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LAUREN BEUKES
AFTERLAND
Traducción de Pilar Ramírez Tello

Título original inglés: Afterland.
Autora: Lauren Beukes.
© Lauren Beukes, 2020.
Publicado originalmente por Umuzi,
un sello de Penguin Random House South Africa (Pty) Ltd, en 2020.
Publicado por primera vez en Gran Bretaña
por Michael Joseph, en 2020.
© de la traducción: Pilar Ramírez Tello, 2021.
© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2021.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Diseño de interior y cubierta:
Lookatcia.com.
Primera edición: marzo de 2021.
REF.: ODBO848
ISBN: 978-84-9187-790-5
COMPOSICIÓN DIGITAL • GRAFIME, S.L.
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del editor cualquier forma de reproducción, distribución,
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CONTENIDO
1 PRIMERA PARTE Derechos de denominación Punto de fuga Black Hole Sun El primer fin del mundo Cosas malas Periferia El día que murió Devon El rescate del erizo Planta rodadora La última vez que se alejaron de todo No se ha podido enviar el mensaje Ratas de laboratorio Gatas enfadadas Los perros de la filosofía Errores comunes Salidas Correspondencias imposibles Venta por teléfono Reinas de Narnia Búscate un resquicio y desaparece por él Historial de búsqueda Mapaches #VidaEnElBúnker Shotgun Sally Una proposición indecente Cabeza de chorlito Lady Luck Conversas de pega
2 INTERLUDIO HarryElSucio.tv Los últimos niños perdidos Archivos de Confianza
3 SEGUNDA PARTE En tierra extraña Sombras en la pared de la caverna El infierno es rosa Prueba de vida Echarlo todo fuera Luz piloto Glamorama Alijo Estocolmo Inmuebles Mala espina La Madonna del puesto de control Batallas perdidas Un lobo con piel de lobo Derecho de visita Mortificada Volver las tornas Miles en Miami Bebelandia Las responsabilidades morales de las especies en vías de extinción Falsas Patrias Pecados compuestos Honor entre marginadas Las matemáticas de los viajes La persona que debes ser Partida de caza Náufrago Cruel por tu propio bien Señales Pródiga Epílogo: Salir a la superficie
4 Agradecimientos
PRIMERA PARTE
Derechos de denominación
21 de junio de 2023
—Mírame —dice Cole—. Oye.
Comprueba las pupilas de Miles, que siguen enormes; su cuerpo empieza a librarse de la conmoción, el miedo y las drogas. Cole se esfuerza por recordar su formación en primeros auxilios. Utiliza la lista de verificación como salvavidas. Miles puede enfocar la mirada y hablar sin arrastrar las sílabas. En el coche, cuando huían, estaba atontado, pero no tardará en ser capaz de plantearle preguntas difíciles que no está preparada para responder. Sobre las manchas de sangre que tiene en la camisa, por ejemplo.
—Oye —repite, procurando hablar con toda la tranquilidad posible, aunque ella también tiembla por culpa del bajón de adrenalina. Por ver a Billie cargar con el cuerpo de Miles como si fuera un saco de boxeo roto, por pensar que estaba muerto. Pero no lo está. Está vivo. Su hijo está vivo, y ella no puede derrumbarse—. No pasa nada —dice—. Te quiero.
—Yo también te quiero —masculla él.
Es la respuesta automática a la frase, como una invocación en la iglesia. Salvo que la catedral es el baño público de una gasolinera abandonada, donde las hileras de urinarios vacíos boquean como dientes rotos a la luz previa al amanecer; hace tiempo que los vándalos arrancaron los asientos de los inodoros.
Miles sigue temblando; se rodea la caja torácica con los flacos brazos, tiene los hombros hundidos, le castañetean los dientes e insiste en dirigir la mirada hacia la puerta, que, a juzgar por los arañazos y las abolladuras en el contrachapado, alguien ha abierto de una patada antes de que llegaran ellos. Cole también espera que alguien eche esa puerta abajo de un momento a otro. Es inevitable que los encuentren y se los lleven otra vez. La detendrán. Le quitarán a Miles. En Estados Unidos les roban los niños a sus padres. Ya era así antes de todo… esto.
Su reflejo es gris en los fragmentos de espejo. Tiene un aspecto horrible. Parece vieja. Peor, parece asustada. No quiere que él lo vea. Puede que eso sea lo que ocultan los superhéroes detrás de sus máscaras: no su identidad secreta, sino que están muertos de miedo.
Los azulejos azules vidriados de la pared del lavabo están rotos en teselas y la tubería está medio arrancada de su anclaje. Sin embargo, cuando abre el grifo, el agua espurrea después de unos cuantos chirridos y gruñidos.
No es pura suerte. Había visto el depósito de agua en el tejado de la gasolinera saqueada antes de conducir hasta la parte de atrás y meterse bajo el toldo hecho jirones. Devon siempre había sido el organizador de la familia, el planificador, pero Cole ha aprendido a vivir treinta segundos por delante de donde se encontraran y a calcular todas las trayectorias posibles. Es agotador. «Vive el momento» era una filosofía para quien podía permitirse ese lujo. Y vete a la mierda por haberte muerto con el resto, Devon, piensa Cole, y haberme dejado sola en esta situación.
Después de dos años, ¿todavía sigues enfadada, cielo?
Sigue oyendo las bromitas de su marido muerto. Es como una especie de posesión de andar por casa. No es poco frecuente estos días.
Tú reza por que tu hermana no se una al coro de fantasmas.
Se echa agua en la cara para quitarse de la cabeza a Billie y el nauseabundo sonido de metal contra hueso. El agua fría es una terapia de choque, pero en el buen sentido. Esclarecedora. Ya tendrá tiempo para sentir toda la culpa del mundo cuando salgan de ahí. Cuando estén a salvo. Se quita la camiseta ensangrentada y la mete en una de las papeleras para compresas. El pobre cubo habrá visto derrames peores.
El espejo no es más que un fragmento de su estado original, y, en su reflejo, la luz que rebota en los azulejos tiñe de beis el rostro de su hijo. Café sin mucha leche. ¿Qué le dio Billie? ¿Benzodiacepina? ¿Somníferos? Ojalá lo supiera. Espera que sea uno de esos medicamentos que provocan amnesia, como borrar un Telesketch.
Le frota la espalda para calentarlo, para calmarlo, porque ambos necesitan contacto humano. Lo conoce muy bien. La marca de la vacuna triple vírica; la cicatriz blanca que le recorre el codo, de cuando se rompió el brazo al caerse de la litera de arriba; el hoyuelo de estrella de cine en la barbilla, herencia de su abuelo (descansa en paz, viejo, piensa en piloto automático, ya que no pudo despedirse). Y, en algún lugar del interior de Miles, los genes errantes a los que el virus no había podido aferrarse.
Uno entre un millón. No, no es eso. Uno del millón que quedaba en Estados Unidos. En el resto del mundo hay más, aunque no muchos. Un índice de supervivencia de menos del uno por ciento. Por eso lo que estaba haciendo era tan peligroso y tan estúpido. Aunque no tenía elección.
«Santa madre de Dios, Batman, ahí van esos niños. Tenemos que atraparlos a todos». Y quedárselos para siempre jamás. Seguridad para el futuro, la Ley de Protección Masculina, por su propio bien, no dejan de decirle. Siempre por su propio bien. Mierda, está bien jodida.
—Vale —dice, intentando parecer alegre, aunque nota que la decisión le pesa como un ladrillo en el estómago—, vamos a ponerte ropa limpia.
Cole mete la mano en la bolsa de deporte negra que llevaba en el maletero de su coche, junto con agua, una lata de gasolina (los clásicos artículos imprescindibles para fugitivos), y saca una sudadera limpia para ella y, para él, una camiseta de manga larga de color rosa palo con el dibujo de una palmera desteñida tachonada de pedrería falsa, unos vaqueros pitillo con demasiadas cremalleras y un puñado de pasadores relucientes. ¿De qué están hechas las niñas? De unicornios, gatitos y todo lo que tiene brillitos.
—No puedo ponerme eso —dice Miles, que acaba de espabilarse para protestar—. ¡Ni de coña, mamá!
—Colega, va en serio. —Siempre había sido la poli mala de la familia, la que establecía reglas y límites, como si ser madre no fuera el peor juego de improvisación del mundo—. Finge que es truco o trato —añade mientras le engancha los pasadores en los rizos afro. Recuerda el taller al que acudió diligentemente cuando Miles era un bebé: «Madres blancas: Pelo negro».
—Soy demasiado mayor para eso.
¿Lo es? Solo tiene once, no, doce años, se corrige. Casi trece. El mes que viene. ¿De verdad ha pasado tanto tiempo desde el fin del mundo? El tiempo se dilata y diluye.
—Pues finge que actúas. O que somos estafadores.
—Estafadores… Eso mola —cede.
Cole da un paso atrás y contempla su obra. El eslogan resaltado en purpurina rosa encima de la palmera desteñida dice: SIEMPRE REFRESCA y CALIFORNIA. Aunque la sílaba RE se ha borrado, así que se queda en FRESCA, o quizá fuera algo intencionado, a pesar de que la camiseta estaba en la sección de doce a catorce años. Los vaqueros slim fit le hacen las piernas más larguiruchas de lo que ya son de por sí. Ha pegado un estirón y está en esa fase desgarbada en la que son todo extremidades. ¿Cuándo ha pasado?
Mira el reloj de Devon; es demasiado grande para su muñeca y cuesta leer los números entre las constelaciones grabadas en la esfera. Un regalo astronómico de aniversario. Detrás grabó unas palabras: TODO EL TIEMPO DEL UNIVERSO CONTIGO. Aunque resultó ser una mentira cochina.
En fin, habría preferido no sufrir una muerte horrible por culpa de la plaga. No es por nada.
Concéntrate. Los números. Las seis y tres de la mañana. Cuarenta y ocho minutos desde que encontró a Billie cargando el cuerpo inconsciente de Miles en la parte de atrás de su Lada. Cuarenta y ocho minutos desde que cogió la llave de rueda.
No pienses en ello.
Sí, vale, Dev. Nadie tiene tiempo para eso.
El todoterreno estaba justo donde se suponía: en el aparcamiento del centro comercial abandonado de al lado, donde el coche de la huida se mezclaba con los demás vehículos olvidados. Billie y ella habían repasado el plan una y otra vez. Estaba muy impresionada con la previsión de su hermana, con su atención al detalle. Salir de allí, cambiar de coche, conducir hasta San Francisco. Las llaves estaban debajo del tapacubos, el depósito estaba lleno y había provisiones en una caja de seguridad bajo el asiento trasero: agua, mudas de ropa, botiquín de primeros auxilios.
Cole lo hizo todo en piloto automático, tensa y aturdida por el miedo, cubierta de sangre. Salvo que condujo el todoterreno en dirección contraria a la planeada, lejos de la costa y de las benefactoras ricas de Billie que lo habían preparado todo; tierra adentro, hacia el desierto. La ruta menos transitada, menos evidente, la que tenía menos probabilidades de llevarlos a un bloqueo de carretera y a mujeres con metralletas.
Seguía acumulando delitos graves. Le quitarían a Miles, esta vez para siempre; la detendrían y tirarían la llave, o algo peor. ¿Todavía se aplica la pena de muerte con el clima actual y el Acuerdo de Reprohibición para preservar la vida? Puede que poner en peligro de forma imprudente la vida de un ciudadano varón sea el delito más grave de todos. Peor incluso que lo sucedido con Billie. Hace cuarenta y ocho, no, cuarenta y nueve minutos. Estaba tan enfadada, tan asustada…
Nunca me ha gustado esa hermana tuya.
—¿Mamá? —preguntó Miles en voz bajísima, y eso la sacó del recuerdo y evitó que se dejara llevar por el pánico.
—Lo siento, tigre. Me he despistado un momento. —Le sujeta los hombros y admira su reflejo. Intenta sonreír—. Tienes buena pinta.
—¿En serio?
El sarcasmo es sano. Alto funcionamiento. Sin daño cerebral.
—No es necesario que te guste; pero, por ahora, es lo que hay. Eres Mila.
Él bate las tupidas pestañas y frunce los labios frente al espejo. Morritos de desprecio.
—Mila.
Cole piensa, distraída, que debería comprar rímel. Añádelo a la lista. Comida, dinero, gasolina, refugio, probablemente otro coche para seguir cambiándolos y después se acercarán al Sephora local para conseguir todos los productos cosméticos que requiere un niño disfrazado de niña.
—Lávate las manos; no quiero que enfermes.
—Soy inmune, ¿recuerdas?
—Díselo a los demás virus de por aquí. Lávate las manos, tigre.
Cuando entreabre la puerta abollada que da al mundo exterior, no hay ni drones, ni helicópteros, ni sirenas, ni mujeres con chalecos de Kevlar que rodeen el perímetro armadas con semiautomáticas. No los han encontrado (todavía) y el todoterreno sigue aparcado donde lo dejó, bajo el toldo, listo para marchar.
—Despejado.
Lo empuja hacia el vehículo. Perdón, la empuja. Dilo bien. No puede permitirse un error. No puede permitirse más errores.
Miles entra en el coche, obediente. Cole le agradece sobremanera que se esté dejando llevar y que no pregunte nada (todavía) porque, si lo hace, ella se hunde.
—Deberías tumbarte —le dice—. Están buscando a dos personas.
—Pero ¿adónde vamos, mamá?
—A casa. —La idea es absurda. Miles de kilómetros, océanos enteros y, ahora, varios delitos graves los separan de la posibilidad de ver de nuevo Johannesburgo—. Pero, mientras tanto, tenemos que pasar desapercibidos.
Lo dice tanto para ella como para él. Para ella.
—A la fuga. Como forajidos —dice su «hija» para intentar animarla.
—¡Todavía mejor que estafadores! Cole la Vaquera y Mila la Niña.
—¿No es Billie la Niña? ¿No se enfadará mi tía si le robo el nombre?
—Te lo quedas tú hasta que nos alcance. Considéralo una custodia compartida.
—Los nombres no funcionan así.
—Oye, que yo sepa, en el fin del mundo no sirven las reglas normales.
La frivolidad como mecanismo de defensa: causas y ejemplos.
—Mamá, ¿dónde está Billie? No recuerdo lo que pasó.
Mierda.
—Se peleó con una de las guardias cuando nos íbamos. —Demasiado simple. No es capaz de mirarlo. Perdón, mirarla—. Así me ensucié la camiseta. Pero ¡no te preocupes! Está bien. Nos alcanzará después, ¿vale?
—Vale —responde Mila, aunque tiene el ceño fruncido. Y no está bien. En absoluto. Pero es lo que hay.
Se largan de la gasolinera. El cielo sobre Napa es de un azul pastel con pinceladas secas de nubes por encima de viñedos asilvestrados. Campos pálidos de hierba que tiembla, mecida por el viento. Cosas como esas le dan un toque lejano e impropio a un asesinato. La belleza permite la negación verosímil. Puede que esa sea la única función de la belleza en el mundo, piensa Cole: cegarte con ella.
Punto de fuga
Se distingue el perfil de la ciudad a lo lejos, a través de la bruma de calor, como un espejismo en el desierto que promete comida basura, una cama e incluso una tele…, si es que todo eso sigue existiendo, piensa Miles. Las carreteras están cubiertas de reluciente arena amarilla y marcadas con al menos un juego de neumáticos, así que alguien debe de haber pasado por allí antes que ellos, de modo que no son las Últimas Personas de la Tierra y no han cometido El Peor Error del Mundo al abandonar la seguridad de Ataraxia, aunque fuera como estar en la cárcel más elegante del mundo. #VidaEnElBúnker. Era mucho mejor que la base militar, eso sí.
—La arena parece polvo de oro, ¿verdad? —dice mamá con su telepatía intermitente—. Podríamos amontonarla, nadar por ella y echárnosla en la cabeza.
—Ajá.
Está cansado de huir y ni siquiera ha pasado un día. Tiene retortijones, aunque puede que sean de hambre. Necesita superar su odio absoluto hacia las pasas y comer las barritas del botiquín que les preparó Billie. Le patina la cabeza cada vez que piensa en el nombre de su tía…
Nota una pesadez mental de la que no logra librarse cuando intenta encajar las piezas de lo sucedido la noche anterior, cómo llegaron hasta ahí. Tiene que abrirse paso por sus pensamientos como Atreyu y Ártax en La historia interminable, y con cada paso que da se hunde más en el pantano. La pelea con Billie. Nunca había visto a mamá tan enfadada. Estaban peleándose por él, por lo que dijo Billie, por su gran idea, y se ruboriza de vergüenza y asco de nuevo. Puaj. Y después: nada. Se quedó dormido en el sofá con los cascos puestos, y de repente mamá conducía como una loca y lloraba, y tenía la camiseta manchada de sangre y una marca oscura en la mejilla, y ahora estaban ahí. Seguramente no será nada. Mamá dijo que todo iba bien. Y le contará todos los detalles cuando esté preparada, le dijo. Cuando estén a salvo. Sigue avanzando por el pantano, piensa Miles. No te ahogues.
Por la ventana ve pasar un campo de cruces caseras, cientos de ellas, pintadas de distintos colores. Más monumentos a los muertos, como el Árbol de la Memoria de la Base Conjunta Lewis-McChord, donde todos podían colgar fotos de sus muertos de VHC: padres, hijos, hermanos, tíos, primos y amigos. Miles odiaba aquel estúpido árbol, igual que le pasaba a su amigo ocasional Jonas, el único niño de su edad que había en la base.
Un cuadrado pálido que se recorta contra el cielo toma forma de valla publicitaria descolorida cuando se acerca, con un tío de pelo canoso y una señora rubia, ambos luciendo polos y contemplando el desierto con devota alegría, como Moisés y la señora Moisés mirando hacia la tierra prometida. Pero alguien ha dibujado garabatos en la cara del hombre, le ha cruzado los ojos con una equis y le ha tachado la boca con unas rayas, como si fuera una calavera o tuviera puntos. Pero ¿por qué suturarle la boca a alguien, a no ser que estés reduciendo cabezas? La imagen lleva impresas unas frases en negrita: EAGLE CREEK: ¡DONDE VIVIR A LO GRANDE ES LO NORMAL! y ¡DESE PRISA! A LA VENTA LA FASE CUATRO. ¡NO LO DEJE ESCAPAR!
—No lo deje escapar —dice Miles para sí, porque así funciona la publicidad, y también se le mete en la cabeza a su madre, puesto que tres kilómetros después, cuando llegan al cartel que dice: EAGLE CREEK: ¡VISÍTENOS!, toma la salida.
—Vamos a echar un vistazo. A refugiarnos el resto del día.
—¡Pero la ciudad está ahí mismo!
—Todavía no estamos listos para la civilización. No sabemos lo que hay ahí fuera. Podría estar en manos de una colonia de moteras caníbales que quieren convertirnos en sabroso beicon humano.
—Cállate, mamá.
—Vale, lo siento. No hay moteras caníbales. Te lo prometo. Necesito descansar un poco y quiero que practiques lo de ser chica.
—Tampoco será tan difícil.
—Oye, a veces ni siquiera yo sé cómo ser una chica.
—Eso es porque eres una mujer.
—Cierto, pero eso tampoco lo sé, ni cómo ser adulta. Todos fingimos, tigre.
—Menudo consuelo.
—Ya. Pero lo intento.
—Con poco éxito, querida.
Era un alivio volver a su antigua rutina de comentarios ocurrentes y respuestas rápidas. Así no tenían que hablar de Lo Demás.
—Hilarante, mon fils.
—Querrás decir fille.
Al menos había aprendido eso en sus seis meses de francés en la escuela de California, aunque se le daba fatal porque, en casa, en Johannesburgo, recibían clases de zulú en la escuela, no de estúpido francés.
—Sí, claro. Gracias por la corrección, capitán Listillo.
El arco sobre la barrera de entrada a Eagle Creek tiene dos águilas de hormigón, posadas una a cada lado con las alas extendidas, listas para alzar el vuelo. Sin embargo, al ave de la izquierda la han decapitado en algún momento, como una advertencia. ¡Cuidado! ¡Retrocede! ¡A la venta la fase cuatro! ¡No lo deje escapar! ¡No pierda la cabeza!
Al otro lado de la barrera han excavado un pozo gigante rodeado de vallas, y hay una excavadora medio encaramada a un montículo de tierra gris con la pala medio llena (o medio vacía) del mismo polvo amarillo, como si el operario que la manejaba se hubiese marchado sin más o hubiera muerto allí mismo, en el asiento, y su esqueleto siguiera sentado en la cabina con la mano en la palanca y el trabajo inacabado para siempre. Y sí, vale, hay casas terminadas, todas iguales, en lo alto de la colina, y otras a medio terminar con lonetas arrancadas que aletean al viento en las hileras de enfrente, pero todo el lugar le produce escalofríos.
—Está abandonado —dice Miles—. No es seguro.
—Mejor abandonado que habitado. Y puede que haya suministros que nadie ha recogido porque han pensado lo mismo que tú.
—Vale, pero ¿y si de verdad hay moteras caníbales?
Intenta que suene a broma, aunque está pensando: «O preparacionistas locas, o enfermos, o gente desesperada, o personas que nos harán daño sin querer porque a veces así es como salen las cosas…, o personas que quieren hacernos daño porque pueden».
—Qué va, no hay marcas de neumáticos. Por tanto, nada de moteras caníbales.
—Pero hace mucho viento. La arena podría haberse acumulado desde ayer.
—Entonces, también borrará nuestras marcas.
Sale del coche sin apagar el motor para levantar la barrera de seguridad.
—¿Me echas una mano? —grita, y él se inclina para apagar el motor porque es una irresponsabilidad dejarlo encendido antes de bajar a ayudarla.
Sin embargo, mientras intentan levantarla, algo silba y chasquea cerca de ellos. Lo primero que piensa él es que se trata de una serpiente de cascabel, lo que sería muy normal en el desierto, y ¿no era de esperar, con la suerte que tienen? Llegar tan lejos para morir de una picadura de serpiente. Pero no son más que los aspersores automáticos, que asoman la cabeza y hacen clic, clic, clic en seco por encima del polvo que ocupa lo que antes era césped.
—Significa que siguen teniendo electricidad. Paneles solares, mira. Supongo que apostaban por una urbanización ecológica con campo de golf. Lo que es imposible, por cierto. Oxímoron.
—Pero no hay agua.
—Llevamos ocho litros en el coche. Vamos bien. Estamos a salvo; tenemos todo lo que necesitamos, sobre todo el uno al otro. ¿Vale?
Miles esboza una mueca por la cursilería, pero está pensando en que no debería haber apagado el motor porque ¿y si no pueden volver a arrancarlo? La puerta de la caseta de seguridad está cerrada, lo que es un alivio: tendrán que irse a otra parte. ¿A una ciudad, por ejemplo? O de vuelta a Ataraxia y sus colegas… Bueno, colega. En singular. En Ataraxia, Ella; en la base militar, Jonas.
Podrían regresar y explicarles lo sucedido (¿qué había sucedido?). Está seguro de que la gente del Departamento de Hombres lo entendería. Siempre le están diciendo lo especial que es, lo especiales que son todos ellos, los inmunes. Jonas decía que podían hacer lo que quisieran. Se librarían de un asesinato. Por eso su amigo se portaba como un capullo con los guardias.
No era asesinato, ¿verdad? ¿Habían matado Billie y mamá a una de las guardias? No soporta el no saberlo. Pero no se atreve a preguntar. Es como si una de esas minas marinas antiguas de la Segunda Guerra Mundial estuviera flotando entre ellos, llena de pinchos, a la espera de estallar en cuanto uno de los dos la rozara. No preguntes, piensa.
Mamá ha conseguido abrir la ventana de la caseta y mete el brazo por ella para pulsar el botón que abre la barrera. Regresa al coche, la atraviesa y la vuelve a cerrar. Después borra las huellas del coche con la chaqueta, como si nada.
—Ya está —anuncia, como si esa barrera fuese a protegerlos de quien pasara por allí, como si no pudieran meter la mano por la ventana como acababa de hacer ella. Pero no dice nada porque, a veces, hablar es peor, porque ponerle nombre a algo lo hace real.
El todoterreno sube hasta la cresta que domina la urbanización, más allá del pozo gigante y de la excavadora hacia la que no quiere mirar por si ve la calavera del obrero devolviéndole la mirada, de las estructuras cubiertas por lonetas que el viento sacude cada vez con más fuerza, levantando remolinos de polvo amarillo que se pega al parabrisas, se le mete en la nariz y le pica en los ojos cuando bajan del coche en la segunda hilera de arriba, donde las casas están terminadas y algunas parecen incluso haber sido ocupadas recientemente.
—¿Alguna vez te habló papá de la habitabilidad planetaria?
Siempre hace eso: mete a su padre en la conversación; como si Miles pudiera olvidarlo.
—Ni demasiado cálidos ni demasiado fríos. Lo justo para que los humanos lo habiten.
—Eso es lo que estamos buscando. Un lugar que no hayan saqueado. No debería usar esa palabra. No saqueado, sino requisado. No es saqueo si nadie va a volver a por ello, si uno lo necesita para sobrevivir.
Está hablando sola, lo que significa que está cansada. Él también está cansado. Quiere tumbarse y echarse una siesta, puede que durante un millón de años.
—Esta —dice ella.
La ventana del porche delantero está rota y las cortinas, empujadas por el viento, se meten entre los barrotes de las ventanas. Se sube al porche elevado. Aunque las cortinas están cerradas, se puede ver el enrejado de la puerta de seguridad, una de esas con cierre automático que todo el mundo tiene en Johannesburgo, pero que no ha visto mucho en Estados Unidos, y eso lo pone nervioso porque ¿de qué querían protegerse los propietarios originales? Mamá echa a un lado la tela para poder mirar el interior. Miles ve una botella de vino en la mesa con dos copas, una volcada sobre una mancha que parece sangre y otra medio llena (o vacía, dependiendo de si alguien se había bebido la mitad o solo la había llenado hasta la mitad, lógicamente), como si los habitantes hubieran salido a pasar la tarde fuera, quizá para jugar unos hoyos en el pozo de la excavación. Sin embargo, el reluciente polvo amarillo que cubre las baldosas gris pizarra rompe la ilusión, igual que el marco de fotos bocabajo rodeado de cristales rotos.
—Que tenga barrotes significa que nadie ha entrado.
—Y que nosotros tampoco vamos a entrar, mamá.
—A no ser…
La sigue hasta la parte de atrás, donde hay un garaje doble con una alegre palmera de cerámica montada en la pared. Una estrecha ventana recorre la parte superior de la puerta de aluminio. Ella salta para mirar.
—No hay nadie en casa. No hay coches, aunque sí un kayak. ¿Crees que puedes meterte por ahí si te subo?
—No. Ni de coña. ¿Y si después no puedo salir?
¿Y si se corta y se desangra en una casa vacía con una palmera de cerámica en la pared y las fotos de otra gente, mientras mamá se queda fuera?
—De acuerdo. No pasa nada.
Mamá cede porque se da cuenta de que se ha puesto serio. Pero después golpea con ambas manos el aluminio almenado de la puerta del garaje, que tiembla como un perro metálico gigante al sacudirse.
—¡Mamá!
—Lo siento. ¿Crees que será muy resistente?
—No lo sé. Pero me has asustado. Déjalo ya.
—Voy a reventarla. Ponte allí.
Se mete en el todoterreno, retrocede y luego acelera. Miles prefiere no mirar. El coche da un salto adelante y se estrella contra la puerta. Se oye un estruendo horrible y un chirrido de protesta cuando el aluminio se hunde como si fuera de cartón.
—¡Mamá!
Corre al coche y se la encuentra sentada en el asiento del conductor, apretada contra la gorda medusa blanca del airbag mientras se ríe como una lunática.
—¡Eso es, coño! —exclama, y las lágrimas le caen por la cara entre jadeos y sollozos.
—¡Mamá!
—¿Qué? Estoy bien. Estoy bien. Todo va bien. Deja de preocuparte.
Se limpia los ojos.
—Has roto un faro.
Examina el frontal del vehículo y, vale, está impresionado de que sea lo único que se ha roto. Parece que su madre ha juzgado bien la robustez del coche y el impulso, y que ha frenado en el momento justo para no acabar atravesando la pared del fondo y salir por el otro lado, como el Coyote. Aunque Miles jamás lo reconocerá delante de ella.
Se meten entre los trozos arrugados de la persiana y a través de la puerta que da al resto de la casa, que no está cerrada con llave. Es como meterse en un videojuego de acción en primera persona, así que los dedos se le mueven como si buscara un arma o, en realidad, un controlador, para pulsar la equis, acceder al menú desplegable y hacer clic en los distintos objetos en busca de información, como el valor de curación de las latas tiradas por el suelo de la cocina. En un videojuego, serían cajas de munición, distintas armas, botiquines y puede que un par de piñatas con forma de llama.
Evidentemente, en un videojuego no notaría el olor. Por la habitación flota el tufo oscuro y dulzón de los tarros rotos que han derramado sus fangosas tripas por las baldosas, entre las plumas de un pájaro que logró entrar. Mamá coge latas, comprueba las fechas y amontona las que están bien, y recoge unos cuantos cuchillos, un abrelatas y un sacacorchos de los cajones. Después abre el frigorífico y lo cierra rápidamente.
—Bueno, eso está descartado del todo.
—Voy a echar un vistazo.
—Mmm, vale. No te alejes mucho.
Más plumas en el salón, donde hay una ventana rota y la cortina se hincha y ondea. Acerca uno de los sillones de cuero para anclar la tela e intentar bloquear el viento, que aúlla suavemente por la casa y sacude las ventanas. Recoge el marco de fotos del suelo, quita los cristales y le da la vuelta para reunir pistas. La fotografía es de un abuelo orgulloso en cuclillas, con su pesca en alto y un niño de cinco años al lado, también con botas y gorra de pescador, que mira el pez con cara de «joder-puaj-qué-asco-qué-es-esto».
—Bienvenido al vegetarianismo —le dice al crío de la foto.
Aunque no sabe si es una fotografía de verdad o de las que vienen por defecto con el marco.
Abre todos los armarios, saca la botella medio vacía de whisky porque el licor se puede usar para limpiar heridas si te quedas sin antiséptico. En el baño, las hojas de una cinta momificada se le deshacen entre los dedos. El armario de las medicinas está abierto, con el contenido revuelto. Al ir a coger un neceser con estampado hawaiano, roza una dentadura postiza de color rosa pálido, reluciente dentro de su caja de plástico, y le da un capirotazo mientras deja escapar un gritito de pánico. Es la misma sensación que tenía con Dedos de Cáncer. Lleva siglos sin pensar en él. Desde la base militar y Niño Cuarentena. No quiero pensar en ello ahora, muchas gracias por todo, cerebro estúpido.
Recoge las medicinas sin molestarse en mirar las etiquetas y las mete en el neceser porque eso es lo que se hace en un juego, a no ser que ya se tenga lleno el inventario. Después de pensárselo mejor, también coge el rollo de papel higiénico y el tubo medio vacío de pasta de dientes de carbón activado.
Encuentra a mamá cuando está a punto de meterse en el dormitorio principal, a oscuras salvo por una pequeña rendija de sol que se cuela entre las cortinas. De repente recuerda perfectamente a papá moribundo, el aire cargado, el olor en la habitación. Eso no te lo cuenta nadie.
—No tenemos que entrar ahí —dice Miles, firme.
Ahora empieza a tener visiones de un bulto en la cama sin hacer, subiendo como la masa en el horno.
—Necesitamos dinero, colega. No te preocupes, seré respetuosa.
Los armarios ya están abiertos y vacíos. Mamá chasquea la lengua, irritada; se arrodilla y mete la mano debajo de la cama. Y es una niñería asustarse de lo que haya debajo de esta; aun así el corazón le da un vuelco. Mamá saca una caja estrecha y la abre.
—Anda.
—¿Qué es?
—Un tocadiscos. De cuerda. ¿Quieres escuchar música?
—Quiero irme. ¿Podemos irnos? ¿Ahora?
—Dentro de un momento —responde ella con una calma sospechosa—. Ahí fuera, en el desierto, hace calor. Deberíamos hacer como los tuaregs y viajar de noche.
—¿Nos están buscando?
—Pueden intentarlo. La regla número uno de la vida de los fugitivos es hacer lo que menos se espera de uno. Como montar una fiesta con música de Kenny G en Eagle Creek.
—¿Es Kenny G?
—Buf, espero que no.
Es peor. Cuando carga con él hasta el salón, lo enchufa a los altavoces portátiles, que están quedándose sin batería, le da a la manivela y baja la aguja hasta el disco, no es jazz ligero, sino una especie de ópera alemana.
—¡Ay! —grita él, haciendo el payaso—. ¡Mis oídos! ¡Están sangrando!
—Al menos no es Ed Sheeran. Venga, baila conmigo.
Cuando era pequeño bailaba el vals sobre sus pies, pero sus enormes pies de preadolescente son ahora demasiado grandes para eso. Así que hace el baile del pollo loco a medio gas, los dos se menean, y él intenta enseñarle el baile del swish, swish oootra vez, pero no hay manera.
—Pareces un pulpo borracho.
—Sigue siendo mejor que Ed Sheeran —responde ella.
Bailan hasta acabar sudando, porque bailar significa no tener que pensar. Mamá se deja caer en el sofá; se le ha agotado la energía eléctrica que la alimentaba.
—Tío, creo que necesito una siesta.
—Vale. Voy a comprobar el perímetro. A vigilar.
—No tienes que hacerlo —contesta ella, aunque lo dice la misma mujer que ha colocado un palo de golf y un cuchillo de cocina bien grande junto al sofá.
—Me sentiré mejor si lo hago.
Miles coge su propio palo de golf y recorre la casa abriendo todos los armarios y dando suaves golpecitos con la cabeza del palo a todos los objetos importantes.
Puede que algún día la gente acuda a visitar las ruinas de aquella casa de la urbanización de golf. Y aquí la guía dirá: «Es la casa en la que el famoso forajido Miles Carmichael-Brady, uno de los últimos niños de la Tierra, se refugió con su madre aquel fatídico día, después de huir de un búnker de lujo para hombres». Los turistas se sacarán fotos sonriendo, y puede que hasta se coloque una placa conmemorativa.
Comprueba toda la casa tres veces, se acurruca en el sillón tapizado para mirar a mamá mientras duerme y, sin poder evitarlo, se duerme también, con el palo de golf sobre el regazo.
—Eh, chaval. —Mamá lo despierta, y entonces se da cuenta de que lleva dormido un siglo. Hay poca luz fuera, el crepúsculo—. ¿Quieres darle uso a ese palo de golf?
Mientras cae la noche, salen al patio y golpean pelotas de golf desde el porche hasta que dejan de ver sus trayectorias en la oscuridad o solo las ven un momento antes de que se las trague la noche.
—Punto de fuga —dice mamá, aunque después se corrige y entra en modo profesora, como si él no lo supiera—. Bueno, en realidad no. Es por la perspectiva, cuando las líneas convergen en el horizonte.
—Quizá necesitemos menos fuga y más perspectiva —bromea él.
Todavía no se ha atrevido a preguntar.
—Auch. Eres más listo de lo que te conviene.
Alarga la mano para cogerle la base del cráneo, y él le empuja la mano con la cabeza como si fuera un gato.
Black Hole Sun1
Un globo pálido en la borrosa oscuridad. No. No es eso. Es la luz de la luna que le apunta directamente al cráneo. Como un taladro. Lobos mecánicos que aúllan en la noche.
Joder.
Me cago en todo.
Ay.
Billie abre los ojos. No es un globo pálido ni la luna. Un foco con un halo nebuloso. Demasiado brillante. Aúllan las alarmas, no los lobos. Eh, ¿alguien puede apagarlo? Mueve los labios para formar las palabras, pero no se oye hablar a sí misma. Demasiado ruido. Se levanta del hormigón. No es el lugar ideal para echarse una siesta. No sería la primera vez que se queda grogui. Pero no se ha emborrachado hasta perder el conocimiento desde hace… ¿Cuándo fue la última vez? Barcelona, con Rafael y los demás, todos como cubas, ni siquiera recordaba haber visto tocar a Nick Cave. ¿Qué tomaron? No puede pensar con tanto ruido. ¿Es que nadie va a obligar a los putos lobos a callarse?
Sentarse es más difícil de lo que pensaba. Quizá siga borracha. Jodeeer, la cabeza. Peor que una resaca. ¿Qué coño tomaron? Se toca la nuca, donde le duele. Mojada.
Algo suelto y mojado.
Le suben la bilis y la oscuridad a la vez. Vomita una papilla caliente y agria en el hormigón. Podría ser una canción de Nick Cave: The Bile & The Darkness.
No sucumbirá al sol de este agujero negro. No, eso es de otra persona, de otra banda. ¿Soundgarden? La letra no es así.
Y se va a levantar.
Y no va a volver a tocarse la cabeza, donde los nervios protestan a gritos.
Pero lo hace. No puede evitarlo.
El suelo corre a recibirla, confabulado con la oscuridad. Eh, eso no es justo. Trabajo en equipo no vale. Cae de rodillas y se las araña a través de los vaqueros. Se frena. Afianza la postura. Apoya las manos. A cuatro patas. ¡Porque están a punto de darte por culo!
Levántate, vacaburra. Zorra estúpida. Levanta. Nota algo caliente en la espalda que le empapa la camiseta. Va a dejar mancha. Las alarmas siguen sonando.
No está en Barcelona. Es el sitio… en el que está Cole. Cómo se llama. Asfixia. El refugio multimillonario en el viñedo. Está en el taller mecánico. Entre los coches. Hay una llave de rueda tirada en el suelo, sobre una mancha oscura de sangre. Como los charcos de muestras de productos cosméticos en las páginas de belleza de una revista. El esmalte de uñas más sexi de esta temporada: Rojo Cabeza Reventada. ¿Y dónde está Cole? Se ha ido. Se ha ido con Miles. En su coche de huida. Después de planificarlo todo con tanto cuidado. Había sido idea suya, sus recursos. Ella había ido a buscarlos. Había tenido que solicitar permiso al gobierno de Estados Unidos para reunirse con su hermana y su sobrino como parte del programa Reencuentro y Reunificación, «Unimos familias». ¿Y ahora? Dada por muerta. Abandonada a los gusanos.
Billie apoya la espalda en la pared. Sigue sin levantarse. No debería estar de pie para lo que va a hacer. Podría volver a caerse. Mete la barbilla. Un nuevo hilo de sangre le cae por un lado del cuello. Aprieta los dientes. Se palpa el borde carnoso del trozo de cuero cabelludo suelto. Con cuidado. Duele como la madre que lo parió. Se le revuelve el estómago. Se le nubla la vista. Se le escapa un gemido. Como si respondiera a las sirenas. Resiste y espera a que se le pasen las náuseas, los soles del agujero negro.
Otro gemido. Autocompasión animal. Mechones de pelo. Fragmentos afilados en las puntas de los dedos. Se lleva la mano a la cara para mirarla. Pequeños pozos negros en la sangre de los dedos, que es de un rojo sorprendente. Gravilla. No fragmentos de hueso. No tiene el cráneo fracturado. No está tan mal. Aunque tampoco está bien.
Vale. Levanta. Ponte en movimiento. Vendrán a ver qué ha pasado. Pero la gravedad está en su contra. Únete al club, piensa. Está furiosa con Cole. Es una traición nivel tragedia griega. Las sirenas son su propio coro que aúlla su indignación y su tristeza.
Está de pie. Temblorosa, pero de pie. Que te jodan, gravedad. ¿Cuánto tiempo lleva inconsciente? Minutos. Cree que minutos. Se apoya en un Bentley para conservar el equilibrio. No hay llaves en el contacto. Todas las llaves están guardadas en el edificio principal. En parte, así mantienen a los habitantes «a salvo». Por esa misma razón, todos los coches tienen cambio manual, otra medida de seguridad, porque dan por sentado que los reclusos no saben conducir con marchas. Para ser justos, es posible que los estadounidenses no sepan, pero los sudafricanos sí.
A la débil luz de la luna, el complejo es una extensión sin ventanas, sólida y fortificada. Confinada. Ante cualquier amenaza en potencia, se bajan de golpe las persianas de seguridad, de pesado acero. Ha visto los simulacros, dos veces ya desde que llegó hace dos meses y medio, aunque normalmente los ve desde dentro. Impenetrable, a prueba de balas, a prueba de golpes, hermético. En caso de ataque terrorista, como sucedió en Singapur. No, en Malasia. Y en Polonia, ¿no? Bombas para matar a los últimos hombres. Varios sucesos activaban las persianas, por ejemplo, que alguien atravesara las vallas. Evitaban que entraran los intrusos. No iban tan bien para evitar que la gente saliera.
Pero el coche. El Ladida. No, se equivoca. Lada. Ataraxia, no Asfixia. Cole se llevó el puto coche. Después de todo el esfuerzo para que pareciera un cacharro inservible y roto. El caballo de Troya como vehículo de huida. Estaba impresionada con la duplicidad de su hermana y sus nuevos conocimientos mecánicos. Se pierde la tapa del distribuidor, se desconecta la manguera de combustible. No hacen falta llaves si uno sabe hacer un puente. Cualquiera podría haberse dado cuenta, de haber mirado. Pero no lo hicieron. Aunque ahora lo harán. Todo para nada.
Tiene que haber otra salida. Podría andar. Simplemente, atravesar a pie el agujero que Cole habrá abierto en la valla, según el plan. Su plan. Elaborado con todo el cuidado del mundo. El todoterreno blanco que los esperaba en el aparcamiento del centro comercial para cambiar de coche, como profesionales. La señora Amato se va a cabrear un montón. Después de todo lo invertido. De todas las molestias que se había tomado (además del tiempo y el dinero) para meter ahí a Billie y prepararlo todo para sacarlos. El gran robo del niño de 2023. Todo para una puta mierda. Que te den, Cole, a ti y a tus estupideces mojigatas y cortas de vista.
Las alarmas siguen sonando; le pitan los oídos. Y un coche se acerca por el camino. Ve los faros. Entorna los ojos para protegerse de la luz. No es su hermana. A no ser que Cole haya secuestrado uno de los coches patrulla con sus focos azules intermitentes en el techo.
Se inclina para coger la llave de rueda y la sostiene baja, pegada al costado, cuando el vehículo de seguridad se le acerca. Se deja caer al suelo, pegada a la pared, con mucho drama. Con sinceridad. No sabe bien si será capaz de levantarse de nuevo. La sangre le cae por la nuca, por el brazo. Plop. Plop. Plop.
El coche aparca a su lado. Largos segundos hasta que la conductora toma una decisión. Deprisa, piensa, que aquí hay una mujer desangrándose. Entonces, la guardia sale y deja la puerta abierta y la luz del interior encendida, de modo que Billie ve que tiene la pistola bajada pero cogida con ambas manos y la boca abierta como un pez. Es una de las jóvenes. Conoce a todas las guardias por su nombre, hasta les ha hecho galletas, joder. No es un eufemismo. Es algo que aprendió siendo chef de gente absurdamente rica: se pueden comprar muchas cosas con carbohidratos y azúcar. También información: a qué hora termina el turno de la gente, por ejemplo, las rutas de las patrullas y los horarios… Todo lo esencial para planear la huida del paraíso. Con esta ha compartido cigarrillos. Marcy o Macy o Michaela o algo así. ¿Por qué no le salen bien las palabras?
—Oh, Dios mío —dice Marcy/Macy/Michaela—. Billie. Billie, ¿qué ha pasado? Estás sangrando.
Si a Cole le funcionó…, piensa, y levanta la llave con todas sus fuerzas para dejarla caer sobre las muñecas de Marcy/Macy/Michaela. La chica grita de dolor. La pistola resbala por el hormigón y acaba bajo algún coche. No ve dónde coño se ha metido.
Marcy/Macy/Michaela se sujeta la muñeca contra el pecho y solloza, tanto de indignación como de dolor.
—Me has roto el brazo.
—Cierra la boca —dice Billie—. Cierra la puta boca. —Le queda la fuerza suficiente para buscar la pistola o meterse en el coche, no las dos cosas. Decide tirarse un farol—. Tengo tu pistola. Te pegaré un tiro. Cierra la puta boca. Túmbate en el suelo. Las manos detrás de la cabeza. ¡Ahora!
—Me has roto el brazo. ¿Por qué me has roto el brazo?
—Te he dicho que ahora, zorra. Abajo. Las manos tras la cabeza.
Un nuevo mareo. Pérdida de sangre. Necesita un hospital. Necesita salir de ahí.
Marcy/Macy/Michaela llora con más ganas mientras se tumba en el suelo. Dice algo ininteligible entre los sollozos. Billie no quiere más ruido, joder.
—Que te calles o te disparo, zorra.
Pero no es su rollo. Negocios turbios, planificación de operaciones, suministrar mercancías exclusivas a personas dispuestas a pagar por ellas, todo eso sí, ¿qué tiene de malo? Pero no es una asesina, aunque en esos momentos le gustaría hacer una excepción con la puta zorra de su hermana por haberlo arruinado todo. Todo.
—¡Detrás de la cabeza! —chilla.
—¡Lo estoy haciendo! —gime la mujer mientras obedece. O lo intenta. Está claro que tiene un brazo roto. Aunque lo estaba pidiendo a gritos.
Billie se deja caer en el asiento del conductor. Las llaves están puestas. El motor está encendido. El volante está en el lado contrario del puto coche. Joder. Putos estadounidenses. ¿Por qué coño conducen en el lado equivocado del coche, en el lado equivocado de la carretera? Puto imperialismo. Imperialistas. Ja.
El cambio de marchas se atasca, chirrido agudo. Embrague. Pisa el embrague. ¿Recuerdas? Ponlo marcha atrás. El coche da un salto tan brusco que pisa a fondo el freno. La cabeza le da una sacudida. Náuseas y esa sensación de que todo se le cae encima. Visión de túnel. O que se queda sin opciones. Primera. Más chirridos.
—No levantes la puta cabeza —chilla por la ventanilla a Marcy/Macy/Michaela, que está estirando el cuello para mirar—. O te disparo.
Entonces, entra la marcha y se aleja; lo está haciendo, está escapando. El coche roza la pared, pero a Billie no le importa porque es libre.
El primer fin del mundo
TRES AÑOS ANTES
La obsesión global. ¿Dónde estabas cuando sucedió? ¿Dónde estabas cuando te viste expuesto por primera vez? Pero ¿cómo trazas una raya en la arena que separe el antes del después? El problema de la arena, piensa Cole, es que se mueve. Se embarra.
Disneyland. Vacaciones del verano de 2020. Organizaban una gran reunión familiar entre hemisferios cada pocos años con su cuñada profesora de matemáticas, Tayla, y su marido programador, Eric, de modo que Miles conociera a sus primos estadounidenses: el delgaducho y torpón de Jay, el mayor, al que Miles seguía como un perrito faldero; y las gemelas de diez años, Zola y Sofia, que toleraban elegantemente a su primo y le permitían ganarlas a los videojuegos. Se suponía que Billie iría con ellos, pero se rajó en el último momento, o quizá no tuviera intención de ir desde el principio. Eso es muy propio de ella. Solo había visto a la otra parte de la familia unas cuantas veces. En la boda de Cole. En Navidad, en Johannesburgo, dos años después de eso.
Los recuerdos se cristalizan alrededor de los momentos en los que podría haber dado media vuelta. Como cuando estaba en la interminable cola de inmigración en el Hartsfield-Jackson. Volaba sola porque Devon había ido una semana antes, y a Cole se le había olvidado lo largos y arduos que eran los vuelos entre Johannesburgo y Atlanta, y lo suspicaces que eran los agentes de inmigración.
—Veo que tiene un visado conyugal. ¿Dónde está su marido? —le preguntó el hombre de uniforme del aeropuerto mientras los observaba a los dos, agotados por el viaje, con jet lag, Miles muerto de vergüenza, sin camiseta y envuelto en una manta tipo poncho de la aerolínea porque se había mareado y había vomitado en su ropa y en la muda de repuesto que Cole llevaba por si acaso.
—En una conferencia en Washington D. C. Es ingeniero biomédico —añadió con la esperanza de impresionarlo.
—¿Y usted?
—Artista comercial. Escaparates, trabajo editorial para revistas. No bellas artes.
Le gustaba bromear y decir que algunas personas tienen el síndrome del impostor, mientras que ella tenía el síndrome de los pósteres. En las fiestas le preguntaban mucho si se pagaba por eso, y ella respondía rápidamente con un edulcorado: «¿Por qué crees que me casé con un ingeniero? Alguien tiene que financiar esa afición tan tonta». Después miraba a Devon con cara de hastío porque algunos de sus encargos doblaban el sueldo mensual de su marido. Aunque no era demasiado fiable ni práctico ni cambiaba vidas, no como fabricar esófagos artificiales para ayudar a los bebés a respirar.
«Sí, pero no es arte», respondía Devon cuando ella sacaba el tema, y ese era uno entre una infinita cantidad de motivos para amarlo. Junto con lo de salvar el mundo.
Se habían conocido en una charla científica sobre ondas gravitatorias en el planetario de la Universidad Wits en agosto de 2005, al final del invierno de Johannesburgo, cuando las noches eran tan frías que se te cortaba el aliento. Ella era la que había fabricado con lana las alegres representaciones del universo que decoraban el vestíbulo; él era el desaliñado estudiante de doctorado estadounidense (bioinformática: secuenciaba el ARN de la malaria en Sudáfrica con una beca de una fundación importante) que se tomaba una cerveza sin compañía alguna. No fue amor a primera vista, sino más bien que le dio pena aquel tío que bebía solo, pero que resultó tener un sentido del humor encantador e irónico. Tardaron unas cuantas semanas en ponerse las pilas y salir a tomar algo en el garito preferido de Cole en Parkhurst, donde se metieron tanto en la conversación que sucedió lo impensable y los echaron del Jolly Roger porque había pasado de sobra la hora del cierre.
Se fueron a vivir juntos muy pronto, apenas seis meses después, porque a ella se le acababa el alquiler y él tenía una casita en Melville. Y, además, era algo temporal, ya que Devon regresaría a Estados Unidos cuando acabase el doctorado y quizá ella podría ir a visitarlo, ¿no? Cosa que hizo, y lo intentaron lo mejor que supieron; sin embargo, a ella no la dejaban trabajar allí y se planteó estudiar algo, pero no era capaz de quedarse sentada en el sofá de Devon todo el día, así que rompieron y ella regresó a casa, veintidós horas para volver a Sudáfrica, aunque estar separados fue un infierno. Dieciséis largos y horribles meses después, él encontró el modo de volver: un trabajo con una empresa de dispositivos médicos que, por desgracia, pagaba en rands, aunque patrocinaba todos sus permisos.
No iba a contarle todo aquello al agente de inmigración.
—Ya —masculló el tío tras levantar la mirada de sus pasaportes sudafricanos; «mambas verdes», los llamaba su mejor amiga, Keletso, porque te muerden con las tasas de los visados de todos los países a los que no te permiten entrar sin más—. ¿Y piensa regresar a Sudáfrica después de las vacaciones?
—Sí, vivimos allí —respondió, orgullosa de ello.
Lejos de los nazis cotidianos y de los tiroteos en las escuelas, que eran tan frecuentes que casi formaban parte del calendario académico junto con el baile de graduación y la temporada de fútbol americano; lejos de la muerte lenta de la democracia, de los polis con el gatillo fácil y del terror de criar a un hijo negro en Estados Unidos. Pero ¿cómo podéis vivir allí?, le preguntaba la gente a ella y, sobre todo, a Devon, su marido estadounidense, refiriéndose a Johannesburgo. ¿No es peligroso? Y ella deseaba responder: «¿Cómo podéis vosotros vivir aquí?».
La geografía del hogar es accidental: donde naces, donde creces, la atracción y los vínculos de lo que sabes y lo que te ha dado forma. El hogar es fruto de la casualidad. Pero también puede ser una elección. Habían construido su vida en Sudáfrica, con sus amigos y los amigos de Miles, con buenos trabajos y una escuela estupenda, y su destartalada casa en Orange Grove, con vidrieras en las ventanas y suelos de madera que crujían y siempre los avisaban cuando Miles estaba a punto de saltar sobre ellos en la cama, y la humedad creciente contra la que luchaban cada año, y el jardín descuidado en el que su gata, Mewella Fitzgerald, jugaba a acechar entre la alta hierba hasta que se te lanzaba a los tobillos. Habían elegido aquel hogar, su vida, su gente. A propósito. Así que, sí, claro que pensaba regresar, gracias por preguntarlo, tío de inmigración.
No tientes a la suerte.
—Por favor, ponga la mano derecha en el lector de huellas digitales. Mire a la cámara. Tú también, hombrecito. —El agente examinó la pantalla, estampó sus mambas verdes y les hizo un gesto para que pasaran—. ¡Que disfruten de Disneyland!
¿Se habían contagiado allí mismo? ¿En el lector de huellas, que nunca había visto limpiar? ¿O en el botón del ascensor del hotel del parque, que les había costado un poco más pero les permitía ser los primeros en entrar? ¿Al introducir el código en el datáfono del restaurante? ¿En la barandilla del Incredicoaster? ¿O se lo habrían pasado Goofy o Chewie a los niños a través de los guantes? Lo único que sabe es que, a los pocos días, los ocho tenían gripe. Entonces no conocían el VHC. Nadie lo conocía. Ni lo que la cepa llevaba dentro, como una bomba sorpresa en forma de oncovirus.
Se pasaron todo el fin de semana moqueando y arrastrando los pies de la Splash Mountain al Harry Potter World, dopados con un cóctel de anticongestivos y medicamentos para la gripe que ella había metido en el botiquín de la familia.
«Al menos no es el sarampión», bromeó Devon. Habría sido una buena historia, todos metidos en las habitaciones interconectadas del hotel. Jay organizó al resto de los niños para construir un fuerte con mantas, volcando los sofás y colocando los edredones encima. Pidieron servicio de habitaciones, vieron películas y fue una experiencia que los unió más a todos, ¿no? «Unidos por la mucosa», bromeó Cole, e incluso la Intimidante CuñadaTM, Tayla, sonrió y gruñó con aquel chiste tan malo.
Y, cuatro meses después, Jay recibió su diagnóstico. ¿Qué posibilidades había de desarrollar cáncer de próstata a los diecisiete? Era como ganar la peor lotería del mundo. Devon regresó a Estados Unidos por Navidad; Cole y Miles se reunieron con él en Chicago, en febrero, cuando el viaje por avión seguía siendo una molestia conveniente en vez de una rareza para la gente muy rica o con buenos contactos. Miles insistió en ir a ver a Jay al hospital con la chapa de ¡QUE LE DEN AL CÁNCER! que le había pedido a Cole que le comprara en internet.
«¿No podías haber comprado algo más discreto? —se quejó Devon—. No mola que un niño lleve eso. ¿Y los demás pacientes?».
«Estoy absolutamente convencida de que piensan lo mismo».
Miles y ella se habían preparado en el avión. Si se pudiera hacer estallar los tumores con la rabia generada por la injusticia del asunto, habrían curado a Jay y a todo el mundo en un radio de más de mil kilómetros.
Había cambiado de canal cuando apareció en las noticias (las cámaras hambrientas buscando a los hombres y niños demacrados de las plantas oncológicas, los gráficos con el seguimiento de los nuevos casos mundiales, las desalentadoras estadísticas), y se había justificado diciéndose que lo hacía para proteger a Miles, pero se las había chutado en vena con fervor de yonqui en cuanto el niño se fue a la cama.
«Una epidemia global sin precedentes» era una de las frases que se escuchaban mucho, junto con «los expertos están considerando los posibles factores medioambientales» y, la favorita de Cole, pronunciada por un aturdido oncólogo: «Es que el cáncer no funciona así». Esa se ganó un meme. Pilló a Miles viendo el remix con Auto-Tune en YouTube, sobre un ritmo tecno que iba cada vez más deprisa e imágenes de una película de zombis.
Cuando llegaron al piso de dos plantas de la familia de Devon, apestosos y con jet lag, Tayla le dio un abrazo demasiado fuerte, demasiado largo. Su aspecto desaliñado la alarmó: llevaba un jersey holgado con vaqueros y las trenzas recogidas en un moño desordenado, en vez de en los complicados recogidos que solía lucir, y tenía el rostro ceniciento y demacrado, con ojeras. Esto es lo que te hace el miedo, pensó Cole. El miedo y la tristeza. Eric sonrió mucho, les ofreció café y, cinco minutos después, de nuevo café, y las gemelas estaban apagadas, caminaban de puntillas alrededor de sus padres; el terror era otro invitado molesto en casa. Pero, por supuesto, no aguantaron mucho tiempo. Se llevaron a Miles a su dormitorio, y las alegres carcajadas que brotaban de allí eran como cuchillos para los adultos que seguían sentados abajo, bebiendo una sola taza de café (gracias, Eric).
Sin embargo, ni siquiera eso la preparó para ver lo frágil que estaba Jay cuando empezaron las horas de visita en el hospital. Como si le hubieran chupado la vida. Tenía la piel tirante alrededor de los huesos, los ojos hundidos y sin brillo. Tayla y Eric esperaron fuera… porque el hospital no permitía más de tres visitantes a la vez, y, además, su cuñada había insistido en que tenía que corregir exámenes. Se aferraba como podía a la normalidad. Ahora, Cole sabe perfectamente lo que es eso.
Jay sonrió al ver a Miles, aunque era una versión macilenta de su media sonrisa de siempre, en la que los labios solo se elevaban una pizquita. Las arrugas en el rabillo del ojo bien podrían haber sido de dolor. En los libros de cuentos se advierte sobre las brujas con manzanas envenenadas y los ministros traidores que vierten sustancias letales en el vino del rey. Intenta explicarle a un niño de diez años que los doctores introducen adrede veneno en las venas de Jay para matar el otro veneno que crece en lo más secreto y profundo de su cuerpo, los tumores que brotan de sus células como esas capsulitas que crecen hasta convertirse en esponjas con forma de animales al echarlas en la bañera.
—Eh, renacuajo —dijo Jay mientras alargaba la mano para tocar la chapa de Miles—. Me gusta tu pin.
—Hola, Jay —fue lo único que consiguió responder Cole antes de que se le atragantaran las palabras en la garganta.
Con la cabeza calva, sin cejas y sin pestañas, los ojos del chico parecían enormes.
—¿Quieres sentarte aquí, conmigo? —preguntó Jay mientras le daba unas palmaditas a la cama.
—No sé si es buena idea…
—No pasa nada —dijo Devon—. Tayla dice que las niñas lo hacen continuamente. Pero quítate los zapatos, colega.
—Cuidado con los tubos y demás. Espera, deja que suba el respaldo. Si quieres, pulsa tú el botón. Pero no demasiado, que tampoco quiero que dobles la cama por la mitad.
—¿Cómo es? —preguntó Miles mientras se sentaba al lado de Jay, aunque sin tocarlo.
—Me duele al hacer pis. Mucho. Y la quimio es una mierda. De todos modos, no está funcionando.
—Jay… —le advirtió Devon.
—¿Qué? No voy a mentirle. —Estaba enfadado. Comprensible—. Puedes soportar la verdad, ¿a que sí, renacuajo?
—¡Sí!
—¡Que le den al cáncer!
—Que le den al cáncer —dijo su hijo, aunque primero la miró a ella como si necesitara permiso para decir palabrotas en voz alta.
—Oye, Jay, Miles te ha hecho un cómic.
—Venga ya —respondió el chico mientras cogía el iPad de su primo. Cole se fijó en lo mucho que se le veían las venas y en las costras de los pinchazos de innumerables jeringuillas—. ¿Me has hecho un cómic?
—Es de unos bebés monstruosos que conquistan el mundo.
—Ah, ya lo veo. ¿Quién es este tío? Da un poco de miedo.
—Es Eruptor, tiene cabeza de volcán y, cuando se enfada, ¡bum! ¡Lava fundida y rocas ardiendo por todas partes! Te derrite la cara.
—Así me siento a veces.
—Y este es Sssss. Es una serpiente con brazos y puede disparar arañas con las manos.
—¿Una clase de araña específica, como las viudas negras o de esas que tenéis en Sudáfrica y dan tanto miedo?
—¡Arañas lobo! ¿O arañas babuino? Son las que parecen tarántulas. ¡Sssss puede disparar todo tipo de arañas!
—Ah, guay, guay. —Jay empezaba a decaer.
—Y esta es su archienemiga, Nanáfono, que es una anciana malvada con cabeza de gramófono. Quiere adoptar a todos los bebés monstruosos y llevárselos en su máquina del tiempo de vuelta a los días en que todo era en blanco y negro y ni siquiera había internet.
—Esa época suena fatal. Oye, renacuajo, estoy muy cansado. Seguimos hablando después, ¿vale?
—Vale —respondió Miles mientras se bajaba de la cama.
Cole no estaba segura de cuál de los dos se sentía más aliviado.
—Vamos —dijo mientras rodeaba con un brazo a su hijo—. Volveremos mañana.
Pero Cole solo lo llevó dos veces más a ver a su primo. Multitud de palabras horribles se interponían entre ellos y él. Adenocarcinoma. Escala de Gleason. Metástasis distante. Terapia adyuvante. Recrudecimiento. Testamento vital. Y una de la que solo hablaban en casa: muerte asistida.
Descubrió que los humanos usan la palabra «insoportable» con demasiada ligereza. Resulta que lo insoportable es vivirlo. Jay murió en casa, mientras dormía, un mes después. La morfina lo hizo posible. Si tenías suerte de conseguirla, si eras de los primeros.
No había nada que decir, salvo lo innombrable. La culpa era un animal salvaje que daba vueltas y le gruñía dentro de la caja torácica. Temía abrir la boca por si se le escapaban las palabras del animal. «Gracias a Dios. Gracias a Dios que ha sido tu hijo y no el mío». Y sabía que Tayla y Eric estaban pensando en la respuesta del rencor: «¿Cómo os atrevéis a tener un hijo que todavía vive y respira?».
Cualquier cosa puede convertirse en un agujero negro si se la comprime lo suficiente. Así fue como reaccionó Tayla: se contrajo bajo la densidad de su tristeza y absorbió toda la luz. Eric tomó el camino contrario: procuró mantenerse ocupado para mitigar el dolor; intentaba animar a las niñas, se ocupaba de la casa, de cocinar y de limpiar. Si alguien se ofrecía a ayudar, en realidad le quitaba lo único a lo que podía aferrarse. Devon lo intentó, pero solo conseguía que Eric se metiera en otra habitación y se enfrascase en otra tarea.
Cole no llevaba bien que Eric, de repente, se fijara en Miles (si entraba en un cuarto y lo veía sentado en el sofá con las niñas, todos concentrados en la tele como si la publicidad fuera lo más interesante del mundo) y diera un respingo. Todas y cada una de las veces. Miles también lo notaba. Estaba de los nervios, se le caían las cosas, tropezaba en la escalera. «¿Cuándo nos vamos a casa?», preguntaba a menudo.
Tendrían que haberse ido a casa.
«Este no es nuestro sitio», le discutía ella a Devon en acalorados susurros. Había más familia: los padres y las hermanas de Eric, que estaban deseando ofrecer su apoyo. Miles necesitaba estabilidad. Necesitaba estar en casa. Necesitaba la plena atención de su padre.
Y ella temía que fuese contagioso. No sabía que ya era demasiado tarde. Llegaron a una solución de compromiso: un trabajo de tres meses en Oakland, para que Devon estuviera más cerca de Tayla y de la familia. Pero entonces Eric enfermó, y también Devon, y ya no se podía volar a ninguna parte. Es inimaginable lo que el mundo puede cambiar en seis meses. Inimaginable.
Cosas malas
Cole sabe que ya deberían estar más lejos. Sin embargo, la paranoia te frena, porque evitas las autopistas y la posibilidad de controles de carretera. Los perros son capaces de oler el género. Los policías se enfadan cuando no se les enseña una identificación en condiciones. Seguramente habrán emitido una orden de busca y captura. Asesina. Traficante de drogas. Traficante de niños. Criminal.
«Mala madre».
Mala madre es lo peor que se puede ser.
Pero salirse de la ruta conocida conlleva sus riesgos. Falta de comida y gasolineras, por ejemplo, o árboles caídos en la calzada, lo que significa dar media vuelta y retroceder ciento y pico kilómetros mientras finge no llorar de frustración detrás de las gafas de sol que requisó de la última gasolinera. Lamentable.
Al depósito le queda un cuarto de combustible y necesitan repostar. Y lo puto peor del nuevo orden mundial: necesitas dinero, igual que en el viejo. Se siente traicionada por todos los apocalipsis de la cultura popular que prometían ciudades abandonadas listas para que alguien las saqueara. Aunque, por otro lado, tampoco se habían encontrado ningún muerto viviente arrastrando los pies, ni pequeños refugios utópicos con secretos oscuros, ni salteadoras de caminos, ni milicias enloquecidas. El número de ciudades que todavía funcionan le resulta sorprendente, y siguen circulando coches por la carretera. Pruebas de vida. A luta continua. Pero no van a poder continua mucho más sin dinero en metálico, y los precios que anunciaba la última gasolinera por la que han pasado eran tan altos que tendría que vender ambos riñones para poder repostar. Había visto arder los campos petrolíferos de Nigeria y Arabia Saudí, y las revueltas en Qatar durante esas largas semanas en las que el puto cáncer vació a Devon. ¿Qué es lo peor de actuar como si fuera el fin del mundo tal y como lo conocemos? La incapacidad de imaginarse que pueda no serlo.
Está poco preparada para eso. Miles necesita a Ripley, a Furiosa, a Linda Hamilton en Terminator 2, pero la tiene a ella. Una artista de papel comercial. Una exartista de papel comercial. Por lo menos había aprendido algunas cosas a lo largo de los últimos años. Gracias, cuarentena militar y todos los cursos sobre habilidades antes copadas por los hombres que ofrecían para mantener ocupadas a las familiares supervivientes. Ahora sabe disparar un arma y lo básico para poner a punto un coche, y tiene conocimientos esenciales de primeros auxilios. Pero no sabe pilotar un helicóptero ni falsificar un pasaporte, y si Miles o ella se ponen enfermos de verdad, están jodidos. Lo que necesita es dinero en metálico para pagar la gasolina y una comida caliente, y conectarse a internet para enviar un correo electrónico a Keletso y pedirle ayuda, pensar un plan. La gran huida de Estados Unidos.
O podrías entregarte.
Por encima de tu cadáver, maridito, responde. No es una opción. No después de todo lo que les ha pasado. Sus actos tienen consecuencias. Unas franjas rosas y naranjas recorren el cielo sobre el bosque que bordea la carretera, y toma la salida del lago Tahoe siguiendo un impulso mientras recuerda un anuncio de cigarrillos en el cine de cuando era niña y esas cosas todavía eran legales. No recuerda la marca, pero salían personas blancas de una belleza imposible ataviadas con ropa de esquí de los ochenta, de colores flúor, bajando a toda velocidad por la montaña. Era la primera vez que veía la nieve, y le parecía muy glamuroso y guay. Y la estupidez de eslogan que había envejecido tan mal, ¿cómo era? GENTE QUE SABOREA LA VIDA. Eso es. Esa es ella. Alguien que saborea la vida «y que busca un futuro distinto del que todo el mundo quiere imponerle».
Mientras sube por la sinuosa carretera, pueden ver el lago abajo, las cabañas a lo largo de la orilla y una lancha motora que parece un desgarrón blanco como la nieve en las aguas azul oscuro. En la calle principal hay tiendas de esquí, salones de tatuaje, cafés con internet y mucho trajín. Sería muy sencillo olvidarlo, pensar que la vida sigue como siempre, hasta que de nuevo te das cuenta, como un puñetazo en el estómago, de que no hay hombres entre la gente que circula por allí. Sabe que ya debería estar acostumbrada, pero llevan bastante tiempo sin salir al mundo.
Elige un lugar que parece apropiado. El Bullhead Grill & Bar está iluminado como un árbol de Navidad, tiene el aparcamiento lleno de coches y una cálida luz amarilla baña a las clientas del interior.
No es una trampa.
Puede, piensa.
—¿Estás listo, tigre? ¿Para volver a interactuar con humanos de verdad?
—¿Y si lo saben, mamá? ¿Y si me echan un vistazo y…?
—No lo sabrán. Créeme. —Recoloca uno de los pasadores con brillantina sobre la oreja de Mila—. ¿Ves? Un disfraz perfecto.
—Ya…
—Como este sitio —sigue hablando para tranquilizarlos a los dos mientras cruzan el aparcamiento. Abre la puerta del bar deportivo con sus paredes de ladrillo a la vista y sus acogedoras lámparas de cobre—. Quiere que creas que es un antro, pero está fingiendo.
—Muy hipster —coincide Mila mientras observa las fotografías en blanco y negro de moteros posando con sus burras y la cara llena de pelo, como si fuera un arbusto ornamental.
—Y el porno de la nostalgia —añade Cole con una mueca, puesto que los televisores montados por encima de la barra escupen los mejores momentos de las Super Bowls: hombres con casco lanzándose los unos sobre los otros en medio de una violencia hipnótica. Es como observar las fuerzas de la naturaleza, las olas estrellándose contra los faros o las palmeras agitándose en un huracán. Las clientas los contemplan con un hambre incurable.
Elige un sitio en la barra, en un extremo desde el que puede ver todo el local, al lado de una columna para ocultarse y también cerca de la salida de emergencia. Por si acaso. Un refresco y otro refresco después de ver el precio del whisky. En Eagle Creek había un billete arrugado de cien dólares en el cuenco de las llaves, y con eso no van a llegar muy lejos. Ahora mismo solo les quedan ochenta y seis dólares y pico. No sabe bien cuál es exactamente el plan. Mendigar, pedir prestado o robar.
Elige el blanco más prometedor, cielo.
En el banco que tienen enfrente hay una pareja con dos niñas pequeñas, de unos ocho años, con vestidos de muñequita y tirabuzones, como si acabaran de bajar del escenario de un concurso de belleza local para niñas. Las madres, con camisa de leñador y enormes botas negras, les lanzan miraditas vagamente amistosas a Mila y a ella: una sonrisa, un gesto de cabeza, como para darle a entender que pertenecen al mismo bando. Las últimas de las gestantes.
—¿Por qué van vestidas así? —pregunta Mila, horrorizada por el aspecto de las niñas.
Cole se encoge de hombros.
—Puede que sea una ocasión especial.
—O también son niños disfrazados —susurra Mila.
Cole se lo piensa y dice, casi para sus adentros:
—Más bien es nostalgia por una época que todavía no ha pasado. Cuando no va a haber más niños, uno intenta aferrarse a su infancia durante el mayor tiempo posible. Tiene que haber una palabra en alemán para eso. Nostalgenfreude. Kindersucht.
—Sí, bueno, pues me parece que lo odian.
Mila usa la cabeza para señalar con disimulo a la niña que no deja de subirse los calcetines; le llegan hasta las rodillas y se le caen.
—¿No quieres copiarles el estilo?
—¡Ni de coña!
—Tomo nota.
Cole juguetea con el papel de la pajita de Mila y lo abre con cuidado por el pliegue. Así tiene las manos ocupadas. Mierda, lo bien que le vendría un trago…
Suena a algo que diría tu padre. El chico fantasma de su cabeza.
Ahora mismo la cirrosis sería el menor de sus problemas. Lo más probable es que las dos apesten a desesperación, que se les escape por los poros como un hedor real… Ese olor húmedo a pantano humano que brota cuando uno pasa muchas horas al volante, mezclado con eau de culpa y unas notas agrias de preocupación. Lleva sin hablar con humanas adultas desde la noche anterior a su salida de Ataraxia: la pelea con Billie, entre gritos, con los grifos del baño abiertos para que no las oyeran los programas de domótica instalados en todos los pisos de lujo subterráneos y que, sin lugar a dudas, escuchaban sus conversaciones privadas.
Le echa un vistazo a las teles temiendo que aparezca su rostro con un titular de ¡ÚLTIMAS NOTICIAS! o ¡LUCHA CONTRA EL CRIMEN! Pero los grandes éxitos del fútbol americano no se detienen. Plancha con la mano la envoltura abierta de la pajita y hace cuatro cortes pequeños para las patas. Concéntrate. Elige a alguien que no vaya a echar de menos su cartera.
Las camareras y demás personal están descartadas, no solo porque ella también atendiera mesas en su momento. Son las que estarán más sobrias y más atentas. También descarta a la mujer sola que bebe cerveza en la barra, y a las dos rubias casi gemelas que podrían haber salido de ese anuncio de cigarrillos de hace tiempo; está claro que es su primera cita, ya que se inclinan la una sobre la otra en la mesa. Lo más prometedor: el grupo de mujeres en su noche de chicas (es decir, lo que ahora son todas las noches) en la mesa grande junto a las ventanas, descaradas, chillonas y con tres botellas de vino en el cuerpo. Sus estridentes carcajadas suenan defensivas. O puede que esté proyectándose en ellas.
Jamás ha robado. Ni un esmalte de uñas ni unos pendientes de los centros comerciales de Johannesburgo en un acto de desvergonzada rebelión adolescente. No como Billie, que era capaz de meterse una almohada bajo el vestido y fingir que estaba embarazada a los dieciséis, lo que despertaba la ira de las ancianas y cosechaba los beneficios de las buenas intenciones de los demás. Siempre había algún alma caritativa que le compraba paquetes de pañales y leche de fórmula en las droguerías baratas, y ella lo devolvía todo veinte minutos después y lo cambiaba por cigarrillos y bebidas frías, que después procedía a vender a los críos del instituto. Siempre ha sido una emprendedora, piensa Cole mientras dobla las cuatro patas y retuerce el papel para hacer la trompa de su escultura de envoltorio de pajita. La deja encima del sobre de kétchup.
—Voy a hacer pis. Protege mi elefante, ¿vale? Y la mochila.
Mila toquetea con aire suspicaz el triste animal de papel.
—Mamá, esto es un insulto para los elefantes.
Pero Cole está observando a la pelirroja de mediana edad de la mesa de las chicas, porque se dirige al servicio con la estudiada parsimonia de las muy borrachas y lleva el bolso de estampado de cebra colgado del hombro.
Sin embargo, cuando entra, el servicio de mujeres está vacío. Encima del espejo, sobre el hormigón pulido, las luces de neón afirman que LA JUVENTUD NO TIENE EDAD en cursiva, lo que la pone de tan mala leche que siente el impulso de romper el espejo. También porque ha perdido una oportunidad.
Siempre habrá otra, solía decir Devon, lo que en esos momentos la ayuda tanto como el mensaje de tarjeta de felicitación escrito en la pared. La lógica podría haber funcionado cuando tuvo que renunciar a la residencia artística en Praga porque Miles solo tenía seis meses y seguía mamando. Pero los aforismos monos no sirven cuando la oportunidad en cuestión decidirá si se mueren o no de hambre en el desierto dentro de su coche con el depósito vacío. No sirven de una puta mierda.
Sale del baño de mujeres y abre de un empujón la puerta del de hombres. La pelirroja le lanza una mirada asesina, «vale, tampoco hace falta que anuncies tu entrada», y sigue retocándose el pintalabios en el espejo, que, por suerte, no tiene ningún mensaje de sabiduría sacado de Tumblr. Ha puesto el bolso en el borde del lavabo, abierto, lo que ha dejado al descubierto sus entrañas, que incluyen una cartera con estampado de cebra a juego.
—Oye, cielo, ¿tienes polvos de maquillaje?
—Pues… Deja que mire. Puede que tenga algo.
Cole se palpa los bolsillos como si alguna vez hubiera sido la clase de mujer dispuesta a llevar maquillaje de repuesto.
—Gracias, estoy sudorosa. —Se le doblan los tobillos y tiene que hacer equilibrios sobre las sandalias de tacón para contrarrestar el balanceo—. Ni siquiera quería salir hoy, pero es el cumpleaños de Brianna. Cincuenta, el número redondo.
Hace una pausa y se agarra al lavabo mientras observa su reflejo con rabia y ojos adormilados.
—Es una noche importante —dice Cole, y se acerca más al bolso.
No tiene ni idea de cómo hacer eso.
No puede ser más difícil que matar a alguien.
—Teníamos un pacto para suicidarnos, ¿sabes? Si llegábamos a los cuarenta y seguíamos solteras. O nos casábamos la una con la otra. ¡Mira qué bien ha salido! —Se tapa la boca con el dorso de la mano y se le escapa un eructito, de esos que a menudo presagian vómito—. Oye, ¿te puedo preguntar una cosa?
—Me temo que no tengo polvos.
—¿Te gusta comer coños?
—Supongo que es cuestión de acostumbrarse —consigue responder Cole, y entonces Mila entra en el baño agarrada a su mochila.
—¡Mamá!
La borracha da un respingo, se tambalea y tira su bolso. El contenido se desparrama por el suelo.
—¡Miles! ¡Mila! —se corrige.
—Ayyy, mierda —exclama la pelirroja—. Creo que se me ha roto el tacón.
—¡Lo siento! ¡No sabía que estabas aquí! ¡No estabas en el de señoras! ¡Tienes que avisarme!
—No es culpa tuya.
Ve que Mila lanza una mirada rápida al bolso y las pertenencias tiradas por el suelo. Cole niega con la cabeza una sola vez.
—Recogeré sus cosas —dice Mila sin hacerle caso.
Mierda. Cole coge a la mujer por el brazo para distraerla y procura hablar con amabilidad.
—Eh, tranquila. ¿Estás bien?
—Mi zapato —responde ella, abatida, a la pata coja, balanceándose e intentando mirarse el tacón—. Destrozado. —Deja escapar otro eructito.
—No, mira. Es la correa. Se ha soltado. Espera, deja que te ayude.
Cole se agacha para abrochársela con la esperanza de que no le vomite encima.
—Ay, qué maja eres.
Detrás de ella, Mila recoge un pintalabios, un llavero de gomaespuma con el emoji de la chica bailando, unas pastillas de menta de un restaurante, un paquete de chicles con nicotina, un tubo gastado de crema de manos y cara, y varios tampones. Vacila sobre la cartera de rayas, que se ha abierto. Tarjetas de crédito inútiles. Extrae con cuidado los billetes de dólar y se los esconde en el puño.
—Aquí tiene, señora —dice Mila mientras le pone el bolso en los brazos a la mujer borracha, y esboza una sonrisa que es pura inocencia.
—Y tú, tú eres un encanto —responde la mujer, y le da una palmada en la mejilla—. Tienes que cuidar bien de ella —le dice a Cole, y suspira—. Yo no tuve hijos. Ni los tendré. No los quería, pero ahora… ahora ya no tengo esa opción. Nadie la tendrá nunca más. Es muy triste. ¿No? Ay, es demasiado. No lo soporto.
Busca los pañuelos de papel en el bolso.
—No deberías pensar en esas cosas. —Cole le pasa una toallita de papel para que se seque los ojos y deje de escarbar en el bolso—. Todo saldrá bien —añade mientras la dirige hacia la puerta—. Ya lo verás, todo el mundo está trabajando en ello, los mejores científicos y epidemiólogos. —Todos los putos test que le hicieron a Miles en la Base Conjunta Lewis-McChord. Y a ella—. Es solo cuestión de tiempo.
Está intentando animarla, pero la llorosa autocompasión de la mujer la agota.
Con que culpando a la víctima, ¿eh?
—Vamos, te ayudaré a llegar a tu mesa —le dice mientras la conduce hacia sus amigas, que no se han enterado de nada.
—Buen trabajo —le susurra a Mila de camino a la salida, sin mirar atrás—. Y otra cosa: no vuelvas a hacerlo. Le enviaremos un cheque por correo y le devolveremos cada céntimo.
—Claro, mamá —responde su hija, la ladrona; la cara de fastidio va implícita.
Como si Cole tuviera una chequera. Como si hubiera preguntado el nombre de la mujer.
Mala madre. No puede evitarlo.
Periferia
Nudillos como nudos de madera clara sobre el volante. Sol enfermizo alzándose, lánguido y blanco. Camino de San Francisco. ¿No hay una canción sobre eso? Billie tararea unas cuantas notas para probar. No sé qué, no sé qué, fantasmas, no sé qué sobre soñar con la Costa Oeste. Conduce con los faros encendidos porque es más seguro, incluso de día. Más visibilidad. Se lo enseñó su padre. Pero las señales de tráfico no tienen sentido. Es algo estadounidense, supone, como lo de las medidas del sistema imperial en vez del sistema métrico. Pero puede que se haya perdido. A veces parpadea y el paisaje cambia, y está bastante segura de que no debería hacerlo.
Evita tocarse la parte de atrás de la cabeza, la sustancia pegajosa de la nuca, pegada al pelo. Sombras en la periferia. Como si hubiera alguien en el coche con ella.
No su hermana.
Que le den a esa vacaburra.
A esa inútil zorra egoísta. Siempre ha sido así. Una puta creída.
«Deberías buscarte un trabajo de verdad, Billie —Dicho en el mismo tono conciliatorio que se usa con un crío de tres años que está enfadado porque tiene que ponerse los pantalones—. No todo el mundo está hecho para los negocios».
Se llama capital semilla, perra. Solo una de cada mil empresas funciona. El resto fracasa una y otra vez, así que tienes que estar dispuesta a volver a levantarte, a limpiarte la sangre de la boca, a regresar al cuadrilátero e intentarlo de nuevo.
Sí que tiene sangre en la boca. Nota el sabor. Hierro amargo. No se quita de la cabeza la idea de que hay alguien sentado al lado (sueña fantasmas), ¿y no ha visto antes esos muertos?
Huertos. No muertos.
Concéntrate. Recuerda conducir por la derecha.
Capital… semilla. Ja.
No es justo. Lleva toda su vida esperando esta oportunidad. No es culpa suya que su hermana sea tan poco razonable. Fue un malentendido. No pensaba secuestrarlo, evidentemente. Después enviaría a alguien a buscarla.
Cole no tenía por qué pegarle.
Ni por qué intentar matarla.
Cobarde. Como siempre.
Billie es la valiente. La que está dispuesta a hacer todo lo que haga falta. Siempre con algo en el horno. Chiste de chef. Ja.
Eso es lo que hacía para el señor y la señora Amato, jefa de cocina, se encargaba de la comida para exclusivas cenas en lugares exóticos en los que la ley era… más flexible, por así decirlo. Desde Manila hasta Monrovia, de Bodrum a Doha. Alguien tenía que alimentar a los ricos sin escrúpulos.
A diferencia de la idiota de su hermana mayor, nunca había sido cándida con respecto a las oscuras fuerzas que se movían por debajo de la superficie de la sociedad educada. Cuando una trabaja en restaurantes, a veces se ve atrapada en esas corrientes, no solo la coca que se vende en el baño (a menudo al personal, puesto que hay que trabajar hasta altas horas de la noche sin perder la chispa) y los cobros de más a las tarjetas de crédito, sino también los chanchullos de los protectores, de esos que daban miedo. Como aquella tarde en La Luxe de Ciudad del Cabo, cuando una flota entera de Mercedes llegó al aparcamiento de primera línea de playa y unos hombres trajeados anunciaron que, a partir de ese momento, su compañía de seguridad privada se encargaría de todas las necesidades del restaurante.
De todos modos, ¿no era todo un chanchullo? Apenas un vello púbico de diferencia entre la industria farmacéutica legítima y el tráfico de drogas, entre la banca internacional y la malversación y el terrorismo financiado por criptodivisas, entre la venta de armas y el tráfico ilegal de armas. Billie tenía una idea bastante ajustada de con quién iba a trabajar cuando conoció a Thierry Amato en un club privado del Soho, con su sonrisa de tiburón y sus turbios colegas.
No hacía falta ser un genio para reconocer lo sospechosos que eran: grupos de hombres hablando en voz baja en las bibliotecas con paredes de madera, guardaespaldas, paquetes misteriosos que, a veces, pasaban por su cocina. Le gustaba que le pagaran por la discreción. Pero se necesitaban agallas y astucia para aprovechar la oportunidad de ascender.
Todo a la mierda. Porque su propia hermana había intentado matarla.
Reprime las lágrimas. La carretera se ve borrosa. Debería denunciarla. Intento de asesinato. ¿Cómo se decía? «Sororicidio».
Tiene que arreglarlo. ¿Y si la señora Amato decide lavarse las manos? Como lady Macbeth. Fuera, maldita mancha. Con semen, en vez de sangre.
La oportunidad de oro de Billie. Para los tres. Tienes que agarrar esas oportunidades por las pelotas. A veces, literalmente. Eso era lo más bonito del asunto, ¿no? No le estaba pidiendo a Miles nada que él no estuviera ya haciendo por gusto.
Jamás le ha puesto una mano encima. Ni lo haría. Joder. Nunca. Pero puede hacerlo él mismo. Es fácil. Puede hacerlo con los ojos cerrados. ¿Qué tiene de malo?
Emisiones naturales. Como meter una espita en un arce. Era su ventana de oportunidad, antes de que descubrieran una vacuna, lo que significaba legalizar la reproducción y volver a abrir los bancos de esperma y las unidades de almacenamiento de embriones. Y, entonces, unos cuantos viales de zumo de chico ya no valdrían millones.
Oro blanco. Creía que Cole estaba a favor del derecho de las mujeres a controlar su propio cuerpo. ¿No incluye eso la posibilidad de quedarse embarazadas? Está bien para unas pocas, las que todavía tienen descendencia viva, pero no todo el mundo es tan afortunado como su hermana. Egoísta. Puta zorra egoísta.
¿Está el cielo más oscuro? ¿Cuánto tiempo lleva conduciendo?
La carretera parpadea. Un efecto de la luz. Está segura de que ya ha pasado junto a los muertos. Y los árboles esqueléticos. Fantasma en el asiento del copiloto. Está bien. Todo va bien. No se toca la parte de atrás de la cabeza.
Puede hacer otros trabajos para la señora Amato. Más o menos ilegales, lo que le pida. Pero este era suyo, joder. Su idea. Su riesgo.
Pero Billie quiere todo lo que le han prometido, todo lo que Cole le ha negado; quiere libertad, poder y el catalizador que lo hace todo posible: dinero en el blanco…
El día que murió Devon
HACE DOS AÑOS Y MEDIO
Todo guardado, listos para marcharnos. La pena es como una maleta extra que cambia de peso a su antojo, entre demasiado ligera y con toda la masa del mundo. Cole sale del dormitorio con su equipaje y ve a Miles sentado con las piernas cruzadas en la alfombra, al lado de la bolsa plateada para cadáveres, modelo estándar, que está medio desabrochada y se abre como una crisálida. Está mirándole la mano a su padre, no la cara, mientras le lee en voz alta una novela gráfica que apoya en el regazo.
—Y entonces Nimona dice: «¿Por qué iba a bromear sobre la desintegración?».
Traslada el dedo a la siguiente viñeta siguiendo la trayectoria por la fuerza de la costumbre, porque su padre no va a mirar los dibujos en el futuro próximo. Ni nunca.
Ella ha puesto la pegatina de AVISO DE DEFUNCIÓN en la ventana delantera hace veinticuatro horas. Una enorme pegatina amarilla y negra con galones reflectantes. PLAGA. VENGAN A RECOGER EL CADÁVER. No, hace más tiempo. Treinta y dos horas. Demasiado para dejarlos con un muerto. Demasiado para dejarlos ahí, a dieciséis mil kilómetros de casa.
Se deja caer en el suelo junto a sus dos chicos, el vivo y el muerto. El rostro de Devon le parece vacío y extraño sin su vida dentro. El valle inquietante de un muñeco impreso en 3D con la forma de su marido. Llevan tanto tiempo viviendo con la expectación, invitándola a la habitación con ellos, a todas sus conversaciones, incluso bromeando sobre ella, que la realidad de la muerte, aquel invitado soez e intenso que llega tarde a la fiesta, es una decepción. Piensa: «Ah, ¿ya está? ¿Ya está?». Morir es difícil. Vivir es difícil. ¿La muerte? Sobrevalorada. Antes había una persona, ahora ya no la hay. Sabe que esa actitud es una forma de defensa propia. Está cansada, nada más. Cansada y entumecida; la tristeza se entreteje con la rabia. «La peor pulsera de la amistad del mundo».
Cole alarga una mano para tocar el rostro de ese que ya no es su marido. La tensión del dolor se le ha borrado de los ojos y de la boca. El pelo cortado al uno está suave. Se lo afeitaba cada lunes por la mañana. Las rutinas les daban una sensación de normalidad, les servían para llevar la cuenta de los días, incluso cuando el cáncer se le metió en los huesos y le arrancaba gritos de dolor. No volvería a raparlo ni a enjuagar la hoja del cortapelos y contemplar el remolino de bonitos cabellos oscuros en el lavabo como limaduras de acero.
Prepararon el cadáver según las instrucciones ilustradas de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) de Mercy Park, que venían con raciones de comida, un botiquín básico de primeros auxilios y una pajita purificadora de agua. Ella enganchó la etiqueta de identificación, escribió su nombre, su número de la seguridad social, la hora y la fecha de la muerte, y su confesión religiosa, si procedía, para la rápida ceremonia que tuvieran preparada. En el folleto no se explica lo que pasa después, aunque han visto grabaciones de las nuevas incineradoras y de los contenedores refrigerados sobre los que se apilan las bolsas para cadáveres. La primera vez fue una conmoción. Sin embargo, ¿qué otra cosa se puede hacer con mil millones de cadáveres, una cifra que va en aumento? Las cantidades siguen sonando inverosímiles. Irreales. Sin incluir «otras muertes relacionadas». Esa expresión tan espeluznante.
Añadió varias capas de ritual para contrarrestar la burocracia impersonal y poder despedirse. Le lavaron la cara y las manos a Devon, y le pusieron encima su anorak. Fue idea de Miles: «Por si tiene frío». Crearon réplicas en origami de cosas que quizá necesitara en la otra vida y las metieron en la bolsa, alrededor de su cuerpo (idea de Cole), y organizaron una vigilia con barras luminosas para contarse historias sobre la vida de Devon, sus favoritas, las más tontas y las mejores, hasta que Miles se quedó muy callado y quieto, y ella se dio cuenta de que todo aquello era una forma de entretenerse que no borraría la verdad esencial. Eran uno menos.
Su hijo levanta a medias la novela gráfica hacia ella, como una ofrenda.
—¿Quieres leerle un rato?
Ella lo rodea con un brazo: su hijo, vivo y cálido, a pesar de las ojeras y de la tristeza que le hunde los hombros como un buitre.
—¿Cuánto tiempo llevas sentado con él?
—No sé —responde, y se encoge de hombros—. No quería que se sintiera solo.
—¿Ya le has leído todo el libro?
—Me he saltado algunas partes. Quería llegar al final antes de…
—Sí. —Se levanta—. No hay nada peor que una historia sin terminar. Bueno, creo que deberíamos comer. Una última comida antes de salir de este antro. La gente de la FEMA llegará pronto.
No echará de menos esa casa anónima idéntica a otras mil casas más en las afueras tecnológicas de Oakland, diseñadas para trabajadores temporales en estancias cortas.
—¿Tortitas? —pregunta Miles esperanzado.
—Ojalá, tigre. Raciones de California, como ayer.
—Y anteayer.
—Y el día anterior. Ya podrían variar un poco.
Ya podrían haberlos dejado volver a casa. Todos los correos y las llamadas al consulado sudafricano desde la biblioteca Montclair, donde se habían juntado apresuradamente en busca de internet, de un teléfono fijo. «Este no es nuestro sitio». La respuesta automática las pocas veces que sus mensajes lograban llegar: la crisis global, bla, bla, bla, muchos ciudadanos fuera del país; estaban trabajando para ayudar a todos los que podían; era imposible responder a todos los mensajes en esos momentos. Por favor, rellene el formulario e incluya todos los detalles posibles sobre sus circunstancias actuales, y nos pondremos en contacto con usted a la mayor brevedad. Enjuagar y repetir. El mundo entero está ocupado. Esto de morir es un infierno administrativo.
No ha salido desde que Devon enfermó. Lleva semanas sin pasar por la biblioteca, no sabe qué vecinos siguen ahí, si es que queda alguno. En aquel barrio ya de por sí aislado, las reuniones comunitarias se fueron espaciando hasta desaparecer. Los que pudieron huyeron; los que se quedaron cerraron filas, se ocultaron en sus casas para atender a sus moribundos y a sus muertos. Mientras llegaran los paquetes de raciones del gobierno…
Cole sirve dos cuencos de avena con leche en polvo y barritas de proteínas. El desayuno-comida-cena de los supervivientes. La voz de Miles en el salón, ahora con acento de villano malvado, irónico y sarcástico, interrumpe sus pensamientos.
—¡Tenían que elegir la habitación llena de sustancia mágica mortal! —Después, sobresaltado—: ¡Mamá!
Unos faros recorren la ventana del salón y se reflejan en el galón reflectante de la pegatina.
—Quédate aquí —dice ella mientras deja los cuencos.
—¿Por qué?
Miles, el preguntón.
—¡Por si acaso!
Devon había intentado tranquilizarlos diciendo que la testosterona era el ingrediente clave en los peores incidentes. Como si las mujeres no fueran capaces de mierdas malvadas sin ayuda de nadie. «Qué machista, Dev», lo reprende mientras sale a la calle.
«Los hombres no tenemos ni un respiro, ni siquiera muertos», responde ella misma por él.
La furgoneta de la FEMA ha aparcado fuera, con el motor encendido, y los halos gemelos de los faros apuntan a la puerta principal, así que tiene que protegerse los ojos al salir. Dos mujeres se bajan con movimientos torpes por culpa de los voluminosos trajes NBQ. «Plagonautas», piensa Cole. No les ve la cara por culpa del brillo de los faros, solo el cristal vacío de los cascos.
La más grande de las dos chilla, agresiva:
—¡Quédese donde está!
—No pasa nada —dice la otra—. No está armada.
—¡No lo estoy! —responde Cole, y levanta las manos.
—Hay que tener todo el cuidado del mundo, señora —se disculpa la alta y ancha, que se acerca y bloquea la luz con el cuerpo. Hay que ser fuerte en esta clase de trabajo para ir por ahí cargando con cadáveres—. ¿Dónde está el cuerpo? ¿Es usted una familiar?
—Es mi marido. Está dentro.
En ese momento siente una réplica del anterior terremoto de tristeza y está a punto de derrumbarse porque están ahí, la ayuda está ahí, y eso parece darle permiso para desmoronarse y dejar que otra persona se encargue. Pero Miles. Siempre Miles.
—Control. Un adulto —dice la más baja de la pareja por la radio.
—¿Tenía alguna enfermedad previa que debamos saber?
—¿Como qué? —pregunta Cole, a punto de echarse a reír.
—Cólera. VIH. Sarampión. Sangrado o descomposición excesivos. Si pesa más de ciento treinta kilos o cualquier cosa que nos dificulte moverlo.
—No.
—¿Cuántos días lleva muerto?
—Casi dos. Se han tomado su tiempo.
Cuesta ocultar el rencor. Distingue por fin los rostros a través del cristal: una señora blanca achaparrada con labios apretados en forma de corazón, mientras que la más alta es latina o puede que polinesia, lleva el pelo remetido bajo un plástico arrugado que le rodea la cabeza como un gorro de ducha y se le ve purpurina azul en los párpados. Es ese detalle lo que la termina de desestabilizar.
—Estándar —dice Achaparrada sin hacerle caso—. Menos de cuarenta y ocho.
—¿Les queda alguna compasión humana en esa furgoneta?
—Se nos acabó hace tres semanas —replica Achaparrada.
—Sentimos su pérdida, señora —dice Purpurina Azul—. Y nosotras también tenemos las nuestras. Comprenda que estamos en primera línea.
—Lo siento. Claro. Lo siento. Es muy difícil asimilar todo esto.
—Estamos igual, señora. Aquí tiene los papeles. Lo llevaremos a la central de procesamiento para las pruebas obligatorias. Puede reclamar el cadáver dentro de tres días o podemos encargarnos de la incineración y avisarla cuando sus cenizas estén disponibles.
—No. Ya nos hemos… despedido. No hace falta que me avisen. Nos vamos de inmediato.
Ya está repasando la lista de lo que lleva en la bolsa, empaquetado y preparado. Ropa, comida, 11.284 dólares en distintas monedas (dólares estadounidenses, rands sudafricanos y libras esterlinas) enrollados y sujetos con gomas elásticas, y, por favor, que baste con eso, además de un contrabando mucho más valioso: codeína, Myprodol, Nurofen, Ponstan; era la farmacopea de viaje de medicamentos con receta que se había llevado de Sudáfrica, donde se podían comprar libremente, además de otros artículos básicos (medicinas para el resfriado y la gripe, pastillas para el mareo, antiinflamatorios, antihistamínicos) que por suerte llevaba en el neceser cuando se quedaron tirados en Estados Unidos tantos meses atrás.
Los había metido en la maleta con toda la inocencia del mundo porque recordaba su primer viaje al país con billete de estudiante: le bajó la regla antes de tiempo y los calambres le estaban apuñalando las tripas, pero el irritado farmacéutico del mostrador del CVS le dijo que el Ponstan que en casa podía comprar como si fuera una simple aspirina no estaba disponible, ni siquiera con receta. El menguante alijo que habían llegado a adorar, que Dev solo usaba cuando el dolor era tan malo que su respiración se convertía en una serie de gemidos entrecortados. Estaban guardando todo lo que podían para Miles. Por si acaso. Para cuando ocurriera.
—Usted decide —responde la mujer más grande—. Le aconsejo escribir sus datos de contacto de todos modos, la dirección a la que enviarlo o algún familiar cercano. La gente cambia de idea.
—De acuerdo. —Es muy sencillo seguir instrucciones—. Ah —recuerda de repente—, ¿podrían ayudarme a arrancar el coche con pinzas? He intentado llamar al servicio de ayuda en carretera, pero no me contestan. No sé ni para qué lo pagamos.
Es una broma, pero es cierto.
Al parecer, se han suspendido todas las cosas que daban por sentadas, como una conexión a internet fiable, ayuda en carretera y acceso a la atención médica.
—En realidad no forma parte de nuestro trabajo… —empieza a decir la blanca achaparrada y gruñona.
—Claro que sí, no hay problema —la interrumpe su colega.
Se mete en el asiento del conductor de la furgoneta y le da la vuelta para pegar el morro al capó del coche de Cole. Habría resultado muy oportuno en aquel interminable día de mierda que no sucediera nada al enganchar las pinzas, pero el motor arranca y se pone a ronronear.
—Déjelo en marcha, señora —dice Purpurina Azul—. Que se cargue un poco.
—Gracias, se lo agradezco mucho. Estoy deseando salir de aquí —exclama Cole casi eufórica («gracias por arrancarme el coche y, oye, gracias también por llevaros el cadáver de mi difunto marido»), a punto de dejarse llevar por la histeria ahora que por fin tiene la huida a mano.
La plagonauta ha vuelto al lío.
—Firme aquí y aquí, por favor. —Pero entonces ve la cara de Miles asomada a la ventana, redonda y asustada, y se ablanda—. ¿Su hijita?
—Mi hijo.
—No debería viajar con él.
—Sigue siendo un país libre, ¿no?
Un surco de preocupación se forma entre las cejas de Purpurina y tira de sus labios hacia abajo.
—Señora, mi consejo médico profesional es que no lo mueva mientras esté enfermo. ¿Quiere que se le muera en el asiento trasero del coche?
—Sería mejor que aquí. Aunque no es asunto suyo. —Entonces pronuncia las palabras de las que se arrepentirá para siempre—: Además, no se está muriendo. Ni siquiera está enfermo.
El rescate del erizo
Todo en blanco. La oscuridad. Algo tira de ella. Hay alguien en el coche con ella. Una forma. Una voz.
—Perdone.
Alguien le sacude el hombro a Billie. Mierda. Parpadea con fuerza. Se le nubla la vista como si estuviera bajo el agua sin gafas de buceo.
—Perdone, señorita. Señorita, ¿está despierta? ¿Me oye, señorita?
Cada quejumbroso «señorita» acompañado por otra ligera sacudida. No lo soporta ni un segundo más.
—¿Quiere parar de una vez?
Billie se endereza y aparta la mano. El sol brilla demasiado. ¿Dónde coño están sus gafas de sol? La mujer que le habla parece un erizo: rostro alargado y nariz puntiaguda que parece fuera de lugar en un cuerpo tan rotundo. Tiene aspecto simplón. Y suena como si lo fuera, con ese tono quejumbroso y esos balbuceos.
—Ha tenido un accidente. Hay…, bueno, mucha sangre, y creo que debería llevarla a un hospital. No sé…
Billie la aparta de un empujón y se asoma por la puerta del coche para vomitar un chorro acuoso que le deja las tripas tensas por el esfuerzo.
—Tiene que ir a un hospital. Puedo llevarla. Creo que no está en condiciones de…
—San Francisco —responde Billie con voz rasposa.
Tiene la garganta en carne viva. Se toca con cuidado la nuca. Pelo apelmazado y sangre seca; de nuevo las náuseas al volver a descubrir el trozo de cuero cabelludo que le cuelga de un lado de la cabeza. Vomita de nuevo. Esta vez no sale nada.
El coche se ha salido de la carretera y está metido entre la maleza, con el morro contra un árbol. Podría haber sido peor. Podría haberse estrellado a toda velocidad y estar sentada dentro de un coche destrozado en un cuerpo roto. Procura llegar viva. Si tienes una herida en la cabeza, no conduzcas. Mierda. ¿Cuánto tiempo? Intenta orientarse por las pistas visuales de la luz. Pero hace el mismo sol a cualquier hora del día. ¿Horas? ¿Un día entero? Aunque se siente más despejada. Necesitaba la siesta.
—No me pilla de camino —dice el manojo de nervios, el enorme erizo evasivo.
—Ayúdeme —le pide Billie mientras se apoya en el volante para poder salir del coche siniestrado.
El suelo parece correr a su encuentro. Qué granuja. ¿De qué lado estás?
—Sí, sí, perdón. —La chica erizo se mete bajo su brazo para cargar con ella y gruñe un poco por el esfuerzo—. ¿Quiere un poco de agua? Llevo una botella en el coche. No se preocupe, no es del depósito.
—¿Tiene botiquín?
—No. Debería. Lo haré. Compraré uno.
—¿Vendas?
—No, lo siento. Tengo algunos pañuelos de papel. Vaya. Está sangrando.
No me digas. Nota el hilillo de calor bajarle por el cuello.
—No pasa nada.
—¿La ha atacado alguien?
—Tengo que llegar a San Francisco. Es una emergencia.
—Ya —dice la mujer, y se muerde el labio, pesarosa—. Es que no está en mi ruta. Pero la clínica sí…
Dramarama, el juego al que jugaban Cole y ella en sitios públicos. Improvisaban una escena como las del programa de Jerry Springer para ver cómo reaccionaba la gente. Discutían en el supermercado sobre el padre de su inexistente bebé porque una se lo había robado a la otra, o fingían ser amantes lesbianas para sacar de quicio al taquillero del cine. Una vez representaron una detención por robo en una tienda: Billie empujó a su hermana contra la pared e hizo como si la esposara, y todo fue genial hasta que un segurata de verdad intentó inmiscuirse. Cole se acobardó después de aquello y no quiso volver a jugar. Cobarde. Zorra.
No lo olvidemos.
—Emergencia policial. Se le recompensará por su ayuda. Porque es una emergencia —repite Billie, porque pronunciar cada palabra es como arrancar a un pulpo reacio de una cueva submarina.
Es la peor resaca del mundo. Esto ya lo ha pensado antes. Cuándo. Ayer. Esta mañana. A oscuras.
—Me gustaría, de verdad que me gustaría —responde la chica erizo, que de nuevo se muerde el labio—. Pero estoy trabajando. Saneamiento.
—Le he dicho que es una puta emergencia. —Inútil tarada de mierda, piensa—. O me ayuda o la detendré por obstaculizar una investigación.
—No hace falta ese lenguaje —murmura la chica erizo.
Dios, dame fuerzas, joder. Vuelve a palpitarle la cabeza. Un tétrico ritmo de bajo.
—Lo siento, estoy herida. Lo siento. Necesito su ayuda. Le pagarán bien si me lleva a San Francisco. Más de lo que valgan sus repartos. Se lo prometo.
—Es saneamiento. Fosas sépticas.
—Ya veo —responde Billie.
En la parte de atrás de la camioneta abierta hay cuatro gigantescos bidones de plástico llenos de mierda. Que le den. En peores cosas se ha montado. En Kyle Smits cuando estaba en el instituto, por ejemplo. Pobre chico. Ahora estará muerto, como todos los demás tíos que se tiró.
—Necesita un hospital.
—Cinco mil dólares por llevarme a San Francisco.
La señora Amato lo pagaría por su regreso, ¿no? O se lo descontaría de su parte. Ahora mismo es algo insignificante.
—Es mucho dinero, pero…
—Diez mil. Y, además, sabiendo que actúa en interés de la seguridad nacional.
La mujer vacila. Se da cuenta de que es una mala costumbre suya. Una vida entera de malas decisiones. «Piensa en lo lejos que podrías llegar si no dudaras ante cada oportunidad que se te presenta envuelta en papel de regalo y servida en bandeja de plata, chica erizo». Va a tener que insistir más.
—No quería contárselo —añade bajando la voz—. No quiero ponerla en peligro. Es por un niño desaparecido.
—¿Un niño desaparecido? —repite como un loro la otra.
—Las secuestradoras están escapando. Me echaron de la carretera. Pero no saben que llevan un dispositivo de seguimiento. ¿Me ayudará, erizo?
—No me llamo erizo.
—Será mejor que no me diga su verdadero nombre. Que yo no le dé más detalles. Cinco mil dólares y será una heroína.
—¿No había dicho diez? Acaba de decir diez.
—Se equivoca.
—Vale —responde la tontaina—. Vale, lo haré. Pero solo si allí van a darle los cuidados médicos que necesita.
—Sin duda.
Billie intenta sonreír, pero la boca le sabe a bilis.
Planta rodadora
—Hemos hecho algo horrible —dice mamá mientras sale disparada de la ciudad como un piloto de NASCAR y deja atrás, en una nube de polvo, el Bullhead Bar. Como si no llevaran todo el rato sonriendo los dos, hasta arriba de adrenalina—. No volveremos a hacerlo. Le enviaremos el dinero al bar. O lo pagaremos haciéndole un favor a otra persona. A alguien que lo necesite de verdad.
—Nosotros lo necesitamos de verdad.
A Miles le latía el corazón a mil por hora y le cosquilleaban las manos. Pero le había resultado muy sencillo. Un juego de manos. Y en cuanto había tocado los billetes, sacarlos fue… puro. Todo se había detenido y se había vuelto nítido, y había notado cómo cambiaba la realidad por aquella decisión espontánea, por aquel momento de control.
—Sí. Y lo has hecho muy bien y estoy orgullosa de ti, pero…
—No se convertirá en una costumbre —dice.
Pero podría. Añadirlo a su catálogo. Menú desplegable, aprender habilidad nueva: ladrón.
—En serio. —Se ha convertido en un trol de la preocupación con el ceño fruncido. Ojalá no lo hiciera. Está fastidiando el momento—. Tu padre se enfadaría mucho conmigo.
—Sí, bueno.
Miles se encoge de hombros, irritado. Aquel interminable paisaje de matorrales era siempre igual, como si se hubieran quedado atrapados en bucle en la misma zona de un juego de plataformas en 2D.
—He estado pensando —dice su madre al cabo de un rato.
—Oh, no —gruñe él, aunque es como mínimo un cincuenta por ciento de broma, así que ella sabe que la ha perdonado.
—Deberíamos dejar este coche. Cambiarlo por otro. Si vamos a ser unos forajidos, deberíamos ser lo más auténticos posible, ¿no? ¿Qué te parece?
—Sí. —Miles se endereza—. Sí, está claro.
—Y dirigirnos a la frontera con México.
—O con Canadá.
—O a Nueva York y coger un barco a casa.
—¿Eso no sería un montón de horas en coche?
—Sí —responde mientras lo observa—. Pero es una opción.
—Creo que México —dice Miles, y se acomoda otra vez en el asiento.
—¿Quieres volver a repasar tu tapadera?
Miles suspira.
—Somos de Londres, por eso nuestro acento es raro, porque los estadounidenses no saben distinguirlos. Vamos a Denver, en Colorado, evidentemente ni a México ni a Canadá ni a buscar un barco que nos lleve a Sudáfrica, porque mis abuelos dirigían un campamento de vacaciones en las afueras de la ciudad y queremos estar con la familia.
—¿Y nuestro nombre?
—Mila Williams, y tú te llamas Nicky, y tengo catorce años, porque esa clase de detalles hará que sea más difícil localizarnos ya que buscan a un niño de doce. Pero, mamá, es una tontería. La gente se va a dar cuenta enseguida.
—No si los despistas con detalles equivocados que sean fáciles de recordar. Soy entrenadora de tenis en institutos, no de nadie famoso, aunque una de mis chicas casi entró en la selección de Estados Unidos. El campamento al que vamos es de nuestra familia desde hace años, y los padres de tu padre lo convirtieron en Campamento Catalizador, un destino de vacaciones para que las empresas fomenten el espíritu de equipo: hacían rapel, bajaban en tirolina al lago y aprendían técnicas de supervivencia. Es increíble lo mucho que le gustaba a la gente trajeada saber cómo se encendía una fogata o se fabricaba un refugio.
—Espera, ¿es un sitio de verdad?
—No, pero ya ves a lo que me refiero. Acribíllalos a detalles que nadie se inventaría. Como que el paquete más popular de CC, que es como llamaremos con cariño al Campamento Catalizador, por cierto, era el tema de supervivencia zombi para grupos de entre diez y treinta adultos, que incluía tres comidas al día. Tú solías interpretar a una niña zombi cuando íbamos de visita, pero ahora eres demasiado mayor para eso y te parece una tontería.
—Y una vez apareció un caimán en el lago, pero al final resultó ser una iguana que se le había escapado a alguien.
—Pero la leyenda sigue viva, y por eso las camisetas llevan el dibujo de un caimán.
—Pero ¿y si alguien googlea Campamento Catalizador?
—Muy bien pensado. Evitaremos mencionar nombres, salvo el nuestro.
—Y el de papá, por supuesto. El excelentísimo profesor Eustace Williams tercero.
—¿Eustace? —Mamá se ahoga de risa—. ¿De dónde narices has sacado ese nombre?
—¿Quién sabe de dónde nace la inspiración?
Le devuelve la sonrisa mientras agita una mano en el aire para indicar el misterio divino del asunto.
—Hum. ¿Qué tal Alistair Williams? Periodista deportivo de una ciudad pequeña. Encaja con mi entrenadora de tenis.
—Mamá. No sabes nada de deportes.
—Ya. Bien visto. Vale. Tu padre, Al, era un enfermero en Los Ángeles, y yo era diseñadora de paisajes orgánicos: creaba huertas para urbanizaciones.
—Vaya, mamá, qué… saludable.
—Pero no mencionaremos al resto de la familia, ¿vale? No queremos meter la pata.
Se le tuerce el gesto, como si hubiera probado algo agrio, y ese fuera el momento de preguntar, piensa Miles. «¿Qué ha pasado con Billie?». Pero no puede. No quiere saberlo. Si hubiera sido algo muy malo, mamá se lo habría dicho, ¿no? O si no hubiera sido gran cosa. En cualquier caso, la culpa la tiene él. Lo sabe.
—Mamá, ¿por qué no vamos con tía Tayla y las niñas, a Chicago? —suelta en vez de lo que está pensando. Ella se relaja un poco y pierde algo de la tensión en los hombros—. ¿No pueden ayudarnos?
—Puede que sí. Es una buena idea. Analizaremos nuestras opciones cuando nos paremos y encontremos internet.
—Pero ¿podemos ir?
—Ya lo veremos, tigre. No quiero…
—¿Qué?
—Ponerlas en peligro.
Y ahí tiene otra oportunidad perfecta para preguntar. Por un momento cree que su madre se lo va a soltar todo, así que se prepara y se agarra tan fuerte a la manija de la puerta que bien podría arrancarla de cuajo.
—Eh, mira. Es nuestra noche de suerte. Una gasolinera abierta.
Está iluminada como un faro de neón en el desierto y el cartel parpadeante proyecta sombras extrañas en los camiones articulados aparcados en el área de descanso del lateral, con los faros apagados como ojos muertos. Es imposible calcular cuánto tiempo llevan ahí, como cascarones vacíos. Miles se pregunta si ya los habrán saqueado, si alguno tendrá algo útil dentro o si estarán llenos de mierdas tontas de las tiendas de todo a un dólar, como mazas gigantes de plástico y juguetes falsificados.
Espera en el coche mientras mamá entra para meterle dinero al surtidor y comprar algo de comida, porque es mejor que no los vean juntos. Se enciende una luz en uno de los camiones a oscuras y ve la cara de una mujer con la mano ahuecada en torno al cigarrillo que le cuelga de los labios. Es un gesto curiosamente íntimo, así que Miles aparta la mirada. Eso da más miedo que los camiones vacíos, piensa, que haya alguien esperando, observando dentro de las cabinas o en las ventanas de todas las ciudades silenciosas que han visto desde la carretera, donde el cielo es grande y negro, y las estrellas tan frías y brillantes como los LED de Dios.
La feroz sensación de júbilo después de robar el dinero de la cartera ha desaparecido, y ahora está pensando que la arena del desierto parece suave y sedosa, y en qué podría estar arrastrándose sobre sus huesudos codos hacia el faro de neón, oculto entre la maleza. O esperando sentado en la ventana de una de las cabinas a oscuras, con la boca llena de moho y unos largos brazos blancos.
Como Dedos de Cáncer. Que no es real. Ahora lo entiende. Es ansiedad, como los retortijones del estómago. Eran terrores nocturnos, cuando estaba en cuarentena en Lewis-McChord, con las pruebas, y solo le permitían ver a mamá durante las horas de visita, y papá estaba muerto, como todos los demás, salvo Jonas, él y algunos otros chicos con la variante milagrosa. No seas miedica, piensa. Sabe que no hay nada en el desierto. No hay dedos esqueléticos que intentan abrir la puerta del coche para sacarlo y llevárselo a rastras a la oscuridad.
Mamá da un toquecito en la ventanilla, y Miles está a punto de gritar.
—He encontrado otro coche. Vamos.
La ayuda a recoger el conjunto, cada vez más pequeño, de todas sus posesiones en este mundo: de la casa de Oakland al aeropuerto, de ahí a la base militar y de ahí a Ataraxia; la bolsa de ropa de niña, sus últimos aperitivos, velas, una linterna, un conjunto de cuchillos de cocina y el edredón de la cama, todo sacado de Eagle Creek, y la botella de refresco de marca blanca y los pasteles de pollo caseros que mamá acaba de comprar en la tienda.
El olor a comida sustanciosa y salada no basta para distraerlo, y se da cuenta de que mamá lo conduce a lo que está claro que es una furgoneta blanca para secuestrar niños, repleta de antenas y con una parabólica.
—Parece la furgoneta de un psicópata —se queja Miles.
—Meteorología —responde su madre, como si eso la descartase automáticamente como propiedad de un asesino en serie.
Una mujer bajita está llenando el depósito y los saluda cuando se acercan a ella. Tiene una mecha violeta en el pelo alborotado, gafas de ojo de gato y las palabras WEATHERGIRLS NV grabadas en letras góticas en la cazadora vaquera.
—No podemos subirnos en su coche sin más. No la conoces. No sabes nada de ella.
—Señales y significantes que identifican a nuestra tribu, tigre.
—¿Y eso qué quiere decir?
Mamá enumera la lista con los dedos.
—Uno: piel oscura. Dos: pelo morado. Tres: meteoróloga, y nos gustan las científicas. Cuatro: mi instinto, que, permíteme añadir, es excelente. Y está dispuesta a llevarnos hasta Salt Lake City. Dice que allí hay una comuna con internet y que no necesitamos enseñarles ninguna identificación.
—Puede que no la pidan porque son un grupo de asesinas, y así les resulta más fácil ocultar los cadáveres. Y las asesinas en serie también pueden teñirse el pelo, ¿sabes?
—Es de los nuestros, confía en mí. Y, oye, si no lo es, volveremos a cambiar. Tu padre aprobaría este plan.
—Eso no es justo, mamá —empieza a protestar, pero la mujer se acerca y le ofrece una mano que huele a gasolina.
—Hola. Soy Bhavana. Puedes llamarme Vana. Y tú debes de ser Mila. Tu madre me ha hablado de ti.
Lleva un pin dorado con un rayo, y ahora lo entiende. Sí que se parece a las amigas de mamá en Johannesburgo, las que siempre vienen a casa a las cenas, a las noches de juegos de mesa o a las noches de pelis de miedo a las que no lo dejan quedarse. Pero no se puede ir por ahí confiando en cualquiera con el pelo raro.
—Subid, poneos cómodos. Perdonad el desorden, y si queréis tocar el equipo preguntad primero, ¿vale?
La parte de atrás no tiene asientos, sino que está repleta de lo que supone que serán máquinas de meteorología, aunque parecen técnicas y aburridas, y también hay latas de cola light dando tumbos por el suelo. Se encarama en el banco, que está colocado de lado, y mamá se sube delante y le hace el gesto del pulgar hacia arriba.
—Qué fastidio que se os averiara el coche —dice Vana.
La furgoneta cobra vida, y la mujer sale de la gasolinera. Están de vuelta en la carretera. «Adiós, coche», piensa Miles, porque al parecer en eso consiste su vida ahora: en abandonar cosas. En abandonar gente. Como Ella. Como Billie.
—¿Quieres que te recomiende un mecánico? Seguro que podemos arreglarlo, sobre todo si le tienes cariño al coche. Yo vuelvo a Elko la semana que viene, así que podría traerte. O podrías presentar una reclamación en Salt Lake City. Aunque te piden toneladas de papeleo. Patty dice que es porque la industria automovilística todavía espera recuperarse. ¡Como si eso fuese a pasar!
—¿Quién es Patty? —pregunta mamá.
—La mamá de todas en Kasproing, alias mi refugio de Salt Lake City. Son un puñado de anarquistas, socialistas, autosuficientes y otras radicales libres. También hay varios animales. Sobre todo perros, aunque también unos cuantos gatos engreídos, pollos y patos. Son buena gente; os gustarán.
—¿Eres una cazadora de tormentas? —pregunta Miles.
—En esta zona no hacen demasiada falta —responde ella, encogiéndose de hombros—. Pero quién sabe. El cambio climático no se arregló por arte de magia cuando desapareció el cincuenta por ciento de la población. Hay una estación meteorológica en Elko, y eso la convierte en la principal base meteorológica de la zona. Pero tampoco es gran cosa, a no ser que seas fan del equipo especializado en el tema, como yo. Estamos formando a gente.
—¿Para aprender a dar el parte del tiempo?
—Mila, no seas maleducada.
—¡No me importa! Hacemos mucho trabajo comunitario, así que, créeme, lo he oído todo. Como faltan técnicos de satélite, ya que la mayoría eran hombres y murieron, tenemos que encargarnos manualmente del seguimiento de cultivos, irrigación, rutas aéreas, gestión del agua, inundaciones, tormentas… Toda la información vital para las granjas, el transporte y la civilización en general.
—Y lleváis chaquetas guais.
—¡Sí! Nos las hizo Angel. Es otra persona de la comuna.
—¿Tenemos que quedarnos en la comuna?
—Si lo preferís, hay unas cuantas Freevilles…
—¿Qué es una Freeville? —pregunta Miles.
—Ya sabes, ¿hoteles California? ¿Cómo las llamáis en vuestra ciudad?
—No estoy segura… —empieza a decir mamá para disimular.
—Tenéis que conocerlas… Alojamiento transitorio R&R. ¿Hay algo más deprimente que una cadena de hoteles muerta? Pues sí, una que se pone en manos de Remodelación y Reconexión. Y otra vez tienes que enfrentarte a todo el papeleo, a funcionarias que intentan conectarte con los miembros desaparecidos de tu familia o que te hacen preguntas para el futuro censo sobre cuál es tu destino final, si tienes un trabajo esperándote o si quieres uno.
—Una pesadez —coincide mamá, como si ya supieran todo aquello.
—Sé que intentan reunir familias, hacerse una idea de dónde está la gente y qué le ha pasado, pero algunas personas prefieren colarse por los resquicios y pasar desapercibidas. Es bastante habitual.
—¿Las personas que se cuelan o las que pasan desapercibidas?
—Las dos cosas. Algunas personas consideran que es una oportunidad para reinventarse. Por eso me encanta lo que hace Kasproing: ocupa casas abandonadas, mete gente dentro y convierte los jardines en huertos que se adjudican para crear nodos sociales autosuficientes. Están cansadas de esperar a que la máquina se ponga al día, y el gobierno estatal se aferra a los derechos de propiedad como si el capitalismo tardío todavía estuviera de moda.
—Ese cabrón está más pasado de moda que el pelo cardado —bromea mamá, y Bhavana se ríe.
Miles esboza una mueca. ¿Está… ligando? Qué asco. Qué asco más asqueroso.
—Se parece un poco al campamento de la abuela —dice para intentar desviar la conversación.
—¿Ese al que vais, en Colorado? Sí, suena guay. Oye, a lo mejor podéis poneros de acuerdo con Kasproing, montar una residencia de intercambio, enviáis a vuestra gente y nosotros enviamos a la nuestra para compartir conocimientos. ¡Reconstruir la sociedad requiere un trabajo de grupo!
—Estás dando por hecho que tengo conocimientos útiles —responde mamá.
—Pero puedes aprender.
—¡Aprender cosas nuevas a mi edad!
Está claro que coquetea. Puaj. Pero Vana dijo que había perros de verdad, Canis lupus familiaris reales, y eso suena que lo flipas. Mejor que su campamento imaginario de las montañas.
—Oye, Vana —interrumpe Miles—. ¿Puedo usar uno de esos papeles?
—Siempre que no parezca importante.
—Ajá —responde mientras mira las hojas impresas con gráficas y números indescifrables.
—El papel para reciclar está en la pila debajo del teclado —le aclara Vana.
Y también los restos de una barrita energética aplastada, según descubre Miles.
—Mila es una gran dibujante —explica mamá, y entonces recuerda añadir detalles para embellecer la historia—. Ojalá le gustara también la jardinería, pero le va bastante más el arte que el aire libre. ¿Verdad, Mila?
—Sí.
Pero Miles ya se ha desconectado y está esbozando una manada de lobos que persiguen relámpagos, y si hay un rostro en las nubes, oscuro, mohoso y de largos brazos que intentan agarrarlos, no es más que una forma de exorcizar sus demonios.
Y no tiene cáncer. Y no los van a atrapar. No como la última vez. No como cuando murió papá.
La última vez que se alejaron de todo
DOS AÑOS Y MEDIO ANTES
—No deberíamos dejar solo a papá.
Miles se retuerce para volver la vista atrás hacia la calle, que desaparece en el crepúsculo porque las farolas todavía están apagadas y quizá no vuelvan a encenderse. Lo único claro es la furgoneta de recogida («el camión de la carne», le viene a la cabeza), con sus luces azules y rojas que parpadean, las puertas abiertas para recibir su carga y las dos voluminosas astronautas con sus trajes de plaga al lado, una de ellas hablando con urgencia por la radio.
—No está solo, tigre. En realidad, ya no está ahí.
Cole conduce mientras lleva en el regazo la bolsa de viaje que contiene toda su vida, como si alguien fuera a romper la ventanilla para robársela…, cosa que sucede a veces en Johannesburgo, pero no ha oído decir que también ocurra en California.
—Ya sabes a lo que me refiero. Su cuerpo.
—Pero tenemos que irnos. Esas mujeres cuidarán bien de su cuerpo por nosotros. No lo estamos abandonando.
Lo observa por el retrovisor: Miles nota el calor de su mirada, que se le clava entre los hombros. No se vuelve, se apoya en los codos y observa su casa, la que nunca fue su casa, quedarse atrás. Hay luz en la vivienda del otro lado de la calle, una sombra tras la cortina que mira hacia afuera. Una de las vecinas. Todas se han mantenido alejadas, están ocupadas cuidando de sus moribundos, pero consuela saber que sigue habiendo gente ahí fuera.
Sigue habiendo coches en las carreteras, coches que se mueven, con personas dentro (mujeres) que conducen por ahí y van a sitios. No muchos, pero sí algunos. No le parece bien. ¿Cómo son capaces de seguir con su vida, como si no hubiera pasado nada? ¿Cómo se atreven?
Le gustan más los edificios de oficinas vacíos y oscuros. Se pregunta en qué se convertirán cuando acabe todo eso. Espera que en algo guay, como parques de skate o pistas de paintball de interior. O podrían abrir todas las ventanas y puertas y dejar que la naturaleza se hiciera cargo. Cachorros de coyote en el despacho del director, mapaches saltando sobre las sillas con ruedas y patinando por el suelo. La primera vez sería por accidente, pero quizá después descubrieran cómo funcionaba y echaran carreras de sillas.
—¿En qué estás pensando? —le pregunta mamá para intentar reconciliarse.
—Mapaches.
—Los mapaches podrían ser la nueva especie dominante, seguro. A no ser que se te ocurra otra sugerencia mejor…
—Sí —le suelta—. Los virus.
—Siempre han sido la especie dominante. Ellos o las bacterias. Me confundo. Tenemos que buscarlo. Cuando lleguemos a casa.
Pero Johannesburgo está muy muy lejos, ¿y cómo van a dejar atrás a papá?
La salida para el aeropuerto de Oakland deja atrás un campo de tiendas de campaña que se alarga hasta donde alcanza la vista, repleto hasta la valla a ambos lados de la carretera, bajo unas luces muy brillantes. Alguien ha dibujado un grafiti, en negro, que dice CIUDAD AEROPUERTO sobre el cartel que antes decía ZONA DE RECOGIDA AVIS.
Atraída por los faros, una mujer aparece en la alambrada y se agarra a ella para observarlos.
—¿Por qué está aquí toda esta gente?
—¿Por qué crees?
—Porque están esperando para coger un avión. Para ir a casa.
—Y no pueden pagar el billete o no hay vuelos regulares.
—¿Y nosotros tenemos billetes?
—Tengo mucho dinero para comprarlos. Y medicinas para vender. No te estreses, tigre. Saldremos de esta.
Pero acelera para dejar atrás las zonas de aparcamiento de los coches de alquiler, las chabolas de loneta y a las mujeres que mantienen su extraña vigilia zombi en las alambradas.
La zona de recogida está abarrotada de coches aparcados por todas partes, algunos con las puertas abiertas. Hay enormes vallas publicitarias a intervalos regulares, además de los carteles con las direcciones y los tableros de información de las aerolíneas, que dicen:
¿Quiere donar su vehículo?
Deje las llaves en el contacto.
Se lo entregaremos a alguien que lo necesite.
INICIATIVA POR LA MOVILIDAD
DE LA CIUDADANÍA DE CALIFORNIA
—Qué maleducados —dice mamá—. Claro, dona tu coche, pero no lo dejes en medio de la puñetera carretera.
Aparca con todo el cuidado de mundo en paralelo, en un sitio donde no moleste, y (de verdad, no se lo inventa) escribe una nota y la deja en el parabrisas: DIVIÉRTASE, CONDUZCA CON PRECAUCIÓN Y TENGA CUIDADO, ¡QUE LOS FRENOS SON UN POCO BRUSCOS!
Miles no quiere irse a casa. Lo más probable es que todos sus amigos estén muertos. No las chicas, claro, aunque ¿quién sabe? Sus mejores amigos: Noah, Sifiso, Isfahan, Henry, Gabriel y todos los demás de su clase. El abuelo Frank está muerto. Mamá ni siquiera pudo despedirse de él, salvo por Skype, porque estaban atrapados ahí, y el abuelo Frank estaba en su casa de Clarens, junto al río. Su profesor de arte, el señor Matthews; el tío Eric; Jay; Ayanda, el simpático guardia que los ayudaba a cruzar el paso de peatones del colegio; su cajero favorito en Checkers, el que se parecía a Dwayne «The Rock» Johnson. Muertos, muertos, muertos. Todos muertos. The Rock también.
No sabe por qué él sigue vivo.
—¿Qué impacto económico crees que tendrá el abandono de todos estos coches? —pregunta mamá mientras se echa al hombro su bolsa de viaje y finge no darse cuenta de que él va cada vez más despacio y se aprieta el estómago con la mano.
Gruñe.
—Ahora no te pongas con el cole en casa, por favor.
—El lado positivo —sigue ella, sin hacerle caso— es que hay coches para todos, menos tráfico, menos emisiones, un enorme impacto en el calentamiento global; pero también, mucha basura de cuatro ruedas bloqueando los espacios públicos. ¿Y qué pasa con el impacto sobre los trabajos o con los ingresos generados por los impuestos de la industria del automóvil? ¿O crees que tenemos robots suficientes para encargarse?
—Mamá. No me importa.
Las puertas se abren y entran en la zona de llegadas. Todas las tiendas y las cafeterías están cerradas, aunque se ve a través de las persianas: los estantes están vacíos o casi vacíos; hay muchas revistas, pero nada de comida salvo un paquete abierto de algún aperitivo que derrama sus triángulos naranjas por el suelo. En la caja registradora hay una nota con un emoji triste que dice: ¡LO SIENTO! ¡SE HA ACABADO EL GEL HIDROALCOHÓLICO!
Las cintas transportadoras de equipajes, paralizadas, se curvan sobre sí mismas como milpiés muertos. ¿Cómo los llamaba Sifiso? Shongololos. Sifiso es de Durban, donde tienen tantos que hay que barrerlos de las casas todos los días, aunque a veces se hacen los muertos para que los dejes en paz. Sifiso… era de Durban.
Las ruedas de la maleta vibran sobre el suelo, y ese es el único sonido, junto con los chirridos de sus deportivas. No hay ni anuncios ni música ambiental. Es raro. Mamá tiene una misión, avanza por los pasillos vacíos y entonces, para alivio de Miles, reconoce el suave zumbido de voces humanas cuando siguen los carteles que llevan a la terminal D.
—Ponte la capucha, ¿vale? —le advierte mamá—. No quiero llamar la atención.
Campistas tristes, piensa Miles. Familias instaladas entre sus maletas, con aspecto de estar cansadas, irritadas y aburridas, apoyadas en las ventanas, o en grupos entre las ciegas cintas transportadoras. Todas mujeres. No hay ni que decirlo, ¿no? Se cala un poco más la capucha y mete la barbilla.
Una cola serpentea hacia el único mostrador de venta de billetes. Casi todas están sentadas con las piernas cruzadas o estiradas, como si llevaran esperando bastante tiempo, salvo una señora con una falda negra de tubo y una chaqueta, que está de pie y procura que se note; lleva medias y ha dejado los zapatos de tacón sobre su bolsa con ruedas. La mujer de negocios no se anda con tonterías. En el mostrador no hay nadie. United. Abre a las ocho de la mañana.
—Tío, sí que es el apocalipsis —dice mamá.
«Es una broma», piensa él.
Una agente de la Administración de Seguridad en el Transporte, la TSA, que lleva un cordel amarillo chillón colgado del cuello, los ve mirar a su alrededor y se les acerca dándose golpecitos con la linterna en la pierna.
—Hola. ¿Tienen billete? Deberían sentarse y ponerse cómodas. Seguridad abre por la mañana.
—No, no tenemos billetes, tenemos que comprarlos. Larga distancia, internacional.
—Desde aquí no, corazón, solo desde San Francisco. Es el único aeropuerto en el que tienen agentes para procesar vuelos internacionales. Les sugiero que se vayan a casa, duerman bien en una cama calentita y salgan para el aeropuerto mañana.
—Menudo fastidio —dice mamá con la alegría de la que hace gala cuando está cabreada como una mona—. Menos mal que he dejado las llaves en el coche. Vamos, tigre.
—¿Nos vamos ya a casa?
—No a la casa. Vamos a adelantarnos a las colas del aeropuerto de San Francisco. Acamparemos allí.
Una mujer que parece un personaje de anime, con el rostro alargado y unas llamativas raíces negras bajo el pelo decolorado, se baja de su gigantesca maleta plateada y trota hacia ellos para alcanzarlos.
—Eh, ¡esperad! No he podido evitar oírlo. —Le toca el brazo a mamá como si fueran superamigas—. ¿Tienes que comprar billetes? Puedo ayudarte. ¿Adónde intentáis ir? Puedo arreglarlo.
Mamá suspira.
—No, no pasa nada, gracias.
—Sé que estás pensando que es un timo, y no digo que vaya a salirte barato, pero mi prima trabaja para las aerolíneas y…
—¡Eh! ¡Marjorie! —la llama la guardia de seguridad de la TSA—. ¿Qué te he dicho de la reventa?
—¡Solo estamos hablando! —le chilla la mujer anime, furiosa—. ¡Les estoy dando indicaciones! ¿Te importa?
—¿Quieres que llame a la poli?
—¡No es ilegal! ¡Lo que es ilegal es que oprimas mis derechos y mi capacidad para dedicarme al comercio libre y dar de comer a mi familia! —Entonces da un respingo, como si hubiera recibido la descarga de una pistola eléctrica, y pone cara de incredulidad—. Mierda, ¿de verdad?
—¿Cuántas veces te lo tengo que decir? —refunfuña la agente de la TSA mientras va hacia ella.
Pero Marjorie ha regresado a su nido encima de la maleta, como si nunca se hubiera movido de allí. #carainocente, piensa Miles, y sabe que va a ocurrir algo malo antes incluso de volverse para mirar. Pasos pesados y gritos. Le da un vuelco el estómago.
Un escuadrón de polis con uniforme negro de antidisturbios y unas armas enormes corren hacia ellos mientras gritan:
—¡Al suelo! ¡Al suelo, joder, ahora!
Mamá lo coge de la mano y tira de él para quitarlo de en medio. La cola del mostrador sufre un espasmo, pero se mantiene firme. La señora del traje de negocios ni siquiera se vuelve para mirar. Los miembros de una familia negra que está junto a la ventanilla levantan las manos como si alguien tirara de ellas con cuerdas, y Miles hace lo mismo con gesto vacilante, a medio gas.
Pero se da cuenta de que mamá y él no están en medio: las antidisturbios van a por ellos.
—¡He dicho que al suelo! ¡Abajo! ¡Manos arriba!
¿Qué tienen que hacer, piensa Miles preocupado, levantar las manos o tirarse al suelo? ¿Cómo van a hacer las dos cosas a la vez? Un puño gigante le aprieta el estómago. Recuerda lo que le dijo su primo Jay cuando la familia fue a visitarlos a Johannesburgo: «En Estados Unidos disparan a los críos negros».
—No pasa nada, haz lo que dicen. Con calma. Respira hondo. No pasa nada.
Mamá levanta las manos como si fuera a chocarlas con alguien. Después inclina el hombro para dejar caer la bolsa de viaje al suelo.
Pero sí que pasa, ¿no? Es justo lo contrario de no pasar nada, y deberían haberse quedado en la casa con papá; deberían haberse quedado con su cuerpo, y no haber permanecido en Estados Unidos, aunque Jay estuviera muriéndose; ni tampoco haber ido a ese aeropuerto si se suponía que tenían que ir a San Francisco, y ni siquiera tienen billete, y está rodando por el suelo porque le duele mucho el estómago; empuja los pies contra el aire como un gato porque le duele muchísimo, y alguien grita: «¿Qué le pasa a ese niño?», aunque sigue llevando la capucha puesta, así que no deberían saber que es un niño; y su madre está diciendo con esa voz tranquila y clara que usa cuando está muy enfadada y muy asustada: «Es el estómago, le dan retortijones, es ansiedad, no puede oírlos cuando le duele; por favor, no le hagan daño»; una poli le pisa la espalda a mamá y la aprieta contra el suelo mientras grita: «¿Qué hay en la bolsa?»; otra persona vuelca el contenido, y una mujer (no mamá) grita, un chillido agudo, como en una película de miedo. En general, la gente está paralizada, observa, y los botes de pastillas se derraman por el suelo y la poli grita: «¿Qué es esto? ¿Qué es esto?», y entonces Miles vomita un líquido acuoso en el suelo porque no han comido de verdad, y mamá dice: «Por favor, dejen que lo ayude», pero no pasa nada, ya se siente mejor, y de todos modos no puede ir a ayudarlo porque la poli sigue teniendo la bota entre sus hombros y le apunta a la cabeza con el arma. Otra de las polis, una especie de tortuga ninja con su chaleco antibalas y el rostro oculto por el visor, se agacha al lado de Miles y le da una toallita húmeda que ha sacado de alguna parte (puede que también sea madre) y le dice: «No pasa nada, todo va bien, ahora estás a salvo. Respira hondo».
Entonces, la mujer policía deja escapar un sonido horrible y lo abraza con fuerza.
Al otro lado de la sala, mamá grita: «¡No lo toque!». Y la multitud que ha estado observándolo todo, tan quieta y silenciosa, tiembla como la aguja de un sismógrafo al oír el «lo». En masculino. Un murmullo crece y recorre la sala. Alguien tira del brazo de la soldado, una de las otras, con cara de miedo detrás del visor: «Vamos, Jenna, vamos», le dice avergonzada. Miles se da cuenta de que está asustada, y eso lo asusta también a él. «Vamos, mamá, no te pongas así. No puedes ponerte así. La vas a liar».
Tira hasta que la soldado suelta a Miles, solloza y le da la espalda. Se tapa el visor con las manos, le tiemblan los hombros, y su amiga le restriega la espalda a través del Kevlar y repite esas palabras tan inútiles: «No pasa nada».
—¡Miles!
La voz de mamá, frenética.
—Venga, chico, nos vamos.
Alguien lo empuja; él no puede respirar. Mamá grita su nombre, pero cuesta oírla por encima de las personas que dan un paso adelante. Se oye un disparo fuerte, cerca. Un extraño sabor químico en el aire. Vomita de nuevo y se mancha la sudadera por delante. Después de eso, todo se complica. Detrás de ellos se oye un sonido sordo, como de palomitas al estallar. Mujeres que gritan. Mamá también grita, aunque dice: «No pueden hacer esto», cuando está claro que lo están haciendo de todos modos y da igual lo que ella piense. Una masa de cuerpos blindados lo empuja hacia delante, y salen del edificio casi corriendo, lo meten en la parte de atrás de un camión y mamá está ahí, apretujada entre otra soldado y una paramédica, y lo coge y lo estrecha contra su cuerpo, como si tuviera cinco años. «Te tengo —dice—. Te tengo».
La paramédica le hace preguntas a Miles: cuándo ha comido por última vez, si ha tenido síntomas, si le duele, ¿puede comprobarle el pulso?
—¡No lo toque! —chilla de nuevo mamá.
—Tranquila, estamos de su parte —dice otra soldado por encima del rugido del motor, pero Miles entiende que su madre no quiera escuchar nada que venga de la mujer que hace cinco minutos le ha puesto una bota en la espalda y la ha mantenido pegada contra el suelo—. Debería haber informado de esto. Debería haber ido a uno de los centros de crisis. ¿Es que no ve las noticias? A los hombres que van por ahí solos los están destrozando. Tiene suerte de que los hayamos encontrado nosotras primero.
No se ha podido enviar el mensaje
Un charrán zarrapastroso observa a Billie y a la chica erizo desde una valla roja, retorcida por los efectos de una tormenta, que se inclina sobre el agua como si estuviera borracha. Todas las casas de tejado a dos aguas a lo largo del paseo marítimo de madera están cerradas y ciegas, y nada le resulta familiar. Billie ve borroso y doble: se dice que es la distorsión de la lluvia al caer sobre el fondo del mar oscuro, pero el caso es que todos los mástiles del club náutico tienen un gemelo fantasma.
No son como el yate de lujo del señor Amato. En comparación, esos barcos son lanchas neumáticas. Estaba a bordo cuando murió, en medio del Caribe, con una tripulación mínima compuesta exclusivamente por mujeres, ella incluida, porque Thierry había esperado en vano que el virus no cruzara el agua. Pero ya estaba infectado o lo portaba una miembro de la tripulación, y en las últimas semanas no le hizo mucha falta su chef privada, porque el cáncer quita el apetito. El resto de la tripulación comía bien, eso sí, y, cuando por fin murió, fue Billie la que insistió en sellar el camarote principal y llevarlo a casa, con su esposa, en vez de echarlo al océano para servir de alimento a los tiburones.
«Qué amable eres —le había dicho la señora A cuando aparecieron en el complejo Amato de las Caimán—. Qué atenta».
Esa soy yo. Atenta. A cadáver regalado no se le mira el dentado.
—Nunca había estado por aquí —dice la chica erizo, que va con los hombros encogidos para protegerse de la llovizna—. Hay casas muy elegantes.
Es Belvedere, no San Francisco. Lo bastante cerca, aunque ha tenido que coaccionarla bastante para conseguirlo. ¿Por qué cruzó el erizo el puente Golden Gate? Porque Billie le chilló y, aunque los gritos le empeoraron el dolor de cabeza, sirvieron para asustar a la idiota lo suficiente para que obedeciera, cosa que debería haber hecho desde el puto principio.
—¿Seguro que este es el sitio?
—Cierra la boca —responde Billie.
Ese era el plan, ese es el sitio. Uno de los pisos francos para las operaciones. Fácil acceso al agua. Había que traer a Miles, meterlo en un barco, dirigirse al sur a través de México y Panamá, y regresar a las Caimán, donde las leyes no se aplican, sobre todo la de reprohibición. Y a Cole también, si lo superaba de una vez. ¿Tan difícil era? ¿Cómo podía joder un plan tan sencillo? La hostia.
Una de estas casas. Sin duda. Está bastante segura. Pero ahora mismo lo ve todo borroso, y poner un pie delante del otro requiere concentración.
Cole y ella dando vueltas por el jardín hasta marearse; dan unos pasos tambaleantes y caen, entre risas. El verde les mancha el culo de los pantaloncitos blancos, y las piernas desnudas les pican con la hierba. Billie quiere hacerlo otra vez y otra y otra. El vertiginoso delirio de salirse de su cabeza. Pero su hermana se rajará demasiado pronto. Siempre.
El charrán extiende las alas y les chilla cuando alza el vuelo y se eleva sobre el agua. El sonido se le clava en la cabeza como un destornillador. Pero están cerca. El tamaño de las propiedades aumenta a medida que avanzan, con la certeza absoluta del dinero, abarcando cada vez más espacio. Todas tienen su muelle privado. La mayoría están abandonadas.
—Deberíamos estar en un barco —masculla Billie.
Los leones marinos, que pasan de todo, están tumbados en la madera como gordos bañistas peludos tomando el sol; su particular hedor dulzón y agrio se mezcla con el aire salado. Así llegó a la casa la primera vez: en barco. La reconocería desde el agua.
Pero la sugerencia alarma a la chica erizo.
—Creo que deberíamos volver. Aquí ya no vive nadie. No es culpa tuya. Creo que te has liado por tener la cabeza así y eso. Pero todavía puedo llevarte al hospital, ¿vale? No tienes que pagarme.
—¡Déjame pensar!
Billie mira hacia el otro lado de la bahía, a la curva de la costa salpicada de olivos. El charrán chilla de nuevo. O puede que sea otro pájaro. Qué más da. Se imagina en el agua, en una estilizada lancha motora que se acerca a la orilla, cinco meses antes. Siempre se le ha dado bien fijarse en los detalles.
Había olivos en la colina. Una caseta azul para barcos. Azul oscuro. Azul marino. ¡Ahí está! Entre la maleza californiana que ha crecido hasta ocultarla en esos meses se encuentra la casa de madera blanca, puro gótico estadounidense, como el resto de las viviendas costeras de por aquí.
—No parece una clínica.
—Calla. Por favor.
Se concentra en caminar hasta la puerta que da al muelle y pulsa con ganas el timbre. La lluvia arrecia y graba una barba incipiente en la superficie lisa del mar. Se le mete en los ojos, le cae por la nuca. O está sangrando otra vez. Un león de mar se deja caer en el agua con un ruidoso chapoteo.
Entonces, alguien aparece en la barandilla, sobre ellas. Lleva una sudadera negra con cremallera, gafas de sol, el cabello rubio dorado recogido en un moño suelto en lo alto de la cabeza, un cigarrillo colgándole de la boca y unos guantes con estampado arcoíris. Reconoce los estúpidos guantes. Como se llame. Una de las nenas de los cárteles que la señora Amato contrató como «seguridad privada» a toda prisa.
Los coleccionistas coleccionan, ya sea arte o mujeres malas, da igual. Reunieron a un buen puñado de ellas. Zara, una «fotógrafa de guerra» de algún país hecho mierda de la Europa del Este, que tenía el aspecto de alguien que ha estado demasiado cerca (pringada hasta las cejas) en distintas atrocidades; y esta, una colombiana bajita, rubia de bote, guapa en plan reina de la belleza. Richie, o algo así.
—¿Puedo ayudaros? —pregunta la Barbie Metralleta mientras se quita uno de los guantes (cada dedo es de un color distinto) para volver a encender el cigarrillo mojado, que protege con la otra mano.
—Soy yo. Billie.
—Llegas tarde. —Rico (por fin recuerda cómo se llama, aunque a saber cuál es su nombre real) se mete el encendedor en el bolsillo interior de su chaqueta y deja entrever un momento la pistolera; muchas gracias por el detalle—. ¿Dónde está el paquete?
—Es una conversación larga que preferiría no mantener bajo la lluvia.
Odia lo gruesa y torpe que nota la lengua dentro de la boca, y odia aún más el tono lastimero que ha usado. De repente está deseando fumarse un cigarrillo.
—Tu amiga está malherida —interviene la erizo—. ¿Tenéis una doctora?
—¿Quién eres tú? ¿Su hermana?
—¿Nos dejas entrar?
—Vaaale, vaaale —responde Rico.
Se aparta del balcón y, un momento después, la puerta que da a la pasarela zumba con fuerza. Ponte como quieras, zorra. No estabas allí cuando murió Thierry. Billie sí. Ella fue la que lo llevó a casa. Vale, ahora llega con las manos vacías, pero sabe lo mucho que la valora la señora Amato. El plan era de Billie, y sí, han sufrido un pequeño contratiempo, pero está ahí para solucionarlo. La señora A lo entenderá. Abre la puerta.
—Zapatos fuera —le indica a la chica erizo cuando entran.
Se quita las deportivas y las deja junto a los taconazos de salir a buscar guerra, incongruentes al lado de unas Timberland marrón claro y unas botas negras militares. Se da cuenta de que lleva uno de los calcetines del revés. Es lo que tiene verse obligada a huir en plena noche. Cole la empujó a actuar. Todo es culpa de esa zorra.
—No tengo que entrar —dice la chica erizo desde el escalón de la entrada mientras restriega sus enormes botas de trabajo en la alfombrilla—. Si me das el dinero, me voy ya.
—Quítatelas —insiste Billie.
Tiene que apoyarse en la pared mientras la otra se desata los cordones de las toscas botas y duda sobre dónde dejarlas. El mareo la ha pillado por sorpresa. Es porque han dejado de moverse. Los tiburones con traumatismos en la cabeza no pueden dejar de nadar. Debe de haberlo dicho en voz alta, porque la chica erizo la mira raro.
Entran en calcetines al salón, con sus sofás de cuero blanco y una enorme cabeza de toro hecha de oro y lapislázuli —arte, supuestamente— que cuelga sobre la chimenea, y llegan a las puertas del patio, donde las espera Rico. Las puertas que dan al jardín se abren a un espacio exterior de estilo marroquí, todo piedra y asientos a ras del suelo, con una estrecha piscina al fondo que se ha convertido en una banda de azules aguas rizadas por culpa de la lluvia. Rico las urge a avanzar por las baldosas mojadas, lo que no está mal para ella, que va en pantuflas con suela de goma, pero los calcetines de Billie se empapan en cuestión de segundos.
Julita Amato las espera en uno de los sofás bajo el toldo, ataviada con un voluminoso kimono con estampado de lirios tigre y el pelo pegado a la cabeza. Mojada de nadar o de cantar bajo la lluvia, a saber. Pero no le gusta estar ahí fuera, con el frío y la humedad.
No se le ven los ojos detrás de las enormes gafas de sol de montura dorada, y eso la pone nerviosa. Sabe que la señora A se ha retocado demasiado las patas de gallo y que se ha arreglado la barbilla, pero las manos la traicionan con su textura de papel crepé y las manchas solares. Tiene sesenta y muchos años, puede que incluso setenta y pocos; es baja y fornida. «Voluptuosa», es como la describía Thierry.
«No como estos palillos de piel y hueso», añadía mientras señalaba con gesto desdeñoso a las jóvenes modelos e Instagirls que se colgaban de los brazos de los otros hombres ricos en las fiestas. La señora A nunca iba en el barco cuando viajaban de un puerto mediterráneo a otro, pero a veces volaba para reunirse con él y lo esperaba en el muelle con un vestido negro que acentuaba su abundancia, y un sombrero de ala ancha que le ocultaba el rostro mientras fumaba sus Gauloises. Lo conducía al coche que lo esperaba, con chófer incluido, para llevarlo al absurdo hotel en el que estuvieran hospedados: el Marmara de Bodrum o el Chedi de Mascate. Billie siempre procuraba averiguarlo y apuntaba los nombres como si fueran una fórmula mágica en su manual de cómo ser asquerosamente rica. En aquel momento no era más que parte del personal de la pareja. Chef excelente o no, dormía en el yate con el resto de la tripulación. Pero no por mucho tiempo.
En la cena de negocios de Doha, Billie se encontró con ella en el jardín tropical de la villa alquilada, que olía a dulce jazmín y estaba atestada de obras de arte, como el perro de globoflexia fabricado en acero inoxidable de color rosa chicle que les daba sombra. Ambas se habían refugiado, una de la fiesta y otra de la cocina, y estrechaban lazos por medio de los cigarrillos.
«—Lo siento, señora Amato. No sabía que estaba aquí.
»—Esta gente es muy aburrida. Tenemos que soportarlos, por supuesto. Pero son muy pesados.
»—¿Me podría dar un cigarro? No he traído los míos.
»—¿Eres la cocinera? —La señora A sacó uno, le dio unos golpecitos y se lo pasó.
»—La chef. Billie Brady.
»—Ah. Háblame de los ingredientes que pides. ¿Son muy exóticos?
»—Intentamos usar productos locales siempre que podemos, así que son frescos, sostenibles.
»—Deberías considerar la posibilidad de incluir más artículos especiales importados. Al señor Amato le gustan esas cosas. Ya sabes cómo son los hombres. Puedo ponerte en contacto con algunos proveedores.
»—Eso sería de gran ayuda; gracias, señora Amato. —Inclinó la cabeza para mayor énfasis, servil».
Esperaba cocaína, abulón, cuerno de rinoceronte o, joder, incluso fusiles de asalto. Podría haber sido cualquiera de esas cosas… Ni lo averiguó ni preguntó. Porque Billie no abrió el paquete envuelto en papel marrón y envasado al vacío que encontró metido dentro de uno de los faisanes congelados del envío. Se lo llevó personalmente a la señora Amato tras solicitar un permiso para bajar a tierra y coger un taxi que la llevara al hotel Chedi.
«—Si va a traer contrabando a través de mi cocina, será mejor que cuente con alguien de confianza para entregárselo.
»—¿No quieres saber lo que hay dentro?
»—Creo que la discreción es un bien preciado.
»—¿Y puedo confiar en ti para que me lo entregues?
»—Por supuesto».
—Señora Amato —la saluda ahora Billie.
La señora Amato no las invita a unirse a ella en el sofá, ni siquiera a sentarse en una de las tumbonas de madera. Así que se quedan frente a ella como campesinas a las que la emperatriz ha concedido una audiencia. La chica erizo está cada vez más nerviosa y juguetea con su pelo mientras la señora Amato alarga el momento de silencio. Rico la guapa está en posición de descanso: ha cruzado los brazos y está apoyada en uno de los postes barnizados. La lluvia cae a su alrededor y las acorrala. Está fría, es incómoda, y a ella no le gusta lo que le dice sobre lo que está sucediendo. Ni pizca.
Claro, por primera vez, no ha hecho su entrega. No le ha traído a su sobrino envuelto para regalo, pero todo el mundo la caga. Lo arreglará. En realidad, todo el plan era idea de Billie. Un chico vivo, familiar directo, alguien a quien podía acceder sin hacerle daño y sin engañarlo. Podían vender su jugo de paja en el mercado negro, hacerse más ricas de lo que jamás hubieran podido soñar y ayudar a un puñado de mujeres destrozadas a quedarse embarazadas, porque la reprohibición es una gilipollez. Hazte rica, salva el mundo. Es casi altruismo.
—Me alegro de verte, Billie —dice la señora A con el cálido runrún del cáncer de garganta incipiente—. ¿Conozco a tu amiga?
—Soy Sandy. Sandy Nevis —se presenta la chica erizo, y le ofrece la mano.
La señora Amato no se mueve para estrechársela. Rico niega un poco con la cabeza. Retrocede, nena. La chica erizo se pega la mano contra el pecho, como si la hubiesen herido.
—La encontré junto a la carretera. Había tenido un accidente de coche. Le dije que tenía que ir al hospital, pero…
—Le contesté que recibiría una recompensa por sus servicios —la interrumpe Billie, distraída por el reluciente brillo de la tormenta que se ve a través de la cortina de agua. Parpadea como una luz estroboscópica.
—Ah, ¿sí? Seguro que podemos arreglarlo. Pero ¿qué te ha pasado a ti, querida? —pregunta la señora Amato. Agita la pajita de acero de su vaso. Tintinea contra el borde. Lima y gaseosa. Le llega el olor cítrico. Billie nunca la ha visto beber alcohol—. ¿Un accidente? Qué traumático —resuella. Su mano, sobre el pecho, parece una araña—. ¿Necesitas un trago?
—Estoy bien.
Aunque eso es justo lo que le gustaría. Muchísimo, por favor, y gracias. Y unos bonitos analgésicos, que un profesional le dé unos cuantos puntos en la cabeza y una cama con sábanas limpias. Pero la falsa preocupación es una nota discordante, como el tintineo de la pajita de acero contra el cristal.
—A mí no me importaría —dice Sandy (antes chica erizo)—. ¿Tiene té helado?
Nadie le hace caso.
—Nos preocupa que hayas llegado sin tu preciado paquete. ¿Verdad, Rico?
—Mucho —responde Rico.
Perrita buena, piensa Billie. Dale una galletita.
—Dije cinco mil dólares. Por la recompensa. Puede que sea mejor encargarse de eso primero para que la chic…, para que Sandy pueda irse. Puede descontarlo de mi porcentaje.
—Hum —dice la señora Amato—. Es una cifra interesante para no haber traído nada.
—¿Sabe qué? Da igual —tartamudea Sandy—. Será mi buena obra del día. ¡Encantada de ayudar!
—Quédate, querida. Deja que los adultos terminen de charlar.
—Oh. No, de verdad que debería…
—Quédate —dice Rico, que enseña los dientes con una sonrisa de concurso de belleza.
La tensión le chirría dentro y Billie no logra controlarla. El gris intenso del cielo a través de la lluvia. El sol detrás de las nubes. En Sudáfrica lo llaman «boda de mono». Es señal de buena suerte, ¿no?
—Señora Amato, con todo el respeto, la situación ya es lo bastante complicada… —intenta decir, dragando las palabras a través del lodo y el brillo.
—Eso es lo que parece. ¿Dónde está el paquete, Billie?
—Mi hermana. Se puso nerviosa. Se lo llevó.
Le suena a excusa mala.
—¿Tu hermana? —pregunta Sandy sorprendida—. No me dijiste…
—Pero no está perdido —la interrumpe Billie. Todavía no. Se protege los ojos con los dedos extendidos en abanico—. Cole se asustó y se fue, pero conocía el plan. Seguiría el plan. Y el todoterreno lleva un dispositivo de seguimiento, ¿no? Así que podemos seguirla, y yo la traeré. No hay problema.
—Ha sido un placer conoceros a todas, pero de verdad es que tengo que volver a mi… saneamiento —dice la chica erizo.
—Ha sido de gran ayuda. ¿Podemos darle su recompensa y concentrarnos en el asunto principal?
—¿Y necesitas ayuda, Billie? —pregunta la señora Amato, que deja el vaso en la mesa. Las diminutas burbujas suben a la superficie, empujadas por sus propias corrientes.
Concéntrate, joder.
—No. Si podemos localizar el coche, yo la encontraré. Puedo traerla. Confíe en mí.
—¿Necesitas un arma? ¿Te sería de ayuda? —pregunta ella. El alquitrán de su voz se vuelve más meloso. Para ahogarte mejor, querida mía.
—No creo que sea necesario.
—Pero tu hermana te atacó. Necesitas protección. Esta mujer necesita un arma, ¿no crees, Rico?
—Sí, señora A. Creo que todo el mundo debería ir armado, por su propia tranquilidad.
—De verdad que no…
—Dale una pistola, Rico.
La guardaespaldas se mete los dedos multicolores en la chaqueta y saca la pistola que lleva bajo la axila; le da la vuelta y pone la culata en las manos de Billie.
—Oh —dice Sandy, que la mira con los ojos muy abiertos, como si nunca hubiera visto una—. Oh. No. —Da un paso atrás sin darse cuenta y resbala sobre las baldosas mojadas.
El peso del arma que tiene de repente en las manos desconcierta a Billie. Está a punto de dejarla caer.
—¿Qué? No, no necesito una pistola. —Se la devuelve a Rico—. No la quiero.
—No quiere la pistola.
Rico se encoge de hombros, le parece justo. Hace el gesto de guardarla. Sandy está retrocediendo hacia la puerta, con las manos en alto. Que todo el mundo se calme. Y, como si fuera fruto de un capricho, de una idea de última hora, Rico levanta el revólver, el metal oscuro entre los dedos arcoíris que lo mantienen firme con ambas manos, y dispara. El ruido sordo la sorprende; es como un coche estrellándose contra el cráneo de Billie. Otro accidente de coche.
—¡Joder! ¡Qué coño haces!
Se agacha e intenta protegerse la cabeza con las manos. Roza con los dedos el cuero cabelludo suelto. Y, en ese segundo, une las piezas. Le han disparado.
Le han disparado.
A ella.
No, a ella no.
A Sandy Nevis, saneamiento. Ha caído de espaldas sobre una de las tumbonas de madera de la piscina; los bajos del mono se le han subido y han dejado al descubierto su piel, con un pie estirado como una bailarina dentro su calcetín mojado. Su rostro es una masa roja. Billie no le encuentra sentido. Es un truco de la perspectiva, que la engaña. Puré de patatas con salsa de tomate, como cuando eran niñas. ¿Cómo podéis comeros eso?, preguntaba papá.
—Ups —dice Rico, y envuelve la pistola en una toalla—. Has dejado tus huellas en mi pistola.
—Qué desastre, Billie —dice la señora Amato mientras agita su bebida, metal contra cristal—. Menudo lío has montado.
—No es culpa mía —susurra.
No puede mirarlas. No puede mirar a Sandy, a su cadáver. De nuevo le palpita la cabeza. La sangre le acude a los oídos, como si estuviera bajo el agua.
—¿Sabes qué odio, Rico?
—Seguro que muchas cosas, señora A. Un catálogo entero.
—Pero ¿puedo decirte lo que odio más que nada? Odio que mi gente no acepte su responsabilidad.
—Sí, eso lo sabía, señora A. Lo odia. La falta de responsabilidad.
—Lo siento —logra decir Billie. No puede levantarse. La gravedad ha cambiado. Ya no cumple su función, igual que le pasa a su lengua dentro de la boca cuando farfulla las palabras—: La cagué. Lo siento. Se lo compensaré.
—Puede que sea demasiado tarde para sentirlo. Aquí estoy, esperando con impaciencia a un niño, y… ¿qué veo? Que no hay niño. No está aquí. Y tu hermana ha huido con él. Y las pruebas, lo que ha hecho contigo, no indican que tengas la situación controlada. ¿Traer a una testigo a mi casa? ¿Crees que soy estúpida? ¿Crees que porque Thierry no esté aquí yo seré la blanda, la tonta? Sabes que las mujeres tenemos que trabajar más para demostrar que valemos. Y ahora más que nunca, tal como está el mundo.
—Puedo encontrarla. Traeré al chico. —Sílabas vacías. Di algo, lo que sea, piensa Billie. Cierra el trato. No las obligues a dispararte en la cara, como a Sandy, la erizo. Los traumatismos craneales, de uno en uno—. Soy la única que puede encontrarlos.
Rico se encoge de hombros.
—Tenemos el dispositivo de rastreo, como has dicho. Si ahora no tienen cobertura satélite, pronto la tendrán.
—No, no lo entiendes. Soy la única. —Dilo como si te lo creyeras o estás muerta, zorra. Con la cabeza llena de puré de patatas ensangrentado bajo la lluvia—. Está paranoica. Cole. Mi hermana. —La voluntad de vivir. La convicción del miedo—. Ha dejado la medicación. Es bipolar.
Mentir siempre le había resultado fácil. Desde que era pequeña y comprendió que podía rehacer la realidad con palabras o, al menos, cambiarla lo suficiente para que otras personas dudasen de ella—. Por eso me atacó. Es peligrosa. Puede que le haga daño al niño. Y ninguna queremos eso, ¿verdad? Soy la única que la conoce. Dejará la camioneta en cuanto pueda. Se dirigirá a México o a Canadá. La conozco. Y a Miles. El chico confía en mí. Si quiere traerlo aquí, me necesita. —Lo repite—. Me necesita.
—¿Qué te parece, Rico?
—Si alguien la ha cagado, lo mejor es que se encargue de limpiar la cagada.
—Con supervisión. Tú te vas con ella. Zara y tú. No, no protestes, Billie, querida. Es imposible que lo hagas tú sola. Ya lo has demostrado.
—Personal de limpieza al pasillo tres —dice Rico con su sonrisa vacía de reina de la belleza, toda dientes con fundas y encías rosas.
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