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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 205

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.

Según las normas de la B. C. G., la traducción de esta obra ha sido revisada por CONCEPCIÓN SERRANO AYBAR.

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1995.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO306

ISBN 9788424932350.

CARTAS


INTRODUCCIÓN

1.Breve recorrido por la epistolografía cristiana griega hasta Sinesio

En estas líneas nos limitaremos a repasar exclusivamente la producción cristiana griega en este género hasta enlazar con la figura de Sinesio, cuyo epistolario se convierte en un claro espejo donde vemos reflejadas sus inquietudes, privadas y oficiales (como en la correspondencia, sin ir más lejos, del emperador Juliano), la geografía y la historia de su entorno, las creencias filosóficas del neoplatónico y las religiosas del obispo, y muchas cosas más.

Debemos comenzar, en este campo que hemos deslindado, a partir de las cartas neotestamentarias: las trece paulinas (con inclusión de la dirigida a Tito y de las dos a Timoteo), la Epístola a los Hebreos y las siete llamadas «católicas» o «canónicas» (una de Santiago, dos de Pedro, tres de Juan y una de Judas). Contamos, luego, con las obras de este género (auténticas o atribuidas) de los Padres Apostólicos (Clemente, Ignacio, Bernabé y Policarpo) y, ya en el siglo IV, con las de Serapión, las de los grandes capadocios (Basilio y los dos Gregorios), Eusebio de Cesarea y Juan Crisóstomo1. Es la retórica aticista la que prima en toda esta producción y seguirá prevaleciendo posteriormente.

Así, y pasando por alto aquellos otros de cuyas cartas no conservamos nada o casi nada, llegamos a la ingente recopilación (de más de dos mil) de Isidoro de Pelusio y a los corpora, muy similares en número, de Sinesio y Teodoreto de Cirro (o Ciro), este último discípulo del pagano Libanio2, como también lo eran Teodoro de Mopsuestia y los ya mencionados Basilio el Grande, Juan Crisóstomo y Gregorio de Nacianzo, quien fue, por cierto, según parece, «el primer autor griego que publicó una colección de sus propias cartas»3.

2.El corpus sinesiano

«L’epistolario è certamente l’opera più suggestiva di Sinesio: per la varietà, l’immediatezza, l’eleganza»4. Estas palabras de A. Garzya, extraordinario conocedor y editor de la obra sinesiana, revelan bien a las claras la importancia de las ciento cincuenta y seis piezas5 de esta colección que nos ocupa.

No hace falta insistir en que el epistolario encierra un tesoro inapreciable de datos sobre la propia personalidad del obispo, sobre sus concepciones en materia de filosofía y religión, sobre las circunstancias históricas del Bajo Imperio y, en particular, de la Pentápolis líbica; en una palabra, sobre su vida.

Más de cuarenta son los destinatarios6; el más frecuente, su hermano y, diríamos, amigo íntimo, Evoptio. Casi las dos terceras partes del corpus tocan temas privados (la 56 y la 136, por ejemplo, son un reflejo de la decepción que le causó Atenas), aunque sus líneas de carácter particular se transforman a veces en una verdadera «carta abierta», como en el caso del riquísimo testimonio contenido en la 105, donde Sinesio expone con absoluta sinceridad su postura ante la elevación al episcopado (y cf. C. 11). Un número considerable de epístolas (41, 78, 122, 130, etc.) se reserva o alude a la transcendente cuestión de la lucha contra los bárbaros y otras a los asuntos eclesiásticos, incluidas entre ellos la primera excomunión formal de la historia de la iglesia (la del praeses Andronico en las Cartas 41 y 42) o sus palabras contra la herejía eunomiana o arriana (en la 4, 66 y 128). A todas éstas se añaden las que contienen variados y curiosos cuadros de la realidad cotidiana.

Su correspondencia se extiende desde la última década del siglo IV hasta el año presumible de su muerte, el 413. Es evidente que no fue nuestro autor el encargado de publicar sus cartas. Sólo la intervención de un editor póstumo7 explica ciertas incoherencias8 y la falta de un orden cronológico o de otro tipo9. Este editor sólo se habría preocupado de «respecter la version authentique»10, seleccionando de entre una colección más amplia11, recogida quizá dentro de ese diario privado que menciona el propio Sinesio12.

3.Su influencia

De la admiración que la posteridad sintió por «el encanto de sus cartas»13 hemos hablado en otro lugar. Por su estilo ático característico, por sus cualidades intelectuales y espirituales Sinesio se convirtió en una verdadera autoridad y, así, en época bizantina y postbizantina su obra y, en especial, su epistolario constituye todo un «best seller»14. Pruebas irrefutables de ello son el gran número de manuscritos15 conservados (doscientos sesenta y uno) y las abundantísimas citas de las Cartas que pueden leerse en más de cincuenta autores desde el siglo V al XVI. Nos limitaremos a nombrar a Juan Filópono, Hierocles, Páladas, Pablo Silenciario (estos dos últimos en la Antología Palatina), Proclo, Esteban de Bizancio, Nicetas Magistro, Teofilacto, Miguel Pselo (quien escribió, por cierto, más de quinientas cartas), Eustacio de Tesalónica, Miguel Itálico, Eustacio Macrembolites, Teodoro Pródromo, Juan Tzetzes, Nicéforo Grégoras, Jorge Lacapeno, Teodoro Metoquites y Tomás Magistro, entre otros muchos16. También es importante su presencia en la lexicografía (Hesiquio, Suidas, Etymologicum magnum, Zonaras, etc.) y, luego, en los humanistas, como Poliziano, Erasmo y Rabelais17.

Podríamos detenernos aún en los numerosos escolios existentes, históricos, geográficos, gramaticales, etc. (publicados por A. Garzya18), las glosas, las paráfrasis o los comentarios, testimonios seguros todos ellos de su influencia.

4.El texto de nuestra versión

Hemos seguido la edición (y la numeración de líneas) de A. GARZYA, Opere di Sinesio di Cirene. Epistole, Operette, Inni (Turín, 1989)19, que para las Cartas reproduce el texto de A. GARZYA, Synesii Cyrenensis Epistolae (Roma, 1979), cuyo aparato crítico manejamos. Traducimos también las indicaciones de lugar y fecha que, por lo general, encabezan las cartas.


BIBLIOGRAFÍA *

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1 Habría que añadir las apócrifas que conservamos: la Carta de los Apóstoles (s. II d. C.), la III a los Corintios (anterior al s. III), la Carta a los Laodicenses (anterior al s. IV) y la llamada Carta de Tito. No poseemos los originales griegos (aunque tampoco pueden asegurarse en todos los casos). La correspondencia entre Pablo y Séneca incluye ocho cartas de este último y seis del apóstol en respuesta, que fueron escritas en latín en el s. III o antes.

2 De quien conservamos, por cierto, más de mil seiscientas cartas.

3 Cf. QUASTEN, Patrología II, pág. 273. Incluso propone, en sus Cartas 51 y 54, cuatro características exigibles: brevedad, claridad, gracia y simplicidad.

4 Ed. GARZYA, 1989, pág. 13.

5 El mismo número para Migne, pero ciento cincuenta y nueve en la edición de Hercher, por incluir éste al final tres cartas apócrifas (aunque TERZAGHI defendía la autenticidad de la 159 en «L’Epistola 159 di Sinesio», Rendiconti Acc. Lincei 26 [1917], 624-633).

6 Cf. Índice I de destinatarios de las Cartas. Las cartas remitidas a Hipatia nos muestran a un Sinesio muy nostálgico de su etapa de estudios alejandrina y de las enseñanzas y compañía de su veneradísima maestra. Hipatia prácticamente aparece ya con esa aura legendaria, casi divina (cf., por ejemplo, C. 10, 11: «… tu alma divinísima…»), que la nimbará a partir del epigrama atribuido a Páladas [Antología Palatina IX 400; cf. RIST, «Hypatia», Phoenix 19 (1965), 214-225; y ed. GARZYA, 1989, pág. 9, n. 2] y, ya en los siglos XIX y XX, en Ch. KINGSLEY (Hypatia or New Foes with an Old Face), W. A. MEYER (Hypatia von Alexandria) y M. Luzzi (Libro di Ipazia). Contamos, además, con el reciente y original estudio de G. BERETTA, Ipazia d’Alessandria, Milán, 1993. No nos resistimos a incluir aquí unos brevísimos fragmentos del poema titulado La muerte de Hipatia de E. FERRARI (tomados de La ilustración española y americana, año XXXIII, núm. 1, Madrid, 8 de enero de 1889, págs. 11 y 14):

Entre aquel bullicioso clamoreo

De franca admiración que por doquiera

Resonando de Hipatia en la carrera

Síguela hasta las puertas del Museo…

Ven con ira y terror cómo á la magia

De aquella voz divina,

Eco de un mundo cuyo fin presagia,

La veleidosa turba alejandrina…

En tanto, grave, como nunca bella,

Ya en el lugar acostumbrado ocupa

Puesto eminente la gentil doncella,

Mientras en torno de ella

El haz de sus discípulos se agrupa…

También Castelar elogió a Hipatia en sus grandiosos discursos en el Ateneo.

7 «L’exécuter testamentaire de l’évèque», escribe LACOMBRADE (ed. Himnos, pág. XLIV). Cf. SEECK, «Studien zu Synesios», Philologus 52 (1893), 442-483.

8 Cf. Cartas 41, 63, 64, 82, 84-86, 119.

9 Sólo en las Cartas 137-146, dirigidas a Herculiano, observamos un cierto orden.

10 Cf. LACOMBRADE, loe. cit.

11 Cf. QUASTEN, Patrología II, pág. 120.

12 Las ephemerídes de la Carta 5, 259 y del tratado Sobre los sueños 153 a. Para la existencia de variantes de autor, cf. ed. GARZYA, 1989, pág. 60, n. 2.

13 Cf. nuestra Introducción general (II. SINESIO Y LA POSTERIDAD) en el tomo SINESIO DE CIRENE, Himnos. Tratados, Madrid, BCG, 1993.

14 Como se lo califica en ed. GARZYA, 1989, pág. 60.

15 Un completísimo estudio sobre el texto, códices y ediciones puede encontrarse en A. GARZYA, Synesii Cyrenensis, Epistolae, Roma, 1979. Hemos hecho un resumen en nuestra Introducción general (III.1.c) Cartas) en el tomo citado de la BCG.

16 Para un registro detallado de obras y autores, cf. A. GARZYA, ibid., págs. 319-330 (Index auctorum, qui Synesii Epistolas laudaverunt).

17 POLIZIANO, Cartas VI 50; ERASMO, Adagios 1599; RABELAIS, Pantagruel IV 32 (en SINESIO, Cartas 1, 15 s.; 3, 22).

18 Cf. ed. GARZYA, 1989, pág. 63, nn. 2-4.

19 Incluimos en la bibliografía la reciente edición (con traducción y comentario) de los Himnos (1991) de GRUBER y STROHM (Reseñas: J. G. MONTES CALA, Emerita 62 (1994), 359-361; F. A. GARCÍA ROMERO, Habis 26 (1995), 331-333).


* Ampliación de la que se incluye en el tomo SINESIO DE CIRENE, Himnos. Tratados, Madrid, BCG, 1993.

1

A NICANDRO

Desde Cirene a Constantinopla

Como a hijos engendré yo mis libros1: unos nacieron de la venerabilísima filosofía y de la que habita en el mismo templo que ella, la poesía2; otros, de la retórica popular3. Pero cualquiera podría reconocer que todos tienen un solo padre, que unas veces se inclina a lo serio y, otras, a lo placentero. A qué grupo pertenece el presente libro4 lo revelará [5] su argumento. Por mi parte goza de un cariño tan especial que con muchísimo gusto lo incluiría en lo filosófico y lo aceptaría entre mis legítimos descendientes. Pero esto se niegan a permitirlo incluso las leyes del estado, pues son [10] acérrimas protectoras de la nobleza de nacimiento. Posee, aun así, todas las ventajas que yo haya podido concederle a escondidas y le he aportado mucho de seriedad.

Pues bien, si te parece, dales a conocer el libro a los griegos y, en el caso de que voten en su contra, devuélvelo al [15] remitente. Pues aseguran que las monas, cuando han parido, fijan la vista en sus crías como en estatuas, admiradas de su hermosura —tan amantes de sus hijos son por naturaleza—, mientras que a las crías de las demás las ven como lo que son, monitos5. A otros, entonces, se les debe encomendar el que enjuicien nuestras producciones, pues la benevolencia tiene una prodigiosa capacidad para amañar los votos6. Por [20] eso, Lisipo le enseñaba a Apeles7 sus obras y Apeles a Lisipo.

2

A JUAN8

La mayor liberación de los temores consiste en temer las leyes; tú, sin embargo, siempre te has avergonzado de parecer temeroso de ellas. En consecuencia, ten miedo de tus enemigos y, junto con ellos, de los jueces, siempre que éstos no obren furtivamente9. Y, aun cuando así obren, deberás mostrarte no menos precavido, no vayas a ser tú el que más pague; [5] pues resulta que están defendiendo las leyes incluso cuando aceptan a los corruptores10.

3

A SU HERMANO EVOPTIO11

Dos días después del entierro de Esquines vino por primera vez su sobrina a visitar la tumba —pues no es costumbre, creo, que las novias ya prometidas salgan para un funeral12—, pero, incluso en esa ocasión, con un vestido púrpura, una mantellina transparente y adornos de oro y piedras preciosas que colgaban alrededor, a fin de no constituir [5] un fatídico presagio para su prometido. Pues bien, sentada en una silla de manos con cojines a uno y otro lado para apoyar la cabeza y, según dicen, patas plateadas, no hacía sino quejarse de la inoportunidad de aquel azar, con la idea fija de que aquél debería haberse muerto o antes aún o ya después de su boda, y se enojaba con nosotros por la desgracia que sufríamos. Así que esperó apenas una semana, [10] hasta el día en que celebramos el banquete fúnebre13, se montó con esa vieja chicharra, nodriza suya, en un carro tirado por mulos y, a media mañana14, marchó pomposa con todos sus atavíos en dirección a Teuquira15 con la intención, sin duda, de venir de regreso una semana después [15] cubierta con cintas y una corona mural, como Cíbele16.

Y no es que estas cosas nos ofendan, salvo el hecho muy claro de que tenemos unos parientes demasiados faltos de tacto. El ofendido es Harmonio, el padre del «guardián de la puerta», como diría Safo17, un hombre que fue, por lo [20] demás, sensato y modesto en su vida, pero sin dejar nunca de competir en nobleza con Cécrope18. A la nieta de aquél, un varón, como él era, superior a Cécrope, la entregó Herodes, tío y guardián suyo, a Sosias y Tibios19, a menos que no tengan razón quienes nos encarecen al novio con respecto a su filiación materna, asignándole una genealogía proveniente de la famosa Lais. Lais —ya lo refirió un historiador20— era [25] una esclava hicaria comprada en Sicilia y de ella descendía esa madre de bellos hijos21, la progenitora de nuestro celebrado novio. Ella, tiempo atrás, fue concubina de un armador, que era su amo; luego de un rétor, también amo suyo; en tercer lugar, después de éstos, de un compañero de esclavitud, tanto a escondidas de la ciudad, como, posteriormente, [30] coram populo, y fue una eminencia en ese arte. Cuando por culpa de sus fofas arrugas dejó el oficio, instruía a las jóvenes y se las presentaba, en vez de sí misma, a los forasteros. Su hijo, en efecto, el orador, asegura que está exento de la imposición legal de mantener a su madre prostituta como es. ¡Déjate de leyes! Que para quienes han nacido así la madre está a la vista; es el otro progenitor el que se presta a discusión. Por eso, todo aquello a lo que [35] para con ambos están obligados los nacidos legítimamente, se lo deberían hacer llegar a sus madres los hijos sin padre conocido.

4

A LOS SACERDOTES

A los sacerdotes de la Pentápolis. Desde Ptolemaida. Contemporánea de la C. 44

«Mejor es confiar en el Señor que confiar en un hombre»22. Oigo decir23, sin embargo, que los secuaces de la impiadosísima herejía de Eunomio, poniendo por delante a uno de nombre Quintiano y ese valimiento en la corte24 que [5] ellos tanto repiten, están de nuevo amancillando a la Iglesia y que algunos falsos maestros25 les están tendiendo un lazo a las almas de los demasiado inocentes: para inducirlos a esto mismo han arribado hace poco los emisarios de Quintiano. Su litigación, en efecto, no es sino un disfraz de su impiedad, o, más bien, una lucha en pro de la impiedad. Así que, estos presbíteros espurios, recién llegados apóstoles [10] que son del diablo y de Quintiano, no vayan a saltar, sin darnos cuenta, sobre el rebaño que pastoreáis ni, sin daros cuenta, vayan a sembrar cizaña en medio del trigo26. A la vista de todos están sus guaridas. Sabéis qué campos podrían acogerlos. Sabéis qué casas tienen abiertas estos bandidos. Perseguid a estos ladrones husmeando su rastro, sed celosos [15] de esa bendición mosaica27 con la que fueron bendecidos los hombres que movieron su corazón y sus brazos para avanzar en formación contra los impíos. Conviene, hermanos, que os diga esto: que lo bueno se haga bien, que se suprima la rivalidad por el lucro, que de todo lo que se emprenda sea Dios el motivo. No deben ser los mismos los cimientos de la [20] virtud y el vicio. En pos de la piedad es la carrera, por las almas28 hay que luchar, para que de ninguna sea despojada la Iglesia, cosa ésta que ya se ha hecho costumbre. El que, estando al frente de la Iglesia, engrose su bolsillo y el que, bajo la apariencia de ser útil en situaciones que exigen medidas drásticas, se procure valimientos, ése es al que [25] nosotros expulsamos de la comunidad cristiana. No hizo Dios imperfecta la virtud. No necesita ella aliarse con el vicio. A Dios no le faltarán soldados idóneos para las iglesias. Encontrará aliados que aquí no tendrán paga, pero que en el cielo recibirán su paga completa: sois vosotros. Bien está tanto unirse en oración con quienes van por el camino recto como imprecar a los transgresores. Así pues, quien flaquee [30] y se rinda traidoramente y quien salga a la confrontación pero con vistas a apoderarse de algo ajeno, que no quede sin culpa ante Dios. Una sola cosa trasladad al centro de vuestra atención: a esos banqueros perversos que falsifican el dogma divino como si fuera moneda, sacadlos a la luz. Dejadles claro a todos quiénes son. Y, luego, con tal descrédito, que [35] salgan de las fronteras de Ptolemaida, llevándose intacto29 todo lo que con ellos ha venido.

El que obre en contra de esto sea maldito ante Dios. Quien vea una reunión impía y haga la vista gorda o quien oiga y haga oídos sordos o quien con afán de lucro se deje [40] corromper por aquéllos, a ésos nosotros ordenamos que se les trate como a los amalecitas30, cuyos despojos no era lícito traerse. De quien los cogió, Dios dice: «Me pesa haber hecho rey a Saúl»31. Que respecto a vosotros, en cambio, no tenga nada de lo que apesadumbrarse; al contrario, que sin ningún pesar32 Dios se preocupe de vosotros y vosotros os preocupéis de Dios.

5

A SU HERMANO

Desde el puerto Azario a Alejandría, 28 de enero o mayo del 402

Zarpamos del Bendideo33 antes del amanecer y casi a medio día pasamos de largo el Mírmex de Faros34, después de que nuestra nave encallara dos o tres veces en el fondo del puerto. Ya desde el primer momento, pues, esto parecía un mal augurio y hubiera sido prudente desembarcar de una nave a la que, desde su misma arrancada, no favorecía la [5] buena suerte, pero sentimos vergüenza de que por vuestra parte se nos acusara de cobardía y, por eso, «ya no era posible en modo alguno ni retroceder por miedo ni retirarse»35. Así que, en el caso de que algo nos ocurra, pereceremos por culpa vuestra. Y, sin embargo, ¿tan terrible hubiera sido que vosotros os rierais mientras nosotros quedábamos fuera de peligro? Pero, en Epimeteo —dicen—

previsión no había, arrepentimiento es lo que sí había36 [10]

como en nosotros. Y es que entonces se nos hubiera permitido salvarnos; ahora, en cambio, «lloramos a coro»37 en playas desiertas, mirando, en lo posible, hacia Alejandría y hacia nuestra madre, Cirene: una de ellas la teníamos y la abandonamos; la otra no podemos encontrarla, tras haber visto y sufrido lo que «ni siquiera en sueños»38 hubiéramos esperado. [15]

Para que no te pases todo el tiempo divirtiéndote, escucha, pues, primero, cuál era la situación en lo relativo a los tripulantes. El patrón deseaba morirse, de endeudado que estaba. De los doce marineros allí presentes —eran trece con [20] el piloto—, más de la mitad y también el piloto eran judíos, pueblo desleal a cualquier pacto39 y convencido de estar obrando piadosamente cada vez que causan la muerte del mayor número de griegos posible. El resto era una chusma de campesinos que el año pasado aún no habían cogido un remo. Éstos y aquéllos tenían algo en común: el estar totalmente lisiados al menos en una parte de su cuerpo. Y, por eso, cuando ningún peligro nos amenazaba, todos hacían [25] chistes y se llamaban unos a otros no por sus nombres sino por sus taras: el cojo, el hernioso, el manco, el bizco. Cada cual tenía una señal distintiva, cosa que nos proporcionaba no poca «diversión». Pero en los momentos de apuro ya no reíamos sino que nos lamentábamos por esos mismos motivos, [30] siendo como éramos más de cincuenta pasajeros, la tercera parte aproximadamente mujeres, en su mayoría jóvenes y de hermoso aspecto. Pero no nos envidies, pues nos separaba cual muro una cortina, y muy recia que era: un trozo de vela desgarrado no hacía mucho, toda una «muralla» de Semíramis40 para hombres de templanza. Quizá hasta Príapo41 se hubiera templado al navegar con Amaranto42, [35] puesto que no había ocasión en la que nos dejara librarnos del temor al peligro supremo. Él, en primer lugar, una vez que doblamos el emplazamiento de vuestro santuario de Posidón43, arrancó a toda vela con el propósito de navegar en dirección a Tafosiris44 y de desafiar a Escila45, ésa que en [40] las composiciones escolares es objeto de aversión. Pero, al comprenderlo nosotros, comenzamos a prorrumpir en gritos y él desistió de emprender aquel combate naval contra los escollos, aunque a la fuerza y de mala gana y no antes de que ya nos encontráramos al mismo borde del peligro.

Entonces dio la vuelta, como por un repentino cambio de opinión, y se lanzó hacia alta mar, exponiéndose, mientras pudo hacerlo, al embate de las olas. Pero, luego, vino a [45] coadyuvar un impetuoso viento del sur, con el que pronto perdimos de vista la tierra y también pronto nos encontramos entre esos cargueros de dos mástiles46 que no tienen ninguna necesidad de nuestra parte de Libia sino que navegan por otra ruta. Y, como nosotros nos quejábamos y llevábamos muy a mal el estar tan alejados de tierra, Amaranto, cual nuevo Jápeto47, de pie en el puente profería, al modo trágico, [50] las más violentas imprecaciones. «¡No, no volaremos! —decía—, pero, ¿cómo podría alguien manejarse con vosotros, que desconfiáis tanto del mar como de la tierra?» «Si con éstos ese alguien supiera manejarse bien, ¡Amaranto, el perfecto! —le replicaba yo—, no habría desconfianza. Ninguna [55] falta nos hacía Tafosiris, ‘vivir sí que nos hacía falta’48. Y, ahora —le seguía diciendo—, ¿qué falta nos hace ir por alta mar? ¡Venga! Naveguemos en dirección a la Pentápolis, alejándonos de tierra sólo moderadamente, a fin de que, si topamos con alguna adversidad, lo que es, por cierto, propio del mar —y, por supuesto, imprevisible, como también decís [60] vosotros—, algún puerto cercano pueda acogernos». Pero no lograba convencerlo con estas palabras; el maldito se hacía el sordo. Y fue así hasta que saltó un fuerte viento del norte que, levantando un oleaje alto y quebrado, se abatió sobre la vela hinchándola en sentido inverso: de convexa que estaba la puso cóncava y la nave llegó a empopar casi hasta voltearse.

[65] Pues bien, a duras penas la enderezamos y Amaranto con un quejido grave exclamó: «¡Esto es dominar el arte de la navegación49!». Y es que él, según dijo, desde mucho antes estaba a la espera de recibir el viento de esa parte y de ahí que navegara por alta mar. Y añadió que en aquel momento ya sólo quedaba avanzar con rumbo oblicuo50, porque la distancia a la que nos encontrábamos nos daba la posibilidad [70] de prolongar la travesía; y que ésa de entonces no sería nuestra ruta de haber hecho una navegación de cabotaje, pues habríamos fracasado contra la costa. Y nosotros aceptamos sus palabras mientras fue de día y no hubo peligro. Pero sí comenzó a haberlo con la llegada de la noche, a medida que el oleaje iba haciéndose cada vez mayor.

Pues bien, aquel día era para los judíos paresceve51. Consideran éstos como un todo esa noche y el día siguiente, [75] durante el cual no se le permite a nadie poner mano en ningún trabajo, y es que, para darle especial realce a la jornada, la dedican al descanso. Así pues, el piloto quitó las manos del timón en cuanto se imaginó que el sol había abandonado la tierra y, echándose en la cubierta,

se dejaba pisotear por cualquier marinero52. [80]

Nosotros no nos percatamos al momento de la causa real de aquello y, creyendo que el hecho era un signo de desánimo, nos acercamos y nos pusimos a instarle a que no perdiera aún la última esperanza. Pero la verdad era que, en efecto, las olas, como triplicadas, se nos venían encima, al tiempo que el mar se rebelaba contra sí mismo. Tal ocurre siempre [85] que, al amainar el viento, no cesan a la vez las olas por él provocadas, sino que, con aquel preludio53 de su agitación poco a poco fortalecido, se enfrentan a la pujanza del soplo y contrarrestan sus embates (y tenía necesidad de emplear términos pomposos para que males tan grandes no quedaran expuestos de una manera demasiado fútil). Para los que [90] navegan, pues, en tales circunstancias, «la vida —dicen— pende de un hilo fino»54. Y si, por añadidura, el piloto era doctor de la ley55, ¿cómo podía uno sentirse? Así que, cuando comprendimos la razón de su abandono del gobernalle (en efecto, mientras nosotros le pedíamos que salvara la nave «dentro de sus posibilidades»56, él continuaba leyendo el libro), desistimos de la persuasión para recurrir ya a la [95] fuerza. Incluso un soldado bizarro (pues navegaban con nosotros bastantes árabes del escuadrón de caballería) desenvainó la espada y amenazó al sujeto con cortarle la cabeza si no volvía a hacerse cargo del barco. Pero aquel auténtico [100] Macabeo57 era capaz de mantenerse firme en sus creencias. Y ya a media noche él mismo se persuade a colocarse en su puesto. «Ahora es el momento —decía— en el que la ley lo permite, porque ahora está claro que el peligro lo corremos ‘por nuestra vida’58». En esto se levanta de nuevo un tumulto: clamor de hombres, ulular de mujeres; todos invocaban a la [105] divinidad, gritaban y se acordaban de los seres más queridos. Sólo Amaranto se mostraba animoso, en la idea de que muy pronto daría carpetazo a lo de sus acreedores. A mí, en ese trance (te lo juro por la divinidad a la que venera la filosofía), me inquietaba el que pudiera ser verdad aquello de Homero: que la muerte bajo el agua acarrea la aniquilación también de la propia alma. Pues hay un verso de sus poemas en el que dice:

Y quedó Áyax aniquilado al tragar el agua salobre59, [110]

suponiendo así que la muerte en el mar es el aniquilamiento más absoluto. Y de ningún otro afirma que fuera aniquilado, sino que todo aquél que muere «marchó al Hades»60. Por eso, en las dos Evocaciones de los muertos61 tampoco se ha introducido a Áyax el menor en ningún momento de la acción, por el hecho de no estar su alma en el Hades. Incluso [115] Aquiles, el más animoso de los hombres y el más amigo del peligro, se acobarda ante la muerte en el agua y llega a llamarla «calamitosa»62.

Mientras les doy vueltas a estos pensamientos, veo que todos los militares han desenvainado las espadas y, al preguntarles el motivo, me enteré de que, según ellos, es hermoso [120] exhalar el alma cuando todavía están al aire libre sobre el puente, y no con la boca abierta contra el oleaje. Consideré yo que éstos eran homéridas63 de pura cepa y aprobé su parecer. Luego, alguien proclama que quienes tengan objetos de oro se los cuelguen; y quienes tenían se los iban colgando, tanto los objetos de oro como cualquier cosa de valor semejante. [125]Las mujeres se ataviaban ellas mismas y repartían cordones entre los que carecían de ellos. Es cosa bien sabida que esto se hace de antiguo y su sentido es el siguiente: el muerto en un naufragio debe llevar encima el precio de su entierro. Por supuesto, quien lo encuentre y se lucre habrá de sentir un miedo reverencial ante las leyes de Adrastea64 por no reservarle una pequeña parte a quien tanto le ha favorecido.

[130] Y en eso estaban mientras yo, sentándome a un lado, me puse a llorar por la sufrida bolsa de dinero que me confió mi huésped65; y no lo hacía, bien lo sabe el Hospitalario66, porque fuera ya a morir, sino porque pudiera verse privado de sus riquezas aquel tracio ante quien yo, aun después de muerto, me hubiera debido avergonzar. Sin duda que entonces era una ganancia sucumbir, sucumbir con todos y con [135] todos escapar, así, de la conciencia. Aquello por lo que el peligro estaba pisándonos los talones no era otra cosa sino el hecho de que la nave se movía a velas desplegadas: no nos era posible acortarlas y, después de haberlo intentado muchas veces con las drizas, hubimos de renunciar porque éstas se quedaban enganchadas en las armellas. Además, si salíamos vivos del oleaje, otro miedo no menor fondeaba en nosotros67: [140] el de aproximarnos a tierra de noche en las condiciones en las que estábamos.

Pero llega el día y vemos el sol, tan grato para nosotros como no sé si alguna otra vez lo ha sido; el viento se hizo más suave al aumentar el calor y, a medida que el rocío iba desapareciendo, se nos permitía usar las drizas y manejar la vela. Desde luego, cambiar la vela por otra de respuesto no podíamos (pues la habían empeñado), sino que la reparamos [145] como si se tratara de las arrugas de una túnica y, antes de cuatro horas, nosotros, que habíamos esperado la muerte, estábamos desembarcando en un paraje remoto desierto del todo, que no tenía cerca ni ciudad ni labrantíos (la distancia a ellos era de unos ciento treinta estadios). La nave, en efecto, [150] como aquel lugar no era un puerto, permanecía balanceándose en alta mar con una sola ancla, pues la otra68 la había vendido Amaranto y no había comprado una tercera. Nosotros, en cuanto tocamos la queridísima tierra firme, nos pusimos a abrazarla, como si fuera la viva imagen de nuestra madre, y, al ofrecer, como de costumbre, el sacrificio de nuestros himnos69 de acción de gracias a la divinidad, añadimos [155] en ellos también lo de nuestra reciente peripecia, de la que, de forma inesperada, salimos sanos y salvos. Después, durante dos días, aguardamos a que el piélago depusiera su furia y, dado que era imposible coger un camino en razón de que no se veía a ningún hombre, nos atrevimos a echarnos de nuevo al mar. Levamos anclas nada más rayar el alba y [160] fuimos navegando viento en popa todo aquel día y el siguiente. Cuando ya éste declinaba, nos abandonó el vahaje y nos afligimos. ¡Pero luego íbamos a añorar aquella calma chicha!

Pues bien, era el día decimotercero de la luna menguante70 y se cernía sobre nosotros un peligro tamaño, porque estaba a punto de coincidir la conjunción del sol y la luna71 [165] con la aparición de la renombrada Osa Mayor72, a la que ningún navegante —aseguran— se ha atrevido a desafiar. Y, aunque debimos permanecer resguardados en un puerto, inadvertidamente nos lanzamos otra vez al mar. Comenzó la perturbación con vientos del norte y fue mucho lo que llovió durante aquella noche del novilunio73. Luego iban destemplándose [170] los vientos y el mar se había revuelto. Nuestra situación era la lógica en tales circunstancias, dicho sea para no referir dos veces los mismos desastres. Y, estando así, vino a sernos provechosa la propia magnitud del temporal. La entena crujía y nosotros pensábamos hacernos con el navío tensando los estayes74, cuando aquélla se partió por la mitad y estuvo a punto de matarnos a todos; pero, como no nos mató, lo que hizo fue, precisamente, salvarnos, y es que [175] de otra forma no hubiera sido posible soportar la fuerza del viento. De nuevo estaba la vela sin control y no era fácil amainarla. Pues bien, así, tras zafarnos, sin haberlo supuesto, de la desmesurada violencia de aquel embate, navegamos todo el día siguiente y toda la noche y, en su transcurso, a la hora ya del segundo canto del gallo, por poco chocamos, sin [180] darnos cuenta, con una punta rocosa que sobresalía de tierra como una pequeña península. Hubo un grito al avisar alguien que nos acercábamos a tierra y se levantó un vocerío enorme y de lo más disonante, mientras los marineros se mostraban preocupados y nosotros, en nuestra inexperiencia, tocábamos las palmas y nos abrazábamos, sin saber cómo controlar aquella inmensa alegría. Podría decirse que ése [185] era el peligro mayor de todos los que nos rodeaban.

Al clarear ya el día, nos hace señas un fulano vestido a la usanza de la región, indicándonos con la mano los lugares peligrosos y aquellos otros de los que había que fiarse. Y, al final, se llegó a nosotros, solo, en una chalupa de dos remos, la ató al barco y tomó el gobernalle (el sirio75 le cedió el [190] puesto gustoso). Recorrió no más de cincuenta estadios, fondeó la nave en un puertecito encantador (Azario76, creo, lo llaman) y nos hizo desembarcar en la orilla entre nuestras aclamaciones de «salvador» y «genio tutelar»77. Poco después trajo hasta allí otro navío y, luego, otro y, antes del atardecer, [195] fueron cinco los cargueros salvados por aquel sublime anciano que se dedicaba a todo lo contrario de Nauplio78 (pues no acogió éste, precisamente, de la misma manera a quienes escaparon de la tempestad). A la mañana siguiente otros arribaron, algunos de los cuales habían partido de Alejandría [200] un día antes que nosotros, y éramos entonces una flota completa en un pequeño astillero.

Y, cuando ya se nos agotaron los víveres (pues, como no estábamos acostumbrados a tales infortunios ni esperábamos sobrepasar la duración prevista de la travesía, cargamos sólo unas provisiones moderadas y, además, las administramos sin la debida moderación), fue también el anciano [205] quien puso el remedio, no porque nos diera nada (que no se asemejaba en absoluto a un pudiente), sino porque nos indicó unas rocas en las que nos dijo que estaban escondidos el alimento y la comida de cada día para todos aquéllos dispuestos a esforzarse. Dese ese momento y durante siete día estuvimos viviendo de la pesca: los adultos capturaban morenas y langostas muy grandes; los muchachos eran felices [210] con coger gobios y julias; el monje romano79 y yo tomábamos fuerza a base de lapas (la lapa es un molusco de concha cóncava que, cuando se agarra a una roca, queda firmemente adherido).

Así pues, al principio vivíamos mal que bien de estas capturas porque cada uno se guardaba lo que conseguía, sin que nadie le diera nada a nadie. Pero, luego, todos nadamos en la abundancia por el siguiente motivo. Fue cosa de mujeres [215] con mujeres: las libias habrían estado dispuestas sin duda a ofrecerles a las que navegaban con nosotros hasta «leche de pájaro»80. Les ofrecían cuanto les proporcionaba el aire y la tierra: queso, harina, tortas de cebada, carne de cordero, gallinas y huevos. Una llegó a dar ya incluso una avutarda, ave extraordinariamente sabrosa: un campesino, al verla, [220] diría que es un pavo. Aquéllas transportaban a la nave sus regalos y las nuestras los aceptaban para compartirlos después con quienes se los pedían. Otros nos regalaban ya parte de sus capturas y venía uno tras otro (un niño y detrás un adulto y, luego, un adulto y detrás un niño) a traernos siempre un obsequio: uno un pescadito enganchado en el anzuelo y otro cualquier otra cosa, pero, eso sí, exquisita, de [225] entre todo lo que proporcionaban aquellas rocas. Lo cierto es que a mí no me gustaba recibir regalos de las mujeres, y eso lo hacía por ti81, para que por mi parte no hubiera ningún trato con ellas y no me viera más tarde en el aprieto de tener que afirmar lo contrario cuando me fuera preciso negarlo bajo juramento. Pues, ¿qué obstáculo había para el desenfreno con todos aquellos recursos? ¡Tantos y de tantos [230] sitios nos llovían!

Esta benevolencia que los lugareños muestran hacia los huéspedes, tú, seguramente, la atribuirás a su virtud, pero el asunto es muy otro y merece que se explique, dado que ahora se nos presenta la oportunidad. La cólera de Afrodita, a lo que puede conjeturarse, hace presa en esta región: su desgracia es algo así como la de las lemnias82. Y es que tienen ellas los senos de un tamaño muy por encima de lo [235] normal y su pecho es desproporcionado, de tal manera que se echan las mamas a la espalda y sus recién nacidos, mientras chupan, no están en brazos sino en los hombros. Acaso se podría decir que Amón y la tierra de Amón no es mejor criadora de ganado que de niños y que la naturaleza les ha concedido, lo mismo a los seres humanos que a las bestias, [240] manantiales de leche más copiosos y exuberantes y que, para ello, se necesitan ubres y cavidades también más exuberantes. Lo cierto es que, al enterarse por medio de quienes han mantenido contacto con gente de allende sus fronteras, de que no todas las mujeres son así, no lo creen y, en cuanto tienen a mano a una extranjera, le prodigan su benevolencia y no paran hasta hacerle un examen minucioso de la parte [245] del pecho. La que ha podido verlo lo cuenta y se llaman unas a otras como los Cícones83. Concurren ellas para contemplar el espectáculo y con ese fin traen los regalos. Con nosotros estaba una pequeña esclava de las del Ponto, en la que arte y naturaleza se aunaron para mostrar un talle más recortado que el de una hormiga. A su alrededor se concentraba [250] todo el interés y era ella la que mayores ganancias conseguía de manos de las mujeres. Tres días antes habían mandado a buscarla, una detrás de otra, las señoras ricas de los campos vecinos. ¡Era tan sumamente fresca que incluso se desnudaba!

Para ti este drama, convertido en cómico de trágico que era: así nos lo aparejó la divinidad y yo te lo he descrito en [255] estas líneas. Ya sé que me he extendido en la carta más de lo normal, pero me pasa lo mismo cuando estoy junto a ti en persona que cuando te escribo: que no me harto. Y, además, como ya no tengo la esperanza de poder conversar contigo, ahora que se me permite, me dejo llevar84. Pero, también, de incluir la carta en mi diario85, en el que pongo todo mi interés, podría disponer de unas memorias que abarcan un [260] buen número de días.

Adiós. Mis mejores deseos para tu hijo Dióscoro junto con su madre y su abuela, a las que amo y cuento entre mis hermanas. Saluda cariñosamente a la muy venerable filósofa86, la predilecta de la divinidad, y a ese feliz corrillo que disfruta de su divina voz y, más que a nadie, al santísimo [265] padre Teotecno y a mi compañero Atanasio87. A Gayo, el más íntimo de mis amigos, sé bien que lo tienes en tanta consideración como yo y que lo cuentas entre nuestros parientes. Recuerdos para el admirable gramático Teodosio, quien, por cierto, me ocultó que era adivino (pues me pronosticó lo que me iba a pasar y declinó el propósito de [270] acompañarme en el viaje), pero yo lo amo y lo saludo también. Y tú, ¡no vayas a navegar nunca! Y, si alguna vez te es absolutamente necesario, ¡no lo hagas a final de mes!

6

A ANISIO88

Desde Ptolemaida, a comienzos del 411. Anterior a la C. 14

Carnas todavía sigue dando largas y ni voluntariamente ni a la fuerza retorna a la justicia. Es preciso que venga para que veamos qué dice y con qué ojos nos mira a la cara a nosotros, después de haber considerado digno comprarnos, aun contra nuestra voluntad, un caballo que él mismo nos [5] ha robado, para no ser —decía— un soldado sin caballo.

Nos está ofreciendo muy poco dinero y, si no se lo vendemos, no nos lo cede89; al contrario, él cree que, con toda justicia, el caballo es de su propiedad. Y eso sin ser Agatocles o Dionisio90, a quienes el régimen tiránico permitía ser tan sumamente malvados, sino sólo Carnas el cafarodita, [10] a quien no es difícil llevar a los tribunales. Así pues, si acaso lo conducen a tu presencia, que no deje yo de saberlo, para que pueda hacer venir de Cirene a quienes testifiquen contra él en persona.

7

A TEODORO Y A SU HERMANA91

A Teodoro (¿?), esposo de su hermana, y a su hermana (¿Estratonice?). A Constantinopla (¿?)

¿Os imagináis cómo «me ha roído el corazón»92 la noticia que se ha propagado por la ciudad acerca de que estabas luchando contra una oftalmía aguda y más que aguda, que amenazaba con poner en peligro tu vista? Luego esa noticia se ha demostrado que era falsa. Supongo que ha sido un fulano cualquiera, el muy miserable, quien ha tomado como [5] pretexto la palabra oftalmía para extender el rumor, haciéndolo cada vez mayor, y darle tintes trágicos. ¡Así se vuelvan contra él los embustes que ha inventado contra vosotros! Hay que agradecer a Dios el que nos haya permitido oír mejores nuevas. Pero lo que es menester es que, de todo lo vuestro, no nos enteremos, como suele decirse, por las señales de los astros93 ni nos informemos por lo que cuentan los [10] rumores; lo mejor, por el contrario, sería teneros a nuestro lado y, si no, leer vuestras cartas y saber de vosotros por vosotros mismos. Pero no os preocupéis de nosotros demasiado, quizá sea eso lo que Dios quiere.

8

A SU HERMANO

Desde Ptolemaida, después de la Pascua del 411

No me dirás que te pasó desapercibida la llegada del portador de la carta de la festividad pascual94. Más bien lo viste pero has hecho la vista gorda y no te pareció que valiera la pena acordarte de tu hermano y despacharle una carta que le informara de cómo te va y en qué situación [5] estás. Y es que para mí saber de ti no es algo que me sea indiferente, pues, como en todo lo mío no hallo más que tristeza95, querría al menos alegrarme con lo tuyo. Pero hasta ese consuelo me has quitado. Y no habrías debido hacerlo. Pues, aun en el caso de que no hubiéramos nacido de los mismos padres, ¿no han sido comunes nuestra crianza y [10] educación? ¿Y qué es lo que no hemos tenido en común? Todo en todo nos ha unido íntimamente al uno con el otro. Pero, como suele decirse, la malandanza es cosa terrible y, cuando a uno le llegan tiempos difíciles, entonces se ponen a prueba, aparte de todo lo demás, también los sentimientos de los hermanos y amigos96. Lo que es a mí me bastará con tener noticias tuyas por medio de otros. Que Dios sólo te dispense cosas buenas, que eso es lo que deseo oír acerca [15] de ti.

9

AL ARZOBISPO TEÓFILO

Desde Ptolemaida a Alejandría, en el 411-412

¡Ojalá te aguarde una vejez larga y radiante!97 ¡Oh tú, el más santo y sabio! Pues para mí sería una ganancia el que te mantuvieras vivo, entre otras razones, principalmente, porque resulta una grandísima contribución a la doctrina de Cristo ese número de hojas pascuales tuyas que se incrementa con los años98. Así, el escrito enviado en esta ocasión ha sido [5] para nuestras ciudades tan ameno como provechoso: esto por la gravedad de los pensamientos, aquello por la donosura del lenguaje.

10

A LA FILÓSOFA HIPATIA99

Desde Ptolemaida a Alejandría, a comienzos del 413. Contemporánea de la C. 16

A ti100, querida señora, te saludo cariñosamente y, por medio de ti, a mis queridísimos compañeros. Hace tiempo ya os habría reprochado esta situación de que yo no merezca que me escribáis unas letras, pero ahora sé que todos vosotros habéis apartado de mí vuestra mirada no por cometer yo ninguna falta sino por sufrir tantos infortunios como es [5] capaz de sufrir un hombre. Sin embargo, si pudiera leer vuestras cartas y enterarme de qué vida lleváis (sin duda estáis mejor y disfrutáis de una suerte más favorable), lo pasaría mal sólo a medias, ya que en vosotros cifraría yo mi dicha. Pero, lo que es ahora, esto de no recibir noticias vuestras es también uno de los pesares que me atenazan. He perdido a mis hijos101 y a mis amigos y la benevolencia de parte de todos y, lo que es lo más importante, tu alma divinísima, lo único que yo esperé que se me mantuviera firme para superar los «varapalos»102 de la fortuna y los embates del destino.

11

A LOS SACERDOTES

A los sacerdotes de la Pentápolis. Desde Ptolemaida, a comienzos del 411. Algo posterior a la C. 96

Ni anteriormente quedé yo por encima de vosotros rechazando con todas mis fuerzas y recursos este sagrado cargo103, ni ahora vosotros habéis prevalecido sobre mí. Más bien era cosa de la providencia el «aún no» de entonces y el «ya sí» de ahora. Yo, con todo, habría preferido mil veces la muerte antes que aceptar este ministerio, pues consideraba [5] que la dignidad de la tarea excedía mis posibilidades. Pero, como Dios me impuso no lo que yo le pedía sino lo que él deseaba, le ruego que, siendo como ha sido el pastor de mi vida, sea también patrono de este deber que se me ha asignado. Y es que yo, que dediqué mi juventud al ocio104 adepto de la filosofía y a la contemplación105, ajena a toda actividad práctica, de los seres abstractos, y que sólo me vi envuelto en preocupaciones en tanto en cuanto consagré [10] una mínima atención a esta vida corporal y al hecho de ser ciudadano de esta ciudad, ¿cómo me bastaré para afrontar desasosiegos continuos? ¿Y, si me entrego a un tropel de asuntos, cómo me aplicaré a las bellezas del intelecto, cuyos frutos únicamente puede recogerlos un ocio bienaventurado, sin el que, para mí y los semejantes a mí, es cualquier tipo de [15] «vida invivible»106? Yo no sabría; pero para Dios, dicen, «todo es posible»107, incluso lo imposible. Levantad, pues, por mí vuestras manos suplicantes a Dios y encomendadles a todos, tanto a la población de la ciudad como a quienes habitan en el campo y en las iglesias de las aldeas, que, no ya [20] en común sino incluso en privado, hagan súplicas por mí. Y es que si Dios no me deja solo, entonces reconoceré que el sacerdocio no supone un distanciamiento de la filosofía sino un encumbramiento108 hacia ella.

12

A CIRILO109

Desde Ptolemaida, después del 15 de octubre del 412

Vuelve, hermano Cirilo, junto a tu madre la Iglesia, de la que no fuiste separado de un tajo, sino que se te apartó durante un período que está determinado por la consideración que merecen tus faltas. Creo que sabes con certeza que esto también lo habría hecho antes nuestro padre común110, de santa memoria, si la fatalidad no se hubiera apresurado a alcanzarlo. Y es que el hecho de imponerte un castigo tan [5] comedido era lo propio de un ánimo inclinado a otorgarte prontamente el perdón. Así pues, considera que ha sido él en persona, aquel santo sacerdote, quien te ha concedido el regreso y acércate a Dios con un alma libre de toda aflicción y dispuesta a olvidar los males. Por otra parte, conserva también un fausto recuerdo de aquel santo presbítero, amado por Dios111, que te designó guía112 de tu pueblo. ¡Que tampoco [10] esto te sea en absoluto desagradable!

13

AL SACERDOTE PEDRO

Coadjutor del obispo Sinesio. Desde una ciudad de la Pentápolis a Ptolemaida, antes de la Pascua del 412

¡Guíe Dios toda acción y palabra mías!113 Al portador de las cartas pascuales114, que comunican que el día solemne de la festividad es el diecinueve del mes de farmuti115, con la idea de que en la noche precedente se celebre el misterio de [5] la resurrección, a ese portador, tanto a la llegada como al regreso, consideradlo digno de toda vuestra amabilidad y mandadlo de vuelta proporcionándole caballos de refresco en cada ocasión. Él, en interés de que no quede abandonada una costumbre antigua y ancestral de las iglesias, se ha puesto en medio de los enemigos armados, atreviéndose a pasar por un territorio peligroso. La carta también exhorta [10] a tu ciudad116 a rogar por mí. Y es que desde ahora es preciso que ésta tome conciencia de la insensatez que ha cometido en mi caso, al llamar al sacerdocio no a quien tiene confianza para presentarse ante Dios y suplicarle por todo su pueblo, sino a alguien que necesita, para salvarse él, las peticiones de [15] su pueblo. Y esto coincide también con el sínodo que, con gran cantidad de sacerdotes, se celebra aquí117 y que se ha reunido justo en el momento en el que yo me dispongo a escribiros. Si no supiera decir nada de lo que ya estáis acostumbrados a escuchar, esto no sería sino una solicitud de perdón para mí y un reproche para vosotros, porque habéis preferido a uno que no conoce las palabras de Dios118 en vez de a los que sí las conocen.

14

A ANISIO

Desde Ptolemaida, en la Cuaresma del 411, después de la C. 6 119

¡Así es como defienden los hijos a sus progenitores! Te doy las gracias. Carnas se ha convertido en un suplicante para conmigo y esta súplica suya Dios la ha hecho más digna de respeto. ¿Cómo permitir, pues, que, por propia sugerencia de un sacerdote, a un hombre se le lleve arrestado en días de ayuno cuaresmal? Así que, quienquiera que fuese el que llevaba a este hombre, no lo dejó ir, sino que se lo [5] arrebataron. Por tanto, si he de pagar mi pena por haber usado de violencia contigo, ten en cuenta que me dispuse a ser benévolo con quienes me han ofendido y a ofender a quienes en nada me ofenden.

15

A LA FILÓSOFA

A la filósofa Hipatia

Me encuentro tan sumamente mal que necesito un areómetro120. Manda que fabriquen uno de bronce y lo monten. Es un tubo cilíndrico con la forma y dimensiones de una flauta. En línea recta lleva unas incisiones por las que determinamos [5] el peso de los líquidos. Por uno de los extremos lo cierra, en efecto, un cono adaptado en posición idéntica, de manera que sea común la base de ambos, la del cono y la del tubo121 (y esto es propiamente el «pesito»122). Pues bien, cuando sumerjas en el líquido ese tubo que es como una flauta, se mantendrá recto y te será posible contar las incisiones que son las que dan a conocer el peso.

16

A LA MISMA

A la fiósofa Hipatia, desde Ptolemaida a Alejandría. Junto con la C. 10, son éstos los últimos suspiros de un Sinesio ya a punto de morir

Postrado en la cama dicto esta carta. Ojalá, al recibirla, te encuentres bien de salud, madre, hermana, maestra, benefactora mía en todo, y todo lo que para mí tiene valor en dichos y hechos123. La debilidad de mi cuerpo está ligada a una causa anímica. Poco a poco me va consumiendo el [5] recuerdo de mis niños que se me han ido124. Sinesio habría debido vivir sólo mientras no hubiera tenido que experimentar los males de la existencia. Fue como un torrente, represado hasta entonces, que arrambló de un tirón, y se trastrocó la dulzura de esta existencia mía. Quisiera o dejar de vivir o de pensar en la tumba de mis hijos. Pero tú ojalá te encuentres bien. Saluda cariñosamente a mis felices compañeros, comenzando [10] por el padre Teotecno y el hermano Atanasio125 y después, a todos los demás. Y si se les ha agregado alguno que te sea especialmente dilecto, preciso es que también yo le deba gratitud por el solo hecho de serte tan dilecto: salúdalo, pues, de mi parte como al mejor de mis amigos. Tú, si algo te preocupas de mis cosas, haces bien; y, si no te preocupas tú de eso, tampoco me preocupo yo. [15]

17

A HELIODORO126

Mucho y bueno le deseo a éste127, que nos trae el fausto recuerdo de tu venerable dignidad y que ha llenado de alabanzas a ti los oídos de todos, esas alabanzas que se les deben a tu alma y a tu lengua de oro. Pero de inmediato [5] correspondes tú al favor de estos elogios. Y es que, a cambio, hablan bien de él tantos y tantos admiradores tuyos, con todos los cuales disputo yo por la primacía o, mejor dicho, no disputo, pues todos consienten en ello.

18

A SU HERMANO

En el 405

Esta persona128 es un senador de la ciudad129 en la que engendré a mis hijos (la verdad es que, en cierto modo, a todos los alejandrinos conviene que nosotros los honremos y miremos como a conciudadanos nuestros). Ocurre también que es pariente del bienaventurado130 Teodoro, al que siempre [5] tengo muy presente en el recuerdo y a quien no deben olvidar los que ocupan los primeros puestos del gobierno de esta ciudad. Son éstos quienes lo han conducido ante mí ahora que va a llevaros el dinero de la paga de los soldados y me han rogado que os lo despache con una carta mía para el viaje131, convencidos de que todo le irá bien si por mí se consigue que tú y esta persona os pongáis en relación. Yo he [10] hecho lo que me han pedido; si no ha sido en vano, vosotros me lo demostraréis.

19

A HERODES Y MARTIRIO

No creo que se me acuse de hacer que tengáis que compartir entre los dos esta carta. Pero, si en este escrito mío hubiera separado a los que en mi corazón están unidos, de eso sí se me podría acusar. Recibid, pues, mi saludo, extraordinarios amigos, y al que os entrega esta carta, enviado con la misión oficial de llevaros el dinero, acogedlo de la [5] manera más calida posible, porque me ha sido recomendado por el consejo senatorial en pleno y quisiera ser yo para él la causa de algún beneficio. Y la verdad es que no sé a quién más que a vosotros puede parecerle digno el preocuparse de mí y de todo lo que yo acaso vaya a emprender.

20

A DIÓGENES132

Durante su vida el bienaventurado133 Teodoro fue como el huésped oficial134 y común de todos los pentapolitanos. A mis progenitores, especialmente, se los ganó con el celo que demostraba en todo y, además, con su bien decir y su encantadora conversación. Y lo cierto es que en la persona [5] de su primo Amonio135 podemos renovar en nuestra memoria ese provechoso encanto de tantas y tan gratas cualidades suyas. Pues bien, yo he cumplido mi parte (¿y, estando lejos, qué podía hacer sino recomendarlo a quienes están cerca de él?). Ahora es cosa vuestra el que su estancia ahí no le resulte penosa.

21

AL GOBERNADOR136

Desde Alejandría

Si el recuerdo de Teodoro aún lo conserva tu venerable dignidad137 (¿y cómo no?), haz el favor de dispensarle a su primo el aprecio de que el difunto gozaba. Pues, de ser así, no sólo habrás tratado bien a un buen hombre, sino que [5] habrás complacido al senado de nuestra gran Alejandría, porque todos sus componentes en pleno me lo han presentado con encarecimiento y me han pedido para él unas líneas que le sirvieran de recomendación. Pues bien, entregar la carta está en mi mano, pero que le reporte ese servicio es lo que tú has de tratar.

22

A ANASTASIO

Desde Cirene a Constantinopla, antes del 408

Me he alegrado. ¿Pero por qué crees tú? Mucho me he alegrado, en efecto, desde lo más hondo de mi corazón, al enterarme de que esos «áureos hijos»138 por mandato del emperador han venido a ser legalmente hijos tuyos139. Y, más que nada, me he alegrado porque te amo (¿pues a quién podría yo amar con más razón?) y, luego, porque odio a los malvados, cuyas oscuras y furtivas esperanzas se han visto desbaratadas por la buena suerte de esos niños. [5]

23

A DIÓGENES140

Desde Cirene a Siria, después de la C. 134

Tal es la molicie de los sirios141: los hace olvidar a sus parientes y amigos. Y es que ya se cumple el quinto mes desde que me saludaste por escrito, aun habiéndote concedido la naturaleza la capacidad no sólo de dictar cartas de negocios, [5] sino también otras con las que poner algo de manifiesto e incluso rivalizar. Pero, con que tú, tus «áureos hijos»142 y la madre de esta bella prole estéis sanos, con eso tengo bastante.

24

A SIMPLICIO143

Desde Cirene a Constantinopla, después de la C. 134

Verdaderamente el encumbramiento de la fortuna no debería ir unido al del carácter, ni tampoco se debería considerar que el recuerdo de los amigos de antaño es algo que carece de importancia ante la dignidad de que en el presente uno goza. Pero tú sí te has olvidado de nosotros durante mucho tiempo y no habrías debido hacerlo, siendo [5] como era tan fuerte esa predisposición que nos ligaba al uno con el otro.

25

A HELIODORO

Mi afecto se acrecienta y va a más con los años. Si a ti te pasa lo mismo pero, debido al sinfín de tus ocupaciones, no dispones de ocio para honrar, como corresponde, con unas líneas de vez en cuando a quienes corresponde, substrayéndote a los asuntos públicos, tan sólo el tiempo que basta para la [5] extensión de una carta, si es así, házmelo saber. Pero, si reconoces que es verdadera la sospecha de haberme olvidado que sobre ti pesa, corrígete tras el debido arrepentimiento y reintégrate a mí.

26

A TROILO144

Desde Cirene a Constantinopla, después del 402

Aunque ni los cireneos ni las ciudades vecinas te den las gracias que mereces por todo eso que el admirable Anastasio145 les escribe, desde luego sí estará contigo la gracia de Dios, a quien te ganas con tu participación en empresas benéficas. ¡Que seas feliz tú, el mejor de los filósofos! Pues [5] así me gusta llamarte, tal como lo dictan tus hechos.

27

A CONSTANTE

Si honras la virtud de la filosofía, la honrarás no sólo en los que al presente participan de ella sino también en los difuntos. El divino Aminciano, el que una vez estuvo entre nosotros y que ha pasado a mejor vida146, a mí en particular me parece que está presente aun pareciendo que está ausente. [5] Un primo hermano suyo sufre las ofensas de vuestro Sotérico. Demuestra tú que te preocupas de Dionisio y Sotérico dejará en el acto de ofenderlo.

28

A SIMPLICIO

Dice Dios que hay que perdonar las deudas147. Uno debe un préstamo de dinero, otro ha de pagar una pena. Pues bien, el que, a la hora de exigir la pena, hace la vista gorda, ése está obedeciendo a Dios.

29

A PENTADIO, EL AUGUSTAL148

Desde Cirene a Alejandría. Anterior a la C. 127

De esa cantidad de gente y de problemas que de parte nuestra te llega, echáte la culpa a ti mismo, pues te empeñaste en que a todos les quedara bien claro el que me tenías en grandísima estima y, con ello, les abriste el camino a todos los que estaban en apuros para que vinieran corriendo a mí. ¿Sabes ahora cómo conseguir que los dos dejemos de ser molestados, yo por todos éstos y tú por mí a causa de todos [5] éstos? Aun cuando lo que te pida aquél, en cuyo favor te escribo, esté totalmente dentro de lo correcto y humanitario, y aunque sea, a juicio de todos, quien más merece obtenerlo, haz tú que salga no menos contrariado que si fuera un sujeto muy vil y pidiera cosas muy viles. También, por tanto, en el momento en que yo llegue ante ti con las peticiones de rigor, [10] ordénales a tus siervos que me cierren la puerta en mi misma cara. Con sólo que alguien vea lo ocurrido o escuche a quien lo haya visto, desde ese mismo instante tú y yo disfrutaremos de una paz absoluta, porque en el futuro ya nadie correrá hacia mí para lamentarse. Pero si te vas a apocar y no vas a querer que se tenga conciencia de esto, acepta entonces [15] hacer el bien muchas veces al día a todo aquél que venga a suplicarte en nombre mío y de Dios. Mas yo sé que tú no renunciarás a hacer el bien, ni yo tampoco a procurarte asuntos adecuados a tu natural manera de ser.

30

AL MISMO

Desde Cirene a Constantinopla, en el 402

Estoy preocupado por ti y por él: por ti, no vayas a cometer una injusticia; por él, no vaya a recibirla. Pero si estás de acuerdo con Platón en que «cometer injusticia es un mal mayor que recibirla»149, creo favorecerte a ti más que a [5] él si intercedo por este hombre que se somete a un juicio por una falta en la que no ha incurrido.

31

A AURELIANO150

Desde Cirene a Constantinopla, en el 402

Si existen, y es verdad que existen, unas almas que velan por las ciudades, almas que son divinas y portentosas151, ten por seguro que te están agradecidas y que recuerdan los beneficios que a todo el mundo le has procurado durante el [5] desempeño de aquel alto cargo152. Piensa, entonces, que esas mismas en cada ocasión están a tu lado como abogadas y aliadas, y a nuestro común Dios le ruegan que alcances la recompensa que te mereces por imitarlo dentro de tus posibilidades. Y es que hacer el bien es lo único en común que tienen Dios y los hombres y la imitación supone un parentesco [10] y vincula al imitador con el imitado. Toma, pues, la actitud que corresponde al haber conseguido estar emparentado con Dios gracias a esa comunión en intenciones benéficas. Sustenta gratas esperanzas, las que corresponden a una disposición de alma como la tuya, oh tú magnificentísimo153, como se te llama con razón a ti solo o acaso a pocos más. Por medio de tus venerabilísimas palabras de padre saludo con cariño al joven Tauro, tu hijo, feliz esperanza de los [15] romanos.

32

A SU HERMANO

El camino más corto para enriquecerse lo ha tomado Atanasio154. Se ha dado cuenta de que tiene que salirle al encuentro a los moribundos y que tiene que sacarles, con persuasión o a la fuerza, todo de lo que sea capaz. Así que no se le podría pasar desapercibido un notario que sea llamado para un testamento, sino que se precipita junto con él dentro de la casa.

33

AL MISMO

El día dieciséis del mes de atir155 el bienaventurado156 Castricio pasó a ser uno de éstos, después de haber visto en sueños y descrito una horrible aparición.

34

A ANISIO

Desde Ptolemaida, en el 411. Contemporánea de la C. 94

Juan157, a quien yo amo porque él te ama a ti, ha luchado contra una grave enfermedad. Pero lo terrible para él no era la enfermedad, sino el estar lejos de tu sagrada persona, y el hecho es que también ahora está igual que antes. Y a esto se añade un tercer factor que agrava aún más esa enfermedad. Todo su afán es hacer lo que corresponde a un soldado y se [5] encuentra a disgusto por su forzosa inactividad.

35

A AURELIANO

Desde Cirene a Constantinopla, en el 402

Creo que tu divina alma ha sido enviada aquí con esta expresa finalidad, la de constituir un bien común para todos los hombres y la de mostrar agradecimiento a aquéllos que te recomiendan a personas con justas demandas, porque te procuran asuntos adecuados a tu natural manera de ser158. No es, en efecto, porque sea pariente mío Herodes159, sino [5] porque demanda lo que es justo: por eso te recomiendo a este joven. Él, que de rancio abolengo tiene su ilustrísima condición y que ha heredado una hacienda paterna sujeta a tributo senatorial, ha sido hecho alto funcionario y sostiene que, desde entonces, contribuye como los senadores recién nombrados y que, por tanto, su carga es doble: una por su patrimonio y otra por el puesto que ha ocupado.

36

A SU HERMANO

Me arrastran hacia ti la añoranza y la necesidad. Me pregunto, pues, si realmente vas a esperar mi llegada.

37

A URANIO

Desde su finca

Te he mandado como regalo un caballo de raza que despunta en todas las cualidades que a un caballo convienen. De él podrás servirte para competir en las carreras y también cuando salgas de caza y en la lucha contra el enemigo y [5] cuando guíes el desfile triunfal por la victoria líbica. La verdad, no sé en qué destaca más, si en la caza o como animal de competición o en el desfile o en la guerra. Y si, en su aspecto, es de peor estampa que los caballos niseos160, por tener la testuz prominente y los lomos carnisecos, será quizá porque, como les ocurre a los hombres, tampoco a los caballos se lo da «todo junto»161 la divinidad. Y acaso esto [10] también complementa aquellas cualidades suyas: el hecho de que, en el reparto de su cuerpo, la naturaleza le asignó menos a lo blando que a lo duro, siendo como son los huesos más resistentes a la fatiga que la carne. Así que vuestros caballos son superiores en lo que toca a la carne y los nuestros en los huesos.

38

A UN AMIGO

Te he fletado una nave propia de personas nobles que navegan por el mar fiándose más de su pericia que de la suerte. Sí, los buques carpatios162 tienen fama de haber sido construidos a conciencia, como los de los antiguos feacios163, antes de abatirse sobre su isla la cólera divina164. [5]

39

A CLEDONIO

Desde Cirene a Ptolemaida. Contemporánea de la C. 49

Un pariente mío está sufriendo una injusticia. A ti, que eres mi amigo, te ha tocado juzgar el caso. Así que, con una sola actuación podrás cumplir contigo, conmigo y con las leyes. Por tanto, que Asfalio retorne a ser el poseedor de sus vasijas, obteniendo una sentencia favorable al testamento de su padre, sin que la acusación vaya a impedir en el mismo [5] instante la vista de la causa. Pues, ¿cuándo se debe administrar justicia sino en el momento en el que precisamente estamos, más que nunca, suplicándole a Dios?

40

A ANASTASIO

Desde Cirene a Constantinopla. Contemporánea de la C. 102

A Sosenas lo convenció alguien, sea divinidad, discurso o demonio, de que, según los lugares, existe algo que a los hombres les procura o deja de procurarles la benevolencia de Dios. Así pues, como entre nosotros se encontraba mal y había roto tajantemente con el entorno familiar,

decidió salir navegando hacia las tierras de Tracia,

para allí reconciliarse con la Fortuna166.

Si estás, por tanto, en amistosas relaciones con dicha divinidad, recomiéndale a este joven con el fin de que le proporcione alguna «entrada de dinero»167. Es fácil, con tal que ella quiera. De hecho, las propiedades de Nono, el [10] progenitor de Sosenas, se las transfirió a otros sin mayor dificultad. ¡Que a Sosenas, entonces, lo designe heredero del padre de otro! Pues, así, de una injusticia resultaría algo justo.

41

CONTRA ANDRONICO, A LOS OBISPOS168

Discurso pronunciado en Ptolemaida, ante el pueblo y los sacerdotes de la Pentápolis, en el 412. Posterior a la C. 96

Las potencias maléficas contribuyen a los planes de la providencia en el universo (pues castigan a quienes merecen ser castigados), pero, no obstante, reniegan de Dios y son abominables.

Movilizaré —afirma el Señor— contra vosotros un pueblo169 y de él os vendrán mil y un sufrimientos; y acaba afirmando [5] que también va a marchar contra esos mismos a quienes hace entrar en campaña, porque, cuando os tuvieron en su poder, no mostraron piedad ni os trataron humanamente. La verdad es que no me aprendí al pie de la letra las palabras sagradas, pero estoy seguro de que hay un pasaje de las escrituras en el que Dios se presenta diciendo esto. Y no habló así para no obrar luego en consecuencia170, sino [10] que el rey de Babilonia asoló la ciudad de Jerusalén y esclavizó al pueblo y él mismo no mucho después enloqueció171: quedó, pues, por la justicia de Dios la ciudad yerma hasta el punto de que puede ponerse en duda si en aquel lugar alguna vez existió una ciudad.

[15] Hay que tener, entonces, la osadía de preguntarle a Dios: «¿Por qué levantas en armas a unos hombres, cual vengadores tuyos, contra aquéllos que han pecado, y, después de haber obedecido la voluntad divina y haberse hecho verdugos de todos ésos contra quienes se les envió, justo cuando debe pagárseles la recompensa por sus servicios, entonces, precisamente, sufren tu castigo?» ¿O será que él nos ha atizado de [20] esta manera en respuesta a nuestras demandas?

En efecto, desde el momento en que, hollada aquí la ley divina, el mal ha pasado a la humanidad, las fuerzas del mal devienen especialmente malignas, pues al sobreabundar su naturaleza se hacen también más activas. Por tanto, una vez que el mal ha sobrevenido (dado que es tarea de la sabiduría, [25] virtud y potencia divinas no sólo hacer el bien —pues ésta es por así decirlo, la naturaleza misma de Dios, como es la del fuego calentar y la de la luz alumbrar—, sino incluso, más que nada, la de llevar a cabo un fin bueno y útil por medio de los males concebidos por algunos, y servirse provechosamente de lo que parece despreciable), siendo así172, lo propio de una sabiduría bien dotada de recursos es «valerse» [30] en la ocasión oportuna «hasta de los males»173. Pues bien, siempre que Dios necesite agentes que castiguen, puede valerse ya de los demonios que guían nubes de langostas, ya de los que causan epidemias, ya de un pueblo bárbaro, ya de un gobernante malvado: en una palabra, de naturalezas aptas para obrar el mal común. Él, sin embargo, las aborrece por el hecho mismo de ser aptas para eso. Y es que Dios no crea instrumentos de calamidad, sino que se vale resueltamente [35] de quienes están por sí mismos predispuestos a eso.

Y es el hecho de que tú hayas resultado ser útil para ese fin, esto en particular, lo que te separa totalmente de Dios. Del mismo modo existen también objetos para usos nobles e innobles174 y así se les considera, pues a cada uno se le califica de acuerdo con el empleo para el que sirve. Una [40] mesa es una cosa sagrada porque, por medio de ella, se honra al Dios de la amistad y la hospitalidad175 (fue su amistad para con los huéspedes lo que hizo de Abraham el anfitrión de Dios176) y un látigo es algo abominable (pues está al servicio de la ira) y uno, en cuanto lo ha usado, se arrepiente. No obstante, Dios se preocupa de quienes sufren castigo y no es en absoluto poca cosa esto de merecer la [45] atención de Dios y quedar por medio de la expiación limpio de pecado.

Las naturalezas vengadoras están totalmente vueltas de espaldas a Dios, pues lo destructivo es siempre hostil al creador. Y no está en absoluto el vengador, sea hombre o demonio, en disposición de ofrecer sus inclinaciones como [50] un servicio a Dios, sino que lo que hace es dar gusto a la perversidad de su naturaleza e ir en pos de la calamidad pública.

Pues bien, por mucho que la ciudad debiera padecer el infortunio que tú le causaste, no por eso debes tú librarte de la pena, pues también esto habría podido alegarlo en su defensa Judas. Que a Cristo se le crucificara por los pecados [55] de todos, era algo que tenía que ser, pero también tenía que ser lo que Dios dice: «¡Ay de aquél por cuya culpa ocurre esto! Más le valdría a ese hombre no haber nacido»177. La parte visible del asunto fue que de su traición se derivó como consecuencia la horca, pero la parte invisible nadie podría comprenderla, pues la comprensión humana no es capaz de [60] concebir cuál podría ser el castigo para el traidor de Cristo.

Desde luego, lo de haber servido al destino en la forma en la que tenía necesariamente que ocurrir, no es una defensa muy fina. Es preciso, pues, que, cuanto antes, los ausurianos178 y Andronico paguen la pena que se merecen por lo [65] que nos han hecho. Y es que contra las langostas179 que arruinaron nuestra cosecha, devorando la mies hasta el tallo y los árboles hasta la corteza, se levantó un viento que soplaba hacia el mar y las arrojó en mitad del piélago: así que, frente a esta plaga, Dios puso en formación al noto y contra los ausurianos ya está elegido, de su parte, un comandante180.

[70] ¡Ojalá sea éste para nosotros el más piadoso y el más justo de todos los comandantes que de su parte nunca se nos haya enviado! ¡Ojalá pueda yo felicitarlo por su victoria sobre los enemigos! «Feliz —se dice— el que les pague con la misma moneda que le pagaron. Feliz quien estrelle a sus niños contra las piedras»181. ¿Cuál, cuál será la perdición que le espera a Andronico, azote de nuestra tierra? ¿Cuál [75] sería la pena merecida por un alma tan malhechora? Lo que es para mí, de todas las plagas con las que Dios persiguió nuestros pecados, Andronico es con mucho más gravoso que ninguna. Y es que, además de las calamidades comunes, él es un mal particular mío. Por medio de él me acosa el tentador para que deserte de mi servicio al altar. Pero he de [80] remontarme un poco más atrás en mi relato para que así, añadiendo a lo que ya sabéis aquello que no todos conocéis, pueda daros un informe coherente de ciertas cosas acerca de mí. Y en vista, pues, de lo que sigue, me viene bien que esto lo escuchéis vosotros de mi boca.

Desde niño se me representó a mí que eran un bien [85] divino el ocio y el desahogo, esto que alguien sostuvo como propio de las naturalezas divinas182: esto mismo, para quien lo poseyera y recogiera sus frutos, significaba cultivar el intelecto y estar unido a Dios. Así, de todas esas ocupaciones que existen o surgen para los niños, yo apenas me interesé, y tampoco de las que tienen los adolescentes y los jóvenes. Y, [90] después de haber reclamado mi mayoría de edad, no me desvié de aquel gusto, ya de la infancia, por la desocupación, sino que, como si me pasara la vida en una fiesta solemne, durante todos estos años he mantenido un estado de ánimo plácido y bonancible.

Pero no por eso me ha hecho Dios inútil para los hombres, sino que, muchas veces, tanto particulares como ciudades [95] han solicitado mis servicios en lo que necesitaban. Y es que Dios me ha concedido la capacidad de realizar las mayores cosas y de querer las más bellas. Nada de esto me arrastró lejos de la filosofía ni truncó mi feliz ocio. Que [100] obrar entre empellones, afanes y apuros, eso es malgastar el tiempo y sumergir el alma en preocupaciones materiales. Pero, en cualquier momento en que lo único conveniente sea hablar y en que acompañe la persuasión y el discurso resulte eficacísimo, ¿por qué escatimar palabras si se puede librar a alguien de una desgracia? Animal valioso es el hombre: valioso sin duda si, como realmente sucedió, por él fue crucificado Cristo.

[105] A mí, pues, hasta el presente año, persuadir a los hombres fue quizá la parte que me asignó Dios y quizá la he ido llevando a cabo con éxito, aunque de mala gana me he dedicado a estas ocupaciones. (La verdad es que este hecho ahora parece desmentido). Junto con otras muchas cosas, que claramente eran obra de Dios, esto también lo atribuía [110] yo a él y vivía con buenas esperanzas como un animal suelto y libre en el recinto sagrado del universo, repartiendo mi existencia entre las plegarias, los libros y la caza. Pues, para que alma y cuerpo estén sanos, es necesario lo uno esforzarse, lo otro rogar a Dios. En medio de semejante desahogo fui pasando los años hasta la aceptación del sacerdocio183, ante el que yo he resultado ser el más pusilánime de quienes [115] alguna vez lo asumieron. Pongo por testigo al Dios que está por encima de todas las cosas, con cuyos inefables misterios he cargado por vuestra causa: bien lejos de ambiciones e intereses humanos, en la soledad me acerqué yo a él, en muchas ocasiones y lugares, y le supliqué cabizbajo y de rodillas, prefiriendo la muerte antes que el sacerdocio184. Y es que era como una reverencia y un afecto lo que me [120] mantenía sujeto al ocio filosófico, en cuya defensa pensaba yo que eran necesarios todos mis esfuerzos y palabras. Pero, después de sucumbir ante Dios yo, el que prevalecía sobre los hombres, como corría el rumor de que quien era considerado digno de este ministerio venía a ser un conocido de Dios, fui sobrellevando, aunque a regañadientes, este nuevo lance de mi vida: de hecho, cuando ya estaba dispuesto a huir185, atajó mi intento la esperanza de futuros bienes y el temor de cosas peores. Escuché también a algunos santos [125] ancianos que me decían que Dios era mi pastor186 y uno de ellos, en una conversación, declaró que el Espíritu Santo era alegría y, por eso, alegraba a quienes participaban de él y añadió que los demonios se habían disputado con Dios la posesión de mi persona y que yo los afligía al decantarme hacia el mejor partido. «Aun en el caso de que ellos te pongan en aprietos —afirmaba—, un filósofo consagrado [130] sacerdote no está dejado de la mano de Dios». Así que yo (puesto que no soy propenso a envanecerme ni a darme lustre a mí mismo) le eché la culpa a mi mala suerte, pero no a la intervención del demonio de la envidia (pues no creo que me pertenezca una virtud tan grande que pueda provocar ojeriza187). En cambio, lo que más temía era que yo, debiendo [135] como debía pagar la pena por mis pecados, no fuese capaz de tratar dignamente los misterios de Dios. Además, ya preveía esa mala suerte con la que dentro de poco iba a tropezar. Fue presentarme aquí y, a la vez, presentarse también todos los espantos posibles, y el que llevaba la batuta de todos ellos era Andronico, un demonio belicoso, insaciable de calamidades, volcado sobre los despojos de la ciudad. ¡Ay! Por todos los rincones de la plaza lamentos de [140] hombres, gemidos de mujeres, llantos de niños. Él le había dado el aspecto de una ciudad conquistada: la parte más hermosa de ella la hizo trizas, con lo que fue el causante de que se la llamara «lugar de la venganza», y el pórtico regio, el antiguo tribunal de justicia, lo convirtió en sala de torturas. [145] Se la ofreció como altar y mesa188 a los demonios vengadores189, a quienes él mismo, sí, se había asignado. ¡Ay! ¡A cuantas lágrimas de ciudadanos los convidó!

¿Qué escitas de la Táurica, qué lacedemonios honraron a su Ártemis190 con tanta sangre de azotes? Todos corrieron [150] derecho hacia mí y por todas partes me lancé derecho a oír y ver males. Lo amonesté sin convencerlo, con mis reproches sólo conseguí irritarlo. Las circunstancias de aquel momento pusieron en evidencia mi debilidad, que Dios hasta entonces había mantenido oculta a los hombres. Y es que, al haber siempre cosechado el mérito de los éxitos que se aceptaban como tales, llegué a crear en mi patria respecto a mí una presunción de poder. Y lo más grave de todo lo que me ha sucedido es esto: el hecho de que se me juzga desde la esperanza que en mí han depositado los que no me conocen, [155] pues no logro convencerlos diciéndoles que no tengo ningún poder, sino que se me considera capaz de conseguir toda cosa justa. El resultado, por tanto, es que me siento avergonzado y triste. Derecho en mi alma han entrado el sufrimiento y las más diversas preocupaciones191 y problemas imaginarios, y Dios está lejos.

Si esto que ocurre por causa de Andronico es producto [160] de la acometida de los demonios, han logrado todo lo que querían. En mis plegarias ya no he percibido yo esa habitual dulce sensación, sino que de plegarias sólo tienen la forma, mientras yo por doquier me agito entre problemas, dividido como estoy entre la ira, la tristeza y todo tipo de sufrimientos.

Sin embargo, por medio del intelecto estamos en relación [165] con Dios, mientras que la lengua está al servicio de los hombres en lo que a los hombres atañe. Pues bien, si he tenido la desgracia de no haber prestado atención en mis plegarias, la prueba de ello está a la vista. La verdad es que de este cambio de mi vida no sólo he sacado el perjuicio de topar con cosas materiales a raíz de esa falta de atención mía, sino que además yo, que hasta hace poco he vivido sin penas, he visto el cadáver de aquél a quien yo supliqué a [170] Dios preceder en la muerte. Con tan amargas ceremonias de entrada en la sede me ha acogido la ciudad192. Así van las cosas de los hombres, ahora arriba y ahora abajo, y viene una corriente y al azar lo arrastra todo junto, ya sea favorable o ya desfavorable. Pero cuando me sobrevino el infortunio de perder al más querido de mis hijos193, yo habría llegado [175] incluso a hacerme algo terrible a mí mismo: hasta tal punto se había apoderado de mí el sufrimiento. Sí, yo en lo demás me comporto como un hombre (y lo digo entre quienes me conocen) y mucho de todo lo mío194 se somete a la razón, pero lo cierto es que ante el afecto sucumbo de tal modo que la irracionalidad domina a la razón. No ha sido con doctrinas [180] filosóficas como he dominado el presente sufrimiento, sino que ha sido Andronico quien me ha hecho tomar otro giro y poner mi atención en las calamidades comunes. Por tanto, unas calamidades se han convertido para mí en consuelo de otras calamidades: me arrastran hacia sí y «repelen un sufrimiento con otro sufrimiento»195.

Además, me asalta el recuerdo de los bienes pasados [185] junto con la amarga sensación de las presentes circunstancias: después de aquéllos, en éstas me encuentro y vivo lleno de angustia, tras haber sido privado a un tiempo de todas las cosas. Pero, de cierto, el mayor de los males, el causante de que mi vida carezca de esperanza, es el hecho de que yo, acostumbrado a que nunca me faltara la respuesta de Dios a mis súplicas, ahora por primera vez sé que mis plegarias [190] son en vano y, luego, contemplo mi casa en tan mala situación y me veo forzado a habitar en mi patria sumida como está en la desgracia. Estoy «a disposición de todos»196, por venir a mí todos y cada uno para llorar y lamentarse de lo suyo, pero sólo puedo compadecerlos con una compasión que es inservible. A esto se añade también la vergüenza que siento porque a un ciudadano, víctima de las calamidades y del robo de dinero público, Andronico le ha reclamado más de diez mil estateras197 y ha decidido, sin concederle plazo [195] alguno, condenarlo a muerte por mil que le quedaban por pagar o, más bien, por mi causa. Sí, por mi causa lo tiene encerrado en una fortaleza inexpugnable, como aquélla en la que los poetas198 imaginan que están encarcelados los Titanes199. Y, según dice, para que yo no lo saque de ahí, hoy hace cinco días que a este hombre, por orden suya, no se le da de comer, después de haberles prohibido a los carceleros que le llevaran pan a la celda. Pero es que, hace [200] poco, todos le han oído gritar que más útil que mil estateras será la muerte de este funcionario. Por eso también a quienes lo visitan para la compra de terrenos, los atemoriza, inquieta y aleja con cualquier medio. No creo, pues, que le urja el dinero, lo que le urge es que ese hombre muera. Yo ni tengo [205] fuerzas para atacar unos muros tan sólidos ni maña para deslizarme dentro y sacar a ese hombre de la calamidad. «Nadie —como se dice— deja pasar a nadie»200. Y es que, aunque los alcaides sean quienes son por naturaleza, ahora, sin embargo, viven teniendo también como modelo a Andronico, que se sienta en el primer puesto para deshonrar [210] a la Iglesia.

Y de lo que son sus acciones contra mí no hago cuenta: que incluso debería yo estarle agradecido, por recibir sus ofensas para ofrecérselas a Dios, como un martirio. Recordad además vosotros quién era él hasta hace poco y ponedlo en comparación conmigo, que, si no otra cosa, al menos desciendo de aquéllos cuya línea de sucesión, desde Eurístenes201, [215] el que condujo a los dorios de nuevo a Esparta, hasta mi padre, ha sido grabada en las tablas públicas202. Este hombre, por el contrario, no sabe decir el nombre de su abuelo y ni siquiera el de su padre, según dicen, salvo que se lo imagine, y a la carroza de gobernador saltó desde una atalaya de atunes203.

Por tanto, después de quedar admirado ante el esplendor [220] de la ciudad, que se avergüence de sus propios defectos. Yo, por mi parte, hasta llegar al sacerdocio estuve colmado de honor y nunca experimenté la deshonra, pero ahora ni podría complacerme en la honra ni me afligiría por el desprecio, pues ni lo uno ni lo otro parece ya que vienen de su promotor a recaer sobre mí, sino que ambas cosas se remontan [225] a Dios. Por eso este hombre, que se atreve a todo, como no pudo ni con sus palabras ni con sus actos causar ninguna conmoción, se apartó de mí para embestirle a Dios mismo y ante el pueblo congregado a su alrededor prorrumpió en las voces que muy pronto vais a escuchar, en cuanto se dé lectura a la carta enviada a las iglesias de todos los lugares de la tierra.

Tal es el comportamiento de una naturaleza sin cultura [230] cuando detenta el poder: su empeño es «golpear el cielo con la cabeza»204. ¡Sea!, que ejerza su poder, que se abandone a sus instintos en la ocasión propicia, que mate, que encarcele a cualquier ciudadano que se le antoje. A mí me basta con permanecer en el puesto en que me colocó Dios, lo que se reduce a mantenerme lejos de la compañía de los malvados, [235]

conservar mis oídos puros de doloroso blasfemia 205

y desentenderme de la protección de quienes sufren injusticia, una vez que haya alegado en mi defensa ante vosotros y el pueblo los intentos que hice en vano. Propio de alguien con una gran talla intelectual hubiera sido obrar así incluso antes de haber tenido esta experiencia. Ahora, sin embargo, yo he aguardado a que, a raíz de los hechos, corroboréis mi [240] opinión, porque combinar las dotes políticas con el sacerdocio es conciliar lo inconciliable206.

La antigüedad admitió que una misma persona fuera sacerdote y juez. En efecto, sobre los egipcios y el pueblo de los hebreos durante mucho tiempo reinaron sacerdotes207. Luego, me parece, cuando la obra divina se fue realizando [245] de forma humana, Dios disoció los dos géneros de vida y una se mostró como propia de los sacerdotes y otra de los gobernantes: así, a éstos los volvió hacia la materia, a aquéllos les encomendó un puesto junto a sí mismo. Por tanto, a unos se les ha encomendado ocuparse de los asuntos públicos, a otros, como yo, de las plegarias. Pero a ambos les reclama [250] Dios el bien. ¿Por qué, entonces, procedes al contrario? ¿Por qué lo separado por Dios intentas reunirlo tú, considerando cosa digna no que yo gobierne sino que «me entremeta en el gobierno de otro»208? ¿Qué podría ser para mí más penoso que esto? ¿Necesitas un protector? Dirígete al que administra las leyes del estado. ¿Necesitas algo de Dios? Dirígete al sacerdote de tu ciudad, no pensando que entonces podrás [255] conseguirlo todo, sino que yo pondré mi empeño. Pero en el caso de que se me permita estar tranquilo, quizá algún día sea capaz incluso de aquello, pues en cuanto uno vuelve la espalda a la materia también se vuelve hacia Dios209.

La contemplación es el fin propio de un sacerdocio que no desmienta su nombre. Pero la contemplación y la acción no se dignan coexistir210. Y es que el comienzo de toda [260] acción es el impulso211 y ninguno hay exento de pasión, pero, por el contrario, sí es necesario que esté vacía de pasiones el alma que va a ser receptáculo de Dios. «Pues a lo impuro —según dicen—, que no le sea lícito tocar lo puro»212. «Sosegaos y reconoced que yo soy Dios»213. Un ocio sosegado necesita el que es sacerdote y, a la par, filósofo. No condeno a los obispos que se ocupan en asuntos públicos, [265] sino que, consciente como soy de apenas alcanzar a uno de los dos menesteres, admiro a quienes pueden con ambos.

No soy yo capaz de «servir a dos amos»214. Pero si hay alguien que no se vea impedido para este descenso simultáneo con aquella elevación215, éste podría no sólo ser sacerdote sino también gobernar ciudades. Un rayo de sol, aunque se meta en el fango, permanece puro e impoluto, pero, si esto [270] mismo me pasa a mí, necesitaré las fuentes y el mar216. Y si a un ángel le fuera posible vivir más de treinta años entre los hombres sin complacerse en el mal de la materia en razón del apasionamiento por ella217, ¿para qué se habría necesitado que descendiera el hijo de Dios? Lo que denota un poder [275] superior es frecuentar las cosas peores y permanecer en la propia condición natural de uno sin apasionarse de ningún modo218. Esto no es sino un canto de alabanza a Dios, pero lo que el hombre ruega es evitarlo, precavido contra la debilidad de su naturaleza.

Dentro de estos términos conviviré yo con vosotros y, [280] por supuesto, no me privaré de escoger la ocasión oportuna para, cuando me esté permitido, ir «descendiendo sin descender»219, o sea, para hacer un gran bien con sólo una vuelta220 que me pueda dar (así es también la política de Dios).

Lo terrible es quedarse apegado221: esto no lo tolera ni la [285] naturaleza de Dios ni nadie que hacia Dios se enderece. Si he puesto toda mi preocupación en mi dinero y en mis posesiones, si os consta que yo recibo las cuentas de mis gastos diarios o anuales y luego escatimo el tiempo en vuestros asuntos, entonces soy un impostor y no merezco perdón. Si, por el contrario, me he despreocupado de mis asuntos particulares y, antes que nada, he ordenado mi vida [290] a actuar de acuerdo con el intelecto, ¿por qué va a ser terrible que yo considere merecido exigiros lo mismo? Pero, como con esto no os complazco, por haber otros que son capaces de manejarse igual de bien en ambos campos, en vuestra mano está decidir lo mejor para la ciudad, para la Iglesia y para mí. Por supuesto que no voy a renunciar al [295] sacerdocio: ¡ojalá nunca tenga Andronico tanto poder como para eso!

Pero, lo mismo que no he sido un filósofo corriente ni he buscado el aplauso de los teatros222 ni he abierto una escuela (aunque, por eso, no era yo menos filósofo y, de hecho, desearía serlo aún), así tampoco quiero ser un sacerdote corriente.

No todos lo pueden todo223. Yo, en esta convivencia mía [300] conmigo mismo y, por medio del intelecto, con Dios, cuando desciendo de la contemplación sólo puedo tener unas relaciones no inútiles con uno o dos individuos, y no de ésos de la masa, sino personas de tal clase que, ya sea por la condición natural que les tocó en suerte o por la educación que felizmente recibieron, se sientan admirados del intelecto antes que del cuerpo. Y, además, si me aplico a los asuntos públicos, [305] pero con largos intervalos de descanso y con arreglo a mi comodidad, podría ser útil justo en el momento oportuno. Pero, si me dejo enterrar por aquéllos, seguro que me olvido de mí mismo y lo que causo es el descalabro de esos asuntos: que no es posible hacer bien lo que uno odia. Pues quien hace algo que no tiene decidido con plena voluntad, va sin ánimo a la acción al frente de la cual debe ponerse; en [310] cambio, aquél para quien el ocio no es algo familiar y que no sabe cómo aprovechar su ociosidad, es, por esto mismo precisamente, el hombre que más provecho rinde al pueblo, el alma con más cabida para satisfacer las preocupaciones de todos. Sin duda, quien por naturaleza es así y quiere, ése incluso les estaría agradecido a las circunstancias que lo arrastran a sus pies, por estar haciéndole el favor de darle [315] argumentos a esa predisposición natural suya. Y es que el mejor expediente para el éxito es el amor al propio deber. Así que debemos escoger todos nosotros a un hombre más resolutivo y escogerlo en mi lugar, pues yo apenas soy capaz de salvarme a mí mismo.

¿Por qué esos gritos? ¿Es que porque aún no se haya hecho esto, no merece la pena hacerlo ahora? Mucho de lo [320] que era necesario el tiempo lo ha descubierto y enderezado: no todo acontece según el mismo plan. Cada una de las cosas que han acontecido tuvo un origen y, antes de existir, no existía. Merece más la pena preferir lo útil que lo impuesto por la costumbre: demos nosotros comienzo a una mejor manera de proceder. Debemos, pues, escoger a alguien en [325] mi lugar o escogerlo para que esté a mi lado, pero, en todo caso, escogerlo. Quienquiera que sea, se mostrará en política muchísimo más sabio que yo y sabrá, en provecho vuestro, cómo tratar y manejar a esos miserables hombrecillos.

No obstante, si todavía no os parece bien, aplacémoslo [330] para otra ocasión, pues podéis meditar sobre ello individualmente y, también, unos con otros. Ahora escuchad con qué medidas el concilio le ha salido al paso a la locura de Andronico224.

42

Decreto de excomunión contra Andronico, expedido desde Ptolemaida a la diócesis pentapolitana. Contemporáneo de la C. 41

A Andronico de Berenice225, nacido, criado y crecido para desgracia de la Pentápolis y que consiguió, comprándolo con dinero, el gobierno de la tierra que lo dio a luz, nadie lo [5] considere ni lo llame cristiano, sino que se le expulse, junto a toda su familia, de toda iglesia por haber pecado contra Dios. Y no porque él haya resultado ser la plaga para rematar a la Pentápolis, tras el terremoto226, la langosta227, el hambre, el fuego y la guerra, persiguiendo hasta el fin a quienes salieron vivos de todo esto, e introduciendo por primera vez en el país géneros y formas de castigo insólitos228 (ojalá sea él, podría decirse, el único en utilizarlos): empulgueras, [10] torturapies, prensas, aferranarices, agarrotaorejas y retuercelabios (a quienes previnieron el tener que probarlas y verlas, aunque fuera por haber perecido antes en la guerra, se les calificó de dichosos por parte de quienes, para su mal, lograron salvarse); no es por esto, digo, sino porque él ha sido el primero y el único de nosotros que, con hechos y palabras, ha blasfemado contra Cristo. Con hechos, desde el [15] momento en que en la puerta de la iglesia clavó sus disposiciones: a los maltratados por él les impedía el derecho de suplicar asilo ante la mesa de altar229, mientras a los sacerdotes de Dios les lanzaba imprecaciones que habrían vacilado en proferir incluso Fálaris de Agrigento, Cefrén el egipcio y Senaquerib el babilonio230, el que mandó embajadores a [20] Jerusalén para injuriar a Ezequías y a Dios. Aquel día yo afirmo que él llevó a cabo la segunda crucifixión de Dios, pues para injuriar a Cristo colgó él de la sagrada puerta aquel ultrajante libelo. El sol lo vio y los hombres lo leyeron, y no en el tiempo en que Tiberio Claudio poseía el mando [25] del estado, cuando a Pilato se le envió a gobernar Judea, sino en el momento en que sostiene el cetro de los romanos la pía prole de Teodosio231, de quien Andronico, a escondidas, ha solicitado para sí el cargo, con los mismos propósitos que Pilato. El escrito era cosa de risa para los gentiles que por [30] allí pasaban, como lo era para los judíos lo que se escribió en el título puesto en la cruz de Cristo. Así y todo, la inscripción de la cruz, aun nacida de una mente impía, tenía algo de respetuoso en la expresión, porque Cristo era proclamado rey232. En éste, por el contrario, el lenguaje y la mente coincidían. Pero, sin duda, lo de después fue más grave que aquel ofensivo bando poco antes notificado233. Y [35] es que cuando encontraba alguna excusa contra un enemigo (y una enemistad entre ellos podía surgir de que uno pretendiera un matrimonio y el otro se lo impidiera), lo torturaba con aquellos abominables castigos. ¡Ojalá éstos no se transmitan con el paso del tiempo, sino que se acaben con él, como con él comenzaron, y que estas notas características del gobierno de Andronico queden para la posteridad en un mero rumor!

Así pues, en cierta ocasión en que a un hombre bien [40] nacido se le estaba torturando, no por sus delitos sino por su mala suerte, con aquellos instrumentos (y esto se ejecutaba a pleno sol del mediodía234, para que sólo fueran testigos de su muerte los verdugos), al enterarse Andronico de que la Iglesia mostraba su compasión hacia aquél, y no por otra cosa sino porque yo, nada más saberlo, salí corriendo, tal como estaba, con el fin de situarme a su lado y compartir su desgracia, se pone él entonces rabioso cuando llega a sus [45] oídos que un obispo ha osado tener piedad de un hombre a quien él odiaba. Y, tras cometer con la fanfarronería propia de un joven muchas iniquidades, instigado por el más audaz de sus servidores, Toante235, a quien utilizaba como brazo ejecutor para la calamidad pública, al fin añadió a su locura las palabras más blasfemas, diciendo que vanas esperanzas [50] abrigó aquél en la Iglesia y que nadie escaparía de las manos de Andronico, ni aunque se abrazara con fuerza a los pies del propio Cristo.

Con esa mente suya falta de toda educación, tres veces profirió esas palabras, después de lo cual no hay que amonestar [55] más a este hombre sino tan sólo cortarlo, como un miembro ya incurable, y apartarlo de nosotros, no vaya a ser que, por contagio, se corrompa también lo que está sano. Pues la infección lo que hace es transmitirse236 y quien toca lo contaminado lo único que gana es ponerse a suplicar237.

Es preciso ser puros de mente y cuerpo ante Dios. Por eso la Iglesia de Ptolemaida a las demás de toda la tierra, [60] hermanas suyas, les ordena lo siguiente:

A Andronico y a los suyos, a Toante y a los suyos, que no se les abra ningún templo de Dios. Que se les cierre todo lugar y recinto sagrado. No hay sitio para el diablo en el [65] paraíso: si entra a escondidas, se le expulsa. Así pues, exhorto a todos los particulares y a los dignatarios a que no reciban a Andronico ni bajo su mismo techo ni en su misma mesa, y especialmente exhorto a los sacerdotes, que no deberán hablarles en vida, ni acompañar su cortejo fúnebre cuando mueran. Y, si alguien menosprecia a nuestra Iglesia, por ser la de una pequeña ciudad, y acoge a los excomulgados por [70] ella, entendiendo que no es necesario obedecer a un pobre, sepa él que ha dividido a la Iglesia que Cristo quiere que sea una sola. El tal, ya sea diácono238, presbítero u obispo, será tenido por nosotros en la misma consideración que Andronico: ni le ofreceremos la mano ni comerá nunca de nuestra [75] misma mesa, y muy lejos estaremos de hacer partícipes de los inefables misterios divinos a quienes pretenden ser partidarios de Andronico y Toante.

43

A JUAN239

Contemporánea de la C. 52

Tal como muchas otras veces te fui útil en la ocasión precisa y, con palabras y obras, mitigué las contrariedades de la fortuna, según aconsejaron mis fuerzas en cada momento, también ahora en los problemas que te han sobrevenido me parece que debo aportar mi opinión, ya que no [5] puedo hacer nada. Pues no es de ley que Sinesio, mientras tenga aliento y pueda, no esté dispuesto a hacer el bien, de cualquier manera que sea, a sus amigos. Por tanto, escucha lo que considero conveniente decirte.

Si la fama es una diosa240, como afirma alguno de nuestros poetas, tú eres quien ha dado muerte al bienaventurado241 [10] Emilio, no por haber cometido el asesinato sino por haberlo planeado: maquinaste una intriga brutal y pusiste en marcha al sicario, el más cruel de tus guardias. Sí, esto dice la fama y no le es lícito mentir, siendo como es una diosa. Pero, si Hesíodo no tiene razón en lo que dice y muchas de sus palabras son vanas, también esto tuyo no es sino uno de sus [15] muchos cuentos (yo así querría que fuese, pues menos me importa perder el dinero que perder a un amigo) y, si ahora, sin ser culpable, oyes hablar mal de ti, entonces es que eres un desdichado y no un criminal (¡ojalá ni siquiera fueses un desdichado!). En aquel caso merecerías odio con toda justicia; en éste, piedad. Por mi parte, tan susceptible como soy a las relaciones amistosas, creo que, en aquel caso, también debería [20] odiar tu acción; pero de ti, sin embargo, tener piedad. Y lo propio del que tiene piedad es ayudar en la medida de sus fuerzas y descubrir de qué manera podría, en su opinión, ser de provecho. Así que, en uno y otro caso, me toca aconsejarte lo que me parece mejor. Pienso que, ya seas culpable o inocente, lo que te conviene es lo mismo. [25]

Preséntate ante la ley y entrégate al juez con el conjunto de tus guardias, si algún interés sientes por ellos. Y, si cometiste ese horrible hecho, ruega, suplica, implora, no dejes de postrarte a sus pies, hasta que, a raíz de la sentencia, [30] acabes por venir a manos del verdugo y pagar tu pena. Bien te estará, amigo Juan, llegar al juicio de allá abajo después de purificarte aquí. No creas que son palabras vanas las de esta exhortación mía ni consideres que me estoy burlando de ti (¡así pueda yo gozar de la santa filosofía y, además, de [35] mis hijos!). Si no me fueras tan querido, no te habría aconsejado algo que no les deseo a mis enemigos. ¡Qué nunca se les ocurra que para el criminal es mejor afrontar el castigo por propia iniciativa, sino que no cesen de disfrutar con sus crímenes, para que así sean malvados durante más tiempo y estén obligados a expiarlo todo allí abajo!

[40] Por mi amistad contigo me arriesgo incluso a decirte algo que es secreto: no es lo mismo pagar la pena en este nuestro cuerpo craso242 que en esa imagen que es el alma. Más fuerte es Dios que los hombres y lo humano es sólo una sombra243 de todo el orden divino. Precisamente lo que en los estados son los verdugos, brazos de la ley, esa misma función la desempeñan en la ordenación natural del universo los espíritus [45] del castigo244. Son demonios purificadores que ejercen con las almas el mismo oficio que los bataneros con las ropas sucias245. ¿Es que, si las ropas tuvieran sensibilidad, crees tú que podrían soportar que las pisaran, las lavaran con natrón y las cardaran de todas las formas posibles? ¿Con cuántos dolores quedarían limpias de sus antiguas manchas246 y de las inmundicias que estaban adheridas? Y omito decir que [50] en muchas está la porquería tan sumamente agarrada en lo más hondo que no se puede quitar y antes llegarían a estropearse que a regresar a su estado primitivo, porque esa tacha se ha integrado en su naturaleza, ya sea por el largo espacio de tiempo, ya por su magnitud. A un alma que se encontrara en tal situación le convendría ser corruptible. [55]

La verdad es que los pecados guardan analogía con las manchas que no se pueden limpiar, pero no así el alma con esa ropa sucia que no resiste el lavado, sino que, por ser ella inmortal, la pena que paga es infinita, en el caso de que cometa pecados de esos que calan hasta fijarse y son imborrables. Pero, si uno paga la pena de sus pecados en la misma vida en la que los cometió, esa tacha, aun después de [60] pegársele, no se le adhiere del todo, sino que su alma, al estar, podría decirse, recién teñida, se limpia rápidamente247.

Por tanto, debe pagarse la pena lo más rápido posible, y ante hombres encargados de castigar, no ante demonios248. Se dice también —y personalmente esta hablilla me convence— que los agraviados tienen el poder de infligir el castigo más tarde e incluso de acortar este plazo249. Por [65] tanto, es lo mismo hacerle a uno solo un gran mal que comportarse injustamente con muchos en pequeñas cosas, pues cada uno, por turno, saldrá al encuentro, y se debe estar dispuesto a resarcirlos a todos. Pero, en tal caso de que exista posibilidad de curación, ante el juez tiene gran valor [70] el hecho de que el alma haya expiado de antemano lo bastante como para alcanzar la piedad de aquellos que sufrieron injusticia. Entonces, ¿cuándo puede esperarse que obtengas el perdón de parte del alma bienaventurada250 de Emilio?

Yo creo, o más bien sé con absoluta claridad, que todo suplicante que se haya castigado a sí mismo, es digno de respeto. En cierta ocasión se presentó ante mí uno para [75] defenderse de una culpa: por el hecho de anticiparse a reconocer su responsabilidad y admitir que merecía el castigo, se libró del castigo. Por el contrario, deleitarse con los agravios que uno ha cometido, ya sea contra bienes o contra personas, lleva al agraviado a una mayor pesadumbre.

¿Y qué será de ti cuando, tras abandonar el cuerpo, ya sea a consecuencia de una ejecución o de cualquier otro [80] modo, contemples luego tu propia persona reducida sólo al alma251, sin que tu lengua pueda negar cosa alguna y con la marca grabada de tu delito? ¿No sentirás vértigo252? ¿No te verás sin salida? Serás arrastrado en silencio y quedarás expuesto al juicio, tú, yo y todo aquél a quien no haya [85] purificado de antemano un acto público de arrepentimiento. Pero hay que comportarse como un hombre, noble amigo (¡que ojalá seas noble!), y despreciar los placeres que nos procuramos a base de injusticias. No hay que sentir vergüenza ante los hombres, sino confesar el delito ante el juez y aplacar con una expiación inmediata a los espíritus del castigo de allá abajo253. Pues, si el mayor bien es no pecar, el segundo es someterse a la justicia. [90]

Al que lleva mucho tiempo cometiendo injusticias impunemente debe considerársele desgraciadísimo: de él ni Dios ni los hombres se preocupan.

Míralo también de la siguiente manera. Se dice y se oye que la falta de castigo se relaciona con el mal; entonces, el [95] hecho de ser castigado lo está con el bien: que la razón dispone aquello de «lo contrario con lo contrario»254. Si yo, pues, hubiera estado allí presente, no habrías tenido tú la necesidad de enfrentarte, sin que te salieran los colores, a esta desagradable situación255 ni de denunciarte a ti mismo, sino que yo me habría encargado de hablar en tu favor y te habría llevado, como es costumbre entre los médicos256. [100] Cualquier mentecato, sin duda, habría dicho: «Sinesio está acusando a Juan». Pero tú te habrías dado cuenta de la verdad: que yo tomaba tu defensa con todo mi respeto y preocupación por ti, para que te encontraras mejor en medio de aquellas desgracias. Pero esto sería así de haber existido por tu parte algún delito, cosa que ojalá no haya existido, por tu bien y el de tu ciudad. Pues toda ella quedaría manchada [105] de sangre, si se hubiera llegado al atrevimiento de derramar la de uno de la misma estirpe. Mas, si tu mano y tu mente están limpios (¡y ojalá sea así!), ¡malditos los que han conspirado contra ti! También a éstos los aguardan los castigos de bajo tierra, porque no hay otra conducta tan odiada por Dios como la del murmurador, que daña a escondidas. Siendo como es el más vil, lo que por encima de [110] todo hace es el mal y hasta se dice que va ligada a todos ellos una cierta reputación de sodomitas y que tienen un grandísimo dominio de lo concerniente a estas artes, por más que en otras muchas sean también expertos y hábiles. De manera que, si a uno se le sorprende inventando habladurías sin fundamento, con eso basta, no preguntes ni vaciles: aunque [115] parezca que es un tipo durísimo, atrévete y deja al descubierto al hombre afeminado que es, un auténtico cofrade de Cotis257.

De ti depende, a raíz de estas palabras, sacar a relucir la calumnia, y lo harías si tú y los tuyos os entregarais a la justicia. Preséntate y di lo siguiente: «Algunos acusadores [120] míos hay ocultos, que ya de antemano se han condenado a sí mismos al considerar digno esconderse. Sin embargo lanzan contra mí muchas y graves acusaciones y puede que convenzan a alguien: tan insidiosos y hábiles son en dar falsas razones para sus habladurías». Luego, explica los motivos por los que oyes hablar mal de ti: un matrimonio y un impío asesinato. Y, como dicen, según creo, que mandaste a un tal [125] Espátalo258 a perpetrar el asesinato, tráelo también a él y suplícale al tribunal, incluso implorándole de rodillas, que no lo deje ir sin una investigación previa ni lo condene sin haber comparecido. «Sin duda, ¡oh, tú, el más poderoso de los prefectos! —dirás—, por el hecho de que nadie haya presentado una acusación pública no por ello dejas de estar obligado a recurrir a todo tipo de examen en busca y captura [130] de la verdad. El tan pregonado Espátalo, éste es. Aquí lo tienes. Dispón de su cuerpo para la tortura. Si es culpable, hoy necesariamente se va a revelar como acusador mío y de sí mismo».

Y aun cuando él no se deje convencer por tales palabras, al menos a nosotros, que somo hombres de a pie, con esto nos basta. Pero, si se muestra benévolo y te concede una [135] audiencia sobre el asunto, entonces puedes de todo punto defenderte brillantemente a la vez que avergüenzas y acallas a los murmuradores. Desde luego a ese Espátalo no le dejarás que se vaya tan fresco, sino que se le atará, se le colgará y se le abrirán en canal los costados. Hábiles son, de cierto, los torturadores a la hora de desenmascarar la simulación: han inventado ellos unos garfios que tienen la infalibilidad [140] de los silogismos científicos, de manera que, cualquier cosa que salga a la luz cuando éstos se enganchan, ésa es la pura verdad.

Si se te declara inocente y se te absuelve, te marcharás del tribunal victorioso y ufano, limpio de culpa y con buena reputación. Pero si, aun habiéndote yo recomendado lo que [145] creo que te conviene, tú no lo haces y no te presentas ante el juez, la verdad la ve y la sabe la Justicia. Es totalmente seguro que el ojo de la diosa259, el que a todas partes llega, ha observado Libia, la hondonada aquella y el rumor aquel, ya sea real o ficticio, y la carrera de Emilio para huir, lo que ha sufrido y por obra de quién, y lo que dijo y lo que oyó, [150] si es que dijo y oyó algo. Y sabe ella que, si se da el caso de que, en tu interior, seas inocente y puro ante Dios, por no haber cometido ni maquinado ninguna acción execrable, no lo serás, sin embargo, ante nosotros, los hombres, hasta que te defiendas en regla. Ni te ofreceremos la mano ni comerás [155] de nuestra misma mesa, pues, si nos contagias y nos impregnas de impurezas260, tememos a los espíritus vengadores de Emilio. También llevamos nostros nuestras propias manchas: no debemos echarnos más.

44

A OLIMPIO

Desde Ptolemaida. Contemporánea de la C. 4

Unos malvados ajenos a la Iglesia la están afligiendo. Avanza contra ellos: que «los clavos se sacan a golpes con otros clavos»261.

45

A SU HERMANO

Desde Cirene a Ficunte 262

A ese esclavo de nombre y de disposición, que, en mi ignorancia, les he comprado a los herederos de Teodoro para que sea mi profesor de gimnasia, de antiguo le viene la vileza (pues su nacimiento y crianza han sido malos y no le faltó una educación digna de sus inclinaciones naturales, rondando como estuvo desde niño las peleas de gallos, los [5] dados y las tabernas). «Pero ahora —habría dicho Lisias263— ha acabado con todo, ya toca fondo, es el colmo de lo desagradable». Lo que es con Hermes y Heracles, patronos de la palestra, no tiene él ni una pequeña relación; es a Cotito264 y a los otros lascivos dioses265 áticos a quienes sirve y, por supuesto, de las demás divinidades que haya de este [10] cuño266, de todas ellas se preocupa y todas ellas de él. En cualquier caso, no le impondría yo otra pena, pues el vicio ya es suficiente castigo para el vicioso. Pero, una vez probado que él no es apto para convivir con amos que sean filósofos, envueltos como están ellos en la vergüenza dentro de su propia casa, que regrese a la ciudad que lo dio a la luz. Pues, [15] quien vea a este rufián pavoneándose por la plaza, con una corona y perfumado, borracho y entre bailoteos, entregado a todo tipo de desenfreno y cantando canciones dignas de su género de vida, les echará la culpa a sus dueños. Entrégalo, pues, como sea, a un capitán de buque y así lo obligarás a navegar derecho a la ciudad que lo dio a luz: más justo es [20] que sea ésta la que lo soporte. Y, durante la navegación, que vaya atado sobre la cubierta y que no baje a la bodega, porque, de lo contrario, no te extrañes de que te pueda dejar medio vacías muchas de las ánforas de vino. Y, si el viaje se prolongara, podría tragarse el aromático caldo hasta las mismas heces y persuadir a los marineros a hacer lo mismo: [25] que, aparte de otras cosas, el mal es lo más persuasivo que hay cuando guía hacia los placeres. ¿Y, de todos los que surcan el mar por un sueldo, quién es tan serio como para no relajarse en el momento en que esta inmundicia se ponga a bailar el córdax267 mientras la copa circula? Y otras muchas serán sus chocarrerías, contra las que tendrá que protegerse [30] el capitán del buque. Odiseo, en efecto, para que el placer no lo corrompiera, atado costeó el cantil de las Sirenas268. A éste, en cambio, habrá que atarlo, para que no corrompa con el placer a los marineros, por morigerados que sean.

46

A LA FILÓSOFA

Me parece que estoy haciendo lo propio del eco. Las voces que he captado las devuelvo. Ante ti alabo al admirable Alejandro…269.

47

A AURELIANO

A Constantinopla, en el 399 ó 402270.

La providencia aún no se preocupa de los romanos271, pero ya se preocupará y no se quedarán para siempre dentro de sus casas quienes pueden salvar al estado. Al menos en opinión de ese orador, que se crió conmigo, tu actual poder es suficiente para la necesidad en que se encuentra. Aprovéchese, pues, de esto ahora él solo y, posteriormente, de [5] aquello otro en unión de todas las naciones.

48

A ANASTASIO

Desde Ptolemaida a Constantinopla. Posterior a la C. 79

No estuvo bien que Amasis se abstuviera de llorar por las desventuras de Polícrates, las que él previó que sucederían272. Pero, con aquello de haberle enviado un heraldo, cuando éste aún gozaba de buena fortuna, para comunicarle que renunciaba a su amistad, dejó claro que sólo habría llorado si la desventura hubiera precedido a su renuncia. [5] También tú, mientras no tuve tropiezos, permaneciste unido a mí en la próspera fortuna, para luego alejarte junto con ella. Y es que, por medio de quienes llegan de Tracia, se va corriendo el rumor de que tú ni piensas ni hablas bien de mí. Así pues, esto no es en absoluto una mera renuncia a la amistad sino toda una declaración de hostilidades. Ya hubiera sido bastante, si acaso, el hecho de no compartir mi pena; [10] pero añadir otras penas es algo que está más allá de todo espanto y no es digno ni de Amasis ni de ningún hombre en absoluto. Pero quizá hayas mirado mejor por tus propios asuntos. Haz lo que debes hacer, con tal que lo hagas gozoso. Que el mal se reducirá a la mitad si con mis sufrimientos complazco a mis amigos.

49

A TEOTIMO273

Desde Cirene a Constantinopla. Anterior a la C. 91 y contemporánea de la 39

A Pedro cuéntalo también entre los desasosiegos de la Pentápolis: un hombre que incluso sin maña alguna busca transgredir las leyes. La verdad es que también odio a quien busca hacerlo con maña. Dios y Dioscúrides lo saben. Pero aquél es más temerario que este último; pues, cualquier cosa [5] que desee, primero la agarra y la pone bajo su poder, luego instruye el proceso y, aunque en la votación salga vencido, la retiene a la fuerza. Así lo ha hecho ahora. Primero agarró un ánfora y uno lo denunció y probó su culpabilidad. Pero él no sólo no la devolvió sino que hasta amenazó con golpear a los ejecutores de la sentencia. Irritado yo por todo [10] esto y en la convicción de que no es posible la vida allí donde ciertos individuos tienen más fuerza que las leyes, he procurado que los hombres más ilustres hagan caso a mi reclamación y corran en auxilio de la constitución del estado. Pues, si él saliera con éxito, dentro de poco veríamos a muchos Pedros. Le doy las gracias al admirable Martirio porque ha compartido mi enojo más que nadie y me ha ayudado con mejor predisposición que ningún otro. ¡En pago de esto ojalá [15] le venga de Dios todo lo bueno! De parte de Antemio274 bien estaría que no recibiera él mal alguno, si Pedro le pone la demanda, tal como lo amenazó. Y, para que eso no ocurra, te lo ruego, te lo ruego encarecidamente, a ti y, por medio de ti, a ese hombre admirable, al filósofo Troilo275: impedidle a este réprobo que actúe contra la ley con el concurso de la [20] propia ley. Me preocupa no sólo la Pentápolis sino también el hecho de no convertirme en el causante de la desgracia de un amigo. Descubrir cómo cortarle los pasos a este calumniador276 no es cosa mía sino tuya. ¡Qué tú eres el más expeditivo de todos cuando se trata de buenas acciones!

50

A PILÉMENES277

Desde Cirene a Isauria

Haces bien en regresar a la ciudad278 en la que reside el emperador. Pues, aunque en los montes de Isauria te haya acompañado una suerte próspera, no obstante esa prosperidad es menos próspera en vista de aquel lugar. En cierta forma, a mí personalmente me interesa que te encuentres [5] bien junto a la propia corte: viviendo allí podrás recibir y podrás enviar cartas, la más preciada para mí de todas las mercancías exportables de Tracia.

51

A TEOTIMO

Desde Cirene a Constantinopla, al menos después del 404

Más provechoso le fue a Hierón el trato de Simónides que a Simónides el de Hierón279. Y, por el dios de la amistad que nos une a ti y a mí280, que no te felicito a ti por tu amistad con el gran Antemio más que al propio Antemio, el [5] grande, por la suya contigo. Pues, para un hombre con poder, ¿qué posesión hay más bella que un amigo281 dotado de un carácter franco, como yo sé que es Teotimo, una persona afabilísima y amada por Dios? Pero tú a Simónides lo superas en esto, en que Simónides mismo se avenía a conversar por dinero282; y tienes en común con él lo siguiente, que Simónides consolidó a Hierón en el transcurso de los siglos y Antemio, gracias a la poesía de Teotimo, será un [10] nombre importante en los círculos literarios, mientras haya griegos. ¡Ojalá él incremente la prosperidad de los romanos y tú su propia fama! Que Dios le concedió al arte poética dispensar la gloria y su encanto te envuelve.

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Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2024
Объем:
324 стр. 8 иллюстраций
ISBN:
9788424932350
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