Читать книгу: «Plegarias»

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Título original: Prayer

© Thynker Ltd, 2013.

© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO684

ISBN: 9788491876342

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

PRÓLOGO

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NOTA DEL AUTOR

AGRADECIMIENOS

KERR PHILIP. BERNIE GUNTHER

KERR PHILIP. SCOTT MANSON

OTROS TÍTULOS DE PHILIP KERR EN RBA

PARA NICHOLAS B. SCOTT, UN AUTÉNTICO ESCOCÉS

Y UN AMIGO DE VERDAD

El rezo no es el entretenimiento ocioso de las ancianas. Debidamente entendido y utilizado, es la herramienta más poderosa.

MAHATMA GANDHI

Cuando los dioses nos quieren castigar, atienden nuestras plegarias.

OSCAR WILDE

La ira de Dios yace dormida. Se ocultó un millón de años antes de que aparecieran los hombres y solo los hombres tienen el poder de despertarla.

CORMAC MCCARTHY, Meridiano de sangre

PRÓLOGO

CATEDRAL DE SAN ANDRÉS, GLASGOW,

ESCOCIA; 5 DE ABRIL DE 1988

Hacía un día frío y luminoso, pero, como si estuviéramos a mediados de verano, había renunciado a mi ropa gris habitual de lana de oveja y franela gruesa y me había vestido de algodón blanco para la inocencia como todos los demás niños en la catedral.

Estaba temblando, pero no solo por la gélida temperatura de San Andrés; también temblaba porque albergaba un pecado mortal en el corazón, o eso me imaginaba.

El interior de piedra gris se elevaba sobre mi cabeza pulcramente peinada igual que la sala de un antiguo castillo y el aire olía a velas e incienso. Mientras sonaba el órgano de la iglesia y las tenues voces del coro mascullaban palabras extrañas que quizá fueran en latín, enfilé a paso lento y respetuoso el pasillo central hacia el obispo de las dimensiones del fraile Tuck de Robin Hood con las palmas de mis sudorosas manitas juntas como si fuera un pequeño santo —aunque a mis propios ojos era cualquier cosa menos eso—, tal como me había enseñado mi madre.

—Se hace así, Giles —me había dicho, mostrándome exactamente cómo hacerlo—. Igual que si intentaras aplastar algo hasta dejarlo plano del todo entre las manos, que debes mantener cerca de la cara, de modo que las yemas de los dedos casi toquen los labios.

—¿Quieres decir como Juana de Arco, cuando la quemaron en la hoguera? —pregunté.

Mi madre hizo una mueca de dolor.

—Sí. Algo así. Solo que, si lo pensamos mejor, seguro que se te ocurre un ejemplo más agradable, ¿verdad?

—¿Qué tal la reina María Estuardo?

—Alguien que no vaya camino de su propia ejecución, quizás. Haz el favor de intentar pensar en otra persona. Un santo, tal vez.

—Bueno, los santos solo son santos porque antes fueron mártires —sostuve—. Eso significa que la mayoría fueron ejecutados también.

Mi madre puso cara de exasperación.

—Tienes respuesta para todo, Giles —me reprochó entre dientes.

—Una respuesta blanda calma la ira —dije—. Una palabra áspera enciende la cólera. Proverbios quince, versículo primero.

Citar la Biblia era un truco útil que había aprendido en la catequesis. Teníamos que memorizar un texto todas las semanas, y no había tardado mucho en deducir que citar la Biblia también tenía el efecto de silenciar a los adultos criticones. Más útil aún: tenía el efecto de desalentar la atención inoportuna del padre Lees. Tendía a dejarme en paz por miedo al texto que quizá profiriera al verme ante sus manos de sacerdote, como si Dios le hablara directamente por mi boca inocente. Debido a mis conocimientos bíblicos, mi padre me calificaba de santurrón y a veces, de «precoz», y le decía a mi madre que en su opinión enseñar la Biblia a los niños no era bueno. Ella no le hacía caso, claro, pero al volver la vista atrás creo que mi padre tenía razón. En la Biblia hay muchas cosas que no deberían haberse traducido del latín o del griego.

La larga hilera de niños y niñas que formábamos avanzaba a paso lento por la nave de la catedral. Debíamos de parecer una de esas bodas coreanas de la Iglesia de la Unificación en las que se casan cientos de parejas a la vez.

Naturalmente, no se trataba de una boda infantil sino de mi confirmación —el momento en que iba a declarar mi deseo de renunciar a Satanás y a todas sus obras y convertirme en católico romano—, y para todos los demás presentes en la catedral de San Andrés parecía ser una ocasión muy feliz. Todos los demás salvo yo, quizá, porque había algo en la ceremonia que no me gustaba; no solo la camisa blanca, los pantalones cortos y la corbata escolar de marica —que bastante malo era ya—, sino también otra cosa; creo que se podría decir que tenía un intenso presentimiento, como si estuviera a punto de ocurrir algo horrible que de alguna manera estaba relacionado con la comisión del pecado posiblemente mortal que estaba contemplando.

Tenía doce años, y ser precoz significaba que también poseía «una imaginación de aúpa»; así describían mis padres a los niños que como yo exageraban unas cosas y mentían sobre otras. Desde luego tenía ideas propias acerca de casi todo. Esas ideas estaban influidas en algunas ocasiones por lo que había leído en un libro o había visto en televisión, pero la mayoría de las veces era simplemente el resultado de pensamientos infantiles, profundos y a menudo equivocados, que, como mínimo, tenían su origen en mi carácter independiente; si contaba alguna mentira, por lo general lo hacía con buena intención.

Gracias al padre Lees había sido bien instruido en las enseñanzas del catecismo católico romano y el significado de la confirmación, sobre la que puede leerse todo en el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles. Todos los martes durante el último mes había ido a catequesis, donde el padre Lees nos había contado cómo, poco después de Pentecostés, los apóstoles estaban escondidos en una habitación cerrada a cal y canto porque tenían miedo de los judíos, cuando de repente oyeron un ruido que parecía el viento, pero en realidad era el sonido del Espíritu Santo. A continuación, aparecieron lengüecillas de fuego cual llamitas azules de esas de los mecheros de gas butano sobre las cabezas de los discípulos y todos se vieron imbuidos del Espíritu Santo y empezaron a hablar lenguas extranjeras, lo que, según mi hermano mayor, Andy, no era muy distinto de lo que pasaba en El exorcista.

Bueno, a mí no me gustaban los fantasmas ni las historias de fantasmas, como no me hubiera hecho ninguna gracia quedarme en una habitación cerrada con el padre Lees, y desde luego no me atraía en absoluto la idea de que ningún espíritu —santo o no— entrara en mi cuerpo y me encendiera «como una velita para Jesús», que era como nos lo describía aquel horrendo cura en la catequesis. De hecho, esa idea me aterraba. Y tampoco me gustaba la posibilidad de no volver a hablar nunca más inglés, sino algún idioma incomprensible como chino o suajili, que nadie más en Glasgow fuera capaz de entender. Aunque no es que sea tan fácil entender a los de Glasgow: incluso la gente de otros lugares de Escocia tiene problemas con el acento y la carencia de consonantes. Hablar el idioma inglés tal como se habla en Glasgow es más o menos cómo aprender a escupir.

Así pues, había elaborado un plan que iba a salvarme del grave riesgo de la posesión espiritual y del don de lenguas, un plan secreto que no había discutido más que con mi propia conciencia (y desde luego no con mi madre) y que ahora puse en práctica.

Cuando me llegó el turno de recibir la confirmación me arrodillé delante del obispo y, en cuanto me hubo ungido la frente y me hubo abofeteado el rostro con los dedos manchados de nicotina —bastante más fuerte de lo que esperaba— para simbolizar cómo quizá me trataría el mundo a causa de mi fe, y el padre Lees en persona me hubo dado el zumo de pomelo y la oblea que era la sangre y el cuerpo de Jesucristo, rodeé la columna de granito de la iglesia y rápidamente, mientras todos tenían la mirada fija en el chico justo después de mí que en ese momento estaba siendo confirmado, me limpié los santos óleos de la frente y escupí la hostia reseca del paladar en el pañuelo.

Uno de mis amigos del colegio me vio hacerlo, y durante una buena temporada a partir de entonces me apodaron el Hereje, lo que me gustaba mucho. Me daba un aire cruel y refinado, que a mi modo de ver me confería sofisticación. Por lo visto, las hostias no consumidas —que es como se llama la oblea cuando no llegas a tragártela— resultan muy útiles para la comisión de ritos satánicos o la adoración del diablo. Aunque no es que estuviera interesado en adorar al diablo, claro. Creo que ya entonces —es posible que gracias al padre Lees— veía a Dios y al diablo como caras opuestas de la misma moneda mugrienta, aunque me parece que durante mucho tiempo me di bastante maña para ser un buen cristiano.

Ahora bien, se dice que ningún castigo queda impune, y desde luego mi acto de maldad recibió su castigo, pues cuando sacaba del bolsillo del pantalón el recuadro plegado, blanco y limpio del pañuelo en el que me disponía a escupir el cuerpo de Cristo, se me cayó algo del bolsillo, aunque no me percaté al instante. Era mi medalla nueva de san Cristóbal, hecha de plata maciza de las Hébridas, un obsequio conmemorativo de mi madre, y en la que estaban grabados mi nombre —incluida la inicial del nombre del santoral que había tomado para mi confirmación, que era Juan, el hermano de Santiago, y que era el correspondiente a John, mi nombre de pila— y la fecha de la confirmación. La medalla tenía otras características inconfundibles: mi madre había encargado especialmente el diseño a Graham Stewart, que, con el tiempo, llegaría a ser un platero escocés muy famoso. Incluso sé el aspecto que tiene, porque mi hermano sigue en posesión de la medalla de san Cristóbal de cuando se confirmó él, cosa que hizo un par de años antes que yo: la cabeza de san Cristóbal es una copia de un dibujo del célebre artista Peter Howson.

Como es natural, no tardó en descubrirse que había perdido la medalla de plata, y aunque mi madre nunca averiguó las circunstancias exactas y probablemente blasfemas en las que se produjo su desaparición, durante un tiempo me vi obligado a rezar todas las noches para volver a encontrarla.

1

HOUSTON, TEXAS, NUESTROS DÍAS

Desde fuera, la catedral del Sagrado Corazón semejaba una cárcel. Con sus altas ventanas, los bloques de hormigón gris sin fisuras y un campanario independiente, el Sagrado Corazón no parecía un lugar prometedor para charlar con el Todopoderoso. Crucé las puertas y entré en el interior de mármol afortunadamente fresco, donde me recibió un afroamericano bien parecido que lucía alzacuellos de sacerdote y una sonrisa cordial. Me informó de que la misa iba a empezar en treinta minutos y las confesiones dentro de diez, muy cerca del crucero del Sagrado Corazón.

Le di las gracias al sacerdote y pasé hacia el interior. No ardía precisamente en deseos de decirle que hacía mucho tiempo que nadie escuchaba mi confesión. Ni tan solo era católico romano. Ya no. Era evangélico. Y había ido a rezar, no a oír misa, ni en busca de absolución para mis pecados.

Rezar era un error. Nunca debería haber dado alas a esa idea. En cuanto vi las vidrieras de colores extrañamente modernas y la figura de plástico de san Antonio de Padua debería haber dado media vuelta y haberme ido. En comparación con las iglesias católicas de mi juventud, ese lugar parecía demasiado nuevo para conversar con Dios acerca de lo que me preocupaba. Pero ¿adónde más podía ir? No a mi propia iglesia, la de Lakewood. Era un antiguo estadio de baloncesto. Y entre las monstruosidades arquitectónicas que constituían la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos, el mismísimo san Antonio no hubiera encontrado ningún sitio mejor que la catedral católica de Houston para acercarse a Dios. Eso por lo menos lo tenía bien claro, aunque no estaba tan seguro de no estar perdiendo el tiempo. Después de todo, ¿qué sentido tenía rezarle a un Dios que, estaba casi convencido, no existía en absoluto? Era eso lo que me había llevado hasta allí a rezar. Eso y la situación en que se encontraba mi matrimonio, quizás.

Elegí un banco discreto frente al crucero del Sagrado Corazón, me arrodillé y murmuré unas palabras de sonido más o menos sagrado; levanté la vista hacia la sencilla vidriera con su sagrado corazón rojo cómicamente incorpóreo e hice todo lo posible por abordar el problema en cuestión.

«Inspírame, Espíritu Santo, esto..., para que todos mis pensamientos sean puros. Obra en mí, Espíritu Santo, para que mis actos también sean puros... Que no lo son. ¿Cómo iba a ser puro mi trabajo? Veo cosas, Espíritu Santo, cosas terribles, que me hacen dudar de tu existencia en un mundo tan cabrón como este.Y sé de lo que hablo, Señor.

»Fíjate en ese corazón de la vidriera del crucero ahí arriba. Bueno, ya sé lo que se supone que representa, Señor: es la sagrada eucaristía y simboliza el amor de Dios, que tanto nos amaba que se hizo hombre y vino a la Tierra. Sí, eso lo pillo.

»Pero cuando veo ese corazón me acuerdo de Zero Santorini, el asesino en serie de Texas City que les arrancaba ese órgano a sus víctimas y lo dejaba junto a los cadáveres en un precioso nidito de alambre de espino. (El alambre de espino era un bonito detalle sádico, muy en plan Hollywood; también resultó útil, porque es lo que nos ayudó a echarle el guante. Era alambre para vallas de veinte centímetros con triple galvanizado, y Santorini compró veinticinco metros en los almacenes Uvalco Supply de San Antonio). Claro, puedo engañarme pensando que cumplo tu mandato, Señor, pero no me explico que no anduvieras por ahí para echar una mano a alguna de las diecisiete pobres chicas que asesinó.

»Es verdad que la mayoría de esas jóvenes eran drogadictas y prostitutas, pero nadie merece morir así. Salvo quizá Zero Santorini. Según él mismo, instaba a casi todas esas mujeres a rezar para que les perdonara la vida justo antes de asesinarlas; y al no aparecer tú con un rayo en una mano y el Espíritu Santo en la otra, suponía que le habías dado el visto bueno y se las cargaba con una pistola de clavos. Lo irónico de la situación, claro, es que Santorini buscaba alguna clase de señal de que en realidad existes; de que en una situación extrema, como la que había maquinado, quizás hicieras acto de presencia y despejaras todas sus dudas, más que razonables.

»Creí su historia, además. En cierto modo sus actos me parecieron bastante lógicos. Hasta sacó fotos de las pobres muchachas arrodilladas en el suelo, desnudas, con las manos en actitud de rezar, lo que parecía confirmar su versión. Tú, en cambio..., bueno, tengo un centenar de buenas razones para no creer en ti.

»Si existes, entonces lo único que pido es un poco de ayuda para creer en ti. No pido una señal, como Zero Santorini. Y no pido una vida más fácil o un trabajo más sencillo. Solo rezo para que me des fuerza suficiente a fin de lidiar con la vida y el trabajo que ya tengo. El caso es que en los diez años que llevo en el FBI no te he visto arreglar ni una sola vez algo que fuera necesario arreglar. Ni una sola vez. Y tengo la impresión de que, si todos los agentes de Justice Drive que se patean la calle se quedaran en la cama una mañana, esta ciudad estaría más jodida aún de lo que ya está. Desde luego, no te imagino ocupándote de los chalados con los que tengo que vérmelas en Terrorismo Nacional, Señor: los supremacistas blancos, las milicias cristianas, los ciudadanos soberanos, los extremistas contra el aborto, los defensores de los derechos de los animales y los guerreros de la ecología, los separatistas negros y los anarquistas, por no hablar de los islamistas a los que tienen que vigilar los de Contrainteligencia al otro lado del pasillo. No te veo preocupándote por nada de eso, Señor. De hecho, no te veo en absoluto».

Me puse en pie. Era hora de irme. La catedral se estaba llenando. Un sacerdote se acercó en silencio al altar y encendió unos cirios, y arriba en la galería del órgano alguien se puso a tocar un preludio de Bach.

Abandoné el crucero y volví por el pasillo hasta la fachada sur, deteniéndome únicamente para coger un ejemplar del boletín de la parroquia de un montón junto a la puerta, y luego salí al calor de una típica tarde de verano en Houston.

Mi hogar era una casa de piedra y estuco de nueva planta al sudoeste de Memorial Park en Driscoll Street. Desde el dormitorio de la torre que me servía de estudio tenía una buena vista de una calle residencial de Houston de una vulgaridad tranquilizadora: una acera jalonada con varias palmeras agostadas por el sol implacable, y pulcros jardines que casi siempre eran más pequeños que los lustrosos todoterrenos aparcados delante.

Era una casa bonita, pero nunca habría podido permitírmela con un sueldo del FBI, razón por la que el padre de Ruth, Bob Coleman, nos la había comprado. Bob y yo nos llevábamos bastante bien, pero eso era antes de que fuera tan idiota —palabras suyas, no mías— como para rechazar un puesto bien pagado en un prestigioso bufete de Nueva York para ir a la academia de Quantico y prepararme para entrar en el FBI. Bob dijo que nunca habría dado su bendición a nuestro matrimonio si hubiera pensado que iba a echar a perder una carrera de abogado por un sentido de lealtad descaminado. Bob y yo no somos del mismo parecer en muchos aspectos, pero que trabaje para el «gran gobierno» es una razón más para que no le caiga bien y no confíe en mí. Aunque también es verdad que yo siento lo mismo por él.

Dejé mis cosas en la isleta del desayuno y le di a Ruth un beso más largo de lo que ninguno de los dos esperaba, después de lo cual soltó un suspiro y parpadeó como si acabara de dar una voltereta, y luego me ofreció una sonrisa, cálida.

—No me lo esperaba —dijo.

—Me provocas un efecto extraño.

—Me alegro. No me gustaría creer que te aburro.

—Eso nunca.

Fui al cuarto de baño a refrescarme.

—¿Te ha ido bien el día? —preguntó, a mi espalda.

—Siempre me va bien el día cuando vuelvo a casa, cielo.

—No digas eso, cariño. Me recuerda todo lo que se podría torcer cuando no estás en casa.

—No va a torcerse nada. Ya te lo he dicho. Soy uno de los bienaventurados. —Me rocié las manos con desinfectante antiviral; debía de creer que aquello era un antídoto contra la chusma rastrera que me pasaba la vida intentando atrapar—. ¿Dónde está Danny?

—Jugando en el jardín.

Cuando volví a la cocina tenía en las manos el boletín parroquial del Sagrado Corazón.

—¿Has ido a la catedral?

—Andaba por allí, conque decidí pasarme a ver si estaba el obispo Coogan. Te acuerdas de Eamon Coogan, ¿verdad?

—Claro.

Eamon Coogan, en la actualidad arzobispo emérito de la archidiócesis de Galveston-Houston, era un viejo amigo de mi madre, de Boston, adonde se había trasladado mi familia cuando nos fuimos de Escocia.

Fui a la nevera a por una cerveza fría.

—¿Y estaba? —preguntó con dulzura.

—No lo sé.

Se rio.

—¿No lo sabes?

Y entonces adivinó que mentía, porque Ruth siempre se daba cuenta cuando mentía. Después de pasar por la facultad de derecho de Harvard, Ruth había trabajado como ayudante del fiscal en la fiscalía del distrito de Nueva York, donde había demostrado poseer auténtico talento para la acusación y los interrogatorios.

—Ah —comentó—. Ya entiendo. Has ido a confesarte, ¿no?

—No.

Abrí de un tirón el botellín de cerveza y engullí el contenido.

—Entonces, a rezar. —Meneó la cabeza y sonrió—. ¿Por qué no vas a tu propia iglesia a hacerlo, Gil?

—Porque no tengo la sensación de que sea una iglesia. Ya sabes, cuando estoy allí me dan ganas de buscar con la mirada la cabina de prensa y al vendedor de perritos calientes.

Se echó a reír.

—Eso no es justo. No es más que un edificio. No creo que Dios necesite vidrieras de colores para sentirse como en casa.

Me encogí de hombros.

—¿Ocurre algo, cielo?

—No, pero creo que igual acabo de contestar tu primera pregunta acerca de qué tal me ha ido el día.

Apareció Danny por la puerta trasera y, al verme, se abalanzó hacia mí como un ariete humano; apenas tuve tiempo de cubrirme las pelotas con las manos antes de que su cabeza, grande y sorprendentemente dura, entrara en contacto con mi entrepierna.

—Papi —gritó, y me rodeó las piernas con sus bracitos.

—Danny, ¿qué tal te va, grandullón?

—Bien —dijo—. No me he portado mal ni nada de eso. Y no he pegado a Robbie.

Me dio la impresión de que la mirada de Ruth contradecía la espontánea negación.

—¿Robbie?

—El chico de los Murphy —señaló ella—. El de enfrente. —Meneó la cabeza—. Han reñido un poco.

—Ya te lo he dicho. No he pegado a Robbie. Se ha caído.

—Danny —le advirtió Ruth—, ya hemos hablado de eso. No le mientas a tu padre.

—No le he mentido.

Sonreí.

—Cíñete a tu versión, chaval —le aconsejé—. No te vengas nunca abajo en un interrogatorio.

Hice que Danny se diese la vuelta, le acaricié el pelo rubio y fino, y lo encaminé con delicadeza hacia la cocina.

Danny fue al fregadero y se lavó las manos. Ruth ya estaba sirviendo la cena, lo que era la señal para que me desprendiera de la Glock que llevaba al cinto. Ruth no tenía nada en contra de las armas —era de Texas, después de todo—, pero prefería que me la quitara antes de sentarme a la mesa y bendecirla.

Bendecía la mesa antes de todas las comidas en nuestra casa, pero en esta ocasión no las tenía todas conmigo. En lugar de la bendición habitual —«Dios santo, Tú que nos colmas de dádivas, acepta nuestras oraciones y bendice estos alimentos»—, me encontré murmurando unas palabras un poco menos piadosas:

—Señor, te damos las gracias por tener el plato bien lleno y la taza a rebosar y por no vernos obligados a fregarlo todo, amén.

Ruth procuró controlar la sonrisa.

—Vaya, esa es nueva —comentó.

Después de haber cenado, acosté a Danny, le leí un cuento y me fui al estudio de la torre, que es donde ella fue a buscarme después.

—¿Quieres otra cerveza, cariño?

Ruth no bebía, pero no parecía importarle que yo lo hiciera. Todavía no.

—No, gracias, cielo.

Se me acercó por detrás y me masajeó el cuello y los hombros un rato.

—Esta noche pareces un poco distante.

De pronto sentí deseos de contarle todo —a alguien tenía que contárselo—, pero no podría haberlo hecho sin arriesgarme a que discutiéramos. La Iglesia era una parte importante de la vida de Ruth.

—¿Te acuerdas de que te hablé de una banda de moteros?, ¿unos supremacistas blancos que se hacen llamar los Guardias de Asalto de Texas?

Ruth asintió.

—Hemos puesto micrófonos en un bar que tiene la banda en Eastwood. Bueno, pues hoy los he oído hablar de unos asesinatos que se cometieron en 2007. Dos mujeres negras fueron violadas y asesinadas en Southside.

—Qué horror.

—No te lo iba a contar. Pero ha quedado claro por su conversación que fueron los Guardias de Asalto los que cometieron esos asesinatos.

Ruth se encogió de hombros.

—Eso es bueno, ¿no? Ahora podéis detenerlos.

—Ya metimos a alguien en la cárcel por esos asesinatos. Un tipo llamado Jose Samarancho. Trabajé en Crímenes Violentos una temporada nada más mudarnos a Houston, ¿te acuerdas? Nuestra brigada ayudó a que fuera condenado.

—Entonces, esta prueba debería esclarecer el asunto, ¿no?

Seguía sin entenderlo, y no se lo podía reprochar.

—Lo esclarecería si Jose Samarancho continuara con vida. Lo ejecutaron el mes pasado en Huntsville.

Ruth se sentó en mi mesa y frunció los labios.

—Qué horror. Pero no es culpa tuya, cariño. No es culpa tuya en absoluto.

—Claro que es culpa mía. No he pensado en otra cosa en todo el día. —Sacudí la cabeza—. Estaba presente cuando se lo cargaron. Estaba allí, Ruth.

Frunció el ceño.

—Pero si lo condenaron en 2007, habría sido de esperar que siguiera vivo. Bueno, el proceso de apelación puede llevar años, incluso en Texas.

—Jose Samarancho era un ladrón de coches. Tuvo la mala fortuna de robar un vehículo que era propiedad de una de las mujeres muertas, así que había pruebas forenses por todas partes. Habían dejado el coche en el aparcamiento donde las secuestraron los Guardias de Asalto. Samarancho robaba automóviles para costearse su adicción a las drogas, que le provocaba episodios de amnesia, y cuando le presentaron pruebas de que había estado en el coche de la mujer asesinada convino en que debía de haber cometido los homicidios, y confesó algo que no había hecho porque yo se lo metí en la cabeza. Tenía el cerebro tan jodido que hasta se las apañó para rescatar recuerdos fantasiosos inducidos por la droga de sí mismo asesinando a esas mujeres, y acertó con los detalles de chiripa. No apeló la pena de muerte porque pensaba que lo había hecho y, por lo tanto, merecía morir. —Meneé la cabeza con amargura—. Incluso atado a la camilla con la inyección letal corriéndole por las venas seguía rezándole al Señor para que lo perdonase. El pobre idiota murió convencido de que había cometido dos asesinatos horribles y esperando acabar en el infierno.

—Bueno, ¿adónde quieres ir a parar?

—No lo sé.

Fue una cobardía por mi parte, claro, pero me pareció oportuno relajar la situación, por el bien de todos.

—Todo el mundo tiene dudas de vez en cuando —dijo, al tiempo que me apretaba la mano con cariño—. Por eso es la fe lo que es.

Se arrodilló junto a mi silla para apoyar la cabeza en mi regazo y dejarme que le acariciara el pelo.

—Estás cansado y has tenido un mal día, eso es todo.Ven a la cama y permíteme que lo arregle.

—Un mal día. ¿Así describes cuando alguien acaba muerto por mi culpa?

—No fue culpa tuya. Hablas como si no hubiera habido nadie más implicado. Hubo abogados y...

—No puedo eximirme del papel que desempeñé en la muerte de ese hombre. Dios sabe cuánto me gustaría.

—Pero Dios sí puede. Ahí está el meollo del asunto.

—Igual no hay Dios. Igual ese es el meollo del asunto.

—Tú no crees eso, cariño. Ya sabes que no.

—Ah, ¿no? —Suspiré—. De hecho, me parece que sí lo creo.

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