Читать книгу: «Ruckus»
Gracias por comprar este ebook. Esperamos que disfrutes de la lectura.
Queremos invitarte a que te suscribas a la newsletter de Principal de los Libros. Recibirás información sobre ofertas, promociones exclusivas y serás el primero en conocer nuestras novedades. Tan solo tienes que clicar en este botón.
Ruckus
Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
Página de créditos
Ruckus
V.1: Febrero, 2021
Título original: Ruckus
© L. J. Shen, 2017
© de la traducción, Eva García Salcedo, 2021
© de esta edición, Futurbox Project S. L., 2021
Todos los derechos reservados.
Los derechos morales de la autora han sido declarados.
Diseño de cubierta: RBA Designs
Publicado por Chic Editorial
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-17972-47-9
THEMA: FR
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Ruckus
Incluso en la oscuridad, ella era la estrella que lo iluminaba todo…
Para Rosie, Dean Cole es un amor prohibido, pero es el único que la hace sentir viva. Dean es fascinante y salvaje a partes iguales. Vive en un mundo sin reglas y su oscuro pasado lo persigue sin tregua. Para él, Rosie es como una estrella: brillante, efímera e inalcanzable. Y Dean está dispuesto a luchar contra todo para hacerse con su luz.
Una novela de segundas oportunidades de L. J. Shen, autora de Vicious
«Cada libro de L. J. Shen es mejor que el anterior. Esta serie me encanta.»
Kylie Scott, autora best seller
A Kristina Lindsey y Sher Mason
«Porque el canto de las aves puede ser bello,
pero no cantan para ti,
y si crees que mi invierno es demasiado frío
no mereces mi primavera».
Erin Hanson
Las estrellas son conocidas por simbolizar lo eterno. Desde tiempos inmemoriales, han sido una constante en el cielo. Los primeros habitantes de la Tierra miraban el mismo cielo que nosotros ahora. Y nuestros hijos.
Y nuestros nietos.
Y los nietos de nuestros nietos.
Asimismo, las estrellas simbolizan el ciclo de la vida, la soledad y la gravedad. Brillan en la energía oscura, presente en casi todo el espacio, y nos recuerdan que, incluso en la oscuridad total, siempre hay algo dispuesto a iluminarnos.
Prólogo
Rosie
Probablemente debería aclarar algo antes de empezar. Mi historia no tiene un final feliz. No lo tendrá. No puede tenerlo. Da igual lo alto, guapo, rico o encantador que sea mi príncipe azul.
Y mi príncipe azul era todas esas cosas. Vaya si lo era; eso y más.
El único problema: no era realmente mío. Era de mi hermana. Pero hay algo que debéis saber antes de juzgarme.
Yo lo vi primero. Lo deseé primero. Lo amé primero.
Pero eso dio igual cuando Dean Cole, al que todos llamaban Ruckus, el Liante, besó a mi hermana en mis narices el día que Vicious le forzó la taquilla.
Lo que tienen esos momentos es que nunca sabes con certeza cuándo empiezan y cuándo acaban. Tu vida se detiene y no te queda otra que afrontar la realidad. La realidad es un asco. Creedme, sé de buena tinta lo dura que es.
La vida no es justa.
Así me lo demostró mi padre cuando cumplí dieciséis años y quise empezar a salir con chicos. Su respuesta fue categórica.
—No, por Dios.
—¿Por qué no? —Me dio un tic en el párpado por el mosqueo—. Millie empezó a salir con chicos a esa edad.
Eso era cierto. Cuando vivíamos en Virginia, salió cuatro veces con el hijo del cartero. Papá resopló y me señaló con el dedo índice. «Buen intento».
—Tú no eres tu hermana.
—¿Qué significa eso?
—Ya sabes lo que significa.
—No, no lo sé.
Claro que lo sabía.
—Significa que tienes algo que ella no tiene. No es justo, pero nadie dijo que la vida fuera justa.
Otro hecho que no podía rebatir. Papá decía que era un imán para los malotes, pero eso era como endulzar una bola de tierra y clavos oxidados. Me percaté de la queja que subyacía bajo sus palabras, de verdad, sobre todo porque siempre había sido su princesita. Rosita. La niña de sus ojos.
Era picantona. No lo hacía a propósito. A veces, incluso era una carga inoportuna. Pestañas espesas, melena color caramelo, piernas largas y pálidas, unos labios suaves y carnosos que ocupaban casi toda mi cara. El resto era pequeño y maduro, atado con un lazo de satén rojo y una expresión seductora que no podía borrar por más que lo intentara.
Llamaba la atención. La de los mejores. La de los peores. ¡Qué demonios! La de todos.
Cuando vi el beso entre Dean y Emilia, el corazón se me hizo añicos, traté de convencerme de que habría otros chicos. Pero siempre habría una sola Millie.
Además, mi hermana merecía algo así. Merecía a Dean. Papá y mamá estaban por mí las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Tenía muchos amigos en el instituto y mis admiradores hacían cola en nuestra puerta. Todas las miradas recaían en mí mientras que nadie prestaba atención a mi hermana.
No era culpa mía, pero no por ello me sentía menos culpable. Mi hermana mayor estaba condicionada tanto por mi enfermedad como por mi popularidad. Una adolescente solitaria que se ocultaba tras un lienzo, que se escondía detrás de sus cuadros. No decía nunca una palabra; prefería que sus prendas raras y excéntricas hablaran por ella.
Cuando lo recuerdo, pienso que, realmente, fue la mejor decisión. El día que vi a Dean Cole por primera vez en el pasillo, entre mates e inglés, supe que era más que un flechazo de instituto. Si fuera mío, no lo dejaría escapar. Y solo eso era un concepto peligroso con el que no podía permitirme jugar.
Mi reloj avanzaba más deprisa que el del resto. No nací como los demás.
Estaba enferma.
A veces vencía a mi enfermedad.
A veces ella me vencía.
La Rose a la que tanto querían todos se estaba marchitando, pero ninguna flor desea morir ante el público.
Cuando Emilia besó a Dean y él me miraba fijamente, la realidad se convirtió en algo complejo y agónico de lo que necesitaba huir desesperadamente. Y resolví que sería mejor así.
Vi cómo mi hermana y el único chico que hacía que se me acelerara el corazón se enamoraban delante de mis narices.
Mis pétalos iban cayendo uno a uno.
Pese a saber que mi historia no tendría un «y fueron felices y comieron perdices», no podía evitar preguntarme si tendría un final feliz, aunque solo fuera por un instante.
Dean
El verano en que cumplí diecisiete años fue una mierda, pero nada me preparó para su apoteósico final.
Todas las flechas apuntaban a la calamidad. No sabía con certeza qué camino me abocaría a él, pero, conociendo mi suerte, me preparé para un puñetazo que me enviaría directo al infierno.
Al final, todo se redujo a un momento imprudente típico de peli. Unas cuantas birras y unos porrillos chapuceros semanas antes de acabar nuestro penúltimo año de instituto.
Estábamos tumbados junto a la piscina en forma de riñón de Vicious, bebiendo la cerveza sin alcohol de su padre, sabiendo que bajo el techo de Baron Spencer podíamos hacer lo que nos diera la gana. Había chicas. Estaban colocadas. No había mucho que hacer en All Saints, California, con el verano a la vuelta de la esquina. Hacía un calor sofocante. El aire era asfixiante y el sol abrasador, la hierba amarilleaba y los jóvenes estaban cansados de sus vidas carentes de problemas y de sentido. Éramos demasiado vagos para perseguir emociones baratas, así que las buscábamos despatarrados en flotadores en forma de dónut o flamenco o tomando el sol en unas tumbonas importadas de Italia.
Los padres de Vicious no estaban en casa —¿alguna vez estaban allí?— y todos contaban conmigo para que les llevase lo suyo. Nunca decepcioné, llevé hachís del bueno y éxtasis que esnifaron con avidez sin darme las gracias siquiera, y mucho menos me lo pagaron. Pensaban que era un ricachón y un fumeta que necesitaba dinero igual que Pamela Anderson necesitaba más tetas, lo cual era una verdad a medias. Y, de todos modos, nunca me preocupaba por esas tonterías, así que lo dejé pasar.
Una de las chicas, una rubia llamada Georgia, empezó a presumir de la cámara Polaroid que le había regalado su padre durante sus últimas vacaciones en Palm Springs. Nos hizo fotos a los cuatro —a Jaime, a Vicious, a Trent y a mí— mientras presumía de atributos en un minúsculo bikini rojo. Sujetaba las fotos entre los dientes y nos las pasaba con la boca. Se le salían las tetas del bikini como la pasta de dientes del tubo. Quería restregar la polla por su canalillo, y sabía con certeza que lo haría al terminar el día.
—¡Buah, buah, esta va a molaaar! —exclamó Georgia, que alargó la última palabra hasta el infinito para darle énfasis—. Qué sexy estás, Cole —ronroneó mientras veía por la cámara cómo le daba toquecitos a la cerveza con un canuto y me pegaba con la lata en el muslo.
Clic.
La prueba de mi fechoría emergió de la cámara con un provocador siseo. Georgia sujetó la instantánea con esos labios brillantes y se agachó para pasármela. La cogí con los dientes y me la guardé en el bañador. Sus ojos siguieron mi mano mientras lo bajaba y revelaba una línea recta de vello claro debajo del ombligo que la invitaba a seguir con la fiesta. Georgia tragó saliva. Nos miramos a los ojos y, sin hablar, acordamos un sitio y una hora. Entonces, alguien se tiró de bomba y la salpicó, ella negó con la cabeza y rio sin aliento antes de pasar a su próximo proyecto de arte, mi mejor amigo Trent Rexroth.
El plan era romper la foto antes de llegar a casa, pero el éxtasis de los cojones hizo que se me olvidara. Mi madre la encontró. Mi padre usó su voz grave para echarme uno de esos sermones que me roían las entrañas cual arsénico. ¿Y cómo acabé yo? Me enviaron a pasar el verano con mi tío, quien, por cierto, me caía como el puto culo.
Sabía que no valía la pena discutir con ellos. Lo último que necesitaba era decir alguna gilipollez que pusiera en peligro mi estancia en Harvard cuando faltaba un año para graduarme. Había trabajado duro por ese futuro, por esa vida. Se extendía ante mí en todo su esplendor: jets privados, multipropiedades, vacaciones en los Hamptons. Así es la vida. Cuando algo bueno cae en tus manos, no solo te aferras a ello, sino que lo agarras con la fuerza justa como para romperlo.
Fue una de las tantas lecciones de vida que aprendí demasiado tarde.
Total, que acabé cogiendo un avión rumbo a Alabama para pasar dos meses en una maldita granja antes de mi último año de instituto.
Trent, Jaime y Vicious se pasaron el verano bebiendo, fumando y follando con chicas en su propio territorio. Yo, en cambio, regresé con un ojo morado, cortesía del señor Donald Whittaker, alias el Búho, después de la noche que me cambió para siempre.
—La vida es como la justicia —me dijo Eli Cole, mi abogado/padre, antes de subir al avión que me llevaría a Birmingham—. No siempre es justa.
Qué gran verdad, joder.
Ese verano me obligaron a leer la Biblia de cabo a rabo. El Búho les contó a mis padres que se había convertido al cristianismo y que era un gran estudioso de las Sagradas Escrituras. Lo confirmó obligándome a leerla con él durante nuestras pausas para almorzar. Jamón con centeno y el Antiguo Testamento eran lo mejor que podía ofrecerme, porque el resto del tiempo se pasaba un huevo conmigo.
Whittaker era un peón agrícola. Cuando estaba lo bastante sobrio como para ser algo. Me convirtió en su ayudante. Acepté; más que nada porque así podía meterle los dedos a la hija de su vecino al acabar el día.
La hija del vecino me consideraba famoso o algo similar porque no hablaba con acento sureño y tenía coche. No iba a ser yo quien le quitara la ilusión, y menos cuando se moría de ganas de que fuera su profe de educación sexual.
Le seguía la corriente al Búho cuando me enseñaba la Biblia, pues la alternativa era pelearnos en el heno hasta que uno de los dos quedara inconsciente. Creo que mis viejos querían que recordara que la vida no solo eran coches caros y esquiar en vacaciones. El Búho y su esposa se las apañaban con muy poco. Cada mañana al levantarme, me preguntaba qué son dos meses en comparación con toda mi puta vida.
Los de la Biblia estaban chalados: incesto, colección de prepucio, Jacob luchando con un ángel (de verdad que ese libro tocó techo más o menos en el segundo capítulo), pero hubo una historia que se me quedó grabada, incluso antes de conocer a Rosie LeBlanc.
Génesis 27. Jacob se fue a vivir con Labán, su tío, y se enamoró de Raquel, la menor de las dos hijas de Labán. Raquel era un pibón, feroz, elegante y estaba para mojar pan, que es como se la describe, aunque no con tantas palabras.
Labán y Jacob llegaron a un acuerdo. Jacob trabajaría para su tío durante siete años y luego se casaría con su hija.
Jacob hizo lo que acordaron y se dejó la piel trabajando bajo el sol día tras día. Al cabo de siete años, Labán se acercó y le dijo que por fin podía casarse con su hija.
Pero había truco: no le concedía la mano de Raquel, sino la de su hermana mayor, Lea.
Lea era una buena mujer. Jacob lo sabía.
Era simpática. Sensata. Comprensiva. Tenía un culo bonito y unos ojos delicados. Estoy parafraseando. Excepto la parte de los ojos. Eso estaba en la Biblia tal cual.
Sin embargo, no era Raquel.
No era Raquel y Jacob quería a Raquel. Solo. A. La. Puñetera. Raquel.
Jacob discutió, luchó y trató de hacer entrar en razón a su tío, pero fue en vano. Incluso por aquel entonces, la vida era como la justicia. De todo menos justa.
—Trabaja siete años más y dejaré que te cases también con Raquel —le prometió Labán.
Así pues, Jacob esperó.
Y esperó.
Y aguantó.
Y eso, como cualquier persona con medio cerebro sabe, solo sirve para que te desesperes más por aquello que te obsesiona.
Pasaron los años. Lentamente. Penosamente. Insensiblemente.
Mientras tanto, estaba con Lea.
No sufrió. No per se. Lea lo trataba bien. Era una apuesta segura. Daría a luz a sus hijos, algo que, tal y como averiguaría con el tiempo, Raquel no podía hacer.
Jacob sabía lo que quería, y puede que Lea se pareciera a Raquel, que oliera a ella y, qué coño, que hasta se sintiera como Raquel, pero no era ella.
Le costó catorce años, pero, al fin, Jacob se ganó la mano de Raquel con todas las de la ley.
Puede que Raquel no hubiera sido bendecida por Dios y Lea sí. Pero aquí quería llegar yo.
A Raquel no le hacía falta estar bendecida.
Era amada.
Y a diferencia de la justicia y la vida, el amor sí es justo.
Es más, en algún momento, bastaría con eso.
En algún momento, el amor lo sería todo.

A las siete semanas de empezar mi último año de instituto, otro desastre decidió explotarme en la cara de manera espectacular. Se llamaba Rosie LeBlanc y tenía unos ojos como dos lagos helados en invierno en Alaska. Así de azules.
El momentazo me cogió por las pelotas y me las retorció con fuerza en cuanto Rosie abrió la puerta de la casa de los empleados del hogar de Vicious. Porque no era Millie, aunque se parecía a Millie… Más o menos. Rosie era más pequeña, más baja, tenía los labios más carnosos, los pómulos más altos y las orejitas puntiagudas de una duendecilla traviesa. Pero, a diferencia de Emilia, no llevaba ropa estrambótica. Unas chanclas con unas estrellas de mar dibujadas, pitillos negros con un agujero enorme en las rodillas y una sudadera negra andrajosa con el nombre de un grupo que no conocía estampado en blanco. Nacida para mezclarse entre la gente, pero, como descubrí más tarde, destinada a brillar como un puñetero faro.
Cuando nuestras miradas se enredaron, el rubor le tiñó las mejillas de un rojo intenso y descendió por su cuello hasta perderse bajo su sudadera. Eso me reveló todo lo que necesitaba saber. Para mí, ella era una extraña, pero, para ella, yo era un rostro familiar. Un rostro que estudiaba, escrutaba y observaba. Todo el tiempo.
—¿Estamos participando en un concurso de miradas y no me he enterado? —Recobró la compostura al instante. Había algo en el tono áspero de su voz que casi sonaba antinatural. Muy débil. Muy ronco. Muy ella—. Porque hace veintitrés segundos que he abierto la puerta y aún no te has presentado. Además, has pestañeado dos veces.
En principio, había ido a pedirle una cita a Emilia LeBlanc. La arrinconé como a un animalillo asustado y no le dejé escapatoria. No me dio su número. Cazador por naturaleza, fui paciente y esperé hasta tenerla lo bastante cerca para abalanzarme sobre ella, pero no estaba de más echarle un ojo a mi presa de vez en cuando. Sin embargo, si os soy sincero, no perseguía a Emilia en sí. La emoción de la persecución siempre hacía que me hormiguearan las pelotas y, para mí, ella suponía un desafío que otras chicas no. Era carne fresca y yo era un carnívoro insaciable. Y no esperaba toparme con esto.
Esto lo cambiaba todo.
Me quedé ahí plantado como si fuera mudo y le mostré mi sonrisa de venganza, burlándome de ella, pues hasta cierto punto me estaba provocando. Entonces, se me ocurrió que quizá en ese momento en concreto yo no era el cazador. Quizá, por una milésima de segundo, yo era Elmer Gruñón, estaba en la selva, no tenía balas y acababa de divisar a una tigresa enfadada.
—Pero ¿la cosa esta habla? —preguntó la tigresa frunciendo las cejas. Se inclinó hacia delante y me dio un golpe en el pecho con su pequeña garra.
Me había llamado «cosa». Me estaba ridiculizando. Minando. Tocándome los cojones.
Puse mi mejor cara de inocente —lo que ya de por sí me costó un huevo porque olvidé lo que era la inocencia antes de que tiraran mi cordón umbilical a la basura—, apreté los dientes y negué con la cabeza.
—¿No puedes hablar? —Se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta mientras arqueaba una ceja con actitud escéptica.
Asentí con la cabeza y contuve una amplia sonrisa.
—Y una mierda. Te he visto en el insti. Dean Cole. O Ruckus, que es como te llaman. No solo hablas, sino que casi nunca te callas.
«No veas con la duendecilla. Reprime esa rabia y guárdatela para cuando te lleve al huerto».
Para que os hagáis una idea de lo sorprendido que estaba, antes que nada, debéis saber que jamás ninguna chica me había hablado así. Ni siquiera Millie, y diría que Millie era la única estudiante inmune a mi encanto de deportista americano buenorro que te arrancaría las bragas de un bocado. ¡Por eso me fijé en ella precisamente!
Pero, como decía, los planes cambian. Tampoco es que estuviéramos saliendo ni nada de eso. Llevaba semanas lamiéndole el culo a Millie, meditando si valía la pena ir detrás de ella o no, pero ahora que me daba cuenta de que me estaba perdiendo a esta polvorilla, había llegado el momento de que me quemase con su fuego.
Esbocé otra sonrisa picarona. Esta en concreto fue la que hizo que se me conociera como Ruckus en los pasillos de All Saints hace dos años. Porque lo era. Era un liante de cojones, sembraba el pánico allá donde iba. Todos lo sabían. Profesores, alumnos, la directora Followhill y hasta el sheriff del condado.
Si querías drogas, acudías volando a mí. Si querías un fiestón, venías a mí. Si querías un polvazo, venías y te corrías. Y eso era lo que mi sonrisa, que había ensayado desde los cinco años, le decía al mundo.
Si algo es corrupto, guarro y divertido, me apunto.
Y me daba la impresión de que me lo iba a pasar teta corrompiendo a esta chica.
Me miró los labios con ojos pesados. Anhelantes. Febriles. Era fácil leerlos. Chicas de instituto. Aunque no sonreía tanto como el resto ni me invitaba en silencio a tontear con ella.
—Conque sí hablas… —escupió en tono acusador.
Me chupé el labio inferior y lo solté con deliberada lentitud para provocarla.
—A lo mejor sé algunas palabras, después de todo. —Me acerqué a su cara con un siseo—. ¿Quieres oír las más interesantes?
Mis ojos me rogaban que me restregara por su cuerpo, pero mi cerebro me decía que esperara. Opté por hacer caso a este último.
Estaba relajado.
Era astuto.
Pero, por primera vez en años, no tenía ni idea de qué coño hacía.
Me obsequió con una sonrisa torcida que me dejó sin habla. Redujo un montón de palabras a un solo gesto que me indicó que mi intento de hacerle la pelota no la había impresionado en lo más mínimo. ¿Le gustaba? Sí. ¿Se había fijado en mí? Por supuesto. Pero ya podía ir currándome más el tonteo si quería conseguir mi objetivo. Me daba igual lo que costara llegar a él; estaba listo para la aventura.
—¿Quiero?
Estaba coqueteando inconscientemente. Bajé la barbilla y me incliné hacia delante. Era grande, autoritario y seguro de mí mismo. Y problemático. Seguramente ya se habría enterado, pero si no, estaba a punto de hacerlo.
—Creo que sí —dije.
Hacía un momento, iba a pedirle una cita a su hermana —hermana mayor, supongo. Rosie parecía más joven. Además, si hubiera sido de los mayores, la habría reconocido—, y mira tú por dónde, el destino hizo que abriera la puerta y cambiara de planes.
Bebé LeBlanc me miró raro, como desafiándome a continuar. Justo cuando abrí la boca, de pronto vi a Millie corriendo hacia la puerta del pequeño y asfixiante salón como si huyera de una zona de guerra. Abrazaba un libro de texto contra su pecho y tenía los ojos hinchados y rojos. Me miró fijamente y, por un segundo, pensé que me iba a arrear en la cara con el libro de dos kilos.
Al echar la vista atrás, desearía que lo hubiera hecho. Habría sido mucho mejor que lo que realmente hizo.
Millie apartó a la duendecilla de un empujón como si no estuviera allí, se arrojó a mi pecho con una actitud inusualmente cariñosa y me besó como una posesa.
Mierda.
Eso era malo.
No el beso. El beso estuvo bien, diría. No me dio tiempo a procesarlo, abrí los ojos y miré a la elfa de orejas puntiagudas. Parecía horrorizada. Nos miraba con esos ojos azul aciano, asimilando la situación y haciéndose una idea de los tres que no estaba dispuesto a aceptar.
¿Qué hacía Millie? Apenas unas horas atrás, seguía fingiendo que no me veía por los pasillos, ganaba tiempo, buscaba espacio y simulaba indiferencia. Y ahora la tenía encima como un sarpullido después de un rollete de una noche de dudosa procedencia.
Me aparté de ella con delicadeza y le puse las manos en las mejillas para que no se sintiera rechazada mientras me aseguraba de que había suficiente espacio entre nosotros para que la duendecilla se interpusiera. La proximidad de Emilia no era bienvenida, y era la primera vez que eso me pasaba con una tía buena.
—Hola —dije. Mi voz no sonó tan alegre como de costumbre ni siquiera para mis oídos. Esto no era propio de Millie. Había pasado algo, y creí saber quién estaba detrás del numerito. Me hirvió la sangre y respiré hondo para no perder el control—. ¿Qué ha pasado, Mil?
El vacío de sus ojos me dio náuseas. Casi me pareció oír cómo se le partía el corazón. Me arriesgué a mirar a Bebé LeBlanc mientras me preguntaba cómo coño iba a salir de esa. Rosie retrocedió un paso y se quedó mirando a su hermana, que, hecha un cristo, seguía intentando abrazarme. Millie estaba angustiada. No podía rechazarla. No podía en ese momento.
—Vicious —dijo la hermana mayor tras sorberse los mocos con fuerza—. Vicious es lo que ha pasado.
Entonces señaló el libro de mates como si fuera una prueba.
Volví a mirar a Emilia LeBlanc, Millie, a regañadientes.
—¿Qué te ha hecho el gilipollas ese? —Le arrebaté el libro de las manos y lo hojeé en busca de comentarios desagradables o dibujos ofensivos.
—Me ha forzado la taquilla y me ha robado. —Volvió a sorberse los mocos—. Y después me la ha llenado de envoltorios de condones y basura.
Se limpió la nariz con el dorso de la manga.
La madre que parió al cabrón de Vicious. Era el otro motivo por el que quería salir con Millie. Desde muy joven, sentí la necesidad de proteger a los marginados. Un punto débil y toda esa mierda. No era ni tan malo como Vicious ni tan bueno como Jaime. Tenía mis principios y el acoso era una línea roja y larga trazada con sangre.
Si hablamos de marginados, Millie era el típico chucho pulgoso que temblaba bajo la lluvia y que necesitaba un hogar. Intimidada en el instituto y acosada por uno de mis mejores amigos. Tenía que hacer lo correcto. Tenía que hacerlo, pero ya no quería.
—Me encargaré de él —solté intentando no ser brusco—. Vuelve dentro.
«Y déjame con tu hermana».
—No hace falta, en serio. Me alegro de que estés aquí.
Eché un vistazo a la chica que estaba destinada a ser la Raquel de mi Jacob, esta vez con nostalgia porque supe que no tendría ninguna posibilidad con ella en cuanto su hermana me besó para vengarse del puñetero Vicious.
—He estado pensándolo. —Millie parpadeó rápido, demasiado preocupada por sus problemas como para darse cuenta de que apenas la había mirado desde que había entrado por la puerta. Demasiado ocupada para notar que su hermana estaba ahí—. Y me he dicho: «¿Por qué no?». Me gustaría mucho salir contigo.
No, no quería salir conmigo. Lo que quería era que la protegiera.
Millie necesitaba que la salvaran.
Y yo, fumarme un porro.
Suspiré y abracé a la hermana mayor por la nuca. Enterré los dedos en sus mechones castaño claro sin dejar de mirar a Bebé LeBlanc. A mi pequeña Raquel.
«Haré las cosas bien», le prometieron mis ojos, más optimistas que yo, eso era evidente.
—No hace falta que salgas conmigo. Puedo hacerte la vida más fácil siendo tu amigo. Pídemelo y le daré una paliza que se va a enterar —susurré cerca de su oreja completamente curva, con los ojos clavados en su hermana.
Millie negó con la cabeza y la hundió más en mi hombro.
—No, Dean. Quiero salir contigo. Eres simpático, gracioso y compasivo.
«Y tu hermana me tiene completamente fascinado».
—Lo dudo, Millie. Llevas semanas dándome largas. Esto es por Vic y los dos lo sabemos. Bebe un vaso de agua. Piénsatelo mejor. Hablaré con él mañana por la mañana en el entreno.
—Por favor, Dean. —Su voz temblorosa se estabilizó mientras me cogía de la camiseta de marca con los puños y me acercaba a ella al mismo tiempo que me alejaba de mi nueva y deslumbrante fantasía—. Ya soy mayorcita. Sé lo que hago. Vámonos.
—Eso, idos —gruñó Bebé LeBlanc señalándonos—. Que tengo que estudiar y me vais a distraer. Ahogaré a Vicious si lo veo en la piscina —dijo en broma mientras flexionaba sus escuálidos brazos.
Rosie era una pésima alumna que cateaba todo, pero yo no lo sabía por aquel entonces. No quería estudiar. Quería salvar a su hermana.
Me llevé a Millie a tomar un helado, esta vez sin mirar atrás.
Me llevé a Millie cuando debería haberme llevado a Rosie.
Me llevé a Millie e iba a matar a Vicious.
Capítulo uno
Rosie
Presente
¿Qué te hace sentir viva?
La condensación. Porque me recuerda que sigo respirando.
Supongo que esto se considera hablar con uno mismo, y lo he hecho siempre.
Era como si me hubieran implantado en el cerebro una voz que no era la mía para formular la misma pregunta que prefería no contestar. Era la voz de un hombre. Nadie conocido, creo. Me recordaba que seguía respirando, lo cual no era necesariamente algo que diera por sentado. En aquella ocasión, la respuesta flotó en mi cabeza como una burbuja a punto de estallar. Aplasté la nariz en el espejo del ascensor del deslumbrante rascacielos en el que vivía y exhalé por la boca, con lo que creé una espesa nube de niebla blanca. Me aparté para contemplar mi obra.
El hecho de que siguiera respirando era un «jódete» en mayúsculas para mi enfermedad.
Fibrosis quística. Cada vez que alguien me preguntaba, procuraba ahorrarle los detalles. Lo único que tenían que saber era que me la diagnosticaron a los tres años, después de que mi hermana Millie me lamiera la cara y dijera que estaba «muy salada». Era una mala señal, así que mis padres me llevaron al médico. Los resultados lo confirmaron: enfermedad pulmonar. Sí, se puede tratar. No, no tiene cura. Sí, afecta muchísimo a mi vida. Me paso el día tomando pastillas, voy a fisioterapia tres veces por semana, tengo que respirar por el inhalador cada dos por tres y probablemente moriré en los próximos quince años. No, no necesito vuestra compasión, no me miréis así.
Con el uniforme verde de enfermera, el pelo enredado y los ojos vidriosos por la falta de sueño, recé en mi fuero interno para que se cerrara la puerta del ascensor y me llevara a mi apartamento en la décima planta. Quería quitarme la ropa, darme un baño caliente y tumbarme en la cama a ver Portlandia. Y no quería pensar en mi ex, Darren.
De verdad que no quería pensar en él.
El ruido de unos tacones altos que venían de la calle resonó en mis oídos. Parecía salido de la nada y se oía cada vez más fuerte. Me volví hacia el vestíbulo y ahogué una tos. La puerta del ascensor se estaba cerrando cuando una mano con las uñas pintadas de rojo chillón se coló por la rendija en el último segundo y abrió la puerta con una risa estridente.
Fruncí el ceño.
Otra vez no.
Pero, cómo no, era él. Irrumpió en el ascensor con un tufo a alcohol suficiente para envenenar a un elefante adulto hasta matarlo, pertrechado con dos chicas al estilo Mujeres desesperadas. La primera era la lumbrera que había sacrificado su brazo para coger el ascensor; una joven con el pelo rojo y sedoso de Jessica Rabbit y un escote que no dejaba nada a la imaginación por muy ingenioso que fueras. La segunda era una morena bajita con el culo más redondo que jamás le había visto a un ser humano y un vestido tan corto que sería posible someterla a una prueba ginecológica sin necesidad de quitarle la ropa.
Ah, y luego estaba Dean Cole, Ruckus.
Tan alto como una estrella de cine, ojos verde oscuro, tan brillantes que parecían radiactivos, insondables, pelo castaño oscuro de recién follado y un cuerpo que dejaría en ridículo a Brock O’Hurn. Injustamente sexy; tanto era así que no te quedaba otra que apartar la vista y rezar para que tu ropa interior fuera lo bastante gruesa como para absorber tus fluidos. En serio, el tío estaba tan bueno que seguro que tenía prohibido pisar países ultrarreligiosos. Por suerte para mí, sabía que el señor Cole era un capullo de primer orden, por lo que era prácticamente inmune a su encanto.
«Prácticamente» es la palabra clave.
Era guapo, pero también un desastre de dimensiones épicas. ¿Sabéis esas mujeres que quieren al típico tío atractivo y vulnerable que está hecho mierda para enderezarlo y cuidar de él? Dean Cole sería su sueño húmedo. Porque le pasaba algo. Me daba pena que sus más allegados no vieran las luces parpadeantes de neón (el alcohol, el consumo excesivo de marihuana y su adicción a todo lo pecaminoso y divertido). Sin embargo, Dean Cole no era asunto mío. Además, ya tenía bastante con lidiar con mis propios problemas.
El Buenorro hipó, pulsó el botón del ático quinientas veces y se balanceó en el reducido espacio que compartíamos los cuatro. Tenía los ojos febriles y el sudor que perlaba su piel olía a brandy puro. Un alambre grueso y oxidado me ciñó el corazón.
Su sonrisa no parecía de alegría.
—Bebé LeBlanc.
El tono perezoso de Dean me llegó al bajo vientre y me dejó ahí clavada. Dean me cogió por el hombro y me giró hasta tenerme cara a cara. Sus acompañantes me miraron como si fuera un saco de huevos podridos. Apoyé las palmas en su pecho de hierro y acero y lo alejé de mí.
—Ojo. Hueles como si te acabaras de tragar la destilería Jack Daniel’s entera —dije inexpresiva.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio. Esta vez, su sonrisa fue sincera; se lo estaba pasando en grande con nuestra extraña conversación.
—Esta chica… —Me abrazó por el hombro y me atrajo a su pecho. Me señaló con la mano con la que sujetaba el cuello de una botella de cerveza y miró a sus acompañantes con una sonrisa tonta—. Está que te cagas y tiene un coco y un ingenio que eclipsarían a Winston Churchill en su mejor momento —dijo efusivamente. Seguro que pensaron que Winston Churchill era un personaje de Cartoon Network. Dean se volvió hacia mí. De pronto, frunció el ceño—. Lo cual haría que muy probablemente fuera una arpía y una guarra, pero no lo es. La muy cabrona es supermaja. De ahí que sea enfermera. Esconder ese culito bajo el uniforme debería ser un crimen, LeBlanc.
—Lamento decepcionarle, agente Fumeta, pero solo soy voluntaria. En realidad, trabajo de camarera —lo corregí mientras me alisaba el uniforme con la mano, me zafaba de su agarre y sonreía con educación a las chicas. Me ofrecí para ser voluntaria en una UCIN tres veces por semana, monitoreando incubadoras y limpiando cacas de bebé. Carecía del talento artístico de Millie y la suerte de los Buenorros, pero tenía mis pasiones, la gente y la música, y me preocupaba tanto por mis aspiraciones como ellos por su modus vivendi. Dean tenía un máster en Administración de Empresas por la universidad de Harvard y una suscripción al New York Times, pero ¿eso lo hacía mejor que yo? Pues claro que no. Trabajaba en una pequeña cafetería llamada The Black Hole, situada entre la Primera Avenida y la Avenida A. El sueldo era un asco, pero la compañía era buena. Pensé que la vida era demasiado corta para dedicarme a algo que no me apasionara. Sobre todo en mi caso.
Jessica Rabbit puso los ojos en blanco. La morenita encogió un hombro, nos dio la espalda y se puso a juguetear con el móvil. Pensaban que era una guarra de lo más salada. Tenían razón. Literalmente, lo era. Pero para literal el chasco que se iban a llevar al despertar al día siguiente. Me sabía de memoria el ritual de mi vecino/ex de mi hermana. Por la mañana, les pediría un taxi y ni siquiera se molestaría en fingir que había guardado sus números en la agenda.
Por la mañana, se comportaría como si no fueran más que un estropicio que ha tenido que limpiar. Por la mañana, estaría sobrio, tendría resaca y sería un desagradecido.
Porque era un Buenorro.
Un privilegiado, un volátil y un ególatra de All Saints que creía que se lo merecía todo y no debía nada.
«Va, ascensor, ¿por qué tardas tanto?».
—LeBlanc —bramó Dean esta vez.
Se apoyó en la pared plateada, se sacó un porro de detrás de la oreja y se puso a buscar el mechero en sus vaqueros oscuros hechos a medida. Le pasó la botella a una de las mujeres. Llevaba una camiseta de marca con cuello en forma de V de un tono verde lima que le resaltaba los ojos y lo hacía parecer más moreno, una americana negra abierta y deportivas altas. Me hacía desear chorradas. Chorradas que nunca había querido de nadie, y mucho menos de un hombre que había salido con mi hermana durante ocho meses. Así que las desterré y traté de portarme mal con él. Dean era como Batman. Lo bastante fuerte para soportarlo.
—Mañana. Tú. Yo. Brunch de domingo. Di que sí y no solo comeré comida.
Bajó la barbilla para presumir de ojos esmeralda y una expresión siniestra le cruzó el rostro. Este tío no pregunta. «Niñato», pensé con amargura. Va a hacer un trío en solo unos minutos y se pone a tirarle la caña a la hermana de su ex. Y encima delante de ellas. ¿Por qué siguen aquí?
Ignoré su patético intento por coquetear conmigo y le advertí sobre algo muy distinto.
—Como enciendas la cosa esa aquí —dije mientras señalaba su porro—, te juro que esta noche me cuelo en tu casa y te echo cera hirviendo en el paquete.
Jessica Rabbit ahogó un grito. Morenita chilló. Hombre, ellas no saldrían ilesas si eso sucediera.
—No te pases, tía —dijo la morena, que me hizo un gesto con la mano, a punto de explotar—. Qué cague, ¿no?
Ignoré a la mujer que se había maquillado con ceras de colores. En su lugar, me dediqué a mirar los números rojos que había encima de la puerta del ascensor y que indicaban que estaba cada vez más cerca de tomarme un baño, un vino y ver Portlandia.
—Contéstame. —Dean ignoró a las chicas a las que estaba a punto de tirarse y me miró con sus ojos vidriosos—. ¿Brunch? —Hipido—. ¿O nos lo saltamos todo y follamos directamente?
Superromántico, lo sé, pero, por desgracia, mi respuesta seguía siendo no.
Sinceramente, no solo me cortó el rollo su forma de intentar llevarme al huerto, sino también que hubiese elegido tan mal momento. Hacía tres semanas que Darren había recogido sus cosas y se había marchado del apartamento que habíamos compartido durante seis meses. Tuve un lío con un mecánico llamado Hal al que le entusiasmaba el metal. Cuando rompimos, empecé a salir con Darren; estuvimos nueve meses juntos. Dean aprovechó que estaba despechada para acercarse a mí. El hecho de que fuera mi casero y que solo le pagara cien dólares al mes por razones legales no facilitaba las cosas. Era copropietario de mi apartamento junto con Vicious, Jaime y Trent, y aunque sabía que no me echaría —Vicious nunca se lo permitiría—, también sabía que tenía que ser amable con él.
Pensar que era posible que me pasara todas las ETS que aparecían en WebMD hizo que resultara más fácil darle calabazas. Mucho más fácil, de hecho.
Los números rojos iban apareciendo en la pantalla.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
«Vamos, vamos, vamos».
—No —dije rotundamente cuando me di cuenta de que me seguía mirando para que contestara.
—¿Por?
Otro hipido.
—Porque no eres mi amigo y no me gustas.
—¿Y eso por qué? —insistió con una sonrisita de suficiencia.
«Porque me rompiste el corazón y no pude volver a juntar los pedazos».
—Porque eres un mujeriego empedernido.
Le di la razón número dos de mi lista titulada Por qué odio a Dean. La condenada era larga como ella sola.
Lejos de avergonzarse o desanimarse, Dean se inclinó hacia mí de nuevo y me hundió el dedo índice en la mejilla con la mano que sostenía el porro sin encender. Su expresión era tranquila y serena. Me quitó una pestaña. Tenía el dedo tan cerca de mis labios que vi el patrón redondo de su huella dactilar alrededor de mi pestaña rizada.
—Pide un deseo.
Su voz me hacía sentir lo mismo que si me rodearan el cuello con un pañuelo de satén y apretaran ligeramente.
Cerré los ojos y me mordí el labio inferior. Los abrí. Soplé la pestaña y contemplé cómo se balanceaba gradualmente, como una pluma.
—¿No quieres saber qué he pedido? —pregunté con voz ronca.
Se inclinó de nuevo hacia mí y posó los labios en mi mejilla.
—Me da igual lo que hayas pedido —dijo arrastrando las palabras—. Lo que importa es lo que necesitas. Y yo lo tengo, Rosie. Y sabes tan bien como yo que algún día te lo daré. A espuertas.
Volvía de trabajar seis horas de voluntaria en un hospital infantil en el centro, después de mi turno en la cafetería. Estaba cansada, hambrienta y tenía unas ampollas en los pies del tamaño de mi nariz. No debería haber sentido un millar de alevines nadando en mi pecho, pero así fue. Me odié por ello.
—Brunch —masculló cerca de mi cara; me acarició la piel con su aliento caliente y apestoso—. Llevas casi un año viviendo en mi edificio. Hay que revisar tu alquiler. En mi casa. Mañana por la mañana. Estaré listo cuando lo estés tú, pero más te vale aparecer. Capisci?
Tragué saliva y aparté la vista. Cuando volví a mirar arriba, se abrió la puerta del ascensor. Di un bote hacia delante, salí al pasillo casi corriendo y saqué las llaves de la mochila a toda prisa.
Espacio. Lo necesitaba. Todo el que pudiera conseguir. Ya.
Lo oía reír desde su ático en la vigésima planta, donde terminó su viaje de una noche con dos mujerones.
Después de darme un baño, servirme un vinito y disfrutar de una cena saludable y equilibrada compuesta de una bolsa de Cheetos y un líquido naranja de origen desconocido que encontré al fondo de la nevera, planté el culo en el sofá y fui cambiando de canal. Aunque quería ver Portlandia, porque me hacía sentir algo más sofisticada que mi cena, me acabé enganchando a Qué esperar cuando estás esperando.
Malísima, y no solo porque sacó un 2,2 en Rotten Tomatoes.
Sino porque me recordó a Darren.
Y pensar en Darren me hizo querer llamarlo y disculparme una vez más.
Me quedé mirando el móvil un buen rato, debatiéndome e imaginando la escena en mi cabeza a punto de explotar.
Darren respondería al teléfono.
Trataría de decirme que cometí un error garrafal.
Pero que no le importa. Que me sigue queriendo.
Pero en realidad le importa. Y mucho.
Y yo no soy lo bastante buena.
No para alguien como él.
Otra cosa que debo mencionar: a pesar de ser sarcástica por naturaleza y tener la lengua muy suelta, es todo de boquilla. No me interesa arruinarle la vida a nadie. Prefiero salvarlas. Por eso lo dejé.
Darren merecía una vida normal, con una esposa normal y los suficientes hijos como para formar un equipo de fútbol. Merecía vacaciones largas y realizar actividades al aire libre fuera de las paredes del hospital. Cuando no estuviera trabajando allí, claro. En resumen, merecía más de lo que yo nunca podría darle.
Me metí en la cama, apoyé la espalda en el cabecero y me quedé embobada mirando la puerta del cuarto con la esperanza de que ese dios hecho hombre la abriera de un empujón y me mantuviera calentita toda la noche.
Dean Cole.
Joder, cómo lo odiaba. En ese momento, más que nunca. Quería recalcular mi alquiler. No podía. Era muy pobre. Y más para los estándares de Manhattan. Además, él ganaba en un día lo que yo en dos años. ¿De verdad era necesario o es que quería vengarse de mí por no caer rendida a sus pies?
Cerré los ojos y me imaginé al imbécil de primer orden comiéndoselo a Jessica Rabbit, que se sentaba a horcajadas encima de su rostro cincelado y perfecto, mientras Morenita le hacía una mamada. Horrorizada, colé una mano por dentro de mis bragas ya húmedas, fruncí aún más el ceño y tosí suavemente.
Seguro que era un guarro. De esos que esperarían a que Jessica Rabbit se corriera para darle la vuelta y metérsela por detrás mientras tira de su pelo rojo escarlata.
Me introduje el dedo índice y, acto seguido, el del medio en busca del punto G.
Asqueada, me lo imaginé agarrando a Morenita del cuello para tumbarla bocarriba una vez que hubiese terminado con JR.
Ahora se la tiraba a ella también y le pellizcaba los pezones. Con fuerza.
Arqueé la espalda, asqueada.
Gemí con repulsión.
Y me corrí en mis dedos con aversión.
Odiaba todo lo que tuviera que ver con Dean Cole.
Todo… excepto a él.
Capítulo dos
Dean
S-E-X-O.
A eso se reduce todo, la verdad.
El mundo entero gira en torno a una única necesidad animal. Nuestro empeño por estar más guapos, hacer más ejercicio, ganar más dinero y luchar por cosas que ni siquiera necesitamos (un coche más caro, músculos oblicuos más definidos, un ascenso, un nuevo corte de pelo o cualquier chorrada que intenten vendernos en los anuncios).
Todo. Por. El. Sexo.
Cada vez que una mujer se compra un perfume, un producto de belleza o un puñetero vestido.
Cada vez que un hombre se endeuda hasta las cejas para pagar a plazos un deportivo que no es ni la mitad de cómodo y espacioso que el coche coreano que tenía hace una semana y se inyecta esteroides en el vestuario de un gimnasio que huele a cerrado. Lo. Hacen. Para. Mojar.
Aunque no lo sepan. Incluso aunque no estén de acuerdo con ello. Te has comprado esa blusa, ese Jeep y esa nariz nueva para ser más follable. Ciencia, cariño. No puedes rebatirlo.
Pasa lo mismo con el arte. Algunas de mis canciones favoritas hablaban de sexo antes de que supiera que mi pene servía para algo más que escribir mi nombre con orina en la nieve.
¿«Summer of ‘69»?, Bryan Adams tenía nueve años. Claramente se refería a su postura favorita. ¿«I Just Died in Your Arms», de Cutting Crew? Habla de orgasmos. ¿«Ticket to Ride», de los Beatles? Prostitutas. ¿«Come On Eileen»? ¿Esa puñetera canción alegre que baila todo el mundo en las bodas? Coacción sexual.
El sexo estaba en todas partes. ¿Y por qué no debería ser así? Es una puta maravilla. Siempre quieres más. Y encima se me daba bien. ¿He dicho «bien»? Tachadlo. De lujo. Eso era lo que quería decir. Porque la práctica hace al maestro.
Y que me parta un rayo si no había practicado.
Lo que me recordó que tenía que pedir otra caja de condones. Me los hacía especialmente una empresa llamada DíseloConUnaGomita. No solo diseñé el envoltorio con mi nombre (¿qué iba a hacer si algunas chicas los querían de recuerdo?) y elegí los colores (me gustaban el rojo y el morado; el amarillo no me sentaba bien: hacía que las pelotas se me vieran un poco pálidas), sino que también era muy tiquismiquis con el tipo de condón, el grado de sensibilidad y el grosor (0,0015 mm, por si os pica la curiosidad).
—Buenos días —gruñó una de las chicas mientras se desperezaba.
Me dio un beso rápido en la nuca. Siempre tardaba un rato en recordar con quién había pasado la noche, pero esa mañana fue incluso peor, ya que la noche anterior había bebido como si mi misión en la vida fuera exprimir mi hígado hasta convertirlo en ron.
—¿Has dormido bien? —preguntó la otra en tono monocorde.
Estaba de lado, de cara a la mesita de noche, leyendo el largo mensaje que me había enviado mi amigo y socio Vicious. La mayoría de la gente es breve y va al grano. Pero el muy cabrón había convertido a Siri en su esclava y la había obligado a escribir la Biblia. Despertar con un mensaje suyo era como amanecer con un tiburón mamándote la polla. Atención a lo que me escribió:
Querido capullo:
Mi prometida me ha hecho ver que es posible que la pesada de su hermana llegue tarde al ensayo del sábado porque quiere ahorrarse unos pavos cogiendo un enlace para llegar a All Saints.
Es la dama de honor de Em, por lo que tiene que venir sí o sí. Es obligatorio, y si tengo que arrastrarla de los pelos, lo haré; aunque preferiría no hacerlo. Sabes lo que me transmite ese sitio. Nueva York es una ciudad dura para el cuerpo. Los Ángeles es dura para el alma.
Pero yo no tengo alma.
Te pido como amigo que llames a la puerta de Rosie y le des otro billete. Pídele a Sue que le reserve un asiento de primera clase a tu lado y asegúrate de que embarca contigo el viernes. Encadénala al asiento si hace falta.
Seguramente te estarás preguntando por qué coño me harías un favor. Considéralo un favor para Millie, no para mí.
Está estresada.
Está preocupada.
Y no se lo merece.
Si la hermanita de Em se cree que puede hacer lo que le salga del coño, se equivoca.
Asegúrate de que se entere de lo equivocada que está, porque cada día que juega a ser la santita responsable y ahorradora, mi futura esposa sufre.
Y todos sabemos cómo me pongo cuando le hacen daño a algo que es mío.
Paz, cabronazo.
V.
No era lo que llamaría una prosa elaborada, pero así era Baron Spencer.
Me estiré y noté que un cuerpo caliente se me subía encima tras sortear el mar de seda azul oscuro y sin costuras que nos separaba. Estaba rodeado de telas caras, piel cálida y suaves curvas. La luz entraba a raudales por el enorme ventanal e iluminaba mi terraza de cien metros cuadrados, un campo de césped recién cortado emergiendo en el horizonte de Manhattan. El sol me besaba la piel. El mueble bar me pedía a gritos que me preparara un bloody Mary. Y los lujosos sofás de dos plazas de color gris y azul marino me suplicaban que me follara a las chicas para que todo Nueva York las viera y oyera.
En resumen, aquella mañana fue apoteósica.
Vicious, sin embargo, no tanto.
Por ello, me permití gozar del consuelo que me ofrecían esas dos mujeres —Natasha y Kennedy— e hice lo que Dios o la naturaleza o ambos habían dispuesto para mí: me las follé como si no hubiera un mañana. La sociedad y la reproducción y todo ese rollo.
Mientras Kennedy —la pelirroja encantadora, recordé— me daba besos por el cuello hasta llegar a mi paquete, y Natasha, la profe de yoga picantona y menudita, me comía la boca con avidez, asimilé la nueva información con un dolor de cabeza tremendo a causa de una resaca bien merecida.
Conque Millie LeBlanc estaba estresada por el ensayo… No me extrañó. Era la típica niña buena que quería que todo saliera perfecto y que se dejaba la piel para que así fuera. Todo lo contrario al hombre con el que iba a casarse, que se encargaba de mancillar tantas vidas como podía sirviéndose de su mordacidad y su pésimo comportamiento.
Millie era la persona más dulce que conocía —lo que no tenía por qué ser algo bueno, por cierto—, y Vicious era, de lejos, la más desagradable.
Supongo que lo más normal era que pensase en el «¿qué pasaría si…?» porque Millie había sido mi novia. Dado que el cerebro humano está diseñado para atar cabos, yo tenía veintinueve años y ella había sido mi única relación seria, así que es posible que la gente diera por hecho que fue mi gran amor.
La verdad, como siempre, resultó un chasco muy grande.
Millie no fue un gran amor. Me gustaba, pero no era algo feroz, privado o loco. Me preocupaba por ella y quería protegerla, pero no como si me fuera la puta vida en ello, que era lo que le pasaba a Vicious.
El hecho de que me siguiera gustando después de mandarme a la mierda y pirarse tras apenas dejar una nota a medias demuestra que, definitivamente, no estábamos hechos el uno para el otro. Porque la verdad era que estaba enamorado de Emilia LeBlanc… hasta que dejé de estarlo.
A veces pienso que, en realidad, amaba la idea de ella y que no la amaba en absoluto. En cualquier caso, hay algo que no admite discusión: cuando estuvimos juntos, fui bueno, leal y respetuoso. Ella, a cambio, me puteó.
Hasta la fecha siento que no conocía a mi única ex. Por supuesto, conocía sus rasgos. Las chorradas que salen en los perfiles de cualquier página para ligar. Cosas sosas. Era una artista, tímida y educada. Pero no tenía ni idea de cuáles eran sus miedos o sus secretos. Lo que hacía que pasara una noche en vela, que le hirviera la sangre o que la ponía a cien.
La otra parte de mi fea verdad es que nunca quise saber la respuesta a esas preguntas de alguien que no fuera Rosie LeBlanc. Pero me odiaba a muerte. Así que permanecí soltero. Y ahora iba a cambiar de opinión. Más le valía.
Hablando de Rosie, no aceptaba dinero de Vicious y Millie a menos que fuera por necesidad. Eso lo sabíamos todos, y así lo demostró hace un año cuando amuebló mi piso de Nueva York de dos coma tres millones de dólares en el que había vivido con baratijas de Craigslist que costaban menos de doscientos dólares en total. Dudaba que fuera a cambiar de opinión, pero, por ella, siempre estaba dispuesto a intentarlo.
Bueno, volvamos a lo importante: follar.
Cuando Kennedy hizo alarde de su garganta profunda y se metió toda mi polla en la boca, oí que llamaban a la puerta. No se podía acceder al edificio sin un código, y nadie me lo había pedido hacía poco, lo que me llevó a la sencilla conclusión de que no podía ser otra que la mismísima señorita LeBlanc.
—¡Dean! —Su voz ronca me llegó desde el pasillo y se coló en todos y cada uno de mis tejidos. Se me puso más dura al instante. Seguro que Kennedy se dio cuenta, porque dejó de apretarme el pene y resolló contra mi muslo. Natasha dejó de mover la lengua. Ambas se quedaron quietas. Rosie llamó tres veces más—. ¡Abre!
—¿La loca esa otra vez? —preguntó Natasha con una mezcla de gruñido y puchero.
—Seguro.
—Qué cague de tía.
—Está chalada —convino Natasha. Como si a mí o a Rosie nos importara lo que pensaran.
Me incorporé y me enfundé en mis pantalones de chándal negros. No lamenté haberme quedado a medias. Me emocionaba más ver a esa pequeñaja. Me preguntaba para qué habría venido. Me levanté y me froté los ojos. Me revolví el pelo a propósito.
—Ha estado bien. —Las besé en el dorso de la mano y me dirigí a la puerta con un objetivo—. Tenemos que repetirlo.
No habría una segunda vez. Ni una tercera. Esto era un adiós y ambas lo sabían. Estaba claro cuando me las ligué la noche anterior en algún bar de Manhattan. Estaban inhalando cocaína como si fuera azúcar en polvo —a lo mejor era de la buena— en una mesa de un local ostentoso al que iba cada vez que necesitaba usar los condones hechos a medida. Me senté en la barra, les puse ojitos y le hice un gesto al camarero para que les sirviera una copa. Me invitaron a su mesa a tomar chupitos. Yo las invité a sentarse en mi cara. Una copa se convirtió en siete. La misma historia de siempre.
—Eres un prenda tú, ¡eh!
Kennedy fue la primera en abandonar la cama. Giré la cabeza y la vi recoger el vestido como si no diera crédito.
«¿En serio?», pensé. Antes de llamar a un taxi para que nos llevara a mi casa, se lo dejé tan claro como el puñetero cielo de agosto: esto era un aquí te pillo, aquí te mato. Joder, ¿qué parte de ligármelas en un bar y usar Two Girls, One Cup como tema de conversación trivial les hizo pensar que habría algo más?
Ofrecí a las chicas un guiño de consolación y me abrí paso hacia el vasto pasillo iluminado en tonos champán, el suelo de mármol color crema y los retratos familiares en blanco y negro que me miraban desde todos los rincones sonriendo de oreja a oreja y luciendo dentadura.
—¡Eh, tú, capullo! ¡No nos dejes a medias! —añadió Natasha con un tono estridente.
Ya estaba en el vestíbulo, abriendo la puerta, atraído como un imán a la fuente de toda mi libido. Bebé LeBlanc. Ese precioso y alocado duendecillo.
Rosie llevaba unos vaqueros sin agujeros y una camisa blanca básica con botones, su versión de un traje a medida. Un moño alto y despeinado coronaba su cabeza. Sus enormes ojos me decían que no estaba impresionada. Apoyé un hombro en la puerta y sonreí ampliamente.
—¿Te has pensado lo del brunch?
—Bueno, me amenazaste con subirme el alquiler.
Por un momento, se le fueron los ojos a mis abdominales y cuando levantó la vista, me miró con los ojos entornados.
Hostia, es verdad. Mi recuerdo de anoche estaba empañado por el alcohol, la maría y el sexo.
—Pasa —dije mientras me hacía a un lado. Volvió la cabeza en mi dirección mientras entraba.
—Pensé que al menos me habrías preparado café antes de soltarme otra gilipollez relacionada con el alquiler. Era demasiado pedir que fueras amable —masculló mientras se comía el apartamento con los ojos.
Me crucé de brazos, consciente de mi figura musculosa, y me pasé la lengua por el labio inferior.
—¿Quieres que sea amable? Si te apetece, te invito a desayunar en la panadería de aquí abajo y te ofrezco algunos orgasmos de postre. —Y añadí—: Y si quieres, te suelto otra gilipollez, pero en la cama.
—Tienes que dejar de tirarme la caña —dijo en un tono extremadamente plano mientras dejaba atrás la enorme isla blanca y gris que ocupaba el centro de la cocina.
El acero inoxidable refulgía desde todos los rincones de la estancia. Rosie se sentó de mala gana en un taburete y miró furiosa la cafetera vacía que había junto al fregadero como si la máquina hubiera cometido un crimen de odio.
—¿Por qué? —pregunté en broma mientras encendía la cafetera. ¿Por qué tenía que dejar de flirtear con Rosie LeBlanc? Había dejado al doctor ese tan soso y estaba soltera. Era lícito que fuera a por ella, y pensaba hacerlo hasta que le llenase la espalda de ronchas después de hacerlo sin parar en la alfombra.
De hecho, eso fue lo primero que pensé cuando vi al mamón ese llevándose sus cosas del apartamento. Mi apartamento.
«Me voy a follar a tu exnovia antes de que se hayan secado las lágrimas de su almohada», pensé. «Y le va a gustar tanto que vendrá arrastrándose a por más».
Mientras tanto, en la vida real, Rosie aceptó con ganas el café humeante que le ofrecí en silencio y le dio un sorbo. Cerró los ojos y gimió. Sí, gimió. Joder, quise que ese sonido fuera mi nuevo de tono de llamada. Entonces, abrió los ojos y mandó al garete mi fantasía.
—Porque ya mojaste el churro en el chocolate de mi familia, y aunque sé que es una receta secreta de la que todas quieren más, me temo que te ha mirado un tuerto.
—Me encanta que me hables de sexo usando metáforas culinarias.
Me acerqué a la isla, apoyé los antebrazos y miré a Rosie con intensidad.
—Quizá sea porque somos Coca-Cola y tú siempre te conformas con Pepsi —dijo mientras miraba en dirección a mi dormitorio.
Se me escapó una risa sincera que me tensó el pecho. Mi llamativo torso en forma de V, mis brazos venosos, mis abdominales marcados y mis prominentes pectorales no le pasaron por alto, y el tono melocotón que adquirieron sus mejillas lo confirmaba por más que ella se empeñara en negarlo.
—Me gustas —declaré sin el menor arrepentimiento en un gesto de lo más vulnerable. Porque era la verdad.
—Mi hermana también te gustaba. —Bebé LeBlanc asintió con brusquedad—. ¿Piensas pasarte por la piedra a toda mi familia o qué? ¿Quieres que te imprima una copia de nuestro perfil genético en ancestry.com?
—Cuando puedas, por favor —repliqué con el mismo descaro—. Aunque tengo la sensación de que contigo ya iré servido.
—Qué tozudo eres.
Tosió, tal y como hacía cada dos por tres, y bebió un sorbo de café.
—Sí. Voy sobrado en ese aspecto. O en cualquiera, todo sea dicho.
Mi sonrisa se ensanchó cuando me miré el paquete. Nos habíamos enzarzado en una guerra de voluntades. Me pareció bien. Tenía todas las de ganar. Siempre conseguía lo que quería. Y lo que quería era tenerla sentada delante de mí esperando a ver qué decidía hacer con su alquiler.
Kennedy y Natasha entraron por el pasillo. Eran compañeras de piso, así que no me extrañó que la última le dijera a su amiga que el Uber que habían pedido estaría abajo en tres minutos. Compartir taxi era inteligente. Tenían que vigilar en lo que se gastaban el dinero después de pulirse el alquiler en coca. Hacían bien.
—Adiós, chicas —me despedí haciendo un gesto con la mano.
—Adiós, gilipollas.
Kennedy me arrojó su tacón con un movimiento de brazo que hizo que el quarterback que llevo dentro quisiera silbar de admiración. Lo esquivé agachando la cabeza rápidamente. El tacón rojo voló por la cocina, le rozó el hombro a Rosie y se estrelló contra la nevera.
La abolló. Al menos Kennedy se llevaba eso. Ninguna mujer se había marcado ese tanto.
Rosie dio un sorbo al café con indecisión. Rezumaba indiferencia.
—Mmm —dijo—. Qué bien sienta esto.
No se refería al café. Se refería a presenciar los efectos colaterales de mi promiscuidad. Pero hizo ese gemidito. Otra vez.
«Cómo me pones, Rosie LeBlanc», pensé. «Te voy a llevar al lado oscuro a rastras. No tienes ni puta idea de lo que se te viene encima».
—Vayamos al grano, cariño. Me vas a acompañar a All Saints el viernes.
Saqué una cucharada de proteína de suero y la mezclé con leche desnatada. Uno no consigue este cuerpazo zampando comida basura cada día. Lograba todo lo que me proponía. Costase lo que costase. En el gimnasio, en el trabajo, en mi familia (fingiendo ser un hijo modélico). Todo respondía a un plan y se conseguía yendo por el camino difícil. No había atajos para mí. Había sido así desde muy joven e ignoraba que hubiese otro modo. Para ellos —para Rosie, su hermana y mis amigos—, yo era el tonto con suerte que había nacido con una flor tan metida en el culo que no le hacía falta mover un dedo o trabajar. Que siguieran creyendo eso. No había nada de malo en que te subestimaran.
Por cómo se removió en el asiento, supe que no iba a ceder sin luchar. Para estar enferma, era la hostia de peleona.
—Ya me lo ha pedido Millie. La diferencia de precio es de doscientos pavos por billete. Solo es el ensayo. No es que me vaya a perder toda la boda.
La boda de verdad era el domingo, pero la mayoría de los asistentes, incluidos Jaime, Trent y yo, iríamos a All Saints el viernes anterior, pasaríamos una semana y media allí y empalmaríamos ensayo, despedida de soltero y de soltera y boda en lo que prometía ser un desmadre. Éramos una piña. Raramente, eso sí. Si podíamos pasar tiempo juntos, lo aprovechábamos. Rosie estaba sin blanca por decisión propia. Su hermana se iba a casar con uno de los hombres más ricos de Estados Unidos. Me gustaba que Bebé LeBlanc no fuese la típica sacacuartos. Vale, el apartamento y las instalaciones le habían salido casi gratis y le pagaban las medicinas, pero todo lo demás se lo ganaba con el sudor de su frente. Y encima sacaba tiempo para cambiar pañales y saludar a los pacientes en un hospital infantil varias veces por semana. Era un ángel, aunque no hacía falta que me lo recordaran.
—Eres la dama de honor.
Me volví hacia ella y apoyé la cadera en la encimera. No dejaba de mirarme los bíceps mientras removía mi bebida. Movía los ojos de un lado a otro como si fueran una pelota de tenis. Se lamió los labios y negó con la cabeza, seguramente para dejar de imaginarme dándole un cachete en el culo con ese mismo brazo musculoso.
—Entiendo la importancia de mi papel. Soy perfectamente capaz de caminar en línea recta con unos zapatos incómodos durante un par de minutos mientras le aguanto el vestido. Eres consciente de que eso es lo único que tengo que hacer, ¿no?
—¿Y la despedida de soltera?
Me froté los abdominales para intentar que gimiese o se humedeciera los labios de nuevo. Eché la cabeza hacia atrás y le di un trago al batido de galleta y caramelo con sabor a culo.
—¿Qué pasa con eso? —preguntó desafiante, fulminándome con la mirada.
—¿Quién se encarga de la despedida de Millie? ¿No le corresponde a la dama de honor?
—Está bajo control y va a ser épica. ¿Por qué? ¿Organizas tú la de Vicious? —preguntó, sorprendida. Se echó hacia delante y, al hacerlo, juntó sus tetitas respingonas. Gruñí al notar cómo se me hinchaba la polla.
Desde fuera, parecía que Vicious y yo nos llevábamos a matar. La verdad es que nuestra amistad era fuerte. No se parecía a la camaradería que tenían los demás, pero era sólida.
—Sí. Jaime me está ayudando. Pasaremos el finde en Las Vegas.
—Qué originales —dijo con una sonrisa condescendiente.
—Bueno, se nos ocurrió dejar tirado a nuestro colega y sudar del ensayo, pero nos has robado la idea. «¿Qué subió por tu pequeño y alegre trasero, de todos modos? ¿Estás celosa de que tu hermana mayor se vaya a casar?».
Se dio la vuelta en su asiento y, cuando vi su rostro, noté una opresión en el pecho. «Bravo, imbécil». Por lo visto, mis palabras la habían afectado lo bastante como para que se pusiera pálida.
—Cállate, Ruckus. Me pregunto si lo que he planeado es lo bastante sofisticado. Iba a tirar por una fiesta de pijamas. Con una lista de reproducción especial y todo eso.
Ojos inseguros y escamosos pidieron mi opinión. Eso no era propio de ella. Por lo general, Rosie ardía en confianza en sí misma; me supo muy mal ser quien apagase su llama.
—Conque una fiesta de pijamas, ¿eh? —Pasé por su lado solo para rozarle la cintura con los dedos. Sin querer, obviamente—. Millie es una chica sencilla. No veo por qué no le molaría.
—Te lo digo yo: porque vais a ir a Las Vegas. Tengo que subir la apuesta —se quejó mientras se servía un segundo café sin pedirme permiso.
—¿Quieres ser una buena hermana? Pues empieza por aceptar el puñetero billete que te voy a comprar.
—La respuesta es no —dijo alargando las palabras. Suspiró exageradamente—. ¿El inglés no es tu lengua materna? ¿Hace falta que te lo diga en otro idioma? No domino el «idiota», pero puedo intentarlo —gruñó.
—Vicious va muy en serio. Vendrá y te sacará a rastras. Soy un mal menor, Bebé LeBlanc. Me vas a acompañar —repetí.
No es que ninguno de los dos mereciera que les hiciese un favor, pero me alegraba por Vicious y Millie. Y aún más de pasar una semana con Bebé LeBlanc. Llevaba años soñando con su culo blanco y redondo. Había llegado el momento de reclamarlo.
Rosie apartó la mirada y se cruzó de brazos como una niña testaruda.
—No.
—Sí —dije exactamente en el mismo tono—. Y ya puedes ir haciendo las maletas, porque el vuelo sale el viernes por la mañana y a ambos nos espera una semana muy ajetreada.
Parpadeó, pero no contestó.
—Hagamos un trato, ¿te parece? —Acerqué mi rostro al suyo y apoyé los codos en la isla. Su cuerpo siguió mi ejemplo y gravitó hacia mí. Estábamos alineados y, aunque ella no lo supiera, parecíamos dos cuerpos esculpidos. Hechos el uno para el otro. Lo que tampoco sabía era que íbamos a poner a prueba mi teoría para ver si pegábamos. Pronto. Muy pronto—. Te llevaré a la guarida del diablo, porque tienes que venir. —Sabía lo insoportable que podía ser Vicious—. Pero puedes acudir a mí si necesitas algo. Piénsalo. Así podremos conocernos mejor —rematé con una sonrisa que marcaba mis hoyuelos.
—No quiero conocerte mejor. Lo que ya sé de ti, que es bastante, no me gusta —dijo Rosie—. Si no vamos a hablar de mi alquiler, dímelo y me voy.
—Acompáñame a All Saints —propuse tras ignorar su petición.
Joder, qué cabezona. ¿Por qué me ponía cachondo que fuera así? Quizá porque la mayoría de las mujeres tendían a comportarse de otro modo conmigo. Eran simpáticas, supermajas y les iba el coqueteo. Tres características que no podían atribuirse a Bebé LeBlanc.
—Ni de coña —masculló mientras se bajaba del taburete.
—Rosie —la llamé en tono de advertencia.
—Dean —replicó en el mismo tono. Puso los ojos en blanco—. Dime cuál es mi nuevo alquiler antes de fin de mes, por favor. Lo digo para que me dé tiempo a organizarme por si no puedo seguir viviendo aquí.
Se dirigió a la puerta y cerró de un portazo antes de que tuviera ocasión de decirle que no le subiría el alquiler si me acompañaba.
Vale, tendría paciencia, siempre y cuando las cosas salieran a mi manera.
Bebé LeBlanc acabaría postrándose ante mí.
Su reloj avanzaba más rápido y yo ya estaba harto de que no aprovechase el tiempo para estar conmigo.
Capítulo tres
Rosie
¿Qué te hace sentir viva?
Coger un autobús cuyo rumbo desconozco. Volver a casa por el camino largo. Sentir que se agudizan mis sentidos a medida que mi cuerpo se pone alerta ante el extraño paraje que me rodea.
—¡Pétalo, chica! —comentó mi mejor amiga el miércoles siguiente mientras conectaba mi USB al portátil de The Black Hole. Preparé una lista de reproducción de ocho horas con lo mejor de lo mejor, tal y como hacía en cada turno. Gente salida de todos los rincones de Nueva York venía a escuchar mis listas. Los clientes decían que sentían que estaban en el moderno barrio de Williamsburg desde la comodidad de su casa en Manhattan. Había pop eléctrico francés, pasando por anarcopunk hasta viejo rock británico. Mi música era como un batido. Atraía a los niños al jardín y les hacía pagar cinco pavos por una tacita de café con leche. Qué. Gran. Invento.
—Gracias, tía.
Le guiñé un ojo, me aparté del portátil y limpié el mostrador por enésima vez esa mañana. A pesar de que tenía un cien por cien de discapacidad a causa de mi enfermedad, había decidido trabajar. La productividad transformaba mi mala suerte en oro. Trabajar era mi chaleco salvavidas, porque cuando estás tan enferma como yo, toda tu vida adulta está en periodo de prueba.
—¿Qué tal está el buenorro de tu vecino? —preguntó Elle mientras apoyaba los codos en el mostrador y movía las piernas al ritmo de «I’m Shipping Up to Boston», de Dropkick Murphys, que sonaba de fondo—. ¿Sigue siendo megarrico?
—Ya ves. Y megaimbécil también —contesté entre toses. Ojalá mi amiga rubia, guapa y curvilínea no se hubiera cruzado con Dean dos segundos el mes anterior. Creía que él no se había dado cuenta de que estaba cuando nos encontramos en el ascensor porque cuando me preguntó si quería comer y respondí el qué, me contestó «mi rabo», pero ella sí que notó su presencia, era evidente. Y cuando se enteró de que, aparte de guapo, era uno de los directores ejecutivos de la gigantesca empresa de inversiones Compañía de Bienes, Adquisiciones y Servicios, ya estaba todo el pescado vendido. Y desde entonces, siempre me preguntaba por él.
—Eso da igual —dijo haciendo un gesto con la mano mientras pasaba de los clientes desesperados del fondo que le habían pedido la cuenta hacía un siglo. Como si se ponían a bailar la conga, no se enteraría. Era tan mujerona como pésima atendiendo mesas. Marqué el pedido e imprimí la cuenta. Fui a su mesa y les ofrecí pasteles de limón de regalo. Para cuando volví al mostrador, Elle seguía ajena a todo. Aunque yo me encargaba de cobrar y técnicamente no me correspondía hacerlo, cubría a Elle todo el rato.
—A ti, pero a mí no. Bueno, que está intentando que vaya con él a All Saints el viernes en vez del sábado. Y paso.
Me mordí el labio inferior al pensar en mamá y papá. No le había hablado a Elle de la conversación que mantuve con Dean. Estuvo fuera toda la semana visitando a sus padres en Nebraska. Lo último que quería era aburrirla con mis problemas y estropearle las vacaciones.
—¡Qué coño! ¡Quita, quita! —exclamó negando con el dedo índice. Miró por encima a dos chavales que acababan de entrar en la cafetería y que esperaban para ser atendidos. Almas de cántaro—. Tus padres son un muermo y tu madre se pasa el día poniéndote a parir. Además, todavía no saben que has roto con Darren, ¿a que no?
Cierto.
Además de aguantar a mis padres, tendría que juntarme con Vicious y Dean, dos de mis personas menos favoritas. La semana iba a ser un desafío en toda regla. Cambié de tema y eludí el festival de autocompasión que estaba tentada de celebrar.
—Por cierto, tengo que pensar otro plan para la despedida de soltera de mi hermana. El nuevo debe tener su puntito de locura, pero también su toque de glamour. —Abrí un tarro de galletas con virutas de chocolate que había en la encimera de detrás, cogí dos y me las metí en la boca—. ¿Alguna sugerencia?
«No digas Las Vegas, no digas Las Vegas, no digas Las Vegas», recé para mis adentros.
—Dos palabras: Las Vegas —exclamó mientras dibujaba un cartel luminoso en el aire—. Haced el Tour Chorra de la Ciudad del Pecado. Strippers. Alcohol. Concierto de Britney. Básicamente todos los placeres inconfesables que puedas concebir.
Gemí y dejé caer la cabeza en el mostrador con un ruido sordo.
El dinero no era un problema. Si se lo contaba a Vicious, aflojaría toda la pasta que me hiciera falta para conseguir mi propósito. Y aunque ir a Las Vegas significaba menos tiempo con mamá y más tiempo con Millie, seguía sin convencerme.
—¿Alguna otra idea? —pregunté enarcando una ceja. Era más probable que me convenciera de entrar en una cueva infestada de vampiros hambrientos que de pasar tiempo conscientemente en el Strip de Las Vegas con los Buenorros de All Saints, alias los mejores amigos del novio. Y menos con Dean Cole. Su tonteo constante y sus insinuaciones sexuales me sacaban de quicio.
—En serio, chica, Las Vegas es tu mejor baza. También puedes optar por lo típico. Monta un tuppersex, aunque ya no se lleva porque es un rollo, o pilla un fin de semana en Cabo. Ya está, no más carbohidratos para la dama de honor. —Puso una mano en la tapa del tarro cuando iba a coger otra galleta y negó con la cabeza—. Y recuerda: no seas una Annie.
—¿Una Annie? —pregunté frunciendo el ceño.
—Sí. Como en La boda de mi mejor amiga. No permitas que ninguna de las otras damas de honor de Millie te eclipse. Te traumatizará de por vida.
Por algún motivo, dudé que eso fuese a pasar. Millie no tenía muchos amigos. Era su única dama de honor, así que sus expectativas estarían por los suelos. Menos mal.
—Te agradezco el consejo —resoplé.
—No hay de qué. —Meneó sus huesudos hombros—. Pero no lo digas muy alto. A nadie. En serio. Juré que no vería más comedias románticas cuando tenía dieciséis años como parte de una apuesta y creo que aún sigue vigente. Pero habré roto el juramento un millón de veces.
Me reí, porque era imposible no reírse hablando con Elle.
—No, en serio, Rosie. Las Vegas es perfecto. No pienses en lo que quieres tú, sino en lo que quiere Millie. Es su semana. Y el buenorro de tu vecino tiene razón cuando te dice que es mejor que vayas antes a All Saints.
Odié que fuera cierto.
Al mirar el reloj en el móvil caí en que tenía que pasear al perro de mi vecino en media hora. El metro siempre estaba a reventar en esa época del año: había tantos turistas como para poblar un país mediano. Agaché la cabeza.
—¿Vino y sushi esta noche?
—Yo sashimi, que quiero presumir de tipazo este verano. —Se pasó las manos por su cuerpo, trazando curvas inexistentes, y me dio el visto bueno levantando el pulgar. Entonces, hizo una pausa y frunció el ceño—. Oye, ¿y a quién vas a invitar a la despedida de soltera? Tu hermana no es muy sociable que digamos.
Era el mayor eufemismo que había oído nunca. Aparte de Sidney, una amiga del instituto que se quedó en All Saints, y una chica mayor que ella llamada Gladys que conoció en Los Ángeles y que la ayudó a montar su galería, no se relacionaba con nadie. Negué con la cabeza y me puse a ordenar las tazas del mostrador.
—Pero bueno, qué descarada. Intentando que te invite. ¿A dónde ha ido a parar el mundo?
—Si tanto te disgusta nuestro mundo, te invito a que te mudes a otro planeta. En cuanto a eso… —Elle alzó el puño—, ¡nos vamos a Las Vegas! ¡Choca esos cinco!
—¿Primero me levantas el pulgar y ahora quieres que choquemos los cinco? No, gracias, creo que ya he cubierto el cupo de patetismo por hoy —dije en broma.
—¿Tu vecino sexy también va a ir? A Las Vegas, digo. Parece de los que no se pierden una juerga.
—Sí —gemí, y mientras lo decía me di cuenta de que no solo me molestaba la idea de estar con Dean en los próximos días.
También me entusiasmaba.
Pero solo un pelín; lo bastante como para que notase mariposas en el estómago.
Eso debería haberme servido de aviso. Debería haber sido una señal. Porque como todo el mundo sabe, después de las mariposas viene el enjambre.

—Me importa una mierda, Colton. Vamos a ponerle una demanda que te cagas de rápido en cuanto vayamos al bufé libre que tiene en Broadway solo para asegurarnos de que no compre más acciones hasta que hayamos investigado más a fondo. ¿Queda claro? ¿Colton? ¡Colton! ¡Joder!
Mierda.
Su voz llegó a mis oídos un segundo demasiado tarde. Para cuando me disponía a salir del ascensor, él metió el brazo para que no se cerrara la puerta. Con la otra mano sujetaba el móvil.
Dean entró en el ascensor ataviado con su traje de tres piezas azul marino y su sonrisa arrogante, y el teléfono pegado a la oreja mientras se aflojaba la corbata de seda granate.
—LeBlanc —siseó seductoramente, y colgó. Lo ignoré y me puse a mirar los números de arriba.
Su cuerpo presionó el mío por detrás y me susurró al oído:
—¿Siempre se te marcan los pezones cuando vas con alguien en el ascensor o solo reaccionas así conmigo?
Doble mierda.
Me miré la camiseta. Horrorizada, recordé que esa mañana me había puesto un sujetador muy fino que apenas sujetaba nada y una camiseta de Misfits encima.
—Es coña, pero está bien saber que tienes motivos para estar preocupada.
Dean se rio con sorna. Capullo.
—¿Qué quieres? —gruñí.
—A ti, en mi cama, jugando con mis pelotas mientras te chupo las tetas hasta que sangren. Una paja no estaría mal. Como aperitivo, obviamente. El plato principal será mejor, pero tendrás que comprobarlo por ti misma.
Triple mierda. Estaba mojada.
El ascensor se detuvo. Salí escopeteada, abrí la puerta de casa con fuerza, tiré las llaves a un cuenco que mamá hizo en clase de cerámica y que se suponía que era una figura egipcia, pero que parecía más un mono llorando. Me quité las chanclas y las estampé en la pared. Fui descalza a la cocina, abrí la nevera, cogí el zumo de naranja y di dos tragos largos directamente del cartón. No fue hasta que me limpié la boca con el antebrazo cuando me di cuenta de que Dean estaba en la cocina conmigo, inmovilizándome con los ojos verdes más vívidos que había visto en mi vida.
—Revisión del alquiler. —Apretó los labios—. Antes de cabrearte, escúchame. Hay una oferta muy buena sobre la mesa.
—Dime el precio y punto. Tus ofertas solo son demandas por acoso sexual a la espera de que te las ponga.
Dean sonrió con suficiencia cuando le volvió a sonar el móvil. Miró abajo y frunció el ceño; se le habían dilatado las fosas nasales. Ignoró la llamada y me miró a los ojos de nuevo.
—No es acoso cuando está claro que te apetece.
Fui al fregadero a lavarme las manos para ganar tiempo. No contesté.
—Haz las maletas, Rosita. Nos vamos a All Saints.
Escuchar de su boca el apodo que me había puesto papá hizo que me dieran escalofríos.
—Ah, ¿sí? Cogeré un avión el sábado por la tarde. Eso es lo que pone en mi billete.
—No en el que vas a usar.
Apoyó la cintura en mi fregadero y me desnudó con la mirada prenda por prenda. Dejó de sonarle el móvil, pero volvieron a llamar, lo que hizo que se iluminara la pantalla de manera intermitente. Siguió sin cogerlo.
—Haz las maletas el viernes por la mañana temprano, es decir, mañana.
—No te voy a acompañar.
Se rio entre dientes y negó con la cabeza como si yo fuera un cachorrito adorable y tontorrón.
—¿Quieres apostar?
—Claro. —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no? Si es con dinero mejor, ya que vas tan sobrado…
—Y no solo de eso, como ya hemos dejado claro.
Se apartó del fregadero y se quedó en un punto desde el que podía olerlo, pero no tocarlo. No muy cerca, pero sí lo bastante como para que un escalofrío me recorriera la espalda.
Sí, después de tantos años, seguía teniendo ese efecto en mí. La indeseada sensación de que no era del todo responsable ni tenía control alguno sobre lo que podría decirle. O hacer con él. Se puso detrás de mí y me apartó un mechón de pelo de la nuca, lo que hizo que se me pusiera el vello de punta y me ardiera la piel.
Entonces, se inclinó y me susurró al oído:
—Un piso como este cuesta ocho mil dólares al mes en el mercado. Tú me pagas cien pavos al mes. ¿Hace falta que la iguale al resto de mortales de Nueva York, señorita LeBlanc?
No lo dijo en tono amenazante. Dean Cole, Ruckus, era un capullo diferente a Baron Spencer, Vicious. Te puteaba con una sonrisa cortés en la cara. En ese sentido, se parecía al Joker. Bajo toda su confianza, su chulería, su belleza y su dinero, había una pizca de locura. La suficiente como para que supieras que hablaba muy en serio.
Vivía al límite, a tope, a lo loco, dispuesto a aceptar la caída.
Tragué saliva. El corazón me iba tan deprisa que pensé que se me iba a salir del pecho. Me embargó la emoción. Era una sensación nauseabunda y adictiva. Siempre me había mantenido alejada de los Dean Cole que poblaban el mundo. Yo era la Caperucita Roja que miraba al lobo, le decía «y una mierda, no me compensa sufrir», daba media vuelta y corría como si le fuera la vida en ello.
Ahora que lo pienso, Dean fue justamente quien me enseñó esa lección.
Darren era más mi tipo. Guapo, pero en plan tímido y reservado. Un estudiante de Medicina que conocí cuando pidió un té de hierbas en The Black Hole. Ahora no sabía qué hacer al estar tan cerca de Dean. Sentía que me habían pegado las manos al cuerpo. Me pesaban. No parecían mías. Sabía qué acabaría con esa sensación: tocarlo. Pero no era una opción.
—Haz las maletas de una puñetera vez —dijo con un tono duro y, si no me equivoco, no era lo único que tenía duro—. Como Vicious tenga que venir a buscarte, me la va a liar. Me gusta llevar una vida sencilla, sin problemas.
Se enrolló otro mechón de mi cabello en el dedo, lo que hizo que las pupilas le brillasen de lujuria. El roce me estremeció de arriba abajo, gravitando por el resto de mi cuerpo como una descarga eléctrica.
«¿Qué demonios está pasando y por qué lo permito?».
—Eso significa que nada de novias, ni socios que me la puedan jugar ni vecinos antipáticos —recalcó—. Ahora mismo, me estás complicando la vida. Detesto hacer esto, pero si tengo que elegir entre mosquearte a ti o al cabronazo de Vicious, ya sabes qué voy a elegir.
—Te odio más que a nada en el mundo —exhalé, y mis pulmones se resintieron, lo que me recordó que debía calmarme.
Estar tan cerca de Dean era experimentar la misma sensación que cuando se te revuelve el estómago en una montaña rusa. Se arrimó a mí y sonrió contra mi piel, justo debajo de mi oreja. En ese punto erógeno entre la libido y el alma.
—Vicious asegura que follar con alguien a quien odias es lo mejor del mundo. ¿Qué tal si comprobamos esa teoría?
Rehuí su contacto haciéndome a un lado y contesté:
—¿Qué tal si te mueres?
Sin embargo, no tenía sentido resistirse. Iba a cumplir con su amenaza, y lo peor era que no podía detenerlo. Sabía que estaba equivocada. Sabía que debía aceptar el maldito billete. Algo sombrío le cruzó el rostro. Algo que siempre estaba presente y de lo que solo yo parecía percatarme.
—Ahora hablamos de eso. —Me señaló con la mano con la que sostenía el móvil y deslizó el dedo por la pantalla. Por fin. Era la tercera vez que llamaban—. Vuelvo enseguida.
Dean se adentró en el pasillo. Me quedé ahí plantada sin saber qué hacer.
—Hola, señorita Cazafortunas, ¿en qué puedo ayudarla? Creí haberte dicho que no me llamaras. ¿A qué se debe este cambio? —Calló un momento y prosiguió—: Esa es la cuestión, Nina. No puedes chasquear los dedos y hacer que vuelva contigo arrastrándome para salvarte. Te lo has buscado tú solita. Ahora apáñatelas. No es mi guerra. No. Es. Asunto. Mío —dijo en un tono sorprendentemente amargo.
Es más, parecía tan cabreado, tan enfadado, tan diferente que hice una mueca cuando lo oí. Despertó un sentimiento ajeno a mí que nunca había asociado con Ruckus. Temor. Dean nunca se enfadaba ni perdía los estribos. Era el menos irascible de los cuatro Buenorros. Eran raras las ocasiones en que se mosqueaba o estaba realmente molesto, y creo que nunca lo había oído alzar la voz fuera del campo de fútbol. Incluso antes, cuando le estaba gritando a Colton, su actitud era desdeñosa. Burlona.
Pegué la oreja a la pared para escuchar a escondidas con todo el descaro.
—No pienso ir a Birmingham.
¿Birmingham? ¿Birmingham, Alabama? Siempre pensé que conocía la vida de Dean, pero estaba claro que guardaba más secretos que Jeffrey Dahmer.
—Debo de estar como una puta cabra para seguir escuchándote. Tu propuesta es ofensiva en el mejor de los casos y una jodida locura en el peor. Has tenido años para hacer las cosas bien. Años para dejarme verlo. Ahora es tarde. No me interesa. En serio, Nina, borra mi número de tu lista de contactos. Ahórranos tiempo y dinero a los dos.
Tomó aire como para llenar unos pulmones sin fondo y colgó. Un puñetazo repentino en toda la pared me provocó un murmullo incesante que resonó en mis oídos. Sin duda, me lo merecía. Me lo tomé como una señal para girarme y correr a la otra punta de la isla.
Mantenerme ocupada era difícil, y más cuando seguía notando su ira flotando desde la otra habitación. Abrí la nevera y saqué unas verduras, y, a continuación, un cuchillo. Sin aliento, fingí que me preparaba una ensalada. Vi entrar a Dean con toda su altura apretando el móvil con fuerza. Parecía un poco sorprendido de verme, como si hubiera olvidado que estaba ahí, pero entonces se relajó y volvió a sonreír con su arrogancia habitual, como si un cuadro se hubiese torcido y lo estuviese poniendo bien. Se acercó a mí y se aflojó aún más la corbata.
—¿Un rollito de una noche que acabó mal? —pregunté mientras cortaba un pepino en rodajas finas.
—Ni te lo imaginas —masculló mientras se despeinaba unos mechones rebeldes—. ¿Por dónde íbamos?
—Creo que me estabas chantajeando.
—Cierto. Viernes por la mañana. Maleta. Ropa. Actitud. Pensándolo bien, mantén esa actitud. Me gusta ese derroche de energía. Solo necesitas encontrar un sitio en el que gastarla. Y tengo el lugar perfecto para ti. —Me guiñó un ojo y, como si necesitara que me lo aclarara, añadió—: Mi puta cama.
Capítulo cuatro
Dean
¿Qué son veinte mil dólares?
¿Es mucho dinero? ¿Una cantidad razonable? ¿Tan poco como si fuera chatarra? Pues depende de a quién preguntes. Para mí, veinte mil dólares era el dinero que podía llevar en el bolsillo. No me afectaba en nada. En contra de la creencia popular, no era porque mis padres me metiesen dinero en la cuenta. La gente pensaba que había nacido con un fondo fiduciario bajo el brazo. No sería yo quien los sacara de su error porque, francamente, me la sudaba.
La realidad era que mis padres me pagaron la universidad, me dieron el dinero para mi primera inversión en la Compañía de Bienes, Adquisiciones y Servicios, la empresa que constituí en sociedad anónima con mis tres mejores amigos, Trent, Jaime y Vicious, y me ayudaron mental y espiritualmente. Me ayudaron que te cagas. Pero ¿que nadase en más dinero del que podía gastar a la tierna edad de veintinueve años? Eso era yo, cariño.
Yo y mis tablas.
Yo y mi capacidad de persuasión.
Yo y mi talento para los números.
Así pues, la falta de fondos no era la razón por la que me resultaba tan difícil hacer clic en el botón «Aprobar transacción» y transferirle veinte mil pavos.
No quería que Nina los tuviera. No quería que fuera feliz. ¿Quería que fracasara? ¿Que siguiera siendo pobre y viviera perdida en la desgracia? ¿Quería vengarme por haber sido una zorra sin escrúpulos conmigo?
Y, de ser así, ¿eso me convertía en mala persona? No creía que lo fuera. Jodido, seguro. ¿Querría que mi futura hija saliera con alguien como yo? Ni de coña. Olía a los de mi calaña a kilómetros. Pero tampoco encajaba del todo con la palabra «malvado». Había visto el mal. Crecí con Vicious; ese sí que es un hombre malvado. No estábamos cortados por el mismo patrón. Ayudaba a los ancianos a cruzar la calle, les llevaba las bolsas de la compra hasta sus coches aunque eso me hiciera llegar tarde a alguna reunión importante. No daba falsas esperanzas a mis aventuras de una noche. Era educado, y no solo por obligación, sino por naturaleza; iba a votar; ponía siempre el intermitente; no ofendía a nadie a propósito y apadriné a un niño africano durante cinco años. Hasta nos mandábamos cartas de vez en cuando (Kanembiri y yo coincidíamos en que Scarlett Johansson estaba que te cagas de buena y que el Manchester United no valía una mierda. Porque hay cosas en las que todo el mundo está de acuerdo).
Por tanto, ¿puedo afirmar con el corazón en la mano que era mala persona? No, no lo era.
Joder, me gustaba la gente. Y tirármela más aún. Era el más sociable y extrovertido de mis amigos. De ahí que no me hiciera gracia estar en esa tesitura.
Yo. Mirando la pantalla de mi MacBook durante veinte minutos. El dedo índice encima del ratón. «Dale ya, hostia», le supliqué al capullo que llevaba dentro. «¿Qué más te da? Tú seguirás siendo rico y ella, pobre. Ella siempre vivirá en la miseria, vaya a donde vaya».
Un golpecito en la puerta me sacó de mis cavilaciones. Sue entró sin permiso. Técnicamente, había llamado, pero eso era palabrería barata por su parte. Mi asistente personal era grosera, vengativa y sumamente desagradable en cuanto tenía ocasión desde que me pilló cepillándome a otra en el escritorio de mi despacho en la sucursal de la Compañía de Bienes, Adquisiciones y Servicios de Los Ángeles. Daba igual que Sue y yo solo hubiésemos tenido un rollo rápido. ¿Estuvo mal por mi parte follarme a mi asistente personal? Seguramente. ¿Le avisé desde un principio de que era más probable que me convenciera de pasarme a la cienciología que de tener una relación seria? Sí, lo hice, y varias veces, incluso antes de meterle la punta. ¿Me dijo que «lo entendía perfectamente y que ella hacía lo mismo»? Os digo yo que sí. Pero todo eso dio igual cuando pasamos de una embestida a un gemido y después a una actriz aficionada de Los Feliz gritando mi nombre tan fuerte que casi aparecieron los de seguridad en el despacho para ver si estaba bien.
Hacía casi un año que Sue me «pilló» no poniéndole los cuernos, y las cosas empeoraron progresivamente con cada mes que pasaba de mi inexistente infidelidad. Cualquier otra chica se habría ido hace tiempo de mi ostentosa oficina de Manhattan, pero Sue tenía un contrato especial que yo mismo había redactado (nada de antecedentes penales, gracias por preguntar) mientras me comía la polla, así que no podía echarla. Ella tampoco dimitiría, y entendía el motivo.
El sueldo era bueno y el número de horas, decente para tratarse de una empresa financiera en el corazón de Manhattan, pero no me iba a dar cuartelillo tampoco. Como en ese momento en que entraba en mi despacho con su falda de tubo, sus tacones altos, su tinte impecable, su flequillo de lado y su cara de acelga. Tenía suerte de que mi despacho se compusiera únicamente de ventanas de vidrio (aparte de la puerta de madera oscura). Siempre existía la posibilidad de que intentara cortarme las pelotas y hacérmelas tragar.
—Buenos días, señor Cole.
Sus labios carmesí apenas se movieron mientras tocaba la pantalla del iPad con los ojos fijos en él. Cerré la pestaña de mi cuenta corriente y decidí pensar lo de enviar dinero a mi archienemiga. Que esperase. Ella ya me había hecho esperar bastante. Años y años de espera.
—Sue —respondí mientras me reclinaba y entrelazaba los dedos. Me negaba a hacer la chorrada esa de llamarla por su apellido, señorita Pearson, soy de los que prefieren mostrarse amistosos y relajados con sus empleados. Además, me parecía demasiado pornográfico hasta para mi gusto llamar a alguien a quien alguna vez le había metido los nudillos por el apelativo «señorita Apellido» en tono cortante—. ¿Qué tal?
—Bien. ¿Usted?
—Un poco más y exploto de felicidad.
No perdí la sonrisa, pero lo dije con un tono tan seco como el papel. ¿Estaba contento? ¿Estaba triste? ¿Estaba tan colocado que no era capaz de distinguir entre un sentimiento y el otro? A saber. Lo que sí sabía era que necesitaba una copa o tres, que era lo que me solía pasar después de hablar con Nina.
Sue se detuvo en mitad de la estancia. Delante tenía mi escritorio de vidrio, mi silla de ejecutivo de cuero y el cuadro de un mapa del mundo antiguo que había a mi espalda y que llegaba hasta el techo.
Genérico.
Caro.
Rico.
Esa era la imagen de mí que le vendía al mundo.
Ese despacho era una coraza, igual que mi apariencia.
Ese despacho no me representaba. Igual. Que. Mi. Apariencia.
—Veamos… —dijo. Resopló y pasó su superlápiz por su superiPad. Esa chica era de todo menos ordinaria—. Tiene una reserva en The Breakfast Club este mediodía con Cynthia Hollyfield. No olvide la videollamada por Skype con el señor Rexroth, el señor Spencer y el señor Followhill a las dos. Más tarde pasaré a recoger su ropa a la tintorería y la dejaré en su casa.
Me iba soltando toda esta información mientras yo hojeaba las páginas del informe de un cliente con el que había quedado cuando levantó la cabeza de golpe.
—He leído en su correo que ha reservado otro billete para All Saints a nombre de Rose LeBlanc. ¿Me confirma que viajará en primera clase con usted mañana por la mañana?
Sue arqueó una ceja perfectamente depilada. Cómo no, la verdadera pregunta era «¿te la estás tirando?» y la respuesta sincera a esa pregunta, a la que contesté con dos parpadeos lentos, era «¿a ti qué coño te importa?».
—Lo confirmo —dije mientras miraba un párrafo de otro acuerdo de fusión en curso sin leerlo realmente.
El aire acondicionado zumbaba. Cuarenta y seis pisos más abajo, un grupo de taxistas tocaban el claxon. Se oía un ligero tecleo que llegaba desde varios cubículos. Me miraba a los ojos, pero era una batalla perdida para nuestra pequeña Sue. No podía verme a través de ellos. Solo yo conocía su idioma. Y elegí no compartirlo con el resto del mundo.
—Bien. —Cambió de pose. Se metió el iPad debajo de la axila, se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Miré cómo se le movía el culo con cada paso que daba con sus taconazos Louboutin sabiendo que esto no se iba a quedar así. Sue sabía que Rosie era la hermana pequeña de Emilia LeBlanc, pero nunca tuvo el placer de conocer a mi vecina que medía como un duendecillo. Sin embargo, estaba al tanto de que yo no era de los que cuidan a los hermanos de nadie, a no ser que saque algo de ello. Y la señorita LeBlanc era perfectamente capaz de ir al aeropuerto solita, lo que dejaba a Sue con una única conclusión: quería fornicar con Rosie LeBlanc. En más formas de las que alguna vez quise con Sue Pearson.
Y tampoco sería la primera vez que le arruinaba el día especial a alguien por sexo.
Se me conocía por llevar a mis citas a lugares inapropiados. Sue sabía que llevé a un rollo de una noche a un hospital de Chicago para darle la enhorabuena a mi mejor amigo Trent, que acababa de ser padre de una niña: Luna. Cuando Jaime Followhill, otro buen amigo, se casó con mi antigua profesora de literatura, Melody Greene, me presenté en su boda con dos chicas cualquiera que me había ligado en un bar de camino a la ceremonia. ¿La fiesta de jubilación de mi padre antes de que él mismo se desjubilara y se volviera a casar con su trabajo? Aparecí nada más y nada menos que con una de sus estudiantes en prácticas. Por tanto, no era una sorpresa que fuese a ir con una mujer, pero sí lo era para Sue porque sabía que iba a quedarme allí más de una semana. ¿Pasar nueve días con la misma mujer? Eso no lo había hecho nunca.
Lo que Sue no sabía era que Rosie y yo no íbamos a dormir bajo el mismo techo.
No sabía que Rosie me odiaba a muerte, y con razón. Cada vez que Bebé LeBlanc veía mi cara, no le hacía ni pizca de gracia: un fumeta que estaba donde estaba porque su papá era un abogado famoso, y su apellido era Cole, y los Cole habían donado tanto dinero a Harvard como para alimentar a la mitad de África, por lo que mi futuro estaba escrito antes siquiera de saber deletrear la palabra «graduado».
Sue no sabía que Rosie LeBlanc era la única mujer que no me daría los buenos días, y menos aún sabía que, irónicamente, Rosie LeBlanc era la única mujer cuyos días quería.
Y no tenía por qué saber nada de eso, puesto que, como cualquier otra parte de mi vida privada, me lo guardaba para mí.
Sue giró sobre sus talones. Me miró con lo que sospecho que eran pestañas postizas enmarcándole los ojos. Hundió las mejillas.
Entonces hizo algo insólito y, antes de acabar de inhalar, resopló.
—¿Desea algo más, señor Cole? No me encuentro muy bien.
—Nada más —dije—. Cógete el resto del día libre. Descansa. Te lo mereces.
Ella asintió.
Yo asentí.
Sí, no era mala persona. Dejé que mi asistente personal me dejara tirado para que me enseñase una lección inútil.
Encendí mi MacBook de inmediato y finalicé la transferencia: le envié veinte mil dólares.
Se suponía que me haría sentir mejor.
No fue así.

La mañana siguiente fue una repetición de la que viví cuando Bebé LeBlanc se presentó en mi casa hecha un pincel (según sus estándares). Es decir, me desperté al lado de una desconocida con una resaca de mil demonios que decidí paliar fumándome un porro grande y gordo en mi terraza mientras me tomaba un bloody Mary. Nada que ver con la Virgen María. Por aquel entonces, no quería saber nada de vírgenes. Al fin y al cabo, la última a la que me tiré me jodió la vida, huyó y se iba a casar con uno de mis mejores amigos.
Pero me estoy yendo del tema.
Quizá no fue la mejor idea parar en una tienda de los suburbios de Nueva York de camino al aeropuerto a las seis de la mañana, pillar una botella de vete a saber qué y pimplármela antes de que el pobre taxista me dejase en mi destino.
Sabía que era una cagada por mi parte, pero no pude evitar fumar y beber antes de subir al avión.
«Que te den, Nina», mascullé durante todo el trayecto al aeropuerto, como si fuera un mantra de mierda de esos que se usan en yoga. «Que te den, que te den, que te den».
Mientras me dirigía a la terminal haciendo eses, deseé que Bebé LeBlanc ya hubiera subido al avión y se hubiese beneficiado del billete y del taxi que había pedido para ella. Todo apuntaba a que había sido así. La amenacé, y ella no tenía ni idea de que mi conciencia me impediría subirle el alquiler, aunque fuera un centavo. Siempre había tenido una debilidad por esta chica, y cuanto más me odiaba, más quería demostrarle que estábamos hechos el uno para el otro; que si creía en la chorrada esa de las almas gemelas era porque ella y yo lo éramos.
Llegué tarde, por lo que retrasaron el vuelo. Doña cascarrabias no me cogía el teléfono, y noté una cuerda invisible ciñéndome el cuello. Quería llegar a All Saints, dejar a Rosie en casa de su hermana y tirarme en la cama de mi infancia. En algún lugar del fondo de mi cabeza, deseaba más de la vida. Dejar de beber y fumar como un puto carretero. Dejar ir toda la mierda que seguía rebotando en mi vida. Pedirle una cita en vez de pedirle que me cabalgue del revés, porque mis insinuaciones no eran más que un mecanismo de defensa por si decía que no.
Nunca me habían dicho que no.
Solo ella. Y si iba a rechazar algo, que fuese mi polla y no mi corazón.
Lo último que recuerdo es a la azafata indicándome dónde estaba mi asiento y el golpe que me di en la cabeza al apoyarla en el reposacabezas, seguido de un dolor agudo que me hizo pensar que me acababa de explotar el cerebro. Hice una mueca y me froté la frente. Entonces oí su voz tensa y jadeante. Al principio, pensé que me iba a gritar por llegar tarde, por retrasar el vuelo y por respirar. Por eso no procesé nada cuando el frito de mi cerebro dio sentido a sus palabras.
—Ten. Dos ibuprofenos y agua. —Me puso algo en la mano—. Cuando despeguemos, le pediré a la azafata que te traiga leche. Como me salgas con alguna otra gilipollez, me aseguraré de que todas las mujeres que lleves a casa sepan que tu polla está más contaminada que los baños públicos del metro.
Abrí los ojos y volví la cabeza en el asiento acolchado para mirarla. Me fijé en su cara.
—Pareces muy interesada en mi polla, Bebé LeBlanc. Primero querías echarme cera y ahora quieres que no moje. A lo mejor deberías conocerla y ver si podéis ser amigas. Yo creo que os llevaríais muy bien.
—No, gracias. Literalmente, preferiría comerme el vómito de alguien.
—¿Literalmente? Lo dudo. A no ser que tengas un gusto especial por el vómito.
Rosie me hacía la puñeta constantemente. No la culpaba, pero tampoco confiaba en ella. En ese momento, su semblante no mostraba ninguna expresión; era sincero y, sí, precioso: sus mejillas del color de los melocotones maduros, su naricilla llena de pecas y los ojazos más azules que había visto nunca y que no dejaban de mirarme. Doscientos tonos distintos de castaño y rubio adornaban su cabello, todo cortesía de la madre naturaleza. Era la personificación de una ninfa. Toda ella era asombrosamente delicada y suave; no adivinarías que estaba enferma.
Gemí, me metí las pastillas en la boca —estaba seca— y di un trago de agua. Me limpié los labios mientras el avión empezaba a ganar velocidad.
—¿Necesitas algo? —preguntó en un tono neutral. Se refería al alcohol. A la maría. Al desastre que era mi vida en general. Yo era casi un alcohólico de alto rendimiento que fumaba como si estar colocado fuera un deporte olímpico. No oía a nadie quejarse cuando cerraba tratos, hacía transferencias y follaba como un campeón.
—La verdad es que sí. Necesito que me dejes en paz hasta que lleguemos a San Diego. ¿Crees que podrás hacerlo?
«Serás cabrón».
Lo último que vi antes de quedarme traspuesto fue el pecho de Rosie subiendo y bajando de manera irregular a causa de su respiración entrecortada.
—Como quieras —susurró—. Te dejo tranquilo, pero solo porque tengo la sensación de que has tenido una semana de mierda. Si quieres hablar, aquí estoy.
Quería contárselo todo.
No quería que supiera nada.
Me confundía. En ese momento, era la complicación de la que hablaba cuando le dije que siempre seguía el camino fácil. Cerré los ojos y traté de dormir. Y cuando llegó la oscuridad, ella también.
Nina.
Capítulo cinco
Rosie
Once años antes
¿Qué te hace sentir viva?
Contemplar mi reflejo en el agua calma y serena de la piscina con sus tonos azules, imperturbable. Zambullirme en un lugar más tranquilo sin siquiera meter un dedo en el agua.
Una química peligrosa.
Ese era nuestro mayor problema.
Y por eso juré no estar nunca en casa cuando Dean venía a visitar a mi hermana. No era una tarea difícil. Millie era un animal de costumbres. Su cuarto estaba limpio, sus libretas ordenadas y su caligrafía era perfecta, lo que hacía que sacase sobresaliente tras sobresaliente. Como con todo lo demás, se había hecho un horario muy específico para estar con su novio culto y refinado. Los martes y los jueves después de clase, porque por aquel entonces Dean entrenaba por las mañanas y los fines de semana abandonaban la mansión de los Spencer porque Millie no aguantaba a Vicious y viceversa.
Tampoco era de las que se quedaban tiradas en la cama llorando a moco tendido escuchando las canciones de Miranda Lambert en las que decía cuánto odiaba a los hombres. Yo era la típica alborotadora a la que le iban las emociones fuertes y suspendía todo. Salía con mis amigos y me apuntaba a actividades extraescolares. Fui al centro a hacerme un piercing en el ombligo y otro en la nariz, solicitaba trabajos de poca monta, ahorré dinero para comprarme una bici y me bañaba desnuda con mis amigas en una playa desierta cuando el tiempo lo permitía, lo cual era siempre porque, a ver, estamos hablando del sur de California.
La verdad es que hice un montón de cosas ese otoño. Por supuesto, ninguna de ellas fue beneficiarme al novio de mi hermana.
Os aseguro, así sin rodeos, que estar bajo el mismo techo que ellos me hacía querer esconderme en lo más hondo de mi ser y desvanecerme. Hacían ruidos. De la peor clase. Odiaba esos ruiditos. Respiración pesada, jadeos, risitas, besos babosos y altos. Oírlos a través de la puerta cerrada del cuarto de Millie solo hacía que el agujero del pecho se me hiciera más grande. A pesar de mis defectos, siempre he sido una chica sensata. No necesitaba esa negatividad en mi vida. Así que, por mi bien, pasaba de estar allí. Si tuviese que elegir cuál fue el momento que me hizo tomar la decisión de mantener las distancias con Dean Cole incluso estando en la misma habitación que Millie, diría que el de la piscina.
Era jueves y Millie llegaba tarde. Tuvo que parar en la gasolinera de camino a casa para inflar las ruedas de la bici. Estaba a punto de salir de la casa que nos habían asignado los Spencer. Fue un encuentro de película. Abrí la puerta justo cuando Dean iba a llamar. Nos miramos a los ojos y apreté la mandíbula con decisión para reprimir una sonrisa, porque no me habría extrañado que mis comisuras llegasen hasta el techo si la esbozaba.
Dean parecía una tentación. Y no me refiero solo al hecho de que estuviera impresionante con su soberbia chaqueta universitaria de color azul y su cara de malote mojabragas. Su ligero aroma a detergente y sexo de alta gama, su imponente altura y su recia constitución me desesperaban. Lo juro, la mitad del tiempo que lo tenía cerca la desesperación que sentía por él flotaba en el aire como un tufo.
—Hola.
Mierda, un gallo.
—Otra vez tú —dijo.
Volvíamos a mirarnos. Era un marrón, pero tampoco era la primera vez que pasaba. Siempre me hacía sentir culpable. Si en vez de sus ojos hubiesen sido sus manos, me habría acercado a él por la cintura, no sin antes bajarme la capucha de la sudadera de los Dead Kennedys para verme mejor, y yo lo habría cogido de su perfecto cabello castaño bañado por el sol, pegado como las páginas de un libro nuevo.
—Millie aún no ha llegado, pero pasa si quieres. —Me hice a un lado y abrí más la puerta—. Yo ya me iba. Volverá enseguida.
—¿A dónde vas? —preguntó mientras estiraba el brazo para impedirme salir.
—Perdona. —Me crucé de brazos—. No he recibido la circular. ¿De repente es asunto tuyo?
—A lo mejor se perdió en el correo. —Avanzó un paso, lo que me obligó a retroceder. Madre mía, no podía ni mirarlo a los ojos de lo nerviosa que estaba. Menos mal que le llegaba por el pecho—. Porque, sin duda, eres asunto mío, Bebé LeBlanc. —Se me subió el corazón a la garganta, lo que me impidió respirar, y añadió—: Y creo que sería mejor que dejásemos de fingir que no me interesas.
Me puse como un tomate y me tapé la cara con la capucha.
Normalmente, él era el chulito. La imagen del malote que se pasa el día buscando follón que los Buenorros vendían en el instituto All Saints. Sus súbditos y secuaces se la comían con patatas y volvían a por más. Quizá fuera culpa mía que esas cosas me dieran igual, pero pasaba de los humos que se daban los Buenorros y de que se creyesen muy mayorcitos. Parte del motivo por el que me fijé en Dean fue porque era un payaso y no era tan taciturno y gilipollas como los demás. Desde que empezó a salir con Millie —que fue no hace tanto—, siempre intentaba darme conversación. Al principio, me aseguró que no le pondría un dedo encima. Cuando le dije que eso era precisamente lo que debía hacer, se enfadó mucho. Ahora salía con ella y se comportaba como su novio, la besaba —joder, si los oí justo el otro día— pese a que no me quitaba los ojos de encima. Nunca.
—Pues… —Perdí el hilo y puse a trabajar mi oxidado cerebro para que urdiese una mentira creíble. Mi coartada era sólida. Sí que tenía que ir a un sitio. Pero no se lo decía a nadie, mucho menos a mis compis de clase, y menos aún al tío por el que estaba pillada hasta las trancas. Pero Dean no era de los que se rinden a la primera de cambio, tenía que decir algo, lo que fuera. Decidí decir la verdad—. Voy al médico.
Me arriesgué a mirar arriba, vi reconocimiento y calma bañándose en su rostro. Se guardó las manos en los bolsillos.
—¿Te encuentras mal?
Toda mi vida está mal.
—No, no es eso. —Me metí un mechón por detrás de la oreja y por dentro de la capucha—. Es que a veces necesito… —«Cierra la boca», me decía la voz de mi cabeza. Encogerme y mostrarme vulnerable no era lo mío.
—¿Necesitas…? —Bajó la barbilla para animarme a continuar.
Qué pena que la química fuera una cuerda inexplicable que atraía a dos personas. Porque así fue como me sentí en ese momento. Atada. Su forma de mirarme —como si yo fuera el ombligo del mundo— me molestó. Me halagó. Me obsesionó. Dios, tenía que decir algo pronto si quería que se callara y me dejara en paz por muy vergonzosa que fuera la verdad. Eso daba igual.
—Que me den un masaje en el pecho. —Tenían que sacarme la mucosidad de las vías respiratorias, pero no es que ardiese en deseos de contárselo. Arqueé una ceja y me metí los puños en los bolsillos—. Hay que mantenerlo sexy y eso.
La capucha me tapaba bien los ojos, pero aun así no era suficiente. Nada era suficiente a su lado. Incluso con tres capas de ropa me sentía desnuda.
Los masajes en el pecho eran un acontecimiento semanal. A veces, tenía que ir al ambulatorio. A veces, me visitaba una enfermera. Y aunque Millie no le había contado a su novio que estaba enferma, sabía que si iban en serio se enteraría tarde o temprano.
Me abrí paso a empellones y me dirigí a la entrada principal de la mansión. Había un camino de baldosas que conducía directamente a la puerta, pero me gustaba ir por el camino largo, por el césped tan verde como los ojos de Dean y la gigantesca piscina de Vicious. Caminar por el borde. Sentirme viva.
Oí a Dean acercarse corriendo. No me hizo falta darme la vuelta para saber que estaba esbozando esa sonrisa que tanta rabia me daba.
—Conque un masaje en el pecho, ¿eh? —dijo en tono pícaro—. A muchos chicos les encantaría dártelo.
—Gracias por darme grima, Dean.
—¿Qué tiene de grimoso decir que hay tíos locos por tocarte las tetas?
—Que es el novio de mi hermana quien me lo dice. Además, es un comentario un poco inoportuno. Y con «poco» quiero decir «muy inoportuno».
—En ningún momento he dicho que fuera yo quien quisiera dártelo —replicó chasqueando la lengua, y añadió—: ¿Y para qué coño necesitas que te den un masaje en el pecho? ¿Te vas a poner tetas o algo?
Me detuve en la otra punta de la piscina, giré sobre mis talones y lo miré a los ojos de una forma que se me antojó demasiado íntima. Estábamos cara a cara. Cuerpo a cuerpo. El viento era frío, pero agradable. Retrocedí un paso. En aquel punto, Vicious podía vernos desde la ventana de su cuarto. Lo último que necesitaba era darle más munición para atacar a Millie y que le dijera que me había visto tonteando con su novio. Tenía que protegerla a toda costa.
—Estoy enferma —dije sin poder evitarlo.
Se le oscurecieron los ojos y su rostro se tiñó de incredulidad y recelo.
—¿De qué? —preguntó. Parecía confundido, molesto y… ¿herido? Tal vez.
—Fibrosis quística. Es una enfermedad pulmonar.
—¿Tiene cura? —insistió con dureza. Frunció el ceño al máximo. Casi parecía que me estuviera acusando de algo.
—No. —Me ruboricé—. Nací con ello. Moriré con ello. Lo más seguro es que también sea lo que me acabe matando. Joven, seguramente. Mis padres son portadores.
—Millie no lo tiene.
Otra vez ese tono de sospecha. ¿Esperaba descubrir que mentía? Porque si mentir se me diera bien, seguro que habría intentado vender la moto de que tenía poderes o el coeficiente intelectual de Einstein. Solté una carcajada porque pegaba con el momento.
—Millie tiene suerte —escupí. La tenía. En más de un sentido—. Que ambos padres sean portadores no significa que todos sus hijos vayan a desarrollar la enfermedad. Llámalo la ruleta rusa de la naturaleza, si quieres. Y he sido yo la que se ha llevado el balazo en todo el gaznate. Ahí tienes tu dato curioso del día. ¿Puedo irme ya?
Con cualquier otro chico, me habría girado y me habría ido. Fácil. Pero con Dean Cole, Ruckus, no había nada fácil. Quería exprimir cada segundo que estaba a solas con él. No sabía por qué. Estar con él era raro, angustioso y emocionante, y cuando se fuera, sabía que me odiaría a mí misma por cada palabra que había dicho, por cada gesto que había hecho y por cada vez que había respirado.
—Rosie.
Levanté la cabeza y, antes de darme cuenta de lo que pasaba, noté sus ásperas palmas en la cintura y que caía a la piscina. No me dio tiempo a prepararme para la caída. Literal y metafóricamente hablando. Caí de plancha. Parecía que en vez de agua hubiese hormigón; así de doloroso fue. Me impulsé con los brazos para sacar la cabeza y coger aire. Noté lo fría que estaba el agua cuando di una bocanada, desesperada. Abrí los ojos, temblaba de arriba abajo, y antes de ver bien de nuevo, alguien se zambulló a mi lado. Dean también había saltado.
El corazón me empezó a latir como loco, desbocado. Repicaba contra mi caja torácica, caía en picado, se esforzaba por escapar, ya fuera a través de mi estómago o de mi garganta; quería salir, salir, salir. Dean nadó hasta mí y me inmovilizó contra el muro azul. Yo me dediqué a asestarle puñetazos. Puñetazos frenéticos y furiosos. No como los que dan las chicas en broma cuando quieren coquetear con algún chico o advertirle que se aleje. No. Le arañé el pecho con la esperanza de hacerle sangre.
Entonces me eché a llorar.
Que sepáis que eso también era impropio de mí. No lloraba delante de desconocidos. Y, por si había alguna duda, cualquiera que no fuera Millie, mamá o papá era un desconocido. Y ahí estaba yo, con mis lágrimas calientes y saladas mezclándose con el agua dulce y fría.
La vida no era justa.
—¿A ti qué coño te pasa? —rugí sin dejar de pegarle.
Se había quitado la chaqueta antes de saltar, así que lo único que se interponía entre nosotros era su ajustada camiseta negra y dorada y mi sudadera empapada. Su piel estaba caliente a pesar del agua helada y necesitaba más. Quería dármela. Su cuerpo entero lo decía. Lo cantaba. Lo gritaba desde la azotea de esta gigantesca mansión. No decíamos ni mu, lo que hizo que nuestro lenguaje corporal hablase mucho más fuerte. «Una química peligrosa», advertía. «Huye, Rosie».
—A tus pulmones no les pasa nada —me gruñó en la cara. Me cogió de las muñecas y me estampó contra la pared con fuerza. ¿Qué hacía? Vicious podría vernos. ¡Qué coño! Millie podría vernos. ¿Qué pensaría si entrara por la puerta ahora mismo? Su novio y su hermana juntos en la piscina. Cuerpo a cuerpo. Alma a alma—. ¡Estás bien, joder! —añadió con la frente a escasos centímetros de la mía.
¿A quién intentaba convencer: a mí o a sí mismo?
Y, de todas formas, ¿qué más le daba a él?
Me obligué a calmarme. Tenía que hacerlo entrar en razón. Tenía que soltarme si no quería que nos pillaran haciendo lo que fuera que estábamos haciendo.
—Dean —dije tan fríamente como pude.
Me zafé de su agarre y le puse las palmas en el pecho. Respiró hondo y cerró los ojos. Le caían gotas de las pestañas. Estaba mojado y tenía una pinta deliciosa. Se mostraba tal cual era. En algún lugar de mi mente, supe que el momento que estábamos compartiendo era memorable y que no volvería a vivirlo jamás con ningún otro chico. Ese instante era nuestro por más que me resistiera a vivirlo.
—Rosie —replicó.
—Estoy enferma —repetí.
—No digas eso. No estás enferma. Es una puta dolencia.
Negué con la cabeza, lo que hizo que el agua y las lágrimas volasen de un lado a otro.
—No es una dolencia. Voy a morir muy joven, Dean. A los treinta, tal vez cuarenta… Cincuenta, con suerte.
—Calla —dijo apretando los dientes. Golpeó la pared con la palma y temblé (y no solo de frío)—. ¡Y una mierda! —escupió—. No estás enferma.
Tenía que dar con otra estrategia. Y deprisa.
—No puedes ponerte así, ¿vale? Podemos ser amigos —mentí, porque a esas alturas ya sabía que era imposible—. Pero no puedes tirarme a la piscina en pleno otoño. Primero, porque estoy enferma de verdad, y aunque no fuera propensa a padecer neumonía, no me hace gracia que me tiren a un agua helada. Y después, por Millie. No es justo para ella. No puedes tratar a su hermana así. Como… Como…
—¿Como qué? —me desafió echando chispas por los ojos.
«Como si te gustara».
«¿Le gusto, acaso?».
Mis hormonas se estaban rebelando. Mis principios me quemaban por dentro. Todo el vello de mi cuerpo se erizó. Me puso una mano en la mejilla y me alzó el rostro para obligarme a mirarlo.
—¿Como. Qué. Rosie?
Había algo en su mirada. Una intensidad que no le había visto nunca. Era perturbador, porque ese algo me decía que no tenía ni idea de lo que hacía. Solo sabía que estaba mal. Y como yo, estaba confundido, herido y enfadado.
—Como si te gustara —admití en voz baja.
—Es que me gustas —confirmó—. A lo mejor va siendo hora de que cambien las tornas. Tampoco es que le importe mucho a tu hermana, Bebé LeBlanc.
A él tampoco le importaba mucho Millie. Se preocupaba por ella. Lo que lo hacía incluso más atractivo, pues teníamos un objetivo común: proteger a quien yo quería con locura.
Pero, al mismo tiempo, me consumía la amargura cada vez que veía la total y absoluta pérdida de tiempo que era su relación. Cuando presenciaba cómo se le iban los ojos a Vicious cuando estaba cerca. Cómo Dean y yo nos mirábamos cada uno desde un extremo de la habitación. Quería coger a mi hermana por los hombros y zarandearla. Decirle que se aclarara y se fuese con el chico que hacía que el corazón le fuera a mil. Pero teniendo en cuenta que mis padres nos obligaron a dejar nuestra casa en Fairfax, Virginia, para venir a California para que pudiesen atenderme mejor, no estaba en posición de pedirle nada. Y menos cuando yo tenía amigos y vida social y ella nada precisamente por esa decisión. Así que la dejé quedarse con los dos: con el cuerpo de Dean y el corazón de Vicious.
—Como no me sueltes —dije mientras me castañeteaban los dientes (y no solo por el golpe)— pillaré una infección pulmonar. Dean —añadí en tono de advertencia. Esta vez me dejó apartarlo de un empujón. Se alejó de mí y miró cómo me subía al borde de la piscina con dificultad a causa de la ropa empapada.
No me volví a mirarlo. Me daba demasiado miedo que viese mi mirada eufórica y lujuriosa. Y mi cara, roja en comparación con mi cuerpo tembloroso y azul.
Vi de soslayo cómo nadaba hasta el borde, apoyaba los antebrazos en los azulejos mojados y descansaba el mentón en las manos.
—Esto es tóxico. Tenemos que pararlo antes de que vaya a más —masculló, más para sí mismo que para mí.
—¿A más? —Me quité la sudadera y arrojé la pesada prenda a una tumbona que había cerca—. ¿A más de besarte y liarte con mi hermana hasta el aburrimiento mientras me tiras la caña? —pregunté con voz trémula.
—Rosie —respondió. Se me escapó una risa estridente. Rosie, mis cojones. Estaba con mi hermana. Es cierto que insistí para que saliera con ella, pero eso no hacía que me escociese menos—. No me hagas quedar como el malo ahora. Fuiste tú la que me dijo que saliera con ella. Fuiste tú la que me dijo que la tocara. ¿Qué coño quieres que haga? ¿Que pase de su culo?
Odiaba que tuviera razón, y odiaba que algo tan lógico me hiciera parecer tan irracional.
—Esto —dije mientras nos señalaba alternativamente— no va a pasar. Estás saliendo con Emilia, Dean. Tú y yo no vamos a estar juntos nunca.
—¿Quién lo dice? —preguntó en tono desafiante.
—Yo. Y la sociedad. Y la lógica. Y la cultura. Y las pelis y libros románticos que he devorado, joder.
—Mmm. —Volvió a esbozar una sonrisa juguetona con esos labios de ensueño—. No es verdad.
—Lo es —repliqué—. Julieta no tenía una hermana mayor llamada Julia a la que Romeo cató antes de decidir que prefería a Julieta.
—Julieta nunca se enfrentó a sus puñeteros sentimientos —gritó mientras aporreaba los azulejos—. ¿Desde cuándo eres tan gallina? —Dean salió de la piscina tan rápido que me pareció una ilusión óptica. Pegó su cara a la mía y gruñó—: ¿Desde cuándo te importa lo que piense la gente? Te he juzgado mal. Como te laves las manos, le daré una oportunidad a Millie.
Parecía una amenaza.
—¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? —resoplé.
No era culpa suya. Para cuando Dean se fijó en mí, Millie quiso salir con él y él no fue capaz de rechazarla. Además, le hacía la vida mucho más fácil. Atrás quedaron los días en que su taquilla estaba llena de basura y la gente la llamaba «escoria» al pasar por su lado.
—Esperarte —contestó, y ambos suspiramos cuando empezaron a caernos gotas.
—Bien. —Sonreí con ternura. Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para enseñarle los dientes y los hoyuelos—. Tienes luz verde para enamorarte de mi hermana. Ya te lo he dicho: no va a pasar nada entre nosotros.
Cinco segundos después, Millie se presentó en la piscina con la bici a un lado. Le explicamos que me había caído al agua y que Dean se había lanzado a salvarme. Estaba colorada, la piscina no era tan honda y nadaba perfectamente, pero los ojos de Millie —así como su corazón— estaban en otra parte, y me dio la sensación de que podría habernos pillado con los pantalones bajados y le habría dado igual.
Al final no fui al médico.
Pero sí cogí una neumonía que me hizo ir a urgencias y pasarme cuatro días en el hospital. Me perdí dos exámenes importantes y tuve que llevar un chaleco vibratorio durante días.
El jueves siguiente, cuando volví a casa después de evitar a Dean y Emilia, encontré un libro en la almohada junto con una nota. El jinete de bronce en una edición en tapa dura. El papelito amarillo decía así:
Que le den a la sociedad.
Que le den a la lógica.
Que le den a la cultura.
Que le den a tu enfermedad.
¿Y sabes qué? Que te den a ti también.
Toma, un libro para que veas que lo nuestro puede funcionar. Léelo.
Dean.
Al día siguiente, sin embargo, se lo devolví por la rendija de la taquilla con otra nota.
Hazla feliz. Como le hagas daño, te mataré.
La ficción es mágica. La realidad es dolorosa.
Rosie.
No retomamos el tema hasta que Millie se fue.
Pero me compré mi propio ejemplar de El jinete de bronce.
Lo leí.
Lo memoricé.
Lo recité.
Y nunca, jamás, lo olvidé.
Dean
Once años antes
Al final, Millie y yo hacíamos una pareja bastante decente. Antes de que ella mandase nuestra relación a tomar por culo, claro.
No quería ponerle nombre a lo que sentíamos o no sentíamos. ¿Era amor? Seguramente no, pero Millie me importaba y disfrutaba de su compañía. Lo que pasaba era que disfrutaba más de la compañía de su hermana. Pero cada vez era menos un problema, pues Bebé LeBlanc se echó atrás y se dedicó a evitarme, aunque nunca lo dijese con esas palabras. Rosie hacía más fácil la situación.
No como Vicious.
Conocido por complicar las cosas, hizo lo que se esperaba de él: estropearlo todo.
Vicious intentó vengarse de mí por salir con Emilia LeBlanc de varias formas. Por desgracia para él, a diferencia de sus seguidores, yo no era ningún pelele. Nos peleábamos cada dos por tres por lo mismo —tanto física como verbalmente—, pero sabía que romper con Millie la dejaría a su merced, y no quería que le pusiera un dedo encima. La intimidaba, se burlaba de ella y le demostraba lo mucho que la odiaba. Había tenido tiempo de sobra para pedirle salir. Ahora ella quería estar conmigo y Rosie me había lanzado a sus brazos.
Y más que complacer a Millie, quería complacer a Rosie. Que te cagas.
Al final, Vicious consiguió vengarse de mí de una forma que atravesó mi coraza. Resulta que la mierda esa era gruesa pero no irrompible.
Besó a Rosie.
Estábamos de fiesta en su casa y nos estábamos recuperando de la paliza que nos acabábamos de dar. Hasta aquí, todo normal. Lo raro fue que me hizo probar de mi propia medicina por primera vez. Y os aseguro que estaba asquerosa.
Iba de camino a la cocina a buscar agua para tomarme unas pastillas contra la ansiedad. Pese a tener un pedo de la hostia, sabía que tenía que ir a ver cómo estaba Millie. La última vez que la había visto, se iba corriendo a la casa de los sirvientes. Parecía molesta con Vicious.
Me abrí paso a empellones a través de múltiples cuerpos perlados de sudor y, cuando por fin llegué a la nevera, descubrí que Spencer se había quedado sin agua. Miré a mi alrededor: la cocina era una habitación gigantesca, de madera de cerezo oscura, que encajaría mejor en el palacio de Buckingham. Mirases donde mirases, había gente. Una pareja dándose el lote en el fregadero, un montón de futbolistas tomando chupitos en la isla y chicas inhalando el Ritalin que había llevado esa noche. Aparté a dos tías y abrí la puerta de la despensa, que era donde guardaban las botellas de agua.
Encendí la luz y me quedé petrificado.
Ahí estaba Vicious, cerniéndose sobre Rosie como una mancha oscura a punto de engullirla. Los labios de él tocaban los de ella y viceversa. Quería separarlos y hacer papilla a Vicious órgano por órgano.
Se estaban besando. Rosie tenía los ojos cerrados. Vicious no. Levantó un brazo y me sacó un dedo. Sonrió con suficiencia y la acercó a él por la cintura con la mano libre. No había pasión. Ni lujuria. Todo era la hostia de frío y aséptico. Rosie se merecía a alguien mucho mejor.
«¿Como quién? ¿Como tú, idiota?».
—¿Qué cojones pasa aquí? —dije rechinando los dientes. Mi voz la sobresaltó tanto que dio un respingo y se llevó la mano al corazón—. Quítale las manos de encima si no quieres que te las rompa—. Sentí que la oscuridad de la boca de mi estómago se extendía como tinta y tomaba el control.
Vicious volvió la cabeza hacia mí sin dejar de tocarle el pelo a Rosie. Sonrió con suficiencia.
—Oblígame.
Acepté la invitación con mucho gusto. Lo agarré por el cuello de la camisa y lo estampé contra una caja de minibotellas de champán. Yo era más grande, más fuerte y más aterrador. Se dio con la cabeza en la caja. Me empujó, pero yo lo empujé más fuerte.
—¡Dean! —gritó Rosie.
Aceptaba que no estuviera conmigo. Lo aceptaba, sí. Pero no lo entendía. Había más chicos. Los veía hablando con ella en el insti y en fiestas. Pero la cosa no pasaba de eso. Rose LeBlanc se llamaba así por un motivo. Estaba llena de espinas. Era tan bella, tan tremenda y asombrosamente seductora que, como a las rosas de verdad, le habían salido unos pinchitos para protegerse. Porque todos querían estar con ella.
«Todos incluido tú, imbécil».
—¿Qué te crees que haces? —siseé en la cara de Vicious. Hacía solo diez minutos, él me estaba dando para el pelo. Intercambiábamos papeles constantemente. No era difícil entender por qué. Ninguno lo dijo en voz alta, pero al fin tenía sentido.
Estábamos con la hermana equivocada.
—Lo que querrías hacer tú. —Entornó los ojos y se lamió el labio inferior, aún hinchado por el beso—. Meterle la lengua en la boca a Rosie LeBlanc. Sabe bien. —Se rio entre dientes y me dio una palmadita en la espalda de buen rollo—. A chicle de fruta, Seven Up y chica con la que nunca vas a estar.
Lo arrojé a la otra punta de la despensa y aterrizó encima de una bolsa de arroz de diez kilos. Quería matarlo, y estoy seguro de que lo habría hecho de no ser porque Rosie se interpuso en mi camino y me mandó al otro lado de la minúscula estancia usando su fuerza inexistente.
—Para ya, anda, que vas fatal. Vete.
—¡Y una mierda! —le grité a la cara mientras me tiraba del pelo—. ¡Si ni siquiera te gusta!
—Eso no viene al caso. Haré lo que me apetezca.
—¿Y lo que te apetece es arrancarme el corazón de cuajo?
Mierda. Lo había dicho en voz alta, ¿no? Era yo quien le hacía daño a ella. Agaché la cabeza y sentí que se me iba toda la sangre a los ojos. Una parte de mí se alegró de que pronto fuera a marcharme a la universidad. A esta ciudad le encantaba el cotilleo y el drama sin control. No quería estar ahí cuando se saliese todo de madre.
—Sí —susurró con una mezcla de culpa y euforia en el rostro. Parecía tan borracha como yo—. A lo mejor es justo lo que quiero.
—No creo que quieras hacerme daño. —Levanté la cabeza y la miré fijamente a los ojos—. Creo que Vicious sí y que tú le sigues el rollo porque estás pedo. Te llevo a casa.
—No, gracias.
Miró a la otra punta.
—Qué curioso que seas tú quien lo diga. Ya va siendo hora de que te largues de mi propiedad, Cole —oí decir a Vicious detrás de mí mientras se metía un porro en la boca. Un porro que yo mismo le había conseguido. Capullo.
—Como vuelvas a tocarla, me aseguraré de que no beses a nadie más en tu vida. Te lo advierto.
Me encogí de hombros y apagué las luces de la despensa con ellos aún dentro, solo por joder.
Un paso. Otro. Otro más. Salir de la casa de Vicious fue el viaje más largo que había hecho nunca. Algo dentro de mí me urgía a hacer algo, pero no tenía ni puta idea de qué era. Quería cortar con Millie, pero dudaba que eso fuese a cambiar algo. Aun así, Rosie no saldría conmigo. Incluso cabía la posibilidad de que me odiase aún más por dejar a su hermana. Y Vicious claramente iba a acorralar a Millie y convertir su vida en un infierno.
En aquel momento, ni siquiera sabía lo jodido que estaba todo, porque después de la fiesta, Vicious se pasó todo el mes fanfarroneando con que Rosie iba detrás de él y consiguió que Trent y Jaime se lo creyeran, cuando en realidad ella rezaba para que no se lo contara a su hermana. No sabía que ya se lo había dicho. Pero yo sí, porque Emilia me lo había explicado —entre lágrimas, por cierto. ¡Vaya farsa lo nuestro!— con el pretexto de que temía que le fuera a hacer daño a su hermana.
Rosie no lo sabía, pero su pequeño desliz de borrachera en la despensa me arrojó a un pozo sin fondo y a los brazos de mis vicios.
Aquella noche estaba demasiado borracho para conducir, así que llamé a un taxi para que me llevase a casa.
Subí a mi cuarto.
Eché el pestillo.
Saqué una botella de Jack Daniels del cajón de mi mesita de noche.
E hice con ella lo que quería hacer con el cabrón de Vicious.
No dejé nada.
Capítulo seis
Dean
Abrí el maletero del taxi que nos esperaba a la salida del aeropuerto y metí nuestras maletas. Por entonces, ya estaba más o menos sobrio. Y con «más o menos sobrio» quiero decir que distinguía caras, colores y formas grandes. A mis padres les bastaría, así que Rosie también tendría que conformarse con eso.
Volví la cabeza para ver cómo estaba por primera vez desde que había subido al avión y le di un repaso de arriba abajo. Me había pasado casi todo el viaje inconsciente. Tampoco es que importase mucho. Bebé LeBlanc no me habría hablado, aunque hubiese sido la última persona del planeta.
Pero eso era agua pasada. Ahora parecía deseosa de charlar conmigo.
Cerré el maletero con fuerza, me apoyé encima —el mamón del taxista estaba dentro hablando por teléfono con su mujer a un volumen más propio de un espectáculo de Broadway— y me crucé de brazos a la espera de que Bebé LeBlanc descargara su amable ira conmigo.
—¿Voy a tener que hacer una visita a tu mami para que sepa que su hijo tiene un problema con el alcohol? —Frunció el ceño y aderezó la pregunta con un poquito de tos. Qué mona. Ni siquiera conocía a mi madre, y mucho menos tenía el poder o la autoridad para hablar con ella.
Le tiré de la coleta al pasar por su lado para abrirle la puerta. Le hice un gesto con la barbilla para que pasara. Así lo hizo. Rodeé el vehículo y me senté a su lado.
—El problema no es que beba. Cuando no bebo, las cosas se ponen chungas.
Clavé las rodillas en el asiento del conductor a propósito. Era demasiado alto y grande para este coche, y, de todos modos, el muy cabrón se lo merecía. No cerró la boca desde que entramos; solo tomó aire para preguntarnos a dónde íbamos.
Bebé LeBlanc sacó un bálsamo labial, cogió un poco con el dedo y se dio unos toquecitos en los labios. El dulce aroma a algodón de azúcar inundó el habitáculo. Quería lamerle el dedo impregnado de cacao, metérselo por dentro de los vaqueros y ver cómo se masturbaba con el dedo lleno de mi saliva. Me hablaba. Estaba yo como para saber qué coño me decía. Parpadeé e intenté volver a concentrarme.
—No puedo creer que vaya a decir esto, Dean, pero estoy preocupada por ti.
—Qué curioso, porque yo también estoy preocupado por ti. —Me pasé los dedos por el pelo con la certeza de que ese gesto le hacía apretar los muslos—. Preocupado por que no puedas resistirte mucho más.
—Vives muy al límite. —Hizo caso omiso de mi ocurrencia. Me encantaba que se comportara así. Nunca entraba al trapo. Pero acabaría haciéndolo. Tarde o temprano, sucumbiría a la presión a la que la estaba sometiendo desde que había roto con el doctor Caraculo. Porque la palabra «rendirse» no estaba en mi diccionario. Cuando quería algo, lo conseguía. Y la quería a ella.
—Y tú no vives nada —repliqué—. El modo avión en el que has puesto tu vida; esto de dormir, trabajar, ser voluntaria y vuelta a empezar se va a acabar pronto.
Giró la cabeza para mirarme y tragó saliva. Fingí mirar hacia delante para darle tiempo y que recordase que le gustaba lo que veía. Que cayera en mis redes. Que se enredara y, a continuación, devorarla.
Tardaríamos cuarenta minutos en llegar a All Saints, así que me puse cómodo y le comuniqué mis intenciones. Me parecía justo que estuviera al corriente del plan.
—Que sepas que voy a follarte pronto, Bebé LeBlanc —dije simple y llanamente. Me la trajo al pairo que se le salieran los ojos de las órbitas y que se le desencajara la mandíbula; como también me la sudó que el taxista hubiera dejado de hablar en voz alta y nos mirase por el retrovisor con claro interés—. A lo mejor no esta semana, ni este mes, pero pasará. Y cuando pase, vas a tener que enfrentarte a tus miedos y decirle a la buena de tu hermana que estamos juntos, o lo haré yo. Porque una vez que te la meta, verás que ningún otro está a mi altura. Ni lo estarán. Nunca. Así que te lo digo aquí y ahora: eres bienvenida a mi cama cuando quieras, a la hora que sea. Nos veo teniendo una relación seria, de ahí que para mí sea importante hacerte feliz.
—Tomo nota, don iluso.
—Me alegro de que lo hayamos arreglado, futura muesca en mi cabecero.
Rosie
¿Qué te hace sentir viva?
Los olores familiares. El de mis sábanas, mi perfume y el aroma de la mañana. El del sudor que me producen los primeros rayos del sol. El olor de mi hogar.
Siempre he sentido que jugaba conmigo.
No porque quisiera llevarme al huerto. Yo era la reina de las relaciones esporádicas y a corto plazo. Saber que no puedes aspirar a más hace que te conformes con eso. Como Dean, yo tampoco me comprometía.
Era el ex de mi hermana y mi primer amor. Estos dos hechos no deberían estar relacionados. No tendrían que estar ni en la misma frase.
Aunque eso no los hacía menos ciertos.
La lealtad hacia mi hermana, que tenía dos empleos para mantenernos y así librarme del asfixiante control de mis padres y vivir en Nueva York, era más fuerte que mi necesidad de sentir el calor del cuerpo de Dean. De todas formas, aunque no fuera el novio de Millie, me había impuesto una norma al respecto: nada de chicos. Además, Dean estaba destinado a robarme el corazón. De hecho, aún no me había devuelto un pedacito.
Un ama de llaves diminuta y de edad indeterminada abrió la puerta de la mansión de Vicious y Millie y me hizo pasar. Me lavé la cara en uno de los muchos baños del primer piso y me di unas palabras de ánimo mientras me miraba al espejo.
«Estás bien. Eres adulta. Tú mandas. No dejes que te traten como a un bebé».
Me asomé por el vestíbulo de la villa italiana que mi hermana había comprado hacía poco con su futuro marido para que supieran que había llegado.
Crucé pasillos en tonos dorados y pasé por debajo de arcos abovedados y enormes arañas colgantes. Dejé atrás el cuarto de la sirvienta. Millie y Vicious tuvieron la amabilidad de permitir que su «criada» durmiera bajo el mismo techo que ellos, una cortesía de la que no gozó mi familia cuando mis padres trabajaban para los Spencer. Al fin llegué al salón. Observé lo vasta que era la estancia mientras hundía los dedos en el respaldo del sedoso sofá victoriano. La única razón por la que había llegado tan lejos sin que me vieran fue porque la mansión era del tamaño del Louvre.
Mi hermana y yo éramos seres humildes, nacidas y criadas para ser felices con poco, y, aun así, hasta yo reconozco que vivir en una casa como esta te traería una dicha pura e inesperada. Era etérea, preciosa y romántica.
Como Emilia.
Ladeé la cabeza despacio para empaparme de todo. Hasta hace unos meses, Millie, Vicious y mis padres vivían en Los Ángeles, en un dúplex de lujo. Cuando Vicious y Millie decidieron formar su propio hogar en las afueras de All Saints y compraron esta casa, mis padres aprovecharon la oportunidad de estar cerca de su primogénita y se quedaron con una habitación. Digo «habitación», pero en realidad tenían su propio baño, salón y diría que dos cocinas. Difícilmente estarían apretados.
Me encantaba vivir en Nueva York. La suciedad de la urbe, el aire caliente que salía de las cloacas y sus cientos de rostros. Amaba mi independencia, me aferraba a ella como si fuera aire, porque sabía lo agobiante que podía ser vivir con mis padres, pero mentiría si dijera que no sentía una daga negra retorciéndome el corazón.
—¡Mira quién ha venido! —gritó mi hermana. Me di media vuelta y me repantingué en el reposacabezas de madera de su sofá con una sonrisa de oreja a oreja.
Parecía otra, pero en el buen sentido.
Ya no estaba escuálida, no tenía los ojos hundidos y su pelo de un lila rosáceo estaba radiante y precioso de la raíz a las puntas. Llevaba un vestido acampanado de color blanco con cerezas rojas, y lo combinaba con unas sandalias azules de tiras que no pegaban nada a menos que fueras Emilia LeBlanc.
—Madre mía, Rosie —dijo cuando me abalancé sobre ella y le di un abrazo de oso que nos hizo trastabillar—. Te he echado tanto de menos como a una extremidad. ¿He dicho una tontería?
Me apartó de ella un instante para mirarme bien la cara y acariciarme la mejilla. Su enorme anillo de diamantes de color rosa brillaba con tanta intensidad que, por un momento, me cegó un rayo de sol que incidió en la particular piedra de veintiún quilates.
Lo normal hubiera sido que estuviese celosa.
Celosa de que se fuera a casar, de su casa, de su prometido y de que viviera a dos pasos de nuestros padres. Celosa de que estuviera sana. Celosa de que ella tuviese tanto y yo tan poco.
Casoplón italiano o no, se lo merecía. Y no, no era raro que me hubiese echado tanto de menos como a una extremidad, porque yo la había añorado como a un pulmón. La cabrona me hizo adicta a ella nada más salir del útero. Tenía el talento de cuidarme sin que me sintiera una carga, algo en lo que mamá nunca logró destacar.
Millie sonrió, me sujetó por los hombros y me escrutó: el repaso habitual.
—Estás guapísima —me quejé arrugando la nariz—. Odio que pongas el listón tan alto. Como siempre.
Me pellizcó el hombro y se rio.
—¿Y tu novio? Pensaba que vendría contigo.
Por una razón que escapaba a toda lógica, me sonrojé al pensar en Dean. Millie se refería a Darren, obviamente. No le había dicho a mi familia que habíamos roto. Millie ya tenía bastante organizando la boda como para decirle que habíamos cortado. La idea era contárselo esa noche, pero pensaba aferrarme a cualquier excusa con tal de posponer lo inevitable. Prefería que un mecánico me hiciese de dentista que soltarles el bombazo a mis padres.
—Quería estar con mi familia a solas. —Fingí una sonrisa. Millie enarcó una ceja, reprendiéndome en silencio por embustera, y me atusó el pelo con la palma de la mano.
—Aún no me creo que tengas novio —reflexionó—. Pensaba que nunca sentarías cabeza.
—Bueno, me estoy haciendo vieja. Para alguien con fibrosis quística, tener veintiocho años es como tener sesenta y cinco. —Me encogí de hombros—. Ya hablaremos de eso en la cena.
Donde les partiré el corazón y les diré que Darren ya no forma parte de mi vida.
Me empujó al pasillo con un bufido.
—Mamá quiere verte. Está en la cocina. Preparando un guiso.
Mi plato favorito. Noté un calorcillo en el vientre. Se acordaba.
No había ningún parecido entre cómo mis padres trataban a Millie y cómo me trataban a mí. A mi hermana mayor la respetaban, la admiraban y le pedían consejo, mientras que a mí me mimaban, me agobiaban y me trataban como a un huevo roto que se fuera a desprender en cualquier momento. Sin embargo, papá era un millón de veces mejor que mamá. A él al menos le gustaba mi lado sarcástico y me animaba a que me buscase la vida en Nueva York. Mamá se preocupaba tanto por mi salud que no tenía tiempo de conocerme de verdad, de enamorarse de mi personalidad. Siempre estaba en modo mamá gallina, pero no se daba ni un respiro para conocer a su polluelo.
Para ella, yo era la niñita enferma, la gamberra, la granuja. La tonta que arriesgó su vida para trabajar en una cafetería de Nueva York en vez de irse a vivir cerca de la familia. La chica que no se buscaba a un buen chico con el que sentar la cabeza.
Como si Vicious fuera un buen chico…
Ese fue el segundo motivo por el que mi familia no se dio cuenta de que había roto con Darren. Salir con un médico supuso que dejaran de darme la lata cuando Millie se mudó a Los Ángeles. Admito que Darren tuvo la culpa. Sin que él lo supiera, su encanto hizo que mis padres dejaran de taladrarme el oído con que volviese a California con ellos para vivir como una niña burbuja triste e introvertida.
No era una chica burbuja. Era una duendecilla aficionada a la música que preparaba un café de miedo, leía la revista Vice, hacía reír a madres preocupadas por sus bebés prematuros y se apuntaba a un bombardeo. Era una persona. Con sus cualidades y sus ideas.
Pero en All Saints nunca me sentía así.
—¿Está papá? —Jugueteé con el pelo cargado de electricidad estática de Millie mientras nos dirigíamos a la cocina.
—Ha ido al centro con Vic. —Me hizo un gesto para que me adelantara. Un delicioso aroma a tubérculos, canela y carne flotaba en el aire—. Les he pedido que me compren unas cosas. Volverán enseguida.
En la cocina, el decepcionante encuentro con mamá me recordó por qué hice la maleta y me mudé a la otra punta del país nada más acabar el instituto. Me abrazó, me dio unas palmaditas en las mejillas y me preguntó cuándo vendría Darren, lo que me hizo sentir como un premio de consolación.
Abrí la boca con la intención de soltarlo todo, pero mamá habló antes de que me diera tiempo a formular una palabra y me dijo que estaba orgullosa de mí y que se alegraba mucho de que «al fin hubiese encontrado a un hombre respetable con el que sentar la cabeza».
«Va, dilo», quise soltarle. «Di que no todo el mundo es tan honrado como para sacrificarse tanto por una chica enferma».
—Seguro que está liadísimo. Espero que no le estés dando mucha guerra. Me alegro de que le vaya bien. —Me dio unas palmaditas en la mejilla con demasiada fuerza. Su abultado pecho subía y bajaba con cada respiración. Mamá era una mujer con un culazo, con un pelazo castaño, unos ojazos azules y más cosas acabadas en azo. Desde que tengo memoria, una fina capa de sudor siempre le ha perlado la piel. Me encantaba que se me pegase cuando la abrazaba.
—Bueno… —Carraspeé. Cuanto antes me lo quitase de encima, mejor. Como cuando te arrancas una tirita—. La verdad es que…
—Estoy deseando conocer al muchacho. Me he comprado un vestido y todo. La primera impresión es lo que cuenta. Me da buena espina. —Me acercó el dedo a la cara—. Ya lleváis un tiempo viviendo juntos y sabe lo de tu…
Sabía perfectamente a qué se refería. Desde que le dije a mi familia lo de mi situación hacía un año, poco antes de que Millie se fuera, empezaron a tratarme como a un perro viejo con artritis y problemas de vejiga.
Se suponía que Darren llegaría el mismo fin de semana de la boda. Pensó que, para entonces, podríamos decirle a mi familia que éramos los siguientes.
Pensó mal.
Que mamá se hubiese comprado un vestido para conocerlo significaba que estaba eufórica perdida. Seamos sinceros, no vestía tan bien como Carrie Bradshaw. Dejé que siguiese siendo feliz y me reservé la bomba para cuando no estuviera muerta de sueño ni tuviera jet lag.
Vivir en Nueva York significaba que era yo la que llevaba los pantalones y la que decidía qué información compartir con mi familia. Era imposible que mis padres y mi hermana se enteraran de que había roto con mi novio. Nadie podría habérselo dicho.
Excepto Dean Cole.
Nota mental: pedirle a Dean que no se fuera de la lengua.
—¿Y qué tal el trabajo, Rosie? —me preguntó mamá por encima del jaleo de la cocina mientras sacaba el guiso del horno con sus guantes de flores. El olor a carne de res, cebolla y fideos de huevo gordos flotaba por toda la estancia, se me metía por la nariz y hacía que me rugiese el estómago. Millie se humedeció los labios y miró el plato como si fuese Jamie Dornan. No era muy de guisos, pero tal vez se había dado cuenta del gran error que cometía, porque los guisos de mamá eran la octava maravilla del mundo. Estaba a punto de responder a la pregunta que me había formulado cuando me interrumpió. Otra vez.
—Mi niña, ¿tienes hambre? Siéntate, que te sirvo un plato. —Le dio unas palmaditas en la espalda a mi hermana mayor. Apreté los dientes y esperé a que me pidiese que contestara a su pregunta. Si es que le importaba algo mi curro.
Mamá corrió de un lado a otro para prepararle un plato a Millie mientras yo observaba el espectáculo de brazos cruzados. Charlene LeBlanc era una belleza sureña de la vieja escuela —pero mucho—, y llevaba en la sangre lo de ayudar a la gente, y más a sus hijas; lo necesitaba tanto como respirar. Pero había algo más ahí. La urgencia con la que alimentaba a Millie, como si mi hermana fuera incapaz de hacerlo sola o se hubiese quedado sin dientes.
—¿Tú también quieres algo, Rosie? —Miró por encima del hombro mientras abría la nevera y sacaba una jarra de su característico té helado. Los gajos de melocotón flotaban perezosamente en lo alto. Se me hizo la boca agua.
Quería las dos cosas, pero, para mi sorpresa, dije:
—No, gracias.
Mamá se dio la vuelta y le apartó el pelo a Millie de la frente.
—¿Está bueno el guiso? Sé que es tu plato favorito.
Millie asintió, dio otro mordisco y por poco me explotaron las entrañas.
—En realidad —dije mientras abría la nevera. Eso sí me hizo sentir como en casa, porque si era por mamá iba lista—, el plato favorito de Millie son tus sándwiches de carne de cerdo. El guiso de fideos y ternera es el mío. —Cogí una cerveza de una de las puertas; cómo no, la nevera tenía dos puertas y era tan espaciosa como nuestro antiguo apartamento en Sunnyside. Torcí la tapa de la botella y di un trago. Aún era pronto para beber, pero supuse que serían las cinco en algún lugar del planeta. Dondequiera que fuera eso, ahí era donde quería estar.
Mi hermana y mi madre me miraron sin dar crédito; Millie aún tenía la boca llena. Ojalá hubiera bajado la comida con el té helado que tanto me gustaba, aunque ella fuera más de Coca-Cola, así no tendría que haber visto la confusión que inundaba sus ojos.
—Perdón. —Me llevé la botella a los labios e hice un gesto con la mano como para quitarle hierro al asunto—. He tenido un viaje muy largo y turbulento con Dean Cole como compañero. Si no os importa, me voy arriba a descansar.
Millie se puso en pie.
—Te voy a enseñar tu cuarto —se ofreció—. Ya verás qué bonito es. Hasta te he comprado y colgado los pósteres de tus grupos favoritos. Yo te llevo la maleta —añadió y, de inmediato, me sentí culpable por haberle montado un pollo a mamá para cabrearla.
—Ni hablar. —La voz de mamá era de acero; dejó una quemadura a su paso—. Ya la llevo yo. Nos vemos arriba.
Seguí a Millie por las escaleras con la cabeza gacha en señal de vergüenza. El silencio era tan fuerte que resonaba en las paredes. Todos estaban bien hasta que llegué yo.
Sabiendo que tendía a estresar a todo el mundo con mi enfermedad, mi actitud y mi existencia en general, juré agachar la cabeza y quitarme de en medio durante el resto de mi estancia. A decir verdad, ese era uno de los motivos por los que no quería llegar antes.
Con ánimo de entablar conversación, le pregunté a mi hermana:
—¿Cómo es que mamá de repente te trata como si tuvieras seis años y te obliga a alimentarte?
—No le hagas caso —chilló Millie con voz estridente mientras señalaba los cuadros que había en las paredes y las estatuas de las esquinas de los amplios pasillos sin ton ni son—. Ya sabes cómo es. Se preocupa en exceso por nosotras.
—Sí, pero nunca le ha importado que me lleves las cosas —insistí.
Millie se rio. No parecía su risa de siempre.
—Lleva tratándome como si estuviera hecha de cristal desde que me comprometí. Quiere que todo sea perfecto. ¿Qué novia está guapa con una brecha gigante en la cabeza o un brazo escayolado?
Dejé el tema, principalmente porque estaba demasiado cansada para profundizar en él y, en parte, porque tenía bastante de lo que preocuparme. Debía hacer cambios de última hora en su despedida de soltera y aún tenía que contarles lo de Darren en la cena.
—¡Qué contenta estoy de que estés aquí, Rosita! —exclamó mientras me frotaba el brazo. Las dos éramos bajas, pero es que yo era enana. Parecía apropiado que fuese de tamaño portátil, sobre todo porque así era como me sentía cuando mamá andaba cerca—. Sé que estás ocupada y que tienes tu vida en Nueva York. Por eso quiero que sepas que te agradezco que hayas venido. Mucho, mucho, mucho.
Hablamos un rato más y regresó a la cocina. En cuanto estuve sola, me tiré a la cama queen size. Estaba llena de almohadones mullidos. Saqué el móvil del bolsillo trasero de mi falda vaquera desteñida y le mandé un mensaje a Dean. El primer mensaje que le enviaba en toda mi vida.
Rosie: Mis padres y mi hermana no saben que he roto con Darren. No digas nada, porfa. So lo contaré esta noche.
Contestó al momento.
Dean: Mierda. Tendré que cancelar la rueda de prensa que había organizado.
¿Tan mal está la cosa?
Me gustó que me hiciera una pregunta, teniendo en cuenta que, en realidad, Dean esperaba una respuesta.
Rosie: Las típicas travesuras de las LeBlanc. ¿Qué tal por ahí?
Dean: Me estoy zampando un sándwich mientras mi madre me pone al corriente de las nuevas normas para el césped. Me lo estoy pasando pipa. Dame un toque si quieres que te rescate.
Rosie: No eres mi supermán.
Dean: Soy lo que necesites que sea.
Rosie: ¡Qué cursi! Pero has hecho que me entre hambre.
Dean: Qué curioso, porque yo no dejo de pensar en lo rica que tiene que estar cierta parte de tu anatomía; mucho más que mi sándwich.
Solté una carcajada muy fea cuando me di con la cabeza en la almohada y cerré los ojos. El sueño llegó, y luego vino el orgasmo, y en múltiples ocasiones. En sueños. ¿Mi coprotagonista? Dean Cole, Ruckus.
Mierda.
Capítulo siete
Dean
Era un niñato consentido.
Lo sabía, lo admitía y no tenía ningún problema con ello.
Nada más poner un pie en mi casa, mamá y papá se lanzaron a mis brazos como si fuera el mismísimo Dios. Y para ellos lo era. Crecí creyendo que mi culo era el puto sol y que estaba hecho de oro macizo y orgasmos en cadena. Eso fue lo que me inculcaron los sobreprotectores de mis padres y lo que acabé siendo. Con mis hermanas pequeñas, Payton y Keeley, hicieron lo mismo, y acabaron teniendo tanto éxito como yo. Keeley estudiaba Medicina en Maryland y Payton era técnica auxiliar en la Universidad de Berkeley mientras trabajaba en su tesis; una labor tan impresionante como poco memorable.
¿Qué queréis que os diga? El matrimonio Cole tenía unos hijos guapos y brillantes.
Dejando a un lado que dependía del alcohol y la maría para olvidar que Nina existía, era bastante perfecto.
El director ejecutivo perfecto.
El empresario perfecto.
El hijo perfecto.
El amante perfecto.
Podría seguir, pero ¿para qué? También se me daba muy bien gestionar el tiempo.
—Tu sándwich. Lleva la mostaza del mercado agrícola que tanto te gusta.
Helen, mi madre, me dio un beso en la frente y se sentó a mi lado en la mesa de la cocina. Eli, mi padre, se sentó frente a mí sonriendo con orgullo.
Estuvimos hablando un rato de trabajo, de política y de lo que se cocía en el barrio. Entonces, mamá bajó la vista y empezó a toquetearse el collar de perlas que llevaba encima de su cárdigan color limón.
—Cariño, tengo que decirte una cosa, pero no te enfades.
Obviamente, ya estaba molesto.
Levanté la vista y, mientras masticaba, vi que mi madre estaba cada vez más nerviosa y que tragaba saliva.
—Hemos hablado con Nina hace poco. —Mamá se alisó nerviosamente el cárdigan. No debería haberme sorprendido que Nina los hubiera llamado, pero, por alguna razón, así fue. Papá se quitó las gafas y se pellizcó el puente de la nariz.
—No puedes darle la espalda, Dean. Ya va siendo hora de que hablemos de ello —dijo.
—No tenemos nada de que hablar. Ella es cosa mía, no vuestra. ¿Qué quería?
—Me ha pedido que te convenza de que vayas a verla —me suplicó mamá con ojitos de cordero degollado.
—Está como una puta cabra.
—¡Esa boca! —me regañó mi padre como si tuviera cuatro años. No me jodas. Ya me gustaría haberlo visto a él con alguien como Nina. Él estaba con Helen Cole. Una persona maravillosa, comprensiva y con valores. Juzgar es fácil. Lidiar con fregados como este, no tanto.
—¿Y bien? —Me repantingué en la silla—. Suéltalo, Helen.
La sacaba de quicio que la llamase por su nombre de pila. Hizo una mueca.
«Eres un capullo de categoría, Ruckus».
—Queréis que le dé una oportunidad, ¿no? Tiene derecho a explicarse. «Ya va siendo hora de que lo conozcas. Piensa en el vínculo que podríais crear». Vamos, lo he oído todo, pero os dejo que me lo repitáis.
—No es justo que cargues a tu madre con esto. —Papá puso una mano sobre la de ella. Parpadeé una sola vez.
—¿Y a mí sí?
—Tendrás que verla tarde o temprano —arguyó mamá.
—Lamento discrepar, pero no pienso volver a verle la jeta en la vida. Ponedme a prueba. En serio, hacedlo.
—Hay que buscar una solución. Así no se comportan los Cole —empezó a decir mi padre en tono autoritario. El todopoderoso Eli Cole era el paradigma de buena persona. Siempre quería hacer lo correcto—. Sabes por qué te llama. Ya va siendo hora de que afrontes lo que tenga que decirte.
—Si quiere que lo conozca, lo haré encantado, pero no por dinero.
—Eso se puede arreglar. —Se rascó la barba incipiente con la montura de las gafas. No sabía lo que decía. No iba a pasarme años peleando con Nina en los tribunales por esto.
Me levanté y me incliné encima de la mesa.
—¿Me queréis? —pregunté a mis padres.
—Claro —dijo papá en tono burlón.
—Entonces creedme cuando os digo que es mejor que no lo conozca. Ahora mismo, no estoy preparado para lidiar con esto. Respetad mi decisión y dejad el tema.
Hecho mierda —la verdad es que me había portado como un capullo—, subí a mi antiguo cuarto y me preparé para darme una ducha. Me sonó el móvil. Pese a no tener ganas de hablar con nadie, miré quién era.
Rosie: Necesito que vengas a buscarme. Ø coche + cena espantosa = situaciones desesperadas, medidas desesperadas.
Traté de recoger la mandíbula del suelo y me reí entre dientes. ¡Vamos que si iba!
Dean: Llego en 10 minutos.
Rosie: Prométeme que no me vas a tirar la caña.
Dean: Val… No.
Le di un momento para que lo procesara y le envié otro mensaje.
Dean: Llegaré. Veré. Y venceré (y volveré a llegar).
Rosie: No puedo creer que esté tan desesperada como para aguantarte. Al menos, prométeme que no le dirás a nadie que hemos quedado.
Dean: Que sí, vale.
Como si le fuera a importar a alguien. A esas alturas, Rosie y yo éramos dos balas perdidas de un arma que por lo demás funcionaba como la seda. Vicious y Millie iban a sentar cabeza. Jaime y Melody estaban casados y tenían una cría. Hasta el malote de Trent había madurado y se portaba como un padrazo: compartía la custodia de Luna con Val, la madre de la niña. Todos estaban echando raíces y jugando a ser adultos.
Todos salvo nosotros.
Ella era la hermanita deslenguada y traviesa, y yo el fumeta borracho cuya relación más seria era la que mantenía con su camello. A la gente le importaba una mierda que nos volásemos los sesos para pasar el rato siempre y cuando estuviésemos calladitos, no nos equivocásemos de frase y no nos manchásemos la ropa de la boda.
Eso era de lo que Bebé LeBlanc no se había percatado porque estaba demasiado ocupada protegiendo los preciados sentimientos de su querida hermana. Sentimientos que ni siquiera sentía. Me guardé el móvil en el bolsillo trasero y fui al armario a por una camiseta limpia. Mientras cogía las llaves de la mesita de noche, me volvió a sonar el móvil.
Rosie: ¿Tienes maría?
Intenté no reírme —sin éxito— y escribí:
Dean: ¿Y tus pulmones? ¿No los tienes jodidos o algo así?
Rosie: Tú trae la mercancía, graciosillo.
Mimarla era la única vía posible. Rosie quería poner a prueba mis límites. ¿Acaso no sabía que no tenía ninguno? Bueno, si no lo sabía, no tardaría en descubrirlo.
¡Qué bien nos lo íbamos a pasar!
Rosie
¿Qué te hace sentir viva?
Jugar con otro fuego. Cometer errores. Admitirlos. Admitírmelos. Conseguir lo que quiero y llamarlo mío. Aunque no lo sea. Aunque sepa que nunca lo será.
Deberían enviar a los prisioneros de guerra con mis padres para que los torturasen con su lengua. Esa fue la conclusión a la que llegué tras pasar ocho horas con mamá y papá.
Yo era una chica dura. Lidiar con una enfermedad crónica y mortal te confería una capa adicional de dureza. Como esa capa incolora que te aplicas para rematar tu manicura y que nadie ve. De ahí que no me esperase acabar al borde del llanto.
No tenía coche, así que me senté en los escalones de la entrada de la mansión con la cabeza entre las piernas y esperé a que Dean me recogiera.
Los recuerdos de la cena no dejaban de repetirse en mi cabeza. Tragué saliva y contuve las ganas de llorar. Estábamos todos sentados en la mesa mientras los criados de Vicious nos servían. Comimos ostras King de la Bahía Coffin de Australia maridadas con vino (al parecer, ahora que mis padres eran ricos por asociación, las ostras americanas ya no daban la talla) y hablamos de lo que faltaba preparar de cara a la boda.
Todo era relativamente tolerable…, hasta que dejó de serlo.
—Vale, hablemos de lo que estamos obviando. —Papá dejó su copa de vino en la mesa y me miró a los ojos—. ¿Cuándo piensas mudarte aquí, Rosie? Te hemos alentado a que descubras Nueva York. Eras joven y necesitabas vivir aventuras, pero ha llegado la hora de que pases página. Ya no eres una niña y no tienes a tu hermana para ayudarte.
—Rosie tiene identidad propia, papá. No puedes decirle qué hacer —intervino Millie. Sus palabras fueron como un bálsamo para mis nervios, cada vez más crispados. Mamá suspiró. Se oía el repiqueteo de los cubiertos. Me humedecí los labios, demasiado atónita para mediar palabra.
—Estáis todo el rato diciéndole qué hacer. Rosie ya es mayorcita.
—Ella no es como tú, cielo. Es un poco imprudente. Queremos a nuestra Rosita tal y como es, pero las cosas ya no son como antes. Cada año está más débil.
—¡Está enferma! —vociferó mamá mientras se daba toquecitos en la nariz con una servilleta de lino y procedía a hacerse lo mismo en los ojos. Me estremecí. Había pasado de primera a quinta en un momento—. Mírala. —Me señaló—. Es todo piel y huesos. ¿No la ves delgada?
Millie me miró y suspiró en señal de disculpa. Acto seguido, miró a mamá.
—Siempre ha estado delgada.
—Muy delgada —recalcó mamá.
—Para ti, todo el mundo está muy delgado. Alimentabas tanto al gato que acabó pareciendo un mapache.
El mismo gato que tuvieron que regalar cuando se enteraron de que padecía fibrosis quística. Madre mía, era tan divertida como tener la lepra.
—Ya vale. —Me sorbí los mocos. No soportaba que Vicious fuera testigo de la conversación—. Estoy aquí, por si no os habíais dado cuenta. Y será mejor que no sepáis lo que estoy pensando.
—Te compraremos un billete para que vuelvas a casa. Tendrías que estar con nosotros, no correteando por una ciudad tan grande, metiéndote en líos. —Mamá estaba al borde del pánico.
—Me voy a quedar en Nueva York.
—Paul —lloriqueó—. Díselo tú.
—Eso, papá. —Sonreí—. Dímelo tú.
Paul LeBlanc no me iba a traicionar. Siempre podías contar con que papá callase a mamá cuando hablaban de mí. Millie intentaba protegerme, pero carecía de la autoridad necesaria.
Papá nos miró a mamá y a mí alternativamente.
—Lo siento, Rosita. —Negó con la cabeza. Al principio, pensé que se disculpaba en nombre de su mujer—. Pero tu madre tiene razón. A mí también me preocupa que vivas ahí. —Se removió en su asiento—. Aunque, bueno, al menos ahora tienes a Darren. —Papá se rascó su barba inexistente y lo meditó en su cabeza—. Parece que la está cuidando bien. ¿No crees, Charlene?
«Tu padre no es un misógino, solo ha hablado como uno», traté de convencerme a mí misma.
—Ahora que lo mencionas… —Tosí. Me sudaban las palmas de las manos y el corazón me daba vueltas como un borracho redomado que busca aterrizar en el plato más cercano dando tumbos. Quizá alguien tenga la amabilidad de clavarle un cuchillo—. Darren y yo lo hemos dejado.
—¡¿Cómo?! —bramó papá, que se levantó como un resorte y dio una palmada en la mesa de madera dura. Parecía tan desconcertado como yo. ¿Había olvidado que mi vida amorosa era básicamente asunto mío? Fruncí el ceño y vi a Millie poniendo la mano encima de la de mi madre para pedirle en silencio que se detuviera. Cuando alcé la vista, me fijé en que estaba llorando con tanta fuerza que le temblaba todo.
—No tiene a nadie. A nadie. Y se está quedando en los huesos, se está muriendo.
Sí. Mi familia era una panda de melodramáticos.
Los ojos de papá aún refulgían; amenazaban con quemarme la piel y dejarme cicatrices muy feas.
—Se fue de casa hace unas semanas. —Mantuve un tono de voz neutro y puse una mano encima de la servilleta de tela blanca que no había tenido ocasión de usar—. Quería pasar por la vicaría. Hasta me lo pidió con anillo y todo. Pero ya sabéis que no me interesa casarme. Y menos teniendo en cuenta las últimas complicaciones. —Sabían perfectamente lo que me había dicho la doctora Hasting, la experta que contrató Vicious, después de examinarme a fondo el año pasado—. Lo superará. —Los consolaba yo a ellos y no al revés—. Yo también lo superaré. Se merecía una vida mejor que la que podía ofrecerle.
Se hizo el silencio. De ese que se te mete en el cuerpo y te cala hasta los huesos. Contuve la respiración a la espera de recibir una bofetada que me enviase volando a la otra punta del comedor.
Vicious se reclinó y jugueteó con el pelo de Emilia.
—Deberíamos retirarnos. Parece que tus padres y tu hermana tienen mucho de que hablar.
Millie me miró a los ojos desde la otra punta de la mesa con una pregunta en los suyos. Negué con la cabeza.
—Es la única vez que vamos a cenar juntos antes del ensayo. Os quedáis.
Mamá lloraba más fuerte y no dejaba de repetir que su bebé se estaba muriendo. Planazo en casa de los LeBlanc. Quedaos a la fiesta de luego.
—Mamá. —Me reí entre dientes. Me puse roja de la vergüenza—. No me estoy muriendo. Me cuido mucho.
—Venga ya, Rose, no digas chorradas. —Papá resopló y volvió a golpear la mesa. Tampoco me pasó por alto que ya no me llamaba Rosita. Me señaló con cara de asco—. Hablas del tiempo en familia como si tu hermana te importara un comino. Era tu oportunidad de no ser una carga para tu madre y para mí. Tu oportunidad de eximir a tu hermana de cuidarte. Y has metido la pata al más puro estilo Rosie —me reprendió.
Se me cayó el tenedor al suelo y me salieron chispas por los ojos. Una mezcla de sorpresa y rabia me dilató las pupilas. No podía creer lo que estaba oyendo. Papá jamás me había hablado así. Joder, si casi nunca me decía que no, ni siquiera cuando le pedí un puñetero poni. Ahí fue donde se plantó, pero solo porque no se lo podía permitir. Quitando que quisiera un poni y salir con chicos, era la niña de sus ojos.
Fue él quien le pidió a mamá que me dejase ir a Nueva York y hasta me compró el billete solo de ida.
Fue él quien me dijo que persiguiera mis sueños, aunque me llevasen en la dirección opuesta a la que él quería para mí.
De mis padres, era quien de verdad creyó que podría lograrlo. Quien de verdad creyó que podría vivir como una persona normal.
Pero había mentido. Todo este tiempo.
—No os cargo a ninguno con mis problemas de salud —dije apretando los dientes—. Vivo en la otra punta del país. ¿A qué viene esto?
—Tienes que volver. Tienes que volver, no estás bien. —Mamá se sorbió los mocos y tiró la servilleta encima de su entrante, que seguía lleno hasta arriba—. Tu hermana se deslomaba en dos trabajos para que pudieras vivir a gusto en Nueva York. Antes de irse, te consiguió un piso de primera categoría y hasta te pagó la matrícula de la escuela de enfermería. ¿Y cómo le pagas tú toda esa bondad? ¡Haciendo café!
—¡Eh! —Me tocaba a mí golpear la mesa. No veas qué daño—. ¿Desde cuándo desapruebas ciertos trabajos? ¡Has sido cocinera cuarenta años!
—¡Porque no me quedó otra! —gritó mamá.
—¡Ni a mí! ¡Dejé la escuela porque la doctora Hasting me obligó!
Mamá se puso en pie y abandonó el comedor hecha un basilisco. Me dejó sin palabras.
Papá, Vicious y Emilia se quedaron mirándome. Los hombres, con decepción; mi hermana, con pena. Me escocían los ojos de las lágrimas, que me rogaban que las liberase. No lloraba nunca. Además, no soportaba mostrarme vulnerable. Y menos cuando todo lo que hacía en la vida era con la intención de demostrarle a mi familia que podía apañármelas sola. Que no necesitaba ayuda. Que, por más que se me cayeran los pétalos, aún seguía en flor.
—Rosie… —dijo Millie en voz baja—. Dale tiempo.
—¡Deja de defender a tu hermana! —Papá se pasó una mano por la cara. Cada sílaba que pronunció se extendió como la pólvora en mi interior. Contempló con los ojos entornados el balcón que tenía a mi espalda, incapaz de mirarme—. Estás matando a tu madre y te estás matando a ti. Tenías un novio médico. Un hombre que podía darte todo lo que necesitabas.
—Era podólogo. Eso es como ser medio médico. No es más médico que Ross Geller.
Sí, casi todas mis referencias culturales son de Friends. ¿Qué pasa?
A papá no le hizo gracia mi comentario. De hecho, lo ignoró por completo mientras cogía despacio su móvil y el tabaco que mascaba después de cenar, listo para irse también.
—Has roto con él porque eres egoísta. Porque si seguías con él tendrías que apechugar. Porque no puedes comprometerte con nada, que es por lo que has dejado la escuela de enfermería, vives en un apartamento pagado y trabajas de camarera a los veintiocho años. Tu hermana se casa en una semana. —Respiró hondo y cerró los ojos como si necesitara fuerzas para acabar la frase—. Y tú haciendo que volvamos a preocuparnos por ti. Tu madre no necesita tiempo. Necesita una hija sana.
—¿Qué ha pasado con lo de «haz lo que quieras»? —Me levanté como un resorte; me temblaba la cara de la ira. No tenía a nadie. A nadie salvo a Millie. Nadie que me apreciase tal y como era y no me tachase de «enferma» o «débil»—. ¿Qué ha pasado con lo de «puedes con todo, solo tienes que proponértelo»?
Negó con la cabeza. Mi padre era un hombre bajo, de cuerpo delgado y musculoso por pasarse el día trabajando, pero en ese momento se imponía de lo grande que parecía.
—Tenías dieciocho años cuando te fuiste, Rosie. Ahora tienes veintiocho. La mayoría de los hombres de tu edad quieren sentar la cabeza y formar una familia. ¿Cómo has podido dejar escapar a uno que no solo habría sacrificado esas cosas para estar contigo, sino que además te habría cuidado? —Se volvió hacia mi hermana, que lo miraba boquiabierta—. Tenía que oírlo. No puede permitirse el lujo de ser exigente.
Y tras esa última frase, abandonó el comedor.
—Creo que esa es mi señal para dejarte consolándola —masculló Vicious en tono sombrío, y le dio un beso en la coronilla a Millie. Siguió a papá. Las puertas se cerraron con un ruido sordo que hizo que me diese un vuelco el corazón.
Mi hermana miró su plato y se frotó los muslos como hacía cuando estaba nerviosa. Se subía y se bajaba su precioso vestido de estrellas plateadas.
—Lo siento mucho —se limitó a decir. Al menos no me soltó las típicas chorradas ni me dijo que le diese la vuelta a lo que me habían dicho como hacía todo el mundo para consolar a alguien.
—Papá nunca me había hablado así. —Me atraganté con la frase. Necesitaba mi inhalador. Necesitaba a mis padres. Necesitaba un abrazo. Millie levantó la vista y me miró a los ojos. Había dolor en su mirada. Ella también creía que no tenía remedio, pero, a diferencia de ellos, no quería presionarme.
Ahora que nos habíamos quedado solas, me empezaron a caer las lágrimas.
—Te quieren. —Tragó saliva.
—Y yo a ellos —repliqué.
Se levantó y se alisó la falda del vestido.
—Sé que es lo último que quieres oír, pero piénsate lo de volver. Necesito estar con mi hermana, Rosita. Te echo mucho de menos. Además, mamá y papá están superpreocupados.
—¿Por mi salud o por su conciencia? —Me puse las manos en los muslos y le lancé una mirada penetrante—. ¿Cuánto hace que lo sabes? ¿Cuánto hace que sabes que papá cree que soy una niña tonta y que mamá se comporta como si estuviera en el corredor de la muerte?
—Rosie…
—¿Tú también crees que no soy un buen partido? —Me reí aún con las lágrimas cayéndome. Madre mía, estar desquiciada no me sentaba bien—. ¿También crees que Darren me hizo el favor de su vida al seguir conmigo porque «ay, pobre, es que está muy enferma»?
—¡Pues claro que eres un buen partido! —exclamó.
Sí, claro.
Pero no tanto como ella. La necesidad de demostrar que se equivocaba me quemaba por dentro.
—Déjame sola, por favor. —Apoyé los brazos en la mesa y enterré mi rostro entre ellos.
Millie me hizo caso.
Cerré los ojos, dejé que la tristeza me llevara por un río de autocompasión y di tres cabezazos contra el mantel blanco e inmaculado.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
Bienvenida a All Saints, Rosie.
Бесплатный фрагмент закончился.
