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Fronteras del desarrollo: impacto social y económico en la cuenca del río Pilcomayo Coordinado por Héctor Hugo Trinchero y Elena Belli - 1ª ed. - Buenos Aires: Biblos, 2009.
ISBN 978-950-786-856-6
1. Antropología. I. Trinchero, Héctor Hugo, adapt.
CDD 306
Diseño de tapa: Luciano Tirabassi U.
Diseño de interiores: Fluxus estudio
© Los autores, 2009
© Editorial Biblos, 2009
Pasaje José M. Giuffra 318, C1064ADD Buenos Aires
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Índice de contenido
PRESENTACIÓN
Referencias bibliográficas
FRONTERAS DE LA INTEGRACIÓN IMPACTOS SOCIALES DE LA INVERSIÓN PÚBLICA Y LOS PROGRAMAS DE DESARROLLO EN LA CUENCA DEL RÍO PILCOMAYO[1]
Introducción
Antropología y desarrollo
Economía política del desarrollo sostenible en la cuenca del río Pilcomayo
Discursos de la integración: el corredor bioceánico
El conflicto
A modo de conclusiones provisorias
Referencias bibliográficas
MINERÍA Y PROCESOS IDENTITARIOS EN LA CUENCA ALTA DEL RÍO PILCOMAYO, ARGENTINA
Introducción
Sobre los procesos de formación de identidades
Rinconada: el desarrollo de la minería y la construcción de espacios sociales
El caso Pirquitas
Algunas reflexiones sobre identidades y trabajo minero en la Puna
Referencias bibliográficas
LAGUNA DE POZUELOS INTERVENCIÓN TERRITORIAL, CONSERVACIONISMO Y DESARROLLISMO Laguna de Pozuelos
Vías de acceso
Población
Fundamentos de su creación y datos históricos
Laguna de Pozuelos como monumento natural
Laguna de Pozuelos como sitio Ramsar
Principales problemas de conservación
Laguna de Pozuelos como reserva de biosfera
La Corporación para el Desarrollo de la Cuenca de Pozuelos (CODEPO)
Los proyectos de desarrollo
Planta Procesadora de Lana y Fibra “Hacia el crecimiento y desarrollo regional”
Comercialización de lana y fibra
Microemprendimientos educativos en doce escuelas rurales. Proyecto “Tejiendo el futuro”
Introducción de reproductores Corriedale
Créditos para la instalación de alambrados
Incorporación de nuevos equipos a la Hilandería de Cieneguillas
Terminalidad educativa
Acciones coordinadas
Planta de faena de ovinos y camélidos
Proceso industrial de la planta de faena
Algunas dificultades
Algunos conflictos
Al final
Referencias bibliográficas
REFLEXIONES SOBRE LA CUESTIÓN EDUCATIVA EN LA CUENCA MEDIA DEL RÍO PILCOMAYO
Introducción
Situación lingüística
La Escuela de Modalidad Aborigen
Genealogía de la educación pública bilingüe
Reflexiones finales
Referencias bibliográficas
Fuentes
PROYECTOS DE DESARROLLO Y PRÁCTICAS DE POSDESARROLLO EN LA CUENCA MEDIA DEL RÍO PILCOMAYO[60]
Introducción
Desarrollo, modernidad y colonialidad
Proyectos de desarrollo en la cuenca media del río Pilcomayo
La construcción del puente internacional Misión La Paz-Pozo Hondo
Prácticas de posdesarrollo en la cuenca media del río Pilcomayo
Nuevos proyectos/nuevas prácticas: el Proyecto Piloto de Agricultura con Riego en La Estrella
Desarrollo y posdesarrollo en la cuenca media del río Pilcomayo
Referencias bibliográficas
UNA APROXIMACIÓN TERRITORIAL A LA APLICACIÓN DE PROYECTOS DE DESARROLLO EN LA CUENCA MEDIA DEL RÍO PILCOMAYO LA EJECUCIÓN DEL DIRLI EN EL OESTE DE FORMOSA[73]
Introducción a algunas categorías conceptuales de territorio y desarrollo
La noción de desarrollo en el diseño e implementación del programa
Aspectos generales del proyecto y elección del área de emplazamiento
Diagnóstico, implementación y focalización del DIRLI
Los efectos del programa de desarrollo y el proceso de avulsión
Breve caracterización de las condiciones geomorfológicas, obra pública para el manejo hídrico y el papel del Estado con respecto al recurso suelo
Las implicancias territoriales del DIRLI y el proceso de sedentarización de las poblaciones wichí
Breve análisis de las diversas formas espaciales del Chaco Central
La acción de las misiones religiosas en el espacio chaqueño
Las formas de aprovechamiento de los recursos del río, los cambios de localización del cauce y de la gente wichí
Algunas reflexiones finales
Referencias bibliográficas
Entrevistas
Material estadístico, informes, leyes y programas
DE TRABAJADORES ASALARIADOS Y PRODUCTORES INDEPENDIENTES DE MERCANCÍAS A POBLACIÓN OBRERA SOBRANTE EL DESPLAZAMIENTO DE LOS TOBAS DEL ESTE DE FORMOSA DE LA PRODUCCIÓN ALGODONERA[98]
Presentación
Movimientos de vaivén en la escala de la producción algodonera: sus implicancias para el trabajador asalariado
Cambios en las condiciones técnicas de la producción algodonera: sus implicancias para el trabajador asalariado
Concentración y centralización del capital en la producción algodonera: sus implicancias para el productor mercantil independiente
Convergencia de implicancias para el trabajador asalariado y para el productor mercantil independiente: la producción de una población obrera sobrante
Una población obrera sobrante latente en el campo: los tobas de las colonias rurales Misión Tacaaglé y La Primavera
Palabras finales
Referencias bibliográfícas
Fuentes documentales
PROCESO DE ORGANIZACIÓN Y PARTICIPACIÓN DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS DE LA CUENCA DEL RÍO PILCOMAYO
Introducción
El mapeo comunitario
Monitoreo participativo
Desarrollo del modelo de monitoreo participativo con pueblos indígenas en la cuenca
Formulación de los resultados del monitoreo
Conclusión
PRESENTACIÓN
Héctor Hugo Trinchero y Elena Belli
Los trabajos que siguen a continuación se corresponden, en parte, con los resultados obtenidos a partir de las investigaciones realizadas en el marco del proyecto “Políticas de desarrollo en la cuenca del río Pilcomayo: impacto social y económico en comunidades indígenas y campesinas” (Proyecto de Investigación, Ciencia y Técnica Nº 14189 (2005-2008). Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, Secretaria de Ciencia y Técnica de la República Argentina. Con lugar de trabajo en el Instituto de Ciencias Antropológicas y el Instituto Interdisciplinario Tilcara de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires).
La temática que proponemos en este libro se enmarca teórica y metodológicamente dentro de lo que podríamos caracterizar como antropología del desarrollo, entendiendo por ello un campo específico de estudio en torno a las implicancias de los modelos y programas de desarrollo vehiculizados en ámbitos sociales y ambientales de alta vulnerabilidad en América Latina (Kottak, 1985; Hobart, 1993; Escobar, 1998; Viola, 2000). El interés en este tipo de abordaje para la antropología radica en el hecho de que, tradicionalmente, la asistencia técnico-profesional del antropólogo se concibe como una mediación entre los objetivos del proyecto y la población objeto (antropología para el desarrollo) Esta mediación implica en la mayoría de los casos la intencionalidad teórica (y política) de adecuar las expectativas del proyecto a las demandas de la población. Sin embargo, formulaciones de este tipo de carácter contractualista tienden a soslayar el hecho que los proyectos de infraestructura “para el desarrollo” tienen una funcionalidad manifiesta hacia la expansión de procesos de acumulación capitalista (en sus distintas formas), sin interrogarse el campo de posibilidades y limitaciones de dicha funcionalidad para con el mejoramiento de la calidad de vida de la población objetivo. La perspectiva planteada, por el contrario, toma como objeto de estudio a los propios proyectos y sus impactos sociales (en un sentido amplio) para una intervención crítica que aporte al seguimiento y evaluación de los mismos en función de la dinámica productiva y reproductiva de la población.
La cuenca del Pilcomayo involucra tres ámbitos problemáticos específicos. La cuenca alta, que abarca desde el nacimiento del río hasta la localidad de Villamontes, en Bolivia, afectada principalmente por la producción minera y la construcción de represas. La cuenca media, en la cual el río pasa a ser de llanura y se configura como referencia limítrofe entre Bolivia-Argentina y Paraguay-Argentina (provincia de Salta), afectado por la construcción del puente internacional Misión La Paz-Pozo Hondo en el marco de la ruta transchaco (abarca desde la localidad anterior hasta la localidad de María Cristina, cercana al límite entre las provincias de Salta y Formosa). La cuenca baja (provincia de Formosa, límite con Paraguay), donde el río se ha transformado en un bañado creciente, y afectado recientemente por la construcción de canales de regulación del curso del río y la instrumentación del Programa DIRLI (Desarrollo Integral de Ramón Lista), cuyo objetivo central ha sido la construcción de quinientas viviendas para distintas comunidades indígenas de la provincia de Formosa. Estos tres proyectos adquieren especial interés, dada la existencia actual de un “Plan Maestro” tendiente a ordenar las políticas hacia la cuenca.
La experiencia de nuestro equipo y de otros afines indica que este tipo de intervenciones, contemplan por lo general proyectos exclusivamente instrumentales (en este caso de infraestructuras) y conciben en forma genérica o marginal el análisis del conjunto de variables intervinientes en la evaluación del potencial impacto social y económico. Esta limitación inscripta en los mismos diseños de los programas, se expresa en lo general a partir de una serie de relevamientos censales y estadístico-descriptivos sobre población y, en lo marginal, mediante la incorporación de modalidades de “participación” de la población local en distintos momentos de los programas en cuestión. Independientemente, de la discusión sobre el sentido de la noción de participación y de las prácticas que se generan con ese objetivo –uno de los temas de análisis del proyecto–, nos interesa señalar la prácticamente inexistente sistematización en torno al valor de producción y reproducción social de aquellas economías, de manera tal que sea factible abordar con mayor alcance heurístico que el descriptivo las mediciones sobre el impacto de los emprendimientos encarados. Así, por ejemplo, priorizar el posible impacto positivo del uso del recurso hídrico teniendo como horizonte una posible expansión de la frontera agraria frente a un impacto negativo sobre la dinámica del recurso pesquero (en el caso descripto, uno de los principales recursos alimentarios de los pobladores de la cuenca media y la baja) no debe partir de una evaluación abstracta del valor potencial de uno y otro recurso, sino que debería incluir modelos de análisis tales como el impacto sobre la capacidad de reproducción de las economías domésticas y el empleo, los sistemas de intercambio específicos de bienes involucrados en dichas economías, la relación entre capacidad reproductiva y retentiva de la economía doméstica respecto al empleo en la economía capitalista agraria regional, entre otras.
Las investigaciones antropológicas orientadas al estudio del impacto de grandes obras desarrollados en nuestro medio reconocen como antecedente inmediato, los trabajos producidos por el equipo integrado por Leopoldo Bartolomé, Marita Catullo, Alejandro Balazote y Juan Carlos Radovich en Argentina, Silvio Cohelo Dos Santos, Aneliese Nacke, María José Reis y Neusa María Sens Bloemer en Brasil (Cohelo Dos Santos y Nacke, 2003; Balazote, Catullo y Radovich, 2001). Estos estudios han estado orientados al análisis de los impactos sociales producidos por grandes represas hidroeléctricas (Yaciretá, Piedra del Águila, etc.) y referidos principalmente a los impactos de la relocalización de población. Nuestro proyecto recoge la experiencia de estos trabajos aunque se reconoce en una problemática distinta.
Los proyectos de infraestructura a los que se hace referencia no implican grandes represas que promuevan programas de relocalización de población. Por el contrario, el “drama social” que reconoce la intervención mediante obras son las cíclicas inundaciones que se producen por las específicas configuraciones tanto del Pilcomayo como del Bermejo. La construcción de represas en estos ámbitos ha sido, hasta el momento, técnicamente desechadas, salvo para el caso de algunas obras de contención de la enorme carga de sedimentos que estos ríos transportan (aunque también tales emprendimientos tienen aspectos técnicos aún no resueltos). Por ejemplo la represa de Caipipendi en la cuenca alta del Pilcomayo, alentada por el gobierno boliviano y que implicaría una inversión de 800.000.000 dólares se encuentra en la actualidad suspendida por los informes técnicos desfavorables elaborados hasta el presente. La enorme carga de sedimentos implica una vida útil limitada de ese emprendimiento por su rápida colmatación y los costos que demandaría su mantenimiento permanente. Precisamente, a partir de este interés del gobierno boliviano es que se integró a dicho país en la Comisión Trinacional ejecutora del denominado “Plan Maestro”. Lo expresado no implica presuponer que el megaproyecto no se realizará, ya que dicho tipo de decisiones es por lo general el producto de complejas relaciones económicas, políticas, financieras que escapan a su control teórico-metodológico por parte de nuestro equipo. Se trata, no obstante, de partir de la experiencia obtenida hasta el presente la cual nos permite hacer visibles otros emprendimientos que, precisamente, al no ejecutarse la gran obra se instrumentan con otros objetivos por parte de las agencias intervinientes.
A partir de lo planteado anteriormente, los proyectos descriptos pueden concebirse inicialmente como el resultado de la inviabilidad técnica de los proyectos de represas hidroeléctricas y pretenden apuntar no a una relocalización poblacional sino por el contrario al “mejoramiento de las condiciones de vida” en dicho ambiente. La dinámica de las comunidades y economías domésticas, que basan sus actividades productivas y reproductivas en el usufructo de los recursos de la cuenca (recolección, pesca, caza) combinando con empleos estacionales privados (mano de obra estacional en distintas cosechas y según la zona) y estatales, está basada en “prácticas” y habitus (Bourdieu, 1977) que hacen al manejo de las fluctuaciones del río y de los recursos del ambiente al igual que las modalidades de asentamiento, formación de comunidades, relaciones de reciprocidad e intercambio, etc. (Metraux, 1937, 1946, Trinchero, 1992, 2000; Trinchero y Piccinini, 1992; Monsalve y Fraguas, 1992; Gordillo, 1993, 1994, 1995).
En este sentido, es indispensable repensar cómo se manifiestan los impactos de dichos proyectos de desarrollo en las poblaciones locales. Estos procesos de intervención alteran las dinámicas de reproducción de las economías domesticas (tanto indígenas como criollas), así como las formas de usufructo del territorio, los modos de organización social y las condiciones ambientales. De esta manera, el objetivo primordial del presente proyecto era evaluar los impactos sociales, económicos y territoriales que la implementación de dichos programas de desarrollo conllevaba.
En el primero de los trabajos, escrito por Héctor Hugo Trinchero y Juan Martín Leguizamón, se analiza el campo de posibilidades y limitaciones de los diversos proyectos de desarrollo implementados en la cuenca del río Pilcomayo. Procurando indagar, específicamente sobre el conflicto entre las dinámicas socioeconómicas y culturales de los pobladores y los modelos y políticas de desarrollo que han llevado a cabo dichos proyectos y programas, aportando al debate de la antropología sobre las políticas de desarrollo en contextos de alta vulnerabilidad social y ambiental.
A continuación, el artículo que presentan Elena Belli y Ricardo Slavutsky explora los impactos que la explotación minera de tipo capitalista ha generado sobre los modos identificación de pueblos cuyo sustento estuvo desde antaño ligado a la actividad agropastoril y minera artesanal de tipo doméstico, y a una participación subalternizada en algunos circuitos de comercialización. Centrándose en la cuenca alta del río Pilcomayo, donde se encuentran los yacimientos metalíferos de Pirquitas, que desde principios del siglo XX fueron explotados intensivamente por la empresa Mina Pirquitas, hasta su cierre a fines de la década de los ochenta, y que actualmente está siendo reactivada a través de la inversión de capitales foráneos.
El siguiente texto, elaborado por Emilio Lombardo se localiza en los umbrales de la cuenca alta del río Pilcomayo, específicamente en el Parque Nacional Laguna de Pozuelos. Este espacio se encuentra protegido por diversas reglamentaciones que lo designan como monumento natural, sitio Ramsar y Reserva de Biosfera. Desde aquí, el autor propone un análisis de las prácticas conservacionistas-desarrollistas desplegadas en dicho sector de la cuenca, por medio de diversas organizaciones públicas y privadas.
La contribución de Ivanna Petz que continúa la compilación, reflexiona sobre las problemáticas de la educación intercultural bilingüe en la cuenca media. Primeramente, describiendo la situación lingüística y caracterizando la escuela de modalidad aborigen. En segundo lugar, se revisitan los avances en materia de proyectos educativos bilingües generados por el Estado provincial desde 1984 hasta la fecha. Finalmente, se analiza el devenir del campo educativo a más de una década de distancia del “Proceso de Consulta y Participación para la Unificación del Alfabeto Wichí Lhämtes”, llevado a cabo en 1998.
El artículo de Pablo Quintero explora, desde la teoría de la colonialidad del poder, las lógicas heterogéneas que han seguido las intervenciones del desarrollo y las prácticas de posdesarrollo –como formas locales de resistencia y apropiación hacia dichas intervenciones– en la cuenca media del río Pilcomayo. Para ello, se centra principalmente en el análisis de los itinerarios que ha seguido el desarrollo en la comunidad indígena La Estrella, partiendo de la construcción del puente internacional Misión La Paz-Pozo Hondo, en 1997, hasta la implementación, en 2005, del “Proyecto Piloto de Agricultura con Riego”, emprendimiento que representa la más reciente incursión del desarrollo en dicha comunidad.
Por su parte, el escrito de Sergio Braticevic analiza, a partir de diferentes categorías relacionadas con territorio y desarrollo, el devenir reciente de los proyectos implementados en la cuenca media, tomando como caso paradigmático al programa de vivienda DIRLI. En este sentido, a través de la noción de formación socioterritorial de fronteras, el autor intenta mostrar tanto las limitaciones inscriptas en la focalización espacial del proyecto, así como la falta de previsión con respecto a la diversificación del curso del Pilcomayo en esta zona (fenómeno que conlleva inundaciones periódicas). Siguiendo este esquema, se exponen algunas de las transformaciones espaciales relacionadas con la construcción de infraestructuras fijas durante los últimos lustros.
Seguidamente, el artículo de Valeria Iñigo Carrera centra su análisis en la progresiva privación de los tobas del este de la provincia de Formosa de la posibilidad de apropiarse de los medios de vida a través del trabajo. De esta forma, avanza sobre las determinaciones e implicancias de la expulsión de dicha porción de la población trabajadora –asentada en la cuenca baja del río Pilcomayo– de la producción algodonera, en su doble condición de trabajadores asalariados de temporada y de productores independientes de mercancías. Implicancias que, se argumenta, convergen en la producción de una población obrera sobrante vis-à-vis la fuerza de trabajo activamente requerida por la acumulación de capital.
Finalmente, el texto de Luis María de la Cruz aborda, desde una perspectiva de “antropología aplicada”, las dinámicas de organización y participación política de las comunidades indígenas de toda la cuenca del Pilcomayo, a partir de la articulación de la Fundación para la Gestión e Investigación Regional, la ONG INSITO y el Proyecto de Gestión Integrada y Plan Maestro de la Cuenca del Río Pilcomayo desde 2004. Este escrito representa un claro ejemplo del vínculo entre el sector no gubernamental, las comunidades indígenas y diversos entes multiescalares (locales, nacionales y globales) en el ámbito del diseño y ejecución de políticas de desarrollo.
Referencias bibliográficas
Bourdieu, P. (1977), Outline of a Theory of Practice, Cambridge University Press.
Coelho dos santos, S. Y A. Nacke (comps.) (2003), Grandes represas hidroeléctricas: efectos sociales sobre poblaciones mapuches en la región de Comahue, Argentina, Santa Catarina, Letras Contemporáneas.
Escobar, A. (1995), Encountering Development, Princeton University Press.
Gordillo, G. (1993), “La actual dinámica económica de los cazadores-recolectores del Gran Chaco y los deseos imaginarios del esencialismo”, Publicar en Antropología y Ciencias Sociales, N° 3, Buenos Aires, Colegio de Graduados en Antropología: 73-96.
– (1994), “La presión de los más pobres: reciprocidad, diferenciación social y conflicto entre los tobas del oeste de Formosa”, Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología, N° 15, Buenos Aires: 53-82.
– (1995), “La subordinación y sus mediaciones: dinámica cazadora-recolectora, relaciones de producción, capital comercial y Estado entre los tobas del oeste de Formosa”, en H. Trinchero (comp.) Producción doméstica y capital: estudios desde la antropología económica, Buenos Aires, Biblos, pp. 105-138.
Hobart, M. (comp.) (1993), An Anthropological Critique of Development, Londres, Routledge.
Kottak, C. P. (1985), “When People Don’t Come First: Some sociological lessons from complete projects”, en M. Cernea (comp.), Putting People First: Socological variables in rural development, Nueva York, World Bank-Oxford University Press.
Métraux, A. (1937), “Études de Ethnographie Toba-Pilagá”, Anthropos, vol. XXXII: 171-194 y 378-402.
– (1946), “Ethnography of the Chaco”, en J. Steward (ed.), Handbook of South American Indians, vol. 1: The Marginal Tribes, Washington, Smithsonian Institution, pp. 196-370.
Reis, M. J., J.C. Radovich Y A. Balazote (eds.) (2005), Disputas territoriales y conflictos interétnicos en Brasil y Argentina, Córdoba, Ferreyra Editor.
Trinchero, H. H. (1992), “Privatización del suelo y reproducción de la vida: los grupos aborígenes del Chaco salteño”, en J.C. Radovich y A. Balazote (comps.), La problemática indígena, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp. 117-141.
– (2000), Los dominios del demonio. Civilización y barbarie en las fronteras de la Nación, Buenos Aires, Eudeba.
–, D. Piccinini Y G. Gordillo (1992), Capitalismo y grupos aborígenes del Chaco centro-occidental (Salta y Formosa, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, vols. 1 y 2.
Viola, A. (comp.) (2000), Antropología del desarrollo, Buenos Aires, Paidós.

Cuenca del río Pilcomayo
FRONTERAS DE LA INTEGRACIÓN
IMPACTOS SOCIALES DE LA INVERSIÓN PÚBLICA Y LOS PROGRAMAS DE DESARROLLO EN LA CUENCA DEL RÍO PILCOMAYO[1]
Héctor Hugo Trinchero[2] y Juan Martín Leguizamón[3]
Introducción
La cuenca del río Pilcomayo configura un ámbito territorial de gran complejidad. Aparte de constituirse en referencia limítrofe entre Argentina-Paraguay y Argentina-Bolivia, se intersectan allí en las últimas décadas procesos de expansión de la frontera agrícola y agropecuaria, un inusitado auge de la explotación minera gasífera e hidrocarburífera de gran impacto ambiental (desmontes, contaminación de los cursos de los ríos que componen la cuenca como así también inundaciones periódicas) e impactos diversos sobre la dinámica productiva y reproductiva de las comunidades rurales indígenas y campesinas asentadas en su territorio y cuyas economías domésticas se basan en gran medida en el usufructo de los recursos de la cuenca. Al mismo tiempo los países involucrados han desarrollado una Comisión Trinacional y otra Binacional de trabajo conjunto para el desarrollo de dicho ámbito socioterritorial.
El objetivo principal de este trabajo es analizar el campo de posibilidades y limitaciones de un conjunto diverso de proyectos y programas de Desarrollo desde una perspectiva socioantropológica. Se trata de indagar específicamente sobre el conflicto entre las dinámicas socioeconómicas y culturales de los pobladores y los modelos y políticas de desarrollo que se proponen vehiculizar dichos proyectos y programas, aportando al debate de la Antropología sobre las políticas de desarrollo en contextos de alta vulnerabilidad social y ambiental.
El enfoque que se intenta desarrollar recupera las evaluaciones de las investigaciones más recientes sobre políticas de desarrollo en ámbitos de alta vulnerabilidad social y ambiental, nuestras propias investigaciones anteriores (Trinchero, 1995, 2000, 2001, 2004) y los vínculos conflictivos entre Antropología y Desarrollo. El objetivo específico será realizar un análisis crítico en torno a ciertos proyectos de infraestructura considerando que la producción de infraestructura y la mayoría de los programas de intervención no logran los objetivos de sustentabilidad previstos respecto a la población involucrada ya que no incorporan como valor potencial las dinámicas productivas y reproductivas de las economías domésticas principalmente indígenas y campesinas. Por el contrario, la instrumentación de proyectos de inversión se enmarca en modelos abstractos de desarrollo que al instrumentarse generan condiciones propicias para el avance capitalista tradicional de la frontera agropecuaria y la especulación rentística, lo cual contradice objetivos explícitos que permanentemente se enuncian en torno al mejoramiento de la calidad de vida de los pobladores hacia los que teóricamente se orientan los proyectos.
El análisis propuesto se limitará a una breve caracterización de dichos proyectos e intervenciones teniendo en cuenta sus impactos en las poblaciones y comunidades indígenas asentadas en la parte argentina de la cuenca media y la baja (Chaco salteño y formoseño).
Antropología y desarrollo
Si el rol de la antropología clásica había sido estudiar las culturas en extinción (y contribuir a la museología de la modernidad), en la posguerra, el renacimiento de la confianza en los mercados y la pretensión hegemónica del American Way of Life, condujo a gran parte de los antropólogos al rol de persuadir a las “culturas tradicionales” de las bondades del capitalismo reemergente; o su contracara: buscar los mecanismos que operaban como “obstáculos” al desarrollo y, si sobrevivían problemáticas y/o resistencias, serían éstas achacadas a la persistencia de supuestas culturas tradicionales. La cuestión era entonces “inculcar las nuevas necesidades y persuadir a los pueblos a cambiar sus costumbres” (Erasmus, 1961: 297).
Ejemplos de este rol de ciencia sistémica asignada a la antropología sobran y no es necesario hacer aquí un recorrido por los mismos. Cientos de millones de dólares invertidos en América Latina y en el conjunto del los países denominados Tercer Mundo configuran un franco indicador de su importancia. Ya sea mediante la pretensión manifiesta de inculcar el “espíritu” capitalista a los campesinos (vg. el Proyecto Perú-Cornell que duró la friolera de quince años fracasando estrepitosamente) o bien directamente implicando a antropólogos en tareas contrainsurgentes (vg. el programa Camelot del Pentágono), la experiencia de aquella “antropología aplicada” no significó otra cosa que la expresión en América Latina de una antropología implicada en la reproducción de la hegemonía imperialista a escala mundial. Por un lado u otro, detrás de las políticas de asistencia, lo que asomaba como el problema no era ajeno al fantasma del comunismo hacia el cual las “grandes masas” supuestamente propenderían, dadas sus condiciones de extrema pobreza. De allí la necesidad de hacer docencia: había que inculcar a los pobres del mundo que el cambio debía suceder mediante la incorporación de las mayorías populares a las relaciones de la producción capitalista. El dualismo político-ideológico de la posguerra fría era el escenario en el que pretendía legitimarse tamaño esfuerzo desarrollista.
Hacia inicios de la década de los años 70 del siglo XX, una de las políticas desarrollistas más impactantes hacia los espacios rurales del planeta ha sido la eufemísticamente denominada “revolución verde”. Recordemos someramente que dicha revolución fue el resultado de una evaluación de la pobreza mundial a partir de dos caracterizaciones complementarias: la presencia de escasez de alimentos para satisfacer la demanda de las mayorías y la existencia de estructuras de producción rural “atrasadas”. De acuerdo con este análisis, la política económica debía tender tanto hacia el incremento de la producción global como hacia el aumento sostenido de la productividad mediante la innovación tecnológica en el campo. Así, en los veinte años que trascurrieron entre los comienzos de la década del 70 y los noventa y mediante transferencias tecnológicas globales junto a políticas crediticias subsidiadas, la producción agrícola mundial se incrementó en un 360%. Una aceleración de la productividad alimentaria nunca alcanzado por la humanidad en un período tan breve.
Sin embargo, y a contrapelo de esta impresionante “oferta” alimentaria, la pobreza y las situaciones de hambruna generalizada a lo largo y ancho del planeta, lejos de decaer, se acrecentaron con una crudeza que ningún técnico se hubiera animado a presagiar (Trinchero, 1995: 10). Este pretendido intento de paliar las paupérrimas condiciones de existencia de las mayorías populares del mundo, dando absoluta preeminencia a políticas de fomento hacia las innovaciones tecnológicas de aplicación universal (entre otras, semillas híbridas, expansión de la soja como producción mundial, uso masivo de fertilizantes), resultó en impactos negativos de distinto tipo que aún hoy intentan ser soslayados. El primero de ellos que interesa señalar aquí es el de un nuevo movimiento de expropiación de las condiciones técnicas de producción para millones de campesinos en el mundo. Es que la introducción de híbridos “más productivos” desde el punto de vista del volumen producido por unidad de suelo concentró en manos de empresas trasnacionales el manejo de dichas tecnologías (a las que debe agregarse el uso de fertilizantes y plaguicidas. Estos “paquetes tecnológicos” a los cuales campesinos y pequeñas y medianas empresas debieron recurrir para la producción, si bien se mostraban más eficaces en el corto plazo, implicaron que los productores directos se vieran imposibilitados de producir sus propias semillas, incrementando su dependencia del mercado de insumos a la vez que cedieron gran parte del control del ciclo productivo.
El segundo impacto negativo es que el mencionado proceso de expropiación y agudización de la dependencia del mercado de insumos, condujo a la concentración en grandes empresas agrícolas y a la expulsión de pequeños campesinos del mercado y de sus economías domésticas aportando a un renovado flujo migratorio hacia las grandes ciudades y ciudades intermedias y, como se dijo, una agudización de los niveles de pobreza, hambre y exclusión social a la par de impactos ambientales que se expresan en un deterioro en la capacidad agronómica de los suelos principalmente por el uso masivo de agroquímicos y la escasa rotación de los cultivos motivada por la rentabilidad a corto plazo de determinados productos agrícolas. Este proceso ha sido la mostración más reciente que el discurso capitalista, referido a la modernización progresiva de la sociedad (el desarrollismo), es portador de una congénita incapacidad para formular políticas que tiendan al menos a paliar los problemas de la pobreza en el mundo. Cuestión que, paralelamente, ha dado lugar a un nuevo resquebrajamiento de su horizonte discursivo. Ya el informe del denominado Club de Roma en 1972 (que muy lejos estaba de sospechas de alineamiento hacia el bloque soviético en la guerra fría) alertaba sobre los límites del desarrollo a partir de sus conclusiones en torno a las consecuencias nefastas que, para la mayoría de la población y los recursos no renovables mundiales, aparejaría la continuidad del crecimiento de la producción y el consumo en las grandes potencias mundiales paralelas a una pauperización creciente de los países del Tercer Mundo.
En torno a la evaluación de estas experiencias, es que surge cierto requerimiento en el ámbito académico, principalmente en los países centrales, de revisar la noción misma de desarrollo como coordenada conceptual indiscutible. Es precisamente a partir de la década de los años 70 que se produce un salto cualitativo en el proceso de institucionalización creciente de la práctica antropológica en agencias de desarrollo, al calor de las crisis mismas de la noción de desarrollo. Habían pasado ya más de veinte años de experiencias desarrollistas de posguerra en los que la preeminencia de un discurso hegemónico de la modernización parecía requerir únicamente de aquellos instrumentos y profesionales técnicos que no cuestionaran aquella noción sino que la instrumentalizaran “correctamente” (agrónomos, ingenieros, economistas, etc.).
Dentro del campo disciplinario de la antropología social y a la luz de distintas experiencias de intervención antropológica en proyectos y programas de desarrollo dos son las corrientes de pensamiento que se involucran y se apropian actualmente del intercambio reflexivo entre desarrollo y antropología, especialmente en Norteamérica. Por un lado, la denominada Antropología para el desarrollo, cuyos profesionales se encuentran implicados como asesores, diseñadores, evaluadores y/o ejecutores de proyectos de desarrollo en agencias, principalmente internacionales; y por el otro, lo que podríamos denominar “antropología del desarrollo” que se orienta a reflexionar, desde una mirada crítica, externa y por lo tanto relativamente distanciada respecto a los enunciados y resultados de los programas de desarrollo (Viola, 2000: 27).
Es que, como se dijo, desde los años 70 viene siendo cuestionada la misma noción de desarrollo desde múltiples enfoques disciplinarios. Sin embargo, estos cuestionamientos, han alcanzado cierto grado de consenso y legitimidad recién hacia la década del 90. Ello ha intentado ser expresado en múltiples adjetivaciones del sustantivo desarrollo por parte de los organismos de planeamiento internacionales, los gobiernos y las agencias no gubernamentales (por ejemplo, sustentable, étnico, apropiado, etc. Estas formas adjetivas más recientes de nominar al desarrollo han pretendido reflexionar sobre la experiencia histórica mencionada en torno a la relación inversa entre crecimiento económico y el combate de la pobreza intentando proponer modos alternativos de desarrollo. Sin embargo, según nuestro entender, no en tanto discurso académico han logrado sobreponerse a la dinámica concentradora que caracteriza al capitalismo agrario. No nos detendremos, en este texto, en el análisis genealógico de semejante aggiornamento de la formación discursiva en torno al desarrollo.[4] Por el momento, intentaremos restringirnos en el análisis del significado concreto de la noción de desarrollo sostenible en los proyectos en cuestión.
Economía política del desarrollo sostenible en la cuenca del río Pilcomayo
En Argentina, las políticas de desarrollo y los procesos de expansión de las fronteras agropecuarias, han seguido históricamente un eje vertical cuya orientación dominante configuró la denominada cuenca platina. El puerto de Buenos Aires y los puertos enclavados en el litoral del río Paraná se proyectaron como uno de los principales sistemas articuladores del modelo económico agroexportador complementados con el desarrollo de una poderosa infraestructura vial, ferroviaria, energética y urbana. Como lo expresamos en el proyecto anterior relacionado con el seguimiento del Programa de Acción Estratégico (PEA) en la cuenca del río Bermejo (PICT 6547 1999-2003) tal sistema económico y social ha tendido a invisibilizar e incluso a subsumir otras estructuraciones posibles o probables del espacio. De esta manera la desarticulación del eje oeste-este que implica a sistemas tales como el NOA y el NEA, con subsistemas bióticos, climáticos y estructuraciones económicas, poblacionales y culturales de gran diversidad y heterogeneidad ha sido en parte una consecuencia de tales políticas de desarrollo. En tal sentido, la cuenca del río Pilcomayo (al igual que la del Bermejo), que por sus características configuran ámbitos “naturalmente” articuladores del señalado eje NOA-NEA conectando distintos subsistemas socioculturales y ambientales, es actualmente objeto de un excepcional despliegue de proyectos y programas de desarrollo vehiculizados tanto por iniciativa de los gobiernos nacionales y provinciales y distintas agencias. En su momento, distintos estudios han dado cuenta del proceso de expansión de la frontera agraria en la región, principalmente en el Departamento de San Martín, Salta, dado que aquí es donde dicho proceso alcanzó una intensidad manifiesta desde la década de los años 70 (Morello, 1983; Reboratti, 1989, 1996; Trinchero y Leguizamón, 1995; Trinchero, 1998a.). Sin embargo, el desarrollo capitalista en la región adquiere en la actualidad una complejidad mayor al intervenir no únicamente capitales agrarios sino también y principalmente capitales vinculados a la energía y la explotación minera.
La complejidad social de estos ámbitos y su significación socioeconómica no ha sido suficientemente considerada en los recientes debates nacionales en torno a las políticas agropecuarias a implementar pues se presume como de interés central el desarrollo de la frontera agraria sin profundizar en las complejidades del desarrollo capitalista en regiones que otrora eran consideradas “marginales”.[5]
Independientemente de lo anterior, el auge de inversiones capitalistas en la cuenca del Pilcomayo ha conllevado a la emergencia de políticas públicas tendientes por un lado al desarrollo de una infraestructura vial susceptible de acompañar el mencionado proceso de inversión y por el otro a pretender regular el recurso hídrico que implica dicha cuenca en virtud de sus características particulares (irregularidad de su cauce, en su región baja, arrastre de sedimentos en toda su extensión, etc.).
Por las características específicas de su dinámica ambiental, la cuenca del río Pilcomayo es objeto en la actualidad de una serie de intervenciones por parte de los Estados involucrados (cfr. Plan Maestro) y proyectos de desarrollo tendientes a limitar los “efectos negativos” que sobre el recurso hídrico y la población presentaría dicha dinámica.
Lo expresado anteriormente no implica que el interés por el desarrollo de políticas hacia la cuenca sea un proceso novedoso. Por el contrario, la mayoría de dichas políticas se reconocen en “antiguas” problemáticas de la región. Así, por ejemplo, los planes para canalizar tramos del río se remontan a la década de 1930, cuando se produjeron las tensiones entre Argentina y Paraguay en torno a la problemática sobre cuál de los brazos del estero Patiño era el “verdadero Pilcomayo”. Estos primeros planes respondían a la pretensión de establecer de manera consensuada el cauce que en los hechos operaba como frontera internacional. Sin embargo, en un proceso que gradualmente provocó la desecación del estero Patiño y la formación de nuevos bañados, entre la década de 1940 y mediados de la década de 1970 el río retrocedió unos 170 kilómetros, a un promedio de 5 kilómetros por año, por lo que el fenómeno geográfico dejó de ser un hito claro en la disputa fronteriza generando nuevas situaciones conflictivas.
Por el impacto de las inundaciones producidas, desaparecieron bajo las aguas asentamientos territoriales (comunidades) como Misión El Toba (1975), Misión El Carmen, Puerto Yrigoyen, Misión El Yuto y Misión San Andrés, además de otras comunidades más pequeñas, lo que dio lugar a masivas y permanentes relocalizaciones de la población de la zona, sin que ello fuera resultante de planificación alguna. El primer intento de canalización fue en 1970, aunque fracasó. En 1991 los gobiernos de Argentina, Paraguay y Bolivia aprobaron un proyecto de obras hidráulicas a realizarse a la altura de las localidades de Santa Teresa y María Cristina (Argentina) y estancia La Dorada y Mayor Alberto Gardel (Paraguay), zona hasta donde llegaba el cauce del río. Este proyecto, conocido como “Proyecto Pantalón” (o de “colmatación controlada”) se basaba en la construcción de dos tomas con sus respectivos canales, con el objeto de derivar las aguas “equitativamente” hacia Argentina y Paraguay[6]. Si bien nunca se desarrolló en su totalidad, este proyecto dio lugar a la construcción de los canales derivadores que hoy tiene consecuencias en la zona con relación a la estabilidad de los asentamientos poblacionales, a la disponibilidad de agua y a las políticas de frontera (Gordillo y Leguizamón, 2002).
El carácter precario de las obras por el permanente proceso de sedimentación que también colmata los canales derivadotes, llevó a la comisión técnica argentino-paraguaya a estudiar un nuevo plan de obras (hasta el momento no efectivizado) complementario a los canales y denominado “Proyecto Interceptor” (o “sistema distribuidor”). Éste incluiría la construcción, aguas abajo de los canales, de un complejo sistema de obras hidráulicas entre las que se destaca “un dique interceptor con dos vertederos, uno en cada territorio, que asegurarían una partición igualitaria, equitativa y controlada de los caudales” (Gordillo y Leguizamón, 2002). Cuando se habla de “partición igualitaria, equitativa y controlada” de caudales, se tienen en cuenta principalmente dos cuestiones: la primera es la disputa entre Paraguay y la Argentina por el límite territorial entre ambas naciones y, segundo, el aprovechamiento hídrico para la expansión de la frontera agraria. Sin embargo, el estero Patiño es un ambiente particular que produce una importante “oferta ambiental” para las actividades de recolección, pesca y caza de las poblaciones indígenas de la región. Esta cualidad ambiental desde el punto de vista de las modalidades domésticas de producción y reproducción no es incluida en los análisis de impacto de los proyectos en cuestión.
Por otra parte, el programa Desarrollo Integral del Departamento Ramón Lista (DIRLI) fue llevado a cabo en el mismo ámbito durante 19972002, sin que la “regulación” de la dinámica del río y el bañado, al menos en dicho sector de la cuenca baja, permita realizar previsiones sostenibles respecto a la estabilidad de los asentamientos. Debe tenerse presente que el objetivo principal de dicho programa, ha sido la construcción de quinientas viviendas en distintas comunidades del departamento Ramón Lista, Formosa. Una cifra de importantes dimensiones, al menos para la región (Programa DIRLI, 1998). La construcción de tal cantidad de viviendas, objetivo sólo cumplido a medias, ha sido desde la propia formulación de sus objetivos (en los que se reitera la categoría de desarrollo sostenible) una contradicción. En un contexto caracterizado por la dinámica hídrica mencionada anteriormente, el asentamiento mediante viviendas estables atenta contra la dinámica misma del funcionamiento demográfico y económico de la población. En este caso, la sostenibilidad del proyecto queda reducida a variables “participativas” en el diseño de las viviendas y en la producción de las mismas (aunque un estudio pormenorizado, tampoco daría cuenta del cumplimiento de este postulado). Por otra parte, en lo referente a la formulación del Programa mismo, es decir de sus objetivos, dicha participación ha sido nula.
Discursos de la integración: el corredor bioceánico
Otro proyecto que pretende acompañar el proceso de valorización capitalista de la región es el denominado corredor bioceánico Atlántico-Pacífico que involucra obras de infraestructura, principalmente vial, en distintos tramos de la cuenca. Este proyecto posee antecedentes ya desde 1977. Así, en una reunión de abril de aquel año, efectuada entre los gobiernos dictatoriales de Videla y Stroessner, se acordó avanzar en la construcción de la ruta provincial Nº 17 entre Tartagal y Misión La Paz pasando por la localidad de Tonono. Desde entonces este proyecto se concebía para dar salida a la producción paraguaya por el puerto chileno de Antofagasta.
También se puede buscar algún antecedente de este proyecto en Salta en los años 1986-1987 durante la gestión del gobernador Roberto Romero. En esta etapa el proyecto de ruta entre el Pilcomayo y la ruta 34 tenía al menos dos versiones: una entre Campo Duran y Santa Victoria pasando por Santa María y la otra el anterior trazado entre Tartagal y Misión La Paz pasando por Tonono. En ese momento el proyecto vial coincide con un proyecto de regularización territorial del lote fiscal 55 que favorecía las pretensiones de un grupo de pobladores criollos agrupados en la cooperativa “Pilcomayo”. En esta coyuntura el proyecto se presentaba como la posibilidad de integración al mercado regional para el mejor desarrollo de los establecimientos agropecuarios allí asentados (Municipio de Santa Victoria Este, Salta).
Además, en el área del Gran Chaco podemos detectar una serie de proyectos viales, en diverso grado de ejecución, los cuales se constituyen como antecedente de la red vial que hoy se plantea en términos de configuración de espacio Mercosur. Uno de ellos, consiste en la construcción –ya avanzada– de la ruta que une la ciudad de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) con la frontera Argentina en Pocitos (Salta) y empalma con la ruta 34, que la une a la ciudad de Salta pasando por Tartagal.[7]
Existe también un viejo proyecto que promueve la construcción del corredor por la ruta 81. Este proyecto pretende unir, en mejores condiciones viales a las existentes, a la localidad de Embarcación (Salta) con localidades a lo largo de la provincia de Formosa, por lo que se constituye en preferencial para esta última. En Formosa, sólo está pavimentada hasta unos kilómetros más allá de la localidad de Las Lomitas.
En el Chaco boreal paraguayo, la ruta transchaco que parte de Asunción sólo llega hasta la zona de Mariscal Estigarribia, y de allí hacia las proximidades del punto tripartito en Pozo Hondo sobre el Pilcomayo hay unos 300 kilómetros de caminos de tierra poco transitables principalmente en períodos de lluvias.[8]
Desde su formulación inicial, el llamado “corredor bioceánico” viene siendo justificado como un intento por superar las barreras espaciales que entorpecen la circulación de bienes y como una estrategia efectiva para una mejor integración territorial del Gran Chaco en el Mercosur. La alternativa que nos ocupa sería la ruta que, uniendo puertos chilenos con brasileños, cruzaría el Gran Chaco y en él la frontera argentino paraguaya entre dos localidades ribereñas del río Pilcomayo: Misión la Paz (Argentina) Pozo Hondo (Paraguay).
Es en este contexto que en 1995 la provincia de Salta en alianza con el departamento de Boquerón (Paraguay) y por los acuerdos multinacionales que impulsarían el corredor bioceánico, inicia la construcción del puente internacional Misión la Paz-Pozo Hondo, el cual se constituiría en uno de los pocos cruces viales a lo largo de todo el río Pilcomayo.
Los discursos oficiales se han referido permanentemente al “progreso” que significará esta obra para toda la región y especialmente para los pobladores de la zona, argumentando sobre la importancia estratégica que tendría este paso.
La traza del “corredor” tiene tramos que se transitan comercialmente desde hace muchos años en sus dos extremos: en el área del Pacífico entre Salta y el puerto chileno de Antofagasta y en el área del Atlántico entre centros industriales y puertos como São Paulo o Curitiba y Paraguay o el nordeste argentino. Sin embargo, en su zona media, en la región chaqueña, existe un tramo de aproximadamente 500 kilómetros con caminos muy precarios intransitables aun para vehículos pesados en el período estival a consecuencia, principalmente, de las lluvias. Este tramo es precisamente el que cruza el río Pilcomayo y se extiende desde la ruta 34 en la provincia de Salta hasta la localidad de Mariscal Estigarribia a más de 300 kilómetros de la frontera con Argentina en el Paraguay.
Bajo estas condiciones el puente internacional sobre el Pilcomayo que une las localidades mencionadas de Misión La Paz y Pozo Hondo, y habiendo transcurrido ya trece años de su construcción, es prácticamente un puente sin ruta, una especie de símbolo del “progreso” pero que no cumple funciones reales de articulación vial.
El puente fue financiado con fondos que administra la provincia y la obra se adjudicó a una empresa constructora de Salta, en otras palabras, los límites, fundamentos y controles de la obra no exceden ámbitos locales. Esto explica en parte su simbología en tanto proyecto no sustentable. Mientras que construir una ruta de 500 kilómetros requiere financiamiento internacional, la obra fue el producto de una decisión provincial no contemplada en planeamiento nacional e internacional alguno. Una obra de tal implicancia (la funcionalidad de un puente para un trazado vial de semejante tamaño) requiere de financiamiento internacional. Los organismos internacionales de crédito imponen condiciones que deben ser superadas, por ejemplo, la de realizar un estudio de los impactos sociales y ambientales que tendría la obra para poder evaluar la conveniencia de su realización (independientemente de la crítica susceptible de hacer hacia dichas evaluaciones. Al ser un proyecto provincial específico para la construcción del puente no sólo se eludió la evaluación de impacto sino también el análisis de su factibilidad en tanto inversión integrada a un programa de mayor envergadura.
Desde el comienzo de la construcción del puente surgieron numerosos conflictos en el área principalmente para las comunidades aborígenes. Estos conflictos mostraban con claridad los aspectos no contemplados del proyecto, principalmente su impacto sobre el reclamo territorial que las comunidades indígenas vienen realizando en la región desde la emergencia de la democracia.
Asociado a la construcción del puente se puede mencionar el proyecto de puesto de control fronterizo y sus obras complementarias que elaboró y presupuestó la provincia de Salta[9]. El plan de trabajo para la ejecución del proyecto estaba diseñado en dos etapas. Una primera etapa que contempla la construcción del puesto de control propiamente dicho, cinco viviendas para el personal destinado al puesto, un casino de gendarmería para albergar los efectivos afectados a la zona, la apertura y perfilado de las calles de cuatro manzanas cordón cuneta y pavimentado, captación en tanque de reserva y red de distribución de agua, red de energía eléctrica y alumbrado público, plaza y “monumento al aborigen”. Una segunda etapa que prevé la construcción de una iglesia, la escuela, un centro deportivo-recreativo, centro de salud, área comercial, más viviendas para el nuevo personal y ampliación del trazado urbano. Esta etapa aún no fue presupuestada.
Por nuestra parte pudimos observar en aquellos años que la obra, denominada Misión la Paz en el plano de urbanización, no tomaba debida cuenta del asentamiento preexistente que le da nombre como tampoco de los grupos wichí, chorote, chulupí y aun de algunos criollos que viven en la misión y sus alrededores.
Dos cuestiones requieren ser mencionadas respecto al proyecto. En primer lugar, casi toda la primera etapa y la cabecera del puente se pretendieron construir sobre una gran parte de los campos de cultivo comunitarios, lo que significa un impacto negativo sobre la capacidad alimentaria de la población de la comunidad de Misión La Paz. Esta decisión fue tomada unilateralmente por la provincia sin prever alternativa alguna y menos aún un estudio sobre el impacto alimentario del proyecto.
En segundo lugar, la extensión del damero del proyecto urbano de la segunda etapa estaba pensada sobre lo que actualmente es el espacio de ocupación de las viviendas de la misión. A esto hay que sumarle el hecho de que la falta de acuerdos del gobierno provincial con los miembros de la comunidad alimentaba distintas versiones sobre el destino de la misión incluyendo la posibilidad de una relocalización compulsiva. Esto generó una gran incertidumbre y fundamentaba las sospechas que la comunidad tenía con respecto a las intenciones del gobierno, en palabras de David González (†) cacique por aquellos años de la misión:
Estoy preocupado, tengo miedo, que nos echen a otro lado... que significa eso, aquí esta el campo de nosotros y después quieren que nosotros lo abandonemos y después nos cambien más adentro. Allá no sirve, el agua es salada, allá no sirve para sembrar, allá no hay pescado, entonces ¿qué vamos a comer? Esto significa la muerte, buscan la forma para que morimos ¿te das cuenta?[10]
El conflicto
Hemos mencionado que uno de los proyectos de regularización territorial para pueblos originarios de la Argentina es el referido al denominado “lote fiscal 55” de la provincia de Salta. Desde 1987, año de promulgación de una ley de “regularización” sobre dichas tierras hasta la actualidad se produjeron distintas situaciones de conflicto que aún están vigentes.[11] Al calor del conflicto por la tierra se formó en 1992 la Asociación de Comunidades Aborígenes Lhaka Honhat, en el Municipio de Santa Victoria Este con representación de los pueblos wichís, chorotes, nivaklés, tobas y tapietes, y el objetivo de obtener el título de propiedad de la tierra para las comunidades (Trinchero, 1989; De la Cruz, 1989; Carrasco y Briones, 1996).
En 1993, por decreto, el gobierno provincial crea la Comisión Asesora Honoraria para la Regularización Jurídica de los Asentamientos Poblacionales en el Lote Fiscal 55, para definir la modalidad de entrega de tierras.
Durante más de dos años con la comisión integrada por representantes del gobierno provincial, de la Universidad Nacional de Salta (UNSA), varios asesores técnicos, delegados del Lhaka Honhat, representantes criollos, se desarrolló una propuesta consensuada para la distribución de las tierras y cuyo trámite demoró varios años.
Luego de que asumiera el nuevo gobernador justicialista en los primeros meses de 1996, se intentaron todo tipo de gestiones a través de representantes de las comunidades, tendientes a poner en marcha el proyecto de entrega de tierras que se había elaborado en el marco de la comisión. Pero todos los intentos fracasaron sistemáticamente e incluso el gobierno decidió que había que hacer nuevos estudios y que la propuesta de la comisión le parecía inviable.
Esta actitud de gobierno, junto a las obras del Puente produjo gran malestar en las comunidades y definió la urgente necesidad de un plan de lucha. Desde la organización de los pueblos originarios se decidió como primera medida la toma pacífica del puente internacional Misión la Paz-Pozo Hondo con la presencia y el apoyo de todas las comunidades de los lotes fiscales 55 y 14 como también de representantes aborígenes de Formosa, Chaco, Santa Fe y grupos del Chaco Paraguayo y Chaco Boliviano, además con la solidaridad de numerosas organizaciones nacionales e internacionales.
En la mañana del 25 de agosto más de mil personas tomaron el puente internacional y con ello iniciaron la protesta más importante que jamás hayan manifestado las comunidades del área. También aquella mañana se ponían en marcha lo que luego serían veintitrés días de intensa presión, de permanente negociación, y de una costosa resistencia, dadas la gran concentración indígena, las dificultades para conseguir alimentos, la falta de atención médica,[12] que minaban la resistencia de ancianos, hombres, mujeres y niños, dejando el terrible saldo de cuatro menores muertos.
Lo que las comunidades exigían es que el gobierno cumpla con lo establecido en la Constitución Nacional cuando reconoce los derechos indígenas a las tierras que tradicionalmente ocupan (artículo 75, inciso 17) y con la ley de 1987 Nº 6469 de “regularización dominial” y los sucesivos decretos de reglamentación. Que cumpla con esta normativa respetando los acuerdos alcanzados a partir de la comisión que creara el decreto provincial Nº18/93.
Pedían en el lugar la presencia del gobernador y la firma de un decreto que pueda garantizar la entrega de tierras de acuerdo a ocho principios que se aprobaron en las asambleas realizadas en esos días en Misión la Paz con una masiva participación.[13]
Con el correr de los días crecía la certeza de que el gobierno buscaría todas las formas de debilitar el acto de protesta para tener una posición más ventajosa a la hora de negociar. La gendarmería presionaba permanentemente y amenazaba con conseguir una orden judicial para desalojar el puente. La gendarmería paraguaya al tercer día de ocupación efectúo más de cien disparos con armas de fuego en clara actitud intimidatorio. La empresa constructora presionaba y pedía que intervenga alguna autoridad que les garanticen poder seguir trabajando. Desde medios de prensa escritos y radiofónicos regionales y provinciales se presionaba para la desmovilización de los aborígenes.
Funcionarios como el presidente del concejo deliberante de Tartagal exponían teorías conspirativas que pretendían involucrar intereses europeos para dificultar la integración regional y el Mercosur. Planteaban intentos separatistas tendientes a crear una nación indígena en el área involucrando a territorios en Bolivia y Paraguay.
Desde la Secretaría de Desarrollo Social de la provincia se pedía que los aborígenes se organicen en “consejos comunitarios” para poder fijar criterios de negociación con el gobierno desconociendo de este modo la existencia de aquellas formas organizativas que las propias comunidades se estaban dando.
Sin embargo, el objetivo era claro y la determinación de los aborígenes muy firme. Sumado a la solidaridad de numerosas organizaciones hizo posible para las comunidades mantener la protesta, a pesar de tantos inconvenientes, durante más de tres semanas.
A los veintitrés días de toma se presenta el ministro de gobierno (acompañado por un comandante, el secretario de seguridad) y se realiza una asamblea en donde se discutieron los distintos puntos de vista, habla el ministro y varios de los caciques más representativos. Pese a las reticencias del representante de gobierno y a propuesta de la asociación se firma un acta de compromiso en donde se reconoce a la Asociación de comunidades, el gobierno se compromete a promulgar un decreto en un lapso no mayor de treinta días en el que se establezcan etapas y plazos para resolver la tenencia y distribución de tierras de los lotes fiscales 55 y 14, y se consulte a las comunidades afectadas antes de realizar los proyectos de cabecera y acceso al puente internacional.
Los treinta días pasaron sin que el gobierno provincial cumpliese con el compromiso firmado ante las más de mil personas que ocupaban el puente, y en los muchos encuentros posteriores no se llegó a un acuerdo para la confección del decreto. En las comunidades cundía el desasosiego al sentirse nuevamente víctimas de dilaciones y negativas de gobierno.
Mientras tanto el gobierno pone en juego la posibilidad de un proyecto a su juicio más viable que consiste en entregar la tierra parcelada por comunidades, lo que en los hechos por lo menos significa desconocer el arduo trabajo anterior y empezar todo de nuevo con una propuesta a la que se niegan las comunidades.
Las treinta y cinco comunidades en un comienzo mantuvieron su postura planteando la entrega con un titulo único en defensa de su organización y de un mejor aprovechamiento de los recursos que ofrecen el monte y el río.
Este largo proceso de desgaste de las organizaciones indígenas fue acompañado por medidas de gobierno que apuntaron a la división de la organización de las comunidades. Para ello se inició un proceso restringido de entrega de fracciones de la tierra reclamada con título único a familias criollas y a comunidades que aceptarían un título individual por comunidad.
Ello dio lugar a dos posturas al interior de la Asociación: comunidades que continuaban sin aceptar esta política del gobierno y otras que decidieron negociar por comunidad. La decisión de la Asociación fue no aceptar ninguna entrega de tierras fuera del acuerdo logrado de unificación territorial fue acompañada al mismo tiempo por la postura de no permitir ningún tipo de proyecto de intervención para las comunidades si antes no se aceptaba la entrega en aquellos términos. Esta postura significó para el gobierno una herramienta de fuerte impacto dadas las condiciones de precariedad en todos los órdenes (salud, educación, vivienda, trabajo, etc.) de las comunidades ya que le permitiría a las autoridades gubernamentales generar diferencias al interior de la asociación por la vía de acuerdos específicos más allá del reclamo territorial.
Luego de la toma del puente y ante el incumplimiento de lo firmado por el gobierno en el acta que permitió el levantamiento de la toma, la Asociación Lhaka Honhat decidió hacer una denuncia a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con el objetivo de frenar la construcción de las obras del puente y las complementarias exigiendo la regularización territorial previa. Sin embargo, más allá de estas denuncias, la comunidad de Misión La Paz decide acordar directamente con las autoridades la continuidad de la construcción del puente internacional y el puesto fronterizo a cambio de la obtención de viviendas y en otras comunidades por la entrega parcial de tierras.
Dividida la resistencia indígena, el proyecto del puesto fronterizo adquiere un nuevo dinamismo y los imaginarios sobre el desarrollo de la región vuelven a los titulares de los medios de comunicación regionales.
Del lado paraguayo, la localidad de Pozo Hondo fue planificada como una futura ciudad comercial. En una infografía plano publicada por el periódico ABC Color, se define para la urbanización un centro comercial, un centro administrativo, una zona industrial, zona habitacional, y accesos para tránsito pesado y tránsito liviano. El 25 de julio de 1999 el mismo diario titulaba “Pozo Hondo se convertirá en la ciudad más comercial del país”.
En una entrevista que realizamos en 1995 a un funcionario de la Administración Nacional de Navegación y Puertos (ente a cargo del control fronterizo en Pozo Hondo) nos decía:
Tengo mucha experiencia en esto, yo estuve en Ciudad del Este cuando era casi un descampado y mire lo que es hoy. Pozo Hondo será tanto o más que Ciudad del Este, en pocos años sé vera el crecimiento. Esto es el centro del corredor bioceánico que unirá el Mercosur.
Es que terminado de construir el puente y con el inicio de las obras del puesto de control fronterizo en Misión La Paz (Argentina), se buscó darle impulso a la urbanización de Pozo Hondo. Se abrieron las picadas, futuras calles en damero, se instaló una delegación municipal, registro civil, una comisaría, un expendio de combustible, un “mercado” para puesteros y se comenzó el loteo de la localidad.
A partir de la crisis de 2001 en Argentina este proyecto perdió dinamismo, nada nuevo se construye, los comerciantes en su mayoría se fueron, no hay interesados en los lotes, no circula el servicio de transporte a Asunción que había iniciado su recorrido en 1999, y tomó fuerza la alternativa del corredor a Chile por Bolivia por lo cual los camiones pasan de largo a varios kilómetros de Pozo Hondo. Esta declinación del proyecto se inicia sobretodo después de la crisis argentina de diciembre de 2001, y la devaluación del peso argentino estableció una relación desfavorable para la venta de productos paraguayos, lo que frenó toda actividad comercial.
En tanto en la cabecera del lado argentino y a partir del proceso mencionado anteriormente, lo concreto ha sido el desarrollo del puesto fronterizo de significativa magnitud en el marco de un desgaste de la organización de los pueblos originarios de la región. Efectivamente, después de diez años el puente internacional sigue siendo un puente sin rutas, las mejoras en infraestructura, al menos para la población local, no llegaron, los desarrollos urbanísticos de un lado y el otro de la frontera quedaron truncos, la regulación dominial no se hizo efectiva y el área en términos generales presenta las mismas carencias que en los años de construcción del puente.
A modo de conclusiones provisorias
El corredor bioceánico, en el discurso político prevaleciente, posibilitaría la libre circulación de bienes, se argumentaba que parte del comercio del Mercosur pasaría por el puente. Sin embargo y, mas allá de discursos altisonantes sobre el desarrollo de la región, lo que era posible evaluar incluso desde el sentido común, era su posible impacto como una vía de paso y que nada indicaba la emergencia de algún impacto positivo sobre las enormes carencias infraestructurales del área. En teoría el puente uniría mercados, capitales, puertos, pero nada se mencionaba sobre la situación de la población local. Al contrario, la instalación de puestos de gendarmería y otras instituciones ligadas al control aduanero, ha tendido a generar, entre otros aspectos, una agudización de los controles fronterizos sobre la población cuya reproducción de la vida depende en gran parte de los vínculos transfronterizos con comunidades semejantes en el lado paraguayo y boliviano.
El reclamo territorial de los pueblos originarios, al menos en este caso, se enfrenta al modelo de expansión de la frontera agraria. Al inicio de este texto se comentaba el proceso de expansión agraria (sojera y porotera) en el Departamento de San Martín en Salta. En los últimos años dicha expansión se ha dado sobre los dos ejes que representan las dos alternativas para unir Tartagal con Misión la Paz: las rutas nacional 86 por Tonono y la provincial 54 por Campo Duran, en un proceso que penetra entre 40 y 50 kilómetros desde la ruta 34 para el este (una zona considerada hasta no hace mucho tiempo agronómicamente inviable para cultivos de escala) con capitales nacionales pero también en gran medida chilenos y australianos. Además, se hacen intentos de diversificación de cultivos siendo los más importantes el algodón en los años 2000 a 2003 y actualmente maní.
Por otro lado, se dio una gran expansión del cultivo de soja en el Chaco boliviano con participación mayoritaria de capitales argentinos. Esto es interesante por que aporta a entender el fortalecimiento de la alternativa de corredor bioceánico por Paraguay y Bolivia.
En definitiva, la triple frontera Argentina-Bolivia-Paraguay adquiere un dinamismo económico particular en la actualidad tal vez no previsto durante la emergencia del Programa de Regularización de Tierras en la década de los 80. De allí que lo antes se consideraba una política de “reparación histórica” hacia las comunidades de los pueblos originarios, paulatinamente fue visto como un obstáculo al desarrollo agropecuario capitalista. Las obras, concebidas como proceso de integración del Mercosur a partir del denominado Plan Maestro, terminan configurando una situación de exclusión de dichas comunidades para un desarrollo que las contenga en función de sus demandas económicas, políticas y culturales. Mientras se erigen discursos de integración, lo concreto es la regulación fronteriza que lejos de favorecer la integración transfronteriza de los pueblos se configura como un modelo de control social frente a sus reclamos.
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MINERÍA Y PROCESOS IDENTITARIOS EN LA CUENCA ALTA DEL RÍO PILCOMAYO, ARGENTINA
Elena Belli[14] y Ricardo Slavutsky[15]
Introducción
En Argentina, la cuenca alta del río Pilcomayo abarca una vasta zona que desde el punto de vista administrativo incluye los departamentos de Rinconada, Santa Catalina y Yavi en la puna jujeña, a través de los ríos Grande de San Juan, Granadas, Orosmayo, Coyaguaima, Santa Catalina, entre otros.
Este territorio estuvo articulado dentro de los circuitos de intercambio alto andinos hasta avanzado el siglo XIX.
No obstante la preeminencia del modelo de estructuración del “espacio andino” planteado por Assadourian (1982) en torno a las minas potosinas durante todo el período colonial y el comienzo del republicano, resulta interesante indagar en las formas especificas por las cuales cada territorio se fue configurando, tanto con relación al “modo de producción” hegemónico, como en función de sus peculiares recursos naturales y procesos socio históricos.
En esta perspectiva, Teruel y Gil Montero (1996) y Gil Montero (2006) realizaron un estudio demográfico y ocupacional a través de los distintos registros censales y, recuperando la perspectiva tomada por Boman (1991), postularon dos espacios diferenciados: la Puna de Jujuy y la de Atacama.
Sin embargo, en función de criterios históricos políticos y económicos es posible distinguir en la actualidad tres espacios: 1) Susques, o la denominada Puna salada, por sus condiciones naturales y la integración tardía al Estado Nacional; 2) Yavi y Cochinoca, por la impronta que dejara su pertenencia al Marquesado de Yavi; 3) Rinconada y Santa Catalina, por la existencia de importantes yacimientos metalíferos,[16] que atrajeron desde fines del siglo XIX trabajadores mineros especializados de Bolivia y desde la década de 1930, por la instalación de un importante enclave minero.
Estos criterios de diferenciación no pretenden ser exhaustivos, y mucho menos afirman delimitaciones precisas. Por el contrario, se desarrollan dentro de los grandes procesos hegemónicos, que regulan las relaciones entre los distintos espacios y al interior de los mismos. Sin embargo, constituyen peculiaridades significativas que permiten una mejor explicación y comprensión acerca de cómo la población local se reproduce socialmente y construye formas de identificación.
Este artículo se focalizará en el departamento de Rinconada donde se encuentran los yacimientos metalíferos de Pirquitas, que desde las primeras décadas del siglo XX fueron explotados en forma intensiva por la empresa Mina Pirquitas, hasta fines de la década de los ochenta en la cual presentó la quiebra. Actualmente, está siendo reactivada a través de la inversión de capitales transnacionales.[17]
Nuestro objetivo es indagar sobre el impacto que los emprendimientos mineros de tipo capitalista han tenido sobre los modos identificación de pueblos cuyo sustento estuvo ligado hasta principios del siglo XX a la actividad agropastoril y minera artesanal de tipo doméstico, y a una participación marginal en algunos circuitos de comercialización.
Sobre los procesos de formación de identidades
En la actualidad, la mayor parte de los pueblos de la puna se reconocen como kollas (en la encuesta complementaria del censo de 2001 sobre pueblos aborígenes se autoadscribieron como kollas, 53.019 personas en las provincias de Salta y Jujuy). Una denominación que proviene tanto de la recuperación del ideario del Estado Inca como símbolo de la autonomía indígena frente a la dominación, en la concepción de los dirigentes indianistas, como de la discriminación y el racismo que impuso este nombre genérico y con un sentido despectivo (a la manera de un estigma), para legitimar la explotación y la “misión civilizatoria” de occidente.
Este etnónimo, sin embargo, encubre procesos históricos y sociales que al mismo tiempo homogenizaron y diferenciaron las experiencias, y si bien lo posicionan como un significante de identificación, sobre todo en términos etnopolíticos –los pueblos kollas–, remite a componentes constitutivos –demográficos, laborales, cosmogónicos– que se amalgaman fundamentalmente frente a las múltiples opresiones y a través de la participación en distintas organizaciones de resistencia y lucha.[18]
Existe, sin embargo, una tensión conceptual entre las comunidades entendidas como unidades sociales y productivas basadas en el territorio y el parentesco, y las “neocomunidades”[19] que por el mismo proceso histórico, se mantienen como referentes territoriales de bastas redes de parentesco extendidas donde se combinan distintas formas de inserción laboral, niveles educativos y residencias.[20]
Se trata, más bien, de un desafío que deben resolver las organizaciones indianistas, para consolidar su posición como agentes sociales y políticos con un proyecto propio y transformativo para si mismos y el conjunto de la sociedad.
Desde esta perspectiva, descubrir la experiencia histórica ¿de dónde venimos?, ¿qué hicimos?, ¿cuáles fueron y son las relaciones sociales en las que estamos inmersos?, ¿por qué creemos y pensamos como lo hacemos?, son preguntas que contribuyen a la construcción de un colectivo de identificación que permite comprender nuestras diferencias y desigualdades, y emprender un camino emancipatorio de aquellos factores que actúan como fantasmas opresivos en nuestro accionar.
En general, los estudios antropológicos sobre la puna argentina han tenido dificultades para describir y analizar las complejas relaciones entre las prácticas laborales, el mundo de la reproducción social real, y las creencias y rituales que potencian su sentido[21]. Posiblemente, como consecuencia de las limitaciones teóricas o los obstáculos ideológicos, las imágenes producidas fueron construcciones que no recuperaron lo contradictorio de la experiencia de los dominados. La dificultad de constituirse como sujetos “completos”, justamente porque la negación del dominio sobre sus condiciones materiales de existencia, el terror a la represión de los “patrones abusivos dueños de la tierra”[22] obstaculiza la autodeterminación en sus acciones y la narración de su historia.
En este sentido, la antropología desarrolló un conjunto de relatos principales:
Por un lado, aquellos textos que remiten a creencias y rituales como causas necesarias y suficientes para explicar las acciones. Este tipo de trabajos dejan fuera la experiencia histórica de las personas no sólo en su transformación, sino también como objeto que se inscribe en la conciencia, y debe ser comprendido y explicado.
Por otro lado, aquellas producciones que interesadas en desentrañar los mecanismos perversos de la explotación, pero que eluden o minimizan las formas resistentes basadas en la tradición.
Estas construcciones fueron el camino que llevó a los estudios antropológicos a la discusión de una falsa dicotomía entre la existencia o no de comunidades, en su forma ideal, en la puna argentina, y que se continúa con la teoría de la “reinvención del indio” y la aboriginalidad.[23]
Aquellos que ponderan la difusión de creencias desde centros que irradian mitos constituyentes. Aquí, se diluye la historicidad concreta.
En definitiva, estos relatos antropológicos postulan y buscan construir identidades con características propias y definidas sobre las que pueden operar o no mecanismos transformativos, en especial provenientes del estado y la producción.
No se toma en cuenta, una trayectoria de investigación que va desde Fanon hasta Bhabha, sobre la situación de los oprimidos, y que hace hincapié en el hecho de que las identidades subalternas se sitúan en el campo de la incertidumbre. La condena al silencio y la negación.
La metáfora del quiebre del cuerpo del Hombre negro bajo la mirada vigilante del Hombre blanco, elaborada por Fanon (1986), o la del arte de la invisibilidad, que Bhabha (2002) toma de un poema de una mujer esclava norteamericana, describen las condiciones de subjetividad en las cuales se producen la gran mayoría de las personas sometidas por la maquinaria represiva de los estados y la producción capitalista.
Aun cuando las identidades operen “bajo borradura” (Grossberg, 2003) y sean necesarias políticamente, hay que liberarlas de sus componentes represivos para poder diferenciar entre aquello por lo que estamos dispuestos a luchar para transformarnos y transformar el conjunto de las relaciones sociales, y lo “otro”, que nos determina, el conjunto de mecanismos opresivos naturalizados, que nos devuelve una imagen tranquilizadora, pero falsa, de que “así somos”.
El caso de la minería en parte de la puna jujeña ofrece una alternativa para pensar estas cuestiones, porque su negación como actividad productiva y social central para los indígenas campesinos puneños desde comienzos del siglo XX,[24] constituye un síntoma (Žižek, 2003) de la identidad imposible de las “comunidades indígenas”.
El reconocimiento de que en su gran mayoría, los campesinos indígenas estuvieron insertos dentro de relaciones sociales de producción capitalistas dentro de los grandes enclaves mineros, y que en ese proceso, lucharon como “proletarios” por mejores condiciones salariales y laborales, redefinieron su ideal cultural y sus prácticas, puede contribuir, creemos, a la superación del obstáculo que impone la afirmación de “una identidad” liberada del principio de realidad.
Rinconada: el desarrollo de la minería y la construcción de espacios sociales
En 1594, el gobernador Francisco de Argañaraz realizó una campaña contra los aborígenes de las Serranías de Rinconada, y sometió a los indígenas al Curato de Cochinoca y Casabindo.
Las informaciones son imprecisas: “Los datos sobre los atacamas de la Puna de Jujuy son todavía más vagos. Los españoles parecen no haberse percatado de que eran atacamas. La región que ellos habitaban era además tan árida, tan fría, tan desierta y tan bien oculta en el laberinto de las montañas del altiplano que ofrecía poco atractivo, sin duda para la codicia de los españoles. Sobre todo han debido de ser olvidados porque eran pacíficos y no atraían la atención por rebeliones o guerras; seguramente se sometieron sin resistencia. Se ignora, efectivamente, la época en que los españoles tomaron posesión de la región. Lozano-Machuca (222, p. XXIV) había enviado a un cierto Pedro Sande para explorar las minas y estudiar, desde el punto de vista práctico, a los indios de Lipez. Sande informó que los indios vecinos de los indios de guerra Omaguacas y de Casabindo, venían a Potosí bajo el nombre de Atacamas para intercambiar su ganado y otros productos contra mercaderías, probablemente, coca… Esta información sólo puede corresponder a los indios de Rinconada, Cochinoca y Casabindo” (Boman, 1991: 74).
Con la entrega de encomiendas y mercedes, matrimonios y herencias se generó el mayor latifundio de la Puna: el Marquesado de Yavi y Tojo (Madrazo, 1982) y se introdujo un factor de diferenciación social entre pueblos que estaban seguramente relacionados por el parentesco y el intercambio.
Luego, la avidez por el oro y la constatación de su existencia en las cercanías de Rinconada contribuirá a profundizar estas diferencias entre la puna oriental, perteneciente al marquesado y la occidental.
Esta división quedó materializada en la formación de tres grandes fincas a fines del siglo XVIII (Cardozo, 2000): San José de la Rinconada, San Juan y Granado, y Pozuelos Carahuasi, esta última perteneciente al marquesado.
Para el momento colonial, se han hallado restos que indican la explotación de yacimientos auríferos por parte de los jesuitas, registrados por numerosos informes de geólogos y viajeros, que dan cuenta de importantes asentamientos humanos. Jutoran afirma: “Existen trabajos jesuíticos ejecutados en la veta Farellon, donde se observa un laboreo semejante a todos los efectuados en la época de la colonia, sobre todo en el noroeste de nuestro país, en Farellon, también se observan los trabajos, como lo atestiguan el cúmulo de materiales removidos y derramados sobre sus faldeos al pie de la quebrada homónima, profundamente encajados y con aguas durante todo el año.
En las zonas aledañas del cateo Guadalupe, en las adyacencias de la Quebrada Delgada que hace de límite político de los departamentos de Cochinoca y Rinconada, se puede observar la existencia de una población hispánica en ruinas. En ella se puede ver como testigos mudos de una época, casas destechadas pero manteniéndose sus paredes en pie, hornos donde fabricaban el pan, corrales para los animales, etc.
El número apreciable de edificaciones da idea de una ubérrima población calculada en no menos de tres mil almas. Es perfectamente factible discriminar la composición social de esa antiquísima población, que vivió de los trabajos en los placeres auríferos exclusivamente.
Podemos considerar tres grupos de viviendas cuya construcción ofrece apreciables desemejanzas. Uno de habitaciones más amplias con patio; otro sin patio y alejado del anterior, seguramente para vivienda de los indígenas; y finalmente ocupando el centro del poblado se distingue el barrio eclesiástico constituido por la capilla y edificaciones para los sacristanes.
Como dijimos, esta villa o poblado vivía del lavado del oro y así lo atestigua el enorme cúmulo de materiales removidos durante esa época, las intactas acequias con sus trampas para retener el oro, construidas con lutitas del lugar, algunos rudimentarios diques constituidos con piedras eran los encargados de apresar el líquido para distribuirlo por los canales que el tiempo no pudo destruir” (Jutoran, 1958: 2, 3).
Según Vergara, Rinconada fue erigida curato por el obispo Moscoso y Peralta en 1773, y comprendía río San Juan, río Grande Urusmayo hasta Antiguyo.
Para comienzos del siglo XVIII dice, siguiendo el informe del gobernador Urizar al Rey en 1719:
El pueblo de Cochinoca era similar al anterior (Humahuaca) pero más pequeño. Tenía 106 feudatarios con sus familias que sumarían unas setecientas personas, más los libres y españoles que darían un total de ochocientas personas. Aunque este pueblo era numeroso no gozaba de la libertad económica y cultural de Umaguaca, pues era muy escasa la propiedad privada, absorbiendo la mayor parte del trabajo y su fruto, como del comercio, su señora feudal que en 1719 era la marquesa del Valle de Tojo, nieta del Maestre de Campo don Pablo de Ovando. Unido, en todo lo concerniente a la propiedad y economía, estaba Casabindo; ambos pueblos donde hoy están. Pero Casabindo en estos años tenía más población, en constante mezcla con la Rinconada, donde se lograba todavía buena porción de pepitas de oro. Toda esta zona se llamó en los dos siglos anteriores Valle Rico. Casabindo tenía 151 indios feudatarios, con más o menos mil personas que añadidas a las de origen español sumaban hasta mil doscientas. Aquí, ahora, había más comercio de pieles y telas que fabricaban y curtían los naturales principalmente del actual Santa Catalina. Veinticinco años después Cochinoca no disminuyó en importancia general, mientras que Casabindo y Rinconada sufrieron despoblación paulatina. (Vergara, 1934: 183)
En el padrón de 1778, según Cardozo (2000), el curato de Rinconada tenía mayor porcentaje de españoles que el resto de la región puneña debido a la atracción que causaba la existencia de oro, y según la misma fuente, en 1799 un funcionario español, Rafael de Luz, afirmaba que se extraían 5.000 onzas de oro de las minas de Rinconada.
Los estudios de demografía histórica realizados por Teruel y Gil Montero (1996) y Gil Montero (2006) dan cuenta de la composición de la población puneña desde comienzos del siglo XVIII. Señalan que la actividad textil y la ganadera eran las más importantes en todos los departamentos, según se desprende del análisis que realizan por grupo doméstico del censo de 1859.
Sin embargo, advierten que en Rinconada, casi un cuarto de los hogares combinan la actividad textil con la minería. Esto significa que la búsqueda y comercialización de oro constituyó un recurso importante y diferencial en este departamento. Como afirman las autoras antes mencionadas, “el oro fue uno de los principales productos de exportación de la provincia a los puertos del Pacífico según lo indicado en el Primer Censo Nacional” de 1869.
Este recurso favoreció la presencia de algunos comerciantes que fueron introduciendo prácticas de explotación más sistemática.
Brackebush, en su relato de viaje Por los caminos del norte, afirma que “muchos indios lavan en las quebradas de la manera más primitiva, con fuente y poruña el metal; el único que trabaja a escala algo mayor y según un sistema más racional, es don José María Gonza, en la Rinconada, en cuya casa recibimos un hospedaje excelente” (225) y describe a Ajedrez
(3.800 m) como “un pueblo que florecía en tiempos pasados por su riqueza en oro” (Brackebush: 227).
Esta situación se va a ir modificando en las últimas dos décadas del siglo XIX por el interés que comienzan a tener los yacimientos metalíferos para el capital internacional relacionado con la generalización del patrón oro (Constant, 1995) y con el desarrollo armamentístico, previo a la primer guerra mundial. En este sentido hay que interpretar la gran cantidad de expediciones científicas y con interés específicamente geológico, especialmente europeas, que se desarrollan en este momento, y que tendrán como resultado por un lado, la preocupación por generar una normativa nacional (Primer Código de Minería) y la creación en 1905 de la sección geología de la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología, y por otro, la formación de un conjunto de empresas mineras de capital mixto que formularán un conjunto de pedimentos y proyectos de explotación.
El Informe sobre la situación de la minería en la Argentina, redactado por E. Hermitte (director de la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología) que esta incluido en el Censo Nacional de 1914, sintetiza el interés del Estado fundado en la expectativa generada por el descubrimiento de los ricos yacimientos petrolíferos en Comodoro Rivadavia en 1907. Plantea como proyecto estratégico para el sector, el desarrollo del Ferrocarril. Estos dos elementos son considerados como fundamentales para la inversión minera: vías de comunicación y combustible.
En este sentido, tal como surge del análisis de los fracasos de las empresas mineras en la Puna a fines del siglo XIX y comienzos del XX, el abandono de los yacimientos se produjo como consecuencia de los altos costos de transporte, la dificultad para mantener en funcionamiento las máquinas y profundizar los socavones, la impericia técnica y las malas administraciones (Constant, 1995).
En la síntesis de Sgrosso (1943) y en los numerosos informes geológicos realizados para la Dirección General de Minas de la Nación, es posible recuperar una idea de la actividad minera en la puna occidental: en general, los pedimentos fueron realizados sobre yacimientos previamente trabajados por los jesuitas, según sostienen los autores. En la mayor parte se instala algún tipo de maquinaria que debió ser llevada a lomo de mula por lo menos desde Abra Pampa según el avance del tendido de líneas férreas, en todos los casos se debieron generar fuentes de energía, construir casas para los mineros, instalar una administración que pagara salarios y comercializara lo producido, y crear alguna fuente para la provisión de alimentos.
El recorrido por las regiones mineras de este territorio (Sgrosso, 1943), da cuenta de los trabajos y la movilización de recursos: en Pan de Azúcar existen piques, galerías y chiflones, hasta una profundidad de 63 metros, se dejaron maquinarias útiles como para seguir la explotación normalmente. Se observa además un campamento con casas en buen estado de conservación.
En la región del Cerro Granadas, distritos de Coyaguaima, Pirquitas, Granadas, Orosmayo, Guadalupe y Antiguyoc, los pedimentos más antiguos son de 1885 en minas de Ajedrez para explotar arenas auríferas. A principios de siglo se formaron las compañías 1 y 2 Orosmayo. Fracasaron y dejaron abandonadas dos grandes dragas, una frente a Orosmayo y otra a un kilómetro al norte de Ajedrez. Se extrajeron 140 kilos de oro. Se siguió explotando por pirquineros que extraían escasa cantidad de oro.
En Santa Catalina, “Gran cantidad de antiguos campamentos han dejado sus vestigios, y es mi parecer que las poblaciones fundadas sobre la misma puna deben su existencia a los aluviones auríferos y a las vetas de cuarzo con oro nativo a la vista” (Sgrosso, 1943: 124).
Los primeros pedimentos fueron los de las minas Jujeña, Buena Vista, Esperanza y Colpayoc, concedidos en 1885 a la sociedad Zambrano y Buitrago, en las que hace pocos años se encontró estaño aluvional, además del oro que se conocía desde antes de la fecha de la concesión. En 1889, Hoskol afirma que existen 61 minas de oro en la provincia: 26 en Rinconada y 33 en Santa Catalina y 2 en otros departamentos. En 1938 había 14 pedimentos (11 en Rinconada y 3 en Santa Catalina). Para esta fecha la actividad de los pirquineros permite la extracción de 80 a 100 kilos de oro.
Hay un socavón de 140 metros por debajo de la plaza de Rinconada. Hacia 1930 se instaló allí, un molino que no dio resultado por su escasa capacidad.
En Santo Domingo, vetas y aluviones cuyos trabajos están inundados.
Es probable que la fundación de Santa Catalina se deba a la explotación de la Mina El Torno (La Perdida), trabajada por los jesuitas que continuó con intermitencias hasta el año 1885, cuando el ingeniero Nelson pretendió intensificar las labores y sufrió inundaciones.[25]
En Farillón había una explotación a cielo abierto mediante rajos de hasta 7 metros de profundidad. Poseía un pozo de 8 metros de profundidad y galerías de hasta 25 metros. En una cañada cercana se abrió un socavón de 180 metros.
El Cóndor, 3 kilómetros al norte de Rinconada, yacimiento de 50 hectáreas, fue objeto de explotación en la colonia y en la actualidad a pequeña escala. A fines del siglo XIX fue explotada por la empresa Nelson y Carlysle. Se empleaban cincuenta obreros que extraían el llampo y lo concentran por medio de canaletas. Desde 1918 hasta 1925 se realizó una explotación a escala regular obteniéndose 200 kilos de oro. Explotada por la Compañía Aurífera Jujeña SRL, en 1940 se extrajeron 7 kilos. Existe un informe de E. Stegman de 1941, que sostiene que es a 18 Km. de Rinconada, por un camino carretero, y relata que la zona aluvional fue trabajada intensamente, ya sea por lo barato de la mano de obra o por las expectativas de riqueza. La Compañía Aurífera es también propietaria de la Mina Santo Domingo y El Carmen. Tenía 41 obreros, de los cuales 33 trabajan en el aluvión aurífero.
Eureka, “cerca de la localidad abandonada de Tagarete, hay muchos pozos de explotación de 30 a 40 metros de profundidad, con los que se alcanza al aluvión inferior. A principios de siglo se efectuaron en la falda este de la sierra diversas labores, la principal constituida por un socavón de 500 metros de longitud que corta primero la arenisca y luego entra en el conglomerado… Debido a la escasez de agua cerca de la mina se construyó una represa en una vega cercana, la que nunca llegó a ser utilizada” (Sgrosso, 1943:139). Fue trabajada entre 1885-1908 y con tentativas de explotación entre 1950-1960.
Rosario de Coyaguayma, “por lo que se observa en el terreno y por las construcciones aún restantes, parece que en este yacimiento se trabajó intensamente y que constituyó uno de los centros mineros más importantes en la época de la colonia” (Sgrosso, 1943: 141).
Si bien no todos estos yacimientos fueron explotados simultáneamente, dan cuenta de la intensa actividad, por cuanto los resultados descriptos (socavones, túneles, piques, viviendas, diques, caminos, etc.) implican un proceso que lleva períodos prolongados de preparación y movilización de mano de obra.
En el censo de 1914, los conglomerados con mayor población del departamento Rinconada eran los correspondientes a los yacimientos mineros, que incluso superan a la cabecera política y administrativa, San José de Rinconada.
El análisis realizado por Constant (1995) en base a los Libros Copiadores de la Compañía Eureka y la Sociedad Minera Ada, ofrece una descripción del conjunto de tareas implicadas en la explotación minera con el nivel tecnológico del momento y las instalaciones involucradas.
Estas fuentes revelan la diferenciación entre los obreros especializados, generalmente, “enganchados” en Bolivia y los trabajadores (peones) encargados del transporte del mineral hasta el lugar donde los/las “palliris” lo aplastaban con un mazo, para efectuar una primer selección, que luego era trasladada hasta las plantas de “beneficio”.
Estos textos documentan varias cuestiones:
El desarrollo de la minería en la Puna implica una compleja construcción socio económica que comienza en Londres, Bruselas o París para terminar en un “almacenero” o contratista responsable del enganche de trabajadores. En este circuito, se intersectan las condiciones estructurales (políticas mineras y oportunidades del mercado, y proyectos estratégicos de los países centrales)[26] con un marco interactivo donde operan los intereses particulares y los mecanismos de poder local, a través de comunicaciones precarias que obstaculizan la fluidez y coherencia necesaria para la inversión minera capitalista.
Este proceso contribuyó a la formación de una “burguesía” minera que reunió contratistas, almaceneros y representantes locales de capitales externos, tal como se evidencia en la composición de las sociedades mineras. También, creó un proletariado minero incipiente y precario, que incluyó el trabajo femenino, y plantea interrogantes respecto de los modos de reproducción social. Si bien en este momento, los emprendimientos mineros no se sostenían en el tiempo, constantemente se generaban otros. Si a ello se suma los métodos compulsivos de retención de la mano de obra estudiados por Constant, es posible hipotetizar una tensión entre el sostenimiento de la unidad productiva agropastoril y la salarización.
El sector que se fortaleció fundamentalmente fue el comercio, no sólo porque se incrementaron las ventas, sino fundamentalmente por ser los operadores locales de las actividades financieras de las minas en lo que respecta al pago de salarios frente a los inconvenientes comunicativos con las sedes centrales de las empresas y a las deudas que contraían los trabajadores y coadyuvaba a su retención.
Las observaciones de Boman (1991) en la primer década del siglo XX sobre la Puna occidental describen este momento de transición en el cual paulatinamente comienzan a actuar las formas integrativas de occidente: “Las comunicaciones son más fáciles (de la puna de Jujuy respecto de la de Atacama) con Bolivia y con Jujuy, el pasaje de viajeros que van de la Republica Argentina a Bolivia y viceversa, así como las visitas de los prospectores de minas y el establecimiento de algunas empresas mineras efímeras, han modificado hasta cierto punto las condiciones de vida de los indios de la Puna de Jujuy.
El territorio esta dividido entre un pequeño número de propietarios que viven, casi todos, en Jujuy. Cada propietario tiene una enorme extensión, habitada por un centenar de indios, o más, que deben ceder al propietario la mayor parte de los productos de sus pequeños rebaños y, además, entregar su trabajo personal cuando se les requiere. La mayoría de los propietarios no han visitado nunca sus dominios de la Puna; se contentan con enviar de tiempo en tiempo a un administrador para recoger los arriendos y resolver cuestiones de litigios que pueden suscitarse entre los indios.
Los rasgos característicos que impresionan al viajero en estas regiones son: “La costumbre de huir cuando un extraño se les acerca, dejando sus chozas abandonadas, y su negativa constante a vender lo que fuere al viajero […] El viajero llega generalmente por la noche a la choza en la que debe pasar la noche. Necesita una oveja para alimentar a su gente y alfalfa para sus animales. Si tiene la suerte de alcanzar a los indios antes de que tengan tiempo de huir, les pide que le vendan lo que necesita. No hay, señor («No hay nada, señor») es la respuesta uniforme. Y sin embargo, uno ve el rebaño en el corral y, al abrir los galpones, se descubre montones de alfalfa. Pero estos últimos, según los indios, pertenecen siempre a otra persona que se los ha confiado para guardarlos; entonces, ellos no pueden venderlos. En cuanto el rebaño, el viajero hace elegir un cordero gordo por uno de los muleteros de su caravana. Pero los indios pretextan siempre algo para no venderlo. Se elige un segundo, un tercero, etc., y así se puede continuar hasta el último animal del rebaño: para cada uno hay siempre un nuevo pretexto; algunos pertenecen a otras personas, otros son illas protectoras del rebaño, que sería atacado por la peste u otros plagas si se los matara; otros corderos son propiedad de los hijos menores del indio, otros han sido criados en la casa y son los favoritos de la familia, etc. No falta pretexto para ningún animal. Por fin, uno se ve obligado a tomar un cordero por la fuerza. Entonces el indio y toda su familia se ponen de rodillas, implorando gracia por el animal y sus lamentaciones, sus sollozos y sus alaridos no cesan sino cuando el cordero está muerto. Sin embargo, eso no les impide recoger la sangre y aceptar el cuero, las tripas y los trozos de carne que se les regala. Al día siguiente, antes de partir, se pregunta el precio del cordero sacrificado. Quien sabe, Señor, es la respuesta invariable. Se paga el precio establecido oficialmente, 3 piastras por un carnero y 2 piastras por una oveja, y se da generalmente una pequeña propina por añadidura. El indio no protesta nunca; algunas veces, cosa curiosa, ni siguiera quiere aceptar la suma ofrecida en pago, y uno se ve obligado a tirar el dinero al suelo para que los indios lo recojan luego […] ¿Los indios de la puna y del altiplano en general pueden asimilarse a la civilización europea? ¿Pueden aprender el método de trabajo de los europeos, pueden ser absorbidos en la masa de población de un estado civilizado? En general, creo que no. Por cierto, muchos indios han sido y todavía son empleados en trabajos mineros y en la explotación de borato en la Puna. Aquí es necesario emplear indios pues los europeos y los mestizos de las tierras bajas no resisten los trabajos pesados en el aire rarificado del altiplano. Pero los indios no proporcionan sino la mitad del trabajo que se puede exigir a los mestizos, y por otra parte, sólo trabajan cuando los obliga una necesidad imperiosa. Cuando han reunido algunas piastras, después de uno o dos meses, abandonan el trabajo y vuelven a la vida contemplativa, cerca de sus rebaños. Su carácter no se modifica tampoco por el contacto con gente de otras razas” (470-472).
Sin dejar de advertir el contenido etnocéntrico de las opiniones de Boman, contienen algunas afirmaciones interesantes: efectivamente los indígenas puneños trabajaban en las minas por necesidad de dinero, su preferencia era la actividad pastoril, y queda claro el rechazo a las formas apropiatorias de los europeos con presencia territorial que ejercían acciones de inspección directa sobre sus vidas y bienes.
En clave identitaria la aparición de la minería en la puna durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, implicó para los indígenas, posiblemente, el fortalecimiento de la referencialidad al otro por diferencia, al mismo tiempo que introdujo la subsunción del trabajo al capital, una forma práctica de integración a relaciones sociales de producción capitalistas.
Este momento formativo de la minería es el que produce el conocimiento necesario tanto geológico como socio económico para plasmar en la década de 1930, proyectos de inversión minera sostenibles: se realizaron los estudios prospectivos necesarios que posibilitaron dos enclaves mineros en la Puna: Pirquitas en el departamento de Rinconada y Mina Aguilar en Humahuaca.
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