Читать книгу: «Mis muertes»
Hablar de Jaime Fernández Molano es recordar los primeros talleres literarios, su presencia de novel escritor, su crítica mordaz pero también su abrazo fraterno de amigo sincero; que dice las cosas sin adornos y siempre tratando de dar lo mejor de sí.
Gonzalo Arango escribe unos versos que me parecen una fotografía literaria de Jaime Fernández: «Inteligente como un tratado de magia negra, ruidoso como una carambola a las dos de la mañana». Ese es él. Alquimista, alfarero que hace extrañas mezclas de ternura y terror en todo lo que hace. Un rebelde que escribe textos intimistas, confidenciales, donde habita un ángel tierno que lo destruye todo. Un pájaro de ojos abstractos que picotea el pubis o «la carne abierta e inmaculada de ese pecado púber que llevo hasta la conversión de pequeñas hetairas».
De Charles Baudelaire aprende a ser blasfemo como única esperanza del desamparo. Con él ennoblece la furia y la apacigua casi hasta el llanto. De Poe aprende el manual para ser expulsado de un colegio en tres minutos. Poe fue expulsado del West-Point; Jaime lo imita y sale expulsado de varios colegios de Villavicencio y otros pueblos vecinos; pero aprende de Poe lo más valioso «el lirismo etéreo encarnado en esa mágica música del lenguaje».
Y vienen más: Rimbaud, Kafka, Nietzsche, Kavafis, Borges, quienes señalan la culpa heredada de los dioses, su desesperación, su delirio, sus sombrías ideas de la muerte. Porque Jaime prefiere «la muerte al olvido». Que lo odien, murmuren de él hasta el cansancio, pero que no lo olviden. Error que cometemos con frecuencia, como si quisiéramos que Jaime Fernández Molano siguiera los efluvios de una espiritualidad atormentada.
Vicente Casadiego León

Dirección editorial: Jaime Fernández Molano
Coordinación de producción: Doris Gallego Amaya
Consejo editorial: Henry Benjumea Yepes, Vicente Casadiego León, Francisco Piratoba Arias, Andrés Romero Baltodano.
Portada: pintura de Helbert Ortiz (‘Totem’ óleo sobre lienzo) e ilustración de Luis Miguel Ortiz López.
Ilustraciones contraportada e interiores: Luis Miguel Ortiz López
Diseño: Jambo
Colección : Literatura
Volumen Nº 5
Primera edición: abril de 1999
© Jaime Fernández Molano, 1999
© Para la presente edición
Fondo Editorial Entreletras
Apartado Aéreo 2180 Villavicencio, Meta, Colombia, Sur América.
ISBN 978-958-95383-1-9
Hecho el depósito legal
PrePrensa digital e impresión:
Fondo Editorial Entreletras
Para mis hijas Anamaría y Laura, artífices de mi existencia. Nicole Daniela, retacito azul atravesado en el alma.
Para Alicia en recuerdo de su complicidad.
«Morir es un arte, como todo».
Silvia Plath
«Dilatar la vida de los hombres es dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes».
Jorge Luis Borges
«La muerte, lo que suprime no es a los seres cercanos, que son nuestra vida misma.
Lo que la muerte se lleva para siempre es su recuerdo, la imagen que se va borrando, diluyendo, hasta perderse, y es entonces cuando empezamos nosotros a morir también».
Alvaro Mutis

Turpial
Estaba muerto en un rincón de su jaula. Se había agujereado el cuerpo a picotazos. Era cuestión de no seguirse negando.
Para Isaac Tacha
Vorágine
El instinto, la intuición y la malicia, ya no fueron más su fuente de existencia.
Desde el día que entendió el buen uso y los secretos en el manejo de la brújula, el indígena jamás pudo regresar a su lugar de origen.
Para Melco Fernández y Francisco Piratoba

Semántica
¡Certera fue la puñalada!
—Le destrozó hasta el alma, dijo alguien horrorizado.
—¡Ábrame señor!, le había dicho al conductor aquel desgraciado pasajero de bus urbano.
Para Constantino Castelblanco
Gato encerrado
Vestido de gato, el ratoncillo quiso sorprender a su ratón enemigo.
Ensayó fríamente cada paso. El plan era perfecto, la vulnerabilidad de la víctima estaba calculada. Su intuición predijo la sorpresa. Emprendió, en puntillas, el milimétrico ataque de locura.
De repente, un perro —que no estaba en el libreto— dio el golpe certero.
Terminó así la triste existencia del astuto roedor.
Desandando sus pasos, el otro ratón colgó el disfraz de feroz can, poco antes de ir a dormir —libre de culpas y pesares— profunda y largamente la siesta.
Para Martha Lucía Montañés M.
Fiesta
Desde el primer instante, sin compasión alguna lo golpean una y otra vez; en el rostro, el cuerpo, los costados. Son todos contra él, obsesionados, encima, peleándose por tenerlo enfrente, con el único propósito de seguirlo masacrando.
Los demás, en coro gritan, aplauden, ríen y disfrutan.
Impotente, con un dolor que atraviesa mi existencia, siento esos golpes como míos.
Todo comienza a concluir. Final de la barbarie.
Pobre balón. Solo y triste, abrazado por el árbitro.
Para Dagoberto Portela

Vuelta
Los dedos se deshacen en pequeños mordiscos desde su boca. Su mirada se extravía en los radios de la bicicleta que pasa, como dos caracoles unidos y gigantes, trasladando de sitio la felicidad de un niño de nueve años que pedalea sin descanso, para alcanzar a Sandra al otro lado de sus sueños.
Sentada, ELLA espera —la banca del parque se hace dura y fría en el tiempo—; recuerda la tibia y feliz primera noche que los habitó el amor —ELLA y Gabriel devoraron las estrellas—.
La tarde comienza a despedir los últimos suspiros y la música que viene del verano desvanece lentamente. Perezosos, los minutos finales de luz se pierden en el túnel de la noche. Y ELLA ahí, esperando. Sus codos pegados, soldados a las rodillas (arcos óseos que pierden la esperanza) mientras los mordiscos acaban con los últimos indicios de uñas.
Él no aparece más que en el recuerdo: la primera noche, el calor de su cuerpo, la tarde en el cine, sus promesas de amor, el colegio, la niñez y la primera tarde: ELLA espera y Gabriel, niño hermoso que pedalea sin descanso para alcanzarla. ELLA —Sandra— espera. Él, estremecido ser de nueve años, destrozado rueda por el piso. El auto no pudo detenerse. Los radios retorcidos de su bicicleta —dos caracoles unidos y gigantes— testigos únicos del final.
Sandra espera.
Él pedalea ahora al otro lado de sus sueños...

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