Читать книгу: «MISFITS»

Шрифт:

© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

info@Letrame.com

© José Costa, 2018

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: José Costa

Fotografía de solapa: José Costa

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-833-7

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

I

.

Un drama que no contenga sangre o lágrimas no es nada.

El drama es un simple movimiento de las piezas, un cambio en la sustancia de las cosas…, más una lluvia de fluidos que hagan manifiesto el tránsito: sangre o lágrimas; semen o sudor; humores. En todo drama hay sangre derramada, y donde hay sangre hay también un cierto grado de violencia, pero la violencia de este drama es blanda y secundaria, y fluye en la corriente de la páginas con la naturalidad de los hechos aceptados.

1

Tomeus estaba haciéndose una dentadura con miga de pan, ante el espejo del lavabo.

Trataba de simular el aspecto que tendría si se arreglase los dientes, acercándolos en lo posible al canon: un poco más blancos, un poco menos irregulares. Para ello cogió una miga, amasó una pequeña bolita, la humedeció con saliva y le dio una forma más o menos plana para colocarla en un lugar concreto, de modo que cubriese un ligero desnivel entre dos dientes. Oía los pasos de la señora Bonamassa, en el piso de arriba. La mujer estaba especialmente inquieta, seguramente por un principio de demencia que se agudizaba con los cambios de estación. Una presentadora pizpireta y algo sobreactuada había anunciado anticiclones, isobaras muy juntas, es decir, viento y mayor presión sobre ese trozo de planeta y sobre los seres atrapados en su zona de influencia. Cada cambio en el tiempo trae una pequeña tragedia a algún humano, un dolor en las articulaciones, una descompensación en los niveles de progesterona, una fractura en el humor. El humor de la señora Bonamassa parecía disgregarse esa mañana, con continuas idas y venidas; una actividad inusual en ella, dadas sus condiciones físicas, el lastre irrevocable de su deformidad. Tomeus casi podía sentirla a través del techo, caminando bovinamente bajo el peso de su joroba, un yugo invisible que la doblegaba de un modo despiadado.

Un misántropo soporta mal cualquier manifestación humana que interfiera en su propia vida, y la exultación de unos vecinos excesivamente ruidosos le hace rabiar de continuo, llenándolo de amargura. En términos generales la señora Bonamassa solía ser, sin embargo, razonablemente discreta, y nunca se la oía más allá de lo estrictamente necesario para demostrar al mundo que seguía viva. Por eso resultaba extraño tanto movimiento, y Tomeus estaba a punto de iniciar otro de sus ciclos de suspiros de la desesperación, que tan a menudo lo acometían. Estaba acostumbrado a desarrollar sus actividades intelectuales en condiciones muy rudimentarias, si no prácticamente extremas, pero ese día había algo en su química cerebral que bloqueaba su capacidad para irradiar los rayos misericordiosos de su indulgencia sobre sus semejantes, atrapado en ese decepcionante déficit de euritmia que campaba por doquier, y en ese cúmulo de estímulos actuando por saturación. Poco más podía hacer. El ruido lo distraía de su labor artística con la miga, que sin embargo llevaba bastante avanzada. Ya podía advertirse la nueva arquitectura, modelada como un paciente escultor en torno a sus piezas imperfectas.

Para apreciar el efecto ensayó una sonrisa poniendo en juego toda su capacidad de seducción, pero la imagen en el espejo no coincidió con la idea que se había hecho. Las migas eran pegotes demasiado blancos sobre el esmalte amarillento; alguna se había movido de sitio, y en conjunto daba la impresión de que hubiera estado masticando magdalenas. Mientras escupía las migas en el lavabo recordó un tanto intempestivamente el encargo de la señora Bonamassa (le había pedido que le proporcionara un libro de la Biblioteca Pública), y con esa idea en la cabeza empezó a cepillarse los dientes. Después de haber tenido las migas en la boca el dentífrico le pareció demasiado dulzón, y también lo escupió, pero dirigió mal el esputo y se manchó la pechera del pijama. Entonces se desnudó y abrió el grifo de la ducha.

El asunto del libro iba a tener que esperar, sin embargo. Con el agua chorreando desde el pelo hasta los pies, detenido con una dosis de jabón líquido en la mano, que no acababa de aplicarse, Tomeus meditaba sobre ello. Quizá esa misma tarde pudiera acercarse por la Biblioteca Pública y solventar de una vez por todas la gestión, pero de nuevo tenía otros planes. Le diría a la señora Bonamassa, cuando coincidiera con ella en el rellano o en el ascensor, que se le habían complicado las cosas con unos imprevistos, pero que entre sus propósitos figuraba sin duda dar curso cuanto antes a su petición.

Los planes que lo iban a apartar de su compromiso con su vecina eran, en cualquier caso, ligeramente vagos y del todo modificables, y tenían que ver con tabernas o cafés, con deambulaciones o librerías, y con los agujeros de desasosiego que a veces crecían en el centro de su cardias, o en su periferia inmediata, según los días. Llevaba un rato dándole vueltas al asunto, por lo visto, porque cuando salió de su marasmo el jabón casi había desaparecido de su mano, diluido por el agua que corría, y solo quedaban en su palma unas burbujitas de espuma que se precipitó a extender aleatoriamente por diversos trozos de su piel. Si seguía distrayéndose con cualquier cosa iba a llegar tarde al trabajo, y no quería dar pie a ningún otro reproche por parte del director. Así que se enjuagó rápidamente y cerró el grifo de golpe. El agua había estado corriendo más tiempo de la cuenta, y mientras se pasaba una toalla por el cuerpo su mente se dispersó de nuevo, enredada en las menudencias de un realismo pragmático y bastante feo que tenía que ver con ese derroche innecesario, con el canon de saneamiento, las tasas de alcantarillado y todos esos impuestos con los que debía contribuir al sostenimiento de la municipalidad, para que el orden general del universo no acabase resintiéndose por su falta de conciencia colectiva. Una espontánea manifestación gaseosa de su cuerpo rubricó oportunamente su pensamiento, y lo devolvió sin miramientos a la acción.

Sin perder tiempo acabó de secarse, y saltando de puntillas para no mancharse la planta de los pies descalzos se dirigió al dormitorio, cogió al vuelo una camisa y un pantalón, se dejó caer las prendas por encima de cualquier manera, se ató los cordones de los zapatos, derrapó hacia el comedor y se abalanzó sobre su portafolios, e introduciendo en él unos papeles de última hora salió de casa dando un portazo. Normalmente encontraba imperdonable el desaliño, la precipitación y la falta de geometría, pero esta vez no cabían florituras: era martes, el único día de la semana laboral en que podía permitirse no madrugar demasiado, pero confiado en el colchón de seguridad temporal había acabado entreteniéndose. El sol estaba ya alto, lo que resultaba un poco vergonzante para cualquier trabajador con un poco de pundonor profesional, aunque él se atenía escrupulosamente a los horarios asignados de manera aleatoria por «la Máquina», una Roendgren Excelsis de segunda mano, rescatada de entre los descartes de una empresa de artes gráficas y reconfigurada por el equipo de informáticos para escupir todo tipo de incongruencias desde la base de datos. La luminosidad de finales de septiembre lo cegó al salir del patio; sobre la acera se veían algunas hojas secas, agostadas por el calor que perduraba a pesar de estar en los primeros días del otoño. Septiembre. Un mes que no dejaba de ser raro, incómodo, del que siempre esperaba que pasase rápido y sin mucho derramamiento de hormonas, y que desapareciera barrido por las lluvias y los vientos propios de la estación. Si las previsiones de la pizpireta televisiva no fallaban, pronto empezarían a soplar a lo largo y ancho del hemisferio todos esos vientos que portan la locura, el föhn, el siroco, el wiatr halny, envueltos en iones y cargados de tormentas secas, que tanto alteraban a los seres meteorosensibles como la señora Bonamassa. Algo que, al parecer, afectaba de igual modo a quienes se iban cruzando con él mismo, en ese preciso momento, en un trasiego interminable de cuerpos que atestaban las aceras: individuos con aspecto de estar soportando una hidropesía del corazón o un trastrocamiento irreversible de la actividad neurotransmisora central, consecuencia de una insatisfactoria egestión matutina.

Al doblar la primera esquina Tomeus se vio de golpe ante uno de ellos. Era una especie de Mr. Bojangles, un tipo grandote y despeinado, con cara de tortuga aturdida y malhumor perpetuo: un rictus de amargura que había excavado dos desfiladeros verticales prácticamente desde las aletas de la nariz hasta el final de la barbilla, a ambos lados de la boca. Parecía un trozo de cara que pudiera articularse por su cuenta, semejante a la boca de un muñeco de ventrílocuo, pero que le daba una expresión temible, como si toda la hosquedad acumulada con los años se concentrara en esos dos pliegues grisáceos. A diferencia del sujeto de la canción, este Mr. Bojangles no bailaba, sin embargo, ni daba muestras de querer hacerlo, y toda su actividad se limitaba al hecho metafísco de estar, permaneciendo como un bloque de materia muerta excretada por las entrañas de la ciudad, a través del asfalto caliente. Llevaba una camisa ancha de color teja, una suerte de guayabera mugrienta y descolocada de cuyo bolsillo superior asomaban la punta de un lápiz y una armónica. En el bolsillo del otro lado llevaba un peine de plástico que, a juzgar por su pelambrera, el individuo rara vez usaba.

No era la primera vez que Tomeus veía al hombre. Cada tanto se topaba con él, siempre en el mismo tramo de la misma calle, como si ese trozo de pavimento fuera de su patrimonio, y todos los que pasaban por delante y pisoteaban los baldosines desgastados fueran unos indeseables a sus ojos. Tomeus nunca tenía tiempo para fijarse mucho en él, sobre todo ahora que llegaba tarde a sus obligaciones, pero por momentos el bulto estaba cobrando forma, movimiento, tridimensionalidad, pues se había detenido en medio de la acera y le estaba cortando el paso. Al verse obligado a levantar la vista Tomeus observó por primera vez, con un fugaz barrido de sus ojos, todos esos detalles que componían tan extraña figura. Parecía que el hombre iba a hablarle, pero rápidamente Tomeus hizo un quiebro y lo esquivó, poniendo rumbo a la parada del autobús. El vehículo llegó bramando justo cuando Tomeus alcanzaba la marquesina, y los portones, al abrirse, provocaron un ruido de gaseosa desventándose, con muchos decibelios. Mientras buscaba un improbable asiento libre, avanzando a trompicones por el estrecho pasillo, la imagen del indigente persistía en su cabeza. La presencia del peine y la armónica era más o menos comprensible en los tipos de su ralea, aunque nunca le había visto usarlos, pero ¿para qué que­rrí­a un lápiz?

2

Si se trata de tirar de los recuerdos (y casi siempre se trata de eso: de ponerle una correa distinta al mismo perro; de buscar en las baldas de la memoria el trozo de seda justo para vestir a la monita), al final todo acaba en la dichosa magdalena del francés, con todos sus ciclos literarios a cuestas sobre nuestras chepas, por los siglos de los siglos. Tomeus piensa en esto mientras desayuna, y por la pura abstracción de su pensamiento la atención se retira de su coordinación motora y se produce un fallo en la deglución. El atragantamiento le hace toser, y de un solo golpe seco un trocito de magdalena empapado en café salta desde el centro de su garganta hasta la pernera del pantalón del pijama. Al intentar retirar la miga Tomeus la arrastra sin querer, y deja una mancha oscura con forma de coma sobre la tela clara.

Y sí, este es el mismo idiota que dos horas más tarde estará en un despacho dando órdenes o pronunciando una conferencia ante un auditorio apreciativo, aunque el fulgor de su éxito no debiera inducir a engaño. Aquella, la de las manchas en pijamas, es la intimidad de las personas, la vida real que nos pone en nuestro sitio, un espacio sin gloria oculto a la mirada pública y ajeno al trampantojo social en el que no somos realmente quienes somos, acomodados en un largo fingimiento ideado para la propia pervivencia.

Solo que el trampantojo social en el que Tomeus se pone ante los otros no es ese despacho, o esa fábrica, o esa consulta, sino las aulas de una escuela donde los proyectos de hombres y mujeres deberían enfilar al fin su rumbo pimpante, o malograrse para siempre.

Allí, en los espacios de la Escuela de Instrucción Pública Millerson, Tomeus hacía creer a ese segmento concreto de la Humanidad que su yo era una masa dócil y ligeramente plana, con ciertos picos de excentricidad idiopática, aunque básicamente acomodado a las demandas que el mundo académico le fuera imponiendo. Esta flexibilidad tramposa le había permitido salvar el pellejo en numerosas coyunturas, bajo diferentes fuegos cruzados, y le había hecho pasar por un elemento ejemplarmente integrado en el sistema. El ser humano corriente que, en la intimidad de su círculo doméstico, era capaz de emocionarse con un aria de Bellini o de pasarse un calcetín entre los dedos de los pies antes de meterse en la cama, se convertía con solo traspasar una puerta en el profesor Tomeus Paramore, ese otro yo que ocupaba en torno al treinta por ciento de su tiempo vital total, y que asumía como una más de sus numerosas máscaras para hacerse reconocible a los otros.

En la labor profesional, asumida en parte como una molesta sinecura, había no obstante un fondo de maledicencia, un persistente resquemor por el modo en que las circunstancias lo habían ido apartando de sus expectativas. Estas se habían sustentado en vagas nociones de éxito social y profesional, capacidades desarrolladas en algún campo independiente y creativo, viajes reconstructivos y experimentales por el globo, residencias sucesivas en algunas de las metrópolis punteras del siglo… Y, desde luego, nada que se pareciera a la vida y al trabajo en que el destino le había hecho desembocar después de muchas carambolas. No sentía un gran apego por ninguno de los dos (ni por esa vida, ni por ese trabajo), aunque tampoco una especial animadversión. Las cosas eran así, y cambiarlas a menudo implicaba un alto coste psicosomático, dosis innecesarias de incertidumbre, fases de ansiedad e irritabilidad, dolores colorrectales. Su trabajo era una simple pieza en esa máquina, algo que se podía aceptar sin mayor apasionamiento, pero a la vez sin demasiado menoscabo. Tomeus se consideraba un mercenario, un asalariado sin alma de pedagogo al servicio de una causa en la que íntimamente no creía. Simultáneamente, sin embargo, se tenía también por un profesional impecable, una especie de mecanismo de precisión laboral, dispuesto a dosificar lo mejor de su inteligencia para ofrecer el mayor rendimiento con el menor desgaste..., es decir, el modo infalible para dar el pego ante los alumnos y ante sus colegas de profesión, sin que ello les suscitara ni un atisbo de duda sobre el intachable desempeño en sus funciones. Cuando se lo proponía (o su humor y las circunstancias lo propiciaban), sus clases podían alcanzar cierta brillantez epistemológica, y notaba cómo fluían con la naturalidad emanada del dominio pleno de los resortes cerebrales, escenario favorecido por una suficiencia intelectual donde lo teórico y lo emocional se mezclaban para dejar a los alumnos con los tiernos ojos expectantes, flotando en la irreprimible curiosidad que sus imprevistas boutades despertaban en ellos, o entregados sin reservas a la hilaridad o la polémica que sus ironías provocaban. En esa corriente cálida de empatía a veces Tomeus encontraba un sentido biológico, casi metafísico, a lo que en el fondo estaba haciendo: estabular al ganado, escolarizar a los burrancones, dar civilización a los iletrados que estaban emergiendo hacia el mundo desde el interior de su cáscara paupérrima... Y entonces sentía el poder de su dedo y de su verbo, la pujanza de una gnoseología concretada en los trazos lineales que surcaban la pizarra, materializada en los principios geométricos, en los axiomas incontestables y en los rutilantes teoremas, en la belleza de los sólidos platónicos y en las correspondencias biunívocas, y en todo aquello que hiciera emerger un bloque de definitiva eufonía, de ordenación cabal del universo.

Tomeus se plantaba delante de todas esas caras y a veces se oía a sí mismo soltando al aire frases huecas, retórica pura para los pobres inocentes que apenas entendían una mínima fracción de lo expresado. Los desdichados no eran capaces de dar con el engaño, con la incoherencia formal que en ocasiones se fuerza para no fragmentar el discurso, porque estaban tan absortos en su propio mundo o hundidos en una ignorancia tan inoperante que apenas tenían armas para protegerse de ella, ni aun para detectarla. Las tablas del oficio daban para esa disociación del pensamiento: mientras explicaba, calibraba el propio discurso; tomaba conciencia del contenido, y a la vez de los fallos argumentales del contenido, y simultáneamente seguía por la senda escindida donde el pensamiento recalaba en las nimiedades de la vida privada, al tiempo que evaluaba el material humano que había delante, los gestos y la actitud de los que escuchaban, o simulaban escuchar, o ninguna de las dos cosas.

Tres semanas de curso habían bastado para empezar a cribar ese material indiferenciado, siempre igual a sí mismo, hasta encontrar algún elemento interesante y motivador que lo empujase a levantarse de la cama cada mañana, a comenzar el rito de mojar las magdalenas en el café, coger el autobús, saludar a Gómez-plus-Gómez (el conserje), y ponerse bajo la luz de matadero de los fluorescentes que iluminaban las aulas.

Las epifanías cuajan de manera progresiva, pero culminan en un hecho concreto que de golpe las evidencia: un movimiento especial de los hombros; una luz cayendo al sesgo sobre una cabellera suelta; una prenda que pone un toque novedoso en el atuendo habitual. La epifanía con Sara empezó por las manos, y fue desplegándose alrededor de un núcleo de aire y carne hasta que el ente abstracto fue tomando forma, componiendo otra figura de callada devoción pasiva, otro hito en el desfile de mujeres que llegaron a su vida con un estrépito de huesos y vísceras, partes duras y blandas, materia de una arquitectura equina e irresistible que producía globalmente una sensación tubular, perfectamente articulada y totalmente armónica, ante la que era fácil dejarse subyugar.

Las de Sara eran unas manos de mujer, sorprendentemente y con todas las implicaciones: no esas manos todavía adolescentes que evocan habitaciones preeucarísticas, asfixiadas en un mundo Disney; ni esas manos púberes con las uñas comidas por las tormentas internas y las veleidades góticas; ni esas manos vulgares de chiquillas con el futuro escrito en cada uno de sus recovecos y texturas. Eran unas manos en sazón, unas manos núbiles con las uñas moderadamente largas y pintadas de azul celeste, o granate, o simplemente al natural, y los dedos denotando una experiencia erótica y sentimental que seguramente aún no tenían. A través de esas manos se establecía una vía insoslayable que, por mediación de los brazos, llevaba directamente al torso, ese medio cuerpo que asomaba día tras día por encima del pupitre, con la silueta ceñida por un jersey ajustado en el que las palabras London Town o Detroit Eagles se abombaban por efecto de sus pechos.

Y mientras el profesor Tomeus Paramore desgranaba su letanía y dejaba flotando en la atmósfera un trozo de materia académica e inerte («...dos rectas concurrentes en O son cortadas por dos antiparalelas respecto de ellas en puntos inversos de una inversión de centro O…»), con su parte del cerebro disociada miraba a Sara cuando todos bajaban la cabeza para copiar los precisos dibujos que acababa de trazar en la pizarra, y en cada mirada furtiva iba descubriendo la forma de sus orejas, el fruncimiento de sus labios, el compás de su respiración.

3

Durante varios días de octubre el calor inusual, junto con la interminable transición desde las semanas ociosas del verano hasta la plena actividad laboral, habían mantenido perturbada a la población, pero con las primeras lluvias de noviembre una especie de espíritu santo parecía haber descendido sobre todas esas criaturas picajosas, y los tenderos y las concejalas, los alumnos y los funcionarios, los oficinistas y las moscas parecieron encontrar al fin su sitio en la madeja. La lluvia de noviembre se descolgó pesadamente desde el aire como la música que amansa a las fieras, y de pronto todo se hizo más armónico, encajando con suavidad en una cierta melancolía otoñal muy reconstituyente. La entrada de la Escuela se había llenado de charcos, y los alumnos confluían hacia ellos desplazándose en rimeros bajo las cornisas chorreantes, con paraguas desplegados como setas, entre las hojas amarillas que de vez en cuando se desprendían de los árboles empapados y se enredaban en el pelo de las chicas. Tomeus formaba parte de ese pelotón que se estiraba irregularmente a lo largo de la acera, y mezclado entre sus integrantes veía manar de las bocas de los que lo precedían nubecitas de vaho que se extendían al trasluz, hacia lo alto, como almas en pena volando fuera de los cuerpos. Cerca de la puerta dos profesores dialogaban, aunque más bien era uno de ellos el que llevaba todo el peso de la perorata, con gran ostentación de gestos faciales y movimientos inquietantes de su mano libre (la otra sostenía el paraguas), mientras que su interlocutor parecía simplemente concentrado en retener los tirones verticales que las ráfagas de viento propinaban en el suyo, alzándolo en fastidiosos movimientos espasmódicos que le hacían sentir ridículo.

Tomeus odiaba llevar paraguas, también, y se alegró de no ser el único que sufría por su causa. En brazos de este pequeño consuelo penetró en el vestíbulo, desordenó un poco el serrín del suelo con sus zapatos, acabó de secar las suelas sobre los cartones que estaban allí extendidos, y avanzó hasta la sala de profesores dejando un camino de salpicaduras en el enlosado, que caían directamente desde la punta de su paraguas cerrado. Se trataba de un objeto ligeramente ingobernable, con un mango rígido de madera y una punta metálica que parecía tanto un pararrayos como una bayoneta, según lo enarbolara, y que dejó encajado entre otros ejemplares apiñados en una papelera habilitada al efecto, junto a la puerta. Tras murmurar un saludo generalizado para los cuatro o cinco compañeros que ya estaban allí, se quedó esperando el timbrazo que señalaba el comienzo de las clases, sin muchas ganas de hablar con nadie.

Poco a poco fueron llegando más profesores. Algunos venían oliendo a gabardina, arrastrando un nimbo viciado que se quedaba suspendido delatoramente en el ambiente, como si el cambio atmosférico los hubiera cogido por sorpresa y hubieran sacado precipitadamente las prendas de los armarios, sin tiempo para airearlas después de varios meses encerradas.

Petrarca estaba sentada al fondo de la sala, con el libro de texto de Literatura abierto y lleno de anotaciones y fragmentos resaltados con tonos fosforescentes, repasando en silencio la lección que estaba a punto de impartir. Petrarca era PETC en los códigos administrativos de la Escuela, es decir, Petra Consolatio, del mismo modo que Tomeus era TOMP (Tomeus Paramore) o Carpena era TEOC (Teodosio Carpena).

A Petra Consolatio el apodo de Petrarca le venía por razones obvias, y se lo habían puesto sus alumnos de Literatura Clásica años atrás, con la inmediatez y la fácil asociación de ideas de unas mentes no demasiado imaginativas. Allí apartada, con su exceso de maquillaje y sus floridos abalorios tintineando cada vez que se movía, parecía más bien Toro Sentado esperando un ataque al amanecer; de hecho solía ser la más madrugadora de todo el claustro de profesores, y por muy temprano que alguien pudiera presentarse siempre estaba allí la primera, acomodada en su rincón favorito y con un café humeando al lado, recién sacado de una aparatosa máquina que funcionaba con monedas. Intensamente concentrada en sus sinalefas y sus anadiplosis, parecía inmune a todo cuanto viniera del exterior, aunque exhaló un delicado suspiro cuando el profesor de Música entró soltando un «buenos días» demasiado estrepitoso, a su estilo enérgico y rabiosamente optimista que a la mayoría de los presentes, todavía aturdidos por el madrugón, les parecía cargante y fuera de lugar. Sin dejar de hacer comentarios en voz alta, el tipo se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero de pared, junto a la entrada. Tenía alma de sindicalista de la línea dura y llevaba una camiseta con la imagen de Jimi Hendrix estampada en duotono (sin duda una reminiscencia de ese pasado adolescente en el que el individuo intenta definirse por medio de sus símbolos), y a través de ella estaba diciendo quién era, cuáles eran sus gustos, qué concepción del mundo era la suya, aunque toda esta autoafirmación no fuera más que una demostración suplicante y bastante tosca de un desmesurado ego en proceso de expansión. A todos esos portadores de camisetas semánticas seguramente Jimi Hendrix nunca les había dicho gran cosa como músico, y mucho menos como ídolo, pero reconocían en él el arquetipo y forzaban su gusto desviado para encajar en el concepto Jimi Hendrix (o en el concepto Che Guevara, o en el concepto James Dean …), aunque en esa mostración a destiempo hubiera algo ridículo y fuera de lugar, una manifestación de inmadurez revelada en la necesidad de consideración social, y plasmada en esos emblemas desgastados que tenían por objeto a unos personajes seguramente sobrevalorados, cuyas muertes prematuras los habían transportado directamente a la leyenda sin el deterioro de los años, y saltándose todas las etapas intermedias. Con estos mitos por la vía rápida los idiotas se sentían sublimados, falaz y correlativamente engrandecidos, como si el contacto con su aura y la asunción incondicional de lo que esta representaba actuara por pura ósmosis, y calara en su personalidad como el licor en un bizcocho.

También a Tomeus lo esperaba un aula llena de petimetres con camisetas declamatorias y sentimientos mal gestionados, seres ciclotímicos que buscaban su lugar en el mundo con actitudes que fluctuaban entre lo pomposo y lo timorato, cabalgando sobre sus síndromes de Piaget-Warnock y coexistiendo con un concepto bastante desajustado de sí mismos. La imagen le dio pereza, aunque se consoló pensando en la suerte de tener a su cargo exclusivamente a alumnos de los cursos superiores, otro escalón evolutivo en el ecosistema académico que minimizaba los efectos descritos. En los estampados que traían estos podía asomar Pink Floyd, esporádicamente Roxy Music, Ramones, Dolce & Gabanna, o cualquier otra marca, franquicia, mensaje o ilustración que los hiciera distinguibles, modernos, revolucionarios e incuestionablemente cool. «Lo que nos gustaba de Roxy Music eran las portadas», le dijo una vez Tomeus enigmáticamente a uno de ellos que, mientras se preguntaba a qué arcaico colectivo haría referencia ese plural, trataba de asimilar el hecho de que el profesor dispusiera de una vida y un pasado más allá de la Escuela.

Debajo de esas prendas distintivas los alumnos dejaban asomar con claridad sus cuerpos cambiantes (en los últimos cursos ya bastante estables y cuajados), exponiéndolos a veces sin recato como un arma presta a disparar contra el mundo. No habían encontrado una mejor declaración de principios contra la dislalia, la dispraxia, la dislexia, la disortografía, la discalculia, la disgrafía, la disfemia y todos los demás dis que los atenazaban, una metralla de términos inventados por algún etiquetador nato y bastante pedante, que trataban de definir a golpe de neologismos la simple carencia intelectual y la falta de motivación, en la mayoría de los casos, y que acababan esparcidos en los informes de evaluación para darles un empaque bastante idiota. Todo era parte de una misma bola incendiaria, el ardor postpubescente y el peso de una autoafirmación preadulta conjugados en un mismo despropósito, pero en medio del trasiego de cuerpos y poses juveniles a veces se componían figuras inolvidables, estampas icónicas fijadas en los pasillos o descubiertas al mirar distraídamente por las ventanas de las aulas, en mitad de una explicación, inesperadamente: las mostraciones físicas, los atributos infernales de las ninfas, el hueso de la cadera de Sara, visto de tres cuartos, cuando levantaba los brazos en el patio y la camiseta se le subía por encima del ombligo. Todas esas formas plenas que la ropa enmascaraba, hasta despojarlas de su verdadero y turbador significado.

Las instalaciones de la Escuela estaban llenas de criaturas que, hiciera frío o calor, siempre parecían llevar menos ropa de la cuenta, y esa era una circunstancia que concurría también, aunque en un plano bien distinto, en Gómez-plus-Gómez, el conserje, un tipo curtido y un poco enojadizo que deambulaba en mangas de camisa hasta bien entrado el otoño, cuando ya todo el mundo había empezado a utilizar regularmente sus anoraks y sus bufandas de tricota. Siempre había un día concreto en el que Gómez-plus-Gómez asomaba por fin con una fina rebeca de algodón sobre su camisa de manga corta, y ese era el día en que podía certificarse sin género de duda que el frío había llegado oficialmente al hemisferio, aunque la comunidad entera llevara varias semanas tiritando. Algunos profesores bromeaban con el hecho y extendían maliciosamente el rumor, y dándose codazos cómplices se decían unos a otros, en voz baja: «El conserje se ha puesto la Chaqueta», como si en el devenir cósmico se hubiera producido un antes y un después, de modo que la modesta prenda adquiría de pronto dimensiones épicas y definitivamente simbólicas.

A Gómez-plus-Gómez, como a todos los viudos maduros, solitarios, rústicos y un poco disfuncionales, había que saber cogerle el tranquillo, pues su proverbial mal talante era selectivo y normalmente centrado en víctimas concretas, aunque por debajo de esa corteza dura y rasposa había todo un material sentimental, ligeramente contradictorio: una afición solitaria al dibujo a plumilla, con aceptables resultados, a la vez que a la ingesta indiscriminada de absenta con los de su especie, cuando estos se juntaban para dar cuenta de un cabritillo o de un faisán recién cazados, ante las chimeneas de sus casas de campo. Por uno de esos misterios de la química orgánica Tomeus y él habían congeniado, factor que el profesor encontraba sumamente ventajoso a un nivel práctico, pues Gómez-plus-Gómez se había convertido para él en un útil aliado cada vez que necesitaba un par de sillas extra para un aula o unas fotocopias con carácter urgente.

Los alumnos y los docentes seguían llegando a la Escuela. A esas alturas la sala de profesores estaba ya bastante concurrida, y Tomeus miró el reloj de agujas que pendía de la pared del fondo, justo encima del lugar donde se sentaba Petrarca. Quedaban dos minutos para que todo el recinto trepidase bajo el estrépito del timbre (un artefacto rudimentario que consistía en una semiesfera metálica, martilleada salvajemente por una baquetilla de acero que producía un ruido desagradable y ensordecedor, como un despertador a escala planetaria), y el adjunto del director estaba retocando el parte de asistencia, junto a la entrada de la sala, tomándose su tiempo, con tanta diligencia que parecía estar gozando más allá de lo razonable. Su apariencia sarmentosa anticipaba de algún modo su carácter avinagrado y abiertamente mesiánico, que provocaba continuos encontronazos con quien se atreviera a contradecir sus puntos de vista, de forma que todos lo conocían como Bocanegra o, con un mayor consenso, como el Poder en la Sombra. Encorvado sobre el parte, de espaldas al personal, el óvalo pulido de su cráneo resplandecía bajo los fluorescentes y le daba un aspecto un tanto extraterrestre. Diariamente se rasuraba el escaso pelo que la alopecia le había dejado en la parte baja de los huesos temporales y en la nuca, y esa convexidad matemática y limpia que era su cabeza ardía como un faro cuando la sangre afluía hacia allí, aupada por el acaloramiento de sus absurdas soflamas. Un día cualquiera podía entrar en la sala de profesores y, sin motivo aparente, proclamar a voz en grito sus irrebatibles puntos de vista sobre cualquier tema político, científico o histórico que, bien por cansancio, bien por temor a la trifulca subsiguiente, casi nadie objetaba; y con frecuencia practicaba una de sus más renombradas especialidades, una extraña provocación que consistía en dejar caer frases aisladas y pretendidamente enigmáticas, cargadas de verdades simbólicas y de lirismo, que desconcertaban a su eventual auditorio. Esto lo hacía de un modo muy premeditado, plantándose donde todos pudieran verlo para decir: «En promedio, una persona se traga ocho pequeñas arañas en su vida»; o: «Si las sanguijuelas beben sangre de un fumador, mueren», y así sucesivamente. En cierta ocasión Tomeus le había oído murmurar: «Algunas mariposas se beben las lágrimas de las tortugas…», y había notado cómo los corazones poéticos de los presentes se inflamaban por un instante, conmovidos por la imagen, entre hermosa y repugnante, que la combinación de palabras acababa de levantar en sus cabezas… Pero solo un segundo después, sin embargo, como si se sintiera en la obligación de completar una información parcial y por tanto poco rigurosa (y, sobre todo, como si lo apremiara la necesidad de rebajar la emoción que malignamente había suscitado), había añadido sin miramientos, a modo de descenso a los infiernos: «Tienen sodio»; un dato científico que arrojaba como un trapo sucio contra sus caras, haciendo trizas la evocación y acabando con el encanto.

Estos baños de realismo desabrido eran frecuentes en tipejos como el antedicho, con la cabeza llena de datos puros que dejaban caer de vez en cuando como pedruscos incontestables sobre los espíritus desprevenidos de los soñadores. La zancadilla de la segunda parte de la proposición dejaba fríos a los oyentes, como había calculado, y era natural: que las mariposas se bebieran las lágrimas de las tortugas porque contenían sodio era la muerte fáctica de la poesía, y no era de extrañar que él y el director Medrano hubieran congeniado de una forma casi acrobática, hasta el punto de que este hubiera acabado por nombrarlo su adjunto. Ambos formaban una estrambótica dupla de complementarios al estilo Rasputín-Nicolás II, Godoy-Carlos IV, McMurphy-Jefe Bromden, y por sus actos enseguida quedaba claro quién era quién. El adjunto del director (a.k.a. Bocanegra a.k.a. el Poder en la Sombra) formaba parte de esa estirpe nociva que va salpicando de bilis las calles y los centros de trabajo, los consejos de administración y las panaderías, y con toda su vocinglería vehemente acaba subyugando a los receptores poco preparados, incapaces de penetrar más allá de una yugular externa dilatada en el cuello y un registro vocal dos octavas por encima de lo soportable. Para alguien medianamente perspicaz, sin embargo, era fácil ver el truco, pues la mente de estos sujetos carece de verdaderas dobleces: los tipos como Bocanegra podían ser mordaces con lo inmediato, con la parte superficial de lo que tenían delante, y en ocasiones eran capaces de atravesar la costra y profundizar en intuiciones interesantes, como raíces en un suelo duro, aderezadas con datos puros, cultura rasante, tangencial, tramposa, de manera que, oyéndolos, era posible pensar que su sabiduría era mucho más grande por debajo de esa punta que dejaban asomar; pero en realidad eran incapaces de establecer relaciones complejas entre los grandes entes del conocimiento, de encontrar la sustancia de cada uno de esos entes para reordenar los fenómenos haciéndolos concordar de una manera nueva. Les faltaba erudición, probablemente. Pero sobre todo les faltaba la visión global. Clarividencia.

A Petrarca parecía traerle sin cuidado la escasa flexibilidad de pensamiento del sujeto, en cualquier caso, pues la cabeza calva y pulida del adjunto del director le evocaba un pene, y en silencio se excitaba solo de pensar en tenerlo encima, dentro, acariciando esa cabeza como el glande de otro pene gigante, mientras gozaba de su imaginaria doble estimulación epitelial.

Suspirando de nuevo, la veterana profesora empezó a recoger sus cosas. El timbre acababa de sonar, y los profesores ya estaban saliendo de la sala para dirigirse a sus respectivas aulas.

4

Cuando, llevado de la incomodidad espiritual o de los desarreglos proctosigmoideos del colon, Tomeus denominaba «molesta sinecura» a su trabajo en la Escuela, el sujeto solo estaba haciendo gala de un sentido del sarcasmo con marcada tendencia a lo hiperbólico, y todo formaba parte de una especie de caricaturización en serie para sacarle las tripas a una realidad por momentos inaceptable, aunque asumible si se aplicaba el gran calzador del sentido común y la resignación babosa, incondicional y un poco pacata. Porque el sujeto pensaba que una vida sin pathos no era vida ni era nada (y eso por no hablar de Eros y de Tanatos y de todos los demás), pero ese apasionamiento con que afrontaba cada pequeña nimiedad hacía de su alma fogosa una tea en perpetua combustión, y si en ese proceso de pura impertinencia debía renegar de su trabajo era por el simple impulso de buscar desesperadamente una excelencia que jamás aparecía. Después de haber tanteado, en vidas anteriores, varios escenarios profesionales tan provisionales como degradantes, poco tenía que objetar a su actual empleo. Tomeus Paramore había puesto a prueba su dignidad figurando en las listas del paro; había ejercido como vendedor a domicilio de estúpidas colecciones esotéricas (duró un solo día, el tiempo justo para admitir que ese trabajo, con todas sus pamplinas, no estaba hecho para él: se largó tras discutir con el comercial que lo acompañaba y que pretendía ser su omnisciente Pigmalión, y tras casi llegar a las manos con él a cuenta de unos fascículos que habían desaparecido y resultaron andar mezclados en un fajo equivocado, en el interior de la cartera del iluminado); fue donante de esperma, aspirante a empleado de banca, aspirante a porteador de los pesados equipos técnicos de un teatro, aspirante a ayudante de asesor turístico en una subsecretaría gubernamental, mancebo para todo en una empresa privada relacionada con la animación cultural (siete años de dura penitencia y laceración moral). Así que no, en puridad Tomeus no podía quejarse de su «sinecura» en la Escuela de Instrucción Pública Millerson, en comparación un trabajo bastante decente si se tenía en cuenta toda la recua de subempleos infamantes por los que había tenido que pasar.

Tomeus era absolutamente consciente del hecho, y en su fuero interno agradecía sin rubor su sino; simplemente, su trabajo no era el summum de lo que entendía por realización profesional, aunque ocasionalmente le deparaba grandes momentos que, por imprevistos, lo llenaban de refunfuñona gratitud. En ocasiones las motivaciones para los actos que emprendemos provienen de lo más insospechado; pueden encontrarse en lo obvio y lo sencillo, pero también en lo más bajo, inverosímil y rocambolesco. Una de las motivaciones de Tomeus era el contacto con esas náyades que las administraciones públicas le adjudicaban azarosamente cada año. Tomeus repasaba los listados de sus grupos de alumnos, a principio de curso, y se deleitaba en el porcentaje de hembras asignado: tantas alumnas (previsiblemente tersas y agradablemente femeninas), frente a tantos alumnos (normalmente patanes en vías de una completa maduración, con los que dirimir una multitud de roces estúpidos). Estaba seguro de que sus compañeros del claustro de profesores (hombres o mujeres) hacían secretamente alguna distinción parecida, de modo más o menos consciente. Para Tomeus el asunto era, evidentemente, un juego; otra de sus caricaturizaciones, un preliminar, una posibilidad apriorística y deliciosamente malsana, aunque totalmente condicionante y llena de una necesidad fuera de toda broma. Porque a menudo la caricatura esconde, mejor que cualquier otra sátira, la verdadera esencia de las cosas.

5

Sucedía sobre todo en bares, con pegotes de chocolate horadando piezas dentales o con bigotitos efímeros de espuma, cuando el tiempo acababa coagulado y Tomeus entreveía la imagen de Sara por el pasillo, adivinando bajo los tejanos la curva-contracurva del modelado animal, y acababa pensando en lo raro que era todo, apalancado allí, en el primer piso de la espera-a-nada, atrapado en el derroche de un tiempo continuamente bergsoniano, ignorado tras la cuadrícula de cemento de esa arquitectura fea que lo acogía en otra tarde insufriblemente triste. La situación acababa pareciéndose a literaturas gestadas en inodoros, a atardeceres de habitación sucia en los que se dejaba pasar deliberadamente el tiempo para esperar al instante siguiente, tratando de concretar algo que nunca llegaba a constituirse y se quedaba en el filo de todo: quien no consigue crear es mudo; quien no logra dar una forma a su inquietud es un lisiado emocional.

La relación de ese instante mental podía ser también la perspectiva desde un pasillo interior, viendo en el patio de la planta baja de esa espera-a-nada un caballete triste con un cuadro triste que recordaba a las pinturas de Balthus o de Odilon Redon. A pesar de tales sensaciones, sin embargo, Tomeus seguía acudiendo a esa cantina cercana a la Escuela cada martes por la tarde. El horror de los horarios pergeñados por la Roendgren Excelsis se materializaba en esa hora vespertina adicional, aislada, puesta como una excrecencia en la ilógica de unos cuadrantes poco compactos y aún menos racionales. Entre su última clase de la mañana y la excrecencia de las cuatro de la tarde Tomeus encontraba tiempo para ir a comer a esa fonda mugrienta, y matar el rato restante leyendo, corrigiendo trabajos de alumnos o escribiendo. Acababa de abrir las tapas del pequeño cuaderno que siempre llevaba consigo, pero lo había hecho sin muchas ganas, forzando una ocupación con la que disimular su aislamiento. No quería que lo tomasen con tanta facilidad por lo que en realidad era: un misántropo con poca tendencia a las socializaciones innecesarias. Así que el cuaderno le servía para aparentar que era un hombre ocupado, convencido de que casi nadie se atrevería a interrumpir a alguien que está absorto en su trabajo. La alambrada funcionaba bien, en todo caso; marcaba el territorio con probada eficacia, y le permitía agazaparse en esos dos pasos atrás para observar la vida sin ser notado. Confortado por su supuesta invisibilidad podía dedicarse a añadir renglones en las hojas del cuaderno, donde la tinta retorcida creaba telarañas sobre la pulpa del papel, y la caligrafía acababa dislocada por los arrebatos compulsivos, todo un filón para psiquiatras y grafólogos.

Con divagaciones de este tipo en la cabeza frecuentemente se quedaba mirando al vacío, en busca de algo que le permitiera arrancar. Pensó que le gustaría escribir como alguno de esos ilustres literatos que poblaban su panteón personal, pero en realidad no lo deseaba, era más bien que sus lecturas del momento lo contaminaban y lo enriquecían, y le salían al encuentro en los recodos del cerebro como rameras con elefantiasis. Y fue en uno de esos lapsos de extasiamiento cuando levantó la vista y comprobó que Sara, esa virginal bellaca, se había sentado frente a él en una de las mesas del fondo, y el hecho le hizo sentirse mejor. Ella removía su café en la distancia, como Tomeus removía la pluma, y la pluma iba removiendo letras con su punta y las depositaba tartamudeando en ese talco de la hoja, blanco como la tiza que esgrimía cada día ante ella como una provocadora erección. De repente Tomeus tomó conciencia del tiempo dedicado en esas primeras semanas de curso a la observación constante y solapada de Sara, mientras ella resolvía problemas de geometría en su pupitre, mientras flirteaba junto a sus amigas por los pasillos, removiendo su café en silencio, ahora mismo. Le subyugaba esa criatura, a pesar de estar a quince metros y seis mesas y muchos pensamientos de él.

Un camarero rubiales y atolondrado recogía platos, apilaba los restos de los servicios en una bandeja metálica, y con sus acciones precipitadas rompía la atmósfera y distraía a Tomeus de su concienzudo trabajo de campo: inspección y disimulo; nueva inspección, introspección y toma de notas en el cuaderno. Sara leía un pequeño librito que se desplegaba en vertical, y coqueteaba aparentando indolencia, enredando las puntas de su cabello entre los dedos, mirando de vez en cuando a Tomeus sin realmente mirarlo, y creyendo inventar el mundo con el ingenuo recurso de una seducción convencional. El tonto juego de siempre. El truco resultaba tan naíf que Tomeus, condescendiente, sonrió para sus adentros, aunque se cuidó de no dejar traslucir ningún tipo de emoción, y permaneció serio y con aire de concentración en lo que estaba haciendo. Debía mostrarse cauto con cualquier manifestación externa que pudiera ser malinterpretada; y no solo porque Sara tuviera apenas dieciséis años y él estuviera prácticamente entrando en la cincuentena, una circunstancia, por lo demás, sumamente controvertida y con discutida aceptación en la esclerótica estructura de la cultura occidental. Los alrededores de esa cantina, tan próxima a la Escuela, eran frecuentados por personal académico que iba y venía, profesores que utilizaban las instalaciones para preparar su trabajo fuera de horas, alumnos que acudían a reforzar contenidos, administrativos, limpiadoras o conserjes. No era aconsejable que el profesor de Geometría fuera visto con una de sus alumnas en ninguna situación social o personal que no fuera estrictamente académica. Por eso Tomeus evitaba, en la medida de lo posible, delatarse con alguna reacción impropia, con cualquier señal que pudiera dar pie a especulaciones o malentendidos. Algo que pareció decepcionar a Sara, que se estiró un poco en la silla para enarbolar su incorruptible dignidad a través de la postura, el ceño levemente fruncido, el espasmo impaciente de su pie derecho, y el cigarrillo que acababa de sacar del paquete para comenzar el rito del cigarrillo, algo a que agarrarse urgentemente, un comodín que la mantuviera ocupada y en apariencia indiferente, y le hiciera parecer mayor de lo que era. Sabía que Tomeus estaba escribiendo sobre ella; desde quince metros Tomeus también era capaz de leer esta certeza en los ojos de Sara, y veía sus propias letras ondulando en la superficie de esos ojos. Sin una razón concreta le vino a la cabeza el concepto de la Gran Salvación, y luego el foso del Amor Distrófico, la Fe Grasienta en lo Inarticulado, los pensamientos rústicos y deshonestos que acababan decantados en el centro de su cuerpo, como un cosquilleo inoportuno, cuando realmente el único cosquilleo que necesitaba en ese momento era el susurro de una musa o una caricia en el cuello, el rumor de páginas pasando para alcanzar el Marasmo Sosegador, convocando esas paces que últimamente no lograba encontrar en la Biblioteca Pública.

Alguien debía poner fin al retablo, en cualquier caso, y lo que de verdad pedía el drama era una repentina salida por la tangente, con un primer plano de Sara que se sabía observada y, con meditada efusión, daba la última calada a ese pitillo a medio fumar, y en un gesto inefable y conglobador lanzaba lateralmente su más de medio cigarrillo encendido y se levantaba en un tres palmos de narices que resultaba ciertamente épico y, a un tiempo, inevitablemente ridículo, porque no tenía contexto. Era un gesto brusco y hasta intempestivo, que denotaba el azoramiento que la presencia de Tomeus debía de estar provocando en la chiquilla.

Tomeus se quedó mirando ese reverso de Sara, los músculos traseros en plena locomoción, mientras esta se alejaba hacia el pasillo. Ante esa ausencia capital su ánimo se encogió de nuevo, arrugado bajo una sensación crepuscular y periférica, un efecto de desorden inte­rior y habitaciones sucias, como si se hubieran apagado las luces…, pues lo que quedaba era la soledad de bar-afuera contrapuesta al estrépito de bar-adentro, con rostros moviéndose espasmódicamente y un murmullo totalizador que no tenía forma, que no se dejaba cortar en pedacitos para asignar un trocito de rumor a cada boca oscilante, y poner en ellas frases al menos tan irrisorias como las caras de los fariseos.

6

El señor Tos ponía toda su atención fragmentaria en hacer coincidir la punta de un tornillo más bien pequeño con su agujero, pero sus manos temblonas hacían que la minúscula porción de ferralla diera vueltas alrededor de la rosca, sin acabar de embocar en ella, y que se tambaleara en una imposible verticalidad axial, cabeceando hasta caer sobre la mesa o directamente al suelo. El señor Tos ya había recogido tres veces la pieza metálica caída, pero estaba empeñado en alcanzar su objetivo, cualquiera que este fuera, pues su mente se dispersaba por momentos y ni siquiera sabía qué hacía allí sentado, en un salón plagado de tapetes de ganchillo y flores de franela, una acuarela de contenido alpino y unas cortinas de estilo veneciano, con cordones un tanto desgastados ciñéndolas a cuatro palmos del suelo. El salón era el de la señora Bonamassa, y el señor que se afanaba tratando de hacer ver que, a pesar de su provecta edad, todavía conservaba trazas genéticas de un pasable homo habilis, era la encarnación palpable y un tanto fantasmal de la tía Meredith, fallecida catorce meses atrás. Durante siete años, y hasta el momento del óbito, la señora Bonamassa había acogido en su casa a su tía octogenaria, tan lúcida y activa mientras vivió que, a pesar de sus piernas arqueadas por la artrosis y la impactante orografía que las arrugas habían modelado en su rostro, cada domingo por la tarde se aplicaba su colorete y sus polvos del desierto, redibujaba la forma de su boca con un lápiz de labios ciertamente atrevido para su edad, se calzaba unos zapatitos cómodos aunque elegantes, y hacía que un taxi la dejase en la Sala Golden´s, un tugurio para la tercera edad que estaba muy en boga, donde bailaba y alternaba hasta que sus pies decían basta. La señora Bonamassa la despedía en la puerta, meneando la cabeza para denotar cierto disgusto o, al menos, cierta razonable preocupación por su integridad física y moral, pero acababa recolocándole con mimo el florón abigarrado que adornaba la pechera de su traje de chaqueta, deseándole que se divirtiera y recordándole que las once de la noche era el punto de no retorno, el límite último que tenían pactado para sus inofensivas correrías.

Fue en uno de esos bailes donde la tía Meredith conoció al señor Tos, dos años mayor que ella; un individuo bajo, encorvado como un gorrión enfermo, y con una mirada perdida y emborronada por las cataratas que a la anciana le pareció muy seductora, no obstante, pues lo obligaba a entornar un poco los ojos para poder enfocar los bultos que tenía delante, a pesar de la corrección que sus gafas de montura dorada deberían proporcionarle. Por supuesto, el nombre del señor Tos no era señor Tos, sino Archimbold, pero Tomeus lo llamaba así porque lo oía toser con frenesí cuando el anciano estaba en casa de la señora Bonamassa, y ese desagradable sonido cargado de flemas líquidas y pequeñas explosiones de intensidad creciente (normalmente organizadas en tríadas separadas por intervalos demasiado cortos para el equilibrio emocional de cualquier humano) acababan desesperándolo, y hacían crecer en él un atisbo de gerontofobia que lo llevaba a apretar los dientes en silencio.

Archimbold, es decir, el señor Tos, fue poco a poco introducido en ese espacio que hasta entonces habían ocupado en una armonía un tanto monótona la señora Bonamassa y su tía Meredith, y si bien al principio la señora Bonamassa acogió con recelo estos devaneos extravagantes de su tía (tendía a considerarla un poco díscola, aunque entendía que este era todo el aliciente que le quedaba ya a la mujer, siempre enredada en sus terapias para aliviar la artrosis y en su triste mundo de farmacopea), pronto se acostumbró a preparar en domingos alternos mesa para tres. Y enseguida, con la excusa de recoger a la anciana para ir juntos al baile, las visitas del señor Tos se produjeron cada domingo, y luego tres y hasta cuatro veces por semana, sin un motivo especialmente justificado, más allá de la compañía y la distracción que el viejo proporcionaba a Meredith. Alguna noche, incluso, el señor Tos se había quedado a dormir, siempre en una habitación para invitados que la señora Bonamassa se encargaba de acondicionar, esforzándose en hacerla irresistiblemente acogedora con el fin de mantener al señor Tos lejos del dormitorio de su tía, quien, no obstante, nunca dio muestras de tener un interés especial en que el vetusto caballero accediera a su modesto santuario. Normalmente se despedían en la puerta del dormitorio de la anciana, ella en camisón, él enfundado en un pijama con una tira de seda en los bordes, y se cogían brevemente la mano a modo de buenas noches. La tía Meredith era consciente de que el señor Tos pasaba por dificultades económicas, y que su ridícula pensión apenas daba para mantenerlo a flote sin muchas florituras; y también sabía que, con sus galanterías, el caduco seductor iba buscando esa madriguera que le diera seguridad, calor y compañía, y de paso le ahorrase, en la medida de lo posible, el engorroso y continuo dispendio que le acarreaba la propia manutención. Así, cumpliendo con los niveles básicos que le imponía la mera pervivencia, y complementándolos con la hospitalidad de Meredith (es decir, a efectos prácticos, de la señora Bonamassa), el señor Tos iba trampeando y saliendo adelante. La tía Meredith, por su parte, consentía el rapto: también ella necesitaba de esa mentira para apurar una vida que presentía al límite, y el señor Tos la acompañaba en ese trance, y a veces la hacía reír con sus incongruencias de viejo chocho. Un quid pro quo que la señora Bonamassa aceptaba más o menos de buen grado, aunque a veces se sintiera realmente cansada de tener que cargar con dos viejos veleidosos que prácticamente vivían a su costa. Ella misma había superado ya los sesenta y cinco, y cada vez su cuerpo respondía peor a las exigencias de la vida cotidiana. Su espina dorsal se curvaba horriblemente, año a año, debido a su enfermedad, y ya le resultaba casi insostenible cualquier demanda física que se saliera de lo normal.

Por eso, cuando murió su tía, la señora Bonamassa se vio en un brete. No sabía cómo despachar al señor Tos, que seguía acudiendo por inercia y sin asomo de remordimiento varias veces por semana, y finalmente acabó asumiendo su presencia como algo inevitable. Por buscar un sentido a lo que estaba haciendo, la señora Bonamassa tomó su propio acto altruista como un homenaje a la tía desaparecida, una especie de cumplimiento de últimas voluntades, y así, perpetuando su existencia a través del señor Tos, podía en cierto modo sentir cerca a la finada, aunque fuera por simple metonimia. A cambio, el señor Tos intentaba hacerse útil con el mantenimiento logístico de la casa (aparatos rotos, cuadros despegados de sus marcos, bombillas fundidas...), siempre con deplorables resultados dada su incipiente ceguera, los ataques de tos y los tembleques que el Parkinson empezaba a dejar en sus manos; pero la señora Bonamassa le dejaba hacer para que el pobre vejestorio pudiera limpiar de algún modo su conciencia. De pronto la señora Bonamassa sentía el alcance de la trampa, como si a su vida se le hubiera impuesto por designio un encofrado de hierro (su tía Meredith) en el interior del cual se dispone una masa que al principio es blanda y maleable, y poco a poco va tomando cuerpo, endureciéndose, de modo que al retirar la estructura la masa permanece allí, ya cuajada e inamovible, con la forma del molde. Ese bloque pétreo era el señor Tos, y ya no había manera de desembarazarse de él.

7

Tomeus abrió la puerta. Llevaba el cuerpo desnudo envuelto en un kimono de seda, y los pies calzados con babuchas oscuras. En el dintel se encuadraron dos bellezas voluptuosas: la pelirroja saludó con un ladeamiento de cabeza y un gesto con la palma de la mano abierta, como si estuviera limpiando el vaho de un espejo; la negra llevaba un turbante violeta en la cabeza, y enseguida ofreció el dorso de su mano para que Tomeus la besara. Este apresó los dedos extendidos hacia él con la debida delicadeza, siguiendo el juego a la chica, al tiempo que acercaba los labios para depositar un beso inocuo a unos milímetros de su piel, y al retroceder para dejar el paso libre a sus visitantes notó cómo sus partes colgantes se bamboleaban sugestivamente por debajo del kimono. Al atravesar el umbral los cuerpos de las chicas dejaron en el aire sus fragancias arrebatadoras (en apreciaciones de Tomeus, una conjunción de gineceo penumbroso y falso perfume de marca), que se quedaron flotando alrededor de las cabezas como una nube, produciendo en el desconcertado anfitrión un enajenamiento transitorio y sumamente agradable. «Yo soy Tomeus», acertó a decir este escuetamente, de un modo un tanto absurdo, como si necesitara dejar claro quién era quién en el pequeño sainete; y mientras las chicas se adentraban en el breve pasillo se quedó innecesariamente rezagado, con la excusa de cerrar la puerta, para observarlas de espaldas. Eran más altas que él, más excitantemente corpóreas, animales verdaderamente tangibles sobre taconazos obscenos, brillantes como el mango de un látigo. Tomeus se ajustó un poco mejor el cordón del kimono, y sin perder más tiempo se reunió con ellas en el salón, según lo que tenía planeado. Allí, cogiéndolas del brazo, las condujo suavemente hacia el mueble-bar, un elegante globo terráqueo con un mapamundi del siglo xvii grabado en su superficie, y mientras ellas se servían un trago él fue a elegir un disco. La negra le evocaba vagamente a Bessie Smith, con el turbante como una cúspide de meditada sofisticación y los pómulos tridimensionales y pulidos, así que se entretuvo rebuscando en su fonoteca hasta dar por fin con Do your duty. Con mucho cuidado sacó el disco de su funda, se aproximó ritualmente al elegante Marantz plateado que reposaba con toda su potencia latente, y poniendo en marcha el aparato hizo sonar esa maravilla crepitante y nasal, que empezó a llenar el aire con su sordina desgarradora y sus historias de infortunio.

Con la música construyendo una atmósfera bascosa Tomeus volvió al mueble-bar, levantó el hemisferio norte, y tras meditar unos instantes su elección cogió una botella de brandy, vertió una buena cantidad en un copazo, lo alzó a la altura de sus ojos, y a través del líquido ocre se quedó observando el beso que ya enredaba a sus flamantes starlettes, como una provocación que ambas hubieran convenido de antemano: dos criaturas húmedas buceando en su pecera alcohólica, deformadas e impúdicas como zorritas de Egon Schiele. Rápidamente Tomeus se unió a ellas e introdujo su propia lengua entre las de las chicas, dando lugar a un trasiego de salivas y licores que, transportados por un magma untuoso, contenía todos los sabores inesperados de la mezcla. Mientras disfrutaba de la ensambladura, Tomeus también parecía encontrar tiempo para divagar (al levantar los ojos extasiado se dio cuenta de que la viga de madera del techo estaba pidiendo a gritos una capa de barniz), y en medio de los chispazos que producían sus desconexiones neuronales —producto de la excitación y de los mililitros de alcohol, previos a la llegada de las chicas, que trotaban en su organismo— se decía que si fuera capaz de destilar ese almizcle e introducirlo en frasquitos de colores podría venderlo como estimulante sensual para los bajo vientres apáticos, y con lo que sacase de las ventas crearía ungüentos vivificantes y tónicos incitadores que iría consiguiendo con rigurosas investigaciones prácticas de los humores corporales femeninos, para lo cual crearía un gabinete en el que recibiría y trataría a las voluntarias que quisieran someterse a sus lúbricas experimentaciones. De inmediato contó su descabalada idea a las chicas, que, riendo la broma, se ofrecieron para ser las primeras en adherirse al plan global de intervención secretora, de lo que Tomeus se mostró encantado.

Esta entrega facilitó las cosas, si no eran ya suficientemente fáciles, y propició la transición que Tomeus necesitaba para ausentarse momentáneamente. Dejó a las chicas curioseando entre los libros y los discos, ocupadas en toquetear los diversos objetos acumulados en viajes: piedras, artesanías, fotografías, y todo tipo de cachivaches y baratijas, cuyas formas totémicas a veces provocaban sus risas. En el baño, mientras tanto, él iba preparando el ambiente: perfumes en el aire, velas alrededor de la bañera, sales aromáticas en el agua caliente, pétalos flotando. Al recoger las toallas vio fugazmente su imagen en el espejo, que empezaba a empañarse con el vapor. Se acercó al cristal y, con la mano, hizo un hueco en el centro para poder ver su cara; recordó simétricamente el saludo de la pelirroja, en la puerta. Deliberadamente se entretuvo observando su propio rostro enmarcado por el vaho, durante tanto rato que este se fue vaciando de contenido, haciéndose ajeno. Sus ojos y su alma se habían separado de él y lo estaban mirando. Podía verse en ese instante desde dentro y desde fuera a un tiempo, como si ya estuviera borracho, como si se hubiera apoderado de él la clarividencia de la euforia. «Artimañas convencionales de la seducción», pensó de pronto. Era una frase que le venía una y otra vez a la mente como una letanía, y era absolutamente incoherente, vacía, y a la vez definitoria. Miró las velas y los pétalos. No le importaba ser convencional, allí, en ese momento; no le importaba ser un Valentino ramplón y poco imaginativo. No se jugaba nada. No estaba poniendo su alma en ese asunto, pues las chicas iban a aceptar cualquier medianía, si se movía algo de dinero; y aunque los tres estaban allí con la intención de pasarlo muy bien, lentamente Tomeus notó que iba perdiendo concentración, que la excitación cambiaba de región en su cuerpo, aupada por el brandy y el efluvio cálido que emanaba de la bañera, y se iba instalando en su cerebro. De repente necesitaba escribir; necesitaba escribir por encima de fornicar.

Empezaba a anotar la letanía sobre el vaho del espejo, con un dedo, cuando apareció la pelirroja, que le lanzó su saludo de los dinteles de las puertas, y le preguntó si estaba listo. Ella se había desnudado del todo, y la curva praxiteliana de su cuerpo arqueado, apoyado lateralmente contra una jamba del marco, lo excitó sobremanera. Súbitamente el ardor volvió a bajar en tropel hacia su origen, de golpe, como un Nilo irrigando con furia tierras feraces, enredándose en sus arterias y colmando frenéticamente la raíz de su organismo. Dejó de escribir, y en el espejo quedó el principio de su letanía interrumpida: «Art…». Sentía su cabeza como una región devastada, saqueada por la turbiedad del momento. Art, arte. La pelirroja era una estatua griega, eterna y blanca en el umbral de Eros, la perpetuación de la estirpe de Afrodita. «Sí, claro —le dijo Tomeus—. Claro que estoy preparado, irrevocablemente: cruza el umbral del mundo sensual». A la chica le hicieron gracia sus solemnes palabras, carentes de toda lógica contextual, y, riendo, se sentó en la taza del retrete. Tomeus le pidió que no orinase, que lo guardara para luego, porque quería que más tarde «corriera el champán», y de paso tendría la oportunidad de comprobar la calidad del material para el proyecto secretor que pergeñaban. Ella volvió a reír, y en ese momento, atraída por tanta hilaridad, apareció ante ellos la negra, que apoyó su espalda desnuda en la pared como una cariátide art déco, robusta y epicúrea.

«Mistress Mardi Baltimore», anunció la pelirroja extendiendo los brazos hacia la negra. Mardi dobló medio cuerpo hacia delante y sus pesados pechos morenos se balancearon hipnóticamente. Su reverencia sumió a Tomeus en una sucinta ensoñación oriental, surcada por una plétora de meretrices, doncellas y cortesanas, hasta que su voz profunda lo devolvió a la realidad: «Señor Tomeus, va a saber usted lo que es un auténtico mezclote… Lo digo por lo de su proyecto de los frascos de colores; le presento a Lady Belinda Bloom». La pelirroja saludó.

Las chicas eran divertidas, pero la impresión de Tomeus era que una puesta en escena tan teatral podía hacer que la situación fluctuase peligrosamente entre lo solemne y lo festivo, algo que no convenía a la estabilidad bioquímica de su libido, tan poco fiable a esas alturas. Consideraba que, superado determinado punto, las prácticas lúbricas necesitan seriedad, y empezaba a temer que la práctica lúbrica a la que aspiraba pudiera convertirse en humo, perjudicada por una risa improcedente emitida en algún momento clave del proceso. «No sea usted tan serio, señor Tomeus. ¿No se está divirtiendo con nosotras?», dijo Mardi, envolviéndolo en su negro aura animal, aproximándose, intuyendo la derivación de sus pensamientos. Tomeus respondió con una pregunta sobre la procedencia de sus exuberantes nombres artísticos, que vio por primera vez escritos en el cartel anunciador del Aliatar con fogosas letras escarlata, entre otros nombres que no recordaba bien pero evocaban plumas, rímel, suelos pegajosos y tipos con bigotito fino.

Llegadas directamente de ese inframundo (en un taxi cuyo importe quedaba tácitamente incluido en la minuta estipulada), las chicas parecían sentirse cómodas en el entorno que Tomeus había dispuesto para ellas. Pasando por alto la cuestión de sus nombres, se limitaron a reír de nuevo; y sí, en respuesta a la pregunta que le acababa de hacer Mardi, el profesor dijo que se estaba divirtiendo mucho, a su manera, aunque solo fuera por la novedad de desarrollar las actividades que los ocupaban fuera del ambiente nocivo del Aliatar, lo que les daba una inusitada dimensión muy interesante (no lo expresó con estas palabras exactamente, pero ellas entendieron lo que quería decir).

Como antro, el nightclub Aliatar difícilmente rompía con el arquetipo de motelito vagamente siniestro con un halo de depravación, actividades ilegales enmascaradas y lenocinio encubierto. Estaba ubicado en un barrio periférico del sur de la ciudad, rodeado por una maraña de carreteras de circunvalación y un cinturón de polígonos industriales. Y aunque permanecía relativamente aislado, levantado como una caja negra en mitad de un descampado al que se accedía a través de un camino secundario mal iluminado, era muy efectivo reclamando la atención de los noctámbulos a fuerza de fogonazos lumínicos intermitentes, señales que se atisbaban a gran distancia desde las autovías adyacentes, e incitaban a disfrutar sin cortapisas de sus instalaciones: básicamente un bar-salón con escenario, un pequeño cine, y varias habitaciones de distintas categorías en el piso superior.

En el nightclub Aliatar se expedía una tarjeta de fidelidad, lo que daba derecho a disfrutar de los servicios de nivel dos y nivel tres con un sistema de descuentos relativamente ventajoso, basado en el cuponaje, de modo que cada cuatro servicios se podía disponer del quinto por un cincuenta por ciento menos de su tarifa habitual, y copa gratis o baile en privado por añadidura. A los servicios de segundo nivel se accedía por una puerta distinta a la del cine, en el lado opuesto del pequeño vestíbulo, y bastaba con pulsar un timbre y enseñar la tarjeta a quien abriera la puerta para penetrar en la panza tenebrosa del Leviatán: una sala abovedada con neones azules y magenta diseminados, un fresco en el techo que representaba a una Venus mal proporcionada, flotando más como una amenaza que como un reclamo sobre las cabezas de los clientes, y sofás y mesitas, candelabros y búcaros con flores de plástico que a la luz de los neones parecían radioactivas.

En conjunto, el Aliatar parecía un espacio multidisciplinar de lo sórdido, con varios departamentos especializados a los que se accedía con dichos privilegios de club, como un juego con varias casillas que se iban revelando conforme el jugador iba superando estadios. El primer estadio era el más discriminatorio, pues lo que ofrecía el salón principal era más o menos un sótano mugroso y oscuro al estilo Place Pigalle, donde se proyectaban películas de porno retro para que los homosexuales pudieran dar rienda suelta a sus felaciones sobre las butacas desgastadas, y la sensación global era que uno podía salir de allí con una inflamación del aparato genito-urinario y una depresión post mortem de por vida, si tal contradicción fuera posible. Las películas que se programaban, sin embargo, eran de un porno convencional, pensadas más bien para un público mayoritariamente heterosexual, y donde prevalecía el esquema hombre-mujer, y a veces mujer-mujer y hombre-mujer-mujer, pero las variantes no solían ser muchas, y lo que se veía era una colección de los tópicos del género, con códigos muy establecidos: primer plano del rostro del protagonista masculino haciendo muecas para anunciar al espectador una eyaculación inminente, precedido por ciclos de sexo oral biunívoco, penetraciones desde y por detrás, de cara y de espaldas, en posiciones frontales, laterales, horizontales, verticales y fecales, con unos u otros arriba o abajo, de nuevo penetración más o menos clásica para ir concluyendo la escena, y felación final para que el protagonista acabara eyaculando en la boca de la chica, con el aviso previo del primer plano comentado anteriormente. A Tomeus, la nebulosa de ese escenario y de ese ambiente degradado lo retrotraía a las salas urbanas de su primera juventud, a las que acudía de manera clandestina muy de tarde en tarde, en el contexto de una sociedad analógica que no tenía un acceso viable a este tipo de producto. A aquellas sesiones juveniles Tomeus se llevaba una carpeta con folios y un bolígrafo, en teoría para dignificar la situación tomando notas y apuntes sociológicos para un ensayo o una novela con el tema de la sordidez y la autodestrucción, pero en realidad la carpeta le era muy útil cuando salía de la sala y debía disimular su erección en la vida civil, esa vida real de la calle donde nadie estaba en esa coordenada sexual que lo exacerbaba. Así, con la carpeta tapando el centro de su cuerpo y la camisa por fuera para reforzar el escaque, iba caminando de vuelta a casa con un empinamiento doloroso que quería romper la tela dura de su pantalón, y con los ojos y el pensamiento inyectados en un deseo pérfido, insano, turbio, lúbrico e insatisfecho. Internet y su pornografía fácil, accesible, llegó años más tarde para acabar con el encanto de este cuerpo a cuerpo con lo «real», aunque aquellas veladas predigitales fueran en el fondo tan oníricas como las aventuras virtuales de la red, si bien mucho más formativas desde un punto de vista existencial y empírico. La diferencia entre ambas experiencias era lo que se jugaba el individuo: el anonimato, la reputación, la integridad y la vergüenza, pues no había momento más comprometedor que la entrada o la salida de esos lugares públicos a la vista de cualquiera de los transeúntes prejuiciosos que deambulaban por las calles, seres invadidos de una mojigatería pequeñoburguesa o protorreligiosa de cualquier tipo, o imbuidos de la hipocresía venenosa y las represiones culturales de grupo.

Con los años y la práctica, es decir, con el peso de la vida y el mundo a las espaldas, todo acababa dando un poco igual, aunque en el fondo de Tomeus persistiera cierto azoramiento residual a cuenta de la timidez de base, que nunca dejó atrás del todo. Durante una época muy concreta Tomeus acudió al Aliatar con cierta endeble regularidad, llevado siempre del aburrimiento o la disgregación, y de esa fascinación por la autodestrucción que denota una pequeña tara en el sistema emocional, una rotura provisional que, en ocasiones, se convierte en demasiado continuada y afecta a toda la estructura del ser. Si a veces los acontecimientos lo habían devastado, estaba bien ir enterrándolos, acabar con el pasado y su dolor adyacente por medio de la destrucción de todo cuanto tuviera que ver con él, esto es, su propia persona, el hilo conductor del drama, el idiota desmañado que no había sabido dirigir su vida hacia ese remanso de beatitud horizontal, convencionalismo baboso y felicidad impostada. Ahogándose en la liturgia del alcohol y del sexo esperaba restañar una herida que todavía supuraba, dando una dimensión épica y literaria a su autocompasión. Era un camino posible, igual que otros acababan arrimados a la tranquilidad de la fe o de las aficiones, o a la verdad inmutable contenida en la naturaleza. La función, al fin y al cabo, era la misma: buscar un poco de consuelo y un poco de sentido, tapar de mala manera el absurdo de fondo…, aunque intuía que su opción envilecedora era un golpe más preciso, un arma más letal, más directa, un auténtico arponazo en el centro del cosmos.

Las acomodadoras del Aliatar, como el propio local, también resultaban de lo más multidisciplinares, y Tomeus las había visto ejercer en él funciones diversas según las necesidades del negocio. No era inusual que su ámbito de actuación abarcara desde las taquillas hasta los reservados, pasando por el bar y, con menos frecuencia, las tablas del pequeño escenario donde hacían volar sus plumas y brillar sus lentejuelas, en números de escasa calidad cuyo único propósito era espolear a los pocos clientes que allí se congregaban. En la primera fila solía sentarse un hombre mayor, que siempre parecía entumecido y se dedicaba a meter billetes en las braguitas de las starlettes. Mecánicamente, como si fuera una máquina expendedora, el viejo separaba un billete del fajo que llevaba en la mano, y cuando una de las starlettes que se contoneaba sobre el escenario veía el reclamo, se acercaba haciendo movimientos sinuosos hasta quedar al alcance del anciano, que dejaba el dinero sujeto de la goma del slip. El viejo parecía sentir mucho placer con este primario modo de posesión, y a Tomeus le parecía que no se podía caer más bajo; pero luego se miraba a sí mismo, y a todos los que formaban parte de esa fauna: los camareros, los clientes, las propias chicas, y era evidente que todos estaban allí arrastrando un poco sus vidas, aunque en la mayoría de los casos por propia voluntad y en busca de algún beneficio concreto.

La función de acomodadora era solo una más de las pequeñas sumisiones de un trabajo que se adivinaba mal retribuido, pero que no dejaba de tener su valor simbólico, en opinión de Tomeus. A las chicas las había visto desempeñarlo esporádicamente, y cuando por una de esas coincidencias de los turnos le había tocado ser objeto de su atención profesional, se había sentido íntimamente complacido, como si la chica en cuestión fuese una azafata que lo depositara con deferencia en la butaca de su pequeña y secreta denigración personal, pero haciéndole sentir que asistía a uno de los actos más memorables de su vida. La chica (que indistintamente podía ser Belinda Bloom, la negra Mardi —aunque con esta nunca había coincidido, en realidad, y era ahora, en su casa, cuando la veía por primera vez— o una muchacha de rasgos vagamente orientales que era todo delicadeza) literalmente lo acomodaba en un sentido espiritual, y no solo en el sentido físico de hacerle aposentar el trasero sobre la butaca, dándole sosiego a un alma que quería librarse por puro epicureísmo de un tormento que le corroía las entrañas. Ese acomodo espiritual, más que otra cosa, es lo que iba buscando Tomeus con cada escapada al Aliatar, y también con la inusual velada que estaba teniendo lugar en su casa, un paso más en la escalada personal en busca de nuevas experiencias vermicidas, un exterminio de gusanos en toda regla, humanos con rostros concretos, frustraciones personales, insatisfacciones vitales, simple especulación con el ocio y el aburrimiento, materia para su escritura, y ampliación de los horizontes particulares en términos de experimentación total y sentido lúdico-trágico de la autodestrucción y la prospección continuada en las cloacas del lado salvaje, aunque en realidad las cosas no fueran para tanto: un poco de compañía convenida para matar el tiempo y para sentirse ridículamente canalla por un rato, equilibrando el mecanismo de una psique a la deriva y dejándose acomodar estrictamente con cierta forzada ternura.

Algo había salido bien esa noche, para variar, porque las chicas parecían encontrarse a gusto y entregadas, y personalmente más allá de la simple y fría cortesía profesional que normalmente acababa dejando su baba de melancolía pegajosa en los intervinientes. Esa noche todos jugaron sus juegos: corrieron los dos tipos de champán, como se había sugerido; rieron, pusieron a prueba sus anatomías, charlaron, y luego la velada tomó ese rumbo que ninguno había previsto, donde la cáscara empezaba a romperse y el núcleo de la intimidad verdadera empezaba a asomar, como una pulpa frágil, y los tres supieron que era momento de poner fin a la velada.

8

El profesor de Física bisbiseaba ensimismado-ensimismante sus lecciones teóricas, repasándolas, y acababa siempre por hablar a sus objetos, dirigiéndose a ellos como si fueran entes frágiles, únicos, con ternura y condescendencia. El abstraimiento blando con el que rezongaba su soniquete hacía crecer en la cabeza de Tomeus un pensamiento dual, que cristalizaba en dos figuras diferentes: el tipo tranquilo que estaba sentado a su lado podía ser un animista o un chiflado, aunque de momento Tomeus fuera incapaz de determinarlo. Su propio talante tardorromántico podía validar ambas figuras, con todo su potencial fantasioso y sus posibilidades metafóricas, pero no se decidía por ninguna.

A Tomeus le venía bien el bisbiseo de su colega, no obstante. Lo sosegaba hasta el punto de hacerle perder la concentración en su propio trabajo, pero llevado en el arrullo de la letanía su cerebro empezaba a inhibir la producción de serotonina, y su ritmo cardíaco descendía. Estaba al borde del sueño, en realidad, aunque el hecho se debiera en parte al episodio de la noche anterior, con las chicas, el champán y todo lo que siguió. Nadie de los que estaban a su alrededor, en esa sala de profesores, podía seguramente sospechar los tejemanejes y avatares de su vida privada, como él no podía saber los de los otros. Ni Carpena, el profesor de Física que estaba junto a él, inmerso en su liturgia sobrenatural; ni Petrarca, la profesora de Literatura, revestida de abalorios de bisutería y con una comprensión limitada del universo, que solía suplir con el trabajo a destajo; ni tampoco la profesora de Historia, de carácter seco y un poco hiriente, o el profesor de Música, un tipo hipersocializado y bastante cargante, con un permanente entusiasmo que lo hacía sospechoso. El resto de los profesores estaba en esos momentos en las aulas, cumpliendo escrupulosamente con sus obligaciones lectivas, y la sala estaba sumida en uno de sus escasos ratos de armonía, con un ambiente silencioso y propicio para el trabajo o la relajación. El propio profesor de Música, de natural tan ruidoso e intempestivo, permanecía recostado en un sillón, escuchando sinfonías con los auriculares puestos y los ojos cerrados. Todos sabían cómo comportarse allí, qué papel habían escogido representar (o la fuerza de la costumbre y la pasividad les habían asignado), y qué se podía esperar de cada uno de ellos; y entre todos habían tejido una maraña de hilos finos que a veces se rompían y reestructuraban toda la malla, o bien se convertían en hebras resistentes que creaban vínculos insospechados (algunos de ellos incluso extravagantes, como el que unía a la profesora de Ciencias Naturales, una mujer grandota, mandona, intrusiva, gritona y bastante desagradable, con el profesor de Latín, un mequetrefe con gafas de lupa y cráneo dolicocéfalo, que parecía su lacayo).

El que unía a Tomeus con Carpena era un hilo tenue y sin muchas estridencias. Ambos acababan encontrándose de manera natural, pero nunca habían pretendido enredarse en ningún tipo de intercambio (más allá del ámbito académico) que comprometiera su individualismo. Simplemente se sentían cómodos cuando coincidían en un mismo espacio, ligados por esa fibra de afinidad que surge entre las personas sin saber muy bien por qué. En su caso quizá se tratara de una especie de bonhomía de base, o un sentido del humor parecido, o el modo escéptico y un poco distante, aunque cortés, en que se relacionaban con el resto de los compañeros. Tomeus practicaba una afabilidad superficial en la sala de profesores, lo justo para no parecer un bribón antipático, y Carpena, con su perilla blanca y su cabeza monda, con su caligrafía cuidada y su meticulosidad, con su parsimonia y su cordialidad, parecía ser un individuo discreto y entrañable incluso más allá de los muros de la Escuela.

Visto desde la puerta, el conjunto tenía el aspecto de un cuadro clásico; una naturaleza muerta con humanos prácticamente inanes, concentrados en una labor que apenas requería movimiento físico. En la composición predominaban los espacios vacíos, pero se trataba de algo circunstancial, justo hasta el siguiente cambio de clase o hasta la hora del recreo, en que el retablo volvía a animarse con los resoplidos de cansancio, las conversaciones a tres bandas y los sobreagudos de la profesora de Ciencias Naturales. Era la calma que precede al tsunami, el mar que se ha retirado momentáneamente de la playa para volver arrasándolo todo, un interludio inquietante lastrado por esa amenaza latente. Petrarca, la profesora de Literatura, se había acercado a la máquina de las bebidas, que tenía la tecla dispensadora sujeta precariamente con un trozo de cinta adhesiva. Después de rebuscar un rato en su monedero metió dos monedas en la ranura, seleccionó el icono del café y apretó la tecla estropeada, que se salió de su sitio y se quedó colgando de la cinta. Suspirando, la profesora volvió a encajar el trozo de plástico en su sitio.

Estos detalles no se apreciaban a simple vista desde la puerta, cuando alguien se asomaba a la composición clásica; solo se revelaban al ampliar pequeños fragmentos, o cuando se era parte integrante de la composición. El aspecto general de la sala, si no se aplicaba ningún factor de ampliación sobre el lienzo, resultaba aceptablemente institucional, con su mobiliario impersonal alzado como una escenografía en la que desarrollar el pequeño drama humano en condiciones tolerables. Pero los pequeños detalles desvelaban la tramoya: la sutil decadencia del personal y los objetos; la alarmante falta de presupuesto para dignificar la misión demandada a sus vasallos por el propio aparato del Estado. Que se desprendiera una tecla de la máquina de café, o que todos los artefactos tecnológicos estuvieran obsoletos, degradados o fuera de funcionamiento, parecía solo el principio del fin, y resultaba extraño que un motín no hubiera acabado ya con tanta depauperación. Casi todos culpaban secretamente al director Medrano, por su falta de determinación a la hora de trasladar las exigencias del claustro a los altos despachos y las consejerías, como si el asunto no fuera con él.

El cuadro en sí era bonito, desde fuera, pero arrimada a una de las paredes había una mesita baja con un viejo teléfono encima. Junto a ella había un sillón auxiliar de aspecto demodé, y cada vez que algún profesor se sentaba en él para atender una llamada uno de los brazos se desprendía del soporte, y caía al suelo de un modo cómico y aparatoso. A veces el brazo se quedaba en el suelo varios días, hasta que alguien con un sentido del orden y la geometría más desarrollado lo recogía y lo volvía a encajar en su sitio. Y nadie se amotinaba. «Somos demasiado civilizados», murmuró Tomeus. Y Carpena alzó los ojos un momento de sus cuartillas; pero como no comprendió a qué se estaba refiriendo su colega se limitó a sonreír, y enseguida volvió a su bisbiseo: balística, lanzamiento parabólico, vectores…

9

Como el café que tenía delante necesitaba una justificación, y su presencia en esa mesa una coartada, Tomeus se obligó a poner unas cuantas líneas sobre la hoja, unas palabras cualesquiera que hicieran surgir una idea por empuje, por el automatismo de la asociación, forzando de tal modo el material que quizá fuera posible sacar algún jugo del fondo escabroso de las meninges. Pensó en un personaje ambiguo, pero de sólido dibujo. La indeterminación sería su característica: la falta de resolución, la imposibilidad de definirse ante las bifurcaciones, la incapacidad para decantarse por un camino u otro, por una forma de encarar la vida u otra. Se trataría, no obstante, de una característica de peso: la dubitación como estructura; la incomodidad y el nihilismo como un aliento vital. Tomeus por Tomeus: self-portrait.

Tomeus dio un sorbo a su café y se quedó mirando el papel. Insatisfecho, tachó lo que había escrito con tres rabiosas rayas diagonales, y en el trozo de hoja que quedaba libre comenzó a dibujar el querubín de bronce que tenía al lado. El escorzo era difícil, en contrapicado, y la postura del angelote un tanto forzada, con una pierna encogida en el aire y la que apoyaba en el suelo descargando el peso sobre la punta del pie, con el talón elevado unos centímetros, como si estuviera cogiendo impulso para dar un salto. Con los brazos hacia el cielo, el angelote sostenía una cesta sobre la que se desbordaba artísticamente una masa de flores de tafetán, que el decorador había dispuesto con meditado desenfado. Todo un reto técnico para Tomeus, que con la misma pluma de escribir estaba tratando de dar forma y sentido a lo que tenía delante, con resultados tirando a mediocres. No estaba siendo su día, quedaba claro, y además se había quemado la lengua al sorber su café demasiado pronto, sin darle tiempo a enfriarse.

El Café Fenice, a fuerza de sentadas inermes y contorsiones intelectuales, se había convertido en cierto modo en su lugar de trabajo. Allí solía abandonarse al calor de las maderas y los ácaros, entes que sin duda desarrollaban una vida microscópica en los rincones de la marquetería, entre los peldaños que conducían al retrete, y bajo las mesas y los taburetes. Era una vida secreta que crecía en silencio, una biodiversidad infinitesimal que acechaba con una latencia amenazadora, como la reproducción en miniatura del inframundo que construye el núcleo primordial de las tabernas: cálices y pócimas, lámparas y música, catedrales para acoger por igual a los proscritos y a los desenfadados, a los lúdicos y a los ensimismados, a los risueños y a los taciturnos, y al asombroso sinnúmero de los desheredados de la Tierra.

Ahí era posible entender los procesos fisiológicos, el ciclo de Krebs paso a paso o el mismísimo ciclo de la urea, y cómo el whisky que estaba ingiriendo con paciencia y constancia el desheredado de turno yacía poco después en el fondo del retrete, transmutado en otro líquido dorado gracias a los milagros de la alquimia y de las leyes naturales. A Tomeus siempre le interesó el hecho de la transformación de la materia, la magia de los procesos físicos y alquímicos, la existencia de luz en el interior de cajitas cerradas…, artefactos en los que acababa advirtiendo un sesgo moral, más que científico, y que lo habían impulsado más de una vez en la juventud a rastrear entre los anaqueles de la Biblioteca Pública, esa otra gran catedral de silencio y polvo a la que acudía en busca de algo que parecía inconsistente, en realidad, pero que lo acercaba al lado menos acartonado del Pensamiento, sugiriendo otra vida más flexible lejos de lo racional y la exacta medida de las cosas. También él, como tantos otros, llevaba una máscara a prueba de balas, esa corteza epitelial que, asumida con un pragmatismo irreflexivo y poco exigente, lo ayudaba a ponerse delante del mundo, avanzando en el día a día sin picos de sublimidad pero sin grandes hecatombes. Esa máscara saltaba a veces por los resortes del alcohol, o del mero amor propio, o producto de una inesperada lucidez que podía acometerlo en el lugar más insospechado, y en tal caso todo parecía cuajar en una comprensión total de los misterios universales, ordenándose con una fluencia que arrancaba lágrimas de su alma. Entonces cogía la pluma en un rincón del Café Fenice y depositaba la carga de dinamita en los pilares del canon, y enseguida estallaban fuegos artificiales de pura heterodoxia, y sentía que se elevaba entre los destellos de bendita apostasía.

10

Tomeus necesitaba esa otra vida que se inventaba, casi cada tarde; una mentira de dos horas en la que todo se ordenaba en torno a la destilación y las maderas, un estado de ensanchamiento psicosomático en el que cabía quedarse mirando cómo dos pequeños cúmulos de espuma resbalan por el interior de los vasos vacíos, uniéndose para formar un continente más denso. Eran los dibujos de burbujas como esponjas en un ciclorama infinito; y era sobre todo la luz, el ánimo en los ciclos de la luz, flotando en los fotones que vibraban como melaza en el silencio. La luz que iba del oro al plomo, de los salones a los callejones, de las heliotropías al tungsteno. En cada rincón intrincado de marquetería había algo más que un blancuzco sedimento de polvo: había una fe depositada, había una cauterización urgente o una gónada, los mares de cerveza derramados en las mesas, las batientes de las puertas duplicadas crujiendo como carabelas, el amargor de esa cerveza pegado como una doble piel al paladar. En los ciclos muertos de materia inerte Tomeus se expandía hacia dentro, implosionaba con el estruendo de una luz interna, y en los cénits de esponjosidad y de clarividencia se habría revolcado sobre las tarimas o las felpas para saldar las cuentas líricas con el resto del mundo, se habría dejado ir en todos esos actos ominosos que la decencia social proscribe: meterse un dedo en el oído, mirar mal a los gusanos, abandonarse a la fluencia de una conciencia que volaba sobre las maderas como un ángel, entraba y salía de sí mismo, subía como un dios las escaleras míticas hacia el retrete, se estrellaba contra el fulgor metálico de las tulipas y los surtidores, salía al callejón trasero por la primera puerta falsa que le fuera dada, se escondía en esa noche que lo empujaba lejos de sí mismo, que lo reinventaba y lo bendecía como a un mártir: ego te absolvo, estaba diciendo la noche, y Tomeus se iba caminando bajo la cellisca adorando a su alter ego, como si no hubiera un mañana.

11

La búsqueda podía comenzar por aquí: un esfuerzo por ordenar la materia universal bajo una forma nueva.

Era una empresa cosmogónica y abocada a la mediocridad, pero había que apuntar alto, humildemente y sin pretenciosidad, para ir quedándose a trozos por el camino de la propia incapacidad, bajo el peso de una tarea tan hermosa como inabarcable. Cualquier tarde tipo en el Fenice empezaba por administrar bien los adminículos y las ideas: la pluma y el cuaderno aquí, los sintagmas y las tautologías allá, y la pinta bien levantada en un lado que imaginariamente era el mismísimo centro de todo, con sus gotas de condensación resbalando por el vidrio y sus posibilidades reconstituyentes, gasolina para regenerar las conexiones neuronales destinadas a sobrevolar un fondo de lodo.

Allí mismo, bajo la cubierta del sosiego ambiental, Tomeus decidió que estaría bien comenzar tirando de una de las hilachas del relato (si lo que pretendía era construir un relato o algo con aspecto narrativo, de dimensiones preferiblemente épicas, y no solo dejar pasar el tiempo con ocupaciones que acababan infligiendo tanto dolor como dicha), y para ello acababa pensando en las distintas partes del problema como pequeños subproblemas, piezas que había que encajar en el sistema: narrar una parte, dejar que se desarrollara sin control, haciéndola más grande y sustancial de lo previsto hasta convertirla en un bloque que luego uniría al desgaire con otros bloques contundentes, que habrían crecido desde otros rincones de otros días, y que finalmente colisionarían estrepitosamente, para bien o para mal, con la indiscreta violencia de un choque de placas.

En lugares públicos Tomeus no necesitaba de un especial silencio para sacar adelante la tarea. Siempre que los sonidos de ambiente fueran corales e impersonales, y se acoplaran entre sí como un rumor informe en el que ninguno destacara singularmente sobre los otros —una voz chillona y persistente, risas estentóreas y fuera de lugar, el rugido de la cafetera…—, la concentración total era posible. Esa masa sonora de fondo venía incluso bien para dar una dimensión muy pertinente, entre naturalista y expresionista, a la experiencia. El rumor coral era por tanto tolerable, y también lo era la música (verdadero eje vertebrador de la tarde en el Fenice), siempre que alcanzara ciertos estándares de calidad para el paladar de un melómano cultivado como Tomeus.

Las tardes de domingo traían por lo general una parroquia bulliciosa y poco refinada, con tendencia a las socializaciones groseras, directas y ligeramente irresponsables. Nada que ver con cualquier otro día entre semana, sobre todo a media tarde, cuando era posible encontrar un cierto sosiego monacal que, como mucho, podía acabar derivando en una nocturnidad de textura ligeramente canalla (los sábados eran algo especial, un verdadero punto y aparte, un híbrido de todas esas características estallando en un ambiente lúdico, despreocupado y, por momentos, incluso glamuroso). Tomeus repasaba mentalmente este almanaque del rito, y al tiempo que daba el enésimo trago a su cerveza se reprochaba su facilidad para divagar y aplazar la dolorosa tarea que tenía por delante.

Pero ¿por dónde poner en marcha el artilugio? Para que creciera la historia, para que se cargara de verosimilitud, habría que empezar por los topónimos; habría que empezar a denominar calles y plazas, dar aliento a los personajes, otorgarles pasado y genealogía, creando para ellos un espacio-tiempo que confiriera tridimensionalidad, credibilidad, sustancia y base a la obra. Artificios tan arcaicos como eficaces, fórmulas que no se agotaran a pesar de los milenios transcurridos, y de aquellos por venir, por sustentarse sobre una concepción clásica muy tranquilizadora. Haciendo reconocible el ente de ficción, acercándolo a la realidad, el receptor iba a entenderlo, y consecuentemente acabaría apaciguado. Los esquemas conservadores siempre triunfan. Mientras Tomeus le daba vueltas a la idea trataba de dosificarse la pinta y los snacks, pero se encontraba en ese momento en que lo que restaba en el platillo y en el vaso se quedaba un poco corto, pero pedir otra ronda más sería demasiado… De modo que tuvo que conformarse con dosificar la dosificación, haciendo durar lo poco que quedaba para que llenara el hueco temporal restante e ir avanzando convenientemente hacia el final, sin demasiado delirio y sin muchos aspavientos, con una naturalidad contenida y un poco pacata, nostálgica, casi forzada.

Sonaba Try a little tenderness, Swordfishtrombones, Cycles, Bittersweet, Dead finks don´t talk, Couldn´t call it unexpected No. 4, Honesty is no excuse, After Mardi Gras, Such a night, Variations sur Marilou, That´s life, L´anamour…, y la excepcionalidad de una médula musical suprema y raramente alcanzada traía hermosos momentos de plenitud e incertidumbre, a partes iguales, cuando toda la esencia del alma se ordenaba sin saber por qué e iluminaba un momento de total felicidad, como si todo finalmente hubiera abocado a ese instante sublime donde ya no era posible volar más alto, más tranquilo, más consciente de la propia excelsitud que nos será dado alcanzar en esta vida. La potencia del alcohol bombeaba caballos de vapor por las venas, y la música, y la noción de la naturaleza, y los efectos de los espirituosos se conjugaban para rendir un momento de total nostalgia, de perfección ontológica, depositando a los escribas en una lasitud existencial donde los problemas cotidianos eran pasado, y solo existía el yo perenne que sobrevivió a los cataclismos y dio sentido y ordenación al despropósito.

En el nivel elemental de predisposición; en el estrato de una evidencia simplificadora y amable, Hotel California le hacía llorar por toda una época, pero lo que lloraba Tomeus no eran lágrimas sentimentales, en el sentido melodramático y degradante del término. Ni siquiera eran lágrimas físicas. Era un lloro por dentro que removía una cierta conciencia de sí mismo, sepultada y ajada, y ahora recuperada para revivirlo y darle sentido, ...they stab it with their steely knives, but they just can´t kill the beast..., y enseguida la guitarra aullando melancólicamente como una maquinaria que se ponía en marcha arrancando desde cero, la atmósfera de una era que pasó pero que de algún modo perduraba dentro, y era aflorada por la llave blanda del alcohol.

Tomeus dio un trago largo para empezar su tercera cerveza (finalmente había pedido otra ronda), dejando que el líquido turbio se mezclase con la densidad de la espuma, de un espesor canónico. Notó que se estaba yendo, y trató de volver al eje: lo que el último verano le había dejado era un largo desuello, un lento desangramiento, una raspadura. Agresividad y locura, el alma arrasada queriendo salir, y toda la falta de clarividencia y sublimidad que el corazón ahoga, las picaduras de insectos, el ruido de pisadas en el techo, las relaciones quisquillosas, las irritaciones del sudor, la falta de acomodo, el deambular sin sentido, el miedo, el escarnio, el nerviosismo. Las perspectivas de un otoño que no se iba a ajustar a la ortodoxia, que no iba a traer paz ni expectativas mejores… Pausa. Otra vez se había excentrado, y ni siquiera había retomado el hilo. Haciendo un nuevo esfuerzo por encarrilar sus pensamientos escribió una nota-guía en su cuaderno: Un personaje ha de tener una lógica vital, una dinámica del día a día que ayude a fijarlo a un escenario: debe abordar un medio de transporte para llegar a su casa, localizada en un distrito concreto; debe conocer las rutinas y los códigos de su ciudad, y el comportamiento de las gentes que la habitan. Se detuvo. Habría que pulir mucho esa nota para que resultara medianamente decente. Parecía más una soflama evangelizadora que una simple nota al margen, el discurso de un catatónico envarado, asfixiado de academicismo y con dificultades para flexionar los músculos de la espontaneidad. Dio otro trago a su cerveza y se quedó pensando en todo el trayecto que le quedaba a él mismo para llegar hasta su casa, cuando decidiera volver. No vivía lejos del centro; podía acceder andando en apenas diecinueve minutos, según había constatado, pero su distrito era la segunda capa de la cebolla y cada vez que abandonaba el núcleo central de la ciudad (con sus cafés elegantes, sus edificios valiosos y sus paseantes adinerados) y se internaba en esa segunda capa que era su vecindario, sentía que estaba en el sitio equivocado. Albergaba la esperanza de salir de allí en el futuro, pero ¿qué futuro? Y había sitios mucho peores. En realidad su capa de cebolla era un lugar bastante decente, a pesar de la orina de los perros en las aceras y los vapores que salían de las cocinas de dudosa higiene de algunos bares, a través de los extractores.

El trayecto rutinario hacia sus ritos incluía atravesar transversalmente una gran avenida arbolada, y esto se hacía mejor por un paso subterráneo, en la práctica dos bocas de metro situadas a ambos lados de la avenida y conectadas entre sí por un pasadizo. No era una estación con mucha afluencia de gente, y de hecho ese pequeño recorrido solía hacerlo en solitario, en una sumersión que le agradaba porque era totalmente urbana y despersonalizada, con toda la épica de las grandes ciudades resumida en sus losetas desgastadas, sus carteles de espectáculos y sus fluorescentes de matadero. Esa soledad subterránea y un poco inquietante tenía la capacidad de levantar su gen poético y romántico, la senda del perdedor a la medida de los inadaptados y los rapsodas, un túnel de luz de gas que lo llevaba de una capa de la cebolla a la otra, el agujero bajo tierra que vinculaba los dos entornos de forma clandestina. Tomeus se sumergía en ese trozo de aire bajo el asfalto como un buceador que se lanzase de cabeza al agua, y volviera a emerger un poco más allá en una realidad totalmente distinta.

A través del pasadizo Tomeus iba de su distrito al centro, y luego hacía el camino a la inversa, de vuelta a casa. Y curiosamente tenía predilección por lo segundo, porque sentía que eso que encontraba al aflorar hacia la luz o hacia la noche era la vida auténtica e inevitable, la que, de momento, le correspondía, y solo por eso debía de ser una cosa bella, algo adherido indeleblemente a su carne y a sus huesos, a su entendimiento y a su aceptación resignada del mundo. Cada vez que atravesaba el corredor (caminando siempre muy deprisa, activamente, como si lo moviera un objetivo concreto), este le evocaba toda la derrota y el sueño, la desorientación de los inadaptados que pululan por las aceras de la vida, la totalidad de los mortales, de algún modo u otro y sin excepción, e invariablemente le venía a la cabeza la palabra misfits como la mejor definición de todo el desamparo y todos los quiero y no puedo que nos lastran y nos hacen más humanos.

De pronto se oyó la celebración unísona de un gol, con grandes berridos entusiastas. El profesor detuvo el curso de sus elucubraciones, se metió un cacahuete en la boca y miró a su alrededor. Los cambios producidos en el escenario y en los actuantes, cada vez que levantaba la vista del cuaderno, eran muy sutiles, aunque perceptibles. La grey seguía arracimada en torno a las pantallas, rezumando testosterona e incultura, retorciéndose en su tribalismo fanático como un esquema de reconocimiento primitivo. Los homúnculos se habían agrupado para sentirse gregarios, machos de la especie, y por medio de sus liturgias y sus ritos se socializaban por un rato. Eran tardes de domingo y de eventos deportivos; las emanaciones de andrógenos se olían en el aire, y los parroquianos absortos se mostraban en toda su simpleza existencial. Un negro enorme estaba gritando como un rufián maleducado, y desperdiciaba a la hermosa negra que tenía al lado, no era consciente de su bendita presencia, de la carnosidad de sus labios y sus nalgas, de la finura de sus dedos negros. Tomeus meneó la cabeza haciéndola girar sobre su eje, denegando muy suavemente. El negro se exaltaba ante cada avatar del juego, y avergonzaba a la chica públicamente. Ella le tocaba el brazo con suavidad para sugerirle moderación en sus demostraciones enfáticas, pero él estaba en la masa, estaba en la grey, se sentía parte de la caterva que llenaba el pub y se desgañitaba y se convulsionaba ante las pantallas, con los eventos deportivos, en las tardes de domingo.

12

Sonó el timbre para anunciar la hora del recreo, y de inmediato se produjo un caótico trasiego de integrantes de la comunidad educativa. Los propios profesores atravesaron los corredores entre los alumnos, rumbo al bar o a los escondrijos donde hubieran decidido dilapidar los treinta minutos siguientes. El profesor Carpena levantó una mano afectuosa desde el otro extremo del pasillo. La bata blanca desabrochada se agitó y volaron hacia atrás sus puntas cinéticas, impulsadas por el aire generado por enérgicas zancadas. Desde la puerta de su despacho Tomeus le devolvió el saludo con las cejas, en la distancia. A veces observaba a Carpena mientras trabajaba en su rincón, en la sala de profesores, mascando una de sus pastillas mentoladas para los frecuentes ataques de tos por el continuo esfuerzo de sus cuerdas vocales —el propio Tomeus se beneficiaba del suministro que le proporcionaba su colega con cierta regularidad—, pero ahora caía en la cuenta de que nunca lo había visto fuera de ese ambiente concreto, sin su bata blanca y su escritura concienzuda (un poco enfermiza), como un ciudadano corriente.

Mientras metía la llave en la cerradura imaginó cómo sería ese Carpena de la vida civil, cómo sería en su cotidianeidad doméstica, y comparó las dos imágenes en su cabeza. En el ambiente laboral parecía solo un personaje, algo cercano a una caricatura, incluso; un ser caracterizado como un profesor y disfrazado con su bata blanca y sus complementos en un escenario inamovible: el ambiente académico. Ese era TEOC, el Carpena que conocía, la imagen estereotipada y perpetuada a lo largo de los días y los años, el único yo de Carpena que le era dado aprehender, y al reflexionar sobre ello no pudo evitar sentir una cierta desazón... porque, inversamente, también el resto de la comunidad debía de tener esa visión ciclópea y monolítica de él mismo, TOMP, Tomeus Paramore, profesor de Geometría, ese yo concreto desgajado del resto de sus yos en una circunstancia que lo devaluaba como persona. Para el resto del mundo él era un ser incompleto, de una sola faceta, lineal, previsible, desalentadoramente redundante. Una cuestión con suficiente calado como para ser considerada seriamente, aunque la pereza intelectual transitoria y un oportuno sentido práctico lo habían mantenido al margen del asunto, pues quizá fuera mejor hacer perdurar ese estereotipo reconocible que todo lo simplificaba: adoptar la pose aceptada que no requería esfuerzo; dejarse llevar sin más en la tibia corriente; no levantar sospechas ni mostrarse en exceso; tratar de mantener los pies en el sector asignado, permaneciendo en ese trozo limitado de realidad sin interferir en la de otros, y sin que los otros irrumpieran en la propia. Como haz de axiomas funcionaba bien, en opinión de Tomeus, pero solo hasta que las cosas, por cualquier motivo, saltaran por los aires, y el corazón y las vergüenzas quedaran expuestos a la vista de todos, y las alarmas sociales se dispararan por haber subvertido el apacible orden y por haber hecho zozobrar el estúpido barquito, conmocionando las mansurronas conciencias.

Durante el recreo Tomeus prefirió quedarse en su despacho, pues tenía trabajo pendiente y algunos exámenes que preparar. A través de los ventanales podía ver, desde donde estaba sentado, las copas de los árboles ya casi sin hojas, por detrás de las cuales asomaba la lámina de asfalto del aparcamiento, y a la derecha el deslucido prisma de hormigón que era el gimnasio, rodeado de pequeños edificios auxiliares destinados a funciones administrativas. El conjunto era tan feo que resultaba casi mítico, por cinematográfico, con esa belleza remota que solo se aprecia cuando se es capaz de entender el lado más insignificante y espantoso de la vida. Tomeus se había acostumbrado a ese paisaje, mitad urbano mitad natural, que veía a diario, y había asumido sin mayores conmociones el grado adecuado de familiaridad que le proporcionaba. Para restituir un cierto equilibrio, al fondo se veían las colinas que cercaban esa parte de la ciudad, y mucho cielo abierto, que dotaba de una luminosidad notable al habitáculo donde Tomeus laboraba, además de variados juegos de nubes y atardeceres de los que disfrutar de vez en cuando. El día, sin embargo, estaba nublado, y Tomeus tenía los fluorescentes del techo encendidos. Fuera seguía lloviznando, y el calor del interior y la comodidad de su silla y el silencio hacían que el profesor sintiera uno de esos raros momentos de reconciliación con su trabajo. En la pantalla del ordenador iban apareciendo mansamente los mandatos que salían de sus dedos, introducidos en forma de palabras o de cuadros a través de los periféricos, todo un testimonio de la superioridad del Homo erectus sobre la máquina alienante. El examen de Geometría Descriptiva iba tomando cuerpo poco a poco. Tomeus trataba de ponerse en la cabeza de sus alumnos, y se esforzaba por elaborar una prueba que supusiera un compromiso entre lo que debía esperar de ellos, en términos académicos, y el grado de dificultad idóneo de la propuesta. Al teclear el enunciado de las preguntas pensaba en sus pupilos en abstracto, y los imaginaba tratando de afrontar de la mejor manera lo que, según su criterio, constituía un paquete de contenidos insoslayables. Se acordó de Sara. Recordó su letra redondeada y femenina, nada infantil, y cómo se había deleitado en las palabras por detrás que ella había escrito al final del primer folio de uno de los exámenes, junto con una flecha para indicar que seguía el desarrollo por la otra cara. Imaginó esa letra y esa misma expresión en una carta dirigida a él, como si fueran amantes, y se estremeció por las posibilidades que la frase deparaba en ese nuevo contexto. Durante unos momentos se quedó pensando en el hecho, tratando de calibrar cómo se vería desde el extremo de unos ojos críticos y represores, y concluyó con toda naturalidad que, a menos que uno fuera un tarugo, no era posible sentirlo como algo sucio: se trataba de algo básicamente físico y primario, aunque, de algún modo, entrañable; inequívocamente sexual pero cargado de supuesto consentimiento. De pronto sintió curiosidad por saber más de ella, de Sara; por conocer datos objetivos. Minimizó el documento que tenía abierto en la pantalla, abrió la página de la Escuela en Internet, e introduciendo sus claves personales accedió a las fichas de sus alumnos. Tecleó: «Belsky, Sara», y enseguida apareció la ficha completa con su foto. Tomeus se entretuvo mirando la imagen durante un rato. Era una chica muy guapa, con unos labios voluptuosos que hacían un pequeño trazo de sombra en las comisuras, a la manera de algunas bocas de jovencitas japonesas, y con los ojos de color caqui, fulgurantes bajo la luz artificial; aunque en la realidad era aún mejor, con sus movimientos y su tridimensionalidad elevándola hacia otra esfera que la imagen, a pesar de su definitivo atractivo, no podía alcanzar. Las sutiles manchitas ocres de su nariz, por ejemplo, apenas se apreciaban en la fotografía, y sin embargo le daban un encanto difícil de explicar, una mezcla de ataraxia ancestral y bonhomía ligeramente perversa, irresistible para Tomeus.

Al leer los datos personales que figuraban junto a la imagen le llamó la atención el apartado reservado para el nombre de los padres. El de la madre estaba vacío. El nombre del padre figuraba junto a una dirección y dos números de teléfono. Inconscientemente, Tomeus se alegró. Pensó que los padres pudieran estar separados, o simplemente que la chica era huérfana de madre, aunque su alegría no proviniera de esta circunstancia, como era natural, sino del hecho de que Sara pudiera proceder de un hogar relativamente desestructurado, donde no se ejerciera un control directo y sostenido sobre la chiquilla, lo cual facilitaría un hipotético acercamiento a ella sin las presiones, ni los más que previsible rechazos, ni las explicaciones demandadas por unos progenitores demasiado pendientes de su cachorrillo. Imaginó que quizá Sara ni siquiera viviera con su padre, pero esto solo era una suposición sin fundamento, un producto de su fantasía desbocada y necesitada de emociones nuevas. Le gustaba pensar en Sara como en un individuo aislado, libre del determinismo filogenético transmitido por sus padres y adivinado en la derivación de sus morfologías. Tomeus no quería reconocer en ella una mezcla de los rasgos físicos de ambos, no quería besarlos o tocarlos o mirarlos a ellos cada vez que hiciera cualquiera de estas cosas con Sara. Y, sobre todo, no quería saber de antemano hacia qué punto concreto iba a evolucionar su cuerpo y su rostro cuando envejeciera. La deseaba desconectada de sus ancestros, como un ente individual, autónomo, sin cargas familiares y sin orígenes.

Miró evocadoramente a través de la ventana, como si pretendiera leer ese futuro en el trozo de cielo gris que tenía enfrente. Enseguida se dio cuenta de que estaba llevando demasiado lejos la especulación. Cuando Sara envejeciera de verdad, él probablemente ya estaría muerto, o tan perjudicado que le daría lo mismo qué aspecto pudiera tener ella. La idea era decadente, muy acorde con el paisaje melancólico que veía del otro lado de los cristales. El viento hacía temblar los marcos metálicos, que eran viejos y no encajaban bien, de modo que el aire se colaba por las rendijas y enfriaba la habitación por zonas, aunque el calefactor que tenía a los pies bastaba para entibiar el ambiente hasta un mínimo nivel de confort. ¿Ver envejecer a Sara? ¿Sara y él avanzando hacia un futuro? ¿Sara y él juntos?... Sonaba absurdo e improbable, aunque también vagamente excitante. Tomeus resopló suavemente a través de la nariz, con un gesto de escéptico sarcasmo. Conocía todas las trampas que se urden alrededor de la falacia, cada vez que Cupido sacaba a pasear una de sus dichosas flechas. Sabía que, aunque solo dieran de refilón en su objetivo, por fuerza acababan enredándolo todo. Le había pasado otras veces: tras la bendita inconsciencia y la lúdica irresponsabilidad de los comienzos, enseguida intuía todo el veneno por venir, la degeneración del sentimiento inicial, la verdad descarnada que iba a acabar imponiéndose con el paso de los meses…, y la idea le daba tanta pereza y era tan desalentadora que, con gran dolor interno, acababa renunciando al farragoso proceso de cortejo, una indecorosa exposición pública sin premio asegurado. Decidió dejarse de figuraciones y centrarse de nuevo en el trabajo, aunque no pudo evitar quedarse unos instantes más contemplando ese rostro tan hermoso en la pantalla. En ese momento sonó el timbre estrepitosamente, y, dando un respingo, pensando que alguien pudiera entrar en el despacho, pulsó una tecla y cerró de golpe la ficha de Sara, como si quisiera ocultar las huellas de un delito. Rápidamente comenzó a recoger sus cosas, pues el recreo había terminado.

13

A veces la idea de Sara explotaba en su piel como una palmera de sangre, o eso le parecía, porque realmente el estallido se producía a un nivel cerebral y químico que rápidamente traspasaba su carga hacia el exterior, en un movimiento en sentido del alma al cuerpo, una vorágine de estampas o un álbum de retazos que hacían de esa imagen de la chica un holograma multidimensional, con el espacio y el tiempo más la conciencia dando vueltas hacia la conformación de una sensación placentera, aunque ligeramente melancólica. Sara era delicada en esa imagen; y era protegible, entusiasta, uno de esos seres tocados con el entusiasmo de la inexperiencia y el corto recorrido de una vida por hacer, viviendo el momento álgido de una existencia que empezaba a salir triunfante del pegajoso interior de la crisálida, y dejaba atrás su lastre pubescente para entrar en el código convencional de los otoños, los cafés a media tarde y las buhardillas crepusculares. Tomeus debía tener cuidado con cada paso hacia la locura inmaterial que ya acechaba; debía pasar por encima de esa idea romántica que, suponía, Sara debía de haber construido en su cabeza, cuidando de no pisotearla o degradarla. Seguramente lo que estaba por venir no iba a llevarlos a ningún sitio concreto, pero era tan dulce el trayecto que no quería abortar la posibilidad antes de tiempo. Sabía que iban a estrellar sus frágiles cráneos contra un cristal, como pájaros inconscientes que revolotean y gozan del revoloteo y saben que se estamparán, y siguen volando porque en ese momento lo único que vale la pena es volar, y mañana quién dirá.

Eran las trampas de la belleza: el continente por el contenido, la parte por el todo. El todo que era Sara acababa pervertido por la parte animal de su belleza, un encanto que asomaba para bajar la palanquita del deseo y la fascinación, y hacer que todo el mecanismo se pusiera en movimiento. Tomeus pensaba en lo inevitable de ese estado primigenio, una predestinación repetitiva a la que era imposible sustraerse. La belleza de Sara removía la charca del instinto, y su presencia tramposa tapaba en parte lo que ella era. Se trataba de un concepto abstracto y ligeramente enrevesado, pero que cabía exactamente en el contorno sereno de su rostro, en las graciosas manchitas que salpicaban muy tenuemente la piel de su nariz, en la estructura femme fatale de sus caderas, en el elegante modo de moverse. Un continente perfecto y en sazón, para la incógnita de un contenido no cuajado, incompleto, todavía en formación.

Y ante una evidencia tal nada valía. Ninguna cultura, ninguna experiencia previa, ningún dogma o sentido común podían evitar la emanación de esa nebulosa que despertaba un sentimiento vagamente nórdico y retrospectivo (el sol tibio de la tarde sobre la melena libre y retroiluminada de la valkiria), y en bocanadas ascendía como una vida ideal que nunca fue pero que siempre quiso ser. Porque de repente esa costra externa de la belleza lo envolvía todo con un telo de cálida nostalgia, de plena conciencia personal que iba al centro mismo del meollo emocional de los poetas, directo a la Aspiración Eterna y al tuétano de lo que Tomeus esperaba de este mundo.

[…]

Con el frío finisecular en las rodillas pienso en todo lo que haría a Sara mientras sostengo la tiza como un pene de cal, como un eje de polvo, y convierto en rameras a las pobres geómetras que aplastan sus pechos contra los duros tableros. Soy el hombre invisible, el espectro de humo, el resignado ubicuo que traza un círculo de tiza como un coto: geómetra acróbata en la cuerda floja de la tarima, que cruje como la quilla de un barco de bucanero-farandulero-náufrago, encallado en la sucesiva suma aritmética de los días, trazando círculos y líneas y pensamientos depravados tendentes a arruinar el candor en las mejillas de las zorras, pequeñas viciosas que examinan mi culo mientras pretenden hacerme creer que entienden Thales, que asumen cónicas degeneradas con la mayor naturalidad, en todo esto pienso.

14

Encontrar de pie a Mr. Bojangles no llegaba a ser una anomalía, porque de vez en cuando se le podía ver deambulando por un trozo de acera muy delimitado, como si estuviera desentumeciendo los músculos en un calabozo o lo moviera algún tipo de pensamiento abstracto y seguramente inconexo; pero lo más habitual era verlo sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la fachada de mármol de un teatro venido a menos que programaba funciones de segunda fila. Así apalancado, Mr. Bojangles era un bulto reconocible y perenne del paisaje urbano, una pústula informe crecida en el tejido epitelial del edificio y, desde un punto de vista utilitario, un obstáculo molesto para los viandantes que, no obstante, se comportaban como si esa masa de carne y harapos que ocupaba un espacio público y les hacía modificar su trayectoria fuera del todo invisible. Tomeus pasaba junto a él con frecuencia, camino del centro de la ciudad, pero plegado a esas pautas de invisibilidad se había habituado a seguir su camino sin mirarlo, normalmente absorto en sus propias preocupaciones, o mirándolo solo de reojo, o de un modo tan superficial y breve que únicamente se hacía una idea poco precisa de los objetos que lo rodeaban: las ropas de distintos grosores según la estación del año (aunque igual de mugrosas en todas ellas); una bolsa de loneta desgastada con un estampado a rayas, con sus enseres personales comprimidos en el interior y formando bultos en la superficie; vasos de plástico y trozos de papel y envoltorios desperdigados; un brik de cartón con la marca de un vino barato esgrafiada en sus caras; una manta todo-uso agujerada y llena de pelos y detritus de la calle adheridos a sus fibras; su peine y su lápiz asomando por los bolsillos.

Esa vez Tomeus lo encontró en trance, con las manos de dedos gruesos y las uñas negras de escarbar en vertederos (cosa que seguramente habría hecho) formando un hueco para sostener la armónica que estaba haciendo sonar, pegada a los labios succionadores, cortados por la intemperie. Antes de girar la esquina Tomeus ya sabía que Mr. Bojangles tenía un día inspirado, porque escuchaba la melodía perpetrada contra el aire de la ciudad y los oídos inocentes de los transeúntes: Wild man blues, Rag mama rag, Walk on, Hesitation blues…, soniquetes infernales, voluntariosos, llenos de melancolía y disrupción, hermosos por la pura derrota que transmitían. Para Tomeus esta era la imagen habitual del mendigo: sentado entre sus miserables pertenencias, dormitando o vapuleando la armónica con una lengua inquieta, pero en general prácticamente inane. Por eso, el día de finales de septiembre en que, camino del trabajo, Tomeus se topó con él allí de pie, en medio de la acera, viniendo a su encuentro como un autómata, la imagen de Mr. Bojangles cambió de pronto en su mente. Lo inesperado de este encuentro lo había obligado a mirarlo por primera vez a la cara, durante un instante fugaz pero muy productivo en el que pudo al fin poner rostro humano al bulto, y leyó los sentimientos que animaban esa cara gris de tortuga, y la conmovedora biografía que desvelaban todas esas hendiduras, pigmentaciones y pelambreras que emergían de su ser de forma agreste. Allí estaba ahora, apaleando sin complejos su pequeño instrumento musical, con un hilillo de baba apasionada enfilando uno de los hondos pliegues que tenía junto a la boca, con las greñas de pelo alborotado cayendo sobre su frente y sus orejas. Tomeus vio algo poético en todo ello, y le dio por pensar que quizá el tipo escribiera poemas por las noches, o expresara su personalidad y su existencia a través de dibujos en cuadernos, y no solo con la música. Pero nunca había visto a Mr. Bojangles escribir o dibujar, ni siquiera podía imaginar que dispusiera de algún tipo de papel o superficie útil para hacerlo. Tenía un lápiz, es verdad, y eso ya era la mitad del material que necesitaba para llevar a cabo la faena, pero parecía un objeto en desuso, sin una función definida. Quizá hacía cálculos que escribía a escondidas en el suelo y luego borraba a conciencia (¿habría sido contable en una etapa anterior de su vida?, ¿carpintero?, ¿administrativo?), o representaba sus dibujos y sus odas sobre ese mismo trozo de hormigón que ahora lo acogía. Pero habría indicios de tales actividades, aunque Tomeus no era capaz de encontrar ninguno, y se explicaba esta ausencia por su teoría de la clandestinidad y por la pasividad que, normalmente, solía mostrar el sujeto. Daba la sensación de que hubiera soltado amarras hacía mucho tiempo y, desconectado de un mundo a una medida humana, de que estuviera viviendo su propia peripecia con todo el dolor, el entusiasmo, la incomodidad, la libertad y la perplejidad de cualquier otro mamífero semoviente, lamentablemente venido a menos.

Tomeus se alejó de allí cabizbajo, cavilando que también él mismo tenía cada vez más definida lo que llamaba la arruga del mal genio, un pliegue que caía como un cuchillo vertical entre las cejas, aunque en su caso también quería considerarla la arruga de pensar, y no sabía cuál de los dos gestos había contribuido más a formarla. Mientras se adentraba en una calle secundaria decidió que seguramente fuera por la combinación inevitable y continuada de ambos estados.

15

Tomeus creía sufrir una especie de fatalismo erótico. Algo difícil de definir, aunque tenía que ver con el hecho de considerarse un espectador más que un actor, alguien que tendía a observar y desmembrar la realidad más que a tomar la iniciativa y construir. Y tenía que ver también con el hecho de que raramente sonreía. No le gustaban demasiado sus dientes, y por tanto evitaba las demostraciones emocionales que lo obligaran a exhibirlos. Y no es que sus dientes fueran especialmente feos o estuvieran mal formados: simplemente creía que no tenía una sonrisa bonita, aunque quizá esto se debiese más a una actitud retentiva ante las cosas que a una cuestión formal y objetiva. El problema de Tomeus con sus dientes era estético, y por lo tanto social, lo que derivaba en un carácter hosco. De algún modo ambos factores acababan combinándose, y era difícil determinar cuál de ellos precedía al otro: si ese talante levemente arisco lo llevaba a no sonreír, o el hecho de no sonreír construía poco a poco ese carácter. Sonreía poco, en todo caso, de modo que la incomodidad suscitada por su dentadura era una circunstancia que limitaba severamente su propia proyección pública, según creía, de ahí los numeritos que a veces representaba con migas de pan de por medio, ante el espejo del lavabo, en busca de nuevas posibilidades expresivas. «¿Se pueden propiciar los hados solo con sonrisas?», se preguntaba mientras examinaba sus dientes toscamente empastados por las masas de harina. Sonreír debía de ser una buena cosa, en términos objetivos, pero algunos se pasaban de rosca y únicamente conseguían que sus perpetuas sonrisas resultaran odiosas, sumamente sospechosas: nadie puede sostener un rictus de perenne afabilidad sin que parezca un acto impostado. En contraste con esta falsedad, la hosquedad de Tomeus era una costra natural, un tejido duro y correoso que, bajo determinadas condiciones, enseguida se ablandaba, sin embargo. Su primer impulso hacia los otros era siempre una cierta reserva, cuando no un abierto recelo, pero el trato y la costumbre generalmente hacían que tales recelos se tornasen en una especie de distante simpatía, lo que ya era subir un pequeño escalón en el apartado psicoemocional que en su cerebro reservaba a las habilidades sociales. Pero, descartados los melodramáticos y los exagerados, todos aquellos que prodigaban sus sonrisas y su inquietante optimismo como manifestaciones de su propia máscara, ¿se podía forzar un cierto sentido del destino empujando con la sola voluntad, con la fe acérrima e incondicional en que ese cambio se produjera? La respuesta de Tomeus tendía a ser más bien escéptica al respecto, y pasaba por asumir la existencia de un molde primario, individual, que normalmente admitía pocos cambios, porque cada cual es quien es de una manera sustancial y casi definitiva, por mucho que se intente encubrir la estructura con ornamentos destinados al fracaso. Y entonces, ¿hasta qué punto el mal atrae al mal, la desgracia a la desgracia? ¿Hasta qué punto propiciamos nuestro sino con nuestra propia actitud?

En cuanto a su supuesto fatalismo erótico, este se concretaba en una escasez de oportunidades sentimentales, lo que hacía entrar la rueda en la dinámica perdedora de los que no bailan, no dialogan, o sienten demasiada pereza para andar soplando en la engañosa llamita del amor eterno. Cosa que, sospechaba Tomeus, le ocurría también a la gran mayoría de los hombres y de las mujeres que veía diariamente por la calle, o en su entorno inmediato, o asomando chuscamente en los medios de comunicación, por mucho que enmascarasen el fracaso con entelequias de éxito y felicidad edulcorada, y con más sonrisas de la cuenta. Esas que él se negaba a prodigar sin que mediasen razones concretas.

Lo que en definitiva sucedía es que Tomeus no sabía muy bien cómo gestionar su primer encuentro fuera de programa con Sara. Estaba nervioso. La excusa se había presentado esa misma mañana, a cuenta de las condiciones que rigen las relaciones homológicas entre figuras planas, una parte del temario que se le solía atragantar a la mayoría de los alumnos (aunque Tomeus sospechaba que Sara no estaba tan necesitada de aclaraciones técnicas como quería dar a entender, pues de hecho su rendimiento académico estaba muy por encima de la media). Tomeus enseguida había recogido el tanteo de Sara, en todo caso, y dado que el siguiente paso parecía corresponderle a él, había asumido el riesgo de sugerirle una sesión en un ambiente más informal, ajeno a las instalaciones académicas, donde pudieran explayarse sin las limitaciones de tiempo de su tutoría semanal. A Sara le había parecido bien, para secreto regocijo de Tomeus, y este le había propuesto que se encontraran sobre las cinco en el Fenice, un lugar lo suficientemente oscuro, proscrito y alejado de la Escuela para no ser sorprendidos por observadores indeseados. (No es que hubiera escogido un lugar muy instructivo, con todos esos prosélitos de Baco desperdigados por aquí y por allá, pero a horas tempranas el local estaba prácticamente vacío y había bastante tranquilidad, y las numerosas subdependencias y recovecos garantizaban una cierta intimidad y un cierto aislamiento para que Sara no tuviera contacto con la realidad desnuda. La luz de la tarde, a esa hora, entraba tamizada por los amplios ventanales, con lo cual todo tenía un aspecto más amable y acogedor de lo que pudiera parecer. Las tulipas encendidas, las lámparas de ambiente y la madera oscura acababan de transmitir la calidez que Tomeus pretendía).

El humor de Tomeus había mejorado de inmediato con el logro. Seguramente había estado exagerando, pensando en todo eso de la fatalidad y la falta de oportunidades, pues en realidad su vida sicalíptica había sido, bien mirado, bastante productiva, y había incluido algunas relaciones más o menos largas que, tomadas con distancia (superado el desgarro, la frustración, la perplejidad, la liberación o la pena que su final le pudiera haber causado), habían finalmente construido su biografía. Aparte de la discreción que les iba a proporcionar, aquella, la de la mostración autobiográfica, debía de ser la razón por la que se había citado con Sara precisamente en el Fenice (llevaban ya diez minutos allí sentados, sobre un sofá de terciopelo rojo, tratando de aparentar una normalidad imposible), pues le parecía un escenario cargado de referencias personales, y un buen modo de empezar a edificar esa historia en común que se escribe a base de muchos restaurantes, viajes, hoteles, paseos y experiencias…

Así, puestos uno junto a otro, el haz de ítems sonaba demasiado descarnadamente a proyecto, aunque en el fondo de sus intenciones Tomeus no anduviera buscando un futuro (y ni siquiera pensaba que Sara y él pudieran tener un destino común, realmente, por infinidad de razones), sino más bien un álbum con estampas más o menos agradables que dejaran constancia de una etapa concreta y pasajera de sus vidas, sonrisas ante el Lago di Como o la Grand Place, cenas románticas en los paradores nacionales. La duda que ahora lo atenazaba venía de esto mismo: de si debía iniciar el juego con la mujer más joven que había entrado en su vida; de pensar si esa mujer sería capaz de entender que había que tomar las cosas desde un punto de vista relativo, circunstancial y transitorio (pero estaba casi seguro de que Sara, por su edad y su consiguiente falta de experiencia, no iba a entender este modo tan prosaico de afrontarlas); y de saber que al final del camino, fuera cual fuese la resolución que los esperaba tras la esquina, iban a tener que enfrentarse a algún tipo de dolor.

Sara solía llevar un pequeño librito de bolsillo que, desplegado, ocupaba apenas la superficie de media cuartilla. De una manera muy imaginativa las líneas estaban colocadas transversalmente respecto a la posición habitual de lectura, de modo que para seguir el texto se hacía necesario girar previamente el libro noventa grados. Al tener que abrir el libro verticalmente, en lugar de hacerlo en horizontal, las dos hojas enfrentadas parecían convertirse en una sola de tamaño doble, y el pequeño truco daba al objeto un encanto muy acorde con la singularidad personal que Sara deseaba transmitir. Sara era una buena lectora, según había comprobado Tomeus, lo cual en cierto modo lo había tranquilizado. Siendo aficionada a la lectura, una parte del mundo y de su tierna personalidad quedaba a salvo. A Tomeus también le gustaba que fuera una rara avis entre los de su especie, la excepción confortadora a la regla, aunque habría preferido que el amor a la lectura que trataba de inculcar a sus alumnos hubiera calado más hondo entre todos ellos. Sara sabía que las demostraciones de interés por la cultura eran del agrado de Tomeus, y por eso exhibía el librito a la menor oportunidad, como un trozo de queso ante un ratón necesitado de un estímulo para salir de la ratonera. Por muy jóvenes que sean, las mujeres llevan dentro la sabiduría de la seducción, son conscientes de su feminidad y de su poder como polo de atracción de los contrarios, y ejercen ese complejo arte de una manera asombrosamente armónica y natural, sin que parezca que las cosas están de algún modo moviéndose a su alrededor, o provocando derrumbes en el interior atormentado de los hombres.

Sara, no obstante, estaba también un poco nerviosa, pero el nerviosismo le duró el tiempo de una breve conversación intrascendente, y el intervalo que tardaron los primeros tragos de su cerveza en hacer efecto en su cerebro y en su sistema muscular. Enseguida el motivo que supuestamente los había llevado allí (la lección académica dificultosa) había quedado olvidado, y Sara escuchaba a Tomeus y asentía dulcemente, y construía un crómlech con los huesos de las aceitunas, alineándolos sobre la mesa en un círculo tan geométrico y preciso como el presente perpetuo que ambos pretendían abarcar. Los hoyos de las mejillas de Sara hacían especial su rostro cada vez que son­reía, dos pequeños segmentos de piel plegada por la contracción del cigomático mayor, que eran todo poesía al adoptar su forma externa. De momento esa era la clave: la forma externa; la no necesidad de profundizar en quién sabía qué simas más psicológicamente insondables o perturbadoras, en qué trozos de pasado o retazos de traumas o anhelos firmes de futuro que podían requerir un improbable consenso. Viendo disfrutar a Sara, viéndola hablar y gesticular y exhalar todas sus formas externas en ese momento concreto, sin más implicaciones ni menos fuego del que era razonable avivar, Tomeus era aceptablemente feliz.

Con Sara levantando de vez en cuando el vaso, dando tragos a su cerveza y riendo, sentada allí a su lado, Tomeus se sentía también un poco responsable de lo que estaba forzando: un punto de no retorno, una segura hecatombe. Y sin embargo había algo que lo empujaba a continuar, posiblemente esa sonrisa genérica que hacía tiempo que ninguna mujer le dedicaba y, más probablemente, la necesidad de tomar la vida como una experiencia total, como una incógnita que había que exprimir hasta la consunción y ver qué pasaba, asomándose a lo que se escondía detrás de las convenciones y el tedio de lo cotidiano y la medianía que nos va matando lentamente.

Sara, en lo más íntimo, seguramente pensaba lo mismo: que a no muy largo plazo las cosas se torcerían, y que aquello no podía perdurar. Donde cualquier otra chiquilla de su edad, cegada por un concepto adolescente de romanticismo, tendería a ver un horizonte rosado y complaciente refulgiendo bajo la llamita titilante del amor eterno, Sara intuía una experiencia útil para su propio rodaje sentimental, siempre más fiable de la mano de alguien con unos cuantos kilómetros de trayectoria vital a sus espaldas; alguien a quien podía admirar intelectualmente, y en quien reconocía ciertas cuotas de poder e influencia social, dada su edad y su profesión. Ella había sido precoz también en sus lecturas, y era capaz de reconocer en el entramado un esquema clásico: el cuarentón y su lolita, la nínfula y el maestro, los paradigmas de posesión y sumisión; un esquema que, no por mucho que se repitiera, dejaba de producirse con una insistencia antropológica. Solo que, en su variante concreta, Tomeus se estaba acercando de hecho a la cincuentena, y a ella le faltaban todavía siete meses para cumplir los diecisiete. En todo caso, a ella no parecía importarle, y más bien veía en esta divergencia algo chic y provocador, una marca de diferenciación y estilo, fuera del alcance de la mayoría de las chicas de su edad. Su relativa madurez demandaba un producto maduro. Muchas veces, cuando Tomeus subía las escaleras del Fenice camino del retrete, reparaba en un refrán que colgaba enmarcado en una de las paredes: The older the fiddle, the sweeter the tune, y ahora esa sentencia cobraba sentido y se ajustaba perfectamente al momento con Sara, a lo que Sara tácitamente solicitaba. Mientras permanecía al lado de ella en ese espacio sacrosanto, extasiado en los detalles de ese rostro que tenía delante y gozando de su compañía, Tomeus recordó la frase como una iluminación: «Cuanto más viejo el violín, más dulce la melodía», y de manera mecánica su imaginación hizo sonar Aged and mellow, la canción de Little Esther Phillips que siempre le venía a la cabeza cuando, a lo largo de los años, había leído la frase en sus numerosas idas y venidas a ese retrete del Fenice en soledad. Como Sara, también Little Esther Philips era una chiquilla de dieci­séis años cuando grabó ese elegante prodigio, pleno de escabrosa sensualidad, en el que proclamaba su preferencia por los caballeros maduros y los whiskies añejos.

16

¿En qué momento él, Tomeus Paramore, ciudadano ejemplar, hombre cabal, se había separado del eje? ¿Cuándo había decidido su yo profundo que era el momento de ser quien no era? Había una acumulación de circunstancias que pesaban sobre el subconsciente, gotas que iban colmando el mismo vaso y, sin saberlo, le hacían tomar conciencia de un yo inédito que iba surgiendo desde una latencia de años. Tomando forma, ese yo era la cristalización de una tendencia interna e imparable, una predisposición que se veía venir y se anunciaba en ciertos comportamientos y en ciertas formas de acatar la realidad, de diseccionarla y reordenarla, de sufrirla y explicarla.

El niño que fue Tomeus ya había dado muestras de un gusto depurado por la colisión de los contrarios, mezclando lo solemne con lo lúdico, la comedia con el drama, la escatología con el arte: con seis años se sentaba en el retrete y pasaba un buen rato concentrado, tratando de producir un excremento con forma de corazón. No tanto un corazón sólido y con volumen, sino una línea de contorno acorazonada que dibujaba moviendo el cuerpo sobre la taza, con cuidado, conforme iba disponiendo la materia prima en el fondo de la loza. Lo máximo que había conseguido era algo con el aspecto aproximado de un pretzel, en cualquier caso, aunque la función ceremonial del acto, tomada en abstracto, podía darse por buena en su matriz, al constituirse en muestra suficiente de su precoz talento subversivo.

Era una subversión con tintes creativos, por otro lado. Un proceso que ponía en valor las numerosas facetas de una personalidad polimorfa, afloradas indiscriminadamente a través de los años con distintas intensidades y bajo aspectos variables, conforme el sujeto iba creciendo y madurando. En esa misma dirección conceptual, se hacía evidente cómo según las épocas iba cambiando en él el orden de prelación de los tres órganos primarios: pene, corazón, cerebro… o sus correlatos metafísicos: instinto, sentimiento, intelecto. Durante ciertas épocas el orden era ese mismo, o bien: cerebro, pene, corazón, o totalmente viceversa; pues con el transcurso del tiempo o según las circunstancias podía entrar en juego cualquiera de las variantes de esta simple combinatoria —permutación de tres elementos sin repetición—, un total de seis combinaciones pintorescas, aunque bien decisorias, dado que esos órdenes marcaban el talante del período, con todos sus efectos secundarios, y la fluctuación de un esquema a otro lo convertía alternativamente en un sátiro consumido por el pathos, o en un erudito de hombros cargados que deambulaba por las calles o penetraba en los cafés.

17

Las calles. Poner un pie delante del otro y consumir metros lineales de alquitrán, mirando simultáneamente hacia dentro y hacia fuera para componer el poliedro, pensando en todas esas cosas que están momentáneamente fuera de campo, del otro lado de lo visible, y permanecen en un nivel secundario pero siempre presentes de un modo totalmente pregnante y definitivo, imbricándose entre sí hasta hacer la conciencia de uno mismo: los ancestros, los viajes, los seres hirientes, la ropa adecuada para el cambio de estación, los momentos de gloria, el dolor en las rodillas, los personajes públicos, las aspiraciones frustradas, el deseo y las facturas, la polución y la ramplonería, el azul metálico del cielo, el maullido de un gato, el coeficiente de rozamiento o la belleza…, todo era susceptible de provocar un estado de ánimo o una emoción, y de cambiar radicalmente el curso de los pensamientos.

En la combinación entraban también los otros elementos, el conjunto de las cosas tangibles que se plantaban cada día delante de los ojos, las figuras de una realidad física en la que había que batirse el cobre con más o menos ganas, con mayor o menor destreza, con razonable perplejidad. Una categoría en la que cabían tanto las aburridas magdalenas del desayuno como la dispar idiosincrasia de los compañeros de trabajo, los artefactos de la industria y los cuatro árboles resecos que se alzaban en su calle, la especie humana y su escenario en general, y los zapatitos ruidosos de la señora Bonamassa en particular (y todavía tenía pendiente el asunto del libro; ¿por qué habría aceptado el maldito encargo?). Por no mencionar la insólita entidad corpórea que constituía su centro de trabajo: la Escuela Millerson, una mole fuliginosa que se caía por trozos y que cada año añadía una grieta más grande y más amenazadora a su estructura; un cubo sin gracia, un delirio de hormigón basado en un racionalismo mal ejecutado, cuya edad podía adivinarse mediante el número y la dimensión de esas grietas, igual que los anillos de crecimiento de los árboles dan cuenta detallada de su tiempo y existencia.

Y había que convivir con todo ello, abriéndose un hueco a codazos en esa masa hecha de objetos feos y gente insulsa, y disponiéndose también a gozar, de tanto en tanto, de un momento de esplendor inesperado, de una pizca de simetría espolvoreada por algún dios pagano, vertical, misericordioso y bastante bromista.

Tomeus apreciaba, toleraba y detestaba simultáneamente esa ciudad, un sitio donde todos querían algo de alguien, donde todos agitaban las bandejas pedigüeñas, los panfletos ridículos o los brazos sancionadores para hacer cumplir sus leyes punitivas, cortando el paso a los viandantes apresurados que no querían saber nada de nadie, ni ver más allá de sus propios asuntos. Por fortuna, él tenía el don de no necesitar demasiado a la gente: un auténtico regalo que nunca iba a ponderar lo bastante, porque le evitaba ese baboso arrastrarse en busca de contacto, esa necesidad de ser tocado y escuchado. Tenía el don de la independencia, la cúspide personal de quien lo único que pretende es lejanía, aire y tierra de por medio, separación. Toda distancia es poca para que el misántropo se sienta cómodo en un espacio vital irremediablemente compartido, lo que, por pura necesidad, lo lleva a evitar el contacto físico y la implicación emocional, el aura que los otros van dejando en el entorno. Atrapado en los laberintos de su sociopatía, el misántropo acaba convertido en un ser autoexcluyente, y por lo tanto invisible, y en su esfera de introspección disfruta de esa invisibilidad que, de hecho, representa la cualidad más preciada para un espectador.

Para Tomeus era cómodo ser un espectador, permanecer en la retaguardia del mundo y diseccionarlo en el silencio de los taimados, sin arrostrar las consecuencias. La condición de espectador surgía, pues, como una de las derivaciones necesarias de la invisibilidad, la discutible peculiaridad de pasar inadvertido, esa posición dolorosa de los que no son tenidos en cuenta, de los despreciados, de los demasiado pequeños para ser notados. Tomeus miraba alrededor y el mundo seguía demandando criaturas perfectas, arquetipos publicitarios, héroes cinematográficos, élites bañadas en éxito económico, deportivo o político. Lo que quedaba de restar este subconjunto era la chusma, toda esa gente corriente que arrastraba sus organismos deficitarios por las aceras grises de la vida. Y ni siquiera esto era la base de la escala: por debajo de ellos todavía estaban los verdaderos invisibles, los misfits, los que tocaron fondo, los que se sentaron en el último escalón de ese sótano sórdido y se conformaron con dejar pasar su destino sobre ellos, como un viento pútrido e inevitable, rabiando y acomodándose simultáneamente a una tesitura que no eligieron, que les cayó encima con todo su peso opresor para dejarlos perennemente en ese lado oscuro, sin posibilidades de resurrección.

Era la gran mentira del sistema, la perversión del canon, la obcecación alienante que nos hizo medir el éxito con la vara equivocada, y dar por bueno el resultado. ¿En qué unidades se mide el éxito social, económico, afectivo, sexual, profesional o personal de cada criatura concreta? ¿E=mc2? ¿μ=4πK’=μ0.μr? ¿Qué fórmula alquímica; cuántos moles de soluto de qué elementos determinados deberían mezclarse en el fondo del atanor para hacer visible lo invisible?

Desde la invisibilidad de sus dos pasos atrás Tomeus observaba el mundo y sus consecuencias, y las camareras se asomaban desde detrás de las columnas para ver el gran espectáculo cinegético, la caza impía de humanos a tiempo completo, el gran pogromo vermicida de ir masacrando gusanos con el alambre de espino de las letras, acumuladas en el cuaderno como una empalizada eléctrica erigida desde el rincón de las epifanías.

Al abrir ese cuaderno las hojas parecían una materia impenetrable, una masa del color de los huesos que, para ser atravesada, demandaba talento, clarividencia, determinación y otros dones lastimosamente esquivos. La pluma tenía que hacer una incisión en ese hueso y probar a dejar su carga en el interior, eyaculando una médula de tinta para significar, explicar o expresar algo, consintiendo que las palabras fluyeran, que las ideas tomaran cuerpo como pequeños monstruitos. Y si de pronto, un día, el nombre de Sara apareciera escrito por primera vez en ese hueso; si la historia a contar debiera contener a Sara y construirse en torno a ella sin pensarlo, ¿cómo sería para él, Tomeus Paramore, rapsoda atormentado, amante platónico, geómetra fogoso, ese nuevo orden? ¿Cómo sería si escarbara en el fondo de su corazón y desparramara todas esas palabras en el centro de la página; si se abriera en canal para mostrarle a Sara el esplendor y la inmundicia bajo la carne sajada; si descendiera dos escalones en su indigencia emocional y se pusiera de rodillas, o en la postura de sumisión de las sombras de los perros; si accediera a que ella observara en detalle su torpeza, a que lamiera su inseguridad como una llaga, a que hozara en su yo pulposo y poético, en el peso morboso de sus años?… ¿Sería suficiente para su ansia juvenil?; ¿saciaría eso su necesidad de igualación?; ¿estarían ambos, por fin, en un nivel equivalente de fragilidad?, ¿de abnegación?, ¿de entrega, devoción o adhesión personal?

Tomeus era invisible, también, y caminaba por las calles como una masa de aire transparente a través de la que era posible contemplar un fondo de estampas urbanas dislocadas, máquinas costrosas y mártires de nuestros días, movimiento perpetuo e improductivo, luces cambiantes, violencia, pasión humana, postración, calor y tempestades, misericordia y falta de misericordia, y desoladora vulgaridad a carretadas.

Ningún río de palabras podía explicar el mundo, y cualquier aproximación era deficiente, definitivamente ridícula, presuntuosa e ingenua. Bajo el poder condicionante de ese peso demoledor, el río de palabras que intentaba Tomeus quería ser tan solo una faceta limitada del poliedro, digamos una milbillonésima parte de la milésima parte de una de las infinitesimales caras de un poliedro que tuviera un trillón de trillones de caras, aproximadamente. Y, ¿podía ser eso el fin?, ¿estar atrapado en Mobile con el blues de Memphis otra vez? Lo sugería Dylan desde los auriculares que Tomeus llevaba encajados en los oídos, y a veces desde los techos atmosféricos del Fenice, bajando en oleadas cálidas sobre él, sentado sobre la felpa colorada, o cuando incrustaba las suelas en el alquitrán caliente de las calles; y en cualquiera de los casos, plegado a uno de los majestuosos dioses de su panteón, Tomeus lo suscribía de inmediato y sin el mínimo asomo de duda (era fácil dejarse llevar por esa pequeña euforia tabernaria, al fin y al cabo, pues el Fenice era un microcosmos donde solían contenerse todas las verdades, desde la música redentora hasta la médula total del otro lado, con episodios sórdidos o moralizadores desarrollados espontáneamente en los retretes, con un Tomeus voluntarioso que se abrochaba los botones de la bragueta en el momento en que entraba un vikingo gigantesco, joven, guapo como un dios, que se ponía de pie frente al urinario de pared con legítimas intenciones excretoras. El mamotreto deambulaba prácticamente desnudo, excepto por una ridícula camisetita que le llegaba por encima del ombligo, y un pañal enorme de pega que cubría sus partes pudendas. Tenía un aspecto grotesco, pero eso es lo que pretendía su disfraz. Venía de una fiesta estruendosa que sus colegas y otros crápulas estaban dando para él, allí abajo, donde el alcohol corría como ríos y todo estaba a punto de descontrolarse. El vikingo pasado de rosca luchaba por retener las arcadas, eructaba y emitía extraños gruñidos —algo que podía ser una lengua gutural escandinava, o escandinavo antiguo…—, y su cara congestionada, de un bermellón incandescente, contrastaba con las llamas amarillas de su pelo rubio. En medio de esta sensación flamígera e incendiaria Tomeus se dirigía a la pila para lavarse las manos, y a través del espejo observaba cómo el vikingo, torpe y tambaleante, rebuscaba en su pañal y conseguía extraer su miembro por un lateral: un armatoste desproporcionado y oscuro que blandía como un tótem, sin mucho sentido. Así que discretamente Tomeus terminaba de secarse las manos y dejaba al dios caído entregado a sus ritos paganos, no fuera que, de algún modo que prefería no saber, quisiera hacerle partícipe de su liturgia).

Tomeus era, a fin de cuentas, todo eso: un misántropo, un monstruo invisible, un espectador; alguien que se ponía, deliberadamente y con total consciencia, en el peligroso borde de la baja aceptación social. Y aun con todo ese peso consentido a sus espaldas, todavía se abrían resquicios en su personalidad para que emergiera lo que pudiera haber en él de afable y humano; es decir, su misantropía y su invisibilidad eran dosificadas selectivamente, con toda la intención y todo el cuidado, con la moderación de quien asume que no puede desgajarse del mundo como un eremita y pretender ser tenido en cuenta y suscitar simpatías. Con su piel de aparente afabilidad era capaz de integrarse como uno más en ese sistema que no llegaba a comprender, creado instintivamente por los humanos para sentirse arropados en la intemperie del mundo, pero también idóneo para descuartizarse mutuamente a la menor ocasión, como consecuencia natural del roce continuado. Para evitar esos roces, para no estar en permanente contacto con la ubicua idiotez humana, Tomeus se apartaba de la especie, sin violencia, con serenidad, con convicción. Y volvía a ella en caso de necesidad o cuando sus niveles de tolerancia le indicaban que era aconsejable hacerlo.

Mientras tanto retorcía el cuerpo sobre las hojas en blanco, como si la deformación fuera una consecuencia de los vericuetos de su mente, trasladada micra a micra a los renglones bajo un estado de total decalación abstracta, y ajeno al mundo visible que, desde el exterior, andaba presto a señalar la rareza: cuando se es un espectador no se tiene conciencia de la apariencia externa, porque el espectador, que tanto mira hacia fuera, acaba invariablemente mirando tan solo hacia dentro, con los ojos introspectivos, y absorto en su mundo no nota las deficiencias de la propia postura física, la inclinación aberrante del cuerpo o los movimientos ridículos e incongruentes. El espectador no es consciente de la ocasional falta de elegancia y de decoro en la imagen que proyecta, y permanece encogido sobre sí mismo, pensando, o haciendo muecas y gestos maquinales al ritmo de sus elucubraciones, hasta que es la hora de orinar, o de emerger desde lo abstruso, o de marcharse.

Y entonces sí, las calles: el escenario de la gloria accidental y los trastornos obsesivo-compulsivos. Probablemente Tomeus no estuviera saliendo muy bien parado en el retrato; pero ¿quién podía decir que su personalidad no contuviera, en una u otra medida, alguno de esos rasgos paranoides que nos hacen más humanos?

Verbigracia:

a) En ocasiones, cuando le caían gotas desde un cielo despejado, Tomeus tendía a pensar en los excrementos pulverizados que se desprendían desde los retretes de los aviones, más que en otra tesis más benigna. Miraba entonces hacia arriba, con acritud, por ver si localizaba algún avión en medio de ese cielo azul metálico, pero por lo general no conseguía vislumbrar ninguno.

b) Era capaz de entrar en una librería y, llevado por el ambiente y la presencia masiva de textos apetecibles, sentir irreprimibles ganas de volver a casa para terminar el libro que allí tuviera empezado. Entonces se le ocurría que, dado que se encontraba en el lugar idóneo para ello, podía buscar en las baldas un ejemplar del libro en cuestión y leer las pocas páginas que le quedaban para terminarlo… Pero no era lo mismo: no era su libro; no era el mismo objeto que en su casa ardía con las huellas de su persona y con la marca de la posesión.

c) En cierta ocasión, la señora Bonamassa le había regalado un bote de mermelada casera como compensación por haberla ayudado a traducir las instrucciones de su reloj de carillón, y Tomeus había correspondido al obsequio con elogios y agradecimientos, pero en cuanto pisó la calle tiró el bote con aprensión en la primera papelera que encontró, por si la mermelada estaba envenenada.

Situaciones de este tipo provocaban que, de cuando en cuando, acabara activándose el testigo rojo de su mala conciencia, llevándolo a procurar vagos resarcimientos a quienes habían sido supuestamente escarnecidos por su destemplanza, como la señora Bonamassa o cualquier otro sujeto que formara parte de su entorno inmediato. A través de sencillos actos reparadores el baldón quedaba redimido, y su conciencia finalmente tranquila. Lo del libro de su vecina era, sin ir más lejos, una de esas reparaciones pendientes; un encargo que no acababa de acometer a pesar de haber estado últimamente en la Biblioteca Pública, bien porque lo olvidaba, bien porque lo consideraba otra más de las obligaciones adyacentes que, sumadas, no lo dejaban en paz.

18

La camarera, en el Fenice, era hosca como una piedra. Toda la mala índole que la llevaba a fustigar a los clientes parecía infundida directamente por los desheredados de la Tierra, y por los gatos negros que frecuentaban el local; sobre todo, y especialmente, por el tipo que solía escribir en un rincón con el ceño fruncido y los labios apretados: Tomeus Paramore, el cascarrabias romántico que sufría, como otro antropoide más, por la distancia que la vida interponía entre la realidad y sus expectativas. Por una transfusión directa de desafección y de hurañía, la camarera actuaba, miraba y callaba como si estuviera trepanando las entrañas de los infelices con un berbiquí, con la barrena de su indiferencia avanzando en espiral desde el ano hasta el cerebro, inoculando antipatía basal por vía subcutánea. A Tomeus le gustaba ese carácter, sin embargo. Le gustaba la separación seca y casi hiriente que la chica proponía. Era una profesional sin florituras que ejercía sus funciones con una sobriedad cargada de eficacia, y eso era lo mejor que podía pedirse a alguien que debía atender a una demanda concreta. Amparada en su cuerpo perfecto tenía de antemano el perdón de todos los parroquianos, que se conformaban con verla pasar con las pintas en las manos como Lady Godiva cabalgando hacia un horizonte de leyenda.

Ese horizonte que allí, en el Fenice, empezaba y acababa neurálgicamente en los cromados de la barra; un altar en el que todo aquel que pretendiera tener dispuesto su pedido debería vérselas con ella: la diva inaccesible de las tabernas, la sílfide hierática, la sirena gélida, la diosa mítica del underground. Tomeus estaba habituado a las camareras admirativas, aquellas que se amagaban tras las columnas para observarlo con una curiosidad un poco bidimensional, azoradas por las situaciones donde se registrase una actividad cerebral intensa (Tomeus observado en el desempeño de unas actividades que parecían fuera de lugar, en comparación con las que normalmente se desarrollaban en ese tipo de espacios: tabernas cuajadas de individuos primarios, ahítos de alcohol y rezumantes de testosterona), y que mantenían la distancia apreciativa que se debe interponer frente a los mitos, cuando se los tiene ante los ojos. La camarera del Fenice contravenía la regla a fuerza de altivez, no obstante; un temperamento forjado en base a su físico, que realmente era el que decidía sobre ella, sobre su conducta y sobre su modo de enfrentarse al mundo, en detrimento de las capacidades de una mente demasiado bisoña e insegura para llevar la iniciativa. Su defensa del territorio se llevaba a cabo por medio de la rotundidad de su cuerpo, y se consumaba con el cortafuegos implacable de su actitud. Lo cual, por puro contraste, producía un efecto aún más excitante en quienes la contemplaban: la contraposición de lo bello y lo inasequible reunido en un solo animal de volúmenes ultraterrenos, la anatomía total, la piedra angular de la armonía. Con el desdén como aglutinante y la vulnerabilidad como fondo, la camarera sobrevivía entre toda esa circunstancial escoria humana que, sobrestimando la juventud y la hermosura de la diva, le rendía babosa pleitesía y era incapaz de sospechar que en su fuero interno ella hubiera querido ser una top-model o una empresaria notoria, una de esas chicas adineradas que pueden permitirse holgazanear al sol y alojarse en hoteles con encanto, en los que exhibir con superioridad sus atributos. Era una aspiración loable y un poco previsible, aunque por ahora debía conformarse con portear pedidos de un lado para otro, con limpiar vasos, trasegar cajas y despachar pintas de cerveza y cócteles polícromos a una masa apelmazada en torno a la barra y a las mesas como una materia gris, inerte, poco reactiva y desalentadoramente salaz. Antipatía frente a salacidad. Majestuosidad frente a bajeza. Los ejes de posición de cualquier drama tabernario, desplegándose por debajo de una realidad que tomaba forma en manos de la diva.

La estructura del drama es sencilla, sin embargo: todo está en punto muerto, y de pronto irrumpe un elemento que subvierte el estado de cosas y genera, en el paso de un orden al otro, una fricción elemental que da lugar a la antiparáthesi, la confrontación inevitable que hará mover sus partes intestinas hacia un lugar distinto. El punto muerto en que estaba Tomeus Paramore incluía esa taberna desierta donde, a solas con la camarera, el profesor languidecía por la falta de ideas y de perspectivas concretas, extenuado tras una larga exposición a las tensiones creativas que lo habían dejado vacío. El cuerpo de la camarera era un suplicio, por su perfección animal que enturbiaba el pensamiento. Para verla pasar varias veces por delante, Tomeus esperaba a que ella se acercara a su mesa para tomar su pedido, y entonces solicitaba su brebaje, hacía que la chica fuera a por él y se lo trajera hasta el rincón donde la aguardaba, pagaba con un billete grande que la obligara a volver de nuevo con el cambio, y en las idas y venidas Tomeus iba muriendo en el martirio de la contemplación de ese cuerpo perfecto, con el hueso de la cadera marcado geométricamente en la tela, y los volúmenes de las nalgas vibrando bajo el vestido de punto, y los músculos y la piel tensándose y destensándose cuando caminaba. Era la estupefacción, la ciénaga del deseo provocando la parálisis absoluta del sistema cognitivo, y los últimos atisbos de vida metafísica esfumándose ante una realidad física y sublime. Tomeus se desenvolvía mal en esa tesitura, vivía dos pasos atrás, se enrocaba en la incapacidad social y en un cierto complejo existencial y erótico. Demasiadas carencias, en todo caso, aunque para suplirlas quedaba el recurso a la fantasía: subirle despacio la falda ajustada y penetrarla dulcemente por detrás, apoyada en la barra. Y también la fantasía de que era ella la que daba el paso y se acercaba a Tomeus, obviando la timidez y la opacidad del profesor. Debía de haber un mundo en el que se produjera esto último; un mundo en el que la soledad de los tímidos y los opacos fuera reconocida por las ninfas como una característica irresistible que las atrajera como la luz a los insectos. Pero no era ese mundo. En ese mundo estaba a punto de constituirse el drama, la irrupción del elemento perturbador que agitara el orden y pusiera todo bocabajo. Mientras tanto, Tomeus observaba a la camarera cuando ella no miraba, dispuesto a apartar la vista en cuanto ella se girase hacia él, pero los efectos del alcohol entorpecían sus reflejos y acababa retirando su mirada demasiado tarde, y por un momento quedaba expuesto y desnudo, menor, menoscabado. En su mente giraba todavía la curva del vientre y la contracurva de las nalgas, el modelado animal como una larga derrota: el descalabro sicalíptico de toda una vida, la nostalgia por todos los cuerpos no poseídos y los actos no consumados.

El elemento disruptivo que estaba a punto de incoar el drama acababa de aparecer por la puerta, materializado en la silueta del borrachín maduro, educado y ectoplásmico, que pretendía una conversación con la camarera. Lo que el borrachín buscaba era identidad, relevancia. Había entrado tambaleándose sobre el suelo de madera, y su traje blanco y anticuado brillaba como un satélite pobretón, como una hostia, y convertía en más oscura su cara enrojecida. Tenía el aspecto de un galán trasnochado de Saint Tropez, y aunque ya había estado allí otras veces nadie sabía su nombre a ciencia cierta, y todos lo llamaban Glenfiddich a escondidas, porque su primer pedido era invariablemente un whisky largo con hielo: «Un glenfiddich», pronunciaba con una dicción accidentada, señalando al aire con el dedo levantado, como un santo de piedra en medio de una plaza vacía; y esperaba de pie la llegada de esa dosis de ponzoña que sumar a la que traía ya en las venas. El borrachín había traspasado el umbral al otro lado arrastrando sus varices esofágicas, su declive neurotóxico y su hígado graso, y al respirar iba llenando el aire de acetaldehído espirado como un gas pestífero y altamente combustible. Lo que el borrachín pedía era singularidad, consideración, y en un cálculo un poco arriesgado conminaba a la camarera a llamarlo por su verdadero nombre, repitiéndolo en voz excesivamente alta y muy despacio para evitar malentendidos, con la esperanza de ser por fin individualizado, de sentirse destacado del resto de ovejas sedientas que abrevaban en sus cubas. Enseguida, sin embargo, todos olvidaban ese apelativo al que en realidad no habían prestado demasiada atención, y seguían llamándolo Glenfiddich a sus espaldas; o simplemente lo ignoraban, condenándolo con ello a su perpetua y lacerante invisibilidad.

El borrachín solitario se trastabillaba al caminar junto a la barra (cortos paseos inquietos, llevado por sus demonios internos, con la copa en ristre), y su lengua se trabucaba cada vez que intentaba hacerse oír. Era un borrachín con tendencia a la socialización, pero normalmente sin excesos lamentables que pudieran violentar al resto de los parroquianos: un borrachín con buenos modales, portador de una elegancia pasada de fecha que fluctuaba misteriosamente entre lo genuino y lo esperpéntico. Las puntas del cuello de su camisa negra a rayas se disparaban sobre las solapas anchas de su americana, y esta estampa de proxeneta veraniego y demodé lo anclaba aún más en su miseria retrospectiva, perdurable, de la que no podía desembarazarse, y todo el veneno ingerido a grandes sorbos no era suficiente para que dejara de ser un tipo anónimo e irrelevante. Pedía otra copa y con ello escondía la cabeza en el hoyo de su mundo ilusivo, pensando que, a fuerza de ignorar la violencia de sus síntomas, desdeñando las señales de socorro de su cuerpo, la rubicundez facial, las taras en las transmisiones sinápticas, los alarmantes niveles de glutamato en sangre, el problema se habría esfumado de pronto, y él acabaría brillando con el esplendor de un imparable éxito social, concretado en sus conatos de conversación con la camarera.

El borrachín no captaba la distancia que esta necesitaba imponer, y era incapaz de calibrar la inconveniencia de la situación, el aburrimiento que suscitaba su discurso incongruente. Pero el trío estaba constituido, y, con él, el primer acto del drama. La camarera, Tomeus y el borrachín Glenfiddich eran tres pelotas en el aire, dando vueltas para componer algún tipo de figura: para convivir en armonía o destrozarse al menor indicio de hostilidad; para pasar a la posteridad como héroes homéricos o quedarse en ese fango denso que no llevaba nunca a nada, sin implicaciones morales, físicas o sentimentales que los unieran en un afán común.

19

Para un tratado creíble de la intrahistoria es preciso descender a las bibliotecas públicas y a las librerías de saldo, esos santuarios de una cultura moribunda cuya capacidad de servicio social se mide por el grado de disrupción de los arracimados en torno a su credo. Las bibliotecas públicas y las librerías de saldo son el coche-escoba del submundo, las higienistas invisibles, las catedrales de polvo y sepulcralidad que congregan a los desheredados de la tierra, a los disfuncionales y los dimorfos, a los catalépticos y los degenerados, a los conspicuos y a los transidos de melancolía, a los creeps, los odds, los weirdos y los misfits, y a todos los que soportan el inmenso peso de su inadaptación al medio y su perplejidad por un mundo cuya complejidad los supera. En estos templos los disruptivos encuentran consuelo para sus cuitas, y los sátiros satisfacción para sus voyeurismos onanistas, y entre unos y otros van constituyendo el genoma primordial que nutre sus tejidos desde la misma raíz, y al tiempo que caracterizan el espacio lo envenenan con su presencia silenciosa y un poco inquietante.

La fascinación por un lugar público, relativamente acogedor, aislado de la intemperie, silencioso y completamente gratuito, es demasiado insoslayable para cualquier perro de la lluvia, para cualquier ocioso que valore pasar un rato bajo techo, asear su cuerpo o vaciar sus intestinos, disponer de un asiento cómodo y suficiente luz y miles de páginas impresas, o goce de espiar patéticamente a las muchachas que, como insectos en una tela de araña, se ofrecen sin conciencia del dolor ajeno a su lascivia. Los viejos fingen leer mientras contemplan los traseros fastuosos de las núbiles, o salen de los retretes con manchas húmedas de orina oscureciendo miserablemente sus braguetas. Algunos jóvenes pálidos y pestilentes se acurrucan en el nido del cuco de su dislalia, y pasan tardes enteras balanceándose a la manera autista y conmocionante de los lerdos, ante la pantalla de un ordenador. Las ratas de la cultura enfermiza corretean en torno a las estanterías como una última posibilidad vital, y sacan sofismas inútiles del fondo de sus chavetas desajustadas, y los esparcen por el suelo, y contaminan el aire con sus beatíficas presencias, y arden en el tuétano mismo de lo que significa ser conmovedoramente humanos.

20

Intro:

A veces el azar pone cara a cara a los antagonistas, los empuja hacia un mismo cruce del camino haciendo que sus trayectorias se desvíen de un supuesto curso natural, convergiendo en una sola corriente que los refuerza o los destruye. A lo mejor es que esas trayectorias se necesitan para completarse y poner un poco de pimienta en el cogollo de la vida, y sal en sus heridas. Esperando a esa némesis que ha de llegar nos dedicamos a llenar el tiempo por vía de una cotidianidad narcótica y olvidadiza, y vamos de nuestro corazón a los asuntos con una inconsciencia entrañable, que pudiera no ser más que un simple modo de irresponsabilidad. No hay clemencia en esa lucha a muerte, y cuando el antagonista asoma en un recodo conviene estar definitivamente preparados, disponer de armas bien cargadas y de un ánimo flexible y combativo que nos salve del naufragio. A la espera de una némesis entramos en las librerías y nos acomodamos en un mundo irreal de letras y moquetas, rondamos los burdeles, hozamos en las bibliotecas, deambulamos por las calles con el gesto serio de los que desconfían, de los que padecen del colon o del hígado, y de los que están aturullados por las contingencias de una vida que no les deja emerger hacia la luz.

Plano:

El septuagenario sacó lentamente un pañuelo del bolsillo de su pantalón. Según sus cálculos cabales la acción le hizo invertir más tiempo del estimado, porque, sentado como estaba, la pieza se comprimía blandamente contra su pierna. A tientas logró encontrar una esquina y tiró de ella con un pequeño esfuerzo, ahuecando un poco el espacio en que el pedazo de tejido se debatía, medio sofocado por la presión. Finalmente salió, y el hombre lo sostuvo unos instantes como un trofeo, en alto, colgando delante de sus ojos, sujeto por la punta con sus dedos. Estaba lamentablemente arrugado, y aun con todo el desagrado que le producía esta circunstancia, el hombre ejecutó un hábil giro de muñeca y el pañuelo quedó extendido sobre la palma de su mano. Con la que tenía libre, la izquierda, se quitó sin prisa las gafas, y a continuación empezó a limpiar meticulosamente los cristales: primero el derecho, arrojándole un poco de aliento, frotándolo, mirándolo al trasluz, volviendo a empañarlo con su vaho, esquina por esquina, mota a mota; después repitió la operación con el cristal izquierdo, igual de minucioso, como si el rito mereciese todo su tiempo, haciendo del acto algo desproporcionadamente importante. Cada mancha de grasa, huella de dedo, partícula de polvo, pelo, legaña, pequeña pestañita curva, era observada a través de la luz, y barrida luego con un suave movimiento circular del pañuelo, dirigido por su índice y su pulgar.

Cuando el septuagenario consideró que sus gafas estaban impecablemente limpias se las volvió a colocar, con la misma lentitud con que se las había quitado. Acto seguido carraspeó, dando por concluida esa fase, como una transición que lo predisponía a la siguiente, y desplegó las tapas rojas del libro que tenía ante sí, sobre la mesa.

Mientras leía, Dolfuss I.G., poeta septuagenario, dandi decadente, consideraba que había traicionado en cierta medida sus principios, aunque reconocía que, en el fondo, tal vez le satisfacía ese pequeño desorden introducido tan fácilmente en un hecho tan simple como coger un libro: solo unos segundos antes se encontraba frente a las estanterías de madera, con la mano ya certeramente posada sobre la Historia medieval del mundo ortodoxo, de Iradiel Morley-Brownstanford, cuando un empujón de algún distraído le había hecho trastabillar y desplazarse lateralmente un paso, ese paso único y definitivo que lo enfrentaba durante un instante de naufragio a esa inesperada fatalidad, a saber: que su mano no estaba ya posada sobre el texto deseado, sino que se había balanceado levemente en el aire y reposaba ahora sobre el libro contiguo, un tratado de alquimia con tapas rojas que alguien demasiado despistado o demasiado indolente había colocado en esa estantería por error, en medio de los densos volúmenes de historia medieval. Esa sutil transición de 946 mor his a 133 nos alq, según indicaban los tejuelos adheridos a los lomos, marcaban de pronto la diferencia entre la serenidad y la incertidumbre, entre la simetría y el caos. Dolfuss I.G. meditó unos instantes sobre el nuevo sesgo de las cosas, y finalmente se dijo que por qué no…, y todavía un poco impresionado por lo que estaba haciendo se dirigió hacia una mesa con el libro rojo bajo el brazo. Entonces limpió, como de costumbre, escrupulosamente, sus amplias gafas con la montura de pasta negra, como queriendo conservar algo de la antigua vida que, suponía, había superado con la aceptación de su destino. Después carraspeó y desplegó con cuidado las tapas de cartón.

Las primeras líneas del tratado fueron leídas a trancos, con remordimientos que lo instaban a abandonar su acto heroico, que lo conminaban a levantarse y acabar con la pequeña broma, a retomar el libro de Iradiel Morley-Brownstanford y refugiarse en un orden reconfortante, conocido; pero, cuando iba a arrastrar la silla para salir, tiraba de él una sensación que lo anclaba allí mismo, dejándolo invadido de un morbo venial que le hacía sonrojarse.

Dolfuss I.G. había empezado a concentrarse, finalmente, cuando una sombra lo privó por un segundo de la luz de la ventana. Levantó la cabeza, y le entró un tonto escalofrío cuando delante de él se sentó el hombre que, sin saberlo, estaba cambiando su vida.

Contraplano:

Tomeus venía a este lugar porque en él a veces recobraba sensaciones de antaño, cuando la niña gordita iba a corregirle las sumas con abnegación, en las tardes de verano. La emanación sosegadora de alguien que, en silencio, realizaba a su lado una labor motora cualquiera, tenía el poder de amansarlo bajo una especie de sofronización instantánea, sumamente refinada, adormeciéndolo con el trasiego delicado de objetos en plena función pragmática: la tijera de la peluquera cerca de la oreja; el frágil sonido de la hoja de un libro, al pasar; el bisbiseo de alguien que lee en voz baja…, como hacía esa niña gordita que le corregía las sumas del cuaderno en las vacaciones de su infancia, derecho que ella se había arrogado en virtud de una simple diferencia de edad (ella era un año y medio mayor que él), y que contaba con la plena connivencia de un Tomeus entregado sin condiciones a la causa, aunque no con la de su propia madre, que prohibió estos encuentros apelando a la supuesta incapacidad para esta tarea de una niña todavía no formada intelectualmente, asumiendo personalmente la supervisión de las operaciones matemáticas del hijo, y seguramente intuyendo más suciedad o más roce de los que en realidad hubo (y abortando de paso cualquier posibilidad de maduración sexual natural basada en torpes escarceos, lo que explicaba de algún modo su ulterior noción de fatalismo erótico). La reacción física de esos fugaces encuentros, mientras duraron, era un cosquilleo en la nuca, que se extendía por las mejillas y bajaba por la espalda y por los brazos. Era un estado de quenublación total, según concepto ideado por la verbalidad imaginativa de un niño precoz que trataba de poner nombre a lo innombrable. La gordita susurraba sus cálculos junto al oído de Tomeus, y este se ponía indefenso, esponjándose como un gato acariciado. Abandonado a su buena fortuna, acomodado en el seno de esa dicha pasajera, solo había que entornar los ojos y sentir, esperando que esa intimidad inocua y preerótica que se había establecido entre ellos se prolongase lo suficiente, antes de ser precipitados a la fuerza hasta el cieno de lo cotidiano.

El bisbiseo de lecturas privadas, el fragor atenuado del paso de las hojas, el roce de una dulce escritura persistente…, todo ello a veces era posible obtenerlos en la Biblioteca Pública, si las circunstancias eran propicias. Sin embargo las circunstancias no se estaban dando, todavía. Tomeus se había sentado en el último asiento libre de una sala abarrotada, de espaldas a la ventana, y hacía calor y le dolía un poco el brazo, resentido por el choque con el hombre que, casualmente, estaba sentado frente a él, del otro lado de la mesa. Un golpe fortuito que el otro ni siquiera parecía haber notado, pues permanecía absorto en la lectura de un curioso libro con las tapas rojas como si nada hubiera sucedido, aunque a Tomeus le pareció que se removía un poco en la silla al verlo ocupar su asiento. Sin nada que añadir o que objetar (la culpa había sido propia y ambos ya se habían ofrecido sus disculpas), a Tomeus le pareció más interesante la opción de centrarse en sus quenublaciones instantáneas, ese espumoso oleaje perceptual que venía buscando, entregándose sin reservas a él y dejando que la voluntad no interviniese. Este era un factor de suma importancia para la excelencia del proceso: la percepción debía ser involuntaria, y no debía implicar movimiento, sino pasividad; no acción, sino quietud. Bajo tales condiciones todo estaba bien…, a menos que cualquier elemento dispersase ese estado de pasión: un arrastrar de silla, un estornudo o, más concretamente, el certero percutir sobre la mesa de los pulgares del usuario adyacente, un nervioso universitario de los primeros cursos con propensión a la alopecia y a los repasos de última hora. Así que, para redondear el retablo a su conveniencia, únicamente cabía esperar que cesase ese proceso de distracción, que lo había obligado a leer varias veces la misma frase, desde el principio, agobiándolo y rompiendo el encanto feérico que trataba de invocar. Para colmo alguien rebuscaba libros a su espalda, y de vez en cuando le despeinaba la nuca con el trasero, que quedaba exactamente a la altura de su occipucio. A pesar de esta molestia Tomeus se empeñaba en seguir hundido en la silla, relativamente mal sentado, con la cabeza casi apoyada en el respaldo, hasta que las incognoscibles posaderas le efectuaron al pasar un arreglo capilar de todo punto inadmisible, y no tuvo más remedio que volverse para vérselas frente a frente con tal portento de la naturaleza, un ente que invitaba a hacer una apología de las convexidades geminadas, o a reformular las leyes físicas que rigen la tridimensionalidad y las curvaturas inconcebibles. De modo que, ante el impacto visual que le había producido el culo dicotiledóneo, Tomeus reconsideró su arrojo inicial, y pensó que un movimiento de cadera bastaba a la matrona portadora para aplastarle contra la mesa, por lo que decidió corregir su postura, incorporándose en la silla y adoptando una posición más decorosa, acorde con su edad y con su estatus.

Confluencia:

La bibliotecaria estaba haciendo una búsqueda en la base de datos. Sus dedos brincaban brevemente sobre las teclas y luego se detenían, como si fueran pequeñas marionetas sin voluntad propia, tiradas por los cordeles figurados de su reconocida diligencia. En ese lapso de inacción la bibliotecaria comprobaba los resultados en la pantalla, y luego anotaba en un trozo de papel las referencias según iban apareciendo. Tenía los ojos azul celeste, y las uñas extrañamente amarillentas. Dolfuss, del otro lado del mostrador, observaba estos llamativos polos de su configuración física. Cualquier hombre se habría recreado con cierta lascivia en el conjunto: la extraordinaria longitud de los brazos; el pelo recogido en una coleta, llameando con un tinte de color sanguina de aplicación muy reciente; el volumen de sus pechos, que se adivinaban espléndidos bajo el jersey de canalé. Aun sentada, la bibliotecaria parecía muy alta y carnal, ligeramente desgarbada. Pero todo ello le decía muy poco a Dolfuss, que seguía preguntándose cómo una mujer de poco más de cuarenta años tenía unas uñas con una apariencia tan enfermiza. Era una mujer agradable, en cualquier caso, con cierto aire de menonita o de amish, sobre todo por ese modo extraño —entre reprimido y anhelante— de querer agradar a Dolfuss (eran contados los usuarios que se acercaban a reclamar sus servicios directos, y ella deseaba lucirse, alargando el momento para combatir de paso un cierto aburrimiento).

Después de unos minutos de secretos escrutinios, intercambio de miradas, e informaciones arrancadas al ciberespacio a fuerza de machacar el código binario, Dolfuss recogió el papelito que le entregaba la bibliotecaria, y al girarse para salir hacia el amplio crucero central coincidió en la puerta de la sala con Tomeus, que venía distraído hojeando el libro que había tomado en préstamo para la señora Bonamassa. Estuvieron a punto de chocar de nuevo, lo cual podía interpretarse como un designio fatal en el que tanto el uno como el otro debieran enfrentarse sin demora con sus respectivas némesis; o como una simetría de escaso gusto, pues en esos momentos ninguno de los dos se sentía especialmente inclinado a entablar la relación, del tipo que fuera, a la que el azar los empujaba con tanto ahínco.

Бесплатный фрагмент закончился.

716,39 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
500 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788411148337
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги