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Horacio Vázquez-Rial

LA CAPITAL DEL OLVIDO


Créditos

Título original: La capital del olvido

© Horacio Vázquez-Rial, 2004

y Herederos de Horacio Vázquez-Rial

© De esta edición: Pensódromo 21, Barcelona, 2020

Diseño de cubierta: Pensódromo

Editor: Henry Odell

p21@pensodromo.com

ISBN print: 978-84-121166-8-7

ISBN ebook: 978-84-121166-9-4

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

Prólogo del editor a esta edición

1. En una novela, en una película

2. Lo que contó Ledesma / 1

3. Lo que imaginó Romeu / 1

4. Lo que contó Ledesma / 2

5. Lo que imaginó Romeu / 2

6. Lo que contó Ledesma / 3

7. En la tarde siguiente

8. Discretamente

9. En Buenos Aires, mientras tanto

10. Llegadas internacionales

11. Un héroe anónimo

12. Fiesta y demás

13. Un tipo solitario

14. Soñar con despertarse

15. Tampoco fuiste vos

16. El vuelo

17. El precio de las cosas

18. La versión Galdós (de lo que contó Ledesma)

Para Enrique de Hériz

Prólogo del editor a esta edición

Fiel a un estilo que otorga gran importancia a la expresividad verbal y a la construcción del relato, en La capital del olvido —novela ganadora en 2004 del V Premio Fernando Quiñones— Horacio Vázquez-Rial nos envuelve en una trama que, por un lado nos transporta al pasado, a la época de la dictadura militar en Argentina, de las desapariciones y de la venta de niños secuestrados. Por otro, propone una línea de continuidad entre la violencia de la guerra civil española y la de la ignominiosa dictadura argentina. Doble horizonte mediante el que pinta un dramático fresco del salvajismo contemporáneo. Una trama dura y dramática que nos introduce en la búsqueda del pasado y, a la vez, en el intento de olvidarlo, a través de unos personajes que buscan el silencio, el perdón, la justicia o la venganza, y que vuelven de entre los muertos para remover la conciencia de los vivos.

Una parte importante de la acción se sitúa en Buenos Aires, escenario de los crímenes de golpistas civiles y militares, y del drama de las víctimas. Otra parte tiene su origen en la personalidad canalla de un español que ha amasado una fortuna aprovechando tanto la guerra en España como la degradación argentina.

En esta novela Horacio Vázquez-Rial trasciende los límites de la novela negra y propone una reflexión sobre la ética en situaciones límite, sobre la capacidad de manipulación que proporcionan el poder y el dinero, sobre el victimismo, la cobardía y el complejo de culpa de una sociedad que busca su refugio en los peligrosos territorios de la desmemoria.

La acción inmediata se sitúa en la actualidad y desde esta se retrocede varias décadas. Un investigador revuelve en el pasado y desvela un intrincado nudo de crímenes, ambiciones e inmoralidades de las que emerge la denuncia de la falta de moral individual y colectiva de nuestro tiempo. Todo se relaciona con una terrible historia de secuestros, asesinato, tortura y robo de recién nacidos.

Como señala Luz C. Souto1, un contexto en que los crímenes de lesa humanidad que permanecen impunes y donde la búsqueda de justicia se convierte en una lucha por la memoria colectiva a la vez que en una denuncian de la pervivencia de los intereses de las dictaduras en los estados democráticos.

Diálogos, acción y un ritmo trepidante nos atrapan en una trama que genera preguntas tanto sobre la historia cercana y remota de España y Argentina como sobre la complejidad y maldad del ser humano.

Una novela estremecedora que nos muestra que la codicia del ser humano por el dinero y por el poder no tiene límites.

1 En una novela, en una película

Durante mucho tiempo no pude formarme una idea sobre su persona. Tenía un modo de ser agradable y cualidades agradables, pero había algo que no me acababa de gustar.

RAYMOND CHANDLER,

El largo adiós

«Es del carajo», murmuró Romeu a la espalda de la mujer que le había abierto la puerta y que ahora le precedía en el camino hacia el jardín donde le esperaba el hombre que le había llamado. Así, exactamente así, pensaba en ese momento, empieza El sueño eterno, alrededor de las once de la mañana, a mediados de octubre. Pero yo no soy Marlowe, ni le he dicho a esta señora, que no es un mayordomo, que me llamo Doghouse Reilly, porque me falta sentido del humor. Y tampoco Joaquín Ledesma es el coronel Sternwood, ni tiene asma, ni pasa su vida encerrado en un invernadero. Apenas si en un jardín. Pero igual, es del carajo.

Joaquín Ledesma no se parecía a Charles Waldon, que había hecho el papel en la versión de Hawks, ni a James Stewart, que le había reemplazado en la de Winner. A Romeu, que no se sentía Bogart ni Mitchum, le recordaba más a Juan Ramón Jiménez, con su calva y su cara afilada y su barba breve, una especie de paradigma del viejo caballero español imaginario.

Ledesma fumaba y tomaba café. Ofreció con un gesto lo que había sobre una mesa con tapa de mayólica, y Romeu se sirvió una taza y encendió un cigarrillo.

—¿Le pasa algo? —preguntó el anfitrión, observándole.

—No, no se preocupe. Son restos de una ilusión que me asaltó al entrar. Un error, una fantasía. Me pareció estar en el comienzo de una novela policial. Cosas que perturban, pero se olvidan.

—Tal vez no se haya engañado tanto como supone. Le he pedido que viniera por algo que tiene mucho de policial y mucho de novela.

—Yo no soy un detective, amigo Ledesma. Sólo un lector de historias negras. Con y sin investigador. Con y sin justicia.

—¿Sin justicia?

—Sí. Son las que prefiero. La mayoría de las novelas policiales terminan en una aclaración. Al principio, nada es lo que parece. Al final, alguien averigua cómo son las cosas realmente. Es agradable. Gratificante. Pero falso. La vida no funciona así. Nunca llegamos a ver con claridad, nunca quedan atados todos los cabos. Rara vez hay víctimas absolutas o asesinos absolutos. Cuando los hay, la víctima lo es, sobre todo, del azar. Y el asesino es un psicópata que dispara a un objetivo imaginario. Cuando median los argumentos humanos, la codicia, la lujuria, el resentimiento, la falta de poder, todo es confuso. El deseo es confuso. Siempre hay algo que no se alcanza a poseer. Que se llegue a matar por ello o no, es casi secundario. Hay muchos modos de matar. La vida es desprolija.

Ledesma coronó el parlamento de Romeu con un aplauso que sonó abundante, como si él solo fuera muchos. Era un hombre verdaderamente elegante.

—Muy bueno lo suyo, Joan. La vida es desprolija. Gran frase.

—No es mía. La dice una amiga muy querida.

—¿Sabe? Siempre me ha fascinado escucharle. Es usted un intelectual. De los de antes, de los inteligentes.

—No sé si inteligente. Intelectual, sí. ¿Para qué necesita un intelectual?

—No necesito exactamente un intelectual.

—En ese caso, no le sirvo.

—Usted es también un hombre de acción. O lo fue. Creo que lo es.

—No, no lo soy. Tal vez lo haya sido, pero ya sabe usted que cada siete años se renueva hasta la última célula del cuerpo. Y ya hace más de siete años que tuve que ver por última vez con algo parecido a la acción.

—¿Qué pasa en esa novela de la que me hablaba? Esa que empieza con un encuentro como el nuestro. ¿Qué pasa en esta escena?

—Pasa que el coronel Sternwood, un sujeto como usted, viejo y rico, pero con unas hijas a las que hay que proteger de sí mismas, contrata a Philip Marlowe, un hombre de acción, para que las vigile y averigüe en qué está metida la menor, llamada Carmen. Por ella le están sometiendo a un chantaje. Como ve, una situación muy diferente de ésta.

—Ah, ya, El sueño eterno. La conozco. Pero no se apresure, Romeu. No saque conclusiones excesivas cuando no sabe de la misa la mitad.

—¿Tiene usted alguna hija de la que yo no tenga noticia?

—Podría decirse que sí.

—¡Hombre, me quita un peso de encima! Llevo años preguntándome quién heredará todo lo suyo.

—Todo lo mío. Que no es poco, como imaginará.

—Lo suficiente para no trabajar nunca más, en mi mezquina interpretación de lo humano. Ayer, después de hablar con usted, entré en internet. Entre lo que aparece y lo que no aparece, unos cien millones de dólares. Y el poder necesario en algunos directorios para hacerlos valer unas diez veces más. Pero esa parte no se hereda, a menos que se tenga un talento comparable al suyo. Malvendiéndolo todo para convertirlo únicamente en dinero, que es lo que yo haría, unos cincuenta millones contantes y sonantes. Sólo con los intereses, podríamos dedicarnos al estudio durante varias generaciones. Cifras así producen premios Nobel y presidentes, hasta en los Estados Unidos.

—Buen cálculo. De una exactitud escalofriante. Propio de un hombre de acción. Yo le llamé y usted se informó debidamente.

—Propio de un historiador, Ledesma, que es lo que soy. Tengo la costumbre de tratar el presente como si ya fuera pasado. Los métodos de investigación son casi idénticos.

—¿Cuánto hace que nos conocemos?

—Veinticuatro años. Hacía poco que había muerto Franco. Le hice perder bastante dinero con mis delirios de editor exquisito.

—Usted también perdió. Y, a diferencia de mí, no lo tenía.

—Es cierto. Y sigo sin tenerlo. Ya lo he aceptado.

—No hace falta que lo acepte. Eso se puede resolver.

—Olvídelo. Los mecenazgos son demasiado comprometedores.

—¡Coño, Romeu! ¡Me habla como si le hubiese hecho una oferta por su alma!

—Me la va a hacer. También trato el futuro como si ya fuera pasado.

—Le voy a hacer una oferta, pero no por su alma. Sólo por un trabajo. O una misión. O un favor personal que nadie más que usted puede hacerme. Y créame que no he llegado a esa conclusión sin considerar el asunto desde todos los ángulos. Como comprenderá, no se hace todo el dinero que yo hice sin saber elegir a los hombres adecuados para cada cosa.

—La curiosidad me ha hecho perder la mayor parte de mi vida, Ledesma. Me he entregado a ella como al tabaco, sabiendo que me va a llevar a la tumba a cambio de una cierta serenidad. Soy absolutamente incapaz de marcharme sin escucharle.

—Y cuando me haya escuchado, no le quedará otra salida que negociar conmigo. ¿Quiere más café? Es un cuento largo. ¿Tiene algo que hacer esta tarde?

—No, nada que hacer. Y sí, quiero más café. Y cigarrillos, que se me están acabando.

—Mandaré a buscar.

Además del café y el tabaco, pidió jamón, pan con tomate, tortilla y vino, y lo hizo servir en el interior de la casa.

—Ahora que está todo dispuesto para el cuerpo —resumió Romeu—, alivie mi espíritu confesándome qué precio me ha puesto.

—No se lo he puesto yo —rió Ledesma.

—¿Hay alguien más en todo esto?

—No, no, no me ha entendido, y es normal que así sea. Una de las tantas cosas que uno aprende haciendo negocios es que el precio siempre lo pone la otra parte, lo sepa o no. En este caso, el precio lo ha puesto usted, sin saberlo.

—Ya. Está bien, es razonable. Ha de ser un precio bajo. He vivido mal. Tanto mis logros como mis aspiraciones son más bien pobres.

—Sí, ésa es la forma de estimar una situación. Naturalmente, yo investigué antes que usted. Y es cierto que ha vivido mal. De una manera muy valiente, hay que reconocerlo. Pero sus libros no se venden demasiado, y sus ingresos como profesor son eso, ingresos de profesor. Todo sumado, suponiendo que pague en término la hipoteca sobre su casa, su patrimonio equivale exactamente a la milésima parte del mío. Unos cien mil dólares. Veinte millones de pesetas. Podría ser peor, tratándose de un hombre honesto.

—Pero sospecho que no hará usted igualitarismo.

—No. Si le entregara la mitad de lo que poseo, por el mismo hecho de entregársela, se devaluaría.

—Lo sé. Sólo bromeaba.

—No haré más que quintuplicar su riqueza y saldar todas sus deudas.

—Nadie ha ofrecido nunca tanto por mi persona. Con eso, podré pasar tranquilo el resto de mi vejez.

—¿Vejez? No es usted tan mayor, Romeu. Yo he cumplido los ochenta y cinco, y ya me ve.

—Yo, cincuenta y tres. Y no llegaré a los ochenta. Dentro de veinte, si todavía estoy por aquí, se me caerán las babas y me mearé encima.

—¡No diga barbaridades, hombre!

—No son barbaridades. ¿Acaso tiene usted algún diente postizo?

—No. Sólo he perdido dos muelas, de atrás, y nunca las reemplacé porque no hacía falta.

—¿Se da cuenta? A mí no me queda una sola pieza natural.

—Lo sé. Una de sus deudas es con el dentista, por los implantes.

—Hasta el más mínimo detalle, por lo que veo.

—Sí.

—Yo, en cambio, no sé nada.

—Ahora lo sabrá. Todo.

Romeu se sirvió una copa de coñac. Ledesma, un vaso de vino.

—¿El sueño eterno es su novela preferida? —preguntó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tiene un final casi satisfactorio. Prefiero El largo adiós.

—¿Sin justicia?

—Sin justicia. Por eso es gran literatura.

—En la historia que le voy a contar tampoco hay justicia. No he tenido tanta suerte como el coronel… ¿cómo es?

—Sternwood.

—Eso, Sternwood. ¿Ha oído hablar de Giulia Brenan?

—¿Cómo podría no haber oído?

—Dígame lo que sabe de ella.

—Que ha ganado un trillón de discos de oro. Que es la gran voz latina de los Estados Unidos. Que es una belleza. Que lo primero que escucho cuando me levanto, mientras tomo el primer café y fumo el primer cigarrillo, es una canción suya que se llama El olvido. Que dentro de nada actuará en Madrid y yo iré al concierto.

—Irá a verla.

—Y a oírla.

—Sí, las dos cosas. Irá conmigo al teatro.

—Encantado. No le imaginaba en esa situación, pero aprecio su compañía.

—Y después, iremos al camerino y se la presentaré.

—Aunque sé que tiene intereses en una discográfica, no le imaginaba relacionado con artistas. Pero le agradezco el gesto.

—No estoy relacionado con artistas. La discográfica simplemente los compra y los vende cuando conviene. Jamás los veo ni ellos saben que existo. Éste es un caso especial.

—¿Hasta qué punto especial? ¿Es su hija?

—Lo más parecido a una hija que he tenido jamás. La vi nacer dos veces.

—¿Ésa es la historia?

—Esa es.

2 Lo que contó Ledesma / 1

Le entendía, aunque hubiera deseado que no fuera así. No quería encargarme del caso.

LAWRENCE BLOCK,

Los pecados de nuestros ancestros

—¿Ha oído hablar de Sisley Pound?

—Fortuna mítica en los Estados Unidos —se apresuró a responder Romeu—. Se suicidó. Estaba casado con una española. De la jet, si no me equivoco.

—No se equivoca —confirmó Ledesma.

—Al menos una de las empresas que usted controla, la Desmond, metalúrgica, le perteneció alguna vez a él.

—Doble bingo.

—Déjeme seguir adivinando.

—Siga.

—Fue su socio.

—Sí.

—Giulia Brenan es hija de Pound.

—Correcto. ¿Qué más? —desafió Ledesma.

—¿Por qué no hija suya?

—Ella se quedó con el americano.

—Y usted optó por el papel de amigo dilecto de la pareja.

—Podría expresarse así.

—Debió de querer mucho a esa mujer para hacer eso —imaginó Romeu— ¿Cómo se llamaba ella?

—María Teresa. Teresa. Y sí, la quise mucho. Pero no crea que di esa puntada sin tener hilo. Primero, porque a ella nunca le había sido indiferente, y me permití conservar ciertas esperanzas. Segundo, porque pensaba que él, tarde o temprano, iba a desaparecer. Estaba muy loco aquel hombre. Un genio en el dinero, pero muy loco.

—¿Se proponía ser el amante cuando él no estuviera? No crea que no me cuesta hacerle una pregunta así, Ledesma. Me hace sentir anciano. Cualquier hombre de hoy se hubiera propuesto robarla, tirársela u olvidarla. Sin remordimientos.

—Yo no hubiera sentido el menor remordimiento. El remordimiento no es lo mío. Ella no estaba dispuesta. Citaba a Sartre: decía que elegir es renunciar y se quedaba tan contenta. Yo no hacía de amigo perpetuo, ni de familiar oficioso. Me quedaba a una respetuosa distancia. Si en ese entonces hubiese aparecido alguien que valiera la pena, seguramente no estaríamos hablando de esto ahora. Estoy hecho para el olvido. Pero el equilibro se mantuvo porque toda la historia duró poco. Primero, Teresa quedó embarazada y parió.

—A esa niña que ahora es otra.

—A esa. En su primera vida, se llamó Beatrice Pound Irigaray. Un nombre y unos apellidos absurdos, si bien se mira.

—Sí, un cocktail explosivo.

—Puede dejarlo en Betty Pound.

—Mejor.

—Después, al cabo de un par de años, Teresa enfermó de cáncer y murió. Un cáncer de esófago. Fulminante. En dos meses, dejó de estar.

—Espere. Deme fechas.

—La boda, en 1953. El nacimiento, en 1955. La muerte de Teresa, en 1957. El suicidio de Sisley, en 1958.

—O sea que Giulia Brenan tiene 45 años. La plenitud. Parece más joven.

—Sí, lo parece. Pero le pasaron demasiadas cosas. Tiene más edad de la que aparenta.

—¿Más edad o más sabiduría?

—Algunas cosas aprendió. Otras no. No perdió la omnipotencia. Hereditaria, supongo. Hija de ricos españoles y americanos.

—La crió usted.

—No. Había abuelas. Se ocupó la abuela materna, porque la niña estaba aquí, en Madrid. Una vieja hija de puta.

—Ésa es una definición precisa.

—No cabe otra. La metió en un internado. De gran categoría, eso sí. Se crió con monjas y aprendices de putas. De putas perezosas, además, porque el sueño de esas chicas era resolver su vida con un solo cliente. Casi todas lo consiguieron. Consiguieron marido, quiero decir. Lo sé porque todos sus triunfos se publican en la prensa. Algunas se modernizaron y se divorcian, despluman al primer imbécil y se buscan el segundo. Romances. En las revistas dicen que tienen romances.

—¿Mantiene ella alguna de esas relaciones?

—Ninguna. Todas creen que Betty ha muerto. Y en cierto sentido, es así.

—Pero verán su retrato en los periódicos, en las portadas de los discos…

—Ven otro retrato. Es otra cara. Pueden quedar algunos vestigios del pasado, pero sólo son eso: vestigios. Mínimos. No se apresure. Ya llegaremos a esa parte.

—¿Qué hizo usted cuando la mandaron a ese internado?

—Nada. No podía oponerme. La abuela tenía la patria potestad, podía decidir al respecto. En eso, Sisley no arregló las cosas como debía, no lo hizo bien.

—¿Hizo algo bien?

—Sí. Me dejó a cargo de la herencia. Fui su albacea, y administrador de los bienes de Betty hasta sus veintiún años, de modo que nadie pudo meter la mano en ese dinero. A la familia materna, me refiero.

—Mucho dinero.

—Difícil de imaginar, Romeu.

—A lo largo de esos años, ¿se vio usted con ella, Ledesma?

—Sí. Negocié visitas al internado. Algunas legales, a través de mi abogado. Ser su administrador me daba ciertos derechos. También algunas ilegales, sobornando a las monjas con falsas caridades. Abrí una cuenta a nombre de una parienta de la superiora. Unas pesetas para el convento, unas pesetas para esa señora, y todo el mundo feliz. La saqué a pasear unas cuantas veces. Nada clandestino. Ilegal, pero no clandestino: a la abuela le venía de perlas que yo me ocupara. No me iba a ceder la propiedad de la nieta, pero la aliviaba de sus deberes.

—¿Hasta cuándo duró eso?

—Hasta que Betty, a los dieciocho, decidió que prefería estudiar en los Estados Unidos.

—¿Qué estudió?

—Música, por supuesto. Canto, fundamentalmente. Pero lo maneja todo en ese terreno. No sólo varios instrumentos, sino toda la parafernalia técnica… Ya la dominaba en Madrid. Yo lo organicé todo con la anuencia de la abuela: podía salir del colegio para ir a clase en el conservatorio. Cuando se marchó, ya había completado esa parte de su formación.

—Hasta aquí, Ledesma, todo lo que me ha contado es normal. Con un vago toque Dickens, pero normal. Conozco biografías parecidas.

—Sí. Hasta aquí, todo normal, Romeu. Y lo que sigue también hubiera podido ser normal, si la Argentina hubiese sido un país normal.

—¿Qué tiene que ver la Argentina con todo esto?

—Usted vivió ahí —afirmó Ledesma.

—Me crié en Buenos Aires, y viví ahí hasta el setenta y cinco.

—Lo sé. También sé por qué regresó a Barcelona. Y cuándo volvió. Sé que, de tanto en tanto, viaja. ¿Le gusta ese país?

—Mucho. Es un país maravilloso. Pero, por momentos, es un infierno. El que uno ame un lugar no implica que lo recomiende.

—Tendrá que volver ahora —el tono de Ledesma no admitía réplica: lo dijo como si lo lamentara pero fuera inevitable. Y tal vez lo fuera.

—Deme una buena razón para ir a hacer algo allí —pidió Romeu.

—En eso estoy. En darle una buena razón. Déjeme continuar.

—Continúe.

—En los Estados Unidos, en Nueva York, para ser exactos, Betty conoció a Jaime.

—Un argentino.

—Sí. Un tipo encantador, por lo que parece. Seductor, como suelen serlo. Inteligente. Físico. Con más o menos la mitad de la cabeza llena de ciencia —estimó Ledesma.

—¿Y la otra mitad?

—Llena de revolución, marxismo vulgar mal digerido, culpas y ansias de redención, propia y ajena. Bazofia de época. Un hombre más preocupado por los demás que por sí mismo, lo cual constituye un peligro en cualquier caso.

—Jaime. ¿Cuál es su apellido?

—Era. Fainstein. Ninguna contradicción. Sisley Pound también era judío.

—Pero era rico. Y Jaime, sospecho, no lo era.

—No, no lo era —reconoció Ledesma.

—Triplemente víctima: judío, pobre y rebelde. ¿Qué hacía en Nueva York?

—Tenía una beca.

—O sea que pensaba marcharse de allí muy pronto.

—Tuvieron su cuarto de hora de felicidad perfecta. Tres meses. Al cabo de ese tiempo, él se despidió. Con lágrimas, sí, pero con una convicción mística respecto de su deber para con los oprimidos que aún hoy me da frío.

—Si he decirle la verdad, Ledesma, a mí también me da frío, pero siempre envidié a los tipos así. Yo nunca sentí esas cosas.

—Por eso está vivo. Pero también se metió en todo aquel barullo, ¿no?

—Correspondía hacerlo, si se tenía un mínimo de dignidad. Como correspondía huir si se tenía un mínimo de sensatez. No sé si son virtudes convergentes. Lo dudo.

—No lo son, no hace falta que dude. Pero Jaime no funcionaba por dignidad, sino por pasión. Y por un cierto delirio militar. Era otra cosa.

—Sí, era otra cosa. Sé lo que era, lo vi muchas veces. Estábamos en el momento en que él se despide.

—Se despiden, sí. Pero ella no tolera la separación, aunque él, tajante, no se desvíe de su proyecto. Él se marcha y, una semana más tarde, ella le sigue.

—¿Sin el acuerdo de él?

—Sin el acuerdo de él. En contra de él.

—¿Le encontró en Buenos Aires?

—Sí, tenía la dirección de la madre. Dio con él. No me pregunte cómo la recibió. No lo sé.

—Y tal vez no importe. ¿Vivieron juntos?

—Ella alquiló un piso. Él iba y venía. Pero la fue integrando a la familia. Comían con la madre los domingos en que él andaba por ahí. Fueron a la boda de una prima. Con limitaciones, ella era feliz.

—¿Usted estaba en contacto?

—Me escribía a veces. Lo hizo mientras pudo.

—¿Cuándo dejó de poder, Ledesma? Acelere, resuma, me está poniendo ansioso.

—Cuando los secuestraron.

—¿Los? ¿A los dos?

—A los dos. Quizá debiera decir a los tres, porque ella estaba embarazada.

—¡Joder! ¿Niño desaparecido?

—Niño y padre. De Jaime tampoco se volvió a saber.

—¿Y en eso quiere que me meta yo?

—Sí. En eso. Pero no se preocupe. No se trata de buscar al chico.

—¿Y de qué se trata, pues?

—De cuidarla a ella.

—Deme más detalles, por favor, Ledesma. Estoy realmente asustado. No sé quién es Giulia Brenan, no sé quién fue Betty Pound, no sé quién perdió un niño, ni cómo, ni qué me pide que haga. Esa parte de Buenos Aires me enferma.

—Escuche, Romeu. Escuche e imagine. Voy a empezar de nuevo.

3 Lo que imaginó Romeu / 1

Durante la noche oigo gemidos y voy a ver qué pasa.

RAYMOND CHANDLER,

El largo adiós

I

Una casa modesta en Buenos Aires, en el barrio de Villa Crespo. Un patio entoldado. Año setenta y seis: los militares están a punto de tomar el poder formalmente, aunque hace mucho que lo ejercen. Mes de febrero: un verano agobiante. ¿Cuál sería la canción tonta de la temporada? No lo sé, yo ya no estaba allí. Sólo recuerdo lo que yo escuchaba en la última época que pasé en la ciudad: Beatles, Jethro Tull, Creedence Clearwater Revival, Simon & Garfunkel, siempre Miles Davis y Piazzolla. Bach. Pero de la canción tonta no sé nada. De la de ningún verano. Digamos, pues, que en el pasadiscos Winco de rigor en ese tiempo y en ese tipo de vivienda, suena Puente sobre aguas turbulentas. Hay gente joven. Dos o tres hembras, dos o tres varones. Una pareja madura, los padres de Jaime, ya cerca de los sesenta años. Una mujer de alrededor de treinta años, Mariana, que según Ledesma tiene un papel importante en la historia de Giulia, o Betty, como se llamaba entonces. También una anciana, abuela de Jaime.

De pronto, se oyen ruidos fuera: motores, pasos rápidos y numerosos, y se abre la puerta, una puerta de latón, endeble, que queda hundida en el centro, vencida hacia un lado. Aparece un grupo de hombres armados, con la cara descubierta, unos con uniforme de soldado raso, otros de paisano, dando voces:

—¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Todo el mundo al suelo! —y dirigiéndose a la anciana: —Vos también, al suelo, no te creas que te vas a salvar porque seás vieja…

Hay un militar al mando. Por Ledesma, sé que se llama Roselli. Se acerca a Jaime, que se ha quedado de pie, le coge por el pelo y le derriba.

—¡Éste! —grita, señalando a Jaime con la metralleta—. ¡Y la piba! —Betty, que aún no era Giulia, que sigue de pie, paralizada. También a ella la abate, con un golpe en el cuello.

—¡Ya está! ¡Estos dos! ¡Vamos!

—¿Y los demás, jefe? —pregunta uno de los invasores, desconcertado.

—Dejalos ahí, no vamos a cargar con toda esta mierda, que ni para enemigos sirven…

Betty se ha desmayado. Jaime está simplemente tendido, no piensa colaborar. Les arrastran hacia fuera, donde aguardan varios vehículos. Jaime es arrojado al interior de un automóvil Ford Falcon de color verde y obligado a echarse en el piso en la parte trasera. Dos individuos ocupan los asientos y se acomodan con los pies sobre el caído. El coche se aleja. Exactamente lo mismo ocurre con Betty, o Giulia, cuyo rostro de entonces desconozco.

Mariana aparece entonces en la puerta y mira la calle ya desierta.

Han pasado menos de diez minutos.

II

Mariana está en su casa, un piso en el Barrio Norte. Fuma y mira la televisión sin verla. Suena el timbre. Ella abre la puerta sin precaución.

—¿Usted? —dice, sin asombro.

Al otro lado está Roselli, a quien reconoce del asalto a la casa y el secuestro de sus amigos.

—¿Siempre abre la puerta así, sin mirar ni preguntar quién es? —averigua él.

—¿Para qué? Si el que llama es un amigo, está bien. Y si no lo es, de nada sirve mirar.

—Recíbame como a un amigo. Es lo mejor en este caso.

—Como quiera. ¿Va a entrar?

—Sí, gracias.

Roselli entra. Como si la casa fuera suya. Se sienta en el mismo sillón que hasta hace un momento ha ocupado Mariana, coge el mando de la mesilla que tiene delante y apaga el televisor. Mariana se queda de pie.

—Lo escucho —anuncia.

—Unos amigos míos tienen a un pariente suyo y a una chica, yanqui o española, eso no está claro.

—Lo sé. Se los llevó usted. Yo estaba ahí, ¿se acuerda?

—¿Yo? Se equivoca, señora. Yo soy sólo un intermediario… Nunca me llevé a nadie de ninguna parte.

—Si lo prefiere así, seguramente me equivoco. ¿Puedo hacer algo por ellos? No son parientes. En eso está mal informado.

—Parientes o amigos, ¿qué más da? Creo que sí, que puede hacer algo por ellos. Me parece que esos chicos tuvieron suerte. Porque hay cosas que se hacen por dinero y cosas que se hacen por política. Las mismas cosas, según quién las haga. Y ellos están en manos de un hombre tan sensible al dinero como a la política. Hay mucha corrupción en este país…

—No lo entiendo. Sea más claro, por favor.

—Mire, la nena esa es de una familia bien, gente de dinero. Y, si esa gente está dispuesta a hacer un esfuerzo, tal vez sea posible obtener su libertad.

—¿La de los dos? —pregunta Mariana.

—¡Es tan asqueroso todo esto! —finge quejarse Roselli—. Estoy convencido de que no me equivoco si le digo que esa gente pedirá una plata por uno y otra plata por los dos. Los tres, porque ella está embarazada, ¿no?

—Sí.

—¿Puedo dejar el asunto en sus manos? ¿Tiene alguna forma de comunicarse con los parientes de esa muchacha?

—Quizá. Tengo un número de teléfono. Lo intentaré.

—Lo intentará. Sin duda, lo intentará. ¿Cuándo podrá decirme algo? Porque no se imagina lo rápido que pasan los días, y ellos… ¿cómo le diría? Las condiciones del encierro no son las mejores para una chica que espera…

—Mañana.

Roselli saca una tarjeta del bolsillo. Una tarjeta sin ningún nombre, sólo un número de teléfono. Se la tiende a Mariana.

—Llámeme.

—¿Por quién pregunto?

—No pregunte. Atenderé yo.

III

Mariana, una vez sola, corre hacia la mesilla sobre la cual está el teléfono. Saca una agenda y un montón de papeles sueltos del cajón. Busca desesperadamente, sin encontrar nada. Va hacia la cómoda y hace lo mismo: lo deja todo como cae, igual que un ladrón. Revisa los armarios, la ropa, los bolsillos de cada prenda. ¿Qué llevaría puesto el día en que Betty le dio ese teléfono? Todavía hacía frío. Busca en los abrigos. Cada vez que descarta algo, lo deja en el suelo, sin ningún orden. Aparecen páginas sueltas de libretas, servilletas arrugadas de bares, envoltorios de azúcar, todos con notas, pero ninguno es. Finalmente, en el fondo de un bolso que hace mucho que no usa, lo encuentra.

Se da cuenta de que se ha olvidado de fumar durante todo ese rato y, como las ideas ridículas son inevitables, piensa que esta podría ser la ocasión para dejarlo. Inmediatamente después se echa whisky en un vaso y enciende un cigarrillo. Con el vaso en una mano y el paquete de tabaco, el encendedor y el papel con el número en la otra, va hacia la cama y se sienta en el borde, delante del teléfono.

Todavía no hay telediscado en Buenos Aires, de modo que pide la comunicación a la operadora. Llama a Madrid.

IV

El teléfono suena en una mansión madrileña, en un inmenso dormitorio, colmado de lujo clásico. Atiende una mujer muy mayor, muy cuidada y con escasas joyas, en silla de ruedas, con una expresión agria en el rostro que no se condice con la amabilidad con que responde la llamada.

—Sí, sí —reconoce—. Soy la abuela de Betty.

Al otro lado de la línea, se supone una disculpa.

—No se preocupe, me levanto muy temprano —dice la anciana—. Sí, la escucho.

El parlamento es largo. Imagino a Mariana buscando las palabras, tratando de resumir una situación que se resiste a la síntesis.

No se ve el menor cambio, la menor alteración en la cara de la abuela. Escucha una proposición comercial como cualquier otra.

—Comprendo. ¿Le han dicho cuánto? —había comprendido.

Mariana niega.

—Es lo mismo. Diga que sí, que me llamen. Yo lo arreglaré. Deme su número, por favor.

Hay una libreta junto al teléfono. En ella apunta.

—Está bien. Gracias.

No quiere detalles, no le interesa saber quién es la mujer que la ha llamado: sabe que le ha dicho la verdad, que las cosas son así, que Betty está en problemas, cómo no, irresponsable, imbécil, si no tuviera tanto dinero.

Marca un número.

—El coronel Irigaray, por favor —pide—. Sí, gracias.

Se entretiene haciendo dibujitos en la libreta.

—José Antonio —reconoce—. Dime, ¿conocemos a alguien importante en Buenos Aires?

Monosílabo afirmativo.

—Ven a verme, pues. Es urgente, muy urgente. Ahora mismo.

No da ocasión a más. Cuelga y hace otra llamada.

—¿Ledesma? —nunca se le ocurriría llamarle Joaquín, a pesar de los años de trato—. Betty está en problemas. Le necesito a usted. Ahora. Venga a mi casa sin perder un minuto.

4 Lo que contó Ledesma / 2

La gente civilizada es así: se dignifica poniendo barreras delante de las cosas a las que está deseando llegar.

F. GONZÁLEZ LEDESMA,

Las calles de nuestros padres

Empezaba a anochecer. Romeu iba por su tercer whisky, tal vez el cuarto. Ledesma había empezado a fumar. Los ceniceros rebosaban, pero el dueño de casa había dado orden de no interrumpir aquella reunión.

—Me dolió la llamada de la señora —confió Ledesma—. No en el primer momento, cuando aún no sabía de qué se trataba, sino después, cuando entendí que Betty había dado a alguien el número de su abuela, y no el mío, como último recurso en una situación difícil. Todo hubiera sido distinto si ella no hubiese intervenido, esa vieja retorcida…

—¿En qué sentido distinto? —quiso saber Romeu.

—Tal vez Jaime estuviese vivo.

—¿Dejó fuera al muchacho?

—Como si no existiera. No le interesaba. Debe de haber pensado que así se quitaba de encima un problema.

—¿Usted no pudo intervenir?

—No. Lo arregló de modo que yo no participara en la reunión, aunque viajé a Buenos Aires con ella.

—¿Con quién se reunió?

—Con Labastida. El capitán Labastida. Él era el secuestrador. El jefe. ¿Ha oído hablar de él?

—Sí. Lo peor de lo peor.

—Yo le conocí después. Hablé con él dos días después. Pero no sirvió de nada, ella había cerrado el trato y el muchacho estaba muerto.

5 Lo que imaginó Romeu / 2

Ésa es la diferencia entre el crimen y los negocios. Para hacer negocios, hay que tener capital. A veces pienso que es la única diferencia.

RAYMOND CHANDLER,

El largo adiós

I

Mucho después, pero no cuando Ledesma me metió en el fregado de Giulia Brenan, sino antes, en otra vida, conocí el lugar. Parecía un edificio normal. Durante mucho tiempo, se supuso que ahí había oficinas o algo así, la planta baja funcionaba con normalidad, es decir, entraba y salía gente a la luz del día. Un portero abría después de mirar quién quería entrar. Un tipo amable. Si alguien llegaba hasta allí por error, orientaba al perdido: conocía hasta la última dependencia del último ministerio. «No, eso ya no está acá», decía, «se trasladaron, pero es ahí nomás, mire…» Y daba la dirección precisa. Por la parte de atrás, había una entrada de garaje. Sólo se abría con un mando a distancia o desde dentro. En las plantas superiores, carteles de «se alquila» con un número de teléfono que nadie atendía jamás.

La mayoría de los despachos de la planta baja no se usaban. En uno de ellos trabajaba un tal Recondo, una especie de notario de la infamia que llevaba los expedientes de los desaparecidos, con todo, desde su historia clínica hasta su árbol genealógico y las listas de bienes que se les podían arrebatar. Recondo cuidaba el dinero, el de los rescates, el de las subastas y el de las operaciones de la inmobiliaria que vendía las viviendas de los que ya no las iban a usar, ni tenían parientes vivos que las pudieran reclamar, o estaban a punto de no tenerlos, porque en eso la organización era eficaz y limpiaba las pistas hasta el más remoto deudo. De tanto en tanto, alguien recogía ese dinero y se lo llevaba. A Suiza, suponía Recondo, o a las islas Caimán, por qué no. Él sacaba su parte del país por otra vía y la tenía en una cuenta legal en Alemania. Eso se supo después. Que se haya sabido no significa que se haya hecho nada para recuperarla. El hombre sigue cobrando intereses, es dueño de su casa y, cuando la dictadura se terminó formalmente, alguien le proporcionó un empleo en una filial de la Siemens.

Además del despacho de Recondo, había una habitación grande, con una mesa de comedor para muchos, una buena mesa, incautada en una casa de San Isidro, con sus doce sillas. Nunca se reunían doce. Los grupos eran más reducidos. Con Labastida trabajaban nueve, incluido Roselli. Junto a esa sala, se había montado una cocina. Todos comían bien, y a algunos les gustaba cocinar. De hecho, uno de ellos, al que llamaban Lobito, era dueño de un restaurante. De selecta clientela, probablemente: gente de poder. Por ahí, alrededor de la mesa, junto a las paredes, en las habitaciones de alrededor, se iban acumulando objetos. Botín. El material que, de tanto en tanto, se enviaba a las casas de subastas, debidamente legalizado. Cuadros, platería, loza, instrumentos musicales, binoculares, abrigos de visón, astracán, nutria, mantones tal vez de Manila, esas cosas.

Abajo, en los sótanos, estaba el campo. El territorio del espanto.

Digamos que una noche están reunidos, cenando. La mesa, con mantel de hilo, está generosamente servida. Al fondo, hay un piano de cola. Apoyados en él, dos cuadros de firma, bien enmarcados. Encima de la tapa, una guitarra y un ventilador. No es decoración: es pecado. Sobre una mesilla de noche impar hay una radio y en ella suena una canción de moda. La misma canción tonta del verano que puede haber sonado en casa de la familia de Jaime.

Son seis o siete hombres. Labastida es uno de ellos. Todos conversan entre sí en voz muy alta, casi a gritos. Labastida, que no participa, se pone de pie sin que nadie repare en él, da unos pasos y apaga la radio. Da dos palmadas y se hace un repentino silencio.

—¡A trabajar! —ordena.

Uno de los hombres se le queda mirando, como si no entendiera.

—A trabajar —repite Labastida para él—. ¿O vos no querés hacerte millonario? —se lo dice con una especie de sonrisa.

—Sí, claro —contesta el hombre, levantándose de su silla y sacudiéndose migas del pantalón.

—Andá, entonces —manda el capitán—. Vos, esta noche, con el grupo del Negro, a esa casa de Liniers. Está controlada, ¿no?

—Sí señor.

—Los demás, con el Pelado, a buscar a los del teatrito ése, que termina la función a las doce —lo dice haciendo sonar la uña del índice derecho contra el cristal del reloj—. No quiero que haya público. ¡Vamos, vamos, a trabajar! —se impacienta.

Tras eso, Labastida se acerca a la mesa, bebe un sorbo de vino, se seca la boca con una servilleta y sale de la habitación con ella en la mano. Va hacia el interior del edificio. Los demás se quedan ahí, poniéndose las chaquetas y revisando las armas.

Labastida corre una cortina, dos o tres despachos vacíos más allá, y baja por una escalera de caracol hasta una puerta de metal. En el momento en que la abre, entra en una ola de música de rock atronadora. Era habitual. Batería. Sobre todo, batería. Al capitán no parece molestarle. Tiene delante un corredor lóbrego con puertas a los lados.

Va hacia la primera. Todavía lleva la servilleta en la mano. Descorre la mirilla: al otro lado hay una celda muy pequeña, una especie de cajón, donde el prisionero se ve obligado a permanecer de pie. Labastida le ve los ojos.

—Estás un poquito más abajo. ¿Doblaste las rodillas? ¿Las tenés apoyadas en la pared de enfrente? No te va a durar nada ese descanso. Enseguida duelen las rótulas y hay que estirarse de nuevo. Estés como estés, te va a doler. Ni desmayarte podés, porque algún dolor nuevo te va a despertar —habla en voz muy baja, casi dulce, a pesar del ruido: no le preocupa que el otro no le entienda: sabrá que lo está amenazando. Labastida sonríe y se seca las comisuras con la servilleta. Cierra la mirilla y va hacia otra puerta.

Ésta es la del calabozo grande.

Apenas iluminada por un foco blindado muy alto, en esta especie de cámara de cemento hay varias personas, mujeres y hombres, algunos sentados con la espalda contra la pared, otros tendidos en el piso. Todos tienen la cabeza cubierta con paños sujetos alrededor del cuello. La mayoría lleva la ropa manchada de sangre y vómitos. Un hombre, en el rincón más alejado de la mirilla, solloza inconteniblemente, todo su cuerpo se conmueve.

Labastida observa el conjunto, los mira uno por uno, conoce cada historia pasada y cada futuro, sabe lo que ellos no saben de sí mismos. Intenta echar la mano al bolsillo de la camisa para sacar un cigarrillo y se da cuenta de que aún sostiene la servilleta de la cena. La arroja a un lado y busca el tabaco.

Labastida entra en otra sala revestida de cemento. A un lado de la entrada, sobre un taburete bajo, hay un pasadiscos que suma sus estridencias al ruido general, que se apaga al cerrarse la puerta. En el centro, sobre una especie de mesa de autopsias, metálica y acanalada para el desagote de humores, hay un hombre tendido, encapuchado y desnudo. A la derecha, desde donde mira Labastida, hay un médico, que ausculta al yacente. A la izquierda, está el torturador, más irritado o descontrolado que de costumbre.

—Se quedó —dice el médico.

Labastida se acerca a la mesa y levanta la capucha. Unos centímetros, no necesita ver todo el rostro, sólo quiere asegurarse de la identidad del muerto.

—Retírese —ordena el capitán al médico—. Y vos —al torturador, señalando la radio—, apagá esa mierda y vení para acá.

El médico obedece sin una palabra, el otro apaga el pasadiscos y vuelve a su sitio, y los dos, Labastida y su subordinado, quedan frente a frente, uno a cada lado de la mesa. O del cadáver.

—Ya sé que te gusta tu trabajo, Coria —en la voz del jefe hay un tono de reproche, a la vez que una cierta, temible ternura: que el destino te libre de ser amado por el diablo—. Ya sé que sos un vocacional en lo tuyo. Pero decime, ¿no sabías que por éste ya habían pagado?

—Sí, capitán, pero, por si acaso…

—Por si acaso un carajo, Coria. Estos pibes no tienen nada que contarnos. ¿O crees de verdad que hay algo que ellos sepan que nosotros no sepamos?

—Yo no, pero ellos sí que se lo creen…

—Y vos te divertís con eso, ¿no?

—Un poco, sí.

—Cuidate, nene —y Labastida estira un brazo por encima de la mesa, o del cadáver, para poner la mano en el hombro de Coria—. Tenés mujer y un hijo, y un día vas a irte a casa y no vas a poder parar, vas a seguir haciendo lo mismo que acá… Y eso no es bueno para la familia…

—No, claro… mi hijo… —pretende argumentar Coria.

—No me contés nada, por favor —detiene las palabras del otro también con un gesto; después mira al muerto—. ¡Lástima! —dice—. ¡No vamos a poder cumplir! Que lo devuelvan igual.

—¿Al fiambre?

—Sí, claro. Que no se diga que no hacemos lo que podemos.

Los dos se alejan de la mesa, del cuerpo. Labastida va a hacia la salida y, de paso, da una palmada en el cuello de Coria, como lo haría con un caballo. Entonces, recuerda algo:

—Encargate de que a la nena ésa la devuelvan hoy —dice—. Que lo haga Roselli. Yo me voy.

Más o menos así debían de ser las cosas. Yo conocí el lugar, la celda individual, el calabozo grande, las salas, porque había tres. Cuando lo desmantelaron, en el ochenta y siete, el comedor seguía lleno de piezas de arte, libros, el piano: yo vi el piano. Pero esto, la decisión de devolver a Betty, a Giulia, que puede haber sido así o de otra manera parecida, se tomó después de la negociación que llevó a cabo la abuela, a solas con Labastida, sin la molesta presencia de Ledesma, quien pese a todo lo que ha hecho por dinero, para ella sería un moralista incómodo.

Tiene que haber sido espantoso ese diálogo de monstruos.

II

Es un despacho diáfano, amplio, donde la mayor parte de las paredes está cubierta de ficheros de metal. Desde la ventana se ve el Río de la Plata, a no más de trescientos metros. Nada lo relaciona con el sombrío espacio en que se hace el verdadero trabajo. Labastida se levanta para ir al encuentro de la anciana, que entra en su silla de ruedas. Ella responde a su recepción con desdén y obvia cualquier ayuda: maneja la silla por sí misma y se acomoda ante el escritorio. El capitán regresa a su asiento, frente a ella, de espaldas a la ventana y al río.

—Señora… —intenta saludar Labastida.

—Capitán, me irritan los preámbulos. He venido a verle por mi nieta.

—Comprendo perfectamente su posición, señora, pero no se apure tanto. En este país y en este momento, todo es lento. Yo no sé dónde está su nieta. Todavía tengo que enterarme. Puede pasar tiempo en eso, por ejemplo. Pero desde ya le adelanto que, para sacarla de donde esté, hará falta plata, bastante plata. Por la vía política o judicial, liberarla es complejo. Por un lado, no está detenida oficialmente. Por otro, las acusaciones contra ella son muy graves.

—El dinero no será problema. Para lo demás, confío en su buen criterio. Si hay que hablar con alguien más…

—No, no hace falta, señora, yo me encargaré de todo… ¿Sabe que su nieta no estaba sola cuando… se la llevaron?

—Sí.

—¿Quiere también al muchacho? Se llama Jaime.

—No. Él no me interesa. Bastante desgracia ha traído ya a la familia… No se moleste… ¿Está embarazada mi nieta? —pregunta finalmente, con un brusco cambio de tono.

—No lo sé —finge sorprenderse Labastida—. Pero lo averiguaré.

—Averígüelo.

—¿Los quiere a los dos?

—La quiero a ella con su niño en el vientre. No tardará tantos meses en devolverla, ¿no?

—Se lo he dicho, estas cosas son muy lentas…

—Yo no regateo, capitán. ¿Cuánto dinero quiere?

—No soy yo quien la tiene…

—Si le gustan los disimulos, dígame cuánto querría el hombre que la ha secuestrado…

—Tal vez un millón. De dólares.

La abuela hace girar la silla para marcharse.

—Un millón —dice—. En billetes. Vendrá a verle Joaquín Ledesma, una persona de mi confianza. Mañana.

—¿Mañana? —busca confirmar Labastida—. Es demasiado pronto. Tengo que hacer…

—Lo que usted tenga que hacer no me importa. Mañana estará aquí el dinero. Busque el modo. Quiero tener cuanto antes lo que he comprado… ¿No piensa abrirme la puerta?

Labastida corre hacia la puerta y la abre con una reverencia. La vieja parece no advertirlo. Afuera la está esperando el chofer. Ella se va sin despedirse. ¿Para qué? ¿De quién? Le hacen perder tiempo, quiere volver a casa. Mañana temprano cogerá el avión a Madrid.

6 Lo que contó Ledesma / 3

Los policías nunca dicen adiós. Siempre esperan volver a verle a uno en la fila.

RAYMOND CHANDLER,

El largo adiós

I

A Romeu le costaba aceptar el relato de Ledesma. No porque no fuera posible, sino porque el personaje de la abuela escapaba a todas las normas. Nadie deja abandonado a un hombre en trance de muerte, ni al amante de la nieta ni a un desconocido. Al propio Labastida le habría costado creerlo.

—¿Está seguro de que hizo eso? —admiró Romeu, incrédulo—. ¿De que se negó a salvarlo cuando estaba en sus manos? ¿No le habrá mentido ese cabrón?

—Él sólo fue el primero en decírmelo. Después lo confirmé, ya verá cómo. La cuestión es que lo mataron la misma noche, tan pronto como se cerró el trato. Que lo habían trasladado, me dijo el capitán. Lo trasladaron y nadie se recupera de los traslados, me explicó. Estaría enterrado, o lo habrían arrojado río adentro desde un avión, que es lo que después se supo que hacían.

—Tal vez, aunque me parece que los vuelos empezaron después, cuando se les acumularon demasiados y no sabían qué hacer con ellos. Una solución final. Pero eso no importa, ¿no?

—Ni ahora ni entonces. Sólo contaba el hecho de que fuera tarde. Negociaba mal, el tal Labastida. Podía haber esperado. Podía haber aparecido un comprador. Yo lo era, por ejemplo. Cierto que pensó que sólo era un mandado de su cliente, pero así y todo… yo hubiese contado con la posibilidad de alguna rencilla de familia. Además…

—¿Además, qué?

—No tenía prisa. Tardó cinco meses en entregar a Betty.

—¿Y eso?

—Esperó que pariera. La devolvió a ella, pero no al chico, Romeu. Del pequeño nunca más se supo.

—Entonces, ésa es la historia. Lo que me ha contado hasta ahora es sólo un prólogo.

—Sí, ésa es la historia central en este momento, pero el prólogo fue mucho más largo de lo que usted supone.

—¿No me habrá llamado para pedirme que encuentre a ese niño, que a estas alturas debe de ser un hombre de unos veintitrés años, si no me equivoco?

—No sé lo que le voy a pedir, Romeu. Igual, lo decidimos entre los dos cuando usted conozca todos los detalles. ¿Sabe? Contando, uno aprende, entiende cosas que antes no entendía.

—¿Hacía mucho que no hablaba de esto?

—Años. Y no crea que no me ocupé.

—Doy por sentado que sí, que se ocupó. Y se sigue ocupando. Lo que ocurre es que hay secretos a los que ni el dinero tiene acceso. Y llega el momento en que es preferible abandonar, o apartarse hasta que el tiempo haga lo que tiene que hacer, si quiere. Pero ahora, por favor, siga. No me inquieta que se hagan las seis de la mañana, o que demos toda la vuelta al reloj.

—A mí tampoco.

—Estábamos en que tardaron cinco meses en devolverla. Parta de ese tiempo, Ledesma. ¿Pasó en Buenos Aires todo ese tiempo?

—Sí. La mayor parte de mis negocios se puede resolver telefónicamente. Algo se perdería, algo se dejaría de hacer, pero todo se recupera. Menos la vida, claro está. Preferí quedarme allí. Preparar por mí mismo la salida de Betty. Estar al alcance de Labastida si llegaba a pedir más. La vieja Pilatos pagó lo suyo y se fue. Yo no.

II

Durante los cinco meses siguientes, nos fueron dando citas que siempre acababan en una frustración, en nada. Citas en calles perdidas, a las dos o las tres de la mañana. Calles por las que a esas horas no pasaba nadie, con casas en las que rara vez había una luz encendida o se oía sonar un teléfono. Calles de ésas en las que no hay más luz que la de un modesto farol en cada esquina, ni más ruido que el de algún motor lejano.

Compré una ambulancia, la hice pintar de negro y le puse cristales Douglas. Tenía un aspecto raro, entre furgón fúnebre y transporte de objetos tristes. Le atribuí el nombre de una empresa inexistente, con letras rojas y amarillas. Un cartel pequeño. Me dio tiempo para eso y más, entre cita y cita. A medida que pasaba el tiempo, lo iba perfeccionando. Al final, era una suerte de quirófano completo, con todo lo que el mercado podía ofrecer en aquel momento.

Busqué y encontré un médico joven, Enrique Kramer, y un enfermero de su confianza, Eliseo Vera. Los dos estaban dispuestos a atender emergencias sin hacer preguntas, conscientes de que no trabajaban para el poder. Mejor gente de lo que yo había imaginado. También encontré un piloto, loco, anárquico y con una especie de aparato de volar que se caía a pedazos. Tenía una empresa de fumigación. Le conseguí una avioneta nueva, que daba para mucho más que eso, desde luego, pero era la fórmula para tenerlo a mano y con todos los permisos.

Le cuento todo esto, que no es especialmente relevante para la historia de Betty, porque cuando yo me marché, lo dejé todo en manos del piloto, y él mantuvo en funcionamiento esa línea de salvación hasta el final de la dictadura. Se llama Marcos Ayerra, vive en la provincia, en las inmediaciones de Pilar. Puede contar con él, llegado el caso.

Nos estacionábamos, pues, en una de esas calles tenebrosas, y esperábamos.

Habitualmente, no pasaba nada. De tanto en tanto, nos llegaba algún mensaje, de Labastida o de quien fuera. Una vez nos balearon desde un coche en marcha, que se acercó y se alejó a toda velocidad. Un Ford, por supuesto, sin matrícula. Tiraron muy alto, no pretendían herir ni matar a nadie. Rompieron una ventana, oímos el estrépito de los cristales. Aquella noche no esperamos más.

Pero todo tiene un final, Romeu. Y una madrugada llegó ese final. Aunque esto sea un modo de decir, únicamente, porque sólo fue un final de etapa.

Yo estaba sentado al volante, fumando, que era lo único que se podía hacer. Ni se me ocurría poner la radio de la ambulancia. En una de las casas, al otro lado de la calle, que en esa ocasión era del barrio de Palermo Viejo, había una luz en la planta alta. Me quedé mirando esa ventana. De rato en rato, se movía una cortina, levemente, como si alguien atisbara por un lado. Pensé que nos estaban vigilando, y seguramente era así. Los muchachos estaban hartos del encierro, y fumaban también, afuera, con la espalda apoyada contra el vehículo. Yo los oía perfectamente cuando decían algo. Y oía también una música lejana. Tangos. Gardel. Debía de venir de la ventana iluminada.

—Parece que tampoco vienen hoy —oí decir al médico.

—Todavía es temprano —oí decir al otro, y lo imaginé mirando el reloj a la luz de la brasa del cigarrillo.

Y entonces pasaron dos cosas.

Subió de repente el volumen de la voz de Gardel y el ruido de un motor empezó a hacerse inesperadamente cercano.

Todos nos movimos.

Yo giré la llave y me puse en marcha. Mis acompañantes fueron hacia la trasera del vehículo, porque era por ese lado que se aproximaba el sonido.

A los pocos segundos, giró en la esquina una furgoneta, tan lóbrega como la nuestra, pero sin señales que permitieran identificarla. Sus faros iluminaron la calle de un extremo al otro.

A punto ya de rebasarnos, no se detuvo, pero redujo la velocidad. Se abrió una puerta lateral y quien estuviese en el interior dejó caer o empujó hacia fuera un bulto sucio. Exactamente delante de mí. Aceleraron y se perdieron por la transversal. Fíjese que iba a decir que desaparecieron, no que se perdieron, pero le cobré aversión a ese verbo. Uso cualquier sinónimo, perderse, desvanecerse, esfumarse. Rara vez digo desaparecer, desapareció.

Ellos se perdieron y Betty apareció.

Envuelta en mantas manchadas de sangre, muy golpeada, sucia. Ella.

Vera, el enfermero, estaba a mi lado, con la camilla, cuando yo me incorporé, después de reconocerla.

No tiene sentido que me pregunte qué sentí en ese momento, porque no sentí nada, absolutamente nada.

Entre los tres, la subimos a la ambulancia.

Yo conducía mientras el médico y el enfermero se hacían cargo de su cuerpo. Si alguien podía ocuparse de su alma, ya se vería.

—¿Vive? —pregunté, sin volverme, cuando nos hubimos alejado un par de kilómetros en dirección a la salida norte de Buenos Aires.

—Sí —respondió el enfermero.

El doctor Kramer se asomó por el ventanuco que comunicaba la cabina con la unidad en la que ellos trabajaban.

—Pero la entrega no ha sido completa —dijo—. Había un niño. O una niña. Acaba de parir.

¡Qué hijos de puta!, pensé. Por eso nos hicieron esperar tanto. ¡Y en todo este tiempo, a mí no se me ocurrió ir a ver a Labastida y comprarle el embarazo aparte!

Pero no dije nada de eso. Seguía sin sentir nada.

—Al menos, la tenemos a ella —consolé a Kramer, que volvió a lo suyo.

El resto, hasta Madrid, fue carretera y avión.

A bastantes kilómetros, en el medio del campo, nos esperaba Ayerra.

Betty y yo fuimos con él a Brasil, a otra pista improvisada que después se usaría muchas veces más. Ahí había otra ambulancia, que nos llevó a Porto Alegre.

El último tramo, de Porto Alegre a Madrid, lo hicimos en un avión contratado para eso, con una sola escala para repostar en Recife.

III

En Madrid la estaban esperando. Nos estaban esperando. Pasó del avión al quirófano. Una clínica discreta y con cierta experiencia en asuntos oscuros. No era la primera vez que recibían un caso así. Cuando salió de la operación, o las operaciones, porque fueron varias en aquella ocasión, y hubo otras después, yo estaba junto a la puerta de la antesala de los médicos.

—No acabo de acostumbrarme —le oí decir a uno de ellos.

Miré por el cristal. El que había hablado era el de menos edad. A ése no le conocía. El otro era Ladreda, con quien yo venía tratando por interpósita persona desde Buenos Aires. De toda confianza de mi amigo Galdós, a quien le presentaré dentro de poco.

—¿Qué es lo que te impresiona tanto? No es peor que el atropello por un camión —dijo Ladreda.

—Los camiones no tienen propósito, a menos que los conduzca un asesino.

En ese momento entré.

—¿Sobrevivirá? —no me contuve.

—¿Quién es usted? No puede estar aquí —reaccionó el médico al que no conocía.

—Yo la he traído —declaré.

—Eso no le da derecho…

—Le da derecho —intervino Ladreda—. El viaje ha sido muy largo. Puedo decirle que vivirá. Habrá que reconstruirle la cara y tendrá una larga rehabilitación, pero vivirá. Es joven.

—Veintidós años.

—¿Es pariente?

—Amigo de la familia. Y padrino, aunque lo tenga olvidado.

—Los amigos no suelen hacer tanto.

—Los amigos, habitualmente, no pueden hacer tanto. ¿Usted hubiera hecho menos?

—Supongo que no, pero la mayoría… A propósito, ¿cómo se llama mi paciente?

—Por el momento, no tiene nombre. Por razones de seguridad. Bautícela como quiera en los papeles.

—Comprendo.

—Se lo agradezco.

IV

Me había habituado a la espera. Los cinco meses de Buenos Aires habían sido una escuela de paciencia. Ahora, con Betty viva y cuidada, los días pasaban a una velocidad más tolerable. Retomé mis negocios, pero no mi vida. Sólo regresaba a casa para cambiarme. Dormía en el hospital. Un día llamé a la vieja, al monstruo.

—Betty está bien. Viva y cuidada, aunque no consciente.

—¿Dónde está? —quiso saber, sólo por curiosidad, por afán de control.

—¿Se muere usted por verla?

—¿Verla? No. Ya vendrá ella.

—En ese caso, no se lo diré.

—Podré vivir sin saberlo, Ledesma.

Y eso fue todo.

Betty pasó dos meses en otro mundo. Por obra del maltrato, supongo. Pero supongo también que por obra de los calmantes que tuvieron que darle en dosis descomunales hasta que las fracturas se soldaron y las heridas internas se cerraron. Dos meses.

Despertó con el rostro cubierto por los vendajes. Ahora que lo pienso, no tengo idea de lo que sucedió con su cara. Fue un secreto entre ella y el médico. Sólo sé que nunca más volví a ver a la Betty que había conocido. La que salió de aquel capullo fue Giulia.

—¿Estamos en Buenos Aires? —fue lo que preguntó cuando recobró la conciencia.

—En Madrid —le dije—. Desde hace dos meses. Me alegra que hayas regresado. Voy a decírselo al doctor Ladreda.

—Espera, por favor, Joaquín… Dime, ¿he tenido un niño?

—Sí, pero no sé si vivió. Te entregaron sola y muy drogada.

—Pasé mucho tiempo así. No recuerdo gran cosa…

—No pienses en eso ahora. No matan a los niños.

—¿Me has sacado tú?

—Hubo una negociación antes de que yo interviniera. El rescate lo pagó tu familia. Tu abuela.

—Mi abuela no es mi familia, es mi tormento. De alguna forma se lo cobrará. ¿Ha venido a verme?

—No. No sale de su casa. Está muy enferma…

—No digas tonterías para consolarme. No ha venido porque no quiere verme. ¿Y Jaime?

—Para él fue demasiado tarde —mentí.

—¿Está muerto?

—Sí. Pero de todo eso hablaremos luego. Voy a buscar a…

Hablamos, sí. Es demasiado sensible a los matices, de modo que no conseguí engañarla. Tuve que explicarle lo que había ocurrido con Jaime.

El día en que salió de la clínica, en silla de ruedas aún, quiso ir a casa de su abuela.

La acompañé.

La del encuentro fue una escena de melodrama, terrible, llena de crueldad y estupidez. No era culpa de Giulia, ni de nadie, creo: es una gente así, ampulosa, de grandes respuestas. No voy a engañarle diciéndole que Giulia es fácil. Es una diva, como todas las mujeres de la familia, Teresa incluida. Yo amé a Teresa, pero no era muy diferente en eso. Siempre decía frases para la historia. El padre, pobre marido de esa mala bestia, no les iba a la zaga. Hablaba como un cómico de la legua que se supiera de memoria todas las piezas de Echegaray o del duque de Rivas. El último hombre del siglo veinte que decía con naturalidad cosas como pardiez o voto a bríos, como en una traducción de mosqueteros. De modo que no pude evitar ver la escena con ojos de teatro.

Las dos iban en silla de ruedas. Giulia con la cara totalmente envuelta en vendas. La abuela, con unas enormes gafas de sol, a lo Garbo. Fue la vieja la que abrió el fuego.

—Ya está —dijo—. ¿O no?

—¿Ésa es tu bienvenida? —reclamó Giulia.

—No esperarías una fiesta… Simplemente, éste es el final de algo que empezó mal y que nunca debería haber ocurrido. Una historia verdaderamente escandalosa.

—La sola idea de que yo pueda dormir acompañada te saca de las casillas.

—¿Dormir acompañada? Eso depende. Tener un hijo de soltera es otra cosa.

—No sé para qué pagaste un rescate.

—Yo tampoco lo sé. Preferí darte por muerta cuando te esfumaste en Nueva York. Americana, al fin y al cabo, como tu padre. Gente sin pasado. Pero alguna esperanza debo de haber conservado, porque pagué. Tal vez imaginara que el tiempo te cambiaría.

—Pues ya ves… Me ha cambiado, sí, pero no como tú esperabas.

—No, ya lo veo, el esfuerzo no ha servido de nada.

—¿El esfuerzo? ¿Llamas esfuerzo a dejar morir a Jaime? ¿A ignorar que estaba esperando un hijo?

—¡Jaime! ¡Jaime! Ése no era nada, no era nadie… Y si era alguien, no era para ti. Y lo otro… ¡Embarazada! ¡Obligándome a mentir!

—¿A mentir?

—Claro, no pretenderías que me entregara atada de pies y manos a las malas lenguas, contando en qué habías convertido tu vida.

—¿Qué es lo que has contado?

—Algo decente. He dicho que estabas estudiando en América. Nada más. Ahora, casi no hablo de ti.

—Haces bien.

Algo debe de haberse mantenido a prudente distancia en el interior de Giulia: una parte de ella no se había comprometido en aquel espantoso intercambio, que, después de todo, hay que comprenderlo, era y había sido su único lazo desde siempre. Hay gente que está unida por el amor o por el odio. Ellas estaban unidas por una discusión, estaban unidas por todo lo que las separaba. Como tantos. Lo cierto es que ella, en ese instante, concibió una salida. No una salida de esa situación en concreto, que parecía, y era, inacabable, sino una salida de su vida anterior hacia una nueva, distinta.

—¿Realmente no has hablado de mí con nadie? —quiso confirmar.

—Con nadie.

—¿Tanta ha sido tu vergüenza?

—Tanta.

—Pues no vuelvas a nombrarme nunca. Jamás. Me marcho y no volverás a verme. Haz de cuenta que nunca he existido. Olvídame. Yo ya te he olvidado a ti. No mereces mi memoria.

Era una buena idea. Desastrosamente expresada, pero una buena idea. No mereces mi memoria es un fragmento de bolero, o correspondería que lo fuese. Y yo recordaba esa película francesa en la que ella le dice a su amante japonés que ya lo ha olvidado. Estaba preparado para oírla decir eso de pongo a Dios por testigo de Lo que el viento se llevó. Y sin embargo, créame, Romeu, ahí, entre ellas, se estaban jugando sentimientos, todas esas boberías solemnes envolvían intensidades ciertas. Y la idea de borrarse, de desvanecerse, era buena. La vieja no llegó a entender lo que ocurría. Yo mismo tardé en darme cuenta. Pero me di cuenta porque no me obnubilaba la perversa pasión por la nada que la cegaba a ella. Esa mujer, tal vez por una educación casi medieval, de casta y sacristía, tal vez porque la sexualidad se expresa por extraños caminos, vivió en perpetua indignación. Una indignación sin objeto, o con el mundo como objeto, no lo sé. Respiraba con rabia. Hablaba, comía, estafaba, manejaba su silla de ruedas con rabia. A Jaime lo había asesinado por omisión, pero por una omisión rabiosa. Lo hubiera hecho con sus propias manos, de habérselo permitido su idea del reparto social del trabajo: estoy seguro de que pensaba que asesinar era cosa de pobres. Como ya habrá comprendido, aquello era todo lo que yo necesitaba para confirmar lo que Labastida me había dicho sobre el final del muchacho.

Giulia se instaló provisionalmente en un piso que yo había alquilado para ella. Pasó los dos primeros días sola. Al tercero, me llamó. Fui a verla.

—Nunca me he preocupado por las cosas materiales, Joaquín, pero ahora empiezo a valorarlas —fue lo que me dijo.

—No hace falta que me expliques nada. La situación es bien sencilla. Tienes el dinero de tu padre, que no es poco. Pero tu abuela tiene muchísimo, y corres el riesgo de perderlo, o de perder una parte importante. No ha testado, que yo sepa. No descarto la posibilidad de que lo haga…

—No importa, Joaquín, no voy a pelear por eso. Lo único que pretendo ahora es perderme en algún sitio remoto, terminar de recuperarme y comprarme una nueva cara.

—Sobra el dinero. Puedes vivir sin trabajar el resto de tu vida.

—Ni siquiera sueño con eso. Dios me ha dado una garganta para cantar, ¿te acuerdas?

—Claro.

—¿Conoces al mejor cirujano plástico del mundo?

—Averiguaré quién es y le conoceré.

—Por favor. Búscale, pero no le digas mi nombre. No tengo nombre.

—No te preocupes por eso.

V

Cuando finalmente la acompañé a ese médico, en Boston, ya se movía por su propio pie, sin silla ni muletas. Pero llevaba la cara oculta como el hombre invisible. Había costado Dios y ayuda hacerla entrar en los Estados Unidos. Un abogado nos esperó en el aeropuerto, y logró que la identificaran por la huella digital del pasaporte español. Fue un viaje muy caro.

El doctor Kaplan, cirujano plástico experimentado y discreto, fue el único que tuvo el privilegio o la desgracia de ver el rostro de Giulia después de su paso por los sótanos de Labastida.

Yo estaba allí, pero ella me daba la espalda.

Había un espejo, desde luego, pero no quise valerme de ese subterfugio contra la que era su voluntad, no expresa, pero sí evidente. Yo también me giré cuando él retiró las vendas.

La estudió detalladamente durante unos minutos. Es lo que supongo, no lo que vi.

—¿Tiene alguna foto de antes del accidente? —pidió finalmente.

—No —declaró ella—. Y si la tuviera, no se la mostraría. Necesito ser otra. No quiero que me reconstruya, sino que me invente. Hermosa y nueva.

—¿Le gustaría parecerse a alguien? —bromeó él.

—No. Me gustaría ser alguien a quien las demás quieran parecerse.

—No pide poco.

—Originalidad. Usted es un artista.

Y ciertamente, Kaplan fue original. Usted lo sabe, Romeu, porque le encanta esa mujer, y ha visto que no se asemeja a ninguna otra.

Dos años después murió la vieja arpía. Giulia vino al entierro. Sólo al entierro. Pero no se anunció, no saludó a nadie, y nadie la reconoció. No se parecía ya en nada a Betty Pound. No amagó saludarme en el cementerio, ni yo cometí la torpeza de saludarla, para que nadie después pudiera preguntarme quién era. La gente se fue marchando cuando acabó el ceremonial de rigor y finalmente nos quedamos solos. Yo me había rezagado despidiendo a unos y a otros, y ella se había alejado, paseaba por allí. Me acerqué a ella.

—Ha muerto sin testar —le dije.

Se encogió de hombros.

—Me llamó cuando se dio cuenta de que se iba. Después de la extremaunción, me dijo que necesitaba tu perdón, que te lo pidiera…

—Está bien: el final de su vida a cambio del principio de la mía. Las dos nos hemos robado cosas. La perdono. Aunque no se lo podrás decir.

—Tal vez. Nunca se sabe. Lo cierto es que ahora eres más rica que antes y puedes hacer lo que se te ocurra. Ya no me necesitas para nada.

—Aún te necesito, Joaquín —al menos, estaba dispuesta a reconocer eso—. Quiero que todo mi patrimonio se convierta en dinero. Puro, limpio y anónimo dinero…

—El dinero siempre es anónimo, pero nunca es puro ni limpio. Ni siquiera cuando es de uno. ¿Algo más?

—Quiero tus contactos en Estados Unidos para tener una nueva identidad, un nuevo nombre, una partida de nacimiento, un carnet de identidad, un pasaporte, una cuenta corriente, todo. Compra todo eso para mí, por favor. Voy a empezar de nuevo. Desde el cero absoluto. Allá.

—El cero absoluto no existe, es una convención de los físicos para negociar no sé qué cosas con la razón. Para ti tampoco existe. Pero veré de conseguirte lo más parecido que haya en el mercado… ¿y después?

—Después, nada. Es cosa mía.

—¿No volveré a verte?

—A mí, no. A la que me suceda en esta piel.

—Que aún no sabemos quién será. ¿Es eso?

—Aproximadamente.

—¿Has pensado en tu nuevo nombre?

—Me parece que ya soy Giulia Brenan. Es un nombre adecuado para una cantante, ¿no?

—Y para una estrella del porno. ¿Por qué no? Llamarse Francesco Sinatra es normal en el sur de Italia. Llamarse Frank Sinatra es un adefesio mafioso de Nueva York, pero él lo convirtió en un nombre. Un nombre no es nada por sí mismo, hay que trabajarlo, llenarlo, hacérselo.

Probablemente haya empezado ahí, entonces. Y probablemente yo me haya equivocado al decirle que la vi nacer dos veces. Fueron al menos tres. En Madrid, en Buenos Aires, en Madrid nuevamente, aquel día.

Hasta ahora, le he contado. Lo que le voy a decir ahora no es relato, es confesión: allí, a unos metros de la tumba de la abuela, descubrí que no quería a Giulia. Y, en consecuencia, empecé a preguntarme si alguna vez había querido a su madre. No, aún no he dado con la respuesta. Pero aquella nieta se parecía demasiado a la abuela.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
191 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788412116694
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Правообладатель:
Bookwire
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Входит в серию "Biblioteca Horacio Vázquez-Rial"
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