Читать книгу: «La linua latina. Libros V-VI»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 251

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por PEDRO MANUEL SUÁREZ MARTÍNEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1998.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO343
ISBN 9788424932725.
INTRODUCCIÓN
I. VIDA Y OBRA DE MARCO TERENCIO VARRÓN
1. Biografìa: Varrón o la prudencia de un realista
Si el carácter de «il terzo gran lume romano» que asignó Petrarca (Trionfo della Fama III 38) a Varrón puede ser hoy discutible en el terreno estrictamente literario y, sobre todo, a la vista de lo conservado de sus escritos, sin embargo dicho carácter es fácilmente defendible en un nuevo sentido (Della Corte, 1970, pág. 5): la trayectoria vital e intelectual de Varrón «tercia» entre la de Cicerón y la de Virgilio, supone la transición entre el agotamiento de la república y los albores del imperio. Efectivamente, Marco Terencio Varrón nace en el año 116 a. C., cuando, en medio de una aparente y relativa calma, la resaca antirreformista que sigue al asesinato de Gayo Graco se va llevando de derecho o de hecho todas las medidas de éste que no interesan a la nobleza. Muere en el 27 a. C., el año en que Octaviano empieza a ser también Augusto. Entre una y otra fecha, casi nueve décadas de convulsiones, guerras, proscripciones, en las que morir de muerte natural como él lo hizo era difícil y hacerlo además nonagenario resultaba algo realmente milagroso, máxime cuando no había dejado de participar activamente en el terreno político y en el bélico e incluso era más que de sobra rico para sembrar envidias y resquemores 1 . Es Varrón, sin duda, un excepcional modelo de suerte y sobre todo (he aquí lo que indiscutiblemente es el rasgo fundamental de su carácter) del dicho popular de «nadar y saber guardar la ropa». «Tú... me ganas a mí y a los demás en prudencia, has previsto todo..., nada en absoluto te ha pasado desapercibido», le escribió en una ocasión Cicerón (Cartas a fam. IX 2, 2) entre la admiración y la envidia. Y es que, un tanto marcado por su origen campesino, tuvo un carácter introvertido, tímido y pudoroso, que le llevó a evitar hablarnos en sus obras de sus sentimientos íntimos y de su vida privada (Deschamps, 1985-1986, págs. 127 ss.) y que le hizo mostrarse muy suyo y a veces incluso rudo y difícil 2 , pero que le ayudó a saber esperar pacientemente el momento oportuno para intervenir, a ceder con resignación ante lo inevitable (Zucchelli, 1976, pág. 621) y a contentarse con un digno segundo puesto. Romano de pura cepa, el patriotismo, el sentido del cumplimiento de la ley y del deber, el realismo y lo práctico guiaron habitualmente su actuación. En lo religioso, entendiendo que los dioses son una creación humana, tras rechazar la religión de los poetas por inmoral y la de los filósofos por peligrosa, se quedaba con la del Estado por razones de utilidad (San Agustín, La ciudad de Dios VI 5). En lo político fue conservador y amante del orden y de épocas pasadas mejores, como quizás no podía ser de otra manera en un terrateniente hijo de terrateniente 3 y en quien a lo largo de toda su vida se interesó profundamente por todo tipo de antigüedades.
Ahora bien, lo cierto es que no sabemos muchas cosas seguras de la biografía de este hombre al que, tanto en el terreno político como en el intelectual, cuando menos, hay que calificar de importante. Descendía, al parecer, de Gayo Terencio Varrón, el colega de Emilio Paulo en la derrota de Cannas, y tuvo también otros antepasados que alcanzaron cargos de la carrera política. Pero su padre fue, como se ha dicho ya, un hacendado, del que heredaría tierras y rebaños. Nació en Reate 4 , perteneciente a la tribu Quirina. No dejó de enorgullecerse de ello y el sabinismo de su cuna le marcó en más de un aspecto 5 .
Precisamente por el rigor y la sobriedad de costumbres de su entorno campesino sabino, que eran proverbiales, tuvo una niñez más bien modesta (Logistóricos , fr. 19 Bol.) No sabemos mucho de sus años juveniles ni cuándo exactamente se trasladó a Roma. Aquí, al pertenecer de hecho su familia al orden senatorial 6 , comenzó la carrera política con el triunvirato capital, cargo relacionado con la justicia y al que se accedía a los dieciocho años 7 . Era entonces tribuno de la plebe Publio Porcio Leca, cuyo requerimiento rehusó por no ajustarse a derecho (Aulo Gelio, XIII 12, 6), con lo que dio ya uno de los ejemplos de su estricto sentido de la legalidad.
Por otra parte, no cabe duda de que, en contraste con su infancia, su adolescencia supuso una clara abertura a nuevos horizontes. En torno al 90, tuvo como primer maestro a Lucio Accio, quien quizás sobre todo le comunicó por medio de sus obras dramáticas el aspecto trágico de la vida acompañado de elementos religiosos, filosóficos e incluso políticos que después se reflejarían en su producción literaria 8 . Por otra parte, Accio puso en contacto al joven reatino con personalidades como Valerio Sorano o Quinto Lutacio Cátulo, con cuya conversación él se enriqueció y gestó su primera obra 9 . Estaba ésta dedicada precisamente a Accio y participaba de las preocupaciones ortográficas del momento, que eran una razón más para el agrio enfrentamiento entre este último autor y el satírico Lucilio 10 .
Aproximadamente a los veintiún años entró en contacto con Lucio Elio Estilón Preconino. La influencia de este maestro iba a incidir en aspectos referentes sobre todo a su futura concepción etimológica y, de una manera especial, al léxico de las instituciones religiosas romanas y al pensamiento filosófico que se refleja en más de un aspecto de aquélla. Además, cuando más tarde murió Estilón, su discípulo reatino consideró que no había entre los latinos quien pudiera dar cuenta de determinadas cuestiones y se sintió en la obligación de hacerlo él mismo 11 .
Pero incierta es la actividad pública del joven sabino inmediatamente posterior a sus estudios con Estilón. No se está de acuerdo en si fue partidario de Sila o de Mario. Parece que su carrera militar comenzó cercana a la guerra social (quizás más concretamente entre el 90 y el 88: cf. Della Corte, 1970, pág. 39). Su cuestura quizás se desarrolló en el 86 (Cichorius, 1961, pág. 201). Pero, ya en el terreno de la formación intelectual, se tiene por más cierto que en torno al 84 y por dos años estuvo en Atenas, entonces refugio de los que escapaban de las luchas fratricidas entre romanos, y allí estudió, precisamente en compañía de uno de los compatriotas exiliados, Gayo Cota, las enseñanzas de la Academia, más concretamente las eclécticas de Antíoco de Ascalón. Su pensamiento quedó marcado entonces de una manera importante. Además es aquí y en este ambiente donde empieza a escribir sus Sátiras Menipeas 12 .
En el 78, Gayo Cosconio fue enviado como procónsul a someter a los dálmatas y con él estuvo Varrón como legado 13 . Después el Reatino pasó varios años en Hispania (Las cosas del campo III 12, 7). En concreto, todo el tiempo que permaneció aquí Pompeyo con motivo de la guerra sertoriana, entre el 76 y el 72, fue legado suyo 14 . Quizás se conocían ya con anterioridad. De las tierras hispanas guardó el siempre observador reatino diversos recuerdos que se reflejarían en sus escritos y de ellas curiosamente llevó por primera vez el conejo a Italia (Las cosas del campo III 12, 7; Della Corte, 1970, pág. 57).
Vuelto a Roma, no dejó de colaborar con Pompeyo. Y esto en parte como una especie de consejero literario suyo, cosa que ya había hecho con motivo de la guerra sertoriana. Así, pongamos por caso, parece que, de una u otra manera, tuvo que ver con el discurso que, como cónsul designado, pronunció Pompeyo en el 71 a propósito del mal gobierno provincial, y que en ese año, a petición del mismo, escribió una serie de consejos a fin de orientarle en sus futuras relaciones con el Senado (Della Corte, 1970, págs. 57-58; infra , págs. 39, punto 10). Al año siguiente, cuando su líder político era ya cónsul, en un período de cierta paz que le alejó de la actividad bélica, Varrón ostentó el cargo de tribuno de la plebe y lo hizo conforme a la más estricta observancia de la normativa jurídica vigente 15 . Por otra parte, probablemente hay que descartar que por esta época fuese edil curul (Della Corte, 1970, pág. 61, n. 45; Riposati, 1975, pág. 17, n. 15); y no tenemos total seguridad de que ejerciese la pretura en el 68.
Ante el acoso ya insoportable de los piratas del Mediterráneo, nutridos en parte de fugitivos y exiliados romanos y apoyados decisivamente por Mitridates, rey del Ponto, la ley Gabinia, aprobada en el 67 por la intervención de Cicerón, concede el control total de los mares a Pompeyo, quien arma una importante flota y designa a Varrón como uno de sus veinticuatro legados navales con destino en un sector de operaciones que llegó a ser el comprendido entre Delos y Sicilia 16 . Al Reatino, que con esta ocasión aconseja una vez más a Pompeyo por escrito (cf. infra , pág. 40), la intervención personal contra los piratas le sirvió para ampliar su erudición mediante la visita de lugares famosos y le proporcionó, por otra parte, una corona rostral 17 , lo que supone sin duda su propia participación en el abordaje de una nave enemiga. No obstante, parece que Varrón no siguió a Pompeyo en los avatares de la tercera guerra mitridática 18 debido a su nombramiento como pretor de Asia 19 . Sin embargo, aquí se encargó especialmente del suministro de ganado y caballos para aquél, sin olvidarse una vez más, por supuesto, de seguir engrosando sus conocimientos con la observación directa de su entorno.
A su vuelta a Roma 20 , entró en contacto con Tiranión, sabio y cada vez más influyente personaje que incidiría en su formación gramatical y filológica y que, de una manera general, contribuiría a la madurez de su pensamiento aportándole un cierto componente aristotélico (Lehmann, 1988). Por otro lado, nada sabemos de su posición ante la conjuración de Catilina en el 63. Lo que sí parece es que fue el asesor en las características del juicio de perduellio que, en ese mismo año y con el propósito escondido de desprestigiar el recurso al senatus consultum ultimum , montaron los pompeyanos contra Rabirio: desde hacía siglos no se había llevado a cabo un proceso como éste y el Reatino era, por amistad y por conocimientos, el personaje idóneo para informarles (Havas, 1976, pág. 25).
Muy discutida es la toma de postura de Varrón ante el primer triunvirato, y ello fundamentalmente por la existencia de un escrito atribuido a él y cuyo contenido y sobre todo intención son inciertos. De un lado, su ya larga amistad con Pompeyo y su identificación de ideas con éste parecen descartar en principio una crítica (al menos dura) a cualquier actuación del mismo; de otro lado, lo habitual en Varrón de la coherencia en la conducta y del respeto a la legalidad vigente hace dudar de que aceptase sin más la «ruptura constitucional» que suponía la unión de César, Pompeyo y Craso. Por todo ello, es muy probable que, a finales del 60 o principios del 59, de entrada y en medio de la proliferación de escritos semejantes en las vísperas del pacto entre los tres citados personajes, él mismo los atacase con su «Monstruo de tres cabezas» (Trikáranos) , casi seguro sin demasiada violencia y con desigual dureza hacia cada uno de ellos. No obstante, tras escribirlo, cediendo como en otras ocasiones de su vida ante lo inevitable, se arrepintió y decidió ponerse al servicio del nuevo poder 21 . Y en el mismo 59, constituido ya el triunvirato y con César en el consulado, cuando se aprobó la ley Julia para repartir los campos de Campania entre los ciudadanos necesitados con tres o más hijos, Varrón fue nombrado para la comisión de veinte hombres que habían de vigilar su aplicación (Varrón, Las cosas del campo I 2, 10; Plinio, Historia nat. VII 176). Vuelve así, por otra parte, después de varios años de un cierto alejamiento de ella, a la vida del campo.
Nada nos dicen las fuentes de su actividad política entre el 59 y el 49. Da la impresión de que permaneció estos años un tanto retirado de la vida pública y dedicado a su labor intelectual, pero sin perder la amistad de Pompeyo, a quien, al parecer, en el 56 dedica una importante obra (cf. infra , pág. 35). Desde luego, ilustrativas de su personalidad, de su influencia en las altas esferas del poder y de su consideración intelectual en estos tiempos pueden ser sus relaciones con Cicerón. El Reatino fue amigo de Cicerón, pero, como todo en él, con prudencia y de forma moderada. El Arpinate esperaba en principio que Varrón intercediera por él ante Pompeyo para evitar las represalias de Clodio, pero poco a poco, nervioso ante el desarrollo de los acontecimientos, fue dudando de ello cada vez más (Cicerón, Cartas a Át. II 20, 1; 21, 6; 22, 4; 25, 1) y, efectivamente, terminó desterrado en el 58. No obstante, parece que el cauteloso sabino algo hizo al respecto y el mismo Ático lo reconocía (Cicerón, Cartas a Át. III 8, 3), pero sin duda obró con un gran tiento en la delicada situación de entonces 22 .
En el 49, la guerra civil le encuentra 23 en la Hispania Ulterior al mando de dos legiones y treinta cohortes como procuestor de Marco Petreyo, lugarteniente de Pompeyo en esta zona peninsular. Su actuación concreta es contada por César (Guerra civil I 38, II 17-20), con una gran ironía y sin duda con su acostumbrada manipulación de los hechos, y ha sido juzgada a veces duramente por los historiadores modernos 24 . En cualquier caso, resulta creíble que una vez más su carácter le hizo adoptar una actitud precavidamente titubeante. Y así, sin decidirse a actuar en un principio en uno u otro sentido, ante los triunfos de los pompeyanos del comienzo de la guerra, se decidió por fin a apoyar a éstos e incluso lo hizo tratando con excesivo rigor a los adversarios, algo que se salía claramente de su acostumbrada mesura. Pero, cambiada la situación prontamente, viendo que no le quedaba ni siquiera la posibilidad de huir y lejos de pretender una lucha a ultranza, se entregó con todos sus recursos, como sumiso funcionario, a la nueva legalidad que representaba de hecho el vencedor César (Della Corte, 1970, págs. 114-115; Riposati, 1975, págs. 18-19), sin duda después de haber reflexionado profundamente sobre la cuestión. Aunque quizás, como defienden hoy algunos, la actitud cambiante de Varrón a lo largo de esta fase de la guerra civil no fue más que una sagaz estrategia para retener en la Península Ibérica a César todo lo posible con la intención de que Pompeyo pudiese preparar el ejército de Oriente, pasar a Italia y, finalmente, coger a su adversario por la espalda 25 . Y esto podría explicar que, curiosamente, el Reatino no se una a los cesarianos, sino que, sin duda permitiéndolo el mismo César, se dirija a Durazzo a reunirse con los pompeyanos. No se movió de allí hasta que, recibida la noticia de la derrota de Farsalia, el 9 de agosto del 48, huyó en consecuencia a Corfú con otros correligionarios. Desde aquí, sin duda al igual que muchos de éstos, volvió a Italia, en donde, en principio proscrito y despojado de sus bienes como cualquier pompeyano, procuró escapar de Marco Antonio, dueño allí de la situación. No eran vanos los recelos del Reatino: a finales de ese año o principios del siguiente, Antonio intentó apoderarse de su villa de Casino. Pero personalmente César, que no se ensañó con el Arpinate, menos lo hizo con Varrón. Muy por el contrario, enterado de las intenciones de Marco Antonio respecto a éste, le ordenó por carta desde Alejandría que no las llevase a cabo (Cic., Filípicas II 104). Es más, sorprendentemente, quizás halagado y complacido por la dedicatoria de una importante obra varroniana cuyo contenido resultaba favorable a sus intereses políticos 26 , incluso le dejó por completo libre del estigma de proscrito encargándole poner en marcha una biblioteca pública en Roma con la compra de obras griegas y latinas (Suetonio, Julio César 44; San Isidoro, Etimologías VI 5, 1). De esta manera, por añadidura Varrón quedaba asemejado a los eruditos que habían regido los destinos de la biblioteca de Alejandría. Se le hiciese este encargo antes o después 27 , el caso es que Cicerón, perdonado también por César, vio en el Reatino mejor suerte que la propia, de tal manera que pensó en servirse de la amistad de éste. Así, a lo largo de la primera mitad del 46, como testimonian varias cartas, el Arpinate buscó el acercamiento a Varrón so pretexto de comunidad de intereses intelectuales y de mutua ayuda personal (Cicerón., Cartas a fam. IX 1). Pero una vez más el amigo sabino se recubrió de cautela y mantuvo durante un tiempo el silencio como la más prudente respuesta a las cartas de Cicerón, quien, sin embargo, no cejó en su empeño 28 .
Hasta el asesinato de César en marzo del 44, Varrón, cuya edad avanzada se resiente ya de algunas afecciones importantes (problemas de varices le obligan a permanecer sentado en lo posible: cf. Nonio Marcelo, 167, 20 M.; Cicerón, Académicas I 14), permanece fuera de la escena propiamente política, dedicado a su cargo de administrador de bibliotecas y, en el tiempo libre que le deja esta actividad, a la composición de obras gramaticales, bajo el influjo de Tiranión, entonces en su apogeo (Lehmann, 1988, págs. 181 ss.). No obstante, parece que no dejó de mostrar su anticesarismo real cuando tuvo ocasión y, a la muerte de Porcia, esposa de Lucio Domicio Enobarbo, no dudó en escribir un elogio de ella 29 . El magnicidio de las infaustas idus dejó a Varrón un tanto desamparado, en medio de cesarianos y anticesarianos que desconfiaban de su persona más o menos por igual. Él, por su parte, una vez más llevado por la prudencia, no se decidió a poner sus esperanzas en Octavio, muy al contrario que Cicerón (Cartas a Át. XVI 9). Y comenzó para él uno de los momentos sin duda peores de su vida. Desde luego, hubo de ver interrumpida en primer lugar su labor de bibliotecario 30 . Además, en mayo de ese año, Marco Antonio se apoderó por fin de su villa de Casino. Ésta, subastada irregularmente, en lugar de la tranquilidad virtuosa que quizás respiraba pitagorismo 31 y que había visto nacer tantas obras de Varrón, acogió el bullicio lujurioso de las fiestas desenfrenadas 32 y sufrió importantes pérdidas en su magnífica biblioteca 33 . De otro lado, el nombre del Reatino figuró en las listas de proscritos elaboradas desde fines del 43 por el segundo triunvirato y que se llevaron la cabeza y las manos del Arpinate. La razón de la proscripción de Varrón es para Apiano (Guerras civiles IV 47) el haberse mostrado siempre y en todas sus facetas contrario a las dictaduras; pero, no siendo esto tan claro, se piensa hoy que pudo tratarse ni más ni menos que de la codicia que despertaban sus ya entonces proverbiales riquezas 34 . Pero uno de sus amigos, uno de los varios que se disputaron el darle protección, Quinto Fufio Caleno, cesariano y hombre de confianza de Antonio, le escondió en su casa, sin que nadie denunciase su presencia 35 . Resulta, pues, que ni Marco Antonio ni Augusto, que más tarde le pondría una estatua, debieron de ser los promotores de su proscripción, sino Lépido 36 . Por otra parte, se ha llegado a afirmar que la razón concreta de la amistad entre Varrón y Fufio Caleno fue el común odio a Cicerón, que en el caso del Reatino habían avivado de una manera especial la envidia de los laureles literarios del Arpinate y el resentimiento de los desdenes críticos del mismo 37 . De otro lado, se cree que, en pocas semanas, entre la publicación de las listas de proscritos y la deificación de César el 1 de enero del 42, Varrón compuso una obra (La estirpe del pueblo romano: cf. infra , págs. 36-37). que, claramente partidaria del asesinado dictador, fue sustento intelectual de la citada deificación y, en resumen, constituyó su contribución a la propaganda del segundo triunvirato 38 . Con ella, pues, terminó de alejar el peligro que se cernía sobre él y se facilitó el acceso a los nuevos círculos de poder.
Pero sus últimos años los pasó bastante aislado, leyendo y escribiendo sin reposo, atraído definitivamente, al parecer, por el pitagorismo 39 , un tanto ajeno al devenir de los acontecimientos en Roma, donde, no obstante, tuvo un último reconocimiento oficial: en el 38 se le puso una estatua en la biblioteca de Asinio Polión 40 . Es precisamente su vejez, la propia conciencia de la muerte cercana, lo que, según confiesa él mismo a su esposa Fundania 41 al comienzo de su obra tardía Las cosas del campo (I 1, 1), le incitaba entonces a una mayor actividad intelectual 42 . Mas no se trataba en realidad sino de la intensificación final del lema propio que había practicado siempre: «forja tu vida leyendo y escribiendo» (Sátiras Men. , fr. 551 As.). Y así, la redacción de la obra que acabamos de citar (finalizada quizás en el 37) le venía exigida sobre todo por un interés puntual que le obligaba a un alto en la magna empresa en que se hallaba 43 , a la que, muy probablemente, aún iría a seguir alguna otra, eso sí, de menor importancia. Pues no puso fin el Reatino a esta su última carrera intelectual sino con la muerte, acerca de la que, si no sabemos a ciencia cierta la ciudad en que le buscó, nos ha llegado, en cambio, cómo le encontró: escribiendo echado en su lecho de trabajo 44 , como acostumbraba para aliviar su padecimiento de varices. Hombre precavido y de convicciones profundas donde los haya, no se le podía haber escapado dejar escrito cómo quería ser enterrado: según el rito pitagórico, «entre hojas de mirto, olivo y álamo negro» (Plinio, Historia nat. XXXV 160), y, es de suponer, en sus siempre amados campos sabinos.
2. Obra: un sabio prolífico sin igual
Una larga vida y una independencia económica respetable dieron ocasión a que la laboriosidad del Reatino produjese un número importante de obras 45 que, por la amplitud de su concepto de cultura, son del más diverso contenido, de forma que no sólo «leyó tanto que produce admiración que le quedase tiempo para escribir algo», sino que también «escribió tanto que apenas cabe creer que alguien pueda leerlo» (San Agustín, La ciudad de Dios VI 2). Fue, pues, uno de los ejemplos más conspicuos de aquel humanismo que él mismo identificaba fundamentalmente con la erudición (Aulo Gelio, XIII 17; Riposati, 1975, págs. 21 ss.), pero no con la erudición puramente libresca y muerta, sino con una capaz de hacer tomar conciencia al hombre de su propio entorno cultural, sin lo cual se hallaría en él como un extraño 46 . Y así sus contemporáneos y la posteridad, tanto pagana como cristiana, le dieron calificativos referentes a su gran experiencia o a sus enormes conocimientos 47 , a sus numerosísimas lecturas (Plutarco, Rómulo 12) o a su vastísima producción 48 . Comprendió ésta seiscientos volúmenes 49 , de los que, cuando redactaba sus Retratos , a los 77 años, ya había escrito cuatrocientos noventa (Aulo Gelio, III 10, 17). Varias de las obras debieron de perderse ya en vida del autor 50 . Hoy día sólo conservamos Las cosas del campo completas y una parte importante de La lengua latina 51 . Pero, contra lo que pudiera parecer consecuentemente con esto, los saberes de Varrón tuvieron un gran eco a lo largo de la Antigüedad desde que se publicaron (Brown, 1980, págs. 453 ss.), y así, dejadas las influencias propiamente dichas, existen multitud de fragmentos indirectos de varias de sus obras, que la ciencia filológica va organizando y tratando de que cobren nuevamente sentido. Aparte de que varios aspectos de la tradición cultural europea han quedado marcados por la impronta varroniana, aunque, a semejanza de lo que le ocurría al famoso personaje de Molière con la prosa que hablaba, lo ignoremos en más de una ocasión: se trata de aspectos como el canon de las artes liberales o las comedias plautinas que se tienen por auténticas. Una relación de unos cuarenta títulos se nos ha conservado gracias a San Jerónimo, que declara la no inclusión de toda la producción del Reatino 52 , hecho cuya realidad queda confirmada hoy por otras fuentes que nos informan de al menos trece obras más no contenidas en la citada relación 53 . Ésta recoge obras fundamentalmente de la madurez y de la vejez del autor y parece seguir un criterio que tiene en cuenta su clase y su cronología y que da lugar a los siguientes grupos (Della Corte, 1970, págs. 237 ss.): de erudición, historia y filología; burocráticas y jurídicas; epítomes de las grandes obras del primer apartado; pertenecientes a la vejez del autor; no doctrinales (poesía, sátiras y discursos). Dentro de los dos calificativos que aplicaba ya Suetonio (seguido por San Jerónimo; cf. Funaioli, 1969, pág. 180, test. 3) a Varrón como escritor, los cuatro primeros grupos se refieren al philosophus y el último al poeta.
Dar noticia cabal de esta inmensa obra es difícil, y no tanto por su propia extensión, sino por lo poco que se nos ha conservado de ella y lo mucho que se viene conjeturando sobre la misma. Sin duda, una constante que une a toda la producción del Reatino es su reiterado punto de mira en Roma y en el interés de los romanos, en lo nacional y en lo práctico (Von Albrecht, 1992, 1, págs. 481 y 483).
Buen ejemplo de los proverbiales saberes de Varrón y del concepto utilitario de la cultura que como buen romano tenía, es su labor de enciclopedista. Se trata concretamente de Las disciplinas (Disciplinarum libri) , esa obra cuya lectura precedió a la conversión de San Agustín (Retractaciones , I 6; Doctrina Cristina II 40, 60) y que conocemos sobre todo indirectamente y por las fructíferas consecuencias que tuvo en la tradición europea. La compuso en los últimos años de su vida y muy probablemente quiso ser el testamento de quien, por amar muchísimo la cultura romana, deseó preservarla para la posteridad: el libro VIII estaba escribiéndose aún en el 33 y el IX y último quizás fue acabado lo más tarde en el 31. Seguía en última instancia el ejemplo de Catón el Censor, pero debió de suponer una aplicación más completa del método académico aprendido en su juventud, superador de los extremos polémicos (Della Corte, 1970, págs. 217-218). Se dedicaba un libro a cada disciplina contemplada, por este orden: Gramática, Dialéctica, Retórica, Geometría, Aritmética, Astronomía, Música, Medicina y Agricultura 54 . Esto es, tres disciplinas literarias, cuatro exactas y dos técnicas 55 . Parece que su enfoque era fundamentalmente gramatical y anticuario incluso en los libros de tema no lingüístico. Supuso, sin duda, una importante labor de adaptación de la terminología griega al latín, labor que venía haciendo Cicerón y de la que el mismo Reatino sabía ya bastante a estas alturas 56 .
El ilustre sabino tuvo una constante preocupación por la lengua latina a lo largo de su dilatada vida. Sus obras gramaticales fueron muy numerosas. De ellas, hecha ya referencia al contenido gramatical del libro I de Las disciplinas , que cronológicamente es su última publicación sobre este tema, y dejada a un lado la estimable parte conservada de LL (así como su epítome, que desconocemos) y de la que hablaremos por extenso más adelante, nos han quedado casi sólo títulos. Son las que siguen:
1) La antigüedad de las letras (De antiquitate litterarum): Al menos en dos libros, es precisamente, al parecer, la primera de todas las obras de la enorme producción del Reatino 57 . Estudiaba el número, el orden y el nombre de las letras latinas, así como diversas cuestiones ortográficas. Dedicada a Accio 58 , oponía contundentemente en el terreno tratado la doctrina de éste a la de Lucilio. Muy probablemente proceden de aquí numerosas informaciones sobre el tema conservadas en autores posteriores (Desbordes, [1990], págs. 51-52).
2) La utilidad del lenguaje (De utilitate sermonis): Obra también juvenil, parece que en sus credos estaba más próxima a los anomalistas que a los analogistas (Della Corte, 1970, pág. 250).
3) El origen de la lengua latina (De origine linguae Latinae): En tres libros. Lo conservado parece disuadir de la suposición de que se trate de determinada obra pedida por Pompeyo a su consejero sabino (Della Corte, 1970, págs. 241-242). Hay quien afirma que es contemporánea y complementaria de las Antigüedades humanas y divinas (Lehmann, 1988, pág. 181, siguiendo a Collart, 1954, págs. 26 ss.). Probablemente trataba de asuntos como el origen griego del latín y las relaciones entre la fonética y la ortografía griegas y latinas (Desbordes, [1990], pág. 52).
4) La semejanza de las palabras (De similitudine verborum): En tres libros. Más que pensar simplemente en que, por su título, ha de ser de una época en que el Reatino siguiese la analogía y el purismo (Della Corte, 1970, pág. 242), hay que considerar que muy probablemente formaba pareja con La utilidad del lenguaje , no citada por San Jerónimo: mientras que esta última obra (sin duda también en tres libros) trataba los cambios que, debido al uso, sufre el lenguaje, La semejanza de las palabras se refería a lo inmutable del mismo. Esto es, ambos tratados parecen una anticipación del debate entre analogistas y anomalistas expuesto en los libros VIII-X de LL 59 .
5) El latín (De sermone Latino): Al menos en siete libros 60 , estaba dedicada a Marcelo. Parece relacionarse íntimamente con LL y es tal vez posterior a ella: mientras que esta última estudiaba la lengua latina en su aspecto semántico, El latín consideraba la misma en su aspecto formal 61 . Posiblemente se trataba también la métrica y quizás hay que atribuir a esta obra muchos fragmentos varronianos sobre la corrección ortográfica (Desbordes, [1990], pág. 53).
6) Cuestiones plautinas (Quaestiones Plautinae): En cinco libros. De datación desconocida, se discute si su contenido era gramatical y fundamentalmente lexicográfico o más bien biográfico y trataba aspectos de crítica plautina 62 .
7) Perì charactḗrōn: En tres libros al menos, la breve cita conservada de esta obra no nos permite estar seguros de si su contenido era gramatical o no (ni, por tanto, ofrecer una traducción fiable de su título). De los que se pronuncian en sentido afirmativo, hay quien piensa concretamente en las características flexionales 63 y quien lo identifica con el De personis (Della Corte, 1970, pág. 258). Pero quizás sea una menipea (Della Corte, 1970, pág. 258) o se trate del De descriptionibus 64 .
También se interesó el Reatino por la historia de la literatura, y de una manera especial por la del teatro. Su labor fue tal en este terreno que aún hoy somos deudores de Varrón en el mismo (Della Corte, 1970, págs. 195 ss.).
Al teatro latino se referían las siguientes obras:
1) Las comedias de Plauto (De comoediis Plautinis): O es uno de los cinco libros de las Cuestiones plautinas o es una obra independiente. En este último caso quizás era de época juvenil 65 . De cualquier manera es indudable que trataba de la autenticidad de las comedias plautinas (Aulo Gelio, III 3) y, haciendo gala de un método bastante riguroso (Pociña, 1988, págs. 102-104), contribuyó a fijar definitivamente las veintiuna comedias indiscutiblemente de Plauto (corpus Varronianum).
2) De actis scaenicis: Según el Índice de San Jerónimo, con este título y en tres libros. No conservamos fragmento alguno suyo. Quizás se denominaba realmente De actibus scaenicis y trataba de la problemática de la división en actos de las obras dramáticas de época republicana, aunque hay alguna otra hipótesis al respecto 66 .
3) De actionibus scaenicis: No se está de acuerdo en el número de sus libros y su contenido concreto (y la traducción exacta de su título) es difícilmente conjeturable.
4) Orígenes de la escena (De scaenicis originibus) 67 : En tres libros, trataba, como su nombre da a entender, de los orígenes del teatro, quizás de manera especial o exclusiva en su aspecto material y de organización del espectáculo, y fue muy probablemente (junto a otras obras varronianas conteniendo aspectos del mismo tema) fuente para las noticias dadas al respecto por autores como Tito Livio y Tertuliano (Pociña, 1988, págs. 97-98).
5) De descriptionibus: El título y que constaba de tres libros es información del Índice de San Jerónimo, pero no conservamos fragmento alguno de esta obra. Se ha pensado en que fuese una especie de prosopografía de finalidad ética, basada en los caracteres literarios, especialmente dramáticos. Se la ha querido identificar también con el Perí charactéron (Pociña, 1988, págs. 99-100).
6) De personis: En tres libros, pudo tratar de los personajes o máscaras dramáticas 68 , pero se ha pensado también en que se refiriese a la personalidad jurídica (Della Corte, 1970, págs. 246-247) e incluso en que, como ya se ha dicho, haya de identificarse con el Perì charactḗrōn 69 .
Otros aspectos literarios trataban las obras que siguen:
1) Los poemas (De poematis) y Los poetas (De poetis): Son de fecha insegura, aunque quizás no estén lejos de LL (Funaioli, 1969, pág. 213). En una cierta correspondencia, la primera obra, en tres libros, era quizás un diálogo en torno a los tipos de poesía romana según los metros y el tema (Von Albrecht, 1992, pág. 476), mientras que la segunda consistía sin duda en eruditísimas biografías de escritores y en ella bebieron obras posteriores como la homónima de Suetonio (Pociña, 1988, págs. 105-107) o la de Aulo Gelio (I 24, 3), aunque para algunos la varroniana es simplemente un libro de los Retratos (Della Corte, 1970, pág. 242).
2) También trataban temas literarios de una u otra forma las siguientes obras: Las bibliotecas (De bibliothecis; en tres libros) 70 , Lecturas (De lectionibus; 3 libros, quizás referida a lecturas públicas de obras literarias: cf. Rose, 1967, pág. 226), De proprietate scriptorum (en tres libros, de datatión desconocida, su título puede referirse a algo como la analogía y el purismo en los escritores o bien su estilo propio en comparación con otros 71 ), y La composición de las sátiras (De compositione saturarum; prácticamente no se sabe nada de ella) (Dahlmann, 1963, pág. 10).
Una obra muy especial dentro de este apartado concerniente a la historia de la literatura son los Retratos (Hebdomades vel de imaginibus). Comenzada quizás a fines del 44, parece que el autor aún seguía trabajando en ella en las postrimerías del 39 72 . Era un conjunto de biografías de personajes históricos (o que Varrón tenía como tales), no sólo literarios 73 y no sólo romanos, que concluían con un dístico (Símaco, Cartas I 2, 2). Iban acompañadas de ilustraciones 74 . El título de Hebdomades (Septenarios) se debe a que su estructuración se basaba en el número 7 (Aulo Gelio, III 11). En efecto, parece que sus quince libros abarcaban un total de setecientas biografías, catorce (=7×2) en una especie de libro introductorio, que se ocupaba de personajes como Homero y Hesíodo (Aulo Gelio, III 11, 1), y cuarenta y nueve (=7×7) en cada uno de los restantes libros. Su modelo fue quizás una Descripción del peplo (Peplographía) escrita por Aristóteles (o atribuida a él), obra, al parecer (nos ha quedado poco de ella), mitológica de contenido misceláneo y en la que se recogían epigramas sobre personajes ilustres, como los caídos de la guerra de Troya 75 . Se hizo un epítome de los Retratos varronianos en 4 libros.
Cabría decir que la labor de anticuario es casi consustancial al quehacer literario de Varrón en general 76 . Ahora bien, la misma se muestra de una manera especial en determinadas obras que vamos a estudiar a continuación. Como es visible en las más importantes de ellas, no es el Reatino simplemente un coleccionista de hechos del pasado, sino que toda su labor anticuaria descansa en un determinado pensamiento filosófico en que el pueblo romano es el protagonista, que tiene la finalidad de hacer tomar conciencia a este último de su historia y del momento en que se halla y que, en fin, va a inspirar el pensamiento de la época augústea (Deschamps, 1987, págs. 189-192).
1) Antigüedades (Antiquitatum libri): Con antiquitates vierte Varrón la palabra archaiología , empleada por los griegos para «conocimiento de la antigüedad» frente a la gran «historia» política y militar (Pfeiffer, 1981, I, pág. 106). Fue muy leída y por ello conservamos multitud de fragmentos en diversos autores, aunque es especialmente importante la información de San Agustín en La ciudad de Dios , sobre todo en sus libros IV, VI y VII 77 . El conjunto constituía una monumental obra en cuarenta y un libros 78 , con multitud de subdivisiones, fundamentalmente tripartitas. Los primeros veinticinco estaban consagrados a las Antigüedades humanas (Antiquitates humanae) y debieron de publicarse en torno al 56 dedicados a Pompeyo (Della Corte, 1970, págs. 96 y 238). Los restantes dieciséis libros formaban las Antigüedades divinas (Antiquitates divinae) y, dedicadas en cambio a César, su datación ha de situarse entre el 48 y el 46 79 . Iba primero lo concerniente a los hombres y después lo concerniente a los dioses, porque aquéllos habían establecido el culto de éstos 80 , lo que denota la actitud de un anticuario frente a la de un teólogo: la parte «divina» no es, tras algunas consideraciones generales introductorias 81 , un tratado de teología, sino una especie de historia y manual del culto, fundamentalmente del estatal, que es el único que Varrón reconoce como válido (Garzetti, 1976, pág. 108). Para esta obra su autor recogió gran cantidad de material: vuelca en ella, ya en la vejez, todo su variado e inmenso saber. Según el Índice de San Jerónimo, se hizo un epítome en 9 libros, traducido probablemente al griego 82 .
2) La estirpe del pueblo romano (De gente populi Romani): Publicada no antes del 43 (Arnobio, 5, 8). Parece que era la contribución del Reatino a la propaganda del segundo triunvirato. No se contentaba simplemente con el árbol genealógico y la secuencia cronológica de la estirpe romana, para la que se basó en la crónica de Cástor de Rodas (s. I a. C), sino que también trazaba su historia cultural en los tiempos más remotos (Riposati, 1975, págs. 25-26), en lo que nosotros llamaríamos prehistoria y protohistoria. Viene a ser, pues, una introducción a la Vida del pueblo romano: aquélla acaba cuando el populus Romanus ya se ha constituido propiamente como tal. Son muchos los autores posteriores que bebieron en sus datos y de manera especial lo hizo San Agustín para su libro XVIII de La ciudad de Dios (Della Corte, 1978, pág. 156).
3) Las familias troyanas (De familiis Troianis) 83 : En varios libros. Probablemente anterior a las Antigüedades , debe de ser de en torno al 68, cuando César pronunció un discurso fúnebre en alabanza de su tía Julia, en el que remontaba su estirpe a la diosa Venus 84 . Iba quizás dirigida a varias familias patricias que buscaban sustentar su pretensión de privilegios en sus supuestas raíces troyanas 85 .
4) Vida del pueblo romano (De vita populi Romani): En cuatro libros, dedicada a Ático, la obra viene a ser una especie de complemento a las Antigüedades y pudo escribirse entre el 47 y el 43 (Riposati, 1972, págs. 84 ss.). Los más de cien fragmentos conservados, especialmente por medio de Nonio, nos permiten ver que aquí Varrón es el narrador de la historia íntima del pueblo romano desde sus orígenes, heroicos y virtuosos, hasta su presente, corrompido y decadente (Riposati, 1975, pág. 26): la casa, el matrimonio, el vestido, los espectáculos, ritos funerarios. Su modelo fue muy probablemente la Vida de Grecia (Bíos Helládos) de Dicearco, tanto en lo correspondiente al título como al contenido 86 .
5) Causas (Aetia) 87 : Tal vez anterior a LL , estudiaba quizás las causas y orígenes de las costumbres y leyendas primitivas (Riposati, 1975, pág. 25). El título puede haberse tomado de Calímaco. Plutarco tiene unas Causas romanas (Aetia Romana) o Cuestiones romanas (Quaestiones Romanae) , que, quizás indirectamente, remontan a esta obra de Varrón y, de otro lado, es muy posible que también se nutrieran de ella los Fastos de Ovidio.
6) Las tribus (Tribuum libri): Quizás no era una obra independiente, sino que formaba parte de las Antigüedades humanas , concretamente de su sección dedicada a las cosas (libros XX-XXV) (Della Corte, 1970, pág. 257). Debía de considerarse el conjunto de las tribus en que estaba dividido el pueblo romano.
7) Las cosas de la ciudad (Rerum urbanarum libri): En tres libros. Prácticamente no se puede decir nada de esta obra, si no es que, dada la manera de actuar de Varrón en bastantes ocasiones, quizás es como un contrapunto de Las cosas del campo , por lo que puede datar de época posterior a éstos y contener una especie de topografía histórica romana 88 .
8) Anales (Annalium libri): Tres libros de contenido (¿una relación cronológica?) y fecha inciertos 89 .
9) Pompeyo (De Pompeio): Obra sin duda perteneciente al género propagandístico, pero, siendo de fecha dudosa, no se sabe si su contenido está a favor o en contra de Pompeyo 90 .
10) Iniciación para Pompeyo (Eisagōgikós ad Pompeium): Escrita en el 71, a instancia de su destinatario, pretendía que éste, cónsul electo, conociese cómo tenía que comportarse en sus futuras relaciones con el Senado 91 . Por ello, quizás no fue publicada, sino que sólo sirvió para uso personal de Pompeyo. Probablemente se perdió en la proscripción del 43.
Raro sería que quien en su vida viajó tanto acompañado de una tremenda curiosidad no emprendiera obras específicamente geográficas. Se trataba de las siguientes, prácticamente perdidas:
1) La costa (De ora maritima), Las riberas del mar (De litoralibus), Los estuarios (Liber de aestuariis): Las tres están probablemente próximas a la guerra pirática (antes o después). Los cuatro fragmentos conservados de la primera 92 nos muestran que trataba de cuestiones como los vientos o consejos para la navegación. La segunda contenía al parecer más bien información sobre lugares 93 . La última, a la vista de LL IX 26, se refería a cuestiones como las mareas y el influjo de la Luna en ellas.
2) Ephemeris navalis ad Pompeium: Parece que Varrón escribió dos obras con este título, cuyo contenido global vendría a referirse a las cuestiones climáticas relacionadas con la navegación, por lo que cabría traducir dicho título por Calendario para navegar (dirigido a Pompeyo). La primera pretendía informar de esto a Pompeyo con miras a la guerra sertoriana desarrollada en la Península Ibérica, por lo que puede ser de en torno al 77 94 ; la segunda se refería a lo mismo a propósito de la guerra pirática 95 .
3) De mensuris: Escrito sin duda de agrimensura 96 .
Como político activo, al Reatino le resultó imprescindible una labor oratoria y retórica. Los dicursos (Orationum libri) varronianos alcanzaron la importante cantidad de 22 libros. No está claro si las Laudationes 97 han de incluirse simplemente en el número de éstos. Por otro lado, los Suasionum libri estaban integrados por discursos en defensa de la aprobación de una ley (Della Corte, 1970, pág. 245). En fin, un tratado de retórica al que se refiere Prisciano (Keil, 1981, II 489, 2), en al menos tres libros, es quizás una obra distinta de la parte del mismo contenido existente en Las disciplinas.
Sin duda también su faceta de político le llevó a escribir obras de derecho. Pero de las que efectivamente compuso casi lo desconocemos todo. Del Derecho civil (De iure civili) sólo sabemos lo que revela su título y que tenía 15 libros, y de Los grados (De gradibus) , que en varios libros trataba sobre los grados de parentesco (Della Corte, 1970, pág. 252).
Para la crítica moderna, parece que no fue Varrón precisamente un filósofo, ni siquiera un tratadista riguroso de filosofía. Como en otros terrenos, fue un difusor, que en este caso además incluso llevó a cabo, en algunas de sus obras, su misión con un cierto atractivo literario. Sin embargo, las fuentes antiguas incluyen en su producción como philosophas todo lo que no pertenece al poeta (Funaioli, 1969, págs. 180-182, test. 3, 18 y 21), algo, esto último, en principio bastante escaso. Además, sin duda este carácter de philosophus del Reatino fue razón importante para que el Arpinate le incluyera en una obra filosófica como sus Académicas. Y es que en realidad la filosofía se halla diseminada de una u otra forma por toda su obra. Dadas sus inquietudes generales, el tema filosófico por el que se interesara el Reatino no podía ser otro en principio que el moral. Y, efectivamente, así parece que ocurrió. Las obras concretas de las que tenemos referencias y, en algún caso, fragmentos diversos son:
1) Liber de philosophia: Es confusa la cuestión del número de obras ante el que nos hallamos realmente a propósito de las llamadas Liber de philosophia, De forma philosophiae y el posible libro dedicado a la filosofía en Las disciplinas. El primero es para algunos (André, 1977, pág. 53) un tratado sobre los fundamentos de la ética: con una clara impronta peripatética, situaba la felicidad humana en la congruencia de la virtus con los prima naturae , esto es, los bienes primordiales de la naturaleza. Hay, por otra parte, quien, identificando el De philosophia como libro VII de Las disciplinas , piensa que el De forma philosophiae , en 3 libros, es contemporáneo de aquél (Della Corte, 1970, pág. 248). Esta última obra quizás trataba de la teoría e historia de la filosofía, con la consideración de 288 sistemas posibles (Rostagni, 1964, 1, pág. 617).
2) Fundamentos de los números (De principiis numerorum): En nueve libros, acaso se escribió después de LL , entre el 45 y el 36, tal vez más cerca de este último año (Della Corte, 1970, pág. 247). Quizás era un apéndice al libro V de Las disciplinas , dedicado a la Aritmética, y debía de examinar los números en su faceta simbólica, muy probablemente dentro de la esfera pitagórica (cf., p. ej., Heurgon, 1978, pág. XVIII).
3) Logistóricos (Logistorici): De sus 76 libros, sólo tenemos diecinueve títulos referidos a diversos fragmentos 98 . No se conoce su datación exacta 99 . El elemento logos de su denominación refleja para unos su carácter filosófico, pero para otros se refiere a su forma dialógica, con la que se pueden asemejar a los diálogos históricos de Heraclides Póntico (Della Corte, 1970, págs. 239-240). En conjunto, cabe considerarlos de interés histórico-filosófico, volcados sin duda hacia un aspecto más o menos moral. Cada uno tiene doble título (p. ej., Mario, la fortuna 100 ): uno se refiere al principal participante en el diálogo y otro al aspecto por el que destaca especialmente dicho participante. Escritos probablemente en honor de personajes recientemente desaparecidos, los que los encabezan son habitualmente adversarios de César (Zucchelli, 1976, pág. 623). Su carácter serio, además de su forma expositiva y en prosa, los distingue de las sátiras menipeas, con las que vienen a coincidir en el espíritu. Digamos, por otra parte, que la obra denominada El cuidado de la salud (De valetudine tuenda) , en un libro, figura aparte en el Índice de San Jerónimo y es quizás, pues, distinta del logistórico Mesala, la salud (Messala de valetudine): puede reflejar la preocupación del Varrón anciano por su propia salud 101 .
Raro hubiera sido que un terrateniente como Varrón, profundamente enamorado de sus campos sabinos, no hubiera emprendido la escritura de una obra de técnica agrícola. Y la emprendió, aunque muy tardíamente. Se trata de Las cosas del campo (Rerum rusticarum libri). Es la única obra conservada prácticamente en su integridad. Al menos la forma en que ha llegado hasta nosotros es del 37, cuando tiene ya ochenta años y hace un alto en la redacción de esa obra monumental que son Las disciplinas 102 . Es un diálogo «a la manera aristotélica» (Cicerón, Cartas a Át. XIII 19, 4) en tres libros, cada uno de los cuales tiene una dedicatoria distinta y refleja una época, una ocasión y un escenario diferentes. El primero, dirigido a su esposa Fundania, que acababa de comprar una finca, acontece no después del 57, en el templo de Telus durante la fiesta de invierno de la siembra (feriae sementivae) y se refiere a la agricultura (fundamentalmente de árboles y del trigo). El lugar y las circunstancias en que se celebra el diálogo del segundo libro nos resultan oscuros por haber una laguna en el proemio: dirigido al terrateniente Turranio Níger, amigo del Reatino, se centra en la ganadería y quizás se desarrolla en el 67. El tercero, dirigido a un tal Pinnio, amigo y vecino de Varrón en la Sabina, se desarrolla en un día caluroso de elecciones (de un año localizable entre el 60 y el 50) en la Villa Publica , situada en el Campo de Marte, y trata fundamentalmente de la cría de animales relacionados de alguna manera con la granja (pájaros, caracoles, lirones, peces...). Toda la obra tiene un claro carácter autobiográfico y, más que una finalidad estrictamente de técnica agrícola, busca entretener a terratenientes similares al mismo Varrón (Kenney-Clausen, 1989, pág. 322). Por ello, sus fuentes no son sólo bibliográficas, sino también de diversas personas contemporáneas relacionadas con el tema tratado.
Varrón, dados su carácter, su trayectoria vital y sus intereses intelectuales en general, de ser poeta, sin duda no podía ser sino poeta satírico. Y, en efecto, así nos lo demuestran sus Sátiras Menipeas (Saturae Menippeae) , de las que, quizás más desgraciadamente que en ningún otro caso, habiendo alcanzado la considerable extensión de 150 libros según el Índice de San Jerónimo, sólo quedan unos 90 títulos y cerca de 600 fragmentos, en su inmensa mayoría procedentes de la obra lexicográfica Doctrina compendiosa de Nonio. Constituyeron sin duda lo más cercano a la creación propiamente artística de la producción varroniana, pero el que se perdieran no deja de hacer referencia muy probablemente a que otros aspectos como la erudición no permitieron renovar su atractivo (Paratore, 1969, pág. 174). Remontan en última instancia al cínico Menipo de Gádara 103 , pero gozan de la tradición de la sátira y de la comedia romanas (Von Albrecht, 1992, I, pág. 481). Comenzadas en su juventud en las aulas de la Academia 104 y proseguidas al parecer durante varios años 105 , pretendían acercar la filosofía a quienes no eran capaces de entrar en contacto directo con los textos griegos de esta disciplina (Cicerón, Académicas I 8 y 9), aunque las hay que se hallan más bien en el terreno de la política y de la actualidad contemporánea del Reatino. En general, se predicaba moral envuelta en el atractivo del humor, sin olvidar la característica erudición del ilustre sabino, moviéndose tanto en el mundo netamente romano como en el helenístico y reflejando en multitud de aspectos la personalidad del mismo Varrón. En ellas se emplea la prosa y el verso, éste en diversidad de metros, y se incluye el término griego con profusión. Algunas tienen doble título, como ocurre en los logistóricos. Una gran variedad de personajes romanos y míticos desfilan por el conjunto de estas composiciones, en las que campea frecuentemente una mirada de indignación a la degeneración presente y una añoranza de tiempos pasados mejores 106 .
De otros escritos de carácter literario del Reatino no sabemos prácticamente nada, esto es, de los diez libros de poemas, de los cuatro de sátiras y de los seis de pseudotragoediae citados en el Índice de San Jerónimo. Quizás la primera obra estaba constituida por poemas breves de asunto ligero, la segunda eran sátiras a la manera de Lucilio y la tercera, tal vez cercana en propósitos a las Sátiras Menipeas , consistía en parodias de mitos y de acciones dramáticas, siguiendo ejemplos cínicos y pudiendo haber servido de modelo a las tragedias de Séneca 107 .
Lo autobiográfico está presente, como hemos visto, en más de una obra de Varrón. Pero también tenemos noticias de que escribió algunas obras sobre aspectos concretos de su vida. Se trata de las siguientes, una vez más, lamentablemente, perdidas casi por completo.
1) Legaciones (Legationum libri): Dado que parece que la obra abarcaba tres libros 108 , Varrón quizás se refería en ella sólo a su actividad como legatus de Pompeyo del 76 al 72 en Hispania, en el 67 en la guerra pirática y, finalmente, en el 49 de nuevo en Hispania, quedando excluida su participación en el 78 en Iliria, cuando aún no estaba al servicio de Pompeyo y tenía un cargo de identificación incierta para nosotros.
2) La obra denominada Singulares , en diez libros, puede tener un contenido similar al de las Legaciones , ya que singulares se denominaban aquellos que, en el ejército, eran enviados con órdenes o con embajadas, aunque también cabe que se tratase de algo como una recolección de monografías o una compilación de palabras aparecidas una sola vez en las literaturas clásicas (Della Corte, 1970, pág. 246).
3) Su vida (De sua vita): En tres libros. Sin duda obra tardía: estaba dedicada al también pompeyano Lucio Escribonio Libón, que fue cónsul en el 34 (Della Corte, 1970, pág. 238, n. 3). Constituyó tal vez la fuente para los datos biográficos que sobre el Reatino nos han transmitido autores como Plinio el Viejo, Suetonio, Aulo Gelio y San Agustín (Dahlmann, 1970, col. 1251).
Un personaje de la importancia social, política y cultural de Varrón no podía carecer de una amplia correspondencia. ¡Cuántas noticias no aportaría ésta para el conocimiento de su autor y de la vida romana contemporánea! Pero, como en la mayor parte de sus obras, las cartas se reducen para nosotros casi a simples títulos. Las Cartas latinas (Epistulae Latinae) eran, al parecer, un conjunto de cartas distribuidas en al menos ocho libros. De distinta época: varias de antes del 44, pero también otras de la vejez. Dirigidas a personajes como César o Fufio Caleno, el que le salvó de la saña de los proscriptores. Se ignora si la recopilación fue hecha y publicada por el propio Varrón o no. Quizás Nonio hace referencia aún a cartas sueltas. Su denominación implica probablemente la existencia asimismo de unas Cartas griegas (Epistulae Graecae) (Della Corte, 1970, pág. 251, y 1978, pág. 157). Carácter distinto parece que tuvieron las Cuestiones epistolares (Epistolicae quaestiones). Al menos en siete libros 109 , quizás de la juventud, aunque pudo haber continuidad hasta edad avanzada, respondían posiblemente a un género literario en que se utilizaba la forma epistolar para tratar un tanto informalmente diversos temas 110 .
II. «LA LENGUA LATINA» (DE LINGUA LATINA)
1. Composición y publicación
El 22 de junio del 45, Cicerón escribe una carta a Ático (Cartas a Át. XIII 12). En ella, en respuesta a la petición de éste de que incluya a Varrón en una de sus obras, antes de acceder al deseo de su amigo y exponer los cambios que, consecuentemente, va a introducir en sus Académicas 111 , explica que no ha hecho intervenir antes a Varrón en su producción por haber escrito discursos y otro tipo de obras en que no era posible hacerlo y porque, cuando había comenzado trabajos «más filológicos», ya el mismo Varrón le había prometido la dedicatoria de una obra extensa e importante. Pero precisa el Arpinate que han pasado ya dos años y, a pesar del trabajo asiduo, la obra no ha avanzado; que él ha estado esperando que Varrón la terminase y, en contrapartida, poder pagarle con un acto similar. El 11 (o el 12) de julio del mismo año, cuando ya un día (o dos) antes ha comunicado por carta a Ático 112 que la nueva versión de las Académicas está a falta sólo de corregir los errores de los copistas, escribe al propio Reatino (Cartas a fam. IX 8) comunicándole que, por el gran deseo de ver cumplida la promesa de éste, le ha enviado cuatro «recordadores» de la misma no demasiado vergonzosos, con lo que, ante su tardanza, se ha adelantado en su agradecimiento y le ha incluido en un diálogo en la forma que detalla brevemente 113 . De este diálogo, los llamados Academica posteriora , se nos ha conservado (incompleto) el primer libro, denominado vulgarmente Varrón. Y, en efecto, el mismo confirma y complementa lo contenido en la citada correspondencia ciceroniana. Su acción imaginaria es contemporánea de la redacción, esto es, transcurre a fines de junio del 45. En ella, al comienzo (I 2-3), el sabio reatino, ante el comentario de Ático de que aquél oculta lo que escribe, explica que hace ya tiempo que trabaja en una obra extensa dedicada a Cicerón, la cual lima con esmero, a lo que este último replica que espera dicha obra desde hace tiempo, pero que no se la exige, pues sabe que no ha interrumpido su trabajo y que se ocupa de él con mucho cuidado.
Así pues, estos testimonios nos muestran que a mediados del 45 el ilustre sabino llevaba dos años escribiendo una obra extensa dedicada a Cicerón y que la misma, a pesar de no haber sido interrumpida, no había llegado a su fin por esta fecha. ¿Qué obra era ésta? Hoy día se identifica con LL. En efecto, que esta obra estaba dedicada al Arpinate a partir del libro V lo sabemos por referencias internas existentes en lo conservado de la misma y por varias citas de diversos libros no conservados transmitidas por distintos autores que se refieren a la obra como (de lingua Latina) ad Ciceronem. De esta manera, es posible pensar que LL fue comenzada en el 47 y acabada y publicada en su totalidad antes del asesinato de Cicerón, esto es, antes del 43 114 . Ahora bien, es necesario observar que la fecha de inicio, deducida, como se ha visto, del contenido de una carta de Cicerón, es mantenible en la medida en que la obra esté dedicada a éste. Sin embargo, sabemos por referencia explícita del propio Varrón (LL V 1 y VII 109) que los libros II-IV, perdidos para nosotros, estaban dedicados, en cambio, a Publio Septimio, su cuestor 115 . Por ello, cabe suponer que estos libros fueron escritos y publicados como una monografía 116 antes de 47, es decir, antes de la promesa hecha a Cicerón. En caso contrario, no se entiende cómo estos libros no van dedicados también a este último; en cambio, es pensable que el Reatino incluyese esta primera publicación dentro de una obra más amplia que sería el conjunto de LL (Della Corte, 1970, pág. 175, n. 41). Por otro lado, el mantenimiento del asesinato de Cicerón como límite para la finalización y publicación de la obra procede asimismo del hecho de que ésta fuera dirigida a aquél. Ahora bien, en el siglo pasado hubo quienes 117 , ante características del texto como repeticiones, contradicciones y «descuido» estilístico en general, consideraron que se trataba de un opus interruptum que se publicó tras la muerte del Arpinate. Sin embargo, ya había habido otros filólogos 118 que combatieron esta opinión y que, como los que desde entonces hasta hoy han tratado este aspecto, consideraron que los referidos «defectos» de la obra se deben a hechos como su carácter técnico y la rapidez de su redacción (cf. infra , § II, 7). En fin, dejado aparte lo dicho a propósito de la escritura y publicación de los libros II-IV, cabe pensar (Traglia, 1974, pág. 43) que una obra tan extensa como LL no fuese publicada de una vez. Para ello, por supuesto, no es estrictamente necesario discutir los límites cronológicos establecidos ni la concepción global de la obra que, a la vista de lo conservado, sin duda guió a Varrón desde un principio 119 . También es necesario considerar que, en cuanto al orden de composición, un libro como el I, que al parecer tenía un carácter introductorio y que contenía al comienzo una dedicación de toda la obra a Cicerón, debió de ser escrito en último lugar 120 .
2. Estructura general de LL
LL se estructura siguiendo un sistema aritmético, cuando menos, curioso 121 . En efecto, las referencias internas existentes en la parte conservada de la obra y las características de esta parte misma nos permiten observar que cada libro, exceptuado el primero (sin duda una introducción general a la obra), era una unidad mínima de contenido por sí mismo, pero que se integraba en una determinada unidad superior triádica, la cual, a su vez, se unía con otra de idénticas características para constituir una unidad más amplia de estructura hexádica; la primera tríada de una héxada exponía ciertos contenidos teóricos, mientras que la segunda tríada suponía la práctica de esos mismos contenidos. Cada una de estas tres unidades de contenido (libro, tríada y héxada), a su comienzo y a su final, hacía referencias sobre lo ya tratado y lo que se iba a tratar (Collart, 1978, pág. 8). La división general de la obra, como nos indica explícitamente el autor (LL VII 110 y VIII 1), era tripartita: la primera y la segunda parte constaban de una sola héxada cada una; la tercera parte, en cambio, abarcaba dos héxadas 122 . Para explicar este sistema aritmético, puede pensarse (Collart, 1978, pág. 9) al menos en tres razones, que quizás se potenciaron entre sí: pedagógica, a fin de asimilar mejor la materia; retórica, dado que la estructuración confirmatio-confutatio-conclusio era fundamental en la disciplina retórica; y «mística», debida a influencia pitagórica.
Desde luego, ya en una primera visión de conjunto LL , más que como una gramática propiamente dicha, se presenta como un amplio ensayo sobre la lengua latina (Tusón, 1982, pág. 32) o como una enciclopedia sin plan propiamente gramatical y que, a través del lenguaje, investiga el pasado y observa el presente 123 . La identificación y distribución concretas del contenido a lo largo de los veinticinco libros de que constaba nos permitirá un mayor acercamiento a su auténtica entidad. Constaba de las siguientes partes:
Parte introductoria: Libro I; perdido.
1) Primera parte: Estaba dedicada a la etimología o, mejor, a la impositio verborum , esto es, a cómo se dieron los nombres a las cosas en la lengua latina, algo repetido explícitamente en lo conservado (LL V 1, VII 109 y VIII 1). La primera de las dos tríadas de que constaba, perdida, tenía, según referencias del propio Varrón (LL VII 109), un contenido teórico en el que se exponían los argumentos en contra de la etimología (libro II), los argumentos a favor de la etimología (libro III) y, en fin, el objeto de la etimología (libro IV). La segunda tríada, por el contrario, se nos ha conservado 124 y consiste en una aplicación de los principios expuestos en la primera: se dedica un libro a las palabras que indican espacio en prosa (el V), un libro a las palabras que indican tiempo en prosa (el VI) y, por último, un libro a las palabras de los poetas (el VII).
2) Segunda parte: Contemplaba la morfología y, de manera más precisa, la llamada declinatio verborum , en la que se incluye la flexión, pero también la composición y la derivación. Ya se ha dicho que, al igual que la primera parte, estaba integrada por dos tríadas. La primera, conservada con algunas lagunas en sus libros, es una exposición teórica de la citada declinatio a la vista de dos posiciones contrapuestas en un principio, la de la analogía y la de la anomalía: en un primer libro (el VIII) se trata el tema desde la posición de la anomalía y frente a la de la analogía, en el segundo (el IX), por el contrario, se hace lo mismo desde la posición analogista y a favor de la misma, y, en fin, en el tercero (X) se exponen las formas y modos de actuación de la analogía o, para decirlo de otra manera (Collart, 1978, pág. 8), en dónde buscar la auténtica analogía. En este último libro se encuentra, como veremos más adelante, la posición propia varroniana. Por otro lado, la segunda tríada de esta segunda parte no se ha conservado. Cabe trazar su contenido de manera analógica con el de la segunda tríada de la primera parte (libros V-VII, conservados, como se ha visto ya): se trataría de un repertorio práctico de morfología, en el que se expondría la analogía en la declinatio , de un lado dentro de la lengua hablada y en prosa (en lo tocante a los nombres en el libro XI y, en cambio, en lo tocante a otras partes de la oración y sobre todo a los verbos en el XII), y de otro lado dentro de los términos poéticos (libro XIII).
3) Tercera parte: Conservada sólo en escasísimos fragmentos y abarcando el doble de héxadas que cualquiera de las dos partes anteriores, la reconstrucción de su contenido es bastante problemática. Por lo que se lee en la propia obra (LL VII 110 y VIII 1), parece que abarcaba una temática de carácter sintáctico. Sin embargo, se discute hasta qué punto es esto cierto, la existencia de sintaxis en Varrón, o mejor, el carácter que tendría propiamente esa sintaxis en el Reatino 125 .
Recientemente se ha tratado la cuestión del contenido de la tercera parte de LL con una posición interesante y bastante verosímil, que lleva el asunto a la estructura general de la obra 126 . Tras una crítica seria de las principales posiciones precedentes en lo que concierne a la citada tercera parte 127 , se mantiene la hipótesis de que Varrón se habría inspirado para la estructura de toda la obra en el esquema de un tratado de dialéctica 128 , y ello porque le interesaba describir lo que había de específicamente latino en el latín, pero sólo en lo concerniente a la producción del significado 129 . Así LL estudiaría la producción del sentido en la lengua latina a través de tres etapas: primero, la relación de las palabras, consideradas individualmente, con las cosas que significan; después, la relación «vertical» de las palabras por la que engendran otras a fin de expresar los diferentes aspectos de las cosas y las distintas perspectivas de los hablantes; en fin, la relación «horizontal» de unas palabras con otras (Desbordes, [1990], pág. 52). Más concretamente, la tercera parte abarcaría dos aspectos: una primera héxada, el comportamiento sintáctico de las distintas categorías de palabras, esto es, sus capacidades concretas de relacionarse con otras palabras; otra héxada, en cambio, el enunciado 130 .
3. Concepción teórica e histórica del léxico latino en LL
LL era sin duda un todo doctrinal (Cavazza, 1981, págs. 71-72) y los aspectos prácticos y teóricos existentes en las dos partes conservadas nos permiten vislumbrar la concepción del léxico mantenida por su autor. Empezando por el nivel más abstracto de dicha concepción, es posible decir (Baratin-Desbordes, 1981, pág. 41) que Varrón tiene una concepción «germinatoria» del léxico y presenta varias comparaciones con el árbol y sus distintas partes (raíces, ramas y frutos), como puede verse, p. ej., en LL V 74. La creación del léxico supone un proceso lento, pero continuo. Hay una primera fase, que podríamos llamar fase de la impositio propiamente dicha. En ella, unos primeros impositores crean un vocabulario base (primigenia uerba) , para lo cual se guían por la naturaleza (LL VI 3), si bien pueden cometer errores en esta labor (LL VIII 7). Estas primeras palabras tenían que expresar la naturaleza de las cosas designadas 131 , pero la denominación de una cosa no es inherente a la misma, por lo que dicha denominación se ha de atribuir a unos hombres dotados de autoridad y sabiduría 132 , hombres como los primeros reyes 133 . El número de estas palabras es pequeño (LL VI 36) a fin de que se puedan aprender rápidamente (LL VIII 5). En una segunda fase, denominable fase de la declinatio , los hombres han ido expandiendo el vocabulario base mediante transformaciones del mismo (declinatio) 134 (LL VI 37-8, y VIII 3 y 5), con lo que han surgido los declinata uerba. Ahora bien, bajo el término de declinatio Varrón (LL X 77) ve tanto las «transformaciones» que nosotros llamamos derivaciones (incluida la composición) como las que incluimos dentro de la flexión, y observa que hay dos tipos (genera) de declinatio (LL VIII 21; también LL X 15 ss. y 51): voluntarium , que es la transformación que cada uno es capaz de producir en una palabra de tal manera que cree otra nueva, y naturale , que es la transformación (o el conjunto de las transformaciones) que se produce en una palabra no por voluntad de un individuo, sino debido al consenso general: la primera, que nace «del pueblo diverso y sin conocimientos», está sujeta al uso (consuetudo) , que es el que consagra la forma establecida mediante la misma, y la segunda, en cambio, lo está a un sistema racional (ratio) , que guía sus posibles formas (LL X 15) 135 . La declinatio es de una utilidad irreemplazable: de otra forma, el número de palabras sobrepasaría la capacidad de aprendizaje del ser humano y con las que se aprendiesen no se hallaría el parentesco de las cosas (LL VIII 3). Por su parte, la creación del léxico poético supone un punto intermedio entre la de los primigenia y la debida a la declinatio voluntaria , pues no es ni enteramente «natural» ni enteramente arbitrario (Baratin-Desbordes, 1981, pág. 41): un poeta tanto puede crear términos al margen del uso común como servirse de términos más próximos a la naturaleza; de aquí que se distinga el léxico poético del corriente 136 . De otro lado, junto a un proceso de expansión del léxico, se da otro de cambio y desaparición: el tiempo borra denominaciones originales, muchas palabras sufren transformaciones fonéticas y muchas cambian de significado (LL V 3). Esta diferenciación y caracterización de las palabras en primigenia y declinata permite, de un lado, la clasificación de todas en familias remontables a las diferentes palabras primigenia y, de otro, la agrupación de todas las palabras según los diferentes modelos de variación (Baratin-Desbordes, 1981, pág. 41), lo que lleva a Varrón a un tratamiento del léxico de un lado con una consideración histórica (la parte etimológica propiamente dicha) y de otro con una sincrónica (la exposición existente en la parte sobre la oposición analogía-anomalía) (Robins, 1980, pág. 58).
En LL , su autor concibe la lengua latina integrada por un patrimonio lexical al que se le han añadido términos procedentes de distintas lenguas (Cavazza, 1981, pág. 96), y crea una teoría de préstamos de diverso origen tan matizada como le era posible en su época (Collart, 1981, pág. 16). Son varias las clasificaciones hechas de las palabras latinas según su origen: nostra, aliena y oblivia (LL V 10); vernacula y peregrina (LL V 77); vernaculum et domi natum, adventicium y nothum (que es ex peregrino hic natum) (LL X 69). Y de hecho algo así como un sexto de las etimologías latinas de LL suponen un étimo no latino (Pfaffel, 1981, pág. 35). Veamos su origen concreto al decir del Reatino:
1) La mayoría de ellas son para Varrón griegas (y helenizantes) (LL X 71) 137 . A este respecto parecen distinguirse claramente unos préstamos recibidos en tiempos lejanos (en la época de Evandro y de Hércules) de otros tomados recientemente, que abarcan términos técnicos y científicos, y que no están totalmente latinizados, como, p. ej., epiclesis, cyathus, cochlea (Collart, 1978, pág. 15). De otro lado, si se entiende la societas cum Graeca lingua de que habla el Reatino (LL VI 40) en el sentido de la pertenencia del latín y del griego a una misma familia, cabría ver en nuestro autor, a propósito de la relación griego-latín, la distinción entre préstamo y origen común 138 . Sí parece observar Varrón la existencia de coincidencias entre dos lenguas debidas no al préstamo sino a idéntica razón de creación de ciertos términos: así se ve que las coincidencias entre el nombre de determinados animales en latín y en griego se debe a haber partido ambas lenguas de los sonidos que emiten aquéllos, como, p. ej., en LL V 96 (Cavazza, 1981, pág. 96). De todas maneras, parece que no cabe afirmar que en LL se mantenga el origen griego (eólico más precisamente) del latín en general 139 .
2) Otro grupo de términos son sabinos 140 . Hay en Varrón, que, como se sabe, es sabino de nacimiento y que llega a afirmar de unos altares que «huelen a la lengua de los sabinos» (LL V 74), un sabinismo sistemático, basado en una determinada concepción histórica y reflejado en un sabinismo gramatical 141 .
3) En cuanto a otras lenguas y dialectos de la Italia antigua, se hace referencia raramente al osco (LL VII 28 y 54) y se tiene en cuenta el etrusco (LL V 29-30) 142 .
4) Préstamos de muy diferentes lenguas aparecen aislados a lo largo de los libros etimológicos de LL , a saber: galo 143 , «hispano» 144 , cartaginés 145 , armenio, siríaco y lucano 146 .
Hay que observar, en fin, a propósito de la evolución histórica del léxico que, según el ilustre sabino (p. ej., a la vista de lo dicho en LL V 97), es la lengua del campo la que conserva la forma antigua de una palabra, mientras que la de la ciudad supone una deformación de aquella otra. Por esto mismo se habla primero de los instrumenta rustica y después de los aedificia (Boscherini, 1976, págs. 317 ss.).
4. La etimología en LL
Para describir el pensamiento etimológico de Varrón, carecemos, como se ha dicho, de aquellos libros de LL en los que se exponían en concreto los aspectos teóricos de la etimología. Tenemos, sin embargo, los correspondientes a su aplicación práctica 147 , en la que además se hallan entremezclados algunos pasajes de contenido teórico (LL V 1-13, y VI 1-2 y 35-40) 148 .
Presupuestos y fines. —En principio, el Reatino se mueve en un planteamiento etimológico que se preocupa del lenguaje en la medida en que éste representa el mundo y no por sí mismo. Por ello, la exposición en los libros propiamente etimológicos de LL se basa en una división de la realidad y no en aspecto lingüístico alguno. En buena medida interesa más la relación entre las cosas que la existente entre las palabras (Desbordes, 1984, págs. 150-151), si bien es cierto que, de hecho, esto da lugar a una especie de campos semánticos basados en rasgos muy generales (Gangutia, 1977, pág. 51). En efecto, tras precisar la intención de dedicar un primer libro a las palabras relativas al espacio, un segundo libro a las relativas al tiempo y un tercer libro a lo tratado en los dos anteriores pero a propósito de las palabras poéticas (LL V 10), se expone el presupuesto conceptual que avala esta distribución. Según Pitágoras, a quien cita nominalmente Varrón (LL V 11), los principios fundamentales de la realidad son binarios y así hallamos el par estado (status) y movimiento (motus) , pero estos dos, a su vez, quedan supuestos en la existencia de los elementos integrantes de la cuartipartición cuerpo (corpus) , lugar (locus) , tiempo (tempus) y acción (actio). Así, p. ej., cuerpo es lo que tiene capacidad de estado o de movimiento. Hay, pues, aquí un punto de partida explícita y claramente pitagórico 149 , pero fundido con presupuestos de origen estoico (Dahlmann, 1932, págs. 36-37), con lo que de una división binaria se llega a una cuaternaria 150 . Ahora bien, es posible afirmar que la estructura base es esencialmente la de espacio-tiempo, por lo cual prevalece lo estoico sobre lo pitagórico 151 . De otra parte, hay que observar que esta divisón espacio-tiempo da lugar de hecho en buena medida a la diferenciación de categorías morfológicas distintas, concretamente a las de nombre y verbo (Baratin-Desbordes, 1981, pág. 42). En cuanto a la ordenación concreta de las citadas categorías en los libros etimológicos, cabe ver un aumento progresivo de la dificultad: lugar (palabras de origen claro), tiempo (palabras de mayor oscuridad) y, en fin, palabras poéticas, dentro de las cuales primero aparecen las de lugar y después las de tiempo (Collart, 1954a, págs. 275-276). Sin embargo, la cuestión no resulta tan clara en estas palabras poéticas. En principio, su búsqueda se halla para Varrón (LL V 8) en un escalón inferior al correspondiente a la de las primigenias, la verdadera dificultad, y, de otro lado, la extensión dedicada a las palabras poéticas es simplemente un tercio del total de etimologías, cuando, de ser las más difíciles, hubieran exigido mayor espacio (Cavazza, 1981, págs. 56-57). Por otra parte, que el libro VII se articule también en torno a las categorías de tiempo y espacio resulta de entrada algo «antinatural», ya que éstas son distinciones filosóficas y el citado libro se destina a los poetas, objeto de los gramáticos y no de los filósofos (Dahlmann, 1932, pág. 44). Podría pensarse que esto último se debe a razones de uniformidad estructural (Traglia, 1982, pág. 508, n. 80). Pero sin duda lo que es necesario observar es que este libro VII no sólo se dedica a la etimología de términos poéticos, sino también a la interpretación de textos arcaicos y difíciles, y que en general rebasan lo estrictamente poético y propio de la gramática alejandrina 152 .
Pero en el Reatino una cosa son los presupuestos de que parte y otra muy distinta los fines para los que se sirve de ellos. Y así la postura en sus etimologías está de hecho muy alejada de la de un filósofo estoico (no pretende enfrentarse a problemas de tipo religioso o ético) o de la investigación epistemológica del Crátilo. Por el contrario, puede afirmarse que en LL «se etimologiza» como un gramático (Dahlmann, 1932, pág. 11), en la medida en que tiende a moverse en el plano propiamente lingüístico y a dejar el filosófico sólo en el fondo, cosa no sólo defendible para el libro VII, sino también para los otros dos etimológicos 153 . Y es que, en general, cabe decir que, en el estudio del lenguaje, la figura de Varrón representa el paso de la filosofía a la gramática (Cavazza, 1981, pág. 48). Ahora bien, las etimologías de LL , más que de un gramático «puro», son propias de un gramático anticuario, esto es, se trata ni más ni menos que del instrumento de las investigaciones históricas y anticuarias (referidas siempre al pasado romano) que fueron lo primordial en la labor intelectual del ilustre sabino y que, en este caso concreto y en general, buscan conjuntamente la Latinitas y las raíces de la romanidad. La razón última de su búsqueda etimológica está, pues, en su «patriotismo». Y sin duda es este aspecto sobre todo el que permite afirmar la existencia real de una «etimología varroniana» 154 . Se anticipan así rasgos de la etimología medieval (Zamboni, 1988, pág. 38): etimología e historia, como ciencias del pasado que son, se unen para realizar el fin de la obra de Varrón (Cavazza, 1981, pág. 75).
Así pues, en cada etimología concreta de LL , a la estricta relación formal entre dos términos se le va a unir frecuentemente tanto lo que cabría denominar una especie de semántica sincrónica 155 , debida en última instancia a los presupuestos estoicos y a una determinada perspectiva global de toda LL 156 , como una serie de conocimientos históricos y arqueológicos. Lo primero incluso se anuncia de manera expresa (LL V 2) al anticipar que se va a tratar «conjuntamente» de los dos aspectos que existen en una palabra (a partir de qué cosa se ha impuesto ésta —y el porqué— y en qué se ha impuesto la misma) y que se atribuyen a dos disciplinas griegas distintas 157 . Lo que se refiere al componente histórico-anticuario es visible en diversos hechos:
1) El autor de LL mantiene en esta obra (VIII 6) que en su investigación necesita tanto de la gramática (para explicar las palabras nacidas por declinatio) como de la historia (para explicar las nacidas por impositio). Además, dado que para que exista una palabra no sólo tiene que existir el objeto que ella designa sino también tiene que estar en uso el mismo (LL IX 37 y 56), será necesaria la contribución del conocimiento histórico-anticuario que nos hable del uso de las cosas para poder explicar el origen de las palabras que las designan (Morano, 1987, pág. 110), pero, a su vez, por idéntica razón, la existencia de las palabras en una determinada época será el testimonio del uso de los objetos que designan las mismas en dicha época. Y de esta manera, historia cultural e historia lingüística son un todo indivisible del que se sirve el Reatino para dar cuenta de la prehistoria de Italia (Kenney-Clausen, 1989, pág. 322): desentrañar el origen de una palabra supone no sólo conocer lo original y por tanto lo recto, sino también dar luz a algún aspecto de la antigüedad romana (Riganti, 1978, pág. 10).
2) Hay una gran coincidencia de contenido entre LL y las Antigüedades (cf. supra , págs. 35-36), y el autor de ambas obras extrajo sin duda bastante material de la segunda para la primera 158 .
3) El interés histórico-anticuario queda en alguna ocasión muy visible, como es el caso, p. ej., de la extensión y tratamiento dados a inlicium (LL VI 86 ss.) (Riganti, 1978, págs. 10 y 13).
4) Para interpretar la intención de Varrón en LL no ha de pasarse tampoco por alto que Cicerón considera a aquél «investigador muy meticuloso de la antigüedad» (diligentissimus inuestigator antiquitatis) en Bruto 60, una obra redactada en el 46, cuando no hacía mucho que el Reatino había completado sus Antigüedades , pero también, al parecer, sus tres libros teóricos de etimología, y cuando, asimismo, había prometido al Arpinate la dedicatoria de LL (cf. supra , págs. 35 y 48).
Ahora bien, es cierto que, una vez más como reflejo del característico eclecticismo varroniano, no todas las etimologías de LL tienen un componente histórico. El extremo contrario a las de este tipo lo constituyen las que se sitúan en el terreno de la física y basan su explicación en una simple razón onomatopéyica y acrónica: pertenecen claramente a influencia estoica. Entre estas últimas y las de estricto carácter histórico se hallan las que se desarrollan en un ámbito temporal general y cabe considerar de tipo antropológico por parecer reflejar un conocimiento de la evolución humana habitual debido a la observación de otras culturas más primitivas o a lo deducible de la naturaleza del hombre: es el caso, p. ej., de las etimologías de campus y collis (LL V 36) y su fuente general es probablemente el Crátilo , aunque eliminando su original valor gnoseológico 159 .
Determinación del étimo en las etimologías de Varrón. —Tomadas en conjunto las etimologías varronianas, se observa que en ellas, para relacionar una palabra con su étimo, se emplean una serie de «mecanismos» explicativos en donde se mezclan pura ortografía, fonética y lo que de hecho cabría denominar figuras retóricas. En efecto, el realista y puntualizador sabino, que parte de un reconocimiento y de una cierta precisión de los problemas que conlleva la labor etimológica (LL V 3 y 5), supone (LL V 7-8) cuatro niveles (gradus) para llevar a cabo la misma, exigidos por la diversa dificultad en ver el origen de los distintos vocablos. El nivel más bajo es al que llega incluso una persona sin preparación especial (populus): se trata de palabras transparentes para cualquier conciencia lingüística latina, tales como argentifodinae o viocurus 160 . El segundo es al que llegan los gramáticos antiguos 161 y se encarga de explicar la lengua poética, por lo que se ejemplifica con pasajes del poeta Pacuvio. El tercero es al que se eleva la filosofía 162 y comienza a explicar las palabras de uso común, tales como oppidum «ciudad (fortificada)».
El alcance exacto del cuarto nivel etimológico se nos presenta bastante oscuro. En efecto, hay en el pasaje correspondiente (LL V 8) serios problemas textuales y de interpretación. El tenor de ésta ha tenido que ver siempre de una manera u otra con etapas antiguas del latín y con una referencia, en sentido recto o bien en el figurado, a lo religioso o a lo iniciático, todo lo cual se ha plasmado en multitud de propuestas, en las que cabría distinguir cronológicamente unas primeras teorías, una profundización en sentido filosófico y una en sentido gramatical.
Dentro de las primeras teorías sobre el cuarto nivel etimológico, se consideró que se hacía referencia concreta a las archaí o raíces monosílabas (Reitzenstein, 1897, pág. 186), que se trataba de los comienzos del latín (Dahlmann, 1932, pág. 27), que se apuntaba a los verba primigenia y a la onomatopeya como principio de explicación de éstos (Collart, 1954a, págs. 281-282) y, en fin, que aquí, donde había que identificar el «rey» referido con el sacerdote llamado «rey de lo sagrado» (rex sacrorum) , Varrón expresaba mediante el lenguaje figurado que la gramática, a determinado nivel, era una ciencia complicada y reservada a una especie de iniciados (Collart, 1954b, traducción y pág. 155).
La profundización filosófica en el cuarto nivel etimológico partió del encuentro varroniano de Vandoeuvres, celebrado en 1962. En dicho encuentro, se tomó conciencia ya de que era una metáfora conocida en los textos antiguos la identificación del alcance del nivel más profundo de una verdad con una iniciación, y hubo quien, citando a este respecto a Posidonio, opinaba que el cuarto grado de Varrón era original y que en él se hacía referencia a las primeras palabras del latín (pr
tai phōnaí) y al rey que las había acuñado (Schröter, 1963). Después se precisó más (Michel, 1965): a la vista de una doctrina pitagórica visible en Platón (Crátilo 388-389, 425d y 438c), el rey al que se refería el pasaje de LL era tal o cual rey primitivo de Roma que no sólo habría sido legislador en sentido estricto (nomothétēs) , sino que también habría dado palabras a su pueblo (esto es, habría sido onomatothétēs). Y se concretó aún más (Boyancé, 1975, y también 1976, págs. 141 ss.) al observar que todo esto se reflejaba claramente en Filón de Alejandría, que, al igual que el Reatino, había bebido en Antíoco de Ascalón: en Filón hay varios ecos del adagio pitagórico de que el más sabio es el que ha dado los nombres a las cosas y, para el mismo, esta acción la llevaron a cabo Adán y Moisés, quienes además son designados como reyes; para Varrón, que en el pasaje considerado no se refiere a un rey determinado sino al rey en general, los equivalentes romanos de estos dos personajes bíblicos serían los reyes Numa y Tarquino el Antiguo. Dejando a un lado alguna otra propuesta, añadiremos que ha habido quien (Traglia, 1978, y Cavazza, 1981), sin negar por completo lo acabado de exponer, ha querido matizar y ponderar el pitagorismo supuesto en el cuarto grado varroniano y quien, más concretamente (Cavazza, 1981, sobre todo pág. 17, n. 8, y pág. 74, n. 100), entendiendo que este grado pretende desvincular la etimología tanto de la gramática como de la filosofia, ha considerado que el Reatino no se refiere tanto al rey onomatothétēs como a las raíces de la romanidad.
La profundización de tipo gramatical ha querido ver (Pfaffel, 1981) en el cuarto nivel etimológico varroniano la existencia de una grammatica nova como opuesta a la antiqua citada por el Reatino: el método de reconstrucción de esta gramática nueva vendría a coincidir con el de Filóxeno de Alejandría y Trifón, contemporáneos suyos, que practicaban una «patología fonológica» basada en la analogía y en la dialectología griega. Sin embargo, hay quien (Cavazza, 1984) no ha visto razones claras y de peso para admitir la existencia en Varrón de una grammatica nova que lo diferencie claramente de otros etimólogos antiguos: todo lo más que cabría admitir es la existencia en él de un testimonio paracientífico de la etimología popular.
De todos modos, Varrón, sea cual sea el sentido de su cuarto nivel etimológico, inmediatamente después de haberlo formulado, da por hecho que en él no va a alcanzar el conocimiento científico (no obstante, entiende que al menos le cabe atisbar allí la conjetura) y decide, a pesar de ello, pasar por alto su segundo nivel. Piensa, pues, moverse en su tercer nivel etimológico, el de la filosofía (estoica). Ahora bien, en la práctica, el libro VII, dedicado a las palabras poéticas, parece retrotraerle a su segundo nivel 163 y, por el contrario, ciertas etimologías aparecidas a lo largo de los libros V-VII quizás le elevan hasta su cuarto nivel. Pero lo uno es más aparente que verdadero 164 y lo otro es discutible 165 .
Así pues, la mayor parte de las etimologías de LL obedecen en principio a la práctica estoica y son calificables de exegéticas o mitográfícas, dado que en ellas, para la explicación, se acude a hechos extraverbales de diversa índole (Amsler, 1976, págs. 29 ss., y 1989, págs. 25 ss.). La asignación del étimo a una palabra sigue en este caso los siguientes principios 166 :
1) Palabras atribuidas a una primera fase del lenguaje: En LL esta posibilidad se reduce a los casos de similitudo soni o, con el término al uso hoy, de onomatopeya, en que la estructura fónica de la palabra imita el aspecto fónico de la realidad designada. P. ej., LL V 78: «la rana (rana) recibió su denominación por su propia voz» 167 .
2) Palabras atribuidas a fases posteriores: Responden a tres grandes razones:
a) La semejanza de una cosa con otra (similitudo rerum) hace que el nombre de una dé lugar al de la otra. P. ej., LL VII 22: «Recibió su denominación el estrecho (fretum) por semejanza con el agua que hierve (fervens) , porque a menudo se precipita dentro del estrecho el oleaje y entra en ebullición (effervescat)».
b) La vecindad o relación de una cosa con otra (vicinitas rerum) permite que del nombre de una salga el de la otra. A su vez, existen varios casos dentro de esta posibilidad:
– El nombre de una cosa da lugar al de otra porque la última se relaciona con una parte de la primera (a parte totum) o, viceversa, porque una parte de la última se relaciona con el conjunto de la primera (a toto pars). P. ej., LL V 117: «los caballos de frisa (cervi) han recibido su denominación por la semejanza con los cuernos del ciervo (cervus)».
– El nombre de una cosa procede del de otra que la produce (per efficientiam) o, al revés, del de otra que es su efecto (per effecta). P. ej., LL V 35: «por donde iban en un medio de transporte (vehebant) recibió la denominación de viae ‘calzadas’».
– El nombre de una cosa viene de otra que es su continente (per id quod continetur) o, por el contrario, de otra que es su contenido (per id quod continet) 168 . P. ej., LL V 145: «en una ciudad hay barrios (vici) , que tienen su denominación por la calle (via) , porque a una y otra parte de la calle hay edificios».
c) En fin, el nombre de una cosa puede dar lugar al de otra por suponer ésta lo contrario de aquélla (per contrarium o kat’antíphrasin). P. ej., LL V 117: «la empalizada (vallum) tiene su denominación o bien porque por allí nadie podía pasar de un lado a otro montando a horcajadas (varicare)...».
Hay en torno a una cuarentena de etimologías en LL en las que se ha considerado (Pfaffel, 1981 y 1987, y Cavazza, 1984) que se llega a un cierto sistema de reconstrucción capaz de superar la práctica estoica y de entrar en lo que el propio Reatino entendía como su cuarto nivel de investigación etimológica. En estas ocasiones, entre la palabra y su étimo hay una forma intermedia «reconstruida». P. ej., LL V 96: «El rebaño de bueyes sin uncir (armenta) tiene su denominación porque se procuraban bueyes sobre todo para elegir de entre ellos algunos para arar (ad arandum); por ello recibió la denominación de arimenta , después se eliminó la i , la tercera letra». La forma intermedia, que parece constar frecuentemente de una raíz y un sufijo relacionados entre sí mediante una vocal de unión -i , responde bastante a menudo a unos principios de discutible rigor científico y tiene habitualmente una forma de autenticidad poco fiable: se suele tratar de meros hápax producto de la invención de Varrón, que se basa para ello fundamentalmente en la observación de la estructura de las palabras y de los cambios morfológicos del latín de su época 169 , aunque también toma como modelos determinados cambios diacrónicos del latín arcaico al clásico (Pfaffel, 1981, págs. 204-217). De todas formas, esta manera de actuar, suponga o no resultados exactos, ha de ser incluida en lo que es posible denominar etimología técnica del Reatino 170 . Desde luego éste, en la medida en que, fundamentalmente dentro de la tradición estoica, alude (sobre todo en LL V 6 y VI 2; también en V 3 y VII 1) 171 a la importancia de la observación de los cambios en las letras y en las sílabas para realizar la labor etimológica y estos presupuestos contribuyen a relacionar una fase más antigua y una más moderna o bien una urbana y otra campesina, se sirve hasta cierto punto de una especie de ley fonética (Pisani, 1976, pág. 200). Y ésta, a lo largo de las distintas etimologías (no sólo las del «cuarto nivel»), junto a cambios imposibles en latín, abarca acertadamente fenómenos como alteración de vocales interiores (p. ej., V 28), oscilación de ae y e (p. ej., VII 96), reducción de diptongos (p. ej., V 141), d
- > b - (p. ej., VII 49), rotacismo (p. ej., VII 26), d > r por disimilación (p. ej., VI 4), oscilación flh o ø (p. ej., V 97) o desaparición de v entre vocales (p. ej., VI 11) (Collart, 1978, pág. 12).
Balance de las etimologías de Varrón. —Es evidente que, para juzgar a Varrón en el terreno etimológico, resulta necesario situarle en el contexto de la etimología clásica en general 172 , la cual tuvo los siguientes impedimentos (Cavazza, 1981, págs. 101 ss.): servir intereses extralingüísticos, presuposición de la necesidad de relacionar dos palabras de sentido próximo o de forma fónica (u ortográfica) semejante, facilidad y arbitrio con que se relacionaban palabras entre sí y, en fin, no buscar nunca una verdadera y propia historia de las palabras teniendo en cuenta la semántica de forma correcta. Por otra parte, la etimología varroniana no llega siempre hasta el étimo, sino que se contenta con un derivado capaz de dar cuenta de su razón, y desde luego, en general, el método del Reatino en las etimologías no está lejos del de sus predecesores e incluso en algún aspecto lo trivializa (Fresina, 1991, pág. 154; Zamboni, 1988, pág. 37). Pero, aun reconociendo la falta de rigor de su método, cabe destacar globalmente en el autor de LL la preocupación por el significante y el significado, su gran curiosidad histórica y, en fin, la búsqueda de los préstamos, tres aspectos a los que no puso obstáculos la influencia estoica 173 . Sin duda la parte más sólida de las etimologías de LL está en la derivación, en la prefijación y en el análisis de los compuestos 174 . Además Varrón ha formulado una teoría de los préstamos tan próxima a la verdad científica como podía serlo en su época (Collart, 1978, pág. 16).
En términos absolutos, el porcentaje de etimologías correctas de LL es bajo y debido a felices intuiciones más que a un método científico (Riganti, 1978, págs. 17-18). Pero, precisando más, que tres de cada siete sean erróneas no supone algo excesivo en el estado de la gramática antigua (Collart, 1978, pág. 17), y, desde luego, junto a etimologías chocantes 175 las hay razonables y admitidas hoy día (Cavazza, 1981, pág. 100).
Es cierto que se da el caso de que, a propósito de una misma palabra, ofrezca una etimología en un lugar y otra en otro 176 , e incluso dé «dobletes etimológicos» de un término en determinado pasaje 177 ; y puede que todo esto obedezca en buena medida a que la etimología antigua tiene a veces una utilidad meramente explicativa, no siempre científica, que depende del momento y de la necesidad concretos (Cavazza, 1981, pág. 98). Pero en realidad esta etimología relativa parece muy nueva y quizás sea más bien otro aspecto de la actitud moderada de Varrón en el terreno etimológico 178 , inserta probablemente en la general prudencia de su personalidad, y constituya de hecho una crítica al extremismo estoico que afirmaba que es posible alcanzar con certeza el origen de toda palabra 179 , aunque también puede tratarse de una manera de indicar la complejidad de la realidad, su manera de articularse, tanto en el mundo como en la lengua (Fresina, 1991, pág. 192).
5. La disputa entre anomalistas y analogistas, y la posición de Varrón en ella
El cañamazo de los libros VIII-X de LL es la disputa entre analogistas y anomalistas. Su exposición se inicia cuando el autor, diferenciadas dos clases de transformación, voluntaria y naturalis 180 , e indicado que a veces en la primera se observa la natura y en la segunda la voluntas 181 , decide posponer el desarrollo de su teoría, ya que observa que entre los griegos hay unos que piensan que al hablar hay que seguir la semejanza y otros que la diferencia, mientras que él considera que han de seguirse ambas. Así, en el libro VIII, se presentan las teorías anomalistas, si bien sólo a través de las críticas dirigidas por sus defensores a los analogistas. En el IX, estos últimos contestan a las críticas de los anomalistas contenidas en el libro anterior, aunque no en el mismo orden ni a veces exactamente en el mismo sentido e incluso añadiendo argumentos para profundizar en la concepción analogista 182 . La plasmación de la disputa en juicios sobre aspectos concretos de la lengua latina, da lugar de hecho a un cierto estudio de la morfología de ésta, cosa que se hace de manera más sistemática y técnica en el libro X, donde se expone concretamente la posición varroniana, y que tiene interés por sí misma 183 . Ahora bien, no poseemos documentos directos de los principales participantes en la disputa, los griegos Crates y Aristarco. Más aún, Varrón es casi la única fuente (al menos de cierto detalle) de la misma (Cavazza, 1981, pág. 121) y precisamente él transmite la sensación de que se trata de una discusión un tanto inútil (Collart, 1978, pág. 13). Así, más de un estudioso ha llegado a hacerse la pregunta de si tuvo realmente lugar la polémica y, en todo caso, hasta qué punto es veraz y exacta la exposición varroniana. En el siglo pasado, en ninguno de los trabajos que tocaron el tema se expusieron serias dudas sobre la disputa 184 . En el transcurso del actual se han dado diversas posturas ante la polémica, que van desde la aceptación a la negación, pasando por diversos grados, matizaciones y enfoques de estos dos extremos 185 . Los más, sin embargo, puntualizando a veces en diverso sentido 186 , piensan que la polémica existió 187 . Desde luego es necesario a propósito de ésta empezar por precisar dos aspectos: quiénes son realmente los contendientes y hasta qué punto existe una oposición real entre la postura de unos y otros. Después hay que ver cuál es en concreto la posición del Reatino.
Lo primero que se ha de tener en cuenta es que los anomalistas como opuestos a los analogistas no son los estoicos en general, sino los filósofos de Pérgamo y más precisamente Crates de Malos (Cavazza, 1981, pág. 111, n. 152). En efecto, la lectura atenta de LL permite observar lo siguiente: parece que los estoicos están al margen de la polémica y que es, en cambio, Crates el representante de la posición anomalista encontrada con la analogista (y, fundamentalmente, con Aristarco); en alguna ocasión (LL IX 30) incluso se emplean argumentos estoicos contra la anomalía; en fin, tanto los argumentos a favor de ésta como los en contra de la misma se consideran desde la posición pergamena (Cavazza, 1981, pág. 119). Así, en esta disputa entre Pérgamo y Alejandría se ha querido ver también un enfrentamiento político entre ambas ciudades: sería un aspecto de la rivalidad entre atálidas y ptolemaicos lo que explicaría que la posición anomalista se muestre más que nada como un rechazo sistemático de la analogista y que, de otro lado, la disputa resultase ya algo vacío para los romanos 188 . En todo caso, al menos parece admisible que la polémica se viera potenciada por la rivalidad entre las dos ciudades (Robins, 1980, pág. 31) y, de otro lado, que la índole estoica de los filósofos de Pérgamo facilitase el enfrentamiento con los filólogos alejandrinos. Efectivamente, Crates de Malos llegó a Pérgamo a requerimiento del rey Éumenes II (197-158 a. C.), después de que los atálidas, que en principio no quisieron establecer una escuela opuesta a la de los alejandrinos, hubieran intentado sin éxito traer a su ciudad a filósofos peripatéticos y de que el mismo Aristófanes de Bizancio estuviese a punto de refugiarse en Pérgamo (Pfeiffer, 1981, I, pág. 416). Y el grupo de estoicos que eran Crates y los discípulos que le acompañaron se enfrentaron a los textos con el enfoque propio de su disciplina y escuela filosóficas, si bien no por ello dejaron de servirse de los logros de la filología alejandrina (Pfeiffer, 1981, I, pág. 419). En Roma, donde Crates estuvo como embajador del rey de Pérgamo en el curso del año 168 y fue quien inició a los romanos en el interés por la filología (Suetonio, Gramáticos y rétores 2) y sin duda por añadidura en la polémica, ésta se enriquece con material latino. En ella intervienen Nigidio Fígulo, César con sus dos libros de La analogía (Funaioli, 1969, págs. 145 ss.), Cicerón (fundamentalmente en El orador 156-161) y, sobre todo, Varrón. No obstante, aunque se ha querido ver la obra de César como una postura frente a Cicerón (Hendrickson, 1908, págs. 99 ss.), parece que en territorio romano la polémica fue menos virulenta, que concretamente el Arpinate se mantuvo de hecho más bien al margen y sin escribir nada sistemático al respecto 189 , y que, en fin, el Reatino y su obra significan una síntesis del problema. Después de él, en los estudios gramaticales triunfó la analogía en su aspecto práctico y carente de polémica 190 . Y este hecho, el que después del autor de LL parezca acallarse la disputa, puede indicar o bien que ésta estaba fuera de la moda o bien que la aportación de Varrón había sido decisiva, y no tiene por qué suponer, en cambio, que el mismo se había inventado todo (Cavazza, 1981, pág. 159).
Pero, ¿por qué surge la disputa y en qué radica exactamente? Referidas al lenguaje, analogía y anomalía nacen en ámbitos distintos y con fines distintos. La primera, que en sentido general tiene una base lógico-matemática, surge, a partir de la observación de la lengua, en el campo de la filología alejandrina, como un mero elemento de su técnica de enmienda de errores de los textos arcaicos, si bien su práctica crea las bases para la construcción de una téchnē . La anomalía, por el contrario, aparece en el terreno de la especulación filosófica (estoica): nace de la observación de la realidad múltiple y, dentro de ella, de la lengua, y no transciende la pura observación. Se trata, pues, en principio, simplemente de dos enfoques del lenguaje distintos que dan, en consecuencia, resultados distintos y que, al moverse en planos diferentes, no se hallan propiamente encontrados. Ahora bien, el «falso» enfrentamiento vino del siguiente hecho. Crisipo de Solos, quien no aceptó un cargo en Alejandría (Pfeiffer, 1981, I, pág. 363), entendía la anomalía, dentro de su lógica formal, como la falta de correspondencia entre significado y forma, y aplicó este concepto a la thésis onomátōn (esto es, a la «imposición» de los nombres, al casus rectus ), en donde se observó que conceptos semejantes pueden ser expresados por formas distintas y viceversa 191 . Aristarco, por su parte, aplicó la analogía a la klísis onomátōn (esto es, a la flexión de los nombres, no a su derivación) y tuvo en cuenta también la synḗtheia «uso»: la analogía podía seguirse mientras lo permitiese ésta 192 . En fin, Crates, que, según expone el mismo Varrón (LL IX 1), no entendió ni a Crisipo ni a Aristarco, aplicó el concepto de anomalía del primero de éstos a la klísis (y ésta entendida según los estoicos como flexión y derivación) y vio en los fenómenos anómalos de la misma un efecto de la synḗtheia , con lo que opuso de hecho esta última a la analogía 193 . La polémica, pues, nace del «error» 194 de Crates, y el Reatino se da cuenta de que en realidad no existe una verdadera oposición entre analogía y anomalía. En todo caso, para situar los límites cronológicos de la polémica en general, hay que tener en cuenta que no se pudo dar mientras que la analogía fue simplemente un criterio empírico para la diórthōsis (esto es, la corrección de los textos literarios), que, por el contrario, ha de deberse a cuando de esta fase se pasó a la formulación de una téchnē y que, en fin, hubo de durar hasta que se vio que no había contradicción entre analogía y anomalía 195 . Pero el establecimiento preciso de la cronología de todos estos hechos es difícil 196 . La crítica en general fija la fase de mayor intensidad de la polémica en el siglo I a. C. (Cavazza, 1981, págs. 114-115).
Por lo que se refiere al autor de LL , quizás hay que pensar que pertenece a la fase (ya iniciada antes de él) en que se ve que no hay auténtica oposición entre analogía y anomalía (Cavazza, 1981, pág. 114). En todo caso, el Reatino, como no podía ser menos dentro de su prudencia de vida y de su eclecticismo doctrinal, es también conciliador en la consideración de la lengua y tiende a un analogismo moderado, con algunas concesiones al uso común (consuetudo) 197 . La superación del enfrentamiento entre este último y lo sistemático (ratio) 198 se lleva a cabo mediante diversos aspectos de su teoría 199 . Considera Varrón que analogía y anomalía, dadas conjuntamente en las distintas formas de la realidad (LL IX 113), en el lenguaje están más próximas entre sí de lo que se ha pensado y, además, que ambas han nacido del uso común (LL IX 2-3). El elemento clave para esta compatibilidad entre analogía y anomalía, y entre lo sistemático y el uso común, es la distinción entre declinatio voluntaria y declinatio naturalis. En principio, mientras que la primera, ámbito de la morfología derivativa y del caso recto, sale de la voluntad individual, se refiere al uso común y es el terreno de la anomalía, la segunda, en cambio, ámbito de la morfología flexional y de los casos oblicuos, sale del acuerdo común, se refiere a lo sistemático y es el terreno de la analogía 200 . Ahora bien, a veces una y otra presentan los caracteres intercambiados, y en la primera aparece la analogía y en la segunda la anomalía. Y así existen dos posibles analogías: la debida a la voluntad de los hombres al dar nombres a las cosas y la debida a la naturaleza de las palabras al flexionar dichos nombres: lo primero es potestativo, pero lo segundo obligatorio. Además, una cosa es la analogía mirando a la naturaleza de las palabras y otra la analogía mirando al uso de la lengua: mientras que en el primer caso es una estricta razón de semejanza, en el segundo dicha razón sólo es posible si lo permite el uso común. Es más, aún cabe mayor flexibilidad en el comportamiento analógico: los poetas pueden saltarse un poco incluso el uso común 201 . Así pues, Varrón, en líneas generales, con su oposición entre declinatio naturalis y declinatio voluntaria deshace el entuerto que hizo Crates y reconduce la situación a los distintos campos en que en principio se habían movido Aristarco y Crisipo. Su solución, pues, es una síntesis de contrarios, más que una superación dialéctica o un estricto término medio 202 : evita la polémica separando los ámbitos de la analogía y la anomalía (Alberte, 1987, pág. 118) y estableciendo ciertos puentes entre ambas.
Para entender aún mejor la posición de Varrón y su superación de la polémica, es conveniente tener en cuenta asimismo lo transmitido a propósito de los cánones de la Latinitas por Diomedes 203 , para quien aquélla consta de natura, analogia, consuetudo y auctoritas. Hay quien (Collart, 1978, pág. 14) ha pensado que tras los dos últimos términos se halla la idea de anomalia y ha hecho la siguiente interpretación de conjunto: para Varrón, la natura «naturaleza» proporciona a cada generación un estado de lengua, sobre el cual gravita una fuerza de continuidad y homogeneidad (la analogia «regla») y una de cambio (consuetudo «uso»), a la que a veces se suma la intervención de un escritor importante (auctoritas) , por todo lo cual no hay lugar a la disputa analogía/anomalía. Hay, por otra parte, quien (Cavazza, 1981, pág. 143), viendo también en este pasaje la prueba irrefutable de que analogía y anomalía no son para Varrón términos exclusivos, ha interpretado que en el mismo natura y analogia se refieren a la ratio , esto es, a la analogía, y consuetudo y auctoritas a la voluntas , esto es, a la anomalía. En fin, nosotros (Hernández Miguel, 1992, págs. 87 ss.) entendemos que se trata en realidad de una división bipartita, en la que natura se opone a los otros tres cánones, lo cual refleja sin duda la oposición de LL entre natura y voluntas o entre declinado naturalis y declinatio voluntaria: en los cánones, mientras que la natura es lo constante en la lengua, los otros elementos suponen modificaciones de la misma debidas a distintas razones (la gramática, el uso y los escritores, respectivamente).
6. Componentes doctrinales de LL
A la vista de lo conservado de LL , tanto por lo que dice el propio autor en él como por lo que podemos vislumbrar en su lectura, parece clara la multiplicidad de las fuentes del mismo. Esta posición es la mantenida por la crítica en general. Ahora bien, el problema radica en la identificación exacta de las mismas y en su ponderación rigurosa, cosas ambas casi imposibles de resolver satisfactoriamente dado que apenas se nos ha conservado algo de lo que puede constituir lo fundamental de la inspiración de la obra, estoicos y alejandrinos. Es cierto que LL gusta de citar sus fuentes, pero no lo hace de una manera sistemática ni siempre clara: tanto se refiere a ellas nominalmente como de una manera general y ambigua 204 , y los autores de que se sirve son frecuentemente indicados dentro de una controversia y como personajes de un diálogo, sin poderse ver claramente dónde está la convencionalidad de la exposición y qué es lo que aporta propiamente el Reatino 205 . Por ello nosotros, más que entrar en un debate centrado sólo en la valoración de aspectos puntuales de la obra a fin de decidir la originalidad o no de la misma 206 , creemos que es conveniente en este caso conformarse con tratar de identificar los diversos componentes doctrinales que son detectables en ella y hacer una hipótesis sobre la posible novedad de su conjunción.
El estoico es un componente que han visto habitualmente los diversos críticos, si bien el peso dado al mismo no es siempre igual 207 . Por supuesto, no hay que olvidar que, en el terreno de la etimología, como se ha señalado ya (cf. supra , págs. 71-72), Varrón dice explícitamente que pasará por alto el segundo grado de la indagación etimológica, el correspondiente a la gramática (alejandrina), y por tanto se moverá en el de la filosofía (estoica). Por otro lado, se ha de tener en cuenta que, al parecer, el Reatino conoció y siguió a Posidonio de Apamea 208 , representante del estoicismo medio y muy querido para Pompeyo, y, asimismo y sobre todo, fue discípulo de un gramático influido por el estoicismo, Elio Estilón 209 . Deteniéndonos en la influencia concreta que tuvo éste en LL , hemos de empezar por decir que la mayor dificultad, como ocurría para las fuentes en general, es lo poco que conocemos de la obra de Estilón. Vemos que Varrón le cita varias veces en sus libros etimológicos (pero nunca en los demás conservados), aunque no siempre está de acuerdo con él: se sirve del mismo para ilustrar ciertas etimologías e interpretar carmina antiguos 210 , labores pertenecientes a los terrenos en que se distinguió especialmente Estilón (Traglia, 1974, pág. 14). De otro lado, los diversos tipos de etimología existentes en LL son observables en los fragmentos conservados de la obra de Estilón (Funaioli, 1969, págs. 57 ss.; Cavazza, 1981, pág. 40). Por lo que se refiere a la crítica, existe una postura genérica y hasta cierto punto moderada que no duda de la gran deuda del Reatino para con Estilón, pero sin excluir que aquél leyese directamente las fuentes griegas (Mentz, 1890, pág. 16). Mas también se ha dado la más radical que quiere ver en la obra etimológica varroniana un simple plagio de la de Elio Estilón 211 . Ahora bien, esta última tesis ha sido reiteradamente refutada hasta nuestros días 212 y puede recibir, sobre todo, las siguientes razones en contra (Cavazza, 1981, págs. 47-48): no se tienen noticias antiguas que apunten en el sentido del pretendido plagio, sino más bien en el contrario; Varrón escribió también sobre palabras poéticas y se interesó claramente en estudios anticuarios; no siempre sigue al maestro, sino que incluso le contradice. Y es que, en realidad, la influencia de Estilón debió de ser un modelo (exterior o menos que ello) o una propuesta de un método y de un modelo de tipo filosófico (Cavazza, 1981, pág. 48). Últimamente se ha llegado a la conclusión (Lehmann, 1985) de que Varrón mantuvo su independencia intelectual de tal manera que criticó la postura de su maestro Estilón cuando le pareció oportuno y que dicho maestro ante todo le aportó la pasión por la historia religiosa de Roma y contribuyó decisivamente a su pensamiento filosófico. Por otra parte, se ha pensado que Estilón utilizó o tradujo un etymologikón gre-co-estoico que manejó después el mismo Varrón. Pero, además de que los gramáticos latinos empleados por el Reatino pudieron servirse asimismo de comentarios poéticos con glosas etimológico-semánticas de tipo alejandrino, el referido etymologikón no es capaz de explicar todo lo existente en LL , sobre todo teniendo en cuenta la evidencia de que la supuesta obra contendría léxico griego y Varrón estudia palabras latinas (Cavazza, 1981, págs. 49-51).
Los que cabe llamar componentes académico, neopitagórico y aristotélico tienen en LL más importancia de lo que parece a primera vista y están en él muy relacionadas entre sí. Así, p. ej., la estructuración de la materia en tesis, antítesis y síntesis es un reflejo del método dialéctico académico, pero en esta distinción subyace también un principio aritmológico pitagórico (Traglia, 1974, pág. 12; Cavazza, 1981, pág. 45). Y es que para entender el pensamiento de Varrón ha de tenerse muy en cuenta la influencia en él de Antíoco de Ascalón, con quien estudió (cf. supra , pág. 11) y de quien, como es sabido, se hace portavoz en las Académicas de Cicerón. Quiso Antíoco relacionar varios sistemas y conjuntó en un platonismo sui generis la tradición de la antigua Academia con el estoicismo y con el peripatetismo, poniendo especialmente de relieve el pitagorismo de Platón 213 . Y esto es lo que recibió su discípulo sabino 214 , que, por tanto, no presenta ni el academicismo de un Carnéades ni un pitagorismo ortodoxo, sino una especie de platonismo con tintes pitagóricos 215 y, en general, una actitud conciliadora (Michel, 1965, págs. 71 y 74). Así se ha llegado incluso a afirmar tajantemente que detrás del plan de LL se halla el Crátilo , el cual tiene su apoyo en una teoría pitagórica de la analogía, que se halla en Varrón tanto en las hipótesis etimológicas como en los modelos morfológicos 216 . Ahora bien, por lo que se refiere al pitagorismo, que desde luego en el Reatino llegó a constituir mucho más que una simple influencia intelectual 217 , hay que tener en cuenta que su presencia en LL 218 está ligada a la relación de esta obra con la del pitagórico Nigidio Fígulo. Respecto a esto, hay quienes piensan (Della Casa, 1962, págs. 58 ss.) que Varrón se sirvió ciertamente de aquél, aunque entre ambos hay diferencias fundamentales, y quienes 219 consideran que, más que de influencia de uno a otro, habría que hablar de divergencia o de identidad de sus fuentes. De todos modos, el aspecto pitagórico resulta tan innegable en LL como en la vida misma de su autor 220 .
Igualmente el Reatino, por ser discípulo de Antíoco de Ascalón, reconcilia a Platón y a Aristóteles, y debe sin duda al segundo el gusto y el sentido de lo histórico 221 . Ahora bien, el aristotelismo recibido de Antíoco, Varrón lo desarrolló y consolidó con posterioridad gracias a su relación con Tiranión (Lehmann, 1988).
Para el aspecto conciliatorio de LL se han propuesto otros dos componentes filosóficos: el epicúreo y el rodio. En efecto, se ha pensado (Cavazza, 1981, pág. 110, n. 151) en la figura de Teodoro de Gádara, rétor del siglo I a. C. con influencia epicúrea, como fuente del autor de LL para la disputa entre analogistas y anomalistas, y en que el epicureísmo pudo ser una base lejana para su solución moderada. Por otro lado, también la escuela de Rodas se movía ya en un plano de conciliación: era heredera del estoicismo y de Pérgamo, pero también de posiciones alejandrinas. Además Estilón la había frecuentado y su discípulo sabino pudo recibir a su través el espíritu sincretista de la misma 222 . Para determinar hasta qué punto se dio realmente este influjo y cómo fue recibido, es importante determinar si Varrón conoció la obra del representante fundamental de la escuela rodia, Dionisio el Tracio 223 . A este propósito cabe decir tan poco como que el Reatino, al menos en lo conservado, no cita nunca dicha obra y que, comparando ésta y la de aquél, se ven tanto coincidencias como discrepancias (Traglia, 1976, págs. 177 ss.).
Indudablemente también se ha de hablar de un componente alejandrino en LL . Su autor conocía bien la gramática alejandrina (Robins, 1980, pág. 57). En el terreno etimológico, parece presumible que ésta, que se había servido de la etimología para explicar ciertas palabras de los poetas, fuera en un principio el modelo del libro VII y que, concretamente, para ello se utilizasen obras glosográficas de esta tendencia 224 . En la exposición analogista, por su parte, hay sin duda un predominio de una bibliografía alejandrina diversa: frente a lo compacto de la exposición anomalista, en la analogista, en cambio, cabe diferenciar fases cronológicas distintas 225 .
En fin, hay en la obra que nos ocupa un componente propio. En efecto, en ella el autor se sirvió de obras anteriores suyas, que, en consecuencia, podrían interpretarse como una especie de preparación para LL . Si en los libros etimológicos, como ya se ha indicado (cf. supra , pág. 67), vierte muy probablemente el Reatino materiales de sus Antigüedades , en los libros dedicados a la morfología utilizó muy verosímilmente La semejanza de las palabras y La utilidad del lenguaje , obras de las que no tenemos más que escasísimos restos (cf. supra , págs. 29-30).
Es, pues, LL , como se ha anunciado ya al principio del presente apartado y se ve ahora tras el examen hecho de sus distintos componentes, una obra claramente ecléctica, difícil de encuadrar en una determinada tendencia. Ahora bien, hoy se está de acuerdo en que no se trata de una mera suma de componentes y menos de una confusión de éstos, sino de una conciliación y de una síntesis de los mismos, en donde se da un carácter coherente y es visible también la personalidad del autor, cosa que reconocieron en general los antiguos 226 . Y es que, aparte de que quepa ver en la conformación de la obra algo como un plan racional que se funda en relaciones numéricas y en la simetría, en donde la etimología juega un papel catalizador 227 , y en donde se da nuevo sentido a una estructura general dialéctica (cf. supra , págs. 55-56), sin duda la mayor originalidad de la obra consiste en que estamos simplemente ante el producto de un típico romano vuelto hacia el aspecto práctico de la vida: se aleja de las elucubraciones filosóficas 228 y, para cuestiones lingüísticas, quiere respuestas lingüísticas, tiene una gran preocupación por sistematizar los datos y, en fin, insiste en la evidencia empírica (Taylor, 1988, pág. 41). Todo esto hace que el material griego, indudablemente recibido por LL , quede alterado de tal manera que sólo puede tildarse de plagiario si la insistencia en fijarse en los árboles griegos impide ver el bosque romano al que se han trasplantado y en el que elaboran su savia ya propia.
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