Читать книгу: «Lady Hattie y la Bestia»
Índice de contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Epílogo
Agradecimientos
Título original: Brazen and the Beast. The Bareknuckle Bastards, Book 2 Published by arrangement with Avon, an imprint of HarperCollins Publishers.
© 2019 By Sarah Trabucchi
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Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya
Traducción: María José Losada Rey
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1.ª edición: enero 2021
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2021: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
Para V.
Eres mi cosita favorita.
Capítulo 1
Mayfair, septiembre de 1837
Después de veintiocho años y trescientos sesenta y cuatro días, a lady Henrietta Sedley le gustaba pensar que había aprendido algunas cosas.
Como, por ejemplo, que si una dama no podía salirse con la suya y ponerse pantalones —una desafortunada realidad para la hija de un conde, incluso de uno que había empezado la vida sin título ni fortuna—, debía asegurarse de que sus faldas incluyeran bolsillos. Una nunca sabía cuándo podría necesitar un poco de cuerda o un cuchillo para cortarla.
También había aprendido que cualquier escapada que valiera la pena de su casa en Mayfair requería del amparo de la oscuridad y de un carruaje conducido por un aliado. Los cocheros tendían a hablar demasiado cuando se trataba de guardar secretos; además, en última instancia, estaban en deuda con quienes pagaban sus salarios. Un importante punto a añadir a esa lección en particular era que el mejor de los aliados era a menudo el mejor de los amigos.
Quizá por eso, lo primero en la lista de cosas que había aprendido en su vida era cómo hacer un nudo de Carrick. Algo que sabía hacer desde que tenía memoria.
Con esta colección de conocimientos tan oscura y poco común, cualquiera se habría imaginado que Henrietta Sedley habría sabido qué hacer ante la posibilidad de descubrir a un hombre atado e inconsciente en su carruaje.
Pero estaría equivocado.
De hecho, Henrietta Sedley nunca habría descrito tal escenario como una posibilidad. Era cierto que podría encontrarse más cómoda en los muelles de Londres que en los salones de baile, pero el impresionante bagaje vital de Hattie nada tenía que ver con el ambiente criminal.
Y, sin embargo, allí estaba, con los bolsillos llenos y su amiga más querida al lado, de pie en la oscuridad de la noche, la víspera de su veintinueve cumpleaños, a punto de escaparse de Mayfair para disfrutar de una velada bien planeada y…
Lady Eleanora Madewell silbó por lo bajo, de manera poco femenina, al oído de Hattie. Hija de un duque y de una actriz irlandesa a la que él amaba tanto como para convertirla en duquesa. Nora tenía la clase de descaro que se permitía en aquellos miembros de las sociedad que ostentaban sus títulos desde la cuna y que tenían un montón de dinero.
—Hay un tipo en el carruaje, Hattie.
Hattie no apartó la vista del tipo en cuestión.
—Sí, ya lo veo.
—No había un tipo en el carruaje cuando enganchamos los caballos.
—No, no lo había.
Tres cuartos de hora antes habían dejado el coche preparado para partir y completamente vacío en el oscuro callejón trasero de Sedley House, después subieron las escaleras con el fin de cambiar su vestimenta por un atuendo más apropiado para sus planes nocturnos.
En algún momento entre el corsé y el lápiz de ojos, alguien les había dejado un paquete extraordinariamente inoportuno.
—Creo que, si hubiera habido un hombre en el carruaje antes, nos habríamos dado cuenta —dijo Nora.
—Creo que sí. —Fue la respuesta distraída de Hattie—. Y aparece justo en el momento menos adecuado.
—¿Hay algún momento adecuado para encontrar a un hombre atado e inconsciente en tu carruaje? —Nora la miró de reojo.
Hattie imaginó que no, pero al menos podría haber elegido una noche diferente.
—Es un regalo de cumpleaños horrible. —Entrecerró los ojos para enfocar mejor el oscuro interior del carruaje—. ¿Crees que está muerto?
«Por favor, que no esté muerto».
Silencio.
—¿Acaso se mete a los muertos en los carruajes? —añadió a continuación.
Nora se adelantó, con el abrigo del cochero sobre los hombros, y le dio un empujón al posible muerto. Este no se movió.
—No se mueve —añadió encogiéndose de hombros—. Podría estar muerto.
Hattie suspiró, se quitó un guante y se inclinó dentro del carruaje para poner dos dedos en el cuello del hombre.
—Estoy segura de que no está muerto.
—¿Qué estás haciendo? —susurró Nora con rapidez—. ¡Si no lo está, lo despertarás!
—Eso no sería lo peor del mundo —señaló Hattie—. De hecho, así podríamos pedirle amablemente que saliera de nuestro carruaje y seguir nuestro camino.
—¡Oh, sí! Este bruto parece el tipo de hombre que lo haría sin vengarse de inmediato. Sin duda, se quitaría la gorra y nos desearía buenas noches.
—No lleva gorra —dijo Hattie, incapaz de refutar el resto de la evaluación sobre el misterioso y presunto muerto. Era muy corpulento, con el cuerpo bien formado, e incluso en la oscuridad podría decir que no era el tipo de hombre con el que ella se pasearía por una fiesta.
Era el tipo de hombre que arrasaría el salón de baile.
—¿Qué notas? —le preguntó Nora.
—No hay pulso. —Aunque no estaba muy segura de dónde tomárselo—. Pero está…
«Caliente».
Los muertos no estaban calientes, y aquel hombre estaba muy caliente. Como el fuego en invierno. El tipo de calor que hacía que cualquiera se diera cuenta de lo frío que se podía llegar a estar.
Ignorando esa tonta ocurrencia, Hattie movió los dedos sobre el cuello del hombre hasta el punto donde la piel desaparecía debajo de la camisa, donde estaba la clavícula y la pendiente de… el resto de él, y se encontró con una fascinante hendidura.
—¿Y ahora qué estás…?
—Silencio. —Hattie contuvo la respiración. Nada. Sacudió la cabeza.
—¡Jesús! —No había nada religioso en aquella expresión.
Hattie no podría estar más de acuerdo. Pero de repente…
«Aquí está».
Una pequeña palpitación. Presionó con más firmeza. El pulso se volvió más fuerte. Lento. Acompasado.
—Lo siento, está vivo —dijo—. Está vivo —repitió antes de suspirar profundamente aliviada—. No está muerto.
—Excelente. Pero eso no cambia el hecho de que está inconsciente y en nuestro carruaje, y que tú tendrías que estar en otro lugar. —Nora hizo una pausa—. Deberíamos dejarlo aquí y usar el tílburi.
Hattie había estado planeando la excursión de esa noche durante tres meses. La noche en que comenzaría su vigésimo noveno año. El año en que su vida pasaría a ser suya de verdad. El año en que se convertiría en ella misma. Y tenía un plan muy específico en un lugar muy específico a una hora muy específica, para lo cual se había puesto una vestimenta muy específica. Y, aun así, mientras contemplaba al hombre desmayado en su carruaje, esos detalles no parecían ser importantes.
Lo realmente importante era verle la cara.
Aferrándose a la manija del borde de la puerta, Hattie cogió la linterna de la esquina superior trasera del carruaje antes de girarse hacia Nora, cuya mirada se clavó inmediatamente en el interior del vehículo.
Nora inclinó la cabeza a un lado.
—Hattie, déjalo. Nos llevaremos el tílburi.
—Solo quiero echarle un vistazo —respondió Hattie.
La inclinación se convirtió en una lenta sacudida.
—Si lo miras, te arrepentirás.
—Tengo que echarle un vistazo —insistió Hattie, buscando una razón coherente, porque no podía decirle la verdad a su amiga—. Tengo que desatarlo.
—Eso no es necesario —indicó Nora—. Alguien ha pensado que era mejor dejarlo atado y, ¿quiénes somos nosotras para no estar de acuerdo? —Hattie ya estaba buscando un pedernal en el bolsillo de la puerta del carruaje—. ¿Y tus planes?
Tenía mucho tiempo para llevar a cabo sus planes.
—Solo le echaré un vistazo —repitió. Cuando el aceite de la linterna prendió, cerró la puerta y se volvió hacia el carruaje, la levantó para iluminar con un hermoso brillo dorado… —. ¡Oh, Dios mío!
—Parece que no es un mal regalo después de todo. —Nora ahogó la risa.
El hombre tenía el rostro más hermoso que Hattie había visto nunca. El rostro más hermoso que nadie hubiera visto nunca. Se acercó más, disfrutando de la cálida y bronceada piel, de los pómulos elevados, de la nariz larga y recta, de las líneas oscuras de sus cejas y de las pestañas inexplicablemente largas que arrojaban sombras, como un pecado, contra sus mejillas.
—¿Qué clase de hombre…? —se interrumpió y negó con la cabeza.
¿Qué clase de hombre tenía ese aspecto?
¿Qué clase de hombre tenía ese aspecto y, de manera sorprendente, aterrizaba en el carruaje de Hattie Sedley, una joven que no estaba acostumbrada a estar cerca de hombres que tenían ese aspecto?
—Me estás dando vergüenza ajena —dijo Nora—. Lo estás mirando fijamente y con la boca abierta.
Hattie cerró la boca, pero no dejó de mirarlo.
—Hattie, tenemos que irnos. —Nora hizo una pausa—. ¿O has cambiado de opinión?
La pregunta la trajo de vuelta a la realidad. A su plan. Movió la cabeza y bajó la linterna.
—No, no lo he hecho.
Nora suspiró y puso los brazos en jarras, mirando más allá de Hattie, al interior del carruaje.
—Entonces, ¿tú le sacas el trasero y yo me encargo de la parte de arriba? —Miró por encima del hombro a una zona entre las sombras que había a su espalda—. Puede recuperar la conciencia ahí.
—No podemos dejarlo tirado. —A Hattie le latía con fuerza el corazón.
—¿No podemos?
—No.
Nora le echó un vistazo.
—Hattie, no podemos llevarlo con nosotras solo porque parezca una estatua romana.
Hattie se sonrojó en la oscuridad.
—No me había dado cuenta.
—Pues te has quedado sin palabras.
—No podemos dejarlo porque Augie lo ha dejado aquí —dijo Hattie aclarándose la garganta
—No puedes estar segura de eso. —Los labios de Nora formaron una perfecta línea recta.
—Puedo… —aseguró Hattie, sosteniendo la linterna cerca de la cuerda que maniataba las muñecas del hombre y haciendo un barrido hasta los tobillos atados—, porque August Sedley no sabe hacer un nudo Carrick decente, y me temo que si dejamos a este hombre aquí, se liberará e irá directamente a por el inútil de mi hermano.
Eso, y que si no liberaban al extraño, quién sabía lo que Augie le haría. Su hermano era tan tonto como temerario, una combinación que requería de la intervención de Hattie con cierta asiduidad. Lo que, por cierto, era una razón de peso en su decisión de reclamar su vigésimo noveno año como suyo. Y, aun así, allí estaba su infernal hermano estropeándolo todo.
—Inconsciente desde hace poco o no… —dijo Nora, que no sabía lo que pasaba por la cabeza de Hattie—, no parece un hombre de los que pierden en una pelea.
El eufemismo no se le escapó a Hattie. Suspiró, alargó la mano para colgar la linterna encendida en el gancho correspondiente y aprovechó la oportunidad para echar una larga y prolongada mirada al hombre.
Hattie Sedley había aprendido algo más en sus veintiocho años y trescientos sesenta y cuatro días: si una mujer tenía un problema, lo mejor era que lo resolviera ella misma.
Se subió al carruaje, pasando con cuidado por encima del hombre tirado en el suelo, antes de mirar a Nora de reojo, mientras permanecía en la acera con los ojos muy abiertos.
—Venga, vamos. Nos desharemos de él por el camino.
Capítulo 2
Lo último que recordaba era el golpe en la cabeza.
Estaba esperando el ataque sorpresa. Por eso era él quien iba conduciendo en la plataforma: seis raudos caballos tirando de un enorme carro de transporte con un contenedor de acero cargado de licor, cartas y tabaco, destinado a Mayfair. Acababa de cruzar Oxford Street cuando oyó el disparo, seguido del grito de dolor de uno de sus escoltas.
Se detuvo para ver cómo estaban sus hombres. Para protegerlos. Para castigar a los que los atacaban.
Había un cuerpo ensangrentado tirado en la calle, justo debajo de él. Acababa de enviar al segundo de sus hombres a pedir ayuda, cuando oyó pasos a su espalda. Se había girado cuchillo en mano. Lo lanzó. Escuchó el grito en la oscuridad y localizó su origen.
Luego, un golpe en la cabeza. Y después… nada.
No hubo nada hasta que un insistente golpeteo en su mejilla le devolvió la conciencia; era demasiado suave para doler, aunque lo suficientemente firme para ser irritante.
No abrió los ojos, los años de entrenamiento le permitieron fingir que seguía inconsciente mientras se orientaba. Tenía los pies atados. También las manos, detrás de la espalda. Las ataduras le tiraban tanto de los músculos del pecho como para notar que le faltaban sus cuchillos, ocho hojas de acero montadas en ónice. Se los habían robado junto con la funda que los unía a su cuerpo. Resistió el impulso de tensarse. De enfurecerse. Pero Saviour Whittington, conocido en las calles más oscuras de Londres como Bestia, no se enfadaba: castigaba. De un modo rápido y devastador, sin emoción.
Y si le habían quitado la vida a uno de sus hombres, a alguien que estaba bajo su protección, nunca conocerían la paz. Pero primero necesitaba recuperar la libertad.
Estaba en el suelo de un carruaje en movimiento. Uno bien equipado, teniendo en cuenta el suave cojín que rozaba su mejilla, y que se desplazaba por un vecindario decente, a tenor del suave ritmo de las ruedas sobre los adoquines.
«¿Qué hora es?».
Consideró su siguiente paso, imaginando cómo reduciría a su captor a pesar de las ataduras. Se imaginó rompiéndole la nariz usando la frente como arma. Utilizando las piernas atadas para noquear al hombre.
El golpeteo en su mejilla comenzó de nuevo. Luego un suave susurro.
—Señor…
Whit abrió los ojos de golpe.
Su captor no era un hombre.
El baño de luz dorada en el carruaje le jugó una mala pasada; le pareció que emanaba de la mujer y no de la linterna que se balanceaba suavemente en la esquina.
Sentada en el banco, no se parecía en nada al tipo de enemigo que noquearía a un hombre y lo ataría dentro de un carruaje. De hecho, parecía que iba de camino a un baile. Perfectamente lista, perfectamente peinada, perfectamente maquillada —su piel lisa, sus ojos delineados con kohl, sus labios carnosos y pintados lo suficiente como para que un hombre prestase atención. Y eso fue antes de que viera el vestido azul, del color de un cielo de verano y muy ajustado a su figura.
No debería estar fijándose en nada de eso, considerando que ella lo tenía atado en un carruaje. No debería fijarse en sus curvas suaves y acogedoras en la cintura, en la línea de su corpiño. No debería fijarse en el destello de la suave y dorada piel de su hombro redondeado a la luz de la linterna. No debería fijarse en la bonita suavidad de su cara o en la plenitud de sus labios pintados de rojo.
Ella no estaba allí para que él la admirara.
Clavó su mirada en ella, y sus ojos… ¿Era posible que fueran violetas? ¿Qué clase de persona tenía ojos de color violeta? Y estaban abiertos de par en par.
«Bien. Si esa mirada es un indicio de su temperamento, no es de extrañar que esté atado», pensó mientras veía que ella inclinaba la cabeza a un lado.
—¿Quién le ha atado?
Whit no respondió. Seguro que ella sabía la respuesta.
—¿Por qué está atado?
Otra vez silencio.
Sus labios marcaron una línea recta y murmuró algo que sonaba como «inútil». Y luego, más fuerte, más firme:
—El asunto es que usted es un inconveniente, puesto que necesito el carruaje esta noche.
—¿Un inconveniente? —No quería responder y las palabras los sorprendieron a ambos.
—En efecto. Es el Año de Hattie —asintió ella.
—¿El qué?
La chica agitó una mano como para alejar la pregunta. Como si no fuera importante. Excepto que Whit imaginó que sí lo era.
—Mañana es mi cumpleaños —continuó ella—. Tengo planes. Planes que no incluyen… lo que sea esto. —El silencio se extendió entre ellos—. La mayoría de la gente me desearía un feliz cumpleaños en esta situación. —Whit no picó el anzuelo. Ella arqueó las cejas—. Y aquí estoy yo, dispuesta a ayudarlo.
—No necesito su ayuda.
—Es bastante rudo, ¿sabe?
Se resistió a quedarse boquiabierto.
—Me han noqueado, me han atado y he despertado en un carruaje desconocido.
—Sí, pero debe admitir que los acontecimientos han tomado un giro interesante, ¿no? —Ella sonrió, el hoyuelo de su mejilla derecha era imposible de ignorar.
—Bien —añadió ella viendo que él no respondía—, entonces, me parece que está en un aprieto, señor. —Hizo una pausa—. ¿Ve lo divertida que puedo llegar a ser, incluso en un aprieto? —añadió.
Mientras, él manipulaba las cuerdas de sus muñecas. Apretadas, pero ya estaban aflojándose. Eludibles.
—Veo lo imprudente que puede ser.
—Algunos me encuentran encantadora.
—No encuentro nada encantador en esta situación —contestó mientras continuaba manipulando las cuerdas, preguntándose qué le llevaba a discutir con aquella charlatana.
—Es una lástima. —Parecía que lo decía en serio, pero, antes de que se le ocurriera qué responder, ella siguió hablando—. No importa. Aunque no lo admita, necesita ayuda y, como está atado y yo soy su compañera de viaje, me temo que está atado a mí. —Se agachó, como si todo fuera perfectamente normal, y desató las cuerdas con un gesto hábil—. Tiene suerte de que sea bastante buena con los nudos.
Gruñó su aprobación, estirando las piernas en el reducido espacio cuando se notó liberado.
—Y tiene otros planes para su cumpleaños.
Dudó. Se ruborizó ante aquellas palabras.
—Sí.
—¿Qué clase de planes? —White nunca entendería qué le hacía seguir presionándola.
Los ridículos ojos, de un color imposible y demasiado grandes para su cara, se entrecerraron.
—Planes que, por una vez, no implican arreglar el desastre que lo haya dejado aquí atado.
—La próxima vez que me dejen inconsciente, trataré que sea en un lugar que no se interponga en su camino.
Ella sonrió, el hoyuelo en la mejilla apareció como una broma privada.
—Bien pensado. —Y ella continuó antes de que pudiera responderle—. Aunque supongo que no será un problema en el futuro. Claramente no nos movemos en los mismos círculos.
—Esta noche sí.
Sus labios se convirtieron en una lenta y franca sonrisa, y Whit no pudo evitar perderse en ella. El carruaje comenzó a disminuir la velocidad, y ella apartó la cortina para asomarse.
—Ya casi hemos llegado —dijo en voz baja—. Es hora de que se vaya, señor. Estoy segura de que estará de acuerdo en que ninguno de nosotros tiene interés en que lo descubran.
—Mis manos —dijo él, aun cuando las cuerdas ya no ejercían presión sobre sus muñecas.
—No puedo arriesgarme a que se vengue. —Negó con la cabeza.
Él se enfrentó a su mirada sin dudarlo.
—Mi venganza no es un riesgo. Es una certeza.
—No tengo ninguna duda al respecto. Pero no puedo arriesgarme a que lo haga a través de mí. No esta noche. —Estiró la mano hacia la manilla de la puerta, hablándole al oído por encima del ruido de las ruedas y de los caballos—. Como he dicho…
—Tiene planes —terminó, volviéndose hacia ella, incapaz de resistir su aroma, como la dulce tentación de una tarta de almendras.
—Sí. —Ella lo miró fijamente.
—Cuénteme su plan y la dejaré ir. —La encontraría.
Esa preciosa sonrisa de nuevo.
—Es usted muy arrogante, señor. ¿Debo recordarle que soy yo quien lo está dejando ir?
—¡Dígamelo! —Su orden sonó ruda.
Vio que algo cambiaba en ella. Vio cómo la indecisión se convertía en curiosidad. En valentía. Y entonces, como un regalo, susurró:
—Tal vez debería mostrárselo.
«¡Dios, sí!».
Ella lo besó, presionando sus labios contra los de él, de un modo suave, dulce e inexperto; sabía como el vino, tentadora como el infierno. Le llevó el doble de tiempo liberar sus manos. Quería mostrar a esta extraña y curiosa mujer lo que estaba dispuesto a hacer para conocer sus planes.
Ella lo liberó primero. Notó un tirón en sus muñecas y las cuerdas se soltaron con un ligero chasquido antes de que Hattie retirara los labios. Él abrió los ojos, vio el brillo de una pequeña navaja en su mano. Ella había cambiado de opinión. Lo había soltado.
Para que pudiera abrazarla. Para reanudar el beso. Sin embargo, como le había advertido, tenía otros planes.
Antes de que pudiera tocarla, el carruaje se detuvo al doblar una esquina, y ella abrió la puerta.
—Adiós.
El instinto hizo que Whit girara mientras caía, agachó la barbilla, protegió su cabeza y rodó, aunque tenía en mente solo una cosa:
«Se está escapando… ».
Chocó contra la pared de una taberna cercana dispersando al grupo de hombres que había delante de ella.
—¡Eh! —gritó uno saliendo a su encuentro—. ¿Todo bien, hermano?
Whit se puso de pie sacudiendo los brazos, echó los hombros hacia atrás, se estiró para comprobar músculos y huesos y se aseguró de que todo funcionaba bien, antes de sacar dos relojes de su bolsillo y ver qué hora era. Las nueve y media.
—¡Vaya! Nunca he visto a nadie recuperarse tan rápido de algo así —dijo el hombre, extendiendo la mano para darle una palmada en el hombro. Sin embargo, se detuvo antes de llegar a su objetivo, cuando los ojos se posaron en la cara de Whit, ensanchándose inmediatamente en señal de reconocimiento. La calidez se convirtió en miedo cuando el hombre dio un paso atrás.
—Bestia…
Whit levantó la barbilla al escuchar su nombre, la realidad lo golpeó. Si aquel hombre lo conocía, si conocía su nombre…
Se volvió, su mirada se fijó en la curva de la oscura calle empedrada por donde el carruaje había desaparecido junto con su pasajera, en lo más profundo del laberinto que era Covent Garden.
Se sintió satisfecho.
«No se le iba a escapar después de todo».
Capítulo 3
—¿Lo has empujado a la calle? —La sorpresa de Nora fue evidente tras asomarse al interior del carruaje, vacío después de que Hattie se bajara—. Creía que no deseábamos su muerte.
Hattie posó los dedos sobre la máscara de seda que se acababa de poner.
—No está muerto.
Se había asomado por la puerta del carruaje el tiempo suficiente para asegurarse de ello, el tiempo preciso para maravillarse por la forma en que había rodado antes de ponerse en pie, como si estuviera habituado a ser expulsado a empujones de todo tipo de carruajes.
Supuso que podría ser una práctica habitual en él. No obstante, lo había mirado conteniendo la respiración hasta que se levantó ileso.
—¿Se despertó, entonces? —preguntó Nora.
Hattie asintió con la cabeza, acercó los dedos a sus labios, donde la sensación de su firme y suave beso era un eco persistente, junto con el sabor de algo… ¿limón?
—¿Y?
—¿Y qué? —dijo mirando a su amiga.
—¿Que quién es? —Nora puso los ojos en blanco.
—No lo dijo.
—No, supongo que no lo hizo.
«No, pero daría cualquier cosa por saberlo».
—Deberías preguntarle a Augie. —Hattie miró a su amiga. ¿Había hablado en voz alta? Nora sonrió—. ¿Olvidas que conozco tu mente tan bien como la mía?
Nora y Hattie eran amigas de toda la vida, o más de una, como decía la madre de Nora, que las había visto a las dos jugando debajo de la mesa en su jardín trasero, contándose secretos. Elisabeth Madewell, duquesa de Holymoor, y la madre de Hattie habían sido amigas cuando no pertenecían aún a la aristocracia. A ninguna de las dos les habían dado una cálida bienvenida, ya que el destino había intervenido para convertir a una actriz irlandesa y a una dependienta de Bristol en duquesa y condesa, respectivamente. Así que ambas mujeres habían estado destinadas a ser amigas mucho antes de que el padre de Hattie recibiera su título vitalicio. Eran dos almas inseparables que lo hacían todo juntas, incluyendo a sus hijas, Nora y Hattie, que nacidas con semanas de diferencia y criadas como si fueran hermanas, nunca tuvieron la oportunidad de no amarse como tales.
—Diré dos cosas —añadió Nora.
—¿Solo dos?
—Está bien. Dos por ahora. Me reservaré el derecho a decir más —rectificó Nora—: Primero, espero que tengas razón y que no hayamos matado a ese hombre por accidente.
—No lo hicimos —dijo Hattie.
—Y, en segundo lugar —Nora continuó sin pausa—, la próxima vez que sugiera que dejemos a un hombre inconsciente en el birlocho y usemos mi tílburi, usaremos el maldito tílburi.
—Si hubiéramos utilizado tu tílburi, podríamos haber muerto —se burló Hattie—. Lo conduces demasiado rápido.
—Siempre tengo control total sobre el carruaje.
Cuando sus madres murieron con meses de diferencia —incluso en eso iban a la par—, Nora acudió a ella en busca del consuelo que no pudo encontrar en su padre ni en su hermano mayor, pues eran hombres demasiado aristocráticos para permitirse el lujo del dolor. Pero los Sedley, personas comunes que habían ascendido en la escala social, no se consideraban para nada aristocráticos y no tenían tal problema. Le habían hecho un hueco a Nora en su casa y en su mesa, y poco tiempo después, ella empezó a pasar más noches en Sedley House que en su propia casa, algo que su padre y su hermano no parecieron notar; del mismo modo que no se dieron cuenta de que empezó a gastar su dinero en birlochos y tílburis para rivalizar con los conducidos por los dandis más ostentosos de la sociedad.
A Nora le gustaba decir que una mujer que tomaba las riendas de su propio carruaje era una mujer que tomaba las riendas de su propio destino.
Hattie no estaba del todo segura de eso, pero no negaba que valía la pena tener una amiga con una especial habilidad para conducir, sobre todo en las noches en las que no deseaba que los cocheros hablaran, algo que haría cualquier cochero si conducía a dos hijas solteras de la aristocracia hasta el exterior del 72 de Shelton Street. No importaba que el 72 de Shelton Street no pareciera, a primera vista, un burdel.
«¿Seguirían llamándose burdeles si eran para mujeres?».
Hattie supuso que eso tampoco importaba mucho; el hermoso edificio no se parecía en nada a lo que ella imaginaba que debían de ser sus homólogos masculinos. De hecho, parecía cálido y acogedor, brillaba como un faro, con ventanas llenas de luz dorada y macetas que colgaban a cada lado de la puerta y arriba, en maceteros, en cada alféizar, en las que explotaban todos los colores otoñales.
A Hattie no se le escapaba que las ventanas estaban cubiertas, algo bastante razonable, ya que lo que sucedía dentro era de naturaleza privada.
Levantó una mano y comprobó la posición de su máscara una vez más.
—Si hubiéramos venido en el tílburi, nos habrían visto.
—Supongo que tienes razón. —Nora se encogió de hombros y le brindó a Hattie una sonrisa—. Bueno, entonces, lo empujaste fuera del carruaje…
—No debería haberlo hecho. —Hattie se rio.
—No vamos a volver para disculparnos —dijo Nora, señalando la puerta con una mano—. ¿Entonces? ¿Vas a entrar?
Hattie respiró hondo y se volvió hacia su amiga.
—¿Es una locura?
—Absolutamente —respondió Nora.
—¡Nora!
—Es una locura de las buenas. Tienes planes, Hattie. Y así es como se alcanzan. Una vez que se llevan a cabo, no hay vuelta atrás. Y, francamente, te lo mereces.
—Tú también tienes planes, pero no has hecho nada así. —La voz de Hattie transmitía una ligera vacilación.
—No he tenido que hacerlo. —Nora guardó silencio y se encogió de hombros.
El universo había dotado a Nora de riqueza, privilegios y de una familia a la que no parecía importarle que usara ambos para coger la vida por los cuernos.
Hattie no había tenido tanta suerte. No era el tipo de mujer de la que se esperaba que dirigiera su propio destino. Pero, después de esa noche, pretendía mostrar al mundo que tenía la intención de hacerlo. Aunque antes debía deshacerse de la única cosa que la retenía.
Así que, allí estaba. Se volvió hacia Nora.
—Estás segura de que esto es… —dijo.
Un carruaje que se acercaba la interrumpió, los caballos y el ruido de las ruedas retumbaron en sus oídos mientras se detenía. Un trío de risueñas mujeres descendió con hermosos vestidos de seda, que brillaban como joyas, y máscaras de arlequín casi idénticas a la de Hattie. Poseían un cuello largo y una cintura estrecha, así como brillantes sonrisas, era fácil decir que eran hermosas.
Hattie no lo era.
Dio un paso atrás, chocando contra el lateral del carruaje.
—Bueno, ahora sí estoy segura de que este es el lugar —dijo Nora secamente.
—Pero ¿por qué…? —Hattie miró a su amiga.
—¿Por qué lo hacen? —completó Nora.
—Es que podrían tener a… —«Cualquiera que les gustara».
—Tú también podrías. —Nora la miró arqueando una de sus oscuras cejas.
No era cierto, por supuesto. Los hombres no la reclamaban. Aunque disfrutaban de su compañía, eso sí. Después de todo, le gustaban los barcos y los caballos y tenía cabeza para los negocios y era lo suficientemente lista para divertirse durante una cena o un baile. Pero cuando una mujer miraba y hablaba como lo hacía ella, los hombres eran más propensos a darle palmaditas en el hombro que a abrazarla apasionadamente. La buena y vieja Hattie, y había sido así incluso cuando disfrutaba de su primera temporada y no era vieja en absoluto.
No dijo nada; Nora rompió el silencio.
—Tal vez ellas también están buscando algo… sin ataduras. —Vieron a las mujeres golpear en la puerta del 72 de Shelton Street, donde una pequeña ventana se abrió y se cerró antes de que lo hiciera la puerta, y ellas desaparecieran dentro, dejando la calle en silencio una vez más—. Tal vez esas mujeres también están intentando dirigir sus propios destinos.
Un ruiseñor cantó y fue respondido casi inmediatamente por otro, a distancia.
«El Año de Hattie».
—Muy bien, entonces de acuerdo.
—Perfecto. —Su amiga sonrió.
—¿Estás segura de que no deseas entrar?
—¿Para hacer qué? —preguntó Nora con una risa—. Dentro no hay nada que me interese. He pensado en dar una vuelta en el carruaje para ver si puedo superar mi marca en Hyde Park.
—¿Vuelves dentro de dos horas?
—Aquí estaré. —Nora inclinó la gorra de cochero en un saludo y sonrió a Hattie—. Disfrute, milady.
Aquel había sido el plan de Hattie desde hacía meses, ¿no? Disfrutar la primera noche del resto de su vida, cerrar la puerta al pasado y atrapar el futuro con las manos. Después de hacerle un guiño a su amiga, se acercó al edificio con los ojos clavados en la pequeña ranura en medio de la enorme puerta de acero, que se abrió justo en el momento en el que llamó, por donde aparecieron un par de ojos oscuros que la evaluaron al instante.
—¿Contraseña?
—Regina.
La ranura se cerró. La puerta se abrió. Y Hattie entró.
Le llevó un momento ajustar sus ojos al oscuro interior del edificio, un cambio bastante brusco, pues el exterior estaba bien iluminado, algo que instintivamente le hizo tocarse la máscara.
—Si se la quita, no podrá quedarse —le advirtió la mujer que le había abierto la puerta. Era alta, esbelta y hermosa, con el pelo oscuro, los ojos más oscuros todavía y la piel más pálida que Hattie había visto jamás.
—Soy… —Bajó la mano de la máscara.
—Sabemos quién es usted, milady. No hay necesidad de nombres. Su anonimato es una prioridad para nosotros. —La mujer sonrió.
Hattie pensó que era la primera vez que alguien le decía que ella era una prioridad. Y le gustó bastante.
—Oh… —respondió sin saber qué añadir—. Qué amable…
La mujer se dio la vuelta, atravesó una gruesa cortina y entró en la sala principal, donde estaba la recepción. Las tres mujeres que Hattie había visto fuera dejaron de charlar para estudiarla. Hattie comenzó a moverse hacia un sofá cercano que estaba vacío, pero su escolta la detuvo para guiarla a través de otra puerta.
—Por aquí, milady.
—Pero han llegado antes que yo —dijo mientras la seguía.
—No tienen cita. —Una pequeña sonrisa asomó en los carnosos labios de aquella belleza. La idea de que alguien pudiera aparecer en un lugar como este sin previo aviso le pareció una locura. Después de todo, eso significaría que frecuentaban el local… ¿cómo sería ser el tipo de mujer que no solo tenía acceso, sino que acudía regularmente? Significaría que las veces anteriores lo había disfrutado.
La emoción la recorrió cuando entraron en la habitación de al lado, más grande y ovalada, decorada con ricas sedas de color rojo intenso y brocados dorados, exuberantes terciopelos azules y bandejas de plata cargadas de chocolates y petits fours.
A Hattie le gruñó el estómago; no había comido antes porque estaba demasiado nerviosa.
—¿Le gustaría tomar un refrigerio? —le preguntó su hermosa escolta volviéndose hacia ella.
—No. Me gustaría terminar con esto cuando antes. —En cuanto lo dijo, abrió los ojos como platos—. Esto es… quiero decir…
—Lo entiendo. Sígame. —La mujer sonrió.
Y la siguió a través de los laberínticos pasillos del edificio que, desde fuera, parecía engañosamente pequeño dado lo amplio que era el interior. Subieron una gran escalera, y Hattie no pudo resistirse a pasar los dedos por los revestimientos de las paredes de seda color zafiro profundo con relieves de vides bordados en hilo de plata. Todo el lugar destilaba lujo, aunque no debería haberse sorprendido por ello, ya que, después de todo, había pagado una fortuna por disfrutar del privilegio de una cita.
En aquel momento había pensado que estaba pagando por el secreto, no por la extravagancia. Sin embargo, estaba claro que ambos estaban incluidos en el precio.
—¿Eres Dahlia? —dijo mientras miraba a su acompañante llegar al final de la escalera y bajar por un pasillo bien iluminado donde todas las puertas estaban cerradas.
El 72 de Shelton Street era propiedad de una misteriosa mujer, conocida por las damas de la aristocracia como Dahlia. Era con Dahlia con quien Hattie había mantenido correspondencia durante varias noches. La que le había hecho un montón de preguntas sobre sus deseos y preferencias, preguntas que Hattie apenas había podido responder por el ardor de sus mejillas. Después de todo, las mujeres como ella rara vez tenían la oportunidad de explorar el deseo o tener preferencias.
«Ahora tengo preferencias».
El pensamiento llegó con una imagen; la del hombre del carruaje, guapo, inconsciente y, luego, ya despierto, innegablemente bello. Aquellos ojos color ámbar que la habían evaluado y estudiado parecía que veían dentro de ella. No pudo evitar recordar la ondulación de sus músculos mientras luchaba contra las ataduras. Y su beso…
«Lo besé yo».
¿En qué había estado pensando?
Sencillamente no había estado pensando.
Y aun así…, estaba agradecida por el recuerdo, por el eco de su aguda inhalación cuando ella presionó los labios contra los suyos, por ese suave gruñido que había seguido, ese sonido que ella atesoraba, porque era la señal de aprobación que él se había dado a sí mismo. Como si se hubiese sometido a su deseo. Como si se hubiese convertido en su preferencia.
Se le calentaron de nuevo las mejillas. Se aclaró la garganta y miró a su acompañante, cuyos labios carnosos se curvaban en una sonrisa secreta.
—Soy Zeva, milady. Dahlia no está en la residencia esta noche, pero no se preocupe. Hemos preparado todo para usted a pesar de su ausencia —continuó la belleza—. Creemos que encontrará todo a su gusto.
Zeva abrió una puerta invitándola a entrar.
El corazón empezó a latirle con fuerza mientras miraba la habitación. Se le formó un nudo en la garganta e intentó reprimir que los nervios la dominaran, a pesar de que, lo que una vez fue una idea descabellada, se había convertido en algo concreto.
Aquella no era una habitación cualquiera. Era un dormitorio.
Un dormitorio bellamente decorado, con sedas y satén y un cubrecama de terciopelo de color azul vibrante que brillaba contra los elaborados postes tallados de la pieza central de la habitación: una cama de ébano.
El hecho de que las camas fueran siempre el punto de referencia de los dormitorios parecía, de repente, algo completamente irrelevante, y Hattie estaba segura de que nunca en su vida había visto una cama así. Lo que explicaba por qué no podía dejar de mirarla.
—¿Hay algún problema, milady? —Era imposible ignorar la diversión que transmitía la voz de Zeva cuando le preguntó.
—¡No! —dijo Hattie, sin querer reconocer que aquel tono agudo solo los usaba con sus sabuesos. Se aclaró la garganta, el corpiño de su vestido le pareció de repente demasiado apretado y se palpó—. No. No. Todo es perfecto. Todo es como lo había esperado. Como lo había imaginado. —Se aclaró la garganta de nuevo, todavía fascinada por la cama—. Gracias.
—¿Querría, quizás, un momento de intimidad antes de que Nelson se una a usted? —le preguntó Zeva a su espalda.
«Nelson».
Hattie se giró para mirar a la otra mujer.
—¿Nelson? ¿Como el héroe de guerra?
—Así es. Es uno de los mejores.
—Y por «uno de los mejores» se refiere a…
—Además de las cualidades que pidió, es encantador, experimentado y sumamente minucioso. —Zeva arqueó las cejas.
«Ha querido decir que es sumamente minucioso en la cama», pensó.
Hattie se ahogó con la arena que parecía albergar en su garganta.
—Ya veo. Bueno… ¿Qué más se puede pedir?
—¿Por qué no le dejo unos momentos para familiarizarse con la habitación? —Zeva apretó los labios.
«Ha querido decir con la cama».
—Toque la campana cuando esté dispuesta. —Con un ligero movimiento de la mano señaló un tirador en la pared.
«Ha querido decir para la cama».
—Sí. Eso suena bien —asintió Hattie.
Zeva salió flotando de la habitación, el silencioso chasquido de la puerta fue la única evidencia de que había estado allí.
Hattie respiró hondo y se giró hacia la habitación vacía. Examinó el resto sola: el brillante papel dorado, la chimenea de azulejos y los grandes ventanales que, sin duda, revelaban la red de tejados de Covent Garden durante el día, pero ahora, en la noche, eran espejos en la oscuridad, que reflejaban la luz de las velas de la habitación y a ella en el centro.
Ella, lista para comenzar su vida de nuevo.
Se acercó a una gran ventana tratando de ignorar su reflejo e intentando, en cambio, vislumbrar algo en la oscuridad que la rodeaba, ilimitada, como sus planes. Sus deseos. La decisión de dejar de esperar a que su padre se diera cuenta de su potencial y, en su lugar, tomar lo que ella quería. Probarse a sí misma que era lo suficientemente fuerte, lo suficientemente inteligente, lo suficientemente libre.
Y tal vez un poco imprudente.
Pero ¿qué era el camino al éxito sin un poco de imprudencia?
Esa imprudencia la descartaría de la carrera hacia el matrimonio con cualquier hombre decente y haría imposible que su padre le negara lo que realmente quería.
Un negocio propio. Una vida propia. Un futuro propio.
Respiró hondo y se volvió hacia una mesa cercana, cargada con suficientes manjares como para alimentar a un ejército: sándwiches de té, canapés y petits fours. Una botella de champán y dos copas colocadas junto a la comida. No debería sorprenderse, la encuesta sobre sus preferencias para la noche había sido bastante completa, y había pedido un refrigerio así, porque le gustaba el champán y la comida deliciosa —¿a quién no?— y, además, porque sentía que era el tipo de cosas que una mujer con experiencia haría en una ocasión como esta.
Y por eso, esperaba a su pareja ante una mesa engalanada, como si aquel lugar fuera una posada en el Gran Camino al Norte y la habitación hubiera sido preparada para unos recién casados. Hattie sonrió con aquella tonta y romántica idea. Pero esa era la mercancía que se vendía en el 72 de Shelton Street, ¿no? El romance a la carta, comprado y envasado.
Champán y petis fours y una cama de cuatro postes.
De repente todo parecía muy absurdo.
Rio por lo bajo de manera nerviosa. No había forma de que comiera canapés o petis fours. Su estómago hambriento los vomitaría al instante. Pero el champán… tal vez el champán era justo lo que necesitaba.
Se sirvió una copa y se la bebió como si fuera limonada. El calor la invadió más rápido de lo que esperaba, suministrándole el coraje suficiente para impulsarla a cruzar la habitación y tirar de la campana para invocar a Nelson. Nelson, el héroe de guerra más completo que existía.
Supuso que había peores nombres para el hombre que la libraría de su virginidad.
Hattie tiró de la campana —que no se oyó en la habitación, pero que sonó en algún lugar lejano del misterioso edificio— e imaginó un montón de hombres guapos que esperaban para proporcionar una minuciosidad minuciosa, como los caballos en la salida de una carrera. Sonrió ante aquella imagen salvaje, viendo a un Nelson sin rostro vestido con un uniforme completo y un sombrero de almirante, no podía quejarse de no tener una imaginación creativa; lo vio poniéndose en movimiento al oír el sonido, corriendo, largas piernas subiendo las escaleras de dos en dos, quizás tres a la vez, perdiendo el aliento en la carrera para llegar hasta ella.
¿Cómo debería estar dispuesta cuando él llegara? ¿Debería esperar en la ventana? ¿Querría verla de pie para evaluarla mejor? No le entusiasmaba esa idea.
¿Y si ponía una silla junto a la chimenea o junto la cama?
Dudaba mucho que él quisiera conversar. De hecho, estaba segura de que no le interesaría conversar con ella. Después de todo, era un medio para un fin.
Así que… La cama estaba allí.
«¿Debo acostarme en ella?».
Eso parecía bastante atrevido, aunque, la verdad, ya no había marcha atrás después de que, meses atrás hubiera buscado el 72 de Shelton Street y hubiera enganchado el birlocho esa noche. A eso se añadía que había cruzado cualquier límite al besar a un desconocido en el carruaje.
Por un momento salvaje, no fue un almirante sin rostro el que corría hacia ella. Fue un tipo de hombre completamente diferente. Con una cara hermosa. Con rasgos perfectos, ojos de ámbar, cejas oscuras y labios que eran más suaves de lo que ella había imaginado que podían ser unos labios.
Se aclaró la garganta y apartó esa idea, volviendo a la pregunta en cuestión. Acostarse sería un error, al igual que sentarse con los tobillos cruzados en esa cama. ¿Quizás había un punto medio? ¿Una pose seductora de algún tipo?
Argg…, si no había sido seductora en su vida…
Se situó en la esquina menos iluminada de la cama y se reclinó hacia atrás, rodeando el poste con un brazo para mantenerse firme, deseando parecerse al tipo de mujer que hacía este tipo de cosas de forma habitual. Una seductora que conocía sus deseos y sus preferencias. Alguien que entendía expresiones como «sumamente minucioso».
Y, entonces, la puerta se abrió y el corazón latió con fuerza cuando entró una gran figura envuelta en sombras; no llevaba sombrero de almirante ni uniforme. Nada tan remotamente seductor. Iba vestido de negro. De pies a cabeza.
Ya dentro, la luz iluminó su rostro perfecto con un cálido y dorado resplandor.
Su corazón se detuvo y se puso rígida de golpe, perdiendo el equilibrio hasta casi caerse de la cama.
Él se movía con gracia singular, como si no hubiera estado inconsciente en el carruaje una hora antes. Como si ella no lo hubiera empujado a la calle. Hattie posó la mirada en él, buscando rasguños o moratones, dolores o molestias por la caída. Nada.
—Tú no eres Nelson —dijo, tragando saliva con dificultad y agradecida por la poca luz.
Él no respondió. La puerta se cerró a su espalda.
Estaban solos.
Capítulo 4
Encontrarla debería de haber sido como dar con una aguja en un pajar. Ella debería haber desaparecido.
Tendría que haber sido sido una más entre las miles de mujeres, en miles carruajes, corriendo como escorpiones por los rincones más oscuros de Londres, oculta a la vista de los hombres ordinarios.
Y lo habría sido, si no fuera porque Whit no era un hombre ordinario. Era un Bastardo Bareknuckle, un rey de las sombras de Londres, con decenas de espías apostados en la oscuridad, y en su territorio no ocurría nada sin que él lo supiera. Había sido ridículamente fácil para su amplia red de vigías encontrar el único carruaje negro que se dirigía hacia la oscuridad.
Lo habían estado siguiendo antes de que él se subiera a los tejados. Obtuvieron su ubicación tan rápido como él pidió la información. El cargamento que conducía había desaparecido, los escoltas que habían sido atacados estaban vivos, y sus atacantes se habían esfumado. Sin identificar.
«Pero no por mucho tiempo».
Aquella mujer lo llevaría hasta su enemigo, un adversario que los Bastardos Bareknuckle llevaban meses buscando.
Si Whit estaba en lo cierto, se trataba de un enemigo que conocían desde hacía años.
No le molestaba que sus chicos estuvieran vigilando todas las entradas al burdel. Después de todo, un hermano protegía a una hermana, incluso cuando la hermana en cuestión era lo suficientemente poderosa como para poner a una ciudad de rodillas. Incluso cuando su hermana se escondía de lo único que podía despojarla de ese poder.
Whit había encontrado sin problemas el camino al burdel y se cruzó con Zeva, sin apenas detenerse, solo lo necesario para descubrir dónde se encontraba aquella mujer sin ni siquiera nombrarla. Sabía que ella no lo haría. El éxito del 72 de Shelton Street se debía a su discreción inflexible: guardaban los secretos de todos y no los revelaban a nadie, ni siquiera a los Bastardos Bareknuckle.
Por eso no presionó a Zeva. En su lugar, la empujó, ignorando cómo se arquearon sus cejas oscuras, con silenciosa sorpresa. Silenciosa por el momento; Zeva era la mejor de los lugartenientes y sabía guardar secretos…, pero no ocultaba nada a su jefa. Y cuando Grace, conocida en todo Londres como Dahlia, recuperara su legítimo puesto como dueña de aquel lugar, sabría lo que había pasado. Y no dudaría en pedir explicaciones al respecto.
No había curiosidad tan implacable como la de una hermana. Pero, por ahora, Grace no lo molestaría. Solo existía la misteriosa mujer del carruaje, con toda la información, la última pieza del mecanismo de relojería que había estado esperando a ponerse en marcha. El último resorte. Ella sabía los nombres de los hombres que habían disparado a su cargamento, de los que habían disparado a sus muchachos. Los nombres de los hombres que estaban robando a los Bastardos. Los nombres de los hombres que trabajaban para su hermano desaparecido. Su enemigo. Y ella estaba allí, en el burdel de su hermana, en un territorio que pertenecía al propio Whit.
Esperando a que un hombre la complaciese.
Ignoró el torbellino de excitación que lo recorría al pensarlo y el hilo de irritación que lo seguía. Se trataba de trabajo, no de placer. Era el momento de los negocios.
La vio nada más entrar, sus ojos la encontraron posada en el borde de la cama, agarrada a un poste en la oscuridad. Al dejar que la puerta se cerrara tras él, le consumió una idea singular: allí sentada, en uno de los burdeles más extravagantes de la ciudad, diseñado para féminas de gusto exigente, un burdel que prometía la máxima discreción, aquella mujer no podía parecer más fuera de lugar.
Debía sentirse como en casa, teniendo en cuenta que lo había excitado, que había mantenido una conversación con él como si fuera algo completamente normal y, luego, lo había arrojado a la calle desde un carruaje en marcha. Después de besarlo.
El hecho de que se dirigiera allí parecía estar en consonancia con el resto de aquella noche salvaje. Pero algo no cuadraba. No era el vestido, aunque la lujosa falda de seda que ondeaba en la oscuridad en salvajes oleadas turquesas, sugería una modista de gran habilidad. Tampoco eran los zapatos a juego ni los dedos que asomaban por debajo del dobladillo.
No era la forma en que el corpiño brillaba en la oscuridad, abrazando las curvas de su torso y mostrando unas encantadoras formas debajo de él… No, eso casaba a la perfección con Shelton Street.
Ni siquiera era la sombra de su cara, apenas reconocible en la oscuridad, pero lo suficientemente visible como para revelar que tenía la boca abierta por la sorpresa. Otro hombre podría encontrar ridícula esa expresión, pero Whit no. Sabía lo que sabía. Cómo se suavizaban y cedían esos labios carnosos. Y no había nada remotamente fuera de lugar en eso.
El 72 de Shelton Street era un lugar más que acogedor para cuerpos y labios llenos, para mujeres que sabían cómo usarlos. Pero esta mujer no sabía cómo usarlos. En ese momento estaba tiesa como un palo, aferrada al poste de la cama con los nudillos de una mano blancos y sosteniendo en la otra una copa de champán vacía, que inclinaba en un ángulo extraño. Sí, estaba totalmente fuera de lugar.
Más aún, cuando se enderezó de manera forzada.
—Le ruego que me perdone, señor —dijo—. Estoy esperando a alguien.
—Mmm… —Se inclinó hacia atrás apoyándose en el marco de la puerta, cruzó los brazos sobre el pecho y deseó que ella no estuviera en las sombras—. Espera a Nelson.
—Correcto. Y como usted no es él… —Asintió con la cabeza, en un movimiento que parecía el mecanismo de un reloj.
—¿Cómo lo sabe?
Silencio. Whit resistió el impulso de sonreír. Casi podía oír su pánico. Ella estaba a punto de retroceder, lo que lo pondría en una posición de poder. Le daría la información que deseaba en minutos, como si fuera un niño, a cambio de golosinas.
Salvo que ella dijo:
—No cumple mi lista de requisitos.
«¿Qué demonios… ? ¿Qué requisitos?».
De alguna manera, por puro milagro, evitó hacer la pregunta directamente. Sin embargo, aquella charlatana le proporcionó información adicional.
—Pedí específicamente a alguien menos… —Se calló.
Whit estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa para que ella terminara esa frase. Cuando agitó una mano en su dirección, él no pudo detenerse.
—¿Menos… ?
—Precisamente. Menos —dijo ella frunciendo el ceño.
Algo sospechosamente parecido al orgullo estalló en el interior del pecho de Whit, pero lo ignoró y guardó silencio.
—Y usted no es menos —dijo ella—. Es más. Es mucho. Por eso lo expulsé del carruaje, me disculpo por ello, por cierto. Espero que no se haya magullado demasiado en la caída.
—¿Mucho qué? —Ignoró las disculpas.
—Mucho todo. —Ella movió de nuevo la mano. La metió en la voluminosa tela de sus faldas y extrajo un trozo de papel, consultándolo—. Altura media. Constitución media. —Lo miró de arriba abajo, evaluándolo—. Usted no es ninguna de esas cosas.
No tenía que parecer decepcionada por ello. ¿Qué más ponía en ese papel?
—No me di cuenta de lo grande que era cuando nos reunimos antes.
—¿Es así como lo llama? ¿Una reunión?
Inclinó la cabeza considerándolo.
—¿Tiene un término mejor?
—Un ataque.
Ella abrió los ojos de par en par detrás de la máscara y se puso de pie, desvelando una altura que él no había imaginado en el carruaje.
—¡No le he atacado!
Se equivocaba, por supuesto. Ella en sí era un asalto: desde sus exuberantes curvas al fulgor de sus ojos, desde el brillo de su vestido al olor a almendras, como si acabara de salir de una cocina llena de pasteles.
Sintió el ataque de esa mujer desde el momento en que abrió los ojos en el carruaje y la encontró allí, hablando de cumpleaños y planes, y del Año de Hattie.
—Hattie… —No había querido decirlo. O mejor, no había querido disfrutar diciéndolo.
Los ojos de la joven se hicieron todavía más grandes detrás de la máscara.
—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó ella con una mezcla de pánico e indignación mientras se ponía en pie—. Pensé que este lugar era el colmo de la discreción.
—¿Qué es el Año de Hattie?
La realidad la asaltó de golpe, ella misma había revelado su nombre.
—¿Por qué quiere saberlo? —inquirió después de un breve silencio.
No estaba seguro de la respuesta, así que no le contestó.
Ella rompió el silencio, como él estaba descubriendo que acostumbraba a hacer.
—Supongo que no me dirá su nombre. Sé que no es Nelson.
—Porque soy demasiado para ser Nelson.
—Porque no cumple mi lista de cualidades. Es demasiado ancho de hombros y sus piernas son demasiado largas y no es encantador. Y, desde luego, no es nada afable.
—Ha hecho una lista de cualidades para un sabueso, no para un polvo.
No mordió el anzuelo.
—Y si además consideramos su cara…
¿Qué demonios le pasaba a su cara? En treinta y un años, nunca había tenido una queja, Y esa mujer salvaje no iba a cambiar eso.
—¿Mi cara?
—Sí, su cara —respondió ella atropelladamente—. Pedí una cara que no fuera tan…
Whit se mantuvo en silencio. ¿Así que esa mujer decidía dejar de hablar justo en ese momento?
Hattie negó con la cabeza y él resistió el impulso de maldecir.
—No importa. El hecho es que no solicité su compañía y tampoco lo ataqué. No he tenido nada que ver con que apareciera inconsciente en mi carruaje. Aunque, para ser sincera, empieza a parecerme la clase de hombre que bien podría merecer un golpe en la cabeza.
—No creo que haya tomado parte en el asalto.
—Bien. Porque yo no asalté su carruaje.
—¿Quién lo hizo?
—No lo sé.
«Mentira».
Estaba protegiendo a alguien. El carruaje pertenecía a alguien en quien confiaba o no lo habría usado para ir hasta allí. «¿Su padre?». No, imposible. Ni siquiera aquella loca usaría el cochero de su padre para llevarla a un burdel en medio de Covent Garden. Los cocheros hablaban.
«¿Un amante?». Por un momento consideró la posibilidad de que ella no solo trabajara con su enemigo, sino que durmiera con él. A Whit no le hizo gracia el disgusto que le causó la idea antes de que le pudiera la razón.
No. No era un amante. No estaría en un burdel si tuviera un amante. No lo habría besado a él si tuviera un amante. Y ella lo había besado, suave, dulce e inexpertamente.
No había ningún amante. Pero aun así, era leal al enemigo.
—Creo que sabe quién me dejó inconsciente y me retuvo en ese carruaje, Hattie —dijo en voz baja, acercándose a ella. Su cuerpo vibró cuando se dio cuenta de que ella era casi de su altura; su pecho subiendo y bajando a ritmo de staccato por encima de la línea de su vestido, los músculos de su garganta tensos mientras lo escuchaba—. Y creo que sabe que tengo la intención de conseguir un nombre.
—¿Es eso una amenaza? —Lo miró entrecerrando los ojos. Él no respondió, y en el silencio, ella pareció calmarse; su respiración se hizo más tranquila mientras sus hombros se enderezaban—. No me gustan las amenazas. Es la segunda vez que interrumpe mi noche, señor. Haría bien en recordar que fui yo quien le salvó el pellejo antes.
—Casi me mata. —Ella experimentó un cambio notable.
—Por favor, ha sido usted muy ágil —se burló—. Lo vi aterrizar en el suelo como si no fuera la primera vez que lo lanzan de un carruaje—. Hizo una pausa—. No lo fue, ¿o sí?
—Eso no significa que desee convertirlo en un hábito.
—El punto es que, sin mí, podría estar muerto en una zanja. Un caballero razonable me lo agradecería amablemente y se iría a otro lugar ahora mismo.
—Tiene mala suerte, entonces, de que yo no lo sea.
—¿Razonable?
—Un caballero.
Se rio un poco sorprendida por eso.
—Bueno, como estamos en un burdel, creo que ninguno de los dos puede reclamar mucha gentileza.
—¿Eso no estaba en su lista de requisitos?
—Oh, lo estaba —dijo—, pero esperaba más una aproximación a la caballerosidad que la caballerosidad misma. Y ahí está el problema: tengo planes, maldición, y no voy a permitir que los arruine.
—Los planes de los que habló antes de tirarme del carruaje.
—Yo no lo tiré. —Cuando él no respondió, ella le dijo—: Está bien, lo eché. Pero todo ha ido bien.
—No gracias a usted.
—No tengo la información que quiere.
—No la creo.
Abrió la boca y la cerró.
—¡Qué grosero!
—Quítese la máscara.
—No.
—¿Qué es el Año de Hattie? —preguntó ante el no tajante.
Ella levantó la barbilla desafiante, pero se quedó en silencio. Whit gruñó y se dirigió al champán y se sirvió una copa. Cuando terminó, devolvió la botella a su sitio y se apoyó en el alféizar de la ventana observando cómo ella se movía.
Siempre estaba en movimiento, alisándose las faldas o jugando con la manga; él bebía hipnotizado por la larga línea del vestido, por la forma en que este envolvía sus curvas rebeldes y hacía promesas que un hombre deseaba que cumpliera. La luz de las velas se reflejaba en su piel, dorándola. No era una mujer que tomara té. Era una mujer que tomaba el sol.
Tenía dinero, saltaba a la vista. Y poder. Una mujer necesitaba de ambos para entrar en el 72 de Shelton Street. Incluso sabiendo que el lugar existía, necesitaba contactos que no eran fáciles de conseguir. Había miles de razones por las que ella podría estar allí, y Whit las había escuchado todas: aburrimiento, insatisfacción, imprudencia. Pero no detectaba ninguna de ellas en Hattie. No era una chica impetuosa, era lo suficientemente mayor para ser razonable y tomar sus decisiones. Tampoco era simple o superficial.
Se acercó a ella lentamente de forma deliberada.
—No me dejaré intimidar. —Se puso rígida. Agarró con fuerza el papel que tenía en la mano.
—Él me ha robado algo y quiero que me lo devuelva.
Pero eso no era todo.
Estaba lo suficientemente cerca como para tocarla. Lo suficientemente cerca para medir la altura que ya había notado antes, casi igual a la suya. Lo suficientemente cerca para ver sus ojos detrás de la máscara, fijos en él. Lo suficientemente cerca para sumergirse en su aroma a almendras.
—Lo que sea que le hayan robado —anunció mientras enderezaba los hombros—, haré que se lo devuelvan.
Cuatro envíos. Tres vigilantes tiroteados. Después de esa noche, el propio Whit había perdido unos cuchillos que valoraba por encima de todo. Y, si tenía razón, ella le debía más de lo que podía devolverle.
—No es posible. Necesito un nombre. —Negó con la cabeza.
—Le ruego que me perdone, yo no fallo —respondió sin vacilar.
Otro hombre podría haber encontrado aquellas palabras divertidas, pero Whit advirtió honestidad en ellas. ¿Cómo se había visto involucrada en este lío? No pudo resistirse a repetirse.
—¿Qué es el Año de Hattie?
—Si se lo digo, ¿me dejará en paz?
«No», pensó él.
Respiró profundamente en silencio, como si considerara sus opciones.
—Es lo que parece —explicó ella finalmente—. Es mi año. El año que reclamo como mío.
—¿Cómo?
—Tengo un plan de cuatro puntos para dirigir mi propio destino.
—Cuatro puntos —repitió él, arqueando las cejas.
—Negocios. Casa. Fortuna. Futuro. —Levantó una mano marcando las respuestas con los largos dedos enguantados y luego hizo una pausa—. Ahora, si me dice qué fue con precisión lo que le quitaron, se lo devolveré, y podremos seguir con nuestras vidas sin molestarnos nunca más.
—Negocios. Casa. Fortuna. Futuro —repasó el plan—. ¿En ese orden?
—Probablemente. —Hattie inclinó la cabeza a un lado.
—¿Qué clase de negocios? —Él tenía dinero de sobra, y podía ayudarla en cualquier negocio que deseara… a cambio de la información que necesitaba.
Ella lo miró fijamente y permaneció en silencio.
Probablemente tenía aspiraciones como modista o sombrerera, ambos negocios le comprarían una casa, pero ninguno de ellos le daría una fortuna. ¿No sería mejor que buscase un futuro como esposa y madre? Parecía la mujer adecuada para ser la señora de una casa.
Eso, y que ninguno de sus cuatro puntos tenía sentido en el contexto del burdel de Shelton Street. Señaló el papel que sostenía en el puño.
—¿Qué esperaba de Nelson, una inversión?
—De cierto tipo. —Hattie se rio de la pregunta.
—¿De qué tipo? —Whit entrecerró los ojos, interrogativo.
—Hay un quinto punto —dijo.
Un reloj sonó en el pasillo, alto y grave, y Whit sacó sus relojes sin pensar, comprobando la hora en ambos antes de devolverlos a su lugar.
—¿Y cuál es?
—¿Tiene hora? —Su mirada siguió sus movimientos.
—Las once. —No ignoró la burla en la pregunta.
—¿En los dos relojes?
—¿El quinto punto?
Sus mejillas se tiñeron de rojo al escuchar la pregunta, y la curiosidad que sintió Whit por aquella extraña mujer se volvió casi insoportable.
—Cuerpo —dijo ella entonces, en un tono claro como el tañido del pasillo.
Cuando Whit tenía diecisiete años, salió del cuadrilátero tambaleándose, tras un combate que duró demasiado con un oponente demasiado grande; el rugido de la multitud se le clavó en los oídos por la cantidad de golpes que soportó. Aterrizó en el callejón trasero de un almacén, donde llenó de aire frío sus pulmones mientras se imaginaba en cualquier lugar menos allí, en un club de lucha de Covent Garden.
La puerta se abrió y se cerró, y una mujer se había acercó a él con un trozo de lino en la mano. Se ofreció a limpiarle la sangre de la cara. Sus palabras suaves y su amable gesto fueron el mayor placer que había sentido en su vida.
Hasta el momento en que escuchó a Hattie decir la palabra «cuerpo».
Se hizo el silencio entre ellos. Ella rio, nerviosa.
—Supongo que es más bien el primer punto, considerando que es esencial para el resto.
«Cuerpo».
—Explíquese —gruñó Whit.
Parecía estar considerando la posibilidad de no dar explicaciones, como si él le fuera a permitir salir de la habitación sin hacerlo.
—Hay dos razones —dijo finalmente, pues debió de darse cuenta de que él no iba a ceder—. Algunas mujeres se pasan toda la vida buscando un matrimonio.
—¿Y usted no?
Negó con la cabeza.
—Tal vez en algún momento lo consideré… —Se alejó, y Whit contuvo la respiración esperando ver qué venía a continuación. La vio encogerse de hombros—. Mañana cumplo veintinueve años. En este momento, soy una dote y nada más.
Whit no la creyó ni por un momento.
—No quiero ser una dote. —Lo miró—. No deseo que me conviertan en mercancía. Deseo ser yo misma. Elegir por mí misma.
—Negocios. Casa. Fortuna. Futuro —dijo.
Ella sonrió satisfecha, formando aquel maldito hoyuelo que centelleaba, y él no pudo resistirse a reparar en esos labios, cuya sensación recordaba vivamente desde el principio de la noche. Los vio moverse de nuevo.
—Solo hay una manera de asegurar que se me permita elegir por mí misma. —Hizo una pausa—. Me deshago de la única cosa de mí que es preciada. Me reclamo a mí misma. Y gano.
—Y vino aquí para… —Se alejó sabiendo la respuesta, pero quería que ella lo dijera.
Quería escucharlo.
Ese rubor otra vez.
—Perder la virginidad —dijo finalmente.
Las palabras resonaron en sus oídos.
—Bueno, yo sola no puedo perder mi propia virginidad, obviamente. Es más bien una metáfora. Nelson iba a hacerlo por mí —añadió ella bromeando.
Dejó que el silencio reinara un segundo mientras él ponía en orden sus pensamientos.
—Se libera de su virginidad y se vuelve libre para vivir su vida.
—¡Exactamente! —dijo como si estuviera encantada de que alguien lo entendiera.
—¿Y cuál es la segunda razón? —gruñó Whit.
Se ruborizó de nuevo. ¿Quién era esta mujer tan audaz como vergonzosa?
—Supongo… —se interrumpió para aclararse la garganta—. Supongo que es lo que quiero.
«¡Dios!».
Podría haber dicho mil cosas y todas las hubiera esperado. Cosas que lo habrían mantenido callado, impasible. Y en vez de eso, había dicho algo tan condenadamente sincero que no tuvo otra opción que desearla.
Lo detuvo antes de que empezara, reprimió su deseo metiendo la mano en el bolsillo y sacando un saquito de papel; del que sacó un caramelo. Se lo metió en la boca; el sabor a limón y miel explotaron en su lengua.
Lo que fuera para distraerse de sus palabras.
«La deseo».
—¿Son caramelos? —Hattie miró la bolsa.
Whit la miró y gruñó un sí.
—No debería tomar golosinas si no está dispuesto a compartirlas, ya sabe… —Inclinó la cabeza a un lado.
Otro gruñido y tendió la bolsita hacia ella.
—No, gracias —dijo con una sonrisa.
—Entonces, ¿por qué me ha pedido uno?
—No le he pedido uno. Le he pedido que me ofreciera uno. Lo que es totalmente diferente. —Otra sonrisa.
Era increíblemente frustrante. Y fascinante. Pero no tenía tiempo para sentirse fascinado por ella.
Devolvió los caramelos al bolsillo, tratando de concentrarse en el limón, un agrio y dulce placer, uno de los pocos que se permitía. Tratando de ignorar el hecho de que no era limón lo que deseaba en ese momento. Tratando de no pensar en las almendras.
Necesitaba información de esa mujer. Y eso era todo. Ella sabía quién estaba atacando a sus hombres, quién estaba robando su mercancía; podía confirmar la identidad de su enemigo. Y él haría lo que fuera necesario para que ella hablara…
—¿No va a decirme que me equivoco? —preguntó.
—¿Qué se equivoca sobre qué?
—Que me equivoco al querer… —Se alejó por un momento, y un hilo de frío miedo atravesó a Whit mientras sopesaba la posibilidad de que ella lo dijera de nuevo. Cualquier hombre hubiera querido llenar el espacio entre esas dos minúsculas letras con una veintena de cosas sucias— … explorar.
Dios mío. Eso era peor.
—No voy a decirle que se equivoca.
—¿Por qué?
No tenía ni idea de por qué lo había dicho. No debería haberlo dicho. Debió dejarla allí, en aquella habitación y seguirla a casa y esperar a que revelara lo que sabía. Porque no había manera de que esa mujer guardara bien los secretos. Era demasiado sincera. Lo suficientemente sincera como para causar problemas. Pero lo dijo de todas formas.
—Porque debería explorar. Debería explorar cada centímetro de sí misma y cada centímetro de su placer y fijar el rumbo de su futuro.
Ella abrió los labios cuando él se le acercó diciendo todo lo que no había ofrecido a otra en otra época. En toda la vida.
Él se acercó y levantó las manos lentamente, permitiendo que ella viera su movimiento. Dándole tiempo para detenerlo. Al ver que no lo hizo, le quitó la máscara revelando sus grandes y oscuros ojos delineados con kohl.
—Pero no debería contratar a Nelson.
¿Qué estaba haciendo?
Era la única opción.
«Mentira».
Hattie cogió la máscara con la mano libre y la bajó entre ellos. Se puso a juguetear con ella, y sus dedos lo rozaron. Lo quemaron.
—Será difícil encontrar otro hombre que me ayude sin que haya consecuencias.
—Le aseguro que no —dijo él inclinándose y bajando la voz.
—¿Pretende encontrarme un hombre así? —Ella tragó saliva.
—No.
Hattie frunció el ceño y Whit le pasó el pulgar por las cejas varias veces, hasta que el ceño dejó de estar fruncido. Trazó las líneas de su cara, el contorno de sus pómulos, la suave curva de su mandíbula. Su grueso labio inferior, tan suave como lo recordaba.
—Tengo la intención de hacerlo yo.
Capítulo 5
Ya que había llegado al 72 de Shelton Street con la intención de que la arruinaran, Hattie debería haber considerado la posibilidad de que el asunto de perder la virginidad fuera placentero.
Nunca lo había visto así. De hecho, siempre había pensado que sería un asunto poco trascendental. Algo rutinario. Un medio para conseguir un fin. Pero, cuando aquel hombre la tocó, misterioso, guapo e inquietante y más bienvenido de lo que le gustaría admitir, no pudo pensar en nada más que en los medios.
Medios muy placenteros.
Medios tan placenteros que se apropiaron de todos sus pensamientos cuando él le sugirió que podía ser quien la ayudara a perder su virginidad.
Pero la combinación de un grave gruñido y una lenta caricia con el pulgar sobre su labio inferior hizo que Hattie pensara que podría hacer más que eso. Que podría quemarla. Que ella iba a permitírselo, que aquel fuego la condenaría.
Y luego hizo que Hattie pensara solamente una palabra: «Sí».
Había llegado con la promesa de encontrar un hombre extremadamente minucioso que demostraría ser un asistente estelar. Pero ese hombre, con sus ojos ámbar que lo veían todo, con su tacto que lo entendía todo, con su voz que llenaba sus más oscuros y secretos rincones, era más que un asistente.
Ese hombre era puro dominio, del tipo que Hattie no había imaginado, pero que ya no podía dejar de imaginar. Y se estaba ofreciendo a hacer realidad todo lo que ella anhelaba.
«Sí».
Estaba muy cerca. Era muy grande, lo suficientemente grande como para que ella se sintiera pequeña y guapa, lo bastante guapa como para que no pudiera pensar más que en una noche embriagadora, increíble y caliente en aquella fría habitación.
Él iba a besarla. No a cambio de dinero, sino porque quería. «Imposible». «Nadie nunca había…».
—¿Tú… —Él le deslizó la mano por el cabello haciendo que aquella idea se esfumara antes de asimilarla. Silencio— … me ayudarías… —Él contrajo los dedos— … con… —La mantuvo como a una rehén con su contacto y su silencio. Le estaba haciendo olvidar lo que estaba pensando, ¡maldición! La frase… ¿En qué estaba pensando?— … eso?
—Te ayudaría con todo —contestó él con un gruñido, un sonido que ella no habría entendido si no estuviera tan embelesada. Si no estuviera tan ansiosa por… todo.
Hattie cerró los ojos. ¿Cómo podía un hombre convertir solo dos letras en tanto placer? Seguramente iba a besarla. Así era como se empezaba, ¿no? Pero no se movía. ¿Por qué no se movía? Se suponía que debía moverse, ¿no?
Abrió los ojos de nuevo, él estaba allí, muy cerca, y la observaba. La miraba. La veía. ¿Cuándo fue la última vez que alguien la había visto? Se había pasado toda su vida siendo la mejor en el arte de esconderse: nunca la veían.
Pero este hombre… la veía. Y descubrió que lo odiaba tanto como le gustaba. No, lo odiaba más. No quería que él la viera. No quería que enumerar sus incontables defectos. Sus mejillas llenas, sus cejas demasiado anchas y su nariz demasiado grande. Su boca, que otro hombre comparó una vez, como si le estuviera haciendo un favor, con la de un caballo. Si aquel hombre veía todo eso, podría cambiar de opinión.
—¿Podemos empezar ya? —dijo Hattie con cierto descaro, animada por aquellas ideas.
Un profundo gruñido de asentimiento anunció su beso, un sonido tan glorioso como el choque de sus bocas cuando él posó sus labios sobre los de ella y le dio justo lo que ella quería. Más que eso. No debería haberle sorprendido la sensación de tenerlo contra ella, lo había besado con valentía en el carruaje antes de echarlo, pero ese había sido su beso.
Este era de los dos.
Él tiró de ella inclinándola de tal manera que quedaron perfectamente emparejados, hasta que su hermosa boca estuvo alineada con la de ella. Y entonces le encerró la cara entre las manos, le acarició la mejilla con el pulgar mientras asaltaba su boca con pequeños besos, uno tras otro, una y otra vez, mientras ella creía enloquecer. Él le capturó el labio inferior y se lo lamió; su lengua caliente y áspera, con sabor como a limón azucarado le provocó…
«Hambre». Eso fue lo que sintió. Como si nunca hubiera comido antes y ahora se presentase frente a ella un banquete sabroso, solo para ella.
Aquellos lametazos la volvieron salvaje. No sabía cómo soportarlos. Cómo manejarlos. Todo lo que sabía era que no quería que se detuvieran.
Lo agarró por el abrigo para acercarlo, se apretó contra él, anhelando sentir el contacto de aquellas manos en cada centímetro de su piel. Quería meterse dentro de él. Lanzó un pequeño suspiro de frustración que él entendió; sus brazos la rodearon como si fueran de acero, y la levantó, la forzó a entregarse al tiempo que las manos de ella se deslizaban sobre sus enormes hombros y alrededor de su cuello. Sobre los músculos tensos y muy calientes.
Ella jadeó al sentir el calor de su cuerpo, y él se separó. ¿Se había detenido? ¿Por qué se había detenido?
—¡No! —Por Dios, ¿había dicho eso en voz alta?—. Es que… —Sus mejillas se encendieron al instante—. Eso es… —Él arqueó una ceja a modo de pregunta silenciosa—. Preferiría…
—Sé lo que preferirías. Y te lo daré. Pero antes… —dijo aquella bestia silenciosa.
Recuperó el aliento. Antes, ¿qué?
Whit le agarró la mano que tenía sobre su hombro; Hattie mostró su miedo a que se detuviera antes de que tuvieran la oportunidad de empezar, mientras él la apartaba sin llegar soltarla.
¿Qué estaba haciendo? Él le giró la muñeca y posó los dedos en la línea de botones del guante que le cubría el brazo.
—Es usted muy hábil con los botones. —Lo miró. Él lanzó un gruñido concentrado en su tarea—. Ni siquiera tiene gancho para botones —dijo ella con torpeza y deseó poder retirar las palabras antes de que hubieran salido de su tonta boca.
Le quitó el guante que dejó a la vista la muñeca cubierta de manchas de tinta, recuerdo de su tarde en las oficinas examinando los libros de contabilidad. Ella retorció la mano para ocultar aquellas feas marcas, pero él se lo impidió. En vez de eso, las estudió durante un momento, las acarició con temor con su pulgar, como si quemaran como una llama, antes de volver a poner la mano en su hombro. Sus dedos, ahora desnudos, alcanzaron el lugar donde su cuello se encontraba con la cálida piel de su nuca. Desesperado por sentir sus dedos, soltó un gruñido de placer cuando la piel de ella rozó la de él. Se olvidó de la tinta.
—Antes, esto —dijo Whit.
Alguien más debió replicar, porque con seguridad no fue ella quien hundió los dedos en su pelo negro y rizado, tirando de él.
—¿Y ahora me darás lo que quiero? —exigió ella a la vez.
Pero fue ella quien lo recibió, su beso la reclamó mientras deslizaba una mano para apretarla contra él, le levantó un muslo hasta su cadera, apretándole la espalda contra el grueso poste de ébano.
Su lengua la acarició, la invadió, y ella la recibió con ansiedad, acompasando sus movimientos con los de él, aprendiendo. Absorbiéndolo todo. Debió de hacerlo bien, porque él gruñó de nuevo —un sonido que le pareció un puro triunfo—, y se apretó contra ella, rudo y perfecto, encajando sus muslos, haciendo que se fijara en un extraño dolor justo allí, un dolor que, estaba segura, él podía curar. Ojalá él…
Le arrasó la boca con una maldición, una palabra que la atravesó y la hizo sentir provocadora, maravillosa e inmensamente poderosa. Una palabra que no le hizo querer dejar de hacer lo que estaba haciendo. Y no lo hizo, así que empujó sus caderas contra las de él de nuevo y aumentó la presión, deseando que sus faldas desaparecieran.
—¿Aquí? —susurró Whit después de subirle la barbilla con el pulgar para levantarle el rostro y posar sus labios sobre la suave piel del cuello. Luego la besó desde la parte inferior de la mandíbula hasta la oreja. «Sí»—. Mmm. ¿Aquí? —Continuó bajando por el cuello. Un viaje glorioso. Un delicioso lametazo. «Sí»—. ¿Más?
«Más». Se estrechó contra él. ¿Había soltado un quejido?
—Pobrecita… —gruñó él. La apretó un poco más y elevó sus pies del suelo. «¿Cómo era tan fuerte?». No importaba. Le rozó el borde de su vestido, la tela estaba demasiado tensa. Demasiado tirante. Demasiado apretada—. Esto parece incómodo. —Pasó la lengua sobre la curva caliente y llena de sus pechos, poniéndolos, si cabe, aún más calientes; si cabe, aún más llenos. Ella jadeó.
—Hazlo. —Aquella persona, que no era Hattie, habló de nuevo. Él no dudó en obedecerla: la colocó sobre el alto borde de la cama y acercó sus poderosos dedos al borde del corpiño. Ella abrió los ojos, miró hacia abajo y vio las fuertes manos de él sobre la brillante seda.
Regresó la cordura. Seguramente no era lo suficientemente fuerte para…
El vestido se rasgó como si fuese papel al contacto con sus manos, el aire frío la atrapó, y entonces…
Fuego.
Labios. Lengua.
Placer.
No podía dejar de mirar. Nunca había visto nada parecido. El hombre más bello que hubiera visto jamás dedicado por completo a su placer. El aire salió de sus pulmones mientras lo miraba, sin saber qué era lo que más le gustaba: verlo o sentirlo…
Verse a sí misma sujetándolo por el pelo, atrayéndolo. Guiándolo con sus manos para que le diera placer.
O el sonido de su excitación, de su deseo.
Había ido más allá de lo que había imaginado. Aquel hombre había ido más allá de lo que ella había imaginado. Al pensarlo, lo atrajo de nuevo, sus dedos asieron su pelo, tiró de él hasta que volvieron a besarse. Esta vez, sin embargo, fue ella la que lamió sus labios. Fue él quien se abrió a ella. Ella la que saqueó. Él el que se sometió.
Y fue glorioso.
Las manos masculinas llegaron a sus pechos, sus pulgares buscaron sus erizados pezones, que acarició y pellizcó hasta que ella jadeó y se retorció contra él, perdida en él.
Y ni siquiera sabía su nombre.
La idea la paralizó.
«Ni siquiera sé su nombre».
—Espera. —Se apartó de él, lamentando la decisión al segundo, cuando la soltó sin dudarlo; su contacto desapareció como si nunca hubiera existido. Él dio un paso atrás.
Se cerró el corpiño sobre los pechos, que protestaron, y cruzó los brazos, su hambre regresó con un gran pinchazo de dolor en todos aquellos lugares en que se habían tocado. Sus labios comenzaron a hormiguear, su beso parecía un fantasma. Se lamió los labios y la mirada ámbar de él se posó en su boca. También parecía hambriento mientras la escuchaba.
—No sé tu nombre.
—Bestia. —Por una vez, no dudó.
—¿Perdón? —Había escuchado mal.
—Me llaman Bestia.
—Eso es… —Sacudió la cabeza. Buscó la palabra—. Ridículo.
—¿Por qué?
—Porque… tú eres el hombre más guapo que he visto jamás. —Hizo una pausa—. Eres el hombre más perfecto que cualquiera haya visto jamás. Empíricamente hablando.
—No es normal que una dama diga cosas así. —Arqueó las cejas, alzó una mano y se la pasó por el cabello hasta llegar a la nuca. ¿Era posible que estuviera sintiendo vergüenza?
—Pero es que es obvio. Como el calor o la lluvia. Pero supongo que la gente señala lo evidente cada vez que te llaman con ese absurdo apodo. Me imagino que se supone que es irónico.
—No lo es —dijo, bajando la mano.
—No lo entiendo. —Parpadeó.
—Lo harás.
—¿Lo haré? —La promesa la recorrió causándole inquietud.
—Los que me roban, los que amenazan lo que es mío, ellos conocen la verdad. —Se acercó de nuevo y le cubrió la mejilla con la palma de la mano, haciendo que ella quisiera entregarse al calor de él.
Su corazón comenzó a acelerarse. Se refería a Augie. Este no era un hombre que castigara a medias. Cuando fuera a por su hermano, no tendría ningún reparo. Su hermano era un verdadero imbécil, pero ella no quería que sufriera. O algo peor. No, lo que fuera que Augie hubiera hecho, lo que fuera que hubiera robado, ella se lo devolvería. Y entonces se dio cuenta de que el beso que acababan de compartir, la oferta que él le había hecho, no había sido porque la deseara.
Había sido porque deseaba vengarse.
«No ha sido por mí». Por supuesto que no.
Después de todo, aquel hombre, con su pasión controlada y su observación silenciosa, no era el tipo de hombre que deseara a Henrietta Sedley, solterona regordeta con manchas de tinta en las muñecas.
No, a menos que ella pudiera entregarle algo. Podía ser que aquel hombre no quisiera una dote, sin embargo, algo deseaba.
Ignoró la punzada de tristeza que la invadió al entenderlo, fingió no notar el escozor en los ojos ni el indicio de una emoción no deseada en su garganta. Cruzó con más fuerza los brazos sobre el pecho y pasó por delante de él hasta donde se había dejado el chal.
Una vez envuelta en la rica tela de color turquesa, se volvió hacia él, que miró al lugar donde el chal cubría el vestido desgarrado que ella misma le había exigido rasgar.
Hattie respiró hondo. Si podía decir una cosa, también podía decir otra.
—Me parece, señor, que usted preferiría hablar de negocios. —El arqueó una de sus oscuras cejas con curiosidad—. No negaré que sé quién ha tenido algo que ver con la «situación» de esta noche. Los dos somos demasiado inteligentes para jugar al gato y al ratón.
Él asintió con un gruñido.
—Iré a buscar lo que ha perdido. Se lo devolveré. Por un precio —le ofreció.
—Tu virginidad. —La observó durante un largo instante.
—Usted quiere un castigo; yo quiero un futuro. Hace dos horas, estaba preparado para una especie de transacción, así que ¿por qué no ahora? —Hattie hizo un gesto de asentimiento que él no respondió, así que levantó la barbilla negándose a dejar que viera su decepción—. No hay necesidad de fingir que deseaba hacerlo por la bondad de su corazón. No soy una ingenua. Tengo ojos y un espejo.
Sin embargo, lo había sido por un momento. Casi la había engañado para que hiciera ese papel.
—Y usted no es un caballero de brillante armadura, ansioso de cortejarme. —Silencio. Maldito silencio—. ¿Verdad?
—No lo soy. —Whit se apoyó en el poste de la cama y cruzó los brazos.
El hombre podría al menos haber fingido. Pues no. No quería fingir. Prefería la sinceridad.
—¿Y entonces? —La observó durante un largo rato; aquellos ojos infernales que lo veían todo se negaban a quitarle la vista de encima —. ¿Quién eres?
—Hattie —dijo encogiendo levemente los hombros.
—¿Tienes un apellido?
—Todos tenemos apellidos. —No iba a decírselo.
—Mmm. —Hizo una pausa—. Así que me ofreces el nombre de mi enemigo, aunque no el tuyo, a cambio de un polvo.
—Si piensa que me va a acobardar con su lenguaje, no funcionará. —No se escandalizó por sus palabras—. Crecí en los muelles. —Había jugado en los aparejos de los barcos de su padre.
—No eres del arroyo. —La miró entrecerrando los ojos—. ¿O sí? ¿Quién eres? —No se sorprendió de que no le respondiera.
—No importa. El hecho es que me crecieron los dientes escuchando el lenguaje soez de los marineros y los estibadores, así que no me sorprende. —Apretó el chal con fuerza sobre su torso y estudió a aquel hombre, al que había encontrado atado en su carruaje, que pensaba que su hermano era un enemigo y que se llamaba a sí mismo Bestia. De manera irónica.
Debería irse. Terminar la noche antes de que fuera más lejos. Volver en otro momento y reanudar el Año de Hattie con otro hombre.
Pero no deseaba a otro hombre, no después de que este la besara tan bien.
—No le daré un nombre. Pero le devolveré lo que haya perdido. —Iría a su casa, resolvería el papel de Augie en este asunto, recogería lo que fuera que le hubiera quitado a aquel hombre y se lo devolvería.
—Probablemente sea lo mejor.
—¿Por qué? —Alivio, luego incertidumbre.
—Si me das el nombre, serás la responsable cuando lo destruya.
Su corazón palpitó con aquellas palabras. Destruir a Augie era destruir el negocio de su padre. Destruir su negocio.
Debería terminar con aquello. No volver a ver a aquel hombre. Ignoró la decepción que le causó la idea.
—Si no le interesa mi oferta, entonces debería irse. Tengo una cita. —Tal vez aún pudiera salvar la noche.
No era que ella desease a Nelson. No importaba. Era un medio para un fin.
—No. —Un músculo se movió en la perfecta y cuadrada mandíbula masculina.
—Entonces, ¿qué?
—No estás en posición de hacerme una oferta. —La alcanzó una vez más, sus largos y cálidos dedos se deslizaron por su nuca, desestabilizándola lo suficiente para que ella apoyase las manos en su pecho para no caer—. Yo consigo todo… —Atrapó su respiración con sus labios, en un firme y cálido torbellino de placer. Rompió el beso—… lo que es mío —gruñó.
Lo que fuera que su hermano hubiese robado.
—Sí. —Ella se encontró con sus labios de nuevo. Suspiró cuando sus lenguas se enredaron en una larga y lenta danza. Él se retiró—. Lo que es suyo. —Su virginidad—. Sí —susurró, poniéndose de puntillas para otro beso.
—¿Y el nombre? —Casi se rindió a ella.
—No. —Nunca. Hattie sacudió la cabeza. Lo acercaría demasiado a todo lo que le importaba.
—Yo no pierdo, amor. —Arqueó una de sus cejas oscuras.
—¿Necesito recordarte que te eché de un carruaje en marcha? Yo tampoco pierdo. —Ella sonrió, le deslizó las manos por el pelo y tiró de él para atraerlo. Lo besó profundamente. Estaba disfrutando al máximo.
No estaba segura de si él sentía o escuchaba un estruendo en su pecho. Tampoco estaba segura de que fuera una risa, pero quería que lo fuera cuando la levantó en el aire y se volvió hacia la cama una vez más. «Para cumplir con su trato».
La dejó en el colchón y se inclinó sobre ella para apoderarse de sus labios de nuevo; Hattie no pudo contener su suspiro de placer antes de que la soltara y la besara en la mejilla, junto a la oreja.
—¿Necesito recordarte que te he encontrado? —susurró él. Le rozó el lóbulo con los dientes y ella jadeó—. Una aguja en el pajar de Covent Garden.
—Casi una aguja. —Ella brillaba como un faro. Desde el principio.
—Esperando a un hombre que cumpliese tus… ¿cómo los llamaste? ¿Requisitos? —La ignoró.
Sus requisitos habían cambiado. Y él lo sabía.
—Me han dicho que Nelson es extremadamente minucioso.
Ella giró la cabeza, su mirada se encontró con la de él, llena de fuego.
—Mmm… —dijo él—, pero yo te encontré primero.
—Entonces estamos en paz. —Apenas reconoció sus palabras entrecortadas.
—Mmm… —La besó, profunda y minuciosamente, moviendo sus manos hasta el chal que cubría su vestido rasgado; ella contuvo la respiración, sabiendo lo que estaba por venir. Más besos. Más roce. Y todo lo demás. Todo.
Pero, antes de que pudiera deshacer el nudo que la ocultaba, sonó un golpe claro y firme en la puerta.
Se quedaron inmóviles.
La puerta se abrió justo lo suficiente para que una cabeza se asomara. Lo suficiente para que las palabras se colaran.
—milady, su carruaje ha regresado.
«Maldición». Nora. ¿Ya habían pasado dos horas?
—Tengo que irme. —Lo empujó.
Bestia se movió al segundo, se alejó de ella dejándole el espacio que le había pedido y no quería.
—¿Vas a algún sitio? —Sacó los relojes del bolsillo y los revisó con tanta rapidez que Hattie se preguntó si sabía que lo había hecho.
—A casa.
—Qué escueta —dijo.
—No esperaba una conversación brillante. —Hizo una pausa—. Aunque la conversación no es algo que practiques a menudo, ¿verdad? —Después de un largo rato de silencio, sonrió, incapaz de detenerse—. He dado en el clavo. —Cruzó la habitación, recogió su capa y se volvió hacia él—. ¿Cómo te encontraré? Para… —Cobrarme. Casi dijo cobrar. Sus mejillas se encendieron.
La comisura de su hermosa boca se movió, apenas se elevó antes de volver a su lugar. Sabía lo que ella había estado pensando, sin duda.
—Yo te encontraré a ti —dijo él.
Era imposible. Nunca la encontraría en Mayfair. Pero ella podría volver al Garden. Lo haría. Se habían hecho promesas, después de todo, y Hattie pretendía que se cumplieran.
Pero no tenía tiempo de explicarle todo aquello. Nora estaba abajo, con el carruaje, y Covent Garden no era un buen lugar para pasar la noche. Augie sabría cómo encontrarlo. Dejó que su sonrisa relajara su semblante.
—¿Se trata de otro reto, quizá?
Vio algo parecido a sorpresa en sus ojos, ahuyentada por otra cosa: admiración. Ella se alejó de él y puso la mano en la manija de la puerta mientras el placer la atravesaba. Placer, emoción y…
—Siento haberte tirado del carruaje —dijo, dándose la vuelta.
—Yo no lo siento. —Su respuesta fue instantánea.
La sonrisa permaneció en sus labios mientras se abría camino por los oscuros pasillos del 72 de Shelton Street, el lugar donde había pensado empezar de nuevo. Para reivindicarse a sí misma y reclamar al mundo lo que le correspondía por derecho.
Tal vez lo había hecho. Aunque no de la manera que ella esperaba. Algo susurraba en su interior. Algo que insinuaba libertad.
Hattie salió del edificio y se encontró a Nora apoyada en el coche, con la gorra sobre la frente y las manos en los bolsillos del pantalón. Sus dientes blancos brillaron cuando Hattie se acercó.
—¿Cómo ha ido? —Hattie se adelantó a su amiga al hablar.
—Encontré un dandi para una carrera y le aligeré los bolsillos. —Nora se encogió de hombros. Hattie sacudió la cabeza con una pequeña risa.
—¿Y lo tuyo? —Fingió estar escandalizada. Cuando Hattie se rio, Nora inclinó la cabeza—. No me dejes con el suspense, ¿cómo fue?
—Muy inesperado. —Hattie eligió su respuesta cuidadosamente mientras Nora abría la puerta del carruaje y desplegaba el escalón.
—Eso es un gran elogio. ¿Cumplió con tus requisitos?
Hattie se detuvo al poner un pie en el escalón. «Cualidades». Se dio unas palmaditas en los bolsillos de la falda.
—Oh, no…
—¿Qué? —Nora se inclinó—. Hattie, has usado protección, ¿no? —susurró con cierta dureza—. Me aseguraron que te darían.
—¡Nora! —Hattie apenas pudo decir su nombre. Estaba demasiado ocupada entrando en pánico. No tenía su lista. La recordaba en la mano. Y entonces…
El hombre llamado Bestia la había besado.
Y había desaparecido.
Se volvió y miró hacia las ventanas felizmente iluminadas del 72 de Shelton Street. Allí estaba, en una hermosa y gran ventana abierta del tercer piso. Ahora estaba abierta al mundo, así que todos podían verlo, una sombra retroiluminada, un espectro perfecto en la oscuridad.
Levantó su mano y presionó algo contra la ventana. Un rectángulo que identificó al instante.
«Bestia, en efecto».
—Llévame con mi hermano. —Se volvió hacia Nora. Entrecerró los ojos. Había ganado aquel asalto, y a Hattie no le importaba.
—¿Ahora? Es de noche.
—Entonces, esperemos no arruinar su sueño.
Capítulo 6
Lord August Sedley, hijo menor y único varón del conde de Cheadle, no estaba dormido cuando Hattie y Nora entraron en las cocinas de Sedley House media hora después. Estaba muy despierto y sangraba sobre la mesa de la cocina.
—¿Dónde has estado? —gimió Augie al ver entrar a Hattie y Nora en la habitación. Tenía un trapo ensangrentado pegado a su muslo desnudo—. Te necesitaba.
—¡Oh, querido! —dijo Nora, nada más entrar la cocina—. ¡Augie no lleva pantalones!
—Es una mala señal —comentó Hattie.
—Tienes toda la razón, es un mal presagio. —Augie escupió su indignación—. ¡Me acuchillaron y no estabas aquí, y nadie sabía dónde encontrarte y he estado sangrando durante horas!
—¿Por qué no le pediste a Russell que se encargara de ello? —Hattie apretó los dientes ante sus palabras, recordándose que la exigencia era el estado natural de Augie. Su hermano tomó un trago de la botella de whisky—. ¿Dónde está?
—Se fue.
—Por supuesto. —Hattie no disimuló su disgusto cuando fue a por un cuenco de agua y un trozo de tela. El ayuda de cámara de Augie, Russell, a veces amigo, a veces hombre de armas, y siempre una plaga, era perfectamente inútil en el mejor de los casos—. ¿Por qué iba a quedarse si estabas sangrando por toda la maldita cocina?
—Sin embargo, aún respira —dijo Nora con tono burlón, mientras abría un armario y cogía una pequeña caja de madera que dejó junto a Augie.
—Apenas —gruñó Augie—. Tuve que arrancarme esa endiablada cosa.
La mirada de Hattie se iluminó al ver el impresionante cuchillo que había dejado a un lado de la mesa de roble. La hoja era de ocho pulgadas de largo, con un borde curvo que brillaría en la oscuridad si no estuviera empapado en sangre.
Y si no estuviera empapado en sangre habría sido precioso.
Sabía que tal pensamiento no era apropiado en aquel momento, pero aun así, Hattie lo pensó, quiso coger el arma y calibrar su peso; nunca había visto algo tan estupendo. Tan peligroso y poderoso.
«Excepto el hombre al que pertenece». Porque supo al instante, sin duda, que aquel cuchillo pertenecía al hombre que se llamaba a sí mismo Bestia.
—¿Qué ha pasado? —preguntó acercándose con el tazón a la mesa para inspeccionar el muslo de Augie que aún sangraba—. No deberías haberte extraído el cuchillo.
—Russell dijo…
—No me importa. Russell es un bruto y deberías haber dejado el cuchillo dentro. —Hattie sacudió la cabeza mientras limpiaba la herida disfrutando de los malditos quejidos de su hermano más de lo que debería. Golpeó dos veces la mesa—. Recuéstate.
—Estoy sangrando —se quejó Augie.
—Sí, ya lo veo —respondió Hattie—. Pero como estás consciente, para mí sería más fácil que estuvieras tumbado.
—¡Date prisa! —contestó Augie mientras se recostaba.
—Nadie te culpará por tomarte tu tiempo —dijo Nora acercándose con una lata de galletas en la mano.
—¡Vete a casa, Nora! —dijo Augie.
—¿Por qué voy a hacerlo cuando estoy disfrutando tanto? —Le extendió la lata de galletas a Hattie—. ¿Quieres una?
Hattie sacudió la cabeza y se concentró en la lesión, ahora limpia.
—Tienes suerte de que la hoja estuviera tan afilada. Esto se debería poder coser fácilmente. —Extrajo una aguja e hilo de la caja—. No te muevas.
—¿Dolerá?
—No más que el cuchillo.
Nora se rio, y Augie frunció el ceño.
—Eso es cruel. —Un quejido siguió a sus palabras cuando Hattie comenzó a cerrar la herida—. No puedo creer que el tipo diera en el blanco.
—¿Quién? —Hattie contuvo el aliento. «Bestia».
—Nadie —contestó su hermano.
—No puede ser nadie, Aug —señaló Nora con la boca llena de bizcochos—. Tienes un buen agujero.
—Sí. Me he dado cuenta de eso —se quejó de nuevo mientras Hattie continuaba cosiendo.
—¿En qué estás metido, Augie?
—En nada. —Su hermana presionó la aguja con más firmeza en el siguiente punto—. ¡Maldita sea!
—¿En qué nos has metido a todos? —Clavó la mirada en la azul pálido de su hermano.
Él la rehuyó. Gritaba culpable. Porque lo que fuera que hubiese hecho, lo que fuera que lo hubiese puesto en peligro esa noche… los había puesto en peligro a todos. No solo a Augie. A su padre. Al negocio.
A ella. Todos los planes que había hecho y todo lo que había puesto en marcha para el Año de Hattie: negocios, casa, fortuna, futuro. Y si el hombre con el que había hecho un trato estaba involucrado, amenazaba al resto. Su virginidad.
La frustración se apoderó de ella y le entraron ganas de gritar, de sacudirlo hasta que le dijera la verdad sobre qué había hecho para que le clavaran un cuchillo en el muslo. Que confesara que había dejado a un hombre inconsciente en su carruaje. Y Dios sabía qué más.
Cosió otro punto. Y otro.
Se quedó callada y se puso nerviosa.
No hacía ni seis meses, su padre había convocado a Augie y Hattie para informarles de que ya no podía manejar el negocio que había convertido en un imperio. El conde había envejecido demasiado para trabajar en los barcos, para manejar a los hombres. Para vigilar los entresijos del negocio. Así que les ofreció la única solución posible para un hombre con un título vitalicio y un negocio que funcionaba: la herencia.
Ambos niños habían crecido entre la arboladura de los barcos Sedley; ambos habían pasado sus primeros años, antes de que le concedieran un título vitalicio a su padre, pisándole los talones, aprendiendo el negocio de la navegación. Ambos sabían izar una vela, a hacer un nudo. Pero solo uno de ellos había aprendido bien. Desafortunadamente, era la chica.
Así que su padre le había dado a Augie la oportunidad de probarse a sí mismo y, durante los últimos seis meses, Hattie había trabajado más duro que nunca para hacer lo mismo, para probarse a sí misma que era digna de asumir el control del negocio; todo, mientras Augie se dormía en los laureles esperando su momento, cuando su padre decidiera entregarle todo el negocio sin otra razón que la de que Augie era un hombre, porque así es como debía ser. No había forma de cambiar el razonamiento del conde:
«Los hombres de los muelles necesitan una mano firme».
Como si Hattie no tuviera fortaleza para manejarlos.
«Los envíos necesitan un cuerpo capaz».
Como si Hattie fuera demasiado blanda para el trabajo.
«Eres buena chica y contigo al frente todo iría bien…».
Un cumplido, aunque no fuese esa la intención.
«… pero ¿y si aparece un hombre?».
Eso era lo más insidioso. Que la señalara como una solterona era lo que resaltaba el hecho de que las mujeres no tenían vida propia frente a cualquier hombre.
Y peor aún, era lo que le indicó que su padre no creía en ella. Algo que, por supuesto, así era. No importaba cuántas veces le asegurara que su vida era solo suya y que no buscaba matrimonio.
«Eso no está bien, hija», decía el conde, volviendo a su trabajo.
Hattie se había propuesto demostrarle que estaba equivocado. Había diseñado estrategias para aumentar los ingresos. Llevaba los libros y registros, y pasaba tiempo con los hombres en los muelles para que, cuando surgiera la oportunidad de guiarlos, confiaran en ella… Y la siguieran.
Y esa noche, había comenzado el Año de Hattie. El año en que se aseguraría todo por lo que había trabajado tan duro. Solo necesitaba un poco de ayuda para ponerlo en marcha, una ayuda que pensaba que sería más fácil conseguir.
Tenía intención de volver a casa para decirle a su padre que el matrimonio ya no entraba en sus planes. Que se había arruinado a sí misma. No estaba contenta de haber regresado con su virginidad intacta, pero estaría más que feliz de poder informarle de que había encontrado un caballero ideal para encargarse de la situación.
Bueno… Tal vez no fuera un caballero.
«Bestia».
El nombre le llegó en una oleada de cálido placer, totalmente inapropiado y difícil de ignorar. Pero lo manejó lo mejor que pudo.
Incluso él había sido un medio para un fin. Y, de alguna manera, Augie había sido apuñalado por el mismo hombre.
Dejó a su hermano tranquilo mientras terminaba de coserlo y vendarlo, un proceso que habría sido mucho más rápido si se hubiera quedado quieto y hubiera dejado de lloriquear. Lo dejó tranquilo mientras se lavaba las manos en la pila y enviaba a un sirviente al boticario en busca de hierbas para evitar la fiebre.
Lo dejó tranquilo cuando volvió a la mesa y cogió la empuñadura del cuchillo, brillante y negro, con un diseño plateado que imitaba un panal incrustado en su interior. Trazó con el dedo la hoja de metal.
Luego sopesó el cuchillo, y miró a su hermano de nuevo.
—¿Vas a decirme en qué estás metido?
—¿Por qué tendría que hacerlo? —Augie era el retrato de la más arrogante bravuconería.
—Porque lo encontré.
—¿A quién? —Sus ojos se abrieron de par en par mientras luchaba por encontrar una respuesta.
—Nos insultas a los dos con esa pregunta. Y lo solté.
—¿Por qué has hecho eso? —Augie se puso de pie haciendo un gesto de dolor al instante.
—Porque estaba en mi carruaje y teníamos que ir a otro sitio.
—Creo que te refieres a mi carruaje. —Augie frunció el ceño y luego miró a Nora.
—Si vamos a hablar con propiedad, entonces el carruaje no es de ninguno de nosotros. Pertenece a papá —añadió Hattie, indignada por la frustración.
—Pero me pertenecerá a mí —dijo Augie, reafirmándose.
—Pero, por ahora, pertenece a papá. —Hattie no dijo nada más. Nunca se le había ocurrido que ella podría hacer un trabajo mejor en la gestión del negocio. O que podría saber más sobre el negocio que él. Nunca se le había ocurrido que podría no recibir lo que deseaba en el momento preciso en que quería tenerlo.
—Y no te ha dado permiso para usarlo cuando quieras.
De hecho, sí, pero a Hattie no le interesaba esa discusión.
—Oh, ¿y a ti te ha dado permiso para secuestrar hombres y dejarlos atados en su interior?
Los dos miraron a Nora después de la pregunta.
—No os preocupéis por mí. No estoy prestando atención —dijo mientras se alejaba para llenar la tetera.
—No iba a dejarlo ahí.
—¿Qué ibas a hacer con él? —preguntó Hattie girándose hacia él.
—No lo sé.
—¿Ibas a matarlo? —replicó ante la vacilación de su hermano, recuperando el aliento.
—¡No lo sé!
Su hermano era muchas cosas, pero un tipo con una mente maestra para el crimen no.
—¡Dios mío, Augie…! ¿En qué estás metido? ¿Crees que un hombre así simplemente desaparecería, moriría y nadie vendría a buscarte? —Hattie continuó—: ¡Tienes mucha suerte, tan solo lo noqueaste! ¿En qué estabas pensando?
—¡Estaba pensando en que me había clavado un cuchillo! —Señaló a su muslo vendado—. ¡El que tienes en la mano!
—No hasta que fuiste a por él. —Apretó los dedos alrededor de la empuñadura y sacudió la cabeza. Él no lo negó—. ¿Por qué? —No respondió. Dios la librara de los hombres que decidían usar el silencio como un arma. Resopló llena de frustración—. Me parece que te lo merecías, Augie. No parece el tipo de hombre que va por ahí apuñalando a gente que no lo merece.
Se hizo el silencio, el único sonido en la habitación era el del fuego que calentaba la tetera de Nora.
—Hattie… —Ella cerró los ojos y evitó la mirada de su hermano—. ¿Qué sabes tú de la clase de hombre que es?
—He hablado con él.
Más que eso.
«Lo he besado».
—¿Qué? —Augie se levantó de la mesa con un gesto de dolor—. ¿Por qué?
«Porque me dio la gana».
—Bueno, me sentí bastante aliviada de que no estuviera muerto, August.
—No deberías haber hecho eso. —Augie ignoró la advertencia en sus palabras.
—¿Quién es? —Volvió a preguntar ella y esperó.
—No deberías haberlo hecho —contestó él mientras caminaba por la cocina.
—¡Augie! —dijo ella con firmeza para llamar su atención—. ¿Quién es?
—¿No lo sabes?
—Sé que se llama a sí mismo Bestia. —Sacudió la cabeza.
—Así es como todos lo llaman. Y su hermano es Diablo.
Nora tosió.
—Pensaba que no estabas escuchando. —Hattie la miró.
—Por supuesto que estoy escuchando. Esos nombres son ridículos.
—De acuerdo. Nadie se llama Bestia o Diablo salvo en una novela gótica. Y aun así… —Hattie asintió.
—Estos dos se llaman así. Son hermanos y criminales. Aunque no debería tener que decírtelo, considerando que me apuñaló. —Augie no tenía paciencia para las bromas.
—¿Qué clase de criminales? —preguntó Hattie, inclinando la cabeza.
—¿Qué clase de…? —Augie miró al techo—. ¡Dios, Hattie! ¿Importa?
—Aunque no fuera así, me gustaría saber la respuesta —dijo Nora desde su lugar junto al fogón.
—Contrabandistas. Los Bastardos Bareknuckle.
Hattie suspiró. Puede que no supiera cómo se llamaban, pero conocía a los Bastardos Bareknuckle, los hombres más poderosos del este de Londres, y posiblemente también del resto de Londres. Se hablaba de ellos en los Docklands, movían la carga de sus barcos al amparo de la noche y pagaban una prima a los estibadores más fuertes.
—También es un nombre ridículo —dijo Nora mientras servía su té—. ¿Quiénes son?
—Son traficantes de hielo —comentó Hattie mirando a su hermano.
—Contrabandistas de hielo —la corrigió él—. Y también de brandy y bourbon y muchas cosas más. Sedas, cartas, dados... Cualquier cosa por la que Gran Bretaña cobre un impuesto, la mueven sin que la Corona lo sepa. Y se han ganado los apodos que vosotras dos creéis que son estúpidos. Diablo es el agradable de los dos, pero te corta la cabeza rápidamente si piensa que has hecho algo al margen de ellos en Covent Garden. Y Bestia… —Hattie se acercó durante la pausa de Augie—. Dicen que Bestia es…
Se quedó en silencio, parecía nervioso.
Parecía asustado.
—¿Qué? —dijo Hattie, desesperada por que terminase. Como él no respondió, le pinchó con una broma—. ¿El rey de la selva?
—Dicen que si va a por ti, no descansa hasta que te encuentra —contestó mirándola a los ojos.
Un escalofrío la atravesó al oír aquellas las palabras. Por la verdad que había en ellas.
«Te encontraré», había dicho.
Era una excelente promesa y una terrible amenaza.
—Augie, si lo que dices es verdad…
—Lo es.
—Entonces, ¿qué te hace pensar que puedes enfrentarte a tales hombres? ¿Que podrías robarles? ¿Que podrías hacerles daño?
Por un momento, pensó que él se negaría a contestar la pregunta, ante la sugerencia de que no era rival para ellos. No lo era. Había pocos hombres en el mundo que se pudieran comparar con el que ella había conocido horas antes. Y eso sin saber que llevaba un cuchillo.
Augie parecía saberlo. Porque, en vez de mostrar bravuconería masculina, bajó la voz y dijo:
—Necesito ayuda.
—Por supuesto que la necesitas. —El comentario sarcástico llegó del fogón.
—Cállate, Nora —dijo Augie—. Esto no es asunto tuyo.
—Tampoco debería serlo de Hattie —señaló Nora—. Y, sin embargo, aquí estamos.
—¡Parad! ¡Los dos! —Hattie levantó una mano.
Lo hicieron, milagrosamente.
—Habla. —Se volvió hacia Augie.
—Perdí un cargamento.
Hattie frunció el ceño y repasó los diarios de a bordo que había dejado en su escritorio ese día. No faltaba ningún envío en los registros de su padre.
—¿Qué quieres decir con «perder»?
—¿Recuerdas los tulipanes? —Sacudió la cabeza. No había habido tulipanes en un cargamento desde… —. Fue en verano —añadió.
El barco había llegado cargado con bulbos de tulipanes recién llegados de Amberes, ya marcados para las propiedades de toda Gran Bretaña. Augie había sido responsable de la carga y la entrega. La primera que había supervisado después de que su padre anunciara su plan de traspasar el negocio. La primera vez que su padre había insistido en que Augie dirigiera una operación de principio a fin para demostrar su temple.
—Los perdí.
—¿Dónde? —No tenía sentido. Había visto el envío marcado como descargado en los libros. El transporte por tierra había sido marcado como completado.
—Pensé… —Sacudió la cabeza—. No sabía que tenían que ser entregados inmediatamente. Lo pospuse. No pude encontrar los hombres para hacer el trabajo cuando llegó. Estaban trabajando en otra carga, así que los dejé apartados.
—En el almacén —dijo ella, y su hermano asintió. —En la muerte del verano londinense. —El húmedo verano londinense.
Otro asentimiento.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Hattie con un suspiro.
—No lo sé. ¡Por el amor de Dios, Hattie, no era carne de vacuno. Eran unos malditos tulipanes! ¿Cómo iba a saber que se pudrirían?
—¿Y luego qué? —Hattie pensaba que había mostrado una inmensa moderación porque, en realidad, quería decir: «Sabrías que se pudrirían si le hubieses prestado una pizca de atención al negocio».
—Sabía que tendríamos que devolver el pago a los clientes, y sabía que padre se pondría furioso. —Su padre se habría enojado y habría hecho bien al hacerlo. Una bodega llena de buenos tulipanes holandeses valía al menos diez mil libras. Perderlas les habría costado prestigio y dinero.
Pero no lo habían perdido. De alguna manera, Augie lo había ocultado. El miedo se le agarró al estómago.
—Augie…, ¿qué hiciste?
—Se suponía que solo iba a ser una vez. —Sacudió la cabeza mirando a los pies.
Hattie se volvió hacia Nora, que había renunciado a cualquier pretensión de no prestar atención. Cuando su amiga se encogió de hombros, se volvió hacia su hermano.
—¿Qué se supone que solo debía ser una vez? —dijo.
—Tuve que devolver el dinero a los clientes. Sin que papá lo descubriese. Y luego, encontré una salida. —Miró hacia arriba buscando sus ojos—. Me encontré con su ruta de entrega.
«Se llevó algo mío», esas habían sido las palabras de Bestia.
Nora soltó una suave maldición.
—Le robaste —dijo Hattie conteniendo el aliento.
—Fue solo…
—¿Cuántas veces? —No lo dejó terminar.
—Pagué la deuda con el primero —confesó.
—Pero no te detuviste. —Augie abrió la boca. La cerró. Por supuesto que no se había detenido. Ahora era ella la que maldecía—. ¿Cuántas veces?
—Esta noche fue la cuarta —dijo mostrando el miedo en sus ojos.
—Cuatro veces. —Hizo una mueca—. Les has robado cuatro veces… Es un milagro que no te hayan matado.
—Espera —dijo Nora desde el otro lado de la cocina—, ¿cómo sometiste a ese hombre?
—¿Qué significa eso? —Él frunció el ceño.
—Augie, ese hombre es el doble de grande que tú y te clavó un cuchillo en el muslo —señaló Nora mientras le echaba una mirada.
—Russell lo noqueó —admitió, algo beligerante.
Por supuesto que aquellos dos habían provocado un nuevo desastre. Y ahora, como siempre, le tocaba a Hattie resolverlo.
—Debería ser ilegal siquiera que os hablaseis. Os hacéis menos inteligentes el uno al otro. —Miró al techo con la mente acelerada y luego suspiró—. Lo has complicado todo.
—Lo sé —dijo su hermano, y se preguntó si realmente lo sabía.
—¿Qué me dijiste de él? ¿de Bestia?
Augie la miró a los ojos y ella vio preocupación en ellos.
—Viene a por ti, Augie. Es un milagro que no te haya encontrado todavía. Pero lo que has hecho esta noche ha sido inmensamente estúpido. ¿Qué te llevó a atarlo? ¡Y en el carruaje, por el amor de Dios!
—No estaba pensando. Me acababan de apuñalar. Y Russell…
—¡Ah, sí. Russell! —lo interrumpió—. Él también está acabado. Ponle fin a esto ya. No venderemos otra gota de su carga. ¿Dónde está el cargamento que robaste esta noche?
—Russell se lo ha llevado a nuestro comprador.
—Otro brillante movimiento táctico, sin duda. ¿Quién es? —Ella alzó una ceja.
—No quiero que te involucres en esto. —Si era posible, su hermano se puso aun más pálido.
—Como si no estuviera ya involucrada hasta el fondo por tu culpa.
—No tienes ni idea de lo profundo que es. Ese tipo no está cuerdo. —Augie sacudió la cabeza.
—¿Ahora quieres convertirte en el espíritu protector de la familia? —Hattie resistió el impulso de gritar—. Supongo que debería estar agradecida de que nuestro enemigo más inmediato sea simplemente vengativo y no un loco.
—Lo siento —dijo Augie.
—No, no lo sientes —replicó Hattie—. Si tuviera que adivinar, estoy segura de que estás feliz de que esté dispuesta a arreglar esto. Y puedo arreglarlo.
—¿Puedes? —preguntó Augie, ya más calmado.
—Puedo —dijo ella visualizando el plan. El camino hacia adelante. Y luego, su camino—. Puedo.
—¿Cómo? —No era la peor pregunta del mundo. Hattie miró a Nora, cuyas cejas estaban tan arqueadas que casi rozaban la línea de crecimiento de su cabello, como respuesta silenciosa a la pregunta de Augie.
—Haremos un trato por la carga. Compartiremos los ingresos de nuestros envíos hasta que acabemos de pagársela. —Hattie enderezó sus hombros más segura de sí misma que nunca.
—No será suficiente.
—Lo será. —Ella haría que lo fuera. Le aseguraría que no habría más robos. Y le daría los ingresos. Con intereses. Si era un hombre de negocios, reconocería que era un buen negocio en cuanto se lo dijera. Matar a Augie no le devolvería la carga perdida y haría caer a la Corona sobre su cabeza, algo que a los contrabandistas no les gustaría.
El dinero era real. Ella lo convencería.
—No te metas en esto —señaló mientras miraba a los ojos a su hermano.
—No lo conoces, Hattie.
—He hecho un trato con él.
—¿Qué clase de trato? —Augie se quedó paralizado.
—Sí, ¿qué clase de trato? —repitió Nora curvando los labios como muestra de diversión.
—Nada serio.
«No estás en posición de hacerme una oferta. Yo consigo todo lo que es mío».
Un cosquilleo de placer recorrió a Hattie al recordar lo que había aceptado, aunque aún quedaba la promesa de la última retribución. El calor de su beso. La promesa de su tacto.
—Hattie, si accedió a verte de nuevo, lo que sea que haya dicho, debes saber que no es por ti —dijo Augie, interrumpiendo sus pensamientos.
Escondió la decepción que le provocó aquella afirmación. Augie no se equivocaba. Hombres como el que había conocido esa noche, hombres como Bestia, no eran para mujeres como ella. No se fijaban en mujeres como Hattie. Se fijaban en hermosas féminas con cuerpos pequeños y delgados y delicados temperamentos. Ya lo sabía.
Lo sabía, pero aun así…, la sinceridad sin filtros sobre su falta de atractivo le molestaba.
Apagó el dolor con una carcajada, como hacía siempre.
—Lo sé, Augie. Y ahora sé lo que busca. Al idiota de mi hermano. —Disfrutó más de lo que debería de la preocupación que bañó la cara de Augie—. Pero tengo la intención de que mantenga nuestro acuerdo. Y para ello, tendrá que aceptar nuestra oferta.
—Iré contigo.
—¡No! —Lo último que necesitaba era que Augie la acompañara y lo estropeara todo—. ¡No!
—Alguien tiene que ir contigo. No sale de Covent Garden.
—Entonces iré a Covent Garden —dijo.
—No es lugar para las damas —le recordó Augie.
Si había cinco palabras que catapultaran a una mujer al movimiento, seguramente eran aquellas.
—¿Necesito recordarte que crecí entre los aparejos de los barcos de carga?
—Hará lo que sea necesario para castigarme. Y tú eres mi hermana. —Augie intentó cambiar el rumbo de la conversación.
—No lo sabe. Ni lo sabrá —dijo ella—. Dispongo de esa ventaja.
¿No se habían separado con ese desafío? ¿No debía uno encontrar al otro? Y ahora…, ella sabía cómo encontrarlo. El placer la recorrió. El triunfo. Algo peligrosamente cercano al regocijo.
—¿Y si Bestia te hace daño?
—No lo hará. —Eso lo sabía. Podría burlarse de ella, tentarla, ponerla a prueba. Pero no le haría daño.
Augie consintió invadido de alivio. Por supuesto que se sentía aliviado. Ella estaba a punto de arreglar el desastre que él había provocado. Como siempre.
—Está bien —exhaló él.
—Augie… —Su hermano levantó la mirada y ella se detuvo con el corazón palpitando—. Si hago esto… —La sospecha cruzó la cara de Augie, pero no dijo nada—. … Si salvo tu pellejo, entonces harás algo por mí.
—¿Qué es lo que quieres? —Augie frunció el ceño
—No es lo que quiero, August. Es lo que tú felizmente me entregarás.
—Venga, vamos.
«Ahora o nunca. Tómalo. Le dijiste a Bestia que tú tampoco perdías. Hazlo».
—Le dirás a nuestro padre que no quieres ocuparte del negocio. —Los ojos de Augie se abrieron de par en par mientras Nora soltaba un silbido que Hattie ignoró; la frustración y la determinación y el triunfo la invadieron, todo a la vez—. Le dirás que me lo entregue a mí.
Parecía que ese día sí que iba a ser el inicio del Año de Hattie, después de todo.
Capítulo 7
La tarde siguiente, mientras el sol se hundía por el oeste, Whit se encontraba en la pequeña y silenciosa enfermería, en lo profundo de la Colonia de Covent Garden, vigilando al chico que había sido trasladado allí después del ataque al cargamento.
La habitación, llena de luz dorada, estaba meticulosamente limpia en comparación con el mundo exterior, un mundo donde reinaba la suciedad y eso debería haberle proporcionado una pizca de paz.
No fue así.
Había ido inmediatamente a la colonia después de salir del 72 de Shelton Street… Había ido a ver a aquel chico, Jamie, que estaba en el suelo cuando lo noquearon, bañado en su propia sangre. Incluso cuando había perdido el conocimiento, algo que lo enfurecía. Nadie hería a los hombres de los Bastardos Bareknuckle y sobrevivía para contarlo.
Su corazón se aceleró con el recuerdo y no se fijó en que la puerta de la habitación se abría y un joven doctor con gafas entraba y se acercaba mientras se secaba las manos.
—Lo he sedado —dijo el doctor, arrancándolo de sus pensamientos—. No se despertará durante horas. No es necesario que esperes aquí.
Pero él necesitaba hacerlo. Protegía a los suyos.
Los Bastardos Bareknuckle reinaban en el retorcido laberinto de Covent Garden, más allá de las tabernas y de la seguridad de los teatros para los ricachones de Londres, donde nada era seguro para los forasteros. Había llegado a la colonia junto con su medio hermano y la chica que llamaban hermana, y habían aprendido a pelear como perros por cualquier cosa que necesitasen. Las peleas se habían convertido en algo natural, y así habían llegado a lo más alto. Montaron un negocio y arrastraron al resto de la colonia con ellos. Contrataron a los hombres y mujeres del vecindario para trabajar en sus innumerables empresas: sirviendo pasteles en las tabernas, encargándose de las apuestas en los círculos de las peleas, descuartizando ganado, curtiendo cueros y transportando la carga que llegaba en los barcos dos veces al mes.
Si no se hubieran asegurado la lealtad de los habitantes del Garden desde niños, el dinero lo habría hecho. La colonia de los Bastardos era conocida en todo Londres como un lugar que proporcionaba trabajo honesto por un buen salario y en condiciones seguras, bajo el amparo de un trío de personas que se habían hecho a sí mismas desde la suciedad de las calles de Covent Garden.
Allí, los Bastardos eran reyes. Reconocidos y venerados incluso más que el propio monarca, ¿y por qué no? El otro lado de Londres podría ser el otro lado del mundo para los que crecían en la colonia.
Pero ni siquiera un rey podía mantener a raya a la muerte.
El joven que yacía inconsciente era casi un niño y había recibido una bala por ellos. Por eso se encontraba en una habitación impoluta y blanca entre unas sábanas impolutas y blancas, en manos del destino; porque él había llegado demasiado tarde para protegerlo.
«Siempre es demasiado tarde».
Se metió una mano en el bolsillo, y sus dedos frotaron el metal caliente de un reloj y, luego, el del otro.
—¿Vivirá?
—Quizás. —El doctor lo miró desde la mesa del rincón de la habitación donde mezclaba un tónico.
Whit gruñó, se clavó con fuerza una mano en un costado e hizo una mueca de dolor. ¡Maldita vida! Había estado tan cerca la noche anterior que, si hubiera despertado junto al enemigo, podría haberse cobrado su venganza.
Pero en cambio había recuperado el conocimiento junto a aquella mujer, Hattie, deseosa de experimentar en un burdel mientras sus hombres acababan luchando por su vida en las manos de un cirujano. Y luego se había negado a darle un nombre.
Miró la silueta yacente; la cama, de alguna manera, hacía a Jamie más pequeño y frágil de lo que era en realidad, cuando se reía con sus camaradas y le guiñaba un ojo a las chicas bonitas que pasaban a su lado.
Hattie le acabaría dando el nombre del hombre al que protegía, el que le había robado, el que amenazaba lo que era suyo. El que trabajaba con su verdadero enemigo y al que él dirigiría toda la fuerza de su ira para que sufriera.
Estaba enfurecido por Jamie y por todos aquellos que estaban bajo su protección en el Garden, donde la escasez amenazaba a no más de medio kilómetro de algunas de las casas más ricas de Gran Bretaña. Estaba enfurecido por los otros siete que habían estado allí antes que el chico. Por los tres que habían dejado esta habitación y se habían ido directamente al suelo del cementerio.
Otro gruñido.
—Entiendo que no te guste, Bestia, pero es la verdad. La Medicina es imperfecta. Pero la herida está todo lo desinfectada que puede estar una herida —añadió el doctor—. La bala entró y salió limpiamente; hemos detenido la hemorragia. Está vendado y protegido. —Se encogió de hombros—. Podría vivir. —Se acercó más. Le tendió el vaso que sujetaba—. Bebe. —Whit negó con la cabeza—. Llevas despierto más de un día, y Mary me ha dicho que no has comido ni bebido desde que llegaste.
—No necesito que tu mujer me vigile.
—Ya que ha estado despierta en esta habitación durante doce horas, no tenía otra opción. —El doctor le echó un vistazo. Le tendió la bebida de nuevo—. Bebe, por la herida en la cabeza que no admitirás que tienes.
Whit lo tomó de un trago ignorando el dolor punzante en la parte posterior de su cráneo, antes de maldecir duramente sobre el sabor a bazofia podrida.
—¿Qué demonios es eso?
—¿Importa? —El doctor recogió el vaso y regresó a su escritorio.
No importaba. El doctor era poco ortodoxo, raramente usaba una cura común cuando podía mezclar una pasta o hervir un trago de algo asqueroso, y tenía una obsesión por la limpieza que Covent Garden nunca había visto. Whit y Diablo lo habían traído de lejos, de un pequeño pueblo del norte, dos años antes, después de enterarse de que había salvado a una joven marquesa de una herida de bala en el Gran Camino del Norte con una curiosa combinación de tinturas y tónicos.
Un hombre con habilidad para derrotar balas valía su peso en oro, en lo que a Whit se refería. Y el tiempo le había dado la razón, pues la contratación del doctor había sido beneficiosa, económicamente hablando, dado que habían ahorrado mucho dinero gracias a sus habilidades desde que llegó a la colonia. Y ese día podría salvar a otro de sus hombres.
Whit se volvió hacia Jamie. Lo observó en el silencio de la tarde.
—Enviaré a alguien a buscarte cuando despierte —dijo el doctor—. En el mismo instante en que se despierte.
—¿Y si no lo hace?
Una pausa.
—Entonces enviaré a alguien a buscarte cuando no lo haga.
Whit gruñó, la lógica le dijo que no había nada que hacer. Que el destino actuaría y que aquel chico viviría o moriría.
—Odio este maldito lugar. —Whit no podía quedarse quieto más tiempo. Fue hasta el fondo de la habitación y lanzó un puñetazo contra la pared construida por los mejores albañiles que el dinero de los bastardos había podido pagar. Lo lanzó sin vacilar.
El dolor le atravesó la mano y le subió por el brazo, y lo aceptó. Era un castigo.
—¿Estás sangrando? —La silla del doctor crujió cuando se volvió hacia él.
Se miró los nudillos. Había visto cosas peores. Negó con un gruñido sacudiendo la mano. El doctor asintió con la cabeza y volvió a su trabajo.
Mejor. No estaba de humor para conversar, un hecho que se volvió irrelevante cuando la puerta de la habitación se abrió y entraron su hermano y su cuñada y, detrás de ellos, Annika, la brillante lugarteniente noruega de los Bastardos, que podía hacer desaparecer una bodega llena de contrabando a plena luz del día, como si de una hechicera se tratase.
—Hemos venido tan pronto como nos enteramos. —Diablo fue directo a la cama y miró a Jamie—. ¡Joder! —Levantó la cabeza, la cicatriz de más de quince centímetros de largo que le recorría la mejilla derecha aparecía blanca por la ira.
—Estamos buscando a tu hermana —dijo Nik mientras se movía al otro lado de la cama; su mano se posó suavemente en la del chico—. Estará aquí pronto, Jamie—. Le susurró, a sabiendas de que no podía oírla. Algo se retorció en el pecho de Whit; Nik amaba a los hombres y mujeres que trabajaban para ellos como si fuera décadas mayor, aunque apenas tenía veintitrés años; a ellos y a sus hijos.
«Y no había podido mantenerlos a salvo».
—¿Y la bala? —Diablo se aclaró la garganta.
—En el costado. Lo atravesó limpiamente —respondió el doctor.
—Casi lo tenía. Le clavé un cuchillo —añadió—. Di en el blanco.
—Bien. Espero que le cortases las pelotas —dijo Diablo golpeando en el suelo su bastón de punta plateada dos veces, señal de las ganas que tenía de desenvainar la maldita espada que llevaba dentro y atravesar a alguien.
—Espera —dijo la cuñada de Whit, Felicity, acercándose a él y obligándolo a mirarla—. ¿Casi lo tenías?
—Alguien me noqueó antes de que pudiera terminar la tarea. —La vergüenza lo recorrió e hizo que se sonrojara.
Nik susurró una maldición mientras Felicity tomaba las manos de Whit en las suyas, apretándolas con fuerza.
—¿Estás bien? —Luego se dirigió al médico—. ¿Está bien?
—A mí me parece que sí.
—Su gran interés en la Medicina nunca deja de impresionarme, doctor. —Felicity miró al médico entrecerrando los ojos.
—Está de pie ante usted, ¿no es así? —El doctor se quitó las gafas y las limpió.
—Supongo que sí —suspiró ella.
—Pues entonces… —concluyó, saliendo de la habitación.
—Es un hombre realmente extraño. —Felicity se volvió hacia Whit—. ¿Qué ha pasado?
—¿Y Dinuka? —Whit ignoró la pregunta y, en su lugar, miró a Nik, que estaba al otro lado de la habitación. Whit había enviado al joven a por la caballería—. ¿Está a salvo?
—Se libró de un balazo, pero no creo que le dispararan a dar. Hizo lo que le dijeron. Vino corriendo a por la caballería —contestó Nik mientras asentía.
—Buen chico —dijo Whit—. ¿La carga?
—Perdida antes de que pudiéramos rastrearla. —Nik sacudió la cabeza.
—Junto con mis cuchillos. —Whit se pasó una mano por el pecho, donde echaba de menos la funda de que los acogía.
—¿Quién fue? —Diablo se volvió hacia él.
—No puedo estar seguro. —Whit se encontró con los ojos de su hermano.
—Pero tienes una sospecha… —comentó Diablo sin dudar.
—Mis tripas me dicen que es Ewan.
No usaba su nombre actual, Ewan era ahora Robert, duque de Marwick, su medio hermano y el que fuera prometido de Felicity. Había dejado a Diablo al borde de la muerte tres meses antes y luego había desaparecido; lo que había obligado a Grace a esconderse hasta que lo encontraran. Los robos se detuvieron después de que Ewan desapareciera, pero Whit no podía ignorar la sensación de que había regresado. Y quería responsabilizarlo por lo de Jamie.
Pero…
—Ewan no te habría dejado inconsciente —dijo Diablo—. Habría hecho cosas mucho peores.
—Tiene a dos tipos trabajando para él. Al menos son dos. —Bestia sacudió la cabeza.
—¿Quiénes?
—Estoy a punto de saberlo —dijo. Ella se lo diría muy pronto.
¿Tiene algo que ver con la joven de Shelton Street?
Whit clavó los ojos en Nik tan pronto como pronunció aquellas palabras.
—¿Qué?
—¡Ah, sí! La mujer. También nosotros nos enteramos de eso —dijo Diablo—. Aparentemente te tiraron de un carruaje ante un grupo de borrachos y luego siguieron a lo que Brixton calificó como… —Sonrió a su esposa—. ¿Cómo era, amor?
—Una señoritinga. —La boca de Felicity se retorció en una irónica sonrisa.
—¡Ah, sí! Escuché que seguiste a una dama al burdel de Grace.
Whit no respondió.
—Y que entraste —añadió Nik.
«¡Joder!».
—¿No tienes nada qué hacer? Todavía gestionamos un negocio o dos, ¿no? —dijo Whit mirando a la noruega.
—Conseguiré la información de los muchachos —replicó Nik, encogiéndose de hombros.
Whit frunció el ceño, fingiendo no darse cuenta de que ella pasaba la mano por la frente de Jamie y susurraba unas palabras de ánimo al chico antes de despedirse.
—¿Y nosotros vamos a tener que conseguir también la información por medio de los muchachos? —intervino Felicity tras un largo silencio.
—Ya tengo una hermana preguntona.
—Sí, pero como ella no está aquí, debo representarnos a las dos. —Felicity sonrió.
—Me desperté en un carruaje, con una mujer —dijo él, frunciendo el ceño.
—Y asumo que no ocurrió de la excelente manera que tal escenario indica. —Diablo arqueó las cejas.
Había sido el beso más ardiente que Whit había recibido, pero eso no lo sabía su hermano.
—Cuando salí del carruaje…
—Oímos que te empujaron —puntualizó Felicity.
—Fue mutuo —murmuró en un pequeño gruñido.
—Mutuo… —repitió Felicity—, pero a ti te lanzaron desde el carruaje.
Dios lo librara de hermanas entrometidas.
—Cuando salí del carruaje —insistió—, se dirigía hacia lo más profundo del Garden. La seguí.
—¿Quién es? —preguntó Diablo.
Whit se quedó callado.
—¡Dios, Whit!, sabes el nombre de la señoritinga, ¿no?
—Hattie. —Se volvió hacia Felicity.
Tener una cuñada que una vez fue miembro de la aristocracia estaba muy bien a veces, en particular cuando necesitaban averiguar el nombre de una noble.
—¿Solterona?
No era el primer adjetivo que le venía a la mente para describirla.
—¿Muy alta? ¿Rubia? —Felicity continuó presionándolo.
Asintió con la cabeza.
—¿Voluptuosa?
La pregunta trajo de vuelta el recuerdo de los declives y valles de sus curvas. Lanzó un gruñido de asentimiento.
—Vaya. —Felicity se volvió hacia Diablo.
—Mmm… —dijo Diablo—. Ya volveremos a eso. ¿Sabes quién es la mujer?
—Hattie es un nombre bastante común.
—¿Pero…?
—Henrietta Sedley es la hija del conde de Cheadle. —Miró a Whit y luego a su marido.
La verdad golpeó a Whit junto con el triunfante placer de la revelación de la identidad de Hattie. Cheadle se había ganado el título de conde, lo recibió del propio rey por su nobleza en el mar.
«Crecí en los muelles», le había dicho ella cuando trató de asustarla con un lenguaje soez.
—Es ella.
—¿Así que Ewan está trabajando con Cheadle? —dijo Diablo, sacudiendo la cabeza—. ¿Por qué el conde se pondría en nuestra contra? No tiene sentido.
Y no lo había hecho. Andrew Sedley, conde de Cheadle, era muy querido en los muelles. Su negocio era fuente de trabajo honesto y pagaba bien. Los tipos que trabajaban en el Támesis lo conocían como un hombre justo, dispuesto a contratar a cualquiera con un cuerpo capaz y un gancho fuerte, sin importar el nombre, el lugar de procedencia o la fortuna.
Los Bastardos nunca habían tenido motivos para hacer negocios con Sedley, ya que él se dedicaba en exclusiva al traslado de mercancías, pagaba sus impuestos y mantenía su negocio saneado, lejos de toda sospecha. Sin armas. Sin drogas. Sin personas. Las mismas reglas con las que jugaban ellos, aunque los Bastardos jugaban en la mugre: su contrabando se especializaba en el alcohol y el papel, el cristal y las pelucas y cualquier otra cosa gravada más allá de la razón por la Corona. Y no tenían miedo de defenderse con la fuerza.
La idea de que Cheadle pudiera haberlos atacado era incomprensible. Pero Cheadle y su atrevida hija no estaban solos.
—Es cosa del hijo —dijo Whit. August Sedley era, según todos los indicios, un imbécil indolente, privado de la ética y el respeto que su padre sentía por el trabajo.
—Podría ser —dijo Felicity—. Nadie sabe mucho de él. Es encantador pero no muy inteligente.
Lo que significaba que el joven Sedley carecía del sentido común necesario para entender que enfrentarse a los criminales más conocidos y queridos de Covent Garden no era algo que se pudiera hacer a la ligera. Si el hermano de Hattie estaba detrás de los asaltos, solo podía significar una cosa.
—Ewan tiene al hermano haciendo su trabajo y la hermana protege a su familia. —Diablo también lo entendió así.
Whit conocía el precio de eso. Gruñó expresando su acuerdo.
—Ella se equivoca —dijo Diablo, golpeando su bastón contra el suelo otra vez y mirando a Jamie—. Esto se acabó. Nos encargaremos del hijo, del padre y de toda la maldita familia si es necesario. Nos conducirán hasta Ewan, y pondremos fin a eso. —Llevaban dos décadas luchando contra Ewan. Escondiéndose de él. Protegiendo a Grace de él.
—A Grace no le gustará —dijo Felicity en voz baja. Hacía una vida, Diablo y Whit habían hecho una promesa singular a su hermana: no harían daño a Ewan. No importaba que fuera el cuarto de su banda y que los hubiera traicionado más allá de la razón. Grace lo había amado. Y les había hecho prometer que nunca lo tocarían.
—Grace tendrá que pasar por esto. Ahora viene a por algo más que a por nosotros. A por algo más que su pasado. Ahora viene a por nuestros hombres. —Grace no formaba parte de eso. Whit negó con la cabeza.
Iba a por el mundo que los Bastardos protegerían a toda costa. Era hora de terminar con ello.
—Yo lo haré. —Whit miró a su hermano.
Un golpe en la puerta del edificio acompañó estas últimas palabras; el sonido se escuchó amortiguado en la distancia. Otro cuerpo, sin duda. Siempre había alguien que necesitaba cuidados en el Garden y se condenaría si dejaba que un aristócrata con título sumara más muertos a su cuenta.
—¿Todo? —Los hermanos se miraron fijamente.
—El negocio, el nombre, todo lo que tenga valor. Lo derribaré. —El joven Sedley se había cruzado en el camino de los Bastardos y, con ello, había cavado su propia tumba.
—¿Y lady Henrietta? —dijo Felicity, llevando a Whit al límite con la mención del tratamiento honorífico. No le gustaba como aristócrata; la prefería como Hattie—. ¿Crees que ella forma parte de esto? ¿Crees que trabaja con Ewan?
—No. —Esa respuesta lo recorrió de arriba abajo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Diablo mientras lo observaba detenidamente.
—Lo sé.
No era suficiente.
—Ella nos entregará a su hermano.
—¿Acaso tú renunciarías a los tuyos? —Diablo lo miró en silencio.
Whit apretó los dientes.
—¿Y si no lo hace? —preguntó Felicity—. ¿Qué pasará con ella, entonces?
—Entonces será un daño colateral —dijo Diablo. Whit ignoró el disgusto que le provocaron aquellas palabras.
—¿No es eso lo que yo fui una vez? —Felicity miró a su marido.
—Por un instante, amor. Y fue suficiente como para que recuperase el sentido común. —Diablo tuvo el detalle de parecer disgustado.
—Si ella es el enemigo, también me encargaré —dijo Whit.
—¿Sí? —Diablo arqueó una ceja.
«Eres muy inconveniente». «Es el Año de Hattie».
Recordó fragmentos de la conversación en el carruaje.
—Aunque no sea el enemigo —señaló Diablo—, protege al hombre que lo es. —Cruzó los brazos sobre el pecho y tanteó a su hermano con una mirada firme—. Lo que la convierte en valiosa.
«Le daba ventaja».
—No tendrás más remedio que mostrarle la verdad sobre nosotros, hermano —dijo Diablo en voz baja—. No importa cuánto te guste su aspecto.
«La verdad sobre ellos», los Bastardos Bareknuckle no dejaban a sus enemigos con vida.
—Soluciónalo antes de que tengamos que mover más producto —dijo Diablo. Un nuevo cargamento llegaría a puerto la próxima semana.
Whit asintió con la cabeza cuando se abrió la puerta de la habitación y apareció el doctor.
—Tiene un mensaje. —Abrió totalmente la puerta y apareció uno de los mejores vigías de los bastardos.
—Brixton —le dijo Felicity al chico, que inmediatamente se acicaló bajo la atención de Felicity. Todos los chicos del Garden adoraban su maestría abriendo cualquier cerradura y su instinto materno—. Pensaba que te ibas a casa.
—Espero que para aprender a mantener la boca cerrada —dijo Whit asegurándose de que Brixton supiera que se había enterado de todo lo que el muchacho había dicho a Diablo sobre Hattie.
—Ignóralo —dijo Felicity—. ¿Qué ha ocurrido?
—Hay informes de que hay una chica en el mercado. Buscando a Bestia. —Brixton levantó su barbilla hacia Whit e hizo una pausa—. No es una chica, en realidad, sino una mujer. —Bajó la voz—. Los chicos dicen que es una dama.
Un estruendo resonó en el pecho de Whit.
Hattie.
—Está haciendo todo tipo de preguntas.
—¿Es ella? —Felicity miró a Whit.
—Sí. Y nadie está ayudándola. —Por supuesto que no lo hacían. Nadie en Covent Garden le daría a lady Henrietta Sedley información sobre los Bastardos. Aquella era la primera de sus reglas. Los Bastardos pertenecían solo a la colonia.
—Buen trabajo, Brixton —dijo Diablo, lanzando una moneda al chico, que la atrapó al momento con una sonrisa y se fue antes de que pudiera añadir nada—. Parece que no tendrás que ir a buscarla después de todo, Bestia.
El gruñido de Whit escondió la sensación de incredulidad que lo recorrió. Y la cautela. Y el deseo de perseguirla. No, no tendría que encontrarla.
Ella lo había hecho primero.
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