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Dios de maravillas
Loron T. Wade

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenidos
Tapa
Acerca de este libro
Un ángel entre los indios Waki Kru
El jinete de vestido blanco
Un extraño en la puerta
El poder de la oración
Dios no olvida
El libro del sueño
Enfrentando la muerte
La casa que tembló
Salvado de un torpedo
“He venido para levantarte”
El bosquimano
El día en que los cielos se abrieron para mí
La mano de Dios
Milagro en el mar
Nondis, el leproso
Mi fallido atacante
Salvados por un terremoto
La dama de la casa rodante
Conociendo y haciendo
La oración que salvó mi vida
Sus misteriosos caminos de amor
Malisawa y el ejército celestial
Viviendo la experiencia de Saulo: Jesús es real
Comienzo de la obra entre los dayaks
Fuentes de los relatos en esta colección
Dios de maravillas
Loron T. Wade
Dirección: Mario A. Collins
Diseño del interior: Marcelo Benítez
Diseño de tapa: Nelson Espinoza
Ilustración: Shutterstock (Banco de imágenes)
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. © APIA 1996. © Asociación Casa Editora Sudamericana 2017, 2021.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-332-6
| Wade, Loron T.Dios de maravillas / Loron T. Wade / Dirigido por Mario A. Collins. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-332-61. Vida cristiana. 2. Literatura. 3. Narrativa. I. Collins, Mario A., dir. II. Título.CDD 248.82 |
Publicado el 05 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
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Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Acerca de este libro
Tiene usted en sus manos un libro extraordinario. Es poco y común, porque su contenido consta de una serie de relatos increíbles; acontecimientos que parecen eludir una explicación racional y científica. Son sucesos que en lenguaje común llamamos “milagros”, pero que demuestran que nuestro Dios es todopoderoso y es un Dios de maravillas.
El mundo de hoy se vuelve cada vez más materialista y, por lo tanto, más escéptico. Si pretende no saber nada acerca de milagros es porque de antemano ha decidido que son imposibles.
Pero lo extraordinario de este libro no radica únicamente en la naturaleza asombrosa de los relatos que contiene. Es un libro único porque está muy lejos de ser una obra de sensacionalismo. Es el fruto de varios años de reflexión y cuidadosa investigación acerca del tema. De este proceso han nacido ciertas convicciones, que se han convertido luego en pautas orientadoras y guiadoras en la selección del material incluido en sus páginas.
Comparto el escepticismo que profesan algunas personas acerca de los milagros modernos, pues hay abundancia de supuestos “milagros” que no son sino trucos producidos por la astucia y la destreza de algunos charlatanes inspirados por el enemigo. Otros “milagros” son el producto de la imaginación y el intenso deseo de ver maravillas. Así, hay “curaciones” de personas que al día siguiente vuelven al estado anterior, y otras que no se sujetan en ningún caso al análisis y la investigación de sus fuentes. De manera que hay supuestos “prodigios” que nada tienen que ver con lo sobrenatural.
Por otra parte, el Señor Jesucristo advirtió en contra de los milagros “mentirosos”. Estos pueden ser en verdad eventos sobrenaturales, pero son “mentirosos” porque son hechos con el propósito de corroborar la mentira. Dijo el Señor Jesucristo: “Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Mat. 24:24).
De tales consideraciones han surgido los siguientes criterios que sirvieron de base para orientar la selección de las experiencias que se incluyen en esta colección:
1) Tomar muy en cuenta el carácter y la personalidad de quienes traen la información, y utilizar únicamente experiencias relatadas por personas cuya seriedad e integridad personal estén bien comprobadas.
He escuchado varios de los incidentes de los propios labios de sus protagonistas, personas que son bien conocidas. En la mayoría de los casos, he solicitado corroboración adicional de otras fuentes.
2) Incluir únicamente experiencias que no podrían tener una explicación lógica por medios ordinarios. Estoy convencido de que Dios puede responder nuestras oraciones a través de medios completamente naturales; sin embargo, he incluido únicamente experiencias que obviamente salen de esta categoría.
Los incidentes relatados en esta colección llaman la atención por varias razones:
Abarcan todo el siglo XX hasta nuestros días. De hecho, los he organizado en orden cronológico, hasta donde ha sido posible hacerlo.
Sus protagonistas representan un amplio espectro de nacionalidades y tipos étnicos. Hay pigmeos del desierto africano; hay australianos y latinoamericanos; hay estadounidenses y europeos.
Las intervenciones son muy diversas: Hay casos de protección, sanidad, dirección, alimentación, y algunos otros que tendríamos que llamar simplemente muestras del amor divino.
Vale la pena aclarar que un milagro no puede ser aceptado en lugar de la Biblia para establecer una verdad. En otras palabas, no podemos decir: “Estoy seguro de que fulano dice la verdad porque en su iglesia se realizan milagros”. Hasta se podría discutir si los milagros son realmente necesarios, pues el cristiano no cree simplemente porque se hizo un milagro; y tampoco deja de creer, si no ocurre el milagro en el momento en que él lo solicita.
Los milagros divinos son, más bien, pequeñas muestras del amor divino. Son gotitas de rocío que se deslizan de la Roca, que es nuestro Dios. Sirven para impartir ánimo y asegurar a los hijos de Dios acerca de lo inmutable y lo eterno del pacto y de la provisión divina en su favor.
En ese sentido, el libro Dios de maravillas es un testimonio de la forma en que Dios ocasionalmente interviene en los asuntos humanos para animar y alentar a los peregrinos, mientras esperamos la pronta venida de Cristo en su glorioso poder y majestad.
–El editor.
por Betty Buhler de Cott
Un ángel entre los indios Waki Kru
En 1910, el pastor O. E. Davis era presidente de la Misión Adventista de la Guyana Británica. Un día, llegaron a su oficina noticias de unos indígenas cristianos que vivían cerca del Monte Roraima. Se decía que uno de sus caciques había recibido una visión en la que un ángel le indicó que su pueblo debía cambiar sus vidas y prepararse para la venida de Jesús.
El monte Roraima queda cerca del punto donde se unen las fronteras de las repúblicas de Brasil, Guyana y Venezuela. Aunque se trataba de un viaje de más de 320 km a través de la selva, el pastor Davis decidió ir inmediatamente a visitar a esas personas.
Tras un arduo viaje y muchas penurias, el pastor llegó a las cercanías del Monte Roraima. Durante algunos meses permaneció entre la humilde gente de esa región. Aprendió algunos elementos de la lengua indígena y, a su vez, enseñó al pueblo a cantar algunos de los grandes himnos de la fe cristiana. Pero, tristemente, la constitución física del pastor Davis no resistió la vida hostil de la selva, y poco tiempo después enfermó y murió. Sus restos yacen hoy en un sencillo sepulcro al pie de dicho monte.
Después de la muerte del pastor Davis, transcurrirían 16 años hasta que la Misión Adventista pudiera enviar a un maestro para vivir permanentemente entre aquella gente. Fue en 1927 cuando el pastor Alfredo Cott y su esposa, Betty Buhler de Cott, salieron de Georgetown para establecer su residencia en la aldea de Arobopó. Allí, organizaron una escuelita y empezaron a trabajar con los aldeanos. Más tarde se trasladaron a una aldea más grande y céntrica, llamada Acurima.
Al investigar, constataron que en ninguno de estos dos lugares el ángel se le apareció con su mensaje al cacique. Pero después de algunas semanas, los esposos Cott recibieron una noticia muy emocionante.
He aquí la historia narrada por la propia hermana Cott.
Cierta mañana vino Meme, una joven amiga que nos había acompañado desde Arobopó, y me dijo:
–¿Quiere saber algo?
–¡Claro que sí! –le contesté.
–Francisco me contó algo anoche.
–¿Y qué fue lo que te dijo?
–Viaje de un mes; camino muy malo; mucha, mucha agua; mucho castigar. Encontramos indios Waki Kru (muy buenos). Papá de cacique Promi ver luz grande –concluyó, emocionada.
–¿Cuánto hace que el papá vio la "luz grande"? –le pregunté.
–No sé. Mucho, mucho tiempo atrás.
–Y ¿cómo dijo Francisco que era esa luz?
–Así como el ángel grande que el papá Cott nos enseñó en la iglesia en una gran pantalla.
A raíz de esta conversación, hicimos los preparativos para efectuar un viaje que duraría dos meses. Alfredo y yo teníamos muchos deseos de conocer a este grupo cuyo dirigente había visto al ángel. En agosto, cuando, según se suponía, era la época de sequía, emprendimos lo que fue, por mucho, el viaje más duro que habíamos intentado hasta el momento. Nuestro guía era un fiel hermano indígena llamado Francisco, y la joven Meme nos acompañó para ayudarnos a cuidar de nuestra hijita, Joyce.
Creímos haber escogido la mejor época para el viaje, pero nos desilusionamosal ver que se amontonaban densas nubes a mediados de semana. Todo el día jueves y el viernes viajamos bajo fuertes lluvias tropicales, sin ningún indicio de que fuera a mejorar el clima. El camino se puso resbaladizo, bajo un barro pegajoso y rojizo. Nuestros zapatos pronto se hicieron tan pesados que fue muy difícil avanzar.
El viernes por la tarde acampamos cerca del Salto de Kamá. La lluvia penetraba en nuestra carpa, al punto de que en poco tiempo todo lo que estaba adentro quedó empapado. Fue un momento de desaliento, en verdad. Nos sentíamos tan cansados por el esfuerzo realizado al caminar a través del barro, que no quisimos comer nada. Tendimos en el piso nuestras bolsas de dormir, y al poco tiempo nos dormimos profundamente.
Cerca de las 2 de la madrugada, desperté con la sensación de que alguien trataba de tirar nuestra carpa.
–¡Alfredo! ¡Alfredo! –llamé.
La única respuesta fue el silencio. Empecé a sacudirlo
–¡Háblame, por favor, Alfredo! ¡Los tigres están tirando la carpa!
–No, amorcito –me contestó semidormido–, es solamente el viento. Anda, duérmete.
Y diciendo esto, volvió a dormirse. Estaba tan cansado que ni siquiera me oía. Me incorporé y traté de buscar el rifle, pero, horrorizada, recordé que lo tenían los indios que nos acompañaban, y que ellos estaban acampando a un kilómetro de distancia, donde habían hallado árboles para colgar sus hamacas.
Palpando en la oscuridad logré encontrar un cuchillo, que usábamos para partir el pan. Encontré también una lata vacía. Como no se me ocurría otra cosa, los coloqué junto a la entrada de la carpa. Al retroceder, tropecé con las botas enlodadas de mi esposo. También las coloqué al lado del cuchillo y la lata. Volví a meterme en mi bolsa, y solo entonces comprendí lo absurdo de mi plan de defensa.
Nuevamente sacudí a Alfredo:
–¡Despierta! ¡Tigres, tigres!
–Duérmete, amorcito, duérmete –fue su respuesta.
La carpa volvió a sacudirse. Alguien o algo estaba tirando de las cuerdas. Quedé paralizada de terror. Los latidos de mi corazón retumbaban de tal modo que me parecía escucharlos fuera de la carpa. Algo golpeó cerca de mis pies. Escuché de pronto un terrible gruñido. De un salto quedé sobre mis rodillas, y empecé a orar con un fervor que nunca antes había experimentado. Y cuando lo hice, casi instantáneamente quedó todo en silencio. Seguidamente escuché el ruido de fuertes pasos de animales pesados, que se alejaban gruñendo hacia la selva. Agradecí a Dios por su cuidado protector, me tranquilicé y pronto me sumí en un sueño profundo.
A la mañana siguiente, vi que Francisco examinaba algo cerca de nuestra carpa.
–¡Miren qué grandes son estas huellas! ¡Del tamaño de un plato! ¡Muchos tigres! –exclamó–. Yo los vi allá abajo por el camino; sentí miedo, por eso vine.
Recién entonces Alfredo salió de la carpa.
–¡Qué enormes huellas! –exclamó. ¿Por qué no habré escuchado los rugidos?
Yo le conté cómo lo había llamado sacudiéndolo y lo que él me contestó.
–¿Y por qué no me diste un tremendo puntapié? –dijo, disculpándose.
El domingo muy temprano, Francisco vino a llamarnos a la carpa.
–Papá, mamá Cott. Vámonos, estamos listos para partir. Tenemos que cruzar mucha agua. Debemos ir muy despacio.
Cuando habíamos salido nuevamente al camino, le pregunté:
–¿En qué punto vamos a cruzar el río?
–Aquí mismo –dijo, señalando el enorme salto de agua, el Salto de Kamá.
–¿No me digas que tengo que cruzar este profundo torrente por aquí?
El agua saltaba por el precipicio a una velocidad tal, que quedé horrorizada.
–Sí, es el mejor sitio. Más arriba es demasiado profundo. Yo iré cerca de la orilla. Usted irá conmigo. Yo la sostendré por el brazo.
Dada la experiencia de nuestros viajes anteriores, sabía que la regla de la selva es cruzar exactamente a la orilla de una caída de agua. Pero, ¿cómo podría yo pasar por este enorme salto? Temblando de miedo, permití que Francisco me guiara al agua. Uno de los hombres ya había llevado a Joyce hasta el otro lado, y por unos instantes anhelé ser una niñita pequeña. Alfredo nos dijo que él seguiría tan pronto me viera a salvo al otro lado.
Francisco me había advertido que no levantara los pies, sino que los deslizara, junto con los de él. Lamentablemente, cuando íbamos cruzando por la mitad del torrente, como las piedras estaban sumamente lisas y deseaba terminar lo más pronto posible con esa pesadilla, me apresuré y coloqué el pie delante del pie de Francisco. Donde quise pisar no había nada. ¡Era el fin! En ese momento me sentí caer por el salto. Grité con todas mis fuerzas, y casi al instante los dedos de Francisco se hundieron en mi brazo. Juan, que nos seguía de cerca, escuchó mi grito, y dejando caer la carga que traía –la cual se perdió por el precipicio– me sujetó por el brazo y gritó:
–¡Maza! [¡Deténgase!]
Yo temblaba como una hoja, al darme cuenta de cuán cerca estuve de ser víctima de este peligroso salto. Con mucha calma, Juan dijo:
–No levante el pie. Deslícelo por la parte donde está la piedra... despacio, despacio...
Como pude, fui deslizando el pie contra la corriente, centímetro tras centímetro. Ya otro de los cargadores había llegado para ayudarnos. Los tres hombres empezaron a alejarme del peligroso agujero. Juan y Francisco seguían diciéndome:
–Despacio, camine despacio –y así lo hice.
Movía los pies solamente cuando ellos movían los suyos.
Por fin, después de lo que me pareció una eternidad, alcanzamos la orilla. Cuando estuve a salvo una vez más, me di cuenta de que Joyce, Meme y Marjorie estaban llorando.
–Mamá Cott, creíamos que usted estaba muerta, ¡muerta!
–Dios está despierto –les dije con humildad.
Fue con cierto sentimiento de reverencia que nos acercamos a la aldea de Auca, el cacique que había recibido la visión. ¿Sería posible confirmar las historias que habíamos escuchado?
Al llegar, nos saludaron como era costumbre en esa región: los indios nos dieron la mano, nos abrazaron y soplaron amigablemente el aliento en nuestros oídos. Entonces nos preguntaron:
–¿Nos permiten ver sus Biblias?
La pregunta nos causó sorpresa. Era la primera vez que algún indio, al saludarnos, manifestara interés en ese Libro que significa tanto para nosotros.
Cuando les mostramos las tres Biblias que habíamos traído, sus ojos brillaron de alegría.
–Ustedes son nuestros misioneros –afirmaron.
–¿Cómo saben que somos misioneros? –les preguntó Alfredo.
–Auca dijo que ustedes traerían un libro negro del país que se llama Inglaterra; así sabríamos que había llegado la gente que esperábamos.
Abrimos las tapas de nuestras Biblias y comprobamos que, efectivamente, las tres habían sido publicadas en Inglaterra. Cerramos la Biblias con reverencia. ¿Sería posible que el Señor hubiera preparado a estas personas para nuestra llegada cuando nosotros aún éramos niños? Calculamos que Auca había tenido sus sueños alrededor de 1902.
Auca había muerto, pero su hijo, el cacique Promi, había instruido bien al pueblo. Esta era la aldea más limpia que jamás habíamos visitado. El vestido de la gente les cubría mucho más el cuerpo de lo que ocurría con otros indígenas que habíamos encontrado. Sus costumbres eran más higiénicas que las de otros nativos. Hasta olían a limpio.
Entre otras cosas, nos asombró enormemente su conocimiento de algunas palabras del inglés. Cuando les preguntamos dónde habían aprendido, nos contestaron:
–Auca nos enseñó. El ángel le enseñó a Auca.
Conocían bien en inglés ciertos términos bíblicos muy significativos, como Santa Biblia, aleluya, Nueva Jerusalén, Espíritu Santo, el cuerpo es un templo, Jesús, Padre Celestial, gran luz, Satanás, pesar y pruebas. Así, pudimos comunicarnos fácilmente mediante ese sencillo vocabulario de términos referentes a la Biblia.
El cacique Promi y los integrantes de la aldea nos guiaron hasta una casa limpia, blanqueada con cal.
–La hicimos para ustedes –nos dijo orgullosamente el jefe– Nos tomó muchos meses.
Aquella casa nos pareció prácticamente una mansión, y nos sentimos muy agradecidos por el privilegio de quedarnos por unas semanas en un lugar tan agradable.
Apenas habíamos abierto nuestras maletas para sacar ropa limpia, cuando unas muchachas de la aldea llamaron nuestra atención desde la puerta, aplaudiendo.
–Hermana, hermano, –nos llamaron.
Nunca antes en la selva se nos había llamado así. Cuando abrimos la puerta, ellas muy bondadosamente nos ofrecieron plátanos, papas y yuca. Nos impresionó gratamente ver que los tubérculos habían sido lavados y limpiados perfectamente, algo que los otros indios jamás hacían. Muchas de las tribus tenían miedo al agua, y algunos hasta creían que era venenosa.
–¿Por qué lavaron estas cosas? –pregunté a las muchachas.
Madelina, sobrina del cacique Promi, me contestó con una hermosa sonrisa:
–El ángel le dijo a Auca que debíamos lavar la comida. Limpio, limpio...
Cuando las jóvenes se fueron, le dije a Alfredo:
–¿Qué otras sorpresas encontraremos en esta aldea? Creo que debes anotar los incidentes que estamos viendo y oyendo. Debemos informar de esto a la Unión y a la División.
–Ya empecé a hacerlo, amor –respondió mi eficiente esposo.
Apenas habíamos terminado de comer, el cacique Promi apareció en la puerta, para informarnos que los indios estaban reuniéndose para celebrar un culto. Rápidamente recogimos el proyector, una sábana para la pantalla, la trompeta y el saxofón, y nos dirigimos hacia la iglesia, que estaba pintada de blanco. Al entrar, quedé maravillada al ver todo tan limpio, y observé que sobre la plataforma había un hermoso arreglo floral con orquídeas. Era la primera vez que veía flores en una iglesia en medio de la selva, pues hay tantas flores en los alrededores que los indios no se preocupan por hacer arreglos florales.
Colocamos la enorme sábana al frente de la sala. Al principiar la reunión, los indios cantaron un himno en inglés que yo no había escuchado jamás. Nos parecía música celestial. Las palabras cantadas con profundo sentimiento, eran algo más o menos así:
“Santo, Santo, Dios Todopoderoso. Amamos a nuestro querido Jesús. Anhelamos escuchar el canto de los ángeles algún día en la Nueva Jerusalén.
Alfredo invitó a Promi para que hiciera la oración. Cuando la gente se arrodilló, me fijé particularmente en los niños. Ellos se arrodillaron junto a los mayores con mucha reverencia, cubriendo sus ojitos con las manos. Durante la oración no escuché un solo ruido, solamente un coro de voces que repetía ordenadamente las palabras de Promi. La forma tan reverente en que lo hacían nos conmovió hasta lo más profundo de nuestra alma.
Después de que Alfredo tuvo las palabras introductorias, encendí el proyector y el primer cuadro apareció en la pantalla. Inmediatamente Madelina saltó sobre sus pies. Su rostro estaba enrojecido de emoción, y sus ojos brillaban mientras exclamaba con suma alegría:
–¡Eso es lo que mi abuelo dijo que los misioneros iban a mostrarnos! El cuadro en la pantalla era de Jesús y los ángeles.
El cuadro siguiente mostraba la mesa puesta delante de los santos en la Nueva Jerusalén.
–¡Ah! ¡Ah! –exclamó Promi. ¡Auca vio esa mesa muy, muy larga!
Más adelante, les mostramos un cuadro acerca de la creación de los animales. El esposo de Madelina, que era un gran cazador, dijo:
–El abuelo nos contó que cuando lleguemos al cielo, veremos al tigre y al cordero durmiendo juntos. Eso es lo que yo quiero ver.
La última imagen de la velada era la venida de Cristo en las nubes gloriosas. Al ver este cuadro, todos exclamaron con profunda emoción: –Auca nos contó acerca de esto. El ángel le dijo a Auca.
Estábamos deseosos de conocer todos los detalles de esta maravillosa historia antes de pasar más vistas. Así que, a la mañana siguiente, Alfredo buscó a Promi con una libreta de apuntes en la mano.
–¿Podría decirme qué fue exactamente lo que vio su papá?
–Vamos a la iglesia y le contaré. Ahí nadie nos molestará.
Una vez que se sentaron cerca del púlpito, Promi comenzó su historia:
–Cierto día, mi papá celebraba una reunión; súbitamente dejó de hablar. Sus ojos parecían de vidrio. Miraba hacia el cielo y ya no respiraba. Yo creí que estaba muerto.
–¿Cuánto tiempo permaneció así? –le preguntó Alfredo.
–Hasta cuando el sol estuvo alto en el cielo. Todos teníamos mucho miedo. Nadie había visto semejante cosa. Algunos trataron de acostarlo, pero nadie pudo moverlo. Permaneció como una roca.
Promi hablaba en voz baja mientras describía la escena:
–Cuando Auca respiró profundamente y empezó otra vez a abrir y cerrar los ojos, le pregunté: “Papá, ¿estás enfermo?” Entonces me contó lo que vio. Papá dijo que el cielo es un lugar glorioso. Él no quería volver a la Tierra. Esta Tierra es un lugar malo; él quería permanecer en el cielo. Aquí trabajamos con cuchillos y machetes para vivir, pero en el cielo no será así.
–Es asombroso –exclamó Alfredo–. ¿El ángel vino más de una vez?
–El ángel vino muchas, muchas veces.
–¿Auca siempre permanecía como una roca cada vez que venía el ángel?
–No; algunas veces, cuando el ángel venía él estaba acostado en la cama.
–¿Y cuándo fue que el ángel vino por primera vez?
–Hace mucho, mucho tiempo. Yo era aún muy pequeño, pero lo recuerdo bien. Cuando papá llegó a ser cacique, oró y habló con el Gran Espíritu. Durante muchos días y muchas noches él oró. Contó al Espíritu que él quería que su pueblo fuese bueno. Fue entonces que el ángel vino y habló con él.
–¿Qué fue lo primero que le dijo el ángel?
–El ángel dijo que el pueblo debía lavarse y ser limpio. Papá tenía tres esposas. El ángel le dijo que debía tener solo una. Auca dijo a dos esposas que debían irse. Se enojaron, trataron de envenenarlo. Auca dijo a todo el pueblo que debían ser limpios y tener una sola esposa. El ángel le dijo a papá una noche que debía guardar el séptimo día como día santo. El ángel dijo que el sábado empieza a la puesta del sol el viernes, y que el tiempo es sagrado hasta que el sol se vuelve a ocultar otra vez. Dijo que no trabajáramos entonces, y que comiéramos poca comida el sábado. Mucha comida da sueño.
–¿Cómo supo su papá cuál día era el sábado?
–El ángel le dijo a papá cuál día era.
–¿Cómo llevaron la cuenta de los días de ahí en adelante?
Promi sonrió.
–Hicimos nudos en cordones. Nudo grande significa sábado. ¡Fácil!
–¿Dónde adoraban antes de construir la iglesia?
–En la casa de papá. El la limpió. Papá dijo a la gente lo que los ángeles le dijeron.
–¿La gente hizo lo que el ángel había indicado?
–Sí, la gente quería a Auca. Él era generoso y bueno.
Ellos hacían lo que él decía.
–¿Usted construyó esta iglesia tan bonita?
–No. La construyó Auca. La gente lo ayudó. Yo ayudé. Cuando se terminó, Auca dijo que alguien tenía que mantenerla limpia; que debíamos poner flores hermosas en la iglesia.
Jamás nadie en la selva nos había dicho que debía haber alguien encargado de mantener limpia la iglesia. Toda esta revelación nos dejó mudos a Alfredo y a mí. Pero aún quedaba más por saber.
Al día siguiente, pedí a dos de las mujeres que reuniesen a todas las madres de la aldea para una charla. Enseguida se juntaron todas en la iglesia, deseosas de escuchar lo que yo les tenía que decir. Les mostré unos cartelones acerca de las carnes limpias y las inmundas, haciendo énfasis, particularmente, en el hecho de que no es lícito beber sangre. Había visto a muchos indios en los viajes matar a un animal, desangrarlo y bebería en el acto. Observé que las mujeres sonreían, y me pregunté si había dicho algo incorrecto. En esto, Madelina ya no pudo contenerse. Se puso en pie, y con una amplia sonrisa me dijo:
–Pero, hermana, nosotros no tomamos sangre. Tampoco comemos carnes inmundas. No comemos cerdo, ni conejo, ni ratas ni pescado sin escamas.
Al parecer, mi perplejidad era evidente, pues ella añadió enseguida:
–Auca nos dijo que no debíamos hacerlo. El ángel le dijo a Auca.
Así que, intenté otra cosa. Les dije que no debían hacer cachire (un poderoso aguardiente nativo). Nuevamente, todas se sonrieron.
–Bueno –les dije, riéndome– ustedes no hacen cachire, ¿verdad?
–Auca dijo: cachire nos emborracha. Es sucio. El pueblo aquí no lo usa –contestaron varias.
Cuando les mostré cómo dar sencillos tratamientos con agua, como fomentos, etc., Mary, la esposa de Promi, me informó que ellos trataban a sus enfermos de esa forma desde hacía muchos años.
Al volver a casa, comenté a Alfredo:
–¿Qué puedo enseñar a esta gente? Todo lo que he tratado de enseñarles, ya lo saben y lo practican.
–A mí me ha pasado lo mismo –dijo Alfredo.
–En vez de que les enseñemos nosotros, ¡ellos lo hacen! Su reverencia y sinceridad sobrepasan en mucho a lo que hemos visto antes, aun en el mundo civilizado.
–Sí; además les he escuchado orar y cantar a las cuatro de la mañana.
Promi me contó algunos detalles acerca del Juicio y las siete postreras plagas, tal como lo creemos nosotros. Dijo que el mundo será destruido por fuego y granizo. Él lo llamó “plomo”, que significa disparo. Y dijo que el granizo sería arrojado desde el cielo a los malvados.
Madelina nos dijo que Auca les anunció un día que él iba a morir. El ángel le había dicho que él no viviría para ver a los misioneros. Les aconsejó que fueran fieles; pero les advirtió que algunos se apartarían del mensaje. Y descubrimos que esto fue así. Por cierto, Auca nunca halagó a su pueblo; antes bien, los exhortó y amonestó pacientemente.
Luego supimos que la palabra Auca significa “Gran Luz”. Alfredo le preguntó a Promi quién le había puesto ese nombre a su papá.
–El ángel le dijo a mi papá –contestó Promi– que su nombre era Auca.
Los indios tenían un himno que cantaban a la hora del crepúsculo. Lo cantaban mientras veían ocultarse el sol al final del día; y al acordarse de la Nueva Jerusalén, comparaban las tristezas de este mundo oscuro con las glorias de la Patria Celestial, donde no habrá noche. Y lloraban mientras cantaban.
Así pasaron los días de nuestra estancia entre ese pueblo maravilloso. Nos fue muy difícil despedirnos de ellos. Sentimos que habíamos experimentado un pequeño anticipo del cielo. Y nos acordamos del pasaje de Joel 2:28: “Y acontecerá que en aquellos días, derramaré mi Espíritu sobre toda carne”.
Nuestra visita a estos indios impresionó nuestra mente indeleblemente con la verdad de esta profecía. Ahora estamos seguros de que todos los observadores del avance del mensaje en estos últimos días descubrirán, como nosotros, los medios extraordinarios que Dios está usando para terminar su obra.
por Minot de Hamm–1917
El jinete de vestido blanco
Hacía un calor sofocante. A su paso, los caballos levantaban el polvo del camino formando nubecillas oscuras, que cubrían rápidamente los rostros y los cuerpos sudorosos de los dos jóvenes viajeros. Delante de Haroldo y Tulio, el camino se extendía siempre cuesta arriba hasta la cima del Quindi’o, la gran cordillera central de Los Andes colombianos.
Haroldo Brown, el mayor de los dos, contemplaba con tristeza la alforja en la cual había aún doce de los quince libros que había guardado allí cuando salió con Tulio de Bogotá, hacía ya más de una semana. No les había ido muy bien con la venta de esos libros. Haroldo aún se preguntaba si no tendrían razón sus amigos estadounidenses, cuando le decían que era una idea descabellada sacrificar tiempo de los estudios para pasar todo el año 1917 vendiendo publicaciones cristianas en Sudamérica.
El escaso éxito obtenido en las ventas de esa semana lo tenía confundido. Aunque en realidad lo motivaba algo más que el dinero que esperaba obtener de las ventas, dinero que necesitaría para sufragar los gastos de su último año de estudios de Teología. El motivo principal que lo había llevado a Colombia era tener la oportunidad de conversar con los hombres y las mujeres acerca del Señor Jesucristo, y ayudarlos a conocer mejor su Palabra.
Haroldo sabía bien lo que dice la Biblia en Isaías 52:7: “Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz”. Así que, para Haroldo, estar en Colombia era vivir un sueño hecho realidad. Pero jamás hubiera imaginado que sería una experiencia tan difícil. ¡Qué cansado estaba de montar a caballo día tras día! ¡Y el calor era otra cosa! Tulio, el joven colombiano que lo acompañaba, también estaba muy decaído; y a decir verdad, muy poco ánimo le quedaba a Haroldo para compartirlo con su compañero.
Para colmo, esa misma tarde Haroldo y Tulio pasaron por una experiencia que los desanimó por completo. Sucedió que llegaron a una taberna donde encontraron a unos ocho o diez hombres que jugaban tejo. Durante un rato permanecieron observando el juego, que consiste en tirar unas argollas de hierro contra un bocín, en el cual se encuentran mechas de pólvora; al ser alcanzadas por las argollas estalla la pólvora, y resuenan las explosiones como disparos de fusil. Sumados al estridente ruido los gritos emocionados de los jugadores, ya bastante ebrios, el campo de tejo parecía más bien un campo de batalla.
Cuando el juego terminó y los hombres volvieron a la taberna para seguir bebiendo, Haroldo y Tulio ataron sus caballos y entraron tras ellos. Los hombres los miraron con extrañeza, pero se quedaron aún más asombrados cuando los jóvenes les explicaron que no tomaban ni cerveza ni aguardiente. El dueño de la taberna, cortésmente, les ofreció agua señalando una caneca de agua de lluvia detrás de la casa. Una pequeña nube de zancudos volaba alrededor de la caneca, y cuando la hijita del cantinero les trajo agua en una cáscara de tutumo, sintieron inmediatamente un sabor amargo en el agua.
Después de apagar parcialmente su sed, Haroldo sacó uno de los libros que traían y empezó a mostrarlo a los hombres, explicando en un castellano todavía vacilante las virtudes de su contenido. Los hombres se agolparon alrededor, tratando todos a la vez de ver los singulares cuadros del libro. Al parecer, les llamaba mucho la atención el acento extraño del joven “gringo”. Pero cuando Haroldo preguntó quiénes querían quedarse con un ejemplar del libro, la atmósfera cambió.
–Muy pobre la cosecha de café –explicó uno–, y ayer me tocó pagar la cuenta de la cerveza.
Guiñó el ojo al cantinero y se rio estruenduosamente.
Haroldo se dirigió a un joven que tenía una expresión sincera y triste.
–¡Ah! Si tan solo supiera leer... –dijo el muchacho.
Luego, un hombre alto, que tenía una mirada de forajido y el rostro poblado de gruesos bigotes, se acercó y escupió en el piso.
–Ese libro a mí me huele a algo escrito por esos diablos de protestantes –vociferó el hombre–. ¿Qué es lo que ustedes pretenden, al ofrecernos ese libro, señores? ¿Quieren que me lo lleve y lo ponga junto al cuadro de la virgen, en casa? Claro que sería una sorpresa interesante para el señor párroco, cuando vaya a casa la semana entrante para bautizarme a la niñita que acaba de nacer, ¿no les parece?
El hombre y todos sus compañeros se rieron a carcajadas. Luego se inclinó con un ademán de burlona cortesía:
–Mis estimados señores, hasta ahora nunca habíamos tenido el honor de recibir a protestantes en estos lugares. Ah, pero no se preocupen, nosotros sabremos tratarlos como bien se lo merecen.
Sus últimas palabras fueron pronunciadas a gritos, mientras el hombre pasaba la mano por la funda de su machete, amenazadoramente. Entonces dio un salto hacia Haroldo y Tulio, desenfundó el machete, lo hizo volar por encima de sus cabezas y asestó unos golpes violentos contra un poste de la casa, antes de volver a introducirlo en su funda.
–Sí, ya lo entendemos –explicó Haroldo, mientras guardaba nerviosamente los libros en la alforja.
Después de este incidente, por algún tiempo Haroldo y Tulio siguieron su camino en silencio. Cada uno concentrado en sus propios pensamientos. Mientras caminaban, veían bajar el sol para ocultarse al fin tras las montañas, y se preguntaban qué sería peor, el calor del día o el intenso frío que vendría al caer la noche. Haroldo deseaba, además, no encontrarse con nadie por el resto de la tarde, pues no se sentía capaz de hacer otra presentación de los libros en esas circunstancias.
Un rato después, vieron delante de ellos a un hombre que parecía estar descansando su cabalgadura al lado del camino, mientras esperaba a que los jóvenes lo alcanzaran.
–Buenas tardes, señores –los saludó cortésmente, cuando Haroldo y Tulio pasaban cerca de él.
En seguida notaron que había algo diferente en este hombre. Por una parte, era extraña su forma de vestir: en medio de tanta polvareda, vestía un inmaculado traje blanco. Y su rostro reflejaba benevolencia y sinceridad.
–¿Adónde van, jóvenes? –les preguntó amablemente.
El tono de su voz revelaba a una persona refinada y culta.
–Queremos llegar hasta Granada –respondió Haroldo–. Nos dicen que está exactamente al otro lado de la cordillera. ¿Cree Ud. que llegaremos esta misma tarde?
–Sí. Es verdad que está lejos, pero llegarán sin problema –les dijo el desconocido con seguridad.
Luego miró las alforjas.
–Y ¿qué los trae por esta región? –preguntó.
–Estamos ofreciendo unos libros que tratan de la vida de nuestro Salvador y su segunda venida a la Tierra –respondió Haroldo–. Pero pocas son las personas que se interesan en ellos. Estoy casi decidido a abandonar el trabajo.
Haroldo se sorprendió de sus propias palabras: ni siquiera lo había admitido en su interior, y ahora se lo contaba a este hombre totalmente desconocido.
El caballero los miró solemnemente.
–No, amigos. De ninguna manera piensen en eso. En estas montañas hay muchas familias que esperan las nuevas que ustedes traen. Dios los ayudará a encontrarlas y les dará éxito en el trabajo.
Habiendo dicho esto, el hombre saludó a los muchachos cortésmente con la mano y se despidió de ellos.
Haroldo ,quedó pensando en sus palabras, mientras proseguían su camino.
¿Cómo es posible, se preguntaba, que unas sencillas palabras pudieran cambiar tan radicalmente el estado de ánimo de una persona? Ahora sentía nuevamente la tranquila seguridad de que Dios los acompañaba en su trabajo y que al fin tendrían éxito.
Pronto, rodearon un crestón de piedras y empezaron a bajar a lo largo de una pedregosa quebrada. Llegaron a un punto donde tenían que cruzar el río, algo que les había tocado hacer varias veces durante ese largo día. Comenzaban a pisar el agua, cuando la yegua de Tulio resbaló y cayó. Antes de que el muchacho pudiera reaccionar, fue arrojado violentamente al río y la yegua le cayó encima.
Asustado, Haroldo saltó de su caballo y corrió para ayudar a su compañero. Encontró desnucada a la yegua, con la cabeza torcida y prensada debajo de su propio cuerpo. Estaba muerta, sin duda. ¿Y Tulio? Estaba atrapado bajo el peso del animal. Quedaba muy poco tiempo para sacarlo, o él también moriría, si es que no lo había matado el impacto de la yegua al caerle encima.
Haroldo tomó la cola de la bestia y jaló con esfuerzos desesperados. Angustiado, descubrió que no lograba moverla un solo centímetro. Jalando y luchando así, desesperadamente, no advirtió la presencia del caballero de vestido blanco, hasta que escuchó su voz que le hablaba desde la ribera.
–Te ayudaré, amigo –le gritó el hombre,
Al instante descendió del caballo, y sin detenerse a arremangarse el pantalón entró en el agua. Con una mano tomó la cola de la yegua y esta comenzó a flotar en el agua. Con la otra, alcanzó a Tulio, lo alzó y lo colocó sobre sus pies.
El joven estaba consciente, pero sentía un intenso dolor.
–¡Ay, mi pierna! –exclamó–. ¡Me duele mucho!
Con una expresión de agonía en el rostro, cayó sobre el hombre que lo había rescatado.
El caballero se inclinó tranquilamente, y pasó la mano por la pierna herida y luego se irguió otra vez, sonriendo.
–¿Qué me hizo? –exclamó Tulio–. El dolor ha desaparecido. ¡Me siento bien!
Se puso en pie firmemente, mirando atónito a Haroldo y al desconocido.
–Sí, ya estás bien. Ah, pero vas a necesitar la yegua, ¿no?
El hombre se acercó al animal, que permanecía inmóvil en el agua, con la cabeza prensada bajo su cuerpo. Le tocó levemente el anca. Un temblor sacudió todo el cuerpo de la yegua. Luego, esta se incorporó y permaneció parada, moviendo la cola mansamente delante de Tulio y Haroldo.
Los jóvenes trataron de hablar para agradecer a su benefactor, pero con un gesto de autoridad les ordenó continuar su camino.
–Les queda mucho camino que recorrer, y mucho por hacer –les dijo–. Y ya está muy avanzada la hora. ¡Vayan con Dios! Él los bendecirá en el trabajo.
Llenos de asombro, Haroldo y Tulio obedecieron y cruzaron la quebrada. Salieron a la orilla opuesta y miraron hacia atrás, para despedirse del amigo de vestido blanco, que había quedado junto al agua dándole de beber a su caballo. Pero cuando miraron, no había ni caballo ni hombre. No veían a nadie en toda la extensión del paisaje.
Desde ese momento, Haroldo Brown nunca más dudó de que Dios tenía en Colombia un pueblo que él estimaba como precioso tesoro para ser buscado y preparado para la segunda venida de Cristo Jesús. Tampoco podía dudar de que, en un futuro, cientos de otros pies seguirían a los suyos, andando por los montes y los valles de ese gran país para llevar las buenas nuevas de esperanza y paz. Y estaba seguro, también, de que estos futuros mensajeros irían con la misma seguridad de que la presencia y la bendición de Dios los acompañaba, y que contarían con la ayuda y la protección de los ángeles celestiales.
por Colleen de Reece – 1920
Un extraño en la puerta
Era una noche triste,. Sumamente fría. La nieve que había azotado los campos durante el día, ahora se arremolinaba alrededor de la puerta con cada nueva ráfaga de viento. El corredor de la vieja casa estaba cubierto de una espesa capa blanca; el hielo desbordaba del balde de agua.
Dentro de la casa, el niño menor yacía enfermo. El médico había ido más temprano de lo esperado, sorteando muchas dificultades a través de la tormenta.
–No hay mucho que podamos hacer por el niño –dijo–. Ténganlo bien arropado; mejorará en pocos días.
Vertió un medicamento en un pequeño frasquito.
–Pueden darle esto, si lo necesita –dijo.
Y se fue, preocupado por el largo viaje que lo esperaba de regreso al pueblo.
Durante algún tiempo reinó el silencio en la casa, mientras el niño dormía y la señora Trevor preparaba la cena para su esposo y los hijos mayores, que habían ido al establo a ordeñar las vacas y a atender a los demás animales.
–¡Vaya, cómo aúlla este viento! –exclamó el señor Trevor, cuando irrumpió en la cocina con los muchachos, trayendo el olor de los animales impregnado en sus ropas.
Su cara estaba enrojecida por el frío.
Rápidamente se asearon, y se reunieron alrededor de la mesa para participar de una sopa caliente, que sabía mucho más deliciosa debido al frío que imperaba afuera.
–Tenemos muchos motivos para agradecer a Dios –dijo el señor Trevor.
El gozo se reflejaba en sus ojos brillantes mientras contemplaba a su familia, y hasta casi sonreía con un gesto saludable y lleno de vida.
–Oremos.
Todos inclinaron la cabeza.
–Te damos gracias, amoroso Padre, por estos alimentos; por todas tus bondades para con nosotros. Te damos gracias por tu presencia y por tu protección amorosa. Bendícenos, pues te lo pedimos por amor a Jesús y en su santo nombre. Amén.
–Amén –respondieron todos, y empezaron a comer.
Un momento después, por encima de la animada conversación, se escuchó un llanto apagado proveniente de la cunita, que estaba en la esquina. La Sra. Trévor se levantó apresuradamente y tocó al niño con una expresión de temor en el rostro.
–¡Este niño está ardiendo de fiebre!
–Pero ¿qué podemos hacer, mamá? –preguntó Bill, levantándose de la mesa para ir a su lado.
–No sé... tal vez no podamos hacer mucho. Trataré de bajarle la fiebre con un paño húmedo.
–¿Busco al médico?
La pregunta de Bill, expresada en voz baja, asustó a todos. Siendo aquella una noche tan terrible, quién sabe si sería realmente posible transitar los ocho kilómetros hasta el pueblo y volver ileso.
–No –dijo la madre. El médico nos dejó esta medicina. No hay nada más que pudiera hacer, aunque estuviera aquí.
–Mamá es buena para cuidar enfermos –dijo el Sr. Trévor–. Ella lo atenderá bien.
Esta sencilla afirmación tranquilizó a la familia. A decir verdad, la Sra. Trevor era muy eficiente como enfermera práctica; con tantos hijos, tenía que serlo...
Silenciosamente, las hijas recogieron los platos de la mesa y los lavaron. El fuego ardía en la chimenea. Los muchachos se sentaron junto al calor, ocupados en distintas tareas. En una finca grande, siempre hay algo que hacer, como un arnés que remendar, digamos. Existe poco tiempo para el ocio.
A medida que las manecillas del reloj seguían su marcha, aumentaba la furia de la tormenta afuera.
–¿Qué es eso?
Bill levantó la cabeza y se quedó mirando fijamente la puerta.
–Alguien ha tocado. Pero ¿quién sería capaz de llegar hasta aquí en una noche como esta? ¡Tendría que estar loco!
Cruzó la sala y abrió la puerta, dejando entrar una ráfaga de viento helado. De pie, en el umbral, estaba un desconocido.
–¡Entre, entre, hombre!
El forastero entró, y Bill cerró rápidamente la puerta contra el viento.
–¿Cómo es que usted está viajando a estas horas, y con sejemante tormenta? –le preguntó Bill.
Una leve sonrisa se dibujó en el rostro del forastero.
–¿Les sería posible darme algo de comer? –preguntó.
–¡Por supuesto!
Luego, Bill recordó otra cosa
– Ah, pero no hemos atendido a su caballo, Señor; lo llevaré al establo.
Ya Bill había cruzado la sala mientras hablaba, y estaba tomando su abrigo cuando la voz del visitante lo detuvo.
–No tengo caballo.
–¿Anda usted a pie, señor?
Bill y el padre se miraron intrigados. ¿Quién sería capaz de viajar a pie en medio de la noche, en medio de una tormenta de nieve?
La señora Trevor habló desde el rincón donde estaba aún ocupada con el niño.
–Pero no dejen al pobre señor esperando con su abrigo mojado. Lewis, atiéndelo, por favor. Y ofrézcanle algo de comer.
Ya las muchachas le estaban preparando un plato de comida que había quedado de la cena: pan de maíz, frijoles, un vaso de leche y conserva de pepinos dulces.
–Disculpe que no podamos darle algo más. Es todo lo que tenemos por ahora –dijo una de las jovencitas.
Sus ojos brillantes se cruzaron con los del visitante.
–Será suficiente, gracias –dijo.
Poco después, el niño volvió a llorar.
–Es que está enfermo –le explicaron–. Pero mamá tiene mucha experiencia con los enfermos.
El desconocido se detuvo un momento con el tenedor en la mano.
–Mañana el niño estará perfectamente bien –aseguró.
La señora Trevor alzó la vista y miró al visitante, impresionada por la tranquila seguridad con que hablaba. Siendo que no querían que se sintiera incómodo mientras comía, Bill y los demás hermanos se ocuparon en sus tareas.
Cuando hubo terminado, dijo:
–Les agradezco mucho por la comida.
Hablaba con sencillez, pero con un aire serio y solemne.
–Bien, me voy –dijo
Y antes de que pudieran responder, se había colocado su abrigo y salido por la puerta.
–Bill, detenlo –ordenó su papá, reaccionando–. Tendrá que pasar la noche aquí, con nosotros. Nadie debiera salir en una noche como esta.
Bill corrió hasta la puerta, la abrió de par en par y salió al corredor, temblando por lo intenso del frío.
–¡Señor, regrese, por favor! Queremos que pase la noche aquí, con nosotros. Pero no hubo respuesta.
Nuevamente Bill llamó:
–Señor, aquí hay lugar para usted. Regrese.
Se escuchó solo el aullido del viento, que aumentaba más y más. Cuando Bill volvió, tenía una expresión de perplejidad en el rostro.
–¿Qué sucede, hijo? ¿Dónde está el hombre?
Bill tragó saliva y le costó trabajo hablar.
–Se ha ido...
–¿Que se ha ido? ¡Puede morir congelado! Ve y síguelo. Hay que hacerlo volver.
–No puedo seguirlo. Papá, ven, por favor.
Él y los demás hermanos salieron con Bill.
–¡Miren!
Frente a ellos estaba el corredor, las escalinatas y toda la extensión del patio delantero de la casa. Podían contemplarlo todo hasta donde llegaba la luz. Y en toda esa área la nieve se extendía intacta; no había huellas ni señales de pisadas por ninguna parte.
La familia contempló asombrada la escena.
–Pero salió por esta puerta. Todos lo vimos. ¿Adónde se habrá ido?
Otra vez no hubo respuesta.
Rápidamente los muchachos se colocaron sus abrigos y salieron en busca del forastero. Rodearon la casa, miraron en el establo, entre los árboles y por todas partes. Pero las únicas huellas que encontraron fueron las que ellos mismos iban dejando.
Poco después, una de las hermanas los llamó desde la puerta:
–Dice mamá que vengan pronto.
Todos corrieron a la casa.
–¿Qué pasa? ¿El niño se ha puesto más grave? –preguntó Lewis.
–No –dijo la mamá en voz baja–; todo lo contrario. Mírenlo. La fiebre ha bajado y duerme tranquilamente.
–¡Gracias a Dios! –exclamó Lewis.
Bill miró otra vez hacia la puerta.
–El hombre dijo que mañana neustro hermanito estaría perfectamente bien.
–Pero ¿quién era ese individuo y a dónde se habrá ido? –preguntó una de las hermanitas menores.
Bill movió la cabeza.
–No lo sé. Papá, ¿tú qué piensas?
El señor Trevor guardó silencio por un momento, y luego se dirigió a la mesa donde siempre se encontraba la Biblia. Sus manos encallecidas la abrieron, hasta dar con un pasaje que estaba subrayado. Con voz temblorosa, leyó: “No os olvidéis de la hospitalidad porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Heb. 13:2).
La señora Trevor rompió el silencio con la pregunta que giraba en la mente de todos.
–¿Crees que hemos visto a un ángel?
Su esposo cerró la Biblia.
–No lo sé. Él vino y le dimos de comer. Dijo que el niñito se pondría bien y se fue. No sé si sería un ángel. Lo único que sé es que no hay hombre que no deje huellas en la nieve.
Han pasado muchísimos años desde aquel incidente; generaciones de la familia Trevor han escuchado la misma historia y se han preguntado: ¿Será posible que un ángel haya sido enviado aquella noche tan fría para consolar y ayudar a la familia en un momento de extrema necesidad?
Lo que puedo asegurar es que, gracias a esa experiencia, mi propia vida ha cambiado y mi fe ha sido fortalecida. Bill, el hijo mayor de la familia, era mi padre.
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