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Contents

1  ExLibris

2  Portada

3  Creditos

4  Dedicatoria

5  Introduccion

6  CAPITULO I - La vispera

7  CAPITULO II - Los Alfonsin

8  CAPITULO III - El 66

9  CAPITULO IV - Renovacion y Cambio

10  CAPITULO V - La dictadura

11  CAPITULO VI - El candidato

12  CAPITULO VII - El Gobierno

13  CAPITULO VIII - La sombra del poder

14  CAPITULO IX - El ex presidente

15  CAPíTULO X - Hasta la democracia, siempre

16  Anexo

17  Bibliografia

Landmarks

1  Cover





Zanini, Eduardo

Raúl Alfonsín. El hombre que hizo falta - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Marea, 2019.

Libro digital, EPUB - (Historia Urgente / Constanza Brunet; 69)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-3783-92-0

1. Biografía. 2. Historia Política Argentina. 3. Radicalismo. I. Título.

CDD 920


Edición: Constanza Brunet

Coordinación: Florencia Jibaja Albarez

Corrección: Marisa Corgatelli

Diseño de tapa e interior: Hugo Pérez

Fotografía de tapa: Raúl Alfonsín pronunciando un discurso en Tandil,

29 de junio de 1987. Procedente de: Argentina, Archivo General de la Nación,

Departamento de Documentos Fotográficos.

© 2018 Eduardo Zanini

© 2018 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371–1511

marea@editorialmarea.com.ar

www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-3783-92-0

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio

o procedimiento sin permiso escrito de la editorial

A Rocío y María Sol Zanini, mis hijas.

Para ellas y tantos millones de jóvenes que crecieron

con la democracia que recuperamos en 1983.

INTRODUCCIÓN

Las compuertas de la libertad. El hombre que hizo falta para abrirlas fue Raúl Alfonsín, el emergente de un cambio. La democracia como forma de vida.

Alfonsín fue el referente que millones de argentinos eligieron para semejante tarea. El dirigente de los sueños colectivos para reconstituir una República extraviada en una noche interminable de todo tipo de violaciones.

Las banderas que levantó Alfonsín en su campaña presidencial sintetizaron el deseo de una mayoría.

La avalancha de votos de las elecciones del 30 de octubre de 1983 fue la confirmación de una adhesión que superó las simpatías por la UCR.

La potencia del discurso de Alfonsín arrasó con todos sus oponentes.

Una larga historia de inestabilidades quedó entonces en los archivos para siempre. Nunca más.

La dimensión democrática en un país que desde 1930 quedó atrapada entre golpes de Estado, dictadores y una sociedad civil fragmentada fue una ilusión de a ratos. Los gobiernos constitucionales fracasaron en su intento de dar continuidad a la voluntad que surge del voto popular.

El análisis de los vaivenes, ese péndulo de características argentinas, pulveriza cualquier explicación racional.

Lo primero que podría establecerse es cómo cada actor del drama se colocó frente a las circunstancias. Las responsabilidades tienen puntos divergentes y discusiones interminables.

En el mismo punto, a las instituciones republicanas les faltaron convicciones para sujetar a las corporaciones y detener los atropellos del partido militar. En definitiva, empoderarse frente a cada amenaza del autoritarismo.

En ese contexto, Raúl Alfonsín inició un camino militante sin pausa.

Primero, recibido de abogado, después como concejal por Chascomús, diputado provincial, diputado nacional y presidente del Comité Provincia de Buenos Aires de la UCR, todos títulos a los que accedió cuando todavía no había cumplido cuarenta años.

La formación intelectual de ese hombre reconoce las huellas digitales de su madre, Ana María Foulkes, la mujer que lo acercó a lecturas de todo rango.

En 1972, se despegó de la mano de uno de sus promotores, el dirigente Ricardo Balbín. El Movimiento de Renovación y Cambio nació en esa época para agrupar los sectores más dinámicos del radicalismo y recoger un fundamento que lo ubicara a la izquierda de ese partido.

Para Alfonsín, la violencia de los 70 era una herramienta funcional al autoritarismo y una invocación –“los cantos de sirena”– a los peligros de nuevas desventuras autoritarias.

El abogado, sin embargo, se encargó de promover presentaciones judiciales por violaciones a los derechos humanos desde la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos a partir de 1975. Esa tarea se multiplicó, aun con los riesgos de la dictadura instalada en marzo de 1976.

Alfonsín, a pesar de las prohibiciones, caminó por cada rincón de la Argentina para dejar un mensaje que clasificaba sus propios conceptos. “Libertad con justicia social” es una síntesis de las pretensiones de los dos partidos mayoritarios de entonces, la UCR y el peronismo.

Después de la guerra de Malvinas, a la que consideró “una aventura”, aceleró la marcha a una candidatura presidencial en la que tenía como contrincante interno a Fernando de la Rúa, el exponente de un radicalismo moderado.

Alfonsín se propuso terminar con un complejo de décadas, que consistía en disputarle al peronismo, de igual a igual, el electorado, la movilización en las calles y parte de su discurso.

El rechazo a la violencia, el cansancio por años de dictadura, un discurso con una energía única, una imagen que por primera vez transmitía seguridad y confianza para el votante, la comunicación de conceptos políticos contundentes y carisma, que es la capacidad de agradar o atraer, fueron motivos suficientes para llegar a la presidencia de la nación.

El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín dejó atrás la dictadura más sangrienta de la historia argentina y dispuso, como un caso paradigmático en el mundo, el enjuiciamiento a las cúpulas de la dictadura militar.

La cuestión económica fue una herencia insoportable que dejaron los militares. Deuda externa impagable e ilegítima, inflación descontrolada, salvo en un período del Plan Austral, precios internacionales desfavorables, una docena de paros generales de las centrales obreras, una estructura productiva sin modernizar fueron las condiciones bajo las cuales tuvo que gobernar.

La transición democrática argentina se llenó de tensiones. Los militares provocaron tres levantamientos, el más importante en Semana Santa de 1987, con la idea de condicionar la política de derechos humanos del Gobierno. Alfonsín concedió leyes para intentar frenar los planteos militares con un costo político altísimo.

En las elecciones legislativas de 1987 la UCR perdió y el Gobierno quedó a la intemperie, con escaso poder político, una situación económica explosiva y una oposición del peronismo dispuesta a volver lo más pronto posible al poder.

Un sueño colectivo, y propio, quedó consumado en julio de 1989. Un presidente constitucional de la nación le transmitía el mando a otro presidente civil elegido por el pueblo.

Las dificultades de su Gobierno las definió él mismo: “No tuvimos un solo día de tranquilidad”.

En su último mensaje al Congreso de la Nación admitió que “no supimos, no quisimos o no pudimos”.

El ex presidente se retiraba de la escena principal en 1989, sin un peso ajeno en sus bolsillos, convencido de que la austeridad representa un valor y una manera de vivir.

Alfonsín volvió a construir con una tozudez inquebrantable, pese a su imagen deteriorada, un poder político, sin dudas, con influencias sembradas con su propio sello.

Una Constitución por consenso fue el argumento que sostuvo cuando los partidos mayoritarios bajo el Pacto de Olivos reformaron la Carta Magna en 1994. Alfonsín confiaba en modificar una cultura concentrada en el presidencialismo con la incorporación de nuevas figuras institucionales.

Como un límite a las nuevas intenciones reeleccionistas del Gobierno, Alfonsín diseñó otro plan político, uno nuevo, uno más.

La Alianza entre la UCR y el FREPASO, un conglomerado de partidos de centroizquierda, ganó las elecciones de 1999. Fernando de la Rúa, su viejo adversario ideológico, llegaba a la presidencia de la nación.

La Alianza se deshizo en poco tiempo y quedó en la historia por su incapacidad para manejar la escena política y salir de la crisis provocada por el Plan de Convertibilidad, que había provocado más pobreza, cierre de fuentes de trabajo e industrias quebradas.

En el incendio de 2001, Raúl Alfonsín hizo su último aporte político de importancia. Después de sostener al Gobierno de la Alianza hasta el último minuto, acompañó la gestión del presidente provisional Eduardo Duhalde, como un militante dispuesto a defender la democracia a cualquier costo.

La reivindicación de su figura es contundente. Para el padre de la democracia argentina, parece que es un homenaje injusto. Siempre estuvo persuadido de que a la democracia la recuperaron todos los argentinos.

El monumento de bronce en su homenaje, que mira desde el parque “Libres del Sur” a la laguna, en Chascomús, tiene inscripto al pie una parte de aquel Preámbulo que anunciaba que los vientos democráticos iban a derrumbar la larga tormenta de la dictadura.

Raúl Alfonsín, el presidente de la nación que nos devolvió la vigencia del único sistema bajo el cual es posible convivir.

Buenos Aires, septiembre de 2018

Capítulo I

La víspera

Mi esperanza, simplemente, consiste en mantener el régimen democrático y para mantenerlo debemos hacerlo fuerte, capaz de reprimir con fuerza a los siempre posibles asaltantes.

−Ernesto Sabato

Con medio cuerpo inclinándose levemente hacia adelante, los brazos laxos a los costados, Raúl Alfonsín saludó, dio media vuelta sobre sí mismo y se escabulló por una de las puertas laterales de la suite principal del último piso del hotel. Eran las diez de la noche del 9 de diciembre de 1983.

Unas pocas horas después, ese hombre, cuyo documento de identidad registraba que había nacido el 12 de marzo de 1927 en Chascomús (provincia de Buenos Aires), iba a ser el nuevo presidente constitucional de la Argentina.

Unas veinte personas que conversaban allí, dispersas, en grupos de dos o tres, interpretaron el gesto de despedida y entendieron que debían irse, sin demasiada excusa, de ese salón.

Los últimos pisos del hotel Panamericano, ubicado en Pellegrini y Lavalle, en el centro de la ciudad de Buenos Aires, eran el lugar más seguro y cercano a todos lados, fue lo que evaluaron los responsables del Gobierno electo.

Durante casi un mes hubo cientos de reuniones, discusiones interminables y arreglos para resolver cómo sería ese Gobierno que abriría nuevamente las puertas de la democracia en la Argentina. La primera línea del gabinete había quedado conformada pocos días después del triunfo de octubre en una quinta de las afueras de Chascomús, “La Encarnación”, cedida por uno de los amigos de Alfonsín, el Gordo Alfredo Bigatti, a fin de evitar situaciones incómodas.

Aunque entonces los Alfonsín ya eran una familia numerosa, todos los días, a la mañana y a la tarde, aparecían primos, tíos lejanos y parientes desconocidos. Del mismo modo, los vecinos del pueblo que se atribuían contacto o conocimiento querían una reunión, saludo o audiencia.

En esa chacra, Alfonsín mantenía reuniones todo el día. En algún momento libre salía a caminar. Una semana más tarde, se mudó a otra quinta, pero ahora en el Gran Buenos Aires, para intentar descansar y definir otros asuntos de su futuro mandato. El lugar era incómodo. Un amigo empresario le sugirió que el hotel Panamericano era el mejor lugar para terminar de definir el nuevo mapa del gobierno y allí se instalaron.

Desde las elecciones de octubre de ese año 1983, en las que la Unión Cívica Radical obtuvo el 51,7 % de los votos contra 41 % del peronismo, la dictadura intentaba recoger los últimos escombros de su naufragio, y el Panamericano, a partir de mediados de noviembre, era el centro del poder político en la Argentina.

El lugar se había convertido en una interminable caravana de gente que entraba y salía, de dirigentes y militantes de todos los colores que querían ver y hablar con el presidente electo. Sindicalistas, dirigentes deportivos, representantes de organismos de derechos humanos y flamantes parlamentarios formaban parte de la lista de visitantes.

Periodistas locales y extranjeros se instalaron en uno de los salones del entrepiso y se arreglaban para transmitir con cuatro líneas de la empresa estatal de teléfonos, con operadora si querían comunicarse con el interior, una media docena de máquinas de escribir mecánicas Remington y los cables de los canales de televisión cruzados por todos lados.

Pero también transitaban por allí discretos servicios de inteligencia disfrazados de civiles de saco y corbata. Muchos llevaban alguna demanda encarpetada que, decían, debía ser atendida de urgencia por alguna futura autoridad de la nación.

O personajes insólitos, como aquella mujer que apareció de la nada una tarde de conferencia de prensa con el futuro equipo de energía y planteó con un desborde de palabras que el Gobierno debía ocuparse en forma prioritaria de la canalización y el cuidado del río Bermejo.

En los pisos dieciocho y diecinueve el presidente se había instalado con su equipo e improvisaron como oficinas varias habitaciones. Un salón más grande servía para reuniones de muchas personas y pocos resultados concretos.

Desde temprano transitaba una ronda de gente sin fin, todo el tiempo y a toda hora. En definitiva, el lugar era un verdadero desorden, una kermesse de colegio, y resultaba difícil desarrollar una reunión sin que nadie interrumpiese una conversación por una llamada de teléfono o hiciese alguna consulta, discreta, al oído.

Alfonsín estaba ahora en un cuarto donde transcurría la vigilia más importante de su vida. Eran las 10.20 de la noche de ese 9 de diciembre.

En Buenos Aires un persistente clima cálido, que alcanzaba los 24 grados, anticipaba el infierno de calor del día siguiente como un aviso del verano que vendría. Ese viernes, los cines, que estrenaban Star Wars. El regreso del Jedi, y los restaurantes del centro estaban repletos.

Los teatros se llenaban de espectadores con obras como el musical Calígula y el clásico argentino La lección de anatomía.

El tema de todas las conversaciones de sobremesa y de los cafés de la avenida Corrientes estaba vinculado, obviamente, a lo que ocurriría unas horas después.

El legendario café La Paz, de Montevideo y Corrientes, y que entonces estaba abierto las 24 horas, desbordaba de discusiones. Alfonsinistas de último momento, peronistas de todas las latitudes y militantes de izquierda estaban trenzados esa noche en discusiones feroces, como tantas otras madrugadas en las que ese lugar parecía un foro de la resistencia francesa de la Segunda Guerra Mundial y que convertía a cada soldado en un pretendido revolucionario parlante.

En esas mesas también se acodaban grupos de militantes, escritores y periodistas que habían regresado del exilio desde diferentes lugares y también de sus propios encierros y que, de igual a igual, defendían y detractaban cualquier asunto político que se les pusiese por delante.

A seis cuadras de ese bar, en dirección al bajo porteño, el presidente de la nación electo se disponía a descansar. Ignoró la pila de libros que uno de sus asistentes le había llevado hasta allí unos días antes para que, al menos, tuviese un rato de recreo literario. Proust, Goethe y Chesterton quedarían para otro momento.

En uno de los rincones del cuarto un televisor de imágenes en color, pero en silencio, reproducía por uno de los canales del Estado las secuencias de la película norteamericana Nunca te prometí un jardín de rosas.

Encima de un escritorio pequeño un té, una botella de agua mineral y unas galletas sin sal esperaban a que el huésped de honor estuviera con ganas de comer o tomar algo.

Las indicaciones de su médico eran taxativas con los cuidados que debía tener en cuenta. Durante meses había llevado una vida extremadamente sedentaria por los horarios desordenados y la variedad sin control de sus comidas.

El doctor José “Pepe” Astigueta, su médico personal, estaba preocupado por dos cuestiones. Una vinculada al sobrepeso de un paciente que le gustaba desde siempre comer bien y abundante. La otra preocupación estaba referida a una tendencia marcada de Alfonsín a sufrir presión alta.

Cuando se recostó en la cama doble de esa habitación en suite del último piso del hotel Panamericano, un edificio de dos torres y casi trescientas habitaciones, a muy pocos metros del Obelisco porteño, leyó por encima, como un ejercicio casi automático, los párrafos principales del discurso que debía exponer ante el Congreso de la Nación a la mañana siguiente.

Su secretaria, en otra habitación, ordenaba unos papeles, corroboraba que desde los calzoncillos hasta las camisas estuviesen en perfecto estado y revisaba los documentos personales que debía llevar consigo al otro día a cada lugar donde fueran.

Margarita Ronco, la secretaria, concentraba el manejo de la agenda y de esa forma era la persona con la que casi todos querían quedar bien y evitarse algún disgusto que los dejara fuera del área principal de decisiones.

Ella había llegado hacía unos años a relacionarse con Alfonsín cuando buscaba trabajo en Buenos Aires y de a poco había consolidado confianza, intimidad y afecto.

Los pasillos estaban vacíos, con sus luces de sombras tenues que se proyectaban sobre el piso alfombrado remarcado cada dos metros con rombos, y resonaba por allí un “Viva la Patria”, que en tono firme Jorge Luis Borges le había regalado a Alfonsín cuando fue a visitarlo junto a otros escritores.

Julio Cortázar, otro emblema de la literatura argentina, no tuvo la misma suerte. Había estado en Buenos Aires varios días durante aquella primavera, y no lo recibieron. Margarita, la secretaria, se lamentó, lloró y dijo que la reunión se le había traspapelado.

“Alfonsín no lo quería”, corroboró mucho después uno de sus familiares.

Le achacaban a Cortázar un papel poco significativo, o poco comprometido, cuando desde su residencia en Francia se desentendía de los pedidos de cientos de exiliados que llegaban hasta allí en busca de refugio, comida y trabajo para poder subsistir después del golpe de 1976.

En el hotel, varios custodios comunicados por un aparato portátil de frecuencia policial se distribuían con discreción por las escaleras y los accesos para franquear el eventual paso de cualquier curioso o desconocido.

El protocolo de seguridad se cumplía a rajatabla, aunque para los expertos y los buscadores de desperfectos el sistema podía tener fallas.

Una tarde de fines de noviembre de ese 1983, el sistema de seguridad fue puesto a prueba. Un hombre abordó los ascensores hasta el último piso sin que nadie lo detuviera en la planta baja. Cuando llegó arriba, saludó sonriente, de traje impecable, bien puesto. La custodia no sospechó que el individuo era un colado que solo quería husmear y ver personalmente cómo era el lugar donde se entretejía el futuro poder de la Argentina.

Después de un rato, varios se preguntaron quién era. Nadie lo conocía y un custodio lo interceptó para que se identificara. El hombre, más amable que antes, mostró una credencial cualquiera y lo dejaron ir.

Uno de los testigos se preguntaba, después, sin creer demasiado en las teorías conspirativas, si el asunto había sido una prueba interna para los encargados de la seguridad o una señal de los servicios de inteligencia que avisaban así que todavía podían moverse con impunidad.

Pero la percepción esa noche de vigilia del propio Alfonsín era mucho más inquietante.

−Todavía tenía la sensación −dijo, diez años después, ante dos periodistas que lo visitaban en su casa porteña de la avenida Santa Fe al 1500− de que los militares no nos iban a dejar asumir, de que algo podía pasar. Lo pensé varias veces recurrentemente la misma noche del nueve [de diciembre], que todavía alguna jugada sucia nos podían hacer a último momento.

Ni siquiera lo tranquilizaban las consultas preliminares que sus hombres de confianza habían establecido con la dictadura unas semanas antes para planificar y asegurar los principales puntos de la transición democrática. La fecha que habían elegido los radicales para el traspaso del mando no era casual. El 10 de diciembre era el día de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Los resquemores militares estaban centrados, fundamentalmente, en cómo encararía el Gobierno democrático la revisión de los actos de la represión a partir de 1976.

El propio Alfonsín, como miembro de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, había denunciado la desaparición forzosa y la tortura de miles de personas y había dejado en claro que iba a enjuiciar a los autores de la represión ilegal “según el nivel de responsabilidad”. La cifra de 30 000 desaparecidos hablaba por sí sola de la atrocidad del terrorismo de Estado y lo convertía en un genocidio.

La misma tarde del 9 de diciembre había quedado saldada una discusión interna de cuarenta días. Un grupo que encabezaba Raúl Borrás sostenía, sin más trámite, que debían enjuiciar a la cúpula de las Fuerzas Armadas.

Otros, entre los que se destacaban notables juristas como Carlos Nino y Juan Carlos Portantiero, impulsaban la idea de que la Justicia debía establecer los delitos y que ese orden debía hacerse en forma natural.

Todos, sin embargo, incluían en el futuro trabajo judicial a los jefes guerrilleros, a los que, en otro grado, los consideraban partícipes necesarios del desastre institucional de los 70 y funcionales al golpe de Estado de 1976. Las fuentes militares contaban que entre 1976 y 1983 registraban 687 muertes en manos de las fuerzas insurgentes de izquierda.

Unos días antes de ese 9 de diciembre un hombre de civil llegó hasta el Panamericano con un maletín de cuero, y de forma sigilosa pidió hablar con alguno de los hombres del staff presidencial.

En una oficina pequeña el desconocido, que se presentó como un colaborador de uno de los jefes intermedios del Ejército con disidencias internas frente a sus superiores, desplegó una docena de sobres que, según dijo, describían los movimientos de uno de los centros de inteligencia militares. El asesor alfonsinista lo interrumpió porque quería saber quién era la persona que le mostraba en ese momento esos papeles. El visitante dijo que solo iba a identificarse como Juan, dejó los escritos sobre la mesa de reunión, saludó cortésmente y se fue.

Cada sobre tenía supuestas precisiones de los movimientos de varios grupos de inteligencia militar desplegados en los meses de campaña de 1983. Seguimientos de candidatos, infiltrados en organizaciones políticas y de derechos humanos y acciones en los centros de estudiantes universitarios.

En ese entresueño bamboleante de la medianoche de vigilia, Alfonsín repasaba, con el vértigo de la velocidad del sonido, las dificultades que imaginaba iban a tener que atravesar durante sus seis años de mandato constitucional.

La cuestión económica era su principal desvelo desde que había ganado las elecciones. Pensaba que, a pesar de que los economistas radicales habían accedido a cierta información técnica, los militares dejaban en sus manos una verdadera bomba de tiempo. La inflación anual, contados once meses de 1983, se acercaba al 430 %.

El desastre de la guerra de Malvinas, a la que él mismo había calificado como “una aventura”, y la deuda externa enorme de casi 30 000 millones de dólares cargaban en sus espaldas un peso difícil de sostener.

En una de las reuniones que Raúl “el Flaco” Borrás y otro de los operadores del radicalismo, Antonio Tróccoli, mantuvieron con representantes de las Fuerzas Armadas para fijar los puntos de la transición, un ex legislador con protagonismo político en los 70 los abordó en los pasillos de uno de los edificios castrenses y les pidió que discretamente le alcanzaran al presidente electo un informe que él mismo portaba en un sobre clasificado como “confidencial” acerca de cómo habían decidido el desembarco en Malvinas, cuánto habían gastado en la contienda y varias operaciones militares de la guerra que hasta entonces se desconocían.

La maniobra, claramente, buscaba separar a los comandantes de la operación del resto de los militares que habían actuado en la guerra, elucubraron, rápidos, los hombres del presidente.

Los dos asesores radicales volvieron al hotel, pero se confabularon, por ese momento al menos, a no dejar trascender “a nadie” el contenido de ese documento. Lo depositaron en una de las cajas fuertes del hotel y se lo llevaron un día antes de la asunción presidencial.

En ese hotel, ahora Alfonsín estaba por dormirse. Recordaba cientos de pueblos, ciudades, actos, encuentros y camas desconocidas por los que había pasado los treinta años anteriores para construir esa carrera que ahora iba a coronar en forma inminente.

El propio Alfonsín contabilizaba haber recorrido la Argentina completa tres veces, de punta a punta, durante dos décadas con escasos recursos para financiarse. Desde el llano, repetía.

Con dos mangos con cincuenta y una valija de mano con un par de zapatos de repuesto, una camisa y un conjunto de ropa interior, caía a dormir a la casa de los amigos como un militante universitario, y comía donde lo invitasen en cada circunstancia.

Él mismo contó, cuando le preguntaron sobre esa noche de vigilia extraordinaria de diciembre de 1983, que había dormido apenas dos o tres horas y de a ratos, pero sin sobresaltos, y que no recordaba si había tenido algún sueño.

Muy temprano, apenas unos minutos antes de las seis de la mañana, estaba de pie. Descorrió la pesada cortina moderna que cubría todo el ventanal de la habitación como si quisiera ver si el día llegaba a tiempo, sin retrasos.

En el baño de mesada de mármol y espejo grande de su suite comenzó a afeitarse como lo hacía siempre con una y con otra mano antes de meterse en la ducha.

La tarde anterior un peluquero contratado por su secretaria le emprolijó el bigote, le tapó esas canas que lo seguían desde joven y le dejó una base de peinado para darle un toque final cuando se levantara.

Antes de terminar de vestirse llamó a uno de sus asistentes para repasar todo el protocolo que tenían por delante ese día.

La extensa jornada incluía el juramento en el Congreso de la Nación con su respectivo discurso ante senadores y diputados y una marcha en auto descapotado hacia la Casa de Gobierno, por Avenida de Mayo.

Las actividades protocolares continuaban con el traspaso de los atributos del poder en la Casa Rosada, con un discurso como en la campaña desde los balcones del Cabildo frente a la Casa Rosada, con la jura de sus ministros, con una recepción para los presidentes y los representantes extranjeros en la Cancillería y, finalmente, con una velada de gala, a la noche, en el Teatro Colón.

Sobre la plazoleta de la avenida 9 de Julio y Lavalle, antes de que la luz de la mañana estuviese a pleno, los termómetros registraban 20 grados centígrados. Ya se habían instalado grupos de militantes que se identificaban con banderas rojiblancas de sectores juveniles del radicalismo y de otras agrupaciones políticas. Estaban a pocos metros de la Plaza de la República, donde el 26 de octubre de 1983 Alfonsín había cerrado su larga marcha con un discurso que culminó con el Preámbulo de la Constitución Nacional y que disparó emociones en cada uno de los que lo escucharon por la intensidad que imprimía a sus palabras el candidato radical.

Un rezo laico, una oración patriótica, dijo del preámbulo, y remató aquel acto con el deseo de “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad…”.

Esos mismos jóvenes sentían que algo había cambiado. Lo habían acompañado días y noches por las grandes ciudades y los pueblos de la Argentina.

Ahora hacían el aguante desde la calle y percibían que desde el momento en que el líder radical había ganado las elecciones el contacto personal con él era una distancia que solo podía acortarse con alguien de su entorno. Cada mañana o cada tarde, pibes y pibas de cualquier lado y distancia insistían con tener algún contacto con el hombre más requerido de la Argentina, pero les resultaba difícil o imposible lograrlo.

De todos modos, las autoridades de la Juventud Radical, agrupados en la Junta Coordinadora y en el Movimiento de Renovación y Cambio, habían mantenido varias reuniones con Alfonsín. En ellas habían quedado notificados de que podían ocupar algunos puestos en la segunda línea del nuevo gobierno, pero que tenían que esperar. Primero acumular y desarrollar experiencia, y después ver si podían jugar en primera.

En el búnker, cerca de las seis y media de la mañana, Alfonsín terminó de acomodarse los zapatos negros con cordones, la camisa y la corbata de seda a rayas, se colocó unas gotas de su perfume preferido de marca nacional Crandall y pidió hablar por teléfono con alguno de sus asesores. Había escuchado hacía segundos el sonido remoto de las campanas que se propagaba desde varias iglesias del centro con un repiqueteo que parecía distinto esta vez.

991,53 ₽
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Дата выхода на Литрес:
15 ноября 2024
Объем:
343 стр. 6 иллюстраций
ISBN:
9789873783920
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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