Читать книгу: «Hola Guille»

Шрифт:


Índice de contenido

Hola Guille

Portada

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Biografía

Legales

Sobre el trabajo editorial

Contratapa



Guille llegó silencioso del colegio. Se encerró en su cuarto como hacía siempre que quería estar solo. Si lo que sucedía se le presentaba difícil, Guille necesitaba pensar para entender.

Su habitación está al final del pasillo del departamento. Se escabulló de su mamá que, a esa hora, solía preparar el almuerzo en la cocina. Entró, tiró la mochila, puso Emanero en el celular, se acomodó los auriculares y se tiró en la cama. Escuchar a su rapero favorito lo ayudaba a reflexionar. Él también componía raps. Había descubierto esa música a los trece años y había comenzado a escribir sus propios raps hacía poco. Lo ayudaban a pensar y decir lo que le pasaba. "Son malos todavía", se decía. “Alguna vez los voy a cantar en un concurso”. Nadie sabía que era “cantautor”, ni siquiera Paula.

Esa mañana, Paula había estado insoportable. Había aceptado no decir que estaban “saliendo” como él le había pedido, pero todo el tiempo quería tenerlo cerca, no le sacaba los ojos de encima. Después de la pelea en la calle entre Paula y sus compañeras, sus compañeros la habían recibido con una guerra declarada en las miradas. Ninguno le habló y Guille tuvo que llenar ese vacío que se cortaba con navaja.

—¿Guille, volviste del cole? –gritó Josefina desde la cocina.

Josefina, la mamá de Guille, era maestra en una escuela pública. Hacía dos turnos: mañana y tarde. El almuerzo en su casa era sagrado. El único momento en el que podía compartir con su hijo. Por la noche, llegaba tarde y cenaba con su marido pasadas las diez de la noche.

—Ya voy, ma.

Se sentaron a comer. Josefina siempre quería saber y su hijo era un chico de contar, decía ella orgullosa. Pero esta vez, Guille no tenía ganas de volver a escuchar lo que su madre pensaba de Paula. Se había enterado de todo el asunto de las redes y no tenía ganas de sus comentarios.

—¿Volvió Paula? Era hoy, ¿no?

—Sí, vino.

—¿Y?

—Bien, nada.

Su mamá lo miró con ganas de más. Guille comía esquivando sus preguntas. Josefina sabía que Paula era su amiga, pero él no quiso comentarle que se gustaban mucho, que tenían “algo” aunque no eran novios. Josefina afirmaría todo el tiempo que no era una chica para él, que se merecía algo mejor, y que con todas las chicas lindas que hay en el cole justo se había enganchado con la más superficial, que lo iba a hacer sufrir. Y más, y más… Guille estaba cansado de escuchar.

—Bueno, nada, estuvimos juntos porque los chicos no le hablan y ella estaba nerviosa.

—Si empieza a hacer de las suyas…

—BASTA, mamá. No empieces.

Josefina paró su insistencia. Guille no le contaría más y no quería arruinar el momento. El almuerzo siguió con comentarios sobre las materias, los partidos de fútbol y los planes que tenían para irse una semana en las vacaciones de invierno a visitar a los abuelos en Mar del Plata.

—Si papá consigue que le den los días –comentó Josefina–. Me tengo que ir, Guille. Nos vemos a la noche. ¿Qué hacés a la tarde?

—Tengo que estudiar.

Josefina le dio un beso y salió apurada. Tendría que tomar un taxi otra vez.

Ya solo en el departamento, Guille recordaba con fastidio las semanas que habían pasado desde que Paula le había pedido ir a ese maldito desfile al que él no había ido. Sabía que no se iba a sentir cómodo y además sus amigos lo habían presionado para que no faltara al entrenamiento. Después vinieron las discusiones con Paula, los líos en las redes, las peleas entre las chicas. Finalmente, Paula se había enojado con él porque ayudó a parar una de esas peleas en la calle.

Esa mañana, Paula había vuelto de la suspensión. Marina y las otras chicas aseguraban que iban a obedecer las reglas del colegio, sin embargo, no querían a Paula cerca y menos tener que hablarle. Por el momento, el clima tranquilo era un hilo tenso que se podía romper con una mínima ráfaga de bronca. Y él pasó el recreo tironeado entre Paula y sus amigos.

Guille, tirado en su cama y con los raps en el auricular, pensaba. Comenzó a escribir algunos versos.

Mis amigos quieren de mí

que sea el mejor jugador.

Paulita espera de mí

que sea el novio genial.

Que sos buenazo y gil,

que sos muy bueno, gil.

Mis padres esperan de mí

que sea alumno mejor.

Mis profes esperan de mí

que sea siempre de mil.

Que sos muy bueno, gil,

que sos muy bueno, gil.

Y yo estoy atrapado,

atrapado no quiero ser mil.

Que sos muy bueno, gil,

que sos muy bueno, gil.

Siguió un rato garabateando esa letra que, como otras que tenía comenzadas, consideraba mediocre. Y esta encima parecía un tango de esos que escuchaba su viejo. Soñaba alguna vez poder cantar como René y Eduardo de Calle 13 o Emanero.

La tarde se le fue en raps y tareas que completar. No entró a las redes, por las dudas. Si había algún comentario desagradable, prefería no enterarse.

Sonó el WhatsApp, era Paula. Le clavó el visto. Fingió quedarse dormido, como si ella lo pudiera ver. “Soy un tarado”, se dijo. Pero en ese momento no tenía ganas de contestar. Ya había sido bastante lo de la mañana.


La tarde anterior a la vuelta de Paula al colegio, Guille había estado en su casa desde temprano. La había puesto al tanto de las tareas y evaluaciones que se había perdido. Paula tenía esa pose de superada que Guille ya conocía. Ella mostraba estar rebien, aunque por dentro estuviera a punto de estallar. Paula tenía que cuidarse de armar algún lio nuevo. Y si Guille estaba cerca, ninguna de esas se animaría a meterse.

—No te preocupes por mañana –le dijo Guille mientras estudiaban.

—Yo estoy bien. Dale, Guille terminemos con esto que estoy embolada.

Paula y Guille se gustaron desde el primer día del Secundario. Se hicieron amigos inseparables. Guille trataba de que ella estudiara y la bancaba en el colegio. Aunque a veces no la soportaba: sobre todo desde que se había puesto densa con el tema de ser modelo. Paula ya no tenía amigas en el colegio, se había peleado con Marina y las otras por un chico. Además, se había enfocado en ser modelo, usaba su energía y tiempo en gimnasios, cursos y en esa agencia que le había prometido ser una top model. Guille siempre la ayudaba a estudiar. Ahora, en las tardes de los días de suspensión: él iba para que no se atrasara.

Entre trabajos prácticos y resúmenes, se besaron por primera vez. Ella lo hacía con una dulzura que recorría el cuerpo de Guille. Desde que él se había animado a responder a las caricias y avances de su amiga, Paula decía que “salían”.

Esa tarde, ella estaba especialmente cariñosa y audaz.

—Vamos despacio, Pau –le decía Guille temblando.

—Te gustan mis besos –dijo Paula.

Le tomó la cara y le dio un beso suave en los labios.

Guille tenía su opinión con respecto a estar con una chica o ponerse de novio. No quería apurarse, no se consideraba maduro para afrontar una relación más comprometida. Él era un chico de ideas firmes.

Aunque Adriana quería que se quedara a cenar, él se fue temprano. Necesitaba alejarse, la tarde había sido intensa y estaba mareado. Cuando Paula lo asfixiaba con sus pretensiones, necesitaba la distancia y el tiempo para pensar cómo iba a seguir con ella que lo enamoraba y al mismo tiempo lo asustaba.

A la mañana siguiente, Guille entró al colegio directo a su clase, aunque había prometido a Paula encontrarse en la puerta. No quería entrar con ella, quería pasar más desapercibido.

Paula llegó y se sentó en su banco de siempre. Guille sintió las miradas de los compañeros sobre los dos y le transpiraron las manos.

La clase de Matemáticas empezó. La profesora indicó ejercicios para hacer. Paula inició una serie de mensajes.


En el recreo, charlaban, incómodos, con algunos que se acercaban por curiosidad. Los amigos de Guille lo llamaron para jugar a la pelota en el patio. Tuvo que bancarse los gestos y las burlas de sus voces y caras.

Mientras, Marina, Javier, Lorena, Paloma y Mara pasaban por delante. Mara era la única del grupo que no se reía. Paula les daba vuelta la cara. El odio se respiraba.

—Vamos a caminar por el patio —propuso Paula.

—Andá vos, yo me quedo por acá.

—Me prometiste que no ibas a dejarme sola —lo miró con bronca—. Mejor entro.

Guille no tenía ganas de discutir. Se acercó a sus amigos que lo cargaron.

La mañana se hizo interminable. A la salida, las chicas esperaban a Paula en la vereda. Aunque no se metieron con ella, le hicieron sentir que la guerra no había terminado.

Paula caminó rápido y Guille la siguió. Cuando perdieron a sus compañeros, Paula le increpó que la había dejado sola, que podría haber estado más con ella y que él no entendía por lo que estaba pasando.

—Estamos saliendo, tenés que estar conmigo.

Él no le respondió. Las palabras de Paula le resonaron exageradas. Era inútil explicarle en ese momento. Siguieron en silencio y apenas si se despidieron en la puerta de la casa de Paula.

Guille pensó que ese asunto con las chicas, en vez de mejorar con el lío que se armó con la pelea, había empeorado. Y que él ya estaba harto de quedar en el medio.


Con los días, el clima hostil se había aplacado. El tiempo y las normas claras ayudaban a calmar las aguas según los profesores. Todos sabían que la tregua dependía de que las chicas dejaran sus broncas en otro lado. Y eso parecía que estaba ocurriendo.

Una tarde, Guille acompañó a Paula a anotarse en un gimnasio. Ella no quería engordar lo que había bajado con el entrenamiento en la agencia y buscaba clases o un entrenador que le copara. Averiguaron en seis. Paula no se decidía por ninguno. Con mucha paciencia, la esperaba en la puerta o se sentaba en la vereda a escuchar música y practicar con las manos el ritmo del rap.

Después de que finalmente Paula se inscribiera en uno, fueron al shopping. Se sentaron a tomar una gaseosa antes de seguir camino. Esa tarde tenían que estudiar en lo de la abuela Moni porque los padres de Paula no estaban. A Guille le gustaba ir a lo de Moni. Era una señora muy agradable.

—Tengo que ir a buscar unos zapatos que dejé señados ayer. Después vamos.

—¿Otro negocio? Ya estoy mareado de tantas vueltas. Tenemos exámenes. Mejor dejalo para mañana.

—No me vas a decir cuándo necesito mis cosas. Si querés sigo sola.

—Está bien, le prometí a Adriana que iba a estar con vos toda la tarde, apurate.

Paula protestó por el apuro, Guille se calzó los auriculares. Ella no pensaba apurarse, tampoco tenía ganas de estudiar. Tomaba lentamente la gaseosa y mandaba mensajes por el celu. En un momento, levantó la vista, y vio en una mesa cercana a Ezequiel. Cuando Paula lo interceptó con la mirada, Ezequiel bajó la vista.

Ese compañero no se relacionaba con el resto de la clase desde que había llegado el año anterior. Se sentaba al fondo del aula. Y era un mirón, según las chicas del curso. Era flaco, desgarbado y si no hubiera sido por su forma de mirar que fastidiaba, nadie se hubiera dado cuenta ni de que existía. En el lío que se había armado con Paula y las chicas, Ezequiel no se había metido. Era reservado y callado. Algunos hicieron intentos de acercarse, pero el interés se desvaneció.

—Ese pibe no pone voluntad –decían.

Lo que les incomodaba de su presencia introvertida, eran esos ojos oscuros clavados en los compañeros. “¡Qué mirás, loco!”, le gritaban. Ezequiel bajaba la cabeza y se refugiaba en su celular.

—Apurate, Pau. Dale vamos. Me voy, chau –Guille la sobresaltó.

—Me ponés mucha presión, Guille, no funciono así yo.

—En la agencia funcionabas bien.

—¿Qué te pasa? No quiero hablar de eso.

Guille se encogió de hombros y bajó por la escalera mecánica. Paula corría detrás. Apenas había tenido tiempo de recoger su mochila y los paquetes.

En la casa de Moni tomaron mate con torta. Paula apenas comió. Más tarde, la abuela le dijo que no siguiera con eso de comer poco, que ya no iba a ser modelo.

—Está todo bien, abu. No me gustan los rollitos, me cuido.

Mientras estudiaban, Guille se desconcentraba demasiado. Él mismo se notaba raro desde que Paula había vuelto al colegio. Había momentos en que no la soportaba y en otros estar con ella lo relajaba y lo ponía contento. Paula, se daba cuenta y no decía nada. Prefería que las cosas siguieran así de calmadas, no soportaría estar sola en el colegio. Hasta Florencia, que antes la bancaba en el aula y en los pasillos del colegio, se había alejado desde el lío en las redes y se había armado otro grupo.

Mientras la abuela Moni les preparaba la merienda en la cocina, Paula se puso más cerca de Guille y le dio un beso en la mejilla. Él apenas sonrió y siguió con los ejercicios de Física. Le pasó la mano por el pelo, Guille no hizo nada. Volvió a intentar una caricia. Pero él la paró en seco.

—Estamos estudiando, Pau, hacé los ejercicios que tenemos que entregar mañana.

—Bueno, perdón, no quería distraer al estudioso –dijo irónica.

—No empecés, Paula, si no querés estudiar, me voy y listo.

—Dale, Guille, andate. Con ese humor no te banco.

Guille la miró con tristeza, no quería que estuvieran enojados. Pero él no se bancaba a Paula cuando se irritaba y ya no tenía la misma paciencia de antes. Cargó la mochila con sus libros y se fue.

Paula se quedó sentada llorando. Otra vez había arruinado la tarde. Se sentía de lo peor. Fue a buscar a Moni, necesitaba charlar con su abuela.


Marina entró al aula con los ojos hinchados de llanto y el pelo desarmado. Javier no venía con ella.

Javier y Marina eran la pareja más estable del colegio. Estaban saliendo desde hacía dos años. Javier había llegado al colegio, después de repetir dos años. A Marina le gustó desde el primer día ese chico lindo y más grande que sus compañeros. Javier la fichó cuando cruzaron la primera mirada. A las dos semanas eran novios. Iban juntos a todos lados, no se separaban. En los pasillos del colegio o en el aula se robaban besos y caricias, cuando los preceptores no los veían. Fuera de la escuela eran una pareja que, en los boliches y en las fiestas en casa de amigos, no se despegaban y ya tenían relaciones. Marina no hubiera querido acostarse con Javier tan pronto, su mamá no se cansaba de decirle que era mejor esperar para no complicarse la vida, pero en la fiesta de quince de Lorena, cuando estaban medio borrachos, no lo pudieron evitar. Hicieron el amor por primera vez en uno de los vestidores del salón.

Javier era celoso y no permitía que Marina tuviera amigos. Solamente admitía la amistad con Lorena y Pamela con quienes eran inseparables. Según Javier, Marina no necesitaba más.

Cuando Lorena y Pamela la vieron entrar, supieron que venía directo de la casa de su novio. Desde la separación de sus padres, Javier vivía con su papá que era viajante. Aprovechaban los días en que Javier estaba solo para que Marina se quedara a dormir con él. Para sus padres, Marina dormía en la casa de alguna de sus compañeras. Hasta el momento todo había funcionado bien.

Marina estaba callada y con la cabeza baja cuando se sentó en su banco de siempre. Al rato, Javier entró con la cara contracturada de enojo y se sentó en la otra punta del aula. Las chicas supusieron que la discusión había sido fuerte. Javier era muy celoso y las veces que se peleaban era porque sostenía que ella miraba a otros chicos o hablaba demasiado con algún compañero.

Marina no salió al recreo, aunque le insistieron. Estaba cansada y apoyó la cabeza entre los brazos. Marina hacía lo posible para disimular el golpe. El pelo en la cara ocultaba el moretón en la mejilla. No quería dar las excusas de que se había caído y golpeado con un mueble. Además, tenía sueño y le dolía todo. Quería pasar la mañana lo más disimuladamente posible, irse a su casa y acostarse a dormir para siempre.

—No te dejó dormir anoche, ¿eh? –le dijo Lorena con complicidad.

Marina no respondió.

En el aula estaban Paula y Guille que tampoco habían salido al patio. Otros compañeros se habían quedado estudiando. “Por suerte la modelito está ocupada”, pensó Marina.

Ezequiel, mientras tanto, no le sacaba la vista de encima.

—Mari, ¿te pasa algo? –preguntó Lorena preocupada.

—Naa, estoy cansada. Nada más.

Lore se sonrió. Algunas veces la había visto bastante dormida en clase, sobre todo cuando venían directo de la casa de Javier.

—Loca, ¿estás bien? ¿pasó algo anoche? Estás como si te hubiera pasado un camión por arriba. ¿Se pasaron de joda o qué? –Pamela la azuzaba para que Marina contara la verdad de lo que ya sospechaban.

—Nada, ¡callate! Dejame tranquila.

Javier también estaba raro y esa mañana se mantuvo lejos de ella. Lo había hecho enojar con esos comentarios que no tenían nada que ver y menos cuando estaban extenuados en la cama. Le salió un cachetazo primero. Lo iba a parar ahí, era suficiente para ubicarla. Ella siguió, lo insultó y se quiso ir. La agarró de los pies y la tiró al suelo. Se descontroló y le pegó patadas en las piernas. Paró cuando ella le pidió perdón.

Javier no podía mirar a Marina, esta vez se le había ido la mano.

Casi al final de la mañana, le mandó un whatsapp: “Perdón, amor. Te quiero”.

Marina ni lo miró y, cuando sonó el timbre de salida, fue la primera en irse. Caminó rápido para que Javier no la alcanzara. Sabía que si hablaba con él aflojaría y esta vez no quería. Necesitaba juntar fuerzas y decisión para dejarlo. Había hecho un comentario sobre Guille y Javier le pegó un cachetazo que le dejó ese moretón en la cara. Los golpes de las piernas estaban escondidos por los pantalones.

Se sentó en un banco de la plaza, le venía a la cabeza la escena de la noche anterior. Javier la alcanzó y la abrazó. Ella trató de sacárselo de encima, pero él lloraba, la acariciaba dulcemente, le besaba la cabeza y le pedía perdón.

Los compañeros que pasaban estaban acostumbrados a esas escenas de la pareja en la plaza vacía al mediodía.

Marina no quería aflojar y lo haría si se quedaba, como había hecho otras veces que Javier le había pegado. La noche anterior había sido más bruto.

—Vamos a mi casa y nos reconciliamos, Mari. Todo va a estar bien.

—Dejame en paz. ¿Vos qué te pensás? ¿Que lo de anoche fue nada? ¡¡ME PEGASTE!!

—Ya te pedí perdón. Me hiciste enojar, boluda, con eso de que Guille se merece otra piba, que Guille esto, que Guille… me puse celoso. ¿Qué tenés que estar pendiente de ese tarado?

—Dejame tranquila.

Marina agarró su mochila y salió corriendo.

Javier esta vez no se atrevió a seguirla. Tenía que esperar a que se le pasara.

637,90 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
157 стр. 80 иллюстраций
ISBN:
9789875043152
Издатель:
Редакторы:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания: