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NOCHE SOBRE AMÉRICA
CINE DE TERROR DESPUÉS DEL 11-S
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
http://www.uv.es/bibjcoy
http://bibliotecajaviercoy.com
Directora
Carme Manuel
NOCHE SOBRE AMÉRICA
CINE DE TERROR DESPUÉS DEL 11-S
Luis Pérez Ochando
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
Noche sobre América: cine de terror después del 11-S
© Luis Pérez Ochando
1ª edición de 2017
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o
parcial ISBN: 978-84-9134-189-5
Imagen de la portada: Luis Pérez Ochando
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Para Elena,
para mis padres,
porque ya sabéis todo lo que hay dentro
Este libro sostendrá la prioridad de la interpretación política de los textos literarios. Concibe la perspectiva política no como un método suplementario, ni como un auxilio opcional a otros métodos auxiliares corrientes hoy en día […] sino más bien como el horizonte absoluto de todas las lecturas y todas las interpretaciones.
Fredric Jameson, The Political Unconscious (1989: 17)
Lo que ofrece el libro no es un análisis neutral, sino un análisis comprometido y extremadamente «parcial», ya que la verdad es parcial, accesible solamente cuando uno toma partido, sin que por ello sea menos universal.
Slavoj Žižek, Primero como tragedia, después como farsa (2011: 10)
Índice
PRESENTACIÓN, Juan Miguel Company
Introducción
Para comprender el miedo
La ideología y el cine: fundamentos teóricos (1)
El mito y el cine: fundamentos teóricos (2)
Preludio con fantasmas: el cine antes del 11 de septiembre
Una mitología para el 11 de septiembre
Monstruos tras los muros: la política del aislamiento
El mundo será América o no será: la política de la cruzada
Líbranos del mal
El espejismo americano
Hacia la noche
Conclusiones
Filmografía cronológica
Bibliografía
Agradecimientos
La investigación es un asunto solitario, pero imposible sin la colaboración de guías que ayuden y permitan que el proceso fructifique. Este libro surge de la tesis doctoral La ideología del miedo: El cine de terror estadounidense, 2001-2011, leída en enero de 2014. En ella, tuve la suerte de contar con la ayuda de tres personas excepcionales, que son los responsables de cuantos aciertos puedan contener las siguientes páginas. José María Bernardo Paniagua, Carlos Cuéllar Alejandro y, sobre todo, Pilar Pedraza Martínez no sólo confiaron en mi proyecto, sino que me ofrecieron aportaciones fundamentales. Vaya por delante mi sincero agradecimiento a los tres.
Aquella tesis fue realizada bajo el programa de becas FPU (Formación de Personal Docente) del Ministerio de Educación y Ciencia, sin cuya financiación no hubiera sido posible. Pero, además, esta circunstancia me permitió trabajar con personas que influyeron en mi formación como investigador y en el desarrollo de este libro. Dentro del ámbito universitario, quisiera agradecer las contribuciones realizadas por Juan Miguel Company, Iván Pintor, Jordi Sánchez Navarro, Juan López Gandía, Miguel Requena, Vicente Sánchez-Biosca y Guy Westwell. A la hora de localizar el material, resultó esencial la ayuda recibida por parte del personal de la biblioteca del British Film Institute. Entre los colegas que se implicaron en el proyecto o me aportaron fuentes, consejos e ideas brillantes, debo un sincero agradecimiento a Rubén Higueras, Francisco López, Antonio José Navarro y, muy especialmente, a Óscar Brox Santiago, de quienes he aprendido más que de las abundantes páginas de bibliografía de esta investigación. Sin embargo, de aquella tesis nunca hubiera surgido el presente libro de no ser por la respuesta entusiasta y el apoyo de Carme Manuel, directora de la Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans, a quien debo agradecer, además de a los tres lectores anónimos que valoraron mi trabajo, sugerencias y comentarios que ayudaron a mejorar y poner al día las páginas que siguen. Una vez más, agradezo a Juan Miguel Company no sólo su apoyo, sino también las bellas palabras de su excelente prólogo.
No en vano, este libro está dedicado a mis padres y a Elena Martínez Fernández. Elena me aportó valiosas ideas, me ayudó con las traducciones, con la localización de películas y libros y con la ardua tarea de las sucesivas revisiones, por lo que no tengo manera de darle las gracias. En cuanto a los defectos, incorrecciones, lagunas y excesos de este libro, son responsabilidad enteramente mía.
Presentación
De una a otra oscuridad
Tras la investidura de Donald Trump como Presidente electo de los Estados Unidos el 20 de enero de 2017, las redes sociales difundieron una historia gráfica del artista argentino Gustavo Viselner que ilustraba, en forma harto expresiva y elocuente, la salida de Barak Obama de la Casa Blanca en tan sólo siete viñetas. Tras urgir a su esposa Michelle a que acudiera al vestíbulo con sus últimas pertenencias, Obama lanzaba una melancólica mirada sobre la que hasta el momento había sido su mansión y accionaba el interruptor de la luz. La penúltima viñeta, entintada de negro, era una metonimia del mapa de Estados Unidos invadido por las tinieblas con el que se ponía fin a la historia. Casi como una prolongación de la misma, Jan Martínez Ahrens se hacía eco, en la edición impresa de El País del 28 de febrero de 2017, de cómo The Washington Post había puesto bajo su cabecera como lema, por primera vez en 140 años, la frase Democracy Dies in Darkness (La democracia muere en la oscuridad).
El lector tiene entre sus manos la versión, corregida y aumentada, de una tesis doctoral que su autor defendió con brillantez en enero de 2014: La ideología del miedo. El cine de terror estadounidense, 2001-2011. Tuve el honor de presidir la comisión que le otorgó las más altas calificaciones y es, sin duda, el mejor trabajo de estas características que he encontrado en mi vida académica. La noche que cae sobre Estados Unidos, en el título que Pérez Ochando da ahora a su texto, empezó en el atentado de las Torres Gemelas, encontrando su primer punto de llegada con la crisis financiera provocada por el estallido de la burbuja inmobiliaria. Y lejos de avanzar hacia un nuevo día, parece haberse entenebrecido, con la misma tristeza sin mañana del gélido invierno austral, en el comienzo de la era Trump que estamos padeciendo. Cuando el autor parafrasea a Gramsci recordando su correlato entre monstruosidad y fascismo en un viejo mundo que muere sin que el nuevo termine de nacer, no sabía hasta qué punto estaba anticipando el presente actual. Es sabido que la noche suele propiciar malos sueños. En palabras del autor, la premisa de partida del libro era establecer una conexión entre el cine de terror y las pesadillas de la Historia e iniciar así una búsqueda de la verdad en el territorio del miedo que nos ayudara a comprender, argumentar y debatir los discursos dominantes. Estamos, pues, en el mismo terreno prioritario que Fredric Jameson deseaba para los textos literarios: el de su interpretación política.
Toda la efectividad analítica del texto de Pérez Ochando descansa en sus consideraciones sobre el poder catártico de aquello que resulta sustancial en el género fantástico: la eliminación del monstruo. Esa vuelta al orden tras su momentánea suspensión consigue aunar las herramientas teóricas del marxismo con el psicoanálisis freudiano:
La irrupción de lo monstruoso en lo cotidiano supone siempre el retorno de todo cuanto ha sido excluido por el orden y que, por lo tanto, debe ser nuevamente desterrado para que la normalidad sea reinstaurada. A través de esta continua tensión entre el orden y la monstruosidad que éste segrega, el cine de terror exhibe los problemas invisibilizados por la ideología; pues tal es, precisamente una de las funciones de la ideología: invisibilizar las relaciones de poder que tejen nuestro entorno cotidiano…. Si tratamos de explorar la relación entre el discurso del poder y la emergencia de lo reprimido en el cine de terror, deberemos analizar la dimensión ideológica del cine de terror, pues es en la ideología donde hallamos el nexo en el que el cine se anuda a su momento histórico…
Lejos del tosco mecanicismo marxista según el cual todo film hollywoodiense confirma la ideología del capitalismo norteamericano —y que tanto lastró cierta crítica francesa post-mayo 68 (Cinéthique) por su exceso de generalidad— Pérez Ochando se centra en analizar, como se decía en aquel artículo colectivo fundador sobre El joven Lincoln de John Ford que Cahiers Du Cinéma ofreció a sus lectores en el verano de 1970, «las articulaciones precisas (y raramente semejantes de una película a otra) del film y de la ideología». Dichas articulaciones son observadas por Pérez Ochando apelando «…a un análisis textual, narrativo y de puesta en forma… sobre una muestra representativa de 600 películas de terror estrenadas entre 1998 y 2011, así como también sobre aportaciones puntuales procedentes de la televisión, el cómic y, en especial, de la literatura».
Hace más de cuarenta años Emilio Garroni postulaba la descripción de operaciones de sentido como objetivo primordial del quehacer semiótico. El modo en el que, a través de la ideología, «…el cine representa los problemas sociales de su tiempo» constituye el núcleo esencial de este libro en su búsqueda comprometida de la verdad en el territorio del miedo. Godard, a propósito de Hitchcock, afirma que son las formas las que, finalmente, nos dicen lo que hay en el fondo de las cosas. Admiramos en Pérez Ochando, la exactitud y precisión de sus análisis formales de las películas, pero no admiramos menos sus cualidades literarias de gran escritor. En él se realiza el aserto de Nietzsche en La genealogía de la moral: para pensar la ética es necesario hacerlo desde la filología. Frente al árido plebeyismo de la escritura funcionaral con el que se suele abordar, entre nosotros, el análisis fílmico, el autor opta por la fruición poética como refuerzo de su lucidez crítica:
No podemos regresar al modelo de familia nuclear porque —como bien sabe el último Spielberg— éste se ha convertido en una anacronía, en un fantasma, en el holograma que John Anderton visualiza una y otra vez en las noches de Minority Report (Steven Spielberg, 2002) o en ese último día perfecto, más allá de la eternidad, en el que el niño robot encuentra a una madre que sí le ama en A.I. Inteligencia Artificial (A.I: Artificial Intelligence, Steven Spielberg, 2001). Toda la filmografía de Spielberg añora una familia unida que tal vez existiera sólo en sueños y que sólo las fantasías del celuloide pueden alcanzar.
Decía Mukarovsky que la tarea de la poesía no es introducir el universo en un sistema, sino revelar al hombre, siempre de nuevo, la realidad. Desde la oscuridad que nos ha tocado vivir, poblada por zombis de rasgos latinos, árabes, orientales y negros, semblantes del otro a destruir en la «política de cruzada» encabezada por Trump («America first»), un libro como éste es un relámpago, luminoso y perdurable, de lucidez.
Juan Miguel Company
4 marzo 2017
Introducción
Desde que empecé a escribir estas páginas, años atrás, el tiempo ha seguido pasando como una máquina de polvo, que va triturando los días, los huesos, las palabras y los sueños. Comenzaba entonces este libro —creyendo que la fortuna estaba de parte de la audacia— con una afirmación que parecía atrevida, a saber, que los movimientos populares que en 2011 exigían menos mercado y más justicia social, habían sido anticipados por el cine de zombis estrenado apenas unos años antes. En 2011, las masas reclamaban para sí el espacio público de las calles y las plazas, desde El Cairo hasta Madrid, desde Grecia hasta Wall Street, pero ya antes la cultura popular había soñado y temido un Apocalipsis del mercado global a la vuelta de la esquina. La premisa de partida de este libro era que existía una conexión entre el cine de terror y las pesadillas de la Historia; una relación que no era unidireccional ni transparente, sino sinuosa y plagada de enigmas. Hoy sigo creyendo que la premisa es enteramente válida y que, más que nunca, debemos seguir indagando en la relación entre el cine y nuestro presente, pues en ella encontraremos no sólo la lógica que subyace a nuestra manera de ver el mundo, sino también la manera en que las representaciones culturales condicionan nuestra mirada.
Así, en el momento de escribir aquellas líneas, me resultaba paradójica la simultaneidad en cartel de dos películas inglesas encomendadas a la advocación de Margaret Thatcher, patrona del neoliberalismo. La primera, La dama de hierro (The Iron Lady, Phyllida Lloyd, 2011), era un filme biográfico consciente y recortado según el patrón de la ideología dominante: lo histórico se reducía a lo personal, lo social y lo colectivo se aplanaban y menguaban para dejar paso a la lucha del individuo por abrirse camino, a la representación de sus flaquezas y sus méritos. La segunda, La mujer de negro (The Woman in Black, James Watkins, 2012), era un relato de terror que, inconscientemente, invoca el fantasma de un pasado que sigue embrujando nuestro presente y arrancando las semillas del futuro.
Crythin Gifford, lugar en que transcurre el relato de La mujer de negro, podría pasar por ser la más lúgubre aldehuela de toda la campiña inglesa, un lugar deprimido y triste por el que se desliza un espectro que ha traído la ruina a la comarca. Los aldeanos aceptan como inevitable la presencia de la fantasma, evitan hablar de ella y no hacen nada a pesar de que sus hijos —el futuro— acabarán destruidos por ella. En Crythin Grifford no hay otra resistencia al influjo del pasado que la del héroe que llega de fuera y éste sólo actúa por la amenaza a perder el empleo y, con él, la posibilidad de mantener a su frágil familia. James Watkins no pretendía que su filme se interpretara en clave de alegoría política sino, más bien, componer una sinfonía del pánico, un tour de force estético; sin embargo, la precariedad familiar y laboral, la descomposición social, la apatía colectiva y, sobre todo, la sombra de un pasado siniestro que se alarga hasta engullir cualquier posible amanecer eran las claves que articulaban el progreso del héroe a lo largo del relato.
Escribía entonces que uno de cada cinco niños británicos vivía por debajo del umbral de la pobreza. El dato no pertenecía a la época durante la que transcurre la película1; tampoco a la era neoliberal de Margaret Thatcher durante la que fue publicada la novela de Susan Hill (1983) que inspira el filme. Procedía de un informe de Save the Children, fechado en febrero de 2011. Del tiempo del relato, pasábamos al de la novela, de éste al de la película y, entretanto, había un hilo invisible que suturaba el pasado con dos momentos clave del neoliberalismo: el de Thatcher y el presente. La comparación entre Thatcher y la mujer de negro podía parecer escandalosa, pero nos llevaba a preguntarnos las mismas cuestiones fundamentales que motivaron este estudio: ¿Cómo establecemos el nexo entre este filme y el neoliberalismo que maldice pasado, presente y futuro en Gran Bretaña? ¿Qué nos dicen las películas sobre nuestra actualidad? ¿Cómo podemos analizar la ideología de los filmes?
Ahora que el Brexit está a la vuelta de la esquina, el panorama se vuelve incluso más sombrío, especialmente para aquellas regiones que —como aquel Crythin Gifford de ficción— estaban ya sumidas en una perpetua recesión y, aun así, votaron salir de la Unión Europea. El Brexit, el auge de la ultraderecha en Europa o la victoria de Donald Trump en Estados Unidos no pueden comprenderse sino desde una derrota cultural que se ha gestado durante décadas. El gran fracaso de nuestra era consiste en no haber creado una ciudadanía crítica, capaz de desmontar los discursos xenófobos y de comprender que la amenaza no proviene de los inmigrantes, las madres solteras o los parados, sino de las élites políticas y económicas. La ultraderecha da respuestas simples, mendaces pero fáciles; las industrias culturales ofrecen modelos y eslóganes deslumbrantes, egoístas pero seductores, retrógrados pero tranquilizadores. Si no educamos nuestra mirada, si no aprendemos a decodificar esos mensajes, nos veremos obligados a que otros miren por nosotros y a que nuestras palabras no nos pertenezcan.
Cuando emprendí este libro años atrás —¡bendita ingenuidad!—, creí que sería mi pequeña aportación a una causa necesaria, la de aprender, colectivamente, a comprender, argumentar y rebatir los discursos dominantes. Las páginas que siguen son el rastro de aquella aventura apasionada, una búsqueda de la verdad en el territorio del miedo, una indagación sobre lo que nos asusta como sociedad y sobre por qué nos asusta, pues sólo conociendo la naturaleza de nuestros miedos, podremos plantarles cara. Conforme pasa el tiempo, más me convenzo de que es imprescindible seguir trabajando en esta dirección.
POR QUÉ UNA IDEOLOGÍA DEL MIEDO
El terror es un género centrado en las angustias de la existencia cotidiana, en nuestros temores en cuanto individuos y en cuanto sociedad, en el miedo a todo aquello que el orden califica como ajeno, como extraño, como antinatural. La irrupción de lo monstruoso en lo cotidiano supone siempre el retorno de todo cuanto ha sido excluido por el orden y que, por lo tanto, debe ser nuevamente desterrado para que la normalidad sea reinstaurada. A través de esta continua tensión entre el orden y la monstruosidad que éste segrega, el cine de terror exhibe los problemas invisibilizados por la ideología; pues tal es, precisamente, una de las funciones de la ideología: invisibilizar las relaciones de poder que tejen nuestro entorno cotidiano.
El objetivo de este libro es analizar la ideología del cine de terror estadounidense, entendiendo ésta como un proceso activo que expresa los principales cambios y fracturas que se producen a lo largo del tiempo. En este caso, estudiamos el periodo comprendido entre 2001 y 2011, en el que las ideologías neoliberal y neoconservadora predominaron en Estados Unidos. Concretamente, nos centramos en los temores procedentes de las paradojas que aparecieron a partir de dos procesos históricos fundamentales: el giro neoconservador producido tras el 11 de septiembre y la crisis financiera global. Para ello, trabajamos sobre una muestra representativa de 600 películas de terror, estrenadas entre 1998 y 2011, así como también sobre aportaciones puntuales procedentes de la televisión, el cómic y, en especial, de la literatura.
La cultura popular es un espacio privilegiado en el que se fragua la hegemonía ideológica2, pues tal como anotaba Antonio Gramsci (2011: 132), en ella la fábrica de la historia se torna evidente: «Para el estudio de la historia de la cultura puede ser a veces más útil analizar un escritor menor que uno grande: porque mientras que en aquel último —el gran escritor— vence con mucho el individuo, […] en el menor, con tal de que cuente con un espíritu atento y autocrítico, es posible descubrir los momentos de la dialéctica de esa determinada cultura con mayor claridad, porque no llegan a unificarse como sucede en el gran escritor». También Louis Althusser y Fredric Jameson apelaron a este examen de las fracturas ideológicas en la dialéctica o, dicho de otro modo, de las contradicciones históricas que el texto no ha logrado unificar y armonizar en su universo estético.
En Filosofía del terror o paradojas del corazón, Noël Carroll (2005) investigaba la experiencia estética específica del miedo estableciendo una continuidad entre cine y literatura3: su interés residía en describir el «terror-arte» desde una perspectiva transversal, lo que le permitía comprender la circulación de temas e influencias que se producen en los territorios del horror; no obstante, es precisa la cautela, pues hemos de conocer los condicionantes y los rasgos de cada medio de expresión. El cine no es literatura, por lo que no basta un análisis temático o narrativo; debemos comprender los recursos del lenguaje fílmico. Nuestro objetivo es descubrir las implicaciones ideológicas de la representación cinematográfica, por lo que apelaremos a un análisis textual, narrativo y de puesta en forma. Sin embargo, dado que el análisis ideológico precisa de unos fundamentos teóricos especiales, habremos de analizar también cómo se integra la ideología en las películas y cómo se transmite al espectador. No nos conformamos con creer que las películas sean escombros que apuntalan la hegemonía cultural ni tampoco nos basta con juzgarlas como un brebaje venenoso con el que nos alienan las industrias culturales4; es necesario analizarlas para descubrir cómo interactúan con la ideología dominante.
LA MASA Y EL ZOMBI
Regresemos por un momento a 2011, el año que clausura la década objeto de nuestro estudio y a las masas de zombis que, en el cine, invadían las calles y las plazas. Lo sorprendente del asunto no era que las masas irrumpieran en el espacio público, sino que retornaran bajo la siniestra forma de los muertos. Años atrás, Gilles Lipovetsky (2002) nos advertía del vaciado del ágora, de la deserción de las masas: la calle y la plaza habían dejado de ser un lugar para la vida política. A partir del giro neoliberal de los setenta, las masas parecían haber desaparecido del tejido urbano, de la vida social, del mapa filosófico y político5. Nos lo advertía y era cierto; sin embargo, también es cierto que esta invisibilización es un objetivo de la ideología capitalista, una ideología que convierte la explotación en valor de cambio, la opresión en consenso, una ideología que se consagra, en definitiva, a borrar del discurso la abrumadora presencia de la masa trabajadora.
Sin embargo, esta misma masa —cuya visibilidad había sido tachada de los medios de información— no llegó a desaparecer nunca del todo. Su existencia seguía vigente en un plano de la realidad tal vez adormecido, pero también en un discurso que percibía su emergencia como amenaza, como enfermedad, como plaga. En el cine de terror, los miedos de la sociedad capitalista emergen bajo el signo de la pesadilla. Mientras nos encaminábamos a la crisis económica, el cine de terror barruntaba un horizonte en el que los excluidos serían tantos que amenazarían con engullir nuestro paraíso occidental. Sin embargo, éste no es el único miedo del discurso dominante que reverbera en los fotogramas, pues el cine de terror invoca tantos fantasmas como problemas reprime el discurso capitalista y, según veremos, en el nuevo siglo los retos y problemas del capitalismo se multiplican hasta alcanzar una dimensión epidémica. Parafraseando a Gramsci, podemos decir hoy que el viejo mundo muere pero el mundo nuevo sigue sin nacer y que, durante este claroscuro, surgen los monstruos6.
Si interpretamos el mundo moribundo de Gramsci como el de la burguesía capitalista enfrentada al soplo de la Revolución, comprenderemos que aquellos monstruos no eran sino los fascistas que lo mantuvieron encarcelado hasta que los barrotes quebraron su cuerpo. En cambio, el mundo moribundo al que asistimos hoy es el del capitalismo financiero, un modelo que ha violentado hasta el extremo los límites del pacto democrático y ha extenuado los recursos del planeta. Son sus manos muertas las que tratan de aferrarse al poder mediante una hegemonía ideológica insostenible. Del mismo modo, los monstruos a los que aludiremos serán los producidos por nuestra propia era en claroscuro. Nos enfrentamos con monstruos de verdad, con aquellos que desalojan al Estado de soberanía popular, con aquellos que bombardean el mundo en su cruzada imperialista, con aquellos que desoyen y reprimen toda disidencia; sin embargo, también el cine se llena de monstruos imaginarios, cuya mera presencia es un índice del conflicto que actualmente vivimos: en ellos se cifra la intención de reprimir toda otredad, pero también un deseo de conocer el rostro de lo ajeno, una mirada que recela del pasado, que teme al futuro y que, no obstante, desea transfigurar el estado de las cosas.
Nuestra intención no es describir el mundo utilizando como metáfora la catástrofe o el naufragio, sino establecer una relación entre las representaciones culturales y los procesos sociales. En el caso del cine de zombis, las diferencias entre zombis y manifestantes son tan obvias que resulta vano enumerarlas. No es lo mismo el maquillaje que las porras ni tienen que ver nada los cerebros putrefactos de los zombis con las proclamas de las calles. Lo que sí cabe observar del caso es la relación entre expresión y represión: el último cine de zombis surge en un momento en el que la ideología neoliberal había erradicado a las masas de los medios de información, pero también en un momento en el que la exclusión y la desigualdad presionaban a esas masas invisibilizadas. Como resultado, la masa reaparecía como la representación de una amenaza escatológica, como la llegada de un fin del mundo tan deseado como temido. Mientras el cine se llenaba de zombis, el poder y los medios afines tildaban a los manifestantes de enemigos, de criminales, terroristas, antisistemas, paganos saturnales allende las fronteras de lo decoroso y lo razonable.
La represión a través de la violencia sólo siembra las semillas de futuras tempestades; ahora bien, el poder no se limita a invisibilizar las voces discordantes, también está en sus planes permitir que hablen de manera que suenen como aullidos, como bestias, como rugidos que amedrentan a los ciudadanos desde aquella otra ribera de lo salvaje. Si tratamos de explorar la relación entre el discurso del poder y la emergencia de lo reprimido en el cine de terror, deberemos analizar la dimensión ideológica del cine de terror, pues es en la ideología donde hallamos el nexo en el que el cine se anuda a su momento histórico. Como defiende Celestino Deleyto (2003: 17), «el cine popular es ante todo entretenimiento y apela a los deseos y a las emociones del espectador, pero el entretenimiento no es trivial ni intrascendente y su capacidad de crear imágenes poderosas, por muy distorsionadas y manipuladas que aparezcan en la pantalla, de nosotros mismos y de nuestro entorno, hace imprescindible el estudio de sus mecanismos ideológicos».
La hegemonía de una clase social no consiste sólo en las porras y las balas, sino también en su capacidad para crear un modelo dominante de cultura y de pensamiento. Para el neoliberalismo, la revolución cultural es una prioridad, una batalla que se libra en el terreno de la representación. Así, para creer, por poner un caso, que es justo recortar el sueldo a los funcionarios, antes hemos de crear una cultura insolidaria e individualista, que asuma como cierto que dicho funcionario es un privilegiado. Analizar la evolución del discurso de la cultura de masas nos permite descubrir el proceso por el que la hegemonía ideológica construye nuestra percepción de la sociedad y la condición humana7. Sin embargo, tal como señala Gérard Imbert, el cine es una caja de resonancias de cuanto sucede en el mundo, no sólo de cuanto se ve, «sino de lo que no se ve, la parte invisible, inconfesable y, en ocasiones, maldita, de la realidad social» (Camarero, 2002: 89).
En la medida en que la cultura de masas es un proceso vivo, en el que concurren distintas fuerzas sociales, descubrimos que funciona como campo de batalla, como una arena en la que el pensamiento dominante negocia, debate o lucha con otras alternativas ideológicas pasadas o emergentes. Hablamos de cultura de masas y, bajo tal etiqueta, entendemos que hoy la cultura popular ha sido absorbida por unas industrias culturales que controlan la producción y distribución de mitos y sueños. Así, cuando hablamos de cultura de masas nos referimos a un conjunto de representaciones que —si bien se enmarcan en la lógica capitalista— han de asumir los rasgos de la cultura popular y cumplir la función de expresar la experiencia y la cotidianidad de esas mismas masas a las que se dirige y que la consumen.
Entretanto, la historia sigue su curso como proceso dialéctico y no sabemos, en este instante del naufragio, si llegará a nacer un mundo nuevo o si, por el contrario, continuará este reino de penumbra de los monstruos8. No sabemos si, a fuerza de machacar las mismas palabras, el viejo orden logrará imponer su misma falsa consciencia o si habrá un cambio en la hegemonía cultural que le permita asimilar las nuevas tensiones y conflictos, lo que sí sabemos es que, durante lo que llevamos de siglo, el cine de terror ha expresado las metamorfosis de una mitología que ya no puede seguir dando respuestas. Quizá los ciudadanos sigan marchando por las calles, pero hasta entonces tendremos en el cine de terror el testimonio de los miedos y esperanzas que la marcha de las masas despertó en nuestra cultura.
Como escribía Gramsci (2011: 133), para producir una cultura nueva, es preciso perseguir una «nueva intuición de la vida, hasta que ésta llegue a ser un nuevo modo de sentir y de ver la realidad y, por lo tanto, un mundo acorde con los “artistas posibles” y con las “obras de arte posibles”». Ignoramos si acaso llegará este mundo nuevo, aún por nacer; mientras tanto, nuestra labor ha de ser comprender y rebatir estas sombras del interregno, estos monstruos y demonios que soñamos durante la espera. No sabemos cuál será el futuro arte posible; sin embargo, debemos entender las obras de nuestro tiempo, con el fin de ofrecer una visión de esa totalidad invisibilizada y dispersa en fragmentos que condiciona la visión de nuestro entorno.
