Читать книгу: «3MGH Mireia desaparecida»

Шрифт:

3MGH:
Mireia desaparecida

Tomás Moscardó

Primera edición: abril de 2022

© Copyright de la obra: Tomás Moscardó

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-125103-0-0

Código ISBN digital: 978-84-125103-1-7

Depósito legal: B 3940-2022

Corrección: Teresa Ponce

Maquetación: Celia Valero

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»

A mi hija Nuria, por quererme tal como soy

ÍNDICE

1. ¿Dónde está Mireia?

2. Una pizarra en blanco

3. Atando cabos

4. La caja de cromos

5. La batalla en el ciberespacio

6. El gato y el ratón

7. El rescate

8. El desenlace

Capítulo 1
¿Dónde está Mireia?

Aquella mañana de junio de 2019 parecía que iba a ser una mañana más en el lujoso hotel de Magaluf en Mallorca.

En el bufé comedor del hotel de cinco estrellas, situado apenas a unos metros de la playa y con sus terrazas mirando al mar, los clientes iban llegando para disfrutar del variado desayuno que allí se ofrecía.

Aunque el público eran básicamente turistas británicos, al fondo de una de las terrazas se podía ver un grupo no muy numeroso de chicos adolescentes que estaban de viaje de estudios.

Después de varias idas y venidas desde las mesas del desayuno hasta los expositores, de los que no paraban de salir huevos con beicon, fruta, cruasanes e infinidad de manjares, el grupo de adolescentes parecía completo. Realmente no era así.

Los profesores responsables del grupo observaron que faltaban tres alumnos: dos chicas y un chico.

Empezaron a preguntar a los compañeros si sabían algo de los ausentes. Ninguno de ellos pudo dar una respuesta.

Gemma y Pep eran los profesores responsables del grupo de alumnos, además Gemma era su tutora. Juntos se acercaron hasta el lugar donde estaba sentado Quim, compañero de habitación del chico ausente, y allí mismo de pie junto al joven, que permanecía sentado, le preguntaron:

—Quim, ¿dónde está Gerard? Es tu compañero de habitación, ¿a qué hora se ha levantado?

—No ha dormido en la habitación esta noche —respondió el joven.

—¿Cómo que no ha dormido en la habitación esta noche? —exclamó la profesora.

—No. Después de cenar, cuando todos nos fuimos a la fiesta chill out de al lado de la piscina grande, lo vi junto a Tania. Como siempre con los labios pegados. Así que les dejamos solos y nos fuimos a tomar algo. Nos separamos en varios grupos. Yo me quedé con Xesca, Inma, Roser, Neus, Ferran, Antonio y Lluc. Los demás se fueron haciendo sus grupos también, y no sé más.

—Seguro que Gerard y Tania se fueron por ahí a follar a saco —agregó Lluc.

—¡Ya te digo! —añadió Antonio mientras chocaba los cinco con Lluc.

Sorprendidos por las respuestas, ambos profesores se miraron mutuamente. En su rostro se observaba ya cierta preocupación. De nuevo Gemma preguntó a todo el grupo.

—¿Hay alguien que viese a Gerard, Tania o Mireia anoche después de la cena?

El resto de los alumnos respondió negando con la cabeza.

Gemma se giró hacia el otro profesor y con la mirada preocupada le comentó:

—Tres alumnos que no sabemos dónde están. Me estoy poniendo muy nerviosa.

—Cálmate, Gemma, seguro que hay una explicación lógica para todo esto. Llamemos a sus móviles, a ver si es que se han quedado dormidos.

Gemma marcó primero el teléfono de Mireia.

—Vamos, Mireia, responde al móvil. ¡Responde, maldita sea!

Pep se pasaba la mano por la cara con gesto de preocupación esperando a que Mireia respondiera la llamada.

—¡Joder! Apagado o fuera de cobertura —dijo Gemma a Pep.

—Llama al de Tania. Mientras, voy a intentar localizar a Gerard. Seguro que esto no es más que una simple borrachera que se les ha ido de las manos —le respondió.

—Nada, igual que el de Mireia, apagado o fuera de cobertura. ¿Has conseguido algo al móvil de Gerard?

—Tampoco. Igual que los de las chicas, apagado o fuera de cobertura. Joder, Gemma, tenemos que subir a la habitación de Tania y Mireia para ver si es que simplemente estuvieron de juerga y se han quedado dormidos.

Rápidamente ambos profesores subieron hasta la cuarta planta y llegaron a la habitación 412. Pep golpeó la puerta y comenzó a llamar a las chicas en voz alta.

—¡Tania! ¡Mireia! ¡Despertad, que es tarde! Tania, ¿me oyes? Mireia, ¡abre la puerta! No pasa nada si anoche bebisteis un poco de más, pero abrid la puerta, que nos tenéis muy preocupados.

La angustia iba reflejándose cada vez más en el rostro de los profesores. De nuevo se miraron uno al otro con una expresión que denotaba que ambos ya sabían que algo no iba bien.

—Gemma, mira, esa luz roja sobre la puerta es un indicador de que hay alguien en la habitación. Están dentro. Voy a bajar a la recepción para que nos abran la puerta —afirmó Pep.

—No tardes. Yo seguiré insistiendo, a ver si contestan. Si realmente están dentro, tendrán que oír los golpes en la puerta —respondió Gemma.

Corriendo por el pasillo de la cuarta planta del hotel y bajando las escaleras tan rápido que el corazón parecía que se le iba a salir del pecho, los minutos hasta llegar a la recepción del hotel se le hicieron eternos.

Jadeando y sin aliento, llegó hasta el mostrador de la recepción y se dirigió al empleado.

—Tenemos una urgencia: dos de nuestras alumnas no han bajado a desayunar ni responden al móvil. Tampoco abren la puerta de la habitación, pero la luz está en rojo, eso significa que están dentro, ¿no?

El recepcionista se quedó perplejo y respondió a Pep.

—Un momento, que aviso al jefe de recepción.

El joven entró en el office y pasados unos segundos apareció su jefe por la puerta lateral del mostrador.

—¿Qué es lo que sucede? —preguntó el superior.

—Tenemos tres alumnos menores que no se han presentado a desayunar, nadie los ha visto desde anoche, no responden a sus móviles ni abren la puerta. Pero la señal de que hay alguien en la habitación está encendida. Son dos chicas que comparten la 412 y un chico que está en la 418, pero su compañero de habitación sí está y confirma que no ha dormido en la habitación. No sé, ¿pueden de alguna forma abrir con la llave maestra?

—Por supuesto, caballero, no se preocupe. Enseguida vamos a la 412 y abrimos la puerta. ¿Es usted el tutor de los chicos?

—No, la tutora es mi compañera Gemma, que se está dejando las manos aporreando la puerta de la habitación.

Rápidamente Pep y el jefe de recepción se dirigieron hacia el ascensor para subir a la cuarta planta. Mientras, Pep sacó su teléfono móvil para informar a Gemma.

A paso ligero llegaron ambos hasta la puerta de la habitación 412, donde estaba Gemma esperando.

—Vamos, vamos, dese prisa, necesitamos entrar en la habitación —le espetó Gemma al encargado.

—Voy.

El recepcionista introdujo la tarjeta magnética en el hueco de la cerradura dorada de la habitación 412. En ese momento se escuchó un clic, y se puso de color verde el led que indicaba que la cerradura se había abierto. Bajando la manilla de la puerta con su mano derecha, procedió a abrirla.

Dándole un empujón al jefe de recepción, tanto Gemma como Pep entraron en la habitación.

Al superar el pequeño pasillo que formaba la pared del cuarto de baño situado a la derecha que les impedía ver la estancia desde la entrada, se quedaron paralizados durante un segundo.

En la cama izquierda de la habitación, justo la que estaba junto a la puerta que accedía al balcón, se encontraba Tania, inconsciente, maniatada al cabecero con una cuerda y amordazada con un trozo de cinta americana gris.

En la cama de la derecha, exactamente igual que Tania, estaba Gerard. No había separación entre los dos colchones. Los chicos estaban inconscientes y desnudos, tapados simplemente con una sábana.

La habitación se encontraba toda revuelta, la ropa de las chicas había sido sacada del armario y tirada al suelo junto con la ropa que Gerard llevaba puesta cuando entró en la habitación 412. El bolso de Tania también estaba tirado en el suelo con todo su contenido desparramado.

La televisión permanecía encendida en el canal de música que los jóvenes debían estar escuchando antes de ser atacados, pero no había ni rastro de Mireia.

Tras ese primer segundo en el que ambos profesores se habían quedado paralizados, Gemma fue la primera en reaccionar.

—¡Joder! ¿Pero qué demonios ha pasado aquí? —exclamó.

Acto seguido corrió hasta la cama donde Tania se encontraba y le quitó la cinta americana de la boca, aunque le costó bastante trabajo debido a lo fuerte que estaba pegada y a los nervios que le hacían temblar las manos.

—¡Tania, Tania, Tania! ¡Joder, respóndeme!

Una décima de segundo después Pep se dirigió a donde estaba Gerard y también procedió a quitarle la cinta que tapaba su boca.

—Gerard, Gerard, ¿me escuchas? Gerard, ¡despierta, hostia!

Girándose hacia el jefe de recepción, que permanecía de pie perplejo, Pep le gritó desesperado:

—¡Pida algo para cortar las cuerdas, ya!

El jefe de recepción cogió su walkie-talkie y pulsando el botón dijo:

—Responsable de mantenimiento, necesito que traiga urgentemente algo para cortar unas cuerdas a la 412. ¡Rápido!

—Recibido, voy inmediatamente para la 412 —respondió una voz a través del altavoz.

De nuevo el jefe de recepción pulsó el botón del aparato.

—Sanitario de turno, urgentemente a la 412.

—Estoy saliendo ya, habitación 412 —respondió el sanitario.

Acto seguido, el jefe de recepción cogió su teléfono móvil y llamó al director del hotel.

—Señor Arnedo, ¿puede usted subir a la habitación 412? Tenemos problemas.

—¿Qué ocurre? —respondió el director.

—Es mejor que suba a verlo, tenemos dos adolescentes maniatados en la habitación y otra desaparecida.

—Subo de inmediato, procure que nadie del personal ni los clientes merodeen por la 412.

En el momento en que el empleado colgaba el teléfono, llegaban corriendo por el pasillo el responsable de mantenimiento y el sanitario.

—¡Vamos, vamos! Dense prisa —les gritó impaciente el jefe de recepción.

Una vez en la puerta de la habitación este les indicó:

—Ni una palabra a nadie del personal ni de los clientes del hotel de lo que vean en la habitación, ¿entendido?

—Por supuesto —respondió el responsable de mantenimiento.

—El secreto profesional me obliga a ello —respondió el sanitario.

Entraron por la puerta y Gemma se dirigió a ellos.

—Por fin. Rápido, suéltenlos y atiéndanlos. A saber el tiempo que llevan así y siguen sin despertarse.

Los empleados del hotel se dirigieron primero al lugar en el que se encontraba Tania. El responsable de mantenimiento sacó unas tijeras de corte afilado y primero liberó la mano derecha de Tania y posteriormente la izquierda. Después repitió la maniobra con las manos de Gerard.

En cuanto estuvieron liberados de las cuerdas, entre todos procedieron a tumbar a los dos chicos sobre la cama.

En ese momento llegó el director del hotel a la habitación y quedó perplejo, pero no dijo nada a la espera de que el sanitario le comunicara algo.

Este último empezó a examinar a Tania. Puso sus dedos sobre la yugular de la joven y notó que tenía el pulso débil. Enseguida sacó de su botiquín una pequeña linterna y con el dedo pulgar de su mano izquierda levantó el párpado derecho de la adolescente. Acto seguido realizó la misma acción en el párpado izquierdo y exclamó:

—Está totalmente inconsciente, es algo muy raro. Voy a revisar al joven, pero hay que llamar al 112 para que nos manden dos ambulancias. Al menos la chica está en un estado catatónico, por decirlo de alguna manera. Necesitan que los vea un médico y rápido. Desconozco por qué están así.

—Dios mío, Tania, Gerard, no puede ser. Por favor, hay que llamar urgentemente —suplicó Gemma rompiendo a llorar.

—Ya estoy llamando —respondió el jefe de recepción.

—112, ¿cuál es su emergencia?

—Soy el jefe de recepción del Hotel Night Beach, tenemos dos adolescentes, chico y chica, inconscientes. Nuestro sanitario les ha atendido, pero no despiertan.

—De acuerdo, Hotel Night Beach. ¿Qué edad tienen los menores?

—¿Qué edad tienen? —preguntó el jefe de recepción a Gemma.

—Ambos tienen diecisiete años —apuntó.

—Los menores tienen diecisiete años —respondió el jefe de recepción al técnico de urgencias que atendía el teléfono.

—Número de habitación, por favor.

—Habitación 412, cuarta planta. Les esperaremos con la barrera de entrada de vehículos abierta. Por favor, no tarden.

—Enseguida enviamos dos ambulancias y un médico de urgencias.

—Gracias, quedamos a la espera de su llegada.

El director del hotel se dirigió al jefe de recepción.

—Marcos, ¿qué situación tenemos? Hay que dar parte a la guardia civil.

—De momento lo que sabemos es que tres alumnos no se presentaron al desayuno, dos de ellos son los jóvenes que hemos encontrados inconscientes, la tercera es la compañera de habitación de la chica y desconocemos su paradero.

—Bien, llamaré a la guardia civil desde mi despacho. Enseguida vuelvo.

Apenas habían pasado unos minutos cuando llegaron los servicios de urgencias. Dos ambulancias entraron en la zona de carga y descarga situada en uno de los laterales del hotel, donde les esperaba el sanitario.

De las ambulancias bajaron cinco profesionales incluido el médico de urgencias.

—Síganme por aquí, llegaremos más rápido que cruzando por el hall del hotel —les indicó el sanitario del hotel a los servicios de urgencia y, por el camino, les explicó cómo habían encontrado a los adolescentes y las primeras exploraciones que él había practicado.

A la llegada a la habitación, Gemma, muy alterada, se dirigió al doctor.

—Doctor, doctor, por favor, haga algo, los chicos no despiertan.

—Tranquilícese, vamos a atenderlos enseguida.

—Tomad las constantes vitales al chico mientras yo empiezo por revisar a la chica —indicó el médico de guardia a los sanitarios que le acompañaban.

Una vez el doctor estuvo junto a Tania, procedió a examinarla. Tal como había hecho el sanitario del hotel anteriormente, colocó sus dedos en la yugular de Tania y observó que tenía pulso. Acto seguido procedió con el pulgar de su mano izquierda a abrir el párpado derecho de la joven y con su pequeña linterna le iluminó el ojo realizando movimientos en horizontal y en vertical buscando algún tipo de reacción que no se produjo. Repitió la maniobra en el ojo izquierdo obteniendo el mismo resultado.

—¿Sabemos cuánto tiempo llevan inconscientes? —preguntó el médico de urgencias.

—Lo desconocemos, la última vez que alguien los vio fue anoche sobre las veintitrés horas —respondió el sanitario del hotel.

—Doctor, la tensión arterial del joven es 111/59, pero las pulsaciones apenas llegan a 42 —comentó uno de los sanitarios de urgencias

—Tomen las constantes de la chica, pónganle una vía y procedan a trasladarla urgentemente al Hospital Principal. Voy a revisar al joven, pero vayan poniéndole también una vía y preparándolo para su traslado.

—Sí, doctor, procedemos a ello.

El médico de urgencias se acercó a Gerard y repitió el reconocimiento que había practicado antes con Tania.

—¿Alguien tiene idea de qué puede ser la marca punzante que tienen ambos junto a la yugular?

—Lo desconozco. A priori parece que les hubiesen inyectado algo.

—La irritación alrededor de la boca imagino que se debe a haberles quitado la cinta americana que los amordazaba, y las marcas de las muñecas coinciden con el lugar donde tenían las cuerdas que los maniataban —añadió el sanitario del hotel.

—Doctor, dígame algo, por favor. ¿Qué les ocurre? ¿Se recuperarán? Dígame algo, doctor, estoy desesperada y además tengo que informar a los padres —preguntó Gemma al médico de urgencias.

—De momento no puedo decir nada hasta que lleguemos al hospital y podamos hacerles una exploración más a fondo, pero a priori no parece un coma etílico normal. Vaya avisando a los padres.

—Los padres están en Barcelona. Somos de un instituto de allí y estamos de viaje de estudios.

—Pues avísenles para que se desplacen a Palma lo antes posible. Los llevamos al Hospital Principal.

—Listos para desplazarlos, doctor —comentó uno de los sanitarios de urgencias.

—Vamos allá. Avisen a urgencias de que llevamos dos adolescentes de diecisiete años inconscientes y con las constantes vitales alteradas, que hemos procedido a ponerles una vía, que estén preparados.

Había transcurrido ya más de una hora cuando por la puerta de la habitación 412 entró la sargento Antonia Borrás, que iba a estar a cargo de la investigación.

—Buenos días —saludó la sargento.

—Buenos días, sargento —respondieron los guardias civiles que se encontraban en la habitación.

Un agente sacaba fotos de las camas mientras otros dos buscaban huellas en la cristalera de la salida a la terraza. Un agente más se encontraba revisando los cristales rotos de una botella junto a la mesita de noche que estaba situada a la derecha de la habitación.

La sargento Borrás se dirigió hacia uno de ellos.

—Iñaki, ¿qué tenemos aquí?

—De momento todo lo que sabemos es que tres adolescentes de viaje de estudios, dos chicas y un chico, no se presentaron al desayuno esta mañana. Una de las chicas y el chico han sido encontrados hace cerca de dos horas sin ropa, maniatados, amordazados e inconscientes. Han tenido que ser trasladados de urgencia al Hospital Principal. De la otra chica seguimos sin saber nada. La habitación ha aparecido toda revuelta, no hay signos de forzamiento en la puerta principal ni en la que da al balcón. La joven, Tania Cardona, diecisiete años, estudiante de primero de Bachillerato, la misma edad y curso que el chico, Gerard Puig, y su compañera a priori desparecida Mireia Grau i Moncada. Estudian en el Instituto EIAR, Escuela Internacional de Alto Rendimiento. En principio parece un robo: faltan los móviles, los relojes y el dinero de los chicos.

—¿Se ha tocado algo de la escena?

—Se han tenido que retirar unos cristales rotos que había por el suelo, en el lado del chico donde está la mesita de noche. La ropa que estaba tirada por el suelo la han tenido que apartar para que las camillas pudieran trasladar a los dos jóvenes y también las cuerdas con las que estaban atados han sido cortadas por el personal del hotel, aunque las hemos recogido como evidencia.

—¿Quién encontró a las víctimas?

—Los profesores de los menores avisaron al jefe de recepción y este les abrió la puerta.

—La habitación tiene dos camas, pero están juntas. No es normal cuando es un viaje de estudios. Suelen estar separadas.

—Al parecer los dos chicos tenían algún tipo de relación, lo más probable es que juntaran las camas para estar más cómodos. Un grupo de sus compañeros los vieron irse de la fiesta solos, probablemente para subirse a la habitación.

—De la chica que sigue sin aparecer, ¿sabemos cuándo fue la última vez que la vieron?

—Nadie recuerda haberla visto después de la cena.

—Interroguen a todos los compañeros de clase de las víctimas y también a sus profesores. Por cierto, este hotel es bastante caro, ¿cómo es que un grupo de adolescentes puede permitirse venir a este hotel de viaje de estudios?

—El EIAR es un instituto elitista de Barcelona, son hijos de grandes empresarios, políticos, cónsules… Vamos, niños ricos.

—Ya me imagino que esos cristales rotos no son de una botella de agua.

—Por la etiqueta, es de una botella de whisky bastante caro y, por la cantidad de latas de Coca-Cola vacías, da la impresión de que se montaron su botellón particular. Probablemente compraran las bebidas en alguna tienda de souvenirs de la zona o algún chino que no pidan el carnet para vender bebidas alcohólicas a menores. Y esos restos de polvo blanco que hay sobre la mesita dudo mucho que sea tiza de la clase.

—Pues tampoco me cuadra que si son gente de tanto dinero quieran venir de viaje de estudios a Magaluf. A ver, que Magaluf es una zona que me encanta, pero no es Mónaco o Dubái. Vamos, podrían haber ido a otros destinos más de su posición social, ¿no?

—Pero es que Magaluf tiene algo que no tienen esos destinos tan chic que tú dices —respondió Iñaki.

—¿A qué te refieres?

—A Punta Ballena, ya sabes, novecientos metros de calle donde se reúnen miles de personas y donde podrán campar a sus anchas entre hooligans y demás guiris borrachos haciendo lo que les da la gana. Lo jodido es que la gente piense que Magaluf es la Punta Ballena, Magaluf es mucho más que eso, pero es lo que luego sale en las noticias, los desmadres de los británicos. Como les dicen algunos a sus hijos: «Ve a la Punta Ballena a hacerte un hombre».

—Pero esta gente ya hace lo que le da la gana, tú sabes lo que pasa en sus fiestas privadas, incluso siendo menores tienen todo el alcohol que quieren, hachís, marihuana, cocaína, éxtasis, sexo desenfrenado… No entiendo qué más quieren —insistía la sargento.

—Tú lo has dicho, para poder hacer todo eso lo tienen que hacer en sus fiestas privadas, fiestas privadas donde no hay límites, pero tienen un pero.

—¿A qué te estás refiriendo? —preguntó Antonia.

—El pero es que son sus fiestas privadas, como hemos dicho, reservadas a la gente de su clase, ya que ellos no se van a relacionar con otra gente que no sea de su poder adquisitivo. Así que están un poco cansados de emborracharse con los mismos, drogarse con los mismos, follar con los mismos, siempre la misma gente. Y venir a Punta Ballena les da la oportunidad de emborracharse con otra gente, ponerse hasta el culo de coca con otra gente y follar todo lo que quieran con otra gente —le reafirmaba Iñaki.

—Pero si, como dices, no quieren relacionarse con gente que no sea de su clase, ¿por qué aquí si lo van a querer hacer?

—Porque lo que no quieren es relacionarse con gente que les pueda reconocer o que el día de mañana puedan aparecer en sus vidas sabiendo sus secretos, así que no van a relacionarse con gente normal en Barcelona. Pero aquí lo que van a encontrar es a un montón de gente que mañana no sabrá ni lo que ha hecho —explicaba Iñaki a Antonia.

—Este hotel tiene cerraduras muy modernas en las habitaciones, de las que se abren con el móvil además de con la tarjeta de banda magnética. Hablaré con el director del hotel para que nos facilite el registro de aperturas de la cerradura y que la científica saque todo lo que pueda —comentó la sargento.

—Están trabajando en ello hace un rato ya, pero por aquí han pasado los empleados del hotel, los profesores, los sanitarios: el escenario puede estar bastante contaminado.

—Bueno, saquemos todo lo que podamos. De momento lo único cierto que tenemos es que dos adolescentes han sido agredidos y una adolescente sigue sin aparecer. Encima, niños de papá. ¿Sabemos si han hablado con los padres? —preguntó Antonia.

—Los menores están a cargo de Gemma Roca, que es su tutora en el EIAR. Hemos contactado con ella y nos ha confirmado que se ha encargado de hablar con los padres de los tres menores, que llegarán hoy mismo las tres familias a Palma en un jet privado y se dirigirán al Hospital Principal.

—Bueno, un trago menos, siempre es desagradable dar una mala noticia a los padres. De todas formas, quiero hablar con ellos lo antes posible, ahora voy al Hospital Principal a ver qué más nos pueden decir.

La sargento Borrás se dirigió al Hospital Principal en Palma capital, entró por la puerta de urgencias, se aproximó al mostrador y sacó su identificación de guardia civil.

—Buenas tardes, soy la sargento Borrás de la UCO de Palma. Han traído a dos jóvenes desde el Hotel Night Beach: Tania Cardona y Gerard Puig.

—Buenas tardes. Están ingresados en la UCI. Suba a la primera planta y nada más salir del ascensor, a mano derecha, allí hay un mostrador. Vaya subiendo mientras yo aviso de su llegada.

—Muchísimas gracias.

La sargento Borrás se dirigió al ascensor y subió hasta la primera planta. Al abrirse las puertas, se acercó al mostrador de UCI, donde ya le esperaba el médico responsable. De nuevo sacó su identificación para mostrársela al doctor.

—Buenas tardes. Sargento Borrás de la UCO. Necesito hablar con el doctor que ha atendido a los adolescentes que han traído del hotel de Magaluf.

—Soy el doctor González, yo he atendido a los jóvenes. Podemos pasar al despacho de UCI para hablar más tranquilos.

El doctor abrió la puerta de la zona de UCI, acompañó a la sargento Borrás hasta el despacho y le franqueó la entrada. Había una mesa y una silla en la que se sentó el doctor González; frente a la mesa se podían observar dos sillas más para atender a los visitantes.

—Tome asiento, por favor —le indicó el doctor a la sargento.

—¿Cómo se encuentran los chicos?

—Están fuera de peligro, sus constantes son prácticamente normales, pero siguen en un estado…, cómo decirlo, están en una especie de coma inducido, cosa que no debería ser posible por la cantidad de alcohol y cocaína que hemos encontrado en su cuerpo. La marca del cuello es sin duda de algo que les han inyectado. ¿El qué? Aún lo desconocemos, lo cierto es que nos tienen totalmente desconcertados. Sea lo que sea, es algo que les ha puesto el cerebro, por decirlo de alguna forma, al ralentí. Apenas lo suficiente para seguir respirando y poco más. Lo único que podemos hacer de momento sin poner en peligro sus vidas es suministrarles suero fisiológico a través de una vía. Ya he solicitado unos análisis de sangre más exhaustivos, pero tardarán unas horas, unas horas que serán a su vez críticas. El cuerpo poco a poco irá limpiando las toxinas y podremos hacer algo más, pero ahora mismo yo no me atrevería a decir cuándo podrían despertar. Quizá en unos días o quizá en unos meses, es imposible preverlo sin saber qué demonios les han inyectado.

—Los jóvenes fueron maniatados y amordazados, ¿hay heridas defensivas?

—En la chica no se observan, parece que fue maniatada sin oponer resistencia y no se observa tampoco marcas de haber intentado soltarse. El chico tiene algunas marcas de haberse resistido a ser atado y después tiene marcas de haber intentado soltarse.

—¿Hay signos de agresión sexual? —preguntó la sargento.

—Hay indicios de relaciones sexuales recientes, pero ningún signo de agresión. A priori yo diría que mantuvieron relaciones consentidas entre ambos.

—¿Alguna otra cosa extraña o fuera de lo común que haya podido observar?

—Ninguna otra cosa, no hay signos de maltrato aparte de las heridas en las muñecas mencionadas y las irritaciones en los labios debido al pegamento de la cinta con la fueron amordazados.

—Por favor, doctor, en cuanto puedan hablar necesitaré hacerles unas cuantas preguntas. No tiene ni pies ni cabeza todo lo sucedido. ¿Han comunicado los padres cuándo van a llegar?

—Vuelan en jet privado desde Barcelona. En teoría dentro de una hora como mucho deberían estar en la isla.

—Gracias, doctor. Si no le importa, me quedaré en la sala de espera de la UCI. Cuando lleguen y tengan la ocasión de hablar con usted, me gustaría hacerles unas preguntas. ¿Podré utilizar este despacho? Solo serán unos minutos.

—Por supuesto. Cuando los padres sean informados del estado de sus hijos, les avisaré de que quiere hablar con ellos.

La sargento Borrás se puso en pie y se trasladó a la sala de espera de UCI.

Aproximadamente una hora y media más tarde, la sargento Borrás pudo observar como llegaban los padres de Tania y Gerard, a quienes el doctor González hizo pasar al despacho.

Habían transcurrido no más de veinticinco minutos cuando el doctor González salió en busca de la sargento Borrás.

—Puede usted pasar, los familiares aguardan.

—Gracias, doctor, intentaré ser breve.

La sargento Borrás entró de nuevo en el despacho de UCI.

—Buenas tardes, soy la sargento Antonia Borrás de la UCO.

—Buenas tardes, somos Artur y Joana, padres de Tania.

—Buenas tardes, sargento, nosotros somos Miquel y Julia, los padres de Gerard.

—El doctor González ya les debe haber puesto al día de la situación médica de sus hijos. Sé que es un momento complicado, pero necesito hacerles unas preguntas.

—¿Qué podemos saber nosotros? —preguntó Julia, la madre de Gerard, con voz angustiosa.

—De momento estamos recabando toda la información posible y les repito que sé que es un momento delicado, con sus hijos ingresados en la UCI. Además, han tenido que tomar un vuelo privado desde Barcelona precipitadamente. Pero no olvidemos que, aparte de sus hijos, hay una chica desaparecida. ¿Saben dónde están los padres de Mireia?

—Se han ido directamente al hotel. Nos alojaremos allí todos mientras permanezcamos en la isla —respondió Artur.

—Son ustedes y los padres de Mireia gente bien posicionada, ¿tienen idea de alguien que podría querer perjudicarles de alguna forma? ¿Tienen algún enemigo conocido?

—Somos hombres de negocios, mucha gente querría hacernos daño o chantajearnos con tal de sacar dinero, pero no tengo idea de quién podría ser —respondió de nuevo Artur.

—Mireia es la compañera de cuarto de su hija, entiendo que deben ser buenas amigas —preguntó la sargento a los padres de Tania.

—Mi hija y Mireia son amigas desde niñas y son las mejores amigas —respondió Joana, la madre de Tania.

—Disculpe, sargento, pero creo que en lugar de andar perdiendo el tiempo haciéndonos preguntas absurdas debería estar ahí fuera buscando al cabrón que le ha hecho esto a nuestros hijos —le recriminó Miquel a la sargento usando un tono poco amable.

—Le aseguro que daremos con él, ella o ellos, pero necesitamos su ayuda, cualquier cosa que crean que pueda ayudar, por insignificante que les parezca. El más mínimo detalle puede ser el inicio de un hilo de donde tirar.

—Así lo haremos, se lo aseguro. Somos los primeros interesados en que atrapen al canalla que le ha hecho esto a unos críos —respondió Joana.

—Ahora tengo que ir al hotel para hablar con los padres de Mireia. Necesitamos cualquier información que nos pueda ser de utilidad en el caso.

La sargento Borrás salió del hospital, se subió a su coche y arrancó camino de Magaluf de nuevo. Cuando se incorporó a la autopista llamó a través del manos libres al agente Iñaki, que se encontraba aún en la habitación 412.

—Buenas tardes, sargento —respondió Iñaki a la llamada.

—¿Alguna novedad?

—Seguimos recopilando todas las muestras y pistas que encontramos, pero no vemos nada de momento que sea definitivo.

—Los padres de Mireia deben haber llegado al hotel. Por favor, averigua en qué habitación se alojan y diles que estoy de camino y que necesito hablar con ellos lo antes posible.

—Sargento, un detalle que antes no habríamos podido confirmar con tanta ropa revuelta y tanto lío: hemos observado que, así como el bolso de Tania estaba tirado por el suelo con todo su contenido volcado, no encontramos el bolso de Mireia. Es extraño que alguien se lleve a la fuerza a una menor de la habitación de un hotel y se preocupe por coger el bolso.

—Eso es bastante extraño. Si lo que quieres es llevarte a la chica para poder pedir un rescate, no perderías el tiempo en llevarte el bolso. Aunque puede ser tan simple como que la chica lo llevara tan fuertemente cogido que no lo soltara. Eso dando por supuesto que se la llevaran de la habitación del hotel.

—No hemos encontrado nada que corrobore o descarte esa teoría, así que seguiremos buscando indicios —aseguró Iñaki.

—Bien, estoy llegando al hotel para hablar con los padres de Mireia. Terminad de recopilar todo lo que podáis y habla con la científica para que nos faciliten lo antes posible toda la información que hayan podido procesar. ¿Se ha repartido ya la foto de la chica a todas las fuerzas de seguridad?

—Sí, hemos repartido varias fotografías a todas las unidades habituales, además del aeropuerto, aeródromos, puertos y puertos deportivos.

—Estudiaremos todo lo que tengamos mañana a las ocho de la mañana en el cuartel. Sé que es una putada, pero necesito que proceses todo lo que puedas para esa hora, y ve pasándome ya lo que tengas para que pueda echarle un primer vistazo esta tarde noche.

—Va a ser una noche de cafeína, sargento.

—Cualquier cosa que se te ocurra, sea la hora que sea, llámame. Estamos en las primeras veinticuatro horas y sabemos que son cruciales.

—Descuida, Antonia, este caso lo vamos a resolver como que me llamo Iñaki.

—Venga, voy colgando, que estoy llegando a Magaluf. Averigua la habitación y nos vemos en el hall.

La sargento Borrás llegó al hotel apenas unos minutos después de finalizar la llamada.

Se dirigió al hall del hotel y se encontró de nuevo con Iñaki.

—¿Has hablado con los padres? ¿Les has comentado que necesitamos hacerles unas preguntas.

—Sí, se alojan en la 815.

—Pues ya estamos tardando.

Ambos se dirigieron hacia un lateral del lujoso y moderno hotel. Mientras la música chill out sonaba por la megafonía, se abrieron las puertas del ascensor. Dejaron salir a unos huéspedes antes de entrar ellos.

Iñaki pulsó el botón para subir a la planta octava.

—No esperes que nos reciban con los brazos abiertos —exclamó Iñaki mientras el indicador de nivel aumentaba progresivamente hasta el número 8.

—No lo espero —respondió la sargento.

A la salida del ascensor giraron por el pasillo hasta la habitación 815.

Una vez frente a la puerta color cerezo, el agente Iñaki y la sargento se miraron uno al otro. La sargento frunció el ceño, levantó el puño y golpeó tres veces con sus nudillos.

La puerta se abrió y les recibió Oriol, el padre de Mireia.

La sargento borras se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón y sacó su identificación como agente de la UCO.

—Buenas tardes. Sargento Antonia Borrás de la UCO. Soy la responsable de la investigación sobre la desaparición de su hija. Me acompaña el agente Iñaki Suengas. Necesitamos hacerles unas preguntas.

—Adelante, les estábamos esperando.

Los tres avanzaron a través del pasillo de la lujosa suite hasta llegar a la pequeña sala de estar donde se encontraba sentada en el sillón Aina, la madre de Mireia.

—Tomen asiento, por favor. Soy Oriol padre de Mireia.

—Yo soy Aina.

—Sargento Antonia Borrás y el agente Iñaki Suengas. Como ya le he comentado a su marido, estoy a cargo de la investigación sobre la desaparición de su hija y la agresión a sus dos compañeros.

—¿Tienen alguna idea de dónde está mi hija? —preguntó entre lágrimas Aina.

—Desgraciadamente no, pero necesito hacerles unas preguntas.

—Por supuesto, sargento, estamos a su disposición para cualquier cosa que podamos aportar a la investigación que permita recuperar a nuestra hija.

—Son ustedes personas de buena posición, al igual que los padres de Tania y Gerard. ¿Alguien se ha puesto en contacto con ustedes para solicitar un rescate?

—No, en absoluto, nadie ha contactado con nosotros —respondió Oriol.

—¿Tienen una idea de quién podría querer hacerles daño? ¿Qué motivos podrían tener para querer secuestrar a su hija?

—¿Bromea? Somos una de las familias más influyentes de Barcelona, mucha gente nos envidia o nos odia, pero lo que más quieren es nuestro dinero. Sin duda, esa gente quiere dinero y se lo daremos si es necesario con tal de recuperar a nuestra hija.

—Escúcheme bien, si contactan con ustedes para pedir un rescate, háganmelo saber de inmediato. No se les ocurra pagar sin contar con nosotros, no tienen ninguna garantía de que una vez esté efectuado el pago la vayan a liberar —insistió la sargento.

—¡Es mi hija! Decidiré yo lo que considere oportuno si llega el momento. No crea que me voy a quedar de brazos cruzados esperando que una sargento y un agente de la Benemérita encuentren a mi hija. Tengo detectives privados investigando para mí. Sea quien sea esa gente, no sabe con quién se está jugando los cuartos —exclamó con cierto enfado Oriol.

—No intervenga, señor Grau i Moncada, solo va a empeorar las cosas, aunque ya vemos que no nos vamos a entender. Le advierto que además podría ser constitutivo de delito.

—¿Hemos terminado, sargento? —exclamó Oriol, haciéndole saber a Antonia que no iba a quedarse esperando a ver pasar los acontecimientos.

—De momento. Buenas tardes. Vamos, Iñaki, aquí no tenemos nada más que hablar. Por el momento.

La sargento y el agente salieron de la habitación y se dirigieron por el pasillo de nuevo al ascensor.

—No ha ido tan mal, ¿no? —comentó Iñaki.

—Podría haber sido peor.

—Buen colofón a un jodido día de junio.

Bajaron en el ascensor hasta el hall y se dirigieron al aparcamiento del hotel.

—¿Sigue en pie lo de mañana a las ocho? Porque me va a tocar poner un poco en orden toda esta cantidad de mierda —preguntó Iñaki.

—Joder, lo dices como si fuera una cita. Y sí, mañana nos veremos a las ocho con las legañas en los ojos, pero este tipo de casos son los que me revientan, una cría desaparecida y nosotros solo podemos intentar encajar las piezas de un puzle para salvarle la vida.

—Mañana nos vemos, sargento —respondió Iñaki con una risa jocosa.

La sargento se subió a su vehículo y se marchó. Iñaki por su lado también abandonó el hotel.

Camino de casa, la sargento Borrás no podía dejar de darle vueltas a todo lo sucedido durante el día, pensando en la complejidad del caso que le había tocado resolver. Con la mirada perdida, conducía su vehículo como si fuera una autómata. Se pasaba una y otra vez la mano derecha por la cabeza, desde su frente hacia atrás llegando hasta la nuca y se masajeaba las cervicales, que le dolían fuertemente.

Al llegar a su domicilio entró descalzándose, ya que sus pies la estaban matando. Se dirigió al cuarto de baño, tomó una ducha caliente y se preparó un sándwich en su pequeña cocina en forma de isla de su pequeño apartamento en un barrio popular de Palma con vistas a la Catedral.

La sargento se sentó con las piernas cruzadas sobre un sofá poniendo el plato con el sándwich sobre la tapicería azul.

De su habitual mochila negra extrajo su ordenador portátil y lo colocó sobre una mesa baja que se encontraba frente al sofá del salón comedor. Clavó sus negros ojos en él sosteniendo con los dedos índice y corazón de su mano derecha un botellín de cerveza. Así se mantuvo unos segundos y, acto seguido, levantó la tapa del ordenador portátil diciendo en voz alta:

—¡Voy a por ti, cabrón!

Capítulo 2
Una pizarra en blanco
Martes, 25 de junio, 08:00 h Cuartel de la UCO, Palma

Tal como la sargento Borrás había comentado, a las ocho de la mañana tenía que reunirse con el agente Iñaki para empezar a componer las piezas del rompecabezas del caso.

Con los ojos rojos de haber dormido poco y entre bostezos, la sargento Borrás entró en la sala operativa donde establecería el centro de mando de la investigación. Allí de pie ya le esperaba Iñaki con dos vasos de café de la máquina de bebidas calientes.

—Buenos días, Antonia, parece que hemos dormido poco esta noche.

—Poco y mal. Quemando la salud, como decía una vieja canción que escuchaba mi padre, no recuerdo ahora de quién era.

—Aquí tienes un café cargadito.

—Gracias, hoy voy a necesitar media docena de estos.

En uno de los laterales de la sala operativa color verde oscuro se encontraba la pizarra blanca donde se iría creando el tablero de investigación con las fotografías y anotaciones que fueran relevantes. En ese momento aún se encontraba totalmente en blanco.

La sargento Borrás se quedó de pie frente a la pizarra y la miró fijamente. Pasó unos segundos mirándola en silencio, unos segundos que parecían eternos, hasta que al final se giró y se acercó a la mesa donde Iñaki tenía preparadas las carpetas con los datos que había podido recopilar y procesar. Para Iñaki también había sido una noche larga.

—¿Tienes la foto de Mireia? —preguntó a Iñaki.

—Aquí la tienes.

La sargento se dirigió de nuevo hacia la pizarra y se detuvo unos segundos con la fotografía de Mireia en las manos.

—No hay nada que me dé más miedo que este momento, Iñaki, el momento en que la pizarra está totalmente en blanco y hay que colocar la primera foto. Esa primera foto que te dice que estamos al principio del todo, esa primera foto de la cual irán saliendo flechas hacia otras fotos y notas, esa primera foto que nos recuerda que sabemos desde dónde y cuándo empezamos, pero que no tenemos ni puta idea de cuándo y a dónde llegaremos.

—Siempre es un momento jodido, Antonia, pero es necesario dar el primer paso para recorrer el todo el camino.

La sargento seguía manteniendo la fotografía de Mireia en sus manos, dio un suspiro y la colocó en el centro de la pizarra. De la parte derecha cogió un pequeño imán negro de los varios que había y lo colocó sobre la imagen. En la parte inferior de la superficie había varios rotuladores especiales para este tipo de pizarras. La sargento eligió el rotulador rojo, lo destapó y olfateó la punta del rotulador. Acto seguido escribió bajo la fotografía de Mireia: «DESAPARECIDA».

—Ya está, inaugurado el mosaico. Siempre me ha encantado oler estos rotuladores cuando los abres —comentó la sargento.

—Qué casualidad, a mí también me encanta cómo huelen.

—Venga, vamos al lío. Veamos qué sabemos hasta ahora.

Iñaki permanecía sentado detrás de una mesa con las carpetas abiertas sobre la superficie. El agente buscó entre los papeles los datos que tenían de Mireia y comenzó a responder a las preguntas.

—Mireia Grau i Moncada, diecisiete años, nacida en Barcelona, alumna de EIAR, formaba parte del grupo que está de viaje de estudios en Magaluf. La última vez que fue vista fue pasados unos minutos de las veintitrés horas en la terraza del Hotel Night Beach. Desde entonces no se ha vuelto a saber nada de ella. Hija de familia bien al igual que el resto de sus compañeros. Por lo que hemos podido averiguar en los interrogatorios a sus amigos, la han definido como «jodidamente rica», «caprichosa», «borde» y que «disfrutaba de ser la más guay y rica del insti». No se le conoce pareja estable, pero, por lo que sus compañeros dicen, sobre todo en las fiestas no le faltaba sexo con chicos, chicas o ambos a la vez. Aunque no solía beber entre semana, al parecer los fines de semana y en las fiestas era una verdadera esponja, sobre todo de champán acompañado de alguna que otra rayita.

—Vamos, una verdadera joyita, la niña.

—Desde luego, la hija que yo no querría tener.

—¿Qué tenemos de Tania?

Iñaki sacó la fotografía de Tania de la carpeta y extendió su brazo para que la sargento Borrás la cogiera. Esta se acercó a recogerla y volvió a la pizarra. Colocó la fotografía de Tania a la derecha de la de Mireia y la sujetó con otro de los pequeños imanes. Con el rotulador rojo que aún conservaba en la mano escribió bajo la fotografía: «AGREDIDA». Dibujó una flecha entre la fotografía de Tania y la de Mireia y anotó: «AMIGAS».

—Tania Cardona, diecisiete años, nacida en Barcelona. La mejor amiga de Mireia y, por lo que sabemos, siempre ha estado un poco a su sombra. Se conocen desde niñas. Parece que le gustan bastante las bebidas caras y no le hace ascos al polvo blanco. Por lo visto, tiene actualmente un lío con Gerard Puig. La encontraron desnuda, maniatada y amordazada, con gran cantidad de alcohol y cocaína en el cuerpo, sin signos de agresión sexual y, al igual que su compañero, con una extraña punción en el cuello —relató Iñaki.

—¿Alguna información del hospital sobre qué les inyectaron?

—Sí, ha llegado un informe médico del doctor González. En resumen, lo que dice es que en los análisis ha aparecido una toxina desconocida. Lo más parecido que han encontrado es la savia de… ¡Vaya cosa impronunciable!, a ver si lo consigo decir… Strychnos. No tengo ni idea si se dice así.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Antonia.

—Es una planta que se encuentra en la selva amazónica colombiana. Al parecer, la usan los indígenas para envenenar flechas. Se sabe que se hicieron estudios y se usó como anestésico, aunque ya te digo que es lo más parecido que han encontrado, porque lo más probable es que esté mezclado con alguna savia de alguna otra planta. En resumen, parece que una cierta cantidad de lo que sea deja KO la parte consciente de tu cerebro. De ahí se cree que los nativos usaban mezclas para hacer sus particulares viajes astrales o conectar con sus otras realidades. Vamos, que se metían unos viajes de no te menees. Si añades cierta cantidad más de eso, te apaga también la parte inconsciente del cerebro y te deja en stand-by, vamos, lo justo para las funciones vitales y poco más. Al no saber exactamente la composición, creen que el efecto no durará más de una semana. Después no deja ni rastro. Si cuando despierten les hacen una analítica, va a ser como si no hubiesen tenido eso en su cuerpo.

—Bien, ahora que saben lo que les inyectaron sabrán cómo despertar a los chicos, ¿no?

—Pues no, como ya te he comentado, siguen sin saber exactamente lo que es. Hay restos de esa savia, pero ¿con que está mezclada? No se sabe. Además, el doctor dice que no puede intentar despertarlos sin poner en peligro sus vidas. Resulta que esa maldita cosa es mortal, una dosis más alta provoca la muerte inminente por asfixia. El doctor teme que cualquier cosa que les pueda dar amplifique los efectos de la toxina y mate a los críos. Ya han pasado al menos veinticuatro horas, así que mientras sigan estables simplemente esperarán, no quieren correr ningún tipo de riesgo —respondió Iñaki.

La sargento Borrás miraba atónita a Iñaki mientras este le iba explicando la situación. Se acercó a su compañero, puso las palmas de las manos sobre la mesa, agachó un poco la cabeza y miró a Iñaki. Este levantó la vista de las carpetas y advirtió la mirada penetrante y desafiadora de la sargento.

—¿Qué mierdas me estás contando, Iñaki? ¿Una toxina que se parece a la savia venenosa de una planta de nombre impronunciable originaria del Amazonas colombiano mezclada con algo que no se sabe ni lo que es? ¿Y qué pinta algo de una selva a miles de kilómetros de aquí en el cuerpo de dos adolescentes de familias bien de Barcelona?

—Ya me gustaría a mí darte algo más consistente, pero es lo que tenemos hasta ahora. Creo que necesitas otro café e intentar ver las cosas con perspectiva.

La sargento Borrás dejó el rotulador rojo sobre la mesa, salió de la sala y se dirigió a la máquina de café que había en el pasillo mientras Iñaki se quedaba preparando los documentos para seguir construyendo el tablero de investigación. La sargento regresó pasados dos minutos con dos cafés en las manos. Extendió su brazo derecho y le entregó uno al agente.

—¿El café de la paz? —comentó la sargento al agente.

—Venga, que buena falta nos hace —respondió Iñaki chocando el vaso de cartón en signo de afirmación de que era el café de la paz.

—Vamos a por el siguiente —comentó la sargento.

El agente le entregó la foto de Gerard a la sargento. Esta dejó el vaso de café sobre la mesa y cogió el rotulador rojo.

Se acercó a la pizarra y colocó la fotografía a la derecha de la Tania, la sujetó con otro de los imanes y anotó bajo la foto: «AGREDIDO». Después dibujó una flecha entre ambas imágenes y escribió: «RELACIÓN».

—Va, Iñaki, cuéntame lo que sepamos del chaval.

—Gerard Puig, diecisiete años al igual que Mireia y Tania y compañero de clase de ambas. Como hemos comentado antes, tiene una relación con Tania. Es un poco dado al whisky bueno y a la cocaína. Se supone que él es quien metió en el mundillo del polvo blanco a las amigas. Y como todos los chicos del grupo, hijo de familia bien.

—Vamos a por los padres de Mireia, a ver qué tenemos.

Iñaki sacó la fotografía de Oriol, se acercó a la pizarra blanca y la colocó por encima de la de Mireia, un poco a la izquierda. La sargento dibujó una flecha entre las fotos de padre e hija y anotó: «PADRE». Mientras, Iñaki volvió hacia la mesa, se sentó de nuevo y cogió la hoja donde tenía anotada los datos de Oriol.

—Oriol Grau i Moncada, marqués de Grau i Moncada, vamos, un grande de España, de la alta nobleza catalana. Propietario de varias empresas, entre las que destaca una de las navieras más antiguas de España. Ah, y no te lo pierdas, que está entre los cien primeros de la lista Forbes —describió el agente.

—¿Un grande de España? Joder, qué antiguo suena eso.

—Tan antiguo que deberíamos dirigirnos a él como «excelentísimo señor».

—Vamos, si espera que yo le trate de «excelentísimo señor», va a ser como que no. A ver qué tenemos de la madre.

El agente le entregó la fotografía a la sargento, que la colocó sobre el tablero, a la derecha de la del marido. Dibujó una flecha hacia la de Mireia y anotó: «MADRE».

—Aina Domenech, otra de rancio abolengo. Su familia no es tan «grande» como la de su marido, pero también es de alta cuna. Aunque es propietaria de varias empresas, las gestiona su marido dentro de su grupo corporativo. Básicamente, se dedica a organizar fiestas benéficas y a pasar horas en el club de golf, donde se reúne habitualmente con otras esposas de empresarios importantes. Por cierto, es la marquesa de Grau i Moncada, al ser la esposa de Oriol.

—Vamos, que ni oficio ni beneficio.

—Bueno, no creas, tiene una licenciatura en Económicas, aunque no ha ejercido nunca.

—Qué bien que tu marido se preocupe por tus empresas y tú a vivir como una reina. Venga, vamos a ver el padre de Tania, que supongo que será más interesante que la esposa perfecta del marqués.

Iñaki buscó la fotografía de Artur mientras la sargento se acercaba de nuevo a la mesa a recogerla. La miró fijamente y, como había hecho con las anteriores, la colocó sujetándola con un pequeño imán. Quedó por encima de la de Tania, algo ladeada a la izquierda. Dibujó una nueva flecha con el rotulador rojo entre la foto de Artur y la de Tania y anotó: «PADRE». Entonces se giró de nuevo hacia el agente.

—Vamos, Iñaki, ¡ándale con lo que sepamos!

—Artur Cardona, padre de Tania, socio en varios negocios, pero no en todos, de Oriol, el padre de Mireia. También tiene una cierta fortuna, aunque no es comparable a la de Oriol, al que conoció cuando las hijas de ambos empezaron en el colegio con tan solo tres años. Desde entonces no solo las niñas se hicieron amigas, sino que los matrimonios también, y al cabo de un tiempo Artur y Oriol empezaron a hacer negocios juntos.

—¿Se les conocen problemas económicos en sus empresas?

—No hasta donde sabemos. Tanto las empresas propias de Artur, como las de Oriol, como las que comparten en sociedad son empresas saneadas económicamente. De hecho, ambos han ganado el premio Empresarios del Año 2018 por la buena gestión.

La sargento Borrás miró a Iñaki, se llevó los dedos índice y corazón a la boca e hizo un gesto simulando vomitar. A continuación comentó:

—Qué bonito todo, qué familias más perfectas. ¿De dónde las hemos sacado, de la sección de cuentos infantiles de una librería cutre? De verdad, no puedo con este tipo de gente. Pero bien, lo importante no son ellos, son los chicos y sobre todo Mireia, que seguimos sin tener ni puta idea de dónde puede estar.

La puerta del despacho se abrió bruscamente y apareció el teniente Torres, superior de la sargento Borrás.

—¡Antonia, pon la televisión en el canal de noticias 24 Horas!

La sargento se acercó a un televisor que tenían en el despacho y seleccionó el canal que el teniente le había dicho. Los tres se pusieron delante de la televisión y pudieron observar la noticia.

—Detrás de mí pueden ver el Hotel Night Beach. Según hemos podido averiguar desde el canal 24 Horas, desde la mañana de ayer no se tienen noticias de Mireia Grau i Moncada. La víctima se encontraba pasando unos días de viaje de estudios con sus compañeros de tercero de Bachiller del EIAR, un colegio de élite de Barcelona. La desaparecida es hija del conocido industrial Oriol Grau i Moncada, perteneciente a una de las familias más ricas e influyentes del país. La noticia, que no había transcendido hasta ahora, ha sido filtrada en las redes sociales de sus compañeros de clase. A pesar de que la guardia civil no ha realizado ningún tipo de declaración, la inmensa fortuna de la familia hace sospechar que se trata de un secuestro por motivos económicos. Oriol Grau i Montada ha anunciado que en breve nombrarán un portavoz oficial de la familia —comentó la corresponsal de televisión.

—Ya lo han oído ustedes, Mireia Grau i Moncada, de diecisiete años e hija del industrial Oriol Grau i Moncada ha desaparecido en la localidad de Magaluf, en Mallorca. Supuestamente, se trata de un secuestro con fines económicos, dada la fortuna de la familia. Les seguiremos informando aquí en su canal de noticias 24 Horas.

La sargento Borrás, que aún mantenía el mando del televisor en la mano, pulsó con rabia el botón de apagado y lo lanzó sobre la mesa mientras negaba varias veces con su cabeza en silencio.

En ese momento fue el teniente Torres el que volvió a hablar.

—Iñaki, ¿puedes dejarnos a solas un momento?

—Sí, mi teniente.

Iñaki salió del despacho cerrando la puerta mientras era observado por el teniente Torres, el cual, al ver ya la puerta cerrada del despacho, se giró para la sargento Borrás.

—¿Sabes quién me ha llamado por este asunto?

—¿Alguien de arriba?

—Sí, el capitán. Y a él le ha llamado el teniente coronel, y al teniente coronel ya no sé quién le debe haber llamado. El caso es que todos quieren que esto se solucione ya.

—¿Acaso creen que yo no quiero resolverlo «ya»?

—Escúchame, Antonia, somos amigos desde hace mucho tiempo, pero ¿tú sabes los contactos y las influencias que tiene el padre? Está dando por culo a todo el mundo, por no decir que no le gustó nada tu forma de interrogarle.

—Ya, la mierda siempre cae de arriba hacia abajo, y la que está abajo para recibir toda la mierda que va cayendo desde arriba soy yo, ¿no, teniente?

—Mira, este tío, aparte de dar por saco a todos, ha contratado un ejército de detectives privados de Palma. Que sepamos de momento ha contratado al menos diez. Los de arriba quieren que lo solucione el cuerpo, y cuando digo el cuerpo me refiero a ti. Si no te ves capacitada para resolverlo rápido, dímelo ahora, pero yo sé que puedes hacerlo, Antonia.

—Tú mismo lo has dicho, el padre ha contratado un ejército de al menos diez detectives privados para buscar a su hija. ¿Qué tengo yo? De momento, a Iñaki, a los compañeros del cuartel de Magaluf y sí, es verdad, la ayuda de otros grupos de investigación si necesito algo, pero este caso es bastante extraño —respondió Antonia bastante molesta.

—Como ya te he dicho, los de arriba quieren que esto lo solucione el cuerpo. Nadie quiere que un detective privado se lleve la gloria de haber devuelto a la niña sana y salva a sus papaítos ricos ni que se solucione pagando el rescate, así que me han autorizado a decirte que pidas todo lo que necesites. Si necesitas gente de otros grupos, lo dices. Si necesitas un maldito helicóptero, lo dices. Hasta el último guardia de tráfico de esta isla va a estar a tu disposición si es necesario, ¡pero resuélvelo!

El teniente Torres salió del despacho y dejó la puerta abierta. Un segundo más tarde volvía Iñaki y la sargento le dijo:

—Ni se te ocurra entrar, nos vamos fuera a tomar un poco de aire y otro café en la cafetería de enfrente, necesito salir de este ambiente un rato.

—Vale, pero invitas tú —respondió Iñaki.

Salieron del despacho y del cuartel, cruzaron la calle y se sentaron en una mesa apartada de la cafetería que había enfrente. Los miembros de la UCO eran clientes habituales de esta cafetería.

—¿Ha sido muy duro el teniente?

—¡No, qué va! Si me ha ofrecido hasta un puto helicóptero.

—Estás jodida, reconócelo, el teniente y tú sois amigos desde hace años y no te ha gustado nada la charla que te ha dado.

—En realidad, más que una charla ha sido una meadita de perro, ya sabes, para marcar terreno y dejar claro quién manda. De todas formas, ya me imagino que lo mismo le han hecho a él cuando le ha llamado el capitán por este caso.

—¿El capitán ha llamado al teniente Torres?

—¡Sí! Y a este, el teniente coronel. Pero vamos, buenas noticias. Tenemos a nuestra disposición todo lo que queramos, incluido el helicóptero. —La sargento Borrás sonreía mientras hacía este último comentario.

Pasaron unos minutos y regresaron al despacho para seguir la investigación. Una vez en la sala terminaron de completar el tablero añadiendo las fotos de la madre de Tania, los padres de Gerard, los profesores Gemma y Pep, etcétera. Después de cada foto la sargento dibujó la correspondiente flecha roja y anotó la relación entre ellos.

Borrás quedó mirando el mosaico que habían construido y pensando en lo poco que sabían del caso aún.

Se abrió la puerta del despacho y un agente comentó:

—Sargento, las imágenes de las cámaras del hotel ya están procesadas y subidas al servidor. Son muchas horas y muchas cámaras que revisar, pero tal como solicitó tenemos las imágenes desde las 12:00 del domingo hasta las 12:00 del lunes. También he dejado un archivo con el esquema de la distribución de las cámaras y la nomenclatura.

—Muchas gracias, Dani, las revisaremos en cuanto tengamos una ventana temporal más concreta.

—Suerte. Cualquier ayuda que necesite, estamos a su disposición —dijo el agente Daniel y se marchó del despacho.

—Venga, Iñaki. Después de este bonito mosaico que hemos hecho, vamos con la reconstrucción cronológica de lo que sabemos hasta ahora. Empecemos por el momento en que las niñas emprenden el viaje a la isla.

Iñaki abrió otra de las carpetas que tenía sobre su mesa y sacó varios documentos.

—Aquí tengo lo que sabemos hasta ahora, aunque anoche ya no me dio tiempo a revisarlo a fondo.

—Soy toda oídos.

—Domingo 23, a las ocho menos cuarto aproximadamente el bus escolar llega a casa de Tania, recoge a ella y a Mireia, que se había quedado a dormir en su casa, y sigue el recorrido para ir recogiendo al resto de compañeros y llevarlos al aeropuerto del Prat. Antes de las nueve llegaron al Prat y fueron todos juntos con Gemma y Pep a los mostradores de facturación para entregar las maletas. Subieron al avión y llegaron a Palma sin ningún contratiempo, todo normal. En el aeropuerto de Palma subieron al autocar que les trajo hasta el Hotel Night Beach. Hicieron el checkin a partir de las doce y los chicos fueron subiendo a sus habitaciones. Mireia, Tania y Gerard fueron vistos en la terraza sobre la una y media, y comieron en el bufé como todos sus compañeros. Después se fueron a las habitaciones y al cabo de un rato largo, sus compañeros no saben decir la hora, pero dicen que al menos llevaban más de una hora allí cuando aparecieron las dos chicas en la piscina. Gerard ya estaba allí con otros chicos.

—De momento no veo nada extraño. ¿Sabemos hasta qué hora estuvieron en la piscina? —preguntó de nuevo la sargento.

—Pues varios chicos incluidos ellos tres estuvieron hasta que la piscina cerró a las siete en punto. A las ocho y cuarto aproximadamente los vieron de nuevo en el comedor para la cena. Después de la cena al parecer regresaron a las habitaciones, se cambiaron de ropa y bajaron a la fiesta en la terraza junto a la piscina, que comenzó a las 22:00. Vieron en la fiesta a los tres al menos hasta las 23:00. Algunos chicos recuerdan a Tania, Gerard y Mireia yéndose de la fiesta.

—Bien, nada que no supiéramos hasta ahora, ¿no? Esto es lo declarado por los compañeros y profesores. ¿Tenemos ya el registro de la apertura de la puerta de la habitación? El director del hotel se comprometió a entregárnoslo.

—Sí, jefa, lo tengo aquí, aún no lo he llegado a revisar del todo y tengo también un parte de incidencias con la habitación.

—¿Un parte de incidencias?

—Sí, hay una nota en la que dice que llamaron de la habitación de las chicas para que fueran a limpiar. A ver… Aquí está. Dice: «15:32 h. Se recibe en la recepción una llamada de la habitación 412 solicitando servicio de limpieza». Tenemos un parte de la camarera de guardia que dice: «Habitación 412. 15:53 h. Servicio: En la habitación se ha caído al suelo una botella de agua de litro y medio de cristal y se ha roto en varios trozos. Se retiran los cristales, se procede a la limpieza y secado del suelo. Los cristales rotos son depositados en la bolsa de la papelera de la habitación y esta a su vez es sustituida por una bolsa nueva; se repone la botella rota en el minibar» —explicó Iñaki.

—Bueno, una botella de agua rota. Supongo que las chicas la debieron coger del minibar para beber y se les caería al suelo. Vamos a repasar el registro de la puerta.

—Venga, que no se diga. 12:27 apertura con la tarjeta 1. La tarjeta 1 es la de Mireia y la 2 es la de Tania. Esto coincide con la llegada a la habitación de las chicas. 13:25 apertura de puerta desde el interior, coincide con la salida al comedor. 14:15 apertura de puerta con la tarjeta 2, la de Tania, y cuadra en tiempos con la vuelta del comedor. 14:52 apertura de puerta desde el interior. 15:28 apertura de puerta desde el interior. Abrieron dos veces la puerta desde dentro en media hora. 15:39 apertura de puerta desde el interior, esto coincide con el parte de incidencias. 15:53 apertura de puerta desde el interior, supongo que es cuando la camarera ha terminado y se va. 16:36 apertura de puerta desde el interior, imagino que es la hora que salieron para bajar a la piscina. 19:17 apertura de puerta con la tarjeta 1, más o menos lo que tardaran en llegar desde las 19:00 que cierra la piscina y se liaran con sus compañeros. 20:03 apertura de puerta desde el interior, coincide con la hora de salida a la cena. Ya sabes, horario de guiri para cenar, los españoles a las ocho ni tenemos hambre aún. 21:00 apertura de puerta con la tarjeta 1, la hora más o menos de la vuelta de la cena. 21:59 apertura de puerta desde el interior, coincide con la hora de la fiesta. 23:30 apertura de puerta con la tarjeta 2, aquí es cuando se van de la fiesta y se suben a la habitación. 02:17 apertura de puerta con la tarjeta 1. Ojo, esto no lo teníamos controlado. ¿A las 02:17 Mireia volvió a la habitación? —preguntó extrañado Iñaki a su propio comentario.

—A las 02:17 se volvió a abrir la puerta con la tarjeta de Mireia, aunque eso no quiere decir que fuese ella. ¿Qué dice el siguiente registro? —preguntó la sargento extrañada.

—02:59 apertura de puerta desde el interior. Fuese quien fuese estuvo en la habitación menos de cuarenta y cinco minutos y se fue.

—¿Cuál es el siguiente registro? —preguntó Antonia.

—09:15 apertura de puerta desde el exterior con tarjeta maestra código JR0103. Este es el momento en que el jefe de recepción abrió la puerta a petición de los profesores.

—En menos de cuarenta y cinco minutos alguien entró en la habitación con la tarjeta magnética de Mireia, redujo a Tania y Gerard, revolvió de arriba abajo la habitación y supongo que debió interrogar a uno o a los dos chicos. Rápido, vamos a ver esas imágenes que afortunadamente ya tenemos disponibles, a ver si ya nos sonríe un poco la suerte en este caso.

Iñaki conectó desde su portátil al servidor donde el equipo había subido las imágenes registradas en las cámaras del hotel.

—Por suerte, este hotel tiene el tema de la videovigilancia bien organizado. Las cámaras están numeradas por planta, pasillo y ubicación en el pasillo, y, con el esquema de posición y nomenclatura que nos ha dejado Dani, será fácil localizar el archivo que buscamos —explicó el agente.

—Buscamos las imágenes de la 412, al principio del pasillo derecho de la cuarta planta —comentó Antonia.

—Solo tenemos que buscar planta, pasillo, hora y minuto… Efectivamente, aquí está el vídeo que buscamos.

—Dale al play y adelanta hasta el minuto 16, un minuto antes de que se abriera la puerta —comentó Antonia.

Iñaki adelantó el vídeo hasta el minuto 16 y apenas en unos segundos consiguieron ver la primera imagen.

—Ahí está —exclamó la sargento.

—Por la fisonomía, aparentemente es un hombre, pero lleva una gorra negra que le tapa el rostro. Esperemos poder verle la cara antes de entrar en la habitación.

El sospechoso llegó hasta la puerta de la habitación 412. Tanto la sargento como el agente pudieron ver como de la parte de atrás de su pantalón sacaba un arma que por la distancia aún no podían identificar. Acercó la tarjeta magnética a la cerradura y la introdujo suavemente en el lector. A través del monitor se podía observar cómo abría suavemente la puerta con el arma en la mano y cerraba tras de sí.

—¡Mierda! No le hemos podido ver la cara —exclamó la sargento.

—Vamos a probar con la cámara del ascensor, quizá allí tengamos más suerte —comentó el agente.

Iñaki buscó el archivo de la cámara del ascensor, lo adelantó hasta el minuto 17, en el que sabían cierto que el sospechoso ya estaba en el pasillo, y empezó a reproducir hacia atrás.

—No lo entiendo, hemos retrocedido casi diez minutos y no aparece en el ascensor —comentó Iñaki.

—Quizá sabe que en el ascensor también hay cámara y, lo que es peor para él, hay espejo, con lo cual, si desde arriba la imagen no se capta bien, hubiésemos podido verle el rostro en el espejo. Debió subir por las escaleras. Busca la cámara del centro de la planta, desde ese lugar se ven las salidas de los ascensores y la escalera.

Iñaki buscó el archivo de la cámara que la sargento le había indicado y repitió la operación de ponerlo en el minuto 16 y pasarlo hacia atrás.

—Aquí tenemos las imágenes, en cualquier momento debería aparecer —comentó Iñaki.

—¡Vamos! Enséñanos esa carita —exclamó ansiosamente la sargento—. ¡Ahí aparece! Mierda, va mirando hacia el suelo, solo le vemos la puñetera gorra, que encima es toda negra, no lleva nada que nos ayude a identificarla, ni un dibujo, ni texto, ni logo de nada. Este cabrón sabe lo que se hace —comentó decepcionada Antonia.

—Seguiré buscando en las cámaras de la escalera piso por piso, en algún momento tiene que cometer un fallo y la cámara captarlo.

Iñaki pasó un vídeo tras otro todo el camino de la escalera, hasta la entrada del hotel, pero fue en vano.

—Nada, un montón de vídeos y no le hemos podido ver la cara en ningún momento, esto es desesperante —exclamó el agente.

—Vamos a probar más suerte con la salida de la habitación, sabemos que es a las 02:59. A ver qué hay en esas imágenes —le indicó Antonia a Iñaki.

—Localizando vídeo… Y aquí lo tenemos. Vamos, abre la puerta y sal de la habitación.

—Ahí sale, de nuevo mirando para abajo —exclamó Antonia decepcionada.

—Voy a hacer la misma operación que antes, le seguiré todo el camino hasta que lo pierda.

Iñaki fue cambiando de un vídeo a otro siguiendo el recorrido del sospechoso hasta que salió del hotel y de muy mal humor se dirigió a la sargento:

—Lo siento, Antonia, no ha sido posible verle el rostro.

—No te preocupes, Iñaki, has hecho todo lo posible. De todas formas, hemos sacado algo en claro muy importante: salió solo, lo que confirma que no se llevó a Mireia de la habitación. En algún momento consiguió robar la tarjeta a Mireia.

—¿Buscamos entre las imágenes de la fiesta? Tenemos que localizar la última vez que se vio a Mireia en el hotel.

—A las 23:30 entraron en la habitación y no volvieron a salir, entonces, debieron entrar solo Tania y Gerard. Además es lógico, porque, si iban a practicar sexo, a no ser que se quisieran montar un trío, no pintaba nada Mireia en la habitación. Busca en las cámaras de la zona de la fiesta, a ver si los localizamos a partir de las 23:00. Pero esto va a ser buscar una aguja en un a pajar, vamos a pedir ayuda. Como dijo el teniente Torres, tenemos a nuestra disposición hasta el último guardia de tráfico de la isla.

La sargento salió hacia el despacho del teniente Torres y le expuso el problema que tenían con la cantidad de imágenes a procesar. Inmediatamente el teniente Torres ordenó a otras unidades que ayudaran a buscar al sospechoso.

Borrás e Iñaki distribuyeron una serie de archivos de vídeo para cada agente que iba a colaborar en la búsqueda. Después regresaron a la sala de operaciones y siguieron repasando el tablero de investigación. Mirándolo fijamente la sargento exclamó:

—No hemos incluido a la camarera.

Se acercó a la pizarra y con el rotulador rojo dibujó un cuadrado del tamaño de una foto, ya que no disponían de imagen de la camarera, y anotó: «CAMARERA». En un pequeño pósit añadió: «Tuvo contacto con las víctimas unas horas antes».

—¿Crees que puede tener alguna relevancia que estuviera en la habitación? —preguntó Iñaki.

—Ni más ni menos que otros, pero me gusta tenerlos a todos en el mosaico. ¿Qué dijo en su declaración?

—Comentó lo mismo que en el parte de incidencia, que le avisaron por el walkietalkie para que fuera a la habitación 412. Se dirigió hacia allí y procedió a la limpieza de los cristales de una botella rota de litro y medio. Limpió y secó la habitación, cambió la bolsa de la papelera y se llevó la que contenía los cristales rotos.

La puerta de la sala se abrió y de nuevo apareció el agente Daniel.

—Sargento, creo que hemos encontrado algo.

Antonia, Daniel e Iñaki se dirigieron al despacho de la unidad a la que pertenecía Daniel, donde les esperaban los demás agentes y el sargento de la unidad.

—¿Qué habéis encontrado?

Daniel giró la pantalla donde estaban visualizando los vídeos.

—Hemos revisado un montón de vídeos y hemos localizado un par de cosas que podrían ser importantes. Aquí, la cámara de la terraza donde se celebraba la fiesta. Fijaos en el sillón que hay justo en la salida, se puede ver al sospechoso sentado mirando hacia la zona donde todos están bailando. Bien, justo aquí pasan por delante de él los dos chicos. Él sigue mirando a la pista como si no le interesase nada más que Mireia. En otra cámara que podemos ver después coincidente en el tiempo se puede ver a Mireia bailando, pero de repente se gira hacia los otros dos, algo han dicho que le ha llamado la atención. Solo es un momento y enseguida vuelve la mirada a la pista de baile.

—¿Puedes poner ese momento otra vez? —solicitó la sargento.

—Sí, claro, aquí lo tienes —respondió Daniel.

—Pásalo de nuevo, hay algo que no consigo saber qué es. ¿Puedes pasar fotograma a fotograma el momento en que se gira hacia Tania y Gerard?

Tal como le había solicitado la sargento Borrás, Daniel fue pasando fotograma a fotograma el instante en que el sospechoso se giró hacia Tania y Gerard y acto seguido volvió a girarse hacia Mireia.

La sargento pudo ver lo que no conseguía ver a velocidad normal.

—Ahí, para, ¿veis un destello que ciega la cámara? —preguntó la sargento.

—Sí, en este fotograma la cámara se queda ciega. Veamos el motivo, moveremos fotograma a fotograma hacia atrás. Un fotograma, la cámara ya no está ciega, pero hay una luz junto a la oreja del sospechoso. Adelantamos el fotograma y la cámara se ciega, retrocedemos y volvemos a ver ese punto verde en su cara —afirmó Daniel.

—Es el láser de la fiesta —dijo la sargento Borrás.

—¿Cómo? —preguntó Iñaki.

—Sí. Retrocede fotograma a fotograma. ¿Veis? En el fotograma anterior al destello se ve un pequeño punto verde junto a la oreja de nuestro sospechoso, dos fotogramas atrás no está y un fotograma después del destello tampoco está. Es el láser de la fiesta que se ha reflejado en la oreja. Debe llevar algo metálico, porque ha rebotado la luz y ha cegado la cámara. Nuestro sospechoso lleva un pendiente. Daniel, ¿puedes poner las imágenes donde se ve a Mireia bailando? Y acelera hasta que la perdamos de vista —solicitó Antonia.

Daniel puso las imágenes donde se veía a Mireia bailando en la fiesta. Pasados alrededor de cinco minutos Mireia abandonaba la pista de baile.

—Ahí, ahí se marcha de la fiesta, no vuelve a la habitación y no sale por el hall del hotel. Se va por la puerta que da a la playa, se marcha del hotel. Vale, sincroniza la hora exacta en que Mireia se va con la cámara por la que seguíamos al sospechoso —indicó la sargento.

—¡En pantalla! —comentó Daniel—. Mirad al muy cabrón, justo cuando Mireia se va hacia la salida de la playa él se levanta, se dirige hacia la pista de baile y la cruza. Aquí ya le perdemos, pero nos queda la cámara de la salida del hotel. Voy a poner los dos vídeos en paralelo y sincronizados desde que Mireia sale por la puerta de la playa.

Tal como había dicho el agente Daniel, puso las dos imágenes en paralelo en la pantalla. En una de ellas se podía ver a Mireia alejándose del hotel caminando sobre la arena de la playa mientras en la otra se podía observar al sospecho cruzando la pista de baile y posteriormente dirigirse él también a la salida de la playa.

—Lo que imaginaba, el muy cabrón sale detrás de ella. Aquí ya por la falta de luz no la vemos, pero a él aún sí se le ve siguiendo sus pasos. Iñaki, pide al hotel de al lado la grabación de este momento de la cámara de su terraza, a ver si hay suerte y capta parte de la playa y podemos seguir el camino de Mireia —comentó la sargento Borrás.

—Antonia, mi equipo ha localizado una foto en las redes sociales de Mireia y Tania vestidas para la fiesta a unos minutos de bajar a la terraza —comentó el sargento Jiménez, jefe de la sección a la que pertenecía Daniel.

—Muchas gracias, Toni, tu equipo ha sido de gran ayuda. Por favor, Iñaki, asegúrate de que se distribuya la foto ahora mismo por todos los canales. Como dijo el teniente Torres, hasta el último guardia de tráfico debe tener esta foto. Chicos, muchas gracias a todos, ha sido un magnífico trabajo.

La sargento Borrás e Iñaki volvieron a su despacho.

—Tenemos que poner todo esto en orden, Iñaki, pero antes deberíamos merendar algo, ¿no crees?

—En serio, nunca conseguiré entender que los mallorquines digáis merendar a las diez y media de la mañana.

—Hostia, Iñaki, es que tú eres vasco, joder, y los de la península no sabéis lo que es merendar por la mañana un buen panecillo con aceite, tomate y un poco de jamón serrano. Eso es lo mejor que hay, y no tanto café, te lo digo yo.

—¿Tú dices que paremos a merendar? ¿En serio vas a hacer una minipausa para merendar con todo lo que tenemos por poner en orden? Antonia, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien. Vamos contra reloj, tenemos toda la presión de los jefes encima y la prensa, pero, ¿sabes?, me lo estoy tomando como algo personal y necesito una pausa. Salgamos a merendar algo y en quince minutos estamos aquí de nuevo.

Ambos salieron del cuartel a comer algo. En apenas un cuarto de hora ya volvían a entrar en su despacho y la sargento se dirigió de nuevo al tablero de investigación. Sacó su cuaderno y empezó a revisar sus apuntes con las anotaciones que había realizado en la pizarra blanca.

Mientras Antonia se encontraba sumida en sus pensamientos, Iñaki seguía revisando la documentación que tenía sobre su mesa. De nuevo se abrió la puerta del despacho y otra vez apareció el teniente Torres.

—Antonia, Iñaki, acompañadme al despacho del grupo 3, creo que han encontrado algo que tiene que ver con vuestro caso.

Los tres entraron en el despacho del grupo 3 donde les esperaba el sargento Segura y su equipo.

—Sargento Segura, informe a la sargento Borrás de lo que su equipo ha encontrado.

—Estamos investigando un caso de apuñalamiento con una botella rota en Punta Ballena sucedido hace dos noches, aproximadamente a la hora en que se supone que desapareció la chica que buscáis. Mirad la pantalla, aquí tenemos la grabación de una cámara de seguridad del local. Vemos el momento en que se produce una pelea entre unos hooligans británicos que acabará en el apuñalamiento, pero esto no es lo relevante para vuestro caso. Si he avisado al teniente es porque hace un rato recibimos la foto que habéis pasado como alerta y viendo una y otra vez las imágenes que tenemos de la reyerta creemos que aparece la joven que estáis buscando.

—¿En serio? ¿Podemos ver esas imágenes? —preguntó Antonia.

—Por supuesto. Mira, retrocedemos unos minutos antes de la reyerta. Ahí en ese lado de la pantalla, aunque está de espaldas, lleva la misma ropa que en la foto que habéis pasado. Podemos verla morreándose y magreándose con dos hooligans. Hemos buscado una cámara con otro ángulo y la vemos de nuevo con los británicos, aquí en este punto. Aunque en esta cámara no se ve cómo comienza la pelea, los dos hooligans que están con la chica se meten en la pelea, ya sabemos que a un hooligan le gusta más una pelea que una mujer. La chica se queda ahí viendo la pelea. Fijaos bien que le cuesta aguantarse de pie, lleva una cogorza de no te menees. Ahora es cuando viene lo que más nos ha llamado la atención. Vemos a la chica ahí intentando mantenerse en pie, en ese momento llega un hombre con gorra negra, la agarra fuertemente del brazo y le dice algo a la chica.

—Ese es el tipo del hotel —exclamó la sargento Borrás.

—Yo juraría que sí, lleva la misma gorra y tiene la misma complexión —afirmó Iñaki.

El sargento Segura continuó con su explicación de las imágenes.

—Ahora veremos a la chica soltar su brazo. Quiere huir, pero no puede correr hacia la derecha por la cantidad de gente que hay. No puede ir hacia el frente porque está la pelea. Como está en la bocacalle, solo le queda la opción de girarse y correr hacia atrás, y eso es lo que hace. Lo malo es que esa calle termina, es muy corta. Enseguida hay una zona de pinos y tierra antes de llegar a la arena de la playa, con lo cual le va a ser difícil correr con los tacones. Ahí la vemos salir corriendo, y nuestro sospechoso va tras ella y se nos va de la imagen. Hemos buscado entre las cámaras de los demás locales, pero ninguna enfoca hacia esa calle, así que aquí perdemos el rastro. Según el reloj de la cámara, son las 00:45 ya del lunes.

—En el momento que ella consigue zafarse y golpearlo parece que levanta un poco la cabeza. ¿Podemos volver a ver ese momento? Quiero ver si conseguimos distinguir algo —comentó la sargento Borrás.

El sargento Segura retrocedió la grabación hasta el punto que la sargento había solicitado.

—Aquí, justo ahora, avanzamos lentamente y vemos que en el movimiento el sospechoso levantará por un momento la cabeza dejando ver su rostro, ponemos en pausa et voilà —comentó Daniel

—Cojonudo, te vamos a pasar por el reconocimiento facial a ver quién demonios eres tú.

—No será necesario, ya sabemos quién es. Es un viejo conocido del grupo 5. El cabo Juan Salvá nos pondrá al corriente —comentó el sargento Segura.

El cabo Salvá sacó una fotografía de una de sus carpetas, la mostró a todos los que estaban en ese momento en el despacho del grupo 3 y comenzó a informarles.

—Francisco Escobar, alias el Indio, natural del sur de Colombia, un sicario a sueldo que no trabaja para nadie fijo, sino que ofrece sus servicios al mejor postor.

—¿El Indio? —preguntó la sargento Borrás.

—Le llaman el Indio porque es un cuarterón, su abuelo materno era un nativo del sur de Colombia. De hecho, durante los primeros años vivió en una aldea de una zona muy cercana al comienzo de la selva del Amazonas.

—¿Has dicho la selva del Amazonas?

—Sí, su aldea, el nombre lo debo tener en algún sitio, está prácticamente al borde de la selva —respondió el cabo Salvá.

—Nuestras víctimas han sido narcotizadas, por decirlo de alguna forma, con una toxina mezcla de savias de plantas del Amazonas. Una era…, espera, que aquí lo tengo anotado…, Strychnos, así se llama la planta. Del resto no tenemos ni idea. ¿Podría el Indio haber adquirido conocimientos sobre plantas selváticas de su abuelo? —continuaba preguntando Antonia al cabo.

—Si tiene conocimientos o no lo desconozco, pero sí que cualquier nativo de la selva sabe cómo crear venenos o narcóticos con la mezcla de savias de las plantas salvajes. De hecho, en algún caso en el que el Indio ha sido sospechoso las autopsias daban como resultado muerte natural por infarto sin que se encontrara ninguna sustancia que hubiese podido producirla.

La sargento Borrás afirmó con la cabeza mirando a Iñaki y volvió a consultar al cabo Salvá.

—Veamos de nuevo esa foto de archivo. Iñaki, mira, lleva una especie de aro ancho en mitad de la oreja. Eso reforzaría aún más que es el mismo tipo que estuvo en el hotel, ese aro metálico debió ser en el que se reflejó el láser de la fiesta que cegó la cámara.

—Creo que ya podemos estar cien por cien seguros de que es el mismo tipo que estaba en la fiesta —respondió Iñaki.

—Vamos a inspeccionar la zona donde se pierde la imagen de la cámara, a ver qué podemos encontrar. Muchas gracias a todos. Por favor, sargento, agradezca de mi parte a sus equipos.

Fue entonces cuando el teniente Torres intervino de nuevo.

—Yo también quiero dar las gracias a todos, ya sabéis la importancia del caso. Sargento Segura, debido a la gravedad de la situación, voy a poner al cabo Salvá a las órdenes de la sargento Borrás y permanecerá en su equipo hasta que todo quede resuelto.

—Totalmente de acuerdo, teniente. Cabo, póngase a las órdenes de la sargento Borrás y aplique todo su conocimiento para resolver este caso —respondió el sargento Segura.

—No esperemos más. Iñaki y yo vamos a Punta Ballena. Juan, tú quédate y sigue indagando.

Бесплатный фрагмент закончился.

766,16 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2025
Объем:
241 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788412510317
Издатель:
Редактор:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги