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28001 Madrid
© 2015, 2022, Mª Carmen Latorre
© 2015, 2022, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Tocando el cielo, n.º 2 - marzo 2022
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Fotolia.
I.S.B.N.: 978-84-1105-761-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Descubre los diferentes finales
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Capítulo 81
Capítulo 82
Capítulo 83
Capítulo 84
Capítulo 85
Capítulo 86
Capítulo 87
Capítulo 88
Capítulo 89
Capítulo 90
Capítulo 91
Capítulo 92
Capítulo 93
Capítulo 94
Capítulo 95
Capítulo 96
Capítulo 97
Capítulo 98
Capítulo 99
Capítulo 100
Capítulo 101
Capítulo 102
Capítulo 103
Capítulo 104
Capítulo 105
Capítulo 106
Capítulo 107
Capítulo 108
Capítulo 109
Capítulo 110
Capítulo 111
Capítulo 112
Capítulo 113
Capítulo 114
Capítulo 115
Capítulo 116
Capítulo 117
Capítulo 118
Capítulo 119
Capítulo 120
Capítulo 121
Capítulo 122
Capítulo 123
Capítulo 124
Capítulo 125
Capítulo 126
Capítulo 127
Capítulo 128
Capítulo 129
Capítulo 130
Capítulo 131
Capítulo 132
Capítulo 133
Capítulo 134
Capítulo 135
Capítulo 136
Capítulo 137
Capítulo 138
Capítulo 139
Capítulo 140
Capítulo 141
Capítulo 142
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Descubre los diferentes finales
El libro que vas a leer cuenta una historia que puede transformarse en muchas diferentes, en función de tus elecciones. En algunas páginas deberás tomar decisiones que marcarán el desarrollo del argumento y te llevarán a distintos tipos de conclusiones. Cada librojuego tiene su propia combinación de escenas y finales. En el caso de Tocando el cielo podrás optar a 7 finales distintos:
• El final favorito de la autora
• El final romántico
• Cuatro finales buenos
• Un final especial
¿Te atreves a encontrarlos todos? Tendrás que atreverte a probar cosas que hasta ahora no habías imaginado…
… ¿Y serás capaz de encontrar los contenidos secretos?
Tocando el cielo tiene cuatro escenas secretas y un final secreto, muy especial. Para encontrar estos contenidos deberás usar tu astucia… y prestar atención a los números.
1
Llego tarde, como siempre. Y esta vez, el tren que voy a coger rumbo a París, no va a esperarme. Por suerte, esta mañana me he decidido por un look cómodo: All Star negras, shorts tejanos ligeramente desgastados y camiseta blanca estampada, holgada y con escote generoso, que deja al descubierto mi hombro derecho. Un conjunto que dice a gritos «¡Hoy empiezo por fin mis vacaciones!» y que resulta perfecto para sobrellevar mi habitual impuntualidad.
Son las ocho menos diez de la tarde y tengo la sensación de que me he pasado el día corriendo arriba y abajo. Me quito las gafas de sol al entrar en la barcelonesa Estación de Francia, saco el billete que he impreso esta mañana en el trabajo y compruebo la hora de salida en la pantalla cerca de las vías. El tren ya está estacionado en la tres y amenaza haciendo sonidos metálicos con ponerse en marcha de un momento a otro. Apenas tengo cinco minutos para embarcar. Corro, arrastrando la maleta de mano más rápido de lo que sus pequeñas ruedas pueden procesar, mientras sujeto con la mano libre mi Canon EOS 5D. Dentro del enorme bolso que llevo cruzado, noto como dan vueltas mi kit de maquillaje de primeros auxilios, mi monedero y la acreditación a mi nombre, Alexandra Nell, como fotoperiodista de la revista juvenil Bambina.
Entro en el primer vagón, intentando coger algo de aire. El revisor me mira divertido. No sé qué le divierte tanto, si mi cara roja como un tomate, mi ropa sudada o mi falta de aliento. En cualquier caso se ríe más aún cuando le enseño mi billete y me advierte de que me he equivocado, que esa no es la clase turista, que tengo que ir hasta el último vagón. Y de que no puedo pasar por el interior del tren, porque el siguiente vagón, el Gran Clase, está cerrado. Que tendré que bajarme e ir por el andén. ¿Será posible? Sin duda este hombre me ha visto joven, en forma y me va a hacer sudar la camiseta. Sin tiempo para discutir, vuelvo al andén. ¡Me quedan solo un par de minutos! Me coloco las gafas de sol en la cabeza a modo de diadema, me recojo la larga melena rubia y rizada y me preparo para un esprín final. Pero enseguida aparecen más problemas: un grupo de adolescentes desatadas, con pancartas y fotografías, se amontona ruidosamente frente al siguiente vagón, el de Gran Clase. Empiezo a sudar aún más, ya no solo por el esfuerzo y el calor de julio, sino por el cabreo que me produce la idea de llegar a perder el tren por culpa de unas hormonas mal llevadas. Veo que entre ellas y el tren hay dos hombres vestidos de negro, altos y musculosos, con pinganillos en las orejas. No me hace falta recurrir a mi experiencia como fotoperiodista, (por otra parte, a mis veinticuatro aún un poco escasa, hace solo un par de años que acabé la carrera de periodismo y aún estoy formándome como fotógrafa), para darme cuenta de que son la seguridad de algún famosete. Me acerco un poco más al grupo y oigo como las chicas corean un nombre: «Triiiistáaan, Triiiistáaan.» Entre eso y las fotografías que llevan no hay lugar a dudas, se trata del cantante del momento: Tristán Lago. ¡Con lo que odio yo a los cantantes de moda de turno! Decido que ya pensaré en eso luego, ahora, ¡tengo que subirme a este tren y llegar al último vagón como sea! Pero, ¿cómo?
• Luchando contra las fans y recorriendo todo el andén en un último esfuerzo titánico. ¡Ánimo Álex, que tú puedes! (Ve a "2").
• Subiéndome otra vez al primer vagón e intentando llegar por dentro (ve a "3").
2
Cuanto más tiempo tardo en decidir qué hacer, menos tiempo tengo para hacerlo, así que armándome de valor busco un camino para pasar entre las fans histéricas que gritan como posesas. En cuanto me meto en el barullo comprendo lo desacertado de mi idea. Sufro por la cámara y la protejo como puedo de los empujones de tanta loca de remate. ¡Dejadme pasar, por favor!
Grito sin demasiado éxito, hasta que una de ellas se da cuenta de que estoy allí y se me pone en medio.
—¡Oye, tía, no te cueles! ¡Qué fuerte! ¡Ey, esta tía está intentando colarse!
Al momento, decenas de fans se agolpan en torno a mí y me siento más apretujada todavía. Me están inmovilizando en medio de una locura que amenaza con dejarme sin aliento del todo.
—¡Tengo que subir al tren, idiotas! ¡Soy una pasajera del tren!
Grito desesperada. Ellas por supuesto no me hacen ni caso, pero el jaleo alerta a uno de los seguratas que se acerca hasta donde estoy, justo antes de que me sienta desmayar por la falta de aire.
—Ayúdeme, soy pasajera del tren tengo que subir al tren…
Le digo con un hilo de voz, mostrándole mi billete. Él aparta a las chicas y subimos por la puerta de Gran Clase. Justo en ese momento, la locomotora se queja una última vez y el tren cierra sus puertas. El segurata me sienta en el suelo del vagón y me pregunta si estoy bien. Y yo solo puedo asentir con la cabeza antes de desmayarme.
Cuando recobro el sentido, estoy tumbada en una litera increíblemente cómoda. Pienso en lo genial que es la clase turista hasta que recuerdo lo ocurrido: me desmayé en el vagón de Gran Clase y cabe la posibilidad de que aún siga en él. Aún no es del todo de noche y pese a que no hay ninguna luz encendida puedo ver perfectamente el compartimento. En el suelo, frente a mí, están mi maleta, mi cámara y mi bolso… pero también hay una funda de guitarra, una maleta marrón enorme y un par de baúles negros, de esos que llevan los técnicos de sonido y los músicos. Tengo un escalofrío y me incorporo en la cama, aún mareada. Un hormigueo me recorre la sien, cierro los ojos esperando a que pase. Y entonces oigo gente hablando fuera del compartimento. Me levanto, cojo mis cosas y abro la puerta. En el pasillo hay una luz encendida y dos seguratas que se callan cuando salgo. Me miran de arriba abajo. ¿Qué le ha dado a todo el mundo por mirarme hoy así? Agacho la cabeza e intento pasar entre ellos.
—¿Ya te encuentras mejor? —me preguntan.
—Sí, gracias —digo sin levantar la vista.
—¿Quieres que te ayudemos con eso?
Niego con la cabeza y con un movimiento rápido tiro de mi maleta. Mala idea, al instante siento un calambre en el brazo que me recuerda que necesito azúcar con urgencia.
—No, gracias. Muchas gracias por todo. Quizás vaya a comer algo.
Asienten con la cabeza ante mi respuesta y, con la mejor sonrisa que puedo esbozar, paso entre ellos y me dirijo al bar.
Cuando planifiqué mis vacaciones en París, aparte de asistir al seminario de fotografía de retrato de Eolo Pérfido, no tuve en cuenta ningún extra como que comería algo en el tren, pero la salud es lo primero. Así que pienso en tomarme el mejor bocadillo de jamón que puedan venderme.
Paso por la clase preferente y el restaurante, donde están en pleno turno de cenas, y voy al bar. Son casi las nueve de la noche y solo hay una persona en la barra. Un hombre alto, atlético, de unos treinta y pocos, de pelo castaño, un poco largo. Está pensativo, tomando lo que parece una cerveza negra y escribiendo compulsivamente en una pequeña moleskine. Es el guapísimo y exitoso Tristán Lago.
Ni siquiera ha levantado la vista cuando he entrado, creo que ni se ha dado cuenta. En ese momento me suena el teléfono, es mi jefa. ¡Dios, qué pesada!, ahora mismo no tengo ganas de hablar con ella así que lo pongo en silencio y lo guardo en mi bolsillo. Me siento en el otro extremo de la barra y apoyo las manos sobre el mostrador. Miro de reojo a Tristán. Teniendo en cuenta que he estado desmayada en la que seguramente era su litera, ¿no debería decirle algo? ¿O quizás debería hacerme la tonta y esperar a que él levante la vista y me vea?
Mi teléfono vibra, tengo un mensaje de mi jefa: «Tristán Lago está en tu tren. Ya sabes lo que te toca.» Hago una mueca de disgusto, ¿no se supone que estoy de vacaciones? Además, ¿cómo se supone que voy a hacerlo? ¿Cómo voy a abordarle, sin más, y decirle que me conceda una entrevista y además una sesión de fotos? No me gustaría que pensara que soy una de esas periodistas pesadas, que no descansan nunca, que no respetan la intimidad de los famosos
Observo su perfil pensativo. Parece un tópico pero gana en persona. Esos pantalones tejanos ajustados, esa camiseta blanca con rayas azul marino que se pega tan bien a sus anchos hombros, las All Star desgastadas, parecidas a las mías incluso desde esta distancia noto que es increíblemente magnético y atractivo, y por una vez no me da ninguna vergüenza admitir que me encanta el ídolo del momento.
• ¿Por qué esperar? Iniciaré yo la conversación (ve a "6").
• No quiero molestarle. Esperaré a ver si se da cuenta de que le estoy repasando con la mirada (ve a "7").
3
No hay tiempo. Y no me importa lo que me haya dicho el revisor, es mi única oportunidad. La barrera de fans es, a todas luces, infranqueable y a mí ya no me quedan demasiadas fuerzas, así que decido emplearlas en driblar al revisor, cruzar el vagón de las butacas reclinables, el de Gran Clase, el de cafetería y restaurante y llegar por fin a mi vagón, la clase turista.
Cojo la maleta y me la cuelgo en la espalda por dos asas que tiene en la parte trasera, me cruzo la cámara por el pecho hacia la derecha, el bolso hacia la izquierda y observo al revisor por el interior del vagón. Tiene la cabeza agachada y mira no sé qué. Pienso en cómo hacerlo y finalmente decido que, como diría mi mejor amiga Daniela: la mejor manera de hacer algo que no deberías hacer es hacerlo de una vez.
Subo rápidamente los dos escalones justo en el momento en que se oye la señal acústica y las puertas se cierran y corro entre las butacas reclinables hasta la puerta del fondo, la que comunica con el siguiente vagón. No escucho al revisor cuando me ordena que me detenga e intento abrirla. Para mi sorpresa, enseguida cede y entro en el vagón de Gran Clase. Corro por el pasillo intentando no atascarme con la maleta, sin mirar atrás. Sé que el revisor aún me persigue porque le oigo gritarme que pare, pero estoy a punto de alcanzar la puerta del fondo y siento que gracias a la adrenalina de la carrera nadie puede pararme. Pero estoy equivocada, los gritos del revisor han hecho que uno de los seguratas que antes vi en el andén salga de uno de los compartimentos del tren y bloquee el pasillo. También asoma otra cabeza curiosa, que reconozco enseguida: Tristán Lago. ¡Realmente estaba en el tren! Me mira con sus ojos increíblemente azules, levantando mucho las cejas, como si no acabara de creerse lo que ve. ¿Qué pasa, es que nunca ha visto a una chica con pinta de haber corrido la maratón de Nueva York en un cuarto de hora? El segurata no se mueve del pasillo y sé que tengo que inventarme algo.
—¡Tristán Lago! ¡Aaaahhh!
Grito corriendo hacia él. Quiero simular que soy una de las fans locas que vi en el andén y ¿qué haría una fan en este caso? ¡Lanzarse a su cuello, está claro!, así que eso es lo que hago. Consigo rodear su cuello con mis brazos pero entonces una parte de mi plan se trunca: no contaba con la electricidad, la que recorre mi cuerpo cuando me roza la cintura y me mira fijamente a los ojos. Ahora entiendo por qué tanto revuelo, este hombre de poco más de treinta años, además de tener un cuerpo de escándalo, unos brazos fornidos y unos labios para comérselos, tiene algo magnético, algo que se nota con tan solo estar a su lado. Nuestro encuentro dura un segundo, quizás menos, pero una descarga me recorre de los pies a la cabeza. El segurata hace entonces su trabajo e intenta sujetarme por un brazo, apartarme de Tristán, y yo doy un paso atrás y hago una nueva finta con la que consigo superarle. Satisfecha de mí misma y de los casi diez años como delantera en el equipo de fútbol de mi barrio, dedico una sonrisa al revisor, al segurata y sobre todo a Tristán Lago que, por su mirada, aún está procesando lo que acaba de pasar, y entro en el siguiente vagón.
Más tranquila, y tras comprobar que no me siguen, cruzo la clase preferente, el restaurante y el bar y busco mi compartimento.
Con la certeza de que he batido el récord en recorrer el tren de una punta a la otra, me deshago de todo mi equipaje y me tomo un segundo para tumbarme en la cama. Parece que en el compartimento no hay nadie más que yo, así que me pongo cómoda e intento procesar esta última media hora de prisas y de emociones.
• Tengo una sed… Creo que voy a ir a la cafetería (ve a "4").
• Necesito, antes que nada, arreglarme. Voy a asearme un poco (ve a "5").
4
Aún con algo de miedo en el cuerpo, por si me encuentro con el revisor, cojo mi monedero y mi móvil y voy a la cafetería. Es casi la hora de la cena y se nota porque al entrar solo veo a una persona en la barra: Tristán Lago.
Un escalofrío me recorre la nuca y eriza mi vello rubio al recordar sus ojos claros en los míos. Cierro la puerta y justo cuando voy a sentarme en uno de los taburetes me suena el teléfono, ¡mierda, es mi jefa! ¿No se ha enterado aún de que estoy de vacaciones? Sé que es una pesada y que si no lo cojo ahora no parará hasta que pueda hablar conmigo, así que descuelgo sin dejar que suene demasiado.
—Alexandra, ¿estás en el tren nocturno?
—Pues sí, de camino a mis más que bien merecidas vacaciones.
Tristán, que hasta el momento parecía distraído anotando cosas en una moleskine de tapas oscuras, levanta la vista al oír mi voz. ¿Le habré molestado?
—¡Perfecto! Oye quiero que me averigües si en ese tren viaja también el cantante Tristán Lago, ¿sabes quién es?
—Sí y sí.
¡Por supuesto que está en el tren y por supuesto que sé quién es! Es el hombre que, con una sonrisilla en los labios, parece querer desnudarme ahora mismo con sus penetrantes ojos azules. Al pensarlo me pongo nerviosa y no puedo evitar enroscarme el pelo de la nuca entre los dedos, un gesto inconsciente que me delata por completo. ¿Cómo estaría él sin esos tejanos desgastados, que tan bien se adaptan a su trasero y esa camiseta blanca de rayas azul marino?
—¿Le has visto?
—Sí.
—Alexandra, tienes que conseguirme algo por favor, ¿crees que podrías sacarle alguna fotografía?
—Sí.
—Y si me consigues una entrevista te doblo las vacaciones.
—¿Solo eso?
—Está bien, y te pago las horas extras.
—No sé.
—Alexandra, no tientes a la suerte.
—Está bien, está bien. Veré qué puedo hacer teniendo en cuenta que estoy en mi tiempo de vacaciones.
—Vale, vale… En cuanto tengas algo me lo mandas. Lo estaré esperando. ¡Ciao!
Cuelgo el teléfono y por fin me siento frente a la barra. No me atrevo a mirarle, noto aún sus ojos clavados en mí. ¿Cómo se supone que tengo que conseguir una entrevista con él si ni siquiera puedo hablarle directamente? Quizás, ahora que vuelve a estar enfrascado en sus cosas…
• Está bien, iniciaré yo la conversación (ve a "6").
5
En el mismo compartimento de clase turista hay un pequeño lavamanos y decido asearme y peinarme un poco allí mismo. No tengo ganas de recorrer el tren buscando un baño completo, estoy cansada, así que me quito la camiseta, el sujetador y los tejanos, los guardo en la bolsa de la ropa sucia para el viaje que llevo en la maleta, y saco un vestido claro de algodón ligero que me hará las veces de camisón. Agacho la cabeza y calmo algo de mi sed en el chorrito de agua, después me mojo la cara, los brazos, los pechos… Saco gel y una pequeña esponja de viaje y me froto la piel con ella. Esto es lo que mi abuela materna llamaba lavarse como los gatos, y quizás sea la primera vez que lo hago en mi vida. Realmente no es tan malo como pensaba. El olor del gel, el frescor del agua cierro los ojos y lo primero que veo son los ojos de Tristán Lago, azules, profundos pienso en lo bien que le va el apellido. ¿Será el suyo de verdad? Mientras estoy refrescándome, casi desnuda de no ser por mis braguitas, alguien toca a la puerta del compartimento. ¿Será el revisor? Busco rápidamente mi toalla en la maleta y me cubro, me acerco a la puerta y apoyo el oído en ella.
—¿Quién es?
—Seguridad del tren, ¿puede abrir por favor?
—¿Puede esperar un momento?
—Abra la puerta o la abriremos nosotros.
Tanta rudeza me asusta. Pero por otra parte, si es la seguridad del tren, podría ser comprensible. Agarro aún más fuerte mi toalla y abro la puerta. ¿Seguridad del tren? Le reconozco, es uno de los seguratas de Tristán Lago. ¿Qué hace aquí?
—Señorita, la estaba buscando.
—¿Necesitan comprobar mi billete?
—Me han pedido que le entregue esto. Tenga.
Con una sonrisa me entrega un sobre blanco alargado, tamaño carta. La solapa no está pegada, solo metida dentro del mismo sobre, así que lo abro con facilidad. Dentro hay una foto de Tristán Lago en una clara pose seductora y firmada. «Con cariño, Tristán.» Observo cómo se refleja la luz en su superficie: ni siquiera está firmada a mano, ¡la firma forma parte de la imagen! Fotografías como esta son las que se regalan a las fans en las puertas de las firmas de discos. Hay millones iguales. ¿Eso ha creído que soy? ¿Una más de su masa de fans enloquecidas?
—Espere un momento, por favor —le pido al segurata.
Voy hasta mi maleta, busco uno de mis últimos juguetes, mi Polaroid Z2300 y un rotulador permanente de color negro. A la poca luz del atardecer me hago yo misma una fotografía intentando imitar su mueca de divo, espero a que se revele y escribo en letras mayúsculas: «¿Cariño? Eso es porque no me conoce. Álex.»
La meto dentro del sobre, junto a la fotografía que me ha enviado, lo cierro con saliva y se lo devuelvo al segurata.
—¿Puede entregárselo a su jefe?
—Descuide. Buenas noches.
—Buenas noches a usted también.
Satisfecha conmigo misma termino de secarme y busco algo de ropa interior que ponerme. Tristán Lago es sin duda alguien muy pagado de sí mismo, desagradable, creído, seguramente altivo Me pongo el vestido de algodón claro, me suelto el pelo, y justo cuando me estoy quitando las zapatillas vuelven a llamar a la puerta. No puedo evitar una sonrisa y abro enseguida. ¿Me habrá enviado una respuesta? Me quedo de piedra: el mismo Tristán está de pie en el pasillo, iluminado por el sol dorado del atardecer que le hace parecer un ángel, o más bien un demonio, y con mi fotografía en la mano. Supongo que se da cuenta del estado catatónico en el que estoy porque me dice:
—Una chica que me envía una fotografía suya, llevando solo una toalla y con este mensaje no he podido resistirme a conocerte. ¿Me dejas que te invite a cenar?
¡Oh, Dios! Y ahora, ¿qué hago?
• Está bien (ve a "10").
• Yo no ceno con engreídos (ve a "11").
6
—Perdona, ¿sabes si va a tardar mucho el camarero?
Madre mía, aún no me lo creo, ¡he conseguido hablarle mirándole directamente a los ojos!
—Pues no lo sé, la verdad —él despega los ojos de la libreta, me mira y sonríe—. Hace un momento estaba aquí.
Esa sonrisa pícara creo que me ha reconocido y está claro que ha decidido seguirme el juego. Mejor, me siento más cómoda haciendo como si esta fuera la primera vez que nos vemos, y como si él no fuera quién es.
—Gracias.
—No hay de qué.
Silencio incómodo. Qué nervios. No puedo mirarle, no puedo. Un olor que reconocería en cualquier parte me llega desde donde está Tristán, es Bleu de Chanel. No puede ser, ¡mi fragancia de hombre favorita!, ahora sí que sí, siento que me desarmo entera.
—Parece que necesitas hidratarte urgentemente. ¿Quieres mi cerveza? Yo me pediré otra.
Con un movimiento rápido desliza su cerveza hasta mi mano. Luego se inclina hacia el otro lado de la barra, agarra una copa, abre la nevera y coge una para él. La abre en el borde la barra, se la sirve y le da un trago. Me quedo de piedra, ni que estuviera en su propia casa… Me mira. Hay diversión en sus ojos. Le doy entonces un trago a la cerveza que me ha pasado y la escupo enseguida en la misma copa. Con cara de disgusto la deslizo para devolvérsela.
—Está caliente como un meado de caballo.
Parece sorprendido, pero su sonrisa es aún mayor. Y yo que pensaba que ya no podría estar más guapo, me equivocaba Pero soy yo la que se sorprende aún más cuando él recoge la copa y le da un trago. La sola idea de que pose sus labios donde yo he posado los míos, de que mi saliva entre en su boca, en su cuerpo mis dedos se enredan nerviosos en un fino bucle que nace de mi nuca.
—Tienes razón, perdona. Supongo que perdí la noción del tiempo y la cerveza se calentó.
Coge la moleskine que hay frente a él en la barra y se la guarda en el bolsillo trasero de sus tejanos.
—No pretendía darte a beber meado de caballo. ¿Qué te apetece?
—¿Vas a cogerlo tú del otro lado de la barra o vamos a esperar al camarero?
No sé si me ha oído, porque ya está otra vez con el cuerpo sobre la barra, cogiendo lo que se le antoja del otro lado. Me sirve con gran habilidad una cerveza como la suya, coge su copa y la mía y se me acerca. Siento que el corazón me late más fuerte, esto no me lo esperaba. Mi fingida seguridad en mí misma puede desmoronarse teniéndole tan cerca.
—¿Así está mejor?
Pruebo un trago y asiento con la cabeza. Él sonríe satisfecho.
—Me alegro. Soy Tristán Lago, compositor y cantante —dice tendiéndome la mano.
—Yo soy Álex —dudo un momento si decirle mi profesión y al final lo hago—, fotoperiodista.
—¿Fotoperiodista?
—De la revista Bambina.
—Vaya, encantado.
¡Oh, no!, ahora sí que me ha desarmado del todo. Me da la mano pero se me acerca y roza su mejilla contra la mía en dos castos besos que me provocan la taquicardia de mi vida. Su piel es suave y huele maravillosamente bien, seguramente todo lo contrario que yo, que me he pasado medio día corriendo. ¡Dios mío, qué vergüenza!
Tristán levanta la pierna para sentarse en el taburete que hay a mi lado y entonces se le cae la moleskine. Rápida, me agacho y la cojo. Mi instinto periodístico se dispara, ¿debería abrirla y cotillearla un poco, inocentemente, como quién no quiere la cosa? ¿O debería devolvérsela sin más?
• Aprovecho la ocasión. ¡Tengo curiosidad! (Ve a "8").
• Se la devuelvo. No quiero que piense que soy una fisgona (ve a "9").
7
—¿Ya estás mejor?
Habla sin levantar la vista de la pequeña libreta en la que parece anotar algo muy importante. Aunque no puede verme asiento con la cabeza; en cuanto caigo en ello respondo que sí con voz tímida.
—Bien. No me gustaría que se filtrara que he tenido a una joven atractiva desmayada en mi litera. Podrían pensar que me he aprovechado de ella…
Sonríe, quizás pensando en lo disparatado de la idea. ¿Joven atractiva? Noto cómo me pongo colorada por momentos. Me tiemblan las piernas cuando levanta la vista y me sonríe con una sonrisa a todas luces estudiada pero altamente efectiva. No puedo evitar corresponderle con una sonrisa típica de fan derretida. ¡Por favor Álex, compórtate!, me digo a mí misma, que no se dé cuenta de que puede ejercer su atractivo sobre ti como se le antoje. Pero ya es demasiado tarde.
—Quizás deberíamos presentarnos. Me llamo Tristán, aunque seguramente ya lo sabes, ¿no?
Vaya, está muy seguro de sí mismo. Reprimo las momentáneas ganas de fingir que no sé quién es y le respondo.
—Me llamo Álex. Alexandra. Encantada.
Le extiendo la mano y él la encaja con firmeza, más de la que esperaba.
—Encantado, Alexandra. Un nombre bonito.
Vuelve un momento a su libreta y lo apunta en la esquina inferior de una de las páginas. ¿Por qué lo habrá hecho?
—¿Qué haces?
Al momento me arrepiento de la pregunta, seguro que me ha hecho parecer una fisgona. Él me mira un poco sorprendido, luego mira la libreta, mi nombre escrito en ella.
—Estoy buscando inspiración. ¿Has escuchado Amanecer en tu cuerpo, Rabia contenida o Buscándote, de mi último disco?
Me ha pillado. Yo no escucho a Tristán Lago, su música no me interesa en absoluto. Es demasiado pop para mis gustos rockeros. Me pongo roja como un tomate y me acaricio la nuca en un gesto nervioso. ¿Qué le digo? ¿Perdona pero yo soy más de Kings of Leon?
—No importa, mira. —Vuelvo a respirar—. Esas canciones las escribí hace ya unos años, cuando aún no era famoso e iba cada día en tren a trabajar. Las compuse con una facilidad casi mágica. Así que cuando me siento a componer y no sale nada, siempre vuelvo al tren.
Vaya, tomo nota de esta revelación, una manía de estrella que seguro será del agrado de mi jefa.
—Perdona si te ha molestado que escribiera tu nombre en mi libreta de inspiración.
—No me ha molestado, solo me ha parecido un poco raro. Por eso te preguntaba, yo… no quiero parecer una fisgona…
—No te preocupes, no pasa nada. No es como si fueras una periodista y me hicieras una entrevista, ¿verdad?
¡Madre mía! Ahora sí que siento que no puedo respirar. ¿Por qué ha dicho eso? ¿Acaso lo sabe? ¿Sabe que trabajo para una revista? Me empieza a correr un sudor frío por todo el cuerpo. ¿Qué hago? ¿Le explico que soy fotoperiodista o me callo?
• Se lo digo, sinceridad ante todo (ve a "12").
• No se lo digo (ve a "13").
8
Así que esta libreta hace que pierda la noción del tiempo demasiado tentador tenerla entre las manos y no echarle una pequeña ojeada. Fingiendo inocente curiosidad tiro de la goma que mantiene cerradas la portada y la contraportada y la abro por donde descansa la cinta marca páginas de color morado.
Para mi sorpresa, Tristán no hace ademán de quitármela, al contrario, me mira con curiosidad. La libreta está llena de palabras garabateadas, de dibujos, de signos de tablatura es sin duda la libreta de un compositor. Vaya, y eso que decían que sólo era una cara bonita que ponía un poco de voz, un producto de su discográfica, alguien efímero como los había miles. Pienso en que esto es algo que podría interesarle a mi jefa si es que me decido a contárselo…
—Es mi libreta de inspiración.
—¿Estás intentando escribir tu nuevo éxito en el tren?
—Sí. Viajar en tren siempre me ha inspirado. He escrito muchas de mis canciones en el tren. ¿Te sorprende?
La verdad es que ni siquiera pensaba que alguien como él pudiera escribir sus propios éxitos, así que la sorpresa en mi rostro debe ser mayúscula. Pero está claro que no puedo decirle eso.
—No, la inspiración suele venir cuando menos te lo esperas.
Consigo salvar la situación con una frase hecha. Él sonríe y alarga la mano. Le devuelvo la libreta. La mira y la deja abierta sobre la barra.
—¿Podría cantarte algo y me dices qué te parece?
¿A mí? ¿Una rockera empedernida que no entiende nada de su tipo de música pop?
—Claro.
Contesto con una sonrisa y al segundo me regaño a mí misma, ¿qué estás haciendo? ¿Qué le dirás cuando te pregunte qué te ha parecido? ¿Cómo disimularás que no te ha gustado en absoluto, sin ofenderle? Cruzo las manos sobre mis rodillas y me siento aún más recta en el taburete. Estoy preparada.
Tristán cierra la mano en un puño y empieza a marcar un ritmo en la barra con los nudillos. Cierra los ojos, se concentra y en un momento entra en una especie de éxtasis. Me doy cuenta de que no puedo dejar de mirarle. Ese ritmo también se me está metiendo dentro, me palpita en el pecho, me llena los pulmones. De pronto un escalofrío: su voz, dulce y ronca, grave, vuela sobre la percusión directamente hasta mis vísceras.
No quise llevarte conmigo
Porque afuera el día era negro,
Preferí dejarte en nuestra cama
En el cielo azul de tus sueños.
Si no nos dejan ser lo que somos,
Si menosprecian nuestros deseos,
Seamos nosotros quienes decidamos
Seamos siempre nuestros propios dueños.
Tengo la carne de gallina. Su voz, su increíble voz me recorre entera. La siento debajo de mi piel, en todas las partes de mi cuerpo. Es sensual, masculina, y a la vez suena triste. Realmente me encanta oírle sin más acompañamiento que esos golpes en la barra. Solo puedo decir «guau».
—¿Te ha gustado?
Su pregunta me baja de la nube a la que me ha subido su voz. ¿Es que no se me debe de ver en la cara? Noto que no puedo dejar de sonreír.
—Bien, bien —dice satisfecho—. Creo que podría ir por aquí pero no sé ¿te gustaría ayudarme?
• ¡Por supuesto! Lo estoy deseando (ve a "14").
• ¿Yo? No tengo ni idea de música. Creo que paso (ve a "11").
9
—Toma.
—Gracias —dice, y vuelve a guardársela en el bolsillo trasero—. No sé qué haría si la perdiera.
¡Después de esa frase suya aún me muero más de curiosidad por saber qué hay en esa libreta! No puedo apartar la vista de ella. Se ha encendido mi olfato periodístico y va a ser difícil apagarlo. Se hace un silencio entre los dos. Noto la mirada de Tristán sobre mí.
—¿Crees en las casualidades?
Me dice de pronto. Le observo, además de atractivo, guapo, seductor, famoso, con talento y dinero, se ha mostrado conmigo desde el principio como una persona amigable, cercana, como si me conociera de toda la vida. ¿Por qué?
—No. Creo que no.
—Yo tampoco. Por eso creo que tú tienes mucho que ver con el contenido de la libreta que tanto miras. Porque no me estás mirando solo el culo ¿verdad?
Me pilló. Él sonríe triunfal y le da un trago a su cerveza. Me pongo roja como un tomate. ¿Yo tengo algo que ver con él? ¿Cómo?
Me giro y bebo de mi cerveza. Está amarga y tiene un punto final que recuerda al regaliz. Deliciosa.
—Toma. —Tristán me pasa la libreta—. Mírala.
Me muero por hacerlo y la impaciencia me puede, ¡casi se me cae de las manos! Dios mío, esto podría ser un material buenísimo para complementar una posible entrevista si pudiera hacerle una entrevista…
En la libreta, con una letra desordenada, hay escritos cientos de versos. También hay dibujos, fotografías grapadas, tickets de tren, de metro, entradas anotaciones horarias un batiburrillo de cosas.
—Es como mi diario, pero sobre todo es mi libreta de inspiración. Estoy en pleno proceso de composición de mi nuevo disco y creí que este viaje en tren me ayudaría. Pero estaba totalmente estancado hasta que irrumpiste de manera tan original. Hace un rato he escrito algunos versos, ¿quieres leerlos?
—¿De verdad? ¿Así que soy algo así como tu musa del tren?
Sonríe y pasa las páginas, me muestra una llena de garabatos incomprensibles.
—Algo así.
¡Vaya! Acaba de darme un subidón de autoestima. Sonrío y meto la nariz entre las hojas de la libreta. Hago ver que entiendo lo que pone. Para ser músico tiene letra de médico.
—He estado pensando también una melodía. ¿Te gustaría escucharla ahora?
—¡Claro!
—Aunque —Tristán mira por la ventana, parece que acaba de darse cuenta de que ya es noche cerrada—. ¿No es ya la hora de cenar? ¿No tienes hambre?
Antes de que me dé tiempo a responder se levanta y se dirige a la puerta del vagón restaurante. Oh, no, con esto no contaba. Yo quería un simple bocadillo, no tengo dinero para más. ¿Y el camarero? ¿Dónde diablos está cuando se le necesita?
—¿Vienes?
—Yo…
—No te preocupes. Yo invito.
¿Qué él invita? ¿Y yo quiero que me invite?
• ¡Por supuesto! Cenar con un hombre como él no pasa todos los días (ve a "10").
• No sé, pero algo me dice que no debería (ve a "11").
10
Sin duda me merezco una cena de primera clase para reponer las fuerzas del día. Además, como detalle casi sin importancia, está él: Tristán Lago. Uno de los hombres más deseados del país, sentado en la silla de enfrente.
—Está bien.
Paso delante de él y me sigue hasta el vagón restaurante. Cuando entramos, enseguida se nos acerca una camarera con la mejor de sus sonrisas. Nos lleva a una mesa para cuatro, en el fondo del vagón, junto a una ventana y nos pregunta por las bebidas.
—Yo tomaré agua, gracias.
Le digo sin mirar la carta.
—Tráiganos también una botella de vino.
La camarera lo anota, vuelve a sonreír y sale corriendo como si tuviera una escoba metida por el culo. Me dan ganas de preguntarle a Tristán si la gente siempre es tan solícita con sus deseos, pero eso quizás haría que la cena empezara con mal pie. Acepto la carta que me tiende y repaso los platos. Veamos, realmente no son nada del otro mundo: de primero a elegir entre tortilla francesa, ensalada con queso de cabra, salmorejo y cecina. Y de segundo, entrecot, solomillo, salmón o canelones. ¿Voy a cenar con Tristán Lago y me voy a comer una tortilla francesa y unos canelones? Una langosta con caviar y champagne sería más adecuado. En fin, cuando vuelve la camarera pido:
—Tortilla francesa y salmón, por favor.
—Lo mismo para mí.
Pide él. Miro por la ventana, intentando esquivar su mirada directa, penetrante. No sé por dónde debemos estar pasando ahora. Está todo muy oscuro, yo diría que estamos atravesando campo. Quién me iba a decir a mí que esta noche estaría esquivando miradas.
—Álex. —¿Por qué ha dicho así mi nombre, como si cada letra se hubiera deslizado sobre un trozo de terciopelo hasta llegar a mis oídos?—. ¿Qué vas a hacer en París?
—Voy a asistir a un seminario sobre fotografía de retrato, pero con una variante más artística. Aprovechando las vacaciones.
—¿Ah, sí? Algo en ti me decía que tenías un alma artística. ¿Los retratos son lo que más te gusta fotografiar?
—Sí.
Llega la camarera con las bebidas. Tristán abre el vino y nos sirve a ambos. Mi parte fotoperiodista intenta aprovechar el momento y tantear ahora la posibilidad de conseguir algunas fotos suyas. Sin duda mi jefa estaría muy contenta.
—Podrías dejarme que te hiciera alguno.
—No lo sé, no soy demasiado fotogénico. Pero quién sabe, quizás más tarde… favor por favor.
Llegan las tortillas, van acompañadas de ensalada y unos bollos de pan perfectamente tostados. ¿Favor por favor? ¿Qué ha querido decir con eso? ¿Qué clase de favor quiere que le haga? Bebo un largo sorbo de vino. Por suerte la iluminación es escasa en el vagón, solo una pequeña luz adosada a la pared, sobre la mesa, si no habría visto cómo me sonrojo solo de pensar en las posibilidades.
—Me inspiras, Álex. No sé, tu presencia, tu mirada, la forma en que tu pelo cae sobre tu frente Ahora mismo tengo una melodía danzándome en la cabeza. Ha empezado desde que nos hemos sentado y te he visto mirar por la ventana. Parecía que observabas algo que no estaba en este mundo. Y si no fuera porque quiero disfrutar de esta cena contigo, y conocerte mejor, me iría corriendo a mi compartimento, cogería la guitarra y no pararía hasta haber escrito la canción completa.
—Vaya cosas dices, sin duda eres un poeta.
—Un poeta que anda muy necesitado de una musa. Y que cree haberla encontrado.
La camarera retira los platos del primero y trae el segundo: salmón a la plancha con arroz y verduras. Pienso en si seré capaz de comérmelo después de lo que Tristán me acaba de decir a mí, una absoluta desconocida.
—Entonces…
—Entonces te propongo un trato.
—¿Qué tipo de trato?
—Ayúdame durante esta noche. Inspírame. Y a cambio, si es lo que quieres, me dejaré hacer las fotografías que se te antojen. ¿Te parece?
—¿Esta noche?
—Sí.
Estoy realmente cansada y lo que mi cuerpo me pide de verdad es tumbarme en la litera y bajarme del mundo hasta mañana. Pero por otra parte siento que es algo que no debo dejar escapar.
• No podría aunque quisiera, mi cuerpo está demasiado cansado (ve a "16").
• De acuerdo (ve a "17").
11
—Lo siento, pero estoy demasiado cansada.
Hay algo en todo esto que me supera y mi instinto me dice que salga corriendo. ¿A Tristán Lago le interesa algo de mí? ¿Por qué? Si lo pienso fríamente, creo que quiere que sea simplemente su «divertimento» esta noche. Un viaje de tantas horas puede hacerse pesado, si no tienes algo en lo que distraerte. Y yo no creo tener madera de bufón en absoluto.
—Como quieras, no voy a imponer mi compañía a nadie. Sin embargo, si cambias de opinión
—Creo que sabré dónde encontrarte
—¿Buenas noches, entonces?
—Buenas noches.
No puedo dejar de pensar en la cara, mezcla de incredulidad y decepción, cuando vuelvo al interior de mi compartimento mal iluminado y me tumbo en la litera. Estoy contenta conmigo misma por no haber cedido, por mantener mi autoestima intacta. Pero por alguna razón me siento triste. Además mi estómago no para de quejarse. La idea de haber aceptado cenar con él aunque sólo fuera para llenarme el estómago me ronda la mente. ¿Será ya tarde para cambiar de idea? Seguramente.
Miro la hora en mi iPhone: las nueve y cuarto. El comedor debe de estar a rebosar y Tristán debe tener una mesa reservada en él. Se me ocurre pasarme por el bar, quizás tenga suerte y pille a algún camarero que se apiade de mí y me haga un bocadillo.
Aun así me quedo un rato más estirada en la litera, los ojos cerrados, descansando. Cuando vuelvo a abrirlos miro la pantalla de mi iPhone de nuevo, las diez menos veinte. Tengo que darme prisa pero el cuerpo me pesa demasiado. Justo cuando creo que reúno las fuerzas necesarias para levantarme, tocan a la puerta.
¿Quién será ahora? ¿De verdad quiero saberlo?
• Abro la puerta (ve a "20").
• No abro. Quien quiera que sea, que se marche (ve a "21").
12
—Pues ahora que lo dices…
Tristán me mira y sonríe. ¿Lo sabe? ¿Cómo puede ser que lo sepa?
—Ahora tengo que confesar que el fisgón he sido yo. Antes, cuando estabas inconsciente, ha venido el revisor. Hemos tenido que buscar en tu bolso tu identificación, y he encontrado tu pase de prensa.
—No he subido al tren para espiarte ni nada de eso. No soy una paparazzi. Ha sido una simple casualidad…
—Álex, yo no creo en las casualidades. Estoy seguro de que este encuentro significa algo más. Llámame supersticioso o si quieres soñador, pero nos hemos encontrado de esta manera por alguna razón que se me escapa, y la verdad, quiero averiguarla esta misma noche. Eres un misterio, y me da igual que seas fotoperiodista ¿Qué te interesa a ti de mí? ¿Te gustaría tener una entrevista en exclusiva, una sesión de fotos? Bueno, quizás podría arreglarse…
¡Vaya!, esto no me lo esperaba en absoluto. Tristán alarga la mano y toma la mía. La suya es cálida, me acaricia los nudillos con la punta de los dedos. La mía está fría, sudorosa. Cierro el puño para que no lo note y él aparta su mano. ¡No!, no era eso lo que pretendía…
—Perdona si te he agobiado. A menudo peco de visceral, y aún más a menudo de sincero. Entiendo que esto que te acabo de decir puede no tener para ti ni pies ni cabeza. Pero supongo que es mi manera de entender la vida. Supone dejar la razón un poco de lado y simplemente dejarse llevar por los impulsos.
—¿Eso es lo que tú haces?
—Bueno, creo que me he ganado el derecho a poder hacerlo. Y sí, eso es lo que hago. Llámalo actitud de estrella si quieres, no me importa.
—¿Y entonces, qué dices que quieres de mí esta noche?
—Nada especial. Esto mismo. Que hablemos, que estés sentada a mi lado. Que hagas las cosas que tengas que hacer. Que me ayudes a inspirarme. Podría empezar invitándote a cenar. ¿Qué me dices? Y antes de que pienses nada raro no tiene nada que ver con una proposición sexual.
Sonrío nerviosa. ¡Claro que no!, pienso. ¿Cómo va a hacerme a mí una proposición indecente Tristán Lago? Sobre todo conociendo los rumores que corren sobre su vida sentimental. Ahora mismo podría estar con Esther Álvarez, morena, voluptuosa, ojos verdes y sensuales, la actriz de moda por su papel protagonista en la serie de mayor éxito de la televisión o Eva Ámbares, rubia platino, delgada, casi andrógina, cantante del grupo revelación de este año. Con este hombre nunca se sabe. Es tan enigmático como sorprendente, lo que me hace dudar ¿Debería aceptar su proposición “inspiracional” o hago bien si dudo de sus intenciones?
• ¡Cenar, mmm…, suena tan bien! (ve a "10").
• No acepto. No me siento cómoda con su ofrecimiento (ve a "11").
13
Río nerviosamente mientras me rasco la base del cuello. No pienso ni decir esta boca es mía. Si le dijera que soy fotoperiodista seguramente saldría corriendo y desconfiaría de mí. Aunque si se enterara de que lo soy sin que yo se lo haya dicho ocurriría exactamente lo mismo. Sopesadas las posibilidades, decido que lo mejor es poner punto en boca.
—Así que buscando inspiración —acierto a decir.
—Sí. ¿Te sorprende?
Sonrío tímidamente. En realidad no lo sé. No sé si creer lo que dicen, que él es solo una voz bonita y un cuerpo que por cierto está muy, pero que muy bien.
—Me gusta mucho componer, quizás más que cantar. Estar tranquilo, con mi libreta de notas y mi guitarra, pensando en mis cosas. Sacando lo que siento. Quizás soy una persona más introspectiva de lo que la gente cree ¿Y tú Álex, buscas algo en este tren?
Me quedo de piedra, incapaz de responder, ¿por qué me ha dicho eso?
—¿Yo?
—Seamos sinceros, ¿de acuerdo? Tuvimos que buscar tu DNI cuando vino el revisor y encontramos tu acreditación de la revista Bambina.
Me pongo roja como un tomate. Así que es eso, piensa que me envía la revista ¡pero si yo no sabía que él estaba en el tren, estoy de vacaciones! ¿Cómo podría hacer que me creyera?
—Es cierto, soy una fotoperiodista de la revista Bambina, que ahora mismo está de vacaciones. No quería decírtelo para que no pensaras precisamente lo que estás pensando sobre mí. No quiero decir con esto que no me gustara hacerte una entrevista, que sí, pero no es lo que pensaba cuando me subí en este tren. Te lo prometo.
Tristán me mira con una sonrisa llena de confianza en los labios. Luego suspira y sonríe ampliamente.
—No te preocupes tanto, en realidad no pasa nada. Estoy en medio de una promoción así que trabajo, quiera o no, veinticuatro horas al día. Durante las giras todo es de vértigo, no hay ni un momento para descansar
La manía típica de las estrellas de embobarse hablando de sí mismos parece que me ha salvado la papeleta esta vez. Le dejo que hable, que centre toda la atención en sí mismo y su trabajo. Por otra parte, me encanta escucharle y mirarle. ¿Cuántos años debe tener en realidad? Aparenta treinta y pocos, y creí leer en alguna parte que estaba en los treinta y tres o treinta y cuatro. A esta distancia a mí me parece increíblemente atractivo, tenga la edad que tenga. Me fijo mejor en su pelo, castaño, ondulado, salvaje. Se nota que hoy, al levantarse, ha decidido que no se esforzaría demasiado peinándolo y le queda genial. Me quedo absolutamente ensimismada con el hoyuelo que tiene en la barbilla y que antes no había notado. Y con esos labios carnosos que sonríen con tanta facilidad. Vamos, que estoy a un pelo de coger una pancarta y corear su nombre a lo fan histérica.
—Entonces, ¿qué me dices?
Su pregunta me devuelve a la tierra, ¿decir de qué? Tengo ganas de preguntar.
—Vamos ahora si quieres.
Se levanta y me coge de la mano, ¿pero adónde? ¡Esto me pasa por estar en las nubes! Soy incapaz de no seguirle cuando cruzamos el vagón restaurante hasta Gran Clase ¡Me está llevando a su compartimento! ¿Qué hago ahora?
• Que me lleve adonde quiera, que yo le sigo (ve a "14").
• Oye Tristán, esto ¿y si vamos a cenar primero? (ve a "10").
14
—Ven.
Me abre la puerta de Gran Clase y siento un escalofrío ante la certeza de que vamos a su compartimento. Al entrar en el vagón ya no hay nadie en el pasillo y solo las luces redondas del techo lo iluminan pobremente. Abre la puerta de su compartimento con una tarjeta que saca de su bolsillo trasero y me deja pasar primero. Enciende las luces y me fijo en las literas con colchas azules en la pared izquierda. En la de arriba hay varias maletas pequeñas y algunas bolsas típicas para proteger trajes. Seguramente la ropa que hay en el interior vale más de lo que yo ganaría en años. A los pies de la de abajo, descansa una vieja guitarra española. Me quedo de pie esperando a que Tristán entre. Tengo una sensación extraña, ¿debería estar más nerviosa? La situación es realmente increíble, estoy en el compartimento de un hombre con el que sueñan millones de adolescentes y mujeres. A solas con él. Yo, ¡una simple chica del montón! Sin embargo, no sé por qué tengo un punto de confianza en mí misma que me ayuda a permanecer entera. Quizás tenga que ver con que no acabo de creerme lo que está pasando, con que sienta que es en realidad un sueño. Y en un sueño todo vale, ¿no?
Tristán deja la puerta abierta, coge la guitarra, las almohadas de las dos literas, y las coloca en el suelo, cerca de la pared. Se sienta sobre una de ellas y afina las cuerdas. Acerca el oído a los trastes y las toca tres veces cada una. Después de hacerlo ajusta las clavijas de un par de ellas, vuelve a tocarlas y entonces se arranca con una melodía. De pronto, levanta la cabeza de la guitarra y me mira.
—Perdona. No hay mucho espacio pero siéntate donde prefieras.
Opto por la litera. Si me sentara en los cojines le tendría demasiado cerca. Una vez lo he hecho, vuelve a tocar la melodía.
—¿Te gusta?
Asiento con la cabeza. Es la verdad. Es una melodía oscura. Cierro los ojos y me evoca tantas cosas, noches de luna llena, bosques desiertos, frío, amaneceres, lluvia…
—¿De quién es?
La pregunta me sale casi sin pensarla.
—Es mío —me contesta en un suspiro—. No te lo parece, ¿verdad?
Tristán sigue tocando, ensimismado en su guitarra. Está totalmente en su elemento y parece realmente el hombre más feliz del universo. Saco con disimulo el iPhone de mi bolsillo, la iluminación en el compartimento es escasa y el flash amenaza con dispararse, pero consigo desactivarlo a tiempo. Saco todas las que puedo mientras no se da cuenta, pese a que no sé cómo quedarán de movidas u oscuras. Es la única manera de captarle de manera natural, que es lo que realmente me interesa.
—Me encantaría poder tocar esto en el concierto que voy a dar en París. Pero conozco a cierto productor al que no le gustaría un pelo. Todo lo que hago pasa por su filtro, y lo que llega a la gente al final es una mezcla de lo que yo compuse y la adaptación pop que él hace de ello.
La melodía cambia, sus dedos presionan con mayor fuerza el mástil y son más rápidos. Cierra los ojos con fuerza y sigue el ritmo con un ligero movimiento de cabeza.
—Creo que los productores no siempre tienen razón. Porque algo tenga éxito no significa que, si haces algo diferente, no pueda tenerlo por igual. Esta música tiene tanto sentimiento esto llegaría a tus fans, estoy segura. Igual o mejor que lo que están acostumbradas a escuchar de ti.
Tristán deja de tocar, abre los ojos y me mira con una sonrisa.
—Gracias, eso mismo pienso yo. Dime, ¿qué te parece esto?
Sus yemas vuelven a pulsar las cuerdas. Cierro los ojos y me relajo, disfruto del momento, sin cuestionarme nada más. Me apoyo en la pared, en la cabecera de la cama y dejo que la música me inunde.
—Me recuerda al ruido de la lluvia sobre el mar. El repiqueteo rítmico de las gotas sobre la arena. Quizás más fuerte pero…
—¿Así? —pregunta, y noto que ha variado el ritmo.
—Sí, justamente así. Suena melancólico.
Tristán vuelve a variar la melodía, introduce algunas notas agudas que la hacen más alegre, sonrío.
—¿Qué más? —quiere saber.
—Veo nubes grises atravesadas por rayos de sol. Luciérnagas muchas luciérnagas revoloteando por todas partes…
El ritmo varía de nuevo hacia la percusión, hacia un ritmo que roza lo flamenco, que acaricia sus raíces.
—Y alguien que baila sobre la arena… Soy yo la que baila…
—¿Hay un arco iris?
Sí, lo veo claramente, en mi visión, en mi sueño inducido por su música, también hay un arco iris.
—Sí, uno precioso, ¿cómo lo sabías?
¡Qué tontería! Pienso después de preguntarlo, lo sabe porque es él quien está pintando ese arco iris en mi sueño.
—No puedo resistirme —continúo narrando—, tengo que entrar en el agua. Me acerco hasta la orilla y meto los pies. Está caliente de sol y me hace cosquillas.
Tristán aumenta la velocidad de las notas y toca las cuerdas con más fuerza, el volumen de la melodía crece y yo me meto en el agua hasta la cintura. El placer que noto en mi piel parece real: el vello de punta, la respiración acelerada Estoy tan a gusto en la litera que ya casi no siento el peso de mi cuerpo y temo dormirme.
—Voy a meterme del todo —anuncio.
—Hazlo.
Le oigo decir sobre la melodía. Entro más y más hasta que el agua me llega al cuello y entonces sumerjo mi cabeza. Floto en la frescura del mar que me abraza por completo.
—No saldría nunca.
—Pero necesitas respirar.
La guitarra dibuja un suave silbido, como una brisa. De pronto ya no estoy en el agua, vuelvo a estar en la arena, secándome al viento. Noto la calidez del atardecer en mi piel y un requiebro de guitarra me muestra un sol naranja y brillante.
—Hay un sol de atardecer precioso que me seca la piel.
Entonces las notas se vuelven más oscuras, más suaves, más sensuales, el volumen más bajo
—¿Y yo? ¿Estoy yo ahí contigo?
Por supuesto, quiero contestarle, porque le veo a mi lado, en la arena, descalzo, tomándome por la cintura y acercando sus labios a los míos. Su respiración en mi respiración, mis brazos en su cuello… pero ya no puedo hacerlo, el cansancio me puede y al fin me duermo en un atardecer de verano junto al mar.
• Ve a "26".
15
Al entrar en el vagón restaurante la luz me ciega un momento. No hay casi nadie, todas las cortinas están recogidas y un frescor húmedo inunda el aire. Después de todo, no he dormido demasiado bien y mis ojos son los que más se resienten. Segundos después, cuando ya se han acostumbrado a la luz del día, descubren a Tristán en el fondo del vagón tomando café.
—Buenos días, ¿has dormido bien? —me pregunta cuando me acerco hasta él.
—Sí, gracias —miento.
—Siéntate, por favor. Toma.
Me siento frente a él y acepto la carta de desayuno que me pasa. Hay tres tipos de menú a elegir: el desayuno cinco estrellas, el desayuno exprés y el desayuno saludable. Por lo que hay sobre la mesa puedo deducir que el suyo es de los saludables: fruta, tostada con aceite de oliva y tomate, cereales con yogur y café. ¿Si yo me pidiera el cinco estrellas, que además incluye una tortilla francesa, pensaría que soy una gorrona? Y en realidad, ¿qué me importa? Él me ha invitado y además puede permitírselo. Así que, cuando la camarera me pregunta, le pido un cinco estrellas y me quedo tan ancha.
—Me alegra mucho que hayas decidido desayunar conmigo. Esta mañana irradias luz como una pequeña luciérnaga.
Un cosquilleo me remueve por dentro. Le miro a los ojos, agradeciéndole su comentario, lleno de sensibilidad.
—Gracias.
Sonrío tímidamente y miro por la ventana. El cobijo de la noche me hacía más valiente, a la luz del día me siento pequeña e indefensa frente a él. Noto la mirada de Tristán sobre mí, repasando mi rostro como si me viera por primera vez después de lo que acabo de decirle. Estamos en silencio hasta que me traen el desayuno y ataco sin pudor la tortilla.
—Ahora que me fijo ¿de qué color son tus ojos?
Me pregunta. Le miro directamente para que pueda comprobarlo él mismo.
—Miel.
Asiento con la cabeza sin dejar de masticar. Él sonríe y yo, quizás recuperando algo de confianza, le guiño el ojo derecho.
—No voy a tener tiempo de disfrutar demasiado de París. En cuanto llegue el tren, en aproximadamente un cuarto de hora, me llevarán directamente de la estación al hotel Le Bristol, cerca de la avenida des Champs-Élysées, donde tengo una primera ronda de entrevistas con los medios franceses. Tendré libre un rato antes de comer, entre la una y las dos más o menos —hace hincapié en esta última frase y agudizo el oído—. Después de comer, por la tarde, estoy de promoción tocando en FNAC de Champs-Élysées alguna de mis canciones, firmando discos, etc., y cuando acabe, a eso de las ocho según el planning, volveré al hotel para prepararme para el concierto de esta noche. A las nueve y media saldré del hotel. Ni tiempo para respirar.
—¿Un rato libre entre la una y las dos?
—Sí. Aunque tengo una propuesta para llenar ese hueco, que no sé si debería aceptar.
—¿Cuál?
—Una joven y enigmática fotoperiodista de la revista Bambina quiere hacerme una entrevista y unas fotografías para la edición española. No la teníamos en cuenta en nuestro planning, pero creo que podremos hacerle un hueco.
Dejo de masticar y le observo sin poder decir ni mu. ¿Por qué hace todo esto? Me desconcierta pero a la vez es una gran oportunidad para una novata como yo, ¡y lo que se va a alegrar mi jefa cuando se lo cuente!
Tristán se acaba el café y hace un gesto con la mano, enseguida uno de los seguratas que van con él se acerca desde el fondo del vagón y le pregunta:
—¿Lo vamos preparando todo?
—Sí, gracias. Ahora voy.
El segurata pasa por mi lado dirección a Gran Clase y Tristán deja la servilleta, que descansaba sobre sus piernas, encima del plato vacío. Se frota las manos, como para desprenderse de algunas migas de pan y me mira.
—Tengo que irme. Yo salgo como los ladrones, por la puerta de atrás.
Sonrío. Es cierto que es un ladrón, un ladrón de corazones. En un gesto del todo caballeroso, coge mi mano y la besa. Me recorre un cálido escalofrío.
—Nos vemos.
—Nos vemos —le respondo—. Al fin se levanta y pasa por mi lado para seguir al segurata. Cuando lo hace me giro para mirarle. Él se detiene y aparta un mechón de flequillo que cae sobre mis ojos. Me mira fijamente y doy gracias por estar sentada y no poder caerme ante la fuerza de esa mirada. Incluso cuando ya se ha ido sigo sin poder quitármela de la cabeza: azul y seductora, profunda como el océano.
No hay duda, la idea de mis vacaciones y el seminario al que voy a asistir en París ya no son tan excitantes, al menos no tanto como la perspectiva de seguir sus pasos por la ciudad.
¡Maldito cantante de moda!
• Ve a "30".
16
—¿Siempre eres así de impulsivo? —río nerviosa y me hago un nudo con las manos. Estoy agotada y no creo que aguante mucho más en pie. Los ojos ya han empezado a dolerme y tengo la piel de gallina. Ahora sí, mi cuerpo me pide una almohada y una manta.
—Siempre —contesta lleno de confianza en sí mismo.
Me froto los ojos y reprimo un bostezo. Lucho contra mi propio cuerpo, ahora no es momento para esto.
—¿Qué me dices? —insiste.
—Pues no sé…
Pestañeo, pero mis párpados se detienen un par de segundos, los justos para que Tristán se dé cuenta de lo que me ocurre.
—Parece que realmente has tenido un día duro.
Nos quedamos en silencio. La propuesta de Tristán es la mejor oportunidad que voy a tener para llevarle algo a mi jefa, pero hay un límite que no voy a traspasar y es el de mi propia salud.
—No te preocupes, no eres la primera que me dice que no a alguna de mis locuras.
¿Y ese tono de decepción que noto en su voz? ¿Por qué me entristece escuchárselo? Como si le estuviera defraudando y realmente me disgustara hacerlo. Por otra parte, es un hombre atractivo y con éxito que seguramente está acostumbrado a que todo el mundo haga lo que él quiere que le digan que no por una vez tampoco le va mal.
Será mejor que me vaya. Voy hacia la puerta y cuando estoy frente a él Tristán me coge del brazo deteniéndome. Al contacto con su piel noto como si mi corazón también fuera a hacerlo.
—¿Quieres desayunar mañana conmigo?
—De acuerdo.
Consigo decir, pero aún no estoy segura ni yo misma. ¿Debería seguirle el juego hasta el último momento, o retirarme antes de que no pueda quitármelo de la cabeza en, como mínimo, los próximos seis meses?
Tristán suelta ligeramente mi brazo y deja resbalar su mano hasta mi muñeca. Apoya con delicadeza sus dedos en torno a ella y se la lleva a los labios. Me besa en la parte interior, mirándome directamente a los ojos.
—Entonces buenas noches, Álex. Hasta mañana.
Sonrío, es lo único que puedo hacer en ese momento. Mi cuerpo pertenece al cansancio y mis pensamientos me guste o no estarán con él toda la noche. Así de poderoso es este hombre.
Cuando estoy en el siguiente vagón, en un gesto casi mecánico saco mi iPhone, me pongo los cascos y le doy al play a la lista de reproducción que había estado escuchando esta mañana: Romantic. Amy Winehouse me advierte, love is a losing game… y yo le doy la razón completamente.
• Ve a "29".
17
Vaya pasar una noche con Tristán Lago ¡No en sentido sexual, ninguno de los dos está pensando en eso! porque yo no estoy imaginando esos labios suyos, carnosos, recorriendo mi cuello ni esas manos suyas de dedos estilizados hundiéndose en mi pelo yo no lo estoy haciendo y por supuesto él tampoco…
—Está bien, me parece un buen trato.
—Perfecto. Entonces cuando acabemos de cenar ve a buscar tu cámara, yo te espero en mi compartimento.
En su compartimento. Respiro hondo y sonrío, intento esconder una emoción que se concentra cerca de mi vientre.
Ante la promesa de lo que viene después acabo rápidamente el salmón y paso del postre. Siento que si tardo más en levantarme de esa mesa y, sobre todo, que si bebo un poco más de ese vino no voy a poder mantenerme en pie toda la noche. Me despido con un hasta luego y voy a mi compartimento. Siento una mezcla de muchísimo sueño y excitación por lo que está a punto de suceder. Quién sabe si en un futuro mis fotografías se conviertan en míticas, como las que le hizo Gloria Stavers a Jim Morrison. Mientras me cuelgo la Canon al cuello y reviso mi móvil pienso en lo friki que puedo llegar a ser. Ya ha pasado la medianoche y el tren está sumido en un silencio espeso. ¿Dejarán que Tristán se ponga a tocar la guitarra a estas horas? ¿No les molestará a los demás pasajeros de su vagón? Caigo entonces en la cuenta, seguramente tiene para él toda la Gran Clase.
Me tiemblan las rodillas. Me siento un momento en la litera, intentando reunir fuerzas para enfrentarme a una noche excitante como no la he tenido en mi vida. Pero el cansancio del día empieza a hacer mella y la tentación de cerrar los ojos un momento se apodera de mí…
• Supongo que puede esperar un poco. Me estiraré un rato (ve a "18").
• Tengo que aprovechar cada segundo que pueda con él (ve a "19").
18
Decido estirarme un cuarto de hora para hacer lo que una compañera de trabajo llama «pequeña siesta cosmética», es decir, cerrar los ojos el tiempo justo para eliminar la cara de cansancio. Programo la alarma y cierro los ojos. Oyendo el traqueteo del tren sobre la vía me duermo en menos de lo que canta un gallo. Y entonces sueño o acaso imagino, que estoy en un frío bosque de árboles desnudos. El cielo es totalmente blanco y las hojas, de un rojo encendido, lo alfombran todo aún más allá de la vista. Yo estoy maravillada con tanta belleza y saco fotografías de todo. Reina la calma, ni una ráfaga de viento, ni una nube. Solo una melodía sobre el aire, un punteo de guitarra. Busco su procedencia y a través del visor de la cámara encuentro a Tristán. Le espío. Está sentado en el suelo, descalzo, con los ojos cerrados y abrazado a una guitarra de cristal. A través de ella puedo ver su corazón brillando en el interior de su pecho, desprendiendo un calor y una luz que son las que hacen vibrar las cuerdas. A su alrededor cientos de luciérnagas levantan el vuelo. Me quedo extasiada mirándolo. Siento que podría estar así toda la vida. Pero cuando mejor me siento la melodía se detiene, Tristán abre los ojos y me grita: «¡Despierta!»
Su voz se convierte en la alarma del iPhone y siendo consciente de que me he dormido ruedo hacia el lado y bajo de la litera.
Cojo mis cámaras, la Canon y la Polaroid, me las cuelgo del cuello y salgo de mi compartimento. Al abrir la puerta del bar en mi camino hacia Gran Clase encuentro a Tristán sentado en la barra. Está fumando un cigarrillo finísimo de papel marrón que huele a caramelo. Me mira y levanta las cejas como si no me esperara.
—Lo siento, me he dormido —me disculpo.
—Ya lo veo —ríe mirándome de arriba abajo. Tomo nota mental: la «siesta cosmética» es un mito.
—Creo que este bar es mi sitio favorito en el tren. A estas horas debería estar cerrado, pero le he pedido al camarero que me deje la llave.
—Ya veo.
—¿Quieres tomar algo? El tren nocturno invita.
Asiento con la cabeza y ocupo el taburete contiguo al suyo. Estoy a punto de pisar una funda rígida de guitarra que hay en el suelo, ligeramente apoyada en la barra.
—Lo siento.
—Oye, no me dejes sin instrumento.
Por un momento creo que eso ha ido con segundas y me pongo como un tomate. ¡Céntrate, Álex, por Dios!, me digo a mí misma, que no se te note que te pone nerviosa…
Tristán ha dado la vuelta a la barra y está frente a la máquina de café. ¿También sabe hacer cafés? Este hombre es una caja de sorpresas.
Me fijo en la funda de la guitarra, parece vieja pero está bien cuidada. No puedo evitar recordar la guitarra de mi sueño, al fondo de la cual había un corazón palpitante, apasionado, luminoso. Si dañara esa guitarra seguramente ni todo mi dinero de un año compensaría la pérdida.
El olor del café frente a mí me saca de mis pensamientos.
—Bien cargado, que lo necesitas.
Se lo agradezco y hago ademán de quitarme las cámaras de encima pero me detengo, ¿no era en su compartimento donde quería hacer la sesión de fotos?
—¿Vamos a quedarnos en el bar?
—Bueno —se encoge de hombros, sigue en el otro lado de la barra, ahora se hace un café para él—, como prefieras. ¿Dónde te gustaría que pasáramos la noche?
• Aquí está bien (ve a "25").
• Me gustaría ir a su compartimento (ve a "14").
19
Me cargo rápidamente el equipo a los hombros, cojo la tarjeta-llave del compartimento y el iPhone y con paso ligero pero decidido atravieso el tren hasta Gran Clase. No recuerdo bien cuál es su puerta, pero la presencia de uno de los seguratas frente a ella me da una pista. Me acerco y le sonrío, él se aparta y me deja pasar. Como pensaba, está al tanto de todo. Cuando entro en el compartimento de Tristán me parece que no hay nadie, pero entonces oigo el ruido del agua en la ducha. Es cierto, los compartimentos de Gran Clase tiene ducha privada… de pronto aparece un demoniejo sobre mi hombro izquierdo que me susurra que abra la puerta del baño.
—No se dará cuenta —me dice— y aprovechando que tienes aquí tu cámara podrás hacer unas fotografías que valdrán mucho más que su peso en oro.
Acto seguido aparece un angelote sobre mi hombro derecho arrugando el entrecejo.
—¡Ni se te ocurra hacer eso!, no puedes violar así su intimidad.
—¿Intimidad? El segurata de la puerta le ha dejado pasar, tiene permiso para entrar en su intimidad —argumenta el demoniejo.
Me pone nerviosa solo pensar que una simple puerta separa a Tristán Lago, desnudo y mojado, de mí. Enredo compulsivamente mis dedos en los rizos de mi nuca y mi imaginación vuela. En mi cabeza me deshago de las cámaras, de mis zapatillas, de mi ropa, de la goma que recoge mi pelo, abro la pequeña puerta, descorro la cortina y entonces entonces mi imaginación se pega un batacazo porque oigo cerrarse el grifo de la ducha. Me sonrojo al tiempo que el demoniejo se enfada y desaparece en una nube de polvo de azufre y el angelote sonríe elevándose hasta el cielo. No soy capaz de moverme cuando la puerta del baño se abre y aparece Tristán, en tejanos y con la camiseta que llevaba en la mano.
Siento que la cara se me enciende como una bombilla por lo que he estado pensando, y cuanto más quiero que se apague más se enciende ¡qué vergüenza!
—Vaya, hola… me has pillado…
—Lo siento…
—No, no te preocupes. Yo… me he manchado la camiseta, estaba intentando lavarla un poco, antes de que se secara el colutorio…
Miro la camiseta un momento, tiene una mancha enorme de color verde. Asiento con la cabeza y esbozo una tímida sonrisa. ¿Se me estará notando que en realidad lo que estoy mirando con más interés es su torso desnudo? Desborda horas de gimnasio: voluminosos abdominales, brazos estilizados y fuertes, y esos huecos tan sexy enmarcando su vientre plano que gritan muérdeme.
—Voy a ponerme algo encima, para que podamos empezar.
—Oh…
Supongo que no puedo reprimir mi decepción
—No seas mala, Álex. No hablamos nada de desnudos, al menos no de momento.
Madre mía, madre mía, madre mía ¿al menos no de momento? Solo de pensarlo me empieza a sobrar la ropa a mí.
Tristán se acerca a las literas y busca algo en la de arriba, donde hay ropa doblada. No pienso dejar escapar esta oportunidad y mientras rebusca le saco disimuladamente una fotografía con el iPhone. Él encuentra una sudadera de color negro y rápidamente se la pone. Por un momento me siento como la espía Mata Hari en el Orient Express, salvando las distancias.
Coge su guitarra, que descansaba sobre la litera de abajo y se sienta en ella. Yo cojo la Canon e intento hacer medición de la luz. Es tan pobre que seguramente todo me saldrá subexpuesto, movido o con mucha suerte con un grano enorme. Vamos, fotografías no aptas para mi jefa, pero quizás consiga algo artístico. ¿Lo sabría Tristán cuando me hizo la proposición? Seguramente, no es la primera vez que le hacen fotografías. Por un momento me siento engañada, pero se me pasa enseguida, cuando él empieza a tocar la guitarra y una extraña melodía llena el compartimento.
—Necesito ayuda con esto.
Me dice. Yo me siento en el suelo y apoyo la espalda en la litera, para eso estoy ahí, es mi parte del trato.
—¿Y en qué puedo ayudarte yo?
—Tengo la intuición, y casi nunca me falla, de que si te dejas llevar por tu sensibilidad podrás guiarme.
—¿Yo?
—Claro. Vamos, no finjas que no lo sabes. Eres especial… desprendes luz.
Guau, no sé qué decir. Sin duda sabe cómo dejar a una mujer sin palabras, aunque sea difícil en mi caso.
—¿Cómo uno de esos muñecos que se iluminan cuando los abrazas?
No puedo evitarlo, sus ojos fijos en los míos empezaban a inquietarme, a moverme cosas por dentro. Tenía que romper la magia, por mi propio bien.
—¡No! —ríe—, tú no necesitas que te abracen. Aunque si lo hago ¿me iluminarás más todavía?
Ahora sí, me ha cerrado la boca quizás para lo que queda de noche. Como no sé qué responder cojo la polaroid y le hago una foto. El flash le ciega momentáneamente y con una risa nerviosa le pido perdón. Es irónico, la luz de mi cámara le deja fuera de combate, pero la que dice que proviene de mi interior le inspira. Creo que empiezo a entender por qué me ha invitado a pasar esta noche «creativa» con él. Es una estrella y seguramente tiene sus manías, sus supersticiones, y algo ha debido ver en mí que encaja en alguna de ellas. Está bien, decido aprovecharme todo lo que pueda de la situación.
Sin previo aviso la melodía cambia, ahora es más grave, más pausada. También lo hace el rostro de Tristán que parece más concentrado, preocupado únicamente en sentir cada nota. Cierro los ojos y me dejo llevar. En la oscuridad de mis párpados bailan formas anaranjadas que pronto se oscurecen y definen.
—Es curioso lo que has dicho sobre la luz —le confieso—. Mi abuela, la madre de mi padre, solía llamarme little firefly. Era inglesa.
Tristán toca un punteado ligero, que alegra por un momento la melodía.
—Recuerdo sus manos, sus dedos ligeros. Sus caricias. Ella sí estaba llena de luz. Hubiera cumplido "84" años el mes que viene.
Abro los ojos y Tristán tiene los suyos clavados en mí. Su respiración es agitada, quizás por el creciente ritmo de la melodía. Siento que me atraviesa, que me lee por dentro, que busca algo en mi interior, que espera algo de mí, ¿pero qué?
Su respiración me contagia y siento que empiezo a hiperventilar. Si sigue mirándome con esa exigencia creo que voy a desmayarme…
• Por favor deja de mirarme así (ve a "23").
• Ojala no deje de mirarme así (ve a "22").
20
—¿Quién es? —pregunto, pero no obtengo respuesta. Movida por la curiosidad decido abrir. Justo frente a mí, en el suelo, hay una bandeja con una cena completa del restaurante del tren. Una ensalada, carne con guarnición y una tarrina de crema catalana. Como un ratón que se huele una trampa, reviso el pasillo antes de coger la comida. Cuando estoy segura de que no hay nadie, cojo la bandeja y me encierro de nuevo en mi compartimento. Sí, Tristán Lago es un engreído y hace todo esto seguramente para demostrar que puede hacerlo, pero yo llevo sin comer demasiadas horas y soy un ser humano. Necesito azúcares y no me da ni pizca de vergüenza reconocerlo.
Cuando voy a hincarle el diente a un trozo de tomate vuelven a tocar a la puerta. Abro y encuentro en el suelo otra bandeja de comida: hay otra ensalada, pescado y fruta. Me agacho para cogerla y entonces veo a alguien por el rabillo del ojo: es él por supuesto, no podría ser otra persona. Está apoyado en la pared, con los brazos cruzados y observándome, seguramente con curiosidad. ¿Así que se trata de eso? ¿Esta es su bandeja y si decido meterla en mi compartimento, significa que puede entrar también él? Esto tengo que pensármelo.
• Meto su bandeja (ve a "27").
• De momento dejo su bandeja en el suelo (ve a "28").
21
¿Y si quien está llamando a mi puerta es Tristán? De hecho parece la opción más lógica ya que no he hablado con nadie más en este tren. ¿Quién más podría ser? Por si acaso no voy a abrirle sobre todo por si es él. Aunque no deje de maravillarme que piense que él pueda estar al otro lado y que yo no vaya a abrirle. Esto por supuesto no puedo explicárselo a mi jefa:
—Sí, verás, Tristán Lago me hizo una proposición indecente pero mi entereza como mujer me impidió aceptarla. Espero que lo entiendas y me apoyes como fémina que eres, en vez de pensar como una editora depredadora que ha perdido una entrevista en exclusiva de las que cuestan un pastizal.
¿Y no será que tienes miedo de no estar a la altura? Me pregunto a mí misma por sorpresa. Sí, quizás eso también. En lo que a sexo se refiere estoy más cerca de la línea de salida que la de llegada y una carrera de fondo como la que supondría Tristán Lago me provoca una inseguridad enorme. Me estiro en la litera y espero. Pasan los minutos. Quiero estar segura de que sea quien sea se ha ido porque necesito salir del compartimento para ir al baño y comprar un bocadillo. Cuando pasa un cuarto de hora me siento con la confianza suficiente como para abrir la puerta. Y en cuanto voy a dar a poner el pie en el pasillo me detengo: hay una bandeja del restaurante del tren en el suelo. Me agacho y veo que también hay una nota:
«Parece que esta noche no he tenido suerte, ¿quizás mañana quieras desayunar conmigo? Hay algo que quiero preguntarte, me tienes muerto de curiosidad. Tristán».
¡Dios!, por supuesto que desayunaré con él, al menos como agradecimiento por esta cena. Cojo la bandeja y la meto en mi compartimento. Ensalada, agua, pan, carne con guarnición y crema catalana, solo de ver el menú empiezo a salivar. Pruebo la ensalada y me sabe a gloria. ¿Estará Tristán comiendo solo en el vagón restaurante una ensalada igual a esta? ¿Estará mirando por la ventana igual que yo? ¿Estará pensando en mí?
¡Menuda tontería!, ¿cómo va a estar pensando en mí? Estará pensando en sus cosas y yo debería hacer lo mismo. Muerdo un trozo de pan y me imagino sentada en la mesa del vagón restaurante frente a Tristán, hablando como si nada mientras uno de mis pies se cuela entre sus piernas.
¡Álex, en qué estás pensando! ¿No querrás presentarte ahora en el vagón restaurante, verdad?
• Pues sí, allá voy (ve a "24").
• No, mejor me acabo aquí la cena y le veo mañana (ve a "15").
22
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Y no es solo porque el sueño empiece a hacer mella en mí, sino sobre todo por esa mirada vehemente, como si intentara descifrar algo en mi interior que ni yo misma sé que existe.
La melodía se hace más rápida, más viva, y unas gotas de sudor perlan la frente de Tristán. Al notarlo mueve la cabeza, como para retirarse el cabello. Me encantaría retirarle yo el cabello, si me atreviera a ello si tuviera la suficiente confianza, en mí misma y con él, como para hacerlo.
Intento calmarme y seguir hablando. Quiero alejar de mi cabeza y mi cuerpo su presencia y cierro los ojos. Necesito poner distancia, porque puedo notar el calor que desprende, su aroma, su pasión, en cada una de mis células. Y tenerle tan cerca de mí es demasiado.
Con los ojos cerrados me doy cuenta de que la guitarra tiene un sonido orgánico, como si no fuera una madera muerta atravesada por cuerdas. Parece más bien un árbol vivo que desprende música. Sobre sus ramas veo posarse cientos de luciérnagas que agitan delicadamente sus alas. Que hacen brillar su pequeño y blando abdomen.
—¿Se te ocurre algo que sea más frágil que una luciérnaga? —le digo a Tristán—. Un ser que no es tan siquiera bello, hasta que no se hace la oscuridad a su alrededor.
La melodía cambia, se retuerce, se vuelve subterránea. Noto cómo me matan los riñones y me apoyo en la pared. Dejo de pensar y siento la dulzura del sueño adueñarse de mis párpados.
—Las luciérnagas vuelan, Álex —oigo que me dice la voz de Tristán—. Y brillan, por encima de todos los demás. Pequeñas, frágiles, pero libres. Hermosas.
Sonrío y me dejo arrastrar por la oscuridad de mis sueños y de la música. Caigo en los brazos de un Morfeo con rostro de Tristán.
• Ve a "26".
23
Necesito poner distancia entre esos ojos inquisitivos y yo. Cojo la Canon y me escondo tras la lente. Tristán baja la mirada, se concentra en la guitarra y puedo hacerle algunas fotografías que, si no fuera por la poca luz, serían un material promocional de primera. Se nota que sabe posar con naturalidad y aprovechar su fotogenia. Yo sigo fotografiándole, incluso cuando deja de tocar.
— ¿Qué ocurre? —le pregunto.
—Esto no funciona. No sé, quizás me he equivocado contigo.
Esas palabras me traen una tristeza inesperada. Siento que de alguna manera le estoy decepcionando, que no estoy cumpliendo mi parte del trato, aunque nunca le prometiera que fuera capaz de cumplirlo.
—Quizás estamos demasiado cansados. Quizás es demasiado tarde. Será mejor que te vayas a dormir Álex.
Tristán se levanta y coge algo de la litera de arriba, luego se acerca a la ventana. Afuera todo es oscuridad, solo alguna luz, quizás de una farola, pasa de vez en cuando por delante de nosotros. Lo que ha cogido es una pequeña caja de metal, la abre y saca un cigarrillo marrón y un mechero.
—¿Te importa?
Me pregunta. Niego con la cabeza. ¿Cómo va a importarme? Este es su compartimento. Si me molesta, me iré. Se enciende el cigarrillo y un aroma a caramelo lo inunda todo. Entiendo que no puedo quedarme más rato y recojo mis cosas. Debí tener en cuenta que podría tener una reacción de este tipo, las estrellas son caprichosas, ya se sabe. Cuando estoy a punto de irme me acerco a él con la intención de despedirme. Él se gira y me sonríe, pero su sonrisa ya no es como antes, ahora se parece a la de las fotos de promoción.
—Eres como un libro abierto, Tristán Lago. Se puede leer perfectamente en tu sonrisa.
—Supongo que hay cosas que no puedo controlar. Y seguramente tampoco quiero.
—Lo imaginaba. Así sois las estrellas. Caprichosas. Las fotografías que te he hecho no valen nada, pero creo que ya lo sabes.
—¿Estás enfadada, Álex?
—¿Me delata el tono de mi voz? Puede que yo también sea como un libro abierto. De todas maneras gracias, tengo suficiente material como para escribir un artículo sobre ti. Y quizás pueda salvar alguna de estas fotos, quien sabe. Cosas peores han publicado. Muchas gracias.
Me giro para irme y doy un par de pasos. Que me eche de su compartimento me ha dolido y quiero ser suficientemente clara al respecto. Pero él también tiene algo que decir.
—Me alegra que al menos uno de los dos esté satisfecho.
¿Quiere tener la última palabra? Le observo, está mirando por la ventana mientras fuma, ignorándome. Tengo que decir algo más.
—Cuando uno se crea unas expectativas que no son reales, seguramente no conseguirá cumplirlas. Y no es justo echar la culpa a los demás.
Se gira de pronto, algo sobresaltado, y vuelve a mirarme arrugando el entrecejo.
—Yo no he hecho eso de ninguna manera. ¿De qué expectativas hablas, Álex? Simplemente tenías que ser tú misma, ¿era eso pedir demasiado? Creo que las expectativas de las que hablas han sido más cosa tuya que mía.
Tiene razón. He intentado mantenerme en mi sitio, no hacer caso de lo que mi cuerpo y mi imaginación me sugerían estando a su lado. No he jugado limpio. No puedo mantener su mirada por más tiempo, agacho la cabeza y abro la puerta del compartimento.
—Espera —Tristán avanza y me retiene por el brazo— no soy quién para decirte cómo deberías ser o no. Lo siento. Me da rabia que no estés dispuesta a brillar como podrías hacerlo. Pasa continuamente, hay personas maravillosas que se niegan a sí mismas, a su naturaleza. No seas una de ellas Álex.
Trago saliva y reúno fuerzas suficientes para regalarle una sonrisa.
—Veámonos en un rato para desayunar, ¿sí? No lo dejemos así. No me gustaría que tuvieras este recuerdo de mí.
¿Ya está hablando de crear recuerdos? ¡Pues claro Álex! ¿Qué esperabas? ¿Que el trayecto a París durará una eternidad? Has tenido tus oportunidades y has jugado tus cartas. Ahora te toca hacer la elección final.
—De acuerdo —me rindo con un hilo de voz.
—De acuerdo. Buenas noches.
—Buenas noches.
Tristán me aguanta la puerta y salgo al pasillo. El segurata me saluda con un movimiento de cabeza y camina delante de mí, abriéndome las puertas de los vagones hasta clase turista. Camino hasta mi compartimento con la mirada gacha y cuando entro me tiro directamente sobre la litera. Solo quiero que pase la noche, llegar a París y perder de vista a Tristán Lago. Pero cuando cierro los ojos y me duermo solo puedo pensar en cómo deseo que llegue el día siguiente para verle una última vez.
• Ve a "15".
24
Entro en la penumbra del vagón restaurante y observo que está casi vacío. De hecho, ahora que lo pienso, no he visto a muchos pasajeros en el tren. Es casi como si Tristán y yo fuéramos los únicos, además, claro está, de su servicio de seguridad y del plasta del revisor. Y supongo, por mi propio bien, que del maquinista.
Veo a Tristán en una de las mesas del fondo, sentado con alguien. Desde mi posición adivino que es uno de sus seguratas, y no sé de qué estarán hablando pero se ríen a carcajada limpia. Constato que Tristán es una de esas personas que cuando ríe lo hace con ganas y además contagia. Un dato más para mi posible artículo.
Viéndoles tan a gusto tengo un momento de duda, ¿estaría bien que fuera a interrumpirles? Cuando decido que lo mejor es irme a mi compartimento tan silenciosamente como he venido, una camarera frustra mi plan.
—¡Buenas noches! ¿Para uno? —dice con entusiasmo, tanto que se gira la poca gente del vagón a mirarnos, incluidos los dos comensales de la mesa del fondo.
—No se preocupe, ya me marchaba —intento salir del paso.
—La señorita está con nosotros. Si necesitamos algo más la llamaremos. Gracias —el segurata se ha acercado y me hace un gesto con la mano para que pase al fondo del vagón. La camarera parece satisfecha con la explicación, sonríe y se marcha. Yo le acompaño hasta la mesa de Tristán, que me recibe con una sonrisa.
—¿Qué tal tu cena? ¿Alguna queja? —pregunta divertido. Está de buen humor, se le nota.
—Pues ahora que lo dices vengo a por el café.
El segurata me cede su sitio frente a él, le dice algo al oído a Tristán y sale del vagón hacia Gran Clase. Tristán llama a la camarera y le pide dos cafés.
—No sabía si volvería a verte. Pensaba que quizás mañana, pero ya había perdido la esperanza de que fuera esta noche.
—Quería darte las gracias por la cena.
—No tienes por qué, pero gracias.
La camarera nos trae los cafés y un pequeño plato con galletas. Tristán le sonríe y le da las gracias.
—Este viaje en tren está resultando divertido y sorprendente —dice al tiempo que vierte medio sobre de azúcar en el café y lo remueve— era justo lo que necesitaba. Dejar el estrés y las preocupaciones para cuando llegue a París.
Sonrío y doy un sorbo a mi café sin azúcar. Pese a la mala fama que tienen los cafés de tren este me resulta buenísimo.
—Unas horas de vacaciones —apunto. Él abre más los ojos y asiente con la cabeza.
—Sí, algo así. Aunque no del todo. Cuando alguien como yo se dedica a lo que le gusta nunca deja del todo de trabajar.
—¿Y no te agota?
—Sí, claro. Pero pasar noches en vela componiendo, por ejemplo, es para mí un placer agotador. Soy un animal nocturno.
—Yo también estoy de vacaciones, pero las mías son de las de verdad, de las de olvidarse un poco de todo. Aunque mi trabajo también me guste.
—Claro, tu trabajo como fotoperiodista —aquella sonrisa amplia de hace unos momentos vuelve a iluminar su cara— y yo acosándote y contándote mi vida como si tal cosa. ¿En el número de agosto de qué revista iba a salir todo esto?
—En la edición española de la revista Bambina.
—Bien, le diré a Juan, mi guardaespaldas, que la compre y la leeremos con mucho interés.
—Me decepcionaría lo contrario.
Me relajo y me permito reír abiertamente, tal y como él hace. Me siento cohibida ante él, no voy a negarlo. Este hombre en sí mismo impone, ya no es solo el hecho de que sea uno de los artistas con más tirón del país, es su presencia, su manera de hablar, de moverse, su seguridad en sí mismo. Atractivo hasta decir basta.
Se acaba el café de un trago y aparta a un lado la taza.
—Tendré que darte entonces material para el futuro artículo. Quiero asegurarme de que solo escribes cosas buenas.
—¿Me concedes la entrevista ahora?
—Si la quieres y alguna fotografía. Me has pillado de buen humor ¿Qué me dices?
—¿Hay condiciones?
—Por supuesto. Como te he dicho antes yo nunca dejo de trabajar, y ahora mismo estoy componiendo mi próximo disco. Cuando acabes tu café tendré que volver a mi compartimento a ponerme con ello. Y si te interesa mi proposición, tendrías que venir conmigo…
Ese conmigo ha sonado tan juguetón que intento no atragantarme con el último sorbo de café. Madre mía, Tristán Lago sí que está de buen humor, pero yo, después de un día tan largo y cansado, ¿lo estoy?
• Quiero ir a su compartimento ahora (ve a "14").
• Antes de ir a su compartimento voy primero a por mis cámaras (ve a "19").
• Estoy cansada, no quiero ir a su compartimento (ve a "16").
25
—¿En tu compartimento hay cafetera? —pregunto.
—No.
—Entonces por mí, el bar.
Sonríe y asiente con la cabeza. No voy a confesárselo pero en el bar me siento también más segura, menos intimidada por él. Soy aún una novata fotografiando retratos y tengo la oportunidad de hacer un reportaje exclusivo a uno de los hombres del momento y solo de pensarlo me sobrepasa. Además si estuviéramos solos en un minúsculo compartimento de tren, creo que no acertaría ni al botón de disparo de la cámara, y mucho menos sacaría alguna fotografía decente.
Tristán se bebe el café de un sorbo, coge su guitarra y se sienta en el suelo vagón. Yo preparo la cámara y saco la primera fotografía justo cuando abre la funda.
—No pierdes el tiempo, Álex.
No contesto, me limito a seguir haciendo fotografías cuando saca una guitarra española, más vieja de lo que esperaba y pellizca las cuerdas. Empieza a calentar. Él tampoco parece querer perderlo.
—¿Siempre haces esto? —quiero saber.
—¿El qué?
—Pedirle a una chica que pase la noche contigo en busca de…inspiración.
—No siempre. ¿Te digo la verdad? He hecho muchas cosas impulsivas en mi vida. Me encanta hacerlas. Mi corazón suele equivocarse menos que mi cabeza, y nunca he sido amigo de seguir reglas de comportamiento. Me he cruzado con muchas mujeres en mi vida y he pasado muchas noches en blanco, componiendo para ellas. Pero es la primera vez que compongo con una de ellas.
Saco mi iPhone disimuladamente y lo dejo grabando sobre la barra, quiero recoger grabado todo lo que diga.
—La mayor parte de mi inspiración la saco de mis sueños —prosigue—. No es que crea en la interpretación estándar de los sueños, eso de que si sueñas que se te caen los dientes vas a morir y demás pero sí creo que encierran algún mensaje del subconsciente. Y muchas veces están llenos de poesía.
—Yo he tenido un sueño de esos hace un rato…
—¿Ah, sí?
Dejo la cámara un momento y se lo explico todo. El bosque, las luciérnagas, la guitarra, su corazón. Tristán me escucha muy interesado, frunce el ceño en varias ocasiones y se toca la barbilla. Cuando acabo mi relato vuelve a su guitarra y empieza a tocar una melodía. No quiero interrumpirle, está muy concentrado en lo que hace, en sentirlo. Cierra los ojos y se pierde en la música. Dios mío, está tan sexy ahora mismo. Su respiración agitada, sus dedos hábiles sobre el mástil, esa manera de morderse el interior del labio inferior cuando hace una variación en el ritmo visceral, pasional, cercano tomo nota mental de todo ello…para el reportaje.
Siento que si no aparto los ojos de él acabaré devorándole con la mirada. Así que decido pasar yo al otro lado de la barra y busco algo para beber. Él antes me ha servido un café, pero presiento que necesito algo un poco más fuerte para aguantar toda la noche. Justo al lado de la máquina de café, frente a la ventana, encuentro una botella de whisky. Busco un par de vasos y algo de hielo mientras sigo escuchando la melodía de fondo. Es realmente preciosa y dramática, nadie diría que es suya. Aunque no sé si a Tristán le gustaría oír eso. Preparo dos copas y las dejo sobre el mostrador. Bebo un trago de la mía mientras Tristán acaba la canción. Cuando lo hace abre los ojos y me mira, supongo que buscando mi reacción. Me encuentra apoyada en la barra y sonriendo como una boba, así que él también sonríe. Voy a acercarle el vaso pero me para en seco:
—Trae la botella entera y siéntate conmigo.
Envalentonada por el whisky llevo la botella y los vasos y me siento a su lado, apoyando mi brazo en su hombro.
—Me ha encantado.
—A mí también. ¿Me das un poco de eso?
Levanto mi vaso y se lo ofrezco, él bebe un pequeño sorbo y cuando me lo devuelve yo le doy uno largo, está delicioso. Tristán vuelve a su guitarra y yo apoyo ahora mi cabeza sobre su hombro. Tarareo la melodía y bebo otro trago de whisky.
—¿Has caminado alguna vez descalza sobre hojas secas, Álex?
—Nunca. Aunque me encanta caminar descalza.
—La sensación bajo los pies es igual que el sonido, un crujido.
La guitarra emite un punteo desigual que me recuerda a las hojas de las que me habla. Las hojas rojas, caídas pero encendidas de pasión, de mi sueño.
—Cuando hacen ese sonido da la sensación de que, aunque no estén en el árbol, no están muertas del todo.
—Quizás no lo están hasta que no se las lleva el viento, convertidas en polvo.
—Eres un poeta.
Doy otro trago de whisky y en mi cabeza la música se convierte en un remolino agitado de hojas secas y luciérnagas danzarinas. Noto como, al acariciar las cuerdas, se tensan y destensan los músculos en los brazos de Tristán. El calor por el esfuerzo que desprende su cuerpo. Y vuelvo a verle en medio del bosque, conmigo a su lado.
La música progresa y siento que la piel se me pone de gallina con cada nuevo giro, con cada cambio de tempo. Al notar su olor, el calor de su cuerpo…
—Cierro los ojos un momento —le susurro, y mi respiración se relaja justo cuando creo notar un suave beso en la frente.
• Ve a "26".
26
Cuando despierto, el sol ha empezado a iluminar el compartimento de Tristán y la guitarra descansa en su funda, en el suelo. Sobre ella hay una toalla y una nota ¡y detrás están mi equipaje y mis cámaras! No hay ni rastro de Tristán. Me incorporo y doy un repaso rápido a mí misma: estoy dentro de la cama, llevo toda mi ropa y tengo mi iPhone al lado. Lo único que me han quitado son los zapatos, que encuentro en el suelo, al lado de la litera. Me levanto, recojo la toalla y leo la nota: «Déjame que te invite a desayunar antes de llegar a París. Utiliza la ducha del compartimento si lo deseas. Tristán».
No dudo en utilizar la ducha. El agua sobre mi piel y mi pelo me reaviva por completo. Mientras me ducho recuerdo el sueño de la noche anterior y me estremezco. Cierro el grifo, me seco y me pongo unos pantalones tejanos elásticos, una camiseta gris de tirantes anchos, semitransparente y mis zapatillas. Dejo la toalla en el baño y vuelvo a leer la nota. Lo que pasó anoche fue especial para mí y no sé si quiero arriesgarme a que lo estropee la luz del día. Por otra parte, hay una duda que no puedo quitarme de la cabeza: ¿Qué pasó anoche cuando me dormí? ¿Dónde durmió Tristán? La litera de arriba sigue llena de maletas y de ropa. ¿Se fue a otro compartimento, se acostó en el suelo o se acostó a mi lado? ¿De verdad quiero saberlo? ¿De verdad quiero saber si he pasado la noche junto a Tristán Lago y yo estaba dormida como un tronco?
Me muerdo el labio y me rasco la parte trasera del cuello. Sí, no hay marcha atrás: quiero saberlo.
• Quiero verle una vez más, acepto desayunar con él (ve a "30").
27
Recojo la bandeja del suelo, me giro hacia Tristán y se la tiendo. Es suya, que la lleve él. Cuando la coge le hago un gesto para que entre en el compartimento y cierro la puerta tras nosotros. Me siento como caperucita invitando al lobo a un buffet libre en casa de la abuela.
—¿Comiendo en la cama?
Pregunta al ver mi bandeja sobre la litera de arriba en el lado derecho. No contesto. Tristán avanza y deja su bandeja en el suelo. Le tengo a escasos centímetros, puedo sentir perfectamente su colonia, su calor, y no puedo evitar que la respiración se me acelere.
—Podríamos cerrar las de este lado y comer sentados, ¿te parece?
Se gira, me mira, espera mi respuesta. Nada especial. Pero entonces ¿por qué me recorre un escalofrío? Reconozco una corriente magnética entre nosotros, puedo sentirla, es casi material. Mi cuerpo se siente atraído hacia el suyo de tal manera que noto como me balanceo sobre mis talones.
—Como quieras —le digo.
—Pero si lo prefieres podemos cenar al estilo romano.
Coge su bandeja y la deja en la litera de arriba del lado izquierdo, se encarama a ella, se tumba y empieza a comer de su ensalada. Sonrío y yo también vuelvo a mi litera. Agradezco esa distancia entre nosotros y el ambiente por fin se relaja. Aun así todavía me siento incapaz de decir nada, su presencia me intimida. Me concentro en acabar mi cena.
—¿En qué piensas?
Me pregunta. No sé qué responder ¿podría decirle la verdad, en que me siento intimidada y atraída por él a partes iguales? Seguramente se reiría de mí.
—¿Sabes por qué estoy aquí?
Trago saliva. Una imagen de él y mía haciendo el amor desenfrenadamente en la litera pasa un segundo por mi mente. Pero es breve. Como viene se va. Eso sí, dejando un rastro de rubor en mis mejillas.
—La verdad es que no lo sé —acierto a decir.
—Siento curiosidad por ti.
—No soy demasiado interesante. ¿Sabes? Solo soy una fotoperiodista que trabaja para una revista que solo leen adolescentes, llamada Bambina.
Una mueca de tristeza se apodera de mi rostro, ¿de verdad he dicho yo eso y ha sonado tan depresivo?
—Reconozco que la definición que has hecho de ti misma no es demasiado excitante pero no creo que seas solo eso. Tengo la sensación de que eres mucho más
—Ya…
En silencio me incorporo para cortar la carne del segundo plato y la encuentro tan jugosa que casi ni necesito el cuchillo. Me la acabo en un abrir y cerrar de ojos y devoro el postre. Cuando acabo bajo de la litera y dejo la bandeja en el suelo, cerca del lavamanos del compartimento. Tristán me pide que también deje la suya. Vuelvo a subirme a la litera y me tapo con la manta.
—¿Vas a dormir?
—He tenido un día bastante movidito, no me iría mal.
Tristán también se tapa con la manta y apoya la cabeza en la almohada.
—Creo que eres una de las pocas mujeres que es capaz de solo dormir en la misma habitación que yo.
¿Lo habrá dicho de verdad? Su sonrisa pícara le delata. No puedo evitar sonreír.
—Es cierto. Las otras son mi hermana y mi madre. Bueno, en realidad no. Mi hermana no ha soportado nunca dormir en la misma habitación que yo, dice que ronco.
—¿Roncas? Entonces voy a tener que pedirte amablemente que salgas de mi compartimento.
—Lo siento, me has invitado a entrar. Ahora no me iré hasta que no te haya chupado toda la sangre.
Río y hundo la cara en la almohada simulando un ataque de pánico.
—Duerme si quieres, Álex. Luego me cuentas lo que sueñes.
—Casi nunca sueño.
—Querrás decir que casi nunca te acuerdas. Pero estoy convencido de que tú eres de esas personas que sueña cosas extrañas todas las noches.
—Puede ser.
¿Cómo me ha calado tan rápido? Es cierto que mis sueños, los que puedo recordar, son a menudo extraños, fantásticos.
—¿Me cuentas uno recurrente?
—¿Uno recurrente? —pienso un momento, no creo tener ninguno que se repita pero sí, hay algo con lo que sueño a menudo— No tengo un sueño recurrente, pero a menudo sueño con luces, como luciérnagas. Aparecen en casi todos los sueños que recuerdo.
—Interesante.
—Supongo que es porque mi abuela me decía que yo era como una pequeña luciérnaga.
—Brillando en la oscuridad.
—Sí.
—Es muy inspirador. Y creo que tenía mucha razón.
—Tuve un sueño una vez en el que me convertía en una nube de luciérnagas —cierro los ojos y recuerdo—. Era una sensación fantástica. Me desprendía de mí misma en pequeños trozos de luz y flotaba en el viento. Ligera, como una brisa. Subía muy alto y volaba sobre el mar en verano y los bosques en invierno —buceo en aquel sueño y vuelvo a visualizarlo—. Sentía frío, pero era un frío agradable que me hacía sentir libre libre…
La nube de luciérnagas vuela a través de mis párpados cansados y no puedo evitar abandonarme a su sensación. Me hundo en la cama, como si la presencia de Tristán fuese parte del mismo sueño.
—Buenas noches, Álex.
Ni siquiera puedo contestar a su voz, tan solo hacer un sonido leve, un susurro para devolverle la cortesía. Durante la madrugada me despierto dos veces. La primera repaso el compartimento con la mirada, todas las luces están apagadas y Tristán está durmiendo, sin roncar, en su litera. Vuelvo a dormirme y despierto una segunda vez, a eso de las seis y media. Tristán ya no está en la litera y en mi almohada hay una nota, escrita en una hoja de su moleskine: «No hay cena sin desayuno, ¿no te parece?».
No lo sé Aún queda un rato para que suene la alarma del despertador y puedo consultarlo con la almohada, así que vuelvo a cerrar los ojos y duermo unos minutos más…
• Ve a "29".
28
Por lo que a mí respecta, Tristán Lago se queda en el pasillo. Me reincorporo, entro en el compartimento, cierro la puerta y acto seguido pego la oreja. Tengo curiosidad, ¿qué hará ahora? Me doy cuenta de que en realidad estoy jugando y que no quiero que se vaya. Pero quizás un juego así no es lo que un hombre como él desea. La duda se disipa cuando noto que se apoya en la puerta y se deja resbalar hasta el suelo.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Tengo hambre, voy a cenar.
—¿En el pasillo?
—¿Tanto te extraña? Hace un momento no te ha parecido mala idea dejarme aquí.
Abro la puerta y encuentro a Tristán comiendo su ensalada como si tal cosa. Y además ¿me está poniendo ojitos? ¡Me está poniendo ojitos! como si fuera un perro abandonado o algo así.
—Está bien. Entra.
Le digo algo seca. Él no se lo piensa dos veces, coge la bandeja y pasa dentro.
—No es Gran Clase. —le aclaro al verle revisarlo todo con la mirada, hasta mis cámaras.
—Tampoco hace falta. No soy tan snob.
En el compartimento están desplegadas todas las literas. Como solo estoy yo en él me propone que cerremos las de un lado y cenemos sentados en las butacas. Me parece muy buena idea y es él quien se encarga de plegarlas. Después se sienta en la butaca más cercana a la ventana, se coloca su bandeja sobre el regazo y sonríe ampliamente mientras da buena cuenta de un trozo de tomate.
—¿Siempre se sale con la suya, señor Lago?
Le pregunto, intentando disimular una risa tonta.
—Casi siempre. ¿Qué tiene de malo querer conocerla? por cierto, ¿ya no nos tuteamos?
—No, ya no lo hacemos. ¿Y por qué insiste tanto usted en conocerme?
Cojo mi bandeja y me siento en la butaca de al lado. Prácticamente me he acabado la ensalada y no quiero comerme el segundo frío.
—Porque los trenes nocturnos son aburridos —dice él encogiéndose de hombros y llevándose un trozo de pescado a la boca. No me contenta en absoluto su contestación, suena falsa desde la primera a la última palabra.
—Y porque en este tren en concreto no hay nadie más interesante. De hecho no hay mucha gente más. ¿No le da una sensación como de tren fantasma?
—Quizás. Pero es que la gente normal prefiere la rapidez del avión.
—¿Quiere decir entonces que nosotros no somos normales? ¡Bien, señorita Álex, me alegro de que lo admita!
—Usted —digo remarcando la palabra—, no es normal. Es una estrella, caprichosa, egocéntrica y vanidosa, que no acepta un no por respuesta.
Tristán frunce el ceño y asiente con la cabeza. No ha perdido su sonrisa, al contrario, cada vez luce más amplia. Deja los cubiertos y me mira mientras como. Realmente debe de ser una visión divertida, porque no deja de sonreír. Estaba increíblemente hambrienta y debe notarse a la legua. En un abrir y cerrar de ojos me acabo el segundo y ataco a la crema catalana. Me encanta cuando el caramelo se rompe en mi boca.
—¿Qué planes tiene para después de la cena?
—Dormir.
—¿Está segura de que no le apetecería más…?
—¿Dormir? —Tristán sonríe y pone esa sonrisa pícara de medio lado tan sexy. Se cruza de brazos, y me mira en silencio.
—¿Me está diciendo de verdad que no puedo convencerla para que…?
—¿Lo ve, señor Lago? —le corto antes de que vaya a decir algo que me convenza de verdad—, no es capaz de aceptar un no. Debería hacer usted algo al respecto.
—¡Vaya! ¿Y por qué no lo hace usted? ¡Sólo hágase el propósito de decirme siempre que sí a todo, y listo! Por ejemplo cuando yo le pregunto: ¿puedo volver a tutearte? Tú qué deberías contestar
—¿Qué sí?
—Exactamente.
Ambos hemos acabado ya nuestras cenas. Tristán se levanta y pone mis platos sobre los suyos. Después coge ambas bandejas con una sola mano, cual camarero profesional y se dirige a la puerta. Me levanto y voy tras él.
—Voy a devolver esto.
Sale al estrecho pasillo donde le está esperando uno de sus seguratas, le pasa las bandejas y este desaparece con ellas tras la puerta que lleva al vagón del bar. Tristán se apoya en el marco de la puerta de mi compartimento y se me acerca al oído. Su proximidad y el olor de su fragancia me causan un escalofrío que me recorre entera.
—¿Y cuando te pido que vengas a pasar una inocente noche conmigo en mi compartimento, al que por supuesto puedes traerte alguno de tus juguetitos, qué debes decirme?
—¿Juguetitos? —trago saliva, ¿a qué se refiere diciendo juguetitos en ese tono?
—Tus cámaras —dice señalando con la cabeza la Canon, que descansa sobre mi maleta en su funda. Suspiro y sonrío nerviosa. Luego, con algo más de seguridad en mí misma contesto:
—¿Que me lo pensaré?
Tristán hace una mueca de fastidio. Luego vuelve a sonreír.
—Bueno, mejor esa contestación que nada. Estaré toda la noche despierto. Me ocuparé de que todas las puertas de los compartimentos estén abiertas, por si decides venir. Cosa que espero que hagas…
Se aleja por el pasillo unos pasos, pero se detiene:
—Si finalmente, aunque sea remotamente improbable, decides no venir esta noche, ¿desayunarás al menos mañana conmigo?
Voy a abrir la boca pero me hace una señal con la mano para que me calle.
—Piénsatelo. Aunque no mucho. Hasta luego.
Se despide con la mano y cruza la puerta que separa Turista del vagón del bar. Yo me quedo colgada en el marco de la puerta y con una sonrisa idiota en los labios, como si de pronto volviera a tener quince años.
• ¡Espera Tristán, voy contigo ahora mismo! (ve a "14").
• Iré, pero que me espere un poco (ve a "18").
• Nos vemos mejor para desayunar, señor Lago (ve a "29").
29
Por la mañana la alarma del teléfono me despierta a las siete menos cuarto. Creo recordar que el tren llega a eso de las ocho a París, así que tengo que darme prisa si quiero arreglarme y desayunar algo. Pero desayunar ¿con Tristán? retraso el momento de levantarme solo para no tomar la decisión. Entonces la alarma suena de nuevo. Se acabó el vaguear, me levanto de una vez, me aseo y me visto con unos pantalones tejanos elásticos, una camiseta semitransparente de color gris y tirantes anchos y me calzo las All Star. Cojo mi iPhone, el monedero, la tarjeta para cerrar el compartimento y salgo. Camino hasta la puerta que separa clase turista del bar y me detengo un momento. Es el momento de decidirte, Álex: ¿bocadillo en soledad, o desayuno completo en compañía? Entro en el bar sin haber tomado la decisión, pero el destino la toma por mí:
—Lo siento señorita, queda poco para llegar a destino y el bar está cerrado. Si desea desayunar tendrá que ir al vagón restaurante.
Tiene guasa, que cuando por fin veo al camarero me venga con estas…
• Ve a "15".
30
El tren llega puntual a la estación de Paris-Austerlitz y una sensación de no querer abandonarlo me recorre entera. Estoy sentada, observando la puerta de mi compartimento, esperando a que se detenga del todo para bajarme… pero en realidad estoy deseando correr a Gran Clase, abrir el compartimento de Tristán y pasarme la vida apoyada en su hombro, puede que escuchándolo tocar la guitarra, para siempre.
El tren frena y oigo a los pasajeros de mi vagón salir al pasillo. Yo debería hacer lo mismo, así que vuelvo a la tierra, cojo la maleta, me cuelgo el bolso y la cámara, y también salgo. La estación me recuerda a la de Francia, de donde salí horas antes en Barcelona, con sus suelos de mármol pulido y arcadas impresionantes. Un edificio antiguo, con relojes de grandes agujas negras hago una fotografía con mi iPhone y la comparto en Instagram: «Por fin en la ciudad de la luz».
Reviso de paso mi correo y las llamadas perdidas: nada en el correo y en las llamadas tengo unas siete de mi jefa. Se ha pasado la noche al teléfono. ¿Por qué es tan pesada, qué querrá? Pienso en llamarla una vez llegue al hotel, que queda bastante lejos.
Antes de salir de la estación pido un mapa donde figuren los transportes públicos y pregunto por la parada del autobús que va a Pigalle. Según vi en la web al hacer la reserva del hotel tengo que coger el número sesenta y siete, que tarda una media hora. Es mucho tiempo para perderlo sentada en un autobús, pero es directo y pienso que además me hará las veces de bus turístico por la ciudad. Así que cruzo la calle en la dirección que me indican en información, y bajo por la rue Buffon hasta encontrar la rue Geoffroy Saint-Hilaire donde está la parada de Buffon-La Mosquée. Me siento y me dispongo a relajarme mientras espero, cuando me suena el móvil. Cómo no, es mi jefa.
—Buenos días, jefa.
—¡Alexandra, te he llamado veinte veces!
—Ya lo he visto. Iba a devolverte la llamada en cuanto llegara al hotel.
—Te agradecería que estuvieras localizable. Dime, ¿en qué hotel vas a alojarte? Por si no contestas a mis llamadas.
—No tendría por qué decírtelo, ya que estoy de vacaciones. Pero para que veas que te aprecio, es el Luxelthe, en el Pigalle.
—Está bien. Oye, ¿has tenido ocasión de ver a Tristán Lago en el tren? ¡Cuando me enteré de que iba en él no podía creerme el golpe de suerte que habíamos tenido!, ¡por favor, dime que sí!, ¡dime que has podido tener acceso a él!
—Sí, tranquila. De hecho, tengo una entrevista con él en unas horas, en el hotel Le Bristol.
—Álex, no puedes cagarla en esa entrevista. Tenemos que conseguir una exclusiva sea como sea, ¿me oyes? ¡Cómo sea! Haz lo que tengas que hacer, da igual si es ilegal
¿Pero qué me está diciendo mi jefa? ¿Tan desesperada está?
—Bueno, no creo que sea necesario plantear las cosas así…
—¿Que no es?
De pronto es como si se desmoronara y la oigo gimotear al otro lado del teléfono.
—Oye, ¿estás bien?
—En un rato te envío un correo electrónico con todas las preguntas que quiero que le hagas, ¿de acuerdo? Escúchame, Álex, te lo repito, es muy importante que no la cagues en esa entrevista, que hagas excelentes fotografías y a poder ser que consigas material exclusivo. Me da igual lo que tengas que hacer para conseguirlo. De ello dependen muchas cosas…
—Me estás preocupando.
—Las cosas están bastante mal, ya lo sabes Pero es que últimamente están peor. Para finales de año nos vamos a pique si no conseguimos subir las ventas como sea.
Una enorme presión se instala en mi pecho, ¿de verdad pretende hacerme responsable del cierre o la continuación de la revista?
—Haré lo que pueda, ya lo sabes.
—Sé que es injusto que te ponga tanta presión encima. Si estamos en esta situación no es por tu culpa, pero el caso es que estamos en ella y tienes la oportunidad de salvarnos el culo.
—Está bien. Ya te he dicho que haré lo que pueda.
Veo el autobús subiendo la calle, me despido y cuelgo. Busco mi monedero en el bolso y saco un billete de cinco euros, no sé cuánto cuesta el billete pero supongo que tendré suficiente. Mientras espero a que llegue a la parada veo por el rabillo del ojo algo familiar. Me giro: hay un póster publicitario enorme, con la cara de Tristán, colgado en la parada. Anuncia su macro concierto esta noche a las diez, en el Stade de France. El autobús para frente a mí y abre las puertas. Subo, pago, me siento en un asiento tapizado de verde cerca de la ventanilla y me pongo los cascos. Tengo media hora de viaje y me apetece pasarlo escuchando a Birdy. Miro por la ventanilla y no puedo evitar tener la cabeza hecha un caos. La situación con mi jefa, con Tristán y yo que solo quería alejarme un tiempo, darme unas vacaciones de todo. Y resulta que no sólo llego a París con más dolores de cabeza de los que tenía, sino que además, al mirar por la ventanilla, la ciudad me parece igual que Barcelona. Las calles son tan parecidas que ni siquiera siento curiosidad por mirarlas. Solo cuando cruzamos el Sena me animo a observar sus aguas verdes un momento. El resto del camino se me hace eterno.
En Pigalle bajamos medio autobús. Busco el mapa del hotel en mi iPhone y localizo dónde estoy. Cruzo la calle, paso frente a la boca del metro y vuelvo a cruzarla. Justo enfrente, tal y como había visto en el mapa, encuentro la calle de mi hotel, la rue Houdon. Es estrecha, de edificios antiguos, bastante altos y blancos, como la mayoría de los que he visto por el camino. Diría que es bonita sino fuera porque tiene una pendiente importante. Nada más verla deseo que el hotel no quede muy arriba, pero parece que mis deseos últimamente no cuentan demasiado. Tengo que subirla casi entera para encontrarlo.
Hago rápidamente el check-in y subo a la habitación. Necesito una ducha y una siesta como respirar. Al entrar cierro la puerta, lo dejo todo sobre la cama y me siento un momento. Es una cama individual, con una colcha de color rojo, igual que la moqueta del suelo y la cortina. Hay un pequeño escritorio de madera oscura junto a la cama y un armario aún más pequeño del mismo color a continuación. Por lo menos hay luz, y un espejo enorme justo enfrente de la cama, sobre un radiador blanco. En él observo con preocupación mi cara de cansancio. Decidida a hacer algo al respecto abro la maleta, saco ropa limpia, mi toalla de viaje (nunca he soportado las de los hoteles), mis sandalias para la ducha y el neceser. ¡Ducha relajante y refrescante al canto!
Entro en el baño decorado con baldosas blancas y negras y me desnudo frente al espejo. El cansancio no solo se nota en mis ojeras y un tono ligeramente pálido en mi piel, también en mi cuerpo. ¿Desde cuándo tengo yo esa postura encorvada? ¡Ni hablar, Álex! Espalda recta, sonrisa de oreja a oreja y directa a la ducha. ¡Y qué bien sienta olvidarse de una misma bajo el chorro de la ducha! El agua tibia masajeándome la cabeza, las cervicales, la espalda resbalando por mi cuello, mis brazos, mi vientre mmm es tan placentero que mi imaginación vuela y en un momento ya no estoy sola bajo el agua:
—¿Te froto la espalda?
Imagino que diría él, Tristán, totalmente desnudo y con una esponja jabonosa en la mano. Yo no diría nada, no sería necesario. Le ofrecería mi espalda, mi cuerpo entero si hiciera falta. Que frotase la parte que más le apeteciera a mí sin duda me apetecería que me las frotara todas.
Inspirada por estos pensamientos, una de mis manos se vuelve un poco traviesa y se entretiene más de la cuenta en mi vello púbico Álex, deja de ser mala, tienes cosas que hacer abro los ojos y no puedo reprimir una sonrisa. Seguro que tengo las mejillas llenas de rubor. Bien, mejor, mucho mejor que el color pálido de hace un rato.
Salgo de la ducha, me seco, me maquillo, me pongo la ropa cómoda que he escogido para el resto de la mañana hasta la hora de la entrevista (shorts negros de algodón con un cinturón en forma de lazo y una camiseta básica blanca sin mangas) y me echo unas gotas de mi colonia favorita, J’adore de Christian Dior. Entre unas cosas y otras se me han hecho las once y media y aún tengo que preparar lo que me voy a llevar a la entrevista, y quizás comer algo para no caer desmayada de hambre. Lo primero lo hago en un momento y lo dejo todo listo sobre la cama; para lo segundo cojo el bolso, bajo a la calle y camino un poco más hasta la esquina, donde hay una brasserie llamada L’Aristide, en la que me pido un sándwich y un zumo de naranja.
Mi plan es tomármelos tranquilamente pero, cómo no, se ve frustrado enseguida: justo cuando voy a dar el primer bocado creo ver cruzando la calle, a través de las enormes ventanas del local, a Juan, el segurata de Tristán.
¿Se me estará yendo la cabeza del todo y ya veo alucinaciones? Solo hay una manera de averiguarlo. ¿Debería salir tras él?
• Salgo a la calle tras él (ve a "31").
• Me quedo en la cafetería, habrá sido mi imaginación (ve a "32").
31
Por una vez agradezco haber pagado la consumición antes de sentarme a la mesa, me bebo el zumo casi de un trago, envuelvo el bocadillo en la servilleta de papel y salgo corriendo de la cafetería. Justo a tiempo de ver cómo Juan entra en mi hotel.
¿Pero qué hace Juan en mi hotel?
Me guardo el bocadillo en el bolso y entro tras él. Le encuentro dejando una nota en recepción.
—¡Ah! —dice la recepcionista al verme entrar—, el caballero preguntaba por usted.
Juan levanta la vista del papel, lo arruga y me sonríe.
—Ya le estaba dejando una nota.
—¿Qué hace aquí?
—Lo que me ha pedido el señor Lago, asegurarme de que llega a tiempo a la entrevista.
—¿Cómo ha sabido dónde me alojo?
—¿De verdad le sorprende que lo haya averiguado?
Arrugo la nariz. No, la verdad es que no me sorprende en absoluto. Pero no deja de parecerme un poco enfermizo. El típico acosador y caballero romántico a un tiempo.
—Es la primera vez que alguien se toma tantas molestias para ser entrevistado. No hacía falta que le enviara a usted, yo podría haber ido en metro o en autobús.
—Bueno, mucho mejor si la lleva un chófer, ¿no cree?
Estoy a punto de protestar, pero entonces recuerdo las palabras de mi jefa y la angustia en su voz. Esta vez la independiente Álex puede claudicar.
—Sí, mucho mejor. Subo a por mis cosas y enseguida nos vamos. ¿Me espera aquí?
—Desde luego.
—Bien, no tardo.
• Subo a recoger mis cosas (ve a "35").
32
Realmente pienso que me he obsesionado demasiado con Tristán y decido no moverme de mi sitio. Necesito un momento de serenidad, de poner la mente en blanco y pensar en otras cosas.
Doy un mordisco a mi sándwich de pollo a la plancha con salsa de mostaza y un ruidito de satisfacción se me escapa al instante: ¡riquísimo! Como no me gusta perder el tiempo saco el teléfono y busco el correo electrónico de confirmación del seminario de retratos al que voy a asistir al día siguiente. Se impartirá en el estudio de un fotógrafo parisiense, en la rue Marbeuf, cerca de la avenida Champs-Élysées. Busco la dirección en Google Maps y pienso en acercarme después de la entrevista, ya que queda relativamente cerca del hotel de Tristán. Si hay algo que me pone nerviosa es ir con el tiempo justo y tener que buscar direcciones y no quiero llegar tarde el primer día de seminario. Veo también que la FNAC donde Tristán va a tocar por la tarde queda casi a la misma altura. Pienso en que el día me saldría redondo si pudiera ir también al concierto de promoción y cuadro mentalmente mi agenda: a la una entrevista a Tristán en Le Bristol, después preparar y enviarle el material a mi jefa a la hora de comer, buscar la dirección del estudio y por la tarde, a las cinco, ir a la presentación del disco en FNAC. No puedo evitar resoplar al pensar en lo apretado de mi agenda ¡menos mal que estoy de vacaciones!
Miro la hora en mi iPhone, ¡ya casi son las doce! Me acabo el sándwich y el zumo y vuelvo al hotel. Al entrar, el recepcionista me pasa una nota. Un hombre vestido de negro me la ha dejado hace un rato. La leo:
Señorita Álex:
Le escribe esta nota Juan, jefe de seguridad del señor Tristán Lago.
He pasado a buscarla por orden suya para asegurar su presencia en la cita que tiene con él en el Hotel Le Bristol, a la una de la tarde. Esperaré hasta las doce y cuarto, aparcado en la acera de enfrente. Reconocerá el coche porque es un Mercedes de color negro con los cristales tintados. Si al llegar esa hora no ha aparecido entenderé que ya salió hacia la entrevista y no la esperaré más.
Juan.
Pero ¿cómo me ha encontrado? Me asomo por la puerta del hotel y veo, efectivamente, el Mercedes aparcado en la acera de enfrente. ¿Por qué me ha enviado un chófer? ¿Acaso no cree que pueda llegar yo sola?
Con la nota aún en la mano subo a mi habitación y se me cae el cielo al ver sobre la cama todo el material que pretendo llevar. ¡Pero qué bien me iría que simplemente alguien me llevara hasta allí! Además, podría ponerme algo un poco más arreglado, ya que no tendría que estar correteando por los metros de París…
Bueno, ¿qué hago?
• Soy mayorcita, me voy yo por mi cuenta (ve a "50").
• Acepto el chófer (ve a "34").
33
Decido que no tengo tiempo para cambiarme y que eso es lo de menos. Cojo mis cosas y salgo corriendo al encuentro de Juan, que me recibe con una mueca de extrañeza en el rostro.
—Si necesita más tiempo puedo esperarla, no tenemos prisa…
—No hace falta, estoy segura de que no me dejo nada. Estoy lista para irnos cuando quieras, Juan.
—¿Está segura?
—Sí.
Me hace dudar por un momento. ¿Qué es lo que me estoy dejando? No acabo de entenderlo. Juan me mira en silencio, como esperando a que adivine en qué está pensando. ¿No se da cuenta de que es imposible que lo haga?
—¿Crees que me dejo algo?
—Verá, señorita. Le Bristol es un hotel de categoría, y no sé si sería buena idea entrar en él con esas zapatillas. ¿No preferiría cambiárselas?
Miro mis All Star. Sí, están muy viejas, agrietadas, e incluso sucias, pero son las zapatillas más cómodas del mundo y se me hace raro que alguien hable de ellas con tan poco cariño.
—¿Crees que hace falta?
—Bueno, personalmente creo que debería usted cambiar su vestuario entero, pero con las zapatillas sería suficiente.
Mis zapatillas expresan tanto de mi propia personalidad, que estos comentarios me calan más profundo de lo que debieran. Siento ganas de rebelarme, de decirle cuatro cosas a Juan, pero por otra parte reconozco que tiene parte de razón. ¿Podría ser que perdiera la oportunidad de entrevistar a Tristán por un detalle tan idiota?
• No lo creo, Juan exagera. Mis All Star se quedan dónde están (ve a "45").
• Tiene razón, mis All Star se quedan en el hotel (ve a "34").
34
Me cambio en un momento y me pongo el vestido vintage, con unas bailarinas negras. Repaso mi maquillaje y me miro en el espejo de cuerpo entero: mucho mejor, ¡así se hace, Álex! Cojo mi equipo y voy al encuentro de Juan. Cuando me ve tan cargada se apresura en ayudarme con todo y a meterlo en el Mercedes Clase A de color negro y cristales tintados. Yo me acomodo, como Juan me pide, en el asiento trasero.
—No deberíamos tardar mucho, pero el tráfico es impredecible. Abróchese el cinturón, por favor.
Sonrío y lo hago. ¡Con los nervios ni me había acordado! Sí, estoy nerviosa y mucho, aunque pruebe por todos los medios de disimularlo.
Intento mantener mi mente ocupada, envío un WhatsApp a mi jefa: “Estoy de camino a la entrevista. En cuanto salga te envío material. No sufras”.
Al poco me contesta: “OK, Álex. Mantenme informada. Revisa tu correo electrónico. No puedo evitar sufrir. Gracias por todo”.
Miro mi correo electrónico, ahí está el mensaje con las preguntas que quiere que le haga a Tristán, la mayoría de índole personal. Está claro que lo que menos interesa a mi jefa es su música. Aunque si lo pienso fríamente, a mí tampoco. Miro por la ventanilla, ahora mismo estamos parados en un atasco.
—¿Estamos muy lejos? —pregunto.
—No, sólo faltan unos metros.
—Entonces puedo bajarme aquí.
—Como quiera. Pero ya le digo, no tardaremos mucho más.
Sí, pero no estoy segura de querer llegar en el coche de Tristán a un hotel donde se ha congregado la prensa. ¿Qué podrían pensar los demás compañeros? Quizás daría de qué hablar, e incluso puede que alguno se interesara por mí, y no me conviene.
Por otra parte el atasco empieza a deshacerse, solo quedan unos metros y Juan aparcará en la parte trasera. También sería mala suerte que alguien me viera ¿Qué debería hacer?
• Seguir con Juan en el coche.(ve a "36").
• Bajarme ahora (ve a "37").
35
Mi habitación está en la segunda planta así que subo andando por las escaleras. Tristán me ha enviado un chófer ¡Tristán me ha enviado un chófer!, esto no hay quien se lo crea. Entro en la habitación y guardo el material para la sesión cuidadosamente en las bolsas de viaje. El trípode y la Canon, el fotómetro y una pantalla reflectante plegable la verdad es que agradezco tener a Juan esperándome abajo, porque menos mi ropa parece que me lo voy a llevar todo. Y hablando de mi ropa ¿debería ir así tal cual, o quizás ponerme algo un poco diferente para la ocasión?
Abro la maleta y saco ropa hasta que me decido por un vestido azul cielo de corte vintage y falda por la rodilla. Este modelito siempre me ha quedado genial, me lo he puesto en un par de ocasiones especiales y es imprescindible en mi maleta. Además de que es cómodo y me siento fantástica con él. Me lo pongo por encima de la ropa y tengo un momento de duda, si me lo pongo ¿no iré demasiado arreglada? ¿Qué debería hacer, cambiarme o ir con lo que llevo puesto?
• Voy con lo que llevo puesto (ve a "33").
• Me cambio (ve a "34").
36
—Parece que ya nos movemos, señorita Álex. ¿Finalmente se baja?
—No, llegaré contigo al hotel.
—Muy bien.
Efectivamente, solo tenemos que avanzar unos pocos metros y llegamos a la entrada del hotel. Juan pasa de largo y rodea la manzana, cambia de sentido y vuelve a subir. Vamos a una entrada posterior, seguramente la misma que utiliza Tristán por lo cual siempre hay algún compañero de la prensa rondando por allí. Cuando paramos el coche y bajamos dos periodistas franceses, se me acercan haciéndome todo tipo de preguntas y grabándome con una cámara. ¡Esto era lo que me temía, lo que quería evitar!, quizás hubiera llamado menos la atención bajándome en la misma puerta del hotel. Los periodistas han reconocido el coche y seguramente al chófer. ¿Cómo he podido ser tan confiada? Juan se me acerca y me coge del brazo, llevándome casi en volandas hasta el interior del hotel.
—No creo que esto vaya a hacerle ninguna gracia al señor Lago.
Le digo. Él me mira y se limita a sonreírme, como si lo que hubiera dicho no tuviera ni pies ni cabeza.
Hemos entrado por una puerta de servicio y subimos unas escaleras hasta el hall. Una vez allí cogemos un ascensor y subimos hasta la suite de Tristán, donde está acabando las entrevistas con unos compañeros de la prensa francesa.
La suite es enorme y tiene bien diferenciados los espacios del salón y la zona privada del dormitorio. El suelo del salón está lleno de cables y tengo que ir con cuidado para no tropezar. Focos, cámaras, micrófonos parece que estemos realmente en un plató de televisión. En cuanto entramos viene a saludarnos una mujer, que se presenta como Anabel, la jefa de prensa de Tristán, y que me pide que me siente en uno de los sofás que hay en el centro de la sala. Yo lo hago y mientras espero mi turno observo la entrevista de mi compañero. Detrás de Tristán hay un plafón publicitario con la portada de su disco, esa en la que se ve tan solo su cara, mirando fijamente a la cámara, como si quisiera comérsela. Él está sentado en una silla antigua, propia de la decoración señorial de la suite. Sonríe y responde al periodista en un excelente francés. No tengo que esperar mucho rato. Un par de preguntas después el periodista se despide con un apretón de manos y él y otro compañero, empiezan a recoger todo el equipo desplegado. Tristán se levanta, se estira, como para desperezarse y viene hacia donde estoy. Me levanto y le sonrío mientras le alargo la mano a modo de saludo.
—Álex…
Él coge mi mano y tira ligeramente de mí hasta rodear mi cintura, luego me da dos besos en las mejillas. Me pongo colorada al instante…¿por qué?
—Aquí tienen que terminar de recoger ¿vamos a un sitio más tranquilo?
—Está bien.
Tristán me empuja ligeramente hacia la puerta que da al dormitorio, quiere que pase delante de él, y se avanza un paso para abrirla. ¿Está loco? ¿Quiere que vayamos a su dormitorio? ¿Qué se propone? Me quedo parada, no estoy muy segura de querer traspasar tan pronto esa puerta.
—Pasa.
—Pero esta es la zona de tu dormitorio…
—Sí. Hay una terraza preciosa, con una panorámica privilegiada desde la que se puede ver la torre Eiffel. He pensado que podríamos hacer ahí la entrevista. Mientras desalojan este espacio.
No sé si me acaba de convencer su explicación me asomo para ver la habitación y solo puedo ver la cama, enorme y más alta de lo normal.
—¿De qué tienes miedo?
—¿Miedo yo?
Tristán sonríe y aprieta un poco más la mano que sostiene mi cintura. Se acerca a mi oído y me susurra.
—Es una cama, Álex, nada más. Solo tienes que pasar por delante de ella, caminar hasta la terraza. No tienes por qué meterte aún bajo las sábanas a menos que quieras, claro…
Su seguridad me desarma. Sí, no voy a negarlo, no soy tan inmadura. La cama de Tristán Lago es una tentación para muchas mujeres, entre las que me incluyo. Está bien, me armo de valor y doy un paso al frente, luego otro, y llego a los pies de la cama. Tristán está detrás de mí, no ha cerrado la puerta por lo que los que están recogiendo en la otra parte de la suite pueden vernos perfectamente. No voy a hacer nada que les dé de qué hablar. Tristán se acerca un poco más a mí y mira la cama por encima de mi hombro, luego me susurra:
—Qué, Álex, ¿te atreves?
Me encantaría tener la confianza suficiente como para decirle que sí, que cierre la puerta, que le voy a dar un revolcón que se le va a quitar la chulería de encima. Pero no puedo engañarme a mí misma, aún no la tengo. ¿Que si me atrevo a tener sexo con Tristán Lago? Quizás ese sea el problema ¿para mí también sería solo sexo?
Pese a todo, intento salir de la situación lo mejor que puedo. Recuperando un poco de mi entereza toco el colchón con el dedo índice y arrugo la nariz, como si no me gustara el tacto. Luego paso la mano por encima de la colcha y resoplo. Muevo la cabeza negando.
—Demasiado cinco estrellas para mi gusto.
Entro en la terraza y Tristán me sigue.
—Pues que sepas…—me dice— que todo lo que hay en esta suite, incluido yo, es cinco estrellas. ¿De verdad no te gusta nada de lo que hay aquí?
Le sonrío y dejo mi cámara sobre una silla. ¿Hace falta que conteste a esa pregunta? Nos sentamos a la mesa de la terraza, bajo un parasol blanco, y de una mirada admito que realmente hay unas vistas impresionantes. Corre algo de aire y la sensación es muy agradable.
Mientras coloco la cámara en el trípode noto como Tristán me observa.
—Hay algo diferente en ti a la luz del día.
Me dice de pronto.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es?
—Aún no lo sé bien. Pero sea lo que sea, me encanta.
Vuelvo a ponerme colorada y escondo la cara tras la cámara hasta que se me pasa. Al levantarla no puedo evitar volver a mirar la cama. Tengo un escalofrío. ¿Voy a poder concentrarme en lo que me tengo que concentrar en esta situación? Para ayudarme a ello me siento frente a Tristán, saco mi iPhone e intento adoptar una pose profesional. Tristán no me ayuda mirándome de una manera tan cómplice. Aun así, sigo adelante.
—Bueno, señor Lago, ¿empezamos?
—Cuando usted quiera, señorita Álex.
Perfecto ¿y por dónde lo hacemos?
• Por hacerle las preguntas de mi jefa (ve a "38").
• ¿Cómo has sabido en qué hotel me alojaba? (Ve a "39").
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