Читать книгу: «Las Marismas»

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Título original: Myrin

© 2000, Arnaldur Indridason.

© de la traducción: 2006, Kristin Arnadóttir.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO538

ISBN: 978-84-9056-081-5

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Cita

Nota sobre los nombres propios islandeses

Reikiavik 2001

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«Todo esto es una condenada marisma.»

ERLENDUR SVEINSSON

Policía de investigación criminal



NOTA SOBRE LOS NOMBRES PROPIOS ISLANDESES

Los islandeses siempre se tratan por el nombre de pila, puesto que la mayoría de ellos tienen un patronímico, que termina en -son en el caso de los hijos y en -dóttir en el caso de las hijas. Los nombres de las personas no se ordenan por el apellido, sino por el nombre, incluso en la guía telefónica. Aunque pueda parecer extraño, los policías, a pesar de las jerarquías, se llaman por el nombre de pila, y también entre policías y criminales.

El nombre completo de Erlendur es Erlendur Sveinsson, y el de su hija, Eva Lind Erlendsdóttir. Los matronímicos son excepcionales, aunque se dice que Audur significa Kolbrúnardóttir (la hija de Kolbrún). Sin embargo, algunas familias tienen apellidos tradicionales que derivan o se adaptaron directamente del danés como resultado del gobierno colonial que duró hasta principios del siglo XX. Briem es uno de esos apellidos tradicionales y por ello no revela el género. En el caso de Marion Briem, el ambiguo nombre de pila hace incrementar la intriga.

Por otra parte, los nombres islandeses son, en su gran mayoría, significativos, y los autores juegan frecuentemente con sus significados. Por ejemplo, Erlendur quiere decir «forastero».

REIKIAVIK

2001

1

Las palabras estaban escritas a lápiz en una hoja de papel colocada sobre el cadáver.

Tres palabras, incomprensibles para Erlendur.

El cadáver era de un hombre que debía de rondar los setenta años. Estaba echado sobre su lado derecho en el suelo, junto a un sofá, en un pequeño salón, y vestía camisa azul y pantalones de pana de color marrón claro. Calzaba zapatillas. El cabello gris, que había empezado a escasear, estaba manchado con la sangre de una aparatosa herida en el cráneo. En el suelo, cerca del cadáver, había un cenicero grande de cristal, cuadrado y con aristas afiladas. También estaba manchado de sangre. La mesa de centro estaba volcada.

Era un apartamento en el sótano de una casa de hormigón de dos pisos, en el barrio de Las Marismas. La casa estaba rodeada de un pequeño jardín protegido en tres de sus lados por un muro. Los árboles habían perdido las hojas, que ahora cubrían totalmente el suelo del jardín. Sus encorvadas ramas se estiraban hacia el cielo ennegrecido.

Un camino de grava conducía hasta la entrada del garaje. Seguían llegando agentes de la policía de Reikiavik. Se movían sin prisas, como fantasmas en una casa vieja. Esperaban al médico forense para que firmara el certificado de defunción. El hallazgo del cadáver les había sido comunicado quince minutos antes; Erlendur fue uno de los primeros que se presentaron en el lugar. Estaba esperando la llegada de Sigurdur Óli en cualquier momento.

El crepúsculo de octubre cubría la ciudad y la lluvia batía contra el viento otoñal. Alguien había encendido una lámpara que, desde una mesa del salón, alumbraba la estancia con una luz tenebrosa. Aparte de eso, no se había tocado nada. Los técnicos estaban colocando grandes focos sustentados en trípodes. Con ellos se iluminaría el apartamento.

Erlendur fijó su atención en una librería, después en un desgastado tresillo, una mesa de comedor, un viejo escritorio situado en un rincón, una alfombra que cubría el suelo y las manchas de sangre en la alfombra. Una puerta comunicaba el salón con la cocina y otra se abría hacia un pequeño corredor que daba paso a dos habitaciones y un aseo.

El vecino del piso de arriba fue quien avisó a la policía. Había llegado a casa después de ir a buscar a sus dos hijos al colegio y le extrañó encontrar la puerta de entrada del sótano abierta de par en par. Se veía el interior del apartamento. Le extrañó y llamó a su vecino desde fuera, para saber si estaba en casa. No contestó nadie. Entonces se asomó por la puerta y volvió a llamar; pero tampoco obtuvo respuesta. Vivía con su familia en el piso de arriba desde hacía algunos años, pero no conocía bien al señor del sótano. Su hijo mayor, de nueve años, no fue tan prudente como su padre y en un segundo entró hasta el salón del apartamento. Volvió a salir enseguida diciendo, sin mayor preocupación, que había un hombre muerto ahí dentro.

—Ves demasiadas películas —le dijo su padre, pero cuando entró vio a su vecino en el suelo, en medio de un charco de sangre.

Erlendur sabía cómo se llamaba el muerto. Su nombre figuraba en el timbre de la puerta; sin embargo, para evitar la posibilidad de hacer el ridículo se puso unos guantes de látex y sacó la billetera del hombre del bolsillo de una chaqueta que colgaba en la entrada; ahí encontró una tarjeta de crédito con su fotografía. Se llamaba Holberg y tenía sesenta y nueve años. Muerto en su domicilio. Probablemente asesinado.

Erlendur dio una vuelta por la vivienda haciéndose algunas preguntas. Ése era su trabajo. Investigar lo evidente. Los técnicos se ocupaban de lo oculto. No vio ninguna señal de que las ventanas o las puertas hubieran sido forzadas. A primera vista parecía como si el hombre hubiera permitido entrar a su asesino. Los vecinos habían dejado huellas en la entrada y sobre la alfombra cuando irrumpieron con los zapatos mojados por la lluvia, así que también tenía que haber huellas del asesino. A no ser que se hubiera quitado los zapatos al entrar. Erlendur opinaba que el asesino seguramente tenía demasiada prisa para permitirse perder un tiempo precioso en quitarse los zapatos. Los técnicos habían llevado aspiradores y polvos para buscar cualquier pequeña partícula escondida y tratar de descubrir huellas: huellas dactilares y barro de zapatos de personas ajenas a la casa. Buscaban cualquier cosa que resultara extraña. Cualquier rastro dejado allí.

Erlendur opinaba que el hombre no había recibido a su visitante con especial hospitalidad. No le había invitado a tomar café. La cafetera de la cocina no tenía aspecto de haber sido usada en las últimas horas. No se veía tampoco ninguna tetera y no se habían sacado las tazas del armario. Los vasos estaban limpios y en su sitio. Evidentemente, el muerto había sido un hombre ordenado. Todo estaba en orden. Tal vez no conocía bien a su asesino. Tal vez el visitante le atacó por sorpresa en el momento de abrir la puerta. Sin quitarse los zapatos.

¿Se puede asesinar a alguien estando descalzo?

Erlendur echó un vistazo a su alrededor y decidió que tendría que organizar sus ideas.

Estaba claro que el visitante tenía prisa. No se había esforzado en cerrar la puerta al marcharse. El mismo ataque parecía haber sido hecho de forma apresurada, de repente y sin previo aviso. En la vivienda no había señales de pelea. Al parecer, el hombre se había caído directamente al suelo, volcando la mesa de centro al desplomarse. A primera vista, todo lo demás estaba intacto. Erlendur no apreciaba ningún signo de robo. Los armarios estaban cerrados, también los cajones; un ordenador moderno y una cadena musical vieja estaban en su sitio, la cartera del hombre en el bolsillo de su chaqueta, con un billete de dos mil coronas y dos tarjetas, una de débito y otra de crédito.

Aparentemente el asesino había cogido lo que tenía más a mano para golpear al hombre en la cabeza. El cenicero era verdoso, de un cristal grueso que, según los cálculos de Erlendur, debía de pesar por lo menos un kilo y medio. Un arma homicida para quien así quisiera verlo. Era improbable que el visitante lo hubiera traído consigo y lo hubiera dejado luego ensangrentado en el suelo.

Éstas eran las pistas evidentes: el hombre abrió la puerta e invitó al visitante a entrar o, en todo caso, le acompañó hasta el salón. Probablemente conocía al visitante, aunque no tenía por qué ser así. Fue atacado con el cenicero, un golpe sordo; y luego, el asesino salió a toda prisa y dejó abierta la puerta de entrada. Todo clarísimo.

Salvo el mensaje.

Estaba escrito en una hoja rayada tamaño A4, que parecía arrancada de un cuaderno de espiral y era la única pista que sugería que se trataba de un crimen premeditado; hacía pensar que el visitante había ido allí con el único propósito de asesinar al inquilino. Había escrito un mensaje. Un mensaje de tres palabras que Erlendur no lograba entender. ¿Escribió las palabras antes de llegar al apartamento? Otra pregunta evidente que requería respuesta. Erlendur se acercó al escritorio del rincón del salón. Sobre el mueble había montones de documentos, facturas, sobres, papeles. Encima, un cuaderno de espiral. Miró por todo el escritorio en busca de un lápiz, pero no vio ninguno. Siguió buscando por allí y encontró uno debajo del escritorio. No tocó nada. Observó y reflexionó.

—¿Un típico asesinato islandés? —preguntó Sigurdur Óli, que había llegado al sótano sin que Erlendur se diera cuenta y estaba ahora junto al cadáver.

—¿Cómo? —preguntó Erlendur distraído.

—Chapucero, inútil y realizado sin intentar disimular evidencias ni esconder pruebas.

—Sí —dijo Erlendur—. Un miserable asesinato islandés.

—A no ser que se haya caído sobre la mesa y se haya dado un golpe en la cabeza con el cenicero —añadió Sigurdur Óli.

Elínborg le acompañaba. Erlendur había estado tratando de limitar el ir y venir de policías, técnicos y sanitarios mientras daba vueltas por la vivienda, cabizbajo y con el sombrero puesto.

—¿Y ha escrito una nota incomprensible a la vez que caía? —preguntó Erlendur.

—Es posible que la tuviera en la mano.

—¿Entiendes algo de lo que dice la nota?

—Puede que esto signifique Dios —dijo Sigurdur Óli—. O tal vez el asesino, no lo sé. El énfasis sobre la última palabra es algo curioso. ÉL, con mayúsculas.

—A mí me parece que no se escribió con prisas. La última palabra está en mayúsculas y las demás en minúsculas. El visitante se tomó su tiempo para escribirlo. Y sin embargo se fue sin cerrar la puerta. ¿Eso qué quiere decir? Ataca al hombre y sale corriendo, pero escribe una tontería incomprensible en un papel y se esmera en destacar la última palabra.

—Tiene que referirse a él —dijo Sigurdur Óli—. Al muerto, quiero decir. No se puede referir a nadie más.

—No sé —repuso Erlendur—. ¿Qué propósito tiene dejar un mensaje así encima del cadáver? ¿Quién hace estas cosas? ¿Qué quiere decir? ¿Nos quiere comunicar algo? ¿Está el asesino hablándose a sí mismo? ¿Está hablando con el muerto?

—Un animal trastornado —dijo Elínborg, e intentó hacerse con la nota.

Erlendur se lo impidió.

—Quizá fue atacado por más de uno —opinó Sigurdur Óli.

—Acuérdate de los guantes, Elínborg querida —dijo Erlendur como si estuviera hablando con una niña—. No toques las pruebas. El mensaje se escribió sobre esa mesa de ahí —añadió, y señaló el escritorio—. La hoja fue arrancada de un cuaderno de espiral, propiedad de la víctima.

—Tal vez fueron más de uno —repitió Sigurdur Óli, pensando que había tenido una posibilidad brillante.

—Sí —dijo Erlendur—, tal vez.

—Muy poco escrupuloso —argumentó Sigurdur Óli—. Primero matas a un anciano y luego te sientas a escribir. ¿No hay que tener nervios de acero para hacer algo así? ¿No hay que ser un demonio despreciable para hacer algo así?

—O no tener conciencia —replicó Elínborg.

—O tener complejo mesiánico —añadió Erlendur.

Se agachó para mirar el mensaje y volvió a leerlo.

«Un enorme complejo mesiánico», pensó.

2

Erlendur llegó a su piso hacia las diez de la noche y metió un plato preparado en el microondas. Se quedó delante del aparato mirando cómo el plato daba vueltas en su interior y se le ocurrió pensar que había visto cosas aún más aburridas en la televisión. Fuera, el viento otoñal parecía gemir, cargado de lluvia y oscuridad.

Pensó en la gente que dejaba mensajes y luego desaparecía. ¿Qué escribiría él en un trozo de papel? ¿A quién podría dejar un mensaje? Se le ocurrió que a su hija, Eva Lind. Estaba metida en el mundo de las drogas y seguro que querría saber si había algo de dinero. Era cada vez más agresiva en este sentido. Su hijo, Sindri Snaer, había terminado recientemente el tercer tratamiento contra su adicción al alcohol. El mensaje para él sería sencillo: «Nunca más Hiroshima».

Erlendur esbozó una vaga sonrisa cuando el microondas emitió tres pitidos.

En realidad nunca había pensado en desaparecer y dejar una nota para alguien.

Él y Sigurdur Óli habían hablado con el vecino que encontró el cadáver. Su esposa estaba presente y hablaba de sacar a sus hijos de la casa y mandarlos con la abuela. El vecino, que se llamaba Ólafur, les contó que toda la familia, él, su esposa y los dos hijos, salían de casa todos los días a las ocho de la mañana para ir a sus respectivos trabajos y al colegio y que no volvían hasta las cuatro de la tarde por lo menos; él mismo se encargaba de recoger a los niños en el colegio. No habían notado nada fuera de lo normal cuando salieron por la mañana. La puerta del sótano estaba cerrada. Habían dormido bien toda la noche y no habían oído nada. Tenían poco trato con el vecino. Apenas lo conocían, aunque llevaban varios años viviendo en el piso de arriba.

El médico forense aún no había establecido la hora aproximada de la muerte, pero Erlendur calculaba que sería hacia el mediodía. La hora punta, como se solía decir. «¿Quién tiene tiempo a esa hora actualmente?», pensó Erlendur. Habían enviado un comunicado a la prensa diciendo que se había encontrado el cadáver de un hombre de unos setenta años en una vivienda del barrio de Las Marismas y que parecía haber sido asesinado. Si alguien había visto algún movimiento o personas extrañas en los alrededores de la casa en las últimas veinticuatro horas, se agradecería que lo comunicara a la policía de Reikiavik.

Erlendur tenía cincuenta años, estaba divorciado de su mujer desde hacía mucho tiempo y era padre de dos hijos. Siempre había ocultado el hecho de que detestaba los nombres de sus hijos. Su ex mujer, con quien no había hablado en veinte años, pensaba entonces que eran nombres «muy monos». El divorcio fue difícil y Erlendur perdió el contacto con sus hijos cuando eran muy jóvenes. Al hacerse mayores volvieron a buscar su compañía y él los recibió encantado, a pesar de la tristeza que le daba ver en qué estado se hallaban. Sobre todo sufría por Eva Lind. Sindri Snaer estaba algo mejor, aunque no mucho.

Sacó la comida del microondas y se sentó a la mesa de la cocina. El piso tenía dos habitaciones y en todos los rincones había montones de libros. En las paredes colgaban viejas fotografías de sus familiares de los fiordos del este, de donde Erlendur era oriundo. No tenía ninguna fotografía de él ni de sus hijos. Junto a una pared, delante de un sillón destartalado, había un antiguo televisor, marca Nordmende. Erlendur mantenía el piso aceptablemente limpio con un mínimo esfuerzo.

No sabía con exactitud lo que estaba comiendo. En el colorido paquete ponía algo acerca de delicias orientales, pero el alimento que había dentro de una especie de rollo de harina sabía a sopa de pan agria. Erlendur lo apartó a un lado. Estaba pensando si quedaría algo del pan y el paté que había comprado hacía algunos días cuando sonó el timbre. Eva Lind había decidido dejarse caer por allí. A Erlendur le irritaba su manera de hablar.

—¿Cómo estás, tío? —le preguntó de pasada, mientras iba directamente al salón a tirarse en el sofá.

—¡Ay! No utilices este lenguaje conmigo —dijo Erlendur cerrando la puerta.

—Pensé que querías que cuidara mi lenguaje —replicó Eva Lind, que estaba acostumbrada a oír los sermones de su padre sobre su forma de hablar.

—Entonces hazlo.

Era difícil descubrir qué papel representaba esta vez. Eva Lind era la mejor actriz que había conocido, lo que tal vez no era un gran elogio, ya que Erlendur nunca iba ni al teatro ni al cine y raras veces miraba la televisión a no ser que emitieran reportajes. Las obras teatrales de Eva Lind solían ser dramas familiares de uno a tres actos y trataban normalmente sobre cómo sacarle dinero a Erlendur. Sin embargo, no se prodigaba; la verdad era que tenía otras maneras de conseguir dinero y su padre prefería no conocer demasiados detalles. Venía a verle cuando no le quedaba «ni un puto céntimo», como solía decir.

Algunas veces era su niña pequeña, le abrazaba y runruneaba como un gatito. Otras, era una mujer desesperada que se paseaba por el piso gritando y acusándole de haberlos abandonado a ella y a su hermano cuando eran pequeños. En esas ocasiones podía ser obscena, maliciosa y cruel. A veces también estaba casi bien, si es que se podía decir de alguien que «estaba bien»; entonces Erlendur creía que podía conversar con ella como con cualquier persona sensata.

Vestía tejanos gastados y una cazadora de piel negra. Llevaba el pelo negro muy corto y dos pequeños piercings en una ceja, de una de sus orejas colgaba una cruz de plata. Antes lucía una dentadura blanca y bonita, ahora la tenía algo deteriorada; le faltaban dos dientes en la encía superior. Se le notaba cuando sonreía con generosidad. Tenía la cara delgada, aspecto cansino y oscuras ojeras. Erlendur apreciaba cierto parecido con su madre, la abuela de Eva Lind. Maldecía la mala suerte de su hija y se culpaba a sí mismo por lo que le había ocurrido.

—Hablé con mamá hoy, o mejor dicho, ella habló conmigo. Quería saber si podía hablar contigo. ¡Es estupendo ser hija de padres divorciados!

— ¿Tu madre quiere algo de mí? —preguntó Erlendur asombrado.

Ella todavía le odiaba, después de veinte años. Sólo la había visto de pasada una vez en todo este tiempo y la ira de su mirada era evidente. En otra ocasión habló con ella por teléfono sobre Sindri Snaer y Erlendur prefería no acordarse de esa conversación.

—Es un bicho y una esnob.

—No hables así de tu madre.

—Unos amigos del barrio de Gardabaer, que están forrados de dinero, iban a celebrar la boda de su hija este fin de semana, pero la novia se dio el piro y desapareció. ¡Qué ridículo! Eso ocurrió el sábado y no han vuelto a saber nada de ella. Mamá estaba en la boda y está indignada a tope. Me dijo que te preguntara si puedes hablar con esa gente. No quieren enviar ningún aviso a la prensa, manada de pijos que son, pero como saben que tú trabajas en el departamento de investigación de la policía, piensan que a lo mejor puedes solucionar la cosa así, por lo bajines, a escondidas. Y soy yo la que tengo que encargarme de que hables con la gentuza esa. Mamá no, ¿entiendes? ¡Mamá nunca!

—¿Tú conoces a esa gente?

—No lo bastante para que me invitaran a la boda que la preciosa muñequita que hacía de novia acabó reventando.

—¿Y a la chica, la conoces?

—Muy poco.

—¿Adónde habrá ido?

—No lo sé.

Erlendur se encogió de hombros.

—Estaba pensando en ti hace un rato.

—Qué guay —dijo Eva Lind—. Precisamente me preguntaba si...

—No tengo dinero —espetó Erlendur sentándose frente a ella en el sillón de la televisión—. ¿Tienes hambre?

Eva Lind hizo una mueca.

—¿Por qué no se puede hablar contigo sin que empieces a hablar de dinero? —le preguntó.

Erlendur se sintió como si le hubiera quitado las palabras de la boca.

—¿Y por qué yo nunca puedo hablar contigo de nada?

—Que te jodan.

—¿Por qué hablas así? ¿Qué quieres decir? ¡Que te jodan! ¿Qué maneras son ésas?

—¡Jesús! —suspiró Eva Lind.

—¿Quién eres hoy? ¿Con quién estoy hablando? ¿Eres tú misma, escondida detrás de toda esa mierda de las drogas?

—No empieces con esa estúpida canción otra vez. «¿Quién eres? —le parodiaba—. ¿Dónde estás?» Estoy aquí, sentada delante de ti. Yo soy yo.

—Eva.

—¡Diez mil! —dijo Eva—. Eso no es nada. ¿Acaso no puedes reunir diez mil? Si te sobra el dinero.

Erlendur se quedó mirando a su hija. Había algo en su actitud que le llamaba la atención desde el momento en que llegó. Su respiración era irregular, estaba nerviosa y tenía la frente perlada de sudor. Parecía enferma.

—¿Te pasa algo? —le preguntó.

—Estoy estupendamente. Me hace falta calderilla. Porfa, no seas difícil.

—¿Estás enferma?

—Por favor.

Erlendur seguía mirándola.

—¿Estás intentando desengancharte? —le dijo.

—Porfa, diez mil. No es nada. Para ti no es nada. Luego no volveré a pedirte dinero nunca más.

—Así que es eso. ¿Cuánto tiempo hace desde que... —Erlendur no sabía cómo expresarse—... utilizaste alguna sustancia?

—No importa. Lo he dejado. ¡He dejado de dejar de dejar de dejarlo! —Eva Lind se levantó—. Dame diez mil. Por favor. Cinco. Dame cinco mil. ¿No las llevas en el bolsillo? ¿Cinco? Si sólo es una mierda pinchada en un palo.

—¿Por qué intentas dejarlo ahora?

Eva Lind miró a su padre.

—Nada de preguntas tontas. No voy a dejar nada. ¿Dejar qué? ¿Qué quieres que deje? Deja tú de decir tonterías.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan nerviosa? ¿Estás enferma?

—Sí, muy enferma. ¿Me puedes dar esas diez mil? Será un préstamo. Te las devolveré, ¿eh? Tacaño.

—Tacaño es una buena palabra —dijo Erlendur—. ¿Estás enferma, Eva?

—¿Por qué sigues preguntando eso? —exclamó Eva, aún más excitada.

—¿Tienes fiebre?

—Dame el dinero ya. ¡Dos mil! ¡No entiendes nada, viejo estúpido!

Erlendur se había levantado y ella se le acercó como si fuese a atacarle. Él no comprendía esa repentina agresividad y la observó detenidamente de arriba abajo.

—¿Se puede saber qué miras? —le gritó ella—. ¿Acaso tienes ganas, eh? ¿El viejo está caliente?

Erlendur le dio una bofetada, aunque no muy fuerte.

—¿Has disfrutado? —preguntó Eva Lind.

Erlendur le dio otra bofetada, esta vez algo más fuerte.

—¿Se te pone dura? —continuó ella, y Erlendur la apartó con un empujón.

Nunca la había oído hablar así. En un momento se había convertido en una fiera salvaje. Tan incontrolada que no la reconocía. Se quedó inmóvil sin saber qué hacer y poco a poco su enfado fue convirtiéndose en lástima.

—¿Por qué intentas dejarlo ahora? —repitió una vez más.

—¡No estoy intentando dejarlo ahora! —dijo ella gritando—. ¿Qué te pasa hombre, no entiendes lo que te digo? ¿Quién habla de dejar nada?

—¿Qué pasa, Eva?

—Cierra ya la boca y dame las cinco mil. ¿Puedes darme eso?

Parecía haberse calmado algo. Tal vez se daba cuenta de que se había pasado de la raya. No podía hablarle así a su padre.

—¿Por qué ahora? —le volvió a insistir Erlendur.

—¿Me darás las cinco mil si te lo digo?

—¿Qué ha sucedido?

—Cinco mil.

Erlendur no le quitó la vista de encima.

—¿Estás embarazada?

Eva Lind le miró y sonrió resignada.

—Bingo.

—Pero ¿cómo? —dijo Erlendur con un suspiro.

—¿Qué quieres decir con «cómo»? ¿Quieres que te lo describa?

—¡Para ya! ¿Es que no utilizas algún anticonceptivo, preservativos, píldoras?

—No sé qué pasó. Simplemente pasó.

—¿Y ahora quieres dejar la droga?

—No, ya no. No puedo. Ahora te lo he dicho todo. Me debes diez mil.

—¿Para que puedas drogar a tu hijo?

—No es ningún hijo, tonto. No es nada. Sólo un grano de arena. No puedo dejarlo ahora. Lo dejaré mañana. Te lo prometo. Sólo que no ahora. ¿Dos mil? ¿Qué son dos mil para ti? Nada.

Erlendur volvió a acercarse a ella.

—Pero lo has intentado. Quieres dejarlo. Yo te ayudaré.

—¡No puedo! —gritó Eva.

Tenía la cara llena de sudor y trataba de disimular el temblor que le sacudía el cuerpo.

—Por eso has venido a verme —dijo Erlendur—. Podrías haber ido a buscar dinero a otra parte, lo has hecho en otras ocasiones. Pero has venido a mí porque quieres que...

—No digas chorradas. Vine porque mamá me pidió que lo hiciera y porque tú tienes dinero. Sólo por eso. Si tú no me das el dinero lo buscaré en otra parte. No es ningún problema. Hay muchos tíos que están dispuestos a pagarme.

Erlendur no dejó que le pusiera nervioso.

—¿Has estado embarazada alguna vez?

—No —dijo Eva Lind, y apartó la vista.

—¿Quién es el padre?

A Eva Lind le faltaron las palabras y miró fijamente a su padre.

—¡Eh! —le chilló finalmente—, ¿es que tengo aspecto de haber salido de la jodida suite nupcial del Hotel Saga?

Antes de que a Erlendur le diera tiempo a reaccionar, Eva Lind salió corriendo del piso y bajó las escaleras hasta la calle, donde desapareció entre la fría lluvia otoñal.

Erlendur cerró la puerta con suavidad pensando si se había comportado adecuadamente con ella. Al parecer, eran incapaces de tener una conversación sin acabar enfadados y hablar a gritos el uno con el otro. Eso le entristecía.

Había perdido el apetito, así que volvió a sentarse en el sillón del salón, donde se quedó preocupado pensando en lo que sería de su hija. Al fin cogió un libro que había estado leyendo y que tenía abierto sobre la mesa, a su lado. Se titulaba Muertes en la meseta de Mosfell y era una narración que trataba de infortunios y vidas malogradas durante travesías de alta montaña. Uno de sus temas favoritos.

Siguió leyendo desde donde lo había dejado y enseguida estuvo absorto y sumergido en medio de una gran tormenta de nieve, en la que varios hombres jóvenes perdieron la vida congelados.

3

La lluvia caía a chorros cuando Erlendur y Sigurdur Óli salieron del coche, subieron corriendo las escaleras de un bloque de viviendas en la calle Stigahlíd y llamaron al timbre. Habían pensado esperar en el coche hasta que dejara de llover, pero a Erlendur le faltó paciencia y salió disparado. Sigurdur Óli no quería quedarse solo. Se empaparon al momento. A Sigurdur Óli el agua se le deslizaba por el pelo y el cuello, hasta mojarle la espalda. Miraba malhumorado a Erlendur mientras esperaban a que les abrieran la puerta.

En una reunión celebrada aquella misma mañana, los policías que se ocupaban de la investigación habían estudiado las posibilidades del caso. Una de las teorías era que Holberg había sido asesinado sin ningún motivo y que el asesino había estado vagando por el barrio durante algún tiempo, quizás incluso algunos días. Un delincuente al acecho, en busca de un lugar para robar. Seguramente había llamado a la puerta de Holberg para averiguar si había alguien en casa y había perdido los nervios cuando su propietario le abrió la puerta. El mensaje que dejó sería sólo para despistar a la policía. No se les ocurría otra explicación.

El mismo día que se descubrió el cadáver de Holberg, la policía recibió un comunicado de los inquilinos de un piso de Stigahlíd en el que denunciaban que un hombre joven, vestido con una chaqueta militar verde, había atacado a dos mujeres, dos hermanas gemelas. Entró en el rellano y llamó a su puerta. Cuando le abrieron, se metió dentro del piso a la fuerza, cerró la puerta de golpe y les exigió dinero. Las hermanas se negaron, y entonces le pegó un puñetazo en la cara a una de ellas y tiró a la otra al suelo de un empujón. Antes de salir corriendo le dio una patada.

Una voz les hablaba por el interfono. Sigurdur Óli se presentó. Se oyó un zumbido y abrieron la puerta. La escalera estaba mal iluminada y olía a sucio. Cuando llegaron al segundo piso, una de las mujeres les esperaba en la puerta.

—¿Lo habéis atrapado? —les preguntó.

—Me temo que no —respondió Sigurdur Óli sacudiendo la cabeza—, pero queríamos hablar contigo acerca de...

—¿Lo han atrapado? —se oyó decir a alguien desde dentro de la vivienda.

Al momento apareció una réplica exacta de la mujer que estaba hablando con ellos. Tendrían aproximadamente unos setenta años, pelo gris, entrada en carnes; ambas vestían falda negra y jersey rojo. En sus caras redondas era evidente la expectación.

—No —dijo Erlendur—, aún no.

—Era un desgraciado, el pobre —dijo la primera mujer.

Se llamaba Fjóla. Los invitó a entrar.

—No le tengas compasión —repuso la segunda mujer, y cerró la puerta. Se llamaba Birna—. Era un bruto con cara de pocos amigos y te pegó en la cara. Vaya inútil, ¡uf!

Se sentaron en el salón con las dos mujeres, observaron a una y a otra, y luego intercambiaron miradas entre ellos. El piso era pequeño. Sigurdur Óli se fijó en que había dos dormitorios, uno al lado del otro, y una pequeña cocina contigua al salón.

—Hemos leído vuestra declaración —dijo Sigurdur Óli, que la había ojeado en el coche de camino al piso de las hermanas—. La cuestión es si nos podéis dar más información sobre el hombre que os atacó.

—¿Hombre? —dijo Fjóla—. Más bien era un chico.

—Lo bastante mayor para atacarnos a nosotras —aclaró Birna—. Lo bastante mayor para eso. Me tiró al suelo y me dio una patada.

—No tenemos dinero —añadió Fjóla.

—No guardamos dinero aquí —insistió Birna—, se lo dijimos.

—Pero no nos creyó.

—Y nos atacó.

—Estaba excitado.

—Y tan malhablado. Lo que nos llegó a llamar...

—Y esa horrible chaqueta. Como un soldado.

—También las botas, altas y negras, de las que se atan por delante.

—De todas maneras no estropeó nada.

—No, salió corriendo.

—¿Y no se llevó nada? —preguntó Erlendur.

—Parecía estar fuera de sí —dijo Fjóla intentando por todos los medios encontrar algo positivo en el comportamiento de su atacante—. No estropeó nada ni se llevó nada. Sólo nos atacó cuando supo que no teníamos dinero. Pobrecillo.

—Drogado perdido —dijo Birna con desprecio, y se dirigió a su hermana—: ¿Pobrecillo? A veces parece que estás mal de la cabeza. Estaba drogado perdido. Lo vi en sus ojos, duros y brillantes. Y además estaba sudando.

—¿Sudando? —preguntó Erlendur.

—El sudor le goteaba por la cara.

—Era la lluvia —dijo Fjóla.

—No. Y también temblaba.

—La lluvia —repitió Fjóla, y Birna la miró con reproche.

—Te golpeó en la cara, querida Fjóla, eso no es nada bueno.

—¿Todavía te duele donde te dio la patada? —preguntó Fjóla.

A Erlendur le pareció ver una mirada de triunfo en sus ojos.

Aún era temprano cuando Erlendur y Sigurdur Óli llegaron a la casa de Holberg, en la calle Nordurmýri. Los vecinos del primero y el segundo piso estaban esperándolos. La policía había tomado declaración al matrimonio del primer piso, padres de los dos niños, pero Erlendur quería hablar personalmente con ellos. Arriba vivía un piloto de aviación que dijo haber llegado de Boston al mediodía, el día que mataron a Holberg, y que se había echado a dormir por la tarde y no se había despertado hasta que la policía llamó a su puerta.

Empezaron por el piloto. Tenía unos cuarenta años, vivía solo y su vivienda era como un contenedor de basuras. Ropa por todas partes, dos maletas sobre un sofá de cuero, bolsas de plástico de las tiendas duty free del aeropuerto por el suelo, botellas de vino sobre las mesas y latas de cerveza vacías por todos los rincones. El piloto los recibió sin afeitar y en camiseta de tirantes y pantalón corto. Los miró fijamente un momento antes de darse la vuelta, sin mediar palabra, e ir andando delante de ellos hasta el salón, donde se sentó en un sillón. Ellos se quedaron de pie ya que no encontraron dónde sentarse. Erlendur miró a su alrededor y pensó que con este piloto ni siquiera entraría en un simulador de vuelo.

Por alguna razón el hombre empezó a explicar que estaba en medio de una separación matrimonial que tal vez podría convertirse en un asunto policial. La muy zorra le había engañado mientras él estaba de viaje. Un día llegó de Oslo, esa deprimente ciudad, añadió, donde había estado con un antiguo compañero de colegio. Erlendur y Sigurdur Óli se preguntaban qué había sido más deprimente, que su mujer lo engañara o tener que pasar una noche en Oslo.

—Venimos por el asesinato que ocurrió aquí, en el sótano —dijo Erlendur, e interrumpió así la balbuceante verborrea del piloto.

—¿Habéis estado en Oslo? —preguntó el piloto.

—No —dijo Erlendur—, pero no venimos para hablar de Oslo.

El piloto le miró y luego observó a Sigurdur Óli; de repente parecía despejarse.

—A ese hombre no le conocía de nada —explicó—. Compré este agujero hace cuatro meses; según tengo entendido, llevaba vacío mucho tiempo. A él le vi algunas veces por aquí, por la calle. Parecía normal.

—¿Normal? —preguntó Erlendur.

—Quiero decir que era agradable hablar con él.

—¿De qué hablaste con él?

—Más que nada, de aviación. Le interesaba la aviación.

—¿Qué le interesaba de la aviación?

—Los aviones —dijo el piloto, y abrió una lata de cerveza que sacó de una bolsa de plástico—. Los destinos —siguió después de tomarse un trago de cerveza—. Las azafatas —añadió, y soltó un eructo—. Preguntó mucho por las azafatas. Ya sabéis.

—No, no sabemos —dijo Erlendur.

—Cuando pernoctamos en el extranjero.

—Ah, sí.

—Que qué hacemos, si las azafatas están animadas y cosas así. Había oído que las estancias en el extranjero solían ser muy movidas.

—¿Cuándo le viste por última vez? —preguntó Sigurdur Óli.

El piloto se quedó pensativo. No se acordaba.

—Hace algunos días —dijo al fin.

—¿Sabes si recibió visitas últimamente? —preguntó Erlendur.

—No, suelo pasar mucho tiempo fuera de casa.

—¿Has visto a alguien merodeando por aquí, por el barrio, alguien que pareciera estar buscando algo o simplemente paseando sin rumbo fijo?

—No.

—¿Alguien que llevaba una chaqueta militar de color verde?

—No.

—¿Un hombre joven con botas militares?

—No. ¿Llevaba botas militares? ¿Sabéis quién lo hizo?

—No —dijo Erlendur, y volcó una lata medio llena de cerveza cuando se dio la vuelta para salir del piso.

La mujer iba a llevar a los niños con su madre unos días y estaba preparada para salir. No quería que los pequeños se quedaran en casa después de lo que había pasado. El hombre asentía con la cabeza. Era lo mejor. Evidentemente les había afectado. Habían comprado la vivienda cuatro años atrás y estaban a gusto en ella. Un buen barrio para vivir. También para los niños. Éstos estaban de pie al lado de su madre.

—Fue tremendo encontrarlo así —dijo el hombre con la voz entrecortada, como susurrando. Miró a sus hijos—. Les hemos dicho que el hombre estaba dormido —añadió—, pero...

—Sabemos que estaba muerto —dijo el niño mayor.

—Muerto —dijo el pequeño.

El matrimonio sonrió desconcertado.

—Se lo han tomado muy bien —aseguró la mujer, y acarició la mejilla del mayor.

—Holberg me caía bien —explicó el hombre—. Conversábamos algunas veces, aquí en la calle. Había vivido en esta casa mucho tiempo y hablábamos sobre el jardín, sobre mantenimiento y cosas así, lo habitual cuando hablas con un vecino.

—Pero no teníamos mucha relación —dijo la mujer—. Me parecía mejor así. Mejor mantener la intimidad.

No habían notado nada fuera de lo normal y no habían visto a nadie con chaqueta militar verde merodeando por los alrededores. La mujer estaba impaciente por marcharse con los niños.

—¿Recibía Holberg muchas visitas habitualmente? —preguntó Sigurdur Óli.

—Nunca lo vi con nadie —dijo la mujer.

—Parecía sentirse un poco solo —añadió el hombre.

—Su casa apestaba —dijo el niño mayor.

—Apestaba —repitió el pequeño.

—En el sótano había humedad —dijo el hombre justificando a los niños.

—A veces la humedad sube hasta aquí —siguió la mujer.

—Se lo habíamos comentado —aseguró el hombre.

—Dijo que lo iba a mirar —repuso ella.

—Hace dos años de eso —aclaró él.

4

El matrimonio del barrio de Gardabaer miró a Erlendur con angustia. Su hija pequeña había desaparecido. No sabían nada de ella desde hacía tres días. Nada, desde la boda. Le dijeron que había desaparecido durante la celebración. Su hijita pequeña. Erlendur se imaginaba una pequeña niña rubia hasta que se enteró de que tenía veintitrés años y que estudiaba psicología en la universidad.

—¿De la boda? —preguntó Erlendur, y miró a su alrededor en el enorme y lujoso salón; tenía el tamaño de una planta entera del edificio donde él vivía.

—¡De su propia boda! —dijo el hombre, como si todavía no entendiera lo que había pasado—. ¡La chica se escapó de su propia boda!

La mujer se sonó en un pañuelo arrugado.

Era mediodía. Erlendur había tardado una media hora en llegar desde Reikiavik hasta Gardabaer, a causa de las obras que se encontró en el camino; además le costó lo suyo dar con el gran chalé de la familia. Desde la calle no se veía, oculto en medio de un gran jardín donde crecían varios tipos de árboles, algunos de hasta seis metros de altura. El matrimonio le esperaba con una angustia evidente.

Erlendur sabía que esto era una pérdida de tiempo y que tenía otros asuntos más importantes que resolver; pero ya que su ex mujer le había pedido que le hiciera este favor decidió complacerla, a pesar de que apenas se habían hablado durante dos décadas.

La mujer llevaba un elegante traje chaqueta de color verde claro y el hombre, un traje negro. Él decía estar muy preocupado por su hija, aunque tenía el convencimiento de que antes o después volvería a aparecer por casa sana y salva. Quería hablar con la policía sin que se pusiera en marcha un equipo de búsqueda o de rescate ni que saliera ningún aviso en los medios.

—Simplemente se esfumó —dijo la mujer.

Tenían la edad de Erlendur, unos cincuenta años. Los dos se dedicaban al comercio, importaban artículos para niños y eso les proporcionaba gozar de una buena situación económica. Nuevos ricos. El paso del tiempo les había tratado con benevolencia. Erlendur se fijó en dos automóviles nuevos aparcados delante del doble garaje. Los dos pulidos y brillantes.

La mujer se armó de valor y empezó a contarle toda la historia. Había ocurrido hacía tres días, el sábado. ¡Dios mío, qué deprisa pasaba el tiempo! Era un día precioso. Les casó ese cura tan conocido.

—Horrible —dijo el marido—. Vino corriendo, soltó un rollo y luego desapareció rápidamente con su cartera. No entiendo cómo puede ser tan famoso.

La mujer no dejó que nada alterara la belleza de la boda.

—¡Un día grandioso! Soleado, un precioso tiempo otoñal. Seguramente había unas cien personas en la iglesia. Tiene tantísimos amigos. Es una chica muy popular. Hicimos la fiesta aquí, en Gardabaer. ¿Cómo se llama el sitio? Siempre se me olvida.

—Gardaholt —puntualizó el marido.

—Es un sitio tremendamente agradable. Llenamos. La sala, quiero decir. Recibió tantísimos regalos. Luego cuando... cuando...

—Tenían que bailar el primer vals —siguió el hombre cuando la mujer se puso a llorar—, y el tonto del novio estaba completamente solo en la pista de baile. Nosotros llamamos a Dísa Rós, pero ella no aparecía. Empezamos a buscarla, pero era como si se la hubiera tragado la tierra.

—¿Dísa Rós? —dijo Erlendur.

—Luego se descubrió que había cogido el coche de bodas...

—¿Coche de bodas?

—¡Ay, sí! Ese cochazo decorado con flores y lazos que les llevó desde la iglesia como se llame, y se largó de la boda. De repente. Sin explicaciones.

—¡De su propia boda! —exclamó la mujer.

—¿Y vosotros no sabéis la razón?

—Evidentemente ha cambiado de idea —dijo la mujer—. Se habrá arrepentido de todo.

—Pero ¿por qué? —inquirió Erlendur.

—¿La encontrarás? —preguntó el hombre—. No se ha puesto en contacto con nosotros y, como ves, estamos muy preocupados. La fiesta fue un fracaso total. La boda, reventada. No sabemos qué hacer. Y nuestra pequeña, desaparecida.

—Y... el coche de bodas, ¿lo han encontrado?

—Sí, en la calle Gardastraeti —dijo el hombre.

—¿Se sabe por qué estaba allí?

—No. Ella no conoce a nadie allí. Tenía su ropa en el coche. Su ropa de calle.

Erlendur vaciló.

—¿Tenía la ropa de calle en el coche de bodas? —dijo finalmente, y se preguntó si sería culpa suya que esta conversación hubiese llegado a un nivel tan bajo.

—Se quitó el vestido de novia y se puso la ropa de calle, que parece que guardaba en el coche —respondió la mujer.

—¿Crees que la podrás encontrar? —preguntó el marido—. Hemos hablado con todos sus conocidos, pero nadie sabe nada. No sabemos qué hacer. Aquí tengo una fotografía de ella.

Le dio a Erlendur el retrato de una chica joven, guapa y rubia, que se había esfumado y ahora le sonreía desde la fotografía.

—¿No tenéis ninguna idea de lo que puede haber pasado?

—Ni idea —dijo la madre.

—Ninguna —añadió el padre.

—¿Y ésos son los regalos?

Erlendur miraba una enorme mesa de comedor a varios metros de distancia, llena de paquetes de varios colores, artículos de decoración, papel de celofán y flores. Se fue hacia la mesa y el matrimonio le siguió.

Nunca había visto tantos regalos juntos y se preguntaba qué tipo de cosas podía haber en los paquetes. Cuberterías, cristalerías, se imaginaba.

Vaya vida.

—Y aquí hay plantas —dijo Erlendur, y señaló unas ramas en un enorme florero en un extremo de la mesa de las que colgaban papeles rojos en forma de corazón.

—Sí, es el árbol de los mensajes.

—¿Y eso qué es? —preguntó Erlendur.

Sólo había asistido a una boda en su vida y de eso hacía ya mucho tiempo. No hubo ningún árbol de los mensajes.

—A los invitados se les dan unos papelitos. Escriben mensajes para los novios y los cuelgan de una rama. Ya había muchos mensajes colgados cuando Dísa Rós desapareció —dijo la mujer, y volvió a sacar el pañuelo.

El móvil sonó en el bolsillo de Erlendur. Cuando intentó sacarlo, el aparato se quedó enganchado. Al tirar de él bruscamente se rompió el bolsillo y, sin querer, Erlendur le dio un golpe al árbol de los mensajes, que se cayó al suelo. Erlendur se disculpó y atendió la llamada.

—¿Vas a venir con nosotros a la calle Nordurmýri? —le preguntó la voz de Sigurdur Óli sin preámbulos—. Para inspeccionar un poco más la vivienda.

—¿Estás en el despacho? —quiso saber Erlendur, que se había alejado del matrimonio.

—Te esperaré —dijo Sigurdur Óli—. ¿Dónde demonios estás?

Erlendur apagó el móvil.

—Veré qué podemos hacer —le dijo al matrimonio—. Pienso que no hay ningún peligro. La chica se ha asustado y estará en casa de alguna de sus amigas. No debéis preocuparos, os llamará en cualquier momento.

Los padres de la chica estaban agachados recogiendo los pequeños papeles que se habían caído del árbol de los mensajes. Erlendur se dio cuenta de que no habían visto los que estaban debajo de una silla y se agachó para recogerlos. Eran de cartón rojo. Erlendur leyó los mensajes escritos y miró al matrimonio.

—¿Habíais leído esto? —les preguntó, y les dio uno de los mensajes.

El hombre lo leyó y en su rostro apareció una expresión de sorpresa. Pasó el papel a su mujer. Ella lo leyó varias veces y no pareció entender nada. Erlendur extendió la mano y la mujer le devolvió el papelito. El mensaje estaba sin firmar.

—¿Es la letra de tu hija? —interrogó.

—Creo que sí —le contestó la mujer.

Erlendur volvió a leer el mensaje:

Él es horrible. ¿Qué he hecho?

5

—¿Dónde has estado? —dijo Sigurdur Óli cuando Erlendur volvió a la oficina.

Le contestó con una pregunta:

—¿Ha llamado Eva Lind?

Sigurdur Óli dijo que le parecía que no. Sabía lo que le pasaba a la hija de Erlendur, pero ninguno de los dos lo mencionaba. Pocas veces hablaban de sus asuntos privados.

—¿Hay algo nuevo sobre Holberg? —preguntó Erlendur cuando entró en su despacho.

Sigurdur Óli le siguió y cerró la puerta. Los asesinatos no eran frecuentes en Reikiavik y las pocas veces que se cometía alguno el caso llamaba mucho la atención. La policía tenía por costumbre no desvelar detalles de su investigación criminal a la prensa, a no ser que fuera necesario. Ahora era distinto.

—Sabemos algo más de él —dijo Sigurdur Óli, y abrió una carpeta que llevaba consigo—. Nació en Saudarkrókur hace sesenta y nueve años. Desde hacía algún tiempo trabajaba de camionero en la empresa Transportes de Islandia. Aún seguía ahí, aunque de forma esporádica.

Sigurdur Óli se calló.

—¿No tendríamos que hablar con sus compañeros de trabajo? —agregó.

Acto seguido se arregló la corbata. Llevaba un traje nuevo, era alto y bien parecido. Había estudiado criminología en Estados Unidos. Era la antítesis de Erlendur: moderno y metódico.

—¿No habría que establecer un perfil de ese hombre? —continuó—. ¿Conocerle un poco?

—¿Perfil? —dijo Erlendur—. ¿Eso qué es? ¿Una imagen de su perfil? ¿Quieres una foto de su perfil?

—Recopilar información sobre él, ¡qué va a ser!

—¿Qué opina la gente en general? —preguntó Erlendur ma-noseando un botón de su jersey, que finalmente se soltó y le cayó en la mano.

Erlendur era de constitución fuerte, algo llenito y su mata de pelo de color castaño. Era uno de los investigadores de la policía con más experiencia en el cuerpo. Normalmente se salía con la suya. Tanto los jefes como los otros empleados hacía tiempo que habían dejado de intentar contrariarle. A lo largo de los años le habían ido dejando hacer. A Erlendur eso le parecía bien.

—Se está buscando al de la chaqueta militar. Es probable que sea un chiflado. Algún joven que pretendía sacarle dinero a Holberg y al que le entró pánico.

—¿Y qué pasa con la familia de Holberg? ¿No tenía?

—No hay familia. Aunque aún no tenemos toda la información. Seguimos buscando datos sobre parientes, amigos, compañeros de trabajo... ya sabes, antecedentes. El perfil.

—Según lo que vi en la vivienda, tengo la impresión de que era un solitario y que llevaba mucho tiempo aislado.

—Sí, tú sabes qué es eso, ¿verdad? —se le escapó a Sigurdur Óli.

Erlendur hizo como si no lo hubiera oído.

—¿Algo nuevo del médico forense o del departamento técnico?

—Tenemos un informe provisional. No explica nada que no sepamos. Holberg murió de un golpe en la cabeza. El golpe fue fuerte, pero la forma del cenicero y las aristas puntiagudas fueron definitivas. Le rompieron el cráneo y causaron la muerte de forma casi instantánea. También parece que se dio con la esquina de la mesita al caerse. Tenía una fea herida en la frente que coincide con la mesita. Las huellas dactilares del cenicero eran de Holberg; aunque luego encontraron otras dos huellas, una de las cuales también está en el lápiz.

—Que seguramente serán del asesino.

—Es probable que sean del asesino, sí.

—O sea, un típico asesinato islandés chapucero. Eso es lo que tenemos.

—Típico. Y en eso basamos nuestro trabajo.

Seguía lloviendo. Las depresiones venían del sur del Atlántico que en esta época del año y se desplazaban, una tras otra, desde el sur hacia el este del país acompañadas de vientos fuertes, lluvia y triste oscuridad. El departamento técnico seguía trabajando en la vivienda de Las Marismas. A Erlendur la cinta policial amarilla que rodeaba la casa le recordaba a la compañía eléctrica: un agujero en la calle, una tienda de campaña de lona sucia encima del hoyo, un destello de soldador dentro de la tienda, todo rodeado por una cinta amarilla. Del mismo modo, la policía había limitado el escenario del crimen con una pulcra banda amarilla con el nombre del departamento. Erlendur y Sigurdur Óli se encontraron con Elínborg y con otros agentes que habían registrado la casa con minuciosidad toda la noche y ahora terminaban su trabajo.

Los vecinos de las casas colindantes fueron interrogados, pero, desde el lunes por la mañana y hasta el momento en que se encontró el cadáver, ninguno había notado nada ni visto a nadie sospechoso cerca del lugar del crimen.

Erlendur y Sigurdur Óli se quedaron solos en la casa. El charco de sangre de la alfombra se había convertido en una mancha negra. Se habían llevado el cenicero como prueba, igual que el lápiz y el cuaderno. Todo lo demás estaba intacto. Sigurdur Óli se ocupó del recibidor y del pasillo que conducía a las habitaciones; Erlendur permaneció en el salón. Ambos se pusieron los guantes de látex. En las paredes colgaban reproducciones con aspecto de haber sido compradas a un vendedor a domicilio. En la librería había libros de intriga traducidos, volúmenes de bolsillo de un club de lectores, algunos usados, otros sin tocar. Ninguna edición interesante debidamente encuadernada. Erlendur se agachó hasta casi tocar el suelo para poder leer los títulos del último estante. Sólo conocía uno. Lolita, de Nabokov. Edición de bolsillo. Lo sacó del estante. Estaba en inglés y se notaba que había sido leído.

Volvió a colocar el libro en su sitio y se fue hacia el escritorio, que tenía forma de L y llenaba un rincón del salón. A su lado había una confortable silla de cuero, que tenía debajo un plástico protector para la alfombra. El escritorio parecía bastante más antiguo que la silla. La mesa tenía cuatro cajones en los lados de la parte más ancha y uno grande en medio. Total, nueve cajones. En la parte más estrecha del escritorio había una pantalla de ordenador de diecisiete pulgadas, bajo la que se había añadido una rejilla para el teclado. La torre estaba en el suelo.

Todos los cajones estaban cerrados con llave.

Sigurdur Óli repasó el armario del dormitorio. Estaba bastante ordenado, los calcetines en un cajón, ropa interior en otro, calzoncillos y camisetas. Había camisas y tres trajes colgados en perchas. A Sigurdur Óli le pareció que el traje más antiguo sería de los tiempos de las salas de baile. A rayas marrones. En el fondo del armario había algunos pares de zapatos. Sábanas en el estante de arriba. La cama estaba hecha. Una colcha blanca cubría el edredón y la almohada. Era individual.

Sobre la mesita de noche había un despertador y dos libros. Uno de ellos era de conversaciones con un conocido líder político y el otro, un libro de fotografías de la compañía sueca de camiones Scania Vabis. La mesita tenía un armario con medicamentos, alcohol, pastillas para dormir, analgésicos y un pequeño bote de vaselina algo pringoso.

—¿Has visto llaves en algún sitio? —dijo Erlendur asomándose a la puerta.

—No, no he visto ninguna llave. ¿Quieres decir llaves de la casa?

—No, llaves del escritorio.

—No, tampoco.

Erlendur salió al recibidor y de ahí pasó a la cocina. Abrió cajones y armarios, pero no encontró nada más que cubiertos, vasos, platos y espátulas de madera. Ninguna llave.

Buscó en los bolsillos de los abrigos del guardarropa. Encontró una carterita negra con un llavero y unas monedas dentro. En el llavero había dos llaves pequeñas junto con las de la puerta de la calle, las de la entrada a la vivienda y las de los dormitorios.

Probó las llaves pequeñas. Una de ellas abría los cajones.

Primero abrió el cajón grande del medio. Ahí encontró sobre todo facturas, del teléfono, de la luz y la calefacción, de las tarjetas de crédito y de la suscripción a un periódico. Los dos últimos cajones del lado izquierdo estaban vacíos. En el segundo de arriba había declaraciones de renta y notificaciones de cobros de nómina, y en el primero, un álbum de fotos. Erlendur lo hojeó. Todas en blanco y negro, fotografías viejas de personas de diferentes épocas, algunas veces vestidas con sus mejores ropas; según Erlendur, parecían estar sentadas en este mismo salón en Las Marismas. Algunas habían sido tomadas durante excursiones, se veían arbustos, la cascada de Gullfoss y el Geysir. Vio dos fotografías que podían ser del muerto cuando era joven, pero ninguna reciente.

Abrió los cajones del lado derecho. Los dos de arriba estaban vacíos. En el tercero encontró barajas de cartas, un tablero de ajedrez junto con su caja de piezas y un viejo tintero.

Descubrió la fotografía debajo del último cajón.

Erlendur estaba cerrándolo cuando oyó un ruido de papel. Volvió a abrir y cerrar el cajón. De nuevo oyó el ruido. El cajón tocaba algo al cerrarse. Erlendur suspiró, se arrodilló y miró dentro sin ver nada. Al sacar el cajón descubrió algo en el fondo.

Era una pequeña fotografía en blanco y negro, hecha en invierno, de una tumba en un cementerio. A primera vista no lo reconoció. Había una lápida cuyas letras más grandes eran bastante legibles. Se trataba del nombre de una mujer. Audur. Ningún apellido. Erlendur no pudo leer las fechas. Buscó las gafas en el bolsillo y se las puso. 1964-1968. Se veía algo escrito debajo del nombre, pero las letras eran muy pequeñas y no podía descifrarlas. Sopló cuidadosamente el polvo de la fotografía.

La niña había muerto a los cuatro años.

Erlendur alzó la vista al darse cuenta del ruido que hacía el viento afuera. Era mediodía, pero el cielo estaba negro y la lluvia otoñal se estrellaba contra la casa.

6

Un enorme camión se balanceaba en el viento como una bestia prehistórica. La lluvia lo golpeaba con fuerza. La policía tardó algún tiempo en encontrarlo, ya que no estaba estacionado delante de la casa de Nordurmýri, sino en un aparcamiento del centro médico Domus-Medica, en la cercana calle de Snorrabraut. Tuvieron que hacer un llamamiento de búsqueda a través de la radio para encontrarlo. Una patrulla de la policía urbana descubrió el camión al mismo tiempo que Erlendur y Sigurdur Óli salían de la casa de Holberg con la fotografía. Un grupo de técnicos fue a inspeccionar el vehículo, en busca de posibles pistas que pudieran ayudar a resolver el caso. El camión era de la marca M.A.N. y la cabina estaba pintada de rojo. Lo único que apareció al principio fue un montón de revistas pornográficas. Decidieron llevar el camión a las dependencias de la policía para examinarlo a fondo.

Mientras tanto los especialistas estudiaron la fotografía. Descubrieron que estaba impresa sobre papel Ilford, un papel fotográfico muy usado en los años sesenta, pero que ya no se fabricaba. Había sido revelada muy probablemente por el mismo fotógrafo o alguna otra persona aficionada; había empezado a perder nitidez a causa de la mala calidad. No tenía nada escrito en el dorso y era difícil reconocer el cementerio. Podía encontrarse en cualquier parte del país.

El fotógrafo debió de sacar la foto a unos tres metros de la lápida. Estaba hecha de frente; a no ser que fuera una persona de muy baja estatura, el fotógrafo tuvo que agacharse. A pesar de la distancia, el campo visual era muy estrecho. No se veía vegetación. Una fina capa de nieve cubría la tierra. No se distinguían otras tumbas. Detrás de la lápida sólo se vislumbraba una niebla blanca.

Los técnicos se concentraron en la inscripción de la lápida, que apenas era legible por la distancia a la que fue tomada la foto. Se hicieron muchas copias de la fotografía, con diversos aumentos de las letras, hasta que cada una de ellas quedó impresa por separado en una hoja de papel A5. Luego se numeraron las hojas según el orden de las letras en la lápida. Las copias eran muy toscas, un conjunto de puntos negros y blancos que formaban matices borrosos entre luz y sombra, pero cuando las escanearon y las introdujeron en el ordenador vislumbraron algo a pesar de las sombras y la falta de nitidez. Algunas letras eran más claras que otras y eso ayudó a los técnicos a adivinar las que faltaban. Pudieron distinguir fácilmente una M, una T y una O. Las otras resultaron más difíciles de identificar.

Erlendur hizo una llamada a la casa particular de un jefe de departamento del Registro Civil. Sabía que ahí se guardaban todos los certificados de defunción desde el año 1916. En el edificio del Registro no había ni un alma, habían cerrado hacía algunas horas. Unos treinta minutos más tarde llegó el jefe de departamento con su coche y saludó a Erlendur con un brevísimo apretón de manos. Tecleó los números de la alarma antirrobos y abrió la puerta del edificio con una tarjeta especial. Erlendur le explicó la razón de su llamada, pero sin entrar en detalles.

Echaron un vistazo a todos los certificados de defunción del año 1968. Encontraron dos con el nombre de Audur. Uno de ellos era el de una niña de poco menos de cuatro años. En el censo encontraron sin problemas el nombre del médico que había firmado el certificado de defunción. Vivía en Reikiavik. El nombre de la madre de la niña también figuraba en el certificado. La hallaron fácilmente. Su último domicilio registrado correspondía a Keflavík, a principios de los años ochenta. La mujer se llamaba Kolbrún. La buscaron entre los certificados de defunción y dieron con ella. Había fallecido en 1971, tres años después que su hija.

La niña había muerto por un tumor cerebral maligno.

La madre se había suicidado.

7

El novio recibió a Erlendur en su despacho. Era delegado de marketing y calidad en una empresa mayorista que importaba de Estados Unidos cereales para el desayuno. Erlendur, que no había comido cereales norteamericanos en su vida, se preguntaba al sentarse en el despacho cuál sería el trabajo de un delegado de marketing y calidad en una empresa mayorista. Sin embargo, no se lo preguntó. El novio llevaba una camisa roja, bien planchada, y gruesos tirantes. Se había remangado como si necesitara todas sus fuerzas para desarrollar con excelencia su trabajo en defensa de la calidad. Era de altura media, algo rellenito y lucía una pequeña barba alrededor de la boca, de labios gruesos. Se llamaba Viggó.

—No sé nada de Dísa —se apresuró a decir al sentarse frente a Erlendur.

—¿Le dijiste algo que...?

—Eso es lo que todos creen —contestó el novio—. Todos creen que fue culpa mía. Eso es lo peor. Lo peor de toda esta historia. No lo soporto.

—¿Notaste algo extraño en su manera de comportarse antes de desaparecer? ¿Algo que indicase que estaba nerviosa?

—Todo el mundo se estaba divirtiendo. Una boda, ya sabes lo que quiero decir.

—No.

—¿Nunca has estado en una boda?

—Una vez. Hace mucho tiempo.

—Nosotros teníamos que bailar el primer baile. Se habían pronunciado los discursos y las amigas de ella habían montado algunos numeritos divertidos. Había llegado el acordeonista y nosotros teníamos que bailar el primer baile. Yo estaba sentado a la mesa y todos fueron a buscar a Dísa, pero había desaparecido.

—¿Dónde la viste por última vez?

—Estaba sentada a mi lado y dijo que iba al lavabo.

—¿Le dijiste algo que la hiciese enfadar?

—En absoluto. Le di un beso y le dije que se diera prisa.

—¿Cuánto tiempo pasó desde que se fue al lavabo hasta que empezasteis a buscarla?

—¡Uf! No lo sé. Me senté con mis amigos, luego salí fuera para fumar, todos los que querían fumar tenían que salir fuera, charlé con gente al salir y al entrar. Luego volví a sentarme a la mesa, llegó el acordeonista y vino a hablar conmigo sobre el baile. Acordamos lo que tenía que tocar. Hablé con alguien más, quizá pasó una media hora, no lo sé.

—¿Y en ese tiempo no la viste?

—No. Fue un desastre total. Todo el mundo me miraba a mí como si fuera culpable.

—¿Tú qué crees que le puede haber pasado?

—La he buscado en todas partes. He hablado con todas sus amigas y familiares, y nadie sabe nada o no lo quiere decir.

—¿Piensas que alguien no te dice la verdad?

—En algún sitio estará.

—¿Sabías que dejó un mensaje?

—No. ¿Qué mensaje? ¿Qué quieres decir?

—Colgó un mensaje en una especie de árbol de los mensajes. Decía: «Él es horrible. ¿Qué he hecho?». ¿Lo entiendes?

—Él es horrible... —repitió Viggó—. ¿Y a quién se refiere?

—Esperaba que fueras tú.

—¿Yo? —exclamó Viggó muy nervioso—. Yo no le he hecho nada, nada en absoluto. Nunca. No, no se refiere a mí. Es imposible que se refiera a mí.

—El coche que se llevó apareció en Gardastraeti. ¿Te dice algo sobre...?

—No conoce a nadie en Gardastraeti. ¿Vais a anunciar su desaparición por la radio?

—Creo que su familia prefiere darle tiempo para que vuelva por su cuenta.

—¿Y si no lo hace?

—Entonces ya veremos. —Erlendur vaciló—. Yo pensaba que seguramente se pondría en contacto contigo —dijo—. Para hacerte saber que está bien.

—Eso es lo que creía yo también —repuso el delegado de marketing y calidad—. Nos hemos casado, aunque sólo sea eso.

Se quedó callado.

—Espera, ¿estás insinuando que todo podría haber sido culpa mía y que no me habla porque le hice algo? ¡Esto es una mierda! ¿Sabes qué sentí al llegar al trabajo el lunes? Todos mis compañeros estuvieron en la boda. ¡Mi jefe vino a la boda! ¿Y tú piensas que fue culpa mía? ¡Mierda! Todos creen que fue culpa mía.

—Mujeres —dijo Erlendur, y se levantó.

Qué complicado era manejar la calidad.

Erlendur acababa de llegar a su despacho cuando sonó el teléfono. Reconoció la voz enseguida aunque llevaba mucho tiempo sin oírla. Todavía era clara y fuerte, a pesar de que su propietaria estaba ya entrada en años. Erlendur conocía a Marion Briem desde hacía casi treinta años y su relación no siempre había sido fácil.

—Acabo de regresar de la casa de verano —dijo la voz— y no supe las noticias hasta llegar a casa.

—¿Hablas de Holberg? —preguntó Erlendur.

—¿Habéis estudiado los informes sobre él?

—Sé que Sigurdur Óli estaba buscando algo en el ordenador, pero no sé nada más. ¿A qué informes te refieres?

—Me pregunto si están en los ordenadores. Tal vez se tiraron. ¿Hay alguna regla sobre la caducidad de los informes? ¿Se destruyen?

—¿Adónde quieres llegar?

—Holberg no era un ciudadano de primera —dijo Marion Briem.

—¿Cómo?

—Todo indica que era un violador.

—¿Todo indica...?

—Fue denunciado por violación, pero nunca le juzgaron. Eso ocurrió en 1963. Deberíais mirar vuestros informes.

—¿Quién le denunció?

—Una mujer llamada Kolbrún. Vivía en...

—¿Keflavík?

—Sí, ¿sabes algo acerca de ella?

—Encontramos una fotografía en el escritorio de Holberg. Era como si la hubiera escondido. La foto era de la lápida de una niña llamada Audur y fue tomada en un cementerio que aún no hemos identificado. Desperté a un majadero del Registro Civil y encontramos el nombre de Kolbrún en el certificado de defunción. Era la madre de la niña. Ha fallecido.

Marion no dijo nada.

—¿Marion?

—¿Y eso qué te dice? —preguntó la voz del teléfono.

Erlendur se quedó pensativo.

—Me imagino que si Holberg violó a la madre puede ser el padre de la niña y que eso explica que haya guardado la fotografía en su escritorio. La niña tenía cuatro años cuando murió, nació en 1964.

—Nunca juzgaron a Holberg —dijo Marion Briem—. El caso fue desestimado por falta de pruebas.

—¿Se lo había inventado la mujer?

—Me parece poco probable, pero seguramente no se podía demostrar. Supongo que nunca es fácil para una mujer denunciar una violación. Puedes imaginarte lo que tuvo que haber sufrido esta señora hace casi cuarenta años. Si hoy ya es bastante difícil dar la cara y denunciar un hecho así, entonces tuvo que ser mucho más duro. No lo habría hecho sin tener una razón. Tal vez la fotografía fuera una especie de demostración de paternidad. ¿Por qué la escondería Holberg en su escritorio? Las fechas coinciden. La violación ocurrió en 1963. Dices que Audur nació al año siguiente y que murió a los cuatro años. Kolbrún entierra a su hijita. Holberg está de alguna manera implicado en el asunto. Quizás él mismo hizo la foto. No sé con qué intención. Tal vez no tenga importancia.

—Seguro que no asistió al entierro, pero es posible que luego fuera al cementerio y fotografiara la lápida. ¿Es eso lo que quieres decir?

—Hay otra posibilidad.

—¿Sí?

—Tal vez Kolbrún sacó la fotografía y se la envió.

Erlendur se quedó pensativo un momento.

—Pero ¿para qué? Si él la violó, ¿por qué le envió ella la fotografía?

—Es un misterio.

—¿Sabes si el certificado de defunción menciona la causa de la muerte de Audur? —preguntó Marion Briem—. ¿Cómo murió la niña? ¿Sufrió un accidente?

—Pone que fue por un tumor cerebral. ¿Crees que es importante?

—¿Le hicieron la autopsia?

—Seguramente. El nombre del médico figura en el certificado.

—¿Y la madre?

—Muerte repentina en su domicilio.

—¿Suicidio?

—Sí.

—Ya no vienes a verme —dijo Marion Briem después de una breve pausa.

—Trabajo —argumentó Erlendur—. Maldito, asqueroso trabajo.

8

Por la mañana llovía, y camino de Keflavík los coches intentaban esquivar el agua acumulada en los baches. La lluvia era tan intensa que los conductores apenas veían a través de los cristales de los vehículos, que, además, eran sacudidos por el furioso viento del este. Los limpiaparabrisas trabajaban a toda velocidad para intentar barrer el aguacero de los cristales y Erlendur se agarraba con tanta fuerza al volante que los nudillos se le volvieron blancos. Le parecía ver las luces rojas de un coche un poco más adelante e intentaba seguirlo lo mejor que podía.

Erlendur iba solo. Después de hablar con la hermana de Kolbrún por teléfono, había pensado que sería lo mejor. La hermana figuraba en el certificado como el familiar más próximo. No se había mostrado muy dispuesta a ayudar y se había negado rotundamente a ver a Erlendur. Los periódicos habían publicado una fotografía del muerto y su nombre. Erlendur le preguntó si lo había visto e iba a añadir si se acordaba de él cuando ella le colgó en mitad de la frase. Entonces decidió ir a Keflavík y comprobar cómo reaccionaba ella al verle ante su puerta. Prefería no tener que hacer que la policía la obligara a presentarse en comisaría.

Erlendur había dormido mal la noche anterior. Estaba preocupado por Eva Lind y temía que se hubiese metido en algún lío. Cuando llamaba a su teléfono móvil, siempre le contestaba una voz mecánica, diciendo que estaba apagado o fuera de cobertura. Erlendur se acordaba pocas veces de sus sueños, pero al despertar aquella mañana tuvo una sensación desagradable y los retazos de una pesadilla cruzaron por su mente antes de desaparecer por completo.

Tenían muy poca información acerca de Kolbrún. Había nacido en 1934 y denunció a Holberg por violación el 23 de noviembre de 1963. Antes de salir para Keflavík, Sigurdur Óli había leído el contenido de la denuncia, en la que figuraban datos sacados de un informe policial que describía los hechos. Sigurdur Óli lo había encontrado en los archivos de la policía siguiendo las indicaciones de Marion Briem.

Kolbrún tenía treinta años cuando tuvo a su hija Audur. La violación había ocurrido nueve meses antes. Según la declaración de Kolbrún, los hechos sucedieron de la siguiente manera: había conocido a Holberg en la sala de fiestas Krossinn, que entonces estaba entre los pueblos de Keflavík y Njardvík. Era un sábado por la noche. No lo conocía ni lo había visto antes. Ella estaba con dos amigas, y Holberg y dos amigos suyos estuvieron bailando con ellas. Cuando la sala de fiestas cerró, decidieron ir todos a casa de una de las amigas de Kolbrún y tomar allí unas copas. Poco después, Kolbrún decidió irse a su casa. Holberg se ofreció para acompañarla, así iría más segura. Ella aceptó. Ninguno de los dos había bebido más de la cuenta. Kolbrún dijo que había bebido dos vasitos de vodka y algún refresco en la sala de fiestas. Holberg no había bebido nada esa noche. Le había dicho a Kolbrún que estaba tomando medicamentos por una infección en el oído. Junto con la denuncia había un certificado médico que lo confirmaba.

Holberg le preguntó si tenía teléfono, quería llamar a un taxi para ir a Reikiavik. Ella vaciló un momento, pero luego le indicó dónde estaba el teléfono. Él entró en el salón; mientras, ella se quedó en el recibidor quitándose el abrigo y luego se fue a la cocina para beber un vaso de agua. No oyó cuándo él dejó de hablar por teléfono, ni siquiera podía estar segura de que verdaderamente hubiera hablado. Sólo notó, de repente, que estaba detrás de ella cuando bebía agua en la cocina.

Se asustó, se le cayó el vaso al fregadero y el agua salpicó la mesa. Soltó un grito cuando sus manos le apretaron los pechos. Se zafó como pudo y corrió hasta el fondo de la cocina.

—¿Qué haces? —le preguntó ella.

—Vamos a divertirnos un ratito —le contestó él, y se quedó de pie delante de ella.

Alto, buen cuerpo, manos fuertes y dedos largos.

—Quiero que te vayas —dijo ella con determinación—. ¡Ahora! Vete, por favor.

—No, vamos a divertirnos un poco —repitió él.

Se acercó un paso y ella extendió las manos para detenerlo.

—¡No te acerques! —le gritó—. ¡Llamaré a la policía!

De pronto se sintió muy sola e indefensa con ese hombre que había dejado entrar en su casa y que ahora la tenía acorralada con las manos detrás de la espalda e intentaba besarla. Luchó contra él, pero no le sirvió de nada. Intentó convencerle hablando con él, pero su impotencia iba en aumento.

Erlendur se sobresaltó cuando un camión tocó el claxon, lo adelantó en medio de un terrible estruendo y lo inundó de agua. Dio un golpe de volante y derrapó. La parte trasera del coche se fue hacia un lado y por un momento Erlendur pensó que iba a perder el control y a salir de la carretera dando vueltas de campana. Disminuyó la velocidad bruscamente y logró mantenerse sobre el asfalto, no sin maldecir al camionero, que ya había desaparecido bajo la lluvia.

Veinte minutos más tarde llegó a una pequeña vivienda de madera en la parte vieja de Keflavík. La casa era blanca, estaba rodeada por una valla y tenía un jardín bien cuidado. La hermana de Kalbrún se llamaba Elín y era algunos años mayor que ella. Estaba jubilada. Cuando Erlendur llamó al timbre, Elín estaba en el recibidor de la casa, a punto de salir. Le miró sorprendida. Era bajita y delgada, de mirada dura, pómulos altos y arrugas alrededor de la boca.

—Creí haberte dicho por teléfono que no quería tener nada que ver contigo ni con la policía —dijo con enfado cuando Erlendur se hubo presentado.

—Ya lo sé —contestó Erlendur—, pero...

—Te voy a pedir que me dejes en paz —dijo Elín—. No tendrías que haberte molestado en venir hasta aquí.

Salió fuera y cerró la puerta. Bajó los tres escalones que había delante de la entrada, abrió la cancela del jardín y se fue calle abajo. Dejó abierta la puerta del jardín para hacer saber a Erlendur que lo quería fuera de allí. Ni siquiera le miró. Erlendur se quedó de pie en las escaleras y la vio alejarse.

—Sabes que Holberg ha muerto —le gritó Erlendur.

Ella no contestó.

—Lo asesinaron en su domicilio. Eso ya lo sabes.

Erlendur había salido a la calle e iba andando despacio detrás de Elín. Ella llevaba un paraguas negro para protegerse de la lluvia. Erlendur sólo llevaba un sombrero. Elín aligeró el paso y él intentó alcanzarla acelerando el suyo. No sabía qué decirle para llamar su atención y conseguir que le escuchara. Tampoco sabía por qué la mujer reaccionaba de aquella manera.

—Quería preguntarte sobre Audur —dijo.

La mujer se paró en seco y fue hacia él con cara de enojo.

—Tú, poli inútil y de poca monta —siseó entre dientes—. No la nombres siquiera. ¿Cómo te atreves? Después de todo lo que le hicisteis. ¡Desaparece! ¡Desaparece en este mismo momento! ¡Poli inútil!

Miraba a Erlendur con odio en los ojos, pero él no bajó la vista.

—¿Después de todo lo que le hicimos? —preguntó—. ¿A quién?

—¡Fuera! —gritó la mujer, se dio la vuelta y dejó a Erlendur plantado donde estaba.

No tenía ganas de seguir detrás de ella, así que se quedó mirando cómo se alejaba bajo la lluvia, algo encorvada con su abrigo verde y unas botas de goma que le llegaban por encima del tobillo. Pensativo, volvió hasta su coche, que estaba aparcado delante de la casa de Elín. Subió al vehículo, encendió un cigarrillo, bajó la ventanilla y puso el motor en marcha. Dio marcha atrás y salió lentamente del aparcamiento, puso la primera y pasó por delante de la casa.

Inhaló el humo y volvió a notar ese ligero dolor en el pecho. No era nada nuevo. Erlendur estaba preocupado por esa pequeña molestia desde hacía casi un año. Un dolor tenue que le molestaba al despertarse por las mañanas, pero que solía desaparecer rápido después de levantarse. El colchón de su cama no era bueno. A veces, cuando estaba mucho rato acostado, le dolía todo el cuerpo.

Inhaló un poco más de humo.

Ojalá fuera el colchón.

El móvil sonó dentro de su bolsillo en el momento en que apagaba el cigarrillo. Era el jefe del departamento técnico, que le comunicó que habían logrado descifrar la frase de la lápida y habían encontrado su origen en la palabra de Dios.

—Es un fragmento del salmo 64 de David —dijo el jefe.

—Bien —repuso Erlendur.

—Guarda mi vida del temor al enemigo.

—¿Qué?

—En la lápida pone: «Guarda mi vida del temor al enemigo». Es de los salmos de David.

—Guarda mi vida del temor al enemigo.

—¿Sirve eso de ayuda?

—No tengo ni idea.

—Había dos huellas dactilares en la foto.

—Sí, Sigurdur Óli ya me lo había dicho.

—Una es del fallecido, pero la otra no la tenemos en nuestros registros. Es poco clara. Seguramente es una huella muy antigua.

—¿Sabéis con qué tipo de cámara fue tomada la fotografía? —preguntó Erlendur.

—Es imposible de decir. Pero creo que no era una cámara demasiado buena.

9

Sigurdur Óli dejó el coche en un aparcamiento de la empresa Transportes de Islandia, donde creía que no iba a molestar a nadie. Allí había camiones aparcados en fila, algunos estaban cargándolos, otros se marchaban y otros llegaban e iban marcha atrás hacia el almacén de la empresa. Un fuerte olor a gasolina y gasóleo inundaba el aire poco a poco mientras los motores emitían un ruido ensordecedor. Empleados y clientes discurrían apresurados por el aparcamiento y los almacenes.

El servicio meteorológico había predicho más lluvia para los próximos días. Sigurdur Óli se protegió de la lluvia con su abrigo, poniéndoselo por encima de la cabeza mientras cruzaba corriendo el aparcamiento hacia el almacén. Le indicaron que debía hablar con un capataz, que estaba sentado dentro de un cubículo de cristal repasando papeles; parecía muy ocupado.

El capataz era un hombre gordo que llevaba un anorak azul, abrochado con un solo botón encima de la barriga, y tenía una colilla de cigarro entre los dedos. Había oído lo de la muerte de Holberg y confesó haber tratado bastante con él. Lo describió como un hombre formal, un buen conductor que había trabajado durante años y conocía todos los rincones de la red de carreteras del país. Dijo que era reservado, que nunca hablaba de su vida privada, que no tenía amigos íntimos en esa empresa. No sabía a qué se había dedicado antes de entrar en la empresa, por su manera de hablar creía que siempre había sido camionero. Soltero y sin hijos, según parecía. Nunca hablaba de su familia.

—Ya lo creo —dijo el capataz como para terminar la conversación; sacó un pequeño encendedor de su bolsillo y encendió la colilla del cigarro—. Maldito final, puf, puf.

—¿Con quiénes se relacionaba aquí? —preguntó Sigurdur Óli intentando no respirar el maloliente humo del cigarro.

—Puedes hablar con Hilmar y con Gauji, supongo que ellos fueron los que más lo conocían. Hilmar está aquí fuera. Es del este del país, de Reydarfjordur, y Holberg le dejó dormir en su casa algunas veces, cuando tenía que pernoctar en Reikiavik. Los conductores tienen que cumplir ciertas normas de descanso, y entonces necesitan un sitio para dormir aquí en la ciudad.

—¿Sabes por casualidad si durmió en casa de Holberg el último fin de semana?

—No, estaba trabajando en el este. Pero tal vez el anterior sí.

—¿Se te ocurre alguien que pudiera querer hacerle daño a Holberg? ¿Algunas disputas aquí en el trabajo, o...?

—No, puf, nada de eso, puf, puf. —El hombre tenía dificultades para mantener el cigarro encendido—. Habla con, puf, Hilmar, amigo. Quizás él te pueda ayudar.

Sigurdur Óli encontró a Hilmar según las indicaciones del capataz. Estaba de pie en la puerta del almacén, observando cómo descargaban un camión. Era un hombre de unos dos metros de altura, complexión fuerte, pelirrojo, con barba y dos brazos fuertes y peludos que salían de su camiseta de manga corta. Parecía tener unos cincuenta años. Unos tirantes azules y viejos aguantaban sus tejanos gastados. Una pequeña elevadora de horquilla estaba descargando el camión. Otro camión se acercaba marcha atrás a la puerta de al lado, con el ruido correspondiente. Al mismo tiempo dos camioneros tocaban el claxon y gritaban por la ventanilla.

Sigurdur Óli se acercó a Hilmar y le tocó el hombro, pero el camionero no se dio cuenta. Le tocó más fuerte y finalmente Hilmar se volvió hacia él. Vio que Sigurdur Óli le hablaba, pero no le oía y le miraba con ojos vacíos. Sigurdur Óli subió la voz y le pareció ver alguna chispa de entendimiento en los ojos de Hilmar, aunque resultó ser una equivocación. Hilmar se limitó a sacudir la cabeza y a señalarse los oídos.

Sigurdur Óli no se daba por vencido: se puso de puntillas y gritó a todo pulmón. En ese momento, el aparcamiento se quedó en silencio de golpe y sus palabras retumbaron entre las paredes del enorme almacén:

—¿Dormiste con Holberg?

10

Estaba recogiendo las hojas secas de su jardín cuando apareció Erlendur. No levantó la vista hasta que Erlendur llevaba ya un buen rato observando cómo trabajaba, con los movimientos lentos de un hombre anciano. Se limpió una gota que le caía de la nariz. No parecía importarle la lluvia ni que las hojas estuvieran todas pegadas y costara manejarlas. No se daba ninguna prisa, las rascaba con el rastrillo e intentó formar algunos montones. Aún vivía en Keflavík, en el mismo sitio donde había nacido.

Erlendur había pedido a Elínborg que consiguiera información sobre él y ella había desenterrado lo más importante que tenían sobre el anciano del jardín, su hoja de servicios como policía, las observaciones que se habían hecho sobre su comportamiento y su manera de trabajar. Las observaciones abarcaban muchos años y eran bastantes, entre ellas las que se hicieron sobre la denuncia de Kolbrún y la amonestación que le costó la dirección de aquel asunto. Erlendur recibió la información mientras estaba comiendo en Keflavík. Se le pasó por la cabeza dejar la visita hasta el día siguiente, pero cambió de opinión cuando pensó que tendría que volver a echarse a la carretera un día más con esa lluvia torrencial.

El hombre llevaba una chaqueta verde y una gorra de béisbol. Las manos, blancas y huesudas, manejaban el rastrillo. Era alto y seguramente había sido más fuerte e imponente en otros tiempos, pero ahora era viejo, estaba marchito y le colgaba una gota de la nariz. Erlendur miraba cómo trabajaba torpemente en el jardín, detrás de la casa. El hombre no levantó la vista de las hojas secas y no prestó ninguna atención a Erlendur. Así pasó un buen rato, hasta que Erlendur decidió hacerse notar.

—¿Por qué la hermana no quiere hablar conmigo? —dijo, y vio cómo el viejo se sobresaltaba.

—¿Qué? ¿Qué ha sido eso? —Levantó la vista—. ¿Y tú quién eres?

—¿Cómo recibisteis a Kolbrún cuando os trajo la denuncia? —le preguntó Erlendur.

El viejo se limpió la gota de la nariz y miró fijamente a ese desconocido que estaba en su jardín.

—¿Te conozco? —preguntó a su vez—. ¿De qué me hablas? ¿Quién eres?

—Me llamo Erlendur. Estoy investigando el asesinato en Reikiavik de un hombre llamado Holberg. Lo denunciaron por violación hace cuarenta años. Tú llevaste el caso. La mujer a la que violó se llamaba Kolbrún. Ha fallecido. Su hermana no quiere hablar con la policía por razones que intento averiguar. Me dijo: «Después de todo lo que le hicisteis...». Ahora quiero saber qué fue lo que le hicimos.

El hombre miró fijamente a Erlendur sin decir nada.

—¿Qué le hicimos? —repitió Erlendur.

—No me acuerdo... ¿Qué derecho tienes tú? ¿Qué atrevimiento es éste? —Le temblaba ligeramente la voz—. Sal de mi jardín o llamo a la policía.

—Mira, Rúnar, yo soy la policía. Y no tengo tiempo para aguantar tonterías.

El hombre se quedó pensativo.

—¿Son ésos los nuevos procedimientos? ¿Atacar a la gente con insinuaciones y malas maneras?

—Menos mal que mencionas procedimientos y malas maneras —dijo Erlendur—. Te pusieron una vez ocho denuncias por patochadas en el trabajo, brutalidad entre ellas. No sé a quién tuviste que hacer favores para mantenerte en tu puesto, pero no le harías un servicio lo bastante grande, ya que al final saliste del cuerpo sin honor. Despedido...

—¡Cállate! —dijo el hombre, y miró a su alrededor—. ¿Cómo te atreves...?

—Por acoso sexual, varias veces.

Las blancas y huesudas manos del anciano apretaron el rastrillo con tanta fuerza que debajo de la piel estirada se le veían todos los huesos. La boca se le contrajo con una mueca de odio y mantuvo los ojos entreabiertos. Camino de Keflavík, y mientras la información de Elínborg le quemaba el cerebro como si fuera corriente eléctrica, Erlendur se había cuestionado si realmente se podía acusar a este hombre por lo que hizo en otra vida, cuando era otro hombre, en otros tiempos. Erlendur llevaba suficiente tiempo en el cuerpo de policía para recordar las historias que se contaban sobre él y los problemas que causó. Se acordaba de Rúnar. Se había encontrado con él dos o tres veces hacía muchos años, pero ahora era ya tan viejo y decrépito que le costó relacionar a aquel hombre con el anciano del jardín. Aún se contaban algunas historias sobre Rúnar dentro del cuerpo. Erlendur había leído una vez que el pasado era otro mundo y así lo creía. Entendía que los tiempos cambiaban y los hombres también. Pero no estaba dispuesto a borrar el pasado.

Estaban de pie en el jardín, frente a frente.

—¿Qué me dices de Kolbrún? —preguntó Erlendur.

—¡Lárgate!

—Primero me cuentas lo de Kolbrún.

—¡Era una maldita puta! —dijo el hombre de repente entre dientes—. Y ya está, ahí lo tienes, lárgate. Todo lo que dijo sobre mí eran podridas mentiras. No hubo ninguna violación de mierda. ¡Mintió!

Erlendur vislumbraba a Kolbrún sentada, hacía cuarenta años, delante de este hombre denunciando una violación. Trataba de imaginar cómo se había armado de valor para decidir ir a la policía y explicar lo que le había pasado, el miedo que había vivido y que quería olvidar como si no hubiera ocurrido nada. Como si sólo hubiera sido una pesadilla y ella siguiese siendo la misma de antes. Pero nunca sería la misma de antes. Estaba sucia. La habían atacado y la habían forzado...

—Vino tres días después de los hechos y acusó al hombre de violación —le dijo el viejo a Erlendur—. No era muy convincente.

—Y tú la echaste —continuó Erlendur.

—Estaba mintiendo.

—Y te reíste de ella, la ridiculizaste y le dijiste que lo olvidara. Pero ella no lo olvidó, ¿verdad?

El viejo miraba a Erlendur con odio.

—Se fue a Reikiavik, ¿no? —dijo Erlendur.

—Nunca condenaron a Holberg.

—¿Y gracias a quién?

Erlendur se imaginaba a Kolbrún discutiendo con Rúnar en el despacho. ¡Discutir con ese hombre! Discutir sobre lo que ella había tenido que soportar. Intentar convencerle de que decía la verdad, como si él fuera el juez supremo en este caso.

Ella necesitaba todas sus fuerzas cuando le detallaba los sucesos de esa noche. Intentaba contarlo ordenadamente, pero era demasiado terrible. No podía describirlo. No podía describir lo que para ella era imposible de contar, asqueroso, espantoso. De alguna manera pudo acabar su entrecortado relato. ¿Era eso una sonrisa? No podía entender por qué el policía estaba sonriendo. Sería su imaginación. Luego, él empezó a interrogarla acerca de los detalles.

—Explícame exactamente lo que pasó.

Ella le miró y titubeando volvió a empezar su relato.

—No, eso ya lo has dicho. Explícame detalladamente qué pasó. Llevarías bragas. ¿Cómo te las quitó? ¿Qué hizo para penetrarte?

¿Lo decía en serio? Se le ocurrió preguntar si había alguna mujer policía con quien poder hablar.

—No... Si quieres denunciar a ese hombre por violación, tendrás que ser más precisa, ¿entiendes? ¿Habías coqueteado con él de manera que pudiera pensar que estabas dispuesta a jugar?

¿Dispuesta a jugar?

Le dijo en voz muy baja que no había hecho nada en absoluto.

—Tienes que hablar más alto. ¿Cómo te quitó las bragas?

Estaba segura de que eso era una sonrisa. Le hacía las preguntas bruscamente, ponía en duda lo que decía, era grosero, algunas de las preguntas eran ofensivas, obscenas. Intentó hacerla confesar que la culpable de la violación era ella, que había querido tener relaciones con el hombre y que luego había cambiado de opinión, cuando ya era demasiado tarde. ¿Entiendes? Demasiado tarde para dar marcha atrás. No se puede ir a una sala de fiestas, coquetear con un hombre y luego dar marcha atrás. Eso no se hace.

Finalmente, ella se puso a llorar, abrió el bolso, sacó una bolsita de plástico y se la entregó. Él abrió la bolsita y extrajo unas bragas, rotas...

Rúnar soltó el rastrillo, dispuesto a marcharse. Erlendur le detuvo y le acorraló junto a la pared de la casa. Se miraron a los ojos.

—Te dio una prueba —dijo Erlendur—. La única prueba que tenía. Estaba segura de que Holberg habría dejado un rastro en esa prueba.

—No me dio nada —siseó Rúnar—. Déjame en paz.

—Te dio las bragas.

—Eso es mentira.

—Tendrían que haberte despedido entonces —dijo Erlendur—. Maldito, despreciable canalla.

Caminaba lentamente hacia atrás, con cara de asco, alejándose de Rúnar, un anciano apoyado en la pared de la casa.

—Yo sólo quería que se enterara de lo que podía esperar si llevaba este asunto más lejos —dijo con voz de pito—. Le estaba haciendo un favor. En los tribunales se ríen de esta clase de historias.

Erlendur se dio la vuelta y se marchó pensando que, si existía Dios, cómo era posible que permitiera que un hombre como Rúnar viviese tanto tiempo y en cambio dejase morir a una niña inocente de cuatro años.

Tenía la intención de volver a casa de la hermana de Kolbrún, pero decidió pasar primero por la biblioteca de Keflavík. Paseó entre las estanterías ojeando los lomos de los libros hasta que encontró la Biblia. Erlendur conocía bastante bien la palabra de Dios. Abrió el libro buscando los Salmos de David y encontró el número 64. Ahí estaba la frase grabada en la lápida: Guarda mi vida del temor al enemigo.

Había estado en lo cierto. La frase era la continuación de la primera línea del salmo. Volvió a leerla unas cuantas veces, luego pasó la mano por encima de las páginas y la repitió en voz baja.

La primera línea del salmo era una invocación a Dios y, al leerla, a Erlendur le pareció oír la silenciosa llamada de la mujer a través de los tiempos.

Escucha, ¡oh, Dios!, la voz de mi gemido.

11

Erlendur aparcó delante de la pequeña casa de tejado de hierro ondulado y apagó el motor. Se quedó sentado dentro del coche para terminar de fumar su cigarrillo. Estaba intentando fumar menos y había llegado a quedarse en cinco cigarrillos algunos días, cuando todo iba bien. Éste era el número ocho y aún no eran las tres de la tarde.

Salió del coche, subió los peldaños hasta la casa y llamó al timbre. Esperó un buen rato sin que nadie abriera. Volvió a llamar, pero con el mismo resultado. Miró por la ventanita de la puerta y dentro de la casa vio el abrigo verde, el paraguas y las botas de agua. Llamó por tercera vez intentando guarecerse de la lluvia mientras esperaba. De pronto se abrió la puerta. Elín le miraba fijamente.

—¡Déjame en paz de una vez! ¿Me oyes? ¡Lárgate de aquí! ¡Vete!

Iba a cerrar la puerta de golpe, pero Erlendur logró poner finalmente el pie.

—No todos somos igual que Rúnar —le dijo—. Yo sé que a tu hermana no la trataron como se merecía. He estado hablando con Rúnar. Lo que hizo es imperdonable, pero ya no se puede remediar. Ahora es un anciano desgraciado que nunca será capaz de ver nada malo en su actitud de entonces.

—¡Déjame tranquila!

—Tengo que hablar contigo. Si no lo logro de esta manera, tendré que hacer que te lleven a comisaría para interrogarte. Preferiría evitarlo. —Sacó de su bolsillo la fotografía del cementerio y se la enseñó a través de la puerta entreabierta—. Encontré esta foto en casa de Holberg —le dijo.

Elín no contestó. Pasó un largo rato. Erlendur mantenía la foto en el estrecho resquicio entre la puerta y el marco, pero no podía ver a la mujer que empujaba la puerta desde dentro. Poco a poco notó que disminuía la presión sobre su pie, hasta que Elín le quitó la foto de la mano. Se abrió la puerta. La mujer se fue hacia dentro de la casa con la foto en la mano. Erlendur entró y cerró con cuidado.

Elín pasó a un pequeño salón. Por un momento, Erlendur dudó si debía quitarse los zapatos mojados. Luego decidió restregarlos en un felpudo y seguir a Elín; pasó por delante de una pequeña y ordenada cocina y de una habitación de trabajo. En las paredes del salón colgaban algunos cuadros, así como bordados enmarcados. En un rincón había un órgano electrónico.

—¿Reconoces esta fotografía? —preguntó Erlendur cautelosamente.

—Nunca la había visto —dijo la mujer.

—¿Mantuvo tu hermana alguna relación con Holberg después de... los hechos?

—Ninguna, que yo sepa. Ninguna. Ya te puedes imaginar.

—¿Se hicieron pruebas de sangre para averiguar si él era el padre?

—¿Para qué?

—Eso habría reforzado lo que declaró tu hermana de que realmente se trataba de una violación.

Levantó la vista de la fotografía y se quedó un rato mirando a Erlendur antes de decir:

—Los policías sois todos iguales. No sabéis hacer vuestro trabajo.

—¿No?

—¿No te has informado del caso?

—Más o menos, o eso creía.

—Holberg nunca negó que hubieran tenido relaciones sexuales. Era muy listo. Lo que nunca admitió fue que hubiera habido una violación. Dijo que todo había sido con el consentimiento de mi hermana. Dijo que se le había insinuado y que le había invitado a su casa. Ésa era su defensa. Que Kolbrún se había acostado con él por su propia voluntad. Se hizo el inocente. Se hizo el inocente, el gran bastardo.

—Pero...

—Lo único que tenía mi hermana eran unas bragas rotas —siguió diciendo Elín—. No tenía magulladuras. No era fuerte y no pudo defenderse mucho. Me dijo que se quedó paralizada de miedo cuando él empezó los tocamientos en la cocina. Luego la obligó a ir al dormitorio y ahí la violó. Dos veces. La mantuvo sujeta debajo de él, tocándola y diciéndole cosas obscenas hasta que estuvo preparado para volver a empezar. Tardó tres días en acumular bastante valor para ir a la comisaría a denunciarlo, y tener que someterse a una revisión médica no mejoró las cosas. Ella nunca entendió por qué la atacó. Se sentía culpable de haberle animado de alguna manera. Pensaba que tal vez en casa de su amiga después de que la sala de fiestas cerrara había dicho o hecho algo que despertó el deseo de Holberg. Se sentía culpable. Supongo que eso es una reacción frecuente.

Elín se quedó callada un rato.

—Cuando por fin se decidió, se topó con Rúnar. Yo la habría acompañado, pero le daba tanta vergüenza que no explicó a nadie lo que le había pasado hasta un tiempo después. Holberg la amenazaba. Le dijo que si lo denunciaba volvería a por ella. Cuando por fin fue a la policía pensaba que allí encontraría refugio. Que con eso se salvaría. Que la policía cuidaría de ella. Cuando Rúnar la mandó de vuelta a casa, después de humillarla y quedarse con sus bragas, vino a buscarme a mí.

—Nunca se encontraron las bragas —dijo Erlendur—. Rúnar negó...

—Kolbrún me dijo que se las había entregado y, que yo sepa, mi hermana nunca mentía. No sé qué pretendía ese hombre. Lo veo algunas veces por el pueblo, en el colmado o en la pescadería. Una vez le grité. No pude controlarme. Tuve la impresión de que eso le divertía. Sonreía. Kolbrún me habló una vez de esa sonrisa suya. Rúnar dijo que no había recibido ningunas bragas y que la declaración de Kolbrún había sido tan confusa que incluso llegó a pensar que estaba ebria. Por eso la envió a casa.

—Finalmente se llevó una reprimenda que no tuvo demasiadas consecuencias —dijo Erlendur—. Rúnar era amonestado constantemente. Dentro del cuerpo de policía era visto como un verdugo, pero alguien lo protegió hasta que se hizo imposible cubrirle las espaldas por más tiempo y tuvieron que echarlo.

—No existía ningún motivo de denuncia, es lo que dijeron. Rúnar tenía razón cuando le dijo a Kolbrún que debía olvidar el asunto. Claro que ella dudó mucho tiempo, demasiado tiempo. Fue lo bastante tonta para limpiar el piso de arriba abajo, incluidas las sábanas. De ese modo eliminó todas las pistas. Guardó las bragas. A pesar de todo guardó esa prueba. Como si eso fuera suficiente. Como si bastara sólo con decir la verdad. Quiso borrar todo de su vida a fuerza de lavadas. No quería vivir con las evidencias que se lo recordaban. Y como dije antes, no tenía magulladuras. Sólo tenía un labio partido y un poco de sangre en un ojo.

—¿Se recuperó?

—Nunca. Mi hermana era una mujer muy sensible. Tenía un alma delicada y era presa fácil para los que la querían mal. Como Holberg. Como Rúnar. Los dos se dieron cuenta y se ensañaron con ella, cada uno a su manera. Devoraron la presa.

Bajó la vista.

—Animales —añadió.

Erlendur esperó un rato antes de hablar.

—¿Cómo reaccionó cuando descubrió que estaba embarazada? —preguntó.

—Con mucha serenidad, o eso pensé yo. Enseguida tomó la decisión de alegrarse por el nacimiento de su bebé. Quería muchísimo a Audur. Se querían mucho las dos y mi hermana cuidaba muy bien de su hija. Hizo todo lo posible por ella. Pobrecita, bendita niña.

—¿Así que Holberg sabía que era el padre de la pequeña?

—Claro que lo sabía, aunque juró que no era suya. Lo negó rotundamente. Dijo que no era suya. Acusó a mi hermana de promiscua.

—¿Así que no tenían ninguna relación, ni con la hija ni...?

—¡Relación! Nunca. ¿Cómo se te ocurre? Eso era imposible.

—¿Y Kolbrún no le envió la fotografía?

—No. No puedo imaginar algo así. Habría sido imposible.

—Entonces fue él quien hizo la fotografía. O alguien que conocía la historia, y luego se la envió. Tal vez vio la esquela en los periódicos. ¿Salieron esquelas en la prensa?

—Sí, hubo esquelas y yo misma escribí una pequeña nota en su memoria. Quizá la leyó.

—¿Audur está enterrada aquí, en Keflavík?

—No. Somos de Sandgerdi y cerca de allí hay un pequeño cementerio. Kolbrún quiso que la enterraran allí. Era pleno invierno. Costó mucho cavar la tumba.

—En el certificado de defunción dice que murió de un tumor cerebral.

—Ése es el diagnóstico que le dieron a mi hermana cuando murió la niña. Simplemente murió. Se nos murió, pobrecilla, y no pudimos hacer nada por ella. Con tres años y pico.

Elín levantó la vista de la fotografía y miró a Erlendur.

—Simplemente se murió.

La casa estaba a oscuras y las palabras pasaban por las sombras llenas de interrogantes y tristeza. Elín se levantó despacio y encendió una lámpara de luz tenue de paso hacia la cocina. Erlendur la oyó abrir un grifo, llenar algún recipiente, abrir un bote. Poco después le llegó el aroma del café. Se levantó y observó los cuadros de las paredes. Había dibujos y pinturas. Un dibujo hecho por un niño encerrado en un delgado marco negro. Por fin encontró lo que buscaba. Eran dos fotografías, posiblemente tomadas con un año de diferencia. Dos fotografías de Audur.

La fotografía más antigua estaba hecha por un profesional en un estudio. Era en blanco y negro. La niña tendría aproximadamente un año y estaba sentada sobre un cojín, llevaba su mejor vestido, un lazo en el pelo y un sonajero en una mano. Miraba al fotógrafo con una sonrisa que revelaba cuatro pequeños dientes. La otra fotografía era de la misma niña a los tres años más o menos. Erlendur suponía que ésta la había hecho la madre. Era en color. La niña estaba entre unos arbustos y bañada por la luz solar. Llevaba un jersey rojo y una pequeña falda, calcetines blancos y zapatos negros. Miraba a la cámara con cara seria. Tal vez se había negado a sonreír.

—Kolbrún nunca se recuperó —dijo Elín mientras entraba en el salón.

Erlendur se enderezó.

—Seguramente no hay nada peor que perder a un hijo —aseguró él, y aceptó una taza de café.

Elín se sentó en el sofá y Erlendur se acomodó frente a ella sorbiendo su café.

—Si quieres fumar no hay ningún problema —dijo ella.

—Estoy intentando dejarlo —explicó Erlendur, procurando que no pareciera una excusa, mientras pensaba en el dolor que sentía en el pecho.

Sacó el paquete del bolsillo y encendió un cigarrillo. El noveno del día. Ella le acercó un cenicero.

—No —dijo ella—, probablemente no hay nada peor. Afortunadamente la lucha mortal fue breve. Empezó a tener dolores de cabeza. El médico que la examinó dijo que era migraña infantil. Le recetó unas pastillas que no le hicieron ningún efecto. No era un buen médico. Kolbrún me contó que había notado que olía a alcohol y que no se fiaba de él. Luego todo pasó muy deprisa. La niña se puso peor. Alguien habló de un carcinoma en la piel que el médico debería haber notado. Manchas. Los del hospital las llamaron «manchas de café». La mayoría las tenía en los sobacos. Finalmente la enviaron al hospital, aquí, en Keflavík. Allí llegaron a la conclusión de que se trataba de una especie de tumor en el sistema nervioso. Resultó ser un tumor cerebral. Todo eso duró seis meses.

Elín se calló.

—Como te dije, Kolbrún nunca fue la misma después —suspiró—. Supongo que nadie puede recuperarse de tanta desgracia.

—¿Le hicieron la autopsia a Audur? —preguntó Erlendur, imaginándose el pequeño cuerpo de la niña encima de una camilla de acero inoxidable, bajo la luz de los fluorescentes y con un corte en forma de Y en el pecho.

—Kolbrún se negó rotundamente —dijo Elín—, pero no la escucharon. Se trastornó cuando se enteró de que le habían hecho la autopsia. Se volvió loca de dolor y no hubo quien la calmara. Claro, después de perder a su hija, no podía ni pensar que habían abierto el cuerpo de su niña. Estaba muerta y ya nada podía remediarlo. La autopsia confirmó el diagnóstico. Le encontraron un tumor maligno en el cerebro.

—¿Y tu hermana?

—Kolbrún se suicidó tres años más tarde. Se hundió en una depresión muy fuerte y estaba en manos de médicos. Pasó algún tiempo internada en un psiquiátrico en Reikiavik, pero luego volvió a Keflavík. Yo hice lo que pude para cuidar de ella, pero era como si se hubiera apagado. No le quedaban ganas de vivir. A pesar de las circunstancias en que la había concebido, Audur le había dado felicidad. Pero Audur ya no estaba.

Elín miró a Erlendur.

—Seguramente te estarás preguntando cómo lo hizo.

Erlendur no contestó.

—Se metió en la bañera y se cortó las venas de las dos muñecas. Había comprado hojas de afeitar por primera vez en su vida.

Elín volvió a callarse, estaban los dos en la penumbra del salón.

—¿Sabes lo que me viene a la mente cuando pienso en el suicidio? No es la sangre en el cuarto de baño. Ni mi hermana sumergida en el agua rojiza. Ni los cortes. Lo que me viene a la mente es Kolbrún comprando hojas de afeitar. Buscando calderilla en su monedero para pagar unas hojas de afeitar. Contando las monedas.

Elín se quedó en silencio.

—¿No es extraño cómo trabaja la mente? —preguntó, como si estuviera pensando en voz alta.

Erlendur no sabía qué contestar.

—Fui yo quien la encontró —siguió Elín—. Ella lo había previsto así. Me llamó por teléfono pidiéndome que fuera a verla por la noche. Hablamos un ratito. Siempre tenía cuidado con qué decía por lo de la depresión, pero últimamente parecía que había mejorado. Como si se disipara la niebla. Como si fuese a poder enfrentarse a la vida de nuevo. Aquella día no detecté nada en su voz que indicara que iba a suicidarse. Todo lo contrario. Hablamos sobre el futuro. Íbamos a hacer un viaje juntas. Cuando la encontré, de su rostro emanaba una paz que no le había visto en mucho tiempo. Paz y conciliación. Sin embargo, sé que no había paz en su alma.

—Tengo que preguntarte una cosa, y no volveré a mencionarla —dijo Erlendur—, pero necesito oír tu respuesta.

—¿Qué quieres preguntar?

—¿Sabes algo acerca del asesinato de Holberg?

—No, no sé nada.

—¿Y no has tenido nada que ver, directa o indirectamente?

—No.

Ninguno de los dos dijo nada durante unos instantes.

—El epitafio que eligió para su hija hablaba de los enemigos —dijo Erlendur.

—«Guarda mi vida del temor al enemigo.» También eligió su propio epitafio, aunque ahora no figure en su lápida.

Elín abrió uno de los cajones de un bonito armario de cristal y sacó una pequeña caja negra. La abrió con llave y extrajo un sobre del que sacó una hoja.

—Encontré esto sobre la mesa de la cocina la noche que murió, pero no estoy muy segura de que lo hubiera escogido para su lápida. Lo dudo. Hasta que lo encontré creo que no fui consciente de lo mucho que sufría.

Le dio la hoja a Erlendur y él leyó las primeras tres palabras del salmo que había visto en la Biblia.

Escucha, ¡oh, Dios!

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
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261 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788490560815
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