Читать книгу: «La vorágine»

Шрифт:

La vorágine


Segunda edición, agosto de 2019

Primera edición en Panamericana

Editorial Ltda., enero de 2000

© Panamericana Editorial Ltda.

Calle 12 No. 34-30, Tel.: (57 1) 3649000

www.panamericanaeditorial.com

Tienda virtual: www.panamericana.com.co

Bogotá D. C., Colombia

Editor

Panamericana Editorial Ltda.

Prólogo

Germán Espinosa

Diagramación

Claudia Milena Vargas López

Diseño de cubierta

Rey Naranjo

Imagen de cubierta

Junku

ISBN: 978-958-30-5913-1 (impreso)

ISBN: 978-958-30-6442-5 (epub)

Prohibida su reproducción total o parcial

por cualquier medio sin permiso del Editor.

Impreso por Panamericana Formas e Impresos S. A.

Calle 65 No. 95-28, Tels.: (57 1) 4302110-4300355

Fax: (57 1) 2763008

Bogotá D. C., Colombia

Quien solo actúa como impresor.

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Contenido

Modernismo y modernidad en La vorágine

Prólogo

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

Epílogo

Vocabulario

Contraportada

Modernismo y modernidad en La vorágine

Una consideración previa: en Las zahurdas de Plutón, Francisco de Quevedo postula en los infiernos una bandada de hasta cien mil poetas, reclusos en una jaula que llaman de los orates. Las faltas por las cuales se les condenó parecen haberse limitado a minucias de rima, que los impulsaron a llamar necia a la talentosa, ramera a Lucrecia, inocente a Herodes o judío a un hidalgo. Pecados menos ligeros tienen, creo yo, los poetas sobre la Tierra; pero no es cuestión de entrar en discrepancias con mi maestro madrileño que, en pecados, valga la verdad, se reputó erudito. Disiento, en cambio, de la pena que para ellos discierne, consistente en ser desnudados. Preferiría que se asemejase más a aquella que hace pesar sobre los bufones, los cuales se atormentan unos a otros con las gracias que habían dicho en el mundo. Para mí, un castigo apropiado para poetas podría consistir en leerse unos a otros los elogios que en vida recibió cada uno de la crítica. Con ello quedaría garantizado un tormento salvaje.

Entremos ahora en materia. En su famoso libro Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera, de amplia divulgación en Hispanoamérica, pero apenas morosamente considerado en Colombia, el escritor chileno Eduardo Neale­-Silva consagró un capítulo, el XV, a las miserias y mezquindades que la aparición, en 1924, de La vorágine, suscitó en los medios literarios colombianos. Citaba allí, casi haciéndola suya, una declaración formulada por el poeta Miguel Rasch Isla, en El Espectador Dominical del día veintiséis de junio de 1949, según la cual “en ningún sitio ocurre con la calamitosa frecuencia que aquí que el reconocimiento o desconocimiento de todas las capacidades y en especial las literarias, dependa de lo que, en un corrillo de café, o en una reunión callejera, se le antoje opinar a cualquier charlatán osado”.

El aval que escritores como yo puedan dar a tal tajante concepto, carecería de importancia. Prefiero remitirme a aquel que podrían sentirse inclinados a ofrecerle, si pudieran levantarse de sus sepulcros, hombres como José Asunción Silva o Porfirio Barba ­Jacob, negados a macha martillo por sus contemporáneos, a veces con venenosas frases, y luego exaltados por una remordida posteridad. En ambos casos, los corrillos y reuniones de que hablaba Rasch Isla se ensañaron en el creador literario con un encarnizamiento que, acaso, hubiesen escatimado frente a azarosos delincuentes. En cierto modo, los trataron como a delincuentes cuyo crimen no es posible precisar de un modo concreto.

Con Silva y con Barba ­Jacob, sin embargo, el desdén fue más que suficiente. Ni el uno ni el otro lograron, en vida, el reconocimiento ni siquiera la condescendencia de los círculos dominantes de la cultura. Con José Eustasio Rivera las cosas discurrieron de otro modo, no menos hiriente y letal, pero sí más clarificador desde el punto de vista retrospectivo. Ello debido, sin lugar a dudas, al respaldo inusual que La vorágine se granjeó, no bien aparecida, entre aquellos a quienes en forma más directa concernía su temática. Desde un comienzo, la obra pareció ser comprendida en esencia como un texto de denuncia social, no como el fenómeno de renovación estética que, en efecto, suponía. Aún hoy, contrariamente a lo que es costumbre entre nosotros, los comentaristas prefieren elogiar el contenido y casi nunca la forma en La vorágine. Limitándose, además, para colmo de miserias, a lo puramente denunciatorio de ese contenido, sin animarse a explorar los diversos ámbitos continentales que es posible hallar en la novela.

En otras palabras, es el mensaje —­para emplear una expresión de mediados del siglo XX— y no la estructura formal lo que, desde un principio, obtuvo acatamiento en La vorágine. Ya en noviembre y diciembre de 1926, como puede comprobarse en los archivos del diario El Tiempo, de Bogotá, Rivera debió defenderse de cargos proferidos contra sus recursos formales por un tal Luis Trigueros. Lamentablemente, el novelista tuvo que condescender a sarcasmos de salón ­—o acaso de cafetín— para librarse del libelista literario que, embozado tras un seudónimo, lo agraviaba. ¿Era necesario, por ejemplo, hacer mención de las “colaboraciones gratuitas” de Trigueros?

¿No era rebajarse demasiado? Por desdicha, para convivir con una sociedad de mediocres, se impone a ratos parecer tan mediocre como ellos. ¿Concibe nadie que el narrador épico de las “multísonas voces” selváticas, que “forman un solo eco al llorar por los troncos que se desploman”, debiese abundar en explicaciones, ante el citado Trigueros, respecto a la ausencia de asonancias en su prosa?, ¿o explicar públicamente que “la cadencia de las voces sabiamente ordenadas logra producir una prosa rítmica”?

Pero no fue solo Trigueros. Los críticos bogotanos Manrique Terán y Nieto Caballero señalaron, a poco de la publicación, que la novela poseía “demasiada cadencia”. Si examinamos, de modo muy somero, el reparo, hallaremos que, en la retórica tradicional, por cadencia se entiende “la proporcionada y grata distribución de los acentos y de los cortes y pausas, así en la prosa como en el verso”. El resaltado es mío.

¿Puede pecarse, pues, en ella —­inferido, en su definición, el equilibrio por las palabras proporcionada y grata—, de demasía? El imparcial Max Grillo estimó que sí, al recomendar una abstersión de “las asonancias y cadencias interiores de su bellísima obra para librarla de esas leves imperfecciones”. Pero es lo cierto que en el reparo, a más de la envidia, obraba la mala asimilación que en aquellos tiempos existía acerca del carácter omnicomprensivo del género novelesco, que —­en una concepción avanzada— resume todos los demás géneros, incluida la versificación, si el texto lo requiere. Rivera, sin embargo, acaso por el respeto que Max Grillo le merecía, apeló al entonces joven poeta Rafael Maya para, con su ayuda, eliminar aquellas cadencias, suprimidas por completo en la segunda edición. Para hallarlas en expresiones como “bien sabe mi teniente que sigo siendo su subalterno como en Arauca”, cambiada por “bien sabe mi teniente que seguiré siendo subalterno suyo como en Arauca” (ejemplo que tomo de la admirable Introducción escrita por Luis Carlos Herrera S. J.), me parece que los críticos colombianos (ya que los extranjeros no mancillaron con estos pormenores sus elogios) debieron inspeccionar con lupa el texto riveriano, meticulosidad que no hace sino probar su mala fe.

No resulta difícil asentar de qué modo a Rivera, por aquellos años, se le reprochó ante todo la musicalidad de su prosa. Es decir, se le echó en cara una cualidad. Ello no es nada extraño, entre nuestros críticos, aun en los días que corren, pero asombra que quienes ensalzaban la prosa rítmica de los discursos de Guillermo Valencia, se consagraran sin mayor excusa a condenarla en quien había facturado ya los musicalísimos sonetos de Tierra de promisión. El fenómeno, sin embargo, no es de ímproba explicación: en el último de los libros citados, Rivera no rebasaba las alturas épicas o líricas que podían frecuentar otros autores de moda; La vorágine, en cambio, las sobrepujaba y las enriquecía, con inminente peligro para todos. No fue solo, pues, “el menguado éxito de las vocaciones forzadas”, para emplear una frase suya, el que orquestó el coro de difamaciones, sino la oculta envidia de las vocaciones auténticas. No creo que nadie, dentro de los límites de Colombia, odiara tanto a Rivera, sin confesarlo, como sus pares en vocación, ya que no en consecuencias vocacionales.

De aquel fárrago de embrollos temporáneos nos ha quedado, creo yo, todo un legado de impertinencias críticas. Animado por las mejores intenciones, por ejemplo, el propio Neale­-Silva afirma, en el libro citado, la condición “centenarista” o “posmodernista” del estilo de Rivera, condición acerca de la cual me permito yo disentir. “El poeta del Huila ­—dice textualmente el escritor chileno— publicó su novela cuando se cancelaba una época literaria y se iniciaba otra. Se enfrentaron muy pronto los centenaristas, la promoción que don Federico de Onís identificó muy acertadamente con el posmodernismo, y los jóvenes de la vanguardia, a quienes se llamó en Colombia Los Nuevos”. Ello equivaldría a sostener que Rivera, sujetándonos a las clasificaciones, un tanto caprichosas, de Federico de Onís, militó en esa oleada conservadurista producida como reacción frente al modernismo rubendariano, oleada que en España encarnaron escritores como Díez Canedo o Enrique de Mesa, justamente olvidados en nuestros días. Tal insoportable equivocación parece perseguir la memoria del huilense.

Para disiparla, valdrían la pena algunas consideraciones, por demás simples. Uno de los errores más frecuentes en Colombia radica en engastar dentro del concepto de centenarismo o de posmodernismo a autores como Barba ­Jacob o como Luis C. López, por el mero hecho de haber nacido entre 1875 y 1890. Rivera lo hizo, en una aldea cercana a Neiva ­antes llamada San Mateo, hoy rebautizada con su apellido­, el diecinueve de febrero de 1888. Mediante ese contestable sistema, acaban igualándose, desde el punto de vista de sus proyecciones, obras como La visita del sol, de Díez Canedo, de sabor recalcitrante, y Por el atajo, de Luis C. López, que es casi un anticipo del primer vanguardismo. La verdad se halla, por fuerza, en otro lugar y, por lo que a Rivera atañe, es hondamente distinta. Hay que apresurarse a advertir, en primer término, la inanidad de una de las afirmaciones de Neale-­Silva. En momento alguno, que yo recuerde, la generación colombiana de Los Nuevos, que tomó su nombre de una revista de combate y que configuraban por modo capital León de Greiff, Germán Arciniegas, Jorge Zalamea y Aurelio Arturo (este último, puedo atestiguarlo, se autoclasificaba en ella y no en la posterior de Piedra y Cielo), vulneró o se opuso a la obra de Rivera. Baste ver cómo el más rico e interesante poema consagrado al autor de La vorágine ­—me refiero a Rivera vuelve a Bogotá, de Femando Charry Lara— pertenece a uno de los epígonos más notables de Aurelio Arturo. No huelga recordar aquí lo que un novelista del hoy colombiano, R. H. Moreno­-Durán, ha señalado como afinidades entre la selva de Rivera y la selva pletórica de León de Greiff, en su atinado ensayo Las voces de la polifonía telúrica. Sin duda, en Los Nuevos halló el huilense algunos de sus más inmediatos admiradores. Y ello no es, en manera alguna, gratuito.

Pienso que a José Eustasio Rivera no es aconsejable observarlo en términos de vertientes o de movimientos literarios nacionales. Su ámbito es más vasto y a él tendremos que remitirnos. Quienes, con mohín despectivo o condescendiente, han creído encontrar en la prosa musical de La vorágine un mero eco de las exquisiteces narrativas de Rubén Darío o aun de la impecable prosa lugoniana (o quizá, a tira más tira, una resonancia de la espléndida De sobremesa de Silva) ignoran acaso ciertos aspectos fundamentales del modernismo, entre los cuales la propensión a lo cosmopolita no es el menor de todos. Modernistas fueron, en Colombia, Valencia y Abel Farina, Eduardo Castillo y Víctor M. Londoño. Menos evidente (salvo, curiosamente, en la citada novela) es el modernismo de José Asunción Silva, a quien numerosos críticos prefieren incluir en la más vasta corriente simbolista. Quizá nadie se anime a negar las variantes que, al ser introducido en nuestra lengua por hombres como Darío, Silva o Lugones, sufrió el simbolismo francés, tan diferente, por lo demás, en Verlaine que en Mallarmé o que en Lautréamont. Por simbolista que fuera, Silva no contemporizó con la superabundante policromía del modernismo rubendariano, que ridiculizó en su célebre Sinfonía color de fresa en leche. Lugones, en sus últimos años, abjuró del modernismo sin apartarse del simbolismo. Son argumentos que invoco solo para argüir una distancia esencial entre José Eustasio Rivera y el modernismo, así como, de contera, entre José Eustasio Rivera y el posmodernismo, sin que ello perturbe su persistencia en la querencia simbolista. El empleo de un lenguaje enriquecido por las conquistas de la escuela francesa (rechazo de la representación directa, inclinación a lo puramente sugerido) es en él una práctica independiente de los hábitos de la fenecida escuela de Darío —­fenecida porque a pasos rápidos fue degenerando en epidemia—­ y para nada emparentable tampoco con los antagonismos que esta engendró.

Más lucrativo resulta, en cambio, explorar el posible parentesco entre Rivera y ciertos autores afines al simbolismo, pero enriquecidos por otras vertientes o experiencias. En especial, con el estilo plástico y nervioso del Kipling de The Jungle Book y de The Second Jungle Book, al cual lo aproxima el tema común de la selva. (No se olvide, por lo demás, la existencia de esas brillantes Barrack Room Ballads, que Kipling escribió en la jerga de los soldados, no menos pintoresca, sonora y vigorosa que la de los rumberos). O bien con los fuertes trazos estilísticos de un hispanoamericano como Horacio Quiroga, cuya filiación simbolista se evidenció inicialmente en diluidos poemas que firmaba Guillermo Enyhardt (el paciente del “mal del siglo” en Max Nordau), pero cuya propensión a un realismo lírico, muy próximo ya al de La vorágine, cristalizó en obras de madurez como Los desterrados. Quien conozca la correspondencia intercambiada entre Quiroga y Rivera (el primero llevaba diez años al segundo) y el interés que este puso en dar a conocer su novela al uruguayo, no dudará al menos de la posibilidad de una influencia directa del cronológicamente mayor sobre el cronológicamente menor. Faltaría averiguar qué crítico pueda todavía satisfacerse clasificando en el modernismo (o en cualquiera de sus derivaciones eventuales) esa parte final de la obra de Quiroga, que toma inspiración en las geografías semisalvajes del Chaco y de Misiones. No es ocioso recordar, en este punto, cómo el narrador sureño juzgó la novela del colombiano al modo de “un inmenso poema épico en el cual la selva tropical, con su ambiente, su clima, sus tinieblas, sus ríos, sus industrias y sus miserias, vibra con un pulso épico no alcanzado jamás en la literatura americana”.

“No empieces a escribir ­—se lee en el célebre Decálogo de Quiroga— sin saber desde la primera palabra adónde vas”. Creo que esta máxima la hizo suya Rivera y determina la estructura general de La vorágine, capital punto de discrepancia entre esta y la displicencia modernista. La escasa novela modernista parece fundarse estructuralmente, no en las lecciones de Stendhal, Flaubert o Maupassant, sino en las formas delicuescentes del Spleen de Paris de Baudelaire o de las narraciones de Wilde. (Apresurémonos a agregar que la excepción es, en este sentido, el muy vigoroso Valle ­Inclán). Rivera dista mucho de esa morosidad. Si sus aprendizajes simbolistas no le hubieran permitido descubrir, por la vía del verbo poético, el lenguaje inseparable del paisaje selvático, la modernidad de Rivera podría fundarse estrictamente en eso: en su capacidad de estructurar. La vorágine es, en semejante aspecto, como una fortaleza. El estilo, plástico y nervioso como el de Kipling o como el de Quiroga, está puesto al servicio de las tres grandes masas arquitectónicas en que se divide la acción: una, el relato de la fuga de Arturo y Alicia, así como el de la concordante de Franco y Griselda; otra, el de la explotación de los caucheros, en cuya relación ingresan, por lo demás, narradores paralelos o correlativos que apoyan la voz de Arturo Cova; y una tercera, que me complace llamar de las apoyaturas.

En música, se conoce como apoyatura el ornamento melódico consistente en una o varias notas que preceden inmediatamente a aquella a la cual afectan y de la cual toman su valor en la ejecución. En literatura, bien pudiera hablarse de apoyaturas estructurales que no solo soportan y ornamentan, sino que enriquecen la estructura capital. Tal sería el caso, sí, en La vorágine, de las voces relatoras secundarias (Helí Mesa, Clemente Silva, Ramiro Estévanez), pero ante todo el de ciertas subvoces que parecen prefigurar el relato total, entre las cuales colocaría yo en primerísimo término la historia de la indiecita Mapiripana, que traigo a colación, desde luego, trazando en la tierra una mariposa, con el dedo del corazón, “como exvoto propicio a la muerte y a los genios del bosque”. La superstición del pato gris, narrada por Arturo Cova como fruto de su estancia entre los guahíbos, o la visión de los árboles de la selva como “gigantes paralizados y que de noche platicaban y se hacían señas” y que “tenían deseos de escaparse con las nubes, pero la tierra los agarraba por los tobillos y les infundía la perpetua inmovilidad”, son otras piezas de la tercera estructura, que intentan contener a su continente, procedimiento ignorado hasta ese momento por la novela de lengua española y por la mayor parte de la novela universal.

Establecer a ciencia cierta cuántas y cuáles fueron las avanzadas colocadas por el postsimbolista Rivera (¿se­­ría esta la palabra que Neale-­Silva perseguía?) en rela­ción con el vago concepto de modernidad, pero en especial con la narrativa que habría de sucederle en América Latina, sería arduo propósito para este texto. Era seis años menor que Joyce y no llegó al monólogo interior, como tampoco hispanoamericano alguno, ni siquiera el chileno-­argentino Manuel Rojas, antes de 1930. No obstante, su penetración en esa otra selva irascible y omnívora que es el alma humana fue superior a la de cualquiera de sus predecesores hispanoamericanos, incluido Quiroga.

Arturo Cova, el fracasado, es modelo de creación psicológica, como lo es asimismo el desventurado Clemente Silva. “El destino implacable ­—dice el primero— me desarraigó de la prosperidad incipiente y me lanzó a las pampas, para que ambulara vagabundo, como los vientos, y me extinguiera como ellos sin dejar más que ruido y desolación”. No se trata, como en la literatura realista española (pienso en Galdós o en Baroja), de la mera creación de tipos, sino de auténticos personajes como los exigimos después de Dickens o de Dostoiewsky (o de Proust, ese otro postsimbolista).

También a José Eustasio Rivera, en otras esferas de su vida, habría sido posible, de no mediar su gran novela, juzgarlo hasta cierto punto un fracasado. Sobrino de tres generales de la República, pero hijo de un hombre de escasos recursos, de joven había deseado obtener el título de normalista, para consagrarse a la enseñanza; la aspiración se truncó por obra de una espantable jaqueca que, sin explicación y dejándolo por momentos sumido en la inconsciencia, habría de acompañarlo a intervalos por todo el resto de su vida. La posterior carrera de las leyes, en la cual jamás descolló, le sirvió, sin embargo, para investigar ­—con destino a La vorágine y como litigante en la indómita zona de los Llanos Orientales— el trato que se daba a los trabajadores a sueldo de compañías extranjeras. Es fama cómo, hacia 1920, mientras representaba al señor José Nieto en la sucesión de Jacinto Estévez, decidió en algún momento apoderar a su contraparte, la señora Josefa de Oropeza, por estimar fundados sus reclamos, empresa justiciera que lo condujo a perder su primer pleito. Los triunfos que creía haber logrado como autor de irreprochables poemas, quedaron injustamente cuestionados, en 1921, por la saña con que los vapulearon el poeta Eduardo Castillo y un tal Manuel Antonio Bonilla. Un poco por dejar de sentirse un ser desarraigado e injustificado, recaló en la diplomacia, lo cual le permitió integrarse a la comisión demar­cadora de límites entre Colombia, Brasil, Venezuela y Perú. El brillante papel que en ella desempeñó jamás le fue reconocido; posteriormente, encabezó un debate en el Congreso contra el ministro de Relaciones, por el desamparo en que había dejado a la comisión, pero el organismo colegiado prefirió absolver al alto funcionario desdeñando los argumentos de Rivera. En ejercicio del cometido limítrofe, vivió y se compenetró en cuerpo y alma con la selva virgen, experiencia que lo indujo a hacer de su novela, que había iniciado en Sogamoso un tiempo atrás, la mejor relación que se conozca sobre el particular. En marzo de 1928, a cuatro años ya de su publicación, viajó a Cuba para representar a su país en un Congreso Internacional de Inmigración y Emigración. Concluido este, se trasladó a Nueva York con el ánimo de fundar una quimérica Editorial Andes, destinada a divulgar las letras colombianas, y para contratar la traducción al inglés de La vorágine. Acaso por infligirle un naufragio más, la muerte lo abatió alevemente allí el día primero de diciembre, sin que se conozca la causa clínica, en momentos en que la gloria literaria parecía desbrozarle el camino vital. Esa interrupción definitiva, que amputaba una carrera ya recompensada por la fama internacional (pronto vendrían las traducciones a otras lenguas, las primeras de ellas el inglés y el ruso, luego el portugués), había sido presentida por él. En su juventud, había escrito:

Loco gasté mi juventud lozana

en subir a la cumbre prometida

y hoy que llego diviso la salida

del sol, en otra cumbre más lejana.

Aquí donde la gloria se engalana

hallo solo una bruma desteñida;

y me siento a llorar porque mi vida

ni del pasado fue... ni del mañana.

¡No haber amado! ¡Coronar la altura

y ver que se engañaba mi locura!

El verde gajo que laurel se nombra

ya de mis sienes abatidas rueda,

y aunque el sol busco aún, solo me queda

tiempo para bajar hacia la sombra.

Y, en el soneto Vindel, tras reseñar el desvío de la amada:

Y otras vendrán, y en todas perderé lo que espero.

Por fin, solo, una tarde, sentado en mi sendero

esperaré la novia de velo y antifaz,

pensando en ti, con ella celebraré mis bodas,

y marcharemos luego, como lo hicieron todas,

por la ruta que nadie desanduvo jamás.

Una última cualidad quisiera resaltar en esa que llamaría orgía de modernidad que es La vorágine: la capacidad de realizar una denuncia sin caer en el moralismo. Rivera nos muestra en ella las injusticias en que incurrían las empresas extranjeras que explotaban a nuestros caucheros, pero sin desplazarse jamás hacia el discurso ideológico ni apartarse, no ya del rigor literario, sino ni siquiera del más exigente rigor estético. Practica, pues, una virtud que ya hubiesen apetecido, así fuera en nimio grado, los relatores de nuestra violencia política de treinta años más tarde. En Rivera, pese a inevitables giros y enclíticos de época, un investigador actual hallará, además, la exactitud estilística, en el epíteto sobre todo, que aún sería de desear en numerosos autores de nuestros días. Quienes, por los tiempos de la publicación de su única novela, creyeron ver en ella la prolongación del estilista un tanto parnasiano de Tierra de promisión, tuvieron ante sus ojos e ignoraron el esfuerzo de un escritor por traducir en una prosa poética pero estricta el torbellino del trópico, sus azares e iniquidades, a través de un proceso que, sin duda, implicó secretos desgarramientos y renunciaciones.

Germán Espinosa

Bogotá, 1999

Prólogo

Señor Ministro:

De acuerdo con los deseos de S. S. he arreglado para la publicidad los manuscritos de Arturo Cova, remitidos a ese Ministerio por el Cónsul de Colombia en Manaos.

En esas páginas respeté el estilo y hasta las incorrecciones del infortunado escritor, subrayando únicamente los provincianismos de más carácter.

Creo, salvo mejor opinión de S. S., que este libro no se debe publicar antes de tener más noticias de los caucheros colombianos del Río Negro o Guainía; pero si S. S. resolviere lo contrario, le ruego que se sirva comunicarme oportunamente los datos que adquiera para adicionarlos a guisa de epílogo.

Soy de S. S. muy atento servidor,

José Eustasio Rivera

«... Los que un tiempo creyeron que mi inteligencia irradiaría extraordinariamente, cual una aureola de mí juventud; los que se olvidaron de mí apenas mi planta descendió al infortunio; los que al recordarme alguna vez piensen en mi fracaso y se pregunten por qué no fui lo que pude haber sido, sepan que el destino implacable me desarraigó de la prosperidad incipiente y me lanzó a las pampas, para que ambulara vagabundo, como los vientos, y me extinguiera como ellos sin dejar más que ruido y desolación».

(Fragmento de la carta de Arturo Cova)

Primera parte

Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me encendiera espiritualmente; para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.

Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos —­tediosos de libertad— se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón.

Alicia fue un amorío fácil: se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me denunció los planes arteros. Yo moriré sola, decía: mi desgracia se opone a tu porvenir.

Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y el juez le declaró a mi abogado que me hundiría en la cárcel, le dije una noche, en su escondite, resueltamente: «¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor».

¡Y huimos!

*

Aquella noche, la primera de Casanare, tuve por confidente al insomnio.

Al través de la gasa del mosquitero, en los cielos ilímites, veía parpadear las estrellas. Los follajes de las palmeras que nos daban abrigo enmudecían sobre nosotros. Un silencio infinito flotaba en el ámbito, azulando la transparencia del aire. Al lado de mi chinchorro, en su angosto catrecillo de viaje, Alicia dormía con agitada respiración.

Mi ánima atribulada tuvo entonces reflexiones agobiadoras: ¿Qué has hecho de tu propio destino? ¿Qué de esta jovencita que inmolas a tus pasiones? ¿y tus sueños de gloria, y tus ansias de triunfo, y tus primicias de celebridad? ¡Insensato! El lazo que a las mujeres te une, lo anuda el hastío. Por orgullo pueril te engañaste a sabiendas, atribuyéndole a esta criatura lo que en ninguna otra descubriste jamás, y ya sabías que el ideal no se busca; lo lleva uno consigo mismo. Saciado el antojo, ¿qué mérito tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste? Porque el alma de Alicia no te ha pertenecido nunca, y aunque ahora recibas el calor de su sangre y sientas su respiro cerca de tu hombro, te hallas, espiritualmente, tan lejos de ella como de la constelación taciturna que ya se inclina sobre el horizonte.

En aquel momento me sentí pusilánime. No era que mi energía desmayara ante la responsabilidad de mis actos, sino que empezaba a invadirme el fastidio de la manceba. Poco empeño hubiera sido poseerla, aun a trueque de las mayores locuras; pero ¿después de las locuras y de la posesión?...

Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas. El instinto de la aventura me impelía a desafiarlas, seguro de que saldría ileso de las pampas libérrimas y de que alguna vez, en desconocidas ciudades, sentiría la nostalgia de los pasados peligros. Pero Alicia me estorbaba como un grillete. ¡Si al menos fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La pobre salió de Bogotá en circunstancias aflictivas; no sabía montar a caballo, el rayo del sol la congestionaba, y cuando a trechos prefería caminar a pie, yo debía imitarla pacientemente, cabestreando las cabalgaduras.

Nunca di pruebas de mansedumbre semejante. Yendo fugitivos, avanzábamos lentamente, incapaces de torcer la vía para esquivar el encuentro con los transeúntes, campesinos en su mayor parte, que se detenían a nuestro paso interrogándome conmovidos: Patrón, ¿por qué va llorando la niña?

Era preciso pasar de noche por Cáqueza, en previsión de que nos detuvieran las autoridades. Varias veces intenté romper el alambre del telégrafo, enlazándolo con la soga de mi caballo; pero desistí de tal empresa por el deseo íntimo de que alguien me capturara y, librándome de Alicia, me devolviera esa libertad del espíritu que nunca se pierde en la reclusión. Por las afueras del pueblo pasamos a prima noche, y desviando luego hacia la vega del río, entre cañaverales ruidosos que nuestros jamelgos descogollaban al pasar, nos guarecimos en una enramada donde funcionaba un trapiche. Desde lejos lo sentimos gemir, y por el resplandor de la hornilla donde se cocía la miel cruzaban intermitentes las sombras de los bueyes que movían el mayal y del chicuelo que los aguijaba. Unas mujeres aderezaron la cena y le dieron a Alicia un cocimiento de yerbas para calmarle la fiebre.

Allí permanecimos una semana.

*

El peón que envié a Bogotá a caza de noticias, me las trajo inquietantes. El escándalo ardía, avivado por las murmuraciones de mis malquerientes; comentábase nuestra fuga y los periódicos usufructuaban el enredo. La carta del amigo a quien me dirigí pidiéndole su intervención, tenía este remate: «¡Los prenderán! No te queda más refugio que Casanare. ¿Quién podría imaginar que un hombre como tú busque el desierto?». Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por huéspedes sospechosos. La dueña de casa le había preguntado si éramos hermanos, esposos legítimos o meros amigos, y la instó con zalemas a que le mostrara algunas de las monedas que hacíamos, caso de que las fabricáramos, «en lo que no había nada de malo, dada la tirantez de la situación». Al siguiente día partimos antes del amanecer.

­¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor regresar?

—¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que te canso! ¿para qué me trajiste? Porque la idea partió de ti. ¡Vete, déjame! ¡Ni tú ni Casanare merecen la pena!

Y de nuevo se echó a llorar.

El pensamiento de que la infeliz se creyera desamparada me movió a tristeza, porque ya me había revelado el origen de su fracaso. Querían casarla con un viejo terrateniente en los días que me conoció. Ella se había enamorado, cuando impúber, de un primo suyo, paliducho y enclenque, con quien estaba en secreto comprometida; luego aparecí yo, y alarmado el vejete por el riesgo de que le birlara la prenda, multiplicó las cuantiosas dádivas y estrechó el asedio, ayudado por la parentela entusiástica. Entonces Alicia, buscando la liberación, se lanzó a mis brazos.

Mas no había pasado el peligro: el viejo, a pesar de todo, quería casarse con ella.

­—¡Déjame! —­repitió, arrojándose del caballo—­. ¡De ti no quiero nada! ¡Me voy a pie, a buscar por estos caminos un alma caritativa! ¡Infame! Nada quiero de ti.

Yo que he vivido lo suficiente para saber que no es cuerdo replicarle a una mujer airada, permanecí mudo, agresivamente mudo, en tanto que ella, sentada en el césped, con mano convulsa arrancaba puñados de yerba...

­—Alicia, esto me prueba que no me has querido nunca.

­—¡Nunca!

Y volvió los ojos a otra parte.

Quejose luego del descaro con que la engañaba:

­—¿Crees que no advertí tus persecuciones a la muchacha de allá abajo? ¡Y tanto disimulo para seducirla! Y alegarme que la demora obedecía a quebrantos de mi salud. Si esto es ahora, ¿qué no será después? ¡Déjame! ¡A Casanare, jamás, y contigo, ni al cielo!

Este reproche contra mi infidelidad me ruborizó. No sabía qué decir. Hubiera deseado abrazar a Alicia, agradeciéndole sus celos con un abrazo de despedida. Si quería que la abandonara, ¿tenía yo la culpa?

Y cuando me desmontaba a improvisar una explicación, vimos descender por la pendiente un hombre que galopaba en dirección a nosotros. Alicia, conturbada, se agarró de mi brazo.

El sujeto, apeándose a corta distancia, avanzó con el hongo en la mano.

­—Caballero, permítame una palabra.

—¿Yo? —­repuse con voz enérgica.

­—Sí, sumercé. —­Y terciándose la ruana me alargó un papel enrollado—­. Es que lo manda notificar mi padrino.

­—¿Quién es su padrino?

­—Mi padrino el alcalde.

­—Esto no es para mí ­—dije, devolviendo el papel, sin haberlo leído.

­—¿No son, pues, susmercedes los que estuvieron en el trapiche?

­—Absolutamente. Voy de Intendente a Villavicencio, y esta señora es mi esposa.

Al escuchar tales afirmaciones, permaneció indeciso.

­—Yo creí ­—balbució— que eran susmercedes los acuñadores de monedas. De la ramada estuvieron mandando razón al pueblo para que la autoridad los apañara, pero mi padrino estaba en su hacienda, pues solo abre la Alcaldía los días de mercado. Recibió también varios telegramas, y como ahora soy comisario único...

Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que acercara el caballo de la señora. Alicia, para ocultar su palidez, velose el rostro con la gasa del sombrero. El importuno nos veía partir sin pronunciar palabra. Mas, de repente, montó en su yegua, y acomodándose en la enjalma que le servía de montura, nos flanqueó sonriendo.

­—Sumercé, firme la notificación para que mi padrino vea que cumplí. Firme como intendente.

­—¿Tiene usted una pluma?

­—No, pero adelante la conseguimos. Es que, de lo contrario, el alcalde me archiva.

­—¿Cómo así? ­—respondile sin detenerme.

­—Ojalá sumercé me ayude, si es cierto que va de empleado. Tengo el inconveniente de que me achacan el robo de una novilla y me trajeron preso, pero mi padrino me dio el pueblo por cárcel; y luego, a falta de comisario, me hizo el honor a mí. Yo me llamo Pepe Morillo Nieto, y por mal nombre me dicen Pipa.

El cuatrero, locuaz, caminaba a mi diestra relatando sus padecimientos. Pidiome la maleta de la ropa y la atravesó en la enjalma, sobre sus muslos, cuidando de que no se cayera.

—No tengo —­dijo— con qué comprar una ruana decente, y la situación me ha reducido a vivir descalzo. Aquí donde susmercedes me ven, este sombrero tiene más de dos años, y lo saqué de Casanare.

Alicia, al oír esto, volvió hacia el hombre los ojos asustadizos.

­—¿Ha vivido usted en Casanare? —­le preguntó.

­—Sí, sumercé, y conozco el Llano y las caucherías del Amazonas. Mucho tigre y mucha culebra he matado con la ayuda de Dios.

A la sazón encontrábamos arrieros que conducían sus recuas. El Pipa les suplicaba:

­—Háganme el bien y me prestan un lápiz para una firmita.

­—No «cargamos» eso.

­—Cuidado con hablarme de Casanare en presencia de la señora ­—le dije en voz baja—­. Siga usted conmigo, y en la primera oportunidad me da a solas los informes que puedan ser útiles al intendente.

El dichoso Pepe habló cuanto pudo, derrochando hipérboles. Pernoctó con nosotros en las cercanías de Villavicencio, convertido en paje de Alicia, a quien distraía con su verba. Y esa noche se picureó, robándose mi caballo ensillado.

*

Mientras mi memoria se empeñaba con estos recuerdos, una claridad rojiza se encendió de súbito. Era la fogata de insomne reflejo, colocada a pocos metros de los chinchorros para conjurar el acecho del tigre y otros riesgos nocturnos. Arrodillado ante ella como una divinidad, don Rafo la soplaba con su resuello.

Entretanto continuaba el silencio en las melancólicas soledades, y en mi espíritu penetraba una sensación de infinito que fluía de las constelaciones cercanas.

Y otra vez volví a recordar. Con la hora desvanecida se había hundido irremediablemente la mitad de mi ser, y ya debía iniciar una nueva vida, distinta de la anterior, comprometiendo el resto de mi juventud y hasta la razón de mis ilusiones, porque cuando reflorecieran ya no habría quizás a quién ofrendarlas o dioses desconocidos ocuparían el altar a que se destinaron. Alicia pensaría lo mismo, y de esta suerte, al par que me servía de remordimiento, era el lenitivo de mi congoja, la compañera de mi pesar, porque ella iba también, como la semilla en el viento, sin saber adónde y miedosa de la tierra que la esperaba:

Indudablemente, era de carácter apasionado: de su timidez triunfaba a ratos la decisión que imponen las cosas irreparables. Dolíase otras veces de no haberse tomado un veneno. Aunque no te ame como quieres, decía, ¿dejarás de ser para mí el hombre que me sacó de la inexperiencia para entregarme a la desgracia? ¿cómo podré olvidar el papel que has desempeñado en mi vida? ¿cómo podrás pagarme lo que me debes? No será enamorando a las campesinas de las posadas ni haciéndome ansiar tu apoyo para abandonarme después. Pero si esto es lo que piensas, no te alejes de Bogotá, porque ya me conoces. ¡Tú responderás!

—¿Y sabes que soy ridículamente pobre?

­—Demasiado me lo repitieron cuando me visitabas. El amparo que ahora te pido no es el de tu dinero, sino el de tu corazón.

—­¿Por qué me imploras lo que me apresuré a ofrecerte de manera espontánea? Por ti dejé todo, y me lancé a la aventura, cualesquiera que fuesen los resultados. ¿Pero tendrás valor de sufrir y confiar?

­—¿No hice por ti todos los sacrificios?

­—Pero le temes a Casanare.

—Le temo por ti.

­—¡La adversidad es una sola, y nosotros seremos dos!

Tal fue el diálogo que sostuvimos en la casucha de Villavicencio la noche que esperábamos al Jefe de la Gendarmería. Era este un quídam semicano y rechoncho, vestido de kaki, de bigotes ariscos y aguardentosa catadura.

—­Salud, señor —­le dije en tono despectivo cuando apoyó su sable en el umbral.

­—¡Oh, poeta! Esta chica es digna hermana de las nueve musas. ¡No sea egoísta con los amigos!

Y me echó su tufo de anetol en la cara.

Frotándose contra el cuerpo de Alicia al acomodarse en el banco, resopló, asiéndola de las muñecas:

—­¡Qué pimpollo! ¿ya no te acuerdas de mí? ¡Soy Gámez y Roca, el general Gámez y Roca! Cuando eras pequeña solía sentarte en mis rodillas.

Y probó a sentarla de nuevo. Alicia, inmutada, estalló:

—­¡Atrevido, atrevido! ­—Y lo empujó lejos.

­—¿Qué quiere usted? —­gruñí cerrando las puertas. Y lo degradé con un salivazo.

­—Poeta, ¿qué es esto? ¿corresponde así a la hidalguía de quien no quiere echarlo a prisión? ¡Déjeme la muchacha, porque soy amigo de sus papás y en Casanare se le muere! Yo le guardaré la reserva. ¡El cuerpo del delito para mí, para mí! ¡Déjemela para mí!

Antes que terminara, con esguince colérico le zafé a Alicia uno de sus zapatos y lanzando al hombre contra el tabique, lo acometí a golpes de tacón en el rostro y en la cabeza. El borracho, tartamudeante, se desplomó sobre los sacos de arroz que ocupaban el ángulo de la sala.

Allí roncaba media hora después, cuando Alicia, don Rafo y yo huimos en busca de las llanuras intérminas.

*

—Aquí está el café —­dijo don Rafo, parándose delante del mosquitero—­. Despabílense, niños, que estamos en Casanare.­

Alicia nos saludó con tono cordial y ánimo limpio:

­—¿Ya quiere salir el sol?

­—Tarda todavía: el carrito de estrellas apenas va llegando a la loma. —Y nos señaló don Rafo la cordillera diciendo—: ­Despidámonos de ella, porque no la volveremos a ver. Solo quedan llanos, llanos y llanos.

Mientras apurábamos el café, nos llegaba el vaho de la madrugada, un olor a pajonal fresco, a surco removido, a leños recién cortados, y se insinuaban leves susurros en los abanicos de los moriches. A veces, bajo la transparencia estelar, cabeceaba alguna palmera humillándose hacia el oriente. Un regocijo inesperado nos henchía las venas, a tiempo que nuestros espíritus, dilatados como la pampa, ascendían agradecidos de la vida y de la creación.

­—Es encantador Casanare —­repetía Alicia—­. No sé por qué milagro, al pisar la llanura, aminoró la zozobra que me inspiraba.

—­Es que ­—dijo don Rafo— esta tierra lo alienta a uno para gozarla y para sufrirla. Aquí hasta el moribundo ansía besar el suelo en que va a podrirse. Es el desierto, pero nadie se siente solo: son nuestros hermanos el sol, el viento y la tempestad. Ni se les teme ni se les maldice.

Al decir esto, me preguntó don Rafo si era tan buen jinete como mi padre, y tan valeroso en los peligros.

—Lo que se hereda no se hurta —­respondí jactancioso, en tanto que Alicia, con el rostro iluminado por el fulgor de la hoguera, sonreía confiada.

Don Rafo era mayor de sesenta años y había sido compañero de mi padre en alguna campaña. Todavía conservaba ese aspecto de dignidad que denuncia a ciertas personas venidas a menos. La barba canosa, los ojos tranquilos, la calva luciente, convenían a su estatura mediana, contagiosa de simpatía y de benevolencia. Cuando oyó mi nombre en Villavicencio y supo que sería detenido, fue a buscarme con la buena nueva de que Gámez y Roca le había jurado interesarse por mí. Desde nuestra llegada hizo compras para nosotros, atendiendo los encargos de Alicia. Ofrecionos ser nuestro baquiano de ida y de regreso, y que a su vuelta de Arauca llegaría a buscarnos al hato de un cliente suyo, donde permaneceríamos alojados unos meses.

Casualmente hallábase en Villavicencio de salida para Casanare. Después de su ruina, viudo y pobre, les cogió apego a los Llanos, y con dinero de su yerno los recorría anualmente, como ganadero y mercader ambulante al por menor. Nunca había comprado más de cincuenta reses, y entonces arreaba unos caballejos hacia las fundaciones del bajo Meta y dos mulas cargadas de baratijas.

—­¿Se reafirma usted en la confianza de que estamos ya libres de las pesquisas del general?

­—Sin duda alguna.

—¡Qué susto me dio ese canalla! ­—comentó Alicia—­. Piensen ustedes que yo temblaba como azogue. ¡Y aparecerse a la medianoche! ¡Y decir que me conocía! Pero se llevó su merecido.

Don Rafo tributó a mi osadía un aplauso feliz; ¡era yo el hombre para Casanare!

Mientras hablaba, iba desmaneando las bestias y poniéndoles los cabezales. Ayudábale yo en la faena, y pronto estuvimos listos para seguir la marcha. Alicia, que nos alumbraba con una linterna, suplicó que esperásemos a salida del sol.

­—¿Conque el mentado Pipa es un zorro llanero? —­pregunté a don Rafo.

­—El más astuto de los salteadores: varias veces prófugo, tras curar sus fiebres en los presidios, vuelve con mayores arrestos a ejercer la piratería. Ha sido capitán de indios salvajes, sabe idiomas de varias tribus y es boga y vaquero.

­—Y tan disimulado y tan hipócrita y tan servil ­—apuntaba Alicia.

­—Tuvieron ustedes la fortuna de que les robara una sola bestia. Por aquí andará...

Alicia me miraba nerviosa, pero calmó sus preocupaciones con las anécdotas de don Rafo.

Y la aurora surgió ante nosotros: sin que advirtiéramos el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera muselina. Las estrellas se adormecieron, y en la lontananza de ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio, una pincelada violenta, un coágulo de rubí. Bajo la gloria del alba hendieron el aire los patos chillones, las garzas morosas como copos flotantes, los loros esmeraldinos de tembloroso vuelo, las guacamayas multicolores. Y de todas partes, del pajonal y del espacio, del estero y de la palmera, nacía un hálito jubiloso que era vida, era acento, claridad y palpitación. Mientras tanto, en el arrebol que abría su palio inconmensurable, dardeó el primer destello solar, y, lentamente, el astro, inmenso como una cúpula, ante el asombro del toro y la fiera, rodó por las llanuras, enrojeciéndose antes de ascender al azul.

Alicia, abrazándome llorosa y enloquecida, repetía esta plegaria:

—¡Dios mío, Dios mío! ¡El sol, el sol!

Luego, nosotros, prosiguiendo la marcha, nos hundimos en la inmensidad.

*

Poco a poco el regocijo de nuestras lenguas fue cediendo al cansancio. Habíamos hecho copiosas preguntas que don Rafo atendía con autoridad de conocedor. Ya sabíamos lo que era una mata, un caño, un zural, y por fin Alicia conoció los venados. Pastaban en un estero hasta media docena, y al ventearnos enderezaron hacia nosotros las orejas esquivas.

­—No gaste usted los tiros del revólver ­—ordenó don Rafo­—. Aunque vea los bichos cerca, están a más de quinientos metros. Fenómenos de la región.

Dificultábase la charla, porque don Rafo iba de puntero, llevando de diestro una bestia, en pos de la cual trotaban las otras en los pajonales retostados. El aire caliente fulgía como lámina de metal, y bajo el espejo de la atmósfera, en el ámbito desolado, insinuábase a lo lejos la masa negruzca de un monte. Por momentos se oía la vibración de la luz.

Con frecuencia me desmontaba para refrescar las sienes de Alicia, frotándolas con un limón verde. A guisa de quitasol llevaba sobre el sombrero una chalina blanca, cuyos extremos empapaba en llanto cada vez que la afligía el recuerdo del hogar. Aunque yo fingía no reparar en sus lágrimas, inquietábame el tinte de sus arreboladas mejillas, miedoso de la congestión. Mas imposible sestear bajo la intemperie asoleada: ni un árbol, ni una gruta, ni una palmera.

—­¿Quieres descansar? —­le proponía preocupado; y sonriendo me respondía:

­—¡Cuando lleguemos a la sombra! ¡Pero cúbrete el rostro, que la resolana te tuesta!

Hacia la tarde, parecían surgir en el horizonte ciudades fantásticas. Las ponentinas matas de monte provocaban el espejismo, perfilando en el cielo penachos de palmeras, por sobre cúpulas de ceibas y copeyes, cuyas floraciones de bermellón evocaban manchas de tejados.

Los caballos que iban sueltos, orientándose en la llanura, empezaron a galopar a considerable distancia de nosotros.

­—Ya ventearon el bebedero ­—observó don Rafo—­. No llegaremos a la mata antes de media hora; pero allí calentaremos el bastimento.

Rodeaban el monte pantanos inmundos, de flotante lama, cuya superficie recorrían avecillas acuáticas que chillaban balanceando la cola. Después de un gran rodeo, y casi por opuesto lado, penetramos en la espesura, costeando el tremedal, donde abrevábanse las caballerías que iba yo maneando en la sombra. Limpió don Rafo con el machete las malezas cercanas a un árbol enorme, agobiado por festones amarillentos, de donde llovían, con espanto de Alicia, gusanos inofensivos y verdosos. Puesto el chinchorro, lo cubrimos con el amplio mosquitero para defenderla de las abejas que se le enredaban en los rizos, ávidas de chuparle el sudor. Humeó luego la hoguera consoladora y nos devolvió la tranquilidad.

Metía yo al fuego la leña que me aventaba don Rafo, mientras Alicia me ofrecía su ayuda.

­—Esos oficios no te corresponden a ti.

­—¡No me impacientes, ya ordené que descanses, y debes obedecer!

Resentida por mi actitud, empezó a mecerse, al impulso que su pie le imprimía al chinchorro. Mas cuando fuimos a buscar agua, me rogó que no la dejara sola.

—Ven, si quieres —­le dije­. Y siguió tras de nosotros por una trocha enmalezada.

La laguneta de aguas amarillosas estaba cubierta de hojarasca. Por entre ellas nadaban unas tortuguitas llamadas galápagos, asomando la cabeza rojiza; y aquí y allí los caimanejos nombrados cachirres exhibían sobre la nata del pozo los ojos sin párpados. Garzas meditabundas, sostenidas en un pie, con picotazo repentino arrugaban la charca tristísima, cuyas evaporaciones maléficas flotaban bajo los árboles como velo mortuorio. Partiendo una rama, me incliné para barrer con ella las vegetaciones acuátiles, pero don Rafo me detuvo, rápido como el grito de Alicia. Había emergido bostezando para atraparme, una serpiente güío, corpulenta como una viga, que a mis tiros de revólver se hundió removiendo el pantano y rebasándolo en las orillas.

Y regresamos con los calderos vacíos.

Presa del pánico, Alicia se reclinó temerosa bajo el mosquitero. Tuvo vahídos, pero la cerveza le aplacó las náuseas. Con espanto no menor, comprendí lo que le pasaba, y, sin saber cómo, abrazando a la futura madre, lloré todas mis desventuras.

*

Al verla dormida, me aparté con don Rafael, y sentándonos sobre una raíz de árbol, escuché sus consejos inolvidables: No convenía, durante el viaje, advertirla del estado en que estaba, pero debía rodearla de todos los cuidados posibles. Haríamos jornadas cortas y regresaríamos a Bogotá antes de tres meses. Allí las cosas cambiarían de aspecto.

Por lo demás, los hijos, legítimos o naturales, tenían igual procedencia y se querían lo mismo. Cuestión del medio. En Casanare así acontecía.

Él ambicionó en un tiempo hacer un matrimonio brillante, pero el destino le marcó una ruta imprevista: la joven con quien vivía en aquel entonces llegó a superar a la esposa soñada, pues, juzgándose inferior, se adornaba con modestia y siempre se creyó deudora de un exceso de bien. De esta suerte, él fue más feliz en el hogar que su hermano, cuya compañera, esclava de los pergaminos y de las mentiras sociales, le inspiró el horror a las altas familias, hasta que regresó a la sencillez favorecido por el divorcio.

No había que retroceder en la vida ante ningún conflicto, pues solo afrontándolos de cerca se ve si tienen remedio. Era verdad que preveía el escándalo de mis parientes si me echaba a cuestas a Alicia o la conducía al altar. Mas no había que mirar tan lejos, porque los temores van más allá de las posibilidades. Nadie me aseguraba que había nacido para casado, y aunque así fuera, ¿quién podría darme una esposa distinta de la señalada por mi suerte? Y Alicia, ¿en qué desmerecía? ¿No era inteligente, bien educada, sencilla y de origen honesto?

¿En qué código, en qué escritura, en qué ciencia había aprendido yo que los prejuicios priman sobre las realidades? ¿por qué era mejor que otros, sino por mis obras? El hombre de talento debe ser como la muerte, que no reconoce categorías.

¿Por qué ciertas doncellas me parecían más encumbradas? ¿Acaso por irreflexivo consentimiento del público que me contagiaba su estulticia; acaso por el lustre de la riqueza? Pero esta, que suele nacer de fuentes oscuras, ¿no era también relativa? ¿No resultaban misérrimos nuestros potentados en parangón con los de fuera? ¿No llegaría yo a la dorada medianía, a ser relativamente rico? En este caso, ¿qué me importarían los demás, cuando vinieran a buscarme con el incienso? Usted solo tiene un problema sumo, a cuyo lado huelgan todos los otros: adquirir dinero para sustentar la modestia decorosamente. El resto viene por añadidura.

Callado, escarmenaba mentalmente las razones que oía, separando la verdad de la exageración.

­—Don Rafa ­—le dije—­, yo miro las cosas por otro aspecto, pues las conclusiones de usted, aunque fundadas, no me preocupan ahora: están en mi horizonte, pero están lejos. Respecto de Alicia, el más grave problema lo llevo yo, que sin estar enamorado vivo como si lo estuviera, supliendo mi hidalguía lo que no puede dar mi ternura, con la convicción íntima de que mi idiosincrasia caballeresca me empujará hasta el sacrificio, por una dama que no es la mía, por un amor que no conozco.

Fama de rendido galán gané en el ánimo de muchas mujeres, gracias a la costumbre de fingir, para que mi alma se sienta menos sola. Por todas partes fui buscando en qué distraer mi inconformidad, e iba de buena fe, anheloso de renovar mi vida y de rescatarme a la perversión; pero dondequiera que puse mi esperanza hallé lamentable vacío, embellecido por la fantasía y repudiado por el desencanto. Y así, engañándome con mi propia verdad, logré conocer todas las pasiones y sufro su hastío, y prosigo desorientado, caricatureando el ideal para sugestionarme con el pensamiento de que estoy cercano a la redención. La quimera que persigo es humana, y bien sé que de ella parten los caminos para el triunfo, para el bienestar y para el amor. Mas han pasado los días y se va marchitando mi juventud sin que mi ilusión reconozca su derrotero; y viviendo entre mujeres sencillas, no he encontrado la sencillez, ni entre las enamoradas el amor, ni la fe entre las creyentes. Mi corazón es como una roca cubierta de musgo, donde nunca falta una lágrima. ¡Hoy me ha visto usted llorar, no por flaqueza de ánimo, que bastante rencor le tengo a la vida; lloré por mis aspiraciones engañadas, por mis ensueños desvanecidos, por lo que no fui, por lo que ya no seré jamás!

Paulatinamente iba levantando la voz y comprendí que Alicia estaba despierta. Me acerqué cauteloso y la sorprendí en actitud de escuchar.

­—¿Qué quieres? ­—le dije. Y su silencio me desconcertó.

Fue preciso continuar la marcha hasta el morichal vecino, según decisión de don Rafo, porque la mata era peligrosa en extremo: a muchas leguas en contorno, solo en ella encontraban agua los animales y de noche acudían las fieras. Salimos de allí, paso a paso, cuando la tarde empezó a suspirar, y bajo los últimos arreboles nos preparamos para la queda. Mientras don Rafo encendía fuego, me retiré por los pajonales a amarrar los caballos. La brisa del anochecer refrescaba el desierto, y de repente, en intervalos desiguales, llegó a mis oídos algo como un lamento de mujer. Instintivamente pensé en Alicia, que acercándose me preguntaba:

­—¿Qué tienes? ¿Qué tienes?

Reunidos después, sentíamos la sollozante quejumbre, vueltos hacia el lado de donde venía, sin que acertáramos a descifrar el misterio; una palmera de macanilla, fina como un pincel, obedeciendo a la brisa, hacía llorar sus flecos en el crepúsculo.

*

Ocho días después divisamos la fundación de La Maporita. La laguna próxima a los corrales se doraba al sol. Unos mastines enormes vinieron a nuestro encuentro, con ladridos desaforados, y nos dispersaron las bestias. Frente al tranquero de la entrada, donde se asoleaba un bayetón rojo, exclamó don Rafo, empinándose en los estribos:

­—¡Alabado sea Dios!

—...Y su madre santísima ­respondió una voz de mujer.

­—¿No hay quién venga a espantar estos perros?

­—Ya va.

­—¿La Niña Griselda?

—En el caño.

Complacidos observábamos el aseo del patio, lleno de caracuchos, siemprevivas, habanos, amapolas y otras plantas del trópico. Alrededor de la huerta daban fresco los platanales, de hojas susurrantes y rotas, dentro de la cerca de guadua que protegía la vivienda, en cuyo caballete lucía sus resplandores un pavo real.

Por fin, una mulata decrépita asomó a la puerta de la cocina, enjugándose las manos con el ruedo de las enaguas.

—­!Chite, uise! —­gritó tirando una cáscara a las gallinas que escarbaban la era—­. Prosigan, que la niña Griselda se ta bañando. ¡Los perros no muerden, ya mordieron!

Y volvió a sus quehaceres.

Sin testigos, ocupamos el cuarto que servía de sala, en donde no había otro menaje que dos chinchorros, una barbacoa, dos banquetas, tres baúles y una máquina Singer. Alicia, sofocada, se mecía ponderando el cansancio, cuando entró la niña Griselda, descalza, con el chingue al brazo, el peine en la crencha y los jabones en una totuma.

­—Perdone usted —­le dijimos.

­—Tienen a sus órdenes el rancho y la persona. ¡Ah!, ¿también vino don Rafael? ¿Qué hace en la ramáa?

Y saliendo al patio, le decía familiarmente:

­—Trascordao, ¿se le volvió a olvidá el cuaerno? Estoy entigrecía contra usté. No me salga con esas, porque peleamos.

Era una hembra morena y fornida, ni alta ni pequeña, de cara regordeta y ojos simpáticos. Se reía enseñando los dientes anchos y albísimos, mientras que con mano hacendosa exprimía los cabellos goteantes sobre el corpiño desabrochado. Volviéndose a nosotros interrogó:

—¿Ya les trajeron café?

­—Se pone usted en molestias...

—­Tiana, Bastiana, ¿qué hubo?

Y sentándose en el chinchorro al lado de Alicia, preguntábale si los diamantes de sus zarcillos eran «legales» y si traía otros para vender.

­—Señora, si le gustan...

—­Se los cambio por esa máquina.

­—Siempre avispada para el negocio ­—galanteó don Rafo.

­—¡Naa! Es que nos estamos recogiendo pa dejá la tierra.

Y con el acento cálido refirió que Barrera había venido a llevar gente para las caucherías del Vichada.

­—Es la ocasión de mejorá: dan alimentación y cinco pesos por día. Así se lo he dicho a Franco.

—¿Y qué Barrera es el enganchador? ­—preguntó don Rafo.

­—Narciso Barrera, que ha treido mercancías y morrocotas pa da y convidá.

­—¿Se creen ustedes de esa ficha?

­—Cáyese, don Rafo. ¡Cuidado con desanimá a Fidel! ¡Si le ta ofreciendo plata anticipáa y no se resuelve a dejá este pejugal! ¡Quere ma a las vacas que a la mujé! Y eso que nos cristianamos en Pore, porque solo éramos casaos militarmente.

Alicia, mirándome de soslayo, se sonrió.

­—Niña Griselda, ese viaje puede resultar un percance.

­—Don Rafo, el que no arriesga no pasa el ma. Ora dígame ustees si valdrá la pena un enganche que los ha entusiasmao a toos. Porque ayí en el hato no va a queá gente. Ha tenío que bregales el viejo pa que le ayuden a terminá los trabajos de ganao. ¡Nadie quere hacer naa! ¡Y de noche tienen unos joropos...! Pero supóngase: tando ahí la Clarita... Yo le prohibí a Fidel que se quede ayá, y no me hace caso. Dende el lunes se jue. Mañana lo espero.

­—¿Dice usted que Barrera trajo mucha mercancía? ¿Y la da barata?

­—Sí, don Rafo. No vale la pena que usté abra sus petaquitas. Ya todo el mundo ha comprao. ¿A que no me trajo los cuaernos de las moas cuando ma lo menesto? Tengo que yevá ropa de primera.

­—Por ahí le traigo uno.

­—¡Dios se lo pague!

La vieja Sebastiana, arrugada como un higo seco, de cabeza y brazos temblones, nos alargó sendos pocillos de café amargo que ni Alicia ni yo podíamos tomar y que don Rafo saboreaba vertiéndolo en el platillo. La niña Griselda se apresuró a traer una miel oscura, que sacaba de un garrafón, para que endulzáramos la bebida.

­—Muchas gracias, señora.

—¿Y esta buena moza es su mujé? ¿Usté es el yerno de don Rafo?

­—Como si lo fuera.

—¿Y ustees también son tolimas?

­—Yo soy de ese departamento; Alicia, bogotana.

­—Parece que usté juera pa algún joropo, según ta de cachaca. ¡Qué bonito traje y qué buenos botines! ¿Ese vestío lo cortó usté?

­—No, señora, pero entiendo algo de modistería. Estuve tres años en el colegio asistiendo a la clase.

­—¿Me enseña? ¿No es verdad que me enseña? Pa eso compré máquina. Y miren qué lujo de telas las que tengo aquí. Me las regaló Barrera el día que vino a vernos. A Tiana también le dio. ¿onde ta la tuya?

—­Colgá en la percha. Ora la treigo.

Y salió.

La niña Griselda, entusiasmada porque Alicia le ofrecía ser su maestra de corte, se zafó de la pretina las llaves, y abriendo el baúl, nos enseñó unas telas de colores vivos.

­—¡Esas son etaminas comunes!

­—Puros cortes de sea, don Rafo. Barrera es rasgaísimo. Y miren las vistas del fábrico en el Vichada, a onde quere yevarnos. Digan imparcialmente si no son una preciosidá esos edificios y si estas fotografías no son primorosas. Barrera las ha repartío por toas partes. Miren cuántas tengo pegaas en el baúl.

Eran unas postales en colores. Se veían en ellas, a la orilla montuosa de un río, casas de dos pisos, en cuyos barandales se agrupaba la gente. Lanchas de vapor humeaban en el puertecito.

­—Aquí viven ma de mil hombres y toos ganan una libra diaria. Ayá voy a poné asistencia pa las peonaas. ¡Supóngase cuánta plata cogeré con el solo amasijo! ¿y lo que gane Fidel?... Miren, estos montes son los cauchales. Bien dice Barrera que otra oportunidá como esta no se presentará.

­—Lo que yo siento es tar tan cascaa; si no, me iba también tras de mi zambo —­dijo la vieja, acurrucándose de nuevo en el quicio.

­—Aquí ta la tela ­—añadió, desdoblando una zaraza roja.

­—Con este traje parecerás un tizón encendido.

­—Blanco ­—me replicó—­: pior es no parecer naa.

­—Andá ­—ordenó la niña Griselda—­, búscale a don Rafo unos topochos maúros paa los cabayos. Pero primero decile a Miguel que se deje de tar echao en el chinchorro, porque no se le quitan las fiebres: que le saque el agua a la curiara y le ponga cuidao al anzuelo, a ve si los caribes se tragaron ya la carnaa. Puee que haya afilao algún bagrecito. Y danos vos algo de comé, que estos blancos yegan de lejos. Venga pa acá, niña Alicia, y aflójese la ropa. En este cuarto nos quearemos las dos.

­—¡Me la yevo! ¿ustees ya separaron cama?

*

Verdadera lástima sentí por don Rafael ante el fracaso de su negocio. Tenía razón la niña Griselda: todos se habían provisto ya de mercancías.

Sin embargo, dos días después de nuestra llegada, vinieron del hato unos hombres enjutos y pálidos, cuyas monturas húmedas disimulaban su mal aspecto con el bayetón que los jinetes dejaban colgando sobre las rodillas. Del otro lado del monte pidieron a gritos la curiara, y, creyendo no ser oídos, hicieron disparos de wínchester. Vista la tardanza, sin desmontarse, lanzaron sus cabalgaduras al caño y lo cruzaron trayendo las ropas amarradas en la cabeza.

Llegaron. Vestían calzones de lienzo, camisa suelta llamada lique y anchos sombreros de felpa castaña. Sus pies desnudos oprimían con el dedo gordo el aro de los estribos.

­—Buen día... ­—prorrumpieron con voz melancólica entre los ladridos de los perros.

­—Ojalá que nos hubieran matao, por ta de chistosos —­exclamó la niña Griselda.

­—Era pa la curiara...

—¡Qué curiara! Este no es paso rial.

­—Venimos a ve la mercancía...

­—Sigan, pero dejen sus rangos afuera.

Los hombres se apearon, y con los ronzales de cerda torcida que servían de rendaje, amarraron los trotones bajo el samán de la entrada y avanzaron con los bayetones al hombro. Alrededor del cuero en que don Rafo había extendido la chuchería se acuclillaron indolentes.

­—Miren los diagonales extras; aquí están unos cuchillos garantizados; fíjense en esta faja de cuero, con funda para el revólver, todo de primera clase.

­—¿Trajo quinina?

—Muy buena, y píldoras para las calenturas.

­—¿A cómo el hilo?

­—Diez centavos madeja.

­—¿No la da en cinco?

—­Llévela en nueve.

Todo lo fueron tocando, examinando, comparando, casi sin hablar. Para saber si una tela desteñía, se empapaban en saliva los dedos y la refregaban. Don Rafael con la vara de medir les señalaba todo, agotando los encomios para cada cosa. Nada les gustó.

­—¿Me deja en veinte riales esa navaja?

—­Llévela.

—Le doy por los botones lo que le dije.

­—Tómelos.

­—Pero me encima la aguja pa prenderlos.

­—Cójala.

Así compraron bagatelas por dos o tres pesos. El hombre de la carabina, desanudando la punta del pañuelo, alargó una morrocota:

—­Páguese de too, es de veinte dólares.

Y la hizo retiñir contra el acero del arma.

­—¡A ve los trueques!

­—¿Por qué no compran el restico?

—­A esos precios no se alcanza ni con la carabina. Vaya usté al hato pa que vea cosas regalaas.

—¡Adió, pue!

Y montaron.

­—Hola, socio ­—voceó regresando el de peor estampa—­, nos mandó Barrera a quitate la mercancía, y es mejó que te largués con eya. Quedás notificao: ¡lejos con eya! ¡Si no te la quitamos ahora, es por lo poquita y lo cara!

—¿Y quitarla por qué? ­—indagó don Rafo.

­—¡Por la competencia!

—¿Crees tú, infeliz, que este anciano está solo? ­—prorrumpí, empuñando un cuchillo, entre los aspavientos de las mujeres.

­—Mirá —­repuso el hombre—­, por sobre yo, mi sombrero. Por grande que sea la tierra, me quea bajo los pies. Con vos no me toy metiendo. Pero si querés, ¡pa vos también hay!

Espoleando el potro, me tiró a la cara los objetos comprados y galopó con sus compañeros, a lo largo de la llanura.

*

Esa noche, como a las diez, llegó Fidel Franco a la casa. Aunque la embarcación se deslizaba sin ruido sobre el agua profunda, los gozques la sintieron y al instante cundió la alarma.

—­Es Fidel, es Fidel ­—decía la niña Griselda, tropezando en nuestros chinchorros. Y salió al patio en camisola, en­vuelta desde al cabeza en un pañolón oscuro, seguida de don Rafael.

Alicia, asustada en las tinieblas, empezó a llamarme desde su cuarto:

—Arturo, ¿sentiste? ¡Ha llegado gente!

—­¡Sí, no te afanes, no vengas! Es el dueño de casa.

Cuando en franela y sin sombrero salí al aire libre, iba un grupo bajo los platanales llevando un hachón encendido. La cadena de la curiara sonó al atracar y desembarcaron dos hombres armados.

­—¿Qué ha pasado por aquí? —­dijo uno, abrazando secamente a la niña Griselda.

­—¡Naa, naa! ¿Por qué te aparecés a semejante hora?

­—¿Qué huéspedes han llegado?

­—Don Rafael y dos compañeros, hombre y mujé.

Franco y don Rafo, después de un apretón amistoso, regresaron con los del grupo hacia la cocina.

—­Me vine alarmadísimo porque esta noche al yegar al hato con la torada supe que Barrera había mandado una comisión. No querían prestarme cabayo, pero apenas comenzó la juerga, me traje la curiara de ayá. ¿A qué vinieron esos forajidos?

­—A quitarme el chucho —­repuso humildemente don Rafo.

—¿Y qué pasó, Griselda?

­—¡Naa! Si ma, hay camorra, porque el guatecito se les encaró, cachiblanco en mano. ¡Un horror! ¡Nos hizo chiyá!

—­Seguí pa dentro ­—agregó de repente la patrona, lívida, trémula—­, y mientras les dan el trago de café, guindá tu chinchorro en el correor, porque toy en el cuarto con la doña.

­—De ningún modo: Alicia y yo nos alojaremos en la enramada ­—dije avanzando hacia el corrillo.

­—Usté no manda aquí —­replicó la niña Griselda, esforzándose por sonreír­—. Venga, conozca a este llanero, que es el mío.

­—Servidor de usted —­repuse devolviendo el abrazo.

—­¡Cuente conmigo! Basta que usted sea compañero de don Rafael.

—­¡Y si vieras con qué trozo de mujé se ha enyugao! ¡Coloraíta que ni un merey! ¡Y las manos que tiene pa cortá la sea, y lo modosa pa enseñá!

­—Pues manden a sus nuevos criados ­—repetía Franco.

Era cenceño y pálido, de mediana estatura, y acaso mayor que yo. Cuadrábale el apellido al carácter, y su fisonomía y sus palabras eran menos elocuentes que su corazón. Las facciones proporcionadas, el acento y el modo de dar la mano advertían que era hombre de buen origen, no salido de las pampas, sino venido a ellas.

—­¿Usted es oriundo de Antioquia?

­—Sí, señor. Hice algunos estudios en Bogotá, ingresé luego en el ejército, me destinaron a la guarnición de Arauca y de allí deserté por un disgusto con mi capitán. Desde entonces vine con Griselda a calentar este rancho, que no dejaré por nada en la vida. —­Y recalcó—­: ¡Por nada en la vida!

La niña Griselda, con mohín amargo, permanecía muda. Como advirtió que estaba en traje de alcoba, se fue con pretexto de vestirse, llevando dentro de la mano ahuecada la luz de una vela.

Y no volvió más.

Mientras tanto, la vieja Tiana hacía llamear el fogón de tres piedras, sobre las cuales pendía un alambre para colgar el caldero o la marma. Al tibio parpadear de la lumbre nos sentamos en círculo, sobre raíces de guadua o sobre calaveras de caimán, que servían de banquetas. El mocetón que llegó con Franco me miraba con simpatía, sosteniendo entre las rodillas desnudas una escopeta de dos cañones. Como sus ropas estaban húmedas, desarremangose los calzoncillos y los oreaba sobre las pantorrillas de nudosos músculos. Llamábase Antonio Correa y era hijo de Sebastiana, tan cuadrado de espaldas y tan fornido de pecho, que parecía un ídolo indígena.

­­—Mamá —­dijo rascándose la cabeza—­: ¿cuál jue el entrometío que yevó al hato el chisme de la mercancía?

­—Eso no tie naa de malo: avisando se vende.

­—Sí, ¿pero qué jue a hacé ayá la tarde que yegaron estos blancos?

­—¡Yo qué sé! Lo mandaría la niña Griselda.

Esta vez fue Franco quien hizo el mohín. Después de corto silencio indagó:

­—Mulata, ¿cuántas veces ha venido Barrera?

­—Yo no he reparao. Yo vivo ocupaa aquí en mi cocina.

Saboreando el café y referido por don Rafo algún incidente de nuestro viaje, repreguntó Franco, obedeciendo a su obstinada preocupación:

—¿Y el Miguel y el Jesús qué han estado haciendo? ¿Buscaron los marranos en la sabana? ¿compusieron el tranquero de los corrales? ¿cuántas vacas ordeñaron?

­—Solo dos de ternero grande. Las otras las hizo soltá la niña Griselda porque ya empieza a habé plaga y los zancudos matan las crías.

—¿Y dónde están esos flojos?

­—Miguel con calentura. No se quié hacé el remedio: son cinco hojitas de borraja, pero arrancás de pa arriba, porque de pa abajo, proúcen vómito. Ahí le tengo el cocimiento, pero no lo traga. Y eso que ta enviajao pa las caucherías. ¡Se la pasa jugando naipes con el Jesús, y ése sí que ta perdío por irse!

­—Pues que se larguen desde ahora, en la curiara del hato, y no vuelvan más. No tolero en mi posada ni chismosos ni espías. Mulata, asómate al caney y diles que desocupen: ¡que ni me deben, ni les debo!

Cuando salió Sebastiana, preguntó don Rafael por la situación del hato: ¿Era verdad que todo andaba «manga por hombro»?

­—Ni sombra de lo que usted conoció. Barrera lo ha trastornado todo. Ayá no se puede vivir. Mejor que le prendieran candela.

Luego refirió que los trabajos se habían suspendido porque los vaqueros se emborrachaban y se dividían en grupos para toparse en determinados sitios de la llanada, donde, a ocultas, les vendían licor los áulicos de Barrera. Unas veces dejaban matar los caballos, entregándolos estúpidamente a los toros; otras, se dejaban coger de la soga, o al colear sufrían golpes mortales; muchos se volvían a juerguear con Clarita; estos derrengaban los rangos apostando carreras, y nadie corregía el desorden ni normalizaba la situación, porque ante el señuelo del próximo viaje a las caucherías ninguno pensaba en trabajar cuando estaba en vísperas de ser rico. De esta suerte, ya no quedaban caballos mansos sino potrones, ni había vaqueros sino enfiestados; y el viejo Zabieta, el dueño del hato, borracho y gotoso, ignorante de lo que pasaba, esparrancábase en el chinchorro a dejar que Barrera le ganara dinero a los dados, a que Clarita le diera aguardiente con la boca, a que la peonada del enganchador sacrificara hasta cinco reses por día, desechando, al desollarlas, las que no parecieran gordas.

Y para colmo, los indios guahíbos de las costas del Guanapalo, que flechaban reses por centenares, asaltaron la fundación del Hatico, llevándose a las mujeres y matando a los hombres. Gracias a que el río detuvo el incendio, pero hasta no sé qué noche, se veía el lejano resplandor de la candelada.

—¿Y qué piensa usted hacer con su fundación? ­—pregunté.

­—¡Defenderla! Con diez jinetes de vergüenza, bien encarabinados, no dejaremos indio con vida.

En ese instante volvió Sebastiana:

­—Ya se jueron.

­—Mama, cuidao se yevan mi tiple.

­—Que si no manda razón alguna.

­—Sí: al viejo Zubieta que no me espere. Que le sigo dirigiendo la vaquería cuando me dé mejores llaneros.

En pos de la mulata salimos al patio. La noche estaba oscura y comenzaba a lloviznar. Franco nos siguió a la sala y se tendió en la barbacoa. Afuera los que se marchaban cantaron a dúo:

Corazón, no seás caballo:

aprendé a tener vergüenza;

al que te quiera, querelo,

y al que no, no le hagás fuerza.

Y la pala del remo en la onda y el repentino rebotar de la lluvia apagaron el eco de la tonada.

*

Pasé mala noche. Cuando menudeaba el canto de los gallos conseguí quedarme dormido. Soñé que Alicia estaba sola, por una sabana lúgubre, hacia un lugar siniestro donde la esperaba un hombre, que podía ser Barrera. Agazapado en los pajonales iba espiándola yo, con la escopeta del mulato en balanza; mas cada vez que intentaba tenderla contra el seductor, se convertía entre mis manos en una serpiente helada y rígida. Desde la cerca de los corrales, don Rafo agitaba el sombrero exclamando: ¡Véngase! ¡Eso ya no tiene remedio!

Veía luego a la niña Griselda, vestida de oro, en un país extraño, encaramada en una peña de cuya base fluía un hilo blancuzco de caucho. A lo largo de él bebían gentes innumerables echadas de bruces. Franco, erguido sobre un promontorio de carabinas, amonestaba a los sedientos con este estribillo: «¡Infelices, detrás de esta selva está el más allá!». Y al pie de cada árbol se iba muriendo un hombre, en tanto que yo recogía las calaveras para exportarlas en lanchones por un río silencioso y oscuro.

Volvía a ver a Alicia, desgrefiada y desnuda, huyendo de mí por entre las malezas de un bosque nocturno, iluminado por luciérnagas colosales. Llevaba yo en la mano una hachuela corta, y, colgado al cinto, un recipiente de metal. Me detuve ante una araucaria de morados corimbos, parecida al árbol del caucho, y empecé a picarle la corteza para que escurriera la goma. ¿Por qué me desangras?, suspiró una voz falleciente. Yo soy tu Alicia y me he convertido en una parásita.

Agitado y sudoroso desperté como a las nueve de la mañana. El cielo, después de la lluvia anterior, resplandecía lavado y azul. Una brisa discreta suavizaba los grandes calores.

­—Blanco, aquí ta el desayuno ­—murmuró la mulata—­, Don Rafo y los hombres montaron y las mujeres tan bañándose. Mientras que yo desayunaba, sentose en el suelo y comenzó a ajustar con los dientes la cadenita de una medalla que llevaba al cuello. «Resolví ponerme esta prenda, porque ta bendita y es milagrosa. A ve si el Antonio se anima a yevarme. Por si me dejare desamparáa, le di en el café el corazón de un pajarito yamado piapoco. Puee irse muy lejos y corré tierras; pero onde oiga cantá otro pájaro semejante, se pondrá triste y tendrá que volverse, porque la guiña ta en que viene la pesaúmbre a poné de presente la patria y el rancho y el queré olvidao, y tras de los suspiros tiee que encaminarse el suspiraor o se muere de pena. La medaya también ayúa si se le cuelga al que se va»,

—¿Y Antonio pretende ir al Vichada?

­—Quén sabe. Franco no quere desarraigarse, pero la mujé ta enviajáa. Antonio hace lo que le diga el hombre.

—¿Y anoche, por qué se fueron los muchachos?

­—El hombre no los aguantó ma. Ta malicioso. El Jesús jue al hato la tardecita que yegaron ustees, no a yamá al Barrera sino a decile que no arrimara porque no se podía. Eso jue too. Pero el hombre es avispao y los despachó.

­—¿Barrera viene frecuentemente?

­—Yo no sé. Si acaso habla con la Griselda es en el caño, porque eya, en achaque del anzuelíto, anda remolona con la curiara. Barrera es mejó que el hombre; Barrera es una oportunidá. Pero el hombre es atravesao y la mujé le tiee mieo dende lo acontecío en Arauca. Le soplaron que el capitán andaba tras de eya y le madrugó: ¡con dos puñaladas tuvo!

En ese momento, interrumpiéndonos el palique, avanzaban en animado trío Alicia, la niña Griselda y un hombre elegante, de botas altas, vestido blanco y fieltro gris.

­—Ahí ta don Barrera. ¿No lo quería conocé?

*

­—Caballero ­—exclamó inclinándose—­: doble fortuna es la mía que, impensadamente, me pone a los pies de un marido tan digno de su linda esposa.

Y sin esperar otra razón, besó en mi presencia la mano de Alicia. Estrechando luego la mía, añadió zalamero:

­—Alabada sea la diestra que ha esculpido tan bellas estrofas. Regalo de mi espíritu fueron en el Brasil, y me producían suspirante nostalgia, porque es privilegio de los poetas encadenar al corazón de la patria los hijos dispersos y crearle súbditos en tierras extrañas. Fui exigente con la fortuna, pero nunca aspiré al honor de declararle a usted, personalmente, mi admiración sincera.

Aunque estaba prevenido contra ese hombre, confieso que fui sensible a la adulación, y que sus palabras templaron el disgusto que me produjo su cortesanía con mi garbosa daifa.

Pidionos perdón por entrar en la sala con botas de campo; y después de averiguar por la salud del dueño de casa, me suplicó que le aceptara una copa de whisky. Ya había advertido yo que la niña Griselda traía la botella en la mano.

Cuando Sebastiano colocó sobre la barbacoa los pocillos y el hombre se inclinó a colmarlos, observé que este llevaba al cinto niquelado revólver y que la botella no estaba llena.

Alicia, mirándome, se resistía a tomar.

­—Otra copita, señora. Ya se convenció usted de que es licor suave.

—¡Cómo! ­—dije ceñudo­—. ¿Tú también has bebido?

­—Insistió tanto el señor Barrera... Y me ha regalado este frasco de perfume ­—musitó, sacándolo del cestillo donde lo tenía oculto.

­—Un obsequio insignificante. Perdone usted, lo traía especialmente...

­—Pero no para mi mujer. ¡Quizá para la niña Griselda!

¿Acaso ya los tres se conocían?

­—Absolutamente, señor Cova: la dicha me había sido adversa.

Alicia y la niña Griselda enrojecieron.

­—Supe ­—aclaró el hombre— que ustedes estaban aquí, por noticias de unos mozuelos que anoche llegaron al hato. Inmenso pesar me causó la nueva de que seis jinetes, ladrones sin duda, habían pretendido expropiar en mi nombre una mercancía; y tan pronto como amaneció, me encaminé a presentar mis respetuosas protestas contra el atentado incalificable. Y ese whisky y ese perfume, ofrendas humildes de quien no tiene, fuera de su corazón, más que ofrecer, estaban destinados a corroborar la ferviente adhesión que les profeso a los dueños de casa.

­—¿Oyes, Alicia? Dale ese frasco a la niña Griselda.

—¿Y luego no son también ustees dueños de este rancho? ­­­­—apuntó la patrona, con voz resentida.

­—Como tales los considero yo, porque dondequiera que lleguen, son, por derecho de simpatía, amos de cuanto los rodea.

A pesar de mi semblante agresivo, el hombre no se desconcertó; mas diole al discurso giro diverso: sucedían tantas cosas en Casanare que daba grima pensar en lo que llegaría a convertirse esa privilegiada tierra, fuerte cuna de la hospitalidad, la honradez y el trabajo. Pero con los asilados de Venezuela, que la infestaban como dañina langosta, no se podía vivir. ¡Cuánto había sufrido él con los voluntarios que le pedían enganche! ¡Tantos se le presentaban explotando la condición de los deste­rrados políticos, y eran vulgares delincuentes, prófugos de penitenciarías! Mas era peligroso rechazarlos de plano,­ en previsión de algún desmán. Indudablemente, a es­ta clase pertenecían los que pretendieron desvalijar a don Rafael. ¡Jamás podría indemnizarlo la empresa del Vichada de tantos disgustos! Era verdad, y sería ingratitud no reconocerlo y proclamarlo, que le había hecho distinciones honrosas. Primero lo envió al Brasil, residencia de los principales accionistas, con un gran cargamento de caucho, y ellos le rogaron que aceptara la gerencia de la explotación; mas la rehusó por carecer de aptitudes. ¡Ah! ¡Si entonces hubiera adivinado que yo quería habitar en el desierto! Si yo pudiese indicarle un candidato, con cuánto orgullo propondría su nombre; y si ese candidato quisiera irse con él, en la seguridad de que sería nombrado...

­—Señor Barrera —­interrumpí—­: jamás tuve noticia de que en el Vichada hubiera empresas de la magnitud de la suya.

—¡Mía, no; mía, no! Soy un modesto empleado a quien solo le pagan dos mil libras anuales, fuera de gastos.

Audazmente fijó en mí los ojos sobornadores, pasose por el rostro un pañuelo de seda, acarició el nudo de la corbata y se despidió, encareciéndonos una y otra vez que saludáramos a los caballeros ausentes y les transmitiéramos su protesta contra el abuso de los salteadores. Sin embargo, él pensaba volver otro día y presentarla personalmente.

La niña Griselda lo acompañó hasta el caño, y allí se detuvo más tiempo del que requiere una despedida.

­—¿De dónde salió este sujeto? ­—dije en tono brusco, encarándome con Alicia, apenas quedamos solos.

­—Llegó a caballo por aquella costa, y la niña Griselda lo pasó en la curiara.

—¿Tú lo conocías?

—No.

­—¿Resuelves aceptar el perfume?

—No.

­—¡Muy bien! ¡Muy bien!

Y rapándole el frasco del bolsillo del delantal, lo estrellé con furia en el patio, casi a los pies de la niña Griselda que regresaba.

­—¡Cristiano, usté ta loco, usté ta loco!

*

Alicia, entre humillada y sorprendida, abrió la máquina y empezó a coser. Hubo momentos en que solo se oía el ruido de los pedales y el charloteo del loro en la estaca.

La niña Griselda, comprendiendo que no debía abandonarnos, dijo, sonreída y astuta:

­­—Esos caprichos de este Barrera sí que me hacen gracia. Ora se le ha encajao la idea de conseguí unas esmeraldas y les ha puesto el ojo a las de mis candongas. ¡De las orejas me las robaría!

­—No sea que se las lleve con su cabeza —­repliqué, realzando la sátira con una carcajada eficaz.

Y me fui a los corrales, sin escuchar las alarmadas disculpas.

—¡Bien hace en no discutí conmigo, porque se la yevo ganaa!

Trepado en la talanquera daba desahogo a mi acritud, al rayo del sol, cuando vi flotar a lo lejos, por encima de los morichales, una nube de polvo, ondulosa y espesa. A poco, por el lado opuesto, divisé la silueta de un jinete que, desalado, cruzaba a saltos las ondas pajizas de la llanura, volteando la soga y revolviéndose presuroso. Un gran tropel hacía vibrar la pampa, y otros vaqueros atravesaron el banco antes que la yeguada apareciera a mi vista, de cuyo grupo desbandábase a veces alguna potranca cerril, loca de juventud, quebrándose en juguetones corcovos. Oía ya claramente los gritos de los jinetes que ordenaban abrir el tranquero; y apenas tuve tiempo de obedecerles cuando se precipitó en el corral el atajo, nervioso, bravío, resoplador.

Franco, don Rafael y el mulato Correa se apearon de sus trotones jadeantes, que, sudando espuma, refregaban contra la cerca las cabezas estremecidas.

­—Egoístas, ¿por qué no me convidaron?

­—El que primero madruga, comulga dos veces. Ya lo veremos enlazar en otra ocasión.

En tanto que aseguraban las puertas de los reductos liándoles gruesos travesaños, acudieron las mujeres a contemplar por entre los claros del palo a pique la yeguada pujante, que se revolvía en círculo, ganosa de atropellar el encierro. Alicia, que traía en la mano su tela de labor, chillaba de entusiasmo al ver la confusión de ancas lucientes, crines huracanadas, cascos sonoros. ¡Aquel para mí! ¡Este es el más lindo! ¡Miren el otro cómo patea! ¡Y de los ijares convulsos, del polvo pisoteado y de los relinchos rebeldes, ascendía un hálito de alegría, de fuerza y brutalidad!

Correa estaba feliz.

­—¡Cogimos al resabiao! ¡Es aquel padrote negro, crinúo, patiblanco! ¡Se le yegó su día, y más vale que no hubiera nacío! iNo he visto zambo que no le tenga mieo, pero ya dirán ustees si tumba al hijo e mi mama!

­—Mulato condenao, ¿qué vas a hacé? ­—gruñó la vieja—­. ¿Pensás que ese cabayo te ha parío?

Estimulado por nuestra presencia, le dijo a Alicia:

—Le voy a dedicá la faena. ¡Apenas almuercen, me monto!

Y como percibiera el olor de la esencia derramada en el patio, dilató las ventanillas de la nariz repitiendo:

—¡Ah...! ¡Güele a mujé, güele a mujé!

No quiso almorzar. Echose a la boca un puñado de plátano frito, deshilachó un trozo de carne y remojó la lengua con café cerrero. Mientras tanto, entre el refunfuño de Sebastiana, montura al hombro, salió a esperarnos en el corral.

También fuimos parcos en el comer, por la exaltación de ánimo, agravada con la novedad del espectáculo próximo. Alicia, en breve rezo mental, encomendaba el mulato a Dios.

—­¡Hombres! ­—plañía Bastiana—­: no vayan a dejá que esa bestia me mate al motoso.

Sacamos las sogas, de cuero peludo, y unas maneas cortas, llamadas sueltas, de medio metro de longitud, en cuyos extremos se abotonaban gruesos anillos de fique trenzado.

Como el potro esquivaba los lazos, agachándose entre el tumulto, ordenó Franco dividir la yeguada, para lo cual se abrió el tranquero de la corraleja contigua. Cuando el caballo quedó solo, atrevió las manos contra la cerca, a tiempo que el mulato lo arropó con la soga. Grandes saltos dio el animal, agachando la maculada cerviz en torno de la horqueta del botalón donde humeaba la cuerda vibrante; y al extremo de ella se colgó colérico, ahorcándose en hipo angustioso, hasta caer en tierra, desfallecido, pataleador.

Franco sentósele en el ijar, y agarrándolo por las orejas le dobló sobre el dorso el gallardo cuello, mientras el mulato lo enjaquimaba después de ajustarle las sueltas y de amarrarle un rejo en la cola. De esta manera lo sometían, y en vez de cabestrearlo por la cabeza, lo tiraban del rabo, hasta que el infeliz, debatiéndose contra el suelo, quedó fuera de los corrales. Allí lo vendamos con la testera y la montura le oprimió por primera vez los lomos indómitos.

En medio del vociferante trajín saltaron las yeguas, que se adueñaron de la llanura; y el semental, puesto de frente a la planicie, temblaba receloso, enfurecido.

Al tiempo de zafarle las maneas, exclamó el jinete:

—¡Mama, a ve el escapulario!

Franco y don Rafael requirieron las cabalgaduras, mas el domador impidió que le sujetaran el potro:

­—Quédense atrás, y si quiere voltearse, échenle rejo pa evitá que me coja debajo.

Luego, entre los gritos de Sebastiana, se suspendió del cuello la reliquia, santiguose, y con gesto rápido destapó al animal.

Ni la mula cimarrona que manotea espantada si el tigre se le monta en la nuca, ni el toro salvaje que brama recorriendo el circo apenas le clavan las banderillas, ni el manatí que siente el arpón, gastan violencia igual a la de aquel potro cuando recibió el primer latigazo. Sacu­dio­se­ con berrido iracundo, coceando la tierra y el aire en de­saforada carrera, ante nuestros ojos despavoridos, en tanto que los amadrinadores lo perseguían, sacudiendo las ruanas. Describió grandes pistas a brincos tremendos, y tal como pudiera corcovear un centauro, subía en el viento, pegada a la silla, la figura del hombre, como torbellino del pajonal, hasta que solo se miró a lo lejos la nota blanca de la camisa.

Al caer la tarde regresaron. Las palmeras los saludaban con tremulantes cabeceos.

Llegó el potro quebrantado, sudoroso, molido, sordo a la fusta y a la espuela. Ya sin taparlo, le quitaron la silla, maneáronlo a golpes y quedó inmóvil y solo a la vera del llano.

Gozosos abrazamos a Correa.

­—¿Qué opinan de mi patojo? ­—repetía Sebastiana orgullosa.

­—A él se lo debo todo ­—apuntó Franco—­. Tuvo la idea de ofrecerles la mejor fiesta de Casanare. Por casualidad encerramos las yeguas del hato y cogimos ese potro, que es mío y de ustedes. Ya vieron lo que pasó.

Al venir la noche, aquel rey de la pampa, humillado y maltrecho, despidiose de sus dominios, bajo la luna llena, con un relincho desolado.

*

Confieso, arrepentido, que en aquella semana cometí un desaguisado. Di en enamorar a la niña Griselda, con éxito escandaloso.

En los días que Alicia tuvo fiebres le prodigué las más delicadas atenciones; mas ahora, consultando mi conciencia, comprendo que el regocijo de barajarme con la patrona en los cuidados de la enfermería, me importaba tanto como la enferma.

La niña Griselda pasó una vez cerca de mi chinchorro y con mano insinuante la cogí del cuadril. Cerrando el puño, hizo ademán de abofetearme, miró hacia donde Alicia y me sacudió con un cosquilleo:

­—Pocapena, ya sabía que eras alebrestao.

Al inclinarse sobre mi pecho, sus zarcillos, columpiados hacia delante, le golpeaban los pómulos.

­—¿Estas son las esmeraldas que ambiciona Barrera?

­—Sí, pero dejalas para vos.

—­¿Cómo podría quitarlas?

­—Así ­—dijo, mordiéndome bruscamente la oreja. Y, ahogada en risa, me dejó solo. Luego, con el dedo en la boca, regresó para suplicarme:

­—¡Que no lo vaya a sabé mi hombre! ¡Ni tu mujé!

Sin embargo, la lealtad me dominó la sangre, y con desdén hidalgo puse en fuga la tentación. Yo, que venía de regreso de todas las voluptuosidades, ¿iba a injuriar el honor de un amigo, seduciendo a su esposa, que para mí no era más que una hembra, y una hembra vulgar? Mas en el fondo de mi determinación corría una idea mentora: Alicia me trataba ya no solo con indiferencia sino con mal disimulado desdén. Desde entonces comencé a apasionarme por ella y hasta me dio por idealizarla.

Creí haber sido miope ante la distinción de mi compañera. En verdad no es linda, mas por donde pasa los hombres sonríen. Placíame sobre todo otro encanto, el de su mirada tristona, casi despectiva, porque la desgracia le había contagiado el espíritu de una reserva dolorosa. En sus labios discretos apaciguábase la voz con un dejo de arrullo, con acentuación elocuente, a tiempo que sus grandes pestañas se tendían sobre los ojos de almendra oscura, con un guiño confirmador. El sol le había dado a su cutis un tinte levemente moreno, y, aunque era carnosa, me parecía más alta, y los lunares de sus mejillas más pálidos.

Cuando la conocí, me dio la impresión de la niña apasionada y ligera. Después llevaba el nimbo de su pesadumbre digna y sombríamente, por la certeza de la futura maternidad. Un día provoqué la suprema revelación, y casi con enojo repuso:

­—¿No te da pudor?

Trajeada de olanes claros, era más fresca con el sencillo descote y con el peinado negligente, en cuyos rizos parecía aletear la cinta de seda azul, anudada en forma de mariposa. Cuando se sentaba a coser, tendíame en el chinchorro frontero, aparentando no reparar en ella, pero mirándola a hurtadillas; y llenábame de impaciencia la frialdad de su trato, a tal punto que repetidas veces la interrogué colérico:

­—¿Pero no estoy hablando contigo?

Ávido de conocer la causa de su retraimiento, llegué a pensar que estuviera celosa, e intenté hacer leve alusión a la niña Griselda, con quien se mantenía en roce constante y solía llorar.

­—¿Qué te dice de mí la patrona?

­—Que eres inferior a Barrera.

­—¡Cómo! ¿En qué sentido?

­—No sé.

Esta revelación salvó definitivamente el honor de Franco, porque desde ese momento la niña Griselda me pareció detestable.

­—¿Inferior porque no la persigo?

­—No sé.

—¿Y si la persiguiera?

­—Que responda tu corazón.

­—Alicia, ¿has visto algo?

­—¡Qué ingenuo eres! ¿Todas se enamoran de ti?

Me provocó en ese instante, herido en mi orgullo, desnudarme los brazos y gritarle una y otra vez: ¡imbécil, pregunta quién me dio estos mordiscos!

Don Rafo apareció en el umbral.

*

Venía del hato, adonde fue esa mañana a ofrecer los caballos. Franco y la niña Griselda, que lo acompañaron, regresarían por la tarde. Él se vino pronto, aprovechando la curiara, para consultarme un negocio y requerir mi consentimiento. El viejo Zubieta daba al fiado mil o más toros, a bajo precio, a condición de que los cogiéramos, pero exigía seguridades y Franco arriesgaba su fundación con ese fin. Era la oportunidad de asociarnos: la ganancia sería cuantiosa.

Gozoso le dije a don Rafo:

­—¡Haré lo que ustedes quieran! ­—Y agregué estrechando a Alicia en mis brazos:

­—¡Ese dinero será para ti!

­—Yo daré mis caballos como aporte y volaré a Arauca a exigir la cancelación de algunas deudas. Podré reunir hasta mil pesos, y con esa suma se harán, en parte, los gastos de saca. Además, empeñada la fundación, el viejo cerrará el negocio con Franco, de cuyos servicios necesita siempre, y más ahora que la ganadería está paralizada por el desorden de los vaqueros.

­—Tengo aún treinta libras en el bolsillo. ¡Aquí están, aquí están! Solo restaré algo para ciertos gastos de Alicia y para pagar nuestra permanencia en esta casa.

­—¡Muy bien! Marcharé dentro de tres días, y aquí me tendrán a mediados del mes entrante, antes de las grandes lluvias, porque ya el invierno se acerca. A fines de junio llegaremos a Villavicencio con el ganado. ¡Luego, a Bogotá, a Bogotá!

Cuando Alicia y don Rafael salieron al patio, abrió mi fantasía las alas.

Me vi de nuevo entre mis condiscípulos, contándoles mis aventuras de Casanare, exagerándoles mi repentina riqueza, viéndolos felicitarme, entre sorprendidos y envidiosos. Los invitaría a comer a mi casa, porque ya para entonces tendría una, propia, de jardín cercano a mi cuarto de estudio. Allí los congregaría para leerles mis últimos versos. Con frecuencia, Alicia nos dejaría solos, urgida por el llanto del pequeñuelo, llamado Rafael, en memoria de nuestro compañero de viaje.

Mi familia, realizando un antiguo proyecto, se radicaría en Bogotá; y aunque la severidad de mis padres los indujera a rechazarme, les mandaría a la nodriza con el pequeño los días de fiesta. Al principio se negarían a recibirlo, mas luego, mis hermanas, curiosas, alzándolo en los brazos, exclamarían:

«¡Es el mismo retrato de Arturo!». Y mi mamá, bañada en llanto, lo mimaría gozosa, llamando a mi padre para que lo conociera; mas el anciano, inexorable, se retiraría a sus aposentos, trémulo de emoción.

Poco a poco, mis buenos éxitos literarios irían conquistando el indulto. Según mi madre, debía tenérseme lástima. Después de mi grado en la Facultad se olvidaba todo. Hasta mis amigas, intrigadas por mi conducta, disimularían mi pasado con esta frase: ¡Esas cosas de Arturo...!

­—Venga usted acá, soñador ­—exclamó don Rafo—­, a saborear el último brandy de mis alforjas. Brindemos los tres por la fortuna y el amor.

¡Ilusos! ¡Debimos brindar por el dolor y la muerte!

*

El pensamiento de la riqueza se convirtió en esos días en mi dominante obsesión, y llegó a sugestionarme con tal poder, que ya me creía ricacho fastuoso, venido a los llanos para dar impulso a la actividad financiera. Hasta en el acento de Alicia encontraba la despreocupación de quien cuenta con el futuro, sostenido por la abundancia del presente. Verdad que ella seguía enclaustrada en su misterio, mas yo me agasajaba con esta seguridad: son extravagancias de mujer rica.

Cuando Fidel me avisó que el contrato se había perfeccionado, no tuve la menor sorpresa. Pareciome que el administrador de mis bienes estaba rindiéndome un informe sobre el modo acertado como había cumplido mi voluntad.

­—¡Franco, esto saldrá a pedir de boca! ¡Y si el negocio fallare, tengo mucho con qué responder!

Entonces Fidel, por vez primera, me averiguó el objeto de mi viaje a las pampas. Lúcidamente, ante la posibilidad de que mi compañero hubiera cometido alguna indiscreción, respondí:

­—¿No habló usted con don Rafael? ­—Y añadí, después de la negativa:

­—¡Caprichos, caprichos! Se me antojó conocer a Arauca, bajar el Orinoco y salir a Europa. ¡Pero Alicia está tan maltratada, que no sé qué hacer! Además, el negocio no me disuena. Haremos algo.

­—Pena me da que esta pechugona de Griselda quiera convertir en modista a la señora de usted.

­—Despreocúpese. Alicia encuentra distracción en practicar lo que le enseñaron en el colegio. En casa divide el tiempo entre la pintura, el piano, los bordados, los encajes...

­—Sáqueme de una duda. ¿Los cabayos de don Rafo se los dio usted?

­—¡Ya se sabe cuánto lo estimo! Me robaron el mejor, ensillado, y todo el equipaje.

­—Sí, me contó don Rafo... Pero quedan algunos buenos.

­—Regulares; los de nuestras monturas.

­—Al viejo Zubieta le gustarán. ¡Qué casualidad esta del negocio, con un hombre tan desconfiado! Probablemente nos hizo el ofrecimiento en previsión de que Barrera «se le atravesara». Nunca se había vendido semejante cosecha. Les respondía a los compradores: ¡Si ya no tengo qué vender! ¡Solo me quedan cuatro bichitos! Y para estimularlo a la venta, se le debían depositar, con pre­texto de que las guardara, las libras destinadas al trato, en la seguridad de que el oro se quedaría allí. Una vez tu­vo esa táctica un saquero de Sogamoso, hombre corrido y negociante avisado, quien, para ganarse la voluntad del abuelo, duró borracho con él varios días. Mas cuando fueron a separar la torada, extendió Zubieta su bayetón fuera de los corrales y desanudó la mochila del cliente advirtiéndole: «A cada torito que salga, écheme aquí una morrocotica, porque yo no entiendo de números». Agotado del depósito, insinuó el reinoso: «¡Me faltó dinero! ¡Fíeme los animalitos restantes!».

Zubieta sonrió: «Camaraa, a usté no le falta dinero; es que a mí me sobra ganao!».

Y recogiendo el bayetón regresó irreductible. Satisfecho de mi fortuna, escuchaba la anécdota.

­—Franco —­le dije golpeándole el hombro—­: ¡No se sorprenda usted de nada! El viejo sabe lo que hace. ¡Habrá oído mi nombre...!

—­¡Veleta, veleta, cómo tas de cambiao!

­—Hola, niña Griselda, ¿qué es ese tuteo?

­—¿Tas entonao por el negocio? Pa morrocotas, el Vichada. Yévame. ¡Quiero irme con vos!

Se echó a abrazarme, pero la aparté con el codo. Ella vaciló sorprendida:

­—¡Ya sé, ya sé! ¡Le tenés terronera a mi marío!

—­¡Le tengo aversión a usted!

—­¡Desgraciao! La niña Alicia no sabe naa. Solo me encargó que no te creyera.

­—¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?

­—Que el yanero es el sincero; que al serrano, ni la mano.

Pálido de cólera, entré en la sala.

­—Alicia, no me agrada tu compañerismo con la niña Griselda. ¡Puede contagiarte su vulgaridad! ¡No conviene que sigas durmiendo en su cuarto!

­—¿Quieres que te la deje sola? ¿No respetarás ni al dueño de casa?

­—¡Escandalosa! ¿vuelven ya tus celos ridículos?

La dejé llorando y me fui al caney. La vieja Tiana prendía remiendos en la camisa del mulato, que, semidesnudo, con las manos bajo la cabeza, esperaba la obra tendido en un cuero.

­—Blanco, refrésquese en ese chinchorro. ¡Ta haciendo un caló de agua!

En vano pretendí conciliar el sueño. Me importunaba el cacareo de una gallina que escarbaba en el zarzo, mientras sus compañeras, con los picos abiertos, acezaban a la sombra, indiferentes al requiebro del gallo que venía a arrastrarles el ala.

­—¡Estas condenaas no dejan ni dormí!

­—Mulata —­le dije—­: ¿cuál es tu tierra?

­—Esta onde me hayo.

­—¿Eres colombiana de nacimiento?

­—Yo soy únicamente yanera, del lado de Manare. Dicen que soy craveña, pero no soy del Cravo: que pauteña, pero no soy del Pauto. ¡Yo soy de todas estas yanuras! ¡Pa qué más patria, si son tan beyas y tan dilatáas! Bien dice el dicho: ¿onde ta tu Dios? ¡Onde te salga el sol!

—¿Y quién es tu padre? —­le pregunté a Antonio.

­—Mi mama sabrá.

­—¡Hijo, lo importante es que hayás nacio!

Con doliente sonrisa, indagué:

­—Mulato, ¿te vas al Vichada?

­—Tuve cautivao unos días, pero lo supo el hombre y me empajó. Y como dicen que son montes y más montes, onde no se puee andá a cabayo, ¡eso pa qué! A mí me pasa lo que al ganao: solo quero los pajonales y la libertá.­

­—Los montes, pa los indios ­—agregó la vieja.

­—A los pelaos también les gusta la sabana: que lo diga el daño que hacen. ¡En qué no se ve pa enlazá un toro! Necesita hayarse bien remontao y que el potro empuje. ¡Y eyos los cogen de a pie, a carrera limpia, y los desjarretan uno tras otro, que da gusto! Hasta cuarenta reses por día, y se tragan una, y las demás pa los zamuros y los caricaris. Y con los cristianos también son atrevíos: ¡al dijunto Jaspe le salieron del matorral, casi debajo del cabayo, y lo cogieron de estampía y lo envainaron! Y no valió gritarles. ¡Aposta, andábamos desarmaos, y ellos eran como veinte y echaban flecha pa toas partes!

La vieja, apretándose el pañuelo que llevaba en las sienes, terció en esta forma:

­—Era que el jaspe los perseguía con los vaqueros y el perraje. Onde mataba uno, prendía candela y hacía como que se lo taba comiendo asao, pa que lo vieran los fugitivos o los vigías que atalayaban sobre los moriches.

­—Mama, jue que los indios le mataron a él la jamilia, y como puaquí no hay autoridá, tie uno que desenrearse solo. Ya ven lo que pasó en el Hatico: macetearon a toos los racionales y toavía humean los tizones. Blanco, ¡hay que apandiyarnos pa echarles una buscáa!

­—¡No, no! ¿Cazarlos como a fieras? ¡Eso es inhumano!

­—Pues lo que usté no haga contra eyos, eyos lo hacen contra usté.

­—¡No contradigas, zambo alegatista! El blanco es más leído que vos. Preguntale más bien si masca tabaco y dale una mascáa.

­—No, gracias, viejita. Eso no es conmigo.

—Ahí tan remendaos tus chiros ­—díjole al mulato, aventándole la camisa—­. Ora rompelos en el monte. ¿Ya trujiste la vengavenga? ¿Cuánto hace que te la han solicitao?

­—Si me da café, la treigo.

—¿Y qué es eso de vengavenga?

­—Encargos de la patrona. ¡Es la cascarita de un palo que sirve pa enamorá!

*

Mi sensibilidad nerviosa ha pasado por grandes crisis, en que la razón trata de divorciarse del cerebro. A pesar de mi exuberancia física, mi mal de pensar, que ha sido crónico, logra debilitarme de continuo, pues ni durante el sueño quedo libre de la visión imaginativa. Frecuentemente las impresiones logran su máximum de potencia en mi excitabilidad, pero una impresión puede degenerar en la contraria a los pocos minutos de recibida. Así, con la música, recorro la gama del entusiasmo para descender luego a las más refinadas melancolías; de la cólera paso a la transigente mansedumbre, de la prudencia a los arrebatos de la insensatez. En el fondo de mi ánimo acontece lo que en las bahías: las mareas suben y bajan con intermitencia.

Mi organismo repudia los excitantes alcohólicos, aunque saben llevar el marasmo a las penas. Las pocas veces que me embriagué lo hice por ociosidad o por curiosidad: para matar el tedio o para conocer la sensación tiránica que bestializa a los bebedores.

El día que don Rafo se separó de nosotros sentí vago pesar, augurio de males próximos, certidumbre de ausencia eterna. Yo participaba, al ver que se iba, del entusiasmo de la empresa, cuyo programa empezaba a cumplirse con las gestiones encomendadas a él. Pero a la manera que la bruma asciende a las cimas, sentía subir en mi espíritu el vaho de la congoja humedeciéndome los ojos. Y bebí con ahínco las copas que precedieron a la despedida.

Así, por un momento, reconquisté la animación veleidosa; pero mi mente seguía deprimiéndose con el eco tenaz de los sollozos de Alicia, cuando le dijo a don Rafael en un abrazo desesperado:

­—¡Desde hoy quedaré en el desierto!

Yo entendí que ese desierto tenía algo qué ver con mi corazón.

Recuerdo que Fidel y Correa debían acompañar al viajero hasta el propio Tame, en previsión de que los secuaces de Barrera lo asaltaran. Allí contratarían vaqueros remontados para nuestra cogienda y no podía tardar más de una semana en volver a La Maporita.

­—«En sus manos queda mi casa» —­había dicho Franco, y yo acepté la comisión con disgusto. ¿Por qué no me llevaban a las faenas? ¿Imaginarían que era menos hombre que ellos? Quizá me aventajaban en destreza, pero nunca en audacia y en fogosidad.

Ese día les cobré repentino resentimiento, y, loco de alcohol, estuve a punto de gritar: ¡El que cuida a dos mujeres con ambas se acuesta!

Cuando partieron, entré a la alcoba a consolar a Alicia. Estaba de bruces sobre su catre, oculto el rostro en los brazos, hipante y llorosa. Me incliné para acariciarla, y apenas hizo un movimiento para alargarse el traje sobre las pantorrillas. Luego me rechazó con brusquedad:

—¡Quita! ¡Solo me faltaba verte borracho!

Entonces, en su presencia, le di un abrazo a la patrona.

­—¿No es verdad que tú sí me quieres? ¿Que solo he tomado dos copitas?

­—Y si las bebieras con cáscara de quinina, no te darían calenturas.

­—¡Sí, amor mío! ¡Lo que tú quieras! ¡Lo que tú quieras!

Indudablemente, fue entonces cuando salió con la botella hacia la cocina y le puso vengavenga. Pero yo, a los pies de Alicia, me quedé profundamente dormido.

Y esa tarde no bebí más.

*

Desperté con el alma ensombrecida por la tristeza, huraño y nervioso. Miguel había llegado del hato en un potro coscojero, de falsa rienda, y mantenía conversación en el caney con Sebastiana.

­—Vengo a yevá mi gayo y a ve si Antonio me presta su tiple.

—­Aquí el que manda ahora es el blanco. Pedile permiso pa cogé tu poyo. El requinto no lo pueo prestá no tando su dueño.

El hombre, desmontándose, acercóseme tímidamente:

­—Ese gayito es mío, y lo quero poné en cuerda pa las riñas que vienen. Si me lo deja yevá, espero que oscurezca pa cogelo en el palo.

El recién venido me pareció sospechoso.

­—¿No mandó razón ninguna el señor Barrera?

­—Pa usté no.

­—¿Para quién?

­—Pa nadie.

­—¿Quién te vendió esa montura? ­—dije, reconociendo la mía, la misma que me robaron en Villavicencio.

­—Se la mercó el señor Barrera a un guate que vino del interió, hace dos semanas. Dijo que se la vendía porque una culebra le había matao el cabayo.

—¿Y cómo se llama el que la vendió?

­—Yo no lo vi. Apenas escuché el cuento.

—¿Y tú acostumbras usar la silla de Barrera? ­—rugí, acogotándolo—­. ¡Si no me confiesas dónde está él, dónde quedó escondido, te trituro a palos! Pero si eres leal a mi pregunta, te daré el gallo, el tiple y dos libras.

­—Suélteme, pa que no malicén que le confieso.

Lo llevé hacia la corraleja y me dijo:

­—Quedó agazapao en la otra oriya del monte, porque no vido la señal convenía, es decir, el bayetón extendío en el tranquero, por el lao rojo. Por eso me mandó con la recomienda de que si no había peligro desensiyara el rango y lo esperara. Él vendrá con la noche, y yo, como aviso, debo tocá tiple, pero no he poído hablá con la mujé.

­—¡No le digas nada!

Y lo obligué a desensillar.

Ya había oscurecido, y solo en el límite de la pampa diluía el crepúsculo su huella sangrienta. La vieja Tiana salió de la cocina, llevando encendido el mechero de kerosén. Las otras mujeres rezaban el rosario con murmullo lúgubre. Dejé al hombre en espera y me fui al cuartucho de Antonio por el requinto. A oscuras lo descolgué de la percha y saqué la escopeta de dos cañones.

Acabado el rezo, me presenté con las manos vacías ante la niña Griselda:

­—Un hombre la espera en el patio.

­—¡Ah! ¡Miguelito! ¿vino a buscá el tiple?

­—Sí. Es bueno prestárselo. Lléveselo usted. En ese rincón está.

Cuando salió, pretendí, en vano, descubrir en los ojos de Alicia alguna complicidad. Estaba fatigada, quería recogerse temprano.

­—¿No apetece ver la salía de la luna? —propuso Sebastiana.

­—No ­—dije­—. La llamaré cuando sea tiempo.

Y con disimulo cogí la botella bajo la ruana. Serenamente, sin que en mi rostro se delatara el propósito trágico, le advertí a la niña Griselda apenas regresó:

­—Sebastiana puede quedarse aquí, en la sala. Yo guindaré mi chinchorro en el corredor del caney. Necesito aire fresco.

­—Eso sí es bien pensao. Con estos calores no se puee dormir ­—observó la mulata.

­—Si querés ­—propúsole la patrona—­, dejá la puerta de par en par.

Al oír esto, sentí maligna satisfacción. Di las buenas noches acentuando estas frases:

­—Miguel me ofreció cantar un corrido. No tardaré en acostarme.

Al breve rato apagaron la luz.

*

Mi primer cuidado fue mirar si en el patio estaban los perros. Los llamé en voz baja, anduve por todas partes con extraordinaria cautela. ¡Nada! Afortunadamente habrían seguido a los viajeros.

Llegué al caney, orientado por el tabaco que fumaba el hombre.

­—Miguelito, ¿quieres un trago?

Devolviome la botella escupiendo:

—¡Qué amargo ta ese ron!

­—Dime: ¿con quién tiene cita Barrera?

­—No sé bien con cuál es.

—­¿Con ambas?

­—Así será.

El corazón empezó a golpearme el pecho, como un redoblante. En mi garganta se ahogaba, seca, la voz.

­—¿Barrera es un caballero generoso?

­—Es de chuzo. Dice que da cuanta mercancía quera el solicitante, lo hace firmá en un libro y le entrega cualquier retazo advirtiendo: «Lo demá se lo tengo en el Vichada». Yo le he perdío la voluntá.

—¿Y cuánto dinero te dio?

­—Cinco pesos, pero me cogió recibo por diez. Me tiee ofrecía una muda nueva, y nada me ha dao. Así con toos. Ya despachó gente hacia San Pedro de Arimena, pa que le alisten bongos en el Muco. El hato ha quedao casi solo. Hasta el Jesús ya se largó, pero pasando por Orocué con una razón del viejo Zubieta pa la autoridá.

—­¡Está bien! Toma el requinto y canta.

­—Toavía es temprano.

Esperamos casi una hora. La idea de que Alicia me fuera infiel llenábame de cóleras súbitas, y para no estallar en sollozos me mordía las manos.

—¿Usté piensa matá al hombre?

—­¡No, no! Solo quiero saber a qué viene.

—¿Y si es a topase con su mujecita?

­—Tampoco.

­—Pero eso le quedaría feo a usté.

­—¿Crees que debo matarlo?

­—Esas son cosas suyas. Lo que ha de tené es cuidao con yo. Aguáitelo en la talanquera, porque me voy a poné a cantá.

Le obedecí. A poco, me dijo:

­—No se emborrache. Póngale pulso a la puntería.

Por encima de la platanera tendió más tarde la luna un reflejo indeciso, que fue dilatándose hasta envolver la inmensidad. El tiple elevó su rasgueo melancólico en el preludio de la tonada:

Pobrecita palomita,

que el gavilán la cogió;

aquí va la sangrecita

por donde se la llevó.

Con el alma en los ojos, tendía yo la escopeta hacia el caño, hacia los corrales, hacia todas partes. El pavo, desde la cumbrera de la cocina, hirió la noche con destemplados gritos. Afuera, en alguna senda del pajonal, aullaron los perros.

Aquí va la songrecita

por donde se la llevó.

Las mujeres encendieron luz en el cuarto. La vieja Tiana, como un ánima en pena, asomó al umbral:

­—Hola, Miguel: la niña Griselda que dejés dormí.

El cantador enmudeció y fue luego a buscarme.

­—Se me olvidó decile que yo taba obligao a yevarle la curiara. Me voy. Cuando volvamos, tírele al de adelante. ¡Si le pega, yo se lo echaré a los caimanes, y acabaas son cuentas!

Le vi alejarse en la embarcación, sobre el agua enlutada donde los árboles tendían sus sombras inmóviles. Entró luego en la zona oscura del charco, y solo percibí el cabrilleo del canalete, rútilo como cimitarra anchurosa.

Esperé hasta la madrugada. Nadie volvió. ¡Dios sabe lo que hubiera pasado!

*

Al rayar el día, ensillé el caballo de Miguel y puse la escopeta en el zarzo. La niña Griselda, que andaba con un cubo rociando las matas, me observaba inquieta.

­—¿Qué tas haciendo?

­—Aguardo a Barrera, que amaneció por aquí.

—­¡Exagerao! ¡Exagerao!

­—Oiga, niña Griselda: ¿cuánto le debemos?

—­¡Cristiano! ¿Qué me decís?

—Lo que oye. La casa de usted no es para gentes honradas. Ni a usted le conviene echarse en el pajonal teniendo su barbacoa.

­—¡Ponele freno a tu lengua! Tas bebío.

­—Pero no con el licor que le trajo Barrera.

­—¿Acaso fue pa mí?

­—¿Quiere usted decir que fue para Alicia?

­—Vos no la podés obligá ni a que te quiera ni a que te siga, porque el cariño es como el viento: sopla pa cualquier lao.

Al oír esto, con alterna premura, chupé la botella y bajé el arma. La niña Griselda salió corriendo. Empujé la puerta. Alicia, a medio vestir, estaba sentada en el catre.

­—¿Comprendes lo que está pasando por ti? ¡Vístete! ¡Vámonos! ¡Aprisa! ¡Aprisa!

—­¡Arturo, por Dios!...

­—¡Me voy a matar a Barrera en presencia tuya!

—¡Cómo vas a cometer ese crimen!

­—¡No llores! ¿Te dueles ya del muerto?

­—¡Dios mío!... ¡Socorro!

­—¡Matarlo! ¡Matarlo! ¡Y después a ti, y a mí y a todos! ¡No estoy loco! ¡Ni tampoco digan que estoy borracho! ¿Loco? ¡No! ¡Mientes! ¡Loco, no! ¡Quítame ese ardor que me quema el cerebro! ¿Dónde estás? ¡Tiéntame! ¿Dónde estás?

Sebastiana y la niña Griselda se esforzaban por sujetarme.

­—¡Calma, calma, por lo más querío! Soy yo. ¿No me conocés?

Me echaron en un chinchorro, y pretendieron coserlo por fuera, mas con pataleo brutal rompí las cabuyas y, agarrando a la niña Griselda del moño, la arrastré hasta el patio.

—¡Alcahueta! ¡Alcahueta! ­—Y de un puñetazo en el rostro, la bañé en sangre.

Luego, en el delirio vesánico, me senté a reír. Divertíame el zumbido de la casa, que giraba en rápido círculo, refrescándome la cabeza. «¡Así, así! ¡Que no se detenga porque estoy loco!». Convencido de que era un águila, agitaba los brazos y me sentía flotar en el viento, por encima de las palmeras y de las llanuras. Quería descender para levantar en las garras a Alicia, y llevarla sobre una nube, lejos de Barrera y de la maldad. Y subía tan alto que contra el cielo aleteaba, el sol me ardía el cabello y yo aspiraba el ígneo resplandor.

Cuando la convulsión hizo crisis, intenté caminar, pero sentía correr el suelo bajo mis plantas en sentido contrario. Apoyándome en la pared, entré en la sala vacía. ¡Habían huido! Tenía sed y de nuevo apuré la botella. Recogí el arma y para enfriarme las mejillas las oprimía contra los cañones. Triste porque Alicia me desamparaba, empecé a llorar. Luego declamé a gritos:

­—¡No le hace que me dejes solo! ¡Para eso soy hombre rico! ¡Nada quiero de ti, ni de tu muchacho ni de nadie! ¡Ojalá que ese bastardo te nazca muerto! ¡No será hijo mío! ¡Lárgate con el que se te antoje! Tú no eres más que una querida cualquiera.

Después hice disparos.

­—¿Dónde está Franco, que no sale a defender a su hembra? ¡Aquí me tiene! ¡Yo vengaré la muerte del capitán! ¡Al que se presente, lo mato! ¡A Barrera no, a Barrera no, para que Alicia se vaya con él! ¡Se la cambio por brandy, por una botella no más!

Бесплатный фрагмент закончился.

581,90 ₽

Жанры и теги

Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
321 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9789583064425
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги