Читать книгу: «Odas. Canto secular. Epodos»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 360

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por VICENTE CRISTÓBAL LÓPEZ
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2007.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.rbalibros.com
REF. GEBO532
ISBN 9788424939182
INTRODUCCIÓN GENERAL
I. HORACIO EN SU TIEMPO
Las fuentes
Para conocer la vida de Horacio contamos con un caudal de noticias bastante amplio, al menos en comparación con lo que es habitual al tratar de los clásicos griegos y latinos. Ante todo, tenemos una sustanciosa Vita transmitida junto con la obra del poeta, como también ocurre en los casos de Terencio, Virgilio, Tibulo y Lucano, entre otros. De esa Vita Horati se cree que es, al igual que la más famosa de las Vitae Vergilianae, una versión abreviada —y en algunos puntos corrompida— de la que el polígrafo Gayo Suetonio Tranquilo, el biógrafo de los Doce Césares, incluyó a comienzos del s. II d. C. en la sección De poetis de su enciclopedia prosopográfica De uiris illustribus.
Sin mengua de los problemas de fondo y forma que plantea, la Vita Suetoniana de Horacio tiene a su favor una circunstancia digna del mayor respeto: la de que su casi seguro autor desempeñó, en el reinado de Trajano (98-117 d. C.) y en los primeros años de su sucesor Adriano, el cargo de secretario imperial, que le permitió el acceso a los archivos de la corte y, concretamente, a la correspondencia de Augusto y sus sucesores; es decir, a documentos de primera mano, de los que en la Vita Horati, como el resto de sus biografías conservadas, ofrece varias muestras. Añadamos que de la Antigüedad nos han llegado otras dos Vitae Horati, que encabezan los comentarios a su obra escritos por Porfirión (s. II/III d. C.) y por el llamado Pseudo-Acrón (s. V d. C.), pero son mucho más breves que la suetoniana y nada nuevo añaden a lo que por ella sabemos.
Además de los que nos brinda la Vita de Suetonio, disponemos de los abundantes datos e indicios sobre el curso de su vida y de su quehacer de poeta que el propio Horacio sembró a lo largo de su obra, especialmente de sus Sátiras y Epístolas.
El hijo del liberto
Quinto Horacio Flaco nació el 8 de diciembre del año 65 a. C. en Venusia, la actual Venosa (provincia de Potenza), situada a unos 250 km al S.E. de Roma, en el extremo de la Apulia que linda con la Lucania; una tierra dura, cuya aridez sólo alcanzaba a aliviar en parte el inconstante caudal del río Áufido (hoy Ófanto). Aquella región estaba sometida a Roma desde el final de las Guerras samníticas (c. 290 a. C.), y, con vistas a asegurar su control, se habían instalado allí colonias de ciudadanos romanos; entre ellas, una en Venusia (al parecer, en 291 a. C.), según recuerda el propio Horacio:
... yo, que no sé si soy de Lucania o bien de Apulia; pues por el confín de una y otra lleva su arado el colono venusino que allí fue enviado, según cuentan las viejas historias, una vez que se expulsó a los sabelios, a fin de que el enemigo no cayera sobre los romanos marchando por tierra desierta, si el pueblo de Apulia o la violenta Lucania desencadenaban la guerra (Sát. II 1, 34-39).
No parece que a la larga esa medida diera los resultados pretendidos, pues en la llamada Guerra social (en realidad, la «Guerra de los aliados») o Guerra de los marsos, en la que buena parte de los pueblos itálicos se alzaron contra Roma exigiendo un trato igualitario, los comarcanos de Venusia —genéricamente samnitas o sabélicos—, se unieron al levantamiento. Roma se impuso, como de costumbre, tras una dura campaña (91-89 a. C.) que a muchos de los derrotados les valió la pena de la esclavitud. Entre ellos, según algunos creen1, se encontraría precisamente el padre de nuestro poeta. Andando el tiempo, habría sido manumitido por su dueño, algún miembro de la gens Horatia, del cual habría tomado el apellido que legó a su hijo, ya nacido libre (cf. Sát. I 6, 8: «... yo, nacido de un padre liberto»). También se ha pensado que el padre de Horacio pudo haber sido esclavo público y que debería su nombre a que los ciudadanos romanos de Venusia pertenecían precisamente a la tribu Horacia2.
Aunque de condición libre desde su nacimiento, no dejaba de ser Horacio un liberti filius, el hijo de un antiguo esclavo, un hombre socialmente marcado. La Vita Suetoniana nos habla de ello remitiéndose al testimonio del propio poeta (Sát. I 6, 6; Epi. I 20, 20), que en cierto pasaje incluso parece recrearse en una morbosa rememoración de sus orígenes:
Ahora vuelvo a mí mismo, hijo de un padre liberto, y al que todos le hincan el diente como a hijo de un padre liberto... (Sát. I 6, 45 s.).
Añade la Vita que el padre de Horacio, alcanzada ya la libertad, había sido exactionum coactor, una especie de agente de subastas, testimonio que Horacio confirma en Sát. I 6, 86. Era un cargo modesto pero potencialmente lucrativo, a medio camino entre el ámbito oficial y el privado, cuyas funciones consistían en representar a los propietarios en la puja por los bienes que pusieran en pública venta y cobrar al comprador el importe correspondiente, mediante una cierta comisión (cf. E. FRAENKEL, Horace, Oxford, Oxford Univ. Pr., 1957: 5). Sin embargo, la Vita también se hace eco de una versión menos honorable de los antecedentes profesionales del buen liberto, recordando que, según otras noticias, había sido salsamentarius (vendedor de salazones3), y que en el curso de una discusión alguien le había soltado a la cara al poeta: «¡Cuántas veces vi yo a tu padre limpiándose los mocos con el brazo!».
Volvamos a lo que parece estar razonablemente acreditado. Horacio, que nunca alude a su madre —aunque sí afirme que, en caso de haber podido, no hubiera escogido otros padres, «con los míos contento» (Sát. I 6, 96)4—, consideró siempre a su padre como el artífice de la formación que le permitió alcanzar la cima del éxito literario y social en la Roma de Augusto. Fue una empresa larga y costosa.
Una vez que se vio «humilde dueño de un predio modesto» (Sát. I 6, 71), el padre de Horacio echó cuentas de lo que quería y podía hacer por su hijo. No le hubiera importado que acabara siendo pregonero o, como él mismo, agente de subastas (Sát. I 6, 85 ss.), pues lo que pretendía sobre todo era que aprendiera a vivir honrada y sensatamente. Por de pronto, el buen hombre era consciente de que en el ambiente provinciano de Venusia su hijo nunca dejaría de ser el hijo del liberto, al menos ante los chicos bien del pueblo, los hijos de los «centuriones ilustres» —sin duda descendientes de los veteranos asentados en la ciudad tras la Guerra social—, que iban tan ufanos a la escuela con sus carteras y tablillas colgadas del brazo y llevando, a mitad de mes, las ocho monedas que les cobraba por su enseñanza el maestro Flavio (Sát. I 6, 72 ss.). Y así —nos cuenta el poeta— su padre decidió hacer un esfuerzo y:
se atrevió a llevarme a Roma cuando era un niño, para que me enseñaran los mismos saberes que cualquier caballero o cualquier senador hace que aprendan sus hijos. Si alguien hubiera visto mi atuendo y los siervos que me acompañaban, como era del caso entre tanto gentío, creería que aquellos lujos me venían de un patrimonio ancestral. Él mismo, el más incorruptible de los guardianes, me acompañaba cuando acudía a un maestro tras otro (Sát. 1 6, 72-82).
Horacio, pues, abandonó pronto su villa natal, a la que muchas veces recordaría a lo largo de su obra «con afecto y orgullo» (cf. NISBET, EO I, loc. cit. con referencias), aunque sin dar a entender que mantuviera con ella un vínculo estable. Pero tampoco en Roma todo el monte era orégano, pues allí nuestro joven amigo se topó con el plagosus Orbilius («el pegón Orbilio»), un maestro de gramática empeñado en lograr a golpe de palmeta que sus alumnos copiaran correctamente la arcaica Odussia de Livio Andronico5 que él les dictaba (Epi. II 1, 69-71). Es sin duda el mismo Orbilio del que Suetonio nos ha dejado una semblanza en su ya citado libro De grammaticis et rhetoribus (9), en la que no deja de reseñar el mal recuerdo que de sus métodos habían guardado sus antiguos alumnos Horacio y Domicio Marso. Ello no es muy de extrañar si se considera que era un antiguo alguacil y luego corneta en el ejército, y que sólo cuando ya tenía 50 años, en el 63 a. C., puso escuela en Roma, lo que parece haberle ayudado a acabar su vida en la pobreza6.
No sabemos más de los años del joven Horacio en las escuelas de Roma, a no ser que, como era preceptivo, también estudió la Ilíada de Homero (Epi. II 2, 41 s.); pero sí cabe suponer que tras los estudios de gramática siguió los de retórica, ya por entonces preceptivos para cualquier hombre que quisiera abrirse un camino en el campo de la administración, la política o las letras. Quedaba por delante el «grand tour», la temporada del «study abroad», también preceptiva para quienes pudieran permitírsela y cuyo obvio destino era Grecia.
Atenas, la escuela de la Hélade
Así había definido Pericles a su ciudad (TUC. II 41, 1), y con razón; pero al cabo de cuatro siglos aquella venerable cuna de las letras, las ciencias y las artes se había convertido en la escuela de todo el mundo civilizado. Ya no producía talentos como los de antaño; pero acumulaba en su ambiente, en sus escuelas, en sus monumentos y en sus bibliotecas un inmenso patrimonio de belleza y de cultura con el que sólo podía competir, y eso de lejos, el de la Alejandría de los Ptolomeos. Allí, por el ágora, iban y venían ciudadanos y visitantes, y a la sombra de las estoas (los pórticos que dieron nombre a los estoicos) paseaban, hablaban y discutían los maestros y aprendices de los saberes que a lo largo de los siglos había alumbrado Grecia. Por supuesto, estaban, además, los filósofos platónicos en su Academia, los aristotélicos en su Liceo y los epicúreos en su Jardín.
A aquella Atenas llegó Horacio a mediados de los años 40 a. C. Allí habían recalado también otros jóvenes romanos que podían darse semejante lujo, entre ellos Marco Tulio Cicerón, hijo del gran orador y político, por entonces retirado de la actividad pública por la dictadura de Julio César. Como recordaría muchos años después nuestro poeta,
la amable Atenas me dio un poco más de saber: el afán de distinguir lo recto de lo torcido, y de buscar la verdad en los bosques de la Academia (Epi. II 2, 43-45).
En esos versos, como dice FRAENKEL (1957: 8), Horacio da cuenta «de los principales cursos a los que asistió», al parecer centrados en «filosofía moral y teoría del conocimiento». Sin embargo, el propio FRAENKEL pondera a continuación la importancia que los tiempos de Atenas debieron de tener en su formación literaria, algo sobre lo que el propio Horacio no nos proporciona noticias. Probablemente fue allí donde entró en contacto con la obra de poetas griegos, ya antiguos por entonces, que no eran fácilmente accesibles en Roma y que incluso en Grecia sólo eran bien conocidos por los eruditos; así, por de pronto, con la de los yambógrafos jonios Arquíloco e Hiponacte, que inspirarían buena parte de sus primeros poemas; además, con la de líricos como Anacreonte, Baquílides y Píndaro, cabeza del famoso canon de los nueve (FRAENKEL 1957: 9). Este parece ser el momento de recordar lo que Horacio nos cuenta sobre sus intentos de escribir poesía en griego:
En cuanto a mí, cuando hacía versillos griegos, habiendo nacido a este lado del mar, Quirino me lo prohibió con estas palabras, apareciéndoseme tras la media noche, cuando los sueños resultan veraces: «No serías más insensato si llevaras leña a los bosques, que si pretendieras sumarte a las grandes catervas que forman los griegos» (Sát. I 10, 31-35).
¿Hasta dónde llegaron esos ensayos? Horacio no nos dice nada más sobre ellos, pero los estudiosos han tratado de identificar algún fruto de los mismos. Así, DELLA CORTE7 considera posible adjudicar a nuestro poeta un par de epigramas que la Anthologia Graeca (VII 542 y XII 2) atribuye a un tal Flaco, sin más indicaciones. El primero es una estimable pieza en la que se comenta la tragedia de un muchacho al que, tras caer a las aguas del río Hebro (actual Maritza) al romperse el hielo que las cubría, un afilado témpano le segó la cabeza, única parte de su cuerpo a la que pudo dar sepultura su desdichada madre. Este epigrama gozó de notable estima en la posteridad y fue imitado en latín por Germánico (15 a. C.-19 d. C.), hijo de Druso, el hijastro de Augusto cuyas hazañas cantaría Horacio en la Oda IV 48. El otro epigrama es más breve y más banal, una pieza de repertorio del género pederástico9.
Los tiempos duros..., la tempestad civil
Con esos términos describiría Horacio la serie de dramáticos acontecimientos que lo arrancaron de la placentera vida de estudio y diversión que llevaba en Atenas (Epi. II 2, 47). Todo empezó en las famosas idus de marzo del año 44 a. C. con el asesinato de Julio César. La noticia debió de causar una especial sensación en la capital del Ática, la ciudad que desde tanto tiempo atrás tributaba honores públicos a los tiranicidas (cf. FRAENKEL 1957: 9). Como es sabido, los que acabaron con el dictador romano no lograron hacerse con el control de la situación: Marco Antonio, sobrino carnal de César —era hijo de su hermana Julia— y uno de sus más inmediatos colaboradores, se las agenció para movilizar al pueblo de Roma y de Italia en contra de ellos. A él se uniría pronto el entonces jovencísimo Octavio, sobrino nieto del dictador, adoptado como hijo en su testamento y que así pasó a llamarse César Octaviano. Al igual que Horacio, Octavio se encontraba en Grecia —o, para ser más exactos, en una colonia griega del Ilírico, Apolonia—, completando su formación; pero al saber del asesinato de su ya padre adoptivo, voló a Roma para hacerse cargo de su herencia y organizar su venganza (SUET., Aug. 8). En consecuencia, los tiranicidas hubieron de buscarse apoyos en otros lugares del Imperio. Y así, el más distinguido de ellos, Marco Junio Bruto, se presentó en Atenas en octubre del propio año 4410, dispuesto a poner en pie un ejército republicano.
Gracias a testimonios antiguos como los de PLUTARCO (Bruto 24) y DION CASIO (XLVII 20), y a su interpretación por estudiosos como R. SYME11 y FRAENKEL (1957: 10 ss., con particular referencia a Horacio), conocemos bastante bien el ambiente y los sucesos de la Atenas de aquellos días, que tan decisivos habrían de ser para el porvenir de Roma y para la suerte personal de nuestro poeta.
Bruto apareció en la capital del Ática con la idea de reclutar fuerzas contrarias a los cesarianos. Pronto se le unió Casio, el otro caudillo de la conjura. Uno y otro daban por perdida en Italia la causa republicana, sobre todo desde que «César Octaviano empezó a intervenir en los asuntos y a ganarse la adhesión de la plebe» (DION XLVII 20, 3). Por el contrario, Atenas los recibió con los brazos abiertos, viendo en ellos a los sucesores de Harmodio y Aristogitón, los tiranicidas por antonomasia, que en 514 a. C. habían acabado con Hiparco, el hijo y sucesor de Pisístrato. La ciudad les había dedicado un famoso grupo escultórico en bronce, y lo mismo decidió hacer entonces con Bruto y Casio, siempre según lo que nos cuenta Dion Casio.
Por lo demás, Plutarco, en la biografía de Bruto que incluyen sus Vidas Paralelas, nos dice que, tras llegar a Atenas y recibir el público homenaje de sus ciudadanos, en un primer momento se dedicó a frecuentar las escuelas de filosofía, sin dar a entender que abrigara planes de guerra contra los cesarianos. Sin embargo, y seguramente en las propias escuelas,
se ganaba y reclutaba a los jóvenes estudiantes de Roma que estaban en la ciudad, uno de los cuales era el hijo de Cicerón, al cual alababa señaladamente diciendo que, despierto, dormido y en sueños, se admiraba de lo noble que era y del odio que tenía a la tiranía (DION XLVII 24, 2 s.).
Entre aquellos jóvenes, como decíamos estaban también Horacio y algunos de sus amigos, como Pompeyo, al que en Od. II 7 recordaría con emoción las aventuras antaño compartidas, y probablemente Mesala Corvino, que andando el tiempo rivalizaría con Mecenas en la protección de los poetas. La Vita en este punto es tan clara como escueta:
En el conflicto que culminó con la batalla de Filipos, Horacio, arrastrado por Marco Bruto, uno de los generales, sirvió con el grado de tribuno militar (Vida 2 ss., trad. M.a L. Antón Prado et al.).
El de tribunus militum era un empleo de oficial superior (o «jefe», en nuestra terminología) que, como nos recuerda FRAENKEL (1957: 10 s.), solía ser desempeñado por «nobiles adulescentes, de rango senatorial o ecuestre, a los que les servía como escalón para una carrera en el ejército o en la magistratura. Previamente no habían servido con empleo alguno, y algunos de ellos tenían poca experiencia, si es que tenían alguna». Tal era el caso de Horacio, que confiesa «que no sabía lo que era la guerra» (Epi. II 2, 47); pero sus primeros problemas no parece que provinieran de ahí, sino de otra circunstancia que ya conocemos: siendo un liberti filius, en él se cebaban las envidias y menosprecios «porque, en mi condición de tribuno, una legión romana obedecía a mi mando» (Sát. I 6, 48). Verdad es que un tribuno no mandaba toda una legión (solía haber seis en cada una); pero, aparte de ser posible que Horacio lo hubiera hecho en algún momento por exigencias del servicio o de circunstancias extraordinarias, tampoco hay que tomarse al pie de la letra lo que ahí nos dice. Parece admitido, en todo caso, que su empleo militar le valió al poeta el reconocimiento, al menos implícito, de la condición de caballero romano, lo que ya no era poco para un hombre de su condición.
Así, pues, los dura tempora, el ciuilis aestus, arrastraron al joven Horacio a la recia vida de los campamentos y las marchas, llevándolo a empuñar las que al cabo de los años llamaría «unas armas que no iban a estar a la altura de César Augusto» (Epi. II 2, 47 s.). Se pueden reconstruir a grandes rasgos las andanzas militares de Horacio suponiendo que en ellas se mantuviera al lado de su imperator Bruto. Éste se encaminó de inmediato a reclutar en Grecia y en el Oriente romano un ejército que oponer a los cesarianos, los cuales, en el año 43 a. C., constituirían el Segundo triunvirato, formado por Marco Antonio, Octaviano y Lépido. Las primeras acciones de los cesaricidas tuvieron como objeto hacerse con suministros en la propia Grecia y en las regiones adyacentes (Tesalia, Epiro e Iliria). En ellas consumieron el invierno y la primavera del año 43 a. C., no sin algunos enfrentamientos parciales. En la primavera, Bruto estableció alianzas con los reyezuelos de Tracia y, tras una primera exploración de la situación en Asia Menor, decidió pasar a ella en septiembre. Allí permaneció todo un año, dedicado a ganarse adhesiones y a someter a las guarniciones romanas renuentes. Al fin, en septiembre del 42 a. C. volvió a Europa al frente de un importante ejército para afrontar el choque decisivo.
La ciudad de Filipos, fundación macedónica en las cercanías del aurífero monte Pangeo, estaba situada en la franja meridional de Tracia, entre la cordillera del Ródope y el mar. Allí pueden verse todavía hoy sus espléndidas ruinas, sobre todo las de la colonia romana posteriormente establecida, algunos kilómetros al N.O. de la actual ciudad griega de Kavala, antigua Neápolis. En la gran llanura, en parte pantanosa en aquellos tiempos, que rodea Filipos, tomaron posiciones a principios de octubre de 42 a. C. los aproximadamente 80.000 hombre de los tiranicidas y de los triúnviros12.
En realidad, no hubo una, sino dos batallas de Filipos. En la primera, librada el 3 de octubre, el ataque de Antonio arrolló al ala mandada por Casio. Sin embargo, lo mismo hizo Bruto con los soldados de Octaviano, enfermo en su tienda, llegando hasta su mismo campamento. Pero Casio, que nada sabía de esto, dio por perdida la batalla y se suicidó.
Bruto logró reconstruir su ejército y recuperó posiciones, mientras los triúnviros esperaban a resolver sus problemas de abastecimiento. El 23 de octubre13 lanzó contra ellos un ataque masivo, que acabó con una completa desbandada y derrota de sus propias tropas; y siguiendo el ejemplo de Casio se quitó la vida en el mismo campo de batalla. No sabemos en cuál de los dos encuentros se dio a la fuga Horacio relicta non bene parmula, «la adarga malamente abandonada —según él mismo recordaría a su amigo Pompeyo en Od. II 7, 9 ss.—, cuando el valor se quebró y los que tanto amenazaban dieron con el mentón en el suelo polvoriento». Como es sabido, el del abandono del escudo era un tópico literario ya desde Arquíloco, pasando por Alceo y Anacreonte; y cabe pensar que en ese pasaje Horacio quiso, más que describir su propia peripecia, rendir homenaje al yambógrafo de Paros, cuyas aventuras en la isla de Tasos no habían transcurrido muy lejos de Filipos. Y, naturalmente, también ha de entenderse en clave de adorno literario lo que a continuación dice Horacio en la citada oda, de que Mercurio lo sacó de la confusión de la derrota «envuelto en densa nube», como si fuera un héroe homérico. Lo que sí es verdad es que Filipos «licenció» a Horacio de la milicia y «con las alas cortadas» (Epi. II 2, 49 s.).
