Читать книгу: «Cuentos de hadas para aprender a vivir»

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Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

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ISBN: 9788491870944

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

Prólogo

1. Presentación

2. Los recursos de las hadas

3. Las hadas y la personificación de los recursos

Hada nº 1. Titanniä o la dignidad

Hada nº 2. Niaägara o el fluir

Hada nº 3. Oceanie o el amor

Hada nº 4. Europaë, la Gran Dama Blanca, o la sabiduría

Hada nº 5. Ojaai o el juego

Hada nº 6. Asiaë o la paciencia

Hada nº 7. Mauï o la magia

Hada nº 8. Africäe o la simplicidad

Hada nº 9. Ëngelsky o la confianza

Hada nº 10. Egyptäe o la sanación

Hada nº 11. Khrystäe o la compasión

Hada nº 12. Stellafree o el perdón

Hada n º 13. Lunnäe o el discernimiento

Hada n º 14. Ätlantae o el recuerdo

Hada n º 15. Clëveland o el sentido común

Hada n º 16. Psiquae o el instinto

Hada n º 17. Quirönn o la creatividad

Hada n º 18. Ariël o la lucha

Hada n º 19. Kämara o el renacimiento

Hada n º 20. Bundaë o el sentido del humor

Hada n º 21. Rosettä, la piedra de Dios

4. La estrategia de las hadas o la puesta en práctica de los recursos hadados

5. Juegos de hadas

6. El sueño de un hada

Notas

Prólogo
Por Judith Delozier

Libros que traten sobre los temas del «cambio, transición y transformación», los hay a montones. Sin ir más lejos, yo misma he escrito alguno de ellos. Unos son mejores que otros, por ejemplo éste, que ha escrito Rosetta Forner, porque tiene que ver con el procedimiento de integración mediante el que ha sido escrito. Y es que, al tiempo que nos entretiene a nivel consciente, nos ayuda a crear profundas conexiones a nivel inconsciente. Muchos libros se centran en uno u otro aspecto, pero no en ambos. En este caso, Gregory Bateson diría: «Si una obra de arte tan sólo se dirige al consciente o al inconsciente, no es una obra maestra». El arte debe dirigirse a ambas mentes, debe ser de naturaleza multirepresentacional. A diferencia de otros libros, éste se dirige a ambos: consciente e inconsciente, ya que se trata de un libro que versa tanto acerca de «olvidar» como de «recordar aspectos del Self y de la mente» y, sobre todo, de cómo recordarlos de nuevo. De hecho, no se trata tan sólo de recordar, sino de recuperar dichos aspectos, los cuales se presentan en forma de hadas. Este proceso de recuperación se realiza a través de la metáfora, los arquetipos, la Programa­ ción Neuro Lingüística y el humor. Sinceramente, siento y pienso que el humor es el espíritu que impregna este libro.

Cuentos de hadas para aprender a vivirayuda a la gente a integrar veintiún aspectos del Self (el «Yo» o «Identidad»), de forma que podamos ver y comprender la vida de diferente forma, proporcionándonos un camino metafórico para alcan­ zar la integración de «las razones de la razón» con «las razones del corazón». Lo cual, a su vez, nos permite acercar y aglutinar las diversas partes de nuestra mente que, en última instancia, nos lleva a estar más cerca de experimentar la gracia que preside y abraza nuestras vidas. Este libro es brillante, inteligente y lleno de sentido del humor. Pero, sobre todo, nos ayuda a ser conscientes de nuestro YO completo y sagrado, lo cual es lo más importante.

JUDITH DELOZIER

Antropóloga, escritora, entrenadora

de PNL, coachy co-titular de la NLP

University junto con Robert Dilts.

1. Presentación

Quién no ha querido alguna vez en su vida convertirse en alguien especial, alguien con una luz diferente y singular, única ymaravillosa. Quién no ha deseado ser mágico y, asimismo, poder crear magia en su vida, derrochando alegría, buen humor, positividad, creatividad, ingenio, gracia, inventiva y todas esas capacidades propias de «dioses y diosas» que la mitología nos ha legado a través de sus fuentes orales y escritas. Se nos han narrado las gestas de seres especiales, privilegiados de la diosa Fortuna, tocados por la varita mágica de la Fama, amamantados por la diosa más excelsa que los dotó de una fuerza, un valor y una inteligencia con aromas de genialidad. Hemos leído acerca de seres que fueron capaces de realizar milagros, de hallar su particular piedra filosofal en su vida. Sabemos, por lo que otros han narrado en sus libros, papiros —o leyendas transmitidas oralmente de generación en generación—, que en toda época de la humanidad han existido seres únicos, capaces de logros fuera del alcance del común de los mortales. Dichos seres accedieron a conocimientos o dones reservados para unos pocos —comparado con la cantidad de gente que puebla y ha poblado el mundo, dado que numéricamente han representado un porcentaje menor respecto de la totalidad—, ya fuesen los relativos a la pintura, la escultura, la victoria en las guerras, la invención de determinado artefacto que pondría a la humanidad en un estadio diferente y más avanzado, el hallazgo de cierta sustancia que supondría la curación de ciertas enfermedades, la consecución de ciertos avances tecnológicos que posibilitaría el acercamiento a ciertos niveles impensables para generaciones anteriores... O, simplemente, la superación de ciertos obstáculos vitales como la curación de una enfermedad; la persistencia en alcanzar un objetivo fijado mientras que otros abandonaron la lucha; el haberse atrevido a intentar algo que otros ni tan siquiera se atrevieron a pensar que podrían hacer o queman hacer; o la consecución de una meta que requería grandes dosis de fe en uno mismo, valor, coraje, constancia y resistencia. Asimismo, se nos antojan privilegiados, benditos de la suerte, o, sencillamente, bohemios o «raros» (recuérdese que el significado menos usual de este vocablo es «único, diferente, especial...»), todos aquellos que osan vivir la vida a su aire, rigiéndose tan sólo por su ética personal y por «normas» de diseño propio, sin reparar en lo que les dice la sociedad que tienen que hacer o pensar, siendo sabios en una tierra de esclavos emocionales que no osan rebelarse contra el statu quo imperante. Los libres de espíritu siempre han suscitado admiración y envidia, cuando no celos o rencor, por demostrar que «si uno quiere, puede». Por consiguiente, los demás también pueden lograr lo mismo que esos seres «especiales»; bastaría con inspirarse en ellos, activar recursos (capacidades, habilidades), y desarrollar una estrategia apropiada para lograr la libertad, convirtiéndose así en libertos en una tierra donde la concesión de la libertad del alma está exclusivamente en manos de uno mismo.

A los seres privilegiados, la humanidad y su historia suele referirse con epítetos tales como «genios», «héroes», «dioses», «diosas», «ángeles», y «hadas», entre otros. ¿Le gustaría a usted saber cómo convertirse, por ejemplo, en un hada? ¿Querría acceder al privilegiado secreto de la divinidad y así generar magia en su vida, y sentirse un ser dichoso cada mañana al despertar?

Este libro contiene veintiún arquetipos para reconectarse con la sabiduría ancestral que mora en las recónditas cavernas, olvidadas quizás, de la Psïquae de nuestra alma. El retorno a la casa natural del alma —donde reside la belleza, la esperanza, la alegría, la sabiduría y, donde, a su vez, tiene morada el amor—, conlleva el regreso de la simplicidad y del sentido común de la magia, representando, asimismo, la vuelta del mito, el cierre del círculo mágico y el umbral de un nuevo ciclo evolutivo.

Los cuentos de hadas eran formas aparentemente simples de salvaguardar la mística y la verdad de los seres pobladores de la Tierra. Las hadas son estadios del ser en su camino evolutivo, si bien se refiere a los dominios del alma. Con los siglos, las hadas y los cuentos que sobre ellas versaban pasaron a ser considerados «cosa de niños», si bien el concepto se impregnó de una connotación peyorativa. Al parecer, sólo los niños pueden ver lo oculto porque son inocentes, es decir, «aún no contaminados» por la negrura de la desesperación que le genera al alma el hecho de que el ser, en su vivencia humana, viva su vida única y exclusivamente con la «fría» mente y al margen de la calidez de su corazón. Sin calidez, sin sentimientos, sin magia, la vida se queda fría, inerte, y pasa a ser presa fácil de la desesperación, la lamentación y el estrés de la vida cotidiana, generando personas presas de una soledad a la que tratan de conjurar a expensas de su felicidad, lanzándose por ello a la persecución de la gloria material y la acumulación de riquezas —¡cuantas más, mejor!—. Esta inmer sión en el consumismo no hace si no empeorar la situación: uno se aleja más y más de la magia cuanto más se sumerge en el atontamiento que genera consumir tanta bazofia material.

¿Es que ya nadie cree en las hadas?

Si no las vemos, ¿es porque no existen?

Si existiesen, ¿las veríamos? ¿O no las vemos porque no creemos que existan?

Si creyésemos en ellas, ¿las podríamos ver?

Misterios de las hadas.

Hay quien espera verlas volando por los cielos del atardecer purpúreo y hermoso cuando empieza la noche.

Puede que sí.

Puede que, efectivamente, vuelen con su par de alas al más puro estilo libélula.

Lo que está claro que existe, al menos en un hada, son sus ojos o, mejor dicho, la luz que emerge de sus ojos, y la risa cantarina y transparente que brota de su garganta.

¿O acaso sólo pueden existir en la imaginación de un escritor o en los mundos poblados de fantasía de un niño?

Tal vez hayamos perdido el contacto con ellas y con lo que representan porque hemos perdido la nostalgia del corazón. Ignorar la inocencia, haber dejado olvidada por el camino a la simplicidad, pasa factura. Y no hay pago más amargo que la pérdida de la creatividad.

Sin magia, sin fantasía, sin imaginación no hay creatividad, y es por ello que muchas personas se sienten mal y lloran lágrimas silenciosas porque sus almas han sido abandonadas por sus cuerpos y sus personalidades terrenas.

Muchas personas han hecho un mal negocio en pro de ser aceptadas por sus congéneres alegando que les gusta vivir en sociedad, y no desean ser tachados de raros.

Las historias de hadas son «cosa de niños», o de «nueva era». Pero, sean lo que sean, está claro que no son cosas serias y sesudas, al menos eso argumentan los intelectuales y la gente «sensata» que afirman su no existencia por estar convencidos de que son «cosa de niños» relegadas a la infancia, y punto.

Puede que así sea.

No obstante, ser niño no es ningún pecado, ni un error. Lo que sí es un error es tachar a los cuentos de hadas de «cosa de niños» y afirmar que se trata de cosas sin sentido, propias de la fantasía y de la ignorancia más primaria. Ya se sabe: los niños son seres de corta mente y fácil risa, con un proceso cognitivo por desarrollar, por lo que aún no son capaces de comprender y entender las cosas de los adultos (esos seres a los que les ha crecido el cuerpo, encanecido el cabello, y entristecido el alma.) ¿Cómo van a entenderlas si no se explican cómo los adultos están siempre tan enfadados, contritos y proscritos de la risa?

¿Cómo?

Y, ¿las hadas?

Las hadas son pura sabiduría que nos recuerda a la diosa que todas las mujeres llevamos dentro.

Pura energía que nos abraza el corazón para devolvernos la esperanza de una vida mejor, más plena de sentido, más abierta al aire de libertad y más henchida de creatividad.

Las hadas pueblan cuerpos de diosas y sólo se conforman con seres que las adoran, porque ellas, las hadas, nos recuerdan lo mejor que habita en nosotros: la magia eterna escrita en las estrellas. Hadas, diosas, mitos, ángeles, princesas, reinas del Olimpo, formas de una misma energía que trata de recordarnos que lo nuestro no se ciñe a una vida mortal plena de ruido y de letras o hipotecas por pagar.

Ellas, las privilegiadas del destino, tienen por misión devolvernos la memoria, reintegrarnos la magia y restaurarnos la dignidad que como raza hemos perdido. Ésa es su misión, su destino cierto.

El doble par de alas es toda una simbología de su misión. Pues volar en la doble dimensión requiere destreza, habilidad suprema y recursos exquisitos. Las hadas han de restituirnos nuestros privilegios, y al mismo tiempo han de lidiar con la oscuridad que nuestro materialismo ha tejido alrededor de nuestros corazones: de ahí que necesiten su «par» de alas. La oscuridad sin la luz no es nada. La noche sin el día no existe. La enfermedad sin la salud, lo humano sin lo divino, el nacimiento sin el final, el final sin el principio, lo masculino sin lo femenino, la pérdida sin la ganancia... No son posibles. Por consiguiente, las hadas poseen un doble par de alas para recordarnos la dualidad de la existencia, la doble oportunidad, la doble naturaleza (somos seres espirituales viviendo una experiencia humana), la unión de los opuestos, la sinergia de un doble par de alas... Ellas, las hadas, llevan en su esencia tanto lo femenino como lo masculino, tanto lo espiritual como lo humano... A ello se debe su doble par de alas. Las hadas han vivido tanto la vida humana como la eterna, hecho que les ha conferido la cualidad de elegir en cuál de las dos quieren habitar según la misión que elijan.

Las hadas son libres, igual que lo es el ser humano, y en su libre albedrío escogen la vida intensa que proporciona el tener un doble par de alas. Su destino es sembrar la esperanza entre los pobladores de la Tierra. No pueden evitar la luz de sus ojos ni la risa de sus alas. No pueden disimular su belleza ni esconder su naturaleza.

Ni quieren.

Sin embargo, sólo pueden reconocerlas aquellos que ven la vida con los ojos del corazón. Sólo aquellos de alma despierta pueden ver a un hada, ya que en su apariencia humana son sencillas y cotidianas, y por eso cuesta tanto darse cuenta de que esa mujer anónima, que camina por la calle con aire de felicidad en la mirada, es quizás un hada que ha descendido a la Tierra a ejercer su misión discreta y sutilmente. Sus alas asoman en la mirada, le envuelven la voz y elevan su paso.

No todas serán vistas.

No todas serán descubiertas.

No todas abrirán las puertas de sus castillos humanos.

No siempre confesarán su origen estelar.

No siempre te harán partícipe de su naturaleza.

Por eso, si usted tiene a alguien en su vida en cuya presencia se siente mejor —como si le recargaran las pilas y rejuveneciese—, que además le induce al optimismo, le anima a despertar la magia de su corazón, le ayuda a descubrir lo mejor de usted misma, que, casualmente, aparece en el momento oportuno —sincronía—, y le ama de una forma y con una calidad de amor como nadie antes lo hizo... Si le ha ocurrido esto, con toda probabilidad su vida se ha visto bendecida por la presencia de un hada. Disfrute del tiempo que esté en su vida y déjela marchar cuando haya llegado el momento. Las hadas gozan de libertad de movimientos y aman la independencia que les confieren sus alas: saben cuándo ha llegado el momento de partir.

Hadas que habitan entre los seres de la Tierra y traen mensajes de la eternidad.

Hadas que aman la esencia que puebla en los corazones de los hijos e hijas de Gaia.

Hadas que prestan su magia a todo aquel, hombre o mujer, que en ellas crea.

Hadas que están siempre dispuestas a enseñar a vivir a todo aquel que acuda a sus escuelas.

Hadas que han habitado entre los humanos desde los principios de todos los tiempos y que, reincidentes, no cesan en su intento de contarle al ser humano que no existe más magia que la que crea un corazón feliz que ama cada uno de sus latidos y cree en sí mismo. Hadas que confían en que, algún día, podrán ver satisfecho su deseo de dispensar dignidad a petición de los humanos.

Hadas.

Hadas con un par de dobles alas en su alma.

Hadas.

Hadas que alimentan el alma humana.

Hadas.

Hadas que abren puertas a nuevas dimensiones del ser.

Hadas.

Hadas que cobijan bajo sus alas a los corazones huérfanos.

Hadas.

Hadas que prestan su risa para alegrar las mañanas del frío invierno del alma.

Hadas.

Hadas que iluminan la oscura noche del alma.

Hadas.

Hadas que caminan lo que hablan.

Hadas.

Hadas que esparcen sencillez y tejen mantos de verdad.

Hadas.

Hadas que curan las heridas del alma.

Hadas.

Hadas cuya voz evoca cantos del paraíso perdido.

Hadas.

Hadas cuya risa eleva el espíritu y hace danzar la alegría en derredor.

Hadas.

Hadas atrevidas que no titubean en abrir nuevos horizontes.

Hadas.

Hadas que siempre, siempre, te protegerán con su latido eterno.

Hadas.

2. Los recursos de las hadas

Las hadas son seres de esbeltas alas y arcas esenciales repletas de recursos mágicos para todo aquel que los use y desee penetrar en sus misterios. Ahora bien, se trata de recursos adaptados a la vida cotidiana de los seres humanos. Ellas, seres de alegre mirada, enseñan a vivir una vida mejor, mas auténtica, plena de sentido, y auspiciada por la voluntad y la toma de decisiones basada en la responsabilidad y la dignidad.

Las hadas resumen en sus alas aspectos del universo y nos ofrecen su esencia traducida en recursos al alcance de todos.

Las hadas nos enseñan aquello que ellas han probado, ya que «caminan lo que hablan». Por lo tanto, siga su destello, abrace sus enseñanzas y preste atención a sus sabios consejos plenos de sentido común y practicidad.

Las hadas, en vez de decirle lo que hay que hacer, le enseñarán a descubrir cómo hacerlo. Por consiguiente, no se limitan a ser meras consejeras, asesoras o guías, ya que les encanta hacer de maestras, apoyar a la gente a descubrir sus dones y, sobre todo, despertarles a la magia que mora en su corazón para que recuerden por qué están aquí, cuál es su misión y su contribución al mundo en el que han decidido encarnar.

Un recurso es todo aquello que, al ser usado en una determinada situación, permite alcanzar la meta fijada, conseguir el objetivo propuesto, crear el estado deseado o provocar un cambio de rumbo en la rutina de algo que se ha vuelto cotidiano y aburrido. Por consiguiente, no basta tan sólo con diseñar la meta, con saber qué se quiere: lo más importante es conocer, decidir cómo lo haremos para alcanzar esa meta diseñada por nosotros mismos o qué conviene hacer en cada ocasión.

Los recursos mágicos que todo «aprendiz de hada» debería saber, conocer, tener en su agenda y practicar para convertirse en un hada de verdad son:

Dignidad

Dejarse fluir como el agua

Amor

Sabiduría

Juego

Paciencia

Magia

Simplicidad

Confianza y fe

Sanación

Compasión y empatia

Perdón

Discernimiento

Recuerdo

Sentido común

Instinto

Creatividad

Lucha

Renacimiento

Sentido del humor

Luz y alma

3. Las hadas y la personificación
de los recursos

Cuando las hadas asumen sus recursos con el fin de compartir sus capacidades, habilidades y dones con otros, éstos toman la forma de arquetipos universales —se transmiten en clave de metáfora para que, de este modo, su mensaje pueda ser entendido más ampliamente y mejor—. Ellas quieren alcanzar los corazones de la gente, penetrar en sus mentes e inundar sus almas, y nada mejor que la metáfora para cumplir con su ideal, ya que su lenguaje tiene el don de la permeabilidad y, asimismo, el de la amplitud, abriendo su secreto a todo aquel que escuche la palabra hecha luz.

Los estadios del ser en su evolución hacia el estado de hada son varios, pero aquí están los veintiún estados fundamentales y esenciales para lograr la meta de convertirse en hada. Y, dado que las hadas caminan lo que hablan, aquí está la personificación de esos veintiún estadios para inspirarse en ellos y practicarlos.

Hada nº 1
Titanniä o la dignidad

Érase una vez Titanniä, la reina de las hadas, de ojos brillantes color de amanecer y labios que bailan sonrisas. Sus alas reflejan el color de sus ojos y pintan el color de su sonrisa. Destellos de rubí en las alas, magia de varitas bordada en su manto.

Érase una vez la dignidad de ser uno mismo y honrar al corazón. Ser reina no es tarea fácil. Para mí no lo ha sido, pero le cuento que merece la pena: de verdad que sí. Mi vida está llena de historias propias y ajenas que ejemplifican lo que entiendo por vivir con dignidad.

A pesar de que me gusta vestir sedas de colores brillantes a juego con mis ojos y alas, y tocarme la cabeza con coronas hechas con una mezcla original de sedas, organzas y piedras preciosas que juguetonas cuelgan sobre mi frente —a la que añado alguna que otra mariposa de luminosas alas—, nunca he prostituido mi corazón o mi vida por el dinero, una compañía que disfrace mi soledad, un trabajo que menosprecie mi inteligencia o una relación que dé sentido a mis días o a mi cuenta bancaria. No puedo negar que soy una reina porque para mí mi vida vale más que nada: no hay dinero ni fama ni poder que equipararse pueda a la dignidad de mi alma.

Conozco a muchas mujeres que dejan de lado sus corazones para correr en pos de un sueño que se tornará muy pronto pesadilla y les llenará las noches de infructuoso sueño y malos despertares. A los hombres también les suele suceder esto, no creas que es patrimonio exclusivo de las hembras, aunque he de contarte que estadísticamente las mujeres son más proclives a ello.

Dado que soy elegante y discreta, sencilla, amorosa y de belleza sublime, más allá de las palabras, me han perseguido muchos hombres armados con anzuelos envenenados. También algunas mujeres trataron de hacerles daño a mis alas por aquello de la envidia.

Una vez asistí a un curso... Se me olvidó contarle que en mi forma humana muchas veces me dedico a ser coach(un coach es alguien que asesora a otros para tener vidas más plenas de sentido, dignidad y libertad. Por consiguiente, un coaches una especie de asesor-entrenador-mentor personal. Usa técnicas, como la PNL, que suelen ser más dinámicas y prácticas que la terapia tradicional). Como le iba contando, en mi faceta de coachy entrenadora imparto cursos sobre el arte de liderar la propia vida. Me he encontrado con muchas mujeres que dejaban de lado su dignidad porque creían que hacían un buen negocio si aceptaban la relación que un hombre les proponía, o si tragaban con un trabajo menos remunerado que el de un hombre por aquello de ser mujeres...

En aquel curso había una mujer que tenía cáncer y tenía una mala relación con su marido. Sin embargo, no quería dejarlo. «¿Por qué?», se preguntará usted. La respuesta no es simple, pues tiene su miga laberíntica: era su segundo matrimonio. La profesión de aquella mujer era la de analista financiera y broker con empresa propia —había ganado mucho dinero cuando estaba sana—. En esa época conoció al que sería su marido, le pagó la carrera, le ayudó a ascender (él también estudió Económicas) y le presentó contactos. Evidentemente él también ganó mucho dinero. Pero el chico salió rana y se dedicó a tener amantes, lo cual, evidentemente, siempre negaba. Conozco a un hombre que siempre ha ido de amante en amante y sostiene que siempre hay que negarlo, aunque te pillen in fraganti. Aquella mujer, enferma de cáncer (tenía los ovarios y la matriz afectadas), se negaba a dejarle porque sostenía que él tenía que pagarle lo que ella había hecho por él. Le pregunté por qué no le dejaba y se olvidaba del «pago». Ella me respondió:

—El no cree en el divorcio.

—Mi pregunta no iba referida a él. Te he preguntado a ti por ti.

—Ya. Pero es que él no quiere.

—Sí, pero, ¿y tú? ¿Quieres o no quieres divorciarte?

—Bueno, ya te he dicho que él debe pagarme lo que yo he hecho por él, y no quiero que se lleve la mitad de esta casa y la mitad del dinero del banco.

—Es posible que mueras dentro de unos meses... Si eso sucede, él se quedará con todo mientras tú crías malvas.

—Pues no...

—Y... —Ha de pagarme lo que yo he hecho por él.

La volví a ver unos días después del seminario y de esta conversación. Estaba muy contenta porque había conseguido que su marido (el de las amantes), le comprase un Rolex de oro macizo. No sé qué fue de ella pero, en cualquier caso, me daba mucha lástima, porque la dignidad había emigrado tan lejos en su caso, que no le quedaba ni la más remota pizca en aquel maltrecho cuerpo físico de menos de treinta y cinco kilos de peso (medía 1,70 metros de estatura, y tenía entonces cuarenta años), pues de haberla tenido habría mandado a freír espárragos a su marido. Al fin y al cabo, el dinero se queda aquí y, es más, ¿de qué sirve una vida llena de dinero si no sabemos vivirla, ni tenemos salud ni dignidad para disfrutarla? Hay gente que tiene dinero y, sin embargo, es miserable hasta matarse a sí misma condenándose a un infierno de vida mientras les queda algo de aliento vital en el cuerpo físico.

Dignidad.

Dignidad y orgullo no son lo mismo. El orgullo se alimenta del miedo, la dignidad lo hace del amor que se nutre del respeto a uno mismo.

Cuando uno se ama de verdad, se respeta y se siente digno: siente en lo profundo de su ser que no existe razón alguna por la cual deba agachar la cabeza ante nadie y permitir que persona alguna pueda erigirse en verdugo de su vida, y maltratarlo física o psicológicamente.

La dignidad no deja espacio a la mendicidad. Nadie que se respete a sí mismo mendiga nada, pues sabe que todo existe ya en su alma.

Dignidad para retirarse a tiempo, antes de que nos dejen el corazón malherido o nos maten el alma o enfermemos hasta desaparecer físicamente en medio de un pozo de sufrimiento.

Dignidad para vivir nuestra vida siendo las reinas y reyes de nuestro reino vital.

Mi esencia ha sido captada más de una vez, ya que más de una vez mi risa y la luz de mis ojos han cautivado a muchos. No podrá hallar estos ojos en personas que se envenenan el alma como la mujer cuya historia le he relatado.

Trasladé mi reino a la Tierra para ayudar a los seres humanos a recuperar la dignidad perdida, ya que solamente una reina mágica podía restituirles semejante tesoro perdído. La misión me fue encomendada por Haddos, y yo aproveché para ir en busca de mi alma gemela. La encontré y le enseñé a amar a través de la dignidad de su corazón, que es lo mismo que entrar en contacto con los sentimientos, expresarlos y llegar a ser lo mejor de uno mismo: lo igual atrae a lo igual. Y, desde entonces, ambos reinamos con dignidad en Evora. Por ello me gustaría hacer hincapié en las muchas mujeres que empeñan su dignidad a cambio de una relación amorosa que les dé dignidad frente a la sociedad. ¿Existe esto? A cientos. Son más de las que pueda imaginar. Muchas de las mujeres que hacen este mal negocio, lo hacen porque no quieren ser tachadas de solteronas o de fracasadas en el plano emocional. Conozco a una mujer, como le decía, que se casó por tercera vez y se empeñó en que él era su alma gemela. En mi opinión, ella estaba muy pero que muy equivocada... No parecía, a mis reales ojos de Reina de la Hadas, que eso fuese una relación entre dos almas gemelas.

Verá: en mi reino creemos firmemente que una relación de almas gemelas no se provoca sino que se produce bajo la cuidadosa supervisión del alma, y ésta produce lo que conocemos como encuentros plenos de sincronicidad (este término lo acuñó el famoso y genial psicoanalista C.G. Jung) y claramente obra del Destino más excelso y mágico. La relación de esta mujer se produjo porque tanto ella como él habían salido de pesca o de compras (llámelo como quiera), y ya se sabe: «cuando uno sale de compras, acaba por comprar algo. Seguro». Y a ellos no les podía ir de otra manera: acabaron por «comprar». Se dedicaron a tener citas a ciegas y, al final, después de muchas citas y un año de esfuerzos, acabaron por hallar «un par de zapatos» que podían encajar en su guión de «me quiero casar de nuevo».

¡Y se casaron! El primer año consiguieron representar el papel que el otro deseaba, pero al cabo de aquella época de representaciones, las máscaras comenzaron a hacer aguas.

Ella había dejado su ciudad y su trabajo para casarse con él y, además, trabajaba en una empresa de la que él era propietario. Al cabo de unos cuantos años de tira y afloja, decidió buscarse trabajo por su cuenta y decidió que él era como era (no comoa ella le hubiese gustado, ¡claro!), y que para tener un poco de felicidad y paz tenía que respetar su forma de ser. Tengo que contarle que la edad de esta mujer era de sesenta y un años, y decidió hacer este acuerdo consigo misma no tanto por la edad, sino porque no le gustaba estar sola y no se sentía con ganas de volver a comenzar la búsqueda de un cuarto marido.

Ya sé que me dirá: «¡Ah, pero yo rengo menos años!» ¿Y qué más da? No se fuerce a usted misma a casarse porque le suene el reloj biológico o porque la alarma social le busca para colgarle el cartel de «solterona, no hay quien la quiera», o la familia le empuja hacia el precipicio del matrimonio para tener así la dignidad de la mujer casada... No se crea esas pamplinas, porque son sólo eso, ¡pamplinas y soplagaiteces!

Tanto si es hombre como si es mujer, recuerde que se está mejor acompañado de la propia dignidad que forzado a una relación que el alma no escogió ni con la que sostiene conexión alguna.

Yo suelo ser musa inspiradora de bellas músicas, elevados poemas y regios asuntos amorosos. Porque llevo en mi alma y en mis alas la dignidad que me permite ser reina, regir mi destino y regentar mi reino.

Soy vieja como el Cosmos.

Soy la dignidad hecha alma, hecha reina.

Por ello, invóqueme cuando le zozobre el pie y esté a punto de hacer alguna tontería que le reste puntos a su dignidad de reina o de rey.

MENSAJE CLAVE

«La dignidad máxima es regentar el destino natural con alma y corazón.»

ENSEÑANZA

Cultive la dignidad siendo la reina de su vida, su destino y su corazón. Regentar nuestro propio destino es obra de la dignidad que late en nuestro espíritu, anima nuestra mente y cobija nuestra alma. Regentar nuestro destino es saber quiénes somos y cuál es nuestra escala de valores, como lo es, a su vez, poner límites tanto a asuntos propios como ajenos sin mezclarnos o enredarnos con «los integrantes de la corte de los mendigos emocionales».

Dignidad para regir nuestros destinos en lo humano y en lo divino, sabiendo siempre que nos guía la férrea voluntad del Destino que, amable, nos conduce por las creativas aguas del Río de la Vida, a veces tranquilas, a veces revueltas e imprevisibles en su oleaje.

Dignidad para saber callar a tiempo.

Dignidad para saber hablar usando las palabras apropiadas y fomentando el respeto del alma.

Dignidad para saber cuándo es tiempo de siembra y cuándo lo es de recogida y celebración.

Dignidad para saber estar a solas, en compañía de la soledad del alma, y no mendigar compañía ingrata que envenena el corazón.

Dignidad para saber amar a quien se merece el regalo de nuestro amor.

Dignidad para asumir el compromiso de la intimidad.

Dignidad para irnos de la vida de quien no nos ama ni nunca nos amará.

Dignidad para expulsar de nuestro castillo a aquellos que lo ponen todo perdido y «patas arriba».

Dignidad para atrevernos a levantarnos y volver a empezar cuantas veces sea necesario.

Dignidad para comprender que es tiempo de introspección y de alargar la mano buscando una mano amiga que nos ayude.

Dignidad para llevar con orgullo las heridas de guerra, las heridas del alma.

Dignidad para ofrecerle al mundo nuestra riqueza y belleza interiores, y no sentir vergüenza por la «pobreza» exterior.

Dignidad para sabernos princesas y príncipes en un mundo materialista, que lo es excepto cuando no lo es...

Dignidad para amar a quien nos plazca independientemente de su cuenta corriente, títulos o demás nimiedades.

Dignidad para decir «no» a todo trato desventajoso para nuestro corazón, alma, intelecto, bolsillo o espíritu...

Dignidad para aceptar sólo a quien nos ame con dignidad.

Hada nº 2
Niaägaraa o el fluir

Soy la diosa de las aguas eternas. Mi alma es suave como una gota de rocío y profunda como la lágrima de una sirena. En mí vive la esencia de la Ninfa de los manantiales.

Si acerca una gota de agua a su alma podrá sentirme. Cuando se zambulla en el mar, en un río o en una poza, podrá experimentarme...

Aromas de nenúfar en mis ojos y en mi piel. Mis ojos son de un claro transparente como mi reino, el agua. Mi cabello está hecho de fibras de diversos colores transparentes, suaves y sutiles que, cuando nado, crean un arco iris acuático. Mis orejas son alargadas, para recorrer mejor los espacios existentes entre las gotas de agua. Me gusta vestirme con gotas de agua que crean un mágico traje de transparentes reflejos, onduladas olas juguetonas con el viento de poniente y chispeantes reflejos solares. Fluyo más que vuelo con mis alas. Son de un blanco transparente con chispas doradas en las puntas. Mis pies revelan mi naturaleza acuática: tienen membranas entre los dedos. El color de mi tez es suave, color de rocío. Mi cuerpo todo es ligero y etéreo como el agua, liviano como una gota de lluvia.

Le contaré cómo reparto bendiciones acuáticas cuando encarno entre los humanos. En mi versión humana soy escritora, y es por ello que he de entrevistar a mucha gente para poder luego reflejar sus vidas, andanzas y bienaventuranzas en mis libros. Mis libros están escritos con el propósito de que sirvan de enseñanza a todo aquel que ande necesitado de un poco de fluidez en su corazón humano.

En mi tarea recolectora de información conocí una vez a un hombre de gallardo porte, arrogante semblante y rígido y congelado corazón. Le encantaba controlarlo todo, todo, todo. Fíjese hasta qué punto le gustaba controlar que su primera profesión había sido la de militar, aunque después se había hecho abogado, pero no para defender a gente, sino para ver por dónde les pillaba las vueltas. Cuando yo le conocí andaba muy indignado porque una mujer de altos vuelos profesionales le había dejado por un albañil. Él estaba indignadísimo, no le encontraba explicación alguna a semejante agravio... ¡Haber preferido a un albañil en vez de a él, todo un señor abogado de rancio abolengo familiar y apellido ilustre!

Yo sí lo podía entender... Como le decía, su amor por el control era tal que hasta había cristalizado en su cuerpo. ¿Cómo lo sé? Muy sencillo: su columna vertebral había necesitado reparación, o lo que es lo mismo, se la había roto... La columna vertebral, los huesos y articulaciones en general de nuestro cuerpo son, entre otras cosas, barómetro de nuestra flexibilidad y sabiduría del fluir humano.

Este hombre, maravilloso en su alma, estaba atascado en más de una experiencia vital. Entre otras, se le había atascado el tema de su matrimonio. Su mujer le abandonó, y le dejó además un niño al que cuidar. Eso fue algo que él nunca le perdonó, y a raíz de aquel evento enfocó su relación con ella como si de una batalla se tratase. Y así hizo: batallar legalmente con ella sin tregua ni descanso. ¡Lástima! Detrás de todo control hay un convidado de piedra: el Miedo con mayúsculas. Siempre que queremos controlar el resultado de algo es porque no podemos soportar el miedo que nos produce el no saber qué traerá mañana el Río de la Vida...

Tiempo más tarde me lo volví a encontrar, y me contó que un día decidió ponerle fin a semejante hambre de controlarlo todo, y contrató a una psicóloga experta en resolución de conflictos vitales como el suyo. Le había ido fenomenal. Con ella averiguó que no expresaba sus emociones, que estaban atascadas porque él había creído que las emociones eran cosa del cerebro, no del corazón. Su infancia había estado presidida por la rigidez de un padre al que le importaban más las normas que la dulzura del corazón. No era, pues, de extrañar que a él se le diese tan mal eso de fluir. La espontaneidad es el alimento de la fluidez, y sin ésta nos quedamos tejiendo herrumbre de miedo como si fuésemos un coche al que le han colocado un cepo y no puede moverse. El hombre de nuestra historia aprendió que de nada sirve tener carrera, fortuna material, posición social y demás nimiedades mundanas si tu corazón está atrapado en una caja fuerte... Hasta su hijo se dio cuenta de que el azul de sus ojos se había tornado más cálido a raíz de las sesiones con la psicóloga. Aquella maestra que se cruzó en su camino fue, según palabras de él, lo mejor que le había pasado en su vida. Pero yo sabía quién era aquella mujer y entendía perfectamente por qué pensaba así...

Asimismo, esto me recuerda otras historias de fluidez vital. Muchas de las mujeres y hombres que entrevisté tenían en común el miedo al futuro, y como solución para conjurarlo se aferraban a su presente congelado. Mucha gente no se separa porque tiene miedo a la catarata simbólica que representa divorciarse, es decir, lanzarse al vacío sin saber si el paracaídas se abrirá o no. Vivir requiere del fluir como las aguas de los ríos, formando cataratas y saltos del agua.

No se quede atrás, atascada en sus historias del pasado vital. No se aferre a ninguna roca tratando de arrebatarle la agenda al destino... Es tarea inútil. Fluya. La vida no suele ser como su nivel consciente desea, es decir, su Yo terrícola (algunos le llaman Ego), sino como la construye su Yo espiritual y eterno (el Alma). Por eso debe aprender a desvelar la agenda secreta de su inconsciente... En las aguas de sus sueños hay mucha información... ¿Cómo están? ¿Claras, tranquilas, revueltas, ociosas, desbordadas...?

Una buena terapia acuática es nadar, ya sea en piscinas, en el mar, en un río o en un lago... Nade y tírese por los toboganes acuáticos.

Recuerde: yo, Niaagara, soy la bendición del agua, el hada que acudió en auxilio de un chamán indio que hasta sus orillas se acercó en busca de un elixir que deshiciese la rigidez de corazón de su pueblo. El chamán me contó que los de su tribu se empecinaban en controlarlo todo, en adaptar las circunstancias a ellos y en forzar el Río de la Vida. En definitiva: no sabían fluir. Por ello creé las cataratas que llevan mi nombre, para recordarles a los humanos que hay que precipitarse para crear movimiento, que hay que crear ímpetu para poder fluir libre y esparcir gotas de alegría, que hay que confiar en que siempre habrá flujo, que la vida nunca cesa. Y, así, el chamán y toda su tribu se convirtieron en aguas eternas para danzar conmigo la emoción más sublime que pueda contener una simple gota de agua.

MENSAJE CLAVE

«Fluir con las emociones es estar viva, y así liberamos la energía interior que nos ayuda a adaptarnos a todo tipo de situaciones.»

ENSEÑANZA

Las emociones no son ni positivas ni negativas, sino variadas como las especias. Es usted, y sólo usted, quien al etiquetarlas las dota de «vida virtual». El agua fluye sin detenerse ante roca o precipicio alguno.

El agua crea bellos ríos, hermosas cataratas y mares de inolvidable atardecer.

El agua se desborda apasionada para abrirse paso cuando algo o alguien pretendió enmudecer su canto.

Aprender a fluir como el agua es un aprendizaje clave para poder nadar los mares de la providencia existencial. Fluyamos con el Río de la Vida para poder ser abastecidos con lo que es esencial para cada uno en cada momento del discurrir de la vida en su tránsito terreno hacia el cumplimiento de su destino. Fluyendo «sabemos» cuándo, dónde, cómo y con quién o por quién o desde quién o a pesar de quién nuestro amanecer tendrá lugar en cada recodo del camino, en cada remanso, en cada catarata... Fluir es saber que, pase lo que pase, siempre será para nuestro beneficio aunque en ese momento no podamos entenderlo. Fluir, ser agua, es vivir la vida con intensidad, alumbrando dichas y cosechando abrazos de rosa, inundando corazones que jamás nos olvidarán. Ser agua, fluir, es cantarle al viento la promesa de que volaremos juntos cascadas de inmensa lluvia y sembraremos besos sobre las tierras que viajemos en nuestras risas.

Ser agua es saber que uno puede tomar la forma que desee según las circunstancias, sin importarle cuán difícil o retador pueda antojarse el panorama... Somos agua y salvaremos con olas de encanto aquello que nos salga al encuentro.

Ser agua es ser una fuente interminable de abundancia y de prosperidad.

Ser agua es fluir como el río profundo de intenso caudal y amplia vereda, alimentando la espiritualidad que en nuestro fondo germina y crece.

Ser agua para poder formar estalactitas de hielo con el amado del Norte, acurrucándonos en sus brazos para luego ser intensamente derretidos por la Señora de las Primaveras radiantes, y así proseguir en nuestra danza eterna de ciclos vitales.

Ser agua para poder alimentar la dicha que duerme en los corazones de la gente, a la espera de que una gota de rocío le inunde el alma de alegría.

Fluir es sentir la inmensidad de nuestro destino y carecer de miedo y de temor en las alas.

Gélida o cálida, derretida o congelada, mar o río, lago o riachuelo, catarata o cascada, manantial o río subterráneo, hielo o géiser, vapor o gota de lluvia... Contenida en un vaso de papel o en la copa del más exquisito cristal, abrazada por la luz o arropada por su ausencia... Pero siempre agua sin forma y con mil formas a la vez... Agua que convierte desiertos en vergeles por donde su magia discurre.

Emociones para ser experimentadas en todas sus formas como el agua se experimenta a sí misma en todo tipo de temperaturas, lugares, escenarios y ausencias.

Nunca deberíamos negarnos el goce de una emoción por dura o gélida que ésta sea para el alma. La risa sin el llanto no es posible, pues la risa más límpida y transparente en su canto es aquella cuya garganta las lágrimas de amargo llanto han limpiado.

Emocionarse para poder brincar como el agua sobre la catarata de las experiencias y los acantilados vitales. Emocionarse para poder sentir la plenitud del rocío en nuestras mañanas plenas de promesa y de sueños por reclamar.

Sin emoción la vida se estanca.

Sin emoción el mundo enmudece su latido y cesa todo canto.

Por ello, emociónese como el agua en la presencia de su destino.

«Mi alma siempre fue agua que sació la sed de corazones sedientos de sí mismos en la larga travesía de su desierto existencial. Que la emotividad ponga luz en su amanecer.»

Hada nº 3
Oceanïe o el amor

Soy la reina de las sirenas luminosas y estoy enamorada de la luz. Me visto con escamas relucientes, adivinándose incluso en mis cabellos mi origen de luz. Soy la nadadora excelsa del océano providencial, y amo la naturaleza genuina de todas las cosas. Nací de las olas que se generaron en el encuentro del agua con el viento para darle sentido a la vida y amar el aliento del universo entero. Vestida de aire eterno, ligera como el océano de luz, sutiles destellos rojos, reflejos magentas en la mirada y frente despejada para ceñir el viento en mi vuelo a nado. Mis cabellos recuerdan al loto: por eso llevo prendidos algunos de colores luminosos cual guirnaldas excelsas. Como el loto, que hunde sus raíces en el fango, os recuerdo que sólo se puede amar la luz una vez se ha aprendido a amar la sombra. Mi mirada es viento de libertad. Mis ojos rasgados, como orientales, guardan la memoria del aliento divino. Ojos color del amor.

Mis ojos causan estragos, y más de una persona me ha preguntado qué tipo de colirio uso para tener esta mirada tan brillante y exultante. No uso más colirio que el de la libertad de amar a pleno corazón... Lo amo todo, todo.

Le contaré la historia de cómo conseguí mostrarles a las mujeres, y también a los hombres, lo que significa el auténtico femenino. Las hadas encamamos y tomamos identidades humanas para poder hacer esto. Por ello me deslicé en un traje de mujer de procedencia mediterránea y abuelo pescador, para que mi esencia pudiese tener la mejor de las bienvenidas. Y me dediqué a ser pintora. Mis cuadros estaban llenos de mujeres hadadas, cuyos pies calzaban zapatos de algas marinas que se enredaban hacia arriba en su vestido para formar un todo de armonía oceánica. Aproveché mi faceta de artista y pintora para entregar mi mensaje de amor a la humanidad.

Un día regresaba a mi ciudad —había ido de viaje a otro país para exponer mis últimos cuadros—, cuando en el avión se sentó a mi lado un chico de ojos y rostro angelicales. Parecía como si el destino hubiese cruzado nuestros caminos vitales para dibujar olas de aliento en el lienzo de la vida. Nos surgieron alas en el corazón, y decidimos vernos de nuevo.

A todo esto, tengo que contarle que no soy, evidentemente, la típica mujer que espera a que él dé el primer paso, o que juega al juego típico de la damisela que necesita de un hombre para que la rescate de sí misma. Todo lo contrario. Se me escapa la fuerza y la luz por cada poro de mis alas, y a mí me encanta. Pero los hombres no acostumbran a relacionarse bien con semejante seguridad en un cuerpo de mujer.

Yo llevaba mucho tiempo transmitiendo las ventajas de la expresividad del amor, de respirar el aliento del universo, pues mis cuadros son la excusa en tomo a la cual organizamos reuniones para hablar del alma. Como le decía, llevaba mucho tiempo compartiendo con otros mis vivencias terrenales, pero había llegado el momento de expresarme como Oceani'ae. Me encantaba aquel chico de ojos y rostro angelicales. Me fascinaba, y yo sentía que era recíproco. Pero no todo podía ser idílico: él tenía unos cuantos años menos que yo aunque, como hada que soy, no aparento mi edad real. Por ello se puede imaginar que cuando le conté cuál era mi edad (la fecha en la que llegué a la Tierra), así como detalles de mi profesión, se «le removieron las estructuras». Mi esencia no me permite mentir ni esconder, porque fingir lo que no se es o no se siente tan sólo conduce al desastre vital.

Mi amiga Andrea sostiene que en las relaciones amorosorománticas existen unas reglas que deben respetarse, a saber: que él ha de dar el primer paso, ha de tener más edad, recursos económicos, etc. Yo me salto todas esas reglas constantemente porque lo único que me importa es el amor. Sí, ¡respirar el aliento del universo! No creo en eso de aguantarse, comiéndote las alas, hasta que él decida arriesgarse a que le den un no o un sí. Nunca se sabe...

Sinceramente, creo que esconder lo que uno siente, obligarse a encerrar el corazón en una mazmorra y acallarle el sentido, ¡no tiene ninguna lógica! Yo, como hada que soy, aunque lleve traje terrícola, le permito a mi corazón que se exprese. Prefiero arriesgarme —si es que dejar fluir la emotividad es arriesgarse—, que perderme una maravillosa historia de amor —quizá la más mágica de mi vida—, por haberle ahogado la respiración al amor.

Pero hay más. Hecho el preámbulo introductorio, he de contarle que para dejar fluir esta valentía uno ha tenido que visitar las mazmorras del inconsciente, haberse hecho con la sombra y haber aprendido a buscar las respuestas en su interior y no en el exterior. A esto se le conoce como «referencia interna». Cuando uno ha visitado sus oscuridades, sanado sus heridas y reestructurado sus emociones, no quiere volver a pasar hambre de sí mismo nunca más. ¿Cómo se da uno de comer? Le puedo contar cómo hice yo para darme de comer en aquella «oportunidad mágica» que me presentó el destino al cruzar mi camino con el de aquel hombre de ojos y rostro angelicales. Si sigue las reglas de las que hablaba mi amiga Andrea puede que pierda la oportunidad de expresar su verdad y ejercitar su dignidad. Me explico: yo le confesé a aquel chico de ojos de ángel que me gustaba. Asimismo, le hablé de mis intenciones. ¡Cierto! Le hice una declaración de intenciones, es decir, le expliqué que yo no jugaba con los sentimientos de nadie ni entraba en el juego de «voy a fingir que no me interesas para hacerme la interesante», ni iba a exigirle matrimonio, ni rogarle que me hiciese feliz. Le conté que, tan sólo para empezar, quería explorar la posibilidad que el destino nos había ofrecido al sentarnos juntos en aquel vuelo de luna creciente. Le expliqué, del mismo modo, a qué me refería con aquello de explorar. Él se quedó muy asombrado porque nunca en su vida una mujer le había hablado con tanta claridad, y mucho menos sin exigirle una relación, es decir: un «tú y yo, de ahora en adelante, nos regimos por estas normas de relación carcelera: ni cenas con tus amigos, te vienes a vivir conmigo, me haces feliz, y te pasas las veinticuatro horas pegado a mí». Explorar una relación es como explorar el inconsciente. Al principio todo está oscuro, pero poco a poco va haciéndose la luz, y de la incertidumbre pasamos a la recuperación de la memoria y a sentirnos dueños de nuestro destino. Sólo si estamos dispuestos a arriesgarnos podremos desplegar un futuro lleno de felicidad y magia. Nadie tiene la garantía de qué va a suceder, porque ya se sabe: «el hombre propone y Dios dispone», que es lo mismo que decir que el alma tiene razones que el Ego desconoce. Pero si no exploramos la posibilidad, si no nos arriesgamos a abrir la puerta, nunca sabremos qué pudo haber sido...

Amar es la aventura más grande que se le presenta al ser humano. Pero sólo ama aquel que se atreve a amarse a sí mismo y a permitir que los demás le amen. Nadie que no se ame a sí mismo podrá amarle. Observe los ojos de la gente, busque su angelical aliento. Si de verdad ama, le ofrecerá la posibilidad de tener una relación basada en la honestidad y la sinceridad desde el primer instante, y a eso se le conoce como «respirar».

Pero, recuerde. Si ama al otro como a usted misma, y a usted misma le ama de verdad, es decir, sin barreras, reproches, mentiras o disimulos... hará otro tanto con el otro: le amará sin fecha de caducidad, sin exigencias ni contratos, sin normas o condicionamientos, sin tapujos ni disimulos, sin escatimar la alegría que le produce su presencia en su vida, por lo que el angelical roce de sus ojos en sus alas le llenará el alma de dicha y expansionará su corazón para que respire plenamente el aliento del Universo.

Respire.

¡Ah! Olvidaba decirle que cuando las relaciones se dan al nivel del alma, el tipo de conexión que toda hada busca por ser la única válida y auténtica —las relaciones basadas en ella fluyen, a diferencia de las basadas en otros niveles neurológicos del ser que se han de trabajar mucho para que encajen, si es que ello se logra—, no importa la edad cronológica ni las diferencias sociales ni nada. Una conexión en el ámbito de alma se nota porque las dos personas involucradas se entienden, se sienten muy a gusto juntas y todo fluye armoniosamente.

Yo, Oceaniae, surgí de las profundidades del aliento divino para surcar el alma humana y recordarle que la vida es amor, aliento divino. Le susurro al oído del corazón que sin amor la vida se queda fría, que nunca debemos dejar de respirar. Rondo los corazones humanos en sus noches de ausencia para que puedan sentir la suave caricia del aliento divino y amar al ser más importante de su vida: ellos mismos.

Cuando un corazón ha sido tocado por mi gracia ya nunca más puede encerrar su latido, ya nunca más dejará de amar sus amaneceres, y será capaz de observar la chispa divina en todo ser que en su camino se encuentre, ofreciendo su aliento al mundo, nadando en la libertad del sentido. Por eso, si alguien se atreve a hablarle de sus emociones y de las mariposas que el recuerdo de su perfume produce en su ser, a buen seguro ha sido tocado por mi varita.

MENSAJE CLAVE

«El amor es el aliento del Universo, el océano de luz en el que se bañan todos los corazones en su viaje hacia la plenitud, la vida y la belleza de lo eterno.»

ENSEÑANZA

Sin amor, la vida se queda fría. Sin amor no hay destino que merezca la pena ser vivido.

Amar sin límites ni fronteras, de forma incondicional, es propio del alma, y es, asimismo, el único Amor real que, como tal, puede ser así nombrado ya que todo lo demás es puro sucedáneo.

Amar sin reservas, sin límites, sin corsés ni banderas, sin condiciones ni subterfugios... Amar por el placer de amar, por la bendición de sentir correr el aliento del Universo por nuestras venas e inundar nuestros corazones.

Si aún ama con reservas, condiciones, pegas, reproches, miedo, titubeos, ansia, temor, cláusulas, contratos, materialismos, traumas, facturas o sinsabores... es que no ama. Tal vez aún tenga que aprender a amar, a soltar condicionalismos varios, y para ello deberá redefinir qué es el Amor para usted. Igualmente, haría bien en averiguar qué se esconde detrás de su forma de amar. Hay que amar al amor.

Amor, amar... Es el misterio más grande aún sin resolver. Hablamos de amor y no sabemos qué es. Creemos saberlo pero pocos han sentido o sienten esa fuerza descomunal que barre vientos de diferencias, acerca orillas de desencanto, derriba muros de silencio, besa rostros de extraños, abraza almas conocidas en su latido y desconocidas en su rostro, inunda desiertos de ausencia y cubre de bendiciones la vida de quien le abre la puerta.

Amor es un misterio que anida en las profundidades de nuestro espíritu. El amor es Luz y la Luz es el aliento del Universo. Amar es estar vivos. El alma asoma a los ojos y en ella pinta su destello la brisa enamorada; no hay brillo más intenso y profundo que el que emana de un alma henchida de amor en el latido de su inmensidad.

No se trata de enamorarse de alguien: se trata de amar, de fluir esa Luz por nuestras venas, por nuestras vidas. Se trata de estar enamorados de la vida, de nuestra propia Luz, pues ello equivale a honrar la Luz que somos, la esencia de nuestra vida. Y, lo más importante, equivale a estar vivos.

Amar es ser capaz de ver algo positivo en medio de la tormenta, del desastre o del problema que nos quita el sueño. Amar es ser capaz de seguir adelante cuando todo se ha puesto del revés y el temporal amenaza con no arreciar. Amar es creer en la bondad intrínseca de un corazón desprotegido de cariño y brusco en su latido. Amar es sacar fuerzas de donde sea para hallar una solución. Amar es ir al infierno, si hace falta, a rescatar a quien sea de lo que sea. Amar es confiar en que el Universo sabe qué es lo mejor para nosotros mismos. Amar es recordar que detrás de todo comportamiento hay una intención positiva. Amar es darse a uno mismo la oportunidad de hacer un sueño realidad y de volver a intentarlo las veces que haga falta. Amar es ser amable con uno mismo cuando tropieza, se cae o «fracasa». Amar es permitir que la belleza que puebla nuestra alma asome su creatividad y se exprese libremente y sin tapujos de ningún tipo. Amar es aprender a respetar el plan vital, sea cual sea. Amar es negarse a mendigar cariño. Amar es aceptar la soledad como ingrediente necesario para la plenitud. Amar es trascender las barreras de las apariencias. Amar es ser capaces de disfrutar de todo lo que acontece en nuestra vida y exprimirle hasta la última gota a cada acontecimiento vital. Amar es sonreírle al destino. Amar es comer chocolate sin sentirse culpable ni pensar cuántas calorías tendrá. Amar es ir al gimnasio a ejercitar el cuerpo físico. Amar es mantener nuestra casa limpia para honrar así nuestro habitáculo físico. Amar es perdonar todo tipo de ofensas y olvidarlas antes de perdonarlas. Amar es no guardar rencor por nada. Amar es recordar nuestro origen común: la Luz.

Ame y suyo será el reino de los amorosos cielos. Por ello, si quiere gente que le ame por quien es en su alma y no por lo que tiene, comience por amarle usted a sí misma con esa clase de amor que anhela. Cree usted misma la experiencia de amor más bella. Comience por enamorarse de usted y que ésta sea la relación más importante y maravillosa que haya tenido jamás en su vida. La paradoja está en que amándose de esa manera atraerá a la gente de su cuadrilla, es decir, a los que, como usted, saben amar de verdad.

Cuanto más enamorado está uno de sí mismo más luminoso se vuelve. Quizá deberíamos hacerle un monumento a Narciso y devolverle su lugar, pues el narcisismo se comprendió mal... Una sociedad donde la gente no se ama a sí misma ni aprecia sus dones es fácilmente manipulable. Cómprese narcisos y acuérdese de ejercitar el narcisismo sano un poco todos los días.

Cuanto más honre al ser que alberga más se potenciará su capacidad de amar y más amor expandirá hacia el Universo... Por ello, cuando alguien sea amado por usted, podrá sentir el aliento del Universo en sus alas y saberse un privilegiado del destino, pues será amado por un corazón auténtico, pleno de sí mismo y con el brillo de la más pura luz del alma. Ser amado por un ser que expresa su luz no tiene parangón en el mundo, no hay nada que se le pueda comparar. Fomente el amor entre seres auténticos que expresan quiénes son en cada cosa que hacen. Amemos y el mundo entero amará con nosotros, y así podremos llenar el planeta de obras de amor en su más variada expresión creativa.

Ame y el mundo amará con usted creando así brisas de eterna melodía, pues el Amor es el aliento del Universo.

Hada nº 4
Europaë, la Gran Dama Blanca,
o la sabiduría

Mi rostro alberga los surcos que los ríos dejan en su discurrir por la amada tierra. Las arrugas son sinónimo de un alma que ha macerado sus experiencias al amor de la lumbre de las diversas vidas humanas. Mis ojos, de color violeta con matices dorados, profundos y eternos, reflejan la sabiduría del universo. Mi mirada es serena, distante y cercana a la vez.

Yo, Europaë, soy un hada sin edad, y albergo todas las edades, pues todas son necesarias para dar nacimiento a la sabiduría. Mi rostro recuerda al de una anciana, siendo además eternamente joven, radiante y exultante. Visto ropajes elegantes y sencillos de color blanco como la nieve. Mi atuendo es una especie de abrigo de principios del siglo XX, y me toco con un elegante sombrero de época —de ala ancha, de cuyo interior surge una especie de chal que rodea su cuello y se anuda detrás—. Mi piel desprende aroma de canela, rosas y jazmines. Mis cabellos son blancos, brillantes, con reflejos dorados y rosados que sólo se muestran cuando me quito el sombrero para sentir el viento.

Se puede imaginar que con semejante atuendo y aspecto, para poder llevar a cabo mi misión tuve que darme de alta en hacienda como cocinera. Vivo en el campo y tengo un hotel rural, muy coqueto y bonito, apto para retiros espirituales y los descansos del guerrero interior.

Cuando las personas llegan a mi hotel —lo abrazan un lago y un bosque mágicos—, las recibo en la entrada para alumbrarles su llegada, ya que en mi mano izquierda llevo siempre el bastón de la sabiduría —a veces espada de conocimiento, a veces hilo de luz que alumbra la verdad en toda situación.

Nací con la Tierra para albergar la verdad de los conocimientos, la autenticidad de la palabra y su fuerza. Nada existe sin el alma, y no hay más conocimiento que el que brota de ella, pues en ninguna escuela puede aprenderse la Verdad salvo en la escuela divina que escribe su destino en cada existencia humana.

Mi apariencia es la de una mujer vieja pero radiante de vida, de alegre mirada y serena sonrisa. Me aparezco en los sueños de los humanos para recordarles que sólo es cierto aquello que se aprende al calor del alma. Les cuento historias de seres sencillos de corazón que descubrieron la verdad de su alma aprendiendo a mirar hacia dentro y alejándose de las tentaciones materiales. Es por ello que la gente se siente impulsada a venir a mi hotel rural a encontrarse con sus sueños y su destino interior.

Recuerdo el caso de una joven ejecutiva cuyos dolores de espalda le estaban amargando la existencia, y no le permitían trabajar. Como estaba de baja y alguien le había hablado de mi hotel, decidió venirse unos días a probar la medicina de los sueños.

Esta mujer, inteligente y decidida, tenía amargado y amordazado su corazón por decreto de su guerrero interior. Se jactaba de que sus amigos eran todos gente bien situada, con carrera y mucha posición. Ella misma lo era. Pero su vida era una lucha por demostrar lo que valía, lo mucho que ella controlaba su destino y lo exitosa que era en lo material. Ahora bien, cuando dedicamos tantos esfuerzos a consolidar el poder exterior en detrimento de alimentar nuestro interior, dejando toda la basura psíquica (sueños rotos, odios no ventilados, frustraciones no resueltas, amores despreciados, emociones desterradas, genialidad rechazada...) por limpiar y reciclar, el cuerpo acaba por protestar y la vida entera nos exige poner orden en nuestro corazón. Y así fue como aquella mujer maravillosa tuvo que enfrentarse a la verdad de sí misma, pues había mantenido impoluta la fachada de su vida mientras el interior de la casa se derrumbaba y enmohecía.

¿Cómo se puede saber esto? ¿'Cuáles son las evidencias? En el caso de esta mujer teníamos la enfermedad física, por un lado, y la insatisfacción vital y las relaciones amorosas dependientes, por otro.

La enfermedad física se basaba en el dolor. Un dolor que le corroía el cuerpo y que no era sino el reflejo de la flagelación a que tenía sometida a su alma al no dejar a su corazón expresarse, sin permitir que la gente viese lo amable, cariñosa, tierna y dulce que era. Cuando llegó al hotel su semblante era un rictus de amargura y de cabreo vital. Sus ojos lanzaban chispas en forma de virutas de acero congelado a altísimas temperaturas. Mientras, en su interior un volcán pugnaba por salir y como no le era permitido expresarse lanzaba mensajes dolorosos para ver si su dueña se dignaba de una vez por todas a prestar atención.

En cuanto a su vida amorosa, era de estilo «sádico»: tan pronto era la dominadora, castigadora, flageladora del otro, como se convertía en una víctima dependiente y desvalida que no conseguía dejar la relación por mal que la tratase el otro, por más vejaciones —en todos los sentidos— a las que su pareja la sometiese. Ella se jactaba de que hubo una época en la que era muy dura y tenía a los hombres que quería.

Pero ahora que había bajado la guardia, eran ellos los que le propinaban tortazos a su corazón.

Por suerte, el Universo suele ocuparse de nosotros constantemente, y a esta mujer su ángel la vino a visitar en forma de enfermedad extremadamente dolorosa.

Hay un tiempo para sembrar, otro para reposar y otro para cosechar. Cuando no nos detenemos a reflexionar, la Vida nos detendrá tarde o temprano, pues sembrar sin cuidar de la tierra no es posible. Esto equivale a vivir nuestra vida sin ton ni son, a tontas y a locas, simplemente siguiendo el curso de la corriente y el ritmo que marca la sociedad. Esto es lo que le había sucedido a aquella mujer de hermosa alma. Sus éxitos profesionales no hicieron sino poner más de manifiesto su no tiempo de reflexión. Muchas personas consideran que un tiempo dedicado al retiro espiritual, al descanso, a la introspección psicológica o simplemente al ocio del dolce fare nientees una pérdida de tiempo. Uno va almacenando en el área de sombra de la Psïquae todas las frustraciones, desesperanzas y decepciones con la esperanza de que lo tapado equivalga a olvidado y desactivado. Craso error. Se manda a la zona oscura del inconsciente, se coloca debajo de una losa a prueba de bombas, pero sigue activo, sigue doliendo.

No podemos pasar a la etapa siguiente en nuestras vidas si no nos detenemos a reflexionar, a pensar qué queremos hacer, qué tenemos que limpiar, de qué nos tenemos que desprender, hacia dónde queremos ir. Sólo una copa vacía puede volver a llenarse.

Los miedos nos llenan de telarañas el alma, nos aprisionan el aliento y crean defensas infranqueables en nuestra mirada.

Los años de destierro del alma suben a la superficie para ser sentidos en su llanto, y el corazón ha de ser bañado en bálsamo de esperanza y fe para reconfortarse al abrigo del destino imperecedero. Todo se transforma, nada queda y todo pasa. La muerte no es sino el final de una etapa que abre las puertas a otra incierta, por desconocida, pero repleta de promesas por amanecer.

Todas las etapas son necesarias para alcanzar la sabiduría, que solamente la experimentación directa de las cosas proporciona.

Volviendo a aquella mujer ejecutiva, le contaré qué pasó unos cuantos días en el hotel, descansando su alma y reparando su corazón. ¿Cómo lo hicimos? Muy sencillo: respetamos a su guerrero interior —es decir, no se la criticó ni tratamos de cambiarla—. Tan sólo se le permitió seguir siendo como era, ya que la solución no pasaba por cambiar al guerrero sino por añadirle corazón. Al fin y al cabo, el guerrero representa el coraje en nosotros. La fortaleza, sin compasión ni humor; es violencia, por lo que un guerrero sin corazón se convierte en un ajusticiador. Asimismo, un «amante» (el corazón, los sentimientos y emociones), sin coraje ni humor es tan sólo debilidad y dependencia, y el humor sin coraje ni compasión es sarcasmo.

Por consiguiente, dejamos tranquilo al guerrero y fuimos en busca de su olvidado corazón, para fortalecerlo y restituirle su reino. Esto se logra mediante la gran pregunta inicial: «¿Cómo me siento y cómo me quiero sentir?» Seguida de: «¿Qué es lo más importante para mí? ¿Qué anhela mi corazón? Si no existiesen los condicionamientos sociales, ¿qué haría? ¿Qué no haría? ¿Qué diría y no diría? ¿Con quién iría y no iría?»

Sólo un ser que haya unido mente y corazón y, asimismo, haya experimentado la bajada a los infiernos y el regreso al paraíso, puede alcanzar la sabiduría. Una sabiduría que nos permite saber que no tenemos por qué pelearnos con el tiempo ni acumular riquezas materiales a costa de la felicidad de nuestras vidas, ni pretender plantar una semilla y hacerla brotar en dos minutos. No obstante, recuerde que el proceso puede haberse extendido a lo largo de varias vidas, con lo que en la actual puede parecer que la planta brota sin aparente esfuerzo alguno.

En todas las tribus de la Tierra, los ancianos han sido considerados los sabios, puesto que habían tenido tiempo suficiente para reconsiderar sus posturas y creencias vitales. Del mismo modo, habían experimentado y errado lo suficiente como para saber que no hay nada más valioso que el tesoro del corazón, y que la calidad de un ser humano no se mide por la cantidad de posesiones materiales sino por la grandeza de su alma. Por consiguiente, yo, Europa, soy la vieja mujer chamán, sabia, experimentada, libre y sencilla, que os recuerdo que debemos acercarnos a la gente y a las experiencias vitales desde la sencillez del corazón y la sabiduría del alma. Nadie vive nuestra vida por nosotros. Por ello los sabios de corazón han de invitar a la Gran Dama Blanca a presidir sus elecciones vitales.

Permítame a mi, la Gran Dama Blanca, que le cobije bajo mi manto de sabiduría, y así se librará de las cadenas de la esclavitud material.

MENSAJE CLAVE

«Sabiduría es saber que hay un tiempo para preparar, otro para sembrar, otro para reposar, otro para recoger y otro para disfrutar, sabiendo que el esfuerzo y el sacrificio serán el mejor abono para nuestros cultivos vitales.»

ENSEÑANZA

La sabiduría de la Gran Dama Blanca, la señora de la gran luz, borda sentido común, paz, ciencia —paciencia—, y saber de conciencia en nuestro corazón.

La gente inteligente sabe que el conocimiento del alma no se adquiere en universidad terrestre alguna, sino que procede de las experiencias humanas maceradas al abrigo del corazón y a la lumbre de la fórmula «ensayo-error-recapacitar», lo cual nos permite evolucionar y llegar un buen día a saber separar (discriminar) lo realmente importante de lo superfluo, creando así una verdad propia que le libere a uno del yugo del statu quo.

La sabiduría, fuente de verdades liberadoras del alma y alimentadoras del espíritu, anida en seres de puerta abierta a las enseñanzas ancestrales del universo. Sólo aquellos de amplia sonrisa, abierta mente y dispuestos a la aventura del ser humano son los que alcanzarán la fuente primordial y beberán de sus aguas, lo cual equivale a ostentar la espada de la discriminación, pues saber discriminar es lo mejor que le puede acontecer a un ser en su experiencia humana. Libres de las falsas apariencias y de la necesidad de aparentar lo que no somos, sabiendo distinguir lo superfluo de lo esencial, somos libres para decidir nuestro destino, cómo y con quién queremos hacer nido.

Sabiduría para poder ir más allá de lo que enseñan en las escuelas, para poder arrancarle a la vida su secreto. Sabiduría es saber algo esencial sin haber ido a ninguna escuela a aprenderlo. Sabiduría es mostrarle a la gente la esencia de las cosas, pues sólo el sabio es un alquimista de la vida que destila alquimia en cada experiencia, cada latido, cada palabra y cada mirada. Para ser un alquimista no hay que estudiar, tan sólo ser un alma que ha aprendido a distinguir el látido verdadero de las cosas a lo largo de sus muchas existencias. Asimismo, un sabio ha aprendido a no enredarse en las apariencias y a no ser presa de ellas, lo cual desarrolló y potenció su capacidad de hacer alquimia con las cosas... y las personas. Distinguir los comportamientos de la identidad, saber reconocer la integridad, el alma que habita detrás de los títulos, las posesiones materiales y el dinero, es propio de los sabios.

Sólo un necio cree que el dinero da la felicidad o que una persona de mucho dinero es «de buena familia», y hace gala del dicho «dime cuánto tienes y te diré lo que vales». Sólo el necio de alma se acerca a otro por lo exterior obviando el interior. Sólo al necio le preocupa más lo que piensan los otros que cómo se siente su alma.

Sabiduría para ir al núcleo de las cosas, para saber que todos somos iguales, que nuestra esencia es la misma. Sabiduría para llegar al conocimiento que ningún master ni doctorado alguno nos podrá proporcionar jamás.

Sabiduría para no sentirse inferior ni superior a nadie.

Sabiduría para usar el sentido común de forma común, a menudo y ante todo.

Sabiduría para saber que las cosas a veces no son lo que aparentan.

Sabiduría para escuchar lo que la gente nos quiere decir más allá de lo que nos dice.

Sabiduría para saber cuándo hay que callar, y lo que se puede o no se puede decir.

Sabiduría para consultar al corazón y hacer caso omiso de los dictados sociales y de los mass media.

Sabiduría para saber que nadie «da duros a cuatro pesetas».

Sabiduría para reconocer que quien algo quiere, algo le cuesta.

Sabiduría para no dejarnos embaucar por falsos profetas o gurús que nos exigen devoción y nos piden pegarle una patada a nuestro sentido común.

Sabiduría para recordar que Dios es el mismo para todos.

Sabiduría para recordar que el rico de hoy puede ser el pobre de mañana.

Escuche la voz de su sabiduría y haga oídos sordos a los cantos de la insensatez.

Siga, sólo, al sabio que mora en su corazón.

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210 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788491870944
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