Читать книгу: «Escuela de Robinsones»

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Título original: L’École des Robinsons

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO335

ISBN: 9788491871507

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

ESCUELA DE ROBINSONES

I. EN EL QUE EL LECTOR

II. DE CÓMO WILLIAM W. KOLDERUP, DE SAN FRANCISCO, TUVO QUE HACER FRENTE A J.R. TASKINAR...

III. DONDE LA CONVERSACIÓN DE PHINA HOLLANEY Y GODFREY MORGAN ES ACOMPAÑADA POR EL PIANO

IV. EN EL QUE T. ARTELETT, LLAMADO TARTELETT, SE PRESENTA CORRECTAMENTE A LOS LECTORES

V. EN QUE SE PREPARA LA SALIDA Y AL FIN DEL CUAL SE PARTE DE VERAS

VI. EN EL CUAL EL LECTOR ES INVITADO A TRABAR CONOCIMIENTO CON UN NUEVO PERSONAJE

VII. EN EL QUE SE VERÁ QUE WILLIAM W. KOLDERUP NO HA HECHO MAL TAL VEZ EN HACER ASEGURAR SU BUQUE

VIII. QUE CONDUCE A GODFREY A PENOSAS REFLEXIONES SOBRE LA MANÍA DE LOS VIAJES

IX. DONDE SE DEMUESTRA QUE NO TODO ES DE COLOR DE ROSA EN EL OFICIO DE ROBINSÓN

X. EN QUE GODFREY HACE TODO LO QUE CUALQUIER OTRO NÁUFRAGO HUBIERA HECHO EN PARECIDAS CIRCUNSTANCIAS

XI. EN QUE LA CUESTIÓN DEL ALOJAMIENTO SE RESUELVE LO MEJOR POSIBLE

XII. QUE SE ACABA PRECISAMENTE GRACIAS A UN MAGNÍFICO Y FELIZ RAYO

XIII. EN QUE GODFREY VUELVE A VER ELEVARSE UNA LIGERA HUMAREDA SOBRE OTRO PUNTO DE LA ISLA

XIV. EN QUE GODFREY HALLA EN LA COSTA CIERTOS RESTOS A LOS CUALES SU COMPAÑERO...

XV. DONDE SUCEDE LO QUE SUCEDE AL MENOS UNA VEZ EN LA VIDA A TODO ROBINSÓN VERDADERO O IMAGINARIO

XVI. EN QUE SE PRODUCE UN INCIDENTE QUE NO DEBIERA SORPRENDER AL LECTOR

XVII. EN EL CUAL LA ESCOPETA DEL PROFESOR TARTELETT SE CONDUCE VERDADERAMENTE EN FORMA MARAVILLOSA

XVIII. QUE TRATA DE LA EDUCACIÓN MORAL Y FÍSICA DE UN SENCILLO INDÍGENA DE LA POLINESIA

XIX. EN EL CUAL LA SITUACIÓN, YA GRAVEMENTE COMPROMETIDA, SE COMPLICA CADA VEZ MÁS

XX. EN QUE TARTELETT REPITE EN TODOS LOS TONOS QUE DESEA MUCHO MARCHARSE

XXI. QUE SE TERMINA CON UNA REFLEXIÓN ABSOLUTAMENTE SORPRENDENTE DEL NEGRO CAREFINOTU

XXII. QUE SE ACABA EXPLICANDO TODO LO QUE HABÍA PARECIDO SER ABSOLUTAMENTE INEXPLICABLE HASTA AQUÍ

EL MAESTRO ZACARÍAS

I. UNA NOCHE DE INVIERNO

II. EL ORGULLO DE LA CIENCIA

III. UNA VISITA EXTRAÑA

IV. LA IGLESIA DE SAN PEDRO

V. LA HORA DE LA MUERTE

UN DRAMA EN LOS AIRES

NOTAS


ESCUELA DE ROBINSONES

EN EL QUE EL LECTOR
HALLARÁ, SI LO DESEA, OCASIÓN DE COMPRAR
UNA ISLA EN EL OCÉANO PACÍFICO

«Se vende isla al contado, sin gastos y al mejor postor», repetía una y otra vez, sin tomar aliento, Dean Felporg, comisario tasador de la subasta en que se debatían las condiciones de esta venta singular.

—¡Se vende una isla! ¡Se vende una isla! —repetía con voz chillona el pregonero Gingrass, que iba y venía por entre la multitud verdaderamente excitada. En esta muchedumbre, que materialmente se apiñaba en el inmenso salón del hotel de ventas de la casa número 10 de la calle Sacramento, había no sólo americanos de los estados de California, de Oregón y de Utah, sino también muchos de esos franceses que componen una sexta parte de la población, y además algunos mejicanos envueltos en sus clásicos sarapes, chinos con sus abigarradas túnicas de mangas largas, sus zapatos puntiagudos y sus característicos gorros, y varios canacos de Oceanía, e incluso pies-negros, vientres abultados o cabezas planas, procedentes de las orillas del río Trinidad.

Tenemos que advertir que la escena tenía lugar en la capital del estado californiano, San Francisco, pero no en época en que la explotación de nuevos placeres atraía a los buscadores de oro del nuevo y del viejo mundo, esto es, en los años desde 1849 a 1852.

En el momento que empezamos esta historia, la ciudad de San Francisco no era lo que había sido en un principio, un caravasar, un desembarcadero, una posada donde descansaban una noche los negociantes que se dirigían hacia los terrenos auríferos de la vertiente occidental de Sierra Nevada. No. Desde hacía veinte años, la antigua y desconocida Hierba Buena se había convertido en una ciudad única en su género, poblada por más de cien mil habitantes, construida entre dos colinas, teniendo por plaza la playa del Litoral, y con tendencias a extenderse hasta las últimas alturas del llano más lejano; una ciudad, en fin, que ha destronado a Lima, Santiago, Valparaíso y a todas sus demás rivales del Oeste, y de la que los americanos han hecho la reina del Pacífico, la «gloria de la costa occidental».

El día a que nos referimos, que era el 15 de mayo, aún hacía frío. En aquel país, sometido directamente a las corrientes polares, las primeras semanas de dicho mes se parecen mucho a las últimas del mes de marzo en Europa central. Por lo tanto, el fresco que hacía en la calle no se sentía en aquella sala de subastas, donde la campana, con su incesante volteo, había reunido un concurso numeroso, y una temperatura estival hacía aparecer en las frentes de los que allí se encontraban gruesas gotas de sudor que el frío que hacía fuera hubiera podido solidificar muy fácilmente.

No vaya a creerse que todos los concurrentes que llenaban aquel salón habían acudido allí con la intención de adquirir algunos de los objetos puestos a la venta; antes al contrario, puede asegurarse que la mayoría estaba compuesta de curiosos. ¿Quién hubiera sido bastante loco, de haber sido bastante rico, para comprar una isla del Pacífico que el gobierno tenía la caprichosa idea de vender en pública subasta? Se presumía que no habría quien cubriese el precio de tasación y que, por tanto, ningún aficionado se dejaría arrastrar al juego de las pujas. Sin embargo, si sucedía todo esto no era, seguramente, por culpa del pregonero público, que hacía todo lo posible por excitar la codicia y el deseo de los chalanes con sus exclamaciones, sus gestos y el desembarazo de sus frases, salpicadas de las metáforas más seductoras.


—¡Se vende una isla! ¡Se vende una isla!


La calle Sacramento.

Todo el mundo se reía, pero nadie hacía ofertas.

—¡Una isla! ¡Se vende una isla! —repetía constantemente Gingrass.

—Se vende, pero no se compra —exclamó un irlandés, en cuya bolsa no habría seguramente ni para comprar un puñado de arena.

—¡Se vende una isla, y es seguro que por el precio en que está tasada no sale ni a seis dólares el acre! —gritó entonces el comisario Dean Felporg.

—Y que no producirá ni un cuartillo por ciento —repuso un grueso hacendero, buen conocedor de ciertas explotaciones agrícolas.

—¡Se vende una isla que no mide menos de sesenta y cuatro millas de circunferencia, y doscientos veinticinco mil acres de superficie!

—¿Y está sólidamente asentada sobre su fondo? —preguntó un mejicano, viejo frecuentador de bares, cuya solidez personal era muy dudosa en aquellos momentos.

—Es una isla con selvas vírgenes todavía —gritaba el pregonero—, con prados, colinas, manantiales de agua...

—¿Garantizados? —interrumpió un francés que parecía poco dispuesto a picar el anzuelo.

—Sí, garantizados —respondía el comisario Felporg, muy viejo ya en aquel oficio para que le hiciesen mella las bromas de la concurrencia.

—¿Por dos años?

—Hasta el fin del mundo.

—Y quizás un poco mas allá, ¿no es cierto?

—¡Se vende una isla en plena propiedad! —volvió a gritar el pregonero—. ¡Una isla en la que no hay un solo animal dañino, ni fieras ni reptiles!

—¿Ni pájaros? —preguntó un indio.

—¿Ni insectos? —gritó otro.

—Se vende una isla que se adjudicará al mejor postor —repitió Dean Felporg—. ¡Vamos, ciudadanos, aflojen los cordones de la bolsa! ¿Quién quiere una isla nuevecita, que casi no ha sido utilizada; una isla del Pacífico, de ese océano de los océanos? Está tasada en un precio excesivamente módico, en una friolera: en un millón cien mil dólares. ¡En un millón cien mil dólares! ¿Hay quien diga más?... ¿Quién ha pujado? ¿Ha sido usted, caballero? ¿Ha dicho algo aquel caballero que está en aquel extremo, y que mueve la cabeza como un mandarín de porcelana?... ¡Tengo una isla! ¡Aquí se vende una isla! ¿Quién quiere comprar una isla?

—¡Que se muestre el objeto! —exclamó uno, ni mas ni menos que como si se tratase de un cuadro o un jarrón de porcelana.

Y toda la sala estalló en risas, pero sin que el precio de tasación fuese cubierto ni en medio dólar.

Y sin embargo, si el objeto que se subastaba no podía pasar de mano en mano, la verdad es que el plano de la isla se había puesto al alcance del público. Los interesados podían saber perfectamente a qué atenerse sobre aquel pedazo del globo sacado a pública subasta. No había que temer ninguna sorpresa ni ningún lazo. Situación, orientación, disposición de los terrenos, circunstancias del suelo, red hidrográfica, climatología, lazos de comunicación, todo estaba sencilla y fácilmente detallado de antemano. No era posible comprar gato por liebre, y podía asegurarse que no era fácil que hubiese equivocación ni engaño en la esencia de la mercancía que se ofrecía a la venta.

Además, los innumerables periódicos de los Estados Unidos, como los de California, lo mismo los diarios que los semanales, bisemanales, mensuales, y bimensuales, revistas, boletines, etc., hacía algunos meses que continuamente llamaban la atención pública sobre la isla, cuya licitación había sido autorizada por un voto del Congreso.

Se trataba de la isla Spencer, situada en el oeste-sudoeste de la bahía de San Francisco, a cuatrocientas sesenta millas poco más o menos del litoral californiano, a 32º 15’ de latitud norte y a 142º 18’ de longitud oeste del meridiano de Greenwich.

Es imposible imaginar una posición más aislada y libre de todo movimiento marítimo y comercial, que la de la isla, por más que estuviese a una distancia relativamente corta y se encontrase, por así decirlo, en aguas americanas. Y es que en ella las corrientes regulares, desviándose al norte o al sur, han formado una especie de lago de aguas tranquilas, al cual conocían algunos con el nombre de Recodo de Fleurieu.

En el centro mismo de aquel enorme remolino, sin dirección apreciable, es donde se levanta la isla Spencer, y por lo tanto, poquísimos barcos pueden pasar a su vista. Las grandes rutas del Pacífico que enlazan con el viejo el nuevo continente, y que se dirigen a Japón y a China, se extienden todas en una zona más meridional. Los barcos de vela encontrarían allí en todas épocas calmas constantes en la superficie del Recodo de Fleurieu, y los vapores, que buscan siempre el camino más corto, no tendrían ninguna ventaja atravesándolo. Así es que ni los unos ni los otros se toman el trabajo de reconocer la isla Spencer, que aparece allí como la cima de una montaña submarina del Pacífico. Verdaderamente, para un hombre que quisiese huir del ruido del mundo, buscando la quietud en una absoluta soledad, nada mejor puede buscarse que aquel islote perdido a algunos centenares de leguas del litoral. ¡Para un Robinsón voluntario, aquello sería el ideal del género! Solamente faltaba tasarlo y ponerle precio...

Ahora es conveniente investigar la razón que tenía el gobierno de los Estados Unidos para vender esa isla. ¿Era sólo un capricho? De ningún modo. Una gran nación no puede ni debe proceder en asuntos de esa especie por mero capricho, como pudiera hacerlo un simple particular. Lo que había de cierto era lo siguiente: por la situación que ocupaba la isla Spencer, ya hacía mucho tiempo que era considerada como una cosa completamente inútil; colonizarla no hubiese tenido ningún resultado práctico: bajo el punto de vista militar, no ofrecía ningún interés, porque aquello no podía defender ni guardar más que una porción absolutamente desierta del Pacífico. En el terreno comercial tampoco servía para maldita la cosa, puesto que sus productos jamás hubieran alcanzado para pagar el valor de los fletes, ni de ida, ni de vuelta. Establecer allí una colonia penitenciaria no parecía conveniente, porque estaba muy cerca del litoral. En fin, ocuparla con un interés especial cualquiera, era un negocio demasiado caro, sin resultados, tratándose de la esfera social. Por su situación, pues la isla permanecía abandonada y desierta, desde tiempo inmemorial.

El Congreso, compuesto en su mayoría de hombres «eminentemente prácticos», había resuelto vender en pública subasta la isla Spencer, con una condición, sin embargo: la de que no pudiera ser adjudicada en ningún caso más que a un ciudadano de la libre América.

Tampoco se quería regalar la dichosa isla. Era, por lo tanto, indispensable fijarle un precio, y el precio se fijó en un millón cien mil dólares. Esta suma, para una sociedad financiera que hubiese repartido en acciones el importe de la compra y explotación de dicha propiedad, hubiera sido una bagatela, si el negocio ofreciese algunas ventajas; pero repetimos que no ofrecía absolutamente ninguna; y los hombres competentes hacían el mismo caso de este pedazo de tierra separado de los Estados Unidos, que hubieran hecho de un islote perdido entre los hielos del Polo.

Por otra parte, tratándose de un particular la suma no dejaba de ser considerable. Era necesario ser muy rico para permitirse un capricho de aquella especie, que en ningún caso podía reportar un céntimo de beneficio. Era necesario ser inmensamente rico, porque el negocio no podía realizarse más que al contado, cash, como dicen los americanos; y la verdad es que ni aun en los Estados Unidos se encuentran muchos ciudadanos que a cualquier hora tengan disponibles en sus bolsillos un millón cien mil dólares para arrojarlos al agua, sin esperanza de retorno.

Y sin embargo, el Congreso estaba resuelto a no ceder un ápice. ¡Un millón cien mil dólares al contado! Ni un céntimo menos; en otro caso, la isla Spencer seguiría siendo propiedad del Estado.

Se debía, pues, suponer que ningún comprador estaría bastante loco para hacer proposiciones dentro de las condiciones exigidas para la subasta.

Estaba previamente acordado que al que obtuviese la adjudicación, si es que alguno la obtenía, se le impidiese por todos los medios posibles proclamarse rey de las isla Spencer; y ni aun siquiera presidente de una república. No podría, de ningún modo, tener súbditos, sino sólo conciudadanos, que podían nombrarlo para un cargo cualquiera por un tiempo determinado, pero nunca reelegirlo indefinidamente. En todo caso, se le prohibiría siempre crear una dinastía, porque la Unión jamás toleraría, ni en broma, la fundación de un reino, por pequeño que fuese, en aguas americanas.

Esta cláusula influía quizás también para alejar a algún millonario ambicioso, o a algún nabab depuesto, que quisiera rivalizar con los reyes salvajes de las Sandwich, de las Marquesas, de Pomotu, o de cualquier otro archipiélago del océano Pacífico.

En resumen, por una razón o por otra, nadie presentaba proposición alguna. El tiempo pasaba, el pregonero se esforzaba en vano por provocar las pujas, y el comisario empleaba sin resultado todos esos recursos de habilidad que le eran tan comunes, sin obtener un solo signo de cabeza, que esos amables agentes perciben con tanta facilidad, y ni el precio se ponía siquiera en discusión.

Sin embargo, mientras el mazo no dejaba de oírse, la concurrencia no perdía la esperanza, a pesar de que continuaban cruzándose burlas y bromas de toda especie, circulando pullas y equívocos que a todos hacían reír. Había quien ofrecía dos dólares por toda la isla, con gastos incluidos, y otros pedían garantía de devolución en caso de adquisición.

Y entre todas aquellas voces sobresalía de vez en cuando la del pregonero, que gritaba a voz en cuello:

—¡Se vende isla! ¡Se vende isla!

Pero nada; no se presentaba ningún comprador.

—¿Se garantiza que se encontrarán en ella yacimientos de oro? —preguntó muy en serio el tendero Stumpy, de Merchant Street.

—No —respondió el comisario de ventas—; pero no sería imposible que los hubiese. Para este caso el Estado cede al que adquiera la isla todos los derechos sobre las minas que registre.

—¿Y no hay allí un volcán siquiera? —preguntó Oakhurst, el tabernero de la calle Montgomery.

—No, allí no hay volcanes —exclamó Dean Felporg—; si los hubiera, la isla sería más cara.

Todo el mundo prorrumpió en una carcajada al escuchar esto; y mientras tanto, Gingrass, a pesar de tener fatigados los pulmones, seguía gritando:

—¡Se vende isla! ¡Se vende isla!

—Aun cuando sólo sea un dólar, o medio, o un céntimo siquiera por encima del precio de tasación, la adjudicaré —dijo por última vez el comisario de ventas—. ¡A la una!... ¡A las dos!...

—Y siguió un completo silencio.

—Si no hay quien ofrezca ni puje, se va a declarar desierta la subasta... ¡A la una!... ¡A las dos!...

—¡Un millón doscientos mil dólares!

Estas palabras retumbaron en toda la sala, haciendo el mismo efecto que hubieran podido hacer otros tantos tiros de revólver.

Toda la concurrencia, muda por un instante, se volvió con asombro hacia el audaz que había osado ofrecer tan sorprendente suma.

Era nada menos que William W. Kolderup, de San Francisco.

II
DE CÓMO WILLIAM W. K OLDERUP, DE SAN FRANCISCO, TUVO QUE
HACER FRENTE A J.R. TASKINAR, DE STOCKTON

Había una vez un hombre extraordinariamente rico, que contaba su fortuna por millones de dólares, como cualquier otro podía contarla por miles.

Y este hombre se llamaba William W. Kolderup.

Se aseguraba que era más rico que el duque de Westminster, cuya renta pasaba de ochocientas mil libras; y que podía gastar cincuenta mil francos por día, o sea treinta y seis francos por minuto; más rico también que el senador por Nevada, Jones, que poseía treinta y cinco millones de renta; y más rico aún que Mr. Mackay mismo, al cual sus dos millones setecientas cincuenta mil libras de renta anual aseguraban siete mil ochocientos francos por hora, o sean dos francos y algunos céntimos por segundo.

No queremos hablar aquí de esos pequeños millonarios tales como los Rothschild, los Vanderbilt, los duques de Northumberland, los Stewart; ni los directores del poderoso Banco de California y otros personajes bien acomodados del viejo y del nuevo mundo, a los cuales William W. Kolderup estaba en situación de poder darles una limosna. A cualquiera de éstos o de otros podía regalar un millón de dólares, sin más esfuerzo que el que uno de nosotros pudiera hacer para dar unos céntimos.

En los tiempos de la explotación de los primeros placeres de California fue cuando este honorable especulador había echado los sólidos cimientos de su incalculable fortuna. Él fue el principal asociado del capitán suizo Sutter, en cuyos terrenos se descubrió, en 1848, el primer filón. Desde esta época, ayudándose de su fortuna y de su inteligencia, se le encuentra interesado en todas las grandes explotaciones de ambos mundos. Se lanzó entonces audazmente a través de todas las especulaciones del comercio y la industria. Sus fondos inagotables alimentaban centenares de máquinas, y sus barcos exportaban los productos de aquellas máquinas a todas las partes del mundo. Sus riquezas crecían siempre en una progresión no sólo aritmética, sino también geométrica. Se decía de él lo que se dice generalmente de muchos multimillonarios, que no saben lo que tienen; y sin embargo, esto no era cierto, él conocía perfectamente su fortuna y podía contarla dólar a dólar, pero no se envanecía de ello.

En el momento en que lo presentamos a nuestros lectores con todas las consideraciones que merece un hombre de tantas «campanillas», William W. Kolderup poseía dos mil oficinas repartidas en todos los puntos del globo; ochenta mil empleados en sus diversas agencias de Europa, América y en Australia; trescientos mil corresponsales; una flota de quinientos barcos que cruzaban constantemente los mares en provecho suyo; y no gastaba menos de un millón por año sólo en timbres de efectos públicos y sellos de cartas. En una palabra, era calificado como el honor y la gloria de la opulenta Frisco, cariñosa contracción con que los americanos designan familiarmente a la capital de California.

Una puja hecha por William W. Kolderup no podía por menos de ser de lo más serio. Así pues, cuando los concurrentes del salón de subastas reconocieron al que ofrecía cien mil dólares sobre la tasación fijada a la isla que se vendía, se efectuó un movimiento extraño; cesaron como por encanto todas las bromas, y los equívocos se convirtieron en murmullos de admiración; y por último, estallaron grandes «hurras» y aplausos.

Enseguida se hizo un silencio general, todos los ojos se abrieron desmesuradamente, las orejas se estiraron, y estamos seguros de que hasta nosotros mismos, si nos hubiéramos encontrado por casualidad allí, hubiéramos contenido nuestro aliento para no perder ni un detalle de la emocionante escena que podría tener lugar en el caso de que algún otro interesado se atreviese a entrar en lid con William W. Kolderup. Esto no era probable, y muchos creían que era absolutamente imposible.

Y sobre todo, que bastaba examinar con detenimiento a William W. Kolderup para llegar a la convicción de que no cedería jamás en una cuestión en que su potencia financiera estuviese en juego.

Era un hombre alto, robusto, fuerte, de cabeza voluminosa, anchas espaldas, miembros bien desarrollados, armazón de hierro sólidamente claveteado. Su mirada era tranquila, pero resuelta, y nunca dispuesta a ceder ni a bajarse; su cabellera, entrecana y abundante como en su juventud, le daba un aspecto venerable. Las líneas rectas de su nariz formaban un triángulo rectángulo geométricamente dibujado. No tenía bigote y sí una barba cortada a la americana, muy abundante en la barbilla, formando dos largos mechones, dos puntas que parecían partir desde las comisuras de la boca y subir por las mejillas para adornar la cara con dos patillas magníficas. Los dientes eran blancos y colocados simétricamente sobre los bordes de una boca fina y apretada. Su cabeza era una de esas cabezas de comodoro que se presentan siempre erguidas ante la tempestad, desafiando los rigores del huracán y de las tormentas. Ni el ciclón más furioso hubiera hecho doblar aquella sólida cabeza que se levantaba sobre un cuello poderoso y fuerte que le servía de eje. En aquella lucha de pujas, cada movimiento que hiciera aquel coloso mirando de alto a bajo, representaría cien mil dólares más.

Todo el mundo presentía que era imposible la lucha.

—¡Un millón doscientos mil dólares! ¡Un millón doscientos mil dólares! —gritó el comisario con el acento peculiar de un empleado que ve, al fin, que su gestión le será provechosa.

—Ya ofrecen un millón doscientos mil dólares —repitió el pregonero Gingrass.

—¡Oh! ¡Ya pueden pujar sin miedo —murmuró el tabernero Oakhurst— que no es fácil que hagan ceder a William W. Kolderup!

—¡Ya sabe él que nadie se atreverá! —exclamó el tendero de Merchant Street.

Algunos murmullos repetidos invitaron a los dos honorables comerciantes a guardar un completo silencio. Se deseaba oír. Todos los corazones palpitaban. ¿Habría quien se atreviese a levantar su voz en son de guerra contra William W. Kolderup? A éste había que verlo, tan tranquilo, tan indiferente, como si no le interesase el asunto para nada. Y sin embargo, los que estaban más próximos a él creían, al mirarlo, que sus ojos eran dos pistolas cargadas de dólares, prontas a hacer fuego en todas direcciones.

—¿No hay quien ofrezca más? —preguntó Dean Felporg.

Nadie contestó una palabra.

—¡A la una... a las dos!...

—¡A la una... a las dos!... —repitió Gringrass, acostumbrado como estaba a ser en este punto eco del comisario.

—¡Se va a adjudicar!...

—¡Se va a adjudicar!...

—¡Un millón doscientos mil dólares dan por la isla Spencer, tal como se encuentra y con todo lo que contiene!

—¡Un millón doscientos mil dólares!

—¿Están ustedes bien enterados?

—¡Qué ninguno se queje luego!

—¡Un millón doscientos mil dólares dan por la isla Spencer!


—¡Un millón trescientos mil dólares!

Los corazones latían convulsivamente... ¿Se haría una nueva puja en el último momento?

El comisario Felporg, con la mano derecha extendida sobre la mesa, agitaba la maza de marfil... Sólo faltaba dar un golpe, un solo golpe, y la adjudicación quedaba hecha de una manera definitiva.

El público estaba tan impresionado como si se tratase de una ejecución sumaria de la ley de Lynch.

La maza bajó lentamente, tocando casi a la mesa; volvió a levantarse, se agitó un instante en el aire como una espada que vibra en el momento en que el duelista va a tirarse a fondo; enseguida volvió a bajar rápidamente.

Pero antes de que se oyese el golpe seco que todo el mundo esperaba, tronó una voz que pronunció estas palabras:

—¡Un millón trescientos mil dólares!

Se oyó entonces un ¡ah! general de estupefacción, y enseguida resonó otro ¡ah! no menos general, de satisfacción. ¡Se había presentado un nuevo postor y la batalla iba a ser dura!

¿Pero quién era el temerario que osaba presentarse a luchar a golpes de dólares contra William W. Kolderup, de San Francisco?

Pues era nada menos que J.R. Taskinar, de Stockton.

J.R. Taskinar era muy rico; pero era todavía mucho más gordo que rico. Pesaba cuatrocientas noventa libras, y si en el último concurso de hombres gordos, celebrado en Chicago, no había ganado más que el segundo premio, había sido porque no le dieron tiempo a terminar su comida, por cuya razón había pesado diez libras menos.

Este coloso, para el que había necesidad de fabricar sillas especiales que pudiesen soportar el enorme peso de su humanidad, vivía en Stockton, que es una ciudad de las más importantes de California y uno de los depósitos principales de los productos de las minas del Sur. Era considerada como una rival de Sacramento, que es donde se concentran los productos de las minas del Norte. Allí también cargan los barcos para su exportación la mayor cantidad de trigo californiano.

No eran solamente la explotación de las minas y el comercio de cereales los que habían proporcionado a J.R. Taskinar la ocasión de reunir una fortuna inmensa, sino que también el petróleo había corrido como nuevo Pactolo a través de su caja. Era también jugador, pero jugador afortunado; y el póquer, que es la ruleta del Oeste de América, se había manifestado siempre pródigo con él, proporcionándole numerosos plenos.

Pero aun cuando era muy rico, era también un mal hombre, para el que seguramente no se había inventado el epíteto de honorable, usado con tanta generalidad en aquel país. Después de todo, como era un buen caballo de batalla, ¡quién sabe si le cargarían más peso sobre su ancho lomo del que le correspondía llevar! Lo que sí era verdad es que en más de una ocasión se había apresurado a hacer uso del derringer, que es el revólver californiano.

Sea lo que fuere, en lo que no había duda alguna era en que J.R. Taskinar odiaba cordialmente a William W. Kolderup. La causa de este odio eran los celos y la envidia. Le envidiaba por su fortuna, por su situación y por su honorabilidad. Además, lo despreciaba como acostumbran a despreciar los hombres gordos a los que están más delgados, y no era la primera vez que el comerciante de Stockton trataba de arrebatar al banquero de San Francisco un negocio, bueno o malo, por puro espíritu de rivalidad. William W. Kolderup lo conocía muy a fondo y siempre lo trataba con el más soberano desdén.

Había, sobre todos, un hecho que J.R. Taskinar no podía olvidar y por el que no podía perdonar a su contrincante, y era la derrota que había sufrido luchando con él en las últimas elecciones del estado. A pesar de sus esfuerzos, de sus amenazas y de sus difamaciones, y de los miles de dólares vanamente prodigados por sus agentes electorales, fue William W. Kolderup el que ocupó su puesto en el Consejo legislativo de Sacramento.

Ahora bien, J.R. Taskinar se había enterado, no sabemos como, de que William W. Kolderup tenía el propósito de adquirir la isla Spencer, y a pesar de creer que aquella adquisición era tan inútil para él como para su rival, vio que en la subasta podía presentarse una nueva ocasión de luchar, de combatir, de vencer quizás, y no quiso dejarla escapar.

Y por esto y para esto era para lo que J.R. Taskinar había acudido a la sala de subastas y se encontraba en medio de aquella multitud de curiosos, que no habían podido adivinar sus designios puesto que a nadie había confiado sus propósitos, y puesto que había permanecido escondido esperando que su adversario ofreciera algo sobre la tasación, fuese lo que fuese.

Por último, William W. Kolderup había hecho la oferta de ¡un millón doscientos mil dólares! Y J.R. Taskinar, en el momento en que el otro se creía mas seguro de su triunfo, había aparecido, como por encanto, gritando con voz estentórea:

—¡Un millón trescientos mil dólares!

Todo el mundo se había vuelto hacia él, exclamado:

—¡El gordo Taskinar!

Y este nombre circuló por toda la sala. El gordo Taskinar era bien conocido. Su corpulencia había servido de tema para varios artículos en los principales periódicos de la Unión, y hasta hubo un matemático que demostró, por medio de trascendentales cálculos, que su masa era tan considerable que había influido en las revoluciones de nuestro satélite, y turbado, en una proporción apreciable, los elementos de la órbita lunar.

Pero no era la corpulencia física de J.R. Taskinar lo que interesaba en aquel momento a los espectadores de la sala de subastas. Lo que los emocionaba era ver en abierta lucha a aquellos dos gigantes. Era un combate heroico, en el que se empleaban municiones de oro, y no era posible asegurar cuál de los dos conseguiría la victoria. Aquellos dos mortales enemigos eran fabulosamente ricos el uno y el otro, y la cuestión, a la postre, se reducía a una cuestión de amor propio.

Después del primer movimiento de agitación, rápidamente reprimido, la reunión había quedado sumida de nuevo en el silencio más profundo. Se hubiera podido oír el ruido que hubiese hecho una araña al tejer su tela.

El comisario Dean Felporg fue el que interrumpió este pesado silencio.

—¡Un millón trescientos mil dólares ofrecen por la isla Spencer! —gritó, levantándose al mismo tiempo, con el objeto, sin duda, de poder apreciar mejor la marcha de las apuestas.

William W. Kolderup se había vuelto hacia el lado de donde había salido la voz de J.R. Taskinar. Los asistentes se esforzaron por dejar en un círculo cerrado, solos y juntos, a los dos adversarios. El hombre de Stockton y el hombre de San Francisco podían colocarse, en posición conveniente, el uno enfrente del otro y medirse cómodamente con la mirada. Ambos estaban dispuestos a no bajar los ojos ante la mirada del otro.

—¡Un millón cuatrocientos mil dólares! —dijo entonces William W. Kolderup.

—¡Un millón quinientos mil dólares! —contestó J.R. Taskinar.

—¡Un millón seiscientos mil dólares!

—¡Un millón setecientos mil dólares!...

Esto nos recuerda la historia de aquellos industriales de Glasgow que luchaban por elevar el uno más que el otro las chimeneas de sus fábricas, y subían, y subían, aun a riesgo de provocar una catástrofe. Aquí sucedía lo mismo; sólo que las chimeneas que fabricaban estos dos ricachos las hacían con lingotes de oro.

Siempre que J.R. Taskinar pujaba se detenía William W. Kolderup algunos segundos antes de pujar a su vez. Por el contrario, Taskinar hablaba como una bomba cuando estalla, y hacía su puja como el que no quiere pensar lo que va hacer.

—¡Un millón setecientos mil dólares! —volvió a decir el comisario—. ¡Eso es una friolera; se puede asegurar que es regalada!

Y todo el mundo se figuraba que, arrastrado el buen Felporg por los hábitos de la profesión que ejercía, iba a añadir:

—¡Sólo el marco del cuadro vale más!

—¡Un millón setecientos mil dólares! —aulló entonces también el pregonero Gingrass.

—¡Un millón ochocientos mil dólares! —gritó impasible William W. Kolderup.

—¡Un millón novecientos mil dólares! —añadió enseguida J.R. Taskinar.

—¡Dos millones! —gritó inmediatamente William W. Kolderup, sin detenerse esta vez ni un solo momento.

Su rostro palideció ligeramente cuando esas últimas palabras salieron de sus labios; sin embargo, su actitud siguió siendo la de un hombre que no tiene intención de abandonar la lucha.

J.R. Taskinar se puso tan rojo como un tomate maduro. Su enorme humanidad se parecía en aquellos instantes a esos discos del ferrocarril cuya superficie, puesta al rojo, impone la detención del tren. Pero, indudablemente, su rival no quiso tener en cuenta aquellas señales y forzó la máquina.

J.R. Taskinar comprendió todo esto perfectamente, y su cara parecía la de un hombre apopléticamente congestionado. Casi sin tener consciencia de sus actos, retorcía entre sus gruesos dedos, cargados de brillantes de gran precio, la enorme cadena de oro de la que pendía su reloj. Miró fijamente a su adversario, cerró enseguida los ojos, y a los pocos instantes volvió a abrirlos llenos completamente del odio más enconado.


Acompañaron al vencedor hasta la calle Montgomery.

—¡Dos millones quinientos mil dólares! —dijo por último, creyendo amedrentar y aniquilar a su adversario con este salto prodigioso.

—¡Dos millones setecientos mil dólares! —respondió seguidamente con voz muy reposada y tranquila William W. Kolderup.

—¡Dos millones novecientos mil dólares!

—¡Tres millones!

En efecto, William W. Kolderup había ofrecido ¡tres millones de dólares!

Hubo un momento en que parecía que iban a estallar ruidosos aplausos en todos los ámbitos del salón, pero se contuvieron, sin embargo, para escuchar la voz del comisario, que repetía la puja, y cuya maza levantada amenazaba bajar, impulsada por un movimiento involuntario de los músculos de quien la empuñaba. Se hubiera podido asegurar que Dean Felporg, a pesar de lo acostumbrado que estaba a los incidentes de toda especie que ocurren en las subastas públicas, no se encontraba en situación de poderse contener por más tiempo.

Todas las miradas se dirigieron hacia J.R. Taskinar; y el voluminoso personaje sentía el peso de ellas mucho más aún que el de los tres millones de dólares que parecían abrumarle. Indudablemente quería hablar para hacer una puja más elevada, pero le faltaba la voz. Trató entonces de hacer una señal con la cabeza, pero no lo logró.

Por último, se oyó una voz muy apagada, que murmuró casi entre dientes:

—¡Tres millones quinientos mil dólares!

—¡Cuatro millones! —respondió enérgicamente William W. Kolderup.

Éste fue el golpe de gracia. J.R. Taskinar se hundió. Y la maza de Felporg hirió, al fin, con un golpe seco el mármol de la mesa.

La isla Spencer quedó oficialmente adjudicada en cuatro millones de dólares a William W. Kolderup, de San Francisco.

—Me vengaré —murmuró J.R. Taskinar.

Y después de haber dirigido a su vencedor una última mirada, cargada de odio y encono, se volvió al Hotel Occidental.

Los aplausos más ruidosos y los «hurras» más expresivos celebraron la victoria de William W. Kolderup, al cual acompañaron en triunfo todos los circunstantes hasta la calle de Montgomery, y era tal el entusiasmo y el delirio de aquellos americanos, que ni siquiera tuvieron tiempo de entonar en obsequio del vencedor el Yankee doodle.

III
DONDE LA CONVERSACIÓN DE PHINA HOLLANEY Y GODFREY MORGAN ES ACOMPAÑADA POR EL PIANO

William W. Kolderup había vuelto a entrar en su hotel de la calle de Montgomery.

Esta calle era considerada como la Regent Street, el Broadway o el Boulevard des Italiens de San Francisco. En toda la extensión de esta gran arteria que atraviesa la ciudad, se respira constantemente movimiento, animación y vida; tranvías múltiples, coches y carros tirados por caballos o mulas; hombres de negocios que se apiñan en las aceras al cruzarlas, y que se detienen a veces en los escaparates de las lujosas tiendas y de los ricos almacenes, y clientes que se empujan en las puertas de las tabernas componen la fisonomía general de esta gran vía de la capital de California.

Inútil nos parece describir minuciosamente el palacio del nabab de Frisco. Representaba muchos millones y aparecía con mucho lujo. Se advertía que allí debía haber más comodidades que buen gusto, y menos sentido artístico que práctico.

Por lo pronto, el lector debe conformarse con saber que había en el palacio un magnífico salón de recepciones, y que en él había un piano cuyos acordes se propagaban a través de la cálida atmósfera del hotel en el momento en que penetraba en el edificio el opulento Kolderup.

—¡Bueno! —murmuró en voz baja—. Allí están juntos los dos; voy a decir cuatro palabras a mi cajero y después hablaré con ellos.

Y se dirigió a su despacho con el propósito de rematar de una vez aquel pequeño negocio de la isla Spencer y no volver a pensar más en ella. Rematar era simplemente cambiar algunos valores que tenía en cartera, a fin de pagar la adquisición, escribir al efecto cuatro líneas a su agente, y eso era todo.

Después de este ligero trabajo, William W. Kolderup trataba de realizar otra «combinación» que preocupaba más su espíritu en aquellos momentos.

En el salón se encontraban los dos a quienes el banquero se había referido, ella y él. Ella, sentada delante de su piano; él, medio tendido sobre un canapé, escuchando distraídamente las notas adornadas de arpegios que se escapaban de los dedos de aquella encantadora señorita.

—¿Me escuchas? —preguntó ella.

—Indudablemente.

—¿Pero me oyes?

—Sí te oigo, Phina. Jamás has tocado con más gusto y afinación esas variaciones sobre el Auld Robin Gray.

—¡Si lo que estaba tocando no es Auld Robin Gray, Godfrey; es Happy moment!

—¡Ah! Pues mira, yo había creído —replicó Godfrey con un tono tal de indiferencia, que hubiera hecho saltar a una piedra— que era la música que te he dicho.

La joven americana levantó ambas manos, y se detuvo por un instante con los dedos extendidos por encima de las teclas, como si tratase de buscar con ellos un acorde. Después, dando media vuelta sobre el taburete en que estaba sentada, se colocó frente al impasible Godfrey, cuya mirada procuraba evitar las suyas.

Phina Hollaney era la ahijada de William W. Kolderup. Huérfana y educada a su cargo, la había dado derecho a considerarse como hija suya, imponiéndole el deber de quererlo como a un padre, deber que ella cumplía con gusto.

Era una deliciosa joven, linda a su manera, como suele decirse, pero sin disputa encantadora; una rubia de dieciséis años, con todos los arranques apasionados de una morena, lo que se reflejaba en el cristal de sus ojos, de un azul oscuro. Se la podía comparar muy bien a un lirio, comparación invariablemente empleada en los círculos de la buena sociedad cuando se habla de una belleza americana. Era, pues, un lirio, si no os parece mal la metáfora; pero un lirio plantado en medio de un rosal silvestre resistente y sólido. Tenía un gran corazón, pero al mismo tiempo tenía también un gran espíritu práctico, y no era fácil que se dejase llevar por las ilusiones y los sueños propios de sexo y de su edad.

Los sueños son naturales y aceptables cuando se duerme, pero no cuando está uno despierto; y en aquellos momentos la joven ni dormía ni pensaba en semejante cosa.

—¿Godfrey? —volvió a decir.

—¡Phina! —contestó el joven.

—¿Dónde estás en este momento?

—Cerca de ti, en este salón.

—No; no estabas cerca de mí, ni en este salón... Se me figura que estabas lejos, muy lejos, casi al otro lado de los mares, ¿no es cierto?

Y al decir esto, dejó caer maquinalmente su mano sobre las teclas del piano perdiéndose en una serie de séptimas disminuidas, cuya melancólica armonía le decía más a Godfrey que cuanto le había dicho de palabra Phina.

Godfrey era sobrino de William W. Kolderup. Su madre era hermana del opulento comprador de islas, y desde muy pequeño había quedado huérfano. Así es que Godfrey Morgan había sido, como Phina, criado en la casa de su tío, al cual la fiebre de los negocios le había impedido hasta pensar en casarse.

Godfrey contaba veintidós años. Terminada su educación, había quedado entregado a una completa ociosidad, sin que el grado obtenido en la Universidad le hubiese dado patente alguna de sabiduría. Por todas partes se le ofrecía la vida fácil y agradable, y en ningún camino veía obstáculos que pudieran interrumpir su suerte; podía dirigirse a la derecha, a la izquierda o al frente, seguro de que siempre había de acompañarle la fortuna.

Su figura era agradable y su porte elegante y distinguido, sin haber tenido jamás el capricho de llevar un alfiler en sus corbatas ni baratijas llamativas en los dedos, en las mangas ni en la pechera como acostumbran a usar generalmente muchos de sus conciudadanos.

No sorprenderíamos a ninguno de nuestros lectores si le dijéramos en confianza que Godfrey Morgan era el prometido de Phina Hollaney. No podía ser otra cosa; todas las conveniencias y todas las probabilidades hacían prever este resultado. Por lo pronto William W. Kolderup deseaba que se efectuase este matrimonio, porque de ese modo conseguía que su inmensa fortuna fuese a parar toda entera a poder de los dos seres que más quería en el mundo; y sobre todo, porque él sabía perfectamente que Phina gustaba a Godfrey y que Godfrey no le era indiferente a Phina.


—¿Dónde estás en este momento?

Además de que, verificándose este acto, creía él que habría menos complicaciones en la contabilidad general de la casa de comercio. Desde sus respectivos nacimientos se había abierto una cuenta corriente a cada uno de los dos jóvenes, y al casarse se saldaban fácilmente las dos, abriendo una cuenta nueva a los dos esposos. El digno negociante ansiaba que eso se realizara enseguida, y que la situación se saldara definitivamente salvo error u omisión.

Y efectivamente, en este cálculo había alguna omisión y quizás algún error, como vamos a demostrar.

Había error, porque Godfrey no se mostraba decidido a emprender inmediatamente el negocio matrimonial, y había por consiguiente alguna omisión, puesto que se había omitido la previsión de este pequeño inconveniente.

En efecto, terminados sus estudios, Godfrey había sido atacado de ese spleen producido por una especie de hastío o de laxitud prematura del mundo y de la vida, provocado precisamente porque nada le hacía falta y nada tenía que desear ni apetecer. Le asaltó el pensamiento de correr el mundo, y se dio cuenta de que nada tenía ya que aprender, a no ser lo que le enseñaran los viajes. Del antiguo y del nuevo continente no conocía, a decir verdad, más que un solo punto, San Francisco, donde había nacido y de donde jamás había salido a no ser en sueños... ¿Y qué puede hacer un joven, sobre todo si es americano, que no haya dado dos o tres veces la vuelta al mundo? ¿Para qué puede servir, faltándole este requisito? ¿Sabe él cómo podrá salir de ciertos apuros que se presentan en la vida si no se pasa por ellos? Y si no ha sufrido ciertos contratiempos, ¿podrá saber cómo ha de combatirlos y vencerlos?

Estaba seguro de que sin recorrer algunos millares de millas no podía ver, observar e instruirse lo necesario para completar su educación.

Preocupado con este deseo, hacía un año que no leía otra cosa más que esos relatos de viajes que pululan por todas partes, y esto había aumentado su manía. Había descubierto el Celeste Imperio con Marco Polo, América con Cristóbal Colón, el Pacífico con Cook, el Polo Sur con Dumont d’Urville, y tenía el incesante anhelo de ir a cualquiera de los puntos adonde esos ilustres viajeros habían ido antes sin él. Deseaba satisfacer de todas maneras su apetito, aunque para ello tuviera que sostener algunas luchas con los piratas malayos, o que sufrir alguna colisión en medio del mar, o que naufragar en alguna costa desierta, viéndose obligado, por causa del naufragio, a llevar la vida de un Selkirk o de un Robinsón Crusoe... ¡Un Robinsón! ¡Llegar a ser un Robinsón! ¡Qué imaginación joven y ardiente no ha soñado un poco con esto, leyendo, como había leído Godfrey muchas veces, las aventuras de los héroes imaginarios de Daniel de Foe o de Wis!

En este estado se hallaba el sobrino de William W. Kolderup en el momento en que su tío pensaba encadenarlo, como vulgarmente se dice, con los lazos del matrimonio. Viajar con Phina convertida en mistress Morgan no sería posible; era necesario que lo hiciera antes y solo. De este modo, cuando le pasase el capricho, estaría en mejores condiciones para firmar su contrato matrimonial... ¿Se puede proporcionar una dicha completa a la mujer a quien se ama antes de haber dado un par de vueltas por el Japón, por China o por Europa? Él creía seguramente que no.

Y éste era el motivo por el que Godfrey estaba distraído al encontrarse al lado de Phina, y por el que se mostraba indiferente cuando ella le hablaba, y ni siquiera oía aquellas piezas de música que ella tocaba al piano y que tanto le habían encantado otras veces.

Phina, joven seria y reflexiva, lo había comprendido todo perfectamente. Decir que aquello no había provocado en su alma algún despecho mezclado con algún poco de disgusto, sería calumniarla gratuitamente. Pero, acostumbrada a mirar las cosas por el lado práctico y positivo, se había hecho el razonamiento siguiente:

«Si es absolutamente necesario que marche, vale más que sea antes que después del casamiento».

Y he aquí por qué había dirigido a Godfrey aquellas sencillas palabras, muy significativas por cierto:

—¡No!... Tú no estás a mi lado en este momento, sino, por el contrario, al otro lado de los mares.

Godfrey se había puesto de pie; y después de dar dos o tres pasos por el salón, sin mirar a Phina, se detuvo delante del piano, y casi inconscientemente apoyó su índice sobre una de las teclas. Y sonó un vigoroso re bemol de la octava baja del pentagrama, nota triste que parecía que respondía por él.

Phina comprendió perfectamente lo que aquello quería decir, y sin más discusión acudió en auxilio de su prometido, dispuesta a ayudarle a abrir una brecha en la muralla por donde él pudiera escaparse para ir a donde su capricho quería llevarle.

En este crítico momento se abrió la puerta y se presentó William W. Kolderup, algo preocupado, como siempre. Era el comerciante que acababa de terminar una operación y se disponía a comenzar otra nueva.

—¡Bueno! —dijo—.Ya no debe pensarse más que en fijar definitivamente la fecha.

—¿Qué fecha? —exclamó Godfrey con acento nervioso—. ¿De qué fecha hablas, querido tío?

—De la fecha de vuestro casamiento —contestó William W. Kolderup—. Supongo que no iréis a suponer que se trata del mío.

—Quizás eso sería más urgente —dijo Phina.


Volvió a detenerse, con los brazos cruzados, delante de Godfrey.

—¡Eh! ¿Qué dices? —gritó el tío—. ¿Qué significa eso? ¿No estaba acordado que se celebraría enseguida?

—Padrino Will —contestó la joven—, no creo que debamos ocuparnos hoy de fijar la fecha de ningún matrimonio; lo que hay de acordar es la fecha de una partida.

—¿De una partida?

—Sí, de la partida de Godfrey —añadió miss Phina—, que parece que antes de casarse desea correr un poco esos mundos de Dios.

—¿Te quieres marchar? —exclamó William W. Kolderup, dirigiéndose hacia el joven y agarrándolo por el brazo con la intención, al parecer, de detener a aquel pillastre que procuraba escapársele.

—Sí, tío Will —contestó resueltamente Godfrey.

—¿Y por cuánto tiempo?

—Por año y medio o dos años cuando más.

—¿De veras?

—Sí; contando, sin embargo, con tu permiso y con que Phina me espere hasta entonces.

—¡Que te espere!... He aquí un presumido que tiene la pretensión de que su novia espere el tiempo que a él le convenga —exclamó William W. Kolderup.

—Es necesario dejar en completa libertad a Godfrey, padrino Will —dijo la joven—. He reflexionado seriamente sobre este asunto, y me he convencido de que, a pesar de todo, Godfrey es demasiado joven; los viajes le harán madurar, y aun cuando sólo sea por esto, es necesario darle gusto. Quiere viajar ahora, pues que viaje; después sentirá la necesidad de descansar, y aquí me encontrará a su vuelta.

—¿Cómo? —gritó William W. Kolderup—. ¿Consientes en darle libertad a este aturdido?

—Sí, pero sólo por los dos años que solicita.

—¿Y esperarás tranquilamente su vuelta?

—¡Tío Will, si yo no me considerase capaz de esperar a que volviese, sería señal de que no le amaba!

Dicho esto, miss Phina se volvió hacia su piano, y, con intención o inconscientemente, tocó una pieza de música muy a la moda entonces, que se titulaba La partida del prometido, pieza que parecía hecha de encargo para aquel momento; pero, sin darse cuenta de ello quizás, la tocó en La menor, aun cuando estaba escrita en la mayor. De este modo el sentimiento de la melodía se transforma completamente, resultando con un tono plañidero que parecía revelar con toda propiedad las íntimas impresiones de la joven.

Godfrey parecía muy atribulado, y no despegaba sus labios. Su tío le cogió la cabeza con las dos manos, y colocándola de frente a la luz, lo miró atentamente. De este modo le interrogó sin tener necesidad de hablar, y él pudo contestarle sin pronunciar una palabra.

Y mientras tanto, las lamentaciones de La partida del prometido seguían haciéndose oír en tono triste y quejumbroso. William W. Kolderup soltó a su sobrino, dio un par de paseos por el salón, y de pronto se paró en firme delante de Godfrey, que permanecía de pie en el mismo sitio, con ademán aterrado, y con el mismo aspecto que presenta un delincuente al encontrarse delante de su juez.

—¿Es esto formal y serio? —preguntó el comerciante.

—Muy serio y muy formal —contestó miss Phina sin interrumpirse, mientras que Godfrey se limitaba a hacer con la cabeza una señal afirmativa.

—¡All right! —replicó entonces William W. Kolderup, fijando en su sobrino una mirada singular.

Y al mismo tiempo murmuró por lo bajo y entre dientes:

—¡Ah! ¿Conque quieres viajar antes de casarte con Phina? Pues bien, yo te prometo que vas a hartarte de viajes, sobrino mío.

Enseguida volvió a dar otro paseo, y volvió a detenerse, con los brazos cruzados, delante de Godfrey, preguntándole:

—¿Y a dónde quieres ir?

—A cualquier parte.

—¿Y cuándo quieres marcharte?

—Cuando tú dispongas, tío Will.

—Pues bien, será lo más pronto posible.

Al oír estas últimas palabras, Phina se detuvo bruscamente. El dedo pequeño de su mano izquierda acababa de herir un sol sostenido, mientras que el cuarto se olvidó de buscar la tonalidad; se quedó sobre el La bemol, como el Raoul de Los Hugonotes cuando se escapa al terminar su dúo con Valentina.

Es posible que miss Phina tuviese el corazón muy agitado, pero cumplía el propósito que había hecho de no decir ni una palabra.

William W. Kolderup, sin mirar a Godfrey, se aproximó al piano y dijo con tono solemne:

—Phina, es preciso no detenerse nunca en el La bemol.

Y diciendo esto, tocó con uno de sus gruesos dedos una de las teclas, haciendo resonar un la natural.

IV
EN EL QUE T. ARTELETT, LLAMADO TARTELETT, SE PRESENTA CORRECTAMENTE A LOS LECTORES

Si T. Artelett hubiera sido francés, sus compatriotas no hubieran podido resistir al capricho de llamarlo en son de broma Tartelett. Pero como ese nombre le sienta a las mil maravillas, nuestros lectores nos van a permitir que le demos este apodo; sobre todo, estando seguros, como lo estamos, de que si Tartelett no era efectivamente francés, por lo menos merecía serlo.

En su Itinerario de París a Jerusalén, Chateaubriand habla de un hombre de pequeña estatura, «empolvado y rizado como en otros tiempos, con traje de color verde manzana, chaqueta de lana, pechera y mangas de muselina, que rasgaba las cuerdas de un violín haciendo bailar la Madelon Friquet a los iroqueses».

Los californianos no eran precisamente iroqueses, pero no por eso era Tartelett menos profesor de baile en la capital de California. Había la diferencia de que no recibía, como su predecesor, el precio de sus lecciones en pieles de castor y jamones de oso, sino en dólares. Si al hablar de sus discípulos no tenía necesidad de decir «esos señoritos» o «señoritas salvajes», era porque sus educandos estaban civilizados, en lo que, según él mismo aseguraba, habían influido mucho sus lecciones.

Tartelett era soltero, y aseguraba que tenía cuarenta y cinco años en el momento en que le presentamos a nuestros lectores. Hacía una docena de años que había estado a punto de casarse con una doncella ya madura.

Con este motivo se le exigió, en aquella ocasión, que redactase «dos o tres líneas» para indicar su edad, sus condiciones y su situación, y él redactó una nota, que vamos a copiar aquí íntegra para excusarnos de hacer por nuestra cuenta el retrato de este personaje bajo el doble punto de vista moral y físico.

«Nacido el día 17 de julio de 1835, a las tres y cuarto de la mañana.

»Estatura, cinco pies, dos pulgadas y tres líneas.

»El perímetro, tomado por encima de las caderas, llega a dos pies y tres pulgadas.

»El peso, teniendo en cuenta que ha aumentado durante el último año unas seis libras, asciende a ciento cincuenta y una libra y dos onzas.

»La cabeza es oblonga.

»Los cabellos, muy escasos en la parte superior de la frente, son castaños, pero está ya bastante canoso; la frente es espaciosa, el rostro oval y la tez coloreada.

»Su vista es excelente; tiene los ojos pardos, y las cejas y las pestañas son del mismo color que el del pelo; los párpados los tiene algo caídos y la nariz, de un tamaño más que mediano, tiene una pequeña verruga en el lado derecho.

»Las mejillas son aplastadas y siempre están afeitadas.

»Las orejas son grandes y planas.

»En su boca, de un tamaño más que regular, se ven dientes muy sanos.

»Sus labios, delgados y un poco fruncidos hacia el centro de la boca, están adornados de su correspondiente bigote y de una perilla espesa de color indefinible; siendo del mismo color el mechón de pelos que tiene en la papada.

»Un pequeño lunar adorna su grueso cuello; y cuando está en el baño puede verse que tiene la piel toda blanca y casi sin vello.

»Su existencia es pacífica y ordenada, y, sin ser de una naturaleza muy robusta, gracias a su sobriedad, ha sabido conservar intacta su salud desde su nacimiento. Tiene los bronquios con mucha propensión a irritarse, por lo que jamás ha querido tener la mala costumbre de fumar, y se ha resistido siempre a tomar café, licores y vino puro.

»En resumen: ha suprimido de su higiene todo cuanto pueda influir sobre su sistema nervioso. Las únicas bebidas que usa son la cerveza clara y agua coloreada con vino. Indudablemente debe a su prudencia el no haber tenido nunca necesidad de consultar a un médico.

»Su gesto es vivo, el carácter franco y abierto, y lleva en todos los casos la delicadeza hasta la exageración, y no se ha casado antes por temor de que su esposa no fuese tan feliz como él quisiera.»

Tal fue la nota redactada por Tartelett, y a pesar de los atractivos que debería tener un hombre de tales prendas para una doncella de cierta edad, no se efectuó la unión proyectada. El profesor siguió siendo célibe y continuó ocupándose en dar lecciones de baile.

Por esa época entró con ese título en el hotel de William W. Kolderup. Después, andando el tiempo, sus discípulos lo fueron abandonando todos, uno a uno, y acabó por contarse como una rueda más del personal de la casa del opulento banquero.

Después de todo, y a pesar de sus ridiculeces, era un buen hombre. Quería mucho a Godfrey y a Phina, los cuales correspondían a su cariño, y su única ambición se había limitado ya a inculcarles todas las delicadezas de su arte y a que sobresalieran en elegancia y en buenas maneras.

Y a este señor profesor Tartelett fue a quien William W. Kolderup tuvo el capricho de elegir para acompañar a su sobrino durante el viaje. Tenía algún fundamento para suponer que Tartelett había contribuido en cierto modo a que Godfrey adquiriese la manía de viajar con el objeto de completar su educación, recorriendo el mundo. William W. Kolderup había resuelto, por tanto, que lo recorrieran los dos juntos. Al día siguiente, el 16 de abril, mandó que avisasen a Tartelett para que se presentara en su despacho.

Una indicación del nabab era siempre una orden apremiante para Tartelett; así es que salió inmediatamente de su cuarto preparado para toda clase de acontecimientos que se relacionaran con su profesión. Subió la gran escalera del hotel llevando siempre los pies en posición académica, como conviene a un maestro de baile, y después de hacerse anunciar, entró en el despacho con el cuerpo medio inclinado, los codos doblados y una encantadora sonrisa en los labios, y se colocó ante el comerciante perfectamente en tercera posición, después de un ligero trenzado, en el cual siempre aparecían juntos los tacones de los zapatos y las dos puntas hacía fuera.

Cualquier otro que intentase colocarse en esta especie de equilibrio prolongado vacilaría sobre su base, pero el profesor Tartelett siempre pudo conservar así una completa seguridad.

—Señor Tartelett —le dijo William W. Kolderup—, le he mandado llamar para participarle una noticia que, según creo, no deberá sorprenderle.

—¡A su disposición ! —respondió el profesor.

—El matrimonio de mi sobrino se aplaza para dentro de un año o de año y medio —continuó diciendo el tío—; y Godfrey, por gusto suyo, va a emplear ese tiempo en visitar varios puntos del viejo y del nuevo mundo.

—¡Señor! —exclamó Tartelett—; mi discípulo honrará en todas partes el país en que ha nacido, y...

—Y también al profesor de urbanidad, que le ha enseñado todas las reglas de las buenas maneras —completó el negociante con un tonillo irónico que no percibió el ingenuo Tartelett.

Éste creyó que en aquel momento debía ejecutar un «conjunto», y, en efecto, separó alternativamente sus pies a derecha e izquierda, y enseguida plegó ligeramente las rodillas y saludó con una genuflexión a William W. Kolderup.

—He pensado —siguió diciendo éste— que tendrá un gran pesar si se ve obligado a separarse de su discípulo.

—Tendré una pena dolorosa —replicó Tartelett—, sin embargo, si es preciso...

—No creo que eso sea necesario —dijo entonces William W. Kolderup frunciendo ligeramente el entrecejo.

—¡Ah! —exclamó Tartelett.

Y sin saber qué hacer, dio un paso atrás y salió de la tercera colocándose en la cuarta posición; seguidamente dejó entre ambos pies, indudablemente sin saber lo que hacía, una distancia inconveniente.

—Sí —añadió el comerciante con voz breve y con un tono que no admitía sombra de réplica—, he pensado que sería verdaderamente cruel separar a un profesor y a un discípulo que parecen hechos de encargo el uno para el otro.

—¡Ciertamente!... ¡Los viajes!... —balbuceó Tartelett, como empeñándose en no querer comprender lo que se le decía.

—¡Sí, seguramente...! —volvió a decir William W. Kolderup—; no sólo los viajes mostrarán en relieve las cualidades de mi sobrino, sino también los talentos del profesor al que debe una elegancia tan correcta.

En su vida se le había podido ocurrir a este desdichado, que no era otra cosa más que un niño grande, que pudiera llegar un día en que tuviese que abandonar San Francisco, California y América, para correr por esos mares. Era una idea que no podía caber en la cabeza de un hombre que no se había preocupado más que de los trenzados de bailes, y que jamás había tenido resolución para visitar ni aun las cercanías de la ciudad en un radio de diez millas. Y de repente, y sin preparación de ninguna especie, se le ofrecía ahora, o mejor dicho, se le imponía la obligación de expatriarse, ofreciéndole en perspectiva todos los incidentes, inconvenientes, aventuras y desventuras de esos peligrosos viajes de que él había hablado tanto con su discípulo, en la inteligencia de que él estaba libre de ellos. Había ciertamente motivos para perturbar una cabeza más sólida que la suya, y el infortunado, por primera vez en su vida, sentía un estremecimiento involuntario en los músculos de sus piernas, dominadas hasta entonces por su voluntad.

—Quizás —dijo al fin tratando de esbozar en sus labios esa sonrisa estereotipada del bailarín que por un instante se había desvanecido—, quizás no estoy hecho para...

—Y sin embargo, es necesario que sea así —replicó William W. Kolderup con el ademán de un hombre que no admite que se comenten ni discutan sus órdenes.

Negarse a obedecer era completamente imposible, y así lo comprendió Tartelett. ¿Qué representaba y qué era él en aquella casa? Una cosa, un fardo, un lío de géneros, que podía ser expedido para cualquier parte del mundo. Sin embargo, la expedición no dejaba de preocuparle hasta cierto punto.

—¿Y cuándo debe efectuarse la salida? —preguntó por último, haciendo un soberano esfuerzo para volver a tomar una posición académica.

—Dentro de un mes.

—¿Y sobre qué mar borrascoso ha decidido el señor que surque el barco que ha de conducirnos?

—Sobre el Pacífico, por de pronto.

—¿Y en qué punto del globo terráqueo pondremos el pie por primera vez?

—En el suelo de la Nueva Zelanda —contestó William W. Kolderup—. He observado que los neozelandeses no doblan convenientemente los codos, y usted podrá darles lecciones...

Y de este modo, el profesor Tartelett fue escogido como compañero de viaje de Godfrey Morgan.

Un ligero ademán del negociante le hizo enseguida comprender que la audiencia había terminado, y se retiró tan preocupado y conmovido, que se olvidó de desplegar las gracias especiales que acostumbraba usar en las ceremonias de aquella clase.

Por primera vez de su vida olvidó el buen maestro de baile los más elementales preceptos de su arte, y salió andando con los pies hacia dentro.


Usted podrá darles lecciones...

V
EN QUE SE PREPARA LA SALIDA Y AL FIN DEL CUAL SE PARTE DE VERAS

Todo estaba ya convenido y acordado. Antes de realizar ese largo viaje que hacen dos seres a través de la vida, y que se llama matrimonio, Godfrey iba a dar la vuelta al mundo, lo cual es algunas veces menos accidentado y peligroso que el otro. Godfrey contaba con volver hecho un veterano, habiendo salido hecho un recluta. Tenía ansiedad y curiosidad; quería ver, observar y comparar, y volver enseguida para gozar tranquilamente de las delicias del hogar y tener una vida pacífica y sedentaria, que no turbaría ni la más ligera tentación.

¿Tendría o no razón? ¿Recibiría en su proyectada excursión lecciones de las que pudiera sacar provecho? Dejaremos que los acontecimientos contesten a estas preguntas de una manera cierta y positiva.

De todos modos, es necesario convenir en que Godfrey estaba encantado.

Phina ocultaba hábilmente su ansiedad, y aparecía tranquila y resignada.

El profesor Tartelett, cuyas piernas habían sido siempre tan firmes, y que jamás había flaqueado por difíciles que hubieran sido los equilibrios que hiciera con ellas, había perdido su aplomo ordinario, sin poderlo encontrar por más esfuerzos que hacía. Vacilaba andando sobre el suelo de su cuarto, y daba continuos traspiés, como si estuviese sobre la cubierta de un buque zarandeado por furiosos golpes de mar.

En cuanto a William W. Kolderup, después de decidido el viaje, se mostraba muy reservado, sobre todo con su sobrino. Sus labios, fruncidos, y sus ojos, medio ocultos tras sus largas pestañas, indicaban que una idea fija se había apoderado de aquel cerebro, donde comúnmente bullían las altas especulaciones del comercio.

—¡Ah!... ¡Conque quieres viajar! —murmuraba a veces—. ¡Quieres viajar en lugar de casarte, y estar tranquilo en tu casa, y ser dichoso!... ¡Pues bien, pierde cuidado, que se te complacerá!

Se procedió inmediatamente a los preparativos del viaje, y se presentó a examen la cuestión del itinerario, y se habló y se discutió, llegándose por fin a un acuerdo.

Si se había de empezar por el sur, la compañía Panama to Colombia and British Columbia, primero, y la Packet Shouthampton-Rio de Janeiro, después, se podían encargar de conducirlos a Europa.

Si se elegía el este, el gran ferrocarril del Pacífico podría llevarlos en pocos días a Nueva York, y desde allí las líneas Cunard, Inman, White Star, Hamburg-America o Transatlántica francesa se encargarían de depositarlos en el litoral del viejo mundo.

Si querían dirigirse al oeste por la empresa Steam Transoceanic Golden Age les sería fácil alcanzar después Melbourne, y pasar luego el istmo de Suez en los buques de la Peninsular Oriental Steam Co.

Por ninguna parte faltaban medios fáciles de trasportes, y gracias a su coordinación matemática, la vuelta al mundo podía limitarse a un cómodo y sencillo paseo de turista.

Pero no era así como debía viajar el sobrino heredero del nabab de Frisco.

De ningún modo. William W. Kolderup poseía para las necesidades de su comercio, toda una flota de buques de vela y de vapor, y había decidido poner uno de éstos a disposición del joven Godfrey Morgan, ni más ni menos, que como si se tratase de un príncipe de sangre real, que viajase a costa de los súbditos de su padre.

Dio William las órdenes convenientes para que el Dream, sólido vapor de seiscientas toneladas y doscientos caballos de vapor, fuese equipado y abastecido como para un largo viaje. El mando se le confió al capitán Turcotte, un viejo lobo de mar que había corrido ya todos los océanos bajo todas las latitudes. Inteligente y audaz marino, estaba familiarizado con los ciclones, los huracanes y las tormentas, contando, entre sus cincuenta años de edad, lo menos cuarenta de navegación. Ponerse a la capa y luchar de frente con la tempestad era un juego para este hombre de mar, que jamás había padecido más enfermedad que la del «mal de tierra», es decir, cuando se hallaba en puerto. Con esa existencia, incesantemente sacudida por las brisas del mar, había adquirido una naturaleza de hierro, y con la costumbre de balancearse abordo para buscar el equilibrio, se balanceaba también cuando caminaba en tierra.

Un segundo, un maquinista, cuatro fogoneros y doce marineros, en total dieciocho hombres, formaban la dotación del Dream, que, contentándose con no andar más que ocho millas por hora, se podía decir que tenía unas cualidades náuticas inmejorables. No contaba con bastante celeridad cuando tenía que afrontar olas en un mar agitado, pero en cambio las olas no podían pasarle por encima; y esta ventaja compensaba su marcha de mediana velocidad, sobre todo cuando no era necesario apresurarla. Además, el Dream estaba aparejado como goleta, y contaba con quinientas varas cuadradas de tela, que, con viento favorable, podían servir para ayudar poderosamente a su máquina.

No podía pensarse que el viaje del Dream se limitara a un viaje de puro recreo, porque William W. Kolderup era un hombre demasiado práctico para dejar sin provecho de la casa una expedición de mil quinientas o mil seiscientas millas a través de todos los mares del globo.

El buque debía zarpar sin carga, pero le sería fácil conservarse en buenas condiciones de flotabilidad, llenando de agua sus Water-ballast1, para poder sumergirlo hasta el nivel del puente en caso necesario. De este modo el Dream estaba en disposición de cargar y descargar en el camino, visitando al mismo tiempo las oficinas de consignaciones del rico negociante, y pasando de uno a otro por todos los mercados del mundo. No había de temerse que el capitán Turcotte se viera en apuros para cubrir los gastos del viaje. El capricho de Godfrey Morgan no costaría a la caja de la casa ni un solo dólar, porque estas cosas las entienden perfectamente, y suelen hacerlas siempre bien las buenas casas de comercio.

Todo esto fue decidido después de largas conferencias, muy secretas, entre William W. Kolderup y el capitán Turcotte. Pero se advirtió que la discusión de un asunto tan sencillo, al parecer, fue algo penosa, puesto que las conferencias menudearon y se multiplicaron más de lo regular. Siempre que terminaba alguna de ellas, cualquier observador hubiera advertido que el negociante salía con un sello extraño impreso en su rostro, y que sus cabellos estaban erizados como si una mano febril los hubiera alborotado, y que todo él presentaba un aspecto anormal.

Mientras las conferencias tenían lugar, se oían también, de vez en cuando, ciertas frases destempladas; lo que probaba que la sesión tenía algunos periodos tempestuosos. Y era que el capitán Turcotte, con su franqueza habitual y ruda, sabía algunas veces enfrentarse a William W. Kolderup, que lo quería y estimaba lo bastante para tolerar que le contradijese.

Por último, parece ser que todo se arregló. ¿Quién había cedido, William W. Kolderup o el capitán Turcotte? No era fácil adivinarlo, no conociendo el objeto de sus discusiones. No obstante, podía apostarse que no había sido el capitán.

El hecho es que después de ocho días de conferencias, ambos se pusieron de acuerdo, a pesar de que Turcotte no cesaba de murmurar entre dientes: «Que los quinientos mil demonios del suroeste me lleven al fondo del averno, si jamás hubiera podido pensar que yo, Turcotte, sería capaz de hacer semejante cosa».

Mientras tanto, el aparejamiento del Dream avanzaba rápidamente, y nada omitía su capitán para que estuviese en disposición de hacerse a la mar en la primera quincena del mes de junio. Se le había baldeado y carenado, y se había pintado todo él convenientemente.

Al puerto de San Francisco llegan infinidad de buques de todas clases y de todas las nacionalidades. Así es que desde hacía muchos años los muelles de la ciudad, regularmente construidos en el litoral, no hubieran podido bastar para el embarque y desembarque de las mercancías, si los ingenieros no hubieran construido otros muelles artificiales. En el fondo del agua se clavaron grandes estacas de madera, y sobre ellas formaron un suelo artificial que aparecía como una inmensa plataforma. Para esto se había mermado una gran parte de la bahía, pero ésta era suficientemente capaz. Se construyeron así verdaderas calas de descarga cubiertas de grúas y aparejos cerca de los cuales los vapores de ambos océanos, vapores fluviales de los ríos californianos, clippers de todos los países, cabotajes de las costas americanas, etc., pudieron alinearse en perfecto orden sin tropezarse unos con otros.

En uno de estos muelles artificiales, al extremo de la Warf Mission Street, estaba sólidamente amarrado el Dream.

Nada se omitió para que el barco escogido para el viaje de Godfrey pudiese navegar en las mejores condiciones. Todo se había previsto y todo se había preparado convenientemente. Los aparejos estaban en perfecto estado, las calderas probadas y la máquina de hélice en excelentes condiciones. Se había colocado abordo, para toda clase de eventualidades y para facilitar las comunicaciones con tierra, una chalupa de vapor rápida e insumergible, que debía hacer grandes servicios durante el viaje.

Todo estuvo dispuesto para el 10 de junio. No faltaba más que hacerse a la mar. Los hombres elegidos por el capitán Turcotte para las maniobras de las velas y para el cuidado de la máquina componían una dotación tan escogida que era imposible encontrarla mejor en la plaza. Una numerosa colección de animales vivos, entre los que se contaban agutís, corderos, cabras, pollos, gallinas y otros, estaban colocados en el entrepuente; y para cubrir las necesidades y los caprichos de la vida material, se habían embarcado innumerables cajas de conservas de las marcas más afamadas.

Nada se sabía de fijo sobre el itinerario que debía seguir el Dream; y esto había sido, sin duda, el objeto de las largas conferencias que William W. Kolderup y su capitán habían celebrado durante muchos días. Sólo se sabía que el primer punto de escala señalado había de ser Auckland, capital de Nueva Zelanda, salvo en el caso de necesitar carbón; necesidad que podía ocasionar la persistencia de vientos contrarios, porque entonces, para aprovisionarse, podrían arribar a uno de los archipiélagos del Pacífico o a uno de los puertos de China.

Como el único propósito de Godfrey era viajar, los detalles mencionados le importaban poco, y mucho menos a Tartelett, cuyo perturbado espíritu estaba ocupado exclusivamente en exagerar las eventualidades desgraciadas de la navegación.

No faltaba más que una cosa que cumplir: la formalidad de las fotografías.

Un novio no puede decentemente partir para un largo viaje alrededor del mundo sin llevar consigo la imagen de su amada y sin dejar a ésta, a cambio, la suya.

Godfrey, en traje de turista, se entregó en manos de Stephenson y Ca., fotógrafos de la calle Montgomery; y miss Phina, en traje de paseo, confió igualmente al sol de cuidado de fijar sus facciones encantadoras, un poco entristecidas, sobre la placa de los hábiles artistas. Así era una manera de viajar juntos. El retrato de Phina tenía su sitio perfectamente indicado en el camarote de Godfrey, y el de éste en la habitación de la joven.


En uno de estos muelles artificiales estaba amarrado el Dream.

En cuanto a Tartelett, que no estaba prometido, ni tenía esperanzas de estarlo, se juzgó conveniente, sin embargo, confiar su imagen al papel sensible, pero no pudo obtenerse una prueba satisfactoria, a pesar del talento y habilidad de los fotógrafos. El cliché, oscilante, nunca presentaba más que un borrón confuso, en el cual era imposible reconocer al célebre maestro de baile y de cortesías ceremoniosas.

Y es que no pudo conseguirse que el paciente estuviese quieto un segundo, a pesar de las recomendaciones que se le hacían y que están en uso en los talleres consagrados a esta clase de operaciones. Se ensayaron medios más rápidos, pruebas instantáneas, y siempre el mismo resultado, porque Tartelett se balanceaba ya antes de colocarse, mucho más que hubiera podido hacerlo el mismo capitán del Dream.

Al fin se renunció a conservar las facciones de este hombre célebre. ¡Irreparable desdicha para la posteridad, si, al pensar partir para el viejo mundo, Tartelett partía para otro mundo, del cual no se vuelve jamás!

Todo se encontraba ya dispuesto el día 9 de junio. El Dream no tenía sino que levar anclas. Sus papeles, conocimiento, carta y póliza de seguros estaban en regla, porque dos días antes había recogido el corredor de la casa Kolderup las últimas firmas.

Llegó el día fijado y se dio un gran almuerzo de despedida en el hotel de la calle Montgomery. Se brindó repetidas veces por el feliz viaje de Godfrey y por su pronto regreso.

Godfrey estaba bastante conmovido, y no hizo esfuerzos por ocultarlo; Phina se mostró más firme que él; y el bueno de Tartelett trató de ahogar sus disgustos y aprensiones en algunos vasos de champaña, cuya influencia se prolongó hasta el momento de la partida. Esto hizo que dejase olvidada su bolsa de viaje, que fue necesario llevarle a bordo en el momento en que el Dream soltaba las amarras.

La última despedida se hizo a bordo; los últimos apretones de manos se intercambiaron en la toldilla de popa. Luego la máquina empezó a hacer mover la hélice, y el buque se apartó del muelle.

—¡Adiós, Phina!

—¡Adiós, Godfrey!

—¡Qué el cielo os guíe! —dijo el tío.

—¡Y sobre todo, que nos vuelva pronto aquí! —murmuró por lo bajo el maestro Tartelett.

—Y no olvides nunca, Godfrey —añadió William W. Kolderup— el lema que el Dream ostenta en su tablilla de popa—: Confide, recte agens.

—¡Nunca, tío Will! ¡Adiós, Phina!

—¡Adiós, Godfrey!


El buque se alejó.

El buque se alejó y los pañuelos estuvieron agitándose mientras estuvo a la vista del muelle, y algún tiempo después.

El Dream atravesó rápidamente toda aquella bahía de San Francisco, que es la más extensa del mundo; franqueó enseguida el estrecho del Golden Gate, y cortó con su quilla las aguas del Pacífico: era como si aquella «puerta de oro» acabase de cerrarse tras él.

VI
EN EL CUAL EL LECTOR ES INVITADO A TRABAR CONOCIMIENTO
CON UN NUEVO PERSONAJE

El viaje había comenzado, lo cual había que convenir que no era difícil.

Así lo repetía con frecuencia el profesor Tartelett, diciendo con incontestable lógica:

—Siempre se sabe cuándo empieza un viaje; pero ¿cuándo y cómo acaba? Ésa es la cuestión.

El camarote ocupado por Godfrey estaba situado al fondo de la toldilla de popa que servía de comedor. Nuestro joven viajero se había instalado allí, lo más cómodamente posible, cediendo al retrato de Phina el mejor sitio, sobre el más alumbrado de los mamparos. Una litera para dormir, un lavabo para su aseo, algunos armarios para los trajes y la ropa blanca, una mesa para trabajar, y un sillón para sentarse amueblaban el camarote, y era más de lo que necesitaba un pasajero de veintidós años. Es la edad en que se tiene esa filosofía práctica que constituyen la buena salud y la alegría del alma. ¡Ah! ¡Jóvenes, viajad, si podéis hacerlo; y si no podéis hacerlo, viajad también!

A Tartelett le faltaban ya por completo la alegría y el buen humor. Su camarote, próximo al de su discípulo, le parecía muy reducido; su litera, muy dura, y en ninguna parte encontraba espacio para ensayar sus batidos y sus trenzados. Su condición de viajero no le había quitado su carácter de bailarín, que lo tenía tan firme y arraigado que de seguro, cuando le llegase la hora de acostarse para dormir su último sueño, lo habían de encontrar colocado en línea horizontal, pero con los talones unidos y completamente en primera posición.

Las comidas debían hacerse en común, y así se hacían. Godfrey y Tartelett se colocaban cada uno en una de las cabeceras y el capitán y el segundo, uno en cada lado. La mesa se llamaba «mesa de balanceo», y este solo nombre hace suponer que el profesor de baile la ocuparía pocas veces.

El día de la salida era un hermoso día del mes de junio y soplaba una fresca brisa del nordeste. El capitán había ordenado que se colocase el velamen de modo que se aumentara la velocidad de la marcha, y el Dream, perfectamente erguido y bien apoyado, marchaba majestuoso sin balancear hacia ninguna banda. Además, como las olas impulsaban por popa, el cabeceo de popa a proa tenía tal compás, que no fatigaba en absoluto. Esta marcha no es, seguramente, la que imprime en la cara de los viajeros una palidez cadavérica, ni la que afila las narices, hunde los ojos, estira las frentes y roba el color de las mejillas. Era una marcha bastante soportable. Se apuntaba derecho hacia el sudoeste sobre una mar bella y apenas rizada, y así se caminó hasta que el litoral americano despareció bajo el horizonte.

Durante los dos primeros días no ocurrió en la navegación incidente alguno digno de ser relatado. Todo marchaba perfectamente, y podía asegurarse que no era posible tener un principio más favorable. Y sin embargo, en la cara del capitán Turcotte se observaba con frecuencia pintada cierta inquietud, que en vano procuraba disimular. Todos los días, cuando el sol pasaba por el meridiano, fijaba exactamente la situación del buque; pero se advertía que enseguida se encerraba secretamente en su camarote con el segundo, y allí estaban los dos en conferencia reservada, como si tuviesen que discutir sobre graves eventualidades. Como Godfrey no entendía nada en cuestión de navegación, para él pasaban desapercibidos éste y otros detalles; pero en cambio el contramaestre y algunos de los marineros estaban sorprendidos y asombrados, y hasta inquietos muchas veces.

Estas sorpresas y estos asombros subieron de punto al observar que dos o tres veces, en la primera semana, durante la noche y sin que ni el más pequeño indicio justificase la maniobra, se modificó sensiblemente la dirección del Dream, variando la que se había tenido durante el día. Esto, que podía explicarse sencillamente si se tratara de un barco de vela sometido a las variaciones de las corrientes atmosféricas, no se explicaba tratándose de un vapor que sigue la línea de grandes círculos, y abate su velamen, según si el viento es o no favorable.

El 12 de junio se produjo a bordo un incidente inesperado.

El capitán, su segundo y Godfrey iban a sentarse a la mesa para desayunar, cuando oyeron ruidos y voces en el puente. Casi enseguida apareció en la puerta del comedor el contramaestre exclamando:

—¡Capitán!

—¿Qué ocurre? —preguntó vivamente Turcotte.

—Que hemos encontrado a bordo... un chino —contestó el contramaestre.

—¿Un chino?

—Sí, señor. Un verdadero chino, que hemos descubierto por casualidad en el fondo de la bodega.

—¡En el fondo de la bodega! —gritó el capitán Turcotte—. ¡Pues por todos los diablos de Sacramento, que se le arroje al fondo del mar!

—¡All right! —respondió el mayordomo.

Y el excelente hombre, con el desprecio que debe sentir todo californiano por un hijo del Celeste Imperio, y encontrando la orden más que natural, se dispuso a cumplirla sin escrúpulos de ninguna especie.

El capitán Turcotte se levantó de la mesa y subió, seguido de Godfrey y del segundo, dirigiéndose hacia la toldilla de proa del Dream.

Allí, en efecto, un chino, sujeto fuertemente, se agitaba entre las manos de dos o tres marineros, que le regalaban con generosidad empellones y bofetones de todos tamaños.

Era un hombre de treinta y cinco a cuarenta años, de fisonomía inteligente, de constitución fuerte y aspecto robusto; pero estaba pálido y macilento a causa, sin duda, de una permanencia de sesenta horas seguidas en el fondo de una bodega mal ventilada. Sólo la casualidad hizo que se descubriera su escondite.

El capitán hizo una señal a sus hombres para que dejasen en libertad al desdichado intruso, y dirigiéndose entonces a él, le preguntó:

—¿Quién eres?

—Un hijo del Sol.

—¿Cómo te llamas?

—Seng-Vou —contestó el chino, cuyo nombre en lengua celestial, significa «uno que no vive».

—¿Y qué haces a bordo?

—Navegar —respondió tranquilamente Seng-Vou—; procurando molestar lo menos posible.


—¿Quién eres?

—Efectivamente, y por eso, sin duda, te ocultaste en la bodega en el momento de la salida.

—Así es, capitán.

—¿Con el objeto de que te condujeran gratis a China, atravesando de uno a otro lado el Pacífico?

—Lo ha acertado.

—¿Y si yo no me conformase con eso, perro de piel amarilla, y te obligase a que volvieras a China a nado, qué harías?

—Trataría de hacerlo —dijo el chino, sonriendo—; pero es probable que me ahogaría antes de llegar.

—Pues bien, maldito John1 —exclamó el capitán Turcotte—, ahora mismo voy a enseñarte un nuevo método para ahorrar los gastos de pasaje.

Y mucho más colérico e irritado que lo que las circunstancias podían determinar, el capitán Turcotte se disponía a poner en ejecución su amenaza, cuando intervino Godfrey diciendo:

—Capitán, un chino de más a bordo del Dream, es un chino de menos en California, donde hay tantos.

—¡Demasiados! —contestó el capitán Turcotte.

—Demasiados, en efecto —replicó Godfrey—. Pues bien, puesto que este pobre diablo ha resuelto espontáneamente librar a la ciudad de San Francisco de su presencia, me parece que esto merece que le tengamos alguna compasión ... ¡Bah! Ya lo dejaremos en la costa de Shangai, y no pensemos más en ello.

Al decir que había muchos chinos en el estado de California, Godfrey hablaba como un verdadero californiano. Es cierto que la inmigración de los hijos del Celeste Imperio ha llegado a ser un peligro para aquellas provincias, y por este motivo los legisladores de aquellos estados, California, Baja California, Oregón, Nevada y Utah, y el mismo Congreso se han preocupado mucho con la invasión de esta nueva clase de epidemia, a la cual los yankees han dado el significativo nombre de «peste amarilla».

En aquella época se contaban más de cincuenta mil celestiales sólo en el estado de California. Estos chinos, muy inteligentes en la industria del lavado del oro, y muy sufridos y sobrios al mismo tiempo, que vivían con un puñado de arroz, un sorbo de té y una bocanada de opio, tendían siempre a bajar el precio de la mano de obra, en perjuicio de los obreros indígenas. Así es que hubo necesidad de someterlos a leyes especiales, infringiendo la Constitución americana; leyes que regulaban su inmigración, y no les daban derecho a naturalizarse, por temor de que acabasen por tener mayoría en el Congreso. Generalmente se les trataba mal, equiparándolos a los antiguos indios y a los negros, y para justificar la calificación de «apestados» que se les atribuía, estaban separados en una especie de guetos, donde conservaban las costumbres del Celeste Imperio.

En la capital de California las gentes de otra raza los han ido concentrando en el barrio de la calle Sacramento, y allí se encuentran a millares con sus túnicas de largas mangas, sus gorros cónicos y sus zapatos puntiagudos. Los más de ellos se hacen tenderos, jardineros o lavanderos; otros se dedican a ser cocineros, y algunos forman compañías dramáticas, que representan obras chinas en el teatro francés de San Francisco.

Como creemos que no hay razón alguna para ocultarlo, diremos que Seng-Vou formaba parte de una de esas compañías heterogéneas, en la cual desempeñaba el papel de primer actor cómico, si es que esta calificación del teatro europeo puede aplicarse a no sabemos qué clase de artista chino.

En efecto, ellos son todos tan serios, hasta cuando bromean, que el novelista californiano Har-Bret, al referirse a su carácter, no ha podido menos de decir que jamás ha visto reír ni sonreír a un actor chino, y que por mucha atención que ha puesto al asistir a sus representaciones teatrales, nunca ha podido conocer si lo que veía representar era una tragedia o una farsa.

En resumen, Seng-Vou era un cómico. Había terminado la temporada, habiendo recogido más aplausos que dinero, y había deseado volverse a su país en otro estado que en el de cadáver2, y por este motivo, a todo riesgo se había deslizado en la bodega del Dream.

Abastecido con las provisiones necesarias, esperaba hacer de incógnito aquella travesía de algunas semanas y después desembarcar en cualquier punto de la costa china sin ser visto.

Después de todo, aquello era posible.

Así es que Godfrey había tenido razón al intervenir en favor del intruso, y el capitán Turcotte, que aparentaba ser mucho más severo de lo que era en efecto, renunció, sin gran esfuerzo, a enviar a Seng-Vou a estrellarse contra las aguas del Pacífico.

Seng-Vou no volvió, pues, a su escondite, pero no debía ser molesto a bordo. Flemático, metódico y poco comunicativo, evitaba cuidadosamente todo trato con los marineros, que siempre tenían alguna pulla para zaherirle. No se alimentaba más que con sus provisiones de reserva, y haciendo bien la cuenta, se veía que estaba demasiado flaco para que su peso, considerado como sobrecarga, aumentase sensiblemente los gastos de navegación del Dream. Seng-Vou podía viajar gratis, pero era seguro que su pasaje no costaba un céntimo a la caja de William W. Kolderup.

Sin embargo, su presencia a bordo provocó en el capitán Turcotte una reflexión, de la que su segundo fue sin duda el único que comprendió su sentido particular.

—Mucho nos va a estorbar ese condenado chino cuando llegue el caso... Pero, en fin, después de todo, peor para él.

—¿Quién le manda escoger el Dream para embarcarse fraudulentamente? —exclamó el segundo.

—¡Y sobre todo para ir a Shangai! —replicó el capitán Turcotte—. ¡Que se vayan a los diablos John y todos los hijos de John!

VII
EN EL QUE SE VERÁ QUE WILLIAM W. K OLDERUP NO HA HECHO MAL
TAL VEZ EN HACER ASEGURAR SU BUQUE

Durante los días que siguieron, 13, 14 y 15 de junio, el barómetro descendió lentamente, pero de manera continua, lo que indicaba la tendencia a mantenerse por debajo del variable entre lluvias o vientos y tormentas. La brisa refrescaba sensiblemente al pasar al sudoeste, y esto acusaba vientos de proa para el Dream. Se recogieron las velas y se limitó andar a hélice, pero sólo con mediana presión, a fin de evitar los malos golpes de mar.

Godfrey soportó muy bien estas pruebas de balanceo y cabeceo, sin perder un solo instante su buen humor. Evidentemente, al bravo chico le gustaba el mar.

Pero a Tartelett no le gustaba en absoluto. Era cosa de ver cómo aquel desventurado maestro de baile bailaba día y noche sin ajustarse a las reglas del arte. Permanecer en su camarote con las sacudidas que daba el vapor le era completamente imposible.

—¡Aire! ¡Aire! —salía gritando.

Así es que no abandonaba la cubierta. Un golpe de costado le hacía rodar de babor a estribor, y el cabeceo de popa a proa le hacía botar adelante y atrás como una pelota. Unas veces se apoyaba en la obra muerta, otras veces se agarraba al cordaje, y siempre tomaba actitudes totalmente condenadas por los buenos principios de la coreografía moderna. ¡Ah! ¿Por qué no había él de poder huir, aun cuando fuera en globo, de los desniveles de aquel suelo movedizo? Lo que él deseaba era poder escapar a todo trance de aquellos vaivenes de popa a proa, que parecían querer constantemente precipitarlo en el abismo.

¡Qué idea había tenido el rico William W. Kolderup al enviarlo a viajar de aquel modo!

—¿Es que va a durar siempre este mal tiempo? —preguntaba veinte veces al día al capitán Turcotte.

—¡Hum! El barómetro no es esperanzador —respondía invariablemente el capitán, frunciendo el entrecejo.

—¿Y llegaremos pronto?

—¡Muy pronto, señor Tartelett, muy pronto! No falta más que el tiempo necesario para llegar.

—¿Y a esto se le llama océano Pacífico? —exclamaba el desventurado entre dos tropezones y dos oscilaciones.

Tenemos que añadir que el profesor Tartelett no sólo sufría por el mareo, sino que también le dominaba el miedo que tenía de ser engullido por aquellas formidables olas espumosas, que se levantaban a la altura del puente del Dream. Le causaba pavor, además, oír los chasquidos de las cuerdas y correas, producidos por los violentos choques, y escuchar el ruido que hacía el vapor al escapar por los cañones de las chimeneas, y sentir el buque zarandeado como un tapón de corcho sobre aquellas montañas de agua.

—¡No, no es posible que esto no truene como arpa vieja! —repetía a cada instante, fijando una mirada extraviada sobre su discípulo.

—¡Calma y paciencia, Tartelett! —respondía Godfrey—. Los buques están hechos para flotar, ¡qué diablos! y me parece que no hay motivos para ese asombro ni para ese susto.

—¡Y yo le digo que esto no es natural!

Y para estar prevenido, el profesor se había apoderado de un cinturón salvavidas y lo llevaba noche y día, estrechamente apretado sobre su pecho, sin abandonarlo por ningún pretexto. Siempre que la mar le dejaba un instante de respiro inflaba el artefacto, y siempre manifestaba recelo por que no estuviese bien lleno de aire.

Creemos que debe tenerse indulgencia con los terrores del pobre Tartelett. Aquello era demasiado para la primera prueba de un viajero que hasta entonces no se había atrevido a surcar ni las aguas pacíficas y tranquilas de la bahía de San Francisco.

Por los demás, el tiempo se ponía de mal en peor, amenazando a cada instante al Dream con un golpe de viento de esos que los semáforos anuncian para prevenir catástrofes.

Si durante el día el buque era espantosamente sacudido; si no marchaba más que a media fuerza, a fin de evitar averías en su máquina, acontecía, sin embargo, que en las fuertes desnivelaciones la hélice trabajaba de un modo irregular, dando formidables golpes que podían destrozar la máquina. Se oían también como detonaciones sordas, y los pistones saltaban con fuerza que el maquinista no podía dominar sin gran trabajo.

Algunas veces observó Godfrey, sin podérselo explicar, que durante la noche las sacudidas del vapor eran mucho menos violentas que durante el día.


Era cosa de ver cómo aquel desventurado maestro bailaba día y noche.

—¡Tal vez amaina el viento y se calma después de puesto el sol! —se decía a sí mismo.

Esta variación fue tan marcada en la noche del 21 al 22 de junio, que le llamó mucho la atención. Precisamente el día había sido particularmente malo; el viento había refrescado y no parecía que por la noche pudiera mejorar la mar, tan caprichosamente azotada durante largas horas.

A eso de media noche se levantó Godfrey, se vistió, se abrigó bien y subió al puente. Los hombres que estaban de cuarto vigilaban en proa, y el capitán Turcotte estaba inmóvil apoyado en la borda.

La violencia de la brisa no había disminuido, pero el choque de las olas que debía cortar la quilla del Dream era más suave.

Al levantar los ojos hacia lo alto de la chimenea, empenachada con humo negro y espeso, Godfrey vio que aquel humo, en lugar de dispersarse de proa a popa, lo hacía de popa a proa y seguía la misma dirección del buque.

«Ya veo que el viento ha cambiado» —murmuró para sí el joven.

Y alegre por esta circunstancia, se aproximó al capitán y le dijo:

—¡Capitán!

Éste, encapuchado en su impermeable, no le había visto ni oído sus pasos, y no pudo evitar un movimiento de contrariedad al verlo tan cerca.

—¡Usted, Godfrey! ¿Usted aquí, en el puente?

—¡Yo mismo, capitán! Y vengo a preguntarle...

—¿Qué? —exclamó vivamente el capitán Turcotte.

—Si el viento ha cambiado.

—No, señor Godfrey, no... y, desgraciadamente, temo que está muy próxima la tempestad.

—Sin embargo, observo que ahora tenemos el viento de popa.

—¡De popa, sí, de popa! —replicó el capitán, visiblemente contrariado por esta observación—. Pero le aseguro que lo siento mucho.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que, para no comprometer la seguridad del buque, he tenido que mandar virar en redondo, a fin de poder huir del temporal.

—¡Veo ahí algo que nos puede ocasionar retrasos muy sensibles! —dijo Godfrey.

—¡Muy sensibles, en efecto! —replicó el capitán Turcotte—; pero cuando sea de día, si la mar afloja un poco, me aprovecharé de ello para enderezar la ruta. Entre tanto le aconsejo, señor Godfrey, que se vuelva a su camarote y que procure dormir mientras nosotros luchamos con las olas. Así notará menos las sacudidas.


«Ya veo que el viento ha cambiado» —murmuró para sí el joven.

Godfrey hizo un signo afirmativo, dirigió una mirada a las nubes bajas que corrían con extrema velocidad, bajó del puente y se dirigió a su camarote, donde reanudó tranquilamente su interrumpido sueño.

Al día siguiente, 22 de junio, según lo había pronosticado el capitán Turcotte, aun cuando el viento no había cesado, el Dream seguía su rumbo con más tranquilidad.

Esta navegación hacia el oeste durante el día y hacia el este durante la noche, se prolongó todavía cuarenta y ocho horas más; pero el barómetro anunciaba cierta tendencia a subir, y sus oscilaciones eran menos frecuentes. Era presumible que aquel mal tiempo iba a cesar con los vientos que habían empezado a soplar de la parte norte.

Y así sucedió, en efecto.

El 25 de junio, hacia las ocho de la mañana, cuando Godfrey subió a cubierta, una fresca brisa del nordeste había barrido completamente el cielo de nubes, y los rayos del sol, jugueteando entre los aparejos, iluminaban todos los objetos del buque.

La mar, de un verde profundo, resplandecía entonces sobre un largo espacio alumbrado por una luz radiante. El viento rizaba alegremente la superficie de las olas.

Hablando con propiedad, podía asegurarse que no había verdadero oleaje que agitase el mar, sino solamente largas ondulaciones, que mecían dulcemente el vapor.

Lo que sí es verdad es que para el profesor Tartelett lo mismo era un tiempo que otro; lo mismo daba que la mar estuviese dura que blanda. Él estaba siempre del mismo modo; medio tendido sobre la cubierta, con la boca entreabierta, como una carpa que desfallece fuera del agua.

El segundo, en la toldilla, miraba con su anteojo en dirección nordeste. Godfrey se aproximó a él y le dijo:

—¡Y bien, amigo, parece que la cosa se presenta hoy mucho mejor que ayer!

—Sí, señor Godfrey —respondió el segundo—, nos encontramos ahora en aguas más tranquilas.

—¿Y el Dream va ya por buen camino?

—Todavía no.

—¿Y por qué?

—Porque durante la última tormenta ha sido desviado hacia el nordeste, y es necesario que rectifiquemos exactamente su posición; pero, mientras tanto, tenemos ya un sol espléndido y un horizonte perfectamente limpio. Al mediodía tomaremos la altura, y entonces tendremos una observación exacta y el capitán nos señalará la ruta.

—¿Dónde está el capitán? —preguntó Godfrey.

—Ha salido de a bordo.

—¿Que ha salido de a bordo?

—Sí... Los hombres que estaban de cuarto han creído divisar en lontananza algunos islotes o arrecifes que no están señalados en la carta de navegación de a bordo. Se ha armado la chalupa de vapor y, acompañado del contramaestre y de tres marineros, el capitán Turcotte ha ido a hacer un reconocimiento.

—¿Hace mucho tiempo?

—Una hora y media lo más.

—¡Ah! —exclamó Godfrey—. ¡Cuánto siento no haberlo sabido, porque hubiera querido acompañarle!

—Dormía aún, señor Godfrey, y el capitán no ha querido despertarle.

—Lo siento, lo siento; pero, dígame, ¿en qué dirección ha salido la chalupa?

—Por allí —respondió el segundo, señalando por la serviola de estribor, hacia el nordeste.

—¿Se la podría distinguir con el catalejo?

—¡Oh, no! Está demasiado lejos.

—¿No tardará mucho en regresar?

—No debe tardar —respondió el segundo—, porque el capitán tiene que hacer la observación él mismo, y para eso es necesario que esté a bordo antes de mediodía.

Al oír esto, Godfrey se fue a sentar al extremo del castillo de proa, después de haberse hecho llevar su anteojo marino. Quería aguardar la vuelta de la chalupa, a pesar de que no le extrañaba aquel reconocimiento practicado por el capitán Turcotte. Creía muy natural, en efecto, que el buque no se aventurase en una mar en que pudiera haber islotes o arrecifes.

Pasaron dos horas, y a eso de las diez y media una ligera humareda que se extendía velozmente comenzó a destacarse sobre el horizonte.

Era evidentemente la chalupa de vapor que se dirigía a bordo, después de haber hecho su reconocimiento.

Godfrey se puso a seguirla con su anteojo. Vio primero las líneas que trazaba el humo, mezclándose con ellas algunas veces chispas de la chimenea, y todo ello aumentarse gradualmente sobre el fondo del horizonte. La chalupa era una embarcación excelente, y como marchaba a toda presión de su máquina, muy pronto pudo verse perfectamente sin necesidad de anteojo. A las once se percibía perfectamente, seguida de una larga estela espumosa que se extendía como la cola de un cometa.


Marchaba a toda presión.

A las once y cuarto el capitán Turcotte atracaba y saltaba a la cubierta del Dream.

—Y bien, capitán, ¿qué hay de nuevo? —le preguntó Godfrey, que le salió al encuentro, tendiéndole la mano.

—¡Ah! ¡Buenos días, señor Godfrey!

—¿Y esos islotes?

—Pura apariencia —respondió el capitán Turcotte—. Nada sospechoso hemos podido encontrar. Nuestros hombres se habían engañado; y por cierto que me ha extrañado mucho.

—¿Adelante, entonces? —dijo Godfrey.

—Sí, pero antes es necesario que tome el punto.

—¿Se embarca la chalupa? —preguntó el segundo.

—No —respondió el capitán—. Es probable que tengamos que servirnos de ella todavía. Que siga a remolque.

Se dieron estas órdenes y la chalupa de vapor, con las calderas de la máquina encendidas, fue colocada a popa del Dream.

Tres cuartos de hora después el capitán Turcotte, con su sextante en la mano, tomaba la altura del sol y, fijado con certeza el punto, señaló el rumbo que había de seguirse.

Hecho esto, y después de haber dirigido una última mirada al horizonte, llamó a su segundo y lo condujo a su camarote, donde ambos celebraron una larga conferencia.

El día fue magnífico, y el Dream pudo marchar rápidamente sin el auxilio de sus velas, que fue necesario aferrar. El viento era tan débil que ni aun con la celeridad que imprimía la máquina tenía bastante fuerza para inflar las velas.

Godfrey estaba muy contento. Nada creía entonces más agradable y que diese más brillo al pensamiento y más satisfacción al alma, que aquella navegación por una mar bella y bajo un sol esplendoroso. Hasta el mismo Tartelett parecía que tenía intenciones de regocijarse un poco. Sin embargo, aun cuando el estado de la mar no le inspiraba grandes inquietudes por el momento, su naturaleza estaba bastante decaída todavía. Trató de comer, pero sin gusto ni apetito. Godfrey quiso quitarle aquel cinturón salvavidas que le oprimía el pecho, pero él se negó a ello en absoluto. Y era porque no podía abandonar la idea de que aquel conjunto de hierro y de madera pudiera abrirse de un momento a otro.

Llegó la tarde. Espesos vapores flotaban sin descender al nivel del mar; y se temía que la noche fuese más oscura de lo que se hubiera podido prever durante el día.

No había ningún escollo en aquellos parajes, cuya situación el capitán Turcotte acababa de fijar exactamente en sus cartas de navegación; pero siempre era de temer que hubiese colisiones o abordajes en una noche tan brumosa.

Tras ponerse el sol, fueron colocados los faroles en sus puestos: el blanco fue izado en la punta del palo de mesana, y los de posición, verde a la derecha y encarnado a la izquierda, brillaron en los obenques. Si el Dream hubiera de ser abordado, no lo sería ciertamente por su culpa, lo cual es siempre un consuelo, aunque triste e insuficiente. Naufragar, aun cuando sea después de haber hecho todas las cosas en regla, siempre es naufragar. Estamos seguros de que ésta fue la reflexión que se hizo el profesor Tartelett.


Y allí, llamando en vano, en medio de las sombras...

A pesar de eso, el buen hombre, vacilando unas veces y rodando otras, se metió en su camarote, así como Godfrey en el suyo; el uno con la certeza y el otro con la esperanza solamente de pasar una noche tranquila, porque el Dream se balanceaba apenas sobre las largas olas.

El capitán Turcotte, después de haber dejado de guardia al segundo, se entró bajo la toldilla con el objeto de reposar algunas horas. Todo estaba en regla, y el buque podía navegar con perfecta seguridad, puesto que era de presumir que la niebla no se espesaría.

Al cabo de veinte minutos, Godfrey dormía profundamente, y el constante insomnio de Tartelett, que se había acostado vestido como siempre, no se revelaba más que por algunos suspiros que exhalaba de vez en cuando.

De repente, a eso de la una de la madrugada, unos gritos espantosos despertaron al joven viajero, que saltó de su litera y se puso su pantalón, su chaquetón y sus botas de mar.

Mientras tanto, los gritos aumentaron, oyéndose ya claramente estas exclamaciones:

—¡Naufragamos! ¡Nos vamos a pique!

Godfrey salió apresuradamente a cubierta, donde tropezó con una masa informe, que no reconoció, y que debía ser el profesor Tartelett.

Toda la tripulación del buque estaba sobre cubierta, corriendo de aquí para allá y cumpliendo las repetidas órdenes que daban el capitán y el segundo.

—¿Un abordaje? —preguntó Godfrey.

—No sé, no sé... ¡Con esta maldita niebla!... Pero en lo que no hay duda es en que nos hundimos.

—¿Que nos hundimos?... —exclamó Godfrey.

Y en efecto, el Dream, que sin duda había chocado contra algún escollo, se sumergía sensiblemente. El agua llegaba casi a la altura del puente. No había duda de que los fuegos de la máquina estaban ya apagados en las profundidades de las calderas.

—¡A la mar! ¡A la mar! —gritaba el capitán—. ¡A la mar, señor Godfrey, no hay momento que perder! El vapor zozobra, y os arrastrará en su torbellino.

—¿Y Tartelett?

—Yo me encargo de él... Estamos sólo a medio cable de la costa, y...

—¿Pero y usted?

—Mi deber me obliga a quedarme a bordo hasta el último momento, y me quedaré. ¡Pero huya usted! ¡Huya!

Godfrey vacilaba todavía en arrojarse al mar, a pesar de que el agua invadía ya toda la cubierta del Dream.

El capitán Turcotte, sabiendo que Godfrey nadaba como un pez, lo agarró por la espalda y le hizo el favor de precipitarlo al mar.

Ya era tiempo. Sin la profunda oscuridad que reinaba, se hubiera visto un horrible remolino que instantáneamente reemplazó al Dream en el sitio que ocupaba.

Mientras tanto, Godfrey, con algunas brazadas dadas en medio del agua tranquila, se había alejado rápidamente de aquel torbellino que atraía como los remolinos de un maelstrom.

Todo esto había tenido lugar en menos de un minuto.

Algunos instantes después, en medio de furiosos gritos de desesperación, las luces de a bordo fueron extinguiéndose una tras otra.

No cabía ya duda alguna: el Dream acababa de irse a pique.

Godfrey pudo llegar a una alta roca que se hallaba al abrigo de la resaca. Y allí, llamando en vano, en medio de las sombras, sin que ninguna voz contestase a la suya, no sabiendo si se encontraba sobre una roca aislada o en el extremo de un banco de arrecife, y siendo el único sobreviviente quizás de aquella espantosa catástrofe, esperó a que llegase el día.

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