Читать книгу: «Candela en la City»

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28001 Madrid
© 2020 Carla Crespo Usó
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Candela en la City, n.º 222 - septiembre 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total oparcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de HarlequinBooks S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situacionesson producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente,y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos denegocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com. y Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1348-671-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Dedicatoria
Cita
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Para mi hermano, porque yo siempre quise tener un Guille como Mafalda.
El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo.
WINSTON CHURCHILL
Prólogo
Me miro en el espejo y sacudo la cabeza, incrédula. Vestirme de elfo no era lo que yo esperaba de entrar a trabajar en una de las Big Four, o lo que es lo mismo, una de las cuatro grandes firmas de consultoría y auditoría del mundo. Observo con detenimiento el conjunto: medias a rayas blancas y rojas, vestido verde con cinturón negro a la cintura, gorrito a juego y, sacudo un pie, unas babuchas marrones con cascabel incluido. Me llevo la mano a la cara como el Emoji del WhatsApp. Una carrera, un máster y tres idiomas para acabar vestida de elfo de Santa Claus. ¡Hay que joderse!
Los disfraces nunca han sido lo mío y… si eso fuera lo único… podría decirse que no soy de esas personas que no conocen la vergüenza, a mí, más bien, me paraliza. Me bloquea. Joder, me estoy poniendo nerviosa y ni siquiera he salido de casa, no quiero ni pensar en qué voy a hacer cuando esté sobre el escenario. Candela, Candela, no te pongas nerviosa…
En estos momentos desearía tener algo de alcohol en mi casa, pero para mi desgracia el único que tengo es el que hay dentro de mi botiquín. Nunca me ha gustado beber, pero ahora mismo creo que pagaría por un chupito de tequila o un copazo. Miro el reloj, no quiero que se me haga tarde, así que no queda otra que salir a la calle. Levanto la vista hacia el encapotado y gris cielo de la City, me santiguo, y me encomiendo a Dios y a todos los santos, pese a que hace años que no piso una iglesia. Si mi futuro laboral depende de mi actuación de esta noche, ya puedo ir haciendo las maletas y regresando a España.
Media hora más tarde entro en el local que la empresa ha alquilado para celebrar la fiesta de Navidad. Por suerte para mí, no soy la única desgraciada a la que le ha tocado disfrazarse, aunque sí parezco la única que está agobiada por ello. Al resto de mis compañeros novatos se les ve contentos, aunque, claro, puede que las copas que llevan en sus manos tengan algo que ver con esa felicidad que irradian sus caras.
Detesto esta estúpida tradición en la que los nuevos debemos hacer un pequeño espectáculo navideño para el resto de compañeros. ¿A quién se le ocurrió semejante idiotez? Se supone que trabajo en una empresa seria. ¿Se puede morir de vergüenza? Porque si es así puedo asegurar que esta no la cuento. Yo, que ya lo pasaba mal en los festivales del colegio, que no soporto que me canten cumpleaños feliz en un restaurante, que detesto ser el centro de atención… Tal vez, si me escabullo nadie se dé cuenta de que falto yo, al fin y al cabo, somos un montón de new joiners. Seguro que nadie me echa en falta.
Pensado y hecho. Con disimulo, me alejo del pequeño escenario que han montado para la actuación y para los discursos navideños de los jefes, y me dirijo hacia el fondo de la sala. Aquí está más oscuro. «Seguro que nadie nota que voy disfrazada», me digo a mí misma mientras me quito el sombrero de elfo y lo oculto tras mi espalda. Me acerco al rincón, tratando de permanecer en un segundo plano y que nadie se percate de mi ausencia.
—Eh, ayudante de Santa Claus.
Me giro para ver de dónde proviene la voz y, entonces, lo veo: pantalones de pinzas azul marino que se estrechan justo por encima de los tobillos, camisa blanca, mocasines granates con borlas y unos calcetines con estampado escocés que le dan un toque navideño al atuendo. Parece sacado de una revista de moda, no podría vestir de un modo más impecable. Ni más sexi. Alto, delgado, de cabello castaño y perfectamente afeitado. Su apariencia me hace sentirme aún más ridícula de lo que ya lo hacía. Hago como si no lo hubiera escuchado, pero insiste.
—El polo norte está por ahí —dice jocoso, señalando al escenario con la cabeza.
—Muy gracioso —gruño en voz baja para que no me oiga, que tampoco quiero tener problemas en mi primera fiesta de Navidad de la empresa con un compañero.
—¿Miedo escénico? —Su voz es amable, por lo que asiento con educación, pensando que, tal vez, así me deje en paz—. Ven. —Estira el brazo, me coge de la mano con suavidad y me arrastra hasta la barra más cercana—. Lo que tú necesitas es un chupito.
No puedo evitar soltar una carcajada.
—Ni toda una destilería me haría subir a ese escenario.
Él ignora mi comentario y le hace un gesto con la mano a un camarero para que se acerque a nosotros.
—Unos chupitos de Jäger, por favor.
Lo miro escéptica.
—El Jäger lo cura todo —sentencia, convencido.
—Ya me gustaría.
—Lo digo en serio. ¿Sabías que antiguamente se usaba como remedio contra la tos y los problemas digestivos y que en la Segunda Guerra Mundial lo utilizaban como anestésico?
—No tenía ni idea, pero tampoco es que esa información me sea de mucha utilidad ahora mismo —replico mientras me bebo el primero de los chupitos que nos sirve el camarero y luego otro y luego otro, hasta tomármelos todos en un abrir y cerrar de ojos—. Creo que no serán suficientes… —Estoy a punto de levantar la mano para pedir otra ronda cuando él me detiene.
—¡Quieta, ayudante de Santa Claus! —exclama, mientras me aleja de la barra en contra de mi voluntad—. La intención es que subas al escenario, no que te desplomes sobre él.
Él no lo entiende. No hay cantidad suficiente de alcohol que me haga salir a escena. Además, yo no necesito ninguna ayuda para caerme. No sería la primera vez, pero eso no voy a contárselo. El recuerdo de las cenas de Nochebuena en las que mi tía Carmen me subía a una silla y me obligaba a recitar un ridículo poema escrito por ella misma delante de toda la familia aún me atormenta. En especial el del año que, para mayor vergüenza, me caí de la silla con el consiguiente cachondeo de mis tíos y primos. Cada veinticuatro de diciembre me lo recuerdan. Por suerte para mí, este año voy a pasar las Navidades en Londres, trabajando. Por desgracia, los versos han sido sustituidos por esta esperpéntica actuación delante de media empresa.
—¿Un último chupito? —pregunto, con ojos suplicantes.
—Y ni uno más —sentencia antes de hacerle un gesto al camarero para que traiga otro chupito de Jäger.
Asiento con la cabeza y se lo arranco de la mano al pobre hombre antes de que pueda dejarlo sobre la barra. Me lo bebo ansiosa. Tendrá que bastar.
—Muchas gracias —murmuro con la boca pastosa por los nervios—, ¡allá voy! —exclamo tratando de ponerle un poco de valor al asunto o, al menos, aparentarlo.
Me dirijo al escenario y me subo con piernas temblorosas. Mis compañeros ya están preparados para empezar, por lo visto solo faltaba yo, así que, antes de que pueda pensármelo mejor y echar a correr, alguien enciende la música y el público fija su mirada en nosotros. Ya no hay escapatoria. Empezamos a cantar nuestra versión del Jingle Bell Rock adaptada al mundo de la auditoría y, de repente, el Jäger empieza a hacerme efecto y, poco a poco voy subiendo la voz y moviendo las caderas. Me crezco y empiezo a marcarme un baile digno del que hicieron Rachel McAdams y Lindsay Lohan en Chicas Malas. Toda mi timidez se esfuma y, para mi sorpresa, siento que estoy disfrutando. Tantos nervios y tanto sufrimiento para nada. «Es mi primera fiesta de Navidad en la empresa, tengo que disfrutar de la experiencia», me digo a mí misma. Canto y bailo como si no hubiera un mañana, dándolo todo en la actuación, hasta que, cuando la canción está a punto de terminar, doy un traspiés al ir a hacer un giro y pierdo el equilibro, cayéndome del escenario, justo en el mismo instante en el que la canción termina.
No tengo tiempo ni de pensar porque dos fuertes brazos me agarran antes de que me dé de bruces contra el suelo. Cuando levanto la mirada me encuentro con un par de ojos marrones que brillan y me observan divertidos.
—Te dije que una ronda era suficiente.
Quiero que se me trague la tierra. Si mis vergonzosos recuerdos de la infancia no eran suficientes, ahora voy a tener que sumar este a la lista. Los aplausos resuenan en la sala, en parte por la actuación y, en parte por los reflejos de mi salvador que me ha evitado un mal mayor.
—Muchas gracias —murmuro, avergonzada por la caída y por ser el centro de atención—, ya puedes bajarme.
Levanta la vista y señala algo que hay sobre nuestras cabezas.
Y sigue sin soltarme.
Me arden las mejillas y tengo dudas de si es por la humillación que acabo de sufrir, o porque sus manos siguen sujetándome con firmeza.
Me percato de que ya no hay nadie que nos mire, pero sigo sintiéndome abochornada.
—¿Te importaría bajarme? —insisto.
Pero él niega con la cabeza y apunta con el dedo hacia unas ramas de muérdago colgadas justo encima de nosotros. Lo miro con horror al percatarme de lo que pretende.
—¡No se te ocurrirá…!
No consigo terminar la frase. Antes de que me dé cuenta, acerca sus labios a los míos y deposita sobre ellos un suave y dulce beso que, muy a mi pesar, hace que un hormigueo me recorra el estómago. Entonces, me deja con delicadeza sobre el suelo mientras me susurra su nombre al oído. Después y, sin darme tiempo a replicar, se aleja de mí y se pierde entre los asistentes a la fiesta.
Capítulo 1
UN NUEVO GERENTE
CANDELA
Tres años después. A principios de septiembre.
Salgo del despacho del señor Coppack, uno de los socios de la firma en la que trabajo, apretando los puños y conteniéndome las ganas de dar cuatro gritos y un portazo para mostrar mi malestar. En vez de eso, me despido educadamente, cierro la puerta con cuidado y camino hasta mi lugar de trabajo, donde no puedo evitar que mi mala leche se escape transformada en un golpe seco sobre la mesa. Un par de colegas se giran al escuchar el sonido, mientras yo, avergonzada, disimulo y trato de parecer total y absolutamente concentrada en la lectura de los primeros documentos que encuentro, cosa complicada porque los seniors como yo nos sentamos todos juntos en una zona abierta en la que trabajamos en amplias mesas blancas y apenas estamos separados del que tenemos enfrente por una diminuta mampara naranja. La «pradera», como todos nos referimos a esta parte de la oficina, te deja completamente expuesto a los compañeros y yo suelo ser una persona muy discreta y no quiero que eso cambie, pero, joder, es imposible que me mantenga tranquila después de la bomba que acaba de soltarme. ¿Kenneth Anderson mi nuevo gerente? ¿En serio? ¿No había otro? Tiene que ser una broma. Una maldita broma pesada.
No consigo concentrarme en nada, así que decido que es el momento perfecto para salir de la oficina, pasear hasta el Starbucks más cercano a mi edificio y dejar que un café latte haga el resto. Me levanto y me pongo mi adorada gabardina de Burberry, comprada con mi primer sueldo en la empresa, hace ya tres años, cojo el bolso y me dirijo a los ascensores sin mirar a nadie porque no quiero que mis asistentes me vean, si lo hacen sé que van a querer comentar conmigo la noticia de nuestro cambio de gerente y yo… yo no estoy preparada.
Salgo a la calle y trato de respirar hondo, mientras cierro los ojos y dejo que el frío aire de Londres me ayude a recuperar la serenidad que he perdido hace unos minutos. Mis pulsaciones bajan un poco y, antes de emprender la marcha, admiro por un momento el impresionante edificio en el que tengo la suerte de trabajar. La verdad es que trabajo en un entorno privilegiado. La sede de Clifford&Brown, la firma de auditoría en la que trabajo está ubicada en Southwark, en plena City londinense. Si hay algo que me gusta del barrio es la mezcla de contrastes que hay en él: lugares como el teatro de Shakespeare o la Torre de Londres que te transportan al pasado y rascacielos como la torre Gherkin o el Shard que te recuerdan lo moderna y cosmopolita que es Londres. Además, me encanta el ambiente de bullicio y ajetreo que se respira en él y, aunque no es que yo sea una apasionada de la arquitectura moderna, me encantan los edificios que lo conforman y, sobre todo, me gusta toparme con el Shard casi cada vez que levanto los ojos al cielo. Cuando salgo de mi oficina, situada en un moderno y acristalado edificio que, con toda seguridad, también haya sido diseñado por algún arquitecto de renombre, puedo ver el famoso rascacielos al fondo. Me embelesa su diseño, aunque lo cierto es que no he subido nunca a disfrutar de sus vistas, ni mucho menos a tomar algo en el Aqua Shard, que bueno, tampoco es que yo suela ir de copas. No va conmigo y, además, no tengo tiempo. A veces me parece que soy la única. Me sorprende que tantos de mis compañeros salgan día sí día también de afterwork. Yo acabo tan tarde y estoy tan cansada que lo único que quiero es llegar a casa, cenar algo ligero y meterme en la cama. Con todo, no me quejo. Esto es lo que yo siempre he querido y, aunque todavía me queda mucho para cumplir mi sueño más ambicioso, sé que lo lograré si no me desvío del camino que me he marcado. Mis padres trabajaron muy duro para pagarme una buena educación y yo siempre les he correspondido esforzándome por llegar a lo más alto y no va a ser diferente ahora. Si he de hacerlo con Kenneth Anderson como mi gerente, pues que así sea.
Con determinación y una pizca de optimismo, emprendo la marcha en dirección al Starbucks. Me abrocho la gabardina y cruzo los brazos por debajo del pecho en un intento por aplacar el frío que siento. Levanto los ojos al cielo que, para variar, está encapotado y gris. Si hay algo a lo que una valenciana nunca puede acostumbrarse es a no ver el sol. Eso, junto a mis padres, es lo que más echo en falta, hace bastante que no los veo, últimamente he estado tan ocupada que no he encontrado el momento de coger un vuelo y volver a España para pasar, aunque fuera, un fin de semana con ellos. Sé que me entienden, y que no quieren que descuide mis obligaciones, pero a veces siento que volver a casa me recargaría las baterías…
Suspiro. ¿Desde cuándo me pongo tan melancólica? Bah, supongo que solo es porque hoy no está siendo un buen día. Nada más.
Cinco minutos más tarde salgo de la cafetería sujetando entre mis manos el café y emprendo el camino de vuelta. Tengo muchísimo trabajo y ya he perdido bastante tiempo en lo que va de mañana, pero confío en que la cafeína traiga de vuelta mi concentración. Doy un buen trago y espero a que el caliente líquido recorra mi cuerpo, siento una leve sensación de confort que se evapora con rapidez cuando me percato de que ya estoy de vuelta en mi oficina. Cojo aire y me dispongo a entrar. «Venga, Candela, tú no eres de las que se amilana», me repito como un mantra. Con la cabeza erguida y tratando de concentrarme en todas las gestiones que tengo pendientes hoy, cruzo la «pradera» en dirección a mi mesa. Estoy ya casi en mi sitio cuando veo que mis asistentes me hacen señas desde su zona de trabajo, en la otra punta de la sala, donde se sientan los juniors. Trato de ignorarlos, porque sé de qué quieren hablarme, pero cuando empiezan a armar escándalo decido que es mejor que vaya a ver qué quieren antes de seguir siendo el centro de todas las miradas.
—¡Menudo notición! ¿Te has enterado ya, Candela? —me gritan desde su mesa mientras me acerco a ellos haciéndoles aspavientos para intentar que se callen o, en su defecto, porque ya sé que eso no va a pasar, que bajen el tono de voz.
—¡Es un crack!
—¡El puto amo!
Me llevo las manos a la cabeza, escandalizada, no sé si por su opinión de Kenneth o por el hecho de que se expresen así en la oficina. A pesar de todo, esbozo una sonrisa, y es que es difícil no hacerlo cuando tienes a Merry y a Pippin, como todos los llaman, cerca.
Son mis asistentes y, a veces, me vuelven loca, pero lo cierto es que a la hora de la verdad son unos auténticos currantes. En realidad, se llaman Marc y Peter, pero nadie se refiere a ellos por esos nombres. Estudiaron juntos y son inseparables, como la memorable pareja de jóvenes hobbits, poseen unos cerebros privilegiados, pero también una capacidad innata para armar escándalo y ser el centro de atención. Como los medianos. Llevo un año trabajando con ellos y, contra todo pronóstico, los adoro. Siempre están alegres y son de los pocos que consiguen sacarme una sonrisa cuando estoy agobiada con las fechas de entrega y, aunque a veces me gustaría que pensasen menos en la juerga y más en el trabajo, son dos tipos tan eficaces que siempre terminan entregándolo todo a tiempo.
—¿No estás contenta, Candy? —inquiere Pippin, utilizando el mote con el que ambos me han bautizado.
—Sí, ¿no estás contenta, Candy?
Quien hace esa pregunta no es ni Merry ni Pippin y proviene justo de detrás de mí. El énfasis que pone al pronunciar mi apodo hace que el estómago me dé un vuelco. Joder. ¿Qué hace él aquí?
Me giro, tratando de parecer calmada y dando gracias mentalmente de no haber dicho ninguna impertinencia sobre mi nuevo gerente.
—Candela, Kenneth, si no te importa preferiría que me llamases por mi nombre de pila —le respondo, con un tono de voz que intento sea lo más educado posible. Al fin y al cabo, ahora es mi gerente.
—Como tú quieras, Candeeelaaa —murmura con voz ronca, alargando las vocales y con un marcado acento británico, mientras apoya su mano sobre mi hombro, haciendo que todo mi cuerpo se ponga en tensión, y se inclina sobre mí para dirigirse a mis asistentes—. Bueno, chicos, mañana me gustaría tener una reunión rápida a primera hora para ver cómo vamos con los proyectos que tienen sus fechas límite más cerca, pero hoy preferiría charlar en un entorno más informal. ¿Qué os parece si vamos después de afterwork para conocernos mejor?
Las caras de Merry y Pippin se iluminan, como si fueran dos niños que acaban de encontrarse con Santa Claus.
—¿Nos vemos a la salida en The Alchemist? —continúa.
Sé que su pregunta va dirigida a todos nosotros, pero la ligera presión que su mano ejerce sobre mi hombro hace que sienta que solo me está hablando a mí. Por suerte, mis compañeros están demasiado emocionados como para notar nada y sus exaltadas respuestas llenan todo mi silencio.
—¡Claro, Kenneth! Será un placer.
—Nunca decimos que no a una copa, Kenneth.
—Genial —replica él—, pero, por favor, llamadme Ken, al fin y al cabo vamos a trabajar juntos a partir de ahora.
¿Ken? ¿En serio? ¿Cómo el de la Barbie? No podría pegarle más. Cuando sale de la oficina siempre lleva a alguna colgando del brazo y en cuanto a la ropa… bueno, apostaría a que el armario de Kenneth tiene más conjuntos y complementos que el del archiconocido muñeco. Si hay algo por lo que mi nuevo gerente llama la atención es por lo bien vestido que va siempre, como sacado de un catálogo o de un desfile.
En cualquier caso, yo no pienso salir con ellos después de la oficina, me repito a mí misma, pero antes de que pueda declinar la oferta, Kenneth toma la palabra.
—En ese caso, nos vemos luego —responde animado—. Oh, y cuando digo «nos» —añade fijando sus ojos en mí— también me refiero a ti, Candy —exclama, divertido, mientras se aleja de nosotros sin darme tiempo a objetar nada.
Detesto esa maldita costumbre que tiene de largarse, dejándome con la palabra en la boca.
Unas horas más tarde yo sigo concentrada, terminando de redactar unos correos electrónicos que ya debería haber enviado. En el mundo de la auditoría nunca se puede dejar nada para mañana, todo es para ayer. Resoplo, agobiada, y miro el reloj, ¿cómo ha podido pasar tan rápida la tarde? Ya casi es hora de…
—¡Hora de cerrar!
Dos cabezas asoman por detrás de la pantalla de mi portátil y amagan con cerrarlo.
—¡Quietos! —les amenazo—, todavía no he terminado.
—Venga, Candy —insiste Merry—, no paras de trabajar…
—Exacto —respondo—, por eso en cuanto termine lo que tengo entre manos me iré a casa. Estoy agotada y no tengo tiempo para salir por las noches.
—Es jueves…
—Precisamente por eso —puntualizo—, tengo muchos frentes abiertos y fuegos que apagar mañana, quiero madrugar y…
—Como yo siempre digo, déjate para mañana lo que puedas hacer hoy —persiste Pippin.
—Y como decía Escarlata O’Hara: «Después de todo mañana será otro día». —finaliza Merry.
—¡He dicho que no! No insistáis —musito entre dientes mientras escribo las últimas líneas de un correo y le doy a enviar. Salgo de Outlook y decido que será mejor que yo misma apague el ordenador antes de que me lo cierren ellos a lo bruto y me hagan perder algún tipo de información. Tal vez si me marcho a casa podré terminar sin que me molesten y descansar. Esta semana está siendo muy estresante y el día de hoy solo ha hecho que agobiarme más.
Estoy guardando el portátil en mi mochila y soportando los mohines y las malas caras de Merry y Pippin cuando nuestro nuevo gerente aparece.
—¡Fantástico! —exclama Kenneth al ver que ya he cerrado—. Ya estás lista. Y yo que pensaba que tendríamos que despegarte de la silla.
Quiero decirle que solo estoy recogiendo para irme a casa, pero no soy capaz de plantarme con mi nuevo gerente como he hecho con mis asistentes. Lo cierto es que, aunque no me apasione la idea, él es mi superior ahora y, aunque yo no tengo por costumbre salir después del trabajo, la mayoría de mis compañeros lo hacen. Estamos sometidos a mucha presión y, para casi todos, salir a tomar una o dos copas, supone un gran alivio.
«Solo por esta vez», me digo a mí misma.
The Alchemist es uno de mis restaurantes favoritos de la City, con su decoración en tonos negros y dorados, con ese estilo moderno e industrial y con sus burbujeantes, humeantes y mágicos cócteles. Yo no bebo y apenas salgo de noche, pero es un sitio especial. Aunque no exige código de vestimenta, me alegro de haberme arreglado esta mañana un poco más de lo normal. No es que suela ir mal vestida a la oficina, pero lo cierto es que la moda no es lo mío. Por fortuna, hoy me he decidido por una falda de tweed y tablas por debajo de la rodilla, una blusa romántica blanca con lazada al cuello y unas botas marrones de tacón y caña alta. Un look un poco años 70 que me encanta.
El camino hasta el local se me hace más llevadero gracias a mis asistentes. Noto como Kenneth me mira de reojo e, intuyo, que le gustaría acercarse más a mí, pero mis chicos están tan sumamente emocionados de que él sea nuestro nuevo gerente que lo han rodeado y no cesan de parlotear. Lo cierto es que Kenneth es conocido en la oficina por ser el rey del afterwork, con lo cual no es de extrañar que anden como niños con zapatos nuevos, si hay algo que les gusta a Merry y Pippin, es una buena juerga. A veces me sorprende lo bien que trabajan con resaca. Yo sería incapaz. Aunque me pregunto si Kenneth será de esos.
Cuando llegamos, el lugar está abarrotado, así que nos dirigimos a la barra, pero antes de que nos dé tiempo a pedir, un camarero se acerca a Kenneth y le indica que queda un sitio libre en un rincón. La verdad es que no me extraña mucho, debe ser un habitual del local.
«Lo es», me digo a mí misma mientras cruzamos los escasos metros que nos separan de la mesa que nos han asignado.
Cuando me siento, ya he perdido la cuenta de las personas a las que ha saludado desde que hemos entrado. Cojo la carta de las bebidas y la ojeo. Los cócteles son espectaculares y sus nombres muy ingeniosos. Llaman la atención no solo por su sabor, sino por todos los efectos que traen. Uno casi puede sentir que esté haciendo alquimia de verdad. Pero, aunque los cócteles de The Alchemist son mágicos, decido que no voy a beber alcohol. Mañana tengo que trabajar.
Kenneth se despide de dos tipos trajeados y se sienta con nosotros. Justo a mi lado.
—¿Ya sabéis lo que queréis? —pregunta mientras le hace un gesto a un camarero, que se acerca a nuestra mesa para tomarnos nota.
—La Bomba de Baño —profiere Merry, decidido.
—Yo probaré el Apocalipsis Zombi.
Kenneth se gira hacia mí.
—Un agua con gas, gracias.
—¿¿Agua con gas?? ¿¿Estás de broma?? —inquieren escandalizados Merry y Pippin.
—Ya sabéis que no bebo, chicos.
—¿Estás segura, Candeeelaaa? ¿Ni siquiera un chupito de Jäger?
Lo fulmino con la mirada, pero él permanece impasible.
—Anda, Candy, no seas así… Pídete, aunque sea, un cóctel sin alcohol.
Niego con la cabeza. Pienso beberme mi agua lo más rápido que pueda y largarme a mi casa. No lo hago ahora porque Kenneth tendría que levantarse para que yo pudiera salir de mi sitio y estoy convencida de que no lo permitiría. Así que trato de mantenerme firme.
Toda esta situación es una mierda. No quiero que Kenneth sea mi gerente. No es que tenga nada en contra de él, sé que es bueno en lo suyo, pero no se parece en nada a mí y la verdad es que me sorprende que haya llegado a ser gerente en tan pocos años. A veces me pregunto si no será más que un enchufado. Por la pinta que tiene se ve que es de buena familia. No sería tan descabellado. Yo no puedo permitirme salir de fiesta como él hace. Mis padres antepusieron mi educación a cualquiera de sus necesidades o caprichos, tengo que esforzarme por corresponder a sus desvelos. Ser buena no es suficiente, tengo que ser la mejor.
He de admitir que Merry y Pippin no son mucho mejores que Kenneth en cuanto a lo de salir de afterwork, pero se lo perdono.
Se lo perdono porque son jóvenes.
Se lo perdono porque siempre saben sacarme una sonrisa.
Y se lo perdono porque… bueno, porque ellos no me han besado.
Capítulo 2
UNA COPA EN THE ALCHEMIST
KENNETH
Sé que Candela está incomoda y me siento un poco mal por haberla arrastrado hasta aquí, pero, joder, ahora forma parte de mi equipo y a mí me encanta salir con los colegas después del trabajo. Merry y Pippin, en cambio, están en su salsa. Son dos tíos cojonudos. Me recuerdan un poco a mí a su edad. En cambio, ella, es todo lo contrario.
—El Ahumado Antiguo para mí, por favor. Y traiga también el Bombón de Fresa —añado mirando a Candela—. No lleva alcohol, así que no puedes darme esa excusa.
Veo que duda, así que insisto.
—No me hagas ese feo.
—De acuerdo —acepta a regañadientes sin apenas dirigirme la mirada.
Conocí a Candela hace tres años en la fiesta de Navidad, pero desde entonces apenas hemos vuelto a cruzar una palabra. Me evita como si tuviera la peste y no tengo ni idea de por qué. Me extraña, porque soy un tío muy sociable y no tengo problemas con nadie en la oficina, pero está claro que ella tiene algún problema conmigo. Se nota que no le gusta en absoluto que yo sea su gerente, aunque no puedo adivinar el motivo.
Por un momento, recuerdo el beso que le di bajo el muérdago, pero no puede ser por eso. ¿Qué hay más tradicional que un beso bajo el muérdago? Mis tías Amelia y Abigail siempre me cubren de besos en Navidad con la excusa del muérdago, pero sé que lo hacen porque para ellas todavía soy su niño. Aunque he de reconocer que el beso que le di a Candela no se parece en nada a los que me dan mis tías. Pero es que no podía no dárselo. Mucho menos cuando me miraba con esa cara tan dulce. Sacudo la cabeza, imbuido en mis pensamientos. No puede ser por eso. ¡Beso de puta madre! O eso dicen todas. Debe ser por otra cosa, pero ¿qué?
El camarero nos trae las bebidas y me saca de mis ensoñaciones. Cada copa trae consigo una especie de montaje y efectos al servirla que te hacen sentir como si fueses el mismísimo Nicolás Flamel.
Aunque dudo mucho que sea la primera vez que Merry y Pippin vienen a The Alchemist, los dos están emocionados con sus respectivos cócteles. Son como dos niños en una juguetería. Pippin agrega la falsa bomba de baño de frutas a su cóctel de ginebra y por arte de magia se vuelve rosa fucsia.
—¡Brutal! —exclaman al unísono los dos.
Mientras tanto, mi Ahumado Antiguo, que en realidad es una mezcla de whisky y sirope de arce, entre otras cosas y el Apocalipsis Zombi de Merry que lleva ron, lima y piña, además de la mezcla secreta zombi, humean sin parar.
Lo cojo y doy un sorbo. Exquisito.
Observo cómo Candela coge su bebida. He acertado de pleno. Se trata de una mezcla de limonada con fresas coronada con una piruleta. Llamándose Candy, el cóctel no podría pegarle más. Veo cómo moja la piruleta en la copa y se la lleva a la boca.
¡Jodeeeeer!
A lo mejor hubiese sido mejor que se hubiera pedido el agua con gas.
¿Me está poniendo cachondo? ¡No puedo ponerme cachondo con Candela! Voy a trabajar con ella a partir de ahora.
Cojo la copa de nuevo y doy otro trago. Esta vez más largo.
Sé que Merry y Pippin me están hablando, pero la verdad es que ahora mismo no les estoy haciendo ni puto caso. Por suerte, soy de esos tipos que saben disimular y quedar bien. Sonrío y asiento con la cabeza. Candela sigue callada, pero dado que sus asistentes no cierran el pico ni un segundo, puedo comprenderlo. Me giro de reojo a volver a mirarla.
¡Mierda! No tenía que haberlo hecho.
Pero, ¿por qué se me ha ocurrido pedirle eso? Quiero apartar la vista, pero mis ojos están fijos en cómo su lengua lame la piruleta. «Piensa en otra cosa, Kenneth», me digo cuando siento que la excitación empieza a apoderarse de mí. «Piensa en todos los malditos plazos de entrega que te han estado agobiando esta semana y a los que NO vas a llegar». Ese pensamiento tan pesimista hace que me enfríe un poco. Lo cierto es que no puedo mirar a Candela con esos ojos. No puedo. Aunque ahora mismo lo esté haciendo.
Trato de fijar mi atención en lo que me preguntan sus asistentes cuando el sonido de una voz familiar, ronca y con una ligera afonía, hace que me levante, sorprendido.
—¿Tío Waldo?
—¡¡Kenneth!! —Mi tío me estrecha entre sus brazos en uno de sus abrazos de oso y siento que va a partirme la espalda.
El tío Waldo, aunque ya tiene edad para ir pensando en jubilarse, tiene una perfumería en Covent Garden, en el pasaje de Goodwins Court. Le apasiona el mundo de los aromas e incluso vivió varios años en Grasse, capital mundial del perfume. Me olisquea el cuello como si fuera un perro.
—¿Penhaligon’s?
Asiento con la cabeza. Cada Navidad, mi tío me regala una de las muchas variantes de perfume para caballero de esta marca. A cada cual mejor. Como él suele decir, para los hombres que queremos dejar huella, la fragancia es algo innegociable y Penhaligon’s ha sido sinónimo de elegancia masculina en Inglaterra durante más de ciento cincuenta años. Es la colonia de los caballeros. Y yo soy uno.
—¿Halfeti Leather? —inquiere mientras yo quiero que se me trague la tierra porque continúa olfateándome—. Bergamota, piel… —enumera.
—Eh… sí, tío —respondo apartándome con disimulo—. Esa es. Regalo de la última Navidad.
—Muy bien, muy bien, así me gusta.
—¿Qué haces aquí? —No es que me extrañe verlo de copas, él es un espíritu libre, pero prefiere ir a otro tipo de locales y suele salir más por el Soho.
—Me encanta este sitio —explica—. Los cócteles son mágicos. Con esas increíbles mezclas de sabores y efectos que traen. Ah, ¡la coctelería y la perfumería son dos artes emparentados! Y —añade bajando la voz y señalando a un tipo alto y delgado que viste de traje y que perfectamente podría ser empleado en una firma de auditoría como yo— he quedado con un «amigo», trabaja en una multinacional aquí en la City.
Esa última aclaración cuadra a la perfección con mi tío Waldo y, como está acompañado y no me necesita para nada, decido que es el momento perfecto para despedirme y volver con mi nuevo equipo. Al fin y al cabo, los he traído aquí para conocerlos un poco mejor.
Me doy media vuelta, me siento y entonces me doy cuenta de que no estamos todos.
—¿Y Candela? ¿Está en el baño?
Merry y Pippin se miran el uno al otro, incómodos.
—Esto… —Pippin se rasca la cabeza, pensativo.
—Pues verás…
Me fijo en que su copa está vacía y que ha dejado unas libras encima de la mesa.
—¿Se ha… se ha largado?
Sacudo la cabeza, incrédulo. ¿Se ha marchado sin decir nada? Se suponía que el hecho de salir a tomar algo todos era para charlar y conocernos un poco más ahora que íbamos a ser un equipo. Puedo entender que no le guste este ambiente, que ella no suela beber, pero, si dices que vas a venir no puedes luego largarte sin más.
Trato de disimular. No quiero que Merry y Pippin piensen que me importa que Candela se haya marchado. Porque no me importa. En absoluto.
—¿Otra ronda, chicos?
Ambos me responden con una sonrisa de oreja a oreja. «Bien. Tal vez no sea tan malo que nos hayamos quedado solos. Ahora podremos disfrutar de una noche de chicos», me digo a mí mismo.
Joder. Noche de tíos. A lo mejor no fue tan buena idea. Siento que la cabeza me va a estallar. Yo no suelo tener resacas, pero seguirles el ritmo a esos dos fue complicado. ¿Me estaré haciendo mayor?
Me siento en la cama. Tengo la boca pastosa. Y mucho curro por hacer. Y no tengo ganas de ver a Candela. Yo no soy de los que van por ahí recriminándole las cosas a la gente, pero sé que, si la veo, irremediablemente, saldrá a relucir el hecho de que anoche se largó. Tampoco quiero hacer que se sienta incómoda. Ya lo hice ayer y no era mi intención.
Cojo el móvil, que estaba cargando en la mesita de noche, y miro la hora. Son las siete de la mañana. Lo mejor será que me dé una ducha, me tome un café y encienda el ordenador. Tengo muchos asuntos pendientes que puedo resolver desde casa y, aunque les dije que hoy quería tener una pequeña reunión con ellos, podemos hacerla el lunes sin problemas. Tendré la cabeza más despejada.
Sí, lo más conveniente es que hoy teletrabaje.
De hecho, les prometí a mis tías Amelia y Abigail que iría a pasar el fin de semana con ellas. Puedo ir hoy y trabajar desde allí.
Estar en casa un par de días siempre me ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva. Y tampoco me vendrá mal descansar y desconectar un poco. Últimamente he estado bastante agobiado.
Me levanto de un salto y voy al baño. Me desnudo y dejo caer la ropa al suelo. No tengo intención de afeitarme hoy, así que, abro la mampara de cristal y entro en mi espectacular ducha de piedra caliza. Abro el grifo y dejo que el agua caiga sobre mí, tratando de desconectar. Es lo que siempre hago. Cierro los ojos y pongo la mente en blanco.
Sin embargo, hoy no lo consigo. Una larga melena ondulada de color castaño claro y dos grandes ojos marrones me persiguen. Candela.
Trato de pensar en otra cosa, pero, aunque mi cerebro lo hace, hay otro de mis órganos que es incapaz de hacerlo.
Miro hacia mi entrepierna.
Joder.
Cambio la temperatura del agua hasta que empieza a salir helada.
Coño, qué frío.
Dos minutos más tarde cierro el grifo, me enrollo una toalla a la cintura y salgo de la ducha, ya más calmado.
Vale, mi asistente está buena, ¿y qué? Todas las tías con las que salgo están buenas, tampoco es para tanto.
«En unos días se me habrá ido de la cabeza», me digo. «Aunque hayan pasado tres años y todavía recuerde ese maldito beso bajo el muérdago».
Capítulo 3
TÉ DE KOMBUCHA
CANDELA
Es sábado por la mañana y estoy desayunando en casa con mi compañera de piso, Fiona. Aunque, «desayunando» no es la palabra que definiría lo que estamos haciendo, al menos para mí. Miro la taza de té que me ha servido Fiona. ¡Es un horror! Admito que yo no soy una fanática del té, English Breakfast y poco más, porque para que vamos a negarlo, como buena española prefiero el café.
—¿Qué horror es este, Fi?
—Kombucha.
—¿Cómo?
—Té kombucha. En realidad, es un probiótico fermentado naturalmente a partir del hongo…
—¡Puaj! —la interrumpo, tras darle un buen trago a la bebida, que encima mi amiga me ha servido fría, y escucharle decir que está hecha a base de hongos…
—No te quejes —replica mientras se bebe el suyo—. Si no vivieras pegada a ese ordenador las veinticuatro horas del día y me hubieras ayudado a preparar el desayuno tal vez te estarías tomando un café.
Suspiro. Ahora mismo mataría por un café bien cargado.
Fiona y yo estamos sentadas en una pequeña barra de madera que colocamos hace un par de años en el lateral de nuestra diminuta cocina. En realidad, de mí diminuta cocina.
La casa en la que vivimos pertenece a mis padres. Ellos viven ahora en Valencia, pero durante gran parte de su juventud vivieron aquí, en este mismo barrio. Los dos vinieron un verano a aprender inglés a Londres, como tantos estudiantes, y se conocieron trabajando. Como apenas tenían nociones del idioma empezaron desde abajo: mi madre era camarera de piso y mi padre friegaplatos. A pesar de la cantidad de inmigrantes que había en el hotel, eran los únicos españoles, así que se hicieron amigos.
Poco a poco todo fue cambiando para ellos: la amistad se convirtió en amor, aprendieron inglés y fueron ascendiendo en sus respectivos trabajos. Años más tarde, mi madre dirigía el hotel y mi padre era el chef del restaurante. Compraron esta casa al casarse, con la intención de quedarse en Inglaterra, pero al quedarse embarazada mi madre, decidieron regresar a España para criarme allí.
A pesar de todo, quisieron darme una educación británica. Estudié en un colegio inglés y cuando llegó el momento de elegir universidad, me decanté por una inglesa. Ahí conocí a Fiona. Es única en su especie. Con su piel clara, sus ojos verdes y su cabello rizado oscuro, casi negro, que siempre lleva suelto y que deja caer sobre sus hombros haciendo un bonito contraste con la ropa bohemia y colorida que se pone. Era mi compañera de cuarto y ha seguido siéndolo hasta la fecha. La adoro, pero somos muy diferentes y hay veces que la mataría. Por ejemplo, ahora mismo.
—¿Tanto te costaba hacerme un café? —reniego—. ¿Tampoco hay nada dulce?
—¿Te refieres a bollería?
—Me conformaría con una rebanada de pan de molde, la verdad.
—Eso es comida procesada, Candela, sabes que yo solo como realfood. Ten, por suerte para ti, he comprado un pan de centeno que te gustará, nada de pan blanco industrial. Puedo prepararte una tostada con aguacate y huevo o, si quieres decantarte por un desayuno más tradicional, también hay mantequilla.
—Está bien —accedo—, huevo con aguacate, gracias. Eso sí, si no te importa, me prepararé un café, estoy muerta de sueño.
Me levanto de la mesa y voy a poner la cafetera en marcha. Abro un armario tras otro sin encontrarlo.
—Fi, ¿hay algún problema con el café? Porque no lo veo.
—Ah, es que lo he comprado en granos de café. Tienes que molerlo.
—¿Molerlo? —La miro escandalizada. Tiene que estar de coña. Yo no tengo tiempo de ponerme a moler café, tengo mucho trabajo. No creo ni que tengamos un molinillo para poder hacerlo—. Por el azúcar ni pregunto, ¿verdad?
Fi ahoga un gritito.
—¿Te has vuelto loca? El azúcar es VE-NE-NO. No, no hay. Es hora de que dejes de intoxicar tu cuerpo y empieces a alimentarte como Dios manda. Tu cuerpo te lo agradecerá. Y también tu cerebro, seguro que rindes más en la oficina.
—Sí, seguro…
—Además, dices que tienes sueño, cuando empieces a comer sano, dormirás mejor. En ese armario de ahí hay un molinillo —señala—, lo compré el otro día.
—Lo dudo mucho —murmuro en voz baja mientras saco el cacharro y empiezo a moler el café. Necesito esa cafeína en mis venas ahora porque apenas he dormido un par de horas esta noche. Por no hablar de la noche del jueves…
Fui incapaz de conciliar el sueño después de haber salido corriendo de The Alchemist. Solo de pensar en verle la cara al día siguiente a Kenneth se me revolvía el estómago. Largarme de allí sin despedirme había sido una chiquillada, pero me entró el pánico. Estaba fuera de mi ambiente y me sentía incómoda y no se me ocurrió nada mejor. Claro, que cuando me levanté y me fui sin que se enterara no se me ocurrió pensar en qué iba a decirle al día siguiente. Kenneth había dejado muy claro que el viernes íbamos a tener una reunión a primera hora. Me pasé toda la noche dando vueltas en la cama, intranquila, y todo para qué, ¡para nada! Porque el muy cabrón se quedó teletrabajando.
Por fin, termino de molerlo, pongo agua en la cafetera y la pongo al fuego mientras tomo nota mentalmente de sacar un hueco para hacer el próximo día la compra.
Me apoyo en la encimera mientras espero a que empiece a chisporrotear. Cuando escucho su característico sonido y veo que el café empieza a salir, sacó una taza del armario, apago el fuego, me sirvo y me siento de nuevo junto a Fiona.
—El otro día, cuando saliste, pasó algo ¿no? —me pregunta enarcando las cejas al tiempo que bebe su té kombucha como si fuera lo más delicioso del mundo—. Estás rara desde entonces.
—El otro día —explico, llevándome una mano a la frente—, me dieron la gran noticia de que Kenneth Anderson va a ser mi nuevo gerente.
—¿Kenneth Anderson? ¿El que te besó en tu primera fiesta de Navidad en la empresa? —Me mira con los ojos muy abiertos.
—Solo fue un beso bajo el muérdago —replico intentando quitarle importancia.
—Solo fue un beso —tararea, como si se tratara de una canción—, por eso lo recuerdas tres años después. ¡Ja! Y voy yo y me lo creo.
—¡Fiiiiii! No significó nada.
—Candela, me diste la brasa con ese beso durante días. Y te diré algo más, no has vuelto a salir con ningún hombre desde entonces —profiere poniéndose seria—, no es que nunca hayas salido con muchos, pero mujer, que te deben estar saliendo telarañas…
—Eres una exagerada.
Se termina su kombucha y se pone en pie.
—No irás a decirme que te gusta, ¿verdad? —Me mira inquisidora, con sus bonitos ojos verdes.
¿Cómo? ¿Gustarme? ¿Se ha vuelto majara? Yo no tengo tiempo para relaciones. Nunca lo he tenido. Igual que no tengo tiempo para salir de fiesta.
—Lo que no me gusta es tenerlo de superior. —Es una verdad a medias.
Ella me mira suspicaz y la entiendo. Cuando Fiona y yo éramos universitarias no es que yo ligara demasiado, pero tenía alguna que otra aventura y, desde que entré a trabajar en Clifford&Brown mi vida sexual es la de una ameba.
—No me gusta —insisto.
Sé que no termina de creerme, por suerte para mí, tiene turno de mañanas en la herboristería en la que trabaja. Sale de la cocina, se pone un chal de ganchillo verde oscuro que ella misma cosió el invierno pasado y sale de casa.
Exhalo un suspiro de alivio al quedarme sola con mis pensamientos.
Kenneth Anderson NO me gusta. NO me gusta su forma de trabajar. NO me gusta que sea mi gerente. Y, lo que menos me gusta de todo, es que sea una especie de David Gandy sexi que hace que el simple hecho de oír su nombre me ponga nerviosa. Siempre impoluto y luciendo cada día un modelo más impresionante que el anterior. Como el Ken de la Barbie. Solo que él es el Ken Auditor.
¡Maldito Ken Auditor!
Capítulo 4
LA REUNIÓN
KENNETH
El lunes por la mañana entro directo en el despacho de mi amigo Michael, ignorando a su secretaria que me dice que está ocupado. ¿Michael? ¿Ocupado un lunes a primera hora? Más bien estará de resaca y no querrá que nadie lo moleste. Al contrario que yo, que he pasado un tranquilo fin de semana en Cornualles y aprovechando para adelantar trabajo atrasado, lo más probable es que él se lo haya pasado de fiesta.
Cierro la puerta tras de mí al entrar y su cara de agotamiento, escondida tras la pantalla del ordenador, confirma mis sospechas de un par de días de excesos.
—Joder, Michael, ¿también saliste ayer domingo?
Sonríe al escucharme y baja la tapa del portátil.
—Tío, tú tampoco le hubieras dicho que no a esa pelirroja, créeme… lo que te pasa es que te estás haciendo mayor. ¿Qué es eso de pasar el fin de semana con dos vejestorios en vez de con los amigos?
—Mis tías no son vejestorios —replico con voz cortante. No me gusta que nadie hable mal de ellas, ni siquiera mi mejor amigo—, y ya sabes que, para mí, la familia es lo primero. Además, vamos a tope y la tranquilidad que tengo allí siempre me ayuda a concentrarme.
—Venga, Ken, ahora eres gerente. ¡No seas idiota! Deja que te hagan el trabajo duro… te implicas demasiado.
—O tú muy poco —puntualizo.
Adoro a Michael, somos amigos desde el colegio. Estudiamos juntos en la universidad, hicimos el máster de auditoría juntos y entramos como becarios en la empresa a la vez. Nuestras trayectorias son casi idénticas, sin embargo, él ha pasado por todas estas etapas esforzándose lo justo: experto en chuletas y en dejar que otros, entre los que yo mismo me encuentro, le hicieran el trabajo y, al mismo tiempo, un maestro para que pareciera que todo era de su cosecha. A mí me seleccionaron como becario por mis buenas notas, a él, por sus «referencias». Otro lo llamaría enchufe, pero Michael es mi amigo. No comulgo con sus métodos de ascender laboralmente, igual que no lo hacía en la escuela ni en la facultad, pero eso nunca ha afectado a nuestra amistad, al fin y al cabo, yo siempre me he mantenido firme en mis convicciones y él nunca me ha querido arrastrar a utilizar sus métodos.
Donde sí me ha arrastrado ha sido de fiesta. Y a eso, la verdad, es que no sé decir que no.
—Bueno, ¿qué se siente siendo gerente?
—¿Agobio?
—No puedes estar hablando en serio, Ken —me mira como si fuera una especie de extraterrestre—. Tienes un despacho, una secretaria y ¡todo un equipo de gente para hacer el trabajo sucio! Dedícate a supervisar que todo se haga correctamente y deja de intentar hacerlo todo tú solo.
Es fácil para él decirlo. Michael lleva ya un año siendo gerente, audita bancos, lleva uno o dos proyectos al año y detrás de él tiene un equipo con seis seniors y ocho asistentes. Así ya puede despreocuparse. En cambio, a mí acaban de ascenderme, llevo proyectos, muchos, y mi «equipo» se reduce a una senior y dos asistentes. Tengo que estar pendiente de las cosas.
—Yo no hago eso… pero no me gusta ser de los que le pasan los informes para firmar al señor Coppack sin pegar un palo al agua.
—¡No cambiarás nunca, Ken! Siempre tan formal.
Suspiro. Sé que hay cosas que Michael nunca entenderá, pero tal vez su vida ha sido siempre demasiado fácil para que lo haga.
—Y qué hay de esa española que tienes en tu equipo, ¿Candela se llama? Se la ve un poco estirada, pero está buena.
—¡Michael!
Detesto que hable de ese modo de una compañera. Sé que suele hacerlo y llevo años escuchándole hablar así, pero nunca me había molestado tanto como ahora. Lo miro irritado y se calla, consciente de que si sigue por ahí terminaremos discutiendo.
—Está bien, está bien… —responde, levantando los brazos en modo de disculpa—, ya dejo el tema. Me parece que hoy te has levantado con el pie izquierdo, amigo.
—No es eso… es que vamos de culo, son muchos proyectos, se acercan varias fechas de entrega y por si no fuera suficiente, me acaban de asignar una empresa nueva.
—¿Por qué no salimos a tomar un café y me cuentas? Tengo demasiado alcohol en mis venas —musita mientras abre el cajón, saca un antiinflamatorio, se sirve un vaso de agua y se traga la pastilla—. Respecto a esa empresa nueva, ¿no será…?
—Lo siento —lo interrumpo, mirando el reloj y poniéndome en pie a toda prisa al percatarme de la hora—, solo pasaba a saludar, tengo una reunión con el equipo. Y llego tarde —añado.
—Está bien —accede—, ¿comemos juntos luego?
Asiento con la cabeza, me despido y me voy pitando. Ya es casi la hora. ¿Qué clase de gerente llegaría tarde a una reunión con su nuevo equipo?
Uno como yo.
Cuando llego a una de las salas acristaladas que solemos usar para las reuniones o las citas con clientes y que he reservado para hoy, me doy cuenta de que no solo Candela está ya sentada, si no también Merry y Pippin. Me sorprenden. En algunos aspectos me recuerdan a nosotros cuando éramos más jóvenes, pero veo que se parecen más a mí que a él. Sí, les gustan las juergas, pero, por lo que me han contado de ellos, también son dos cerebritos.
Los tres están de espaldas a mí, así que me quedo un par de segundos observándolos. O, mejor dicho, observándola. Hoy va vestida con un discreto traje de chaqueta en tono crema que le queda genial y que resalta su larga melena castaña.
Recuerdo a la perfección la fiesta de Navidad en la que la conocí cuando ella acababa de incorporarse a la empresa y, también, como me ha evitado desde entonces. En los últimos tres años ha hecho como si no me conociera cuando nos cruzábamos en la oficina, aunque he seguido de cerca su trayectoria: es una de las seniors mejor valoradas: es eficiente, minuciosa y responsable, aunque también es bastante seria e introvertida, apenas sale con los compañeros fuera del trabajo y sé que dedica más horas de las que cabría esperar a cada proyecto que se le asigna.
No quiero que se sienta incómoda trabajando conmigo, tengo un buen equipo y acaban de ascenderme a gerente. Quiero hacer las cosas bien. Esta reunión puede ser un nuevo comienzo. Me doy cuenta ahora de que salir de afterwork no fue una buena manera de acercarme a Candela, aunque Merry y Pippin quedasen encantados.
Esta reunión es mi oportunidad para redimirme y causar una buena impresión. Supongo que llegar tarde no es un buen comienzo, pero no es nada que no se pueda arreglar.
—¡Buenos días, equipo! —saludo con energía al entrar en la sala.
—¡Buenos días, Kenneth! —Merry y Pippin sonríen de oreja a oreja y sé que ellos me van a poner las cosas fáciles. Candela… eso es otro cantar.
—Buenos días. —Su tono es educado, pero a la vez serio e impersonal.
Me siento a la mesa con ellos y abro el portátil. Quiero que me cuenten cómo llevan los proyectos con fecha de entrega más cercana y quiero hablarles del nuevo que nos han asignado.
Un par de horas más tarde sonrío satisfecho. Los tres trabajan bien y. aunque en este mundillo siempre vamos pillados con los plazos, pienso que llegaremos a todo.
Solo me queda una cosa por comentarles. En concreto a Candela. Y no tengo tan claro que esto sea tan fácil como el resto de la reunión.
—Por cierto, chicos, además de todo esto que tenemos pendiente, nos han asignado una nueva auditoría: UK Pastry. Se trata de una empresa que se dedica a la fabricación y venta de bollería congelada y que está ubicada en Cornualles.
Los tres me miran con curiosidad y con un poco de agobio. Una empresa nueva a la que auditar equivale a muchas más horas de trabajo para ellos.
—Quiero que vayamos la semana que viene —continúo—. Y yo iré personalmente. Te vendrás tú conmigo, Candeeelaaa. —Puedo ver su expresión de horror, pero no me importa lo que le parezca, este es su trabajo—. Vosotros avanzad con las pruebas de auditoria pendientes.
Merry y Pippin asienten.
Candela permanece impasible y aunque su cara no es buena, está tratando de mantener la calma. Casi lo consigue, hasta que le digo dónde vamos a alojarnos.
—Como la casa donde yo me crie, está muy cerca, nos quedaremos allí. Mis tías no me perdonarían que estuviera trabajando en el mismo pueblo y no me alojase con ellas.
—Lo siento, pero yo… —titubea Candela, incrédula—, yo no puedo…
—Sería ridículo que yo me quedara allí y tú te fueras a un hotel, Candy. Y estoy seguro de que mis tías se lo tomarían como un feo. Estarán encantadas de tenerte en su casa.
Me pongo de pie y cierro el portátil. No miento. Amelia y Abigail se tomarían muy a mal que yo no me quedase con ellas y les parecería totalmente descortés que enviase a Candela a un hotel. Y también sé lo mucho que van a emocionarse cuando se lo diga. Desde luego, su reacción será mucho más entusiasta que la de Candela. Sé que la idea no le apasiona, pero no me queda otra.
Ojalá no nos hubieran asignado esta empresa, pero es lo que hay.
—Tranquila, Candy, la casa es grande. Dormiremos en habitaciones separadas —suelto antes de salir de la sala de reuniones.
Ya desde mi despacho, me arrepiento de lo último que he dicho. Esa frase final sobraba. Joder. Si quería que no se sintiera incómoda, no podría haberlo hecho peor.
Ya he vuelto a cagarla.
Capítulo 5
NOS VAMOS A PERRANPORTH
CANDELA
—¿Una empresa de bollería industrial congelada? —exclama Fiona fuera de sí—. Eso es una aberración. ¿Es que no tenemos bastante ya con toda la bollería que se vende en los supermercados, con todos los ultraprocesados que se consumen hoy en día que es necesario tener el congelador lleno, literalmente, de veneno? ¡Es un despropósito! —clama alzando los brazos al cielo.
—Fi, relájate. Igual no me has escuchado bien cuando te hablaba, mi problema es otro… —le replico mientras preparo la maleta para pasar una semana fuera de casa.
—¡Claro que no! La gente ya ni siquiera es capaz de preparar sus propios pasteles —sigue bufando—, no es que esos sean mucho más sanos, claro, porque los hacen con azúcar y harinas refinadas, pero… ¡pudiendo tener el congelador lleno de verduras! —se lamenta.
Me siento en la cama, agobiada. Fiona no me escucha y necesito desahogarme con alguien. Ha sido una semana muy dura y ahora mismo necesito una amiga, no a una activista. No es que no esté de acuerdo con ella en muchas de sus afirmaciones, yo misma intento comer más comida real, pero, ahora mismo, los procesados no son el mayor de mis problemas. Mi problema se llama Kenneth, pero Fiona es como si escuchase hablar en chino.
—¡Fiiiiii! —suplico mientras doblo un par de camisas.
—¡Vale, vale! Ya paro —accede, al ver mi expresión de hastío—. Me voy al salón a ver Netflix. Por si te animas cuando termines de prepararte el equipaje.
La veo salir de mi dormitorio y suspiro aliviada, cuando Fiona se pone en plan realfooder no hay quien la pare. Me siento sobre la cama y trato de buscar la respuesta a mi problema. Una vez más, rememoro la fiesta de Navidad de mi primer año como junior en la firma y, entonces, me doy cuenta de que, en realidad, él no me ha hecho nada. Incluso, si lo pienso con frialdad, hasta podría decir que me ayudó a superar la vergüenza cuando yo no me veía capaz ni de subir al escenario. Bueno, Ken y el Jäger, para ser exactos. Lo único que hizo fue tranquilizarme y conseguir que subiese con el resto de mis compañeros para hacer la representación navideña. Claro que, que me besase bajo el muérdago lo cambió todo. Y, ahora que es mi gerente, ese beso no ayuda a que me sienta cómoda cuando lo tengo cerca.
No ayuda nada.
Y eso es lo que no me gusta.
Kenneth me descentra. Me descentra de mis objetivos. Me descentra del trabajo y me hace sentirme como una adolescente y eso es algo que no puedo permitirme.
Intento racionalizarlo un poco, al fin y al cabo, ¿qué hay más tradicional en Inglaterra que un beso bajo el muérdago en Navidad? Seguro que él no le da ninguna importancia y yo tampoco debería dársela.
Será mejor que empiece a relajarme.
Mejor dicho, tengo que empezar a relajarme si no quiero que esta semana se convierta en una tortura.
Siete días auditando en la costa de Cornualles a solas con Kenneth. El estómago me da un vuelco solo de pensarlo. Creo que necesito una de esas infusiones de Fiona, está visto que la relajación no es lo mío…
Con estas firmes intenciones bajo al salón y le pido que me prepare una. Entusiasmada de ver que por fin le hago caso, pega un brinco del sofá y va corriendo a la cocina.
—¡Nada de Kombucha, por favor!
Asoma la cabeza por la puerta:
—Tranquila, me ceñiré a los clásicos. Tila, azahar, melisa y hierbaluisa, la mezcla es infalible. Hoy dormirás como un bebé.
Me siento sobre nuestro desfondado sofá beige y espero a que regrese para poner de nuevo la serie en marcha. Adoro esta casa, puede que sea pequeña y que algunos muebles empiecen a estar desgastados por el paso de los años, pero saber que mis padres vivieron juntos aquí hace que no quiera deshacerme de ninguno de ellos. Aunque he de admitir que si hay que cambiar algo, lo primero será el sofá, pienso mientras noto como me hundo entre sus mullidos cojines.
Fiona entra y me ofrece una taza con una infusión bien caliente. Arde, así que la dejo sobre una pequeña mesa de madera de haya y espero que se enfríe un poco. Un par de minutos más tarde, le doy un sorbito, con todas mis esperanzas depositadas en que sea efectiva y me permita descansar… Trato de concentrarme en el capítulo de Peaky Blinders que mi amiga está viendo sin éxito. Los nervios siguen apoderándose de mí. Pasar una semana en casa de unas desconocidas me pone nerviosa, me cuesta estar tranquila cuando estoy fuera de mi zona de confort. Y, para rematarlo todo, a Kenneth no se le ocurrió nada mejor que descartar el viaje en avión hasta Perranporth, cuando habríamos tardado apenas una hora, y se decantó por ir en automóvil. Ahora voy a pasar cinco horas metida con él en su coche y, eso, no hace más que acrecentar mi nerviosismo.
Decido que lo mejor es irme a la cama temprano e intentar conciliar el sueño, no quiero parecer una zombi cuando Kenneth, que se ha ofrecido a coger el coche y conducir hasta el norte de Cornualles, pase a recogerme.
Vale. No sé si soy un zombi, pero, oficialmente, soy un mapache. Las ojeras me llegan hasta el suelo. Ni infusiones, ni técnicas de relajación, ni contar ovejitas. Me he pasado la noche dando vueltas en la cama y, conforme pasaban las horas, cada vez me ponía más nerviosa, pensando en lo poco que iba a dormir y, cuanto más lo pensaba, más me desvelaba. Al final, no se me ha ocurrido nada mejor que ponerme a mirar el móvil, pero la luz de la pantalla solo ha hecho que ya no lograra conciliar el sueño de ninguna de las maneras.
No va a haber corrector suficiente en el mundo para tapar los cercos morados que tengo debajo de los ojos. Bueno, siempre puedo decir que he estado trabajando hasta tarde. Eso es lo que tendría que haber hecho. Al menos la noche habría sido productiva. En fin, ahora ya no se puede hacer nada.
Es bastante temprano, aún no ha amanecido, así que bajo por las escaleras tratando de no hacer ruido para no despertar a Fiona, que no entra a trabajar hasta las seis de la tarde. Dejo la maleta en la entrada y voy a la cocina para prepararme un café, hasta que recuerdo que el único que hay es el de grano y que tengo que molerlo. Uf, no tengo tiempo.
De nuevo, tomo nota mental de que, en cuanto vuelva a casa, tengo que ir a hacer la compra si no quiero que Fiona se apodere de la despensa y me vea abocada a alimentarme exclusivamente de edamames o algo por el estilo.
Me he vestido con un traje de chaqueta a cuadros gris y una camisa en tono azul claro. Cojo la gabardina de un viejo perchero de madera que hay en el recibidor, me la pongo y salgo a esperar a Kenneth a la calle. Debe de estar al caer.
Cuando veo que un espectacular Jaguar descapotable de color verde se detiene justo frente a mí, baja la capota y reconozco al conductor, me quedo boquiabierta.
Un gerente de una firma de auditoría importante gana un sueldazo, pero un coche de esta categoría es demasiado. Es un clásico. Debe de valer una fortuna. Esto no hace sino acrecentar mi teoría de que Ken no es más que un enchufado. Seguro que ha ascendido tan rápido porque vendrá de una familia bien.
—Buenos días, Candeeelaaa, ¿un café? —pregunta mostrando un vaso para llevar del Starbucks al tiempo que abre la portezuela del coche y me coge el trolley y se dispone a cargarlo en el maletero.
Vale. Mi corazón acaba de ablandarse un poquito. Si hay algo que mi cuerpo necesita ahora mismo, es cafeína. Y, además, podré criticarle otras cosas a Kenneth, pero está claro que es un perfecto gentleman.
Doy un trago al café que me ha dado y siento cómo me reconforta. Me subo al coche y lo observo con detenimiento. Hoy no lleva traje, supongo que, para no arrugarlo durante el largo trayecto, aunque, probablemente, haya un portatrajes con varios modelitos en el maletero, si hay algo por lo que Kenneth llama la atención es por lo bien vestido que va. Un atuendo para cada ocasión. Como el Ken de la Barbie.
Lleva unos chinos en tono beige con unos náuticos marrón oscuro y una camisa blanca cubierta por un fino suéter granate. Para completar el estilismo, luce unos guantes de conducir de cuero marrón. Hoy es el Ken piloto. Me jode decirlo, pero está muy guapo. No se ha afeitado y tiene una ligera barba de dos o tres días que le hace todavía más atractivo.
Me abrocho el cinturón, Kenneth se sienta a mi lado y arranca el coche. El jaguar es realmente espectacular, con sus asientos tapizados en cuero verde y su volante de madera. Se me hace raro ir sentada en el lado izquierdo, es algo a lo que me cuesta acostumbrarme cuando voy con alguien de copiloto a pesar de que llevo viviendo en Inglaterra desde que empecé la universidad. El viento me golpea en la cara y, aunque estamos en septiembre, ya hace frío en Londres, ¿qué necesidad hay de ir descapotados?
Como no me atrevo a decir nada, me concentro en beberme el café. Dios, van a ser las cinco horas más largas de mi vida. Ahora mismo, me gustaría parecerme un poquito más a mis asistentes, siempre tan alegres y extrovertidos, no tienen problemas con nadie y siempre saben qué decir. Supongo que, en parte, esto es lo que pasa cuando apenas tienes vida social. Cuando nunca la has tenido.
Me he pasado la vida estudiando y esforzándome para ser la mejor y, para eso, he renunciado a mi tiempo libre. Fiona es una de las pocas amigas que tengo y tampoco es que seamos lo que se dice, íntimas. Con toda probabilidad, si no hubiésemos compartido habitación en la universidad, no habríamos cruzado ni dos palabras porque apenas tenemos nada en común. Sin embargo, a pesar de nuestras diferencias, congeniamos. Hasta el punto de que, cuando ambas terminamos nuestros estudios, yo en Administración y Dirección de Empresas y ella en Nutrición, y me contó que estaba buscando una habitación en Londres le propuse que me pagase un pequeño alquiler y viniera a vivir conmigo.
Me termino el café y veo que Ken me mira de reojo. No podemos seguir en silencio todo el viaje. Resultaría demasiado incómodo y, por lo que sea, él se ha propuesto dejarme espacio y no entablar conversación hasta que yo lo haga.
«Muy bien, es hora de superar esto», me digo. Y lo hago de la única forma en la que sé hacerlo: hablando de trabajo. Tal vez piense que soy una aburrida, pero ¿qué me importa eso a mí? Es mi superior, si cree que soy una adicta al trabajo, pues mejor. En el único ámbito en el que he de causarle buena impresión es en el laboral.
O eso quiero creer.
—Háblame de la empresa que vamos a visitar, Kenneth —comienzo—, creo que es la primera vez que voy a auditar una empresa de la industria alimentaria.
Mi gerente se gira hacia mí y sonríe.
—Es una empresa curiosa, por lo que he leído de ella. Fabrican todo tipo de bollería y la venden congelada directamente a supermercados o directamente a particulares.
—Mi compañera de piso está escandalizada. No puede entender que la gente prefiera llenar el congelador de muffins y donuts en vez de tenerlo repleto de bolsas de menestra de verduras —exclamo entre risas, sintiéndome, de pronto, más relajada.
—Te diré algo, estoy de acuerdo con ella y, aunque me parece que soy algo menos radical que tu amiga, creo que el movimiento realfooder está haciendo mucho bien.
Lo miro, atónita. ¿Ken realfooder?
—Disculpa, pero creo que el alcohol no entra dentro de los alimentos permitidos. Y no vayas a decirme ahora que tu consumo es ocasional, porque salir de afterwork casi cada día de la semana yo diría que es más bien un hábito.
—Vale, ahí me has dado. Reconozco que tendría que beber menos. Y, sí te soy sincero, tampoco le digo que no a un buen dulce, pero ¿qué le voy a hacer? Me gusta salir y pasarlo bien. ¡Soy humano!
—¡Eh, yo también soy humana! —replico un poco ofendida.
—Relájate, Candy, no era más que una forma de hablar. Sé que no eres ningún robot. Te he besado.
Capítulo 6
AMELIA Y ABIGAIL
KENNETH
¿Te he besado? ¿En serio? ¿En qué cojones estoy pensando? Si tenía firmes intenciones de dejar de incomodar a Candela, está visto que no voy por buen camino. Si sigo así lo único que voy a hacer es acobardarla y, teniendo en cuenta que vamos a pasar una semana viviendo bajo el mismo techo, no parece lo más apropiado. Por no hablar de que va a ser parte de mi equipo vete tú a saber cuánto tiempo.
«¡Céntrate, Kenneth! Y discúlpate, joder».
—Perdona, Candy —sé que no le gusta que yo la llame por el apodo que le han puesto Merry y Pippin, pero me resulta más sencillo que pronunciar correctamente su nombre—, ese comentario ha sido muy desafortunado.
—¡Sí! —replica mirándome furibunda— igual que tu beso en la fiesta de Navidad.
Esa respuesta tan cortante y malhumorada me deja perplejo. No sé qué decir. No me habría esperado una respuesta así de alguien como ella, siempre me ha parecido muy dulce y tímida, pero, quién sabe, puede que Candela sea mucho más de lo que he podido ver de ella hasta ahora.
Lo mejor será que cierre la boca un rato. Al menos hasta que paremos en algún área de servicio a mitad de camino.
«Quédate un rato calladito, Kenneth».
El trayecto hasta casa de mis tías Amelia y Abigail se me hace eterno. Pese a que intento por todos los medios empezar de cero y retomar el buen rollo del inicio del viaje, no lo consigo. Candela se ha cerrado en banda y está hermética. La poca conversación que tenemos es de temas de trabajo.
Suspiro. La he fastidiado, pero tengo una semana para arreglarlo.
Por fin, llegamos a Perranporth, la pequeña localidad costera en la que me crie con mis tías Amelia y Abigail. Sé que apenas tendremos tiempo libre estos días, pero me encantaría poder enseñársela a Candela. Aunque dudo mucho que quiera venir conmigo a algún sitio que no sea UK Pastry. Por la expresión que ha puesto cuando he mencionado lo del beso, creo que lo único que vamos a hacer juntos va a ser el trabajo de planificación y entendimiento del cliente. Y espero que eso podamos hacerlo sin más encontronazos.
No sé qué me pasa, pero no hago más que cagarla. ¡No lo hago a propósito! Mi única intención es hacer bien las cosas, pero es que no sé por qué no hago más que hablar de ese jodido beso. ¡No fue más que una tontería! Se suponía que iba a sacármelo de la cabeza, pero cada vez se me enquista más.
De pronto vislumbro la casa de mis tías y me relajo. Estar en casa siempre me trae paz. Cuando aparco el coche en la puerta y giro la llave para apagar el motor, me doy cuenta de que me he pasado gran parte del trayecto mordiéndome las uñas de la mano izquierda, en especial el índice. ¡Mis tías van a matarme! Odian que me muerda las uñas… La última vez no se les ocurrió nada mejor que pintármelas con su esmalte para ver si así dejaba de hacerlo. Bueno, más me vale meterme la mano en el bolsillo del pantalón cuando aparezcan y evitar que se percaten y me echen una bronca delante de Candela como si fuera un niño.
Porque estoy convencido de que lo harían.
—Ya hemos llegado —musito—. Será mejor que dejemos las maletas y vayamos directos a UK Pastry. Mis tías estarán ahora trabajando, cuando regresemos ya estarán en casa y te las presentaré.
Saco las maletas y me acerco a la puerta con los dos bultos a cuestas.
—Gracias —dice de pronto Candela con cierta timidez.
Yo no puedo evitar esbozar una sonrisa mientras saco las llaves del bolsillo y abro la puerta de la entrada. Apenas he girado las llaves y la puerta se abre con fuerza.
—¡¡¡Kenneth!!! ¡¡¡Oh, Kenneth!!!
Amelia y Abigail se abalanzan sobre mí como si no me hubieran visto en años, aunque la realidad es que vine a verlas hace una semana. De pronto siento un poco de vergüenza. Un tío hecho y derecho como yo, con treinta y dos años, espachurrado por sus dos tías mayores como si fuera un niño de cinco. Solo les falta estrujarme los mofletes.
—¡Ken! —exclama Amelia—, ¡¡no te has afeitado!! ¿Cómo vas a ir a trabajar así?
Antes de que tenga tiempo de replicar, Abigail me coge la mano izquierda e inspecciona mis uñas. ¡Mierda!
—Kenneth Anderson —profiere en tono firme—, ¿qué habíamos hablado de morderse las uñas?
Ay, Dios. Elevo la vista al cielo, rogando para que mis tías terminen pronto con su recibimiento. No había contado con todo esto. Me siento como un crío. Tendrían que estar trabajando. ¿Qué cojones hacen en casa? Me hacía mucha ilusión venir a pasar estos días con mis tías, pero ahora que estoy aquí empiezo a arrepentirme. Tal vez traer a Candela a mi casa no haya sido una gran idea. Es en ese preciso momento cuando reparan en ella.
—¡Oh! ¿Quién es esta encantadora jovencita? —inquieren al unísono.
Candela, a quien, por lo visto, la situación le resulta de lo más graciosa se acerca a ellas para saludarlas y les ofrece la mano.
—¿Qué tal? Soy Candela, compañera de trabajo de Kenneth. Espero no ser ninguna molestia estos días.
—¡No eres ninguna molestia! Estamos encantadas de teneros aquí. Apenas vemos a Ken. Siempre está muy ocupado con ese trabajo suyo. —dice Abigail haciendo un mohín y tirando de ella y fundiéndola en un cariñoso abrazo para su sorpresa.
—¡Tía! No seáis exageradas, vine la semana pasada… —protesto. Si por ellas fuera, nunca habría salido de Perranporth. Menos mal que el tío Waldo las animó para que me enviasen a estudiar fuera cuando empecé secundaria. Sé que mandarme a un internado fue duro para ellas, pero me hubiera criado en una burbuja de no ser por él—. ¿No tenéis que ir a abrir la tienda? Candela y yo solo íbamos a dejar las maletas antes de marcharnos.
Mis tías tienen un pequeño negocio de tocados que montaron cuando yo no era más que un niño. A día de hoy es un negocio bastante exitoso. Mi tío Waldo, que está mucho más modernizado que ellas, entre otras cosas porque vive en la capital y porque es más joven, les creo un perfil de Instagram y ahora venden también por internet.
—¿Has desayunado? —pregunta Amelia ignorando todo lo que acabo de decirle—. Seguro que no. Tú siempre corriendo y con prisas. Venid, pasad a la cocina y tomad algo —insiste agarrándome y tirando de mí. Joder. Adoro a mis tías, pero tenemos que irnos. ¿Aprenderé alguna vez a decirles que no?
Por fortuna para mí, Candela me saca del apuro.
—Amelia, Abigail, son ustedes muy amables. Ken y yo solo nos hemos tomado un café esta mañana y lo cierto es que tenemos apetito, pero… —hace una pequeña pausa—, vamos a auditar por primera vez esta empresa y tenemos una semana muy ajetreada por delante. ¿Por qué no nos preparan unos sándwiches y nos los comemos allí?
Mis tías la miran, dudosas. Saben que tenemos que irnos, pero, como siempre, se resisten a dejarme salir.
—Les prometo que así llegaremos temprano esta tarde. ¡Quizás lleguemos incluso a tiempo hasta para tomar el té!
—¿A la hora del té? ¡Por Dios querida, ¿cómo no ibais a llegar a la hora del té?
—¡¡Llegar tarde al té!! Es lo más gracioso que he oído nunca.
Las dos ríen como si de dos gallinas cluecas se tratasen.
Suspiro. Llevo años trabajando en Clifford&Brown y mis tías saben cuántas horas le hecho y como siempre voy apurado con las fechas límite y, aun así, les parece imposible que lleguemos tarde a tomar el té. ¡No cambiarán nunca!
Por suerte para mí, el tono dulce y cariñoso de Candela es suficiente para convencerlas. Nos preparan un pícnic mientras nos instalamos en nuestros respectivos cuartos: yo en el que ha sido mi habitación desde que era un niño y Candela en el de invitados y, al fin, nos dan su beneplácito para que nos marchemos.
De nuevo en el coche, lo arranco nervioso. Se nos estaba haciendo tarde y era imposible callar a mis tías.
—Disculpa —me excuso ante Candela—, igual habría sido mejor dejar las maletas en el coche e ir directos a la empresa —miro el reloj, intranquilo—, hemos perdido un buen rato con mis tías.
Ella me mira, sonriente, y siento que toda esa tensión y ese mal rollo que se había generado durante el camino se ha esfumado gracias al surrealista recibimiento de mis tías.
—No te agobies, nos espera una semana de mucho trabajo y hoy solo es el primer día, tenemos tiempo para preparar bien la auditoría. Además, si te soy sincera —exclama con una sonrisa—, Amelia y Abigail me han parecido encantadoras. Ahora comprendo que quisieras aprovechar el viaje para estar con ellas.
Suspiro más aliviado. Mi tío Waldo y mis tías son lo único que me queda desde que perdí a mis padres, y, tal vez, no me hubiera atrevido a traer a otro compañero de trabajo a casa, pero me alegro de haberlo hecho con ella. No podía venir a auditar a una empresa que está tan cerca de su casa y no aprovechar el tiempo para estar con ellas. Me tranquiliza que a Candela le hayan caído bien y, todavía más, que me entienda. Sabía que no me equivocaba. El trabajo es algo muy importante en mi vida, pero mi familia lo es todo, tal vez sea pequeña y esté rota, pero es la mía.
—Te aseguro que si tuviésemos que ir a España a auditar a alguna empresa yo también aprovecharía para ver a mi familia —continúa de buen humor.
Y entonces, al ver su actitud, me digo que, tal vez, este sea el momento de empezar de nuevo con ella. Y para conseguirlo, he de empezar a mirarla con otros ojos. He de empezar a concentrarme en cómo trabaja y olvidarme de todo lo demás. Sí. Incluido ese estúpido beso bajo el muérdago que no paro de recordar desde que supe que ella iba a ser parte de mi equipo.
Bah, no puede ser tan difícil. Sería la primera vez que una mujer le quita el sueño a Kenneth Anderson.
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