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MAGDALENA


JOAQUÍN VERGARA

MAGDALENA

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2019

MAGDALENA

© Joaquín Vergara

© de la imagen de cubiertas: José María Vergara Álvarez

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2019.

Editado por: ExLibric

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ISBN: 978-84-17845-78-0

Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.

JOAQUÍN VERGARA

MAGDALENA

Índice de contenido

Portada

Título

Copyright

Índice

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo I PROBLEMAS MATRIMONIALES

Capítulo II PEPONA RECIBE UNA CARTA

Capítulo III LOS PROLEGÓMENOS DE LA BODA DE PEPONA

Capítulo IV LAS COSAS DE MAGDALENA

Capítulo V LA HISTORIA DE GABRIEL

Capítulo VI LOS ANTOJOS DE MAGDALENA Y LA EDUCACIÓN DE PEPONA

Capítulo VII UN AMANECER AJETREADO

Capítulo VIII PEPONA VISITA LA CASA DE LA SEÑÁ PACA

Capítulo IX DOÑA GERTRUDIS

Capítulo X LA GENEROSIDAD DEL TÍO FRASQUITO Y EL REGALO DE DON EUFRASIO

Capítulo XI El IMPROVISADO PASEO DEL ABUELO Y GABRIEL

Capítulo XII VÍSPERAS DE BODA

Capítulo XIII LA LISTA DE INVITADOS Y EL MENÚ

Capítulo XIV LA NOCHE DE LA VÍSPERA

Capítulo XV LAS PRIMERAS HORAS DE AQUELLA MAÑANA

Capítulo XVI LA MAÑANA CONTINÚA

Capítulo XVII SALE LA COMITIVA

Capítulo XVIII LA CEREMONIA

Capítulo XIX LA COMIDA

Capítulo XX EL BAILE IMPROVISADO

Capítulo XXI CONTINÚA LA FIESTA

Capítulo XXII LA LUNA DE MIEL

Capítulo XXIII LAS APASIONADAS RELACIONES DE DOS VIUDOS

Capítulo XXIV LA BODA DE SILVESTRE Y SOCORRO

Capítulo XXV MALOS MOMENTOS PARA MAGDALENA

Capítulo XXVI LAS CAVILACIONES DE PEPONA

Capítulo XXVII UNA MUERTE INESPERADA

Capítulo XXVIII LA MATANZA

Capítulo XXIX PREPARATIVOS DE NOCHEBUENA

Capítulo XXX LA CENA

Capítulo XXXI LA GRAN NOTICIA

Capítulo XXXII CAMINO DE LA IGLESIA

Biografía

Dedicatoria

A la memoria de mi mujer, la única persona que fue capaz de darle un giro total a mi existencia, haciendo de mí un hombre nuevo y logrando que fuera feliz durante muchos años. La muerte me la arrebató, pero su recuerdo no se extingue.

A mis hijos —tres, como en los cuentos—, que, de niños, lo eran todo para mí: además de hijos, amigos, camaradas, compañeros de juegos, cómplices, creadores de sueños, promotores de fantasía y forjadores de ilusiones. Ahora, mucho más maduros que yo en casi todos los aspectos, aparte del inmenso agradecimiento que les tengo por su aportación a la libertad de la que estoy gozando, son los irremplazables báculos de mi vejez. Porque a estas alturas de mi vida me resulta casi imposible caminar solo, en todos los sentidos.

A mis nietos —también tres, como en los cuentos, de momento—, una especie de «hijos pequeños» que me han llegado después de traspasar la barrera de los setenta, aportándome una ilusión que nunca pensé volver a tener y consiguiendo renovar mi vida y proporcionarle nuevos alicientes.

A aquellos familiares y amigos que me impulsaron a terminar de escribir esta novela, que con tanto cariño acogieron desde que publiqué el primer capítulo.

Con mi mayor gratitud a todos.

Prólogo

Magdalena empezó siendo un relato corto, uno más de entre los muchos que había escrito en Facebook… y de los que, más tarde, seguiría escribiendo. Pero mis lectores, no sé por qué, me dijeron en esta ocasión:

—Esperamos que esta historia continúe.

Después de meditarlo, no quise defraudarlos: y la continué.

Cuando pensé publicarla como novela completa —mi primera novela: tardía, pero cierta—, sus capítulos dejaron de aparecer en Facebook. Quise que quedara pendiente una parte de la historia que mis lectores no conocían aún. Ni yo tampoco, para ser sincero.

Tras tenerla en barbecho durante cierto tiempo, poco a poco, la fui continuando; y procuré que no perdiera su ritmo.

Como soy meticuloso hasta el extremo, he ido corrigiendo página por página, letra por letra, desde la primera coma hasta el último punto suspensivo.

No esperéis un argumento enrevesado, ni emociones de infarto, ni viajes exóticos, ni escenarios impresionantes…

Pero, a cambio, creo que no se parece en nada a los libros que se publican hoy. Y esto, para mí, es un punto a su favor.

Se trata de una historia muy sencilla, accesible para cualquiera, basada en muchas de las situaciones y episodios que observé siendo niño —incluidas expresiones orales, determinadas frases, actitudes…—, y que, luego, seguí viendo en mi deambular por la vida.

He procurado que sea lo más sencilla posible —creo humildemente que esta narración así lo requiere—, prescindiendo de florituras y de adornos innecesarios. De hecho, he borrado muchos de sus párrafos «más bonitos», tratando de conseguir la sencillez que buscaba.

Quiero, además, que sirva de homenaje al año cincuenta del siglo pasado y a los que lo vivimos: fue el año en el que hice la primera comunión, en el que, en teoría, empecé a tener «uso de razón», y que, además, guarda para mí un montón de recuerdos entrañables.

Lleno de dudas y con algún temor —como cada vez que uno de mis libros ve la luz, sea cual fuere el resultado—, lo cierto es que le he ido tomando un gran cariño a todos y cada uno de los personajes que desfilan por estas páginas a medida que iba «conociéndolos» mejor —espero que mis lectores lo perciban— y casi los he dejado actuar a su aire, procurando que se desenvolvieran por sí solos.

No me gusta agobiar a nadie, ni imponer mis criterios: ni siquiera a estos seres de ficción creados por mi imaginación y rubricados por mi humilde pluma. No pretendo que los demás vean el mundo a través de mis ojos, sino de los suyos: cada cual tiene derecho a ser libre.

Al final, mis personajes han terminado dándome una lección. ¡Ojalá muchos humanos fueran capaces de actuar como ellos!

Capítulo I
PROBLEMAS MATRIMONIALES

Magdalena no era lo que se conoce como una mujer hermosa…, pero tenía muy buenos pechos.

Nunca aprendió a leer y a escribir, pero supo dar a luz a diez hijos, amamantarlos, cuidarlos, educarlos a su manera… y «quererlos más que ninguna madre del mundo», como ella solía decir. Con eso y con hacer juegos malabares para poder alimentarlos, vestirlos y calzarlos, un año y otro, se daba por muy satisfecha. Y no era para menos.

Poseía, además, una buena dosis de filosofía barata, de gramática parda y de refranes archisabidos: de los de toda la vida. Lo malo era que, a veces, no los decía a derechas.

Solía exhalar frecuentes resoplidos y se propinaba, cada dos por tres, algún que otro tortazo sobre sus redondeadas caderas. Era bastante supersticiosa —aunque no le gustaba reconocerlo—, aficionada a comprar, con lo poquísimo que le sobraba, alguna papeleta de lotería y muy adicta al café solo, muy cargado, junto con unos fortísimos analgésicos —que estaban por aquel entonces de última moda— para amortiguar sus frecuentes jaquecas. Nerviosa hasta el extremo y con tendencia a dramatizar, casi a diario, traía de cabeza a su familia con su parloteo incesante y sus exageraciones.

Julián, su esposo, bastante más feo que ella y desgarbado como él solo, apenas pudo asistir a la escuela cuando era niño, pero sabía leer y escribir, para defenderse, y «las cuatro reglas», como se decía entonces.

A él le bastaba con tener las manos encallecidas, la voz ronca, el pecho hirsuto, la barba pinchosa y unas bolsas hinchadas, como pequeñas talegas vacías, bajo sus oscuros ojos de hombre curtido por la vida y el trabajo.

Solía beber alcohol a diario —aguardiente por las mañanas y unas copas de vino al terminar el trabajo—, por lo que su circulación se resentía.

Fumaba como un carretero —lo que, por cierto, le iba como anillo al dedo, ya que había ejercido, entre otros muchos, este oficio— y su adicción al tabaco le provocaba que, aparte de tener las yemas de los dedos de un color amarillo tostado, casi ocre, tosiera como un condenado en las frías madrugadas de aquellos largos, interminables inviernos.

Además de todo esto, la mayoría de las veces le daba la impresión de que tenía la cintura partida de tanto trabajar.

Pepona, la hija mayor, la que ayudaba a su madre en los quehaceres de la casa, era una muchacha muy responsable y bondadosa, con un carácter «de pasta de almendras», que sabía fregar y barrer a conciencia, preparar sabrosos guisos, cuidar de los niños, planchar, repasar la ropa y hacer labores de ganchillo y bordado, hasta el punto de que sus cansadas espaldas amenazaban con empezar a encorvarse en plena juventud.

El abuelo, Manuel, algo cascarrabias, escuchimizado hasta el extremo y muy pequeño de estatura —con una prominente barriguilla, impropia de su cuerpo endeble—, ya vencido por los años, estaba completamente calvo y arrugado como una pasa, pero sabía liar un cigarrillo como nadie. Hablaba con frecuencia de cuando «sirvió al rey», allá por el año de Maricastaña, y era este uno de sus temas favoritos de conversación. Muy aficionado a la albañilería y a la carpintería, a veces, sentado a la puerta de su casa, muy ufano y repantigado —como un señorón, pensaba él—, a la hora del atardecer se fumaba uno de aquellos hermosos puros que el amo le regalaba a su yerno mientras entornaba sus pequeños ojillos de viejo zorro, inundando su cabeza de antiguos recuerdos, que desfilaban ante su mente como si de una vieja película, vista mil veces, se tratara.

El amo, don Eufrasio —nombre extraño, elegido por sus padres antes de su nacimiento para evitar posteriores apodos, tan propios de los pueblos—, era el hombre más rico del lugar: poseía muchas hectáreas de tierras calma y enormes plantaciones de olivar. Corrían por sus venas algunas gotas de sangre azul y era dueño de varios cortijos, uno de los cuales, hermosísimo, era el más famoso de los contornos.

El cortijo, ¡qué lástima!, aún no contaba con un baño en condiciones, aunque sí con agua corriente, pero atesoraba —aparte de la más moderna maquinaria de entonces y de los aperos necesarios para la labranza— muchos muebles antiguos, algunos carcomidos por los años; valiosos cuadros en los que la pátina del tiempo había hecho sus estragos, ennegreciéndolos; y, lo mejor de todo, contaba con una gran chimenea de campana dentro de la inmensa cocina de la planta baja, adornada con hermosos platos antiguos, curiosos objetos de cobre, hierro y latón y codiciados trofeos de caza.

Alrededor del hogar, algunos ancianos —antiguos sirvientes, ya jubilados, recogidos por el amo por carecer de familia— acostumbraban a contar cuentos o antiguas historias de tradición oral en las frías noches de invierno: leyendas de toda la vida, de las que se iban transmitiendo de generación en generación. Los hijos y nietos de los actuales trabajadores escuchaban aquellos estremecedores relatos —que otras veces, para contrastar, estaban salpicados de gracia— al amor de la lumbre, apretujados, atónitos, muy atentos, con los ojos como platos.

***

Magdalena vivía en una casa humilde, de dos plantas, a las afueras de Trigales Verdes —así se llamaba el pueblo—, que había sido edificada dentro de un patio grande, en el que contaban con tres o cuatro árboles frutales, un pequeño huertecillo, un abrevadero de tamaño medio —por si contaban alguna vez con una bestia de carga— y un «hornillón», por si se presentaba la ocasión de hacer una matanza.

La familia no gozaba de ningún lujo, pero, a menudo, Magdalena compensaba sus estrecheces haciendo unos bollos de aceite muy ricos —dorados, gruesos y crujientes, adornados con almendras y ajonjolí—, que eran famosos en todo el pueblo.

Julián, como es lógico, no prestaba la más mínima ayuda en las labores de la casa —eso, en aquellos tiempos, no hubiera estado bien visto en un hombre, aparte de que llegaba reventado del trabajo—, a no ser que se viera obligado a arreglar un grifo o un enchufe que se le resistiera al abuelo; pero era un campeón a la hora de jugar al dominó en alguno de los bares del pueblo. Además, sabía dejar preñada a su mujer con una facilidad asombrosa.

***

Este relato comienza en un momento harto difícil para aquel matrimonio: justo en el día en que Magdalena, que estaba a punto de entrar en la década de los cincuenta, creyó que le había llegado la esperada, inexorable —pero, en cierto modo, anhelada por ella— menopausia.

Julián, al enterarse de que su esposa había perdido «sus costumbres» —como por aquel entonces llamaban los lugareños a la menstruación—, lloró desolado porque su mujer se le hacía vieja —¡y a él le gustaban tanto las jóvenes…!—, consiguiendo que su nariz pareciera más caída; sus dientes, más amarillos; sus verrugas, más grandes; su papada, más colgante…

A partir de ese momento, y tras una disparatada discusión con su esposa por el espinoso asunto del climaterio, dejaron de compartir lecho y alcoba.

Él se buscó una «querida» para salir del paso —joven, vistosa y vulgar—, que le duró tres o cuatro semanas: porque Julián era muchos años mayor que ella, y la muchacha —tan fresca como una lechuga, tan ordinaria como hablar a gritos y con la cabeza llena de pájaros— pensó que no quería ataduras. Ni, menos aún, cuidar de un viejo en un futuro próximo: cuando, para colmo, él era más pobre que las ratas.

El hombre, por su parte, cansado a su vez de aquella mujerzuela caprichosa y vacía —que, aunque le proporcionaba «ciertas distracciones», no sabía escucharlo ni consolarlo en sus preocupaciones y que, para colmo, se podía haber quedado con los pocos ahorros que el hombre tenía—, volvió al redil como un humilde corderillo: cansado y lleno de desilusión, pero con la esperanza de recuperar el cariño de su mujer.

—No estoy ya para esos trotes —pensó—. Ahora comprendo que he sido un loco, un tarambana… ¡Cuánto más feliz era con mi esposa de toda la vida y con la compañía de mis hijos!

Magdalena —amorosa, benévola, enamorada… y fuerte como una roca, a pesar de lo que le pesaban sus recientes y descomunales cuernos y su presumible menopausia—, cuando lo vio llegar con tan mal aspecto —cansado, sucio, hecho polvo…, casi pidiendo perdón y sin atreverse a levantar la voz—, lo besó en una de sus mejillas, hirsuta, bastante flácida y algo hundida, como prueba evidente de que lo había perdonado, mientras le preparaba un baño caliente en el barreño antiguo.

En el fondo, ella estaba convencida de que su esposo volvería. Ahora tenía que cuidar de que al hombre no le hubieran contagiado ninguna enfermedad «esa clase de mujeres».

—Con un lavado a conciencia se desinfectará —pensó.

Julián parecía un pez muy grande y desangelado mientras chapoteaba dentro del barreño como un niño travieso, riendo por todo: muy satisfecho, en el fondo, de haber regresado al nido… mientras su peluda barriga asomaba por encima del agua jabonosa, que se iba oscureciendo poco a poco.

¡Todo un acontecimiento en la familia! ¡Llevaba el hombre tanto tiempo sin bañarse que fue feliz durante un buen rato aquella tarde!

Pero cuando Magdalena se dispuso a tirar el agua sucia donde su marido se había escamondado, faltó muy poco para que se atascaran del todo las gastadas y roñosas cañerías.

Menos mal que a Julián no se le daba mal la fontanería y les daría un apaño al día siguiente.

Mientras tanto, aquella misma noche volvieron a dormir juntos. Magdalena, cuando llegó la hora de acostarse, sentía latir su corazón con mucha fuerza: como si fuera, de nuevo, una doncella que se va a entregar a un hombre por primera vez. Casi con la misma desasosegada ilusión que había experimentado hacía muchos años… en su noche de bodas.

Y hay que reconocer que, a partir de aquel desagradable episodio de los devaneos extraconyugales de Julián, estaban ambos convencidos de que se querían mucho más que antes.

Capítulo II
PEPONA RECIBE UNA CARTA

Dejando al maduro matrimonio formado por Magdalena y Julián arrullarse como dos tortolitos a raíz de su reconciliación matrimonial —supuestamente posmenopáusica—, cuando el hombre comprendió que casi treinta años de convivencia no se podían tirar por la borda así como así, ocupémonos de Pepona, su hija mayor.

Sin duda, la muchacha —como ya dijimos— era el prototipo de esa hija primogénita que solía trajinar en todas las casas antiguas de familias numerosas poco adineradas: la que compartía con su madre la responsabilidad de llevar a cabo las innumerables labores propias de una casa y los cuidados que requería la crianza de sus hermanos.

Pepona contaba ya veintisiete años. Hasta entonces, jamás había tenido novio ni ningún pretendiente. Cierto es que tampoco se esforzaba demasiado en conseguirlo. Además, como apenas salía de su casa debido a las múltiples obligaciones a las que debía atender, era lógico que así fuera.

Magdalena, «refranera» empedernida, solía decir tiempo atrás, mientras exhalaba un resoplido y se propinaba un fuerte manotazo en la cadera derecha:

—¡No te preocupes, niña! ¡Que el buen paño en el arca se vende! —Como si por el hecho de repetir, una vez más, el manido refrán acabara de descubrir América.

—¡Yo no me preocupo por eso, madre! —solía contestar Pepona, totalmente sincera.

Pero el paño seguía intacto, sin que nadie se acercara a comprarlo, por lo que aquella madre, a medida que pasaban los días, estaba empezando a plantearse la posibilidad de que su hija mayor se quedara para vestir santos, dado que en el pueblo la mayoría de las jóvenes solía contraer matrimonio a edades muy tempranas.

En aquellos tiempos, el hecho de quedarse soltera no era como ahora, que, a menudo, es elegido por las mismas mujeres. Entonces, a la mayoría de ellas no les importaba atarse de por vida a un hombre —del que, en muchos casos, ni siquiera estaban enamoradas— con tal de llegar al altar vestidas de blanco —si sus medios se lo permitían—, con un ramo de flores en la mano y el velo de «tul ilusión» cubriendo su rostro. Aunque supieran de antemano que la vida de casada no era ningún paraíso, según opinaba la mayoría de las mujeres que ya lo estaban.

—¡Que los hombres —decían las comadres del pueblo— dan mucho que hacer, por buenos que sean!

Pero a pesar de los inconvenientes que parecía traer consigo, la boda era lo más importante para la mayoría de ellas: el hecho de casarse. Y cuanto más joven se acercara la novia al altar, mayor resultaba el «triunfo»: algo así como el final feliz, casi obligado, de una película. Aunque, a la hora de la verdad, no dejara de ser el comienzo de una vida bastante más complicada.

Lo cierto es que Pepona, en ese aspecto, era un caso excepcional: no le preocupaba lo más mínimo el hecho de quedarse soltera. Es más, en el fondo estaba casi convencida de que jamás se casaría.

Pero he aquí que, justo en aquellos días de infidelidad paterna superada y posterior reconciliación, cuando menos lo esperaba, recibió una carta en la que un señor viudo de mediana edad, de lo mejorcito del pueblo —si por lo mejorcito se entiende que se trataba de un hombre «con posibles»—, le proponía matrimonio.

La joven, aunque muy halagada en el fondo, se quedó como si hubiera recibido un mazazo en la cabeza. Estaba tan aturdida, tan asombrada, que no sabía cómo reaccionar. Y, siendo de carácter reservado, no quiso comunicárselo a su familia hasta que ella misma hubiera tomado una decisión.

El hombre en cuestión se llamaba Gabriel, pero en el pueblo, desde siempre, todos le llamaban Grabiel o Grabielillo el de la señá Paca.

Era un cuarentón —más cerca de los cincuenta que de los cuarenta— que había enviudado unos años atrás: sin hijos, de estatura media, buena figura, rostro agradable, carácter simpático, siempre ataviado con excelente ropa, muy bien peinado y acicalado… Lo único que podía tener en contra era su fama de mujeriego. Pero como en aquellos tiempos lo de ser mujeriego parecía estar a la orden del día casi no se consideraba un defecto.

Pepona apenas pudo dormir en toda la noche. No paraba de dar vueltas en la cama, mientras que su cabeza era un caos. Jamás se le hubiera ocurrido que un hombre tan «riquito» como Grabiel pudiera interesarse por ella ni, menos aún, que la pretendiera.

Cierto era, y acababa de recordarlo, que en una ocasión sus hermanas le habían dicho, yendo por la calle:

—¡Cómo te mira Grabielillo el de la señá Paca…! ¡Parece que te quiere comer con los ojos!

Pepona, que se ruborizaba con mucha facilidad, sintió que sus mejillas ardían. Sabía que el viudo la había mirado con detenimiento, como recreándose en ella, por lo que no pudo evitar sonrojarse. Pero, sin querer darle importancia, les respondió:

—¡Tonterías! Ese hombre mira a todas, por lo que dicen. Creo que es muy mujeriego. Además, de fijarse en alguna con buenas intenciones se fijaría en una de su clase, no en mí.

Ahora, con la carta debajo de la almohada, pensaba en las caras de la gente cuando lo supieran y en las envidias que el posible casamiento podría suscitar.

—Pero todo eso es lo de menos, no puede influir en mí —se decía Pepona—. Lo importante es que yo esté convencida de que me gusta y de que puedo llegar a quererlo.

No sabía qué hacer. La verdad era que el hombre no le desagradaba, ni mucho menos, pero estaba como aturdida: porque le parecía «demasiado» para ella. Además, encontraba excesiva la diferencia de edad que existía entre los dos. Pero, por primera vez, trató de hacerse a la idea de lo que significaría compartir su vida con él.

Quería a toda costa dar sola el paso antes de tomar una decisión tan importante. Y, por supuesto, dejándose llevar por el corazón, no por el interés.

Bien conocía ella que en cuanto su madre se enterara le aconsejaría, una y mil veces, que se casara. Y que lo más probable era que, un poco más tarde, la satisfacción de ver a su hija mayor en tan buena posición se le subiera a la cabeza. De momento, empezaría a resoplar y a darse manotazos en las caderas, aunque esta vez de alegría… Pero ese era un asunto aparte.

Pepona —de mediana estatura, con el cabello de color castaño, ligeramente ondulado, ojos oscuros, hoyuelos en ambas mejillas y expresión bondadosa—, sin ser del todo guapa, era mucho más agraciada que su progenitora. Había salido a su abuela materna, que en sus tiempos, según decían, fue una mujer vistosa.

La muchacha, siendo adolescente, había estado enamorada —en secreto y durante mucho tiempo— de un pariente suyo; pero el joven, que jamás se interesó por ella, se prendó de una forastera, con la que se casó hacía ya algunos años, yéndose a vivir a otra ciudad.

A su pesar, la muchacha, hasta aquel momento, no había conseguido olvidarlo del todo. Y mientras limpiaba la casa, guisaba, planchaba, cosía o hacía labores de ganchillo se le escapaban, sin querer, hondos suspiros cada vez que lo recordaba.

Pepona se quedó dormida casi al amanecer, con un sueño profundo: como si le hubieran suministrado una fuerte dosis de anestesia.

Su hermana «Madalenita», que compartía cama con ella, intentaba despertarla, zarandeándola una y otra vez, extrañada del pesado sopor que la dominaba.

El sol entraba ya a raudales, en finísimos rayos esparcidos por los resquicios de la madera carcomida del ventanuco de su cuarto.

Por fin pudo reaccionar, y dijo:

—¡Qué apuro! ¡Se me ha hecho tarde!

De repente, al espabilarse del todo, la joven recordó la proposición matrimonial que había recibido la tarde anterior y, sin querer, al saltar rápidamente del lecho, se puso roja de vergüenza.

Capítulo III
LOS PROLEGÓMENOS DE LA BODA DE PEPONA

Después de múltiples vacilaciones, de serias dudas, de noches enteras casi en blanco, Pepona tomó la decisión de contestar a la carta de Gabriel, aquel viudo, veinte años mayor que ella, que se había presentado en su vida de improviso y con el que jamás tuvo el menor trato, dejando aparte las miradas que le había lanzado aquella tarde, unos meses atrás.

La muchacha, un tanto atribulada, fue varias veces a hablar con don Elías, el párroco del pueblo, para que le aconsejara. Este tipo de consultas eran muy frecuentes en aquellos tiempos.

Don Elías era un hombre de mediana edad, baja estatura, complexión fuerte, cabello negro, abundante y rizado, cabeza de buen tamaño, cejas espesas y piel morena, muy prudente y bondadoso.

Cuando vio a la joven sumida en aquel mar de confusiones a causa de los problemas que le podría acarrear el matrimonio, le aconsejó, aparte de otras cosas, que hablara con su madre:

—Creo, hija mía, que es la que mejor te puede orientar en estos temas. Desahógate con ella, con toda confianza, si es que sientes algún tipo de reparo en… conocer a un hombre íntimamente. ¡Verás qué tranquila te quedas!

Pepona, a pesar de su larga experiencia en realizar los menesteres propios de una casa de familia numerosa, sabía muy poco del mundo y le tenía un profundo respeto a conocer el estado matrimonial, que para ella era como un intrincado laberinto, mezclado con una buena dosis de temor. Hasta aquel momento no se había preocupado de ello porque la hipotética vida de casada la consideraba como algo ajeno a su vida.

La inocentona Magdalena, que era como una niña grande, desde que se enteró del asunto no cabía en sí de gozo al pensar que su hija mayor se casaría con alguien «de lo mejor del pueblo».

Pepona esperaba esta lógica reacción materna; pero, en un momento tan crucial, hubiera deseado que su madre, en lugar de irse por las ramas, le supiera aconsejar, orientar, hablar con ella a fondo de la vida matrimonial antes de dar el sí a un hombre al que apenas conocía.

Pero a Magdalena, lógicamente, le daba vergüenza pormenorizarle a su hija ciertos detalles y optó por lo más cómodo, diciendo entrecortadamente:

—Mira, Pepona: esto del matrimonio —¿cómo te lo diría yo…?— es una cosa… muy natural. El cariño lo hace el roce, como dice el refrán. En tu caso, como el hombre que se quiere casar contigo sabe muchísimo más que tú de la vida, déjate llevar por él y verás como todo sale bien. Olvida esos temores. ¡No me gusta que vayas al casamiento como el que va al paredón, hija mía!

A continuación, de lo nerviosa y excitada que estaba —dándose tortazos en las caderas mientras resoplaba una y otra vez—, Magdalena empezó a soltar una sarta de refranes sin orden ni concierto, como una especie de retahíla inconexa:

—¡No por mucho madrugar amanece más temprano; a quien madruga Dios le ayuda; si te he visto no me acuerdo; quien más hace menos merece; no hay mal que por bien no venga; no es oro todo lo que reluce; de tal palo, tal astilla; como te quise te quiero…!

—¡Madre, por Dios —dijo Pepona, que, a pesar de la paciencia que solía tener, estaba a punto de estallar—, cállese usted de una vez, que parece loca! Además, Como te quise te quiero no es ningún refrán, sino el título de una película.

—¡Bueno, hija! ¡No seas tan exigente! Todo el que tiene boca se equivoca. ¡Piensa en la suerte tan grandísima que vas a tener si te casas con Grabielillo el de la señá Paca…, y déjate de pamplinas!

La muchacha la dejó por imposible y siguió con sus tareas. Al contrario de lo que opinaba el señor cura, no se quedó tranquila con las poco explícitas palabras de su madre, sino todo lo contrario: mucho más inquieta y desasosegada que antes.

Se veía a la legua que el espinoso tema de la educación sexual no era la especialidad de Magdalena.

***

Pepona, no demasiado convencida, autorizó a Gabriel para que fuera a hablar con ella. Le contestó por carta que, de momento, no se comprometía a nada serio y que le daría la respuesta definitiva cuando se fueran conociendo mejor.

Al estar el hombre viudo, a los padres de Pepona no les pareció adecuado que hablaran por la ventana, como todavía era la costumbre entre los novios del pueblo. En este caso, Julián permitió —loco de contento, por cierto— que el hombre visitara su casa y que, dentro de sus muros, hablara con su hija.

Gabriel se presentó a eso de las diez y media de la noche, muy bien vestido y repeinado, como tenía por costumbre. Olía desde una legua a jabón de baño, a fijador y a una colonia buenísima, de aquellas que costaban tan caras.

Los presuntos futuros esposos se sentaron muy cerca de la puerta de entrada, un poco apartados de los demás para poder hablar en voz baja. Los hijos pequeños ya se habían acostado. El abuelo Manuel, muy callado, miraba la escena con sus ojillos hundidos y pícaros —tan negros como el carbón y de arrugados y enrojecidos párpados— sin perderse detalle.

Pepona, al principio, permanecía en silencio con la cabeza baja, sin saber qué hacer ni qué decir.

—Voy a parecerle tonta —pensó—.

Pero Gabriel, un hombre con sobrada experiencia, con un matrimonio a sus espaldas y un montón de vivencias amorosas acumuladas, tras charlar de cosas triviales, supo encandilar a la muchacha hablándole con un lenguaje desconocido para ella, salpicado de palabras de amor que empezaron a embriagarla.

A la cuarta o quinta noche, al salir ella a despedirlo, ya dadas las doce y encontrándose ambos en el angosto zaguán, iluminado por una brillante luna en cuarto creciente, el pretendiente la obsequió con su primer beso, al tiempo que la apretujaba contra su cuerpo.

Pepona tembló, estremecida por aquella sensación nueva e inquietante. A punto estuvo de desmayarse —según pensaba ella, exagerando un poco—, pero supo disimular y, tal como su madre le había aconsejado, se dejó llevar.

Aquella misma noche, antes de que él se marchara, un poco mareada aún, le dio el sí.

Al día siguiente, la boda se planeó para dos meses después. Estando él viudo, no era normal un noviazgo largo.

Gabriel dijo que correría con todos los gastos, que sus futuros suegros no tenían que preocuparse de nada y que, incluso, costearía el vestido de novia de Pepona y su ajuar completo. No habría celebración numerosa, ni nada de eso, por ser él viudo. Ni hubiera estado bien visto en el pueblo ni a Gabriel le apetecía. Solo darían una comida familiar en la vivienda que el hombre compartía con su madre —una hermosa casona, muy antigua— y en la que pensaba continuar viviendo después de casado.

Julián y Magdalena querían que el padrino fuera el amo del cortijo, don Eufrasio. Les parecía a ellos que aquel padrinazgo sería el culmen de la categoría social y el broche de oro de la próxima boda. Pero don Eufrasio no quiso aceptar, pretextando que ese día estaba de viaje: una excusa manida, que solían emplear con frecuencia los grandes señores cuando no les apetecía ir a un evento. Además, el hombre andaba mal de la próstata —por lo que tenía que ir al baño con una frecuencia inusual— y temía comprometerse. Se lo confesó a Julián por lo bajito, teniendo cuidado de que Magdalena no le oyera. Le daba vergüenza hablar de ciertas intimidades delante de una mujer.

Pero, en el fondo, tampoco le apetecía lucirse por el pueblo en el papel de padrino, por mucho que Julián llevara tantos años trabajando para él; de modo que se limitaría a hacerles un buen regalo en efectivo —tampoco se excedería mucho, porque no era, precisamente, un hombre generoso—.

Y la cosa quedó así: el padrino sería Julián; y la madrina, la señá Paca, la madre del novio.

Esta última era una matrona de rompe y rasga, bastante chapada a la antigua en sus costumbres y forma de pensar, casi a la vieja usanza del siglo XIX —aunque contrastando sus rancias ideas con cierto modernismo, del que ella se jactaba a veces—, que, como era de esperar, se había puesto las manos en la cabeza al conocer la elección de su hijo. Incluso se vieron obligados a llamar a don José, el médico del pueblo, cuando se enteró, porque sufrió una fuerte subida de tensión a causa de la «terrible sorpresa» que se había llevado, aunque no tuviera más opción que transigir: no era Gabriel ningún chiquillo para poderlo manejar a su antojo. Y la señora comprendía, además, que si se oponía, en lugar de conseguir su objetivo, la perjudicada sería ella.

De modo que, como primera medida, doña Paca, con su tensión arterial ya más normalizada y asumiendo lo inevitable, estuvo comprobando —mientras rebuscaba en los cajones de una cómoda panzuda que tenía en su dormitorio— el estado de sus velos de lujo, los que reservaba para los días festivos y solemnidades importantes. Vio con satisfacción que estaban en perfecto estado. Se pondría uno muy bonito, grande, de finísimo encaje, el más lujoso de todos. Y vestiría de negro, como siempre.

Contaba con un vestido apropiado para la ocasión, que solo se había puesto una vez. Y como no le gustaba derrochar, lo llevaría en la boda.

Para lucir mantilla y peina se encontraba muy mayor; y, además, siendo su hijo viudo no le parecía apropiado.

La verdad es que, aunque jamás había poseído un rostro hermoso, la señá Paca conservaba aún una elegante figura e indudable prestancia. Y su cabello cano, con reflejos azulados, lo llevaba siempre muy bien peinado, distribuido en artísticas ondas.

Doña Francisca de Asís de Guzmán y de Posadillo, viuda de De Calvete, como a ella le gustaba que la llamaran —aunque los «de» y el «y» se los había sacado de la manga—, solía presumir entre la gente del pueblo de ser una dama de rancio abolengo, y hasta se jactaba de tener unos parientes de título. Ella los llamaba «mis primos», aunque daba la casualidad de que nadie los había visto jamás, ni se sabía dónde vivían, ni si el título del que hablaba era real o solo producto de su imaginación.

Capítulo IV
LAS COSAS DE MAGDALENA

La vivienda de Magdalena y Julián, humilde y anticuada, con bastantes años sobre sus toscas paredes y carente de toda clase de comodidades, estaba orientada al oeste, por lo que al llegar los primeros fríos —y, sobre todo, los días más crudos del invierno— se agradecían las tardes de sol, cuando sus rayos, más o menos débiles, entraban por la amplia ventana del «cuerpo de casa», que hacía, además, las veces de comedor y cuarto de estar.

Al acercarse el verano, en cambio, el calor empezaba a hacerse insoportable. Sobre todo por las tardes. Y no digamos si se encontraban en plena canícula. En tal caso, la casa se convertía en un horno.

Hacía pocos meses que había comenzado el año 1950.

Todavía, se notaban los últimos coletazos de la posguerra, pero, quizás, empezaba a vislumbrarse algo distinto: daba la impresión de que se iba entrando en una nueva etapa, en la que se notaba algún leve indicio de una prosperidad de la que se había carecido durante mucho tiempo.

Hasta el aire parecía llegar más fresco aquel año, como renovado, e incluso se diría que se respiraba un ambiente más optimista, de una relativa modernidad, en el que se iban avistando nuevos horizontes. ¡No había que olvidar que habíamos llegado a la segunda mitad del siglo XX! Aunque en los pueblos pequeños, adormecidos en su rutina diaria, en su permanente modorra, no se notaran apenas los cambios del progreso.

Magdalena —muy alterada y nerviosa ante la perspectiva de la próxima boda de su hija—, como primera medida, empezó a plantearse los atuendos que deberían llevar su familia y ella ese día. ¡Sobre todo, ella!

No le importaba gastar la mayor parte de sus exiguos ahorros en tal acontecimiento: y, si era preciso, podría recurrir a su cuñado Frasquito, el marido de su hermana Dolores —que, además de poseer una bondad fuera de serie, tenía fama de ser muy generoso—, para pedirle dinero prestado. Y si él, en vez de prestárselo, se lo regalaba, ¡pues muchísimo mejor!

Frasquito y Dolores eran un matrimonio acomodado, dueños de una pequeña tienda de comestibles en la que él entró —siendo casi un niño— como dependiente, y que, después, por las vicisitudes de la vida, pasó a sus manos. El negocio, aunque modesto, les daba para ir viviendo y para que les sobrara algo. Como no tenían hijos y el hombre era tan desprendido, su cuñada, cuando se encontraba en algún apuro, veía en él su tabla de salvación.

Pero volviendo a los «problemas» acuciantes de Magdalena, el primero que se le presentaba era el volumen de su pecho: aquella pechera enorme, descomunal, ya un poco caída a fuerza de amamantar, que habría que intentar subir a su sitio con un armazón adecuado.

Aprovechó que Gabriel y Pepona iban a la capital para acompañarles y visitar una buena corsetería.

—Señora —le dijo la dependienta, esbozando una sonrisita en la que Magdalena creyó percibir un punto de ironía—, su talla… en este momento no la tenemos. No es frecuente que vengan señoras «tan bien dotadas» como usted. Pero, desde luego, podemos hacerle un sujetador a medida.

Se lo entregaron al cabo de dos semanas. Magdalena se lo probó y, al verse delante del espejo y saberse tan rejuvenecida y exuberante, quedó muy satisfecha con el resultado.

Estaba deseando ver la reacción de su marido.

Cuando Julián la vio aparecer con la nueva prenda ajustada a su cuerpo estaba tomando un café muy caliente, casi hirviendo, como siempre solía hacer, y por poco se quema de la impresión que se llevó al ver a su mujer de aquella guisa. En primer lugar se atragantó; y, a continuación, estalló en carcajadas:

—Pero, chiquilla, ¿esto qué es? ¿Tú te has mirado bien al espejo? A mí me da mucha fatiga de que te presentes así delante de la gente, con esos pechos en la boca, como si fueras una mocita. ¡Y con el pedazo de mostrador que tienes! ¿Qué van a pensar de ti? ¿Y de mí, que soy tu esposo y te lo consiento…?

Antoñillo, uno de los hijos pequeños, entró en ese momento a desayunar y se quedó absorto.

—Madre, ¿qué le ha pasado a usted? ¿Por qué se ha puesto tan gorda… por la parte de arriba?

Julián redobló sus carcajadas.

—Sí, hijo, sí. Tu madre ¡a la vejez, viruelas! —le decía con mucha sorna al niño.

—¡Eso podría decírtelo yo a ti! ¡Mira quién va a hablar! —contestó la mujer, bastante picajosa y desilusionada—. ¡Cría cuervos…!

—Pues nada, mujer. No hay más que hablar. ¡Si yo en el fondo soy un cacho de pan, un infeliz, como nos pasa a la mayoría de los hombres! Ponte lo que quieras, siempre que vayas a gusto. Ahora, si la señá Paca se escandaliza al verte, no me vengas luego con lagrimitas ni quejas.

Pepona, que acababa de entrar en ese momento, intervino:

—Padre, no sea usted así, que madre no tiene la culpa de tener tanto pecho. No me la vaya a acomplejar ahora… Ella, lo mismo que usted, tiene que ir a la boda de acuerdo con la categoría de Gabriel.

—¡Uy, uy, uy…! ¡A ti se te están subiendo los humos y el tonteo a la cabeza, hija! —le respondió su padre—. Esto de casarse con gente de más categoría que nosotros tendrá sus ventajas, no digo yo que no, pero también acarrea inconvenientes. ¡Y temo que muy pronto nos vas a hacer de menos, Pepona!

—Pero, padre, ¿cómo puede pensar así? ¡Si usted supiera lo sencillo que es Gabriel…! A propósito, ¿no podrían pronunciar bien su nombre? A él no le gusta nada eso de que le llamen Grabiel. Y a su madre, todavía menos.

—¿Lo ves, hija? —intervino Julián—. Ya empezamos con tiquismiquis y pamplinas.

—¡Haced el favor, si podéis! Intentad pronunciarlo bien, dadme ese gusto —insistió Pepona.

—Bueno, vamos a dejarnos de tonterías sin importancia, ¡que en lo que hay que pensar es en mi vestido! —dijo Magdalena, muy práctica, haciéndose la protagonista, cosa que le encantaba—. ¿Os parece bien de color granate, de brocado? ¿O un gris perla tirando a humo?

—Hija, con ese mostrador… con cualquier cosa que te pongas vas a resultar llamativa, no te preocupes —respondió Julián entre risas.

—Pues tú, en vez de tomarme a broma, ¡bien que debías haberte encargado ya el traje!

—Tiempo tenemos, mujer. De todas formas le pediré permiso al amo. ¡Qué remedio me queda…! Tendremos que ir los dos a la capital a preparar nuestra ropa —respondió Julián suspirando hondamente, como si se tratara de un gran sacrificio.

Pepona, mientras los escuchaba parlotear, no hacía más que darle vueltas a su próximo matrimonio: estaba obsesionada con el tema de la noche de bodas, pero se guardaba para sí su preocupación.

Aquella tarde —se encontraban en la segunda quincena de mayo—, Magdalena estaba planchando en la cocina cuando sufrió un desmayo.

Acudieron, rápidas, las vecinas y se lo achacaron al calor, que había llegado demasiado pronto.

Pero tardaba en volver en sí.

Como Julián estaba trabajando en el cortijo, uno de sus hijos, muy asustado, fue a galope tendido en busca del médico.

Tuvo suerte, porque don José, aunque estaba pasando consulta, cogió enseguida su viejo coche, muy alarmado por si lo de Magdalena era grave.

Cuando llegó a la casa, la mujer, rodeada de comadres, estaba empezando a volver en sí. La habían llevado entre todas a la alcoba matrimonial y la habían acostado. El abuelo Manuel no hacía más que llorar a moco tendido.

La verdad es que Magdalena no tenía buena cara. Todas las mujeres que la acompañaban, al unísono, se empeñaban en que tomara algo: que si tila, que si manzanilla, que si un té, que si un zumo…

Don José les pidió que se salieran todas, porque tenía que reconocer a la enferma. Cuando, después de un rato, salió de la alcoba, lo notaron satisfecho, casi sonriente:

—No os alarméis por lo de Magdalena. Esta mujer no tiene ningún mal. Lo que le pasa es que está, de nuevo, preñada. De más de dos meses. Lo que ella creyó la llegada de la menopausia no era más que el comienzo de un nuevo embarazo. ¡Bueno, os dejo, que tengo en mi consulta un montón de enfermos que atender! Pepona, díselo a tu padre y dale mi enhorabuena. Y las demás, aunque no dudo de vuestra buena intención, haced el favor de dejarla tranquila, que la vais a agobiar.

—¡Uy, don José! —dijo Pepona—. ¡Qué fatiga me da decírselo a mi padre! Yo no me atrevo. ¡Que se lo diga ella misma!

—Pues hija, ¿qué quieres que te diga? Ya os arreglaréis.

Se fue en busca de su coche casi a la carrera, con su raído maletín en la mano.

A Pepona le prepararon una tila las vecinas. La muchacha, como es natural, se había quedado pálida con la sorpresa. ¡Cuántas emociones y novedades en tan poco tiempo! ¡Si es que no salían de una para entrar en otra…!

¿Qué diría su padre cuando se enterara? Era tan particular, tan suyo…

El abuelo, cuando vio que le habían preparado a su nieta aquella infusión, dijo, muy inocente:

—¿Y si me hicierais a mí un tazoncito de chocolate?

Rieron las vecinas con la ocurrencia del viejo y, cuando menos lo esperaban, apareció Magdalena hecha una trágica: desmelenada, ojerosa, sin delantal y con el vestido a medio abrochar.

Las comadres y algunos de sus hijos, que andaban por allí, esperaban que se echara a llorar, que se quejara, que se lamentara por lo impropio de aquel embarazo tan tardío e inesperado.

Pero en lugar de eso, se le ocurrió decir:

—¿Quién me iba a decir a mí que, a mis años, iba yo a llevarme esta alegría tan grandísima?

Las vecinas, a coro, estallaron en carcajadas cuando la oyeron, mientras la abrazaban, enternecidas. ¡Qué cosas tenía Magdalena…! ¡Desde luego, era única!

Los hijos se quedaron petrificados con la noticia.

Pepona, por su parte, agachó la cabeza y, sin querer, se sintió un poco avergonzada: como si sus padres hubieran hecho algo prohibido. Pero enseguida rechazó este pensamiento.

Aunque, sin poder evitarlo, pensó:

—Sin duda, mi madre no está bien. Es buenísima, lo sé, pero sus reacciones me hacen pensar que no está muy centrada de la cabeza. Y lo peor es que no sé si lo habrá estado alguna vez…

Capítulo V
LA HISTORIA DE GABRIEL

Gabriel —ese personaje que, hasta ahora, ha aparecido como desdibujado— había llevado sobre sus espaldas una buena dosis de sufrimientos a lo largo de su vida.

Hijo único, con todos los inconvenientes que esto suele acarrear, quedó sin padre cuando contaba seis años.

Pascual, que así se llamaba su progenitor, había hecho lo que vulgarmente se conoce como «una boda por interés». O, al menos, eso es lo que siempre se había rumoreado entre las gentes del lugar.

Pascual Calvete era natural de allí, de Trigales Verdes, y desde muy joven había sido tratante de tierras y ganado. Era un hombre muy popular, de buena presencia, simpático en apariencia, dicharachero, un tanto chulesco, atractivo para las mujeres, con escaso trabajo… y con pocas pesetas en el bolsillo.

Su esposa era extremeña. Se conocieron en uno de los viajes que, con frecuencia, hacía Pascual a aquella región. Doña Paca, que había perdido a su padre poco tiempo antes, acababa de vender su finca y su ganado; y Pascual había intervenido en el trato.

Hija única, de un nivel social más alto que él, quedó en posesión de un «capitalito» que, sin ser nada del otro jueves, estaba muy saneado.

El astuto y mujeriego Pascual, que era muy diestro en el arte de requebrar a las mujeres y de cortejarlas, consiguió enamorarla. Y, poco después, contrajo matrimonio con ella, llevándosela a vivir a su pueblo, quizás con la intención de poder presumir ante sus paisanos de tener una esposa adinerada: porque era muy dado a la ostentación.

Paca no puso el menor reparo, porque estaba deseando cambiar su lugar de residencia y poder respirar otros aires. Debido a su carácter, seco y un tanto huraño, se encontraba muy sola en la ciudad que la vio nacer.

El dinero de la mujer, al casarse, pasó a ser administrado por su marido, que lo invirtió en comprar una porción de tierras de labranza, así como la casona donde habían vivido desde su matrimonio, que, por circunstancias de la vida, les salió casi regalada.

Hay que reconocer que al principio Pascual no era un mal administrador. Pero su mujer, que había ido al altar muy enamorada de él, cuando se fue dando cuenta de las razones por las que se había casado con ella —tenía numerosas pruebas: juergas casi constantes, desinterés total por su persona, borracheras frecuentes, trato con mujeres de vida disipada—, sufrió muchísimo por dentro. Como es lógico, se enzarzaron en habituales discusiones: siendo ella una mujer de carácter, no podía resignarse a que el manirroto Pascual derrochara su dinero. Ni, menos aún, el de su hijo.

Su matrimonio estaba a punto de romperse cuando el hombre murió repentinamente, con poco más de cuarenta años.

La señá Paca no era de hierro, aunque lo pareciera. Pero, ante la gente, sabía disimular con la máxima dignidad, mientras trataba de compensar su fracaso matrimonial a base de delirios de grandeza, que, sobre todo, consistían en exagerar —e incluso mentir— acerca del noble linaje de su familia.

Esto, unido a su altivez y a su aire desdeñoso con los que ella juzgaba que no le interesaban, no la favorecía lo más mínimo, por lo que, lógicamente, fue adquiriendo fama de antipática al poco tiempo de llegar a Trigales Verdes.

No se podía considerar que doña Paca y su hijo fueran una familia rica —nada comparable su mediano capital a la cuantiosa fortuna de don Eufrasio, por ejemplo—, pero vivían muy holgadamente. Aparte de la casona, poseían, como ya dije, una porción de tierras, muy cercana al pueblo, que contaba con una casita pequeña y con un huerto que les proporcionaba verduras y frutas.

La señora —ya lo habíamos dicho— tenía un carácter difícil, áspero, autoritario. Su hijo, en cierto modo, no había llegado a conocer lo que significa la dulzura de una madre, aun siendo consciente de que la suya estaría dispuesta a dar su vida por él.

Por contraste, Gabriel había tenido idealizada la figura de su padre: lo recordaba, vagamente, como un hombre risueño, de carácter abierto y jovial, al que no veía a diario, pero con el que disfrutaba muchísimo y con el que había compartido juegos inolvidables. Aunque, desde algún tiempo atrás, el hombre se iba ausentando cada vez más de su casa.

Los años transcurridos desde la muerte de Pascual, en lugar de borrarlo de sus recuerdos, fueron aumentando en el niño aquella idealización de su imagen y, aunque Gabriel era de carácter alegre, siempre tuvo clavada la espina de haberlo perdido tan pronto.

El muchacho, finalizados sus estudios primarios, hizo el bachillerato estudiando en el pueblo, ayudado por un maestro y un licenciado; y yendo a examinarse a la capital, que estaba a unos veinte kilómetros de allí. Aprobaba los cursos sin demasiado esfuerzo, aunque nunca fue un estudiante destacado.

Cuando le llegó la hora de entrar en la universidad abandonó los estudios.

En Trigales Verdes, entonces, casi nadie hacía carrera. Su madre le insistió para que siguiera estudiando, pero el muchacho se negó en redondo, poniendo como pretexto que alguien tenía que hacerse cargo de las tierras, que en el pueblo era más fácil obtener un empleo… y que no quería dejarla sola.

Las circunstancias de la muerte de su padre no las conoció Gabriel hasta que, recién acabados sus estudios, un amigo suyo, mientras iban paseando, le contó la verdad. Y lo hizo con una tranquilidad y desfachatez como si aquel secreto, tan traumatizante para él, hubiera sido la cosa más nimia del mundo.

Su amigo le dijo:

—¿Sabes de lo que me he enterado acerca de tu familia?

Gabriel negó con la cabeza, presintiendo, al ver cierta malicia en la expresión del otro, que le iba a revelar algo muy grave. A punto estuvo de decirle que no le interesaban los chismorreos de la gente; pero, por otra parte, sentía una lógica curiosidad.

El amigo continuó:

—Dicen que tu padre murió, de repente, en una casa de «mujeres de mala vida», en la capital, cuando estaba a punto de abandonaros a tu madre y a ti.

Gabriel creyó morir allí mismo de la impresión que se llevó. Hubiera deseado que la tierra se lo tragara en ese momento. Se quedó como paralizado, y supo claramente que lo que acababa de oír era cierto. Fue como si un velo muy tupido, que le hubiera ocultado la verdad desde que era niño, se hubiera descorrido ante sus ojos dejando ver, por fin, la luz: mostrándole la espantosa verdad en toda su crudeza.

Fue atando cabos en pocos segundos: siempre hubo cierto misterio, algo oscuro y difuso, en lo concerniente a la muerte de aquel hombre. Su madre, cuando no había más remedio que hablar del tema —procuraba eludirlo—, le decía que su padre había ido a la capital a hacer unos negocios y que había muerto de un ataque al corazón mientras dormía en un hotel.

Ahora, el muchacho lo entendía todo mejor, y empezaba a comprender la exagerada aversión de su madre hacia «las mujeres de vida alegre», como ella las llamaba, y su desilusión acerca de todo lo relacionado con el matrimonio.

Ante las crueles palabras de su amigo, Gabriel no quiso ni pudo seguir hablando de aquel asunto tan doloroso para él. Como es natural, le había afectado muchísimo.

Sentía una angustia inmensa, que nunca había experimentado hasta entonces, y físicamente notaba como una paralización que casi le impedía avanzar por la calle. No se dignó ni a contestarle a su interlocutor. Permaneció callado, con la cabeza baja.

El otro, por torpe e insensible que fuera, se dio cuenta de que había obrado mal. Tal vez, por alguna causa que Gabriel ignoraba, le había querido hacer un poco de daño, pero no hasta ese punto.

Aunque era tarde para rectificar. Ya estaba todo dicho.

Gabriel pasó unos días horribles. Apenas dormía, no podía comer, nada le interesaba, no pisaba la calle…

No paraba de darle vueltas y vueltas a lo mismo. Incluso se extrañaba de que a nadie se le hubiera escapado decírselo mucho antes.

Su madre estaba muy alarmada, preocupadísima: la única persona a la que quería con locura era a su hijo.

Al final, el muchacho, pasados dos o tres días, no pudo seguir callando; pero, como no se atrevía a revelar aquel descubrimiento de una vez, se lo fue contando a su madre a base de rodeos de palabras, como no atreviéndose a relatarle el tremendo final.

Doña Paca intentaba ayudarle, preguntándole:

—¿Se trata de esto… o de aquello…?

Mientras le hablaba de los amargos recuerdos que ella tenía de la vida de su esposo: de otras mujeres, de otras historias anteriores, igualmente escabrosas; y, en cierto modo, todavía más graves.

Él se quedó anonadado, porque no se trataba solo de lo que le había contado su amigo, sino que hubo mucho más… desde que sus padres estaban recién casados.

Su ídolo, su héroe, aquel padre al que tenía en un pedestal, se le había venido abajo de golpe y porrazo.

Se acostó tiritando. Y no de frío.

Estaba ya en su lecho cuando su madre entró a su cuarto. Se sentó en su cama, cosa nada habitual en ella, y le recordó aquellas hermosas palabras de Santa Teresa de Jesús, mientras le temblaba un poco la voz:

—Nada te turbe, nada te espante…

Y terminó diciendo:

—Quien a Dios tiene nada le falta: solo Dios basta.

En ese momento, mientras su madre lo besaba en la frente, Gabriel notó que no era tan áspera ni tan segura de sí misma como aparentaba. Ni tan fuerte. El muchacho, percibiendo claramente de qué manera lo quería, se incorporó con la acuciante necesidad de abrazarla muy fuerte, con desesperación. Y, como es natural, desde aquel momento se sintió mucho más cerca de ella de lo que hasta entonces había estado.

Aquella noche, por haber desahogado su angustia después de que sus ojos se anegaran en lágrimas —mezcla de dolor, decepción y rabia—, consiguió dormir de un tirón.

Luego, durante una temporada, Gabriel creyó que tenía vocación religiosa. Vivió unos días de intenso misticismo, provocado, sin duda, por los últimos descubrimientos y el derrumbamiento moral que había experimentado.

Pasaba muchas horas en la iglesia: y, ayudado por el párroco del pueblo, encontró parte del consuelo que necesitaba. No rompió del todo con su amigo —que se mostraba arrepentido, avergonzado y confuso—, pero, a raíz de tan doloroso momento, nunca más volvió a ser para él el que había sido antes.

Durante un tiempo, excepto con el cura, no volvió a hablar con nadie de la azarosa vida de su padre. Pero a raíz de aquel episodio empezaron a sobrevenirle frecuentes crisis de angustia: confusión, sensación de pánico, temor a volverse loco, pérdida de autoestima… hasta que se vio obligado a confesar a su madre el estado en el que se encontraba. A doña Paca se le vino el mundo encima; y tanto ella como el sacerdote se convencieron de que Gabriel necesitaba más ayuda de la que ellos le podían ofrecer.

Acababa de llegar al pueblo un médico joven, muy simpático y bondadoso, llamado don José, al que acudió la señora a contarle la preocupación que sentía por su hijo.

A los pocos días, el muchacho fue a su consulta. El médico le dijo que aunque, naturalmente, no era especialista en enfermedades nerviosas, haría por él cuanto estuviera en su mano.

Gabriel se fue desahogando, contándole a retazos su vida: sus primeros recuerdos, el amor que le tuvo a su padre, sus sueños de niño, la época de la pubertad con sus inquietantes deseos… y, como es natural, la dolorosa revelación de su amigo, con sus consecuentes traumas psíquicos y su actual angustia.

Don José se vio obligado a recetarle unos tranquilizantes para empezar el tratamiento. Además, el muchacho lo visitaba al anochecer, cuando ya el médico había terminado con todos sus pacientes, y hablaba con él una media hora a la semana. Quitándose horas de sueño, don José estudiaba su caso, leyendo y releyendo libros de psiquiatría.

Pero, transcurrido más de un mes y viendo que el joven apenas mejoraba, el médico le aconsejó que visitara a un famoso psiquiatra de la capital. Gabriel sintió como si le cayera un jarro de agua fría: le daba la impresión de que «esa clase de médicos» no eran para él.

Pero don José insistía… y el joven tuvo que empezar, de nuevo, a contar todos los pormenores de su vida.

Iba a la capital una vez por semana. Luego, cada dos. Y así fue espaciando las visitas. Ya no le costaba el menor sacrificio hablar y hablar de sus cosas más íntimas. Al revés: lo necesitaba.

El psiquiatra, al contrario de lo que Gabriel había prejuzgado, era un hombre muy amable y comprensivo, bondadoso, jovial —a pesar de ser bastante mayor—, con una sonrisa casi constante y una buena dosis de ironía. Jamás hubiera pensado Gabriel que llegarían a ser tan buenos amigos: ni, menos aún, que el médico llegara a contarle episodios de su propia vida.

El muchacho empezó a mejorar ostensiblemente.

Más adelante, pasados unos meses, se fueron espaciando las consultas más y más… hasta que, casi sin darse cuenta, dejó de ir al psiquiatra. Ya no lo necesitaba.

La profunda amistad que había entablado Gabriel con don José echó raíces para toda la vida: el joven se sentía secretamente orgulloso de que dos personas de tan excelsas cualidades —el médico del pueblo y el psiquiatra de la capital— le hubieran otorgado su amistad y su afecto, por lo que, en cierto modo, llegaron a reemplazar en su mente a aquella imagen paterna, tan necesaria para él, que había resultado ser un pobre ídolo de barro… que se le había desplomado en un santiamén.

Capítulo VI
LOS ANTOJOS DE MAGDALENA Y LA EDUCACIÓN DE PEPONA

Volviendo a la vida y milagros de Magdalena en su nuevo «estado interesante» —como ella solía decir para darse importancia—, a la mujer le dio por cantar y cantar. Parecía un disco rayado.

Ya hemos ido conociendo que, aunque era un ser entrañable, Magdalena resultaba un tanto esperpéntica. Se daba en ella como una fusión de las dos caretas que aparecían en la parte delantera de muchos escenarios: la que ríe y la que llora. Era, pues, una amalgama entre una tragedia griega y un vodevil. O, más bien, el personaje idóneo para un sainete.

Cuando manoteaba y gesticulaba, dando rienda suelta a su tragicómica verborrea, sus interlocutores no sabían si reír o llorar. Aunque solían terminar riendo, naturalmente.

Ella decía que lo de cantar a todas horas era un antojo, que no podía evitarlo. Y como la canción El emigrante, de Juanito Valderrama, estaba tan en boga en aquellos días, era su preferida dentro de su extenso repertorio.

Los niños, cada vez que la oían entonarla —o, más bien, desentonarla—, decían desesperados:

—¡Por favor, madre, otra vez no!

Don Eufrasio, el dueño del cortijo, les había regalado el año anterior una radio antigua, que todavía funcionaba. Magdalena le había hecho una vistosa funda de cretona de flores, de las que se llevaban entonces, y la había colocado sobre una alta repisa para que sus hijos menores no pudieran manipular sus botones. A veces, había que darle un buen tortazo para que siguiera marchando. Pero las cosas eran así en aquellos tiempos…

Mientras escuchaban en el aparato la melodiosa voz de Juanito Valderrama todo iba a las mil maravillas. Incluso parecía que aquella copla contribuía a la sensación del soplo de aire fresco, renovado, de aquella primavera de 1950.

Pero cuando terminaba la canción y empezaba Magdalena a entonar por su cuenta, con su mal oído y su voz destemplada, se echaba a temblar toda la familia.

El señor Manuel, su padre, le decía de vez en cuando con mucha guasa:

—Hija, no sé cómo no te metiste a cantaora cuando eras joven. ¡Nos hubieras sacado de la pobreza!

Pepona, por su parte, se iba adaptando al nuevo papel que la vida le había asignado por un espacio de tiempo muy breve: el de novia de Gabriel.

Cierto es que la educación de ambos era muy distinta, pero el amor de verdad siempre fue capaz de saltar las barreras sociales.

A los pocos días de comenzar su noviazgo, él se atrevió a proponerle que si le gustaría ir, durante el tiempo que faltaba para la boda, al convento de las monjas para que ellas completaran su educación. La superiora —le dijo— se llamaba madre Asunción y era muy conocida de doña Paca. Según palabras de Gabriel, era una mujer exquisita, de excelente trato y poseedora de una bondad fuera de lo común.

Pepona, de momento, tuvo casi la seguridad de que aquella proposición había partido de su futura suegra. No le gustó demasiado la idea, aunque comprendía que, en parte, llevaba razón: que debía educarse mejor, que ignoraba montones de cosas… Y ella quería quedar bien ante la madre de su futuro marido; y, sobre todo, ante él.

Cuando se enteró Magdalena de la propuesta puso el grito en el cielo. Sus enormes ojeras violáceas se acentuaron y hasta el metal de su voz enronqueció:

—¡Qué cosas tan raras…! ¿Cuándo se ha visto que una mocita casadera se pase el día en un convento de monjas? ¿A qué viene ese disparate?

—¡Mujer —intervino Julián—, querrán que nuestra hija tenga los modales de una señorita! Yo no lo encuentro tan mal.

—¿Y acaso Pepona no los tiene? ¡Ya quisieran muchas de esas señoritingas de tres al cuarto parecerse a ella y tener su educación!

Al final, la buena mujer no puso objeciones. ¡Qué remedio le quedaba…! Pesaba más en ella el deseo de llegar a ser la suegra de Gabriel que el disgusto que le provocaba aquella absurda pretensión de querer mejorar la educación de su primogénita.

Pepona empezó a frecuentar, a diario, el convento. Ella no lo había pisado jamás y temía el encuentro con las monjas, a las que suponía frías y distantes.

Sin embargo, a los pocos días se encontraba allí como en su casa. No: en realidad, mucho mejor. Porque nunca había conocido un trato tan excelente hacia ella, tan amable y exquisito.

La muchacha —ante aquel halagüeño panorama— tenía constantemente ganas de mejorar, de cultivarse, de aprender cosas nuevas… Le enseñaron desde cómo manejar los cubiertos hasta cómo debía saludar, desde cómo desenvolverse en sociedad hasta adquirir nuevos conocimientos de Historia, Geografía, Gramática…

Las monjas le fueron mostrando un mundo distinto del que ella había conocido hasta entonces. Le fomentaron la afición a la lectura, empezando por cuentos infantiles para que se fuera acostumbrando. Cierto es que algo menos de dos meses no era tiempo suficiente para completar su educación, pero como poseía tan buena voluntad y disposición podía aprender muchas cosas.

Era la superiora una mujer de buena estatura, delgada, de porte noble, ojos hundidos, cara un poco alargada y expresión bondadosa. A los pocos días de empezar a tratarla, sin querer, Pepona llegó a pensar que le gustaría que la madre Asunción hubiera sido su verdadera madre. Pero, al instante, rechazaba este pensamiento:

—¡Con lo buena que es mi pobre madre —se decía— y lo sacrificada…! ¡Yo debo de estar perdiendo la cabeza con lo de mi noviazgo!

Gabriel, que solo veía a Pepona durante un rato cada noche, disfrutaba al oírla explicar las cosas que iba aprendiendo.

Se sentaban a la puerta de la casa. Ya estaba finalizando mayo, y la temperatura, generalmente, era una delicia por las noches. Los novios se mantenían un poco apartados del resto de la familia para poder hablar de sus cosas en voz baja. Él la trataba con tanto cariño que, a ratos, Pepona sentía que iba a estallar de felicidad, porque estaba conociendo diversos aspectos de un mundo nuevo que empezaba a descubrir, infinitamente más bonito: un mundo que nunca hubiera soñado que pudiera existir. Y, siendo humilde —como era por fuera y por dentro—, pensaba que no merecía tanto.

Su madre la echaba mucho de menos durante el día, acostumbrada a su ayuda constante.

La segunda de las hermanas, «Madalenita» —la quinta de la familia—, no se parecía en nada a su hermana mayor, ni física ni moralmente. Su madre solía decir de ella, cada dos por tres:

—¡Esta hija mía… me va a quitar del mundo!

Y es que la pobre «Madalenita» era desmañada, torpona y poco aficionada al trabajo. En sus rasgos se parecía un poco a su padre, pero no había salido a él en lo que al trabajo concernía. Era bastante alta, esbelta, delgada, algo patosa… Y solía inventar unos chistes malísimos, de los que nadie se reía.

A Pepona le seguía Julianillo, un buen muchacho que, generalmente, ayudaba a su padre en las faenas del cortijo.

Luego venían los mellizos, que no se parecían entre sí demasiado y que estaban haciendo el servicio militar en Melilla.

Después de «Madalenita» —que contaba ya dieciocho años— iba Úrsula, que tenía unos ojos preciosos, de color verde mar, con largas y tupidas pestañas; y el cabello oscuro, rizado y abundante. Poseía, además, un precioso rostro y un carácter muy dulce. Se parecía un poco a Pepona, pero, a punto de cumplir los quince años, era mucho más guapa que su hermana mayor.

—Esta, mi Úrsula, aparte de la belleza que Dios le ha dado, va a ser «muy mujer de su casa» —decía, a menudo, Magdalena.

A continuación, venían tres varones: uno de ellos, Antoñillo, al que ya conocimos la mañana en que su madre había estrenado el discutido sujetador.

La más pequeña de la familia era una niña diminuta y enclenque, Mariquilla, a la que toda la familia llamaba siempre con el sobrenombre de «¿dónde estás, que no te veo?».

Aun temiendo hacerme pesado, no me parecía bien que a estas alturas no conocierais un poco mejor a la familia de Magdalena.

Mas, para no cansaros en exceso —y con cierto barullo en la cabeza, debido a la cantidad de personajes que van desfilando por estas páginas—, doy fin al capítulo.

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231 стр. 3 иллюстрации
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9788417845780
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Bookwire
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