lo lógico es que el blanco también se mueva y no que esté ahí quieto y a la espera de que una flecha le caiga encima, sino que de algún modo intenta escapar a su impacto. Animales salvajes es lo que capturan con sus flechas las más de las veces, y en ocasiones algunas aves. Y si en algún momento desean comprobar la intensidad del impacto, colocan delante un parapeto de madera resistente o un escudo hecho de piel de buey y lo atraviesan, con lo que comprueban que sus saetas pueden traspasar incluso las armas. Dile, pues, a Hermótimo de parte nuestra que sus maestros colocando astillas delante las atraviesan con sus flechas y van diciendo después que han vencido a hombres armados, y que dibujando retratos nuestros la emprenden a puñetazos con ellos y que al derrotarlos, como es natural, creen habernos derrotado a nosotros. Y es que cada uno de nosotros podría replicarles las palabras aquellas que dicen que dijo Aquiles respector de Héctor
pues de mi casco no ven la visera 18 .
Eso es lo que dirían todos sin excepción, cada uno por separado.
Y Platón, me parece que podría contar alguna de sus [34] anécdotas de Sicilia, que creo que sabe muchas. Por ejemplo, cuentan que a Gelón de Siracusa le olía muy mal la boca y que por espacio de mucho tiempo no fue consciente de ello porque nadie se atrevía a criticar a un tirano, hasta que una mujer extranjera que tuvo relaciones con él tuvo el valor de decírselo. Cuentan que él fue a su mujer y se irritó con ella por no habérselo hecho notar, ella que era quien mejor conocía el mal olor de su aliento, y que ella le suplicó que la perdonara. Aducía que por no haber frecuentado anteriormente compañía ni trato con ningún hombre, creía que la boca de todos los hombres despedía un olor semejante. Así, podría decir Platón algo así como que «Hermótimo, puesto que no tiene trato más que con los estoicos, no sabe cómo son las bocas de los demás». Y Crisipo podría decir lo mismo e incluso ir más lejos si yo lo dejara sin emitir un juicio crítico y fuera a parar a las doctrinas de Platón dando crédito a uno de los que no frecuentan más compañía que la de Platón. En una palabra, afirmo que en la medida en que no está clara una opción en el terreno de la filosofía, la mejor consiste en no hacer ninguna, pues el optar por una supone un cierto desprecio hacia las demás.
HERMÓTIMO . — ¡Por Hestia, Licino!, dejemos quietecitos [35] a Platón, Aristóteles, Epicuro y demás filósofos, que no está en mi mano rivalizar con ellos; investiguemos tú y yo, los dos solos por nuestros propios medios a ver si el problema de la filosofía es como yo digo que es. Que en lo que a etíopes o a la mujer de Gelón se refiere, ¿a cuento de qué había que traerlos desde Siracusa para nuestra discusión?
LICINO . — Bien, pues, que se vayan a paseo si te parece que no vienen al caso en la discusión. Habla tú ya, que al parecer vas a decir algo fantástico.
HERMÓTIMO . — Me parece, Licino, que es posible llegar a saber la verdad aprendiendo tan sólo las doctrinas de los estoicos, a partir de ellas, sin llegar a las demás escuelas, examinando cada punto. Fíjate. Si alguien va y te dice a ti solo que dos por dos son cuatro, ¿habrás de ir a informarte de boca de otros matemáticos a ver si hay alguno que dijera que son cinco o siete? ¿O te darás cuenta al instante que ese hombre te está diciendo la verdad?
LICINO . — Al instante, Hermótimo.
HERMÓTIMO . — Entonces ¿por qué te parece imposible que un hombre que no ha tenido trato más que con estoicos, que dicen la verdad, les preste crédito y ya no necesite de los demás para saber que cuatro nunca pueden ser cinco por más que lo afirmen millones de Platones o Pitágoras?
[36] LICINO . — No se trata de eso, Hermótimo, pues pones en parangón lo que es del dominio público con lo que está sometido a juicio, que son cosas muy distintas. O si no, di ¿te has encontrado a alguien que diga que multiplicando dos por dos le da cinco o siete?
HERMÓTIMO . — En absoluto, yo al menos no; pues loco estaría quien dijera que no da cuatro.
LICINO . —¿Y qué? ¿Te has encontrado alguna vez —e intenta, por las Gracias, decir la verdad— a algún estoico o algún epicureo que no difieran en los principios o en los objetivos de sus doctrinas?
HERMÓTIMO . — Nunca jamás.
LICINO . — Pues fíjate, fenómeno, no sea que con tus palabras vengas a engañarme, y más siendo amigo mío. Estamos intentando averiguar quiénes son los que dicen la verdad en esto de la filosofía, y tú te has abalanzado atribuyéndosela a los estoicos, diciendo que ellos son los que dicen que dos por dos son cuatro, sin que esté nada claro que es así. Por la misma regla de tres los epicúreos o los platónicos podrían sostener ese resultado aduciendo que vosotros decís que da cinco o siete. ¿O no te parece que es eso lo que hacen cuando vosotros sostenéis que el Bien es la Virtud en tanto que los epicúreos dicen que es el Placer? ¿Y cuando vosotros decís que todo es corpóreo en tanto que Platón piensa que existe algo incorpóreo en los seres? Pues tal y como yo decía, tú, de forma arrogante dando por seguros todos los puntos que son susceptibles de discusión, se los atribuyes sin más a los estoicos, en tanto que las demás escuelas lo recaban para sí; así que, entiendo yo, el tema requiere de un examen crítico. Porque si llegara a demostrarse que es patrimonio exclusivo de los estoicos el pensar que dos por dos son cuatro, bien callados pueden estarse los demás. Pero en tanto todos se pelean por el mismo objetivo no hay más remedio que escuchar a todos por igual o saber que va a parecer que estamos emitiendo un juicio parcial.
HERMÓTIMO . — Me parece, Licino, que no comprendes [37] lo que quiero decir.
LICINO . — Entonces deberás expresarte con mayor claridad si es que vas a exponer un punto de vista que no sea igual al mío.
HERMÓTIMO . — Enseguida vas a saber lo que voy a decir. Supongamos que dos personas cualesquiera han entrado al santuario de Asclepio o al de Dioniso, y que ha desaparecido una copa de los rituales sagrados, ¿habrá que registrar a los dos para ver quién es el que oculta la copa en su regazo?
LICINO . — Naturalmente.
HERMÓTIMO . — Uno de los dos lo tiene.
LICINO . — Si ha desaparecido, por supuesto.
HERMÓTIMO . — Y caso de encontrarla en el primer individuo, ya no desnudarás al segundo, porque es de cajón que no la tiene.
LICINO . — De cajón.
HERMÓTIMO . — Y caso de no encontrarla en el regazo del primero, es evidente que el segundo la tiene, con lo que ni lo registrarás porque no hará falta.
LICINO . — Evidente.
HERMÓTIMO . — Pues también nosotros, si encontramos ya la copa en manos de los estoicos, estimaríamos lógico no registrar a los demás, pues tenemos lo que desde antaño buscábamos. ¿O habríamos de tener algún motivo para tomarnos más molestias?
[38] LICINO . — Ninguno, caso de encontrarlo. Y máxime en el caso de que luego de haberlo encontrado pudiérais saber que era ese precisamente el que faltaba o en el caso que el objeto sagrado os fuera perfectamente conocido. Pero ahora, amigo, los que acceden al templo no son dos, con lo que ineludiblemente uno de los dos tiene el objeto, sino muchos más, con lo que no está claro dónde está el objeto que falta, sea una copa o una taza o una corona. Pues al menos cada sacerdote dice que es una cosa y no se ponen de acuerdo ni sobre el material de que está hecho; unos dicen que de bronce, otros que de plata, otros que de oro y otros incluso que de estaño. Con lo que no hay más remedio que desnudar a todos los que entran si se quiere encontrar el objeto perdido. Y aunque se le encontrara inmediatamente una copa de oro al primero, habría que desnudar incluso a los demás.
HERMÓTIMO . —¿Por qué, Licino?
LICINO . — Pues porque no estaría claro que es una copa el objeto perdido; porque aunque todos estuvieran de acuerdo en ese punto, no todos afirman que se trata de la copa de oro. Y si se tuviera constancia exacta de que falta una copa de oro y tú incluso encontraras una copa de oro en manos del primer individuo, no por ello dejarías de registrar a los demás, pues no está claro si la copa en cuestión sería la copa de la divinidad. ¿O no crees que hay muchas copas hechas de oro?
HERMÓTIMO . — Sí.
LICINO . — Será menester ir registrando a todos y poner en medio todo lo que se le haya encontrado a cada uno y así deducir a cuál de esos objetos le cuadraría ser propiedad de la Divinidad.
Pues la mayor dificultad radica precisamente en lo [39] siguiente: en que cada una de las personas registradas tiene algo con seguridad —el uno una taza, el otro una copa, el de más allá una guirnalda y, a su vez, cada uno de estos objetos de bronce, de oro, de plata—; y aun así no está claro si lo que cada hombre tiene es objeto sagrado. De modo que es de todo punto imposible precisar a quién le cuadra el nombre de sacrílego. Pues aun en el caso de que todos tuvieran objetos semejantes tampoco estará claro quién es el que ha sustraído el objeto del dios, pues objetos así también pueden ser propiedad particular. Y es sólo una la causa de nuestra ignorancia, creo yo, a saber, que la copa que falta no tiene una inscripción —eso suponiendo que sea una copa lo que falte—; de modo que si se hubiera grabado sobre ella el nombre del dios o el del oferente nos habríamos dado menos trajines y al encontrar la copa con la inscripción habríamos dejado de registrar y de causar molestias a los demás. Por cierto, creo, Hermótimo, que has visto ya en muchas ocasiones competiciones deportivas.
HERMÓTIMO . — Y crees bien; en muchas ocasiones y en muchos lugares.
LICINO . — ¿Y te sentaste alguna vez al lado de quienes otorgan los trofeos?
HERMÓTIMO . — Sí, por Zeus, en las competiciones de Olimpia y recientemente a la izquierda de los helanodicas 19 , pues me reservó un asiento entre sus conciudadanos Evándridas de Élide; que andaba yo deseoso de ver de cerca lo que se traen entre manos los árbitros.
LICINO . —¿Sabes, pues, cómo sortean quién tiene que enfrentarse a quién en la lucha o en el pancracio? 20 .
HERMÓTIMO . — Pues claro que lo sé.
LICINO . — Naturalmente tú que lo viste más de cerca podrías decirlo mejor que yo.
[40] HERMÓTIMO . — Lo antiguo, cuando Heracles era el organizador de los juegos, hojas de laurel…
LICINO . — No me cuentes lo de época antigua, Hermótimo; dime lo que viste recientemente.
HERMÓTIMO . — Hay delante de ellos una urna de plata dedicada al dios. En ella se introducen unas pequeñas fichas que llevan grabada una inscripción, del tamaño de una judía pequeña 21 . Hay dos que tienen marcada una alfa cada una de ellas, otras dos una beta, otras dos la gamma y así sucesivamente si hay más atletas; siempre son dos fichas con la misma letra.
Cada uno de los atletas acude y luego de hacer la plegaria a Zeus mete la mano en la urna y saca una ficha; y a continuación va repitiendo el siguiente la misma operación. Y un vigilante provisto de látigo le sujeta la mano a cada uno impidiéndole leer qué letra es la que ha sacado. Una vez que todos tiene ya su correspondiente letra, el inspector jefe, creo, o uno de los propios helanodicas —ya no recuerdo ese detalle— da vuelta en derredor de los atletas que están de pie en círculo e inspecciona las fichas. Así al que tiene una alfa lo empareja para enfrentarse en la lucha o en el pancracio con el que tiene la otra; al que tiene la beta con el de la beta y así sucesivamente a cada uno con el de su letra correspondiente. Así si son pares los contrincantes 8, 4, 12; y si son impares 5, 7, 9, marca en una sola ficha una letra suelta que no tiene su correspondiente. Y el que saque ésa queda exento y tiene que esperar hasta que compitan los demás, pues no tiene letra correspondiente. Y no es de poca monta la suerte de ese atleta, el esperar descansado a enfrentarse con rivales agotados.
LICINO . — Quieto ahí; eso es justamente lo que me [41] hacía falta. Así que supon que son nueve y que todos han sacado y tienen ya sus fichas. Date una vuelta —quiero hacerte helanodica en vez de espectador— e inspecciona las letras; creo que no serías capaz de saber quién es el que queda exento a no ser que vayas a todos antes y los emparejes.
HERMÓTIMO . — Es imposible descubrir al instante la letra que evidencia quién es el que queda exento; o quizás podría llegar a descubrir la letra, pero sin saber si es ésa; pues de antemano no se ha dicho expresamente que la Κ o la Μ o la I corresponda al exento. Así que cuando encuentres la A, irás a buscar al que tiene la otra A y cuando lo hayas encontrado, los emparejas; y después encuentras la Β y vas buscando a ver dónde está la otra que le corresponde a la ya encontrada, y así con todos del mismo modo, hasta que no te quede más que el que tiene la letra que no tiene correspondencia.
HERMÓTIMO . —¿Y si dieras con ese en primero o segundo [42] lugar, qué harías?
LICINO . — No se trata de lo que haría yo sino tú, que eres el helanodica; me gustaría saber qué es lo que harías; ¿acaso dirás al punto que ése es el exento o no tendrás más remedio que dar una vuelta a ver si en algún lugar se encuentra la letra correspondiente? Como que si no ves las fichas de todos no podrías saber quién es el exento.
HERMÓTIMO . — Fácilmente lo sabría, Licino; al menos en el caso de nueve contrincantes si encuentro la E en primer o segundo lugar sé que quien la tiene es el exento.
LICINO . —¿Cómo, Hermótimo?
HERMÓTIMO . — De la siguiente manera: dos de ellos tiene la A y de igual modo la B, de los restantes, que son cuatro, unos han sacado la Γ y otros la Δ con lo que se han empleado ya cuatro letras para los atletas que son ocho. Es evidente, pues, que sólo sería impar la letra que viene a continuación, la E, con lo que el que la sacara sería el exento.
LICINO . —¿Cómo podría elogiar tu inteligencia, Hermótimo? ¿O quieres que te replique cuáles serían mis puntos de vista?
HERMÓTIMO . — Sí, por Zeus, pero no acierto a ver qué réplica lógica puedes darles a los míos.
[43] LICINO . — Tú has hablado como si todas las letras se escribieran por orden alfabético, esto es, primero la A y después la B y así sucesivamente hasta que una de ellas completara el número de atletas. Y te concedo que se actúa así en Olimpia. ¿Pero qué sucedería si sacando cinco letras al azar, la X y la Σ y la Z y la K y la Θ escribiéramos por duplicado cuatro de ellas sobre ocho fichas y reserváramos la Ζ para el noveno contrincante, la que nos indicará precisamente quién es el exento? ¿Qué harías si encontraras la Ζ al principio? ¿Cómo podrías saber que quien la tiene es el exento sin ir a todos y comprobar que ninguno tiene la correspondiente? No podrías dejarte guiar como ahora, por el orden alfabético.
HERMÓTIMO . — De difícil respuesta la pregunta que me haces.
[44] LICINO . — Pues analiza el mismo tema de otra manera. ¿Qué pasaría si no escribiéramos letras sobre las fichas sino algún tipo de rasgos y garabatos como los egipcios que escriben muchos, en vez de letras, a saber, hombres con cabeza de perros y con cabezas de leones?… Mejor vamos a dejarlo porque se trata de rasgos raros. Supón que vamos a escribir caracteres homogéneos y simples, que se parezcan lo más que se pueda, por ejemplo, dos hombres en dos fichas, dos caballos en otras dos, dos gallos y dos perros, y en la novena, un león. Si la primera con la que te topas es con la ficha que tiene pintado el león, ¿cómo podrías saber cuál es el exento, a no ser que cotejes todos previamente a ver si algún otro tiene un león?
HERMÓTIMO . — No puedo contestarte, Licino.
LICINO . — Evidente, pues, no hay respuesta presentable [45] alguna. Así que si queremos encontrar bien al individuo que tiene la copa sagrada, o al contrincante exento, o a quien nos guiaría mejor hasta la ciudad de Corinto de la que hablábamos, inexorablemente tendremos que llegar a todos y los examinaremos tras registrarlos, despojarlos de sus vestidos y cotejarlos entre sí. E incluso así llegaríamos a saber la verdad con mucha dificultad. Y si alguien quisiera ser mi asesor y mi fiel consejero respecto de la filosofía en el sentido de qué doctrina filosófica debería seguir, tan sólo podría serlo quien conozca lo que predican todas las escuelas filosóficas; pues lo demás serían imperfectos y no podría darles crédito, con una tan sólo que no hubieran experimentado, pues tal vez ésa podría ser la mejor. Y si un hombre por su cuenta y riesgo dijera que es el más hermoso de los hombres, no le daríamos crédito alguno a no ser que supiéramos que ha visto previamente a todos los demás hombres. Quizás sea de verdad un hombre guapo, pero no podría saber si es el más guapo sin haber visto antes a todos los demás. Y a nosotros lo que nos hace falta no es lo bello sino lo más bello. Y si no lo encontramos, pensaremos que no hemos sacado nada en limpio. Pues no nos daremos por satisfechos con encontrar cualquier tipo de belleza, sino que vamos buscando la belleza suprema que no puede ser más que una sola.
[46] HERMÓTIMO . — Cierto.
LICINO . — Pues bien, ¿puedes decirme de alguien que haya recorrido todo el trayecto por la senda de la filosofía y que conociendo las teorías de Pitágoras y Platón y Aristóteles y Crisipo y Epicuro y los demás filósofos haya finalmente optado por una sola senda de entre todas ellas, tras haber comprobado que es la verdadera y haber aprendido por propia experiencia que es la única que lleva directamente a la felicidad? Si encontráramos a un hombre así, dejaríamos de tener problemas.
HERMÓTIMO . — No sería fácil, Licino, encontrar a un hombre así.
[47] LICINO . — ¿Qué haremos entonces, Hermótimo? Creo que no deberíamos recatarnos por el hecho de no poder avanzar por buen camino al no disponer en el momento actual de un guía de esas características. Lo más consistente y lo más sólido es que cada uno al principio avance por el sendero de cada opción y examine con atención las teorías que sostienen todas.
HERMÓTIMO . — Por lo visto así parece. Pero, ojo, no vayamos a toparnos con el obstáculo que señalabas un poco antes, en el sentido de que no es fácil volver de nuevo una vez que uno se ha comprometido a sí mismo y ha desplegado sus velas. ¿Cómo sería uno capaz de abordar todos los caminos si se ve, como dices, retenido en el primero?
LICINO . — Te lo voy a explicar. Imitaremos el sistema de Teseo y tomando un hilo de la trágica Ariadna 22 iremos entrando en cada laberinto, de modo que rebobinándolo salgamos sin problemas.
HERMÓTIMO . —¿Y quién sería nuestra Ariadna? ¿Y de dónde sacaremos el ovillo?
LICINO . — Ánimo, amigo; me parece que ya he dado con el punto de apoyo para salir.
HERMÓTIMO . — ¿Cuál es?
LICINO . — No es mío lo que voy a decirte, sino de algún sabio: «Sé sobrio y acuérdate de no fiarte de nadie» 23 . Y si no damos crédito así como así a lo que oímos sino que actuamos al modo de los jueces, dejando hablar al que le toca el turno, tal vez podríamos escapar limpiamente de los diversos laberintos.
HERMÓTIMO . — Llevas razón; actuaremos así.
LICINO . — Bien. ¿Por cuál de ellos nos dirigiríamos [48] primero? ¿O eso no supondrá ninguna diferencia? Empecemos por uno cualquiera, por el de Pitágoras, si así lo dispone el Azar. ¿En cuánto tiempo creemos que aprenderemos todas las doctrinas de Pitágoras? Por cierto; no me quites los famosos cinco años de silencio; con esos cinco años, creo que treinta años serán suficientes, y si no, por lo menos veinte.
HERMÓTIMO . — Pongamos veinte.
LICINO . — Así por la misma regla de tres hay que dar otros tantos años a Platón y no menos a Aristóteles.
HERMÓTIMO . — No menos, por supuesto.
LICINO . — Y a Crisipo ya no te voy a preguntar cuántos, pues sé, por haberlo oído de tu boca que a duras penas bastaría con cuarenta.
HERMÓTIMO . — Exactamente.
LICINO . — Y así sucesivamente Epicuro y los demás. Que no les adjudico tantos años lo corroborarías si te pararas a pensar cuántos estoicos, epicureos y platónicos octogenarios reconocen que no conocen todas las teorías de su propia escuela como para decir que no les falta nada para su cabal conocimiento. Y si no lo reconocieran, Crisipo y Aristóteles y Platón sí lo harían, y antes que ellos Sócrates, que no les iba a la zaga, y que pregonaba a los cuatro vientos no que no sabía todo, sino que no sabía nada excepto el hecho mismo de saber que no sabía nada. Así que echemos cálculos desde el principio; estábamos poniéndole veinte a Pitágoras y otros tantos a Platón y así sucesivamente a los demás. ¿Cuánto nos daría el total con que pusiéramos tan sólo diez escuelas filosóficas?
HERMÓTIMO . — Más de doscientos, Licino.
LICINO . — ¿Quieres que quitemos un cuarto para que el total sean cientocincuenta, o incluso la mitad?
[49] HERMÓTIMO . —Tú saber mejor; yo sólo veo que unos pocos podrían salir después de haber pasado por todos ellos y ello empezando el mismo día de su nacimiento.
LICINO . —¿Y qué podría uno hacer, Hermótimo, si el problema está planteado así? ¿Acaso habrá que volver a los puntos en que ya estábamos de acuerdo, a saber, que nadie puede escoger de entre muchos caminos el mejor sin haberlos probado todos? y ¿que quien elige sin experiencia previa va a la búsqueda de la verdad más por adivinación que por juicio crítico? ¿O no era eso lo que estábamos diciendo?
HERMÓTIMO . — Sí.
LICINO . — Pues entonces es de todo punto forzoso el vivir tanto tiempo si queremos hacer una buena elección luego de haberlas probado todas, y luego de elegir dedicarnos a la filosofía y luego de dedicarnos a la filosofía ser felices. Antes de actuar así, estaremos, como dicen, bailando en las tinieblas, y lo primero que caiga en nuestras manos, eso será lo que asumiremos que es el objeto de nuestra búsqueda, por el hecho de no conocer la verdad. Y aunque por algún designio positivo del Azar encontráramos otra vía y fuéramos a dar a ella no podríamos saber con total seguridad si es aquello lo que andamos buscando. Pues hay muchas que se le parecen, todas con la pretensión de ser la auténticamente verdadera.
HERMÓTIMO . — No sé cómo, Licino, me parece que lo [50] que dices es de todo punto lógico, pero —te voy a decir la verdad— me estás afligiendo no poco con estas explicaciones y toda esta retahíla de detalles que no hacen al caso para nada. Tengo tal vez la impresión de que no ha sido nada bueno para mí el salir de casa y nada más poner el pie en la calle toparme contigo, pues cuando ya estaba cerca de mi esperanza me has puesto en aprietos con tu demostración de que la búsqueda de la verdad es imposible porque requiere tanto años.
LICINO . — Creo, amigo, que sería mucho más justo hacer esos reproches a tu padre, Menécrates, o a tu madre, como se llame —que no sé su nombre—, o antes que a ellos a nuestra propia naturaleza, porque no te hicieron como a Titono 24 , de muchos años y larga vida, sino que delimitaron que quien es un hombre no pueda vivir en el caso de máxima duración más de cien años. Yo, tras minucioso examen, en compañía tuya me limito a descubrir las conclusiones que se desprenden de mi argumentación.
HERMÓTIMO . — No es así, sino que adoptas una permanente [51] actitud de arrogancia insolente y no sé qué te pasa que odias la filosofía y te burlas de los filósofos.
LICINO . — Hermótimo, qué es la verdad podríais decirlo mejor vosotros los sabios, tú y tu maestro. Yo lo único que sé es que la verdad no es totalmente grata a los oídos de quienes la escuchan, sino que su estima se ve muy superada por la falsedad; ésta presenta un rostro más agradable y por ello resulta más grata; aquélla, por cuanto que no conoce doblez alguna consigo misma, se hace llegar a los hombres con total libertad de expresión y precisamente por ello se enfandan con ella. Mira a ver; tú también te enfadas conmigo porque estoy intentando descubrir la verdad respecto de estos temas en compañía tuya e intentando poner de relieve que los temas que suscitan nuestra pasión no son nada fáciles; es como si te enamoraras de una estatua y creyeras alcanzarla albergando la sospecha de que se tratara de un ser humano y yo, viendo perfectamente que se tratara de piedra o bronce, te hiciera saber, porque te aprecio, que estabas enamorado de algo imposible, y tú entonces creyeras que yo tengo algo contra ti porque no he permitido que sufrieras un engaño fruto de albergar esperanzas contra toda esperanza 25 .
[52] HERMÓTIMO . —¿Afirmas entonces, Licino, que no debemos dedicarnos a la filosofía sino, como ciudadanos de a pie, pasar la vida entregados al ocio?
LICINO . —¿Y dónde me has oído decir eso? Pues yo no digo que no haya que dedicarse al estudio de la filosofía, sino que puestos a ello son muchos los caminos que afirman llevar a la filosofía y conducir a la Virtud, mas el verdadero no se ve con claridad y es difícil hacer una elección exacta. Pues al ser muchos los que se nos ofrecían, poco a poco se iba poniendo de relieve la imposibilidad de optar por el mejor a no ser en el caso de haberlos experimentado todos, experimento que en cierto modo se me antoja de larga duración. Y tú ¿cómo piensas que sería lógico actuar? Te voy a preguntar otra vez: a quien primero te salga al paso ¿a ése seguirás y compartirás con él el estudio de la filosofía y él a su vez te recibirá como agua de mayo 26 ?
HERMÓTIMO . — Y ¿qué respuesta podría darte a ti que [53] afirmas que nadie es capaz de emitir un juicio a no ser que viva tantos años como el Fénix y vaya dando tumbos y tanteando a todos sin fiarse de quienes ya han experimentado previamente ni de los muchos que le ofrecen sus elogios y sus testimonios?
LICINO . —¿Quiénes son esos muchos que dices saben y han experimentado todo? Pues con que haya alguien así, con uno me basta y ya no necesito más. Pero si te refieres a quienes no saben, su abundante número me llevará a no fiarme en absoluto en tanto en cuanto se manifiestan sobre todas las doctrinas sin conocer ninguna o a lo sumo una sola.
HERMÓTIMO . — Vamos, que tú eres el único que ha captado la verdad y todos los que se dedican a la filosofía son tontos.
LICINO . — Son falsas tus acusaciones, Hermótimo, al decir que de algún modo me coloco por delante de los demás o me alineo entre los que saben, y ya no te acuerdas de lo que decía, al sostener que no tenía yo un conocimiento de la verdad superior al de los demás sino por el contrario confesar que junto con los demás hombres estaba en el total desconocimiento.
HERMÓTIMO . — Pero Licino, el que haya que acudir a [54] todas las escuelas y poner a prueba lo que dicen y el pensar que este procedimiento de elección es el mejor es tal vez lógico, pero el dedicar tantos años a la experimentación es ridículo, en la medida en que no es posible a partir de pocos indicios llegar a captarlo todo. Un asunto de esta índole me parece sencillísimo y que no necesita tanta demora. Cuentan que uno de los escultores, Fidias creo, al ver la garra de un león pudo calcular a partir de ella el tamaño del león completo y en consecuencia modelarlo de acuerdo con el tamaño de la garra. Tú también con ver simplemente la mano de una persona, tapando el resto de su cuerpo sabrías de inmediato, creo, que lo que había tapado allí era una persona, aunque no vieras su cuerpo entero. Así, es fácil aprender bien en una fracción de un día lo más importante de las teorías de cada doctrina y para optar por lo mejor no es imprescindible acudir a un examen tan dilatado y tan minucioso, pues basta con juzgar a partir de esos puntos fundamentales.
[55] LICINO . —Vaya, vaya, Hermótimo; ¡con qué seguridad acabas de afirmar que se puede conocer el todo a partir de las partes! Yo al menos recuerdo haber oído justamente lo contrario es decir que quien conoce el todo conoce la parte pero que quien solamente conoce la parte no conoce también el todo.
HERMÓTIMO . — Claro.
LICINO . —Y ahora respóndeme. ¿Habría sabido Fidias al ver una garra de león que se trataba de un león caso de no haber visto previamente un león completo? O tú al ver una mano de persona habrías podido sostener que se trataba de una persona sin haber visto o conocido previamente a una persona?… ¿Por qué te callas? ¿O quieres que conteste yo por ti la respuesta incuestionable que no podías darme? Que Fidias se expone a retirarse sin obtener resultado positivo alguno, tras modelar su león a lo tonto; ya se le ve que dice que no tiene nada que ver con Dioniso 27 . ¿O qué otra comparación parecida se podría poner? Tanto Fidias como tú no teníais otro procedimiento para conocer las partes que el conocer el todo —me refiero a un hombre y un león—. En la filosofía, por ejemplo, en la de los estoicos, ¿cómo a partir de las partes podrías captar lo demás?, ¿cómo podrías demostrar que es bello?, pues no conoces el todo del que constituyen partes respectivas. Y lo que afirmas, [56] a saber, que es fácil escuchar lo fundamental de toda doctrina filosófica en una breve fracción de día —como por ejemplo sus fundamentos, sus fines, qué creen que son los dioses, qué es el alma, quiénes afirman que todo es material, quiénes precisan que existe también lo inmaterial, el hecho de que unos proponen el placer, otros lo bello como lo bueno y lo que proporciona la felicidad y cosas por el estilo—, escuchando como digo tales aseveraciones desde luego es fácil y nada trabajoso hacer demostraciones. Pero el saber quién es el que dice la verdad es cuestión no de una fracción de día sino de muchos días. Y si no, ¿qué es lo que les ha pasado para escribir a miembros de cada escuela cientos y miles de libros con la intención de convencer, creo, de que son verdaderas esas pocas cosas que te parecían sencillas y fáciles de aprender? Creo que ahora vas a necesitar un adivino que te oriente para elegir la mejor, a no ser que dejes pasar un tiempo para elegir con exactitud sopesando tú personalmente todos los puntos en conjunto y por separado. Y sería la elección más breve sin complicaciones ni rodeos, si mandaras a buscar al adivino y luego de oír los puntos fundamentales de todas las doctrinas hicieras un sacrificio por cada una de ellas; la Divinidad te liberaría de diez mil problemas si te mostrara en el hígado de la víctima cuál debe ser tu elección. Y si quieres, te voy a proponer [57] otro procedimiento menos complicado para que no tengas que ofrendar víctimas ni hacer sacrificios ni recurrir a uno de esos sacerdotes que cobran tan caro; luego de introducir en una urna unas letras con los nombres de cada una de las escuelas filosóficas ordena a un muchacho —a un joven cuyos padres vivan— que se acerque a la urna y que saque la primera letra que le venga a la mano, y en adelante dedícate a la filosofía según la doctrina que el Azar haya dictaminado.
[58] HERMÓTIMO . — Eso, Licino, es grotesco e impropio de ti. Dime tú ahora, ¿alguna vez has comprado vino personalmente?
LICINO . — Ya lo creo, un montón de veces.
HERMÓTIMO . —¿Y vas dando vueltas en derredor de los taberneros que hay en la ciudad probando, comparando y cotejando los vinos?
LICINO . — En absoluto.
HERMÓTIMO . — Se deduce, pues, creo, que te llevas el primero con que das que te parece bueno y de calidad.
LICINO . — Sí, por Zeus.
HERMÓTIMO . —¿Y a partir de un simple trago precisas la calidad de todo el vino?
LICINO . — Podría, claro que sí.
HERMÓTIMO . — Si te acercaras a los taberneros y les dijeras: «Como quiero comprar una botella 28 concededme cada uno de vosotros que me beba el tonel entero para luego de apurado llegar a saber quién tiene el mejor vino y dónde tengo que comprarlo; si les dijeras eso, ¿no crees que se burlarían de ti, y que si siguieras dándoles la tabarra quizás te darían una buena ducha de agua?
LICINO . — Creo que me estaría muy bien empleado.
HERMÓTIMO . — Pues igual sucede en el campo de la filosofía. ¿A cuenta de qué beberse el tonel entero pudiendo saber qué calidad tiene toda con sólo probar un trago?
LICINO . — Qué escurridizo eres, Hermótimo; te me vas [59] escapando de las manos; sólo que me has venido muy bien; creyendo que te habías escapado has ido a caer a la misma red.
HERMÓTIMO . — ¿Qué quieres decir?
LICINO . — Pues que luego de tomar una cosa que se define por sí misma y que es de todos conocida, el vino, lo comparas con esas cosas que no se le parecen en nada y respecto de las cuales todos andan llenos de dudas, porque no son claras. Así que yo al menos no puedo decir en qué medida son para ti semejantes la filosofía y el vino como no sean en este único punto: en que los filósofos sirven sus enseñanzas como los taberneros —que mezclan y adulteran las suyas y engañan en el peso—. Examinemos lo que dicen. Afirmas que todo el vino que hay en el tonel es todo igual, lo cual por Zeus no es absurdo, y que si alguien sacara un poco y probara un trago sabría de inmediato de qué calidad es el tonel entero; eso es de cajón y no podría yo replicarte al respecto. Pero fíjate en lo que viene a continuación; la filosofía y los que se dedican a ella, como por ejemplo tu maestro, ¿os dicen todos los días lo mismo respecto de los mismos temas o cada día uno diferente?
HERMÓTIMO . — Es que son muchos temas.
LICINO . — Está clarísimo, amigo, que no te habrías pasado a su lado veinte años como un Ulises cualquiera deambulando y dando bandazos si te hubiera dicho lo mismo, pues te habría bastado con escucharlo una sola vez.
HERMÓTIMO . — Por supuesto. [60]
LICINO . —¿Y de qué modo serías capaz de saberlo todo a partir del primer trago de la primera prueba? Pues no son los mismos temas sino que constantemente se van formulando otras nuevas teorías sobre nuevos temas, no como el vino que era siempre el mismo. Conque, amigo mío, a no ser que te bebas hasta el fondo el tonel entero, los tumbos que vas a dar por ahí borracho son en vano. Pues me parece pura y simplemente que la Divinidad ha ocultado lo bueno de la filosofía en lo más hondo del tonel, bajo el poso mismo, con lo que no habrá más remedio que vaciarlo hasta el final, pues si no, nunca jamás llegarías a descubrir la bebida «nectarosa» de la que hablabas, de la que me pareces estar sediento desde antiguo. Pues tú te haces a la idea de que es una bebida tal que con sólo probar y sorber un trago te harías al instante sabio por completo como dicen que le sucede en Delfos a la Profetisa, que luego de beber del manantial sagrado entra al punto en estado de posesión y da oráculos a quienes se acercan a ella. Pero me parece que no se trata de eso, pues tú, que habías bebido algo más [61] de medio tonel, aún decías que ibas por el principio. Fíjate bien a ver si la filosofía se parece más a lo siguiente: quédate con el tonel y con el tabernero, pero no eches en él vino sino un surtido de semillas, trigo encima y después judías, a continuación cebada y debajo lentejas, a continuación garbanzos y otros cereales variados. Entra en la tienda con la intención de comprar algunos de esos cereales; él —el comerciante— aparta del trigo y te da una muestra en la mano para que lo veas. Pues bien, a la vista de la muestra, ¿podrías decir si también los garbanzos están limpios y las lentejas y las judías no vanas?
HERMÓTIMO . — En absoluto.
LICINO . — Pues por la misma regla de tres no podrías llegar a saber cómo es toda la filosofía por la primera teoría que uno te explique. Pues no sería algo único como el vino con el que la comparas aduciendo que se le parece en el probar. Se ha visto ya que es de índole diversa, por lo que no hace al caso un examen al respecto. El peligro de comprar un vino malo estriba en dos óbolos, pero el que alguien vaya a echarse a perder en la escoria de la chusma, como tú mismo decías al principio, no es pequeña desgracia. Además el que se empeña en beberse el tonel entero en la idea de comprar una cotila, causaría un perjuicio al tabernero con una cata que demuestra tan gran desconfianza; la filosofía en cambio no podría pasar por una situación semejante, pues aunque te hartaras a beber ni mermaría el tonel ni se vería perjudicado el tabernero, pues, como dice el refrán, cuanto más se saca más lleno está, o al revés, como el tonel de las Danaides, que no almacenaba el agua que echaban dentro, sino que fluía sin parar. Pues aunque quites algo de aquel tonel de la filosofía, lo que queda va creciendo.
Y aún quiero explicarte algo parecido respecto al hecho [62] de probar la filosofía; y no pienses que soy «blasfemo» al respecto si te digo que se parece a un fármaco mortal, como la cicuta o el acónito 29 o algún otro por estilo; ni tan siquiera ellos, pese a su índole mortal, matarían de hecho si alguien se limitara a rascar con la punta de la uña y a probarla; quien se la haya llevado a la boca no morirá si no lo ha hecho en la cantidad, la forma, o con los ingredientes precisos. Tú alegabas en cambio que te bastaba con una cantidad ínfima para conocer la totalidad.
HERMÓTIMO . — De acuerdo, Licino, ¿y qué más? ¿Va a [63] haber que vivir cien años y aguantar todo eso? ¿No habrá tal vez otra forma de dedicarse a la filosofía?
LICINO . — Creo que no, Hermótimo. Y no hay nada extraño en lo que decías al principio, que era verdad, a saber que la vida es breve y la ciencia duradera. Pero ahora no sé qué te pasa, te disgustas porque de la noche a la mañana no puedes llegar a ser un Crisipo o un Platón o un Pitágoras.
HERMÓTIMO . — Me estás acusando, Licino, y me llevas a un callejón sin salida sin que yo te haya hecho nada, pura y simplemente por envidia, porque yo iba progresando en mis estudios en tanto que tú, a tus años, te has despreocupado de ti mismo.
LICINO . —¿Sabes lo que hay que hacer? No me prestes atención como si fuera un coribante, sino deja que diga tonterías; tú en cambio, a tu aire, avanza por el camino y sigue hasta el final de acuerdo con tus primitivas opiniones al respecto.
HERMÓTIMO . — Pero es que tú con tu intransigencia no me dejas elegir antes de probarlo todo.
LICINO . — Puedes tener por seguro que no te voy a decir jamás nada más. Pues cuando me llamas intransigente me parece que estás culpando a un inocente como dice el poeta 30 , pues en la medida en que ningún otro argumento puede ser tu aliado para apartar de ti mi intransigencia, me siento ya cohibido. Pero fíjate que mi argumentación podría exponerte ideas mucho más intransigentes, pero tú pasas por ella de largo y tal vez me inculpas.
HERMÓTIMO . —¿Qué ideas? Pues me quedo estupefacto si se ha quedado algo en el tintero sin decir.
[64] LICINO . — Mi argumentación dice que no basta con verlo todo e investigarlo para estar ya en disposición de elegir lo mejor, sino que aún falta lo más importante.
HERMÓTIMO . — ¿Y qué es ello?
LICINO . — Un cierto espíritu crítico, amigo, una cierta capacidad de análisis, una mente ingeniosa y una inteligencia penetrante e imparcial, como la que se requiere para emitir juicios sobre temas de esta índole, o en caso contrario todo cuanto hayamos examinado será en vano. Pues mi argumentación dice que hay que dedicar a un tema de esta índole un tiempo no pequeño y que hay que ponerlo todo encima de la mesa al disponerse a elegir, sin prisas, examinando varias veces los diversos puntos, sin tener en cuenta ni la edad, ni el aspecto, ni la fama por su filosofía, sino actuar como los areopagitas, que dirimen los juicios en la noche y en la oscuridad y dirigiendo sus ojos no a las personas que hablan sino a las palabras que se pronuncian. Entonces ya estarás en disposición de hacer una opción sólida para estudiar la filosofía.
HERMÓTIMO . — Después de la vida, quieres decir. Porque con esas ideas no hay vida humana que dé abasto para abarcar todo, y examinar cada punto detenidamente y luego de examinarlo emitir un juicio, y luego de emitirlo realizar una opción, y luego de realizarla dedicarse a la filosofía. Pues afirmas que éste es el único procedimiento de llegar a descubrir la verdad, y no hay otro.
LICINO . — Y aún estoy dudando si decirte, Hermótimo, [65] que no basta aún con eso, pues me parece aún que nos engañamos a nosotros mismos cuando creemos haber descubierto algo sólido y de hecho no hemos descubierto nada, como los pescadores que muchas veces echan las redes y tiran de ellas al percibir un cierto peso con la esperanza de haber atrapado montones de peces, y luego de tirar fatigosamente de ellas, resulta que todo lo que aparece ante sus ojos es una piedra o una vasija rebozada de arena. Mira a ver no sea que nosotros hayamos sacado en nuestras redes algo semejante.
HERMÓTIMO . — No acierto a comprender qué pretendes con tus redes esas; en cualquier caso me estás envolviendo en ellas.
LICINO . — Intenta, pues, zafarte. Si hay alguien que sepa nadar, ese eres tú, con la ayuda de una divinidad. Pues aunque fuéramos a todos los filósofos haciendo pruebas y lleváramos a término esa tarea algún día, creo que ni aun así estaría claro si alguno de ellos tiene lo que buscamos o si todos lo desconocen por igual.
HERMÓTIMO . —¿Qué dices? ¿Qué ninguno de ellos lo tiene?
LICINO . — No está claro. ¿O te parece imposible que estén todos engañados y que la Verdad sea otra cosa, algo que no se halla en poder de ninguno de ellos?
[66] HERMÓTIMO . —¿Cómo es eso posible?
LICINO . — De la siguiente manera. Suponte que nuestro número «verdadero» es veinte. Que alguien coja veinte habas en la mano y que con ella cerrada vaya y pregunte a diez personas cuántas habas tiene en la mano. Harán los cálculos y dirán el uno siete, el otro cinco, el de más allá treinta, el de más acá diez o quince y así sucesivamente un número cualquiera. Con ello y con todo; ¿es posible que por azar alguno acierte la verdad, o no?
HERMÓTIMO . — Sí.
LICINO . —¿No es entonces imposible que todos vayan diciendo cada uno un número, y que todos ellos sean erróneos y no verdaderos, y que ninguno de ellos diga que el individuo en cuestión tiene veinte habas? ¿O qué dices al respecto?
HERMÓTIMO . — Que no es imposible.
LICINO . — Pues de la misma forma todos los que se dedican a la filosofía buscan la felicidad, a ver en qué consiste, y cada uno dice que en algo diferente; uno afirma que en el placer, otro en la belleza y así sucesivamente en cosas diferentes. Y es probable que la felicidad sea alguna de esas cosas pero no es improbable que sea algo distinto de todas ellas. Y me parece que hemos ido al revés de como debíamos, que antes de encontrar el principio hemos ido a toda prisa al punto final. Deberíamos haber puesto primero de relieve que eramos conocedores de la Verdad y que alguno de quienes se dedican a la filosofía la conoce con exactitud, y acto seguido investigar a quién de ellos debería darse crédito.
HERMÓTIMO . — De manera, Licino, que lo que estás diciendo es que ni aun avanzando por la senda de toda la filosofía seríamos capaces de alcanzar totalmente la Verdad.
LICINO . — No me preguntes a mí, amigo, sino al argumento mismo otra vez. Y tal vez te respondería que no podríamos siquiera, dado que no está claro si la Verdad es una de las cosas que los filósofos dicen.
HERMÓTIMO . — Pues por lo que dices no llegaremos a [67] descubrirla ni a dedicarnos a la filosofía y no nos quedaría más remedio que llevar una vida ramplona al margen de la filosofía. Pues de tus teorías se deduce que es imposible dedicarse al estudio de la filosofía, que es inalcanzable para una persona normal. Aduces que quien se dispone a abordar el estudio de la filosofía debe elegir primero la mejor clase de filosofía, y te parece que la opción sólo puede ser exacta si tras haber recorrido todo tipo de escuelas optamos por la más auténtica. Calculando el número de años suficientes para cada una, la tarea desborda todo límite y se extiende a otras generaciones de modo que la verdad es cosa que va más allá de la vida de un individuo. Y para colmo estás intentando demostrar que ni tan siquiera eso es indubitable cuando dices que no está claro si se ha llegado a descubrir la verdad entre quienes desde antaño se dedican al estudio de la filosofía o si no.
LICINO . —¿Y cómo podrías tú, Hermótimo, afirmar bajo juramento que realmente se ha llegado a descubrir entre ellos? Yo al menos no me atrevería a jurarlo. ¿Y cuántos puntos he dejado de lado a propósito, que necesitarían también un examen dilatado?
HERMÓTIMO . —¿Cuáles? [68]
LICINO . —¿No oyes a alguno de los estoicos o de los epicúreos o de los platónicos que andan diciendo que algunos de ellos conocen todas las teorías y que algunos no, aunque en otros puntos son dignos de todo crédito?
HERMÓTIMO . — Ciertamente sí.
LICINO . — ¿Y no te parece tarea ardua el distinguir a los que saben y el separarlos de los que no saben pero andan diciendo que sí que saben?
HERMÓTIMO . — Ya lo creo.
LICINO . — Será menester entonces si quieres conocer al mejor de los estoicos que acudas y pongas a prueba si no a todos sí al menos a la mayoría de ellos y que tomes por maestro al mejor, ejercitándote previamente y adquiriendo la capacidad para opinar sobre esos temas, no sea que sin darte cuenta vayas a haber elegido al peor. Conque fíjate cuánto tiempo se necesita para ello, punto que dejé de lado deliberadamente temiendo que te disgustaras. Y en temas de esta índole creo que es lo más importante y lo más necesario y lo único, me refiero a temas poco claros y dudosos. Y esa es la única esperanza fidedigna y sólida de cara a la verdad y a su búsqueda y que no es otra sino el hecho de que esté en tu mano el poder discernir y separar lo falso de lo verdadero y como los expertos en plata distinguir las piezas de metal genuino y auténtico de las imitaciones. Si has adquirido esa capacidad y esa destreza puedes acometer el examen de sus argumentos. Si no, que te quede bien claro que nada te librará de ser arrastrado por la nariz 31 o de dejarte llevar por una rama florida que te pongan delante como a las ovejas. Te asemejarás al agua derramada sobre una mesa en la medida en que irás a dar donde uno te lleve con la punta de su dedo o, por Zeus, a un junco que ha crecido a la orilla de un río y que se dobla a cualquier soplo del viento y que por débil que sople la brisa lo bambolea. Conque si encuentras un maestro que tenga un [69] cierto conocimiento del arte de la demostración y de la elucidación de temas dudosos y que te transmita sus conocimientos, dejarás por completo de tener problemas. Al punto se te pondrá de relieve lo mejor y con este arte de la demostración lo verdadero y lo falso se verán sometidos a examen y tú luego de realizar la opción más sólida y de emitir tus juicios te dedicarás a la filosofía y en posesión de la archideseada felicidad pasarás la vida en su compañía con todos los bienes de golpe.
HERMÓTIMO . — Bien, Licino. Lo que estás diciendo es, con mucho, mejor y está lleno de no pequeña esperanza. A lo que parece debemos buscar un hombre tal que nos haga capaces de «diagnosticar» y de discernir y de demostrar en el más alto grado. De modo que lo que sigue ya es fácil, sin complicaciones y no va a requerir mucho tiempo. Y yo te doy ya las gracias por habernos descubierto este camino, breve y el mejor.
LICINO . — Pues no harías bien en darme aún las gracias. Pues no te he descubierto nada que te ponga más cerca de tu esperanza. Y de hecho estamos mucho más lejos de lo que estábamos antes, y como dice el refrán «luego de muchos pesares seguimos igual».
HERMÓTIMO . —¿Y cómo dices eso? Me da la impresión de que vas a decirme algo triste y descorazonador?
LICINO . — Pues aunque encontremos a alguien comprometido [70] con el conocimiento de la demostración y con el enseñarla a otro, creo que no nos fiaremos de él instantáneamente sino que iremos a buscar a otra persona capaz de precisar si el hombre en cuestión dice la verdad. Y aunque fuéramos a dar con este último seguimos sin tener claro si el árbitro en cuestión sabe distinguir a quien tiene un juicio correcto o no, con lo que hará falta también ponerle otro árbitro a él. Y a su vez, ¿cómo podríamos nosotros ser capaces de discernir a quién puede ser el mejor juez?, ¿ves hasta dónde se extiende el problema y que no tiene límites y que no se le puede detener ni comprimir? Pues ya verás que cuantas demostraciones puedas encontrar están sujetas a dudas y no ofrecen seguridad. La mayoría de ellas nos impulsan a creer que sabemos por medio de otros argumentos igualmente sujetos a duda, y el resto, adaptando los aspectos menos claros a los que están totalmente claros y que no tienen nada en común, andan diciendo sin embargo que los unos son las demostraciones de los otros, como si alguien creyera demostrar que existen los dioses porque se ven sus altares. Así, Hermótimo, no sé cómo, al igual que quienes corren en círculo, hemos vuelto a dar al punto de partida y al problema inicial.
[71] HERMÓTIMO . — ¡Ay lo que me has hecho, Licino! Me has hecho ver que mi tesoro eran trozos de carbón y que he echado a perder tantos años y tanto trabajo para nada.
LICINO . — Pues te disgustarás mucho menos, Hermótimo, si te paras a pensar que no eres el único que quedas al margen de las buenas esperanzas, sino que todos los que se dedican a la filosofía luchan, por así decir, por la sombra de un burro 32 . Pues ¿quién sería capaz de avanzar por todos aquellos caminos que yo mencionaba? Que es imposible lo afirmas tú incluso. Ahora me parece que actúas como si alguien llorara y culpara al Azar por no poder subir al cielo o por no poder cruzar buceando, después de zambullirse en el mar, desde Sicilia a Chipre o porque no se levanta con alas que le lleven en el mismo día desde Grecia hasta la India. La culpa de su pena radica, creo, en que ha albergado esperanzas, bien luego de tener un sueño en ese sentido, bien que él mismo se lo ha imaginado en su mente sin haberse parado a pensar previamente si sus súplicas eran asequibles y conformes a la naturaleza humana. Y a ti también, amigo mío, que andabas sumido en muchos sueños fantásticos, el argumento te ha despertado del sueño de golpe y te ha hecho salirte de él. Así que te irritas con él al tiempo que abres los ojos a duras penas y te desembarazas con dificultad del sueño por causa del placer que te proporciona lo que has visto. Igual les sucede a quienes imaginan su propia dicha ficticia, nadando en la riqueza, desenterrando tesoros, detentando el poder y felices en otros aspectos como los que fácilmente otorga la «Diosa Deseo» que es generosa y a nadie lleva la contraria tanto si quieres tener alas como tener el tamaño de un coloso o descubrir montañas totalmente de oro. Y si por casualidad el criado interrumpe sus imaginaciones acercándose y preguntando por alguna de las cosas cotidianas, como por ejemplo de dónde van a sacar el dinero para comprar el pan o qué es lo que debe decirle al casero que lleva un tiempo largo esperando a cobrar el alquiler, se enfada con él por haberle apartado de todas esas maravillas con una pregunta enojosa y por poco si le pega un mordisco en la nariz al pobre chico.
Pero a ti, querido, no te vaya a pasar lo mismo conmigo, [72] si yo, que soy tu amigo, no me resigno a verte pasar la vida entera desenterrando tesoros, volando, imaginando visiones extranaturales y albergando esperanzas totalmente absurdas, sumido en un sueño placentero tal vez, pero sueño al fin y al cabo, sino que considero lógico que lo interrumpas y te levantes a hacer alguna de las tareas imprescindibles de cada día y tengas la mente puesta en ese tipo de actividades corrientes, algo que te acompañará para el resto de tu vida. Porque lo que hacías y planeabas no difiere mucho de los hipocentauros y las Quimeras y las Gorgonas y de cuantas imágenes modelan sueños y poetas y pintores con su libertad, que no han existido nunca ni pueden existir. Y sin embargo, la mayor parte de la gente cree en ellos y quedan fascinados al ver o al oír cosas de esta índole por ser extrañas y absurdas.
[73] Tú también habrás oído a un escritor contar que existe una mujer de belleza excepcional por encima de las propias Gracias o de la propia Afrodita Urania 33 , y sin analizar antes si dice la verdad y si existe en algún punto de la tierra esa mujer, te enamoraste al punto de ella como dicen que Medea se enamoró de Jasón, a raíz de un sueño. Y lo que más te movió a enamorarte a ti y a todos los que se han enamorado de la misma imagen que tú era precisamente lo siguiente —al menos a mí me da la impresión— el hecho de que el que hablaba de la mujer en cuestión una vez que se había granjeado la confianza de que decía la verdad añadía detalles. Pues en efecto en eso os fijábais únicamente y por ello en cuanto le disteis el primer punto flaco os llevó de la nariz y os condujo hasta la mujer amada por el que él decía ser el camino recto. Lo que seguía después, creo, era fácil, y ninguno de vosotros volviéndose a la entrada se paraba a pensar si era la verdadera o si no se había dado cuenta de que no debería haber entrado por ahí, sino que seguía tras las huellas de quienes habían realizado el trayecto previamente como siguen las ovejas a quienes las guía, pese a que al filo de la entrada deberías haber analizado al principio si debías adentrarte por él. Y te enterarías con mayor claridad [74] de lo que te estoy diciendo si te paras a observar el siguiente ejemplo. Supongamos que a uno de estos poetas cuya osadía no tiene límites le da por decir que hubo una vez un hombre con tres cabezas y seis manos y que tú admites esto sin problemas, sin pararte a pensar si ello es posible, simplemente fiándote de él; inmediatamente iría añadiendo el resto al detalle, así, que tenía seis ojos, seis orejas, tres voces que procedían de tres bocas, que comía por tres bocas y que tenía treinta dedos, no como cada uno de nosotros diez entre las dos manos. Y si tenía que ir a la guerra, tres manos tenían cada una un tipo de escudo —ligero, alargado o redondo 34 — y las otras tres llevaban la una un hacha, la otra una lanza y la otra una espada. Y ¿quién podría desconfiar del poeta que cuenta eso? Detalles en efecto que cuadran al principio respecto del cual había que haberse parado a analizar si era de recibo y digno de crédito. Y admitiendo eso, el resto viene por sí solo y no habrá quien lo pare y no será fácil el no darle crédito pues es consecuente y semejante al punto de partida con el que se estaba de acuerdo. Esto mismo os ha sucedido a vosotros, llevados por el deseo y el entusiasmo no habéis analizado cuáles son las condiciones de cada acceso. Y avanzáis llevados por lo accesorio que viene detrás sin pararos a pensar que todo eso puede ser falso. Igual que si alguien dijera que dos por cinco son siete y tú le dieras crédito sin hacer la cuenta por ti mismo; inmediatamente añadiría que cuatro por cinco son catorce y así sucesivamente hasta donde quieras. Así opera también la maravillosa geometría —que al principio nos «postula» postulados 35 un tanto absurdos, y nos exige que estemos de acuerdo con ella en cosas que no pueden sostenerse— como, por ejemplo, puntos sin partes, líneas sin planos y cosas por el estilo, y sobre esos cimientos en ruinas levanta semejantes edificios y aduce demostrar verdades, pese a partir de un principio falso.
[75] Por la misma razón vosotros también al admitir los principios de cada escuela filosófica dais crédito a lo que de ellos se desprende y consideráis señal de la verdad su consecuencia, que de hecho es falsa. Entonces algunos de vosotros morís sumidos en esperanzas antes de ver la verdad y de condenar a quienes os engañan; otros aunque se percatan de que han sido engañados cuando son viejos, vacilan en volver, avergonzados de tener que confesar a sus años que no comprendieron que tenían entre manos asunto de niños. Así que por vergüenza permanecen en ellos y se deshacen en elogios para con su situación presente al tiempo que llevan a los mismos derroteros a todos los que pueden, a fin no sólo de no ser ellos solos las únicas víctimas de engaño, sino también de tener el consuelo de que a otros muchos les sucede lo mismo que a ellos. Y aun se percantan de lo siguiente: que si dicen la verdad ya no serán respetados y colmados de honores en la misma medida que ahora. Y claro, pese a saberla no estarían dispuestos a decirla de buen grado, pues al caer de semejantes alturas pasarán a tener el mismo rango que los demás. Y aún podrías tropezarte con unos pocos que en un alarde de valentía tendrían la osadía de decir que se han visto engañados y de disuadir a otros que están pasando por la misma experiencia. Si te tropezaras con un tipo así, llámalo amigo de la verdad, honesto, justo y si quieres filósofo; para él y sólo para él no voy a escatimar el nombre, los demás o no conocen en absoluto la verdad y creen que lo saben, o aun sabiéndola la esconden bajo un manto de cobardía, de vergüenza y de querer recibir honores.
Así que, por Atenea, todo lo que he dicho vamos a [76] dejarlo ahí tirado en el pozo del olvido como todo lo que aconteció antes del arcontado de Euclides 36 . Suponiendo que la doctrina filosófica de los estoicos y no otra cualquiera es la correcta, veamos si es asequible y posible o si cuantos se dirigen a ella se toman un trabajo vano. Yo al menos oigo unas promesas fantásticas en el sentido de qué clase de felicidad alcanzarán los que lleguen a las alturas, y de que sólo ellos captándolo todo poseerán el auténtico bien. Lo que viene después, lo sabes tú mejor si es que te has tropezado con un estoico de esa índole, de los que han llegado al culmen del estoicismo, que no se afligen ni se dejan llevar por el placer, que no se irritan, que están por encima de la envidia, que desprecia la riqueza, que es plenamente feliz, en una palabra; tal cual debe ser la norma exacta y la pauta de una vida virtuosa —pues quien carece lo más mínimo de cualquiera de esos aspectos es imperfecto aunque tenga de sobra de otros—; y si no es así, aún no es feliz.
HERMÓTIMO . — No conozco a ningún hombre así.
[77] LICINO . — Bien, Hermótimo, pues por lo menos no te engañas deliberadamente. ¿En qué pones tus ojos mientras te dedicas al estudio de la filosofía que no ves ni a tu maestro ni al de él ni a su predecesor, ni aunque te remontaras diez generaciones atrás, a ninguno de ellos que haya resultado verdaderamente sabio y por ello feliz? Y no sería correcto por tu parte afirmar que te bastaría con estar cerca de la felicidad, pues no te reportaría utilidad alguna. Igualmente fuera del umbral y al aire libre están el que se presenta pegado a la puerta y el que está lejos; la diferencia estribaría en que el primero estaría más irritado al ver desde cerca aquello de lo que se ve privado. Así que para llegar a estar cerca de la felicidad —eso te lo voy a conceder— te das semejantes tutes y pasas tan malos ratos y se te ha pasado corriendo a tu lado tanto tiempo de la vida en el letargo y la fatiga y con la cabeza gacha en pleno insomnio. Y otra vez vas a ponerte a pasar fatigas otros veinte años por lo menos, para que al llegar a los ochenta —si es que alguien puede garantizarte que los vivirás— te sigas contando aún en la nómina de quienes no son todavía felices, salvo que creas que eres el único que va a alcanzar y a atrapar en su búsqueda lo que otros muchos hombres mejores y con mucho más veloces no pudieron conseguir antes que tú pese a que lo persiguieron con ahínco.
[78] Pero cógelo tú también, si te parece, sujétalo y manténlo. Lo primero de todo no veo cuál sería el bien que se podría suponer capaz de compensar semejantes trajines. ¿Y cuánto tiempo te quedará para disfrutar de él, viejo ya y pasado de rosca para todo placer, con un pie como dicen en la tumba? A no ser, fenómeno, que te estés entrenando para la otra vida a fin de vivirla mejor cuando llegues allí, sabiendo de qué modo hay que vivir; es como si alguien se preparara y se dispusiera a darse el mejor banquete durante tanto tiempo que sin darse cuenta está ya muerto de hambre.
[79] Mas creo que no has llegado a captar plenamente que la virtud radica en las actuaciones como, por ejemplo, en el hecho de llevar a cabo acciones justas, sabias y esforzadas, en tanto que vosotros —y cuando digo vosotros me refiero a los más distinguidos de los filósofos—, desentendiéndoos de ello, os afanáis en inventar y componer lamentables discursos y silogismos y aporías; y dedicados a ellos pasáis la mayor parte de la vida, y quien destaca en esos menesteres os parece «el vencedor glorioso». Por cosas así, creo, admiráis al maestro, un hombre viejo que pone en apuros a sus interlocutores y sabe cómo hay que preguntar y camelar y engatusar y meter a uno en un callejón sin salida. Y desperdiciando el fruto —que era lo relativo a los hechos— os afanáis por la corteza arrojándoos mutuamente las hojas en el transcurso de vuestras discusiones. ¿O es que es otra cosa lo que hacéis, Hermótimo, desde que sale el sol hasta que anochece?
HERMÓTIMO . — Qué va; eso justamente.
LICINO . — ¿No podría, pues, alguien decir con toda razón que cazáis la sombra dejando el cuerpo o la muda de la serpiente desentendiéndoos del reptil?
Actuáis igual que si uno echando agua en un mortero la majara con su mango de hierro creyendo hacer algo necesario y de provecho sin saber que aunque molieras con los brazos caídos, como dicen, «el agua sigue siendo agua».
Y déjame aún que te pregunte si al margen de los discursos [80] querías parecerte en las otras facetas a tu maestro, igual de irritable, igual de mezquino, igual de pendenciero, e igual de amigo del placer, sí, por Zeus, por más que no le dé esa impresión a la mayoría de la gente. ¿Por qué callas, Hermótimo? ¿Quieres que te cuente lo que oí el otro día de un hombre ya mayor que hablaba a favor de la filosofía, a quien se acercan muchos jóvenes ansiosos de sabiduría? Al tiempo que requería sus honorarios a cada uno de los alumnos se afligía diciendo que estaba en situación deudora y que se le había pasado el plazo, que había vencido dieciséis días antes, el último día del mes; así decía lo acordado. Y mientras andaba en estos lamentos se acerco el tío [81] de un joven, un hombre del campo, un tipo de a pie para vuestros asuntos, y le dijo: «Deja ya, buen hombre, de decir que has sido víctima de una gran ofensa, porque te hemos comprado unos discursos y aún no te hemos pagado. Aún sigues teniendo lo que nos has vendido, pues no ha disminuido el caudal de tus enseñanzas. Y en otros aspectos por lo que te mandé al jovencito con gran interés, no ha mejorado en absoluto por tu actuación. Llevándose a rastras a la hija de mi vecino Equécrates que era virgen, la violó y hubiera sido demandado por ese acto de violencia de no haber yo pagado en recompensa por la ofensa un talento a Equécrates, que es hombre pobre. El otro día le sacudió a su madre porque le quitó una jarra que llevaba escondida bajo el manto, que sería su aportación a escote, me imagino, al banquete. Pues en lo que a mal genio, carácter, desvergüenza, osadía y embuste se refiere era con diferencia mejor antes que ahora. Y eso es lo que me gustaría que hubiera sacado en limpio de su trato contigo más que todas esas cosas que sabe y que nos cuenta todos los días —puñetera la falta que nos hace— a la hora de comer; así que si un cocodrilo se llevó a un muchacho 37 , pero que prometía devolverlo si el padre contestaba no sé el qué, o que es de todo punto forzoso que cuando es de día no sea de noche. Y algunas veces, el tío va y nos pone cuernos al tiempo que organiza un galimatías con las palabras. Nosotros nos reímos de todo eso sobre todo cuando yergue las orejas y hace prácticas explicándose a sí mismo condiciones, constataciones, comprensiones e imaginaciones y toda una serie de palabrejas por el estilo. Le oímos decir que la Divinidad no está en el Cielo sino que suele hacerse presente por doquier, árboles, rocas y animales, hasta en lo más insignificante. Y cuando su madre le pregunta por qué dice esas tonterías, se ríe de ella y le dice: “Si llego a aprender perfectamente estas tonterías nada me impedirá ser el único rico, el único rey, en tanto que los demás seréis esclavos y escoria comparados conmigo”».
Eso es lo que dijo el hombre en cuestión. Fíjate ahora [82] la réplica que le dio el filósofo, Hermótimo, propia de un hombre mayor: «Pues si ese joven no hubiera venido a mí, ¿no crees que habría llevado a cabo acciones con diferencia mucho peores, o que, por Zeus, incluso habría sido entregado al verdugo? La filosofía y su respeto por ella le ha echado como una especie de freno y por eso es ahora más comedido e incluso soportable. Pues supone un cierto baldón para él el aparecer como indigno de ese traje y de ese nombre, cosas que lo acompañan y actúan como maestras suyas. Así que considero justo cobraros los honorarios, si no por los aspectos en que no lo he mejorado, sí al menos por todo lo que ha dejado sin hacer llevado por su respeto a la filosofía. Porque incluso las nodrizas suelen decir respecto de los niños cosas tales como que deben ir a la escuela, pues aunque no sean aún capaces de aprender nada bueno, por lo menos mientras están allí no hacen ninguna travesura. En lo que a mí respecta creo que he cumplido sobradamente en las demás facetas; ven mañana si quieres con alguno de quienes conocen nuestras doctrinas y verás cómo le pregunta y le responde, cuántas cosas ha aprendido y cuántos libros ha leído ya sobre axiomas, silogismos, captaciones, propiedades y temas de lo más variado. Si ha pegado a su madre o ha violado a una joven, ¿a mí qué? No me nombrasteis tutor suyo» 38 .
[83] Eso es lo que decía un hombre mayor en defensa de la filosofía. Tú también, Hermótimo, ¿podrías decir que bastaría con estudiar filosofía aunque sólo fuera para no hacer travesuras? ¿O entendemos que merece la pena dedicarse a ella desde el principio a la búsqueda de otras esperanzas, y no sólo para que en nuestros paseos resultemos más vistosos que los ciudadanos de a pie? ¿Por qué no respondes tampoco a esto?
HERMÓTIMO . — ¿Por qué sino porque me falta poco para llorar? Tu argumentación que es verdadera me ha llegado hasta tal punto que me lamento al pensar cuánto tiempo, pobre de mí, he malgastado y además qué suma no pequeña de dinero he tenido que pagar por todos mis esfuerzos. Ahora, como quien recobrar la sobriedad luego de una borrachera veo cuáles son las cosas de que estaba enamorado y cuántos pesares he padecido por ellas.
[84] LICINO . —¿Y de qué te sirve llorar, amigo? Muy sensata es la fábula aquella que contaba, creo, Esopo. Decía que un hombre sentado en la orilla del mar, al filo del rompeolas contaba las olas. Y que al equivocarse se disgustaba y se afligía hasta que vino a su lado la zorra y le dijo: ¿Por qué te afliges, amigo, por quienes se ha ido, cuando lo que hay que hacer es despreocuparse de ellas y empezar a contar a partir de aquí? Igual tú, si te parece, de cara al futuro llevarías una vida mejor si admitieras el vivir con los demás y compartieras los problemas ciudadanos con la mayoría, y sin esperanzas absurdas ni rimbombantes; y no te avergonzarás, si tienes dos dedos de frente, por el hecho de, siendo mayor, cambiar tus enseñanzas y cambiar de rumbo hacia [85] lo mejor. Y todo cuanto dije, amigo, no creas que lo he preparado contra la «Estoa» o que lo he formulado llevado de una cierta animosidad contra los estoicos, mi argumento es común para todos. Pues te habría dicho lo mismo si hubieras optado por la escuela de Platón o de Aristóteles, condenando a los demás sin juicio previo en un proceso por incomparecencia. Ahora bien, como tus preferencias eran por los estoicos mi argumentación ha podido dar la impresión de ir dirigida contra la Estoa sin que yo tuviera ningún prejuicio especial contra ella.
HERMÓTIMO . — Llevas razón. Me voy, precisamente a [86] eso, a hacer un cambio incluso de porte externo. Al menos no tardarás en verme sin esta barba espesa y poblada, y sin castigar mi forma de vida, sino que todo será libre y sin ataduras. Quizás hasta me pondría un manto púrpura para que vieran todos que ya no tengo nada que ver con estas chifladuras. Ojalá pudiera vomitar todo lo que he oído de sus bocas. Y, sábelo bien, no vacilaría en beber eléboro pero por la razón opuesta a la de Crisipo —para no tener ya en la mente lo que dice—. Y no son pocas las gracias que debo darte, Licino, porque cuando estaba siendo arrastrado por el remolino de un abrupto torrente, entregado a él y dejándome llevar con la corriente por sus aguas te pusiste a mi lado y tiraste de mí para arriba apareciendo como el «Deus ex machina» de las tragedias. Creo que no carecería de razón que me afeitara la cabeza como los hombres libres que se salvan de un naufragio en agradecimiento por la salvación, luego de haberme quitado de los ojos una espesa tiniebla. Y, si en el futuro me encuentro paseando, aunque sea sin querer, a un filósofo, me daré media vuelta y me apartaré de él como de los perros rabiosos.

1 Alusión a una afirmación de Hipócrates que generalmente se traduce por «corta es la vida y largo es el arte», pues el término griego téchnē , «arte», es el que se emplea en la cita. Tal vez «ciencia» es una traducción inexacta, pero se ajusta más a la noción de destreza no exenta en un médico de los conocimientos teóricos. El término «arte» tiene hoy en nuestra lengua otras connotaciones.
2 Trabajos y Días 289, inaugura un tópico, muy traído a colación en la literatura y el pensamiento griegos, que presenta a la Virtud instalada en lo alto de un promontorio escarpado de muy difícil acceso. Véase el propio LUCIANO , El maestro de retórica 2 .
3 Ver una vez más Trabajos y Días 40.
4 La celebración de fiestas importantes es un punto de referencia para establecer unos criterios de cronología relativa, ya que los griegos obviamente no miden el tiempo por años.
5 Licino comienza a entrar ya en el terreno de la exageración. Piénsese lo que puede suponer desplazarse desde Gibraltar —Columnas de Heracles— hasta la India, ida y vuelta tres veces, y además con la correspondiente escala en los países intermedios.
6 Estribación montañosa que fue expugnada con rapidez y brillantez por Alejandro Magno.
7 La proverbial habilidad de los caldeos en este tipo de actividades era conocida por los griegos.
8 Alusión a la incineración apoteósica del héroe Heracles, hijo de un inmortal Zeus y de una mujer mortal Alcmena , que hizo abstración de su faceta humana para perpetuar la divina previamente aislada del fuego sobre la cumbre del monte Eta.
9 La magnífica y hasta cierto punto emblemática copa de Néstor se cita por HOMERO , Iliada XI 636.
10 Alusión a la cita de Platón en Apología de Sócrates 21a, que cuenta cómo Querefonte preguntó al oráculo délfico quién era más sabio y éste aludió a Sócrates.
11 Glykýthymos , deliciosa palabra griega que se prefirió desgranar literalmente; alude a la tradicional sensualidad epicúrea.
12 Personaje prototipo del tonto o necio que da título a un poema épico falsamente atribuido a Homero.
13 Se inicia un párrafo en griego que recoge el relato completo y que comprende catorce líneas sin que el editor haya marcado punto alguno. Hemos preferido dividirlo y establecer algunos puntos en aras de una mejor comprensión.
14 Timonel de los Argonautas cuya vista privilegiada le permitiría sortear diversos escollos que iban surgiendo en el curso de la navegación.
15 Míticas regiones situadas por los griegos siempre arriba, al norte del norte por ellos conocido.
16 Alusión al pasaje de la Ilíada XXIII 867, en uno de los lances de los juegos fúnebres por Patroclo.
17 Esa sentencia desfavorable sería el resultado inmediato de un proceso por incomparecencia erḗme díkē .
18 Véase HOMERO , Ilíada XVI 70.
19 Los helanodicas son los jueces nacionales, árbitros supremos de los certámenes de Olimpia.
20 Como parece indicar su etimología se trata de lo más parecido a la lucha libre.
21 Comienza a partir de aquí una explicación pormenorizada de la forma en que se realizaba el sorteo entre los diversos contrincantes.
22 Alusión al episodio en que Ariadna proporciona a Teseo un ovillo de lana para poder encontrar el camino de salida del laberinto cretense en el que se hallaba encerrado el Minotauro.
23 Frase atribuida a EPICARMO , fr. 250 [edición de KAIBEL ], más que un filósofo, un escritor de comedias, natural de Sicilia.
24 Pintoresco personaje que pidió a los dioses —y lo consiguió— la inmortalidad, olvidando que peor que la muerte es la vejez. Chocheaba hasta el punto de hacerse insoportable a quienes lo rodeaban y fue meta-morfoseado en chicharra.
25 El texto griego ofrece en acusativo la paradoja y la paranomasia: anélpista elpízonta .
26 Naturalmente se trata de una expresión coloquial castellana que sin embargo recoge la que quiere decir el griego hérmaion , algo con lo que uno no contaba y que, sin embargo, viene bien a quien lo encuentra de forma más bien inesperada.
27 El autor va rizando un tanto el rizo de sus argumentos y trae aquí a colación al poeta trágico Epígenes de Sición a quien el público no perdonó el que introdujera en el culto de Dioniso temas que tenían muy poco o nada que ver con la divinidad en cuestión.
28 Realmente el texto dice una cotila de vino, aproximadamente un cuarto litro.
29 El acónito (akónitos) es una planta venenosa, perenne con raíz desarrollada y provista de tubérculos que crece en prados y lugares húmedos.
30 Alusión a HOMERO , Ilíada XI 654.
31 Expresión proverbial en Luciano para dar a entender que lo toman a uno por tonto y lo manejan a su antojo.
32 Luciano nos habla aquí del enfrentamiento «por la sombra de un burro», en expresión que recuerda el pasaje de las Avispas de ARISTÓFANES , cuando Filocleón intenta escapar bajo el vientre de un burro del cerco al que lo han sometido su hijo y sus criados.
33 El sobrenombre de Urania aplicado a Afrodita hace mención a los orígenes o nacimiento de la diosa: el semen que la engendró pertenecía a Urano, que al ser castrado por su hijo Crono, lo dejó caer al mar; de las espumas así fecundadas nació Afrodita. Un templo dedicado precisamente a Afrodita Urania estaba erigido junto al Teseíon en el Ágora de Atenas.
34 El griego emplea tres palabras distintas para designar otros tantos tipos de escudos: péltē , escudo ligero que da nombre, «peltasta», al guerrero que lo lleva; gérron , escudo de cuerpo entero hecho de materiales diversos no necesariamente metálicos; aspís , el término más corriente para designar el escudo más habitual.
35 Hemos mantenido en la traducción el acusativo interno etimológico griego: aitḗmata aitḗsasa , «postulando postulados».
36 Alusión a la amnistía que tuvo lugar en el umbral del 402 a. C., cuando se restableció la democracia en Atenas tras el régimen oligárquico impuesto por Esparta a raíz de su victoria en la Guerra del Peloponeso.
37 Tal vez sea interesante para el lector que desee arrojar algo de luz sobre este pasaje y comprender a qué alude Licino cuando habla del «cocodrilo» que llevó al muchacho, de «condiciones, constataciones», etc., véase al respecto, LUCIANO , Subasta de vidas 27 (B.C.G., núm. 113, 1988).
38 Por «tutor» he traducido el término griego paidagōgós , que ha dado el español pedagogo, que era en sentido estrictamente etimológico quien acompañaba al niño a la escuela y a otras actividades.
71
AL QUE DIJO: «ERES UN PROMETEO EN TUS DISCURSOS» *
Cuatro páginas fundamentales e imprescindibles para entender el quehacer literario de Luciano. Aquí no hay diálogo ni interlocutor conocido que se cite por su nombre, aunque el comienzo del texto implica obviamente su existencia. A ese interlocutor desconocido, Luciano le explica una vez más su técnica de composición literaria. Contaminación, trasposición, innovación, de algún modo tal y como se indica en el volumen introductorio a nuestro autor, son perfectamente explicadas por Luciano. Acepta que se le compare con Prometeo en un alarde de modestia en cuanto que se trata de trabajos «de barro», inconsistentes, frágiles; pero el interlocutor parece querer equipararlo a Prometeo en cuanto a su capacidad para innovar sin partir de un modelo previo, al igual que el Titán que forjó modelos humanos precisos aunque eso sí, carentes de la vida que hubo de insuflarles Atenea. Luciano no quiere que se le considere un creador ex nihilo, sin modelo previo. Y matiza el concepto de originalidad. Las innovaciones por el puro y simple placer de llamar la atención poniendo el acento sobre los elementos novedosos no garantizan el éxito y no surten muchas veces el efecto apetecido. Luciano apuesta en primer lugar por el modelo, aquí doble, que se maneja, a saber diálogo y comedia. En segundo lugar, pone el acento no en el qué se mezcla, sino en el cómo se realiza esa mezcla; en efecto, saber armonizar géneros tan distintos como la comedia y el diálogo sin engañar a los lectores no es tarea fácil. En ese sentido y sólo en ese, y con toda una serie de reservas y matices, Luciano puede acceder a que su interlocutor lo compare con Prometeo.
¿Conque afirmas que soy Prometeo 1 ? Si con ello [1] quieres decir, buen hombre, que mis obras son tambien de barro, comprendo la comparación y afirmo que me parezco a él, sin resistirme a que me llamen «modelador de barro», por más que mi barro sea de inferior calidad, como el de cualquier cruce de caminos, un cieno, prácticamente. Pero si estás sobrevalorando mis discursos en la idea de que están perfectamente elaborados y les asignas el nombre del más sabio de los Titanes, ¡ojo!, no sea que alguien diga que hay ironía y una cierta mofa «ática», inherente a dicho elogio. Porque, ¿de dónde sacas que mi discurso está bien elaborado? ¿Qué excepcional sabiduría o «previsión prometeica» 2 hay en mis escritos? Pues me conformo con que no te parezcan ni muy terrenales 3 ni perfectamente dignos del Cáucaso. Pues, ¿con cuánta más razón podríais compararnos a Prometeo vosotros, cuantos alcanzáis fama en los tribunales haciendo debates de verdad? Al menos vuestras obras son de verdad algo vivo y que respira, y, sí, por Zeus, su calor es el del fuego; también eso procedería de Prometeo con una diferencia tan sólo, a saber, que las obras que modeláis muchos de vosotros no son de barro sino de oro.
[2] Nosotros que comparecemos en público y que celebramos nuestras sesiones tal como son, damos a ver algunos modelos, pero todo en barro, como decía antes, un modelado al modo del de los fabricantes de muñecos. En lo demás ni hay movimientos ni síntoma de respiración alguno, sino que el asunto consiste en una diversión y un pasatiempo de otra índole. De modo que se me ocurre pensar si tal vez dices que soy un Prometeo en el mismo sentido que lo decía el poeta cómico respecto de Cleón. Decían, ya sabes, de él:
Cleón es un Prometeo a toro pasado 4 .
Los atenienses auténticos solían llamar «Prometeos» a los fabricantes de vasijas, a los trabajadores de los hornos y a cuantos trabajaban con el barro, burlándose de la arcilla, o también, creo, de la cocción al fuego de los diversos artículos. Si para ti eso es ser un Prometeo, has dado en la diana en un alarde de ingenio «ático» porque nuestras obras son tan frágiles como las vasijas de aquéllos, y con que alguien les tire una piedrecita las rompe todas.
[3] Desde luego alguien podría consolarme diciendo que no me comparó a Prometeo en esos aspectos, sino más bien elogiando el factor novedoso, sin imitar un modelo ya existente, como aquel, que no existiendo hasta entonces seres humanos, los imaginó y los modeló, dándoles las formas que ahora tienen las criaturas y preparándolas de modo que pudieran moverse y resultar gratas a la vista. En una palabra, él era el «arquitecto» aunque contaba con la ayuda de Atenea, que infundió su soplo al barro e hizo que los modelos cobraran vida. Eso es, pues, lo que podría decir interpretando tus palabras en el mejor sentido posible, y quizás era esa la intención que se desprendía de tus palabras. Yo no me doy por satisfecho si paso por ser innovador sin que nadie pueda decir que no he tenido un modelo más antiguo de quien sentirme descendiente. Pero si no resultara airoso, me avergonzaría, tenlo por seguro, y de un pisotón lo destruiría. Pues para mí, al menos, la originalidad de poco le serviría, si su modelado es feo, para salvarse de la rotura. Pues si yo no pensara así, deberían despedazarme dieciséis buitres, por no comprender cuánto más feas son las cosas de esa índole si además son originales.
Ptolomeo, el hijo de Lago, introdujo dos novedades en [4] Egipto: un camello de Bactria totalmente negro y un hombre de dos colores, con una de sus mitades negra del todo y la otra blanca hasta la exageración, con los colores por igual repartidos. Y agrupando a los egipcios en el teatro les iba mostrando toda una amplia serie de espectáculos y, por último, el camello y el hombre semi-blanco, creyendo que al verlos quedarían impresionados. Ellos, al ver el camello, se asustaron y por poco, levantándose de un brinco, echan a correr; y eso que todo el animal estaba adornado con dorados, su lomo cubierto con manto de púrpura marina y la brida era de piedras preciosas, joya de algún Darío o Cambises, o el propio Ciro. Por lo que se refiere al hombre, la mayoría se reía, aunque algunos experimentaban la repugnancia propia de quien está ante un monstruo. Así que Ptolomeo comprendiendo que no iba a gozar de su aplauso y que la novedad no contaba con la admiración de los egipcios, quienes por cierto tenían en más estima antes que ella lo armonioso y lo bonito, se deshizo de ellos y ya nos los estimaba como antes. El camello murió sin que nadie cuidará de él, y al hombre de dos colores se lo regaló a Tespis, el flautista, para que tocara la flauta con él en los banquetes.
[5] Temo que mi obra sea un camello entre los egipcios, del que los hombres admiran aún la brida y la albarda de púrpura, pues ni tan siquiera la combinación de los dos géneros más hermosos, el diálogo y la comedia, ni siquiera eso, bastaría para su belleza externa si el ajuste carece de armonía y de proporción. Pues es posible que la composición a partir de dos elementos hermosos resulte monstruosa, como por poner un ejemplo corriente, el hipocentauro. Difícilmente podría uno decir que un ser así es un animal manso, sino más bien monstruoso al menos si hay que dejarse guiar por los dibujantes que pintan sus excesos y sus asesinatos. Entonces ¿qué?, ¿es que no puede resultar hermoso algo formado a partir de dos cosas excelentes, como por ejemplo la dulcísima bebida que resulta de mezclar el vino y la miel? Yo desde luego afirmo rotundamente que sí. No puedo sostener que en el caso de mis dos elementos sea así, pues temo que la mezcla ha destruido la [6] belleza de cada uno de los dos por separado. No eran compatibles ni amigos desde un principio el diálogo y la comedia. El primero se realizaba en casa consigo mismo y en largos paseos en compañía de pocas personas; la segunda, entregándose a Dioniso, le acompañaba en el teatro, jugaba con él, hacía reír y compartía sus burlas y se acomodaba al ritmo de la flauta en ocasiones y cabalgaba generalmente a lomos de anapestos, y en muchas ocasiones se burlaba de los compañeros del diálogo llamándolos «pensadores» y «charlatanes que se van por las ramas» y cosas por el estilo. Se habría realizado precisamente con esa única intención, a saber la de burlarse de esas gentes e impregnarlos de la «libertad dionisíaca»; y así los presentaba unas veces bamboleándose por los aires en compañía de las nubes y otras midiendo saltos de pulgas, ¡vamos, «sutilezas celestes 5 »! El diálogo, por contra, daba un mayor empaque a las disquisiciones de los filósofos respecto de la naturaleza y de la virtud. De modo que, por decirlo al modo de los músicos, del punto más agudo al más grave había dos octavas 6 de diferencia. Nosotros 7 no obstante tuvimos la osadía de combinar las cosas que son de esa índole tal como son y de armonizarlas, pese a su escasa facilidad para adaptarse y a su resistencia para convivir con comodidad.
Temo, sin embargo, volver a parecerme de algún modo [7] a tu Prometeo también en este punto, por haber mezclado lo femenino y lo masculino y tener que sufrir en consecuencia el castigo correspondiente, o que más bien me asemeje en otro aspecto, a saber, al haber engañado quizás a mi auditorio y haberles dado huesos envueltos en grasa, esto es, chirigotas de comedia recubiertas de filosofía solemne 8 . Y en lo que al robo se refiere —es también la divinidad del robo— ¡nada! eso es lo único que no podría encontrarse en nuestros escritos. Porque… ¿a quién podríamos robar? Bueno… a no ser que alguien, sin yo darme cuenta, haya compuesto por su cuenta «hipocampos» y «tragélafos» de esa índole. Y… ¿qué podría sucederme? Pues no tengo más remedio que permanecer en los términos que elegí de una vez por todas. Porque… el cambiar de planes es obra de Epimeteo, no de Prometeo.

* «Eres un Prometeo en tus escritos, o en tus obras», y no necesariamente en tus palabras o en tus discursos. Esa parece ser la traducción que le cuadra a este trabajo de Luciano. Ateniéndonos, no obstante, a las normas de la Colección hemos respetado la traducción del Dr. Alsina en su «Introducción general» a Luciano del volumen núm. 42, pág. 29.
1 Prometeo, el titán más ingenioso y más sabio, robó el fuego que era privativo de los dioses para dárselo a los hombres en un gesto de suma audacia que tuvo el correspondiente castigo por parte de los dioses. Encadenado a una roca, un águila venía a punzarle el hígado. Ése es el momento recogido por Esquilo para escribir su Prometeo encadenado .
2 El autor juega con la etimología de Prometeo, el que prevé, el que toma precauciones antes de obrar frente a Epimeteo, el que hace cálculos a remolque de los acontecimientos.
3 El término «terrenales» creo que se ajusta exactamente al término griego gēinós; obviamente por terrenales debemos entender aquí «vulgares».
4 La cita literal está tomada del cómico ÉUPOLIS , fr. 456 [edición de KOCK ], y alude a las críticas recibidas por el demagogo ateniense en relación con sus vacilaciones tácticas durante la Guerra del Peloponeso.
5 Alusión evidente a ARISTÓFANES , Nubes 144 y sigs., comedia, en la que se traza una imagen extravagante de Sócrates y sus discípulos en el «Frontisterion» o escuela a la que acude el protagonista Estrepsíades.
6 Quien tenga unas mínimas nociones de música calibrará la enorme amplitud existente entre el «do» más grave de la primera octava y el «si» más agudo de la segunda.
7 Curioso plural de modestia el que emplea Luciano a lo largo de todo el opúsculo, que aquí llama más poderosamente nuestra atención.
8 Otra interesante alusión a un suceso del mito de Prometeo que intenta engañar a Zeus, dándole huesos recubiertos de grasa. Oportunamente lo ha traído a colación Luciano pensando que pudiera dar gato por liebre a sus lectores.
72
EL ALCIÓN O SOBRE LAS METAMORFOSIS *
Curioso y enigmático a la par que hermoso este brevísimo opúsculo llegado a nosotros con el título de Alción. La tradición nos lo ha legado en códices de Platón y de Luciano. Si hemos de hacer caso del testimonio de Diógenes Laercio, III 62, la atribución de este texto de Platón es de todo punto falsa, pero tampoco la asigna a Luciano sino que dice que es atribuida a un tal León por Favorino. Sobre la vida del tal León, inclinación filosófica y fechas, véase Macleod, VIII (Loeb), págs. 303-305. Pero dejando a un lado los por otra parte interesantes problemas de autenticidad y de autoría, lo cierto es que el diálogo entre Sócrates y Querefonte está lejos de la enjundia, la densidad y la profundidad de los auténticos diálogos platónicos llamados «socráticos» como de la vivacidad, el ingenio y la acritud de los auténticos diálogos lucianescos. De ahí las dificultades para establecer con certeza una autoría que personalmente nos parece no cuadra ni a Platón ni a Luciano.
QUEREFONTE . —¿Qué sonido ha llegado a nuestros [1] oídos, Sócrates, desde lejos, procedente del litoral y del acantilado aquél? ¡Qué agradable a los oídos! ¿Qué animal es el que emite ese sonido? Porque los seres que pasan su vida bajo el agua no tienen voz.
SÓCRATES . — Se trata de un ave marina, Querefonte, llamada alción, que destaca por sus llantos y lamentos, de la que los hombres cuentan una vieja historia 1 . Dicen que una mujer, hija de Eolo, a su vez hijo de Heleno, lloró con tristeza y con nostalgia de cariño la muerte de su esposo legítimo, Ceix el Traquinio, hijo de Astro de la Mañana, hermoso hijo en verdad de hermoso padre. Mas que después y por designio divino convertida en ave volaba en derredor de los mares en busca de aquél, pues luego de haber dado mis vueltas por la tierra no era capaz de encontrarlo.
[2] QUEREFONTE . — ¿Es el alción a quien te refieres? No había escuchado nunca antes su voz y me ha resultado extraña; en verdad es lastimero el canto que emite el animal. Y ¿qué tamaño tiene, Sócrates?
SÓCRATES . — No es grande. Por el inmenso amor a su marido los dioses la honraron sobremanera. Pues durante el tiempo de su cría el Universo tiene los llamados «días del alción» 2 en mitad del invierno, que se diferencian por su bonanza, de los que el día de hoy es un ejemplo perfecto. ¿No ves qué raso está el cielo, y que todo el mar, sin olas, en total bonanza, parece, por así decir, un espejo?
QUEREFONTE . — Llevas razón. Hoy desde luego hace un auténtico día del alción y ayer lo hizo prácticamente igual. Mas… por los dioses, ¿puede uno creer de los antiguos, Sócrates, que de unas aves surjan unas mujeres o al revés, de unas mujeres unas aves? Una cosa así desde luego parece de todo punto imposible.
SÓCRATES . — Querido Querefonte, miopes jueces, me [3] parece, somos nosotros de lo posible y lo posible. Conjeturamos según la capacidad humana, que es mala conocedora, poco digna de crédito, y prácticamente ciega. Pues a partir de las facilidades nos surgen muchas dificultades, y de lo eludible lo ineludible, con frecuencia por inexperiencia, con frecuencia por ingenuidad de nuestras mentes. Pues, en realidad, todo hombre parece ser un niño, hasta el más viejo, porque, en efecto, el tiempo de la vida es muy breve e insignificante con respecto a la eternidad. Y además, amigo, ¿cómo podrían decir si cosas de esa índole son posibles o imposibles quienes desconocen las capacidades de los dioses y de los espíritus 3 o las de la naturaleza en su totalidad? ¿Viste, Querefonte, qué tormenta hubo al tercer día? A cualquier observador le habría entrado miedo de aquellos truenos y relámpagos y de la inusitada fuerza de los vientos. Alguien podría haber sospechado que la tierra entera iba a venirse abajo.
Pero al cabo de poco tiempo se instaló una bonanza [4] formidable que se mantiene hasta ahora. ¿Cuál de estas dos cosas crees que es empresa de más envergadura e importancia, el que se produzca este buen tiempo a partir de aquella borrasca y aquel temporal, y que todo el Universo disfrute de bonanza o el que una mujer pueda metamorfosearse en ave? Algo de este tipo es lo que saben modelar nuestros niños en sus juegos cuando cogen barro o cera, y a partir del mismo molde muchas veces lo transforman en formas muy distintas según sus ocurrencias. Conque a una deidad que tiene una autoridad mayor e inexplicable en comparación con nuestras capacidades le resultan quizás sencillas empresas de esa índole e incluso más difíciles. Pues el firmamento entero ¿en qué medida te atreverías a afirmar que es superior a ti?
[5] QUEREFONTE . —¿Quién, de los humanos, Sócrates, podría pensar o incluso precisar algo al respecto de temas de esa índole? Es imposible decir nada.
SÓCRATES . —¿Es que no vemos la gran diferencia respecto a las capacidades e incapacidades de los hombres cuando se comparan entre sí? Pues en efecto la edad de los adultos con respecto a la de los bebés recién nacidos, que no tienen más que cinco o diez días, tiene una enorme diferencia en lo referente a capacidades e incapacidades en prácticamente todas las acciones a lo largo de la vida, y sus destrezas son muy diversas, así como las actividades que su cuerpo y su espíritu pueden llevar a cabo. Todo eso, como dije, a los niños pequeños no se les puede ni tan siquiera pasar por la cabeza.
[6] Y es imposible calibrar la fortaleza de un hombre hecho y derecho cuán superior es con respecto a la de los niños. Pues un hombre solo fácilmente superaría a un montón de ellos. Ya que en efecto la edad, sin medios ni recursos de ningún tipo, acompaña al hombre desde el principio según la naturaleza. Pues cuando un hombre, a lo que parece, difiere en tan gran medida de otro hombre, ¿qué pensáramos que pueda parecerles el firmamento entero con respecto a nuestras capacidades a quienes logran contemplar fenómenos semejantes? Tal vez parecerá verosímil a la mayoría que en la medida en que el Universo es superior en tamaño a los cuerpos de Sócrates y Querefonte, en esa misma medida y de modo análogo, su energía, inteligencia y designio difieren de nuestra disposición.
Pues tanto a ti como a mí y a otros muchos como tú y [7] como yo hay muchas cosas que nos resultan imposibles y que sin embargo resultan fáciles para los demás. Porque incluso tocar la flauta para los que no saben o leer y escribir para los analfabetos, hasta que dejen a un lado su ignorancia, no es tarea más imposible que el metamorfosear a las aves en mujeres o a las mujeres en aves. Pues la naturaleza, apartando primero en un panal a un animal sin patas, sin alas, proveyéndolo después de unos pies y unas alas, deslumbrante de belleza, variedad y matices de colores, nos dio a ver a la abeja, sabia trabajadora de la divina miel, y de huevos que no tienen voz ni alma modela muchas clases de seres alados y de animales terrestres y acuáticos, utilizando, como dijo alguien, las artes sagradas del éter inmenso.
Y respecto de las capacidades de los inmortales que son [8] enormes, nosotros que somos mortales e insignificantes, que no podemos ver ni de lejos lo grande ni lo pequeño, incapaces como somos de controlar la mayor parte de lo que nos sucede, ni tan siquiera podríamos hablar con seguridad ni de los alciones ni de los ruiseñores. Tal cual me la legaron mis padres entregaré a mis hijos la fama de los mitos respectos de tus cantos, ave de trenos melodiosos, y cantaré tu amor devoto y ardiente por tu esposo muchas veces a mis mujeres Jantipa y Mirto 4 contando entre otras cosas la estima que gozaste de parte de los dioses. ¿A que tú también vas a hacer lo mismo, Querefonte?
QUEREFONTE . — Por lo menos conviene, Sócrates, que las palabras pronunciadas por ti tengan una doble invitación a la convivencia tanto de maridos como de mujeres.
SÓCRATES . — Pues bien; tras despedirnos de Alción es ya hora de dirigirnos a la ciudad desde el Falero.
QUEREFONTE . — De acuerdo; hagámoslo así.

* M. D. MACLEOD , edición de la Oxford University Press, tomo IV, página 12, apunta una bibliografía en relación con los partidarios de su atribución a Luciano —él se cuenta obviamente entre ellos— y a Platón.
1 Estas líneas nos traen a la memoria las de la Ilíada IX 561 -564, las de OVIDIO , Metamorfosis XI 410-748, y los relatos en prosa de APOLODORO , Biblioteca I 7, 4, así como de LUCIANO , Historias verdaderas I 31 y II 40.
2 Este pasaje nos lleva igualmente a hacer memoria de unos hermosos versos de ALCMÁN , 94D, y SIMÓNIDES , 20D, en los que se hace mención a los llamados «días del alción» como paradigma y prototipo de bonanza en la mar.
3 Una vez más tropezamos con la dificultad de traducir el término griego daímon , aquí junto a theós . No nos convence «espíritus», pero tampoco «genios», o «duendes» como a veces parecería oportuno traducirlo. Creemos no obstante que aquí «espíritus» es el menos inapropiado.
4 Jantipa y Mirto aparecen citadas aquí como las mujeres de Sócrates. Véase el testimonio de PLUTARCO , Arist . 27, DIÓGENES LAERCIO , II 26, y ATENEO , XIII 556a. Quizás esta alusión a Mirto sea muy indicativa de que no se trata de una obra de Platón (cf. MACLEOD , VIII (Loeb), pág. 316).
73
EL BARCO O LOS DESEOS
Difícil será que alguien pueda poner en duda que éste es un diálogo auténticamente lucianesco. Una historia ingeniosa y divertida con un sorprendente final en clave de humor punzante y ácido. La llegada al Pireo de un formidable barco procedente de Egipto da pie para una especie de cuento de las Mil y una noches. Viendo el barco tres amigos, y Licino cuatro, dejan volar la imaginación y hacen una supuesta plegaria a los dioses pidiéndoles unos deseos inverosímiles: el primero quiere toda la riqueza del mundo; el segundo hacerse con un ejército poderoso e invencible y llegar a ser rey por sus medios, sin heredar el trono; el tercero, más sutil…, quiere volar y ser invencible; Licino, por fin, desea… no desear nada, pues está feliz con lo que tiene y le basta con poder reírse de los deseos de sus propios amigos. Una vez más, como se ve, el pensamiento de Luciano está a mitad de camino entre el cinismo y el escepticismo adobado aquí con unos maravillosos polvos de fantasía.
LICINO . —¿No decía yo que antes pasan los buitres de [1] largo ante un cadáver en descomposición tendido a la intemperie que Timolao haga lo propio ante algún espectáculo portentoso aunque para ello tuviera que ir a todo correr hasta Corinto? Hasta ese extremo llega tu afición y tu interés en ese tipo de temas.
TIMOLAO . —¿Pues qué debía hacer, Licino, con tiempo libre a mi disposición al enterarme de que una embarcación de tamaño enorme y descomunal ha atracado en el Pireo con uno de los cargamentos de trigo que van desde Egipto a Italia a bordo? Creo que vosotros dos, tú y Samipo, aquí presentes, habréis venido desde la ciudad exclusivamente para ver el barco.
LICINO . — Pues sí, por Zeus, y también venía con nosotros Adimanto del demo de Mirrinunte, pero no sé dónde anda ahora perdido entre el gentío de curiosos. Al menos hasta llegar al barco íbamos juntos, y al subir a bordo tú, me parece, Samipo, ibas delante y detrás iba Adimanto y a continuación yo que lo llevaba cogido con las dos manos, pues él cruzó la pasarela agarrado a mí, que llevaba calzado mientras él iba descalzo, pero desde ese momento ya no lo he vuelto a ver ni a bordo ni luego al volver.
[2] SAMIPO . —¿Sabes, Licino, en dónde nos dejó? Creo que cuando salió de su garito el apuesto muchacho aquel, el del vestido impoluto y el pelo recogido por detrás cayendo a ambos lados de la frente. Al menos si conozco a Adimanto, creo, al ver tan lindo espectáculo, ha mandado a paseo al armador egipcio que nos estaba enseñando su barco y se ha quedado aquí plantado llorando como de costumbre; que el hombre este tiene el lagrimero abierto cuando de lances amoroso se trata.
LICINO . — Pues el mocito de marras no me parece tan guapo, Samipo, como para impresionar a Adimanto, a quien acompañan tantos hermosos jóvenes atenienses, todos ellos libres, de conversación amena, que respiran el aire de las palestras, ante quienes no sería vergonzoso ponerse a llorar. El mozo ese, en cambio, además de ser moreno de piel y de labios prominentes, tiene unas piernas raquíticas. Y además hablaba como de un tirón, sin parar y a toda velocidad, en griego sí, aunque el acento y la entonación apuntaban a su país de origen, y además su cabellera peinada hacia atrás y la coleta que le recoge el pelo denota a las claras que no es un ciudadano libre.
TIMOLAO . — El pelo así, Licino, es señal de noble cuna [3] en Egipto; en efecto, todos los niños libres llevan el pelo recogido hasta que llegan a la adolescencia, al revés que nuestros antepasados a quienes parecía síntoma de distinción que los ancianos se peinaran con el pelo recogido y abrochado con una horquilla de oro en forma de cigarra.
SAMIPO . — Muy bien, Timolao, que nos estás recordando el pasaje de Tucídides en su proemio donde hablando de nuestro lujo de antaño cita el de los jónicos cuando salieron en expedición para fundar juntos colonias 1 .
LICINO . — Pero, Samipo, ahora me acabo de acordar [4] de dónde nos dejó Adimanto, cuando nos quedamos plantados junto al mástil un buen rato mirando hacia arriba contando las capas de cuero 2 al tiempo que veíamos, pasmados, trepar al marinero por entre los obenques y a continuación correr sin problemas sobre la antena del navío arriba agarrado a los cordajes.
SAMIPO . — Llevas razón. ¿Qué debemos hacer, pues?, ¿esperarle ansiosamente aquí? ¿O quieres mejor que vuelva al barco?
TIMOLAO . — ¡De ninguna manera! Sigamos nuestro curso; a lo mejor ha pasado de largo entre nostros como huyendo a todo correr en dirección a la ciudad, dado que no pudo ya encontrarnos. Y si no… ¡bueno!, Adimanto ya conoce el camino y no hay temor de que se desoriente al quedarse sin nosotros.
LICINO . — Fijaos, no resulte feo que nos marchemos dejando abandonado a un amigo. Pero en fin, sigamos andando, si es que eso es lo que le parece bien a Samipo.
[5] SAMIPO . — Muy requetebién me parece, a ver si aún pillamos abierta la palestra. Por cierto, ¡qué barco tan enorme! El armador decía que tenía ciento veinte codos de largo 3 , y de ancho más de un cuarto, y desde la cubierta hasta el fondo, por donde es más profundo, por la sentina, veintinueve. Y ¡hay que ver qué mástil tal alto! ¡Vaya antena que tiene! ¡Hay que ver con qué cable se sujeta! Y la popa está ligeramente arqueada sobre una pequeña oca de oro, y de igual modo en la parte contraria la proa se yergue proyectándose al frente con Isis a cada lado, de donde le viene el nombre al barco. Y los demás adornos, los dibujos y el emblema de la gavia reluciente como el fuego, y las anclas y los cabrestantes, y los cables y los camarotes de popa, todo ello me ha parecido maravilloso.
[6] Y a cualquiera podría parecerle la dotación de marinos la de un ejército de tierra. Contaban además que transportaba tanto trigo como para alimentar a todos los habitantes del Ática durante un año. Y todo eso lo sacaba a flote un hombrecillo de tres al cuarto, ya mayor, al frente de timones de enorme envergadura bajo una fina caña; me lo presentaron señalándole con el dedo, un hombre con greñas, Herón, creo, se llamaba.
TIMOLAO . — Su destreza al timón es impresionante, según contaban sin cesar los que iban a bordo; conoce el mundo del mar mejor que Proteo. ¿Habéis oído cómo [7] condujo el barco hasta aquí, qué les sucedió o quiénes iban a bordo en el transcurso de la travesía, o cómo un astro los salvó?
LICINO . — No lo hemos oído, Timolao, pero gustosamente lo escucharíamos.
TIMOLAO . — Me lo iba explicando el armador mismo, una buena persona, de trato agradable. Dijo que tras levar anclas desde Faro con viento no violento, al cabo de siete días vieron el Acamanto, pero que después un Céfiro que soplaba de cara los había desviado de su rumbo hasta Sidón. Desde allí con una enorme tempestad, habían llegado al cabo de diez días hasta Quelidonia pasando por Aulón, y allí casi se ahogan todos 4 . Sé, por haber navegado yo [8] antes por Quelidonia, el tamaño que tienen las olas en esa región, sobre todo cuando sopla el Ábrego reforzado con viento del Sur. Por allí precisamente se dividen el Mar de Panfilia del Mar de Licia, y el remolino de olas como dividido por muchas corrientes en derredor del arrecife —las rocas están lisas y cortantes por efecto de la erosión del agua— hace el romper de las olas sobrecogedor, con un eco enorme, y la ola es muchas veces del mismo tamaño que el rompeolas. El armador me iba contando que eso [9] mismo les había sucedido encima en plena noche y con una bruma total. Mas que sin embargo los dioses, conmovidos ante sus lamentos, habían dado a ver fuego desde Lidia para que pudieran ver la zona aquella y que uno de los Dioscuros había puesto una estrella brillante sobre la cabecera del mástil 5 y había enderezado el rumbo de la nave, desviándola por la izquierda mar adentro cuando ya se adentraba en el precipicio. A partir de ahí y fuera por completo de su rumbo, navegaron por el Egeo y setenta días después de salir de Egipto, con los vientos etesios de cara anclaron ayer en el Pireo luego de ser arrastrados tan al Sur, ellos que deberían haber dejado Creta a la derecha y remontando el Cabo Malea, estar ya en Italia.
LICINO . — ¡Vaya un timonel fantástico, por Zeus, el Herón de quien hablas, que debe ser de la quinta de [10] Nereo 6 , que se desvió tanto de su rumbo! Pero ¿qué es eso?, ¿no es Adimanto aquel de allí?
TLMOLAO . — Claro que es, Adimanto en persona. Vamos a darle una voz. ¡Eh, Adimanto! ¡A ti, te digo, al de Mirrinunte, el hijo de Estrómbico!
LICINO . — Una de dos, o está enfadado con nosotros o está sordo. Es Adimanto y no otro; lo estoy viendo ya con toda claridad, su manto, su forma de andar, y su afeitado. Vamos a avivar el paso para pillarlo; a ver si ni cogiéndote [11] del manto te vamos a hacer volver, Adimanto, y no nos vas a oír por más que te estamos llamando; al parecer estás absorto en relación con algún asunto de importancia, al que sin duda andas dando vueltas.
ADIMANTO . — No es nada de importancia; mientras iba andando me vino a la cabeza una idea nueva que me obligó a hacer caso omiso a vuestra voces, absorto como estaba en plena reflexión.
LICINO . —¿Qué idea es esa? No te recates en hablar, salvo que sea algo de lo que no se puede decir en los misterios. Sabes que en verdad hemos sido «iniciados» y en consecuencia hemos aprendido a guardar silencio 7 .
ADIMANTO . — Pues es que… me da vergüenza decíroslo; os parecerá que se trata de una ocurrencia infantil.
LICINO . —¿Es algo que tenga que ver con el amor? Ni tan siquiera ese tema ibas a revelarlo a unos profanos, sino a quienes a la luz de una brillante antorcha hemos sido también iniciados.
ADIMANTO . — No es nada de esa índole, amigo mío, es [12] que iba imaginándome una cierta riqueza, la que la mayoría llaman «éxtasis vanal» 8 , y me pillasteis en el punto culminante del lujo y la abundancia.
LICINO . — Entonces es facilísimo; «común es el Destino» 9 , dice el adagio; pon aquí delante de nosotros tu riqueza, que los amigos de Adimanto bien merecen gozar de una parte de ese lujo.
ADIMANTO . — Nada más subir a bordo me separé de vosotros, tras traerte aquí, Licino, sano y salvo sin titubear. Andaba yo midiendo el grosor de ancla, cuando no sé dónde diablos os metisteis. Sin embargo, al verlo todo le [13] pregunté a uno de los marineros cuánto le reporta la nave al dueño, tirando por lo alto, en un año. El marinero me contestó que, tirando por lo bajo, unos doce talentos 10 . Desde entonces dejándome llevar, hacía cálculos sobre la buena vida que me iba a dar, si alguno de los dioses hiciera que la nave fuera mía, haciendo favores a los amigos, y navegando por la orilla en ella unas veces yo y otras mandando a mis criados. Y además con los doce talentos a los que aludía el marinero me habría construido ya una casa en un sitio formidable, un poco más arriba del Pórtico de las Pinturas 11 , dejando mi casa a orillas de Iliso, y habría comprado criados, vestidos, carruajes y caballos. Y ahora mismo ya iba navegando entre la envidia y la admiración de todos los pasajeros y el temor de la tripulación; en una palabra, como si fuera un auténtico rey. Y andaba yo aún ordenando mis ideas por la nave, con los ojos puestos en el puerto a lo lejos, cuando, Licino, poniéndote a mi lado hundiste mi riqueza y echaste a pique mi barco que navegaba bien con el viento de cola de mi plegaria.
[14] LICINO . — Pues hazme preso, buen hombre, y llévame a que comparezca ante el general como si fuera un pirata o un bandido de los mares, causante de tal naufragio, y ello en tierra, en el trayecto que va del Pireo al corazón de la ciudad. Pero mira cómo voy a compensarte del revés. Ten ya cinco barcos, si quieres, más bonitos y más grandes que el egipcio, y —lo más importante—, que no puedan hundirse y, por ejemplo, que transporten cinco veces (cada año) la carga de trigo desde Egipto, y es evidente que tú el mejor de los navieros, entonces nos resultarás insoportable, porque si siendo dueño y señor de ese barco que está ahí tan solo, no has hecho ni puñetero caso a nuestras voces, si poseyeras cinco además de ése con tres mástiles e indestructibles, está más claro que el agua que ni verías a los amigos. Así que… ¡buen viaje, amigo!, que nosotros nos vamos a quedar sentaditos en el Pireo preguntando a quienes vienen de Egipto o Italia si por casualidad alguno ha visto al Isis, el gran barco de Adimanto.
ADIMANTO . —¿Lo ves? Por eso me resistía a contaros [15] lo que me pasaba por la cabeza, seguro de que mi súplica sería ridiculizada y objeto de burla. Así que aquí me quedo un ratito hasta que os vayáis, y entonces me haré a la mar de nuevo a bordo de mi nave; pues es mucho mejor charlar con los marineros que ser blanco de vuestras burlas.
LICINO . — De ninguna manera hagas eso, que estamos dispuestos a embarcar contigo y a quedarnos aquí.
ADIMANTO . — Entonces voy a embarcar yo primero y voy a quitar la pasarela.
LICINO . — Bueno; pues entonces nos tocará acercarnos a nado a ti. Porque ¿no crees que es fácil para ti adquirir barcos de estas proporciones, sin comprarlos ni fabricarlos en tanto que nosotros no vamos a pedir a los dioses que nos concedan poder avanzar a nado sin cansarnos muchos estadios? Por cierto, que anteayer, sabes de sobra, en qué clase de barquichuela íbamos rumbo a Egina para la fiesta de Hécate todos los amigos en grupo, previo pago de cuatro óbolos 12 , y no ibas enfadado con nosotros, tus compañeros de travesía; y ahora, en cambio, ¿te cabreas si subimos a bordo contigo y embarcando antes que nosotros vas y retiras la pasarela? Te has dado un atracón de pan de cebada y no te has escupido en el pecho y no sabes quién eres y te dedicas a armar un barco. Hasta tal punto te ha sacado de tus cabales la casa edificada en el paraje más bonito de la ciudad y la corte de acólitos. Pero, amigo mío, por Isis, acuérdate de traernos de Egipto los pescados del Nilo tan finos escabechados o perfumes de Canopo o un ibis de Menfis, y si la nave pudiera transportarla, una de las pirámides.
[16] TIMOLAO . — Basta de cachondeo, Licino. ¿No ves que has hecho ponerse colorado a Adimanto hundiendo su barca con tanta risa, hasta el punto de llenarla de agua a rebosar y que ya no puede hacer frente al chorro que le viene encima? Bien; puesto que aún nos queda mucho trecho hasta llegar al corazón de la ciudad, dividamos el trayecto en cuatro partes y pidamos a los dioses cada uno de nosotros lo que le parezca a lo largo de los estadios que le correspondan a cada cual. Así no notaremos el cansancio y al mismo tiempo disfrutaremos como si cayéramos en un sueño gratísimo elegido por nosotros, que, en la medida en que queramos, nos hará mucho bien. De cada uno depende la medida de su deseo, y los dioses, suponemos, le concederán todo aunque sea por naturaleza inviable. Pero lo más importante; se ha de poner de relieve quién es el que hará mejor uso de su riqueza y su deseo y, en consecuencia, qué clase de hombre sería caso de llegar a enriquecerse.
[17] SAMIPO . — Timolao, estoy de acuerdo contigo, y cuando sea el momento pediré lo que deseo. Y, no hay ni que preguntar si Adimanto quiere, pues tiene ya uno de los dos pies en la nave. Pero hay que ver el parecer de Licino.
LICINO . — Pues si eso es lo mejor…, vamos a enriquecernos, no parezca que miro con envidia la prosperidad de los demás.
ADIMANTO . — Bien, ¿quién va a empezar?
LICINO . —Tú, Adimanto, y a continuación Samipo, después Timolao y yo, cuando falte como medio estadio para llegar al Dipilón, formularé mi deseo, aunque pase corriendo a todo correr.
ADIMANTO . — Pues no voy a desertar ahora de mi [18] nave, sino que como se me permite, voy a añadir algo a mis deseos. ¡Que Hermes el que otorga las ganancias, me lo conceda todo! Que sea mío el barco y todo lo que hay en el él, incluida la carga, los mercaderes, las mujeres y los marineros.
SAMIPO . — Se te ha olvidado otra cosa que llevas contigo en el barco, la que más placer te pueda proporcionar.
ADIMANTO . — Al muchacho de pelo largo te refieres, Samipo. ¡Que sea mío él también! ¡Y que cuanto trigo hay dentro del barco se convierta todo en oro, todo un montón de daricos! 13 .
LICINO . —¿Qué es eso, Adimanto? Se te va a hundir el [19] barco, pues no es igual el peso de los granos de trigo que el de su equivalente en número de monedas de oro.
ADIMANTO . — No te dé envidia, Licino; cuando sea el turno de formular tu deseo, ve y coge el Parnes 14 que se ve allí si quieres, todo de oro, que yo no diré ni pío.
TIMOLAO . — Te he hecho esa observación en aras de tu seguridad, no fuera que con el oro perecieran todos. Y tu deseo es moderado aunque tu apuesto mozo se ahogará, pobrecillo, si no sabe nadar.
ADIMANTO . — Tranquilo, Licino, los delfines lo llevarán a nado a lomos suyos hasta tierra firme. ¿O piensas que luego de haber salvado ellos a un citarodo en pago a su canto y de haber transportado de igual modo el cadáver de otro muchacho hasta el istmo va a faltarle al servidor recién comprado de Adimanto un delfín que lo ame? 15 .
ADIMANTO . — ¿Vas a imitar tú también, Timolao, a Licino, y a venir encima con más chirigotas, máxime siendo tú el promotor de esta idea?
[20] TIMOLAO . — Mejor sería que formularas un deseo más verosímil, descubrir, por ejemplo, un tesoro bajo tu cama, para que de ese modo no tuvieras problemas al tener que transportar el oro desde el barco hasta el corazón de la ciudad.
ADIMANTO . — Llevas razón. ¡Desentiérrese también un tesoro escondido bajo el Hermes de piedra que hay en mi patio, mil medimmos en monedas de oro. Y acto seguido, como dice Hesíodo 16 , lo primero una casa para que pueda vivir con máximo confort. Y todo el arrabal ya lo he comprado con excepción de los pasajes pedregosos y los tomillares, y lo que hay en Eleusis pegado al mar y unas pocas tierras en derredor del istmo por si es caso ir a los Juegos, y la llanura de Sición en una palabra, si hay en algún lugar en Grecia algún paraje con buena umbría o un buen regadío o un paraje con buenos frutales, todo él en poco tiempo será de Adimanto. Tenga yo plato de oro en que comer, y copas no de poco peso como las de Equécrates, sino de dos talentos de peso cada una.
[21] LICINO . — Y ¿cómo extenderá el escanciador una copa tan pesada llena? O ¿cómo vas a tomarla de sus manos sin esfuerzo, siendo no una copa sino un peso digno de la roca de Sísifo?
ADIMANTO . — ¡Hombre! No deshagas mis deseos. Que yo voy a hacer además de oro todas las mesas, y los divanes de oro, y si no te callas… a los sirvientes mismos también.
LICINO . — Pues mira a ver, no vaya a pasarte como a Midas, que se te convierta el pan y la bebida en oro y, pobre de ti, te mueras de hambre eso sí, nadando en la abundancia.
ADIMANTO . — Dentro de un poco, te acomodas tus asuntos de un modo más convincente cuando te toque pedir tu deseo. Pero además de todo eso mi vestido será de [22] púrpura y la vida lo más muelle que pueda, mi sueño sobre el lecho más suave; oleadas de amigos que vendrán a pedir favores, todos echándose al suelo y postrándose de rodillas; algunos de los cuales pasearán ante las puertas de mi casa desde el amanecer, entre ellos los ricos Cleéneto y Demócrates, a quienes siete porteros bien plantados, bárbaros de estatura descomunal, les darán con la puerta en las narices cuando entren exigiendo que se les reciba antes que a los demás, tal y como hacen ellos ahora por cierto.
Yo en cambio, cuando me parezca, asomándome como el sol, ni siquiera los miraré y si hay algún pobre —como lo era yo antes del tesoro— me mostraré generoso con él y le invitaré a que asista aseado a la hora del banquete. Los demás, en cambio, se apelotonarán, los ricos, viendo mis carruajes, caballos y hermosos muchachos tantos como dos mil, la flor y nata de cada edad. Después, banquetes en [23] vajilla de oro —que la plata es barata y no va conmigo—, salazones de Iberia, vino de Italia, aceite de Iberia también, y compacta miel de nuestra tierra, manjares de todas partes, jabalíes, liebres y variedad de aves: faisán de Fasis, pavo real de la India, y gallo de Numidia 17 . Y cocineros expertos en dulces y salsas preparando cada plato con esmero. Y si, pidiendo una copa o una taza, brindo con alguien, ¡que se lleve la copa si quiere (el que brinda conmigo)! [24] Y los ricos de ahora comparados conmigo son todos sin excepción unos «Iros» 18 , y Diónico ya no hará gala de la procesión de su vajilla o de su taza de plata máxime después de ver a mis criados utilizar la plata con tanta profusión. Y para la ciudad, éstas serían mis disposiciones: los subsidios, cien dracmas al mes a cada ciudadano, y para cada meteco, la mitad; y para el público en general, teatro y baños para embellecer la ciudad y hacer que llegue el mar hasta cerca de Dipilón por medio de un gran canal que traiga agua instalando allí un puerto de [25] modo que mi barco fondee cerca y sea visible desde el Cerámico. Y respecto a vosotros mis amigos, encargaría a mi administrador que apartara y calculara veinte medimnos de oro fino, para Timolao cinco quénices, y para Licino un quénice 19 , pero ese mondo y lirondo, porque es un charlatán y se burla de mis deseos. Esa clase de vida es la que yo querría vivir, rico hasta la exageración, nadando en la abundancia y disfrutando a fondo de todos los placeres. He dicho. ¡Ojalá que Hermes tuviera a bien concederme todo eso!
[26] LICINO . —¿Sabes, Adimanto, que toda esa riqueza pende por completo de un delgado hilo, y que si se rompe, se va todo al garete y tu tesoro se quedará reducido a cenizas?
ADIMANTO . —¿Qué quieres decir, Licino?
LICINO . — Pues que no está claro, amigo, cuánto tiempo vivirás instalado en la riqueza. ¿Quién sabe si cuando tengas aún a tu lado la mesa de oro, antes de poner encima tu mano, y gustar el pavo o la gallina de Numidia, te irás al otro barrio tras exhalar el diminuto soplo de la vida dejando todo a buitres y cuervos? ¿O quieres que te vaya enumerando toda una serie de personajes que murieron enseguida antes de disfrutar de su riqueza, así como toda otra serie de personas que vivían despojados de sus bienes por un cierto espíritu malicioso respecto de ese tipo de cosas? Conoces de oídas la historia de Creso y Polícrates 20 , mucho más ricos que tú y que sin embargo se quedaron sin todos sus bienes en un abrir y cerrar de ojos. Pero en fin, [27] dejémoslos estar; ¿crees que vas a tener garantizada la buena salud? ¿O no ves que muchos ricos viven una existencia desgraciada por causa de los achaques, unos sin poder andar, otros ciegos y otros con dolores internos? Que no elegirías dos veces el ser rico si tanta riqueza lleva aparejada el que le suceda a uno lo que al acaudalado Fanómaco, a saber, el afeminarse, lo sé bien, aunque pretendas negarlo. Y paso por alto cuantas conspiraciones, asaltos, envidias y odios de parte de la gente lleva aparejada la riqueza. ¿Estás viendo de qué clase de problemas es causa el tesoro de marras?
ADIMANTO . — Siempre te estás metiendo conmigo, Licino; así que no vas a pillar ni tan siquiera el quénice mondo y lirondo, pues estás poniendo pegas a mi deseo hasta el final.
LICINO . — Eso, como la mayoría de los ricos, que te desdices y te retractas de lo prometido. Pero en fin; es ya hora de que expongas tu deseo, Samipo.
SAMIPO . — Yo soy hombre de tierra adentro, arcadio, [28] de Mantinea, según sabéis, y no voy a pedir tener una nave que no podría enseñar a mis conciudadanos, ni voy a molestar a los dioses pidiendo un tesoro calculado en oro. Pues los dioses lo pueden todo hasta lo que parece ser excepcional, y la ley del deseo que propuso Timolao dice que no hay que vacilar en pedir en la idea de que los dioses no van a negar lo que les pidamos. Pues bien; yo pido llegar a ser rey, no como Alejandro, el hijo de Filipo, o Ptolomeo o Mitrídates o cualquier otro que haya ejercido el reinado heredando el trono de su padre; antes bien, arrancando del pillaje, tenga yo a mi lado unos treinta compañeros de fiar con buenos bríos, a los que poco a poco se vayan añadiendo más hasta ser trescientos, y luego mil y al cabo de no mucho tiempo diez mil hasta completar unos [29] cincuenta mil hoplitas y unos cinco mil jinetes. Y seré elegido por votación popular a mano alzada jefe de todos ellos, siendo a sus ojos el mejor caudillo y administrador. Y éste justamente será el factor que hará mi reino superior al de los otros reyes, a saber, el mandar siendo elegido por el ejército por mis cualidades, sin ser heredero de otro que haya trabajado para el reino; una cosa así se asemejaría al tesoro de Adimanto, y la cuestión no es igual de agradable cuando alguien sabe que ha alcanzado el poder por su propio esfuerzo.
LICINO . — ¡Vaya, vaya, Samipo! No es cosa de poca monta; antes bien has pedido el fundamental de todos los bienes, tener mando sobre semejante batallón tras ser elegido el mejor por un grupo de cincuenta mil. ¡Vaya rey y general de categoría que nos ha criado Mantinea sin saberlo! Pues nada hombre; ejerce como rey y acaudilla a los ejércitos y organiza tu caballería y tu batallón de hombres aguerridos. Pero me gustaría saber siendo tantos como sois a dónde vais a ir, desde Arcadia o quiénes son los pobrecillos a quienes vais a atacar primero.
SAMIPO . — Escucha, Licino, o mejor si te apetece, ven, [30] acompáñanos, que te voy a presentar como comandante de caballería de unos cincuenta mil hombres.
LICINO . —Te doy las gracias, oh Rey, por el honor con el que me distingues e inclinando la cabeza al modo persa me postro ante ti con mis manos vueltas detrás de la espalda honrando la tiara recta y la diadema 21 . Pero, haz comandante de caballería a alguno de estos hombres aguerridos; que yo soy espantosamente malo en asuntos de corceles y ni siquiera he montado a caballo antes en mi vida. Temo que cuando el trompeta dé la señal me caiga al suelo y en el tumulto me vea aplastado por semejante cantidad de armas, o que el caballo, lleno de brío me lleve mordiendo las bridas en medio de los enemigos o que me tengan que atar a la silla si quiero seguir arriba sujetando las riendas.
ADIMANTO . — Yo me pondré al frente de tus jinetes, [31] Samipo. Que Licino ocupe el ala derecha; pues justo sería que recibiera de ti lo más importante, pues te obsequié con una buena cantidad de medimnos de oro fino.
SAMIPO . — Preguntemos directamente a los jinetes. Adimanto, si aceptarán que seas tú su comandante. ¡Quienes estén de acuerdo, jinetes, en que Adimanto sea vuestro comandante que levanten la mano!
ADIMANTO . — Todos, no lo ves, Samipo, lo han aprobado por unanimidad.
SAMIPO . — Bien, pues ponte al frente de la caballería, y que Licino ocupe el ala derecha. Y Timolao tendrá que colocarse a la izquierda. Yo en el medio, según acostumbran los reyes persas cuando comparecen con sus tropas. Y [32] ¡avancemos ya contra Corinto por la región montañosa luego de hacer una plegaria al Zeus Regio! Y después que hayamos conquistado todo el territorio griego —nadie va a plantarnos cara siendo todos los que somos con las armas que tenemos, sino que los venceremos de corrido— subiendo a bordo de las trirremes y embarcando a los caballos en las naves cargueras —tenemos preparados en Cencreas trigo suficiente y embarcaciones de sobra y todo cuanto hace falta— surquemos el Egeo rumbo a Jonia; acto seguido tras hacer allí un sacrificio a Artemis, tomemos fácilmente las ciudades aledañas que carecen de murallas y dejando en ellas unos arcontes avancemos sobre Siria atravesando Caria y después sobre Licia y Panfilia y Pisidia, la Cilicia costera y la montañosa hasta llegar al Éufrates.
[33] LICINO . — A mí, oh Rey, si te parece, déjame como sátrapa de Grecia; pues soy cobarde y no aguantaría de buen grado estar lejos de las cosas de mi tierra. Y tú pareces conducir contra armenios y partos huestes belicosas y un cuerpo de arqueros certeros. Así que entrégale a otro el flanco derecho y déjame a mí como a un Antípatro cualquiera en Grecia, no vaya a ser que alguien me acierte, pobre de mí, disparándome con su flecha en partes al descubierto de mi cuerpo mientras estoy al frente de una de tus falanges en derredor de Susa o de Bactra.
SAMIPO . — Te estás «escaqueando» del alistamiento 22 , porque eres un cobarde. Y la ley dice que a quien deserta estando en filas hay que cortarle la cabeza. Pero puesto que estamos ya en el Éufrates y las orillas del río están unidas por un puente y todo está asegurado en la retaguardia y los prefectos puestos sobre cada pueblo tienen todo bajo control, y otros mientras tanto marchan a conquistar para vosotros Fenicia y Palestina, tú el primero, Licino, cruza conduciendo el flanco derecho, y a continuación yo, y detrás de mí Timolao. Y detrás de todos conduce tú la caballería, Adimanto. Ningún enemigo me ha hecho frente [34] por toda Mesopotamia, sino que se han entregado ellos, sus hombres, y su fortalezas de buen grado, y llegando de improviso a las puertas de Babilonia atravesamos sus murallas, nos introdujimos en la ciudad y la tomamos. El rey, que se hallaba ocupado en Ctesifonte, tuvo noticias de nuestra incursión; entonces acercándose a Seleucia manda llamar y prepara cuantos más jinetes, arqueros y honderos sea posible reclutar. Y los exploradores informan de que se ha reclutado un contingente de en torno a un millón, de los que doscientos mil son arqueros a caballo, y eso que aún no han llegado el pueblo armenio ni los que habitan a orillas del Mar Caspio ni los procedentes de Bactra, sino sólo de las regiones cercanas y aledañas al imperio. Así de fácil logró reclutar un contingente tan numeroso. En fin; es momento de estudiar qué debemos hacer.
ADIMANTO . — Yo digo que conviene que vosotros, la [35] infantería, os apartéis del camino de Ctesifonte y que nosotros, la caballería, nos quedemos aquí defendiendo Babilonia.
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