Читать книгу: «Lady Hattie y la Bestia»

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Índice de con­te­ni­do

Ca­pí­tu­lo 1

Ca­pí­tu­lo 2

Ca­pí­tu­lo 3

Ca­pí­tu­lo 4

Ca­pí­tu­lo 5

Ca­pí­tu­lo 6

Ca­pí­tu­lo 7

Ca­pí­tu­lo 8

Ca­pí­tu­lo 9

Ca­pí­tu­lo 10

Ca­pí­tu­lo 11

Ca­pí­tu­lo 12

Ca­pí­tu­lo 13

Ca­pí­tu­lo 14

Ca­pí­tu­lo 15

Ca­pí­tu­lo 16

Ca­pí­tu­lo 17

Ca­pí­tu­lo 18

Ca­pí­tu­lo 19

Ca­pí­tu­lo 20

Ca­pí­tu­lo 21

Ca­pí­tu­lo 22

Ca­pí­tu­lo 23

Ca­pí­tu­lo 24

Ca­pí­tu­lo 25

Ca­pí­tu­lo 26

Epí­lo­go

Agra­de­ci­m­ien­tos

Título ori­gi­nal: Brazen and the Beast. The Ba­rek­nuck­le Bas­tards, Book 2 Pu­blished by arran­ge­ment with Avon, an im­print of Har­per­Co­llins Pu­blishers.

© 2019 By Sarah Tra­buc­chi

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Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

Tra­duc­ción: María José Losada Rey

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1.ª edi­ción: enero 2021

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2021: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 planta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

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Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­p­ia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta del editor.

Para V.

Eres mi cosita fa­vo­ri­ta.

Capítulo 1

May­f­air, sep­t­iem­bre de 1837

Des­pués de vein­t­io­cho años y tres­c­ien­tos se­sen­ta y cuatro días, a lady Hen­r­iet­ta Sedley le gus­ta­ba pensar que había apren­di­do al­gu­nas cosas.

Como, por ejem­plo, que si una dama no podía sa­lir­se con la suya y po­ner­se pan­ta­lo­nes —una de­sa­for­tu­na­da re­a­li­dad para la hija de un conde, in­clu­so de uno que había em­pe­za­do la vida sin título ni for­tu­na—, debía ase­gu­rar­se de que sus faldas in­clu­ye­ran bol­si­llos. Una nunca sabía cuándo podría ne­ce­si­tar un poco de cuerda o un cu­chi­llo para cor­tar­la.

Tam­bién había apren­di­do que cual­q­u­ier es­ca­pa­da que va­l­ie­ra la pena de su casa en May­f­air re­q­ue­ría del amparo de la os­cu­ri­dad y de un ca­rr­ua­je con­du­ci­do por un aliado. Los co­che­ros ten­dí­an a hablar de­ma­s­ia­do cuando se tra­ta­ba de guar­dar se­cre­tos; además, en última ins­tan­c­ia, es­ta­ban en deuda con qu­ie­nes pa­ga­ban sus sa­la­r­ios. Un im­por­tan­te punto a añadir a esa lec­ción en par­ti­cu­lar era que el mejor de los al­ia­dos era a menudo el mejor de los amigos.

Quizá por eso, lo pri­me­ro en la lista de cosas que había apren­di­do en su vida era cómo hacer un nudo de Ca­rrick. Algo que sabía hacer desde que tenía me­mo­r­ia.

Con esta co­lec­ción de co­no­ci­m­ien­tos tan oscura y poco común, cual­q­u­ie­ra se habría ima­gi­na­do que Hen­r­iet­ta Sedley habría sabido qué hacer ante la po­si­bi­li­dad de des­cu­brir a un hombre atado e in­cons­c­ien­te en su ca­rr­ua­je.

Pero es­ta­ría eq­ui­vo­ca­do.

De hecho, Hen­r­iet­ta Sedley nunca habría des­cri­to tal es­ce­na­r­io como una po­si­bi­li­dad. Era cierto que podría en­con­trar­se más cómoda en los mue­lles de Lon­dres que en los sa­lo­nes de baile, pero el im­pre­s­io­nan­te bagaje vital de Hattie nada tenía que ver con el am­b­ien­te cri­mi­nal.

Y, sin em­bar­go, allí estaba, con los bol­si­llos llenos y su amiga más que­ri­da al lado, de pie en la os­cu­ri­dad de la noche, la vís­pe­ra de su vein­ti­n­ue­ve cum­ple­a­ños, a punto de es­ca­par­se de May­f­air para dis­fru­tar de una velada bien pla­ne­a­da y…

Lady Ele­a­no­ra Ma­de­well silbó por lo bajo, de manera poco fe­me­ni­na, al oído de Hattie. Hija de un duque y de una actriz ir­lan­de­sa a la que él amaba tanto como para con­ver­tir­la en du­q­ue­sa. Nora tenía la clase de des­ca­ro que se per­mi­tía en aq­ue­llos miem­bros de las so­c­ie­dad que os­ten­ta­ban sus tí­tu­los desde la cuna y que tenían un montón de dinero.

—Hay un tipo en el ca­rr­ua­je, Hattie.

Hattie no apartó la vista del tipo en cues­tión.

—Sí, ya lo veo.

—No había un tipo en el ca­rr­ua­je cuando en­gan­cha­mos los ca­ba­llos.

—No, no lo había.

Tres cuar­tos de hora antes habían dejado el coche pre­pa­ra­do para partir y com­ple­ta­men­te vacío en el oscuro ca­lle­jón tra­se­ro de Sedley House, des­pués su­b­ie­ron las es­ca­le­ras con el fin de cam­b­iar su ves­ti­men­ta por un at­uen­do más apro­p­ia­do para sus planes noc­tur­nos.

En algún mo­men­to entre el corsé y el lápiz de ojos, al­g­u­ien les había dejado un pa­q­ue­te ex­tra­or­di­na­r­ia­men­te ino­por­tu­no.

—Creo que, si hu­b­ie­ra habido un hombre en el ca­rr­ua­je antes, nos ha­brí­a­mos dado cuenta —dijo Nora.

—Creo que sí. —Fue la res­p­ues­ta dis­tra­í­da de Hattie—. Y apa­re­ce justo en el mo­men­to menos ade­c­ua­do.

—¿Hay algún mo­men­to ade­c­ua­do para en­con­trar a un hombre atado e in­cons­c­ien­te en tu ca­rr­ua­je? —Nora la miró de reojo.

Hattie ima­gi­nó que no, pero al menos podría haber ele­gi­do una noche di­fe­ren­te.

—Es un regalo de cum­ple­a­ños ho­rri­ble. —En­tre­ce­rró los ojos para en­fo­car mejor el oscuro in­te­r­ior del ca­rr­ua­je—. ¿Crees que está muerto?

«Por favor, que no esté muerto».

Si­len­c­io.

—¿Acaso se mete a los muer­tos en los ca­rr­ua­jes? —añadió a con­ti­n­ua­ción.

Nora se ade­lan­tó, con el abrigo del co­che­ro sobre los hom­bros, y le dio un em­pu­jón al po­si­ble muerto. Este no se movió.

—No se mueve —añadió en­co­gién­do­se de hom­bros—. Podría estar muerto.

Hattie sus­pi­ró, se quitó un guante y se in­cli­nó dentro del ca­rr­ua­je para poner dos dedos en el cuello del hombre.

—Estoy segura de que no está muerto.

—¿Qué estás ha­c­ien­do? —su­su­rró Nora con ra­pi­dez—. ¡Si no lo está, lo des­per­ta­rás!

—Eso no sería lo peor del mundo —señaló Hattie—. De hecho, así po­drí­a­mos pe­dir­le ama­ble­men­te que sa­l­ie­ra de nues­tro ca­rr­ua­je y seguir nues­tro camino.

—¡Oh, sí! Este bruto parece el tipo de hombre que lo haría sin ven­gar­se de in­me­d­ia­to. Sin duda, se qui­ta­ría la gorra y nos de­se­a­ría buenas noches.

—No lleva gorra —dijo Hattie, in­ca­paz de re­fu­tar el resto de la eva­l­ua­ción sobre el mis­te­r­io­so y pre­sun­to muerto. Era muy cor­pu­len­to, con el cuerpo bien for­ma­do, e in­clu­so en la os­cu­ri­dad podría decir que no era el tipo de hombre con el que ella se pa­se­a­ría por una fiesta.

Era el tipo de hombre que arra­sa­ría el salón de baile.

—¿Qué notas? —le pre­gun­tó Nora.

—No hay pulso. —Aunque no estaba muy segura de dónde to­már­se­lo—. Pero está…

«Ca­l­ien­te».

Los muer­tos no es­ta­ban ca­l­ien­tes, y aquel hombre estaba muy ca­l­ien­te. Como el fuego en in­v­ier­no. El tipo de calor que hacía que cual­q­u­ie­ra se diera cuenta de lo frío que se podía llegar a estar.

Ig­no­ran­do esa tonta ocu­rren­c­ia, Hattie movió los dedos sobre el cuello del hombre hasta el punto donde la piel de­sa­pa­re­cía debajo de la camisa, donde estaba la cla­ví­cu­la y la pen­d­ien­te de… el resto de él, y se en­con­tró con una fas­ci­nan­te hen­di­du­ra.

—¿Y ahora qué estás…?

—Si­len­c­io. —Hattie con­tu­vo la res­pi­ra­ción. Nada. Sa­cu­dió la cabeza.

—¡Jesús! —No había nada re­li­g­io­so en aq­ue­lla ex­pre­sión.

Hattie no podría estar más de ac­uer­do. Pero de re­pen­te…

«Aquí está».

Una pe­q­ue­ña pal­pi­ta­ción. Pre­s­io­nó con más fir­me­za. El pulso se volvió más fuerte. Lento. Acom­pa­sa­do.

—Lo siento, está vivo —dijo—. Está vivo —re­pi­tió antes de sus­pi­rar pro­fun­da­men­te ali­v­ia­da—. No está muerto.

—Ex­ce­len­te. Pero eso no cambia el hecho de que está in­cons­c­ien­te y en nues­tro ca­rr­ua­je, y que tú ten­drí­as que estar en otro lugar. —Nora hizo una pausa—. De­be­rí­a­mos de­jar­lo aquí y usar el tíl­bu­ri.

Hattie había estado pla­ne­an­do la ex­cur­sión de esa noche du­ran­te tres meses. La noche en que co­men­za­ría su vi­gé­si­mo noveno año. El año en que su vida pa­sa­ría a ser suya de verdad. El año en que se con­ver­ti­ría en ella misma. Y tenía un plan muy es­pe­cí­fi­co en un lugar muy es­pe­cí­fi­co a una hora muy es­pe­cí­fi­ca, para lo cual se había puesto una ves­ti­men­ta muy es­pe­cí­fi­ca. Y, aun así, mien­tras con­tem­pla­ba al hombre des­m­a­ya­do en su ca­rr­ua­je, esos de­ta­lles no pa­re­cí­an ser im­por­tan­tes.

Lo re­al­men­te im­por­tan­te era verle la cara.

Afe­rrán­do­se a la manija del borde de la puerta, Hattie cogió la lin­ter­na de la es­q­ui­na su­pe­r­ior tra­se­ra del ca­rr­ua­je antes de gi­rar­se hacia Nora, cuya mirada se clavó in­me­d­ia­ta­men­te en el in­te­r­ior del vehí­cu­lo.

Nora in­cli­nó la cabeza a un lado.

—Hattie, déjalo. Nos lle­va­re­mos el tíl­bu­ri.

—Solo quiero echar­le un vis­ta­zo —res­pon­dió Hattie.

La in­cli­na­ción se con­vir­tió en una lenta sa­cu­di­da.

—Si lo miras, te arre­pen­ti­rás.

—Tengo que echar­le un vis­ta­zo —in­sis­tió Hattie, bus­can­do una razón co­he­ren­te, porque no podía de­cir­le la verdad a su amiga—. Tengo que de­sa­tar­lo.

—Eso no es ne­ce­sa­r­io —indicó Nora—. Al­g­u­ien ha pen­sa­do que era mejor de­jar­lo atado y, ¿quié­nes somos no­so­tras para no estar de ac­uer­do? —Hattie ya estaba bus­can­do un pe­der­nal en el bol­si­llo de la puerta del ca­rr­ua­je—. ¿Y tus planes?

Tenía mucho tiempo para llevar a cabo sus planes.

—Solo le echaré un vis­ta­zo —re­pi­tió. Cuando el aceite de la lin­ter­na pren­dió, cerró la puerta y se volvió hacia el ca­rr­ua­je, la le­van­tó para ilu­mi­nar con un her­mo­so brillo dorado… —. ¡Oh, Dios mío!

—Parece que no es un mal regalo des­pués de todo. —Nora ahogó la risa.

El hombre tenía el rostro más her­mo­so que Hattie había visto nunca. El rostro más her­mo­so que nadie hu­b­ie­ra visto nunca. Se acercó más, dis­fru­tan­do de la cálida y bron­ce­a­da piel, de los pó­mu­los ele­va­dos, de la nariz larga y recta, de las líneas os­cu­ras de sus cejas y de las pes­ta­ñas inex­pli­ca­ble­men­te largas que arro­ja­ban som­bras, como un pecado, contra sus me­ji­llas.

—¿Qué clase de hombre…? —se in­te­rrum­pió y negó con la cabeza.

¿Qué clase de hombre tenía ese as­pec­to?

¿Qué clase de hombre tenía ese as­pec­to y, de manera sor­pren­den­te, ate­rri­za­ba en el ca­rr­ua­je de Hattie Sedley, una joven que no estaba acos­tum­bra­da a estar cerca de hom­bres que tenían ese as­pec­to?

—Me estás dando ver­güen­za ajena —dijo Nora—. Lo estás mi­ran­do fi­ja­men­te y con la boca ab­ier­ta.

Hattie cerró la boca, pero no dejó de mi­rar­lo.

—Hattie, te­ne­mos que irnos. —Nora hizo una pausa—. ¿O has cam­b­ia­do de opi­nión?

La pre­gun­ta la trajo de vuelta a la re­a­li­dad. A su plan. Movió la cabeza y bajó la lin­ter­na.

—No, no lo he hecho.

Nora sus­pi­ró y puso los brazos en jarras, mi­ran­do más allá de Hattie, al in­te­r­ior del ca­rr­ua­je.

—En­ton­ces, ¿tú le sacas el tra­se­ro y yo me en­car­go de la parte de arriba? —Miró por encima del hombro a una zona entre las som­bras que había a su es­pal­da—. Puede re­cu­pe­rar la con­c­ien­c­ia ahí.

—No po­de­mos de­jar­lo tirado. —A Hattie le latía con fuerza el co­ra­zón.

—¿No po­de­mos?

—No.

Nora le echó un vis­ta­zo.

—Hattie, no po­de­mos lle­var­lo con no­so­tras solo porque pa­rez­ca una es­ta­t­ua romana.

Hattie se son­ro­jó en la os­cu­ri­dad.

—No me había dado cuenta.

—Pues te has que­da­do sin pa­la­bras.

—No po­de­mos de­jar­lo porque Augie lo ha dejado aquí —dijo Hattie acla­rán­do­se la gar­gan­ta

—No puedes estar segura de eso. —Los labios de Nora for­ma­ron una per­fec­ta línea recta.

—Puedo… —ase­gu­ró Hattie, sos­te­n­ien­do la lin­ter­na cerca de la cuerda que ma­n­ia­ta­ba las mu­ñe­cas del hombre y ha­c­ien­do un ba­rri­do hasta los to­bi­llos atados—, porque August Sedley no sabe hacer un nudo Ca­rrick de­cen­te, y me temo que si de­ja­mos a este hombre aquí, se li­be­ra­rá e irá di­rec­ta­men­te a por el inútil de mi her­ma­no.

Eso, y que si no li­be­ra­ban al ex­tra­ño, quién sabía lo que Augie le haría. Su her­ma­no era tan tonto como te­me­ra­r­io, una com­bi­na­ción que re­q­ue­ría de la in­ter­ven­ción de Hattie con cierta asi­d­ui­dad. Lo que, por cierto, era una razón de peso en su de­ci­sión de re­cla­mar su vi­gé­si­mo noveno año como suyo. Y, aun así, allí estaba su in­fer­nal her­ma­no es­tro­peán­do­lo todo.

—In­cons­c­ien­te desde hace poco o no… —dijo Nora, que no sabía lo que pasaba por la cabeza de Hattie—, no parece un hombre de los que pier­den en una pelea.

El eu­fe­mis­mo no se le escapó a Hattie. Sus­pi­ró, alargó la mano para colgar la lin­ter­na en­cen­di­da en el gancho co­rres­pon­d­ien­te y apro­ve­chó la opor­tu­ni­dad para echar una larga y pro­lon­ga­da mirada al hombre.

Hattie Sedley había apren­di­do algo más en sus vein­t­io­cho años y tres­c­ien­tos se­sen­ta y cuatro días: si una mujer tenía un pro­ble­ma, lo mejor era que lo re­sol­v­ie­ra ella misma.

Se subió al ca­rr­ua­je, pa­san­do con cui­da­do por encima del hombre tirado en el suelo, antes de mirar a Nora de reojo, mien­tras per­ma­ne­cía en la acera con los ojos muy ab­ier­tos.

—Venga, vamos. Nos desha­re­mos de él por el camino.

Capítulo 2

Lo último que re­cor­da­ba era el golpe en la cabeza.

Estaba es­pe­ran­do el ataque sor­pre­sa. Por eso era él quien iba con­du­c­ien­do en la pla­ta­for­ma: seis raudos ca­ba­llos ti­ran­do de un enorme carro de trans­por­te con un con­te­ne­dor de acero car­ga­do de licor, cartas y tabaco, des­ti­na­do a May­f­air. Aca­ba­ba de cruzar Oxford Street cuando oyó el dis­pa­ro, se­g­ui­do del grito de dolor de uno de sus es­col­tas.

Se detuvo para ver cómo es­ta­ban sus hom­bres. Para pro­te­ger­los. Para cas­ti­gar a los que los ata­ca­ban.

Había un cuerpo en­san­gren­ta­do tirado en la calle, justo debajo de él. Aca­ba­ba de enviar al se­gun­do de sus hom­bres a pedir ayuda, cuando oyó pasos a su es­pal­da. Se había girado cu­chi­llo en mano. Lo lanzó. Es­cu­chó el grito en la os­cu­ri­dad y lo­ca­li­zó su origen.

Luego, un golpe en la cabeza. Y des­pués… nada.

No hubo nada hasta que un in­sis­ten­te gol­pe­teo en su me­ji­lla le de­vol­vió la con­c­ien­c­ia; era de­ma­s­ia­do suave para doler, aunque lo su­fi­c­ien­te­men­te firme para ser irri­tan­te.

No abrió los ojos, los años de en­tre­na­m­ien­to le per­mi­t­ie­ron fingir que seguía in­cons­c­ien­te mien­tras se or­ien­ta­ba. Tenía los pies atados. Tam­bién las manos, detrás de la es­pal­da. Las ata­du­ras le ti­ra­ban tanto de los mús­cu­los del pecho como para notar que le fal­ta­ban sus cu­chi­llos, ocho hojas de acero mon­ta­das en ónice. Se los habían robado junto con la funda que los unía a su cuerpo. Re­sis­tió el im­pul­so de ten­sar­se. De en­fu­re­cer­se. Pero Sa­v­i­our Whit­ting­ton, co­no­ci­do en las calles más os­cu­ras de Lon­dres como Bestia, no se en­fa­da­ba: cas­ti­ga­ba. De un modo rápido y de­vas­ta­dor, sin emo­ción.

Y si le habían qui­ta­do la vida a uno de sus hom­bres, a al­g­u­ien que estaba bajo su pro­tec­ción, nunca co­no­ce­rí­an la paz. Pero pri­me­ro ne­ce­si­ta­ba re­cu­pe­rar la li­ber­tad.

Estaba en el suelo de un ca­rr­ua­je en mo­vi­m­ien­to. Uno bien eq­ui­pa­do, te­n­ien­do en cuenta el suave cojín que rozaba su me­ji­lla, y que se des­pla­za­ba por un ve­cin­da­r­io de­cen­te, a tenor del suave ritmo de las ruedas sobre los ado­q­ui­nes.

«¿Qué hora es?».

Con­si­de­ró su si­g­u­ien­te paso, ima­gi­nan­do cómo re­du­ci­ría a su captor a pesar de las ata­du­ras. Se ima­gi­nó rom­pién­do­le la nariz usando la frente como arma. Uti­li­zan­do las pier­nas atadas para no­q­ue­ar al hombre.

El gol­pe­teo en su me­ji­lla co­men­zó de nuevo. Luego un suave su­su­rro.

—Señor…

Whit abrió los ojos de golpe.

Su captor no era un hombre.

El baño de luz dorada en el ca­rr­ua­je le jugó una mala pasada; le pa­re­ció que ema­na­ba de la mujer y no de la lin­ter­na que se ba­lan­ce­a­ba sua­ve­men­te en la es­q­ui­na.

Sen­ta­da en el banco, no se pa­re­cía en nada al tipo de ene­mi­go que no­q­ue­a­ría a un hombre y lo ataría dentro de un ca­rr­ua­je. De hecho, pa­re­cía que iba de camino a un baile. Per­fec­ta­men­te lista, per­fec­ta­men­te pei­na­da, per­fec­ta­men­te ma­q­ui­lla­da —su piel lisa, sus ojos de­li­ne­a­dos con kohl, sus labios car­no­sos y pin­ta­dos lo su­fi­c­ien­te como para que un hombre pres­ta­se aten­ción. Y eso fue antes de que viera el ves­ti­do azul, del color de un cielo de verano y muy ajus­ta­do a su figura.

No de­be­ría estar fi­ján­do­se en nada de eso, con­si­de­ran­do que ella lo tenía atado en un ca­rr­ua­je. No de­be­ría fi­jar­se en sus curvas suaves y aco­ge­do­ras en la cin­tu­ra, en la línea de su cor­pi­ño. No de­be­ría fi­jar­se en el des­te­llo de la suave y dorada piel de su hombro re­don­de­a­do a la luz de la lin­ter­na. No de­be­ría fi­jar­se en la bonita sua­vi­dad de su cara o en la ple­ni­tud de sus labios pin­ta­dos de rojo.

Ella no estaba allí para que él la ad­mi­ra­ra.

Clavó su mirada en ella, y sus ojos… ¿Era po­si­ble que fueran vio­le­tas? ¿Qué clase de per­so­na tenía ojos de color vio­le­ta? Y es­ta­ban ab­ier­tos de par en par.

«Bien. Si esa mirada es un in­di­c­io de su tem­pe­ra­men­to, no es de ex­tra­ñar que esté atado», pensó mien­tras veía que ella in­cli­na­ba la cabeza a un lado.

—¿Quién le ha atado?

Whit no res­pon­dió. Seguro que ella sabía la res­p­ues­ta.

—¿Por qué está atado?

Otra vez si­len­c­io.

Sus labios mar­ca­ron una línea recta y mur­mu­ró algo que sonaba como «inútil». Y luego, más fuerte, más firme:

—El asunto es que usted es un in­con­ve­n­ien­te, puesto que ne­ce­si­to el ca­rr­ua­je esta noche.

—¿Un in­con­ve­n­ien­te? —No quería res­pon­der y las pa­la­bras los sor­pren­d­ie­ron a ambos.

—En efecto. Es el Año de Hattie —asin­tió ella.

—¿El qué?

La chica agitó una mano como para alejar la pre­gun­ta. Como si no fuera im­por­tan­te. Ex­cep­to que Whit ima­gi­nó que sí lo era.

—Mañana es mi cum­ple­a­ños —con­ti­nuó ella—. Tengo planes. Planes que no in­clu­yen… lo que sea esto. —El si­len­c­io se ex­ten­dió entre ellos—. La ma­yo­ría de la gente me de­se­a­ría un feliz cum­ple­a­ños en esta si­t­ua­ción. —Whit no picó el an­z­ue­lo. Ella arqueó las cejas—. Y aquí estoy yo, dis­p­ues­ta a ayu­dar­lo.

—No ne­ce­si­to su ayuda.

—Es bas­tan­te rudo, ¿sabe?

Se re­sis­tió a que­dar­se bo­q­u­ia­b­ier­to.

—Me han no­q­ue­a­do, me han atado y he des­per­ta­do en un ca­rr­ua­je des­co­no­ci­do.

—Sí, pero debe ad­mi­tir que los acon­te­ci­m­ien­tos han tomado un giro in­te­re­san­te, ¿no? —Ella sonrió, el ho­y­ue­lo de su me­ji­lla de­re­cha era im­po­si­ble de ig­no­rar.

—Bien —añadió ella viendo que él no res­pon­día—, en­ton­ces, me parece que está en un apr­ie­to, señor. —Hizo una pausa—. ¿Ve lo di­ver­ti­da que puedo llegar a ser, in­clu­so en un apr­ie­to? —añadió.

Mien­tras, él ma­ni­pu­la­ba las cuer­das de sus mu­ñe­cas. Apre­ta­das, pero ya es­ta­ban aflo­ján­do­se. Elu­di­bles.

—Veo lo im­pru­den­te que puede ser.

—Al­gu­nos me en­c­uen­tran en­can­ta­do­ra.

—No en­c­uen­tro nada en­can­ta­dor en esta si­t­ua­ción —con­tes­tó mien­tras con­ti­n­ua­ba ma­ni­pu­lan­do las cuer­das, pre­gun­tán­do­se qué le lle­va­ba a dis­cu­tir con aq­ue­lla char­la­ta­na.

—Es una lás­ti­ma. —Pa­re­cía que lo decía en serio, pero, antes de que se le ocu­rr­ie­ra qué res­pon­der, ella siguió ha­blan­do—. No im­por­ta. Aunque no lo admita, ne­ce­si­ta ayuda y, como está atado y yo soy su com­pa­ñe­ra de viaje, me temo que está atado a mí. —Se agachó, como si todo fuera per­fec­ta­men­te normal, y desató las cuer­das con un gesto hábil—. Tiene suerte de que sea bas­tan­te buena con los nudos.

Gruñó su apro­ba­ción, es­ti­ran­do las pier­nas en el re­du­ci­do es­pa­c­io cuando se notó li­be­ra­do.

—Y tiene otros planes para su cum­ple­a­ños.

Dudó. Se ru­bo­ri­zó ante aq­ue­llas pa­la­bras.

—Sí.

—¿Qué clase de planes? —White nunca en­ten­de­ría qué le hacía seguir pre­s­io­nán­do­la.

Los ri­dí­cu­los ojos, de un color im­po­si­ble y de­ma­s­ia­do gran­des para su cara, se en­tre­ce­rra­ron.

—Planes que, por una vez, no im­pli­can arre­glar el de­sas­tre que lo haya dejado aquí atado.

—La pró­xi­ma vez que me dejen in­cons­c­ien­te, tra­ta­ré que sea en un lugar que no se in­ter­pon­ga en su camino.

Ella sonrió, el ho­y­ue­lo en la me­ji­lla apa­re­ció como una broma pri­va­da.

—Bien pen­sa­do. —Y ella con­ti­nuó antes de que pu­d­ie­ra res­pon­der­le—. Aunque su­pon­go que no será un pro­ble­ma en el futuro. Cla­ra­men­te no nos mo­ve­mos en los mismos cír­cu­los.

—Esta noche sí.

Sus labios se con­vir­t­ie­ron en una lenta y franca son­ri­sa, y Whit no pudo evitar per­der­se en ella. El ca­rr­ua­je co­men­zó a dis­mi­n­uir la ve­lo­ci­dad, y ella apartó la cor­ti­na para aso­mar­se.

—Ya casi hemos lle­ga­do —dijo en voz baja—. Es hora de que se vaya, señor. Estoy segura de que estará de ac­uer­do en que nin­gu­no de no­so­tros tiene in­te­rés en que lo des­cu­bran.

—Mis manos —dijo él, aun cuando las cuer­das ya no ejer­cí­an pre­sión sobre sus mu­ñe­cas.

—No puedo arr­ies­gar­me a que se vengue. —Negó con la cabeza.

Él se en­fren­tó a su mirada sin du­dar­lo.

—Mi ven­gan­za no es un riesgo. Es una cer­te­za.

—No tengo nin­gu­na duda al res­pec­to. Pero no puedo arr­ies­gar­me a que lo haga a través de mí. No esta noche. —Estiró la mano hacia la ma­ni­lla de la puerta, ha­blán­do­le al oído por encima del ruido de las ruedas y de los ca­ba­llos—. Como he dicho…

—Tiene planes —ter­mi­nó, vol­vién­do­se hacia ella, in­ca­paz de re­sis­tir su aroma, como la dulce ten­ta­ción de una tarta de al­men­dras.

—Sí. —Ella lo miró fi­ja­men­te.

—Cuén­te­me su plan y la dejaré ir. —La en­con­tra­ría.

Esa pre­c­io­sa son­ri­sa de nuevo.

—Es usted muy arro­gan­te, señor. ¿Debo re­cor­dar­le que soy yo quien lo está de­jan­do ir?

—¡Dí­ga­me­lo! —Su orden sonó ruda.

Vio que algo cam­b­ia­ba en ella. Vio cómo la in­de­ci­sión se con­ver­tía en cu­r­io­si­dad. En va­len­tía. Y en­ton­ces, como un regalo, su­su­rró:

—Tal vez de­be­ría mos­trár­se­lo.

«¡Dios, sí!».

Ella lo besó, pre­s­io­nan­do sus labios contra los de él, de un modo suave, dulce e inex­per­to; sabía como el vino, ten­ta­do­ra como el in­f­ier­no. Le llevó el doble de tiempo li­be­rar sus manos. Quería mos­trar a esta ex­tra­ña y cu­r­io­sa mujer lo que estaba dis­p­ues­to a hacer para co­no­cer sus planes.

Ella lo liberó pri­me­ro. Notó un tirón en sus mu­ñe­cas y las cuer­das se sol­ta­ron con un ligero chas­q­ui­do antes de que Hattie re­ti­ra­ra los labios. Él abrió los ojos, vio el brillo de una pe­q­ue­ña navaja en su mano. Ella había cam­b­ia­do de opi­nión. Lo había sol­ta­do.

Para que pu­d­ie­ra abra­zar­la. Para re­a­nu­dar el beso. Sin em­bar­go, como le había ad­ver­ti­do, tenía otros planes.

Antes de que pu­d­ie­ra to­car­la, el ca­rr­ua­je se detuvo al doblar una es­q­ui­na, y ella abrió la puerta.

—Adiós.

El ins­tin­to hizo que Whit girara mien­tras caía, agachó la bar­bi­lla, pro­te­gió su cabeza y rodó, aunque tenía en mente solo una cosa:

«Se está es­ca­pan­do… ».

Chocó contra la pared de una ta­ber­na cer­ca­na dis­per­san­do al grupo de hom­bres que había de­lan­te de ella.

—¡Eh! —gritó uno sa­l­ien­do a su en­c­uen­tro—. ¿Todo bien, her­ma­no?

Whit se puso de pie sa­cu­d­ien­do los brazos, echó los hom­bros hacia atrás, se estiró para com­pro­bar mús­cu­los y huesos y se ase­gu­ró de que todo fun­c­io­na­ba bien, antes de sacar dos re­lo­jes de su bol­si­llo y ver qué hora era. Las nueve y media.

—¡Vaya! Nunca he visto a nadie re­cu­pe­rar­se tan rápido de algo así —dijo el hombre, ex­ten­d­ien­do la mano para darle una pal­ma­da en el hombro. Sin em­bar­go, se detuvo antes de llegar a su ob­je­ti­vo, cuando los ojos se po­sa­ron en la cara de Whit, en­san­chán­do­se in­me­d­ia­ta­men­te en señal de re­co­no­ci­m­ien­to. La ca­li­dez se con­vir­tió en miedo cuando el hombre dio un paso atrás.

—Bestia…

Whit le­van­tó la bar­bi­lla al es­cu­char su nombre, la re­a­li­dad lo golpeó. Si aquel hombre lo co­no­cía, si co­no­cía su nombre…

Se volvió, su mirada se fijó en la curva de la oscura calle em­pe­dra­da por donde el ca­rr­ua­je había de­sa­pa­re­ci­do junto con su pa­sa­je­ra, en lo más pro­fun­do del la­be­rin­to que era Covent Garden.

Se sintió sa­tis­fe­cho.

«No se le iba a es­ca­par des­pués de todo».

Capítulo 3

—¿Lo has em­pu­ja­do a la calle? —La sor­pre­sa de Nora fue evi­den­te tras aso­mar­se al in­te­r­ior del ca­rr­ua­je, vacío des­pués de que Hattie se bajara—. Creía que no de­seá­ba­mos su muerte.

Hattie posó los dedos sobre la más­ca­ra de seda que se aca­ba­ba de poner.

—No está muerto.

Se había aso­ma­do por la puerta del ca­rr­ua­je el tiempo su­fi­c­ien­te para ase­gu­rar­se de ello, el tiempo pre­ci­so para ma­ra­vi­llar­se por la forma en que había rodado antes de po­ner­se en pie, como si es­tu­v­ie­ra ha­bi­t­ua­do a ser ex­pul­sa­do a em­pu­jo­nes de todo tipo de ca­rr­ua­jes.

Supuso que podría ser una prác­ti­ca ha­bi­t­ual en él. No obs­tan­te, lo había mirado con­te­n­ien­do la res­pi­ra­ción hasta que se le­van­tó ileso.

—¿Se des­per­tó, en­ton­ces? —pre­gun­tó Nora.

Hattie asin­tió con la cabeza, acercó los dedos a sus labios, donde la sen­sa­ción de su firme y suave beso era un eco per­sis­ten­te, junto con el sabor de algo… ¿limón?

—¿Y?

—¿Y qué? —dijo mi­ran­do a su amiga.

—¿Que quién es? —Nora puso los ojos en blanco.

—No lo dijo.

—No, su­pon­go que no lo hizo.

«No, pero daría cual­q­u­ier cosa por sa­ber­lo».

—De­be­rí­as pre­gun­tar­le a Augie. —Hattie miró a su amiga. ¿Había ha­bla­do en voz alta? Nora sonrió—. ¿Ol­vi­das que co­noz­co tu mente tan bien como la mía?

Nora y Hattie eran amigas de toda la vida, o más de una, como decía la madre de Nora, que las había visto a las dos ju­gan­do debajo de la mesa en su jardín tra­se­ro, con­tán­do­se se­cre­tos. Eli­sa­beth Ma­de­well, du­q­ue­sa de Holy­mo­or, y la madre de Hattie habían sido amigas cuando no per­te­ne­cí­an aún a la aris­to­cra­c­ia. A nin­gu­na de las dos les habían dado una cálida bien­ve­ni­da, ya que el des­ti­no había in­ter­ve­ni­do para con­ver­tir a una actriz ir­lan­de­sa y a una de­pen­d­ien­ta de Bris­tol en du­q­ue­sa y con­de­sa, res­pec­ti­va­men­te. Así que ambas mu­je­res habían estado des­ti­na­das a ser amigas mucho antes de que el padre de Hattie re­ci­b­ie­ra su título vi­ta­li­c­io. Eran dos almas in­se­pa­ra­bles que lo hacían todo juntas, in­clu­yen­do a sus hijas, Nora y Hattie, que na­ci­das con se­ma­nas de di­fe­ren­c­ia y cr­ia­das como si fueran her­ma­nas, nunca tu­v­ie­ron la opor­tu­ni­dad de no amarse como tales.

—Diré dos cosas —añadió Nora.

—¿Solo dos?

—Está bien. Dos por ahora. Me re­ser­va­ré el de­re­cho a decir más —rec­ti­fi­có Nora—: Pri­me­ro, espero que tengas razón y que no ha­ya­mos matado a ese hombre por ac­ci­den­te.

—No lo hi­ci­mos —dijo Hattie.

—Y, en se­gun­do lugar —Nora con­ti­nuó sin pausa—, la pró­xi­ma vez que su­g­ie­ra que de­je­mos a un hombre in­cons­c­ien­te en el bir­lo­cho y usemos mi tíl­bu­ri, usa­re­mos el mal­di­to tíl­bu­ri.

—Si hu­bié­ra­mos uti­li­za­do tu tíl­bu­ri, po­drí­a­mos haber muerto —se burló Hattie—. Lo con­du­ces de­ma­s­ia­do rápido.

—Siem­pre tengo con­trol total sobre el ca­rr­ua­je.

Cuando sus madres mu­r­ie­ron con meses de di­fe­ren­c­ia —in­clu­so en eso iban a la par—, Nora acudió a ella en busca del con­s­ue­lo que no pudo en­con­trar en su padre ni en su her­ma­no mayor, pues eran hom­bres de­ma­s­ia­do aris­to­crá­ti­cos para per­mi­tir­se el lujo del dolor. Pero los Sedley, per­so­nas co­mu­nes que habían as­cen­di­do en la escala social, no se con­si­de­ra­ban para nada aris­to­crá­ti­cos y no tenían tal pro­ble­ma. Le habían hecho un hueco a Nora en su casa y en su mesa, y poco tiempo des­pués, ella empezó a pasar más noches en Sedley House que en su propia casa, algo que su padre y su her­ma­no no pa­re­c­ie­ron notar; del mismo modo que no se dieron cuenta de que empezó a gastar su dinero en bir­lo­chos y tíl­bu­ris para ri­va­li­zar con los con­du­ci­dos por los dandis más os­ten­to­sos de la so­c­ie­dad.

A Nora le gus­ta­ba decir que una mujer que tomaba las rien­das de su propio ca­rr­ua­je era una mujer que tomaba las rien­das de su propio des­ti­no.

Hattie no estaba del todo segura de eso, pero no negaba que valía la pena tener una amiga con una es­pe­c­ial ha­bi­li­dad para con­du­cir, sobre todo en las noches en las que no de­se­a­ba que los co­che­ros ha­bla­ran, algo que haría cual­q­u­ier co­che­ro si con­du­cía a dos hijas sol­te­ras de la aris­to­cra­c­ia hasta el ex­te­r­ior del 72 de Shel­ton Street. No im­por­ta­ba que el 72 de Shel­ton Street no pa­re­c­ie­ra, a pri­me­ra vista, un burdel.

«¿Se­g­ui­rí­an lla­mán­do­se bur­de­les si eran para mu­je­res?».

Hattie supuso que eso tam­po­co im­por­ta­ba mucho; el her­mo­so edi­fi­c­io no se pa­re­cía en nada a lo que ella ima­gi­na­ba que debían de ser sus ho­mó­lo­gos mas­cu­li­nos. De hecho, pa­re­cía cálido y aco­ge­dor, bri­lla­ba como un faro, con ven­ta­nas llenas de luz dorada y ma­ce­tas que col­ga­ban a cada lado de la puerta y arriba, en ma­ce­te­ros, en cada al­féi­zar, en las que ex­plo­ta­ban todos los co­lo­res oto­ña­les.

A Hattie no se le es­ca­pa­ba que las ven­ta­nas es­ta­ban cu­b­ier­tas, algo bas­tan­te ra­zo­na­ble, ya que lo que su­ce­día dentro era de na­tu­ra­le­za pri­va­da.

Le­van­tó una mano y com­pro­bó la po­si­ción de su más­ca­ra una vez más.

—Si hu­bié­ra­mos venido en el tíl­bu­ri, nos ha­brí­an visto.

—Su­pon­go que tienes razón. —Nora se en­co­gió de hom­bros y le brindó a Hattie una son­ri­sa—. Bueno, en­ton­ces, lo em­pu­jas­te fuera del ca­rr­ua­je…

—No de­be­ría ha­ber­lo hecho. —Hattie se rio.

—No vamos a volver para dis­cul­par­nos —dijo Nora, se­ña­lan­do la puerta con una mano—. ¿En­ton­ces? ¿Vas a entrar?

Hattie res­pi­ró hondo y se volvió hacia su amiga.

—¿Es una locura?

—Ab­so­lu­ta­men­te —res­pon­dió Nora.

—¡Nora!

—Es una locura de las buenas. Tienes planes, Hattie. Y así es como se al­can­zan. Una vez que se llevan a cabo, no hay vuelta atrás. Y, fran­ca­men­te, te lo me­re­ces.

—Tú tam­bién tienes planes, pero no has hecho nada así. —La voz de Hattie trans­mi­tía una ligera va­ci­la­ción.

—No he tenido que ha­cer­lo. —Nora guardó si­len­c­io y se en­co­gió de hom­bros.

El uni­ver­so había dotado a Nora de ri­q­ue­za, pri­vi­le­g­ios y de una fa­mi­l­ia a la que no pa­re­cía im­por­tar­le que usara ambos para coger la vida por los cuer­nos.

Hattie no había tenido tanta suerte. No era el tipo de mujer de la que se es­pe­ra­ba que di­ri­g­ie­ra su propio des­ti­no. Pero, des­pués de esa noche, pre­ten­día mos­trar al mundo que tenía la in­ten­ción de ha­cer­lo. Aunque antes debía desha­cer­se de la única cosa que la re­te­nía.

Así que, allí estaba. Se volvió hacia Nora.

—Estás segura de que esto es… —dijo.

Un ca­rr­ua­je que se acer­ca­ba la in­te­rrum­pió, los ca­ba­llos y el ruido de las ruedas re­tum­ba­ron en sus oídos mien­tras se de­te­nía. Un trío de ri­s­ue­ñas mu­je­res des­cen­dió con her­mo­sos ves­ti­dos de seda, que bri­lla­ban como joyas, y más­ca­ras de ar­lequín casi idén­ti­cas a la de Hattie. Po­se­í­an un cuello largo y una cin­tu­ra es­tre­cha, así como bri­llan­tes son­ri­sas, era fácil decir que eran her­mo­sas.

Hattie no lo era.

Dio un paso atrás, cho­can­do contra el la­te­ral del ca­rr­ua­je.

—Bueno, ahora sí estoy segura de que este es el lugar —dijo Nora se­ca­men­te.

—Pero ¿por qué…? —Hattie miró a su amiga.

—¿Por qué lo hacen? —com­ple­tó Nora.

—Es que po­drí­an tener a… —«Cual­q­u­ie­ra que les gus­ta­ra».

—Tú tam­bién po­drí­as. —Nora la miró ar­q­ue­an­do una de sus os­cu­ras cejas.

No era cierto, por su­p­ues­to. Los hom­bres no la re­cla­ma­ban. Aunque dis­fru­ta­ban de su com­pa­ñía, eso sí. Des­pués de todo, le gus­ta­ban los barcos y los ca­ba­llos y tenía cabeza para los ne­go­c­ios y era lo su­fi­c­ien­te­men­te lista para di­ver­tir­se du­ran­te una cena o un baile. Pero cuando una mujer miraba y ha­bla­ba como lo hacía ella, los hom­bres eran más pro­pen­sos a darle pal­ma­di­tas en el hombro que a abra­zar­la apa­s­io­na­da­men­te. La buena y vieja Hattie, y había sido así in­clu­so cuando dis­fru­ta­ba de su pri­me­ra tem­po­ra­da y no era vieja en ab­so­lu­to.

No dijo nada; Nora rompió el si­len­c­io.

—Tal vez ellas tam­bién están bus­can­do algo… sin ata­du­ras. —Vieron a las mu­je­res gol­pe­ar en la puerta del 72 de Shel­ton Street, donde una pe­q­ue­ña ven­ta­na se abrió y se cerró antes de que lo hi­c­ie­ra la puerta, y ellas de­sa­pa­re­c­ie­ran dentro, de­jan­do la calle en si­len­c­io una vez más—. Tal vez esas mu­je­res tam­bién están in­ten­tan­do di­ri­gir sus pro­p­ios des­ti­nos.

Un rui­se­ñor cantó y fue res­pon­di­do casi in­me­d­ia­ta­men­te por otro, a dis­tan­c­ia.

«El Año de Hattie».

—Muy bien, en­ton­ces de ac­uer­do.

—Per­fec­to. —Su amiga sonrió.

—¿Estás segura de que no deseas entrar?

—¿Para hacer qué? —pre­gun­tó Nora con una risa—. Dentro no hay nada que me in­te­re­se. He pen­sa­do en dar una vuelta en el ca­rr­ua­je para ver si puedo su­pe­rar mi marca en Hyde Park.

—¿Vuel­ves dentro de dos horas?

—Aquí estaré. —Nora in­cli­nó la gorra de co­che­ro en un saludo y sonrió a Hattie—. Dis­fru­te, milady.

Aquel había sido el plan de Hattie desde hacía meses, ¿no? Dis­fru­tar la pri­me­ra noche del resto de su vida, cerrar la puerta al pasado y atra­par el futuro con las manos. Des­pués de ha­cer­le un guiño a su amiga, se acercó al edi­fi­c­io con los ojos cla­va­dos en la pe­q­ue­ña ranura en medio de la enorme puerta de acero, que se abrió justo en el mo­men­to en el que llamó, por donde apa­re­c­ie­ron un par de ojos os­cu­ros que la eva­l­ua­ron al ins­tan­te.

—¿Con­tra­se­ña?

—Regina.

La ranura se cerró. La puerta se abrió. Y Hattie entró.

Le llevó un mo­men­to ajus­tar sus ojos al oscuro in­te­r­ior del edi­fi­c­io, un cambio bas­tan­te brusco, pues el ex­te­r­ior estaba bien ilu­mi­na­do, algo que ins­tin­ti­va­men­te le hizo to­car­se la más­ca­ra.

—Si se la quita, no podrá que­dar­se —le ad­vir­tió la mujer que le había ab­ier­to la puerta. Era alta, es­bel­ta y her­mo­sa, con el pelo oscuro, los ojos más os­cu­ros to­da­vía y la piel más pálida que Hattie había visto jamás.

—Soy… —Bajó la mano de la más­ca­ra.

—Sa­be­mos quién es usted, milady. No hay ne­ce­si­dad de nom­bres. Su ano­ni­ma­to es una pr­io­ri­dad para no­so­tros. —La mujer sonrió.

Hattie pensó que era la pri­me­ra vez que al­g­u­ien le decía que ella era una pr­io­ri­dad. Y le gustó bas­tan­te.

—Oh… —res­pon­dió sin saber qué añadir—. Qué amable…

La mujer se dio la vuelta, atra­ve­só una gruesa cor­ti­na y entró en la sala prin­ci­pal, donde estaba la re­cep­ción. Las tres mu­je­res que Hattie había visto fuera de­ja­ron de char­lar para es­tu­d­iar­la. Hattie co­men­zó a mo­ver­se hacia un sofá cer­ca­no que estaba vacío, pero su es­col­ta la detuvo para gu­iar­la a través de otra puerta.

—Por aquí, milady.

—Pero han lle­ga­do antes que yo —dijo mien­tras la seguía.

—No tienen cita. —Una pe­q­ue­ña son­ri­sa asomó en los car­no­sos labios de aq­ue­lla be­lle­za. La idea de que al­g­u­ien pu­d­ie­ra apa­re­cer en un lugar como este sin previo aviso le pa­re­ció una locura. Des­pués de todo, eso sig­ni­fi­ca­ría que fre­c­uen­ta­ban el local… ¿cómo sería ser el tipo de mujer que no solo tenía acceso, sino que acudía re­gu­lar­men­te? Sig­ni­fi­ca­ría que las veces an­te­r­io­res lo había dis­fru­ta­do.

La emo­ción la re­co­rrió cuando en­tra­ron en la ha­bi­ta­ción de al lado, más grande y ova­la­da, de­co­ra­da con ricas sedas de color rojo in­ten­so y bro­ca­dos do­ra­dos, exu­be­ran­tes ter­c­io­pe­los azules y ban­de­jas de plata car­ga­das de cho­co­la­tes y petits fours.

A Hattie le gruñó el es­tó­ma­go; no había comido antes porque estaba de­ma­s­ia­do ner­v­io­sa.

—¿Le gus­ta­ría tomar un re­fri­ge­r­io? —le pre­gun­tó su her­mo­sa es­col­ta vol­vién­do­se hacia ella.

—No. Me gus­ta­ría ter­mi­nar con esto cuando antes. —En cuanto lo dijo, abrió los ojos como platos—. Esto es… quiero decir…

—Lo en­t­ien­do. Sígame. —La mujer sonrió.

Y la siguió a través de los la­be­rín­ti­cos pa­si­llos del edi­fi­c­io que, desde fuera, pa­re­cía en­ga­ño­sa­men­te pe­q­ue­ño dado lo amplio que era el in­te­r­ior. Su­b­ie­ron una gran es­ca­le­ra, y Hattie no pudo re­sis­tir­se a pasar los dedos por los re­ves­ti­m­ien­tos de las pa­re­des de seda color zafiro pro­fun­do con re­l­ie­ves de vides bor­da­dos en hilo de plata. Todo el lugar des­ti­la­ba lujo, aunque no de­be­ría ha­ber­se sor­pren­di­do por ello, ya que, des­pués de todo, había pagado una for­tu­na por dis­fru­tar del pri­vi­le­g­io de una cita.

En aquel mo­men­to había pen­sa­do que estaba pa­gan­do por el se­cre­to, no por la ex­tra­va­gan­c­ia. Sin em­bar­go, estaba claro que ambos es­ta­ban in­cl­ui­dos en el precio.

—¿Eres Dahlia? —dijo mien­tras miraba a su acom­pa­ñan­te llegar al final de la es­ca­le­ra y bajar por un pa­si­llo bien ilu­mi­na­do donde todas las puer­tas es­ta­ban ce­rra­das.

El 72 de Shel­ton Street era pro­p­ie­dad de una mis­te­r­io­sa mujer, co­no­ci­da por las damas de la aris­to­cra­c­ia como Dahlia. Era con Dahlia con quien Hattie había man­te­ni­do co­rres­pon­den­c­ia du­ran­te varias noches. La que le había hecho un montón de pre­gun­tas sobre sus deseos y pre­fe­ren­c­ias, pre­gun­tas que Hattie apenas había podido res­pon­der por el ardor de sus me­ji­llas. Des­pués de todo, las mu­je­res como ella rara vez tenían la opor­tu­ni­dad de ex­plo­rar el deseo o tener pre­fe­ren­c­ias.

«Ahora tengo pre­fe­ren­c­ias».

El pen­sa­m­ien­to llegó con una imagen; la del hombre del ca­rr­ua­je, guapo, in­cons­c­ien­te y, luego, ya des­p­ier­to, in­ne­ga­ble­men­te bello. Aq­ue­llos ojos color ámbar que la habían eva­l­ua­do y es­tu­d­ia­do pa­re­cía que veían dentro de ella. No pudo evitar re­cor­dar la on­du­la­ción de sus mús­cu­los mien­tras lu­cha­ba contra las ata­du­ras. Y su beso…

«Lo besé yo».

¿En qué había estado pen­san­do?

Sen­ci­lla­men­te no había estado pen­san­do.

Y aun así…, estaba agra­de­ci­da por el re­c­uer­do, por el eco de su aguda inha­la­ción cuando ella pre­s­io­nó los labios contra los suyos, por ese suave gru­ñi­do que había se­g­ui­do, ese sonido que ella ate­so­ra­ba, porque era la señal de apro­ba­ción que él se había dado a sí mismo. Como si se hu­b­ie­se so­me­ti­do a su deseo. Como si se hu­b­ie­se con­ver­ti­do en su pre­fe­ren­c­ia.

Se le ca­len­ta­ron de nuevo las me­ji­llas. Se aclaró la gar­gan­ta y miró a su acom­pa­ñan­te, cuyos labios car­no­sos se cur­va­ban en una son­ri­sa se­cre­ta.

—Soy Zeva, milady. Dahlia no está en la re­si­den­c­ia esta noche, pero no se pre­o­cu­pe. Hemos pre­pa­ra­do todo para usted a pesar de su au­sen­c­ia —con­ti­nuó la be­lle­za—. Cre­e­mos que en­con­tra­rá todo a su gusto.

Zeva abrió una puerta in­vi­tán­do­la a entrar.

El co­ra­zón empezó a la­tir­le con fuerza mien­tras miraba la ha­bi­ta­ción. Se le formó un nudo en la gar­gan­ta e in­ten­tó re­pri­mir que los ner­v­ios la do­mi­na­ran, a pesar de que, lo que una vez fue una idea des­ca­be­lla­da, se había con­ver­ti­do en algo con­cre­to.

Aq­ue­lla no era una ha­bi­ta­ción cual­q­u­ie­ra. Era un dor­mi­to­r­io.

Un dor­mi­to­r­io be­lla­men­te de­co­ra­do, con sedas y satén y un cu­bre­ca­ma de ter­c­io­pe­lo de color azul vi­bran­te que bri­lla­ba contra los ela­bo­ra­dos postes ta­lla­dos de la pieza cen­tral de la ha­bi­ta­ción: una cama de ébano.

El hecho de que las camas fueran siem­pre el punto de re­fe­ren­c­ia de los dor­mi­to­r­ios pa­re­cía, de re­pen­te, algo com­ple­ta­men­te irre­le­van­te, y Hattie estaba segura de que nunca en su vida había visto una cama así. Lo que ex­pli­ca­ba por qué no podía dejar de mi­rar­la.

—¿Hay algún pro­ble­ma, milady? —Era im­po­si­ble ig­no­rar la di­ver­sión que trans­mi­tía la voz de Zeva cuando le pre­gun­tó.

—¡No! —dijo Hattie, sin querer re­co­no­cer que aquel tono agudo solo los usaba con sus sa­b­ue­sos. Se aclaró la gar­gan­ta, el cor­pi­ño de su ves­ti­do le pa­re­ció de re­pen­te de­ma­s­ia­do apre­ta­do y se palpó—. No. No. Todo es per­fec­to. Todo es como lo había es­pe­ra­do. Como lo había ima­gi­na­do. —Se aclaró la gar­gan­ta de nuevo, to­da­vía fas­ci­na­da por la cama—. Gra­c­ias.

—¿Que­rría, quizás, un mo­men­to de in­ti­mi­dad antes de que Nelson se una a usted? —le pre­gun­tó Zeva a su es­pal­da.

«Nelson».

Hattie se giró para mirar a la otra mujer.

—¿Nelson? ¿Como el héroe de guerra?

—Así es. Es uno de los me­jo­res.

—Y por «uno de los me­jo­res» se re­f­ie­re a…

—Además de las cua­li­da­des que pidió, es en­can­ta­dor, ex­pe­ri­men­ta­do y su­ma­men­te mi­nu­c­io­so. —Zeva arqueó las cejas.

«Ha que­ri­do decir que es su­ma­men­te mi­nu­c­io­so en la cama», pensó.

Hattie se ahogó con la arena que pa­re­cía al­ber­gar en su gar­gan­ta.

—Ya veo. Bueno… ¿Qué más se puede pedir?

—¿Por qué no le dejo unos mo­men­tos para fa­mi­l­ia­ri­zar­se con la ha­bi­ta­ción? —Zeva apretó los labios.

«Ha que­ri­do decir con la cama».

—Toque la cam­pa­na cuando esté dis­p­ues­ta. —Con un ligero mo­vi­m­ien­to de la mano señaló un ti­ra­dor en la pared.

«Ha que­ri­do decir para la cama».

—Sí. Eso suena bien —asin­tió Hattie.

Zeva salió flo­tan­do de la ha­bi­ta­ción, el si­len­c­io­so chas­q­ui­do de la puerta fue la única evi­den­c­ia de que había estado allí.

Hattie res­pi­ró hondo y se giró hacia la ha­bi­ta­ción vacía. Exa­mi­nó el resto sola: el bri­llan­te papel dorado, la chi­me­nea de azu­le­jos y los gran­des ven­ta­na­les que, sin duda, re­ve­la­ban la red de te­ja­dos de Covent Garden du­ran­te el día, pero ahora, en la noche, eran es­pe­jos en la os­cu­ri­dad, que re­fle­ja­ban la luz de las velas de la ha­bi­ta­ción y a ella en el centro.

Ella, lista para co­men­zar su vida de nuevo.

Se acercó a una gran ven­ta­na tra­tan­do de ig­no­rar su re­fle­jo e in­ten­tan­do, en cambio, vis­lum­brar algo en la os­cu­ri­dad que la ro­de­a­ba, ili­mi­ta­da, como sus planes. Sus deseos. La de­ci­sión de dejar de es­pe­rar a que su padre se diera cuenta de su po­ten­c­ial y, en su lugar, tomar lo que ella quería. Pro­bar­se a sí misma que era lo su­fi­c­ien­te­men­te fuerte, lo su­fi­c­ien­te­men­te in­te­li­gen­te, lo su­fi­c­ien­te­men­te libre.

Y tal vez un poco im­pru­den­te.

Pero ¿qué era el camino al éxito sin un poco de im­pru­den­c­ia?

Esa im­pru­den­c­ia la des­car­ta­ría de la ca­rre­ra hacia el ma­tri­mo­n­io con cual­q­u­ier hombre de­cen­te y haría im­po­si­ble que su padre le negara lo que re­al­men­te quería.

Un ne­go­c­io propio. Una vida propia. Un futuro propio.

Res­pi­ró hondo y se volvió hacia una mesa cer­ca­na, car­ga­da con su­fi­c­ien­tes man­ja­res como para ali­men­tar a un ejér­ci­to: sánd­wi­ches de té, ca­na­pés y petits fours. Una bo­te­lla de cham­pán y dos copas co­lo­ca­das junto a la comida. No de­be­ría sor­pren­der­se, la en­c­ues­ta sobre sus pre­fe­ren­c­ias para la noche había sido bas­tan­te com­ple­ta, y había pedido un re­fri­ge­r­io así, porque le gus­ta­ba el cham­pán y la comida de­li­c­io­sa —¿a quién no?— y, además, porque sentía que era el tipo de cosas que una mujer con ex­pe­r­ien­c­ia haría en una oca­sión como esta.

Y por eso, es­pe­ra­ba a su pareja ante una mesa en­ga­la­na­da, como si aquel lugar fuera una posada en el Gran Camino al Norte y la ha­bi­ta­ción hu­b­ie­ra sido pre­pa­ra­da para unos recién ca­sa­dos. Hattie sonrió con aq­ue­lla tonta y ro­mán­ti­ca idea. Pero esa era la mer­can­cía que se vendía en el 72 de Shel­ton Street, ¿no? El ro­man­ce a la carta, com­pra­do y en­va­sa­do.

Cham­pán y petis fours y una cama de cuatro postes.

De re­pen­te todo pa­re­cía muy ab­sur­do.

Rio por lo bajo de manera ner­v­io­sa. No había forma de que co­m­ie­ra ca­na­pés o petis fours. Su es­tó­ma­go ham­br­ien­to los vo­mi­ta­ría al ins­tan­te. Pero el cham­pán… tal vez el cham­pán era justo lo que ne­ce­si­ta­ba.

Se sirvió una copa y se la bebió como si fuera li­mo­na­da. El calor la in­va­dió más rápido de lo que es­pe­ra­ba, su­mi­nis­trán­do­le el coraje su­fi­c­ien­te para im­pul­sar­la a cruzar la ha­bi­ta­ción y tirar de la cam­pa­na para in­vo­car a Nelson. Nelson, el héroe de guerra más com­ple­to que exis­tía.

Supuso que había peores nom­bres para el hombre que la li­bra­ría de su vir­gi­ni­dad.

Hattie tiró de la cam­pa­na —que no se oyó en la ha­bi­ta­ción, pero que sonó en algún lugar lejano del mis­te­r­io­so edi­fi­c­io— e ima­gi­nó un montón de hom­bres guapos que es­pe­ra­ban para pro­por­c­io­nar una mi­nu­c­io­si­dad mi­nu­c­io­sa, como los ca­ba­llos en la salida de una ca­rre­ra. Sonrió ante aq­ue­lla imagen sal­va­je, viendo a un Nelson sin rostro ves­ti­do con un uni­for­me com­ple­to y un som­bre­ro de al­mi­ran­te, no podía que­jar­se de no tener una ima­gi­na­ción cre­a­ti­va; lo vio po­nién­do­se en mo­vi­m­ien­to al oír el sonido, co­rr­ien­do, largas pier­nas su­b­ien­do las es­ca­le­ras de dos en dos, quizás tres a la vez, per­d­ien­do el al­ien­to en la ca­rre­ra para llegar hasta ella.

¿Cómo de­be­ría estar dis­p­ues­ta cuando él lle­ga­ra? ¿De­be­ría es­pe­rar en la ven­ta­na? ¿Que­rría verla de pie para eva­l­uar­la mejor? No le en­tu­s­ias­ma­ba esa idea.

¿Y si ponía una silla junto a la chi­me­nea o junto la cama?

Dudaba mucho que él qui­s­ie­ra con­ver­sar. De hecho, estaba segura de que no le in­te­re­sa­ría con­ver­sar con ella. Des­pués de todo, era un medio para un fin.

Así que… La cama estaba allí.

«¿Debo acos­tar­me en ella?».

Eso pa­re­cía bas­tan­te atre­vi­do, aunque, la verdad, ya no había marcha atrás des­pués de que, meses atrás hu­b­ie­ra bus­ca­do el 72 de Shel­ton Street y hu­b­ie­ra en­gan­cha­do el bir­lo­cho esa noche. A eso se añadía que había cru­za­do cual­q­u­ier límite al besar a un des­co­no­ci­do en el ca­rr­ua­je.

Por un mo­men­to sal­va­je, no fue un al­mi­ran­te sin rostro el que corría hacia ella. Fue un tipo de hombre com­ple­ta­men­te di­fe­ren­te. Con una cara her­mo­sa. Con rasgos per­fec­tos, ojos de ámbar, cejas os­cu­ras y labios que eran más suaves de lo que ella había ima­gi­na­do que podían ser unos labios.

Se aclaró la gar­gan­ta y apartó esa idea, vol­v­ien­do a la pre­gun­ta en cues­tión. Acos­tar­se sería un error, al igual que sen­tar­se con los to­bi­llos cru­za­dos en esa cama. ¿Quizás había un punto medio? ¿Una pose se­duc­to­ra de algún tipo?

Argg…, si no había sido se­duc­to­ra en su vida…

Se situó en la es­q­ui­na menos ilu­mi­na­da de la cama y se re­cli­nó hacia atrás, ro­de­an­do el poste con un brazo para man­te­ner­se firme, de­se­an­do pa­re­cer­se al tipo de mujer que hacía este tipo de cosas de forma ha­bi­t­ual. Una se­duc­to­ra que co­no­cía sus deseos y sus pre­fe­ren­c­ias. Al­g­u­ien que en­ten­día ex­pre­s­io­nes como «su­ma­men­te mi­nu­c­io­so».

Y, en­ton­ces, la puerta se abrió y el co­ra­zón latió con fuerza cuando entró una gran figura en­v­uel­ta en som­bras; no lle­va­ba som­bre­ro de al­mi­ran­te ni uni­for­me. Nada tan re­mo­ta­men­te se­duc­tor. Iba ves­ti­do de negro. De pies a cabeza.

Ya dentro, la luz ilu­mi­nó su rostro per­fec­to con un cálido y dorado res­plan­dor.

Su co­ra­zón se detuvo y se puso rígida de golpe, per­d­ien­do el eq­ui­li­br­io hasta casi caerse de la cama.

Él se movía con gracia sin­gu­lar, como si no hu­b­ie­ra estado in­cons­c­ien­te en el ca­rr­ua­je una hora antes. Como si ella no lo hu­b­ie­ra em­pu­ja­do a la calle. Hattie posó la mirada en él, bus­can­do ras­gu­ños o mo­ra­to­nes, do­lo­res o mo­les­t­ias por la caída. Nada.

—Tú no eres Nelson —dijo, tra­gan­do saliva con di­fi­cul­tad y agra­de­ci­da por la poca luz.

Él no res­pon­dió. La puerta se cerró a su es­pal­da.

Es­ta­ban solos.

Capítulo 4

En­con­trar­la de­be­ría de haber sido como dar con una aguja en un pajar. Ella de­be­ría haber de­sa­pa­re­ci­do.

Ten­dría que haber sido sido una más entre las miles de mu­je­res, en miles ca­rr­ua­jes, co­rr­ien­do como es­cor­p­io­nes por los rin­co­nes más os­cu­ros de Lon­dres, oculta a la vista de los hom­bres or­di­na­r­ios.

Y lo habría sido, si no fuera porque Whit no era un hombre or­di­na­r­io. Era un Bas­tar­do Ba­rek­nuck­le, un rey de las som­bras de Lon­dres, con de­ce­nas de espías apos­ta­dos en la os­cu­ri­dad, y en su te­rri­to­r­io no ocu­rría nada sin que él lo su­p­ie­ra. Había sido ri­dí­cu­la­men­te fácil para su amplia red de vigías en­con­trar el único ca­rr­ua­je negro que se di­ri­gía hacia la os­cu­ri­dad.

Lo habían estado si­g­u­ien­do antes de que él se su­b­ie­ra a los te­ja­dos. Ob­tu­v­ie­ron su ubi­ca­ción tan rápido como él pidió la in­for­ma­ción. El car­ga­men­to que con­du­cía había de­sa­pa­re­ci­do, los es­col­tas que habían sido ata­ca­dos es­ta­ban vivos, y sus ata­can­tes se habían es­fu­ma­do. Sin iden­ti­fi­car.

«Pero no por mucho tiempo».

Aq­ue­lla mujer lo lle­va­ría hasta su ene­mi­go, un ad­ver­sa­r­io que los Bas­tar­dos Ba­rek­nuck­le lle­va­ban meses bus­can­do.

Si Whit estaba en lo cierto, se tra­ta­ba de un ene­mi­go que co­no­cí­an desde hacía años.

No le mo­les­ta­ba que sus chicos es­tu­v­ie­ran vi­gi­lan­do todas las en­tra­das al burdel. Des­pués de todo, un her­ma­no pro­te­gía a una her­ma­na, in­clu­so cuando la her­ma­na en cues­tión era lo su­fi­c­ien­te­men­te po­de­ro­sa como para poner a una ciudad de ro­di­llas. In­clu­so cuando su her­ma­na se es­con­día de lo único que podía des­po­jar­la de ese poder.

Whit había en­con­tra­do sin pro­ble­mas el camino al burdel y se cruzó con Zeva, sin apenas de­te­ner­se, solo lo ne­ce­sa­r­io para des­cu­brir dónde se en­con­tra­ba aq­ue­lla mujer sin ni si­q­u­ie­ra nom­brar­la. Sabía que ella no lo haría. El éxito del 72 de Shel­ton Street se debía a su dis­cre­ción in­fle­xi­ble: guar­da­ban los se­cre­tos de todos y no los re­ve­la­ban a nadie, ni si­q­u­ie­ra a los Bas­tar­dos Ba­rek­nuck­le.

Por eso no pre­s­io­nó a Zeva. En su lugar, la empujó, ig­no­ran­do cómo se ar­q­ue­a­ron sus cejas os­cu­ras, con si­len­c­io­sa sor­pre­sa. Si­len­c­io­sa por el mo­men­to; Zeva era la mejor de los lu­gar­te­n­ien­tes y sabía guar­dar se­cre­tos…, pero no ocul­ta­ba nada a su jefa. Y cuando Grace, co­no­ci­da en todo Lon­dres como Dahlia, re­cu­pe­ra­ra su le­gí­ti­mo puesto como dueña de aquel lugar, sabría lo que había pasado. Y no du­da­ría en pedir ex­pli­ca­c­io­nes al res­pec­to.

No había cu­r­io­si­dad tan im­pla­ca­ble como la de una her­ma­na. Pero, por ahora, Grace no lo mo­les­ta­ría. Solo exis­tía la mis­te­r­io­sa mujer del ca­rr­ua­je, con toda la in­for­ma­ción, la última pieza del me­ca­nis­mo de re­lo­je­ría que había estado es­pe­ran­do a po­ner­se en marcha. El último re­sor­te. Ella sabía los nom­bres de los hom­bres que habían dis­pa­ra­do a su car­ga­men­to, de los que habían dis­pa­ra­do a sus mu­cha­chos. Los nom­bres de los hom­bres que es­ta­ban ro­ban­do a los Bas­tar­dos. Los nom­bres de los hom­bres que tra­ba­ja­ban para su her­ma­no de­sa­pa­re­ci­do. Su ene­mi­go. Y ella estaba allí, en el burdel de su her­ma­na, en un te­rri­to­r­io que per­te­ne­cía al propio Whit.

Es­pe­ran­do a que un hombre la com­pla­c­ie­se.

Ignoró el tor­be­lli­no de ex­ci­ta­ción que lo re­co­rría al pen­sar­lo y el hilo de irri­ta­ción que lo seguía. Se tra­ta­ba de tra­ba­jo, no de placer. Era el mo­men­to de los ne­go­c­ios.

La vio nada más entrar, sus ojos la en­con­tra­ron posada en el borde de la cama, aga­rra­da a un poste en la os­cu­ri­dad. Al dejar que la puerta se ce­rra­ra tras él, le con­su­mió una idea sin­gu­lar: allí sen­ta­da, en uno de los bur­de­les más ex­tra­va­gan­tes de la ciudad, di­se­ña­do para fé­mi­nas de gusto exi­gen­te, un burdel que pro­me­tía la máxima dis­cre­ción, aq­ue­lla mujer no podía pa­re­cer más fuera de lugar.

Debía sen­tir­se como en casa, te­n­ien­do en cuenta que lo había ex­ci­ta­do, que había man­te­ni­do una con­ver­sa­ción con él como si fuera algo com­ple­ta­men­te normal y, luego, lo había arro­ja­do a la calle desde un ca­rr­ua­je en marcha. Des­pués de be­sar­lo.

El hecho de que se di­ri­g­ie­ra allí pa­re­cía estar en con­so­nan­c­ia con el resto de aq­ue­lla noche sal­va­je. Pero algo no cua­dra­ba. No era el ves­ti­do, aunque la lujosa falda de seda que on­de­a­ba en la os­cu­ri­dad en sal­va­jes ole­a­das tur­q­ue­sas, su­ge­ría una mo­dis­ta de gran ha­bi­li­dad. Tam­po­co eran los za­pa­tos a juego ni los dedos que aso­ma­ban por debajo del do­bla­di­llo.

No era la forma en que el cor­pi­ño bri­lla­ba en la os­cu­ri­dad, abra­zan­do las curvas de su torso y mos­tran­do unas en­can­ta­do­ras formas debajo de él… No, eso casaba a la per­fec­ción con Shel­ton Street.

Ni si­q­u­ie­ra era la sombra de su cara, apenas re­co­no­ci­ble en la os­cu­ri­dad, pero lo su­fi­c­ien­te­men­te vi­si­ble como para re­ve­lar que tenía la boca ab­ier­ta por la sor­pre­sa. Otro hombre podría en­con­trar ri­dí­cu­la esa ex­pre­sión, pero Whit no. Sabía lo que sabía. Cómo se sua­vi­za­ban y cedían esos labios car­no­sos. Y no había nada re­mo­ta­men­te fuera de lugar en eso.

El 72 de Shel­ton Street era un lugar más que aco­ge­dor para cuer­pos y labios llenos, para mu­je­res que sabían cómo usar­los. Pero esta mujer no sabía cómo usar­los. En ese mo­men­to estaba tiesa como un palo, afe­rra­da al poste de la cama con los nu­di­llos de una mano blan­cos y sos­te­n­ien­do en la otra una copa de cham­pán vacía, que in­cli­na­ba en un ángulo ex­tra­ño. Sí, estaba to­tal­men­te fuera de lugar.

Más aún, cuando se en­de­re­zó de manera for­za­da.

—Le ruego que me per­do­ne, señor —dijo—. Estoy es­pe­ran­do a al­g­u­ien.

—Mmm… —Se in­cli­nó hacia atrás ap­o­yán­do­se en el marco de la puerta, cruzó los brazos sobre el pecho y deseó que ella no es­tu­v­ie­ra en las som­bras—. Espera a Nelson.

—Co­rrec­to. Y como usted no es él… —Asin­tió con la cabeza, en un mo­vi­m­ien­to que pa­re­cía el me­ca­nis­mo de un reloj.

—¿Cómo lo sabe?

Si­len­c­io. Whit re­sis­tió el im­pul­so de son­re­ír. Casi podía oír su pánico. Ella estaba a punto de re­tro­ce­der, lo que lo pon­dría en una po­si­ción de poder. Le daría la in­for­ma­ción que de­se­a­ba en mi­nu­tos, como si fuera un niño, a cambio de go­lo­si­nas.

Salvo que ella dijo:

—No cumple mi lista de re­q­ui­si­tos.

«¿Qué de­mo­n­ios… ? ¿Qué re­q­ui­si­tos?».

De alguna manera, por puro mi­la­gro, evitó hacer la pre­gun­ta di­rec­ta­men­te. Sin em­bar­go, aq­ue­lla char­la­ta­na le pro­por­c­io­nó in­for­ma­ción adi­c­io­nal.

—Pedí es­pe­cí­fi­ca­men­te a al­g­u­ien menos… —Se calló.

Whit estaba dis­p­ues­to a hacer casi cual­q­u­ier cosa para que ella ter­mi­na­ra esa frase. Cuando agitó una mano en su di­rec­ción, él no pudo de­te­ner­se.

—¿Menos… ?

—Pre­ci­sa­men­te. Menos —dijo ella frun­c­ien­do el ceño.

Algo sos­pe­cho­sa­men­te pa­re­ci­do al or­gu­llo es­ta­lló en el in­te­r­ior del pecho de Whit, pero lo ignoró y guardó si­len­c­io.

—Y usted no es menos —dijo ella—. Es más. Es mucho. Por eso lo ex­pul­sé del ca­rr­ua­je, me dis­cul­po por ello, por cierto. Espero que no se haya ma­gu­lla­do de­ma­s­ia­do en la caída.

—¿Mucho qué? —Ignoró las dis­cul­pas.

—Mucho todo. —Ella movió de nuevo la mano. La metió en la vo­lu­mi­no­sa tela de sus faldas y ex­tra­jo un trozo de papel, con­sul­tán­do­lo—. Altura media. Cons­ti­tu­ción media. —Lo miró de arriba abajo, eva­luán­do­lo—. Usted no es nin­gu­na de esas cosas.

No tenía que pa­re­cer de­cep­c­io­na­da por ello. ¿Qué más ponía en ese papel?

—No me di cuenta de lo grande que era cuando nos reu­ni­mos antes.

—¿Es así como lo llama? ¿Una reu­nión?

In­cli­nó la cabeza con­si­de­rán­do­lo.

—¿Tiene un tér­mi­no mejor?

—Un ataque.

Ella abrió los ojos de par en par detrás de la más­ca­ra y se puso de pie, des­ve­lan­do una altura que él no había ima­gi­na­do en el ca­rr­ua­je.

—¡No le he ata­ca­do!

Se eq­ui­vo­ca­ba, por su­p­ues­to. Ella en sí era un asalto: desde sus exu­be­ran­tes curvas al fulgor de sus ojos, desde el brillo de su ves­ti­do al olor a al­men­dras, como si aca­ba­ra de salir de una cocina llena de pas­te­les.

Sintió el ataque de esa mujer desde el mo­men­to en que abrió los ojos en el ca­rr­ua­je y la en­con­tró allí, ha­blan­do de cum­ple­a­ños y planes, y del Año de Hattie.

—Hattie… —No había que­ri­do de­cir­lo. O mejor, no había que­ri­do dis­fru­tar di­cién­do­lo.

Los ojos de la joven se hi­c­ie­ron to­da­vía más gran­des detrás de la más­ca­ra.

—¿Cómo sabe mi nombre? —pre­gun­tó ella con una mezcla de pánico e in­dig­na­ción mien­tras se ponía en pie—. Pensé que este lugar era el colmo de la dis­cre­ción.

—¿Qué es el Año de Hattie?

La re­a­li­dad la asaltó de golpe, ella misma había re­ve­la­do su nombre.

—¿Por qué quiere sa­ber­lo? —in­q­ui­rió des­pués de un breve si­len­c­io.

No estaba seguro de la res­p­ues­ta, así que no le con­tes­tó.

Ella rompió el si­len­c­io, como él estaba des­cu­br­ien­do que acos­tum­bra­ba a hacer.

—Su­pon­go que no me dirá su nombre. Sé que no es Nelson.

—Porque soy de­ma­s­ia­do para ser Nelson.

—Porque no cumple mi lista de cua­li­da­des. Es de­ma­s­ia­do ancho de hom­bros y sus pier­nas son de­ma­s­ia­do largas y no es en­can­ta­dor. Y, desde luego, no es nada afable.

—Ha hecho una lista de cua­li­da­des para un sa­b­ue­so, no para un polvo.

No mordió el an­z­ue­lo.

—Y si además con­si­de­ra­mos su cara…

¿Qué de­mo­n­ios le pasaba a su cara? En tr­ein­ta y un años, nunca había tenido una queja, Y esa mujer sal­va­je no iba a cam­b­iar eso.

—¿Mi cara?

—Sí, su cara —res­pon­dió ella atro­pe­lla­da­men­te—. Pedí una cara que no fuera tan…

Whit se man­tu­vo en si­len­c­io. ¿Así que esa mujer de­ci­día dejar de hablar justo en ese mo­men­to?

Hattie negó con la cabeza y él re­sis­tió el im­pul­so de mal­de­cir.

—No im­por­ta. El hecho es que no so­li­ci­té su com­pa­ñía y tam­po­co lo ataqué. No he tenido nada que ver con que apa­re­c­ie­ra in­cons­c­ien­te en mi ca­rr­ua­je. Aunque, para ser sin­ce­ra, em­p­ie­za a pa­re­cer­me la clase de hombre que bien podría me­re­cer un golpe en la cabeza.

—No creo que haya tomado parte en el asalto.

—Bien. Porque yo no asalté su ca­rr­ua­je.

—¿Quién lo hizo?

—No lo sé.

«Men­ti­ra».

Estaba pro­te­g­ien­do a al­g­u­ien. El ca­rr­ua­je per­te­ne­cía a al­g­u­ien en quien con­f­ia­ba o no lo habría usado para ir hasta allí. «¿Su padre?». No, im­po­si­ble. Ni si­q­u­ie­ra aq­ue­lla loca usaría el co­che­ro de su padre para lle­var­la a un burdel en medio de Covent Garden. Los co­che­ros ha­bla­ban.

«¿Un amante?». Por un mo­men­to con­si­de­ró la po­si­bi­li­dad de que ella no solo tra­ba­ja­ra con su ene­mi­go, sino que dur­m­ie­ra con él. A Whit no le hizo gracia el dis­gus­to que le causó la idea antes de que le pu­d­ie­ra la razón.

No. No era un amante. No es­ta­ría en un burdel si tu­v­ie­ra un amante. No lo habría besado a él si tu­v­ie­ra un amante. Y ella lo había besado, suave, dulce e inex­per­ta­men­te.

No había ningún amante. Pero aun así, era leal al ene­mi­go.

—Creo que sabe quién me dejó in­cons­c­ien­te y me retuvo en ese ca­rr­ua­je, Hattie —dijo en voz baja, acer­cán­do­se a ella. Su cuerpo vibró cuando se dio cuenta de que ella era casi de su altura; su pecho su­b­ien­do y ba­jan­do a ritmo de stac­ca­to por encima de la línea de su ves­ti­do, los mús­cu­los de su gar­gan­ta tensos mien­tras lo es­cu­cha­ba—. Y creo que sabe que tengo la in­ten­ción de con­se­g­uir un nombre.

—¿Es eso una ame­na­za? —Lo miró en­tre­ce­rran­do los ojos. Él no res­pon­dió, y en el si­len­c­io, ella pa­re­ció cal­mar­se; su res­pi­ra­ción se hizo más tran­q­ui­la mien­tras sus hom­bros se en­de­re­za­ban—. No me gustan las ame­na­zas. Es la se­gun­da vez que in­te­rrum­pe mi noche, señor. Haría bien en re­cor­dar que fui yo quien le salvó el pe­lle­jo antes.

—Casi me mata. —Ella ex­pe­ri­men­tó un cambio no­ta­ble.

—Por favor, ha sido usted muy ágil —se burló—. Lo vi ate­rri­zar en el suelo como si no fuera la pri­me­ra vez que lo lanzan de un ca­rr­ua­je—. Hizo una pausa—. No lo fue, ¿o sí?

—Eso no sig­ni­fi­ca que desee con­ver­tir­lo en un hábito.

—El punto es que, sin mí, podría estar muerto en una zanja. Un ca­ba­lle­ro ra­zo­na­ble me lo agra­de­ce­ría ama­ble­men­te y se iría a otro lugar ahora mismo.

—Tiene mala suerte, en­ton­ces, de que yo no lo sea.

—¿Ra­zo­na­ble?

—Un ca­ba­lle­ro.

Se rio un poco sor­pren­di­da por eso.

—Bueno, como es­ta­mos en un burdel, creo que nin­gu­no de los dos puede re­cla­mar mucha gen­ti­le­za.

—¿Eso no estaba en su lista de re­q­ui­si­tos?

—Oh, lo estaba —dijo—, pero es­pe­ra­ba más una apro­xi­ma­ción a la ca­ba­lle­ro­si­dad que la ca­ba­lle­ro­si­dad misma. Y ahí está el pro­ble­ma: tengo planes, mal­di­ción, y no voy a per­mi­tir que los arr­ui­ne.

—Los planes de los que habló antes de ti­rar­me del ca­rr­ua­je.

—Yo no lo tiré. —Cuando él no res­pon­dió, ella le dijo—: Está bien, lo eché. Pero todo ha ido bien.

—No gra­c­ias a usted.

—No tengo la in­for­ma­ción que quiere.

—No la creo.

Abrió la boca y la cerró.

—¡Qué gro­se­ro!

—Quí­te­se la más­ca­ra.

—No.

—¿Qué es el Año de Hattie? —pre­gun­tó ante el no ta­jan­te.

Ella le­van­tó la bar­bi­lla de­sa­f­ian­te, pero se quedó en si­len­c­io. Whit gruñó y se di­ri­gió al cham­pán y se sirvió una copa. Cuando ter­mi­nó, de­vol­vió la bo­te­lla a su sitio y se apoyó en el al­féi­zar de la ven­ta­na ob­ser­van­do cómo ella se movía.

Siem­pre estaba en mo­vi­m­ien­to, ali­sán­do­se las faldas o ju­gan­do con la manga; él bebía hip­no­ti­za­do por la larga línea del ves­ti­do, por la forma en que este en­vol­vía sus curvas re­bel­des y hacía pro­me­sas que un hombre de­se­a­ba que cum­pl­ie­ra. La luz de las velas se re­fle­ja­ba en su piel, do­rán­do­la. No era una mujer que tomara té. Era una mujer que tomaba el sol.

Tenía dinero, sal­ta­ba a la vista. Y poder. Una mujer ne­ce­si­ta­ba de ambos para entrar en el 72 de Shel­ton Street. In­clu­so sa­b­ien­do que el lugar exis­tía, ne­ce­si­ta­ba con­tac­tos que no eran fá­ci­les de con­se­g­uir. Había miles de ra­zo­nes por las que ella podría estar allí, y Whit las había es­cu­cha­do todas: abu­rri­m­ien­to, in­sa­tis­fac­ción, im­pru­den­c­ia. Pero no de­tec­ta­ba nin­gu­na de ellas en Hattie. No era una chica im­pe­t­uo­sa, era lo su­fi­c­ien­te­men­te mayor para ser ra­zo­na­ble y tomar sus de­ci­s­io­nes. Tam­po­co era simple o su­per­fi­c­ial.

Se acercó a ella len­ta­men­te de forma de­li­be­ra­da.

—No me dejaré in­ti­mi­dar. —Se puso rígida. Agarró con fuerza el papel que tenía en la mano.

—Él me ha robado algo y quiero que me lo de­v­uel­va.

Pero eso no era todo.

Estaba lo su­fi­c­ien­te­men­te cerca como para to­car­la. Lo su­fi­c­ien­te­men­te cerca para medir la altura que ya había notado antes, casi igual a la suya. Lo su­fi­c­ien­te­men­te cerca para ver sus ojos detrás de la más­ca­ra, fijos en él. Lo su­fi­c­ien­te­men­te cerca para su­mer­gir­se en su aroma a al­men­dras.

—Lo que sea que le hayan robado —anun­ció mien­tras en­de­re­za­ba los hom­bros—, haré que se lo de­v­uel­van.

Cuatro envíos. Tres vi­gi­lan­tes ti­ro­te­a­dos. Des­pués de esa noche, el propio Whit había per­di­do unos cu­chi­llos que va­lo­ra­ba por encima de todo. Y, si tenía razón, ella le debía más de lo que podía de­vol­ver­le.

—No es po­si­ble. Ne­ce­si­to un nombre. —Negó con la cabeza.

—Le ruego que me per­do­ne, yo no fallo —res­pon­dió sin va­ci­lar.

Otro hombre podría haber en­con­tra­do aq­ue­llas pa­la­bras di­ver­ti­das, pero Whit ad­vir­tió ho­nes­ti­dad en ellas. ¿Cómo se había visto in­vo­lu­cra­da en este lío? No pudo re­sis­tir­se a re­pe­tir­se.

—¿Qué es el Año de Hattie?

—Si se lo digo, ¿me dejará en paz?

«No», pensó él.

Res­pi­ró pro­fun­da­men­te en si­len­c­io, como si con­si­de­ra­ra sus op­c­io­nes.

—Es lo que parece —ex­pli­có ella fi­nal­men­te—. Es mi año. El año que re­cla­mo como mío.

—¿Cómo?

—Tengo un plan de cuatro puntos para di­ri­gir mi propio des­ti­no.

—Cuatro puntos —re­pi­tió él, ar­q­ue­an­do las cejas.

—Ne­go­c­ios. Casa. For­tu­na. Futuro. —Le­van­tó una mano mar­can­do las res­p­ues­tas con los largos dedos en­g­uan­ta­dos y luego hizo una pausa—. Ahora, si me dice qué fue con pre­ci­sión lo que le qui­ta­ron, se lo de­vol­ve­ré, y po­dre­mos seguir con nues­tras vidas sin mo­les­tar­nos nunca más.

—Ne­go­c­ios. Casa. For­tu­na. Futuro —repasó el plan—. ¿En ese orden?

—Pro­ba­ble­men­te. —Hattie in­cli­nó la cabeza a un lado.

—¿Qué clase de ne­go­c­ios? —Él tenía dinero de sobra, y podía ayu­dar­la en cual­q­u­ier ne­go­c­io que de­se­a­ra… a cambio de la in­for­ma­ción que ne­ce­si­ta­ba.

Ella lo miró fi­ja­men­te y per­ma­ne­ció en si­len­c­io.

Pro­ba­ble­men­te tenía as­pi­ra­c­io­nes como mo­dis­ta o som­bre­re­ra, ambos ne­go­c­ios le com­pra­rí­an una casa, pero nin­gu­no de ellos le daría una for­tu­na. ¿No sería mejor que bus­ca­se un futuro como esposa y madre? Pa­re­cía la mujer ade­c­ua­da para ser la señora de una casa.

Eso, y que nin­gu­no de sus cuatro puntos tenía sen­ti­do en el con­tex­to del burdel de Shel­ton Street. Señaló el papel que sos­te­nía en el puño.

—¿Qué es­pe­ra­ba de Nelson, una in­ver­sión?

—De cierto tipo. —Hattie se rio de la pre­gun­ta.

—¿De qué tipo? —Whit en­tre­ce­rró los ojos, in­te­rro­ga­ti­vo.

—Hay un quinto punto —dijo.

Un reloj sonó en el pa­si­llo, alto y grave, y Whit sacó sus re­lo­jes sin pensar, com­pro­ban­do la hora en ambos antes de de­vol­ver­los a su lugar.

—¿Y cuál es?

—¿Tiene hora? —Su mirada siguió sus mo­vi­m­ien­tos.

—Las once. —No ignoró la burla en la pre­gun­ta.

—¿En los dos re­lo­jes?

—¿El quinto punto?

Sus me­ji­llas se ti­ñe­ron de rojo al es­cu­char la pre­gun­ta, y la cu­r­io­si­dad que sintió Whit por aq­ue­lla ex­tra­ña mujer se volvió casi in­so­por­ta­ble.

—Cuerpo —dijo ella en­ton­ces, en un tono claro como el tañido del pa­si­llo.

Cuando Whit tenía die­ci­s­ie­te años, salió del cua­dri­lá­te­ro tam­ba­leán­do­se, tras un com­ba­te que duró de­ma­s­ia­do con un opo­nen­te de­ma­s­ia­do grande; el rugido de la mul­ti­tud se le clavó en los oídos por la can­ti­dad de golpes que so­por­tó. Ate­rri­zó en el ca­lle­jón tra­se­ro de un al­ma­cén, donde llenó de aire frío sus pul­mo­nes mien­tras se ima­gi­na­ba en cual­q­u­ier lugar menos allí, en un club de lucha de Covent Garden.

La puerta se abrió y se cerró, y una mujer se había acercó a él con un trozo de lino en la mano. Se ofre­ció a lim­p­iar­le la sangre de la cara. Sus pa­la­bras suaves y su amable gesto fueron el mayor placer que había sen­ti­do en su vida.

Hasta el mo­men­to en que es­cu­chó a Hattie decir la pa­la­bra «cuerpo».

Se hizo el si­len­c­io entre ellos. Ella rio, ner­v­io­sa.

—Su­pon­go que es más bien el primer punto, con­si­de­ran­do que es esen­c­ial para el resto.

«Cuerpo».

—Ex­plí­q­ue­se —gruñó Whit.

Pa­re­cía estar con­si­de­ran­do la po­si­bi­li­dad de no dar ex­pli­ca­c­io­nes, como si él le fuera a per­mi­tir salir de la ha­bi­ta­ción sin ha­cer­lo.

—Hay dos ra­zo­nes —dijo fi­nal­men­te, pues debió de darse cuenta de que él no iba a ceder—. Al­gu­nas mu­je­res se pasan toda la vida bus­can­do un ma­tri­mo­n­io.

—¿Y usted no?

Negó con la cabeza.

—Tal vez en algún mo­men­to lo con­si­de­ré… —Se alejó, y Whit con­tu­vo la res­pi­ra­ción es­pe­ran­do ver qué venía a con­ti­n­ua­ción. La vio en­co­ger­se de hom­bros—. Mañana cumplo vein­ti­n­ue­ve años. En este mo­men­to, soy una dote y nada más.

Whit no la creyó ni por un mo­men­to.

—No quiero ser una dote. —Lo miró—. No deseo que me con­v­ier­tan en mer­can­cía. Deseo ser yo misma. Elegir por mí misma.

—Ne­go­c­ios. Casa. For­tu­na. Futuro —dijo.

Ella sonrió sa­tis­fe­cha, for­man­do aquel mal­di­to ho­y­ue­lo que cen­te­lle­a­ba, y él no pudo re­sis­tir­se a re­pa­rar en esos labios, cuya sen­sa­ción re­cor­da­ba vi­va­men­te desde el prin­ci­p­io de la noche. Los vio mo­ver­se de nuevo.

—Solo hay una manera de ase­gu­rar que se me per­mi­ta elegir por mí misma. —Hizo una pausa—. Me desha­go de la única cosa de mí que es pre­c­ia­da. Me re­cla­mo a mí misma. Y gano.

—Y vino aquí para… —Se alejó sa­b­ien­do la res­p­ues­ta, pero quería que ella lo dijera.

Quería es­cu­char­lo.

Ese rubor otra vez.

—Perder la vir­gi­ni­dad —dijo fi­nal­men­te.

Las pa­la­bras re­so­na­ron en sus oídos.

—Bueno, yo sola no puedo perder mi propia vir­gi­ni­dad, ob­v­ia­men­te. Es más bien una me­tá­fo­ra. Nelson iba a ha­cer­lo por mí —añadió ella bro­me­an­do.

Dejó que el si­len­c­io rei­na­ra un se­gun­do mien­tras él ponía en orden sus pen­sa­m­ien­tos.

—Se libera de su vir­gi­ni­dad y se vuelve libre para vivir su vida.

—¡Exac­ta­men­te! —dijo como si es­tu­v­ie­ra en­can­ta­da de que al­g­u­ien lo en­ten­d­ie­ra.

—¿Y cuál es la se­gun­da razón? —gruñó Whit.

Se ru­bo­ri­zó de nuevo. ¿Quién era esta mujer tan audaz como ver­gon­zo­sa?

—Su­pon­go… —se in­te­rrum­pió para acla­rar­se la gar­gan­ta—. Su­pon­go que es lo que quiero.

«¡Dios!».

Podría haber dicho mil cosas y todas las hu­b­ie­ra es­pe­ra­do. Cosas que lo ha­brí­an man­te­ni­do ca­lla­do, im­pa­si­ble. Y en vez de eso, había dicho algo tan con­de­na­da­men­te sin­ce­ro que no tuvo otra opción que de­se­ar­la.

Lo detuvo antes de que em­pe­za­ra, re­pri­mió su deseo me­t­ien­do la mano en el bol­si­llo y sa­can­do un sa­q­ui­to de papel; del que sacó un ca­ra­me­lo. Se lo metió en la boca; el sabor a limón y miel ex­plo­ta­ron en su lengua.

Lo que fuera para dis­tra­er­se de sus pa­la­bras.

«La deseo».

—¿Son ca­ra­me­los? —Hattie miró la bolsa.

Whit la miró y gruñó un sí.

—No de­be­ría tomar go­lo­si­nas si no está dis­p­ues­to a com­par­tir­las, ya sabe… —In­cli­nó la cabeza a un lado.

Otro gru­ñi­do y tendió la bol­si­ta hacia ella.

—No, gra­c­ias —dijo con una son­ri­sa.

—En­ton­ces, ¿por qué me ha pedido uno?

—No le he pedido uno. Le he pedido que me ofre­c­ie­ra uno. Lo que es to­tal­men­te di­fe­ren­te. —Otra son­ri­sa.

Era in­cre­í­ble­men­te frus­tran­te. Y fas­ci­nan­te. Pero no tenía tiempo para sen­tir­se fas­ci­na­do por ella.

De­vol­vió los ca­ra­me­los al bol­si­llo, tra­tan­do de con­cen­trar­se en el limón, un agrio y dulce placer, uno de los pocos que se per­mi­tía. Tra­tan­do de ig­no­rar el hecho de que no era limón lo que de­se­a­ba en ese mo­men­to. Tra­tan­do de no pensar en las al­men­dras.

Ne­ce­si­ta­ba in­for­ma­ción de esa mujer. Y eso era todo. Ella sabía quién estaba ata­can­do a sus hom­bres, quién estaba ro­ban­do su mer­can­cía; podía con­fir­mar la iden­ti­dad de su ene­mi­go. Y él haría lo que fuera ne­ce­sa­r­io para que ella ha­bla­ra…

—¿No va a de­cir­me que me eq­ui­vo­co? —pre­gun­tó.

—¿Qué se eq­ui­vo­ca sobre qué?

—Que me eq­ui­vo­co al querer… —Se alejó por un mo­men­to, y un hilo de frío miedo atra­ve­só a Whit mien­tras so­pe­sa­ba la po­si­bi­li­dad de que ella lo dijera de nuevo. Cual­q­u­ier hombre hu­b­ie­ra que­ri­do llenar el es­pa­c­io entre esas dos mi­nús­cu­las letras con una vein­te­na de cosas sucias— … ex­plo­rar.

Dios mío. Eso era peor.

—No voy a de­cir­le que se eq­ui­vo­ca.

—¿Por qué?

No tenía ni idea de por qué lo había dicho. No de­be­ría ha­ber­lo dicho. Debió de­jar­la allí, en aq­ue­lla ha­bi­ta­ción y se­g­uir­la a casa y es­pe­rar a que re­ve­la­ra lo que sabía. Porque no había manera de que esa mujer guar­da­ra bien los se­cre­tos. Era de­ma­s­ia­do sin­ce­ra. Lo su­fi­c­ien­te­men­te sin­ce­ra como para causar pro­ble­mas. Pero lo dijo de todas formas.

—Porque de­be­ría ex­plo­rar. De­be­ría ex­plo­rar cada cen­tí­me­tro de sí misma y cada cen­tí­me­tro de su placer y fijar el rumbo de su futuro.

Ella abrió los labios cuando él se le acercó di­c­ien­do todo lo que no había ofre­ci­do a otra en otra época. En toda la vida.

Él se acercó y le­van­tó las manos len­ta­men­te, per­mi­t­ien­do que ella viera su mo­vi­m­ien­to. Dán­do­le tiempo para de­te­ner­lo. Al ver que no lo hizo, le quitó la más­ca­ra re­ve­lan­do sus gran­des y os­cu­ros ojos de­li­ne­a­dos con kohl.

—Pero no de­be­ría con­tra­tar a Nelson.

¿Qué estaba ha­c­ien­do?

Era la única opción.

«Men­ti­ra».

Hattie cogió la más­ca­ra con la mano libre y la bajó entre ellos. Se puso a ju­g­ue­te­ar con ella, y sus dedos lo ro­za­ron. Lo que­ma­ron.

—Será di­fí­cil en­con­trar otro hombre que me ayude sin que haya con­se­c­uen­c­ias.

—Le ase­gu­ro que no —dijo él in­cli­nán­do­se y ba­jan­do la voz.

—¿Pre­ten­de en­con­trar­me un hombre así? —Ella tragó saliva.

—No.

Hattie frun­ció el ceño y Whit le pasó el pulgar por las cejas varias veces, hasta que el ceño dejó de estar frun­ci­do. Trazó las líneas de su cara, el con­tor­no de sus pó­mu­los, la suave curva de su man­dí­bu­la. Su grueso labio in­fe­r­ior, tan suave como lo re­cor­da­ba.

—Tengo la in­ten­ción de ha­cer­lo yo.

Capítulo 5

Ya que había lle­ga­do al 72 de Shel­ton Street con la in­ten­ción de que la arr­ui­na­ran, Hattie de­be­ría haber con­si­de­ra­do la po­si­bi­li­dad de que el asunto de perder la vir­gi­ni­dad fuera pla­cen­te­ro.

Nunca lo había visto así. De hecho, siem­pre había pen­sa­do que sería un asunto poco tras­cen­den­tal. Algo ru­ti­na­r­io. Un medio para con­se­g­uir un fin. Pero, cuando aquel hombre la tocó, mis­te­r­io­so, guapo e in­q­u­ie­tan­te y más bien­ve­ni­do de lo que le gus­ta­ría ad­mi­tir, no pudo pensar en nada más que en los medios.

Medios muy pla­cen­te­ros.

Medios tan pla­cen­te­ros que se apro­p­ia­ron de todos sus pen­sa­m­ien­tos cuando él le su­gi­rió que podía ser quien la ayu­da­ra a perder su vir­gi­ni­dad.

Pero la com­bi­na­ción de un grave gru­ñi­do y una lenta ca­ri­c­ia con el pulgar sobre su labio in­fe­r­ior hizo que Hattie pen­sa­ra que podría hacer más que eso. Que podría que­mar­la. Que ella iba a per­mi­tír­se­lo, que aquel fuego la con­de­na­ría.

Y luego hizo que Hattie pen­sa­ra so­la­men­te una pa­la­bra: «Sí».

Había lle­ga­do con la pro­me­sa de en­con­trar un hombre ex­tre­ma­da­men­te mi­nu­c­io­so que de­mos­tra­ría ser un asis­ten­te es­te­lar. Pero ese hombre, con sus ojos ámbar que lo veían todo, con su tacto que lo en­ten­día todo, con su voz que lle­na­ba sus más os­cu­ros y se­cre­tos rin­co­nes, era más que un asis­ten­te.

Ese hombre era puro do­mi­n­io, del tipo que Hattie no había ima­gi­na­do, pero que ya no podía dejar de ima­gi­nar. Y se estaba ofre­c­ien­do a hacer re­a­li­dad todo lo que ella anhe­la­ba.

«Sí».

Estaba muy cerca. Era muy grande, lo su­fi­c­ien­te­men­te grande como para que ella se sin­t­ie­ra pe­q­ue­ña y guapa, lo bas­tan­te guapa como para que no pu­d­ie­ra pensar más que en una noche em­br­ia­ga­do­ra, in­cre­í­ble y ca­l­ien­te en aq­ue­lla fría ha­bi­ta­ción.

Él iba a be­sar­la. No a cambio de dinero, sino porque quería. «Im­po­si­ble». «Nadie nunca había…».

—¿Tú… —Él le des­li­zó la mano por el ca­be­llo ha­c­ien­do que aq­ue­lla idea se es­fu­ma­ra antes de asi­mi­lar­la. Si­len­c­io— … me ayu­da­rí­as… —Él con­tra­jo los dedos— … con… —La man­tu­vo como a una rehén con su con­tac­to y su si­len­c­io. Le estaba ha­c­ien­do ol­vi­dar lo que estaba pen­san­do, ¡mal­di­ción! La frase… ¿En qué estaba pen­san­do?— … eso?

—Te ayu­da­ría con todo —con­tes­tó él con un gru­ñi­do, un sonido que ella no habría en­ten­di­do si no es­tu­v­ie­ra tan em­be­le­sa­da. Si no es­tu­v­ie­ra tan an­s­io­sa por… todo.

Hattie cerró los ojos. ¿Cómo podía un hombre con­ver­tir solo dos letras en tanto placer? Se­gu­ra­men­te iba a be­sar­la. Así era como se em­pe­za­ba, ¿no? Pero no se movía. ¿Por qué no se movía? Se su­po­nía que debía mo­ver­se, ¿no?

Abrió los ojos de nuevo, él estaba allí, muy cerca, y la ob­ser­va­ba. La miraba. La veía. ¿Cuándo fue la última vez que al­g­u­ien la había visto? Se había pasado toda su vida siendo la mejor en el arte de es­con­der­se: nunca la veían.

Pero este hombre… la veía. Y des­cu­brió que lo odiaba tanto como le gus­ta­ba. No, lo odiaba más. No quería que él la viera. No quería que enu­me­rar sus in­con­ta­bles de­fec­tos. Sus me­ji­llas llenas, sus cejas de­ma­s­ia­do anchas y su nariz de­ma­s­ia­do grande. Su boca, que otro hombre com­pa­ró una vez, como si le es­tu­v­ie­ra ha­c­ien­do un favor, con la de un ca­ba­llo. Si aquel hombre veía todo eso, podría cam­b­iar de opi­nión.

—¿Po­de­mos em­pe­zar ya? —dijo Hattie con cierto des­ca­ro, ani­ma­da por aq­ue­llas ideas.

Un pro­fun­do gru­ñi­do de asen­ti­m­ien­to anun­ció su beso, un sonido tan glo­r­io­so como el choque de sus bocas cuando él posó sus labios sobre los de ella y le dio justo lo que ella quería. Más que eso. No de­be­ría ha­ber­le sor­pren­di­do la sen­sa­ción de te­ner­lo contra ella, lo había besado con va­len­tía en el ca­rr­ua­je antes de echar­lo, pero ese había sido su beso.

Este era de los dos.

Él tiró de ella in­cli­nán­do­la de tal manera que que­da­ron per­fec­ta­men­te em­pa­re­ja­dos, hasta que su her­mo­sa boca estuvo ali­ne­a­da con la de ella. Y en­ton­ces le en­ce­rró la cara entre las manos, le aca­ri­ció la me­ji­lla con el pulgar mien­tras asal­ta­ba su boca con pe­q­ue­ños besos, uno tras otro, una y otra vez, mien­tras ella creía en­lo­q­ue­cer. Él le cap­tu­ró el labio in­fe­r­ior y se lo lamió; su lengua ca­l­ien­te y áspera, con sabor como a limón azu­ca­ra­do le pro­vo­có…

«Hambre». Eso fue lo que sintió. Como si nunca hu­b­ie­ra comido antes y ahora se pre­sen­ta­se frente a ella un ban­q­ue­te sa­bro­so, solo para ella.

Aq­ue­llos la­me­ta­zos la vol­v­ie­ron sal­va­je. No sabía cómo so­por­tar­los. Cómo ma­ne­jar­los. Todo lo que sabía era que no quería que se de­tu­v­ie­ran.

Lo agarró por el abrigo para acer­car­lo, se apretó contra él, anhe­lan­do sentir el con­tac­to de aq­ue­llas manos en cada cen­tí­me­tro de su piel. Quería me­ter­se dentro de él. Lanzó un pe­q­ue­ño sus­pi­ro de frus­tra­ción que él en­ten­dió; sus brazos la ro­de­a­ron como si fueran de acero, y la le­van­tó, la forzó a en­tre­gar­se al tiempo que las manos de ella se des­li­za­ban sobre sus enor­mes hom­bros y al­re­de­dor de su cuello. Sobre los mús­cu­los tensos y muy ca­l­ien­tes.

Ella jadeó al sentir el calor de su cuerpo, y él se separó. ¿Se había de­te­ni­do? ¿Por qué se había de­te­ni­do?

—¡No! —Por Dios, ¿había dicho eso en voz alta?—. Es que… —Sus me­ji­llas se en­cen­d­ie­ron al ins­tan­te—. Eso es… —Él arqueó una ceja a modo de pre­gun­ta si­len­c­io­sa—. Pre­fe­ri­ría…

—Sé lo que pre­fe­ri­rí­as. Y te lo daré. Pero antes… —dijo aq­ue­lla bestia si­len­c­io­sa.

Re­cu­pe­ró el al­ien­to. Antes, ¿qué?

Whit le agarró la mano que tenía sobre su hombro; Hattie mostró su miedo a que se de­tu­v­ie­ra antes de que tu­v­ie­ran la opor­tu­ni­dad de em­pe­zar, mien­tras él la apar­ta­ba sin llegar sol­tar­la.

¿Qué estaba ha­c­ien­do? Él le giró la muñeca y posó los dedos en la línea de bo­to­nes del guante que le cubría el brazo.

—Es usted muy hábil con los bo­to­nes. —Lo miró. Él lanzó un gru­ñi­do con­cen­tra­do en su tarea—. Ni si­q­u­ie­ra tiene gancho para bo­to­nes —dijo ella con tor­pe­za y deseó poder re­ti­rar las pa­la­bras antes de que hu­b­ie­ran salido de su tonta boca.

Le quitó el guante que dejó a la vista la muñeca cu­b­ier­ta de man­chas de tinta, re­c­uer­do de su tarde en las ofi­ci­nas exa­mi­nan­do los libros de con­ta­bi­li­dad. Ella re­tor­ció la mano para ocul­tar aq­ue­llas feas marcas, pero él se lo im­pi­dió. En vez de eso, las es­tu­dió du­ran­te un mo­men­to, las aca­ri­ció con temor con su pulgar, como si que­ma­ran como una llama, antes de volver a poner la mano en su hombro. Sus dedos, ahora des­nu­dos, al­can­za­ron el lugar donde su cuello se en­con­tra­ba con la cálida piel de su nuca. De­ses­pe­ra­do por sentir sus dedos, soltó un gru­ñi­do de placer cuando la piel de ella rozó la de él. Se olvidó de la tinta.

—Antes, esto —dijo Whit.

Al­g­u­ien más debió re­pli­car, porque con se­gu­ri­dad no fue ella quien hundió los dedos en su pelo negro y rizado, ti­ran­do de él.

—¿Y ahora me darás lo que quiero? —exigió ella a la vez.

Pero fue ella quien lo re­ci­bió, su beso la re­cla­mó mien­tras des­li­za­ba una mano para apre­tar­la contra él, le le­van­tó un muslo hasta su cadera, apre­tán­do­le la es­pal­da contra el grueso poste de ébano.

Su lengua la aca­ri­ció, la in­va­dió, y ella la re­ci­bió con an­s­ie­dad, acom­pa­san­do sus mo­vi­m­ien­tos con los de él, apren­d­ien­do. Ab­sor­bién­do­lo todo. Debió de ha­cer­lo bien, porque él gruñó de nuevo —un sonido que le pa­re­ció un puro tr­iun­fo—, y se apretó contra ella, rudo y per­fec­to, en­ca­jan­do sus muslos, ha­c­ien­do que se fijara en un ex­tra­ño dolor justo allí, un dolor que, estaba segura, él podía curar. Ojalá él…

Le arrasó la boca con una mal­di­ción, una pa­la­bra que la atra­ve­só y la hizo sentir pro­vo­ca­do­ra, ma­ra­vi­llo­sa e in­men­sa­men­te po­de­ro­sa. Una pa­la­bra que no le hizo querer dejar de hacer lo que estaba ha­c­ien­do. Y no lo hizo, así que empujó sus ca­de­ras contra las de él de nuevo y au­men­tó la pre­sión, de­se­an­do que sus faldas de­sa­pa­re­c­ie­ran.

—¿Aquí? —su­su­rró Whit des­pués de su­bir­le la bar­bi­lla con el pulgar para le­van­tar­le el rostro y posar sus labios sobre la suave piel del cuello. Luego la besó desde la parte in­fe­r­ior de la man­dí­bu­la hasta la oreja. «Sí»—. Mmm. ¿Aquí? —Con­ti­nuó ba­jan­do por el cuello. Un viaje glo­r­io­so. Un de­li­c­io­so la­me­ta­zo. «Sí»—. ¿Más?

«Más». Se es­tre­chó contra él. ¿Había sol­ta­do un que­ji­do?

—Po­bre­ci­ta… —gruñó él. La apretó un poco más y elevó sus pies del suelo. «¿Cómo era tan fuerte?». No im­por­ta­ba. Le rozó el borde de su ves­ti­do, la tela estaba de­ma­s­ia­do tensa. De­ma­s­ia­do ti­ran­te. De­ma­s­ia­do apre­ta­da—. Esto parece in­có­mo­do. —Pasó la lengua sobre la curva ca­l­ien­te y llena de sus pechos, po­nién­do­los, si cabe, aún más ca­l­ien­tes; si cabe, aún más llenos. Ella jadeó.

—Hazlo. —Aq­ue­lla per­so­na, que no era Hattie, habló de nuevo. Él no dudó en obe­de­cer­la: la colocó sobre el alto borde de la cama y acercó sus po­de­ro­sos dedos al borde del cor­pi­ño. Ella abrió los ojos, miró hacia abajo y vio las fuer­tes manos de él sobre la bri­llan­te seda.

Re­gre­só la cor­du­ra. Se­gu­ra­men­te no era lo su­fi­c­ien­te­men­te fuerte para…

El ves­ti­do se rasgó como si fuese papel al con­tac­to con sus manos, el aire frío la atrapó, y en­ton­ces…

Fuego.

Labios. Lengua.

Placer.

No podía dejar de mirar. Nunca había visto nada pa­re­ci­do. El hombre más bello que hu­b­ie­ra visto jamás de­di­ca­do por com­ple­to a su placer. El aire salió de sus pul­mo­nes mien­tras lo miraba, sin saber qué era lo que más le gus­ta­ba: verlo o sen­tir­lo…

Verse a sí misma su­je­tán­do­lo por el pelo, atr­a­yén­do­lo. Guián­do­lo con sus manos para que le diera placer.

O el sonido de su ex­ci­ta­ción, de su deseo.

Había ido más allá de lo que había ima­gi­na­do. Aquel hombre había ido más allá de lo que ella había ima­gi­na­do. Al pen­sar­lo, lo atrajo de nuevo, sus dedos as­ie­ron su pelo, tiró de él hasta que vol­v­ie­ron a be­sar­se. Esta vez, sin em­bar­go, fue ella la que lamió sus labios. Fue él quien se abrió a ella. Ella la que saqueó. Él el que se so­me­tió.

Y fue glo­r­io­so.

Las manos mas­cu­li­nas lle­ga­ron a sus pechos, sus pul­ga­res bus­ca­ron sus eri­za­dos pe­zo­nes, que aca­ri­ció y pe­lliz­có hasta que ella jadeó y se re­tor­ció contra él, per­di­da en él.

Y ni si­q­u­ie­ra sabía su nombre.

La idea la pa­ra­li­zó.

«Ni si­q­u­ie­ra sé su nombre».

—Espera. —Se apartó de él, la­men­tan­do la de­ci­sión al se­gun­do, cuando la soltó sin du­dar­lo; su con­tac­to de­sa­pa­re­ció como si nunca hu­b­ie­ra exis­ti­do. Él dio un paso atrás.

Se cerró el cor­pi­ño sobre los pechos, que pro­tes­ta­ron, y cruzó los brazos, su hambre re­gre­só con un gran pin­cha­zo de dolor en todos aq­ue­llos lu­ga­res en que se habían tocado. Sus labios co­men­za­ron a hor­mi­g­ue­ar, su beso pa­re­cía un fan­tas­ma. Se lamió los labios y la mirada ámbar de él se posó en su boca. Tam­bién pa­re­cía ham­br­ien­to mien­tras la es­cu­cha­ba.

—No sé tu nombre.

—Bestia. —Por una vez, no dudó.

—¿Perdón? —Había es­cu­cha­do mal.

—Me llaman Bestia.

—Eso es… —Sa­cu­dió la cabeza. Buscó la pa­la­bra—. Ri­dí­cu­lo.

—¿Por qué?

—Porque… tú eres el hombre más guapo que he visto jamás. —Hizo una pausa—. Eres el hombre más per­fec­to que cual­q­u­ie­ra haya visto jamás. Em­pí­ri­ca­men­te ha­blan­do.

—No es normal que una dama diga cosas así. —Arqueó las cejas, alzó una mano y se la pasó por el ca­be­llo hasta llegar a la nuca. ¿Era po­si­ble que es­tu­v­ie­ra sin­t­ien­do ver­güen­za?

—Pero es que es obvio. Como el calor o la lluvia. Pero su­pon­go que la gente señala lo evi­den­te cada vez que te llaman con ese ab­sur­do apodo. Me ima­gi­no que se supone que es iró­ni­co.

—No lo es —dijo, ba­jan­do la mano.

—No lo en­t­ien­do. —Par­pa­deó.

—Lo harás.

—¿Lo haré? —La pro­me­sa la re­co­rrió cau­sán­do­le in­q­u­ie­tud.

—Los que me roban, los que ame­na­zan lo que es mío, ellos co­no­cen la verdad. —Se acercó de nuevo y le cubrió la me­ji­lla con la palma de la mano, ha­c­ien­do que ella qui­s­ie­ra en­tre­gar­se al calor de él.

Su co­ra­zón co­men­zó a ace­le­rar­se. Se re­fe­ría a Augie. Este no era un hombre que cas­ti­ga­ra a medias. Cuando fuera a por su her­ma­no, no ten­dría ningún reparo. Su her­ma­no era un ver­da­de­ro im­bé­cil, pero ella no quería que su­fr­ie­ra. O algo peor. No, lo que fuera que Augie hu­b­ie­ra hecho, lo que fuera que hu­b­ie­ra robado, ella se lo de­vol­ve­ría. Y en­ton­ces se dio cuenta de que el beso que aca­ba­ban de com­par­tir, la oferta que él le había hecho, no había sido porque la de­se­a­ra.

Había sido porque de­se­a­ba ven­gar­se.

«No ha sido por mí». Por su­p­ues­to que no.

Des­pués de todo, aquel hombre, con su pasión con­tro­la­da y su ob­ser­va­ción si­len­c­io­sa, no era el tipo de hombre que de­se­a­ra a Hen­r­iet­ta Sedley, sol­te­ro­na re­gor­de­ta con man­chas de tinta en las mu­ñe­cas.

No, a menos que ella pu­d­ie­ra en­tre­gar­le algo. Podía ser que aquel hombre no qui­s­ie­ra una dote, sin em­bar­go, algo de­se­a­ba.

Ignoró la pun­za­da de tris­te­za que la in­va­dió al en­ten­der­lo, fingió no notar el es­co­zor en los ojos ni el in­di­c­io de una emo­ción no de­se­a­da en su gar­gan­ta. Cruzó con más fuerza los brazos sobre el pecho y pasó por de­lan­te de él hasta donde se había dejado el chal.

Una vez en­v­uel­ta en la rica tela de color tur­q­ue­sa, se volvió hacia él, que miró al lugar donde el chal cubría el ves­ti­do des­ga­rra­do que ella misma le había exi­gi­do rasgar.

Hattie res­pi­ró hondo. Si podía decir una cosa, tam­bién podía decir otra.

—Me parece, señor, que usted pre­fe­ri­ría hablar de ne­go­c­ios. —El arqueó una de sus os­cu­ras cejas con cu­r­io­si­dad—. No negaré que sé quién ha tenido algo que ver con la «si­t­ua­ción» de esta noche. Los dos somos de­ma­s­ia­do in­te­li­gen­tes para jugar al gato y al ratón.

Él asin­tió con un gru­ñi­do.

—Iré a buscar lo que ha per­di­do. Se lo de­vol­ve­ré. Por un precio —le ofre­ció.

—Tu vir­gi­ni­dad. —La ob­ser­vó du­ran­te un largo ins­tan­te.

—Usted quiere un cas­ti­go; yo quiero un futuro. Hace dos horas, estaba pre­pa­ra­do para una es­pe­c­ie de tran­sac­ción, así que ¿por qué no ahora? —Hattie hizo un gesto de asen­ti­m­ien­to que él no res­pon­dió, así que le­van­tó la bar­bi­lla ne­gán­do­se a dejar que viera su de­cep­ción—. No hay ne­ce­si­dad de fingir que de­se­a­ba ha­cer­lo por la bondad de su co­ra­zón. No soy una in­ge­n­ua. Tengo ojos y un espejo.

Sin em­bar­go, lo había sido por un mo­men­to. Casi la había en­ga­ña­do para que hi­c­ie­ra ese papel.

—Y usted no es un ca­ba­lle­ro de bri­llan­te ar­ma­du­ra, an­s­io­so de cor­te­jar­me. —Si­len­c­io. Mal­di­to si­len­c­io—. ¿Verdad?

—No lo soy. —Whit se apoyó en el poste de la cama y cruzó los brazos.

El hombre podría al menos haber fin­gi­do. Pues no. No quería fingir. Pre­fe­ría la sin­ce­ri­dad.

—¿Y en­ton­ces? —La ob­ser­vó du­ran­te un largo rato; aq­ue­llos ojos in­fer­na­les que lo veían todo se ne­ga­ban a qui­tar­le la vista de encima —. ¿Quién eres?

—Hattie —dijo en­co­g­ien­do le­ve­men­te los hom­bros.

—¿Tienes un ape­lli­do?

—Todos te­ne­mos ape­lli­dos. —No iba a de­cír­se­lo.

—Mmm. —Hizo una pausa—. Así que me ofre­ces el nombre de mi ene­mi­go, aunque no el tuyo, a cambio de un polvo.

—Si piensa que me va a aco­bar­dar con su len­g­ua­je, no fun­c­io­na­rá. —No se es­can­da­li­zó por sus pa­la­bras—. Crecí en los mue­lles. —Había jugado en los apa­re­jos de los barcos de su padre.

—No eres del arroyo. —La miró en­tre­ce­rran­do los ojos—. ¿O sí? ¿Quién eres? —No se sor­pren­dió de que no le res­pon­d­ie­ra.

—No im­por­ta. El hecho es que me cre­c­ie­ron los dien­tes es­cu­chan­do el len­g­ua­je soez de los ma­ri­ne­ros y los es­ti­ba­do­res, así que no me sor­pren­de. —Apretó el chal con fuerza sobre su torso y es­tu­dió a aquel hombre, al que había en­con­tra­do atado en su ca­rr­ua­je, que pen­sa­ba que su her­ma­no era un ene­mi­go y que se lla­ma­ba a sí mismo Bestia. De manera iró­ni­ca.

De­be­ría irse. Ter­mi­nar la noche antes de que fuera más lejos. Volver en otro mo­men­to y re­a­nu­dar el Año de Hattie con otro hombre.

Pero no de­se­a­ba a otro hombre, no des­pués de que este la besara tan bien.

—No le daré un nombre. Pero le de­vol­ve­ré lo que haya per­di­do. —Iría a su casa, re­sol­ve­ría el papel de Augie en este asunto, re­co­ge­ría lo que fuera que le hu­b­ie­ra qui­ta­do a aquel hombre y se lo de­vol­ve­ría.

—Pro­ba­ble­men­te sea lo mejor.

—¿Por qué? —Alivio, luego in­cer­ti­dum­bre.

—Si me das el nombre, serás la res­pon­sa­ble cuando lo des­tru­ya.

Su co­ra­zón pal­pi­tó con aq­ue­llas pa­la­bras. Des­tr­uir a Augie era des­tr­uir el ne­go­c­io de su padre. Des­tr­uir su ne­go­c­io.

De­be­ría ter­mi­nar con aq­ue­llo. No volver a ver a aquel hombre. Ignoró la de­cep­ción que le causó la idea.

—Si no le in­te­re­sa mi oferta, en­ton­ces de­be­ría irse. Tengo una cita. —Tal vez aún pu­d­ie­ra salvar la noche.

No era que ella de­se­a­se a Nelson. No im­por­ta­ba. Era un medio para un fin.

—No. —Un mús­cu­lo se movió en la per­fec­ta y cua­dra­da man­dí­bu­la mas­cu­li­na.

—En­ton­ces, ¿qué?

—No estás en po­si­ción de ha­cer­me una oferta. —La al­can­zó una vez más, sus largos y cá­li­dos dedos se des­li­za­ron por su nuca, de­ses­ta­bi­li­zán­do­la lo su­fi­c­ien­te para que ella ap­o­ya­se las manos en su pecho para no caer—. Yo con­si­go todo… —Atrapó su res­pi­ra­ción con sus labios, en un firme y cálido tor­be­lli­no de placer. Rompió el beso—… lo que es mío —gruñó.

Lo que fuera que su her­ma­no hu­b­ie­se robado.

—Sí. —Ella se en­con­tró con sus labios de nuevo. Sus­pi­ró cuando sus len­g­uas se en­re­da­ron en una larga y lenta danza. Él se retiró—. Lo que es suyo. —Su vir­gi­ni­dad—. Sí —su­su­rró, po­nién­do­se de pun­ti­llas para otro beso.

—¿Y el nombre? —Casi se rindió a ella.

—No. —Nunca. Hattie sa­cu­dió la cabeza. Lo acer­ca­ría de­ma­s­ia­do a todo lo que le im­por­ta­ba.

—Yo no pierdo, amor. —Arqueó una de sus cejas os­cu­ras.

—¿Ne­ce­si­to re­cor­dar­te que te eché de un ca­rr­ua­je en marcha? Yo tam­po­co pierdo. —Ella sonrió, le des­li­zó las manos por el pelo y tiró de él para atra­er­lo. Lo besó pro­fun­da­men­te. Estaba dis­fru­tan­do al máximo.

No estaba segura de si él sentía o es­cu­cha­ba un es­tr­uen­do en su pecho. Tam­po­co estaba segura de que fuera una risa, pero quería que lo fuera cuando la le­van­tó en el aire y se volvió hacia la cama una vez más. «Para cum­plir con su trato».

La dejó en el col­chón y se in­cli­nó sobre ella para apo­de­rar­se de sus labios de nuevo; Hattie no pudo con­te­ner su sus­pi­ro de placer antes de que la sol­ta­ra y la besara en la me­ji­lla, junto a la oreja.

—¿Ne­ce­si­to re­cor­dar­te que te he en­con­tra­do? —su­su­rró él. Le rozó el lóbulo con los dien­tes y ella jadeó—. Una aguja en el pajar de Covent Garden.

—Casi una aguja. —Ella bri­lla­ba como un faro. Desde el prin­ci­p­io.

—Es­pe­ran­do a un hombre que cum­pl­ie­se tus… ¿cómo los lla­mas­te? ¿Re­q­ui­si­tos? —La ignoró.

Sus re­q­ui­si­tos habían cam­b­ia­do. Y él lo sabía.

—Me han dicho que Nelson es ex­tre­ma­da­men­te mi­nu­c­io­so.

Ella giró la cabeza, su mirada se en­con­tró con la de él, llena de fuego.

—Mmm… —dijo él—, pero yo te en­con­tré pri­me­ro.

—En­ton­ces es­ta­mos en paz. —Apenas re­co­no­ció sus pa­la­bras en­tre­cor­ta­das.

—Mmm… —La besó, pro­fun­da y mi­nu­c­io­sa­men­te, mo­v­ien­do sus manos hasta el chal que cubría su ves­ti­do ras­ga­do; ella con­tu­vo la res­pi­ra­ción, sa­b­ien­do lo que estaba por venir. Más besos. Más roce. Y todo lo demás. Todo.

Pero, antes de que pu­d­ie­ra desha­cer el nudo que la ocul­ta­ba, sonó un golpe claro y firme en la puerta.

Se que­da­ron in­mó­vi­les.

La puerta se abrió justo lo su­fi­c­ien­te para que una cabeza se aso­ma­ra. Lo su­fi­c­ien­te para que las pa­la­bras se co­la­ran.

—milady, su ca­rr­ua­je ha re­gre­sa­do.

«Mal­di­ción». Nora. ¿Ya habían pasado dos horas?

—Tengo que irme. —Lo empujó.

Bestia se movió al se­gun­do, se alejó de ella de­ján­do­le el es­pa­c­io que le había pedido y no quería.

—¿Vas a algún sitio? —Sacó los re­lo­jes del bol­si­llo y los revisó con tanta ra­pi­dez que Hattie se pre­gun­tó si sabía que lo había hecho.

—A casa.

—Qué es­c­ue­ta —dijo.

—No es­pe­ra­ba una con­ver­sa­ción bri­llan­te. —Hizo una pausa—. Aunque la con­ver­sa­ción no es algo que prac­ti­q­ues a menudo, ¿verdad? —Des­pués de un largo rato de si­len­c­io, sonrió, in­ca­paz de de­te­ner­se—. He dado en el clavo. —Cruzó la ha­bi­ta­ción, re­co­gió su capa y se volvió hacia él—. ¿Cómo te en­con­tra­ré? Para… —Co­brar­me. Casi dijo cobrar. Sus me­ji­llas se en­cen­d­ie­ron.

La co­mi­su­ra de su her­mo­sa boca se movió, apenas se elevó antes de volver a su lugar. Sabía lo que ella había estado pen­san­do, sin duda.

—Yo te en­con­tra­ré a ti —dijo él.

Era im­po­si­ble. Nunca la en­con­tra­ría en May­f­air. Pero ella podría volver al Garden. Lo haría. Se habían hecho pro­me­sas, des­pués de todo, y Hattie pre­ten­día que se cum­pl­ie­ran.

Pero no tenía tiempo de ex­pli­car­le todo aq­ue­llo. Nora estaba abajo, con el ca­rr­ua­je, y Covent Garden no era un buen lugar para pasar la noche. Augie sabría cómo en­con­trar­lo. Dejó que su son­ri­sa re­la­ja­ra su sem­blan­te.

—¿Se trata de otro reto, quizá?

Vio algo pa­re­ci­do a sor­pre­sa en sus ojos, ahu­yen­ta­da por otra cosa: ad­mi­ra­ción. Ella se alejó de él y puso la mano en la manija de la puerta mien­tras el placer la atra­ve­sa­ba. Placer, emo­ción y…

—Siento ha­ber­te tirado del ca­rr­ua­je —dijo, dán­do­se la vuelta.

—Yo no lo siento. —Su res­p­ues­ta fue ins­tan­tá­nea.

La son­ri­sa per­ma­ne­ció en sus labios mien­tras se abría camino por los os­cu­ros pa­si­llos del 72 de Shel­ton Street, el lugar donde había pen­sa­do em­pe­zar de nuevo. Para rei­vin­di­car­se a sí misma y re­cla­mar al mundo lo que le co­rres­pon­día por de­re­cho.

Tal vez lo había hecho. Aunque no de la manera que ella es­pe­ra­ba. Algo su­su­rra­ba en su in­te­r­ior. Algo que in­si­n­ua­ba li­ber­tad.

Hattie salió del edi­fi­c­io y se en­con­tró a Nora ap­o­ya­da en el coche, con la gorra sobre la frente y las manos en los bol­si­llos del pan­ta­lón. Sus dien­tes blan­cos bri­lla­ron cuando Hattie se acercó.

—¿Cómo ha ido? —Hattie se ade­lan­tó a su amiga al hablar.

—En­con­tré un dandi para una ca­rre­ra y le ali­ge­ré los bol­si­llos. —Nora se en­co­gió de hom­bros. Hattie sa­cu­dió la cabeza con una pe­q­ue­ña risa.

—¿Y lo tuyo? —Fingió estar es­can­da­li­za­da. Cuando Hattie se rio, Nora in­cli­nó la cabeza—. No me dejes con el sus­pen­se, ¿cómo fue?

—Muy ines­pe­ra­do. —Hattie eligió su res­p­ues­ta cui­da­do­sa­men­te mien­tras Nora abría la puerta del ca­rr­ua­je y des­ple­ga­ba el es­ca­lón.

—Eso es un gran elogio. ¿Cum­plió con tus re­q­ui­si­tos?

Hattie se detuvo al poner un pie en el es­ca­lón. «Cua­li­da­des». Se dio unas pal­ma­di­tas en los bol­si­llos de la falda.

—Oh, no…

—¿Qué? —Nora se in­cli­nó—. Hattie, has usado pro­tec­ción, ¿no? —su­su­rró con cierta dureza—. Me ase­gu­ra­ron que te darían.

—¡Nora! —Hattie apenas pudo decir su nombre. Estaba de­ma­s­ia­do ocu­pa­da en­tran­do en pánico. No tenía su lista. La re­cor­da­ba en la mano. Y en­ton­ces…

El hombre lla­ma­do Bestia la había besado.

Y había de­sa­pa­re­ci­do.

Se volvió y miró hacia las ven­ta­nas fe­liz­men­te ilu­mi­na­das del 72 de Shel­ton Street. Allí estaba, en una her­mo­sa y gran ven­ta­na ab­ier­ta del tercer piso. Ahora estaba ab­ier­ta al mundo, así que todos podían verlo, una sombra re­tr­oi­lu­mi­na­da, un es­pec­tro per­fec­to en la os­cu­ri­dad.

Le­van­tó su mano y pre­s­io­nó algo contra la ven­ta­na. Un rec­tán­gu­lo que iden­ti­fi­có al ins­tan­te.

«Bestia, en efecto».

—Llé­va­me con mi her­ma­no. —Se volvió hacia Nora. En­tre­ce­rró los ojos. Había ganado aquel asalto, y a Hattie no le im­por­ta­ba.

—¿Ahora? Es de noche.

—En­ton­ces, es­pe­re­mos no arr­ui­nar su sueño.

Capítulo 6

Lord August Sedley, hijo menor y único varón del conde de Che­ad­le, no estaba dor­mi­do cuando Hattie y Nora en­tra­ron en las co­ci­nas de Sedley House media hora des­pués. Estaba muy des­p­ier­to y san­gra­ba sobre la mesa de la cocina.

—¿Dónde has estado? —gimió Augie al ver entrar a Hattie y Nora en la ha­bi­ta­ción. Tenía un trapo en­san­gren­ta­do pegado a su muslo des­nu­do—. Te ne­ce­si­ta­ba.

—¡Oh, que­ri­do! —dijo Nora, nada más entrar la cocina—. ¡Augie no lleva pan­ta­lo­nes!

—Es una mala señal —co­men­tó Hattie.

—Tienes toda la razón, es un mal pre­sa­g­io. —Augie es­cu­pió su in­dig­na­ción—. ¡Me acu­chi­lla­ron y no es­ta­bas aquí, y nadie sabía dónde en­con­trar­te y he estado san­gran­do du­ran­te horas!

—¿Por qué no le pe­dis­te a Rus­sell que se en­car­ga­ra de ello? —Hattie apretó los dien­tes ante sus pa­la­bras, re­cor­dán­do­se que la exi­gen­c­ia era el estado na­tu­ral de Augie. Su her­ma­no tomó un trago de la bo­te­lla de whisky—. ¿Dónde está?

—Se fue.

—Por su­p­ues­to. —Hattie no di­si­mu­ló su dis­gus­to cuando fue a por un cuenco de agua y un trozo de tela. El ayuda de cámara de Augie, Rus­sell, a veces amigo, a veces hombre de armas, y siem­pre una plaga, era per­fec­ta­men­te inútil en el mejor de los casos—. ¿Por qué iba a que­dar­se si es­ta­bas san­gran­do por toda la mal­di­ta cocina?

—Sin em­bar­go, aún res­pi­ra —dijo Nora con tono burlón, mien­tras abría un ar­ma­r­io y cogía una pe­q­ue­ña caja de madera que dejó junto a Augie.

—Apenas —gruñó Augie—. Tuve que arran­car­me esa en­d­ia­bla­da cosa.

La mirada de Hattie se ilu­mi­nó al ver el im­pre­s­io­nan­te cu­chi­llo que había dejado a un lado de la mesa de roble. La hoja era de ocho pul­ga­das de largo, con un borde curvo que bri­lla­ría en la os­cu­ri­dad si no es­tu­v­ie­ra em­pa­pa­do en sangre.

Y si no es­tu­v­ie­ra em­pa­pa­do en sangre habría sido pre­c­io­so.

Sabía que tal pen­sa­m­ien­to no era apro­p­ia­do en aquel mo­men­to, pero aun así, Hattie lo pensó, quiso coger el arma y ca­li­brar su peso; nunca había visto algo tan es­tu­pen­do. Tan pe­li­gro­so y po­de­ro­so.

«Ex­cep­to el hombre al que per­te­ne­ce». Porque supo al ins­tan­te, sin duda, que aquel cu­chi­llo per­te­ne­cía al hombre que se lla­ma­ba a sí mismo Bestia.

—¿Qué ha pasado? —pre­gun­tó acer­cán­do­se con el tazón a la mesa para ins­pec­c­io­nar el muslo de Augie que aún san­gra­ba—. No de­be­rí­as ha­ber­te ex­tra­í­do el cu­chi­llo.

—Rus­sell dijo…

—No me im­por­ta. Rus­sell es un bruto y de­be­rí­as haber dejado el cu­chi­llo dentro. —Hattie sa­cu­dió la cabeza mien­tras lim­p­ia­ba la herida dis­fru­tan­do de los mal­di­tos que­ji­dos de su her­ma­no más de lo que de­be­ría. Golpeó dos veces la mesa—. Re­cués­ta­te.

—Estoy san­gran­do —se quejó Augie.

—Sí, ya lo veo —res­pon­dió Hattie—. Pero como estás cons­c­ien­te, para mí sería más fácil que es­tu­v­ie­ras tum­ba­do.

—¡Date prisa! —con­tes­tó Augie mien­tras se re­cos­ta­ba.

—Nadie te cul­pa­rá por to­mar­te tu tiempo —dijo Nora acer­cán­do­se con una lata de ga­lle­tas en la mano.

—¡Vete a casa, Nora! —dijo Augie.

—¿Por qué voy a ha­cer­lo cuando estoy dis­fru­tan­do tanto? —Le ex­ten­dió la lata de ga­lle­tas a Hattie—. ¿Qu­ie­res una?

Hattie sa­cu­dió la cabeza y se con­cen­tró en la lesión, ahora limpia.

—Tienes suerte de que la hoja es­tu­v­ie­ra tan afi­la­da. Esto se de­be­ría poder coser fá­cil­men­te. —Ex­tra­jo una aguja e hilo de la caja—. No te muevas.

—¿Dolerá?

—No más que el cu­chi­llo.

Nora se rio, y Augie frun­ció el ceño.

—Eso es cruel. —Un que­ji­do siguió a sus pa­la­bras cuando Hattie co­men­zó a cerrar la herida—. No puedo creer que el tipo diera en el blanco.

—¿Quién? —Hattie con­tu­vo el al­ien­to. «Bestia».

—Nadie —con­tes­tó su her­ma­no.

—No puede ser nadie, Aug —señaló Nora con la boca llena de biz­co­chos—. Tienes un buen agu­je­ro.

—Sí. Me he dado cuenta de eso —se quejó de nuevo mien­tras Hattie con­ti­n­ua­ba co­s­ien­do.

—¿En qué estás metido, Augie?

—En nada. —Su her­ma­na pre­s­io­nó la aguja con más fir­me­za en el si­g­u­ien­te punto—. ¡Mal­di­ta sea!

—¿En qué nos has metido a todos? —Clavó la mirada en la azul pálido de su her­ma­no.

Él la rehuyó. Gri­ta­ba cul­pa­ble. Porque lo que fuera que hu­b­ie­se hecho, lo que fuera que lo hu­b­ie­se puesto en pe­li­gro esa noche… los había puesto en pe­li­gro a todos. No solo a Augie. A su padre. Al ne­go­c­io.

A ella. Todos los planes que había hecho y todo lo que había puesto en marcha para el Año de Hattie: ne­go­c­ios, casa, for­tu­na, futuro. Y si el hombre con el que había hecho un trato estaba in­vo­lu­cra­do, ame­na­za­ba al resto. Su vir­gi­ni­dad.

La frus­tra­ción se apo­de­ró de ella y le en­tra­ron ganas de gritar, de sa­cu­dir­lo hasta que le dijera la verdad sobre qué había hecho para que le cla­va­ran un cu­chi­llo en el muslo. Que con­fe­sa­ra que había dejado a un hombre in­cons­c­ien­te en su ca­rr­ua­je. Y Dios sabía qué más.

Cosió otro punto. Y otro.

Se quedó ca­lla­da y se puso ner­v­io­sa.

No hacía ni seis meses, su padre había con­vo­ca­do a Augie y Hattie para in­for­mar­les de que ya no podía ma­ne­jar el ne­go­c­io que había con­ver­ti­do en un im­pe­r­io. El conde había en­ve­je­ci­do de­ma­s­ia­do para tra­ba­jar en los barcos, para ma­ne­jar a los hom­bres. Para vi­gi­lar los en­tre­si­jos del ne­go­c­io. Así que les ofre­ció la única so­lu­ción po­si­ble para un hombre con un título vi­ta­li­c­io y un ne­go­c­io que fun­c­io­na­ba: la he­ren­c­ia.

Ambos niños habían cre­ci­do entre la ar­bo­la­du­ra de los barcos Sedley; ambos habían pasado sus pri­me­ros años, antes de que le con­ce­d­ie­ran un título vi­ta­li­c­io a su padre, pi­sán­do­le los ta­lo­nes, apren­d­ien­do el ne­go­c­io de la na­ve­ga­ción. Ambos sabían izar una vela, a hacer un nudo. Pero solo uno de ellos había apren­di­do bien. De­sa­for­tu­na­da­men­te, era la chica.

Así que su padre le había dado a Augie la opor­tu­ni­dad de pro­bar­se a sí mismo y, du­ran­te los úl­ti­mos seis meses, Hattie había tra­ba­ja­do más duro que nunca para hacer lo mismo, para pro­bar­se a sí misma que era digna de asumir el con­trol del ne­go­c­io; todo, mien­tras Augie se dormía en los lau­re­les es­pe­ran­do su mo­men­to, cuando su padre de­ci­d­ie­ra en­tre­gar­le todo el ne­go­c­io sin otra razón que la de que Augie era un hombre, porque así es como debía ser. No había forma de cam­b­iar el ra­zo­na­m­ien­to del conde:

«Los hom­bres de los mue­lles ne­ce­si­tan una mano firme».

Como si Hattie no tu­v­ie­ra for­ta­le­za para ma­ne­jar­los.

«Los envíos ne­ce­si­tan un cuerpo capaz».

Como si Hattie fuera de­ma­s­ia­do blanda para el tra­ba­jo.

«Eres buena chica y con­ti­go al frente todo iría bien…».

Un cum­pli­do, aunque no fuese esa la in­ten­ción.

«… pero ¿y si apa­re­ce un hombre?».

Eso era lo más in­si­d­io­so. Que la se­ña­la­ra como una sol­te­ro­na era lo que re­sal­ta­ba el hecho de que las mu­je­res no tenían vida propia frente a cual­q­u­ier hombre.

Y peor aún, era lo que le indicó que su padre no creía en ella. Algo que, por su­p­ues­to, así era. No im­por­ta­ba cuán­tas veces le ase­gu­ra­ra que su vida era solo suya y que no bus­ca­ba ma­tri­mo­n­io.

«Eso no está bien, hija», decía el conde, vol­v­ien­do a su tra­ba­jo.

Hattie se había pro­p­ues­to de­mos­trar­le que estaba eq­ui­vo­ca­do. Había di­se­ña­do es­tra­te­g­ias para au­men­tar los in­gre­sos. Lle­va­ba los libros y re­gis­tros, y pasaba tiempo con los hom­bres en los mue­lles para que, cuando sur­g­ie­ra la opor­tu­ni­dad de gu­iar­los, con­f­ia­ran en ella… Y la si­g­u­ie­ran.

Y esa noche, había co­men­za­do el Año de Hattie. El año en que se ase­gu­ra­ría todo por lo que había tra­ba­ja­do tan duro. Solo ne­ce­si­ta­ba un poco de ayuda para po­ner­lo en marcha, una ayuda que pen­sa­ba que sería más fácil con­se­g­uir.

Tenía in­ten­ción de volver a casa para de­cir­le a su padre que el ma­tri­mo­n­io ya no en­tra­ba en sus planes. Que se había arr­ui­na­do a sí misma. No estaba con­ten­ta de haber re­gre­sa­do con su vir­gi­ni­dad in­tac­ta, pero es­ta­ría más que feliz de poder in­for­mar­le de que había en­con­tra­do un ca­ba­lle­ro ideal para en­car­gar­se de la si­t­ua­ción.

Bueno… Tal vez no fuera un ca­ba­lle­ro.

«Bestia».

El nombre le llegó en una oleada de cálido placer, to­tal­men­te ina­pro­p­ia­do y di­fí­cil de ig­no­rar. Pero lo manejó lo mejor que pudo.

In­clu­so él había sido un medio para un fin. Y, de alguna manera, Augie había sido apu­ña­la­do por el mismo hombre.

Dejó a su her­ma­no tran­q­ui­lo mien­tras ter­mi­na­ba de co­ser­lo y ven­dar­lo, un pro­ce­so que habría sido mucho más rápido si se hu­b­ie­ra que­da­do quieto y hu­b­ie­ra dejado de llo­ri­q­ue­ar. Lo dejó tran­q­ui­lo mien­tras se lavaba las manos en la pila y en­v­ia­ba a un sir­v­ien­te al bo­ti­ca­r­io en busca de hier­bas para evitar la fiebre.

Lo dejó tran­q­ui­lo cuando volvió a la mesa y cogió la em­pu­ña­du­ra del cu­chi­llo, bri­llan­te y negro, con un diseño pla­te­a­do que imi­ta­ba un panal in­crus­ta­do en su in­te­r­ior. Trazó con el dedo la hoja de metal.

Luego sopesó el cu­chi­llo, y miró a su her­ma­no de nuevo.

—¿Vas a de­cir­me en qué estás metido?

—¿Por qué ten­dría que ha­cer­lo? —Augie era el re­tra­to de la más arro­gan­te bra­vu­co­ne­ría.

—Porque lo en­con­tré.

—¿A quién? —Sus ojos se abr­ie­ron de par en par mien­tras lu­cha­ba por en­con­trar una res­p­ues­ta.

—Nos in­sul­tas a los dos con esa pre­gun­ta. Y lo solté.

—¿Por qué has hecho eso? —Augie se puso de pie ha­c­ien­do un gesto de dolor al ins­tan­te.

—Porque estaba en mi ca­rr­ua­je y te­ní­a­mos que ir a otro sitio.

—Creo que te re­f­ie­res a mi ca­rr­ua­je. —Augie frun­ció el ceño y luego miró a Nora.

—Si vamos a hablar con pro­p­ie­dad, en­ton­ces el ca­rr­ua­je no es de nin­gu­no de no­so­tros. Per­te­ne­ce a papá —añadió Hattie, in­dig­na­da por la frus­tra­ción.

—Pero me per­te­ne­ce­rá a mí —dijo Augie, re­a­fir­mán­do­se.

—Pero, por ahora, per­te­ne­ce a papá. —Hattie no dijo nada más. Nunca se le había ocu­rri­do que ella podría hacer un tra­ba­jo mejor en la ges­tión del ne­go­c­io. O que podría saber más sobre el ne­go­c­io que él. Nunca se le había ocu­rri­do que podría no re­ci­bir lo que de­se­a­ba en el mo­men­to pre­ci­so en que quería te­ner­lo.

—Y no te ha dado per­mi­so para usarlo cuando qu­ie­ras.

De hecho, sí, pero a Hattie no le in­te­re­sa­ba esa dis­cu­sión.

—Oh, ¿y a ti te ha dado per­mi­so para se­c­ues­trar hom­bres y de­jar­los atados en su in­te­r­ior?

Los dos mi­ra­ron a Nora des­pués de la pre­gun­ta.

—No os pre­o­cu­péis por mí. No estoy pres­tan­do aten­ción —dijo mien­tras se ale­ja­ba para llenar la tetera.

—No iba a de­jar­lo ahí.

—¿Qué ibas a hacer con él? —pre­gun­tó Hattie gi­rán­do­se hacia él.

—No lo sé.

—¿Ibas a ma­tar­lo? —re­pli­có ante la va­ci­la­ción de su her­ma­no, re­cu­pe­ran­do el al­ien­to.

—¡No lo sé!

Su her­ma­no era muchas cosas, pero un tipo con una mente ma­es­tra para el crimen no.

—¡Dios mío, Augie…! ¿En qué estás metido? ¿Crees que un hombre así sim­ple­men­te de­sa­pa­re­ce­ría, mo­ri­ría y nadie ven­dría a bus­car­te? —Hattie con­ti­nuó—: ¡Tienes mucha suerte, tan solo lo no­q­ue­as­te! ¿En qué es­ta­bas pen­san­do?

—¡Estaba pen­san­do en que me había cla­va­do un cu­chi­llo! —Señaló a su muslo ven­da­do—. ¡El que tienes en la mano!

—No hasta que fuiste a por él. —Apretó los dedos al­re­de­dor de la em­pu­ña­du­ra y sa­cu­dió la cabeza. Él no lo negó—. ¿Por qué? —No res­pon­dió. Dios la li­bra­ra de los hom­bres que de­ci­dí­an usar el si­len­c­io como un arma. Re­so­pló llena de frus­tra­ción—. Me parece que te lo me­re­cí­as, Augie. No parece el tipo de hombre que va por ahí apu­ña­lan­do a gente que no lo merece.

Se hizo el si­len­c­io, el único sonido en la ha­bi­ta­ción era el del fuego que ca­len­ta­ba la tetera de Nora.

—Hattie… —Ella cerró los ojos y evitó la mirada de su her­ma­no—. ¿Qué sabes tú de la clase de hombre que es?

—He ha­bla­do con él.

Más que eso.

«Lo he besado».

—¿Qué? —Augie se le­van­tó de la mesa con un gesto de dolor—. ¿Por qué?

«Porque me dio la gana».

—Bueno, me sentí bas­tan­te ali­v­ia­da de que no es­tu­v­ie­ra muerto, August.

—No de­be­rí­as haber hecho eso. —Augie ignoró la ad­ver­ten­c­ia en sus pa­la­bras.

—¿Quién es? —Volvió a pre­gun­tar ella y esperó.

—No de­be­rí­as ha­ber­lo hecho —con­tes­tó él mien­tras ca­mi­na­ba por la cocina.

—¡Augie! —dijo ella con fir­me­za para llamar su aten­ción—. ¿Quién es?

—¿No lo sabes?

—Sé que se llama a sí mismo Bestia. —Sa­cu­dió la cabeza.

—Así es como todos lo llaman. Y su her­ma­no es Diablo.

Nora tosió.

—Pen­sa­ba que no es­ta­bas es­cu­chan­do. —Hattie la miró.

—Por su­p­ues­to que estoy es­cu­chan­do. Esos nom­bres son ri­dí­cu­los.

—De ac­uer­do. Nadie se llama Bestia o Diablo salvo en una novela gótica. Y aun así… —Hattie asin­tió.

—Estos dos se llaman así. Son her­ma­nos y cri­mi­na­les. Aunque no de­be­ría tener que de­cír­te­lo, con­si­de­ran­do que me apu­ña­ló. —Augie no tenía pa­c­ien­c­ia para las bromas.

—¿Qué clase de cri­mi­na­les? —pre­gun­tó Hattie, in­cli­nan­do la cabeza.

—¿Qué clase de…? —Augie miró al techo—. ¡Dios, Hattie! ¿Im­por­ta?

—Aunque no fuera así, me gus­ta­ría saber la res­p­ues­ta —dijo Nora desde su lugar junto al fogón.

—Con­tra­ban­dis­tas. Los Bas­tar­dos Ba­rek­nuck­le.

Hattie sus­pi­ró. Puede que no su­p­ie­ra cómo se lla­ma­ban, pero co­no­cía a los Bas­tar­dos Ba­rek­nuck­le, los hom­bres más po­de­ro­sos del este de Lon­dres, y po­si­ble­men­te tam­bién del resto de Lon­dres. Se ha­bla­ba de ellos en los Dock­lands, movían la carga de sus barcos al amparo de la noche y pa­ga­ban una prima a los es­ti­ba­do­res más fuer­tes.

—Tam­bién es un nombre ri­dí­cu­lo —dijo Nora mien­tras servía su té—. ¿Quié­nes son?

—Son tra­fi­can­tes de hielo —co­men­tó Hattie mi­ran­do a su her­ma­no.

—Con­tra­ban­dis­tas de hielo —la co­rri­gió él—. Y tam­bién de brandy y bour­bon y muchas cosas más. Sedas, cartas, dados... Cual­q­u­ier cosa por la que Gran Bre­ta­ña cobre un im­p­ues­to, la mueven sin que la Corona lo sepa. Y se han ganado los apodos que vo­so­tras dos creéis que son es­tú­pi­dos. Diablo es el agra­da­ble de los dos, pero te corta la cabeza rá­pi­da­men­te si piensa que has hecho algo al margen de ellos en Covent Garden. Y Bestia… —Hattie se acercó du­ran­te la pausa de Augie—. Dicen que Bestia es…

Se quedó en si­len­c­io, pa­re­cía ner­v­io­so.

Pa­re­cía asus­ta­do.

—¿Qué? —dijo Hattie, de­ses­pe­ra­da por que ter­mi­na­se. Como él no res­pon­dió, le pinchó con una broma—. ¿El rey de la selva?

—Dicen que si va a por ti, no des­can­sa hasta que te en­c­uen­tra —con­tes­tó mi­rán­do­la a los ojos.

Un es­ca­lo­frío la atra­ve­só al oír aq­ue­llas las pa­la­bras. Por la verdad que había en ellas.

«Te en­con­tra­ré», había dicho.

Era una ex­ce­len­te pro­me­sa y una te­rri­ble ame­na­za.

—Augie, si lo que dices es verdad…

—Lo es.

—En­ton­ces, ¿qué te hace pensar que puedes en­fren­tar­te a tales hom­bres? ¿Que po­drí­as ro­bar­les? ¿Que po­drí­as ha­cer­les daño?

Por un mo­men­to, pensó que él se ne­ga­ría a con­tes­tar la pre­gun­ta, ante la su­ge­ren­c­ia de que no era rival para ellos. No lo era. Había pocos hom­bres en el mundo que se pu­d­ie­ran com­pa­rar con el que ella había co­no­ci­do horas antes. Y eso sin saber que lle­va­ba un cu­chi­llo.

Augie pa­re­cía sa­ber­lo. Porque, en vez de mos­trar bra­vu­co­ne­ría mas­cu­li­na, bajó la voz y dijo:

—Ne­ce­si­to ayuda.

—Por su­p­ues­to que la ne­ce­si­tas. —El co­men­ta­r­io sar­cás­ti­co llegó del fogón.

—Cá­lla­te, Nora —dijo Augie—. Esto no es asunto tuyo.

—Tam­po­co de­be­ría serlo de Hattie —señaló Nora—. Y, sin em­bar­go, aquí es­ta­mos.

—¡Parad! ¡Los dos! —Hattie le­van­tó una mano.

Lo hi­c­ie­ron, mi­la­gro­sa­men­te.

—Habla. —Se volvió hacia Augie.

—Perdí un car­ga­men­to.

Hattie frun­ció el ceño y repasó los dia­r­ios de a bordo que había dejado en su es­cri­to­r­io ese día. No fal­ta­ba ningún envío en los re­gis­tros de su padre.

—¿Qué qu­ie­res decir con «perder»?

—¿Re­c­uer­das los tu­li­pa­nes? —Sa­cu­dió la cabeza. No había habido tu­li­pa­nes en un car­ga­men­to desde… —. Fue en verano —añadió.

El barco había lle­ga­do car­ga­do con bulbos de tu­li­pa­nes recién lle­ga­dos de Am­be­res, ya mar­ca­dos para las pro­p­ie­da­des de toda Gran Bre­ta­ña. Augie había sido res­pon­sa­ble de la carga y la en­tre­ga. La pri­me­ra que había su­per­vi­sa­do des­pués de que su padre anun­c­ia­ra su plan de tras­pa­sar el ne­go­c­io. La pri­me­ra vez que su padre había in­sis­ti­do en que Augie di­ri­g­ie­ra una ope­ra­ción de prin­ci­p­io a fin para de­mos­trar su temple.

—Los perdí.

—¿Dónde? —No tenía sen­ti­do. Había visto el envío mar­ca­do como des­car­ga­do en los libros. El trans­por­te por tierra había sido mar­ca­do como com­ple­ta­do.

—Pensé… —Sa­cu­dió la cabeza—. No sabía que tenían que ser en­tre­ga­dos in­me­d­ia­ta­men­te. Lo pos­pu­se. No pude en­con­trar los hom­bres para hacer el tra­ba­jo cuando llegó. Es­ta­ban tra­ba­jan­do en otra carga, así que los dejé apar­ta­dos.

—En el al­ma­cén —dijo ella, y su her­ma­no asin­tió. —En la muerte del verano lon­di­nen­se. —El húmedo verano lon­di­nen­se.

Otro asen­ti­m­ien­to.

—¿Cuánto tiempo? —pre­gun­tó Hattie con un sus­pi­ro.

—No lo sé. ¡Por el amor de Dios, Hattie, no era carne de vacuno. Eran unos mal­di­tos tu­li­pa­nes! ¿Cómo iba a saber que se pu­dri­rí­an?

—¿Y luego qué? —Hattie pen­sa­ba que había mos­tra­do una in­men­sa mo­de­ra­ción porque, en re­a­li­dad, quería decir: «Sa­brí­as que se pu­dri­rí­an si le hu­b­ie­ses pres­ta­do una pizca de aten­ción al ne­go­c­io».

—Sabía que ten­drí­a­mos que de­vol­ver el pago a los cl­ien­tes, y sabía que padre se pon­dría fu­r­io­so. —Su padre se habría eno­ja­do y habría hecho bien al ha­cer­lo. Una bodega llena de buenos tu­li­pa­nes ho­lan­de­ses valía al menos diez mil libras. Per­der­las les habría cos­ta­do pres­ti­g­io y dinero.

Pero no lo habían per­di­do. De alguna manera, Augie lo había ocul­ta­do. El miedo se le agarró al es­tó­ma­go.

—Augie…, ¿qué hi­cis­te?

—Se su­po­nía que solo iba a ser una vez. —Sa­cu­dió la cabeza mi­ran­do a los pies.

Hattie se volvió hacia Nora, que había re­nun­c­ia­do a cual­q­u­ier pre­ten­sión de no pres­tar aten­ción. Cuando su amiga se en­co­gió de hom­bros, se volvió hacia su her­ma­no.

—¿Qué se supone que solo debía ser una vez? —dijo.

—Tuve que de­vol­ver el dinero a los cl­ien­tes. Sin que papá lo des­cu­br­ie­se. Y luego, en­con­tré una salida. —Miró hacia arriba bus­can­do sus ojos—. Me en­con­tré con su ruta de en­tre­ga.

«Se llevó algo mío», esas habían sido las pa­la­bras de Bestia.

Nora soltó una suave mal­di­ción.

—Le ro­bas­te —dijo Hattie con­te­n­ien­do el al­ien­to.

—Fue solo…

—¿Cuán­tas veces? —No lo dejó ter­mi­nar.

—Pagué la deuda con el pri­me­ro —con­fe­só.

—Pero no te de­tu­vis­te. —Augie abrió la boca. La cerró. Por su­p­ues­to que no se había de­te­ni­do. Ahora era ella la que mal­de­cía—. ¿Cuán­tas veces?

—Esta noche fue la cuarta —dijo mos­tran­do el miedo en sus ojos.

—Cuatro veces. —Hizo una mueca—. Les has robado cuatro veces… Es un mi­la­gro que no te hayan matado.

—Espera —dijo Nora desde el otro lado de la cocina—, ¿cómo so­me­tis­te a ese hombre?

—¿Qué sig­ni­fi­ca eso? —Él frun­ció el ceño.

—Augie, ese hombre es el doble de grande que tú y te clavó un cu­chi­llo en el muslo —señaló Nora mien­tras le echaba una mirada.

—Rus­sell lo noqueó —ad­mi­tió, algo be­li­ge­ran­te.

Por su­p­ues­to que aq­ue­llos dos habían pro­vo­ca­do un nuevo de­sas­tre. Y ahora, como siem­pre, le tocaba a Hattie re­sol­ver­lo.

—De­be­ría ser ilegal si­q­u­ie­ra que os ha­bla­s­eis. Os hacéis menos in­te­li­gen­tes el uno al otro. —Miró al techo con la mente ace­le­ra­da y luego sus­pi­ró—. Lo has com­pli­ca­do todo.

—Lo sé —dijo su her­ma­no, y se pre­gun­tó si re­al­men­te lo sabía.

—¿Qué me di­jis­te de él? ¿de Bestia?

Augie la miró a los ojos y ella vio pre­o­cu­pa­ción en ellos.

—Viene a por ti, Augie. Es un mi­la­gro que no te haya en­con­tra­do to­da­vía. Pero lo que has hecho esta noche ha sido in­men­sa­men­te es­tú­pi­do. ¿Qué te llevó a atarlo? ¡Y en el ca­rr­ua­je, por el amor de Dios!

—No estaba pen­san­do. Me aca­ba­ban de apu­ña­lar. Y Rus­sell…

—¡Ah, sí. Rus­sell! —lo in­te­rrum­pió—. Él tam­bién está aca­ba­do. Ponle fin a esto ya. No ven­de­re­mos otra gota de su carga. ¿Dónde está el car­ga­men­to que ro­bas­te esta noche?

—Rus­sell se lo ha lle­va­do a nues­tro com­pra­dor.

—Otro bri­llan­te mo­vi­m­ien­to tác­ti­co, sin duda. ¿Quién es? —Ella alzó una ceja.

—No quiero que te in­vo­lu­cres en esto. —Si era po­si­ble, su her­ma­no se puso aun más pálido.

—Como si no es­tu­v­ie­ra ya in­vo­lu­cra­da hasta el fondo por tu culpa.

—No tienes ni idea de lo pro­fun­do que es. Ese tipo no está cuerdo. —Augie sa­cu­dió la cabeza.

—¿Ahora qu­ie­res con­ver­tir­te en el es­pí­ri­tu pro­tec­tor de la fa­mi­l­ia? —Hattie re­sis­tió el im­pul­so de gritar—. Su­pon­go que de­be­ría estar agra­de­ci­da de que nues­tro ene­mi­go más in­me­d­ia­to sea sim­ple­men­te ven­ga­ti­vo y no un loco.

—Lo siento —dijo Augie.

—No, no lo sien­tes —re­pli­có Hattie—. Si tu­v­ie­ra que adi­vi­nar, estoy segura de que estás feliz de que esté dis­p­ues­ta a arre­glar esto. Y puedo arre­glar­lo.

—¿Puedes? —pre­gun­tó Augie, ya más cal­ma­do.

—Puedo —dijo ella vi­s­ua­li­zan­do el plan. El camino hacia ade­lan­te. Y luego, su camino—. Puedo.

—¿Cómo? —No era la peor pre­gun­ta del mundo. Hattie miró a Nora, cuyas cejas es­ta­ban tan ar­q­ue­a­das que casi ro­za­ban la línea de cre­ci­m­ien­to de su ca­be­llo, como res­p­ues­ta si­len­c­io­sa a la pre­gun­ta de Augie.

—Ha­re­mos un trato por la carga. Com­par­ti­re­mos los in­gre­sos de nues­tros envíos hasta que aca­be­mos de pa­gár­se­la. —Hattie en­de­re­zó sus hom­bros más segura de sí misma que nunca.

—No será su­fi­c­ien­te.

—Lo será. —Ella haría que lo fuera. Le ase­gu­ra­ría que no habría más robos. Y le daría los in­gre­sos. Con in­te­re­ses. Si era un hombre de ne­go­c­ios, re­co­no­ce­ría que era un buen ne­go­c­io en cuanto se lo dijera. Matar a Augie no le de­vol­ve­ría la carga per­di­da y haría caer a la Corona sobre su cabeza, algo que a los con­tra­ban­dis­tas no les gus­ta­ría.

El dinero era real. Ella lo con­ven­ce­ría.

—No te metas en esto —señaló mien­tras miraba a los ojos a su her­ma­no.

—No lo co­no­ces, Hattie.

—He hecho un trato con él.

—¿Qué clase de trato? —Augie se quedó pa­ra­li­za­do.

—Sí, ¿qué clase de trato? —re­pi­tió Nora cur­van­do los labios como mues­tra de di­ver­sión.

—Nada serio.

«No estás en po­si­ción de ha­cer­me una oferta. Yo con­si­go todo lo que es mío».

Un cos­q­ui­lleo de placer re­co­rrió a Hattie al re­cor­dar lo que había acep­ta­do, aunque aún que­da­ba la pro­me­sa de la última re­tri­bu­ción. El calor de su beso. La pro­me­sa de su tacto.

—Hattie, si ac­ce­dió a verte de nuevo, lo que sea que haya dicho, debes saber que no es por ti —dijo Augie, in­te­rrum­p­ien­do sus pen­sa­m­ien­tos.

Es­con­dió la de­cep­ción que le pro­vo­có aq­ue­lla afir­ma­ción. Augie no se eq­ui­vo­ca­ba. Hom­bres como el que había co­no­ci­do esa noche, hom­bres como Bestia, no eran para mu­je­res como ella. No se fi­ja­ban en mu­je­res como Hattie. Se fi­ja­ban en her­mo­sas fé­mi­nas con cuer­pos pe­q­ue­ños y del­ga­dos y de­li­ca­dos tem­pe­ra­men­tos. Ya lo sabía.

Lo sabía, pero aun así…, la sin­ce­ri­dad sin fil­tros sobre su falta de atrac­ti­vo le mo­les­ta­ba.

Apagó el dolor con una car­ca­ja­da, como hacía siem­pre.

—Lo sé, Augie. Y ahora sé lo que busca. Al idiota de mi her­ma­no. —Dis­fru­tó más de lo que de­be­ría de la pre­o­cu­pa­ción que bañó la cara de Augie—. Pero tengo la in­ten­ción de que man­ten­ga nues­tro ac­uer­do. Y para ello, tendrá que acep­tar nues­tra oferta.

—Iré con­ti­go.

—¡No! —Lo último que ne­ce­si­ta­ba era que Augie la acom­pa­ña­ra y lo es­tro­pe­a­ra todo—. ¡No!

—Al­g­u­ien tiene que ir con­ti­go. No sale de Covent Garden.

—En­ton­ces iré a Covent Garden —dijo.

—No es lugar para las damas —le re­cor­dó Augie.

Si había cinco pa­la­bras que ca­ta­pul­ta­ran a una mujer al mo­vi­m­ien­to, se­gu­ra­men­te eran aq­ue­llas.

—¿Ne­ce­si­to re­cor­dar­te que crecí entre los apa­re­jos de los barcos de carga?

—Hará lo que sea ne­ce­sa­r­io para cas­ti­gar­me. Y tú eres mi her­ma­na. —Augie in­ten­tó cam­b­iar el rumbo de la con­ver­sa­ción.

—No lo sabe. Ni lo sabrá —dijo ella—. Dis­pon­go de esa ven­ta­ja.

¿No se habían se­pa­ra­do con ese de­sa­fío? ¿No debía uno en­con­trar al otro? Y ahora…, ella sabía cómo en­con­trar­lo. El placer la re­co­rrió. El tr­iun­fo. Algo pe­li­gro­sa­men­te cer­ca­no al re­go­ci­jo.

—¿Y si Bestia te hace daño?

—No lo hará. —Eso lo sabía. Podría bur­lar­se de ella, ten­tar­la, po­ner­la a prueba. Pero no le haría daño.

Augie con­sin­tió in­va­di­do de alivio. Por su­p­ues­to que se sentía ali­v­ia­do. Ella estaba a punto de arre­glar el de­sas­tre que él había pro­vo­ca­do. Como siem­pre.

—Está bien —exhaló él.

—Augie… —Su her­ma­no le­van­tó la mirada y ella se detuvo con el co­ra­zón pal­pi­tan­do—. Si hago esto… —La sos­pe­cha cruzó la cara de Augie, pero no dijo nada—. … Si salvo tu pe­lle­jo, en­ton­ces harás algo por mí.

—¿Qué es lo que qu­ie­res? —Augie frun­ció el ceño

—No es lo que quiero, August. Es lo que tú fe­liz­men­te me en­tre­ga­rás.

—Venga, vamos.

«Ahora o nunca. Tómalo. Le di­jis­te a Bestia que tú tam­po­co per­dí­as. Hazlo».

—Le dirás a nues­tro padre que no qu­ie­res ocu­par­te del ne­go­c­io. —Los ojos de Augie se abr­ie­ron de par en par mien­tras Nora sol­ta­ba un sil­bi­do que Hattie ignoró; la frus­tra­ción y la de­ter­mi­na­ción y el tr­iun­fo la in­va­d­ie­ron, todo a la vez—. Le dirás que me lo en­tre­g­ue a mí.

Pa­re­cía que ese día sí que iba a ser el inicio del Año de Hattie, des­pués de todo.

Capítulo 7

La tarde si­g­u­ien­te, mien­tras el sol se hundía por el oeste, Whit se en­con­tra­ba en la pe­q­ue­ña y si­len­c­io­sa en­fer­me­ría, en lo pro­fun­do de la Co­lo­n­ia de Covent Garden, vi­gi­lan­do al chico que había sido tras­la­da­do allí des­pués del ataque al car­ga­men­to.

La ha­bi­ta­ción, llena de luz dorada, estaba me­ti­cu­lo­sa­men­te limpia en com­pa­ra­ción con el mundo ex­te­r­ior, un mundo donde rei­na­ba la su­c­ie­dad y eso de­be­ría ha­ber­le pro­por­c­io­na­do una pizca de paz.

No fue así.

Había ido in­me­d­ia­ta­men­te a la co­lo­n­ia des­pués de salir del 72 de Shel­ton Street… Había ido a ver a aquel chico, Jamie, que estaba en el suelo cuando lo no­q­ue­a­ron, bañado en su propia sangre. In­clu­so cuando había per­di­do el co­no­ci­m­ien­to, algo que lo en­fu­re­cía. Nadie hería a los hom­bres de los Bas­tar­dos Ba­rek­nuck­le y so­bre­vi­vía para con­tar­lo.

Su co­ra­zón se ace­le­ró con el re­c­uer­do y no se fijó en que la puerta de la ha­bi­ta­ción se abría y un joven doctor con gafas en­tra­ba y se acer­ca­ba mien­tras se secaba las manos.

—Lo he sedado —dijo el doctor, arran­cán­do­lo de sus pen­sa­m­ien­tos—. No se des­per­ta­rá du­ran­te horas. No es ne­ce­sa­r­io que es­pe­res aquí.

Pero él ne­ce­si­ta­ba ha­cer­lo. Pro­te­gía a los suyos.

Los Bas­tar­dos Ba­rek­nuck­le rei­na­ban en el re­tor­ci­do la­be­rin­to de Covent Garden, más allá de las ta­ber­nas y de la se­gu­ri­dad de los te­a­tros para los ri­ca­cho­nes de Lon­dres, donde nada era seguro para los fo­ras­te­ros. Había lle­ga­do a la co­lo­n­ia junto con su medio her­ma­no y la chica que lla­ma­ban her­ma­na, y habían apren­di­do a pelear como perros por cual­q­u­ier cosa que ne­ce­si­ta­sen. Las peleas se habían con­ver­ti­do en algo na­tu­ral, y así habían lle­ga­do a lo más alto. Mon­ta­ron un ne­go­c­io y arras­tra­ron al resto de la co­lo­n­ia con ellos. Con­tra­ta­ron a los hom­bres y mu­je­res del ve­cin­da­r­io para tra­ba­jar en sus in­nu­me­ra­bles em­pre­sas: sir­v­ien­do pas­te­les en las ta­ber­nas, en­car­gán­do­se de las ap­ues­tas en los cír­cu­los de las peleas, des­c­uar­ti­zan­do ganado, cur­t­ien­do cueros y trans­por­tan­do la carga que lle­ga­ba en los barcos dos veces al mes.

Si no se hu­b­ie­ran ase­gu­ra­do la le­al­tad de los ha­bi­tan­tes del Garden desde niños, el dinero lo habría hecho. La co­lo­n­ia de los Bas­tar­dos era co­no­ci­da en todo Lon­dres como un lugar que pro­por­c­io­na­ba tra­ba­jo ho­nes­to por un buen sa­la­r­io y en con­di­c­io­nes se­gu­ras, bajo el amparo de un trío de per­so­nas que se habían hecho a sí mismas desde la su­c­ie­dad de las calles de Covent Garden.

Allí, los Bas­tar­dos eran reyes. Re­co­no­ci­dos y ve­ne­ra­dos in­clu­so más que el propio mo­nar­ca, ¿y por qué no? El otro lado de Lon­dres podría ser el otro lado del mundo para los que cre­cí­an en la co­lo­n­ia.

Pero ni si­q­u­ie­ra un rey podía man­te­ner a raya a la muerte.

El joven que yacía in­cons­c­ien­te era casi un niño y había re­ci­bi­do una bala por ellos. Por eso se en­con­tra­ba en una ha­bi­ta­ción im­po­lu­ta y blanca entre unas sá­ba­nas im­po­lu­tas y blan­cas, en manos del des­ti­no; porque él había lle­ga­do de­ma­s­ia­do tarde para pro­te­ger­lo.

«Siem­pre es de­ma­s­ia­do tarde».

Se metió una mano en el bol­si­llo, y sus dedos fro­ta­ron el metal ca­l­ien­te de un reloj y, luego, el del otro.

—¿Vivirá?

—Quizás. —El doctor lo miró desde la mesa del rincón de la ha­bi­ta­ción donde mez­cla­ba un tónico.

Whit gruñó, se clavó con fuerza una mano en un cos­ta­do e hizo una mueca de dolor. ¡Mal­di­ta vida! Había estado tan cerca la noche an­te­r­ior que, si hu­b­ie­ra des­per­ta­do junto al ene­mi­go, podría ha­ber­se co­bra­do su ven­gan­za.

Pero en cambio había re­cu­pe­ra­do el co­no­ci­m­ien­to junto a aq­ue­lla mujer, Hattie, de­se­o­sa de ex­pe­ri­men­tar en un burdel mien­tras sus hom­bres aca­ba­ban lu­chan­do por su vida en las manos de un ci­ru­ja­no. Y luego se había negado a darle un nombre.

Miró la si­l­ue­ta ya­cen­te; la cama, de alguna manera, hacía a Jamie más pe­q­ue­ño y frágil de lo que era en re­a­li­dad, cuando se reía con sus ca­ma­ra­das y le gui­ña­ba un ojo a las chicas bo­ni­tas que pa­sa­ban a su lado.

Hattie le aca­ba­ría dando el nombre del hombre al que pro­te­gía, el que le había robado, el que ame­na­za­ba lo que era suyo. El que tra­ba­ja­ba con su ver­da­de­ro ene­mi­go y al que él di­ri­gi­ría toda la fuerza de su ira para que su­fr­ie­ra.

Estaba en­fu­re­ci­do por Jamie y por todos aq­ue­llos que es­ta­ban bajo su pro­tec­ción en el Garden, donde la es­ca­sez ame­na­za­ba a no más de medio ki­ló­me­tro de al­gu­nas de las casas más ricas de Gran Bre­ta­ña. Estaba en­fu­re­ci­do por los otros siete que habían estado allí antes que el chico. Por los tres que habían dejado esta ha­bi­ta­ción y se habían ido di­rec­ta­men­te al suelo del ce­men­te­r­io.

Otro gru­ñi­do.

—En­t­ien­do que no te guste, Bestia, pero es la verdad. La Me­di­ci­na es im­per­fec­ta. Pero la herida está todo lo de­sin­fec­ta­da que puede estar una herida —añadió el doctor—. La bala entró y salió lim­p­ia­men­te; hemos de­te­ni­do la he­mo­rra­g­ia. Está ven­da­do y pro­te­gi­do. —Se en­co­gió de hom­bros—. Podría vivir. —Se acercó más. Le tendió el vaso que su­je­ta­ba—. Bebe. —Whit negó con la cabeza—. Llevas des­p­ier­to más de un día, y Mary me ha dicho que no has comido ni bebido desde que lle­gas­te.

—No ne­ce­si­to que tu mujer me vigile.

—Ya que ha estado des­p­ier­ta en esta ha­bi­ta­ción du­ran­te doce horas, no tenía otra opción. —El doctor le echó un vis­ta­zo. Le tendió la bebida de nuevo—. Bebe, por la herida en la cabeza que no ad­mi­ti­rás que tienes.

Whit lo tomó de un trago ig­no­ran­do el dolor pun­zan­te en la parte pos­te­r­ior de su cráneo, antes de mal­de­cir du­ra­men­te sobre el sabor a ba­zo­f­ia po­dri­da.

—¿Qué de­mo­n­ios es eso?

—¿Im­por­ta? —El doctor re­co­gió el vaso y re­gre­só a su es­cri­to­r­io.

No im­por­ta­ba. El doctor era poco or­to­do­xo, ra­ra­men­te usaba una cura común cuando podía mez­clar una pasta o hervir un trago de algo as­q­ue­ro­so, y tenía una ob­se­sión por la lim­p­ie­za que Covent Garden nunca había visto. Whit y Diablo lo habían traído de lejos, de un pe­q­ue­ño pueblo del norte, dos años antes, des­pués de en­te­rar­se de que había sal­va­do a una joven mar­q­ue­sa de una herida de bala en el Gran Camino del Norte con una cu­r­io­sa com­bi­na­ción de tin­tu­ras y tó­ni­cos.

Un hombre con ha­bi­li­dad para de­rro­tar balas valía su peso en oro, en lo que a Whit se re­fe­ría. Y el tiempo le había dado la razón, pues la con­tra­ta­ción del doctor había sido be­ne­fi­c­io­sa, eco­nó­mi­ca­men­te ha­blan­do, dado que habían aho­rra­do mucho dinero gra­c­ias a sus ha­bi­li­da­des desde que llegó a la co­lo­n­ia. Y ese día podría salvar a otro de sus hom­bres.

Whit se volvió hacia Jamie. Lo ob­ser­vó en el si­len­c­io de la tarde.

—En­v­ia­ré a al­g­u­ien a bus­car­te cuando des­p­ier­te —dijo el doctor—. En el mismo ins­tan­te en que se des­p­ier­te.

—¿Y si no lo hace?

Una pausa.

—En­ton­ces en­v­ia­ré a al­g­u­ien a bus­car­te cuando no lo haga.

Whit gruñó, la lógica le dijo que no había nada que hacer. Que el des­ti­no ac­t­ua­ría y que aquel chico vi­vi­ría o mo­ri­ría.

—Odio este mal­di­to lugar. —Whit no podía que­dar­se quieto más tiempo. Fue hasta el fondo de la ha­bi­ta­ción y lanzó un pu­ñe­ta­zo contra la pared cons­tr­ui­da por los me­jo­res al­ba­ñi­les que el dinero de los bas­tar­dos había podido pagar. Lo lanzó sin va­ci­lar.

El dolor le atra­ve­só la mano y le subió por el brazo, y lo aceptó. Era un cas­ti­go.

—¿Estás san­gran­do? —La silla del doctor crujió cuando se volvió hacia él.

Se miró los nu­di­llos. Había visto cosas peores. Negó con un gru­ñi­do sa­cu­d­ien­do la mano. El doctor asin­tió con la cabeza y volvió a su tra­ba­jo.

Mejor. No estaba de humor para con­ver­sar, un hecho que se volvió irre­le­van­te cuando la puerta de la ha­bi­ta­ción se abrió y en­tra­ron su her­ma­no y su cuñada y, detrás de ellos, Annika, la bri­llan­te lu­gar­te­n­ien­te no­r­ue­ga de los Bas­tar­dos, que podía hacer de­sa­pa­re­cer una bodega llena de con­tra­ban­do a plena luz del día, como si de una he­chi­ce­ra se tra­ta­se.

—Hemos venido tan pronto como nos en­te­ra­mos. —Diablo fue di­rec­to a la cama y miró a Jamie—. ¡Joder! —Le­van­tó la cabeza, la ci­ca­triz de más de quince cen­tí­me­tros de largo que le re­co­rría la me­ji­lla de­re­cha apa­re­cía blanca por la ira.

—Es­ta­mos bus­can­do a tu her­ma­na —dijo Nik mien­tras se movía al otro lado de la cama; su mano se posó sua­ve­men­te en la del chico—. Estará aquí pronto, Jamie—. Le su­su­rró, a sa­b­ien­das de que no podía oírla. Algo se re­tor­ció en el pecho de Whit; Nik amaba a los hom­bres y mu­je­res que tra­ba­ja­ban para ellos como si fuera dé­ca­das mayor, aunque apenas tenía vein­ti­trés años; a ellos y a sus hijos.

«Y no había podido man­te­ner­los a salvo».

—¿Y la bala? —Diablo se aclaró la gar­gan­ta.

—En el cos­ta­do. Lo atra­ve­só lim­p­ia­men­te —res­pon­dió el doctor.

—Casi lo tenía. Le clavé un cu­chi­llo —añadió—. Di en el blanco.

—Bien. Espero que le cor­ta­ses las pe­lo­tas —dijo Diablo gol­pe­an­do en el suelo su bastón de punta pla­te­a­da dos veces, señal de las ganas que tenía de de­sen­v­ai­nar la mal­di­ta espada que lle­va­ba dentro y atra­ve­sar a al­g­u­ien.

—Espera —dijo la cuñada de Whit, Fe­li­city, acer­cán­do­se a él y obli­gán­do­lo a mi­rar­la—. ¿Casi lo tenías?

—Al­g­u­ien me noqueó antes de que pu­d­ie­ra ter­mi­nar la tarea. —La ver­güen­za lo re­co­rrió e hizo que se son­ro­ja­ra.

Nik su­su­rró una mal­di­ción mien­tras Fe­li­city tomaba las manos de Whit en las suyas, apre­tán­do­las con fuerza.

—¿Estás bien? —Luego se di­ri­gió al médico—. ¿Está bien?

—A mí me parece que sí.

—Su gran in­te­rés en la Me­di­ci­na nunca deja de im­pre­s­io­nar­me, doctor. —Fe­li­city miró al médico en­tre­ce­rran­do los ojos.

—Está de pie ante usted, ¿no es así? —El doctor se quitó las gafas y las limpió.

—Su­pon­go que sí —sus­pi­ró ella.

—Pues en­ton­ces… —con­clu­yó, sa­l­ien­do de la ha­bi­ta­ción.

—Es un hombre re­al­men­te ex­tra­ño. —Fe­li­city se volvió hacia Whit—. ¿Qué ha pasado?

—¿Y Dinuka? —Whit ignoró la pre­gun­ta y, en su lugar, miró a Nik, que estaba al otro lado de la ha­bi­ta­ción. Whit había en­v­ia­do al joven a por la ca­ba­lle­ría—. ¿Está a salvo?

—Se libró de un balazo, pero no creo que le dis­pa­ra­ran a dar. Hizo lo que le di­je­ron. Vino co­rr­ien­do a por la ca­ba­lle­ría —con­tes­tó Nik mien­tras asen­tía.

—Buen chico —dijo Whit—. ¿La carga?

—Per­di­da antes de que pu­dié­ra­mos ras­tre­ar­la. —Nik sa­cu­dió la cabeza.

—Junto con mis cu­chi­llos. —Whit se pasó una mano por el pecho, donde echaba de menos la funda de que los acogía.

—¿Quién fue? —Diablo se volvió hacia él.

—No puedo estar seguro. —Whit se en­con­tró con los ojos de su her­ma­no.

—Pero tienes una sos­pe­cha… —co­men­tó Diablo sin dudar.

—Mis tripas me dicen que es Ewan.

No usaba su nombre actual, Ewan era ahora Robert, duque de Mar­wick, su medio her­ma­no y el que fuera pro­me­ti­do de Fe­li­city. Había dejado a Diablo al borde de la muerte tres meses antes y luego había de­sa­pa­re­ci­do; lo que había obli­ga­do a Grace a es­con­der­se hasta que lo en­con­tra­ran. Los robos se de­tu­v­ie­ron des­pués de que Ewan de­sa­pa­re­c­ie­ra, pero Whit no podía ig­no­rar la sen­sa­ción de que había re­gre­sa­do. Y quería res­pon­sa­bi­li­zar­lo por lo de Jamie.

Pero…

—Ewan no te habría dejado in­cons­c­ien­te —dijo Diablo—. Habría hecho cosas mucho peores.

—Tiene a dos tipos tra­ba­jan­do para él. Al menos son dos. —Bestia sa­cu­dió la cabeza.

—¿Quié­nes?

—Estoy a punto de sa­ber­lo —dijo. Ella se lo diría muy pronto.

¿Tiene algo que ver con la joven de Shel­ton Street?

Whit clavó los ojos en Nik tan pronto como pro­nun­ció aq­ue­llas pa­la­bras.

—¿Qué?

—¡Ah, sí! La mujer. Tam­bién no­so­tros nos en­te­ra­mos de eso —dijo Diablo—. Apa­ren­te­men­te te ti­ra­ron de un ca­rr­ua­je ante un grupo de bo­rra­chos y luego si­g­u­ie­ron a lo que Brix­ton ca­li­fi­có como… —Sonrió a su esposa—. ¿Cómo era, amor?

—Una se­ño­ri­tin­ga. —La boca de Fe­li­city se re­tor­ció en una iró­ni­ca son­ri­sa.

—¡Ah, sí! Es­cu­ché que se­g­uis­te a una dama al burdel de Grace.

Whit no res­pon­dió.

—Y que en­tras­te —añadió Nik.

«¡Joder!».

—¿No tienes nada qué hacer? To­da­vía ges­t­io­na­mos un ne­go­c­io o dos, ¿no? —dijo Whit mi­ran­do a la no­r­ue­ga.

—Con­se­g­ui­ré la in­for­ma­ción de los mu­cha­chos —re­pli­có Nik, en­co­gién­do­se de hom­bros.

Whit frun­ció el ceño, fin­g­ien­do no darse cuenta de que ella pasaba la mano por la frente de Jamie y su­su­rra­ba unas pa­la­bras de ánimo al chico antes de des­pe­dir­se.

—¿Y no­so­tros vamos a tener que con­se­g­uir tam­bién la in­for­ma­ción por medio de los mu­cha­chos? —in­ter­vi­no Fe­li­city tras un largo si­len­c­io.

—Ya tengo una her­ma­na pre­gun­to­na.

—Sí, pero como ella no está aquí, debo re­pre­sen­tar­nos a las dos. —Fe­li­city sonrió.

—Me des­per­té en un ca­rr­ua­je, con una mujer —dijo él, frun­c­ien­do el ceño.

—Y asumo que no ocu­rrió de la ex­ce­len­te manera que tal es­ce­na­r­io indica. —Diablo arqueó las cejas.

Había sido el beso más ar­d­ien­te que Whit había re­ci­bi­do, pero eso no lo sabía su her­ma­no.

—Cuando salí del ca­rr­ua­je…

—Oímos que te em­pu­ja­ron —pun­t­ua­li­zó Fe­li­city.

—Fue mutuo —mur­mu­ró en un pe­q­ue­ño gru­ñi­do.

—Mutuo… —re­pi­tió Fe­li­city—, pero a ti te lan­za­ron desde el ca­rr­ua­je.

Dios lo li­bra­ra de her­ma­nas en­tro­me­ti­das.

—Cuando salí del ca­rr­ua­je —in­sis­tió—, se di­ri­gía hacia lo más pro­fun­do del Garden. La seguí.

—¿Quién es? —pre­gun­tó Diablo.

Whit se quedó ca­lla­do.

—¡Dios, Whit!, sabes el nombre de la se­ño­ri­tin­ga, ¿no?

—Hattie. —Se volvió hacia Fe­li­city.

Tener una cuñada que una vez fue miem­bro de la aris­to­cra­c­ia estaba muy bien a veces, en par­ti­cu­lar cuando ne­ce­si­ta­ban ave­ri­g­uar el nombre de una noble.

—¿Sol­te­ro­na?

No era el primer ad­je­ti­vo que le venía a la mente para des­cri­bir­la.

—¿Muy alta? ¿Rubia? —Fe­li­city con­ti­nuó pre­s­io­nán­do­lo.

Asin­tió con la cabeza.

—¿Vo­lup­t­uo­sa?

La pre­gun­ta trajo de vuelta el re­c­uer­do de los de­cli­ves y valles de sus curvas. Lanzó un gru­ñi­do de asen­ti­m­ien­to.

—Vaya. —Fe­li­city se volvió hacia Diablo.

—Mmm… —dijo Diablo—. Ya vol­ve­re­mos a eso. ¿Sabes quién es la mujer?

—Hattie es un nombre bas­tan­te común.

—¿Pero…?

—Hen­r­iet­ta Sedley es la hija del conde de Che­ad­le. —Miró a Whit y luego a su marido.

La verdad golpeó a Whit junto con el tr­iun­fan­te placer de la re­ve­la­ción de la iden­ti­dad de Hattie. Che­ad­le se había ganado el título de conde, lo re­ci­bió del propio rey por su no­ble­za en el mar.

«Crecí en los mue­lles», le había dicho ella cuando trató de asus­tar­la con un len­g­ua­je soez.

—Es ella.

—¿Así que Ewan está tra­ba­jan­do con Che­ad­le? —dijo Diablo, sa­cu­d­ien­do la cabeza—. ¿Por qué el conde se pon­dría en nues­tra contra? No tiene sen­ti­do.

Y no lo había hecho. Andrew Sedley, conde de Che­ad­le, era muy que­ri­do en los mue­lles. Su ne­go­c­io era fuente de tra­ba­jo ho­nes­to y pagaba bien. Los tipos que tra­ba­ja­ban en el Tá­me­sis lo co­no­cí­an como un hombre justo, dis­p­ues­to a con­tra­tar a cual­q­u­ie­ra con un cuerpo capaz y un gancho fuerte, sin im­por­tar el nombre, el lugar de pro­ce­den­c­ia o la for­tu­na.

Los Bas­tar­dos nunca habían tenido mo­ti­vos para hacer ne­go­c­ios con Sedley, ya que él se de­di­ca­ba en ex­clu­si­va al tras­la­do de mer­can­cí­as, pagaba sus im­p­ues­tos y man­te­nía su ne­go­c­io sa­ne­a­do, lejos de toda sos­pe­cha. Sin armas. Sin drogas. Sin per­so­nas. Las mismas reglas con las que ju­ga­ban ellos, aunque los Bas­tar­dos ju­ga­ban en la mugre: su con­tra­ban­do se es­pe­c­ia­li­za­ba en el al­co­hol y el papel, el cris­tal y las pe­lu­cas y cual­q­u­ier otra cosa gra­va­da más allá de la razón por la Corona. Y no tenían miedo de de­fen­der­se con la fuerza.

La idea de que Che­ad­le pu­d­ie­ra ha­ber­los ata­ca­do era in­com­pren­si­ble. Pero Che­ad­le y su atre­vi­da hija no es­ta­ban solos.

—Es cosa del hijo —dijo Whit. August Sedley era, según todos los in­di­c­ios, un im­bé­cil in­do­len­te, pri­va­do de la ética y el res­pe­to que su padre sentía por el tra­ba­jo.

—Podría ser —dijo Fe­li­city—. Nadie sabe mucho de él. Es en­can­ta­dor pero no muy in­te­li­gen­te.

Lo que sig­ni­fi­ca­ba que el joven Sedley ca­re­cía del sen­ti­do común ne­ce­sa­r­io para en­ten­der que en­fren­tar­se a los cri­mi­na­les más co­no­ci­dos y que­ri­dos de Covent Garden no era algo que se pu­d­ie­ra hacer a la ligera. Si el her­ma­no de Hattie estaba detrás de los asal­tos, solo podía sig­ni­fi­car una cosa.

—Ewan tiene al her­ma­no ha­c­ien­do su tra­ba­jo y la her­ma­na pro­te­ge a su fa­mi­l­ia. —Diablo tam­bién lo en­ten­dió así.

Whit co­no­cía el precio de eso. Gruñó ex­pre­san­do su ac­uer­do.

—Ella se eq­ui­vo­ca —dijo Diablo, gol­pe­an­do su bastón contra el suelo otra vez y mi­ran­do a Jamie—. Esto se acabó. Nos en­car­ga­re­mos del hijo, del padre y de toda la mal­di­ta fa­mi­l­ia si es ne­ce­sa­r­io. Nos con­du­ci­rán hasta Ewan, y pon­dre­mos fin a eso. —Lle­va­ban dos dé­ca­das lu­chan­do contra Ewan. Es­con­dién­do­se de él. Pro­te­g­ien­do a Grace de él.

—A Grace no le gus­ta­rá —dijo Fe­li­city en voz baja. Hacía una vida, Diablo y Whit habían hecho una pro­me­sa sin­gu­lar a su her­ma­na: no harían daño a Ewan. No im­por­ta­ba que fuera el cuarto de su banda y que los hu­b­ie­ra tr­ai­c­io­na­do más allá de la razón. Grace lo había amado. Y les había hecho pro­me­ter que nunca lo to­ca­rí­an.

—Grace tendrá que pasar por esto. Ahora viene a por algo más que a por no­so­tros. A por algo más que su pasado. Ahora viene a por nues­tros hom­bres. —Grace no for­ma­ba parte de eso. Whit negó con la cabeza.

Iba a por el mundo que los Bas­tar­dos pro­te­ge­rí­an a toda costa. Era hora de ter­mi­nar con ello.

—Yo lo haré. —Whit miró a su her­ma­no.

Un golpe en la puerta del edi­fi­c­io acom­pa­ñó estas úl­ti­mas pa­la­bras; el sonido se es­cu­chó amor­ti­g­ua­do en la dis­tan­c­ia. Otro cuerpo, sin duda. Siem­pre había al­g­u­ien que ne­ce­si­ta­ba cui­da­dos en el Garden y se con­de­na­ría si dejaba que un aris­tó­cra­ta con título sumara más muer­tos a su cuenta.

—¿Todo? —Los her­ma­nos se mi­ra­ron fi­ja­men­te.

—El ne­go­c­io, el nombre, todo lo que tenga valor. Lo de­rri­ba­ré. —El joven Sedley se había cru­za­do en el camino de los Bas­tar­dos y, con ello, había cavado su propia tumba.

—¿Y lady Hen­r­iet­ta? —dijo Fe­li­city, lle­van­do a Whit al límite con la men­ción del tra­ta­m­ien­to ho­no­rí­fi­co. No le gus­ta­ba como aris­tó­cra­ta; la pre­fe­ría como Hattie—. ¿Crees que ella forma parte de esto? ¿Crees que tra­ba­ja con Ewan?

—No. —Esa res­p­ues­ta lo re­co­rrió de arriba abajo.

—¿Cómo lo sabes? —pre­gun­tó Diablo mien­tras lo ob­ser­va­ba de­te­ni­da­men­te.

—Lo sé.

No era su­fi­c­ien­te.

—Ella nos en­tre­ga­rá a su her­ma­no.

—¿Acaso tú re­nun­c­ia­rí­as a los tuyos? —Diablo lo miró en si­len­c­io.

Whit apretó los dien­tes.

—¿Y si no lo hace? —pre­gun­tó Fe­li­city—. ¿Qué pasará con ella, en­ton­ces?

—En­ton­ces será un daño co­la­te­ral —dijo Diablo. Whit ignoró el dis­gus­to que le pro­vo­ca­ron aq­ue­llas pa­la­bras.

—¿No es eso lo que yo fui una vez? —Fe­li­city miró a su marido.

—Por un ins­tan­te, amor. Y fue su­fi­c­ien­te como para que re­cu­pe­ra­se el sen­ti­do común. —Diablo tuvo el de­ta­lle de pa­re­cer dis­gus­ta­do.

—Si ella es el ene­mi­go, tam­bién me en­car­ga­ré —dijo Whit.

—¿Sí? —Diablo arqueó una ceja.

«Eres muy in­con­ve­n­ien­te». «Es el Año de Hattie».

Re­cor­dó frag­men­tos de la con­ver­sa­ción en el ca­rr­ua­je.

—Aunque no sea el ene­mi­go —señaló Diablo—, pro­te­ge al hombre que lo es. —Cruzó los brazos sobre el pecho y tanteó a su her­ma­no con una mirada firme—. Lo que la con­v­ier­te en va­l­io­sa.

«Le daba ven­ta­ja».

—No ten­drás más re­me­d­io que mos­trar­le la verdad sobre no­so­tros, her­ma­no —dijo Diablo en voz baja—. No im­por­ta cuánto te guste su as­pec­to.

«La verdad sobre ellos», los Bas­tar­dos Ba­rek­nuck­le no de­ja­ban a sus ene­mi­gos con vida.

—So­lu­ció­na­lo antes de que ten­ga­mos que mover más pro­duc­to —dijo Diablo. Un nuevo car­ga­men­to lle­ga­ría a puerto la pró­xi­ma semana.

Whit asin­tió con la cabeza cuando se abrió la puerta de la ha­bi­ta­ción y apa­re­ció el doctor.

—Tiene un men­sa­je. —Abrió to­tal­men­te la puerta y apa­re­ció uno de los me­jo­res vigías de los bas­tar­dos.

—Brix­ton —le dijo Fe­li­city al chico, que in­me­d­ia­ta­men­te se aci­ca­ló bajo la aten­ción de Fe­li­city. Todos los chicos del Garden ado­ra­ban su ma­es­tría abr­ien­do cual­q­u­ier ce­rra­du­ra y su ins­tin­to ma­ter­no—. Pen­sa­ba que te ibas a casa.

—Espero que para apren­der a man­te­ner la boca ce­rra­da —dijo Whit ase­gu­rán­do­se de que Brix­ton su­p­ie­ra que se había en­te­ra­do de todo lo que el mu­cha­cho había dicho a Diablo sobre Hattie.

—Ig­nó­ra­lo —dijo Fe­li­city—. ¿Qué ha ocu­rri­do?

—Hay in­for­mes de que hay una chica en el mer­ca­do. Bus­can­do a Bestia. —Brix­ton le­van­tó su bar­bi­lla hacia Whit e hizo una pausa—. No es una chica, en re­a­li­dad, sino una mujer. —Bajó la voz—. Los chicos dicen que es una dama.

Un es­tr­uen­do resonó en el pecho de Whit.

Hattie.

—Está ha­c­ien­do todo tipo de pre­gun­tas.

—¿Es ella? —Fe­li­city miró a Whit.

—Sí. Y nadie está ayu­dán­do­la. —Por su­p­ues­to que no lo hacían. Nadie en Covent Garden le daría a lady Hen­r­iet­ta Sedley in­for­ma­ción sobre los Bas­tar­dos. Aq­ue­lla era la pri­me­ra de sus reglas. Los Bas­tar­dos per­te­ne­cí­an solo a la co­lo­n­ia.

—Buen tra­ba­jo, Brix­ton —dijo Diablo, lan­zan­do una moneda al chico, que la atrapó al mo­men­to con una son­ri­sa y se fue antes de que pu­d­ie­ra añadir nada—. Parece que no ten­drás que ir a bus­car­la des­pués de todo, Bestia.

El gru­ñi­do de Whit es­con­dió la sen­sa­ción de in­cre­du­li­dad que lo re­co­rrió. Y la cau­te­la. Y el deseo de per­se­g­uir­la. No, no ten­dría que en­con­trar­la.

Ella lo había hecho pri­me­ro.

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900,08 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
10 июля 2025
Объем:
440 стр.
ISBN:
9788412316704
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:
Вторая книга в серии "Los bastardos Bareknuckle"
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