Читать книгу: «Petrocalipsis»
Antonio Turiel
PETROCALIPSIS
Crisis energética global
y cómo (no) la vamos a solucionar

Primera edición en esta colección:
septiembre de 2020
© Antonio Turiel, 2020
© de la presente edición: Alfabeto Editorial, 2020
Alfabeto Editorial S.L.
C/ Téllez, 22 Local C
28007 - Madrid
Tel. +34 910 687 252
www.editorialalfabeto.com
ISBN: 978-84-17951-11-5
Ilustración de portada: Alba Ibarz
Diseño de colección y de cubierta: Ariadna Oliver
Diseño de interiores y fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
En honor a mi pasado, Agustín y Carmen.
En reconocimiento de mi presente, Montse.
Por la esperanza de mi futuro, Alba y David.
ÍNDICE
1 Prólogo
2 1. Por qué no sabemos cómo dejar el petróleo
3 2. Por qué no podremos seguir utilizando el petróleo
4 3. Por qué no nos salvará la fractura hidráulica
5 4. Por qué no llegaremos lejos con los petróleos extrapesados
6 5. Por qué no obtendremos mucho petróleo ni del océano profundo ni del Ártico
7 6. Por qué no sirven los biocombustibles
8 7. Por qué no podemos pasarnos al gas natural
9 8. Por qué no será el carbón quien resuelva el problema
10 9. Por qué no encontraremos la solución en la energía nuclear
11 10. Por qué no crecerá más la energía hidroeléctrica
12 11. Por qué no todo se puede alimentar con energía eólica
13 12. Por qué no instalaremos millones de paneles solares
14 13. Por qué no podremos mantenernos solo con energías renovables
15 14. Por qué no funcionan el ahorro y la eficiencia
16 15. Por qué no existe un motor de agua
17 16. Por qué no hay energías libres
18 17. Por qué no vamos a tener un coche eléctrico
19 18. Por qué no es posible ignorar el daño que causamos al medioambiente
20 19. Por qué no volveremos a tener el clima de otro tiempo
21 20. Por qué no saldremos nunca de esta crisis
22 21. Por qué la crisis de la covid-19 ha acelerado nuestro descenso
23 22. Qué es lo que realmente hace falta cambiar
24 23. Por qué sí
25 Bibliografía
PRÓLOGO*
Los últimos años del siglo XX vieron la explosión del pensamiento positivo. «Piensa en positivo», decían, y de esa manera todos tus problemas se solucionarán. Se podían exponer los problemas, sí, pero siempre se tenía que ofrecer al final una solución, un soplo de optimismo. Si el lector es de los que piensan que todos los problemas tienen solución, este no es su libro, así que puede dejar de leerlo ya. Gracias, de todos modos, por haberlo abierto.
Porque este es, sin duda, el libro del «no»; tanto es así que, de hecho, no es la palabra que más se repite en él. Y no aparece tanto para molestar al lector ni porque yo sea un cenizo o un amargado. En absoluto. La repito para dejar claro que muchas de las cosas que estamos haciendo ahora mismo no representan la solución a nuestros problemas ni, previsiblemente, lo harán nunca. La repito para intentar desmontar un entramado de ideas preconcebidas que hace ya tiempo que se ha demostrado que son falsas, pero que —a pesar de ello— sigue configurando los debates de hoy en día, al igual que lo hacía diez, veinte, treinta o cuarenta años atrás. Y me intereso por estas cuestiones porque son capitales para entender qué es lo que nos está pasando.
Jamás saldremos de esta crisis. No, al menos, dentro del esquema económico y social del que nos hemos dotado. No crea el lector que se trata de una afirmación gratuita. En realidad, hace mucho tiempo que se sabe que iba a pasar esto; lo que ocurre es que no queríamos cambiar y por eso no lo hemos hecho. Pero ahora ya no se puede esperar más: hemos llegado a ese día en que las consecuencias de nuestros actos se han vuelto concluyentes.
Pero, veamos, ¿quién soy yo para decir que no vamos a salir nunca de esta crisis? Bueno, soy un científico. Pero no un economista, sino un físico y matemático. ¿Y qué puede saber un físico de economía? En realidad, no demasiado: más bien algunas cuestiones básicas de las que me considero autodidacta. Y, entonces, ¿cómo puedo afirmar tan rotundamente que no saldremos jamás de esta crisis? Porque cuanto impide la salida de esta crisis constituyen razones físicas, a saber: es físicamente imposible volver a crecer desde una perspectiva económica, y no solo eso, sino que incluso estamos condenados a decrecer. Dicho de otro modo: lo establecen las leyes de la física. No sé dónde acabaremos exactamente, pero sí que sé con certeza dónde no terminaremos.
Un economista con formación clásica rechazará la noción de que el mundo real pueda imponer límites físicos al mundo económico; la idea le parecerá tosca, grosera, ingenua (por ejemplo, Paul Krugman decía algo así en un artículo titulado «Errores y emisiones»). Lamentablemente, un estudio detallado de la realidad económica del mundo y de su evolución muestra que la economía se asienta sobre una realidad física y que, por tanto, se halla sometida a los límites del propio planeta. Que no es un ente inmaterial, sino que posee una «entidad física», por ello está sometida, como todos nosotros, a los dictados de la mecánica y de la termodinámica. Por fortuna, muchas escuelas económicas de nuevo cuño, tales como la economía ecológica o la economía del estado estacionario (escuela económica que postula un sistema sin crecimiento), hace tiempo que incorporan esta realidad para llevar a cabo un nuevo diseño de la economía en la que esta sea un subconjunto del mundo natural, como siempre lo fue. Desafortunadamente, son escuelas minoritarias a las que todavía no se les hace mucho caso.
No es tan difícil desmontar la gran falacia del pensamiento positivo y de que todo problema tenga solución. Le voy a plantear al paciente lector un sencillo problema de matemáticas que suelo usar cuando doy charlas en institutos para explicar que no todos los problemas tienen solución: trate de encontrar dos números pares cuya suma sea igual a cinco. ¿Se le ocurre la solución? En efecto, ese problema no tiene solución: la suma de dos pares ha de ser par, y cinco es impar. ¿Se dan cuenta? Hay problemas sin solución. De los problemas que no tienen solución decimos que están mal planteados.
Por supuesto que ese ejemplo aritmético del problema sin solución resulta una banalidad desconectada del mundo real, pensará tal vez el lector. Planteemos, pues, otro problema: trate esta vez de hallar un sistema económico que sea capaz de crecer infinitamente en un planeta finito. No estamos hablando ahora de entes abstractos, sino de un sistema económico con «entidad física», como todos los que ha conocido hasta la fecha nuestro planeta, como lo es el actual y deben serlo —ya lo mostraremos en el capítulo correspondiente— todos los sistemas económicos de este mundo. ¿Tiene ya la solución? No, no la tiene porque el problema está mal planteado, su enunciado implica su propia imposibilidad. Como tampoco la tienen los economistas que ahora mismo están asesorando al actual Gobierno de España o al de otros países en materia económica. Y, sin embargo, nuestro sistema económico necesita el crecimiento para funcionar, ya es sabido: si el PIB no crece un 2 % anual, el paro no bajará ni los bancos darán crédito, como tampoco invertirán las empresas. Vamos de un ciclo recesivo al siguiente, con pequeños períodos intercalados de calma, en una crisis que comenzó en 2007 y que no va a acabar nunca. Porque, cada vez que empecemos a remontar, chocaremos contra un muro invisible, un techo de cristal que nadie ve, pero que, llegado el momento, nos asestará un golpe en la cabeza que nos hará recular. Para empeorarlo, ese techo de cristal está descendiendo a su vez, de modo que, aun cuando queramos subir, en realidad cada vez estamos más abajo.
El mencionado techo de cristal, en verdad, está hecho de energía, lo que equivale a decir que está compuesto principalmente de petróleo. Veamos: sin energía no hay actividad económica, sin energía no se mueven los camiones ni las excavadoras o los tractores, por no hablar de los coches. No hay plásticos ni fertilizantes ni depuración de aguas ni servicios sanitarios. Sin energía nada funciona. Pero resulta que ese techo está compuesto también de otras cosas: de contaminación y de problemas financieros y sociales. Yo no soy un experto en todas esas capas del techo que se nos está cayendo encima, pero conozco bastante bien el componente energético y medianamente bien el ambiental. Lo que yo le propongo en estas páginas, en suma, es que venga conmigo y deje que le explique por qué resulta imposible, a estas alturas, seguir como estábamos simplemente analizando esas dos capas: la energética y la ambiental. Con el objetivo de que entienda por fin por qué desconozco hacia dónde vamos exactamente, pero sé, en cambio, con exactitud adónde no vamos.
Cuando acabemos este viaje, el lector entenderá como yo que nuestro verdadero problema consiste en que el problema no se halla bien planteado: pretendemos hacer lo imposible y, lógicamente, nos estrellamos una y otra vez. Pero nos hemos dicho tantas mentiras, hemos creado tantas expectativas infundadas, que el primer paso para replantear de nuevo la situación (los objetivos alcanzables por nuestra sociedad) supone demostrar, de una vez por todas, que el problema está mal planteado. Por eso era necesario este libro, en el que se nos dice por fin a las claras: ¡no, no y mil veces no! a tantos cuentos de hadas con los que hemos adormecido nuestras conciencias. Usemos la luz de la razón y despejemos las sombras, y, una vez que sepamos adónde no debemos dirigirnos, comencemos a iluminar el camino para saber cuál es el mejor destino posible de entre los lugares a los que nos gustaría ir.
Yo no me hago muchas ilusiones con este libro. No es esta la primera vez que alguien del mundo académico intenta alertar del disparate que, sin embargo, es la única directriz válida para nuestros gobiernos y que corre el riesgo de arrastrarnos al abismo (como evidencia, la lacra del paro y el subempleo). Sé que algunos adeptos a la ideología del crecimiento, que son muchos y tienen acceso a los grandes medios de comunicación, tomarán tal o cual dato de este libro, lo retorcerán, lo sacarán de contexto y dirán algo así como que digo cosas que en realidad no aparecen en este libro. Se ha hecho antes y se volverá a hacer ahora. La principal diferencia entre el presente y el pasado es que ahora mismo se nos están acumulando tantos problemas y de tal gravedad, que perder el tiempo en discusiones espurias puede ser fatal para la continuidad de nuestro orden social.
Mientras iba escribiendo el libro, he ido muchas veces hacia delante y hacia atrás, reescribiendo trozos e insertando discusiones nuevas en lugares por los que ya había pasado. He hecho un gran esfuerzo por darle a este libro no solo un formato coherente, sino por intentar que, al mismo tiempo, sea algo digerible. Pero lo más importante ha sido hacer comprensibles las razones por las que la mayoría de las cosas que se están proponiendo en el debate público no se puede hacer, y eso sin perderme en la enorme cantidad de tecnicismos que obviamente presenta un tema tan complejo como este, que abarca ramas de la geología, la física y la ingeniería. Así pues, he evitado tanto como he podido referirme a cantidades absolutas y he preferido poner cada fuente en relación con las demás, de modo que se vea con mayor claridad la importancia relativa de cada una. También, cuando presento las dificultades y las limitaciones que posee cada solución tecnológica, he preferido evitar las explicaciones técnicamente más farragosas en favor del empleo de términos sencillos y comprensibles para abordar los problemas fundamentales. Por tanto, que nadie busque en este libro una gran profusión de datos o discusiones minuciosas sobre procesos fisicoquímicos o procedimientos de ingeniería o incluso estimaciones de reservas probadas o probables. Para poder discutir todas las cuestiones a las que se aluden en estas páginas de manera exhaustiva haría falta escribir una auténtica enciclopedia y no menos de una veintena de autores, y el resultado sería una obra adecuada solo para su consulta por especialistas. No es lo que se pretende aquí y ahora, sino, muy al contrario, enviar un mensaje a la sociedad y explicarle con argumentos sencillos pero bien fundados que estamos perdiendo completamente la perspectiva al concederle una orientación del todo equivocada a nuestros problemas, que estamos errando el camino mientras nos perdemos y no avanzamos en la dirección debida. En suma, hacer entender por qué no va a pasar nada de lo que se dice y por qué, si no lo entendemos, podemos acabar en un desastre completo. Un desastre cuyo primer síntoma es la misma escasez del petróleo; de ahí el nombre de petrocalipsis.
Que haya desplegado un gran esfuerzo por hacer mis argumentos más divulgativos no quiere decir que mis aseveraciones estén exentas de rigor; justamente al contrario, al simplificar los argumentos, he tenido que ser más cuidadoso y preciso para evitar caer en afirmaciones erróneas, lo cual ha supuesto que me haya centrado en aquellos aspectos que verdaderamente determinan la imposibilidad, en ese por qué no que se repite machaconamente capítulo tras capítulo. A pesar de toda la rebaja de tecnicismos y del esfuerzo por acercar las cuestiones más candentes al lector general, seguramente para alguno de mis lectores el grado de detalle que va a encontrarse en estas páginas sea aún excesivo. A estos lectores les pido su benevolencia: piensen en todas las tablas, gráficos y ecuaciones que he omitido en favor del argumento. Por otro lado, algunos lectores con mayor formación pueden encontrar discutibles los datos clave que ofrezco porque contradicen cosas que conocen. A estos les pido cierta dosis de paciencia y que no desdeñen al primer vistazo alguna posible contradicción que encuentren: piensen que he revisado cada dato y afirmación, y que quizá la diferencia entre lo que yo digo y lo que ellos sepan guarde relación con ciertas palabras clave (como la diferencia entre la energía primaria y la energía final). Aparte de eso, por supuesto algunos datos presentan cierto margen de incertidumbre, a veces considerable. En caso de que mis datos sean opinables y revisables, leámoslos, contrastémoslos y revisémoslos. Ciertamente, yo no estoy en posesión de la verdad y puedo equivocarme en alguna medida: discutamos el asunto entonces. Abramos de una vez un debate que lleva demasiado tiempo aparcado, demasiado tiempo ignorado. Pero eso sí: hagámoslo ya, porque el tiempo para reaccionar se nos está acabando.
1 POR QUÉ NO SABEMOS CÓMO DEJAR EL PETRÓLEO
Es conocido por todos que el empleo de petróleo perjudica el medioambiente. No en vano, nuestro consumo de petróleo libera grandes cantidades de dióxido de carbono que contribuyen al cambio climático, junto con otros gases contaminantes que provocan enfermedades respiratorias. Además, la extracción de petróleo puede contaminar el agua y la tierra de las zonas que lo albergan. Pero no podemos dejar de usarlo. De hecho, no sabemos cómo dejar de usarlo. ¿A qué es debido? ¿Qué tiene el petróleo que lo haga tan apetecible e irremplazable?
El petróleo es un combustible fósil. Más en concreto, es lo que técnicamente se conoce como un hidrocarburo líquido de origen fósil. Eso quiere decir que constituye una mezcla de moléculas en las que abundan los átomos de carbono y de hidrógeno, formadas por la descomposición y la transformación de materia orgánica enterrada profundamente durante millones de años. El petróleo, como el resto de los combustibles, contiene mucha energía en poco volumen: es una sustancia energéticamente densa. Y eso es lo que lo vuelve tan interesante. Y tan necesario.
En efecto: un litro de petróleo contiene aproximadamente treinta millones de julios de energía. Al profano le parece complicado decir si eso es mucho o poco, porque no resulta fácil intuir lo que supone un julio (unidad de energía en el sistema internacional). Hay una comparación útil que permite expresar la energía en términos mucho más comprensibles: expresar la cantidad de energía en horas de trabajo físico de un hombre. En término medio, un adulto en buena forma física puede desarrollar una potencia muscular (energía producida por cada unidad de tiempo) de unos cien vatios durante un período más o menos prolongado (de unas ocho horas al día). Como el vatio equivale al consumo de un julio por segundo, los cien vatios de potencia muscular del trabajador promedio representan que produce una energía de cien julios por segundo o, si quieren, de seis mil julios por minuto o de trescientos sesenta mil julios por hora. Teniendo eso en cuenta, los treinta millones de julios de energía contenidos en un litro de petróleo equivaldrían al trabajo físico humano desplegado por nuestro trabajador durante ochenta y tres intensas horas de esfuerzo. Eso serían casi tres días y medio sin parar o bien, si lo expresamos en agotadoras jornadas de ocho horas diarias, poco más que diez días de trabajo. Eso por lo que se refiere al petróleo sin refinar; si hablamos de gasolina o de diésel, su contenido energético es hasta un 30 % mayor.
Gracias a esa densidad energética sin igual, es posible mover máquinas muy pesadas con una autonomía de muchas horas o de centenares de kilómetros usando un depósito de combustible increíblemente pequeño. Piensen por un momento en su coche: con solo un depósito de cuarenta o cincuenta litros, ¿cuántos cientos de kilómetros son capaces de recorrer? Algunos coches, con una conducción apropiada, pueden llegar a recorrer hasta mil kilómetros a una velocidad realmente sorprendente, por encima de los cien kilómetros por hora. Un simple litro de gasolina es capaz de permitir que un coche avance entre quince y veinte kilómetros. ¿Cuánto tiempo creen que les llevaría empujar ese mismo coche, con su tonelada larga de peso, usando solo sus manos, hasta que recorriera esos quince o veinte kilómetros? A pesar de que el motor de combustión de los coches modernos solo aproveche un 25 % de toda la energía del combustible, aun así, y gracias a la enorme densidad energética del petróleo, podemos hacer cosas que a nuestros bisabuelos les parecerían increíbles.
El petróleo, hoy en día, viene a ser la savia de la economía mundial. Petróleo quiere decir «transporte»: aun cuando no todo el petróleo se use en el transporte, la mayoría del transporte se basa en el petróleo. Comenzando por el transporte personal y cotidiano (coches y motos), siguiendo por el de mercancías (furgonetas, camiones y barcos) y acabando por los medios de transporte rápidos de larga distancia (aviones), el petróleo permite mantener en marcha el transporte mundial. Gracias a la abundancia del petróleo barato que ha caracterizado las últimas décadas, el sistema de transporte mundial se ha expandido hasta alcanzar el gigantismo actual, lo que ha hecho posible el sueño de la globalización. Hoy en día, se fabrica en masa en China para que los bienes producidos sean transportados en contenedores a bordo de grandes cargueros que cruzan los mares del mundo. En la actualidad, cada familia occidental suele tener al menos un coche, y eso ha conseguido que la fabricación de automóviles sea la principal manufactura en los países desarrollados y uno de los grandes generadores de empleo y de actividad económica. Y no solo eso: el petróleo también se usa para mantener en marcha maquinaria fundamental, desde las grúas y excavadoras que usamos para construir, mantener y reparar nuestras infraestructuras hasta los tractores y cosechadoras que garantizan la producción masiva de alimentos (y eso sin hablar de los usos químicos del petróleo: plásticos, reactivos, alquitranes, parafinas…).
Hemos creado un enorme monstruo que se alimenta de petróleo. Un gigante que mantiene en marcha la economía y nos proporciona empleos, seguridad, alimentos… La tercera parte de la energía que se consume hoy en día en el mundo proviene del petróleo, lo cual lo convierte en la fuente de energía más importante de todas las que usamos. Queremos prescindir del petróleo porque sabemos que no es bueno para el medioambiente, pero no podemos dejar de usarlo de forma repentina.
A principios de la década de 1970 descubrimos hasta qué punto dependíamos del petróleo cuando los países árabes, como represalia por nuestro apoyo a Israel, sometieron a Occidente a un embargo que duró meses, pero cuyas consecuencias económicas se dejaron sentir hasta mediados de la década de 1980. Fue una crisis económica muy seria en un mundo que aún no conocía la globalización y que consumía la mitad del petróleo que consume hoy en día.
En 2008 el precio del barril de petróleo se disparó, y en julio de ese año llegó a rozar los ciento cincuenta dólares. Dos meses más tarde, las autoridades federales de los Estados Unidos decidieron no rescatar Lehman Brothers, que con su quiebra desencadenó la crisis económica más profunda de las últimas décadas hasta la llegada de la covid-19. Y, aunque el desmán de las hipotecas basura fuera la leña apilada que necesitó la crisis para arder durante años, los altos precios del petróleo vinieron a ser la chispa que desencadenó el incendio, porque a esos precios de nuestro más vital combustible la mayoría de las actividades económicas simplemente no eran viables.
Necesitamos dejar el petróleo, pero, como muestran los ejemplos de 1973 y de 2008, no podemos prescindir de él de golpe.
Lo sensato sería ir adoptando un plan para el abandono progresivo del petróleo, pero, como el petróleo es tan versátil, tan fácil de transportar, tan energético…, cuesta mucho prescindir de ese líquido con propiedades casi mágicas. Y, como de momento tampoco existen alternativas energéticas que sean, cuando menos, tan útiles y baratas, en la práctica no se están llevando a cabo verdaderos cambios. Porque no es rentable, no es económico y porque, en el fondo, no creemos que sea tan necesario.
Sin embargo, en noviembre de 2018 comenzó a sonar, con fuerza, una alarma. Se ciñe un nuevo peligro en el horizonte, uno del cual los investigadores en recursos naturales llevan años alertando. Una amenaza que los representantes políticos y los grandes actores económicos, pese a conocerla desde hace tiempo, han preferido ignorar tanto como han podido porque plantea un problema urgente para el cual no disponemos de una solución sencilla. Es el que supone la llegada del llamado peak oil, o «cénit de producción del petróleo», al que dedicaremos el siguiente capítulo. Un problema tan grave que nos va a obligar a prescindir del petróleo aunque nosotros no queramos. En realidad, el petróleo nos va a abandonar mucho antes de que nosotros renunciemos a él.
2 POR QUÉ NO PODREMOS SEGUIR UTILIZANDO EL PETRÓLEO
Necesitamos el petróleo porque todo depende de él. Tenemos que prescindir de él, pero tenemos que hacerlo paulatinamente, so pena de sufrir graves consecuencias en el funcionamiento de todo nuestro sistema económico y social. Pero ¿qué pasaría si de repente comenzáramos a disponer de menos petróleo cada año? ¿Qué pasaría si, al margen de lo que a nosotros nos convenga más, simplemente comenzáramos a no contar con ese petróleo al que le hemos confiado nuestra estabilidad?
El peak oil supone la llegada al punto de máxima extracción posible de petróleo en el mundo. Decimos petróleo, pero usamos esta palabra en un sentido muy extenso: nos referimos a todas las sustancias líquidas más o menos asimilables al petróleo de toda la vida (el cual, en esta nueva nomenclatura, se denomina petróleo crudo convencional, mientras que los otros líquidos más o menos similares se denominan petróleos no convencionales). Es un hecho conocido desde hace décadas que, a pesar de que las reservas de petróleo puedan ser inmensas, la velocidad a la que extraemos (o producimos) petróleo se halla limitada por diversos factores físicos y no puede sobrepasar cierto valor. Peor aún: después de haber alcanzado su máximo, la velocidad de extracción de petróleo irá reduciéndose paulatinamente sin remedio.
La razón de este descenso en la producción es fácil de entender si uno piensa en cómo se encuentra el petróleo en el subsuelo. El petróleo se halla generalmente ocupando las oquedades e intersticios de una roca de tipo poroso (es decir, una roca llena de agujeros, similar a un queso gruyer, pero con agujeros más grandes y más pequeños). Se ha de pensar en esa roca porosa, también llamada reservorio, como en una esponja completamente empapada de petróleo en su interior. Cuando se comienza a explotar un yacimiento de petróleo, se realiza una perforación desde la superficie hasta llegar a la roca reservorio. Como el petróleo es un líquido y, a la profundidad a la que se encuentra, está sometido a una gran presión (la del peso de toda la roca que tiene encima), tan pronto como se le abre una vía de escape, el petróleo comienza a fluir con fuerza a la superficie. El petróleo va fluyendo libremente, pero, a medida que vamos extrayéndolo, la roca reservorio va compactándose: sin el petróleo de su interior, y sometida a presiones increíbles, la roca se comprime y cimenta. Eso es malo para el flujo del petróleo, porque los canales interiores de la roca por los que iba circulando se van primero estrangulando y finalmente cerrando a medida que la roca colapsa. Para evitar que descienda el flujo de petróleo, las compañías petroleras utilizan múltiples técnicas (denominadas de recuperación mejorada) que permiten mantener valores elevados de extracción, al menos durante un tiempo. Generalmente se abren pozos auxiliares por los que se inyecta agua o gas a presión, lo cual permite mantener la presión interior de la roca y evitar que colapse y, al mismo tiempo, empujar el petróleo hacia los pozos de extracción. A veces se hacen perforaciones en horizontal, en ocasiones se revienta la roca para favorecer que el petróleo siga fluyendo y otras veces simplemente se perfora un nuevo pozo de extracción a una cierta distancia del anterior para intentar absorber el petróleo albergado en una zona distinta de la misma formación rocosa. El caso es que, al final, lo que va quedando en la roca es el petróleo disperso, el que está diseminado aquí y allá en forma de gotitas, de pequeñas bolsas a lo sumo. La mayoría del petróleo contenido en la roca nunca llegará a ver la luz, simplemente porque se halla tan diseminado que intentar extraerlo costaría una cantidad de energía, y de dinero, tan descomunal que nunca merecerá la pena sacarlo: pensemos que, de promedio, solo se puede extraer el 35 % de todo el petróleo que alberga una formación de petróleo convencional.
Esta gran diseminación del petróleo en un reservorio que posee una geometría muy complicada de huecos interconectados por tortuosos canalillos no solo explica por qué no se puede extraer todo el petróleo contenido en la roca, sino también por qué la producción alcanza un máximo y, después, declina. Así pues, al principio extraemos todo el petróleo fácilmente interconectado y perforamos por donde nos dé más rendimiento. A medida que el yacimiento envejece y se vuelve muy explotado, se necesita cada vez un esfuerzo mayor para sacar menos petróleo. Llegados a este punto, el empresario echa sus cuentas: puede gastar, como mucho, cierta cantidad de dinero por cada litro de petróleo que extrae. A veces, la tecnología permite mejorar un poco la capacidad de extracción; otras, incluso, la subida del precio de venta del petróleo le permite gastar un poco más, pero nada de eso cambia el hecho de que siempre se acabe llegando a un punto en el que se acepta que la producción de un pozo empieza a descender, simplemente porque no vale la pena gastar mucho más en intentar extraer unas gotas de petróleo.
Es un lugar común entre las empresas que se dedican al negocio del petróleo enfatizar lo enormes que son las reservas mundiales de petróleo para, así, dar a entender que no puede haber problemas con el suministro de petróleo. Lo que no deja de ser curioso, pues si alguien entiende de veras la cuestión de la pérdida de rendimiento de los pozos son precisamente estas empresas. Y es que no importa cuán grandes sean esas reservas. De hecho, si contamos el volumen total de las reservas de todo tipo de hidrocarburos que, más o menos, podemos considerar asimilables al petróleo, nos encontraremos con que, al ritmo del consumo de hoy en día —unos noventa y tres millones de barriles diarios—, necesitaríamos varios siglos para terminarlas. El problema es que todos esos hidrocarburos no van a salir a la misma velocidad con la que hoy los consumimos, sino a la que permitan las limitaciones geológicas y físicas. Por así decir, la naturaleza nos impone un corralito en nuestra cuenta de petróleo, y no vamos a poder extraer lo que queramos cada mes, sino lo que esta nos deje. Aquí reside el verdadero problema.
A pesar de que los expertos lleven décadas explicando el problema de la extracción limitada de petróleo (primero fue Marion King Hubbert en la década de 1950; después, Colin Campbell y Jean Laherrère a finales del mismo siglo y, más tarde, muchos otros, de los cuales los más conocidos en España son el catedrático Mariano Marzo y el ingeniero Pedro Prieto), suele haber una gran confusión sobre lo que esto significa realmente. Le hablas a la gente de «agotamiento del petróleo» y la mayoría cree que el problema consiste en que el día menos pensado no va a salir ni una gota más: que pasaremos, de golpe, de la abundancia a la carestía más feroz. Esta visión equivocada proviene del hecho de pensar que la extracción de petróleo equivale a abrir un grifo de un depósito: el líquido fluye hasta que se acaba. Ya hemos explicado, sin embargo, que la disposición del petróleo en el subsuelo es mucho más complicada y que se sigue una curva de producción: con su ascenso, culminación y ulterior descenso. Por tanto, el problema que se plantea con el agotamiento del petróleo no es que su producción se detenga de golpe, sino que, a partir de cierto momento, empiece a disminuir, aunque ese descenso se produzca a lo largo de muchas décadas. El problema del peak oil es semejante, pues, al de una persona a la que le vayan reduciendo el sueldo a lo largo de los años: puede que, al principio, no le moleste mucho, pero, a medida que vaya pasando el tiempo y su sueldo sea cada vez más bajo, a esta persona le va a ir costando mayor esfuerzo llegar a fin de mes, y eso que en ningún caso deja de percibir su salario. Esa es exactamente la situación que tiene lugar en la extracción limitada de petróleo, por la que se da un descenso inevitable e irreversible —aunque progresivo— de nuestro «sueldo energético».
En 2010, la Agencia Internacional de la Energía reconoció por primera vez que la producción de petróleo crudo convencional (el petróleo de toda la vida) había tocado fondo entre 2005 y 2006. En esos años llegó a su máximo histórico, de casi setenta millones de barriles diarios y, desde entonces, ha ido cayendo lentamente: a finales de 2018, la producción de petróleo crudo convencional se situaba en los 67 millones de barriles diarios. Afortunadamente para nosotros, no todos los líquidos del petróleo que se consumen hoy en día son petróleo crudo convencional: están los otros petróleos, los no convencionales, que, al término de 2018, representaban 26 millones de barriles diarios más, hasta completar la cifra de 93 millones de barriles diarios de media de 2018. Por tanto, ahora mismo la única cosa que puede hacer crecer la producción de todos los líquidos del petróleo son esos petróleos no convencionales. No solo eso, sino que, además, tienen que compensar la caída del petróleo crudo convencional, un descenso que de momento es moderado, pero que se va a ir acelerando en los próximos años. ¿Pueden los petróleos no convencionales permitirnos continuar con nuestro consumo creciente de todos los líquidos del petróleo?
En los próximos capítulos veremos que no, que los petróleos no convencionales en absoluto van a permitirnos seguir aumentando la producción de petróleo. Y lo que es peor todavía: que quizá nunca los debíamos de haber intentado producir, porque nos van a llevar a una caída más desastrosa si cabe. Pero, antes de seguir, enumeremos cuáles son los principales petróleos no convencionales:
1 Los líquidos del gas natural.
2 Los biocombustibles.
3 Los petróleos en aguas ultraprofundas.
4 Los petróleos extrapesados provenientes de las arenas bituminosas de Canadá y de la Franja del Orinoco de Venezuela.
5 El petróleo ligero de roca compacta proveniente de la fractura hidráulica (fracking).
A cada una de estas categorías —excepto a la primera— le dedicaré un capítulo, porque estoy seguro de que en los próximos años va a dedicarse mucha atención en los medios a cada una de estas fuentes, siempre prometiendo un milagro que no se va a producir. En cuanto a la primera de estas categorías, los líquidos del gas natural, no hace falta extenderse mucho porque su producción está completamente ligada a la del gas natural (son un subproducto de su extracción), al que dedicaré todo un capítulo. Además, los líquidos del gas natural están constituidos casi totalmente —en un 90 % de su composición— por butano y propano, los cuales, aunque puedan usarse como sustitutos (limitados) de la gasolina, están lejos de ser realmente algo asimilable al petróleo, entre otras cosas porque, contrariamente a lo que podría indicar su nomenclatura —líquidos del gas natural—, estamos hablando de sustancias que son gases a temperatura ambiente y bajo la presión atmosférica (entran en el residuo líquido de la extracción de gas natural solo debido a la enorme presión a la que se extraen). Los líquidos del gas natural, en realidad, prácticamente solo tienen importancia en las refinerías, más en concreto, en las líneas de producción del propileno y del butileno, que son las sustancias utilizadas para la fabricación de plásticos. Es decir, que prácticamente los líquidos del gas natural solo sustituyen al petróleo en la producción del plástico, pero tienen un uso limitado en su sustitución como combustible, y no deberían mezclarse en esta discusión.
3 POR QUÉ NO NOS SALVARÁ LA FRACTURA HIDRÁULICA
En 1970 los Estados Unidos llegaron a su nivel máximo de producción de petróleo crudo convencional. Casi quince años antes, un prominente geólogo, Marion King Hubbert, había anticipado esta efeméride. En su día, todo el mundo se burló de la predicción de Hubbert, pero, cuando se cumplió su pronóstico, este adquirió una gran notoriedad, al menos durante unos años. La predicción de Hubbert se basaba en un modelo muy sencillo en el que se tenía en cuenta tanto la probabilidad de encontrar nuevos yacimientos de petróleo como la eficiencia con la cual el petróleo es extraído. Uno de los ingredientes del modelo de Hubbert consiste en afirmar que continuamente se están descubriendo y poniendo en marcha nuevos pozos de petróleo y, a pesar de ello, la producción de petróleo puede acabar decayendo. Por tanto, no es posible evitar la caída de la producción de petróleo por el simple hecho de que sean explotados nuevos yacimientos: eso es lo normal y el modelo ya lo incluye. En consecuencia, para poder escapar de las predicciones de Hubbert resulta necesario introducir otros recursos, los cuales a la larga seguirán su propia curva de producción, que —con un poco de suerte— será más lenta que la del petróleo convencional.
Se podría decir que desde comienzos del siglo XXI la industria del petróleo se ha dedicado fundamentalmente a eso: a buscar nuevos recursos, diferentes de los del petróleo crudo convencional, a fin de escapar de la maldición de Hubbert. Se trata, por tanto, de identificar fuentes de hidrocarburos que, con la extracción y el tratamiento adecuados, puedan usarse después como sustitutos más o menos aceptables del petróleo. Los siguientes capítulos los dedicaré a explicar por qué cada uno de los sustitutos que se han ido introduciendo durante los últimos años no va a poder reemplazar al petróleo. Y comenzaré por el petróleo procedente de la fractura hidráulica (fracking), pues se trata de la categoría que más ha crecido en los últimos años y que ha servido para alimentar muchas falsas esperanzas.
Como comentábamos antes, hacia 2005 la producción de petróleo crudo convencional comenzó el lento declive en el que está inmersa desde entonces. En 2008, el precio del barril de petróleo se disparó hasta niveles nunca vistos con anterioridad, y en julio alcanzó casi los ciento cincuenta dólares, por lo que el mundo entró en una profunda recesión económica. Mucho se habló entonces acerca del esquema financiero de las hipotecas basura y muy poco del papel que había desempeñado el encarecimiento de la energía durante esos meses, a pesar de que —sin duda— los elevados precios del petróleo tuvieron una gran relevancia en el desencadenamiento de la crisis. El hecho es que los analistas del sector sabían y comprendían de sobra que había que hacer algo de forma urgente para paliar la llegada al peak oil del crudo convencional, y por ese motivo era preciso conseguir cuanto antes una nueva fuente de hidrocarburos líquidos. Cualquiera. Al precio que fuera.
A finales de 2009 y principios de 2010, cuando el precio del petróleo comenzaba a remontar con fuerza otra vez después del fuerte parón económico de 2008, en los Estados Unidos se comenzaron a explotar nuevos tipos de hidrocarburos líquidos. Se trataba de extraer un hidrocarburo semejante al petróleo convencional, pero que, en vez de ocupar las oquedades y recovecos de una roca porosa —semejante a una esponja—, se encontraba atrapado dentro de una roca compacta, sin cavidades conectadas y en la cual el petróleo no podía fluir a partir de la perforación inicial. Para poder extraer esos hidrocarburos, se recurrió en primer lugar a la técnica de la perforación horizontal (se excava un agujero inicial en vertical y después se consigue hacer girar la cabeza perforadora noventa grados, hasta situarla prácticamente en un plano paralelo a la superficie, a fin de excavar túneles en varias direcciones). Con esas perforaciones horizontales, que generalmente se extienden un kilómetro o dos en múltiples direcciones (por lo común, se trazan entre ocho y dieciséis galerías horizontales partiendo del mismo pozo vertical), se consigue acceder a un mayor volumen de la roca con el objetivo de recuperar esas gotas de petróleo dispersas por todo su seno. Sin embargo, como la roca sigue siendo demasiado compacta y el petróleo no fluye con facilidad, se recurre a una segunda técnica: la de la fractura hidráulica (en inglés, hydrofracking, una expresión que luego se abreviaría como fracking). La fractura hidráulica consiste en inyectar agua y arena a presión a impulsos repentinos que son prácticamente como explosiones con el objetivo de fracturar la roca compacta y así volverla porosa a la fuerza. Con esto se accede a una cantidad mucho mayor del petróleo almacenado en la roca, pero —aun así— tiende a quedarse pegado a la piedra y fluye poco, de modo que se precisa inyectar otras sustancias que favorezcan su drenaje para que el petróleo sea menos pegajoso y pueda por fin fluir hasta la superficie.
Como es fácil suponer, la técnica de explotación del fracking (que comprende la perforación horizontal múltiple y la fractura hidráulica) resulta extremadamente costosa, y por ese motivo no se ha usado de forma masiva hasta que nuestra desesperación nos ha obligado a ello. A veces, se dice que el fracking estadounidense es fruto de la innovación tecnológica, pero eso no es cierto: la perforación horizontal hace décadas que se usa, principalmente en los pozos que se perforan en alta mar (porque allí lo que cuesta más es hacer el primer pozo vertical), y, en cuanto a la fractura hidráulica en sí, también es conocida desde hace décadas y, de hecho, ya se había usado en ciertas formaciones en las que los pliegues del terreno dificultaban la salida del petróleo convencional. Lo que nunca se había hecho antes es aplicar estas técnicas a rocas tan poco propicias y con tan escaso rendimiento como a las que se les está aplicando masivamente en los Estados Unidos desde 2009. Añádase a esto que los pozos de fracking obtienen el 80 % de su rendimiento en los dos primeros años y que cinco años después su producción resulta completamente despreciable, por lo que se suelen abandonar antes de cumplirse ese plazo, y se comprenderá por qué no se han hecho oleoductos que transporten la producción, pues los pozos duran tan poco tiempo que no sale a cuenta. Todo se traslada en camión, tanto el petróleo que se extrae como el agua y la arena que se inyectan para hacer la fractura hidráulica, las sustancias que se usan para favorecer el flujo de hidrocarburos y las aguas contaminadas que afloran. Todo va en camiones, que en las zonas más productivas forman hileras interminables que circulan veinticuatro horas al día. Y como de promedio se necesitan doscientos pozos de fracking para producir lo mismo que con un pozo convencional, se tienen que perforar miles de pozos, sin pausa, para mantener en marcha semejante industria.
Hacia 2010 los Estados Unidos producían solamente cinco millones de barriles diarios, poco menos de la mitad de la producción que habían logrado en 1971 (algo más de diez millones de barriles diarios). Tras ese declive sostenido durante casi cuarenta años, los Estados Unidos han conseguido catapultar su producción total de hidrocarburos líquidos gracias al petróleo de fractura hidráulica, y en 2018 consiguieron por fin llegar a los once millones de barriles diarios, lo que superaba el récord de 1971. La cosa no se detuvo allí y a mediados de 2019 se produjeron en los Estados Unidos doce millones de barriles diarios, y se convirtieron así en el primer productor del mundo, posición que habían perdido hacía más de cuarenta años. Debido a este innegable éxito de la industria extractiva norteamericana, desde numerosos medios —ya en 2012— se saludó con efusión la llegada del fracking y se vaticinó que la técnica se extendería rápidamente a muchos otros países con formaciones rocosas semejantes a las de los Estados Unidos, unas rocas compactas con un contenido relativamente alto de hidrocarburos líquidos. El mundo, nos decían, caminaba hacia una nueva era de abundancia petrolera, los Estados Unidos conseguirían en pocos años la independencia energética y el poder de la OPEP se desvanecería.
Siete años más tarde, se ha visto a las claras que el fracking supone una actividad propensa a la exageración y al exceso de marketing, cuya explotación lleva con seguridad a la ruina económica, aunque a diferente velocidad en función de si hablamos de los Estados Unidos o de cualquier otro país.
En Argentina, en 2011, tanto los poderes políticos como la población se abonaron con excesivo entusiasmo a la idea de que la explotación del petróleo y del gas de lutitas mediante esta técnica iba a generar pingües beneficios, y que en el caso particular del petróleo el país podría remontar la caída continua de producción que se venía dando desde 2001. Apostándolo todo a esas promesas de energía casi ilimitada, el Gobierno argentino expropió entonces la gran compañía argentina de hidrocarburos, YPF, propiedad entonces de Repsol, puesto que consideraban que la compañía española no era lo suficientemente diligente para explotar ese gran tesoro nacional. Ocho años después, la producción de petróleo argentino ya no cubre el consumo nacional y, por supuesto, no queda petróleo neto que exportar, mientras que el país se ha visto abocado a un nuevo rescate del Fondo Monetario Internacional.
Aparte de Argentina, el único otro país en donde se ha hecho una explotación a escala apreciable del petróleo de fracking es en los Estados Unidos, como comentábamos, con gran éxito aparente. Sin embargo, ya en 2014 el Departamento de Energía de los Estados Unidos alertaba de que las 127 mayores compañías de petróleo y gas de todo el mundo (contando las públicas y privadas, nacionales y multinacionales) habían estado perdiendo más de ciento diez mil millones de dólares por año de 2012 a 2014.
El estudio del Departamento de Energía de los Estados Unidos resulta especialmente preocupante, pues justo de 2011 a 2014 el precio medio del barril del petróleo fue el más caro de toda la historia, incluso teniendo en cuenta la inflación. Es decir, con precios del petróleo sostenidamente por encima de los ciento diez dólares por barril, estas compañías estaban perdiendo unas cantidades astronómicas de dinero. ¿Cuánto dinero perderían durante los años siguientes, en los que el precio medio se ha situado en torno a los sesenta dólares por barril, casi la mitad? La causa fundamental de estas pérdidas fueron los gigantescos gastos en exploración y desarrollo, que se multiplicaron casi por tres de 2000 a 2014, y justamente el fracking fue uno de los responsables de ese enorme incremento del gasto.
A partir de 2014, y con la caída del precio del petróleo por el menor crecimiento de la demanda, sobre todo en China, las operaciones de las compañías petroleras emprenden un curso diferente según si estas se radican en los Estados Unidos o en el resto del mundo. Si bien en todo el mundo los recortes en la búsqueda y el desarrollo de nuevos pozos de petróleo son continuos, llegó a reducirse la inversión total a la mitad entre 2014 y 2018. Sin embargo, en los Estados Unidos la inversión sigue creciendo, de modo que en 2018 se dio la paradójica situación de que Norteamérica (Estados Unidos, Canadá y México) estaba invirtiendo en su exploración y desarrollo más que el resto del mundo, a pesar de producir menos del 20 % del petróleo mundial.
La culpa de ese frenesí inversor norteamericano es, por supuesto, del fracking. Las empresas del sector se han endeudado como si no hubiera un mañana, en una lógica por entero perversa en la que los créditos de hoy sirven para pagar los vencimientos de deuda de ayer, un esquema piramidal de deuda que siempre acaba funestamente. Mientras que la mayoría de la prensa económica ve en la fractura hidráulica una demostración de que el ingenio humano no tiene límites, se multiplican los avisos procedentes de fondos de inversión y de grandes bancos de que el fracking podría llevar a muchos inversores a la ruina. El hecho es que, en su acelerada huida hacia delante, solo abriendo nuevos pozos con esta técnica —cada vez menos productivos porque los mejores se han explotado antes— se pueden pagar los vencimientos de los intereses, aunque en ningún momento se esté devolviendo el capital inicial. Los inversionistas aguantan, convencidos de que la continua mejora tecnológica abaratará los costes y de que en algún momento el fracking producirá pingües beneficios. La realidad es, sin embargo, que las mejoras tecnológicas son pequeñas y no compensan la pérdida de calidad de los lugares que se explotan una vez que los mejores sitios ya han sido utilizados. Para agravarlo aún más, la deuda anual solo del sector del fracking estadounidense se incrementa en varias decenas de miles de millones de dólares por año.
¿Podrá el petróleo de la fractura hidráulica aguantar el tipo? ¿Podrá la producción de petróleo de fracking continuar subiendo? Según las previsiones más pesimistas, esta técnica de extracción ha tocado fondo en 2019; según las más optimistas, no llegará a su culmen hasta 2025. En ningún caso se espera que la producción de petróleo total de los Estados Unidos (contando los petróleos no convencionales como el de fracking y los convencionales de toda la vida) supere jamás los quince millones de barriles diarios, de modo que quedará, por tanto, lejos de los veinte millones de barriles diarios de consumo estadounidense; en suma, el sueño de la independencia energética no se va a cumplir nunca. Además, en cualquiera de los dos escenarios de máxima extracción de petróleo de fracking (peak fracking oil), una vez que la producción de petróleo ligero de roca compacta empiece a decaer, los inversionistas comprenderán que no se va a poder devolver nunca el capital inicial y, entonces, se desatará el pánico. Es decir, el fracking no solo no va a resolver el problema, sino que en realidad es una bomba de relojería que va a causar mucho daño cuando estalle. Y en un plazo de tiempo bastante breve.
Бесплатный фрагмент закончился.
