Читать книгу: «Todo lo que vale»

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TIM GAUTREAUX (1947, Morgan City, Luisiana), es autor de varios libros de relato y de dos novelas.Sus trabajos han sido publicados en The New Yorker, The Best American Short Stories, The Atlantic, Harper’s y GQ. Entre los premios que ha recibido destacan en 1999 el SEBA Book Award y en 2005 el John Dos Passos Book Prize.

Su obra ha sido traducida a varios idiomas. El mismo sitio, las mismas cosas fue la obra con la que debutó y fue la primera que se tradujo en España, por La Huerta Grande. Durante treinta años fue profesor en Southeastern Louisiana University. Actualmente vive junto a su esposa en Chattanooga, Tennessee.

Gautreaux hizo su primera incursión en la novela con El próximo paso en el baile, en la que muchos críticos vieron a una promesa de la literatura norteamericana de los años 90.

TIM GAUTREAUX vuelve a sorprendernos con esta nueva serie de relatos publicados originalmente en Atlantic Magazine y recopilados más tarde en el libro Welding with children que da título al primer relato. Todo lo que vale son pequeñas piezas maestras llenas de humory de ternura que narran las vidas anónimas de los entrañables personajes que componen el tejido social y emocional del entorno rural de Luisiana.

«Miró la tierra reseca y se humedeció los labios con la lengua, (...) el Oeste no era lo que había pensado y quería volver a casa (...) volvió a sentir su verdadero yo, increíblemente auténtico».

Gautreaux es un sólido y admirable escritor, aplaudido por autores brillantes como Charles Frazier y Annie Proulx.

Jam Poste, The Guardian.

Tim Gautreaux es literatura en estado de gracia.

José María Guelbenzu, Babelia-El País.

Qué gran placer, el de caer en las manos de un gran contador de historias.

Andrés Ibáñez, ABC Cultural

Todo lo que vale

COLECCIÓN

Las Hespérides

TIM GAUTREAUX

Todo lo que vale

Traducción de José Gabriel Rodríguez Pazos


© De los textos: Tim Gautreaux

© De la traducción: José Gabriel Rodríguez Pazos

Madrid, 2021

Edita: La Huerta Grande Editorial

Serrano, 6 28001 Madrid

www.lahuertagrande.com

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-84-17118-75-4

Diseño de cubierta: La Huerta Grande

Producción del ePub: booqlab

A mis profesores, que sabían que todo hecho es una moneda

Índice

Todo lo que vale

Exceso de luz

Bueno para el alma

Presa fácil

El afinador de pianos

El Congreso de Escritores de Pine Oil

Resistencia

Mala sangre

Puesta de sol en el cielo

La libertad del rodeo

Bailando con la mujer manca

Agradecimientos

Quiero dar las gracias a los numerosos responsables de la Southeastern Louisiana University que han apoyado mi trabajo de escritor. Debo dar las gracias a mis colegas y amigos por lo que me han animado y por su compañía literaria. Tengo una enorme deuda de gratitud con los incansables trabajadores de Sterling Lord Literistic, así como con los editores de revistas académicas que han apoyado mi trabajo. Finalmente, me gustaría dar las gracias a mi esposa, Winborne, que es capaz de detectar una mala frase en cualquier sitio, en cualquier momento.

Todo lo que vale

Fue un típico martes. Mis cuatro hijas, ninguna de ellas casada, ya me entienden, aparecieron y nos dejaron a sus hijos, uno cada una, después de explicarle a mi mujer lo bien que se lo iba a pasar cuidando de ellos. Pero el martes es el día que ella va al casino, así que adivinen a quién le tocó ocuparse de los cuatro críos. Mi hija mayor trajo también el bastidor de un somier, que se había roto por un extremo. Quería que lo soldara. No consigo imaginar qué demonios se puede hacer en una cama para romper un bastidor de hierro, pero el caso es que el sueldo de cocinera de hamburguesas no le daba para comprar uno nuevo, eso dijo, así que tenía que arreglarlo yo con cuatro niños colgados del mono de trabajo. Su hijo, apodado Nu-Nu, tiene siete meses y es un bebé cabezón que siempre está babeando. La segunda de mis hijas, azafata en una compañía de aviones de hélice en Alexandria, tiene una niña de seis años llamada Moonbean, y eso no es un mote. La tercera, que sigue teniendo sus novietes, nos dejó a Tammynette, también de seis años; y el último en llegar fue Freddie, que es mi favorito, porque es igual que yo en esas viejas fotos mías de cuando tenía siete años: cabeza redonda y pelo cobrizo a cepillo, muy corto, como si fuera velcro. También tiene una piel como la mía, de esas que parecen papel, solo que él tiene bastantes pecas.

Cuando estuvieron todos, puse a los tres mayores delante del televisor y mecí a Nu-Nu hasta que se durmió y lo dejé en la cuna de viaje. Entonces me llevé afuera el bastidor y a los tres que quedaban despiertos, y cruzamos la parcela bajo los árboles hasta mi taller de paredes de chapa. Intenté hacer algo con aquel bastidor, pero Tammynette puso en marcha el aparato de afilar grande, acercó una lima a la piedra y se empezó a reír con las chispas que salían. Lo desenchufé y me puse a trabajar, pero cuando estaba sujetando el bastidor en el torno y enganchando la toma de tierra de la soldadora, me apoyé en la estructura de hierro y Moonbean cogió en ese momento el portaelectrodo e hizo que se produjera un arco azul al acercarlo a la parte de abajo de la cremallera de mi mono de trabajo. Yo salté hacia atrás, como si el poder del Altísimo me hubiera zarandeado, rasgué el mono de un tirón y me sacudí las chispas de los calzoncillos. Moonbean abrió de par en par sus ojos de chivo y dijo en tono cantarín:

—¡Hala! Cómo brinca el abu.

Pensé entonces que mejor dejaba de soldar nada con niños alrededor.

Los saqué a la parcela a jugar, pero, aunque tengo más de una hectárea, la verdad es que no hay mucha cosa para críos ahí, así que me senté y me puse a observar cómo Freddie se subía al motor de Oldsmobile que tengo colgado de un roble rojo con una larga cadena. Tammynette y Moonbean lo empujaron como si estuviera en un columpio, y yo les grité que parasen, pero no me hicieron ni caso. El espectáculo debía de ser bastante triste, supongo. No está bien tener un motor lleno de grasa colgando de una cadena de Kmart en tu parcela. Ya lo sé. Incluso en un pueblo del centro de Luisiana como Gumwood, que es como cualquier otro sitio de tierra rojiza del sur, chatarra en la parcela es chatarra en la parcela. Yo me gano la vida haciendo trabajillos de soldadura.

Quién diría que hasta fui una vez a la universidad. A la LSU, un semestre. Trabajaba horas extras en un aserradero para poder costear la matrícula y me presentaba con mis botas de trabajo en la clase de Inglés 101 que impartía un negro pakistaní, que no entendía una palabra de lo que decíamos nosotros, y nosotros a él mucho menos. Aquel tipo no me enseñó una mierda. Se sentaba encima de la mesa, con las piernas cruzadas y nos decía que escribiéramos sin parar en lo que él llamaba nuestros «porfolios», que no se leía nunca. Todo lo que sé es que envió nuestras tablas sujetapapeles a sus parientes de Pakistán para que las usaran como madera para el fuego.

El profesor de álgebra nos hablaba con los ojos mirando hacia arriba, como si tuviera la clase escrita en el techo. La mayor parte del tiempo no sabía ni si estábamos en clase, y durante un mes pensé que el pobre diablo era ciego. Jamás conseguí resolver ni una equis.

El profesor de química era un gordo borracho que calentaba sopa Campbell’s en uno de los mecheros aquellos y se la comía en la lata mientras hablaba. En aquella clase estábamos como un millón de alumnos y yo no conseguía entender qué quería que hiciéramos con los números y los nombres. Yo me sentaba al fondo, con estudiantes de una fraternidad que me llamaban «tío Jed». Un par de veces que conseguí ver desde allí lo que ponía en la pizarra, estuve a punto de entender algo, y me puse muy contento.

El profesor de historia me gustaba bastante y aprendí a tomar muchos apuntes de lo que decía, pero un mediodía de mucho calor cayó muerto mientras hablaba de las pirámides y lo sustituyó un tipo pequeñajo, que parecía un lagarto, y que me miraba con aire de superioridad en mi sitio de la primera fila. Creo que le caí bastante bien porque yo no me parecía a nadie de aquella clase, con mi pelo cobrizo bien corto y unos vaqueros que no estaban desgastados. Aunque suspendí aquel semestre, me compensó el gasto todo lo que aprendí sobre gente con el corazón más pequeño que un perdigón de cartucho.

Tammynette y Moonbean le dieron un buen empujón al motor, pero se distrajeron con una mariposa amarilla que revoloteaba en una mata de verdolaga, y aquel V8 de cuatrocientos kilos se las llevó por delante al volver. Así que cogí a las dos niñas que no paraban de berrear, me metí dentro de casa con todos y los limpié bien con Gojo.

—Quiero un Icee —gritó Tammynette mientras le limpiaba la grasa de motor entre los dedos—. No he tomado ningún Icee hoy.

—No hace falta tomar uno todos los días, señorita —le dije.

—¿Es que no tienes dinero? —Extendió la mano y se echó el pelo hacia atrás como si fuera una modelo de la televisión.

—Esas cosas cuestan más de un dólar. Cuando yo era niño, me daban cinco céntimos para chucherías, y solo dos veces a la semana.

—¡Icee! —gritó la niña en mi cara.

Moonbean se unió a ella desde la cocina con su monótona vocecita. No es que sea una niña monótona; solo que habla bajo, como un mal actor de wésterns. Nu-Nu se sentó en la cuna de viaje y balbució algo, y entonces cogí a todos, los metí en el Caprice y los llevé al Pak-a-Sak de Gumwood. Cuando llegué, tenía al bebé sobre mi regazo y Freddie había sintonizado música rock que sonaba como granizo sobre un tejado de chapa. Dos tipos que conozco, mayores que yo, nos observaron mientras aparcaba el coche junto a la acera. Cuando apagué el motor, acerté a oír que uno decía:

—Ahí está Bruton y su bastardomóvil.

Agarré el volante con fuerza, bajé la vista sobre la coronilla de Nu-Nu y me sentí como si alguien me hubiera dicho que se acababa de incendiar mi casa. Como estoy muy moreno, aquellos viejos no pudieron ver la vergüenza que me subía a la cara. Salí del coche como si no hubiera oído nada, con Nu-Nu cogido bajo el brazo como una barra de pan. Me entraron ganas de darle un puñetazo al más viejo de los dos y romperle la dentadura postiza, pero podía ver el artículo en el periódico local. Imaginé también el recuerdo que les quedaría a los niños de su abuelo pegando a un par de carcamales mascadores de tabaco. Los miré a los ojos y sonreí, sorprendiéndome a mí mismo. Bastardomóvil…, ¡¿será posible?!

—Eh, Bruton —dijo el más joven, un tal señor Fordlyson, de unos sesenta y cinco años—, ¿son todos tuyos? ¿Vuelta a empezar?

—Nietos —dije sujetando a Nu-Nu sobre sus zapatos, para ver si babeaba encima.

El mayor llevaba un sombrero de paja y tenía cicatrices en veinte sitios, de operaciones de cáncer de piel. Dio un resoplido.

—Puede que con esta camada te vaya mejor —me dijo.

Recordé entonces que este también era Fordlyson y que era tío del otro. Había tenido un aserradero en el norte del pueblo, era diácono de la iglesia baptista y dueño del uno por ciento del banco de medio pelo que había algo más abajo, junto a la desmotadora. Se creía el rey de Gunwood, pero la verdad es que eso le pasaba a cualquier viejo del pueblo con cinco dólares en el bolsillo y una opinión en la punta de la lengua.

Pasé por delante de él y entré en el Pak-a-Sak. Los niños vieron el estante de las chucherías y empezaron a pedir barritas de Mars y Zero, y hasta Nu-Nu extendió su mano babeada hacia las gominolas. Pero yo hice caso omiso de sus lloriqueos y le di a cada uno un Icee pequeño de Coca-Cola. Tammynette y Moonbean cogieron el suyo y se dirigieron a la puerta. Freddie cogió el suyo con mucho cuidado cuando se lo alargué. Nu-Nu podía ser todo lo cabezón que uno quisiera y más simple que un melón, pero sabía perfectamente lo que era un Icee y cómo sorber por la paja. Y menuda sonrisa se le puso cuando notó el sirope aquel de Coca-Cola en las encías.

Entonces, Freddie me miró con aquellos ojos verdes rodeados de pecas y dijo:

—¿Qué es un bastardomóvil?

Supongo que me quedé con la boca abierta.

—No sé de qué me estás hablando.

—Pensé que íbamos en un Chevrolet —dijo.

—Pues claro.

—Pero ese señor dijo que íbamos en un…

—Ni caso… Seguro que no le oíste bien.

Lo empujé suavemente hacia la puerta y salimos. El mayor de los Fordlyson nos miraba como si estuviéramos desfilando en una cabalgata. Yo procuraba mantener la vista al frente. En mi cabeza podía ver el titular del periódico: VECINO DE GUMWOOD DETENIDO CON SUS NIETOS POR AGRESIÓN. Me subí al coche con los niños y volví la vista para mirar a los Fordlyson: sentados en una barandilla, con el sudor marcado en sus camisas blancas y observándonos atentamente. Sus hijos tenían aserraderos, dirigían franquicias de comida rápida y formaban parte del comité de dirección de la escuela. Todos estaban casados. Supongo que los Fordlyson jóvenes eran tipos listos, aunque contemplando a aquella pareja, uno se preguntaba de dónde lo habían sacado. Arranqué el coche y salí a la carretera general, intentando no pensar, pero era como si tuviera la palabrita con letras cromadas en los guardabarros del coche: BASTARDOMÓVIL.

De camino a casa, Tammynette dio una chupada a la paja del Icee de Freddie y este la apartó y le llamó algo que yo solo había oído decir a los operarios jóvenes de la fábrica de contrachapado. Las palabras me dieron en el cogote como si fueran un ladrillo y yo paré el coche sobre la grava del arcén.

—¿Qué es lo que has dicho, muchachito?

—Nada. —Pero se puso colorado. Me di cuenta de que le preocupaba lo que yo pensara.

—Los niños de tu edad no usan ese tipo de lenguaje.

Tammynette se echó el pelo hacia atrás y levantó la barbilla.

—¿Cuántos años hay que tener?

La miré.

—¿No te importa que te haya dicho eso?

—Es lo que dicen en el programa de humor de la tele —dijo Freddie—. Lo dice todo el mundo.

—¿Qué programa de humor?

—El de después de las noticias de la noche.

—¿Y qué haces tú levantado tan tarde?

Se quedó mirándome y me di cuenta de que no tenía la menor idea de lo que significaba la palabra «tarde». Seguramente, Glendine, su madre, lo tiene todos los días delante del televisor hasta que se duerme. Lo imaginé echado sobre esa apestosa alfombra de pelo largo que su madre tiene delante del televisor para que sobre ella caigan las migas y todo lo que se derrama.

Cuando llegué a casa, los llevé a todos al porche lateral de nuestra casa. Las niñas se pusieron a jugar a las tabas, pero la pequeña bola botaba torcida en el suelo inclinado; Freddie hacía sonar la paja de su Icee y Nu-Nu se quedó dormido en mi regazo. Observé el coche y me pregunté si su nombre ya se habría difundido por la comunidad y cuando me vieran aparecer con él la gente gritaría: «Ahí viene el bastardomóvil». Gumwood es uno de esos pueblos donde todo el mundo mira a todo lo que se mueve. Yo lo hago. Si mi vecina, la señora Hanchy, sale con el coche, pienso: «¿Adónde irá ahora ese vejestorio? Son las dos y media, así que se debe de haber acabado su telenovela». Y entonces, cuando empiezo a pensar en la ruta que seguirá hasta el supermercado, pasa otro coche por delante de mí y me pongo a pensar en su ocupante. Esto no es malo. Hace que te preocupes de cómo te comportas y, en cualquier caso, ¿qué alternativa hay? ¿Que a nadie le importe un comino si estás vivo o estás muerto? He escuchado historias de bloques de apartamentos de esos de las grandes ciudades, donde la gente está sentada en un sexto piso viendo durante diez minutos cómo te están matando a palos en la calle, y no son capaces ni de llamar a alguien por teléfono.

Empecé a pensar en mis cuatro hijas. Ninguna practica religión alguna. Yo pensaba que eso se lo transmitiría su madre, como hizo la mía conmigo, pero LaNelle trabajaba mucho: solo tenía tiempo para cocinar, lavar, llevar y traer cosas de acá para allá y estar siempre agobiada. Las niñas crecieron viendo televisión por cable y vídeos todas las noches, y de ahí les vino su visión del mundo, y ese es el motivo por el que cuatro chicas de pelo rubio sucio y mentón retraído del distrito de St. Helena acabaron pensando que vivían en una telenovela de Hollywood. También pensaban que los camioneros y mecánicos casados con los que salían eran estrellas de cine. Supongo que en gran parte es culpa mía, pero no sé qué otra cosa podría haber hecho yo.

Moonbean arrastró un montón de tabas con los dedos en forma de rastrillo y una astilla del suelo del porche se le metió en una uña.

—¡Mierda puta! —dijo agitando la mano como si estuviera ardiendo, y se acercó a mí de rodillas.

—Eso no se dice.

—Me duele mucho el dedo. Cúramelo, abu.

—Te lo curaré si dejas de hablar como un carretero.

Tammynette, que acababa de coger las cinco tabas, dijo:

—El novio de mamá, Melvin, dice mierda puta.

—¿Y vas a hacer todo lo que hace el novio de tu madre?

—Melvin sabe conducir —dijo Tammynette—. A mí me gustaría conducir.

Cogí mi navaja y me puse a sacar la astilla que Moonbean tenía clavada bajo la uña, mientras ella le decía farfullando a Tammynette que el Toyota de su mamá costaba más que el camioncito Dodge de Melvin. Palabra que no sé cómo se han vuelto tan complicados estos críos. Cuando yo tenía su edad, lo único que quería era hacer pasteles con barro o irme a jugar al arroyo. Me bastaba una moneda de cinco centavos un par de veces a la semana para pasarme por la tienda. Estos mocosos no tienen ni ocho años y ya saben lo suficiente como para dirigir un casino. Cuando acabé, miré los ojos castaños de Moonbean y la cabeza oscilante de Nu-Nu.

—¿Alguna vez os hablan vuestras mamás de Dios y cosas de esas?

—Mi mamá dice Dios cuando se cabrea con Melvin —dijo Tammynette.

—No me refiero a eso. ¿Os leen historias de la Biblia antes de dormir?

A Freddie se le iluminó la cara.

—La mía nos alquiló una vez Conan el bárbaro. ¡Esa película mola!

—Esa no es una película sobre la Biblia —le dije.

—¿Ah, no? Pues salen espadas y serpientes.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Tammynette se acercó, cogió la mano de Nu-Nu y se puso a jugar con sus dedos como si fueran las teclas de un piano.

—¿La Biblia no está llena de espadas y serpientes?

Nu-Nu se despertó y se hizo pis encima, así que tuve que ir a coger un pañal desechable. Al volver del baño, miré nuestra reducida estantería de libros por el rabillo del ojo, vi mi viejo libro de historias de la Biblia y lo saqué al porche. Iba siendo hora de que alguien les enseñara algo.

Se sentaron todos en el suelo y yo me senté con ellos. Empecé con el Génesis y cómo Dios hizo la tierra y cómo nos hizo a nosotros y nos dio un alma que viviría eternamente. Moonbean alargó el brazo hacia el libro y puso la mano sobre la barba de Dios.

—Si se afeitara, sería igualito al viejo ese del Pak-a-Sak —dijo.

A mí se me abrió un poco la boca.

—¿Te refieres al señor Fordlyson? Ese tipo no se parece a Dios.

Tammynette bostezó.

—Pues acabas de decir que Dios nos hizo parecidos a él.

—Da igual —dije, y continué con Adán y Eva y el jardín.

En cuanto pasé la página, vieron la serpiente y empezaron a chillar.

—¡Vaya bicho más grande! —dijo Freddie.

Tammynette se acercó para ver mejor.

—Ya sabía yo que había serpientes en ese libro.

—Es mala —les dije—. Mintió a Adán y Eva y les dijo que no hicieran lo que Dios les había mandado.

Moonbean me miró fijamente.

—¿Esa serpiente habla?

—Sí.

—Anda, como en los dibujos animados… Yo pensaba que todo eso era inventado.

—Bueno, hoy en día las serpientes de verdad no hablan —expliqué.

—¿La serpiente del jardín ese no es de verdad? —preguntó Freddie.

—Es el demonio disfrazado —les dije.

Tammynette se echó el pelo hacia atrás.

—Ah, esa es una canción antigua. La escuché en la radio.

—La canción de Elvis Presley no tiene nada que ver con que el demonio se disfrazara de serpiente en el jardín del edén.

—¿Quién es Elvis Presley? —Moonbean apoyó la espalda sobre las tablas de la pared y contempló mi descuidado césped.

—Es un viejo cantante que murió hace millones de años —le dijo Tammynette.

—¿Y ese también sale en la Biblia?

Pegué un golpe en el suelo con el libro.

—¡Claro que no! Y prestad atención, porque lo que viene ahora es importante.

Leí la parte que habla de cómo Adán y Eva desobedecían a Dios, pasé la página, y entonces se montó el lío. Un ángel sostenía una larga espada sobre las cabezas inclinadas de Adán y Eva, mientras los echaba del jardín. Hasta Nu-Nu parecía fascinado mientras señalaba al ángel con el dedo.

—¿Qué hace el tío ese? —preguntó Tammynette.

—Echarlos del paraíso. Adán y Eva hicieron una cosa mala, y cuando haces cosas malas, te castigan.

Miré sus caras y parecía que todos estaban pensando lo mismo. Me asustó el brillo de sus ojos. Cualquier cosa que uno les dice a esas edades se queda grabado para siempre. Hay que tener mucho cuidado. Freddie me miró y dijo:

—¿Volvieron alguna vez?

—No. Eva empezó a agobiarse por todo y Adán tenía que trabajar como un loco para poder sobrevivir.

—¿No volvían porque el ángel le iba a clavar la espada a Adán? —preguntó Moonbean.

—¿Quieres olvidar la puñetera espada?

—Bueno, es que me parece muy mal… —dijo ella.

—¡Pues no! —dije yo—. Tuvieron lo que se merecían.

Continué con Noé y el diluvio, y en medio del asunto, Freddie va y me suelta:

—¿O sea que se ahogaron todos los malos? ¡Cómo mola!

Lo miré con cara de enfado y me di cuenta de que para él la Biblia se estaba convirtiendo en una gran película de aventuras. Freddie había visto ya tantas películas, que cualquier religión de la que oyera hablar se archivaría en su cerebro junto a Tanga la cavernícola y El escuadrón del bikini.

Preparé un sándwich de mermelada con un refresco para cada uno y, cuando acabaron, encendí el aparato de aire acondicionado de una de las ventanas, repartí polos y les hice pasar dentro y sentarse en el sofá, porque el calor había despertado a las moscas amarillas en el exterior. Les conté entonces cómo Abraham estuvo a punto de acuchillar a Isaac y se les pusieron los ojos como platos cuando vieron el cuchillo. Yo esperaba que sacaran de aquello un sentido de obediencia a Dios, pero cuando le pregunté a Freddie cuál era la enseñanza de la historia, se encogió de hombros y me miró con cara de circunstancias. Sin embargo, Tammynette sí tenía una opinión:

—¡Es igual que O. J. Simpson!

Freddie meneó la cabeza.

—No. Dios le dijo a Abraham que hiciera eso para probarlo.

—A lo mejor Dios le dijo a O. J. que hiciera lo que hizo —dijo Tammynette en tono cantarín.

—No. O. J. lo hizo porque le dio la gana —le contestó Freddie—. Ya no le gustaba su mujer.

—Bueno, puede que a Abraham tampoco le gustara ya su hijo, y por eso iba a matarlo y Dios lo paró. —Tammynette estaba empezando a elevar el volumen de voz, igual que hace su madre cuando ha bebido.

—Los padres no matan a sus hijos cuando no les gustan —le dijo Freddie—. Solo hacen las maletas y se largan. —Separó las dos mitades de su polo y le pegó un mordisco a una y luego a la otra.

Sin pensarlo, empecé con Sodoma y Gomorra y la quema de esas ciudades que estaban llenas de gente mala. A Moonbean le impresionó lo de la mujer de Lot.

—Una vez vi una peli donde los marcianos te disparaban y te convertían en estatua. ¿Tu crees que fueron los marcianos los que quemaron las ciudades esas?

—La Biblia no es una película —le dije.

—Pues creo que la he visto en el videoclub —dijo Tammynette.

No me paré a discutir, sino que continué con Moisés y los diez mandamientos, y le dediqué bastante tiempo al número seis, que tantos problemas había dado a sus madres. Entonces Nu-Nu empezó a frotarse la nariz con el dorso de las manos y a balbucear, así que supe que había llegado el momento de dejar el libro, lavar caras, darles algo de comer y organizar algún juego. Me había propuesto no volver a poner la televisión, pero Freddie la encendió mientras yo estaba en la cocina. Cuando Nu-Nu y yo entramos en la sala de estar, el resto estaba sentado alrededor del aparato viendo un programa de entrevistas. Aparecían varios tipos gordos, tatuados y malencarados, repantigados en el asiento, que, por lo que decía el presentador, habían engañado a sus padres para que firmaran un documento que les transfería a ellos la propiedad de sus casas. Y después los habían desahuciado. Los niños se estaban tragando el programa como si fueran dibujos animados, es decir, que ni pestañeaban. En un anuncio le pregunté a Moonbean, que es la que tiene más corazón, qué pensaba de los hijos que echaban a sus padres a la calle. Se puso un dedo en la oreja y en medio de un gran bostezo dijo que, si los padres se portaban mal, los hijos les podían hacer lo que quisieran. Meneé la cabeza, fui a la cocina, busqué el vodka de Navidad y me serví un buen vaso. Imaginé entonces que metía a todos estos críos en mi Caprice y me dirigía hacia el noroeste para que empezaran una nueva vida, lejos de sus madres, la televisión, el moho, una abuela que no pensaba más que en el casino y Luisiana en general. Yo podría conseguir un trabajo, criarlos como es debido y mandarlos a la universidad para que pudieran ser dueños de aserraderos o dirigir concesionarios de coches. Una gota de agua condensada en la pared del vaso cayó encima de mi zapato derecho y lo observé. Eran unos zapatos de cuero, con cordones, salpicados de pintura…, tenían veinte años. Me estaban diciendo que hacía mucho tiempo que no tenía un trabajo estable, que cualquier cosa mala que fuera a suceder sería en parte culpa mía. Me pregunté entonces si mi mujer habría imaginado lo mismo alguna vez: dejar allí a aquel marido zarrapastroso y quemado por el sol, aquel soldador fracasado, e irse lejos con esos niños, y quizás hacer un curso de auxiliar administrativo y conseguir un trabajo en Utah, criarlos como es debido y mandarlos a la universidad. A lo mejor cada una de las madres de aquellos chiquillos había imaginado lo mismo: sacar a su hijo de aquella vieja casa que apestaba a gasolina y huir del calor y la humedad. Di otro trago largo y me pregunté por qué ninguno de nosotros lo hacía. Dirigí la vista a mi Caprice, aparcado bajo una pacana. Las sombras de las hojas se movían sobre él y hacían que pareciera una oscura llama verde. Pensé entonces que uno no puede huir de sí mismo en un coche. No podíamos huir en el bastardomóvil.

Fui a la despensa, abrí la caja de los fusibles y giré uno hasta que oí el grito proveniente de la sala de estar. Volví allí y cogí un libro de cuentos, uno sobre un perro que perseguía un tren. Mi mujer lo había comprado hacía veinte años para una de nuestras hijas, pero nunca se lo había leído. Me senté delante del televisor apagado.

—¿Qué pasa con la tele, abu? —gritó Moonbean.

—Ha muerto —dije yo, abriendo el libro.

Ellos se revolvieron y se quejaron, pero después de unas pocas páginas quedaron enganchados. Era un buen libro; yo me lo había leído una tarde de tormenta. Pero mientras leía, me invadió un sentimiento de tristeza. ¿Qué sentido tenía aquello? No soy más que un viejo con un librito marrón de historias bíblicas y un libro sobre un heroico perrito. ¿Cómo va a competir eso con el MTV diario, con programas para niños en los que los adultos parecen tontos, con el canal de Playboy, con las revistas de papel cuché que las madres y sus novios van dejando por la casa, revistas como Me y Self y Love Guides, y con películas de alquiler en las que unos se matan a otros sin pensárselo más que si mataran una mosca, nada comparable al sufrimiento de Abraham antes de levantar el cuchillo? Pero seguí leyendo durante media hora, y cuando el perro detuvo la locomotora justo antes de que esta arrastrara el tren de pasajeros al precipicio sobre el que se había derrumbado el puente, hasta Tammynette aplaudió con sus manos pringosas.

Al día siguiente, no tenía muchos encargos de soldadura, así que, después de hacer un par de cosillas, incluido el bastidor, por el que mi hija me llamó por teléfono y me echó una bronca, fui a recoger una reja de ventana que el comisario quería que arreglara. Hacía calor después de comer y Gumwood era un horno. Enfrente de la estación de ferrocarril de madera de ciprés, estaba nuestro pequeño ayuntamiento de ladrillo, coronado por una cúpula de cobre verdoso. En el césped que tenía delante había una pacana con un banco de madera junto al tronco. A veces se veían grupos de viejos en la fresca sombra que daban las ramas, donde hablaban de cómo arreglar tractores que llevaban cincuenta años sin fabricarse o cómo hacer sémola con un tipo de cereal que ya no existía. Aquella enorme pacana era un referente y la gente del pueblo la llamaba «El árbol del conocimiento». Al pasar por delante, camino de la oficina del comisario, vi al mayor de los Fordlyson sentado en el centro del largo banco, mirando a la carretera y parpadeando como si fuera un pollo. Me llamó.

—Bruton —dijo—, ¿demasiado calor para soldar?

No me pareció un comentario amable, aunque él me hacía señas para que me acercara.

—Ya ves. —Sentí la tentación de seguir andando, pero él hizo un gesto para que me sentara a su lado, y me senté. Dirigí la mirada al otro lado de la calle y tardé un poco en empezar a hablar—: El otro día junto al supermercado dijiste que mi coche era un bastardomóvil.

Fordlyson parpadeó dos veces, pero no cambió la expresión. A la mayoría de los hombres del pueblo les habría dado vergüenza que alguien les echara en cara su falta de educación, pero él seguía allí sentado sin inmutarse.

—¿Y acaso no lo es? —dijo por fin.

Yo tendría que haberme cabreado muchísimo, y estaba muy cabreado, pero continué:

—Estuvo muy mal que dijeras eso para que yo lo oyera. —Bajé la vista y meneé la cabeza—. Necesito ayuda con esos críos, no tu mala baba.

Me miraron sus menudos ojos color níquel, que brillaban bajo un sombrero de paja con una banda de seda negra.

—¿Qué clase de ayuda necesitas?

Cogí del suelo una pacana que todavía tenía su cáscara verde.

—Me gustaría arreglar las cosas para que mis nietos lleguen a ser gente de provecho. Estoy pensando en hablar con sus madres y…

—Demasiado tarde para las madres. —Levantó una mano y la dejó caer como un hacha—. O ellas deciden enderezarse o no hay nada que hacer. Nada de lo que puedas decir a esas chicas las va a cambiar ni un ápice. —Esto lo dijo en un tono que parecía dar a entender que yo era tonto por no verlo. Tonto del bote. Miró hacia su izquierda medio segundo y después hacia atrás—. Tienes que trabajar directamente con esos chiquillos.

—Lo intento. —Rompí la cáscara contra el borde del banco.

—Intentándolo no vas a conseguir una mierda. Lo que tienes que hacer es traerlos a la escuela dominical. ¿Vas a la iglesia?

—Sí.

—No te comas esa pacana. Está verde y te vas a poner malo. ¿A qué iglesia vas?

—A la evangélica, a Bonner Straight.

Dio un respingo hacia atrás, como si hubiera disparado con un calibre doce al perro que dormía bajo el andén de la estación, al otro lado de la calle.

—Bruton, al chalado de tu pastor solo le falta empezar a coger serpientes. Me han dicho que deja que vayan los niños al servicio principal y les grita que van a freírse en el infierno como si fueran trozos de pollo. Tienes que mantenerlos alejados de ese tipo. ¿Por qué no vienes a la iglesia baptista?

Miré al suelo.

—No lo sé.

El anciano meneó la cabeza una vez.

—Yo sé muy bien por qué no. Para no tener que dar dinero.

Aquello me dolió.

—Eh, que a mí no es que me sobre la pasta... Ya sé que los baptistas tienen buenos programas de escuela dominical, pero…

Fordlyson agitó un dedo en el aire, como si fuera una pequeña espada.

—Bueno, pues vete a los metodistas. A los presbiterianos. —Señaló el fondo de la calle—. Vete allí con los católicos. Alguno no echa en el cestillo más de un dólar a la semana, pero como hay tantos y tienen tantos servicios semanales, los curas lo gestionan a base de volumen, como Wal-Mart.

Yo conocía a varios buenos mecánicos que eran metodistas.

—¿Qué tal son los programas para niños de los metodistas?

Me contestó en voz más baja:

—Es lo mejor que puedes encontrar ahora.

—Me lo pensaré —le dije.

—¡No te lo crees ni tú! Te vas a ir a casa y te pondrás a soldar un camión de esos de transportar troncos, y mañana te irás a pescar, y nunca harás nada por esos niños, y acabarán cumpliendo condena en Angola o penando en Nueva Orleans.

Me sacaba de quicio la forma en que pensaba que tenía respuesta para todo y le contesté de inmediato:

—Pues vale, tío listo. He venido al árbol del conocimiento. Dime qué tengo que hacer.

Estiró un dedo de la mano derecha con el índice de la izquierda.

—Vete con los metodistas.

Estiró un segundo dedo.

—Lleva a esos niños a la iglesia todos los domingos.

Y con el tercer dedo, dijo:

—Y tenlos contigo todo lo que puedas.

Meneé la cabeza.

—Yo ya he criado a mis hijas.

Fordlyson me miró muy serio y no tuvo que decir lo que estaba pensando. Bajó la vista y miró la tierra entre sus cómodos zapatos de cordones.

—Y limpia tu parcela.

—¿Qué tiene eso que ver con todo esto?

—Tiene que ver todo.

—¿Por qué?

—Si tú no lo ves, yo no te lo puedo explicar.

Se levantó y vi que su hija estaba aparcada junto a la acera en su Lincoln. Fordlyson no podía estirar del todo una pierna y vi en su cara un gesto de dolor. Lo cogí por el brazo, esbozó una mezquina sonrisa, se apoyó en mí un segundo y dijo:

—Bruton, todo lo que vale duele.

Se alejó renqueante y me dejó su aliento acre en la cara y un pensamiento que iba tomando cuerpo en mi cabeza como una nube de lluvia.

Después de una sesión con el pastor metodista, fui a casa y contemplé mi parcela, y luego contemplé el teléfono, hasta que me sentí con fuerzas para llamar a Famous Amos Salvage. A la mañana siguiente, una grúa y un camión con un remolque góndola aparecieron por la carretera que llevaba a mi casa. Antes del mediodía, Amos había cargado cuatro coches abandonados, seis motores, cuatro lavadoras, diez cortacéspedes inservibles y dos toneladas y cuarto de chatarra. Le supliqué a la señora Hanchy que me prestara su desbrozadora Super-A y limpié mi hectárea larga de terreno. Corté la hierba y levanté la tierra alrededor del taller. Con el dinero que me dieron por la chatarra, compré pintura de aluminio para pintar el taller y una pintura de primera para el exterior de la casa. A la mañana siguiente, estaba en pie a las siete para cambiar las mosquiteras del porche pequeño; y después empecé a darle una buena mano de esmalte verde para exteriores al porche grande del lateral. A la hora del almuerzo, mi mujer asomó la cabeza por la puerta del porche para ver cómo trabajaba.

—Vienen otra vez los niños. ¿Cómo los vas a mantener alejados de toda esta pintura húmeda?

Las rodillas me estaban matando y no se me ocurrió cómo podría evitar que Nu-Nu acabara gateando por donde no debía.

—No lo sé.

Ella recorrió con la mirada el húmedo resplandor.

—¿A ti qué te pasa, que nos has cambiado la religión y todo?

—Tiempo de cambiar, supongo. —Mojé la brocha en la pintura.

Se quedó pensativa un momento y dijo:

—Ten cuidado, no vayas a acabar entre lo pintado y la esquina.

—Intento hacerlo lo mejor que puedo.

—Pues ya era hora —dijo ella entre dientes al irse.

Fui hacia atrás, acabando de pintar el porche y las escaleras, y me puse de pie sobre la pinocha que había junto a la casa para pintar los bordes de las tablas del porche. Oí entonces un coche que se acercaba por la carretera y vi a mi hija que aparcaba delante de la casa y salía con Nu-Nu sobre el hombro. Cuando se acercó, me fijé en su pelo teñido, que tenía el color y la textura del aislante de fibra de vidrio, en el rímel y en la piel aceitunada debajo de los ojos. Olía a humo de cigarrillo, a humo rancio, como si no se hubiera bañado en tres días. Llevaba una blusa tostada, anudada encima del ombligo, que era un agujero seboso. Me pasó a Nu-Nu como si fuera un jamón.

—¿Puede quedarse esta noche? —preguntó—. Quiero ir a escuchar música.

—¿Por qué no?

Miró a su alrededor detenidamente.

—Es como si hubiera caído una bomba y hubiera arrasado con todo. —Se escuchó el chirrido de la puerta de su coche que se abría, y asomó una mano cubierta de pecas—. Se me olvidaba… Recogí a Freddie de camino. Espero que no te importe. —No lo miró, mientras mascullaba esto con las manos sobre las caderas ladeadas. Freddie, que venía dormido, supongo, estaba sentado en el borde del asiento del coche y se frotaba los ojos como un borracho.

—Estará bien aquí —dije.

Ella inspiró profunda y lentamente, tan soberanamente aburrida que me dio pena.

—Bueno, mejor que me ponga en camino. —Se volvió, pero de improviso se giró rápidamente hacia mí—. Ah, ¿sabes qué?

—¿Qué?

—Que por fin Nu-Nu dijo su primera palabra ayer. —Se estaba mordiendo la mejilla por dentro. Era evidente.

Miré al bebé, que intentaba coger los botones de mi camisa.

—¿Qué dijo?

—Pa-pa. —Y sus ojos empezaron a ponerse rojos, así que se dio la vuelta y salió corriendo hacia el coche.

—Espera —grité. Pero era demasiado tarde. En un abrir y cerrar de ojos, el coche se alejó entre una nube de polvo en dirección al sitio donde encontrara más humo de cigarrillos, música y cerveza juntos.

Llevé a Freddie y al bebé a la parte de atrás de la casa, a las escaleras que estaban junto al porche pequeño con mosquiteras y me senté. Le hicimos cosquillas y carantoñas a Nu-Nu hasta que soltó un «pa-pa», muy fuerte, como un grito.

Freddie miró en dirección al bosque y vio los magníficos árboles que tenía la parcela, que parecían lo que realmente eran, ahora que no había chatarra.

—¿Qué ha pasado con las cosas que tenías ahí?

—Me he deshecho de ellas —dije—. Vamos a poner un columpio de neumático en aquel roble rojo tan alto que hay allí, lo primero de todo.

—Qué bien. ¿Y puedes poner un drenaje debajo para que no se haga charco con la lluvia? —Se acercó y puso una mano en la cabeza del bebé.

—Claro.

—¿Un neumático radial de esos grandes?

—Esa es mi idea.

Nu-Nu me miró y chilló «pa-pa», y pensé cómo seguiría diciendo eso de una forma o de otra el resto de su vida, sin ser capaz de afrontar el hecho de que pa-pa se largara del pueblo, quienquiera que fuera pa-pa. El bebé fijó en mí su mirada: los ojos azules de un desconocido me miraban muy serios. Su lengua se llenó de saliva y gritó «pa-pa», y yo lo subí a mi rodilla y desvié la vista hacia las frondosas ramas verdes del más alto de mis robles.

—Hasta Nu-Nu podrá subirse al neumático —dijo Freddie.

—Seguro que encaja en el círculo del medio —dije yo.

Exceso de luz

Sonó el timbre eléctrico de la puerta y Mel DeSoto vio a la joven entrar en la tienda desde el calor exterior con algo bajo el brazo. Ella observó tímidamente las estanterías repletas de trípodes y modernas cámaras, alineadas como refulgentes ojos de robot, hasta que descubrió el mostrador reservado para las piezas clásicas, tras el que estaba él.

—Hola —dijo ella—. Me han dicho que compran cámaras antiguas.

Él se dio cuenta de que, aunque era alta, rubia, de rostro serio y mirada cómplice, no pasaba de los dieciocho años, era al menos veinte años más joven que él y los separaba toda una vida.

—¿Qué me traes?

Ella depositó una funda de cuero agrietada sobre el mostrador.

—Mi abuelo se ha muerto y mis padres se están deshaciendo de sus cosas. —Ella deslizó su mirada por la cara de él y volvió los ojos hacia el fondo de la tienda. Él se sintió de repente enorme, tierno y viejo.

Mel abrió la funda y comenzó a examinar una Rolleiflex de los años cincuenta, probando las velocidades más lentas del obturador y abriendo la parte de atrás para ver si había hongos en las lentes. La cámara estaba limpia y su mecanismo funcionaba muy bien, era casi perfecto. Puso la cámara sobre el mostrador que los separaba y escuchó el temporizador zumbar como una avispa hasta que sonó el chasquido del obturador. La volvió a abrir y sacó un carrete de ciento veinte que había sido utilizado.

—¿Lo quieres? —preguntó.

Ella hizo un gesto.

—No.

Él la miró y se preguntó cuál sería su sentido de la historia familiar.

—La verdad es que está muy bien conservada. Te puedo dar doscientos dólares por ella.

Ella meneó las caderas con un movimiento de niña.

—No sabía si la iba a querer.

—Esta cámara fue muy buena en su tiempo. —Sacó un impreso y le pidió que lo firmara—. Hay vendedores que habrían intentado robártela. Tus padres estarán orgullosos de ti cuando vean que le has sacado un buen precio.

—A nadie le importa lo que yo haga —dijo ella.

Él le pago con dinero que sacó de la caja registradora y ella salió al húmedo mediodía de Nueva Orleans. El señor Weinstein se acercó al mostrador y examinó la cámara en sus manos.

—Quítale el polvo y quedará como nueva. Esta se va a vender bien. —El señor Weinstein era el dueño de la tienda. Era un calvo de piel sebosa y una franja de pelo negro encima de las orejas. Giró los ojos hacia la puerta—: Parecía como triste.

Mel se encogió de hombros.

—Esta cámara era de su abuelo.

Se sentó en su pequeño banco y empezó a trabajar con cepillos y destornilladores liliputienses. Sabía de cámaras antiguas y cómo tratar sus relucientes brazos, sus ojos brillantes y los diminutos muelles de sus cerebros. De joven, se había sentido atraído por la fotografía artística y había hecho varios cursos en Tulane, pero sus trabajos no eran muy prometedores y el profesor solía escribir en sus proyectos, y a veces incluso en las propias fotografías: «Exceso de luz».

A la hora del almuerzo, salió a la calle para ir a comer una hamburguesa, y cuando metió la mano en el bolsillo, en busca de cambio, tocó el viejo carrete que la chica le había dejado. La película estaba arrollada sobre un cilindro de metal y el papel que la recubría era de los años cincuenta. Decidió que intentaría revelarla en casa. Mel disfrutaba con la mala fotografía de los amateurs y siempre intentaba revelar los rollos que se quedaban dentro de las cámaras que compraba. Unas veces la película se había velado; otras, la emulsión estaba agrietada y corroída, y solo se veía un lago seco de piel o un cuarto menguante de tarta de cumpleaños. Pero siempre había algún rollo que había estado en un armario cerrado, dentro de una Kodak Tourist o de una vieja Zeiss plegable, al que el aire acondicionado de una casa de clase media-alta había preservado de la humedad. Y entonces, podía revelar todo lo que allí había: un pícnic en el jardín, una barbacoa de pescado junto al lago, el viaje a casa de la tía gorda… De vez en cuando, encontraba algo artístico o de cierto interés, y lo ponía en un álbum que guardaba a tal efecto. Intentaba adivinar qué pasaba por las cabezas de la gente que aparecía en las fotografías, pero nunca lo conseguía. A veces, intentaba imaginarse a sí mismo como parte del cuadro, y cuando lo conseguía y miraba a la persona que posaba a su lado, descubría a un desconocido, como alguien a quien se acabara de cruzar por la calle.

Uno de sus trofeos parecía de los años cincuenta. Era una foto en color de unas vacaciones en el Gran Cañón: tres niñas llorando, alineadas delante de una barandilla de metal junto al borde del precipicio, y al fondo, el cañón, desenfocado, como una mancha de mercromina. Otra de sus imágenes favoritas venía de una vieja Leica y era una toma muy cercana de un barco de guerra alemán en un canal del interior de una ciudad, disparando sus enormes cañones hacia un bulevar. Se veían bidones de combustible en la orilla, a los que el impacto había hecho saltar más de diez metros por los aires en todas direcciones, y una mujer envuelta en un abrigo oscuro bajo la sombra de los cañones, que se tiraba al agua desde el muelle, como si fuera un cuervo volando. El conjunto parecía vibrar con la detonación de los cañones, como si el negativo hubiera capturado no solo la luz, sino también el sonido.

Enseñó la foto de las niñas a su mujer. Ella le dijo que solo veía tres niñas agotadas después de un viaje interminable sin aire acondicionado en el coche. Su hija pensaba que debían de ser las típicas niñas consentidas a las que han negado el helado de cucurucho que acaban de pedir. Mel imaginaba un padre furioso e incapaz de entender la ironía de conducir más de tres mil kilómetros para inmortalizar a su desconsolada prole ante una imponente vista que no les importaba nada. Pensaba que, una de dos: o el hombre no tenía ni idea del sentido que tiene hacer fotografías, o era una mala persona a quien no preocupaba el desconsuelo de sus hijas y quería inmortalizarlo para reírse de ellas. La foto encerraba un significado, pero le estaba vedado. Las personas en el papel no hablaban.

Una noche, cuando su mujer y su hija se habían ido a la cama, Mel se metió en el cuarto oscuro de su casa, echó Microdol-X en una cubeta y encendió la luz verde de seguridad. Echó un cubito de hielo en el revelador y observó cómo el termómetro que estaba dentro de la solución bajaba hasta los veinte grados centígrados. En una oscuridad total, desenrolló los negativos que había sacado de la Rolleiflex de la chica, los puso en la cubeta y, después de menearla para que desaparecieran las burbujas, cogió la larga tira de película por los extremos y empezó a moverla a un lado y al otro en el revelador. Era una forma terrible de revelar película, pero con negativos de más de cuarenta años, necesitaba ver qué hacían las imágenes. Al cabo de unos minutos, levantó el brazo, pulsó el interruptor de la luz verde y vio que el negativo estaba empezando a mostrar imágenes, así que volvió a mover la película en el revelador, hasta que la emulsión se empezó a poblar de personas, barandillas y lo que parecían tumbonas en la cubierta de un barco.

Al día siguiente, vendió tres costosas cámaras de periodista y, justo antes del almuerzo, entró una mujer con una Brownie antigua en su estuche original. Él iba a rechazarla, pero cuando sacó el carrete de la parte de abajo, vio que tenía una película usada de ciento veintisiete. La mujer cogió los cinco dólares que él le ofreció, no quiso recibo y se fue sin decir una palabra. De camino al sitio donde iba a comer, decidió dejar la película de color en un drugstore que había al doblar una esquina, donde ofrecían un servicio de revelado en una hora. Después de la comida, recogió las fotografías y salió al sol para ver qué tenía, apoyado contra la pared del edificio. Las imágenes eran de un tono azul y apagado, poco enfocadas. Once de las fotos eran de un hombre, sentado en posturas diversas en un sucio sofá tapizado, bebiendo botellas de cerveza. Llevaba una camiseta interior de tirantes y tenía los hombros cubiertos de vello. La pared y una cortina que había detrás del sofá estaban manchadas de hollín, y Mel supuso que se trataba de un hombre pobre que vivía en el norte, en una casa calentada por una estufa de carbón. La última foto era de una niña sonriente vestida de primera comunión, con las manos juntas. La nariz se parecía a la del hombre del sofá. Mel consideró las imágenes por separado y en conjunto, y no encontró nada interesante de ninguna de las dos formas, así que las tiró en una papelera camino de la tienda.

Esa noche, se metió en el cuarto oscuro para pasar a papel el rollo que había sacado de la Rolleiflex de la chica triste. La primera foto en la cubeta mostraba una hermosa mujer de treinta y tantos, una mujer muy bella, cuya imagen hizo que la asombrada cara de Mel se quedara fija sobre la cubeta, hasta que la fotografía se sobrerreveló y los rasgos de la mujer se oscurecieron. Repitió la operación, esta vez en un papel de formato ocho por diez, y un par de ojos se clavaron en él, como si le estuvieran diciendo: «Te quiero a ti». La mujer se parecía a Ingrid Bergman, aunque más alta y con una sonrisa más natural. Llevaba una sencilla falda larga, de una tela que parecía suave y que le caía sin una arruga, muy elegante. La siguiente foto estaba tomada desde más lejos; ella estaba de pie, junto a una especie de columna, y, desperdigadas detrás de ella, se veían unas endebles sillas plegables de madera. Otra de las instantáneas revelaba que estaba en la cubierta superior de algún tipo de barco de gran tamaño. La columna era una chimenea. Al fondo, desenfocada, se veía una barandilla y, detrás, un manchón negro. Todas las fotos tenían una composición muy cuidada. En una, solo estaba enfocada la mujer; en otra, todo era nítido, y las sombras y ángulos de las sillas detrás de ella formaban un acogedor coro. Había otras fotos tomadas con el sol encima de los hombros del fotógrafo y, probablemente, separadas entre sí varios minutos; y en estas, Mel percibió un parecido a la chica triste, en los pómulos y en la nariz. En el fondo de la novena y décima fotografías se veía un barco de color oscuro, quizás un buque de guerra. En la undécima fotografía la mujer estaba apoyada en la barandilla de lo que era —ahora lo vio claramente— un viejo vapor de recreo. Era la única foto en la que ella estaba un poco desenfocada, y en la esquina inferior derecha se veía un pie borroso, como si alguien hubiera pasado corriendo por delante de la cámara, justo antes de que se cerrase el obturador. La duodécima fotografía no se había hecho.

Al día siguiente, en la tienda, Mel cogió un par de Leicas y tres Voightlanders de un prestamista. El señor Weinstein examinó las compras e hizo un gesto de aprobación. Entonces se percató de las fotos que estaban en el banco de Mel.

—¿Quién es esta?

—Estaba en la Rollei que compré.

Weinstein cogió una foto y chascó la lengua.

—En aquellos tiempos las mujeres parecían mujeres. —Meneó su brillante cabeza—. ¿Qué vas a hacer con esas fotos?

—Sin más, fijarme en la composición. Son una especie de hallazgo artístico, ¿no? Y es la primera vez que tengo a una persona viva relacionada con un rollo de semejante calidad. Pensaba llamar a la chica esa para ver si las quiere. Puede que sea un familiar.

Weinstein arqueó una ceja.

—¿Y…?

—Ya sabe, hacerle alguna pregunta. Meterme en la fotografía. —Bajó la mirada hacia las fotos—. Ojalá supiera dónde está tomado esto.

—Hasta yo lo sé —dijo Weinstein con cierto desdén—. ¿Ves esa foto? Eso es el Misisipi, y ese manchón que hay detrás es Algiers Courthouse. Este es uno de esos viejos barcos de recreo en los que se hacían excursiones, pero no sé cuál. Lo pasábamos de miedo en esos cacharros.

—¿Sabría decirme el año?

—Ni idea. No es el barco que solía usarse. El President estuvo al fondo de Canal Street cincuenta años. Este barco no lo identifico. —Miró a Mel, que estaba sentado con una Graflex en el regazo—. Todavía sigues con tu álbum, ¿eh? No sé qué le ves a todas esas cosas del pasado…

Mel cogió una foto de la mujer.

—Me gusta intentar entender lo que estoy viendo.

Weinstein levantó una mano.

—Pues míralo.

—No. Me gusta interpretar lo que hay ahí.

—¿No estarás confundiendo arte y realidad? Hay una diferencia, ¿sabes?

Mel miró a su izquierda, hacia la calle.

—¿No puede la vida ser arte?

El señor Weinstein le puso una mano en el hombro.

—Mel, eso no es arte. Es una persona en una fotografía. Cuando uno se pone a indagar sobre imágenes corrientes, no está interpretando; está siendo…, pues eso, un cotilla.

A Mel le ofendió aquello.

—¿Eso le parece? —dijo, mirando contrariado el objetivo de la Graflex.

Llamó a la chica y se enteró de que vivía en una bocacalle de Carrolton Avenue, más o menos de camino a su casa. Le dijo que le iba a llevar unas copias de las fotografías y la respuesta de ella le sonó educada pero indiferente. Mel pensó para sus adentros que quizás la mujer estuviera viva y que podía ofrecerse a fotografiarla.

La chica que había vendido la cámara vivía en un moderno edificio de apartamentos y lo recibió en el portal. Después de examinar las fotos varias veces, se tocó el pelo con su mano blanca y dijo lentamente:

—Espere un momento. —Y él observó cómo su cara adoptaba el gesto de la infelicidad—. Esta es probablemente mi abuela. Nunca la conocí, porque murió cuando mi madre era muy joven; una bebé, en realidad. Pero siento como si la conociera, porque mi abuelo tuvo fotos de ella en su escritorio toda su vida. Era Amanda Springer. —La chica cogió las fotos y las sostuvo contra la cintura—. La quería mucho. Lo decía todo el mundo.

—¿Sabes cuándo falleció?

—En los años cincuenta, creo. El abuelo nunca hablaba de cómo murió.

—Debió de ser una persona extraordinaria.

—Estoy segura, pero ya le digo que no la conocí. Y es raro que en la familia nadie haya contado nunca cosas concretas de ella, ni siquiera el abuelo. —Cogió una de las fotografías, un primer plano, y le entregó el resto—. Esta es bonita. Se la ve muy contenta. No necesito las demás. No me gusta acumular cosas en mi apartamento. ¿Cuánto le debo?

—Nada, nada —dijo él, andando para atrás hacia la puerta—. Si quieres alguna más, las tendré en la tienda.

Mel se fue con la sensación de saber menos que cuando había llegado. Se sentó en el coche, observó las imágenes y se preguntó cómo sonaría la voz de Amanda Springer, cómo bailaría, si la buena composición de las fotografías sería accidental y —lo que más le intrigaba de todo— qué podía haber habido en el último negativo, el que no se había usado.

El padre del suegro de Mel, el capitán McNabb, estaba recostado en un sofá de la sala de juegos de la residencia. El anciano era un capitán jubilado que en tiempos había pilotado un remolcador en el puerto, y Mel recordó esto en mitad de la noche cuando, sin poder dormir, intentaba quitarse las fotografías de la cabeza. El capitán McNabb llevaba unos Dockers de color caqui y una camisa azul. Un bastón de madera reposaba entre sus piernas.

—¿Quién me has dicho que eras? —El anciano giró su cabeza blanca y parpadeó.

—El yerno de Leonard.

—¿Cómo está Leonard?

—Muy bien. Acaba de comprar otra gasolinera.

El anciano se rio entre dientes.

—El muy cabrón…

Mel se acercó un poco más al sofá.

—Me dijo que usted navegó por el puerto en los años treinta y cuarenta.

—¿Qué? Ah, sí. Llevábamos los barcos hasta la desembocadura.

Mel sacó de una carpeta una fotografía en la que se veía la cubierta del barco y una esquina del puente.

—¿Reconoce algo de esto?

El anciano sacó unas gafas del bolsillo de su camisa, cogió la foto y la orientó hacia la luz.

—¿Quién es el bellezón?

Mel frunció el ceño.

—El barco. ¿Me puede decir algo del barco?

El capitán miró a Mel un momento.

—¿Ves esa red metálica que cubre los balaustres de madera? ¿Esas chimeneas cortas…? Es el Lakeland.

—¿Tiene idea de cuándo se hizo la foto?

—Era un barco de río arriba…, por eso tiene chimeneas cortas. En el norte hay puentes por todas partes. Se turnaba con el President de vez en cuando después de la guerra, así que esto debe de ser de finales de mil novecientos cuarenta y cinco o del cuarenta y seis. —Volvió a mirar la foto con los ojos entrecerrados y levantó la vista. El capitán se pasó la lengua por los labios y juntó las puntas de los dedos de una mano con los de la otra—. ¡Ay, Dios mío! —exclamó—. ¿Tienes alguna foto más tomada en la misma dirección? —Mel le entregó la carpeta y el anciano fue pasando las fotos lentamente, hasta que se paró en la última y empezó a menear la cabeza—. Señor, Señor… —dijo entre dientes.

—¿Qué?

—Esto era una excursión de primavera. Mil novecientos cincuenta y dos. No sé, debía de ser marzo. Temporada de aguas altas, seguro. El Lakeland era una enorme antigualla de cerca de noventa metros de eslora. Todo madera, rueda en popa. Vapor, por supuesto.

—¿Cómo sabe la fecha?

Mel bajó la vista a la foto que el capitán tenía en el regazo y el anciano puso un dedo veteado encima de una desenfocada flecha de hierro gris que se veía detrás de la barandilla de cubierta.

—Señorito, el Lakeland lo partió en dos contra el muelle un crucero de la armada americana que perdió el control. Se hundió en menos de un minuto. —Le alargó la foto a Mel—. Creo que se ahogaron sesenta o setenta personas —dijo quitándose las gafas, como si la clara visión lo apesadumbrara.

Al día siguiente, Mel pasó dos horas en la biblioteca, leyendo microfilmes del Times-Picayune de los primeros meses de 1952. El periódico había publicado artículos sobre el desastre durante tres días. La colisión se había producido cuando el Lakeland, vapor de recreo de la empresa Barlow Brothers, estaba a punto de soltar amarras, al mediodía, para iniciar un recorrido turístico por el puerto. Mel leyó la historia principal y todas las historias de valentía y tragedia personal que la acompañaban. En el momento de la colisión, el Lakeland todavía estaba amarrado al muelle de Canal Street. El USS Tupelo bajaba por el río con un práctico de la armada al timón, cuando perdió el control de la dirección y la corriente arrastró el barco hacia la orilla. Algunos de los pasajeros vieron el barco antes de la colisión y saltaron al muelle por encima de las barandillas. Se contaba la historia de un marinero que había sacado a nado a tres niños del agua, otra de un remolcador que había rescatado a gente agarrada a un trozo de mamparo, tres kilómetros río abajo. El periódico del segundo día recogía más historias y una lista de muertos y heridos. El nombre de Amanda Springer estaba al final de una columna. En el periódico del tercer día, los periodistas habían entrevistado a gente en los hospitales. Historias menos heroicas salían a la luz: un par de pescadores de ostras se habían dedicado a recoger cuerpos río abajo para quitarles la cartera. En otro artículo se citaba al jefe de máquinas herido, que decía que el destartalado Lakeland tenía el casco muy débil y que los dueños no tenían permiso de explotación para puertos con tanto tráfico. Entonces, Mel se quedó boquiabierto ante la pantalla del lector de microfilmes, cuando leyó un breve artículo encabezado por el titular: «UN HOMBRE SALVA SU CÁMARA Y PIERDE A SU MUJER». Era una historia terrible sobre un ruin cobarde llamado Leland Springer.

Durante la semana siguiente, Mel intentó no pensar en significados, cuando de fotografía se trataba. Cada vez que abría una cámara recién adquirida y encontraba un viejo rollo usado, soltaba el pasador y tiraba el carrete a la basura. Se pasó la semana limpiando las lentes azuladas de cámaras Graflex y Retina, y ajustando la velocidad de los obturadores, para que, al menos, otros pudieran obtener una visión clara y una buena definición. Pensó en el significado de las imágenes: en cómo el arte puede interpretar la belleza o el terror, mientras que las fotografías normales y corrientes solo pueden mostrar hechos bellos o terribles. Había sacado copias del artículo, las había puesto en una carpeta manila con las fotografías y lo había archivado todo con la parte de su colección que guardaba en la tienda. Tenía la intención de poner las imágenes junto al artículo, para intentar reconciliarlos. Pero más adelante.

A mediados de la semana siguiente, Mel estaba intentando sacar las lentes de una Ikoflex, cuando sonó el timbre de la puerta y, al levantar la vista, vio a la chica entrar desde el resplandor exterior, con un vestido corto y unas sandalias.

—He decidido aceptar su oferta de las fotografías —dijo ella—. Le enseñé la foto a mi madre y quería ver las demás.

Mel tiró hacia afuera del cajón archivador, sacó la carpeta y la abrió sobre el mostrador de cristal. La chica vio el artículo fotocopiado y lo cogió antes de que él pudiera pensar. Ella era una lectora rápida.

—Jopé… —dijo ella. Y siguió leyendo, mientras él le explicaba cómo había encontrado el artículo. Ella lo acabó, y él vio que volvía a leerlo, como si hubiera algo que no había entendido bien. Él repasó las fotografías dos veces y las apiló cuidadosamente sobre la carpeta. Cuando levantó la vista, la chica estaba llorando—. ¿Abandonó a mi abuela por una cámara…? —dijo para sí, y se dirigió a la puerta. Al salir, volvió hacia Mel su cara congestionada, incapaz de hablar.

El señor Weinstein se acercó y miró a Mel con ojos escrutadores a través de sus gafas bifocales.

—¿Te encuentras mal?

—No, ¿por qué?

—Pareces un negativo a medio revelar. ¿Qué te pasa?

Mel meneó lentamente la cabeza en respuesta a la gracieta, mientras miraba hacia la puerta.

Al mediodía del día siguiente, el señor Weinstein se acercó al mostrador de Mel, acompañado por una bella mujer de unos cincuenta años, alta, rubia, con una blusa de lino de color crema y una falda larga plisada.

—Esta es la señora Lebreton —dijo el señor Weinstein con las dos cejas enarcadas—. Le gustaría hablar contigo un momento. —El señor Weinstein se dio la vuelta y volvió a la sección de productos químicos de la tienda, que estaba en la parte de atrás.

—¿Le interesan las cámaras antiguas? —preguntó Mel en tono esperanzado.

—No, en absoluto —dijo ella con frialdad—. He venido por ese viejo artículo de periódico que usted ha desenterrado.

Mel miró el bolso de piel de cocodrilo, de correa ancha, que colgaba del hombro de la mujer.

—Ah, eso… —Mel le dedicó la sonrisa que reservaba para quienes compraban las cámaras más caras, y acompañó esta sonrisa de una esmerada explicación sobre las viejas películas que a veces venían con las cámaras antiguas, así como de su álbum.

—¿Y no le parece una afición extravagante? Está usted metiendo las narices en las vidas de desconocidos…, ¡por Dios! ¡En las vidas de los muertos!

—Oh, no… —dijo él, profundamente dolido—. Soy fotógrafo artístico. Me gustan las técnicas y enfoques no convencionales y me interesa mucho cómo los fotógrafos aficionados consiguen efectos similares por una especie de accidente.

La mujer levantó la barbilla.

—¿Incluye usted entre sus técnicas no convencionales la de destruir la fe de una chica en su abuelo?

Mel se enderezó. No estaba acostumbrado a gente deliberadamente ofensiva.

—Pienso que, cuanto más sabe uno sobre una fotografía o una imagen, más puede profundizar en ella.

La mujer frunció el ceño mirándose los zapatos, y Mel se separó del mostrador un paso hacia atrás.

—Piense en la Mona Lisa, señor DeSoto. Si supiéramos que sonríe porque acaba de ser infiel a su marido, ¿haría ese conocimiento de la pintura que esta fuera una obra de arte aún más grande?

—¿Qué?

—Es la primera vez en mi vida que le veo, pero no me cabe duda de que es usted el típico idiota, y no sabe nada de mi padre. Mi hija lo adoraba. Él era el ancla de la familia, por así decirlo. Yo no sé qué pasó el día que murió mi madre, pero ahora mi hija, que tiene tendencia a la depresión, está deshecha, destrozada por lo que usted ha sacado a la luz. Ha hecho usted algo muy malo.

Mel se sintió como si su barco hubiera volcado y se encontrara en el fondo del río.

—Pensé que los datos del artículo eran precisos. Si no, no hubiera ido…

—Me he pasado toda la noche, señor DeSoto, toda la noche, y todavía no he conseguido recomponer el recuerdo que Leslie tenía de mi padre. Y ahora le pido que se mantenga alejado de nosotras.

Él entrelazó las manos.

—Por supuesto.

Ella se giró para dirigirse a la puerta, pero volvió la vista hacia él.

—Cuando mira una de esas imágenes que encuentra usted en una cámara usada, ¿qué ve?

—¿Significado? —dijo él sin pensar.

Ella pensó en esto un momento y dijo:

—¿Y por qué no se limita a mirar?

Aquella noche Mel soñó que estaba intentando revelar una foto de su mujer. La primera imagen que debía aparecer en la cubeta era de ella en el viaje de novios, pero, en vez de eso, lo que acabó reluciendo por debajo del producto químico fue la figura de una niña con un vestido blanco de primera comunión. Puso un negativo diferente en la ampliadora, uno de su hija, pero en la cubeta volvió a aparecer la niña italiana. Una y otra vez, no importaba qué negativo expusiera sobre el marginador, la niña le volvía a sonreír desde las escaleras de una iglesia, con las manos juntas. Se despertó con la cara de la niña nítidamente grabada en su cerebro, e intentó entender qué significaba, pero no pudo. Recordó la foto del padre velludo repantigado en el sofá e intentó establecer una relación, pero no encontró ningún significado. Fue al cuarto oscuro, encendió la ampliadora y observó la cara invertida de Amanda Springer sobre el fondo blanco del marginador. Hizo una copia en papel.

Pasaron dos meses, y un día entró en la tienda un hombre sonriente que le entregó una tarjeta en la que decía que era sordomudo. El hombre depositó una Crown Graphic sobre el mostrador, sacó un bloc y escribió que podía leer los labios y que quería doscientos dólares por la cámara. Mel examinó el fuelle y miró de qué marca eran las lentes.

Dirigió la boca hacia el hombre.

—Le puedo dar ciento setenta y cinco, como mucho.

El hombre escribió con mano ágil y letra clara: «Me han ofrecido ciento noventa dólares por ella». Puso tres portanegativos sobre el mostrador. «Estos van con la cámara», escribió.

Mel miró al hombre a los ojos. No parecía diferente a los demás, solo más atento.

—En ese caso, ciento noventa —le dijo al sordomudo. Sacó una factura, comenzó a escribir y cuando acabó le pidió al sordomudo su firma. El hombre leyó sus labios y asintió. Entonces, una luz se encendió en la cabeza de Mel, y cuando el sordomudo levantó la vista, le preguntó:

—¿Puede usted leer los labios en televisión?

El hombre escribió «Algo» en su bloc.

—¿Puede decirme qué sílaba está diciendo alguien en una fotografía?

«No sé», escribió el hombre.

Mel fue al archivador y sacó una copia de ocho por diez de la última foto de Amanda Springer, con la boca abierta y la proa amenazante del barco de la armada a su espalda.

El sordomudo bajó la cabeza. «Ga», escribió.

Mel puso el dedo junto a la boca de Amanda Springer.

—¿Podría estar diciendo «ca», de «cámara»?

El sordomudo arrugó la frente, se inclinó y adoptó un aspecto distinto, como el de un animal que está olfateando un rastro. Cogió su bolígrafo. «Sí», garabateó. Volvió a mirar la foto y escribió: «Guapa».

—Guapa —dijo Mel, exagerando el movimiento de los labios al pronunciar la palabra.

El obituario que encontró en la biblioteca informaba de que a Amanda Johnsons Springer le había sobrevivido un hermano pequeño, Malcolm Z. Mel encontró un Malcolm Z. Johnsons que vivía en Metairie y lo llamó. Una voz ronca estalló en el teléfono para decirle que Leland Springer era un cobarde que no había salvado la vida de su hermana.

—No le perdonaré nunca que ni siquiera intentara agarrarla para ponerla a salvo. Tenía mucho por lo que vivir, con su hija y su fotografía.

—¿Su fotografía? —Los dedos de Mel apretaron el auricular.

—¿Conoce usted a Clarence Laughlin? ¿El tipo ese que hacía fotos de mansiones utilizando la técnica de la doble exposición? Se hizo famoso por eso. Pero ella le daba cien vueltas. Hacía que las fotos de Laughlin parecieran sacadas con una Instamatic. Todavía tengo algunas cosas suyas en una caja, y lo que era capaz de hacer con las sombras era increíble.

Mel no consiguió interrumpir al hombre, y lo escuchó durante casi una hora. Malcolm recreó la vida que su hermana hubiera tenido, de haber vivido. No escuchó lo que quería escuchar: que Leland era un buen tipo, y que no era verdad lo que decía el periódico de que había suplicado desde la barandilla, durante cinco minutos, que alguien le cogiera la cámara que llevaba. Entonces recordó algo. El informe oficial de la Guardia Costera había declarado que el viejo barco de madera se había partido y hundido en menos de un minuto desde la colisión, lo mismo que le había dicho el capitán McNabb en la residencia. Escuchó a Malcolm hasta que al anciano empezó a entrarle sueño por su propio monólogo, le dio las gracias y colgó.

Mel estaba de pie junto a un noray de Canal Street, al borde del río, con una carpeta de tres anillas en la mano, cuando la chica se acercó con un andar cansino y miró por encima de él al Misisipi. Cien metros río abajo, salían vehículos de un transbordador, y río arriba un casino flotante de colores chillones se balanceaba con las olas que un barco había formado a su paso. Los ojos de la chica estaban enrojecidos, como si tuviera un resfriado. Estaba nerviosa y apretaba los puños clavándose las uñas en las palmas de las manos.

—Así que es aquí donde sucedió todo… —dijo ella—. Mi madre lo mataría, si supiera que me ha pedido venir aquí.

—Siento mucho que vieras el artículo sobre tu abuelo.

—Yo también.

—Lo siento de veras. Seguí investigando la historia y encontré al hermano de tu abuela.

Ella se plantó encima del borde de madera del muelle. Las puntas de sus pies sobresalían.

—Pensaba que lo conocía muy bien.

Mel dio un paso atrás.

—Oye, mejor te separas del borde…

—Estoy bien —dijo ella.

—Bueno, lo que quería decirte es que ese artículo no está bien. Los hechos, me refiero. He estado investigando.

Ella sacó un pie sobre el río, que discurría seis metros por debajo.

—Lo que sea, pero él no la salvó.

Él se acercó a ella todo lo lentamente que pudo y abrió la carpeta.

—Mira su cara en estas fotos. Estaba mirando a tu abuelo. ¿Qué ves en su expresión?

La chica observó la carpeta, pasó tres páginas de fotografías cubiertas por un plástico y se inclinó hacia el lado opuesto al río.

—Que le gustaba.

—¿Le gustaba? —Mel bajó la cabeza—. Está radiante. Estaba loca por él. Es el tipo de expresión que solo el amor por otra persona puede producir, ¿no te parece? —Puso el dedo en una foto de ocho por diez—. Mira lo que tiene aquí. En la mano.

La chica inclinó la cabeza.

—¿Qué es eso?

—Es un antiguo fotómetro, un Weston. Anoche me di cuenta de que lo llevaba. Ella calculaba la exposición que tenían que tener las fotos que estaba sacando él.

La chica se apartó el pelo de los ojos.

—Entonces, ¿la fotógrafa de la familia era ella?

—Su hermano dice que era una artista. Me contó que trabajaba de secretaria por noventa centavos la hora y que había ahorrado lo suficiente para comprarse la Rolleiflex, que era la mejor cámara que había en el mercado en aquella época. Debió de esperar años por ella.

La chica puso la mano en la fotografía.

—¿Era la primera vez que la usaba?

—Supongo que el rollo que sacamos puede haber sido el único que le han puesto a esa cámara. ¿Y ves la última foto? —Le contó entonces lo del sordomudo. Ella se sentó en el borde con las piernas colgando sobre las olas. Él se inclinó sobre ella y su corbata cayó sobre el hombro de la chica—. Me apuesto lo que sea a que estaba apoyada en la barandilla y se giró hacia la cámara justo en el momento en que se sacó la última foto. ¿Quién sabe lo que pasaría por su cabeza cuando se dio cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir? Puede que gritara algo así como «¡La cámara!» o «¡Lanza la cámara al muelle!».

La boca de la chica se abrió ligeramente.

—Y él le dio la espalda un segundo, y al volverse…, se acabó.

Mel cerró la carpeta y se puso en cuclillas, ante la protesta de sus zapatos de cordones.

—Tu abuelo era lo que tú pensabas que era. No hay más que ver la cara de ella.

La chica se hizo sombra sobre los ojos con la mano y miró hacia Algiers, al otro lado del río.

—No lo sé. Si estuviera vivo, yo podría saltar al río y él podría salvarme. Eso probaría algo.

Mel miró de repente hacia el sur, donde se notaba la corriente. Se dio cuenta de que tenía una oportunidad de decir algo apropiado. Finalmente, dijo:

—Sí, probaría algo, pero él no está aquí y las fotos sí.

Ella meneó la cabeza.

—Ni siquiera sé si sabía nadar. —Levantó la vista y lo miró a la cara—. Las fotografías…, ¿me las puedo quedar?

—Pues claro —dijo él, poniéndose de pie.

Ella estiró el brazo hacia él.

—¿Cree que serán suficiente?

Él tiró de su mano para ayudarla a ponerse de pie.

—Tú míralo todo en las fotos: los objetos, las sombras, incluso las partes desenfocadas... —Empezaron a caminar hacia el ruido y la luz polvorienta de Canal Street—. Y verás.

Bueno para el alma

El padre Ledet bebió un cálido trago de su brandi y se sentó en una silla de hierro del patio de ladrillo, rodeado por setos de aligustre entreverado con madreselva, en la parte de atrás de la casa rectoral. Venía de la cena de las señoras de la Altar Society, donde las mujeres más encantadoras de la parroquia lo habían agasajado con asado de cerdo, ensalada de patata y guisantes dulces, llenándole el plato como si fuera un viejo gato castrado que mantiene la bodega libre de ratas. Era un hombre corpulento, rubicundo, de pelo blanco, ojos grises y unas enormes manos moteadas entre las que podía hacer desaparecer un vaso de tubo. Era jueves por la tarde y no solía pasar nada los jueves por la tarde. La primera brisa fresca del otoño silbaba entre las pacanas del jardín parroquial, y no hay nada más importante en Luisiana que esos primeros indicios del fin de la humedad recalentada y plagada de insectos. El padre Ledet inspiró profundamente a la sombra de la estatua de san Francisco y dio otro largo trago, contento de que el coadjutor estuviera visitando a su familia en Iowa y de que el diácono no fuera a volver por allí hasta el día siguiente a mediodía. Como si supieran quién era, dos palomas se posaron en las palmas de las manos que san Francisco tenía vueltas hacia arriba. El padre Ledet observó cómo la luz se hacía cada vez más tenue y el aligustre se oscurecía, y se quedó mirando la botella de brandi un rato largo antes de volver a servirse otra copa.

El teléfono empezó a sonar en la rectoral. El padre Ledet se levantó despacio y avanzó entre los muebles de madera oscura que iluminaba la beatífica y débil luz del interior de la casa. Era una parroquiana: la señora Arceneaux, cuyo marido se estaba muriendo de un enfisema.

—Le necesitamos para la unción de enfermos, padre.

—Ya…, sí. —Intentó decir algo más, pero las palabras se le atascaban en la garganta, como los billetes de dólar que a veces se reburujaban en el tubo del cepillo de los pobres y se resistían a caer cuando él abría la tapa por debajo.

—¿Padre?

—Por supuesto. Salgo hacia allí ahora mismo.

—Ya sé que se la dio la semana pasada. Pero es que esta vez creo que se nos va de verdad. —La voz de la señora Arceneaux empezó a sonar lacrimosa—. Quiere que usted le confiese.

—Ya… —El sacerdote conocía a Clyde Arceneaux desde hacía quince años. Todos los domingos se ponía ropa elegante e iba a la iglesia, pero se quedaba fumando en la escalera de la entrada con otros tres hombres tan devotos como él. Por lo que sabía, Clyde no se había confesado nunca.

El padre Ledet cerró con llave la puerta de la rectoral y fue al garaje para arrancar el coche de la parroquia: un venerable Lincoln negro. Lo sacó marcha atrás y, cuando el coche se paró en la calle, sintió como si flotara arrastrado por la pleamar, y se dio cuenta de que quizás había bebido más brandi de la cuenta. Pensó que debía llamar a la mujer que atendía la casa para que lo llevara ella en coche al hospital. Vivía a cinco minutos. Pero la señora Scott era una baptista que siempre estaba fiscalizándolo, y él no tenía ganas de aguantar sus interrogatorios y el modo en que intentaba olerle el aliento. El padre Ledet sintió que su yo más humano lo dominaba y empezó a conducir por las calles del pueblo. Se paró demasiado lejos del cruce de Jackman Avenue y se subió al bordillo al girar para tomar Bourgeois Street: el coche seguía un movimiento lógico, pero su cabeza seguía un movimiento propio.

El agente de policía Vic Garafola estaba aparcado delante de la oficina de correos, explicando por la radio que una vaca se había comido las alubias verdes del jardín de la señora LeBlanc, cuando escuchó un choque en el cruce detrás de él. Por el retrovisor, vio que un largo sedán negro se había empotrado en el costado de un Ford de color azul claro. Avanzó marcha atrás quince metros y encendió las luces estroboscópicas. Cuando se bajó y vio a su párroco sentado al volante y con los ojos como platos, se acercó corriendo a la ventanilla.

—¿Está bien, padre?

El sacerdote tenía una pequeña marca roja en la parte de arriba de la frente, pero esbozó una sonrisa bobalicona y asintió con la cabeza. El agente Garafola observó el lado abollado del copiloto de un desvaído Crown Victoria. Una mujer bastante mayor que el cura estaba sentada en el medio del asiento corrido, sujetándose el codo. Abrió la puerta y vio con claridad que la señora Mamie Barrilleaux tenía el brazo derecho roto y que le temblaba la boca de dolor. Vic se puso rojo, porque le indignaba ver gente buena herida por culpa de otros.

—Señora Mamie, ¿le duele mucho? —preguntó Vic. El sacerdote se acercó por detrás de él y le puso la mano en el hombro. Cuando la mujer vio al padre Ledet, su cara se transfiguró.

—Oh, no es nada, un pequeño golpe. Padre, ¿ha sido culpa mía el accidente?

El agente miró al cura para que respondiera.

—Mamie, tu brazo… —El padre Ledet quitó la mano del hombro del policía y dio un paso hacia atrás. Vic pudo ver que el sacerdote estaba muy impactado. Sabía que lo llamaban a menudo para impartir la extremaunción a desconocidos en accidentes de carretera muy sangrientos, pero es que aquella mujer era la vicepresidenta de la Altar Society, el grupo de mujeres que limpiaban la vieja iglesia, ponían flores en el altar, tejían las mantas con las que él se cubría el regazo en la fría casa rectoral…

—Padre, la señora Mamie tenía preferencia. —Vic señaló el stop que se veía tras el vapor que salía del coche del cura.

—Lo siento en el alma —dijo el padre Ledet—. Iba al hospital a administrar una unción de los enfermos, y supongo que tenía la cabeza en eso.

—¡Oh! —La señora Barrilleaux dio un chillido—. ¿Quién está tan mal?

—El marido de la señora Arceneaux.

Llegó otro coche de policía, cuyas luces destelleaban en la oscuridad de la noche. La señora Barrilleaux lo señaló.

—Vic, ¿puedes llevarlo al hospital y que ese otro policía redacte el atestado? Conozco al marido de la señora Arceneaux y te aseguro que ese necesita un cura.

Vic bajó la vista hacia su zapato. Él no podía hacer algo así.

—Padre, ¿quiere ir al hospital y luego lo vuelvo a traer aquí?

—La que tiene que ir al hospital es Mamie.

—Quite, quite… —Le hizo un gesto con la mano sana—. Ya estoy oyendo la ambulancia que viene. Venga, vaya. Yo no me estoy muriendo.

Vic vio el ligero temblor de los rizos plateados de Mamie, y puso una mano en el brazo del sacerdote.

—¿Vale, padre?

—Vale.

Se subieron al coche de policía e inmediatamente Vic percibió el olor del aliento del cura. Avanzó bajo el túnel que formaban los robles de Nadine Avenue y se mordió literalmente la lengua para no hacer la pregunta inevitable. Cuando avistaron el hospital, el agente Garafola no pudo contenerse más.

—Padre, ¿ha bebido algo hoy?

El sacerdote lo miró y palideció.

—¿Por qué lo preguntas?

—Le huele el aliento. ¿Whisky?

—Brandi —le corrigió el sacerdote—. Sí, tomé algo de brandi después de la cena.

—¿Cuánto?

—No demasiado. Bueno, ya estamos aquí. —El padre Ledet se bajó del coche antes de que este estuviera completamente parado.

Vic informó por radio de su ubicación, aparcó y entró en el moderno vestíbulo, en busca de un asiento mullido.

El sacerdote conocía el camino a la habitación de Clyde Arceneaux. Cuando abrió la puerta, vio al anciano en su cama: unos pocos mechones de pelo ralo y gris peinados hacia atrás, dientes postizos hacia afuera y una lengua tostada por el tabaco, que se meneaba en la boca como si fuera la de un loro. Al acercarse, el padre Ledet pudo oír el siseo que producía el oxígeno al atravesar el tubo de plástico que entraba por la nariz. Los pacientes de enfermedades respiratorias le producían una especial compasión.

—¿Clyde?

El señor Arceneaux abrió un ojo y miró la camisa del cura.

—El buitre ya está al acecho —masculló.

—¿Cómo te encuentras?

—Ay, padre, tengo un elefante encima del pecho. —Hablaba pausadamente, más como un escape de aire que como una voz—. Doris ha salido un minuto para comer. —Dirigió los ojos hacia la puerta, y el padre Ledet se fijó en las manos de Clyde, surcadas por venas negras bajo una piel tan fina como el papel de fumar.

—¿Hay alguna cosa de la que quieres que hablemos? —El sacerdote oyó el sonido apagado de una sirena y se preguntó si traían a la buena de la señora Barrilleaux para ocuparse de su brazo.

—Ya no necesito más óleos sagrados. A base de engrasarme no va a conseguir que me deslice hacia el cielo. —Clyde dio un bocado al aire—. Lo que necesito es confesarme.

El sacerdote asintió con la cabeza, sacó una estola del bolsillo, la besó y se la colgó de la parte de atrás del cuello. El señor Arceneaux no recordaba la última vez que se había confesado, pero sí tenía claro que Kennedy era el presidente entonces, porque había sido durante la crisis de los misiles de Cuba, y él estaba convencido de que iban a sufrir un ataque nuclear. Se puso a contar sus pecados, empezando por las «cerca de setecientas cincuenta veces» que había faltado a misa. El padre Ledet se alegró de que Clyde Arceneaux se hubiera decidido a pedir perdón a Dios de forma tan detallada, lo cual, a fin de cuentas, era señal de que tenía una conciencia sana. En una ocasión, el anciano se paró a almacenar aire para lo que el sacerdote pensó sería una nueva entrega de su retahíla de errores, pero cuando volvió a hablar, fue para hacer una pregunta:

—Ahora en serio, ¿usted cree que existe el infierno?

El padre Ledet sabía que tenía que tener mucho cuidado. A veces, salvar un alma era como cazar una libélula. Uno no podía abalanzarse sobre ella y atraparla con un movimiento rápido de la mano.

—Se habla mucho de él en la Biblia —dijo.

—¿Y es un lugar de castigo?

—Eso es lo que es.

—Pero, ¿qué bien puede hacer el castigo?

El cura se sentó. La habitación giró noventa grados a la izquierda y se paró.

—Yo creo que la idea del infierno no es la de rehabilitarse, sino, más bien, la de recibir lo que uno se merece. —Puso la mano sobre los ojos y se los frotó un momento—. Pero a ti no debería preocuparte eso, Clyde, porque tú estás recibiendo el perdón que necesitas.

El señor Arceneaux miró al techo y las comisuras de su flácida boca se bajaron.

—No lo sé. Hay una cosa que todavía no le he contado.

—Bueno, pues ahora o nunca. —El sacerdote se arrepintió inmediatamente de haber dicho eso, y Clyde le dirigió una mirada interrogadora, antes de clavar la vista en sus pies amoratados.

—¿No me puedo guardar solo una cosa? Me reventaría tener que contarle a nadie eso.

—Clyde, el que te escucha es Dios, no yo.

—¿Y no vale con que lo piense para que se entere Dios? Me refiero a que a usted ya le he contado todo lo demás. Hasta lo de la mujer enana aquella.

—Si es un pecado grave, me lo tienes que contar. Puedes generalizar un poco.

—Este es el tipo de castigo del que estábamos hablando. Es lo que yo me merezco.

—Pues a por ello.

—Le robé el coche a Nelson Lodrigue.

Algo se activó en el cerebro del sacerdote. Recordaba aquello. Nelson Lodrigue tenía un viejo Toronado que aparcaba junto a la acequia que había enfrente de su casa. El coche tenía un enorme motor de ocho cilindros, sin silenciador; y todas las mañanas, a las seis en punto, Nelson lo arrancaba y revolucionaba el motor, despertando a la mayoría de sus vecinos y a todos los perros de varias manzanas a la redonda. Estuvo haciendo esto durante más de un año, «para que no se descargue la batería», decía. Cuando el coche desapareció, Nelson puso un anuncio bien grande en el periódico, en el que se ofrecía una recompensa de cincuenta dólares a quien proporcionara información, pero nadie dijo nada. En las reuniones de los Knights of Columbus se estuvo hablando de ese asunto durante semanas.

—Eso fue hace diez años, ¿no? Y Nelson es tu amigo, ¿no? —Nelson era otro de los que se pasaban la misa del domingo en las escaleras de la entrada.

El señor Arceneaux tragó saliva varias veces y esperó un momento, mientras almacenaba aire.

—Padre, le juro por Dios que nunca había robado nada antes. Mi papá me decía que robar es lo peor que puede hacer un hombre. Me fastidiaba mucho tener que quitarle el coche a Nelson, pero yo iba camino del ataque de nervios por falta de sueño.

El sacerdote asintió con la cabeza.

—Está muy bien que te quites todos esos pesos de encima. ¿Alguna cosa más?

El señor Arceneaux meneó la cabeza.

—Creo que lo gordo está todo. Qué vergüenza me da lo último…

El sacerdote le dio la absolución y le puso una pequeña penitencia. Clyde intentó sonreír y su oscura lengua saboreó el aire.

—¿Diez avemarías? Menudo chollo, padre.

—Bueno, si quieres más, puedes llamar a Nelson y contarle lo que hiciste.

El anciano no lo pensó más de un segundo.

—De momento, me quedo con las oraciones.

El padre Ledet sacó su libro ritual y leyó en voz alta sobre el señor Arceneaux, hasta que sus palabras fueron interrumpidas por un suave ronquido.

Vic estaba sentado en el vestíbulo, esperando a que el sacerdote bajara. Habían pasado veinte minutos y sabía que el nivel de alcohol en sangre del cura estaría a punto de alcanzar la cota máxima. Se quitó la gorra del uniforme y empezó a girarla en los dedos. Se preguntaba qué iba a conseguir con denunciar al cura por alcoholemia en la conducción. Los curas tenían que beber vino todos los días, y les gustaba saborearlo por la noche también. Una multa sería suficiente para que su actitud hacia la bebida al volante cambiara durante una buena temporada. Por otro lado, el padre Ledet le había hecho un buen estropicio al coche de la señora Barrilleaux, que lo había mantenido durante veinte años como si fuera un hijo.

Unos minutos antes, Vic había estado andando por el pasillo y se había asomado a la sala donde la estaban tratando. Desde una posición donde ella no lo veía, observó su cara. Ahora estaba sentado, y giraba su gorra en los dedos mientras pensaba. Sería duro para el cura el ver su nombre en el periódico asociado a una denuncia de alcoholemia en la conducción, pero le haría entender la gravedad de lo que había hecho. Al agente Garafola le tocaba lidiar con demasiadas personas que no entendían la gravedad de lo que hacían.

El sacerdote apareció en el vestíbulo y el joven policía se puso en pie.

—Padre, voy a tener que acercarle a la comisaría.

—¿Qué?

—Quiero hacerle un test de alcoholemia.

El padre Ledet se enderezó, se acercó a Vic y le puso un brazo sobre los hombros.

—Oh, vamos… ¿Qué vas a conseguir con eso?

El agente empezó a hablar, pero se detuvo e hizo un gesto para que el sacerdote lo siguiera.

—Voy a enseñarle algo.

—¿Adónde vamos?

—Quiero que vea esto.

Cruzaron el vestíbulo y atravesaron varias puertas de doble hoja, hasta llegar a la zona de urgencias. En una de las paredes había una estrecha ventana y el policía le pidió al cura que mirara por ella. Una bombona de oxígeno con indicadores de presión bloqueaba parcialmente la visión. En el interior, la señora Barrilleaux estaba sentada en una camilla, con un bulto azulado que le sobresalía en el brazo. Un médico le tiraba del hombro, mientras otro le giraba el codo. Sobre la camilla había una enorme y amenazadora jeringuilla, y la señora Barrilleaux lloraba, inexpresiva, enormes lagrimones de paciente.

—Mire despacio —dijo Vic—, y cuando haya tenido suficiente, venga conmigo.

El sacerdote se volvió y lo siguió.

—No tenías que haberme enseñado eso.

—¿Usted cree?

—Esa mujer es la más buena, la mejor cocinera, la mejor…

—Vamos, padre —dijo Vic, empujando la puerta que daba al aparcamiento—. Tengo mucho que escribir.

El nivel de alcohol en sangre del padre Ledet, estaba muy por encima del límite permitido, así que el agente redactó una denuncia por alcoholemia en la conducción, a lo que añadió saltarse un stop y causar un accidente con lesiones físicas. El tribunal correspondiente le quitó el carnet y, dado que no era el primer accidente que sufría el Lincoln, su compañía de seguros le canceló la póliza en cuanto los ordenadores mostraron los delitos. Una semana después del accidente, salió al recibidor de la casa rectoral, bebiendo un vaso de agua del grifo que le impregnaba la lengua como un aceite desagradable. Sonó el teléfono y el vaso se agitó entre sus dedos. Era otra vez la señora Arceneux, que le decía que había estado discutiendo con su marido, porque este quería contarle al hermano de ella, Nelson Lodrigue, que le había robado el coche hacía diez años.

—¿Por qué le ha dicho que hable con Nelson de lo del robo? Está hecho polvo…

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9788417118761
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