Читать книгу: «Sócrates en bicicleta»

Шрифт:

SÓCRATES EN BICICLETA

EL TOUR DE FRANCIA DE LOS FILÓSOFOS

Guillaume Martin


© Editions Grasset & Fasquelle, 2020, del texto original.

Publicado originalmente bajo el título Socrate à vélo. Le Tour de France des philosophes.

© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2021.

Bilbao-Galdakao errepidea 10-3

48004 Bilbao

info@librosderuta.com www.librosderuta.com

Primera edición: abril 2021

Autor: Guillaume Martin

Traducción: Marcos Pereda Herrera

Edición: Eneko Garate Iturralde

Ilustración de portada: André Sánchez

Diseño portada y maquetación: Amagoia Rekero García

Foto autor: Cofidis

ISBN: 978-84-122776-4-7

Depósito legal: BI-288-2021

Impreso en España por Leitzaran Grafikak

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).

CON LA VERSIÓN IMPRESA, GRATIS VERSIÓN DIGITAL DEL LIBRO. Si ha comprado este libro y quiere disponer también del mismo en formato digital, escriba su nombre y apellidos en la primera página con bolígrafo o rotulador. Saque luego una foto de dicha página y envíela a info@librosderuta.com. Una vez recibamos su email con la foto, le enviaremos la versión digital del libro a su dirección de correo electrónico.

ÍNDICE

PRIMERA PARTE

En ruta hacia el Tour

SEGUNDA PARTE

La carrera

EPÍLOGO

Sócrates ha dado un gran cambio

AGRADECIMIENTOS

PRIMERA PARTE
EN RUTA HACIA EL TOUR
Una noticia inesperada

Nuestra historia comienza en Olimpia, un diez de diciembre, durante una concentración del equipo nacional griego de ciclismo, unos dos meses antes del comienzo de la temporada. Las primeras carreras aún están lejos; sin embargo, cada corredor está ya muy ocupado, acumulando horas de sillín sin rechistar, esmerándose en construir un grupo unido, capaz de rivalizar con la fuerza colectiva de las más grandes escuadras en el pelotón. Una montaña espera a los helenos: el próximo verano, por primera vez en toda su historia, tomarán la salida en el Tour de Francia.

Nunca estos atletas habían podido imaginar su participación en la más grande carrera ciclista del mundo. Habitualmente compiten en un circuito de segunda categoría, disputando pruebas poco mediáticas y de nivel aleatorio en Europa del Este o Asia. El Tour lo siguen a distancia, vía periódicos o en sus tablets. Es, para ellos, una estrella lejana, inaccesible, reservada a los grandes ciclistas, a los campeones.

Solo que, este año, la organización del Tour ha modificado sus criterios de selección. Para asentar la envergadura internacional de la prueba, y hacerla menos dependiente de los intereses financieros, decidió acabar con los equipos de marca y regresar a las formaciones nacionales. La federación griega aprovechó la ocasión y envió una petición para ser invitados.

Para gran sorpresa de todos los aficionados, y también de los propios griegos, la misma fue aceptada.

Dicen que su dosier de candidatura estaba particularmente bien planteado. Allí se recordaba que Grecia era la cuna del deporte moderno. Ponía en valor el potencial del país para desarrollar el ciclismo por nuevos territorios: recorridos variados, meteorología ideal, paisajes magníficos… Prometía un equipo ambicioso y supermotivado.

Y, sobre todo, los organizadores fueron particularmente influidos por el estilo en el que iba escrito el dosier. Las frases no solamente estaban bien construidas, sino que los mismos argumentos se iban encadenando con una lógica perfecta. Tan es así que, tras la lectura del dosier completo, la invitación del equipo griego aparecía como una evidencia.

¡Lo más extraño era que los corredores decían haber escrito el dosier ellos mismos! Lo que, ciertamente, probaba no solo su implicación, sino también su inteligencia. ¿Cómo unos deportistas pudieron encontrar el tiempo y tener la previsión necesaria para escribir este texto de presentación? Todo era intrigante, especialmente el hecho de que, además de ciclistas, ellos se presentaban como filósofos. Definitivamente estos griegos fueron originales1. Merecen ser mejor conocidos.

Tan pronto se oficializa la invitación a Grecia, los medios pusieron sus miras sobre este pequeño equipo, habiendo escuchado la particularidad de sus miembros. Las llamadas y peticiones de entrevistas se encadenaban. Todo el mundo quería su2 reportaje. Para simplificar las cosas y no dispersarse, se tomó la decisión de organizar una conferencia de prensa con motivo de esta popular concentración de pretemporada.

Periodistas de todos los países y de todos los medios se juntaron, a principios de diciembre, en Olimpia.

El encuentro, previsto para las cinco de la tarde, está a punto de comenzar. El salón de actos del hotel La Residencia de los Dioses se prepara para la ocasión: una mesa y tres sillas, vacías de momento, están instaladas sobre un pequeño estrado, frente a la zona de periodistas. Algunos turistas curiosos también andan por allí. En las paredes dos maillots con el color azul de los griegos aparecen junto a carteles que presentan el recorrido del próximo Tour.

A la hora prevista las tres figuras emblemáticas del equipo griego entran en la sala. Vemos a Sócrates3 en cabeza, testa ligeramente calva, mirada traviesa, signos de su experiencia. Varias veces vencedor de la Ronda de los Cárpatos y del Tour del Peloponeso, Sócrates es el líder indiscutible de su formación. Lo sigue su fiel lugarteniente, el musculoso Platón4, antiguo luchador reconvertido al ciclismo que será ayuda preciosa para Sócrates cuando «trague aire» en el plano. Finalmente aparece Aristóteles5, un joven con dientes grandes y sentido táctico especialmente fino. Se dio a conocer el año pasado en el Tour de Macedonia, donde aprovechó el marcaje entre los principales favoritos para conquistar un parcial de prestigio.

La perspectiva de pasar la última hora de la tarde examinándose con las cuestiones de los periodistas no ilusiona demasiado a Sócrates. Ha rodado cinco horas por la mañana, y tiene otras seis programadas para el día siguiente. Preferiría estar en el masaje mucho más que prestarse al juego de los reporteros. Sin embargo, no tiene elección: cuando se participa en el Tour, la atención a los medios forma parte del trabajo. Además, esta rueda de prensa invernal no es nada comparado con lo que les espera a los corredores griegos en julio.

Pero… ¿por qué han venido tantos periodistas?

El ciclista y su dorsal

«El hombre se inventa cada día».

SARTRE

Sin siempre asumirlo, la gente considera, por lo general, a los deportistas personas un poco estúpidas. Sin embargo estos atletas hacen soñar, aumentan el brillo de su país o su club, y entonces perdonamos su balbuceo. Nos reímos un poco del futbolista que logra difícilmente enlazar tres palabras en una entrevista, y, al mismo tiempo, no le pedimos a un jugador que sea un retórico de primera, sino solo hábil con sus pies. Poco importa la cabeza cuando se tienen las piernas. Al final pasa como si el tema de la inteligencia en un deportista quedase voluntariamente descartado…

No me sorprende que finjamos ignorar lo que los atletas tienen en su cabeza. Me parece incluso sensato, justo, porque el deporte, digamos lo que digamos, es sobre todo un asunto físico.

Lo que sí me choca, por el contrario, es que nos sorprenda que un deportista sea inteligente, que encontremos incongruente el que un ciclista escuche France Culture6, que se ponga de relieve a un atleta únicamente porque tiene estudios… Todo eso me ofusca, porque la idea subyacente es que un deportista no puede ser capaz de pensar. No está entre sus funciones. Lo que debe hacer es correr, saltar, lanzar, pedalear… El hombre de los estadios será una especie de autómata, experto en su disciplina e indiferente a todos los demás aspectos de la existencia. En el fondo olvidamos que el deportista es también un ser humano, y que su vida no viene resumida en el dorsal.

Si el público se asombra, divierte y deleita con un ciclista que también es filósofo es porque, en su imaginación, un ciclista solo existe en culote. Igual que en un bar no tenemos en cuenta al camarero como persona, sino únicamente en relación a lo que hace, es casi inconcebible que un corredor pueda ser otra cosa sino un cuerpo montado en bicicleta. Peor aún, el hecho de que un ciclista tenga otra pasión distinta a su trabajo a veces se ve como un signo de amateurismo. Como si la práctica deportiva de alto nivel excluyese cualquier otra actividad.

Y, sin embargo, un hombre tiene que vivir cuando se baja de la bici. Como cualquier otro trabajo, el ciclismo está integrado por una enorme diversidad de perfiles, cada corredor (como cada ser humano) con su particularidad. Conozco ciclistas cinéfilos, o apasionados del arte contemporáneo… Otros que trabajan cada día en la granja, después de su entrenamiento, por puro gusto. Algunos gustan de los coches ruidosos, algunos del ambiente tranquilo del campo. Pescador, hípster, roquero: ¡hay de todo en el pelotón!

Naturalmente, los componentes sociales entran en juego, y sin duda hay más hijos de agricultores que hijos de jefazos en la gran familia de la bicicleta. No voy a ocultar que también hay tipos sin interés. Y también, como en cualquier otro lugar, gilipollas: la gilipollez es, como sabemos, la cosa del mundo mejor repartida.

Sin embargo, mi pequeña experiencia me dice que hay en el ciclismo un numero increíble de personas y circunstancias que piden ser conocidas. El problema es que, normalmente, no intentamos descubrirlas, y las mismas historias se repiten de forma incansable…

Durante el Tour de Francia de 2017, el primero en el que participé, los medios se sintieron interesados por mí, por mi historia. Algunos días antes del Grand Départ de Düsseldorf un periodista de Libération, Pierre Carrey (que conocía desde mis años de aficionado y con el que tengo una relación de amistad) elaboró mi retrato: Guillaume Martin, ciclista profesional y con un máster en Filosofía, autor de obras de teatro en sus ratos libres. El artículo («Martin, el Nietzsche del manillar») era muy bueno. No tengo nada que añadir. Lo disfruté. Yo mismo estaba impresionado por los conocimientos filosóficos que mostraba el autor, y por la precisión con la que había sabido diseccionarme.

El problema es que esa pieza fue recogida en diversas publicaciones, fui entrevistado en un programa matinal de radio, los otros reporteros querían llamarme para «hacer una pieza», y otras muchas cosas más… En resumen, un pequeño torbellino mediático se levantó alrededor de la figura del «ciclista intelectual».

Unos días antes había oído hablar de un estudio científico que cuantificaba el porcentaje de originalidad que existía en los medios de comunicación. Las conclusiones fueron llamativas: el sesenta y cuatro por ciento de los artículos en la Red eran un simple «corta y pega». Todos los medios se copiaban los unos a los otros, explicaban los investigadores. Basta con que una información aparezca en un periódico o en una web reconocida para que sea difundida por todas partes. Yo estaba en pleno meollo.

Conferencia de prensa en Olimpia

Apenas instalados los corredores, comienza la conferencia. Después de que un periodista pregunte, casi por educación, cómo van los entrenamientos, el segundo continúa:

—¿Qué se siente al pensar que van a participar en su primer Tour de Francia, la carrera que hace soñar a todos los ciclistas?

—A mi edad, y teniendo en cuenta mi trayectoria, es inesperado — responde sobriamente Sócrates.

—A mi edad es prometedor —asegura Aristóteles.

En cuanto a Platón, siempre en justa mesura, explica que a su edad es el momento preciso. Y añade.

—Para mucha gente el ciclismo se resume en el Tour de Francia. El gran público solo sabe del Tour, ¡y existen otras carreras en el calendario! Mire, yo dirijo en mi tiempo libre una escuela de ciclismo, una especie de academia orientada a ayudar y hacer progresar a los jóvenes ciclistas del país (griegos o de otro sitio) que no necesariamente tienen una cultura ciclista. Los chicos me preguntan a menudo si he participado en el Tour. Yo les digo que sí, que he hecho el Tour del Peloponeso un montón de veces. Ellos se ríen mientras dicen que eso no es el Tour. El Tour, se corre en Francia… Estoy muy orgulloso porque, pronto, podré responder a los jóvenes corredores de la academia que, sí, he participado en el Tour, ¡el verdadero!

—Recuerdo lo que me decía uno de mis primeros directores deportivos, Anaxágoras7 —se permite añadir Sócrates mientras los periodistas anotan la anécdota de Platón—. Tras una victoria, para que no me durmiese en los laureles, me repetía siempre Anaxágoras: «mantén la calma, no serás un auténtico ciclista hasta que hayas disputado el Tour de Francia». ¡Después de julio al fin podré decir que soy un verdadero ciclista!

Todos los periodistas tienen una sonrisa en los labios. Les agradan estos ciclistas griegos. No conocen el miedo. Dejarán unos buenos titulares.

Después de dos o tres cuestiones, ventiladas rápidamente, sobre las ambiciones del equipo griego en su primer Tour, un joven reportero lleno de aplomo aborda finalmente lo que a todos les ronda por la cabeza:

—He oído que ustedes eran filósofos. Sé que estamos en Grecia, pero confiesen que es bastante original todo esto de los ciclistas-filósofos o los filósofos-ciclistas. Por cierto, ¿cómo deberíamos llamarlos? ¿ciclósofos?8.

El periodista se muestra orgulloso de su hallazgo lingüístico. Se pavonea delante de sus colegas.

—Es cierto que nosotros nos interesamos por la filosofía, que reflexionamos sobre la manera en que las cosas están ordenadas —responde fríamente Sócrates—. Pero somos, antes que nada, ciclistas. Llámenos así. Platón, Aristóteles, Sócrates. Ciclistas. No tendremos nada que objetar a eso.

—Son ustedes demasiado modestos, hacen como si combinar la vida del deportista de alto nivel y la práctica de la filosofía no fuese nada. ¡No es poca cosa! —insiste el periodista, un poco abatido por la respuesta que le han dado.

—A propósito —insiste otro reportero—, ¿cuándo encuentran ustedes tiempo para filosofar? ¿Alguna vez piensan encima de la bicicleta?

Sócrates parece un poco confuso con el giro que está tomando la entrevista. Empieza a descubrir una mirada nueva en la gente desde que se hizo oficial la lista de equipos invitados al Tour de Francia, una mirada donde se mezclan fascinación e incomprensión.

No teniendo espectador que espere su respuesta, Sócrates se interroga a sí mismo. La filosofía no es una actividad para la que «encontremos tiempo», se dice… Pensar no se logra por decreto. La filosofía surge. Es un estilo de vida, una forma de pensar más que el contenido de esos pensamientos. ¿Por qué esta forma de pensar habría de ser incompatible con una vida de ciclista?

Viendo a Sócrates perdido en sus reflexiones, Aristóteles toma el relevo.

—¡Por supuesto que a veces pensamos sobre la bicicleta! No hay un momento ni un lugar para esta actividad. El pensamiento irriga todas las cosas. Diría incluso más. La bicicleta ayuda a pensar. Flaubert decía que «no podemos pensar si no estamos sentados». Nietzsche se oponía a esto, afirmando que «solo los pensamientos que tenemos en movimiento valen algo». Bueno, la bicicleta reconcilia a Nietzsche y Flaubert al reunir ambas condiciones: ¡estamos a la vez sentados y en movimiento cuando pedaleamos! Así que, para filosofar, ¡monten en bici!

Los periodistas, un poco perplejos con las referencias escogidas, anotan sin embargo el titular final, mientras Platón parece que quiere matizar algo:

—Yo no sería tan entusiasta como tú, Aristóteles. Cierto es que a veces dejamos que nuestra mente divague cuando montamos en bici, dejando fluir algunas intuiciones filosóficas. Sin embargo, por lo general es complicado concentrarse y seguir una argumentación lógica, bien construida y razonada cuando estamos entrenando. El ejercicio físico vela necesariamente la actividad intelectual.

—Mi querido Platón, sé bien que el cuerpo no es para ti más que una jaula, una «tumba», en la que está encerrado el espíritu —se revuelve Aristóteles—. Sé que tú no consideras lo sensible sino como pálido reflejo de lo inteligible. Sé que tú otorgas al deporte un lugar mínimo en tu existencia, que practicas el ciclismo como un diletante. Eres libre de hacerlo. Pero debes saber que si no quieres ir al Tour hay un montón de jóvenes ciclistas que sueñan con hacerlo. No hace mucho tiempo yo aún estaba en la sección Educativo-Deportiva del Liceo9. Te puedo decir que todos nosotros filosófabamos mientras salíamos a rodar. Nos gustaba llamarnos a nosotros mismos los «filósofos peripatéticos10», los filósofos que se mueven. Nuestras reflexiones se enriquecen de nuestra práctica deportiva. Si nos bloqueamos con algún concepto salimos a pedalear y todo refulge claro cuando volvemos a casa. Y, recíprocamente, los estudios nos permiten relativizar, tomar cierta distancia, con respecto a nuestro desempeño deportivo. Todavía tengo muchos amigos en el Liceo que comparten esta filosofía, una filosofía que gira sobre la acción. Si temes que el hecho de participar en el Tour de Francia obstaculice tu brillante carrera intelectual puedo decirle unas palabras a Sócrates sobre esto. Ellos estarán encantados de correr a su alrededor en el próximo mes de julio…

—No digas tonterías, Aristóteles —replica Platón, un poco inquieto por su puesto en el equipo —. Por supuesto que quiero ir al Tour para ayudar a Sócrates. Amo mi deporte. Y lo amo precisamente porque me ayuda a pensar mejor, y en ese sentido la fatiga física que induce el entrenamiento silencia los bajos deseos del cuerpo, en ocasiones tan vergonzosos. Mi intelecto es entonces libre de volar a su antojo. Lo comprendes, ¿verdad?

Los periodistas, que rápidamente han tomado partido, asienten cortésmente. Realmente no lo han entendido del todo, incluso han perdido el hilo, pero eso importa poco: tienen su tema. Esa capacidad reflexiva sobre su deporte, ese arte en el diálogo (a veces volcánico), esa manera que tienen los griegos de expresarse a través de bellas frases alambicadas… todo esto seguramente dará que hablar. Suficiente para una bonita puesta en escena.

Tres reporteros plantean todavía algunas cuestiones, para completar lo que ya tienen en la cabeza. Preguntan cuáles son los libros que piensan llevar los corredores consigo para ocupar su tiempo libre durante el Tour, les interrogan sobre la utilidad de la filosofía desde un punto de vista estratégico de cara a las carreras… Aristóteles y Platón responden alternativamente, ignorándose el uno al otro.

Durante todo este rato Sócrates permanece mudo, como si no estuviese allí. Tanto que todo el mundo parece haberse olvidado un poco de él.

Aristóteles y Platón están acostumbrados. Saben que Sócrates puede experimentar esas ausencias, interrumpirse en mitad de una explicación, escabullirse de la realidad… Él dice que es su daimon11 quien lo llama. En cuanto a los periodistas, están demasiado ocupados por el intercambio entre Aristóteles y Platón como para preocuparse del tercer ciclista.

Sin embargo, cuando la conferencia de prensa está a punto de terminar y todos empiezan a recoger sus cosas, Sócrates tose un poquito y, con aire juguetón, pregunta él mismo a los presentes:

—¿Piensan ustedes que seremos capaces de rivalizar con los mejores del mundo en el Tour de Francia?

Los periodistas, sorprendidos al principio, se limitan a poner la sonrisa de quien sabe. Ese no es el problema, ¡ya es hermoso que este equipo griego salido de ninguna parte pueda participar en la más grande carrera ciclista del mundo! Los otros dos corredores helenos parecen ellos mismos un poco sorprendidos con la intervención de Sócrates. Pero este no deja de sonreír y, tranquilamente, ignorando las miradas de sus dos compañeros, vuelve a plantear la cuestión.

—Amigos míos, ¿pensáis que seremos capaces de rivalizar con los mejores del mundo en el Tour de Francia?

Sócrates, en filosofía, no gusta de responder preguntas. No tiene hábito. En contraposición, adora plantearlas.

Sócrates, como ciclista, no está cómodo con ser resumido en su doble condición de corredor-filósofo. Quiere ser juzgado por sus actuaciones.

Decide doblar su preparación de cara al Tour, con el objetivo de estar al nivel de los grandes líderes del pelotón en julio…

¿Por qué escribo este libro?

«Tienes que jugar para llegar a ser serio».

ARISTÓTELES

No estoy quejándome. Me aproveché de esta repentina exposición, de esta expectación que se creó a mi alrededor durante mi primer Tour de Francia. Me ayudó a darme a conocer. Puede que incluso haya exagerado en ocasiones este personaje del ciclista-filósofo. Disfruté, a fortiori, codeándome con algunas grandes «plumas», aureoladas de todas las hazañas que ellos habían visto.

Todo este juego me divirtió, pero también me aburrió pronto. Me di cuenta de que algunos periodistas querían (o debían) simplemente reescribir ese primer artículo aparecido en Libération. Me preguntaban siempre las mismas cosas, y esas eran las que me había preguntado Pierre Carey en su día: «¿en qué piensas cuando andas en bici?»; «¿qué te aporta la filosofía para tu carrera como ciclista?»; ¿qué libros has traído al Tour?»; «¿tienes tiempo de leer después de las etapas?»; etcétera.

Comprendo que el día a día del ciclista y sus sentimientos pudiesen fascinar. El problema es que la mayor parte de las respuestas ya habían quedado escritas en el artículo original, aquel al que, por cierto, se referían explícitamente los periodistas que me entrevistaban. ¿Pensaban que les iba a responder de forma distinta? Entre los tres libros que me había llevado quizá podía destacar uno específicamente sobre los demás, dependiendo de mis ganas o del periodista con el que estaba. Pero, en general, me mantenía fiel a mis ideas. A veces con las mismas palabras.

Hemos descrito antes al ciclista sobre su bicicleta como una máquina: en realidad, la comparación debería hacerse cuando el corredor se pone frente a las cámaras o los micrófonos. Ante un periodismo «en cadena» resulta imposible no caer en una cierta forma de automatismo: esta pregunta provoca esa respuesta, como un algoritmo personal desarrollado a través de las entrevistas. Antes solía burlarme de esos actores que repiten incansablemente las mismas anécdotas durante las giras de promoción de sus películas. Los entiendo mejor ahora. El juego mediático impone, mientras dure el plano, la insignificancia, lo artificial, lo impersonal.

Sin embargo, ya dije que me había aprovechado de la exposición mediática que suscité en el Tour. En concreto, esta me permitió entrar en contacto con la editorial Grasset, gracias a la intermediación de Philippe Brunel, figura en el periódico L´Équipe, autor él mismo en Grasset. El domingo de la llegada a los Campos Elíseos tenía una cita en la sede de la histórica editorial, donde me propusieron escribir un libro, asegurándome total libertad en fondo y forma. Acepté bastante rápido. Veía ahí, precisamente, la ocasión de saltar sobre esta lógica mecánica, algorítmica, de las entrevistas, y explicarme con un poco más de espacio y matices.

¿Por qué este libro? Primeramente para cuestionar la manera en que el gran público percibe a los deportistas en general, y a los ciclistas en particular. Una percepción que me parece a menudo exagerada y parcial.

Entrando a la cuestión: toda esta puesta en escena que existe hoy en día alrededor de los eventos deportivos, y que a veces hace que parezcan una enorme feria donde nosotros, atletas, corredores, seríamos la atracción principal. Lo que, una vez más, tiene su lado bueno (ser el centro de toda la atención es evidentemente algo valioso) pero también su lado malo: la efervescencia acompaña a los corredores durante el Tour, la «gran celebración de julio»12, proporcionando a veces la sensación de no ser más que un objeto en venta enjuiciado por un número limitado de sus características.

¿Jiménez hace una larga escapada en montaña? Es un ciclista con panaché13. ¿Ocaña sufre accidentalmente una caída en una curva de un descenso? Es un mal bajador. ¿Fignon lleva gafitas? Es el intelectual del pelotón. ¿Poulidor es a menudo batido por Anquetil? Es el «eterno segundón». En el Tour, y en el deporte en general, nos encanta categorizar, etiquetar, generalizar.

En cierto sentido es normal que los deportistas sean caricaturizados, porque están muy expuestos. Lo más retorcido es que muchos deportistas se conforman, quizá de manera inconsciente, con la etiqueta que se les ha colgado, en una suerte de profecía que se retroalimenta cual círculo vicioso. Para asumir su personaje atacador, Jiménez debería repetir aquella escapada todo el tiempo, incluso si está condenada al fracaso. Fignon tomará ciertos aires de intelectual. Ocaña, falto de confianza, se sentirá incómodo en los descensos. Y Poupou fallará siempre en su intento de vestir el maillot amarillo. La opinión se ve, así, confirmada por sus propias representaciones orientadas.

Y todos terminan usando una máscara, ocultando lo real, desvelando lo falso, sin que nadie sepa realmente dónde está lo auténtico.

Solo para que quede claro: acepto que todo esto es un juego (la competición ciclista en sí misma, el hype mediático que la rodea, el público que asiste a esta gran fiesta…), pero con la condición de que las reglas sean iguales para todos. Estaría dispuesto a ser observado como un fenómeno de feria, pero con conocimiento de causa. Generalizaciones y clichés tienen parte de verdad: por eso no rechazo el conjunto. Pero debemos reconocer que no son más que parcialmente ciertas.

Cuando decimos de alguien «es de esta forma o de esa otra» debemos ser capaces de reconocer que esta caracterización no es más que una forma de hablar. Ese «es» que atribuimos no es sino un atajo del lenguaje. Porque, al contrario que las cosas, los humanos no son, sino que llegan a ser. Su identidad es siempre fluida, inestable, cambiante. No podemos hablar de ser auténticamente más que cuando llega la muerte. No nacemos ciclista o filósofo, tampoco ciclista-filósofo: llegamos a serlo.

Una vez admitido este razonamiento previo, resultó posible divertirse con las identidades. Jugar al ciclista-filósofo. Hacer malabares con las generalizaciones, rectificaciones, con los clichés. Algo sacaremos de ahí: una verdad, una pregunta, una aclaración, un momento divertido…

Algunos lectores habrán reconocido en estas primeras páginas evocaciones de los pensamientos de Sartre14, o los de Simone de Beauvoir15. De hecho, serán cuestiones de filosofía las que tratemos a lo largo de este libro. Pero no se asusten aquellos que no sepan nada de esta disciplina, que a veces puede resultar tan oscura. Que no se sientan rechazados quienes piensen que Sartre es un ciclista. La filosofía, a pesar de sus aires austeros, es también una forma de juego. Lo mismo que este libro.

Ningún vencedor cree en el azar

Jueves, 26 de enero, siete y media de la mañana. Más de seis meses hasta la salida del Tour de Francia. El ciclista se levanta, listo para su último entrenamiento de intensidad antes de retomar fuerzas hasta el domingo siguiente, fecha en que tendrá lugar la primera prueba de la temporada, el Gran Premio de las Dos Campanas16.

Por la mañana las piernas pesan un poquito. Normal, el ciclista «metió caña» el día anterior, durante una salida tras moto particularmente intensa. Pero no puede prestarles demasiada atención: aún necesita realizar este último entrenamiento duro, llegando a la extenuación, y después podrá rodar hasta el Prix d´Ouverture, esperando que el fenómeno de la sobrecompensación funcione como está previsto. Es importante para empezar bien la temporada. Cuestión de dinámicas.

Tras levantarse de la cama, lentamente para evitar mareos (los ciclistas sufren frecuentemente de hipotensión), el atleta se pesa (sesenta y un kilos con doscientos gramos: ¡afilado como nunca antes!), estudia sus piernas (las venas marcadas, buena señal); después, como es su costumbre, abre las persianas, para analizar la meteorología de la jornada. Scheiße17. Lluvia, viento: una tormenta terrible. Desesperado abre la app meteorológica en su móvil: diluvio todo el día. Lo que no tiene nada que ver con lo anunciado ayer. Siempre tan fiable…

¿Salir o no salir? He ahí la cuestión. Ciertamente sería más prudente no salir. Con estas ráfagas de viento una caída no sería nada extraño. Y, además, no puede correr el riesgo de enfermar justo antes de su debut esta temporada. Cuando estamos tan chupados la humedad nos afecta rápidamente, y tienes resfriados con facilidad…

Sin embargo, para la fecha de hoy, en el plan de entrenamiento está escrito «Sesión intensa». Y nuestro ciclista tiene a gala respetar todos los días el plan de entrenamiento. Se dice a sí mismo que la voluntad es la mayor de sus cualidades. Se dice que, mientras sus adversarios aún duerman o se refugien calentitos en sus edredones, él entrenará allí fuera, bajo los chaparrones y el frío. ¡Se dice a sí mismo que estos sufrimientos de hoy serán los éxitos del mañana!

Una ventolera furiosa hace temblar las paredes. Finalmente hay pocas dudas de que lo más sabio es entrenar bajo techo… Al menos durante un rato, mientras espera una eventual mejora en el tiempo.

Para empezar, en ayunas, incluso antes del desayuno, el ciclista improvisa unos cuarenta minutos para «despertar los músculos». Poca intensidad, sobre su home-trainer18.

El principio del home-trainer es simple: la bici está fijada a una máquina, compuesta de unos tubos en los que se apoya la rueda trasera, simulando así una salida sobre asfalto. Ventaja: podemos mantenernos calientes y entrenar en el sótano. Inconveniente: andar en bici con el único paisaje de la puerta del garaje puede volverse aburrido… Muy aburrido.

Existen varias soluciones clásicas para paliar ese tedio:

a) Ver una película o, aún mejor, una serie que dure más o menos lo que la sesión, unos cuarenta minutos. El problema es que uno pierde generalmente cuarenta minutos en dejar el ordenador dispuesto para verla… Y cuando los reglajes de la pantalla son los adecuados nos damos cuenta de que no entendemos nada a causa del ruido del rodillo.

Por ello los ciclistas prefieren, a menudo, la segunda solución:

b) Escuchar música gracias a unos cascos que cubran el sonido de su home-trainer, conectados a un MP3 antiguo y confiable, que guardamos en el bolsillo y donde habremos metido antes nuestra playlist favorita para home-trainer.

Nuestro ciclista no tiene MP3, pero va muy ufano a buscar el de su hermana pequeña. Se sube a la máquina y, pedaleando perezosamente, va pasando la lista de títulos que contiene el dispositivo. ¡Cuál no será su consternación cuando descubre que los gustos de su hermana pequeña están en las antípodas de los suyos! Katy Perry, Matt Pokora, Justin Bieber, Kendji… No, imposible. El día pinta bastante difícil. El ciclista preferiría de nuevo aburrirse y sufrir en silencio.

Además, de todas formas, este ciclista no es un ciclista como los demás. No, es un… ¡ciclósofo! Y lo que él prefiere es la tercera opción:

c) ¡Escuchar France Culture! Ilusionado, empieza a buscar el dial en su MP3. NRJ, no. Fun Radio, no. Nostalgie, por qué no… pero no. Ah, aquí, France Culture. ¡Funciona! El noticiario de las ocho se termina. Es la hora del espacio político de Frédéric Says. Hoy hablan del nuevo plan energético anunciado por el Gobierno. Se discute sobre ese ambicioso proyecto: desarrollar el autoconsumo doméstico, instalando, por ejemplo, un home-trainer delante de cada televisión recién comprada. El objetivo de esta medida es doble: obtener una nueva fuente de energía, gratuita; y luchar contra el sobrepeso en el país. Nuestro ciclista se siente aludido, y comienza a lamentar toda la potencia que desperdicia cuando pedalea…

Entonces llega la hora del invitado en «Matins de France Culture». El Ministro de Transportes es interrogado sobre un proyecto de ley que quiere prohibir el uso de vehículos contaminantes en viajes por debajo de los quince kilómetros, con el fin de promover el desarrollo de los medios de transporte «amables», especialmente la bicicleta. Decididamente la «pequeña reina»19 es el centro de atención esta mañana.

De todos modos, la sesión de home-trainer en ayunas pasa en un suspiro. El ciclista gira sus bielas suavemente, sin forzar, redondo, acompañado por la voz cálida de Guillaume Erner, el presentador del programa matinal. Y de esta forma se alcanza la meta de los cuarenta minutos.

El esfuerzo físico había anestesiado la sensación de hambre, pero ahora se manifiesta poderosamente. Apenas el tiempo de quitarse la ropa y tomar una ducha fresca, y el ciclósofo asalta el frigorífico, donde le espera su recompensa: el tazón de avena que preparó el día anterior. Sí, el día anterior, porque así la leche de soja tiene tiempo de hacer que los copos se hinchen, provocando una mayor sensación de saciedad.

¿Sabían que todos los ciclistas son, al mismo tiempo, nutricionistas? Echen un vistazo a nuestro atleta. Si añade trozos de kiwi a sus copos es por la vitamina C que contiene esta fruta. Si corta medio plátano en su tazón (no más de medio, que el plátano tiene un alto índice glucémico) es para asegurarse una buena ingesta de potasio. Si añade unas pocas nueces y almendras (no demasiadas, ya que las semillas oleaginosas son ricas en lípidos) es, obviamente, para aprovechar sus grasas omega-3. Luego esparce hábilmente mantequilla y mermelada en sus pasteles de arroz. Y se lo traga todo con avidez, bebiendo a sorbos una infusión de jengibre y limón para la garganta (nada de té ni café, porque impiden la absorción del hierro). Luego se relaja algunos minutos, ojeando los dos periódicos que recibe cada mañana: Le Monde y L´Équipe.

De vez en cuando se sorprende echando un vistazo a la ventana, esperando el milagro… que el cielo despeje. Y parece que existe un dios de la bicicleta, porque justo cuando el ciclista traga el último sorbo de su infusión un rayo de sol le acaricia el rostro. ¡Aleluya! Una salida a rodar por asfalto torna posible de nuevo.

El ciclósofo llama rápidamente a su entrenador para ver si puede ajustar ligeramente su programa, dadas las condiciones meteorológicas, el hecho de que ya rodó cuarenta minutos esa mañana y considerando que le duelen las piernas. La frase cae: «No, me harás dos horas y media, lo que tenías planeado. Concretando, después del calentamiento serán diez minutos justo debajo del umbral, a trescientos treinta o trescientos cuarenta vatios; luego dos veces ocho minutos de treinta/treinta a PAM, con seis minutos de recuperación en medio. Y terminas con un largo esprint para vaciarte completamente, ¿ok? Ok, entrenador; gracias, entrenador; hasta, pronto entrenador».

El ciclósofo no ha dejado que se le note por teléfono, pero cuando cuelga está un poco febril: sabe que lo va a pasar mal. El mundo se divide en dos clases de ciclistas: los que van retrasando todo lo que pueden el momento de subirse en la bici para prepararse mentalmente de cara a la sesión (al sufrimiento), en una forma trabajada de procrastinación; y los que se van sin esperar.

Nuestro ciclista pertenece a la segunda categoría. Le gusta pensar que eso es un símbolo de su alma de guerrero, de su alma de ganador, ¡de su alma de campeón del Tour! Pero, en el fondo, no se deja engañar: significa, sobre todo, que teme el entrenamiento por llegar y quiere pasar este doloroso trance lo antes posible. Más aún cuando este claro entre las nubes no durará para siempre. Entonces, casi a las diez, es la hora de los «Chemins de la philosophie» en France Culture.

Y es que la radio también desempeña un papel durante las salidas a la carretera. El de un antídoto contra el dolor. Con un poco de suerte el programa desviará la atención del corredor del fuego programado en sus muslos y del brutal aplastamiento en su caja torácica.

Rápidamente el ciclista se vuelve a poner un culote. Largo, esta vez. Para la parte superior del cuerpo lleva un maillot de manga larga, una chaquetilla térmica, un chubasquero, un chaleco (y guarda, por si acaso, otro impermeable en el bolsillo, no vaya a hacerse más fuerte la lluvia). Maldición, olvidó la cinta del pulsómetro… Así que repite la operación en sentido inverso, y luego lo pone todo de nuevo. Casco, guantes, zapatillas, cubrezapatillas (las extremidades son puntos sensibles del ciclista)… todo en orden. Llave allen, kit para reparar pinchazos, teléfono móvil y, sobre todo, el reproductor MP3 de la hermana pequeña. El ciclista está listo al fin, puede subirse a su montura y salir al asfalto que aún aparece húmedo, pero donde ya no llueve.

Sobre la inteligencia del cuerpo

«¿Por qué los futbolistas son tan tontos?

Porque se pasan todo el tiempo corriendo detrás de

una pelota, en lugar de preguntarse por qué hacen eso».

COLUCHE20

¿Debemos estar siempre reflexionando? Como si el cuerpo no fuese suficiente por sí mismo. Como si la mente, siempre superior, se aburriera de no poder pensar mientras el cuerpo se agota…

A veces, sobre la bicicleta, no pienso en nada. Escucho la radio sin escucharla realmente. O pienso sin pensar. A veces, mientras entreno, mi mente huye. Divago. Estoy en un estado de semiinconsciencia durante quince minutos, media hora, una hora… Luego «despierto» y me doy cuenta de que estoy treinta kilómetros más allá. Seguí el recorrido planeado. Pedaleé a un ritmo normal. Respeté las normas de circulación. Actué como si estuviera consciente. Solo que no lo estaba. El cuerpo se hizo cargo.

A veces oímos hablar del éxtasis que experimenta el corredor de fondo para referirnos a ese estado singular, cuando el ritmo y la fatiga hacen que el atleta esté tranquilo y eufórico. Casi ebrio, llega a olvidarse de sí mismo, a «desindividualizarse» bajo el efecto de las endorfinas que libera el ejercicio. El sufrimiento está presente, sí, pero le presta poca atención, todo sublimado en el esfuerzo inmediato.

Lo que siento sobre la bici es una cosa muy similar. Una especie de éxtasis del ciclista, producido de forma inesperada, que me transporta fuera de mí mismo (o, más bien, fuera de mi mente). El éxtasis del deportista de largo aliento es un retorno al cuerpo y al presente. Nietzsche21 diría que es la experiencia dionisíaca del Eterno Retorno, esa gran aceptación de la vida que impone la voluntad de querer que todos los eventos de la existencia, incluyendo el dolor y el sufrimiento, vuelvan un número infinito de veces. Como mínimo, diría que es la prueba de que el cuerpo necesita a la mente para avanzar.

Volviendo a Coluche, debo admitir que no se equivoca del todo al burlarse de los atletas que, según él, cometen la tontería de no cuestionarse las razones de su actividad. El ejercicio físico no forma parte del pensamiento reflexivo, el tipo de pensamiento que se desarrolla en la escuela. Es un hecho. Pero… ¿es eso malo? Hay otras formas de inteligencia. Particularmente la corporal, que el deportista experimenta a diario.

El entrenamiento físico a menudo aparece a los ojos del gran público como una confesión de ignorancia, incluso de debilidad. Admito que la sagacidad de un Rocky, alias Sylvester Stallone, no salta a la vista viendo al boxeador subir y bajar escaleras ¡sin saber realmente por qué lo hace! Exactamente igual nos pasa con el atleta de medio fondo que va enlazando vueltas o el nadador que acumula largos en la piscina como si fuese un hámster en la rueda. Definitivamente hay algo animal en ello, algo bestial, primigenio. Pero ¿es lo bestial necesariamente un signo de estupidez? Aunque pueda parecer algo totalmente primitivo, el entrenamiento atlético está, de hecho, movido por una auténtica sabiduría.

Cuando recorríamos las carreteras sobre nuestra bici22

Primeros giros de la rueda. Rápido, conecta el dispositivo, ajusta el volumen… ¡Ah, Adèle Van Reeth, maravillosa presentadora de «Chemins»! Acaba de empezar. En la agenda: la cuestión sobre la unión de cuerpo y alma en la filosofía de Descartes23. Cuestión de actualidad, de nuevo. El corredor pedalea tranquilamente a modo de calentamiento, apenas un poco más rápido que durante la primera sesión en ayunas, mientras Adèle plantea el tema:

«Las Méditations métaphysiques24 se presentan a menudo como un ejemplo del dualismo cartesiano. ‘Meditación’, ‘Metafísica’, todo ello sugiere que el cuerpo, la materia, lo palpable, está desterrado en beneficio de la mente. Y, sin embargo, la sexta meditación25, en contra de las cinco primeras, busca reflexionar sobre la pregunta de la unión entre alma y cuerpo, cuestión sobre la que aún hoy seguimos debatiendo. Para tratar este problema de la unión entre alma y cuerpo en Descartes tenemos a nuestro invitado, Charles de Saint-Taxière, profesor en la Universidad de la Sorbona-Nouvelle, profesor del Collège de France, miembro permanente del Instituto de Investigación para el Conocimiento, autor de Descartes, Res, Mens, Corpore et tutti quanti, publicado por Ediciones Pouf. Pero antes de empezar con nuestra charla escuchemos a Billie Holiday y su tema Body and soul».

El ciclista oye la voz suave de Billie Holiday. El día aguanta. Las sensaciones son buenas. El ciclista está bien, seducido por el programa. Casi ha olvidado que le espera una sesión particularmente difícil. La canción cesa, y la voz de Charles de Saint-Taxière lo despierta de su ensoñación para recordarle que debe mirar su velocímetro. Fin del calentamiento, tiene ante sí una larga subida, es la oportunidad de empezar el primer ejercicio: diez minutos justo debajo del umbral.

Al principio el ciclósofo aún se las arregla para seguir el razonamiento del profesor, quien explica que esa distinción que hace Descartes entre cuerpo y mente servirá para probar su unión, que la metafísica es, en realidad, solamente un desvío para el estudio de ciencias más concretas, más «temporales». Después, tras unos cinco minutos, el esfuerzo es más y más difícil de sostener. La intensidad es la misma pero la percepción sobre la dificultad aumenta a medida que el tiempo pasa y su cuerpo se cansa. Las explicaciones del ponente tornan menos claras. O quizá es la mente del ciclista la que se oscurece. Saint-Taxière hace ahora una distinción entre la imaginación y el concepto. Vamos, solo tres minutos más, todavía tres minutos más…

Pasamos a un extracto de las Méditations que quizá aclare esta distinción:

«Cuando imagino un triángulo, por ejemplo, no solo pienso en él como una figura compuesta y comprendida por tres líneas, sino que también pienso en estas tres líneas como presentes por la fuerza y reflexión interior de mi mente; y esto es lo que propiamente llamo imaginar. Si quiero pensar en un chiliágono puedo saber que es una figura compuesta por mil lados tan fácilmente como puedo saber que un triángulo es una figura compuesta de solo tres lados, pero no puedo imaginar los mil lados de un chiliágono como hago con los tres lados de un triángulo ni, por así decir, mirarlos como tal con los ojos de mi mente».

El ciclósofo, tan ciclósofo él, no comprendió nada. Mientras empieza a rodar cuesta abajo, la mirada al vacío, simplemente está satisfecho de haber terminado su serie. De todas formas, en cuanto la velocidad aumenta a causa de la pendiente el aire apenas lo deja escuchar nada.

Tras unos minutos para recuperar la lucidez, el ciclista, ahora rodando en llano, comienza a comprender de qué trata el asunto. «De hecho, ¿la distinción entre imaginación y diseño sería prueba de una realidad distinta a la de la mente?», se pregunta, con tono falsamente ingenuo, Adèle Van Reeth.

Como el ciclósofo no está familiarizado con la distinción tiene, obviamente, dificultades para entender el vínculo…Y cuando empieza a coger el hilo de la conversación se da cuenta de que los diez minutos de recuperación casi se han consumido, y es hora de empezar la siguiente serie. ¡Ocho minutos de treinta/treinta!

El principio de los treinta/treinta es simple: treinta segundos de esfuerzo a tope, treinta segundos de recuperación. Normalmente dura ocho minutos. Y tienes que hacerlo dos veces… Duro. Se hace aun más difícil cuando empieza de nuevo a llover. Y Charles de Saint-Taxière empieza a pegarse seriamente contra el sistema de nuestro ciclósofo.

Este tiene la impresión de que el profesor se burla de él diciendo, en tono elevado, que «aunque el dolor es algo espiritual, resulta, sin duda, la prueba de que tengo cuerpo». ¡Pues vaya cosa, eso no es cierto! El corredor, a quien el sufrimiento físico lo hace fácilmente irritable, se enfada mucho al escuchar esta frase inverosímil: «Así como pienso luego existo, siento que siento luego siento».

El ciclósofo siente, sobre todo, que la rabia crece en él. Pero, al menos, esa ira no es inútil: el corredor pone todo su enfado en los pedales, y eso lo ayuda a llevar a cabo su segmento.

Sin embargo, tiene cierta inseguridad sobre la segunda serie, sabe que ya empieza. Además, la lluvia y el viento van aumentando cada vez más, lo que no ayuda. Tan pronto como recupera, acompañado de un interludio musical (King of Pain, de Police) tiene que volver a empezar. Los primeros tres intervalos de treinta segundos, hechos en pie sobre la bicicleta, van bastante bien. Pero durante la recuperación de la tercera serie una sensación de agotamiento cae sobre él (y también cae, al mismo tiempo, una tormenta). Este es el momento escogido por Charles para hablar de los dos yo: «El yo es en realidad un yo de dos estados. En la parte superior está el yo del cogito, el yo de la duda (‘ese, ese soy yo ahora, durante la fase de recuperación, preguntándome si podré terminar el ejercicio’, se dice el ciclósofo); y luego está el verdadero yo (‘ya está, los treinta segundos de recuperación han terminado, tenemos que volver a ello’), el yo que siente, el yo que experimenta, el verdadero hombre».

Después de la cuarta serie el ciclista ya no oye la radio. O, más bien, la oye pero no la escucha. Están, por supuesto, el ruido de la fuerte lluvia y el viento furioso perturbando la audición. También el crujido de la bicicleta, de esta máquina infernal sobre dos ruedas que se retuerce bajo las pedaladas morosas del atleta.Y, por encima de todo, está la actividad física, el gasto, el esfuerzo tan intenso que te emborracha, hasta dejarte casi inconsciente.

El ciclósofo cree comprender que es cosa del alma, que sería como un piloto en su navio, guiando al cuerpo con la ayuda de un sencillo tablero de mandos. No tiene ningún sentido para él. Ha perdido toda capacidad de reflexión. No sabe quién defiende qué, quién hace preguntas, quién las responde. Escucha palabras sin ninguna conexión entre ellas. Ruido blanco, sonidos vacíos.

Esos ruidos acompañan al ciclista en su esfuerzo. Lo acunan, incluso cuando se retuerce como un diablo sobre su bici. Cuando termina la octava y última serie, alcanza un segundo estado: su visión es borrosa, los paisajes aparecen entre sombras, le hormiguea todo el cuerpo y tiene unas desagradables ganas de vomitar. La náusea, ya sabes.

Es cierto que se subió a la bici demasiado rápido después del desayuno. Reacción hipoglucémica, clásica. Error de aficionado. ¡Todo esto para escuchar un programa de radio que apenas puede oír y entiende aún menos! Todavía le resta un largo esprint, para «vaciar por completo el depósito». Que ya está más que vacío… Sobre el papel este esprint era el ejercicio más sencillo. Pero el ciclista se encuentra ahora en tal estado que incluso respirar le cuesta. Así que pedalea a todo lo que dé…

Sin embargo, él no es un corredor que se pare en mitad de un entrenamiento. Cuando su entrenador programa algo, él lo ejecuta, no importa cómo. Así que apura un gel y se concentra durante dos o tres minutos para acumular la mayor cantidad posible de energía para llevar a cabo un esprint casi digno. Percibe lejanamente que Adèle Van Reeth termina de leer un texto en el cual Descartes compara al hombre con un reloj. Esto le hace sonreír. El hambre26 trae risa fácil. Las carcajadas empiezan cuando escucha la palabra «hidrópico», de cuyo significado no tiene ni la más remota idea.

Y, mientras se ríe, comienza a esprintar por medio de los arroyos que se forman en la carretera. Presiona los pedales tan fuerte como puede, tan fuerte como llueve. Visto desde fuera el esprint parecería ridículo. Pero nuestro ciclósofo se siente extrañamente fuerte; se siente como una máquina a punto de explotar.Y, además, inclina tanto su pobre bicicleta que el MP3 empieza a bambolearse en el bolsillo del maillot. El botón que cambia la frecuencia se pulsa accidentalmente. Al ciclista no le queda más que un ruido crepitante, desagradable, en sus oídos. No importa, está bien. Las últimas palabras que escucha son: «… soy uno con mi cuerpo».

Está en completo éxtasis, el éxtasis del esfuerzo físico. Saborea ese momento de felicidad casi masoquista, pedaleando una hora más sin ver pasar el tiempo, a pesar de la tormenta que se desencadena. Durante esa hora su mente vaga, siempre acompañada por el ruido chisporreante que ni siquiera nota.

Mientras rueda, el ciclósofo se dice a sí mismo que no es fácil filosofar cuando te duele el cuerpo, cuando te arden los muslos y estás sin aliento. La razón calla cuando el hambre asalta o cuando la deshidratación amenaza (por cierto, recuerda que un hidrópico es alguien que tiene siempre sed, y eso le hace reír de nuevo). Ser capaz de escribir es un reto cuando hace frío. Mismamente leer es ya un esfuerzo cuando te pesa una fatiga extrema.

Aun pedaleando, el ciclista constata que sus pensamientos son débiles e irrisorios cuando pone frente a frente al cuerpo y sus imperativos naturales. ¿Es esto un problema? ¿Es necesario hacer esfuerzos para sofocar este engorroso asunto, que impediría que mi verdadero yo —el espíritu— salte de su envoltorio? «Soy uno con mi cuerpo», experimenta el atleta. O, más bien, experimenta que el hombre real es, ante todo, un cuerpo. Un cuerpo que, a su manera, piensa al mismo tiempo que actúa. Un cuerpo vivo.

Pero, ¿quién es este ciclósofo?

Incorporación

«El hombre despierto, el hombre sabio, dice:

‘Soy totalmente cuerpo, y nada más; el alma no es más

que una palabra para designar una cualidad del cuerpo’.

El cuerpo es una gran razón».

NIETZSCHE

El deportista posee dos formas distintas de inteligencia. En primer lugar una inteligencia que podemos llamar teórica, para el aspecto propiamente reflexivo. Esta designa todos los conocimientos necesarios para la adecuada práctica de su actividad: conocimiento de las reglas, análisis de sus oponentes, aprendizaje de las tácticas, etcétera.

Pero además tiene otro tipo de inteligencia, más etérea, pero ciertamente más importante: una inteligencia que podríamos denominar práctica. A diferencia de la teórica, esta última es en gran medida inconsciente. Es el talento instintivo que tiene el deportista para reaccionar ante una situación determinada. Si quisiésemos establecer un paralelismo con la filosofía, diríamos que la inteligencia práctica del deportista es la intuición del filósofo ante un problema, mientras que la inteligencia teórica es el conocimiento discursivo necesario para comprender los datos de este problema.

Ahora bien, entendamos que, así como un filósofo que ya no lee pierde gradualmente su fuerza de razonamiento, el competidor debe desarrollar continuamente los dos tipos de inteligencia que tiene a su disposición. Este es el papel que tiene el entrenamiento.

En cuanto a la inteligencia teórica, la cosa es bastante simple: solo tienes que aprender los cambios en las reglas, analizar a tu oponente y pensar en cómo detenerlo. Por lo general, entrenadores o directores de equipo se encargan de trabajar estos puntos para luego hacer una síntesis, por ejemplo, a través de una sesión de vídeo. Para incorporar esta nueva información, el atleta solo necesita de su mente.

Por otro lado, en lo que respecta a la inteligencia práctica, y aunque el entrenador siempre dé indicaciones, depende del cuerpo del atleta hacer el trabajo propiamente dicho. Se trata de repetir incansablemente los mismos gestos durante el entrenamiento para acercarse a un dominio que podríamos llamar divino, como sería la capacidad de reaccionar inmediatamente y siempre de forma adecuada sin importar la situación.

Dicho de otra forma, en el entrenamiento el deportista trabaja, literalmente, para incorporar algunos movimientos, con el fin de volverlos casi automáticos, instintivos. Veamos, por ejemplo, al nadador: si encadena un largo tras otro en la piscina no es, obviamente, para imitar al hámster, sino para convertirse en pez, para transformar el cuerpo humano en cuerpo acuático. De la misma manera, en la bici, una acumulación de horas sobre el sillín no solo tiene por objeto desarrollar las capacidades fisiológicas de base, sino que también sirve para mejorar la eficacia en el pedaleo, para hacer el gesto más fluido. En una palabra, para integrar el movimiento ciclista. Lo mismo ocurre con los ejercicios de kinestesia, muy en boga actualmente, los cuales también podemos entender dentro de este enfoque de incorporación: al trabajar el despertar senso-motor de músculos y articulaciones a través de, por ejemplo, juegos de equilibro, se busca, una vez más, desarrollar la actividad refleja del cuerpo, lo que puede ser muy útil en situaciones críticas, como una caída.

Contrariamente a lo que dijo Coluche, el deportista desarrolla una forma de inteligencia a través de su actividad. El humorista no es culpable, sin embargo, porque cierto es que esta inteligencia no resulta fácil de ver, ya que el entrenamiento tiene precisamente el propósito de enmascararla. Entrenar, incorporar un gesto particular, es querer hacer este gesto obvio, tan obvio que parezca natural, aunque es fruto de un trabajo diario y repetitivo a lo largo de años o incluso décadas.

Tan natural parece que hasta semeja algo animal, y frecuentemente suscita sarcasmo y burla por parte del espectador condescendiente. Este gesto deportivo es a veces, sin embargo, tan perfecto, tan puro, que la inteligencia utilizada para llevarlo a cabo en ocasiones resalta a los ojos del público. Son casos raros, excepcionales. La obra de los genios, de los campeones.

Estos se distinguen por su capacidad de sintetizar la esencia misma de su deporte. Mientras que la masa de los atletas, obreros del deporte, avanzan laboriosamente, los campeones (seres creativos) hacen todo sencillo, divinamente sencillo: Maradona driblando a todos los defensas; Bolt que parece trotar en la final de un cien metros de los Juegos Olímpicos; Anquetil acariciando los pedales en la cumbre de su esfuerzo…

Todos estos campeones aparecen tan tranquilos, tan relajados, que su deporte semeja sencillo, tanto que uno pensaría que solo el talento natural entra en juego aquí. Sin embargo, Anquetil ha recorrido muchos kilómetros detrás de una derny para lograr un pedaleo tan redondo, tan fluido. El joven Diego tuvo que acumular muchos malabarismos para convertirse en el Pibe de Oro. Y Bolt… ¿hubiera llegado a ser el «Rey» Usain si se hubiese quedado dormido sobre sus buenas cualidades innatas?

Hay toda una vida de trabajo detrás de cada campeón. El cuerpo perfecto de un atleta no es un don; se ha construido a lo largo de los años, mediante un entrenamiento metódico y reflexivo. Que no haya lugar para el equívoco: el espectador no admira a la Madre Naturaleza cuando se maravilla ante una actuación deportiva excepcional, sino que contempla la sabiduría práctica puesta en escena para lograr este resultado. Está deslumbrado por la inteligencia del cuerpo, de la que el campeón es expresión perfecta.

El deporte se transforma, entonces, en arte. La actividad física deviene actuación estética. ¿No se llama al boxeo «el noble arte»? Esta expresión no es incierta, a poco que sean campeones quienes se opongan sobre el ring. Dos boxeadores normales enfrentándose esforzadamente es una pelea, nada más. Por supuesto, detrás de este trabajo hay una inteligencia física. Pero precisamente ese trabajo es demasiado visible, los movimientos demasiado bruscos. La inteligencia no se manifiesta. Solo se observa la violencia bruta. Por otro lado, cuando Mohamed Ali y Joe Frazier se encuentran es un ballet. La violencia, al igual que el sufrimiento, no ha desaparecido, pero ambos son sublimados, glorificados. El espectador es arrastrado por la fuerza de los golpes, por la fluidez de los movimientos, por la inteligencia largamente trabajada de estos cuerpos mientras tratan de derribarse el uno al otro.

Que esto se entienda: hay genio artístico en los campeones. Hay un Da Vinci en Alí. Excepto que para Da Vinci, el arte es una «cosa mental», mientras que el genio de los atletas es sobre todo un hecho físico, ya que se basa en un sistema de autoeducación fisiológica.

Este es el problema: a los ojos del gran público, el deporte hoy en día no alcanza dignidad de arte, porque es una actividad material, básicamente material. Curas y filósofos nos han inculcado durante siglos que cuerpo y espíritu son dos entidades separadas, dos sustancias de naturaleza diferente, donde la una (el cuerpo) sería corruptible y malvada, mientras que la otra (el espíritu, o el alma) sería inmortal y superior. Y, aunque el advenimiento del deporte moderno haya traído consigo cierta revalorización del cuerpo, este sigue siendo considerado como una máquina ciertamente compleja, pero que no sería nada sin su piloto, el alma.

La división entre cuerpo y espíritu persiste, incluso en los estadios, donde los espectadores (espíritus puros, seres racionales) se consideran a menudo superiores a los deportistas, culpables por no ser nada más que cuerpos. Los campeones son, por supuesto, admirados, alabados, incluso idolatrados; pero si lo son, si pueden serlo sin dañar la autoestima del aficionado, es porque este, en definitiva, ve al deportista como un objeto en movimiento, como solo una cosa.

Competidores y espectadores no pertenecen, sin embargo, a categorías distintas de seres humanos. Cosificado demasiado a menudo, el deportista merece recuperar un estatus más honorable, el de un actor del deporte, el de un artista del cuerpo.

Escultor de su propia estatua

El día a día de un ciclista de alto nivel no está hecho solo de competiciones y entrenamientos. Seguir un modo de vida saludable (dieta, estiramientos, sueño, etcétera) es parte integral del trabajo, como lo es la gestión de las relaciones con los medios de comunicación y con el público.

En este último punto, Platón era, debemos decirlo, bastante inexperto. Tan pronto como se hizo pública su futura participación en el Tour, tuvo que afrontar nuevas responsabilidades. Antes de las carreras, allí donde en otro tiempo lo ignoraban, ahora se le pedían autógrafos. La gente lo aplaudía durante sus entrenamientos, incluso lo paraban para tomarse una foto con él. Se le llenaron de mensajes las redes sociales (buenos deseos, felicitaciones o incluso peticiones de ropa y recuerdos). Se escribieron poemas sobre su desafío27. De la noche a la mañana la forma en que lo mirábamos había cambiado. O, mejor dicho, habíamos empezado a mirarlo. El joven corredor griego se había convertido en alguien.

Platón quería complacer a todo el mundo, acceder a todas las peticiones, interactuar con sus fans (después de todo, ¿no era el diálogo lo más importante a sus ojos?). Pero había que tener cuidado para no invadir un período de recuperación o no sacrificar el entrenamiento. Platón hubo de acostumbrarse a todo este incipiente interés mediático y lo que implicaba. Tuvo que aprender a organizar sus días con ello en mente, acostumbrarse a tratar con las ideas más extravagantes. Leamos esta charla en la red social Morphaïbiblion, literalmente «Libro de la cara» (Facebook para los angloparlantes):

Plotino28, miércoles, 15 de marzo, 22 horas 38 minutos:

Platón,

Siento una gran admiración por tu evolución, que he seguido regularmente desde tu debut en el ciclismo, y más aún desde el anuncio de tu participación en el próximo Tour de Francia. ¡¡Qué alegría debe ser poder participar en un acontecimiento tan grande!! Especialmente cuando aún eres joven. Todavía tienes una larga y hermosa carrera por delante. Hoy gregario modélico, no tengo dudas de que pronto serás líder indiscutible y escribirás los mejores momentos del ciclismo griego :)

Sin embargo, lo que más me impresiona de ti no son tus excepcionales facultades físicas. Donde creo que te sales de lo común, donde eres realmente genial, es en tu habilidad para combinar vida intelectual y deporte en una alquimia perfecta. Has comprendido, sobre todo, que el cuerpo por sí mismo no es nada, una simple «tumba para el alma». Si eres tan fuerte (y Zeus sabe que lo eres) es porque tu cuerpo está, por así decirlo, perfectamente guiado por tu espíritu. Los bajos instintos corporales, las emociones y los sentimientos… todo esto solo tiene sentido a partir del momento en que la mente domina. Si las cosas están en el orden correcto, si se encuentra el equilibrio, entonces la mente no se verá perturbada, sino que será libre de atender a los pensamientos. ¡Cada uno en su prado, y al carnero tendrás bien guardado! ;)

Perdóname estos pobres ripios. Me inspiras demasiado… Incluso tanto que decidí seguir tu ejemplo y empezar a montar en bici yo mismo hace unas semanas, ¡mientras veía por la tele vuestra brillante actuación colectiva en el Tour de Omán! Compré mi primera bicicleta en cuanto pude, y desde entonces he «esculpido mi propia estatua» aquí en casa, en Egipto, para alcanzar un nivel que me permita acompañarte en las carreteras del Tour, allá por julio. ¿Qué piensas sobre una alianza greco-egipcia? «El equipo heleno tiene sus imitadores, un nuevo filósofo se les une»: ¡tienes que admitir que sería cosa digna de verse!

Es cierto que mi forma física es un poco penosa… Pero esto no es demasiado grave. ¡Lo importante es la cabeza! ¡Y en este punto tengo mucha fortaleza! (Perdón por esta nueva rima…) XD

Plotino, #ciclosofo, #fandePlatoche

Plotino, jueves, 16 de marzo, 23 horas 49 minutos:

Platón,

Siento molestarte de nuevo, pero me sorprende que no me hayas contestado todavía y temo que puedas haber malinterpretado mi expresión sobre lo de «esculpir mi propia estatua». Te aseguro que era únicamente una forma de hablar. En realidad sé que el cuerpo no es una obra de arte. El objetivo del deportista no debe ser transformarse físicamente a través del entrenamiento, como hacen por ejemplo esos estúpidos púgiles y esos otros culturistas.

La estatua es, por supuesto, el alma. Es el alma la que debe ser formada primero y principalmente. El esfuerzo físico es solo un medio para darle tranquilidad, para dejarla libre y que pueda volver paso a paso hacia lo que emana, la Inteligencia, que a su vez emana de la primera de las hipóstasis29, el Uno, es decir el Bien. Entrenarse, así, es empezar a purificar el alma, silenciando el cuerpo. Es finalmente el desprendimiento de su cuerpo, asignando a este una tarea precisa para que el alma pueda literalmente entrar en éxtasis, liberarse de su crisálida para ir en una procesión ascendente introspectiva a contemplar lo divino de donde proviene. Así «limpia, pulida», el alma aparecerá en su esencia cruda, en su virtud brillante y sin mácula.

Pero todo esto es evidente; y tú evidentemente lo entiendes a la perfección, puesto que lo he sacado de ti, y tú lo ejemplificas a cada instante.

Espero que encuentres tiempo para responderme cuando tengas un rato.

Kiss, <3

Plotino, #AutordelasEnéadas,

#simbolodelatransicionentreelmundoantiguoyelmundojudeocristiano

Platón, lunes 20 de marzo, 8 horas 18 minutos

Hola, Plotino,

Antes de nada, gracias por tus mensajes. Mis disculpas por no haberlos contestado antes. Mi agenda está muy cargada estos días…

Sin embargo, me tomé un rato para analizar tu concepción sobre el entrenamiento y debo decirte que… ¡no obtuve mucho de él! ¿Qué es todo esto del Uno, la hipóstasis, la purificación, el éxtasis y esas cosas? ¡Estás drogado, colega!

Dices que sigues mi ejemplo. ¡No olvides que en mi ciudad ideal la gimnasia es una parte integral para la educación de los jóvenes! Y que el cuerpo, aunque sea prisión, es una a través de la cual debemos pasar para llegar al universo de lo inteligible. Lo palpable contribuye a lo inteligible… Entrenar, por lo tanto, no es ordenar al cuerpo que se calle para liberar el alma; es liberar el cuerpo para que él nos oriente hacia las Formas inteligibles. ¿Captas el matiz? La estatua tiene tanto forma física como espiritual, y esa unión es la que esculpes mientras entrenas (algo que deberías hacer un poco más, si quieres mi consejo).

Bien, y hablando de entrenamiento debo dejarte, que tengo seis horas programadas para hoy.

Deportivamente,

Platón, #entendistetodomal

Plotino, lunes 20 de marzo, 8 horas 19 minutos

OK… gracias por la explicación…

De todas formas, ¿me podrías regalar uno de tus maillots?

Platón vio la respuesta a la vuelta de su entrenamiento de seis horas. Una pregunta lo asaltó: ¿no es más difícil hablar, comunicarse (incluso cuando la persona con la que hablas se presenta como un filósofo) que pedalear?

Un poco de historia

«¿Hay mayor gloria en esta vida

que la ganada con la destreza de brazos y piernas?».

HOMERO30

Para que la mente y el cuerpo no se opongan más, para que se restablezca un vínculo real entre espectadores y actores, para que, en definitiva, nuestras representaciones del deportista y del ser humano en general no estén tan fragmentadas, debemos hacer un pequeño salto atrás y tomar ejemplo de esos tiempos en los que el hombre era un todo, cuando cuerpo y espíritu no constituían sino la misma cosa. Un tiempo donde (citando a Nietzsche) estaba reconocido que «el cuerpo piensa».

Este tiempo fue el de los comienzos del deporte, la época de los primeros juegos en la Grecia antigua, tradición de competiciones que probablemente fue establecida el año 776 a. C. en Olimpia. Entonces se ponía de relieve la perfección física de los deportistas, mucho más que sus cualidades mentales. La desnudez de los competidores (el gumnos de gimnasia literalmente significa «desnudo»), las estatuas erigidas en honor de los vencedores, el ritual de la entrega de coronas hechas con olivos sagrados… todo esto demuestra la admiración por el cuerpo de los campeones, ascendidos a un rango casi divino. La plena materialidad del hombre fue afirmada, sin juicio de valor, sin depreciación frente al espíritu.

En aquel tiempo, el hombre ideal era el kalos kagathos, literalmente el hombre «bello y bueno». Dicho de otra forma, las cualidades físicas eran predicción de cualidades morales. Esto puede ser chocante para nosotros hoy, ya que hacemos distinción radical entre belleza exterior e interior, pero en la antigua Grecia la perfección estética señalaba agudeza intelectual. Como el hombre era uno, no podía ser diferente psicológica y físicamente. Para ser sabio, tenías que ser bello.

Un hombre rompió ese esquema: Sócrates. Era un gran sabio ¡pero también tenía fama de poseer una fealdad repulsiva! ¿Quizá por eso fue instigador de un pensamiento que separa lo sensible de lo inteligible, lo corpóreo de lo espiritual?

Aun así, las cosas cambiaron después de su muerte (a principios del siglo IV a. C.). Los juegos deportivos, degenerando cada vez más, fueron perdiendo todo su esplendor. El espíritu comenzó a separarse del cuerpo. El kalos kagathos dejó de ser, poco a poco, modelo ideal. Fue sustituido por el mens sana in corpore sano («una mente sana en un cuerpo sano»), máxima ya no helénica sino latina, que simboliza perfectamente esa transición llevada a cabo: mientras que para los griegos el cuerpo y la mente eran como dos caras de una misma moneda, en adelante ambos conceptos estarán separados, el cuerpo no será más que una envoltura que protege la única cosa que realmente importa: el espíritu.

Este movimiento vino a ampliarse con la aparición de las tres grandes religiones monoteístas que, cada una a su manera, establecieron jerarquía entre el cuerpo corruptible y el alma eterna (siempre, obviamente, en perjuicio del primero). Los juegos antiguos no podían ser tolerados por demasiado tiempo. Acusados de fomentar el paganismo, fueron definitivamente proscritos en el 393 d. C., tras el edicto del emperador cristiano Teodosio I, por encargo del obispo Ambrosio de Milán.

Siguió un largo período donde el fervor deportivo, aunque continúa presente (pensemos en juegos populares, torneos y justas de caballeros), estuvo siempre sujeto a las leyes represivas de la Iglesia. Así, en el siglo XII, durante el Concilio de Clermont, el Papa Inocencio II prohibió estas «detestables ferias […] llamadas vulgarmente torneos, a las que los caballeros tienen por costumbre acudir para exhibir su fuerza y su impetuosa temeridad, y donde a menudo concurren muertes para los hombres y peligros para las almas». Y añadía: «A los que mueran en estos torneos se les negará un entierro cristiano». El cuerpo es despreciado. Se decreta una verdadera escisión entre lo material y lo espiritual, ratificada un poco más tarde por Descartes, que distingue en el hombre dos sustancias: de un lado la sustancia pensante que define al hombre («pienso, luego existo»); de otro la sustancia corpórea, corrupta, cambiante, a la que solo estamos apegados provisionalmente.

Ligeramente contestada durante el Renacimiento, esta negación del cuerpo y la actividad física fue radicalmente revocada en el siglo XIX, cuando los protestantes ingleses tuvieron la idea de fomentar la práctica de deportes para luchar contra la depravación moral. Así ocurre con el canónigo Kingsley y sus «Cristianos musculosos», o también el pastor Thomas Arnold, que integró plenamente el deporte en el plan de estudios regular de una escuela privada a su cargo, sita en la célebre ciudad de Rugby.

El cuerpo había recuperado una cierta dignidad. Y se había abierto el camino hacia un verdadero renacimiento del deporte, camino que fue tomado por el famoso Barón Pierre de Coubertin cuando, inspirado por los juegos antiguos, creó los Juegos Olímpicos de la edad moderna, cuya primera edición tuvo lugar en 1896, en la ciudad de Atenas.

Бесплатный фрагмент закончился.

985,37 ₽

Жанры и теги

Возрастное ограничение:
0+
Объем:
201 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788412277654
Издатель:
Переводчик:
Редактор:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги