Читать книгу: «Cambio de vida»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Sharon Kendrick
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Cambio de vida, n.º 1049 - enero 2021
Título original: Make-Over Marriage
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
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Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-105-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
TODD Travers sacó una zapatilla de ballet de detrás de la tetera y masculló algo no muy agradable entre dientes. Pensó por un momento en tirarla al otro extremo de la brillante y espaciosa cocina, pero se resistió. Probablemente desaparecería para siempre en aquella ruidosa y caótica casa suya y podía imaginar muy bien el pánico consecuente.
–¿Es que nunca recogen nada estas chicas? –preguntó con una voz tan profunda y grave que la mayor parte de la gente que lo conocía por primera vez pensaba que era una actor de teatro en vez de un hombre de negocios con una de las carteras de clientes más respetadas de Londres.
Anna alzó la cabeza para mirar a su marido. Estaba sentada en el suelo limpiando tres pares de zapatos y le estaba empezando a doler el cuello. Mientas tanto, Todd había roto la costumbre de toda una vida y había llegado a casa pronto ese día. ¡Y todavía no le había dicho por qué!
Sus profundos ojos azules eran soñadores y distantes, pero los enfocó al instante con placer en la dura simetría de las facciones de su marido. Inconscientemente el corazón se le aceleró al deslizar la mirada sobre él antes de lanzar un suspiro.
Todd era uno de esos hombres que se podían describir como demasiado atractivos para su propio bien, aunque Anna no tenía quejas al respecto. Alto, atlético, un cuerpo fibroso y duro, con fuertes y musculosas piernas tenía la gracia natural de un deportista. Su espeso pelo negro era un poco rizado y cuando sonreía era como si saliera el sol.
De hecho, si alguien le preguntara a Anna que hiciera una lista con sus características menos atractivas, se hubiera quedado paralizada, pero también era cierto que ella era un caso perdido en lo referente a Todd y a veces tenía que darse un pellizco por si acaso todo su matrimonio resultaba ser un sueño.
Diez años y tres hijos no habían hecho nada por disipar el asombro que a veces sentía al pensar que estaba casada con un hombre tan guapo como Todd Travers.
–¿Hum? –musitó ausente posando con cuidado el cepillo embadurnado de betún en una hoja de papel–. ¿Qué estabas diciendo, cariño?
–Las chicas –repitió él con impaciencia–. Nunca dejan nada en su sitio, ¿no te parece?
Anna desvió la mirada hasta la cómoda francesa donde había colocado un retrato de sus trillizas a los diez años con sus rizos de color ceniza y sus oscuros ojos azules como los de su madre.
Era una fotografía muy halagadora tomada por uno de los mejores fotógrafos de Londres, que había admirado al instante el profesionalismo de las niñas. Pero tal profesionalismo no era sorprendente ya que Natalia, Natasha y Valentina Travers llevaban con éxito su carrera de modelos para publicidad y televisión desde hacía dos años.
Las tres chicas habían sido descubiertas por un director de casting cuyo hijo iba a la misma escuela que ellas en Kensington, la misma escuela a la que Anna había ido de pequeña. Las trillizas habían estado locas por participar en una campaña de supermercados para televisión, pero Anna y Todd habían tardado mucho en convencerse hasta estar seguros de que sus estudios no sufrirían menoscabo.
Desde entonces, las tres chicas habían trabajado en exclusiva para Premium Stores, una vasta cadena se supermercados extendida por toda Inglaterra. Aparecían regularmente en televisión y sus caras sonrientes, muy parecidas a las de Anna, estaban constantemente en los grandes paneles de anuncios por toda la nación. Y sus compañeros de colegio estaban muy celosos de ellas, porque, como Valentina misma había dicho: a nosotras nos pagan por comer galletas.
Ya eran todas unas veteranas, pensó Anna con una suave sonrisa al mirar sus caras expresivas.
–Ya sé que son un poco desordenadas.
Su marido frunció las oscuras cejas de ébano que enmarcaban unos ojos grises que en ese momento estaban más fríos que un cielo invernal.
–No es de sorprender –comentó con acidez.
Anna abrió mucho los ojos.
–Ah, sí. ¿Y por qué?
–Porque tú te pasas toda la vida corriendo detrás de ellas –la acusó con un gruñido.
–Todd, yo no…
–Anna, sí –se acercó a ella–. ¡Sabes que lo haces! ¡Insistes en hacerles todo! Como ahora, por ejemplo –la acusó mirando sombrío hacia los zapatos recién abrillantados–. ¿Por qué haces tanto por ellas?
–Porque soy su madre –contestó ella con calma.
–Otras madres tienen ayuda –señaló él.
–Otras madres tienen carreras. ¡Yo no puedo justificar dejar a mis hijas en manos de extraños cuando ni siquiera trabajo, Todd!
–No me gusta verte limpiándoles los zapatos –dijo él con obstinación–. Eso es todo.
Anna dejó de pensar acerca de si las chicas tendrían calcetines iguales limpios para la sesión fotográfica del día siguiente o si sacar la lasagna del congelador para la cena y prestó toda su atención a su marido. La curva de su boca se había convertido en una línea implacable. Tapó con cuidado la lata de betún.
–¿Estás enfadado por algo, Todd?
Sus ojos se encontraron.
–No querrás oírlo…
–¡Por supuesto que quiero! –murmuró ella con suavidad.
Con los profundos ojos azules cargados de curiosidad se incorporó y se apartó ausente un mechón de la frente.
El leve movimiento resaltó la lujuriosa curva de sus senos y Todd sintió una oleada de deseo bajo la piel aunque su mujer no estaba haciendo absolutamente nada por inflamarlo. Más bien al contrario.
Anna siempre se había vestido con mucho sentido práctico, un hábito que había adquirido al tener que cuidar a tres bebés a la vez y que nunca había perdido. Llevaba unas mallas que ya habían empezado a arrugarse por la rodilla y una camiseta roja de algodón bastante floja. Su pelo rubio ceniza estaba atado en una coleta con una cinta de terciopelo y no llevaba ni una gota de maquillaje.
Y si embargo…
–¿Por qué no me lo cuentas, Todd? –se levantó del todo y lo miró con gesto interrogativo–. ¿O quieres que te sirva una copa antes?
Él sacudió la cabeza antes de mirar su cara confiada y casi cambió de idea consciente de la bomba que estaba a punto de lanzar.
–No quiero una copa. Vamos al salón a sentarnos, ¿de acuerdo?
Anna asintió y le siguió. En el salón, él se acomodó al instante en uno de los grandes sofás verdes y suspiró.
Ella se deslizó en el otro extremo del sofá y le sonrió para animarle pensando que su marido, normalmente tan equilibrado, estaba de un humor muy irritable ese día. Aunque, ahora que se paraba a pensarlo, ¿no llevaba extrañamente distraído unas cuantas semanas? Y cada vez que le había preguntado qué le pasaba, había sacudido su cabeza morena con bastante impaciencia.
Anna estaba empezando a perder la paciencia; ella misma estaba demasiado ocupada para aquellos juegos de adivinación. Si pasaba algo malo, debería decírselo.
–Dime lo que te está preocupando, Todd.
Él vaciló eligiendo las palabras con mucho cuidado porque tenía la fuerte sospecha de que su esposa iba a poner muchas objeciones a lo que estaba a punto de decir.
–Cariño…
–¡Oh, por Dios bendito, Todd! ¡Suéltalo!
Él sonrió un instante porque era la única mujer en el mundo a la que permitiría que le hablara de aquella manera.
–Quizá sea hora de que pensemos en movernos…
Aquello era lo último que Anna había esperado oír. Si Todd le hubiera anunciado de repente que quería que se fueran los cinco al desierto de Arizona, no podía haber estado más sorprendida.
–¿Moverse?
Se sentó muy rígida en el sofá y le miró con desmayo.
Habían empezado su vida de casados en aquel apartamento de una mansión londinense, criado a sus trillizas entre sus amplias paredes y permanecido allí como una familia a pesar de los malos augurios de las pocas personas que los habían conocido desde el principio.
–¿Moverse? –repitió Anna con más debilidad esa vez.
Todd asintió.
–Exacto. No es una sugerencia tan rara, ¿no te parece, cariño? Mucha gente lo hace a menudo. Piensa en ello con sensatez.
Pero Anna había descubierto que pensar con sensatez era una cosa que se decía más fácilmente de lo que se hacía, sobre todo desde que se había convertido en madre. Porque en los diez años que habían pasado desde que habían nacido las trillizas, su cerebro se había hecho papilla por completo. Ella, que en el colegio era capaz de sumar una larga lista de números de memoria, se había visto reducida a contar con los dedos cuando las trillizas habían tenido invitados para merendar y había tenido que calcular el número de sandwiches.
Lo había achacado a la maternidad y a tener que recordar al menos veinte cosas al mismo tiempo, pero fuera cual fuera la causa, ya no se le daba bien pensar en un problema con lógica. Solía desistir cuando se sentía desbordada y así era exactamente como se sentía en ese momento.
También muy insegura.
Aquel apartamento era su nido y su refugio; había vivido allí desde que podía recordar, mucho antes de casarse con Todd. Y eran felices allí. Lo último que deseaba en el mundo era desarraigarlos a todos.
–Pero yo no quiero trasladarme a ningún sitio, Todd –le dijo a su marido con firmeza.
En la comisura de los labios de Todd se tensó un músculo de forma peligrosa.
–¡Pero no puedes rechazar una sugerencia de esa manera, Anna!
No. tenía razón. No podía. No si quería ganar con sus planteamientos. Porque Todd Travers era uno de esos irritantes hombres fríos y razonables que siempre tenían una respuesta para todo. Y si Anna rompía en ruidosas e histéricas lágrimas, que era lo que le apetecía en ese mismo momento, y anunciaba con pasión que no podría soportar irse, entonces Todd tiraría por tierra todos sus argumentos con el simple uso de la lógica.
Anna inspiró con fuerza.
–Pero Todd. ¿Por qué moverse? Quiero decir que somos felices aquí, ¿o no?
Él no contestó al instante. Anna notó que vacilaba por segunda vez y el silencio que llenó la habitación fue como una desagradable manta de humo.
Él sacudió la cabeza.
–Cariño, no es tan simple como eso.
Anna se puso rígida al notar el tono sombrío de su voz para sacar una conclusión inmediata de lo que su marido debía estar intentado decirle.
–¿Estás intentando decirme que hay otra persona? –preguntó temblorosa porque tenía el estómago en un puño.
Todd lanzó una carcajada.
–¡Oh, Anna!
–¡No me vengas con ese tono! –explotó ella tirándole un cojín por el alivio que sintió–. ¡Si hay otra mujer en tu vida, tengo el maldito derecho a saberlo todo, Todd Travers!
Todd apartó el cojín y se levantó y Anna se sintió horrorizada al encontrarse mirando sus muslos con lascivia. ¿Cómo era posible estar tan enfadada y saber al mismo tiempo que si el mismo hombre empezara a hacerle el amor no podría resistirse? Aunque no iba a hacerlo, por supuesto. No en el sofá a plena luz del día. Todd era un hombre que siempre había mantenido su formidable apetito sexual bajo control. ¡Haber tenido tres niñas a la vez lo había garantizado!
–No hay ninguna otra mujer –le aseguró con suavidad–. Como bien sabes. Simplemente no me interesan otras mujeres.
–¿De verdad? –preguntó ella levemente aplacada.
–Incluso aunque tuviera la energía… ¡Ah! –exclamó cuando un segundo cojín alcanzó el blanco–. Tienes muy buena puntería, señora Travers. Quizá deberías empezar a jugar al golf.
–Por favor, no intentes cambiar de tema, Todd –le advirtió con suavidad–. Y si no hay otra mujer, será mejor que empieces a explicar por qué no eres feliz.
–Eso lo estás poniendo tú en mi boca –la acusó en voz baja–. Yo no lo he dicho, ¿no crees?
Todd dio unos pasos para ponerse justo enfrente de ella, sin que el corte flojo de sus pantalones italianos pudiera ocultar la poderosa línea de sus muslos y Anna se sintió consumida de deseo.
–¿Puedo sentarme? –preguntó él indicando el sitio a su lado.
–¿Desde cuándo tienes que preguntarlo?
–Desde que has empezado a lanzarme esos cojines y has decidido mirarme como si fuera el mayor villano de la historia –respondió él con voz sedosa–. Bueno, ¿puedo?
–Haz lo que quieras –se encogió ella de hombros consciente de que no se estaba portando de forma muy adulta, pero muy aturdida al sospechar que no iba a gustarle nada lo que Todd iba a decirle.
Anna notó que se acomodaba su larga figura un poco separada de ella y agradeció el espacio físico entre ellos porque de repente era muy consciente de él. Y le estaban temblando las manos…
–Me has preguntado si éramos felices aquí –empezó él con el ceño fruncido.
–Y me has respondido con evasivas.
–Muy bien. Seré directo –se pasó la mano por las ya revueltas ondas de su pelo y la miró fijamente–. Por supuesto que he sido feliz aquí.
Anna notó que había utilizado el verbo en pasado.
–Bueno, ¿entonces?
–Y soy feliz ahora –corrigió él con suavidad–. Sólo que creo que podría ser más feliz.
–¿Y qué se supone que quiere decir eso?
Todd suspiró deseando haber pedido una copa después de todo. Había temido ese momento demasiado tiempo, pero no podía retrasarlo más.
–Sólo que hemos tenido mucha, mucha suerte, de eso soy consciente, Anna. Hemos vivido en un apartamento grande y cómodo…
–Que está situado exactamente en el centro de la capital –interrumpió ella.
–Como tú digas.
–No podríamos vivir más en el centro aunque quisiéramos, Todd.
–No, ya lo sé. Pero también tenemos tres hijas que están creciendo a toda velocidad. Muy pronto no les gustará compartir la misma habitación, por muy grande que sea.
Su mujer le miró con la boca abierta.
–¡Las trillizas no soportarían que las separaran! –discutió Anna al recordar las innumerables batallas que había tenido durante aquellos diez años–. ¡Si ni siquiera en vacaciones han querido dormir en habitaciones separadas!
–¿Se lo has preguntado últimamente?
Algo en su tono alertó a Anna de que habían tenido conversaciones en las que ella había estado excluida.
–No, pero supongo que tú sí, ¿verdad?
–He estado hablando con las niñas acerca de los estilos de vida en general –dijo él con desgana preguntándose por qué se sentía como un criminal.
–Pero es evidente que has decidido que yo no debía ser privada de esa discusión en particular. ¿O ha habido más de una?
Todd tamborileó los largos dedos en los brazos del sofá.
–No hagas que parezca que he cometido una felonía contra ti, Anna –la advirtió con suavidad–. Tú has tenido cientos de conversaciones con las chicas en las que yo no he estado presente.
Anna contuvo la tentación de decirle que una conversación acerca de si necesitaban ropa nueva o una reprimenda para que hicieran sus deberes no era lo mismo a hablar de cambiar de casa.
Le miró directamente a los tormentosos ojos grises, tan entrecerrados ahora que sólo era visible una línea de plata bajo las espesas pestañas.
–Bueno, ¿exactamente de qué habéis hablado? ¿Y cómo surgió el tema?
Todd decidió ser claro.
–Fue el día de tu cumpleaños, cuando yo las estaba cuidando, ¿te acuerdas?
¡Desde luego que se acordaba! Para su veintiocho cumpleaños, Todd le había regalado una sesión para el instituto de belleza más lujoso de Londres.
Para sus adentros, Anna había pensado que era un desperdicio para una mujer tan poco interesada por las apariencias como ella. Se había pasado el día mimada y zarandeada, sudado en una sauna antes de que le obligaran a meterse en una bañera de hielo. Después le habían dado masajes con untuosas cremas y le habían hecho la manicura de manos y pies antes de un almuerzo consistente en un plato entero de intragables plantas y había llegado a casa refrescada y rejuvenecida, pero con un enorme apetito.
–Así que simplemente salió el tema, ¿verdad? –preguntó Anna con sospecha–. ¿Así de sencillo? Las chicas de repente se volvieron hacia ti y dijeron: Papá, queremos cambiar de casa.
Todd no respondió, sólo permaneció allí sentado con estudiada expresión de paciencia.
–¿Y bien? –insistió Anna con sarcasmo ante la irritante expresión razonable de su cara. ¿Cómo se atrevía a ser tan razonable?–. ¿Es eso lo que pasó?
–¿Me vas a dar la oportunidad de contártelo? –preguntó él con frialdad–. ¿O vas a seguir actuando de forma melodramática?
–Creo que necesito una copa –dijo de repente Anna notando la cara de sorpresa de Todd.
Ella normalmente sólo tomaba alcohol en ocasiones especiales y un vaso de vino le podía durar toda una velada.
–Yo las serviré –dijo Todd al instante para escaparse a la cocina donde se ocupó en abrir una botella de vino y sacar los vasos del armario mientras decidía la mejor forma de continuar aquella discusión que no estaba saliendo como él había imaginado.
Anna se fijó en que había elegido una botella muy cara y frunció el ceño al ver la bandeja.
–Deben ser muy malas noticias –bromeó sombría cuando le pasó el vaso de vino.
Todd la ignoró hasta que se sentó a su lado, posó el vaso en la mesa y se dio la vuelta hacia ella.
–Es sólo que no paso tanto tiempo con las niñas como me gustaría, así que el día de tu cumpleaños les dije que podían hacer todo lo que quisieran, dentro de unos límites, claro está, como ocasión especial.
–Eso fue muy tierno por tu parte.
–Fue entonces cuando Tally me dijo con la voz más sombría imaginable, que le sería imposible hacer lo que realmente quería porque no se lo permitían.
–Eso tendrá algo que ver con los caballos, supongo –dijo Anna despacio al pensar en Natalia, la mayor de las trillizas, a la que le volvían loca los ponies.
Se gastaba todos sus ahorros en revistas de caballos y cada libro que leía era de algún tema ecuestre.
–Sí, eso era –aseguró Todd bastante sombrío–. Me preguntó sin rodeos por qué no le dejábamos tener un caballo propio.
–Porque sabe tan bien como yo que montar a caballo es muy peligroso –suspiró Anna–. Las tres son conscientes de que no pueden tomar parte en ningún deporte peligroso porque está firmado en su contrato. El director de casting les dijo que si se rompían un brazo o una pierna sería un desastre para su campaña.
–Lo que sería el fin del mundo, ¿verdad? –preguntó Todd despacio–. ¿Un desastre para la campaña?
El tono de burla de su voz hizo que Anna alzara la cabeza al instante y algo indefinible que leyó en sus ojos le hizo posar el vaso casi sin tocar en la mesa.
–¿Y qué se supone que quiere decir eso?
Todd la miró fijamente.
–Quiere decir todo, Anna –respondió él con suavidad–. Sólo me estaba preguntando si sería tan terrible que las niñas dejaran de trabajar para Premium Stores…
–¡Por supuesto que lo sería! ¡Sabes la suerte que tienen por tener ese contrato! Otras niñas, mucho más experimentadas que las nuestras, hubieran saltado de alegría ante esa oportunidad.
–Hablas como la típica madre de un niño artista –la reprendió él.
Anna se quedó helada de indignación y miedo porque Todd nunca había usado aquel tono tan desaprobador y horrible con ella.
–¡Eso no es justo y lo sabes! Yo nunca he buscado la fama para las niñas. ¡La fama las buscó a ellas! Lo hablamos con cuidado con ellas antes de dar el paso y tú lo sabes. Y los dos acordamos que siempre que no interfiriera con sus estudios podían seguir haciéndolo. Y no interfiere con el colegio, ¿verdad?
–Hasta ahora no –respondió Todd con cautela–. Pero…
–Y ellas ganan un montón de dinero por lo que hacen –insistió Anna con rapidez.
–Pero nosotros no estamos al límite de la pobreza, ¿verdad, cariño? –comentó con sequedad deslizando la mirada por la elegante habitación para fijarla en los altos techos y la cara lámpara de araña que brillaba como un millón de arco iris.
–De acuerdo –concedió ella encogiéndose de hombros–. ¡No lo están haciendo por dinero! ¡Lo hacen porque les encanta!
Todd frunció el ceño.
–Les encantaba. Creo que ya les gusta menos que cuando empezaron.
–¿De verdad? Eso debe ser algo más que te han contado a ti solo, ¿verdad?
Anna sabía que había hablado con malicia y celos, pero no pudo hacer nada para evitarlo.
Se sentía dolida, terriblemente dolida.
Ella había tenido a las trillizas cuando tenía todavía diecisiete años, casi una niña ella misma y había creído que su relación era muy íntima con ellas. Así que era algo así como un trauma descubrir que habían estado quejándose a su padre y la habían excluido por completo.
Todd observó la cara pálida y enfadada de su mujer y se preguntó por qué la discusión iba tan terriblemente mal. Lo último que deseaba era una pelea con Anna. Pensó en cómo las discusiones discurrían con suavidad en el trabajo y en casa parecían empañarse siempre de emoción y de falta de lógica.
Decidió intentarlo de nuevo.
–El día que estuviste fuera, las niñas y yo nos sentamos y tuvimos una larga conversación.
–Eso parece –fue su dura respuesta–. ¿Y de qué hablasteis exactamente?
Todd dio otro sorbo de vino mientras pensaba en como expresar mejor las quejas de su hijas acerca del estilo de vida que la mayoría de sus compañeros envidiaban.
–Les encantaba trabajar para Premium Stores –le dijo a Anna con una sonrisa que la dejó helada–. Como ellas mismas me dijeron, ¿cuántos niños podían quejarse de salir de la oscuridad a ser las estrellas de una campaña que encaja tan bien con su vida?
–¡Exacto! –respondió Anna triunfal–. Aparte de que han conocido a todo tipo de celebridades, han hecho el tipo de cosas que la mayoría de los niños sólo sueñan…
Se paró al recordar la memorable ocasión en que Tally, Tasha y Tina habían atacado a una estrella mundial del rock con un refresco gaseoso en el escenario para anunciar una nueva línea de refrescos. ¡La excitación en la escuela había tardado semanas en remitir!
–Nadie niega que ese trabajo les ha dado oportunidades que no hubieran tenido normalmente –la aplacó Todd–. Pero ya llevan dos años trabajando.
–Y Premium quiere que sigan trabajando indefinidamente con ellos –dijo Anna con obstinación.
Todd decidió que ya era hora de dejar de andarse por las ramas. Si su esposa se negaba a escucharle, la obligaría a hacerlo.
–Sí, ya sé que la compañía todavía las quiere, Anna. Pero el punto que no tienes en cuenta es que aunque ese contrato sea lucrativo y excitante, también es muy restrictivo.
–Es un contrato en exclusiva –defendió Anna–. Es por eso.
Todd sacudió la cabeza.
–No estoy hablando de la cláusula que impide que las niñas trabajen para nadie más, sino que es restrictivo en un sentido mucho más amplio. A Tasha le está yendo muy bien en el colegio…
–¡Ya lo sé! –exclamó Anna con orgullo–. ¡Y quieren que solicite una beca el año próximo!
–Pero si quiere solicitarla, tendrá que estudiar mucho más, ¿verdad? ¿Y de dónde va a sacar el tiempo con las exigencias de Premium?
–Podía intentar ver menos televisión, para empezar –repitió Anna las palabras de todas las madres del mundo.
Pero Todd sacudió la cabeza con vigor.
–Eso no es justo y tú lo sabes. Ella no ve demasiada televisión y tiene derecho a ver algo, ¿no crees? Si no puede disfrutar de nada de tiempo de ocio entre el colegio, estudiar y trabajar, vaya vida para una niña de diez años, ¿no te parece? Y mientras tanto, a Tally le impiden que monte a caballo por si se hace alguna lesión –continuó él de forma inexorable–. Y lo que es peor, ha ahorrado suficiente dinero como para poder comprarse su propio caballo, por lo que es mucho más frustrante para ella.
–¡Pero si vivimos en Knightsbridge! ¿Cómo diablos va a tener un caballo cuando no tenemos sitio? ¿Dónde piensas buscarle un establo? ¿Enfrente de Harrods?
–¡Exactamente! –bramó Todd–. Knightsbridge no es sitio para tener mascotas. No tenemos sitio para un caballo, pero tampoco para un perro –prosiguió como si hubiera estado siglos meditando sobre aquel asunto.
¿Lo habría estado?, se preguntó Anna. Y si era así, ¿por qué no se lo había dicho antes?
–Tampoco tenemos manzanos que se cubran de flores fragantes en primavera y de sabrosos frutos en otoño –dijo con la voz menos apasionada que ella le había escuchado nunca. No hay arroyos para que las niñas los vadeen antes de hacerse lo bastante mayores como para desdeñarlos –continuó con la mirada turbia–. Ni flores silvestres para que se hagan coronas para el pelo. No verán conejos saltando por los campos ni oirán a las lechuzas por las noches.
–¡Has estado leyendo demasiados libros sobre la vida en el campo! –bromeó Anna con una sonrisa nerviosa. Pero no obtuvo una sonrisa de respuesta de los labios cincelados de su marido–. Te has olvidado de mencionar el barro y quedar aislados cuando el tiempo se pone malo.
–Te olvidas de que me crié en el campo, Anna –la contradijo con suavidad–. Y aunque mis recuerdos puedan estar un poco teñidos de rosa, te puedo asegurar que soy muy consciente de las desventajas de vivir en la naturaleza.
Anna recordó como había empezado aquella conversación… con moverse. Había pensado que eso era bastante malo, pero de lo que Todd estaba hablando ahora era de un cambio radical de estilo de vida. Bueno, formaban una pareja. No podría obligarlas a las niñas y a ella a ir a vivir al campo si no querían hacerlo y desde luego, ¡ella no quería de ninguna manera!
Pero, ¿cómo convencer a Todd de aquello?
Anna estiró los brazos sobre la cabeza para ganar tiempo y al notar un músculo tensarse en la mandíbula de Todd, se le ocurrió una osada idea de cómo acabar con aquella discusión.
Estaba empezando a sentir pánico. Ella había pasado la mayor parte de su vida en aquel apartamento. Su padre había vendido la propiedad a Todd a un precio muy barato como regalo de bodas, porque siendo como era Todd, se había negado a aceptar la casa como un regalo. Ella no podía imaginar vivir en ningún otro sitio. ¡Ni quería vivir en ningún otro sitio!
Pensó en lo frenéticas que se estaban volviendo sus vidas últimamente. ¿Quizá no le hubiera prestado demasiada atención a su marido últimamente? Eso estaba contra lo que todas las revistas de mujeres advertían todo el tiempo. Las mujeres daban a sus maridos por supuestos. ¿Era por eso por lo que Todd parecía tan malhumorado esa tarde?
Y sin embargo, ella tenía un arma muy efectiva que podía convencer a Todd de su punto de vista, pero, ¿se atrevería a usarla?
Anna lanzó un suspiro susurrante para pasarse el dorso de la mano por la frente seca. Y de repente, el plan no le pareció tan estrafalario porque algo en la pose alerta del cuerpo de Todd le hizo desearle… Anna se aclaró la garganta y la voz le salió sin querer como un susurro lujurioso.
–Está haciendo un calor terrible aquí, ¿verdad?
Todd supo por el repentino temblor de su voz lo que su mujer deseaba y sintió su propio cuerpo despertar en respuesta en parte porque la deseaba mucho y en parte porque no era lo que hubieran hecho normalmente.
Ellos apenas habían ido nunca a la cama a media tarde; él estaba normalmente trabajando y cuando no lo estaba, solían tener a unas niñas curiosas alrededor. Anna era normalmente dulce y tímida con el sexo. Debía desear con locura quedarse en Londres para intentar seducirle a plena luz del día.
Pero prefirió no hacer caso de la cuestión de si hacer el amor iba a ser suficiente para tapar las grietas que habían surgido ese día en su relación. Porque en ese momento no le importaba particularmente. Anna había encendido el fuego, así que aceptara ella las consecuencias.
–Tienes calor, ¿verdad? –preguntó a propósito.
–Hum. Estoy ardiendo.
Con una calma que traicionaban sus dedos temblorosos, Anna se despojó de la camiseta de manga larga para revelar una de manga corta. No era una particularmente nueva ni ajustada, pero moldeaba las curvas de sus senos a la perfección y Anna notó que Todd estaba observando con obsesión sus movimientos.
–Ya está –susurró con una voz tan ronca que le sonó decadente incluso a ella misma.
El músculo de su mandíbula palpitó de forma compulsiva y Todd supo que estaba atrapado en los sedosos lazos del deseo sexual.
–Entonces, ¿por qué no te quitas algo más? –sugirió en un murmullo.
–¿Y por qué… por qué no lo haces tú? –contestó ella temblorosa perdiendo el valor.
Él no necesitó más ánimos. Se inclinó hacia adelante con los ojos turbios y la boca curvada de anticipación antes de deslizarla por los femeninos labios entreabiertos en una fugaz caricia. Entonces deslizó la mano por debajo de su camiseta para abarcar uno de sus senos de forma posesiva.
Anna cerró los ojos y lanzó un hambriento gemido de placer por lo inesperado de que su deseo lo sedujera y la gratificante respuesta de Todd la estaba excitando con locura.
–¿Dónde están las trillizas? –preguntó él.
–En actividades extra escolares –jadeó Anna–. Saskia las traerá hoy a casa.
–¿Y a qué hora vuelven? –preguntó él deslizando el dedo bajo el encaje para frotarle el pezón que se endureció bajo su caricia.
–Nos queda un… un poco menos de una hora –susurró Anna temblorosa intentando recordar la última vez que habían hecho el amor de aquella manera.
Años, comprendió con una sensación de hundimiento. Habían pasado años y años.
Ella tiró con impotencia de su camisa de seda e intentó desabrocharle la hebilla del cinturón con frenesí para notar que las manos de él estaban tan temblorosas como las de un colegial. Todd la deseaba tanto que apenas podía pensar con claridad y no podía recordar sentirse tan caliente en mucho, mucho tiempo…
¿Habrían añadido combustible al deseo sus palabras amargas?, se preguntó él. ¿Era eso lo que pasaba después de diez años de matrimonio, que uno necesitaba palabras ásperas para excitarse tanto como para perder la claridad de pensamiento?
–¡Oh, Todd! –gimió Anna con todos los poros de su cuerpo en fuego mientras deslizaba los dedos sinuosos por su torso–. ¡Por favor!
Pero las viejas costumbres desaparecen con dificultad y Todd sacudió la cabeza aunque le costó hasta el último ápice de control que poseía.
Habían pasado la mayor parte de sus diez años juntos con niñas alrededor y nunca habían hecho el amor con audiencia, ni siquiera cuando las trillizas eran bebés. Ninguno de los dos había creído que fuera correcto abandonarse al deseo sexual con infantes en la misma habitación. Como Todd había repetido muchas veces, los niños no motivaban precisamente para hacer el amor. Mientras que Anna se había preguntado siempre si no sería porque los niños solían ser la consecuencia de hacerlo.
Como los suyos…
–Aquí no –masculló él con el corazón desbocado al intentar resistirse a la atracción de los profundos ojos azules–. ¿Y si las niñas volvieran temprano?
–Entonces…
–Sss –la acalló él mientras se levantaba y se agachaba para levantarla a ella en brazos del sofá.
Sin ningún esfuerzo la llevó hasta la habitación medio resentido de que el fiero deseo que había despertado en él había tirado por tierra su discusión.
Pero la razón quedó momentáneamente oscurecida por el deseo y Todd decidió continuar la discusión con su mujer cuando lo hubiera satisfecho.
Mientras que Anna, que estaba casi febril ante la perspectiva de hacer el amor con su marido en mitad de la tarde, se aferró a él con fuerza cuando la tendió en la cama y empezó a despojarla de las mallas pensando que el asunto de moverse estaba ahora cerrado…
Capítulo 2
BAJO la suave luz del sol del atardecer, el pulso de Anna empezó a regularizarse y sonrió para sí misma mientras deslizaba un dedo por la cadera sudorosa de Todd.
–Hum –murmuró él en respuesta atrapándole la mano para guiarla a una parte de su anatomía mucho más íntima.
Anna contuvo el aliento al sentir a su marido endurecerse bajo sus dedos.
–¡Todd! –jadeó dejando la mano donde estaba para empezar a moverla despacio.
–¡Anna! –se burló él con un gemido de placer para incorporarse sobre el codo y bajar la vista hacia su cara sonrojada y el sedoso pelo rubio derramado sobre la almohada.
Todd alcanzó un mechón de oro y lo retorció entre los dedos con expresión distraída sabiendo que si ella continuaba haciendo lo que estaba haciendo…
Apretando los dientes con esfuerzo, Todd le apartó la mano.
–¡Oh! –protestó ella.
–¡Ahora no, cariño! –dijo con brusquedad aunque su cuerpo estaba gritando porque siguiera con la magia de aquellas caricias suaves como plumas–. ¿Cuánto nos queda para que no nos molesten?
Anna echó un vistazo al reloj de la mesilla.
–Un poco más de media hora –bostezó–. Ha sido muy rápido, ¿verdad?
–Hum… –él sonrió al recordarlo–. Pero lo has disfrutado a pesar de eso, ¿o no?
Anna se sonrojó, una costumbre que nunca perdía para vergüenza suya e inmenso placer de su marido.
–Ya sabes que sí –respondió en voz baja.
Pero sus pensamientos eran un mar de confusión. Había sido maravilloso, sí, pero había sido hacer el amor a diferente escala de la que ella estaba acostumbrada. Había sido frenético incluso antes de que llegaran a la habitación y Todd empezara a quitarle la ropa casi fuera de control, en oposición a su acostumbrada finura juguetona.
Anna se incorporó en la cama revuelta y la cascada dorada le cubrió los senos desnudos.
–Será mejor que me levante.
Él le posó una mano en el brazo.
–No, todavía no.
Ella se volvió hacia él con una sonrisa de delicia mezclada con exasperación.
–Pero cariño, acabas de decir que no teníamos tiempo…
El sacudió la cabeza.
–No para hacer el amor de nuevo, Anna –dijo con seriedad–. No me refería a eso. Quiero hablar.
–¿Hablar? –el ácido sabor del miedo le produjo un nudo en la garganta y para distraerse de la expresión decidida de los ojos de su marido, saltó de la cama y empezó a buscar las zapatillas–. ¿Hablar de qué, Todd?
–De lo que estábamos hablando antes de que empezaras a exhibir ese lascivo cuerpo ante mí. De trasladarnos –dijo mientras observaba cómo ella se ponía las bragas azules por los pálidos muslos y se preguntaba por qué nunca se ponía la extravagante lencería que él le había regalado cada vez que había ido de viaje.
–¡Pero yo creía que ya habíamos dicho todo lo que teníamos que decir al respecto! –objetó ella mientras se abrochaba el sujetador.
Todd sacudió la cabeza.
–¡Oh, no, cariño! –respondió con énfasis–. Creo que tú has dicho todo lo que tienes que decir, que no querías moverte.
–¡Ah! –le tembló la boca al oír que Todd pasaba por encima de sus objeciones–. O sea, que mi opinión no cuenta para nada, ¿verdad?
–Todd suspiró.
–¡Por supuesto que sí! De hecho, si no hubiera sido porque era tan patente que querías quedarte aquí, ya hubiera sacado el tema hace años.
–¡Y yo hubiera puesto las mismas objeciones que ahora!
Intentando otra vía, Todd se pasó las manos por detrás de la cabeza y esbozó una lenta sonrisa.
–¿Y qué haces exactamente en la ciudad que no puedas hacer en el campo?
Anna le miró especulativa. Ya estaba intentado la lógica de nuevo. Se preguntó si se daría cuenta de lo paternalista que sonaba.
–Ir al teatro –dijo al instante–. Y a conciertos. Además hay galerías y parques… ah, y tiendas especializadas.
–¿Y si viviéramos cerca de otra ciudad? ¿Qué te parecería? Así podrías hacer todas esas cosas.
–¿Pero para qué querríamos hacerlo? Estamos establecidos aquí, Todd. Ya sabes que lo estamos.
–Sí –concedió él–. Pero podemos establecernos en cualquier otro sitio –vio su muda expresión y decidió que sería mejor retroceder–. Oh, no estoy siendo ingenuo, cariño. Ya sé que no será fácil empaquetar nuestras cosas y…
–Entonces, ¿para qué hacerlo? –preguntó Anna enfadada porque Todd pareciera desear trastocar por completo su mundo.
–Por todos las razones de las que hemos hablado antes, más espacio y más calidad de vida para las trillizas…
–¿Pero no para mí?
–Para todos nosotros. En el fondo lo sabes, cariño.
En cualquier momento rompería a llorar.
Anna se puso bruscamente la camiseta y el pelo rubio se le aplastó contra el cráneo como una piel dorada antes de sacudirlo.
–¿Y qué es lo que ha traído de repente todo esto? ¿Sólo las quejas de Tally por no poder tener un caballo?
Su marido sacudió la cabeza.
–De ninguna manera. Eso ha sido una coincidencia.
–¿Entonces qué?
Todd se encogió de hombros.
–Porque necesitaba analizar a largo plazo mis negocios y he comprendido que ya no necesito seguir estando en Londres. Los sistemas de comunicación actuales te permiten trabajar casi desde cualquier sitio. Además, ya sabes lo que tardo en llegar al trabajo.
Anna asintió. En eso tenía razón. El tráfico era tan denso por las mañanas que Todd tenía que levantarse al despuntar el alba y a menudo no llegaba a casa hasta que ella estaba metiendo a las trillizas en la cama. A veces incluso más tarde. No le extrañaba que estuviera siempre tan cansado.
Y tampoco serviría de nada que le dijera que trabajara menos horas porque había ganado bastante dinero como para mantenerlas a todas durante varias vidas. Porque la ética de trabajo estaba profundamente enraizada en la naturaleza de Todd y el hábito de toda una vida era muy difícil de romper. Todd trabajaba duro porque era un hombre ambicioso y como muchos hombres ambiciosos, necesitaba trabajar duro. Las circunstancias de su juventud le habían conducido a eso.
–¿No podríamos llegar a algún compromiso? –sugirió irritada–. ¡Por Dios bendito, Todd! Ponte algo de ropa encima antes de que vuelvan las niñas.
Él sonrió deslizándose al borde de la cama para ponerse unos vaqueros y Anna descubrió que no podía apartar la vista de él. Era como un suntuoso festín del que no podía saciarse y los dedos le cosquilleaban de ganas de acariciar la bronceada piel satinada de su torso.
Todd alzó la vista de los botones de la camisa y esbozó una tierna sonrisa.
–Quieres que volvamos a esa cama otra vez, ¿verdad, Anna Travers?
Anna se sonrojó.
–No, no quiero.
Todd se levantó para acercarse a ella y le alzó la barbilla.
–No seas tímida, dulzura. Desde luego que no estabas nada tímida hace un momento. Me preguntaba qué te habría pasado hasta que comprendí que era yo.
–¡Todd! –Anna se mordió el labio al recordar la brusquedad con que él le había despojado de la ropa como un hombre encendido.
–No hay nada malo en admitir que todavía nos deseamos y nos necesitamos, ¿sabes? Y espero que nuestro deseo aumente con los años. Y esa es otra razón para moverse. Puede que aquí tengamos espacio, pero no tenemos muchas habitaciones. Y una habitación significa intimidad.
–¿No tenemos suficiente intimidad?
Él sacudió la cabeza con énfasis.
–¡Por Dios, Anna! Las niñas están en la habitación de al lado, así que, ¿qué supones que va a pasar cuando sean adolescentes y empiecen a comprender por qué mami está gimiendo tanto?
–¡Todd!
Anna se sonrojó con violencia.
–Y aparte de tener que guardar silencio, creo que nuestras posibilidades de hacer el amor de forma espontánea seguirán siendo infinitamente pequeñas, a menos que decidamos hacer algo al respecto.
Anna terminó de ponerse las mallas y se dio la vuelta hacia él.
–¿Y qué te ha pasado a ti de repente, Todd Travers? ¿Crees que otros hombres intentarían desarraigar a su esposa e hijas sólo para poder tener más sexo?
Él había sido tan tolerante y comprensivo como sabía, pero, en ese momento, se puso pálido de furia ante su insulto.
–¿O sea que crees que de eso se trata todo? –preguntó con voz peligrosamente baja –. ¿De sexo?
–No lo sé. Dime tú que otra cosa podría ser. ¿La crisis de los cuarenta? En cuyo caso, a los treinta y tres, ¿no eres un poco joven para sufrirla?
–¡Maldita sea! ¡Por supuesto que lo soy! –afirmó él con ardor–. Pero quizá tengas razón. Quizá sea algún tipo de crisis que simplemente tú no hayas tenido el tiempo o la inclinación de notar antes.
–Todd… –le cortó ella aturdida por la brutal mirada de rabia de su cara–. ¡No lo dices en serio!
–¿Que no? ¿Cómo sabes lo que quiero decir? Tú nunca escuchas si no es lo que quieres oír, ¿verdad? Y ya es hora de que me escuches, Anna Travers.
–Pues continúa entonces.
Todd inspiró con fuerza.
–¿No has sentido nunca que estamos metidos en una especie de ratonera?
–¿Ratonera?
–Sí.
Todd vio la mirada de asombro en su cara y suavizó la expresión para estirar una mano hacia ella. Pero Anna se zafó en el acto.
–Pensé que querías hablar –dijo ella con frialdad.
Él asintió. Tenía razón. El sexo ya los había distraído del asunto antes.
–Anna, tú te criaste en este apartamento –suspiró–. Hemos pasado toda nuestra vida de casados aquí. Hemos criado a nuestros tres bebés aquí y ahora nos estamos quedando sin espacio.
Sus palabras contenían una helada finalidad, como si aquella parcela de su vida se hubiera acabado y Anna sintió un escalofrío de aprensión por la espina dorsal. Tragó saliva para pasar el nudo que tenía en la garganta.
–Estoy escuchándote, Todd.
–Eso está bien.
Las lágrimas empezaron a asomarle a los ojos.
–Y tú estás admitiendo por primera vez lo que los dos ya sabíamos: que te atrapé en el matrimonio al quedarme embarazada. Si nunca me hubieras conocido, no te hubieras encontrado en esta «terrible» situación y hubieras podido seguir adelante y casarte con tu amada Elisabeta.
Los ojos grises se entrecerraron como dos cuchillas de acero.
–Por favor, no digas cosas de las que puedas arrepentirte después, Anna.
–En ese caso, será mejor que no diga nada de nada.
Todd abrió los labios para replicar, pero el sonoro timbre de la puerta anunció la llegada de las trillizas y decidió abandonar la discusión. De momento.
Cuando Anna iba a pasar por delante de él, hizo un intento conciliador de tomarla en sus brazos, pero ella se apartó todavía dolida por las implicaciones de lo que acababa de decirle.
–Sólo piensa en todo lo que te he dicho, Anna –dijo mientras el volumen del timbre iba en aumento–. Eso es lo único que te pido. ¿Lo harás por mí?
Puesto así, ¿cómo podía negarse?
Anna se atrevió a echar un rápido vistazo al espejo al pasar. ¡Estaba absolutamente horrible! Tenía el pelo revuelto y las mejillas sonrosadas. ¡Y ahora se daba cuenta de que se había puesto los pantalones al revés! Aunque no era probable que las niñas lo notaran. Agarró la goma y se recogió la coleta.
Todd abrió la puerta principal y apareció un torbellino de uniformes verdes y rizos rubios flotantes cuando las niñas entraron y empezaron a hablar con excitación todas a la vez como habían hecho siempre desde que habían aprendido a hablar.
–Mami, Hannah Phipps, la que escribe esos libros de caballos, va a visitar nuestro colegio después de Navidad y yo le voy a regalar un ramo de flores.
–Mami, me han dado el papel de la bruja malvada para la obra de teatro del verano y tengo que darte una lista de lo que necesito para el disfraz… ¡Pero la he perdido!
–Mami, hice un trabajo de latín extra, sólo por diversión y estaba todo bien y la señora McFadden está muy contenta conmigo.
–¡Eso es triste!
–No es triste. La señora McFadden dice que probablemente conseguiré la beca.
La boca de Anna se suavizó de orgullo amoroso al mirar a sus tres hijas idénticas de aspecto, pero tan diferentes de carácter. Habían heredado su piel pálida y pecosa y sus ojos de color azul cobalto, pero mientras que el pelo de Anna era liso, el de ellas era una masa de rizos incontrolables. Eran altas para su edad y tenían un cuerpo atlético como el de Todd.
–¡Hola, preciosas! –se iluminó al abrazar a cada una con fuerza por turno–. ¡Qué listas son mis niñas!
Natalia, Natasha y Valentina eran conocidas como Tally, Tasha y Tina. Tally y Tasha habían nacido al terminar el día trece de febrero, pero su hermana no se había unido a ellas hasta dos minutos después de media noche del día de San Valentín. Así que no le habían bautizado como Nerissa, el nombre que querían sus abuelos, pero todo el mundo que la conocía había decidido que Tina le iba mejor a su personalidad cariñosa de lo que le hubiera ido Nerissa.
–Papi, ¿Por qué has vuelto de trabajar tan pronto? –preguntó Tasha con curiosidad, sus inteligentes ojos deslizándose con interés de su padre a su madre.
–Digamos que he tomado la tarde libre –explicó vagamente Todd.
Anna hizo un esfuerzo por no sonreír y el enfado se le desvaneció por completo. Raramente, por no decir nunca, había visto a su marido sin palabras.
–Ah, ya entiendo. ¿Y por qué tienes la camisa al revés? –preguntó Tasha con inocencia.
–Eh… zumo y galletas para tres chicas agotadas de trabajar, ¿de acuerdo?
–¡Oh, sí, por favor, papá! –gritaron las tres al unísono.
–¿Y para ti cariño? –le preguntó a Anna.
Sus ojos se encontraron por encima de las tres cabezas rubias y la inconfundible determinación en la mirada de su marido le hizo a Anna temer que aquella conversación continuaría.
–Té, por favor –dijo con calma agradecida de ganar tiempo.
Todd se fue a la cocina mientras Anna acompañaba a sus hijas a la parte trasera y veía los regalos que le traían de sus clases de arte.
Y aunque se esforzó por no pensar en él, sus propias palabras la acosaban al comprender que por primera vez en su vida había tenido el valor de decir la verdad durante aquella disputa con Todd.
Nunca había pretendido hacerlo, pero los hechos eran los hechos y sí, había atrapado a Todd Travers en un matrimonio que él nunca había planeado…
Capítulo 3
ANNA había conocido a Todd en una discoteca. Acababa de cumplir los diecisiete años y nunca había estado en un sitio como aquel antes.
Ir a discotecas nunca le había fascinado, pero era el cumpleaños de una compañera del exclusivo colegio de Kensington al que iba y ésta había insistido en llevar a cinco amigas a una de las discotecas con conciertos en directo de Londres.
Pero el sitio estaba atiborrado y era muy ruidoso y las rápidas luces intermitentes que habían convertido a sus amigas en plateadas marionetas, le estaban dando a Anna un terrible dolor de cabeza. No llevaba ni veinte minutos dentro cuando empezó a desear volver a casa.
Todd también estaba en el club a regañadientes. Su chófer, que llevaba con él desde que había ganado su primer millón, se casaba esa semana y le había invitado a celebrarlo. A los veintitrés años, él no solía salir por las noches ni beber, sino que se dedicaba por completo a intentar entrar en la sociedad del bufete y sólo esperaba que no se le notara el aburrimiento.
Poco antes de media noche, con la estruendosa música retumbando en su cabeza, se escabulló para buscar unos momentos de paz y encontró un bar discretamente iluminado en el primer piso del edificio.
Anna iba en busca del lavabo y una vez que lo encontró hubiera deseado no haberlo hecho porque se enfrentó al espejo de cuerpo entero y se dio cuenta de que el sofisticado atuendo le hacía parecer la versión mayor de sí misma.
El vestido lo había tomado prestado, por supuesto, porque su guardarropa era muy escaso en muchas áreas. Anna podía asistir a una prestigiosa y cara escuela de Londres, pero su padre no tenía ni idea de cómo les gustaba vestir a las chicas jóvenes.
Él era un anticuado funcionario que pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en un polvoriento despacho en Whitehall; una persona diferente del hombre alegre que ella había conocido en su infancia. La madre de Anna había sufrido un atropello por culpa de un conductor borracho y había muerto cuando ella tenía catorce años y desde entonces, la luz parecía haberse extinguido de la vida de su padre. Apenas estaba en casa nunca y no había parecido capaz de compartir el inmenso dolor con su hija, encerrándose en vez de eso en su trabajo.
Un cerrado y distante intelectual, no le importaba en absoluto la moda y lo poco que sabía estaba convencido de que no era más que una elaborada estrategia para sacarle a las impresionables chicas jóvenes su dinero. En consecuencia, aunque Anna recibía una paga aceptable, no le permitía derrocharla en los trajes que la mayoría de sus compañeras tenían.
El vestido que le habían prestado para la tarde no era lo que ella hubiera escogido normalmente, pero era evidente que le favorecía porque nunca antes había sido tan consciente de las miradas de los hombres. La sedosa y brillante tela plateada se pegaba a sus ondulantes curvas como una segunda piel y la mayoría de los hombres de la sala la miraban con los ojos como platos.
Todd dio un sorbo a su tónica y observó a la mujer con el diminuto y brillante vestido por el rabillo del ojo. Estupendas piernas, fue su primer pensamiento instintivo, y entonces algo le hizo mirarla más detenidamente y fruncir el ceño.
Porque a pesar de toda su belleza había algo en ella que no le encajaba del todo. No parecía muy cómoda en aquel entono, para empezar. Y en cualquier minuto todos aquellos arrastrados que habían tomado más cerveza de la cuenta, empezarían a acosarla. O algo peor.
Todd se levantó sin dejarse afectar por el hecho de que todas las mujeres le estaban desvistiendo con la mirada.
Todas excepto una.
Anna se había fijado en él, por supuesto. Era tan atractivo que todas se habían fijado en él. Pero sólo una mujer increíblemente vana o con extrema confianza en sí misma hubiera esperado que un hombre como aquel la mirara dos veces. Y ella no era ni lo uno ni lo otro.
Y entonces parpadeó cuando vio que avanzaba a propósito en dirección a ella.
Lo cierto es que echó un vistazo a sus espaldas para ver si había alguna mujer imponente detrás de ella, pero no había ninguna. Sólo ella. Se mordió el labio.
Todd notó su obvia e inocente confusión y sintió una extraña oleada de satisfacción cuando se acercó más a ella.
–Hola –dijo con su profunda voz–. Pareces perdida.
–Me gustaría estarlo –le dijo Anna con franqueza–. Este sitio es peor que una fábrica de fuegos artificiales.
–¿Ah, sí? ¿Por qué?
Todd estaba divertido y lo manifestó; en esa época era raro encontrarse a una mujer que dijera algo original. La mayoría sólo estaban de acuerdo con todo lo que él decía.
–Bueno, todas esas luces intermitentes y esa música que parece que te va a traspasar el tímpano. ¡Y no puedo creer que cobren esos ridículos precios por una copa!
–Parece que no debieras estar aquí –observó él con sequedad–. Lo que me hace preguntarte que por qué estás.
Anna se encogió de hombros.
–Vine con unas amigas.
–¿Y dónde están?
–Abajo. Bailando.
–¿Y a ti no te gusta bailar? –preguntó pensando que sería una delicia tenerla en sus brazos balanceándose con la música.
Anna consideró la cuestión un instante. No le importaría bailar con él. Ni un poco. ¿Pero se atrevería a llevarlo abajo a la pista de baile? Era el hombre más atractivo que había visto en toda la noche. ¿No se tirarían las otras sobre él como sabuesos?
–La verdad es que no –se encogió de hombros–. Está demasiado lleno.
–¿Una bebida entonces? ¿O un café quizá?
–Oh, me encantaría un café –dijo ella con fervor–. ¿Tienen aquí?
–Creo que sirven un asqueroso brebaje marrón al que llaman café, pero conozco un bar italiano justo a la vuelta de la esquina que sirve el mejor café de todo Londres. Si te apetece, claro está.
Anna vaciló. Había escuchado hasta la saciedad todas las lecciones sobre seguridad personal y sin embargo, el instinto le decía que podía confiar en aquel desconocido.
–Tráete a una amiga si eso te hace sentirte más tranquila –la animó él al notar su vacilación.
¡Ningún miedo! Anna sacudió la cabeza y su brillante pelo rubio resplandeció bajo la tenue luz del bar.
–No será necesario. Da la causalidad de que soy cinturón negro de karate por si necesitara protección.
–¿De verdad?
–¡No! –lanzó una carcajada ella–. Pero te he hecho preocuparte por un momento, ¿verdad?
Ahora le tocó a él reírse.
–Todd Travers –murmuró al extender la mano.
–Anna Marshall –se presentó ella cuanto estrecharon las manos.
Se pasaron una inocente y absorbente hora tomando el café, aunque después, Anna apenas podía recordar de lo que habían hablado. Se alegró de haber prestado tanta atención a todas las asignaturas en las clases y también de que su padre hubiera insistido siempre en que leyera los periódicos con atención, porque así pudo mantener una conversación bastante decente con el bien informado Todd Travers.
Salieron juntos a la calle iluminada de neón y él paró a un taxi para acompañarla a Knightsbridge. Anna se alegró terriblemente de que estuviera oscuro porque empezó a sonrojarse con violencia cuando el conductor aparcó frente a su edificio, desesperada porque Todd le pidiera salir otra vez.
Todd había estado debatiéndose toda la velada. Ella no era como las mujeres con las que normalmente salía. Había algo puro y limpio en ella que, irónicamente, le hacía sentirse terriblemente protector, una emoción que sólo había experimentado con su hermana pequeña y con su amiga de la escuela, Elisabeta. Y nunca le había gustado Elisabeta…
Cuando el taxi se paró, la conciencia le pudo y preguntó.
–¿Exactamente cuántos años tienes, Anna?
Era el momento de la verdad y Anna se negó a soltarla.
–Veinte –dijo para ver al instante su sonrisa de alivio.
Durante la siguiente semana, Anna consiguió ver a Todd todos los días sin que su padre se enterara. Le resultó fácil ya que Todd no tenía deseos de otra compañía y ella se sentía igual.
Era evasiva cuando decidía serlo, diciéndole simplemente que estaba de vacaciones de Semana Santa; cuando él supuso que estaba en la universidad, ella le dejó creerlo, justificándose a sí misma con la idea de que no tardaría mucho en estarlo. Ella, que era normalmente tan honesta como la luz de día, pronto descubrió que el engaño era terriblemente fácil cuando uno deseaba algo con desesperación.
Y Anna deseaba a Todd…
No le importaba estar engañándolo. Se había enamorado de él, pero sabía que la soltaría como a una patata caliente si le decía la edad que tenía de verdad. Y el amor era el amor. Anna ya había perdido a su madre y eso le había hecho madurar aprisa. Más que la mayoría de la gente, ella conocía la naturaleza efímera de la felicidad y sabía que se debía uno aferrar a ella cuando tenía la oportunidad porque nunca se sabía cuando te la robaban. Ella haría lo que fuera por mantener a Todd Travers en su vida…
Todd también estaba mucho más metido de lo que había pretendido. Él nunca había estado enamorado antes y eso le asustaba. Por primera vez en su vida era consciente de estar dirigido por algo mucho más poderoso y excitante que la razón.
De alguna manera, su vida había estado tan fracturada como la de Anna. Él había heredado una empresa de plásticos ruinosa a la edad de dieciocho años y esa había sido la razón fundamental por la que no había aceptado una beca para la universidad de Oxford. Su padre se había jugado el poco dinero que le quedaba a la familia antes de escapar a Australia y morir en la pobreza un año después por exceso de alcohol.
Le había tocado a Todd mantener a su madre y a su hermana pequeña y la rabia por la traición de su padre le había encauzado en convertir la empresa en una dinámica y triunfante compañía de fabricación de helados de lujo de los mejores ingredientes. Había sido una estrategia perfectamente sincronizada. La gente estaba empezando a rebelarse contra la impersonal producción en masa y estaba dispuesta a pagar más dinero por la calidad. Todd no había comprendido al principio que estaba estableciendo una moda, pero siempre había ido adelantado a su tiempo.
Otras empresas habían seguido y Todd se había diversificado. Los negocios de la competencia, al ver su éxito, habían acudido a él para asesorarse y él las había convertido en empresas de provecho. En breve, había hecho una fortuna.
Algunos hombres, dados los atributos físicos de Todd, se hubieran sentido tentados a gastar la fortuna hecha a tan tierna edad, pero él había seguido el consejo de los mejores financieros. En poco tiempo tenía una cartera de acciones impresionante, cuyos intereses sólo eran suficientes para mantenerlo con comodidad el resto de su vida.
Sí, Todd había trabajado muy duro los cinco años anteriores y ahora quería jugar…
Hacer el amor con Anna no era sólo por deseo sino por necesidad. La pasión que sentía por ella le desbordaba porque no había creído nunca poder sentir aquello por una mujer. La pasión le consumía. Tenía que tenerla, de una forma que se parecía más al principio a la posesión que al deseo. Sentía una necesidad primitiva de marcarla como suya. Y si no hubiera tenido veintitrés años y se hubiera sentido cínico ante el matrimonio debido a la forma en que se había comportado su padre, podría haberse casado con ella…
Fue sólo cuestión de tiempo que acabaran en la cama y sólo cuestión de tiempo el que Anna ya no pudiera retrasar más el momento que temía y se viera obligada a contarle a Todd que no sólo tenía diecisiete años, sino que también estaba embarazada…
–¿Cariño?
Anna alzó la vista desorientada por un momento antes de volver al presente y ver a Todd delante de ella con una taza de té humeante entre las manos.
–Parecías estar a millas de distancia –observó al pasarle la taza antes de sentarse en el alféizar y estirar las largas piernas por delante de él.
La tela de sus vaqueros estaba tan desgastada que parecía casi blanca. Estaba oscuro fuera de la ventana sin cortinas. Las farolas brillaban como topacios entre las ramas desnudas de los árboles que rodeaban la plaza de Knightsbridge. A través de una nube, una luna plateada acababa de salir.
Anna intentó imaginar otra vista que aquella que conocía y adoraba e intentó contener el escalofrío que le recorrió la espina dorsal.
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