Читать книгу: «Asuntos internos»

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Título original inglés: The Complaints

© John Rebus ltd, 2009

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2010

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO760

ISBN: 9788490563571

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Viernes, 6 de febrero de 2009

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Lunes, 9 de febrero de 2009

2

3

Martes, 10 de febrero de 2009

4

5

Miércoles, 11 de febrero de 2009

6

7

8

Jueves, 12 de febrero de 2009

9

10

Viernes, 13 de febrero de 2009

11

12

Sábado, 14 de febrero de 2009

13

Domingo, 15 de febrero de 2009

14

Lunes, 16 de febrero de 2009

15

16

17

Martes, 17 de febrero de 2009

18

19

20

Miércoles, 18 de febrero de 2009

21

Jueves, 19 de febrero de 2009

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23

Viernes, 20 de febrero de 2009

24

25

26

Sábado, 21 de febrero de 2009

27

Domingo, 22 de febrero de 2009

28

Lunes, 23 de febrero de 2009

29

30

Martes, 24 de febrero de 2009

31

32

VIERNES, 6 DE FEBRERO DE 2009

1

Hubo un amago de aplauso cuando Malcolm Fox entró en el despacho.

—No os esforcéis —dijo, dejando su avejentada cartera sobre la mesa junto a la puerta. En la oficina había otros dos agentes de Asuntos Internos, que volvieron a concentrarse en su trabajo mientras Malcolm se quitaba el abrigo. Aquella noche habían caído diez centímetros de nieve sobre Edimburgo, la misma cantidad que había colapsado Londres la semana anterior; pero, al parecer, Fox y todos los demás habían conseguido llegar al trabajo. De momento el mundo exterior se había limpiado; en su jardín se veían unas huellas de una familia de zorros que Fox había visto merodear por la zona de casas cuya parte trasera daba a un campo de golf municipal. En Jefatura le llamaban «Foxy», aunque él no se veía como tal. Uno de sus antiguos jefes lo había calificado de «auténtico oso»: lento pero firme, y temible sólo en ocasiones.

Tony Kaye, con una gruesa carpeta bajo el brazo, pasó junto a su mesa y le dio un apretón en el hombro sin dejar caer nada.

—Has estado muy bien —dijo.

—Gracias, Tony —contestó Fox.

La Jefatura de policía de Lothian y Borders estaba en Fettes Avenue. Desde algunas ventanas se veía la Academia de policía de Fettes. Algún que otro policía de Asuntos Internos había estudiado en colegios privados, pero sin pasar por la Academia; el propio Fox había cursado estudios en centros públicos, Boroughmuir y luego en Heriot Watt. Era seguidor del Hearts FC, aunque en la actualidad apenas si veía algún partido en casa, y el rugby no le interesaba mucho; Edimburgo iba a ser la sede del torneo de las Seis Naciones que se celebraba en febrero, por lo que aquel fin de semana llegarían hordas de galeses vestidos de dragones y haciendo el tonto con gigantescos apios hinchables. Fox vería el partido en la tele y tal vez se animara a acercarse al pub. Hacía cinco años que había dejado la bebida, pero en los dos últimos se había permitido alguna que otra incursión, pero sólo si estaba en plena forma mental, cuando tenía una gran fuerza de voluntad.

Colgó el abrigo y pensó que también podía quitarse la chaqueta. Había colegas en Jefatura que pensaban que los tirantes eran un signo de afectación, pero había perdido casi seis kilos y no le gustaba llevar cinturón. No eran unos tirantes llamativos: azul oscuro, sobre una camisa azul claro, y se había puesto una corbata rojo oscuro. Dejó la chaqueta en el respaldo de la silla, la alisó en los hombros, se sentó, abrió los cierres de la cartera y sacó los papeles sobre Glen Heaton. Heaton era la razón del conciso aplauso. El caso Heaton había sido un éxito. Él y su equipo habían tardado casi un año en instruirlo y la oficina del fiscal acababa de aceptarlo: tras ser amonestado e interrogado, Heaton iría a juicio.

Glen Heaton: quince años en el Cuerpo como agente, once de ellos en el DIC, y la mayor parte de éstos infringiendo las reglas en provecho propio. Pero se había pasado demasiado de la raya, filtrando información no sólo a sus amigos de los medios de comunicación, sino también a los delincuentes. Y eso le había acercado cada vez más a la órbita de atención de Asuntos Internos.

Departamento de Investigación de Conducta, nombre completo que recibía su oficina, integraba a los polis que investigaban a otros polis. Eran la «Brigada silenciosa», los «Tacones de goma», en cuyo seno había otro grupo aún más reducido: la unidad de Ética Profesional. Asuntos Internos se hacía cargo de asuntos corrientes —denuncias de coches patrulla mal aparcados o policías que ponían la música a un volumen excesivo en su vecindario—, y los de la unidad de Ética Profesional se ocupaban del lado oscuro, indagaban sobre racismo y corrupción, sobornos y hacer la vista gorda. Eran discretos, serios y decididos, y no tenían limitación de poderes para llevar a cabo su tarea. Fox y su equipo pertenecían a EP y su oficina estaba en una planta distinta de la de Asuntos Internos y Conducta, con un espacio cuatro veces menor. Habían vigilado a Heaton durante varios meses, le habían intervenido el teléfono, habían revisado las grabaciones de su móvil y escudriñado varias veces el ordenador sin que él lo supiera. Lo habían seguido y fotografiado tantas veces que Fox sabía más cosas sobre él que su propia esposa, incluso lo de la bailarina de lap dance con la que salía y lo del hijo de una relación previa.

Muchos policías planteaban a los de Asuntos Internos las mismas preguntas: ¿cómo podéis hacer ese trabajo?, ¿cómo podéis escupir a los vuestros, a oficiales con los que habéis trabajado o con quienes podríais haber formado equipo? En muchas ocasiones, además, se decía que eran «buenos policías». Pero ahí estaba el problema, ¿qué significaba ese «buenos»? Fox había estado dándole vueltas al asunto, mirándose en el espejo de detrás de la barra mientras se tomaba un refresco.

«Se trata de ellos —los delincuentes— o nosotros, Foxy... a veces hay que tomar atajos por las buenas para lograr el objetivo... ¿No lo has hecho nunca? ¿Eres un tipo inmaculado? ¿Irreprochable?»

Irreprochable no. A veces se sentía arrastrado por Ética Profesional con desgana. Arrastrado a entablar relaciones... y de nuevo liberado poco después. Aquella mañana había descorrido las cortinas del dormitorio para mirar la nieve, pensando en llamar y decir que no podía salir; pero vio el coche de un vecino arrancar despacio y la mentira se esfumó. Había acudido a la oficina, a su labor de investigar a policías porque era su obligación. Heaton estaba ahora suspendido de servicio pero con el sueldo íntegro. El expediente había pasado al procurador fiscal.

—¿Así que ya está? —El colega de Fox estaba delante de su mesa, con las manos en los bolsillos del pantalón, como de costumbre, balanceándose sobre los talones. Joe Naysmith llevaba seis meses en el departamento y no había perdido un ápice de su entusiasmo inicial. Tenía veintiocho años, joven para un departamento como el suyo. Según Tony Kaye, aquel trabajo era para Naysmith una vía rápida de ascenso. El joven sacudió la cabeza para apartarse aquel flequillo que siempre suscitaba bromas.

—De momento, sí —dijo Malcolm Fox. Se sacó el pañuelo del bolsillo del pantalón y se sonó.

—Entonces, ¿las copas corren de tu cuenta esta noche?

Desde su mesa, Tony Kaye, que había estado escuchando, inclinó la silla hacia atrás y miró a Fox.

—Ten en cuenta que en cuanto les das un batido a los peques, luego en seguida piden los pantalones largos.

Naysmith se volvió y sacó la mano del bolsillo lo justo para estirar el índice hacia Kaye. Éste hizo un puchero con los labios y volvió a su lectura.

—No estáis en el jodido recreo —se oyó refunfuñar desde la puerta, donde el inspector jefe Bob McEwan los observaba. Entró pausadamente y rozó con los nudillos la frente de Naysmith.

—Un corte de pelo, joven. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?

—Sí, señor —musitó Naysmith, volviendo a su mesa. McEwan miró su reloj de pulsera.

—Dos putas horas me he tirado en la reunión.

—Seguro que ha sido fructífera, Bob.

McEwan miró a Fox.

—El jefe piensa que algo huele mal en Aberdeen —dijo.

—¿Sabemos algo?

—Aún no. No creas que me entusiasma que el asunto llegue a mi bandeja de entrada.

—¿Tiene amigos en Grampian?

—Yo no tengo amigos en ningún sitio, Foxy, ni quiero tenerlos. —El inspector jefe hizo una pausa como recordando algo—. ¿Heaton? —inquirió, y vio que Fox asentía con la cabeza—. Muy bien, muy bien.

Por la manera de decirlo, Fox sabía que el jefe tenía sus reservas y que años atrás había trabajado con Glen Heaton, que, según él, trabajaba bien y se había merecido los ascensos. Un buen oficial, en principio...

—Muy bien —repitió McEwan, aún con menos entusiasmo, encogiéndose de hombros—. ¿Qué más tenemos hoy?

—Poca cosa —dijo Fox, sonándose de nuevo.

—¿Aún no te has desecho de ese catarro?

—Por lo visto le he gustado.

McEwan volvió a mirar el reloj.

—Ya ha pasado la hora del almuerzo. ¿Y si nos vamos antes de la hora?

—¿Señor?

—Es viernes por la tarde, Foxy. Es posible que el lunes tengamos algo nuevo. Así que es preferible que recargues pilas. —McEwan se dio cuenta de lo que pensaba Fox—. No me refiero a Aberdeen —añadió.

—¿A qué, entonces?

—Podría salir algo este fin de semana —dijo McEwan encogiéndose de hombros—. Ya hablaremos el lunes —añadió mostrando intención de marcharse pero deteniéndose—. ¿Qué dijo Heaton?

—Se limitó a dirigirme una mirada de las suyas.

—He visto gente echar a correr cuando mira así.

—Yo no, Bob.

—No, tú no —dijo McEwan con una sonrisa dirigiéndose a su mesa al fondo de la oficina.

Tony Kaye había vuelto a inclinar la silla. Tenía un oído tan sensible como un dispositivo electrónico.

—Si te vas a casa, dame diez libras.

—¿Para qué?

—Para las copas que nos debes... Un par de pintas para mí y un batido para el niño.

Joe Naysmith comprobó que el jefe no miraba y volvió a dirigir un dedo enhiesto hacia Kaye.

Malcolm Fox no fue directamente a casa. Tenía a su padre en una residencia de ancianos cerca de Portobello, al este de Edimburgo. Portobello había conocido mejores tiempos cuando era un lugar de veraneo donde se iba a jugar en la playa y a caminar por el paseo marítimo; helados, máquinas tragaperras, pescado y patatas fritas, castillos al borde del agua, donde la arena era húmeda y moldeable. La gente hacía volar cometas y jugaba con el perro, tirándole un palo para que lo recogiera; el agua estaba tan fría que cortaba la respiración los primeros segundos, pero después ya no querías salir. Los padres se acomodaban en tumbonas de tela a rayas, a veces con una sombrilla clavada en la arena. El almuerzo que había traído mamá, con el sabor arenoso de la pasta de carne untada en rebanadas de pan blanco..., botellas de cola Barr caliente; sonrisas y gafas de sol, y papá con los pantalones remangados.

Hacía un par de años que Malcolm no llevaba a su padre al paseo marítimo. Unas semanas atrás se le ocurrió la idea, pero no pasó de esa fase. El viejo no tenía muy firmes las piernas, como él mismo decía; Fox quería desechar la idea de que fuese porque no le gustaba la imagen que darían ante la gente: un viejo al que se le escurría el helado del cucurucho por el dorso de la mano, mientras su hijo lo llevaba del brazo hacia un banco. Se sentarían y Malcolm Fox le limpiaría con el pañuelo el helado de la barbilla sin afeitar y luego el de los zapatos.

No, no iba a llevarlo. Hacía demasiado frío.

Fox pagaba por la residencia más que por la hipoteca. Había pedido a su hermana que compartieran el gasto, pero ella le dijo que lo haría cuando pudiera. Era una residencia privada; había mirado un par de ellas del ayuntamiento, pero le habían parecido grises y malolientes. Lauder Lodge era mejor. Parte del dinero que había desembolsado habría ido a parar al papel de decoración con dibujos en relieve y al ambientador de pino. Que oliera siempre a polvos de talco y no hubiera malos olores de cocina era prueba de la buena ventilación. Encontró aparcamiento cerca de la esquina del edificio y dio su nombre en la puerta. Era una casa victoriana aislada que habría valido una cantidad de siete cifras antes de la reciente crisis. Tenía una sala de espera al pie de la escalera, pero en recepción le dijeron que podía pasar a la habitación de su padre.

—Ya sabe el camino, señor Fox —gorjeó la mujer, asintiendo con la cabeza mientras él se dirigía al más largo de los dos pasillos, el de un anexo al primitivo edificio construido diez años atrás. Las paredes tenían alguna grieta y en algunas ventanas de doble vidrio se apreciaba condensación, pero las habitaciones eran luminosas y ventiladas, como le habían dicho cuando fue a ver la residencia. Con luz, ventiladas y sin escaleras, y había suites para los escasos pudientes. En un trocito de cartulina con cinta adhesiva en la puerta figuraba el nombre de su padre.

Sr. M. Fox; M de Mitchell, el apellido de soltera de la abuela de Malcolm. Todo el mundo llamaba Mitch a su padre, un buen nombre, sonoro. Fox respiró hondo, llamó y entró. Su padre estaba sentado junto a la ventana con las manos en el regazo. Lo vio algo más demacrado y menos animado. Le estaban afeitando y tenía el pelo recién lavado, un pelo fino, plateado, con las patillas largas, como siempre las había llevado.

—Hola, papá —dijo Fox, apoyándose en la cama—. ¿Cómo estás?

—No puedo quejarme.

Fox sonrió ante la respuesta, ya habitual. Te fastidiaste la espalda en la fábrica en que trabajabas, estuviste años discapacitado, tuviste cáncer y te salvaste gracias al doloroso tratamiento, murió tu esposa cuando todo había pasado y luego te llegó la vejez.

No puedes quejarte... porque eras el cabeza de familia, el hombre de la casa.

El matrimonio de tu hijo fracasó al cabo de menos de un año; tenía ya un problema con la bebida que fue a peor; tu hija se marchó de casa y apenas llamaba hasta que acabó volviendo con aquel impresentable.

Y no puedes quejarte.

Al menos tu cuarto no huele a orines y tu hijo viene a verte cuando puede. A él le ha ido bastante bien, al fin y al cabo. Nunca le preguntaste si le gustaba el trabajo con que se gana la vida ni le has dado las gracias por lo que paga a cuenta tuya.

—Se me ha olvidado traerte chocolate.

—Las chicas me traen si se lo pido.

—¿Delicias turcas? No es tan fácil encontrarlo.

Mitch Fox asintió despacio con la cabeza sin decir nada.

—¿Ha venido Jude?

—Pues no —respondió frunciendo el entrecejo—. ¿Cuándo fue la última vez?

¿En Navidad? No te preocupes; preguntaré en recepción.

—Creo que sí estuvo... no sé si la semana pasada o la otra.

Fox vio que había sacado el móvil sin darse cuenta. Fingió que comprobaba si tenía mensajes, pero era para mirar la hora. No hacía ni tres minutos que había aparcado.

—Finalmente he concluido aquel caso del que te hablé —comentó cerrando el móvil—. Esta mañana he estado con el fiscal... Parece que va a ir a juicio. Aunque aún podrían torcerse las cosas...

—¿Hoy es domingo?

—Viernes, papá.

—Oigo campanas.

—Es que hay una iglesia cerca... Será una boda —dijo Fox, que no lo creía porque había pasado por delante con el coche sin ver gente. «¿Por qué hago esto?», se preguntó. «¿Por qué le miento?»

Respuesta: la opción más fácil.

—¿Cómo está la señora Sanderson? —preguntó metiendo otra vez la mano en el bolsillo para sacar el pañuelo.

—Tiene un resfriado y no quiere contagiármelo —Mitch Fox hizo una pausa—. A ver si vas a contagiármelo tú —añadió, y acto seguido pareció pensar en otra cosa—. Es viernes y aún es de día... ¿No deberías estar en el trabajo?

—Tengo permiso por buen comportamiento —dijo Fox levantándose y paseando por el cuarto—. ¿Necesitas algo? —Vio un montón de novelas viejas de bolsillo en la mesilla de noche: Wilbur Smith, Clive Cussler, Jeffrey Archer..., libros supuestamente para lectores masculinos. Los habría elegido el personal; su padre nunca había sido muy de leer. El televisor descansaba en un soporte en un rincón de la habitación, casi a la altura del techo; difícil de ver a no ser que fuese desde la cama. En una de las visitas anteriores transmitían una carrera de caballos, pese a que su padre nunca había mostrado interés por ellas: el personal, igualmente. Vio la puerta del cuarto de baño entreabierta; la abrió del todo y echó un vistazo. No había bañera, sino una cabina de ducha con asiento plegable. Olía a champú Vosene, el mismo con que su madre los bañaba de niños.

—Aquí estás bien, ¿verdad? —preguntó en voz alta, pero su padre no le oyó. Se había planteado esa misma pregunta desde que habían trasladado al viejo desde el semiadosado de Morningside, al principio en plan retórico, pero ahora ya no estaba tan seguro. Hubo que vaciar la casa familiar; Fox tenía en el garaje algunos muebles y la buhardilla llena de cajas de fotografías y otros recuerdos, la mayor parte de los cuales no le decían mucho, por no decir nada. Durante un tiempo llevó algunos a su padre cuando iba a visitarlo, pero a él le fastidiaba no recordar qué eran: se le olvidaban los nombres y los objetos perdían su significado. Y se le llenaban los ojos de lágrimas.

—¿Quieres hacer algo? —preguntó Fox, volviendo a sentarse en el borde la cama.

—Pues no.

—¿Quieres ver la tele? ¿Te apetece tomar un té?

—Estoy bien —respondió Mitch Fox, mirando de pronto fijamente a su hijo—. Tú también estás bien, ¿verdad?

—Estupendamente.

—¿Te va bien en el trabajo?

—Reverenciado y respetado por todos.

—¿Tienes novia?

—De momento, no.

—¿Cuánto tiempo hace que te divorciaste...? —preguntó, frunciendo de nuevo el ceño—. Tengo su nombre en la punta de la lengua...

—Elaine... es agua pasada, papá.

Mitch Fox asintió con la cabeza, pensativo.

—Has de ir con cuidado, ¿sabes?

—Lo sé.

—Hay que tener cuidado... con la maquinaria.

—Papá, yo no trabajo con maquinaria.

—No importa...

Malcolm Fox fingió de nuevo consultar el teléfono.

—Sé cuidarme solo —dijo—. No te preocupes por mí.

—Dile a Jude que venga a verme —dijo Mitch Fox—. Ha de ir con más cuidado con las escaleras...

—Se lo diré —dijo Malcolm Fox alzando la vista del móvil.

—¿Qué es eso que dice papá de las escaleras?

Fox estaba fuera, de pie, junto al coche, un Volvo S60 plateado con cinco mil kilómetros. Su hermana había contestado al cabo de seis timbrazos, cuando ya estaba a punto de colgar.

—¿Has ido a ver a Mitch?

—Me dijo que pasaras a verle.

—Estuve la semana pasada.

—¿Después de caerte por las escaleras?

—Estoy bien; sólo tengo algún chichón, contusiones.

—¿Contusiones faciales, Jude?

—Hablas como un poli, Malcolm. Bajaba con algo en las manos y me caí.

Fox no dijo nada y miró un instante el tráfico.

—Bueno, ¿y cómo va todo lo demás?

—Siento que no hayamos podido charlar desde Navidad. ¿Te di las gracias por las flores?

—Me enviaste un mensaje de texto a Hogmany deseándome Feliz Año Nuevo.

—Es que no me aclaro con este móvil... Tiene unos botones muy pequeños.

—Tal vez habías bebido.

—Sí, eso también, quizás. ¿Sigues bebiendo?

—Llevo cinco años de abstinencia.

—No hace falta que lo digas con ese engreimiento. ¿Cómo está Mitch?

Fox pensó que ya había tomado bastante el aire, abrió la portezuela y se sentó en el coche.

—Creo que no come suficiente.

—No todos tenemos tu apetito.

—¿Crees que debería pedir que le hagan un reconocimiento?

—¿Él te lo agradecería?

Fox cogió un paquete de caramelos de menta del asiento del pasajero y se metió uno en la boca.

—Tenemos que vernos una noche de éstas.

—Muy bien.

—Pero tú y yo solos. —Aguardó a que su hermana nombraba a su pareja. Si lo hacía, quizá podrían empezar a hablar en serio, sin andarse por las ramas.

«¿Y Vince?»

«No, nosotros dos.»

«¿Por qué?»

«Porque sé que te pega, Jude, y me dan ganas de pegarle yo él.»

«Te equivocas, Malcolm.»

«¿Seguro? ¿Quieres enseñarme esas contusiones y las escaleras donde se supone que te las hiciste?»

Pero lo que dijo fue:

—Okay, así lo haremos.

No tardaron en despedirse, y Fox cerró el móvil y lo echó en el otro asiento. Otra oportunidad perdida. Le dio a la llave de contacto y se encaminó a casa.

Su casa era un chalet en Oxgangs. Cuando él y Elaine lo compraron, los vendedores llamaban a aquel lugar Fairmilehead, y el abogado, Colinton —y las dos localidades parecían por entonces más atractivas que Oxgangs—, pero a Fox le gustaba Oxgangs. Había tiendas, pubs y una biblioteca, el bypass de Edimburgo quedaba a pocos minutos, había un buen servicio de autobuses y dos supermercados no muy lejos en coche. No podía reprochar a su padre que no recordase el nombre de Elaine; el noviazgo había durado seis meses y el matrimonio diez más, y de eso hacía seis años. Se habían conocido en el colegio, pero después perdieron el contacto hasta que volvieron a encontrarse en el entierro de un amigo. Tras la comida fueron a tomar una copa y llegaron a la cama bebidos y ardientes de deseo. «Deseo de vida», dijo ella. Elaine acababa de poner fin a una larga relación, y la palabra «despecho» a Fox no se le pasó por la cabeza hasta después de la boda, a la que ella invitó a su antigua pasión, que se presentó bien vestido y sonriente.

Un mes después de la luna de miel (Corfú; los dos con quemaduras del sol), cayeron en la cuenta de su error. Fue ella quien lo dejó. Él le preguntó si se quedaba con el chalet, pero ella dijo que era suyo y él siguió viviendo allí, lo redecoró a su gusto y terminó las obras de la buhardilla. «Beige de soltero», comentó un amigo, y le hizo una advertencia: «Ten cuidado de que no suceda lo mismo con tu vida». Al llegar al camino de entrada a la casa, Fox se preguntó qué habría de malo en el color beige; era un color como otro cualquiera. Además, la puerta la había pintado de amarillo. En el vestíbulo había puesto un espejo y otro en el rellano de la escalera, y el comedor y el cuarto de estar los había amenizado con unos cuadros. La tostadora de la cocina era reluciente, plateada; la funda del edredón era verde intenso, y el tresillo, rojo oscuro.

—No hay tanto beige —musitó.

Una vez dentro de casa, recordó que llevaba la cartera en el maletero. Nada más entrar en Asuntos Internos te advertían que no dejaras nada a la vista. Volvió a salir para cogerla y la puso en la encimera de la cocina mientras ponía agua en el hervidor. Plan para el resto de la tarde: té con tostadas y descansar con los pies en alto. Para después tenía lasaña en la nevera. Había comprado media docena de DVD en la liquidación de Zavvi; podía ver uno o dos si no había nada en la tele. Tiempo atrás, allí había estado Virgin, pero cerraron las tiendas; lo mismo les había ocurrido a las de Woolworth de Lothian Road, donde él iba de niño regularmente, casi con religiosidad, a comprar juguetes y caramelos y, luego, ya más mayor, a comprar sencillos y LP. De adulto, habría pasado por delante en coche más de cien veces, pero nunca había parado para entrar. En la cartera tenía un periódico: más desastres y pesimismo en el panorama económico. Tal vez eso explicara por qué una de cada diez personas tomaba antidepresivos. Había aumentado también el déficit de atención y uno de cada cinco alumnos de la escuela primaria padecía sobrepeso y era propenso a la diabetes. El Parlamento había aprobado el presupuesto en la segunda votación, pero los comentaristas señalaban que en el sector público había demasiados puestos de trabajo. Al parecer, sólo países como Cuba estaban peor. Por casualidad, uno de los DVD que había comprado era Buena Vista Social Club. Quizá lo viera esa misma noche: un poco de Cuba en Oxgangs, un poco de diversión.

Otro artículo del periódico contaba la historia de una mujer lituana asesinada en Brechin, cuyo cadáver, descuartizado y arrojado al mar, había aparecido trozo a trozo en la playa de Arbroath, donde unos niños encontraron la cabeza. Una pareja de inmigrantes iban a ser juzgados por el homicidio. Era el típico caso que cualquier poli desearía llevar. En su etapa anterior, antes de ingresar en el DIC, los asesinatos en que Fox había trabajado podían contarse con los dedos de la mano; sin embargo, de todos ellos recordaba el escenario del crimen y la autopsia. Había asistido al crudo momento de comunicar la noticia a los familiares de la víctima o los había acompañado al depósito de cadáveres para la identificación de sus seres queridos. Asuntos Internos era muy distinto; por eso los otros agentes del Cuerpo decían que Fox y sus colegas lo tenían fácil.

—¿Pero entonces, por qué no resulta tan fácil? —inquirió en voz alta en el momento en que la tostadora se desconectaba automáticamente. Cogió todas las cosas —también el periódico— y se lo llevó todo al sofá del salón. A aquella hora no habría gran cosa en la televisión, pero podía ver las noticias de la BBC. Miró las fotos enmarcadas de la repisa de la chimenea. Una era de sus padres, seguramente de vacaciones a mediados de los años sesenta; la otra era él mismo de quinceañero, con el brazo por encima de los hombros de su hermana más pequeña, los dos sentados en un sofá. Creía recordar que era en casa de una tía, pero no sabía cuál. Él sonreía a la cámara, y Jude lo miraba a él. Una imagen llenó su mente: su hermana cayendo por las escaleras de casa. ¿Qué llevaría en las manos? Tal vez tazas vacías, o una cesta con ropa para lavar. Pero había llegado al pie de la escalera sin un rasguño, y Vince estaba de pie ante ella esgrimiendo el puño. No era la primera vez; Jude decía que ella le había pegado primero o que también le había dado lo suyo. «No volverá a ocurrir...»

Se le había quitado el apetito y el té tenía demasiado olor a leche. Sonó el aviso de llegada de un mensaje en el móvil: era de Tony Kaye. Estaba en el pub con Joe Naysmith.

—Aparta de mí la tentación —dijo para sus adentros.

Cinco minutos después buscaba las llaves del coche.

LUNES, 9 DE FEBRERO DE 2009

2

El lunes por la mañana Malcolm Fox tardó casi tanto tiempo en encontrar aparcamiento en las cercanías de Jefatura como en llegar hasta allí. Tony Kaye y Joe Naysmith estaban ya en la oficina. En su condición de «novato», Naysmith había preparado una cafetera y traído un cartón de leche. Cuando llegara el viernes ajustaría cuentas con ellos, cosa que los demás cumplían a veces, y otras no, y Naysmith seguiría pretendiendo llevar la cuenta de lo que le debían.

—Me debes una libra —dijo delante de la mesa de Fox con las manos en los bolsillos.

—Doble o nada al final de la semana —contestó Fox mientras colgaba el abrigo. Hacía un día soleado y ya no quedaba hielo en las calles. En los jardines de la zona donde vivía Fox quedaban algunas manchas de nieve. Se quitó la chaqueta dejando a la vista los tirantes azul oscuro. Ese día llevaba una corbata de un rojo más llamativo que la del viernes y camisa blanca con unas rayas amarillas tan finas como un cabello. No llevaba muchas cosas en la cartera, pero la abrió. Naysmith se había dirigido a la cafetera.

—Tres de azúcar —dijo Kaye, recibiendo en respuesta el gesto que era de esperar.

—¿Sabéis algo de Bob? —preguntó Fox.

Naysmith sacudió la cabellera —no se había cortado el pelo aquel fin de semana— y señaló hacia la mesa de Fox.

—Ahí ha dejado un mensaje —dijo.

Fox miró pero no vio nada. Echó la silla hacia atrás y miró debajo del escritorio. En el suelo había un papel con la marca de su pisada. Lo cogió, le dio la vuelta y leyó lo que había escrito McEwan:

«Inglis —CEOP— 10:30.»

CEOP, las siglas de Child Protection, Child Exploitation and Online Protection (Protección de Menores, Abuso de menores y Protección de la Red). El «Chop», como decían casi todos los agentes: despacho 2.24, al final del pasillo a la derecha. Fox había ido un par de veces, con un nudo en el estómago sólo de pensar en la tarea que realizaban allí.

—¿Conocéis a un tal Inglis? —preguntó en voz alta. Ni Naysmith ni Kaye lo conocían. Fox miró su reloj: pasaba más de una hora de las 10:30. Naysmith removía ruidosamente su café, y Kaye inclinó la silla hacia atrás y estiró los brazos con un bostezo. Fox dobló el papel, se lo guardó en el bolsillo, se levantó y se puso la chaqueta.

—No tardaré mucho —dijo.

—Ya nos las arreglaremos —comentó Kaye.

La temperatura en el pasillo era varios grados más baja que en la oficina de Asuntos Internos. Sin apresurarse, llegó enseguida al despacho 2.24. Era la última puerta. Lo único que la diferenciaba de las demás era la cerradura de seguridad y el interfono, y la carencia de rótulo indicando el nombre: era el «Chop» sin más; distinto a Asuntos Internos. Lo que sí tenía era un cartel de aviso: «Las imágenes y sonidos que se reproducen en este despacho pueden herir la sensibilidad. Para trabajar en pantalla deberán estar presentes como mínimo dos personas». Fox respiró hondo, pulsó el botón y aguardó. Del interfono surgió una voz de hombre.

—¿Sí?

—Soy el inspector Fox. Vengo a ver a Inglis.

Se hizo un silencio y volvió a oírse la voz.

—Qué puntual.

—No me diga.

—La cita era a las diez y media, ¿no?

—Aquí dice nueve y media.

Otro silencio.

—Un momento.

Se miró la punta de los zapatos mientras aguardaba. Los había comprado en George Street hacía un mes y aún le rozaban en los talones. Pero eran de calidad; le durarían «hasta el día del Juicio Final o hasta cuando acaben la línea del tranvía», había dicho la dependienta. Una mujer lista y con sentido del humor. Fox le había preguntado por qué no iba a la universidad.

—¿Para qué? —contestó ella—. De todos modos, no se encuentran buenos empleos si no es emigrando.

Eso le había recordado sus años de estudiante. Muchos de sus compañeros soñaban con ganar mucho dinero en el extranjero. Algunos lo habían logrado; pero no tantos.

Se abrió la puerta hacia dentro y apareció una mujer. Llevaba una blusa verde claro y pantalones negros. Era unos diez centímetros más baja que él y quizá diez años más joven. En el brazo izquierdo lucía un reloj de pulsera, pero ningún anillo en los dedos. Le tendió la mano derecha.

—Soy Inglis —dijo.

—Fox —contestó él y añadió con una sonrisa—: Malcolm Fox.

—De Ética Profesional, ¿no? —preguntó ella, y Malcolm asintió con la cabeza. El despacho que veía detrás de ella era más incómodo de lo que recordaba: cinco mesas con el espacio justo para pasar entre ellas y sentarse. Las paredes estaban recubiertas por archivadores y estanterías, y en éstas había ordenadores y discos duros; algunos de los discos duros estaban abiertos con el contenido a la vista y otros etiquetados dentro de bolsas. El único espacio libre de la pared lo llenaban fotos de carnet de hombres de muy distinta fisonomía: algunos muy jóvenes y otros mayores; hombres con barba, con bigote, algunos de mirada apagada y furtiva, otros de ojos desafiantes frente a la cámara. Sólo había otra persona más en el despacho, probablemente el hombre que había contestado al interfono. Estaba sentado a su mesa, mirando al visitante. Fox lo saludó con una inclinación de cabeza y el hombre hizo lo propio.

—Es Gilchrist —dijo Inglis—. Pase y póngase cómodo.

—¿Cree que es posible? —replicó Fox.

Inglis miró en derredor.

—Es lo que hay —dijo.

—¿Son sólo ustedes dos?

—En este momento sí —contestó Inglis—. Demasiado desgaste y todo eso.

—Además, la mayoría de los casos se los pasamos a Londres —añadió Gilchrist—. Allí tienen una plantilla de cien personas.

—Cien me parece mucho —comentó Fox.

—No sabe el trabajo que tienen —dijo Inglis.

—¿La llamo Inglis? —dijo Fox—. Quiero decir que si tiene un rango o tal vez el nombre de pila...

—Annie —contestó ella finalmente. Como la mesa anexa a la suya estaba vacía, indicó a Fox que se sentara allí.

—Relájate, Anthea —dijo Gilchrist. Por el modo en que lo había dicho, a Fox le dio la impresión de que era una broma conocida.

—¿Bruce Forsyth? ¿The Generation Game? —inquirió.

Inglis asintió con la cabeza.

—Supongo que me lo pondrían por la ayudante remilgada.

—¿Pero prefiere que la llamen Annie?

—Decididamente lo prefiero, a menos que quiera mantener el formalismo, en cuyo caso soy la sargento Inglis.

—Mejor Annie —dijo Fox sentándose y quitándose una hebra del pantalón. Trató de eludir el archivador que había en la mesa frente a él, con el rótulo de «Uniforme de colegio»—. Mi jefe me ha dicho que quería verme.

Inglis asintió con la cabeza. Se había sentado frente al ordenador, encima de cuyo disco duro había un portátil en precario equilibrio.

—¿Qué sabe de nuestro departamento? —preguntó.

—Sé que se dedican a acorralar a pervertidos.

—Bien dicho —comentó Gilchrist tecleando en su ordenador.

—Me han dicho que era más fácil en los buenos tiempos —añadió Inglis—, pero ahora todo es digital y nadie encarga revelado de fotos, ni hay que comprar revistas o tomarse la molestia de imprimir imágenes, salvo en la intimidad del domicilio. Y se puede ir embaucando a un niño desde las antípodas y sólo entrar en contacto directo con él cuando está atrapado.

—Cuando son cosa hecha —apostilló Gilchrist.

Fox se pasó el dedo por el cuello de la camisa. Allí hacía mucho calor. No podía quitarse la chaqueta porque se trataba de una reunión de trabajo; ya se sabe, las primeras impresiones cuentan... Pero advirtió que Annie Inglis tenía la chaqueta en el respaldo de la silla. Una chaqueta rosa claro de buen corte. Inglis llevaba el pelo corto, casi al estilo paje, de color castaño brillante, y pensó si no sería teñido. Su maquillaje era discreto y no llevaba las uñas pintadas. Advirtió también que en aquel despacho, a diferencia del resto de las oficinas de la planta, las ventanas eran opacas.

—El calor es a causa de los ordenadores enchufados —dijo ella—. Si quiere, quítese la chaqueta.

Él sonrió levemente: todo el tiempo que había estado estudiándola, ella había hecho lo mismo. Se quitó la chaqueta, la dobló y la puso sobre las piernas. Vio que Inglis y Gilchrist intercambiaban una mirada: los tirantes, claro.

—Otro de los problemas con nuestra «base de clientes» —prosiguió ella— es que cada vez son más listos. Conocen los ordenadores y los programas mejor que nosotros. Siempre nos aventajan. Mire un ejemplo.

Pulsó el ratón y en la pantalla, que estaba en negro, apareció una imagen distorsionada.

—Esto es lo que llamamos un «remolino». Los delincuentes intercambian fotos encriptadas y tenemos que diseñar programas para desencriptarlas. —Pulsó el ratón y la foto comenzó a convertirse en la imagen de un hombre rodeando con el brazo a un niño asiático—. ¿Ve? —inquirió Inglis.

—Sí —respondió Fox.

—Hay muchos otros trucos. Incluso esconden imágenes dentro de otra imagen, y si no se está al tanto pasan desapercibidas y quedan sin descifrar. Hemos descubierto discos duros ocultos dentro de otros...

—Lo hemos visto todo —apostilló Gilchrist. Inglis miró a su colega.

—Yo no diría tanto —replicó ella—. Porque cada semana vemos cosas nuevas y más asquerosas. Y todo accesible veinticuatro horas, siete días a la semana. Te sientas en casa ante el ordenador a navegar, o a comprar cosas o a leer cotilleos y estás a cuatro clics del infierno.

—O del cielo —terció Gilchrist sin apartar los ojos de su pantalla—. Es cuestión de gustos. Tenemos material que le pondría de punta el vello del escroto.

Fox sabía que el «Chop» se consideraba un departamento al margen, distinto a todas las otras dependencias policiales de Jefatura: personal más insensible, resistente y encallecido a causa del trabajo. Además, era una sección machista, y le extrañaba que Inglis hubiera ido a parar allí.

—Soy todo oídos —comentó escuetamente. Inglis señaló en la pantalla con la punta del bolígrafo.

—Mire este tipo —dijo indicando al hombre con el niño asiático—. Sabemos quién es y conocemos bastantes cosas sobre él.

—¿Es policía?

—¿Por qué lo pregunta? —replicó ella mirándole.

—¿Por qué iba yo a estar aquí, si no?

Ella asintió despacio con la cabeza.

—Pues sí, ha acertado. Pero es un australiano con destino en Melbourne.

—¿Y?

—Y, como he dicho, lo sabemos todo respecto a él —dijo abriendo una carpeta, de la que sacó unas hojas—. Dirige un sitio en la red en el que se paga una cuota de entrada para tener acceso.

—Tienen que compartir fotos —dijo Gilchrist—. Un mínimo de veinticinco.

—¿Fotos?

—De ellos, con niños. Por aquello de que se deben compartir las cosas sin egoísmo...

—Pero se paga también una tarifa mediante tarjeta de crédito —añadió Inglis, tendiéndole las dos primeras hojas de una lista de nombres y números—. ¿Conoce a alguno?

Fox leyó dos veces la lista. Eran casi cien nombres. Negó despacio con la cabeza.

—¿J. Breck? —dijo Inglis—. La J es de Jamie.

—Jamie Breck... —El nombre le sonaba, y de pronto lo recordó—. Es agente de Lothian y Borders —dijo.

—Efectivamente —añadió Inglis.

—Siempre que se trate del mismo Jamie Breck.

—Las tarjetas de crédito apuntan todas a Edimburgo. Al banco de Jamie Breck concretamente.

—¿Lo han comprobado? —inquirió Fox devolviéndole la lista, mientras Inglis asentía.

—Lo hemos comprobado.

—Muy bien. Entonces, ¿qué tengo que hacer?

—De momento, lo único que tenemos es su tarjeta de crédito. Fotos aún no ha enviado... Tal vez no lo haga.

—¿La página sigue activa?

—Esperamos que no sospechen nada hasta que estemos a punto.

—Tienen socios en una docena de países —terció Gilchrist—. Maestros, dirigentes juveniles, eclesiásticos...

—¿Y ninguno sospecha que les siguen la pista?

—Nosotros y otros doce cuerpos de policía en todo el mundo.

—En una ocasión —añadió Inglis— la sección de Londres detuvo al jefe de una red y se hizo cargo de la administración de la página web, pero a los diez días levantaron sospechas en los usuarios...

—Pero por entonces ya teníamos suficientes pruebas contra ellos —terció Gilchrist.

Fox asintió con la cabeza y volvió a centrar la atención en Inglis.

—¿Qué quieren que haga Asuntos Internos?

—Normalmente, pasaríamos el encargo a Londres, pero esto es un caso local, así que... —Hizo una pausa y lo miró fijamente—. Se trata de que nos trace un perfil. Queremos saber más datos sobre Jamie Breck.

Fox miró la imagen de la pantalla.

—¿Y no podría ser un error? —Cuando volvió a mirar a Inglis, ésta se encogió de hombros.

—El inspector jefe McEwan me ha dicho que acaba de empapelar a Glen Heaton, y Breck es de la misma comisaría.

—¿Y?

—Pues que podrá hablar con él.

—¿Sobre Heaton?

—Puede fingir que quiere hablar de Heaton. Después, ya nos comunicará sus impresiones.

Fox negó con la cabeza.

—En esa comisaría no soy muy querido. Dudo mucho que Breck me haga mucho caso. Pero si es culpable...

—¿Sí?

—Podemos indagar.

—¿Con vigilancia?

—En caso necesario. —Ella estaba ahora pendiente de él, e incluso Gilchrist dejó lo que estaba haciendo—. Podemos examinar su ordenador. Podemos escrutar su vida privada —Fox hizo una pausa—. ¿Lo único que tienen es la tarjeta de crédito?

—De momento.

—¿Y si dice que la ha utilizado otra persona?

—Por eso necesitamos más datos. —Inglis dio la vuelta a la silla giratoria y sus rodillas rozaron casi las de él. Se inclinó hacia delante con las manos juntas—. Pero si sospechara algo... en ese caso daría el aviso y los perderíamos.

—Con los niños —añadió Fox con voz queda.

—¿Cómo dice?

—Se trata de los niños, ¿verdad? Protección de menores.

—Exacto —dijo Gilchrist.

—Exacto —repitió Inglis.

Fox estaba ya a pocos pasos de la oficina de Asuntos Internos cuando se detuvo. Se había puesto la chaqueta y se pasaba los dedos por las solapas por hacer algo. Pensaba en la sargento Anthea Inglis (quien prefería que la llamasen Annie) y en su colega Gilchrist, de quien no sabía el rango ni el nombre de pila. Pensaba también en las operaciones del «Chop». A Asuntos Internos lo llamaban «El lado oscuro», pero tenía la impresión de que Inglis y su colega indagaban a diario asuntos más oscuros de los que él podía imaginar. En cualquier caso, eran unos listillos. En Asuntos Internos sabían que todos los detestaban, pero lo del CEOP era distinto; a los otros agentes les inquietaba pensar en las cosas que verían y no les hablaban por temor a que les abrieran los ojos y la mente. Sí, eso era; los del «Chop» inspiraban temor. Un temor diferente al que se tenía a Asuntos Internos. Tras la puerta con cerradura de seguridad del 2.24 se ocultaban historias de pesadillas y hombres del saco.

—Malcolm... —La voz sonó a sus espaldas. Se volvió y vio que era Annie Inglis con los brazos cruzados y las piernas ligeramente separadas. Se acercó a él sin dejar de mirarlo—. Tenga —añadió tendiéndole algo: su tarjeta de visita—. Ahí están mi móvil y mi correo electrónico, por si los necesita.

—Gracias —dijo él, fingiendo leerla—. Estaba...

—¿Ahí parado, pensando en todo lo que hemos hablado? —aventuró ella.

Fox sacó la cartera y cogió una de sus tarjetas de visita. Ella la aceptó con una leve inclinación de cabeza, dio media vuelta y se alejó por el pasillo. Tenía andares elegantes, pensó él. Era una mujer segura de su capacidad, con confianza en su cuerpo, consciente de que la observaban. Y con un buen culo.

Asuntos Internos era más ruidoso que el despacho del que venía. Bob McEwan estaba en su mesa hablando por teléfono. Vio que Fox se dirigía hacia él y lo miró a la cara, asintiendo con la cabeza para darle a entender que se acercara. La mesa de McEwan siempre estaba despejada, pero Fox sabía que era porque sistemáticamente lo guardaba todo en los cajones. Un día que Tony Kaye buscaba un paracetamol, les hizo señas a él y a Naysmith para que echaran un vistazo.

—Es como la arqueología —comentó Naysmith—. Estrato sobre estrato...

McEwan colgó el teléfono y anotó algo con su letra apenas legible.

—¿Qué tal te ha ido? —preguntó en voz baja.

Fox apoyó los nudillos en el escritorio y se inclinó hacia su jefe.

—Bien —contestó—. Ha estado bien. ¿Está de acuerdo en que me encargue yo?

—Depende de lo que pienses hacer.

—Verificación de antecedentes para empezar, y después vigilancia en función de las necesidades.

—¿Piratear su ordenador?

—Cada cosa a su tiempo —contestó Fox encogiéndose de hombros.

—¿Te han dicho que hables con él?

—No sé si es muy buena idea. Puede ser amigo de Heaton.

—Es lo que yo pensé —dijo McEwan— y hablé con ellos.

—¿Con quién? —inquirió Fox entrecerrando los ojos.

—Con alguien que está al corriente del asunto. —Al advertir que Fox trataba de descifrar la anotación que había hecho, McEwan puso el papel boca abajo—. Breck y Heaton son rivales, más que amigos. Eso te da una excusa.

—Pero el caso de Heaton está cerrado.

—De momento, pero ¿quién sabe?

—¿Y va a avalarme? ¿Firmará todo el papeleo?

—Lo que haga falta. El subdirector está al corriente.

Se refería al subdirector de la policía, Adam Traynor, cuya autorización era imprescindible para cualquier actuación encubierta a pequeña escala. Sonó el teléfono y McEwan puso la mano sobre el receptor para cogerlo sin dejar de mirar a Fox.

—Lo dejo a tu discrecionalidad, Foxy. —Y añadió al ver que Fox se incorporaba dispuesto a marcharse—: Por cierto, ¿qué tal el fin de semana?

—Estuve dos días en Mónaco —respondió Fox.

Al pasar por delante de la mesa de Tony Kaye, que parecía ocupado con el teclado tomando notas, se preguntó hasta qué punto habría captado su radar lo que había dicho el jefe.

—¿Algo interesante? —preguntó Fox.

—Podría preguntarte lo mismo —replicó Kaye, mirando en dirección a la mesa de McEwan.

—Tal vez un asunto en el que haya sitio para ti —decidió Fox de pronto, rascándose la barbilla.

—Pues dame un toque, Foxy.

Fox asintió con la cabeza distraído y se retiró a la relativa seguridad de su mesa. Naysmith preparaba otra cafetera.

—¡Tres de azúcar! —le gritó Kaye.

Naysmith hizo una mueca y al advertir que Fox lo miraba, alzó una taza en dirección suya, pero él negó con la cabeza.

3

En el departamento de RH no les gustaba ver a nadie de Asuntos Internos. RH (Recursos Humanos) era antes Personal, término que Fox prefería. Pero lo que habría preferido RH era que los oficiales como él no pudieran entrar allí como Pedro por su casa. En RH eran quisquillosos, y con razón, pues tenían que permitirles libre acceso, cosa prácticamente negada al resto del Cuerpo. McEwan había llamado previamente para avisar que Fox iba a hacerles una visita y le había proporcionado una carta firmada certificando que necesitaba indagar en los archivos. No se mencionaban nombres, y eso era lo que reventaba a algunos de Recursos Humanos, la constatación de que no se les confiara la información. Si les decían en quién tenían sus miras puestas los de Asuntos Internos, ellos podían pasar la información y censurar algunos datos en origen. Ya había ocurrido en el pasado —unos diez años atrás—, pero desde entonces las normas habían cambiado, y los de Asuntos Internos actuaban con total privacidad. Eso incluía que la jefa de RH tuviese que abandonar su despacho y cedérselo a Fox. Tenía que conectar el ordenador y cedérselo para que lo usara, entregarle las llaves de los numerosos archivadores de la oficina común y quedarse fuera cruzada de brazos, furiosa y sin mirar mientras él hacía lo que quería.

Fox ya había pasado por aquello muchas veces, tratando al principio de ser cordial, pedir disculpas incluso, pero a la señora Stephens no había modo de apaciguarla y él había tirado la toalla. Ella, por su parte, se permitía el placer, con él y otros de sus colegas, de demorarse leyendo la notificación del inspector jefe con minuciosidad e interés, telefoneando a veces a McEwan para que se lo confirmara. Tras lo cual, solicitaba a Fox la tarjeta de identidad cuyos datos apuntaba en un formulario que le hacía firmar. Después, comparaba la firma con la del carnet, exhalaba un profundo suspiro y le cedía las llaves, el ordenador y el despacho.

—Muchas gracias —eran habitualmente las primeras y últimas palabras de Fox en aquellas visitas.

RH estaba en la planta baja de Jefatura. Lothian y Borders no era el cuerpo de policía más numeroso de Escocia, y Fox se preguntaba muchas veces a qué dedicaban su tiempo. Era personal civil, mujeres en su mayoría, que lo miraban por encima de la pantalla de los ordenadores y alguna hasta le dirigía un guiño o le enviaba un beso con la mano. Conocía algunas caras de verlas en la cantina, pero nunca cruzaba palabra con nadie, ni ellas le ofrecían café o té... De eso se encargaba la señora Stephens.

Fox se aseguró de que nadie miraba cuando sacó el expediente de Jamie Breck del archivador. Lo apretó contra el pecho para ocultar el nombre, cerró el cajón, volvió al despacho de la señora Stephens, cerró la puerta y se sentó en la silla aún tibia, cosa que le molestó ligeramente. La exigua carpeta guardaba los datos de la carrera policial de Breck y sus expedientes académicos. Tenía veintisiete años y había ingresado en la policía seis años atrás, sirviendo los dos primeros de agente uniformado y dedicado al entrenamiento antes de ser destinado al DIC. Las evaluaciones eran favorables, casi brillantes. No se mencionaba ninguno de los casos en que había intervenido ni había anotaciones de asuntos problemáticos o de sanción. «Oficial modélico», rezaba un comentario que se repetía más adelante. Se enteró de que Breck vivía en la misma zona de la ciudad que él. Tenía su domicilio en la nueva urbanización junto al supermercado de los Morrison. Fox pasaba en coche por delante cuando la estaban construyendo, preguntándose si necesitaría una casa más grande.

—El mundo es un pañuelo —musitó para sí.

Los datos obtenidos en el ordenador complementaron un tanto el perfil. Alguna baja por enfermedad, pero nada relacionado con estrés, necesidad de ayuda o de evaluación psicológica en ninguna ocasión. Los jefes de Breck en Torphichen Place —su destino en los tres últimos años— se deshacían en elogios. Leyendo entre líneas, Fox comprobó que la carrera de Breck era meteórica. Ya era joven para ser agente de investigación y muy posiblemente sería inspector antes de los treinta. Fox lo había sido a los treinta y ocho. Breck había estudiado en la universidad privada George Watson; jugador de rugby en el segundo equipo y licenciado en Ciencias por la Universidad de Edimburgo. Sus padres vivían y ambos eran médicos. Un hermano mayor, Colin, había emigrado a Estados Unidos, donde trabajaba de ingeniero. Fox sacó el pañuelo, encontró una parte seca y se sonó. El ruido bastó para que la señora Stephens mirara por la estrecha ventana anexa a la puerta mostrando su disgusto: ahora esparciría los microbios por el despacho, su coto privado. Aunque no lo necesitaba realmente, Fox volvió a sonarse casi con el mismo estrépito.

A continuación cerró el expediente en la pantalla. La señora Stephens sabía lo que haría a continuación: apagar el ordenador. Otra precaución para borrar en lo posible los rastros de la indagación. Pero antes tecleó otro nombre: Anthea Inglis. Sabía que vulneraba las reglas, pero lo hizo. En apenas un par de minutos se enteró de que no estaba casada, ni lo había estado.

Se había criado en una granja en Fife y allí había ido al colegio antes de trasladarse a Edimburgo. Había desempeñado diversos trabajos antes de ingresar en el Cuerpo. Su nombre completo era Florence Anthea Inglis.

Si uno de sus nombres venía de The Generation Game, se preguntó si el otro procedería de The Magic Roundabout. Contuvo una sonrisa mientras cerraba el programa y apagaba el ordenador. Salió del despacho, dejando la puerta abierta, y reintegró el expediente en el archivador, asegurándose de que quedaba bien insertado sin diferenciarse en nada de los otros. Satisfecho, cerró el cajón con llave y fue a entregar la llave a la señora Stephens, que permanecía apoyada en el borde de la mesa de una compañera con los brazos cruzados, por lo que él dejó las llaves a su lado sobre la mesa.

—Hasta la próxima —dijo, dando media vuelta. Una de las mujeres alzó hacia él la vista cuando pasaba y Fox le respondió con un guiño.

Al entrar en la oficina de Asuntos Internos, Naysmith le dijo que tenía un mensaje.

—¿Y lo encontraré en la mesa o debajo de ella? —interpeló Fox. Pero lo tenía junto al teléfono: sólo un nombre y un número de teléfono. Lo miró, y acto seguido inquirió a Naysmith—: ¿Alison Pettifer?

Naysmith se encogió de hombros, y Fox cogió el teléfono y marcó el número. Cuando contestaron dijo que era el inspector Fox.

—Ah, sí —replicó la mujer con cierta vacilación al otro extremo de la línea.

—Me ha llamado usted —añadió Fox.

—¿Es usted el hermano de Jude?

Fox guardó silencio un instante.

—¿Qué ha ocurrido?

—Soy una vecina —farfulló la mujer—. Ella mencionó en cierta ocasión que usted era policía... Por eso tenía su número.

—¿Qué ha ocurrido? —repitió Fox, consciente de que Naysmith y Kaye escuchaban.

—Jude ha tenido un pequeño accidente...

Intentó cerrarle la puerta en las narices, pero él la empujó y ella cedió en su resistencia y retrocedió hacia el cuarto de estar. Era una casa de Saughtonhall medianera con otras. Fox no sabía en qué casa de las adyacentes vivía Alison Pettifer; no se había movido ningún visillo. Todas las casas de la calle tenían parabólica y el televisor de Jude transmitía un programa de cocina que ella apagó al entrar él en el cuarto.

—¿Y bien? —dijo él. Vio que tenía los ojos enrojecidos de llorar y un leve moretón en la mejilla izquierda, además del brazo izquierdo escayolado y en cabestrillo—. ¿Otra vez la escalera?

—Había bebido.

—Sí, claro. —Miró a su alrededor. Olía a alcohol y a tabaco. Había una botella de vodka vacía en el suelo junto al sofá, dos ceniceros llenos de colillas y dos cajetillas estrujadas. Una barra para el desayuno separaba el cuarto de estar de la pequeña cocina, en la que se acumulaban platos junto a cajas de cartón de comida rápida, botellas vacías de cerveza, sidra y vino blanco barato. A la alfombra no le vendría mal una pasada de aspiradora. Una capa de polvo cubría la mesita de centro, una de cuyas patas era un pilar de ladrillos. Claro: Vince trabajaba en la construcción.

—¿Te importa que me siente? —preguntó Fox.

Ella hizo un amago de encogerse de hombros. La verdad es que no había mucho sitio, y optó por hacerlo en el brazo del sofá. Seguía con las manos en los bolsillos. Notó la falta de calefacción; su hermana vestía una camiseta de manga corta, unos vaqueros con bolsas en las rodillas y estaba descalza.

—Tienes un aspecto desastroso —dijo.

—Gracias.

—Lo digo en serio.

—Tú tampoco estás deslumbrante.

—Y que lo digas —replicó él sacando el pañuelo del bolsillo para sonarse.

—Aún no te has quitado ese resfriado —comentó ella.

—Aún no te has quitado de encima a ese mal nacido —replicó Fox—. ¿Dónde está?

—Trabajando.

—Creía que ya nadie construía casas.

—Ha habido despidos, pero él sigue trabajando.

Fox asintió despacio con la cabeza. Jude seguía de pie, cambiando levemente el peso de una pierna a otra. Recordó aquel movimiento que ya hacía de niña siempre que la pillaban en alguna trastada y tenía que aguantar una regañina del padre.

—¿Aún no tienes trabajo?

Ella negó con la cabeza. La agencia inmobiliaria la había despedido antes de Navidad.

—¿Quién te avisó? —preguntó ella finalmente—. ¿La vecina?

—Me enteré —respondió él.

—No tiene nada que ver con Vince —añadió ella.

—No estamos en comisaría, Jude. Sólo estamos hablando tú y yo.

—No ha sido él —insistió ella.

—¿Ah, sí, y quién ha sido entonces?

—Fue en la cocina, el sábado...

Él miró despacio hacia la cocina.

—Yo diría que apenas hay sitio para caerse —dijo.

—Me enganché el brazo con el lavavajillas al tropezar.

—¿Es lo que dijiste en urgencias?

—¿Te avisaron de allí?

—¿Acaso importa? —Miró hacia la chimenea, flanqueada por sendas estanterías llenas de vídeos y DVD; por lo visto todos los episodios de Sexo en Nueva York y Friends, aparte de Mamma Mia y otras películas. Lanzó un suspiro y se pasó las manos por la cara, restregándose los ojos y las mejillas—. Sabes lo que voy a decirte.

—No fue culpa de Vince.

—¿Le provocaste?

—Nos provocamos mutuamente, Malc.

Eso lo sabía; podría haber dicho que la vecina oía a menudo discusiones, pero entonces le revelería quién le había avisado.

—Si le denunciamos, aunque sólo sea una vez, tal vez deje de agredirte. Demandaríamos ayuda psicológica.

—Oh, seguro que le encanta —replicó ella esbozando una sonrisa que le quitó años de encima.

—Jude, eres mi hermana...

Ella lo miró parpadeando, pero no por las lágrimas.

—Lo sé —dijo, y añadió señalando la escayola—: ¿Crees que debo ir a ver a papá así?

—Puede que no.

—¿No le dirás nada?

Él negó con la cabeza y volvió a mirar en derredor.

—¿Quieres que haga algo de limpieza? ¿Qué lave los platos?

—No hace falta.

—¿Te ha pedido perdón?

Ella asintió con la cabeza mirándole a los ojos. Fox no sabía si creerla... ¿Qué más daba, de todos modos? Se levantó y, junto a ella, se inclinó para besarla en la mejilla.

—¿Por qué tiene que hacerlo otra persona? —le susurró al oído.

—¿Hacer, qué? —inquirió ella.

—Llamarme por teléfono.

Afuera volvía a nevar. Se sentó en el coche pensando en si acortar la jornada laboral de Vince Faulkner. Faulkner era de Enfield, al norte de Londres. Era seguidor del Arsenal y detestaba a los equipos escoceses; así se lo había dicho de entrada cuando los presentaron. A él no le apetecía mucho venirse a Escocia, pero «ella no paraba de darme la tabarra». Él esperaba que ella se aburriera para volver otra vez al sur: «Ella». Malcolm rara vez le había oído llamarla por su nombre. Ella. La parienta. La otra mitad. La tía. Tamborileó con los dedos sobre el volante, indeciso. La verdad era que Faulkner podía estar trabajando en cualquiera de los treinta o cuarenta proyectos de Edimburgo. Era probable que por la crisis estuviera parada la construcción de nuevos pisos en Granton y sabía que tampoco se trabajaba en la Quartermile; en Caltongate aún no habían comenzado las obras y, según el periódico, el promotor afrontaba problemas.

—Sería dar palos de ciego —se dijo. Su móvil vibró indicando que recibía un mensaje de texto. Era de Tony Kaye.

Estamos en Minter’s.

Pasaban de las cuatro. Claro, McEwan se habría largado y ellos no iban a ser menos. Cerró el móvil y giró la llave de contacto. Minter’s era un bar de la Ciudad Nueva con precios de la Ciudad Vieja, en un rincón que sólo conocían los entendidos. No era fácil encontrar aparcamiento, pero ya imaginaba lo que habría hecho Kaye: colocar una tarjeta de POLICÍA por dentro del parabrisas. A veces daba resultado, pero a veces no; dependía del estado de humor del vigilante. Fox intentó visualizar un recorrido de vuelta al centro evitando las obras del tranvía en Haymarket, pero desistió. Quien fuera capaz de solucionar el problema debería recibir el premio Nobel. Antes de arrancar miró a su derecha, pero no había señales de Jude en la ventana del cuarto de estar ni de nadie en las casas medianeras. ¿Qué haría si Vince Faulkner aparecía en aquel momento por la calle? No lograba recordar el nombre del personaje de El padrino que perseguía al cuñado y lo golpeaba con la tapa de un cubo de basura.

¿Sonny? Era Sonny, ¿no? Le gustaba pensar que era eso lo que haría. Un golpe en la cara, acompañado de un «¡No toques a mi hermana!».

Se recreaba en pensar que haría eso.

Minter’s estaba tranquilo. Bueno, llevaba tranquilo varios años. Al principio el dueño echó la culpa a la prohibición de fumar, y ahora, a la crisis. Tal vez tuviera razón, porque había muchos ejecutivos de bancos que vivían en la Ciudad Nueva y más les valía no dejarse ver mucho.

—Aparte de los banqueros —dijo Tony Kaye, dejando el vaso de Cola con hielo de Fox en la mesa del rincón—, ¿quién puede permitirse vivir en este barrio?

Naysmith tomaba una caña y Kaye una Guinness. El dueño, con las mangas de la camisa subidas, estaba absorto en un concurso de la tele. Dos clientes salieron a la calle a fumar y en otro rincón había una mujer, sentada con una amiga, a quien Kaye acababa de llevar un coñac con soda, explicando acto seguido a Fox y Naysmith que era amiga suya.

—¿Sabe ella de qué trabajas? —preguntó Naysmith.

Kaye esgrimió un dedo frente a él y luego señaló a la mujer.

—Se llama Margaret Sime y si algunas vez vienes aquí sin mí, que no me entere yo que no la invitas a una copa...

—¿Has podido aparcar? —preguntó Naysmith a Fox.

—Hacia la mitad de la maldita cuesta —contestó Fox—. Ya he comprobado que tú no has tenido problema —añadió dirigiéndose a Kaye, cuyo Nissan X-Trail estaba delante de la puerta del pub, en la raya amarilla, con una tarjeta de POLICÍA detrás del parabrisas. Kaye se encogió de hombros con sonrisa de satisfacción y se arrellanó al tiempo que apuraba el resto de su pinta. Se limpió la espuma del labio superior y miró a Fox.

—Vince es reincidente —dijo, y Fox se le quedó mirando, pero fue Naysmith quien dio la explicación.

—Nada más marcharte, Tony llamó al número de la mujer.

—Y me dijo lo del «accidente» de Jude —añadió Kaye.

—No te entrometas, ¿quieres? —le advirtió Fox, pero Kaye sacudió la cabeza y fue Naysmith quien habló de nuevo.

—Tony echó un vistazo en Vince Faulkner.

—¿Un vistazo? —inquirió Fox entrecerrando los ojos.

—En el ONP —respondió Naysmith dando un ruidoso sorbo a la cerveza.

—El banco de datos nacional de la policía sólo facilita datos fuera de Escocia —comentó Fox.

Tony Kaye volvió a encogerse de hombros.

—Es que conozco a un poli inglés. Yo sólo le di el nombre de Faulkner y el lugar de nacimiento... Enfield, ¿no es eso? Sí, recuerdo que me lo dijiste tú.

—¿Conoces a un policía inglés? Tenía entendido que odiabas a los ingleses.

—No a nivel personal —replicó Kaye—. Bueno, ¿quieres que te lo cuente o no?

—Dudo mucho que pudiera impedírtelo, Tony —dijo Fox.

Kaye frunció los labios y se cruzó de brazos. Naysmith parecía estar deseando contarlo, pero Kaye lo previno con una mirada. Volvieron a entrar los dos fumadores y el dueño dio una palmada con las dos manos sobre la barra, vociferando contra el televisor:

—¡Si eso lo sabe hasta un colegial!

—No te creas, Charlie —dijo uno de los fumadores—. Hoy día, no.

—Tiene antecedentes —espetó Naysmith, procurando bajar la voz. Kaye puso los ojos en blanco, desplegó los brazos y apuró su vaso.

—Es tu ronda, muchachito —dijo.

Naysmith abrió la boca para replicar, pero acto seguido se llegó rápido hasta la barra con el vaso vacío.

—¿Es reincidente? —repitió Fox. Tony Kaye se inclinó hacia él y dijo en voz baja:

—Hurtos triviales de hace nueve o diez años y un par de peleas callejeras. No son cosas graves, pero Jude debería saberlo. ¿Qué tal está?

—Con el brazo escayolado.

—¿Has hablado con Faulkner?

Fox negó con la cabeza.

—No lo he visto.

—Habría que hacer algo, Malcolm. ¿Va a denunciarle?

—No.

—Podríamos hacerlo nosotros.

—Tony, ella no piensa dejarle.

—Pues, entonces, tendremos unas palabras con él.

Naysmith volvió a la mesa tras hacer la comanda en el mostrador.

—Eso es exactamente lo que haremos —apostilló.

—Olvidáis un detalle —dijo Fox—. Nosotros somos de Asuntos Internos y si se sabe que andamos por ahí amenazando a miembros de la plebe... —Negó con la cabeza de nuevo con mayor firmeza—. No podemos.

—Pues, vaya vida tan aburrida —replicó Tony Kaye abriendo los brazos. Naysmith se alejó otra vez de la mesa y volvió con el vaso de Kaye. Fox miró pensativo a sus colegas.

Sus dos amigos.

—Gracias, de todos modos —dijo, y a continuación bajó aún más la voz—. Entretanto, quizá podríamos divertirnos un poco. —Comprobó que nadie les escuchaba—. McEwan me ha encargado investigar a un poli llamado Breck...

—¿Jamie Breck? —inquirió Kaye.

—¿Lo conoces?

—Sé de gente que lo conoce.

—¿Quién es? —preguntó Naysmith, sentándose a la mesa ante la pinta a la que faltaban ya unos sorbos.

—Es del DIC de Torphichen —contestó Kaye—. ¿Es un asunto de corrupción? —añadió mirando a Fox.

—Quizá.

—¿Por eso fuiste esta mañana al «Chop»?

—No se te escapa una, Tony.

—¿Y a RH esta tarde?

—Exacto —dijo Fox reclinándose en el asiento. No estaba del todo convencido sobre lo que estaba haciendo. No le importaba que Kaye y Naysmith participaran, pero ¿tenía realmente algo que encomendarles? Lo único cierto era que necesitaba darles muestra de su aprecio, y hablarles de aquel asunto era un modo como otro cualquiera. Además, así charlaban sobre trabajo y no del caso de Jude. Y esa era otra: ¿qué iba a hacer con lo que acababa de enterarse sobre Vince Faulkner? ¿Olvidarlo? No se veía en el papel de contárselo a Jude porque le reprocharía que fisgoneara, que se entrometiera.

«Es mi vida, Malcolm. Asunto mío...» Seguramente le diría eso. De cuanto les encomendaban y de todos los casos a resolver, los que más detestaban los policías eran los conflictos domésticos. Los detestaban porque rara vez se resolvían felizmente y era muy limitado lo que ellos podían hacer por paliar o arreglar la situación. Por eso Jude adoptaba aquella actitud frente a la mayoría de sus colegas. Y su caso era decididamente de índole doméstica. Los fumadores seguían en la barra; uno de ellos bebía whisky. Fox olía los efluvios, e incluso sintió una leve punzada en la garganta. Se le hacía la boca agua.

—Bueno, cuéntanos —dijo Tony Kaye. Joe Naysmith se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

No se le borraba de la mente el rostro de su hermana ni el aroma del whisky se disipaba. Contó a Kaye y a Naysmith lo que sabía sobre Jamie Breck.

MARTES, 10 DE FEBRERO DE 2009

4

Por la mañana, Fox llamó a Jude, pero no contestaba. También la había llamado por la noche. Probablemente tendría teléfono con identificador de número y seguro que no contestaba por eso. Después del desayuno fue en coche al trabajo. Kaye y Naysmith querían saber los «planes de acción», y a Fox se le ocurrió ir a pedir orientación a Annie Inglis, pero no había nadie en la oficina 2.24, así que le envió un mensaje para que lo llamase.

—Esperaremos. No hay prisa —comentó a sus colegas.

Cuando volvían a sus respectivas mesas, sonó el teléfono de Fox. Lo cogió y oyó una voz desconocida que le preguntaba si era Malcolm Fox.

—¿Quién llama? —inquirió.

—Soy el sargento Breck —Fox tensó la espalda sin decir nada—. ¿Hablo con Malcolm Fox?

—Sí.

—Señor Fox llamo de parte de su hermana.

—¿Está en casa? ¿Qué ha ocurrido?

—Su hermana está bien, señor Fox, pero lamentablemente en este momento vamos camino del depósito. Le pregunté si había alguien que...

Era una voz profesional, sin ser fría.

—Dígame qué ha ocurrido.

—El compañero de su hermana, señor Fox... ¿Sabe dónde está el depósito municipal...?

Claro que lo sabía: en Cowgate. Era un edificio anodino de ladrillo por el que se pasa de largo sin imaginarse lo que encierra. El tráfico era lentísimo; había obras y desvíos por todas partes. No sólo las del tranvía; estaban cambiando las conducciones de gas y reasfaltando Grassmarket. A Fox le daba la impresión de que dejaba atrás más conos de tráfico que peatones. Kayne le había ofrecido acompañarlo, pero él rehusó. Vince Faulkner había muerto. Era cuanto había dicho Jamie Breck... Breck... en tono preocupado y considerado. Breck... que lo esperaba en el depósito con Jude...

Fox aparcó el Volvo en uno de los espacios para descarga y entró en el edificio. Sabía dónde encontrarlos: la sala de observación estaba en el primer piso. Mostró con rápido ademán su carnet a los empleados con los que se cruzaba, pero ninguno demostró el menor interés. Llevaban botas verdes de agua y batas tres cuartos, y venían de lavarse las manos o iban a ello. Jude oyó sus pasos cuando subía y echó a correr hacia la escalera nada más verle. Lloraba a lágrima viva, estremecida y con los ojos enrojecidos. Él la estrechó contra sí, con cuidado por el brazo escayolado. Al cabo de un instante abrió los ojos y miró por encima de su hombro al sargento Jamie Breck, que aguardaba de pie a un lado.

«No sabes que se llama Jamie. Por teléfono se ha identificado como sargento Breck», dijo Fox para sus adentros. Breck avanzó hacia él. Fox apartó un poco a Jude lo más delicadamente posible y tendió la mano al policía. Breck sonreía casi tímidamente.

—Lo siento —dijo—. Debí imaginarme que era un número de Fettes, pero su hermana —añadió señalando a Jude— me dijo que era inspector de investigación.

—Sólo inspector —replicó Fox—. En Asuntos Internos somos inspectores a secas.

—¿Asuntos Internos es de Ética Profesional?

Fox asintió con la cabeza y volvió a dirigir su atención a Jude.

—No sabes cuánto lo siento —dijo, dándole un apretón en la mano—. ¿Te encuentras bien?

Ella se estremeció sin decir palabra y Fox preguntó a Breck si ya lo habían identificado.

—Dentro de dos minutos —contestó Breck, haciendo como si mirase el reloj. Fox conocía el procedimiento detrás de aquella puerta: arreglaban lo mejor posible el cadáver, dejando al descubierto sólo el rostro, a menos que la identificación requiriese enseñar algún tatuaje o una característica peculiar.

—¿Dónde lo encontraron? —preguntó Fox.

—En una obra, junto al canal.

—¿En la de demolición de la cervecería?

—Él no trabajaba allí —terció Jude, trémula—. No sé qué haría allí.

—¿Cuándo lo encontraron? —preguntó Fox a Breck, apretando más fuerte la mano de su hermana.

—Esta mañana a primera hora, una pareja que hacía ejercicio corriendo por el camino de sirga. A uno le dio un calambre y se detuvieron un momento para apoyarse en la barandilla y hacer estiramientos o lo que fuese. Y entonces lo vieron.

—¿Y está seguro de que es...?

—Llevaba un par de tarjetas de crédito en el bolsillo. Le di a la señora Fox la descripción física y de la ropa que llevaba...

Jamie Breck tenía el pelo rubio con tendencia a rizarse y el rostro pecoso, ojos azul lechoso, era unos tres centímetros más bajo que Fox y probablemente tenía un tercio menos de cintura. Llevaba un traje marrón oscuro con los tres botones abrochados. Fox trató de apartar de su mente los datos que sabía de él: estudios en George Watson... padre y madre médicos... domicilio cerca del supermercado... aún no ha remitido las veinticinco fotos mínimas... Acarició el pelo a Jude.

—Le dieron una paliza —dijo ella con voz quebrada—. Le dieron una paliza y lo dejaron por muerto.

Fox miró a Breck como pidiendo confirmación.

—Las heridas van en esa dirección —respondió escuetamente el joven. En ese momento se abrió la puerta. El cadáver estaba en una camilla envuelto en una sábana, con la cara descubierta; le habían tapado también el pelo y los oídos. Tenía el rostro tumefacto, pero reconocible aun desde lejos. Fox lo vio antes que su hermana.

—Jude —dijo—. Si quieres, puedo identificarlo yo.

—Necesito hacerlo yo —replicó ella—. Lo necesito...

—¿Quiere acompañarla a casa? —preguntó Breck a Fox. Estaban los dos de pie, con sendos vasos de té de plástico en la sala de familiares. En una silla había un montón de cuentos infantiles, y en la pared, un cartel con un girasol. A pocos pasos de ellos estaba sentada Jude, cabizbaja y con otro vaso... de agua, como había pedido. Esperaban los formularios que había que firmar. El cadáver de Vince Faulkner iba ya camino de la sala de autopsias, donde un par de patólogos municipales se harían cargo, secundados por sus ayudantes, que pesarían, medirían y guardarían muestras en bolsas etiquetadas.

—¿A qué hora lo encontraron? —preguntó Fox en voz baja.

—Poco después de las seis.

—A la seis es todavía de noche.

—Había iluminación urbana.

—¿Le agredieron allí mismo o sólo tiraron el cadáver?

—Escuche, inspector Fox, ya lo hablaremos después... si quiere estar con Jude.

Fox miró a su hermana.

—Hay una vecina —comenzó a decir sin darse cuenta—. Se llama Alison Pettifer. Quizás ella podría llevar a Jude a casa y hacerle compañía.

Breck irguió el torso.

—Con todo respeto, sé que su rango es superior al mío, pero...

—Sólo quiero ver el lugar en que sucedió. ¿Puede ser, sargento Breck?

Breck pareció considerarlo un instante y acto seguido relajó la tensión de sus hombros.

—Llámeme Jamie —dijo.

«Veinticinco fotos como mínimo», pensó Fox.

Transcurrió otra hora antes de concluir el papeleo y de recoger en su casa a Alison Pettifer. Fox le estrechó la mano y volvió a darle las gracias por su llamada de la víspera.

—Y ahora esto —fue su único comentario. Era alta y delgada, de unos cincuenta años. Enseguida logró que Jude se pusiera en pie, consolándola y animándola—. Ahora te vienes a casa conmigo...

Jude, con ojos aún enrojecidos, miró a Fox y lo besó en las mejillas.

—Iré lo antes que pueda —dijo él.

Un policía de uniforme esperaba a las mujeres con el coche patrulla aparcado. Tenía cara casi de aburrido y a Fox le dieron ganas de zarandearlo. Comprobó el móvil: había dos mensajes de Tony Kaye. En realidad, era el mismo repetido: «¿Me necesitas?».

Fox comenzó a teclear «no», pero añadió «aún». Cuando lo enviaba reapareció Jamie Breck.

—¿No hace falta que esté presente en la autopsia? —preguntó Fox.

—No pueden comenzar hasta dentro de una hora —respondió Breck mirando su reloj—. Así que puedo llevarle allí, si quiere.

—Tengo el coche afuera.

—Pues vamos.

A los cuatro minutos de recorrido, Breck comentó que habrían llegado antes a pie. Era un paseo en línea recta de Cowgate a West Port y Fountainbridge, pero había de nuevo un embotellamiento que controlaban dos obreros con chaleco fluorescente y las preceptivas señales con la flecha y el STOP.

—A cualquiera se le suben los humos a la cabeza con ese poder —comentó Breck.

Fox asintió con la cabeza.

—¿Le importa que le pregunte una cosa?

Claro que le importaba, pero Fox se encogió de hombros.

—¿Cómo se rompió el brazo su hermana?

—Se cayó en la cocina.

Breck fingió reflexionar al respecto.

—¿El señor Faulkner trabajaba en la construcción?

—Sí.

—Pues parece que no iba vestido para la ocasión... pantalones de buena calidad, polo y chaqueta de cuero. La chaqueta era un regalo de Navidad de la señora Fox.

—¿Ah, sí?

—¿Iban a casarse?

—Tendrá que preguntárselo a ella.

—¿No tienen mucha intimidad?

Fox sintió que apretaba el volante.

—Tenemos intimidad —contestó.

—¿Y con el señor Faulkner?

—¿Cómo?

—¿Le tenía aprecio?

—No especialmente.

—¿Por qué no?

—Por nada en particular.

—¿O por demasiados motivos para contar? —añadió Breck asintiendo con la cabeza—. Yo tampoco me llevo demasiado bien con el compañero de mi hermano...

—¿Compañero?

—Mi hermano es «gay».

—No lo sabía.

—No tenía por qué saberlo —dijo Breck mirándole.

«Exacto: no tenía por qué saber que su hermano era ingeniero en Estados Unidos...»

Fox lanzó un carraspeo.

—Bueno, ¿qué opina usted del caso? —inquirió.

Breck no contestó de inmediato.

—Hay un agujero en la alambrada cerca de donde apareció el cadáver y, al lado, un ensanchamiento donde puede aparcar un coche o una furgoneta.

—¿Tiraron allí el cadáver?

Breck se encogió de hombros y comenzó a ejercitar los músculos del cuello.

—Pregunté a la señora Fox cuándo vio por última vez al señor Faulkner.

—¿Y?

—Dice que el sábado por la tarde —Fox oyó crujido de cartílagos en el cuello y los hombros del joven—. La escayola es muy reciente...

—Se cayó el sábado —dijo Fox con voz anodina, concentrándose en el tráfico: dos semáforos más y una rotonda y habrían llegado.

—Ya, ella va a urgencias y el señor Faulkner se va a la ciudad. —Breck cesó sus ejercicios de estiramientos, se inclinó levemente y volvió la cabeza para mirar a Fox—. ¿Se cayó en la cocina?

—Es lo que me dijo.

—Y usted me lo repitió... pero con una leve expresión tensa al decirlo.

—¿Qué es usted, una especie de Colombo?

—Sólo observador, inspector Fox. Es la primera a la izquierda.

—Lo sé.

—Y vuelvo a advertir esa tensión facial —añadió Jamie Breck en voz lo suficientemente alta para que Fox lo oyera.

El lugar seguía acordonado por el precinto policial, pero el agente uniformado levantó la cinta para que pasaran por debajo de ella. Había dos periodistas, pero de edad suficiente para saber que sería inútil obtener declaraciones. Algunos curiosos miraban desde el camino de sirga, pese a que no había mucho que ver, pues la unidad científica ya había peinado la zona. Las fotos mostraban el cadáver in situ. Breck cogió unas cuantas de manos de uno de los agentes y se las tendió a Fox. Habían encontrado a Vince Faulkner bocabajo con los brazos extendidos hacia delante. Le habían machacado el cráneo con un objeto contundente y el cabello aparecía apelmazado de sangre seca. Los arañazos en la palma de las manos y en los dedos indicaban que había intentado defenderse.

—Las lesiones internas no las conoceremos hasta después de la autopsia —comentó Breck. Fox asintió con la cabeza y miró a su alrededor. Era un lugar desolado. Montones de tierra y escombros de la cervecería derruida. Quedaban algunos almacenes vacíos con las ventanas sin cristales. Al otro lado de la calle estaban echando los cimientos de lo que sería una «obra social mixta», según el cartel: tiendas, oficinas y apartamentos (ya nadie los llamaba pisos). Los de la científica, con mono blanco, avanzaban en fila frontal buscando el arma del crimen. Había miles de posibilidades, desde un trozo de ladrillo hasta piedras y escombros de hormigón.

—Podrían haberla arrojado al canal —musitó Fox.

—Los buceadores están de camino —dijo Breck.

—No hay mucha sangre en el lugar —añadió Fox, mirando de nuevo las fotos.

—No.

—¿Es por eso que cree que lo tiraron aquí?

—Tal vez.

—En cuyo caso no es un atraco que se les fue de las manos.

—Sin comentarios —dijo Breck mirando al cielo y lanzando un profundo suspiro.

—Ya sé —dijo Fox interpretando el gesto—. No puedo intervenir, no debo hacer de ello nada personal ni debo entorpecer.

—Más o menos —dijo Breck, que había vuelto a coger las fotos para mirarlas—. ¿Tiene algo que decirme sobre el compañero de su hermana?

—No.

—Fue él quien le rompió el brazo, ¿verdad?

—Tendrá que preguntárselo a ella.

Breck lo miró, asintió despacio con la cabeza y pegó una patada a una piedra echándola a rodar unos metros.

—¿Cuánto cree que durará esta obra?

—Dios sabe.

—Me han dicho que van a trasladar aquí la central del Banco de Escocia.

—No creo que sea muy pronto.

—Espero que no tuviera acciones.

Fox dio un resoplido y a continuación tendió la mano al joven.

—Gracias por dejarme ver el sitio. Se lo agradezco.

—Tenga la seguridad, inspector, de que haremos cuanto podamos... y no sólo porque sea un compañero —dijo Breck con un guiño al aflojar el apretón de manos.

«Veinticinco fotos como mínimo... Te gusta mirar a niños, sargento Breck, y mi tarea es meterte en cintura...»

—Gracias de nuevo —dijo Malcolm Fox—. ¿Quiere que le lleve al depósito?

—Voy a quedarme aquí un rato —dijo Breck, haciendo una pausa como si reflexionase—. Asuntos Internos —añadió finalmente— acaba de hacer polvo a un colega mío— añadió.

—Algo más que Asuntos Internos haría falta para acabar con Glen Heaton.

—¿Formó usted parte del equipo de investigación?

—¿Por qué lo pregunta?

—Por nada.

—No es realmente muy amigo suyo, ¿verdad?

Breck lo miró.

—¿Por qué me pregunta eso?

—Soy de Asuntos Internos, sargento Breck... Lo veo y lo oigo todo.

—Lo tendré en cuenta, inspector —dijo Jamie Breck

Fox llamó a la oficina desde el coche para decirle a Tony Kaye que había que «echar el freno» con Jamie Breck. Kaye, naturalmente, preguntó por qué.

—Porque está a cargo del caso Faulkner.

Kaye lanzó un silbido al tiempo que Fox cortaba la comunicación. Sonó el móvil y contestó sin pensar.

—Escucha, Tony, luego hablaremos.

Se hizo un instante de silencio y a continuación oyó una voz femenina.

—Soy Annie Inglis. ¿Le llamo en mal momento?

—Pues, a decir verdad, sí Annie.

—¿Puedo ayudarle en algo?

—No, pero, de todos modos, gracias.

—He recibido su mensaje...

El claxon del coche que iba detrás del suyo comenzó a sonar en el momento en que enfiló una calle reservada a taxis y autobuses.

—Ha habido una complicación. El compañero de mi hermana ha muerto.

—Lo lamento.

—No lo lamente... Era un impresentable. Acabo de conocer al oficial encargado de la investigación. Es el sargento Jamie Breck.

—Vaya.

—Así que la tarea que me encomendó tal vez debería hacerla otro. De hecho, dos colegas míos están ya al tanto del asunto.

—Bien —dijo ella con una pausa—. ¿Dónde está ahora?

—Voy a casa de mi hermana.

—Vale, ¿y cómo se encuentra?

—Es lo que voy a comprobar.

—Llámeme, por favor.

Fox miró por el retrovisor. Un coche patrulla con los intermitentes del techo parpadeando venía en su dirección.

—Tengo que dejarla —dijo, cortando la comunicación.

Tardó cinco minutos en explicar la situación a los agentes. Procuró mostrar su carnet sin que advirtieran que era de Asuntos Internos, pero ellos lo intuyeron. ¿Se daba cuenta de que había efectuado una maniobra prohibida? ¿Y no sabía que estaba prohibido hablar por el móvil conduciendo? Simuló pedir disculpas sin decirles a dónde se dirigía, convencido de que no tenía por qué. Al final le pusieron una multa.

—La ley es igual para todos —comentó el mayor de los dos. Fox dio las gracias y volvió a subir al coche. Los agentes hicieron lo de siempre: le siguieron un centenar de metros y después pusieron el intermitente y doblaron por una calle a la derecha. Así funciona la cosa cuando eres de Asuntos Internos: los colegas no te hacen ningún favor. En realidad, todo lo contrario. Eso le hizo volver a pensar en Jamie Breck...

Encontró sitio para aparcar en la calle donde vivía Jude. Alison Pettifer le abrió la puerta. Había corrido las cortinas de la ventana del cuarto de estar y de la cocina por respeto, supuso Fox.

—¿Y Jude? —preguntó.

—Está arriba. Le he preparado un té con mucho azúcar.

Fox asintió con la cabeza mirando el salón. Le dio la impresión de que Pettifer había empezado a limpiar. Le dio las gracias e hizo ademán de subir a ver cómo se encontraba su hermana. Ella le dio un apretón en el brazo sin decir nada, pero con una mirada suficientemente elocuente. Él le dio unos golpecitos en la mano y salió al pasillo. La escalera era estrecha y empinada... Era difícil caerse en ella sin quedar encajado a la mitad del tramo. Tres puertas daban al reducido descansillo: el baño y dos dormitorios, uno de ellos convertido por Vince Faulkner en guarida propia, con cajas de cachivaches, un viejo tocadiscos y estanterías de CD de música rock, además de una mesa y un ordenador barato. La puerta estaba entreabierta y Fox echó un vistazo: estaba echada la persiana y en el suelo había dos revistas masculinas —Notes y Zoo— que exhibían en la portada una rubia casi idéntica tapándose los pechos con los brazos. Fox llamó a la puerta contigua y la abrió. Jude estaba echada en la cama envuelta en el edredón, pero no dormía. En la mesilla estaba el té sin tocar junto a un vaso vacío. Olía levemente a vodka.

—¿Qué tal estás, hermanita? —dijo, sentándose en la cama. Sólo le veía la cabeza y los pies descalzos. Le apartó el pelo de la frente y ella dio un suspiro y se incorporó despacio. Bajo el edredón estaba totalmente vestida.

—Alguien lo mató —dijo.

«Es lo mejor que ha podido suceder», pensó, pero lo que dijo fue:

—Es horrible.

—¿No creerán...?

—¿Qué?

—Que yo quizá tengo algo que ver.

Fox negó con la cabeza.

—Pero querrán interrogarte. Es el procedimiento; así que no te preocupes. —Ella volvió a asentir despacio con la cabeza—. Jude, ¿cuándo lo viste por última vez?

—El sábado.

—El mismo día que... —dijo Fox señalando la escayola.

—Cuando volví del hospital ya no estaba.

—¿No te llamó?

Ella lanzó un profundo suspiro y sacudió la cabeza.

—La verdad es que no solía hacerlo. Había noches en que podía darme por satisfecha si lo veía cinco minutos. Salía con sus amigos y volvía al día siguiente contándome que había dormido en un sofá o en una cama supletoria.

—¿No le telefoneaste el fin de semana?

—Le envié dos mensajes.

—¿Y no te contestó?

Ella negó con la cabeza.

—Esperaba que volviera el domingo, pero... —Calló, mirando la escayola—. Tal vez se sentía más avergonzado que de ordinario.

—¿Y anoche? —dijo Fox en tono afable.

—Anoche... —respondió ella con otro profundo suspiro— quizás estaba preocupada.

—O embotada —dijo Fox señalando el vaso vacío. Ella apenas se encogió de hombros—. Cuando vine ayer —añadió Fox—, ¿por qué no me dijiste nada?

—No quería que lo supieras.

—Anoche te llamé y no contestabas...

—Estaba embotada, como tú has dicho.

—¿Y esta mañana también?

Ella lo miró.

—¿Te han encargado interrogarme?

—Sólo te hago las preguntas que van a plantearte.

—A ti nunca te gustó él —comentó ella.

—No puedo negarlo.

—Quizás incluso te alegra que haya muerto —añadió con un atisbo de tono acusatorio. Fox le alzó la barbilla con un dedo para que le mirara a la cara.

—No es cierto —mintió—, pero no era el hombre que tú te merecías.

—Era el hombre que tenía, Malcolm, y con eso me bastaba.

5

Se reunió con Annie Inglis para tomar café en la cantina de Fettes. No había nadie más que los empleados. Inglis se empeñó en hacerse cargo de las bebidas mientras él se sentaba en una mesa junto a la ventana.

—No soy un inválido —dijo con una sonrisa cuando ella empujó la taza hacia él.

—¿Azúcar? —dijo ella dejando seis sobrecitos sobre la mesa. Fox negó con la cabeza y observó cómo acercaba la silla. Inglis había elegido chocolate; jugueteó con la taza, hundió un dedo en el líquido, se lo chupó y le miró a la cara.

—¿Bien? —dijo.

—Bien —replicó él.

—¿Se sabe qué ocurrió?

—Lo encontraron en una obra junto al canal. Le habían dado una paliza.

—¿Cómo lo lleva su hermana?

—Se llama Jude, diminutivo de Judith. No sé realmente cómo lo lleva.

—¿Ha ido a verla?

—La encontré arrebujada en la cama con una botella de vodka.

—No la envidio.

—Jude tiene problemas con la bebida —añadió él mirando el café. Había pedido un capuchino pero no tenía espuma. Inglis hizo una mueca y guardó silencio.

—Bueno —dijo al fin—, ¿conoció al sargento Breck?

—Pensé que no iba a preguntármelo —musitó él.

Ella hizo caso omiso del comentario.

—¿Qué impresión le ha causado? —inquirió.

—Me pareció un buen profesional, pero la conversación no giró en ningún momento sobre su gusto por los niños.

Ella se envaró un instante.

—Malcolm, es una simple pregunta —dijo.

—Perdone.

—Y se lo pregunto porque hemos estado hablando Gilchrist y yo...

—Por cierto, ¿es su jefe?

—¿Gilchrist? —dijo ella abriendo levemente los ojos—. Es el agente que tengo asignado.

—Es mayor que usted.

—¿Y eso le hizo pensar que era mi superior?

Fox eludió la respuesta al sonar el móvil de ella, que lo cogió de la mesa para mirar la pantalla.

—Tengo que contestar. Es mi hijo —dijo llevándose el aparato al oído—. Hola, Duncan. —Escuchó casi un minuto sin dejar de mirar afuera a través de la ventana—. De acuerdo, pero a las siete en casa, ¿entendido? Adiós —añadió volviendo a dejar el móvil en la mesa con los dedos apoyados en él.

—Creí que no estaba casada —dijo Fox.

—No lo estoy —dijo ella, y quedó pensativa un instante—. ¿Por qué pensó...?

Fox tragó saliva antes de contestar. Había datos de ella que se suponía que ignoraba.

—No lleva anillo —dijo finalmente, y añadió un tanto precipitadamente—: ¿Cuántos años tiene Duncan?

—Quince.

—Sería usted muy joven.

—Lo tuve en el último curso de la universidad. Mis padres estaban furiosos pero se ocuparon de él.

Fox asintió despacio con la cabeza. En el expediente de Inglis no se hacía mención al hijo. ¿Un descuido? Dio un sorbo al café.

—Va a casa de un amigo —añadió Inglis.

—No debe ser fácil, sola y un hijo adolescente.

—No me quejo —replicó ella en un tono que le dio a entender que era punto final.

Fox alzó la taza hasta la boca y sopló sobre la superficie.

—Me decía que había hablado con Gilchrist —dijo.

—Sí. Hemos pensado que puede ser compatible.

—¿Que me encargue de Breck, quiere decir?

Ella asintió con la cabeza.

—Usted no interviene en el caso, así que no hay conflicto de intereses.

—¿Me está diciendo que lo vigile mientras Breck investiga el asesinato?

—Ya se conocen... y tiene la excusa perfecta para seguir en contacto con él.

—¿Y no es eso un conflicto de intereses?

—Lo único que queremos es que obtenga datos adyacentes, Malcolm, algo genérico para trasladarlo a Londres. Nada de lo que haga va a ser llevado ante los tribunales.

—¿Cómo podemos saberlo?

Ella reflexionó un instante y se encogió de hombros.

—Gilchrist está en contacto con su jefe y con el subdirector.

—¿Y no sería eso tarea suya?

Ella se encogió de hombros y lo miró a la cara.

—Yo preferí tratar con usted.

—Qué halagador.

—¿Está dispuesto para la tarea, Malcolm? Eso es lo quiero saber.

Fox pensó en el solar junto al canal. «Haremos cuanto podamos...»

—Estoy dispuesto —dijo Malcolm Fox.

Subió a la oficina de Asuntos Internos. Estaba vacía y se sentó en su mesa cinco minutos, mordisqueando un bolígrafo y pensando en Vince Faulkner, en Jude y en Jamie Breck. La puerta entreabierta se abrió del todo y dio paso a Bob McEwan con gabardina y una cartera.

—¿Estás bien, Foxy? —preguntó de pie ante el escritorio con las piernas separadas casi un metro.

—Estoy bien.

—Me he enterado de lo de tu cuñado... Si quieres, puedes tomarte permiso por defunción.

—No era familia mía —replicó Fox—. Era el hombre del que estaba enamorada mi hermana.

—Da igual...

—Me dedicaré a hacerle compañía cuando pueda. —Nada más decirlo pensó en su padre. Había que decírselo a Mitch.

—¿Y lo del «Chop»? ¿Crees que puedes echarles una mano?

—¿No cree que pueda haber problema?

—Traynor no lo cree. Acabo de hablar con él.

Adam Traynor, el subdirector de la policía.

—Pues bien —dijo Fox dejando el bolígrafo en la mesa.

Al terminar la jornada fue a Lauder Lodge. Un empleado le dijo que su padre estaba en la habitación de la señora Sanderson. Se detuvo ante la puerta, pero no oía nada. Llamó y aguardó hasta que la voz femenina dijo «Adelante». Mitch estaba sentado frente a la señora Sanderson. Los dos sillones flanqueaban una chimenea decorativa, con un jarrón y flores secas sobre el hogar, sin estrenar. Había estado en la habitación de la señora Sanderson en otra ocasión en que su padre le presentó a su «nueva y querida amiga». El anciano repitió la presentación.

—Audrey, te presento a mi hijo.

La señora Sanderson lanzó una carcajada cantarina.

—Claro, Mitch. Ya conozco a Malcolm.

Mitch Fox frunció el ceño tratando de recordarlo. Fox se inclinó y besó a la señora Sanderson en la mejilla. Olía un poco a polvos de talco y su rostro era como pergamino, igual que los brazos y las manos. Seguramente siempre había sido delgada, pero ahora la piel de su cara recubría fielmente los rasgos craneales. Pese a todo, era una mujer guapa.

—¿Está mejor? —preguntó Fox.

—Mucho mejor, querido —respondió ella dándole un golpecito en la mano antes de soltarla.

—Dos visitas en pocos días —dijo el padre de Fox—. ¿Debo sentirme halagado? ¿Y cuándo va a dejarse ver tu hermana?

Fox no tenía donde sentarse salvo la cama, y permaneció de pie. Le pareció que en aquella postura dominaba por completo a las dos figuritas sentadas. La señora Sanderson alisó la manta de viaje escocesa con que cubría sus piernas.

—Traigo malas noticias sobre Jude, papá —dijo Fox.

—¡Oh!

—Han asesinado a Vince.

La señora Sanderson lo miró a la cara, boquiabierta.

—¿Lo han asesinado? —repitió Mitch Fox.

—¿Prefiere que...? —preguntó la señora Sanderson haciendo ademán de levantarse.

—Siéntate, Audrey —ordenó Mitch Fox—. Estás en tu habitación.

—Se metió en algún lío, por lo visto —añadió Fox— y le dieron una paliza.

—Bien se la merecía.

—¡Mitch, por favor! —protestó la señora Sanderson, y añadió dirigiéndose a Fox—: ¿Cómo lo lleva Jude, Malcolm?

—Va tirando.

—Ayúdala cuanto puedas —dijo ella—. Tendrías que ir a verla —añadió dirigiéndose a Mitch.

—¿Para qué?

—Para demostrarle tu afecto. Malcolm te llevará... —Miró a Fox esperando que asintiera, y él hizo un gesto entre indiferente y confirmatorio—. Malcolm te llevará —repitió con voz algo más queda, inclinándose y estirando el brazo; Malcolm tardó un instante en hacer lo propio y sus manos se entrelazaron.

—Tal vez más adelante —aventuró Fox al recordar la escayola—. Ahora no está para visitas... sólo intenta dormir.

—Pues mañana —apostilló la señora Sanderson.

—Mañana —dijo Fox finalmente.

En el trayecto de vuelta a casa pensó en acercarse a ver a Jude, pero optó por llamarla antes de la hora de acostarse. Jude había dado a Pettifer el teléfono de un par de amigos más allegados y la vecina le había prometido a Fox que los llamaría para que se turnaran en hacer compañía a su hermana.

—Así no estará sola —concluyó Pettifer.

Pensó también qué estaría haciendo Annie Inglis. Había dicho a su hijo que estuviera en casa a las siete. Ya eran las siete. Recordaba dónde vivía por haberlo leído en el expediente. Podía acercarse hasta allí en diez o quince minutos, pero ¿para qué? Sentía curiosidad por el muchacho. Y trató de imaginarse lo que habría supuesto para la joven estudiante dar la noticia a su padre, el granjero. «Mis padres estaban furiosos... pero cuidaron de él». Sí, porque es lo que hacían las familias, unirse, atrincherarse.

«Pero su hijo Duncan no figura en el expediente, Annie...»

En el siguiente semáforo miró el escaparate de una licorería: las lucecitas halógenas conferían un marcado relieve a cada botella individualmente. Se preguntó si los amigos de Jude beberían. ¿Se presentarían con bolsas de compra y provistos de una colección de recuerdos, de historias trágicas para contarlas una y otra vez?

—Para ti una taza de té, Foxy —dijo en el momento en que el coche comenzaba a reanudar la marcha.

El correo que tenía en la alfombrilla del recibidor era el habitual: facturas, publicidad y un extracto del banco. Al menos el Royal Bank de Escocia seguía funcionando. Era el único papel dentro del sobre, sin ninguna carta de rastrera disculpa por pasarse de la raya y dejar a los clientes en la estacada. Le cargaban la factura de la residencia de ancianos y el resto eran gasolina y supermercado. Miró en la nevera buscando inspiración para una comida rápida. Renunció, miró en los armaritos y eligió una lata de chili y un pequeño tarro de jalapeños. Sobre la encimera había un cazo con arroz largo. En la radio sonaba música clásica, pero cambió a un programa que acababa de descubrir no hacía mucho, la emisora llamada Birdsong, que emitía precisamente trinos de pájaros. Volvió a la nevera y sacó una botella de Appletiser, se sentó a la mesa y se restregó la cara y la frente, masajeándose las sienes y el puente de la nariz mientras pensaba quién le pagaría a él la residencia de ancianos cuando llegara el momento... Ojalá encontrase en ella a alguien como la señora Sanderson.

Una vez preparada la cena, la llevó al cuarto de estar y encendió la tele. Aun así, se oía el canto de los pájaros en la cocina; a veces lo dejaba toda la noche. Zapeó los canales gratuitos hasta encontrar Dave. Eran todo reposiciones, pero podían verse. Fifth Gear, seguido de Top Gear y otra versión de Top Gear.

—¿Podré aguantar este ritmo?

Había dejado el móvil recargándose en la encimera de la cocina y cuando sonó pensó en no contestar, pero dio otro bocado, lanzó apenas un gruñido y dejó la bandeja en la alfombra. Cuando llegó, el aparato dejó de sonar, pero la pantalla mostraba las letras mayúsculas TK: Tony Kaye. Lo desenchufó del cargador, marcó el número de su colega y volvió al sofá.

—¿Dónde estás? —preguntó Kaye.

—Esta noche no voy al pub —le advirtió Fox, que oía el barullo ambiental. Sería Minter’s o un local parecido.

—Sí que vienes —replicó Kaye—. Hay problemas. ¿Cuánto tardas en llegar?

—¿Qué clase de problemas?

—Tu amigo Breck ha llamado por teléfono.

—Que me llame a casa.

—No era contigo con quien quería hablar, sino conmigo.

Fox volvió a hundir el tenedor en el chili sin moverlo.

—¿Me lo vas a explicar?

—La explicación tendrás que darla tú, Foxy. Breck estará aquí dentro de una hora.

Fox se apartó el teléfono del oído lo justo para ver el reloj. Diecisiete minutos.

—Llego dentro de veinte minutos —dijo, levantándose del sofá y apagando la tele—. ¿Qué quería de ti?

—Está deseando saber por qué eché un vistazo a Vince Faulkner en el PNC.

Fox lanzó una maldición para sus adentros.

—Veinte minutos —repitió, cogiendo la chaqueta y las llaves—. No digas nada hasta que yo llegue. Estás en Minter’s, ¿no?

—Sí.

Fox volvió a maldecir, cortó la comunicación y cerró de un portazo.

En la barra estaban los dos mismos clientes hablando con el dueño sobre una pregunta de otro concurso en la tele. Jamie Breck lo vio llegar y lo saludó con una inclinación de cabeza. Estaba sentado en la mesa habitual de Tony Kaye, que estaba sentado frente a él con cara seria.

—¿Qué quiere tomar? —preguntó Breck. Fox negó con la cabeza y se sentó. Advirtió que Kaye bebía jugo de tomate y Breck media pinta de cerveza con gaseosa—. ¿Cómo está su hermana?

Fox inclinó ligeramente la cabeza y se encogió de hombros.

—Aclaremos las cosas, ¿no?

Breck lo miró.

—Espero que comprenda que lo que intento es hacerle un favor.

—¿Un favor? —dijo Tony Kaye receloso.

—Pongamos las cartas boca arriba. No somos tontos, sargento Kaye. Lo primero que hicimos fue una comprobación de antecedentes y en el PNC quedan registradas las últimas búsquedas, lo que nos llevó a su amigo en el DIC.

—Vaya amigo —musitó Kaye cruzando los brazos.

—No crea que no tardó en darnos su nombre, por si le sirve de consuelo. Tuvo que intervenir su jefe.

—¿Cómo fue la autopsia? —interrumpió Fox.

Breck focalizó su atención sobre él.

—Traumatismo con un objeto contundente, lesiones internas... Casi estamos seguros de que estaba muerto cuando lo tiraron allí.

—¿Cuánto tiempo había transcurrido?

—Un día, día y medio —Breck hizo una pausa, dando vueltas a la pinta en el reposavasos—. La búsqueda en el PNC fue ayer. ¿Es el mismo día en que se enteró de que Jude se había roto el brazo?

—Sí —contestó Fox.

—¿Fueron a ver a Faulkner?

—No.

Breck enarcó una ceja sin apartar la mirada de la cerveza.

—¿No quiso tener unas palabras con el hombre que le había roto el brazo a su hermana?

—Sí que quería hablar con él, pero no fui a buscarlo.

—¿Y usted, sargento Kaye?

Kaye abrió la boca para hablar, pero Fox alzó una mano para que no lo hiciera.

—Esto no tiene nada que ver con el sargento Kaye —dijo—. Fui yo quien le dije que mirase si Faulkner tenía antecedentes.

—¿Por qué?

—Para tener elementos de cargo si había algo... Esperaba que quizá Jude se aviniera a razones.

—¿Para dejarle, quiere decir? —Fox asintió con la cabeza—. ¿Se lo dijo a ella?

—No me dio tiempo. Faulkner ya había muerto, ¿no?

Breck no se molestó en contestar. Fox miró a Tony Kaye con una leve inclinación de cabeza para darle a entender que era la versión que él quería. Si había bronca, él asumía la responsabilidad.

—¿Recuerda cuando le pregunté si había algo que quería decirme a propósito de la víctima? —inquirió Breck mirando fijamente a Malcolm Fox—. ¿Por qué no mencionó que tenía antecedentes?

—Pues no lo sé —contestó Fox alzando los hombros.

—¿Qué más averiguó?

—Nada.

—¿Pero sabía que era un chico malo, no?

—Parece que desde que vino al norte empezó a portarse bien.

—Bueno, pero eso tarda su tiempo, ¿no? Querría estar seguro del terreno que pisaba. ¿Cuánto hace que vivía en Edimburgo?

—Un año o año y medio —contestó Fox. Le llegaba de nuevo el aroma de los whiskies que acababan de servir en la barra.

—¿Cómo conoció a su hermana?

—Tendrá que preguntárselo a ella.

—Sí, claro que lo haremos —replicó Breck mirando el reloj de pulsera—. Hablé de poner las cartas boca arriba, pero el tiempo apremia —añadió.

—¿Qué quiere decir?

Breck miró a Malcolm a los ojos.

—Yo no soy su problema, téngalo en cuenta. —Se volvieron los tres al sentir que abrían la puerta del pub con fuerza suficiente para hacerla gemir en sus goznes. El que irrumpió era casi tan ancho como alto. A pesar de las bajas temperaturas en la calle sólo llevaba una chaqueta sport a cuadros sobre la camisa, sin corbata. Fox lo reconoció, naturalmente. Era el inspector jefe William Giles: Billy Giles «el Malo». A juzgar por su cara arrugada, el pelo negro ondulado debía ser teñido, aunque nadie se atreviera a hacer ningún comentario al respecto. Sus ojos eran de un azul cristalino glacial.

—Una pinta de Eighty —ordenó Giles, acercándose a la mesa. Breck se puso en pie pero dudando en si hacer las presentaciones.

—Los conozco —vociferó Giles mirándole—. Tres horas me tuvieron interrogándome... tres horas de mi vida que no recuperaré.

—Glen Heaton no merecía sus esfuerzos —comentó Fox.

—No se tumba a un hombre así como así —espetó Giles—. En su aguante se ve su valía, y no crea que ha dejado KO a Glen Heaton. —La silla que había ocupado Breck crujió bajo el peso de Giles. Su mirada fue de Tony Kaye a Malcolm Fox—. Pero ahora soy yo quien le tengo a usted en mis manos —añadió con una sonrisa de satisfacción.

Billy Giles no era sólo el capitoste del DIC de Torphichen, además de jefe de Breck, y, ya puestos, de Glen Heaton; sobre todo era su mejor amigo. Fox repasó mentalmente aquel interrogatorio de tres horas y pensó también en todos los obstáculos que Giles había interpuesto para entorpecer la investigación del PSU.

—Ahora está en mis manos —repitió Giles con pausada satisfacción. Desde la barra, Breck miró a Malcolm Fox. «Yo no soy su problema...» Fox asintió con una leve inclinación de cabeza como la que había dirigido previamente a Tony Kaye y volvió a centrar su atención en Giles.

—Pero menos —dijo marcando por igual las palabras y poniéndose en pie, dando a entender a Kaye que hiciera lo propio—. Si quiere encontrarnos, ya sabe dónde estamos.

—¿Por qué no ahora mismo?

Pero Fox sacudió la cabeza mientras se abrochaba el abrigo.

—Ya sabe dónde estamos —repitió—. No olvide pedir hora de visita. En Asuntos Internos tenemos mucho trabajo.

—Son dos gusanos, eso es lo que son.

Incluso de pie, Fox no era mucho más alto que Giles sentado. Pero aún así se inclinó hacia él amenazadoramente.

—No somos gusanos —replicó—. Recuerde que seguimos estando en el ring y que hemos noqueado a su amigo Heaton. La última vez que le vi seguía tumbado en la lona.

Acto seguido se irguió, dio media vuelta y salió del pub. Tony Kaye apenas tardó unos segundos en seguirle abrigándose con la bufanda al cruzar la puerta.

—¿Qué demonios vamos a hacer? —dijo.

—No tenemos que hacer nada... Las cosas son como son.

—Pero habrá que decírselo a McEwan.

Fox asintió sin decir palabra.

—Giles quiere interrogarnos en Torphichen. Nos atendremos a mi versión. Tal vez me gane una reprimenda, pero no creo que vaya a más.

Kaye reflexionó un instante antes de negar despacio con la cabeza.

—Giles no soltará su presa. Se lo toma como una venganza.

—No conseguirá más que una rabieta, Tony.

Kaye quedó pensativo un instante.

—¡Ese cabronazo de Hull!

—Deberíamos habernos dado cuenta de que todo el mundo deja un rastro. Incluso en un ordenador.

Kaye dio un resoplido.

—¿Y ahora qué?

Fox se encogió de hombros.

—¿Quieres que te lleve? —dijo—. No veo tu Nissan.

—Por una vez lo aparqué bien dos calles más allá.

—¿No querías que los de Torphichen te pillaran también en esa infracción?

Kaye balanceó la cabeza de un lado a otro.

—¿Cómo haces para conservar siempre la calma, Foxy?

—No vale la pena complicarse... ya te digo: las cosas son como son.

Kaye miró hacia la puerta de Minter’s.

—Vámonos antes de que salga.

—Tiene que beberse la pinta y quizás otra a continuación. Por cierto, ¿qué te ha parecido Jamie Breck?

Ni un segundo tardó Kaye en dar su veredicto:

—Parece un buen tipo.

Malcolm Fox asintió sin decir nada. «Parece...»

MIÉRCOLES, 11 DE FEBRERO DE 2009

6

Miércoles por la mañana. Fox se estaba lavando los dientes cuando comenzó a sonar el teléfono fijo. El aparato de arriba necesitaba recarga y sabía que antes de que llegara al cuarto de estar habrían colgado, por lo que ni se molestó. Se había despertado temprano, con las palabras de Tony Kaye resonándole en la cabeza: «Parece un buen tipo». Kaye quería decir que era de los que ayudan a un colega, pero eso no impedía que fuera otras cosas... Mientras se limpiaba los dientes el móvil lanzó un gorjeo. Lo tenía en la cómoda del dormitorio y entró en la habitación, tirando la toalla en la cama recién hecha.

—Fox —dijo arrimando el aparato al oído.

—Señor Fox, soy Alison Pettifer.

—¿Está bien Jude? —inquirió Fox con el estómago tenso.

—Se la han llevado.

—¿Quién? —dijo, sabiéndolo de antemano.

—Unos policías que dijeron que eran de la división C.

De Torphichen. Miró el reloj. Eran las siete y media.

—Es un procedimiento rutinario —comenzó a decir.

—Eso es lo que dijeron: «Preguntas rutinarias». En cualquier caso, pensé que querría saberlo.

—Ha sido muy amable.

—¿Cree que debo quedarme aquí? —Fox no estaba muy seguro de lo que quería decir. ¿Ir ella a Torphichen?—. Para ver lo que hacen, quiero decir.

Fox apartó el aparato del oído y miró la pantalla. Llamaba desde el teléfono de Jude.

—¿Siguen todavía ahí? —preguntó.

—Sí, algunos.

—¿Con una orden judicial de registro?

—Le hicieron firmar algo a Jude —contestó la vecina.

—¿Dónde se encuentra en este momento, señora Pettifer?

—Al pie de la escalera. —Oyó una disculpa de alguien que pasaba junto a ella y sonaron pasos subiendo—. No parece que les haga gracia que yo me haya quedado.

—¿Y los amigos de Jude, los que iban a cuidarla?

—Joyce se quedó por la noche, pero se marchó a trabajar a las seis y poco después llegó la policía. Yo me vestí y...

—Gracias por todo, señora Pettifer. Váyase a su casa.

—Ayer por la tarde llamaron a mi puerta dos periodistas, pero los despaché sin contemplaciones.

—Gracias de nuevo.

—Bien... Entonces me voy a casa, si cree que es lo mejor.

Fox cortó la comunicación, cogió una camisa limpia de la percha y decidió ponerse la misma corbata de la víspera. Estaba bajando la escalera cuando sonó de nuevo el teléfono fijo. Cogió el auricular junto al sofá y se lo llevó a la oreja.

—Fox —dijo.

—Soy McEwan.

—Buenos días, señor.

—Te noto agobiado.

—No, señor, es que salía en este momento.

—Ah, ¿nos vemos aquí dentro de media hora?

—En realidad tendría que ir antes a otro sitio.

—No creo que sea conveniente, Malcolm.

—¿Cómo dice?

—Los de Torphichen me han dicho lo que ocurre. Me llamaron hace media hora. Nos va a costar un poco desactivar tu jugadita con el PNC.

—Iba a decírselo, señor... —Fox hizo una pausa—. El caso es que se han llevado a mi hermana para interrogarla. Necesita a alguien a su lado.

—Tú no, Malcolm. Tienes que venir aquí.

—Saben que es mi hermana, Bob. No les ha gustado lo que he hecho con su colega Heaton.

—Yo tengo amistades en Torphichen, Malcolm. Me ocuparé de arreglarlo.

—Sí, señor.

—Bien, dentro de media hora. Tú, yo y Tony Kaye vamos a tener una charla...

Fox se quedó con el teléfono mudo en la mano.

En realidad, el trayecto le llevó más tiempo del que pensaba. Su disculpa: las obras del tranvía. Lo cierto es que hizo un desvío a la calle de Jude en Saugtonhall. La puerta estaba abierta. Junto a la acera había aparcada una furgoneta de un equipo de la policía científica. Alguien se había llegado hasta la tienda de la esquina porque todos bebían en vasos de plástico y comían pasteles y patatas fritas; algunas caras le sonaban de sus visitas a Torphichen, pero no estaban Billy Giles ni Jamie Breck. En la acera de enfrente una vecina miraba por la ventana con los brazos cruzados. Fox dejó el motor al ralentí, consciente de que no serviría de nada entrar. Finalmente puso el intermitente y arrancó. Los conductores que circulaban se mostraron educados y frenaron.

Así tenían más tiempo para mirar boquiabiertos.

—En la casa habrá huellas mías por todas partes —dijo Fox a McEwan. No se habían reunido en el despacho. McEwan había encontrado una sala de reuniones libre con mesa elíptica y nueve sillas. Sobre un trípode había una pizarra para rotulador con tres palabras escritas:

VISIBILIDAD

VIABILIDAD

VERSATILIDAD

Tony Kaye se había adueñado de la única silla con ruedas y se dedicaba a rodarla, acercándola y alejándola de la mesa.

—Me estás poniendo nervioso —le advirtió McEwan.

—¿Qué vamos a hacer respecto a Billy «el Malo»? —inquirió Kaye sin dejar de hacer rodar la silla.

—Para ti es el inspector jefe Giles, sargento Kaye... y vamos a dejar que cumpla con su trabajo. ¿Estamos de acuerdo, Malcolm? —añadió volviendo la cabeza hacia éste.

Fox asintió.

—No tenemos más remedio. Se sentirán mejor después de darnos una patada —dijo.

McEwan suspiró.

—¿Cuántas veces os lo he dicho? El PSU es sagrado.

—Señor, ya le he dicho que la búsqueda de Vince Faulkner fue idea mía.

McEwan miró furioso a Fox.

—Sabes de sobra que es mentira. Tony siempre toma la iniciativa de transgredir las reglas, ¿no es cierto, sargento?

—Sí, señor —reconoció Kaye.

—Anoche no le dijimos eso a Giles —terció Fox.

—Pues, entonces, mantened esa versión —espetó McEwan—. Si os coge en una contradicción, seguirá buscando otras... —Hizo una pausa—. ¿Hay otras?

—No, señor —dijeron los dos.

McEwan se quedó pensativo un instante.

—Billy Giles tiene mal genio y es un fanfarrón, pero escarbando un poco no hay por qué temerlo tanto. Lo que no quiere decir que hay que subestimarlo —añadió alzando un dedo.

Malcolm Fox sacó el pañuelo y se sonó.

—¿Han considerado la casa de Jude como escenario del crimen? —preguntó.

—Posible escenario del crimen.

—No encontrarán nada.

—Creía que habías dicho que encontrarían tus huellas.

—Estuve allí el lunes y ayer.

—Más vale que te asegures de que toman nota de ello.

Fox asintió despacio mientras McEwan volvía a centrar la atención en Kaye.

—Tony, te juro por Dios que si no dejas de rodar la puta silla...

Kaye se puso en pie de un salto y la silla fue propulsada contra la pizarra.

—Aquí hay algo raro —musitó sacudiendo la cabeza—. Foxy comienza a tener trato con Jamie Breck... y zás, la división C empieza a tocarnos los huevos. ¿Y si Billy «el Malo» se enteró y decidió que no quería perder más manzanas podridas?

—Y entonces... mata a un hombre a sangre fría —concluyó McEwan—. ¿Es lo que insinúas? ¿En serio?

—No digo que él... —comenzó a balbucear sin lograr acabar la frase y emitiendo simplemente un prolongado gruñido.

—¿Pido yo mismo que me interroguen? —preguntó pausadamente Fox a su jefe.

—Ya han requerido el placer de tu compañía.

—¿Cuándo tengo que ir?

—En cuanto termine esta reunión —contestó McEwan.

Fox lo miró.

—Así que...

—Así que sois un par de idiotas. Nadie hace una búsqueda en el PNC sin motivo justificado.

—Teníamos un motivo justificado —insistió Kaye.

—Teníais un motivo justificado privado, Tony, que no es lo mismo.

—Él había protagonizado un incidente doméstico —replicó Kaye— y buscábamos antecedentes.

—Sí, sigue intentando convencerte —dijo McEwan con mirada cansina.

—Bien, señor —terció Fox para ver si los despedía.

—Marchaos —dijo McEwan.

—Es mi hermana, ¿entiende?

—¿Quiere verla? —preguntó Giles. Llevaba la misma ropa que la víspera más una corbata. El cuello le rebosaba por el cerco del cuello de la camisa y detrás del nudo flojo de la corbata se veía un botón desabrochado.

—¿Dónde está?

—Cerca. —Se encontraban en una de las salas de interrogatorio de la comisaría de Torphichen, un edificio con cierto aire a Asalto al distrito 13, destartalado y rodeado de desidia y obras de pavimentación. Más allá del oeste de Princes Street y Lothian Road no había gran cosa para visitas turísticas: los indicadores de una sola dirección que retenían el tráfico de autobuses, taxis y camiones; pero para los peatones era una zona ingrata. Los olores habituales a moho y desasosiego llenaban el interior del edificio. La sala de interrogatorios exhibía cicatrices de las batallas: paredes arañadas, mesa desportillada y grafitis en la parte interna de la puerta. A Fox le tuvieron un buen rato en la zona de espera para que los agentes uniformados y de paisano pudieran verlo en su ir y venir. Cuando finalmente siguió los pasos de Giles por el pasillo hacia la sala de interrogatorios, había oído suficientes comentarios entre dientes y maldiciones a través de las puertas de los despachos.

—¿Se encuentra bien mi hermana? —insistió Fox.

Giles lo miró a la cara por primera vez.

—Lo duro no ha empezado aún, si se refiere a eso. La última vez que la vi tomaba té con pastas y le hacía compañía una policía —dijo Giles inclinándose y apoyando los codos en la mesa—. Es mal asunto —añadió, y Fox asintió—. ¿Cuándo vio al señor Faulkner por última vez?

—Antes de Navidad... tal vez en noviembre.

—No le tenía mucho aprecio, ¿no?

—No.

—No se lo reprocho. Seguro que sabe que a su hermana le zurraba la badana —Fox lo miró a la cara sin decir nada—. ¿Sabe qué?, si ella hubiera sido hermana mía, ese cabrón se la habría cargado.

—Ya hablé con ella sobre el asunto, pero insistió en que se había roto el brazo accidentalmente.

—Pero no se lo creería, ¿verdad? —dijo Giles reclinándose en la silla y metiéndose las manos en los bolsillos—. ¿Cómo es que no se enfrentó a él?

—No tuve ocasión.

—¿O fue por cobardía...? —Giles dejó flotar la pregunta en el aire, pero como Fox no entraba al trapo, descubrió los dientes con una sonrisa—. Se rompió el brazo el sábado, ¿no es cierto?

—Eso dice.

—¿Cuándo se enteró usted?

Se oyó un ruido afuera en el pasillo y la voz de un joven, no precisamente complacido, a quien llevaban o sacaban del calabozo.

—Debe de ser Mollison —dijo Giles—. Vivimos una ola de delitos de mequetrefes. En cuanto acabe con usted, tengo que interrogarlo.

—¿Tiene algo que ver con...?

Giles sacudió la cabeza.

—Mollison roba casas o fuerza coches, pero es incapaz de darte un golpe mortal. Esa clase de agresión requiere cólera. La clase de cólera producto del resentimiento.

—No había visto a Faulkner desde antes de Navidad.

—¿Lo sabía ya entonces?

—Saber qué.

—Que era un maltratador conyugal.

—Jude no era su esposa.

—¿Pero lo sabía? —Los ojillos de Giles, en su rostro carnoso, le atravesaban. Aunque procuraba contenerse, Fox se rebulló en la silla.

—Sabía que tenían una relación tempestuosa.

Giles lanzó un resoplido.

—¡No ha venido aquí a escribir artículos de fondo!

—Jude decía que ella también le sacudía.

—Una cosa no quita la otra, inspector. Me da la impresión de que usted eludía intervenir de palabra. ¿Nunca tuvo un aparte con Faulkner para hablar tranquilamente?

—Después de lo del brazo, lo habría hecho de haber tenido ocasión.

—Bien, volvamos a mi primera pregunta... ¿Cuándo se enteró?

—El lunes por la tarde me llamó una vecina.

Giles asintió despacio con la cabeza.

—La señora Pettifer —dijo. Sí, claro, era lógico que la hubieran interrogado para las indagaciones...—. Es de suponer que a continuación fuese a buscarle...

—No —respondió Fox mirándose las manos que tenía apretadas en el regazo.

—¿No? —insistió Giles poco convencido.

—¿Qué importancia puede tener... si ya estaba muerto?

—Vamos, Fox... ya sabe que el momento de la muerte siempre es objeto de controversia... unas horas de más o de menos.

—¿Se presentó a trabajar el lunes por la mañana?

Giles hizo una pausa antes de contestar, sopesando lo que le interesaba ocultar o no a Fox. Finalmente, sacudió la cabeza.

—¿Y qué estuvo haciendo? ¿Dónde se metió a partir del sábado por la tarde? Alguien tuvo que verle.

—Quien lo mató le vio.

—No estará pensando que fue Jude.

Giles frunció los labios, sacó las manos de los bolsillos y las entrelazó en la nuca. Por la tensión, la camisa se abrió entre los botones y dejó ver una camiseta de malla blanca. Fox tenía calor. Sabía que probablemente ponían expresamente alta la calefacción para molestar a los sospechosos. Le picaba el pelo y notó que sudaba, pero si se rascaba o se lo enjugaba Giles pensaría que el interrogatorio estaba haciendo mella en él.

—He visto a Faulkner en el depósito —dijo el interrogador—, y me parece que era bastante musculoso como para que una mujer de cincuenta kilos, borracha y con un brazo impedido pudiera cargárselo. —Giles estaba atento a la reacción de Fox—. Alguien debió de ayudarla.

—En la casa no va a encontrar nada —dijo Fox, oyendo cerrarse de golpe una puerta a lo lejos. Afuera se oía el motor al ralentí de un camión o de un autobús, que hacía vibrar el cristal esmerilado de la ventana.

—No faltan abundantes pruebas de un modo de vivir caótico —prosiguió Giles—. Aunque alguien haya empezado a hacer limpieza.

—Fue pura iniciativa de la vecina.

—No estoy insinuando que alguien intentara borrar huellas —dijo Giles con sonrisa glacial—. Por cierto, ¿cómo va su caso contra Glen Heaton?

—Me preguntaba cuánto iba a tardar en...

—Él está encantado, ¿sabe? En casita con la paga completa mientras nosotros por las mañanas tiritamos de frío y raspamos la escarcha del parabrisas. —Giles apoyó sus manos carnosas sobre la mesa y se inclinó hacia delante—. Y al final lo declararán inocente.

—¿Si actúo suave con Heaton dejará en paz a mi hermana?

Giles trató de fingir un gesto de agravio.

—¿Acaso he dicho yo eso? —Hizo una pausa—. En cualquier caso, no puedo evitar una sensación de... ¿cómo decir? ¿Ironía? ¿Justicia poética?

—Ha muerto un hombre, por si lo olvida.

—No lo olvido, inspector. Puede tener la absoluta certeza. Mis hombres van a escrutar minuciosamente cualquier detalle de la vida de Faulkner, y su hermana tendrá que acostumbrarse a responder preguntas y más preguntas. Y, por lo visto, también los medios de comunicación están interesados. Creo que va a estar contestando al teléfono y a las llamadas al timbre sin parar.

—No se desquite con ella —dijo Fox con voz pausada.

—¿O presentará una queja a Asuntos Internos? —dijo Giles con una sonrisa—. Sería la guinda de la tarta...

—¿Hemos acabado? —añadió Fox comenzando a levantarse.

—De momento... A menos que haya algo que quiera decirme.

Fox pensó varias cosas, pero lo que hizo fue negar con la cabeza.

En el pasillo abrió algunas puertas pero Jude no estaba en ninguna de las otras salas de interrogatorio. Al fondo estaba la salida a la estrecha zona de recepción de la comisaría y más allá la calle. En la escalinata le aguardaba una cara familiar.

—¿Damos un paseo? —dijo Jamie Breck poniendo fin a la llamada que hacía con el móvil.

—Tengo ahí mi coche —dijo Fox señalando con la barbilla.

—No, a pie... —replicó Breck con un gesto, echando a andar cuesta arriba hacia los semáforos—. ¿Qué tal le fue con el inspector jefe Giles?

—¿Cómo cree que me ha ido?

Breck asintió levemente con la cabeza.

—Pensé que le interesaría saber el desarrollo del asunto.

—¿Es así como funciona? Giles me da un repaso y usted me viene ahora con lo del «poli bueno»?

—Giles me mataría si se enterara de que estoy hablando con usted —replicó Breck mirando por encima del hombro al doblar la esquina de Morrison Street.

—¿Y por qué lo hace?

—A mí no me gusta esa política de ellos o nosotros —dijo Breck apretando el paso. Era un paso de joven, decidido y rítmico, como si el futuro le marcase un destino concreto. Fox, empeñado en no quedar rezagado, notó el sudor en el pelo.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó.

—Camino de casa, creo.

—Entre nosotros, ¿qué piensa de Glen Heaton?

Breck frunció la nariz.

—Sé que cortó por lo sano en determinados casos.

—Por lo sano y a lo bestia.

—Es su modo de actuar... y bastante eficaz.

—Creo que su jefe intentaba negociar conmigo.

—¿Sobre qué?

—Heaton a cambio de mi hermana... —Breck lanzó un discreto silbido—. Pero como mi hermana no ha hecho nada...

—¿No aceptó? —inquirió Breck.

—Parece que no le extraña que hiciera esa oferta.

Breck se encogió de hombros.

—Lo que me extraña es por qué me lo cuenta.

—Cuando Heaton vaya a la cárcel quedará una vacante de inspector.

—Es de suponer.

—¿No tiene ambiciones?

—Claro que tengo ambiciones... como todo el mundo. ¿Usted no?

—No en especial.

Continuaron unos pasos en silencio.

—Bueno, ¿qué tal le fue con Billy «el Malo»? —preguntó Breck finalmente.

—Él enfoca la investigación como una represalia contra mí, y eso puede adulterar su criterio... y conducirle a una serie de pistas falsas.

Breck asintió con la cabeza.

—¿Le dijo lo de las cámaras de seguridad? —preguntó.

—¿El qué? —replicó Fox mirándolo.

—Supongo que no se lo dijo —añadió Breck con un suspiro——. Hay un pub en Gorgie... Faulkner no era cliente habitual, pero iba a él de vez en cuando... Un local que tiene cámaras de vigilancia en el interior y en el exterior.

—¿Y?

Breck se detuvo de pronto y se volvió de cara a Malcolm Fox, fijando en él su mirada.

—No sé si debería contarle esto.

—¿Cómo se llama el pub?

—Morooned. ¿Lo conoce? —Breck aguardó a que Fox asintiera con la cabeza—. Lleva abierto sólo cosa de un año.

—¿Una cámara grabó a Vince Faulkner? —aventuró Fox.

—El sábado por la noche. Había un grupo de seguidores de rugby... galeses; discutieron y le arrastraron afuera.

—¿Y le dieron una paliza?

Breck negó con la cabeza.

—En lo que yo he visto de la grabación él da un empujón a uno y a él le dan un pescozón, pero eran tres contra uno, y Faulkner calculó la situación y se largó lanzando insultos.

—¿Ellos no lo persiguieron?

—Lo que no quiere decir que no volviera a encontrárselos.

—No —dijo Fox pensativo.

—Su hermana dice que él no tenía parientes en el sur... ¿Es cierto?

Fox alzó los hombros.

—Ella lo sabrá mejor que yo. —Hizo una pausa—. Esto no tiene nada que ver con ella; usted lo sabe.

Breck asintió despacio con la cabeza.

—De todos modos... lo están enfocando así.

—¿Van a ponerle la casa patas arriba?

—Les dije a los de la científica que no carguen la mano.

—No encontrarán nada.

Reanudaron la marcha y al doblar hacia Dewar Place Fox advirtió que caminaban en círculo. Al doblar otra esquina estarían de nuevo en la comisaría, junto a su coche.

—Vive usted muy cerca de mi casa —dijo Breck.

Fox abrió la boca para replicar, pero tragó saliva a tiempo para no decir «Ya lo sé».

—¿Ah, sí? —inquirió.

—Resulta que yo vivo detrás del supermercado de los Morrison —dijo Breck.

—¿Está casado?

—Tengo novia.

—¿Formal?

—Llevamos juntos un par de meses... Aún no se ha venido a vivir conmigo. ¿Y usted?

—Estuve casado —contestó Fox.

—Es difícil el matrimonio siendo policía —dictaminó Breck.

—Sí que lo es —dijo Fox. Estaba pensando en lo de la novia. Muchos pedófilos y delincuentes tenían pareja como tapadera —«un buen padre de familia»— y dedicaban sólo una breve parte de su vida a su personalidad secreta. Por otra parte, seguramente había muchos que habían tropezado por mala suerte con esa clase de sitios en la red y se habían enganchado... sin saber exactamente por qué. Atraídos por algo.

De todos modos, ¿cuántos acababan comprometiendo su tarjeta de crédito?

—¿Eso es todo lo que han averiguado hasta el momento? ¿Lo del Marooned y los hinchas galeses?

—Más o menos.

—¿No han descubierto nada de sus pasos el domingo o el lunes?

—Es pronto, inspector.

Fox asintió con la cabeza y se le ocurrió una pregunta.

—¿Dónde trabajaba? —inquirió.

—¿No lo sabe?

—Sé que era obrero de la construcción...

—Tenía un contrato temporal en Salamander Point.

—Creí que habían quebrado.

—Pues no. —Casi habían llegado al final de Dewar Place Lane, y Breck tocó a Fox en el hombro—. Separémonos aquí —dijo.

Fox asintió con la cabeza.

—Gracias por la charla.

Breck sonrió, le tendió la mano y Fox se la estrechó.

7

Desde el coche, Fox llamó a Lauder Lodge. Preguntaron si quería hablar con su padre, pero él les pidió que le dieran un recado: no podía llevar a Mitch a ver a Jude; tal vez al día siguiente.

Marooned estaba a medio camino entre Torphichen Place y Saughtonhall, en una bocacalle cerca del estadio del Heart de Midlothian. Fox permaneció en el coche un buen rato para hacerse una composición de lugar. Era un edificio de ladrillo de una sola planta de los años setenta. Antes de eso habría sido un solar quizás ocupado por un taller de coches o un almacén de materiales de construcción. Unos edificios de cuatro pisos lo flanqueaban y al otro lado de la calle había otro igual. A la izquierda de la puerta, una pizarra anunciaba veladas de concursos de adivinanzas, karaoke y comida picante. También había una oferta para el consumo de licores: el doble por el precio de uno simple. La cámara de videovigilancia estaba muy alta en la pared, protegida por una malla de alambre. Fox sabía que podía entrar, mostrar la placa y reclamar que le enseñaran las grabaciones, pero ¿de qué le serviría? Y si se enteraba Billy Giles de que había estado allí... Así que dio media vuelta con el coche y siguió camino de Saughtonhall.

Le abrió la puerta una mujer que no conocía y él se presentó como hermano de Jude.

—Soy Sandra —dijo la mujer—. Sandra Henry.

Era de la misma edad que Jude, de ojos oscuros cansados y rostro lleno de manchas. Su atuendo —vaqueros artísticamente rotos, con parches y un top cortado que dejaba el estómago a la vista— habría sido más propio de una mujer con la mitad de sus años y quince kilos menos. Su cabello era como algodón de azúcar oscurecido en las raíces. En las orejas lucía unos aros de oro y llevaba piercings en la nariz y en la lengua.

—Jude está echada —añadió haciéndole pasar—. ¿Quiere subir?

—Ahora subiré.

Habían pasado al cuarto de estar, que ya se veía relativamente limpio. Sandra se instaló en un sillón con las piernas cruzadas. Tenía encendida la tele con el sonido muy bajo. Un hombre bronceado trataba de amaestrar a un perro díscolo.

—Me encanta el programa —comentó Sandra. Fox advirtió que en un tobillo llevaba tatuado un escorpión.

—¿Qué tal se encuentra? —preguntó Fox iniciando el periplo hacia el cuarto.

—Acaba de volver de la Gestapo de... —dijo ella sin acabar la frase y mirándolo con ojos dilatados al recordar a qué se dedicaba el hermano de Jude.

—Estoy acostumbrado —dijo él para tranquilizarla.

—Estaba hecha polvo y dijo que una cabezada le vendría bien.

Fox asintió con la cabeza, levantó la tapa del cubo de la basura y vio que no había bolsa de plástico. Los de la Científica tendrían trabajo en su sede de Howdenhall examinando el contenido.

—Le agradezco que cuide de ella.

Sandra se encogió de hombros.

—No entro a trabajar hasta las cuatro —dijo.

—¿Dónde trabaja?

—En el Asda de Chesser Avenue —contestó ella ofreciéndole un chicle, que él rehusó. Vio que ya no había botellas ni latas vacías, y en el mostrador divisorio sólo quedaban dos tazas sucias y una caja de cartón de pizza.

—¿Conocía a Vince? —preguntó Fox.

—Solíamos salir los cuatro.

—¿Usted y su pareja?

—Él trabaja con Vince. —Hizo una pausa y dejó de masticar chicle—. Bueno, trabajaba.

—¿En la construcción?

Ella asintió con la cabeza.

—Es capataz... jefe de Vince.

—¿O sea que fue su compañero quien dio el empleo a Vince?

Ella se encogió de hombros.

—Es mi marido, no compañero. Llevamos dieciséis años casados... más de los que te caen por asesinato, como dice Ronnie.

—No le falta razón. Así que ustedes conocían bien a Vince.

—Pues sí.

—¿Estuvieron alguna vez en un sitio que se llama Marooned?

—¿En ese tugurio? No, si podíamos evitarlo. En los buenos tiempos a ellos dos les gustaba ir al Golf Tavern... porque podían jugar al minigolf en Bruntsfield Links.

—¿Usted y Jude no jugaban?

—Yo prefiero salir a cenar y probar con la ruleta y el blackjack.

—¿En qué casino?

—El Oliver.

—¿En Ocean Terminal? —inquirió Fox poniendo fin a su inspección y mirando la televisión desde el centro del salón.

—Exacto.

—No queda lejos de Salamander Point.

—A un tiro de piedra.

Fox asintió.

—¿A usted qué le parecía, Sandra?

Al oír su nombre, la mujer lo miró.

—¿Vince? —replicó pensándoselo—. Era un buen tipo... muy gracioso cuando estaba de buen humor.

—¿Quiere decir que a veces no lo estaba?

—Me consta que tenía mal genio... pero a Jude tampoco le falta.

—¿Qué opina sobre el hecho de que él le partiera el brazo?

—Ella dice que se cayó.

—Pero usted y yo sabemos que no.

—Yo tengo por norma no entrometerme. Suele ser peor.

Luego dejó de prestarle atención. En la pantalla, el domador hacía evidentes progresos con el perro.

—Pero usted es amiga suya... Debió de... —Fox dejó la frase en el aire, pensando «tú eres su hermano y no lo hiciste»—. Voy a subir a verla —apostilló.

Sandra asintió distraídamente.

—No le he ofrecido ni un café pero es que no queda nada.

La puerta de la guarida de Vince estaba abierta de par en par y Fox vio que la policía se había llevado el ordenador. Jude tenía la puerta del dormitorio entreabierta. Llamó con los nudillos y la abrió del todo. Su hermana estaba sentada en la cama, rodeada de montones de ropa. Habían vaciado el ropero y la cómoda. Todo eran prendas de Faulkner: sus vaqueros, camisetas, calcetines y pantalones. Jude sostenía en la mano del brazo indemne una camiseta que apretaba entre los dedos mientras se sorbía las lágrimas.

—Todavía huele a él, las sábanas, la almohada... Sigue habiendo parte de él en el cuarto —Hizo una pausa y dirigió una mirada a su hermano—. ¿Sabes qué me han dicho, Malcolm? Que no podemos enterrarlo porque tienen que conservar el cadáver. Pueden tardar semanas, dijeron. No se sabe cuántas.

Quedaba una esquina libre en la cama y Fox se sentó en ella sin decir nada.

—Sandra dice que hay que hacer papeleo legal para dar de baja... ¿Qué quedará de él después de eso? —Se sorbió otra vez las lágrimas y se restregó los ojos con el antebrazo—. No sé cuántas preguntas me han hecho. Creen que fui yo...

—No —dijo Fox tajante, estirando el brazo para darle un apretón en el hombro.

—Ese hombre... ¿cómo se llama?... Giles... no para de repetirme que Vince era un maltratador... así, como suena: «maltratador»... que tenía antecedentes de actos violentos, y me dijo que era comprensible que yo quisiera desquitarme. Pero no ha sido así, Malcolm.

—Giles lo sabe, Jude. Lo saben todos ellos.

—¿Y por qué insiste tanto?

—Porque es un cabrón, hermana.

Ella esbozó una débil sonrisa. Fox no le había soltado el hombro y ella se volvió a mirar la mano.

—Me haces daño —dijo, y él advirtió que era el hombro del brazo escayolado.

—Dios, perdona.

Jude le dirigió otra débil sonrisa.

—Había un policía más agradable... Breck, creo que se llamaba. Sí, como el personaje de ese libro que leímos en unas vacaciones cuando éramos niños.

—Secuestro —dijo Fox—. El protagonista se llamaba Alan Breck. Tú me pedías que te lo leyera.

—Cuando nos íbamos a acostar —añadió ella asintiendo con la cabeza—. Dos semanas, todas las noches. Y ahora, mírame... —gimió, volviéndose hacia él llorando—. Yo le quería, Malcolm.

—Lo sé.

Ella comenzó a enjugarse las lágrimas con la camisa que tenía en la mano.

—No podré vivir sin él.

—Sí que podrás... créeme. ¿Te traigo algo?

—Sí, una máquina del tiempo.

—Seguramente tardaría en construirla. Sandra dice que no te queda té ni café... Podría ir a la tienda a comprar.

Ella sacudió la cabeza.

—Me lo va a traer ella de Asda, que al personal le hacen descuento.

—Me ha contado que ibais los cuatro a un casino. No sabía que te gustaban las apuestas.

Jude lanzó un profundo suspiro.

—Eran más bien ellos tres. A mí me gustaba salir a cenar y tomar unas copas... Siempre lo pasábamos bien. —Hizo una pausa—. Vinieron muchos policías, ¿sabes? Lo revolvieron todo y he tenido que firmar por cosas que se han llevado. Por eso... —añadió con un ademán hacia las prendas de vestir en la cama— como habían dejado los cajones abiertos... pensé que...

Fox asintió con la cabeza.

—Te dejo para que sigas ordenando. ¿Seguro que no quieres nada...?

—¿Lo sabe Mitch?

—Sí. Le he pedido que te visite.

—Iré a verle yo. Será mejor, ¿no?

—Puedo llevarte yo. ¿Qué te parece más tarde, a las tres o a las cuatro?

—¿No tienes que ir al trabajo?

Fox alzó los hombros sin contestar.

—Bien, de acuerdo —añadió Jude. Su hermano comenzó a levantarse y ya estaba en la puerta cuando ella añadió—: El lunes por la noche vino uno a casa.

Fox se detuvo con la mano en el pomo.

—Dijo que venía a buscar a Vince —prosiguió Jude— y yo le dije que no sabía dónde estaba. Cerré la puerta y se fue sin más.

—¿No lo conocías?

Jude negó con la cabeza.

—Era un tipo alto de pelo negro. Me acerqué a la ventana cuando se iba, pero sólo lo vi de espaldas.

—¿Se marchó en un coche?

—Puede ser...

—¿Le has contado eso a Giles?

Ella volvió a sacudir la cabeza.

—Te parecerá una tontería, pero no tenía ánimo. ¿No se lo puedes decir tú?

—Claro. Pero una cosa, Jude...

—¿Qué?

—¿Estaba metido Vince en algún lío? ¿Tal vez en algo peor que sus brotes de genio habituales?

Ella reflexionó un instante, llevándose la camisa a la nariz.

—Vince era así —dijo—. No podía ser de otra manera. Pero... Malcolm...

—¿Qué?

—¿Tú sabías lo de los antecedentes? —Ella lo miró mientras él asentía despacio con la cabeza—. Eso no me lo dijiste.

—Cuando me enteré ya estaba muerto.

—Pero podías habérmelo dicho. Mejor oírlo de tus labios que de los de ese hombre ruin.

—Sí —replicó Fox—. Lo siento, hermana. ¿Y tú? ¿Realmente no lo sabías?

Jude negó con la cabeza.

—Ahora ya no importa —dijo, volviendo a mirar la camisa de su amor difunto—. Ya nada importa...

En Fettes le esperaba un mensaje de la sargento Inglis diciendo que quería verle.

—Lo trajo ella con su propio cuerpo de tía buena —dijo Tony Kaye zumbón mientras Fox lo leía.

—¿Dónde está el jefe? —preguntó Fox.

—Se largó pronto. Dijo que tenía que redactar un discurso. —Fox lo miró y Kaye se encogió de hombros—. Para una reunión en Glasgow —añadió.

—Métodos de actuación policial en un disturbio previsto cuando hay malestar entre la población civil —declamó Naysmith—. Debido a la crisis, por lo visto.

—Sólo falta que linchen a los banqueros —añadió Kaye con desdén.

—¿Qué tiene eso que ver con Asuntos Internos? —inquirió Fox.

—Si los del Cuerpo se pasan con los manifestantes —dijo Kaye— puede que el asunto quede en nuestras manos. —Se levantó de la mesa y se acercó a Fox—. Me alegro de verte ileso... te ha tenido entretenido un buen rato.

—Billy «el Malo» me montó su número de Torquemada.

—Era de esperar. ¿Cómo se encuentra tu hermana?

—De momento bien. Fui a verla al salir de Torphichen.

—¿Has averiguado algo?

—Que Faulkner tuvo un enfrentamiento la noche del sábado con unos forofos del rugby.

—Vaya.

—Pero sin consecuencias.

—De todos modos... ¿fue la última vez que lo vieron? —Kaye esperó a que su colega asintiera—. ¿Han interrogado ya a Jude?

—Giles y Jamie Breck.

—¿Tenía algo que decirles?

—Creo que nada —respondió Fox presionándose el puente de la nariz. Esperaba que el resfriado explotase de una vez o se le pasara. De momento no hacía más que seguirle, al acecho.

—¿Vas a ver al fenómeno?

—¿Cómo? —preguntó Fox mirándole.

—La tía encantadora del «Chop» —respondió Kaye señalando la nota—. Puedo ir yo de parte tuya y darle una nota.

—No, gracias —dijo Fox levantándose, mientras Kaye alzaba los hombros y daba media vuelta.

—Eh, Starbuck —interpeló a Joe Naysmith—, prepara el café...

Fox cubrió la corta distancia hasta el CEOP y pulsó el timbre. Le abrió la puerta Annie Inglis en persona —sólo tres centímetros—, pero al ver que era él le obsequió con una sonrisa radiante y le franqueó el paso. Estaban bajadas las persianas para que no diera el sol bajo de media tarde.

—No he hecho grandes progresos —dijo Fox.

—Sólo quería saber cómo iban las cosas —dijo ella señalando con la mano la misma silla que Fox había ocupado en su primera visita y en la que, al sentarse, sus rodillas se rozaron un instante. Vestía falda con leotardos negros y una blusa escotada con una ristra de perlas que parecían antiguas. Tal vez una herencia.

—Las cosas van bien —dijo él. Gilchrist, de espaldas a ellos, abrió la carcasa de un ordenador y miró el interior como buscando algo de interés.

—Nuestros homólogos en Melbourne están dispuestos a actuar —dijo Inglis.

—¿Qué quiere decir?

—El agente de allí, ese que le mostré... —dijo ella, señalando la pantalla del ordenador—. Les preocupa que tenga amigos en el Cuerpo y se entere de que le vigilamos.

—¿Están decididos a interrogarlo?

Inglis asintió con la cabeza.

—Quizá perdamos la pista de clientes suyos en el Reino Unido.

—Los que han soltado la pasta —terció Gilchrist sin levantar la vista—, pero no del resto. A esos no podrá avisarles.

—¿Breck aún no ha enviado fotos?

Inglis negó con la cabeza.

—Ni ha colgado ningún mensaje en la página del grupo. —Hizo una pausa—. No es la primera vez que ocurre... Hay filtraciones y eso da suficiente margen de tiempo para eliminar pruebas o enmascararlas.

—Pero, ¿tienen pruebas? —dijo Fox, señalando a su vez la pantalla del ordenador.

—Sólo superficiales, Malcolm.

—La punta del iceberg —dijo Gilchrist comenzando a desmontar el disco duro—. Lo que nos vendría bien... —añadió como hablando consigo mismo— sería tener acceso al ordenador personal del sospechoso.

Fox miró a Inglis, quien le sostuvo la mirada.

—La cuestión es —dijo ella— que tendremos que pedir autorización judicial y es posible que Breck tenga amistades en los medios judiciales que puedan avisarle.

—Mientras que ustedes —añadió Gilchrist sin cesar en sus tejemanejes— pueden hacer una incursión de tapadillo. Asuntos Internos tiene más poder que nosotros, pobres mortales.

—¿No era simplemente un perfil lo que querían?

—No nos vendría mal una prueba —replicó Inglis pensativa.

—Londres nos daría una medalla —añadió su colega.

—¿Se trata de eso? —replicó Fox—. ¿De impresionar a los jefazos?

—¿Quiere que piensen que somos unos aficionados al otro lado de la frontera? —prosiguió Inglis, esperando una respuesta que no llegó—. En el ordenador de casa seguro que tiene muchas imágenes... en el disco duro o en el lápiz USB —añadió pausadamente pero decidida—. Aunque las haya transferido, habrá quedado rastro.

—¿Rastro? —repitió Fox.

Ella asintió despacio con la cabeza.

—Como en cualquier investigación forense, Malcolm... Todo el mundo deja la huella de un rastro.

—O un rastro de huellas —añadió Gilchrist, comentario que Fox supuso que era una broma entre ellos dos. En todo caso, Inglis dirigió una sonrisa a su colega. Fox se reclinó en la silla pensando en el rastro que Tony Kaye había dejado en el PNC.

—Muy gracioso el diálogo que se traen. ¿Es para impresionarme o sólo un ejercicio de rutina?

—Tómelo como quiera —dijo Inglis.

—Bueno, lo que ocurre —replicó él— es que no se entra en casa de nadie sin autorización.

—Se puede obtener a posteriori —dijo Inglis.

—Justificándolo ante el delegado de Vigilancia —apostilló Fox.

—Al final, sí —admitió Inglis—. Según tengo entendido, en un caso urgente se puede actuar justificándolo después.

—Pero éste no es mi caso —replicó Fox pausadamente—. Yo no soy quien investiga a Jamie Breck. En realidad, él podría argumentar que me está investigando a mí. ¿Y, entonces, que ocurriría?

Se hizo un silencio.

—Sí, no sería muy agradable —comentó ella finalmente. Sus ojos reflejaban ahora desesperanza; miró a Gilchrist y éste la obsequió con un encogimiento de hombros—. Hay que intentarlo —añadió para Fox.

—Nos fastidia perder la oportunidad —terció Gilchrist tirando un pequeño destornillador sobre la mesa.

—Tal vez haya otro modo —aventuró Fox—. Para entrar en la casa necesitamos la autorización del delegado de Vigilancia... pero si Breck se pone a teclear en el ordenador de su casa podríamos situar la furgoneta en la calle, controlar las pulsaciones y averiguar qué hace.

—¿Para eso no se necesita permiso judicial? —preguntó Inglis más animada.

Fox negó con la cabeza.

—Puede autorizarlo el subdirector, e incluso con efecto retroactivo.

—Pues el subdirector nos apoya —comentó Inglis, que había acercado a su mano el ratón. La pantalla se iluminó y apareció la foto del policía de Melbourne con el niño asiático—. ¿Sabe lo que alegan? —preguntó—. Que se trata de delito sin víctima; únicamente intercambio de fotos. Eso es lo que alegan en la mayoría de los casos: que no son los autores de los abusos.

—Lo que no significa que no sean abusos —comentó Gilchrist.

—Escuche —dijo Fox con un suspiro—, aprecio la tarea que hacen...

—Con una mano atada a la espalda —le interrumpió Inglis.

—Veré si puedo ayudarles —continuó Fox—. La vigilancia con la furgoneta es realmente una opción, si es cierto lo que dicen que es...

—¿«Si»?

Gilchrist había alzado la voz y miraba a Fox muy serio, pero Inglis lo apaciguó con un ademán.

—Gracias, Malcolm —dijo a Fox—. Le agradeceremos que haga lo que sea posible.

—De acuerdo —dijo Fox levantándose—. No se preocupe.

La mano de ella tocó su antebrazo, se miraron a la cara y el asintió con la cabeza. Antes de que se marchara, ella vocalizó tres palabras:

—«Lo que sea».

De vuelta a Asuntos Internos instó con el índice a Tony Kaye a que se acercara y éste se llegó a su mesa cruzado de brazos.

—¿Qué tal una sesión nocturna de furgoneta? —preguntó Fox.

Kaye lanzó un resoplido con una sonrisa.

—¿Qué te da a cambio? —inquirió.

Fox sacudió la cabeza.

—Di, ¿qué tal? —insistió.

—Acabaría de malhumor y cansado. ¿La idea es que cacemos a Breck mientras se le cae la baba con pornografía en Internet?

—Sí.

—No es de nuestra competencia, Foxy.

—Podría serlo si le sorprendemos haciendo lo que asegura el «Chop».

—¿Es una operación conjunta?

—Creo que en la furgoneta tendría que estar la sargento Inglis o su colega...

—¿Está su colega tan buena como ella?

—Qué va —contestó Fox mirando hacia la cafetera—. Tendrá que acompañarte Naysmith, claro.

—Sí, desgraciadamente —dijo Kaye con cara de decepción. Naysmith era quien mejor entendía la tecnología de los aparatos.

—Pero mientras él suda —añadió Fox— tú tendrás tiempo de sobra para desplegar tus encantos ante la sargento Inglis.

—También es cierto —replicó Kaye, volviendo a animarse—. ¿Y tú dónde estarás?

—Yo no puedo intervenir, Tony.

Kaye asintió con la cabeza, aceptando el razonamiento.

—¿Esta noche, dices? —preguntó.

—Cuanto antes mejor. ¿No tiene ningún otro servicio la furgoneta?

Kaye sacudió la cabeza.

—Esta noche hará frío y habrá que acurrucarse para estar caliente.

—Seguro que a la sargento Inglis le encanta. Tú díselo a Naysmith y yo aviso al «Chop».

Fox miró a Kaye alejarse, cogió el teléfono y marcó el número del CEOP. Le contestó Inglis y él tapó el micrófono con la mano para que Kaye no pudiera oír lo que decía.

—Podemos hacer la vigilancia esta noche. Irán dos de mis hombres: Kaye y Naysmith.

—Por las noches es...

Fox sabía lo que iba a decir.

—¿Difícil? Sí, por su hijo, ya comprendo; pero el caso es que el sargento Kaye estará más a gusto con un oficial masculino.

—Pues irá Gilchrist —dijo Inglis añadiendo a continuación en tono picado—: ¿Por qué a Kaye le molesta trabajar con un oficial femenino?

—Es con las mujeres en general, Annie —contestó Fox en voz baja.

—Ya —exclamó ella. Kaye y Naysmith se acercaban ya a la mesa y Fox cortó la comunicación.

—Ya está —les dijo.

Tony Kaye se frotó las manos sonriente.

8

Aquella tarde, de camino a casa, Fox se detuvo en un restaurante chino, casi decidido a sentarse a una mesa, pero el local estaba vacío y habría estado él solo con los camareros. Así que encargó algo para llevar y quince minutos más tarde se sentaba en el coche y ponía en el asiento del pasajero una bolsa de pollo con jengibre fresco y cebolletas y tallarines con verduras chinas. El dueño le había ofrecido por cuenta de la casa una guarnición de galletas de gambas, pero Fox rehusó. En casa, lo vació todo en una fuente, pero pensó que era demasiada comida y volvió a dejar la mitad de los tallarines en el envase. Comió en la mesa con un paño de cocina a modo de servilleta metido en el cuello de la camisa. No había llamadas de teléfono ni correo. Un par de calles más allá dos perros sostenían una discusión; por la suya pasó una moto a toda velocidad. Sintonizó la radio con la emisora de trinos de pájaros, se sirvió un vaso de Appletiser y volvió a pensar en su visita a Lauder Lodge.

Había recogido a Jude a las cuatro según lo convenido y apenas hablaron por el camino. El personal de la residencia hizo gala de no mostrar patente interés por Jude, y no sólo por el brazo escayolado, pues si habían leído los periódicos y visto las noticias locales en la televisión, sabrían quién era y lo que había ocurrido.

—He olvidado ponerme el velo de duelo —musitó Jude a su hermano mientras se dirigían por el pasillo a la habitación de su padre.

Mitch les aguardaba e insistió en levantarse para dar a Jude un abrazo como es debido. Nada más sentarse, aparecieron dos cuidadores a preguntar si querían tomar una taza de té. Mitch dio su conformidad, pero después del té, otro empleado asomó la cabeza por la puerta para preguntar si querían unas galletas. Malcolm Fox dijo que ya estaba bien y cerró la puerta. Casi de inmediato volvieron a llamar, esta vez para avisar al señor Fox que la partida de whist comenzaba después de la cena.

—Ya lo sé —dijo él—. Déjennos en paz de una vez.

A continuación centró su atención en su hija.

—¿Cómo te encuentras, Jude?

—Estoy bien.

—No lo parece. Qué desastre ese novio tuyo.

—Se llamaba Vince, papá.

—Un desastre —repitió Mitch Fox, mirando la escayola.

—Lo siento, papá —terció Fox—. Debería habértelo dicho.

—¿Qué es lo que ocurrió?

—Me caí en la cocina —espetó Jude.

—Sí, claro —musitó el anciano.

La visita no fue un fracaso absoluto. Mitch se contuvo y no dijo algo así como «Ya te lo dije yo que ese hombre no te convenía», y Jude se contuvo y no dijo nada que ofendiera a su padre.

—Estás muy callado —comentó el padre a Fox en cierto momento; él se encogió de hombros y fingió que miraba la taza de té que tenía en la mano.

Después llevó a Jude a casa y le preguntó si quería que se quedara a hacerle compañía, pero ella negó con la cabeza y le dijo que iba a venir Alison, al tiempo que le daba un beso en la mejilla y se bajaba del coche.

Sentado allí en la cocina, pensándolo, Fox no acababa de entender por qué le había sorprendido tanto aquel gesto cariñoso de Jude. Tal vez fuese porque, como en tantas otras familias, nunca se demostraban afecto; un abrazo o un beso se lo daban en Navidad o en los entierros, naturalmente, pero aquellas Navidades no había visto a Jude y el último entierro de la familia había sido el de una tía de ellos el verano anterior.

—Gracias —dijo Jude al cerrar la portezuela del coche, y él la vio caminar hasta que entró en la casa sin detenerse ni decir adiós con la mano. Y una vez cerrada la puerta a sus espaldas y encendida la luz del cuarto de estar, no se había acercado a la ventana a dirigirle ningún gesto de despedida.

En Lauder Lodge, Mitch había preguntado si daba un telefonazo a Audrey Sanderson: «Seguro que le encanta verte»; pero Jude le había dicho que no, y Fox tuvo la impresión de que la misma señora Sanderson se mantenía discretamente al margen por no parecer entrometida.

Fox tiró los restos a la basura, preguntándose qué pensaba su padre de él. Podía vivir con él perfectamente porque sitio había de sobra; pero había una escalera... el mismo razonamiento a que había llegado él mismo para decidir el destino de Mitch. Además, en Lauder Lodge el viejo había hecho amistades. Cierto que igualmente las habría hecho en Oxgangs, donde había reunión diaria de ancianos en la iglesia, pero no... Lauder Lodge era la mejor opción, la mejor solución. La residencia era lo más adecuado.

Se dispuso a prepararse un té, pero se detuvo: aún notaba en la garganta el gusto del que había tomado en Lauder Lodge y no le apetecía repetir la experiencia. En la nevera había más Appletiser, pero tampoco le apetecía. No sabía lo que quería. Volvió al cuarto de estar y probó distintos canales de la tele sin encontrar nada por qué decidirse. Bueno, podía acostarse pronto y leer algo, pero no eran ni las nueve. Faltaban dos horas para iniciar la vigilancia de Breck. Joe Naysmith había planteado la imprescindible pregunta: «¿Está todo en orden?».

Se refería al papeleo, a la luz verde de las altas esferas. Naysmith: cauto y escrupuloso. Fox le había dicho que estaba «en el correo», un modo de indicarle que «tratarían de ello a su debido tiempo». Kaye dijo al joven que no se preocupara, revolviéndole el pelo con la mano. La excusa: la ausencia de McEwan y que era una urgencia para el «Chop».

—Todo irá bien —afirmó Fox.

Todo estaría en orden.

Un DVD... Sí, quizá podía ver una película, pero no se le ocurría ninguna en concreto. Pensó en los DVD de casa de Jude, ninguno de ellos elección de Vince Faulkner: comedias románticas, sueños de otra vida menos imperfecta. Trató de recordar qué había ambicionado Jude cuando eran niños, pero no lo consiguió. ¿Y él... había querido siempre ser policía? Sí, ya lo creo, pero el primer equipo del Hearts no llamó a su puerta y no anunciaban vacantes de estrellas de cine. Además, le gustaba decir a los amigos «Voy a ser poli», recreándose en las palabras y en el efecto que causaban en algunos de ellos.

Policía, poli.

Polizonte, pasma.

Cosas peores le habían llamado a lo largo de los años... y a veces sus propios compañeros, los colegas que habían delinquido, corrompiéndose, y habían sido descubiertos. Se imaginó a Jamie Breck, limpio y acicalado por fuera, llegando a casa y cerrando la puerta; echando las cortinas y, solo y sin nadie que le observara, enchufando el ordenador y dando salida a su más íntimo yo. Sin saber que la furgoneta aparcada en la calle recogía cada tecla que pulsaba, cada página que visitaba. Todo lo que él veía lo veían en la furgoneta. Fox los había visto trabajar, no sin sentir un estremecimiento que recorría su espalda al enterarse de historias de amor, ante la confirmación de vínculos criminales, fraudes, flaquezas.

«¿O sea, que es así como tú te lo pasas bien, puto mirón...?»

Sí, a él le habían llamado cosas peores. «Retorcido hijo de puta... que te cargas a los tuyos... rastrero...»

Lo peor de lo peor. Pero mejor que tú: única respuesta posible.

Mejor que tú.

Estaba a punto de decírselo en voz alta cuando sonó el timbre de la puerta. Miró el reloj: eran las nueve y media. Se detuvo un instante en el recibidor a la escucha y cuando volvió a sonar el timbre abrió la puerta tres centímetros.

—Hola —dijo Jamie Breck.

Fox abrió la puerta del todo mirando a derecha e izquierda.

—Qué sorpresa —atinó a decir.

Breck profirió una sonrisita.

—Le mentiría si dijera que pasaba por aquí, pero en cierto modo es así. Muchas veces doy un paseo de noche para despejarme la cabeza, y al ver el letrero de su calle me di cuenta por dónde iba. Es posible que desde un principio mi intención fuera venir aquí —añadió encogiéndose de hombros—. El subconsciente es tremendo.

—¿Ah, sí? —replicó Fox pensando en la situación—. Bueno, pase.

—Sólo si no molesto...

Fox le hizo pasar al cuarto de estar.

—¿Quiere beber algo?

—Lo que tome usted.

—Yo no bebo.

—Ah, no lo sabía.

—Bueno, ahora ya puede añadirlo a mi perfil, ¿vale?

Breck respondió con una sonrisa.

—No tiene alcohol en casa, ¿ni siquiera para ofrecer a las visitas? —Vio que Fox sacudía la cabeza—. Lo que significa que no confía demasiado en usted mismo, ¿me equivoco?

—¿En qué puedo ayudarle, sargento Breck?

—No vengo en visita oficial, Malcolm... Llámame Jamie.

—¿En qué puedo ayudarte, Jamie?

Breck se había sentado en el sofá, Fox, a su derecha, en el sillón, y Breck se había vuelto de lado hacia él para quedar cara a cara. Se había cambiado la ropa del trabajo y vestía una cazadora vaquera, pantalones negros de pana y un polo morado.

—Bonito piso —dijo mirando la habitación—. Más grande que el mío, pero el mío es más nuevo... Ahora suelen construirlos más pequeños...

—Sí —dijo Fox, a la espera de lo que fuera a decir Breck.

—Hemos hecho lo que hemos podido con el metraje filmado fuera del pub —comenzó diciendo éste— y no creo que vayamos a conseguir la identificación. De todas formas es posible que se lo enviemos a la policía de Gales a ver si por casualidad... En realidad, unos minutos después los forofos del rugby volvieran a entrar en el Marooned riéndose y pidieron más copas.

—¿Quién lo dice?

—Un par de parroquianos... a quienes invitaron los galeses. Incluso se disculparon por el altercado con Faulkner. —Hizo una pausa—. Además, también había una cámara de vigilancia dentro del bar... y se ha confirmado. Así que, a menos que se lo tropezaran más tarde...

—¿Vais a descartarlos?

—No descartamos nada, Malcolm.

—¿Y por qué me lo cuentas?

—Pensé que querrías saberlo... Pero que quede entre nosotros, ¿de acuerdo?

—¿Y qué debo darte a cambio?

—Pues... en vista de que no hay nada de beber, no sé.

Fox esbozó una sonrisa y se distendió algo más en el asiento.

—Hay una cosa —dijo al fin— que Jude no contó a Billy Giles porque le disgustó su actitud...

—¿Ah, sí? —dijo Breck inclinándose hacia delante.

—El lunes por la noche alguien llamó a su puerta preguntando por Faulkner.

—Si el forense no se equivoca, Faulkner ya estaba frío.

Fox asintió con la cabeza.

—Probablemente no será nada importante —dijo—. La única descripción que ella ha sabido darme es que era un hombre.

Breck sonrió a su vez.

—Bien, gracias por señalármelo, Malcolm. Un hombre... Bueno, algo es algo... —Permanecieron los dos en silencio hasta que Breck comenzó a sacudir la cabeza despacio—. No sé a cuento de qué hay tantas cámaras de vigilancia —aseveró.

—Por su potencial disuasorio —comentó Fox.

—O por simple comodidad —replicó Breck—. Ahora la gente las instala en su casa. ¿Lo sabías? Así se sienten más seguros. En Merchiston hubo hace unos meses un allanamiento de morada y Glen Heaton me hizo acompañarle para echar un vistazo. Lo filmado era tan granuloso que los ladrones parecían extraterrestres. Se llevaron medio millón en objetos antiguos y joyas... ¿Sabe lo que les dijo Heaton a los propietarios? Vendan las cámaras y cómprense un perro.

Fox asintió con la cabeza.

—Y grande, y ténganlo hambriento... —añadió Breck.

—¿Trabajabas a menudo con él?

—Muy poco... Supongo que por eso no te molestaste en interrogarme.

—Teníamos información de sobra.

—¿Y a pesar de ello interrogasteis a Billy Giles?

—Por puro recreo.

—No pensaba que la palabra «recreo» figurase en el diccionario de Asuntos Internos. —Breck quedó pensativo un instante—. Me atrevería a decir que ahora sabes más que yo sobre Glen Heaton... ¿Cuánto tiempo hacía que lo vigilabais?

—Meses —contestó Fox con un punto de inquietud.

—Bueno, creo que no merece la pena hablar de él —apostilló Breck como haciéndose eco del malestar de su interlocutor.

—Probablemente no, pero ahora que ya sabes que transgredió todas las reglas, ¿qué opinas de él?

—Según Billy Giles, Heaton sólo transgredía alguna regla cuando quería conseguir un resultado. Revelaba información a delincuentes, pero lo que conseguía gracias a ello le sirvió para encarcelar a muchos.

—¿Y eso lo justifica? —Al ver que Breck alzaba los hombros, Fox lanzó un suspiro—. Cambio de tema: ¿alguna novedad sobre Vince Faulkner?

—Aún no sabemos si alguien lo vio el domingo o el lunes.

—¿Y cerca de las obras no había manchas de sangre?

Breck negó con la cabeza.

—Billy Giles piensa que seguramente lo mataron el sábado por la noche y retuvieron el cadáver... El lunes, el asesino se puso nervioso y lo tiró allí.

Fox asintió despacio con la cabeza mirando la alfombra.

—Otra cosa —añadió Breck—. Vieron a dos chicos enzarzados en un enfrentamiento verbal con un tipo en una parada de autobús de Dalry Road... cerca del Marooned, unos treinta o cuarenta minutos después de marcharse Faulkner.

—¿A qué hora?

—Alrededor de las nueve y media.

—¿Concuerda la descripción?

—No se puede calificar de descripción. Una mujer vio la escena desde cincuenta metros por la ventana de un segundo piso de la acera de enfrente. Es una cotilla celosa con la ley y se presentó en comisaría.

—¿Qué dijo que vio?

—A dos jóvenes que discutían con un hombre más mayor, que, al parecer, esperaba un autobús cuando ellos pasaron a su lado. Mientras se increpaban apareció un taxi, el hombre estiró el brazo, subió a él y uno de los chicos dio una patada a la parte trasera del taxi cuando arrancaba.

—¿Hacia dónde?

—En dirección a Haymarket.

Fox reflexionó un instante.

—¿Qué autobuses hacen ese recorrido?

Breck negó con la cabeza.

—Sería como buscar una aguja en un pajar, Malcolm... Por allí pasan autobuses de diversos itinerarios: en dirección oeste hacia Corstorphine y el Gyle, a Barnton hacia el norte y en dirección este a la zona de Ocean Terminal...

—Vince tenía costumbre de ir a un casino cerca de Ocean Terminal —dijo Fox pensativo—. Él y su capataz, con su mujer y mi hermana...

—¿Al Oliver? —preguntó Breck con gesto de interés, y Fox asintió.

—¿Por qué lo dices? —preguntó a su vez.

—Por nada en particular. ¿Has estado alguna vez allí?

—No.

—Yo tampoco —añadió Breck, como pensando en otra cosa, restregándose la mandíbula con el dorso de la mano.

—¿Vais a intentar localizar al taxista? —preguntó Fox.

—Sí.

—No será muy difícil... Cuando menos recordará la patada.

Breck pareció decidirse y se dio una palmada en las rodillas.

—Me apetece tomar una copa, Malcolm. ¿Quieres acompañarme?

—Yo no bebo.

—Quiero decir si me acompañas a un pub.

—Sí, claro —respondió Fox tras un instante de vacilación. Miró el reloj. Ya habrían cogido la furgoneta, después de comprobar los aparatos, y estarían hablando sobre el modo de operar antes de ponerse en marcha—. Ya es tarde.

Breck miró su reloj y enarcó una ceja.

—Aún no son las diez —dijo.

—Sólo si se trata de una rápida —insistió Fox.

—Una rápida —dijo Breck—. ¿Vamos en tu coche?

—¿Dónde quieres ir?

—Al Oliver. Supongo que hay bar.

Fox entrecerró los ojos; no pensando en otras posibilidades, sino en las consecuencias.

—¿Por qué a ese local? —inquirió.

—Podríamos preguntar si Vince Faulkner estuvo allí el sábado por la noche.

—Eso no es ser estricto con el reglamento, Jamie. A tu jefe le dará un berrinche si se entera.

—Malcolm, el reglamento está para infringirlo.

—Cuidado con la persona a quien haces esos comentarios —replicó Fox esgrimiendo un dedo.

Breck sonrió y se levantó.

—¿De acuerdo? —dijo.

—Está muy lejos para ir a tomar una copa... —Como Breck no se movía ni decía nada, Fox, con un suspiro, apoyó las manos en los brazos del sillón y se incorporó.

Los alrededores de Ocean Terminal eran una amalgama de solares contiguos a los muelles, almacenes rehabilitados y nuevos edificios. Ocean Terminal era un complejo formado por un centro comercial, con cines y el yate real Britannia amarrado permanentemente como atracción turística en un muelle al fondo de los edificios. Cerca, una gran construcción reluciente albergaba al ejército de funcionarios del Ayuntamiento, o varios batallones cuando menos. Se habían abierto varios restaurantes de éxito, posiblemente con vistas a los barcos de crucero que a veces atracaban en Leith. El Oliver era un edificio redondo con ínfulas de haber sido sede de la autoridad portuaria. Fox manifestó sus recelos sobre si les dejarían entrar —Breck iba con zapatillas deportivas—, pero éste los descartó con un ademán y sacó el carnet de policía.

—Esto lo aceptan en todas partes —dijo enarbolándolo ante las narices de Fox.

Aparcaron entre un Mercedes y un Toyota deportivo. En la puerta de acceso bien iluminada hacían guardia dos porteros con librea. Breck señaló a Fox la cámara de vigilancia, que éste ya había visto, mientras pensaba en si enviar un mensaje a Kaye avisándole de que la noche la vigilancia ya no tenía sentido. Bueno, si sólo era cuestión de una copa...

—Buenas noches —dijo uno de los porteros en tono más bien disuasorio que de saludo.

—Hola, ¿qué tal? —replicó Breck—. ¿Está muy lleno?

—Empieza a llenarse —respondió el hombre mirándolo de arriba abajo y fijando la mirada en la cazadora vaquera—. Es turista, ¿no?

—Con ganas de gastar dinero —dijo Breck dándose unos golpecitos en el bolsillo.

El otro portero, que miraba a Fox, dijo a su compañero:

—Me apostaría algo a que éste es poli.

—¿No tienen derecho los polis a salir de noche? —replicó Fox, avanzando un paso hasta situarse frente a él.

—Siempre que no pretendan beber gratis... —añadió el otro portero.

—Podemos pagárnoslo —aseveró Breck.

—Más les vale —replicó el hombre. Cuando entraron, Breck dejó la cazadora en el guardarropa para llamar menos la atención. A primera vista, el lugar era ostentoso pero bastante informal al mismo tiempo. Había ejecutivos jugando en algunas mesas, con sus esposas y novias respectivas, y curiosos de pie mirando y observando. Uno de ellos le pareció a Fox el camarero que le había servido en el restaurante chino, duda que se disipó cuando el hombre sonrió, saludándole con la mano y una leve inclinación de cabeza.

—¿Un amigo tuyo? —preguntó Breck.

Había máquinas tragaperras y mesas para jugar a las cartas, a los dados y a la ruleta, aparte de un bar bien iluminado. Junto a los crupieres, un empleado de la casa vigilaba el juego. Fox había oído historias de crupieres que sabían en qué cuadrante de la rueda era más probable que se detuviera la bola reduciendo las posibilidades de acertar, y de policías que a lo largo de años se habían complicado la vida con deudas de juego, cayendo en la esfera de actuación de Asuntos Internos: no todo el mundo sabía predecir las cartas y la bola de la ruleta.

Una escalera curvilínea de escalones artísticamente iluminados conducía al entresuelo. Fox siguió los pasos de Breck hasta otro bar superior anexo al restaurante del casino. Éste constaba de una docena de reservados, más tres o cuatro mesas extra, todo ello vacío. Los taburetes de la barra sí que estaban ocupados, y algunos clientes del bar miraban lo que sucedía abajo desde la relativa seguridad de la barandilla.

—¿Qué quieres tomar? —preguntó Breck.

—Un zumo de tomate —dijo Fox. Breck asintió con la cabeza y se pegó a la barra entre dos taburetes. El camarero servía un cóctel en una copa de champán tradicional. Fox se acercó a los bebedores del balcón y miró la sala de juegos. La atracción añadida era que a veces se podía ver en vertical el escote de alguna mujer, pero las mesas estaban situadas e iluminadas de tal modo que ver las cartas era imposible. Uno que estaba a su lado le saludó con una inclinación de cabeza. Aparentaba más de sesenta años con su rostro lleno de arrugas y ojos legañosos.

—La mesa tres es la de la suerte esta noche —dijo en voz baja. Fox frunció la boca como ponderándolo.

—Gracias —dijo. Tenía en el bolsillo tres billetes de veinte libras y sabía que tendría que cambiar uno para invitar a Breck. Esperaba que no aceptase y se marcharan a casa. De lo que no tenía intención de ninguna de las maneras era de poner dinero en las mesas, ni siquiera en la número tres.

—Un Bloody Mary virgen —dijo Breck tendiéndole la copa. Fox le dio las gracias y dio un sorbo; tenía demasiado condimento: salsa Worcestershire, tabasco y pimienta negra, y notó que se le entumecían los labios.

—Sabía que te gustaría. Salud.

Breck sostenía un vaso grueso con hielo y un brebaje oscuro.

—¿Ron con Coca-Cola? —aventuró Fox. Breck asintió.

—Es lo que bebía mi padre —dijo Breck.

—¿Bebía?

—Ha dejado de beber, igual que tú. Él es médico y ha visto unos cuantos hígados destrozados.

El hombre que estaba junto a ellos había escuchado lo que hablaban.

—Lo que no mata... —terció con un gesto de brindis, haciendo sonar el hielo que quedaba al llevarse el vaso a la boca.

—Dice este caballero —comentó Fox a Breck— que la mesa tres es la de la suerte.

—¿Ah, sí? —replicó Breck inclinándose sobre la barandilla. En la mesa tres jugaban al veintiuno, y Breck se volvió hacia Fox—. ¿Qué hacemos?

—Yo prefiero beber —respondió él dando un generoso sorbo—. Pero por mí no te prives...

Fue después de que Fox invitara a la segunda —«y última»— cuando Breck decidió que iba a probar suerte, y en un cuarto de hora perdió casi treinta libras, con Fox como testigo.

—Uf —resopló Breck como único comentario al experimento.

—Y que lo digas —sentenció Fox mientras se retiraban a un lugar cercano a las máquinas—. ¿Por qué hemos venido aquí, Jamie? —preguntó Fox.

Breck miró a su alrededor.

—Pues no lo sé —dijo finalmente, y al ver que Fox tenía el vaso vacío añadió—: ¿La última?

Fox negó con la cabeza y se limitó a responder:

—A casa.

Por el camino Breck comenzó a hablar de la suerte y de que realmente creía en ella.

—Estoy convencido de que somos nosotros mismos quienes decidimos el curso de las cosas y hacemos que ocurran.

—¿Tú crees?

—¿No estás de acuerdo?

Fox se encogió de hombros.

—Por lo que a mí respecta, todo sucede y sigue sucediendo sin que podamos hacer gran cosa.

Breck lo escrutó un instante.

—¿Has oído a un grupo que se llama Elbow? Tienen una canción que dice que cuando estamos bebidos o simplemente contentos podemos empezar a creernos que hemos creado lo que nos rodea.

—Pero es pura ilusión.

—No necesariamente, Malcolm. Yo creo que somos nosotros quienes damos forma a cualquier momento que vivimos. Nosotros elegimos el camino de nuestras vidas. Por eso me estimulan tanto los juegos.

—¿Los juegos?

—Los juegos en la red. Hay uno que se llama Quidnunc, al que soy muy aficionado y en el que tengo un avatar que viaja por la galaxia viviendo aventuras.

—¿Qué edad tienes?

Breck se echó a reír.

—Yo no creo que ejerzamos ningún tipo de control sobre el mundo —dijo Fox—. Mi padre está en una residencia de ancianos y puede decirse que apenas tiene control respecto a su vida diaria. Vive en un mundo en que los empleados entran y salen, atareados, y toman las decisiones por él... igual que hacen los políticos, e incluso los jefes, en nuestro caso. Son ellos quienes dirigen nuestras vidas. La publicidad nos dice lo que hemos de comprar, el gobierno, cómo tenemos que vivir. La tecnología nos muestra qué errores hemos cometido. —Para demostrarlo, Fox se desabrochó el cinturón de seguridad y en el tablero se encendió una luz de aviso acompañada de un pitido de alarma. Volvió abrochárselo y miró a Breck—. ¿Has usado alguna vez un ordenador que no te pregunte si necesitas ayuda?

Breck esgrimía una sonrisa beatífica.

—Libertad contra determinismo —dijo.

—Bueno, te lo acepto.

—Me apuesto algo a que tú no tienes una página de Facebook o algo parecido.

—Dios, no.

—¿Ni en Amigos Reunidos?

Fox negó con la cabeza.

—Cada vez es más difícil conservar cierta vida privada —dijo.

—A mi novia le gusta Twitter... ¿Sabes qué es?

—Me han hablado de ello y me parece horrendo.

—Malcolm, eres un simple espectador de la vida.

—Y me gusta serlo... —Fox hizo una pausa—. No preguntaste por Vince Faulkner al personal del casino.

—En otra ocasión —dijo Breck alzando los hombros.

Fox sabía que tenía que adoptar una decisión. Lo ideal sería dejar a Breck en la calle principal y que él caminase los últimos centenares de metros hasta su casa. Así no lo verían los tres pasajeros de la furgoneta de vigilancia. Pero si no llevaba a Breck hasta su misma casa, ¿no sospecharía algo? Y si despertaba sus sospechas, ¿no se percataría de la presencia de la furgoneta? Doblaron hacia Oxgangs Road cuando el mismo Breck dijo que parase y lo dejase allí.

—¿No quieres que te acerque más a casa?

Breck negó con la cabeza y Fox puso el intermitente para detenerse junto al bordillo.

—Voy a rematar el paseo que estaba dando —dijo Breck. Al echar el freno de mano, Fox vio que Breck le tendía la mano.

—Gracias —dijo.

—No, gracias a ti, Jamie.

Breck sonrió y abrió la portezuela, pero una vez fuera volvió a asomar la cabeza.

—Que quede estrictamente entre nosotros dos, ¿de acuerdo? Si no, nos perjudicaría a ambos.

Fox asintió despacio con la cabeza y vio cómo se incorporaba, pero la cabeza volvió a asomar de nuevo.

—Quiero decirte una cosa —añadió el joven policía—. No todos somos como Glen Heaton... ni como el malo de Billy Giles. En Torphichen fuimos unos cuantos los que nos alegramos cuando lo empapelaste. Así que, gracias por ello, Malcolm.

Cerró la portezuela y dio dos palmaditas en el techo del coche. Fox puso el intermitente para arrancar y quitó el freno de mano. Volvió a casa dándole vueltas a la cabeza sin lograr concretar sus pensamientos.

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Дата выхода на Литрес:
01 августа 2024
Объем:
420 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788490563571
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Bookwire
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Первая книга в серии "Malcolm Fox"
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