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En las montañas de la locura

En las montañas de la locura (1936) H. P. Lovecraft
Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Traducción: Benito Romero
Edición: Septiembre 2020
Imagen de portada: Shutterstock
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 Capítulo 1
2 Capítulo 2
3 Capítulo 3
4 Capítulo 4
5 Capítulo 5
6 Capítulo 6
7 Capítulo 7
8 Capítulo 8
9 Capítulo 9
10 Capítulo 10
11 Capítulo 11
12 Capítulo 12
Capítulo 1
Me veo obligado a hablar, pues los hombres de ciencia se niegan a seguir mi consejo sin saber por qué. Si explico las razones por las que me opongo a esta planeada invasión de la Antártida —con su extensa búsqueda de fósiles y su minuciosa perforación y fundición del antiguo casquete glacial— es totalmente en contra de mi voluntad y mis reticencias son aún mayores porque es posible que sea en vano. Es inevitable que los hechos, tal como debo revelarlos, susciten dudas, pero si suprimiera todo lo que parece extravagante o increíble no quedaría nada. Las fotografías guardadas hasta ahora, tanto las aéreas como las normales, hablarán a mi favor, pues son tremendamente gráficas y elocuentes. Aun así las cuestionarán por los extremos a que puede llegar una hábil falsificación. Los bocetos a tinta, desde luego, los considerarán evidentes imposturas, pese a la extrañeza de una técnica en la que deberían reparar intrigados los expertos en arte.
En último extremo tendré que confiar en el buen juicio y el prestigio de los pocos científicos que disponen, por un lado, de independencia suficiente para sopesar mis datos por sus horribles y convincentes méritos o a la luz de ciertos mitos primordiales y ciertamente desconcertantes, y, por el otro, de suficiente influencia para disuadir a los exploradores en general de llevar a cabo cualquier programa apresurado y ambicioso en la región de esas montañas de la locura. Es una lástima que hombres relativamente desconocidos como yo, vinculados a una universidad pequeña, tengamos pocas posibilidades de influir en asuntos de naturaleza tan descabellada, extraña y controvertida.
También está en contra nuestra que no seamos, en sentido estricto, especialistas en las disciplinas directamente involucradas. Como geólogo, mi objetivo al dirigir la expedición de la Universidad Miskatonic era sólo obtener muestras de la roca y el subsuelo de diversos lugares del continente antártico, ayudado por el notable taladro diseñado por el profesor Frank H. Pabodie de nuestro departamento de ingeniería. No pretendía ser pionero en otro campo que éste, pero tenía la esperanza de que el uso de este nuevo artilugio mecánico en distintos puntos a lo largo de caminos ya explorados sacase a la luz materiales de un tipo nunca visto hasta el momento con los métodos de extracción habituales. La máquina perforadora de Pabodie, como se sabe ya por nuestros informes, era única e innovadora por su liviandad, su facilidad de transporte y su capacidad de combinar el principio de las perforadoras artesianas normales con el de los pequeños taladros de roca circulares para atravesar con facilidad estratos de diversa dureza. La barrena de acero, las barras articuladas, el motor de gasolina, la torre desmontable de perforación, el material de dinamitado, las cuerdas, la pala para recoger la escoria, las sondas de doce centímetros de diámetro y hasta trescientos metros de profundidad y todos los accesorios necesarios podían trasladarse en tres trineos de siete perros gracias a la ingeniosa aleación de aluminio con que estaban fabricadas casi todas las partes metálicas. Cuatro grandes aeroplanos Dornier, diseñados especialmente para las enormes altitudes de vuelo necesarias en la meseta antártica y dotados de sistemas de arranque rápido y para calentar el combustible ideados por Pabodie, podían transportar a toda la expedición desde una base en el borde de la gran barrera de hielo hasta diversos puntos del interior, y desde allí utilizaríamos los perros que fuesen necesarios.
Planeábamos cubrir un área tan extensa como lo permitiera la temporada —o más, en caso de que fuese absolutamente necesario—, e íbamos a operar sobre todo en las cadenas montañosas y la meseta que hay al sur del mar de Ross; regiones exploradas en diversos grados por Shackleton, Amundsen, Scott y Byrd. Gracias a los frecuentes traslados en aeroplano de nuestro campamento a distancias lo bastante grandes para que tuviesen significación geológica, esperábamos extraer una cantidad de material sin precedentes, sobre todo en los estratos precámbricos de los que no se habían obtenido hasta entonces más que unas pocas muestras antárticas. También deseábamos obtener la mayor variedad posible de las rocas fosilíferas superiores, pues los ciclos biológicos primigenios en esta desolada región de hielo y muerte son de gran importancia para nuestro conocimiento del pasado de la Tierra. Es bien sabido que el continente antártico fue una vez templado e incluso tropical, con una abundancia de vida animal y vegetal de las que los líquenes, la fauna marina, los arácnidos y los pingüinos de la parte norte son los únicos supervivientes, y esperábamos aumentar la variedad, precisión y detalle de dicha información. Cuando una sonda revelase indicios fosilíferos, aumentaríamos la abertura mediante voladuras para conseguir especímenes de tamaño adecuado y en buen estado de conservación.
Nuestras perforaciones, a diversas profundidades según los indicios proporcionados por la capa exterior de roca, se limitarían a superficies de tierra que estuviesen al aire o casi al aire, inevitablemente situadas en las cimas o las laderas de las montañas debido a la capa de hielo sólido de dos o tres kilómetros de espesor que cubre las zonas bajas. No podíamos permitirnos perder profundidad de perforación por culpa del hielo, aunque Pabodie había ideado un plan para introducir electrodos de cobre en las barrenas y fundir áreas limitadas con la corriente suministrada por una dinamo accionada por un motor de gasolina. Ése es el plan —que sólo pudimos poner en práctica experimentalmente en nuestra expedición— que se propone llevar a cabo la inminente expedición Starkweather-Moore a pesar de las advertencias que he publicado desde que regresamos de la Antártida.
La gente tiene noticia de la expedición Miskatonic por las frecuentes crónicas que enviamos por radio al Arkham Advertiser y a Associated Press, y por los artículos que publicamos luego Pabodie y yo mismo. Estaba integrada por cuatro miembros de la universidad: Pabodie; Lake, del departamento de biología; Atwood, del departamento de física (también meteorólogo), y yo, que iba en representación del departamento de geología y teóricamente estaba al mando. Además, había dieciséis ayudantes: siete graduados de Miskatonik y nueve mecánicos especializados. De los dieciséis, doce eran pilotos expertos de aeroplano y todos menos dos eran excelentes operadores de radio. Ocho sabían navegar con brújula y sextante, igual que Pabodie, Atwood y yo. Y, por supuesto, nuestros dos barcos —antiguos balleneros con casco de madera reforzada para las condiciones polares y un sistema de vapor auxiliar— y sus tripulaciones completas. La Fundación Nathaniel Derby Pickman financió la expedición, ayudada por algunas contribuciones particulares. Los preparativos fueron extremadamente minuciosos, pese a la ausencia de publicidad. Los perros, los trineos, las máquinas, el material del campamento y las piezas sin montar de los cinco aeroplanos se entregaron en Boston, donde se cargaron en los barcos. Íbamos muy bien equipados para nuestro propósito, y en todo lo relativo a los suministros, el transporte y la instalación del campamento seguimos el excelente ejemplo de nuestros muchos y brillantes predecesores. El número y la fama de dichos predecesores fueron, de hecho, los motivos principales de que nuestra expedición —por grande que fuese— pasara tan desapercibida para casi todo el mundo.
Tal como publicaron los periódicos, partimos del puerto de Boston el 2 de septiembre de 1930 y pusimos rumbo sur hacia el canal de Panamá; hicimos escala en Samoa y en Hobart (Tasmania), donde cargamos los últimos suministros. Ninguno de los exploradores había estado nunca en regiones polares, por lo que confiamos en los capitanes de los barcos —J. B. Douglas, al mando del bergantín Arkham y jefe de la flotilla, y George Thorfinnssen, al mando del bricbarca Miskatonic—, ambos balleneros veteranos en las aguas antárticas. A medida que el mundo habitado iba quedando atrás, el sol se hundía más en el norte y tardaba más en ocultarse tras el horizonte. A unos 62° de latitud sur avistamos los primeros icebergs —parecidos a una mesa de paredes verticales— y justo antes de llegar al Círculo Antártico, que atravesamos el 20 de octubre con las ceremonias oportunas, tuvimos dificultades con los bancos de hielo. El descenso de las temperaturas me incomodó de manera considerable después de nuestro largo viaje por los trópicos, pero procuré hacer acopio de ánimo para afrontar rigores peores. En muchas ocasiones me fascinaron los extraños fenómenos atmosféricos, sobre todo un espejismo sorprendentemente vívido —el primero que había visto— en el que los lejanos icebergs se convirtieron en las almenas de unos castillos cósmicos inimaginables.
Abriéndonos paso por el hielo, que por fortuna no era ni muy grueso ni muy extenso, llegamos a aguas abiertas a 67° de latitud sur y 175° de longitud este. La mañana del 26 de octubre divisamos al sur un «atisbo de tierra», y antes de mediodía nos recorrió un escalofrío de emoción al contemplar una cadena montañosa vasta, alta y cubierta de nieve que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Por fin, habíamos encontrado un poco del gran continente desconocido y su misterioso mundo de muerte helada. Aquellos picos eran sin duda la cordillera Admiralty descubierta por Ross, y ahora tendríamos que doblar el cabo Adare y bajar costeando por Tierra Victoria hasta el lugar donde habíamos planeado instalar la base en la orilla del estrecho de McMurdo, al pie del volcán Erebus, a 77° 9’ de latitud sur.
La última etapa de la travesía fue muy impresionante y un acicate para la imaginación, con los grandes y misteriosos picos pelados que surgían constantemente por el oeste, mientras el sol de mediodía por el norte o el aún más bajo sol de medianoche por el sur rozaba el horizonte y derramaba sus rayos rojizos y neblinosos sobre la nieve blanca, el hielo azulado, los cursos de agua y las negras áreas graníticas que quedaban al descubierto en las laderas. Entre las cumbres desoladas soplaba a rachas intermitentes el terrible viento antártico; sus cadencias a veces me recordaban un vago silbido musical y casi sensitivo, cuyas notas abarcaban un registro muy amplio, y que por alguna razón mnemónica subconsciente me pareció inquietante e incluso vagamente amenazador. Aquellas escenas me recordaron los extraños y turbadores cuadros asiáticos de Nikolái Roerich, y las aún más extrañas y turbadoras descripciones de la maligna y fabulosa meseta de Leng que aparecen en el temido Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred. Luego tuve ocasión de lamentar haber hojeado aquel libro monstruoso en la biblioteca de la facultad.
El 7 de noviembre, tras haber perdido de vista temporalmente la cordillera occidental, pasamos la isla de Franklin, y al día siguiente divisamos las cimas de los montes Erebus y Terror en la isla de Ross, con la larga línea de las montañas de Parry al fondo. Ahora se extendía hacia el este la larga y blanca línea de la gran barrera de hielo, que se alzaba verticalmente hasta una altura de treinta y cinco metros como los acantilados rocosos de Quebec y señalaba el final de la navegación hacia el sur. Por la tarde entramos en el estrecho de McMurdo y fondeamos frente a la costa, a sotavento del humeante monte Erebus. El pico cubierto de escoria se alzaba tres mil ochocientos metros contra el cielo por el este, como una estampa japonesa del sagrado Fujiyama, mientras detrás se elevaba el blanco y fantasmal monte del Terror, de tres mil trescientos metros de altura y ahora extinto. Bocanadas de humo brotaban del Erebus de manera intermitente, y uno de los ayudantes graduados —un joven brillante llamado Danforth— nos mostró la lava en la ladera cubierta de nieve, al tiempo que observaba que esa montaña, descubierta en 1840, sin duda había inspirado a Poe cuando siete años más tarde escribió:
… las lavas que vierten inquietas
sus torrentes sulfurosos por el Yaanek en los extremos climas del polo
y gimen mientras ruedan por el monte Yaanek
en los reinos del polo boreal.
Danforth era un gran lector de libros raros y nos había hablado mucho de Poe, en quien yo mismo estaba interesado por la escena antártica de su único relato largo —las turbadoras y enigmáticas Aventuras de Arthur Gordon Pym—. En las desoladas orillas y en la alta barrera de hielo del fondo, miles de grotescos pingüinos graznaban y movían las aletas, y en el agua se veían numerosas focas nadando o tumbadas en los grandes témpanos que el agua arrastraba lentamente.
La madrugada del día 9, poco después de medianoche, llevamos a cabo un dificultoso desembarco en la isla de Ross a bordo de los botes más pequeños, tendimos un cabo desde cada barco y nos dispusimos a descargar los pertrechos con ayuda de un arnés. A pesar de que las expediciones de Scott y Shackleton nos habían precedido en ese mismo lugar, nuestras sensaciones al hollar por primera vez suelo antártico fueron conmovedoras y complejas. Nuestro campamento en la orilla helada, al pie de la falda del volcán, era sólo provisional: el cuartel general seguiría estando a bordo del Arkham. Desembarcamos el material de perforación, los perros, los trineos, las tiendas, las provisiones, los tanques de gasolina, el dispositivo experimental para fundir el hielo, las cámaras tanto aéreas como ordinarias, las piezas de los aeroplanos y los demás accesorios, entre ellos tres emisores portátiles de radio (aparte de los de los aviones) capaces de comunicar con el receptor del Arkham desde cualquier lugar del continente antártico. La emisora del Arkham, en contacto con el mundo exterior, enviaría nuestros reportajes a la potente estación que el Arkham Advertiser tenía en Kingsport Head, Massachusetts. Confiábamos en completar nuestra labor durante el verano antártico; pero, en caso contrario, invernaríamos en el Arkham y enviaríamos al norte al Miskatonic por suministros antes de que quedase bloqueado por el hielo. No vale la pena repetir lo que ya han publicado los periódicos sobre nuestros primeros pasos: el ascenso al monte Erebus; las exitosas perforaciones minerales en diversos puntos de la isla de Ross y la singular rapidez con que las llevó a cabo el aparato de Pabodie, incluso a través de estratos de roca sólida; las pruebas experimentales con el dispositivo para fundir el hielo; el peligroso ascenso de la gran barrera de hielo con los trineos y los pertrechos; y el montaje de los cinco enormes aeroplanos en el campamento que instalamos en lo alto de la barrera. La salud del equipo de tierra —veinte hombres y cincuenta y cinco perros de trineo de Alaska— era notable, aunque por supuesto hasta el momento no habíamos encontrado temperaturas ni ventiscas verdaderamente terribles. La mayor parte del tiempo el termómetro oscilaba entre cero y -3° o -6° C y nuestra experiencia con los inviernos de Nueva Inglaterra nos había acostumbrado a rigores parecidos. El campamento de la barrera era semipermanente y estaba destinado a ser un almacén de combustible, provisiones, dinamita y demás enseres. Sólo hacían falta cuatro aviones para trasladar el material de exploración, el quinto se quedaría en el almacén con un piloto y dos tripulantes de los barcos, para que los del Arkham pudieran llegar a donde nos halláramos en caso de que no funcionaran los demás aviones. Después, cuando no estuviésemos utilizándolos para trasladar el equipo, emplearíamos sólo uno o dos para ir y venir entre el almacén y otra base permanente instalada en la gran meseta, a novecientos o mil kilómetros en dirección sur, más allá del glaciar de Beardmore. A pesar de los relatos casi unánimes sobre los vientos y tempestades que azotan la meseta, decidimos no instalar bases intermedias y arriesgarnos en interés de la economía y la eficacia.
Las crónicas que enviamos detallan el agotador vuelo de cuatro horas sin escalas que hizo nuestra escuadrilla el 21 de noviembre por encima de la alta plataforma de hielo, entre los gigantescos picos que se alzaban al oeste y el inexplorado silencio que nos devolvía el eco de los motores. El viento sólo nos molestó un poco y la brújula nos ayudó a atravesar el único denso banco de niebla que encontramos. Cuando avistamos una enorme elevación entre los 83° y los 84° de latitud, supimos que habíamos llegado al glaciar Beardmore, el mayor valle glaciar del mundo, y que el mar helado daba paso a una costa montañosa. Por fin nos estábamos adentrando en el mundo blanco del extremo sur, muerto desde hacía eones, y antes de darnos cuenta divisamos el pico del monte Nansen, que se alzaba a lo lejos por el este hasta una altura de casi cuatro mil quinientos metros.
La exitosa instalación de la base sur sobre el glaciar, a 86° 7’ de latitud y 174° 23’ de longitud este, y las rápidas y eficaces perforaciones y voladuras llevadas a cabo en diversos sitios a los que accedimos en trineo y aeroplano, son ya historia; igual que el arduo y triunfal ascenso al monte Nansen llevado a cabo por Pabodie y dos estudiantes graduados —Gedney y Carroll— entre los días 13 y 15 de diciembre. Nos hallábamos a unos dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, y cuando los sondeos revelaron terreno sólido a sólo cuatro metros por debajo de la nieve y el hielo en ciertos puntos, utilizamos el dispositivo para fundir el hielo, colocamos cargas y volamos con dinamita algunos sitios donde ningún explorador había pensado obtener muestras de mineral. Los granitos precámbricos y las areniscas de los cerros obtenidas de ese modo confirmaron nuestra teoría de que la meseta era similar a la gran masa del continente que había al oeste, pero ligeramente distinta de las partes que quedaban al este, al sur de Sudamérica, que entonces pensábamos que formaban parte de un continente separado y más pequeño dividido del otro por la franja helada de los mares de Ross y de Weddell, aunque Byrd ha demostrado posteriormente que nuestra hipótesis era falsa.
En algunas de las areniscas dinamitadas y extraídas después de que la perforación revelase su naturaleza hallamos varios fragmentos fósiles muy interesantes —sobre todo helechos, algas, trilobites, crinoideos y moluscos como língulas y gasterópodos— que parecían tener gran relevancia para entender la historia primigenia de la región. También encontramos una extraña marca triangular y estriada de unos treinta centímetros de diámetro por la parte más ancha, que Lake reconstruyó a partir de tres fragmentos de pizarra obtenidos con la voladura más profunda. Dichos fragmentos procedían de una punta al oeste, cerca de la cordillera de la Reina Alexandra; y Lake, como biólogo, pareció considerarlas extrañamente interesantes y desconcertantes, aunque desde mi punto de vista de geólogo no se diferenciaban de las rizaduras dejadas por las olas y que aparecen con relativa frecuencia en las rocas sedimentarias. Dado que la pizarra es sólo una formación metamórfica en la que se ha insertado un estrato sedimentario, y puesto que la presión produce peculiares efectos distorsionadores en todos los restos que puedan hallarse en ella, no vi motivos para extrañarse tanto por la depresión estriada.
El 6 de enero de 1931, Lake, Pabodie, Danforth, los seis estudiantes, cuatro mecánicos y yo sobrevolamos el Polo Sur en dos de los aeroplanos y tuvimos que aterrizar bruscamente por un viento repentino que, por suerte, no se convirtió en la típica tormenta. Fue, como han explicado todos los periódicos, uno de los muchos vuelos de observación, en los que intentamos discernir rasgos topográficos en áreas inexploradas. Nuestros primeros vuelos resultaron decepcionantes, aunque nos proporcionaron algunos ejemplos magníficos de los fantásticos y engañosos espejismos de las regiones polares, que habíamos tenido ocasión de disfrutar brevemente durante la travesía hasta allí. Las montañas flotaban en el cielo a lo lejos como ciudades encantadas, y a menudo todo aquel mundo blanco se disolvía en una tierra dorada, plateada y escarlata de sueños dunsanianos y expectativas aventureras, bajo la magia del sol de medianoche. Los días nublados teníamos considerables dificultades para volar, pues la tierra nevada y el cielo se fundían en un extraño vacío opalescente en el que ningún horizonte visible parecía señalar la unión de ambos.
Al final, decidimos poner en práctica nuestro plan original de volar mil cien kilómetros al este con los cuatro aeroplanos y establecer una nueva base en un lugar que probablemente se hallaría en lo que habíamos tomado erróneamente por la división continental más pequeña. De ese modo podríamos obtener muestras geológicas para establecer comparaciones. Nuestra salud seguía siendo excelente; el zumo de lima compensaba las carencias de la monótona dieta a base de comida salada y de lata, y las temperaturas, por lo general por encima de cero, nos permitían pasarnos sin las pieles más gruesas. Estábamos a mitad de verano y, si nos dábamos prisa e íbamos con cuidado, podríamos concluir el trabajo en marzo y no tener que pasar una tediosa invernada mientras durase la larga noche antártica. Varias ventiscas violentas nos habían azotado desde el oeste, pero no habíamos sufrido grandes daños gracias a la habilidad de Atwood para diseñar rudimentarios cobertizos y cortavientos para los aeroplanos con pesados bloques de hielo y reforzar el campamento principal con nieve. Nuestra buena suerte y nuestra eficacia resultaron de hecho casi extraordinarias.
El mundo exterior sabía, claro, de nuestro programa, y supo también de la extraña y obstinada insistencia de Lake en que hiciésemos un viaje de prospección al oeste —o más bien al noroeste— antes de trasladarnos a la nueva base. Al parecer había meditado mucho y con una osadía radical y alarmante sobre la marca estriada hallada en la pizarra, y había detectado en ella ciertas contradicciones en la naturaleza y el período geológico que habían despertado su curiosidad y su interés por hacer nuevos sondeos y voladuras en la formación que se extendía al oeste y de la que procedían los fragmentos desenterrados. Estaba convencido de que la marca era la huella de algún organismo desconocido, voluminoso, radicalmente inclasificable y muy evolucionado, pese a que la roca que la contenía era lo bastante antigua —cámbrica o incluso precámbrica— para excluir la existencia no sólo de vida superior y evolucionada, sino de cualquier tipo de vida por encima del estadio unicelular o como mucho del de los trilobites. Dichos fragmentos, con la extraña marca, debían de tener entre quinientos y mil millones de años.
Capítulo 2
La imaginación popular, a mi juicio, respondió activamente a las crónicas enviadas por radio de la partida de Lake hacia el noroeste por regiones que nunca había hollado el hombre ni siquiera en la imaginación, y eso que en ellas no aludimos a sus descabelladas esperanzas de revolucionar por completo la biología y la geología. El viaje preliminar y los sondeos realizados entre el 11 y el 18 de enero con Pabodie y otros cinco hombres —enturbiados por la pérdida de dos perros en un accidente al cruzar una gran arista de presión en el hielo— habían sacado a la luz más pizarras arqueozoicas, e incluso a mí me interesó la singular abundancia de evidentes restos fósiles en aquel estrato increíblemente arcaico. No obstante, dichos restos eran de formas de vida muy antiguas que no implicaban una gran paradoja, excepto por el hecho de aparecer en una roca definitivamente precámbrica como parecía ser aquélla; de modo que siguió pareciéndome poco razonable la insistencia de Lake en que hiciésemos un paréntesis en nuestro ajustado programa —un paréntesis que requeriría el uso de los cuatro aeroplanos, un gran número de hombres y todo el instrumental científico de la expedición—. Al final no veté su plan, pero decidí no acompañar a la expedición al noroeste a pesar de sus ruegos de que le ofreciera mi asesoramiento como geólogo. Mientras estuviesen fuera, yo esperaría en la base con Pabodie y otros cinco hombres y dispondría los últimos planes para trasladarnos al este. Uno de los aviones había empezado ya a transportar una considerable reserva de gasolina desde el estrecho de McMurdo, pero eso podía esperar por el momento. Me reservé uno de los trineos y cuatro perros, pues no conviene quedarse sin medios de transporte en un mundo totalmente deshabitado y muerto desde hace eones.
La expedición de Lake a lo desconocido, como todos recordarán, envió sus propios comunicados con las emisoras de onda corta de los aviones; se recibían al mismo tiempo en nuestro receptor en la base sur y en el Arkham en el estrecho de McMurdo, desde donde se emitían al mundo exterior con longitudes de onda de hasta cincuenta metros. La partida tuvo lugar el 22 de enero a las cuatro de la madrugada, y recibimos el primer mensaje por radio apenas dos horas después, cuando Lake decidió aterrizar y empezar a fundir el hielo para tomar muestras en un lugar a unos quinientos kilómetros de distancia. Seis horas después, un segundo y excitado mensaje nos informó de su frenética labor, de la inserción de una sonda con dinamita y de la obtención de fragmentos de pizarra con varias marcas parecidas a las que tanto nos habían sorprendido la primera vez.
Tres horas más tarde un breve comunicado anunció la reanudación del vuelo ante la inminencia de una fuerte tempestad, y cuando le envié un mensaje advirtiéndole de que no corriese más riesgos, Lake respondió secamente diciendo que los nuevos especímenes hacían que valiera la pena correr cualquier riesgo. Comprendí que su emoción lo había llevado al borde del amotinamiento y que no podía hacer nada por impedir una aventura que podía poner en peligro el éxito de toda la expedición; era espantoso pensar que se estaba internando cada vez más en aquella blanca, siniestra y traicionera inmensidad de tempestades y misterios insondables que se extendían unos dos mil kilómetros hasta la costa intuida y desconocida de las tierras de Knox y la Reina María.
Luego, transcurrida una hora y media, llegó un mensaje aún más excitado desde el avión de Lake que casi cambió mis sentimientos e hizo que deseara haberle acompañado.
22:05. En vuelo. Después de la tormenta de nieve, hemos divisado una cadena montañosa mucho más alta que cualquier otra que hayamos visto hasta ahora. Podría igualar al Himalaya si se tiene en cuenta la altura de la meseta. Probable latitud 76° 15’, longitud 113° 10’ este. Se extiende a izquierda y derecha hasta que se pierde la vista. Nos ha parecido ver dos conos humeantes. Todos los picos son negros y sin nieve. El viento que sopla de ellos impide la navegación.
Después de eso, Pabodie, los hombres y yo nos quedamos sin aliento junto al receptor. Pensar en aquella titánica cadena montañosa a mil kilómetros de distancia inflamó nuestras ansias de aventura, y nos alegró que la hubiese descubierto nuestra expedición, aunque no hubiésemos sido nosotros personalmente. Al cabo de media hora, Lake envió otro comunicado:
El avión de Moulton se ha visto obligado a aterrizar en la meseta al pie de las montañas, pero nadie ha resultado herido y tal vez puedan repararlo. Trasladaremos lo más esencial a los otros tres para regresar o seguir adelante en caso necesario, aunque ahora mismo no es necesario volar con los aviones sobrecargados. Las montañas superan lo imaginable. Haré un vuelo de reconocimiento tras vaciar el avión de Carroll. Es imposible concebir nada igual a esto. Los picos más altos deben de alcanzar los diez mil metros. Superan al Everest. Atwood va a calcular la altura con el teodolito mientras Carroll y yo los sobrevolamos. Probablemente me haya equivocado con respecto a los conos, pues las formaciones parecen estratificadas. Extraños efectos en el horizonte: hay secciones de cubos fijas en los picos más altos. Todo es maravilloso bajo la luz dorada y rojiza del sol de medianoche. Es como una tierra misteriosa en un sueño o la entrada a un mundo prohibido de maravillas nunca vistas. Ojalá estuviese usted aquí para estudiarlo.
Aunque técnicamente era la hora de dormir, a ninguno se nos pasó por la cabeza acostarnos. Lo mismo debió de ocurrir en el estrecho de McMurdo, donde también estaban recibiendo los mensajes en el almacén de suministros y en el Arkham, pues el capitán Douglas llamó por radio dándonos la enhorabuena por el importante descubrimiento y Sherman, el operador de radio del almacén, se unió a sus felicitaciones. Por supuesto, lamentamos lo del avión averiado, pero confiamos en que pudiera arreglarse fácilmente. Luego a las once de la noche llegó otro comunicado de Lake:
He sobrevolado con Carroll las estribaciones más altas. No me atrevo a intentarlo en los picos más altos con este tiempo, pero lo haré más tarde. La ascensión es terriblemente difícil a esta altitud, pero vale la pena. Es una cordillera enorme y muy compacta, por lo que resulta imposible vislumbrar lo que hay al otro lado. La mayoría de las cumbres superan al Himalaya y son muy extrañas. Las montañas parecen precámbricas, con claros indicios de otros muchos plegamientos. Me equivoqué respecto a los volcanes. Se extienden en todas las direcciones. Por encima de los seis mil quinientos metros no hay nieve. Extrañas formaciones en las laderas de las montañas más altas. Grandes bloques cuadrados con paredes verticales y líneas rectangulares con contrafuertes verticales, como los antiguos castillos asiáticos que se aferran a las montañas en los cuadros de Roerich. Desde lejos son impresionantes. Volamos cerca de algunos, y a Carroll le pareció ver que están formados por piezas más pequeñas, aunque probablemente sea efecto de la erosión. La mayor parte de las aristas están rotas y redondeadas, como si llevasen millones de años expuestas a las tormentas y a los cambios climáticos. Hay partes, sobre todo las superiores, que parecen de roca un poco más clara que ningún estrato visible en la ladera y cuyo origen debe de ser cristalino. Al hacer pasadas a corta distancia hemos visto numerosas cuevas, algunas extrañamente regulares, cuadradas o semicirculares. Tiene usted que venir a investigarlas. Creo haber visto un contrafuerte cuadrado en lo alto de un pico. La altura parece oscilar entre los nueve mil y los diez mil metros. Ahora estoy a seis mil quinientos con un frío cortante. El viento sopla y silba en los desfiladeros y la entrada de las cuevas, pero hasta el momento el vuelo no reviste peligro.
A partir de entonces y durante otra media hora Lake siguió enviando comentarios, y expresó su intención de escalar a pie algunos de los picos. Respondí que me reuniría con él en cuanto pudiese enviar uno de los aviones, y que Pabodie y yo pensaríamos en el mejor modo posible de disponer del combustible, en vista del cambio de objetivo de la expedición. Obviamente, las perforaciones de Lake y sus vuelos de exploración requerirían transportar grandes cantidades a la nueva base que instalaría al pie de las montañas, y era posible que finalmente no pudiéramos llevar a cabo el traslado al este hasta pasado el invierno. Llamé por radio al capitán Douglas y le pedí que descargara todo el material de los barcos y lo enviara al otro lado de la barrera de hielo con el único trineo que teníamos. La prioridad era establecer una ruta directa entre Lake y el estrecho de McMurdo.
Lake llamó por radio más tarde para decir que había decidido instalar el campamento en el mismo sitio donde había aterrizado el avión de Moulton y que las reparaciones continuaban lentamente. La capa de hielo era muy fina y antes de emprender ninguna expedición de escalada o en trineo haría algunos sondeos y voladuras en aquel lugar. Habló de la majestuosidad inefable del paisaje y de la extrañeza de sus sensaciones al hallarse al abrigo de unos pináculos silenciosos que se alzaban hasta el cielo como un muro situado en el fin del mundo. Las observaciones de Atwood con el teodolito habían establecido la altura de los cinco picos más altos entre los nueve mil y los diez mil metros. El aspecto del terreno que parecía batido por el viento inquietaba mucho a Lake, pues revelaba la existencia ocasional de tempestades prodigiosamente violentas que superaban con mucho a cualquiera otra de las que habíamos sufrido hasta la fecha. Su campamento estaba a poco más de siete kilómetros del lugar donde se elevaban bruscamente las estribaciones más altas. Casi pude notar la alarma silenciosa de sus palabras —enviadas a través de un vacío glacial de más de mil kilómetros— cuando me advirtió que debíamos apresurarnos y explorar la nueva y desconocida región lo antes posible. Ahora se disponía a descansar, tras un día de trabajo con prisas, tensiones y resultados casi sin precedentes.
Por la mañana tuve una conversación por radio con Lake y el capitán, cada cual en su base lejana, y acordamos que uno de los aviones de Lake volvería a recogernos a Pabodie, los cinco hombres y a mí, junto con todo el combustible que pudiera transportar. La cuestión de qué haríamos con el resto del combustible quedaría en suspenso unos días hasta que tomáramos una decisión sobre el viaje al este, pues de momento Lake tendría suficiente para las perforaciones y para calentar el campamento. Con el tiempo habría que reabastecer la vieja base sur, pero si posponíamos el traslado al este no la utilizaríamos hasta el verano siguiente, y entretanto Lake enviaría un avión a explorar una ruta directa entre las nuevas montañas y el estrecho de McMurdo.
Pabodie y yo nos dispusimos a cerrar nuestra base por un período corto o largo. Si invernábamos en la Antártida, probablemente volaríamos directamente desde la base de Lake hasta el Arkham sin volver a aquel lugar. Ya habíamos reforzado algunas de nuestras tiendas cónicas con bloques de nieve endurecida y decidimos completar la tarea y convertir el campamento en un poblado esquimal permanente. Gracias a que habíamos llevado muchas tiendas, Lake tenía consigo todo lo que necesitaría la base, incluso después de nuestra llegada. Le envié por radio un mensaje diciendo que Pabodie y yo estaríamos listos para viajar al noroeste tras un día de trabajo y una noche de descanso.
Sin embargo, a partir de las cuatro de la tarde no pudimos trabajar de manera continuada porque, más o menos a esa hora, Lake empezó a enviar mensajes de lo más extraordinarios y emocionantes. El día había empezado mal, pues un vuelo de reconocimiento sobre la superficie de las rocas más cercanas había mostrado una ausencia total de aquellos estratos arcaicos y primordiales que estaba buscando, y que tanto abundaban en los picos colosales que se alzaban a una tentadora distancia del campamento. La mayor parte de las rocas que había visto eran aparentemente areniscas jurásicas y comanchienses y esquistos del Pérmico y el Triásico, con esporádicos afloramientos de color negro brillante que recordaban a un carbón duro y pizarroso. Eso desanimó bastante a Lake, que había contado con desenterrar especímenes de más de quinientos millones de años de antigüedad. Estaba convencido de que, para encontrar la veta de pizarras arqueozoicas donde había hallado las extrañas marcas, tendría que hacer un largo viaje en trineo por las montañas hasta las empinadas laderas de esas cumbres gigantescas.
No obstante, había decidido hacer algunos sondeos en los alrededores como parte del programa general de la expedición; por ello montó el taladro y puso a trabajar a cinco hombres con él mientras los demás terminaban de instalar el campamento y reparaban el aeroplano averiado. Había escogido la roca visible más blanda —una arenisca situada a medio kilómetro del campamento— para tomar muestras, y el taladro hizo excelentes progresos sin necesidad de muchas voladuras. Sólo tres horas después, tras la primera explosión de importancia, se oyeron los gritos del equipo de perforación y el joven Gedney — que desempeñaba la función de capataz— llegó corriendo al campamento con la sorprendente noticia.
Habían llegado a una cueva. Tras los primeros sondeos, la arenisca había dado paso a una vena caliza comanchiense llena de diminutos fósiles de cefalópodos, corales, equinoideos y spirifera, con indicios ocasionales de esponjas silíceas y huesos de vertebrados marinos —probablemente de teleósteos, tiburones y ganoideos—. Eso ya tenía suficiente importancia de por sí, pues eran los primeros fósiles de vertebrados hallados por la expedición, pero cuando poco después la barrena del taladro atravesó el estrato y llegó a una especie de vacío, una nueva oleada de emoción recorrió a los excavadores. Una de las voladuras había puesto al descubierto el secreto subterráneo, y ahora, a través de la mellada abertura de un metro y medio de ancho y un metro de largo, se abría ante los ávidos investigadores una cavidad caliza poco profunda formada hacía más de cincuenta millones de años por el goteo de las aguas superficiales de un mundo tropical desaparecido.
La cavidad a la que habían llegado no tenía más de dos o dos metros y medio de profundidad, pero se extendía indefinidamente en todas las direcciones y una leve corriente de aire parecía indicar que formaba parte de un extenso sistema subterráneo. El techo y el suelo estaban cubiertos de grandes estalactitas y estalagmitas, algunas de las cuales se juntaban para formar columnas, pero lo más importante era el enorme depósito de conchas y huesos que en algunos sitios casi llegaban a tapar la cueva. Arrastrados desde desconocidas selvas de hongos y helechos mesozoicos arborescentes, y de bosques de cicas terciarias, palmeras y primitivas angiospermas, aquella mezcla de huesos contenía restos de más especies animales cretáceas, eocenas y de otros períodos geológicos de los que habría podido clasificar o identificar en un año el mejor de los paleontólogos. Moluscos, caparazones de crustáceos, peces, anfibios, reptiles, pájaros y mamíferos primitivos grandes y pequeños, conocidos y desconocidos. No es de extrañar que Gedney corriera al campamento dando gritos, ni que todos dejaran lo que estaban haciendo y corrieran desafiando el cortante frío hacia el lugar donde la torre de perforación señalaba un nuevo acceso al interior de la tierra y a eones desaparecidos.
Una vez aplacada la primera punzada de curiosidad, Lake garabateó un mensaje en su cuaderno y mandó al joven Moulton al campamento a enviarlo por radio. Fue la primera noticia que tuve del descubrimiento y hablaba de la identificación de conchas primitivas, huesos de ganoideos y placodermos, restos de laberintodontes y tecodontes, grandes fragmentos de cráneo de mosasaurios, vértebras y placas de dinosaurios, dientes y huesos de alas de pterodáctilos, excrementos de arqueoptérix, dientes de tiburón del Mioceno, cráneos de pájaros primitivos y cráneos, vértebras y otros huesos de mamíferos arcaicos como paleoterios, xifodontes, dinoceros, Eohippus, oreodontes y titanoterios. No hallaron restos de fauna más reciente como mastodontes, elefantes, camellos, ciervos o bóvidos, por lo que Lake concluyó que los últimos depósitos se habían producido durante el Oligoceno, y que la cueva llevaba en ese estado muerto e inaccesible al menos treinta millones de años.
Por otro lado, la prevalencia de formas de vida primitivas era muy singular. Aunque la formación caliza era, tal como demostraba la presencia de fósiles de ventriculites incrustados, clara e inconfundiblemente comanchiense y no anterior, los fragmentos sueltos de la cavidad incluían una sorprendente proporción de organismos hasta entonces considerados característicos de períodos mucho más antiguos, entre ellos peces rudimentarios, moluscos y corales de períodos tan remotos como el Silúrico y el Ordovícico. La deducción inevitable era que en esa región del mundo se había producido una continuidad excepcional entre la vida de hace más de trescientos millones de años y la de hace sólo treinta millones de años. Hasta qué punto esa continuidad se había prolongado más allá del Oligoceno, cuando se cerró la cueva, era pura especulación. En cualquier caso, la llegada de la terrible glaciación del Pleistoceno, hacía unos quinientos mil años —prácticamente ayer si se compara con la edad de la cueva—, debió de poner fin a todas las formas primitivas que se las habían arreglado para sobrevivir más allá de su época.
Lake no se contentó con su primer mensaje, sino que escribió otro comunicado y lo envió a través de la nieve al campamento antes de que regresara Moulton. A partir de ese momento, Moulton se quedó en la radio de uno de los aviones y se dedicó a transmitirnos —a mí y al Arkham para informar al mundo exterior— los frecuentes mensajes que Lake le fue enviando con una sucesión de mensajeros. Quienes siguieran los periódicos recordarán la expectación que despertó entre los científicos aquella serie de noticias, que han llevado finalmente, después de todos estos años, a la organización de la Expedición Starkweather-Moore que tanto interés tengo en desalentar. Vale más transcribir los mensajes literalmente, tal como los envió Lake y como los transcribió McTighe, el operador de radio de nuestra base, a partir de sus anotaciones taquigráficas.
Fowler ha hecho un descubrimiento de crucial importancia en fragmentos de arenisca y caliza procedentes de las voladuras. Varias huellas triangulares estriadas como las de las pizarras arqueozoicas que demuestran que la fuente sobrevivió desde hace más de seiscientos millones de años hasta el Comanchiense sin apenas sufrir cambios morfológicos ni disminuir su tamaño medio. Las huellas comanchienses son, en todo caso, más primitivas o decadentes que las más antiguas. Conviene subrayar la importancia del descubrimiento en la prensa. Supondrá para la biología lo que Einstein ha sido para las matemáticas y la física. Coincide con mis investigaciones previas y amplía mis conclusiones. Parece indicar, como yo sospechaba, que en la Tierra hubo un ciclo o ciclos de vida orgánica anteriores al que conocemos y que empieza con las células arqueozoicas. Evolucionó y se especializó hace no menos de mil millones de años, cuando el planeta era aún joven y hasta hacía poco inhabitable para cualquier forma de vida de estructura protoplásmica normal. La pregunta es cuándo, dónde y cómo se produjo ese desarrollo.
Más tarde. Al examinar ciertos fragmentos de esqueletos de saurios y mamíferos primitivos marinos y terrestres, hemos encontrado extrañas heridas o lesiones no atribuibles a ningún depredador o animal carnívoro de época alguna. Son de dos tipos: agujeros rectos y penetrantes e incisiones cortantes. Hay uno o dos casos de huesos seccionados limpiamente. No hay muchos especímenes afectados. He enviado a varios hombres al campamento a buscar linternas. Extenderemos el área de búsqueda bajo tierra cortando las estalactitas.
Aún más tarde. Hemos encontrado un peculiar fragmento de esteatita de unos quince centímetros de ancho y cuatro centímetros de grosor totalmente distinto de cualquier formación de la zona. Es verdoso, pero sin indicios que permitan datarlo. De peculiar suavidad y regularidad. Tiene forma de estrella de cinco puntas con los extremos rotos e indicios de acanaladuras en los ángulos interiores y el centro de la superficie. Hay una suave depresión en el centro. Su posible origen y la erosión sufrida despiertan nuestra curiosidad. Probablemente se trate de una anomalía de la erosión del agua. Carroll ha creído detectar otras marcas de interés geológico con la lupa. Grupos de puntos minúsculos con un patrón regular. Los perros se muestran inquietos mientras trabajamos y parecen odiar esa esteatita. Debemos comprobar si tiene algún olor peculiar. Volveré a informar cuando llegue Mills con la luz e iniciemos la exploración subterránea.
22:15. Importante descubrimiento. Orrendorf y Watkins, trabajando bajo tierra a las nueve y cuarenta y cinco con la luz, han encontrado un fósil monstruoso en forma de barril y de naturaleza totalmente desconocida; probablemente vegetal a no ser que se trate de un ejemplar enormemente desarrollado de algún radiado marino desconocido. El tejido se ha conservado gracias a las sales minerales. Es duro como el cuero, pero sorprendentemente flexible en algunas partes. En los extremos y los lados hay marcas de partes rotas. Dos metros de punta a punta, un metro de diámetro central y se estrecha hasta treinta centímetros de diámetro en los extremos. Recuerda un barril que tuviese aristas en lugar de duelas. En el ecuador de las aristas hay unos abultamientos laterales que parecen tallos más finos. Peines o alas que se pliegan y despliegan como abanicos. Todos están dañados menos uno, que extendido mide casi dos metros. Su disposición recuerda a ciertos monstruos de mitos primitivos, sobre todo a los fabulosos Seres Ancianos del Necronomicón. Las alas parecen membranosas y se extienden sobre una estructura de tubos glandulares. Se aprecian orificios diminutos en los tubos al extremo de las alas. Las puntas del cuerpo están arrugadas y no permiten ver el interior ni deducir qué se insertaba en ellas. Tendremos que diseccionarlo cuando volvamos al campamento. Imposible decidir si es animal o vegetal. Muchos rasgos evidencian un primitivismo casi increíble. He puesto a todo el mundo a cortar estalactitas y a buscar otros ejemplares. Hemos encontrado más huesos con incisiones, pero tendrán que esperar. Estamos teniendo dificultades con los perros. No soportan el nuevo ejemplar y probablemente lo harían pedazos si no los mantuviésemos a distancia.
23:30. Atención, Dyer, Pabodie, Douglas. Asunto de crucial —casi diría trascendental— importancia. El Arkham debe transmitirlo cuanto antes a la estación de Kingsport Head. El extraño ejemplar en forma de barril es el organismo arqueozoico que dejó las huellas en las rocas. Mills, Boudreau y Fowler han descubierto un grupo de otros trece en un saliente subterráneo a unos doce metros del acceso a la cueva. Están mezclados con fragmentos redondeados de esteatita más pequeños que el encontrado antes: con forma de estrella, pero sólo con algunas puntas rotas. Ocho de los especímenes orgánicos están aparentemente enteros, con todos los apéndices. Los hemos sacado a la superficie, tras alejar a los perros. No soportan esas cosas. Presten atención a la descripción y repitan para confirmar. Los periódicos deben recibirlo con la mayor exactitud posible.
Los objetos tienen dos metros y medio de longitud total. Cinco aristas de un metro y medio, dos metros de diámetro central y treinta centímetros de diámetro en los extremos. Color gris oscuro, flexibles y muy duros. Alas membranosas del mismo color y dos metros de extensión, que encontramos plegadas, insertadas en los canales entre las aristas. La estructura de las alas es tubular o glandular, de color gris más claro, con orificios en las puntas. Las alas abiertas tienen bordes aserrados. En torno al ecuador, en el centro de cada una de las aristas con forma de duela, hay cinco sistemas de brazos o tentáculos flexibles de color gris claro que estaban pegados al cuerpo pero pueden extenderse hasta una longitud máxima de un metro. Parecen los brazos de un crinoideo primitivo. Un tallo único de unos dos centímetros de diámetro se divide a los doce centímetros en cinco tallos, cada uno de los cuales se divide a su vez en cinco tentáculos o zarcillos, lo que da a cada tallo un total de veinticinco tentáculos.
En un extremo, un cuello bulboso de color gris más claro con una especie de branquias sostiene lo que parece ser una cabeza amarillenta con forma de estrella de mar de cinco puntas y cubierta de cilios ásperos de siete centímetros y diversos colores prismáticos. La cabeza es gruesa e hinchada y tiene unos sesenta centímetros de punta a punta, con unos tubos flexibles de ocho centímetros de longitud que se extienden desde cada punta. Justo en lo alto hay una acanaladura que probablemente sea una abertura respiratoria. Al final de los tubos hay una expansión esférica con una membrana amarillenta que revela un glóbulo vidrioso de iris rojizo, evidentemente un ojo. Cinco tubos rojizos un poco más largos salen de los ángulos interiores de la cabeza en forma de estrella de mar y terminan en una especie de saco del mismo color que, al presionarlo, se abre en forma de orificio con un diámetro máximo de cinco centímetros y afiladas proyecciones semejantes a dientes. Probablemente una boca. Todos los tubos, cilios y las puntas de la cabeza en forma de estrella estaban plegados hacia abajo, con los tubos y las puntas pegados al cuello bulboso y al cuerpo. Sorprendente flexibilidad a pesar de su enorme dureza.
Al otro extremo hay un tosco equivalente de las estructuras de la cabeza, aunque con funciones diferentes. Un pseudocuello bulboso sin branquias sostiene una base de cinco puntas. Brazos duros y musculosos de un metro y medio de longitud que se estrechan desde quince centímetros en la base hasta cuatro centímetros en la punta. En cada punta hay un extremo triangular membranoso de color verde y veinte centímetros de largo por quince de ancho. Es la aleta o pseudopie que ha dejado las huellas en rocas de entre mil millones y cincuenta o sesenta millones de antigüedad. De los ángulos interiores de la estrella salen tubos rojizos de sesenta centímetros que se afinan desde ocho centímetros en la base hasta dos centímetros y medio en la punta. Orificios en los extremos. Todas esas partes son correosas y de una dureza increíble, pero extremadamente flexibles. Los cuatro brazos con aletas sin duda se utilizaban para algún tipo de locomoción marina o de algún otro tipo. Al moverlos, se aprecian indicios de una exagerada musculatura. En el momento del hallazgo todas las proyecciones estaban plegadas sobre el pseudocuello y el cuerpo de forma similar a las del otro extremo.
Seguimos sin poder determinar si pertenece al reino animal o vegetal, pero parece más probable que se tratara de un animal. Es posible que represente a un radiado increíblemente evolucionado que conservó ciertos rasgos primitivos. A pesar de algunas pruebas contradictorias, las semejanzas con los equinodermos son inconfundibles. Las estructuras del ala resultan extrañas dado su probable hábitat marino, aunque tal vez sirvieran para la navegación en el agua. La simetría es curiosamente vegetal y recuerda la estructura vertical de los vegetales y no la anteroposterior de los animales. La época de su evolución, que precede incluso a la de los protozoos arqueozoicos más sencillos conocidos, impide cualquier conjetura respecto a su origen.
Los ejemplares completos guardan un parecido tan extraordinario con algunas criaturas de los mitos primigenios que la idea de que existiesen fuera de la Antártida parece inevitable. Dyer y Pabodie han leído el Necronomicón y han visto los alucinados cuadros de Clark Ashton Smith inspirados en dicho texto y sabrán a qué me refiero al aludir a los Seres Ancianos que se supone que crearon la vida en la Tierra por error o burla. Los estudiosos siempre han pensado que se concibieron basándose en una descripción morbosa e imaginativa de algún antiguo radiado tropical. También hay apéndices como en el culto a Cthulhu, similares a los de los seres del folclore prehistórico que ha descrito Wilmarth, etcétera.
Se abre un vasto campo de estudio. A juzgar por los ejemplares asociados, es probable que el yacimiento sea de finales del Cretácico o principios del Eoceno. Sobre ellos se han depositado enormes estalactitas. Cortarlas es una tarea laboriosa, pero su dureza ha impedido daños. El estado de conservación es milagroso y se debe sin duda a la acción de la caliza. Hasta el momento no hemos encontrado más, pero proseguiremos la búsqueda más tarde. Nuestra siguiente tarea será trasladar los catorce inmensos ejemplares al campamento sin los perros, que ladran furiosamente y no pueden dejarse cerca. Con nueve hombres —tres se quedarán a guardar a los perros— deberíamos poder manejar los trineos sin dificultad, aunque sopla mucho viento. Es necesario establecer comunicación con el estrecho de McMurdo y empezar a transportar el material. Pero antes de descansar quiero diseccionar una de esas cosas. Ojalá tuviese un laboratorio de verdad. Dyer se habrá arrepentido de haber intentado impedir mi viaje al oeste. Primero las montañas más altas del mundo y ahora esto. Si no estamos ante el mayor hallazgo de la expedición no sé qué será. Enhorabuena, Pabodie, por el taladro con el que hemos abierto la cavidad. Arkham, repita la descripción, por favor.
Las sensaciones que experimentamos Pabodie y yo al recibir aquel informe casi desafían cualquier descripción, y nuestros compañeros no nos fueron a la zaga en entusiasmo. McTighe, que había traducido a toda prisa unas cuantas frases según iba recibiéndolas, transcribió el mensaje entero a partir de la versión taquigráfica en cuanto la radio de Lake dejó de emitir. Todos comprendimos que se trataba de un descubrimiento crucial, y envié mis felicitaciones a Lake después de que el operador de radio del Arkham repitiera la descripción, tal como le habían pedido; Sherman y el capitán Douglas siguieron mi ejemplo desde el almacén en el estrecho de McMurdo y desde el Arkham. Después, como jefe de la expedición, añadí algunas observaciones para que el Arkham las emitiera al mundo exterior. Por supuesto, lo demás fueron absurdas especulaciones fruto de la emoción y mi único deseo era llegar cuanto antes al campamento de Lake. No pude ocultar mi frustración cuando recibimos un mensaje advirtiéndonos de que una tempestad en las montañas hacía imposible el transporte aéreo.
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