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¿Cómo investigar en educación?
Julián De Zubiría S.
Alberto Ramírez G.
Colección Pedagogía Dialogante
¿Cómo investigar en educación?
© Autores
JULIÁN DE ZUBIRÍA S.
ALBERTO RAMÍREZ G.
Primera edición: 2009
© COOPERATIVA EDITORIAL MAGISTERIO
www.magisterio.com.co
Libro ISBN: 978-958-20-1400-1
Este libro no podrá ser reproducido en todo o en parte, por ningún medio impreso o de reproducción sin permiso escrito del editor.
PRINTED IN COLOMBIA
A mi padre, de él aprehendí que venimos al mundo a formular y resolver preguntas.
Julián
A los maestros y maestras que dejan huellas imborrables.
Alberto
Contenido
¿Cómo investigar en educación?
Prólogo
Amor, conocimiento y posibilidad
Un huevo y un cisne negro
Investigación y autores
Primera parte: Enfoque teórico
La ciencia
¿Qué es la ciencia?
Los orígenes de la ciencia
Los límites de la ciencia
Clasificación de las ciencias
Percepción y representación
Niveles jerárquicos en las ciencias
El método científico
Metodología de la investigación científica
Método
Técnica
Clases de investigación
La investigación en educación
Segunda parte: Enfoque práctico
Introducción
Elección del tema
Investigaciones previas
Situaciones institucionales
Enfoque epistemológico (expertos)
Problemas concretos
Importancia social
Deseos e intereses personales
Otros aspectos a contemplar
Delimitación del tema
La pregunta de investigación
Formulación
Ejemplos
Hipótesis
Formulación
Ejemplos
Objetivos
Introducción
Objetivos generales
Objetivos específicos
Estrategias de ayuda
Ejemplos
Justificación
Metodología
Fundamentos
Operacionalización de los objetivos
Ejemplos
Marco de referencia
Marco teórico
Marco conceptual
Marco de antecedentes
Marco geográfico y contextual
Marco demográfico
Marco institucional
Título
Introducción
Cronograma
Materiales y presupuesto
Materiales
Presupuesto
Bibliografía
Consideraciones para el escrito final
Consideraciones adicionales para el escrito final
La iniciación del ensayo
Citas
Otros aspectos de interés
Bibliografía
Los Autores
Julián De Zubiría Samper
Alberto Ramírez González
Prólogo
Sólo en la personalidad está la vida; y toda personalidad
se apoya en un fundamento oscuro, que, no obstante,
debe ser también el fundamento del conocimiento.
Sobre la esencia de la libertad humana.
Schelling
Gran parte de las dificultades que atraviesa el mundo
se deben a que los ignorantes están completamente
seguros y los inteligentes, llenos de dudas.
Bertrand Rusell
Amor, conocimiento y posibilidad
Seis huevos aparecen en la carátula de la edición española del libro La justificación del método inductivo, editado por Richard Swinburne, en el que se publican, entre otros, artículos e intervenciones críticas de Bertrand Rusell y Max Black. En la portada de la edición inglesa, un cubo incompleto de colores se despliega en un paisaje surrealista, solicitando perceptivamente una inferencia visual. Huevos y cubos, tal vez, son una buena combinación para una pregunta científica, en especial si los inquisidores son Rusell y Black.
Bertrand Russell fue uno de los matemáticos y filósofos más prominentes del siglo XX, ganó el premio Nobel de Literatura en 1950, se casó cuatro veces, entre otras, y fue encarcelado a los noventa años por incitar a la desobediencia civil. Escribió el monumental tratado Principios de las matemáticas en compañía de Whitehead, en el que la lógica y la axiomatización eran las reinas del conocimiento; pero menos axiomáticamente defendió el voto femenino, el respecto por las prácticas homosexuales, los métodos anticonceptivos y el desarme nuclear.
Bertrand Russell en su autobiografía confiesa sobre el amor y el conocimiento:
Tres pasiones, simples pero extremadamente poderosas, han gobernado mi vida: el anhelo del amor, el deseo de saber y una compasión abrumadora ante el sufrimiento de la humanidad.
Estas pasiones, como las alas enormes, me han empujado de acá para allá en un caminar errante sobre un profundo océano de angustia hasta llegar al borde mismo de la desesperación.
He buscado el amor, en primer lugar porque trae consigo el éxtasis…; en segundo lugar, lo he buscado porque nos libera de la soledad… Finalmente, lo he buscado porque en la unión del amor he creído ver, en una miniatura mística, la visión anticipada del paraíso que santos y poetas han imaginado. Esto es lo que yo he buscado y aun cuando parezca un bien excesivo para la vida humana, esto es lo que he encontrado al fin.
Con igual pasión he buscado el saber. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de captar la fuerza pitagórica en virtud de la cual los números se alzan soberanos sobre el devenir. He conseguido algo, aunque no mucho, de esto.
Amor y conocimiento, hasta donde pueden alcanzarse, empujan hacia arriba, hacia el cielo. Pero siempre la compasión me devolvió de nuevo a la tierra. Ecos de gritos de dolor reverberaban en mi corazón. Niños hambrientos, victimas torturadas por opresores, viejos sin esperanza que constituyen una carga odiosa para sus hijos y un mundo entero de soledad, pobreza y dolor son una mofa sarcástica de lo que la vida humana debería ser. Suspiro por aliviar el mal, pero no me es posible y sufro por ello.
Esto ha sido mi vida. Encuentro que ha merecido la pena vivirla y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciera la posibilidad de hacerlo.
Max Black, nacido en Baku (Azerbaiyán), filósofo y matemático, escapó del antisemitismo hacia París, posteriormente viajó a Londres y luego a Norteamérica. Se destacó como músico, ajedrecista y filósofo, y escribió el libro Nature of mathematics, en donde hacía una exposición crítica a los Principios de las matemáticas de su profesor Bertrand Russell. Black se describía a sí mismo, como “matemático lapso, adicto razonador y devoto de la metáfora y del ajedrez”. A Max Black, a diferencia de Russell, no se le conocieron excesos de aventuras amorosas, ni escandalosas ideas políticas ni morales. Su existencia trajinó por los caminos estrictos de lo analítico y lo lógico; sin embargo, para tristeza de muchos amantes de la metodología, tanta perfección racional no es posible. Entendiendo “la posibilidad” como la conceptualiza Black en uno de los capítulos de su libro “Modelos y metáforas”. Para Black comprender “la posibilidad de un hecho” no sólo se refiere al hecho sino también a la manera como usamos las palabras “posible”, “posibilidad” y sus términos familiares.
Black dice:
La fuente más poderosa de desazón filosófica acerca de las posibilidades es la ausencia de verificabilidad, que se hace notar de modo más agudo en el caso de las llamadas “posibilidades contrafácticas” (las jugadas que podría haber realizado pero no he hecho), de las que parece estar excluida toda verificación concebible: algunas de las posibilidades no realizadas aún podrían, con todo, someterse a una verificación, pero una posibilidad que sabemos no se ha realizado no tiene la menor ocasión de ser verificada, y por ello parece ser excepcionalmente “oculta”.
[…] Tales tentativas de reducir lo posible a lo real están condenadas a fracasar, ya que hacen violencia a la forma en que usamos las palabras “posible”, “posibilidad” y los vocablos modales relacionados con ellas: “puede”, “podría”, “sería”, “cabría”. Considérese qué es lo que ocurriría al enseñar a un niño a decir –con verdad– de un mecanismo que puede moverse de una forma pero no de otra: no cabe duda de que tal enseñanza pediría que moviésemos realmente el mecanismo de las formas en cuestión, y de que en aquella misma medida se tendría una referencia al mundo real; pero si el niño no quisiese decir en ningún caso que el mecanismo podría moverse de una manera especificada hasta después de haber sido movido realmente de tal modo, la enseñanza habría fracasado: seríamos incapaces de decir si había tomado el enunciado modal por un simple informe acerca de lo que había pasado realmente. Las actividades lingüísticas en las que se usan “puede” y “posible” difieren tajantemente de aquellas en las que se da ocasión solamente para informes indicativos o categóricos.
A Max Black lo conocí lejos de la matemática pero cerca del lenguaje. Hace unos años realizaba una ambiciosa investigación sobre la Génesis de los procesos de metaforización en la primera infancia y lo encontré como uno de los autores más citados y polemizados con respecto a la teoría de la metáfora. Sí. A las metáforas que usamos en el lenguaje cotidiano cuando decimos “tus ojos mueven mi existencia en el opaco mundo de la hostilidad” o “el profesor es un cerdo”. Black conceptualiza la metáfora desde un enfoque interaccional, en donde uno de los dos temas de la enunciación se concibe en términos del otro. En otras palabras, un tema (profesor) se abre a la “posibilidad” de nuevas significaciones por obra del otro tema (cerdo).
A Black también lo volví a encontrar, como maravillosa referencia, en un trabajo que realizaba sobre Pensamiento probabilístico e intuitivo en niños –es más cercana la intuición a la lógica borrosa que la probabilidad formal– y, de manera indirecta, en el folleto de uso de mi lavadora L.G, que en su tapa superior, con mucho orgullo, muestra las palabras “Fuzzy Logic”. Un artículo famoso de Black se titula “Vagueness: An exercise in logical analysis” (1937), en donde introdujo la noción de “conjuntos vagos” que corresponde más modernamente a lo denominado “conjuntos difusos” o “conjuntos Fuzzy”. Posteriormente a Lotfi Asker Zadeh, en 1965, basado en los trabajos de Max Black se le atribuyó la invención de la “lógica difusa” o de la denominada “teoría de la posibilidad”.
Bart Kosko, un alumno de Zadeh, en 1993, escribe un libro de amplia divulgación comercial titulado Pensamiento borroso. Una nueva ciencia de la lógica borrosa, en donde, de una manera no exclusivamente matemática, presenta los fundamentos de la Lógica Fuzzy, es decir, los fundamentos de funcionamiento de mi lavadora L.G. Kosko presenta cuatro temas relacionados con la borrosidad que de una manera atrevida podemos convertirlos en temas de los modos de construcción científica:
1) La bivalencia frente a la multivalencia.
2) A mayor precisión, mayor borrosidad.
3) El razonamiento borroso eleva el coeficiente de inteligencia de las máquinas.
4) No creas que la ciencia y los científicos son lo mismo.
La bivalencia frente a la multivalencia hace referencia a la distinción que existe entre concebir un conocimiento exacto frente a un conocimiento parcial, a la decisión de todo o nada frente a en algún grado, al 0 ó 1 frente al continuo entre 0 y 1, al lenguaje de máquina frente al lenguaje natural. Cuando decimos de manera precisa que la adultez comienza a los 18 años estamos radicalmente cambiando de no soy adulto a soy adulto en un momento dado, sin embargo sabemos que el paso de la adolescencia a la adultez se hace de forma gradual, que no podemos pasar de un no a un sí en un ya, sino que hay una curva continua que une estas dos etapas. Por otro lado, un semáforo inteligente es aquel que comprende la regla “si el tráfico es denso entonces manténgase el semáforo en verde más tiempo” al contrario de un semáforo torpe que siempre se demoraría el mismo tiempo si pasa un carro o si pasan mil. Finalmente, Kosko dice: “mi trabajo y mi lucha por la borrosidad me enseñaron un hecho sin vuelta de hoja: la ciencia no es lo mismo que los científicos. El producto de la ciencia es el conocimiento. El de los científicos es la reputación.” Tal vez existen muchos científicos que se asemejan a los abogados, se definen demostradores de la verdad o de la falsedad: 0 ó 1; la ciencia es parcial, gradual y fundamentada en la fuerza significativa de la conversación entre inventores y, en especial, trabaja fuertemente en los terrenos de la “posibilidad”, es decir, de la invención y no sólo en la demostración. Eso lo muestra el paso fundamental de la investigación: el planteamiento de la hipótesis.
Los conjuntos borrosos o Fuzzy son aquellos en los que sus elementos le pertenecen en algún grado, a diferencia de los conjuntos no borrosos o corrientes en los que sus elementos de manera absoluta le pertenecen o no le pertenecen. El conjunto de los números naturales no tiene elementos borrosos, mientras que políticamente ser de izquierda o de derecha hace que muchos de sus miembros sean borrosos, es decir se puede ser un poco o mucho pero no total. En un conjunto borroso se puede estar gradualmente entre 0 y 1. Se puede ser y no ser al mismo tiempo.
Bertrand Rusell amaba el conocimiento con pasión desmesurada y era un insomne de las vicisitudes de los seres humanos. Le era inmensamente atractiva la fundamentación lógica de las matemáticas que, en cierto grado, se nutría y contrastaba con su inquietud por las paradojas de la teoría de conjuntos, es decir aquellas agrupaciones en que las cosas pueden estar y no estar al mismo tiempo; por ejemplo, el conjunto que posee todos los conjuntos, ¿ese conjunto se posee a sí mismo? A pesar de su excesivo logicismo algunos encuentran a Bertrand Russell como el precursor de la “lógica vaga o difusa o fuzzy” El científico decía: “todo concepto es vago en un grado del que no somos conscientes hasta que intentamos precisar dicho concepto”. Los conceptos pasan de no ser A a ser A, y durante la mayor parte del tiempo son una mezcla de ambas cosas. Tal vez la “lógica vaga” no es sólo objeto de estudio, o un modo de aproximación a lo real, sino también una caracterización de una gran cantidad de hechos del mundo que queremos explicar. Nadie puede afirmar que Bertrand Russell realizó una matemática basada en la lógica fuzzy, pero es innegable y “en cierto grado vago”, que su vida era bellamente borrosa.
Mi lavadora L.G de lógica fuzzy ajusta programas de lavado a partir del nivel de suciedad detectado, el tipo de tejido, el tamaño de la carga y el nivel del agua. Otras más avanzadas –más costosas– usan redes neuronales para ajustar las reglas según caprichos del usuario. El tercer tema de Kosko dice: el razonamiento borroso eleva el coeficiente de inteligencia de las máquinas; sin embargo, en consecuencia, en cierto grado, podemos afirmar que el razonamiento borroso eleva el coeficiente de inteligencia de los seres humanos, en especial, si desean investigar.
Un huevo y un cisne negro
Cinco huevos blancos y un huevo negro, aparecen en la carátula de la edición española del libro La justificación del método inductivo. De una ironía gráfica surge la pregunta ¿A pesar de que siempre los huevos han sido de textura clara será posible el surgimiento o la existencia de un huevo negro? El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable, es el titulo del libro de Nassin Nicholas Taleb; el autor afirma: “Una sola observación puede invalidar una afirmación generalizada derivada de milenios de visiones confirmatorias de millones de cisnes blancos.” Un cisne negro es en cierto modo un hecho sorprendente, pero también una metáfora de ciertos sucesos que se caracterizan por ser raros; producen un impacto altísimo y tienen predictibilidad retrospectiva. Son raros porque habitan fuera del reino de las expectativas normales, nada apunta a su posibilidad; son impactantes, porque cuando se da el hecho causa infinito alboroto científico y social; y son de predictibilidad retrospectiva porque al suceso ocurrido le inventamos una explicación.
La lógica del huevo o el cisne negro hace que lo que no sabemos sea más importante que lo que sabemos. Y esa no sapiencia o insapiencia sana hace que la búsqueda del conocimiento no sea un trabajo de extensa erudición sino de apertura perceptiva e intelectual, de constante riesgo y, seguramente, de convivencia cognitiva con el error –aprendemos cuando no logramos lo que deseamos. Cuando un suceso es altamente probable estamos en el terreno de la seguridad. Si la probabilidad de ocurrencia de un suceso es 1, quiere decir que con seguridad el hecho se dará, hay sapiencia total; pero si la probabilidad es muy baja (el huevo o el cisne negro) estamos en un terreno amplio de incertidumbre. La rareza es incertidumbre. La idea del cisne negro, dice Nicholas, “se basa en la estructura de lo aleatorio de la realidad empírica”.
El autor hace uso de términos para referirse a dos tipos de incertidumbre y a dos modos de producción o actividad laboral: lo escalable y lo no escalable. Taleb dice:
Bien, algunas profesiones, como la del dentista, consultor o masajista no se pueden escalar: hay un tope en el número de pacientes o clientes que se pueden atender en un determinado tiempo. La prostituta trabaja por horas y (normalmente) también se le paga por horas. Además, la presencia de uno es (supongo) necesaria para el servicio que presta. Si abrimos un restaurante de moda, a lo máximo que podemos aspirar es llenar el comedor todos los días (a menos que creemos una franquicia)[…] dependen de los esfuerzos continuos de uno más que de sus decisiones. Además, este tipo de trabajo es predecible en gran medida: variará, pero no hasta el punto de hacer que los ingresos de un día sean más importantes que los del resto de nuestras vidas.
Otras personas permiten añadir ceros a tus resultados (y a tus ingresos), si trabajas bien con poco o ningún esfuerzo. […] separe la persona “idea”, que vende un producto intelectual en forma de transacción o un determinado trabajo, de la persona “trabajo” que te vende su trabajo.
[..] el escritor para atraer un sólo lector realiza, el mismo esfuerzo que realizaría si quisiera cautivar a varios cientos de millones. J.K. Rowling, la creadora de Harry Potter, no tiene que escribir de nuevo sus novelas cada vez que alguien quiera leerlas. Pero no le ocurre lo mismo al panadero; éste tiene que hacer todas y cada una de las barras de pan para atender a todos y cada uno de los clientes.
Así pues, la distinción entre el escritor y el panadero, el especulador y el médico, el estafador y la prostituta, es una buena forma de observar el mundo [...]
Hay trabajos a “escala” y trabajos a “no escala”, los primeros corresponden a las personas idea y los segundos a las personas trabajo. El estafador y el escritor son las personas idea, la prostituta y el panadero son las personas trabajo. En consecuencia, el cisne o el huevo negro, lo extraordinario, corresponden al trabajo a escala, al mundo de las ideas; mientras los huevos y cisnes de tintes claros corresponden al trabajo a no escala, a la habitualidad, al mundo del trabajo como acción repetitiva.
En el mismo sentido, en un mundo amplio de muchas personas trabajo, a no escala, casi todos miden igual, tienen pesos parecidos y sus ingresos promedio son semejantes; si alguien llega un poco más alto, gordo y con más dinero, no se notará: en una muestra grande, ningún elemento singular cambiará de forma significativa el total. Pero si suponemos que tenemos unas miles de personas con una cantidad de dinero más o menos parecido y razonable, y llega una persona idea, un millonario extremo como Bill Gates, éste cambiará el promedio tan significativamente que el único que se notará será él; el promedio sólo reflejará su fortuna, no a la muestra. Ha aparecido un huevo o cisne negro.
Alejándonos de la incómoda metáfora del dinero, la producción a escala o las personas ideas son lo que producen altos impactos a pesar de su improbabilidad. En otras palabras dentro del juego de razonamiento de Taleb, podemos afirmar temerariamente que para que la investigación científica sea impactante, son necesarios investigadores que produzcan a escala, es decir que sean personas idea y no personas trabajo.
Investigación y autores
Caprichosamente, para entrar, entre líneas, al libro Cómo investigar en educación de los autores Julián de Zubiría y Alberto Ramírez, he acudido a un conjunto de conceptos atrevidos de la gnosceología matemática. Los he seleccionado por su actualidad –están en los libros, en los artículos de investigación y en mi lavadora–, pero también porque permiten indagar no sólo desde un esquema epistemológico y metodológico, sino desde una dimensión creativa de la investigación científica. En ninguna parte del libro se acude a “lógica vaga”, “teoría de la posibilidad”, o “personas idea” –sí a los cisnes–, luego, esta ausencia permite observar desde un referente externo, con cierto grado de borrosidad, las ideas y letras que plasman los autores.
Los autores afirman:
No tenemos más remedio que reconocer que nuestra ciencia, tal como existe aquí y ahora, no nos representa la verdad real; lo más que puede hacer es proporcionarnos una estimación tentativa y provisional de ella. (…) El conocimiento científico, como todas las demás creaciones humanas, tiene una duración limitada y no será perdonado por el tiempo, ya que no sólo no podemos afirmar que estemos alcanzando la verdad o que nos estemos acercando a ella, pues no sabemos en dónde se encuentra; (...) del mismo modo que nosotros creemos que nuestros predecesores de hace cien años tenían una idea fundamentalmente inadecuada del contenido del mundo, también nuestros sucesores de dentro de cien años serán de la misma opinión acerca de nuestro presunto conocimiento de las cosas.
[…] La falibilidad…. Los científicos reconocen explícitamente la propia posibilidad de equivocación. Es en esta conciencia de sus limitaciones donde reside su verdadera capacidad para autocorregirse y superarse, para desprenderse de todas las elaboraciones aceptadas cuando se comprueba su falsedad. Gracias a ello es que nuestros conocimientos se renuevan constantemente y que intentamos marchar hacia un progresivo mejoramiento de las explicaciones que damos a los hechos. Al reconocerse falible, todo científico abandona la pretensión de haber alcanzado verdades absolutas y finales y, por el contrario, sólo se plantea que sus conclusiones son válidas en un contexto histórico, social y cultural determinado. En consecuencia, toda teoría, ley o afirmación está sujeta, en todo momento, a la revisión y la discusión, lo que permite perfeccionarlas y modificarlas para hacerlas cada vez más objetivas, racionales, sistemáticas y generales.
Los autores aunque defiendan la objetividad, seguramente para huir de los abusos de la posmodernidad, se sitúan en una ciencia no de 0 ó 1, sino de graduaciones entre 0 y 1, es decir, en un lugar sutil del pensamiento borroso o vago –que no surge de la pereza– sino de la lucha por la producción a escala o de las personas idea. Pero además aúnan a su esfuerzo epistemológico una dimensión cultural y social del conocimiento, lo que permite acercar la investigación científica al campo educativo. Y acudiendo a Morin afirman: “Conocer es navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas”, lo que los coloca cercanos a un huevo o cisne negro. Y todavía más cercanos a lo falible de la predicción señalan:
Seiffert nos refiere como ejemplo clásico de las ciencias fácticas el siguiente: si yo observo un cisne blanco ¿puedo asegurar que todos los cisnes son blancos?; es más, si yo veo una bandada de cisnes blancos ¿puedo hacerlo?; si viajo a muchos lugares del planeta y sólo veo cisnes blancos, ¿puedo generalizar que todos son blancos? La respuesta en todos los casos, dice Seiffert, es no, ya que en el tiempo nada garantiza que no hayan existido cisnes de otros colores o que vayan a existir en un futuro, a la vez que tampoco hay garantía de que en otros lugares no visitados puedan existir cisnes de otros colores; por tanto, no se puede elevar a ley la afirmación “todos los cisnes son blancos” y es más cauto aseverar que hasta ahora, todos los cisnes observados son blancos (si así fuera). Como puede verse, la inducción tiene un carácter probabilístico.
¿Cómo pegar una concepción epsitemológica abierta, dinámica y someramente difusa de la concepción de la ciencia, en la primera parte del libro, con un esquema procedimental y operativo, en la segunda parte, que responde a la pregunta Cómo investigar en educación? Hay tres elementos que permiten que los autores no caigan tan fácilmente en una metodología del tipo fórmula: i) el énfasis en la pregunta de investigación, las hipótesis y las preguntas específicas que guían la investigación; ii) la ejemplificación continua, que pretende enseñar cómo investigar, mostrando casos de investigación, –que permite una predictibilidad retrospectiva– y no esquemas metodológicos universales; y iii) las recomendaciones de uso del ensayo científico como guía para la presentación del escrito investigativo, donde aparece un preocupación por el lector de las investigaciones.
Finalmente, los autores aunque pretendan escapar de la posmodernidad, parecería que no huyen de la “Lógica vaga” ni del amor por el conocimiento científico. Indudablemente son “personas idea” más que “personas trabajo”, por lo menos en su vida intelectual y, como todos, esperan que su libro sea más leído que Harry Potter. Soñar no cuesta nada, y se hace por “lógica vaga”, y por “escala”.
Jaime Parra
Ph.D. en Educación
Primera parte:
Enfoque teórico
La ciencia
¿Qué es la ciencia?
La ciencia, como proceso consciente humano, busca organizar, sistematizar y jerarquizar el conocimiento alcanzado sobre el mundo material y simbólico. Su papel fundamental es el de explicar los hechos, de manera que éstos puedan ser interpretados y predecibles hasta cierto punto y en ciertas circunstancias. En consecuencia, la ciencia representa un tipo particular de conocimiento, diferente al que podemos obtener en la vida cotidiana, ya que el conocimiento científico es más sistemático, más general e intenta ser objetivo; pero como todo conocimiento, está social, cultural e históricamente determinado. En términos de Morin (2001), la ciencia, a diferencia de otras actividades cognitivas, establece un diálogo crítico con la realidad.
Como toda actividad humana, la labor de los científicos e investigadores está enmarcada en el contexto en el que nos desenvolvemos. Los procesos cognitivos, y entre ellos la ciencia, están demarcados por los contextos históricos y culturales en los que viven los sujetos, tal como lo demostró la Escuela Histórico-Cultural1. En este sentido, una teoría, una ideología o una hipótesis, no pueden comprenderse si se desconocen los contextos sociales, económicos y políticos en los cuales fueron gestadas. Ello nos obliga a privilegiar el análisis de los contextos sociales e históricos en los que se formulan y desarrollan las ideas, para poder entenderlas, interpretarlas y valorarlas adecuadamente.
El enfoque histórico de las ciencias nos muestra que la ciencia no ha sido siempre lo que es hoy....En sus orígenes se confundía con saberes prácticos, técnicas cotidianas, sentido común, mitos y filosofía (Torrado, 2004).
Cada época de la historia se caracteriza, pues, por una particular concepción del mundo e incide en la conformación de una cosmovisión a la que con frecuencia llamamos verdad (Cravero, 1992). La verdad aparece así, necesariamente, como relativa.
Sin contextualizarlos, sería incomprensible, por ejemplo, entender los cambios paradigmáticos realizados en la física durante el Renacimiento, por una parte (Galileo, Newton, Leibnitz), o los llevados a cabo a comienzos del siglo XX, por otra (Einstein, Planck, Dirac, etc.) ¿Cómo entender, por ejemplo, la tenaz resistencia a la tesis del movimiento de la Tierra o a los postulados heliocentristas del Renacimiento, sin tener en cuenta el papel predominante de la Iglesia a nivel económico, político, ideológico y cultural durante la Edad Media, o la gran resistencia que generaron las tesis evolucionistas de Darwin sin comprender lo que ello representaba para la visión de un ser humano, creado a “imagen y semejanza de Dios”, como había sustentado la Iglesia desde siglos atrás?
Somos –como diría Merani– seres histórica y culturalmente determinados. De este modo, los individuos somos por nacimiento, nos mantenemos en el ser histórico por duración y realizamos nuestro ser en las circunstancias socioculturales en que nos toca vivir (Merani, 1977).
Lo sorprendente es que la noción de la evolución había sido planteada 2.200 años atrás por Empédocles, quien se percató que mientras algunas especies desaparecen, las que permanecen lo hacen por su destreza, valor o agilidad (Farrington, 1979). El mundo entonces, con el estado de conocimientos que poseía, con sus instrumentos y actitudes sociales, claramente no estaba preparado para desarrollar apropiadamente la teoría de la evolución. Vale anotar que el mismo Darwin desconocía la existencia de los genes y de las leyes de la herencia mendeliana y no mendeliana, las cuales serían descubiertas posteriormente, cerrando de forma definitiva su teoría.
Nos hacemos las mismas preguntas que se hace la cultura, usamos sus mismos instrumentos mediáticos y tecnológicos, accedemos a los mismos libros y a los mismos medios de comunicación, redes de datos, películas, canciones y obras de teatro. Vivimos un mundo cada vez más pequeño –la globalización lo ha reducido–, en donde los problemas son cada vez más parecidos en los contextos personales, familiares, educativos, culturales y sociales. Por ello hoy por hoy es tan complejo ser creativo, ya que existe demasiada similitud entre nuestras representaciones mentales, nuestras estructuras cognitivas y valorativas, nuestras ideas y nuestros juicios de valor, al interior de una cultura, en un contexto y una época histórica determinada.
La ciencia como actividad social. Considerando estos factores, será preciso considerar a la ciencia, en primer lugar, como una actividad social y no solamente individual, para no correr el riesgo de imaginar al científico como un individuo aislado a la manera caricaturesca, tal como lo representaba Disney a través de “Ciro Peraloca”, como un ser que no vivía en el mundo cotidiano, no trabajaba en equipo, no tenía familia, ideología o necesidades; con lo que se perdían por completo de vista las inevitables incidencias históricas y culturales que tienen los conocimientos científicos y la necesaria y esencial interrelación que mantienen la ciencia y la sociedad (Bernal, 1979). En su momento, Marx habló de las “Robinsonadas de la Economía”, para referirse al equivocado intento de explicar los fenómenos sociales como si fueran realizados por individuos aislados, a la manera de Robinson Crusoe.
Aunque un solo individuo sea capaz de proponer perspectivas científicas originales y revolucionarias, es la sociedad de científicos, en primer término, y la del hombre común, en segundo, quienes habrán de evaluar, juzgar, acoger o rechazar tales descubrimientos que, como ya se dijo, estarán inmersos en el marco contextual en que ocurran. Por tanto, el cambio paradigmático se da únicamente por un acuerdo social.
Como afirmara hace algunas décadas Alberto Merani (1969):
El pensamiento, por lo demás, no es un puro acto del individuo; corresponde al conjunto de los individuos, y no de una generación, sino de todas las que se han sucedido a lo largo de la historia de la humanidad. Hecho individual, por una parte, también lo es, a igual título, social.
O como años atrás sustentara Albert Einstein (1932):
Un individuo aislado al nacer permanecería en un estado tan primitivo del sentir y del pensar, como difícilmente podríamos imaginarlo. Lo que es y lo que significa el individuo no surge tanto de su individualidad como de su pertenencia a una gran comunidad humana, que guía su existencia material y espiritual desde el nacimiento hasta la muerte.
La sistematicidad de la ciencia. La sistematicidad es la segunda característica que quisiéramos resaltar. La ciencia pretende ser sistemática y organizada en sus búsquedas, en sus métodos y en sus resultados. Se preocupa por organizar sus ideas de la manera más coherente posible, tratando de incluir todo conocimiento en conjuntos y clases cada vez más amplios, para establecer conceptos, principios, leyes, redes de conceptos y paradigmas. No pasa por alto los datos que pueden ser relevantes para un problema sino que, por el contrario, pretende conjugarlos dentro de teorías, hipótesis y leyes más generales. El conocimiento científico se organiza así en estructuras jerárquicas en las que los conceptos más inclusivos ocupan la más alta jerarquía y los conceptos más particulares un lugar más bajo. Se establecen de esta forma leyes, principios, conceptos y redes conceptuales, organizadas de manera jerárquica.
Por oposición, el conocimiento cotidiano carece de estos niveles de jerarquía y organización, ya que es mucho más espontáneo, desorganizado, subjetivo, vivencial y asistemático. En otras palabras, es menos riguroso y se expresa a través de juicios laxos en situaciones cotidianas sobre, por ejemplo, el clima, la política o los deportes, entre otros.
La ciencia explicativa. La ciencia procura explicar por qué ocurren los sucesos observados de un hecho, identificando las condiciones que hacen posible su expresión; dichos esclarecimientos deben ser formulados de tal manera que puedan ser sometidos a pruebas empíricas y a confrontaciones teóricas, aunque éstas generalmente no son suficientes para que una teoría científica desplace o mejore a otra; esto sólo se consigue si la nueva teoría demuestra que posee un mayor valor explicativo y argumentativo (Ruiz y Ayala, 1998). Para Putnam (1985) una teoría es aceptada cuando logra éxitos explicativos fundamentales. De allí que podamos afirmar que una tercera característica de la ciencia está dada por su finalidad de explicar. La ciencia es explicativa de lo real y de lo simbólico.
La racionalidad. Esta es otra de las características que podemos tener en cuenta para definir la actividad científica, y está referida al hecho de que la ciencia utiliza la razón como arma esencial para llegar a sus interpretaciones y resultados. Los científicos trabajan, en la medida de lo posible, con conceptos, redes conceptuales, categorías, paradigmas, juicios y razonamientos. Los enunciados que realizan son combinaciones lógicas de esos elementos conceptuales que intentan ensamblar de la manera más coherente posible, evitando las contradicciones internas, las ambigüedades y las confusiones que la lógica nos invita a superar. En este sentido, el conocimiento científico tiende a distanciarse del conocimiento común o “vulgar”, y por ello intenta delimitar y precisar su lenguaje, aspecto casi nunca presente en los discernimientos cotidianos. El conocimiento científico pretende ser más preciso y por ello debe crear, delimitar y restringir el uso de los términos. Con el lenguaje natural sucede en general lo contrario: es en esencia polisémico y un mismo término representa múltiples conceptos. Con ello, el conocimiento cotidiano pierde rigor y precisión frente a lo que se busca con el conocimiento científico2.
La racionalidad tiende también a alejar a la ciencia de la religión y del dogma, así como de los sistemas donde aparecen elementos no-racionales o donde se apela a principios explicativos extra o sobre-naturales; así mismo, intenta separarla también del arte y de la estética, dimensiones en las que la razón aparece en mayor medida vinculada a la expresión de sentimientos y sensaciones. Precisamente por ello, la modernidad, según la original expresión de Habermas (citado por De Zubiría, S, 1999), le entregó a la ciencia la custodia del mundo. Para la modernidad, los límites y la diferenciación entre el arte, la ciencia y la religión son claros y están delimitados con precisión, primando entre ellos, la ciencia como sistema para explicar lo real. En términos de Morin (2000), “Si la modernidad se define como fe incondicional en el progreso, en la técnica, en la ciencia y en el desarrollo económico, entonces esta modernidad está muerta”. Y podría tener razón, ya que como veremos en el próximo aparte, estos límites entre ciencia, arte y religión y las posibles diferencias entre ellos son más tenues y menos precisos en las lecturas actuales, en las que tienden a predominar visiones menos universales y que en mayor medida involucran el relativismo, la complejidad y la transversalidad.
Búsqueda de la objetividad. La palabra objetividad se deriva de objeto; es decir, de la cosa o problema que se estudia y sobre el cual deseamos saber algo. Objetividad significa; por lo tanto, que se procura obtener un conocimiento que concuerde con la realidad del objeto, que lo describa o lo explique tal cual es y no como nosotros desearíamos que fuese, elaborando proposiciones que reflejen sus cualidades. Lo contrario es la subjetividad, lo que se presenta cuando las ideas tienden a nacer de la lectura individual, del prejuicio, de la costumbre, de la tradición, de las opiniones, deseos o impresiones del propio sujeto. Para poder luchar contra la subjetividad es preciso que nuestros conocimientos puedan ser verificados por otros, que cada una de las proposiciones que elaboremos sea comprobada y demostrada en la realidad material y simbólica, sin dar por aceptado nada que no pueda sufrir este proceso de argumentación y verificación. La argumentación permite discernir y evaluar entre dos o más ideas y, por ello, es y seguirá siendo una manera esencial para aceptar o rechazar un juicio. En términos de Habermas (2002):
La argumentación continúa siendo el único medio disponible para cerciorarse de la verdad, ya que las pretensiones de verdad que devienen problemáticas no pueden examinarse de otra forma. No hay ningún acceso inmediato, ningún acceso que no esté filtrado discursivamente, a las condiciones de verdad de las creencias empíricas.
En este punto es conveniente mostrar las diferencias entre verdades demostradas a la luz del conocimiento científico durante un periodo y en un contexto histórico y social particular, por una parte, y juicios de valor, por otra. Las primeras son aceptadas por el hombre a la luz de lo factible o lo probable, de la demostración, de la experimentación o de la argumentación en un momento y un contexto determinado. Los segundos, corresponden a apreciaciones de los sujetos y, por tanto, expresan opiniones. Así, por ejemplo, afirmaciones como el delfín es bonito o los seres humanos deberíamos ser más solidarios, son valoraciones del sujeto –individuo o colectividad–, por lo que no necesariamente encontramos argumentos para demostrar su verdad o falsedad. Los juicios de valor, por consiguiente, están fuera del dominio de la ciencia (Frondizi, 1994), aunque el uso de la ciencia obligue a enfrentar múltiples tipos de dilemas éticos.
Con los fenómenos sobrenaturales ocurre algo similar, ya que no hacen parte de la ciencia, dado que, no se dispone de ningún método para su verificación o demostración lógica (Tamayo-Tamayo, 2000). En este sentido, la existencia de Dios no puede ser demostrada ni empírica ni argumentativamente y, por consiguiente, hace parte de una creencia o fe, la cual se tiene o no se tiene. Todos los intentos lógicos por demostrar su existencia –o por demostrar que no existe– fallan en algún momento de la cadena argumentativa o de la verificación. Corresponde a un terreno de la creencia, no susceptible de argumentar, contraargumentar o verificar.
Una de las tareas esenciales de la ciencia debe ser entonces la búsqueda de la objetividad, aunque no podamos alcanzar sino una aproximación a ella, pero, como refiere Lorenzano (1992), de ser así ¿para qué reemplazamos una teoría falsa por otra cuya falsedad se tratará de demostrar, hasta finalmente lograrlo? Para este autor hacemos ciencia porque cada nueva teoría es una mejor aproximación a la verdad; una teoría reemplaza a otra por su mayor rigor y exactitud o por su mayor aproximación empírica, por lo que el avance de la ciencia, si bien no lleva a un conocimiento más verdadero, sí intenta aproximarnos a uno más adecuado y explicativo.
Esta misma idea la sintetiza Rescher (1994) del siguiente modo: “No tenemos más remedio que reconocer que nuestra ciencia, tal como existe aquí y ahora, no nos representa la verdad real; lo máximo que puede hacer es proporcionarnos una estimación tentativa y provisional de ella”. El conocimiento científico, como todas las demás creaciones humanas, tiene una duración limitada y no será perdonado por el tiempo, ya que no sólo no podemos afirmar que estemos alcanzando la verdad o que nos estemos acercando a ella, pues no sabemos en dónde se encuentra; “... del mismo modo que nosotros creemos que nuestros predecesores de hace cien años tenían una idea fundamentalmente inadecuada del contenido del mundo, también nuestros sucesores de dentro de cien años serán de la misma opinión acerca de nuestro presunto conocimiento de las cosas”.
Evidentemente, la búsqueda de la objetividad es necesariamente una construcción humana y, tal como refería Protágoras cuatro siglos y medio antes de Cristo: “El hombre es la medida de todas las cosas”; es decir, la realidad depende de quien la construye. Adiciona Ángel-Maya que esta posición fue compartida por muchos filósofos, incluido Nietzsche, quien expresó: “...no podemos saber nada del mundo en sí. Cada cultura construye sus propias mentiras para interpretarlo” (Citado por Ángel-Maya (2001). Kant también apoyó esta idea al referir que la percepción que hace el sujeto sobre el objeto viene dada o está determinada por las características cognitivas o los procesos mentales de los seres humanos, por lo que no se puede decir nada objetivo de la “cosa en sí” (Cit. Por García Morente, 2002).
Como puede verse, el problema de la objetividad es mucho más complejo de lo que podría pensarse a primera vista, ya que en todas nuestras apreciaciones va a existir siempre una carga de subjetividad, prejuicios, intereses, valores y conceptos previos de los que participamos muchas veces, a nivel incluso inconsciente. Este problema se agudiza cuando nos referimos a los temas que más directamente nos conciernen, como son los de la sociedad, la economía, la educación de los hijos o la política, en los cuales puede decirse que estamos involucrados en mayor medida y somos a la vez investigadores y objetos investigados. Por eso no debemos decir que la ciencia es plenamente objetiva, como si pudiese existir un pensamiento totalmente liberado de subjetividad, sino que la ciencia intenta o pretende ser objetiva y trata de alcanzar un fin que, en plenitud y en términos absolutos, resulta inalcanzable.
La generalidad3. Esta es otra característica destacable de la ciencia. La preocupación científica no es tanto ahondar y completar el conocimiento de un solo objeto aislado, sino lograr que cada conocimiento parcial sirva como puente para alcanzar una comprensión de mayor alcance. Para el investigador, por ejemplo, carece de sentido conocer todos los detalles constitutivos de un determinado trozo de mineral: su interés se encamina preponderantemente a establecer las leyes o normas generales que nos describen el comportamiento de todos los minerales de un cierto tipo, tratando de elaborar enunciados amplios, aplicables y categorías completas de objetos. La generalización ha sido esencial a la ciencia y al pensamiento. De este modo, tratando de llegar a lo general y no deteniéndose exclusivamente en lo particular, es que las ciencias intentan abordar explicaciones cada vez más valiosas para elaborar una visión panorámica de nuestro mundo.
La falibilidad. Es la última característica de la ciencia a que nos vamos a referir. Los científicos reconocen explícitamente la propia posibilidad de equivocación. Es en esta conciencia de sus limitaciones donde reside su verdadera capacidad para autocorregirse y superarse, para desprenderse de todas las elaboraciones aceptadas cuando se comprueba su falsedad. Gracias a ello es que nuestros conocimientos se renuevan constantemente y que intentamos marchar hacia un progresivo mejoramiento de las explicaciones que damos a los hechos. Al reconocerse falible, todo científico abandona la pretensión de haber alcanzado verdades absolutas y finales y, por el contrario, sólo se plantea que sus conclusiones son válidas en un contexto histórico, social y cultural determinado. En consecuencia, toda teoría, ley o afirmación está sujeta, en todo momento, a la revisión y la discusión, lo que permite perfeccionarlas y modificarlas para hacerlas cada vez más objetivas, racionales, sistemáticas y generales.
Este carácter abierto y dinámico que posee la ciencia la distancia de los dogmas que agitan la bandera de la verdad infalible, lo que le proporciona a la primera, ventaja para explicar hechos que los segundos no interpretan o explican adecuadamente, puesto que no están en capacidad de asimilar cambios generados por el propio contexto histórico, cultural o de conocimientos, por lo menos sin crear contradicciones evidentes. Es, de algún modo, una de las diferencias más importantes que la distinguen de otros modelos de pensamiento, sistemáticos y racionales muchas veces, pero carentes de la posibilidad de superarse a sí mismos.
Los orígenes de la ciencia
Mucho antes del origen de la civilización occidental, los hombres habían acumulado infinidad de informaciones sobre la naturaleza, vinculadas con el movimiento de los astros, la recolección de frutos y semillas, la fabricación de armas y la caza de animales, el fuego y el movimiento de los objetos, entre otros. Cada uno de estos conocimientos facilitaba la adaptación y la supervivencia humanas; ayudaba a la subsistencia, a la convivencia social, o a elevar el nivel de vida. Toffler (1994), por ejemplo, considera el conocimiento de la siembra de cultivos agrícolas como el más importante en la vida humana hasta la revolución industrial; y de allí que piense que dicho conocimiento constituye la Primera Ola en la historia humana.
Según dicha perspectiva, hace ya 8.000 años se inició una profunda transformación que permitió al hombre dejar de deambular por el mundo, accediendo al sedentarismo y a la vida urbana y dando origen a la mayor división social del trabajo en la historia, con la aparición de los agricultores, la propiedad privada, los administradores, la producción, los excedentes, las clases sociales, el ejército y el Estado, entre otros (Engels, 1884, edición de 1976). De hecho, nos permitió romper el mecanismo de control demográfico que tiene la naturaleza con cada una de las especies vivientes, condición que nos ha llevado a sobrepoblar el planeta. Y esta transformación fue producto de un conocimiento humano organizado y sistematizado: el cultivo de la tierra.
La ciencia en sus orígenes se debió referir a conocimientos aplicados a la resolución de los problemas que aquejaban a la especie humana primitiva. Es así como el hombre aprendió a romper piedras de tal forma que el filo de ellas permitiera adecuadamente el corte de la carne; prontamente debió pasar a dar forma a las piedras, construyendo hachas o cuchillos e igualmente, a moldear otros elementos como la madera y los huesos, para fabricar lanzas, agujas y otros utensilios, hasta llegar, de forma gradual, a laborar los metales.
En tal sentido, Cid et al. (1977) nos señalan que “… los hombres aplicaron gran cantidad de conocimientos técnicos y científicos antes de ser conscientes de que poseían alguno.”
Tales conocimientos se fueron perfeccionando por el azar, el ensayo y error o la inferencia, a la vez que se fueron transmitiendo de generación en generación por medio de la palabra hablada. Se estima que hace cien mil años ya sabíamos manejar el fuego; hace diez mil años la agricultura y los ciclos de las plantas así como los principios de construcción en piedra y madera; hace cinco mil años, la rueda y la escritura. Muchos de estos hallazgos se dieron en la Baja Mesopotamia y a los babilonios se les atribuye el nacimiento de la ciencia, 2500 años antes de Cristo, con la creación de sistemas de medidas, que llevó al surgimiento de la aritmética, el uso del calendario anual, concomitante con las medidas del tiempo como los meses, las semanas, los días, las horas, los minutos y los segundos. Aun así, para los babilonios el conocimiento estaba dado por Dios (Dampier, 1972).
La Escuela Griega de los siglos V a IV antes de Cristo, denominada la Edad de Oro de Grecia, surgió gracias a la gran influencia que recibió de los desarrollos previos de los egipcios, los babilonios y de pueblos del Cercano Oriente. Durante este periodo se catapultó el conocimiento científico, pasando de un saber principalmente aplicado, a uno teórico, lo que permitió a su vez grandes desarrollos en la construcción, la astronomía, la navegación y la medicina.
Para muchos investigadores, el legado más importante de esa Escuela fue esbozado por Tales de Mileto, quien manifestó que: El Universo se conduce de acuerdo con ciertas “leyes de la naturaleza” que no pueden alterarse, de lo que se colige que: La razón humana es capaz de esclarecer la naturaleza de las leyes que gobiernan el universo. Estos dos planteamientos constituyen una ruptura medular con el pensamiento babilónico, según el cual el conocimiento viene de Dios; es este aporte de Tales de Mileto el que define el concepto de ciencia que permanece hasta nuestros días (Asimov, 1984).
La episteme o idea del saber es creación de Aristóteles; proviene del griego y su significado primordial es: saber, conocimiento, ser capaz de, saber con certidumbre, estar bien informado. Del griego pasó al latín como Scientia. El fin, en cualquiera de los casos, consistía en organizar y sistematizar el conocimiento humano.
La teoría del conocimiento o epistemología, como rama especializada, aparece tan sólo hasta el siglo XIX (Sierra-Gutiérrez, 2004). La epistemología se refiere a la teoría de la ciencia. También a la filosofía de, en, desde, con y para la ciencia; describe sus problemas, métodos, técnicas, estructura lógica, resultados generales, implicaciones filosóficas, categorías e hipótesis. Se trata de una filosofía que pretende serle útil a la ciencia al revisar sus fundamentos; si se quiere, se refiere a la metaciencia o ciencia de la ciencia (Bunge, 1996).
La epistemología se sitúa como la teoría del conocimiento científico y se caracteriza por su método, razón por la cual podemos decir que la epistemología de la ciencia es el método científico. Toda ciencia está estructurada por dos elementos básicos: la teoría y el método de trabajo (Tamayo-Tamayo, 2000).
La epistemología hoy día, ha logrado relativa independencia del quehacer filosófico para convertirse en una labor estructurante de cada ciencia. “En tanto discurso sistemático, la epistemología encontraría en la filosofía sus principios y en la ciencia su objeto, tendiendo así un puente entre estas dos formas de discurso racional. La ciencia sería un pretexto para filosofar” (Sierra-Gutiérrez, 2004).
Al respecto, debe enfatizarse el hecho de que las discusiones epistemológicas llegan a acuerdos entre científicos sobre, por ejemplo, cómo buscar el conocimiento, sus métodos, técnicas e instrumentos, pero, por la misma razón, no corresponden a verdades sino a juicios de valor. Esta obviedad que parece una verdad de Perogrullo, con frecuencia se desconoce en discusiones entre científicos que se empecinan en tratar de construir argumentos para probar la validez de tales juicios, como si se tratase de verdades.
Los límites de la ciencia
Hasta la década del sesenta, el positivismo dominaba la mayor parte de los espacios de creación científica y prácticamente monopolizaba los programas de investigación y las explicaciones ontológicas y epistemológicas en torno al conocimiento. La realidad era vista como única, ajena e independiente de los intereses de los observadores y orientada por leyes naturales que el trabajo científico tendría que descubrir mediante procesos de generalización e inducción. Sólo era considerado como científico aquello que era susceptible de ser medido y verificado. Esta manera de leer lo real le permitió al positivismo concluir que el conocimiento se podía ir acumulando a partir del avance presentado en los descubrimientos de las leyes que regulan el funcionamiento de la naturaleza y la sociedad.
Sin embargo, en las últimas cuatro décadas se ha presentado una profunda reconceptualización de lo que es la ciencia y la manera de interpretar y entender lo real, que obliga a relativizar el planteamiento inicial vigente hasta los años sesenta. Como afirma Morin, el mayor aporte del conocimiento en el siglo XX, fue el conocimiento de los límites del conocimiento (Morin, 2001). Y esta profunda transformación estuvo asociada a diversos procesos científicos y epistemológicos que se originan en las reflexiones de la física desde las primeras décadas del siglo pasado. Asimismo, resulta esencial para comprender los límites de la ciencia el que se retomen aspectos esenciales de las reflexiones introducidas por los epistemólogos Tholmin, Kuhn, Lakatos y Popper; las reflexiones epistemológicas de Piaget y los constructivistas, la revolución cognitiva de los años sesenta; y más recientemente, los desarrollos de la teoría de la complejidad (Morin, 1981 y 2001).
Desde 1905, Einstein había resaltado el papel del sujeto y del contexto en la interpretación de la realidad, en lo que se conoce como la Teoría restringida de la relatividad. De acuerdo con ella, a escalas supremamente grandes y a velocidades cercanas a la luz, un mismo hecho podría interpretarse de manera diferente por observadores ubicados en diferentes lugares. Partiendo de que todos los observadores externos estarían de acuerdo en la constancia de la velocidad de la luz, Einstein acabó con la idea de un tiempo absoluto, al demostrar que observadores diferentes registrarían tiempos distintos para medir un haz de luz. En la teoría de la relatividad no existe un tiempo absoluto único, sino que cada individuo posee su propia medida personal del tiempo, medida que depende de dónde está y cómo se mueve (Hawking, 1989).
Por su parte, el científico alemán Werner Heisenberg (Premio Nobel de física en 1932) formuló en 1927 el principio de incertidumbre, agregando nuevos elementos al carácter relativo de la interpretación de la realidad. Este investigador señala que para poder predecir la posición y la velocidad futura de una partícula resulta necesario medir con precisión la ubicación y la velocidad actual de ésta. Lo que demuestra Heisenberg es que al medir la posición, ésta es alterada por la velocidad y, debido a ello, entre mayor precisión sea lograda en la determinación de la ubicación, menor exactitud será alcanzada en su velocidad y viceversa. De esta manera, en el campo de las partículas no se pueden predecir los acontecimientos futuros con exactitud, ya que ni siquiera es posible medir su posición y velocidad actual (Hawking, 1989).
Kuhn (1962, edición 1980) plantea, de manera más directa y explícita, la necesidad de elaborar un paradigma alterno al paradigma positivista a través de su extraordinaria obra en torno al origen y a la naturaleza de las revoluciones científicas. Para Kuhn, los científicos elaboran modelos explicativos, acordados y aceptados por la comunidad académica, paradigmas históricamente determinados y por tanto sujetos a variaciones futuras y provenientes de variaciones anteriores. En la formulación y aceptación de estos paradigmas no participa la comunidad en pleno sino tan sólo la comunidad científica y, posteriormente, se transfiere al resto de la sociedad. Los científicos presentan entonces interpretaciones relativas de la realidad, las cuales han sido y seguirán siendo reinterpretadas. La ciencia no es, por tanto, un proceso sucesivo y acumulativo de conocimientos individuales que permita de manera lineal acercarse gradualmente a lo real, sino una constante reinterpretación realizada a partir de los paradigmas vigentes en cada época. Esta posición ante la ciencia y la historia de la ciencia, representará una sensible reinterpretación del conocimiento y gestará en sus propios términos, una verdadera revolución científica epistemológica.
Para Popper, el investigador carente de ideas y posibilidades no puede acercarse a la naturaleza para extraer inductivamente de ella las verdades. Se observa siempre desde un marco de referencia, desde alguna teoría; por consiguiente, el observador no es imparcial como creía el positivismo, sino que, armado de un conjunto de hipótesis se acerca a la realidad para comprobarlas. Si éstas no resultaren verdaderas, las hipótesis provisionales serían falseadas y refutadas a la luz de las observaciones empíricas, lo que obliga al investigador a abandonarlas y a crear unas nuevas, las cuales serán sometidas al mismo proceso descrito de falsación.
De esta manera, Popper se distancia del positivismo al considerar al observador como un ser parcializado, e inicia el tránsito hacia una ontología relativista; si la interpretación depende del observador, las consecuencias que de ella se deriven también tendrán que depender de aquel y en dicho sentido la ciencia se convierte en un proceso interpretativo en el cual participa subjetivamente el investigador.
Lakatos (1983) recoge y refuta los planteamientos de Popper al considerar que las teorías no pueden reducirse a un conjunto de hipótesis las cuales han de ser contrastadas para su comprobación o infirmación, sino que deben tratarse como verdaderos programas de investigación que representan entes complejos y altamente organizados, compuestos por un núcleo central formado por las hipótesis principales y un cinturón protector establecido para resguardar al núcleo en el cual están ubicados hipótesis auxiliares y los eventuales supuestos subyacentes.
Kuhn (1962, edición 1980) recoge y profundiza los planteamientos de Popper y Lakatos, y trabajando sobre la historia de la ciencia, particularmente de la Física y la Biología, completa la revolución epistemológica iniciada por Popper en la concepción de la naturaleza y la ciencia. Para Kuhn, el carácter de la ciencia proviene de los paradigmas y no de los métodos que utiliza.
Los paradigmas son considerados como principios reconocidos y aceptados por la comunidad científica, que durante cierto tiempo44 le proporcionan preguntas, modelos y parámetros para analizar problemas y encontrar soluciones a estos. Son, por consiguiente, los lentes conceptuales con los cuales los científicos leen e interpretan la realidad, se hacen las preguntas y orientan las respuestas.
Una vez aceptados los paradigmas por la comunidad científica, se desarrolla la ciencia “normal”, cuyo objetivo es resolver los problemas planteados dentro de los parámetros delimitados por ellos. La ciencia normal se desarrolla hasta que llega un momento en el cual comienzan a aparecer inconsistencias y contradicciones que el paradigma vigente no puede explicar. En estos casos sobreviene una revolución científica, mediante la cual se introducen nuevos paradigmas, los cuales disputarán a los anteriormente aceptados, el apoyo y el reconocimiento de la comunidad científica. La revolución se da cuando esta comunidad científica acepte e incorpore los nuevos paradigmas.
Toulmin (1979) acoge la caracterización que hace Kuhn de los paradigmas pero se distancia de éste en la concepción del carácter de las revoluciones científicas.
Para Kuhn (1962, edición, 1980), los científicos aceptan el nuevo paradigma mediante rupturas epistemológicas y no mediante un proceso de deliberación y acuerdo en la comunidad científica. En sus propios términos:
Los paradigmas no pueden ser corregidos por la ciencia normal. En cambio, como ya hemos dicho la ciencia normal conduce sólo, en último análisis, al reconocimiento de anomalías y a crisis. Y éstas se terminan no mediante deliberación o interpretación, sino por un suceso repentino y no estructurado, como el cambio de forma (Gestalt). Entonces los científicos hablan con frecuencia de las vendas que se les caen de los ojos o de la iluminación repentina que inunda un enigma previamente oscuro, permitiendo por primera vez su resolución.
El carácter revolucionario asignado por Kuhn a los cambios paradigmáticos ha sido criticado por Toulmin desde la epistemología y por Nussbaum (1995) y las corrientes pedagógicas contemporáneas actuales desde la educación; aun así, le reconocen su papel pionero en la interpretación de que los ‘’hechos’’ están cargados de teoría y de que la ciencia no descubre realidades ya hechas, sino que construye o crea modelos para interpretarla, elementos que, como hemos visto, son esenciales en el paradigma constructivista.
A diferencia de Kuhn, Toulmin tiene una visión gradualista y ecológica del cambio científico. Al aplicar el paradigma darwiniano de la evolución a la educación, formula un concepto evolutivo de las poblaciones conceptuales. Darwin había logrado explicar simultáneamente, mediante los conceptos de selección natural y variación, la continuidad y la conservación de las especies por un lado y, por otro, la variación de éstas, siendo procesos aparentemente contradictorios. Toulmin se enfrenta a un dilema similar y lo resuelve utilizando la analogía darwiniana de la selección y la innovación. De esta manera, cualquier transformación de la población conceptual será gradual y no revolucionaria como lo propone Kuhn, en tanto que es parcial y está sometida a la crítica de la comunidad académica.
Toulmin (en Ruiz y Ayala, 1998), al analizar esta analogía entre la evolución de los conocimientos y la teoría de la selección natural de Darwin señala que la ciencia evoluciona a partir de un proceso de competencia entre teorías que son enfrentadas entre sí y aceptadas o rechazadas por la comunidad científica. Por tanto, unas sobreviven mientras otras se extinguen. Kuhn (1962, edición, 1980) aprecia de modo diferente el desarrollo de la ciencia y establece que ésta se desarrolla en dos etapas: una, a la que denomina ciencia normal y está caracterizada por la acumulación del conocimiento; y otra, a la que llama ciencia revolucionaria, se caracteriza porque en ella se rompen esos cauces y se establecen nuevas concepciones teóricas y metodológicas. A los estados de conocimiento de estas últimas los denomina paradigmas y sus transformaciones constituyen revoluciones científicas, patrón usual de desarrollo de una ciencia madura. Subraya Kuhn, que los paradigmas surgidos en diferentes ciencias no deben entrar en contradicción entre sí.
Expuesta la posición de algunos de los epistemólogos contemporáneos más importantes en torno a si la ciencia evoluciona progresivamente o lo hace mediante revoluciones científicas, recurriremos a Piaget, a quien debemos por lo menos en buena parte, la idea de que hoy en día el conocimiento no se considera una copia de la realidad, sino una construcción del ser humano.
Es esencialmente Piaget quien formula de manera más directa, clara y completa una teoría del conocimiento desde una perspectiva constructivista. Como es sabido, Piaget no formuló propiamente una teoría del aprendizaje; sus esfuerzos estuvieron concentrados en desentrañar el carácter y la naturaleza de la formación de las estructuras cognitivas con las cuales interpretamos el mundo. Por consiguiente, su teoría aborda las preguntas relacionadas con la manera como el individuo se representa el mundo y el cambio que estas representaciones tienen hasta la adolescencia. Con ello Piaget formuló uno de los elementos más significativos de la epistemología constructivista contemporánea, al sustentar que nuestra relación con el mundo está mediatizada por las construcciones mentales que ya tenemos de él, que éstas están organizadas en forma de estructuras jerarquizadas y que varían cualitativamente en el proceso evolutivo del individuo en busca de equilibrios cada vez más estables y duraderos. Contradiciendo el sentido común, su teoría sostuvo que algunas de las categorías fundamentales de la realidad no están en la realidad sino en nuestras propias mentes (Pozo, 1987).
Para fundamentar la mediación que realizan nuestras construcciones mentales, Piaget recurrió al concepto central de esquema. De esta manera, la realidad material y simbólica es interpretada según los esquemas que hayamos previamente construido. El conocimiento no era entendido como una copia de la realidad, como sostuvieron algunos a partir de la teoría del reflejo, sino una construcción del ser humano y esta construcción es realizada por el ser humano, con los esquemas que ya posee; es decir, con los instrumentos que construyó en su relación anterior con el medio.
Los esquemas son así representaciones de situaciones concretas que actúan a la manera de instrumentos cognitivos. Para Piaget, gracias a la manipulación y experimentación con el mundo externo, el infante construye sus primeros esquemas. A manera de ejemplo puede pensarse en el esquema generado por la musicalidad dada por el movimiento de un sonajero o el esquema de prensión formado a partir de agarrar distintos tipos de objetos. En cada uno de los casos anteriores, los esquemas permitirán al menor interactuar con la realidad y, de esa manera, intentarán asimilar los distintos objetos y eventos que se le presenten. Así, al tomar una cuchara, la manipulará de manera análoga a lo realizado con el sonajero, intentando producir un sonido similar. La cuchara es así asimilada al esquema del sonajero. Al no producirse el sonido esperado o al generarse uno significativamente diferente, el menor modificará su esquema inicial, acomodándolo a la nueva experiencia. La acomodación es así producto del desequilibrio generado por el intento de asimilar la cuchara al esquema de sonajero previamente construido. Los conceptos de asimilación y acomodación en Piaget deben, por tanto, interpretarse a partir del concepto piagetano de esquema.
Piaget, por ende, formuló una teoría del conocimiento y no propiamente una teoría del aprendizaje. Su trabajo le permitió desentrañar el carácter y la naturaleza de la formación de las estructuras con las cuales interpretamos el mundo. Por consiguiente, su teoría aborda las preguntas relacionadas con la manera como el individuo se representa el universo y el cambio que estas representaciones tienen hasta la adolescencia.
Para Piaget los mecanismos del aprendizaje son iguales en los diferentes momentos del desarrollo evolutivo del individuo e independientes del contenido que va a ser aprendido. El mecanismo básico de adquisición del conocimiento es constante; es decir, una “invariante funcional’’. Este mecanismo consiste en una tendencia hacia el equilibrio, el cual se alcanza mediante los procesos de asimilación y acomodación.
Es indudable en Piaget la potencia de los conceptos de estructura, esquema, asimilación y acomodación, entre otros, así como su claridad al desentrañar la manera como conocemos el mundo, como construimos esquemas y como estos cambian en el desarrollo genético del individuo.
En especial, es de resaltar la reivindicación del papel activo del sujeto en el proceso de apropiación de la cultura. Enfrentándose a la Psicología asociacionista y a Durkheim, demostró que el conocimiento no es un reflejo o copia de la realidad, sino una elaboración en la que el sujeto cumple un papel esencial. Esta será la piedra angular sobre la cual se elaborará la plataforma constructivista y, sin lugar a dudas, representa un indiscutible avance en la explicación e interpretación del conocimiento humano.
Más recientemente Morin (2000, 2001) desarrolló estos principios e insistió en que no hay conocimiento que no esté, en algún grado, amenazado por el error y por la ilusión. El conocimiento se entiende así como fruto de una traducción-reconstrucción mediada por el lenguaje y por el pensamiento y por ende, necesariamente propenso al error y a la ilusión. Todo conocimiento es entendido como una interpretación, dado que es leído e interpretado por un ser humano que posee paradigmas, sentimientos, ideologías y afectos; y es precisamente con ellos con los que lee e interpreta la realidad.
Hasta la memoria está sujeta a error e ilusión, como lo demuestra la original y profunda película Amnesia, conocida también con el nombre de Memento, la cual muestra el carácter subjetivo e interesado de la memoria. La película aborda la pregunta: ¿Qué pasaría si sólo tuviéramos memoria de muy corto plazo? La película demuestra el carácter subjetivo de nuestra propia memoria y con ello le da fuerza a la teoría de Morin (2000) cuando afirma que:
Conocer es navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas.
Acaso, ¿usted mismo no duda de sus propios recuerdos e incluso de si pasaron o no en realidad? ¿Cuántas veces nos hacemos la pregunta sobre si un hecho pasó en la realidad, lo soñamos, lo leímos, lo escuchamos, o simplemente lo inventamos?
O como lo expresa hermosamente García Márquez (2003) en el epígrafe de su autobiografía “Vivir para contarla”:
La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.
En síntesis, las verdades hoy deben considerarse relativas (dependen del paradigma con el que se les mire), contextuales (dependen de la situación social y cultural en el que se interpreten) e históricas (dependen del contexto histórico en el que se estén analizando).
Vale resaltar que durante las últimas décadas ha proliferado una nueva visión de la forma de hacer ciencia soportada en la concepción holística, sistémica y compleja de los estudios principalmente sociales, que ha encontrado en Morin uno de sus más connotados teóricos; y en nuestro medio uno de sus más importantes defensores será Rodolfo Llinás, a partir de su original teoría sobre el funcionamiento del cerebro, a la que nos referiremos unas páginas después.
Para Morin el principio de complejidad se refiere a la existencia de fenómenos que no pueden ser explicados de forma fragmentada mediante principios simples. La complejidad de un sistema se reconoce por el tejido entramado de interacciones, que dificulta su certidumbre y su predicción. Lo complejo se reconoce por diversos rasgos como la necesidad de incluir el entorno para explicar el objeto de estudio; o cuando el objeto más que objeto se constituye en sistema organizado (Solana, 1998).
Así, por ejemplo, la complejidad del hombre y de las sociedades se reconoce en la cultura, en su relación con el medio ambiente y en un patrimonio genético subyacente. La cultura es propia de la organización social de un ser biológico que se debate permanentemente entre dos fuerzas: las dependencias genéticas y las dependencias culturales (Morin, 2000). De igual modo, la complejidad se reconoce en la presencia de bucles de retroalimentación: el hombre y la sociedad afectan el entorno pero a la vez son afectados por éste (Solana, 1998).
El pensamiento complejo o como también lo llama Morin, ecologizado, es una estrategia de observación del objeto de estudio que involucra el contexto y el medio ambiente en que éste ocurre, puesto que se fundamenta en el estudio de sistemas abiertos que interaccionan con su entorno. Es, si se quiere, la mirada holística del conjunto de variables que inciden en él. Morin aboca este pensamiento en especial en el estudio de las ciencias sociales que al tratar de emular los métodos de las ciencias naturales, fracasaron al fraccionar el sistema social y, con ello, perder de vista elementos destacados del mismo: historia, contexto, variables que favorecieron el acontecimiento, etc.
Destaca Morin, sin embargo, que la visión compleja debe compartir nicho con la mirada simple y lineal (en contravía a la descalificación peyorativa que se pretende desde algunos científicos sociales a las ciencias naturales por su enfoque reduccionista), y su incursión está abocada a aquellos objetos de investigación que por su carácter complejo, no puedan ser explicados apropiadamente con un enfoque simple. Se trata de una contemplación intermitente de las partes y del todo. Morin anota que el método experimental no es apropiado para estos estudios, pues extrae al objeto de su entorno natural para situarlo en un entorno artificial y controlado donde el comportamiento del objeto ya no es el mismo (Morin, 1981).
Para cerrar este apartado y en otro orden de ideas, vale anotar que Rescher (1994) nos refiere que hay dos tipos de ignorancia: la primera, asociada a las preguntas meramente incontestables y la segunda, a las impreguntables. Las primeras suponen que el estado del conocimiento no permite resolver tales preguntas, mientras que las segundas denotan una ignorancia de un nivel más profundo porque ni siquiera llegamos a plantear la cuestión. Noam Chomsky, sugirió algo muy similar cuando expresó que nuestra ignorancia se podía dividir en problemas y misterios. Cuando abordamos un problema, puede que no sepamos su solución, pero tenemos un conocimiento cada vez mayor, intuición y ciertas ideas acerca de qué andamos buscando. En cambio cuando tenemos un misterio, sólo podemos quedarnos fijamente maravillados y desconcertados, sin saber qué aspecto tendría una explicación (Citado por Pinker, 2001).
Clasificación de las ciencias
Para Sober (1996), como para muchos otros científicos, la “ciencia” debería referirse a un término único que abarcase todas las disciplinas del conocimiento. Aun así, la ciencia suele dividirse de múltiples maneras y en la literatura se encuentran diversas clasificaciones que varían según unos y otros autores. Quizá la clasificación más universal es aquella que se refiere a las ciencias formales y a las ciencias fácticas (Bunge, 1996).
En las ciencias formales se encuentran la lógica y las matemáticas, las cuales se fundamentan en el método deductivo –aunque también se valen de otros– y su propósito es la demostración de teoremas y postulados. Trabajan con conceptos abstractos producidos sin referencia directa a objetos percibidos por la experiencia (Ladrón de Guevara, 1981). Para ello, parten de un sistema axiomático o conjunto de proposiciones aceptadas o previamente demostradas. Por sus características, estas ciencias dan origen a un conocimiento final (Tamayo-Tamayo, 2000); no obstante, pueden crear nuevos y diferentes conocimientos cuando se modifica el sistema axiomático de origen. El método deductivo parte de lo general y de allí va a lo particular, por lo que una vez demostrada una condición para un conjunto de elementos, se le confiere validez a las inferencias hechas para cada elemento particular.
Las ciencias fácticas, a diferencia de las formales, se fundamentan en la percepción, observación e interpretación del mundo exterior en la experiencia humana. Su razonamiento fue durante mucho tiempo, en esencia, inductivo, por lo que partía de lo particular para llegar a lo general, conduciendo a un conocimiento temporal; es decir, un conocimiento que se acepta como verdad hasta que nuevos razonamientos o nuevas técnicas permitan formular explicaciones más coherentes o más amplias o hasta que se reconozca un caso singular que no cumple con la regla. Pese a ello, su nivel de desarrollo actual permite hablar del uso de procesos tanto inductivos como deductivos.
En los métodos fácticos es más práctico trabajar con enunciados parte-parte que no se tambalean tan pronto surge un único caso que no se cumple (Seiffert, 1977). Aun así, el razonamiento inductivo lleva a no estudiar una hoguera sino a buscar los procesos generales de combustión de todas las hogueras; es decir, a formular leyes y teorías generales (Tamayo-Tamayo, 2000). Las ciencias fácticas han sido en mayor medida empíricas y se han valido de los hechos, las observaciones y las experimentaciones (muy a pesar de la subjetividad inherente a las representaciones humanas ampliamente referidas en parágrafos anteriores).
Seiffert nos refiere como ejemplo clásico de las ciencias fácticas el siguiente: si yo observo un cisne blanco ¿puedo asegurar que todos los cisnes son blancos?; es más, si yo veo una bandada de cisnes blancos ¿puedo hacerlo?; si viajo a muchos lugares del planeta y sólo veo cisnes blancos, ¿puedo generalizar que todos son blancos? La respuesta en todos los casos, dice Seiffert, es no, ya que en el tiempo nada garantiza que no hayan existido cisnes de otros colores o que vayan a existir en un futuro, a la vez que tampoco hay garantía de que en otros lugares no visitados puedan existir cisnes de otros colores; por tanto, no se puede elevar a ley la afirmación: “Todos los cisnes son blancos” y es más cauto aseverar que hasta ahora, todos los cisnes observados son blancos (si así fuera). Como puede verse, la inducción tiene un carácter probabilístico.
Seiffert refiere respecto a las investigaciones que tratan de establecer la causalidad de un fenómeno, que éstas se enmarcan dentro de las ciencias inductivas y dado que no hay ninguna ley absolutamente segura (tal como se expuso previamente en el ejemplo de los cisnes blancos), tampoco puede haber ninguna causalidad absolutamente verdadera. La causalidad es entonces, probabilística, y si bien las probabilidades son una forma de caracterizar nuestra ignorancia, nos permiten obtener generalizaciones significativas (Sober, 1996).
Ladrón de Guevara (1981), así como otros autores, escalona los niveles de organización de la realidad desde la materia inorgánica como el nivel más simple, a la orgánica de los seres vivientes y, de allí, a los seres humanos. Tomando como punto de partida la organización previa, las Ciencias Fácticas se subdividen regularmente, en Naturales, Biológicas y Sociales. A las primeras pertenecen la Física, la Astronomía y la Química, que tratan sobre el mundo inorgánico, es decir, la materia y la energía; a las segundas la Biología, que surge como una línea que explica el componente orgánico representado por macromoléculas capaces de generar orden en un universo dominado por la entropía y cuyas características pueden ser mejor explicadas desde la Evolución que desde la Termodinámica. Para Meyer (1979) los seres vivos son sistemas abiertos que se nutren de entropía negativa y, por ello, expresan gran dinamismo en su interior, por lo que la resultante no es un sistema mecánico o físico-químico trivial que finalmente se equilibra, sino una multitud de procesos metabólicos siempre en acción. A las Naturales y Biológicas se les conoce como Ciencias Nomotéticas, por cuanto se fundamentan en información cuantitativa, a la vez que buscan formular leyes y teorías. Por último, las Ciencias Sociales buscan explicar el fenómeno humano el cual no puede ser comprendido plenamente desde las anteriores, en virtud de características como el aprehendizaje y la volición, derivados del cerebro y la cultura. A estas Ciencias se les conoce también como Idiográficas, por cuanto se fundamentan en buena medida, en información cualitativa y buscan describir o explicar el objeto de estudio.
Para Sober (1996), la razón por la que tenemos diversas ciencias no es la existencia de distintos problemas explicativos, sino porque nos resulta más fácil afrontar problemas disímiles si utilizamos diferentes lenguajes.
En este punto es necesario profundizar sobre algunas reflexiones concernientes a las Ciencias Sociales que no encajan dentro de los acuerdos epistemológicos llevados a cabo al interior de las ciencias naturales. Al ser estas ciencias tan diversas, como es el caso de la Economía, la Psicología, la Antropología, la Educación, la Sociología y la Historia, principalmente, y al abordar problemas tan complejos desde perspectivas diferentes, no se han alcanzado acuerdos mínimos sobre su quehacer investigativo, tal como lo enuncia Gordon (1995), y posiblemente estos acuerdos no sean posibles. Ellos se refieren a:
Objeto de estudio: mientras las ciencias naturales buscan generalidades que se puedan convertir en hipótesis y leyes o incluso en teorías, en el caso de las ciencias sociales hay partidarios y opositores del enunciado anterior. Estos últimos consideran que las situaciones de cada sociedad son particulares y provienen de trayectorias históricas distintas, por lo que la investigación, además de histórica, debe ser explicativa respecto a las situaciones particulares. Consideran entonces, que las proposiciones nomológicas (leyes y teorías) no deben hacer parte de estas ciencias, ya que los fenómenos sociales y sus causas son distintos (posición compartida, entre otros, por Bonilla y Rodríguez, 1995 y Eisner, 1998).
Esta tensión entre lo universal y lo particular está presente entre las visiones modernas y las postmodernas en la filosofía actual. En términos de Habermas, se diría que ser resueltamente moderno es considerar que en el hablar, en el pensar y en el actuar hay principios universales (Habermas, citado por De Zubiría, S. 1999). Para los modernos existen principios universales en el pensar, el comunicar y el actuar, y de allí se infiere la existencia de fines únicos en el desarrollo de las sociedades. Para la postmodernidad, la universalidad no existe y por tanto, priman lo regional y las finalidades diversas. En el ámbito cultural, esto implica la reivindicación de la multiculturalidad y el deseo por acabar con el etnocentrismo y la aceptada hasta el momento, universalización de la cultura. Considera que existe multiplicidad de culturas, cada una de ellas con diferentes maneras de interpretar y valorar lo real y que se debe terminar con la objetividad y la supuesta sobrevaloración de la ciencia, colocándola al mismo nivel que el arte o la religión, ya que cada una de ellas expresa –según sus defensores– diferentes y relativos tipos de verdad.
Cabe añadir que las ciencias sociales son multiparadigmáticas y, en consecuencia, subsisten y coexisten en un momento dado de la historia explicaciones diversas e incluso antagónicas para interpretar un mismo hecho. En estas ciencias no es posible un consenso general, dado que las interpretaciones están altamente influenciadas por los intereses y las perspectivas subjetivas de los diversos grupos sociales. De esta manera, los hechos sociales complejos y multideterminados son explicados en las ciencias sociales desde paradigmas diferentes y resulta mucho más complejo en ellas precisar cuál de las diversas interpretaciones es más adecuada, ya que en estas ciencias la experimentación casi no es posible, los hechos tienen impactos en tiempos mucho más prolongados, múltiples variables inciden en su origen, y, para completar, se interpretan desde posturas ideológicas, paradigmáticas y marcos conceptuales diferentes.
Como puede verse, existe multitud de maneras de interpretar un hecho social y de allí que seguramente tenía razón el ex Ministro de Educación Bula Hoyos cuando comentaba que en realidad las llamadas “ciencias duras” resolvían problemas relativamente blandos, en tanto las “ciencias blandas” resolvían problemas duros.
Para entender lo previamente dicho, permítanos formular algunas preguntas:
• ¿Por qué se separa una pareja que años y meses antes manifestaba enorme, profundo y eterno amor?
• ¿Por qué durante cerca de cuarenta años se ha presentado en nuestro país una profunda confrontación militar y política de enormes consecuencias para el crecimiento económico y para la vida política, social y cultural nacional?
• ¿Por qué un estudiante no es promovido de año y sus desarrollos cognitivos, valorativos o praxiológicos son diferentes a los de sus compañeros?
• ¿Por qué una persona valora de manera tan diferente a sus hermanos, criados en la misma familia y posiblemente en los mismos colegios?
• ¿Por qué de cada cien personas que viven en el planeta Tierra, en pleno Siglo XXI, 80 viven en condiciones infrahumanas, setenta son incapaces de leer, cincuenta sufren de malnutrición y sólo uno (si, sólo uno) tiene computador y educación universitaria?
• ¿Por qué una especie que se autodenomina sapiens sapiens no ha encontrado la fórmula de vivir en armonía consigo misma y con su entorno?
Cualquiera de las preguntas anteriores nos permite ver lo complejo de la vida humana y la imposibilidad de dar a cada una de ellas respuestas únicas, sencillas y simples. El ser humano está multideterminado y su situación debe ser explicada recurriendo a hechos sucedidos en tiempos cercanos y distantes y de naturaleza diversa y compleja, aspectos totalmente necesarios para interpretar y explicar una realidad multidimensional, interrelacionada y multicausada (Morin, 2000 y 2001).
Es por esto que un hecho social puede ser explicado recurriendo a diferentes grados de abstracción, diferentes momentos temporales y multiplicidad de factores y causas (De Zubiría, 2006a). También puede recurrir a leyes, principios generales, situaciones análogas o casos específicos. Incluso una misma tesis social se puede sustentar, recurriendo a argumentos de carácter más general, más particular o del mismo nivel de generalidad.
Pero la diversidad de los argumentos no tiene que ver exclusivamente con la naturaleza de estos; también se puede recurrir a diversos momentos temporales, a causas inmediatas o distantes en el tiempo. Por ejemplo, para explicar el preocupante balance académico de un estudiante en un momento dado, puedo recurrir a situaciones presentadas en tiempos inmediatos, distantes parcialmente o muy distantes. Puedo, por ejemplo, destacar el problema familiar que está viviendo en este momento, la separación de sus padres, el conflicto con la novia o el cambio de ciudad o de barrio, para mencionar tan sólo algunas de las posibilidades más frecuentes. Pero también podría recurrir a situaciones presentadas hace varios años, como por ejemplo, posibles dificultades mostradas en los años iniciales en la relación con su padre, o su lentitud para adaptarse a la institución, o los traumas familiares de su infancia, entre otros.
Finalmente, es evidente, y los mismos ejemplos señalados lo permiten observar, que se puede y se debe recurrir a múltiples factores, causas, sucesos o fuentes. En nuestro mismo ejemplo, el bajo nivel académico de un estudiante puede ser explicado, entre otros, por factores personales, como las actitudes, los niveles de pensamiento o comprensión lectora, los conocimientos previos o la adaptación social; o por factores institucionales ligados con el apoyo y la resonancia de los docentes, los textos escolares, el currículo o el clima institucional; o por factores familiares como la calidad y el tiempo de la comunicación, el tipo de relaciones de autoridad dominantes, el apoyo brindado a los hijos en el hogar o la resonancia que se brinde a los intereses de los hijos; e incluso, por factores contextuales asociados a la cultura, la época y al medio en el que se viva.
Método de estudio: en las ciencias sociales prácticamente no son posibles los experimentos, las variables no se pueden manipular o controlar directamente, los impactos buscados pueden demorar largo tiempo en aparecer y por ello, hay que recurrir a estrategias alternativas y aproximativas (Carretero, 1995). Asimismo, son ciencias en las que la influencia ideológica del investigador es bastante amplia y en la que existe un alto relativismo en enfoques, estrategias y contenidos a abordar.
La sociología nos indica que la realidad social se configura a partir de normas, que en su origen son esencialmente diferentes de las leyes naturales. “La realidad social es un producto humano y como tal no está sujeta a leyes inmodificables, sino a grandes tendencias institucionalizadas de comportamiento que varían con el tiempo y con las diferentes culturas” (Bonilla y Rodríguez, 1995).
Cervo y Bervian (1997) nos refieren que, dado que las acciones del hombre están condicionadas por la voluntad, se restringe o limita la promulgación de leyes, situación que es menos evidente en otras ciencias. Añaden estos autores que, aun así, las ciencias sociales pueden verse como una ciencia, ya que estudian fenómenos reales no abordados por otras ciencias y, a la vez, por cuanto las causas y leyes formuladas expresan relaciones entre los hechos. Adicionan que el fenómeno humano tiene mayor complejidad que los fenómenos físicos y de allí la dificultad de su estudio. Su mayor complejidad deriva de la multiplicidad de variables involucradas en sus acciones individuales y colectivas.
En contraposición, la Economía y la Psicología muestran algunos niveles de mayor afinidad y acercamiento con las matemáticas y el uso de procedimientos estadísticos, hasta el punto de que en la primera se han planteado diversas generalidades, como la ley de la oferta y la demanda, la ley de la distribución de los ingresos, la ley de la división del trabajo o del crecimiento de los precios, entre otros. Leyes que, a pesar de sus niveles de generalidad, son leyes sociales y, en consecuencia, dependen de la época, la cultura y la historia. Hoy existen, pero mañana pueden desaparecer; así como siglos atrás no existían.
Divergencia metodológica: las ciencias naturales muestran mayor acuerdo en cuanto a los métodos de investigación, por tanto, la cuantificación, la construcción de modelos, la experimentación y el uso de la matemática y la estadística son en general acogidas en la física, la química, la biología y en las diferentes ramas que de ellas se derivan. Por el contrario, las ciencias sociales deambulan en un disenso metodológico, ya que si bien, en algunos casos, emulan los métodos aplicados en las ciencias naturales como ocurre en algunas corrientes de la Economía y en algunas ramas de la Psicología, otras consideran que las ciencias sociales deben tener un carácter esencialmente reflexivo y cualitativo. Ello ha llevado a que un grupo de investigadores ni siquiera acepte el método científico como un procedimiento universal, argumentando que cada ciencia debe definir para sí misma lo que puede y debe hacer en su propio y particular marco investigativo. Al interior de las ciencias sociales hay discrepancia también acerca de si se debe estudiar a los hombres por su comportamiento, o si se puede recurrir a la introspección por parte del investigador o a la fenomenología, en este último caso preguntándole directamente a las personas ¿por qué hacen lo que hacen? (Seiffert, 1977).
Este sentir de muchos sociólogos lo plasma Eisner (1998) así: “Reconocemos que lo que creemos que es el caso goza sólo de un estatus temporal. Las situaciones sociales están en un estado de inestabilidad”... “Esto significa que los indagadores cualitativos no buscan leyes naturales eternas, universales e invariables representadas por los propósitos de los físicos”… “…muchos estudios cualitativos se realizan no como proyecto para demostrar hipótesis, sino como esfuerzos por proporcionar explicaciones ex post facto”.
Añade que en las ciencias naturales se diseña la investigación en su totalidad antes de la toma de datos, mientras que en las ciencias sociales “…aunque los investigadores puedan tener un tema general en el que están interesados, el enfoque normalmente es emergente. Muchas veces los investigadores no saben realmente qué van a estudiar hasta que no están ellos mismos inmersos en el contexto”. Es decir que, en últimas, hay más flexibilidad en la definición de los objetivos y las técnicas de investigación y unos y otros pueden ser modificados sobre la marcha del estudio. Agrega este autor que mientras las ciencias naturales se fundamentan en la experimentación, “Tanto en la historia como en la ciencia política, las posibilidades de pruebas experimentales son remotas; es muy difícil manipular de manera experimental la conducta política de los poderes extranjeros e imposible reproducir la política de la Italia renacentista”.
Gordon considera que al tener las ciencias sociales tanto componentes objetivos como subjetivos, deben estudiarse de forma complementaria con técnicas cualitativas y cuantitativas (posición compartida por Bonilla y Rodríguez, 1995), aunque cabe referir que hay una brecha histórica no resuelta entre los científicos sociales que propugnan por una posición única de naturaleza cualitativa o cuantitativa.
Briones (1998) diferencia las investigaciones referidas así: Cuantitativa: “parte con problemas y objetivos claramente definidos y utiliza instrumentos de recolección de informaciones y medición de variables muy estructurados”. Cualitativa: “no parte de hipótesis y, por lo tanto, no pretende demostrar teorías existentes. Más bien pretende generar teoría a partir de los resultados obtenidos.”… “Utiliza un “diseño emergente” sencillo, que se va modificando o ampliando según las necesidades de la marcha del estudio.”
Para Morin (Morin, et al, 2003), sin embargo, la sociología del conocimiento está aún poco desarrollada, dado que es menos potente que la ciencia que estudia, dificultando un tratamiento plenamente científico. Este autor formula varios principios de incertidumbre: “un principio de incertidumbre sociológica (la sociología del conocimiento no puede darnos el criterio de lo verdadero y lo falso; a lo sumo puede informarnos sobre las condiciones históricas, sociales y culturales favorables a la búsqueda de la verdad y la detección del error); un principio de incertidumbre noológica (la noología puede ilustrarnos sobre los sistemas de ideas, pero no puede decidir su verdad); un principio de incertidumbre lógica (ni la contradicción es necesariamente señal de falsedad, ni la no contradicción señal de verdad); un principio de incertidumbre racional (la racionalidad corre el riesgo incesante de caer en la racionalización), y un principio de incertidumbre antropológica (nuestra naturaleza antropológica genera múltiples fuentes de incertidumbre)” (Morin, 1991 en Solana, 1998).
Objetividad: en las ciencias naturales se asume que el método científico está orientado a elevar los niveles de objetividad de la investigación, por lo que diversos observadores deberán tender a converger en conclusiones similares. Tal como explicamos anteriormente, la ciencia intenta acercarse al objeto y a la objetividad, aunque en sentido estricto sólo podrá aproximarse a ella. Los científicos del área social muestran diversidad teórica a este respecto; algunos consideran que toda investigación es subjetiva en tanto nace y se desarrolla desde una cosmovisión ideológica, cultural, paradigmática e histórica particular; otros recalcan que las ciencias sociales están invadidas por juicios de valor y posiciones ideológicas, por lo que el carácter de sus proposiciones está lejos de ser científico; otros más se dedican a proponer o a suponer el deber ser de la humanidad, más que a explicar su realidad.
Tal como se ha ilustrado previamente, hoy día las ciencias sociales disienten de las naturales, por cuanto consideran que la generalidad no es un objeto primordial de éstas, ya que se reconoce que las sociedades y los individuos pueden actuar de manera diferente por circunstancias históricas, ideológicas o culturales y, de otra parte, cada una de ellas marcha hacia distinta dirección. Las ciencias sociales son multiparadigmáticas y el carácter contextual, histórico y cultural, es esencial en cualquier estudio social.
Percepción y representación
Dada la importancia de la percepción y la representación en el desarrollo de las ciencias naturales y sociales, cabe hacer un recorrido por algunas teorías actuales sobre ellas.
Los órganos sensoriales jugaron un papel esencial en la evolución de las especies (principalmente animales), pues a través de ellos se transfirió información del medio exterior al interior de los organismos. En las especies más simples tal información es canalizada a través del sistema nervioso central como sensaciones subjetivas y desatan respuestas bioquímicas, fisiológicas o incluso comportamentales (Humphrey, 1995). Es así como variaciones incluso pequeñas de la temperatura, la pluviosidad o la humedad, o la presencia de diversos aromas desencadenan respuestas de movimiento, apareamiento, alimentación, desove o desarrollo, principalmente. Hasta aquí hay una relación estrecha entre el genotipo y el fenotipo, incluidos en estos últimos, los comportamientos.
La ventaja de contar con los aditamentos referidos fue favorecida por la selección natural y, gradualmente, se fueron haciendo más y más complejos, lo que, a la par con un mayor desarrollo del cerebro y la posibilidad de aprender, permitieron incorporar procesos cognitivos, como memorizar, reconocer y clasificar: lo que es y no es de comer, el depredador del no depredador, la pareja, las crías, el agua, la sombra, el espacio, etc.
Con ello surgieron sensaciones de agrado, de malestar y de dolor, entre otras, “en pocas palabras, los animales empezaron a tener “mentes” cuando llegaron a ser capaces de almacenar –y probablemente de recordar y de reelaborar– representaciones basadas en la acción, referidas a los efectos de la estimulación ambiental sobre sus propios cuerpos. El sustrato material de la mente era tejido nervioso, que en organismos más evolucionados se concentró en ganglios o cerebros.” (Humphrey, 1995). De este modo, muchos fenómenos adquirieron el estatus de significativos para el bienestar corporal de los organismos que, por demás, diferenciaron su propio ser corporal del mundo exterior, lo que dio inicio al camino de su interpretación. Con ello, a lo largo del proceso evolutivo, las sensaciones (inconscientes) dieron paso a las percepciones (conscientes).
En el espectro evolutivo, el sistema nervioso tiene su cúspide en el cerebro humano, cuyas capacidades cognitivas superan por amplio margen a las demás especies.
En 1974 el científico colombiano Rodolfo Llinás postula una hipótesis, similar a la que años atrás había formulado Brown, según la cual el sistema nervioso central (SNC) puede operar intrínsecamente y la entrada sensorial, más que informar, modularía este sistema semi-cerrado. Esta tesis se oponía a la formulada por William James desde 1890, la cual representaba la perspectiva reflexiológica, mediante la cual el cerebro se veía como un sistema abierto, en el que el SNC reacciona a partir de los estímulos externos que nos llegan a través de los sentidos. La tesis de James ha sido dominante en neurología y de allí la originalidad de la tesis formulada treinta años atrás por Llinás.
Para sustentarlo, Llinás recurre al carácter cerrado del cerebro, el cual se puede considerar teniendo en cuenta que no tiene contacto con el mundo externo, ya que está cubierto por el cráneo. En este sentido, el cerebro sólo podrá conocer el mundo externo de manera indirecta y mediante los órganos sensoriales especializados. La entrada sensorial desempeña un importante papel de contextualización y un rol menor en el suministro de “información”. De esta manera, las neuronas organizan e impulsan el movimiento del cuerpo y crean imágenes sensomotoras y pensamientos.
Teniendo en cuenta lo anterior, la actividad eléctrica intrínseca conforma, según la teoría de Llinás, una estructura isomorfa con la realidad externa, realidad virtual que será la esencia de la predicción.
De allí, Llinás (2003) concluye que la predicción de eventos futuros es la función esencial del cerebro, el cual surgió y se complejizó por selección natural, para que la locomoción de los animales no fuera inútil o azarosa, sino eficiente. A manera de ejemplo, un boxeador envía puños a una enorme velocidad al lugar en el que prevé estará la cara del contendor, en tanto si necesitara ver el golpe, dada la alta velocidad (100 milisegundos), sería golpeado por su contrincante. De la misma forma, un tenista colocará la raqueta en el lugar donde supone que se encontrará la bola que viaja hacia él a más de 100 km/h, una fracción de segundos después. Por tanto, el cerebro es un simulador y moldeador de la realidad inmediata.
De los órganos sensoriales, la vista es el más importante en la especie humana y está sesgada, tal como nos lo explica Hoffman (2000), quien relata que el mundo que vemos es una construcción cerebral que parte de una imagen plana, invertida, carente de colores, formas, texturas o movimiento, que se proyecta en la retina. Por tanto, todas las cualidades que observamos en los objetos del mundo obedecen a un proceso biológico de construcción que, de hecho, es diferente al de otras especies. Lo mismo sucede con las demás formas de sensación-percepción. Por lo anterior, lo que vemos, oímos, olemos, saboreamos o palpamos, no ocurre en los ojos, los oídos, la nariz, la boca o la piel, todo ocurre en el cerebro y por ello podemos ver imágenes mientras dormimos o cuando tenemos los ojos cerrados.
En adición, Newton (en Hoffman, 2000) nos dice que los rayos de luz carecen de color; a pesar de ello, los humanos percibimos el mundo a color, ya que nuestro cerebro le imparte a cada cosa u objeto tal característica con base en tres tipos de pigmentos que traducen el rojo, el verde y el azul; ellos son respectivamente el critrolabio, el clorolabio y el cianolabio (Coren et al., 2001) y sus puntos de absorción están aproximadamente en 570, 535 y 445 nm del espectro electromagnético, en su orden (Brown y Wald, en Schiffman, 1997).
Por lo anterior, al ser la sensación-percepción una construcción cerebral, no es en sentido estricto un reflejo de la realidad, lo que lleva a Hoffman a concluir que hay dos realidades: la relacional o real, y la fenomenológica o del individuo. Una y otra no son necesariamente iguales.
Hay que tener en cuenta que la construcción visual del entorno no solamente cambia entre las especies, sino también entre las personas; a manera de ejemplo, algunos sujetos ven los colores de forma diferente, otros más con algún daño cerebral generan patrones de colores distintos o pierden la capacidad de ver a color, o incluso hay quienes pierden la posibilidad de percibir el movimiento (Gardner, 1997), o de reconocer los objetos o las personas (Luria, 1979).
Otros aportes distintos a la percepción visual fueron planteados por los padres de la Gestalt, Max Wertheimer, Kurt Koffka y Wolfgang Köhler. Estos científicos encontraron que poseemos mecanismos biológicos automáticos que organizan y agrupan la imagen percibida atencionalmente, con el propósito de permitirnos componer una figura significativa y congruente. Para ello, el cerebro extrae características de forma, color, brillantez, orientación, longitud y curvatura que conducen a la construcción de un todo que nos resulte coherente (Coren et al., 2001). Ello nos lleva a agrupar o a clasificar las cosas y los objetos por patrones tales como la proximidad, la similitud, la buena continuación, la región común, la pregnancia y la conectividad. Es por ello que vemos un círculo donde sólo hay trazos de éste, o reconocemos un único objeto aunque esté parcialmente oculto entre múltiples figuras, o conservamos la forma o el color de los objetos (constantes perceptuales) en situaciones cambiantes de estos. Por consiguiente, una cosa son las ondas electromagnéticas que llegan a la retina, y otra las construcciones que realiza el cerebro con ellas (Figura 1).

Figura 1. Ejemplos clásicos de la construcción visual.
Otros aportes importantes a la percepción visual provienen de Dondis (1982) y de Arnheim (1985), quienes nos aclaran que la identificación de objetos no debiera ser una tarea simple, ya que cada percepto es diferente al almacenado en la memoria, por lo que la forma es siempre una abstracción, pues ver consiste en la captación de los rasgos estructurales más que en el registro indiscriminado de los detalles; opera entonces al nivel cognitivo de la formación de conceptos.
Por lo anterior, cuando vemos por ejemplo, un árbol o un perro que no hemos visto antes, podemos de manera inmediata, fácil y rápida, identificarlos como tal, a pesar de las enormes diferencias que puedan tener con un árbol o un perro más típico o representativo de la clase. Lo interesante de tal hecho es que en la memoria no tenemos árboles o perros promedio que se modifican con cada nuevo elemento que percibimos ni tampoco almacenamos a todos ellos. Con todo, en apenas una fracción de segundo reconocemos la clase a la cual pertenece el objeto visualizado.
La memoria es entonces un medio mucho más fluido que la percepción porque está más alejada de las comparaciones con la realidad (Lewin, en Artheim, 1985). Por esto, algo tan elemental como la habilidad de formar la idea general de un triángulo requiere un gran proceso cognitivo, ya que éste no deberá ser oblicuo, ni rectangular, ni equilátero, ni isósceles, ni escaleno; sino todos y ninguno a la vez (Locke, en Artheim, 1985).
Las percepciones entonces las interpretamos como etiquetas o conceptos (planta, animal, perro...) y de allí pasamos a las relaciones entre etiquetas, con las cuales alcanzamos las teorías. “Las etiquetas y las teorías no están, sin embargo, libre de costes. El mismo orden que proporcionan genera estructuras explicativas que, a menudo, dificultan una percepción nueva. Las etiquetas y las teorías proporcionan una forma de ver. Pero una forma de ver es también una forma de no ver” (Eisner, 1998).
“Las teorías son estructuras explicativas complejas diseñadas para satisfacer la racionalidad humana, su necesidad de orden y su deseo de anticipar el futuro –si no de controlarlo–. Las etiquetas y las teorías, dice Jerome Brunner (1964), están entre las más útiles ‘tecnologías de la mente’” (Eisner, 1998).
En general, lo que percibimos y muchas de las distinciones perceptuales que hacemos, están bajo un gran influjo del ambiente en donde fuimos criados (Coren et al., 2001). Las construcciones y las representaciones mentales, también cambian cuando estamos bajo influencia del alcohol o de drogas alucinógenas; en uno u otro caso, aunque la vista sigue viendo lo mismo, el cerebro cambia lo construido. Por tanto, lo que usted percibe en cualquier situación, no es necesariamente igual a lo que percibe quien está a su lado (Coren et al., 2001). También es de gran importancia el balance endocrino del organismo, ya que durante el embarazo puede agudizarse bruscamente la sensibilidad olfativa, mientras que descienden la visual y la acústica (Luria, 1984).
Como si fuera poco, Luria nos refiere que los niños tienen capacidades cinestésicas que se pierden progresivamente durante el crecimiento; tal capacidad señala que podemos, por ejemplo, ver con la audición o con el tacto y, de hecho, en algunas personas se prolongan tales capacidades hasta la edad adulta. Este autor nos refiere además, que tenemos vestigios de foto-sensibilidad en la piel y por ello las yemas de los dedos pueden en ocasiones percibir los matices de colores.
Por lo anterior, hoy día muchos científicos aceptan que las cosas no son como realmente creemos que son, por cuanto lo que percibimos es un mundo de partículas y ondas y, en consecuencia, la imagen del mundo no es más que una re-construcción particular llevada a cabo por nuestro cerebro (Cravero, 1992).
Una visión ampliamente diferente al respecto nos muestra Rescher (1994), quien se cuestiona sobre la clase de ciencia que podría entonces construir una civilización distinta a la especie humana o extraterrestre. Este autor supone que diferirá en términos prácticos entre especies acuáticas, subterráneas y terrestres, no solamente por la dotación perceptual de cada una de ellas sino, también, por sus propios intereses y necesidades. Tales ciencias estarían, además, íntimamente vinculadas al modelo particular de su interacción con la naturaleza y a la constitución física, biológica y social que expresen. Su ciencia estará conectada con su dotación biológica, su herencia cultural y su nicho ambiental. Por lo anterior, probablemente nuestro tipo humano de ciencia sea sui generis, por lo que anota que “parece que en la ciencia, como en otras áreas de la empresa humana, somos prisioneros del mundo de pensamiento que nuestra herencia biológica y social e intelectual nos proporciona”.
Complementa Rescher que “La tesis de Immanuel Kant es válida: hay buenas razones para creer que la ciencia natural, tal como la conocemos, no es algo universalmente válido para todas las inteligencias racionales como tales, sino una creación del hombre correlativa a nuestra inteligencia específicamente humana”. Esta posición concuerda con Morin (1981) quien nos refiere que “Todo conocimiento, cualquiera que sea, supone un espíritu cognoscente, cuyas posibilidades y límites son los del cerebro humano...”; añade, que no hay un punto objetivo desde donde se pueda contemplar el universo, puesto que nosotros, los observadores, constituimos un punto subjetivo.
Para Rescher, el desarrollo de la Astronomía está asociado al hecho de que vivimos sobre la superficie del planeta, a que los ojos son nuestra principal vía de comunicación con el entorno y a que la agricultura juega un rol esencial en nuestra supervivencia.
Ahora bien, ¿cómo se hubiera construido la ciencia en el planeta Tierra si la evolución hubiese llevado a que la inteligencia hubiese recaído por ejemplo, en los tiburones, los búhos o los topos? Los tiburones son marinos y fundamentan gran parte de su percepción en la detección de ondas eléctricas y en el olfato; los búhos dominan el espacio aéreo y se valen del oído y la visión nocturna; los topos viven enterrados y por ello han perdido casi completamente la vista relegándole al olfato buena parte de su mundo perceptual. Es decir, la percepción que cada una de dichas especies hace del entorno es completamente diferente y, por ello, la representación que harían del universo sería también distinta.
Lo anterior nos conduce a que nuestra ciencia es, simplemente, una entre muchas más y el que asumamos que todas las formas de vida posibles en otros planetas se basan en el carbono y además que alcanzan una representación científica como la nuestra, nos sitúa en sobre-inducción. Así como Seiffert nos advierte que no podemos asegurar que todos los cisnes son blancos porque vemos un cisne blanco, tampoco podemos presuponer que la inteligencia será, en los demás planetas, como lo es en la Tierra.
En las últimas décadas y gracias a los avances tecnológicos, hemos podido ampliar muchas de nuestras propias percepciones y con ello hemos modificado las representaciones mentales que tenemos del universo. Así, por ejemplo, en un reciente documental de televisión se instalaron cámaras submarinas programadas para tomar fotos cada cierto tiempo, con el objeto de estudiar el comportamiento de las estrellas de mar, el cual hasta ahora no había ofrecido mayor interés a los científicos, dada la muy lenta movilidad que expresan estas especies, lo que lleva a suponer que no hacen nada. Con esta técnica se logró registrar en segundos la conducta de varias horas, situación que develó un comportamiento dinámico con relaciones de búsqueda, agresión, depredación y canibalismo al estilo de las que observamos, por ejemplo, entre leones, hienas, gacelas y ñus. La conducta de estas especies resultó similar a la de otras especies de alta movilidad, sólo que no la habíamos descubierto porque ocurre a un ritmo de tiempo diferente al nuestro.
Ejemplos como el de las estrellas de mar han sido reconocidos no solamente en escenas de cámara rápida como la anterior, sino de cámara lenta, de películas infrarrojo, ultravioleta o térmicas. Igual ha ocurrido con la invención del microscopio y el telescopio, los rayos X, el radar, el sonar, la ecografía, la resonancia magnética, la fotografía satelital y muchos más. Es decir que, con la tecnología hemos ampliado la capacidad sensorial y perceptual con que reconocemos el universo y, gracias a ella, estamos reconstruyendo las representaciones que habíamos forjado desde sólo nuestros aditamentos biológicos.
Para Jonas (2000), el tiempo surgió en los seres vivos a partir de los mamíferos cazadores que planean sus ataques, debiendo estimar las distancias y trayectorias de sus presas, junto con las velocidades mutuas. Sea así o en otro punto de la evolución, diversas investigaciones sobre la percepción del tiempo señalan que se trata de un acto individual que está afectado por el contexto cultural, e incluso, por la edad de las personas.
Para Ladrón de Guevara (1981), el tiempo es también un referente de acontecimientos pasados, presentes o futuros que cambia entre las especies. Al respecto, Schrödinger (1983) señala que el que percibamos el espacio como lo hacemos y el tiempo en un antes y un después, “no es una cualidad del mundo que percibimos, sino que pertenece a la mente perceptora”, por lo que “el mundo objetivo se queda en una hipótesis”. Pero este autor nos destaca un punto aún más relevante y es que el acto perceptual nos ilustra sobre un fenómeno externo pero no nos dice nada sobre la naturaleza física del fenómeno. Así, por ejemplo, de una percepción visual no reconocemos cómo operan los ojos, cómo lo hace el cerebro, qué características muestran las ondas de luz, cuál es la velocidad de ésta, si es absoluta o relativa, etc., por lo que el fenómeno perceptual por sí mismo no desentraña aspectos profundos del conocimiento que requieren de operaciones cognitivas altamente complejas.
Es un hecho fáctico que todos los seres humanos que hemos habitado el planeta hemos visto, a lo largo de nuestra existencia, que el sol se mueve alrededor de la Tierra. Nadie nunca observó lo contrario; fue desde tal percepción que construimos y aceptamos la teoría (obvia) de que el sol giraba alrededor de la Tierra. Esta teoría estaba además soportada por un contexto histórico, en el cual la Religión señalaba que el hombre era el centro del universo. En contra de tales percepciones y del contexto vigente, algunos invidentes (Aristarco, Copérnico, Bruno, Galileo) plantearon lo contrario, con lo cual nos demostraron a todos los demás mortales, que estábamos equivocados. Igual ocurrió con la redondez de la Tierra, con la separación de los continentes, con la elevación de las cordilleras, con la evolución, e incluso con la construcción del conocimiento. A través de la historia, los sentidos y las percepciones nos han conducido a elaborar teorías que nos han permitido explicar el universo en el cual existimos, pero, con el paso del tiempo, las representaciones contrafácticas nos han demostrado que las percepciones nos engañan.
Ya Heráclito 500 años antes de Cristo nos señalaba que: “Los ojos y oídos son malos testigos para el hombre si la mente no puede interpretar lo que dicen” (Farrington, 1979), por lo que la esencia de nuestro conocimiento no está en nuestros sentidos. Planteamientos similares fueron referidos por Parménides al anotar que los cambios del mundo fenomenológico son sólo ilusiones de nuestros sentidos y por Demócrito quién expresó que las propiedades de los cuerpos como color, sabor, ruido, olor o textura, no son intrínsecas de los objetos sino son atribuidas por nuestros sentidos (Dampier, 1972; Cid et al., 1977; Asimov, 1984).
Estos pensamientos claramente nos sitúan ante una paradoja, pues son precisamente los sentidos la puerta que nos comunica con el mundo exterior.
El conocimiento vulgar, es decir, no científico, se basa en nuestras percepciones (Tamayo-Tamayo, 2000), a las cuales les damos total certidumbre y las asumimos como verdades (Maturana y Varela, 1996). La ciencia nos muestra que múltiples veces hemos aceptado como verdaderas estas percepciones.
A comienzos del siglo XX, Vigotsky había llegado a una diferenciación similar entre los conceptos cotidianos y los conceptos científicos, esencial en un trabajo educativo en la actualidad.
Los conceptos cotidianos se adquieren empíricamente, comparando las características externas y partiendo de lo concreto y perceptible visualmente; por ello, pueden ser adquiridos sin existir las escuelas. Los conceptos científicos –como demostró Vigotsky (1993)– expresan las características internas de la naturaleza y la sociedad y, por lo tanto, no son percibidos directamente de la realidad. Así por ejemplo, la ley de la gravitación no es visible al ojo humano, como tampoco lo son los átomos, las micropartículas, la relatividad, el poder, las revoluciones sociales, los agujeros negros o la relación entre la inflación y la devaluación de las monedas. Los conceptos científicos no se forman a partir de nuestra experiencia y vivencias cotidianas. Si así fuera, no serían necesarios las escuelas ni los docentes.
Los conceptos científicos adquieren su sentido y validez en tanto hagan parte de un sistema de proposiciones organizado y jerarquizado, ya que son teóricos y abstractos. Por ello, no son aprehendidos en la experiencia cotidiana. Requieren de un mediador para que los podamos aprehender, requieren de un maestro y una escuela que deliberada e intencionalmente estén interesados en que sus estudiantes logren aprehenderlos. Como afirmara Vigotsky (1928, edición de 1993):
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