Читать книгу: «Discursos VI. Filípicas»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 345

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORAEEJO.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JESÚS ASPA CEREZA.
© EDITORIAL GREDOS, S. A. Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2006. www.editorialgredos.com
REF. GEBO424
ISBN 9788424937201.
INTRODUCCIÓN
1. LAS FILÍPICAS, AL FINAL DE LA VIDA DE CICERÓN
Viejo temerario y desdichado, ¿qué pretendías lograr con tantas disputas y enemistades inútiles? ¿Dónde dejaste el sosiego que convenía a tu edad, situación y fortuna? ¿Qué falso esplendor de gloria te enredó, ya viejo, en contiendas de jóvenes y te arrastró, después de sufrir toda clase de penalidades, a una muerte indigna de un filósofo? … ¿Qué locura te empujó contra Antonio?
Carta de Francesco Petrarca a Cicerón (Fam. XXIV 3)
Francesco Petrarca tenía razón: si Cicerón no hubiera pronunciado los discursos contra Marco Antonio, conocidos como Filípicas, no habría muerto a manos del centurión Herenio el 7 de diciembre del 43 a. C. El orador había nacido en Arpino sesenta y tres años antes, el 3 de enero del 106 a. C.1 y, tras una larga carrera política en la que había alcanzado el consulado en el 62 a. C. y una no menos larga e importante dedicación a la abogacía, la filosofía y la retórica, emprendió, muerto Julio César en las idus de marzo del 44 a. C., una lucha política contra Marco Antonio que le llevaría a la muerte. Como consecuencia y reflejo de ese enfrentamiento Cicerón pronunció ante el Senado y el pueblo diversos discursos2, que son un testimonio de primera mano sobre la última etapa de la vida del orador y sobre la difícil y agónica situación de la república romana; son unos acontecimientos bien documentados además por otras fuentes, en especial por la propia correspondencia del orador, pero también por historiadores como Veleyo Patérculo, Plutarco —en sus biografías sobre Cicerón, Marco Antonio y Bruto—, Apiano y Dión Casio3. Basándose en estas fuentes, son muchos los estudios que describen con pormenor el final de la vida de Cicerón4; por ello, he considerado que puede resultar más pertinente reducir, en estas páginas de presentación de la obra, el campo de mira al contexto en que se generan los discursos y ofrecer una visión específica —y necesariamente breve— que atienda a los acontecimientos reflejados en ellos.
1.1. El contexto
El tema central y común a todos los discursos es la oposición de Cicerón a la política individualista de Marco Antonio, que se perfilaba como sucesor de Julio César. Pese a que —evidentemente— no existió un plan preconcebido por Cicerón, puesto que era el acontecer diario lo que marcaba el desarrollo de las intervenciones y de las actitudes del orador, sin embargo, es posible dividir en torno a ese tema central los diferentes discursos, atendiendo a las circunstancias en que se van produciendo. En este sentido, se pueden identificar cinco grupos5:
1.1.1. Filípicas I y II
El día 2 de septiembre, estando Marco Antonio ausente del Senado, Cicerón pronuncia la Filípica I, una enérgica condena sobre la política de Antonio desde la muerte de Julio César en marzo del 44 a. C. El discurso responde a las quejas que Marco Antonio había lanzado contra el orador en la sesión del día anterior y, en un tono moderado, ofrece la posibilidad de cooperación en el futuro (especialmente, en §§ 27-34). Antonio, sin embargo, lanzó el 19 de septiembre en el Senado un furioso ataque contra la persona y la carrera de Cicerón6, al que respondió el orador con la Filípica II, una invectiva escrita bajo la forma dramática de un discurso ficticio, surgido como respuesta inmediata a las críticas de Antonio y que, según la opinión común, nunca fue pronunciado7.
A mi entender, estos dos discursos, el real y el ficticio, pueden ser considerados como preámbulo y antesala del enfrentamiento sin alcance ni incidencia política inmediata, aunque Cicerón prudentemente se ausentó de Roma hasta el 9 de diciembre. En ellos Antonio es, todavía, inimicus, adversario personal del orador, y no hostis, «enemigo de la patria»; las repercusiones del enfrentamiento son aquí privadas, mientras que en los siguientes afectarán a la situación política general.
1.1.2. Filípicas III, IV, V y VI
Estos cuatro discursos forman un conjunto de «dobles parejas» —por así decirlo—, pues la tercera y la quinta Filípicas fueron pronunciadas en el Senado, y la cuarta y la sexta ante el pueblo con el fin de informar a la plebe sobre lo sucedido en la sesión del Senado. Tras su ausencia de Roma de casi dos meses, en su Filípica III del 20 de diciembre, Cicerón inicia una ofensiva real contra Marco Antonio mostrando su decidido apoyo a Octaviano —aunque no dejó de recelar de sus intenciones (Cartas a Ático XVI 9; XVI 14, 1)— y a Décimo Bruto, que se resistía a ceder a Antonio el gobierno de la Galia Cisalpina, pues César antes de morir le había designado como gobernador de esa provincia para el año 43 a. C. Sin embargo, Marco Antonio, al que César había designado gobernador de Macedonia, consiguió mediante los tribunos de la plebe revocar el reparto de César y que con la Lex de permutatione prouinciarum se le concediese el gobierno para cinco años tanto de la Galia Cisalpina como de la Transalpina8; como consecuencia y ante la oposición de Bruto, éste fue sitiado en Módena. Por otra parte, Octavio, nombrado heredero de Julio César en su testamento, aparece con fuerza en noviembre del 44 a. C. en la escena política, tras haberse ganado el apoyo de las legiones Cuarta y Marcia, formadas por veteranos de César que hasta entonces estaban a las órdenes de Antonio; además, ya se había entrevistado con Cicerón en abril (Cartas a Ático XIV 11, 2, del 21 de abril) y la correspondencia entre ambos se intensificó especialmente en ese mes de noviembre (Cartas a Ático XVI 8, 9), de tal manera que, pese a las dudas mostradas por el orador (Cartas a Ático XVI 15, 3), éste se convirtió en defensor y valedor del hijo adoptivo del tirano muerto.
En la Filípica III Cicerón defiende que el Senado apruebe oficialmente las acciones de Octavio y Bruto. En el discurso las alabanzas a ambos y a las legiones que abandonaron a Antonio se contraponen con el ataque a éste y la propuesta de que sea declarado «enemigo de la patria». El orador consiguió parcialmente sus objetivos, pues el Senado alabó la actuación de Octavio y ratificó a Bruto como gobernador de la Cisalpina9, pero no declaró enemigo a Antonio. En la Filípica V, que recoge y unifica las intervenciones habidas entre el 1 y el 4 de enero del 43 a. C., Cicerón se opone a la propuesta de que se enviara una embajada de paz ante Marco Antonio antes de llegar al enfrentamiento directo con él; de nuevo ataca ferozmente la figura de Antonio y proclama su apoyo a Octavio, a Décimo Bruto y, en esta ocasión además, a Marco Lépido, el gobernador de la Galia Narbonense. Su propósito se cumplió sólo en parte, pues, aunque Octavio fue nombrado propretor —de forma extraordinaria, dado que con su juventud no había ejercido anteriormente ningún cargo público—, se aprobó el envío de la embajada.
Por su parte, tanto la cuarta como la sexta Filípicas resumen ante el pueblo los argumentos de Cicerón en los dos debates senatoriales, presentando el orador con cierto triunfalismo sus logros, pese a no haber logrado plenamente sus objetivos. Estos dos discursos, sumamente breves, muestran las diferencias entre un debate senatorial y un discurso popular, que raramente un orador publicaba; si Cicerón puso en circulación copias, fue probablemente con afán propagandístico para mostrar el apoyo de la plebe a su causa.
1.1.3. Filípicas VII, VIII y IX
Los tres discursos forman un conjunto, agrupados en tomo al envío de la embajada ante Antonio. En la Filípica VII, de mediados de enero, aprovechando la convocatoria de una sesión para tratar asuntos administrativos y en espera de la vuelta de los legados del Senado, Cicerón se queja de que la vana esperanza de paz está retrasando las preparaciones de una resistencia armada contra Antonio; con rotundidad critica la actitud de los partidarios de Antonio, defensores de la paz, y declara abiertamente su postura en contra de la vía pacífica. En la Filípica VIII, pronunciada el 2 de febrero tras la vuelta sin éxito de la embajada, un Cicerón reforzado por el fracaso de la legación y porque el cónsul Hircio —que ya se encontraba en las inmediaciones de Módena, por si fracasaban las negociaciones de paz— había salido victorioso de un pequeño enfrentamiento con las tropas de Marco Antonio —lo que suponía de hecho el comienzo de las hostilidades— ataca, de nuevo, a los que apoyan la causa de Antonio, sobre todo porque proponen declarar el «estado de alarma» y no «la guerra» y enviar una segunda embajada, y se permite reprochar duramente al Senado su actitud; el discurso es buena muestra, además, de la fuerte oposición a la que Cicerón tuvo que hacer frente.
Al tiempo, Servio Sulpicio Rufo, uno de los tres legados mandados a Antonio, había muerto en el curso de la misión. La Filípica IX recoge la intervención de Cicerón en el debate sobre los honores públicos que se le debían otorgar. Precisamente por respeto al fallecido el discurso es un paréntesis en el enfrentamiento, sobresaliendo como elemento fundamental la alabanza del difunto. Con todo, Cicerón se permite —como no podía ser de otra manera— aludir a Antonio y a los senadores que votaron a favor de enviar la embajada como causa de la muerte de Sulpicio.
1.1.4. Filípicas X y XI
El foco del debate senatorial cambia en la décima y undécima Filípicas hacia las provincias de Oriente, tema común de estos dos discursos. El tiranicida Marco Bruto notificó al Senado a mediados de febrero que de camino para Creta —provincia que le había sido asignada como propretor— se había enfrentado por iniciativa propia al hermano de Marco Antonio, Gayo, nombrado gobernador de Macedonia por Marco. Cicerón defiende en la Filípica X que le sea conferido a Marco el mando militar de la zona de los Balcanes, oponiéndose, de nuevo, a la facción del Senado defensora de los intereses de Antonio. La Filípica XI es continuación y complemento —por más que dictado por las circunstancias— de la anterior, pues el colega de consulado de Antonio, Dolabela, había asesinado a Gayo Trebonio, el gobernador de Asia, en Esmirna, cuando iba a hacerse cargo de la provincia de Siria. El Senado declaró inmediatamente a Dolabela «enemigo de la patria» y en la sesión en la que Cicerón pronunció este discurso, se discutió sobre a quién confiar el mando de las operaciones contra el antiguo cónsul. Cicerón defendió, sin éxito alguno el nombre de Gayo Casio, otro de los más insignes tiranicidas, que se encontraba en la región para hacerse cargo del gobierno de la provincia de Cirene.
1.1.5. Filípicas XII, XIII y XIV
Estos tres discursos vuelven a tratar el asunto principal y más próximo del enfrentamiento en tomo a Módena. Tras el fracaso de Cicerón en su discurso anterior, en éste el orador se opone al envío de una segunda embajada negociadora: en una sesión de la que no hay mayor testimonio que las referencias que hace Cicerón en la Filípica XII, se había aprobado el envío de esta legación, de la que Cicerón había aceptado formar parte. El orador en este discurso elude el compromiso que había contraído, acusando a los partidarios de Antonio de haber intentado favorecer su causa, retrasando el desenlace del conflicto. Al final la embajada nunca fue mandada y el cónsul Pansa abandonó Roma con cuatro legiones para fortalecer la oposición armada contra Antonio.
Tras la marcha de Pansa, el Senado recibió cartas de Lucio Munacio Planco y Marco Lépido, gobernadores respectivos de la Galia Transalpina y la Galia Narbonense, en las que se mostraban favorables a la causa de Antonio. A su vez, Cicerón había recibido una copia de la carta mandada por Antonio a Aulo Hircio y a Octavio, en la que les urgía a sumarse a sus fuerzas y a vengar la muerte de César. En la Filípica XIII, pronunciada el 20 de marzo, Cicerón se opone con vehemencia al punto de vista de Lépido de que la paz con Antonio es posible, sin hacer mención —al menos en la versión publicada— a la carta de Planco. En la segunda parte lee al Senado el contenido de la carta de Antonio y la ridiculiza, en un intento de eliminar cualquier apoyo a su causa.
A su vez, el 15 de abril las legiones de Pansa se habían enfrentado en las afueras de Módena a las de Antonio. Pese a que las primeras noticias, difundidas por los partidarios de Antonio, hablaban de una victoria de éste, el 21 de abril se recibió un informe en el que se confirmaba la derrota de Marco Antonio. En la Filípica XIV Cicerón, tras recordar que a pesar de la victoria del bando republicano Décimo Bruto está todavía sitiado, alaba a aquellos que cayeron en la batalla y propone honores para ellos y sus generales.
1.2. Las Filípicas y la muerte de Cicerón
Cinco días después de que el orador de Arpino pronunciara su último discurso conservado, el 26 de abril del 43 a. C., el Senado decretó quitarse la ropa militar, es decir, el restablecimiento del estado de paz, una vez conocida la liberación de Décimo Bruto y la huida de Antonio. Además, el propio Cicerón, en una carta a Marco Bruto (1, 3a) del 27 de abril, le indica que Marco Antonio ha sido declarado «enemigo público», la propuesta que había defendido desde la Filípica III. Por otra parte, a Décimo Bruto se le concedió el triunfo y fue nombrado jefe supremo de las tropas senatoriales; a Octavio, sin embargo, tan sólo una ouatio, una medida que suponía un agravio comparativo para el joven propretor y que, sin duda, influyó en los acontecimientos posteriores. Aunque el Senado intentó corregir su error nombrándole también comandante de las fuerzas senatoriales, sólo consiguió que Octavio, desde su posición de fuerza, exigiera su nombramiento como cónsul, que le fue otorgado el 19 de agosto. Aunque Octavio vetó la publicación de la correspondencia con Cicerón de esta época, sin embargo, parece que propuso al viejo senador ser su colega en el consulado, un cargo que tras muchas vacilaciones el orador no aceptó.
Poco tiempo después, a finales de octubre, los intereses políticos llevaron a Marco Antonio, Octavio y Lépido a formar el llamado Segundo Triunvirato y, entre otras medidas, acordaron una larga lista de proscripciones con trescientos senadores y dos mil caballeros; y en esa lista, pese a la inicial resistencia de Octavio, se encontraba Cicerón. Que las Filípicas fueron la causa inmediata de esta decisión lo reconoce Plutarco (Cic. 48, 6) al relatar la muerte de Cicerón, cuando el orador ofreció su cuello al centurión Herenio: «Le cortó [Herenio] la cabeza por orden de Antonio y las manos con las que había escrito las Filípicas» y, como se verá más adelante (cf. el apartado 3 de esta Introducción), la relación directa entre estos discursos y la muerte del orador será uno de los aspectos con mayor repercusión en la posteridad.
Cuando Cicerón pronunció su primera Filípica, intuía ya el riesgo que corría, pero no imaginaba el decisivo papel que iba a desarrollar en los meses siguientes y que le iba a costar la vida; así en este primer discurso dice (§ 10):
me apresuré a secundar a aquel [Lucio Pisón] a quien los presentes no secundaron, no para ser de ayuda en algo —pues yo ya no esperaba tal cosa ni podía ofrecerla—, sino para dejar, no obstante, mi voz en este día como testimonio ante la República de mi perpetua disposición hacia ella, en prevención de que algo me sucediera por mi condición humana, pues muchas cosas parecen ocurrir al margen de la naturaleza y al margen del destino.
Sin embargo, tras los dos primeros discursos y haberse ausentado de Roma desde mediados de octubre hasta el 10 de diciembre, era ya plenamente consciente de su papel y de su riesgo (Fil. III 33):
Yo, por mi parte, a la espera de este día he evitado las criminales armas de Marco Antonio, cuando él, atacándome en mi ausencia, no comprendía para qué ocasión me reservaba y reservaba mis fuerzas. En efecto, si hubiera querido responderle cuando pretendía empezar por mí la matanza, ahora no podría aconsejar a la República
y en la IV (§ 1):
Vuestra increíble asistencia, ciudadanos, y esta asamblea tan concurrida como no creo recordar despiertan en mí el máximo entusiasmo por defender la República y, además, la esperanza de recuperarla. Aunque nunca me faltó ánimo, me faltaron ocasiones. Y tan pronto como me pareció que éstas ofrecían un poco de luz, fui el primero en defender vuestra libertad. Pero si hubiera intentado hacerlo antes, ahora no podría hacerlo.
Pese a todo, se diría que fue una muerte de la que el propio orador se habría sentido satisfecho, pues en la Filípica I hace el elogio del abuelo de Marco Antonio, que sufrió en el 87 a. C. por orden de Cina una muerte similar: le cortaron la cabeza, que luego fue colocada en los Rostra del foro, y sobre ello dice el viejo orador (I 34): «Así pues, pasando por alto los éxitos de tu abuelo, preferiría yo su penosísimo último día a la tiranía de Lucio Cina, quien con toda crueldad lo asesinó». Meses después de su muerte, Bruto y Casio fueron vencidos en la batalla de Filipos y en el 27 a. C. la República dejó de existir. Las Filípicas son el último testimonio de la lucha por mantenerla.
2. LAS FILÍPICAS, EL FINAL DE LA OBRA DE CICERÓN
De la división en diez períodos en que parece apropiado clasificar la producción oratoria de Cicerón10, las Filípicas constituyen el décimo y último y son, además, prácticamente sus últimas producciones, hecha excepción de las cartas que escribió hasta agosto del 43 a. C. En efecto, desde las idus de marzo del 44 a. C. hasta finales de ese año había compuesto, aprovechando sus dos prudentes alejamientos de Roma11, De officiis, su «testamento político», Sobre la adivinación, Sobre la amistad, Tópicos y Sobre el destino; durante esa época tan sólo pronunció su primer discurso contra Marco Antonio, aunque redactó el segundo ya fuera de Roma, durante su estancia en Puzzuoli. Pero, tras el 20 de diciembre y la Filípica III, todos sus esfuerzos se dedicaron a la vida política, siendo las Filípicas la imagen pública de esta dedicación y las cartas, el espejo de su pensamiento privado.
Desde un punto de vista literario son cima y crisol de toda la oratoria ciceroniana —y, con ello, de la oratoria republicana—, pues recogen y se benefician de la larga experiencia su autor. Como señala P. Wuilleumier, «las Filípicas marcan el apogeo de su elocuencia en todos los géneros oratorios. Se encuentra en ellas la fogosidad del Pro Roscio Amerino, los sarcasmos de las Verrinas, la solemnidad del De Imperio Cn. Pompei, la dialéctica del De lege Agraria, el ardor patriótico de las Catilinarias, la agresividad del In Pisonem, el dramatismo del Pro Milone».
2.1. Aspectos paratextuales
Hay una serie de cuestiones externas y paratextuales que no afectan a la esencia del texto de las Filípicas, pero que las conciernen como obra literaria y que conviene abordar en primer lugar; son éstas las relativas al título, al número de discursos y a su publicación.
2.1.1. El título de Filípicas
La tradición —y, como vamos a ver, incluso el propio Cicerón— ha querido que los discursos que el orador pronunció contra Marco Antonio sean conocidos como Orationes Philipicae («Filípicas»), frente al esperable y convencional Orationes in Marcum Antonium («Discursos contra Marco Antonio») y al también usual Orationes Antonianae, cuya traducción de «Antonianas» se correspondería con otros títulos bien conocidos de Cicerón como los de Catilinarias o Verrinas. El uso de todos ellos en la Antigüedad está atestiguado y, sin embargo, ha pervivido el que no presenta relación alguna ni con el destinatario ni con el contenido. En efecto, el título de Filípicas parece haber surgido de un contexto lúdico en la correspondencia entre Cicerón y Marco Bruto: éste en una carta al orador (Cartas a Bruto II 3, 4 del 1 de abril del 43 a. C.) le notifica que ha leído las Filípicas V y X, las alaba y muestra su aprobación a que reciban tal nombre, que habría sido propuesto en broma por el propio Cicerón en una carta no conservada:
He leído dos discursos tuyos: uno, el que usaste el uno de enero; el otro, el que, en relación con mi informe, pronunciaste contra Caleno. ¡Seguro que ahora estás esperando a que te los alabe! No sé si en estos panfletos se contiene una gloria mayor de tu espíritu o de tu talento; estoy de acuerdo con que los llames Filípicas, si quieres, como tú mismo escribiste en broma en una carta12.
En contestación (Cartas a Bruto II 3, del 12 de abril), Cicerón hablando sobre su Filípica XI dice a su amigo: «te enviaré el discurso, puesto que veo que te deleitas con mis Filípicas».
Es opinión común que dicho título ha de ser relacionado con la admiración que el orador de Arpino sentía por el griego Demóstenes, y más específicamente, con los discursos que éste pronunció contra Filipo de Macedonia en defensa de la libertad de Grecia. Tiempo antes Cicerón había mostrado su interés en una carta a Ático (II 1, 3) por publicar en un corpus sus «discursos consulares» a semejanza de las Filípicas de Demóstenes:
Me ha parecido provechoso —dado que tu gran conciudadano Demóstenes alcanzó lustre en esos discursos llamados Filípicas y dado que se apartó de esta un tanto enredosa oratoria judicial para aparecer como «un hombre de mayor dignidad y más de estado»— ocuparme de que también haya discursos míos susceptibles de llamarse «consulares»13.
Y diversas obras de la Antigüedad aceptan que, si los discursos contra Marco Antonio recibieron el nombre de Filípicas fue en homenaje, recuerdo e imitación de Demóstenes: así, Apiano (IV 20) al hablar sobre la muerte de Cicerón en parecidos términos que Plutarco (cf. supra) señala explícitamente tal relación:
Lena, aunque había sido salvado por Cicerón, en cierta ocasión, de un juicio, le sacó la cabeza de la litera y se la cortó golpeándolo tres veces y serrándosela por inexperiencia. También le amputó aquella mano con la que había escrito los discursos contra Antonio, calificándolo de tirano, y que había titulado Filípicas, a imitación de Demóstenes14.
Ahora bien, frente a la común opinión de que el título deriva de la admiración del latino por el griego, M. J. Gagé15 ha sido el único en proponer que la denominación de Filípicas tenga relación con los discursos que pronunció en el Senado, en el 77 a. C., el consular Marco Filipo con motivo de la rebelión de Marco Emilio Lépido, que siendo gobernador entonces de la Galia Cisalpina marchó contra Roma con su ejército; además, Lépido contaba con el apoyo de Junio Bruto, que se hizo fuerte en Módena y fue vencido por Gneo Pompeyo, enviado por el Senado contra él. M. J. Gagé establece curiosas analogías entre esta situación y el contexto de las Filípicas: al papel de Pompeyo correspondería el de Octavio, y al de Filipo el de Cicerón; además, Lépido era en el 77 a. C. gobernador de la Galia Cisalpina y su hijo —del mismo nombre— lo era en el 44 de la Galia Narbonense y la Hispania Citerior, mientras que Marco Bruto, hijo de Junio Bruto, jugaba también un papel activo —aunque contrario al de su padre, pues el hijo servía desde los Balcanes al Senado— en los acontecimientos tratados en las Filípicas; finalmente, Módena era lugar común de las operaciones militares en uno y otro enfrentamiento. Pero tales correspondencias no parecen ser sino casualidades, pues en momento alguno hay referencia a tal relación por parte del orador ni de ningún otro documento de la Antigüedad, mientras que son diversos los testimonios —incluso del propio Cicerón— que apuntan a una vinculación entre las Filípicas de Demóstenes y las del orador romano.
2.1.2. El número de discursos
Aunque son catorce los discursos contra Marco Antonio que se han trasmitido como un conjunto, hay noticia de otros pronunciados y no publicados o bien perdidos16: así, se sabe por testimonio del propio Cicerón (Fam. 12.7.1) que en febrero del 43 a. C. compareció ante el pueblo tras haber pronunciado la Filípica XI en el Senado, como había ocurrido en el caso de la cuarta y sexta; en la no publicación de este discurso bien puedo influir, por una parte, el que no fuera bien recibido por la asamblea popular, dado que en él Cicerón apoyaba a Gayo Casio, el conocido tiranicida; y, por otra, el que la propuesta de Cicerón de conferir a Casio el mando militar de las operaciones en Oriente no hubiera recibido la aprobación del Senado.
Además, el gramático Arusiano Mesio —de finales del s. IV y primera mitad del s. V— ofrece dos pasajes pertenecientes a una decimosexta y una decimoséptima Filípicas17, que habrían circulado de forma diferente al conjunto de las catorce agrupadas —casi con toda seguridad por Ático— en el corpus conservado; esta mención supone necesariamente la existencia de una decimoquinta Filípica, e incluso P. Wuilleumier18 llega a sugerir la posibilidad de que existiera aún un último discurso —una hipotética Filípica XVIII—, dada la predilección de los antiguos por la numeración par; una propuesta altamente improbable, pues supondría una deliberada decisión por parte del orador tanto a la hora de pronunciar como de publicar sus discursos y, como bien señala J. C. Martín19, el número de los discursos pronunciados dependía de las circunstancias políticas y no de la voluntad de Cicerón.
2.1.3. Publicación
Se acepta comúnmente que las Filípicas fueron publicadas por Ático como un corpus de catorce discursos con la intención de que fueran un instrumento de propaganda a favor de Octavio; es más, también se ha apuntado a Octavio como la causa de que los discursos pronunciados contra Marco Antonio por Cicerón tras la Filípica XIV no fueran publicados, dado que en ellos el elogio de Décimo Bruto ensombrecía el papel del propio Octavio. Pero, además, tenemos constancia por muchas cartas del orador de que los discursos circularon de forma individual: así lo demuestran las palabras de Marco Bruto en su carta a Cicerón (cf. supra); e incluso se publicaron de forma autónoma, llegando a proponerse fechas concretas: por ejemplo, se considera que la segunda Filípica —cuya publicación Cicerón deseaba ardientemente (Cartas a Ático XV 13, 1; XVI 11, 1)— fue publicada tras la partida de Antonio para la Galia Cisalpina, en diciembre del 44 a. C., como elemento de apoyo y propaganda a la decidida política de ataque que el orador comienza el 20 de diciembre con la Filípica III.
2.2. Unidad y variedad de las Filípicas
De los catorce discursos que forman el corpus, once fueron pronunciados en el Senado, dos ante el pueblo —cuarto y quinto— y uno —el segundo— fue redactado para su publicación. Atendiendo a la canónica distinción establecida por la retórica antigua entre genus iudiciale, deliberatiuum y demostratiuum, todos ellos pertenecen, en principio, por su contexto de debate político al segundo de los tres tipos, es decir, al genus deliberatiuum. Pero, sin embargo, hay en las Filípicas muestras de los otros dos; así, por ejemplo, la Filípica I ofrece la estructura propia de un discurso judicial20 y es calificada por el propio Cicerón como una invectiva (Cartas a los Fam. XII 5, 4: sum in Antonium inuectus); en la II, la primera parte es un discurso de defensa propia y la segunda, una acusación contra Marco Antonio; la IV y la V pueden inscribirse en el género epideíctico, pues no tienen como fin deliberar sobre una cuestión, sino animar a la lucha por la libertad a un auditorio bien predispuesto y entregado al orador21. El mismo tono epideíctico está presente en la Filípica IX, en la que se funde la deliberación sobre los honores debidos a Servio Sulpicio, muerto mientras formaba parte de la embajada de paz enviada a Antonio, con la laudatio del difunto; e igualmente en el último discurso se encuentra un solemne elogium de los soldados caídos en combate contra Antonio. Hay, además, otros elementos cuya utilización resulta sorprendente como la aparición de una ‘diatriba estoica’ en la Filípica Undécima, en la que Cicerón presenta a Dolabela sufriendo por su crimen más de lo que pudo sufrir Trebonio con la muerte física y violenta; y en la Decimotercera Filípica introduce el orador una singular altercatio —que prácticamente constituye una rareza entre las obras de la literatura latina22— cuando lee y comenta de forma incisiva y rápida, palabra por palabra, la carta que Antonio había enviado al cónsul Hircio y a Octavio. Por otra parte, muchos de los discursos se cierran con la propuesta de un senatus consultum, un elemento plenamente pertinente y apropiado al debate senatorial, pero que resulta también un rasgo de variación, pues dado que se resume oficialmente lo defendido a lo largo de la intervención, es posible comprobar las diferencias entre el estilo formular, seco y ya fijado de los decretos y el del propio orador. Hay lugar, finalmente, en las Filípicas para la reflexión filosófica, al punto que, según Michel23, es precisamente en los pasajes en los que el orador trata sobre la verdadera gloria, sobre la inmortalidad y sobre la uirtus cuando Cicerón más se aproxima a la sobriedad de expresión y a la grandeza de su admirado Demóstenes.
Por otra parte, la variedad está presente en la estructura de los discursos24, en los exordios25 y en la propia extensión, que presenta diferencias notables; por ejemplo, la II consta de cuarenta y seis capítulos y ciento diecinueve párrafos y dobla a la XIII —la más larga del resto, con veintiún capítulos y cuarenta y nueve versículos—, una diferencia que se acrecienta en el caso de los dos discursos pronunciados ante el pueblo: seis y dieciséis los de la IV; siete y diecinueve, los de la VI. Precisamente estas dos últimas son un ejemplo, por contraste con las Filípicas III y V pronunciadas en el Senado, del diferente tono —más ligero, informativo e incluso didáctico— empleado ante la plebe26.
El contexto de las intervenciones lleva incluso a que la actitud de Cicerón hacia personas concretas varíe de un discurso a otro, en lo que son tan sólo contradicciones aparentes, que responden a la evolución de los acontecimientos. Valga un pequeño detalle como ejemplo: al final de la Filípica VII se dirige al cónsul Pansa en términos respetuosos (§ 27):
A ti en particular, Pansa, te aconsejo —aunque no necesitas de consejo, pues en ello te distingues sobremanera, sin embargo incluso los más consumados pilotos suelen ser aconsejados por los pasajeros en las grandes tempestades— que no permitas que estos enormes e importantes preparativos tuyos se reduzcan a nada,
y, sin embargo, el discurso siguiente comienza con tono de reproche (Fil. VIII 1):
Tu actuación en el día de ayer, Gayo Pansa, fue más confusa de lo que requería el programa de tu consulado. Me pareció que ofreciste poca oposición a aquellos ante los que no sueles ceder,
para volver al elogio en la Novena Filípica, pronunciada al día siguiente de la Octava, sobre el tema adyacente de la muerte de Servilio (&3):
Así pues, al igual que en otros asuntos, tú, Gayo Pansa, en éste has actuado brillantemente, porque nos has exhortado a honrar a Servio Sulpicio y has hablado mucho y muy bien en alabanza suya27.
Todas estas diferencias entre los discursos conservados son, a la vez, buena muestra de que las Filípicas representan todavía una oratoria real y útil, fruto de las circunstancias y con repercusión en la vida y en el acontecer histórico.
2.3. Estrategias retóricas28
En un curioso ejemplo de priamel en prosa Cicerón afirma su vocación de luchar con la palabra (Fil. XII 24):
Que otros defiendan los campamentos, dirijan los asuntos bélicos, odien al enemigo, pues esto es esencial; yo por mi parte, tal y como suelo decir y siempre he hecho, cuidaré junto con vosotros de la ciudad y los asuntos civiles.
Para lograr su objetivo el experimentado orador se sirve en el enfrentamiento político, como los generales en el militar, de diversas estrategias totalmente diferentes: por un lado, de la que ha sido llamada «retórica de crisis»29, caracterizada principalmente por afirmaciones catastrofistas y tremendismo; por otro, del uso del ridiculum, del humor y del ingenio; y, finalmente, del encomio y la proposición de honores.
2.3.1. La «retórica de crisis»
La principal vía por la que Cicerón intenta crear una fuerte oposición contra Antonio es a través de la «retórica de crisis»; mediante la presentación de Roma y de la República al borde de la destrucción, busca atemorizar al Senado y moverle a la acción; así en la Tercera Filípica —la primera con trascendencia política— comienza la peroratio con una exhortación a la lucha, presentando el momento como la última oportunidad de recuperar la libertad (§ 32):
¿No aprovecharéis el favor de los dioses inmortales, ya que se ha presentado la ocasión, los generales están preparados, motivados los ánimos de los soldados, de acuerdo el pueblo romano e Italia entera decidida a recuperar la libertad? No habrá otra ocasión, si perdéis ésta30.
Además, el orador describe la situación en términos que excluyen la posibilidad de cualquier postura de compromiso; así en Fil. V 6:
Se trata o de dar a Marco Antonio la posibilidad de subyugar a la República, de matar a los buenos ciudadanos, de adjudicar la ciudad y las tierras a sus bandidos, de oprimir con la esclavitud al pueblo romano, o de no permitirle hacer nada de esto.
Es posible observar en este ejemplo la utilización como método de presión del recurso más frecuentemente utilizado, el denominado por C. W. Wooten31 «método disyuntivo», que Cicerón aplica a diversos temas, siendo uno de los más recurrentes la disyuntiva de elegir entre la libertad y la esclavitud (Fil. III 29):
Puesto que la situación ha llegado al punto de tener que decidir si aquél [Marco Antonio] lavará sus culpas para con la República o si nosotros seremos sus esclavos, ¡por los dioses inmortales!, tengamos por fin, senadores, el valor y la virtud de nuestros padres para o bien recuperar la libertad propia del pueblo y nombre romanos o bien anteponer la muerte a la esclavitud 32.
A su vez, la alternativa libertad / esclavitud conlleva a la oposición guerra / paz; y así, ante la propuesta de Lucio César de declarar el «estado de alarma» antes que la «guerra», el orador ataca esta vía intermedia sin concesión alguna a una tercera posibilidad (Fil. VIII 2-4):
Algunos pensaban que la palabra «guerra» no debía aparecer en la propuesta, preferían llamarlo «estado de alarma»… entre la guerra y la paz no hay término medio, necesariamente el estado de alarma, si no es propio de la guerra, lo es de la paz; ¿puede decirse o creerse algo más absurdo que esto?
Cicerón, sobre todo, tuvo como firme objetivo que el Senado declarara a Antonio «enemigo de la patria» (hostis), intentando demostrar, de nuevo, mediante el «método disyuntivo» que o bien Antonio era un cónsul legalmente investido del mando militar (imperium) o bien un enemigo de la patria contra el cual el Senado debía declarar la guerra (Fil. III 14):
En efecto, si aquél [Marco Antonio] es cónsul, las legiones que abandonaron a un cónsul han merecido ser azotadas, César es un criminal. Bruto despreciable, pues aprestaron por su propia cuenta un ejército contra un cónsul. Pero si hemos de crear honores nuevos para los soldados por su divino e inmortal servicio, y si ni siquiera nos es posible mostrar el agradecimiento debido a sus jefes, ¿quién no considerará a Antonio como enemigo de la patria, cuando los que le persiguen espada en mano son considerados salvadores de la República?33.
Para lograr su objetivo se sirve también Cicerón, en este contexto de crisis, de afirmaciones alarmistas generadas mediante la hipérbole y el extremismo: Antonio es, por supuesto, la más sangrienta amenaza para el pueblo romano (Fil. IV 11-12):
Ningún espectáculo le parece más divertido que la sangre derramada, las carnicerías y la matanza de ciudadanos ante sus ojos. No tratáis con un hombre despiadado y abominable, sino con una bestia monstruosa y horrible34,
y, aunque otros enemigos personales del orador como Verres, Catilina y Clodio también habían sido presentados en sus discursos como amenazantes bestias para la sociedad35, el Marco Antonio de las Filípicas es la peor de todas. En efecto, incluso Catilina le resulta al orador «más tolerable» (Fil. XIII 22):
¡Oh, Espartaco! Pues ¿qué nombre mejor puedo darte a ti ante cuyos crímenes incluso Catilina nos parece tolerable?
y «más diligente» (Fil. IV 15):
Por consiguiente, ciudadanos, el pueblo romano, vencedor de todos los pueblos, lucha sólo con un asesino, con un bandido, con un Espartaco. Pues en cuanto al hecho de que suele gloriarse de ser semejante a Catilina, es igual a aquél en lo criminal, inferior en lo diligente. Aquél, aunque no tenía ningún ejército, de repente lo organizó; éste perdió el ejército que recibió.
Como puede observarse, Antonio es comparado también en estos dos últimos ejemplos con Espartaco, el jefe de la revuelta de gladiadores que tuvo lugar en el año 73 a. C.36, pero el cotejo se extiende más allá, a otros exempla históricos de mayor entidad como Tarquinio, el Soberbio; Cicerón concluye una larga comparación entre ambos diciendo (Fil. III 11):
Finalmente, Tarquinio hacía la guerra en favor del pueblo romano en el momento en que fue expulsado; Antonio guiaba un ejército contra el pueblo romano en el momento en que, abandonado por las legiones, sintió miedo del nombre de César y de su ejército;
e incluso el proverbial enemigo de Roma, Aníbal —hostis como Marco Antonio— es menos cruel que el romano37.
Además, para aumentar la alarma y la indignación de su auditorio, el orador se sirve de la enargeía o subiectio38, recurso definido por el propio Cicerón como «la explicación ilustrativa y el poner los hechos casi ante la vista»39; así presenta, por ejemplo, a los senadores la vívida descripción de la ejecución de Gayo Trebonio por Dolabela en Siria (Fil. XI 5-8):
con golpes y tormentos lo sometió a un interrogatorio… durante dos días. Después, tras haberle roto el cuello, le cortó la cabeza y mandó que, clavada en una pica, fuera paseada; el resto del cuerpo, arrastrado y destrozado, lo arrojó al mar.
mostrando a continuación que es ésta una descripción deliberadamente buscada para conmover a sus oyentes (§ 7):
Poned, pues, senadores, ante vuestros ojos aquella escena, sin duda desdichada y lamentable, pero necesaria para conmover nuestro ánimo: el asalto nocturno a la famosísima ciudad de Asia, la irrupción de hombres armados en casa de Trebonio, cuando ese desgraciado vio las espadas de los malhechores antes de saber qué pasaba; la entrada de Dolabela, enloquecido; sus sucias palabras y aquel rostro infame; las cadenas, los golpes, el potro de tormento, el verdugo y torturador Samiario.
En la Filípica XIII, una de las más duras, une este recurso con otro poco o nada usual: la congeries o cumulatio para presentar, en primer lugar, a los partidarios de Marco Antonio; después, a conocidos cesarianos y, finalmente, a los compañeros de juergas de Antonio, muchos de los cuales habían sido ya mencionados —o lo serán más adelante— con desprecio (§§ 2-4):
¿Es posible la paz con los Antonios? ¿Con Censorino, Ventidio, Trebelio, Bestia, Núcula, Munacio, Lentón, Saxa? He nombrado a unos pocos como ejemplo; vosotros mismos veis la innumerable especie y la crueldad de los restantes. Añadid aquellos desechos de los amigos de César, a los Barba Casios, los Barbacios, los Poliones; añadid a los amigos de juergas y compañeros de Antonio, Eutrapelo, Mela, Poncio, Celio, Crasicio, Tirón, Mustela, Petusio;
tras esta enumeración hace uso también de la subiectio:
Poned ante vuestros ojos sus rostros, y especialmente los de los Antonios; su porte, su aspecto, su cara, su aire, sus amigos, unos protegiendo su costado, otros precediéndolos. ¿Imagináis qué aliento a vino, qué ultrajes y amenazantes palabras habrá?
Como señala J. Hall, estas estrategias pueden parecer al lector moderno exageradas y manipuladoras; pero su utilización era común en la retórica política de Roma; la guerra civil era una decisión difícil de tomar y la demonización de Antonio por parte de Cicerón era crucial para su estrategia de persuasión ante un Senado reticente y recalcitrante. Y dado que, desde el punto de vista de Cicerón, Antonio era el último en la sucesión de públicas amenazas que incluían a Catilina en los años 60 y a Clodio en los años 50, no es sorprendente encontrarle otra vez sirviéndose de las técnicas retóricas que utilizó con éxito en ocasiones anteriores40. La principal diferencia se encuentra en el vigor e intensidad con las que el orador mantiene la «retórica de la crisis» a través de las Filípicas como un conjunto, empleándola con mayor frecuencia que en ninguna otra ocasión.
2.3.2. El uso del «ridiculum»
Con la «retórica de crisis» Cicerón presenta a Antonio como un ser violento y peligroso para la República contra el que hay que luchar, sirviéndose de procedimientos utilizados ya contra Verres, Catilina o Clodio; sin embargo, con el uso del ridiculum41 intenta dañar el prestigio personal de su adversario, de forma semejante a como lo había hecho contra Pisón en el año 55 a. C. Los ejemplos más eximios y numerosos aparecen en la Filípica II, escrita cuando todavía el objetivo del orador es más la invectiva contra un inimicus que la lucha contra un hostis. Su meta principal es presentar a Antonio no tanto como un hombre peligroso sino como un ser que no merece respeto ni admiración, y lo consigue realizando de él una caricatura cómica. Así, en la Filípica II comienza su ataque recordando la juventud de Antonio y presentándolo como una vulgar meretrix42 (§§ 44-45):
Tomaste la toga viril y al punto la convertiste en toga mujeril. Fuiste, en primer lugar, una vulgar prostituta; el precio de tu vergonzoso servicio era fijo, y, por cierto, no pequeño. Pero pronto apareció Curión, quien te apartó del oficio de meretriz y, como si te hubiera dado traje de matrona, te colocó en un matrimonio estable y seguro. Nunca ningún esclavo comprado para dar placer estuvo tan sometido a su dueño como tú a Curión. ¿Cuántas veces su padre te echó de su casa, cuántas puso guardas para que no atravesaras el umbral, mientras que tú, sin embargo, con la noche como aliada, animándote el deseo, moviéndote la recompensa, te dejabas bajar por el tejado?
Critica también su comportamiento militar43, especialmente por mezclar la milicia con sus amoríos con Volumnia Citéride, la actriz de mimo, amada —entre otros— por el poeta Cornelio Galo bajo el nombre de Licóride (§§ 61-62):
Llegaste a Brindis, más bien al regazo y al abrazo de tu querida comedianta. ¿Qué? ¿Miento acaso? ¡Qué desgracia es no poder negar lo que es tan vergonzoso reconocer! Si no sentías vergüenza por los ciudadanos de los municipios, ¿tampoco por el ejército de veteranos? ¿Qué soldado hubo que no viera a aquélla en Brindis? ¿Quién que no supiera que ella había viajado durante tantos días para felicitarte? ¿Quién que no lamentara darse cuenta tan tarde de a qué hombre tan desvergonzado había seguido? De nuevo, una gira por Italia con la misma comedianta como compañera; en los municipios, una cruel y lamentable estancia de los soldados; en Roma, un horrible saqueo de oro, plata y, sobre todo, de vino.
Precisamente con Citéride, o mejor con la ruptura de relaciones con ella, tiene que ver uno de las escenas recreadas por Cicerón cual si de una representación de mimo se tratara: Antonio disfrazado como un humilde mensajero intenta entregar una carta a su mujer, de la cual estaba separado44 (§ 77):
Habiendo llegado en tomo a la hora décima a Peñas Rojas, se metió en una tabernucha y escondiéndose allí estuvo bebiendo hasta el anochecer. Después llevado rápidamente a la ciudad en un carro ligero, llegó a su casa con la cabeza cubierta. El portero: «¿Quién eres?» —«Un correo de Marco». Al punto es conducido ante aquella por cuya causa había venido y le entregó una carta. Como ella la leyera llorando —pues había sido escrita con amor; por otra parte, lo principal de la carta era que él no tendría en adelante nada que ver con la actriz de mimo, que él había renunciado a todo amor por aquélla y se lo había dado a ésta—, y como la mujer llorara cada vez más, este hombre compasivo no pudo soportarlo, descubrió su cabeza, se echó a su cuello.
A la caricaturesca degradación moral de la figura de Antonio contribuye también la repetida presentación de su desmedida afición a la bebida45, que probablemente alcanza el grado máximo cuando Cicerón convierte una borrachera de Antonio en una repugnante escena mediante la hipérbole46 (Fil. II 63):
en una asamblea del pueblo romano, en el ejercicio de las funciones públicas, éste en calidad de general en jefe de la caballería… vomitando llenó su ropa y todo el estrado con restos de comida que apestaban a vino.
Es evidente que con las imágenes ofrecidas de Marco Antonio —junto con otros motivos como su afición al juego, su capacidad para hacerse con herencias ajenas, el despilfarro de sus bienes47— el orador hábilmente despoja, tal y como señala J. Hall48, al cónsul del año 44 a. C. de todo porte y toda dignidad.
A su vez, Cicerón pinta a Antonio como un inepto, al que es fácil combatir con la palabra, y más con la palabra burlona; contestándole, por ejemplo, a la acusación de que Cicerón utilizó inconstitucionalmente la fuerza durante la conspiración de Catilina, el orador afirma (§ 19):
Tú dices esto con tanta desvergüenza no por atrevimiento, sino porque no te das cuenta de tan grandes contradicciones. En efecto, no te enteras de nada: pues ¿qué hay más demencial que, luego de tomar tú las armas para destruir la República, critiques a otro que las cogió para salvarla?
Este tipo de ridiculización sirve para mostrar la imposibilidad de Antonio para gobernar Roma; pero cuando Marco Antonio partió hacia Módena para enfrentarse a Décimo Bruto, es decir, a partir de la Filípica III, Cicerón abandonó el tono de burla para presentarlo como una figura violenta y peligrosa.
No obstante, el recurso al ridiculum volverá a hacer su aparición en otra ocasión crítica, cuando en marzo del año 43 Antonio escribió una carta a Hircio y a Octavio, intentando convencerles de que apoyaran su causa; no hay que olvidar que, aunque los dos estaban en armas contra él junto con Décimo Bruto, el cónsul Hircio era un antiguo cesariano y Octavio, el heredero del dictador. Cicerón comprendió el enorme peligro que tal carta suponía para los intereses republicanos y para los cesaricidas, y la leyó en el Senado en su Filípica XIII haciendo uso de la dicacitas, del humor breve y punzante49 que resulta una incisiva y aguda forma de burla; así, mediante el comentario y la respuesta, palabra por palabra, a la carta de Antonio el orador desacredita a su adversario. La lectura de las palabras de Antonio y las réplicas de Cicerón constituye, como decíamos más arriba, una singular forma de altercatio50.
Pero hay, además, otros procedimientos del ridiculum que están presentes a lo largo de prácticamente todos los discursos, con la excepción de la Filípica dedicada a la muerte de Servio Sulpicio: son sobre todo el sarcasmo y la ironía. Utiliza Cicerón el sarcasmo casi sistemáticamente para referirse con desprecio a todos los socios de Marco Antonio, a su cortejo de «bandidos y malhechores», empezando por los otros dos Antonios, Gayo y Lucio. La descripción suele ir agrupada, creando pasajes memorables, como en la Filípica VI, cuando alude a Lucio Antonio, Trebelio y Munacio Planco, introduciendo un elemento no presente en el discurso que acababa de pronunciar ante el Senado; y el propio orador reconoce su estrategia (§ 15):
Pero basta ya de tonterías; volvamos al asunto de la guerra, aunque no ha sido inoportuno que algunas personas fueran recordadas por vosotros, para que pudierais meditar en silencio contra quiénes se hacía la guerra.
En la Filípica XI (§§ 10-14) utiliza la misma táctica, esta vez de forma más sorprendente, pues la presentación de los aliados de Antonio contrasta con la patética descripción del asesinato de Trebonio (presentada supra), con lo que queda realzada; finalmente, en la Filípica XIII hace una larga descripción del «Senado» de Antonio, llena de anécdotas concretas, todas risibles y censurables.
Además, Cicerón hace uso frecuente de la ironía51, que aparece en el discurso —según señala el propio orador— cuando se dice algo distinto a lo que se siente52; uno de los ejemplos más insignes es su utilización para ridiculizar a Fufio Caleno por la defensa que hizo de Clodio, el gran enemigo del orador, en el proceso contra éste en el 61 a. C. (Fil. VIII 16):
Sólo hay un hombre, Quinto Fufio, sobre el que reconozco que tú tuviste más vista que yo: yo consideraba a Publio Clodio un ciudadado pernicioso, criminal, libidinoso, impío, audaz, facineroso; tú, por el contrario, virtuoso, moderado, inocente, comedido, un ciudadano respetable y modélico. ¡Tan sólo sobre éste admito que tú tuviste muchísima más vista, que yo me equivoqué por completo!
Por lo general, los comentarios irónicos se realizan insertando el inciso «creo», con lo que la afirmación queda enfatizada; así, en la Filípica I, al referirse al enfado de Marco Antonio porque el orador no había asistido a la sesión del día anterior, en la que se trataba de aprobar las acciones de gracias en honor de César, exclama (Fil. I 11):
¿O es que se trataba de un tema tal que convenía incluso traer a los enfermos? Aníbal —creo— estaba ante las puertas o se trataba sobre la paz de Pirro.
Aunque en ocasiones basta un adjetivo para que la ironía funcione; así ocurre cuando califica a Fulvia, la esposa de Marco Antonio como una «mujer buena» (Fil. III 16), o al propio Antonio de «hombre sabio —y no sólo elocuente—» (Fil. II 11) y de «buen augur» (Fil. II 80). Suele también servirse de la ironía para cerrar un razonamiento en el que presenta una conclusión absurda, que demuestra a su vez el absurdo de la opinión que quiere rebatir; así, en Fil. VIII 5:
Pero, ¿a qué más? Décimo Bruto es atacado: no se trata de una guerra. Módena es asediada: tampoco entonces se trata de una guerra. La Galia es devastada: ¿puede haber una paz más segura? Realmente, ¿quién puede hablar de «guerra», porque hemos enviado a un cónsul valerosísimo con un ejército?
Es de señalar, finalmente, que en cuatro discursos está ausente este procedimiento: en la Filípica IV, en la que diríase que Cicerón no quiere confundir a la plebe con comentarios que podrían no ser bien interpretados53; en la Filípica VII, que es precisamente la más programática y teórica, pues no hubo un acontecimiento concreto que la motivara; en la Novena, la dedicada a la muerte de Servio Sulpicio; y en la última, en la que fundamentalmente realiza un elogio a los caídos en el enfrentamiento con Antonio.
2.3.3. El encomio y la proposición de honores
Una última estrategia de carácter totalmente diferente se encierra en los discursos contra Marco Antonio: frente al alarmismo y a la uituperatio contra Antonio, el «antihéroe», el triunfalismo y la laudatio de los «héroes». En Sobre el orador, al tratar Cicerón sobre la laudatio, se refiere de forma específica a un tipo de laudationes: «nuestros encomios, los que pronunciamos en el foro, o tienen la brevedad desnuda y sin adornos de un testimonio incidental, o se escriben para quienes asisten a unas honras fúnebres»54. Como bien precisa J. J. Iso en el comentario a este pasaje55, «parece que no se trata tanto de un género oratorio —al contrario de la laus funebris que se cita a continuación— como de breves encomios de personajes que se introducían en el discurso como un elemento más del mismo».
Son precisamente estos «breves encomios» los que Cicerón utiliza para conseguir sus objetivos a partir de la Tercera Filípica, cuando Octavio ya había aprestado por iniciativa propia un ejército contra Antonio y Décimo Bruto estaba dispuesto a no ceder a Antonio el gobierno de la Galia, dos situaciones —en principio— ilegales. Para lograr el apoyo y la aprobación del Senado a estas actuaciones Cicerón recurre con celeridad a la alabanza del joven César (Fil. III 3):
Gayo César, un adolescente —mejor casi un niño— con una increíble y en cierto modo divina inteligencia y valor, como la locura de Antonio estuviera en pleno ardor y se temiera su cruel y fatal regreso desde Brindis, ha aprestado un valerosísimo ejército de entre el invicto cuerpo de los veteranos, sin pedirlo ni pensarlo nosotros y sin ni siquiera desearlo —ya que parecía imposible—, y ha dilapidado su patrimonio; aunque no he utilizado la palabra que debía, pues no lo dilapidó, sino que lo invirtió en la salvación de la República. Y aunque no es posible mostrarle tanto agradecimiento como se le debe, sin embargo debemos guardarle todo el que en mayor grado quepa en nuestro corazón,
y, al igual que la uituperatio contra Antonio se hacía extensible a sus socios y aliados, ahora la alabanza se dirige también a las legiones de veteranos de César que habían desertado de las filas del todavía cónsul Antonio para militar con Octavio (Fil. III 6-7):
no se puede guardar silencio sobre la legión Marcia. En efecto, ¿quién fue de forma particular más valiente, quién alguna vez más amigo de la República que la legión Marcia en conjunto? … Imitando el valor de esta legión, la legión Cuarta, al mando del cuestor L. Egnatuleyo, excelente y valerosísimo ciudadano, se ha pasado totalmente a la autoridad y al ejército de Gayo César.
Junto a Octavio, cuya naciente carrera necesitaba del mayor apoyo, reciben también elogios y reconocimiento protagonistas ya veteranos como Décimo Bruto, Gayo Casio, Lucio Egnatuleyo, e incluso, aunque en un segundo plano, Marco Lépido y Sexto Pompeyo, el hijo de Pompeyo, con quien Lépido por fin había firmado la paz en nombre del Senado.
Este recurso tiene, en el contexto del debate senatorial, su plasmación práctica en la propuesta de decretos honoríficos en el caso de las Filípicas IV, V, VIII, IX, X y XIV. Pero junto a la finalidad de conseguir el apoyo oficial para la lucha armada contra Antonio, el elogio cumple otras funciones. En primer lugar, con los pronunciamientos oficiales de alabanza se minaba la autoridad de Marco Antonio y la fuerza de su causa; pero, además, Cicerón estaba convencido de que con ello se lograba implicar más a quienes recibían los honores en la defensa de la República (Fil. V 49):
el que ha conocido la verdadera gloria, el que se ha sentido considerado por el Senado, por el orden ecuestre y por el pueblo romano como un ciudadano valorado y útil para la República, piensa que nada hay comparable a esta gloria.
De hecho, era ésta una estrategia deliberadamente buscada, tal y como le reconoce a Bruto, al referirse a los honores que se le otorgaron a Lépido (Cartas a Bruto I 15):
Intentamos apartarlo de su locura con este honor: la demencia del más inconstante de los hombres venció nuestra prudencia56.
Y, como con razón puntualiza J. Hall57, estas manifestaciones del orador no deben considerarse oportunistas, sino fruto de una profunda convicción, pues en la Filípica II (§ 31-33) es a Marco Antonio al que elogia por su actuación desde la muerte de César hasta las calendas de junio, haciendo allí también un llamamiento a la gloria.
Pero hay además, en cierta manera, laudationes funebres insertas en los discursos; tal es el caso del elogio hecho a la muerte de Servilio que se va desarrollando a lo largo de la Filípica IX, aunque hay aquí también cierta utilización de la alabanza y propuesta de honores para dañar la imagen de Antonio (§ 15):
Además que se señale la criminal audacia de Marco Antonio al llevar a cabo una guerra abominable, pues, concedidos estos honores a Servio Sulpicio, quedará un testimonio eterno de que la embajada fue rechazada y expulsada por Antonio.
Finalmente, en el último discurso conservado hay un bello elogio a los caídos en la batalla de Forum Gallorum, en especial a los soldados de la legión Marcia (Fil. XIV 32):
Os considero, en verdad, nacidos para la patria, a vosotros cuyo nombre deriva de Marte, de modo que el mismo dios parece haber engendrado esta ciudad para bien de los pueblos, a vosotros para bien de esta ciudad. Morir huyendo es vergonzoso; venciendo, glorioso. En efecto, el propio dios suele tomar de la batalla a los más valientes como prenda. Así pues, aquellos impíos a los que disteis muerte sufrirán también el castigo de su traición en las regiones inferiores; en cambio, vosotros que exhalasteis el último aliento venciendo, habéis alcanzado la morada y la región de los justos. Una vida breve nos ha sido concedida por la naturaleza; pero es sempiterno el recuerdo de una vida que ha cumplido correctamente su cometido. Y si el recuerdo no fuera más duradero que esta vida, ¿quién habría tan loco como para esforzarse por alcanzar en medio de los mayores sufrimientos y peligros el más alto reconocimiento y gloria? Así pues, hermoso ha sido vuestro destino, soldados valerosísimos mientras vivisteis y ahora, en verdad, incluso muy venerables, pues vuestro valor no podrá ser sepultado ni por el olvido de los que ahora viven ni por el silencio de la posteridad.
Es éste el último elogio y son prácticamente las últimas palabras de Cicerón; frente a las estrategias hasta ahora señaladas, el orador no buscaba aquí tanto el enfrentamiento con Antonio, como el merecido reconocimiento a quienes dieron su vida por una República que, pese a todo, la palabra del mayor orador no logró salvar.
2.4. Lengua y estilo
La lengua y el estilo de Cicerón han sido frecuente y merecido objeto de estudio58, pues no en vano su latín es considerado paradigma y máximo representante de la norma clásica y sus discursos, modelo de oratoria. Además, dentro de esta plenitud, las Filípicas pueden —y suelen— ser consideradas la cima de su arte, y especialmente la Segunda es comúnmente calificada como obra maestra. Junto con las grandes estrategias retóricas recién señaladas que Cicerón pone al servicio de la causa, el orador aplica también toda su experiencia a la expresión de sus ideas en una lengua con diferentes registros y con una cuidada selección de figuras estilísticas. En este sentido, también la lengua y el estilo de las Filípicas hacen gala de la variedad a la que nos hemos referido en el apartado 2.2. de esta Introducción; valgan las palabras de P. Wuilleumier59 para resumir tal variedad: «[las Filípicas] impresionan por la pureza de su vocabulario, la precisión de sus términos, la variedad de las figuras, la solidez de las expresiones, el vigor de las frases, la vivacidad de las preguntas y de los diálogos ficticios, la abundancia de paréntesis, la rapidez del ritmo, el eco de sus cláusulas, que traducen la pasión del hombre y el ardor de la lucha», cualidades todas que, necesariamente, ofrece un texto latino que, en este volumen, queda velado tras la traducción. Por ello, más allá de enumerar ejemplos de detalle sobre el empleo de términos y figuras60, vamos a prestar atención tan sólo a un aspecto más general como es el de la evolución del estilo de las Filípicas frente a otras obras de Cicerón, una evolución que se concreta especialmente en la conformación del período, un elemento que, por otra parte, es más fácil apreciar —aún dentro de los inevitables cambios— en una traducción.
Tal y como señala W. R. Johnson61, en estos discursos las largas y elaboradas estructuras de las oraciones son, frente a otras ocasiones, la excepción: en efecto, de acuerdo con las estadísticas que W. R. Johnson ofrece, la oración media en las Filípicas consta de 18,7 palabras, un número considerablemente menor que el de los primeros discursos de Cicerón, de entre 22 y 26 palabras. Y, aunque como indica J. Hall62, existen ciertos problemas metodológicos en este análisis, ya que en él tan sólo se tienen en cuenta las primeras treinta oraciones de cada discurso, la conclusión, sin embargo, parece cierta. En principio, la adecuación al contexto y a la finalidad de los discursos pudo influir en esta evolución hacia la brevedad del período: por una parte, las intervenciones en un debate senatorial en el que se dirimían cuestiones de urgencia como muchas de las tratadas en las Filípicas requerían más bien de un estilo breve y directo; por otra, el propio Cicerón pretende persuadir al auditorio de la necesidad y premura en la toma de decisiones, y, en cierta manera, «contagia» esa urgencia con una rápida sucesión de frases en las que la utilización del asíndeton y yuxtaposición se convierte en un recurso frecuente; además, la frase suele presentarse entrecortada con abundancia de exclamaciones, incisos y, sobre todo, de preguntas retóricas. También es posible comprobar con cifras el mayor desarrollo de este último procedimiento: en la Filípica III Cicerón hace uso de las interrogativas retóricas en veintidós de los treinta y seis pasajes en que ha sido dividido el discurso, y en la Filípica VII, en dieciocho de veintisiete; sin embargo, en la Catilinaria III las utiliza sólo en tres de las veintinueve secciones, y en la IV en siete de veinticuatro63. Y si la brevedad del periodo parece conveniente para una «retórica de crisis», es un elemento imprescindible cuando se quiere hacer uso del ridiculum, que necesita de la rápida agudeza, de la réplica inmediata, de la ingeniosa brevedad para no perder su fuerza. Hay, pues, adecuación entre los contenidos y su expresión, una sabia utilización del periodo para la estrategia a seguir, siendo la brevedad el rasgo distintivo, aunque, frente a ella y cuando es necesario, emplea Cicerón las amplias estructuras sintácticas que tanto le caracterizan, dotando de solemnidad a los elogios y de precisión a los razonamientos.
Fuerza, energía, vigor son las características comúnmente reconocidas y que más convienen al estilo de las Filípicas; pero la concisión y la brevedad caracterizaban al estilo «ático» puro, y se ha querido ver también una deliberada evolución del estilo del orador hacia el llamado «aticismo» al final de su vida64; de hecho, en una carta a Ático (XV la, 2), escrita el 18 de mayo del 44 a. C., comentando —y criticando— el discurso que Décimo Bruto pronunció ante el pueblo tras la muerte de César, le dice:
si recuerdas los rayos ‘de Demóstenes’, entenderás que es posible hablar ‘totalmente ático’ y a la vez con la mayor fuerza.
Al pronunciar, meses después, las Filípicas, Cicerón haría realidad, emulando a su admirado Demóstenes, estas palabras.
3. LAS FILÍPICAS EN LA POSTERIDAD65
Cicerón, modelo de clasicidad, que marcó la norma de la lengua latina, es, naturalmente, múltiples veces objeto de estudio y ejemplo de rétores y gramáticos; y en este sentido, como señala Fedeli, «muchos testimonios de escritores de gramática y de rétores atestiguan, desde la época de Augusto hasta el siglo VI, de qué gloria disfrutaron las Filípicas en los tiempos antiguos»66.
Además, aunque la influencia literaria —«intertextual», y no «metatextual» como la que está presente en las obras de gramáticos y rétores— es escasa, sin embargo, suele reconocerse que el propio Augusto al principio mismo de sus Res gestae (I, 1) se sirvió del elogio de Cicerón en la Filípica III (§ 3) a su iniciativa de aprestar un ejército contra Antonio. Además, un caso particular de influencia es el de Lucano67, que se inspiró en la Filípica II para la presentación de Pompeyo (Fars. VII-IX). Más raro es detectar una influencia textual directa, y uno de los pocos ejemplos identificados68 se puede encontrar en la Historia Augusta: el exordio de la Filípica VII (§ 1)
Deliberamos, senadores, sobre temas de poca importancia, pero quizás necesarios… Aunque el tratamiento de estos puntos parece sencillo, sin embargo mi mente, en vilo por preocupaciones más importantes, se encuentra bien lejos de esta votación. En efecto, la situación ha llegado, senadores, a un punto de máximo peligro y casi al límite.
pudo influir en el comienzo de un discurso pronunciado por un senador del siglo III, que también ante una situación crítica —cuando el usurpador Maximino amenazaba con marchar sobre Roma— comienza su discurso en una sesión del Senado, en la que no se contemplaba en el orden del día tratar dicha situación, de forma similar (Máximo y Balbino 1, 3):
Os inquietan asuntos menores y debatimos en la Curia cosas propias casi de viejas en un momento crítico69.
Pero la mayor presencia en la posteridad de los discursos contra Marco Antonio no deriva del texto en sí mismo, sino del contexto, y en concreto, del contexto posterior provocado por los propios discursos: y es que se ha cumplido la profecía de Cicerón sobre Antonio proferida en Fil. XIII 40:
¡Yo lo entregaré al recuerdo sempiterno de los hombres marcado con las más auténticas señales de infamia!
Como ya he señalado, desde el momento mismo de la muerte de Cicerón se tenía conciencia de que las Filípicas eran causa directa de la muerte del orador; recordemos al respecto las palabras de Plutarco, presentadas supra, cuando señala que Marco Antonio mandó cortarle la cabeza y las manos «con las que había escrito las Filípicas». Muy significativos resultan en este sentido los títulos de dos Suasorias de Séneca el Viejo: Deliberat Cicero an Antonium deprecetur (Suas. VI) y, sobre todo, Deliberat Cicero an scripta sua comburat, promittente Antonio incolumitatem si fecisset (Suas. VII); y además, también nos ofrece el cordobés una recopilación de testimonios de historiadores sobre su muerte (Tito Livio, Aufidio Baso, Cremucio Cordo, Brutedio Niger, Aufidio Baso…). Y en Quintiliano (III 8, 46) queda también constancia de que era común utilizar el tema en los ejercicios retóricos:
Por esto asimismo, si quisiéramos dar consejo a Cicerón de pedir disculpas a Antonio, y hasta de quemar sus Filípicas, supuesto que de ese modo le hace promesa de vida, no haremos alusión al intenso amor por la luz del sol —la existencia— (pues si esta pasión es fuerte en su corazón, también lo sigue siendo, aunque nosotros no lo digamos), sino le exhortaremos a que se conserve para bien de la República70.
Junto a estas referencias resulta significativo el eco en los Epigramas de Marcial, pues el epigrama es poesía cotidiana, dirigida al ciudadano de a pie, y resulta, por tanto, un buen exponente de la vigencia y recepción en la vida real y cotidiana a más de un siglo de la muerte del orador. Por dos veces, además, recrea el tema de la muerte de Cicerón, en un ataque contra Antonio, en el que compara el crimen con el cometido por Potino de Faros, el asesino de Pompeyo (Ep. III 66):
Igual crimen cometió Antonio que el de las armas de Faros:
las dos espadas cortaron rostros sagrados.
Tenías, Roma, una cabeza, cuando alegre celebrabas triunfos
coronados de laureles, la otra, cuando hablabas.
Con todo la razón de Antonio fue peor que la de Potino:
éste ejecutó el crimen para su señor, aquél para él mismo.
con variación sobre el mismo tema en V 69:
Antonio, que nada tienes que echar en cara a Potino de Faros
y menos culpable por las proscripciones que por Cicerón,
¿qué espada, loco, desenvainas contra una boca romana?
Ni siquiera Catilina hubiera cometido este crimen nefando.
El impío soldado se corrompe con oro infame
y una sola voz calla de ti a cambio de tanto dinero.
¿De qué sirve el caro silencio de una lengua sagrada?
Todos comenzarán a hablar por Cicerón 71.
Y también hay mención y recuerdo para el orador y las Filípicas en la sátira, un género que comparte rasgos y temas con el epigrama; Juvenal (Sát. X 114-126) presenta juntos a Demóstenes y Cicerón, e introduce también el motivo de la muerte:
A Cicerón su ingenio le costó la mano y la cabeza, pero las tribunas nunca se empaparon de la sangre de un abogadillo de tres al cuarto. «¡Oh Roma afortunada, en mi consulado engendrada!» Hubiera podido despreciar las espadas de Antonio, si todo lo hubiera dicho en tal estilo. Yo prefiero poemas risibles a ti, «Filípica» divina, de fama conspicua, que en el volumen sigues a la primera72.
Mediante la perífrasis se refiere a la Filípica II, cuya calificación metaliteraria como «divina» ha pervivido, a su vez, desde entonces adornando la fama de este discurso.
Pero la fama de la «hazaña» de Antonio siguió perviviendo a través de los siglos y aparece mencionada en un emblema de Alciato (XXIX), que ofrece superposición y contaminación de temas. De hecho, en este caso la «figura» se inspira en el relato de Plinio el Viejo (VIII, 16) sobre la actuación de Marco Antonio cuando unció dos leones a su carro, tras la batalla de Filipos (42 a. C.), en la que derrotó a Bruto y a Casio, siendo el «mote»: Etiam ferocissimos domari («Que también se doma a los más feroces»). Ahora bien, en el epigrama de acompañamiento se superpone e inserta la mención a la muerte de Cicerón, equiparado con la elocuencia misma. Presento la traducción según una versión de Bernardino Daza Pinciano en rimas españolas73:
Después que Antonio con indina muerte
de Tullio, hizo perderse la eloquencia
queriendo sublimar su feliz fuerte
subió en un carro, lleno de insolencia,
unciendo la fiereza del leon fuerte,
por declarar como a su violencia
dieron lugar los grandes caballeros
hechos à fuerza de armas prisioneros.
Puede señalarse, finalmente, una curiosa forma de pervivencia de las Filípicas —«metaliteraria» podría decirse— que se encierra en el dicho castellano «echar una filípica»74; en efecto, «filípica» se ha convertido en nuestra lengua en nombre común con el significado, según el DRAE, de: «(con alusión a las arengas u oraciones de Demóstenes contra Filipo, rey de Macedonia) invectiva, censura acre»; y según el Diccionario de uso del español de María Moliner: «(por alusión a los discursos de Demóstenes contra Filipo) reprensión extensa y violenta dirigida a alguien», añadiendo la autora que se trata de un uso informal. En las dos definiciones se remonta el origen del vocablo a los discursos de Demóstenes contra Filipo; y, aunque de ellos procede la denominación de los del orador latino, sin embargo, en mi opinión, tan sólo en esa relación de dependencia puede decirse que con la forma «filípica» se aluda a los discursos demosténicos; en efecto, es lógico pensar que el uso común del término no deriva de las piezas griegas, sino de forma más próxima y directa del título latino, por evidentes y diversas razones: es un hecho, ante todo, que la figura y la obra de Cicerón resulta, sin duda, mucho más cercana y ha tenido una mayor y secular presencia en nuestro acervo cultural; y, además, el que el término exista también en otras lenguas como la francesa, y la inglesa incluso, invita a pensar en una evolución común del término a partir de un latín tardío y coloquial, el latín de los humanistas (el primer testimonio en lengua francesa parece ser de 1624). Por otra parte, el sentido que el término adquiere es un buen exponente del tono utilizado por Cicerón contra Marco Antonio, que propició que «filípica» se convirtiera en sinónimo de «reprimenda»; cierto es que el reproche y la invectiva predominan también en las Filípicas de Demóstenes, pero el auge del orador latino desde el Renacimiento, con toda la polémica creada en torno a él por ciceronianos y anticiceronianos, supone en todos los casos un profundo conocimiento de su obra y estilo, y favorece la idea de que sus Filípicas sean el punto de referencia para el significado común.
4. LA TRADICIÓN MANUSCRITA75
Hay unanimidad entre los editores y estudiosos en que todos los manuscritos que trasmiten el texto de las Filípicas pertenecen a dos familias, que presentan un gran desequilibrio en el número los miembros que las componen: en efecto, la primera familia cuenta con un solo testimonio, el Vaticanus Basilicanus H 25 (V), del segundo cuarto del siglo IX; el texto ofrece dos grandes lagunas (XI 22-XII 12 y XII 23 hasta el final de este discurso) y ha perdido el último cuaternión que contenía desde XIII 10 hasta el final. La segunda familia (D) agrupa a todos los demás manuscritos, cuyo origen común está ratificado por diversas lagunas, interpolaciones y correcciones presentes en todos ellos; a su vez, es posible establecer dentro de ella dos grupos76: el primero está formado por los mss. Bernensis 104 (b), del siglo XIII, Monacensis 18787 (t), del siglo XI, y por cuatro manuscritos que son todos ellos copia de un códice hoy perdido que perteneció al humanista Angelo Colocci (1467-1549) y que fue utilizado en la edición veneciana de 1542; el consenso de estos cuatro manuscritos, que tan sólo trasmiten los cuatro primeros discursos, forma la llamada familia colotiana77 y recibe en las ediciones la sigla c. Al segundo grupo pertenecen el Leidensis Vossianus O 2, del siglo x, y dos códices vaticanos: el lat. 3228, de la segunda mitad del x, y el lat. 3227, de principios del XII y que fue copiado en Montecasino.
Pese a estos testimonios la reconstrucción del arquetipo, anterior al siglo VI, presenta no pocos problemas, pues, aunque V ofrece por lo general mejores lecciones, contiene muchos errores y grandes lagunas y, a su vez, aunque la segunda familia presenta algunas buenas lecturas —a veces únicas de t y b—, es demasiado fantasiosa; por ello, como señala P. Wuilleumier78, el «eclecticismo» se impone y no basta para resolver todos los problemas. Para muchos pasajes se han propuesto diferentes correcciones —a veces inútiles— y otros han de ser considerados loci corrupti.
Buena muestra de que circularon copias diversas de los discursos contra Marco Antonio, antes de que el arquetipo que hoy conocemos se configurase, con variantes respecto al texto ofrecido por los manuscritos conservados es, por ejemplo, el testimonio indirecto del lexicógrafo Nonio Marcelo, cuya datación —entre el s. III y el s. V— resulta dificultosa: en su Compendiosa doctrina ejemplifica en treinta y dos ocasiones con el texto de las Filípicas79 y dos de estos pasajes, que según Nonio pertenecen a las Filípicas IV y XIV, no se corresponden con el texto canónico; se trata, por lo demás, de adiciones o transposiciones de frases completas, lo que lleva a pensar en variantes de autor que obedecerían a una doble redacción por parte del propio orador, dado que acostumbraba éste a corregir sus escritos atendiendo especialmente a las sugerencias de su amigo Ático. En este sentido, el propio Cicerón acepta, según dice en una carta a su íntimo amigo del 5 de noviembre del 44 a. C. (Cartas a Ático XVI 11, 1), las correcciones propuestas para la primera versión de la Filípica II, de la que suprimió el nombre de Sica80 y cambió el texto quo Scipionis por quo Rubriana (II 103), siendo ésta la lectura ofrecida por toda la tradición manuscrita conservada; igualmente, tal y como se lee en Cartas a Ático XVI 11, 3, debió de añadir los nombres de Mustela y Lacón como aposición a «anagninos» en § 104.
Hay, además, otro ejemplo de una posible doble versión: todos los editores añaden en III 31 el texto 〈fudit apothecas〉 siguiendo la autoridad de Servio, que en su comentario a las Bucólicas (6, 55) presenta la siguiente cita: sic Cicero in Philippicis fudit apothecas, cecidit greges armentorum. Supone tal cita no pocos problemas, pues, de admitirse, queda en entredicho la fiabilidad de todos los manuscritos de las Filípicas, dado que ninguno ha trasmitido esta frase; y, de no admitirse, queda en entredicho la fiabilidad de Servio, que citaría de memoria confundiendo una situación paralela —en la que el orador criticaba la actuación de Marco Antonio— y una mención hecha por Cicerón del término apotheca (Fil. II 67)81.
De los manuscritos conservados en España, dos son mencionados por M. Reeve y R. H. Rouse82: los mss.V.III.6 y R.I.2 de la Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial; los dos fueron copiados en la segunda mitad del siglo XIV y los dos pertenecen a la familia colotiana, dado que tan sólo ofrecen el texto de las Filípicas I-IV. El ms. V.III.6, por su parte, fue copiado probablemente en Verona y el R.I.2 parece ser copia del Parisinus latinus 6602, uno de los cuatros códices de la familia colotiana. Otros tres códices recentiores, del xv, forman parte de los fondos de El Escorial: son el ms. T.III.21, que contiene las catorce Filípicas, junto con excerpta de las Verrinas y de Tito Livio y algunas cartas de Plinio el Joven; el ms. V.III.1, dedicado en exclusiva a las Filípicas completas; y el ms. V.III.23, un códice que también está dedicado sólo a los discursos contra Marco Antonio, pues bajo esta signatura son dos los códices encuadernados en un solo volumen; el segundo (ff. 145-253) es el que contiene las Filípicas I-XIV, acompañadas al final de diversos paratextos que se corresponden con los epitafios de Cicerón de la Anthologia Latina (603-614). Un último manuscrito, el códice 7813 de la Biblioteca Nacional de Madrid, del siglo XV, trasmite las catorce Filípicas —los únicos discursos—junto con diversas obras filosóficas de Cicerón.
Pero hay además otra presencia manuscrita de las Filípicas en diversos códices conservados en las bibliotecas españolas: me refiero a los extractos que ofrecen diversos florilegios, en concreto, los manuscritos de El Escorial Q.I.14 y S.II.3 y 4; el ms. 80 del Archivo Capitular de Tortosa, el códice 2306 de la Biblioteca Universitaria de Salamanca y los mss. 3057 y 6510 de la Biblioteca Nacional. Si los códices de las bibliotecas españolas antes citados —de obra «completa», por así decirlo, aunque algunos ofrezcan tan sólo los cuatro primeros discursos— han merecido poca atención por parte de los estudiosos de la tradición manuscrita de las Filípicas, los florilegios no han recibido, hasta el momento83, atención alguna, cuando, sin embargo, son muestra de una recepción selectiva y deliberada de los pasajes de la obra ciceroniana que se consideraban de mayor interés, ya fuera para la enseñanza ya fuera para el conocimiento de las «mejores páginas» de la literatura latina.
5. SOBRE LA TRADUCCIÓN
Cuando llegué al compromiso, hace ya muchos años, con el Dr. Sebastián Mariné, asesor entonces para la sección latina de esta colección, de traducir las Filípicas, D. Sebastián se compadeció en cierta manera de mí, por la dureza —me dijo— de los discursos que iba a traducir. No imaginaba yo entonces cuánta verdad encerraban sus palabras y muchas veces las he recordado al intentar reproducir en nuestra lengua la dureza de la invectiva ciceroniana, su sarcasmo e ironía, pero también la solemnidad y la gravedad que encierran las Filípicas. En esta labor me he ayudado, como necesario punto de referencia y contraste, de la tarea ya realizada por otros estudiosos, especialmente de dos magníficas versiones: la de P. Wuilleumier y la más reciente de J. C. Martín; pero, además, la obra de J. C. Martín me ha sido de enorme utilidad por su documentado comentario, difícilmente superable, que me ha allanado una gran parte del camino en este aspecto. Para esta labor he tenido en cuenta, además, otros comentarios posteriores, todos ellos extraordinarios, a determinados discursos como los de R. Cristofoli, C. Monteleone y C. Novielli, que son, por otra parte, testimonio del interés y la vigencia —todavía hoy— de las Filípicas.
Para la traducción he seguido la edición de P. Fedeli de la Bibliotheca Teubneriana, aunque me separo del texto allí establecido en ciertas ocasiones, especialmente en aquellas en las que el prudente conservadurismo crítico de P. Fedeli mantiene un locus corruptus, notado con las usuales cruces, para el que acepto, por lo general, las propuestas de otros editores. Éstos son los pasajes84.


Ni quiero ni puedo poner fin a estas páginas sin mostrar mi profundo agradecimiento a Vicente Cristóbal, primer lector paciente y atento del original, y a Beatriz Antón, que con igual paciencia e interés ha realizado una última y fructífera lectura antes de entregar el trabajo a la editorial; de las atinadas observaciones de ambos se ha beneficiado no poco esta traducción. Vaya también mi agradecimiento a José Miguel Baños, siempre atento a mis consultas y que me ha permitido utilizar en primeras pruebas su trabajo sobre las Cartas a Bruto.
1 Cf., en esta misma colección, la magnífica «Introducción general» a la vida y obra del orador realizada por M. RODRÍGUEZ-PANTOJA, en CICERÓN, Discursos I: Verrinas, trad. de J. M. REQUEJO, BCG 139, Madrid, 1990.
2 Sobre su número y naturaleza, trataremos más adelante (cf. apartado 2 de esta Introducción).
3 En las notas a la traducción de los diversos discursos se ofrecen las referencias a pasajes concretos, que iluminan —y en no pocas ocasiones contradicen— lo manifestado por Cicerón en sus discursos. Cf. la discusión sobre el valor histórico de estas fuentes y de las propias Filípicas en A. BOULANGER, P. WUILLEUMIER, Cicéron. Discours, t. XIX, págs. 19-25.
4 Cf., además de la Introducción M. RODRÍGUEZ-PANTOJA (citada en nota 1), págs. 96-93, entre otros, M. BELLINCIONI, Cicerone politico nell’ultimo anno di vita, Brescia, 1974; D. STOCKTON, Cicero. A political biography, Oxford, 1971; J. M. BAÑOS, Antología de los discursos de Cicerón (III): César y Antonio, Madrid, 1994, págs. 45-58, y J. C. MARTÍN, «Introducción» a Marco Tulio Cicerón. Discursos contra Marco Antonio o Filípicas, Madrid, 2001, págs. 17-52.
5 Sigo la división propuesta por J. HALL en «The Philippics», en J. M. MAY (ed.), Brill’s Companion to Cicero. Oratory and Rhetoric, Leiden-Boston-Colonia, 2002, págs. 274-280. En las Introducciones particulares a cada discurso pueden verse las referencias concretas al contexto en que se produjeron.
6 De este discurso Cicerón dirá (Fil, V 20): «vomitó por su sucia boca un discurso contra mí, que estaba ausente»; cf. también Fam. XII 2, 1.
7 Tan sólo S. CERUTTI («Further Discusion on the Delivery and publication of Cicero’s Second Philippic», Classical Bulletin 70 [1994], 23-28) defiende que el orador llegó a pronunciar este discurso, en ausencia de Marco Antonio, el 10 de octubre el 44 a. C.
8 A lo irregular de esta concesión, que motivará el enfrentamiento armado entre Bruto y Antonio, se refiere Cicerón varias veces en estos discursos (Fil. I 19; II 109; V 7; VII 3).
9 El Senado anuló, pues, los diversos repartos hechos por Marco Antonio tras la muerte de César (cf. Fil. III 38; V 3; VII 3; X 10).
10 Cf. M. VON ALBRECHT, Historia dela literatura romana, vol. I, trad. de D. ESTEFANÍA-A. POCIÑA, Madrid, 1997, pág. 491.
11 Desde principios de junio hasta el 1 de septiembre y desde mediados de octubre hasta el 9 de diciembre.
12 Trad. de T. HERNÁNDEZ, Marco Tulio Cicerón. Correspondencia con Marco Bruto, Introducción y notas de J. M. BAÑOS, Madrid, 2005.
13 Trad. de M. RODRÍGUEZ-PANTOJA, Cartas a Ático, BCG 223-224, vols. I-II, Madrid, 1996.
14 APIANO, Historia Romana, vol. III: Guerras civiles [trad. de A. SANCHO ROYO], BCG 85, Madrid, 1985.
15 Cf. M. J. GAGÉ, «Le nom des ‘Philippiques’ de Cicerón: Marcus Philippus et la première guerre de Modène», Revue des Études Latins 30 (1952), 66-68.
16 Cf. J. W. CRAWFORD, M. Tullius Cicero: The Lost and Unpublished Orations, págs. 250-253; 259; y M. Tullius Cicero: The fragmentary speeches, págs. 289-293.
17 Cf. la traducción de dichos fragmentos tras la Filípica XIV.
18 Cf. A. BOULANGER-P. WUILLEUMIER, Cicéron. Discours, t. XIX, págs. 27-28.
19 Cf. J. C. MARTÍN, Marco Tulio Cicerón. Discursos contra Marco Antonio o Filípicas, «Introducción», pág. 77; véase, además, la amplia discusión sobre los fragmentos conservados y los discursos perdidos en págs. 53-77.
20 Cf. J. T. RAMSEY, Cicero. Philippics I-II, págs. 83-84, y la Introducción a ese discurso.
21 Cf. C. LOUTSCH, L’exorde dans les discours de Cicéron, Bruselas, 1994, pág. 441.
22 Aunque en buena medida los ejemplos que Cicerón presenta en el Sobre el orador II 240-288 se pueden inscribir en este contexto de altercatio, sin embargo, se insertan como ejemplos fuera de su contexto (cf. al respecto A. CORBEILL, Controlling Laughter: Political Humor in the Late Roman Republic, Princeton, 1996, págs. 90-91); además, un ejemplo de altercatio de Cicerón con Clodio del 61 a. C. se recoge en Att. 1.16.8-10.
23 A. MICHEL, «Cicéron entre Démosthène et Shakespeare: l’esthétique des Philippiques», en Ciceroniana. Hommages à Casimires Kumaniezki, Leidan, 1975, págs. 167-181, pág. 180.
24 Cf. la Introducción a cada discurso.
25 Cf. el exhaustivo análisis realizado por C. LOUTSCH, L’exorde ..., págs. 425-486.
26 Cf. las Introducciones respectivas.
27 Mayor es la diferencia entre la Filípica Octava y la Novena en el tono empleado para dirigirse a los dos legados de la embajada de Antonio, Lucio Filipo y Lucio Pisón; Fil. VIII 28: «¿Tú, Lucio Pisón, y tú, Lucio Filipo, varones principales de la ciudad, habéis podido no digo ya acatar estas condiciones con tranquilidad, sino escucharlas? Pero —tal y como sospecho— teníais cierto temor: vosotros no fuisteis ante él ni como legados ni como antiguos cónsules ni pudisteis mantener vuestra dignidad ni la de la República»; Fil. IX 1 : «no me cabe duda de que si este gran hombre [Servio Sulpicio] hubiera podido informar sobre la embajada, su vuelta hubiera sido no sólo grata para vosotros sino beneficiosa para la República, no porque a Lucio Filipo y a Lucio Pisón les haya faltado interés o preocupación ante un deber y una misión tan importantes, sino porque, dado que Servio Sulpicio era mayor que ellos y más sabio que todos, al ser arrebatado de repente de este asunto dejó la embajada entera huérfana y debilitada».
28 Sigo en este apartado la presentación hecha por J. HALL, a.c., págs. 283-301 que es, en lo que se me alcanza, la única —además de excelente— visión de conjunto sobre este aspecto, frente a los diversos estudios que atienden a cuestiones concretas.
29 Cf. C. W. WOOTEN, Cicero’s Philippics and Their Demosthenic Model, Chapel Hill-Londres, 1983, pág. 58.
30 En iguales término se expresa ante el pueblo, al final de la Sexta Filípica (§ 19): «La situación ha llegado a un punto límite: se lucha por la libertad», y al comienzo de la Séptima (§ 1): «En efecto, la situación ha llegado, senadores, a un punto de máximo peligro y casi al límite».
31 Cf. C. W. WOOTEN, o.c., págs. 58-86.
32 Esta dicotomía entre la libertad y la esclavitud es también empleada en III 33-36; IV 11; V 21; VI 19; VIII 12; X 18-20; XI 3; XIII 6.
33 Un argumento que repetirá con insistencia: Fil. II 71; III 21; IV 1-5; V 21; VII 10-13; VIII 6 y XIV 6-10 y 22.
34 Igualmente, en IV 4 y 14; V 20.
35 Cf. J. M. MAY, «Cicerón and the Beasts», Syllecta Clasica 7 (1996), 143-153; C. LÉVY, «Rhétorique et philosophie: la monstruosité politique chez Cicéron», Revue des Études Latines 76 (1998), 139-157.
36 M. DOI, «Spartacus’ Uprising in Cicero’s Works», Index 17 (1989), 191-203.
37 Cf. Fil. V, 25 y 27; VI 4 y 6; XIII 25; XIV 9.
38 Enargeía es el término utilizado por J. HALL, art. cit., siguiendo a QUINTILIANO (VIII 3, 61); es equivalente a la subiectio definida por CICERÓN en Sobre el orador (III, 202): inlustris explanatio rerumque, quasi gerantur, sub aspectum paene subiectio; cf. también Ret. a Her. IV 55, 68.
39 Trad. de J. J. ISO ECHEGOYEN, Cicerón. Sobre el orador, Madrid, 2002.
40 Cf. W. J. TATUM, The Patrician Tribune: Publius Clodius Pulcher, Chapel Hill-Londres, 1990, págs. 190-91 y 311, n. 97.
41 Cicerón se ocupa largamente de la teoría del ridiculum en Sobre el orador (II 216-290).
42 Cf. L. A. SUSSMAN, «Anthony the Meretrix Audax: Cicero’s Novel Invective in Philippic 2.44-46», Eranos 96 (1998), 114-28.
43 Cf. L. A. SUSSMAN, «Anthony as a Miles Gloriosus in Cicero’s Second Philippic», Scholia 3 (1994), 53-83.
44 Cf. J. J. HUGHES. «A ‘Paraklausithyron’ in Cicero’s Second Philippic», en Studies in Latin Literature and Roman History VI, C. Deoux ed., Bruselas, 1992, págs. 215-227.
45 En II 30,42, 63, 81, 84, 101; III 20; VI 4; XIII 31.
46 El uso de la hipérbole de Cicerón en este pasaje es comentado por Quintiliano (VIII 6, 68).
47 Cf. una cuantificación de la recurrencia de estos motivos y de los temas de cada discurso en M. DELAUNOIS, «Statistiques des idées dans le cadre du plan oratoire des Philippiques de Cicéron», Les Études Classiques 34 (1966), 3-34.
48 Cf. J. HALL, art. cit., pág. 289.
49 Cf. Sobre el orador II 218.
50 Sobre la altercatio, cf. nota 21 de esta Introducción.
51 Cf. H. V. CANTER, «Irony in the Orations of Cicero», American Journal of Philology 57 (1936), 457-464, aunque sorprende que considere a la Decimotercera Filípica como un discurso serio, en el que la ironía es un recurso prácticamente inexistente (pág. 464).
52 Cf. De Oratore II 269.
53 En este sentido, en el otro discurso pronunciado ante el pueblo (VI), su utilización es escasa y bastante evidente; así, por ejemplo, para calificar al hermano de Antonio, Lucio, emplea la expresión amores deliciasque uestras, una calificación propia del lenguaje afectivo, usada aquí ex contrario.
54 Sobre el orador II 341: nostrae laudationes, quibus in foro utimur, aut testimoni breuitatem habent nudam atque inornatam aut scribuntur adfunebrem contionem (trad. de J. J. Iso ECHEGOYEN, ob. cit.).
55 Cf. J. J. ISO ECHEGOYEN, o.c., pág. 357, nota 344.
56 Traducción de T. HERNÁNDEZ CABRERA, o.c.
57 Cf. J. HALL, art. cit., pág. 297.
58 Citemos, entre la abundante bibliografía, M. VON ALBRECHT, M. Tullius Cicero: Sprache und Stil, en RE Suppl. XIII, 1, Múnich, 1973, cols. 1237-1347 y Cicero’s Style. A Synopsis, Leiden-Boston, 2003, además del clásico L. LAURAND, Études sur le style des discours de Cicéron, I-III, Paris, 1936-384 (= reimp. Ámsterdam, 1965).
59 Cf. P. WUILLEUMIER, O. C., pág. 27.
60 En las notas que acompañan a la traducción podrán encontrarse algunas referencias concretas y significativas a estos aspectos.
61 Cf. W. R. JOHNSON, Luxuriance and Economy: Cicero and the Alien Style, Berkeley, 1971, págs. 46, 68.
62 Cf. J. HALL, art. cit., pág. 298 y nota 58.
63 Aunque es de señalar que precisamente en la Primera Catilinaria, cuando el orador quiere mover a la acción, el recurso se utiliza en 20 secciones de 33.
64 Cf. la defensa hecha en Bruto 284-291 y El orador 23, obras compuestas en el 46 a. C.
65 Cf. para una visión general sobre este punto el apartado «Cicerón y la posteridad» en la Introducción de M. RODRÍGUEZ-PANTOJA, citada en nota 1.
66 Cf. P. FEDELI, o. c., pág. XVIII; las múltiples citas son recogidas por P. Fedeli en el «aparato de fuentes», passim y, de ellas se deduce que fue la segunda Filípica, a su vez, la de mayor gloria.
67 Cf. S. REINACH, «Diuina Philippica», Revue de Philologie 32 (1908), 30-35.
68 Cf. C. LOUTSCH, o.c., pág. 454, nota 133.
69 Traducción de V. PICÓN, A. CASCÓN, Historia Augusta, Madrid, 1989.
70 Traducción de A. ORTEGA CARMONA, M. F. Quintiliano. Sobre la formación del orador doce libros, vol. I (libros I-III), Salamanca, 1997.
71 MARCIAL, Epigramas [trad. de A. RAMÍREZ DE VERGER, J. FERNÁNDEZ VALVERDE], vols. I-II, BCG 236-237, Madrid, Gredos, 1997.
72 JUVENAL, Sátiras [trad. de M. BALASCH], BCG 156, Madrid, 1991.
73 R. ZAFRA (ed.), Los emblemas de Alciato: traducidos en rimas españolas: Lion, 1549, Barcelona, 2003, pág. 22.
74 A esta pervivencia ya me referí en «Las Filípicas de Cicerón: los últimos discursos ‘con vida’ de la República Romana», Boletín de la Delegación de Madrid de la Sociedad de Estudios Clásicos 29 (1998), 117-122.
75 Cf., además de las Introducciones de P. WUILLEUMIER y P. FEDELI, R. H. ROUSE, M. REEVE, «Cicero», en L. D. REYNOLS, Texts and transmision. A Survey of the Latin Classics, Oxford, 1983, págs. 54-98; especialmente para las Filípicas, págs. 74-78.
76 Cf. la discusión y presentación de los errores comunes en P. FEDELI, o. c., págs. IX-XIII.
77 Interesantes noticias sobre la génesis de los manuscritos de esta familia se encuentran en R. H. ROUSE, «Florilegia and Latin Classical Authors in twelftih and thirteenth-century Orléans», Viator 10 (1979), 140-141.
78 P. WUILLEUMIER, e.c., pág. 35.
79 Cf. la lista de los pasajes en W. M. LINDSAY (ed.), Nonius Marcellus. De Compediosa Doctrina libri XX, I-III, Leipzig, 1903, págs. 933-934.
80 Cf. Fil. II 3, nota 9.
81 Cf., además, nota 81 de la Fil. III.
82 En el trabajo citado en nota 75.
83 Precisamente en el marco del proyecto de I+D «Los florilegios latinos conservados en España II» (BFF2003-07192), financiado por la DGICYT y del que soy Investigadora responsable, se está realizando por C. Acero Viñas una Tesis Doctoral sobre la presencia de Cicerón en dichos florilegios.
84 En nota a pie de página del pasaje correspondiente se indica la procedencia de la lectura adoptada y en el caso de ser una propuesta propia (II 50; III 31; V 12) se justifica tal decisión.
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85 Para las ediciones más antiguas desde la romana de a. 1471, cf. el Conspectus editionum de P. FEDELI, págs. XIX-XX.
86 Esta selección es necesariamente restringida; cf. un amplio elenco en J. C. MARTÍN, ob. cit., págs. 91-119.
FILÍPICA I
INTRODUCCIÓN
El primero de los discursos contra Marco Antonio fue pronunciado por Cicerón el 2 de septiembre del 44 a. C. como respuesta a la intervención de Antonio en la sesión del Senado del día anterior. Ese día Cicerón no asistió, pretextando cansancio tras haber regresado a Roma el 31 de agosto, pero, sobre todo, por temor a la actitud de Antonio; en efecto, éste pretendía que en la sesión del 1 de septiembre se concedieran nuevos honores a Julio César, que suponían rendirle un culto casi divino —y que fueron aprobados—, y el orador habría tenido que mostrar públicamente su parecer, a buen seguro contrario a tal propuesta, lo que le habría granjeado la oposición del pueblo y de los veteranos de César. Antonio, airado, amenazó con fuertes represalias a Cicerón en su discurso y éste compareció al día siguiente ante el Senado en una sesión presidida por el cónsul Dolabela y a la que Marco Antonio no asistió.
En su intervención, el orador justifica, en una primera parte, su actitud revisando lo acontecido desde la muerte de César hasta el momento en que pronuncia esta primera Filípica, y, en una segunda, presenta y defiende su parecer ante la situación política, criticando especialmente las últimas medidas políticas tomadas por Antonio. Aunque es un claro gesto de desafío político, el discurso no es beligerante, ofreciendo la posibilidad de cooperación en el futuro (27-34). Y esta es la propia impresión que el orador tenía sobre este discurso, tal y como lo señala en la Filípica II (6-7): «Mas en aquella queja, desde luego triste y luctuosa, pero necesaria desde mi punto de vista en razón del cargo en el que me había colocado el Senado y el pueblo romano, ¿qué dije con ultraje, qué sin moderación, qué sin afecto? Y desde luego fue muestra de esta templanza el que quejándome de Marco Antonio me abstuviera de insultarle, sobre todo cuando tú habías acabado con lo que quedaba de la República… Pero yo… quejándome seriamente sobre la situación de la República, nada dije sobre su persona.»
Por su contenido político y el ámbito en el que se producen, las Filípicas se inscriben de acuerdo con la preceptiva retórica en el genus deliberatiuum, y es posible reconocer en este primer discurso —probablemente porque se plantea como defensa a las acusaciones de Antonio— la estructura propia de un discurso judicial o forense1: narratio (1-10), sobre lo sucedido en Roma desde el 15 de marzo, día de la muerte de César, hasta el 31 de agosto, día del regreso de Cicerón; disgressio (11-13), respuesta a la actuación contraria de Antonio en la sesión del 1 de septiembre; propositio (14-15), hay que apoyar a Calpumio Pisón, defensor de la libertad y la República; probatio (16-26), defensa de las medidas tomadas por Julio César antes de morir frente a las nuevas propuestas de Antonio: reparto de los gobiernos provinciales (19), creación de un tercer colegio de jueces (19-20) y derecho de apelación al pueblo por parte de los condenados (21-23); refutatio (27-38a), respuesta a la acusación de que él era hostil a los cónsules Marco Antonio y Dolabela; y peroratio (38b), en la que Cicerón promete dedicar lo que le quede de vida a velar por la República. Con todo, resulta sorprendente la ausencia del exordium2, elemento usual en todo tipo de discursos, que el orador reemplaza con la presentación en una sola frase y sin preámbulos del contenido y estructura de su discurso, un procedimiento que puede considerarse como una praeparatio narrationis3 o praepositio; según E. Remy4, Cicerón se pudo permitir eliminar el habitual exordio porque contaba con un auditorio expectante tras el ataque de la víspera de Marco Antonio y, además, preparado y culto.
Ahora bien, es de señalar que, más allá de la estructura propuesta por J. T. Ramsey, existe una communis opinio5 que admite en el discurso dos partes claramente diferenciadas con los siguientes apartados:
Exordio (la)
Primera Parte: Justificación de su actitud (1-15).
A. Razones de su partida de Roma (1-6).
a. La situación política del 17 de marzo al 31 de mayo (1-5).
b. La situación política desde el 1 de junio (6).
B. Razones de su regreso (7-10).
a. Los vientos contrarios (7).
b. Las buenas noticias de Roma (8).
c. La entrevista con Marco Bruto (9-10).
C. La sesión del 1 de septiembre (11-15).
a. Queja por la actitud de Antonio (11-12).
b. Oposición al decreto de honores a César (13).
c. Apoyo a Lucio Calpurnio Pisón por su defensa de la libertad (14).
d. Crítica a los antiguos cónsules que no secundaron a Pisón (15).
Segunda Parte: Cicerón da su opinión (16-38).
A. Sobre las disposiciones de Julio César y las medidas de Antonio (16-26).
a. Las disposiciones de César (16-18).
b. Las medidas de Antonio (19-24).
c. El respeto a la legalidad por parte del Senado (25-26).
B. Exhortación a los cónsules Dolabela y Antonio (27-38a).
a. Propuesta de un pacto (27-28).
b. Invitación a buscar la verdadera gloria (29-35).
c. Denuncia de la impopularidad de los cónsules (36-38a).
Peroración: Cicerón ha de dedicar lo que le quede de vida al servicio de la República (38b).
1 J. T. RAMSEY, Cicero. Philippics I-II, págs. 83-84.
2 Cf. C. LOUTSCH, L’exorde dans les discours de Ciceron, págs. 426-430.
3 Cf. GRILIO, Rhet., en RLM, pág. 604, 11.
4 E. REMY, Trois Philippiques de Cicéron: I, II, III, págs. 21-22.
5 Cf. WUILLEUMIER, pág. 53; C. LOUTSCH, op. cit.. pág. 426; J. C. MARTÍN, pág. 129.
Antes de decir, senadores, lo que considero que hay que [1] decir en este momento sobre la República, os expondré brevemente la razón de mi marcha y la de mi regreso. Como creía que por fin la República había sido sometida a vuestra decisión y autoridad, yo estaba en la idea de que debía permanecer de guardia, por así decirlo, como consular y senador. Y, en verdad, ni salí a parte alguna ni quité mis ojos de la República desde el día en que fuimos convocados al templo de la diosa Tierra1. En este sagrado lugar eché, cuanto estuvo en mi mano, los cimientos para la paz e hice revivir el viejo ejemplo de los atenienses2; incluso me serví de la palabra griega que entonces había utilizado aquella ciudad para apaciguar sus discordias y fui de la opinión de que todo recuerdo de discordias debía ser borrado con sempiterno olvido. Excelente fue entonces el discurso de Marco Antonio, [2] noble también su intención; por medio de él y de sus hijos3 fue firmada finalmente la paz con los ciudadanos más importantes. Y sus restantes actuaciones estaban en consonancia con estos principios: invitaba a los principales de la ciudad a las discusiones sobre la República que celebraba en su casa; sometía a la consideración de este orden propuestas inmejorables; nada que no fuera lo conocido por todos se encontraba entonces en las anotaciones de Gayo César; respondía con la mayor consecuencia a lo que se le preguntaba: [3] «¿Se ha revocado el exilio a algún desterrado?» «A uno solo4 —decía— y a nadie más.» «¿Se han concedido exenciones?» «Ninguna», respondía. Quiso incluso que diéramos nuestra aprobación a la propuesta de Servio Sulpicio5, varón muy ilustre, para que no se publicara ninguna tablilla con algún decreto o gracia de César posterior a los idus de marzo6. Paso por alto otras muchas cosas, y todas ellas bien conocidas, pues mi discurso tiene prisa por llegar a una actuación de Marco Antonio de singular importancia. Abolió por completo de la República la dictadura7, que ya había tomado la fuerza del poder real. Sobre esta cuestión ni siquiera dimos nuestra opinión; presentó escrito el senadoconsulto que quería se aprobara, tras cuya lectura secundamos su propuesta con el mayor entusiasmo y le dimos las gracias en los mejores términos por medio de un senadoconsulto. Parecía [4] [2] haberse ofrecido cierta luz con la abolición no sólo de la tiranía que habíamos soportado, sino incluso del temor a la tiranía, y haber sido dada a la República una firme garantía de que él quería que la ciudad fuera libre, al haber abolido por completo de la República el título de dictador, que muchas veces había sido legítimo, por causa del reciente recuerdo de la dictadura perpetua. Pocos días después el Senado [5] se vio libre del peligro de una masacre: fue arrastrado con el garfio8 el fugitivo aquel que se había apropiado del nombre de Gayo Mario9. Y todo esto, de común acuerdo con su colega. Además hubo otras medidas particulares de Dolabela10, que creo habrían sido hechas en común, si su colega no hubiera estado ausente11. En efecto, como un mal sin límites se infiltraba en la ciudad y se propagaba de día en día cada vez más, y como los mismos que habían hecho aquellas exequias no fúnebres12 levantaron un monumento funerario en el foro13 y a diario hombres indeseables junto con esclavos de su misma calaña amenazaban más y más los edificios y templos de la ciudad, fue tal el castigo de Dolabela no sólo contra los esclavos atrevidos y criminales sino también contra los hombres libres sin escrúpulos y sacrílegos14, y tal su resolución en derribar la execrable columna, que me parece asombroso que el periodo siguiente haya sido tan completamente distinto de aquel único día.
[6] He aquí, en efecto, que todo había cambiado en las calendas de junio15, fecha en la que se nos había convocado a una reunión: nada se decidía por mediación del Senado, muchos e importantes asuntos se decidían por mediación del pueblo, pero no sólo con el pueblo ausente sino incluso contra su voluntad; los cónsules designados16 decían que no se atrevían a venir al Senado; los libertadores de la patria17 estaban ausentes de la ciudad de cuya cerviz habían apartado el yugo de la esclavitud, y, sin embargo, eran alabados por los propios cónsules en sus intervenciones ante el pueblo y en cualquier conversación; cuando se hablaba con los veteranos, por quienes este orden se había preocupado sobremanera18, se les animaba no a conservar lo que tenían, sino a esperar nuevos botines. Y como prefería oír estas cosas antes que verlas y tenía libre derecho de legación19, me marché con la idea de volver para las calendas de enero20, pues me parecía que sería entonces cuando comenzarían las reuniones del Senado.
He expuesto, senadores, la razón de mi marcha; ahora [7] [3] expondré brevemente la de mi regreso, que es más sorprendente. Habiendo evitado, no sin motivo, Brindis y la ruta aquella normalmente utilizada para ir a Grecia, llegué a Siracusa en las calendas de agosto21, porque se decía que era muy buena la travesía a Grecia desde esta ciudad. Y, pese a ser una ciudad muy ligada a mí22, no pudo, aún queriendo, retenerme más de una sola noche: temí que, de haberme detenido, mi repentina llegada a casa de mis amigos levantara alguna sospecha. Ahora bien, como los vientos me llevaron de Sicilia a Leucopetra, que es un promontorio del campo de Regio, zarpé desde este lugar para hacer la travesía y, no habiendo avanzado mucho, fui devuelto por el austro al [8] mismo lugar de donde había zarpado. Como era ya noche cerrada y me había quedado en la finca de Publio Valerio23, compañero y amigo mío, y como al día siguiente seguía en su casa en espera del viento, muchos ciudadanos de Regio vinieron a visitarme, entre ellos algunos recién llegados de Roma. Por éstos me entero en primer lugar de la intervención ante el pueblo de Marco Antonio24, que me gustó tanto que, en cuanto la leí, empecé a pensar en volver rápidamente. Y no mucho después me traen el edicto de Bruto y Casio25, que, quizás porque les aprecio incluso más por razones de Estado que de amistad, me pareció, en verdad, lleno de ecuanimidad. Añadían además —pues suele ocurrir que los que quieren dar alguna buena noticia añaden de su propia cosecha algo con lo que hacer más grato lo que anuncian— que iba a haber acuerdo: que en las calendas iba a reunirse el Senado con gran concurrencia; que Antonio, rechazados sus malos consejeros, tras devolver las provincias de la Galia26, iba a someterse de nuevo a la autoridad del Senado. En ese momento, en verdad, ardí en tan gran deseo [9] [4] de volver que ni remo ni viento alguno me bastaban, no porque no pensara que iba a llegar a tiempo, sino para no felicitar a la República más tarde de lo que deseaba. Y llevado entonces rápidamente a Velia, vi a Bruto, no digo con cuánto dolor por mi parte: a mí mismo me parecía vergonzoso atreverme a volver a la ciudad de la que Bruto se iba y querer estar a salvo allí donde él no podía estarlo. Y en verdad no vi que él estuviera tan afectado como lo estaba yo; pues, orgulloso por el convencimiento de haber realizado una hazaña importantísima y muy hermosa, nada se quejaba de su suerte, mucho de la vuestra. Y por él supe por primera [10] vez cuál había sido el discurso de Lucio Pisón27 en el Senado en las calendas de agosto. Y, aunque éste había recibido poco apoyo —pues así se lo oí a Bruto— por parte de los que debían prestárselo, sin embargo, no sólo por el testimonio de Bruto —¿puede haber algo de más peso?— sino también por lo dicho por todos a los que después vi, me pareció que había conseguido un gran éxito. Así pues, me apresuré a secundar a aquel a quien los presentes no secundaron, no para ser de ayuda en algo —pues yo ya no esperaba tal cosa ni podía ofrecerla—, sino para dejar, no obstante, mi voz en este día como testimonio ante la República de mi perpetua disposición hacia ella, en prevención de que algo me sucediera por mi condición humana, pues muchas cosas parecen ocurrir al margen de la naturaleza y al margen del destino.
[11] Puesto que confío, senadores, en que habéis aprobado la razón de una y otra decisión, antes de empezar a hablar sobre la República, expresaré en pocas palabras mi queja por la ofensa que ayer me hizo Marco Antonio, de quien soy amigo y siempre he reconocido abiertamente que debía serlo [5] por cierto servicio que me prestó28. ¿Qué motivo había, pues, para que en el día de ayer tan duramente me conminara a asistir al Senado? ¿Es que sólo faltaba yo? ¿O es que no fuisteis muchas veces menos en número? ¿O es que se trataba de un tema tal que convenía incluso traer a los enfermos? Aníbal —creo— estaba ante las puertas o se trataba sobre la paz de Pirro29, asunto para el que la tradición cuenta que incluso se llevó, ciego y viejo, al famoso Apio. Se [12] discutía una propuesta de rogatívas públicas30, caso en el cual los senadores no suelen faltar, pues se sienten obligados a asistir, no por las fianzas 31, sino por favorecer a aquellos sobre cuya honra se trata; cosa que ocurre igualmente cuando se delibera sobre un triunfo. Hasta tal punto los cónsules no se preocupan de ello, que el senador tiene casi entera libertad de no asistir. Y como yo conocía esta costumbre y estaba cansado del viaje y no me encontraba bien, envié en atención a nuestra amistad a un emisario para que se lo dijera. Pero él, escuchándolo vosotros, dijo que vendría a mi casa con albañiles. ¡Y esto, desde luego, con demasiada ira y con gran intemperancia! Pues ¿qué delito es merecedor de una condena tan enorme como para atreverse a decir en este orden que él iba a echar abajo con albañiles del Estado una casa construida en nombre del Estado por decisión del Senado32? ¿Quién, por otra parte, conminó jamás con un castigo tan enorme a un senador a que asistiera? ¿Hay algún método además de la fianza y la multa? Pero si él hubiera sabido cuál iba a ser mi opinión, desde luego hubiera suavizado [6] [13] algo la dureza de su apremio. ¿Acaso pensáis, senadores, que yo habría votado lo que vosotros secundasteis a disgusto, a saber, que se mezclaran las ceremonias fúnebres con las rogativas públicas, que se introdujeran en la República prácticas sacrílegas y que fueran decretadas rogativas públicas a un muerto33? En absoluto digo a cuál. Aunque fuera el famoso Lucio Bruto34, que no sólo libró personalmente a la República de la tiranía real, sino que perpetuó su estirpe a lo largo de ya casi quinientos años para ofrecer un valor y una hazaña similares, no podría, sin embargo, obligárseme a asociar a un muerto con el culto a los dioses inmortales, a realizar públicamente súplicas a quien tiene en alguna parte un sepulcro donde dedicarle ceremonias fúnebres. Yo, en verdad, hubiera mantenido esta opinión, senadores, para poder defenderme fácilmente ante el pueblo romano, si alguna desgracia importante, si una guerra, si una epidemia, si el hambre le hubiera sobrevenido a la República; cosas que en parte ya existen, en parte temo que se nos vengan encima. Pero ¡ojalá que los dioses inmortales perdonen esta medida no sólo al pueblo romano, que no la aprueba, sino incluso a este estamento, que la decretó contra su voluntad!
¿Y qué? ¿Está permitido hablar sobre los demás males [14] de la República? A mí me está permitido, y siempre me lo estará, proteger mi dignidad, despreciar la muerte; tan sólo con tener la facultad de venir aquí, no rechazo el peligro de hablar. Y ¡ojalá, senadores, hubiera podido estar presente en las calendas de agosto!35. No porque hubiera podido ser de ayuda en algo, sino para que no se encontrara más que a un solo antiguo cónsul —cosa que entonces ocurrió— digno de este cargo, digno de la República. Y por tal causa siento un gran dolor, pues hombres que se han servido de grandes beneficios del pueblo romano no han secundado a Lucio Pisón, mentor de una propuesta excelente36. ¿Acaso el pueblo romano nos hizo cónsules para esto, para que, colocados en el más alto rango, tuviéramos a la República en nada? Ningún antiguo cónsul estuvo de acuerdo con Lucio Pisón no ya de palabra, sino ni siquiera con su gesto. ¿Qué es, ¡maldita sea!, esa voluntaria servidumbre? De acuerdo que ha [15] habido alguna impuesta por la necesidad37. Y tampoco espero yo esto de todos los que expresan su opinión desde su puesto de consulares: una es la razón de aquellos cuyo silencio perdono38, otra la de aquellos cuya voz requiero; y me duele, en verdad, que éstos resulten sospechosos ante el pueblo romano de que faltan a su dignidad no ya por miedo —lo que sería en sí mismo vergonzoso—, sino cada cual por una razón diferente. Por lo cual, ante todo, le expreso y [7] le guardo el mayor agradecimiento a Pisón, pues no pensó qué podía conseguir en la República sino qué debía hacer personalmente. Después, pido de vosotros, senadores, que, incluso aunque no os vayáis a atrever a secundar mi discurso y mi opinión, me escuchéis, sin embargo, con benevolencia, como hicisteis hasta ahora.
[16] Así pues, en primer lugar pienso que las disposiciones de César deben mantenerse, no porque yo las apruebe —¿pues quién podría hacerlo?—, sino porque considero que hay que atender sobre todo a la paz y la tranquilidad. Quisiera que estuviera presente Marco Antonio, aunque sin sus consejeros39 —pero le está permitido, según me parece, estar enfermo40, cosa que a mí ayer no me fue permitida por él—, y que me mostrara a mí, o mejor a vosotros, senadores, cómo defendería personalmente las disposiciones de César. ¿Acaso tendrán validez las disposiciones de César escritas en cuadernos de memorias y papeles manuscritos y notas, presentadas siendo Antonio el único garante —y ni siquiera presentadas por escrito, sino tan sólo citadas de palabra—, y serán tenidas en nada las que César grabó en bronce, en el que quiso que quedaran la voluntad del pueblo y las leyes [17] perpetuas? Por mi parte pienso que nada debe considerarse disposiciones de César tanto como las leyes de César. ¿Acaso, si él prometió algo a alguien, será irrevocable lo que él mismo no pudo cumplir? Aunque no cumplió muchas promesas con muchos, sin embargo, estando él muerto, se han descubierto muchas más que los beneficios concedidos y ofrecidos por él durante todos los años de su vida. Pero no las cambio, no las muevo: con gran interés defiendo sus insignes disposiciones. ¡Ojalá todavía estuviera el dinero en el templo de la Abundancia41! Dinero bañado en sangre, sí, pero necesario en estos tiempos, una vez que no es devuelto a aquellos a los que pertenece. Aunque acepto que haya sido gastado, si así estaba en las disposiciones42. Pero ¿hay algo [18] que con más propiedad que una ley pueda considerarse acta de un ciudadano que haya ejercido en la República el poder supremo civil y militar? Pide las disposiciones de Graco; te presentarán las leyes Sempronias43. Pide las de Sila; las Cornelias44. ¿Y qué? El tercer consulado de Pompeyo45, ¿en qué disposiciones se basó? Por supuesto en sus leyes. Si preguntaras al propio César qué hizo en la ciudad como magistrado, respondería que él presentó muchas y famosas leyes, pero en cuanto a los documentos autógrafos o los cambiaría o no los publicaría o, de publicarlos, no incluiría esas cosas entre sus disposiciones. Pero acepto estas cosas, cierro los ojos incluso ante algunas otras; ahora bien, en las de capital importancia, esto es, en las leyes, no pienso que haya que permitir que las disposiciones de César sean anuladas.
[8] [19] ¿Qué ley mejor, más útil, más insistentemente reclamada —incluso en los mejores tiempos de la República— que la de prohibir que las provincias pretorias fueran mantenidas más de un año ni más de dos las consulares46? Derogada esta ley, ¿os parece que las disposiciones de César pueden mantenerse? ¿Y qué? Con la ley que se ha promulgado sobre la tercera decuria de jueces47, ¿acaso no se anulan todas las leyes judiciales de César? ¿Y vosotros que anuláis las leyes de César, defendéis sus disposiciones? A no ser que por casualidad, si algo consignó en un cuaderno de notas para que fuera recordado, esto sea incluido entre sus disposiciones y se vaya a defender, aunque sea injusto e inútil, y, en cambio, lo que presentó al pueblo en los comicios por centurias no se vaya a considerar como disposiciones de César. Pero ¿cuál es esa tercera decuria? «La de los centuriones», [20] se dice. ¿Y qué? ¿La judicatura no estaba ya abierta a ese estamento por la ley Julia, incluso antes por la Pompeya y la Aurelia48? «Se atendía previamente a la renta», se dice. Naturalmente, no sólo para el centurión, sino también para el caballero romano: de esta manera hombres muy valerosos y honrados que han estado al frente de centurias, son y han sido jueces. «No me refiero —se insiste— a ésos; que cualquiera que estuvo al frente de una centuria, pueda ser juez». Pero si propusierais a cualquiera que haya servido en la caballería, cosa que es más distinguida, no conseguiríais la aprobación de nadie: en un juez debe buscarse no sólo su renta sino también su aptitud. «No me refiero a esos temas; añado incluso que pueden ser jueces los soldados rasos de la legión Alondra49. Pues los nuestros dicen que de otro modo no pueden estar seguros». ¡Qué denigrante honor para los que llamáis a ser jueces sin consultarles! Lo que esa ley indica es que en la tercera decuria juzgarán los que no se atrevan a juzgar libremente. ¡Qué gran error hay en ello, dioses inmortales, por parte de los que pensaron esta ley! Pues cuanto más indigno parezca uno, con tanto más afán lavará su indignidad mediante la severidad en su juicio y se esforzará por parecer digno de las decurias honorables antes que parecer incluido por ley en una decuria indigna. Ha sido [21] [9] promulgada otra ley para que los condenados por delitos no sólo de violencia sino de lesa majestad apelen, si quieren, al pueblo50. ¿Es ésta, acaso, una ley o es la anulación de todas? ¿Hay alguien hoy a quien interese que este proyecto se mantenga? Para estas leyes no hay acusado, no hay nadie a quien podamos considerar que lo vaya a ser: lo que se haya hecho por la fuerza de las armas nunca, en verdad, será llevado a juicio. «Pero es del agrado del pueblo». ¡Ojalá de verdad quisieseis algo del agrado del pueblo! Pues ya todos los ciudadanos tienen un único pensamiento y una sola voz en pro de la salvación de la República. ¿A qué, pues, ese deseo de proponer una ley que suscite la mayor vergüenza, ninguna simpatía? ¿Hay algo más vergonzoso que el hecho de que quien ha sido condenado en un juicio por haber mermado la majestad del pueblo romano mediante la violencia, recurra de nuevo a la misma violencia por la que fue [22] justamente condenado? Pero ¿para qué discutir más sobre la ley? Como si lo hiciéramos porque alguien apelase… De esto se trata, esto se propone: que nunca nadie en modo alguno pueda ser acusado en virtud de esas leyes. ¿Qué acusador podrá encontrarse tan loco que quiera exponerse, una vez condenado el acusado, a una multitud comprada, o qué juez que se atreva a condenar al acusado, de modo que él mismo sea inmediatamente entregado a criminales a sueldo? Así pues, no se concede con esta ley el derecho de apelación al pueblo, sino que se suprimen dos leyes y dos procesos judiciales utilísimos. ¿Es esto otra cosa que animar a los adolescentes a que quieran ser ciudadanos alborotadores, sediciosos, perniciosos? ¿A qué exceso no podrá ser empujado el furor de los tribunos, abolidos estos dos procesos sobre la violencia y la majestad? Y ¿qué decir de que se presente [23] una ley que anula las leyes de César que establecen que a quien haya sido condenado por el uso de la violencia, e igualmente a quien lo haya sido por el delito de lesa majestad, se le prohíba el agua y el fuego? Y cuando se concede a éstos el derecho de apelación, ¿acaso no se rescinden las disposiciones de César? Desde luego, senadores, aunque yo nunca las aprobé, sin embargo he considerado que en razón de la paz debían mantenerse, de tal manera que pienso que no sólo no deben ser derogadas en estos momentos las leyes que César había presentado en vida, sino ni siquiera aquellas que después de su muerte veis que fueron presentadas y publicadas. Exiliados a los que les fue permitido el regreso [24] [10] por un muerto; la ciudadanía concedida no sólo a particulares, sino a naciones y provincias enteras por un muerto; tributos suprimidos con infinidad de exenciones por un muerto51: así pues, defendemos estas disposiciones sacadas de una casa particular, con un solo garante —eso sí, el mejor52—, y ¿las leyes que él en persona expuso, leyó, propuso ante nosotros, de cuya propuesta se gloriaba, y aquellas sobre las provincias y sobre los tribunales con las que creía que la República sería mantenida, aquellas leyes de César —insisto— nosotros, que defendemos las disposiciones de [25] César, consideramos que tienen que ser abolidas? Y, sin embargo, de estas leyes que han sido expuestas públicamente, al menos podemos quejamos; de las que se dice que ya han sido sometidas a votación, ni siquiera nos estuvo permitido hacerlo, pues sin haber sido expuestas públicamente han sido sometidas a votación antes de haber sido redactadas.
Me pregunto cuál es la razón por la que tanto yo como cualquiera de vosotros, senadores, sentimos miedo ante leyes malas, teniendo buenos tribunos de la plebe53. Los tenemos dispuestos a oponerse con su veto, dispuestos a defender a la República con su compromiso; debemos estar libres de cualquier temor. «¿De qué vetos —dice— me hablas? ¿De qué compromisos?» De aquellos por los que se mantiene el bienestar de la República. «Despreciamos esas cosas y las consideramos pasadas de moda y estúpidas: el foro será rodeado, todas las entradas se cerrarán; se colocarán hombres armados de guardia en muchos lugares». Y entonces [26] ¿qué? ¿Será ley lo que se haga de esta forma? Y mandaréis —creo— grabar en bronce la fórmula legal: «Los cónsules presentaron conforme a derecho la propuesta al pueblo» —¿es éste el derecho de hacer propuestas que hemos recibido de nuestros mayores?— «y el pueblo conforme a derecho decidió». ¿Qué pueblo? ¿El que fue excluido? ¿Conforme a qué derecho? ¿Conforme a aquel que le fue enteramente arrebatado por la fuerza de las armas? Y digo estas cosas sobre lo que va a pasar, porque es de amigos indicar de antemano lo que puede ser evitado; si tales cosas no ocurrieran, mi discurso será rebatido. Hablo de leyes en discusión, sobre las que tenéis todo el poder de decisión. Muestro sus defectos; suprimidlos. Denuncio la violencia, las armas; evitadlas.
No será oportuno que os enfadéis conmigo, Dolabela, [27] [11] cuando hablo en favor de la República. Aunque ciertamente no pienso que tú vayas a enfadarte: conozco tu afabilidad; sin embargo de tu colega dicen, según oigo, que en la situación en que se encuentra —que a él le parece buena; a mí, en cambio, por no decir algo peor, me parecería mejor si imitara el consulado de sus abuelos54 y de su tío materno 55—, se ha vuelto iracundo. Por otra parte, me doy cuenta de qué enojoso es tener enfadada y armada a la misma persona, sobre todo cuando es tan grande la impunidad de las espadas. Pero propondré un acuerdo justo, a mi entender, que no pienso que Marco Antonio vaya a rechazar. Por mi parte, si dijera algo ultrajante contra su forma de vida y sus costumbres, no me opondré a que se vuelva mi mayor enemigo; pero si mantengo la costumbre que siempre he tenido en los asuntos públicos, es decir, si digo libremente lo que siento sobre ellos, ante todo le ruego que no se enfade; después, si no lo consigo, le pido que se enfade como con un ciudadano más. Que utilice las armas, si así es necesario —como dice— para defender su causa; pero que esas armas no hagan daño a los que digan lo que les parezca en bien de la República. ¿Qué puede haber más justo que esta petición? Y si, según me han dicho algunos de sus allegados, todo [28] discurso que se pronuncia contra sus deseos le ofende gravemente, incluso aunque no contenga ningún ultraje, soportaremos como amigos su forma de ser. Pero aquellos mismos me dicen así: «No te permitirá a ti, como adversario de César, lo mismo que a su suegro Pisón». Y al mismo tiempo me advierten algo de lo que tendré buen cuidado: «Para no venir al Senado no será motivo más legítimo la enfermedad que la muerte».
[12] [29] Pero, por los dioses inmortales —pues mirándote, Dolabela, a quien tanto aprecio, no puedo guardar silencio sobre vuestro común error—, creo que vosotros, hombres nobles, atentos a cosas importantes, no habéis deseado dinero —aunque algunos demasiado ingenuos lo sospechan—, pues éste siempre ha sido menospreciado por los hombres importantes e ilustres, ni un poder conseguido por la fuerza ni una autoridad que a duras penas pueda ser soportada por el pueblo romano, sino el aprecio de los ciudadanos y la gloria. La gloria consiste, por otra parte, en el elogio por las cosas bien hechas y el reconocimiento por los grandes servicios prestados a la República, cosas que se comprueban con el testimonio no sólo de todos y cada uno de los hombres importantes, [30] sino también del pueblo. Te diría, Dolabela, cuál es el fruto de obrar bien, si no viese que tú por encima de todos los demás lo experimentaste por algún tiempo. ¿Qué día puedes recordar que haya brillado para ti con más alegría que aquel en que te retiraste a tu casa, una vez purificado el foro, desalojada la reunión de desalmados, castigados los cabecillas del crimen, y libre la ciudad del fuego y del miedo a la muerte56? ¿Qué orden, qué clase, qué categoría de ciudadanos no te dio muestras entonces de alabanza y agradecimiento? Incluso a mí, de quien consideraban que tú te servías como consejero en estos asuntos, me daban las gracias los hombres honrados y me felicitaban en tu nombre. Recuerda, te lo ruego, Dolabela, aquella unanimidad del teatro, cuando todos, olvidando los motivos por los que se habían molestado contigo57, dieron muestra de que gracias al nuevo servicio habían borrado el recuerdo del dolor antiguo. ¿A esta consideración —lo digo con gran dolor—, a [31] esta tan gran consideración has podido, Publio Dolabela, renunciar tranquilamente? Tú, en cambio, Marco Antonio, [13] —pues a ti, aunque ausente, me dirijo— ¿no antepones aquel único día en el que el Senado se reunió en el templo de la diosa Tierra58 a todos estos meses en los que algunos, disintiendo mucho de mí, te consideran feliz? ¡Cómo fue tu discurso sobre la paz! ¡De cuán gran miedo liberaste a los veteranos, de cuán gran preocupación a la ciudad, cuando, dejando de lado las enemistades y olvidándote de los auspicios anunciados por ti mismo como augur del pueblo romano, quisiste por primera vez aquel día tener a tu colega como colega59 y llevaste a tu hijo pequeño al Capitolio como prenda de paz60! ¿Qué día ha estado más contento el Senado? [32] ¿Cuándo el pueblo romano, que nunca en ninguna asamblea fue tan numeroso? Entonces por fin nos parecía haber alcanzado la libertad gracias a unos valerosísimos hombres61, porque, como ellos habían querido, a la libertad seguía la paz. Al día siguiente, al otro, al tercero, en fin, todos los días siguientes no dejabas de ofrecer a diario algún regalo, por así decirlo, a la República, siendo el mejor el abolir el nombre de la dictadura. Tú —digo—, tú impusiste a César, ya muerto, esta marca de sempiterna vergüenza. Igual que, a causa del crimen de un solo Marco Manlio62, por decreto de la familia Manlia ningún patricio de los Manlios puede llamarse Marco, así tú, a causa del odio a un dictador, [33] aboliste de raíz el nombre de dictador. ¿Es que, habiendo hecho cosas tan importantes en favor de la República, te pesaba tu situación, tu grandeza, tu celebridad, tu gloria? ¿De dónde te ha venido este cambio tan grande y repentino? Me resisto a creer que hayas sido seducido por el dinero; aunque cada uno puede decir lo que quiera, no es necesario creerle. Nunca, en efecto, he visto en ti nada sórdido, nada rastrero, aunque a veces el entorno familiar suele echar a uno a perder63; pero conozco tu firmeza; y ¡ojalá que, como la culpa, así hubieras podido también evitar la sospecha! [14] Temo más el que, desconociendo el verdadero camino de la gloria, consideres que la gloria consiste en ser tú más poderoso que todos y prefieras ser temido por tus ciudadanos antes que amado. Y si así lo piensas, desconoces por completo el camino de la gloria. Es glorioso ser un ciudadano querido, servir bien a la República, ser alabado, respetado, querido; pero ser temido y odiado es aborrecible, detestable, inútil, perecedero. Incluso en el drama vemos que esto fue [34] perjudicial para aquel que dijo: «Que me odien, con tal de que me teman»64. ¡Ojalá, Marco Antonio, hubieras tenido presente a tu abuelo!65. Y, sin embargo, de él me has oído hablar mucho y con mucha frecuencia. ¿Acaso piensas que él quiso conseguir la inmortalidad haciéndose temer por la facultad de llevar armas consigo? Ésta era su vida, ésta su feliz condición: ser en libertad igual a los demás, el primero en dignidad. Así pues, pasando por alto los éxitos de tu abuelo, preferiría yo su penosísimo último día a la tiranía de Lucio Cina, quien con toda crueldad lo asesinó66. Pero ¿cómo [35] voy a hacerte cambiar con mi discurso? Si el final de Gayo César no puede lograr que prefieras ser querido a ser temido, de nada servirá ni valdrá el discurso de nadie. Y los que consideran que éste fue dichoso, ésos son los más desgraciados. No es dichoso nadie que vive bajo la ley de que puede ser asesinado no sólo impunemente, sino con todo el reconocimiento para el asesino. Por lo cual, te lo ruego, cambia y mira a tus antepasados y gobierna la República de tal forma que tus conciudadanos se alegren de que hayas nacido. Sin esto de ninguna manera puede alguien ser ni dichoso ni querido ni estar tranquilo.
Los dos conocéis, desde luego, muchas opiniones del [36] [15] pueblo romano que me duele mucho que no os conmuevan suficientemente. ¿Qué quieren decir los gritos de innumerables ciudadanos en las luchas de gladiadores? ¿Qué los versos del pueblo? ¿Qué los interminables aplausos a la estatua de Pompeyo67? ¿Qué los dedicados a los dos tribunos de la plebe68, que son vuestros adversarios? ¿No demuestran sobradamente estas cosas una voluntad increíblemente unánime del pueblo romano? ¿Y qué? ¿Los aplausos de los juegos Apolinares69 o, mejor dicho, los testimonios y opiniones del pueblo romano os parecían poco importantes? ¡Dichosos aquellos que, aunque no les estaba permitido asistir por causa de la fuerza de las armas, sin embargo asistían y estaban presentes en el corazón y en las entrañas del pueblo romano! A menos que creyerais que se aplaudía a Accio y se le daba la palma sesenta años después70, y no a Bruto, quien no estuvo presente en sus juegos, de modo que el pueblo romano, en aquel espectáculo tan magnífico, con su prolongado aplauso y clamor tributó su afecto al ausente y calmó [37] el deseo de ver a su libertador. Ciertamente yo soy de los que siempre he despreciado esos aplausos, cuando se tributaban a ciudadanos populistas; pero, de la misma manera, cuando esto surge de los de la clase más alta, de los de la media y de los de la más baja, cuando —en fin— surge de todos a una, y cuando aquellos que antes solían seguir el consenso del pueblo lo rehúyen, esto no lo considero un aplauso, sino un juicio. Si todo esto, que es gravísimo, os parece poco importante, ¿entonces también despreciáis el haber comprobado que la vida de Aulo Hircio71 era tan querida al pueblo romano? En efecto, ya era bastante que él fuera apreciado por el pueblo romano, como lo es; que fuera encantador para sus amigos, en lo que supera a todos; querido por los suyos, para los que es el más querido; pero ¿recordamos a alguien que haya despertado tanta preocupación por parte de los hombres honrados, tanto temor por parte de todos? A ninguno. Entonces ¿qué? ¿No comprendéis, por [38] los dioses inmortales, lo que esto significa? ¿No tenéis en cuenta que reflexionan sobre vuestra vida los que tienen tanto aprecio a la vida de aquellos en los que confían para velar por la República?
He recogido, padres conscriptos, el fruto de mi regreso, puesto que no sólo he pronunciado estas palabras para que —sea cual sea la suerte que me espera— permanezca el testimonio de la firmeza de mis principios, sino que, además, me habéis escuchado amable y atentamente. Y si esta posibilidad se me presenta en otra ocasión, sin peligro para vosotros ni para mí, la aprovecharé. Si no, en lo que pueda, seré precavido no tanto por mi propio interés cuanto por el de la República. A mí prácticamente me basta lo que he vivido, tanto en lo que se refiere a mi edad como a la gloria conseguida; todo lo que viva a partir de este momento, lo viviré no tanto para mí como para vosotros y la República.
1 Se refiere Cicerón al 17 de marzo del 44 a. C., día en el que se celebró la primera sesión del Senado tras la muerte de César, ocurrida dos días antes; el Senado se reunió en el templo de la diosa Tierra, situado en el Esquilino, cerca de la casa de Marco Antonio. Exagera el orador en estos primeros momentos del discurso su preocupación, pues en realidad —como él mismo reconocerá a continuación— se ausentó de Roma más de cuatro meses, desde el 17 de abril hasta el 31 de agosto.
2 En su discurso del 17 de marzo Cicerón puso como exemplum a seguir para lograr la concordia la amnistía concedida en Atenas bajo Trasibulo tras la caída de los Treinta Tiranos en el 403 a. C.
3 Usa Cicerón el plural liberos para referirse a Antilo, el hijo de Marco Antonio y de Fulvia, que tenía entonces tan sólo dos años, y a quien su padre ofreció como prenda y garantía de que los conjurados en la muerte de César podían asistir sin miedo al Senado; en este mismo discurso (31) Cicerón se refiere de nuevo al niño ya en singular (tuus paruus filius); cf. también Fil. II 90.
4 Se trata de Sexto Clelio, que había sido condenado al exilio en el 52 a. C. por haber prendido fuego al Senado al incinerar públicamente el cadáver de Publio Clodio. El regreso de Sexto habría sido aprobado incluso por el propio orador, según hace notar éste en Fil. II 9 y se recoge en su correspondencia (Cartas a Ático XIV 13a; 13b; 14).
5 Servio Sulpicio Rufo había sido cónsul en el año 51 a. C. y era un destacado jurisconsulto, de quien hace Cicerón un elogio en la Filípica IX.
6 El 15 de marzo del 44 a. C., fecha de la muerte de César.
7 Con la Lex Antonia Cornelia de dictatura in perpetuum tollenda. La dictadura era una magistratura extraordinaria mediante la cual en tiempos de crisis se concentraba todo el poder en una sola persona durante seis meses; ahora bien, en el año 44 a. C. César había conseguido, tras detentar tal magistratura en diversas ocasiones, que se le concediera la «dictadura perpetua».
8 Existía la costumbre en Roma de arrastrar hasta el Tíber con un bastón terminado en un gancho de hierro a los condenados, para después arrojarlos al río.
9 Se trata de Herófilo, un griego que se hacía pasar por nieto de Mario, el célebre jefe del partido popular y que además estaba emparentado con César al haberse casado con una tía de éste. En abril del 45 a. C. César había desterrado al impostor, pero al morír el dictador volvió a Roma e intentó provocar una revuelta contra los responsables de su muerte; Marco Antonio lo arrestó y ejecutó sin juicio.
10 Publio Cornelio Dolabela, que había sido yerno de Cicerón, era ese año colega de Marco Antonio en el consulado. Sobre él y su actuación posterior como gobernador de Siria, tratará Cicerón en la Undécima Filípica.
11 Marco Antonio había partido de Roma hacia Campania en torno al 25 de abril (cf. Fil. II 100). Frente a la idea, presentada aquí por CICERÓN, del común acuerdo entre Dolabela y Antonio, en la Filípica II (107) el orador expresa exactamente lo contrario.
12 Cicerón califica de ‘exequias’ o ‘funerales’ a los honores divinos (y de ahí la calificación de ‘no fúnebres’) que se le rindieron a César en el foro, lugar en el que no estaba permitido celebrar funerales; en la Filípica II (90) reprochará a Antonio el haber presidido esta ceremonia sacrílega y, de nuevo, mostrará sus dudas sobre la naturaleza de este funeral.
13 En honor de César se levantó en el foro una columna de mármol con la inscripción «Al padre de la patria», al pie de la cual se hacían a diario sacrificios (SUET., Jul., 85).
14 Los esclavos fueron crucificados, y los hombres libres arrojados desde la roca Tarpeya (CIC., Cartas a Ático XIV 15, 1; APIANO, III 3).
15 El 1 de junio se reunió el Senado en el templo de la Concordia, en torno al cual Antonio había apostado hombres armados que había reclutado entre los veteranos de César durante su viaje a Campania.
16 Aulo Hircio y Gayo Vibio Pansa habían sido elegidos ya cónsules para el año 43 a. C.
17 Marco Junio Bruto y Gayo Casio Longino, los célebres asesinos de César; en este momento eran pretores y no podían ausentarse de Roma más de diez días, pero ante lo peligroso de la situación, pese a que se les había otorgado el perdón en la sesión del Senado del 17 de marzo, se habían retirado a sus quintas de Lanuvio y Ancio.
18 En la sesión del 17 de marzo el Senado había ratificado los repartos de tierras previstos por César para sus veteranos.
19 En Roma existía la ‘legación directa’ o normal, concedida por un magistrado a una persona concreta para una embajada concreta; y, además, a fines de la República hay una ‘legación libre’ que detentaban los senadores durante un año a cargo del erario público y sin misión determinada. Cicerón parece querer mantener el equívoco sobre si se sirvió de un tipo u otro, pues sabemos que él aceptó una legación ofrecida directamente por Dolabela, como lo afirma en sus cartas (Cartas a Ático XV 11, 4), aunque aquí haga alusión al tipo de ‘legación libre’.
20 Es decir, el 1 de enero del 43 a. C.
21 El 1 de agosto.
22 Cicerón había sido cuestor en el 75 a. C. en Sicilia y en el 70 a. C. había defendido a los sicilianos contra Verres, razones por las cuales mantenía buenas relaciones en la ciudad siciliana.
23 En Cartas a Ático XVI 7, 1 hace referencia Cicerón a esta visita.
24 Aunque no se tienen noticias precisas sobre este discurso de Antonio ante el pueblo, es fácil concluir que se trataba de un discurso de tono conciliador; probablemente en él Marco Antonio proponía medidas especiales para Bruto y Casio, a quienes previamente se había asignado para el año siguiente el gobierno de dos provincias poco importantes: Creta y la Cirenaica, respectivamente; a esas medidas extraordinarias se referiría Cicerón en la Filípica II 31.
25 Marco Bruto y Gayo Casio enviaron, a finales de julio, a Marco Antonio un edicto —pues, como pretores que eran, tenían tal facultad— con la intención de regularizar su situación.
26 César, antes de morir, había designado a Décimo Bruto como gobernador de la Galia Cisalpina para el año 43 a. C., y de Macedonia, a Marco Antonio; pero éste consiguió mediante los tribunos de la plebe revocar el reparto de César y que con la Lex de permutatione prouinciarum se le concediese el gobierno para cinco años tanto de la Galia Cisalpina como de la Transalpina (cf. Fil. V 7). A lo irregular de esta concesión, que motivará el enfrentamiento armado entre Bruto y Antonio, se refiere Cicerón varias veces en estos discursos (Fil. I 19; II 109; V 7; VII 3); posteriormente, a fines del 44, el Senado anuló los diversos repartos hechos por Marco Antonio tras la muerte de César (cf. Fil. III 38; V 3; VII 3; X 10).
27 Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, suegro de César, había sido cónsul en el año 58 a. C. y gobernador de Macedonia en el 57-58; por su mala administración en el gobierno de esta provincia fue atacado por Cicerón en De prouinciis consularibus y especialmente en In Pisonem. El 1 de agosto había pronunciado el discurso aquí mencionado, sin conseguir el apoyo de ningún consular, razón por la cual no se atrevió a volver al día siguiente (cf. I 14; V 19; X 8; XII 14; Cartas a Ático XVI 7, 5-7; Cartas a los fam. XII 2, 1). Cicerón, pese a la oposición que le mostró anteriormente, alabará su proceder, por haberse mostrado defensor de la libertad.
28 Parece referirse aquí Cicerón al buen trato que recibió por parte de Antonio en Brindis, cuando el orador volvió a Italia tras haber sido vencido Pompeyo en la batalla de Farsalia.
29 Cicerón hace uso de la ironía mediante la comparación y alusión a dos de los momentos cruciales de la historia de Roma: uno, cuando los romanos temían la llegada de Aníbal a Roma, en el 211 a. C. —a raíz de lo cual la expresión Hannibalem ad portas llegó a convertirse en proverbial ante una situación peligrosa—; y el otro, cuando tras la derrota sufrida en Heraclea (280 a. C.) ante Pirro, rey del Epiro, se reunió el Senado para tratar sobre el acuerdo de paz; Apio Claudio, viejo y ciego, convenció al Senado para que no lo aceptara.
30 La supplicatio era una ceremonia de acción de gracias tributada a los dioses, pero en favor o en honor de alguien; en este caso, de César. Cicerón va a silenciar en todo momento el nombre del dictador.
31 Los senadores que no asistían tenían que entregar una fianza, un depósito en garantía, que sólo se les devolvía si justificaban su falta.
32 Cuando Cicerón partió al exilio, su casa del Palatino fue destruida, y, cuando volvió en el 57 a. C., logró del Senado que fuera reconstruida a expensas del Estado (cf. Sobre la casa).
33 Cicerón parece oponerse a que se celebren supplicationes (cf. nota 30) en honor de César, quien, una vez muerto, tan sólo debe ser honrado en los Parentalia, las ceremonias privadas que celebraban los familiares en honor de sus muertos desde el 13 al 21 de febrero; en este sentido se expresa Cicerón un poco más adelante: «yo no podría ser obligado a asociar a un muerto con el culto a los dioses inmortales». Además, el de Arpino se opondrá expresamente en la Filípica siguiente (II 110) a la divinización de Julio César.
34 El fundador de la República en el 509 a. C., que expulsó del trono a Tarquinio el Soberbio y que era antecesor de Marco Bruto, quien también había librado a la República de la tiranía de César.
35 El 1 de agosto.
36 Cf. nota 27.
37 Bajo la tiranía de César.
38 Cicerón pensaría, especialmente, en Lucio Julio César, tío de Marco Antonio (cf. Fil. VIII 1; XII 18).
39 Emplea el de Arpino burlonamente el término jurídico aduocatus para referirse a los sicarios que acompañaban a Marco Antonio.
40 Se sirve el orador de la ironía al comenzar esta segunda, y fundamental, parte del discurso con la mención de Antonio.
41 Se refiere Cicerón a setecientos millones de sestercios del erario público, que en parte eran fruto de la confiscación de bienes a los pompeyanos y que César había depositado en dicho templo. Muerto César, Antonio los había despilfarrado pagando con ellos sus deudas. Éste será un motivo recurrente en el ataque a Antonio (cf. II 35 y 93; V 11 y 15; VIII 26; XII 12).
42 Estas palabras son buena muestra del tono conciliador, o cuando menos de la contención, de Cicerón en este primer discurso, y contrastan con la idea frecuentemente repetida y defendida en los siguientes discursos de que Antonio se había apoderado fraudulentamente del dinero del templo de la Abundancia (cf. Fil. II 35, 93; III 30; V 11, 15; VIII 26; XII 12).
43 Gayo Sempronio Graco fue tribuno de la plebe en el 123 y el 122 a. C., y, entre otras, fue suya la lex Sempronia de provinciis consularibus del 123, que otorgaba al Senado la asignación anual del gobierno de las provincias, una asignación que debía hacerse antes de la celebración de los comicios consulares para evitar así la injerencia de los nuevos cónsules en el reparto.
44 Son las leyes promulgadas por Lucio Cornelio Sila (138-78 a. C.), líder del partido aristocrático y dictador, tras haberse enfrentado con Mario en guerra civil. Con estas leyes aumentó, por ejemplo, el número de senadores de 300 a 600 y limitó los poderes de los tribunos de la plebe.
45 Pompeyo fue cónsul por tercera vez en el año 52 a. C., aunque esta vez en solitario y con plenos poderes.
46 Estas fueron las disposiciones que César promulgó en el 46 a. C. mediante la lex Iulia de prouinciis, pero Marco Antonio la reformó ampliando el plazo de gobierno a dos años para las provincias asignadas a los propretores y cinco años para las de los procónsules.
47 En el 70 a. C. había sido aprobada por la lex Aurelia la existencia de tres ‘decurias’ o categorías de jueces, sumando a la decuria de los senadores —la única existente hasta entonces— otras dos: una de caballeros y otra formada por los tribunos del tesoro. En el 46 a. C. César promulgó la ley Iulia iudiciaria por la que se suprimía este último grupo (cf. SUET., Jul. 41); pero Marco Antonio había logrado restablecer una tercera decuria, con el fin, por una parte, de ganarse el favor de los soldados permitiendo a los centuriones e incluso a los soldados ser jueces sin discriminación de renta, y, por otra, de crear un tribunal de justicia ‘a la medida’ para él mismo y sus amigos.
48 En el 55 a. C. Pompeyo había ratificado la existencia de las tres decurias establecidas por la ley Aurelia, pero exigiendo una renta previa para poder formar parte de cada una.
49 La quinta legión se denominaba ‘de las Alondras’ porque estaba formada por galos que llevaban en su casco un penacho de plumas que recordaba a dichos pájaros; a estos soldados, reclutados y pagados por el propio César, el dictador les había concedido el derecho de ciudadanía por su fidelidad.
50 Se revocaban con esta ley dos leyes de César, según las cuales las condenas por delitos de violencia y de lesa majestad no podían ser apeladas.
51 Cicerón exagera, pluralizando tres hechos concretos, como fueron, respectivamente, el regreso del exilio de Sexto Clelio (cf. nota 4), la concesión de la ciudadanía a los sicilianos y la exención de impuestos a los cretenses; con todo, el orador hará mención en sucesivos discursos de estas medidas (Fil. II 92; III 30; V 12; VII 15).
52 Utiliza Cicerón aquí de nuevo la ironía; por una parte califica a Antonio de ser ‘el mejor garante’, el más digno de crédito y confianza, y, por otra, consigue destacar el tono irónico con la chocante utilización de la conjunción ergo («así pues», en nuestra traducción) que, lejos de marcar una conclusión lógica, se opone totalmente a la idea que va a desarrollar, convirtiéndola en ‘un absurdo, un imposible’.
53 En estos momentos eran tribunos de la plebe Tiberio Canucio y Lucio Casio Longino.
54 Marco Antonio, el abuelo paterno, cónsul en el 99 a. C. era tan admirado por Cicerón que el de Arpino lo presenta como interlocutor en el Bruto y el Sobre el orador; y Lucio Julio César Estrabón, cónsul en el 90, era el abuelo por parte de madre.
55 Lucio Julio César, cónsul en el 64.
56 Recuerda Cicerón la intervención de Dolabela por la que mandó destruir la columna levantada en el foro en honor de César, hecho al que ya se ha referido en este mismo discurso (cf., supra, § 5).
57 En el 47 a. C., siendo tribuno de la plebe, Dolabela propuso una ley para abolir las deudas de los ciudadanos, que fue vetada por su propio colega Lucio Trebelio y desencadenó incluso un violento enfrentamiento (cf. Cartas a Ático XI 23; Cartas a los fam. XIV 13).
58 El día 17 de marzo, reunión que Cicerón recordó al principio de este discurso (§ 1).
59 En su discurso del 17 de marzo Antonio reconoció por primera vez a Dolabela como su colega en el consulado para el año 44, pues con anterioridad se había opuesto a tal nombramiento.
60 Cf. nota 3.
61 Se refiere, naturalmente, a Marco Bruto y a Gayo Casio.
62 Marco Manlio fue acusado de querer restablecer la monarquía y condenado en el 384 a. C. por decisión del pueblo a ser arrojado desde la roca Tarpeya. En otras dos ocasiones será citado por Cicerón como ejemplo reprobable (Fil. II 87; 114). TITO LIVIO (VI 20) relata la decisión de la familia Manlia.
63 Parece aludir Cicerón especialmente a Fulvia, la esposa de Marco Antonio, a la que se refiere también en otros momentos (Fil. II 11, 113; V 11; VI 4).
64 Palabras puestas en boca de Atreo por Accio en su tragedia Atreus; esta sentencia es también utilizada por CICERÓN en Sestio 102 y Sobre los deberes I 97.
65 Se refiere en este caso a Marco Antonio, el abuelo paterno (cf. n. 54).
66 Cina fue cónsul cuatro veces seguidas, del año 87 al 84 a. C. El abuelo de Marco Antonio fue asesinado en el 87, cortándosele la cabeza, que luego fue colocada en los Rostra del foro, al igual que después ocurriría en el caso de Cicerón; resulta una coincidencia curiosa, y algo macabra, el que conservemos aquí la opinión que para el orador merece el tipo de muerte que él mismo iba a sufrir.
67 Una estatua del rival político y enemigo de César se erigía delante de su teatro en el Campo de Marte.
68 Tiberio Canucio y Lucio Casio Longino (cf. nota 53).
69 El 6 de julio del 44 a. C. se celebraron estos juegos en honor de Bruto, como pretor urbano que era, aunque éste no asistió (cf. también II 31; X 7-8).
70 En julio de este año 44 a. C. se repuso el Tereo de ACCIO, tragedia que había sido estrenada en el 104 a. C.
71 Aulo Hircio era, como ya se ha dicho (cf. nota 16), uno de los cónsules designados para el año siguiente y, aunque en principio era un cesariano convencido, se oponía a la actuación de Marco Antonio; Cicerón alude aquí en concreto a que en esos momentos sufría una larga y grave enfermedad, a la que hará referencia en posteriores discursos (cf. Fil. VII 12; VIII 5; X 16; XIV 4).
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