Читать книгу: «Historia de las plantas»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 112

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de esta obra ha sido revisada por JOSÉ -FRANCISCO GONZÁLEZ CASTRO .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. V., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO225
ISBN 9788424931544.
INTRODUCCIÓN
I. DATOS BIOGRÁFICOS
Aunque de Teofrasto se han ocupado otros autores de la Antigüedad, como Aristófanes de Bizancio, Suidas y Hesiquio, la fuente principal para el conocimiento de su peripecia humana es el capítulo V de la obra de Diógenes Laercio, abreviadamente intitulada Historia de los filósofos 1 , que, aunque escrita en fecha muy tardía (primera mitad del siglo III d. C.), recoge los testimonios de escritores anteriores a él, como Hermipo, al que no utilizó directamente, como se sabe por la vida de Estratón del mismo Diógenes Laercio.
Teofrasto nació en Éreso, pequeña ciudad de la isla de Lesbos, en el año 372/71. Por el Testamento recogido por Diógenes Laercio sabemos que su padre se llamaba Melanias, el cual tenía un hermano, León, y éste dos hijos: Melantas y Pancreón, que fueron sus herederos. Al nacer recibió el nombre de Týrtamos , que E. Maas 2 relaciona absurdamente con tyrotámos (cortador de queso), y luego Aristóteles empezó a llamarle Teofrasto «por lo divino de su elocución» (dià tó tês phráseos thespésion ) 3 . De la isla de Lesbos procedían no solo Teofrasto, sino otros paisanos suyos, como Fanias, que, además, fue su amigo, Praxífanes y Equécrates de Metimna. Es innegable el afecto que Aristóteles sintió por su discípulo, ya que, a su regreso de Aso, se detuvo en Mitilene. Hay que señalar también las relaciones de Teofrasto con otros países. Se sabe que estuvo en Macedonia en 343/42 con Aristóteles, que había ido allí a hacerse cargo de la educación del sucesor al trono, y de Historia de las plantas (HP) III 11, 1 y IV 16, 3 se deduce que poseía puntual conocimiento de Estagira. Además, del Testamento publicado en Diógenes Laercio se deduce que poseía una hacienda en dicha ciudad.
Teofrasto se sintió atraído por Aso de Misia, adonde, a la muerte de Platón y asunción por Espeusipo de la dirección de la Academia, se trasladaron Aristóteles y Jenócrates. Hermias, gran amigo del primero y gobernante de la ciudad, hizo de Aso un centro cultural de gran actividad, en donde estuvieron también Calístenes y Teofrasto. En Aso, Aristóteles permaneció tres años y, luego, se trasladó con su discípulo y amigo Teofrasto a Mitilene, y allí permaneció dos años. En el año 322 muere Aristóteles y queda como sucesor suyo en la dirección del Liceo, Teofrasto, su discípulo predilecto.
No quedan testimonios fidedignos de sus desplazamientos a otros países, como Egipto. Pero, al hacer el análisis de la obra de Teofrasto, volveremos sobre este punto prestándole la atención que merece.
Se supone que nuestro autor asistió a la Academia de Platón cuando aún era muy joven, quizás a los 18 años. Allí conoció a Aristóteles, del que más tarde sería discípulo predilecto.
Teofrasto era meteco; por lo tanto, estaba incapacitado por la ley para poseer bienes raíces en Atenas. Y, sin embargo, se sabe por el Testamento que los poseyó y que poseyó también esclavos y dinero. Ello fue posible por los buenos oficios de su poderoso amigo y discípulo Demetrio Falereo, que, a la sazón, gobernaba la ciudad, puesto al frente de ella por Casandro, que depositó en él toda su confianza. Quizás la mayor gloria de Teofrasto haya sido haber contribuido a la formación filosófica del egregio mandatario, a una formación que abarcaba no sólo el campo especulativo, sino también la ciencia política en sus relaciones prácticas.
El Liceo, en tiempos de Teofrasto, llegó a adquirir notable esplendor y contó con un total de dos mil alumnos. Algunos de ellos han pasado a la posteridad, p. ej., Dinarco 4 , orador de algún prestigio en una época de adocenados oradores, que en el año 307, en que el régimen de su protector Demetrio Falereo hubo de dar paso al de Demetrio Poliorcetes, huyó a Calcis de Eubea, y gracias a la intercesión de Teofrasto pudo regresar a Atenas en 292. Frecuentó también la escuela Arcesilao 5 , así como el médico Erasístrato 6 de Yúlide, que, abandonando la doctrina de los humores, se pasó al bando de los pneumáticos, distinguiendo las arterias, distribuidoras del pneûma , de las venas, portadoras de la sangre.
Diógenes Laercio 7 nos habla de las relaciones amistosas de Teofrasto con personalidades de su época: con Casandro, con Ptolomeo, con Demetrio Falereo, como ya dijimos. Las buenas relaciones con Ptolomeo se evidencian, porque, a instancias suyas, éste llamó a Egipto, como educador de sus hijos, al peripatético Estratón, que había de ser jefe de la escuela.
Menandro, que fue amigo de Demetrio, debió de serlo también de Teofrasto y hasta discípulo suyo 8 . Como indicio de esto último se ha hecho notar que algunos títulos de los Caracteres de Teofrasto, como Agroîkos, Ápistos, Deisidaímōn y Kólax , reaparecen en las comedias de Menandro 9 .
Hay que notar, asimismo, que Teofrasto intervino, juntamente con su amigo, por dos veces, en el derrocamiento de la tiranía. Quizás a estos sucesos se refiriera la segunda de las dos obras de Fanias intituladas Sobre los tiranos sicilianos y El derrocamiento de los tiranos por venganza. Existía, además, intercambio epistolar entre los dos amigos.
Ratos amargos no le faltaron a nuestro escritor. Entre el año 319 y el 315, Agnónides entabló contra él un proceso por impiedad del que salió absuelto. Sabido es que un tal Sófocles formuló una propuesta de prohibición de la libertad de enseñanza de los filósofos, que fue rechazada gracias a la protesta de Teofrasto.
Finalmente, hay que decir que nuestro escritor murió a la edad de 85 años en el 288/87 o 287/86. Toda la ciudad demostró su sentimiento por la pérdida de un hombre que enalteció la gloria de Atenas, su segunda patria, con su vida ejemplar, su laboriosidad y sus excelentes y numerosas obras literarias, de las que nos vamos a ocupar a continuación.
II. OBRAS
En el V libro de la Historia de los filósofos trae Diógenes Laercio la lista de las numerosas obras de Teofrasto. No hace al caso recordarlas todas; nos limitaremos a consignar el hecho de que la curiosidad científica del discípulo de Aristóteles se extiende a todas las esferas del saber que interesaron al maestro. Por eso, volvemos a encontrar en Teofrasto títulos como Analítica, Tópica, Poética y temas relacionados con la física, meteorología o zoología, que aquí no podemos enumerar por razones de espacio.
Doxografía , es decir, Las opiniones de los físicos , obra en 18 libros, es la contribución de Teofrasto a la gran enciclopedia que pensaba formar Aristóteles recopilando sistemáticamente los resultados obtenidos por los predecesores en todos los campos de la ciencia. La discusión sobre la pertenencia del fragmento De sensibus a esta obra se resolvió en sentido afirmativo, pero recientemente se ha vuelto a plantear el problema. Conservamos fragmentos de un tratado Sobre el fuego (De igne) , de otro Sobre minerales (De lapidibus) y de otro Sobre olores (De odoribus).
Los excerpta contenidos en el libro II de De abstinentia , de Porfirio, nos dan una idea de lo que debió de ser la obra Sobre la piedad. En esta obra condenaba Teofrasto los absurdos sacrificios sangrientos, convencido de la veracidad del dogma de la «simpatía» universal, en virtud de la cual todos los seres vivos están unidos por un parentesco natural.
Teofrasto se ocupó también del estudio de la retórica, y fruto de este estudio es su tratado Perì léxeōs , en el que defendía las cuatro virtutes dicendi , según se deduce del Orator (75 ss.) de Cicerón.
Escribió también un tratado Sobre la música , del que se conservan fragmentos en Šahrastānī, filósofo medieval que escribió en árabe.
Nada sabemos de su escrito Sobre la historia , pero es de suponer que fuese un tratado teórico de historiografía.
Como va a ser objeto de un detenido análisis, nos limitaremos a mencionar ahora su gran obra de botánica en 9 libros Historia de las plantas , que continúa la línea aristotélica de la investigación sobre la naturaleza. En la misma línea está la obra Sobre los orígenes de las plantas (De causis plantarum [CP]).
Dejamos para el final de este apartado la mención de los Caracteres , la obra más importante de las conservadas, traducida a las lenguas cultas de Europa 10 , que es un conjunto de una treintena de retratos humanos, trazados con viva y enérgica pincelada.
III. FUENTES
En la HP hay que asignar un papel importante a las dotes de observación del autor, observación directa en unos casos y, en otros, observación refleja, es decir, comunicada por observadores fidedignos. Pero también en la HP aparecen citados filósofos tan importantes como Empédocles, Anaxágoras, Demócrito, Diógenes de Apolonia e Hipón de Samos, todos ellos presocráticos. Unas cuatro veces aparece, asimismo, citado Homero: baste mencionar IX 15, 1, en donde se dice que «Helena cogió [en Egipto] ‘dones [plantas] estupendos, que a ella dio Polidamna, la esposa egipcia de Ton. Allí la feraz tierra produce muchísimas drogas, muchas excelentes y muchas funestas’». Se vuelve a citar a Homero en IX 15, 7, en relación con lo que hoy llamamos Allium nigrum y en el poeta épico mōly. En el mismo libro IX se menciona a Hesíodo, Museo y Esquilo: al primero y al segundo en 19, 2, para avalar con sus opiniones la eficacia terapéutica del tripolio; al tercero en 15, 1, para hablarnos de Tirrenia como fabricante de drogas. En V 9, 4, se cita a Queremón. Aunque a Clidemo no se le cita expresamente en HP , su doctrina, puesta bajo su nombre en CP V 9, la relativa a las fórmulas de la praxis agrícola y las investigaciones sobre las drogas medicinales y los venenos obtenidos de las plantas, está presente en dicho libro noveno. El circunstanciado relato que nos hace, en HP V 8, de la isla de Córcega revela la utilización de una excelente fuente geográfica, no sabemos cuál.
Teofrastro fue discípulo predilecto de Aristóteles y, sin embargo, en lo que a botánica se refiere, es muy poco el influjo del segundo en el primero. Mas bien hay que señalar que son dos mentes muy distintas. A Aristóteles le importan las cuestiones generales, mientras que a su discípulo le interesan las cuestiones muy concretas. No hay espacio material para ejemplificar: tan sólo me limitaré a señalar que a Aristóteles le importa dilucidar si las plantas tienen alma, cosa que Teofrasto considera una cuestión carente de interés. No obstante, hay que hacer constar que nuestro autor coincide con Aristóteles en casi todas las opiniones fisiológicas principales.
A Diocles de Caristo no se le cita en la HP , pero sí en la obra Perí líthōn. No obstante, según Wellmann 11 , Teofrasto conoció el Rizotomicón del médico del siglo IV Diocles de Caristo, libro que es el herbolario más antiguo y cuyo contenido está recogido en el libro IX de HP. A esta conclusión ha llegado Wellmann comparando, por ejemplo, los capítulos 10, 4 y 9, 2 del libro IX de HP , respectivamente, con los frs. 151 y 152 12 .
Un escritor, fisiólogo y filósofo pitagórico del siglo V , natural de Síbaris, Menestor, aparece varias veces mencionado (HP I 2, 3; V 3, 4 y 9, 6). Capelle 13 lo considera fundador de la biología botánica y de la división de las plantas en frías y calientes, de los árboles en caducifolios y perennifolios, cuestiones ambas que trata también Teofrasto en repetidas ocasiones. Se sabe, por otra parte, que Fanias, el paisano de Teofrasto, escribió una obra Sobre las plantas en siete libros, que debió de ser conocida por nuestro autor, si tenemos en cuenta las relaciones de tipo personal y epistolar entre ambos.
Volviendo a los presocráticos, por lo menos dos veces aparece invocada la autoridad de Hipón (I 3, 5, y III 2, 2) para decirnos lo mismo, es decir, que una planta puede ser doméstica o silvestre según reciba cuidados o no, y perenne o caducifolia, estéril o fértil, antófora o no, según el clima y el suelo. Diógenes de Apolonia nos explica por boca de Teofrasto, en III 1, 4, el origen de las plantas con estas palabras: «el agua se corrompe y se mezcla con la tierra para producir nuevas plantas». Anaxágoras, en III 1, 4, explica que el aire contiene las semillas de todas las cosas y que éstas, arrastradas por la lluvia, producen las plantas.
En III 1, 4, Clidemo identifica la naturaleza de las plantas y de los animales y sólo reconoce entre ellos una diferencia de grado a favor de los segundos: «las plantas se componen de los mismos elementos que los animales, pero distan de ser animales en la medida en que son más turbios y más fríos».
Androción, en II 7, 2, recomienda abonar con estiércol muy acre las dos plantas anteriores amén del granado, regarlas generosamente y podarlas bien. En el parágrafo 4 del mismo libro y capítulo, se menciona a Cartodras, nombre de dudosa ortografía. Gracias a Teofrasto sabemos su opinión sobre el poder nutritivo de los diferentes estiércoles, que va descendiendo en la siguiente escala: el humano, el de cerdo, el de cabra, el de oveja, el de vaca y el equino. En IV 16, 6 se cita a Andrócides, médico de Alejandro, al que recomendaba moderación en la bebida, para expresar su doctrina de la amistad y enemistad existente entre ciertos vegetales; p. ej., entre la vid y la col existe enemistad declarada.
Volvemos otra vez a Menestor, al que se cita en V 9, 6 como autoridad en la elección de la madera más apropiada en la confección de palillos o astillas para encender el fuego.
El poeta trágico ateniense del siglo IV Queremón aparece, poco antes, en V 9, 4, asegurando que la palmera es uno de los árboles cuyo humo es más pestilente. Es un capítulo dedicado a las maderas más apropiadas para el carboneo, y la cita del poeta cumple sólo el papel de adorno erudito.
En VII 13, 3, después de hacer una prolija descripción del asfódelo, no podía faltar la cita de Hesíodo, gran autoridad en agricultura, que dice de él que es planta sumamente provechosa (Trabajos y Días 41). No podía faltar tampoco la autoridad de Hesíodo al hablar de las épocas idóneas para la siembra de los cereales. Y, en efecto, el v. 383 de Trabajos y Días aparece parafraseado en parte.
Sabido es que el libro IX trata de los jugos de las plantas y de las propiedades medicinales de las hierbas. Ya hemos dicho que el contenido de la perdida farmacopea de Diocles debe de estar recogido en este libro, que ha de ser considerado como el antepasado de las materias médicas de la Antigüedad clásica. En 17, 2 aparece Eudemo, farmacopola célebre, ingiriendo una pequeña cantidad de droga que no resiste, mientras que otro Eudemo, el de Quíos, resiste la ingestión de grandes cantidades de heléboro, porque ha tomado como antídoto unos polvos de la absorbente piedra pómez. Eudemo y Eudemo de Quíos son, pues, dos personajes, aducidos por Teofrasto como garantes de lo que, andando el tiempo, había de conocerse como «mitridatismo», en memoria de Mitrídates, rey del Ponto, y de la eficacia de los contravenenos.
De Trasias de Mantinea y de su discípulo Alexias (IX 16, 8) aprende Teofrasto una fórmula consistente en la mezcla de jugos de cicuta y adormidera, capaz de proporcionar una muerte fácil e indolora. Nihil novum sub sole! , ya en tiempos remotos preocupó a alguien el problema de la eutanasia. Expositor del mitridatismo o de lo que había de llamarse mitridatismo vuelve a ser el mismo Trasias (IX 17, 1-2), por boca de Teofrasto, cuando dice que «algunas drogas parece que llegan a ser venenosas, porque los individuos no están acostumbrados a ellas, o quizás sea más acertado decir que el uso frecuente hace que los venenos lleguen a no ser venenosos».
Como fuente sobre el capítulo de drogas afrodisíacas o enervadoras del vigor genésico, se cita a un tal Aristofilo en IX 18, 4.
Hay quien 14 sospecha que el Sátiro citado en III 12, 4, que obtiene de unos leñadores dos clases de cedro, es un alumno del Liceo desplazado como corresponsal a algún lugar. Es el único citado por su nombre, pero las expresiones: «los macedonios, los arcadios, los habitantes del Ida dicen» ocultan, sin duda, individuos con sus nombres, que transmiten noticias de toda índole a anónimos corresponsales de Teofrasto 15 .
IV. CONTENIDO, ESTRUCTURA Y VALORACIÓN DE LA «HISTORIA PLANTARUM»
La estructura de la HP ha sido estudiada por Kirchner 16 , quien opina que, en la obra de Teofrasto, referida a las plantas, existe un plan bien ejecutado y una ordenación meditada, pero no sólo dentro de la obra en general, sino también en cada libro en particular.
Por otra parte, Regenbogen 17 hace notar que Teofrasto, al igual que Aristóteles, distingue en toda obra los problemas kath’ hólon y kath’ hékasta. Los libros kath’ hólon tratan las ideas fundamentales y los problemas generales. Estos problemas generales son abordados por el primer libro y la primera mitad IIa (cap. 1-4) del segundo. Los problemas tratados kath’ hékasta , es decir, como problemas particulares 18 , abarcan los libros IIb (caps. 5-8), III, VI, VII y VIII. El final del libro VII dice expresamente que el del libro VIII es provisional. Parece que el libro V asume una posición independiente. Se ocupa de las maderas y de su elaboración, y en él revela Teofrasto un conocimiento considerable de esta materia con formulaciones técnicas explicadas en V 5, 4 por medio de un dibujo. El libro IV parece más tardío que los otros. Así, tal vez, puede deducirse de la divergencia de contenido con respecto a otros pasajes de HP.
El libro IX, contra lo que algunos críticos han creído, no es un libro apócrifo. Si ofrece algunas discrepancias de lenguaje y de nomenclatura de las plantas, puede deberse a influjo de los libros consultados. Como en este libro se habla largamente de «rizotomistas» y de raíces medicinales, se ha creído poder ver en él una obra de un herborista; pero, contra esta hipótesis, habla el hecho de que en el capítulo 10, que trata del heléboro, Teofrasto revela unos conocimientos muy pobres de esta planta tan importante medicinalmente. Si esta parte no es de Teofrasto, sino de un rizotomista, «tendríamos el caso singular de que habría que contar con un rizotomista que no ha visto el heléboro» 19 , o, si lo ha visto, decimos nosotros, sabe muy poco de él, lo cual es inadmisible. La ignorancia incomprensible en un rizotomista sería perfectamente explicable en Teofrasto.
Lo que sí es posible es que el libro IX se presente, por lo menos parcialmente, en una doble recensión, y «no debe excluirse la posibilidad de que tengamos este nuestro último libro de la HP en una reelaboración parcialmente abreviada» 20 .
Ha habido filólogos que han defendido la hipótesis de que la HP es obra de Aristóteles. Basándose en vagas alusiones de Aristóteles a una teoría sobre las plantas, ha llegado a defender Heitz 21 que el estagirita escribió una obra de botánica, hoy perdida. Pero Jessen 22 supone que dicha obra no está perdida, sino que es la HP erróneamente (menos el libro IX que sí le pertenece) atribuida a Teofrasto.
Senn, en un erudito artículo 23 , replica al primero diciendo que las alusiones de Aristóteles en Historia de los animales y en Acerca de la generación y la corrupción se refieren a las dos obras de Teofrasto: CP y HP , posteriores a las de Aristóteles. Si esto es así, hay que rechazar también la hipótesis de Jessen y admitir que Teofrasto es autor de CP e HP. La primera es la culminación del escritor como discípulo de Aristóteles, y la segunda supone un alejamiento del concepto aristotélico de la vida vegetal y animal.
¿Cuáles son las fuentes de los escritos botánicos de Teofrasto y cómo las ha utilizado? Para valorar su creación científica, hay que dar respuesta a estas dos preguntas. A la primera ya hemos contestado en el apartado correspondiente. En cuanto a la segunda, hay que valorar en su justa medida el hecho de que Teofrasto puso orden en la masa de conocimientos científicos recibidos de sus conocidos y desconocidos predecesores. Su mérito consiste en haber introducido la división de las plantas en clases y subclases, atendiendo a sus caracteres comunes y a sus diferencias, siguiendo un criterio morfológico y geofísico. A este propósito dirigió sus indudables dotes de observación.
Teofrasto utiliza obras de otros, pero también su propia y original «autopsia». Esta autopsia implica la visita de los países donde se verifica, que debieron de ser toda la «ecúmene» e, incluso, la región entre el Indo y el Ganges y las columnas de Hércules. Como objeción a este aserto no vale aducir que en las obras de Teofrasto no se alude a ello, porque tampoco se alude a su jardín, que, indudablemente, fue investigado por él; muchos escritores como Hecateo de Mileto, Tucídides e Hipócrates viajaron mucho, sin que dejaran constancia de sus viajes en sus obras. Los viajes de Teofrasto tendrían una finalidad científica.
A muchos griegos, como Platón, Heródoto, Hipócrates, Aristipo etc., los atrajo Cirene, también a Teofrasto, que deseaba conocer el lugar del famoso silfio. Hay pasajes, como VI 3, 1 ss., en que se nos habla del silfio con un lujo de detalles tal que uno se resiste a creer que su información sea de segunda mano. La descripción detallada del silfio, que se nos hace en este pasaje, abarca a todas las partes de la planta, a su empleo como forraje, como alimento del hombre, como fármaco. Tratándose de una planta inexistente en Grecia, hay que suponer que Teofrasto la vio y que no sólo la vio, sino que procuró, preguntando a los nativos, enterarse de sus denominaciones africanas de máspeton y magýdaris. Quien desee tener noticia circunstanciada de las dotes de observación de Teofrasto, que no sólo se aplicaban a la botánica, sino también a fenómenos meteorológicos, geofísicos, es decir, ambientales, etc., debe leer los artículos de Capelle 24 relativos a la probable estancia de Teofrasto en Cirene y Egipto.
Como buen discípulo de Aristóteles, Teofrasto, ante la variedad de plantas que se ofrecen a su vista, trata de clasificarlas estableciendo como criterio clasificador la semejanza y la diferencia existentes entre ellas. ¿Qué es lo que distingue a una planta de otra?, ¿qué es, en fin, lo que constituye su «naturaleza» propia frente a la naturaleza de las demás? He aquí la pregunta que se hace nuestro escritor cada vez que inicia el estudio de un género de plantas, en las cuales percibe él semejanzas, que, naturalmente, han de ser muchas veces puramente externas, ya que, en los albores de la ciencia, las dotes de observación del botánico no contaban con la ayuda de los medios instrumentales de que ahora disponemos.
Hay que tener en cuenta que Teofrasto, buen amigo de Alejandro y discípulo aprovechado de Aristóteles, tuvo a su disposición todo el material científico recogido en su expedición por los sabios que acompañaron al rey en su conquista de Asia. En la breve exposición de la ciencia botánica de su tiempo, Teofrasto menciona más de 500 plantas repartidas por los diversos lugares de la tierra entonces explorada. No menciona sólo las plantas de la Grecia continental, sino también plantas de remotas regiones, como el algodonero, la higuera de Bengala o bayán, de la que se hace una descripción fidedigna, el pimentero, de cuyo fruto se distinguen las dos clases que hoy se reconocen, el cinamomo en sus diversas especies, la mirra y el incienso. ¿Cómo pudo obtener Teofrasto noticia de plantas de países tan remotos, como Asia, India, etc.? Hort, en la «Introduction» a su edición de la HP , supone con razón que, en tiempos de Teofrasto, el Liceo, ya muy prestigiado con Aristóteles, ganó mayor prestigio aún, gracias al apoyo moral, primero, de Alejandro y financiero, luego, de Demetrio Falereo. De los dos mil alumnos que, según Diógenes, tenía la escuela, algunos pudieron ser corresponsales de Teofrasto en la Grecia continental y en los remotos y exóticos países de Asia y África. Todo esto, suponiendo que rechacemos la hipótesis de Capelle, expuesta anteriormente (pág. 21). Dichos corresponsales pudieron suministrarle cumplida noticia de los manglares formados por los árboles hoy llamados «bruguieras», «rizóforas», «egíceras» y «avicenias» tan admirablemente descritos por el autor y absolutamente desconocidos en Grecia.
Sería demasiado pedir a Teofrasto o a sus corresponsales que nos describiesen los dispositivos biológicos de estas plantas: los neumatóforos, las raíces fúlcreas, el xeromorfismo foliar y la viviparidad, pero debemos contentarnos con la descripción sobria y gráfica que hace de los manglares situados en la embocadura del Golfo Pérsico, en la isla de Tilos.
Pero el interés de Teofrasto no se aplica solamente al estudio de la botánica en sus diversos aspectos: anatomía, fisiología, distribución geográfica de las plantas, edafología, etc., sino también a cuestiones adventicias pero importantes, dado su reflejo en la industria. Me refiero, por ejemplo, al estudio de las agallas de las que nos da una idea clara y cumplida. Así, por ejemplo, nos habla, en III 7, 3, del olmo que produce «algo parecido a una agalla en forma de bolsa». En el lenguaje botánico moderno diríamos que la agalla en cuestión está formada por un homóptero llamado Tetraneura ulmi L. Nos habla también, en III 7, 3, de las bayas color carmesí de la coscoja (mejor, del roble, diríamos nosotros), empleadas en la fabricación de un colorante rojo y que no son otra cosa que las hembras de cochinilla del género kermes que viven en el árbol y tienen el aspecto de pequeñas agallas. En III 7, 4-6 se nos habla de las varias agallas del roble. En IV 14, 10 se dice que los robles se ven, a veces, infestados de cínifes. Hoy diríamos que estos cínifes son los insectos que abandonan sus moradas que son las agallas o cínifes que van a producirlas. En III 8, 6 se nos dice que todas las especies de robles (y Teofrasto, en otros lugares, enumera por lo menos cuatro o cinco) producen agallas, pero que sólo el roble hēmerís produce agallas utilizables para el curtido de pieles y para el teñido de la lana. Sabido es que las agallas del Asia Menor y las de Grecia tenían ya aplicaciones médicas en tiempos de Hipócrates y Teofrasto. Éste, sobre todo, no deja de llamar la atención del lector sobre sus usos industriales, como acabamos de ver.
El libro de Teofrasto debió de colmar la curiosidad inquisidora de sus contemporáneos, porque, de un lado, es una enciclopedia botánica (repárese en que abarca el estudio de más de 500 especies indígenas y foráneas) y, de otro, aborda, a veces con morosa delectación, cuestiones de orden práctico relacionadas con la agricultura en todos sus aspectos: estudio del terreno, orientación del mismo, labores previas, estercolamiento, distintas clases de estiércol, selección de semillas, irrigación. Hay todo un tratado de arboricultura en el que se estudia la distinta naturaleza de los árboles cultivados y silvestres. Los métodos de propagación de los primeros, más importantes que los segundos por el valor económico y alimenticio de muchos de ellos, son objeto de estudio minucioso, en el que se trata, además, de los cuidados que el árbol necesita, una vez plantado: acollar, podar, escamondar, recolectar y trasportar el fruto. No falta en la obra un largo excurso sobre las enfermedades de los árboles, como la sofocación producida por el excesivo calor del sol, el helamiento por el rigor de las heladas, la exuberancia del follaje que ocasiona la pobreza de la fructificación, la podredumbre, el ataque de los insectos, como melolontas y ciervos volantes que se ceban, respectivamente, en las hojas y en los troncos viejos, la roña de la higuera, los caracoles, el arañuelo del olivo, la gangrena, injurias a las que hay que añadir las producidas por el hombre: mutilaciones, golpes, descortezamiento circular que impide a la savia ascender y provoca la muerte del árbol. En el apartado de los árboles son interesantes los capítulos relativos al estudio de las maderas. El autor distingue las maderas apropiadas a la construcción de casas de aquellas otras que, por ser poco vulnerables a la humedad, sirven para la construcción de naves. Hay maderas incorruptibles apropiadas para la fabricación de féretros, otras para muebles caseros como camas, otras para imágenes, etc. Interesante es el largo capítulo consagrado al estudio de los productos industriales y alimenticios que pueden obtenerse de las plantas, especialmente de los árboles, y de las técnicas empleadas en su obtención; en él se estudian diversas clases de sustancias aromáticas como el incienso, la casia, el bálsamo de la Meca, etc.
De las legumbres, verduras y cereales, así de invierno como de verano, se habla largamente. No escapan a la curiosidad del escritor cuestiones como la selección de la semilla, preparación del terreno, estercolamiento, labores posteriores, recolección, enfermedades, malas hierbas, como la cizaña de los cereales, aunque, bien mirado, la cizaña y el lino —según opinión de algunos, recogida por Teofrasto en VIII 7, 1— no son más que degeneración del trigo y de la cebada. Oigamos sus propias palabras: «dicen que el trigo y la cebada se transforman en cizaña y sobre todo el trigo, y que esto sucede durante las lluvias torrenciales y, especialmente, en terrenos muy húmedos y lluviosos... Esto es propio de estos cereales, pero también lo es del lino», aunque en VIII 8, 3 admite la posibilidad de que «la cizaña gusta grandemente de aparecer entre el trigo, como también las tamarillas del Ponto y la semilla de los guitarrillos».
No podemos extendernos aquí en la relación de todos los temas abordados, algunos con indudable acierto, por Teofrasto. Para facilitar al lector la tarea de encontrarlos, hemos puesto resúmenes a la cabeza de cada capítulo. No resistimos, sin embargo, al propósito de señalar algunas curiosidades expuestas sin pretensiones científicas, pero que revelan las dotes de observación de un escritor familiarizado con el espectáculo de la naturaleza. Nos referimos, por ejemplo, a su constatación del parasitismo vegetal, cuyas causas, naturalmente, ni él ni su maestro Aristóteles podían explicar. Se nos habla, por ejemplo, de la roya de los cereales, que él sabe que es una enfermedad producida, en ciertas condiciones de humedad, en el trigo y la cebada. Conoce también dos especies de lorantáceas o muérdagos, el uno parásito del roble y el otro de la coscoja. Los denomina con dos palabras distintas: al primero, que nosotros llamamos Loranthus europaeus Jacq., lo llama ixía , y al segundo, es decir, al Viscum album L., lo llama hýphear. Esta duplicidad de denominación revela que Teofrasto sabía distinguir perfectamente entre los dos muérdagos. Del muérdago se habla también en CP , constatando la existencia del fenómeno del parasitismo, pero sin comprender por qué, sin disponer de tierras, la planta crece vigorosa. Su maestro Aristóteles, en el libro IX de la HA , habla también del muérdago, pero, en la explicación del fenómeno, acude al cómodo expediente de la generación espontánea. Son dos actitudes distintas ante una realidad. La primera, ante la ausencia de una razón lógica, es una actitud expectante, la segunda es una actitud irracional.
