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Herejes

Antonio Pau


Para Candela, que entiende a quien se aparta del camino impuesto. Como ella misma.

LA DICHA DE ENMUDECER

© Editorial Trotta, S.A., 2020

© Antonio Pau Pedrón, 2020

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ISBN (e-pub): 978-84-9879-979-8

Depósito Legal: M-18489-2020

ÍNDICE

Prólogo

Marción de Sínope y el Dios bueno

Valentín el Gnóstico en su pléroma de eones

Apolinar de Laodicea y el Minotauro

Joviniano, monje casamentero

Pelagio le escribe a la niña Demetria

Vigilancio/Dormitancio

Pedro Valdo, predicador itinerante

Amalrico de Bène contado por sus enemigos

Arnau de Vilanova en la cabecera del rey

Fray Dulcino de Novara se enamora de la bella Margherita

El Maestro Eckhart, inspirador de Rilke

Frater Didacus de Marchena, monachus hæreticus

Isabel de la Cruz, la costurera toledana

Menno Simons, un hombre de paz

Miguel Servet sube a la colina de Champel

Socino, apaleado

Andreas Bodenstein se hace mozo de cuerda

Jacob Böhme, manso de corazón

Antonio de Rojas, por su atajo

María Jesús de Ágreda, entre hereje y venerable

Miguel de Molinos en la oficina de la nada

Janet Horn se calentó las manos en su propia hoguera

Ilustraciones

La perspectiva actual

PRÓLOGO

Los herejes, los disidentes del pensamiento común, obligan a poner en duda las ideas generalmente admitidas que sobreviven en muchos casos por inercia. Los disidentes mejoran el pensamiento del que disienten. Quizá por esa razón escribió san Pablo: «Conviene que haya herejes». Y Eugenio d’Ors añadía: «Y conviene precisamente en interés de la fe. La fe es combate, y no hay combate donde no hay enemigo». Se trata de una constatación histórica: la fe se fue perfilando a golpe de herejía. Los duros concilios medievales que condenaron a los herejes fueron como golpes de cincel que iban perfilando la estatua. Además, como advirtió Pascal, las herejías hicieron que los creyentes dejaran de creer por inercia y comprendieran mejor el objeto de su fe. Pero aquella idea —oportet haereses esse— es generalizable: es bueno que haya rebeldes, que haya contradictores, que haya disconformes, que haya discordantes, que haya insatisfechos, que haya discrepantes. Porque hacen mejorar a la sociedad entera.

En una época como la nuestra, en que hay temor de expresar lo que se salga del pensamiento único y en que la conducta se procura mantener en el cauce de lo políticamente correcto, los herejes son un modelo. Un auténtico modelo de comportamiento social. Herejía deriva del griego haíresis, que significa opinión, creencia, criterio. Todas esas cosas las tuvieron los herejes. Y además tuvieron el valor de decir lo que pensaban y de morir por sus ideas. A muchos de ellos les hubiera resultado fácil retractarse en el último momento y librarse de la cárcel o la muerte, pero no lo hicieron, porque lo que pensaban lo pensaban con honradez, y no se traicionaron a sí mismos.

Hoy, los disidentes pagan un alto precio de soledad y de vacío. Romper con el orden establecido lleva a sentirse desgarrado de la sociedad, e incluso a sentir el desgarro de sí mismo.

Ya no se habla de herejías ni de herejes. En nuestro tiempo la idea de herejía se ha desvanecido, afortunadamente. Sigue estando la definición en el Codex, pero la palabra tiene demasiados ecos lúgubres para que se siga usando en su sentido propio. Además, muchos herejes históricos estarían hoy dentro de la más absoluta ortodoxia, y se corre el riesgo de volver a cometer el mismo error. Pero la palabra sigue viva en un sentido más coloquial para referirse a los que se apartan de las reglas escritas o no escritas de los grupos humanos.

En estas páginas se esboza la vida y el pensamiento de veintidós herejes. ¿Por qué veintidós? Quizá porque veintidós fueron las vidas imaginadas por Marcel Schwob, con las que este libro está remotamente emparentado. Solo remotamente: aunque parezcan fantásticas e inverosímiles, las vidas de estos veintidós herejes son absolutamente reales. Pero de esa realidad que, como tantas veces, se aproxima a la ficción.

Las vidas y los pensamientos solo se esbozan: son dibujos de trazo grueso, que marcan los rasgos esenciales de cada personaje. Como si solo tuviéramos un rato para conocer a cada hereje, porque nos lo hubieran presentado en una reunión de amigos que terminara pronto.

Casi todos los herejes que aparecen en estas páginas padecen un mismo mal, y un mal que en muchos casos les lleva hasta la muerte. Es ese espíritu geométrico que desfigura la visión del mundo, tanto del visible como del invisible. Ya lo advirtió Fénelon en su célebre carta al marqués de Blainville: «Sobre todo, no se deje usted hechizar por la atracción diabólica de la geometría. Nada apagaría tanto en usted la gracia, el recogimiento y la vida del espíritu». Porque una cosa es la razón y otra, esta sí que nefasta, el racionalismo.

Unamuno, al que el obispo Antonio Pildáin llamó, en una célebre carta pastoral, «hereje máximo y maestro de herejías», escribió unas palabras en su Diario íntimo que sin embargo revelan, como pocas, lo que les falta a los herejes: «Hay que buscar la verdad y no la razón de las cosas, y la verdad se busca con la humildad».

En los complejos y sinuosos procesos de herejía a los que se alude en este libro se hablaba de palabras oídas desde lejos, de gestos interpretados con suspicacia, de conductas que se salían de la regla, y a veces, también, de creencias intrépidas o extravagantes. Pero en esos procesos Dios no estaba. No existía la misericordia ni el perdón. Porque una cosa era precisar la doctrina y otra cosa era encender la pira. Lo primero no exigía lo segundo. Habría bastado con cincelar la estatua sin necesidad de clavar el cincel.

MARCIÓN DE SÍNOPE Y EL DIOS BUENO

Marción de Sínope era naúklēros, término con el que se designaba al empresario que se dedicaba al transporte naval, ya lo hiciese con barcos propios o con barcos ajenos. El naúklēros solo se dedicaba al transporte de mercancías. Al que transportaba personas, y con barcos ajenos, se le llamaba émporos, y si lo hacía con barcos propios, prēktr. Pero en todo caso ha quedado constancia de que Marción, con su negocio de transporte, se había hecho rico.

Marción llegó desde su tierra natal Sínope —a orillas del mar Negro— a Roma entre los años 135 y 140; no se sabe exactamente, pero en todo caso gobernaba la Iglesia el papa Higinio. Sí se sabe que llegó a Roma con un capital entonces abultado, que llegaría a los 200 000 sestercios, con el que favoreció a la Iglesia. Varios años después, en el año 144, rompió con la Iglesia, y la comunidad formada por sus seguidores —los marcionitas— empezó a tener una estructura y una organización tan firmes que hizo temblar a la naciente Iglesia de Roma, todavía sin institucionalizar. A ello contribuyó que numerosos obispos y sacerdotes pasaran a la Iglesia marcionita. Marción no era un gran teólogo, pero era un buen empresario, y por eso supo organizar pronto y bien su Iglesia. San Optato de Milevi dice de Marción que «de obispo pasó a ser un apóstata»; pero san Optato escribe en el siglo IV, dos siglos después de su muerte. Sigue en duda que Marción llegara a ser obispo, aunque resulta extraño que un simple laico atrajera a su Iglesia a obispos, por seductora que fuera su doctrina. Una vez organizada su Iglesia no hay ya rastro de Marción, aunque sí de sus ideas, que se extendieron hacia el oeste del Imperio, hasta llegar a Siria y Armenia varios siglos después.

No ha quedado ninguna obra de Marción. Conocemos su doctrina a través de sus detractores. Consta que su obra principal se titulaba Antítesis. Dos teólogos alemanes, Theodor Zahn a finales el siglo XIX y Ulrich Schmid a finales del XX, han logrado reconstruir muchas de esas antítesis o contradicciones advertidas por Marción entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, que estarían probablemente escritas en dos columnas enfrentadas para demostrar con más claridad tales contradicciones.

Pero resulta prematuro hablar de Nuevo Testamento. En el primer siglo de nuestra era no estaba fijada la segunda parte de la Biblia cristiana. Los textos auténticos y los textos apócrifos estaban aún sin diferenciar. Marción se anticipó a la Iglesia de Roma e hizo su propio Nuevo Testamento. Agrupó el Evangelio de san Lucas —empezando, no por su comienzo, sino por el capítulo 4, versículo 31— y diez de las cartas de san Pablo. La palabra evangelio fue probablemente Marción quien la utilizó por primera vez.

Las ideas de Marción eran muy claras —y en algún punto contradictorias porque, como se ha dicho, no era un gran teólogo—: hay dos dioses, el Dios del Antiguo Testamento —Yahvé—, justiciero, iracundo, castigador, y el Dios del Nuevo Testamento, bueno, misericordioso, perdonador. El Dios malo (como él mismo le llama) es el creador del mundo, el que rige la materia. El Dios bueno es el que domina el mundo invisible, el mundo del espíritu. El Dios bueno envió a Cristo para enseñar al hombre a escapar del mundo corrompido de la materia, y a la vez para liberarle del Dios malo. Cristo no era el Mesías anunciado por los profetas del Antiguo Testamento, sino el creador de una religión nueva, que nada tenía que ver con el judaísmo y su religión. Con estas ideas, Marción contribuyó a que el cristianismo rompiera con el judaísmo, en una época —el siglo II— en que la relación entre judaísmo y cristianismo no estaba aún clara.

El Dios del Antiguo Testamento y el Dios del Nuevo no pueden ser el mismo, dice Marción: no puede ser el mismo un Dios que destruye a la humanidad a través de un diluvio, y un Dios que acoge y abraza al hijo pródigo.

El núcleo de la doctrina de Marción es la distinción radical entre la Ley y la gracia. El mundo antiguo estaba regido por la Ley, obra del Dios malo; el mundo nuevo lo abre Cristo, elevándolo mediante la gracia. Marción parte de una frase de la epístola a los Gálatas (1,9): «La salvación no proviene de la Ley, sino de la fe en Jesucristo».

Marción hizo un esfuerzo por separar el cristianismo de las impurezas ritualistas y normativistas de la Ley veterotestamentaria. Quiso romper toda continuidad entre judaísmo y cristianismo. Cristo había revelado una religión absolutamente espiritual.

Su radical rechazo de la materia —obra del Dios malo— tenía consecuencias diversas: Cristo no pudo tener cuerpo real, tuvo solo hominis forma. Por eso Marción se ve obligado a prescindir de los tres primeros capítulos del Evangelio de san Lucas: Cristo no fue alumbrado, ni tuvo infancia, sino que fue siempre adulto. La fórmula de la consagración —hoc est enim corpus meum— la convirtió en hoc est enim figura corporis mei. Por otro lado, la resurrección de la carne, que suponía la prolongación de la materia, no tenía sentido; solo resucitaba el alma. Tampoco resultaban admisibles el matrimonio ni, en general, las relaciones sexuales, porque aumentaban el número de cuerpos y con ello multiplicaban la materia.

A Marción le preocupaba dejar claro que el Dios de los cristianos era el Dios bueno, pacífico y manso. Y que la conducta de sus seguidores debía ser igualmente buena, pacífica y mansa. Marción no llegó a conocer al emperador Constantino ni su alianza de la Iglesia con el poder, ni otras alianzas de la Iglesia con el poder que se producirían en los siglos posteriores. Ni conoció una Iglesia con territorio y con ejército. Ni conoció las cruzadas. Todo eso le hubiera resultado escandaloso.

La vitalidad y pujanza del marcionismo hizo que la Iglesia de Roma se apresurara a configurar el contenido del Nuevo Testamento, a formular el credo o Símbolo de los Apóstoles, a valorar las cartas de san Pablo y a desvincularse del judaísmo.

La crítica de Tertuliano en el Adversus Marcionem se centra, naturalmente, en combatir la dualidad de dioses y proclamar la unicidad de Dios. Pero al propio Tertuliano le cuesta conjugar la conducta severamente punitiva del Dios veterotestamentario y la conducta infinitamente misericordiosa del Dios neotestamentario. «El amor de Dios le hace violento», escribe Tertuliano con una frase que crea más confusión que claridad. También le preocupa la condición de phantasma (la expresión es de Tertuliano) que Marción atribuye a Cristo. El phantasma no es ni humano ni divino. El Cristo de Marción, escribe Tertuliano, «es carne sin ser carne, hombre sin ser hombre, dios sin ser dios». En los primeros tiempos del cristianismo era urgente cerrar el camino a esta configuración de Cristo. Tertuliano se esfuerza por demostrar que la redención del hombre implica, por necesidad, la condición también humana del Dios Hijo. Ese era, ciertamente uno de los puntos débiles de la teología de Marción: un phantasma no podía haber sufrido en la cruz.

VALENTÍN EL GNÓSTICO EN SU PLÉROMA DE EONES

Es poco lo que se sabe de este personaje piadoso y sabio que nació en una aldea del delta del Nilo llamada Phrenobis, se educó en Alejandría, donde recibió una cultura helenística, viajó luego a Roma en el año 142, donde se dedicó a propagar su doctrina, y se retiró a Chipre, adonde viajó en el año 160 y donde murió. Esos dos años son las únicas fechas más o menos ciertas de su vida. Se ignoran las de su nacimiento y su muerte.

Las únicas fuentes de las que pueden extraerse datos fiables de su existencia son las obras de sus contemporáneos que se dedicaron a combatirle: Clemente de Alejandría, Teodoto y otros varios. Lo mismo sucede con los escritos de Valentín: solo pueden tenerse por ciertos los párrafos literales que transcriben sus oponentes y que proceden de obras que no se han conservado. Cuando en el año 1945 se descubrió la biblioteca de Nag Hammadi, formada por doce códices del siglo IV, cuatro de ellos titulados evangelios —el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, al Evangelio de María y el Evangelio de Judas—, varios de aquellos textos se atribuyeron a Valentín, pero no hay pruebas contundentes de que sean suyos.

Hay cosas que pueden darse por ciertas y auténticas del pensamiento de Valentín el Gnóstico que le hacen muy actual: la primera es su existencialismo. Valentín parece sentir la Geworfenheit heideggeriana, esa sensación que percibe el hombre moderno de haber sido arrojado desconsideradamente a un mundo hostil. «Lo que nos hace libres no es el bautismo solo —escribió Valentín—, sino también la gnosis: el saber quiénes somos, qué podemos llegar a ser, dónde estábamos, dónde hemos caído, hacia dónde nos dirigimos, de qué hemos sido liberados, qué es el nacimiento, qué es el nuevo nacimiento». Las mismas preguntas que se han hecho los filósofos existencialistas.

También resulta muy actual su clasificación de los hombres en hýlicos, psíquicos y pneumáticos. La clasificación vale para su tiempo y vale para el nuestro. Hombre hýlico es el insensible, el materialista, el indiferente a las cosas un poco elevadas. Hombre psíquico es el atormentado, al que le preocupan la muerte y la vida en función de la muerte, y el sentido del mal, y el dolor de los inocentes, y la lucha inútil por alcanzar la felicidad —ese «imposible necesario» de nuestro filósofo—. Hombre pneumático es el que consigue superar las contradicciones de la existencia y vive una vida serena y en paz.

Pero Valentín, como buen gnóstico, comete dos errores, o quizá tres: uno (que es doble), el armar una cosmogonía majestuosa que tiene que inventarse de principio a fin y el crear una mitología cristiana que nada tiene que ver con el Evangelio; y otro, el utilizar una terminología esotérica para hacerla incomprensible y que quedará reservada para los iniciados, para los elegidos. ¿Era un loco, un visionario, este Valentín el Gnóstico? En absoluto. Era un filósofo bien formado y un hombre profundamente religioso.

Los primeros gnósticos —no sus seguidores, que se limitaron a complicar hasta el infinito las ideas que habían aprendido— fueron filósofos que se encontraron en los primeros tiempos del cristianismo con este problema: Cristo había traído un extraordinario mensaje, pero era un mensaje que no tenía armazón filosófico. Y entonces, los primeros gnósticos se sintieron en la obligación de construir ese armazón. Valentín puso al servicio de la empresa sus serios conocimientos de la filosofía platónica, la pitagórica y la estoica, y de la espiritualidad egipcio-helenística.

La cosmogonía de Valentín se va desarrollando, antropológicamente, por parejas conceptuales. En un principio solo existieron el Abismo y el Silencio. De la unión del Abismo y el Silencio surgieron la Mente y la Verdad. De la unión de la Mente y la Verdad surgieron la Palabra y la Vida. Y así, sucesivamente, hasta que termina habiendo treinta eones que formaron el Pléroma. La palabra eón procede del Timeo platónico. Eón es lo que permanece frente a lo transitorio. Eugenio d’Ors, que recuperó la palabra en su sentido originario, habló de un «eón de lo clásico» y de un «eón de lo barroco», que van apareciendo —y seguirán apareciendo— en toda la historia de la cultura. Gilles Deleuze dará un sentido distinto al eón: para él se trata de la línea continua del tiempo, fraccionada en instantes.

El Pléroma es la bóveda estrellada de eones. Es un ámbito luminoso en el que brillan los treinta astros. Pero hubo un momento en el que el eón Sabiduría quiso conocer al eón Abismo (¿no se daría cuenta Valentín de que era eso mismo —querer explicar la fe desde la razón— lo que le estaba pasando a él?), y entonces el Abismo expulsó a la Sabiduría al Kéroma. Y la Sabiduría pasó del cielo brillante, luminoso y estrellado a un espacio vacío, oscuro y despoblado. Pléroma y Kéroma formaron así el universo, la suma de la Región de la Verdad y la Región de la Sombra —algo que probablemente ni Platón ni Valentín el Gnóstico concibieron como tal unidad—.

La compleja mitología cristiana creada por Valentín se fue complicando aún más por sus discípulos: más de trescientos eones llegaron a identificarse sin que, evidentemente, el conocimiento de Dios hubiera avanzado, por esa vía, ni un solo milímetro. ¿No se dieron cuenta los gnósticos de que por ese camino de las construcciones filosóficas no podía desentrañarse al Inefable, al Incognoscible? Los contemporáneos de Valentín el Gnóstico, aunque menos filósofos que su adversario, le advirtieron ya que la vía del conocimiento de Dios no eran las horas de estudio, sino las horas de ascetismo y oración.

Por otra parte, Valentín y sus discípulos entendieron mal el pasaje del Evangelio de san Marcos (13, 11) «a vosotros os han sido dados a conocer los misterios del reino de los cielos». Ese «vosotros» no era una minoría privilegiada. En la humanidad no había unos pocos elegidos a quienes estuviera destinada la enseñanza evangélica.

Sin embargo, la idea de la gnosis, es decir, la idea de que existe un texto oculto que desvela todos los misterios y que solo unos privilegiados llegarían a conocerlo, ha sido una constante en la historia del cristianismo. La escuela de Valentín el Gnóstico, los valentinianos, perduró varios siglos; probablemente hasta finales del siglo VII. Los bogomilos —los «amados de Dios», en su etimología eslava—, en el siglo XI, se instruían en secreto, boca a boca, de iniciado a iniciado, sin escuelas ni iglesias. Los cátaros —los «puros», en su etimología griega—, en los siglos XII a XIV, profesaron un dualismo extremo, con odio de la materia y del cuerpo, que desarrollaron minuciosamente. Los teósofos del siglo XIX pretendieron haber descubierto la verdadera sabiduría; la fundadora de la teosofía, Helena Petrovna Blavatsky, desvela en su obra La Doctrina Secreta (The Secret Doctrine, 1888, dos volúmenes) todos los detalles de «la verdadera religión de la humanidad».

Cuando el orientalista alemán Karl Gottfried Woide descubrió en el Museo Británico un manuscrito copto al que llamó Pistis Sophia —«la fe de la sabiduría», que es la expresión que más se repite en él—, se produjo un resurgimiento del gnosticismo. Al fin se había encontrado el libro que lo explicaba todo. Woide atribuyó la autoría a Valentín el Gnóstico, por pura (y fallida) intuición. Investigadores posteriores lo han enmarcado en el gnosticismo ofita —el de los adoradores de la serpiente del Génesis, que ofreció a Adán y Eva el conocimiento de la verdadera sabiduría—.

La posibilidad de hallar un viejo manuscrito en el que se desvelen los misterios que rodean la existencia humana es algo que, probablemente, no dejará de entusiasmar a los apasionados —que siempre los ha habido y los habrá— por el esoterismo y el ocultismo. Las fraternidades rosacruces hunden sus raíces en la Alta Edad Media, y se ramifican en nuestro tiempo en multitud de sociedades que se dedican, sigilosamente, al cultivo de las ciencias esotéricas.

APOLINAR DE LAODICEA Y EL MINOTAURO

Apolinar de Laodicea es un personaje que se escabulle de toda investigación. No solo porque hay otras personas de su misma época con el mismo nombre, sino porque adoptó diversos nombres al escribir sus libros, y algunos de esos nombres eran precisamente los de sus adversarios.

Atanasio le llama obispo, y probablemente le confunde con otro, porque de Apolinar de Laodicea solo se sabe con seguridad que fue, como su padre, maestro de retórica. Cuando el concilio ecuménico de Constantinopla del año 381 condenó a Apolinar por hereje, no supo exactamente a quién condenaba, y más bien condenó el apolinarismo, porque aquel maestro evanescente tuvo muy pronto numerosos seguidores.

Atanasio, obispo de Alejandría, escribió duramente contra la herejía apolinarista, pero Apolinar de Laodicea publicó su propia doctrina con el nombre de Atanasio, lo que le hizo a Atanasio sospechoso de la herejía apolinarista. Apolinar firmó también con el nombre de Gregorio Taumaturgo una Confesión de fe, y este obispo de Neocesarea —que es la actual ciudad turca de Niksar— se vio igualmente involucrado en la herejía apolinarista, cuando él era abiertamente antiapolinarista. Diversas epístolas atribuidas a Félix de Alejandría son probablemente de Apolinar de Laodicea. Muerto Apolinar, sus discípulos, fieles también a las imposturas del maestro, atribuyeron al papa Julio I la obra póstuma de aquel De unione corporis et divinitatis in Christo.

En una época en que coincidían las tres grandes herejías cristológicas —el arrianismo, el adopcionismo y el apolinarismo— y los concilios de condena eran tan numerosos como tanta era la vitalidad de las herejías, la confusión que crearon Apolinar de Laodicea y sus discípulos atribuyendo sus obras a personajes que estaban también involucrados en el debate cristológico de los primeros siglos, hace que la historiografía eclesiástica de esa época resulte muy confusa.

Con un nombre o con otro, Apolinar afirmó que resultaba imposible que Cristo reuniera la doble naturaleza divina y humana, porque eso sería como admitir la posibilidad de un caballo que fuese a la vez un ciervo, o una cabra que fuese a la vez un gamo, o incluso que se reconociese la realidad del mítico Minotauro, que tenía cuerpo de hombre y cabeza de toro y estaba preso en la intrincada confusión del laberinto de Creta.

Si Cristo era plenamente hombre —dice Apolinar—, ¿cómo pudo no pecar nunca? Si era plenamente hombre, ¿cómo no cambió nunca de opinión?; ¿cómo es posible un hombre con una mente inmutable? Cristo adoptó la apariencia de hombre, pero solo la apariencia, en ningún caso su espíritu y su mente. Cristo era Dios con cuerpo de hombre. Todo el sufrimiento del Calvario lo sufrió, no como hombre, con dolores humanos, sino como Dios, con un sufrimiento distinto, con un sufrimiento teológico. Apolinar aducía como argumento el versículo 1 del capítulo 14 del Evangelio de san Juan, donde dice que «el Verbo se hizo carne», que no hay por qué interpretar en un sentido que vaya más allá del claro y literal: si solo se hizo carne, solo carne, es porque no se hizo también espíritu, espíritu humano. Es, pues, solo la carne, el cuerpo, lo que Cristo tenía de hombre.

A Apolinar, a Pablo de Samosata y a Arrio se les ha llamado, no ya herejes, sino archiherejes, porque se atrevieron a rechazar el núcleo mismo de la fe: la doble naturaleza de Cristo. Para Apolinar, Cristo era solo Dios; para Pablo de Samosata, Cristo era solo hombre, y para Arrio, Cristo no era ni lo uno ni lo otro: no era Dios porque fue creado por el Padre —y por tanto no era eterno—, y no era hombre porque era un Dios inferior, subordinado al Padre aunque con atributos divinos.

La condena del concilio de Constantinopla no hizo que Apolinar se retractase de sus ideas. No es que se aferrara a ellas con soberbia, es que, queriendo defender la doble naturaleza de Cristo, no veía más posibilidad que negar su completa naturaleza humana, porque Apolinar no podía concebir que existiera un hombre sin el más mínimo pecado y, sobre todo, sin la más mínima contradicción.

La ciudad de Laodicea es hoy un yacimiento arqueológico del que van surgiendo, día tras día, nuevas columnas de extraordinaria altura, grandes losas de piedra que cubrieron las calles, gradas perfectamente alineadas de los anfiteatros y un ágora con bancos, fachadas de casas y aras dispersas en todo su entorno. Y por todas partes, grandes sillares labrados de piedra blanquísima asoman, semienterrados, a una luz que es siempre intensa y brillante. Al lado está la ciudad de Denizki, con medio millón de habitantes, edificios modernos y grandes bulevares. Laodicea se llama hoy, en turco, Laodikya. Nadie la visita, salvo los arqueólogos. Está sobre una llanura siempre verde, siempre silenciosa, que tiene al fondo la cadena montañosa de Gölgeri, en la que se eleva el monte Honaz, de nieves perpetuas.

Cuando Apolinar nació en Laodicea, lo que ahora son ruinas era una ciudad bulliciosa habitada por mercaderes griegos. Eran mercaderes cultos, interesados por el arte, como revelan las esculturas y los relieves que no dejan de aparecer bajo la tierra que se ha ido acumulando sobre ellos a lo largo de los siglos. En el año 494 la ciudad se derrumbó por un terremoto, y sus habitantes la levantaron de nuevo. Pero, cuando los turcos la arrasaron en el siglo XII, no volvió ya a resurgir.

La lengua de Apolinar de Laodicea era el griego. Apolinar no se dedicó al comercio, como la mayoría de los hombres de la ciudad, porque su vocación era la literatura. Conocía a fondo a los autores griegos, y sus modelos eran Menandro, Eurípides y Píndaro. Escribió comedias, tragedias y poemas al estilo de estos grandes escritores. Por los elogios de sus contemporáneos podemos imaginar que eran obras extraordinarias, y quizá algún día se encuentren en una de las capas ocultas de un palimpsesto. Solo se ha conservado un largo poema en hexámetros que tituló Paráfrasis de los salmos (Metaphrasis tou Psalteros). Lo publicó Arthur Ludwich en Leipzig en 1912. La de Ludwich es una obra asombrosa, escrita en latín por el filólogo alemán, con introducción y notas a los versos griegos de Apolinar. Un libro no apto para todos los públicos.

La contumacia de Apolinar y sus discípulos en la herejía les costó el destierro. El emperador Teodosio los expulsó de Antioquía en el año 388. Para cumplir el destierro, Apolinar tuvo que desplazarse hacia el norte y pisar un extremo del continente europeo. Murió en Constantinopla, probablemente en el año 390.

JOVINIANO, MONJE CASAMENTERO

Las palabras de Cristo «si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme» (Mt 19, 21) se entendieron por los primeros cristianos como la huida del mundo adonde no había nada ni nadie: al desierto. Anacoretas —hombres y mujeres— se dispersaron, a miles, por los yermos de Egipto, Siria y Palestina.

Los anacoretas (del griego anachóresis, separación) llevaron vidas muy distintas: los ermitaños se construían cabañas en el desierto, ocupaban grutas naturales, o incluso se alojaban en tumbas de viejas necrópolis abandonadas; los giróvagos deambulaban por el campo y entraban de cuando en cuando en las aldeas; los reclusos se encerraban entre cuatro paredes sin ventanas, y solo el techo abierto; los dendritas se subían a vivir a los árboles; los adamitas vivían desnudos y sin buscar refugio alguno; los sideróforos iban siempre cargados con cadenas; los acémetas procuraban mantenerse en vigilia permanente; y los estilitas —los más extravagantes dentro de tanta extravagancia— se encaramaban a lo alto de columnas. Casi todos eran analfabetos y, por tanto, faltos de la más elemental cultura, y de un fanatismo que les llevó a sacralizar el ayuno —toda comida la consideraban pecaminosa— y a condenar el matrimonio y la propiedad.

A san Antonio Abad y a otros monjes de su tiempo les daba vergüenza comer. San Pacomio y sus cenobitas comían una vez al día, y solo pan, sal y agua; algunos, para más sacrificio, se privaban del pan. En los Apophthegmata de Daniel se dice: «Cuanto más engorda el cuerpo, más enflaquece el alma. Cuanto más enflaquece el cuerpo, más engorda el alma». «El peso vence al alma», escribió Filoxeno. Y eso hizo pensar a muchos monjes que el cuerpo máximamente enflaquecido, espiritualizado, les serviría para ascender en cuerpo y alma al cielo en el momento de la muerte, y que el cuerpo terreno les valdría como cuerpo glorioso.

Eustacio de Sebaste conmina a las personas casadas a escapar del matrimonio y adoptar el único estado que puede conducir a la salvación: el celibato. Las predicaciones de los seguidores de Eustacio a favor de la continencia crearon graves problemas en la convivencia matrimonial.

En este ambiente, que él conocía muy bien, difunde sus ideas el monje Joviniano: a su juicio, tiene el mismo valor el celibato que el matrimonio; no se puede jerarquizar a los cristianos por su estado. Por otra parte, el ayuno no tiene más valor moral que el uso moderado de los alimentos, dando gracias a Dios por ellos. Y la recompensa en el cielo es idéntica para todos: no tienen más recompensa los célibes que los casados, ni los ayunadores que los comedores frugales.

¿Qué pasó cuando monjes y monjas oyeron a Joviniano? Que salieron en masa de los monasterios y los conventos y se casaron, porque estaban allí solo propter retributionem, sin vocación alguna. Si tenía el mismo valor el ayuno que la comida moderada, el celibato que el matrimonio, y si tanto célibes como casados, si atendían su vocación, podían ir al cielo, no tenía sentido someterse a aquellos sacrificios extremos como única vía para salvarse.

Joviniano había nacido en Korduene, una región situada al oriente de la península de Anatolia, que perteneció, sucesivamente, al Imperio romano, al Imperio persa y al Imperio bizantino. Hoy forma parte del Kurdistán turco. Joviniano ingresó en un convento de Milán, atraído por la personalidad de san Ambrosio. Después de unos años, cuando tenía ya claras sus ideas contrarias al monacato de la época, las escribió y fue a difundirlas a Roma. Haría su viaje hacia el año 380. Las ideas de Joviniano sonaron en el ambiente de Roma a grave herejía, y el senador Pamaquio, amigo y condiscípulo de san Jerónimo, envió una copia del escrito de Joviniano a su amigo el anacoreta y traductor ilustre, animándole a combatirlo.

San Jerónimo, que no necesitaba que se le insistiera para entrar en polémica, escribió en poco tiempo —en algún lugar él mismo afirma que en una sola noche— un largo alegato contra Joviniano. Joviniano fue toda su vida monje, y no consta ningún reproche a su conducta. Fue siempre fiel a sus ideas. Sin embargo, san Jerónimo le llama «Epicuro de la Cristiandad», «sirviente de la corrupción», y dice de él que «prefiere la tierra al cielo, el vicio a la virtud y su barriga a Cristo», que «siempre va elegantemente vestido como un novio», y que «está en sus jardines en medio de jovencitos y mujerzuelas» —apreciaciones todas que san Jerónimo hacía con absoluta ligereza, porque mientras él estaba en Belén, Joviniano estaba en Roma, y no llegaron a conocerse—. Y refiriéndose a los seguidores de Joviniano, dice que son «una manada en la que todos van acicalados, peinados y con las bocas pintadas, mientras que los de nuestro rebaño van pálidos, vestidos de negro y como extraños en este mundo».

El alegato de Jerónimo contra Joviniano resultó un ataque tan duro al matrimonio y a la mujer, que cuando llegó a Roma, produjo el terror de su amigo el senador Pamaquio, que trató de recoger todas las copias que se habían distribuido.

Parte san Jerónimo de un texto de san Pablo (1 Cor 7, 1) en el que se dice que «es bueno para el hombre abstenerse de la mujer. Sin embargo, por el peligro de incontinencia, que cada hombre tenga su propia esposa, y cada mujer, su propio marido». «Vayamos al inicio de este pasaje —escribe el santo polemista—: ‘Es bueno para el hombre no tocar mujer’. Si es bueno no tocar a una mujer, es evidente que tocarla resulta malo. Sin embargo, la licencia tiene como finalidad no cometer una maldad mayor». Y añade: «El que tenga esposa sería mejor que no la tocara; debería tratarla como hermana, no como cónyuge, salvo que la fornicación hiciere excusable tocarla».

Y refiriéndose a la posibilidad de que la viuda contraiga nuevo matrimonio, escribe: «Efectivamente, más vale conocer a un solo marido, aunque sea el segundo, que a una muchedumbre de ellos; es decir, es más tolerable prostituirse a un solo hombre que a muchos».

Viene luego, en el mismo alegato de san Jerónimo, el famoso pasaje de Teofrasto: «En un libro que vale su peso en oro —Sobre el matrimonio—, atribuido a Teofrasto, se formula la pregunta de si un hombre sabio tomaría esposa». […] «Mantener a una esposa pobre es difícil; soportar a una rica, un tormento. Si es iracunda, necia, deforme, soberbia, maloliente o posee cualquier otro defecto, es cosa que conocemos después de casarnos. Un caballo, un asno, un buey, un perro, los esclavos más baratos, así como los vestidos, los calderos, un asiento de madera, una copa, un cántaro de barro se prueban primero y luego se compran: una esposa es lo único que no se enseña, no vaya a ser que no guste antes de desposarla» […] «Si le confías el gobierno entero de la casa, te convertirás en su esclavo. Si reservaras para tu control alguna parcela, pensará que no tienes confianza en ella; ello devendrá motivo de malquerencia y de disputas». «Una mujer hermosa enseguida tiene amantes; la fea fácilmente se entrega al desenfreno. Difícil es de custodiar aquello que muchos apetecen. Pesado resulta conservar aquello que nadie considera digno de poseer. Sin embargo, la salvaguardia de una mujer deforme entraña menos dificultad que la tarea de vigilar a una vistosa. Teofrasto hace estas reflexiones y otras similares […]».

Sintetizando su propio pensamiento, san Jerónimo hace esta jerarquización: «Si las vírgenes son las primeras ante Dios, las viudas y los continentes en el matrimonio vendrán después de las primeras, es decir, en el segundo y tercer grado». Los no continentes en el matrimonio ni siquiera aparecen.

El senador Pamaquio, que no estaba seguro de haber podido eliminar todas las copias del alegato que habían circulado por Roma, le pidió a su amigo Jerónimo que suavizara el texto para remediar el agravio que había causado a los hombres casados y a las mujeres. Pero Jerónimo fue incapaz. En la segunda carta a Pamaquio (la número 49 en la clasificación de Vallarsi) dice rotundamente: «No hay nada intermedio: o se acepta mi sentencia, o la de Joviniano». Y añade: «Por mi parte, si recuerdo bien la cuestión, el litigio contra Joviniano y nosotros está en que él equipara el matrimonio a la virginidad, y nosotros lo juzgamos inferior; él dice que la diferencia es poca o ninguna; y nosotros decimos que es grande». Y moderando algo el tono con que había escrito su Adversus Jovinianum, dice en la carta: «Entre el matrimonio y la virginidad se da la misma diferencia que entre no pecar y hacer el bien, o por decirlo más suavemente, entre lo bueno y lo mejor». «Alabo el matrimonio, pero porque engendra vírgenes».

Joviniano fue excomulgado por el papa Siricio en el año 393, junto a ocho de sus seguidores. El emperador Honorio reforzó la condena eclesiástica ordenando la deportación de Joviniano a una isla del Adriático. Se pierde entonces el rastro del hereje, pero no el de su doctrina, que siguió influyendo en el pensamiento de los siglos posteriores. Aunque es innegable que las manifestaciones tan denigratorias sobre el matrimonio que contenía el Adversus Jovinianum tuvieron una difusión y una influencia muy superior.

PELAGIO LE ESCRIBE A LA NIÑA DEMETRIA

No sabemos siquiera su verdadero nombre. Por alguna razón le llamaban Pelagio, quizá porque había nacido junto al mar, en Bretaña o en Irlanda, y porque era, como el mar, impetuoso y enérgico. Pelagio tenía gran estatura e impresionaba por su personalidad desbordante. Se sabe que estuvo en Roma, luego en Palestina, después viajó a África, donde buscó a san Agustín para discutir con él —le buscó en Hipona y en Cartago—, y después viajó a Jerusalén y a Turquía, y acabó en Egipto. En todas partes estudió y polemizó con los pensadores de más fama.

A Roma llegó muy joven, con poco más de veinte años. Pelagio resistió sin esfuerzo la seductora opulencia de las familias que visitaba, la atracción de las mujeres que le incitaban desde la calle, la tentación de dar paseos ociosos por las avenidas y los parques de la hermosa ciudad. Solo le interesó estudiar y discutir con los sabios las firmes convicciones que iba poco a poco adquiriendo. En Roma encontró el ambiente propicio para su ambición intelectual y se quedó allí durante veinticinco años. Pelagio fue siempre un interlocutor amable pero firme. La insolencia de que un laico se atreviera a discutir sobre las cosas de Dios se la perdonaron los teólogos por su trato delicado y respetuoso.

Pelagio, alegre y vitalista, no podía concebir que el hombre naciera lastrado con la limitación del pecado original. No, el pecado original lo cometió Adán y ya recibió su castigo. Con el abrazo amoroso de la procreación cada pareja no puede transmitir pecado alguno. «¿Cómo puede un niño que viene al mundo hoy tener, a los ojos de Dios Todopoderoso, la carga de una falta que no ha cometido?», pregunta.

Cada niño nace libre, y será responsable, cuando sea hombre, y hasta el día de su muerte, de su propia conducta. «¿Que la carne es débil?… ¡Qué absurda ceguera!», escribió. «¿Puede el hombre vivir sin pecado? Sin ninguna duda, si él lo quiere».

San Agustín, que ha caído en casi todas las tentaciones imaginables durante su juventud, considera que solo la gracia de Dios puede sacar al hombre de la bajeza a la que naturalmente se encuentra inclinado. Los padres transmiten a los hijos su propia bajeza innata, y por eso los niños que mueren sin bautismo van al infierno. Pelagio se irrita ante esa visión descorazonada del hombre. No, Dios ha hecho al ser humano capaz de decidir entre el bien y el mal, y de obrar en consecuencia. No está naturalmente inclinado al mal, está simplemente situado ante una disyuntiva: actuar bien o actuar mal.

No sabemos si Nietzsche leyó a Pelagio, pero su idea del superhombre arranca del pensador de la Antigüedad. Para Pelagio, el hombre lo puede todo por sí mismo. No necesita la gracia de Dios. El hombre es libre y, en su libertad, el hombre puede desarrollar todo el poder de su voluntad. Él mismo lo demostraba, sin alardear de ello, con su conducta intachable.

Solo dos palabras, libre albedrío, serán en adelante motivo de furiosas discusiones. Los términos de la controversia están muy claros. Para quienes defienden el libre albedrío —Pelagio y los seguidores que muy pronto le secundan—, el hombre puede hacer el bien por sí mismo, por sí solo; quienes se oponen —la legión de teólogos de la Iglesia— dirán que solo la gracia de Dios permite al hombre hacer el bien. Pero Pelagio les pone ante la vista la contradicción en que incurren: si solo la gracia permite hacer obras buenas, ¿qué le queda al hombre por hacer por sí mismo, por sus propios méritos? El hombre no tendría libertad para hacer el bien o el mal, solo podría hacer el bien si recibe el impulso exterior de la gracia. La respuesta de los teólogos es sutil, demasiado sutil: por sí solo, el hombre puede evitar el mal; con la ayuda de la gracia, puede hacer el bien.

Pelagio fue a Hipona para discutir en persona con Agustín. Pero no consiguió encontrarle por ningún lado. En esos días Agustín estaba de viaje. Los dos grandes pensadores no llegan a conocerse. Se intercambian algunas cartas, más cálidas las de Pelagio, más secas las de Agustín: un laico que se dedicaba a elucubraciones teológicas no le parecía un interlocutor serio. Negar el pecado original le resultaba además una idea demasiado tosca. ¿Para qué servía entonces el bautismo? ¿Para qué había sido necesaria la redención? Pelagio es, para Agustín, algo muy simple: un insolente. Un hombre que se alza frente a Dios.

Pero, en el fondo, los teólogos y el propio papa Inocencio tienen sus dudas. Pelagio no es ningún insolente, sino un laico profundamente religioso y un polemista de la mejor buena fe. Quienes intentan su excomunión no lo consiguen. Después de muchos intentos, cada vez más enérgicos, logran al fin que en el año 417 —cuando Pelagio, cuya fecha de nacimiento no se sabe exactamente, tendría unos sesenta y cinco años— se le expulse de la Iglesia. Pero el sucesor del papa Inocencio I, el papa Zósimo, vuelve a acogerle. Sin embargo, las acusaciones arrecian y Pelagio queda definitivamente excomulgado.

En el fondo de la discusión entre Pelagio y Agustín se enfrentaban dos personalidades completamente dispares. Pelagio fue un hombre de una pieza, con lo bueno y con lo malo que eso puede llevar consigo. Su conducta moral fue siempre la misma. Su firme voluntad le mantuvo siempre a salvo. Agustín conoció todas las bajezas y luego las mayores alturas. Por su propia experiencia, Agustín confió poco en el hombre, en su naturaleza y en sus fuerzas. Para el santo de Hipona, el libre albedrío es poco fiable; solo la gracia es firme. Pelagio, por el contrario, creía en el hombre, en la fuerza de su voluntad: «El hombre es siempre capaz de pecar o no pecar —escribió—, por lo que creemos firmemente en el libre albedrío. El libre albedrío consiste en la posibilidad de cometer pecado o abstenerse de él».

No había sido excomulgado aún, y corría el año 413, cuando Pelagio dirigió una carta a la niña Demetria, que estaba saliendo de la pubertad para entrar en la juventud. Fueron su madre, Juliana, y su abuela, Proba, nobles romanas, quienes pidieron a Pelagio que escribiera unas sencillas reglas de conducta que orientaran a la niña Demetria en su propósito de llevar una vida cristiana. Pelagio, fiel a su modo habitual de escribir, va haciendo afirmaciones claras y rotundas, y luego dedica unos cuantos párrafos de explicación a cada una.

En una época en que el mundo era visto como enemigo del alma, y los hombres y las mujeres huían al desierto, Pelagio hace un apasionado canto al mundo: «No hay nada más horrible que rehusar todo lo que Dios ha creado para nosotros, sus maravillas y sus riquezas. Esto sería no tener sensibilidad en la vista, en el oído, en el olfato, en el tacto y en el gusto». A continuación expresa su confianza en el ser humano: «Debemos creer en nuestra propia fuerza, y conocer y utilizar nuestras propias aptitudes, que son inmensas». En esta y en otras frases se ve que la distancia entre Pelagio y Agustín no es tan grande. Dios ha puesto en el alma unas aptitudes que luego cada cual tiene que hacer fecundas. La obra de Dios se conjuga con el libre albedrío de los hombres.

Sin embargo, cuando Agustín conoció la carta que Pelagio escribió a Demetria, estalló de indignación. El hereje estaba corrompiendo a una criatura inocente. Él mismo escribió una carta a la madre para alertarla, una carta tan iracunda que irritó a toda la familia.

Y el debate continúa y continuará siempre. ¿Libertad o gracia? Un debate estéril si una u otra posición se mantiene desde los extremos. Pero siempre suscitará simpatía este hereje corpulento y delicado que lo último que quería era enfrentarse a sus semejantes, a los que admiraba fieramente.

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