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Relatos desde el purgatorio
Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
Edición eBook: enero, 2022
© José Luis Cámara Pineda
© Éride ediciones, 2022
Espronceda, 5
28003 Madrid
Éride ediciones
ISBN: 978-84-18848-31-5
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico
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José Luis Cámara Pineda
Nació en Córdoba en 1977. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla, trabajó en medios como El Correo de Andalucía, ABC, El Mundo, Cadena SER, Onda Cero y el Diario de Avisos de Tenerife. Tras una amplia etapa en el periodismo deportivo, se centró luego en la política y los temas sociales, con especial atención al fenómeno de la inmigración. Actualmente es responsable del Departamento de Comunicación de Cáritas Diocesana de Tenerife. Después de publicar el cuaderno de viaje Rumbo a un sueño (2012) y la novela La noche más larga en la isla esmeralda (2015), en este tercer libro repasa parte de su trayectoria periodística con una selección de artículos, reportajes y entrevistas en un formato ágil y desenfadado.

Para María, el ‘tsunami’ que agitó mi vida
«De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Solo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria»
Jorge Luis Borges
Prólogo
Hasta hace unos años, el único papel que caía en mis manos, además del higiénico, era el de un periódico deportivo, que devoraba con el mismo ansia con el que me sentaba frente al televisor fuera cual fuese el deporte que era retransmitido. Para mí, los libros eran aquellos seres inanimados que cada día paseaba hasta el colegio con el único fin de aprobar los exámenes. Ni siquiera la obligación de leer a los clásicos consiguió engancharme a un hábito desconocido y hasta entonces aburrido, que siempre sustituía por la lectura compulsiva de ese diario deportivo que, paradójicamente, terminé aborreciendo, quizá porque contaba las hazañas del equipo de fútbol al que yo tenía animadversión.
La universidad, además de amigos y borracheras, también contribuyó a que la lectura dejara de ser un estorbo y se convirtiera en fiel compañera, aunque los primeros libros que ocuparon mi estantería fueron de Sociología y Estética; asignatura que, sin venir a cuento, hizo que me topara de bruces con el cine de Jean Cocteau y Peter Greenaway, dos ascetas incomprendidos que décadas después todavía nadie ha alcanzado a definir. La literatura, como tal, no se presentó hasta que una señora de voz tímida y aspecto neoclásico nos conminó a resumir en un solo cuatrimestre obras como La Regenta, El Quijote y La Odisea, tres tostones que leí por partes durante largas travesías insomnes.
Fue entonces cuando empecé a darme cuenta del efecto sedante que ejercían en mí aquellas páginas que hablaban del pasado, de héroes, de realidad y ficción. De tragedias y místicos, de sentimientos y sueños. Quizá ahí, además de calmar mi ansiedad, los libros se tornaron imprescindibles en mi maleta y compartieron asiento conmigo durante el resto de viajes. Reconozco que no fui nada original, ni lo sigo siendo, y me dejo guiar por lo excesivamente comercial y las recomendaciones más convencionales. Pero eso, aunque seguramente sea un error, me permitió entretenerme con García Márquez, Vargas Llosa, Ruiz Zafón, Pérez Reverte o Dominique Lapierre, a los que nadie podrá negar que de literatura entienden un rato. Podría presumir de haber leído a Baudelaire, Engels o Kafka, pero cualquier erudito de medio pelo se daría cuenta de que miento, porque ni Francia, ni la economía, ni los insectos son mi fuerte.
Sí podría debatir sobre los cuadros de vida que describe Luis Sepúlveda en cada una de sus novelas; o de la bucólica simpleza que se desprende de las obras de Isabel Allende; o del frenético ritmo que imponen las ciudades en las que residió el periodista Enric González. De los tres, con la lógica distancia que impone la preparación y capacidad intelectual, intenté copiar aquello que me llamó la atención, que me envolvió y me incitó a escribir. El resultado fue un montón de historias contadas desde el periódico donde trabajé una década, el Diario de Avisos, donde además de pasar por distintas secciones también tuve una columna de opinión quincenal (bajo el título «El Purgatorio») en el suplemento cultural DTrulenque. Así, entre entrevistas, reportajes y artículos nació este libro, el tercero de mi más que modesta trayectoria.
Un libro que no habla de dragones ni princesas; que no emplea giros complejos ni sorprende con un final apoteósico; tampoco será un ejemplo para generaciones venideras, ni pretendo que gane premios ni distinciones. Solo demuestra que las historias, convertidas en literatura, en papel o en soporte electrónico, nos permiten escapar de lo cotidiano y nos animan a cumplir sueños. Nos transportan a donde nosotros queramos sin necesidad de salir de casa. Nos dejan claro que ni la crisis ni todos los problemas del mundo pueden impedir que sigamos soñando... y también leyendo.
Parte I
I. Marco (octubre de 2013)
«Querido Marco, aunque todavía te quedan algo más de tres meses para venir al mundo, quería avisarte de algunas de las cosas que te tocará vivir en nuestro singular planeta. No todas serán malas, ni mucho menos, porque por encima de todo hay algo intangible llamada “ley natural”, que con el tiempo va poniendo cada cosa y a cada persona en su lugar. Es verdad que no será fácil, pero si te empeñas y tienes la suerte de hallar el camino, nada ni nadie podrá interponerse. Para empezar, porque tu madre te alumbrará en el mal llamado Primer Mundo, donde la crisis se mide en euros y en el número de objetos electrónicos a los que puedes acceder.
Aquí no es como en muchas otras partes, donde la recesión es algo con lo que se nace y se calibra por las veces al día en que te llevas algo caliente a la boca. O por el número de vacunas que te pueden poner, algunas de las cuales ni siquiera son necesarias en un país como el tuyo, donde confortables hospitales dan respuesta a las necesidades sanitarias de la gente. Y algo parecido ocurrirá con tu educación, que aunque modesta y condicionada por los politicuchos de turno, será gratuita y obligatoria, porque así lo dicta un libro grande llamado Constitución, un conjunto de derechos y deberes con los que sueñan muchos niños y mayores de otras partes de la Tierra. Es lo que se ha dado en llamar democracia, un término que te intentarán explicar en el colegio, un lugar al que te llevarán tus padres en coche o en guagua, para que vayas descansado y puedas rendir; para que te hagas un hombre de provecho y no tengas necesidad de pedir favores que luego te pasen factura.
En ese colegio, además, tendrás la oportunidad de escoger hasta religión, porque aunque muchos se empeñen en negarlo, España es un país libre donde la gente puede decir lo que piensa sin miedo a que te metan en la cárcel. Seguro que un día te preguntarás qué es la cárcel, y ni tu madre ni yo sabremos responderte, porque hoy en día hay en la calle casi tantos chorizos como convictos en los centros penitenciarios. Pero tú tranquilo, con calma, porque lo bueno de la vida es que te va enseñando sin necesidad de libros ni cuadernos. Bastará con que escuches y pongas atención a lo básico, de que seas bueno y justo con los demás y des oportunidades a las personas, en la misma medida en la que te las darán a ti. Tendrás que ser fuerte y superar adversidades porque, como dijo una vez un señor mucho más inteligente que tu padre, “la muerte está tan segura de ganar que te da toda una vida de ventaja”».
Posdata:
Ya estoy deseando que llegues, porque para ti, como para nosotros, será una experiencia apasionante.
II. Un sueño convertido en palabras (diciembre de 2008)
Hay historias que merecen ser contadas. La de Frederick Cissé es una de ellas. Comienza en el verano de 2006, cuando, como otros muchos inmigrantes africanos, decide embarcarse en un cayuco rumbo a las Islas Canarias. Nacido en un pequeño barrio a las afueras de Dakar (Senegal) en una familia modesta de 11 hijos, sus padres se divorciaron cuando él tenía 17 años. La separación obligó a su madre a ponerse a trabajar como vendedora ambulante. Pathé, como le conocen cariñosamente, tuvo que dejar sus estudios porque no podía pagar el material ni la matrícula, ni tampoco los suyos podían permitirse una boca que alimentar sin producir. La búsqueda de un plato de arroz sustituyó entonces una brillante carrera escolar y un futuro prometedor como técnico en informática. «Escuché que había gente que llevaban a otros a Europa. Pregunté, decidí que tenía que hacerlo y lo hice. No teníamos dinero, así que mi madre hipotecó la casa y nos dieron 1.000 euros para el viaje y la manutención de mis hermanos pequeños», explica.
Pese a los consejos de su progenitora, que le insistió durante días que no se jugara la vida en el mar, Pathé tenía claro que debía salir rumbo a El Dorado europeo. «Era el único que sabía que podía llegar a algo», agrega el inmigrante senegalés, quien junto a otras 98 personas partió una noche de agosto hacia el Archipiélago en una barcaza clandestina. La travesía hasta Tenerife, que se suponía breve, se prolongó durante 11 angustiosos días. «Lo pasamos muy mal por el frío. La gente estaba nerviosa, se peleaba. Viajar en cayuco es otra cosa. No sé cómo explicar lo que se siente. Es imposible explicar ese miedo. Nada da más pavor que viajar en cayuco», relata Frederick, quien pese a todo reconoce que no pensó mucho en la muerte, porque «también podía morir en mi casa». «Tenía miedo a dejar a la familia con deudas, a no saber cuándo iba a llegar, si iba a salir vivo de la travesía…», agrega nuestro protagonista.
Cuando la mayoría se temía lo peor después de que una ola partiese su cayuco, la Guardia Civil interceptó la barquilla a dos kilómetros de la Isla y los llevó al puerto de Los Cristianos. Allí, además de miembros de la Cruz Roja, los esperaban agentes de la Policía Nacional. Aquel año, las llegadas de sin papeles se sucedían con frecuencia, y el puerto tinerfeño era un caos. «No entendía nada. Pensaba que la jefa era una chica de la Cruz Roja, porque le dio órdenes a un guardia civil, que me cogió en brazos. Me sentí tranquilo, porque me tomó como a su hijo. Ella me dijo que me tranquilizase y se puso a llorar, como si sintiese mis sentimientos», denota.
A partir de ahí empezó otra odisea para el joven senegalés. Primero fue trasladado a la comisaría de Los Cristianos. Luego, al improvisado centro de internamiento habilitado en aquellas fechas en Las Raíces.
Y de ahí pasó a otro CIE en Las Palmas, donde estuvo 17 días antes de ser trasladado a Málaga una vez se cumplió su periodo de retención, los 40 días que establece la Ley.
PAPEL Y BOLÍGRAFO
«Solo comía y dormía; tenía mucho tiempo para pensar», arguye Pathé Cissé. Por eso, dos días antes de su cumpleaños, el 17 de agosto, se le ocurrió una idea que marcó su vida. Decidió relatar su historia. «Le pedí un bolígrafo a un policía y una persona de la Cruz Roja me dio algunos folios; empecé el libro justo el día que cumplía 23 años». «Al principio solo quería contar quién era, pero luego decidí continuar. Una psicóloga que hablaba francés —Isabel Cardenal— me dijo que eso era bueno, que en España solamente se contaban los inmigrantes por números. No se sabe mucho de sus vidas», recalca Frederick.
Siempre había sido un buen estudiante, aunque desde que su padre los abandonó para irse con otra mujer, los libros habían dejado de ser para él una prioridad. Sin embargo, las palabras fueron saliendo precipitadamente de su cabeza, para ser plasmadas sobre el papel. Así, en apenas 20 días dio forma a La Tierra Prometida, diario de un emigrante, un libro que el pasado día 15 fue presentado en la Diputación de Cádiz, editora de la obra en francés y castellano. «Fue como ver una película y escribirla después; solo se trataba de contar lo que había sufrido», expone el inmigrante dakarí.
La publicación del libro, no obstante, no ha cambiado demasiado la vida de Pathé Cissé, al menos de momento. Sigue trabajando como vendedor ambulante para salir adelante. Está a la espera de lograr su permiso de residencia por arraigo, y colabora como traductor en la Cruz Roja de San Fernando, donde reside. «No tengo problemas con la gente ni con la Policía. Hago todo lo que puedo para integrarme. En cuanto llegué me puse a estudiar español, y ahora hablo mejor que muchos que llevan más años».
Ni siquiera sabe dónde se puede adquirir su obra, pero espera que le permita obtener el dinero suficiente para evitar que sus hermanos tengan que pasar por lo que él pasó. De momento, ya ha logrado que varios de ellos puedan estudiar y no piensen en subirse a un cayuco. «Con lo poco que he conseguido en España he arreglado muchas cosas en mi familia. Han podido pagar la luz, comida, médicos,.. No puedo decirles a otros como yo que no vengan a Europa, porque si les digo eso, me insultarían».
Y es que, en su opinión, «los gobiernos como el de España le dan dinero a países como Senegal, pero eso no hace nada, porque algunas personas se quedan con todo. Podrían crear empresas para dar trabajo a la gente». «Nadie se mete en un cayuco porque sí. Le aseguro que los 98 que íbamos allí dentro aquel día amábamos la vida, y todos pensábamos en nuestra familia. Si yo ahora les digo que no vengan aquí me dirían gilipollas, porque yo llegué y conseguí muchas cosas», arguye.
En su novela, Pathé Cissé reconoce que África sigue estando en su cabeza, «porque es difícil vivir lejos de mi gente, de mis costumbres; pero aquí he aprendido a vivir, a quererme a mí mismo», asegura.
«Creía que aquí todo se regalaba, que te daban el dinero, pero luego me di cuenta de que no es así. A los que vienen les diría que trabajen duro y se comporten bien, que algún día llegarán a algo».
UN DESEO PARA ESTA NAVIDAD
Para Pathé Cissé la Navidad no es una fecha tan especial como para la mayoría de nosotros. De hecho, reconoce entre risas que la pasará «como todos los negros: vendiendo cosas por ahí para sacar algo».
También seguirá colaborando en Cruz Roja, donde intenta convencer a sus compatriotas para que hablen castellano. «Hago fichas de los que llegan y de traductor con los abogados», explica el joven senegalés.
«Espero que me toque el Gordo de la Lotería algún día. Tendría muchos proyectos», dice irónicamente. En su horizonte más inmediato está legalizarse y proseguir sus estudios como técnico informático. «Me gustaría poder ganar lo suficiente para construir una casa para mi madre», recalca. Más lejos para él queda el sueño de ver una África diferente. «Los gobiernos allí nunca harán las cosas a la europea. Seguirán los mismos presidentes, y los siguientes serán los hijos de los que están, y los ministros serán los hijos de los ministros de ahora. Los pobres serán aún más pobres y los ricos, más ricos», concluye.
III. Vivir para contar lo que dejaron atrás (noviembre de 2008)
En ocasiones, la realidad supera a la ficción. Y ésta es una de ellas. Las historias de Malik, Mahyub y Héctor tienen en común que la realidad que padecieron es, con diferencia, peor de lo que pueda escribirse o contarse. Ahora, tratan de olvidar el pasado y empezar de nuevo como refugiados, víctimas de conflictos en los que no habían participado y que les obligaron a dejar atrás toda una vida. Tuve la oportunidad de hablar con ellos merced a la colaboración de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), que se ha convertido para los tres y para muchos otros en tabla de salvación a la que agarrarse después de nadar en la desesperación sin encontrar nunca la orilla.
La primera de las historias es la de Malik, el más joven. Con solo 17 años llegó en cayuco a Los Cristianos a mediodía del 17 de agosto de 2006. Su relato, la base sobre la que se sustenta su petición de asilo, está marcado por los detalles, como recordar con exactitud esa fecha, imposibles de inventar si no se ha sufrido en carne propia. Malik vivía con su familia en Bouake (Costa de Marfil), un país marcado desde hace un lustro por la guerra civil que enfrenta a las fuerzas rebeldes, las Forces Nouvelles (FN), y el gobierno. El resultado, cientos de muertos y miles de desplazados. Malik, sin embargo, era ajeno a una situación que explotó cuando uno de los jóvenes de su barrio fue nombrado jefe de la guerrilla local.
«Cuando llegó la guerra, mi hermano era militar y fue a la guerra. Mi padre es de Mali, pero llevaba muchos años en Costa de Marfil, y mi madre es costamarfileña», relata el joven, que todavía recuerda cómo aquel guerrillero y otras siete personas irrumpieron una mañana en su casa mientras él desayunaba antes de ir al colegio.
«Decía que si mi familia no llevaba 200 años en el país no podía considerarse costamarfileña. Y eso que mi hermano era un militar que trabajaba para defender al país», añade Malik, quien tuvo que asistir al asesinato de su madre y a la brutal agresión sufrida por su padre, dueño de una pequeña tienda de comestibles en Bouake. «Entraron primero en la tienda, robaron el dinero y destrozaron todo. Este chico le pegó con la culata de la pistola a mi padre en la cabeza y mató a mi madre con un cuchillo cuando intentaba defender a mi padre. Yo estaba delante. Se murió antes de llegar al hospital», explica el costamarfileño, que aún hoy sigue sin saber nada de su padre ni de su hermano, ambos desaparecidos durante el conflicto.
Tras el incidente, la guerrilla los amenazó de muerte a él y a su padre, lo que obligó a Malik a marcharse a Mali. «Dijo que la próxima vez que volviera nos mataría a todos. Por eso, mi padre me llevó con un amigo que tenía en Mali, donde le esperaría hasta que él recogiera todo y volviera para empezar los dos una nueva vida en otro país», recalca en un notable español. Pero su padre no pudo cumplir la promesa, y su amigo maliense, un marabú (un brujo que se dedica a cuidar de los cayucos, que pide a Alá para que lleguen bien a puerto) sin apenas ingresos económicos, obligó a Malik partir hacia Canarias en una barquilla, porque no podía mantenerlo por más tiempo. «Yo no quería ir, porque no quería perder a mi padre y mi tierra en Costa de Marfil; además, el mar es muy peligroso», asevera el joven, quien finalmente tuvo que aceptar y viajar a Senegal para partir luego rumbo a las Islas. «Como yo no iba a pagar billete tenía que hacer de todo en el taller. Cada día caminaba 4 kilómetros para traer agua desde donde se hacía el cayuco a la casa, y volver», recuerda Malik, quien meses después zarpaba definitivamente hacia el Archipiélago. «Salimos de Ziguinchor 102 personas y estuvimos 9 días en el mar». «Cuando llegamos dije que era menor y me llevaron a El Mojón para hacerme las pruebas óseas, que salieron 17 años y medio», expone Malik, al que un educador le dijo tras contar su historia que podía ser refugiado. «Cuando salí del centro de menores de La Esperanza me llevaron a otra residencia. Hablé con el director y le dije que quería pedir el asilo político. Él me dijo que eso no podía ser; que si quería hacerlo me tenía que ir de ahí». Dicho y hecho. Cuando el responsable del centro se enteró de que Malik había solicitado el asilo, lo dejó en la calle, algo ilegal, según explica Rocío Cuéllar, abogada de CEAR, quien recuerda que «no se puede entorpecer una solicitud de asilo».
Merced a la ayuda de un educador, el joven costamarfileño encontró un nuevo hogar en Guaza (Tenerife), donde reside actualmente junto a una familia senegalesa que lleva años afincada en la Isla. Su futuro, según explica la abogada de CEAR, pasa por la decisión de la Comisión Interministerial que decide el estatus de refugiado. Mientras, Malik trabaja como albañil, y también tiene pensado estudiar para poder regresar algún día a un país del que tuvo que salir sin equipaje ni familia. «Creo que por mucho que se haga en los países africanos habrá gente que seguirá viniendo, porque allí no se sabe realmente lo que se sufre cuando llegas aquí», reconoce el joven, que tras cumplir los 18 años logró un permiso de trabajo provisional, porque su solicitud de asilo se admitió a trámite hace ya más de 6 meses.
MAHYUB
Un mes más, siete, es el tiempo que lleva en Tenerife el saharaui Mahyub Chtioui, cuya identidad se puede desvelar ya sin problemas porque acaba de recibir el estatus de refugiado. Nacido en la antigua colonia española de El Aaiún hace 28 años, sufre desde pequeño los rigores de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental. En 2005, la ciudad fue escenario de graves protestas en contra de la ocupación y en apoyo de la independencia y del Frente Polisario, unas protestas en las que intervino Mahyub. Fue arrestado y encarcelado durante dos años, en los que sufrió torturas de todo tipo y donde se le vulneraron todos sus derechos. «Hicimos una huelga de hambre porque nos tenían en una habitación muy pequeña a muchas personas. La única arma era nuestro cuerpo», explica el joven saharaui, que ni siquiera podía recibir visitas regulares de su familia.
Su caso y el de otros muchos en su misma situación llegó a oídos de Inés Miranda, la abogada canaria especialista en el conflicto del Sáhara y premio a los Derechos Humanos del Consejo General de la Abogacía Española. Miranda lo puso en contacto con CEAR, que desde hace 7 meses lleva su caso. Antes, y tras salir de la cárcel, tuvo que dejar sus estudios de Geografía e Historia para trabajar, ya que la persecución marroquí empezó a ahogar la economía familiar. Mahyub, al que todavía le cuesta expresarse en español, pero habla inglés y francés, realizó un curso de mecánico naval y se enroló en un pesquero gallego merced al acuerdo de pesca entre España y Marruecos. «Recibía amenazas, y todas las puertas se me cerraban; por eso salí de allí, porque no estábamos seguros ni yo ni mi familia», añade el saharaui, cuyo relato y las pruebas presentadas por CEAR han sido tan evidentes que su proceso se ha agilizado enormemente. «Hay que trabajar mucho, porque cuantas más pruebas se aporten, mejor», expone Rocío Cuéllar, quien no obstante deja claro que «lo realmente clave es que la historia sea real, porque la Comisión comprueba en el país de origen si lo que se está diciendo es cierto o no». «La mentira pinta rasgos generales, mientras que la verdad aporta detalles que son reales porque los has vivido. Y la Comisión se fija en esos detalles a la hora de valorar cada solicitud», denota la abogada de CEAR.
A la espera de recibir su permiso de trabajo, Mahyub vive en San Isidro con unos amigos y recibe clases de español. «Quiero continuar mis estudios aquí. Lo importante es que ya tengo todos los derechos y no voy a ser expulsado», dice el joven saharaui, que recalca que, pese a su nacionalidad marroquí, «realmente no lo soy». «Por eso me metieron en la cárcel, por querer recuperar mi patria». «Me gustaría quedarme aquí a vivir y trabajar, aunque cualquier lugar es mejor para mí que Marruecos».
HÉCTOR
La tercera historia es igual de dramática, fruto de la sinrazón política de un gobierno como el del presidente Chávez en Venezuela. Pese a que querría dar su nombre y apellidos, la abogada de CEAR le recuerda que no debe hacerlo por las represalias que pudiera sufrir tanto él como su familia, así como el proceso de reexamen en el que está inmersa su solicitud de asilo. Por eso, le llamaremos Héctor.
Su relato, sesgado para evitar que se le reconozca, está marcado por las fechas, los nombres y, como el de sus compañeros, los detalles. Tras el fugaz golpe de Estado contra Chávez en abril de 2002, nuestro protagonista fue acusado en su país de hasta ocho delitos que no había cometido. Tenía entonces 33 años, y su único pecado fue obedecer órdenes de un superior. Sin embargo, ni siquiera su dedicación a la patria le evitó sufrir vejaciones de todo tipo («tuve que beberme mi propio orín», recuerda) y torturas que casi acaban con su vida; desesperado, se refugió en la embajada de Uruguay, país en el que le concedieron el asilo en virtud de la Convención Interamericana de Caracas sobre Asilo Diplomático de 1954. «Pero en Uruguay empezó todo de nuevo. Me encontré con la misma situación de presión, pero en otro país. Esta vez no había torturas físicas, pero sí psicológicas, que son peores. Estaba presionado y amenazado. De hecho, todavía hoy no puedo dormir bien. Me despierto con pesadillas y creo que me siguen persiguiendo», sostiene Héctor, quien tuvo que marcharse a Perú cuando se vio cercado por los grupos chavistas.
En el país andino entró en contacto con un representante de ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas con los Refugiados, que le recomendó que se trasladara a España, donde sería más fácil seguir su caso y poder lograr el asilo. «Me vine al sur de Tenerife, donde tenía un amigo. Empecé a trabajar en un supermercado. A los dos años me llamaron para decirme que me habían rechazado el asilo porque ya lo tenía en otro país», explica el venezolano. En este punto, la abogada de CEAR difiere de la Justicia española, porque «cuando un refugiado sale del país sin permiso o porque lo están persiguiendo, renuncia a ese estatus». Desde ACNUR derivaron su caso a CEAR y a Rocío Cuéllar, quien tras examinar las pruebas aportadas por Héctor solicitó un reexamen de la solicitud, que aún hoy espera dictamen. «Es un caso de los que tienen que salir, ya que no podría regularizarse porque está imputado con delitos falsos, y necesitaría un certificado de penales. Ha sufrido persecución y tortura, por lo que es un caso de libro y confío en que se lo concedan», expone la letrada de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado.
En la actualidad, Héctor ha podido rehacer su vida, aunque recuerda con amargura lo vivido y, sobre todo, a la familia que dejó atrás. «Tengo una niña de 7 años en Venezuela a la que hace cinco que no veo».
«Mi familia está amenazada y presionada psicológicamente, y ni siquiera aquí en España puedo estar del todo seguro, porque mi foto y mi caso están en Internet» incide el venezolano. «Chávez ha conseguido engañar a todo el mundo con su discurso, y a las personas que no piensan como él no les dan trabajo ni las dejan respirar». «Tampoco pueden salir de allí, a menos que viajen hacia Miami pagando una cantidad importante de dinero. Yo llevo años enviando todos los meses 100 o 200 euros, pero ahora no puedo hasta que consiga trabajo», asevera un Héctor que está preparándose unas oposiciones a la Policía Nacional.
Su testimonio, como los de Malik y Mahyub, es un ejemplo del horror que aquí solo vemos en la pantalla del televisor. Ellos pueden contarlo en primera persona y despiertan tras la pesadilla vivida. Otros, en cambio, no tuvieron tanta suerte.
IV. Las voces de la conciencia (octubre de 2008)
Thiaroye-sur-mer es una pequeña y modesta comunidad de pescadores de hacinadas casuchas blancas y calles arenosas en los arrabales de la capital de Senegal, Dakar. Aquí se reúnen diariamente desde hace ya más de dos años cientos de mujeres que acuden para encontrar consuelo en la compañía, por la pérdida de hijos, maridos y hermanos que un día decidieron embarcarse rumbo a Europa —vía Canarias— para hallar un futuro mejor.
En Thiaroye reside Yayi Bayam Diouf, la presidenta de la asociación de mujeres senegalesas de madres de hijos de los cayucos. Así se conoce popularmente a este grupo, que surgió en 2006 por iniciativa de esta madre coraje de 49 años, que perdió a su hijo de 26 en marzo de ese mismo año, en el naufragio de una embarcación clandestina que se dirigía al Archipiélago. «Alioune Mar me llamó desde Nuadibú para pedirme que rezara por él para que llegara sano y salvo a Europa. Pero mis plegarias no fueron escuchadas.
Se ahogó en algún lugar de las costas canarias junto a otros 80 jóvenes. Sus cuerpos nunca fueron encontrados», relata Yayi. La tragedia de Alioune y de otros muchos chicos que, como él, decidieron embarcarse hacia El Dorado europeo, fue lo que empujó a Yayi Bayam a poner en marcha una asociación que, dos años después, agrupa ya a más de 400 mujeres y desarrolla media docena de proyectos que se han convertido en seña de identidad de esta zona del África subsahariana. No en vano, merced al apoyo de la Fundación CEAR y a las subvenciones de entidades como el propio Gobierno de Canarias o el BBVA, entre otras, 200 féminas y una decena de chicos han conseguido un empleo y han podido reconstruir sus vidas en su propio país de origen.
Según explica María Jesús Arsuaga, vicepresidenta de la Fundación CEAR, tras la visita de Yayi Bayam a España en enero de 2007 —que incluyó Las Palmas y Fuerteventura—, la Comisión Española de Ayuda al Refugiado empezó a colaborar con ella en su campaña de captación de fondos a partir de microcréditos. «Su objetivo era la creación de empleo para mujeres y jóvenes senegaleses retornados de España». La Fundación dotó de locales y medios al grupo de Bayam Diouf, que llegó a recaudar 55.000 euros. Con esta cantidad pusieron en marcha varios talleres, entre ellos uno de elaboración de derivados de las legumbres; otro de elaboración y distribución de zumos de frutas; y uno de iniciación en las técnicas de pesca artesanal. «Se trata de luchar contra la inmigración irregular ofreciendo alternativas en el propio país de origen», agrega María Jesús Arsuaga, quien recientemente ha acompañado a Yayi Bayam durante su estancia en nuestro país con motivo del Foro Mundial de las Migraciones celebrado en Madrid. «Son proyectos a largo plazo, en los que incluso exportan productos a otras zonas de Senegal y Mali», recalca María Jesús.
«La iniciativa de Yayi ha supuesto una auténtica revolución en el país, porque se trataba de mujeres deprimidas que no sabían qué hacer con sus vidas, que ahora han constituido microempresas e incluso pretenden poner en marcha una red de mujeres africanas», subraya la vicepresidenta de la Fundación CEAR. Aceptar una pérdida tan trágica como la que sufrieron Yayi Bayam Diouf y sus compañeras es tanto más difícil que el hecho de que muchas de ellas creen que no hicieron lo suficiente para disuadir a sus hombres de que se marcharan. Por eso, la labor de la Asociación de Mujeres por la Lucha contra la Inmigración Clandestina es también informativa, para tratar de convencer a los jóvenes de que no emigren ilegalmente en cayuco. «Les digo que de cada cien hombres que se han ido, 50 han muerto en el mar, 25 no han vuelto a dar noticias de su paradero desde hace meses y 10 han sido repatriados desde España; el resto probablemente esté en algún campamento o ha logrado entrar en el país, pero seguramente no habrá conseguido un empleo y estará malviviendo por ahí», dice Yayi, que tiene claro que «por esto es mejor que se queden aquí».
MEDIOS LIMITADOS
Mauritania, Mali o las dos Guineas son algunos de los países que se han interesado ya por los proyectos emprendidos por estas mujeres senegalesas, que en la actualidad cuentan con un presupuesto cercano a los 80.000 euros. Cada miembro del grupo paga una cuota mensual de unos 1.000 francos CFA, la moneda común de 14 países africanos y que equivale a poco más de un euro. Con este dinero, y el recolectado a través de los microcréditos, la asociación ayuda a las mujeres más vulnerables a acceder a préstamos de hasta 50.000 francos CFA (unos 60 euros), para poder iniciar actividades que les generen ingresos.
Además, en los últimos dos años el colectivo ha prestado apoyo a más de un centenar de empresas pequeñas. Todo eso a pesar de que el colectivo no recibe apoyo de su gobierno. La procedencia de divisas de los senegaleses en el extranjero resulta muy beneficiosa para la economía local. «Los políticos solo están interesados en réditos electorales. No les queda tiempo para visitar los pueblos y buscar una solución». «Solo desde arriba es como puedes conseguir realmente las cosas, en la medida en la que tengas más poder dentro de la jerarquía. Sobre todo, si eres mujer», arguye Yayi.
Hace diez años, en Thiaroye todo el mundo tenía un empleo relativamente estable en el sector pesquero, y la mayor parte de la gente se ganaba bien la vida vendiendo pescado en países como Mali o Burkina Faso. Sin embargo, desde 2006 la pesca excesiva de los arrastreros extranjeros y el uso de redes de malla estrecha por los pescadores locales, han dejado casi desiertas las aguas senegalesas. Esta circunstancia, unida a aspectos sociales como el exacerbado machismo y la poligamia, empujan a los hombres y adolescentes a buscar en Europa la forma de sacar adelante a sus familias. Se trata de un terreno abonado para las mafias, que prometen travesías seguras y baratas hasta Canarias desde puntos como Nuadibú o La Güera. La realidad, luego, es bien distinta, y dicta que apenas un 5% de los migrantes clandestinos africanos logra establecerse de manera legal en el Viejo Continente.
Según asevera Moustapha Amar, coordinador de proyectos de la Fundación CEAR en Senegal, «se trata de una lucha contra los elementos, porque continuamente los medios de comunicación y los propios gobiernos de África muestran las diferencias existentes entre ambos continentes, y las posibilidades de progresar social y laboralmente en Europa». Amar abandonó Senegal en 1993 para continuar sus estudios de Derecho. Poco después se instaló en Bilbao y pagó sus clases de informática, español y empresariales con la venta ambulante. Al igual que Yayi Bayam, destaca la importancia de mentalizar a los propios senegaleses para que se conviertan en «actores principales» de su propio desarrollo. «No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando las ayudas externas para salir adelante», advierte Amar, quien también considera necesario potenciar el papel de la mujer africana.
PROTAGONISTAS
Bajo estas premisas surgió en 1997 la asociación ASCODE (Cooperación y Desarrollo), con el objetivo de canalizar los esfuerzos de los emigrantes, allá donde estén, para que puedan participar en el desarrollo de Senegal. En definitiva, «buscamos convertir al emigrante en vector de desarrollo de su propio país.
Debemos ser actores protagonistas, no meros espectadores. Es un problema de mentalización y sensibilización, tanto en África como en el extranjero; porque los senegaleses también tenemos mucho que enseñar a los países del Norte: la noción de familia, la capacidad solidaria..., son conceptos que se están perdiendo en Europa y que aquí tienen fuertes raíces», denota Moustapha Amar. Desde 1979, la Comisión Española de Ayuda al Refugiado trata de dar respuesta a la necesidad de defender el derecho de asilo y refugio.
Ya a principios de los 90, CEAR se planteó la necesidad de trabajar en los países emisores de refugiados. Esta estrategia requería de un planteamiento global, que además de contemplar la acogida de refugiados y la integración en España de los mismos, trabajase en las causas que motivan el desplazamiento, que en la mayor parte de las ocasiones son la pobreza y la violación de los derechos humanos. Es a partir de este análisis cuando se creó la Fundación CEAR, que nació con la finalidad de cooperar con las políticas preventivas en la erradicación de los problemas y las realidades que fuerzan a abandonar sus países a millones de refugiados y desplazados en el mundo. Su misión, que ejemplifican en Senegal personas como Yayi Bayam Diouf y su colectivo de mujeres, es combatir el desarraigo y mitigar las causas y consecuencias de la inmigración irregular, de poblaciones vulnerables o en riesgo de exclusión en África, por medio de la promoción de asentamientos estables, sostenibles, seguros y productivos, y el acompañamiento de las dinámicas de desarrollo inducidas por las migraciones.
V. Una cruzada para salvar el pulmón del planeta (octubre de 2008)
En pleno ‘pulmón’ del planeta, como así se conoce a la selva amazónica, un grupo de pueblos indígenas tratan de salvar su identidad frente a los poderosos intereses económicos, que no dudan en recurrir a la violencia para conseguir un trozo de tierra que desde hace siglos ha estado ligada a aquellos. Haciendo suyas las reivindicaciones de los más débiles en este conflicto se haya el jesuita palmero Fernando López, quien desde hace más de dos décadas lleva trabajando en pos de las comunidades indígenas, riberiñas y de las periferias urbanas de la región amazónica. Nacido en Santa Cruz de La Palma en 1960, el hermano Fernando comenzó a formar parte de los grupos juveniles de la parroquia de San Francisco de Asís de la capital palmera y de las comunidades que en ella funcionaban.
Fue en aquellos años de juventud y dinámica parroquial, bajo la dirección espiritual de Juan Pérez Álvarez, cuando confiesa que nació su inquietud misionera de estar junto a los pobres. «Siempre varias preguntas me acompañaban: ¿Por qué unos tenemos que nacer con todo y otros sin nada? ¿Es simplemente una cuestión de suerte? ¿Por qué este mundo es tan desigual e injusto? ¿De qué lado te sientes llamado a posicionarte solidariamente? ¿Con quién quieres gastar tu vida?», se cuestionaba el joven jesuita canario, quien reconoce que «mi familia siempre me acompañó en este proceso de búsqueda inquieta y de discernimiento». Pese a todo, Fernando López viajó hasta Sevilla para estudiar Física, con el objetivo de poder emplear esos conocimientos algún día en ayuda de los más desfavorecidos del planeta. Y a fe que así lo hizo. Con apenas 25 años llegó como misionero a Paraguay, donde entró en el noviciado de los Jesuitas. «Era el tiempo de dictadura militar de Stroessner. Allí formamos parte de los grupos de no-violencia-activa contra la dictadura, y junto con otros jóvenes fundamos SERPAJ, el denominado Servicio de Paz y Justicia Paraguaya», relata el religioso palmero.
«Toda mi formación como jesuita fue en América Latina, Paraguay y Brasil». Su inquietud, no obstante, no solo se basó en la ayuda a los demás, también se dirigió hacia el estudio. No en vano, el hermano Fernando López está a punto de terminar la carrera de Antropología. «En Paraguay aprendí guaraní, y también he trabajado los últimos años con los niños de la calle en Belo Horizonte, Brasil, y en el basural de Asunción, en Paraguay», incide el jesuita, quien subraya que más de tres cuartas partes de la población de estos países viven por debajo del umbral de la pobreza. Desde 1998, su labor se centró en la Amazonía brasileña y los pueblos indígenas de la región. «Formo parte del llamado Equipo Itinerante, un grupo interinstitucional que apoya a las comunidades indígenas, riberiñas y de las periferias urbanas de la región amazónica». «Ahora estamos apoyando toda la lucha por la tierra de los indígenas de la Raposa Serra do Sol, en Roraima, en la frontera con la Guyana inglesa y Venezuela», recalca Fernando López, quien todavía hoy sigue haciéndose numerosas preguntas sobre el modelo de sociedad actual en el que vivimos.
La zona de Roraima es muy codiciada por un grupo de empresarios arroceros que, en connivencia con el poder político local y parte del judicial, se niegan a dar por perdidos los casi 17.000 kilómetros cuadrados que conforman la tierra indígena brasileña de Raposa Serra do Sol. Con total impunidad, en los últimos meses se han sucedido los ataques con armas de fuego y bombas caseras o amenazas de muerte por estos empresarios, que tratan de arrebatar y expulsar de su hogar a los casi 19.000 indígenas makuxí, wapixana, ingarikó, patamona y taurepang que habitan la comarca.
PRESIONES
Las presiones y ataques, que se han cobrado la vida de más de una veintena de personas, no son nuevos para estos pueblos originarios, a quienes sucesivos intentos de invasión a lo largo de los dos últimos siglos los han situado en una posición de defensa constante. Así lo ratifica el Consejo Indígena de Roraima (CIR), quienes explican cómo desde la década de los 70 hasta nuestros días, se han sucedido los asesinatos de más de una veintena de sus líderes hasta que, en abril de 2005, el Gobierno brasileño homologó Raposa Serra do Sol —reconoció el derecho originario de los indígenas sobre esta tierra—, además de registrarla, completando y cerrando así la totalidad del proceso jurídico. Y ello conforme a la determinación de la propia Constitución brasileña, que ya reconoce a los pueblos indígenas el uso exclusivo de las tierras habitadas tradicionalmente por ellos; por no hablar del amparo del derecho internacional, representado por el Convenio 169 adoptado por la Organización Internacional del Trabajo en 1989. Sin embargo, la ley no parece ser obstáculo para los poderes fácticos y económicos de la zona, máxime cuando los cultivos de determinados cereales para la producción de biocarburantes se han revalorizado hasta límites extraordinarios, así como el precio del arroz, que ha adquirido niveles desorbitados.
Según afirma Greenpeace, en el Amazonas se han venido destruyendo en los últimos tres años hasta 70.000 kilómetros cuadrados de selva, el equivalente a seis campos de fútbol por minuto. Gran parte de esta destrucción se debe a la expansión de cultivos intensivos. Ante esta situación, Fernando López y los indígenas han alzado la voz, con el objetivo de reivindicar el oxígeno necesario para el pulmón del planeta.
En una carta fechada el 9 de abril que han hecho llegar a la prensa dicen: «Durante años hemos sufrido un doloroso proceso para reconquistar nuestras tierras y creíamos que el estado brasileño haría realidad los derechos humanos de los pueblos indígenas».
VI. Rebajas en tiempos de crisis (septiembre de 2008)
Constructoras, comerciantes, autónomos, familias, Organizaciones No Gubernamentales... Solo unos pocos privilegiados parecen haber escapado de las terribles zarpas de la crisis económica, que desde principios de año sacude a tres cuartas partes del planeta. En España, y a pesar de que el Gobierno se empeña en pasar de puntillas sobre el término maldito, proliferan las medidas de choque para paliar una situación que está ahogando a muchos ciudadanos y que amenaza con prolongarse en el tiempo. Y el oficio más viejo del mundo no es una excepción.
La prostitución, de la que viven en Canarias varios miles de personas, también se ha resentido por la recesión. Lo confirman las propias trabajadoras del sexo y miembros de organizaciones asistenciales que trabajan con estos colectivos en el Archipiélago, con los que contacté para elaborar una radiografía del momento actual. El método es bien sencillo. Basta con llamar a algunos de los cientos de anuncios publicitarios que diariamente copan los medios de comunicación de las Islas, así como las muchas páginas web que circulan por la red de redes. Para preservar la identidad de las personas, a la mayoría les daremos nombres ficticios, porque, según confiesan «hay que seguir comiendo de esto». «Mi amor, si es que hay días que no llama nadie, y me paso las horas sola», confiesa Natalia, una meretriz de origen sudamericano que opera en Santa Cruz de Tenerife. Esta joven hetaira, que anuncia sus servicios en la prensa local y en varias páginas de Internet, realiza un análisis pormenorizado del mal momento que está atravesando el sector.
«En la Península se notó mucho la huelga de los camioneros, sobre todo en los clubes. Yo me lo hago por mi cuenta, que le saco más, pero algunas compañeras me dicen que el paro del transporte les afectó mucho, que se pasaban las noches limándose las uñas», recalca. El futuro tampoco es alentador, aunque Natalia reconoce que «depende de a quién le preguntes, va mejor o peor. Hay casas que tienen su clientela estable y no les falta de nada. A mí, sin embargo, se me ha juntado la crisis con las vacaciones. Y tengo a algunos de mis hombres fuera, mientras yo apenas saco para las compras del supermercado». Su exposición la refrenda Nicolás García, presidente de Unapro, una asociación pionera en la Isla que se dedica a la asistencia integral de personas en situación de exclusión social. García confirma que «desde principios de año, e incluso meses antes, advertimos que la situación sería muy complicada, sobre todo porque creemos que existe descoordinación en los recursos socio-asistenciales de Canarias». La organización que él dirige, por ejemplo, agotó en apenas cuatro meses todo el presupuesto previsto para este año en materia de ayudas sociales.
«Cada vez hay más parados, hay pensiones no contributivas que no dan ni para comer, y en zonas como el Sur la situación está siendo muy compleja», agrega Nicolás García, que incluso relata que en Unapro tienen constancia de casos de personas en algunos municipios del norte de Tenerife que se han trasladado a vivir a cuartos de aperos; u otras que compaginan sus trabajos con escarceos en la prostitución o el narcotráfico. De hecho, en lo que al mundo de los contactos sexuales se refiere, García afirma que se ha producido una «notable bajada en el coste de los servicios», lo que ha llegado a provocar agrias disputas entre el colectivo de las trabajadoras del sexo que ejercen en las Islas. Algunas de ellas, incluso, han cometido actos delictivos que, por su condición de inmigrantes irregulares, las han llevado a la deportación a sus países de origen. «Las que están organizadas o trabajan en clubes se encuentran mejor, pero las que ejercen en la calle o en pisos han tenido que bajar los precios de manera casi desesperada», arguye el presidente de Unapro.
CONFLICTOS
Esta circunstancia no solo ha generado conflictos sociales, sino que también incide de manera negativa en la prevención. En este sentido, José Pablo Pérez, coordinador del área de Exclusión Social de Médicos del Mundo, explica que su organización aún no ha contrastado con datos los efectos de la crisis, aunque reconoce que algunas trabajadoras del sexo a las que asiste la ONG sí les han expuesto que «ahora hay menos clientes». «Todo el mundo se queja de la situación, y ellas no iban a ser menos», recalca José Pablo, quien opina que las bajadas de precios también pueden provocar «que se descuide la prevención». Tanto Unapro como Médicos del Mundo han constatado además que se han producido algunos desplazamientos de miembros de estos colectivos, desde el Sur y la zona metropolitana a pequeños municipios y pedanías de la Isla, con el objetivo de lograr mayores ingresos con su actividad. Cindy, colombiana de 24 años que trabajaba hasta hace poco en la capital santacrucera, así lo ha hecho. Ahora se mueve por el norte de la Isla, donde ha encontrado nuevos clientes. Ella, para paliar la recesión, ha optado por rebajar sus tarifas, e incluso acepta el regateo de precios de buen grado, cuando hace unos meses lo rechazaba de plano y llegaba a amenazar al cliente, en pleno lecho, con dejarle a medias.
«La negociación siempre ha existido; ellos quieren que les rebajes, pero la diferencia es que ahora hay quien no tiene más remedio que ceder», expone. Los descuentos, en muchos casos, rondan el 50%, ya que de los 50 o 60 euros que solía costar la media hora de relaciones sexuales, ahora hay quienes la ofertan por 25; e incluso hay meretrices que trabajan en pisos que aceptan estar con los clientes una hora completa por menos de 50 euros. En la calle, recuerdan desde Médicos del Mundo, «hay subsaharianas y chicas de Europa del Este que llegan a hacer algunos servicios por poco más de diez euros». Junto a Cindy, en su apartamento trabajan otras tres mujeres, además de la madame, que es la encargada de organizar y tratar con los usuarios. Al igual que su compañera, María, canaria de 22 años, denota que «sí se ha notado un poco de bajón en el trabajo, aunque por el momento la jefa nos mantiene a todas; ella dice que esto es pasajero y que ya ha conocido otras crisis, que al final los hombres siempre terminan viniendo para desahogar sus problemas entre nuestras piernas». Pese a todo, ni siquiera las más avezadas mantienen la regularidad de hace apenas un año. «Hasta hace unos meses podían llegar al piso diez o quince hombres cada jornada, mientras que ahora hay días que apenas conseguimos cinco servicios», incide la meretriz, que, por el momento, sigue recibiendo la misma asignación diaria por cada cliente al que satisface. La falta de trabajo afecta a todos por igual, ya sean hombres, mujeres o transexuales.
Alexa, por ejemplo, ha tenido que marcharse de La Laguna al Sur debido a la escasez de usuarios. Ella llegó a Canarias a finales de 2006, después de recorrer la Península y algunas capitales europeas.
Transexual de 27 años, cobraba 200 euros la hora, cifra que ahora ha bajado más de un 40%. «Soy una profesional que vive de esto, y mientras sigan viniendo clientes, la crisis lo único que impedirá será que deje de comprarme ropa cara o de cenar en restaurantes todas las semanas». «Hay que buscar los pisos buenos y tener tus contactos, porque a muchos de los que vienen a verme les da igual el Euribor», asevera sarcásticamente. En la misma línea se expresa Toni, brasileño de 24 años que se oferta como «guapo, atlético y solo para caballeros». En su opinión, «para los clientes lo importante es que los trates bien y les hagas disfrutar, porque ahora hay muchos que precisamente acuden a mí para olvidarse de los problemas económicos o personales que tienen». «Nosotros tenemos la opción de trabajar en muchas partes diferentes, y siempre hay sitios donde se saca para vivir bien». Él, como la mayoría de sus compañeros de profesión, capean el temporal con optimismo y astucia, las mismas armas con las que muchos ciudadanos con trabajos supuestamente más respetables hacen frente a la recesión, la crisis o a cualesquiera de las acepciones que se le quieran dar.
VII. Lecciones de vida en un colegio muy especial (abril de 2016)
María lleva días sin poder ir al colegio. Por culpa de un problema de salud, está ingresada en la planta de Pediatría del Hospital Universitario de Canarias (HUC). Está en 3º de la ESO, y justo en este trimestre estaba aprendiendo las capitales europeas, la interculturalidad y los adverbios, entre otras muchas cuestiones. Para ayudarla a no perder el ritmo de las clases, esta tinerfeña de 14 años acude cada día al aula hospitalaria Las Andoriñas, que dirige la profesora María Dolores Gómez. Como María, más de 700 menores pasan curso tras curso por este particular colegio, que facilita el desarrollo educativo y afectivo-social de los menores ingresados.
El aula, fruto de un convenio entre la Consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias y la Obra Social La Caixa, ocupa una superficie de 143 metros cuadrados, y está destinada a niños de edades comprendidas entre los 3 y 16 años. Desde las 9 y hasta las 14 horas, la maestra María Dolores Gómez atiende a los menores tanto en sus habitaciones como en el Hospital de Día y la propia aula, mientras que por las tardes voluntarios de Cruz Roja, Fundación La Caixa y asociaciones como Pequeño Valiente y Veredas llevan a cabo diferentes actividades lúdicas y de entretenimiento. Y es que, si ya de por sí la educación es puramente vocacional, mucho más si el aula está en un hospital, un reto que María Dolores asumió hace ahora tres años. «Me vine para acá porque necesitaba un cambio. Llevaba muchos en el mismo centro y quise tener una experiencia nueva en la enseñanza; por eso solicité una comisión de servicio para ser la docente del hospital», confiesa María Dolores, que no solo es muy querida por sus alumnos, también por los padres y el propio personal sanitario.
Confiesa que su adaptación no fue fácil, porque los niños «van y vienen, son de diferentes edades y tienen necesidades distintas». Por eso, su trabajo se desarrolla en tres espacios del centro: en las habitaciones, en el aula y en el Hospital de Día. «Priorizo las habitaciones y el aula, pero a veces me resulta difícil, porque hay muchos chicos en planta», subraya la profesora, que imparte clases para alumnos de Infantil, Primaria y Secundaria, aunque a veces también ha llegado a tener chicos de Bachillerato. Entre los problemas que se encuentra, además del elevado número de niños con los que trabajar, María Dolores debe atender dinámicas muy diversas, ya que hay niños que pueden llegar a pasar largas temporadas ingresados, mientras que otros, en cambio. «Primero siempre hablo con los médicos, para que ellos me digan cuál es la situación del niño, antes de ponerme en contacto con los colegios. Hay menores con trastornos de alimentación que no pueden recibir clase de inmediato, porque su nivel de concentración es muy bajo, tienen altos niveles de ansiedad, estrés, etc. Por eso, se trabajan otras cuestiones antes de que puedan acudir al aula y seguir las indicaciones que nos marcan sus profesores», destaca la maestra, que combina la parte docente, propia del currículum, y la lúdica. «Un aula hospitalaria no tiene nada que ver con una normal, porque, por las características de los alumnos y sus patologías, a veces no se pueden dar muchas horas seguidas de clase. Y yo tampoco estoy especializada en todas las materias, por lo que tengo que atenderlos al nivel que puedo», recalca la profesora tinerfeña.
Los colegios, bien a través de las familias o directamente con ella, le mandan las tareas que tiene que hacer cada niño, tareas que María Dolores se encarga de distribuir y dosificar, especialmente en el caso de los menores con ingresos largos, como son los pacientes oncológicos. «Para trabajar en un espacio tan delicado y difícil como este, siempre hay que buscar el lado positivo de la educación. Yo pretendo que el rato que pasan en el aula estén felices y relajados. Por eso, se trabaja más el aspecto humano que el docente», aclara la profesora, que asegura que también se viven situaciones duras, porque se crean lazos afectivos y «a veces se presentan episodios para los que no estás preparado ni acostumbrado». Pero, más allá de todo lo que supone trabajar en un hospital y con niños enfermos, María Dolores Gómez siempre busca el lado positivo de su labor, que define como «muy enriquecedora». No en vano, reconoce que, desde que está en el HUC, ha aprendido a «valorar mucho más la vida».
EL CONTACTO CON LA MUERTE
María Dolores Gómez reconoce que, a pesar de llevar ya tres años en el hospital, «el contacto con la muerte no es fácil». «Tuve una relación especial con un niño que falleció apenas dos horas después de haber estado dándole clase, y fue muy duro». En contrapartida, la docente deja claro que lo más gratificante de su labor ha sido encontrarse con niños que han estado ingresados, «que me ven por la calle y vienen a saludarme y a decirme que se acuerdan mucho de mí». Incluso, hay algunos que, estando ya curados, han vuelto al hospital para participar en alguna de las actividades que se organizan. Una de ellas es el proyecto Entre cuentos, que desarrollan voluntarios de la ONG Veredas, que fomenta la lectura y que tiene un importante efecto anímico y en la propia salud de los niños.
VIII. Veinte años regalando vida (abril de 2016)
Armando López volvió a nacer el 16 de abril de 1996. Yesista de profesión, se tuvo que jubilar prematuramente a los 42 años de edad porque su organismo no le respondía. La culpa la tenía el alcohol, que le había provocado una cirrosis que casi le cuesta la vida. Hoy, 20 años después de aquella fecha, Armando puede disfrutar de sus tres hijos y sus tres nietos, gracias al hígado que le fue trasplantado en el Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria (HUNSC). Este conmemora este fin de semana el vigésimo aniversario de esa intervención quirúrgica, la primera de esas características que se realizaba en Canarias. Desde entonces, el HUNSC ha llevado a cabo ya 605 trasplantes hepáticos, algo que le ha convertido en el centro de referencia de la Comunidad Autónoma para este tipo de procedimientos. El doctor Arturo Soriano fue el cirujano que operó a Armando López, quien unos meses antes del trasplante entró en coma a causa de la encefalopatía con que suele cursar la cirrosis hepática, un proceso degenerativo que incluso le provocó una pérdida de memoria. Sin embargo, logró salir de ese estado y pasó a formar parte de la lista de pacientes con prioridad absoluta.
«Me ofrecieron ser la primera persona trasplantada de hígado en Canarias o ir a Madrid, y no lo dudé, porque estaba muerto en vida», relata Armando, que asegura que «los días anteriores a la operación fueron muy duros, porque estaba muy mal. No veía la hora de que me trasplantaran, porque física y mentalmente estaba en las últimas. Mi familia me apoyó mucho, y los médicos me aconsejaron que me lo hiciera, y ahora estoy muy agradecido», agrega. La primera vez que le llamaron para el trasplante tuvo que volver a casa, ya que el órgano no estaba bien y no era compatible. Una semana después, le volvieron a avisar de que había un donante, y esta vez el hígado sí estaba en condiciones para él. «Cuando iba en la camilla para el quirófano no podía ni estar tumbado de los nervios, pero los médicos me fueron tranquilizando, hasta que me anestesiaron». La operación duró más de 15 horas. En la UVI estuvo una semana bien, pero después se le llenó el cuerpo de líquido y tuvieron que operarle de nuevo, otra vez a vida o muerte. «Nunca me dijeron de dónde venía ese hígado, y aunque lo pregunté, no me lo quisieron decir. Pero no tengo palabras para agradecerle a esa familia y esa persona lo que hicieron por mí», subraya Armando, que fue el primero de una larga lista de pacientes trasplantados en La Candelaria y otros hospitales públicos isleños.
No en vano, desde 1982 los centros hospitalarios del Servicio Canario de la Salud (SCS) han realizado más de 7.800 trasplantes en las Islas, gracias al gesto altruista de 1.721 donantes y familias, que han posibilitado con su solidaridad cientos de segundas oportunidades. Además, la comunidad ha contribuido a la realización de 3.500 trasplantes de órganos y más de 4.300 implantes de tejidos.
El doctor Manuel Barrera es el actual coordinador del Programa de Trasplante Hepático del hospital tinerfeño. Para él, «el éxito de este tipo de procedimientos reside en la implicación de numerosas especialidades y áreas, porque el trasplante no es solo el acto quirúrgico —que por cierto, es el más complejo de cuantos se pueden realizar—, sino que empieza mucho antes, desde que se detecta a un paciente grave en consulta, se valora por el comité de trasplantes, se incluye en la lista de espera, se coordina la recepción de un órgano, se implanta y continúa con su fase de recuperación y readaptación a la vida normal».
Solo en lo que va de año se han realizado ya 13 trasplantes, lo que ha permitido superar la cifra de 600 hígados trasplantados por primera vez en la historia de este programa en las Islas. «Todos los pacientes que se benefician del Programa de Trasplante Hepático del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria proceden de los hospitales públicos y concertados de Canarias, tanto de la provincia de Santa Cruz de Tenerife como desde Las Palmas de Gran Canaria, cuyos casos son estudiados y valorados por un comité multidisciplinar que evalúa mediante criterios clínicos su inclusión en una lista de espera para recibir un trasplante», denota el doctor Barrera, cuya unidad forma parte de los 28 equipos especializados existentes en España para la ejecución de este tipo de extracciones, y junto con el Hospital Gregorio Marañón de Madrid y el Clínico de Barcelona son los únicos equipos de todo el territorio nacional en contar con la acreditación de calidad de la norma ISO 9001:2008.
Alrededor de 60 personas, tanto sanitarios de diferentes especialidades como no sanitarios, participan en todo el proceso. Profesionales del Servicio de Urgencias Canario (SUC) y del propio centro hospitalario trabajan de forma coordinada y prácticamente cronometrada para que el trasplante de hígado pueda llevarse a cabo perfectamente, puesto que en este tipo de casos el tiempo es vida.
De ahí que se necesite la participación no solo de cirujanos y enfermeros, también de celadores, digestólogos, anestesistas y personal de una decena de servicios, un equipo que trabaja de forma coordinada en el proceso integrado de donación y trasplante. La actividad de este grupo se extiende además al ámbito docente, ya que los especialistas forman a nuevos médicos internos residentes y divulgan sus conocimientos en publicaciones científicas internacionales.
PROGRAMAS ACTIVOS
En el año 1982 se puso en marcha el primer programa de trasplante en Canarias, siendo el Hospital Universitario de Canarias (HUC) el que llevó a cabo las primeras intervenciones de este tipo, en concreto, trasplantes renales. A este programa se sumó en 2007 el Complejo Hospitalario Universitario Insular-Materno Infantil. Antes de esa fecha, en 1996, en el Hospital de la Candelaria se efectuaron los primeros trasplantes hepáticos. Posteriormente, el HUC puso en marcha también un programa de trasplante de páncreas, y desde el año 1990 existe un programa de trasplante de médula ósea alogénico en el Hospital Universitario de Gran Canaria Doctor Negrín. Existen, además, programas activos en todos los grandes centros hospitalarios del Archipiélago, a través de los que se han llevado a cabo hasta el momento más 2.000 trasplantes de córnea y se han tratado lesiones oculares, cardíacas y de tejidos.
IX. Las barreras del silencio (abril de 2016)
Seguir una clase, asistir a una conferencia, visionar un documental o exponer un trabajo son situaciones comunes que se producen a diario en las aulas de la Universidad de La Laguna (ULL). Sin embargo, lo que para la mayor parte de los alumnos no tiene la menor complicación, puede convertirse en una odisea para personas como Juan Molina o Estefanía Pérez, dos de los tres estudiantes sordos que cursan sus estudios en la institución académica lagunera. Para ellos, el día a día no se explica sin la necesaria ayuda de los intérpretes de signos, que les asisten cada jornada durante todo el curso.
Estudiar en la universidad, no obstante, es una carrera de obstáculos para Estefanía y Juan, una maratón que se inicia desde que formalizan la matrícula. De 38 años y natural de Tegueste, Juan Molina estudia 3º del Grado de Lengua y Literatura. A pesar de que puede hablar y usa un audífono, es sordo profundo desde que a los pocos meses una vacuna lo dejase sin audición. Ello, no obstante, no le ha impedido trabajar como mecánico durante más de 10 años y cumplir uno de sus sueños, matricularse en la facultad. Como sus compañeros, cada mes de julio realiza su inscripción para el curso, donde incluye la necesidad de contar con un intérprete. Este depende de una bolsa de empleo que se sufraga a través de las ayudas asistenciales que convoca la ULL, ayudas que siguen un complejo procedimiento administrativo que hace que los intérpretes lleguen a estar meses sin cobrar. La universidad, además, es la que impone a los alumnos sordos los intérpretes, que deben darse de alta como autónomos y están obligados a permanecer siempre junto al estudiante durante todo el horario lectivo. «Los intérpretes tienen dos días para aceptar o renunciar, y mientras eso ocurre yo no puedo asistir a clase, o bien me tengo que costear mi propio intérprete», expone Juan, quien asegura que al principio de curso afecta especialmente, porque es cuando los profesores exponen los programas de las asignaturas.
Los problemas, en cualquier caso, no se quedan ahí, porque no todos los intérpretes están capacitados para asistir a un estudiante universitario, entre otras cosas porque la práctica es fundamental en este tipo de asistencia. «Puede tocarte un intérprete que lleva sin practicar un tiempo, o que no tiene el nivel que tú necesitas. Entonces, yo tengo que hacer un doble esfuerzo por entenderlo, y me cuesta más trabajo sacar adelante las clases», relata Juan, que deja claro que la «precariedad laboral» que padecen los intérpretes también le afecta a él. «Si no vienen motivados o están pensando en que no van a cobrar, no me ayudan igual que si están centrados en su trabajo», agrega.
PRECARIEDAD LABORAL
Dos de las tres intérpretes de signos que asistían a estudiantes sordos en la Universidad de La Laguna renunciaron a seguir desarrollando su labor esta misma semana, ya que acumulan casi tres meses sin cobrar.
Obligadas a hacerse autónomas, estas tres profesionales de la interpretación perciben su salario a partir de unas ayudas asistenciales que convoca la institución académica, cuyo trámite administrativo impide que los pagos se puedan realizar de forma mensual.
Y más allá del horario lectivo, los estudiantes sordos encuentran muchas barreras a la hora de afrontar otras actividades propias del ámbito universitario, como cursos, jornadas o conferencias, aunque estas estén organizadas por la propia universidad. «Cuando hay seminarios o congresos, la ULL no cubre el servicio de intérprete, ni siquiera aunque sea la entidad organizadora, por lo que en la mayor parte de las ocasiones, o no vamos o tenemos que gastarnos el dinero en una empresa externa de intérpretes, que suelen cobrar 35 euros la hora, más del doble de lo que le paga la universidad a los nuestros, que reciben 15 euros por hora», denota Juan, que asegura que continuamente encuentra todo tipo de trabas, hasta el punto de no sentirse en igualdad de condiciones con el resto de sus compañeros oyentes.
Una afirmación que suscribe Estefanía Pérez, grancanaria de 28 años que cursa 4º de Psicología en la ULL. Para ella, el primer año resultó realmente difícil, por todo lo que supuso su traslado para estudiar en Tenerife. Aun así, su constancia e ilusión le han permitido superar todos los obstáculos que ha ido encontrando por el camino. No en vano, vive en una residencia universitaria y está a punto de acabar la carrera, en la que ha invertido siete años. «He tenido problemas con algunos profesores, que desconocían la función de los intérpretes. Mucha gente piensa que es como un amigo tuyo, cuando realmente es una persona neutral que hace su trabajo y no puede hablar u opinar por el alumno sordo. La universidad piensa que poniéndonos un intérprete solucionan todos nuestros problemas, pero en realidad no es así.
Por ejemplo, yo no puedo coger apuntes en clase porque tengo que estar pendiente del intérprete, y luego tengo que estar pidiendo favores a los compañeros, porque la mayor parte de los profesores no nos facilitan ese material», denota Estefanía, que como anécdota cuenta cómo un docente instó a su clase a ver un video explicativo que estaba colgado en la web de la universidad, un documental que estaba sin subtitular y que, por tanto, no era accesible para ella.
«Le mandé un correo al técnico de Audiovisuales de la ULL, pidiéndole por favor que lo subtitulara, porque el profesor nos dijo que era importante para la asignatura, pero me dijo que tenía otras cosas más importantes que hacer», insiste la joven grancanaria, que reconoce que «con tantas barreras y tanta incomprensión, resulta imposible sacar el curso año por año». «Siendo una universidad pública, que pagamos entre todos, debería ser ella quien gestionara y resolviera todas estas cosas», recalca Estefanía, que asegura que ella y sus dos compañeros sordos han tenido varias reuniones con el equipo de gobierno de la ULL, «pero no nos han resuelto nada». A pesar de todo, esta futura psicóloga se desenvuelve por el campus como una más, y participa en todas las actividades que puede, aunque el silencio sea un obstáculo difícil de salvar.
CRÉDITOS A CAMBIO DE APUNTES
Para facilitar la integración entre el alumnado sordo y el oyente, la Universidad de La Laguna ofrece la posibilidad de conseguir hasta cinco créditos de libre configuración a todos aquellos estudiantes que acompañen a una persona sorda y le faciliten los apuntes, algo que en la práctica genera más problemas que ventajas. «Siempre tienes que depender de ese alumno para que te acompañe a todas las clases, algo que en muchos casos es imposible porque tiene otros horarios», expone Estefanía, que apuesta por ofrecer menos créditos a más estudiantes.
Algunas instituciones académicas, como las de Granada, Sevilla, País Vasco o la Autónoma de Barcelona costean los intérpretes de lengua de signos a sus alumnos sordos, que además pueden escoger a los intérpretes según su nivel y características curriculares.
X. Unos papás muy especiales(marzo de 2016)
Francisco y Rosa no imaginaban que un día, muchos años después de haber criado a sus dos hijas, volverían a ser padres. Sin embargo, cuando él, enfermero de la Unidad de Vigilancia Intensiva (UVI) del Hospital de la Candelaria, conoció la historia de Daniel, pensó que tenía que hacer algo por aquel niño que llevaba ya más de ocho meses en una cuna del área de Pediatría, donde fue abandonado por sus progenitores poco después de nacer. Su caso es un poco atípico, porque fueron ellos los que pidieron al Gobierno de Canarias que los incluyera en el banco de familias acogentes, con el objetivo de poder llevarse a casa a Daniel a través de un acogimiento profesionalizado. Este tipo de acogimiento, según exponen desde la Consejería de Políticas Sociales, es aquel que «se desarrolla en una familia en la que alguno de sus miembros dispone de cualificación, experiencia y formación específica para desempeñar esta función respecto de menores con necesidades o circunstancias especiales con plena disponibilidad, y percibiendo por ello la correspondiente compensación económica (en este caso, 50 euros al día), sin suponer en ningún caso una relación laboral».
«El acogimiento especializado podrá ser profesionalizado cuando, reuniendo los requisitos anteriormente citados de cualificación, experiencia y formación específica, exista una relación laboral del acogedor o los acogedores con la entidad pública», recalcan las mismas fuentes.
El contrato es por un año renovable hasta dos, aunque al final del primer ejercicio el menor podría ser reinsertado en su familia biológica. Bajo esas premisas, y teniendo en cuenta la formación y capacitación profesional como sanitario de Francisco, los técnicos responsables del programa de acogimiento de la Dirección General de Protección del Menor y la Familia dieron su visto bueno para que se iniciara el proceso de acogida, que duró aproximadamente dos meses. «Cuando nació, Daniel tuvo problemas cardiacos y fue operado de corazón; luego también tuvo complicaciones digestivas y le tuvieron que quitar un trozo de intestino. Además, al estar conectado a una máquina de respiración artificial durante mucho tiempo, y al tener un pulmón muy inmaduro —porque se trata de un niño prematuro (nació con poco más de 6 meses, y su madre no llevó ningún control durante el embarazo)—, desarrolló severos problemas respiratorios», relata Francisco, que confiesa que fue el pediatra quien le animó a acoger al bebé, porque además de cuidados médicos necesitaba «una familia y un entorno estable» después de tantos meses en el hospital.
Tras consultarlo con Rosa y sus hijas, de 12 y 10 años de edad, decidieron iniciar el proceso de acogida, que incluía numerosos trámites y una exhaustiva valoración familiar. «Nos hicieron test de personalidad, de pareja,…, para hacer la preidoneidad. Una vez que pasamos esas primeras pruebas, vinieron a casa técnicos del Gobierno de Canarias, que volvieron a repetir todo el procedimiento, antes de emitir los informes positivos que nos permitieron obtener la acogida», subraya Francisco, quien asegura que «nos podían haber dado cualquier otro niño con similares características, pero a nosotros quien realmente nos había movido a acoger era Daniel, y al final tuvimos la suerte de que pudo venir aquí». Cinco meses después de llegar a su nuevo hogar, el pequeño ya forma parte de las vidas de Francisco, Rosa y sus dos hijas, que lo han acogido como a un hermano. El calor familiar y el cariño de los cuatro hacia Daniel también ha conseguido mejorar su estado de salud, hasta el punto de que no ha vuelto a pisar el hospital en todo este tiempo. Continúa, eso sí, con medicación y rehabilitación, aunque los propios especialistas de La Candelaria que lo tratan están sorprendidos por la evolución del niño, que está a punto de cumplir 15 meses.
«Nuestra intención nunca había sido acoger ni adoptar, y si hace seis meses nos lo hubieran dicho, no lo habríamos imaginado», señala Rosa, que trabaja como periodista en el Sindicato de Enfermería (Satse) en Santa Cruz de Tenerife. Como establecen las condiciones de este tipo de acogimiento, su marido y ella han suscrito un contrato de un año con el Gobierno canario, renovable hasta dos. Al final del primer ejercicio, no obstante, podrían quitarle a Daniel si se realiza la inserción del menor en su familia biológica o si hay una familia adoptiva que haya demandado un niño con necesidades especiales. Si eso no ocurre, también podría seguir con ellos de forma indefinida. «Si pensamos en la responsabilidad que conlleva, igual no lo habríamos acogido. Pero queríamos brindarle una oportunidad», denota Francisco, que ahora sí tiene claro que si la ley se lo permitiese adoptarían a Daniel, algo que actualmente no se contempla. De momento, en cualquier caso, prefieren no mirar más allá del día a día, que ya de por sí es complicado debido al historial clínico del bebé. No en vano, mensualmente deben enviar una serie de informes a la Dirección General del Menor, dando cuenta del estado de Daniel y su evolución. Además, semanalmente están obligados a acudir a un punto de encuentro para que el niño esté con sus padres biológicos, algo que hasta la fecha no ha ocurrido porque estos nunca se han interesado por el pequeño y no han querido tener contacto con él.
UN PROGRAMA PIONERO
Se considera como situación de desamparo «la que se produce de hecho a causa del incumplimiento, o del imposible o inadecuado ejercicio de los deberes de protección establecidos por la ley para la guarda de los menores, cuando estos queden privados de la necesaria asistencia moral o material. Igualmente, cuando los padres o tutores, por circunstancias graves, no puedan cuidar al menor, podrán solicitar de la entidad pública competente que esta asuma su guarda el tiempo necesario». En Canarias, unos 2.300 menores están en estos momentos en situación de desamparo, tutelados por la Comunidad Autónoma. La mayor parte de ellos, especialmente aquellos de entre 0 y 3 años, residen ya en familias institucionalizadas, en virtud de un pionero plan puesto en marcha por la Consejería de Políticas Sociales desde 2011. Con el banco de familias acogentes funcionando con notables resultados, hace ahora un año el Ejecutivo dio un paso más y desarrolló el acogimiento profesionalizado. La iniciativa está orientada a perfiles sanitarios, psicólogos, educadores, docentes, trabajadores sociales, funcionarios o profesionales que acrediten que han trabajado con menores. Previa selección y cualificación, los escogidos son incluidos en una bolsa de cuidadores encargados de acoger niños en tratamiento, víctimas de maltrato, con alguna discapacidad o enfermedad grave.
El acogimiento profesionalizado es una modalidad que ya estaba prevista en la Ley de Atención Integral a los Menores de 1997, pero hasta ahora no se había desarrollado por motivos legales y económicos. No en vano, esta ambiciosa apuesta está refrendada por una importante partida presupuestaria, que ha crecido en los últimos dos ejercicios, hasta llegar a los 8,2 millones de euros.
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