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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca, n. 292 - marzo 2022

I.S.B.N.: 978-84-1105-608-3

Índice

Créditos

Índice

Legado por sorpresa

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Bajo el cielo griego

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Aquella noche inolvidable

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Aquella noche inolvidable

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

Ella sigue esperando, señor.

El jeque Nazir Al Rasul, propietario de uno de los más poderosos e impenetrables ejércitos privados del mundo, y guerrero hasta los huesos, fulminó al guardia con la mirada. Era muy joven, pero llevaba el uniforme negro y dorado con orgullo, el gesto decidido y los hombros erguidos.

Admirable, pero Nazir había dado instrucciones de no ser molestado. Acababa de regresar a Inaris tras una operación particularmente delicada para aplastar un golpe de Estado en uno de los países bálticos y, después de dos días sin dormir, no estaba de humor para que un guardia novato desobedeciera sus órdenes.

Nazir levantó la barbilla ligeramente, siempre una señal de alarma para sus soldados.

–¿No he dicho que no quería ser molestado?

No levantó la voz, no tenía que hacerlo. El joven palideció.

–Sí, señor.

–Entonces, explica tu presencia. Inmediatamente.

El guardia cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.

–Dijo que le advirtiésemos si ocurría algo extraño.

Hablaba de la mujer que había aparecido en las puertas de la fortaleza. Algunos incautos, no muchos, se atrevían a atravesar el desierto a pesar de los terribles rumores que él había hecho correr para desanimar a los que querían unirse a su ejército, pedir ayuda o buscar su tutela.

Él era un maestro en el arte de la guerra, especialmente en el combate físico, y su experiencia era conocida por todos, pero eso no evitaba que algunos infelices hiciesen el largo camino hasta allí.

Pero solían ser hombres. En aquella ocasión, sin embargo, se trataba de una mujer. Había llegado varias horas antes junto a un guía local, que debería haberle advertido que estaba perdiendo el tiempo.

Nadie podía entrar en la fortaleza y, normalmente, las indeseadas visitas se marchaban después de un par de horas esperando. El brutal sol del desierto era más efectivo que cualquier amenaza.

Nazir apretó los dientes, irritado. Un buen comandante nunca dejaba que el cansancio, el sueño o la irritación lo afectasen y él era un buen comandante.

–¿Y qué es eso que tanto te preocupa?

El guardia vaciló durante unos segundos.

–Pues… parece que está embarazada, señor.

Nazir torció el gesto.

–¿Embarazada? ¿Cómo que está embarazada?

–Ha pedido agua y… una sombrilla. Porque está embarazada, ha dicho.

–Está mintiendo. No hagáis nada.

Nazir llevaba dos noches sin dormir. Había supervisado una operación delicada fuera del país y necesitaba dormir urgentemente, no tener que lidiar con una idiota que querría a saber qué. Especialmente una idiota embarazada.

–Pero señor…

–No hagáis nada –repitió Nazir–. Dejarla entrar solo animaría a otros tontos. Además, es fácil fingir un embarazo.

–Pero preguntó por usted directamente.

–Todos lo hacen.

Claro que no solían ser mujeres embarazadas. Pero la posibilidad de que él hubiera engendrado un hijo era nula ya que era muy precavido cuando se trataba del sexo y, además, no se dejaba llevar a menudo. Dejarse llevar por sus más bajos instintos ablandaba a un hombre.

Nazir oyó carreras por el pasillo y otro joven guardia apareció con gesto ansioso en la habitación.

–Señor, la mujer se ha desmayado.

Evidentemente, era demasiado pedir que lo dejasen en paz durante un par de horas. Sus soldados no solían disfrutar de compañía femenina, pero si solo hacía falta que una mujer apareciese en las puertas de la fortaleza para generar tanta emoción, entonces sus hombres necesitaban sesiones más duras de entrenamientos. O tendría que empezar a dar permisos.

Pero estaba claro que no iba a poder dormir hasta que resolviese aquel asunto.

–Llevadla al puesto de guardia –ordenó Nazir–. Hablaré con ella allí.

Los dos guardias desaparecieron por el corredor mientras él, murmurando una palabrota, se ponía una chilaba negra antes de salir de la habitación.

Aquello era lo último que necesitaba en ese momento. Siempre había gente en las puertas de la fortaleza, pero nunca los dejaba entrar y no pensaba empezar a hacerlo ahora. Especialmente a una mujer que primero pedía una sombrilla y después se desmayaba.

Seguramente sería una turista idiota, impresionada por los rumores que él había cultivado sobre el brutal señor de la guerra y su ejército de asesinos, que llevaba una vida nómada en el desierto para no ser detectado y que no entendía el concepto de compasión.

Los rumores contenían algún grano de verdad. Él era un caudillo del desierto y no veía para qué servía la compasión. Los asesinos y la vida nómada eran cortinas de humo, naturalmente, pero conseguían desanimar a la mayoría de los idiotas.

Pero, al parecer, aquella mujer no se desanimaba fácilmente.

Una cosa era segura, no estaba embarazada. Y si lo estaba, entonces era más tonta de lo que pensaba. ¿Qué mujer se adentraría en el desierto para buscarlo, a pesar de los terribles rumores que corrían sobre él, y pasaría un par de horas esperando bajo el sol estando embarazada?

Nazir recorrió los pasillos del fortín que él llamaba su hogar y salió al polvoriento patio para dirigirse al puesto de guardia frente a las puertas de acero reforzado. Era una robusta caseta de piedra provista de un equipo de alta tecnología que controlaba todo el recinto, pero allí había aire acondicionado. No hacía falta en la fortaleza porque era una construcción medieval con gruesos muros de piedra que la protegían del frío y el calor.

Los dos soldados que guardaban la puerta se pusieron firmes al verlo y Nazir los miró, pensativo. Los guardias que hacían servicio durante las horas más calurosas del día eran relevados cada cierto tiempo y, a juzgar por el color de aquellos dos, parecían a punto del desmayo. Eran nuevos reclutas, jóvenes dispuestos a demostrar su valía y eso solía acarrear complicaciones.

–Aseguraos de beber agua cuando acabe vuestro turno –dijo con tono seco–. Un soldado que no sabe cuidar de sí mismo no me sirve de nada.

–Sí, señor –respondieron los dos guardias al unísono.

Nazir empujó la pesada puerta de hierro y entró en la garita. Había otro guardia tras la puerta y un segundo sentado frente a los ordenadores que controlaban constantemente la fortaleza.

El inconveniente de ser comandante de uno de los ejércitos privados más buscados del mundo era que uno hacía muchos enemigos. Mucha gente querría verlo desaparecer, para siempre si fuera posible.

La fortaleza no aparecía en ningún mapa y todas sus comunicaciones eran encriptadas. Algunos guías locales sabían cómo llegar hasta allí, pero nunca lo harían público. Para el resto del mundo, sencillamente no existía. Muchos intentaban localizar la fortaleza para localizarlo a él, pero siempre fracasaban.

El desierto hacía el trabajo por él cuando se trataba de controlar a sus enemigos, pero algunos, los más decididos, no dejaban que la arena o el terrible calor los detuviese.

Como la mujer que estaba tumbada sobre una improvisada camilla en el suelo.

Era pequeña, su figura escondida bajo la túnica que llevaba, que evidentemente había comprado en el bazar para turistas de Mahassa, ya que el algodón era fino y barato y no ofrecería protección alguna contra el sol. Su pelo estaba oculto bajo un pañuelo de algodón, pero podía ver su rostro. Tenía una barbilla puntiaguda, una nariz pequeña y unas cejas rectas y oscuras. Había algo casi felino en sus facciones. No era guapa, pero su boca era llamativa, de labios gruesos y sensuales, aunque en ese momento estaban agrietados. Tenía unas pestañas largas y espesas sobre unas mejillas quemadas por el sol.

Las pestañas temblaron en ese momento y Nazir detectó el pálido brillo de unos ojos casi de color cobre. El brillo de esos ojos provocó en él un extraño, pero delicioso, escalofrío de emoción. Aunque no sabía por qué. Lo que sí sabía era que la mujer no estaba inconsciente. Porque estaba mirándolo.

Ivy Dean estaba a punto de fingir que despertaba de un desmayo cuando la puerta se abrió y el hombre más imponente que había visto nunca entró en la caseta.

No había sentido miedo durante la larga jornada desde la fresca y brumosa Inglaterra al brutal calor del desierto de Inaris, pero lo sentía en ese momento.

Porque no era solo su estatura, aunque debía medir más de metro noventa, o el hecho de que tuviese el físico de un jugador de rugby. O tal vez un gladiador romano.

No, era el aura que proyectaba y que ella sintió como un cambio en la presión del aire en cuanto entró en el puesto de guardia.

Peligro, un peligro aterrador. Aquel hombre irradiaba violencia, como un dragón guardando su guarida.

Y ella era el conejillo que le servían como almuerzo.

Se quedó inmóvil sobre la camilla, conteniendo el aliento y lamentando en silencio su decisión de fingir un desmayo porque, sin duda, él se daría cuenta. Porque era la clase de hombre que lo veía todo, incluyendo fingimientos y mentiras.

Tenía un rostro que parecía tallado en granito, con la nariz algo torcida, los pómulos altos, marcados, la mandíbula cuadrada. Su esculpida boca era tan dura como el resto de sus facciones.

Era un rostro severo, intensamente masculino, pero fueron sus ojos lo que de verdad la asustó. Eran de un color asombroso, un brillante azul turquesa. Había visto esos ojos tan hermosos e inusuales en los rostros de los descendientes de las antiguas tribus nómadas del desierto cuando visitó el bazar de Mahassa.

Pero los ojos de aquel hombre eran tan helados como la tundra del norte. No había compasión en ellos, ni generosidad, ni calor.

Había muerte en esos ojos.

Aquel era el despiadado señor de la guerra del que hablaban los rumores. El cruel y aterrador jeque que vivía en el desierto con un ejército de asesinos.

«No se adentre en el desierto», le habían advertido en la oficina de turismo.

Pero ellos no entendían. Tenía que adentrarse en el desierto porque debía encontrar al jeque Nazir Al Rasul. Aunque no quisiera hacerlo, aunque tuviese miedo.

Al menos tenía que intentarlo, por Connie.

El gesto del hombre era tan frío e implacable que Ivy tuvo que tragar saliva. Sin darse cuenta, se llevó una mano protectora al abdomen y él siguió el movimiento con la mirada.

–Puede dejar de fingir –le espetó en su idioma, sin la menor traza de acento–. Sé que está despierta.

Su voz era tan hosca como sus facciones e Ivy sabía que no era una observación sino una orden.

Era un hombre acostumbrado a dar órdenes, evidentemente. Irradiaba una autoridad innata.

Ivy se sentó en la camilla. Sabía que iba a tener que dar explicaciones y el miedo amenazaba con paralizarla, pero no apartó la mano de su abdomen, como si así pudiese proteger la vida que crecía dentro de ella.

Y no solo del extraño sino de su propio pánico.

Pero dejarse llevar por las emociones no servía de nada y, a pesar del deseo de salir corriendo, se quedó donde estaba. Ser práctica era la clave. No llegaría lejos si intentaba salir corriendo. Además, ¿dónde iba a ir? Fuera no había nada más que arena. Su guía la había abandonado en cuanto supo que no solo quería ver la fortaleza sino que tenía intención de entrar y hablar con el señor de la guerra.

En fin, no debía mostrar miedo. Eso era lo que había que hacer frente a un predador. Si salías corriendo te acababan comiendo.

Pero el hombre se cernía amenazadoramente sobre ella, haciendo que la garita pareciese más pequeña.

–Debería darle las gracias…

–Dígame su nombre y cuál es su propósito –la interrumpió él.

Muy bien, si era el jeque Nazir Al Rasul, el infame señor de la guerra, y tenía la sospecha de que así era, debía ir con cuidado, pero no iba a dejarse intimidar.

En Inglaterra dirigía una casa llena de niños abandonados, algunos con serios problemas de comportamiento o de salud mental, y no tenía la menor dificultad para mantener el orden.

Un hombre, por aterrador que fuese, no iba a hacer que se acobardase.

–Mi nombre es Ivy Dean. He registrado mi paradero en el consulado británico de Mahassa, así que saben dónde estoy –empezó a decir, haciendo un esfuerzo para mirar al extraño a los ojos–. Y si no vuelvo en unos días, sabrán por qué.

Él no dijo nada. Seguía mirándola fijamente, sin expresión alguna.

–Estoy aquí porque tengo que hablar con el jeque Nazir Al Rasul –siguió Ivy, sosteniendo su mirada–. Se trata de un asunto privado.

El hombre estaba tan inmóvil que podría ser una estatua.

–¿Qué asunto privado?

–Eso es entre el señor Al Rasul y yo.

–Dígame qué asunto es ese –insistió él con tono seco.

Era una orden que debía ser obedecida inmediatamente, estaba claro.

Ivy debería estar acobardada. Cualquier otra mujer en su sano juicio lo estaría, especialmente después de esperar horas bajo el salvaje sol del desierto para hablar con un hombre del que había oído cosas tan aterradoras.

Pero no había pasado dos semanas en Mahassa intentando encontrar un guía que la llevase a la fortaleza para nada. Se había gastado todos sus ahorros intentando encontrar a ese hombre y no iba a rendirse ahora, cuando estaba tan cerca de su objetivo.

De hecho, si sus sospechas eran correctas, su objetivo estaba delante de ella. Pero tenía que asegurarse del todo porque si no lo era aquello podría terminar muy mal y no solo para ella sino para el bebé que esperaba.

Ivy colocó las manos sobre su regazo con aparente calma, empleando la máscara que solía usar con los niños más recalcitrantes.

–Solo hablaré con el señor Al Rasul –le dijo, con una seguridad que no sentía–. Como he dicho, se trata de un asunto privado.

Los dos guardias la miraban con gesto horrorizado. Al parecer, no era habitual desobedecer a aquel hombre e Ivy experimentó una sacudida de miedo. Pero también otra emoción, algo que no le resultaba familiar. Algo que no tenía sentido.

Estaba sola en una fortaleza llena de hombres que podrían matarla. Y por mucha confianza que fingiera sentir, el consulado británico no podría ayudarla si algo iba mal.

Y si los rumores que había oído eran ciertos, muchas cosas podrían ir mal, así que no había razón para sentir un escalofrío de… ¿anticipación? ¿Emoción por una lucha de voluntades con alguien tan decidido como ella?

Tal vez era el embarazo lo que le hacía sentir cosas extrañas, pensó. Unas semanas antes había hablado con Connie sobre…

Connie.

Se le encogió el corazón al pensar en ella, pero no era el momento. El último deseo de Connie había sido que hablase con el jeque Al Rasul y eso era lo que iba a hacer. Podría llorar a su amiga cuando todo aquello hubiese terminado.

–Tal vez no me ha entendido –dijo el hombre con tono helado–. Dígamelo a mí. Ahora mismo.

Ivy no iba a dejarse acobardar.

–Esto es algo de lo que solo puedo hablar con el señor Al Rasul.

–Yo soy Nazir Al Rasul –anunció él, con un brillo acerado en los ojos.

Por supuesto que sí. Lo había sabido en cuanto entró en la caseta, pero tenía que estar absolutamente segura.

–Demuéstrelo –le dijo.

Los dos guardias la miraron con gesto de terror y ella tuvo que tragar saliva.

«¿Por qué lo desafías de ese modo?», se preguntó a sí misma.

«¿Estás loca?».

Sí, podría ser. Tal vez el sol le había derretido el cerebro o estaba a punto de morir por deshidratación. Tal vez los últimos días en Mahassa, buscando desesperadamente a alguien que la llevase hasta el jeque, le habían afectado más de lo que pensaba.

O tal vez estaba alucinando, pero no podía dar marcha atrás cuando el bebé que esperaba dependía de ella. Y si podía controlar a un montón de adolescentes enfurruñados sin decir una palabra, también podía aguantar la mirada del infame caudillo del desierto.

«Unos adolescentes enfurruñados no van a matarte».

Daba igual, era demasiado tarde.

El hombre inclinó la cabeza ligeramente y el guardia que estaba a su izquierda se dirigió a ella en su idioma.

–Está hablando con el jeque Nazir Al Rasul.

–¿Esa es la prueba? ¿Uno de sus guardias?

–Esa es toda la prueba que va a conseguir –respondió Nazir–. No estoy acostumbrado a tener que repetir una orden, pero veo que a usted le cuesta entenderme.

Ivy contuvo el aliento cuando se deshizo de la máscara inexpresiva y vio lo que había tras ella.

Muerte, caos, violencia, peligro.

Aquel hombre era un asesino.

–Va a decirme ahora mismo cuál es su propósito al venir aquí o la enviaré de vuelta al desierto –le advirtió el jeque.

Era una sentencia de muerte y los dos lo sabían.

–Muy bien –dijo ella por fin–. Pero como he dicho, se trata de un asunto privado.

–No se preocupe por mis guardias. Hable de una vez.

Tomando aliento, Ivy hizo un esfuerzo para sostener la fiera mirada.

–Estoy embarazada. Y he venido hasta aquí para decirle que el bebé que espero es hijo suyo.

Capítulo 2

Nazir la miró, atónito durante unos segundos. Estaba mintiendo, por supuesto. No sabía por qué, pero estaba mintiendo. Cuando él decidía satisfacer su deseo con alguna mujer siempre usaba protección. No había sitio para hijos en su mundo. No los quería.

Había sido educado como soldado y no había sitio para la domesticidad de una esposa e hijos en esa vida.

Además, recordaba a todas las mujeres con las que se había acostado e Ivy Dean, con las manos primorosamente colocadas en el regazo y un brillo de desafío en esos ojos de color cobre, no era una de ellas.

Se habría reído si recordase cómo hacerlo.

–Dejadnos solos –dijo entonces.

Los guardias prácticamente se empujaron el uno al otro para salir de la caseta, pero ella no apartó la mirada y no movió un músculo.

No, no era la clase de mujer a la que se llevaría a la cama. Era demasiado pequeña y delicada y a él le gustaba el sexo duro. Prefería mujeres guerreras para no tener que preocuparse de hacerles daño accidentalmente, mujeres capaces de llevar la iniciativa en la cama y fuera de ella.

Sin embargo, no podía negar que había algo casi intrigante en su negativa a obedecerlo. O en cómo lo miraba, con la barbilla levantada a modo de protesta.

No estaba acostumbrado a que desobedeciesen sus órdenes, pero, tristemente para ella, daba igual lo obstinada que fuese. Él era quien daba las órdenes allí.

No era una amenaza física para nadie, pero podría serlo en otros sentidos. Él tenía muchos enemigos, países enteros, y alguien podría estar intentando usarla para llegar hasta él.

Aquella situación era altamente sospechosa y eso significaba que debía descubrir la verdadera razón por la que estaba allí.

–Está mintiendo –le espetó.

–No –dijo ella.

–Demuéstrelo –dijo Nazir entonces.

Ella frunció los labios en un gesto de disgusto.

–Muy bien.

Ivy intentó levantarse de la camilla, pero se tambaleó ligeramente y perdió el equilibrio. Al parecer, estuviese o no fingiendo el desmayo, esperar bajo el sol la había afectado.

El chico que había sido una vez se habría mostrado preocupado, pero ya no había sitio en su corazón para preocuparse por nadie, de modo que lo sorprendió cuando, sin pensar, alargó una mano para tomarla del brazo.

Ella se quedó inmóvil, como una gacela bajo las garras de un león, y el gemido que escapó de su garganta hizo eco en la caseta.

Era una mujer tan delicada, tan suave.

«Hace años que no tocas nada suave… una vida entera».

Turbado por ese pensamiento, Nazir la soltó. Era extraño sentirse afectado de ese modo. Él había perfeccionado el autocontrol y no estaba acostumbrado a una reacción física que no pudiese dominar.

Tal vez era el cansancio, se dijo. De verdad necesitaba un par de horas de sueño.

Ivy se apartó inmediatamente para tomar una vieja mochila de piel apoyada en la mesa. Se inclinó para rebuscar en ella y, un momento después, sacó un fajo de papeles.

–Esta es la prueba –le dijo.

Su tono era amable, pero con un trasfondo de acero.

Nazir tomó los papeles. El primero era el informe de una clínica de fertilidad en Inglaterra. Y allí, en blanco y negro, estaban sus datos personales. Además, había una prueba de paternidad y lo que parecía una nota personal escrita a mano.

Nazir tragó saliva. Había sido mucho tiempo atrás, durante esos tres años en la universidad de Cambridge. Lejos de la mano de hierro de su padre, lejos del palacio y sus estrictas reglas.

Al principio no había querido ir porque sabía que era un castigo, pero su padre había insistido, de modo que no tuvo más remedio que obedecer. Pero si ir a Cambridge era un castigo, lo pasaría bien haciendo todo lo que no podía hacer en Inaris.

Entonces tenía dieciocho años y era un joven lleno de pasión, decidido a tomar a la vida por el cuello y experimentar todo lo que pudiese.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

Siempre había sabido que nunca sería padre, que tener una familia era algo imposible para él. Como hijo ilegítimo de la sultana, no podía seguir manchando la sangre real con otro hijo.

Así que una noche de borrachera, jugando al póquer con sus amigos, había perdido una apuesta que consistía en donar esperma.

Era un crío estúpido e inconsciente, pero incluso entonces había sentido cierta emoción al saber que en algún sitio habría un hijo suyo, a pesar de las reglas de su padre.

Más tarde volvió a Inaris y, después de todo lo que pasó, se había olvidado del asunto.

Hasta ese momento.

No podía discutir los hechos. La prueba estaba en esos documentos y, aunque hubiese alguna posibilidad de que fuesen falsificados, él sabía la verdad.

Nazir dobló los papeles y los guardó en el bolsillo de sus pantalones de combate. La mujer abrió la boca para protestar, pero decidió cerrarla sin decir nada.

Una decisión sensata.

–Siéntese y explíqueme esto –le ordenó–. Con todo detalle.

Ivy abrió la boca para tomar aire, la rosada punta de su lengua asomando brevemente entre sus labios. Y Nazir se encontró mirándola fijamente sin saber por qué.

–Antes necesito un vaso de agua.

–No.

Ella enarcó una ceja.

–¿Perdone? Me he visto obligada a esperar bajo el sol, sin una sombra, sin una gota de agua…

–Me da igual.

–Y estoy embarazada. De su hijo.

Estaba retándolo, no había duda. Era un reto de voluntades y, en cierto modo, tenía que admirarla por ello. Solo sus enemigos se atrevían a desafiarlo. O aquellos que tenían ganas de morir. ¿A qué grupo pertenecía aquella mujer?

«Pero tiene razón. Está esperando un hijo tuyo».

Nazir miró la ligera curva de su vientre, velada por la polvorienta túnica, y experimentó una sensación primitiva y ardiente que intentó controlar de inmediato.

–Agua –repitió.

–Sí, por favor –dijo ella, poniendo unos dedos largos y delicados sobre su regazo.

Nazir abrió la puerta y habló brevemente con uno de los guardias. Después, la cerró y volvió al lado de aquella mujer pequeña, pero totalmente segura de sí misma.

En sus ojos detectó cierta desconfianza, lo cual demostraba que era inteligente porque debía desconfiar. Aquella era una fortaleza que él gobernaba con mano de hierro.

Nazir se cruzó de brazos, sosteniendo la mirada de cobre.

Y esperó.

–Antes de explicar nada tengo que beber agua –repitió ella.

–Ya lo sé.

–No le servirá de nada intentar intimidarme, señor Al Rasul.

–No estoy intentando intimidarla, solo estoy mirándola. Si quisiera intimidarla lo sabría, se lo aseguro.

–¿Es una amenaza?

–No, en absoluto. ¿Ha pensado que lo era?

La joven abrió la boca y volvió a cerrarla mientras él seguía mirándola en silencio.

Tenía una piel preciosa, aunque algo quemada por el sol.

«Deberías haberle dado una sombrilla. Al fin y al cabo, está embarazada».

De nuevo, experimentó esa sensación ardiente y primitiva y, de nuevo, la apartó de sí.

No, había hecho bien al no acceder a sus ridículas demandas.

Tenía que proteger su fortaleza y a sus hombres. No podía dejar entrar a cualquiera que apareciese en las puertas con intención de verlo.

Además, había sido idea suya atravesar el desierto, nadie la había llamado. Evidentemente, lo había hecho porque él era el padre del bebé que esperaba, pero era totalmente ilógico que hubiera ido hasta allí para buscar a un hombre al que no conocía.

Tenía los ojos bonitos, pensó, de un inusual color cobre que casi parecía dorado a la luz de las lámparas. ¿Sería su pelo del mismo color? ¿Sería oscuro? ¿Tendría mechas doradas? ¿O tal vez de color miel…?

«¿Por qué estás pensando en su pelo?».

Nazir frunció el ceño al darse cuenta de lo que estaba haciendo. Era el cansancio, se dijo. No había ninguna otra razón para contemplar el color del pelo de una mujer, especialmente una delicada rosa inglesa como aquella.

Alguien llamó a la puerta entonces.

–Entra –dijo él, con los dientes apretados.

La puerta se abrió y un empleado de la cocina entró con una bandeja, que dejó sobre la mesa antes de desaparecer sin decir una palabra.

En la bandeja había un vaso alto de cristal y una jarra. El vaso contenía un burbujeante líquido de color amarillento, con una delicada ramita de menta como adorno.

–Eso no es agua –dijo ella.

–Es limonada –le explicó Nazir–. Necesita reponer electrolitos.

Estaba claro que ella no quería beberla. Podía verlo en el gesto obstinado de su barbilla, pero tenía los labios agrietados y estaba quemada por el sol. Además, debía pensar en su hijo.

Y, evidentemente, la sed era más fuerte que su deseo de llevarle la contraria porque, al fin, tomó el vaso para probar la limonada… y un gemido escapó de sus labios.

Y, como el gemido que lo había afectado de modo tan extraño cuando la tomó del brazo, aquel hizo eco en el vacío que había en su interior. Un vacío que llevaba con él desde que volvió de Inglaterra años antes, tan seguro de sí mismo y de su posición, pensando que ya era un adulto y podría tomar sus propias decisiones, que no estaría atado por las reglas de su país o su nacimiento y que tendría todo aquello que le habían negado.

Y cómo eso había llevado a la desaparición de su madre, al destierro de su padre, y a que él estuviera a punto de ser ejecutado.

Había una razón por la que se sentía vacío y tenía que seguir siendo así. No podía dejar que nada llenase ese vacío salvo el propósito de su vida y ese propósito no tenía nada que ver con una joven inglesa y el hijo que esperaba.

Aunque fuera hijo suyo.

Ivy se olvidó de que estaba en una fortaleza en medio del desierto y de que aún sentía la marca de su mano en el brazo. Se olvidó de que debía plantarle cara a aquel hombre o la aplastaría, a ella y a su hijo.

El líquido estaba delicioso, frío y dulce, con un ligero toque ácido. Tomó otro trago y luego otro más, la fría limonada refrescando su garganta seca. Un vaso no sería suficiente. Necesitaba toda la jarra, pero él se lo quitó de la mano y lo dejó sobre la mesa.

–No –protestó ella–. Tengo sed…

Atónita, Ivy descubrió que sus ojos se habían llenado de lágrimas y parpadeó furiosamente para contenerlas. Ella no solía llorar y no quería hacerlo delante de aquel… gigantesco predador.

–Cuando estás deshidratado es mejor beber a pequeños sorbitos –le informó él–. Beber demasiado o muy deprisa sobrecarga los riñones.

Ivy se miró las manos. Sería una estupidez discutir con él sobre la limonada. Además, seguramente él sabía más que ella sobre los estragos del desierto…

–Estoy esperando –dijo Al Rasul entonces.

Estaba frente a ella, con los musculosos brazos cruzados sobre el ancho torso. La chilaba negra que llevaba se había abierto en el cuello, dejando entrever la bronceada piel de su garganta y parte del torso, que Ivy se encontró mirando por alguna razón inexplicable.

Parecía suave, casi aterciopelada, cubierta por una suave mata de vello oscuro. Ivy se encontró preguntándose cómo sería al tacto…

«¿Por qué estás pensando en tocarlo?».

No tenía ni idea. Ella no solía fijarse de ese modo en los hombres y el pensamiento la perturbó profundamente.

Aunque mirar su rostro, con esos ojos tan fríos y cortantes, no era nada tranquilizador.

Se le quedó la boca seca, más árida que el desierto tras los muros de la caseta, pero contuvo el deseo de volver a tomar el vaso.

–Muy bien –empezó a decir, intentando calmarse–. En fin, yo tengo… tenía una gran amiga que quería ser madre desesperadamente. No estaba casada y no tenía pareja, así que pensó concebir un hijo por inseminación artificial, pero tenía cáncer y estaba recibiendo tratamiento, de modo que le sería difícil concebir y soportar un embarazo –Ivy tomó aire–. Inicialmente tenía buen pronóstico, o eso decían los médicos, así que me ofrecí como madre subrogada. Yo no pensaba tener hijos propios y decidí que era lo mínimo que podía hacer por ella…

–Decidió tener un hijo por su amiga –repitió él, sin expresión.

–Así es. Y Connie estuvo de acuerdo –respondió Ivy–. Tenía algunos óvulos congelados, pero al final no eran viables, así que eligió un donante y usamos los míos. Todo iba bien, pero entonces… –Ivy tuvo que tragar saliva– el cáncer se volvió más agresivo. Los tratamientos fallaron y descubrí que estaba embarazada mientras ella perdía la batalla. Yo no había planeado tener hijos porque mi trabajo lo hace imposible y ella lo sabía, pero acordamos seguir adelante con el embarazo. Poco antes de morir, Connie me pidió que me pusiera en contacto con el donante para hacerle saber que iba a ser padre. Ninguna de las dos quería que el niño acabase en una casa de acogida, pero…

Pobre Connie. Su amiga ansiaba tener un hijo y ella había querido ayudarla. Aunque era un riesgo debido a su enfermedad, habían decidido ser optimistas.

Pero no pudo ser.

Ahora Ivy iba a tener un hijo que no había planeado, un bebé al que no quería ver como hijo suyo porque no lo era. Era hijo de Connie, aunque fuese genéticamente suyo.

Cumplir el deseo de Connie de encontrar al padre del bebé la había consumido desde que murió. Poner al hijo de su amiga en manos de los Servicios Sociales era una opción, pero no quería contemplarla por el momento. Ella sabía cómo afectaban las casas de acogida a los niños y, aunque intentaba mitigar los problemas, a veces era imposible luchar contra un sistema tan rígido.

El hombre no se movió y su expresión no cambió en absoluto.

Ivy se sentía como un ratoncillo bajo la mirada de un halcón, pero volvió a tomar el vaso de la bandeja y tomó un sorbito.

–Así que vino a Inaris desde Inglaterra, buscó un guía al que habrá pagado una cantidad exorbitante, y luego ha recorrido el desierto y ha estado al sol durante horas, arriesgando su vida y la de su hijo, para decirme que está embarazada.

Su tono era frío, helado.

–Así es –dijo Ivy.

–¿Y todo eso porque le hizo una promesa a una amiga?

Ella levantó la barbilla.

–Era mi mejor amiga y yo siempre cumplo mis promesas

–Yo soy un guerrero conocido por mi crueldad. ¿Eso no la asustaba? ¿No se le ocurrió pensar en lo que podría pasar cuando llegase aquí?

Había hecho la pregunta en tono helado, como si no lo afectase en absoluto saber que iba a ser padre.

Ivy tomó otro sorbo de limonada y luego dejó el vaso sobre la bandeja. Localizar a aquel hombre no había sido fácil, pero solo cuando llegó a Inaris se dio cuenta de dónde iba a meterse.

Los rumores sobre él eran tan terribles que, de no ser por la promesa que le había hecho a Connie, se habría rendido y habría vuelto a Inglaterra. Claro que esa promesa daría igual si el padre del bebé resultaba ser el asesino del que hablaba todo el mundo, pero Connie había reunido información sobre él y le había dado el nombre de su contacto en Mahassa, la capital de Inaris.

Según ese contacto, los rumores sobre el jeque eran exagerados y, aunque era un hombre despiadado en la guerra, al parecer a veces ayudaba a aquellos que lo necesitaban.

No era mucho, pero lo suficiente como para que Ivy decidiese arriesgarse. Porque no hacía aquello solo por Connie sino por el bebé. Ella había crecido sin padres y sabía lo terrible que era. Además, lo veía a diario en los niños que vivían en la casa de acogida.

–Según el contacto que mi amiga tenía en Inaris, no era usted tan terrible como decían los rumores –Ivy lo miró fijamente–. ¿Lo es?

Nazir no se molestó en responder.

–Una llamada de teléfono habría sido suficiente.

–Sí, pero no es fácil localizar en internet el teléfono de un «despiadado señor de la guerra».

Él no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Seguía mirándola fijamente y el poder de esa mirada era casi una fuerza física que la empujaba.

–Señor Al Rasul…

–Puede llamarme simplemente «señor».

Ivy hizo una mueca.

–No pienso llamarlo así.

–Lo hará. Soy el comandante de esta fortaleza y mi palabra es la ley aquí.

–Pero yo no…

–Dígame, señorita Dean, ¿qué esperaba exactamente al venir aquí?

Ivy intentó contener su irritación. Seguramente no era sensato desafiarlo, por mucho que quisiera hacerlo.

–He venido para informarle de que va a tener un hijo en unos seis meses y para saber qué piensa hacer al respecto –respondió, esperando mostrarse calmada–. Como le he dicho, yo no puedo cuidar del bebé, no tengo medios para hacerlo. Me ofrecí a ser madre subrogada con la condición de que Connie se hiciera cargo del bebé en cuanto naciese. Ninguna de las dos imaginó que… –Ivy no terminó la frase, sintiendo una extraña constricción en el pecho–. Lo que quiero decir es que este hijo no es mío. O al menos, yo no lo veo como tal. Siempre ha sido el hijo de Connie.

–Pero genéticamente es hijo suyo –señaló él.

–Sí, lo sé, pero aun así –Ivy tragó saliva–. Un hijo debe ser querido.

–¿Y usted no quiere este hijo?

–Como he dicho, esa no fue nunca mi intención. Es hijo de Connie.

–¿Hijo, en masculino?

Se le había escapado. En realidad, no lo sabía. No había querido pensar en nombres o en si sería niño o niña.

Eso era algo que debía hacer Connie, no ella.

«Pero Connie ha muerto y este niño no tiene a nadie más».

Ivy se dio cuenta de que había vuelto a poner la mano sobre su abdomen, como para proteger al bebé de sus pensamientos.

–Él, ella, aún no lo sé.

–Pero cree que es un niño.

–Da igual lo que yo crea, lo que importa es qué piensa hacer usted ahora que sabe que va a ser padre.

El jeque la miró de arriba abajo, pensativo.

–Ha dicho que no quería formar una familia. ¿Por qué?

Ivy parpadeó, sorprendida por el cambio de tema.

–Eso no es asunto suyo.

–¿Ah, no? Está embarazada de mi hijo, de modo que todo lo que se refiera a usted es asunto mío.

Esa frase, «embarazada de mi hijo» hizo que Ivy se pusiera colorada.

Qué absurdo ruborizarse por algo así, pensó, avergonzada de sí misma.

En fin, parecía evidente que aquel hombre no tenía el menor interés en cuidar de un bebé y sería ridículo dejar al hijo de Connie allí. El viaje había sido una pérdida de tiempo.

«¿Y qué esperabas?».

«¿Pensabas que ibas a dejarle al bebé como si fuera un paquete?».

En realidad, no había pensado en lo que pasaría cuando por fin lo localizase. No había querido pensar en ello porque la realidad de tener un hijo que nunca había querido tener era demasiado aterradora. Ella no tenía medios, no tenía ayuda familiar. Cuidaba de los niños en la casa de acogida, pero se veía a sí misma como una profesora y una cuidadora, no como una madre. Ella no sabría cómo serlo porque nunca había tenido una madre.

Y estaría totalmente sola.

Además, ¿cómo iba a cuidar de un bebé cuando dedicaba todo su tiempo a dirigir la casa de acogida? ¿Cómo iba a atender a un recién nacido cuando tenía tantos otros niños necesitados de atención?

«No pienses en ello. Ve paso a paso».

Ivy se levantó, intentando contener una oleada de pánico.

–No es algo que pueda interesarle –le dijo, con aparente calma–. Una fortaleza llena de hombres no es el mejor sitio para criar a un niño, pero gracias por recibirme. Si alguien pudiese acompañarme de vuelta a la ciudad, se lo agradecería mucho.

El jeque estaba frente a ella, inmóvil como una estatua de piedra, los ojos de color turquesa tan helados como un glaciar.

–¿He dicho que podía marcharse?

–No, pero…

–Porque si cree que voy a dejar que se marche con mi hijo está muy equivocada, señorita Dean.

Capítulo 3

Ivy Dean no recibió esa noticia con agrado. Estaba claramente furiosa, fulminándolo con esos fascinantes ojos de color cobre dorado. Como el buen whisky escocés con el que a veces se daba un capricho después de una operación particularmente difícil.

Por supuesto, no estaba contenta con la situación y él no esperaba que lo estuviese, pero sus sentimientos no tenían importancia.

Ella había decidido ir a buscarlo, una tarea difícil para muchos hombres más experimentados que ella, y si pensaba que no iba a tener interés en el embarazo estaba equivocada.

Al ver cómo se llevaba una mano al vientre sin darse cuenta mientras le explicaba por qué había quedado embarazada para su amiga, Nazir se había sentido invadido por un extraño sentimiento posesivo.

Su padre había sido muy claro: no podía tener hijos. Y sí, cuando era joven se había sentido resentido por tantas reglas, tantas órdenes. Solo más tarde, cuando lo estropeó todo, entendió que su padre no había impuesto reglas arbitrarias por capricho.

No era solo tradición que un hijo ilegítimo de la casa real no pudiera tener más hijos, también lo hacía mejor soldado. Los lazos emocionales eran debilidades que un comandante no podía permitirse y era mejor limitarlos.

Así que Nazir había aceptado su destino. Aunque no había restricciones sobre el matrimonio, nunca podría tener un hijo propio.

Y, al final, había decidido que el matrimonio tampoco era para él. Su padre, que una vez había sido comandante en jefe del ejército del sultán, le había mostrado el camino que debía seguir y él lo había seguido, poniendo toda la energía en su vida de soldado.

El destierro de su padre y su propia existencia significaban que nunca tendría un puesto en el ejército de Inaris. De modo que, tras la muerte de su padre, Nazir había creado su propio ejército, tan poderoso que muchos gobiernos y numerosas empresas privadas lo contrataban con «propósitos estratégicos».

Tenía reglas, naturalmente. No aceptaba contratos para dar golpes de Estado o para desestabilizar gobiernos. Jamás asesinaría a civiles inocentes ni firmaría un contrato con un criminal que quisiera proteger sus propios intereses.

Tenía un estricto código moral y esperaba que sus soldados lo siguieran a rajatabla.

Un «mercenario ético» lo habían llamado en algunos medios de comunicación. Le daba igual. Él invertía el dinero en su ejército y en Inaris. Y, aunque no tenía nada que ver con su hermanastro, el sultán, o el palacio en general, en ciertos círculos era conocido como «el poder detrás del trono», para irritación de su hermanastro.

Pero Fahad no se atrevería a tocarlo. Nazir era demasiado poderoso.

Claro que un hijo lo cambiaba todo. Su hijo, para ser exactos.

Su hijo prohibido.

Él no había esperado tener hijos. Había pensado que esa tonta apuesta en Cambridge sería su única contribución a la reserva genética, pero el destino parecía tener otras ideas.

Y él, que nunca había dejado pasar una oportunidad, no iba a hacerlo ahora.

Tendría que pensar en las implicaciones, evidentemente, pero una cosa estaba clara: ella tendría que quedarse.

–¿Cómo que no va a dejarme ir? –le espetó Ivy.

–Yo creo que lo que he querido decir es evidente.

–Pero yo…

–Usted está deshidratada y quemada por el sol –la interrumpió él–. Su guía ha desaparecido. ¿Cómo piensa volver a Mahassa, a pie?

–Usted podría pedirle a alguien que me llevase.

–No voy a pedirle a uno de mis hombres que la lleve a la ciudad.

–Pero…

–Además, ha venido para saber si yo estaría interesado en ese hijo, ¿no? Pues tendré que pensarlo durante un tiempo ya que no es algo que hubiese anticipado.

–Pero yo no puedo…

–Y usted se quedará aquí hasta que lo haya decidido…

–¡Déjeme hablar! –lo interrumpió ella, furiosa.

De repente, el sentimiento posesivo se convirtió en otra cosa, en algo turbadoramente primitivo.

Él era un soldado y le gustaba pelear, le gustaban los retos. Era algo que también disfrutaba en el dormitorio, por eso le gustaban las mujeres fuertes. Sobre todo, las que lo desafiaban.

Tenía la sensación de que, aunque la señorita Dean parecía una delicada rosa, en realidad tenía una voluntad de hierro y un carácter que intimidaría a muchos hombres.

«Te gustaría poner a prueba ese carácter».

Ah, sí, claro que le gustaría, pero no era ni el sitio ni el momento. Y ella, definitivamente, no era la mujer apropiada.

Tal vez desahogaría sus deseos más tarde, con otra mujer. Tenía un par de «amigas» a las que podía llamar con ese propósito y siempre se mostraban encantadas de verlo.

Nazir miró a la furia que tenía delante, preguntándose si debía dejar pasar la interrupción. No lo haría si fuese un hombre…

«Pero no es un hombre, es la madre de tu hijo».

El sentimiento posesivo se volvió más poderoso, una sensación ardiente que no le gustaba nada, de modo que la aplastó.

Las emociones eran el enemigo de una cabeza despejada. Su padre le había enseñado que un soldado debía divorciarse de sus emociones, aunque las suyas propias hubieran sido, al final, un terrible error.

Obedecer órdenes no requería pensar o sentir y dirigir hombres solo requería un frío intelecto. Un buen líder dirigía con la cabeza, no con el corazón. Esa era una lección que Nazir había aprendido desde muy joven.

–No puede retenerme aquí. Soy ciudadana británica y estoy registrada en el consulado –protestó ella–. Si me ocurre algo, vendrán aquí y pondrán todo patas arriba hasta que me encuentren. No puede amenazarme.

Él la miraba con toda tranquilidad, sin interrumpirla porque sabía que, tarde o temprano, se quedaría sin palabras y sin aliento. Y entonces se daría cuenta de que daba igual lo que dijese o lo que hiciese. Él había tomado una decisión. Le había dado una orden y tendría que obedecer.

–No creo haberla amenazado de muerte, señorita Dean. Solo he dicho que tendrá que quedarse aquí.

Ella levantó la barbilla.

–Su reputación dice otra cosa.

–Pero, como ya se habrá dado cuenta, son solo rumores que yo hago correr para desanimar a mis enemigos y a las visitas indeseadas.

La expresión airada de Ivy Dean casi lo hizo reír y eso lo sorprendió. Pocas cosas lo hacían reír. La vida del comandante de un ejército no estaba llena de alegrías y la expresión en el rostro de la señorita Dean era una agradable distracción.

No le tenía ningún miedo y parecía decidida a salirse con la suya a pesar de estar en una fortaleza llena de soldados de élite que podrían matarla si él daba la orden.

Aunque no lo haría, por supuesto. Jamás le haría daño a una mujer, pero ella no parecía entender que debería tener miedo. Era casi como si no la impresionase.

Bueno, pues eso tendría que cambiar.

–No puedo quedarme más que un par de horas –insistió Ivy–. Quiero volver a Mahassa antes de que anochezca.

No estaría en Mahassa antes de que anocheciese, pensó Nazir. Podría llevarla allí en uno de sus helicópteros, pero no iba a hacerlo. Aún no. Tenía que pensar en las implicaciones de la situación antes de tomar una decisión y hasta que eso ocurriese Ivy Dean se quedaría allí, donde podría vigilarla. A ella y a su hijo.

–Se quedará aquí el tiempo que tenga que quedarse –le informó, mirándola de modo frío, impersonal, como miraría a uno de sus hombres.

Y ella se llevó una mano al abdomen en un gesto protector. Lo había hecho un par de veces, pensó Nazir. Tal vez no era tan ambivalente sobre el bebé como decía.

De nuevo, experimentó esa sensación posesiva, como si le gustase que Ivy Dean se mostrase protectora con su hijo.

Su hijo. Hijo de los dos.

Fuera cual fuera su decisión final, el bebé era una oportunidad y tenía que tratarla como tal.

Ella parecía cansada y era lógico. Había recorrido el desierto para hablar con él. Había que tener valor para hacer eso. Y todo para cumplir la promesa que le había hecho a una amiga.

–Usted sabe que no voy a hacerle daño –dijo de repente, sin saber por qué–. Está a salvo aquí.

Ella levantó la barbilla de nuevo en un gesto orgulloso.

–¿Cree que le tengo miedo? –le espetó, mirándolo de arriba abajo.

–Debería tenerlo –respondió él, intentando disimular que, en el fondo, admiraba su temeridad.

–Pues no lo tengo.

Nazir intentó disimular una sonrisa. Estaba claro que no iba a dejarse impresionar y eso era algo a lo que no estaba acostumbrado.

Claro que sería más convincente si no se hubiese puesto colorada. O si no estuviera mirando su torso, que había quedado al descubierto bajo la chilaba abierta.

Interesante.

Él no era un hombre que ignorase los detalles, por insignificantes que fuesen, y tal vez ese detalle le sería de utilidad más adelante.

–Puede que quiera revisar esa opinión. Además, a pesar de lo que piense de mí, está cansada y necesita líquidos. Y probablemente también necesita comer algo.

–Estoy bien. No se preocupe por mí.

Nazir abrió la puerta y dijo algo en árabe a los guardias. Uno de ellos se dirigió hacia la entrada de la fortaleza y el otro entró obedientemente en la garita.

–Vaya con él, señorita Dean –le ordenó–. La llevará a la biblioteca.

–Estoy bien aquí, gracias.

–Irá donde se le diga que vaya –replicó Nazir, irritado–. Ser tan testaruda no es más que una pérdida de tiempo.

Ella lo fulminó con la mirada, pero por fin asintió con la cabeza.

–Muy bien.

El sutil tono retador despertó en él un calor indefinible, pero hizo caso omiso. Debía tomar una decisión sobre la señorita Dean y el hijo que esperaba, su hijo, pero lo haría pensando con la cabeza y, definitivamente, sin hacer caso de otras partes de su cuerpo.

«Pero disfrutarías haciéndola tuya».

Nazir apartó de sí ese pensamiento. Su propio disfrute era la última de sus preocupaciones y nunca permitía que jugase un papel en sus decisiones.

–No debe aventurarse por el resto de la fortaleza –le advirtió–. Se quedará en la biblioteca, ¿entendido?

–¿No se supone que estoy a salvo aquí?

–Sí, lo está, pero no quiero extraños paseando por el recinto como si fueran turistas. Y no hay nada más que decir –le advirtió Nazir al ver que abría la boca–. Será mejor que obedezca, señorita Dean. Si no lo hace, no le gustarán las consecuencias.

Ivy no quería seguir al guardia, pero no tenía alternativa. O iba con él o…

«No le gustarán las consecuencias».

El eco de las palabras del jeque arañaba sus terminaciones nerviosas como papel de lija.

Había querido negarse, decirle que no podía hablarle así, pero mostrarse testaruda no valdría de nada. No, por desagradable que fuese, en eso tenía razón. Y también tenía razón al decir que debía comer algo.

Incluso podría admitir que estaba cansada, aunque era exasperante que el jeque se hubiese dado cuenta cuando ella intentaba por todos los medios no mostrar debilidad.

Pero cuando le dijo que no iba a marcharse de allí se alarmó. Sabía que él necesitaría tiempo para hacerse a la idea de que iba a ser padre, pero pensó que volvería a Mahassa y esperaría allí durante un par de días hasta que decidiese lo que quería hacer y después tomaría un avión de vuelta a Inglaterra.

No quería estar fuera mucho tiempo porque los niños la necesitaban y, aunque la persona a la que había dejado a cargo de la casa en su ausencia era competente, la verdad era que no se fijaba mucho en los detalles.

Ignorando una punzada de preocupación, ya que no podía hacer nada al respecto, Ivy siguió al guardia al interior de la fortaleza, que era inesperadamente fresco. Los gruesos muros de piedra lo protegían del calor del desierto.

Ivy escuchaba el ruido de las botas del guardia sobre el suelo de piedra mientras la llevaba por una serie de corredores hasta una amplia habitación con un par de estanterías y varias mesas y sillas en el centro. Era un lugar espartano, pero estaba muy limpio.

El guardia señaló una de las sillas, se dio la vuelta sin decir una palabra y cerró la puerta tras él.

Ivy se quedó de pie un momento, mirando alrededor. No había nada blando, nada confortable, ni un sofá en el que tumbarse o un simple sillón. Las sillas eran de madera, pero desde las ventanas podía ver un patio asombrosamente verde, un alivio para los ojos después de recorrer el árido desierto. El patio estaba lleno de plantas y árboles e incluso había una fuente, el alegre sonido del agua traspasando los gruesos muros de piedra.

Qué extraño encontrar aquel paraíso en medio de una fortaleza gobernada por un notorio caudillo del desierto.

Ivy volvió a pensar en Nazir Al Rasul, en sus asombrosos ojos, tan claros y tan fríos. No parecía un hombre que disfrutase de un jardín. No parecía un hombre que disfrutase de nada en realidad.

¿Qué clase de padre sería? Uno severo, claro. Y muy estricto. Seguramente no le gustaban los niños. Desde luego, no se había mostrado contento al recibir la noticia.

¿Pero de verdad quería involucrar a un hombre como él en la vida del hijo de Connie?

Tal vez había sido un error ir allí.

«Pero al menos el niño tendría un padre, algo que tú nunca tuviste».

Ivy se dio la vuelta y paseó por la biblioteca, turbada por unos pensamientos que no tenían nada que ver con la situación. Lo que importaba era el hijo que esperaba y si lo mejor para ese hijo era tener un padre, aunque fuese el severo Nazir Al Rasul, tendría que lidiar con ello.

«¿Pero y si no quiere saber nada de su hijo?».

Ivy se detuvo. Había hecho lo posible para no pensar eso porque no tenía respuestas. El tratamiento de Connie había fracasado de repente y no tuvieron tiempo para hacer planes. O daba al bebe en adopción o se quedaba con él. Y como la idea de dar al hijo de Connie en adopción le resultaba insoportable, la única solución sería quedarse con él.

«¿Madre tú? Lo dirás de broma».

Ella no sabía nada sobre la maternidad o sobre la familia porque no había tenido una propia. Hija de una mujer soltera, los Servicios Sociales se habían hecho cargo de ella a los tres años, cuando su madre murió.

Había crecido en la casa de acogida que ahora dirigía, la única niña que no había sido adoptada. Habían sido unos años muy difíciles, pero al final todo terminó bien ya que el responsable oficial de la casa valoraba su organización, por eso le había dado el empleo.

Pero ser organizada no la convertía en una buena madre. Una madre debía querer a su hijo y su experiencia con el amor era inexistente. En la casa de acogida habían atendido sus necesidades, pero no le importaba a nadie. Nadie la había querido.

¿Y cómo iba a darle a un niño lo que ella no había recibido nunca?

Podría intentarlo, desde luego, ¿pero y si no lo conseguía? Le había prometido a Connie que cuidaría de su hijo…

Una mujer vestida con un uniforme negro entró entonces con dos bandejas en las manos. Después de saludarla con la cabeza, dejó las bandejas sobre una de las mesas y luego volvió a salir sin decir una palabra.

Ivy miró las bandejas, asombrada. Había esperado un sencillo sándwich y un vaso de limonada, pero aquello era un banquete.

Había sándwiches con diferentes rellenos, cortados con todo cuidado y perfectamente colocados sobre una de las bandejas. En la otra, un plato de delicadas magdalenas que parecían recién hechas y una jarra de limonada con una ramita de menta.

Ivy frunció el ceño. Parecía algo que servirían en un hotel de cinco estrellas, no una comida preparada en una fortaleza en medio del desierto.

¿Quién lo habría preparado? Porque aquello era claramente el trabajo de un chef, no el simple cocinero de un cuartel.

Ivy quería encontrar algún fallo para no tener que comérselo, pero sabía que solo era porque el jeque la ponía nerviosa con su autoritaria actitud.

Pero esa no era buena razón para no comer cuando le hacía tanta falta. Y si no por ella, al menos debía hacerlo por el bebé, de modo que se tragó el orgullo y se llevó uno de los sándwiches a la nariz ya que había ciertas cosas que no podía comer estando embarazada. Aquel sándwich en particular olía a pepino y se le hizo la boca agua. Cuando por fin le dio un mordisco tuvo que admitir que estaba delicioso.

Cinco minutos después se había comido todos los sándwiches y todas las magdalenas, que eran ligeras como el aire.

También se bebió la limonada, más que irritada al escuchar la voz del jeque en su cabeza advirtiéndole que bebiese despacio cuando ella querría bebérsela de un trago. Pero eso sería un error. Dejarse llevar por su carácter siempre era un error.

Mientras bebía, se acercó a las estanterías para mirar los títulos. Eran clásicos y parecían no haber sido abiertos nunca. En realidad, era una biblioteca muy pobre.

Como no encontró nada de interés, paseó distraídamente por la habitación. En general, no le gustaba estar sentada y prefería ocuparse en algo, pero allí no había nada que hacer. Tenía el móvil en la mochila, pero estaba descargado y no veía enchufes en la habitación.

Suspirando, empujó la puerta, convencida de que estaría cerrada con llave, pero no era así. El largo corredor estaba completamente silencioso, pero podía oír voces a lo lejos y también ruido de máquinas.

El jeque le había dicho que no se moviese de la biblioteca, pero no podía esperar que se quedase allí sin hacer nada. Tal vez debería buscarlo y preguntar cuánto tiempo iba a retenerla en la fortaleza. Además, ¿cómo iba a descansar cuando no había más que duras sillas de madera?

«El problema no son las sillas».

Ivy no quería pensar que estaba sola en medio del desierto, en una fortaleza llena de hombres. O en el autoritario jeque.

En realidad, su aprensión tenía más que ver con una presencia diminuta que, sin embargo, la afectaba poderosamente. Una presencia a la que había intentado resistirse con todas sus fuerzas mientras enredaba sus diminutos tentáculos en su corazón.

Podía decirse a sí misma que era hijo de Connie y no tenía nada que ver con ella, pero su amiga había muerto y ese bebé no tenía a nadie más. Y ella tenía miedo porque temía defraudarlo, temía no ser la clase de madre que el bebé merecía.

Connie debería haber sido su madre…

«Connie ha muerto. Solo quedas tú».

Ivy tomó aire, llevándose las manos al vientre sin darse cuenta. Aquello era por Connie y por el bebé. Tenía que descubrir qué estaba pasando y no podría descansar hasta que lo hiciese.

Armándose de valor, salió al estrecho pasillo y se detuvo un momento, aguzando el oído. Decidió ir hacia la derecha, siguiendo el sonido de las voces, con el corazón acelerado.

–La biblioteca no está en esa dirección, señorita Dean –dijo una voz a su espalda.

Ivy se detuvo, conteniendo el aliento. ¿De dónde había salido el jeque? No lo había visto, no lo había oído. Había aparecido como un fantasma.

Los anchos hombros de Nazir Al Rasul bloqueaban el estrecho pasillo. Seguía llevando la chilaba negra y su torso bronceado era visible entre los bordes de la tela.

Y, al parecer, su respuesta en la garita no había sido una aberración momentánea porque sintió la misma oleada de calor que había sentido entonces.

Era ridículo. ¿Qué le pasaba?

Había visto más de un torso desnudo, si no en la vida real, al menos en la televisión y en el cine. Y ningún torso desnudo había hecho que se ruborizase.

Se irguió todo lo que pudo, que no era mucho ya que era más bien bajita. La altura y anchura de aquel hombre hacía que el pasillo pareciese aún más estrecho, oscuro e impenetrable.

De repente, Ivy experimentó una sensación de claustrofobia. Sus ojos de verdad eran de un color extraordinario, clarísimos, enmarcados por unas pestañas largas y espesas, pero tan fríos como la luz de un reflector barriendo las esquinas de su alma, dejando al descubierto todos sus secretos.

–No iba a la biblioteca. Si puede llamarse biblioteca a ese sitio –respondió por fin con voz temblorosa–. Iba a buscarlo.

–Le ordené que no se moviese de allí.

Ivy tragó saliva.

–Dijo que no quería que pasease por aquí como si fuera una turista, pero no estoy paseando. Iba a buscarlo. Quería saber qué está pasando.

–Ha desobedecido una orden.

Ella suspiró.

–Yo no soy uno de sus soldados, señor Al Rasul. No estoy a sus órdenes, así que no he desobedecido.

Si la respuesta lo había enfadado no dio señales de ello. Su expresión seguía siendo helada e Ivy sintió el absurdo deseo de hacer algo que lo enfadase, que lo hiciese reaccionar. Algo que provocase un brillo en esos helados ojos azules, algo que turbase de algún modo esa máscara inexpresiva.

«Y solías preguntarte por qué nadie te había adoptado».

Bueno, ella sabía por qué. Tenía un carácter fuerte y odiaba que le diesen órdenes. Al parecer, eso era indeseable en una niña, pero eran rasgos muy útiles para una adulta e Ivy había aprendido a usarlos a su favor, especialmente cuando se trataba de proteger a los niños de los que era responsable.

Pero lidiar con trabajadores sociales y funcionarios era muy diferente a lidiar con un hermético jeque, que en ese momento se volvió hacia uno de sus guardias.

–Acompaña a la señorita Dean a la biblioteca –le ordenó–. Y luego cierra la puerta con llave.

Capítulo 4

Nazir vio rabia y miedo en las delicadas facciones de Ivy Dean. Y también en las chispitas doradas que destellaban en las pupilas de color cobre. Pero le daba igual.

No podía permitir que alguien desobedeciese sus órdenes, fuese quien fuese, y menos delante de sus hombres. Especialmente aquella mujer.

Sus guardias sabían lo que debían hacer y antes de que la pequeña furia abriese la boca para protestar, se la llevaron por el pasillo.

No era un sitio confortable para ella y Nazir lo sabía, pero en esa zona de la fortaleza no había grandes comodidades para una mujer embarazada. Después la llevarían a una habitación más agradable y, además, le había ofrecido comida y bebida.

Había esperado que desobedeciese sus órdenes, por supuesto. Ivy Dean nunca sería una esposa obediente, pero él no quería una esposa. Nunca había pensado en casarse hasta que ella apareció anunciando que estaba embarazada.

Pero no había tardado mucho en tomar una decisión.

Había sido una decisión instantánea y las decisiones instantáneas debían verse con desconfianza en circunstancias normales, pero no en aquella ocasión.

No podía tenerla paseando por la fortaleza y tampoco por Inaris. Cuando se supiese que estaba esperando un hijo suyo sus enemigos intentarían atacarlo. Desde luego, el sultán tendría algo que decir y el peligro, tanto para Ivy como para su hijo, aumentaría de forma exponencial.

Ni siquiera estarían a salvo en Inglaterra. No estarían a salvo en ningún sitio salvo allí, donde tenía todo un ejército para protegerlos.

Así que no podía dejarla ir. Tendría que quedarse con él. Y para no dejar resquicios por los que sus enemigos pudieran colarse para hacerle daño, a ella o al bebé, Ivy Dean tendría que casarse con él.

No era solo para proteger legalmente a su hijo, había otros factores. Crecer siendo el producto de la aventura de su padre con la mujer del sultán no había sido fácil. Su vínculo con la sultana debía ser un secreto porque el sultán era un hombre cruel, capaz de todo. En realidad, Nazir no culpaba a su madre por buscar afecto en los brazos de otro hombre.

Su madre había conseguido ocultar el embarazo hasta que, por fin, decidió marcharse del país durante un mes, con la excusa de unas vacaciones, para tener a su hijo en secreto. Iba acompañada de una criada de confianza, la única persona, aparte de su padre, que sabía la verdad.

Su nacimiento había sido un error y Nazir siempre había sentido esa carga.

Él era el recordatorio constante de la infidelidad de su madre, una amenaza para su sitio en el palacio. Esa era una presión que no desearía para ningún niño, especialmente un hijo suyo. Y, aunque las circunstancias ahora eran muy diferentes, no iba a dejar nada al azar.

Aquel hijo sería reconocido y tendría un padre y una madre. La pequeña furia podría tener algo que decir al respecto, pero sus sentimientos sobre el asunto eran irrelevantes.

Nazir volvió a su oficina y pidió una reunión urgente con sus ayudantes. Su jefe de operaciones, un antiguo Navy Seal, enarcó una ceja al escuchar el anuncio, pero nadie cuestionó su decisión. Nadie se atrevería. Además, aquel era un asunto privado.

Una vez que los necesarios planes se pusieron en marcha, Nazir ordenó que llevasen a Ivy Dean a su oficina. No sería fácil darle la noticia, pero como no iba a hacerle la menor gracia en cualquier caso, lo mejor sería ir directo al grano.

Necesitaría tiempo para hacerse a la idea y se lo daría, aunque no aceptaría una negativa porque había demasiado en juego. Y tampoco dejaría que se fuese de allí. Aquello era necesario y cuanto antes lo entendiese, mejor para todos.

Cinco minutos después, la puerta de su oficina se abrió y uno de los guardias entró con una irritadísima Ivy Dean, que lo fulminó con la mirada.

El cansancio era ahora más aparente. Tenía sombras oscuras bajo los ojos y las rodillas no parecían capaces de sostenerla. No era el mejor momento para darle la noticia, pero no había tiempo que perder.

–Tiene que decirme qué está pasando aquí y tiene que decírmelo ahora mismo –dijo ella, con gesto airado.

Nazir le hizo un gesto al guardia, que salió de la oficina inmediatamente y cerró la puerta.

–Siéntese –le ordenó, señalando una silla frente al pesado escritorio de madera.

Ivy levantó la barbilla.

–Gracias, pero prefiero quedarme de pie.

«Qué mujer tan obstinada».

Nazir se levantó y dio la vuelta al escritorio para colocarse frente a ella. Estaba claro que su presencia la incomodaba y eso era interesante.

–Puede que prefiera sentarse.

–Llevo horas sentada –replicó ella, agitada.

Necesitaba liberar toda esa agitación, pensó Nazir. Cuando sus soldados estaban exageradamente excitados había que canalizar esa energía con intensos ejercicios de entrenamiento. Eso era bueno para relajar la tensión.

Pero, evidentemente, no podía enviar a Ivy a hacer ejercicios de entrenamiento.

«Hay otras formas de relajar la tensión».

Y tampoco haría eso, pensó Nazir, por interesado que estuviese. Se casaría con ella, pero sería un matrimonio de conveniencia. No sería fácil convencerla de que debía casarse con él, así que hablar de asuntos de dormitorio era un puente demasiado lejano en ese momento.

La emoción que sintió al pensar en ello le recordaba que había descuidado sus necesidades físicas durante demasiado tiempo. Bueno, tendría que ponerle remedio.

–Como quiera –dijo por fin–. Pero necesita comer y beber más…

–No, lo que necesito es que me diga qué está pasando aquí –lo interrumpió ella.

–He tomado una decisión sobre mi hijo –anunció Nazir–. Eso es lo que está pasando.

–¿Y cuál es esa decisión? Dígamelo de una vez. Tengo que volver a Mahassa esta noche porque…

–No volverá a Mahassa. Ni esta noche ni mañana.

Ivy parpadeó.

–¿Perdone?

–Va a quedarse aquí, en la fortaleza, donde yo pueda proteger a mi hijo.

–Perdone, pero no le entiendo. ¿Cómo que debo quedarme aquí? ¿Y proteger a su hijo de qué?

–De quién, señorita Dean. En cuanto a lo que de quedarse en la fortaleza, creo que me he explicado con claridad. No puedo permitir que se vaya.

–¿Por qué no?

Nazir había aprendido a estudiar las reacciones de sus hombres para saber cuándo podía presionar y cuándo no hacerlo. Cuándo debían descansar y cuándo estaban aburridos y necesitaban un reto. O cuándo estaban inseguros y necesitaban una inyección de confianza.

Y ella parecía agotada y asustada, y tal vez darle la noticia sería contraproducente en ese momento. Él no era un hombre delicado o considerado porque tenía el corazón de un soldado, pero podía serlo si la situación lo exigía y, evidentemente, la situación exigía que fuese con cuidado.

–Tengo muchos enemigos, señorita Dean, y su presencia aquí habrá sido detectada. Por aquí no vienen muchas mujeres y menos mujeres embarazadas, de modo que alguien sacará las lógicas conclusiones.

Ella seguía mirándolo con el ceño fruncido.

–¿Qué está diciendo?

–Que si vuelve a Mahassa podría estar en peligro porque habrá gente que quiera utilizarla contra mí.

Ivy parpadeó de nuevo.

–No puede hablar en serio.

–Soy un hombre peligroso para mucha gente poderosa, para muchos gobiernos. Y si descubren que está esperando un hijo mío…

Nazir no terminó la frase, pero no tenía que hacerlo. Ivy lo había entendido.

–Así que es usted un despiadado señor de la guerra después de todo.

–Esa es una conversación para otro momento. La realidad es que al venir a Inaris ha puesto en peligro su vida y la de mi hijo. Y es imperativo que siga aquí, donde yo puedo protegerlos.

Ivy palideció y tuvo que agarrarse al respaldo de la silla.

–No era mi intención. Lo he hecho por Connie. Yo nunca…

Nazir se irguió, preocupado al verla tan pálida. Aunque no le gustaba esa preocupación. Una cosa era preocuparse por sus soldados, que dependían de él, pero no por una mujer, aunque esperase un hijo suyo.

–Siéntese –le ordenó–. Parece a punto de desmayarse.

–No quiero sentarme –replicó ella–. ¿Cuánto tiempo tendré que quedarme aquí? Porque yo tengo una vida en Inglaterra y debo volver allí. ¿Y mi habitación del hotel de Mahassa? Todas mis cosas están allí… y mi pasaporte está en la caja fuerte. Si hay algún peligro, lo mejor será que vuelva a Inglaterra de inmediato. Allí estaría a salvo.

Nazir esperó hasta que terminó de hablar, sintiendo cierta admiración por su obstinación y su amor propio. Debía estar agotada y conmocionada, pero seguía discutiendo sus órdenes.

–No, me temo que no estaría segura en ningún sitio salvo en esta fortaleza. En cuanto a sus cosas, he enviado a alguien a buscarlas y las traerán en unas horas.

–¿Durante cuánto tiempo? Tengo una semana de vacaciones, pero luego debo volver a Inglaterra.

Nazir se acercó ella y, sin decir una palabra, la tomó por los brazos para sentarla en la silla. Debía estar conmocionada porque no se resistió, aunque lo miró con gesto aprensivo. Y sí, definitivamente, había miedo en sus ojos.

Después puso las manos sobre los brazos de la silla, acorralándola para asegurarse de que prestaba atención. Además, debería estar sentada cuando le diese la noticia.

Su piel era tan delicada. No estaba hecha para el calor del desierto. Afortunadamente para aquella rosa inglesa, en la fortaleza había el equivalente a un invernadero.

–Tendrá que quedarse aquí al menos hasta que nazca el bebé. Después de eso, podremos negociar.

–¿Qué?

–Antes ha dicho que todos los hijos deberían ser queridos y yo estoy de acuerdo. Yo quiero a este hijo, pero si voy a reclamarlo como mío hay un par de cosas que debe entender. Mi apellido es a la vez un riesgo y una protección, pero quiero que mi hijo lo lleve y quiero que la madre de mi hijo lo lleve también.

Ivy lo miraba sin entender.

–¿Su apellido?

Nazir se dio cuenta de que iba a tener que ser más específico.

–Voy a casarme con usted –anunció–. Y me temo que debo insistir.

Al principio, Ivy no entendía lo que decía. No podía entender lo que estaba pasando.

Odiaba que otras personas tomasen decisiones importantes por ella y, sin embargo, en aquel momento no podía hacer nada al respecto.

No podía volver a casa, le había dicho. Tenía que quedarse allí. Tanto ella como el hijo que esperaba estaban en peligro.

Intentó levantarse, pero el jeque se lo impidió. Era tan grande, tan fuerte que la hacía sentir pequeña, frágil y turbadoramente femenina.

Luego había dicho que tenía que casarse con ella, pero no podía ser verdad. Tenía que haber oído mal. No se conocían. Eran extraños y nadie se casaba con un extraño, a menos que estuvieran en un absurdo programa de telerrealidad.

Ivy lo miró a los ojos. De verdad eran de un color extraordinario, cristalinos como la nieve de un glaciar. Tal frío en medio del ardiente desierto. Él, en cambio, irradiaba calor, pero era un calor peligroso e Ivy sabía que podría quemarla si no tenía cuidado.

–No –consiguió decir por fin–. Eso es una locura. Yo no puedo casarme con usted. ¿De qué está hablando?

Él no se movió. Parecía inamovible, inflexible como el granito. Tenía la sensación de que podría empujar y empujar con todas sus fuerzas y no conseguiría moverlo un solo centímetro.

–No puede negarse –dijo el jeque.

Y ella sintió esa voz en sus huesos, como el ruido sordo de unas placas tectónicas.

–¿Pero y si ya estuviera casada? ¿Y si viviese con alguien?

–¿Está casada? ¿Vive con alguien?

–No, pero…

–Entonces todo eso es irrelevante.

–¿Por qué tengo que casarme con usted?

–Estar casada conmigo le ofrecerá protección legal –respondió él–. Además, la madre de mi hijo debería ser mi esposa.

–Pero eso es medieval. Ahora la gente no se casa solo por eso.

–Me da igual lo que haga la gente. Mi hijo tendrá un padre y una madre y para eso debemos casarnos.

–Pero si no nos conocemos. Somos dos extraños –protestó Ivy–. No nos queremos.

–¿Qué tiene que ver el amor?

–Dos personas se casan cuando están enamoradas –respondió ella, asustada.

De hecho, empezaba a experimentar una oleada de pánico. Normalmente, ella era buena en los momentos de crisis y siempre sabía qué hacer. Nunca se dejaba llevar por las emociones. ¿Entonces por qué sentía como si estuviera a punto de derrumbarse?

Las hormonas del embarazo seguramente. Las hormonas y aquel arrogante e insufrible jeque.

–No sé en qué mundo de cuento de hadas vive usted, señorita Dean, pero esto no es un cuento de hadas –dijo Nazir, con el ceño fruncido–. No se trataría de un matrimonio de verdad sino uno de conveniencia. Públicamente será un matrimonio legal, pero en privado solo será una formalidad.

Ivy dejó escapar un suspiro. Solo sería una formalidad, pensó, sintiendo cierta… ¿decepción?

No, qué absurdo. ¿Por qué iba a sentirse decepcionada al saber que solo sería un matrimonio de conveniencia? Ella no quería acostarse con el jeque, por supuesto que no.

–Lo siento, pero eso no me tranquiliza.

–Sus sentimientos no importan –le espetó el jeque, cerniéndose sobre ella como la propia fortaleza–. La seguridad y el bienestar de mi hijo es lo único importante.

–También es mi hijo –dijo ella sin pensar.

Él enarcó una ceja.

–Pensé que era el hijo de su amiga.

Ivy sintió una oleada de ira contra aquel hombre que había tomado el control de la situación sin contar con ella, haciéndola sentir tan impotente como cuando era la pobre niña huérfana a la que nadie quería adoptar, por buena que fuese, por mucho que sonriese.

Había hecho tantas entrevistas con posibles padres, pero nadie la había elegido. Nadie la había querido y ella no podía hacer nada al respecto. Absolutamente nada.

Ivy se levantó, sin darse cuenta de lo cerca que estaba. Era tan alto y sus hombros tan anchos que la hacía sentir como una cría. Olía como el desierto, ardiente y seco, absolutamente masculino.

Se sentía atrapada por la claridad de sus ojos y por una extraña debilidad, como si estuviese en el mar y la marea estuviese retrocediendo, llevándosela con ella a la deriva.

No se dio cuenta de que se le habían doblado las rodillas hasta que un duro brazo masculino la sujetó por la cintura, apretándola contra un torso que parecía de piedra.

Ivy dejó escapar el aliento mientras ponía las manos en ese torso para recuperar el equilibrio. Parecía como si estuviese hecho de acero y, sin embargo, era muy cálido. Un escudo cubierto por una piel aterciopelada…

Era tan agradable que le gustaría cerrar los ojos y apoyar la cabeza en ese torso como la apoyaría sobre una roca para disfrutar del sol.

Nazir Al Rasul la tenía atrapada y no podía moverse. Había agotado todas sus energías atravesando el desierto y enfrentándose con el formidable jeque… y entonces él había lanzado aquella bomba.

No podía marcharse de allí y debían casarse porque quería reclamar a su hijo.

Estaba tan cansada y, en el fondo, tan asustada. Connie había muerto y ella quería cumplir los deseos de su amiga, pero ya no estaba segura de poder hacerlo. Jamás hubiera imaginado que tendría que hacerlo sola.

La rabia, el dolor y el miedo se mezclaban en su interior y, de repente, sus ojos se nublaron.

Oh, no, había estado a punto de desmayarse y ahora estaba a punto de ponerse a llorar. Era demasiado.

Ivy cerró los ojos y lo oyó murmurar algo que parecía una palabrota mientras la tomaba en brazos.

Debería haber protestado. Debería haber hecho algo para detenerlo, pero no lo hizo.

Las últimas cuatro semanas, desde que Connie murió, habían sido tan duras, tan tristes. Y ya no le quedaban fuerzas.

Notó que la sacaba de la oficina y que atravesaban varios corredores oscuros. Oía voces, sobre todo la del jeque dando órdenes.

Tal vez iban de vuelta a la solitaria biblioteca, pero le daba igual. El hombre que la llevaba en brazos era cálido y fuerte y estaba tan exhausta que le parecía lo más natural del mundo relajarse contra su torso.

No la habían llevado en brazos desde que era niña. De hecho, ahora que lo pensaba, nunca la habían llevado en brazos. Nadie la había tocado en mucho tiempo. No recordaba la última vez…

Tal vez podría quedarse así durante unos segundos. Solo unos segundos.

Ivy apoyó la mejilla sobre la chilaba de lino, respirando su aroma, una mezcla de olor a hombre y esencia de almizcle, que era nuevo para ella. Podía notar los latidos de su corazón, fuertes vibrantes, seguros. No sabía por qué, pero le resultaba extrañamente consolador.

Oyó ruido de puertas cerrándose y entonces el ambiente se volvió menos árido, más húmedo. Casi podría pensar que estaban al aire libre.

Luego sintió que la dejaba sobre algo blando y, sin darse cuenta, se agarró a su chilaba como si no quisiera soltarlo.

Pero ese breve momento de debilidad terminó enseguida. Necesitaba lidiar con la realidad, de modo que abrió los ojos.

Estaba en una amplia sala de techos altos y paredes de azulejos blancos, con algún toque verde aquí y allá. Los suelos eran de piedra blanca, cubiertos por alfombras de seda en tonos azules y verdes, con algún toque rojo y naranja.

Las ventanas daban al fresco patio que había visto antes. Era un sitio precioso y casi podría jurar que oía el canto de los pájaros.

Había varios sofás bajos con almohadones de seda y estanterías de madera llenas de libros.

Se dio cuenta entonces de que él la había dejado sobre un sofá y era tan cómodo que, francamente, no quería moverse. La habitación era encantadora y lo único que quería era dormir durante unas horas y olvidar lo que estaba pasando, pero el jeque se puso en cuclillas frente a ella, mirándola con ojo crítico, como un médico examinando a un paciente.

Esa mirada la hacía sentir tan expuesta y vulnerable que sintió la tentación de volver a cerrar los ojos, olvidarse de él y fingir que no existía. Pero eso no iba a ayudarla.

El jeque Al Rasul existía y era el padre del hijo que esperaba. Un hijo que quería reclamar como suyo y, al parecer, a ella también.

Ivy nunca había sido cobarde y no podía esconder la cabeza en la arena, por mucho que quisiera hacerlo.

–Lo siento, no quería desmayarme –se disculpó.

Intentó sentarse, pero él se lo impidió poniendo las manos sobre sus hombros.

–Tiene que descansar –le dijo con tono autoritario–. Y luego necesita una ducha, ropa limpia y comer algo más. Y, definitivamente, debe beber agua. Y no discuta conmigo –se apresuró a decir al ver que ella iba a protestar–. Es malgastar energía porque sabe que tengo razón.

Era cierto, maldito fuese.

Ivy dejó escapar el aliento.

–No me gusta que me digan lo que tengo que hacer.

–Qué sorpresa –se burló él–. En realidad, a mí tampoco me gusta, pero si alguien me dijese que tengo que comer y yo supiera que necesito comida le haría caso y no perdería el tiempo discutiendo.

En realidad, Ivy no tenía energía para discutir y, además, en aquella habitación tan plácida y fresca no sentía el deseo de hacerlo.

Irritada, tiró del bajo de su polvorienta túnica.

–Decir que no puedo irme de aquí y que debo casarme con usted no ayuda nada –le espetó.

–No, imagino que no, pero debe conocer mis intenciones y quería que tuviese tiempo para hacerse a la idea.

–Seguro que hay mejores formas de protegerme y proteger a su hijo que casándonos.

–Tal vez –dijo él, incorporándose con un movimiento sorprendentemente ágil para tomar una manta en tonos azules–. Pero esa es mi decisión y ahora mismo tiene que dormir. No quiero que vuelva a desmayarse.

Ivy lanzó sobre él una mirada de indignación.

–No me he desmayado exactamente.

–Ah, no, perdone. Ha sido un desvanecimiento.

¿Estaba bromeando? No podía ser, no parecía un hombre capaz de hacer una broma

–¿Un desvanecimiento? ¿Como las damiselas del siglo pasado? No, de eso nada.

La expresión del jeque seguía siendo enigmática.

–Dadas las circunstancias, sería comprensible.

Ivy intentó luchar contra la deliciosa flojedad provocada por la suave manta y el tintineo de la fuente, decidida a no dejar que él dijese la última palabra.

–¿Y qué circunstancias son esas?

Él esbozó una media sonrisa, mirándola con unos ojos que, por una vez, no parecían dos bloques de hielo.

–Duerma, señorita Dean –le ordenó.

Y para su irritación, Ivy se encontró haciendo precisamente eso. Aunque, tontamente, la media sonrisa del jeque pobló sus sueños.

Capítulo 5

Nazir se sentía lleno de energía y no sabía por qué. Debería estar agotado porque llevaba días sin dormir, pero no era así.

Unas horas antes había encargado a sus ayudantes que averiguasen todo lo posible sobre Ivy Dean y, en ese momento, estaba leyendo el informe.

A primera vista, era una mujer totalmente normal, que trabajaba como directora de una casa de acogida en Londres. No tenía familia y, al parecer, había crecido en la casa de acogida que ahora dirigía.

Trabajaba todo el día en la casa, no viajaba, no salía y tampoco parecía tener muchos amigos. Era una vida poco distinguida y no coincidía con la fiera mujer que había recorrido un desierto para verlo.

Ivy Dean era una mujer capaz y valiente que no había dudado en plantarle cara. Le había dicho que no consideraba hijo suyo al bebé que esperaba, pero se llevaba una mano al vientre en un gesto protector cada vez que se sentía amenazada.

Una mujer con la cabeza sobre los hombros, pero que escondía un volcán bajo la superficie.

Una mujer de contrastes.

Estaba furiosa con él, pero cuando le fallaron las fuerzas y tuvo que llevarla en brazos no protestó. Al contrario, se había relajado sobre su torso, cálida, suave y delicadamente femenina.

Eso lo había sorprendido, aunque no sabía por qué. Tal vez había esperado que fuese tan espinosa y punzante como su personalidad, pero no. Sus curvas eran deliciosas y olía a una sutil mezcla de almizcle y algo dulce que le recordaba el jazmín que crecía en los jardines de la sultana.

No sabía qué lo había poseído para tomarla en brazos y llevarla a la zona de la fortaleza que una vez, siglos atrás, había sido el harem.

Su padre había reformado esas habitaciones para sus encuentros prohibidos con la sultana y, aunque era tentador llevar allí a sus amantes, Nazir no lo había hecho nunca. No quería arriesgarse a revelar el enclave de la fortaleza solo por un par de noches de placer.

Pero no lo había pensado dos veces cuando llevó allí a Ivy. Le había parecido lo mejor. Además, era el sitio más cómodo de la fortaleza.

Que estuviese cómoda o no debería ser tan irrelevante como sus sentimientos, pero ambas cosas le preocupaban y eso era turbador porque él no podía permitirse distracciones.

Y eso sin pensar en el enfado del sultán, que quería desmantelar su ejército, casi tan poderoso como el de Inaris.

Nazir, pensativo, sacudió la cabeza.

La obsesión por la sultana había arruinado la vida de su padre, el destierro convirtiéndolo en un hombre amargado. Pero a él no le pasaría lo mismo. Nazir desahogaba la pasión física, pero se aseguraba de que nadie entrase en su corazón.

Aunque una vez había sido diferente. Cuando era niño, la árida educación en casa de su padre había sido animada por los infrecuentes encuentros con su madre. Vivía para esos momentos, en los que encontraba cariño y comprensión. Momentos en los que alguien le quería, pero que nunca duraban mucho y siempre lo dejaban con una sensación de vacío.

Ese había sido siempre el problema, que quería más. Con el tiempo, había aprendido a conformarse con lo que tenía, pero para sus padres era demasiado tarde.

Todo había sido culpa suya y Nazir lo sabía, de modo que a partir de entonces nunca anheló nada.

«¿Pero dónde te deja este matrimonio, dispuesto a una vida de celibato?».

Nazir se echó hacia atrás en la silla, con el ceño fruncido.

Su padre había sido un hombre débil cuando se trataba de los apetitos de la carne y Nazir despreciaba su deseo por la mujer de otro hombre, aunque su propia existencia se debiera a esa debilidad. Él nunca haría eso. Él era capaz de controlarse como debía hacer un buen líder.

Pero tampoco podía desoír sus deseos físicos porque eso podría afectar a su tranquilidad. Su cuerpo era una máquina y cuidar bien de ella le permitía operar a un nivel óptimo, de modo que no podía negarse un necesario desahogo.

Y eso hacía que la cuestión del sexo fuese pertinente. Si se casaba con Ivy tendría que desahogarse en algún sitio, y no le gustaba la idea de hacerlo con otra mujer.

Podría ser discreto, ese no era el problema. Podría asegurarse de que todos creyeran que le era fiel a su esposa, pero él sabría que no lo era. Si eso le importaba a Ivy o no, y seguramente no le importaría, daba igual.

Él era el producto de una aventura extramatrimonial que había terminado mal para todos, una aventura que le había robado a su madre, que no podía mostrarle abiertamente su cariño, mientras se lo daba todo a su hijo legítimo. No había podido reconocer a Nazir sin arriesgarse a la ira del sultán y eso les había hecho un daño inmenso a los dos.

Nazir no desearía eso para su hijo, de modo que su matrimonio tendría que ser auténtico.

«Tú sabes lo que eso significa, ¿no?».

Extrañamente inquieto, se levantó de la silla y se acercó a la ventana para mirar el bonito patio que era un descanso para los ojos. Las plantas y la fuente siempre lo ayudaban a relajarse, permitiéndole pensar con claridad.

Sin embargo, en aquel momento mirar las plantas y los árboles no lo ayudaba en absoluto. Se sentía impaciente, turbado por una mujer a la que había conocido unas horas antes.

El matrimonio era la única opción. Tenía que reconocer a su hijo y, aunque eso sería arriesgado tanto para Ivy como para el bebé, también sería una protección para ellos. Inicialmente había pensado que solo sería un matrimonio de conveniencia, pero no sería conveniente para él estar sin una mujer.

Y como no quería buscar placer fuera del matrimonio, solo le quedaba una opción.

«¿Y ella?». «¿Y los sentimientos de Ivy?».

Sus sentimientos, como ya le había dicho, eran irrelevantes, pero no podía forzarla a casarse con él. Ivy Dean tendría que aceptar su proposición.

Claro que a él le gustaba el sexo salvaje e Ivy Dean parecía tan frágil… pero tal vez podría convencerla para que compartiese su cama. No sería la situación ideal, pero tendría que conformarse.

«¿Y si ella no te desease?».

Eso sería un problema, claro. Por otro lado, estaba seguro de que no era el caso. Había notado cierta electricidad entre ellos en el puesto de guardia. Ivy no podía apartar la mirada de la suya y, además, había notado que miraba fijamente la porción de torso que asomaba por la chilaba abierta. Y unas horas antes, cuando la dejó sobre el sofá, se había agarrado a él como si no quisiera soltarlo.

Definitivamente había interés en sus ojos, pensó, sintiendo de nuevo la primitiva y posesiva emoción que había experimentado cuando le habló de su hijo.

Pero si aquello no tenía nada que ver con los sentimientos de Ivy, menos aún con los suyos. Se trataba de su hijo, de lo que era mejor para él o ella, nada más.

Alguien llamó a la puerta entonces.

–Entra.

Uno de sus guardias entró para informarle de que habían llegado las cosas de la señorita Dean y también de que ella estaba despierta y la habían llevado a sus habitaciones.

–Encarga una cena para dos en el comedor –le ordenó–. Y asegúrate de que sea una comida adecuada para una mujer embarazada.

Dos horas después, Nazir entraba en el comedor, con una camiseta negra y pantalones de combate. Tal vez no era el atuendo adecuado para hablar de una proposición de matrimonio, pero no veía razón para ser más de lo que era, un soldado, un comandante.

Como había pedido, la cena estaba preparada sobre las mesitas, con pan recién hecho, aceitunas, humus y una ensalada de pollo especialmente preparada para ella. Como toque especial, alguien había encendido unas velitas en pequeñas palmatorias de cristal.

Pensando que debería dar una bonificación al equipo de cocina, Nazir miró alrededor buscando a Ivy, que no parecía estar por ningún lado.

Hasta que la vio, una figura pequeña inclinada frente a la pared, con un pantalón negro de yoga y una camiseta azul, su larga melena oscura sujeta en una coleta.

En una mano tenía lo que parecía un recogedor y en la otra una escobilla.

–¿Qué demonios está haciendo, señorita Dean?

Ella se incorporó abruptamente, clavando en él esos asombrosos ojos de color cobre. Ahora que se había quitado la polvorienta túnica y llevaba ropa más ajustada podía ver claramente su silueta femenina. Era una mujer bien proporcionada, con una figura de guitarra si no estuviese embarazada. La camiseta se pegaba a sus generosos pechos y a la curva de su vientre.

Nazir se sintió transfigurado. Bajo la curva de ese vientre crecía su hijo…

–Ah, es usted –dijo ella, frunciendo el ceño.

La luz de las velas centelleaba sobre el espeso pelo cobrizo, ligeramente rizado en las puntas, y de nuevo Nazir experimentó esa sensación posesiva. Una sensación que calentaba el frío vacío en su interior.

–¿Qué hace?

–Limpiando el zócalo. Estaba lleno de polvo.

–¿Limpiando el zócalo? –repitió él, sin entender.

–Esta es una habitación muy agradable –dijo Ivy, mirando alrededor con gesto de aprobación–. Pero los azulejos del suelo deberían limpiarse y a las alfombras les iría bien un repaso.

¿De qué estaba hablando? Nazir intentó encontrar su habitual tono autoritario, pero parecía haberse evaporado y lo único que quería era acariciar posesivamente su hinchado abdomen y otras partes de su cuerpo. Le gustaría tocarla para ver si esa delicada piel pálida era tan sedosa como parecía. Y entonces tal vez podría saborearla. Estaba seguro de que sabría dulce y, aunque a él no le gustaban mucho los dulces, estaba seguro de que le encantaría su sabor.

Sin pensar, se acercó a ella y le quitó el recogedor y la escobilla de las manos.

–¿Qué hace? –exclamó ella, indignada.

–Esto –respondió él, tirando al suelo los utensilios de limpieza y tomándola por las caderas.

Antes de que pudiese protestar, Ivy se encontró implacablemente atraída hacia el torso de acero.

Con una camiseta negra ajustada y pantalones de combate, el jeque Al Rasul le había robado el aliento en cuanto entró en el comedor.

Era tan alto y atlético como un guerrero, duro como una piedra, viril como ningún otro hombre. El algodón negro de la camiseta se pegaba a sus anchos hombros, ofreciendo un perfecto contraste con su piel bronceada.

Era un hombre intensamente peligroso y ella lo sabía. Lo sentía en los huesos. Sin embargo, no era un peligro físico y también sabía eso. No, aquel hombre no le haría daño. El peligro estaba en otro sitio, aunque Ivy se negaba a reconocerlo.

Su corazón se había acelerado y tenía la boca seca. Las manos del jeque eran cálidas y la sujetaba con firmeza, el hielo azul de sus ojos ardiendo mientras la atraía hacia él.

Había algo primitivo en su mirada, algo posesivo que aceleró aún más su corazón. Y no de miedo. Nadie la había mirado de ese modo. Nunca. Como si le perteneciese, como si fuera suya.

–Señor Al Rasul… –empezó a decir, aunque no sabía si estaba protestando o animándolo.

Él bajó la mirada y deslizó una mano por la curva de su vientre en un gesto escandalosamente posesivo.

Ivy se quedó helada. El roce era muy suave y, sin embargo, hacía que su piel ardiese bajo el fino material de la camiseta. No podía moverse. Apenas podía respirar.

Nadie la había tocado así. De hecho, Connie era la única persona que la había tocado con afecto. Nadie más lo había hecho. Ni en la casa de acogida, ni en el colegio. Y nadie desde que era adulta.

Ese roce despertó algo inquietante en su interior, un hambre que no tenía nada que ver con la comida.

¿Por qué no se apartaba? ¿Por qué dejaba que la tocase como si tuviese todo el derecho a hacerlo?

Porque no lo tenía. No tenía ningún derecho a tocarla. Era un extraño para ella y…

–Pare –dijo por fin, azorada al notar que temblaba de arriba abajo.

El jeque extendió los dedos posesivamente sobre su abdomen.

–Esto es mío –dijo con voz ronca–. Y usted también.

–¿De qué está hablando? Yo no soy suya.

–Sí lo es –insistió él, con un brillo de lava ardiente en los ojos–. Vino aquí con mi hijo y eso la hace mía.

Ivy experimentó una especie de descarga eléctrica y tuvo que hacer un esfuerzo para encontrar su voz. No tenía sentido. Apenas conocía a aquel hombre y, desde luego, él no debería tomarse esas confianzas. ¿Cómo se atrevía a tocarla, a decirle que era suya?

Nadie la había deseado nunca, absolutamente nadie. Había sido la única niña de la casa de acogida que nunca fue adoptada. No había tenido una familia, unos padres que cuidasen de ella. No había tenido hermanos. Había crecido sin que nadie la quisiera. Salvo Connie, que también vivía en la casa y que había sido como una hermana para ella hasta que la adoptaron.

Pero no había estado completamente sola, así que no había razón para sentir esa ansia, ese anhelo. No había razón para querer que siguiese tocándola…

«Es muy peligroso pensar eso».

Ivy se apartó por fin y él la dejó ir, pero el brillo posesivo de sus ojos no se desvaneció.

–Parece que tenemos muchas cosas que discutir. Venga, vamos a cenar.

Ella quería salir corriendo. Por alguna razón, aquel hombre era un peligro para ella.

Un peligro que no podía poner en palabras. Era parecido a lo que había sentido de niña cada vez que unos posibles padres iban a la casa de acogida. Cuando se sentaba allí con ellos, esperando y esperando, irradiando desesperación por todos los poros de su piel.

Esa desesperación los echaba para atrás. Nadie quería a una niña tan necesitada, tan alterada. Había sido una dura lección, pero desde entonces no necesitaba a nadie. Había encontrado su propósito en la vida ayudando a otros niños sin familia, dándoles el hogar que ella nunca había tenido.

«Pero nunca has podido librarte del todo de la desesperación».

Ivy apartó de sí ese pensamiento. Ya no estaba desesperada y no volvería a estarlo nunca.

Y el irritante jeque tenía razón sobre una cosa: sus sentimientos no eran lo que estaba en juego. Tenía que pensar en su hijo y si el peligro era real, el mejor sitio para aquel bebé era estar con su padre, de modo que tendría que olvidar sus miedos y sentarse para hablar con él.

No iba a pasar nada. Se sentía mucho mejor después de haber comido y dormido un rato. Cuando despertó, un guardia la había llevado a una especie de apartamento con un dormitorio, un baño y un saloncito, todo con vistas al precioso patio.

Las paredes eran de azulejos blancos y las ventanas estaban adornadas con cortinas de lino. En el baño había una gran bañera, una enorme ducha y un bonito armario con jarroncitos de cristal llenos de aceites, sales de baño y perfumes.

Las habitaciones eran alegres, frescas y preciosas. No se parecían nada al resto de la fortaleza. De hecho, casi parecía un edificio diferente, una fantasía, el palacio de un sultán.

Su ajada maleta negra parecía más triste en contraste con tanto lujo.

El guardia había abierto un armario de cedro lleno de túnicas de seda en todos los colores, indicándole que podía ponerse la que quisiera.

Cuando el guarda salió de la habitación, Ivy había acariciado una lustrosa túnica durante unos segundos, pero después cerró firmemente la puerta del armario.

Ella no necesitaba túnicas ni sábanas de seda y, después de ducharse, se había puesto su propia ropa, esperando sentirse más segura de sí misma porque necesitaba controlar aquella ridícula situación.

Eso era lo que tenía que hacer, de modo que había ido al comedor a esperar al jeque, decidida a interrogarlo sobre el peligro que había mencionado antes y cómo iba a funcionar exactamente ese matrimonio que proponía.

Había llegado temprano y, sin nada que hacer, le había pedido a un empleado que le diese algo para quitar el polvo del zócalo. Al menos tendría algo que hacer mientras esperaba.

Y entonces el jeque había entrado en el comedor…

Ivy volvió a llevarse la mano al vientre, notando el calor que había dejado la marca de su mano, y pensó que jamás podría librarse de esa marca. Se había instalado bajo su piel, convirtiéndose en parte de ella.

Nazir siguió el gesto con la mirada y ella se puso colorada, como si hubiera revelado un secreto.

Irritada, apartó la mano y se sentó sobre los almohadones que había en el suelo, sintiendo un aleteo en el estómago cuando el jeque hizo lo propio.

–Yo le serviré –murmuró, tomando su plato.

–Puedo servirme sola, gracias.

–Aun así, deje que lo haga.

–No hace falta.

–Le gusta mucho discutir, ¿no?

Nazir puso el plato frente a ella y le sirvió un vaso de agua.

–Y usted es un hombre muy irritante –replicó Ivy.

Pero el pan recién hecho olía de maravilla, las aceitunas negras eran brillantes y gruesas y el pollo estaba cocinado a la perfección.

«Qué exasperante».

«¿Pero tiene sentido estar exasperada?».

«Terminarás haciéndole enfadar y eso no sería bueno para el bebé».

Ivy dejó escapar un suspiro. Era cierto, seguir discutiendo con él era absurdo. Ella no tenía ningún poder allí. Estaba acostumbrada a llevar el control de su vida, pero por el momento no tenía alternativa.

–Gracias por la comida y por la habitación –se obligó a decir–. Pero yo no necesito lujos, no tiene que molestarse tanto por mí.

–No es ninguna molestia. Hace años que no se usan esas habitaciones, aunque mis empleados lo mantienen todo en orden. Aparte del polvo en el zócalo, claro –dijo él, irónico.

Ivy se puso colorada.

–No hay nada malo en intentar tenerlo todo ordenado.

–No, desde luego que no.

Debería irritarle que se burlase de ella y, sin embargo, no era así. Al contrario, hacerlo sonreír era una pequeña victoria. Ella no solía hacer sonreír a la gente y, aunque nunca le había preocupado, se alegraba de haber hecho sonreír al jeque.

–El dormitorio parece hecho para una princesa –murmuró, poniendo humus en un trozo de pan.

–No se equivoca –dijo él–. Esta fortaleza era uno de los palacios del desierto del sultán y esas habitaciones solían ser las del harem.

Ivy sintió un escalofrío, aunque debía confesar que no era del todo desagradable.

–Ya veo.

Él enarcó una oscura ceja, mirándola con expresión enigmática.

–El término «harem» se refiere a los aposentos de las mujeres, no se trata de un club de orgías.

–No, claro. Yo no quería decir…

–No pasa nada, solo quería explicarle lo que es para que no haya malentendidos –Nazir tomó la jarra de agua y se sirvió un vaso–. Esas habitaciones eran de la sultana. Y, más recientemente, de mi madre.

–¿De su madre?

–¿No lo sabía? Soy el hijo ilegítimo del antiguo sultán.

Su tono era aparentemente despreocupado, pero Ivy detectó un brillo en sus ojos que sugería otra cosa.

–No lo sabía.

–El sultán era un hombre cruel y mi madre se sentía sola. Por eso se enamoró de mi padre, que era comandante del ejército de Inaris.

La luz de las velas bailaba sobre los duros ángulos del rostro masculino.

–Ah, vaya.

–Ella venía aquí para alejarse del palacio y mi padre solía venir con ella.

–¿Y ahora la fortaleza es suya? –le preguntó Ivy.

–El sultán se la dio a mi padre al final –respondió Nazir esbozando una sonrisa, aunque una sonrisa más bien triste–. Aunque no era un regalo sino un destierro.

–¿Por qué?

–Porque descubrió su aventura con mi madre. Decir que el sultán estaba enfadado sería quedarse corto.

Ivy no podía contener su curiosidad.

–¿Y qué pasó entonces?

–Da igual, no quiero seguir hablando de la vida de mis padres –respondió Nazir–. Tenemos que hablar de la vida de mi hijo.

Ella se mordió los labios, irritada. No quería sentir curiosidad sobre él y no debería molestarle el cambio de tema. Tal vez más tarde volvería a preguntarle o tal vez se habría olvidado del asunto para entonces. En cualquier caso, daba igual.

–Muy bien –asintió, dejando el tenedor sobre el plato–. No va a seguir adelante con esa idea del matrimonio, ¿verdad? Es ridículo.

Él miró su plato.

–Tiene que comer más. Y, mientras come, le diré lo que va a pasar.

–¿Cómo que me dirá lo que va a pasar? Se supone que vamos a discutirlo.

–Nos casaremos quiera usted o no y se quedará en la fortaleza. Podemos discutir cualquier otra cosa aparte de eso.

Ivy intentó contener una oleada de pánico.

–Pero yo no puedo quedarme aquí. Ya le dije que tengo un trabajo en Inglaterra y…

–No se preocupe por eso. He puesto a cargo de la casa de acogida a una persona excepcionalmente cualificada y, naturalmente, he asignado los fondos necesarios.

«Con qué facilidad has sido remplazada».

–No –dijo Ivy, perpleja–. No puede hacer eso.

Él la miró en silencio durante unos segundos. Pero no era una mirada helada o impersonal sino territorial, como si fuese un emperador examinando las tierras que acababa de conquistar.

–Pero ya lo he hecho, señorita Dean. Y la persona que estaba dirigiendo la casa estos días se siente muy aliviada.

Ivy experimentó una furia sorda. Esa casa era toda su vida. Había crecido allí, trabajaba allí y allí había creado lo más parecido a una familia.

«Y te rechazaron una y otra vez». «¿Por qué quieres quedarte allí?».

Airada, apretó los puños hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Querría golpear ese rostro tan arrogante y gritarle que no tenía derecho a meterse en su vida, pero eso no iba a ayudarla.

–No puede tomar esas decisiones por mí –le dijo, intentando calmarse–. ¿Cómo se atreve?

–Si esa casa es toda su vida, entonces su vida es muy triste, señorita Dean. Tal vez sea el momento de ampliar sus horizontes.

La furia crecía dentro de ella. El jeque se había hecho cargo de su vida, apartándola del único hogar que había conocido nunca, diciéndole que tenía que casarse con él, encarcelándola en aquella fortaleza en medio del desierto.

Y todo sin permitirle decir una palabra, como si sus deseos no importasen.

Como si ella no importase.

«Pero es que no importas. Nunca has importado».

–Perdone –consiguió decir, desesperada por alejarse de él. Y de la tentación de darle un puñetazo–. He perdido el apetito.

Ivy se levantó de la silla y salió del comedor.

Capítulo 6

Lo siento, señor, pero sigue diciendo que no –se disculpó el guardia, intentando ser diplomático.

Nazir había vuelto a la fortaleza después de un par de días en Mahassa, donde se había reunido con los generales del ejército de Inaris. Al sultán no le agradaba el poder del ejército privado de Nazir y había hecho veladas amenazas sobre lo que podía pasar si no lo desmantelaba.

La situación se complicaba porque esa no era la opinión de sus generales, ya que Nazir invertía millones en el país para beneficio de su gente.

Y se complicaba aún más porque había estado distraído durante las reuniones por culpa de una pequeña furia inglesa que se negaba a verlo.

Nazir despidió al guardia y luego, sabiendo que no iba a ser capaz de concentrarse, despidió también a los dos ayudantes con los que estaba discutiendo un par de posibles contratos.

La boda tendría lugar en una semana y no le quedaba mucho tiempo para convencerla. Sabía que Ivy no era uno de sus hombres y no podía ordenarle que se casara con él de buen grado, pero había esperado que aceptase la inevitabilidad de su matrimonio.

Al parecer, no era así.

No debería haber sido tan directo aquella noche, durante la cena. Claro que él era un soldado y ser directo era lo único que sabía hacer.

Además, no quería que discutiese con él porque las discusiones solo servían para incrementar esa sensación posesiva y ardiente, y él sabía lo que pasaba cuando se dejaba llevar por sus emociones.

Habían sido sus celos y su carácter impulsivo lo que había llevado a su madre al exilio y lo que había destrozado la carrera de su padre. Y esa había sido una dura lección.

No podía volver a sus antiguos patrones de comportamiento y, aunque discutir con Ivy excitaba al cazador que había en él, no podía permitir que aquello se le fuera de las manos.

Había cometido un error cuando la tocó en el comedor, cuando pasó las manos por la curva de su vientre. Debería haberse apartado, pero no pudo hacerlo, incapaz de contener el urgente deseo de tocarla.

Y tampoco ella se había apartado. Había dejado que la tocase, que sintiera el delicado calor de su cuerpo. Sus ojos se habían oscurecido mientras pasaba las manos por su vientre.

Había miedo en sus ojos, pero ese miedo tenía más que ver con su propia reacción que con la caricia, estaba seguro.

Era una mujer inexperta, evidentemente. No era su tipo favorito de mujer, pero la inexperiencia podía ser superada. Solo tendría que ir con cuidado. De hecho, tendría que hacerlo todo con gran cuidado si quería llevarla al altar.

«Entonces tendrás que seducirla».

Nazir no tenía por costumbre esforzarse para seducir a las mujeres. O estaban interesadas en él o no lo estaban y si no era así, entonces tampoco él estaba interesado. Pero nunca había conocido a una mujer que le interesase y no pudiese tener. En realidad, nunca había habido nada que le gustase y no pudiese tener, al menos desde que se hizo adulto. De niño había muchas cosas que deseaba y no podía tener. Por ejemplo, el suave abrazo de su madre o el calor de su sonrisa. Así que ahora tomaba lo que quería o, sencillamente, no lo quería. Así todo era mucho más fácil.

Pero Ivy Dean… ella era diferente. La deseaba y, sin embargo, ella se negaba obstinadamente a hacer lo que le pedía. En circunstancias normales eso haría que dejase de interesarlo, pero Ivy esperaba un hijo suyo y, en lugar de perder interés, su negativa solo hacía que la desease más.

Nazir se levantó y paseó por la oficina, pensativo. No, no iba a obligarla a casarse con él ya que eso no la haría receptiva a compartir su cama, de modo que tendría que seducirla.

Eso era algo que podía hacer. Además, le gustaban los retos.

Pensar eso provocó una excitación que no había sentido en mucho tiempo. Tal vez no era buena señal, pero él tenía un autocontrol excepcional. Además, podía permitirse un poco de emoción.

Claro que para seducirla tendría que conseguir que la pequeña furia aceptase verlo y eso iba a ser complicado. Dada su naturaleza obstinada, seguramente se quedaría encerrada en su habitación indefinidamente. Le daría un par de días, pero su paciencia tenía un límite.

Tal vez tendría que insistir.

Nazir salió de la oficina para dirigirse al antiguo harem. Había guardias en la puerta las veinticuatro horas del día, además de otras medidas de seguridad, y tras una breve conversación con los jóvenes soldados, entró en el corredor.

El tintineo de la fuente le recordaba a su madre, aunque él no había nacido cuando ella se alojaba allí.

Tal vez no debería haberle hablado a Ivy de ella, aunque no había ninguna razón para no hacerlo. Su lazo con la sultana no era un secreto para nadie. Todo el mundo sabía quién era y, aunque su padre se había sentido avergonzado porque la existencia de ese hijo era la personificación de sus debilidades, él no se avergonzaba de ser quien era.

Había pasado su infancia escondido entre las sombras del palacio, viendo cómo su hermanastro se llevaba todo el cariño y la atención de su madre mientras él no tenía nada. Lo habían criado una serie de niñeras contratadas por su padre, con estrictas reglas de cómo debía ser tratado. No podían darle caprichos de ningún tipo. Las emociones eran el enemigo y el autocontrol era fundamental.

Había tenido que aprender a dominar su amor, su odio, sus celos y su rabia, a guardar todo eso en su interior porque si no tenía cuidado podía poner muchas vidas en peligro.

Pero al final las había destrozado.

Nazir entró en el comedor y comprobó que no había ninguna figura inclinada sobre el zócalo, pero oyó la voz de una mujer en el patio.

En el centro, sentada en el pretil de la fuente, Ivy charlaba con uno de los jardineros mientras el hombre podaba un árbol de jacarandá. El jardinero no hablaba su idioma, pero eso no parecía ser un problema y se comunicaban con gestos.

Nazir se detuvo a la sombra de una columna, observándola. Llevaba el mismo pantalón de yoga y la misma camiseta que había llevado la otra noche, el pelo sujeto en una coleta que brillaba bajo la luz del sol. Su rostro parecía iluminado de interés mientras el jardinero indicaba la rama que estaba podando, diciéndole en árabe por qué tenía que cortarla.

Ivy seguía sin percatarse de su presencia y Nazir aguzó el oído, sintiendo curiosidad por saber cómo iba a terminar la escena. Él no tenía gran interés por la jardinería, pero estaba fascinado por aquella extraña conversación.

Su piel, dorada por el sol, hacía que sus ojos pareciesen más claros, más vívidos, como brillantes peniques. Parecía relajada, interesada y curiosa. Incluso estaba sonriendo.

Una mujer guapa, curiosa y ensimismada.

Tal vez sería así en la cama, pensó.

«Entre tus brazos. Mientras le enseñas todo lo que debe saber sobre la pasión».

Nazir experimentó de nuevo la ardiente y posesiva emoción que lo había sorprendido el día que la conoció. Quería tomarla en brazos y llevarla a algún sitio donde nadie los molestase, un sitio donde pudiese devorarla como un león devoraría a su presa.

En ese momento, el jardinero se percató de su presencia y se apartó discretamente. Ivy giró la cabeza para ver qué pasaba y, al ver a Nazir, dejó escapar un suspiro.

–Déjanos solos –le ordenó al jardinero, sin dejar de mirarla a ella.

El hombre obedeció y el patio se quedó en silencio, el tintineo de la fuente subrayando la repentina tensión.

–Le he dicho a uno de los guardias que no quería verlo –dijo Ivy, levantándose.

–Sí, lo sé –admitió él, acercándose–. Pero he decidido que la pataleta ha durado suficiente.

–Esto no es una pataleta.

–¿Ah, no? –Nazir se detuvo frente a ella–. Me dejó con la palabra en la boca y desde entonces se ha negado a verme. No me ha dicho qué es lo que tanto le ha ofendido o por qué está enfadada.

–Creo que es evidente –murmuró ella, perpleja.

–Estás siendo absurdamente cabezota, Ivy –dijo él entonces, tuteándola por primera vez–. Pero te aseguro que eso no sirve de nada.

La curiosidad, la simpatía y el interés que había mostrado durante su charla con el jardinero habían desaparecido y eso hizo que lamentase haberlos interrumpido.

«Claro que podría dirigir ese interés hacia ti».

Ivy apartó la mirada, intentando controlar su ira.

–No quiero hablar con usted –le espetó.

–Ya me he dado cuenta, pero tus opciones son más limitadas con cada hora que pasa y la culpa es enteramente tuya.

–¿Qué opciones? Dijo que tenía que casarme con usted quisiera o no. Luego me ha encerrado en esta maldita fortaleza, me ha quitado mi trabajo y se ha encargado de que no pueda volver a mi casa. Ha tenido la desvergüenza no solo de despreciar mi vida sino de destruirla –Ivy dio un paso hacia él, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos–. Dígame, señor Al Rasul, ¿dónde están mis opciones?

Olía a jazmín, pensó, un perfume embriagador, acentuado por el calor de su piel. Sus ojos brillaban, pero no de curiosidad sino de desafío y rabia.

Podía ser cabezota, pero también era apasionada. Un pequeño polvorín que estallaría ante la menor chispa.

Y a él le gustaría encender esa chispa. Le gustaría verla arder, alargar las manos hacia el fuego y prenderse también.

«Esto es peligroso. Deberías mantener las distancias».

Debería hacerlo, pero no era capaz de moverse. La camiseta se pegaba a sus pechos y a la suave curva de su vientre, destacando las generosas curvas. Un mechón cobrizo se había soltado de la coleta y caía sobre su hombro como una madeja de seda, rozando uno de sus pechos.

Nazir tuvo que apretar los puños para no tocarlo, para no rozar el contorno del pezón bajo la camiseta. Quería ver chispas en esos ojos, pero no de rabia sino de deseo.

Era tan cabezota, tan discutidora y quisquillosa. Y él quería ponerla a prueba, presionarla para ver hasta dónde podía llegar. Nunca había conocido a nadie que lo desafiase como lo hacía Ivy Dean.

–Siempre hay opciones –dijo con voz ronca–. Aunque sean opciones que no te gustan.

–¿Dónde están esas opciones? Dígamelo porque yo no puedo verlas.

Ah, desafiarlo así era un error porque estaba disfrutando demasiado. Él era un guerrero y le gustaba pelear. Y también era un hombre posesivo, celoso y apasionado.

Por eso debía tener cuidado, pero en ese momento no podía recordar por qué.

–¿Tus opciones? –Nazir dio un paso adelante–. Podrías, por ejemplo, no haberte acercado a mí.

Ella hizo un gesto despectivo. No parecía alarmada, aunque tal vez debería estarlo. Sí, definitivamente debería estar alarmada.

–¿Ah, sí?

–Y podrías haber elegido no discutir conmigo –Nazir dio otro paso adelante–. Podrías no dejar que te tocase –añadió, poniendo las manos sobre sus caderas y viendo cómo abría los ojos de par en par–. Y probablemente no deberías dejar que te besase, pero creo que vas a dejar que lo haga, Ivy Dean.

–Yo no…

Nazir no dejó que terminase la frase. Inclinó la cabeza y se apoderó de su boca.

Ivy no sabía qué estaba pasando. Debería empujarlo, debería salir corriendo, pero no estaba haciendo nada de eso. Seguía inmóvil y, aunque sus manos estaban sobre el torso de Nazir, no lo empujaba.

No estaba intentando alejarlo de ella. Estaba clavada al suelo, helada, mientras él exploraba su boca con posesiva firmeza.

Nunca la habían besado antes, jamás. Nunca había sentido el calor de las manos de un hombre, nunca una caricia había nublado sus sentidos.

Pero él estaba haciéndolo y era… asombroso.

Sus labios eran ardientes y, al mismo tiempo, más suaves de lo que había pensado, moviéndose sobre los suyos perezosamente, como si tuviese todo el tiempo del mundo, trazando el labio inferior con la punta de la lengua y mordiéndolo después.

Ivy no podía entender las sensaciones que provocaba el beso. Aquel calor, aquella presión que le robaba el aliento. El olor del desierto, el intenso calor de Nazir y ese aroma a almizcle que encontraba inexplicablemente delicioso.

Nazir estaba besándola, el jeque, el comandante de aquella fortaleza estaba besándola y su corazón latía enloquecido.

Él levantó una mano para sujetar su cabeza y deslizó la lengua en su boca con un gesto posesivo, como si tuviese todo el derecho a hacerlo.

Una oleada de emoción la dejó clavada al suelo. Era como una descarga eléctrica que la recorría de arriba abajo. Sabía a… chocolate caliente y a coñac, dos cosas que ella adoraba en secreto. Pero le sorprendía que un beso pudiera saber así. Que un hombre pudiera saber así.

«¿Qué estás haciendo?». «¿Por qué dejas que te bese?».

Dos buenas preguntas para las que Ivy no tenía respuesta porque su cerebro no parecía funcionar con normalidad. Solo podía pensar sentir la boca de Nazir sobre la suya, la presión de sus labios, el calor de su lengua mientras exploraba el interior de su boca y el roce ardiente de sus manos en la cara.

¿Qué había estado haciendo antes del beso? No lo recordaba.

Solo podía pensar en las manos de Nazir, en su boca, en el punto de contacto entre sus cuerpos. Todo lo demás no tenía importancia.

Un gemido escapó de su garganta y, sin saber lo que estaba haciendo, se puso de puntillas y levantó las manos para agarrarse a su camiseta, apretándose contra él, anhelando esas caricias.

Sentía hambre, como si no hubiera comido en días, semanas, años. Llevaba años hambrienta sin saber de qué y allí estaba aquel hombre, aquel jeque increíblemente soberbio y exasperante, mostrándole lo que necesitaba.

A él. Lo necesitaba a él.

De modo tentativo, rozó su lengua con la punta de la suya y fue recompensada por una especie de rugido animal. Nazir la apretó contra su torso y profundizó el beso de un modo exigente y posesivo que la emocionó como nada en toda su vida.

Porque la deseaba, ¿no? Aquel poderoso jeque, con todo un ejército a su disposición, la deseaba a ella.

La emoción se volvió salvaje. Ivy quería más besos, más caricias. Sentía como si fuera a morirse si dejaba de tocarla y se apretó contra él, embriagada por el duro cuerpo masculino que aplastaba sus pechos y por algo largo y duro que presionaba entre sus muslos, haciéndole sentir un calor insoportable.

Ah, la deseaba, sí. La deseaba a ella y le gustaba tanto que la desease. Ivy experimentaba una sensación de poder que jamás había experimentado hasta ese momento.

Nazir deslizó las manos por su espalda y apretó suavemente sus nalgas, empujándola contra el duro caballete entre sus piernas. Luego tomó su labio inferior entre los dientes y lo mordió con cuidado, enviando chispas por todo su cuerpo.

Ivy se estremeció, apretándose contra el tentador caballete. Porque le gustaba. Nunca había sentido tal placer.

«¿Te has vuelto loca?».

«Apenas lo conoces y estás dejando que te bese hasta hacerte perder la cabeza».

El sentido común le decía que se apartase, pero el sentido común parecía algo tan lejano y aburrido en ese momento. Siempre había sentido frío, como si estuviera en la calle, bajo la lluvia, y pudiese ver una chimenea encendida en una cálida habitación a través de las ventanas.

Él era esa chimenea, él era esa cálida habitación. Y ella, que había estado bajo la lluvia durante toda su vida, por una vez quería disfrutar del calor.

Pero entonces Nazir se apartó, dejándola agarrándose al vacío, con los labios hinchados de sus besos, el corazón acelerado y ardiendo de deseo.

Y, de nuevo, sintió frío. Más frío que nunca.

–No –susurró, alargando las manos hacia él.

Pero Nazir dio un paso atrás. En sus ojos había un brillo fiero, hambriento. El color turquesa ya no era helado sino ardiente.

–No te muevas –le ordenó con voz ronca–. A menos que quieras encontrarte tumbada en el sofá.

«Y tú querrías eso».

Ivy tomó aire. No, era absurdo. No, por Dios, ella no quería eso.

Nazir Al Rasul no solo la había hecho su prisionera sino que iba a forzarla a casarse con él. Se había asegurado de que no pudiese volver a Inglaterra y la había insultado. Le había dicho que su vida, la vida que ella había organizado con tanto esfuerzo y de la que estaba tan orgullosa, era muy triste.

«Solo es su opinión». «¿Por qué te importa tanto?».

Era una pregunta que se había hecho a sí misma varias veces en los dos últimos días, demasiado enfadada con el jeque y con la situación como para hablarlo con él.

Una pataleta había dicho él. Y tal vez tenía razón, aunque le doliese admitirlo. Pero la ira no había ayudado cuando anhelaba desesperadamente ser adoptada y tampoco iba a ayudarla ahora, cuando el hombre más exasperante del mundo la tenía prisionera en su fortaleza.

Durante el primer día había paseado por las habitaciones, maldiciéndolo y sintiéndose muy satisfecha consigo misma cuando le dijo a los guardias que no tenía la menor intención de ver al jeque.

El segundo día, aburrida de pasear, había empezado a investigar aquella sección del antiguo harem, buscando algo que hacer. Los empleados de la fortaleza no hablaban su idioma, pero al menos había conseguido que le diesen utensilios de limpieza para adecentar su habitación.

Después llegaron más guardias con un ordenador portátil con acceso a internet y un móvil para que pudiese llamar a la casa de acogida.

También eso le molestó, decidida a encontrar fallos en todo, porque no tenía familia a la que llamar, solo un par de compañeros de trabajo. Además, no quería que Nazir fuese amable con ella. No quería dejar de estar enfadada porque entonces tendría miedo y si tenía que elegir entre estar furiosa o estar asustada prefería lo primero. El miedo hacía que una persona se volviese pasiva y ella no quería ser pasiva.

Había llamado a la casa para hablar con sus compañeros, que se alegraron de saber de ella, pero solo parecían interesados en hablar del formidable donativo de un benefactor anónimo.

Eso también la había enfadado. Por fin, harta de sí misma, había salido al patio para hablar con el jardinero. Siempre le habían gustado las plantas y quería saber cómo podían estar tan verdes en medio del desierto.

Entonces, y aunque le había dicho a los guardias que no quería verlo, Nazir apareció en el patio.

El sol parecía demasiado radiante y tenía frío y calor al mismo tiempo. No sabía qué le estaba pasando. Ella no tenía experiencia con el sexo, ninguna experiencia con los hombres.

Se había dicho a sí misma que no quería ninguna relación porque estaba demasiado ocupada atendiendo a los niños. Además, no había conocido a nadie que la hubiera hecho sentir algo especial y el sexo sonaba como una pérdida de tiempo. Incómodo, bochornoso y, en fin, que no, muchas gracias.

Pero lo que sentía en ese momento refutaba todas sus excusas. Porque eran eso, excusas. Mentiras para olvidar el vacío de su vida. Un vacío que Connie había llenado una vez como amiga.

Pero Connie había muerto…

«Nazir tiene razón. Has vivido una vida muy triste».

Ivy se dio la vuelta abruptamente, los latidos de su corazón casi ensordecedores. Había lágrimas en sus ojos y no sabía bien por qué, pero no quería llorar delante de él. Ese beso la había abierto en canal y no quería que él viese lo que había en su interior, su desesperada soledad y el intenso anhelo que tanto intentaba esconder.

Pasó a su lado, a ciegas, pero él la tomó del brazo y la obligó a darse la vuelta.

–No te alejes de mí –dijo con voz ronca–. Aún no he terminado y tú tampoco.

Ivy tembló, al borde de una crisis emocional.

–Por favor –susurró–. Por favor, suéltame.

–No –dijo él.

Y, antes de que pudiese protestar, la tomó por la cintura y la apretó contra su torso.

El calor de su cuerpo parecía rodearla, calentando esos sitios helados y oscuros que había dentro de ella. Haciendo que quisiera más, haciéndola sentir desesperada.

Ivy no quería rendirse y menos llorar entre sus brazos, pero unas estúpidas lágrimas asomaron a sus ojos. Y solo podía hacer una cosa para distraerlo.

Tomando aire, levantó la cabeza para mirar los tormentosos ojos de color turquesa y, poniéndose de puntillas, se apoderó de sus labios.

Él se quedó tan inmóvil que casi esperó que la apartase. Parecía pensar que lo que había hecho era una transgresión y, aunque necesitaba distanciarse, en el fondo le dolía ese rechazo.

Pero entonces, dejando escapar un gruñido, Nazir le devolvió el beso con fuerza, exigente, introduciendo la lengua en su boca sin miramientos.

Ah, sí, aquello era lo que quería. Era lo que había anhelado durante tantos años. Un anhelo profundo, secreto, que nunca había podido poner en palabras. Pero ahora podía hacerlo, ahora sabía cómo.

Ivy no quería revelar la profundidad de su desesperación y, sin embargo, tampoco podía dejar de apretarse contra él, dejando que la besase e intentando devolverle el beso al mismo tiempo. No sabía cómo hacerlo porque no tenía experiencia, pero no dejó que eso la detuviese.

Él murmuró algo en árabe que Ivy no entendió y, por un momento, pensó que iba a apartarse, pero entonces la tomó en brazos para llevarla al fresco salón.

La dejó sobre uno de los sofás y luego, sin decir una palabra, se colocó sobre ella, atrapándola bajo su poderoso cuerpo. Con las manos a cada lado de su cara, clavó los ojos azules en los suyos con expresión irónica.

–¿Y bien? –le preguntó Nazir, cono tono arrogante–. ¿Me deseas o no, pequeña furia?

Capítulo 7

Sus ojos eran de un glorioso tono dorado y su cuerpo era tan pequeño y cálido. Debía tener cuidado y recordar que estaba embarazada, pero era tan difícil recordar eso en aquel momento. Tan difícil cuando tenía a Ivy aprisionada bajo su cuerpo y podía ver lo apasionada que era. Cuando podía ver la emoción escondida bajo esa máscara de furia.

Ella también quería aquello, era evidente.

No debería haberla besado. Había sido un error, pero no había sido capaz de contenerse y ella no lo había detenido, así que sencillamente decidió aprovechar la oportunidad. Y sabía a gloria, ardiente y dulce como todo lo que le estaba prohibido cuando era más joven.

Como todo lo que él se había prohibido a sí mismo cuando se hizo adulto.

¿Por qué no podía tenerlo ahora? se preguntó. Nunca había tenido suficiente afecto, suficiente dulzura. Se había negado todo eso a sí mismo durante demasiado tiempo para no despertar las profundas pasiones que ocultaba en su alma. Las pasiones eran peligrosas, pero él llevaba años controlándolas.

¿Por qué no podía liberarlas ahora? Aquella mujer no era de ningún otro hombre, como lo había sido su madre. Aquella mujer era suya y solo suya.

Era retadora, excitante. Inicialmente la había creído frágil e inadecuada para el desierto, pero tal vez también en eso se había equivocado. Desde luego, tenía una voluntad de hierro, una voluntad que podía ser tan fuerte como la suya, y en aquel momento no se le ocurría ninguna razón para no hacerle el amor.

Especialmente cuando Ivy estaba tan ansiosa como él.

Respiraba con dificultad mientras ponía las manos sobre su torso y sus ojos brillaban con un deseo y una desesperación que provocó una opresión en su pecho. Le gustaría saber de dónde salía esa desesperación y por qué y quién la había dejado tan hambrienta.

–Sí, te deseo –dijo por fin Ivy con voz ronca, agarrándolo por la camiseta–. Por favor, por favor…

¿Sabía lo que estaba pidiendo? ¿Qué era lo que necesitaba tan desesperadamente? El beso había sido inexperto, pero daba igual porque ya había decidido que sería suya. Y si el beso no lo hubiera convencido, ver cómo lo agarraba, cómo suplicaba, ver el ansia en sus ojos era todo lo que necesitaba.

Alguien la había abandonado, pensó. Alguien no había estado a su lado cuando lo necesitaba, así que él la reclamaría como suya y le mostraría qué era lo que necesitaba tan desesperadamente.

«No es solo sexo y tú lo sabes».

Sí, claro que lo sabía. El ansia de Ivy le recordaba su propia infancia, viendo cómo su madre abrazaba a su hermanastro, que había recibido todo su amor mientras no había nada para él.

Él sabía bien lo que era querer algo con todas tus fuerzas y no conseguirlo.

Pero ahora lo tendría.

–¿Quieres que te haga mía? –le preguntó con voz ronca–. ¿Aquí mismo, ahora mismo?

–Sí… no –Ivy tomó aire, intentando acercarse más–. No lo sé… tú eres tan cálido y yo… tengo tanto frío.

De nuevo, Nazir sintió esa opresión en el pecho. ¿Por qué tenía frío? Con el calor que estaban generando, no tenía sentido. Y su piel no estaba fría, al contrario, era como una esquirla del sol del desierto.

–Mi nombre es Nazir. Dilo.

–Nazir.

El cálido sonido de su voz intensificó el deseo de Nazir, que se inclinó para buscar esa boca tan dulce mientras se colocaba entre sus muslos, empujando el rígido miembro contra su húmedo centro. Ella gimió, levantando las caderas y agarrándose a su camiseta mientras él besaba su barbilla y pasaba la lengua por el hueco de su garganta para sentir el frenético latido de su pulso.

Respondía tan bien… abría la boca para dejar que la besase, gimiendo de un modo que lo volvía loco. Él nunca había querido pensar en el sabor de una mujer, pero ahora entendía el atractivo.

Podría desnudarla y lamer cada centímetro de su cuerpo, pero aún no. Ella estaba inquieta y desesperada y él sentía la misma desesperación, de modo que debía tener cuidado. No estaba acostumbrado a ser delicado, pero eso era lo que ella necesitaba. Después de todo, era inexperta y estaba embarazada.

Sería como desactivar minas en uno de sus campos de entrenamiento, vigilando cada paso. Las minas que no podían evitarse debían ser desactivadas manipulando el mecanismo con mucha paciencia.

Sí, podía hacer eso con Ivy. Salvo que él no quería desactivarla, quería que explotase.

Nazir mordió su cuello hasta hacerla temblar y luego besó la curva de sus pechos por encima de la fina camiseta. Cuando notó que sus pezones se levantaban tomó uno entre los labios y lo chupó a través de la tela. Ella dejó escapar un gemido, retorciéndose de gozo, el roce de su pelvis contra su dolorida entrepierna haciendo que desease tomarla allí mismo.

Pero se contuvo. Ella era una mina sin explotar y necesitaba cuidados y paciencia.

Nazir chupó el pezón con fuerza mientras metía una mano entre sus muslos para acariciarla por encima del pantalón de yoga.

La sintió temblar cuando rozó su zona más sensible y la miró a los ojos para ver su reacción mientras pasaba el pulgar arriba y abajo, dándole la fricción que necesitaba y sintiendo que el pantalón se humedecía.

Ella cerró los ojos, las largas pestañas oscureciendo sus rosadas mejillas.

–Sí, sí… Nazir…

Estaba ardiendo, desesperada. Y él quería darle lo que necesitaba. Quería ser el único que pudiese darle lo que necesitaba.

Tiró del pantalón de yoga y de las bragas al mismo tiempo, desnudándola ante sus ojos. Luego deslizó una mano entre sus muslos y, por fin, acarició su húmeda carne. Ella gritó, agarrándose a sus hombros, retorciéndose de gozo. Nazir quería besarla, saborear esos gritos de placer y, sin embargo, también quería mirarla. Quería ver qué clase de pasión liberaba en ella. Porque había tanta pasión. Y la quería toda para él.

De modo que se quedó así, mirándola, acariciándola con dedos expertos, explorando su húmedo calor mientras ella gemía y se retorcía bajo sus caricias.

No parecía avergonzada, no estaba escondiéndose, no se contenía. Disfrutaba del placer con abandono y era lo más hipnótico que había visto en toda su vida.

Anhelaba sentir el roce de sus manos, la caricia de su boca, pero estaba a punto de perder el control. Eso podría haberlo perturbado, pero decidió no pensar en ello.

Nada era más importante en ese momento que darle placer a Ivy. Nada era más trascendental que satisfacer su ansia como nadie más podía hacerlo.

Deslizó un dedo dentro de ella, y luego otro, sintiendo que la presión cedía. La oyó contener un grito cuando introdujo los dedos profundamente, entrando y saliendo de ella mientras con la otra mano levantaba su camiseta para dejar al descubierto el sencillo sujetador de algodón. Lo apartó a un lado sin miramientos, desnudando sus generosos pechos y sus rosados pezones. Bajando la cabeza, hizo círculos sobre uno de los pezones con la punta de la lengua antes de meterlo en su boca.

La acarició con los dedos y la lengua al mismo tiempo, usando el temblor de su cuerpo y los suaves gemidos como guía, atizando su deseo cada vez más. Ivy se agarraba a él, retorciéndose de gozo, haciendo que el dolor en su entrepierna se volviese insoportable. Haciendo que desease arrancarle la camiseta, separar sus piernas y tomarla allí mismo sin pensarlo dos veces. Y lo haría más adelante.

Pero, por ahora, se tomaría su tiempo. Atizaría su deseo perezosamente porque le gustaba que le suplicase. Le gustaba cómo pronunciaba su nombre mientras se agarraba a él, pidiendo más.

Era bueno tenerla tan desesperada y Nazir quería disfrutarlo durante el tiempo que fuera posible, pero estaba tan excitada que no aguantó tanto como le habría gustado. Cuando pasó el pulgar sobre el húmedo capullo entre sus muslos, sin dejar de penetrarla con los dedos, Ivy arqueó todo el cuerpo y un grito convulso escapó de su garganta mientras se dejaba llevar por un poderoso orgasmo.

Nazir no apartó las manos inmediatamente. Siguió acariciándola hasta que los temblores cesaron y luego, poniendo las manos sobre los almohadones a cada lado de su cara, la miró a los ojos.

–¿Estás bien?

–Yo no sabía… –empezó a decir ella, mirándolo con cara de sorpresa–. No sabía que sería así.

Nazir volvió a sentir esa constricción en el pecho a la que no podía poner nombre. Tal vez era simpatía, compasión o remordimientos, no estaba seguro, pero tenía que ver con la sorpresa de Ivy y su apasionada respuesta. Parecía obvio que alguien le había fallado de la peor forma posible.

Sabía que había crecido en una casa de acogida y que no tenía familia. No tenía a nadie salvo a su amiga, para quien se había quedado embarazada, y ahora esa amiga había muerto.

«Está sola, como tú».

Pero no, él no estaba solo. Él dirigía un ejército de hombres, se dijo a sí mismo. Tenía un hermanastro que dependía de su dinero. Tenía poder. No necesitaba nada.

Ya no era el hijo secreto de la sultana.

–Eres virgen, ¿verdad? –le preguntó.

Le gustaba ver su expresión relajada, como cuando hablaba con el jardinero. Quería que fuera así con él.

–¿Cómo lo has adivinado? –bromeó ella.

–Es evidente, pero no quiero hablar de eso ahora –Nazir se colocó sobre ella, apretando su ardiente miembro contra el hueco entre sus muslos–. No hemos terminado.

–Ah.

Era tan bonita. Y el aroma de su cuerpo, a jazmín y delicado almizcle, hacía que tuviese que esforzarse para contener el deseo de enterrarse en ella sin esperar más.

Nazir se inclinó hacia delante para rozar sus labios.

–Voy a tomarte, pequeña furia – murmuró, porque quería que tuviese claro lo que iba a pasar y lo que eso significaría para ella–. Y una vez que lo haga, serás mía para siempre. ¿Lo entiendes?

Sintió que ella se estremecía y le pareció ver una sombra de miedo en su expresión, pero solo estaba diciéndole la verdad.

–¿Por qué quieres que sea tuya? Ni siquiera me conoces. Si no estuviese embarazada de tu hijo, no me habrías mirado dos veces.

Por una vez no había ira en su tono, solo una nota dolorosa que, por alguna razón, se clavó en él como una flecha. Hablaba con toda sinceridad, podía verlo en sus ojos. De verdad no entendía por qué la deseaba.

«Tiene razón, apenas la conoces».

Pero la conocería con el tiempo. Y lo que había visto hasta ese momento, su espíritu y su carácter, lo atraían como no lo había atraído otra mujer. No podía negar que el embarazo despertaba algo en él, pero era ella quien lo cautivaba.

–Si no estuvieras esperando un hijo mío, no estarías aquí –le dijo, tomando su cara entre las manos y cambiando de postura para que ella pudiese sentir la presión de su miembro–. Y si no fueras la mujer más testaruda, irritante y apasionada que he conocido nunca no estarías en este sofá, con las piernas abiertas y conmigo encima de ti.

Ivy se puso colorada.

–No mientas. No digas cosas que no sientes.

–Yo nunca digo cosas que no siento y no miento jamás –dijo él, sosteniendo su mirada–. ¿Por qué crees que haría eso?

Su mirada era tan directa que Ivy se sentía desnuda. Y no solo desnuda físicamente. Algo en sus palabras, en el placer que le daba, le había quitado su armadura emocional y no sabía cómo volver a ponérsela.

No debería haberse expuesto preguntando por qué desearía a una mujer como ella. Como si le importase lo que pensara de ella.

«Como si quisieras que te desease».

Pero no podía mentirse a sí misma, ya no. Quería que la desease y debía ser evidente.

Podía sentir la evidencia de su deseo entre las piernas, donde él la había acariciado, llevándola a un orgasmo increíble, dándole un placer que la había dejado estremecida.

Nunca había sentido nada así y lo único que quería era estar cerca de él, todo lo cerca que fuera posible, para revivir ese intenso y enloquecedor momento. Sus besos la cegaban, sus caricias la abrumaban, el roce de sus dedos la ponía fuera de sí.

El sexo siempre le había parecido algo raro, incómodo y un poco desagradable. Desde luego nada que pudiera interesarle. Y, sin embargo, el jeque… no, Nazir, había hecho que su opinión sobre el sexo cambiase por completo.

Pero no le gustaba sentirse tan emotiva por el simple roce de sus dedos mientras le decía cosas que no podían ser ciertas.

Testaruda, irritante y apasionada la había llamado. Y, sin embargo, todos esos rasgos no sonaban como defectos. Ser apasionada no podía ser un defecto. Además, Nazir lo había dicho como si fueran rasgos de su personalidad que le gustaban, rasgos que encontraba deseables. Y luego había parecido sorprendido cuando lo acusó de estar mintiendo.

No debería haber dicho eso porque darle a entender la verdad, que nadie la había deseado nunca, que solo él la había encontrado deseable, era como quitarse la armadura protectora y abrirle su corazón.

No sabía por qué le importaba tanto que Nazir la desease. Nada de aquello debería afectarla de ese modo y, sin embargo, así era.

Quería su calor, quería la intensidad de esas sensaciones y el increíble placer que le daba. Lo que no quería era seguir discutiendo.

«Voy a tomarte, pequeña furia. Y una vez que lo haga, serás mía para siempre».

Eso la había asustado, no podía negarlo. Y no porque no quisiera ser suya sino porque tenía la horrible impresión de que eso era lo que más deseaba en el mundo. Que podía decirse a sí misma que había dado igual que nadie la adoptase, pero la verdad era que, en su corazón, siempre había querido pertenecer a alguien. Que nadie la hubiese elegido era una herida que no había curado nunca.

Pero Nazir la había elegido y ella quería rendirse, quería ser suya. Aunque sabía que, en realidad, no la quería a ella sino al hijo que esperaba. Quería protegerla porque estaba embarazada, se sentía posesivo porque era un hombre territorial y la deseaba porque era un hombre.

Nada de eso era por ella.

«¿De verdad habías pensado que te desearía por ti misma?».

No, pero tampoco quería seguir pensando en ello y no quería agravar el error respondiendo a su pregunta.

No quería hablar en absoluto.

–No, no creo que mientas –le dijo, levantando las caderas y apretándose contra el tentador bulto entre sus piernas.

Él dejó escapar el aliento, echando fuego por los ojos.

–¿Qué estás haciendo?

La presión del poderoso cuerpo masculino aprisionando el suyo era enloquecedora, pero Ivy se dio cuenta de que, aunque ella estaba medio desnuda, Nazir seguía vestido. Y ella quería tocarlo como la había tocado él, explorar los contornos de ese ancho torso… y todo lo demás.

–Querías hacerme tuya, pues hazme tuya –le dijo, intentando tirar de su camiseta–. No quiero perder el tiempo hablando de ello.

El fuego que ardía en los ojos azules le hizo sentir un delicioso escalofrío. Nunca habría imaginado que el deseo pudiera ser tan poderoso, que ella pudiera usar su poder femenino sobre un hombre como él, pero estaba claro que así era.

Las llamas que brillaban en sus ojos lo delataban tanto como la tensión de sus brazos y, de repente, Ivy sintió el deseo de provocarlo, de ejercer ese poder y ver dónde los llevaba.

–Pequeña furia –dijo Nazir, con los dientes apretados–. Si no dejas de hacer eso, no seré responsable de lo que pase.

–¿Dejar de hacer qué? –le preguntó Ivy, levantando la camiseta para rozar su estómago plano con la punta de los dedos–. Ya me has dicho lo que va a pasar y me parece bien.

Nazir murmuró algo que parecía una maldición y luego tomó sus brazos con mano de hierro para levantarlos sobre su cabeza.

Sentirse dominada era extrañamente excitante y quería empujar sus pechos hacia él, pero no podía moverse. Y eso también era excitante.

–No –dijo Nazir con voz ronca–. No te muevas.

–¿Por qué no?

El roce del rígido miembro contra su húmeda carne provocaba intensas chispas de placer por todo su cuerpo.

No podía creer que siguiera hambrienta después de aquel orgasmo, pero así era. Nazir era duro donde ella era blanda y el contraste la intrigaba. Quería ser abrumada por las sensaciones de nuevo, perderse en el calor y en el aroma del cuerpo masculino. Quería perderse en él.

–Porque eres virgen –dijo Nazir, impaciente–. Y no quiero hacerte daño.

Bueno, el sexo dolía la primera vez, o eso le había dicho Connie. Pero enseguida dejaba de doler, de modo que no podía ser un gran problema.

–No vas a hacerme daño –le dijo, acalorada–. Además, da igual. Siempre duele la primera vez.

–Como si tú supieras algo de eso –replicó Nazir, exasperado–. Deja de moverte, Ivy.

Pero esa orden solo sirvió para excitarla más. Sabía que él estaba a punto de perder el control y eso era tan emocionante.

Era ella quien le hacía eso, ¿no? Ivy Dean, la chica a la que no había querido nadie, la chica a la que nadie había elegido, estaba haciendo que aquel hombre tan poderoso perdiese la cabeza. Y le encantaba.

–Oblígame –susurró.

Nazir sujetó los brazos sobre su cabeza con una mano mientras con la otra tiraba de la cremallera de su pantalón y, un segundo después, Ivy sintió la gruesa cabeza de su sexo deslizándose entre sus húmedos pliegues.

Dejó escapar un gemido, retorciéndose mientras él dejaba claro quién tenía el poder ahora, pero que fuera así no era menos excitante porque Ivy sabía quién lo había empujado a dejarse llevar: ella.

Nazir entró en ella sin vacilación, manteniéndola cautiva mientras ensanchaba su carne. Le dolía, pero él no se detuvo y ella no le pidió que lo hiciese.

El dolor desapareció unos segundos después, dejando a su paso una sensación de plenitud, de estar completa, y un anhelo tan profundo que la hacía temblar.

Nazir no decía una palabra, clavando los ojos en ella mientras introducía su sexo, la tensión de su cuerpo dejando claro que tenía que hacer un gran esfuerzo para contenerse.

Pero Ivy no quería que se contuviese y lo urgió a empujar más rápido, llenándola una y otra vez. Era eso o dejarse abrumar por su calor, por el placer que le daba. Porque le gustaba estar cerca de él, le gustaba dejar que su calor la rodease. Su viril energía la hacía sentir protegida, segura.

Pero le gustaba demasiado y sabía lo que pasaba cuando anhelaba algo con tanta pasión.

Ivy apartó la mirada para que no pudiese ver las lágrimas que habían asomado a sus ojos.

–Ivy, mírame –dijo él entonces, con un tono autoritario que no tuvo más remedio que obedecer.

Nazir se apartó lentamente, arrastrando su largo miembro antes de volver a enterrarse en ella con una profunda embestida.

Un gemido de impotencia escapó de su garganta, la tracción enviando escalofríos de placer por todo su cuerpo.

Intentó moverse porque quería más, quería que no se contuviese, pero él la mantenía cautiva con el peso de su cuerpo, marcando un ritmo de embestidas lentas y profundas y retirándose después, haciendo que el deseo de Ivy se convirtiese en un desvarío.

Se retorcía debajo de él, impotente contra el orgasmo que se acercaba de modo inexorable, y por fin tuvo que rendirse.

Y eso hizo, dejar que el placer llenase el vacío que había dentro de ella, ese vacío que siempre había estado ahí, pero que no había aceptado hasta ese momento.

Pero tenía que aceptarlo porque ahora que él estaba allí podía sentir lo profundo que era ese vacío, un vacío que Nazir llenaba completamente con la dura presión de su cuerpo, con su voz ronca, con su aroma a almizcle y con el incesante empuje de su sexo.

Él borraba la soledad que se había instalado en su alma y que ella había creído estaría allí toda su vida.

Nazir se movía cada vez más rápido, pero aún llevaba el control mientras ella estaba deshaciéndose. Aun así, luchó porque no quería que terminase. Quería quedarse así para siempre. Unida a él, conectada con él porque de ese modo la soledad de su vida no era nada más que un vago recuerdo.

Pero entonces él ajustó el ángulo de sus embestidas, frotando su miembro contra el sensible capullo escondido entre el triángulo de rizos y fue entonces cuando Ivy perdió la cabeza del todo. El placer era demasiado intenso y saber eso le dolía porque no quería que aquello terminase nunca.

Dejó de pensar en ese momento. Solo existía Nazir, sus arremetidas y el movimiento de sus caderas haciendo que todo se convirtiese en un incendio imparable.

Gritó cuando llegó al orgasmo de nuevo, sintiendo que se rompía en pedazos y temiendo no saber recomponerlos.

Estaba tan perdida en ese momento de gozo que no se dio cuenta de que Nazir se movía cada vez más rápido, buscando su propio alivio hasta que, por fin, dejando escapar un gruñido ronco, se unió a ella en la cúspide de la tormenta.

Capítulo 8

Nazir miraba a Ivy mientras volaban sobre el último tramo del desierto hacia las montañas al norte de Inaris. No había dicho una palabra desde que salieron de la fortaleza, ni siquiera cuando anunció que irían en helicóptero a su residencia privada, en los famosos manantiales de agua caliente de las montañas.

Lejos de la fortaleza para conocerse el uno al otro, lejos de las distracciones. No había esperado aquel apasionado encuentro sexual, pero eso no había hecho que cambiase de planes. Si acaso, los había hecho más necesarios.

Pero desde el encuentro Ivy se mostraba apagada, sin decir una palabra. Había esperado que protestase o que insistiera en quedarse allí, pero no lo había hecho. Había subido al helicóptero sin decir nada.

Y eso era preocupante. El sexo no había sido planeado, pero inevitable dada la química que había entre ellos. Y ella había sido una participante activa. No, más que eso. Una amante desesperada.

«Si no estuviese embarazada de tu hijo no me habrías mirado dos veces».

Nazir volvió a sentir esa opresión en el pecho mientras Ivy miraba el paisaje por la ventanilla.

Se había mostrado tan frenética entre sus brazos, tan ansiosa. Una mujer apasionada, hambrienta de afecto. Hambrienta de felicidad también, estaba seguro, y con su pasado era comprensible. Una casa de acogida no era el mejor sitio para un niño, por bien que estuviese dirigida.

Ivy necesitaba cariño, eso estaba claro, aunque luchaba contra sus propios deseos.

«Y tú puedes darle eso, a tu manera».

Él era un comandante que no daba cuartel a nadie. Cuando su madre fue desterrada del palacio, la misión de su padre fue convertirlo en un soldado sin emociones y lo había conseguido.

Nazir ya no sentía el intenso anhelo que había sentido de niño, la desesperada necesidad de ver la sonrisa de su madre, de sentir el roce de su mano, de ver el cariñoso brillo de sus ojos en los pocos momentos que tenía con ella, el único gesto de afecto que se permitía darle a su hijo.

Esos instantes de felicidad habían sido muy pocos, pero ese era el problema de la felicidad. Una vez que la habías conocido, lo único que importaba era tener más y más, como un adicto, hasta que no sabías si podrías seguir existiendo si te la arrebataban.

Era mejor no haberla conocido nunca, solía decir su padre amargamente.

Pero Nazir la había conocido y, aunque ya no dejaba que nada de eso lo afectase, sí podía dárselo a Ivy.

No era culpa suya haber crecido en un orfanato, no era culpa suya que su amiga hubiese muerto. No era culpa suya que ese viaje por el desierto para honrar el último deseo de su amiga hubiese terminado con ella en una fortaleza, atraída por el padre del hijo que esperaba.

Sí, él le daría el afecto y la pasión que tanto anhelaba. Él no era un hombre cariñoso, pero podía fingir.

Y si fracasaba, al menos tendrían la pasión que había ardido entre ellos esa noche.

No iba a preguntarse por qué le importaba tanto la felicidad de Ivy. Importaba porque iba a ser su esposa y, además, el bienestar de sus soldados debía ser la prioridad de cualquier comandante.

«Pero ella no es uno de tus soldados».

Nazir pensaba eso mientras el aroma de Ivy lo envolvía. El delicado perfume de jazmín haciéndole recordar lo maravilloso que era tenerla debajo de él, retorciéndose de placer, tirando ansiosamente de su camiseta para tocar su piel.

Él no era extraño al poder y, sin embargo, el poder que sintió mientras entraba en ella había sido algo completamente nuevo y diferente. Ivy lo había mirado con un destello de dolor en esos ojos de color cobre, pero el dolor había dado paso al placer, la sorpresa y la fascinación.

Él estaba acostumbrado a provocar sorpresa o miedo, pero nunca fascinación. Como si fuese un cautivador misterio que ella necesitaba desentrañar. Y no parecía temer que le hiciese daño. Al contrario, parecía más que dispuesta a incitarlo, a desafiarlo para poner a prueba su autocontrol.

Nazir sentía una anticipación difícil de contener y una primitiva necesidad de perseguirla, de cazarla como un león a una gacela y morder su cuello mientras se enterraba en ella hasta el fondo…

Pero no. No iba a dejarse llevar por esos lascivos deseos. Había sometido al hombre apasionado que era y jamás volvería a soltar las riendas.

El helicóptero atravesó las montañas y sobrevoló el manantial. El valle era precioso, mucho mejor para ella que el intenso calor del desierto y una fortaleza medieval llena de soldados.

–Hay nieve –dijo Ivy entonces, señalando las montañas.

–Son unas montañas muy altas, y el valle es particularmente bonito en invierno.

–¿Y por qué vamos allí?

–Ya te lo expliqué –Nazir dejó escapar un suspiro–. ¿No estabas escuchando?

–No.

Parecía estar burlándose de él y eso le gustó. Al parecer, su pequeña furia había dejado de estar malhumorada. O eso esperaba. Aunque la prefería fiera porque al menos entonces sabía qué hacer con ella.

–Para discutir la situación en un sitio más agradable –dijo Nazir por fin.

–El patio de la fortaleza es agradable.

Ivy volvió a mirar por la ventanilla, escondiéndose de nuevo en su armadura, y él tuvo el repentino deseo de romper esa armadura para que la mujer cálida y vital que era pudiese respirar.

–¿Sabes lo que es agradable? Oír que gritas mi nombre mientras llegas al orgasmo.

Ivy se puso colorada hasta la raíz del pelo.

–Eso fue un error.

–No, no lo fue. Al contrario, fue muy agradable.

–Tal vez para ti –murmuró ella, desdeñosa.

«Qué mujer tan cabezota».

¿Cuándo iba a quitarse la armadura y rendirse ante lo que era evidente? ¿Cuál era la clave para hacer que se dejase llevar?

Aunque ya lo sabía. Lo había conseguido cuando la tuvo debajo de él, jadeando desesperadamente. Entonces se había rendido.

–¿Estás diciendo que tú no disfrutaste? Tal vez me hiciste creer algo que no era. ¿Estabas fingiendo, Ivy?

Ella se volvió para mirarlo.

–No, no estaba fingiendo.

–¿Entonces también tú lo pasaste bien?

–Yo… sí, claro que sí –respondió ella, con la desgana de alguien que admitía una dolorosa verdad–. Yo también lo pasé bien.

Nazir experimentó una intensa satisfacción, como si esa admisión fuese fundamental para él.

–Me alegro porque pienso volver a hacerlo… a menudo.

–¿Y si yo no quisiera?

Bueno, no sería Ivy si aceptase sin protestar.

–No tienes que pelearte conmigo a todas horas, pequeña furia –murmuró Nazir–. A veces puedes tomarte un descanso.

–No me llames así.

–Dejaré de llamarte así cuando dejes de ser una pequeña furia.

–No estoy furiosa –insistió Ivy.

Pero tenía los puños apretados y Nazir sintió el absurdo deseo de poner una mano sobre las suyas.

Su madre había hecho eso una vez, cuando su padre fue a buscarlo, robándole las pocas horas que podía pasar con ella. Él había protestado, demasiado joven como para hacer caso de las advertencias de guardar silencio, y su madre había tomado su mano diciendo:

«No llores, pequeño mío. Nos veremos muy pronto, seguro. Hasta la próxima vez, ¿eh?».

Y luego había apretado su mano, como transfiriéndole algo de su calor.

Nazir casi había olvidado cuánto lo había consolado ese gesto, pero tal vez también ayudaría a Ivy, así que levantó la mano para ponerla sobre su puño cerrado y ella dio un respingo, mirándolo con cara de sorpresa.

–Me gusta que te pelees conmigo, pero pelearse sin sentido no sirve de nada. Ahorra energía para cuando las batallas sean importantes.

Ella lo miró en silencio durante unos segundos.

–¿Entonces el sexo no es importante?

Nazir lo pensó un momento. El sexo nunca le había importado. Era como comer o dormir, esencial para su bienestar físico, pero solo una función corporal. Nunca había tenido importancia hasta ese momento. Con ella importaba. Por qué, no tenía ni idea, pero no podía mentirle.

–Siempre había pensado que no importaba –dijo por fin–. Hasta hace unas horas.

–¿Quieres decir que ahora te importa porque…?

–Por ti, sí –Nazir terminó la frase por ella.

Ivy parpadeó, claramente sorprendida.

–No entiendo. ¿Por qué ahora es diferente?

Podía ver en su expresión que lo preguntaba con genuina curiosidad y le había hecho una pregunta similar en la fortaleza. Quería saber por qué la deseaba, como si no supiera lo apasionada, hermosa y excitante que era.

«Tal vez no lo sabe. Tal vez nadie se lo ha dicho nunca».

De nuevo, Nazir experimentó esa opresión en el pecho y se encontró apretando su mano firmemente, acariciando su piel con el pulgar.

–Porque eres exasperante, cabezota e intensamente apasionada –respondió por fin–. Y también eres valiente e increíblemente guapa.

Ella no sonrió. Al contrario, lo miraba como si sus palabras le doliesen.

–No me crees, ¿verdad?

–Nadie me ha dicho nunca cosas así –respondió Ivy, en voz tan baja que era casi inaudible–. ¿Por qué ibas a ser tú el primero?

Nazir frunció el ceño.

–¿Nadie te ha dicho nunca algo bonito?

Ella negó con la cabeza.

–Da igual.

–No, no da igual. Cuéntamelo.

Ivy suspiró y, por fin, levantó la mirada.

–Crecí en una casa de acogida en la que a nadie le importaban demasiado los niños huérfanos, así que perdóname si me tomo esos cumplido con cierta desconfianza.

Nazir entendía esa desconfianza. No debía ser fácil crecer siendo huérfano, dependiendo de extraños.

–Parece que fue una experiencia muy dolorosa para ti.

Ivy se encogió de hombros.

–No fue tan mala como la de otros.

–¿Qué pasó?

Ella se mantuvo en silencio durante unos segundos, mirando el paisaje por la ventanilla del helicóptero.

–No quiero hablar de ello.

El instinto lo empujaba a presionar, pero Nazir sabía que no era el momento. Tal vez después de satisfacer su ansia, después de otro encuentro apasionado, estaría más relajada y podría contárselo.

Diez minutos después, el helicóptero aterrizaba en el tejado de su villa, una casa de piedra blanca construida en la ladera de la montaña, frente al famoso manantial de agua caliente.

Era un lugar de vacaciones para la aristocracia de Inaris, con un elegante spa para turistas y algunos restaurantes y bares, aparte del palacio de verano del sultán, pero Nazir prefería alejarse de la gente, de modo que la villa estaba algo alejada del pueblo.

Construida alrededor de una pequeña cascada que caía directamente desde el manantial hasta la piscina que él había mandado construir, tenía varias terrazas para disfrutar del fabuloso paisaje.

El ama de llaves los recibió en el fresco vestíbulo y Nazir le dio instrucciones para que preparasen las habitaciones y la cena.

Ivy había salido a la terraza, con los pantalones de yoga y la camiseta azul. No parecía importarle mucho la ropa, y a él le daba igual porque prefería verla desnuda, pero había encargado un vestuario para ella e imaginó que se alegraría de poder ponerse algo diferente.

–¿Han llegado las cosas que encargué?

–Sí, señor Al Rasul, están en la habitación –respondió el ama de llaves.

Ivy estaba de espaldas, su pelo cobrizo brillando bajo los últimos rayos de sol. Cuando se acercó para acariciarlo, ella se quedó inmóvil, conteniendo el aliento. Nazir se inclinó para besar su cuello y la sintió temblar. Emitía tal grado de tensión que era casi una fuerza física.

Lo deseaba, quería que la tocase. Quería rendirse, pero luchaba con todas sus fuerzas para no hacerlo.

Su pequeña furia. Tanta resistencia debía dejarla agotada.

–Ven –murmuró–. Voy a enseñarte la piscina.

–¿La piscina?

–En el pueblo hay un famoso spa, pero no tienes que ir allí porque yo tengo el mío particular aquí mismo.

–No, gracias, no me apetece –dijo ella–. Creo que necesito estar sola un rato.

Pero ya no estaban en el helicóptero y Nazir no pensaba dejar que volviese a encerrarse en sí misma, de modo que la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo.

–¿Qué ocurre, Ivy?

En sus ojos vio un destello de esa desesperación, del ansia que vivía dentro de ella. Intentaba esconderlo, tal vez porque podía ver al predador que había en él y no quería mostrar debilidad.

Pero era demasiado tarde.

–¿Tiene algo que ver con lo que has dicho en el helicóptero? –le preguntó–. ¿Sobre tu vida en la casa de acogida?

–Nazir…

–Cuéntamelo. ¿Cómo voy a ayudarte si sigues apartándome?

Ivy suspiró, mirándolo con gesto desafiante.

–Crecí en una casa de acogida donde no le importaba a nadie, la única niña que no fue adoptada. Uno por uno, todos los demás niños fueron adoptados, incluyendo mi amiga Connie, pero a mí no –le contó, con un brillo de ira y dolor en los ojos–. Para algunos era demasiado callada, para otro demasiado ruidosa. Tenía problemas de comportamiento o era demasiado mayor. Nada de lo que hiciera pudo cambiar eso. Y ahora tú me dices todas esas cosas, cosas que no he sido nunca para nadie y yo… –Ivy tomó aire–. No puedo creerte porque me he hecho ilusiones muchas veces y uno no supera esa clase de decepción. No se supera nunca.

No podía leer la expresión en las facciones de granito. Era algo fiero, pero no sabía qué significaba.

Seguramente había desvelado demasiado. No debería haber abierto la boca porque todo lo que dijese revelaría más sobre las rotas piezas de sí misma que intentaba guardar en secreto. Piezas rotas que no quería enseñarle a nadie y menos a él.

Pero había algo en Nazir que parecía hacerla hablar sin que pudiese evitarlo. Algo en su tono autoritario, en su penetrante mirada, en la firmeza de su mano, que no dejaba que siguiera escondiéndose, que no la dejaba escapar.

Le exigía cosas que jamás le había dado a otra persona y ella se las daba sin poder evitarlo, como le había entregado su virginidad.

Despertaba una ardiente pasión en ella, un fuego que siempre había intentado esconder porque era parte de su desesperación. La profunda necesidad de ser algo para alguien de la que no podía librarse por mucho que lo intentase. La necesidad de ser aceptada y querida. De ser elegida.

Pero nunca había sido elegida y pensar que él, Nazir Al Rasul, pudiese elegirla a ella… en fin, no podía creerlo.

Una vez hubo una pareja interesada en ella. Habían hecho un esfuerzo por conocerla, la habían llevado de excursión y después a su casa para mostrarle la que sería su habitación, que habían decorado especialmente para ella. Ivy se había permitido a sí misma soñar que, por fin, iba a tener la familia que tanto anhelaba, pero al final la pareja cambió de opinión.

Nadie le explicó la razón, pero Ivy sabía por qué: era ella. Siempre era ella. Había algo malo en ella.

Estaba a punto de darse la vuelta para entrar en la casa, pero Nazir se lo impidió.

–Deja que te enseñe la piscina.

Ivy sabía que no era una petición sino una orden.

–Pero yo…

Él le ofreció su mano, dejando claro que esperaba que la tomase, e Ivy lo hizo, el calor de sus dedos liberando una tensión interna que se había vuelto insoportable.

Sin decir una palabra, Nazir tiró de ella por el pasillo. Las paredes eran de color claro, con vigas en el techo y una selección de fabulosas alfombras de seda. El pasillo llevaba a otra terraza de piedra frente a las majestuosas montañas que terminaba en una piscina intensamente azul. El agua de una cascada caía directamente a la piscina desde la montaña y los depósitos minerales daban a las paredes de la roca tonos azules, blancos y rosas.

Había anochecido y la luz de los braseros que iluminaban la terraza hacía que pareciese un lugar mágico.

Era el sitio más bonito que había visto en toda su vida.

Nazir soltó su mano y empezó a quitarse la ropa, tirándola sobre una hamaca.

Ivy parpadeó mientras admiraba la masculina belleza. Era tan atlético, tan poderoso. Su piel era como el bronce y la luz de los braseros destacaba los marcados abdominales, los anchos hombros, la cintura estrecha, las piernas largas y poderosas. Aquí y allá, su maravillosa piel estaba marcada por cicatrices blancas, signos claros de una vida de violencia.

Porque era un guerrero, un soldado.

Cuando estuvo desnudo se dirigió a la piscina y se lanzó de cabeza con la gracia de un atleta. Un segundo después, sacó la cabeza del agua y la sacudió para apartar el pelo de su cara. Luego alargó los brazos hacia ella, esperando.

Quería que se reuniese con él y era demasiado tentador como para resistirse, de modo que empezó a desnudarse mientras él la miraba desde el agua, el brillo de sus ojos haciendo que le ardiesen las mejillas.

Conteniendo el deseo de cubrirse con los brazos, se acercó al borde de la piscina mientras Nazir seguía todos sus movimientos con abierto deseo masculino. Le gustaba lo que veía y no intentaba esconderlo.

Le gustaría poder tirarse de cabeza como había hecho él, pero no sabía hacerlo, de modo que se metió en el agua por la escalerilla.

Nazir se acercó a la orilla entonces y levantó los brazos hacia ella.

–Ven conmigo.

Ivy no sabía qué quería que hiciese, pero dejó que la tomase por la cintura. Estaba un poco asustada porque no hacía pie y no había nada a lo que agarrarse salvo Nazir, pero él la rodeó con sus brazos, apretándola contra ese torso de hierro.

No sabía qué quería y el instinto le decía que se apartase, pero no era posible. Nazir la emocionaba y, al mismo tiempo, la turbaba, pero se sentía segura con él.

Era tan fuerte. Sentía como si pudiera sujetarla así para siempre.

–No te preocupes, el agua está caliente.

–No estoy preocupada. Es un sitio precioso.

–Sí, lo es –asintió él–. Hace mucho tiempo que no venía por aquí.

–¿Por qué? ¿Estás muy ocupado?

–Siempre estoy ocupado. Además, no me gusta estar sentado sin hacer nada.

–¿Qué haces entonces, guerrear con ese ejército tuyo?

–¿De verdad te interesa o solo lo preguntas por hablar de algo?

–Tal vez estoy cansada de hablar de mí. Además, has dicho que querías que nos conociésemos.

–Sí, es cierto –respondió él–. Y no me dedico a hacer la guerra, mi ejército existe para proteger.

–¿A quién?

–Algunos gobiernos nos contratan para proteger colegios electorales, hospitales o médicos en zonas problemáticas. Otras veces para proteger infraestructuras vitales. Y las empresas privadas para proteger a sus empleados en situaciones de peligro, pero yo decido qué contratos acepto y cuáles no. No permito que se use a mis hombres en guerras territoriales. Somos gente de paz, no somos asesinos.

Ivy acarició la piel de sus hombros mientras lo estudiaba con gesto serio.

–Eso suena muy altruista cuando se trata de hombres entrenados específicamente para matar a otros hombres.

Nazir sonrió, divertido.

–Eres escéptica y supongo que es normal, pero yo empecé como soldado en el palacio y el propósito de un guardia de palacio es defender, no atacar.

–¿Siempre has querido una carrera en el ejército? ¿Siguiendo los pasos de tu padre?

–Así es. Aunque en realidad no pude elegir. Como tú sabes, me enviaron a la universidad de Cambridge durante unos años, pero aparte de eso, siempre se esperó de mí que fuera un soldado.

–¿Y por qué Cambridge?

–Para que tuviese una educación decente.

Ivy frunció el ceño al notar cierta tristeza en su tono.

–¿Por qué tengo la impresión de que hay algo más?

–Esa no es la única razón por la que me enviaron fuera del país.

–¿Y cuál es esa otra razón?

–Mi madre –respondió Nazir, acercándose a la cascada–. Me crio mi padre, pero de vez en cuando me permitían ver a mi madre, la sultana. Nadie podía vernos juntos, claro. Yo era el hijo del comandante del sultán y la gente empezaría a murmurar, pero esos encuentros nunca duraban mucho y nunca era suficiente. Yo siempre quería más.

Ivy detectó un trasfondo de amargura en sus palabras. No sabía por qué, pero estaba segura de haber notado rabia, ira, en su tono. Su expresión era serena, pero estaba enfadado y entendía por qué. También ella había querido más y nunca lo había tenido.

Nazir no había tenido una madre, pero sí había tenido un padre. ¿Tener una madre a la que solo podía ver de vez en cuando era mejor o peor que no tener ninguna?

No lo sabía, pero la hizo pensar en el hijo que esperaba. Al menos ese bebé tendría una madre y un padre, aunque su madre no supiera lo que estaba haciendo.

–Háblame de ella –dijo en voz baja, echándole los brazos al cuello.

El atardecer iluminaba los ángulos de su rostro con una luz dorada y las gotitas de agua en sus largas pestañas parecían de cristal.

–Era una mujer encantadora y yo la quería mucho. Bueno, lo quería todo –respondió él–. Quería ser su hijo abiertamente, que todo el mundo lo supiera. Quería lo que le daba a mi hermanastro, su tiempo, sus atenciones, sus caricias, su amor. Pero mi padre temía que pasara demasiado tiempo con ella. Cuando era niño no era tan preocupante porque todo el mundo sabía que la sultana adoraba a los niños y sus atenciones hacia mí no llamarían demasiado la atención, pero cuando empecé a hacerme mayor mi padre decidió alejarme de ella. Por eso me envió a Cambridge.

Ivy no se equivocaba: Nazir estaba muy enfadado, pero bajo el tono amargo podía intuir su angustia por el amor que había ansiado desesperadamente y nunca había tenido.

Ella sabía lo que era anhelar algo desesperadamente. Lo sabía muy bien.

–¿Tú no querías irte?

–No –respondió él, agarrando su trasero, clavando los dedos en su carne–. Pero no tuve alternativa. Esos tres años en Inglaterra me dieron tiempo para obsesionarme por lo que no podía tener. Mi madre quería a mi padre y era infeliz con el sultán. Y yo no entendía por qué tenía que vivir una vida que la hacía tan infeliz, así que volví a Inaris y fui a verla inmediatamente. Le dije que mi padre y ella deberían marcharse del país, que yo los ayudaría, que podíamos ser una familia… –Nazir tragó saliva–. Pero ella se negó. No quería dejar a su hijo, mi hermanastro. Y yo me puse furioso, empecé a gritar… y entonces la habitación se llenó de soldados. Fahad, mi hermanastro, había estado escuchando la conversación y había descubierto nuestro secreto.

–Oh, Nazir…

–Hubo una confrontación y yo ataqué a Fahad. Mi madre intentó detenerme, pero no le hice caso. Estaba demasiado furioso, demasiado celoso. Fahad tenía todo lo que yo había anhelado siempre… pero no se puede atacar al heredero del trono sin que haya consecuencias y me metieron en la cárcel. Por suerte, mi madre consiguió que el sultán me perdonase la vida.

–¿Qué pasó entonces?

–Mi padre y yo fuimos desterrados del palacio. El sultán quería ejecutarlo, pero mi padre era demasiado poderoso en Inaris, de modo que en lugar de perder la vida perdió su puesto como comandante del ejército y jamás volvimos a ver a mi madre. También ella fue desterrada y murió años después fuera del país.

–Qué horror.

–Mi padre jamás me perdonó por lo que pasó. Siempre había sido su secreta vergüenza y después, la causa de su dolor por perder a la mujer a la que amaba… En fin, debería haberme conformado con lo que tenía –Nazir hizo una pausa, mirándola fijamente–. Y ya hemos hablado de mí más que suficiente por hoy.

La llevó bajo la cascada y el agua caliente empapó su pelo y sus hombros, cegándola. Aunque era maravilloso.

Iba a decírselo, pero Nazir se apoderó de sus labios en un beso lento y dulce.

Ivy tenía tantas preguntas. No había sido capaz de procesar todo lo que acababa de contarle, pero le dolía el corazón por él.

Nazir deslizó una mano por su espalda, sujetándola mientras introducía la lengua en su boca para explorarla a placer y, de repente, Ivy tuvo claro lo que quería. Quisiera reconocerlo o no, quería una familia. Por eso la retenía allí. Quería lo que había anhelado de niño y lo que, al final, había perdido.

¿Y por qué no iba a dárselo? No había ninguna razón para no hacerlo. Al parecer, los dos buscaban lo mismo y lo habían encontrado juntos. ¿Entonces por qué seguir luchando?

Nazir le había dicho que era suya y tal vez debería aceptarlo de buen grado. Después de todo, nadie más la había reclamado nunca.

Ivy tomó esa decisión mientras enredaba las piernas en su cintura porque, aunque él la reclamaba, también ella quería reclamarlo a él. Así que le devolvió el beso con toda pasión, notando cómo su miembro se volvía rígido entre sus muslos.

Pero él no parecía tener prisa e ignoró sus deseos. Siguió besándola perezosamente, sujetando su cabeza para poder explorar su boca a placer.

El deseo clavaba sus afilados dientes en ella, pero en esa ocasión no se sentía tan desesperada.

La caricia de la cascada era tan relajante como el lento beso de Nazir y la decisión de aceptar lo que le ofrecía era tan firme que se sentía absolutamente tranquila mientras le devolvía el beso con la misma ternura.

Él estaba totalmente excitado y, levantándola ligeramente, rozó sus pliegues con la cabeza de su miembro. Ivy abrió las piernas un poco más, pero Nazir se quedó así durante unos segundos, haciéndola temblar, antes de sujetar sus caderas con manos firmes para empalarla sobre su miembro una y otra vez con una lentitud que la hizo gruñir de impaciencia.

–Acéptame, pequeña furia –susurró él sobre su boca–. Todos esos que no te quisieron eran tontos. Yo te deseo y quiero toda tu pasión. La quiero toda para mí.

Ivy pensaba que ya habría olvidado lo que le había contado antes, pero al parecer no era así y eso hizo que una pieza de su corazón largamente perdida se colocase en su sitio.

Quería darle toda su pasión porque era un hombre duro que la abrazaba con dulzura, el líder de un ejército que tenía un patio lleno de flores y árboles en medio del desierto, un hombre para quien el placer parecía ser un concepto desconocido y, sin embargo, tenía una villa de vacaciones la que no iba nunca porque no le gustaba estar sentado sin hacer nada. Un duro guerrero que se había encargado de que ella estuviese cómoda en la fortaleza.

Era un hombre lleno de contrastes fascinantes. Era como si quisiera muchas cosas, pero no se permitiera a sí mismo tenerlas, tal vez como castigo por lo que había pasado tantos años atrás.

La madre a la que no había vuelto a ver, el padre cuya vida había quedado destruida por sus actos. La familia que él había destruido sin querer.

Pero aún quería una familia y ese anhelo era tan familiar para ella que decidió no pensar más. Le echó los brazos al cuello y enredó las piernas en su cintura, liberando toda su contenida pasión hasta que el éxtasis los ahogó a los dos.

Capítulo 9

Nazir no tenía intención de contarle a Ivy lo que pasó con su madre. Había querido responder a sus preguntas sobre Cambridge y luego llevarla bajo la catarata y hacerle el amor, sencillamente.

Pero, por alguna razón, de repente se encontró contándole más de lo que debería, más de lo que le había contado a nadie. No había esperado dejar que el anhelo que había sentido siempre saliera a la superficie, ni la ira. La ira, la pena y los celos de los que creía haberse librado años atrás. Y la vergüenza que nunca había querido reconocer.

No podía dejar que esas emociones nublasen su buen juicio cuando había tanto en juego. Ivy y su hijo debían ser protegidos a toda costa, especialmente de él.

Él, que por su falta de control, había destruido a su familia.

Su madre había sido desterrada del país para el resto de su vida y había muerto en Suiza, sin volver a ver a ninguno de sus hijos ni al hombre del que estaba enamorada.

Por su culpa. Si no hubiese perdido los nervios, si no hubiese atacado a Fahad, todo podría haber sido diferente. Pero lo había hecho y ya no podía cambiar nada, lo único que podía hacer era controlarse y asegurarse de que nunca volviese a ocurrir algo parecido.

Y sería fácil porque en los últimos días Ivy había dejado de pelear. Se había deshecho de su armadura, dejando florecer a la mujer que había debajo.

Y menuda mujer era. Cálida, vital, interesada por todo, curiosa y apasionada.

Como a él, no le gustaba estar sin hacer nada, de modo que habían montado a caballo por el precioso valle, habían nadado en el manantial y luego le había enseñado a darle placer mientras la exploraba de todas las formas posibles.

Cenaban a la luz de las velas en la terraza, hablando de todo, incluido su matrimonio y cómo educarían juntos a su hijo. Estaba claro que ambos pensaban que el bebé necesitaba un padre y una madre, un hogar estable.

–¿Y yo? –le había preguntado Ivy una noche–. Yo necesito algo más de la vida que criar a un hijo. Sé que es un trabajo importantísimo, pero yo necesito algo más.

Esa noche llevaba el pelo suelto, como a él le gustaba, cayendo sobre los hombros, y una túnica de color rojo bordada en oro que había encargado especialmente para ella. El hilo dorado hacía juego con sus ojos y la diáfana seda le permitía entrever su precioso cuerpo.

Al principio ella se mostraba incómoda sin llevar nada debajo, pero se relajó cuando él le demostró cuánto le gustaba verla así y ahora no parecía pensarlo dos veces.

Era tan preciosa y sensual que no podía dejar de sentirse fieramente posesivo. Como si estuviera dispuesto a pelearse con cualquiera que quisiera acercarse a ella, cualquiera que se atreviese a mirarla. Y si alguien se atreviese a tocarla…

Nazir tuvo que hacer un esfuerzo para controlar una repentina oleada de furia.

«Es peligrosa para ti. Te hace sentir demasiado».

No, eso era absurdo. Él era capaz de controlar sus emociones.

Nazir tomó un sorbo de vino, intentando calmarse.

Ivy decía necesitar algo más de la vida y lo entendía. Cuando se conocieron le dijo que su vida había sido muy triste y, aunque no era su intención ser cruel, la verdad era que seguía pensándolo.

Era una mujer muy inteligente, decidida, interesada por todo, y sabía enfocar los problemas. El comandante que había en él reconocía eso como un rasgo valioso.

En muchos sentidos, también ella era un comandante. Al fin y al cabo, dirigía una casa de acogida llena de niños a los que debía educar, controlar y atender.

–¿Qué te gustaría hacer? –le preguntó.

–No lo he pensado. En Inglaterra no tenía muchas opciones, así que…

–Eres una persona inteligente y llena de energía. ¿Por qué te quedaste en la casa? Podrías haber trabajado en cualquier otro sitio.

Ivy miró su zumo de naranja, encogiéndose de hombros.

–Solo tenía experiencia cuidando niños. Además, quería que estuviesen bien atendidos y Connie vivía cerca. No sé, supongo que era lo único que conocía.

Nazir sabía que eso no habría retenido allí a una mujer que había atravesado un desierto para buscarlo, a pesar de los terribles rumores que corrían sobre él, para honrar el último deseo de una amiga. Si hubiese querido dejar la casa, lo habría hecho.

–¿No querías hacer nada más, no tenías grandes sueños?

–No, era más fácil no tenerlos. Era más fácil conformarme con lo que tenía que soñar con algo que no iba a lograr nunca.

Nazir torció el gesto.

«Como tú has aceptado tu vida y lo que tienes. Como tú cuando te dices a ti mismo que no quieres más».

No, no era lo mismo. Él había sido educado para ser soldado. Era lo único que conocía y estaba satisfecho. La necesidad de proteger, de defender, era parte de él, la llevaba en la sangre. Tras la muerte de su padre, como no podía volver al palacio, creo un ejército propio para poder seguir protegiendo y defendiendo.

«Pero nunca has pensado que podría haber algo para ti aparte de esa vida de violencia».

Ese pensamiento era demasiado turbador, de modo que se concentró en Ivy.

–¿Y qué es lo que pensabas que nunca podrías conseguir? –le preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Por fin, ella levantó la mirada.

–Una familia, Nazir.

Había tal honestidad en su mirada, sin armadura, sin evasivas. Estaba mostrándole ese precioso corazón suyo.

«Crecí en una casa de acogida donde no le importaba a nadie, la única niña que no fue adoptada. Uno por uno, todos los demás niños fueron adoptados, incluyendo mi amiga Connie, pero a mí no».

–No hay nada malo en ti, Ivy –le dijo en voz baja–. No sé por qué nunca te adoptaron, pero no era un fallo por tu parte. Lo sabes, ¿no?

–No, no lo sé –murmuró ella–. Una pareja estuvo a punto de adoptarme. Me llevaron a su casa y me enseñaron la habitación que habían preparado para mí. Me dijeron que estaban deseando que me fuese allí con ellos, que fuera su hija, pero en el último minuto se echaron atrás. El director de la casa me dijo que habían cambiado de opinión, pero nadie me dijo por qué.

Nazir experimentó una dolorosa sensación en el pecho. Habían dejado que una niña solitaria se hiciera ilusiones para aplastarlas después. Qué vileza, pensó, imaginando las dudas que eso había provocado, que seguía provocando.

La intensidad de su ira parecía absurdamente desproporcionada, pero era evidente el daño que eso le había hecho a Ivy.

–¿De verdad crees que fue culpa tuya?

–No sé qué otra cosa podía ser. Y no fue solo esa pareja, Nazir. Hubo otras. Nunca supe por qué y eso es lo peor de todo, no saber. Porque no podía hacer nada para solucionarlo. No podía hacer nada para ser más… no sé, más aceptable.

Nazir tuvo que apretar los puños al pensar en esa gente que tanto daño le había hecho.

«¿Por qué dejas que te afecte tanto?».

Sí, estaba dejando que lo afectase. Estaba dejando que sus sentimientos le importasen, que ella le importase.

Y no podía ser.

«Tal vez no tienes tanto autocontrol como crees».

Ese dolor en el pecho se volvió casi como una soga al cuello y tuvo que apartar la mirada, conteniéndose para no saltar del asiento y lanzarse sobre sus enemigos. O mejor aún, lanzarse sobre Ivy, tumbarla sobre la mesa, quitarle la túnica y mostrarle cuánto la deseaba. Hacerle el amor hasta dejar un sello en su piel para que supiera que era deseada, que era querida.

–Eras aceptable, Ivy. Eras una niña como las demás. Eran ellos los que tenían el problema, no tú.

–¿De verdad crees eso?

Había tal esperanza en esa pregunta que iba a tener que desvelar sus sentimientos. Aunque el sentido común le advirtiese que no debía hacerlo.

Nazir la miró a los ojos, dejando que viese en ellos la verdad, porque su honestidad era un regalo y él no podía hacer menos.

–Sí, lo creo de verdad –respondió, con total convicción–. Todo en ti es perfecto, tu pasión, tu inteligencia, tu curiosidad, tu voluntad de hierro, incluso tu rabia. Todo en ti es maravilloso.

En la mirada de Ivy había un millón de emociones que él no podía descifrar, pero la soga que parecía llevar al cuello apretaba cada vez más.

«Si sientes tanto por ella, ¿qué pasará con tu hijo?».

La pregunta añadió otra hebra a la imaginaria soga.

«Sentirás la misma pasión, la misma necesidad de proteger a tu hijo. Sentirás los mismos celos y querrás más y más, pero nunca será suficiente».

La sensación de ahogo era tan intensa que tuvo que dejar la copa sobre la mesa y ponerse en pie.

Ivy lo miró, sorprendida.

–¿Qué ocurre, Nazir?

La luz de los braseros iluminaba su precioso rostro y la deliciosa silueta de su cuerpo bajo la túnica. Y, de repente, él sentía un ansia incontenible. No solo de sexo sino de algo más profundo, de algo más.

Algo que, en el fondo, sabía que no lo merecía.

–No pasa nada –respondió, con tono cortante–. Es que tengo que solucionar un asunto.

–¿Es por mí? ¿He dicho algo que no debería?

–No, no es por ti –respondió Nazir–. Es que tengo que solucionar un par de asuntos sobre… nuestra boda.

Luego se dio la vuelta, alejándose de la mesa y de la preciosa y cálida mujer que pronto sería su esposa.

–¿Nazir?

Pero él no respondió. No podía hacerlo. Tenía que irse para librarse de aquellos sentimientos. Y, por suerte, sabía qué lo ayudaría a hacerlo.

Ivy miró la puerta, sintiendo una ansiedad familiar en su corazón.

¿Qué había pasado? ¿Por qué se había ido de repente, como si estuviera enfadado?

Acababa de decirle que era maravillosa y eso era lo que siempre había anhelado escuchar, que no había nada malo en ella porque nadie la hubiese adoptado.

Esa duda se la había comido por dentro durante años, aunque odiaba reconocerlo, y el brillo de convicción en los ojos de Nazir había sido como un bálsamo para una herida. Como si toda esa gente hubiese dejado de importar por fin, sus opiniones sobre ella totalmente irrelevantes.

Nazir la creía perfecta y eso era lo único que importaba. No debería necesitar su aprobación, pero no podía negar que era importante para ella. De hecho, empezaba a pensar que Nazir era importante para ella, especialmente durante los últimos días.

Nadie había pensado nunca en sus necesidades. Ni siquiera algo tan simple como comprar su marca de té favorita. Nadie se había interesado nunca por su opinión…

No, eso no era cierto. Había tenido a Connie, cuya amistad había sido siempre su refugio.

Y con Nazir había algo más profundo que el sexo o el hecho de esperar un hijo suyo. Un hijo en el que había empezado a pensar últimamente como hijo de los dos. No quería dejar de pensar en Connie como la madre del bebé porque Connie era la razón de su existencia, pero su amiga ya no estaba allí y era ella quien iba a ser madre.

Ivy se llevó una mano al vientre, experimentando una extraña sensación de paz, como si hubiese llegado a un acuerdo consigo misma. Sí, sería la madre de ese bebé y Nazir sería su padre. Serían una familia.

Era lo que siempre había querido, lo que los dos querían si lo que Nazir decía era cierto.

Pero…

Ivy miró hacia la puerta con el ceño fruncido. Algo lo había afectado, pero no sabía qué.

«Eres tú. Tú eres siempre el problema».

Pero no era cierto. En esa ocasión no lo era.

Nazir le había dicho que era perfecta, que no había nada malo en ella. Entonces ¿por qué se había alejado así, de repente?

Una semana antes habría intentado olvidarse de él para esconderse de su propia angustia, pero ahora era una mujer diferente. La nueva Ivy había descubierto que cuando sonreía era hipnotizador y que tenía un delicioso lado juguetón. Que era un hombre interesante y bien informado, que había viajado por todo el mundo y no le importaba que le hiciese montones de preguntas.

La nueva Ivy podía hacerlo rugir de deseo y esa Ivy no iba a dejar que se alejase de ella sin dar explicaciones.

De modo que se levantó y entró en la casa, la sedosa tela de la túnica acariciando su cuerpo desnudo.

Lo buscó en el salón y la biblioteca, pero no estaba allí. Tampoco en el dormitorio, de modo que debía estar en su lugar favorito, el gimnasio en el sótano de la casa.

Era un gimnasio totalmente moderno, una sala amplia con espejos en una pared y multitud de aparatos. Nazir estaba tumbado en un banco de musculación, desnudo de cintura para arriba, levantando la pesada barra sobre su cabeza y dejándola suspendida durante unos segundos. Luego, con movimientos puramente masculinos, empezó a hacer una serie de pull ups.

Ivy se apoyó en el quicio de la puerta, observándolo. Había algo brutal en el ejercicio y era hipnotizador. Las luces del gimnasio destacaban el brillo de sus poderosos músculos, la contracción de los bíceps y los abdominales marcados de un guerrero.

Tenía un aspecto tan formidable que Ivy tuvo que tragar saliva, sintiendo un torrente de humedad entre las piernas. Era un guerrero, hecho para proteger, para defender.

Pero no era solo eso. Intentaba esconder su compasión, su generosidad. Lo había visto en cómo hablaba con sus hombres y en cómo dirigía su ejército.

Y en cómo cuidaba de ella.

¿Qué más podía ser? ¿Qué más podía ofrecerle al mundo aparte de esconderse en el desierto con su ejército? ¿Qué esperaba conseguir con eso? ¿Qué intentaba demostrar?

¿Era por ser una espina en el costado de su odiado hermanastro o se trataba de algo más? ¿Creía Nazir, como ella, que en el fondo eso era lo único de lo que era capaz?

«Tal vez piensa que es lo único que merece».

Pues si ella podía aspirar a algo más que la vida que se había forjado para sí misma, y que él mismo había llamado triste, tal vez también él podía hacerlo. Tal vez la compulsión de defender y proteger podría convertirse en algo que cambiase el mundo.

Nazir dejó la barra y se levantó del banco, sin mirarla.

–Sugiero que hagas otra cosa, Ivy. Yo voy a estar aquí un rato.

–¿Por qué te has ido?

–Ya te lo dije, tenía que solucionar un asunto.

–Sí, ya veo que estás muy ocupado solucionando «asuntos».

Nazir se volvió entonces para mirarla con una expresión indescifrable. Aunque su mirada no lo era. El brillo de sus ojos azules no era frío sino ardiente como el fuego.

Ivy dio un paso adelante, atraída de modo irrevocable por la ferocidad de ese fuego.

Sabía lo que era: deseo.

–Para, Ivy –dijo él entonces–. Quédate donde estás.

–¿Por qué?

–Será mejor para ti no estar conmigo en este momento.

–¿Qué quieres decir? ¿Por qué no puedo estar contigo?

–Es mejor que no lo sepas.

El corazón de Ivy se aceleró. Tenía un aspecto peligroso, como un leopardo que llevase demasiado tiempo sin comer. Y tenía la sensación de que ella era la presa que acababa de ponerse en su punto de mira.

«No te quiere cerca porque eres una amenaza para su autocontrol».

Lo entendió entonces con toda claridad. Sí, era eso. El autocontrol era algo muy preciado para Nazir y ella lo ponía en peligro.

«Así que deberías dejarlo estar».

«¿Por qué lo presionas?».

Pero esa era una pregunta para la mujer que había sido cuando apareció en la fortaleza, no para la nueva Ivy. Porque la mujer que era ahora no estaba dispuesta a dar marcha atrás por unas simples excusas.

Si Nazir había liberado su pasión, ¿por qué no podía ella liberar la suya?

De modo que dio un paso adelante y luego otro, el fino material de la túnica bailando alrededor de sus tobillos.

–Ivy…

Su tono, por crudo que fuese, no la habría detenido una semana antes y menos ahora, cuando estaba hipnotizada por el brillo de sus ojos, por el hambre de predador que veía en ellos. Sí, era un leopardo dispuesto a saltar sobre su presa.

Pero ella no era su presa. Era pequeña y estaba embarazada, pero no le tenía miedo y tal vez era hora de que él lo supiera. Tal vez era su turno de demostrarle que no tenía que ser considerado con ella todo el tiempo y darle unas cuantas lecciones sobre el poder de las mujeres.

Estaba en tensión, irradiando un poder y un peligro que no la asustaba. Al contrario, la excitaba aún más. Olía a sudor limpio, viril, y ella lo deseaba. Lo quería así, ansioso, desesperado, porque también ella estaba ansiosa y desesperada. Y solo por él.

«Siempre será solo por él».

Aceptar eso fue como descubrir la piedra filosofal. Era una base sobre la que construir una vida. Porque nunca habría nadie más para ella. Ningún otro hombre la excitaba, la desafiaba o la fascinaba como Nazir. Y, aunque era cierto que su experiencia con los hombres era muy limitada, no quería buscar a ningún otro.

Todo lo que siempre había querido estaba allí.

«Estás enamorada de él».

Tenía que ser eso porque aquel era el único hombre para ella. ¿Era eso el amor? Nunca había estado enamorada, pero lo que sentía por él era tan poderoso, tan extraordinario.

Ivy levantó una mano y la puso sobre el hueco de su garganta, notando el firme y seguro latido de su pulso. El fuego que había en sus ojos provocó una descarga eléctrica por su cuerpo.

–No te tengo miedo –dijo, mirándolo a los ojos–. Así que dime, ¿por qué debo mantener las distancias? ¿Qué es lo que no quieres que sepa?

Él levantó una mano para enredar sus largos dedos con los suyos.

–Deberías tener miedo –dijo con voz ronca–. Puedo ser peligroso si me ponen a prueba y tú me estás poniendo a prueba, Ivy. Y yo no quiero…

–¿Hacerme daño? No seas tonto, no vas a hacerme daño. Sé que no te gusta perder el control y eso es lo que te pone nervioso, ¿verdad?

–Soy un soldado, no un muñeco de peluche –le advirtió él–. Dirijo a otros hombres dispuestos a matar si yo doy la orden. Tú no querrías que un hombre como yo perdiese el control.

–Pero tú no eres solo eso –Ivy puso la otra mano sobre su torso para sentir los latidos de su corazón–. Tú no eres solo un soldado. Dentro de ti hay compasión, emoción, generosidad. Intentaron arrancarlo de ti, ¿verdad?

Nazir apretó su mano y ella sintió que su pulso se aceleraba.

–Soy un animal, Ivy. Y si no te apartas, te arrancaré esa túnica y te haré mía como quiera. Y tú no podrás detenerme.

Ella se limitó a levantar la barbilla.

–Tal vez yo quiero que seas un animal. Tal vez también yo soy un animal, ¿no se te ha ocurrido pensarlo?

Él murmuró algo en árabe, inspirando con fuerza.

–Tú no lo entiendes, Ivy. Necesito controlarme…

–¿Por qué? Yo no quiero que lo hagas.

–Por mi culpa exiliaron a mi madre y mi padre perdió al amor de su vida. Destruí a mi familia y no quiero destruirte a ti también.

Ella levantó la cabeza para sostener su fiera mirada.

–Ponme a prueba, Nazir. Soy más dura de lo que tú crees.

Poniéndose de puntillas, Ivy besó su garganta, saboreando la sal y el terciopelo de su piel.

Capítulo 10

Su boca era como una llama y Nazir era impotente para detenerla. El portentoso deseo que había estado conteniendo durante años se liberó, desterrando su precioso autocontrol.

Soltando su muñeca, enterró la mano en su pelo y tiró hacia atrás de su cabeza para tomar su boca como el conquistador que era.

Ella no protestó, al contrario. Se apretó contra él, recibiendo el apasionado beso como si hubiera estado esperándolo durante toda su vida.

Qué mujer tan ingenua, tan temeraria. Ella no sabía lo que había liberado, pero era demasiado tarde para contenerse. Si quería que fuese un animal, lo sería. Y todo eso que había dicho sobre ser compasivo y generoso… bueno, pronto se daría cuenta de que estaba equivocada.

Él llevaba la destrucción a su paso y la destruiría a ella.

Su boca era ardiente y dulce, y Nazir enterró en ella la lengua, llevándose toda la dulzura. Sin dejar de besarla, agarró su túnica y tiró de ella con fuerza, el ruido de tela rasgada haciendo eco en la habitación. Pero ella seguía sin protestar. Sencillamente, movió los hombros para librarse de la prenda desgarrada y se apretó contra él, cálida, femenina e irresistible.

Algo dentro de él se liberó entonces. El autocontrol tan fieramente ganado, las lecciones de su padre, la fría lógica, el sentido común. Todo eso desapareció bajo un torrente del más intenso deseo que había experimentado en toda su vida.

Sin pensar, la tomó por la cintura y la puso de rodillas sobre el suelo de madera. Ella gimió, pero no era un gemido de protesta, al contrario. Apoyándose en las manos, lanzó sobre él una seductora mirada por encima del hombro. Un desafío para un predador como él.

Nazir se colocó de rodillas tras ella y empujó su cabeza hacia abajo, sujetándola allí, con la cara pegada al suelo, su precioso trasero levantado frente a él como una ofrenda. Jadeando, deslizó la mano libre entre sus muslos e introdujo un dedo en su húmeda carne, y luego otro.

Ella dejó escapar el más delicioso gemido mientras arqueaba la espalda, levantando las caderas. Nazir movía los dedos dentro y fuera una y otra vez, la fricción haciendo que se retorciese de gozo. La sensación de su sexo cerrándose y abriéndose lo hacía gruñir de satisfacción y quería seguir, quería hacerla gritar de placer solo con los dedos, pero el dolor en su entrepierna era cada vez más intenso.

Por fin, apartando la mano, arrancó de un tirón los botones de su pantalón y, manteniendo la presión en su cuello, se enterró en ella por detrás.

Ivy gritó. Seguía de rodillas y él quería cubrirla con su cuerpo como el animal que era, pero recordó que estaba embarazada, de modo que siguió embistiéndola por detrás.

El placer lo volvía loco. Verla con la cara pegada al suelo, las mejillas enrojecidas, los labios abiertos, era la imagen más erótica que había visto nunca.

No parecía importarle estar de rodillas en el suelo, ni que la tuviese inmovilizada, ni que estuviese penetrándola de forma casi brutal. De hecho, recibía sus embestidas empujando hacia atrás, dándole lo mismo que le daba él, con el mismo ardor salvaje.

La pequeña salvaje. La pequeña furia.

Su pequeña guerrera.

«Es tuya, será tuya para siempre. Nunca la dejarás escapar».

El sentimiento posesivo lo abrumaba, pero en esa ocasión decidió no luchar.

Había intentado resistirse, pero no había forma de hacerlo. Ella lo había liberado y allí estaban las consecuencias.

Siguió empujando, enterrándose en ella, estampando su sello y haciéndola suya en todos los sentidos hasta que la habitación se llenó de suspiros y gemidos de placer. El cuerpo de Ivy se cubrió de sudor mientras arañaba la madera del suelo como si pudiese darle lo que necesitaba.

Pero no, solo él podía hacerlo.

Deslizando una mano entre sus muslos, encontró el escondido capullo entre los rizos y lo acarició hasta hacerla temblar, sin dejar de embestirla mientras la acariciaba con los dedos hasta que su convulso grito de placer hizo eco en la habitación.

Pero no era suficiente y siguió empujando con fuerza, espoleándola como se espoleaba a sí mismo hasta que se rompió por segunda vez. Solo entonces se dejó ir, abandonándose al placer sin dejar de moverse dentro de ella, dejando que Ivy Dean lo rompiese en pedazos.

Perdió el control sobre sí mismo y cuando por fin logró recuperarse descubrió que estaba encima de ella, aplastándola con el peso de su cuerpo. Pero no quería moverse, contento mientras respiraba el delicioso aroma a jazmín. Y, durante unos segundos, experimentó una maravillosa sensación de paz.

Una paz que se esfumó al recordar lo que había pasado. Había dejado que su deseo lo abrumase, que ella le hiciese perder el control.

«Te has convertido en aquello contra lo que te advirtió tu padre».

Nazir volvió a experimentar la sensación que lo había ahogado en la terraza. Una sensación que le recordaba lo que era, lo que siempre había sido. El resultado de la debilidad de su padre, un niño con los mismos anhelos, los mismos deseos y los mismos fracasos.

Fracasos que, como él sabía bien, tenían terribles consecuencias. Y, sin embargo, allí estaba, añadiendo otro fracaso a la lista.

¿No había aprendido nada del destierro de su madre, de la vida destruida de su padre? ¿No había aprendido nada después de tantos años perfeccionando su autocontrol?

Al parecer, solo hacía falta que una mujer encantadora lo tocase y olvidaba todas esas lecciones.

«No puedes tenerla, no la mereces».

El aroma de Ivy llenaba sus sentidos, el calor de su cuerpo permeaba cada centímetro de su ser. Era preciosa, fuerte, vital, su pareja perfecta en todos los sentidos.

Y ese era el problema.

Ivy era perfecta para él, todo lo que siempre había querido, pero no podía tenerla porque no la merecía. Su existencia había sido un error, algo que nunca debería haber ocurrido. Su vida no había llevado más pena y ruina a sus padres y llevaría pena y ruina a la vida de Ivy también.

En realidad, ya lo había hecho. Ivy estaba embarazada de su hijo por una estúpida apuesta juvenil. No era culpa suya que su amiga hubiese muerto, pero sí era culpa suya haberla retenido allí. Era culpa suya exigir que se casara con él.

Ella no quería hacerlo, la había forzado.

«Ella nunca te habría elegido a ti, igual que tu madre nunca te eligió a ti».

Una vergüenza que no podía sacudirse hizo que los latidos de su corazón se volviesen ensordecedores.

Al menos debería obedecer las reglas que había impuesto su padre: nada de hijos, nada de esposa o familia. Ningún lazo que pusiera a prueba sus debilidades. Solo la fría tierra, el seco desierto. Esa era su vida y debería aceptarlo.

Nunca debería haber querido nada más.

«No es demasiado tarde, aún puedes arreglar esta situación».

Nazir cerró los ojos un momento. Sabía lo que tenía que hacer, aunque una vocecita le rogaba que no lo hiciese.

Pero tenía que hacerlo, debía poner distancia entre ellos. Tenía que recuperar el control y esa era la única forma.

Con cuidado para no hacerle daño, se apartó de ella y se levantó. Ivy se levantó también y, sin decir nada, cubrió su deliciosa desnudez con lo que quedaba de la túnica.

Le gustaría volver a hacerle el amor porque sabía que nunca volvería a verla de ese modo, pero era mejor así. No tenía sentido hacer aquello más difícil de lo que debería, al menos para él.

Pero cuando Ivy sonrió, el corazón dio un vuelco dentro de su pecho.

Esperaba no hacerle daño… en fin, sabía que iba a hacerle daño, pero no podía ser un gran dolor. Ivy no estaba allí porque quisiera sino porque él la había obligado a quedarse.

–He tomado una decisión –le dijo, intentando mostrarse sereno–. Después de la boda, creo que deberías vivir aquí en lugar de en la fortaleza.

Ella echó la cabeza hacia atrás.

–¿Por qué?

–Es mucho más agradable. Además, el desierto no es sitio para criar a un niño.

–¿No debes estar con tus hombres?

–Yo no me quedaré aquí.

Era lo único que podía hacer. Tenía que casarse con ella para darle su apellido y para protegerla, pero no podían estar juntos. Ella era una debilidad que no podía permitirse.

¿Cómo sería tenerla a su lado constantemente? ¿Cada hora del día?

No, imposible. Perdería el control antes de una semana.

Ivy frunció el ceño.

–¿Cómo que no vas a vivir aquí, conmigo?

–Yo vivo en la fortaleza, con mis hombres.

–Pero…

–Esa es mi decisión, Ivy –la interrumpió él–. Tengo que estar con mis hombres.

Ella parpadeó.

–Ah, muy bien, entonces también yo viviré allí. El patio es precioso y siempre podemos venir aquí a pasar las vacaciones. El niño…

–No –volvió a interrumpirla Nazir.

–¿Cómo que no?

–El bebé y tú os quedaréis aquí.

–Sin ti. ¿Eso es lo que estás diciendo?

Nazir hizo un esfuerzo para volver a ser un comandante, no un hombre.

–No puedo vivir contigo, Ivy.

–¿Por qué no? –preguntó ella, con un brillo de sorpresa en los ojos.

«Le has hecho daño».

Le dolía el pecho, otro recordatorio de cuánto lo afectaba aquella mujer y lo comprometido que estaba su autocontrol.

No debería importarle hacerle daño cuando era lo mejor para los dos. Porque sería lo mejor para ella también. Y para su hijo.

Tenía que matar la compasión y la generosidad que Ivy había intuido en él, que ella había despertado en él. Porque lo comprometía, lo hacía vulnerable. Lo hacía desear cosas que no podía tener.

Él no quería ser un padre como el suyo, frío, débil y emocionalmente yermo. Y por eso debía alejarse de su hijo.

–¿Por qué no? –insistió Ivy.

–Porque no voy a ser la clase de marido que tú quieres –respondió Nazir–. Y tampoco voy a ser la clase de padre que nuestro hijo necesita.

Ella lo miraba, atónita.

–No lo entiendo. Llevamos toda la semana hablando de cómo iba a ser nuestra vida en la fortaleza y…

–Lo sé, pero he cambiado de opinión –dijo Nazir–. Es mejor para ti y para nuestro hijo que estéis alejados de mí.

Ivy lo miró en silencio durante largo rato. Podía ver el brillo de dolor en sus ojos, un dolor profundo que le rompía el corazón.

–¿Por qué, Nazir? ¿Por qué es mejor que nuestro hijo no tenga un padre?

«Nuestro hijo».

Esas palabras le rompían el corazón, pero Nazir decidió desoír su angustia, guardándola en su interior con el resto de emociones débiles y bochornosas que no iba a permitirse.

Ivy necesitaba algo más que un marido ausente, especialmente después de una infancia como la suya, sola y rechazada por todos. Ella merecía a alguien que pudiese darle lo que necesitaba, y no era pasión física sino emoción, cariño, afecto.

Y él no podía darle eso, nunca podría darle eso.

–Porque los dos querríais algo que yo no puedo daros –respondió por fin con tono seco–. Y como no quiero hacerte daño, ni a ti ni al bebé, es mejor que mantenga las distancias.

Suspiró al ver el brillo fiero en los ojos de color cobre. Por supuesto, ella no iba a aceptarlo sin pelear. ¿Cuándo había hecho eso?

Tenía que ponérselo tan difícil como fuera posible. Si quería protegerlos a los dos, tendría que ser duro como una piedra, inflexible. No podía haber un momento de debilidad.

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