Читать книгу: «El vértigo horizontal»

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© 2018 Juan Villoro
© 2018 Prólogo: Néstor García Canclini
© 2018 Diseño y cartografías: Alejandro Magallanes
© 2018 Selección de imágenes: Roselin R. Espinosa
© Fotografías interiores de Dr. Alderete, Yolanda Andrade, Marco Antonio Cruz, Héctor García, Paolo Gasparini, Maya Goded, Lourdes Grobet, Sonia Madrigal, Francisco Mata Rosas, Víctor Mendiola, David Miranda, Ernesto Ramírez, Oswaldo Ruiz y Adam Wiseman.
© Fotografía de portada: Pablo López Luz
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@Almadía_Edit
Primera edición: septiembre de 2018
Primera reimpresión: febrero de 2019
ISBN: 978-607-8486-79-3
eISBN: 978-607-8667-30-7
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Impreso y hecho en México

JUAN
VILLORO
EL VÉRTIGO
HORIZONTAL
UNA CIUDAD
LLAMADA MÉXICO
PRÓLOGO DE
NÉSTOR GARCÍA CANCLINI

A la memoria de Sergio González Rodríguez
De aquestas cosas que sin arte expreso,
que admira el verlas y deleitan tanto,
de que puedo hacer largo proceso,
cuando las considero, bien me espanto,
porque tienen consigo una extrañeza
que a alcanzar lo que son no me levanto.
JUAN DE LA CUEVA, “Epístola al
licenciado Sánchez de Obregón,
primer corregidor de México”
No nos une el amor sino el espanto;
será por eso que la quiero tanto.
JORGE LUIS BORGES, “Buenos Aires”
LÍNEAS DE VIAJE
1 VIVIR EN LA CIUDAD
2 PERSONAJES DE LA CIUDAD
3 SOBRESALTOS
4 TRAVESÍAS
5 LUGARES
6 CEREMONIAS
ÍNDICE
PRÓLOGO. HACER QUE LA AGLOMERACIÓN PAREZCA CIUDAD, por Néstor García Canclini
EL VÉRTIGO HORIZONTAL
ENTRADA AL LABERINTO: EL CAOS NO SE IMPROVISA
VIVIR EN LA CIUDAD: “SI VEN A JUAN…”
PERSONAJES DE LA CIUDAD: EL CHILANGO
SOBRESALTOS: ¿CUÁNTOS SOMOS?
TRAVESÍAS: ATLAS DE LA MEMORIA
VIVIR EN LA CIUDAD: LOS NIÑOS HÉROES
CEREMONIAS: EL GRITO
LUGARES: LA ZOTEHUELA
VIVIR EN LA CIUDAD: EL OLVIDO
CEREMONIAS: CAFÉ CON LOS POETAS
PERSONAJES DE LA CIUDAD: EL MERENGUERO
SOBRESALTOS: LOS NIÑOS DE LA CALLE
LUGARES: LOS MAUSOLEOS DE LOS HÉROES
PERSONAJES DE LA CIUDAD: EL ENCARGADO
TRAVESÍAS: DEL TACO DE OJO A LA VENGANZA DE MOCTEZUMA
CEREMONIAS: “HAZ EL BIEN SIN MIRAR A LA RUBIA”. EL CINE DE LUCHADORES
LUGARES: MINISTERIO PÚBLICO
VIVIR EN LA CIUDAD: EL PASEO DE LA ABUELA
LUGARES: TEPITO, EL CHOPO Y OTRAS INFORMALIDADES
PERSONAJES DE LA CIUDAD: PAQUITA LA DEL BARRIO
CEREMONIAS: LA VIRGEN DEL TRÁNSITO
VIVIR EN LA CIUDAD: EL CONSCRIPTO
PERSONAJES DE LA CIUDAD: EL REY DE COYOACÁN
CEREMONIAS: LA BUROCRACIA CAPITALINA: DAR Y RECIBIR
LUGARES: LAS FERIAS, LOS PARQUES TEMÁTICOS, LA CIUDAD DE LOS NIÑOS
LUGARES: UN METRO CUADRADO DE PAÍS
CEREMONIAS: ¿CÓMO SE DECORA LA CIUDAD? DE LA IMAGEN FUNDADORA A LA BASURA COMO ORNATO
TRAVESÍAS: EXTRATERRESTRES EN LA CAPITAL
SOBRESALTOS: UN COCHE EN LA PIRÁMIDE
LUGARES: EL PUNTO DE ENCUENTRO
VIVIR EN LA CIUDAD: SOPA DE LLUVIA
PERSONAJES DE LA CIUDAD: EL VULCANIZADOR
CEREMONIAS: LA PASIÓN DE IZTAPALAPA
SOBRESALTOS: LA ANGUSTIA DE LA INFLUENZA. DIARIO DE UNA EPIDEMIA
PERSONAJES DE LA CIUDAD: EL MEROLICO
LUGARES: SANTO DOMINGO
SOBRESALTOS: LA DESAPARICIÓN DEL CIELO
TRAVESÍAS: LA CIUDAD ES EL CIELO DEL METRO
PERSONAJES DE LA CIUDAD: EL ZOMBI
SOBRESALTOS: LA NUEVA CARNE
VIVIR EN LA CIUDAD: LA ILUSIÓN POLÍTICA
CEREMONIAS: EL LIBRO DE SEGURIDAD
PERSONAJES DE LA CIUDAD: EL LIMPIADOR DE ALCANTARILLAS
SOBRESALTOS: EL TERREMOTO: “LAS PIEDRAS NO SON NATIVAS DE ESTA TIERRA”
CEREMONIAS: LA RÉPLICA, UNA POSDATA DEL MIEDO



PRÓLOGO
HACER QUE LA AGLOMERACIÓN PAREZCA CIUDAD
Néstor García Canclini
Nos provocan incomodidad algunos estudios de las ciencias sociales a quienes habitamos la megalópolis: ¿es creíble el orden con que agrupan los datos, la organización tan razonada de las cifras, de los comportamientos, de las curvas de accidentes y robos a lo largo de los años, para quienes ensayamos a diario, a distintas horas del día y de la noche, caminos menos inseguros, e intentamos soportar el tránsito y otros caos, hallar sentido y alivio en el gran desorden?
No faltan en este libro estadísticas ni las versiones inmobiliarias y policiales en las que se intenta explicar la Ciudad de México; pero para descifrar “el hartazgo y los caprichos de vivir en este sitio”, donde “la figura del flâneur que pasea con intenciones de perderse en pos de una sorpresa fue sustituida por la del deportado” (no puede volver a casa), Juan Villoro reúne a los que narraron la urbe y discute con ellos. Conoce a los testigos que la documentaron cuando sólo era el Centro Histórico, pasa por “la ciudad de casas bajas” e indaga a dónde vamos cuando se alzan torres de más de 250 metros. ¿Estaremos exagerando cuando creemos excepcional este amontonamiento?
La duda es puesta a prueba por el libro El vértigo horizontal al comparar nuestra megalópolis con datos y narraciones sobre Buenos Aires y Nueva York o al recordar qué les asombró en otro tiempo a muchos extranjeros en la capital mexicana. Trenza etnografías del Mixcoac vivido por el autor en su infancia con ceremonias en que se celebra el Grito de Independencia o se consagra a próceres nacionales (Obregón) y extranjeros (Hernán Cortés). Como experto que participó en el grupo redactor de la reciente Constitución de la Ciudad de México, Villoro detecta claves de cómo se escribió y se la olvidó. Contrasta desmesuras oficiales con historias de quienes administran monotonías cotidianas: el encargado, los conscriptos, los luchadores, “el instalador accidental” que decora un estacionamiento público o cuelga zapatos de un cable de luz.
Son, a veces, investigaciones densas como las que —dice Clifford Geertz— distinguen a los antropólogos; por ejemplo, la muy documentada sobre los niños de la calle. Pero la mirada es igualmente incisiva en los relatos más lúdicos sobre Tepito, el Chopo, la burocracia capitalina, las ferias y los parques temáticos. El placer del texto proviene de esta mezcla desinhibida de estilos y de incertidumbres.
Hay algo de reto al fracaso en tratar de escribir un libro sobre “una ciudad que se vive de millones de modos diferentes”. Villoro lo intenta haciéndose cargo de distintas generaciones de una misma familia, sin desentenderse de las peripecias de la suya. En este palimpsesto de memorias, de casas abandonadas y otras que se habitan como si lo estuvieran, de infinitos variadísimos traspatios, azoteas intermedias, zotehuelas, cafés y los poemas que los evocan, de gasolineras vecinas a mausoleos de héroes, templos de las causas perdidas y sencillas intemperies, casi resulta escandaloso, dice el autor, que tantas ciudades “lleven el mismo nombre”.
“Lo infinito requiere de estrategias para volverse próximo”: hacer cercano lo desconcertante, lo que suma lejanías es la astucia del cronista. Pero ¿cómo armar un libro, una interpretación coherente o al menos creíble con este “periodismo de inmersión” en territorios y ruinas tan diversos? No hay interpretación, pero sí hay libro. Su estrategia es asediar los puntos en que se manifiesta el desorden de modos en que parece urbano, detrás de las marcas y los logotipos, esos “toponímicos de Ninguna Parte”, como los llamó John Berger.
Poco después de leer el manuscrito, mejor dicho, el palimpsesto de Villoro, apareció un libro sobre otra ciudad multicultural que tuvo sus órdenes (nunca uno solo), el de Jorge Carrión sobre Barcelona. Allí se me volvió más claro el método del cronista mexicano. ¿Por qué, si las metrópolis se definen por los peatones y la cantidad de coches, la velocidad o el tráfico, analizar la capital catalana a través de los pasajes? Porque en cada pasaje, dice Carrión, “está la afirmación y la negación de la ciudad entera”. Esos pasadizos, hipervínculos, atajos entre lugares o conceptos no son ni caminos ni calles, ignoran o eluden en pausa el vértigo del tráfico. Los pasajes de Barcelona son notas a pie de página, túneles que nos llevan “a lo que hay debajo de la página, del texto urbano”.
Villoro y Carrión, seguidores heterodoxos de Walter Benjamin, disciernen sentidos metropolitanos hurgando en los rodeos con que sus ciudades, si no se organizan, al menos se vuelven legibles. Sus ejes de referencia están más cerca de los papeles rotos en las calles, lo que la gente se narra, sus modos de pasear y de inventar pasajes que de los mapas sin basura, la distribución de la Ciudad de México en delegaciones administrativas y otras arbitrariedades.
El vértigo horizontal es un libro que se conecta con los trazados familiares, los ritos de los habitantes, sus procesiones sagradas y laicas, incluso las profanadoras, como las contadas por los merolicos y Paquita la del Barrio. Villoro ofrece explicaciones, se le nota a menudo que leyó sociología y economía de la capital mexicana. Sin embargo, persigue sobre todo rearmar nuestros vínculos con la urbe a fuerza de apuntes sobre lo que nos entrelaza, lo que nos hace de aquí. Este libro se coloca en un pasaje intermedio entre sus tuits célebres, publicados luego en diarios y revistas, y sus novelas o las de tantos otros empeñados en descifrar el Distrito Federal y ahora la Ciudad de México.
“Eres del lugar donde recoges la basura”, escribió después del sismo de septiembre de 2017, “El que regala sus medicinas porque ya se curó de espanto”, “El que fue por sus hijos a la escuela. / El que pensó en los que tenían hijos en la escuela. / El que se quedó sin pila. / El que salió a la calle a ofrecer su celular. / El que entró a robar a un comercio abandonado y se arrepintió en un centro de acopio”. Cada verso podría ser un tuit; el poema, otro modo de hacer crónica. Las descripciones de los pobladores luego del temblor pueden nombrar, una por una, lo que hace el escritor-ciudadano.
EL VÉRTIGO HORIZONTAL
“Voy a México”, dice alguien que está en México. Todo mundo entiende que se dirige a la capital, que en su voracidad aspira a confundirse con el país entero.
Extrañamente, ese lugar existe.
ENTRADA AL LABERINTO: EL CAOS NO SE IMPROVISA
Durante cerca de veinte años he escrito sobre la Ciudad de México, mezclando la crónica con el ensayo y el recuerdo personal. El sincretismo del paisaje –la vulcanizadora frente a la iglesia colonial, el rascacielos corporativo junto a la caseta metálica de un puesto de tacos– me llevó a adoptar un género híbrido, respuesta natural ante un entorno donde el presente se deja afectar por estímulos que vienen del mundo prehispánico, el Virreinato, la cultura moderna y la posmoderna. ¿Cuántos tiempos contiene la Ciudad de México?
El territorio es tan extenso que produce la ilusión de tener distintos husos horarios. A inicios de 2001 estuvimos a punto de que eso ocurriera. El recién nombrado presidente Vicente Fox propuso un horario de verano y el jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, se negó a acatarlo. Como hay avenidas donde una acera está en la Ciudad de México y otra en el área conurbada, que pertenece al Estado de México, se creó la posibilidad de ganar o perder una hora al cruzar la calle. Los políticos mantuvieron con terquedad sus respectivas posturas cronológicas hasta que, por desgracia, la Suprema Corte de Justicia de la Nación consideró que era absurdo tener dos horarios y perdimos la oportunidad de caminar unos metros para pasar de la hora federal a la hora capitalina.
En este valle de pasiones, el espacio se somete a las mismas vacilaciones que el tiempo, comenzando por la nomenclatura. Durante décadas nos referimos a la “ciudad de México” para hablar de las dieciséis delegaciones que integraban el Distrito Federal y las colonias que se le habían unido desde el Estado de México. La expresión era un apodo, de modo que los académicos aconsejaban escribir ciudad con minúscula. A partir de 2016 el DF se transformó en Ciudad de México y adquirió los poderes que tienen los demás estados de la República, pero su nombre siguió siendo ambiguo, pues no abarca toda la metrópolis (como lo hacía el mote de ciudad de México), sino una parte, lo que antes era el Distrito Federal. ¡Bienvenidos al Valle de Anáhuac, la zona donde el espacio y el tiempo se confunden!
El sincretismo ha sido nuestra más socorrida fórmula para “hacer ciudad”. Esto se aplica a las construcciones, pero también a los recuerdos. Las distintas generaciones de una misma familia convierten la ciudad en un palimpsesto de la memoria, donde la abuela encuentra misterios ocultos para la nieta.
Tomemos de ejemplo la esquina de Eje Central (antes San Juan de Letrán) con Madero, en el corazón de la capital. Mi abuela paterna vivía frente a la Alameda Central y consideraba “moderno” ir al Palacio de Bellas Artes, ese extraño despliegue de mármoles que su generación asociaba con fantasías otomanas y la mía con un casino en Las Vegas. Para mi madre, la modernidad de esa zona era representada por la cafetería Lady Baltimore, de inspiración europea. Para mí, el contundente sello de los tiempos es la Torre Latinoamericana, que se alza en esa esquina y fue edificada el año de mi nacimiento, 1956. Por último, para mi hija, la marca de novedad está frente a la Torre, en la Frikiplaza, centro comercial de tres pisos consagrado al manga, el animé y otros productos de la cultura popular japonesa. En ese rincón de la ciudad coexisten las “modernidades” de cuatro generaciones de mi familia. Más que en un tiempo y un lugar determinados, vivimos en la suma y la intersección de distintos tiempos y lugares, un códice tanto físico como memorioso de los destinos cruzados.
Sin saber que comenzaba un libro, concebí el primero de estos textos en 1993, cuando viajé a Berlín para presentar la traducción al alemán de El disparo de argón. Como mi novela aspiraba a ser un mapa secreto del DF, la editora me recomendó un número de la revista Kursbuch que incluía un ensayo sobre el urbanismo soviético del filósofo ruso-alemán Boris Groys: “El metro como utopía”. Fue un descubrimiento decisivo. De manera sorprendente, el subsuelo soviético tenía un espejo en nuestro Sistema de Transporte Colectivo.
Al año siguiente pasé un semestre en la Universidad de Yale. Guiado por el texto de Groys y una antología preparada por Klaus R. Scherpe, Die Unwirklichkeit der Städte (La irrealidad de las ciudades), que encontré en el laberinto de la Biblioteca Sterling y que buscaba entender la ciudad como un discurso unitario, escribí un ensayo sobre el metro mexicano. Fue el inicio de un proyecto que a lo largo de los años y sus mudanzas crecería tanto como su tema, sin un plan que contuviera su expansión. Ante la proliferación de cuartillas, en algún momento pensé que no necesitaba un corrector de estilo sino un urbanista.
El vértigo horizontal incorpora diversos recursos testimoniales. Es el libro donde más géneros he mezclado y en cierta forma está constituido por varios libros. Su estructura obedece a un criterio de zapping. Los episodios no avanzan de manera lineal, sino conforme al zigzag de la memoria o los rodeos que provoca el tráfico urbano.
El lector puede seguirlo de principio a fin o elegir, al modo de un paseante o un viajero del metro, las rutas que más le interesen: los personajes, los lugares, los sobresaltos, las ceremonias, las travesías, las historias personales (todas lo son, pero los pasajes ordenados bajo el rubro “Vivir en la ciudad” insisten más en este aspecto).
Una ciudad de casas bajas
Michael Ondaatje se refiere en un ensayo a uno de los muchos episodios en los que Jean Valjean es perseguido en Los miserables. Victor Hugo describe con el más estricto realismo las calles de París por las que el fugitivo huye de la policía hasta que se sabe acorralado. ¿Qué hacer para salvarlo? El escritor inventa una calle para que escape por ahí.
Ignoro si Ondaatje acierta en un sentido topográfico al afirmar que el personaje huye por una vía inexistente, pero acierta en un sentido literario: la ficción abre un hueco para el héroe.
No ocurre lo mismo en este libro. Aunque en numerosos embotellamientos he querido agregarle una salida imaginaria a las copiosas calles de la ciudad, he optado por el testimonio y lo que mi memoria me presenta como verdadero.
¿Qué tan cierto es lo que cuento? Tan cierto o tan falso como la imagen que podemos tener de una ciudad que se vive de millones de modos diferentes. Sería incongruente interpretar de manera rígida una metrópolis que desafía las señas de orientación. ¿Hay un concepto que la defina?
Cuando Pierre Eugène Drieu La Rochelle llegó con sus muchos nombres a Argentina, quiso conocer la pampa. El viajero francés definió esos pastizales sin fin con insólita puntería. Dijo estar ante un “vértigo horizontal”.
Juan José Saer observa al respecto:
Hay un resabio postsimbolista en esa expresión, que a mi juicio gana mucho cuando es proferida lentamente y entrecerrando levemente los ojos, tal vez haciendo un largo ademán mesurado, ligeramente ondulatorio, con la mano derecha elevada ante sí mismo, como si el borde inferior de la palma remara en el aire, el brazo levemente estirado. El efecto causado por esa expresión será sin duda intenso, pero la expresión es falsa.
Este irónico pasaje de El río sin orillas ajusta cuentas con el extranjero que dejó la más célebre definición de la pampa. Saer descubre suficientes relieves y obstáculos en la llanura para juzgar que la frase de Drieu es “una figura poética afortunada, pero un error de percepción”.
La Ciudad de México se ha extendido en forma avasallante. En setenta años su territorio se ha vuelto setecientas veces mayor. ¿Cómo atrapar esta desmesura? Me sirvo de la expresión de Drieu La Rochelle por una causa similar a la que provoca la ironía de Saer: la frase define nuestro entorno, pero está dejando de ser cierta. Mis primeros recuerdos de la capital provienen de 1960, cuando tenía cuatro años. Durante el siguiente medio siglo, la urbe tuvo una expansión claramente horizontal, una marea de casas bajas. La Torre Latinoamericana se mantenía como la solitaria afirmación de que la verticalidad era posible, aunque poco aconsejable para un territorio sísmico, a 2 200 metros de altura, al que el agua llega por bombeo. “Crecer” significaba “extenderse”.
El novelista Carlos Gamerro argumenta a propósito de Buenos Aires: “Para una ciudad que en más de cuatrocientos años no ha conseguido sobreponerse a la opresiva horizontalidad de pampa y río, cualquier elevación considerable adquiere un carácter un poco sagrado, un punto de apoyo contra la gravedad aplastante de las dos llanuras interminables y el cielo enorme que pesa sobre ellas”.
En la Ciudad de México la dimensión simbólica de la naturaleza es la opuesta. No estamos ante un río tan ancho que parece un mar ni ante un llano infinito. Sus fundadores provenían de una gruta y se instalaron en medio de montañas.
De acuerdo con la leyenda, la tribu de Aztlán salió de Nayarit, en la costa pacífica, para dirigirse a la zona central, remontando abruptas serranías. El Valle de Anáhuac se abrió ante ellos como una insólita meseta rodeada de volcanes, donde una laguna proveía agua. El término altiplano, que usamos para nuestra peculiar geografía, se refiere, precisamente, a la horizontalidad de altura.
Si, como afirma Gamerro, los altos edificios representan en Buenos Aires un desafío a la pampa y al Río de la Plata, en México la horizontalidad ha sido entre nosotros una manera de señalar que los edificios no deben competir con las montañas.
Durante el siglo XX, los brotes de verticalidad tuvieron poca fortuna. En los años sesenta, Mario Pani, uno de los principales arquitectos del país, diseñó la Unidad Habitacional Tlatelolco. A diferencia de lo que había hecho en otros conjuntos residenciales, construyó verdaderos rascacielos. El proyecto tenía extraordinaria fuerza simbólica porque se incorporaba a la Plaza de las Tres Culturas, donde conviven los basamentos de una ciudadela prehispánica, una iglesia colonial y la torre que durante años albergó la Secretaría de Relaciones Exteriores, obra del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, especialista en edificios consagrados a diversas variantes del poder: el Estadio Azteca, el Museo Nacional de Antropología y la nueva Basílica de Guadalupe.
Tlatelolco, zona pionera en edificios altos, adquirió trágica reputación en 1968, cuando la Plaza de las Tres Culturas se convirtió en la piedra de los sacrificios donde se reprimió el movimiento estudiantil. Diecisiete años después, fue uno de los espacios más castigados por el terremoto. Lugar marcado por el drama, Tlatelolco sugería que la verticalidad acaba mal.
Otros intentos de elevación tuvieron suerte similar. En 1966 el empresario Manuel Suárez y Suárez adquirió el pacífico Parque de la Lama, en la colonia Nápoles, y planeó algo que parecía (y era) delirante: el edificio más alto de América Latina. En 1979 ese mamotreto alcanzó doscientos siete metros, pero no era sino un cascarón. Prometía un albergue que no llegó a existir, el Hotel de México. Durante años, el edificio interrumpió el paisaje como una demostración de que la inmensidad fracasa entre nosotros. En la revista Viceversa, un grupo de jóvenes escritores propuso sembrar enredaderas para convertirlo en un jardín vertical, compensando el parque perdido con el adefesio. Finalmente, en 1992, de acuerdo con las exigencias de la hora, se transformó en el World Trade Center. La historia de este inmueble revela lo difícil que ha sido construir con éxito hacia arriba.
Durante dos décadas, el sismo de 1985 dominó las reflexiones urbanas y produjo una moratoria de edificios altos. Pero el olvido es aliado de la especulación y la ciudad ha comenzado a ganar altura. Incluso la vialidad se define por obras elevadas, como las supervías y el segundo piso del Periférico.
El solitario predominio de la Torre Latinoamericana y el “renacimiento” del Hotel de México como World Trade Center fueron eclipsados en 1996 por la Torre Arcos Bosques, conocida como El Pantalón. En el crepúsculo, la sombra de este edificio, diseñado en Santa Fe por el arquitecto Teodoro González de León, se extiende en forma espectacular sobre una ciudad todavía baja.
Otro alarde de verticalidad llegó en Paseo de la Reforma con la Torre Mayor, que de 2003 a 2010 fue el edificio más alto de América Latina. A su lado, proliferaron otros edificios, que alteraron el paisaje urbano sin alcanzar el gigantismo de Panamá, donde en 2016 se alzaban diecinueve de los veinticinco edificios más altos de América Latina, quince de ellos construidos después de la Torre Mayor.
Sin embargo, la dilatada expansión horizontal tiene los días contados. En la colonia Xoco, cerca de la casa donde escribo estas líneas, se abre un inmenso agujero que pretende servir de base a la edificación más alta de la ciudad: la Torre Mítikah, cuyos sesenta y dos pisos aspiran a alcanzar doscientos sesenta y siete metros de altura. La tierra que se ha extraído de ahí podría llenar el Estadio Azteca. El proyecto, diseñado por el arquitecto argentino César Pelli, autor de las rutilantes torres de Kuala Lumpur, ha sido impugnado por ecologistas, se ha detenido por problemas para cubrir el presupuesto de cien millones de dólares y ahora se encuentra en preventa. Previsiblemente, este portento no sólo traerá congestiones de coches, sino también de helicópteros.
La ciudad que se extendía al modo de un océano asume ahora otra metáfora rectora: la selva. Mientras crece la nueva maleza, el territorio es una suerte de pantano, una marea estancada entre palafitos que ganan altura.
La voracidad vertical anuncia otra ciudad, marcada por la avaricia inmobiliaria y los infiernos corporativos. El agua potable que llega desde trescientos kilómetros de distancia y sube con grandes trabajos hidráulicos al valle aún tendrá que recorrer los sesenta y dos pisos de la Torre Mítikah. En el acaudalado barrio de Santa Fe se han desplomado edificios construidos sobre un terreno arenoso, donde solía haber minas. La Ciudad de México muere de “éxito” inmobiliario. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.
