Читать книгу: «Obra miscelánea declamaciones»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 357

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por EUSTAQUIO SÁNCHEZ SALOR .
© EDITORIALGREDOS, S. A.
López de Hoyos, 141; Madrid, 2002
www.editorialgredos.com
REF. GEBO435
ISBN 9788424937317
Composición: Manuel Rodríguez
INTRODUCCIÓN GENERAL
I. BIOGRAFÍA
Familia e infancia
Magno Félix Ennodio 1 , un gentleman de la Iglesia, como ha sido calificado recientemente 2 , es uno de los autores latinos más prolíficos del s. VI d. C. Santo, obispo, poeta, maestro de gramática y retórica, teólogo y embajador, autor de casi quinientas composiciones, entre las cuales destaca una gran colección de cartas y ciento setenta y dos poemas, merece ser estudiado sobre todo por sus opúsculos, una importante obra miscelánea que comprende diez piezas. Además, nos ha dejado veintiocho discursos de carácter esencialmente retórico, que pueden calificarse de disertaciones, porque la mayor parte de ellas no fueron pronunciadas en público 3 . A través de su obra, sobre todo el quinto de sus opúsculos, que él mismo llama confesión, conocemos muchos detalles de su biografía 4 .
Nació en 473/74 de padres ilustres, altos funcionarios de la Galia; su ciudad de origen fue probablemente Arles, donde continuaron viviendo su hermana Euprepia y otros parientes 5 . Pronto perdió a sus padres y a raíz de esta desgracia pasó a la Italia septentrional, donde una tía, hermana de su padre, se hizo cargo de su educación. No se conoce exactamente el momento en que llegó a Italia, por lo que tampoco es posible precisar si su primera formación tuvo lugar aún en la Galia.
Esta parienta, cuyo nombre nos es desconocido, murió en 489/90, cuando Ennodio tenía sólo dieciséis años, pero ya podía considerar la Liguria como su patria 6 . En cualquier caso, de este cúmulo de desgracias no se puede sacar la conclusión de que quedara desligado de cualquier vínculo familiar. Por el contrario, mantuvo siempre estrecha relación con parientes más o menos próximos. En conjunto, es larga la lista de allegados que aparece en su producción literaria: Euprepia, madre de Lupicino, y la madre de Partenio son hermanas suyas; una viuda a quien se ve impulsado a consolar con tierna solicitud, es probablemente una tercera hermana 7 . Quizá se puede añadir la sobrina cuyo matrimonio planea en una carta a Laconio 8 . Hay al menos otras siete con las que se siente unido por lazos de sangre, para lo cual utiliza expresiones muy variadas: consanguinidad, proximidad, afinidad, parentesco. Todo esto, sin mencionar la gran cantidad de personas con las que siente y cultiva esas afinidades electivas que J. W. Goethe inmortalizaría en sus famosas Wahlverwandschaften .
Carrera eclesiástica
Tanto por la muerte de su tía como por la invasión de Italia —en el verano de 489— por parte de Teodorico, el rey ostrogodo, y el consiguiente enfrentamiento con Odoacro, que sumió a la región en el caos, su situación se hizo difícil 9 . Providencialmente le acogió una familia cristiana de buena posición, con cuya joven hija se prometió en matrimonio poco tiempo después. Ese proyecto, sin embargo, no se llevó a efecto 10 : la situación de la familia empeoró, cosa explicable dadas las invasiones y devastaciones a que estuvo sometido el N. de Italia entre 490 y 494 —los años que duraron los esponsales—, hasta que, por mediación del cónsul Fausto, el obispo Epifanio de Pavía acogió a Ennodio en el estado clerical y le confirió las órdenes sagradas en esa ciudad, mientras su prometida ingresaba en un convento 11 .
Diácono en Milán
Entre 496 y 499 llegó a la diócesis de Milán, a cuyo frente estaba el obispo Lorenzo (490-512), un pariente a quien tuvo mucho que agradecer 12 . Aquí, en calidad de diácono, encontró oportunidad de desarrollar su actividad de escritor, de enseñar retórica a algunos jóvenes alumnos y sobre todo de intervenir en las disputas, ya iniciadas, entre el papa Símaco y Lorenzo, aspirante a la sede de Pedro, que culminarían poco tiempo después en un cisma abierto. Activa, e incluso decisiva, fue su intervención en el sínodo Palmar que tuvo lugar en Roma en el año 502 para dirimir la cuestión. Que su participación en ese sínodo no dejó de tener relieve lo prueba el hecho de que se le encomendó a él la tarea de defender la decisión que allí se había adoptado, favorable al Papa. De resultas de ese encargo, redactó el Libelo a favor del sínodo (M 2).
De vuelta a la capital lombarda desplegó una amplia labor, que podría calificarse de diplomática, siempre por encargo de su obispo. En este tiempo llevó a cabo dos viajes: uno de ellos a Pavía, a lo largo del 503, y a finales del mismo año se desplazó a la corte de Teodorico en Rávena.
En los años siguientes, siempre desde la ciudad ambrosiana, mantuvo contacto con los amigos que había hecho durante su estancia en estas dos ciudades a quienes, como se desprende de su correspondencia, se dirige tanto para recomendar a jóvenes que querían estudiar en Roma, como para presentar a personajes que deseaban hacer carrera en Rávena. Igualmente mantiene relación con los allegados del papa Símaco, con exponentes del clero galo y con parientes del otro lado de los Alpes.
En 506 emprende un viaje a la frontera gala en representación de Lorenzo, con un objetivo desconocido 13 . Al año siguiente desempeña una misión difícil en Rávena con el fin de rehabilitar en el favor del rey Teodorico a Fausto Níger, marido de su pariente Cinegia, y uno de sus amigos y corresponsales más asiduos. Parece que sus gestiones, junto con las de otros amigos, tuvieron éxito. El encargo de redactar el Panegírico del rey (M 1), un triunfo personal para el joven diácono, fue posiblemente una de las consecuencias de este viaje.
En la primavera de 508 desempeña una nueva misión en la región de los Alpes Cotios 14 , que retrasa su segundo viaje a Rávena, a donde sus allegados le pedían insistentemente que acudiera para asegurarse la sucesión de Lorenzo como obispo milanés. El 25 de julio de 508 los milaneses eligieron a Eustorgio 15 . Este fracaso disgustó profundamente a Ennodio, a quien encontramos de nuevo en Rávena en el mismo año para atender a Cinegia, quien murió y fue enterrada en Roma entre finales de 508 y comienzos de 509, con asistencia de nuestro autor.
De nuevo en Milán, a mediados de 509, hace un viaje a los confines de la Galia en el verano del año siguiente 16 . También visita a una hermana suya en la primavera de 511 17 , pero en ese mismo año tiene que renunciar por problemas de salud a una misión para la cual Fausto le había recomendado a Teodorico 18 .
Poco después, escribe el Eucharisticum de vita sua (M 5), en el que, siguiendo la huella de las Confesiones de san Agustín, examina con mirada crítica su propio pasado.
Obispo de Pavía
En 514, fecha imprecisa, recibe el nombramiento de obispo de Pavía. A partir de ese momento falta todo ulterior rastro de producción literaria, aunque es presumible que siguiera escribiendo, sobre todo cartas. Indirectamente conocemos su actividad episcopal, sobre todo la diplomática, a través de la llamada Collectio Avellana —que recoge comunicaciones imperiales, papales y diferentes fuentes de muy diverso tipo— y del capítulo correspondiente al papa Hormisdas en el Liber pontificalis , que da cuenta de los hechos más notables acaecidos en el transcurso de cada papado. En ambas fuentes se encuentran referencias al papel de Ennodio como presidente de dos legaciones enviadas al emperador oriental Anastasio I —en 515 junto con Fortunato, obispo de Catania, y en 517 en compañía de su colega de Miseno, Peregrino—, en las que se debía tratar de la unificación de las iglesias griega y latina, quebrada por el cisma acaciano, pero ningún texto original suyo.
Sólo a través de un epitafio en Pavía sabemos que murió el 17 de julio de 521 19 , día en el que se conmemora su fiesta litúrgica. En él, que consta de nueve dísticos elegíacos, se lee en sustancia que fue «de cuna preclara, generoso con sus allegados... combatió los cismas y devolvió a la Iglesia la fe en Pedro...».
Hoy, con mucha más perspectiva, se puede afirmar de él que prestó una contribución de alcance histórico, al menos en tres aspectos: la evolución de la romanidad hacia la Europa de los reinos bárbaros, personificados en el reino ostrogodo, la restitución de la unidad en el seno de la Iglesia occidental tras el cisma lorenzano y el intento de pacificar el oriente y el occidente cristianos, divididos por la secesión de Acacio 20 . En ninguno de ellos desempeñó el papel de protagonista, pero indudablemente aportó sus múltiples dotes personales, poniéndolas al servicio, no tanto del rey Teodorico y los papas Lorenzo y Hormisdas, como de la civilización cristiana.
Con su trabajo al frente de la diócesis de Pavía, en los últimos años de su vida, entró a formar parte de la amplia serie de obispos que, en el centro de Europa, garantizaron tanto la unidad de la fe como la salvación de la tradición clásica, los dos elementos básicos de la cultura medieval.
II. OBRA LITERARIA
Una biografía tan movida y tan intensa no le impidió a Ennodio dedicarse a la literatura, terreno en el que cultivó géneros muy diversos ya desde su juventud. A grandes rasgos se pueden distinguir cuatro: epístolas, opúsculos varios, declamaciones y poemas.
Las epístolas
El nervio de su obra se basa en las cartas, por medio de las cuales mantuvo trato con diversas e importantes personalidades, tanto del estamento civil como del eclesiástico, y con miembros de su familia 21 . El corpus de Ennodio consta de 297 piezas, casi la mitad de sus escritos, que J. Sirmond distribuyó en 9 libros, de acuerdo con la tradición de este género literario 22 . Según todos los indicios, todas fueron redactadas en el período milanés y no van más allá del 513. No están dirigidas sólo a hombres sino también a mujeres. La mayor parte de ellas son sus parientes, como su hermana Euprepia, aunque también se acuerda de personas distinguidas como Firmina y Bárbara. Entre los destinatarios masculinos se encuentran personalidades de gran prestigio, como Fausto, con su hijo Avieno, Olibrio, los papas Símaco y Hormisdas, Boecio, Liberio y otros. Su modelo es el orador Símaco, quien, después de Virgilio, es el autor a quien más cita.
Otras obras en prosa
Además, escribió diez composiciones en prosa, que representan una gran variedad de géneros y temas. Su simple enumeración muestra ya esa diversidad: un panegírico; una apología, en la que toma partido a propósito de un conflicto eclesiástico; dos biografías, una a caballo entre panegírico y hagiografía y otra que entra de lleno en la especie hagiográfica; una confesión autobiográfica; un escrito didáctico; dos textos de carácter jurídico y, finalmente, otros dos litúrgicos.
Algo análogo ocurre con las veintiocho declamaciones, ejercicios retóricos de corte académico, en las que, como veremos, se pueden distinguir diversos grupos.
Las poesías
Aparte de que en las cartas se encuentran poesías —como había sido ya el caso de Sidonio Apolinar— y de que otras obras suyas en prosa, por ejemplo la Paraenesis didascalica (M 6), incluyen poemas, conocemos ciento setenta y dos composiciones, de metros y longitud muy diversas, que los editores han distribuido en dos libros.
En toda esta producción tan variada demuestra conocer a fondo la tradición latina de siete siglos, sobre todo la obra de Terencio, Cicerón, Salustio y Virgilio. Pero también se pueden detectar, aunque sea en menor grado, influencias de Ovidio, Marcial, Juvenal, Estacio y Luciano, aparte de los poetas tardíos Claudiano, Sedulio y Sidonio Apolinar y los prosistas de la misma época, Quinto Aurelio Símaco, Avito y el propio Sidonio. Mas indudablemente la fuente más clara y repetida para su inspiración es la Sagrada Escritura sin que falten ecos de los escritos de las grandes figuras de la Iglesia, Tertuliano, Cipriano, Ambrosio, Jerónimo y Agustín.
III. LENGUA Y ESTILO
En la lengua y en la métrica, Ennodio se atiene a los modelos clásicos, pero no puede evitar el influjo de su tiempo. Por eso su latín, correcto y hasta elegante, presenta rasgos tardíos, como cambios de paradigmas nominales por otros afines 23 , por lo que respecta a la morfología. En la sintaxis se observan indecisiones en la construcción de algunas frases, como las relativas, que a veces aparecen con indicativo y otras con subjuntivo 24 , pero, sobre todo, llama la atención el uso preposicional de muy diversos ablativos 25 . Mención aparte merece el uso que Ennodio hace de la conjunción dum , a la que dota de muchos valores temporales y aspectuales. El resultado es que esta palabra, con mucha frecuencia utilizada, aparece a veces incluso con matices causales 26 , creando muchos problemas de interpretación y hasta textuales 27 . En cuanto al léxico, la conclusión más difundida es que Ennodio utiliza pocos neologismos 28 .
Para referirme brevemente a procedimientos de estilo que saltan a la vista como excesos, diría en primer lugar que abusa de las redundancias 29 , no sólo en la multiplicación de palabras y hasta de períodos que abundan en la misma idea, sino en la construcción de perífrasis, a base de dos sustantivos: el primero de valor genérico, (cosecha, siega, juicio, carga), banalizado, que se precisa, con una connotación moral, por medio de un segundo sustantivo en genitivo 30 . Por contraste, encontramos nombres que adquieren tal cantidad de significados que es difícil dar con el sentido exacto en que son empleados 31 . Todo esto hace unas veces reiterativo y recargado su discurso, otras difícil de comprender.
En lo que respecta al significado, la característica que más llama la atención es la búsqueda ante todo de la paradoja, hasta el punto de que este rasgo es la columna central de su pensamiento 32 . Esto se ha dicho con razón a propósito de buena parte de las declamaciones, pero seguramente puede aplicarse al resto de su obra.
En este aspecto se sienten, como expondremos más adelante, las fuertes antítesis a las que estaba sometida la cultura de la época, pues a los altos ideales morales a los que aspiraba como hombre de Iglesia, y que se reflejan en tantas sentencias diseminadas a lo largo de su obra 33 , se oponen expresiones soeces en algunos de sus epigramas o en los pasajes polémicos de las obras en las que arremete contra quienes ponen en peligro la unidad de la iglesia, negando su obediencia al Papa 34 .
Hay que señalar también el frecuente uso que hace Ennodio de la prosopopeya. En su escrito en defensa del Sínodo introduce largos discursos de Pedro, Pablo y Roma. En la Parenesis incluye poemas que pone en boca de diferentes artes y virtudes y finalmente en la declamación decimotercera hace pronunciar un discurso (nn. 7-8) a la estirpe de Paterio y Severo.
Es frecuente asimismo encontrarse con otros recursos estilísticos, como elipsis y excursos, sin que falten anacolutos o fallos de construcción, que podrían tomarse, no como incorrecciones involuntarias, sino como un efecto querido y hasta buscado 35 .
Un punto especialmente delicado para la comprensión de sus obras es el arranque de muchas de ellas, momento que de modo habitual aprovecha para exponemos sus preferencias literarias, acompañadas de reflexiones de tipo más general, que a veces se salen del contexto. Son pasajes que han sido discutidos repetidas veces y cuya explicación no acaba de satisfacer, porque admiten diferentes interpretaciones tanto desde el punto de vista paleográfico, como gramatical y sobre todo ideológico 36 .
IV. CARACTERÍSTICAS
Ennodio era galo de nacimiento, pero su vida transcurrió en el N. de Italia, de manera que podía calificar a la Liguria como su patria. Desde allí, sin embargo, tuvo una relación muy estrecha con los acontecimientos más importantes de su tiempo. De una parte, con los sucesos que se gestaban en Roma, que ya no era la capital del imperio de Occidente, sino la sede del sucesor de Pedro y por tanto el centro de la Cristiandad. De otra, con la corte de Rávena, última residencia de los emperadores y sucesivamente de quienes fueron ocupando el poder, sobre todo del rey ostrogodo Teodorico.
Pero Ennodio es ante todo un clérigo, colaborador estrecho y eficaz de grandes personalidades eclesiásticas del momento como el obispo Lorenzo o los papas Símaco y Hormisdas.
Cuando comenzó a trabajar con el primero y a lo largo de su vida, en la que desempeñó tareas delicadas, hasta llegar a ocupar la sede episcopal de Pavía, contamos con datos suficientes para concluir que era un cristiano convencido, por más que su formación hubiera sido la clásica de su tiempo. Con otras palabras, parece exagerado afirmar que el cristianismo no había penetrado su personalidad 37 .
Esto es compatible con el hecho de que siga utilizando su formación pagana con la intención, tan presente en la clase dirigente cristiana de la época, de fundir ambas culturas 38 . Es verdad que estaba muy familiarizado con el mundo del Olimpo y sobre todo con el de la escuela de retórica, pero el objetivo de su vida era formar cristianos y mantener la unidad de la fe.
En su actividad literaria se preocupa ante todo por la forma, la elocuencia es para él el bien supremo, pero por encima de ese nivel están las virtudes y esta realidad resplandece en todas y cada una de las disertaciones que dedica a la formación de los jóvenes que le rodean, por razonas de amistad o parentesco.
Es cierto que en el terreno de la formación retórica le faltan ideas propias, pero en su Paraenesis didascalica hay un valor añadido que eleva el nivel de las aspiraciones juveniles al esfuerzo por la conducta virtuosa y desde luego muchas de sus composiciones, como quedará suficientemente probado a lo largo de este libro, revelan un profundo conocimiento de la Sagrada Escritura 39 .
El deseo de impresionar al lector con la belleza formal de su obra, que con frecuencia cae en el retorcimiento y la pomposidad, tiene que ver directamente con su propósito de formar mentalidades cristianas que, sin renunciar a la herencia tradicional, la informen con el espíritu nuevo que proporciona la fe. Por eso, no sólo en sus escritos más políticos, como el Panegírico de Teodorico 40 , sino también en los de ambiente eclesiástico 41 y hasta en las declamaciones 42 , es frecuente encontrar alusiones a la enseñanza de Cristo como la guía y garantía suprema, tanto de la vida de cada hombre como del Estado.
En mi opinión, esta manera de enfrentarse a su obra es más cercana a la realidad y desde luego más justa que la de quienes la descalifican reprochando en ella, por lo que se refiere a la expresión, la artificiosidad, afectación, dureza de construcción, vacuidad y exceso de retórica 43 . Más injusto aún es, como tendremos ocasión de comprobar a través de los escritos que aparecen en este volumen, achacarle en el terreno de las ideas nostalgia del pasado e incomprensión de la realidad que rodeó su vida 44 .
Es verdad, que su obra es un reflejo de las dicotomías de su época —el mantenimiento a toda costa de los géneros literarios tradicionales frente a la degeneración de la lengua latina; las tensiones entre aristocracia romana y la nueva población bárbara; el enfrentamiento entre la tradicional elite de los hombres letrados frente a la cristiandad masificada; la oposición entre plebs y clerus —, que la convierten demasiadas veces en un verdadero suplicio para el lector actual, que no acaba de penetrar en el sentido, o más bien los sentidos, en los que Ennodio codifica lo que quiere expresar.
Sin embargo, un examen detallado y sereno de su producción literaria llega a la conclusión de que estamos ante un escritor fecundo, que escribe sobre temas que conoce, en buena parte autobiográficos, y que algunas de sus composiciones sirven aún hoy como fuentes historiográficas e incluso son recomendables desde un punto de vista estético, como la biografía del santo obispo Epifanio.
V. PERVIVENCIA DE SU OBRA
Los primeros autores que parecen haber escrito bajo la influencia de Ennodio son, al otro lado de los Alpes, Venancio Fortunato (s. VI ) y, ya en el s. VIII , Paulo Diácono. Del segundo se sabe que llegó a Francia exilado, después de la caída del N. de Italia en manos de los francos. Se había educado en Pavía y allí redescubrió la obra de Ennodio y la trasladó a la corte de Carlomagno. Los canonistas carolingios se convirtieron en asiduos lectores de nuestro autor; entre ellos, destacan el o los redactores anónimos de las Decretales Pseudoisidorianas , que le hicieron famoso, al incluir en su colección el librito apologético a favor del sínodo romano, útil en la defensa de la autoridad papal.
Por esa vía, a partir de mediados del s. IX , la obra ennodiana parece haber encontrado el camino de regreso a Italia, gracias a Nicolás I, el primer papa medieval que demuestra conocerla, y a Juan VIII 45 .
A lo largo del siglo x las obras de Ennodio fueron leídas y estudiadas con toda diligencia, como lo demuestra el análisis de los catálogos y manuscritos de las bibliotecas europeas más antiguas. De ese examen se desprende que fue honrado e imitado y que algún Papa, como Gregorio VII, fomentó la copia de nuevos códices de sus obras. Fue elegido como modelo por escritores de cartas, poetas y hombres de gobierno dentro de la Iglesia.
No faltaron tampoco detractores, como el obispo Amulfo de Lisieux, quien en una carta (1160) dirigida al legado pontificio Enrique de Pisa hace una crítica demoledora a la lengua y el estilo de Ennodio 46 , pero puede decirse que durante toda la Edad Media fue estudiado en monasterios y curias diocesanas de toda Europa, desde la curia vaticana hasta la escuela episcopal de León.
Incluso en la época renacentista fue citado de modo positivo por muchos hombres doctos, como Pietro da Moglio, Colluccio Salutati, Niccolò Niccoli, Poggio Bracciolini, Francesco Pizzolpasso. Hacia la mitad del s. XVI se despertó el interés por Ennodio al norte de los Alpes, donde sus obras se imprimieron repetidas veces. Éstas cayeron en el olvido durante el barroco, como veremos al hablar de la ediciones.
VI. TRANSMISIÓN DEL TEXTO
Esta voluminosa obra está recogida en un buen número de manuscritos, diseminados en bibliotecas de toda Europa occidental, desde la nacional de Berlín hasta la de la Catedral de León 47 . Ninguno es anterior al s. IX . Los mejores y más antiguos, son los siguientes:
Ante todo el códice de la Biblioteca real de Bruselas (B) —206 hojas, en cuatro cuadernillos: de ahí, la numeración 9845-9848—, de finales del s. IX , copiado por diferentes amanuenses con diversas lagunas, por pérdidas, y con sucesivas correcciones. Sin embargo, es el más completo y él solo forma una rama que deriva directamente del arquetipo. Es el que goza de más autoridad y sirve de pauta a las diferentes ediciones.
Otra rama, de segunda clase, que acoge todos los demás manuscritos conocidos, estaría presidida por un x, desconocido, que habría sido utilizado por el Pseudo-Isidoro 48 . De él procederían:
—
el códice de la Biblioteca apostólica Vaticana 3803 (V), datado entre los siglos IX-X , directamente emparentado con el siguiente, al que supera por su integridad. En efecto, contiene toda la obra, a excepción de Poemas I 10-21; Poemas II 134-136; Epístolas E VII 23-29, es decir doce himnos, tres epigramas y siete epístolas.
—
el códice de la Librería del Palacio de Lambeth, en Londres 325 (L), del último cuarto del s. IX-X , gravemente dañado por el paso del tiempo. Además de presentar las mismas lagunas que el anterior, faltan Epístolas III 26-27 49 .
Directamente emparentados con el X, según G. Hartel (CSEL), o a través de V, según F. Vogel (MGH), tenemos los tres, o más exactamente el códice con tres fascículos (658, 461, 469) de la Biblioteca municipal de Troyes (T), que fueron copiados al mismo tiempo y por tres manos diferentes en el monasterio de Claraval, entre los siglos XII y XIII . Entre los tres contienen, junto con otras, toda la obra ennodiana, pero los dos últimos cuadernillos presentan muchas lagunas de Poemas , de los que se prescindió a propósito, dado su contenido.
En el mismo monasterio y por la misma época fue escrito el códice que actualmente se encuentra en el monasterio del Escorial, d. III. 22 (E). Quizás algo antes, entre los siglos XI-XII fue copiado el Reginense 129 (R), de la biblioteca que perteneció a la reina Cristina de Suecia (por eso, se le llama también C), y se encuentra asimismo en la Biblioteca Vaticana.
Existen copias posteriores, la mayor parte ya del s. XV , entre las cuales destacan el Parisino 2177 (P), del s. XV , que se encuentra en la Biblioteca nacional de París, el Monacensis 110 (D), de la Biblioteca del estado de Baviera, en Munich y que data del s. XVI , el Magliabechianus I 6, 29 (M), del s. XIV , que ha tomado su nombre del famoso erudito de ese nombre (s. XVII ) y se puede consultar en la Biblioteca nacional central de Florencia; finalmente el Vindobonense 745 (V), del s. XV , depositado en la Biblioteca Nacional austríaca, en Viena.
Pero si bien esta tradición manuscrita no presenta grandes problemas en cuanto al tenor del texto, la cuestión, discutida aún hoy, es la manera en que el autor mismo dio a conocer su obra y la difundió. Y, en consecuencia, el modo en que la trasmiten los códices y ha pasado a las ediciones hasta nuestros días.
VII. PUBLICACIÓN Y EDICIONES
Parece lógico concluir que algunas de estas obras las divulgó el mismo autor 50 , dando a conocer enseguida aquellas composiciones que eran actuales por su naturaleza; de lo contrario, habrían perdido su efecto, como en el caso del epitalamio o del escrito polémico en tomo al Sínodo romano. Prueba de que algunas circulaban en público es que Ennodio tuvo que defenderse de algún crítico mordaz 51 . En este caso pudieron aparecer, bien por separado, bien agrupadas en un pequeño volumen y en varios ejemplares.
De las demás, la mayor parte las dejó preparadas para que fueran publicadas. Él mismo pensaba en una colección de sus propias obras literarias, porque entre los epigramas se encuentra una presentación para la edición de sus poemas 52 ; además, algunas observaciones a piezas sueltas muestran que las había sometido a una revisión, con vistas a darlas a conocer a un círculo amplio de lectores 53 .
Desde que fue nombrado obispo le faltaron el tiempo y la voluntad para seguir dedicándose a escribir. En su Confesión (M 5) llega a avergonzarse de la fascinación que había sentido por esa actividad 54 .
Sin embargo, hay claros indicios de que la compilación llegada hasta nosotros no procede de él mismo. Así, por ejemplo, algunos poemas, como los himnos, citan como autor al domnus Ennodius , o hablan de él en tercera persona; otras piezas, habrían sido suprimidas por Ennodio mismo; incluso nos encontramos con una carta, que el autor quiere expresamente que no se publique; también probablemente habría prescindido de algunos epigramas inconvenientes, él que ya era obispo. En un verso falecio había cometido un error de prosodia; estaba enfadado por eso y seguramente habría corregido la falta si, al preparar la publicación, él mismo hubiera tenido oportunidad de hacerlo. Es evidente, por tanto, que los escritos de Ennodio fueron recopilados y dados a conocer por una mano ajena al autor.
Hay que concluir por tanto que la colección de sus obras fue compuesta tras su muerte por un amigo o discípulo y comprende textos escritos antes de 513, sin que esté clara la razón de este corte.
Este proceso explica que en el cuerpo de obras que ha llegado hasta nosotros aparezcan alusiones a algunas —sobre todo, cartas, pero también panegíricos 55 — que el recopilador, sea quien fuere, ha dejado de lado.
El procedimiento de este personaje fue curioso porque, prescindiendo de la variedad de géneros, sometió el conjunto de la colección a un orden cronológico. Esta técnica de publicación se supone porque al parecer se basa en los borradores preparados para el copista, y se delata porque éste a veces se limita a escribir tal cual las anotaciones del autor, cuando, por ejemplo, indica simplemente «como más arriba», en vez de repetir el título de la persona a quien va dirigida la carta 56 , que es el sentido en el que Ennodio utiliza esa expresión.
Esta técnica de trabajo, que, como hemos dicho más arriba, se refleja en los manuscritos, es el origen de las dificultades que presenta la historia de las ediciones de Ennodio.
La primera salió impresa en Basilea, en 1569 —en un volumen dedicado a los llamados Monumento S. Patrum Orthodoxographa —, entre las Epistolae Orthodoxographorum Theologorum Latinorum . Esta editio princeps , obra del calvinista Juan Jacobo Grynaeus, no sólo es parcial 57 , sino que presenta muchas deficiencias, en el sentido de que, de una parte, enmienda palabras y, de otra, admite corruptelas respecto a los manuscritos B y P, que evidentemente le sirvieron de base 58 .
Apenas medio siglo más tarde, en 1611, dos jesuitas editan la obra ennodiana: Andreas Schott, en Toumai, con el título: Beat i Ennodii Ticinensis episcopi opera quae reperiri potuerunt omnia , dedicada a san Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, y Jacobus Sirmond, en París, con la denominación: Magni Felicis Ennodii episcopi Ticinensis opera . Ambos intentan superar los errores de la edición de Basilea, aportando otros códices, sobre todo el segundo. De otra parte, para hacer el material más asequible al lector, fuerzan el orden dado por los manuscritos, que se supone es cronológico, y lo ordenan por géneros literarios. A. Schott distingue entre Epístolas (12 libros), Discursos (15), Declamaciones (15), Apologético (del IV Sínodo romano, es decir M 2), Declamación sobre la toma de una ciudad (es la actual 22, que llegó a sus manos con posterioridad), Poemas (distribuidos en Himnos, Panegíricos, Epigramas, Epitafios ). J. Sirmond distribuye la obra en Epístolas (9 libros), Obras variadas. Discursos, Poemas (2 libros). Esta última es la clasificación que ha adoptado la edición de CSEL.
Durante el resto del siglo XVII , todo el XVIII y hasta finales del XIX no se emprendió ninguna nueva edición de Ennodio. Simplemente, se reprodujo repetidas veces la de J. Sirmond, completada con algunas lecturas de A. Schott. Así la publicaron A. Galland en Venecia (1781), como undécimo tomo de su Biblioteca veterum patrum y J.-P. Migne en París (1847/1860) en el volumen LXIII, dentro de la serie latina de su Patrología.
Sólo doscientos cincuenta años después de la edición de J. Sirmond emprendió Wilhelm von Hartel esa tarea, que coronó en 1882 con la publicación del VI tomo en la colección del Corpus scriptorum ecclesiasticorum latinorum (CSEL), en Viena. Asume la misma distribución de la obra, incluye muchas conjeturas que mejoran la comprensión del texto original y añade dos valiosos índices: uno de nombres y realia y otro de palabras y giros lingüísticos.
Casi al mismo tiempo, en 1885, publicó Friedrich Vogel, por encargo de los Monumento Germaniae Histórica , la obra completa de Ennodio, en el séptimo tomo de la serie Autores antiquissimi . Mantuvo, como la editio princeps , el orden de los manuscritos y estableció con mucha sensibilidad, tanto paleográfica como lingüística, el texto que hoy es punto de referencia indiscutible para cualquier trabajo sobre Ennodio. Supone un gran avance el hecho de que dividiera el texto en parágrafos 59 . Además, amplia sustancialmente la información aportando índices de textos de la Sagrada Escritura y autores clásicos citados o imitados, así como de posteriores compiladores de Ennodio. Agrega una larga lista de barbarismos que se encuentran en los manuscritos, así como índices de nombres, realia y muchas palabras, especialmente significativas.
Como se ve, cada edición ha seguido perspectivas diversas y entre las dos han mantenido abierta una dificultad que será difícil de superar en lo sucesivo para ediciones completas de la obra ennodiana, como la que emprende ahora la B. C. G. 60 .
Ambas líneas de trabajo presentan problemas: la primera somete al lector a una tortura por los continuos cambios de carácter de composiciones vecinas. Por ejemplo, los diez primeros números de una edición como la de MGH, hecha con este criterio, son: 1) la primera declamación; 2) el poema I 6; 3) la séptima declamación; 4-7) las epístolas I 1, 2, 3, 4; 8) el opúsculo 7; 9-10) las epístolas I 5 y 6. El primer poema (I 7) es la pieza 16 de la edición. Tiene a su favor que, por seguir en general un orden cronológico 61 , permite relacionar fácilmente tanto maneras de expresarse el autor, como situaciones y personas a las que alude.
La segunda a su vez fuerza el carácter de algunas piezas, que bien podrían ser contadas en otro género 62 , pero presenta la ventaja de dividir la totalidad de la obra en unidades en cierto modo homogéneas. Desde luego, es la alternativa válida para quienes, como veremos más adelante, emprenden una edición completa dividida en unidades manejables, desde el punto de vista editorial.
Durante decenios puede decirse que los estudios sobre Ennodio han estado abandonados. Sobre este autor pesaba mucho la carga retórica que domina su producción literaria y que nublaba sus aspectos positivos, ante todo las valiosas informaciones que indudablemente aporta a la historia, tanto eclesiástica como civil, de su tiempo 63 . Sólo en los últimos años han visto la luz ediciones críticas, con traducción y comentario de algunas de sus obras, sobre todo aquellas que aportan datos de primera mano sobre el reino ostrogodo o sobre aspectos interesantes de la cultura de la época, como el ideal de la educación. El primer aspecto se revela a través del Panegírico de Teodorico y la Vida de Epifanio (M 3); el segundo, por medio de la Parenesis didascalica y la Declamación XXI 64 .
El carácter parcial de estos recientes estudios y su técnica de trabajo ponen de manifiesto la situación, un tanto caótica, a la que se ha llegado. De una parte falta aún una monografía que ofrezca una valoración en conjunto del autor y su obra 65 . De otra, mientras unos citan el CSEL, dando el número de la página y la línea que ocupa el texto en esa edición, otros —la mayor parte— utilizan como punto de referencia la de los MGH. Pero aun en este caso hay trabajos que remiten al número de la pieza y el correspondiente parágrafo y otros prefieren utilizar la misma técnica de los que se remiten al CSEL, es decir, página y línea 66 .
VIII. LA PRESENTE TRADUCCIÓN
En esta traducción, aún teniendo en cuenta —como ya hemos dicho— que es difícil en algunos casos decidir a qué grupo pertenecen algunas composiciones 67 , seguiremos la distribución de CSEL, que facilita la división en volúmenes. Esta opción hará posible distribuir todo el material en tres tomos.
Comenzamos con los llamados opúsculos —diez composiciones de corte muy diverso, por lo que se las conoce también con el nombre de Miscelánea (M)— y las Declamaciones (D), dejando las Epístolas (E) y los Poemas (P) para sendos volúmenes posteriores.
Esta opción se basa en el hecho de que, sobre todo, la primera parte del material publicado en este volumen, contiene las obras de mayor interés, por cuanto son testimonio de acontecimientos que revistieron especial importancia en aquella época. Me refiero sobre todo al Panegírico del rey Teodorico 68 y a la Vida del obispo Epifanio , que tocan los temas de más interés, por más apreciados como fuentes para la historia de aquel tiempo.
Sin embargo, para el texto, nos atendremos al de MGH, que, por ser posterior, ha recogido en su aparato crítico las conjeturas valiosas de CSEL. Para orientar al lector, hemos añadido entre paréntesis al título de cada pieza —que ocupa el lugar que le adjudica CSEL— el número correspondiente de MGH.
También sigue a esta edición la distribución de los parágrafos en cada composición. Como las partes compuestas en verso de M 6 no tienen ninguna numeración, tanto en la traducción como en el índice de nombres hemos señalado algunas marcas. En el segundo, hemos añadido, al número precedente, el del verso.
La divergencia más habitual entre ambas ediciones procede de inseguridades en la grafía de los manuscritos. Las variantes que provoca esta falta son habitualmente menores y no merece la pena llamar la atención sobre ellas. Otras veces, difieren simplemente en la puntuación. En uno u otro caso, siempre que esta disensión provoca un cambio importante en el sentido, llamamos la atención en notas a pie de página.
Más dificultades plantea la traducción en sí, provocadas ante todo por el estilo manierista de Ennodio 69 : la complicada construcción gramatical, las expresiones nominales, las metáforas son con frecuencia apenas traducibles, de modo que el castellano resulta fácil de entender. Se impone pues la interpretación, a riesgo de caer en el error. Para evitarlo en lo posible he procurado plegarme al texto latino, consciente de que con esta opción sufre el ritmo del castellano y sobre todo la paciencia del lector. A éste se le exige una gran concentración en la estructura de cada párrafo y a veces hasta de cada frase. Aún así, no excluyo que en algunos pasajes se me haya escapado el sentido de lo que realmente quería expresar el autor, quien con frecuencia juega conscientemente con la ambigüedad. Este peligro se presenta sobre todo en los comienzos de cada pieza, en los que el autor expone reflexiones de carácter genérico con alusiones o meras insinuaciones a personas o sucesos del momento que le afectan a él o a las personas a quienes dirige el escrito, y cuyo alcance y sentido resulta hoy imposible de desentrañar 70 .
Pensando en el lector y en parte también para paliar los inconvenientes de la disposición del texto en las ediciones que me sirven de base —que han quedado anticuadas desde el punto de vista gráfico y dependen excesivamente de los usos de puntuación en la lengua alemana— he procurado introducir puntos y aparte siempre que me ha parecido razonable hacerlo, cada vez que cambia el tema del discurso, o el interlocutor en las declamaciones. También he optado a menudo por un punto y seguido, donde antes había simplemente dos puntos.
Con este arduo trabajo damos a conocer a los lectores españoles un autor que, como afirma F. VOGEL al comienzo de su edición, pocos han leído y menos aún comprendido. Mucho queda aún por mejorar, pero, parafraseando al mismo Ennodio, dejo para los que se sigan ocupando de esta tarea el mérito de limarla. A mí me corresponde, y no es poco, el de haber roto un silencio que ha durado casi mil quinientos años.

1 Se encuentran algunas variantes del nombre, como Aenodio, Evhodio y, sobre todo, Innodio en algunos manuscritos y en el Corpus Inscriptionum Latinarum (CIL): VIII 1358; XII 338. Sin embargo, el encabezamiento de sus epístolas y otros pasajes de la obra, así como diversos testimonios de autores contemporáneos, como sus parientes Mesala y Avito y el papa Hormisdas, coinciden en Ennodio.
2 Véase en la bibliografía, S. A. H. KENNELL ... A Gentleman of the Church . Merece este título, no por ser una lumbrera de su tiempo, como Boecio y Casiodoro, sino por haber sido una persona que supo siempre estar en su sitio en un ambiente (ciuilitas) de personas cultas y rendir valiosos servicios tanto al Estado como, sobre todo, a la Iglesia.
3 La edición de los Monumento Germaniae Historica (MGH) comprende en total cuatrocientos setenta números.
4 No sólo de la suya sino de la de muchos contemporáneos, tanto personalidades públicas, como Teodorico o el obispo Epifanio, como familiares. Valga un ejemplo: de Cinegia, una pariente próxima, sabemos que era esposa de Fausto, madre de Avieno (E VII 17, 1), que enfermó, murió y fue enterrada en Roma (E VII 28, 2. 29, 2) y que el mismo Ennodio compuso su epitafio (E V 7, 2).
5 Las otras ciudades que se disputan su cuna son Milán y sobre todo Pavía. Su estirpe es la de los Anicios, famosa en los anales religiosos y políticos del imperio. A ella perteneció el primer senador cristiano de Roma, así como mártires y padres de la Iglesia, como san Ambrosio. Entre los antecesores de Ennodio, y con el mismo nombre, hay un proconsul Africae y un comes rerum priuatarum así como, en épocas sucesivas, siempre en la Galia, otros personajes de relieve. A través de sus obras, conocemos el nombre de algunos de sus parientes en Italia: Cinegia, Boecio, Fermina, Elisea y su hijo Avito, Juliano, Máximo, Senario.
6 «El buen humor es compañero del hombre cuando éste vuelve a su suelo natal», escribe a su vuelta de una de las sesiones del sínodo de Roma: P I 6, 1.
7 P I 5, 22.
8 E V 24.
9 A ella alude Ennodio en M 5, 20-21.
10 La lectura correcta del códice de Bruselas, la fuente más importante de la tradición manuscrita ennodiana, permite llegar a esta conclusión, que hasta la edición de MGH no era aceptada. Véase la discusión en MGH, pág. VI. En su reciente monografía sobre Ennodio, S. A. H. KENNEL , siguiendo la opinión que ya había expresado F. MAGANI , mantiene la tesis de que el matrimonio llegó a realizarse. Su argumentación, a base de contraponer las directrices de la iglesia romana con la practica del celibato en la Galia y el N. de Italia, no es convincente. De otra parte, en ningún sitio se habla de descendencia de ese matrimonio.
11 Aunque los motivos de la ruptura no son claros —pudo ser la pobreza en que incurrió la familia de la desposada—, lo cierto es que se produjo, como se desprende de M 5, 23-25.
12 En E I 14, 4, el mismo Ennodio habla de este parentesco.
13 Véase P I 1.
14 Véase E VI 38.
15 Personaje al parecer indigno, como deja entrever el mismo Ennodio en D 5, 5, y sobre todo en E VII 9.
16 Véase E VIII 13.
17 Véase P I 5.
18 El texto sobre el que se apoya este dato resulta oscuro: E IX 11, 6-7.
19 CIL V 2 N. 6464.
20 Ver a este respecto L. NAVARRA , «Contributo storico di Ennodio», Augustinianum 14 (1974), 315-342.
21 Entre sus corresponsales aparecen grandes personalidades de la época, como Boecio, cónsules y cuestores, dos Papas y diversos obispos.
22 En nueve libros está distribuido, por ejemplo, el epistolario de PLINIO EL JOVEN , SÍMACO (ambos con un décimo libro que contiene su correspondencia oficial), SIDONIO APOLINAR .
23 Por ejemplo muniis , con mucha frecuencia seguido del especificativo litterarum , como ablativo de munus , -eris, Exitium, impugnantum. caelicolum , como genitivo plural, en vez de exitiorum . etc.
24 Véase, por ejemplo en M 1, 16, donde en un mismo período emplea las dos posibilidades. Lo mismo ocurre en M 3, 54, en M 6, 23, etc.
25 beneficio, indicio, ministerio, obsequio, officio, pretio, solacio, studio, testimonio, clave, consideratione, duce, merito, teste, etc .
26 Véase, por ejemplo, D 4, 7.
27 En D 12, 6, 21, 25 se encuentran ejemplos claros de este problema.
28 A. DUBOIS , La latinité ... págs. 533 ss. llega a la conclusión de que en la sintaxis, Ennodio tiende al análisis (perífrasis, multiplicación de giros preposicionales) y en el léxico, a la abstracción (sustantivos en -tío, -tas, -tura ). Más recientemente, M. CESSA , Ennodio ..., pág. 170 afirma que apenas se encuentran neologismos en la obra ennodiana. Cuando aparecen, se trata de términos compuestos con prefijos como ex -, per -, como effulguro (M 3, 98), perinmensus (ibid . 97), excerptim , con el significado de carptim, obiter . Finalmente, como señala C. ROHR, Der Theoderich-Panegyricus ... pág. 31, apenas aparecen barbarismos. Los helenismos se reducen al ámbito litúrgico y se encuentran exclusivamente en las obras de contenido específicamente cristiano.
29 Superstitiosi ... figmentí: «ficción superpuesta»: M 7, 5.
30 Se repiten expresiones como messis —cosecha— (doctrinae, ingeniorum, peritiae, diligentiae, gaudiorum, gratiae, perfectionis, humani generis), fascis —carga— (inuidiae, imperitiae, annorum, oneris), lanx —bandeja, platillo de la balanza— (iudicii, examinis, veritatis), lima —lima— (peritiae, studiorum, artis). macies —penuria, escasez— (ingenii, studii, meritorum, eloquii, votorum, linguae), nexus —ligadura— (concordiae, condicionis, exemplorum, pactionis), palma —palma, premio— (orationis, declamationum, linguae, iudicii, eloquentiae, sermonis), serenitas —serenidad— (sermonum, conscientiae, mentis, actuum, rerum), stemma —guirnalda, cuna— (familiae, virtutum) .
31 Valga sólo un ejemplo: la palabra genius tiene en la obra ennodiana un amplio campo semántico que comprende, desde el sentido original de genio o espíritu protector de cosas, personas o lugares —M 1, 56; 5, 42—, hasta un gran abanico de cualidades humanas, como autoridad —D 21, 34—, ornato —M 2, 132—, talante, carácter, gracia, valor, dignidad, esplendor, etc. Véase, ThLL, VI 2, sobre todo 1839-41.
32 Véase B.-J. SCHRÖDER , «Charakteristika...», pág. 274.
33 Por poner sólo un ejemplo, la última parte de M 4 está salpicada de frases de ese tipo: nn. 87, 105, 147, 186.
34 Valgan como muestra los exabruptos contra los partidarios de Lorenzo en su escrito M 2, 9, etc., o verbos como uomere, ruciare , en D 12, 11, en medio de una alabanza a los estudios literarios.
35 Elipsis de un sustantivo se da ya en el título de la primera declamación, donde suprime die , o en D 13, 8, donde hace lo mismo con tutela , pero también se encuentran elipsis de verbos (D 21, 28) o de ambos, como en quid pluribus (verbis utar)? (M 3, 82). Los excursos son a veces amplios, como el de Catón en el n. 30 de M 1. A propósito de anacolutos, véanse, por ejemplo, las construcciones que se comentan en D 9, 19 y 12, 8; M 8, 2. Mas problemática es la explicación del comienzo de M 2. donde parece que Ennodio simplemente se complica.
36 Este es el caso de M 3, 3, cuyo texto ha sido discutido en todas las ediciones y al que P. KRAFFT ha dedicado un largo comentario en la revista Latomus (1969), que por cierto no convence a editores posteriores, como M. CESA .
37 Véase HAW , VIII 4, 2, 147.
38 Véase, a este respecto, G. VANDONE , «Status eclesiástico e attività letteraria in Ennodio tra tensione e conciliazione», en Atti della ... págs. 89-99.
39 Es raro encontrar citas directas de las palabras de Cristo que nos trasmiten los Evangelios —como Lucas 10, 16 (M 2, 8); Lucas 12, 5 (M 2, 114)—, pero de modo implícito aparecen muchas más como las de Mateo 16, 18-19, que Ennodio trascribe en M 2, 95, o los deseos de paz a los Apóstoles tras la resurrección, en M 3, 87. Sin embargo, su doctrina está presente por doquier, por ejemplo en M 2, sobre todo la trasmisión del primado a Pedro, pero también otras ideas: por ejemplo, en M 2, 10.
40 W. PORTMANN afirma con razón que esta obra es la primera del género en la que el cristianismo se tematiza. Ennodio adopta una postura crítica o al menos distante respecto a la historia de Roma. Teodorico la rejuvenece gracias a su fe —M 1, 80—, pasando por alto que era arriano.
41 En M 3 se puede apreciar cómo toda su actividad en pro de la paz se remite al Evangelio: cf. nn. 71, 86, 87, 88, 145, 154, 155, 163.
42 Véanse, por ejemplo, D 1, 17, a propósito de la actividad de Lorenzo, el obispo de Milán, o en M 6 el ideal educativo que despliega ante los jóvenes Ambrosio y Beato. Pero también, cada una de las controversias y las suasorias. Sobre este tema, véase L. NAVARRA , «Le componenti letterarie e concettuali delle «Dictiones» di Ennodio», Augustinianum 12 (1972), 465-478.
43 Tales son los calificativos que se encuentran, casi sin excepción, en los manuales de Historia de la literatura latina más prestigiosos.
44 Sus obras, no sólo las de contenido histórico, sino sobre todo las epístolas, nos lo muestran interesado en los asuntos que le afectan a él o a sus familiares. Por poner un solo ejemplo, valga la intervención ante las instancias oficiales a favor de sus familiares y amigos que tenían dificultades de expropiación de sus terrenos por parte de la nobleza ostrogoda: E II 22, 23, 33; III 20; VI 5; VIII 13; IX 23. Sobre este tema, véase T. BURNS , A History ... págs. 82-84.
45 En una carta al abad Berrario, afirma este sumo pontífice, recogiendo el juicio del primero: «Lejos de mentes piadosas un pensamiento negativo sobre la primacía del obispo de Roma, puesto que el santo confesor Ennodio de la ciudad de Pavía nos enseña que Dios omnipotente, o eleva hasta ese cargo a personas preclaras o ilumina a quienes elige». Véase J.-P. MIGNE , PL, CXXVI 944.
46 En efecto, no ahorra calificativos: «difícil, oscuro, tenebroso» hasta concluir: «su primer objetivo es expresarlo todo de forma diferente a los demás y por tanto todo lo que dice lo complica de un modo intrincado, por lo que más que Ennodio, debería llamarse Innodio»: Ep . 26. Véase J. A. GILES , Arnulfi Lexoviensis episcopi epistolae , Oxford, 1844, págs. 132-133.
47 C. FINI , Il censimento ... habla de 97 manuscritos, de los que se conservan 95; los dos restantes se han perdido. El resultado de ese censo es el siguiente: 12, datados entre los siglos IX-XVII , contienen la obra completa; 31, de los siglos IX-XVI , una parte importante, más o menos amplia; 17, entre los siglos XII-XV , una parte trasmitida en el Florilegium Angelicum y finalmente 37, datados entre el IX-XVI , con cuatro de las obras misceláneas recogidas por las Decretales Pseudoisidorianae .
48 Recibe este nombre una colección de Decretales que se inicia con las palabras Incipit praefatio S. Isidori , que, en realidad, fue escrita entre 847-852 por uno o varios autores anónimos reunidos en una corte franca, recopilando los cincuenta Canones apostolorum , cartas y decretales pontificias —desde san Clemente hasta Gregorio II (731)— y cánones de concilios, desde Nicea (325) hasta el XIII de Toledo (683). Como su intención era reforzar la autoridad del Papa y fomentar la unidad de la Iglesia, partes de esta colección fueron incluidas en las oficiales y gozaron de una gran autoridad. Sin embargo, desde el s. XV fueron tenidas por apócrifas, a pesar de que contenían muchos documentos auténticos.
49 C. ROHR , antepone a su reciente edición del Panegírico de Teodorico, un exhaustivo estudio de la tradición manuscrita e intercala, a continuación del anterior, tanto el códice Phillipps 1715 de la Biblioteca Nacional alemana de Berlín (P), según él, copia directa de mitad del s. XII del Lambetano —si bien con algunos huecos que sería largo recoger aquí—, como el (L), 33 de la Biblioteca de la Catedral de León, que data imprecisamente de finales de la Edad Media. No obstante, aventura que podría haber sido copiado entre los siglos XII-XIII en el N. de Francia, donde las obras de Ennodio eran muy leídas, y llevado al NO. de España donde se encuentran muchos códices de esa época y proveniencia ya en el s. XV .
50 En el manuscrito de Bruselas, al final de D 21, aparece una anotación del mismo Ennodio en la que confiesa que ha revisado el texto.
51 Véase P II 68. F. VOGEL , en el prefacio a su edición en los MGH, supone que la obra criticada fue M 2. Véase MGH, AA VII, XXIX.
52 P II 66.
53 Por ejemplo, D 21.
54 Véase M 5, 5-6.
55 Por ejemplo, los que promete a Pomerio (E II 6, 2), a Máximo (D 3, 9), a Agnello (E IX 19, 3).
56 Esto se repite en once pasajes, como en E I 12, 6.
57 Se puede consultar en la Universitätsbibliothek de Basilea. Es un tomo de gran formato, con dos partes fundamentales: la primera —398 páginas—, dedicada a autores griegos con versión latina paralela, y la segunda —2.064 páginas— encabezada con el apelativo: «Epístolas de los teólogos ortodoxos latinos». En ella las obras de Ennodio, que son llamadas «Libro de las Sentencias de Ennodio», ocupan las págs. 269-480. Por lo que respecta a este volumen, no he encontrado en él M 10 ni D 9, 12, 24.
58 Respecto a éste último, G. HARTEL , en su edición de 1882 para el CSEL, anota hasta seiscientos errores.
59 No es cuestión de proponer cambios en esa numeración, pero es evidente que facilitaría la comprensión del texto, puesto que la actual, unas veces interrumpe períodos especialmente largos —sólo en M 2, en cuatro ocasiones: 2. 35. 106. 130— y otras no tiene en cuenta los cambios de argumentación o de tema que se introducen en el discurso. En este último sentido, por ejemplo, M. WINTERBOTTOM encuentra, en su traducción de la D 21, hasta trece pasajes en los que se produce esta situación, fuera del comienzo de un nuevo número. Para paliar esta dificultad, he procurado introducir en la traducción puntos y aparte que señalen el comienzo de un nuevo argumento.
60 La cuestión se agrava si se tiene en cuenta que J. Sirmond, al entresacar de la princeps las obras de cada género, no siguió ningún orden, por lo que la sucesión en la que aparecen las Opera miscella es 263, 49, 80, 240, 438, 452, 8, 123, 14, 81. Algo análogo ocurre con las Declamaciones .
61 F. VOGEL , en la introducción a su edición para MGH demuestra que es verdad que se observan algunas irregularidades —por ejemplo el n. I es de 504, mientras el XLIII es de 495— e intenta justificarlas diciendo que el editor: a) trabajó con los diferentes libritos o recopilaciones de los que Ennodio mismo habla en E VII 21, 3; b) añadió a cada uno hojas o páginas sueltas; c) dentro de cada unidad de a) mantuvo el orden; d) entre los diferentes libritos lo perturbó. Se entiende que llegue a la conclusión de que al orden cronológico no se le pueden oponer argumentos válidos y por eso opte por mantenerlo. Además argumenta que así se puede estudiar mejor la lengua de Ennodio, porque entre piezas próximas se detentan ciertas afinidades de expresión que no vuelven a aparecer a lo largo del corpus . Salta a la vista, sin embargo, que esta opción tiene sus fallos y que la otra, que adoptamos en esta traducción, presenta también ventajas.
62 Por ejemplo, Ennodio mismo califica M 6 de epistula admonitionis (E VIII 28, 2). Asimismo tres piezas que Ennodio mismo titula Dictiones , aparecen entre los poemas (I 2. 6. 9). Se puede ver con detalle esta discusión en la introducción a MGH págs. LIII-LIV.
63 No han faltado descripciones generales de su tarea literaria, sobre todo artículos en Léxicos, Enciclopedias o manuales de literatura. Véase una descripción completa, en C. ROHR , Der Theoderich-Panegyricus ..., págs. 1-2.
64 A excepción de la vida de Epifanio de G. M. COOK , que es de 1942, hay que llegar a los últimos años del pasado y a los primeros de este siglo para encontrar las obras de C. ROHR , S. ROTA , M. CESA , R. A. RALLO y M. WINTERBOTTOM . Son dignas de mención también las Jornadas ennodianas , que tienen lugar en Pavía. La primera se celebró en Pavía los días 29-30 de marzo de 2000. Sus Actas, publicadas en 2001, me parece que no aportan nada sustancial al contenido de este volumen.
65 La única existente es la de F. MAGANI , que data de 1886, una obra de más de mil páginas, meritoria, grandilocuente, de la que aún hoy se puede sacar valiosas informaciones en medio de mucha hojarasca. Difícil de encontrar, me ha sido posible consultarla gracias a la gentileza de la Biblioteca del Seminario patriarcal de Venecia.
66 Estos últimos son la inmensa mayoría.
67 F. VOGEL analiza ejemplos concretos en la pág. LIII de su Introducción.
68 Valga como síntoma el dato de que sólo esta obra fue editada cinco veces en París a lo largo del s. XVI , antes de las dos de 1611, y dos veces en el s. XIX , antes de 1880. También a lo largo del s. XX ha conocido varias ediciones críticas, de las que damos cuenta en la Bibliografía.
69 Puede verse a propósito de este concepto lo que se dice en B. C. G. n. 337, págs. 62 y ss.
70 Éste es el caso de M 1 y 2 y de buena parte de D.
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SIGLAS
| M | Obras misceláneas |
| D | Declamaciones |
| E | Epístolas |
| P | Poemas |
| CIL | Corpus Inscriptionum Latinarum |
| CSEL | Corpus Scriptorum Eclesiasticorum Latinorum (Corpus Vindobonense ) |
| HAW | Handbuch der Altertumswissenschaft |
| HistJ | Historisches Jahrbuch |
| MGH. AA | Monumento Germaniae Historica. Auctores antiquissimi |
| RAChr | Reallexikon für Antike und Christentum |
| RE | Paulys Realencyklopädie der klassischen Altertumswissenschaft |
| ThLL | Thesaurus Linguae Latinae . |
OBRA MISCELÁNEA (OPÚSCULOS)

INTRODUCCIÓN
Según la clasificación de J. Sirmond estas obras, a las que por su heterogeneidad se les llama también Miscelánea , son diez: 1. El Panegírico de Teodorico (Panegyricus Theodorico regi dictus); 2. El libelo en defensa del Sínodo (Libellus apologeticus pro synodo); 3. La vida de Epifanio, obispo de Pavía (Vita Epiphani episcopi Ticinensis); 4. La vida de Antonio, monje de Lerins (Vita Antoni monachi Lirinensis); 5. La acción de gracias por su vida (Eucharisticum de vita sua = Confessio); 6. La composición didáctica para Ambrosio y Beato (paraenesis didascalica); 7. El precepto sobre los eremitas (Praeceptum quando iussi sunt omnes episcopi cellulanos habere); 8. La petición por la que fue liberado Geroncio (Petitorium quo absolutus est Gerontius); 9. La bendición del cirio I (Benedictio cerei); 10. La bendición del cirio II.
1.
Panegírico de Teodorico
Teodorico el Grande, rey de los ostrogodos (473-526), nacido en 453, hijo de Teodomiro, de la estirpe de los amalos, irrumpe en la historia cuando, a los ocho años, es presentado en Constantinopla como rehén, avalando uno de los múltiples pactos entre el imperio oriental y su pueblo. En 474, ya caudillo de una parte de éste, se trasladó al Danubio inferior. Dos años más tarde, el emperador Zenón le admitió como aliado, le confió la región de Novae y le nombró patricio y segundo general del ejército imperial de Oriente. Poco tiempo después, en 478, rompe con Constantinopla, para volver a firmar un tratado de federación en el que se le concede una región más amplia, tras varias campañas militares. Cónsul en 484, fue honrado con un cortejo triunfal y una estatua ecuestre, después de haber sometido al rebelde Illo, en Asia Menor.
En 486, el emperador, para liberarse de él, le encarga la guerra contra Odoacro en Italia. Teodorico se traslada hasta allí con un gran ejército, en el que se encuadran otros pueblos germanos, y vence a su rival, primero en Isonzo y un mes más tarde (agosto-septiembre 489) en Verona. Tras una nueva victoria a orillas del río Ádige, en agosto de 490, asedia a Odoacro en Rávena. Esta acción militar —conocida en la saga germánica como la «batalla de los cuervos»— duró dos años y, a pesar del acuerdo de repartirse el poder sobre Italia entre ambos, acabó con la muerte de Odoacro a manos de Teodorico, en marzo de 493.
Cuatro años después, el emperador Anastasio I le reconoció como rey godo y regente imperial de Italia, con derecho a llevar la púrpura propia del cargo y a nombrar los dos cónsules anuales, reservándose él mismo en exclusiva el poder legislativo y la acuñación de la moneda.
A partir de ahí, y durante los casi treinta años de su reinado, Teodorico se esforzó por mantener el equilibrio entre su pueblo y la mayoría romana de la población, mantuvo la organización administrativa del imperio —al frente de ella estuvieron Boecio y Casiodoro—, y finalmente siguió una política conciliadora, no sólo entre el arrianismo de su pueblo y el catolicismo romano, sino también en las tensiones dentro de la Iglesia.
En el exterior buscó ante todo la armonía con los reinos germánicos colindantes por medio de una política matrimonial, que él mismo inició con su ejemplo. En efecto, casó con Audefleda, hermana del rey de los francos Clodoveo, unió a su hermana Amalafrida con el vándalo Trasamundo y dio en matrimonio a dos de sus hijas al príncipe burgundio Segismundo —hijo y sucesor del rey Gundobaldo— y al rey visigodo Alarico II. Los deseos de expansión de Clodoveo provocaron tensiones entre ambos, que se reflejaron, entre otras, en la decisión de acoger bajo su protección al pueblo alamán, situado en una faja de la región alpina.
A la presión oriental (Justino I, Justiniano) para restablecer la unión entre las iglesias de Oriente y Occidente (519), que provocó tensiones con el reino godo, reaccionó Teodorico con una serie de medidas agresivas contra la población romana, que culminaron en la ejecución de Boecio y del presidente del senado Símaco. La muerte sorprendió al rey el 30 de agosto de 526 cuando hacía preparativos para pelear contra Gilderico, rey de los vándalos, que había hecho suya la política de unificación entre Roma y Constantinopla.
Ennodio, cuya vida coincide en gran parte con el reinado de Teodorico —contaba dieciséis años cuando éste llegó a Italia y murió cinco años antes que él y sólo un par antes del brusco cambio que dio a sus relaciones con los romanos y que caracterizó la última etapa de su reinado—, tenía más que suficientes elementos de juicio, y de primera mano, para componer el panegírico del monarca.
La obra describe alternativamente hazañas militares del héroe y sus méritos como hombre de estado. En las primeras sigue un orden cronológico y abarca desde 459 hasta 504. Por eso se puede llegar a la conclusión de que Ennodio la escribió a finales de la primavera del 507.
Pero, para nuestro autor, tan importantes como sus campañas son las cualidades del personaje. Ya en el proemio se expresa en tonos encomiásticos a propósito de la heroicidad y sobre todo del cometido de Teodorico, a quien describe como el elegido de Dios para continuar el imperio romano en todo su poder y su significado histórico 1 . Todo el capítulo once está dedicado a encomiar su actividad constructiva: la ampliación del senado, el fortalecimiento de las finanzas del estado, su eficaz política exterior, lograda a base de fidelidad a los pactos y la protección de las fronteras del reino. Más adelante, en el capítulo dieciséis, resalta el autor la preocupación de Teodorico por el florecimiento de la oratoria, la recompensa al verdadero mérito, el cultivo de la ciencia. Así llega al punto culminante de sus méritos —la fe religiosa— que considera en el capítulo siguiente y a propósito de la cual establece una comparación con Alejandro Magno. Mientras éste fue víctima de la ignorancia, Teodorico conoce y rinde culto al verdadero Dios, sin descuidar por eso la disciplina y el adiestramiento del ejército.
Puede llamar la atención el hecho de que el arriano Teodorico sea ensalzado por un clérigo católico. Debía de haber ocurrido algo por lo que este rey hubiera hecho méritos ante la Iglesia. Podría tratarse de la intervención de Teodorico en el litigio entre partidarios de Símaco y Lorenzo en los años 506-507, que, gracias a él, acabó con el triunfo de la línea ortodoxa, mantenida por los partidarios del primero, entre los que se encontraba el propio Ennodio. Idénticos sentimientos de agradecimiento expresa una carta al papa Símaco que debe considerarse muy relacionada con la superación del cisma, gracias a la intervención del rey, y con el panegírico de éste 2 .
El discurso se presenta como si hubiera sido pronunciado en la realidad, pero no habla de ningún acontecimiento que hubiera dado pie a ello; tampoco existe ningún dato sobre el lugar, por lo cual es muy probable que el texto sólo haya existido en forma escrita.
Desde el punto de vista histórico, el panegírico tiene sus puntos débiles. Ante todo, la adulación 3 puesto que, aún reconociendo la significativa personalidad del rey, parece exagerado presentarle como el restaurador del primitivo esplendor de Italia, el sucesor ideal de los emperadores romanos, el campeón de la romanidad y hasta el enviado de la Providencia para salvar el mundo civilizado 4 . Por lo demás, en él se encuentran la mayoría de los tópoi propios del género encomiástico, que tanto proliferó en la época imperial tardía: modestia del autor de la obra, divinización del personaje ensalzado, exaltación de sus cualidades, méritos de su actuación, relativización de los ejemplos proporcionados por los antiguos en comparación con el protagonista, entre otros muchos.
La lengua es no pocas veces rebuscada y retorcida y los acontecimientos se rodean muchas veces de misterio. Sin embargo, la obra en su conjunto no resulta en absoluto despreciable. Sobre todo el historiador que quiera tratar el reino ostrogodo, recibe mucha información interesante sobre la marcha de los godos a Italia y sus luchas, así como de los acontecimientos en tomo al Danubio en los años 504-505.
En definitiva, se puede afirmar que estamos ante uno de los escritos más importantes de Ennodio.
2.
Libelo contra quienes osaron escribir contra el Sínodo
La diócesis de Roma, desde que san Pedro llegó para establecer allí su residencia y padecer el martirio, fue considerada como cabeza de la Cristiandad. Esta preponderancia fue aceptada cada vez con más claridad, sin que los intentos de otras sedes, por motivos circunstanciales, la hayan puesto nunca en peligro. Más lo encerraba, sin embargo, la circunstancia de que una y otra vez, a partir del siglo n, dos obispos pretendieran la titularidad de la cátedra primada, al morir el predecesor o como consecuencia de su deposición. Estas situaciones han dado siempre lugar a nuevas regulaciones para la provisión de la vacante, que, precisamente porque no funcionaban con éxito, han ido poco a poco perfeccionando el sistema. Bien documentados están los cismas de 356-358 (Liberio y Félix), 366 (Dámaso y Ursino), 418/419 (Bonifacio y Eulalio).
Entre los años 498-514 se produjo una nueva disputa por la sede romana. Cinco días después de la muerte de Anastasio II fueron elegidos y proclamados papas el arcipreste Lorenzo y el protodiácono Símaco, iniciándose así el cisma al que hace referencia el presente texto de Ennodio y que mantuvo la ciudad dividida en dos bandos que se combatieron a muerte. Ante todo hay que decir que el enfrentamiento no era personal sino conceptual. De los dos partidos que entonces se batían en la Iglesia, Símaco representaba el ortodoxo, Lorenzo el favorable a Bizancio, presto a hacer concesiones tanto en las disputas teológicas como en el perenne problema de la fecha para la celebración anual de la Pascua 5 .
Los acontecimientos se habían producido así: la muerte de Anastasio II el 17 de noviembre de 498 fue interpretada por muchos como un suceso providencial que permitiría poner finalmente en práctica las decisiones del concilio de Calcedonia (451), que determinaban claramente la postura de la Iglesia a favor de la verdadera naturaleza humana de Jesucristo, frente al error monofisita. Sin embargo, el domingo siguiente, 22 de noviembre, tuvieron lugar dos ordenaciones: en la basílica Laterana (basilica Constantiniana) la del diácono Símaco y en Santa María Mayor (basilica Beatae Mariae) la del arcipreste Lorenzo, partidario de una posición contemporizadora con la herejía. La decisión sobre quién era el legítimo obispo de Roma se traslada a Teodorico, el rey ostrogodo que tenía entonces su corte en Rávena y era arriano. Él ratifica a Símaco apoyado en dos argumentos, que ya habían sido esgrimidos anteriormente en casos análogos: fue consagrado antes y contaba con el apoyo de la mayor parte del clero 6 .
Inmediatamente después de esta decisión de Rávena, Símaco reunió un sínodo en Roma, el 1 de marzo de 499, que le confirmó en el cargo. Poco tiempo después, el Papa pretende alejar a su rival nombrándole obispo de Nocera. Apartado de la urbe, Lorenzo no deja sin embargo de intrigar y emprende una verdadera batalla legal, amparado por la simpatía de parte del clero y un buen grupo de senadores 7 .
Los motivos concretos de acusación comienzan con la cuestión largamente debatida entre la Iglesia de Roma y la Oriental sobre la fecha de la Pascua anual y se extienden a acusaciones de tipo personal, como el trato con mujeres y la mala administración de bienes eclesiásticos. La protesta cristaliza en una acusación formal ante Teodorico en los primeros meses de 501.
Éste nombra a Pedro, obispo de Altino, visitador de la Iglesia romana. Antes de que pueda actuar, en otoño de ese mismo año, Símaco reúne un nuevo Sínodo en san Pedro del Vaticano en el que, además de condenar al visitador abusivamente nombrado por el rey, se defiende de esas acusaciones. Durante el año siguiente, los sinodales se reúnen hasta cuatro veces, tras superar obstáculos de todo tipo en distintos lugares de la ciudad, con tumultos que adquieren carácter violento. Finalmente, el 23 de octubre de 502, clausuran el llamado sínodo Palmar, con un escrito en el que se declaran incompetentes para juzgarle, remiten a Símaco al tribunal divino y le devuelven todos sus derechos, al mismo tiempo que ofrecen a los disidentes una posibilidad de reintegrarse a la unidad de la Iglesia.
Tras este acontecimiento, los partidarios de Lorenzo publican un documento con el título «Contra el Sínodo de la absolución inaudita» 8 , que conocemos sólo a través de la presente réplica de Ennodio en la que incluye citas, al parecer textuales.
Ennodio replicó a ese panfleto con este escrito en el que defendía la postura del papa Símaco, entre cuyos partidarios se encontraba él mismo y su obispo Lorenzo, de Milán. El autor toma una por una las frases del panfleto e intenta rebatirlas en un tono duro 9 .
Esta obra, que no puso fin a la polémica, lleva el título «Libelo de réplica a aquellos que han osado escribir contra el sínodo», fue compuesta en 503, es la segunda en longitud, después de la vida de Epifanio, y presenta las características de un discurso de abogado, con cuatro partes fundamentales: Introducción (1-6). Refutación, una por una, de las alegaciones presentadas por el bando opuesto (7-71). Postura de Teodorico ante el conflicto (72-97). Discursos de Pedro y Pablo, personajes simbólicos de la Iglesia, y de Roma, a quien se concede la última palabra (98-139) 10 .
Ennodio apoya su argumentación en la Sagrada Escritura, sobre todo en el profeta Isaías, al que cita hasta 26 veces, y en los dos apóstoles Pedro y Pablo, sobre todo en la carta de éste último a los Romanos. Con la primera autoridad parece como si Ennodio quisiera recordar a sus contemporáneos la precariedad del tiempo en el que viven; con la segunda, enseñar a los habitantes de la urbe a practicar la mansedumbre y no querer juzgar al obispo que ocupa la primera sede de la cristiandad.
El texto ennodiano ha sido siempre considerado como difícil, tanto por la sucesión un tanto enrevesada de los argumentos, como por la de los acontecimientos a los que alude. Para su correcta interpretación, y a veces incluso para su comprensión, hay que tener en cuenta que fue escrito cuando se había clausurado el sínodo, pero que, hasta llegar a la conclusión absolutoria del Papa, hubo varias sesiones, se produjeron intervenciones del rey, algunos obispos se ausentaron y todas estas peripecias aparecen entrelazadas, quizás también por culpa del panfleto de los partidarios de Lorenzo que lo provocó y que desconocemos.
Esto sirve especialmente para entender los números en los que se habla de modo poco claro, tanto a propósito de la convocatoria del sínodo —que unas veces se atribuye al rey (9-10; 14-15; 27-28) y otras a Símaco (53-59)—, como a la actitud de éste último, que en algún momento se presenta ante la asamblea (31-35) y en otro se niega a comparecer (36-43).
3.
La biografía del obispo Epifanio de Pavía
Estamos ante la vida de un hombre de Iglesia 11 , compuesta por nuestro autor entre 501-504, ocho años más tarde que el poema —un prefacio en prosa y 170 hexámetros— que dedicó a este obispo en 496, cuando se cumplió su treinta aniversario como obispo de Pavía, entonces llamada Ticino 12 .
Se trata pues, a pesar de la juventud de su autor —apenas treinta años— de una obra de madurez, que se puede encuadrar a caballo entre el género panegírico, muy en boga —como hemos dicho— en la antigüedad tardía, y el hagiográfico, que tanto floreció en esta época, desde que en el s. IV se amplió en la Iglesia el concepto de santidad, que hasta entonces se había limitado a los mártires.
En ella Ennodio, que por entonces seguía siendo diácono en Milán, describe el proceso de formación de un santo. Las virtudes heroicas que lo caracterizan hacen de él un hombre sumamente civilizado, que ya en su juventud aprendió a comportarse correctamente ante Dios y ante personas de todo tipo y condición. El autor describe estas cualidades en términos que podrían aplicarse a un miembro cualquiera de las clases dominantes en el alto imperio romano: obediente con sus superiores, cortés con sus iguales, caritativo hacia los subordinados. Tales talentos le ponen en condiciones de cumplir a lo largo de su vida misiones extraordinarias, como la resistencia a Bureo, la reconciliación entre Ricimer y Antemio, la pacificación de los rugos o la misión ante el rey de los burgundios, con el fin de obtener la libertad para los campesinos de la Liguria.
Junto a las dos anteriores, ésta es una obra con un especial valor histórico. El obispo Epifanio de Pavía gozaba de un gran prestigio y pudo intervenir en importantes acontecimientos políticos. A lo largo de la segunda mitad del siglo V , había presenciado, ante todo, la caída del imperio romano de Occidente y la llegada de los ostrogodos. Es una gran suerte que Ennodio haya relatado estas intervenciones de un modo tan vivo y directo que nos permite conocer muchos pormenores de sucesos tan trascendentes.
En la introducción de la biografía invoca al Espíritu Santo, testigo de los hechos de su héroe, para que, con su ayuda, sea capaz de describir su vida de modo que perdure su memoria para siempre. Este detalle precisa aún más el carácter de este escrito, que es laudatorio, pero ante todo hagiográfico, en el más pleno sentido de la palabra: se trata de la vida de un santo 13 .
Tras la introducción, pasa a describir la vida de Epifanio desde sus comienzos. Nacido en Ticinum (Pavía), hijo de Mauro y Focaria, ambos nobles, se significó ya en su infancia por sus extraordinarias dotes. Muy pronto fue confiado a Crispino, el obispo local. Con ocho años es ya lector de la iglesia y sucesivamente secretario del prelado, con el encargo de estenógrafo, que recoge sus discursos y lleva los registros diocesanos. El joven era pudoroso, amable con todos, inaccesible a cualquier tipo de venalidad. La belleza de su alma iba pareja con la de su cuerpo, que se describe con exactitud.
A los dieciocho años comenzó su carrera eclesiástica, con el grado de subdiácono. Crispino apreciaba mucho al joven y, desde que fue ordenado diácono, a los veinte años, le confió la administración de los bienes eclesiásticos, cargo que desempeñó de un modo satisfactorio. En el joven sobresalían el pudor y la capacidad de trabajo. Recurrió a las velas y ayunos para superar la lucha espiritual contra la carne y se alimentó asiduamente con la palabra de Dios.
Cuando las fuerzas del obispo se debilitaron por la edad, se apoyó completamente en Epifanio, quien recibió el sacerdocio tras ocho años de diaconado. A la muerte de Crispino, y por recomendación suya, se convirtió en su sucesor, en 467, cuando contaba sólo 28 años.
Con su nueva dignidad, Epifanio se impuso a sí mismo un severo estilo de vida y su prestigio aumentó en tal medida que se acudía a él como intermediario en situaciones políticas difíciles. Esto sucedió por primera vez cuando, en el año 471, el enfrentamiento entre Ricimer y el emperador Antemio, que residían en Milán y en Roma respectivamente, amenazaba con desembocar en un conflicto armado. La nobleza de la Liguria presionó a Ricimer para que tendiera la mano, ofreciendo la paz, y propuso a Epifanio como negociador. Éste aceptó el cargo y salió hacia Roma al encuentro de Antemio. El emperador, aunque tenía motivos justos para quejarse de Ricimer, a quien había casado con su hija, en aras de un buen entendimiento entre ellos, se dejó convencer por Epifanio y firmó la paz.
El segundo caso para el que se apeló a la mediación de Epifanio fueron las diferencias entre el emperador Nepote (474-491) y el rey visigodo Eurico (466-484). El obispo viajó a Tolosa, seguramente en la primavera de 475, y allí consiguió un acuerdo pacífico entre ambos.
Un campo rico en actividades benéficas se le presentó a Epifanio cuando unos meses más tarde, ya en 476, el patricio Orestes, en lucha con Odoacro, se lanzó sobre Pavía, provocando una infinidad de sufrimientos a los habitantes de la ciudad. El obispo aprovechó la ocasión para librar a muchos de la miseria. Odoacro, que estaba muy bien dispuesto hacia Epifanio, le permitió volver a construir las iglesias que habían sido destruidas y el obispo llegó a conseguir que le perdonara los impuestos durante cinco años. También le ayudó en la situación calamitosa que el prefecto del pretorio Pelagio había provocado en Liguria con sus compras excesivas de trigo.
Luego llegó la dominación ostrogoda. En la lucha de este pueblo con Odoacro, la traición de Tufa, cuyo destino se había descrito ya en el Panegírico de Teodosio , hizo muy difícil la situación de Teodorico, hasta el punto de que hubo de retirarse a la amurallada Pavía. Esta nueva ocupación militar brindó otra vez a Epifanio la oportunidad de socorrer a sus conciudadanos. Así se ganó el favor, tanto de Odoacro como de Teodorico 14 .
Tras la retirada de los godos, Pavía quedó a merced de los rugos; con este pueblo salvaje convivió Epifanio sólo dos años, de 491 a 493, pero de un modo tal que se separaron de él con gran dolor.
Una vez establecida la paz en Italia, tras la derrota de Odoacro por parte de Teodorico, el 27 de febrero de 493, nuestro obispo se preocupó de reconstruir la ciudad. Junto con Lorenzo, el obispo de Milán, se trasladó a la corte de Rávena para interceder por todos aquellos cuyos derechos habían sido conculcados por el caos político y consiguió moderar al rey.
Con motivo de esta visita, Teodorico dio al obispo el encargo de llegar a un acuerdo con el rey burgundio Gundobado para la compra de los prisioneros italianos que habían caído en su poder. Epifanio accedió a llevar a cabo esta nueva misión, pero con la condición de que le acompañara Víctor, obispo de Turín. Ambos príncipes de la Iglesia se dirigieron a los burgundios en 494 y consiguieron la liberación de más de 6.000 prisioneros.
No se olvidó el obispo de la situación económica de quienes habían sido liberados y sus desvelos dieron fruto. Su última hazaña consistió en convencer al rey Teodorico para que perdonase a los lígures —fuertemente probados por los gravámenes que se les habían impuesto— dos tercios de su deuda. No mucho después de esta misión murió en Pavía, a los 58 años, a finales de 496.
No sin razón calificó J. Sirmond esta biografía como la mejor obra de Ennodio. Esta afirmación se justifica por varios motivos. En primer lugar, se trata de una personalidad interesante, de un gran relieve para la historia de su tiempo y que, por tanto, merece que se le rinda ese homenaje 15 . Además, se nota que el autor cumplió su cometido con amor, en primer lugar porque él mismo fue testigo ocular de alguna de esas misiones 16 . Pero además, porque indudablemente se identificaba con muchos puntos, sobre todo las primeras etapas de su carrera eclesiástica y las misiones diplomáticas que había desempeñado Epifanio. En ellos contemplaba, como en un espejo, capítulos importantes de la propia biografía. En último término porque las virtudes eran seguramente las que él mismo querría que adornaran su propia vida.
Característicos de esta obra son los discursos que en ella se insertan. Aunque muchos puntos permanecen oscuros, se enriquece nuestro conocimiento del personaje y la presentación es más sencilla y natural que los otros escritos de Ennodio, hasta el punto de resultar interesante para un lector moderno.
4.
La biografía del monje Antonio
Leoncio, a la sazón abad del entonces pujante monasterio de Lerins, había animado a nuestro autor a escribir la biografía del monje Antonio, conocido como san Antonio de Lerins. Ennodio satisfizo su deseo y redactó por primera vez la vida de este personaje, una verdadera hagiografía, dejando a mejores plumas los aspectos de la vida del santo varón que él no tocaba 17 .
Antonio, de familia ilustre, había nacido en la Panonia, concretamente en la ciudad de Valeria. Con ocho años perdió a su padre y san Severino se hizo cargo de su educación. Cuando éste murió, Antonio pasó a estar bajo la dirección de su tío, el obispo Constancio, quien le dio el empleo de secretario en la curia eclesiástica. Las turbulencias de las invasiones bárbaras llevaron a Antonio a Italia, concretamente a la Valtelina, donde se unió al presbítero Mario.
Pero como no se sentía a gusto allí, se buscó un lugar retirado a orillas del lago de Como, cerca de la tumba del mártir Fidel, llevando allí una vida santa, que le proporcionó una gran fama. Sin embargo, huyendo de ella, cambió otra vez su lugar de residencia y, explicando en un monólogo los motivos, se dirigió al monasterio de Lerins. Aquí pudo residir muy poco tiempo, porque murió al cabo de dos años.
No fue una tarea fácil para Ennodio redactar esta obra. Mientras en el caso de Epifanio podía contar con una amplia y benéfica actividad, de Antonio no había muchas cosas que decir. No se puede afirmar, sin embargo, que haya tenido que hacer grandes esfuerzos de inventiva para producirla. En el momento en que escribe, contaba ya con una larga tradición hagiográfica 18 .
En primer lugar, las vidas de mártires, que con el nombre de Acta martyrum habían proliferado en los primeros siglos de la Historia de la Iglesia; además, la línea que arranca de la Vita sancti Antonii , el padre del monaquismo occidental que, redactada por Atanasio en griego, había logrado una gran difusión y había sido imitada por muchos autores ya en este momento.
El modelo que tiene presente Ennodio es seguramente la Vita Hilarionis de san Jerónimo 19 . Esta biografía, dedicada al fundador del monacato en Palestina, presenta muchos rasgos afines a la del monje Antonio. En efecto, tras una consideración sobre la importancia del biógrafo para la fama del héroe, arranca con una invocación al Espíritu Santo, antes de describir el cuadro familiar en el que el futuro santo viene al mundo. Sigue la educación y la búsqueda de un mentor para que le instruya en la vida ascética. Lo logra con san Antonio en el desierto egipcio, de donde vuelve con quince años, dispuesto a imitar ese tipo de vida en su propia patria.
Sigue un capítulo, en Ennodio mucho más sobrio, con la narración de sus tentaciones, su tenor de vida y los milagros que realiza. A través de todo ello —otro elemento esencial de la obra que nos ocupa—, su fama de santidad se extiende y atrae a una multitud que le impide vivir en soledad. La busca retirándose a un lugar aún más apartado 20 . Pero de nuevo se convierte en foco de atracción, de modo que su vida se convierte en un errar continuo hasta que finalmente encuentra la calma en Chipre, donde muere en 371.
El paralelismo es pues evidente, si bien puede apreciarse el esfuerzo de Ennodio por componer una vida de santo asceta, que no busca ninguna actuación aparatosa. Quizás por eso, al autor no le quedaba otro recurso que atraer la atención del lector por medio de la forma literaria. En este sentido, no escatimó rebuscamiento ni artificiosidad. Quizás por eso, mientras los lectores contemporáneos se dejaron impresionar, uno moderno permanece frío ante estas páginas. La obra fue compuesta hacia el otoño de 506.
5.
Acción de gracias sobre su vida. (Confesión)
En el verano del año 511, Ennodio cayó gravemente enfermo 21 . Como los médicos no lograban nada con sus artes, se dirigió a san Víctor, pidiéndole su curación. Ennodio puso en relación con ésta, una conversión de su vida espiritual y la describe en este escrito, que habitualmente se llama Eucharistion , pero que quizás con más propiedad debería llamarse Confesión, porque su modelo son las Confesiones de san Agustín 22 .
El autor reconoce, tras unas cuantas consideraciones generales, que la enfermedad le ha devuelto el amor a Dios. Recuerda la insensatez de su vida anterior, que encontraba satisfacción en la composición de versos y discursos. Luego describe qué destructiva fue la irrupción de la enfermedad en él y cómo, al fracasar completamente la ayuda de los hombres, se dirigió al cielo.
Primeramente pidió que le fuera concedida la gracia de andar por los caminos del Señor con piedad, prometiendo al mismo tiempo que, si se le concedía el amor por una vida más cristiana, daría testimonio público de ello y nunca más escribiría algo con contenido profano. Su petición fue atendida, recuperó la salud y él cumplió su promesa, redactando este escrito.
En este punto de su obra inserta una consideración rememorativa sobre sus años de juventud, que recibieron la orientación justa, cuando ingresó en el servicio sacerdotal. Encomia también, como un mérito de san Víctor, el hecho de que entonces su prometida ingresara en el estado religioso.
Esto último ocurrió en su juventud, la enfermedad que le lleva a la conversión, le sorprendió en la edad madura, cuando ya contaba casi cuarenta años. Mezcla por tanto dos sucesos de su vida separados por dos decenios. A pesar de estos saltos cronológicos, es evidente que el escrito nos revela con veracidad muchos, podría decirse incluso, la mayor parte de los datos de su biografía. La obra es de fecha posterior a 511.
Quizás sea este dato, es decir el hecho de que escribiera esta confesión en edad avanzada, el que la aproxime más a las Confesiones de san Agustín, que conocía 23 , y a las que a todas luces no puede compararse bajo ningún concepto: ni por extensión, ni por riqueza de contenido, ni por calidad literaria 24 .
No obstante, el paralelismo es evidente en el sentido de que el autor describe, más que la biografía, el itinerario espiritual de su alma, primero inmersa en las ambiciones de este mundo que podían apasionar a un maestro de retórica, y más tarde —y gracias a la enfermedad— rendida a la providencia de Dios. Una lectura libre de prejuicios del texto no permite dudar de la autenticidad de sus sentimientos. Con ellos puede identificarse cualquier hombre, cuando debe enfrentarse a una enfermedad inesperada. El paso de la soberbia indiferente al desvalimiento es instantáneo y Ennodio resuelve la situación del único modo plausible para un creyente, recurriendo ante todo a la misericordia divina y buscando la ayuda de un intercesor.
Salta a la vista asimismo que toda esta materia, que expone en cumplimiento de una promesa, es presentada por medio de una retórica recargada, que marca con una serie de antítesis: debilidad humana / fuerza de Dios; fuego devorador / purificante de la enfermedad; desesperación de sus deudos / confianza de sus enemigos; desahucio de los médicos/ recurso a Dios; dulce sabor de los vicios / reacción de hijo pródigo; secuelas del pecado / acción de la gracia, etc.
En mi opinión, las oraciones que jalonan el escrito, expresan de un modo sincero y bello la actitud de alma y la perspectiva profundamente sobrenatural con las que Ennodio quiso rendir cuentas de su vida, antes de ser consagrado obispo. Desde esta perspectiva hay que leer su acción de gracias —n. 4—, su examen de conciencia —nn. 8 y 19— y la petición con las que cierra esta verdadera pieza artística.
6.
Paraenesis didascálica
Más que con un objetivo puramente retórico 25 , es evidente que Ennodio emplea este género literario en su dimensión ética. En este sentido, la parénesis es tradicionalmente una advertencia a no sacrificar lo importante a lo banal, lo duradero a lo pasajero, los bienes espirituales a los materiales. Era ya un elemento esencial del arte socrático de la educación, pero también parte constitutiva de cualquier ética que se ocupe de la guía de almas y la purificación del individuo. En este escrito, Ennodio se olvida sin embargo de este tono, que podía resultar amenazador, para pasarse a una especie de propaganda de los estudios de gramática y retórica.
Esto era más bien propio de la protréptica, que se ocupaba de abogar por un determinado arte o ciencia, a base de mostrar la calidad, la facilidad, el provecho con los que se adquirían, el gozo provocado por su cultivo, etc. Se conservan restos de un Protreptikós de Aristóteles y se pueden adscribir a este género el Hortensius de Cicerón y buena parte de los diálogos de Séneca.
Con este escrito, Ennodio intenta cristianizar definitivamente este tipo de discurso, a la vez que lo dota de una veste original 26 .
Dos jóvenes, Ambrosio y Beato, habían rogado a nuestro autor que les proporcionara una introducción a los estudios propios de una educación superior. Se trata de dos miembros de familias patricias, a quienes en calidad de protector, maestro y padre, Ennodio envía a Roma para que perfeccionen allí su formación, recomendándoles al papa Símaco 27 y a una larga serie de personas influyentes en la ciudad eterna. Ennodio satisface ese deseo y les dedica un tratado, escrito desde una perspectiva cristiana; es decir, pone como base de toda formación en las artes liberales, la práctica de las virtudes propias de un creyente, haciendo hincapié en las más costosas y necesarias para los jóvenes.
Al frente sitúa por tanto la observancia del mandamiento de querer a Dios con corazón puro y honrarle con la oración, así como el de ser siempre amable con el prójimo. Luego ensalza hábitos como la modestia, que para él es la madre de todas las virtudes, el pudor y la castidad, premisas necesarias para abrazar la fe. Sobre ese fundamento, construye el autor su obra y alcanza el objetivo de encomiar los estudios literarios: la gramática y la retórica.
Desde el punto de vista formal, la composición presenta una estructura bien pensada. Consta de una sucesión de pequeños poemas, en su mayor parte prosopopéyicos, alternados con partes en prosa.
Los poemas constituyen el esqueleto de la obra y están situados en un orden creciente de importancia para el objetivo del escritor. Éste comienza con una invocación a las Musas, como es obligado, que aprovecha para entonar una alabanza a los versos, expresión suprema de la disciplina retórica. Continúa con sendos discursos de la modestia —para Ennodio, la madre de todas las buenas acciones—, la castidad, que supone el contrapunto más llamativo a la cultura pagana, y la fe, gracias a la cual el hombre es capaz de soportar todos los contratiempos de este mundo y alcanza la cumbre de la eternidad.
Esas son las premisas para abordar los estudios liberales, que se presentan en los dos escalones tradicionales: primero la gramática, que familiariza al joven con el arte de la palabra, y a continuación la retórica, gracias a la cual se puede gobernar el mundo.
La obra acaba con un catálogo de ejemplos famosos de elocuencia. El autor comienza con dos estrellas: Fausto (cónsul en 490) y Avieno (en 502 ó 501), que se encuentran en la corte de Rávena en puestos oficiales. Por el contrario, permanecen en Roma tanto Festo (cónsul en 472) como Símaco (cónsul en 485) —un descendiente del famoso rival de Ambrosio en la conocida disputa sobre la restauración del altar de la Victoria en Roma—, dos hombres eximios que toman la vida en serio y no ambicionan el favor del pueblo a costa de su honra.
Además recomienda a Probino (cónsul en 489) y a su hijo Cetego (cónsul en 504), que une en su persona el ímpetu juvenil y la viril madurez, al famoso Boecio (cónsul en 510), quien ya se distinguió en su juventud, a Agapito (cónsul en 517) y finalmente a Probo (cónsul en 513). Pero también aparecen como modelos mujeres, por ejemplo Bárbara y Estefanía. Se las alaba con entusiasmo: para nuestro autor Bárbara es una flor del espíritu romano, Estefanía la luz más resplandeciente de la Iglesia católica.
Siguen una poesía breve en la que da a conocer su escrito a Símaco, pidiéndole su asentimiento, y algunos versos cortos en los que se anima a los destinatarios a que acepten su escrito, porque es noble la palabra que enseña el bien.
En esta obra, que data del año 511, desfilan ante nuestros ojos frases ya conocidas a través de otros escritos ennodianos, como: riquezas y honores son nada, cuando no cuentan con el adorno de la elocuencia; ésta dirige los reinos y determina el bienestar del gobernante; las ideas de aquellos a quienes protege son eternas; nadie toma nota de aquello de lo que la elocuencia no habla; la poética, la jurisprudencia, la dialéctica y la aritmética se alimentan de ella y cobran valor sólo bajo su amparo. La elocuencia o retórica en su forma poética adquiere el máximo predominio y su premio más valioso: hacer culpables de inculpables y viceversa; como colofón, se proclama que quien se entrega a los estudios retóricos gobierna el mundo 28 .
Ennodio expone en esta obra la teoría de lo que fue una ocupación central en su vida, como muestran buena parte de las declamaciones: presentar y acompañar en sus estudios a una larga serie de parientes y amigos. Nos muestra con toda claridad su interés por el progreso de la juventud en el dominio de la lengua, pero sobre todo en la práctica de la virtud. La gramática y la retórica, su sucesora en el curriculum de la formación, representan los modelos de pensamiento y lenguaje que son esenciales para conseguir la madurez humana —uirilitas —y la romanidad: urbanitas . Ambas no son suficientes para la salvación, pero basadas y acompañadas por las virtudes, contribuyen a la construcción del edificio didáctico. Todo el escrito presenta pues un esfuerzo por trasmitir lo que sin duda pensaban los círculos cultos cristianos de la época, que estaban interesados en cristianizar el ideal de educación tradicional.
7.
Decreto sobre los compañeros de vivienda; 8. Petición por la que fue liberado Geroncio, esclavo de Agapito
Las dos breves composiciones siguientes tienen de común que se ocupan de negocios relacionados con el derecho. Una debió de emanar del sínodo romano, cuando éste pretendió poner fin a la disputa entre Símaco y Lorenzo por la sede romana, y la otra servir de pauta para una sesión pública en la que se otorgó la libertad a un siervo.
La primera surgió a raíz de los reproches que se habían hecho al papa Símaco, a propósito de su vida privada. Como reacción, el pontífice mismo o el sínodo romano adoptaron medidas para que esas situaciones no pudieran repetirse en lo sucesivo y emanaron un decreto o una orden por la que debía evitarse que los obispos vivieran solos. Se prescribe que tengan una persona con la que convivan, más que en la misma cámara —concellaneus o, en griego sincellus —, en el mismo domicilio. Ennodio escribe este texto en 503, seguramente por encargo de su obispo Lorenzo de Milán. En él recoge el tenor de tal medida disciplinaria, de la que no queda ninguna noticia en actas oficiales 29 , y añade un comentario, en un tono a la vez polémico y apologético.
La segunda es una muestra más de hasta qué punto Ennodio está integrado en la realidad del mundo en el que vive, tanto en su calidad de persona de Iglesia como en su vida privada. Aquí lo vemos confrontado con la realidad de la servidumbre en su entorno familiar y con la esclavitud que aún existía en la sociedad pagana. Los esclavos de la época podían ser emancipados, bien por disposición testamentaria de su señor o por una proclamación en la iglesia, de acuerdo con un edicto de Constantino a Protógenes, obispo de Sardes.
Esta prescripción imperial, como lo atestiguan papiros de la época procedentes de Italia y de la Galia, se ejecutaba en sesiones públicas en presencia del pueblo y presididos por el obispo o por un representante suyo. Nuestro autor compuso para Agapito 30 una declaración formal de manumisión para una sesión de la iglesia en Roma, en presencia del papa Símaco.
De ella se desprende que la liberación equivalía a la concesión al interesado de la ciudadanía romana, lo que llevaba consigo, entre otras cosas, que se le mantenían los bienes que hubiera podido adquirir previamente.
9. 10.
Bendición del cirio pascual
Cierran la colección de las obras misceláneas dos bendiciones de cirios o pregones pascuales 31 , es decir dos prefacios de alabanza y ofrenda.
Fueron escritos en Milán para la fiesta de la Pascua de los años 502 y 504 respectivamente. Presentan por tanto claros rasgos ambrosianos, si bien ambos fueron pronto conocidos en Roma y, a través de la liturgia romana, se extenderían a toda la Iglesia 32 .
Estas composiciones se rezan, o mejor se cantan, en la vigilia pascual en exaltación y ofrecimiento del cirio pascual encendido, que es símbolo del sacrificio de la Iglesia del nuevo Testamento, más propiamente del cordero pascual, Jesucristo.
Se trata de una continuación de la Haggada judía 33 , en un contexto cristiano. Los primeros textos de este género que han llegado hasta nosotros son el galicano y el ambrosiano. El primero es el que se utiliza aún hoy día en la liturgia romana y está atestiguado en los Sacramentaria gallicana . El segundo sigue asimismo vigente en el rito ambrosiano propio de la provincia eclesiástica de Milán.
Inmediatamente después en el tiempo vienen estos textos de Ennodio, que por tanto cuentan entre los primeros testimonios de este género literario en la sede primada de la cristiandad y presentan rasgos interesantes y novedosos, como la exaltación de Dios creador.
La estructura habitual consta de un invitatorio, seguido de un canto dialogado en forma de prefacio, con el que se entra en el tema central.
Éste consta fundamentalmente de: a) una alabanza solemne de la noche pascual a través de una tipología pascual y bautismal; b) un pasaje soteriológico, que de ordinario se expresa de un modo retórico-paradójico, presentando el pecado de Adán como necesario (felix culpa) y el contraste entre noche y día, tomado de Tesalonicenses , donde el Apóstol de las gentes escribe: «Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas» (I 5, 5); c) la ofrenda, en analogía con el canon de la Misa, y d) el encendido (símbolo de la Resurrección) de la vela (símbolo de la Humanidad de Cristo).
Finalmente se encuentran otros elementos, como la alusión a la abeja, imagen de la virginidad de María, que es un pasaje tomado del libro IV de las Geórgicas de Virgilio, ya criticado duramente por san Jerónimo; la alabanza de la noche; la consunción de la vela, como un símbolo de la dimensión escatológica de la vida humana. El pregón acaba con una oración de petición por intenciones concretas 34 .
La gran diferencia entre los dos pregones consiste en que, mientras el primero se alarga en la descripción de la creación del mundo, el segundo se concentra en la del hombre y en su pecado. Ambos, como es también propio de este tipo de composición, contienen alusiones al paralelismo entre el bautismo, puerta a la nueva vida, y la irrupción de la primavera, época del año en la que la naturaleza se renueva y se celebra la Pascua.
Podrían ser calificados como piezas sustancialmente cristianas y por tanto de interés exclusivo para la liturgia eclesiástica, si no fuera porque en ellas y por medio de ellas Ennodio nos muestra su profundo conocimiento de la obra de Virgilio, de la que toma brillantes expresiones, tanto a propósito de la vida de las abejas, como incluso para describir la obra de la creación.
Por eso, aunque no se pueda ignorar la presencia de elementos enfáticos que recuerdan otras piezas de contenido retórico, se puede decir que ambos pregones son de una gran elegancia literaria.

1 Ha sido puesto de relieve que Ennodio cita la historia de la Roma republicana —el consulado de C. Atilio Régulo Serrano, las campañas africanas de Catón de Útica— para extraer de ella ejemplos, positivos o negativos, dejando de lado la época imperial, quizás porque no le pareció oportuno comparar a un rey godo con cualquier emperador romano. El único exemplum maiorum imperial que aporta es el de Alejandro Magno. Véase W. PORTMANN , Geschichte in der spätantiken Panegyrik ..., 115-117. Sin embargo, no puede ignorarse el hecho de que en algunos pasajes de sus obras, para ensalzar la figura de Teodorico, descalifica en bloque a los emperadores. Véase, por ejemplo, M 1, 23; M3, 143.
2 T. MOMMSEN llega a la conclusión de que esta carta (E IX 30) no pudo redactarse entre 506-507, como opina F. VOGEL en su edición, sino un año más tarde: en ella se le llama al rey Rhodanius , es decir, el vencedor del Ródano. Este calificativo sólo se pudo emplear a partir de 508, cuando Teodorico mandó a sus ejércitos a esa región. Véase T. MOMMSEN , «Zu Ammian und Ennodius...» pág. 154.
3 M. REYDELLET hace notar sin embargo que esta tacha se aprecia en una medida mucho menor que en CASIODORO , quien pretende hacer de Teodorico un nuevo Trajano o un nuevo Tito. La razón que da es evidente. Ennodio, noble pobre, no tiene nada que perder ni nada que esperar del poderoso. De otra parte, para nuestro autor la figura real, encamada en Teodorico, se contrapone e innova la magistratura imperial. Véase M. REYDELLET , La Royauté ... cap. V, págs. 141-182.
4 Para mantener esa atmósfera tiene que ignorar los rasgos apasionados del carácter del rey, como el asesinato de su oponente Odoacro, violando un acuerdo previo, o la reacción vengativa ante la traición de Tufa, que le llevó a castigar con la pérdida de sus derechos a los ciudadanos romanos que no le apoyaran: cf. M 3, 122-134. Véase, el capítulo Theodoric’s Kingdom Surveyed , en T. BURNS , A History ..., sobre todo págs. 67-80. También. F. DELLE DONNE , «Il ruolo storico e político di Ennodio», en Atti della prima ... págs. 7-19.
5 Este aspecto del cisma, así como el número y la identidad de los partidarios de uno y otro, han sido estudiados por J. MOORHEAD , «The Laurentian Schism: East and West in the Roman Church», Church History 47 (1978), 125-136.
6 Así lo aseguran fuentes fidedignas, como la biografía de Símaco en el Liber pontificalis , si bien no faltan versiones, como la del Fragmentum Veronense , próximas a Lorenzo, que reprochan a Símaco haber pagado esa decisión con dinero. Incluso Ennodio, al menos en dos pasajes de su epistolario (III 10, 3. VI 16, 2), habla de este suceso y demuestra indirectamente que la acusación tenía su fundamento.
7 J. MOORHEAD llega a la conclusión de que, mientras la mayoría de los obispos italianos que participaron en los diferentes sínodos de estos años estaban a favor de Símaco, Lorenzo podía contar con el apoyo de senadores y clero romanos. Véase, J. MOORHEAD , «The Laurentian Schism...», pág. 136.
8 Adversus synodum absolutionis incongruae .
9 A. SCHOTT presenta este escrito, que edita sin formar parte de ningún grupo, como un Apologeticum , de este modo: «Su argumento toma ocasión del escrito y las calumnias que los cismáticos compendiaron en diez puntos. Después de que en el IV sínodo romano, bajo el papa Símaco, los cismáticos condenados escribieron un libelo con el título: Contra la absolución del Sínodo y lo atacaron durísimamente, Ennodio escribió por encargo del dicho sínodo este librito apologético. Una vez presentado a los Padres, éstos mandaron que se leyera y con su consentimiento, no sólo mereció constar entre las actas sinodales, sino entre los decretos pontificios. Con la autoridad de este escrito y la recomendación del rey Teodorico, los cismáticos volvieron a la paz y la comunión de la lglesia y se sometieron al romano pontífice Símaco».
«Con este libelo refuta 10 objeciones de los adversarios: I. que no todos los obispos fueron convocados al sínodo por la autoridad real; II. que no todos los que asistieron dieron su consentimiento; III. que los adversarios del Sumo Pontífice no fueron escuchados y que sus acusaciones no fueron refutadas; IV. que los obispos se opusieron a la orden del rey, cuando dijeron en el sínodo que no competía a éste, sino sólo al Romano Pontífice, convocar un sínodo; V. que era una calumnia afirmar que los que rechazaban al papa Símaco añadían, que al defender los derechos de la Sede apostólica, parecía no pretenderse otra cosa que afirmar que Pedro y sus sucesores, junto con los privilegios de la sede, habían recibido del Señor la licencia para pecar; VI. del hecho de que Símaco en persona se expuso al juicio de los obispos, parecía falso lo que se pretendía: es decir, que la cabeza de la sede apostólica se sometiera a la sentencia de sus inferiores; VII. no fueron examinados los testigos que se presentaron: sus testimonios, aunque se tratara de domésticos, no debieron ser rechazados, puesto que Cristo mismo no rehusó someterse al juicio de los hombres; VIII. no se encuentra ningún antecedente de que el Papa haya convocado un concilio para defenderse de sus crímenes; IX. es falso lo que se dice: que el sínodo fue solicitado por el rey; X. no debía haber despreciado la quinta vista de su causa, quien previendo la reunión, entró a examen con un conjunto de pueblos. El lector atento —acaba A. Schott su introducción— encontrará en este texto la contestación de Ennodio a todas estas objeciones».
10 En este volumen aparecen otras obras relacionadas con esta temática: D I, compuesta entre 502-507 y M 8, de 503.
11 Hay que advertir ante todo que se trata de una biografía y por tanto Ennodio sólo da cuenta de los acontecimientos que tienen que ver con Epifanio, dejando de lado otros tan importantes como el saco de Roma por parte de los vándalos en 455, que tanto conmovió a todo el Occidente, o la figura de Ricimer, que tanto peso tuvo en el nombramiento y desaparición de los últimos emperadores romanos.
12 P I 9.
13 El ideal de santidad que Ennodio presenta es aquí —en contraste con la del monje Antonio, que veremos a continuación— más bien activo y político. Sobre este tema, consúltese J. CHELINI , Histoire religieuse ..., sobre todo págs. 72-73.
14 Al describir el enfrentamiento de estos dos personajes, Ennodio no puede disimular su partidismo a favor del rey ostrogodo, aunque aquí no carga tanto las tintas contra Odoacro como en M I. fundamentalmente porque no puede pasar por alto que Epifanio colaboró con los dos.
15 De hecho, se puede interpretar su personalidad como el prototipo del princeps Ecclesiae (45), dux cristianus (26), que desempeña un papel fundamental en la sociedad de la época, no sólo como obispo sino como continuador en muchos aspectos de la cultura romana. Sobre este tema véase el capítulo IV: «Ennode de Pavie et la royauté nationale», en M. REYDELLET , La royauté ... págs. 141-182.
16 Véase, por ejemplo, M 3, 127.
17 El tono es ostensiblemente diferente al de M 3, que, como hemos visto, presenta claros rasgos de obra encomiástica. Aquí se detecta un esfuerzo del autor por adaptarse al género hagiográfico, al adoptar un tipo más modesto de expresión, que podría ser calificado de sermo humilis . Ver a este respecto E. AUERBACH , Literatursprache ... págs. 25-53.
18 Esto sin contar con la producción biográfica, clásica en la literatura latina. Precisamente, uno de los rasgos más significativos de las biografías de monjes de san Jerónimo, es el traspaso de toda esa tradición a la literatura cristiana.
19 El paralelismo evidente entre esta obra y la Vita Severini de EUGIPIO obedece más a la identidad de época, personajes y acontecimientos descritos que a una imitación. Véase a este respecto F. LOTTER , «Antonius von Lerins und der Untergang...», págs. 297 ss.
20 Este es un tópos que se encuentra ya en la Vita Antonii de ATANASIO (49. 1).
21 Se ha especulado sobre el tipo de dolencia que aquejó a Ennodio. Seguramente fueron varias, como se desprende de la abundancia de alusiones a problemas de salud a lo largo de su correspondencia: VI 4, 7; VIII 16, 21, 22, 24, 25, 27; IX 14. Algún historiador ha afirmado a este respecto que nuestro autor fue uno de tantos que en su época y a lo largo de toda la Edad Media sufrió una enfermedad de los ojos. Si ésta fue la que le puso al borde de la muerte, es una cuestión difícil de dilucidar. Véase, T. BURNS , A History of the Ostrogoths , pág. 84.
22 Él mismo habla de la confessio que prometió escribir de propia mano (n. 17). Ver a este respecto, M. SCHANZ , C. HOSIUS , HAW , VIII 4, 2, pág. 141.
23 Cf. E I 4, 5.
24 Este tema ha sido muy estudiado por P. COURCELLE , en múltiples publicaciones. Véase, sobre todo, «Trois récits de conversión...», págs. 451-453.
25 Un tipo específico de discurso, dentro del género deliberativo.
26 Me parece sintomático que en 1 Timoteo , san PABLO encarece a su joven discípulo la práctica de esas virtudes —verecundia, pudicitia, castitas —, que apenas aparecen en otros contextos, tanto dentro del Antiguo, como del Nuevo Testamento.
27 Cf. E VIII 38 en la que se refiere expresamente a Beato y E VIII 32, con la que posiblemente presenta a Ambrosio, aunque no le nombra.
28 Es el famoso hexámetro, del verso 10: Qui nostris servit studiis mox imperat orbi . «Quien cultiva nuestros estudios pronto gobierna el mundo».
29 Sólo algunos pasajes están recogidos en las decretales pseudoisidorianas.
30 Véase nota a M 6, 21.
31 El título de estas dos composiciones es el tradicional: Benedictio cerei , «bendición del cirio», aunque en las obras de san JERÓNIMO (Ep . 18, del año 384) y de san AGUSTÍN (La ciudad de Dios , XV 22, escrita entre los años 413-426), encontramos otras expresiones: carmen cerei y laus cerei , respectivamente.
32 La primera noticia, indirecta, data del Liber pontificalis , según el cual el papa Zósimo (417-418), permitió la bendición del cirio pascual a los diáconos de las iglesias suburbicarias de Roma. Sin embargo, en la liturgia pontificia, el rito del canto a la luz pascual sólo está atestiguado a partir del s. IX . Para esta cuestión, véase H. ZWECK , Oslerlobpreis ..., pág. 8 ss.
33 Sobre este término, véase H. HAAG (edit.), Bibel-Lexicon , Einsiedeln-Zúrich-Colonia, Benziger, 1968, 655-56.
34 Sobre este tema puede consultarse, H. ZWECK , Osterlobpreis ..., págs. 16-23, así como 114-158.
OPÚSCULO I (263)
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo 1 comienza el Panegírico pronunciado por Ennodio, siervo de Dios, en honor del clementísimo rey Teodorico.
RESUMEN
El proemio contiene una captatio benevolentiae . Un panegírico es el único medio al alcance del pueblo para pagar a Teodorico la devolución de la libertad. Ennodio emprende ese canto con los recursos de la retórica, comenzando por una recusatio , es decir con una proclama de su falta de idoneidad para acometer la empresa. No obstante, con pureza de intención, pretende de este modo dar gracias a Dios y al rey (1-4).
En un segundo proemio, que contiene la propositio y la diuisio del Panegírico, pasa revista a los triunfos de la carrera de Teodorico, que son fruto de sus virtudes: su clemencia (pietas) y su valor (virtus) , su suerte (felicitas) y su esfuerzo (labor) , la rapidez (celeritas) con la que supera obstáculos naturales, que para otros supondrían un freno (tarditas) . Tras un breve recorrido por la educación, llega a las hechos del héroe y a la narración de las hazañas que ha protagonizado (5-10).
En primer lugar, durante sus años en Constantinopla (459-469/70) 2 , cuando en su adolescencia —sine annorum suffragio —, derrotó al usurpador Basilisco e hizo posible la restauración en el poder del emperador Zenón, hechos que le valieron el consulado en 484 (11-15). Sigue una exaltación de la familia de Teodorico (descendiente de antepasados ilustres, que ha sabido conservar la nobleza recibida de ellos) y una alocución a la antigüedad: a los personajes ilustres de origen humilde que ésta propone, concretamente C. Atilio Régulo Serrano, un homo nouus , que Ennodio contrapone a Teodosio, un rex genitus (16-18).
El escritor expresa a continuación su dificultad para elegir, entre las empresas gloriosas del rey, aquellas que va a cantar: se centra en su victoria contra los búlgaros. Sigue un largo excursus sobre las costumbres de este pueblo (19-22). Aquí acaban los años de la vida del rey, anteriores a su llegada a Italia.
Ésta sufre, asolada por el gobierno tiránico de Odoacro, que Ennodio describe. Para el bien del país —romana prosperitas —, y provocada por un favor del cielo —caelestis fauor —, surge una ocasión de guerra y Teodorico marcha al frente de su pueblo, cuyo desplazamiento describe, en medio de un invierno especialmente crudo (23-27).
Narración de la batalla contra los gépidas en el Ulca (489), de camino hacia Italia. Se intercala una comparación entre Teodorico y Catón. Este apartado acaba con una alusión a empresas que pasa por alto (praeteritio ) (28-35).
Comienza la narración del enfrentamiento con Odoacro (36). Tras haber criticado a éste, Ennodio muestra la superioridad de Teodorico al vencerlo, primero en Isonzo y un mes más tarde en Verona. Se describen los preparativos de Odoacro para la segunda batalla, así como el desarrollo del combate: comienza al alba; tras haberse vestido y haber dirigido un discurso a su madre y a su hermana, Teodorico comparece en el campo, donde enseguida cambia la suerte a su favor y hasta el río Ádige combate de su parte. Al final, la llanura aparece llena de cadáveres y Ennodio expresa su deseo de que la escena se conserve en la memoria para siempre (37-47).
El autor se dirige a continuación a Roma y elogia la clemencia de Teodosio a su respecto (48). La narración continúa tras la batalla de Adda, a orillas del río Ádige. Teodorico muestra su clemencia hacia los enemigos que se le rinden. El rey debe afrontar la traición de los seguidores de Odoacro, con Tufa a la cabeza, que se habían pasado a sus filas. Ennodio reconoce la intervención de la gracia divina en la victoria del rey y no sabe si darle gracias o alabarlo. Tras una nueva praeteritio se mencionan otros hechos favorables al sóberano, sobre todo tres: su triunfo sobre los hérulos, la pacificación de los burgundios y el fin del traidor Federico (49-55).
Aunque sea un paréntesis, aquí comienza un nuevo capítulo del Panegírico: Ennodio se vuelve a la política interior, a los hechos que Teodorico ha realizado a favor de la paz. Bajo su reinado, Roma se rejuvenece. Describe la honradez que reina en la corte y la energía de que el soberano da pruebas. La perfección de la virtud en el príncipe da testimonio de la mano de Dios (56-59).
Vuelve a hablar de guerras: contra los gépidos, que se habían apoderado de Sirmium ; contra los búlgaros, en defensa del aliado Mundo, que había sido atacado por el emperador de Oriente, Anastasio. En estas campañas, en las que no toma parte personalmente Teodorico, destaca especialmente Pitzia, uno de sus generales, que recibe un pequeño panegírico, ensalzando sus virtudes, sobre todo la clemencia. Sigue una nueva declaración de modestia por parte de Ennodio (60-69).
A continuación se menciona a los vándalos, unidos por lazos de amistad con Teodorico, y a los alamanes, que habitan dentro de los confines de Italia y se anexionan al reino ostrogodo. Entre estas dos partes se incluye, en el párrafo 71, una nueva declaración de modestia del autor y una manifestación de su afecto por Teodorico, cuyas cualidades elogia (70-73).
La sección siguiente está dedicada a alabar los méritos cívicos del rey: favorece las letras, sobre todo la elocuencia y es generoso con los descendientes de quienes se comportaron con lealtad; a la ignorancia e inactividad que caracterizaban la época anterior sucede ahora un tiempo de esplendor de la cultura (74-77).
Introduce un nuevo capítulo al comparar al ostrogodo con Alejandro, cuya grandeza han exagerado los poetas, mientras los méritos del rey hablan por sí mismos; concretamente, Teodorico es superior a Alejandro en su fe cristiana, su cualidad más importante. De otra parte, rechaza los títulos vanos y la ostentación: lo que le interesa es la sustancia, no la apariencia (78-81).
Sigue otra declaración de modestia de Ennodio, quien se siente no apto para llevar a cabo la tarea a la que ha sido llamado y que se ha esforzado por cumplir (82). Se describen los ejercicios militares que realiza la juventud goda en tiempos de paz, equiparables a las luchas de gladiadores que ofrecían al pueblo Rutilio y Manlio, subrayando la inutilidad de éstos por contraste con el adiestramiento de los jóvenes godos (83-86).
El autor elogia las virtudes de Teodorico, gracias a las cuales confirma que se merece el trono, que ya le era debido por su noble cuna (87-88).
Los capítulos 89-93 contienen el retrato del rey: la belleza de su aspecto y su gran estatura revelan su realeza. Pero además reúne cualidades tan grandes que cualquiera de ellas ha constituido la excelencia de otros. Concluye con el augurio de que tenga pronto un heredero.
[1] I Príncipe venerable: que a aquél su profesión le suponga un obstáculo para entonar tus alabanzas; que a aquél otro —a quien un deber cualquiera ha sustraído a tu protección— la consideración de la magnitud de la empresa le aparte de escribir tu elogio 3 . Que sea entonces todo el pueblo, a quien tus empresas han convertido en deudor tuyo, quien te recompense con un panegírico, devolviendo con loas —¡qué cambio más desigual!— lo que ha obtenido con tu sudor. La libertad, dependiente de tus armas, ha aprendido —es lo único de lo que es capaz— a expresar públicamente su alegría con elogios 4 . Es tarea tuya, ínclito 5 , premiar el afecto que, como bien comprendes, [2] no puede ir más allá de la capacidad de tus súbditos. Será competencia de tu sagrado discernimiento calibrar la exigencia hacia éstos, que, bien lo sabes, te sirven con todas sus fuerzas. Que tu majestad 6 juzgue mi ofrenda literaria digna de tus altares 7 , porque es necesario apelar a lenguas bien expertas para que el brillo de las obras no se apague, al envejecer. Que una cadena de relatores obligue a que el paso del tiempo no reclame para sí todo lo que has hecho: vos, en efecto, dais paz a las artes y a las letras, que os proporcionarán la inmortalidad.
El Dispensador del misterio divino no pretende otra cosa [3] de las mentes humanas sino que entiendan de qué Ser procede la capacidad de conocer. Entre quienes están próximos a Dios, reconocer quién ha concedido un beneficio, es ya haberlo devuelto. Lo que desciende del cielo sólo puede pagarse a precio de himnos de alabanza. El Creador del mundo es invitado a conceder dones más valiosos con palabras llenas de armonía 8 .
[4] A todo esto se añade, que el elogio del príncipe debe fluir del sagrario de un corazón puro y que la conmemoración de tu majestad exige no solamente elegancia estilística, sino que debe emprenderla un hombre de buena conciencia. En los actos de culto a Dios la mente serena ofrece el sacrificio sin palabras. Protegido por la pureza de sus actos, incluso un mudo puede participar en el culto. Así pues, la razón que parecía impedirlo, me invita sin embargo a hacerlo. Ojalá un discurso sincero 9 concuerde con mis secretos sentimientos y el esplendor de mi corazón no disienta de lo que voy a pronunciar.
[5] II Salve, pues, rey supremo bajo cuyo dominio el sabor de la libertad ha recuperado su vigor. Salve, oh tú, estabilidad de la república 10 : porque sería injusto narrar exclusivamente tus éxitos y distinguirlos con una separación retórica de la prosperidad de toda una época. Si enumero las guerras de mi rey, encuentro tantas como triunfos. Ninguno de tus enemigos ha salido a tu encuentro, sino para ser sumado a tus proezas. Quien ha resistido a tu voluntad se ha colocado entre tus trofeos, porque siempre procuró gloria, o a tu clemencia quien se [6] sometió, o a tu valor quien tomó las armas contra ti. Quien te vio en la batalla, fue vencido; quien en la paz, no tuvo nada que temer. Ni dejaste de cumplir en la prosperidad lo que habías prometido respetar, ni tu rigor decayó en el campo de batalla. Tu camino, constelado por muchos obstáculos, contempló victorias cada día y no opuso impedimentos a tu avance: estuvo tan obstruido por las legiones de tus enemigos, como para negarte el acceso, y tan expedito ante tu ímpetu, como si no te perjudicaran las medidas preventivas de tus enemigos.
Si estos éxitos son achacables a tu suerte, ello es bagaje [7] propio de un príncipe; si a tu esfuerzo, eso es algo que está por encima de cualquier alabanza. Al acometer, con hados favorables, las primeras batallas contra las fuerzas de la naturaleza —para que tus enemigos perdieran la esperanza de resistirte—, sometiste a tu voluntad en primer lugar las diversas condiciones climáticas, las cadenas montañosas y las arrogancias de los ríos 11 . Mentiría si dijera que en algún momento el calor o el frío supusieron un impedimento a tus planes, que fuiste obligado por una crecida de aguas o por la necesidad de beber, o que frenaron tu marcha las cumbres de los Alpes, de una altura tal que se unen con el cielo.
No fueron capaces de resistir aquellos a quienes encontraste [8] tras haber superado sus defensas naturales, porque las regiones abruptas brindan seguridad a las gentes a quienes protegen y los que dominan terrenos resguardados viven con ánimo despreocupado en el ocio. Ante ti, ni una región llana opuso un contrincante par, ni un lugar inaccesible se libró del saqueo, a no ser que sus habitantes se presentaran en tono suplicante. Quien se ha puesto bajo tu protección muestra sin miedo sus riquezas, mas a un rebelde de nada le sirvió ser notoriamente pobre. Nadie se sustrajo a tu indignación sino con humildad, mientras que quien lo pidió con súplicas fue contado [9] en el número de tus aliados. Conoces el frió de la Escitia y no desconoces Méroe, dueño de la otra mitad del mundo, o el trópico de Cáncer, jadeante de calor 12 : al conquistarlas, has recorrido todas las tierras que nosotros conocemos apenas de oídas. Todo esto supera la capacidad de un solo hombre, pero quien se prepara para gobernar el mundo es necesario que esté impuesto en todas estas regiones.
[10] Demasiado rápidamente he abordado el canto de tu época de madurez y, como si un río remansara ya en sus comienzos el ímpetu original del torrente, he recogido ya, ansioso de narrarlos, los frutos de tu edad adulta. El que busca poner en orden tus triunfos es superado por su número y por la rapidez con que se producen. Las insignes hazañas que hemos citado, ¡oh tú, invictísimo! las has realizado más deprisa de lo que yo puedo narrarlas. ¿Quién podrá soportar en la narración de sus proezas la lentitud que él no sufrió al realizarlas?
III Grecia, vaticinadora del futuro, te ha educado en la [11] cuna de la civilización 13 ; y apenas traspuesto el umbral de la vida, te ha instruido de modo que, a la aún reciente alegría por tu nacimiento, pronto siguió la seguridad de tener en ti a un defensor. Vivías todavía en la blanca flor de la adolescencia y el tallo tierno, antes de ser sometido a prueba, no había producido la cosecha de virtudes; tenías todavía el aspecto del impúber y no cubría la barba tu rostro oscureciéndolo, en la época en que el purpurado reinante y el brote del imperio que le sucedería amenazaba con el terror a unos súbditos, preocupados por el cambio de poder 14 , cuando, para poner a prueba tu fuerza y tu clemencia, rotas las cadenas, estalló la revuelta y, alimentada por circunstancias favorables, dominó las mentes debilitadas por una prolongada inactividad. Inmediatamente [12] fue expulsada de la ciudad la suprema autoridad y un tirano accedió al poder vacante sin ningún derramamiento de sangre 15 . Habiéndose apoderado del trono, constató que, tras haber puesto fuera de combate a sus enemigos por medio del terror, no le quedaba otra cosa que hacer: fue entonces cuando la luz de tu naturaleza, aún sin el apoyo de los años, estimuló a tu ánimo para que la mejor causa no sucumbiese ante tus ojos y pudieses devolver, en un momento de necesidad pública, el beneficio que habías recibido en tiempo de paz. El usurpador se retiró apenas comenzaste a combatir y así, gracias a ti, le fue devuelto el cetro al fugitivo, que dudaba de su salvación.
[13] Repasemos los libros de historia, sean consultados los anales 16 : ¿dónde se cuenta que el poder, que alguien nacido rey se había ganado al precio de su sangre, acabara cedido a un exiliado? La gloria militar se distribuye entre las masas que han tomado parte en ella y no se puede atribuir a uno solo lo que se ha conseguido con la contribución de muchos. El dominio de la ambición es, sin embargo, fruto personal del hombre bueno, sobre todo en aquellas situaciones en las que se podría retener lo que se ha adquirido sin detrimento para [14] la buena fama. A ti, ilustre señor, te corresponden por igual ambas glorias: la de haber defendido y la de haber otorgado la diadema imperial 17 . Si el rey de aquellas regiones no te amó, se puso al frente de la república debilitado; si te amó, estaba en deuda contigo: como testigo de tus méritos has tenido a un personaje vestido con la púrpura.
IV Para entonces el palacio mismo se había puesto a tus [15] órdenes: nadie creyó que tú no podrías trasmitir a quien quisieras lo que habías rescatado. Mas tú, parco en exigir recompensas, como si pudieran existir algunas que estuvieran a la altura de tus hechos, aceptaste los haces del consulado 18 , no para aumentar tu autoridad a partir de la silla curul, sino para que, gracias a ti, el consulado ganara en prestigio. ¿Quién podría creer que este sentido cívico 19 vivía en plena madurez entre las virtudes que te eran familiares? Aquel año tuvo un [16] cónsul que custodió el estado no tanto con su solicitud como por su buena fama, de modo que en cuanto endosó el vestido recamado 20 , temblaron las armas que habían empuñado los enemigos. ¿Cuándo ha salido de la suerte electoral un cónsul semejante al que nos ha concedido, desde el mismo inicio del mundo, el examen de tu estirpe real? No quiero divagar por [17] los avatares de otras dinastías: todos los que se encuentran en tu árbol genealógico son eximios. El arado engendró para los honores de cónsul a Serrano, a quien, mientras confiaba a los surcos grandes semillas, le creció una cosecha de honores 21 . Pero no me gusta la prosperidad que tiene su origen en lo inesperado. Muy pocos logran sobresalir por su propia nobleza, mientras que tú tienes con tu familia el deber de custodiar los actos llenos de nobleza de la estirpe.
[18] ¿Por qué me pones delante, oh antigüedad, la figura de un campesino revestida de un manto de púrpura? Yo te presento —cosa que supera todo lo que es digno de admiración— a mi príncipe, nacido de una cuna tal que no es lícito rechazarlo, y que, sin embargo, se comporta como si rogara ser admitido entre los emperadores.
[19] V Mas, ¿qué debo hacer yo, que tengo delante la fecunda cosecha de tus empresas, que todas juntas superan al que debe elegir algunas de entre ellas? No sé qué espigas debo llevar al hórreo y cuáles dejar de lado. Está ante mis ojos el caudillo de los búlgaros 22 , derrotado por tu diestra que reivindica la libertad; no fue eliminado, para que no se extinguiera su recuerdo, pero tampoco restó incólume, a fin de que no viviera para su arrogancia; en medio de un pueblo indómito, sobrevivió como testigo que iba a ser de tu gloria. Si hubiera recibido una herida suficiente para darle muerte, tú habrías vencido sobre su persona: el hecho de que viva humilla a toda su estirpe.
Esta es la nación que antes de ti obtuvo todo lo que quiso; [20] en la que recibía honores quien compraba su prestigio con la sangre de sus adversarios; en cuyo seno el campo de batalla es el lugar que da a conocer la cuna —pues es tenido sin duda por más ilustre aquel cuyas armas se ensangrentaron en la lucha—; una nación que antes de haber combatido contra ti no tuvo oportunidad de encontrar a alguien que le resistiera; que a lo largo de su historia decidió las guerras en una sola campaña. No les detuvieron ni las moles de las montañas, ni [21] el obstáculo de los ríos; tampoco la penuria por falta de alimento, según la ley que impone la necesidad, pues creen que es ya delicia suficiente beber la leche de las yeguas. ¿Quién [22] podría resistir a un adversario que utiliza los veloces jumentos tanto para cabalgarlos como para alimentarse de ellos? Y ¿qué decir del hecho de que adiestran cuidadosamente a soportar la falta de alimento a aquellos animales, gracias a los cuales han aprendido a saciar el hambre? ¿Cómo es posible que el jinete de un caballo famélico extraiga alimentos de sus vísceras, después de que ha procurado con toda diligencia que no los produzca? Antes se pensaba que todo el mundo estaba abierto a estas gentes; ahora consideran inaccesible para ellos sólo la parte del mundo que tú defiendes. A toda prisa paso por alto muchas cosas, no sea que, por culpa de un estilo 23 lento, llegues tarde a la meta y la antorcha de la curia romana, encerrada largo tiempo en la sombra, comience a iluminar demasiado tarde 24 .
[23] VI En medio de las experiencias de la vida y la madurez que te proporcionaron los triunfos, el favor del cielo infundió el afecto por nosotros en tu noble pecho. Por entonces esta tierra poderosa había perdido su vigor a causa de los dispendios provocados durante un largo período de calma por la incapacidad de los gobernantes. Ya la paz no perturbada había traído consigo un empobrecimiento del erario público, mientras entre nosotros, dentro del estado, gobernaba en la penuria un depredador, crecido por el éxito de su continua rapiña, dilapidador de sus propios bienes, que no buscaba aumentar los ingresos del tesoro a base de nuevos impuestos, sino a través de sus robos 25 . Mientras la corrupción se recrudecía, el tirano empobrecido había acumulado odios a causa de su prodigalidad, sin que, agotados sus recursos, lograra suplir con afecto lo que [24] había venido a faltar a su opulencia. A la sazón la penuria en las finanzas de la corte ponía en aprieto a los ciudadanos y la extinción de la estrella del tirano no permitía en absoluto que brillara una sola chispa entre los súbditos. Tenía miedo a los ejércitos disciplinados aquel hombre, a quien cualquier honor, que no le atañía, le recordaba su propio origen 26 y así, cuando mandaba a las legiones avanzar y retroceder a una señal suya, lo hacía atenazado por el miedo. Efectivamente, es sospechosa la obediencia prestada a hombres indignos y cuando en los superiores se insinúa la conciencia de su ínfimo origen, temen precisamente por el hecho de ser temidos.
Surgió entre vosotros un motivo feliz de discordia cuando [25] la prosperidad de Roma incitó a los ánimos rebeldes a matar a unos parientes tuyos 27 . Desvalidos dieron motivo a la guerra y, para que quienes estaban destinados a morir (las gentes de Odoacro) no alentaran la esperanza que procede de una negociación, una parte de los fugitivos (rugos) entabló batalla.
A este punto, reunidas por ti las fuerzas dispersas a lo largo [26] y a lo ancho, se unen en un solo pueblo, si bien dividido en innumerables tribus. Todo el mundo emigró contigo hacia la Ausonia 28 : no se puso en marcha ninguno que no estuviera dispuesto a obedecerte. Los carros asumieron la función de casas y en los techos en movimiento se acumuló todo lo que sería útil para cubrir las necesidades. Así eran arrastrados por bueyes los instrumentos de Ceres y las piedras que trituran el trigo 29 . Entre tus gentes 30 , las madres, cargadas con sus hijos y olvidadas de su sexo y del peso, se afanaban en la preparación de la comida.
[27] Por entonces el invierno se extendía por los campos, envolvía de continuo la cabellera en la blancura de la escarcha, convertía la barba en témpanos de hielo y, por decirlo en una palabra, se apoderaba de todo el pelo 31 . En efecto, el vestido que la madre de familia había tejido cuidadosamente, se ponía rígido por el hielo, de modo que, adherido al cuerpo, se rompía. Se conseguía alimento para tus ejércitos, bien sometiendo tribus que ofrecían resistencia, bien abatiendo animales en la selva.
[28] VII De entre las hazañas que has llevado a cabo en el hielo y en el ardor del verano 32 , quiero describir a grandes líneas y sumariamente una de tus batallas. El río Ulca 33 es la defensa de los gépidas: protege a ese pueblo aguerrido en vez de murallas y abarca un flanco de su territorio como si fuera una cadena montañosa a modo de muros que no se dejan abatir por ningún ariete. A este río te condujo tu camino, allí donde este pueblo, durante mucho tiempo invicto, se aprestó a resistirte en vez de enviarte legados y solicitar tu favor cuando a tus unidades, ya casi situadas ante el enemigo, les asediaba la plaga del hambre.
[29] Dime, señor clementísimo, ¿qué esperanza fuera de ti le quedaba a tu pueblo, comparable en número a la arena o a las estrellas 34 ? Bajo la amenaza de los gépidas 35 , del río, de una peste, tú, haciendo frente a las espadas desenvainadas, te precipitaste por un camino que otro hubiera evitado, dándose a la fuga. Nadie desconocía a donde llevaban sus huellas impresas en el fango 36 ; ninguno arrostró el peligro sin ser consciente, derrochando su vida. Una decisión inminente supera la presencia de ánimo de una mente humana: la seguridad en sí mismos de los hombres valerosos se tambalea, siempre que aparecen ante sus ojos situaciones terribles. Ante una juventud indomable se presentó la posibilidad de optar por diferentes tipos de muerte, porque no se le ofrecía ninguna seguridad de salvarse.
¿Por qué habéis ensalzado a Catón vosotros, viejos historiadores 37 , [30] por haber conducido a su ejército a través de las Sirtes líbicas, cuando hizo que la muerte de sus hombres sirviera de diversión a las serpientes o cuando probó el frío del veneno constituido por el aire sofocante, sin que su valor fuera premiado? A nadie le fue dado ver las serpientes antes que la muerte, mientras que, a causa de aquella llama abrasadora, se diluía en el aire hasta el esqueleto del cuerpo a la manera como suelen hacerlo las almas. Quien no sabe de dónde viene su ruina no muere con fama de hombre valeroso. Ni la fortaleza de aquellos soldados es comparable con la de tus tropas, formadas en forma de cuña, ni tiene parangón la sabiduría de su general. A aquel le impulsaba el furor de la guerra civil, a ti te pedía Roma, señora del mundo, que la restituyeras a su anterior estado 38 .
[31] Mas, ¿por qué difiero el relato de lo que este suceso venturoso te reportó? Ante las cerradísimas filas de tus enemigos retrocedieron quienes habían ganado ya la orilla opuesta. Eran acosados a flechazos aquellos de tus hombres a quienes no podían contener ni la corriente del río ni un ataque enemigo. Lanzas empuñadas por brazos vigorosos traspasaban las famélicas cajas torácicas de los tuyos, cuando, en medio de esta derrota en tierra y las aguas llenas de sangre, apareció el invencible general y fortaleció a los hombres que le rodeaban con las siguientes palabras:
[32] «El que quiera abrir un camino en el frente enemigo, que me siga; ¡que no mire a ningún otro, quien busca un modelo para la batalla! El valor no necesita una multitud: a unos pocos se debe el resultado de las guerras, a muchos van los frutos de las mismas. El ejército será juzgado según mi comportamiento; en las hazañas que yo realice, triunfará mi pueblo. Desplegad los estandartes con los que se logrará que yo no permanezca oculto: ¡que sepan contra quién luchan o de quién es la yugular que buscan! Que quienes me vienen al encuentro obtengan la gloria con su muerte».
Dichas estas palabras pidió una copa para obtener un auspicio [33] favorable y sueltas las riendas se lanzó a la batalla 39 . Devastaste como un torrente los campos sembrados, como un león los rebaños: no sobrevivió ninguno que te saliera al encuentro, ni pudo escapar ninguno de aquellos a quienes perseguiste. Acudías a todas partes, cuando ya escaseaban los proyectiles y el ímpetu de la batalla crecía. Inmediatamente cambió la situación de los gépidas: vuelta la suerte, se vio ir a la desbandada a los que hasta entonces eran vencedores. Pues tú, ¡oh, digno de veneración!, que habías comenzado a disputar la batalla sin escolta, avanzabas ahora rodeado de millares de soldados. Cayó una gran multitud de enemigos, hasta que [34] la noche ya próxima salvó a unos pocos. Se tuvo acceso a graneros situados acá y allá, llenos de provisiones para las ciudades, que no sólo remediarían la necesidad, sino que habrían satisfecho los gustos de quienes estaban acostumbrados al bienestar. De este modo la adversidad se puso a tu favor y un ataque hostil luchó contra el hambre de tu gente: el asalto del enemigo venció la falta de alimentos y no habrías recuperado la fuerza guerrera, si no hubiera habido combates 40 .
De tus innumerables empresas, basten éstas, expuestas [35] por orden cronológico. Paso por alto a los sármatas 41 , que se mueven de un lado a otro con sus tiendas, y me callo la gran cantidad de confrontaciones, cuyo número se puede calcular a partir de tus trofeos.
[36] VIII Voy junto con mi señor en tu busca, Odoacro, tú que, como un agitador de este mundo, levantaste contra él a todas las naciones. Contigo se habían reunido para hacer la guerra tantos reyes como soldados puede a duras penas mantener todo un estado. Pero se notaba que los pareceres de una multitud así reclutada eran diversos y que la esperanza de victoria no se puede deducir del número de hombres 42 .
[37] Todavía temblaban las manos de tu gente a causa de las privaciones pasadas y la debilidad de sus miembros no podía aún llevar a efecto los ataques que deseaban efectuar. Sin embargo, basta una voluntad acorde en vez del vigor físico y, en lugar de la fuerza, un propósito unánime trae consigo la venganza sobre los enemigos. No te entretuvieron por mucho tiempo el campamento fortificado ni el lecho de un río: a tus enemigos les fue posible construir, que no defender, una pared [38] protectora. De repente una multitud de fugitivos cubrió la llanura. En medio de ella tú indicaste a tus soldados, cuando partían para la batalla, que debía ser vencida aquella calamidad interna 43 . Mientras tanto tus tropas ponen fin a la batalla con su aparición, sin ningún esfuerzo. A partir de ahí la suerte te abrió las puertas, mostrando abiertamente que no restaba ningún combate favorable a quienes habían sido ya derrotados en el primer campo de batalla.
Pero la mente inconstante de Odoacro, que se engañaba [39] a sí mismo, se aprestó a la lucha de nuevo, emprendiendo grandes preparativos de guerra —invirtiendo dinero, sin reparar en gastos— ante la ciudad de Verona, que te era adicta 44 . Nada hubo más valiente que tus adversarios antes de la batalla, pero nada más débil en cuanto las trompetas dieron la señal de ataque. Fue enorme su valor cuando la confrontación era sólo una promesa y enorme la cantidad de palabras, como si la lengua fuera suficiente para suplir a la diestra. Eligieron [40] el emplazamiento del lugar de combate, apto no tanto para desplegar el ataque como, sobre todo, para dar pábulo a su pánico, previendo que no se dejara al azar ni siquiera la primera desbandada de quienes huían 45 . Sin embargo, la buena fortuna de la república te urgía para que no renunciaras a lo que habías comenzado. Tras haber recorrido tu marcha en etapas, contemplaste los fuegos del campamento enemigo que brillaban como las estrellas, tanto que si hubieses conocido alguna vez el miedo, habrías sido consciente de que pendías sobre un abismo.
[41] Nunca tu estado de ánimo se dejó llevar por la soberbia ante los sucesos favorables o vaciló en los momentos de crisis. Era inminente el día de la batalla, que para muchos traería consigo las tinieblas de la muerte. Apenas la aurora sobre su dorado carro de dos caballos había anunciado el comienzo del día y se levantó del agua del océano el ígneo círculo solar, cuando sonó la señal sorda de la trompeta y el ejército, [42] olvidado de sí mismo, te buscaba a ti 46 . Y mientras encerrabas tu pecho en la coraza protectora, mientras te armabas con las grebas 47 , mientras acoplabas a tu costado la espada, protectora de la libertad, diste ánimos con estas palabras a tu virtuosa madre y a tu respetable hermana 48 , que habían llegado hasta ti a impulsos de su amor y cuya solicitud femenina oscilaba entre el miedo y la esperanza (temerosas ante el resultado de la batalla, se extasiaban ante el esplendor de tu rostro) 49 .
«Tú sabes, madre, conocida para todas las naciones por [43] la fama de tu vástago, que el día de mi nacimiento diste a luz, fecunda, un varón. Ha llegado el día en el que el campo de batalla dará a conocer el sexo de tu hijo. Debo dejar actuar a las armas para que no perezca por mi culpa la gloria de mis antepasados. No tenemos derecho a apelar a los méritos de nuestros padres, si no nos ayudamos con los propios. Ante mis ojos está presente mi padre, con quien la fortuna nunca jugó en un combate; él mismo se creó un destino favorable, como premio a su valentía 50 . Es honroso haber combatido a las órdenes de un jefe que no tuvo temor a presagios inciertos porque él mismo se ocupó de obtenerlos favorables. ¡Traedme, [44] pues, vosotras vestidos cuidadosamente elaborados, que son el tormento de los telares! Acójame la batalla con ropajes más elegantes de lo que acostumbro en las fiestas. Quien no me haya reconocido por el arrojo, que me valore por mi esplendor. Que la hermosura del vestido atraiga las miradas de los soldados ambiciosos. Que la riqueza de mi aspecto señale al que vale la pena herir 51 . Que tenga consuelo para su esfuerzo, ¡oh, Fortuna!, aquel a quien has concedido mi cuello y que admiren mi esplendor, cuando haya caído, aquellos que no hayan conseguido verme mientras combatía».
[45] Dichas estas palabras, el caballo, ya inquieto por el sonido apremiante de las trompetas, te tomó en sus lomos. Pero mientras tú te entretenías hablando, ya tus legiones eran apremiadas por el enemigo que las acosaba. Con tu demora diste ánimos a los cobardes y esto creo que fue providencia de los dioses para que tu victoria no pudiese achacarse a la tropa. De repente la gran cantidad de caídos advirtió al enemigo de tu llegada: la enormidad de la matanza delató a quien la había llevado a cabo. Pero tampoco esta vez les faltó el remedio acostumbrado: en seguida desplegaron las alas que les proporcionó el pánico 52 y en su carrera precipitada por miedo a la muerte eligieron su propia ruina.
[46] Quien no sepa que cuento la verdad, que vea cómo por obra tuya el curso del Ádige se llenó de cadáveres y, mientras en algunos sitios hacías que las olas se hincharan con la sangre, en otros se estancaba el río. Así combatió también de tu parte el agua, para que no te quedaras corto con la espada. ¡Salve, tú el más espléndido de los ríos, que disolviste la mayor parte de la suciedad de Italia y recibiste las heces [47] del mundo sin perder tu transparencia! 53 ¡He aquí que aquel campo cubierto de guerreros brilló lleno de nobleza con el resplandor de huesos humanos! Tenemos algo que contemplar cada vez que nos atormente el recuerdo de un viejo dolor. ¡Que la tierra noble conserve esta escena bellísima! ¡Que permanezca en la memoria lo que los hombres han sufrido, hasta que el olvido destruya lo que han hecho! ¡Ojalá no les hubiera sido permitido a las bestias voraces llevarse nada de allí! A un espléndido espectáculo le fue arrebatado todo lo que los robos de los animales rapaces hicieron suyo.
IX Quisiera, ¡oh, Roma!, que asistieras a esta escena, olvidando [48] tus años. Si vinieras, temerosa, con pasos vacilantes, este gozo transformaría tu edad. ¿Por qué permaneces siempre encerrada en tus santuarios? Aquí se ha conseguido que puedas tener más cónsules que candidatos a tal magistratura has visto hasta ahora 54 . Reconoce la bondad de tu señor: quiere que disfrutes del sabor de los triunfos, tú, a quien decidió ahorrar las incertidumbres de la guerra.
X He aquí que, de nuevo, una parte de los enemigos, destinada [49] a morir, se apresuró a rendirse, actitud que ya conocían. Aunque el número de los caídos había sido incontable, sin embargo se presentaron, dispuestas a rendirse, unidades equipadas con armas refulgentes 55 . Tu corazón, siempre propenso al perdón, se conmovió. Creiste que en la escuela de la necesidad habían aprendido la lealtad, de la que nunca hasta entonces habían dado pruebas respecto a sus príncipes, a quienes les unía el afecto. Tu salvación fue —¡oh, tú, excelente entre los reyes!—, [50] que fiado en su juramento depusiste todo tipo de precaución. Nos debatíamos ante el temor de que algunos de los enemigos a quienes habías acogido no merecieran la muerte. Te damos gracias, Dios, juez del universo, porque arrojaste contra las espadas vengadoras a todas aquellas conciencias que estaban poseídas por el error que arrastraban de antiguo. Me avergonzaría hablar de su inveterada inestabilidad de ánimo, si no fuera porque veo que sirve para alabarte.
[51] Mas, ¿por qué tardo en seguir contando tus hazañas? Les pareció oportuno ofrecer de nuevo el reino a Odoacro, que les tendía la mano, ya incapaz de empuñar un arma 56 . Descubierto inmediatamente el complot, salió a la luz el error de aquellos ánimos hostiles. Invocaste a la Providencia como compañera de tus actos y, para que no quedara impune el capricho de quienes se pasaban de un campo a otro, tú, enarbolando la bandera de la venganza, hiciste partícipe al pueblo, que te había dado muestras de lealtad, de las decisiones que habías ya tomado en secreto. Ninguno de tus enemigos llegó a conocer lo que la mejor parte del mundo planeaba contigo. Hasta las regiones más apartadas llegó la orden de la muerte que habían merecido.
[52] ¿Quién sino la voluntad divina propició que en un momento se extinguiera la desgracia del pueblo romano, acumulada durante un tiempo tan largo de perversidad? Llegado a este punto, no sé hacia dónde volverme. ¿Debo dar gracias, yo, que me he propuesto escribir tu panegírico, o emprender el camino ya comenzado de cantar tus alabanzas 57 ? El asunto acabó en una guerra a la vez favorable y determinada por el destino 58 ; se vino abajo la presunción de Odoacro al no conseguir ninguna ayuda con el engaño.
¿Qué debo recordar de las derrotadas huestes de los hérulos 59 ? [53] Fueron conducidas contra ti para que así conocieran a uno que habrían de temer aún en su propio territorio. De este modo, la locura de otros actuó a favor de una prolongada tranquilidad. Paso en silencio, Burgundio 60 , la época en la [54] que te fue impuesta una paz duradera, cuando guardaste los pactos de un modo tal que podía pensarse que vivías en calma gracias a tu fidelidad y no al terror. ¿Quién puede soportar también que caiga en el olvido el hecho de que ante nuestros ojos, las armas de los desleales se entrecruzaron para ventaja tuya y las fuerzas enemigas cayeron en una guerra agradable a Dios mientras tú te ocupabas en otros asuntos? 61 ¿Cuántas veces venció luchando a tu favor uno que había prometido [55] luchar contra ti? Que lo diga Federico, quien tras haber traicionado la lealtad hacia ti, acompañó en la muerte a tus enemigos esgrimiendo sus armas contra aquellos a quienes había acompañado en el error, al surgir la discordia entre aquellos criminales a propósito de cuál debía ser su objetivo común. Que Dios me asista y me conceda sus favores por toda la eternidad: por su disposición surgieron las disputas que eran de prever entre los culpables. Pues Federico, tras haberte ayudado a triunfar sobre tus enemigos, te proporcionó la victoria sobre él mismo.
[56] XI Una gran parte de tus méritos me conduce a otro apartado. Veo que un inesperado esplendor surge de las cenizas de ciudades y que, en una era de esplendor de la civilización, por todas partes resplandecen techos de palacios. Veo edificios realizados aún antes de haber tenido yo noticia de que se proyectaban. Roma misma, madre de todas las ciudades, rejuvenece porque se le cortan los miembros podridos de su vejez. Permitidme decirlo, vosotros, sagrados orígenes del genio lupercal 62 : tiene más valor resistir a la decadencia que haber puesto el comienzo. A esto se suma el hecho de que [57] has adornado la corona de la curia con innumerables flores. Hasta ahora no ha debido renunciar a la esperanza de obtener honores ni uno solo de quienes, al solicitarlos, estaban apoyados por una buena conciencia. Todo aquel que, dotado de méritos sobresalientes, te ha dirigido una petición está seguro del resultado de sus ruegos 63 . Pues somos buenos, o bien porque nos lo hemos propuesto, o bien porque nos atenemos a tu ejemplo. La riqueza del estado creció a la par que aumentaron [58] los bienes privados: en tu corte no hay corrupción por ninguna parte y la riqueza se difunde por doquier. Nadie se aparta de ti sin regalos, ninguno lamenta la desgracia de la proscripción 64 . Tus negociaciones tienen validez imperecedera: estableces ya el orden de tus disposiciones, aún antes de ver a los embajadores 65 . No encuentran oposición tus respuestas y difícilmente una decisión está en desacuerdo con tus objeciones. Tu prestigio como príncipe vela en vez de las armas, [59] el celo de un gran gobernante protege nuestro descanso; sin embargo, no dejas de ampliar las fortificaciones, proyectando tus cuidados hacia un futuro lejano. No te falta ni la seguridad en sí mismo de un hombre valiente ni la cautela de un timorato. ¡Oh, doble plenitud virtuosa en un solo príncipe! Ella revela a Dios como autor porque es evidente que no hay entre los hombres nadie de quien haya podido recibir las cualidades que muestra 66 .
[60] XII Mas he aquí que, de nuevo, después de un tiempo de paz estable, volvemos nuestro discurso a las guerras: una vez más la trompeta pide para sí la palabra. La ciudad de Sirmio 67 constituía un tiempo la frontera de Italia; en ella los antiguos señores montaban guardia para que las heridas que le infligían los pueblos limítrofes no penetraran en el cuerpo de Roma. Esta ciudad, por descuido de sus gobernantes, cayó después bajo el dominio de los gépidas 68 ; desde entonces procedían [61] de ahí provocaciones diarias y arrogantes embajadas. Hacían arder de ira el ánimo de nuestro príncipe los halagos de una sumisión fingida y la alianza intempestiva de Traserico con los otros gépidas, cuyo caudillo era Gunderit 69 . Creías que esa ciudad se había perdido por culpa tuya, porque bajo tu mando había sido posible mantener durante mucho tiempo el dominio de Italia sobre ella; y no era suficiente consuelo el pensamiento de que no la habías perdido tú, porque era inmenso el dolor de que quien la retenía ahora no te la había devuelto al principio de tu reinado. En tu opinión, el imperio que no crece disminuye.
Cuando las maquinaciones de Traserico salieron a la luz [62] pública, enviaste a los más nobles de entre los godos, Pitzia, Harduico 70 y jóvenes soldados que hasta entonces no tenían experiencia de la guerra, para que, en el caso de que aceptara las condiciones que le proponías, mantuviera bajo su dominio los territorios que en su día había invadido. Mas la inconstancia de su conducta fue una ayuda para tu buena suerte: por iniciativa propia se retiró de una región que no era suya y abandonó lo que te debía, sin que tu ejército le hubiera atacado. Inmediatamente Pitzia, que había aprendido de ti a aprovechar las situaciones favorables y ponderaba la oportunidad de sus decisiones, estimó que aquella tierra no había sido conquistada sino restituida y no la asoló con saqueos, como si hubiera sido tomada, sino que la protegió con medidas administrativas, como si fuera propia.
Mientras ellos establecían allí una organización, Grecia 71 [63] declaró la guerra provocando a nuestro aliado Mundo 72 , arrastrando consigo para protegerse a los búlgaros, a quienes amenaza con utilizar como escudo en caso de guerra. [64] Entonces Mundo, creyendo que era suficiente para su seguridad que tus cohortes conocieran lo que pasaba, encomendó a una embajada urgente el encargo de informar del peligro y, aún antes de que hubiera sabido que las cohortes se aprestaban en su defensa, las vio ya luchar a sus flancos. En cuanto Pitzia vio venir de lejos la indómita juventud búlgara 73 , alentó aún más los ímpetus ardorosos de sus adolescentes con el fuego de estas palabras:
[65] «Recordáis, compañeros, de quién habéis recibido órdenes para venir a esta región. Ninguno piense que está lejos la mirada de nuestro rey, por cuya gloria vamos a luchar. Aunque una lluvia de lanzas cubriera el cielo, no pasará oculto quien haya arrojado la suya con particular valor 74 . Forjad vuestros pechos en acero, de modo que del temor por vuestra vida paséis a una esperanza cierta en la victoria. Creo que el testigo de la grandeza de nuestro rey ha muerto ya y que no sobrevive quien habitualmente les advertía qué señor tenemos 75 . O quizás no se dignan valorar a nuestro pueblo a tenor de nuestro príncipe. Que comprendan que lo que hacemos de él procede y no les sea permitido atribuir a su sola persona lo que nuestro rey ha inculcado a toda su gente».
[66] Hizo seguir a estas palabras el sonido de las trompetas: inmediatamente se lanzaron de cabeza los guerreros, como suele tronar una nube oscura al precipitarse la lluvia con tanta intensidad que los techos retumban 76 . El choque vaciló durante mucho tiempo con resultado incierto, porque se había levantado en ambas partes igual fiereza en la contienda. Chocaban dos naciones que, una vez metidas en combate, nunca habían buscado su salvación en la huida. Se asombraron al encontrarse dignos unos de otros y al ver dentro del género humano a alguien que era capaz de resistir tanto a los godos como a los búlgaros. En el entretiempo, mientras el resultado de la [67] batalla era incierto y las flechas portadoras de la muerte eran dueñas del cielo, prevaleció el recuerdo de nuestro príncipe, al esforzarse los godos en que el terreno de combate fuera testigo de los méritos de cada uno hacia él. Se dio a la fuga un pueblo cuyo mayor castigo consistió en haber escapado a la muerte. La tierra tembló, sacudida por las pezuñas de los caballos. Se alejaban de allí entre grandes lamentos cuando se dieron cuenta de que no tenían que temer más por su vida. ¡Oh Dios, juez del cielo, multiplica los dones que nos has concedido! Aquellos que nunca habían dudado de sus triunfos, aquellos a los que el mundo admiraba, se retiran ahora tras haber perdido sus estandartes de guerra y haber sido batidos en su incolumidad, llamando tres y cuatro veces dichosos a quienes habían conseguido morir 77 .
¿Para qué recordar la carnicería entre los soldados y el [68] vergonzosísimo fin de su jefe Sabiniano, pues no tiene ningún sentido contar de nuevo lo que ocurrió a un indefenso cuando desaparece su protector? Pues bien, Pitzia, que merece ser alabado por los siglos de los siglos, para no dar la impresión de que había combatido no tanto para su honra sino por codicia, dejó a las fieras y a las aves del campo el fruto de su trabajo, dando órdenes a los soldados, hambrientos de botín, de no quitar nada a los cadáveres, que estaban opulentamente [69] equipados. Pero, ¿qué lengua es capaz de describir esto de modo adecuado? ¿Con qué dotes de elocuencia se puede contar? Durante largo tiempo venciste tú en persona todas las batallas, ahora comienzas a tener vencedores a tu servicio. Mientras tanto, el imperio romano volvió a alcanzar sus fronteras: como en el pasado, dictas órdenes a los ciudadanos de Sirmio y, a causa de tu cercanía, comienzan a temer por sus tierras quienes hasta ahora habían ocupado las nuestras.
[70] XIII ¿Qué puedo decir del castigo que diste, hasta con los vientos a tu favor, a las depredaciones de los vándalos, un pueblo a quien basta tu amistad en vez de un impuesto anual? 78 . Guiados por la sabiduría no osan traspasar su zona de influencia: han merecido ser aliados, al no negarse a obedecerte 79 .
[71] XIV Del cúmulo de tus hazañas he descrito algunas, ordenadas sucintamente, más con buena voluntad que con elocuencia, dejando otras intactas para escritores mejores que yo. Veremos quién me gana en elocuencia; ninguno será capaz de superar mi afecto por ti. Por inspiración divina tienes una mansedumbre tal que crees poder conseguir más a través de tu amor que con el terror. Entre los monumentos de tu fama se encuentran buenas obras extraordinarias que hacen que, mientras los reyes te temen, los que están a tus órdenes te amen. Eres, en efecto, de la opinión de que tus súbditos podrían negarte lo que les mandas que te den, después de haber medido sus posibilidades. ¡Oh, rey adornado de una serenidad total, que atribuye a nuestra devoción todo lo que te tributamos por sumisión!
XV ¿Qué decir de cuando la totalidad de los alamanes fue [72] encerrada dentro de los confines de Italia, sin que la soberanía de Roma sufriera detrimento? Este pueblo consiguió tener un rey después de haber merecido perderlo. Se convirtió en guardián del imperio latino, él, que siempre había saqueado nuestra región; haber huido de su territorio trajo buena suerte a esta tribu, porque así consiguió la riqueza de nuestro suelo 80 . Habéis adquirido una tierra que ha aprendido a doblegarse a [73] la azada, sin que nosotros hayamos experimentado ningún perjuicio 81 . Bajo tu gobierno hemos visto que los acontecimientos más favorables surgen de una situación adversa y que una ocasión de peligro puede ser madre de la fortuna. Liberado de las ciénagas, se alegra de habitar tierra firme un pueblo que, hasta ahora en casas agrietadas, emerge gracias a un terreno más sólido 82 .
[74] XVI Fue también digno de ti 83 estimular la elocuencia laudatoria con premios: así no dejaríamos perder en el silencio tus victorias. Ninguna de las artes permanece inactiva: se busca a quien es hábil allí donde se esconda. Obtiene una magistratura el que la merece, aunque viva muy apartado. Pues nunca permanece oculto aquel a quien su honradez delata, porque tú, justísimo juez, te dejas convencer, no con palabras, [75] sino con hechos. Los méritos de nuestros difuntos antepasados están bien guardados en tus manos: cuando un acto de lealtad llegue a los oídos de tu misericordia, inmediatamente restituirás según el derecho hereditario a su sucesor todo lo que debes al que actuó fielmente. Tenemos el premio a la obediencia de nuestros padres y sin embargo no tememos los castigos por sus crímenes. Tu indignación se limita, moderada, al culpable, mientras que tu agradecimiento busca al sucesor para recompensarle.
[76] Quedan todavía muchas cosas por decir 84 , pero conviene que se deje algún tema intacto para los múltiples pregoneros de tus hazañas. A ti te deben las ciencias venerables el hecho de que pueden seguir hablando. Tus predecesores amaron la ignorancia, porque jamás llevaron a cabo empresas dignas de alabanza. Quien era elocuente llevaba una vida sórdida detrás del arado y la violencia les negaba lo que les había proporcionado su destreza; los tribunales se lamentaban porque los abogados callaban y no se concedía ningún reconocimiento al que hablaba. El resultado de los negocios dependía del azar, [77] dado que no se atribuía ningún mérito a la cultura. Por doquier una resignación universal había ahogado la inteligencia, ya que el ocio debilitaba las facultades de los buenos oradores. Una devoradora dejadez se había apoderado de la magnificencia de los ancianos y los jóvenes no eran estimulados a seguir a alguien, emulándolo. He ahí las riquezas de tu época: por entonces apenas tenían los foros oradores perfectos, hoy la Iglesia te envía un panegirista 85 .
XVII Venga ahora la antigüedad y, en narraciones calzadas [78] con coturnos, cante a Alejandro a quien proporcionó fama opulenta el talento de los poetas, de modo que su gloria, pobre en hechos, parece hincharse con ayuda de la retórica 86 . Los méritos de nuestro rey no necesitan la ayuda de un narrador. Las gestas de los antiguos, por más que hayan sido multiplicadas con mentiras, son más modestas que las verdaderas empresas de éste. Poetas, vosotros habéis imaginado grandes proezas, pero os conviene reconocer que nuestro señor actual [79] las ha llevado a cabo aún mayores. El caudillo de Pela quiso que la exaltación de sus empresas dependiera en todo de Quérilo, para que un gran número de escritores no notara su intención de engañarlos y quedara como testigo único de su desvergüenza quien era requerido para que dejara constancia de su triunfo 87 . No quiero robar nada a los ancianos a quienes la antigüedad hubiera considerado excelentes, si la romanidad, [80] en su resurrección, no te hubiera producido a ti. La ignorancia, madre del error, dominó a aquel (Alejandro) que desconocía la verdadera religión: a ti, desde el umbral de tu existencia, la doctrina de vida te instruyó en el culto al Dios supremo. Nunca atribuyes a tus esfuerzos lo que trae consigo un suceso favorable: sabes que de ti depende la previsión, pero que el poder de realizarlo está en las manos de Dios. Te comportas de modo que mereces conseguir el éxito, pero cuando lo has logrado lo atribuyes por entero al Creador. Por tu fortaleza, tu solicitud, tu buena fortuna te comportas como príncipe, [81] por tu mansedumbre como sacerdote 88 . Pues, ¿qué? ¿Acaso nuestros mayores han llamado en vano dioses y pontífices a todos aquellos a quienes les fue conferido el cetro del poder? Lo extraordinario consiste en realizar actos de santidad suprema y no tener ningún nombre que exija veneración. Mi rey podría por derecho ser llamado el «triunfador sobre los alamanes», pero que sea llamado otro así 89 . Que lleve una vida de dios como fruto de su conciencia y no busque títulos vanos por ostentación vanidosa aquel en cuyo comportamiento las adulaciones de los antepasados se han puesto al servicio de la verdad.
XVIII Confieso que querría llegar al fin de mi discurso, [82] vencido por la grandiosidad de tus proezas, y, deslumbrado por el esplendor de tus empresas pasadas, pasar por alto tus glorias más recientes. Es como si hubiera querido enumerar en verso las estrellas de la bóveda celeste y, una vez contemplado el fulgor de la Osa mayor, quisiera describir el esplendor del cielo con palabras inapropiadas; entonces la pobre manera de expresarse de un mortal habría tenido que retroceder ante la luz divina y la chispa de mis humildes palabras habría sido insuficiente para reflejar los rayos del sol. Así este discurso, por más que sea testigo de mi sumisión, es muestra clara de mi incapacidad.
XIX ¿Con qué palabras habría que celebrar el hecho de [83] que, mientras te ocupas de que nuestra paz no sea perturbada, mantengas intactos los instrumentos de la fuerza goda y hagas que bajo tus ojos la juventud indómita, aun en medio de las alegrías de la paz, se ejercite para la guerra? 90 . Todavía hoy las tropas victoriosas se mantienen en la plenitud de su fuerza y otras nuevas han madurado ya. Los músculos se endurecen con el lanzamiento de la lanza y cumplen misiones como los valientes, mientras juegan; se ejecuta como un espectáculo lo [84] que con el tiempo podrá ser prueba de valor. Mientras arrojan las lanzas aún lentas dotadas de amientos 91 propios de niños; mientras apuntan cada vez más lejos los arcos que cada día pueden provocar víctimas, todo el recinto de la ciudad es pisoteado por la simulación del combate. Estas peleas fingidas logran que no surjan luchas verdaderas, con peligro. ¿Quién podría imaginarse a este propósito que la misma persona sea capaz de comprender que de una parte marcha al combate dispuesto a vencer a un ejército de salvajes y de otra es consciente [85] de que no hay ningún motivo para pelear? Sabemos que Rutilio y Manlio 92 organizaban luchas de gladiadores con la intención de formar al pueblo, para que la plebe, que vivía desde tiempo atrás en paz, conociera a través de la arena del teatro lo que ocurría en el campo de batalla. Pero entonces se ofrecían a la vista matanzas en masa sin sentido, mientras las manos de los espectadores permanecían pasivas. Nunca son buenas unas medidas que tienen su origen en la crueldad: para que se enardecieran los ánimos contra el enemigo, había que presenciar antes la muerte de los conciudadanos. Por lo demás aquellas luchas, como muestra el resultado, no produjeron el aumento del valor sino del miedo: en medio del bienestar, el ánimo de los que vivían en paz aprendió lo [86] que debía temer. Observa la diferencia entre dos medidas completamente contrapuestas: entonces una efusión real de sangre apartó los ánimos de la confrontación armada, ahora el valor de los jóvenes se enardeció ante la simulación de una lucha fingida. A temprana edad aprendieron a tener en reserva tantas muertes de enemigos como flechas tenían a disposición, acostumbrados a no despilfarrar negligentemente el contenido de su carcaj en ejercicios exóticos o a disparar al aire sus dardos, portadores infalibles de la muerte: tienen el propósito de cobrarse tantas vidas como flechas han vibrado en el aire.
XX Mas entre los ejercicios militares con los que instruyes [87] a todos y consigues los auspicios favorables para la victoria, ¿acaso no reservas nada para las comodidades de la vida civil? ¿Quién podría creer que, si todo permaneciera tranquilo, tus soldados iban a despreciar el temor como algo desconocido? Porque la ley mantiene en sus límites a los hombres que en el campo de batalla son indomables: someten a las ordenanzas sus cabezas tras haberlas coronado de laurel y haber aniquilado las filas enemigas; tus decretos dominan a los hombres ante los cuales han retrocedido las armas. Tú [88] solo tienes un cúmulo de méritos y dotes naturales tales que hombres aguerridos puedan acatar tus órdenes. Ciertamente tu linaje te ha hecho su señor, pero la virtud te ha confirmado como tal. El esplendor de tu estirpe te ha proporcionado el cetro, pero si te faltaran los signos del poder, tu carácter te habría asegurado la elección como príncipe 93 .
XXI Pero la belleza de tu persona no debería ser aludida [89] en último lugar, puesto que la majestad de tu aspecto real presta realce a la púrpura de tu cargo. Mostrad, oh seres 94 , vuestros vestidos, que coloreáis con el valioso jugo de la púrpura y proveednos de cubiertas que no se hayan impregnado de nobleza en una sola caldera colorante 95 . Sea tejida una guirnalda con piedras preciosas de diversos colores y hágase venir la piedra que guarda el dragón 96 . Cualesquiera que sean los adornos que te envíe el mundo que está bajo tu poder, lucirán aún más, [90] decorados por la belleza de tu noble cuerpo 97 . Tienes una estatura que, por su altura, te designa ya como rey. La blancura de tus pómulos armoniza con su rubor; los ojos lucen como la primavera con una serenidad imperturbable. Las manos son dignas de conceder la muerte a los rebeldes y a los súbditos [91] los esperados honores. Ninguno me reproche haberlo traído a destiempo: lo que para otros señores hace la diadema, eso lo ha hecho en mi rey la naturaleza, por obra de Dios 98 . A ellos les hace respetables la acumulación de una gran cantidad de riquezas; a éste, sin embargo, le ha hecho más distinguido un aspecto inmutablemente sencillo 99 . Y ¿qué? Que se preocupen de su aspecto exterior quienes quieren conseguir una belleza [92] que no tienen de por sí. El rey de Italia reúne en armonía dos cualidades muy diversas: despedir rayos como ningún otro cuando se irrita y ser hermoso, como el cielo sin nubes, cuando está alegre. Sin abrir la boca, sólo su rostro promete a los embajadores de los pueblos paz si está sereno o guerra cuando es terrible. Tienes tantos rasgos insignes que, aunque cada uno se distribuyera a hombres distintos, les harían perfectos.
Pero, ¡ojalá, un retoño tuyo, vestido de púrpura, multiplique [93] la prosperidad de este siglo de oro! 100 ¡Ojalá, un heredero del reino juegue en tu seno, de modo que ese sagrado niño reciba, como testimonio de una alegría semejante, estas palabras que te hemos dedicado en homenaje! He aquí que yo, habiendo pagado mi deuda y llegado al final de mi tarea, concluyo mi discurso con una oración 101 .

1 Invocación antepuesta en el códice de Bruselas, que F. VOGEL recoge en el texto de MGH.
2 Teodorico llega a la capital del imperio oriental, con ocho años, como rehén que avala el acuerdo entre el imperio y los ostrogodos para que éstos sean considerados foederati , a cambio de un tributo anual del emperador.
3 La professio a la que Ennodio alude —posiblemente piensa en él mismo y comienza así con una captatio benevolentiae —, podría ser tanto la de eclesiástico, como la de modesto orador o maestro de retórica.
4 El razonamiento de este primer capítulo, sería por tanto: en el primer párrafo, tras exponer que una persona sola, por cualquiera de los dos motivos que cita, es posible que no sea capaz de escribir esta obra, afirma que el pueblo sí, gracias a la libertad de expresión que el rey le ha devuelto. En el segundo párrafo, Ennodio deja en manos del rey la aceptación del homenaje literario para volver a su propio papel, sobre el que manifiesta tener una buena conciencia, de modo que se muestra dispuesto a expresar sus sentimientos más íntimos respecto a Teodorico.
5 Inclyte , con esa grafía, es un apelativo solemne, propio del sermo cultus y de la poesía, que es frecuente a partir del s. IV , sobre todo en SÍMACO , Discursos 3, 8. Se utiliza como título imperial y se aplica a todo lo que está relacionado con el emperador.
6 Etimológicamente maiestas indica la superioridad —maius — que corresponde a los dioses y a los magistrados, más tarde también al emperador.
7 El autor, en este primer capítulo, equipara el homenaje a Teodorico con el culto divino: de ahí el uso de palabras como oblatio , altaria , diuina obsequia, merces hymnorum, cultus .
8 Es decir, cuando se dan gracias a Dios con palabras armoniosas, se le invita a que siga concediendo sus dones.
9 Aquí volvemos a encontrar la palabra professio , en un sentido más genérico —«discurso»— que en la nota 3.
10 El primer timbre de gloria para Teodorico es haber devuelto la libertad a la república, tras el dominio despótico de Odoacro, como se describe más adelante en n. 23 y ss. El reinado de un soberano bárbaro es designado con una palabra propia de la terminología política romana —respublica — y muestra a las claras el propósito del panegirista: transferir el poder de Roma y su imperio al nuevo reino gótico.
11 Fluminum superbias . G. HARTEL en CSEL lee imperuia , es decir «inviable, inaccesible». Esta frase, como han anotado diferentes comentaristas, alude especialmente a los ríos Ulca, Isonzo y Ádige, donde Teodorico consiguió otras tantas victorias, contra los gépidas y Odoacro. Véase, S. ROTA , Panegirico ... pág. 250.
12 Los escitas (Σκύθαι, Scythae ) son un pueblo de la actual Ucrania, constituido en un reino en el s. IV a. C., que se mantuvo hasta el III d. C., en que desapareció bajo la presión de los godos. HERÓDOTO habla por primera vez de ellos distinguiendo diversas ramas (IV 17-20). En la tradición romana, comenzando por PLINIO (Historia natural VI 34), los escitas aparecen como nordorientales, habitantes de un país remoto y frío. Por su parte, Méroe era la antigua ciudad de la Nubia, al sur de la desembocadura del río Atbara en el Nilo, adonde los reyes habían trasladado su residencia hacia el 300 a. C. Ya LUCANO (Farsalia IV 332-333) relaciona Méroe con el signo del zodíaco Cáncer, cuyo inicio en el solsticio de junio coincide con el verano. Estas expresiones recuerdan el arranque de la primera laudatio de SÍMACO en honor de Valentiniano I, pronunciada el 25 de febrero de 369.
13 El término ciuilitas , que aparece cuatro veces a lo largo del Panegírico (15; 56; 87), tiene un sentido amplio, no sólo político-social sino cultural. Ennodio se esfuerza por demostrar en primer lugar que Grecia es la cuna de la civilización, según la tradición romana que aparece ya en HORACIO , Epístolas II 1, 156-157; luego, que Teodorico trae esa cultura a Italia como rey de los godos, que se han convertido en los sucesores de Roma. Sobre el concepto de ciuilitas en Ennodio, véase C. ROHR , Der Theoderich-Panegyricus ... pág. 202, n. 7. S. ROTA , Magno Felice Ennodio, Panegirico ... págs. 261-263. Con la expresión «vaticinadora del futuro», Ennodio quiere decir que Grecia ve de antemano lo que Teodorico llegará a ser.
14 Podría entenderse esta expresión, no como la preocupación por el cambio de poder de León I a Zenón, sino del nuevo juego de influencias que traería consigo la nueva corte: los súbditos estarían «preocupados por el cambio de su propio influjo».
15 Basilisco, hermano de Verina Augusta, la esposa de León 1. Éste había nombrado heredero a su nieto León 11, hijo de su hija Ariagnis y el isaurio Zenón, quien en realidad detentó el poder desde la muerte de su suegro el 18 de enero de 474, primero porque su hijo era menor de edad y luego porque murió en noviembre de ese mismo año. Aprovechando que Zenón se había ausentado de Constantinopla para ir a Calcedonia, Verina Augusta proclamó emperador a Basilisco. Entonces Zenón partió al exilio sin presentar batalla. Pronto, sin embargo, tanto Verina Augusta como Teodorico se pusieron de la parte de Zenón y el usurpador se retiró.
16 Cita, casi al pie de la letra, del cap. 24 de la segunda laudatio de SÍMACO a Valentiniano II, de 1.1.370. Véase, expresión análoga en M 3, 113.
17 La diadema es una venda blanca que se lleva en la frente y con el tiempo estuvo adornada con piedras preciosas. Es seguro que a partir de Constantino formó parte, junto con la toga de púrpura, de los insignia imperiales. Véase a este respecto el comentario a AMIANO MARCELINO , Historia , XX, 4, 17, en J. DEN BOEFT , D. DEN HENGST , H. C. TEITLER , Philological and historical commentary on Am. Mare . XX, pág. 94.
18 Etimológicamente la palabra fasces no designa sino un haz o paquete, generalmente de espigas, pero también de cañas o varas. Como emblemas del poder en Roma (ya fuera real, consular, proconsular, dictatorial, pretorial, etc.), son una especie de bastones con un hacha que sobresale en la parte superior y que llevan los lictores que preceden a esos magistrados. También la silla curulis —de currus , un asiento sin respaldo y sin brazos, puesto sobre el carro en el que el rey se mostraba— y la toga palmata que aparecen en esta misma frase, y que traducimos por consulado, son símbolos de esta magistratura.
19 Ciuilitas , en el sentido de respeto por el orden constituido: ver, más arriba en la nota a n. 11. Aunque en una buena parte de los manuscritos se lee uirtutis y así lo escribe CSEL, las modernas ediciones —C. ROHR ; S. ROTA — dan uirtutes , como se recoge en la traducción.
20 Segmenta son los ornamentos, bandas o pequeños motivos circulares o cuadrados, que se aplican como decoración a las togas de los magistrados. En este caso, otro modo de designar la veste consular.
21 La anécdota de Serrano se remonta a CICERÓN (Roscio 50) y es recogida por autores como PLINIO (Historia natural XVIII 20) y VALERIO MÁXIMO (IV 4, 5). C. Atilio Régulo Serrano recibió una embajada del senado romano en la que se le ofrecía el consulado, mientras sembraba un campo. De ahí —ab agro serendo — le vino el sobrenombre Serano-Serrano . La versión histórica más probable es que se trata de C. Atilio Régulo, cónsul en el año 257 a. C., cuya vida está rodeada de leyendas.
22 Los búlgaros aparecen por primera vez en la historia como un pueblo que habita en los Balcanes. Sus orígenes son las zonas montañosas del Altai y la depresión de Minusinsk. En el s. IV están ya instalados en la región septentrional del Cáucaso, de donde pasaron a Europa como secuaces de sus parientes, los hunos. A la desaparición del peligro de éstos, a mediados del s. V , se establecieron en el territorio de la actual Bulgaria. En 480 atraviesan por primera vez el Danubio a la altura de Novae (Sviṡtov) y devastan la Tracia. Esta batalla contra Teodorico, que actuaba en calidad de foederatus del imperio oriental, tuvo lugar probablemente en 486. Otras fuentes —PAULO DIÁCONO , Historia de Roma 15, 15— citan el nombre de este caudillo: Busa.
23 La palabra stilus ha dado pie a la conjetura de que este panegírico no fue nunca pronunciado de viva voz, sino enviado a Teodorico. Efectivamente, estilo es el instrumento —estilete— con que se escribe.
24 El panegirista se imagina la llegada de Teodorico al senado romano, ensombrecido, que él ilumina con su presencia.
25 Alusión, sin citarle —como hará más adelante, en n. 36—, a Odoacro, reducido a la miseria por el continuo derroche de dinero con el fin de ganarse favores. A pesar de sus continuas rapiñas, era un pauper dominus , como lo califica en la frase siguiente.
26 El origen modesto de Odoacro se pone de relieve en contraste con la nobleza de cuna de Teodorico. En realidad, Odoacro era hijo de una mujer escira y de Edicón, un príncipe de estirpe huna. A la muerte de Atila, había creado un reino esciro, que en 469 había sucumbido a manos de los godos.
27 Los rugos motivaron el litigio entre Teodorico y Odoacro. Éste había vencido a ese pueblo en el otoño del 487 y se había llevado prisioneros a Italia al rey Feleteo y a su mujer Giso. Un hijo de ambos, Federico, pudo huir, y, por lo que dice Ennodio a continuación, planteó una segunda batalla. Al ser derrotado de nuevo se refugió en Novae y pidió ayuda a su pariente Teodorico.
28 Ausonia , que en poesía, a partir de Virgilio, designa el territorio de Italia, deriva de Ausón, hijo de Ulises y Calipso o Circe. Reciben este calificativo también algunas inscripciones en lengua indoeuropea encontradas en la costa tirrena de Italia meridional, anteriores al latín.
29 Esta imagen está tomada de VIRGILIO , Eneida I 177-179.
30 Ennodio utiliza aquí el término familia , no en un sentido restringido al círculo de parientes y esclavos que viven y trabajan bajo la autoridad de un padre, sino en relación a todo un pueblo. Aunque no hay textos paralelos en la literatura latina, podría entenderse que el autor habla aquí de las tropas de Teodorico, designándolas como sus familias.
31 Véase, VIRGILIO , Geórgicas III 366.
32 Otro pasaje —como en n. 9— en el que se ponen de relieve de modo retórico las condiciones climáticas extremas en las que ha operado y triunfado el héroe.
33 Este río parece ser el Vuka y el lugar de la batalla, cerca de la actual Laszlovo. La fecha debió de ser entre enero y febrero de 499. Véase a este respecto, S. ROTA , pág. 312.
34 Esta comparación es bíblica: Génesis 22, 17; Jeremías , 33, 22; Daniel 3, 36.
35 Era un pueblo de estirpe gótica, según JORDANES 95, caracterizado por su falta de ingenio y pesadez de movimientos. Liberados por el rey Ardarico de la sujeción a los hunos, tras la muerte de Atila, se extendieron por la Dacia y la región en tomo a Sirmio. Véase SIDONIO APOLINAR , Poemas 7, 322.
36 Véase, SÍMACO , Laudatio in Valentinianum 2, 9
37 Se refiere a PLUTARCO (Catón el menor 56, 6-7) y sobre todo a LUCANO , quien en el libro IX de la Farsalia , narra por extenso (versos 690-949) las desgracias sufridas por las legiones bajo las órdenes de C. Porcio Catón —adversario acérrimo de César en la primera guerra civil—, durante su marcha por el desierto líbico, a causa de la escasez de agua y sobre todo de las mordeduras de serpientes. Pero si en Lucano Catón es la personificación del héroe que da su vida por la salvación del pueblo romano de los horrores de la guerra civil, aquí es el protagonista de una empresa inútil. Propiamente las Sirtes son los dos golfos, temidos por sus bancos de arena, de la costa N. de África entre la provincia Cirenaica (la S. mayor) y Túnez (la S. menor).
38 La idea de la restauración de la vieja Roma por parte de Teodorico está muy presente en el Panegírico: nn. 48, 52, 56. Lo que podría llamarse «ideología de Roma» juega un papel importante en otras composiciones de Ennodio (M 2, 128-139) así como en toda la literatura panegírica de los s. IV y V d. C. y en todo tipo de autores de esa época, como SÍMACO , AMIANO MARCELINO , CLAUDIANO , RUTILIO NAMACIANO entre los paganos y EUSEBIO , SIDONIO APOLINAR y CASIODORO entre los cristianos.
39 No deja de ser una incongruencia que un cristiano como Teodorico, cuya religiosidad ensalza Ennodio (ver más adelante, n. 80), realice el tradicional rito pagano de consultar los auspicios antes de la batalla.
40 Estas dos últimas frases son un ejemplo claro de abundantia sermonis , es decir redundancia, en la que cae una y otra vez el estilo de Ennodio.
41 Los sármatas son tribus iraníes de nómadas y jinetes que se mueven en la estepa de la Rusia meridional. En la época helenística habían atravesado el Don y amenazaban las colonias griegas del Ponto. Alrededor de la era cristiana se encontraban ya en la desembocadura del Danubio y, a partir del s. III , en la Panonia. Teodorico libró varias batallas contra ellos: en 469/70 mató al rey sármata Babai. Este encuentro, teniendo en cuenta que Ennodio sigue un orden cronológico, debió producirse entre le batalla de Ulca y la llegada a Italia en 471.
42 Los historiadores actuales calculan que Odoacro agrupó un ejército de unos quince mil soldados, entre los que predominaban los hérulos, pero también había torcilingos, esciros y —como se ve en M 3, 158— burgundios.
43 Frase de difícil interpretación, sobre todo porque hay un salto evidente en la narración: de repente, se traslada al lector al medio de una batalla. C. ROHR (p. 225), traduce este pasaje, entendiendo que, con esta primera victoria en Isonzo, en la que se produce una desbandada del enemigo. Teodorico les anuncia lo que les espera: «con eso (la llanura llena de fugitivos) mostrabas a los que huían que una tormenta les amenaza ante sus puertas». S. ROTA , sin embargo (págs. 205 y 330-331) —me parece que con buen criterio—, afirma que Ennodio reproduce un discurso que Teodorico debió de dirigir a sus soldados antes de entrar en la batalla, calificando a Odoacro de «una calamidad dentro del estado», a la que habia que vencer.
44 Lugar corrupto en el texto, para el que se han dado diversas conjeturas. El sentido de todas ellas es el mismo: Ennodio acentúa lo costoso de los preparativos emprendidos por Odoacro, para poner luego de relieve la antítesis entre su valor aparente antes del combate y su comportamiento deplorable en él. Los historiadores afirman, en efecto, que «cuando Teodorico llegó a Verona, se le opuso de nuevo Odoacro, con no menores preparativos de guerra que antes». (PAULO DIÁCONO , Historia romana XV 15).
45 Odoacro escoge esta vez el lugar en que presentará batalla, de modo que sus soldados no tienen posibilidad de huir, como había pasado la primera vez. La construcción gramatical de esta frase es deficiente, es decir presenta un corte (anacoluto), entre la primera parte que es impersonal y la segunda en tercera persona del plural. En la traducción salvamos la dificultad con el verbo inicial en plural. C. ROHR (pág. 224) completa la frase y conjetura: «que el comienzo de la batalla no se dejara al azar y se impidiera —impediretur — la retirada de los fugitivos».
46 La descripción de la batalla de Verona presenta desde el comienzo un aire épico, tomado de la tradición homérica, a través de Virgilio: el comienzo con la aurora (Eneida , III 588 ss.; IV 6 ss. 129 ss. 584 ss.; V 104 ss.; VI 535 ss.; VII 25 ss.; XII 76 ss. 113 ss.); la escena de armarse para la lucha (Eneida VII 632-640; XI 8-11; XII 87-90); el sonido sordo de las trompetas que indica el comienzo de la batalla (Eneida VII 519-520; XI 474-475).
47 Para designar la coraza, Ennodio emplea la metonimia Chalybes . Los cálibes eran un pueblo establecido en la costa del Ponto Euxino, experto en la elaboración del hierro. Ocrea es la pieza de la armadura que cubre la parte anterior de las piernas de los guerreros, desde la rodilla hasta el tobillo.
48 Respectivamente Ereleuva, una de las concubinas del rey Teodomiro, católica, bautizada con el nombre de Eusebia, y Amalafrida.
49 De los tres discursos que Ennodio incluye en el panegírico —ver también nn. 32, 65—, éste es el más amplio y elaborado, de modo que en él se pueden distinguir las partes fundamentales, prescritas por la preceptiva retórica: exordium («Tú... antepasados»), narratio («No tenemos derecho... valentía»), argumentatio («Es honroso... favorables»), peroratio («Traedme... combatía»).
50 Estamos ante una frase que presenta variantes de lectura en las distintas ediciones. Los códices dan dextrum , que resulta difícil de entender. Por ello las ediciones del s. XVI leen dextros , concertando con successus . G. HARTEL mantiene esa versión. F. VOGEL y C. ROHR leen dextram , con referencia a fortuna , que da el mismo sentido. Más recientemente, S. ROTA propone la conjetura dextra , en ablativo, que habría que traducir: «con su brazo se creó los éxitos».
51 Presento a sabiendas una traducción neutra de este pasaje, difícil de interpretar. La dificultad comienza ya en las variantes que presentan los diversos manuscritos y las diferentes ediciones. Si se opta por feriendum , como hace S. ROTA , siguiendo a CSEL y a la mayor parte de los manuscritos, el sentido de este passus del discurso de Teodorico es: «la vistosidad de mi vestido atraerá sobre mí las miradas y me convertirá en blanco del enemigo». Si por el contrario se acepta la lectura feriendos , como hace MGH y la reciente edición de C. ROHR , la traducción sería «mi aspecto distinguido, al atraer sobre mí las miradas de los ambiciosos, me mostrará a quién debo herir».
52 Véase VIRGILIO , Eneida VIII 224.
53 La expresión mundi faecem está tomada de LUCANO , Farsalia , VII 405; pero, como en el caso de Catón —n. 30—, Ennodio hace un uso antifrástico del poeta: la batalla de Farsalia había sido origen del desastre de Roma; aquí, la del Ádige, la ha salvado. Véase a este respecto: S. ROTA : «Ennodio anti-Lucano...», En Atti ...págs. 31-55.
54 Interpreto esta frase en el sentido de una profecía de eternidad para la ciudad. Véase S. ROTA , pág. 346.
55 Tras la batalla de Verona cae Milán en manos de Teodorico. Allí se le rinden gran parte de los partidarios de Odoacro, entre ellos su general Tufa.
56 Teodorico se fía de Tufa y le envía a Rávena, donde Odoacro se había refugiado tras la derrota en Verona, para luchar contra él. Tufa, sin embargo, se pasa de nuevo a Odoacro, quien vence a Teodorico, que tiene que buscar refugio en Pavía (Véase M3, 111-117). En las frases siguientes Ennodio describe las medidas tomadas por Teodorico en esta situación: hace matar a todos los partidarios de Odoacro en diversos puntos de Italia y acaba asesinando a su mismo rival, a pesar de que habían llegado a un acuerdo. Mas de este último capítulo, nada favorable al rey ostrogodo, Ennodio no se hace eco en su obra.
57 No está claro lo que quiere decir Ennodio. Es posible que la alternativa sea: dar gracias a Dios, a quien se ha referido repetidas veces en los dos últimos números, o seguir escribiendo el panegírico. Asi lo interpreta C. ROHR , pág. 233. Pero también podría ser, convertir el panegírico en una gratiarum actio al mismo Teodorico. Existían varios y valiosos precedentes en los que Panegíricos —el de PLINIO a Trajano, el de MAMERTINO a Juliano— y discursos de acción de gracias —AUSONIO , SÍMACO — estaban muy cerca. En el texto no se expresa el objeto de la acción de gracias y en la traducción dejo abiertas las dos posibilidades. Esta dificultad llevó a J. SIRMOND a conjeturar gradum por grates . En ese caso, el sentido sería: «¿Pararé ya, yo que me he propuesto escribir tu panegírico, o continuaré el camino ya emprendido de cantar tus alabanzas?». Las ediciones modernas recogen unánimemente grates .
58 Expresión tomada de CICERÓN , Marcelo 10, 31.
59 El florecimiento de este pueblo comenzó en la batalla del río Nedao (454-455), que marcó el fin del predominio huno. Se asentó en la región que hoy es la baja Austria y el O. de Eslovaquia; aprovechando los vacíos que fueron dejando los suevos y otras estirpes en su marcha hacia el O. de Europa, los hérulos se extendieron en todas direcciones. En 476 algunas ramas formaron parte del ejército de Odoacro y apoyaron a Teodorico en su enfrentamiento por el poder de Italia. La mayor parte de ellos cayó en la batalla de Rávena, alrededor de 491, de la que habla aquí Ennodio.
60 Este pueblo, que desde mediados del s. V ocupaba Saboya y no desaparecería hasta que en 534 fue sometido definitivamente por los francos, intentó repetidas veces la expansión hacia Italia. Una de sus incursiones tuvo lugar en 490, durante el enfrentamiento entre Teodorico y Odoacro: saquearon Liguria y deportaron una buena parte de la población. Pocos años después, en 494/495, una embajada goda —en la que, por cierto, participó el mismo Ennodio —logró que volvieran a su patria (ver M 3, nn. 136-177) y se estipularon unos pactos, sancionados con el casamiento entre una hija de Teodorico y un hijo de Gundibado, rey burgundio. Esta situación de paz acabaría poco después, en 508, cuando comenzaron de nuevo las hostilidades entre burgundios, aliados de los francos, y los ostrogodos de Teodorico.
61 En efecto, Tufa, el traidor que se había vuelto a pasar a Odoacro (nn. 49-51) y Federico, el rey rugo que en el pasado había sido aliado de Teodorico —n. 25—, reunieron sus fuerzas para enfrentarse a éste (491-492). Mas esa alianza derivó pronto a un enfrentamiento entre ambos y, en definitiva, al triunfo del rey ostrogodo.
62 Habla de los orígenes de Roma, concretamente de la gruta en la ladera NO. del Palatino en la que Rómulo y Remo fueron alimentados por la loba (lupa , de ahí lupercal), según la tradición. En memoria de este hecho, Evandro levantó un santuario en honor de Pan Licaón (Fauno), al que llama Ennodio «genio lupercal».
63 Ennodio expone esta idea de modo que cada miembro de la frase contiene dos negaciones, que se neutralizan: «Sólo quien falto de méritos sobresalientes no te pidió, no sabe lo que es dudar del resultado de su petición».
64 Esta condena llevaba consigo la confiscación de bienes.
65 En este último párrafo se refiere Ennodio a la política exterior de Teodorico y resalta su rapidez y su intuición. Ejemplos concretos aparecen en M 3, nn. 131-133, 136 ss., 185 ss.
66 La conclusión de este apartado abunda en la misma idea que ha estado presente en la exposición de las hazañas militares de Teodorico: Dios mismo, su providencia, es la fuente de sus cualidades.
67 Se encontraba en una posición clave en la frontera de las diócesis del Ilírico y la Dacia y las provincias limítrofes Panonia prima y Moesia prima . Fue siempre considerada como límite entre las dos partes del Imperio romano: véase, por ejemplo AMIANO MARCELINO XXI 9, 8. Ennodio se hace eco de la propaganda de Teodosio, quien argumenta que la ciudad pertenece a Occidente por hallarse en la Panonia.
68 La gépida era una tribu germana oriental, de origen godo. Permaneció en las riberas del Vístula mientras los demás pueblos emigraban y aparece por primera vez en la fuentes romanas a mediados del s. III d. C., haciendo incursiones en el Danubio oriental. A principios del s. V los gépidas fueron sojuzgados por los hunos, pero a la muerte de Atila, el rey Ardarico, al frente de una coalición, derrotó a los hijos de éste en la batalla del río Nedao (hacia 455). Unos años después, hacia el 473, se instalaron en la zona de Sirmio, como foederati del imperio. Ya se habían opuesto a Teodorico en su marcha hacia Italia en 488-489 —véase más arriba, nn. 28-34—. pero ahora, en 504, se mostraban agresivos y, según Ennodio, peligrosos por su infidelidad.
69 Los dos grupos de gépidas, uno establecido al N. del Danubio, fuera de los límites del imperio, con Gunderit a la cabeza, y el otro en la región de Sirmio, cuyo rey era Traserico, amenazaban con unirse y formar un reino poderoso.
70 Dos condes militares del rey ostrogodo: el primero, conocido por la obra de CASIODORO , Variae 5, 29 (Pitzias) y JORDANES , Gética 300 (Pitzamus). 301 (Petza); el segundo, sólo citado aquí.
71 El emperador de Oriente, Anastasio, envió a Sabiniano, a la sazón magister militum per Illyricum , para que combatiera contra las tropas de Mundo, un conglomerado de hunos, godos y hérulos. Éstos, a los que se unieron las tropas de Pitzia, derrotaron a los bizantinos, en cuyas filas militaban unos diez mil búlgaros, en la batalla de Margum, en 505.
72 Algunos historiadores como JORDANES lo hacen descender de los hunos, mientras otras fuentes le suponen godo. Tampoco está claro el momento en que entró en relación con Teodorico.
73 Los búlgaros han aparecido ya en n. 19 con el mismo calificativo de pueblo indomitus .
74 Expresión tomada de VIRGILIO , Eneida XI 610-611.
75 Busa, el derrotado caudillo búlgaro cuando Teodorico iba camino de Italia (n. 19), que había sobrevivido y se encargaba de disuadir a los búlgaros para que mantuvieran la paz, estaría ya muerto.
76 Es la lectura de MGH, aunque tanto C. ROHR , como S. ROTA , en vez de se praecipitem plebs Martis inmiscuit , conjeturan Marti , dependiendo de inmiscuit : «se precipitaron los hombres al combate».
77 Véase VIRGILIO , Eneida I 94-96.
78 Ventis parentibus podría también aplicarse a las incursiones de los vándalos, aprovechando los vientos favorables. Más lógico parece, sin embargo, resaltar que hasta los vientos se pusieron a favor de Teodorico, como se recoge en la traducción.
79 Como los burgundios en el N. de Italia, los vándalos habían aprovechado el enfrentamiento entre Teodorico y Odoacro para depredar Sicilia, hasta que fueron derrotados por los godos en 491. En ese año, como cuenta CASIODORO en su Crónica , no sólo dejaron de recibir el tributo anual que exigían, sino que ellos mismos pidieron la paz. Más tarde Teodorico casó a su hermana Amalafrida, que había quedado viuda, con el rey vándalo Trasamundo (JORDANES , Gética 299). Sobre la política matrimonial de Teodorico, véase D. CLAUDE , «Universale...», sobre todo págs. 27-31.
80 En 506 los francos de Clodoveo arrojaron de sus territorios a los alamanes, que se vieron obligados a refugiarse al otro lado de los Alpes, en el N. de Italia. Teodorico intervino por vía diplomática —se había casado en 493 con Audofleda, una hermana del rey franco—, consiguiendo de los francos que permitieran a los alamanes mantener posiciones en la vertiente norte alpina que, como parte de la Recia, eran consideradas en el s. V parte de la diócesis de Italia. Así, aunque se sigue discutiendo mucho la cuestión alamana (Véase, por ejemplo, H. WOLFRAM , «Geburt Mitteleuropas...»), se explica todo lo que Ennodio escribe en nn. 72-73. Con su intervención, Teodorico convierte a los alamanes en defensores de su reino.
81 HARTEL lee non , apartándose de las demás ediciones, que entienden nos , más de acuerdo con el hilo del discurso. Para la discusión de este pasaje, véase S. ROTA , págs. 183-184.
82 Otro pasaje corrupto, que ha sido interpretado de modo diferente, sobre todo a partir de la lectura caeni (cieno, terreno), en vez de schoeni (el holoschoenus de PLINIO , Historia natural XXI 18, 69), un tipo de junco, largo y sólido. Sigo la primera, con F. VOGEL en MGH y las ediciones modernas.
83 Expresión tomada de SÍMACO , Laudatio in Valentinianum 2, 30.
84 Véase, SÍMACO , Laudatio in Valentinianum 2, 29.
85 De esta última expresión se ha deducido que Ennodio escribió esta obra por encargo de la Iglesia, en reconocimiento a la intervención de Teodorico, arriano, para poner fin al cisma laurentino dentro de la Iglesia católica (véase, M 2). El autor, que deja de lado en esta obra cuestiones eclesiásticas, describe aquí más bien el contraste entre el pasado, en el que no había oradores ni siquiera en el foro, y la actualidad en la que surgen incluso en medios eclesiásticos. En cualquier caso, se ha dicho con razón que Ennodio interviene en cuestiones políticas —de ello da fe un buen número de sus epístolas— sobre todo como abogado de la clase aristocrática romana en sus conflictos con los godos recién establecidos, que les expropian las tierras. Véase a este respecto T. A. BURNS , «Ennodius and the ostrogothic Settlement...», 168.
86 La comparación con Alejandro Magno es un lugar común en la literatura panegírica: es el general victorioso por excelencia y cualquiera que le supere, como es el caso de Teodorico, alcanza lo inconmensurable. El coturno es el calzado de los actores trágicos, que, como adjetivo, ha pasado a ser, al menos desde Ovidio, sinónimo de «elevado, hinchado» a propósito del estilo o manera de hablar.
87 Pela es la cuna de Alejandro, en Macedonia. En cuanto a Quérilo de Yaso, fue el único poeta al que se permitió cantar en versos épicos los hechos de Alejandro. En la antigüedad, pasa por ser un cortesano adulador. Ennodio pudo conocerle a través de HORACIO , Epístolas II 1, 232-234, Arte poética 357 ss. o de CURCIO RUFO VIII 5, 8.
88 Como se ve, Ennodio no cita para nada la condición de arriano de Teodosio.
89 Como muestra de que lo que cuenta es la verdad, no los títulos, se cita éste, que se daba a sí mismo inmerecidamente el emperador de Oriente, Anastasio.
90 En esta frase se detecta claramente la diferencia entre la población romana, a la que pertenece Ennodio, y que disfruta de la paz —otia nostra — y la ostrogoda, a cuya juventud se le puede aplicar el mismo calificativo —indomita — que había ya utilizado para los búlgaros: nn. 19, 64.
91 Ammentum es una correa con la que se sujetaban a la mano las lanzas o los dardos por el medio para arrojarlos con más fuerza.
92 P. Rutilio Rufo y Cn. Manlio Máximo fueron cónsules en 105 a. C. Es dudoso que fueran ellos quienes estatalizaron las luchas de gladiadores, que, en aquella época y al menos hasta los primeros tiempos del principado, eran organizados por personas privadas, normalmente como juegos en honor de un difunto y, tras el asesinato de César, en el aniversario de su muerte; más adelante, con ocasión de la consagración de un templo y acontecimientos similares. Para esta anotación Ennodio se sirve del epítome a VALERIO MÁXIMO de JANUARIO NEPOCIANO X 22. Véase E. BALTRUSCH . «Die Verstatlichung der Gladiatorenspiele»...
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