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Águilas

Fló Guerin


Primera edición: febrero de 2022

ÁGUILAS © 2022 Fló Guerin

© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.

Publicado por Dos Bigotes, A.C.

www.dosbigotes.es

ISBN: 978-84-124665-5-3

Depósito legal: M-1976-2022

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Águilas es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

Índice

FISIÓN

TRENES

SANGRE DE REYES

BUENAS CHICAS

RENÉ Y DESIRÉE

ALBERTO

A PUERTA CERRADA

SIN RECIBO

Agradecimientos

A Alberto, por darme la vida.

A Eugenia, por alentarme a crecer.

A Marta, por devolverme a mí misma.

A Águilas, por presentarme a los tres.

«Dans l’ dos, j’ voulais faire tatouer un aigle,

aux ailes déployées,

On m’a dit : “Y a pas la place.

Nan, t’es pas assez carré, alors t’auras un moineau”.

Eh, y a des moineaux rapaces.

Ça fait marrer mes conneries ?

Laisse béton, j’ démystifie».

Renaud, «Peau Aime»

FISIÓN

Marcha

Estamos en la calle, somos muchos. Federica y yo caminamos abrazadas, con los puños libres en alto. Nos mira todo quisqui porque hemos traído a la Pomponette en el remolque y le hemos pintado «La Uni es de todos» en el culo, con un aerosol de pintura verde. La pobre suda y resopla, la manifestación anda rápido y la Pomponette está como una bombona de butano. El cortejo se detiene, la gente canta. Tengo ganas de besar a Federica. Para que no se dé cuenta, le doy la espalda y alcanzo una zanahoria a la Pomponette, voy a por el agua que un compañero transporta en el carro de la paja.

Llevar a la yegua de banderola a Toulouse supuso muchas discusiones en el sindicato de estudiantes:

«No os dais cuenta de que está vieja ¡y obesa! ¿¡Cómo vais a meter a este pobre bicho en medio de este sarao!?».

«¡Su comida también depende de las decisiones del ministerio! Además, es muy pequeñita. Casi un perro. La gente va a las marchas con sus perros, ¿no?».

«Es un pony, está vieja, ¡no vota!».

«¡Es nuestra seña de identidad! ¡Da visibilidad a los institutos agrícolas!».

Ahora están todos contentos. Hoy, la Pomponette atrae más cámaras que moscas, vamos a salir en el telediario. Yo meto la nariz donde empieza la nuca de Federica y no lo ve nadie porque todos miran hacia delante, inspiro muy hondo y guardo el aire. Gritan. Hay pitidos. La Pomponette se revuelve. Ya no estoy sola.

Islas

Federica tiene un año más que yo. Su habitación está en el segundo piso y solo la comparte con tres chicas más. Las del curso inferior estamos en un dormitorio de cincuenta plazas que ocupa toda la primera planta.

Cuando llegué, elegí una cama cerca de la pared, con ventana y radiador. No había nadie todavía, mi tren había llegado de París por la mañana, al día siguiente empezaba el año. Miré los colchones alineados como tumbas, los armarios a sus pies, como lápidas con puertas. Tragué saliva y mocos. Era malo, pero no lo peor. Quedaba lejos de casa.

Ahora hace tres meses que duermo aquí y está todo mucho mejor porque se formaron islas. Hemos juntado los armarios para construir tabiques alrededor de las camas y el dormitorio se ha convertido en un laberinto de amistades versátiles. Hay islas estables, como la mía, de tías que no buscan líos y no roncan, pero otras modifican sus fronteras con mucha frecuencia. Por eso hay que ir con cuidado si toca mear de noche, porque una puede darse de morros contra una pared que no se espera. Vivir juntos es un asco. Por suerte, ya queda poco.

Dunas

El primer fin de semana que Federica me invitó a su casa, compartimos cama, pero no pasó nada. Su habitación es una caravana; la de su madre y Marcial, otra. Entre las dos, su padrastro construyó un chambado de yeso y una veranda de madera. Hay un motor para la luz y un pozo en el jardín, muchos gatos que no entran en casa, un molino de viento y el taller de Marcial. El padrastro de Federica pinta tejas envejecidas con paisajes de la zona y las vende en el puerto, a los turistas. Tiene varios modelos. Las coloca, verticales, en un pequeño atril giratorio y pinta un árbol, otro árbol, otro árbol, hasta que llegue el turno de la casita azul.

La madre de Federica es española. Cuando el padre de su hija se largó, vino a trabajar en la vendimia en Montpellier y se quedó. Después conoció a Marcial. Su casa está donde no se puede construir. En las dunas.

Sobre las dunas crece hierba que parece seca pero no lo está, arbustos arrugados de largas espinas. Federica y yo caminamos contra el viento, hacia el mar. Me habla, pero no la oigo. Aúllan las gaviotas y rugen las olas. Echamos una carrera con la boca abierta, el viento me seca las encías, agito los brazos como si fuera a volar.

Oro

Ya he juntado trescientos francos para emprender el viaje. Engañé a mi madre y le dije que necesitaba ropa de invierno. A ella le gusta firmar cheques, aprieta los labios y la letra. Con el pulgar, presiona el resguardo; de un golpe seco arranca el talón. Mis padres apuntan cada uno en su cuaderno lo que les cuesto. Después, lo presentan al juez.

Federica no conoce a su padre. Su madre no habla de él y, cuando preguntó, contestó que nunca le diría quién es. Federica es alta y tiene los ojos castaños de su madre, pero más claros y más grandes. Cuando hace buen tiempo se vuelven dorados, el iris explota en minúsculas burbujas que parecen metal candente. La primera vez que nos besamos un rayo de sol caía sobre la cama. Nunca había besado a una chica. Es distinto y es igual. Igual, porque su boca sabe a boca. Distinto, porque no seguimos. Nos miramos a centímetros de distancia. Visto tan de cerca, cada poro de la piel es solo uno. Todos diferentes, algunos negros. Más abiertos en la punta de la nariz. Redondos y ovalados, irregulares. Pasó una manada de ángeles, tragué saliva muy despacio. Estos cabrones alados se quedaron quietos.

Ovejas

Ahora paso todos los fines de semana en casa de Federica, pero antes dormía donde los Tarrades. Los Tarrades tienen una granja de ovejas para carne. El corral está a pocos metros de la casa y su olor lo impregna todo. Se adhiere a las sábanas, se inmiscuye en las grietas de las paredes de piedra, perfuma los paños manchados de los comensales a la hora de la sopa.

Los hijos de los Tarrades se han ido. Sabemos de ellos por las fotos del pasillo. Las hay de varones con el traje de la mili y de hembras vestidas de blanco. Son muchos o quizás no. Es difícil distinguirlos. Para redondear las cuentas de la casa, los Tarrades alojan durante el fin de semana a alumnas del instituto cuyos familiares viven lejos. Cobran caro y hablan poco. El viejo Tarrades repite que no se come carne de cordero por culpa del colesterol, que es un invento de los rusos. Yo paso mucho tiempo fuera, miro a las ovejas y a mis muñecas. Tracé unas líneas punteadas con rotulador indeleble y rojo, paralelas a las venas que alimentan mis manos. Sé que el corte debe ser vertical, no horizontal, para que no se pueda coser. Ahora, cada fin de semana en la cama, Federica me besa y luego, con un pañuelo mojado en alcohol, borra un punto rojo. Cuando termine con todos, partiremos.

Agua

Es enero. Ha caído mucha nieve, la carretera hacia las dunas se abre entre murallas blancas. Esta mañana no pudimos salir de la caravana porque se congeló la cerradura. Marcial intentó calentarla con un soplete, pero se pasó y fundió el bombín.

Estamos vestidas, de pie, frente a la puerta cerrada. Abrazo a Federica por detrás, paso la mano por debajo del jersey, desabrocho dos botones y encuentro la tibieza de sus pechos. Ella ríe, pero tiene miedo. Mira de lado las cortinas del ventanuco. Susurro: «Están echadas», la hache en su nuca suelta un hálito de vapor. Realzo con la punta de la lengua la curva suave del cuello, acerco los labios al vello que precede al pelo y soplo despacio. Federica se estremece, aprieta los muslos. Yo tengo sed.

Fisión

Caminamos agarradas, no hay nadie en la playa porque anoche explotó una central nuclear en la Unión Soviética. El mar sigue azul y los telediarios machacan con que la radioactividad no pasó de los Alpes. Federica piensa que su madre sospecha algo. El fin de semana pasado, la sorprendió olisqueando nuestras sábanas en el cesto de la ropa sucia. Antes de estar con Federica, yo tuve dos novios, Stephane y Guillaume. Cuando eyaculan, el semen deja manchas blancas como las del yogur. Después, dormitan. Su sexo es más franco que el nuestro, más claro. Un timón. La piel es muy suave y resbala, si me aparto, busca mi boca como una serpiente servil.

La primera vez que me acerqué al sexo de Federica con los ojos abiertos, ascendía desde sus tobillos. La piel interior de sus muslos es tan fina que parece membrana, siento la sangre correr detrás, cosquillea en las yemas de mis dedos. Ella se retuerce y su pelvis viene a mi encuentro. Cuando Federica explota, yo entiendo la fisión del átomo. Ellos empiezan y terminan. Nosotras no tenemos fin.

Lengua

Del otro lado de los Pirineos, no nos encontrarán. Tenemos que marcharnos ya, antes de que nos pillen. En el instituto algunos compañeros nos miran raro. Cuchichean. Se dan cuenta cuando la miro. Lo tengo pintado en verde en la cara, como el culo de la Pomponette.

Los abuelos de Federica viven en Zaragoza. En español, la zeta se pronuncia como el silbido de una serpiente, los franceses la decimos como el zumbido de una mosca. Coloco la punta de la lengua detrás de los incisivos y soplo. Suelto perdigones, Federica se ríe. También están las dos erres que son como un redoble de tambor agudo. Yo practico. El perro. Rojo. Pájaro rojo. El perro rondeño de san Roque rebusca al pájaro rojo entre matorrales. Federica se ríe. Se me seca la boca, mi lengua está tiesa. No vibra. Ella sí que sabe. Pongo cara de sátiro y le digo que tengo mucha suerte. Federica se ríe.

Ola

Este es nuestro último fin de semana en las dunas. Las mochilas están guardadas debajo de la cama. Hemos arramblado con lo que nos pareció que se podía vender: un tocadiscos portátil, unas raquetas de tenis, una bufanda de cachemir. El lunes es fiesta local y no hay clase, pero hemos alegado una reunión del sindicato de estudiantes para volver al instituto. A Marcial le pareció bien porque antes era obrero y de la CGT.

Federica borra los dos últimos puntos rojos de mi muñeca izquierda, le cuento al oído la historia de Papillon, el preso que logró escapar de Cayena subiéndose a una ola. Le digo que esta es la nuestra. El instituto no dará voz de alarma hasta el martes. Tendremos veinticuatro horas para cruzar la frontera.

Ventana

Se acerca la primavera y llueve muy fino. La madre de Federica nos soltó en el semáforo de la estación. Agita la mano. Se adivina su movimiento tras la luna empañada del pasajero. Miro a Federica y ella mira al coche alejarse.

Estamos donde siempre, los lunes, a las 6:45, pero nos hemos cruzado al andén opuesto. Nadie nos mira ni asoma ningún conocido. Nos ponemos las capuchas. Nos sentamos en un banco. Agachamos la cabeza y abrimos un libro, una revista. Nos tapamos las bocas con el cuello del anorak. Son las 6:53 y el tren que conduce al instituto despide una violenta ráfaga de aire frío. Las páginas de mi libro están salpicadas de gotas, las de su revista se revolucionan con el paso del convoy. Por la ventana del vagón miro a los pasajeros subirse, elegir asiento, acomodar sus maletas, cederse el paso, apoyarse en los respaldos de los asientos y ponerse de puntillas para caber de lado. La lluvia que corre en el cristal difumina las siluetas y hace que solo se definan por sus movimientos. Podrían ser cualquiera, nosotras mismas, sin ir más lejos.

Frontera

Nuestro tren corre, casi vacío, hacia España. Cerbère es el último pueblo del lado francés, ahí nos bajaremos para cruzar la frontera a pie. Le cuento a Federica que Cerbère se llama también un perro mitológico que custodiaba el reino de los muertos. Sus tres cabezas representaban para los antiguos el pasado, el presente y el futuro, la juventud, la madurez y la vejez. Federica se deja caer sobre mi hombro. Arruga con las manos un bolsito de tela que contiene nuestros pasaportes y la autorización que tramitó su madre para que viajase sola, a Zaragoza, las pasadas Navidades. Sigue vigente. Le acaricio los dedos y artículo en su pelo: «Esto está hecho».

Cuando tiene miedo, Federica calla y esconde los ojos. Se encorva y mira al suelo. Yo echo una ojeada al costado, el vagón está vacío. Con tres dedos guío sus labios camino de mi boca, pero ella da un respingo, estira el cuello y mira a su alrededor. Se ríe un poco. Pretendo interponer mi anorak entre nosotras y el pasillo y la beso en la nuca donde sé que le puede, rozo la tela de sus vaqueros con el revés de la mano. Oímos un carraspeo. El revisor es viejo y seboso, su camisa está abierta, apesta a sudor. Nuestras caras se han puesto al rojo vivo, él nos mira con sorna y algo más, que huele a podrido. Una por una, le damos los billetes. Los revisa. Federica mira a sus pies, yo al cabecero del asiento de delante. Cuando se va, no hablamos, no nos miramos ni nos tocamos.

Cuento

Federica y yo hemos acordado contar que somos primas. Yo vivo con su familia porque perdí a mis padres en un accidente de coche. Ahora nos han mandado a España para ir a trabajar en el campo de unos parientes en Andalucía, en Jaén. Solo podremos volver a Francia si el padre de Federica encuentra trabajo, la cosa está complicada. Hay que arrimar el hombro. Son tiempos difíciles, necesitamos dinero… Yo repito mi papel mientras caminamos a buen paso por el arcén que conduce a España. Propongo hacer autostop y cruzar con un coche. Federica prefiere buscar una vía campo a través. Discutimos: «Vamos muy cargadas», «no me quiero subir al coche de cualquiera», agitamos los brazos. Para a nuestro lado un coche de policía. Salen dos y nos piden la documentación. Federica me da su bolsito y les alcanzo los pasaportes. Procuro mirarlos a los ojos. Uno me pregunta dónde vamos y no miento: «A España, agente». Después miento mucho: mis padres, el accidente de tráfico, el padre de Federica en el paro, los problemas de su madre con el alcohol. Intentamos viajar lo más barato posible hasta Zaragoza, donde la abuelita. El tren sale muy caro. El policía está aturdido. Sacude la cabeza, tiene un bigote blanco y tremenda barriga. Me pide la autorización de nuestros tutores legales para abandonar el territorio. Saco el papel del bolsito como el as que cierra una mano de póker. Lo revisa y me lo devuelve, parece conforme. Se aparta con su compañero y hablan entre ellos un buen rato. Miro de reojo a Federica, está lívida, espero que no llore. El policía con bigote vuelve, me da los pasaportes y me dice que nos subamos al coche. Estoy por protestar, pero levanta la mano y precisa que nos llevarán a la estación, que en la carretera no podemos estar, que somos muy jóvenes y que no es seguro. En la parte trasera del coche patrulla nos cuesta mucho contener la risa. Se detienen en la puerta de la estación, el policía con bigote y barriga nos escolta hasta las taquillas y se pone en la cola. En la frontera hay que cambiar de tren porque en España tienen otro ancho de vía; Federica me explica que es por culpa de Napoleón. El policía vuelve con dos billetes a Barcelona: «El próximo tren sale en media hora». Nos acercamos al andén y me da los billetes; cuando busco dinero para pagarle, me dice «allez, allez» y nos empuja hacia el control de aduanas. Le quiero dar las gracias de verdad, pero se las digo de mentira porque no tengo más remedio. Sellan nuestros pasaportes, Federica y yo nos subimos al Talgo.

Pasillo

El Talgo es un tren rojo y plateado que me recuerda a las películas americanas. Las butacas son de sala de cine, amplias y mullidas; sus reposabrazos, gigantes. Cada vez que nuestras miradas se cruzan, Federica y yo nos partimos. Entre dos carcajadas le suelto: «Al final hicimos autostop, tienes que reconocerlo». Se gira hacia mí con la boca abierta, espasmos rítmicos rebotan en sus hombros. De tanta risa, le da hipo. Me levanto para dejarla pasar y la sigo hasta el baño. La moqueta del pasillo es espesa, se hunde bajo los pies, veo cómo recupera su forma tras los pasos de Federica. Me gustaría tumbarme con ella, desnudas en el suelo de este tren vacío, que solo parase cuando nos apetezca dar un paseo, que el revisor fuera el policía de bigote y barriga, que nos hiciese de mayordomo y también de abuelo feliz.

Federica abre la puerta del lavabo, me escurro detrás de ella, es pequeño, pero cabemos. Ella se moja la cara con agua no potable y yo me siento en el trono. Está agachada, pegada al chorro minúsculo que sale del grifo, sus caderas se menean con el traqueteo. Yo tengo sueño, tengo sed. Deslizo las manos bajo su jersey y estiro los brazos hasta ceñir sus hombros con las manos. Tomo apoyo y me pongo de pie. Encierro sus pechos, mis dedos son garras dulces, sus pezones me cosquillean las palmas. Federica es más alta que yo, pero la envuelvo. Yo la protejo con mi cuerpo y mi labia, con mis fábulas y mi desparpajo. Ella se da la vuelta con una suave torsión del cuerpo. Su boca es la puerta de un pasillo vertiginoso. En él, el traqueteo se vuelve compás; el lavabo, altar; el trono, reclinatorio. La sirena del tren que llega a Girona encubre su grito.

TRENES

Armadillo

Es noche cerrada cuando llegamos a la estación de Sants. Federica no abre los ojos, aunque el altavoz chille en español cosas que no entiendo. Aunque la gente se amontone en el pasillo y le rocen la rodilla izquierda con maletones gigantescos. Aunque yo le sople en el cuello: «Amor, hemos llegado». No se inmuta. Federica hace el armadillo, se tapa la cara con los codos. Le achucho las costillas, se revuelve, ríe, se hace la sueca. Yo no hablo ni entiendo el idioma, ahora le toca a ella. Cargamos las mochilas y salimos las últimas del tren. La estación de Sants es inmensa, las losas del suelo reflejan los fluorescentes, distorsionan su luz. Hay bancos de hormigón larguísimos donde la gente se echa a dormir en fila india. Atan con cordel el equipaje a sus muñecas, a sus tobillos; se tapan con mantas deslavadas y apoyan la cabeza en sus macutos. Muchos roncan.

Los españoles hablan muy alto, Federica también. Grita y aparta a un hombre que nos persigue con una tarjeta de visita en la mano. Yo voy detrás como un perrito. No pillo palabra, ni las suyas. Parecen salir de su boca todas pegadas. Nos refugiamos debajo de unas escaleras mecánicas, nos sentamos en el suelo, nos abstraemos.

Federica se crece con mi desconcierto, sonríe y me abre los brazos. Yo me apelotono en su regazo, me hago un ovillo. Soy un huevo de codorniz, un animalito, un puercoespín amansado. Ella acaricia mis espinas gachas y dice que nos conviene esperar a mañana para bajar al sur.

Luz

Estamos tumbadas boca arriba en un colchón vencido, la habitación es pequeña y da a un respiradero. Fumo un cigarrillo después del amor, como en las películas de rombos. Apuro el filtro entre el pulgar y el índice, suelto el humo despacio, en la mesilla de noche hay un cenicero. Aprieto el cuerpo de Federica contra el mío, las cortinas están abiertas, la llave echada, nadie nos molesta. No hablamos. Del techo cuelga una bombilla pelada que crepita despacio. Cuando su filamento se vuelve rojo, baja la intensidad de la luz y parece una vela, después se enardece e ilumina otra vez el cuarto.

Antes bailamos desnudas, nos revolcamos en el suelo helado, nos besamos, jadeamos y nos reímos sin sordinas, sin mordernos los labios. Mi cuerpo me desbordó y ahora me cuesta mirarla a los ojos. Sé que a ella le pasa lo mismo.

Mañana a las 8:30, cuando hagan el recuento en el instituto, empezarán a buscarnos. Describirán a la policía a dos muchachas con capuchas y macutos. Dos vacilantes candelillas perdidas en el viento. No tienen ni idea. Antes, salió tanta luz de nosotras que aún no logramos cerrar los ojos.

Cáscara

El tren que viaja al sur va muy despacio y se sacude tanto que es difícil mantenerse de pie. Los pasajeros hablan y se cambian de sitio, pierden el equilibrio, acarrean equipaje, desenvuelven bocadillos. El vagón huele a chorizo. En España, la gente come pipas, se llevan los dedos a la boca, emiten pequeños crujidos rítmicos que se mezclan con el chirrido de las ruedas. Hay cáscaras en el suelo.

Federica habla con una vieja del otro lado del pasillo, es menuda, viste entera de negro y mueve las manos. Yo miro por la ventana, a lo lejos se ve el mar. A esta hora, el instituto ya habrá dado la voz de alarma. Seguro que mis padres vienen de París, cada uno por su lado, en avión, o quizás en tren. Puede que estén ya donde mi tío, o en la mansión de mi abuela, en Toulouse. Tirándose los trastos a la cabeza. Mi padre recriminará a su hermano y a su madre no haberme querido alojar los fines de semana. Mi tío dirá que precisamente por esto se negó. Que se me veía venir. Que soy una bomba de relojería, una trastornada, que él no quería que le explotase en las manos. Mi madre se llevará los dedos a la boca, se roerá los padrastros. Mi abuela alisará su mechón plateado y se servirá un coñac sin hielo. Pretenderán ser familia, me buscarán. Pagarán lo que cueste y lo apuntarán en sus cuadernitos. El precio de la patata caliente… ¡Pueden esperar sentados! Mi cascarón cayó en Francia. Yo no quiero volver a verlos.

Raíces

A Federica y a mí nos gustan las aves. En el jardín central de Murcia, encerrados en una pajarera de hierro forjado, conviven pavos reales, faisanes y algunas que nunca había visto. Son como gallinas con plumero, gallinas despeinadas, gallinas peluches. Tienen un porte grácil y femenino, decorativo. Tampoco conocía los árboles que rodean la jaula. Sus raíces se retuercen, brotan de la tierra y vuelven a penetrar en ella. Parecen manos y parecen garras, como si un elefante se hubiese quedado clavado al piso. Sus copas son grandiosas, tapan el sol del todo, lianas deshilachadas cuelgan de sus ramas, algunas tocan el suelo.

Sentadas en un banco comemos pan con atún, latas de sardinas. Lonchas de queso. De salchichón. Nos chupamos los dedos. A nuestros pies, aletean palomas y gorriones, los espantamos un poco, pero les damos de comer. Casi no queda dinero, la pensión se lo traga todo. Federica dice que tenemos que ir al campo, que ahí encontraremos trabajo. Yo quiero ir al mar, tropezarnos con una cueva, una casa abandonada, una ermita donde refugiarnos. Federica me cuenta que, de joven, su tío se buscó la vida en los invernaderos. Le dijo que los peones esperan en las rotondas, a las afueras del pueblo. Cuando llega el dueño, revisa a los candidatos uno por uno y elige a quién llevarse, como en Espartaco. Se ve que las mujeres tienen las de ganar porque sus manos son más pequeñas y se acoplan mejor a las matas de tomate. Sus muñecas son flexibles, llegan al fruto sin romper los tallos. Si trasplantan lechugas, no parten las raíces, son más cuidadosas. También comemos menos.

Acentos

Es nuestra última noche en la pensión y, en solo tres días, el cuarto ya se parece a nosotras. Está su lado de la cama y el mío, sus bragas colgadas en la ducha y mis calcetines en el suelo. Si tuviéramos un hornillo, sería una casa. Un nido.

Desde que hemos llegado a España, Federica está distinta. Más fuerte y más bella. Camina más rápido, abre la boca del todo cuando pronuncia las vocales, se ríe a carcajadas, llora sin esconder la cara. Yo ya distingo sus palabras, no salen más en tropel. En una libreta minúscula apunto el vocabulario del día. Las palabrotas. Los tiempos verbales. Los colores y los sonidos. El nombre de los árboles y el de los pájaros. Se los recito durante el amor.

Pego la punta de la lengua al paladar y busco su vibrato. Rasco jotas y haches intercaladas en la garganta, silbo zetas en su vientre. Ha vuelto de la ducha, su piel está húmeda, lleva enganchados hilitos de vapor que se confunden con mi aliento. Redoblo erres en su lomo. Federica se estira, su espalda es un chelo que toco con los labios y la lengua, con los dedos tarareo la melodía. Digo «jilguero», digo «alamo», después beso la planta de sus pies. Federica me corrige. Doy un latigazo a la primera «A» del árbol y repito «¡álamo!». La «O» forma oleaje en sus pechos. Murmuro «alamor» y apago la luz.

Cabras

El tren a Águilas atraviesa montes pelados, túneles de roca blancuzca, desiertos. Manadas de cabras se descuelgan de las laderas. Son del color de la tierra, barro, arcilla, hojarasca. El rebaño es un solo ser, pero de sus orillas saltan ejemplares rebeldes. Díscolos. Pegan brincos como delfines, se alejan unos metros. Perros pastores les cierran el paso.

Federica duerme. Yo estudio un folleto que nos dieron sobre Águilas en la oficina de turismo de Murcia. Hay mucho azul, dibujos de gambas y, en pequeñito, la foto de una playa con cuevas amarillas. Se llama «Paraje Cuatro Calas», apunto en mi libreta: «Término municipal de Calabardina».

Quiero un hueco en la roca, una casita de piedra, un fuego en la arena, un hornillo de gas y el mar. Atrapar peces. Con un kilo de arroz se puede vivir mucho tiempo. Cogeremos frutas y hortalizas de los huertos, cangrejos en las rocas, después será verano y llegarán los turistas. Si hay cabras en los circos es porque lograron zafarse de los perros. Yo puedo cantar.

Temporal

Federica insiste en sus rotondas y sus invernaderos. Yo quiero comprar un hornillo. Nos peleamos. El viento viene del mar, las sombrillas cerradas de los chiringuitos se encorvan, tumbonas de plástico salen disparadas, un camarero gordo y trajeado corre detrás. Federica está de morros, se queda sentada en la arena y no me mira. Yo camino por la orilla y tiro piedras al agua. Dije cosas feas, le hice daño. También ella me ofendió. «Tienes sueños románticos y pequeñoburgueses», dijo; «fantasías de hija de papá», remató. Ella solo conoce mi familia por lo que yo le he contado, no es justo.

Vuelvo a su lado y me siento. Mascullo disculpas y le toco el hombro. Ella se apoya sobre sus manos y se aparta un metro. Mira al mar con tanta fuerza que parece que tuviera los ojos cerrados. Amurallados. A mí me comen las ratas, concentran sus dentelladas en la boca de mi estómago, se meriendan mi diafragma. Mi angustia se hace maremoto, siento cómo rebasa mis hombros. Salgo a la carrera antes de que revienten los diques. Escupo mocos y saliva, no miro por dónde voy. Corro hasta que todo el aire sale de mí, ya no estoy en la playa, giro a la izquierda y a la derecha, una y otra vez, por calles calcadas. Me detengo en las vías del tren.

Desierto

Es casi de noche y busco a Federica. Volví donde la dejé, pero ya se había marchado. Las tiendas del centro están a punto de cerrar, hay mucha gente en la calle y en las terrazas. La multitud es un desierto de piernas que se mueven solas. Busco agua: su silueta, su olor, su forma de pisar con los talones primero. No recuerdo qué camiseta se puso esta mañana, ni tampoco si llevaba la chaqueta o si la dejó en la consigna de la estación. Estación. Consigna. Esta mañana. Digo «¡qué gilipollas!» a voz en grito y me pongo a correr. Zigzagueo entre carros de la compra y cunas, sorteo señoras gruesas, ancianas, un hombre me grita algo y no debe ser un piropo. Doy zancadas largas que suenan secas en el asfalto. Tengo miedo de que no esté, de que haya llamado a su madre. De que nunca más me quiera, ni me coma, ni me cuente cosas de mis lunares secretos. Llego sin aliento.

Entre los casilleros, hay un banco de madera donde Federica está sentada. Cuando veo su espalda, me paro en seco. Sus hombros están arrugados, parecen alas golpeadas, esconde la mandíbula entre ellos, como una tortuga confundida. Quiero acercarme, hablarle, abrazarla, pero no sé cómo. Aprieto los labios y la llamo con la boca del estómago. Espero a que se dé la vuelta. Doy unos pasos, pero no se inmuta, parece una estatua de sal. Me quedo de pie, justo detrás, sé que ya sabe que estoy. Se hace la muerta, me castiga. Doy la vuelta al banco y me acuclillo, pongo mis manos en sus rodillas. Federica tiene los ojos desiertos, las manos heladas, la cara encendida. Me abro paso entre sus piernas, cuando la aprieto contra mí, solloza «no me hagas esto nunca más». Se lo prometo, pero sé que miento.

Vueltas

Solo nos queda un billete de cinco mil pesetas. Anoche dejamos el último de mil en el mostrador de una pensión roñosa, cerca de la estación. Maté muchas cucarachas antes de acostarnos, las perseguí detrás de las cortinas manchadas, las ahogué en el sumidero de la ducha. Federica se metió en su saco de dormir y me dio la espalda. Apagó la luz de su mesilla. Me alcé para verle la cara, pero se la tapaba con el codo. Me di la vuelta y arrimé el cuerpo, fue como dormir contra la pared.

Es muy temprano, esperamos en una rotonda, a las afueras del pueblo. Desde aquí, se ven los invernaderos. Son estructuras frágiles cubiertas por trozos de plástico opaco, redes negras y alambres. Acaba de salir el sol, la luz rebota contra su superficie lechosa, si se miran de frente, deslumbran. Estamos solas, somos las primeras. Quizás no venga nadie más. Federica sigue sin hablarme, se sacude, manotea, espanta moscas. Hay muchas. Las cunetas están repletas de botellas vacías, envases de productos químicos, tomates podridos, chatarra. La carretera está desierta.

Me siento en una piedra, saco mi libreta y un lápiz de mi riñonera. Dibujo ojos, resalto sus contornos. El sol me calienta la nuca. Se acerca una camioneta, entra en la rotonda y pasa por delante de nosotras. La conduce un hombre rechoncho, tiene canas y una gorra grasienta, echa una ojeada. Vuelve a pasar más despacio. Varias veces. Cada vuelta más lento.

Cuando vio la camioneta, Federica levantó la mano, expectante. Ya no. Sé que ahora tiene miedo, igual que yo. El hombre aparca, se acerca a nosotras, camina con las manos en los bolsillos. Se dirige a Federica, le mira los pechos, mueve la izquierda al hablar, pero su mano derecha sigue oculta. Hurga en su entrepierna, tras la tela del pantalón raído. Entiendo palabras, «trabajo», «invernadero», el hombre se retuerce un poco, saca un condón de su bolsillo izquierdo y un billete de dos mil pesetas del derecho. Miro al suelo, busco algo, lo que sea, me hincho de aire y rabia, en la cuneta diviso una varilla de obra. Un hierro, gordo como mi pulgar. Cuando el hombre acerca la mano a la cadera de Federica me agacho y lo recojo. Grito como una posesa y doy latigazos al aire, le apunto. El hombre da varios pasos atrás. Duda un momento, después dice cosas que no entiendo, escupe, agita el brazo como si tirase algo por encima del hombro. Sube a la furgoneta y se va.

Resaca

Federica está helada. Como si la sangre se hubiese fugado de sus extremidades para refugiarse hacia dentro, sus rasgos se han pronunciado, varios surcos le labran la frente. Hemos vuelto a la playa. Me siento detrás de ella, la abrazo para darle calor, tiembla un poco, canturreo «ya pasó, ya pasó, ya pasó» y la beso en el cuello. Hoy no hay tanto viento, pero sí oleaje. Estamos cerca de la orilla y el sonido de la resaca lo cubre todo, nos envuelve. Le digo que confíe, venderemos mi walkman, el tocadiscos, la bufanda de cachemir que vale como trescientos francos. Que nos queda tiempo, que lo lograremos. Que lo más importante es encontrar un hueco, un lugar donde meternos. No hace tanto frío y tenemos buenos sacos. Si compramos un hornillo, podemos comer arroz y pasta, hacernos un café por la mañana. Ahorraremos al máximo hasta que consigamos trabajo. Hasta que llegue el verano.

Federica sigue sin abrir la boca.

Me callo y miro el horizonte. De repente dice: «Te he mentido, nunca he estado con un hombre. Con Eric, nos besamos, pero nada más».

Antes de enrollarnos, Federica me contó que había follado con su ex en el tren y también en el campo, varias veces, a plena luz del día. Me dio muchos detalles. Sonrío sin esconderme, no me ve la cara. Acerco los labios a su oído, murmuro «no te preocupes, no pasa nada» y la abrazo fuerte.

Hogar

El modelo más barato de hornillo sale a ochocientas pesetas, con la bombona incluida. Por mil, nos hace un lote: entra un cazo, una sartén pequeña y nos regala dos paquetes de velas. Yo intento regatear, cuando no encuentro las palabras, hago el payaso. El ferretero se ríe. Al embalar las cosas, echa a la bolsa rasera y cucharón, también una espátula de madera. Dice que le tenemos que invitar a comer cocina francesa. Lo he entendido. Me río y respondo: «Seguro, seguro». Federica desconfía, se ha quedado en la puerta. Si ve que me apaño, calla, encoge los hombros y lo mira todo desde fuera.

Hemos recogido parte de nuestras cosas en la consigna, lo necesario para montar el campamento. Nos subimos al último autobús que sale a Calabardina, tenemos que instalarnos antes de que caiga la noche, no nos queda mucho tiempo. Federica mira por la ventana, he perdido el folleto con la foto de las cuevas amarillas y me da mucha rabia no poder enseñárselas. Le cuento que la roca es de color yema de huevo y que la gruta que más me gustó tiene una amplia ventana de cantos redondos donde sentarse a desayunar; que su puerta queda muy cerca de la orilla, pegada a las olas; que quiero hacer el amor con ella en el mar. Suelta una risita, parecía no hacerme caso, pero sí. Me coge la mano y se la lleva a la boca, sus ojos hundidos vuelven a la superficie, brillan, su boca es pícara: «Tendrás que aguantar la respiración, mucho tiempo». Cuchicheo en su oído: «No estés tan segura», saco la punta de la lengua y realzo el lóbulo. Federica se estremece.

Sirenas

El pueblo está adosado a un gran peñón, el autobús nos deja a sus pies y da la vuelta. La carretera discurre paralela al mar, termina en Calabardina. No sé por dónde tirar. Federica pregunta a unos viejos sentados en la plaza por la playa de Cuatro Calas. No saben, dicen que no les suena. Caminamos hacia la franja del pueblo que trepa por el peñón, hay muchos chalés a medio hacer, la carretera se convierte en una pista de tierra. La pendiente es abrupta y sudo, estiro el cuello para adivinar la línea de costa, pero solo veo rocas blancas y negras, barrancos y despeñaderos. Federica resopla.

Paramos a mitad de la cuesta y dejamos los macutos en el suelo, hay un camino que se bifurca hacia el mar, pero no se ve señal que indique una cala. Es solo un sendero de cabras. Cae el sol cada vez más rápido, su luz torna las olas metálicas, las más alejadas se rizan de blanco. Viene viento del mar, se encabrita, de una ráfaga me quita la capucha. Federica quiere volver al pueblo, yo quiero intentarlo. Acordamos seguir un rato más, pero volver antes de que nos pille la noche. Cortamos monte a través, el mar parece alejarse a medida que avanzamos hacia él. El viento embiste y nos inclinamos un poco para abrirnos paso, las mangas de nuestras chaquetas se hinchan de aire, se nos resecan labios y ojos. El sendero se ramifica muchas veces y procuramos seguir lo más recto posible. A veces, casi desaparece y tenemos que atravesar matas espinosas que nos pinchan los tobillos. Se oyen olas estamparse contra la tierra, retumban, el suelo tiembla un poco. A coro con el viento, silban el canto de las sirenas, la perdición de los marineros. Cuando Federica me tira de la manga para gritarme algo al oído, le enseño un tejado, se adivina una chimenea asomada entre dos peñascos. Nos acercamos, hay varias casas. Todas parecen deshabitadas. Paneles de madera cubren sus ventanas, las cancelas de sus patios no tienen candados.

El chalé más grande está construido a ras del precipicio, desde su planta superior se debe ver la misma cantidad de mar que de cielo. Le hago señales a Federica para que me siga, entro en el patio y rodeo la casa. La puerta trasera no está blindada y da a la cocina. Su parte alta es una ventana de cuadraditos azules, no tendría que costar nada romperla. Me doy la vuelta y le digo a Federica que esto es mucho mejor que una gruta. Que aquí no vive nadie, que no nos pillarán. Que estaremos en la gloria y que tendrán un bar surtido de buenas botellas, que nos emborracharemos. Federica se ríe, sacude la cabeza, me suelta «¡estás loca!», pero no dice que no. Busco en el patio algo para romper el cristal. Una piedra del tamaño adecuado, no me quiero cortar la mano. Encuentro una negra que me cabe justo en la palma, entorno los ojos y calculo el tiro, doy un latigazo con la muñeca, como si quisiera hacerla botar en el agua. El cristal se parte. No oímos su estallido, solo gritan mar y viento. Me acerco a la puerta para pasar la mano por el agujero y tratar de abrirla desde dentro. Cuando la meto, suena una sirena aguda y sincopada, un estruendo. Nos miramos un instante y echamos a correr como conejos.

Faro

Es casi de noche y buscamos la carretera principal. Apenas se ve y tropezamos con las piedras, las matas nos hacen zancadillas. Nos hemos quedado un buen rato agazapadas detrás de una ruina, pero la policía no apareció. Yo quería volver al chalé del barranco, tratar de entrar y desconectar la alarma, pero Federica se negó. Ahora bajamos hacia las luces del pueblo y no localizamos el camino asfaltado. Tendríamos que haber comprado una linterna al ferretero.

Unos faros iluminan detrás de nosotras el flanco del peñón, están más arriba, le hago señas a Federica, nos apuramos, subimos en línea recta. Cuando damos con la carretera, se acerca una camioneta. Llega a nuestra altura y aminora la marcha. Su caja está abierta, en ella va subida mucha gente; los más jóvenes viajan de pie, se agarran a la madera de los costados.

Para a nuestra altura, un hombre muy moreno se dirige a Federica desde la ventanilla. Está tensa, me planto a su lado y sonrío al conductor. Intercambian algunas frases, entiendo «lechugas», «trabajo». Federica me traduce que nos pueden llevar hasta Águilas si queremos, «no quedan autobuses», precisa. Cuando le pregunto cuánto cobran, responde que no le han pedido dinero. Echo una ojeada, en la caja hay mujeres y niños. Pongo la mano en el corazón y digo «¡gracias, gracias!», me inclino un poco. Una mujer grita atrás, dos muchachos saltan al suelo y abren el volquete. Nos llaman, nos acercamos. Alguien me tiende la mano, el muchacho me coge de la cintura y me proyecta hacia arriba, Federica aterriza a la par, pero por el otro lado. La gente se apretuja para dejarnos sitio, una madre coge a su niño en las rodillas, una abuela me tira de la manga para que me siente a su vera. Me da palmaditas en la rodilla y me sonríe, tiene pocos dientes, los que le quedan son de oro. Junto las manos y digo «¡gracias, gracias!», me acaricia la mejilla, se ríe. Federica charla con la muchacha que tiene a su izquierda, parece contenta, menea la cabeza, la otra mueve mucho las manos y sacude su melena negra. Ahora que conocemos a esta gente, deberíamos intentar venderles el tocadiscos. Necesitamos dinero.

SANGRE DE REYES

Clan

La muchacha que viaja sentada al lado de Federica se llama Rosario, pero le gusta que le digan Rosa. Nos ha invitado. Cuando bajamos de la camioneta, se acerca a la cabina y habla con el conductor. Federica me farfulla al oído que le ha contado nuestra historia y que se la ha tragado. Le ha dicho que nos darían un sitio donde dormir y quizás trabajo porque su padre es el jefe de todos.

La camioneta está aparcada cerca de las vías del tren, a las afueras de Águilas, en un barrio de casas bajas y calles sin asfaltar. Las que quedan pegadas a los raíles son construcciones de chapa y aglomerado; unas gallinas picotean la vereda y se oyen cabras encerradas, quizás ovejas. Rosario y su padre se acercan, él parece un indio, es pequeño, su piel casi chocolate, un anillo enorme de oro brilla en la mano que descansa sobre el hombro de su hija. Le dice algo a Federica que no entiendo, Rosario suelta una carcajada y me invita a que los siga. Reconozco en la calle a todos los pasajeros de la camioneta, a la madre y su niño, a la abuela de los dientes de oro, a los muchachos que nos subieron en volandas. Algunos saludan. El padre de Rosario abre la doble puerta de hierro de una casa, entramos en una sala a oscuras. Está vacía y el suelo es de tierra. Enseguida aparece una mujer de tetas inmensas, nos mira desconfiada, gesticula, nos apunta con el dedo, increpa a Rosario y a su padre. Creo que es la madre, intento sonreírle. El padre levanta la voz y la mano, la mujer gruñe, agacha la cabeza y se va, pero vuelve enseguida con una provisión de velas y una manta. Digo «¡no, no, no!» con la cabeza y el índice, les muestro nuestros macutos, intento abrir la cremallera que se resiste, extraigo el paquete de velas del ferretero. Sonrío de nuevo a la madre y se las enseño. Me mira y duda, se relaja, una arruga alegre se le dibuja en la comisura de la boca. Al fin, sacude la cabeza, se da la vuelta y sale por la puerta, el padre la sigue.

Federica, Rosario y yo repartimos velas en las cuatro esquinas de la habitación. Sus límites se definen, temblorosos, se adivina un patio en la parte trasera de la casa. Me dirijo hacia ahí cuando suena un estruendo. Los paneles de la puerta se abren de par en par y entran dos muchachos que llevan una cama a cuestas. Tiene un cabezal macizo de hierro y parece pesar mucho, no tiene colchón, su somier es de alambre tejido. Detrás de ellos, pasan muchos más, quizás diez, quizás quince, quizás más gente. La habitación está abarrotada. Traen mantas, sillas, palanganas, caballetes y tablones, garrafas de agua. Hay jóvenes y viejos, niños corretean y cortan el paso; la abuela de los dientes de oro parece organizar el operativo. Chilla y se impacienta, muestra dónde dejar cada cosa, reparte alguna colleja, persigue con su bastón a los pequeños. Poco a poco van saliendo todos. El padre de Rosario le alcanza una linterna a Federica y nos lleva al patio, en su centro crece una higuera enorme, es más alta que la casa. Al fondo, hay una garita de chapa con una cortina que le sirve de puerta. Es el baño, se nota por el olor. El padre le explica algo largo a Federica, que asiente con la cabeza pero abre los ojos como platos. Nos dejan una llave pequeña, se despiden y se van.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2024
Объем:
142 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9788412512304
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Bookwire
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