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Fina Sanz

LOS LABERINTOS

DE LA

VIDA COTIDIANA

LA ENFERMEDAD

COMO AUTOCONOCIMIENTO,

CAMBIO Y TRANSFORMACIÓN


© 2001 by Fina Sanz y Editorial Kairós, S.A.

Primera edición en papel: Marzo 2002

Primera edición en digital: Febrero 2021

ISBN-10: 84-7245-517-3

ISBN-13: 978-84-7245-517-7

ISBN epub: 978-84-9988-058-7

ISBN kindle: 978-84-9988-897-2

Foto cubierta: Miguel V. Andrés

Composición: Pablo Barrio

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.

AGRADECIMIENTOS

No es fácil plasmar en unas líneas mi agradecimiento a tantas personas queridas que en estos años han estado a mi lado. Hemos compartido momentos buenos y también dificiles.

En primer lugar quiero agradecerle a mi familia su apoyo y acompañamiento; en especial a mi hermana Tere, por su presencia.

A Consuelo Ruiz, Paloma Andrés, Pilar Blanco y Rosa Casado, por su ánimo y esperanza.

A Juan Luís García, entrañable amigo, que como otras veces, ha sido mi interlocutor y crítico en la discusión de cada una de estas páginas.

A Carlos Arango y a la Red de amigas/os de España y América Latina, que han supuesto un gran soporte afectivo.

A Pilar Acevedo, Concepción Núñez, Rigoberto León, Carlos Figueroa, Esther Casanova, Alejandra, Aurora y Marta Toledo, por hacerme partícipe de su tierra entrañable que es México. A Sara Olstein, Margarita Ripoll, Rachel Gutiérrez, Aglaete, Maribel Chalas, Juan Luis Alvarez, Norberto Inda, Pilar Olavarría, Marina Laski y Paola.

A Lluci y Miquel por su viaje laberíntico.

A la inmensa Amparo Cardaño por su gran corazón.

A Josep Vicent Ramón, Teresa Segarra, Violeta Mendoza, Erick Pescador y Jesús Gasent, compañeros y amigos, por su cuidado.

A Susi, mi gran colaboradora.

A Guillermo Ramos, por sus dibujos y por hacerme reír incluso en momentos en que no tenía demasiadas ganas.

A la médica Carmen Jiménez, por su comprensión, respeto, aportes y atención.

Al doctor Osadolor, Cañuelo, Hailiang y Alcaino.

A Tan Nguyen por sus consejos.

A Victoria Sau.

A las personas que participaron en el taller internacional de España y México, con las que he vivido tan buenos momentos.

A toda la gente que ha participado en talleres, clientes y amigos/as que de una u otra forma han colaborado en este libro aportándome fotos, sus dibujos –como Santos Perales que ha tratado de plasmar en dibujo algunos de mis sueños–, bibliografía o sugerencias, y tantas otras personas que me he encontrado en el camino durante estos años, amigas y amigos que me han hecho saber que están ahí, para lo que necesitara.

A quienes han apoyado la Fundación de Terapia de Reencuentro, en especial a Andrés e Inma.

A Salvador Pániker, con admiración y respeto.

A Agustín Paniker, director de la Editorial Kariós, por animarme a escribir este libro y confiar de nuevo en mí.

A todas y a todos, gracias.

SUMARIO

1  PRESENTACIÓN de Salvador Pániker

2  INTRODUCCIÓN: Transitar caminos

3 PRIMERA PARTE1. EL LABERINTO1. El símbolo del laberinto2. El lenguaje3. El espacio sagrado4. La danza sagrada5. Jardines y juegos6. Tipos de laberintos7. El sendero y el centro8. Fases del laberinto9. El viaje10. Mitos, leyendas, cuentos y narraciones11. Aliadas, aliados y monstruos12. La peregrinación

4 SEGUNDA PARTE2. LOS LABERINTOS DE LA VIDA COTIDIANA1. Las situaciones laberínticas2. Los duelos3. Fases del laberinto3. LOS LABERINTOS EN LA TERAPIA DE REENCUENTRO (TR)1. El encuadre teórico de la TR2. Metodología del símbolo del laberinto

5  TERCERA PARTE 4. DENTRO DEL LABERINTO 5. MÉXICO COMO ALTERNATIVA 6. LA ESPERANZA DE AVANZAR EN EL CAMINO 7. TERCER VIAJE A MÉXICO (ENERO DEL 2000) 8. NUEVO CICLO 9. VIAJE INTERCULTURAL: OCTUBRE DEL 2000 10. ¿SALIR DEL LABERINTO O EMPEZAR DE NUEVO?

6  CUARTA PARTE 11. ALGUNAS CLAVES PARA LA REFLEXIÓN

7  Epílogo

8  Bibliografía

PRESENTACIÓN

Hacía mucho tiempo –tal vez desde que leí Gracia y Co raje de Ken Wilber– que no topaba con un texto tan honesto, conmovedor e inteligente como éste de Fina Sanz, Los laberintos de la vida cotidiana. La trama es fácil de resumir. Febrero/Marzo de 1999. A Fina Sanz le diagnostican una grave enfermedad y tras un proceso que la autora describe con minuciosa valentía, decide afrontar lo que la vida pueda traerle a partir de este momento; decide describir su enfermedad, escribirla, no ocultar su sombra. Comprueba entonces que cada ser humano es único y cada laberinto diferente.

¿Qué es un laberinto? Según Fina Sanz es «un espacio sagrado, un camino difícil, un recorrido desorientador que tiene, sin embargo, un sentido». Más adelante añade que nos ayudamos del concepto de laberinto para entender procesos internos y, muy especialmente, aquellos que se refieren a despedidas, duelos y cierres de etapa. Se trata, pues, de descubrir qué sentido tiene la enfermedad, una pregunta que todos nos hemos hecho más de una vez en la vida; qué sentido tiene una situación de crisis. Personalmente estoy convencido, lo mismo que la autora, de que la enfermedad tiene un sentido o, mejor dicho, que se lo podemos dar. Hace años yo mismo anoté en mi diario que «son de una enervante ingenuidad los seres humanos que desconocen la enfermedad; apenas se enteran de nada». Debí de escribirlo en alguno de mis frecuentes ataques de astenia. También escribí que la enfermedad es un recordatorio de que cuando uno se aferra a algo todo termina por derrumbarse. La enfermedad es, pues, un estímulo crítico, un obstáculo incitante. Recordemos las palabras que Teresa de Ávila dirige a sus monjas del Carmelo: «Si no os determináis a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haréis nada». Yo añadiría: «nunca comprenderéis nada».

Pero Fina Sanz va más lejos y nos habla también del conocimiento y preparación para la muerte, pues «el prepararse para morir, el buen morir, es algo que desconocemos en nuestra sociedad». «No se habla de la muerte en nuestra sociedad –la muerte es un tabú– y por lo tanto la muerte no existe». Sabemos intelectualmente que hemos de morir, pero emocionalmente no lo asumimos: nos instalamos en la fantasía de vivir eternamente. Y sin embargo esta fantasía tiene un cierto fundamento, pues vivir eternamente es vivir en el presente, y ésta es también otra de las vivencias que encontramos en el libro de Fina Sanz. Vivir en el presente no significa dejar de hacer planes para el futuro; vivir en el presente es instalarse en lo cotidiano, en la hondura del día a día.

Quiere decirse –y ésta es una idea que he desarrollado en otro lugar– que quien vive en el presente diluye el temor a la muerte. Entonces, abolido el miedo a la muerte, neutralizada la angustia del tiempo lineal, cabe «dejarse ir», abandonarse a la realidad de cada instante, al Tao. Y no se trata de que el presente, el instante, sea breve y fugaz, sino de que el presente está fuera del tiempo, fuera de «la mancha y el hedor del tiempo», que decía el Maestro Eckhart. Diré más: tampoco hay que esforzarse por alcanzar el presente, pues en el presente estamos ya, y no existe ningún camino para llegar al lugar donde ya se está.

Un místico es alguien que sabe esto.

Un místico no aspira a la inmortalidad, porque es ya eterno en el presente.

Pero no quisiera mezclar aquí mis ideas con las de Fina Sanz. Ella se enfrenta con la enfermedad –su enfermedad– y decide extraerle el jugo a una situación límite. Su conclusión es que el laberinto tiene salida y que ella ha recorrido un gran trecho del mismo, y se siente más libre. Por el momento está poniendo su energía en la sanación. He aquí, pues, el testimonio de una psicoterapeuta que analiza su propio caso con honestidad e inteligencia. Es el caso de una entrañable mujer que a la hermosa edad de cincuenta años le planta cara al destino, se distancia sin hacerse fría, indaga en lo profundo de sí misma, escribe este libro. Esta precisa y admirable crónica.

SALVADOR PÁNIKER

INTRODUCCIÓN TRANSITAR CAMINOS

Febrero del 99. Me tomé una semana de descanso en un pequeño apartamento de la playa. Después de mi último libro estuve mucho tiempo sin deseos de escribir un nuevo texto, aunque sí redacté algunos artículos.

Fue un período de impasse en donde lo que necesitaba era nutrirme de nuevo, recibir más que dar, aprender, crear cosas nuevas, mirar, contemplar, escuchar... A veces me preguntaba: «¿Volveré a escribir de nuevo?». Ése es uno de los temores que surgen en el proceso de creación hasta que se consigue plasmar y materializar las ideas, los conceptos.

En esas minivacaciones algo se despertó en mí y deseé empezar a concretar los trabajos terapéuticos que había ido elaborando en los últimos años; tomé mi ordenador y me dispuse a estructurar algunos de los temas que irían presentando y ampliando, teórica y metodológicamente, la Terapia de Reencuentro.

Cuál sería mi sorpresa al ver que frente a la idea de escribir el guión de un libro me fueron surgiendo ¡cinco libros! ¡Qué suerte –pensé–, de nuevo volvería a escribir! Varios años de gestación me iban, por fin, a permitir articularlo. Me sentía excitada, contenta y agradecida hacia el Universo que me inspiraba, y hacia mí misma. Me sentí potente. Con ese ánimo volví a Valencia y lo comenté con mi amigo Juan Luis.

Juan Luis me ha servido de acicate y crítico en mis anteriores libros. Lo elegí para que hiciera ese papel, el cual aceptó encantado. De ese modo nos veíamos, tomábamos algo juntos, charlábamos y discutíamos. En las ciudades es difícil darse el tiempo para cosas sencillas y placenteras como es estar con nuestras amistades, así que a veces nos buscamos excusas para poder compartir. El debate con él me ayudaba a defender mis ideas, aclararlas, cambiar formas de expresión o ampliar contenidos. Era estupendo.

Aquel día estábamos merendando en una cafetería. Le hablé de las temáticas de los libros que tenía previsto redactar; me dijo muy convencido:

–Te falta uno.

–¿Cuál? –respondí con curiosidad.

–Uno acerca de la espiritualidad.

–No, ese tema –que incluye la muerte– hace relativamente pocos años que lo estoy trabajando. No me siento todavía preparada para escribir sobre ello.

Paradójicamente a los quince días de esta conversación me diagnosticaron una grave enfermedad que me exigía, quisiéralo o no, pensar y sentir acerca de las posibilidad de la cercanía de la muerte y a vivir unas experiencias externas e internas, psicofísicas, espirituales y relacionales, que me obligaban a posponer mis proyectos y priorizar esa nueva temática, que se presentaba en mi vida seguramente para algo.

En este proceso personal, que voy a ir describiendo, se verá que hay bastantes hechos aparentemente «casuales», azarosos, que seguramente tienen un sentido más allá de que lo podamos ver inmediatamente o con la distancia del tiempo. Son como “pistas” que suelen reconducir la vida si sabemos escucharlas.

Los primeros meses de la enfermedad –de estos dos años y medio– no sentí deseos de redactar. No soy una escritora metódica de dedicación diaria; al contrario, soy anárquica y sólo tomo el lápiz o el ordenador cuando me surgen las ideas, estoy inspirada o sencillamente siento dentro de mi cuerpo el impulso de exteriorizar y plasmar lo que tengo en mi interior y que clama por salir. A pesar de eso, a lo largo de ese tiempo fui guardando algunas notas más o menos extensas que, si bien no constituían un diario, sí recogían algunos datos que he ido considerando importantes del día a día, de lo que me ocurría y de lo que ocurría a mi alrededor.

Por entonces, la Coordinadora de la Red de Salud de Mujeres Latinoamericanas y del Caribe me pidió un artículo sobre sexualidad ¡No estaba yo para sexualidades en aquel momento! Pero sin embargo creí interesante cambiar la propuesta que me habían hecho y sugerirles un artículo en que transmitiese mi propia experiencia de salud/enfermedad a otras personas que quizás podrían estar sintiendo lo mismo, aisladas en su propia angustia, sin entender qué les estaba pasando, o no sabían cómo acompañar a la gente querida que se encontraba en ese trance.

Titulé el artículo: “Los laberintos de la vida cotidiana”,1 que fue presentado posteriormente y ampliado en las Jornadas de Psicología Transpersonal.2

La excelente acogida que esta presentación tuvo en ambos ámbitos me animó a desarrollarla ya en forma de libro. Dos años y medio de recorrido es muy poco tiempo cronológico; pero el tiempo se torna muy relativo en relación con la intensidad de las vivencias. Lo he vivido intensamente dando vueltas y más vueltas3 en un laberinto del cual todavía no he salido.

En ese discurrir he podido comprobar que no sólo a mí me pasaban cosas sino cómo todo ello repercutía en mi entorno, tanto en relación a la gente cercana como incluso a la lejana.

Eso me ha ido llevando a reflexionar acerca de que, más allá de las particularidades de cada vida, de cada persona –cada cual somos estrictamente únicas e individuales, por eso mi historia es personal–, más allá del tipo de desajuste de la salud que se tenga –no importa cómo se manifieste o qué nombre tenga–, el proceso de lo que se llama una enfermedad grave es muy similar en las personas y evoca, tanto en ellas como en las/os acompañantes, el sentido de la existencia, que nos resulta más o menos fácil o dificil de entender según el significado de vida y muerte de nuestra cultura y sociedad.

He querido presentar este libro dividido en varios apartados:

 En la primera parte trato de enmarcar el tema del laberinto dentro del contexto simbólico y arquetípico de los laberintos; es una breve introducción acerca de este tipo de construcciones que nos han dejado las tradiciones culturales. Eso nos permite ver dichas construcciones materiales y entender el sentido espiritual que tenían.

 En la segunda parte encuadro las situaciones difíciles y laberínticas cotidianas que cada cual puede reconocer en su propia vida, cómo se describen también en las sesiones clínicas de terapia individual o grupal, o qué elementos forman parte de ellas –los guiones de vida, los duelos, las emociones, etc.– y cómo he ido utilizando la metodología de los laberintos como uno de los instrumentos de mi trabajo.En las situaciones laberínticas de nuestra vida hay ciertos aspectos comunes sea cual sea el tipo de laberinto en el que nos encontramos. Pero también hay características diferenciadoras; cada laberinto es diferente, tiene sus particularidades.

 En el tercer apartado se concreta uno de esos períodos laberínticos: una enfermedad grave. Éste es el núcleo fundamental del libro. A través de una descripción autobiográfica de mi propio proceso, acotado a dos años y medio, trato de presentar qué es lo que me está ocurriendo en el afuera y en el adentro, cómo se vive esa experiencia por quien lo atraviesa, qué ocurre subjetivamente y en sus relaciones, etc., haciendo referencia a los elementos que han sido analizados en los capítulos anteriores.

 Hay una cuarta parte en la que se recapitulan, a modo de resumen, algunos temas que han aparecido en la descripción de la tercera parte. Con ello trato de reflexionar acerca de determinados recursos de ayuda y autoayuda. Quizás aprendiendo a acompañar podremos en algún momento acompañarnos.

A partir de la tercera parte, en donde el desarrollo laberíntico que presento está escrito desde la experiencia personal, utilizo formas verbales en presente y en pasado. He deseado mantenerlo así tal y como me surgía dependiendo de cuándo escribí las notas y cómo vivo los acontecimientos cuando los rememoro al ponerlos en papel y traducirlos en un libro. Muchas cosas pasadas continúo sintiéndolas muy presentes y vivencias presentes pueden pasar fácilmente al pasado.

He escrito este libro como una manera de ayudarme, integrando todo lo vivido y tratando de aprender de mí misma, buscando claves a través de la distancia.

Quiero dedicar este libro a cuantas personas me han consultado acerca de sus experiencias relacionales, sexuales, emocionales o físicas, laberínticas. De ellas he aprendido mucho. Pero, sobre todo, quiero dedicarlo a aquellas personas que están atravesando una enfermedad grave, así como a sus familias y amistades.

Espero que este texto sirva de referencia para quienes, de manera profesional –psicoterapia, medicina, servicios sociales, sexología– o desde el voluntariado ejercen una tarea de ayuda o acompañamiento a personas con problemas graves de su salud.

Confío también que pueda ser útil para cualquier persona que desee aumentar su autoconocimiento.

Deseo que quienes lo lean encuentren claves para comprender, ayudar, perdonar o disfrutar más de la vida.

PRIMERA PARTE

1. EL LABERINTO EL LABERINTO EN EL AFUERA

En las ferias de mi infancia y adolescencia había laberintos de cristal. Jamás entré en ninguno. No sentía la excitación que parecía proporcionarles a otras personas. Me inquietaban; no me producía ninguna diversión ver a la gente dando tumbos sin encontrar la salida. Creo que nunca me ha gustado meterme en situaciones complicadas, pero la vida se encarga, de cuando en cuando, de colocarte en ellas.

Hace unos años, por motivos profesionales –y sin duda también personales–, me sentí interesada por la idea del laberinto y empecé a investigar sobre ello y a utilizarlo como una herramienta metodológica para que se comprendieran ciertos procesos internos que aparecen en los conflictos de la vida cotidiana. Muchas veces, como tantas otras personas, me había sentido atrapada, confusa, sin saber qué hacer ni qué camino seguir.

Cierto día «cayó en mis manos» un libro sobre laberintos. Me interesó. Empecé a dibujarlos tal y como proponía el autor. Comenzó a resultarme atractivo o divertido reproducir una técnica sencilla de construcción, como si con ello descubriera su secreto; sin embargo, el recorrerlos visualmente o con el dedo me generaba sensaciones corporales en el pecho, el plexo solar o el vientre como de opresión, de una cierta ansiedad que me era familiar. En situaciones conflictivas es fácil reconocerlas.

Eso me hizo refexionar acerca de las construcciones laberínticas en el afuera –las que podemos ver, las representaciones que nos han dejado las distintas tradiciones culturales– y en el adentro –los procesos internos laberínticos que atravesamos.

En el modelo de trabajo que realizo –Terapia de Reencuentro– uno de los ejes de investigación es el eje sociocultural. La comprensión del ser humano ha de ser entendida con un enfoque multidimensional que implique la interrelación entre el afuera y el adentro, y la interconexión entre el espacio sociocultural, el relacional y el espacio interior. Consideré que la expresión laberíntica como símbolo en el afuera y las vivencias interiores debían tener relación y que encontrar una metodología de trabajo con esa herramienta podría ayudar a las personas.

No conocía laberintos próximos para poder explorar, así que estuve pensando qué construcciones de nuestra tradición cristiana podrían representar algo similar a las construcciones laberínticas. Intuí que los calvarios y las ermitas podrían representar una sencilla experiencia laberíntica, no tanto por la complejidad de su trazado, que es muy simple, sino por ciertos elementos simbólicos similares. En prácticamente todos los pueblos de Valencia existen. Lo que se llama calvario es el camino que sube, más o menos empinado y normalmente con vueltas y revueltas, hacia la ermita, pequeña capilla que guarda el santo/la santa patrón/a, y que está situada en alguna montaña. Suele recorrerse un día al año, coincidiendo con la fiesta del santo/de la santa y forma parte de una actividad religioso-festiva comunitaria.

Me marché a varios pueblos para recorrer en soledad algunos de estos calvarios. Trataba de intuir cuál podría ser la experiencia profunda, qué se podía descubrir en ese tránsito si tomábamos conciencia de ello. Descubrí ciertos paralelismos entre los laberintos y las experiencias laberínticas que se viven en algunos momentos de la vida y que la gente expresa frecuentemente en las sesiones terapéuticas como: «parece que siempre estoy en el mismo sitio», «parece que avanzo, pero creo que retrocedo»...

Los calvarios forman parte de la tradición cristiana. A través de un sendero, habitualmente en forma de zigzag y bordeado de cipreses que enmarcan el camino, se rememora, a través de un Vía Crucis, el Calvario de Jesucristo: Pasión, Muerte y Resurrección. El camino debería hacerse en un estado meditativo de conexión espiritual y plegarias. Finalmente se alcanza la ermita4 dedicada a alguna entidad sagrada que, generalmente tiene la virtud de curar algunos males como la peste en la Edad Media, o problemas de la vista, de la garganta, etc. [Véanse FIGURAS 1-2.]

Algún tiempo después viajé a San Francisco (California) y quedé gratamente sorprendida cuando, “por casualidad”, pude ver que en una de las iglesias de la ciudad habían reproducido sobre el suelo el laberinto de la catedral de Chartres (Francia), sin duda uno de los más conocidos del mundo cristiano de la Edad Media. Gente de todas las edades se descalzaba, entraba al laberinto y lo recorría en una actitud de meditación. Por supuesto, yo me di mi tiempo para recorrerlo asimismo y experimenté algunos fenómenos perceptivos similares al recorrido de los calvarios. Aunque el laberinto era más complejo, aparecían también determinados temores y ciertas sensaciones similares: «parece que no avanzo», «parece que he vuelto al mismo sitio». [FIGURA 3.]

A partir de ahí empecé a diseñar una metodología de trabajo-hablaré más de ello en el próximo capítulo– con estos temas para elaborar ciertos procesos internos que se viven como caóticos, confusos, a los que no se les ve la salida; así como para entender procesos de evolución personal, situaciones de crisis y la enseñanza que se nos ha legado en las diferentes tradiciones acerca de los procesos de transformación.

Pero ¿por qué el laberinto? ¿qué es un laberinto?

Un laberinto es un símbolo universal que aparece en todas las tradiciones culturales y períodos históricos, desde la prehistoria a la actualidad. Por lo tanto algo tiene que decirnos como una expresión del ser humano transpersonal. [FIGURA 4.]

El laberinto es un espacio sagrado, un camino difícil, un recorrido desorientador que tiene, sin embargo, un sentido espiritual. Puede ser una representación muy simple, tal y como puede verse esculpido sobre las piedras en los petroglifos gallegos o en pinturas rupestres. [FIGURAS 5 y 6.]

O pueden ser construcciones muy complejas y diversas como las que aparecen en el interior de las pirámides egipcias o en la estructura de palacios o iglesias, que aparecen en culturas tan distintas como la egipcia, la maya o la griega. [FIGURA 7.]

1. EL SÍMBOLO DEL LABERINTO

¿Qué simbología tienen los laberintos ?

Hay diversos tipos de laberintos y muchas interpretaciones de su sentido simbólico. Previsiblemente cada cultura y en cada momento histórico han podido ser utilizados para fines distintos. Iremos hablando de ello a lo largo de este capítulo.

Una de las interpretaciones que podemos darle es la relación con el cuerpo de la Madre Tierra. Las cavernas tuvieron una función religiosa en el paleolítico. La caverna «transformada ritualmente en laberinto, era a la vez teatro de las iniciaciones y lugar donde se enterraba a los muertos», por lo que entrar en un laberinto simbolizaba, en los rituales de iniciación o los funerarios, el retorno místico a la Madre.5

El diseño del laberinto no es el de un camino recto ni directo. Implica vueltas y encrucijadas que favorecen la desorientación y el perderse.

Rivera Dorado,6 citando a Plinio, hace hincapié en que el laberinto, en la época clásica, era considerado «emblema de un mundo al revés, donde están custodiados misterios y verdades superiores. Por lo tanto, según los casos, puede ser paradigma de los cielos o de los infiernos; expresión de una lógica opuesta a la humana».

2. EL LENGUAJE

El laberinto, como dice Gernot Candolini,7 puede considerarse como parte de un lenguaje oculto e incomprensible, que, sin embargo, todos conocemos.

Muchas veces miramos lo que está a nuestro alrededor pero no lo vemos. No entendemos en qué nos puede ayudar, qué nos quieren decir quienes los construyeron y qué es lo que transmite el propio laberinto con su lenguaje enigmático y su energía a través de los tiempos.

Una de las formas en que hemos podido mantener esa conexión es a través del lenguaje verbal. Con metáforas –«estoy en un callejón sin salida»– manifestamos, mediante la fuerza que tiene el símbolo del laberinto, determinados conflictos.

¿Por qué esa atracción por el tema a través de los siglos? ¿Por qué el ser humano ha sentido la necesidad de construir laberintos? ¿Quiénes en su vida cotidiana, desde edades tempranas, en momentos de confusión o de conflicto, o incluso como una especie de meditación, de mente en blanco, o hasta de aburrimiento, no han dibujado laberintos o representaciones laberínticas de este estilo?

Si, el laberinto tiene una fuerza que atrae, es la fuerza de la imagen arquetípica que reside en el inconsciente de cada cual y en el inconsciente colectivo; es un un modelo que sirve para expresar o representar algo.


Dibujos de laberintos espontáneos.

3. EL ESPACIO SAGRADO

El laberinto forma parte de los espacios sagrados; podríamos decir que en sí mismo constituye un espacio sagrado. Hablamos de espacio sagrado como opuesto a profano. Existen muchos lugares naturales de la Tierra que el ser humano ha identificado como sagrados. A este contacto o acercamiento a lo sagrado Mircea Eliade lo denomina “hierofanía”. Dice este autor: «al manifestar lo sagrado, un objeto cualquiera se convierte en otra cosa sin dejar de ser él mismo, pues continúa participando del medio cósmico circundante. Una piedra sagrada sigue siendo una piedra; aparentemente (con más exactitud desde un punto de vista profano) nada le distingue de las demás piedras. Para quienes aquella piedra se revela como sagrada, su realidad inmediata se transmuta, por el contrario, en realidad sobrenatural».8

Ciertos lugares fueron considerados como sagrados a través de los tiempos: bosques, cuevas, montañas, ríos... Algunos de esos lugares, como las cuevas, formaban parte de túneles o subterráneos laberínticos que estaban en el interior de la Madre Tierra. La Madre Tierra ha simbolizado en la antigüedad la vida (la que permite nacer las semillas, alimentarnos), la muerte (cuando morimos volvemos a la tierra), la transformación (todo se recicla) y el conocimiento.

Algunos de esos lugares eran sagrados porque parece ser que allí se experimentaba cierta energía –posiblemente había corrientes telúricas–, diversas sensaciones y percepciones que permitían un efecto “especial” sobre la persona,9 una apertura de la conciencia. Según Devereux10 «había en el pasado una actividad humana conspicua que reconocía el valor del lugar, del espacio sagrado: una preocupación por la interacción de la psique y el entorno». «Lo sagrado –continúa diciéndonos– es importante en los antiguos lugares sagrados porque lleva aparejadas zonas de la conciencia que han quedado anuladas en la conciencia contemporánea.»

Los laberintos surgieron fundamentalmente como espacio sagrado donde se pudiera conectar con otras dimensiones espirituales o de la conciencia, como el contacto con sus dioses o como un lugar de iniciación, de experiencias difíciles que permitieran entender el proceso de vida y muerte.

El espacio sagrado es el espacio del misterio. Algo ocurre en el laberinto que es misterioso. De ahí su fuerza, su atracción y su temor. No tiene una lógica racional. Hay que trabajar con la intuición. Hay una parte que podemos entender, y otra que no, que es misteriosa, por eso prevalece esa atracción y temor al mismo tiempo.

4. LA DANZA SAGRADA

El movimiento de búsqueda del laberinto tiene cierto paralelismo a una danza.

Las danzas sagradas rituales tienen un simbolismo de unión con la divinidad. «Los místicos han sopesado la idea de que el final de la espiral es asimismo un comienzo, o la idea de que la espiral conduce fuera de este mundo.»11 Así podemos verlo en las danzas de los derviches giróvagos.

Hay en el mundo danzas rituales para celebrar las cosechas, los matrimonios, o acontecimientos importantes de la comunidad.

Las formas de danza más antiguas están muy relacionadas con el laberinto. «Las danzas circulares y en espiral constituyen el tipo más puro de las danzas de veneración, porque ponen un énfasis estricto en el centro y la creación del espacio interior.»12

La espiral es una imagen de la evolución del universo y «simboliza el movimiento que describe el espíritu y muestra la relación del círculo y su centro. Todas las danzas laberínticas imitan el viaje de los muertos: el camino tortuoso representa el deambular del alma».13

Una de las danzas más conocidas en relación al laberinto es la danza de Geranos o danza de la Grulla –ave acuática–. Rememora el recorrido que hizo Teseo a través del laberinto y nos ayuda a entender la relación que existe entre «el laberinto y su Señora, la Diosa Pájaro de la Prehistoria».14 El laberinto, que es una representación más compleja del doble meandro, debió haber sido un símbolo del culto a la diosa. Una tablilla de Knossos, descifrada por Palmar (1965), «nos informa que el laberinto debió de haber sido un símbolo de la morada o “palacio” de la “Señora del Laberinto”.15

La danza griega de Geranos tuvo una gran influencia en las danzas eclesiásticas del cristianismo primitivo. Durante la Edad Media había danzas que se celebraban en los laberintos de las catedrales (vg. en la catedral de Auxerre).16

5. JARDINES Y JUEGOS

Frente a esa dimensión sagrada, misteriosa e iniciática, el laberinto se vulgarizó, se hizo profano, perdió su carácter de ritual sagrado y se empezó a utilizar en juegos y jardines.

En la época romana, el tema del laberinto aparece en diversos lugares, como en los frescos, los suelos, o como motivo decorativo en la cerámica. En la Edad Media adquieren un sentido diferente –el camino que lleva a Jerusalén– y se representan en las entradas de algunas iglesias.

A partir del Renacimiento se van diseñando en los jardines, adquiriendo un sentido más profano y estético. En Italia (s. XI), en Inglaterra (s. XVI) o en Francia, se diseñaban jardines laberínticos. Al principio eran de poca altura, más o menos a la altura de la rodilla, pero posteriormente se hicieron también más altos, como el de los jardines de Versalles, diseñados por Perrault en 1667.17

El sentido que adquiría el jardín en estas épocas era, además del estético, para estimular determinados estados anímicos. A veces se trataba de favorecer estados de reflexión, de meditación, de tranquilidad y sosiego; mientras que en otros casos se pretendía el efecto contrario: generar sorpresa, miedo o confusión.18

También, en algunos casos, tuvieron un sentido erótico, utilizándose ese espacio para encuentros y juegos amorosos.

Los laberintos se fueron incorporando también en los juegos de salón, de mesa, o infantiles, como “la rayuela” o como el juego de la oca, en donde se avanza y retrocede continuamente; o en ferias y parques de atracciones o como juegos gráficos de entretenimiento.

Actualmente algunas ciudades incorporan recorridos laberínticos como estímulo de diversión (Barcelona, Budapest). [FIGURA 8.]


El juego de la oca y tres en raya.


La rayuela.


Jardín de Coyoacán (México).

6. TIPOS DE LABERINTOS

Hay muchos tipos de laberintos:19 Los hay muy sencillos como por ejemplo las espirales, aunque hay quienes las consideran pseudolaberintos porque no hay opciones que tomar, sólo hay un sendero; simplemente es un camino largo. Pero hay otros más complejos en donde el sendero inicial de entrada se divide en varios senderos y hay que elegir. Es el debate entre lo racional y lo irracional: ¿cuál será el sendero adecuado?, ¿a dónde me llevará este camino: a la salvación o a la muerte?, ¿qué voy a encontrarme en este recorrido? ¿quién/quiénes puede/n aparecer?, ¿cuáles podrían ser los peligros?

Hay laberintos unidimensionales, bidimensionales, tridimensionales. Los hay hacia arriba, en dirección ascendente, como los zigurats, los hay hacia abajo en los subterráneos de ciertas construcciones o en los túneles y grutas. Los hay redondos, cuadrados... los hay simétricos (de ahí también su relación con los mandalas [FIGURA 9]: representación del cosmos que se utiliza para la meditación y el encuentro con el propio centro espiritual)20 y asimétricos; los hay con un centro que hay que alcanzar, o con varios centros –o pseudocentros que llevarían al principal–, o incluso sin centro (podría ser un laberinto como puro juego de entrada y salida). Podríamos decir que las variaciones de diseño son infinitas.

Generalmente, en los laberintos clásicos, a partir de una cruz van surgiendo círculos que acaban formando un camino entrelazado. Conduce hacia dentro y hacia fuera, siempre es de entrada y de salida y se dirige finalmente hacia el centro. Allí se encuentra el punto de regreso y el mismo camino conduce de nuevo al exterior.21

Humberto Eco22 agrupa los laberintos en tres modelos fundamentales:

a) Laberinto “univiario”: corresponde al laberinto clásico. Tiene una vía, un sendero y, aunque parezca muy complicado, es como un ovillo con dos cabos; se entra por una parte y se sale por la opuesta.

b) Laberinto “manierista”: es un laberinto difícil porque puede hacernos volver continuamente sobre nuestros pasos. Si pudiéramos deshacerlo no nos saldría un hilo, como en el univiario, sino una estructura de árbol con muchas ramificaciones, y solamente una lleva a la salida.

c) Laberinto “rizoma” o “red infinita”, donde cada punto se conecta con los demás, extendiéndose al infinito, como si fuera «un libro en el que tras cada lectura se altera el orden de las letras y se produce un texto nuevo».

7. EL SENDERO Y EL CENTRO

Los elementos más característicos del laberinto son: el sendero o camino que hay que recorrer y el centro, el lugar que hay que alcanzar, la meta que hay que conseguir y que supone aparentemente el objetivo del laberinto, adonde hay que llegar y desde donde habría que salir. Sin embargo, hay que destacar la importancia del sendero; es el recorrido que se hace, la actitud que se mantiene en el trayecto, lo que genera unas transformaciones internas, que culminan al llegar al centro y salir del laberinto. Llegar al centro supone que has tenido que hacer un viaje, haber realizado el difícil camino de transformación personal, de transformación de la conciencia.

Frecuentemente los laberintos –exceptuando los más simples o pseudolaberintos– son recorridos que tienen varios senderos, varios caminos, muchas opciones. Pero sólo uno de ellos será el adecuado, y no se sabe cuál. Eso es lo que genera confusión, desorientación. El laberinto es un recorrido que induce a la desorientación, a la confusión. Produce una sensación de locura («no tiene lógica»), vivencia de muerte («¿saldré viva/o de aquí?», «¿llegaré a encontrar el centro?»...).

Podría decirse que es un «enredo desorientador de caminos en los cuales puede perderse el incauto, pero que sin embargo tiene un auténtico camino hacia el centro».23

Incluso en los más simples, como veremos en el capítulo III, se generan también ciertas sensaciones y percepciones especiales al recorrerlos.

8. FASES DEL LABERINTO

a) El inicio

b) El desarrollo del viaje

c) La salida

a) ¿Por qué o para qué meternos en un laberinto? ¿Qué sentido tiene?

En algunas narraciones el viaje laberíntico se inicia porque en un momento concreto surge un problema y el héroe o heroína deben iniciar un viaje para encontrar la solución al problema. En la novela La historia interminable, de Michael Ende, el viaje se inicia porque el país sólo podrá salvarse de la “Nada” si Atreyu (el héroe) encuentra un nuevo nombre.

Se va en busca de algo extra-ordinario que tiene poderes sobrenaturales (vg.: el Grial). En algunos cuentos alguien se enferma o sufre un encantamiento y hay que iniciar un viaje para encontrar lo que le puede sanar.

¿Cómo nos preparamos para el viaje? ¿Tenemos conciencia de dónde estamos o dónde vamos a meternos? A veces sí, a veces no; sencillamente se inicia y eso no tiene vuelta atrás.

Cuando es posible preparar el viaje porque se es consciente de que se quiere iniciar, no hay que llevar mucho equipaje; pocas cosas, lo mínimo imprescindible. Una pesada mochila nos impediría caminar con la suficiente soltura.

b) Una vez dentro del laberinto ya hemos iniciado el viaje. Hay que recorrerlo.

El desarrollo del laberinto es lo que propiamente podríamos denominar “el viaje”, aunque éste también abarque el inicio y el final.

En ese proceso se generan acontecimientos que el héroe o la heroína tendrá que enfrentar. Es la «aventura» que aparece como la trama de cuentos, novelas o películas.

Ahí aparecerán personajes u objetos que funcionan como aliados/as, y otros que se manifiestan como monstruos o enemigos/as. ¿Cómo enfrentarse a ellos/as?

El laberinto es una experiencia de conocimiento, un viaje de conocimiento, más o menos fácil, con un sendero o varios, más o menos largo, con un centro o varios: pseudocentros o centros engañosos para que descubras el verdadero centro. Es en ese sentido en el que nos interesa el laberinto; cuando hablamos de conocimiento no nos referimos al conocimiento racional, sino a otro más intuitivo, se trata de la apertura a otro nivel de conciencia.

El laberinto es un símbolo sobre el difícil y complejo camino de la vida. «Habla de las verdades de la vida, de las dificultades y luchas, pero también simboliza la entrada, el centro y la nueva libertad una vez se vuelve al exterior».24

c) La salida del laberinto implica volver tras haber hecho el viaje y la transformación interior, afrontando las vicisitudes del camino, conseguir llegar al centro (matar al monstruo, conseguir el objeto mágico de sanación o adquirir el conocimiento necesario para poder volver) y luego retornar al punto de partida que se transforma con el retorno del héroe o heroína, quienes a su vez llegan también cambiados, no vuelven como partieron; todo lo que les ocurrió durante el viaje les ha madurado.

Así como cuando se anda el laberinto uno de los miedos que aparecen es no llegar al centro, una vez alcanzado, otro miedo es no encontrar la salida y quedar atrapado/a.

9. EL VIAJE

El laberinto simboliza un viaje, un viaje espiritual, un viaje heroico. Así se representa en diferentes mitos y leyendas de todo el mundo. Son viajes complicados, llenos de pruebas difíciles por las que la heroína o el héroe han de pasar. Una de las historias de viajes más conocidas en Occidente es la Odisea, de Homero. La Odisea nos narra el viaje que realizó Ulises, rey de Itaca –el héroe–, cuando volvía de la guerra de Troya para llegar a su país y a su casa. Anduvo perdido durante años teniendo que enfrentar un sinfín de viscisitudes, aventuras y desventuras con todo un panorama de emociones.

Mientras, en Itaca ¿qué hace Penélope, su mujer? Teje y desteje, teje y desteje –¿a qué nos recuerda esto? Es lo que se vive también en los laberintos internos, como se verá en los capítulos II y III– mientras Ulises continúa su viaje hasta que consigue volver.

El viaje del héroe se considera como «metáfora del proceso de desarrollo espiritual, durante el cual los diversos paisajes que la figura heroica recorre representan distintos aspectos de la psiquis humana y las pruebas físicas se convierten en exámenes de sus esfuerzos espirituales».25

No hay atajos en el laberinto; es un camino de conocimiento. Hay que hacer todo el viaje, pasar por todas las emociones transformándose en un ser nuevo, depurándose para alcanzar el centro, el conocimiento y volver transformado/a. Eso requiere un tiempo y una maduración personal. ¿De qué serviría querer conocimiento si no se estuviera preparado para recibirlo?

Cada tradición cultural tiene sus pequeños o grandes viajes espirituales. Los más pequeños pueden hacerse con frecuencia –vg. ir en romería a una ermita–, mientras que hay otros que por su dificultad o extensión en tiempo y espacio quizás pueden hacerse al menos una vez en la vida. El Camino de Santiago es el recorrido de viaje espiritual más emblemático de la cristiandad, así como La Meca lo es para el mundo musulmán o el Ganges para el hinduista.

10. MITOS, LEYENDAS, CUENTOS Y NARRACIONES

Los laberintos están relacionados con mitos y leyendas. «Los mitos, leyendas y cuentos no pretenden transmitir los hechos históricos de manera exacta, sino reflejar las vivencias del alma. Tratan de miedos, luchas y experiencias interiores que son comunes para muchos de nosotros».26

El más famoso mito laberíntico de nuestra tradición cultural europea, es el del Laberinto de Creta.27 En líneas generales el mito podría resumirse así:

«El rey Minos, casado con Pasífae, había pedido al dios Poseidón que le enviase una señal que confirmase su apoyo a Creta. Eso, además, le reconfirmaría también en su poder como rey. Poseidón aceptó la demanda pero a cambio exigió a Minos que a continuación le sacrificara el animal que le enviara como presente.

»De las aguas, surgió un bellísimo toro blanco. Era tal su belleza y potencia que Minos, rompiendo la promesa que había hecho, decidió ofrecer en sacrificio otro animal.

»Poseidón se enfureció y decidió castigarle: hizo que Pasífae se enamorara apasionadamente del toro blanco y copulara con él. De ahí surgiría el Minotauro, un monstruo mitad hombre, mitad toro.

»El rey Minos pidió al arquitecto Dédalo, que construyese un laberinto para encerrar en él al Minotauro.

»Uno de los hijos de Minos y Pasífae, Androgeo, que se distinguía por su destreza en las competiciones fue muerto en Atenas; unas versiones dicen que lo mataron jóvenes atenienses; otras, que fue el toro de Maratón que había enviado el rey de Atenas.

»Frente a este acontecimiento, Minos declaró la guerra a Atenas obteniendo la victoria con el apoyo de Zeus. Pero una de las condiciones de paz fue que cada nueve años se enviaría a Creta siete jóvenes y siete doncellas que serían entregados como tributo y devorados por el Minotauro.

»Después de dieciocho años, Teseo –hijo de Egeo, rey de Atenas– decidió formar parte de la comitiva que le iba a ser entregada al Minotauro, para enfrentarse a él y finalmente matarlo.

»Al llegar a Creta, Teseo conoció a Ariadna –una de las hijas de Minos y Pasífae–, que se enamoró de él. Deseando ayudarle en su salida al laberinto, Ariadna le entregó, un ovillo de hilo, para que, una vez muerto el Minotauro, encontrase el camino de vuelta. Pidió a cambio que se casara con ella y la llevase a Atenas. Teseo entró solo al laberinto, se enfrentó y mató al Minotauro y consiguió salir y liberar a sus compañeros/as gracias al hilo de Ariadna. Cuando finalmente salieron de Creta, Teseo abandonó a Ariadna en una isla...»

Una de las leyendas más conocidas en Europa se fue desarrollando a partir de relatos del siglo XII, en la Edad Media. Se trata de la leyenda del Grial. El viaje en busca del Grial que realizaron los Caballeros de la Tabla Redonda simboliza la búsqueda del paraíso.

La importancia del viaje se nos muestra también en los cuentos que, deformados por ropajes posteriores,28 han ido encubriendo su verdadera enseñanza. Cuentos como Alicia en el País de las Maravillas; novelas clásicas como «La Divina Comedia» de Dante, o modernas como Atrapados en el hielo (la legendaria expedición a la Antártida de Schackleton) de Caroline Alexander, guiones de cine –La huella, de Mankiewicz– etc., tienen una estructura laberíntica.

11. ALIADAS, ALIADOS Y MONSTRUOS

En todo este recorrido solemos encontarnos con aliados/as y monstruos. Podríamos decir que un aliado o aliada sería una persona, animal o cosa que nos sirve de ayuda; mientras que el monstruo podríamos entenderlo como aquello que nos bloquea, perturba, engaña u obstaculiza el camino.

Virgilio guiará a Dante a través de los Infiernos. El guía aparece como alguien que ayuda en el camino difícil, a no perderse. Es un aliado, diríamos, preferente.

También Ariadna es una aliada. Representa la guía para Teseo, pues con su ovillo le ayudará a encontrar la salida del laberinto.

En los mitos griegos, por ejemplo, los distintos dioses y diosas aparecen como aliados/as o enemigos/as (los monstruos).

Cuando hablo de los monstruos que aparecen en el camino me refiero a los enemigos, a personajes malvados a veces sobrenaturales, o a las dificultades u obstáculos que aparecen; puede ser aquello que nos da miedo o conecta con nuestras negatividades como la cólera, y que es necesario transformar para poder avanzar. En cuanto al monstruo, el gran monstruo, es aquel que está en el centro del laberinto, aquel que guarda celosamente el objeto deseado, en el que reside la esencia del conocimiento o de la salud. A veces se le representa en forma de dragón u otro animal o ser –vg. un gigante–, está a la entrada y hay que enfrentarlo.

Desde un punto de vista psicológico, el monstruo podría interpretarse como el recorrido que tenemos que hacer para matar el monstruo que hay en nuestro interior, bucear en las profundidades del inconsciente y ver y afrontar aquello que no desearíamos ver de nosotras/os mismas/os. Iniciar un proceso psicoterapéutico es recorrer un laberinto, buscar aquello que no nos va bien, hacer el recorrido y salir de ahí con otra perspectiva.

El desarrollo del laberinto representa también el paso de lo profano a lo sagrado, el recorrido de las pruebas de la vida hasta llegar al centro de la iluminación.

Es posible que el héroe tenga que superar el lado oscuro de su naturaleza representado por el monstruo,29 que, por otra parte, también podría interpretarse como el tesoro, el conocimiento o la respuesta, dado que es su guardián. Sólo enfrentándonos al monstruo podremos conseguir rescatar aquello que guarda y sólo aniquilándolo tendremos acceso a ello.

12. LA PEREGRINACIÓN

El camino laberíntico tiene también un sentido de peregrinación en donde el viaje físico y espiritual son simultáneos. El peregrino sale buscando un lugar distinto y superior, quizás con la convicción de que el proceso le concederá la curación física o espiritual o la ayuda divina para resolver problemas personales o situaciones difíciles.30

Hacia el siglo XIII cristiano se entendía como la senda del peregrino con dificultades, que finalmente permitía el encuentro con lo divino.31

El viaje de peregrinación más importante del mundo cristiano es sin duda el camino de Santiago, donde gentes de todos los lugares del mundo recorren a pie la ruta que, partiendo de Francia o España, confluye en la catedral de Santiago de Compostela.

Voy a describir una peregrinación de un pequeño pueblo de Castellón apenas conocido, pero que recoge muchos de los elementos simbólicos de los que hemos hablado: la de «els pelegrins de Les Useres» (los peregrinos de Les Useres).

Nos comenta Atienza32 que la peregrinación discurre desde el pueblo hasta el Peñagolosa –antiguo monte sagrado– en donde está situada la ermita de San Juan.

Los peregrinos son doce, como los doce apóstoles. La peregrinación se inicia con una misa a la que asisten los peregrinos, tras haber hecho lo mismo sus acompañantes. Éstos son tres clavarios, además del alcalde, el guía, los cocineros y los muleros, que transportan sobre las mulas lo necesario para el camino. Los ritos son estrictos. El silencio es fundamental durante el viaje, en el que se intercala algún cántico o rezo como por ejemplo, en recuerdo de un peregrino que murió de cansancio en el camino de vuelta.

Al llegar al santuario cenan y duermen en una especie de cueva. Después de oír misa, al día siguiente cada uno de los peregrinos tiene una reunión con su guía.33 «Una reunión a la que nadie sino los doce peregrinos puede asistir. Qué se dice en ella, qué les cuenta el guía y qué hacen los peregrinos tras ese acto iniciático es algo que nadie sabe ni, seguramente, sabrá jamás, como no sea que haya sido peregrino en aquella romería». Más tarde se hace una procesión con la imagen del santo y se vuelve al pueblo. [FIGURA 10.]

SEGUNDA PARTE

2. LOS LABERINTOS DE LA VIDA COTIDIANA EL LABERINTO INTERIOR

Al igual que existen laberintos externos que podemos ver y tocar, existen también laberintos internos.

A lo largo de nuestra vida, conscientes o no de ello, vivimos experiencias laberínticas que afectan a nuestro cuerpo y espíritu y que no sabemos cómo resolver.

En la Terapia de Reencuentro (TR) tratamos de entender los símbolos del afuera y el adentro.

Desde el afuera nos preguntamos qué enseñanza nos tratan de transmitir las diferentes tradiciones culturales con ese símbolo –el laberinto– que nos han dejado y que, aunque tengamos esa representación delante de los ojos, no vemos ni entendemos.

Evocan también cosas que ocurren en el adentro; los propios procesos internos por los que pasamos, atravesamos o nos sentimos atrapadas/os. Puede considerarse asimismo una expresión de los procesos de muerte y renacimiento que aparecen en las mitologías de las tradiciones culturales, procesos de muerte de una etapa y nacimiento de otra, y también se podría entender como la muerte del ego y la transformación/nacimiento de un conocimiento más espiritual.

Nos ayudamos del concepto de laberinto para entender procesos internos, en especial aquellos que se refieren a despedidas, duelos, cierres de etapas, para abrir otras nuevas que incorporan la comprensión y cierre de las anteriores.

El laberinto ha sido, a través de los tiempos, un símbolo prácticamente universal. Aunque se ha especulado sobre el sentido que podría tener para los diferentes pueblos, quizás algo que podría unificarlos es entenderlo como vía de transformación, de cambio interior o transformación de la conciencia.

Todos/todas, a lo largo de nuestra vida, pasamos por situaciones difíciles que podríamos llamar laberínticas: nos sentimos sin saber por qué camino tirar, o atrapadas/os, o como si estuviéramos en un túnel oscuro o en una fosa sin poder ni saber salir. Estas situaciones laberínticas parecen no acabar nunca y generan infinidad de emociones, de sensaciones y de pensamientos e imágenes.

Me interesé por este tema cuando fui relacionando este símbolo con mis propios laberintos y con los laberintos que está viviendo la gente que acude a la consulta y que expresa –inconscientemente– con un lenguaje metafórico.

Todo este tipo de expresiones y de vivencias, lo sepan o no, constituye una experiencia laberíntica. A veces se reconoce y en otras no se es consciente de lo que supone la situación en la que se está inmerso/a o se está atravesando. Por lo tanto, me ha parecido interesante que las personas pudieran entender los procesos internos también, utilizando algún tipo de herramienta o metodología que podemos ir rescatando de las tradiciones culturales. Mucha gente dice cosas como éstas: «estoy en un caos», «me siento como en un laberinto», «no sé por dónde tirar», «no encuentro la solución a mis problemas», «no encuentro salida», «siento que estoy atrapada», «me ahogo como si me fuera a morir»...

Como decía en el capítulo anterior, hay muchos tipos de laberintos; también en la vida cotidiana. Los hay más o menos complicados o difíciles; de algunos se sale fácilmente, otros cuestan más. Tampoco nuestras circunstancias personales son iguales: la energía, el valor, la inseguridad, las “ayudas” con que contamos son contínuamente diferentes. Todo esto hace que vivamos esas situaciones de una u otra manera y/o que salgamos más pronto o más tarde de ahí.

Podemos hablar de laberintos o situaciones laberínticas para describir esas experiencias confusas, esas situaciones críticas, de las cuales no sabemos cómo salir. Son recorridos que hemos de hacer, caminos por los que hemos de entrar, confusiones que tenemos que vivir que nos enfrentan a nuestra manera lógica de reaccionar para tener que descubrir un nuevo abordaje y comprensión.

1. LAS SITUACIONES LABERÍNTICAS

Determinadas situaciones conflictivas en nuestra vida se viven como laberínticas, sin saber por dónde ir, qué camino tomar y cuál es el centro, el sentido para nuestra comprensión y evolución. Son períodos y procesos donde las personas podemos sentirnos aterrorizadas, desorientadas, perdidas, viviendo el miedo a la locura, o a la muerte, en determinadas situaciones; o en otras como si, después de haber hecho un recorrido que creíamos positivo, volviéramos al mismo punto en el que estábamos hace años y hubiéramos retrocedido.

Hay situaciones que favorecen en sí mismas la vivencia de estar en un laberinto, y son universales. Son, por ejemplo, las experiencias de guerras o catástrofes naturales en donde hay pérdida de familia, de la casa, de recursos que cubren las necesidades básicas e incluso temor por la propia vida tanto si se deambula a un lugar u otro porque no sabemos qué peligros pueden acecharnos. De ahí que haya personas que quedan atrapadas en ese laberinto y no encuentran la salida, no pueden volver. Hablo, por ejemplo, de algunos estados psicóticos producidos por trauma de guerra.

Hay otras experiencias que son más socioculturales, es decir, que la vivencia y el desarrollo de la situación depende de los valores sociales interiorizados. Recuerdo, por ejemplo, la película La balada de Narayama, en donde una anciana, al llegar a determinada edad, desea trasladarse al monte donde acude la gente mayor, a morir. A diferencia de las sociedades occidentales, donde el tema de la muerte es un tabú, en esta película la cercanía o el hecho de su muerte aparece como algo normal en el ciclo de la vida y está ritualizado.

Existen situaciones laberínticas por las que hay que pasar necesariamente porque no pueden ser cambiadas. Otras, por el contrario, que podrían ser evitadas, nos metemos en ellas, inconscientemente, por nuestros guiones de vida o por evadirnos frente a nuestra ansiedad o nuestros problemas no resueltos. No es lo mismo meterte en el laberinto de las drogas –en el que evidentemente participas, entre otras razones como una manera de evadirse de otros conflictos o realidades que no se abordan– que encontrarte con la pérdida de la familia que desaparece en una catástrofe.

Una misma situación puede ser experimentada como laberíntica o no, y tener una duración distinta según variantes individuales, socioculturales e incluso diferencias de género. Algunos de los laberintos –internos, relacionales o sociales– que dirigen a las personas, a las parejas y a las familias a una consulta psicoterapéutica o sexológica son: las crisis evolutivas, la falta de autoestima, las crisis existenciales, los conflictos o rupturas de pareja, conflictos generacionales, las drogodepedencias, desajustes psicológicos importantes y la muerte o desaparición de un ser querido.

Todas estas situaciones y otras muchas requieren un estudio pormenorizado. Hay muy buenos textos monográficos al respecto. Tan sólo quiero apuntarlas para que se entienda a qué me refiero cuando hablo de laberintos internos. Creo que se comprenderá este concepto fácilmente, dado que cada cual ha pasado por alguno o varios de ellos.

Las crisis evolutivas son desajustes en torno a diferentes momentos del desarrollo físico que indican que una etapa ha concluido y se inicia otra. Cada etapa física implica también cambios psicológicos y sociales: cambia el status, los comportamientos, valores, intereses y exigencias sociales.

Los diferentes períodos evolutivos no tendrían por qué suponer un mayor problema que una readaptación vital. Sin embargo pueden constituir un grave problema de inadaptación, de confusión para muchas personas, porque en nuestra sociedad se han perdido los ritos de paso, de iniciación o de tránsito que sirven de soporte para los cambios.

La adolescencia, en nuestra sociedad, no es precisamente un período fácil. Despegarse de la infancia, asumir los cambios corporales, la sexualidad y las nuevas responsabilidades sociales y familiares, con derechos no bien delimitados o incluso contradictorios, genera no pocos problemas psíquicos y psicopatológicos.

Hay sociedades en donde existe una continuidad cultural, con una participación de los jóvenes a los que no se les excluye e interactúan con la misma. Por el contrario, en sociedades como la nuestra aparece una discontinuidad y, sin embargo, no hay rituales de paso para ello.

Un hombre me hizo en cierta ocasión un comentario que me recordó a Dante y a algún otro autor, describiéndome así sus propias vivencias: «si el infierno existe, es la adolescencia».

Otro tanto puede ocurrir en la segunda mitad de la vida –me gusta este concepto que utilizan Sara Olstein y Margarita Ripoll, de la «Fundación para la segunda mitad de la vida» (Argentina y Uruguay)– cuando nos surgen crisis a los cuarenta años (o los cincuenta), la abuelitud o bisabuelitud –estos dos últimos conceptos, también utilizados por ambas–, cuando todavía nos sentimos jóvenes de espíritu, pero el cuerpo y los acontecimientos nos muestran implacables el paso del tiempo y tomamos conciencia de que nuestra juventud física no volverá.

Y en esa línea podríamos hablar de la menopausia. La menopausia es uno de esos laberintos que considero de género. Con la etiqueta de menopausia, ese período no reproductivo se asocia a todo un conjunto de valoraciones negativas y despectivas hacia las mujeres. A través de sus cuerpos que han adquirido –ya mucho antes de la menopausia– los cambios fisiológicos propios de ese período, se ven marginadas y rechazadas de manera sutil –pero muy destructiva psicológicamente– cuando, por ejemplo, van a comprarse ropa y no existen tallas para ellas. Las tallas que aparecen como “normalizadas” corresponden a jóvenes o anoréxicas. Piénsese en las consecuencias que ello tiene de búsqueda de un cuerpo imposible e irreversible y de rechazo al propio cuerpo. Y ese ejemplo es aplicable asimismo a las jóvenes y adolescentes que sobrepasan esas medidas y que, persiguiéndolas, caen en una anorexia.

No es lo mismo vivir en una sociedad que valora y da un sentido a la continuidad evolutiva, que valora la madurez o la vejez por lo que suponen de experiencia y conocimiento, que en otra en la que se rinde un culto desenfrenado e irreal a la eterna juventud o al cuerpo estereotipado. Y constituye un laberinto porque, hagamos lo que hagamos, vamos a parar al mismo sitio: la edad. No podemos escapar de la edad. Y antes o después tendremos que hacer un duelo –veremos este concepto más adelante– para despedirnos de lo que fue, integrar lo que es y salir del laberinto.

En este caso –al igual que hacemos en otras problemáticas–, desde la perspectiva de la terapia de reencuentro se trabaja lo que representa la menopausia en la cultura a la que pertenecemos, el valor que tiene en nuestra cultura el ser mujer y el ser mujer menopáusica, a diferencia de otras culturas. Se reflexiona sobre la sociedad en la que vivimos y sus valores, su estructura patriarcal y el papel que en ella ocupan las mujeres en edad no reproductiva. Asimismo, se tienen en cuenta las consecuencias de pertenecer a la subcultura femenina frente a la masculina y lo que afecta en el modo de sentirse sexualmente, pensar, actuar, amar y amarse como mujeres en ese período de su vida.

Esos mismos períodos evolutivos suelen implicar crisis existenciales, que suponen un cuestionamiento de la propia vida y de la existencia en general.

En torno a la adolescencia se manifiesta como una búsqueda de ideales que no se encuentran. Y sentimos impotencia frente a realidades que no nos gustan –cómo funciona la sociedad o la dinámica familiar–, o ante nuestros miedos e inseguridades –¿qué haremos en un futuro?–, o frente a una realidad desconocida, en la que nuestro cuerpo transformado, dejando día a día la infancia o la adolescencia, nos muestra las formas de una nueva etapa evolutiva en la que ya vislumbramos nuestra mayor autonomía y responsabilidad. Y eso nos excita y nos aterroriza.

Mientras que en la segunda mitad de la vida sentimos que hemos recorrido gran parte de ese viaje y miramos al pasado críticamente preguntándonos si hemos hecho todo lo que deseábamos hacer, cómo hemos vivido nuestra existencia, si hemos utilizado nuestro tiempo y nuestra energía en hacer lo que quisimos o en lo que nos decían que «deberíamos» hacer; o tendíamos a complacer a los demás sin escuchar nuestras propias necesidades, y evadirnos sin querer enterarnos de nada ni afrontar los problemas. Y nos preguntamos qué se ha hecho de las ilusiones que tuvimos en la juventud, si se han realizado y cómo. Es un período en que nos cuestionamos si estamos satisfechos/as con nuestra vida pasada y nuestra realidad presente.

Pero las crisis existenciales no sólo aparecen coincidiendo con períodos evolutivos; pueden aparecer en cualquier momento de la vida, gestándose poco a poco o haciendo una eclosión brusca a partir de algún acontecimiento inesperado. La muerte de alguien querido, un accidente o incidente grave, una ruptura de pareja, una enfermedad física o psíquica propia o en el entorno familiar, una situación de desempleo, o relaciones de malos tratos, generan unas vivencias igualmente confusas, caóticas y subjetivamente sin salida.

Algunos de los casos frecuentes que veo en la consulta y que responden a crisis existenciales, aunque se presenten como demanda sexológica –falta de deseo sexual– o psicoterapéutica –depresión– suelen manifestarse aproximadamente en estos términos:

«No sé lo que me pasa. Podría decirse que no tengo problemas. Tengo un marido (o una mujer) que me quiere, nos llevamos bien, nos conocemos prácticamente toda la vida, estamos casados hace mucho (diez, quince años), mis hijos/as son estupendos/as, estudian mucho; tengo una buena profesión, económicamente estoy bien... pero no sé qué me pasa, la vida no tiene demasiado sentido para mí. He perdido el deseo sexual, el interés por las cosas. Funciono de manera rutinaria. Me siento triste, angustiado/a, sin entender qué me pasa ni saber qué hacer. Temo hacerle daño a mi familia, temo separarme de ellos, pero no puedo seguir así. No quiero romper con mi familia porque les quiero, pero tal y como llevo mi vida, me ahogo. ¿Qué hacer? ¿Qué me pasa? ¿Por dónde tirar?».

La pregunta que subyace y que no se atreven a manifestar abiertamente es: «¿es esto la vida?», «¿me voy a morir o a envejecer sin conocer nada más?», «¿he vivido como he deseado?», «¿qué me gustaría hacer si tuviera una segunda oportunidad?».

¿Y qué decir del autorrechazo o la baja autoestima, la desvalorización o el rechazo al propio cuerpo? ¿Cómo vivir con un cuerpo al que no amamos? ¿Cómo coexistir con nosotras/os mismas/os cuando nos desvalorizamos, no nos soportamos y nos sentimos ridículas, incapaces o estúpidos?

La baja autoestima, aunque aparece en general en muchos momentos de crisis –por ejemplo tras un abandono por la pareja–, es otro de los laberintos típicos de género que afectan especialmente a las mujeres a lo largo de su vida.

En las sociedades patriarcales las mujeres interiorizan la desvalorización social de la mujer. Incluso se da en mujeres con prestigio social y político. No es algo consciente; por el contrario, conscientemente no es fácil reconocerlo; es algo sutil e inconsciente (en todos los grupos de mujeres se trabaja este tema). Pero es ahí a donde se dirigen los mensajes publicitarios a las mujeres: tener un determinado cuerpo, no tener arrugas, perder kilos. Esto se concreta en la obsesión por la balanza, tener un «cuerpo 10», como si la autoestima estuviera en relación inversa a los kilos –a más kilos, menos autoestima. Recuerdo a una mujer a la que conocí en uno de mis grupos que se había operado varias veces de los pechos: porque le parecían demasiado grandes, porque luego consideró que se los habían dejado pequeños, luego porque estaban demasido planos, luego... El mensaje recibido subliminalmente es que para ser deseadas, queridas o reconocidas, deben tener determinadas medidas de caderas, pecho, tener una piel tersa y sin arrugas o en última instancia, ser eternamente jóvenes, capaces de realizarse en esa fantasía sexual idealizada y arbitraria, y detener el tiempo cronológico para no madurar ni envejecer.

Crisis o rupturas de pareja: Cuando hablo de crisis de pareja no estoy teniendo en cuenta los pequeños problemas que hemos de enfrentar en nuestras relaciones y que forman parte de la vida cotidiana con los demás y con nosostras/os mismas/os. Me refiero a esas situaciones de conflicto permanente que no sabemos cómo resolver, que hemos tratado de encarar de diferentes formas sin el resultado deseado. Me refiero también a esos procesos más o menos traumáticos de una ruptura de pareja, incluso de común acuerdo –¡no digamos cuando no hay acuerdo mutuo!

Son procesos difíciles, por lo habitual más largos de lo que quisiéramos, donde se está haciendo un doble duelo –hablaré del duelo en el capítulo siguiente–: con la pareja y con nosotras/os mismas/os.

«¿Por qué no puede ser?», «¿por qué no quiere cambiar esto que es tan fácil?», «¿por qué tiene ese carácter?», ¿por qué he de aceptar esto?», «¿qué podría hacer –o no hacer– para que esta relación funcionara bien?», ¿qué cambios debería hacer él/ella para que nuestra relación estuviera bien?», «¿qué es lo que quiere de mí?», «¿qué es lo que quiero de una relación de pareja?», «¿debería intentarlo más o quiero ya zanjar esta etapa de mi vida?», «¿y si buscáramos un/a profesional que nos ayude?», «¿y si lo resolviéramos poco a poco sin meter a nadie por enmedio?», «¿y si yo cambiara mi perspectiva de ver las cosas?»... «¿y si...?», «pero... ¿por qué?...».

El intento infructuoso de que el otro/la otra sea como deseamos, el tratar de entender comportamientos que aparentemente no tienen sentido para nosotros o para nuestra pareja, el significado diferente que damos a las palabras y a los hechos, los dobles mensajes que se emiten, las heridas no cerradas, lo hablado o lo no hablado que ha generado dolor, el deseo de que «todo vuelva a ser como antes», o de que se olvide el ayer, o el no saber cómo cerrarlo, el que «las cosas no sean iguales y a partir de ahora todo sea diferente», los malos tratos físicos y psicológicos visibles o sutiles... nos envuelven en un laberinto del que no sabemos encontrar las claves para salir.

Ese mismo laberinto podría aplicarse a otros tipos de relaciones o de vínculos, como por ejemplo la que se da en ciertos conflictos materno/paterno-filiales.

Estas y otras experiencias como los trastornos psíquicos graves –las llamadas enfermedades o trastornos mentales– o las drogodependencias se viven también como laberínticas. Nos sumen en la angustia, nos bloquean, podemos experimentar una sensación de vacío absoluto, de falta de sentido de nuestra vida o como si la propia situación nos aplastara quitándonos la energía que tenemos. Son situaciones de mucha frustración, de incertidumbre y caos. Muchas de nuestras fantasías en esos momentos se centran en la huida de la situación frustrante. Huir, huir, desaparecer de esa escena como si fuera un sueño, una pesadilla de la que luego felizmente despertaremos.

La realidad que vivimos no nos gusta y por lo tanto tratamos de huir, consciente o inconscientemente, para evadirnos de ella. Se presentan dos alternativas: o tratamos de escapar de la realidad, una realidad que se vive como traumática para crearse otra “película” distinta, aquella que nos gusta, que nos hace sufrir menos, que corta los lazos de comunicación con la realidad presente para no ver, no oir, no estar... Muchos comportamientos responden a nuestras vivencias subjetivas, a nuestras emociones, a nuestros conflictos, a mecanismos de defensa para “protegernos” de lo que sentimos que nos da miedo o del exterior. Y llegan a conducirnos a situaciones laberínticas porque, pasado el efecto de la “ensoñación” o el “viaje” que realizamos por miedo a enfrentarnos, a sufrir y también a resolver, quedamos bloqueados/as y atrapados/as.

O bien hacemos el camino del laberinto en el que estamos, enfrentamos nuestros propios monstruos, buscamos las ayudas necesarias y recuperamos el poder y la energía para transformar nuestra vida, es decir «seguimos el hilo de Ariadna».

La muerte o desaparición de un ser querido: La muerte es uno de esos momentos en los que se percibe claramente que el ciclo de la vida no se detiene.

Como occidentales no tenemos la idea de la muerte integrada en nuestra vida. Conocemos de su existencia, pero no solemos hablar de ella, como si ello supusiera un mal presagio. Es un tema tabú. Al contrario, se desarrollan fantasías de vivir eternamente o de inmovilidad.

Durante la infancia nuestra seguridad afectiva está condicionada en buena parte por la presencia de esos seres queridos que, por otra parte, creemos que estarán eternamente con nosotras/os: la madre, el padre, un hermano, una tía o abuela que nos crió...

Cuando alguien querido muere o desaparece, algo de nosotras/os mismas/os desaparece. Esa persona formaba parte de nuestra historia. Recordamos lo que hemos compartido, vivido... Podemos guardar los recuerdos, pero no podemos retener a la persona.

La vida no parece la misma con la pérdida de los seres que amamos. Lloramos su ausencia y nos indignamos contra quien o contra lo que nos lo arrebató. E incluso frente a nosotras/os mismas/os: ¿hemos hecho lo suficiente para que vivan?, ¿fue mejor o peor lo que hicimos tratando de ayudarles en la curación? Incluso nos indignamos frente a la persona que muere: «¿y te vas ahora?», «¿te vas sin haberme dicho...?, ¿sin que haya podido decirte...?».

No hay consuelo, sobre todo cuando es una muerte inesperada. No nos basta con el recuerdo; queremos su presencia física, escuchar su voz, recibir sus caricias, su apoyo moral... Y nos dolemos –de nuevo, el duelo– de su carencia, y lloramos por nuestra fragilidad y la vivencia de abandono y desprotección.

La muerte anunciada nos da más tiempo de prepararnos frente a todo ese laberinto de sentimientos encontrados. Podemos reparar los daños que hicimos-sentimos que nos hicieron– y ponernos en paz.

Una de las experiencias más bonitas que he tenido como psicoterapeuta ha sido poder acompañar a algunos de mis clientes a despedirse de su padre o su madre. Poder permitirse el agradecerles, el expresarles el cariño, el cuidarlos, masajearles los pies o las manos, tocarlos, escucharles, estar a su lado en silencio para que notaran su presencia... Todas las heridas de uno y otro lado se reparan. Y podemos restaurar una relación rota o deteriorada, en ocasiones de muchos años atrás, incluso a veces de toda la vida.

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262 стр. 87 иллюстраций
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9788499880587
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